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GRACIAS no me alcanza, vamos a tener que inventar una palabra para dimensionar lo que siento

con lo que está sucediendo... Por ahora les digo GRACIAS por escuchar, por creer y sobre todo,
por seguir haciendo ruido.
Tenés que sacarte mil capas de miedo. Miedo a no tener más trabajo, a que te vean como algo
roto, a que te rompan; a verte como una mujer de segunda mano, como una víctima, como una
traumada; que te marquen como pobrecita, que te marquen como mentirosa, que te marquen.
Que te marquen más.
Porque lo primero a lo que te sometés es a la duda, a la mirada del otro. La palabra de la mujer
que acusa al hombre de haberla violado la ponemos inmediatamente en duda.
¿Querrá sacarle plata? ¿Querrá hacer quilombo? ¿Quiere ser famosa? (Sí, claro, ¿quién no quiere
hacerse famosa porque la cogieron contra su voluntad?). Incluso hay gente que ni siquiera le
pone signos de interrogación a esos enunciados. “Quizás ella lo sedujo”, “Estaba caminando sola
a esa hora y por ese barrio”, “También mirá cómo se viste”, “Ella se lo buscó”. “Ella”. “Ella”. ¿Ella?
¿En serio?
Me costó aceptar que me violaron. No usaba esa palabra. Pasaron 9 años para que pueda
llamarlo por su nombre. Violación. Cuando no le ponés la palabra, no existe y cuando no existe
solo está en tu cabeza, en tu cuerpo, comiéndote la conciencia, la autoestima, las fuerzas, las
tripas.
Desde que decidí hacerme cargo de lo que me pasó no paro de sentir que tengo que estar a la
altura. Tengo que saber más, de feminismo, de leyes, de psicología, de cómo va a reaccionar la
sociedad… tengo que tener estrategias, ser fuerte, ser una mujer preparada. Adquirir
conocimiento como si solo denunciar que me violaron no fuera algo de lo que pueda
apropiarme. Como si para hacerlo y no dejar espacio a dudas tuviera que tener un doctorado en
Harvard con especialización en violencia de género. Tengo que ser más que una víctima porque a
la sociedad, a la justicia, a la opinión, a todo eso que ante la duda lo protege a él, no le alcanza
“mi” verdad, la verdad.
“Mirá cómo me ponés” no es la única frase que este tipo me dejó. “Siempre vas a tener trabajo,
porque a donde vaya venís conmigo” Me estaba mostrando las reglas del juego, marcando
territorio sobre mi carrera, sobre mi cuerpo, sobre mi confianza y mi talento. Para todos estaba
viviendo un momento de éxito: aviones, estadios con 20 mil personas, fans agolpados en la
puerta del hotel cinco estrellas… chicas queriendo ser como yo; y yo encerrada en esa trampa, en
esa idea de éxito.

Hoy somos muchas y muchos tratando de aportar algo constructivo contando mi historia. No
cuento mi historia porque sea única, sino justamente porque no lo es.

La cuento porque aunque me dé miedo exponerme a todo lo que viene por hablar, sé que es
más caro el precio de callar. No se callen. Me carcomió mucho tiempo, dañó mi autoestima, mis
vínculos, mi seguridad en el trabajo. Por eso hablo.

Porque ya estuvo demasiado tiempo adentro alimentándose de mis vísceras. Hablo para sacarlo
de este cuerpo y ponerlo sobre la mesa para que también genere cosas en los demás, ojalá
genere conciencia.

Ojalá te ayude si te está pasando algo parecido. Ojalá te haga preguntarte si alguna vez te
dijeron ‘no’ pero insististe. Ojalá no le pase a nadie más.