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Grandes Núcleos de la Teología Fundamental actual: Revelación y Fe

Titulación Licenciatura en Teología


Profesor D. José Ruíz García
Curso 2018-2019 Cuatrimestre primero ECTS: 6

PRESENTACIÓN DE PRÁCTICAS Calificaciones del texto


CLARIDAD Calific.
Alumno/a HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, WALDEMAR EXPOSITIVA
COHERENCIA COMPRENSIÓN VALORACIÓN
De la
TEXTUAL 20% DE IDEAS 30% CRÍTICA 30%
2o% práctica
Texto Comentario a la Constitución «Dei Filius»

Fecha 11/12/2018

Primeramente debemos tener en cuenta el contexto en que fue redactada esta Constitución del Concilio
Vaticano I. Es la primera de dos Constituciones aprobadas en dicho Concilio. Su aprobación aconteció en la
Tercera Sesión del Concilio, el 24 de abril de 1970. Este Concilio Ecuménico fue convocado en un momento
histórico plagado de graves problemas doctrinales y sociales a los cuales intentó hacer frente y dar
respuestas. La doctrina católica se veía atacada y cuestionada por el racionalismo, el naturalismo, el ateísmo,
el positivismo, y también estaba haciendo frente a la difusión del deísmo, del agnosticismo, de un idealismo
panteísta y de la indiferencia hacia todo lo religioso. Se negaba que la fe y la ciencia pudieran convivir, que
pudieran guardar algún tipo de relación que no fuese la confrontación y la sustitución de la fe por la ciencia
y la razón.

También corrían los tiempos en que el Reino de Italia quería la unificación en él de todos los estados de la
península. Napoleón III abandonó su protección sobre Roma para conseguir de Italia el apoyo contra Prusia.
Italia invadió Roma, ocupándola. El 9 de octubre de 1870 los Estados Pontificios fueron anexados al reino
de Italia. Esta fue la razón por la que Pio IX suspendió el 20 de octubre de 1870 el Concilio y lo aplazó sine
die. En medio de estas situaciones políticas, ideológicas y sociales europeas se celebró el Concilio en el
Vaticano.

El Concilio tuvo cuatro sesiones. La primera sesión, celebrada el 8 de diciembre de 1869, abre el Concilio
con el Decreto de Apertura del Concilio. En la segunda sesión, celebrada el 6 de enero de 1870, se hace la
Profesión de Fe. En la tercera sesión, celebrada el 24 de abril del mismo año, se aprueba la Constitución
Dogmática Dei Filius sobre la fe católica. En la cuarta y última sesión, celebrada el 18 de julio de 1870, se
aprueba la Constitución Dogmática Pastor Aeternus sobre la Iglesia, donde se define dogmáticamente la
Infalibilidad del Papa.

La Constitución Dei Filius, de la que trata esta primera tarea, consta de un prólogo, cuatro capítulos y
cánones. En el Prólogo se tocan a grandes rasgos las distintas problemáticas a las que intenta responder el
Concilio por medio de esta Constitución Dogmática, entre ellas el racionalismo o naturalismo, que es
opuesto a la religión cristiana al querer establecer en las mentes de las personas y en la vida moral de las
naciones el imperio de la razón o la naturaleza. Se hace un tácito rechazo del panteísmo, del materialismo y
del ateísmo que luchan por negar toda norma sobre lo que es recto y justo y por la ruina de la sociedad
humana. El Concilio se duele de la creciente impiedad, incluso entre los mismos católicos que llegan a
confundir fe divina con conocimiento humano, y naturaleza con gracia.

El capítulo primero transmite la doctrina sobre la existencia de un Dios personal, creador, libre e
independiente de la creación, haciendo frente al panteísmo que identifica a la creación con el Creador. Dios
creador, lo protege y gobierna todo con su providencia.
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El capítulo segundo, que trata sobre la Revelación, comienza afirmando que podemos conocer a Dios con
certeza partiendo de las cosas creadas con el uso de la luz natural de nuestra razón. Sin embargo, Dios quiso
revelarse por medio de otra vía, y ésta es sobrenatural. Esta revelación sobrenatural está contenida en libros
escritos y en tradiciones no escritas, de las cuales sólo tiene autoridad dada por Dios para interpretarlas la
Santa Madre Iglesia docente. El capítulo tercero trata sobre la Fe. De ella dice que es una virtud sobrenatural
por la que creemos como verdadero aquello que Dios ha revelado. La fe nunca está en desacuerdo con la
razón. En sí misma la fe es un don de Dios, don que su acto atañe a la salvación. Por eso deben ser creídas
con fe divina y católica todas las cosas contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y todo lo que el
Magisterio de la Iglesia propone para ser creído como divinamente revelado.

En el capítulo cuarto se trata sobre la relación entre fe y razón. La fe y la razón son dos órdenes de
conocimiento distintos tanto por su principio como por su objeto, pero aunque la fe se encuentra por encima
de la razón no pueden contradecirse. Sólo por la fe en la Revelación divina podemos acceder al
conocimiento de misterios escondidos por Dios, ya que la sola razón natural no tiene capacidad de
alcanzarlos. Sin embargo, esta razón, iluminada por la fe, puede alcanzar un cierto entendimiento de los
misterios divinos. Ya que no puede haber contradicción entre fe y razón porque ambas provienen de Dios,
los fieles cristianos no deben defender conclusiones de la ciencia contrarias a la doctrina de la fe,
especialmente las condenadas por la Iglesia. La fe y la razón se prestan mutua ayuda. Las ciencias, utilizadas
apropiadamente, conducen a Dios con la ayuda de Su gracia. Seguidamente vienen los distintos cánones con
sus respectivos anatemas. En ellos se anatematiza el ateísmo, el materialismo, el panteísmo, el emanantismo,
el agnosticismo, el cientificismo, el racionalismo, el naturalismo y el relativismo religioso.

El Concilio Vaticano I intentó ser un dique contra esas corrientes decimonónicas que minaban la fe de la
Iglesia y le hacían en cierto modo competencia en el ámbito del conocimiento, llegando algunas a situar la fe
en el mismo nivel de las supersticiones y catalogándola como instrumento empleado para dominar y
adormilar a las masas.

Para llegar a definir la Revelación como autocomunicación de Dios se ha trabajado por superar el
extrinsecismo en la noción de Revelación y el intelectualismo en la concepción de la fe. Por la revelación,
Dios se da al hombre. Y la noción de fe supone la disposición humana a la obediencia plena: por la fe, el
hombre se da a Dios. Cada uno, el hombre y Dios, según su capacidad. Como criatura, el hombre ha
recibido del Creador la capacidad de buscarlo y de saberse referido a Él. En sí mismo y en cuanto le rodea,
el hombre puede reconocer esa “comunicación ontológica gratuita.

A pesar de este avance, echo en falta en esta Constitución la definición de Jesucristo como la auténtica
Palabra de Dios. En este documento, cuando se habla de la autorrevelación de Dios, se menciona sólo las
Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición como conteniente de dicha Revelación. A pesar de que cita Hb
1,1ss, donde se hace mención del Hijo de Dios como Palabra del Padre, sin embargo, el Concilio no
desarrolla esta enseñanza sino que, a continuación, define la Revelación como contenido. Dice textualmente
la Dei Filius: «Esta revelación sobrenatural… está contenida en libros escritos y en tradiciones no escritas».
Se echa en falta que esa Revelación «es» primeramente Nuestro Señor Jesucristo, Palabra eterna y encarnada
del Padre. Quizás por eso, años más tarde, en el aula conciliar del Vaticano II podemos encontrarnos
confusiones en muchos padres conciliares sobre lo que es la Sagrada Tradición, identificándola con un
contenido, una series de doctrinas guardadas, protegidas y transmitidas por la Iglesia. De esta manera se
estaba confundiendo a la Tradición con el traditum (contenido), en otras con el tradens (el transmisor de un
traditum) y, en otras, con Traditio (la acción misma de la transmisión por parte de un tradens).
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