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Penitencia y Unción

Titulación Bachiller en Teología-Licenciatura en Estudios Eclesiástico


Profesor Fco. Jesús Genestal Roche
Curso 2018-2019 Curso 5º/Cuatrimestre primero ECTS: 4=100 horas

PRESENTACIÓN DE PRÁCTICAS Calificaciones del texto


Alumno/a HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, MARIOLA A.
CLARIDAD
EXPOSITIVA
COHERENCIA COMPRENSIÓN VALORACIÓN
Calific.
De la
TEXTUAL 20% DE IDEAS 30% CRÍTICA 30%
2o% práctica
Texto “RECONCILIACIÓN EN CONTEXTO COMUNITARIO”,

Fecha 07/11/2018

El artículo “Reconciliación en contexto comunitario”, publicado en la revista Selecciones de Teología 214


(2015), por el teólogo alemán Michael Theobald, el cuál es profesor de Nuevo Testamento en la Facultad de
Teología Católica de la Universidad de Tübingen. En este escrito desarrolla como idea principal la defensa de
la dimensión eclesial, tanto de la “corrección fraterna”, como de la penitencia y de la reconciliación en el
contexto comunitario. Para ellos desarrolla el artículo en cuatro partes de las que se desprenden dos ideas
secundarias, la primera son las reglas para la corrección fraterna como medio de superar los conflictos y la
segunda son los obstáculos existentes en el culto y el acto penitencial en la misa dominical. En general,
recurre a Lv 19, 17-18; Dt 19, 15; a algunos textos del Nuevo Testamento y de la literatura cristiana
primitiva.

La “corrección fraterna” es un medio para conseguir la paz del corazón, clarificar las relaciones y para no
dejar surgir el odio hacia el hermano, por lo que es necesaria la existencia de unas reglas para que sea eficaz.
Los fundamentos de esta práctica M. Theobald la encuentra en Lv 19, 17-18, que los hagiógrafos del Nuevo
Testamento pusieron en práctica. En Mt 18, 15-20 se expone lo que practicaba la comunidad de Mateo,
insertado en el discurso de Jesús, se detallan los pasos a seguir para corregir a un hermano. El texto no
clarifica el tipo de falta, sólo señala que quien llegue a enterarse le corresponde conservar la comunión
eclesial. El primer paso es hablar a solas con el hermano que ha cometido la falta; el segundo paso es un
diálogo con dos o tres testigos, y si fracasa también vendría un tercer paso que es una sesión plenaria en la
que entra la comunidad. Si al final no existe el arrepentimiento, queda como último paso la exclusión de la
comunidad.

La legitimación teológica de la praxis del perdón se da a través del poder de perdonar los pecados que tiene
la comunidad y que está ratificada en el cielo, lo que para M. Theobald es una manera inequívoca del poder
de perdonar pecados. Esta concesión de perdón no es simplemente una palabra dicha de paso, sino que se
esclarece al final del texto, el perdón debe ir acompañado de la plegaria. Todas las decisiones de la Ekklesía
son el resultado de un proceso de plegaria, el consenso se ha de alcanzar en la oración. El autor lo aplica a los
dos o tres reunidos en nombre de Jesús, que son aquellos que se han reunido para alcanzar la conversión del
pecador en el segundo paso del proceso.

M. Theobal añade a la “corrección fraterna” un dato más, en 1Tm 5, 19-21 se hace referencias en el caso de
un presbítero. Los componentes de este “procedimiento disciplinario” son muy parecidos a los de Mt 18, 15-
20, pero con la diferencia de que se trata de un presbítero y no contempla la excomunión, por lo que se
deduce que nos es un caso de desviación doctrinal. Se deja entrever que la función de Timoteo es la del
Epíscopos de aquella época, por lo que Pablo en su carta lo compromete a no aceptar denuncias anónimas y a
escuchar sólo peticiones personales y responsables. Debe escuchar las acusaciones cuando los acusadores
coincidan en su inculpación, sólo así, el presbítero debe ser convocado ante el presidente de la comunidad
que es quien hace la corrección fraterna semipública. Esto presupone que el delito ha sido comprobado
mediante el testimonio de los testigos. La corrección ha de realizarse delante de todo el presbiterio. Un
ejemplo de cómo la comunidad ha de tratar la falta de un presbítero lo encontramos en la carta de Policarpo a
los Efesios.

Entre los obstáculos existentes en el culto y el acto penitencial en la misa dominical M. Theobald menciona
el referido en Mt 5, 23-24, que es la escena de un peregrino que antes de realizar su ofrenda se acuerda de
que su hermano tiene “algo” contra él. Es una exhortación a la reconciliación, lo que demuestra que esta es
más importante que cualquier culto de reconciliación, pues si queremos pedir perdón las relaciones humanas
deben estar clarificadas. Un texto de la Didaché (Did 14, 1-3) tiene como trasfondo el texto de Mateo, en el
que la “pureza” de la ofrenda exige la pureza de los participantes, basados en la confesión.

Para esta “pureza” de la ofrenda eucarística se establecen dos requisitos:

1. Los asistentes deben experimentar la pureza por la confesión de los pecados realizada de antemano.
2. Los que tienen litigios con sus prójimos no deberían tomar parte en la celebración, a no ser que se
hayan reconciliado previamente.

M. Theobald reconoce que tanto los textos bíblicos como los textos de los primeros años cristianos están
condicionados por circunstancias y situaciones eclesiales que no son las nuestras, pero respiran el Espíritu de
Jesús, nos ofrecen enseñanzas prácticas, enmarcan teológicamente y sitúan en determinados contextos las
normas que se van elaborando, contextos que las van “animando” y cambiando.

Estos textos nos enseñan que la reconciliación cuesta esfuerzo y pide tiempo, pide sensibilidad para la
ocasión de introducir gestos de reconciliación. Este proceso también necesita reglas e instancias de diversos
niveles que van acompañados de la gracia que modela al ser humano a la voluntad de Dios. Del punto de
vista teológico le asigna a la reconciliación una altísima dignidad que se traduce en la potestad de atar y
desatar de la reunión plenaria de la Ekklesía en la realidad de cada día, pero no se aclara cómo ha de
realizarse esto en la Iglesia católica, aunque queda claro que no se trata de “democratización”, sino de una
imagen de “sintonía” eclesial que siempre conduce a un proceso espiritual, un esfuerzo eclesial de consenso
en la oración.

La palabra sacramental del perdón no debe convertirse en una palabra de “gracia barata”, si se pronuncia en
la asamblea litúrgica, ha de estar incrustada en una praxis comunitaria correspondiente, pues es liberadora
por la gracia de Dios.

Comentario personal.

M. Theobald hace referencias al empobrecimiento que vive actualmente la reconciliación a nivel eclesial. La
“corrección fraterna” no entra dentro de la penitencia sacramental en sentido estricto, pues los presbíteros no
tienen una función especial desde el principio, sólo en el caso de que se trate de uno de ellos y para excluir o
readmitir al hermano que se corrige. Mt 18, 15-20 nos refiere que la Iglesia sólo interviene a través de sus
miembros en el último y tercer paso, cuando el diálogo a solas o con otros miembros de la comunidad, no ha
surtido efecto. Por lo tanto, se hace referencias a una forma ministerial de la penitencia a través de la
exclusión o readmisión en la comunidad. Aquí, esta exclusión, se presenta como un medio extraordinario
para que el pecador se vuelva a Dios y a la comunidad. Es una vivencia que se ha perdido a nivel
comunitario, vemos fieles que son un escándalo para los demás a quienes alguien, a solas, les ha dicho que
no está bien lo que hacen, pero que continúan acercándose al sacramento de la eucaristía sin que suceda algo
más, sin que el sacerdote les requiera. Es una praxis penitencial que se ha perdido, la comunidad entera hacía
penitencia y elevaba súplicas intercediendo ante Dios por el hermano pecador.

Es de extrañar que M. Theobal no utilice un texto paralelo al de Mt 18, 15-20, el de Sant 5, 16.19s, al que
Santiago le ha añadido «Confesad unos a otros los pecados», además de rezar unos por otros. Era algo
añadido a la “corrección fraterna” que en la temprana y alta Edad Media derivó en la confesión a laicos, que
se tenía para el perdón de los pecados veniales, pero no tiene sacramentalidad. Aún así, este tipo de confesión
puede ser útil en el seno familiar: entre los cónyuges, los hijos, los amigos; y dentro de las órdenes religiosas,
pues se presta para resolver problemas provocados por actitudes erróneas, como la difamación, la calumnia u
otra conducta similar. Es una confesión reconciliadora. Visto así nos recuerda un simple acto de pedir
disculpas pues no requiere de rito alguno, pero debe ir acompañado de la oración intercesora de uno por otro
y la penitencia vicaria, pues estamos convencidos que Dios nos ha prometido su gracia. Es lo que nos
recuerda Mt 5, 23-24, antes de ofrecer tu ofrenda, reconcíliate con tu hermano, pues la reconciliación con el
hermano y con Dios van estrechamente unidas, pues el acercarse al altar depende de una confesión
reconciliadora.

Revitalizar este tipo de reconciliación con seriedad eliminaría dificultades, tensiones y molestias que
complican las relaciones y la vida cristiana dentro de las familias, comunidades, parroquias, órdenes e
instituciones eclesiásticas. Así nuestras comunidades recobrarían vida y unidad, la fe no se viviría tan en
solitario

Por último, M. Theobald no menciona todos los obstáculos en el culto y el acto penitencial existentes en la
misa dominical. Acercarse al sacramento de la Penitencia actualmente carece ya de una liturgia, se ha
privatizado tanto que no muestra su dimensión social y eclesial, sólo, cuando se efectúa dentro de un acto
penitencial. También dentro de la celebración eucarística, en el acto penitencial que forma parte de la Liturgia
de la Palabra ha perdido sentido. Antiguamente el predicador invitaba a la comunidad a alzar las manos
mientras proclamaba el «yo pecador», impartiendo una absolución general. Actualmente esta parte se hace
muy de prisa, sin dejar unos instantes de silencio y recogimiento. Es importante que se tome en cuenta la
necesidad de estos instantes de silencio, pues facilita el recogimiento y la meditación de la Palabra. Gracias
al silencio podemos revisar nuestra relación con Dios, escuchar nuestra conciencia y revisar nuestra relación
con los hermanos, para así pedir perdón y llegar reconciliados a la eucaristía.

El Concilio Vaticano II anima a una reflexión sobre el sacramento de la Penitencia, cuando en el nº 72 de


Sacrosanctum Concilium dice «Revísese el rito y las fórmulas de la penitencia de manera que expresen más
claramente la naturaleza y el efecto del sacramento». Es sólo rescatar antiguas formas olvidadas o excluidas,
así como adecuarlas a nuestro tiempo. No tiene por qué dejar de existir la confesión individual, pero los actos
penitenciales deberían reavivar su liturgia, de manera que exprese con mayor énfasis el carácter comunitario
y provocaría el despertar el espíritu de la penitencia intercesora.