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GRIEGO I: LECTURAS_3ª Ev.

TEXTO 1
Homero, Ilíada XXIV, vv. 458-551

Llegaron, por fin, a la elevada tienda que los mirmidones habían construido para
el rey con troncos de abeto, cubriéndola con un techo inclinado de frondosas
cañas que cortaron en la pradera; la rodeaba una gran cerca de muchas estacas y
tenía la puerta asegurada por una barra de abeto que quitaban o ponían tres
aqueos juntos, y solo Aquiles la descorría sin ayuda. Entonces el benéfico Hermes
abrió la puerta e introdujo al anciano y los presentes para el Pélida, el de los pies
ligeros. Y apeándose del carro, dijo a Príamo:

—¡Oh anciano! ¡Yo soy un dios inmortal, soy Hermes; y mi padre me envió para
que fuese tu guía! Me vuelvo antes de llegar a la presencia de Aquiles, pues sería
indecoroso que un dios inmortal se tomara públicamente tanto interés por los
mortales. Entra tú, abraza las rodillas del Pélida y suplícale por su padre, por su
madre de hermosa cabellera y por su hijo, para que conmuevas su corazón.
Cuando esto hubo dicho, Hermes se encaminó al vasto Olimpo. Príamo saltó del
carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue
derecho a la tienda en que moraba Aquiles, caro a Zeus. Le halló dentro y sus
amigos estaban sentados aparte; solo dos de ellos, el héroe Automedonte y
Alcimo, vástago de Ares, le servían, pues acababa de cenar; y si bien ya no comía
ni bebía, aún la mesa continuaba puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, se
acercó a Aquiles, le abrazó las rodillas y besó aquellas manos terribles, homicidas,
que habían dado muerte a tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que,
hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre que, poseído de la cruel
Ate, mató en su patria a otro varón y ha emigrado a un país extraño; de igual
manera se asombró Aquiles al ver al deiforme Príamo; y los demás se
sorprendieron también y se miraron unos a otros. Y Príamo suplicó a Aquiles,
dirigiéndole estas palabras:

—Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma


edad que yo y ha llegado al funesto umbral de la vejez. Quizá los vecinos
circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y de la ruina; pero
al menos aquel, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en
día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después
de que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos
ninguno me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos: diecinueve
procedían de un solo vientre; a los restantes, diferentes mujeres les dieron a luz
en el palacio. A los más, el furibundo Ares les quebró las rodillas; y el que era
único para mí, pues defendía la ciudad y sus habitantes, a ese tú lo mataste hace
poco, mientras combatía por la patria, a Héctor; por quien vengo ahora a las
naves de los aqueos, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate. Pero,
respeta a los dioses, Aquiles, y apiádate de mí, acordándote de tu padre; que yo

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GRIEGO I: LECTURAS_3ª Ev.

soy todavía más digno de piedad, puesto que me atreví a lo que ningún otro
mortal de la tierra: a llevar a mi boca la mano del hombre matador de mis hijos.
Así habló. A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y, asiendo de la mano
a Príamo, le apartó suavemente. Entregados uno y otro a los recuerdos, Príamo,
caído a los pies de Aquiles, lloraba copiosamente por Héctor, matador de
hombres; y Aquiles lloraba unas veces a su padre y otras a Patroclo; y el gemir
de ambos se alzaba en la tienda. Mas así que el divino Aquiles se hartó de llanto
y el deseo de sollozar cesó en su alma y en sus miembros, se alzó de la silla, tomó
por la mano al viejo para que se levantara, y mirando compasivo su blanca cabeza
y su blanca barba, le dijo estas aladas palabras:

— ¡Ah, infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado. ¿Cómo
osaste venir solo a las naves de los aqueos, a los ojos del hombre que te mató
tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Mas, ea, toma asiento en
esta silla; y aunque los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las
penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses destinaron a los
míseros mortales a vivir en la tristeza, y solo ellos están descuitados.

TEXTO 2
Solón, Eunomía 3 D

«Estas son las enseñanzas que mi corazón me ordena dar a los atenienses:
cómo Disnomía acarrea males sin cuento a una ciudad
mientras que Eunomía lo hace todo ordenado y cabal
y con frecuencia coloca los grillos a los malvados:
allana asperezas, cesa la hartura, acalla la violencia,
marchita las naciente flores del infortunio,
endereza las sentencias torcidas y rebaja la insolencia,
hace cesar la discordia y el odio de la disensión funesta, y bajo su influjo
todas la acciones humanas son justas e inteligentes»

TEXTO 3
Teognis de Mégara I, 87–92

«Ninguna gratitud obtiene el que hace bien a la gente vil:


Igual que sembrar en las aguas de la mar espumosa.
Porque ni segarás una gran cosecha si siembras en el mar,
ni, si haces bien a los villanos, recibirás a cambio beneficios;
pues la gente baja tiene aspiraciones insaciables y si yerras en una cosa,
el agradecimiento por los favores anteriores, se borra;
mientras que los hombres de bien, al recibir un beneficio,
son los que más aprecian y en el futuro tienen memoria y agradecimiento
[de aquellos favores]»

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TEXTO 4
Eurípides, Medea, 1235-1328
Medea
Amigas, he resuelto matar inmediatamente á mis hijos y abandonar esta tierra, y
no tardar en hacerlo, con el fin de no entregarlos a cualquier otro, que los mataría
con mano más cruel. [1240] Es preciso que mueran, y los mataré yo misma, que
los he parido. ¡Vamos, ármate de valor, corazón mío! ¿Por qué tardas en llevar á
cabo este mal cruel, pero necesario? ¡Y tú, miserable mano, coge la espada, cógela!
Ve en pos del triste límite de la vida, no seas cobarde, no te acuerdes de tus hijos,
ni de que los quieres, ni de que los pariste. ¡Olvida á tus hijos por un solo día, que
ya gemirás después! ¡Los mataré, [1250] y los quiero verdaderamente, y soy una
mujer desdichada!

El coro
¡Oh Tierra, oh rayo de Helios que iluminas todas las cosas! mirad, ved á esta
miserable mujer antes de que ponga en sus hijos una mano parricida y sangrienta.
¡Descienden de tu raza de oro, Helios, y es horrible que la sangre de los Dioses
sea vertida por los hombres! ¡Oh divina luz, detenla, refrénala! ¡Echa de las
moradas [1260] á esa miserable Erinnis sangrienta enviada por los Demonios
funestos!

En vano has llevado, en vano has parido á esta querida raza, ¡oh tú, que
franqueaste el estrecho inhospitalario de las Simplégadas azules! Desdichada,
¿qué cólera cruel se ha apoderado de tu corazón y en él infunde el furor del
asesinato? Una mancilla fatal es para los mortales derramar por la tierra sangre
de allegados, y por culpa del parricidio, [1270] en las moradas hacen irrupción
divinamente calamidades justas.

Primer niño
¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Adónde iré huyendo la mano de mi madre?

Segundo niño
¡No lo sé, queridísimo hermano! ¡perecemos!

El coro
¿Oís, oís el clamor de los niños? ¡Oh mísera, oh infeliz mujer! ¿Entraré en la
morada? Voy á alejar de esos niños la muerte.

Los niños
¡Por los dioses, socorro! De prisa, porque ya cae la espada sobre nosotros.

El coro

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GRIEGO I: LECTURAS_3ª Ev.

¡Miserable! ¿acaso eres de roca ó de hierro, [1280] para segar, con un destino
parricida, esta cosecha de hijos que has parido? He oído decir que sólo una mujer,
Ino, puso mano en otro tiempo sobre sus queridos hijos, pues los Dioses la
tornaron furiosa, cuando la mujer de Zeus la expulsó, delirante, de sus moradas.
Pero la infeliz, á causa del asesinato impío de sus hijos, se tiró al mar desde lo
alto de la costa marina, á fin de morir con sus dos hijos. [1290]¿Puede ocurrir en
adelante nada más horrible? ¡Oh lamentables bodas de mujeres, cuántos males
habéis traído á los hombres!

Jasón
Mujeres que os erguís junto á la casa, ¿está en las moradas Medea, que ha
cometido acciones atroces? ¿Ha emprendido la fuga? Tendrá que esconderse bajo
tierra ó lanzar su cuerpo alado por las profundidades del aire, si no quiere ser
castigada por lo que ha hecho con la familia real. ¿Se envanece de huir de estas
moradas impune, [1300] después de haber matado a los príncipes de esta tierra?
Pero no me preocupa ella tanto como mis hijos. Porque los que ella ha ultrajado
se vengarán de ella; pero he venido para salvar la vida de mis hijos, temeroso de
que los allegados de Creón les hagan algún daño en expiación del horrible
asesinato cometido por su madre.

El coro
¡Oh desdichado! No sabes, Jasón, á qué colmo de males has llegado. Si lo
supieras, no dirías eso.

Jasón
¿Qué ocurre, pues? ¿También a mí quiere matarme?

El coro
Tus hijos han perecido bajo la mano materna.

Jasón
[1310] ¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¡Cómo me haces morir, mujer!

El coro
¡Ten la seguridad de que han muerto tus hijos!

Jasón
¿Dónde los ha matado? ¿En la morada ó fuera?

El coro
Abre las puertas, y verás el asesinato de tus hijos.

Jasón

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GRIEGO I: LECTURAS_3ª Ev.

Servidores, descorred inmediatamente los cerrojos, quitad las puertas, con objeto
de que vea yo la doble desgracia de mis hijos degollados, y la castigue por ese
asesinato.

TEXTO 5
Alceo de Mitilene (38)

«¡Bebe y emborráchate, Melanipo, conmigo! ¿Qué piensas?


¿Qué? ¿Vas a vadear de nuevo el arremolinado Aqueronte,
una vez ya cruzado, y de nuevo del sol la luz clara
vas a ver? Vamos, no te empeñes en tamañas porfías.
En efecto, también Sísifo, rey de los eolios, que a todos
superaba en ingenio, se jactó de escapar a la muerte.
Y, desde luego, el muy artero, burlando su sino mortal,
dos veces cruzó el arremolinado Aqueronte. Terrible
y abrumador castigo le impuso el Cronida más tarde
bajo la negra tierra. Con que, vamos,
no te ilusiones. Mientras jóvenes seamos, más que nunca, ahora
importa gozar de todo aquello que un dios pueda
ofrecernos; pero mientras el viento bóreas se enfurece,
bebamos dulce vino, remedio de males»

TEXTO 6
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 20 y ss.
Así fueron, pues, según mis investigaciones, los tiempos antiguos, materia
complicada por la dificultad de dar crédito a todos los indicios tal como se
presentan, pues los hombres reciben unos de otros las tradiciones del pasado sin
comprobarlas, aunque se trate de las de su propio país (...)
¡Tan poco importa a la mayoría la búsqueda de la verdad y cuánto más se
inclinan por lo primero que encuentran! Sin embargo, no se equivocará quien, de
acuerdo con los indicios expuestos, crea que los hechos a los que me he referido
fueron poco más o menos como he dicho y no de más fe a lo que sobre estos
hechos, embelleciéndolos para engrandecerlos, han cantado los poetas ni a los
que los logógrafos han compuesto para cautivar a su auditorio que a la verdad,
pues son hechos sin pruebas y, en su mayor parte, debido al paso del tiempo,
increíbles e inmersos en el mito (...) Y en cuanto a los hechos acaecidos en el curso
de la guerra, he considerado que no era conveniente relatarlos a partir de la
primera información que caía en mis manos, ni cómo a mí me parecía, sino
escribiendo sobre aquellos que yo mismo he presenciado o que, cuando otros me
han informado, he investigado por si acaso.