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Los hombres*

Si uno tiene el hábito de generalizar, se puede decir que La enfermedad de la muerte es

un primer estadio de Ojos azules cabellos negros. Pero La enfermedad de la muerte era un

proceso y en este caso no hay nada semejante, en ningún sentido.

La gente, desde Peter Handke hasta Maurice Blanchot, creyó que La enfermedad de la

muerte estaba contra los hombres en relación con las mujeres. Tal vez. Pero opino que si los

hombres se interesaron tanto en La enfermedad de la muerte es porque presintieron que

había algo más, y que les concernía. Es extraordinario que lo hayan visto. Pero es

igualmente extraordinario que algunos no vieran que en The Malady of death hay un

hombre entre los hombres frente a los hombres y más allá, de manera muy precisa, hay un

hombre frente a las mujeres solamente.

Los hombres son homosexuales. Todos los hombres están en potencia de ser

homosexuales, sólo les falta saberlo, toparse con el incidente o la evidencia que se los

revelará. Los homosexuales lo saben y lo dicen. Las mujeres que han conocido

homosexuales y que los han amado también lo saben y también lo dicen.

El travesti disfrazado, invasivo, vocinglero, encantador, inefable, adorado en todos los

ambientes, lleva en el centro de su cuerpo y de su cabeza la muerte de la antinomia

orgánica y fraternal entre los hombres y las mujeres, el duelo absoluto de la mujer, ese

segundo término.

Es menos el fruto de una verdadera experiencia que una intuición, una especie de

percepción enceguecedora de lo que pasa realmente en los hombres. No es un conocimiento

*
Extraído de Marguerite Duras, La vie matérielle, Gallimard, París, 1987, pp. 42-53.
personal del hombre, de un estado general del hombre, es una evidencia. Ahora ya no lo

llamo literalmente con palabras. Ahora que lo sé, ya no tengo palabras para decirlo. Está ahí

y ya no tiene nombre. Podemos proceder desde lejos, acercándonos con metáforas si

quieren. Ahora ya no digo como antes en La enfermedad de la muerte, más bien digo: es

una diferencia de una sola palabra, no sabemos cuál, tiene la importancia de una sombra

sobre una palabra, sobre el sentido de una palabra. Un color sin genio propio, un feo azul de

pronto. Una diferencia muy tenue pero redhibitoria, o tal vez todo lo contrario, e

igualmente, la ausencia de una sombra en todas partes, sobre el mar y la tierra. Y en los

ojos ese velo muy suave de la falta de amor.

Allí donde lo imaginario es más fuerte es entre el hombre y la mujer. Es allí donde están

separados por una frigidez de la cual se vale la mujer cada vez más y que consterna al

hombre que la desea. La propia mujer, la mayor parte del tiempo, no sabe lo que es ese mal

que la priva de deseo. No sabe, mucho más a menudo de lo que se cree, lo que es el deseo,

cómo se le presenta a la mujer, cree que hay cosas que hacer para que ella lo sienta a su vez

como algunas otras mujeres. No hay nada que decir al respecto salvo una cosa: es que allí

donde se cree que lo imaginario está ausente, allí es más fuerte. Es la frigidez. La frigidez

es lo imaginario del deseo para esa mujer que no desea al hombre que se le ofrece. Esa

frigidez es el deseo de la mujer por un hombre que todavía no ha llegado hasta ella, que ella

aún desconoce. La mujer es fiel a ese desconocido incluso antes de pertenecerle. La frigidez

es el no-deseo de lo que no es ese hombre. El fin de la frigidez es una noción imprevisible,

ilimitada, que ningún hombre puede conseguir por completo. Es el deseo que la mujer sólo

siente por su amante. Cualquiera sea, de cualquier estrato social que provenga, ese hombre

será el amante de la mujer si ella siente deseo por él. La vocación por un solo ser en el
mundo, incontrolable, es femenina. Puede pasar que entre amantes, en la heterosexualidad,

el deseo también esté ligado a la persona, que el hombre se vuelva frígido al igual que la

mujer, impotente si cambia de pareja, pero es mucho más raro. Aun cuando sean nociones

radicales, desesperantes, son las que más se acercan a la verdad.

La heterosexualidad es peligrosa, allí se procura llegar a la dualidad perfecta del deseo.

En la heterosexualidad no hay solución. El hombre y la mujer son irreconciliables y esa

tentativa imposible que se renueva con cada amor es lo que constituye su grandeza.

La pasión de la homosexualidad es la homosexualidad. Lo que el homosexual ama como

a su amante, su patria, su creación, su tierra, no es su amante, sino la homosexualidad.

Donde somos alcanzadas por el deseo de nuestro amante es en esa cavidad de la vagina

que resuena como un hueco dentro de nuestro cuerpo. Un sitio del cual la verga de nuestro

amante está ausente. No podemos engañarnos sobre ese amante. Es decir que no podemos

imaginar una verga extraña en ese sitio que ha sido hecho para un solo hombre, que es

nuestro amante. Cuando un hombre extraño nos toca, gritamos de asco. Poseemos a nuestro

amante como él nos posee. Nos poseemos. El lugar de esa posesión es el lugar de la

absoluta subjetividad. Es allí donde nuestro amante nos asesta los golpes más fuertes que le

suplicamos que nos dé para que se expandan como un eco en todo nuestro cuerpo, en

nuestra cabeza que se vacía. Es entonces cuando queremos morir.

El escritor que no ha conocido mujeres, que nunca tocó el cuerpo de una mujer, que tal

vez nunca leyó libros de mujeres, poemas escritos por mujeres y que sin embargo cree
haber realizado una carrera literaria, se engaña. No se puede ignorar un dato semejante y

ser considerado un maestro incluso por sus pares. Roland Barthes era un hombre por quien

sentía amistad pero que nunca pude admirar. Me parecía que siempre tenía el mismo porte

profesoral, muy alerta, rigurosamente partisano. Una vez cerrado el cilo de las

“Mitologías”, ya no logré leerlo más. Después de su muerte intenté leer su libro sobre la

fotografía, una vez más, tampoco pude hacerlo salvo un capítulo muy hermoso sobre su

madre. Esa madre venerada que fue su compañía y la única heroína del desierto de su vida.

Luego intenté leer Fragmentos de un discurso amoroso pero no pude. Por supuesto que es

muy inteligente. Un cuaderno amoroso, sí, eso es, amoroso, siguiendo su tema sin amar,

pero nada, me parece, nada, un hombre encantador, verdaderamente encantador, de todas

maneras. Y un escritor, de todas maneras. Eso es. Un escritor de una determinada escritura,

inmóvil, regular.

Aun en un particularismo religioso, hay que abrirse a lo desconocido, que lo

desconocido entre y moleste. Hay que abrir la ley y dejarla abierta para que algo entre y

perturbe el juego habitual de la libertad. Habría que abrirse a lo impío, a lo prohibido para

que lo desconocido de las cosas entre y se muestre. Eso no está en Roland Barthes, no hay

movimientos de esa clase, pulsiones adolescentes más fuertes que él mismo, que atraviesen

lo que se presenta. Roland Barthes debió ser adulto inmediatamente después de la infancia.

No atravesó los peligros de la adolescencia.

Sexualmente, los hombres a menudo interpretan las cosas de mis libros como si

derivaran de un prejuicio de mi parte. Clasifican todo lo que leen, todo lo que hacemos. Y

se ríen de cualquier sexualidad que no sea la suya.


En El amante, algunos hombres sintieron rechazo ante la pareja de la pequeña Blanche y

el amante chino. Se saltean las páginas, dicen, o cierran los ojos. Leyendo, cierran los ojos.

Para ellos, El amante es la familia chiflada, los paseos, el colegio, es Saigón by night y todo

el desfile colonial. Pero no la pequeña Blanche y el amante chino. Pero para la mayoría, la

pareja de El amante en cambio los colma de un deseo inesperado que llega desde el fondo

de los siglos, desde el fondo de los hombres, el deseo del incesto, de la violación. Para mí,

esa niña que camina por la ciudad como para ir al liceo, en la inmensa avenida surcada por

tranvías, los mercados, las veredas plagadas de gente para ir hacia ese hombre, hacia esa

obligación servil con respecto a su amante, tiene una libertad que yo he perdido.

Me acuerdo de la presencia de las manos sobre el cuerpo, de la frescura del agua de las

jarras. Que hace calor, un calor que ahora parece completamente inimaginable. Soy la que

se deja lavar, él no seca mi cuerpo, me lleva mojada al catre – la madera es lisa como la

seda, fresca – enciende el ventilador. Me devora con una fuerza y una dulzura que me

deshacen.

La piel. La piel del hermanito. Es parecida. La mano. Parecida.

Creo que en general la conducta del hombre con la mujer es una conducta brutal, de

autoridad. Pero esa conducta no prueba que el hombre sea brutal o autoritario, prueba que

el hombre es así en la pareja heterosexual. Porque está incómodo en esa pareja. Cumple un

papel porque se aburre. En la pareja heterosexual, el hombre espera su hora, digamos, su

hora personal. No lo sabe. El número de hombres que esperan en las parejas heterosexuales,

solos, en su rincón, sin un lenguaje común con su mujer, o en los salones, o en las playas o

en las calles y que lo ignoran, deben ser millones y millones en todos los países del mundo.
Esos hombres ya no están en guardia cuando dejan el papel que tienen en la pareja

heterosexual. Los hombres no conocen otro equivalente de la conversación íntima entre las

mujeres más que con los hombres, los otros hombres. Hablar es hablar de su sexualidad. Y

hablar de la sexualidad es ya estar en la sexualidad. No es hablar de deportes o de la

oficina.

Las cosas son falseadas por las mujeres. No hablan entre sí más que de la vida material.

No son admitidas en el ámbito de la espiritualidad. Hay muy pocas que lo saben. Hay

muchas que aún no lo saben. Las mujeres han sido informadas sobre sí mismas desde hace

siglos por el hombre, que les enseña que son inferiores a él. Y en esa posición de retiro, de

oprimidas, la palabra es mucho más desembozada, más general porque permanece en la

materialidad de la vida. Esa palabra es más antigua. La mujer ha cargado con una desgracia

prácticamente estatutaria durante siglos, antes de ver la luz en un primer libro consagrado a

la mujer. El hombre no. Es la mujer la que es joven, fresca. Ella no sabía.

El factor común entre ellos y nosotras es el encanto, y el encanto es ser semejante. Ser

hombre o mujer es descubrir que uno es semejante.

Si eres un hombre, tu compañía privilegiada en la existencia, la de tu corazón, tu carne,

tu raza, tu sexo es la del hombre. Es con ese humor con el que recibes a las mujeres. Es el

otro hombre, el número dos que está en ti, el que vive con tu mujer y tiene con ella las

relaciones sexuales ordinarias, utilitarias, culinarias, vitales, amorosas, pasionales incluso y

también engendradoras de hijos y de familia. Pero el gran hombre que está en ti, el hombre

número uno, no tiene una relación decisiva sino con sus hermanos, los hombres. Ustedes
escuchan en bloque las conversaciones relajadas de sus mujeres, no entran en detalles,

llegan a ustedes como ritornelos. No se escucha a las mujeres. No se escuchan las frases de

las mujeres. Pero no pretendemos acusarlos por eso. Es cierto que las mujeres todavía son

aburridas, que no se atreven, en muchos casos, a salir de su papel. Y que ustedes no desean

que lo hagan. La burguesía francesa para una mujer es siempre algo menor. Pero ahora la

mujer lo sabe. Y se va, deja al hombre; es mucho más feliz que antes. Con su hombre,

estaba en una representación. Ya un poco menos con los homosexuales.

El pasaje de un hombre de la heterosexualidad a la homosexualidad es una crisis muy

violenta. No existe un cambio más grande que ése. El hombre ya no se reconoce. Está como

naciendo. La mayor parte del tiempo no logra dominar la crisis, descifrarla. Primero no

reconoce nada y la hipótesis de la homosexualidad, por supuesto, le repugna. La mujer de

ese hombre sí lo sabe, ya sea que lo sepa de él o de otros, de amigas, ella empieza a

“reconocer” todo. Ella reconoce todo lo que el hombre ha dicho o hecho en el pasado. Dice:

“Debía ser así desde siempre y él no lo veía. Son los otros quienes lo han descubierto, otros

como él.”

Será la mayor catástrofe de todos los tiempos. Primero larvada. Se observa un ligero

despoblamiento. Ya no se trabaja. En ese primer momento, se recurre a una inmigración

masiva para que el trabajo se realice. Y luego ya no se sabe qué hacer. Es posible que

esperemos todos juntos el despoblamiento final. Dormiríamos todo el tiempo. La muerte

del último hombre pasaría desapercibida. Pero es posible que surjan nuevos heterosexuales

y reinicien la Comedia.
Sí, es difícil hablar de la sexualidad, en verdad. Antes de ser un plomero, o un escritor o

un chofer de taxi o un hombre sin profesión, o un periodista, los hombres son ante todo

hombres, heterosexuales u homosexuales. La diferencia es que hay algunos que nos lo

recuerdan apenas nos conocen y otros un poco más tarde. Hay que amar mucho a los

hombres. Mucho, mucho. Amarlos mucho para amarlos. De otro modo no es posible, no se

los puede soportar.