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LA AUTORIDAD EN LAS AULAS

Autoridad en las aulas

Mª Ángeles Llorente Cortés Federación de MRPs País Valencià

Publicado por Otros colaboradores/as | 17 de diciembre de 2009

Este artículo corresponde a la ponencia presentada en el segundo Encuentro de los


Proyectos de Intervención en Centros del curso 2009 - 2010 .
La palabra AUTORIDAD, se relaciona a menudo con significados que poco o nada tienen
que ver con la misma y se instauran confusiones, en muchos casos interesadas, que distraen
a la opinión pública de los temas realmente importantes a nivel educativo o social.

Sin embargo esta distinción no está clara ni en la familia, ni en la escuela, ni en la sociedad,


como revelan afirmaciones que a diario escuchamos en todos los ámbitos de socialización y
que aparecen reflejadas en los medios de comunicación. Claman las voces que en los
últimos años relacionan situaciones de conflicto, de violencia, de deterioro de la
convivencia con la “falta de autoridad”, pidiendo por contra que se resuelva esta situación
con actos inherentes al poder: más normas, más obediencia, más sanciones y más castigos.

Según se escribe en Wikipendia “ El concepto de autoridad apareció en Roma como


opuesto al de poder. El poder es un hecho real que implica que una voluntad se impone a
otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio la autoridad está unida a legitimidad, dignidad,
calidad, excelencia de una institución o de una persona.

Bajo estos parámetros, cabría preguntarse, ¿Es posible educar en la responsabilidad, la


participación y la democracia mediante la obediencia ciega, el miedo y la sumisión al orden
establecido? ¿Es posible que mediante la reproducción y el adoctrinamiento eduquemos en
la creatividad, la crítica constructiva, la emancipación y la libertad? ¿Es posible que sin
afecto, confianza complicidad y respeto mejore la convivencia en la familia, en la escuela o
en la sociedad? ¿Es posible que negando los conflictos podamos avanzar en su
comprensión y resolución?.

Parece evidente que no . Por tanto habremos de profundizar en los conceptos y desde una
perspectiva crítica plantearnos si lo que realmente queremos es que nos reconozcan
autoridad o tener más poder en función de nuestra edad o cargo sin que pueda cuestionarse
nuestra manera actuar. Tendremos que reconocer que el poder no lleva implícita
necesariamente la autoridad y que por mucho que se promulguen leyes y decretos que nos
den más poder, eso no nos va a garantizar el respeto, el reconocimiento ni la admiración de
nuestros alumnos, elementos imprescindibles en los procesos de enseñanza aprendizaje.

La autoridad es esencial en los procesos educativos. Autoridad entendida como aquella


relación en la que las personas se confieren un respeto derivado del saber, la coherencia, el
buen hacer y el reconocimiento mutuo. En este sentido la autoridad es un valor que otra
persona o personas nos otorga y que deja las puertas abiertas para iniciar procesos de
aprendizaje compartidos. Así definida, la autoridad va ligada a la construcción de la propia
identidad y asociada por tanto a procesos de emancipación y libertad.

A pesar de que son muchos los factores institucionales y sociales que contribuyen a
mermar y cercenar la autoridad docente, también es cierto que, a pesar de ello, muchos
docentes gozan del reconocimiento de los alumnos y de sus familias, tienen autoridad y la
utilizan para educar con respeto y afecto.

Una mirada crítica sobre lo que acontece en los centros educativos nos puede dar ciertas
claves de análisis:

No concita la misma autoridad el maestro que concreta su tarea educativa en seguir día tras
día las indicaciones de un libro de texto como único material de aprendizaje que aquel otro
que junto a sus alumnos y alumnas se replantea qué aprender y utiliza diferentes fuentes
documentales para indagar sobre un tema, desarrollando proyectos que supongan una
intervención sobre el entorno próximo. Ni es respetada de la misma manera la maestra que
utiliza la evaluación para valorar todo el proceso de enseñanza aprendizaje, detectando
fallos que le permitan mejorar su práctica docente, que la que se vanagloria de suspender a
la mayoría del alumnado, utilizando la evaluación como un mecanismo sancionador y
seleccionador, sin reconsiderar jamás su responsabilidad ni su manera de proceder en el
aula.

No concita la misma autoridad una profesora que tiene en cuenta la diversidad existente en
su aula e intenta dar atención a todos y todas propiciando una organización del aula que
favorezca el trabajo cooperativo, que otra profesora que dispone a los alumnos en filas de
uno y se pasa toda la hora explicando lo que ella cree esencial para los alumnos/as y
expulsando al “aula de convivencia” a los que se despistan o no la siguen. No inspira la
misma autoridad una maestra comprometida en la lucha contra las desigualdades que trata
de integrar en el aula a todo el alumnado, que otra que trabaja sólo para los mejores y cree
que todos los demás sobran en las enseñanzas medias y deberían estar en no se sabe muy
bien dónde, ni le importa, deseando tan sólo que salgan de su aula y no le molesten.

No inspira la misma autoridad un maestro que se interesa por sus alumnos, hace tutoría
individual con ellos, procurando conocerlos y entenderlos para orientarlos mejor, que aquel
otro que siente a los alumnos como enemigos a combatir, que ni tan siquiera sabe sus
nombres, que pasa lista mirando fotos y pone notas en los exámenes a números de la clase
A o B. Igualmente no concita la misma autoridad el maestro que llama a las familias
regularmente, las trata con respeto, sea cual sea su nivel social o su situación, que trata de
comprender lo que ocurre, sin juzgar, ni culpabilizar, intentando ayudar en la medida de lo
posible, que aquel otro que nunca las llama, que prefiere que no vayan y que si van se
limita a relatar todas las imperfecciones y faltas del alumno sin aportar ni una sola medida
para que la situación mejore.

No inspira la misma autoridad la maestra que solo falta a clase cuando es necesario, que
llega puntualmente a las clases, que instaura un clima de respeto y trabajo en el aula, que
otra que llega tarde sistemáticamente y pone retrasos a los alumnos que entran dos minutos
después de ella, que saca “el tamagochi” y empieza a poner faltas y amonestaciones a
diestro y siniestro en aras de imponer su “autoridad” que por cierto lógicamente no
consigue. No inspira la misma autoridad la maestra que promueve actividades elitistas para
diez o doce alumnos/as porque los demás no pueden pagarlas que aquella otra que intenta
que el máximo de sus alumnos pueda realizar actividades interesantes, de calidad que les
abran nuevos horizontes y perspectivas.

No concita la misma autoridad el maestro comprometido con su profesión que se organiza


en grupos docentes de investigación, que se forma continuamente, que se coordina con sus
compañeros/as, que mantiene una actitud de pasión por el conocimiento, que lucha y se
implica en la defensa de la escuela pública , etc, que otro que trabaja en la enseñanza
porque no encontró otro trabajo profesional más acorde a sus expectativas, que por las
tardes da clases particulares,
o se dedica a sus negocios,
que se vanagloria de no
haber leído una ley
educativa en su vida y que
vive ajeno a cualquier
iniciativa de mejora de la
enseñanza pública porque
sus hijos van al mejor
colegio inglés, francés o
alemán de la comarca.

No inspira la misma
autoridad una maestra que muestra afecto a sus alumnos, que intenta facilitar el
autoconocimiento en el alumnado para favorecer la afirmación personal y la autoestima,
que procura cultivar la confianza mutua y desarrollar capacidades comunicativas para
compartir sentimientos, informaciones y experiencias, adoptando una actitud positiva y
optimista ante la vida, que otra que considera que los alumnos son todos unos vagos, que no
se esfuerzan, que debe entrar en el aula bien seria, con actitud prepotente, manteniendo las
distancias y que se enfrenta a la docencia sin ánimo, con cansancio prematuro,
manifestando quejas continuamente, que ya el lunes a primera hora desea que sea viernes y
que espera que lleguen cuanto antes las vacaciones y que se anticipe la jubilación a los 40
porque cree que todo es un desastre.

No, no es cierto que la mayoría de los alumnos/as rechace la autoridad, sino que lo que
rechazan son las formas en las que algunos adultos tratan de imponer su poder. Rechazan el
autoritarismo que no atiende a las demandas razonables. Los educadores corremos
actualmente el riesgo de defender el autoritarismo frente a todos los alumnos para poder
sancionar ipso facto las conductas disruptivas, acosadoras y violentas de las minorías. La
rebeldía, ante los abusos de poder debería ser una constante en el mundo educativo.
Deberíamos potenciarla para desarrollar valores, actitudes y prácticas democráticas,
planteando una dinámica de reciprocidades afectivas y normativas y de relaciones de
comunicación horizontales, multidireccionales y recíprocas para debatir temas, deliberar y
tomar decisiones. “Infancia y adolescencia. Nuevas miradas”. MRPs 2007.
La autoridad va íntimamente ligada a la persona y normalmente se transmiten modelos de
conducta. Los niños/as aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que decimos. Por
eso el problema de las sociedades neoliberales en las que estamos inmersos, es que se
transmiten fundamentalmente modelos de poder y no referentes de autoridad de los que
niños/as y jóvenes puedan aprender valores y normas de conducta orientados a la
consecución del bien común. Es esa misma sociedad que ejerce el poder y transmite
modelos de violencia extrema, de insolidaridad, de competitividad, de individualismo, de
consumo desmedido, de injusticia social, la que simultáneamente habla de falta de valores,
de falta de “autoridad. Estos análisis superficiales e interesados transmitidos a través de los
medios de comunicación, contribuyen a crear corrientes de opinión que tras la demanda de
“más autoridad en la familia y en la escuela” lo que realmente están pidiendo es que se
supla la falta de referentes y de modelos por sanciones y castigos, haciendo recaer toda la
responsabilidad de los conflictos sobre el que menos poder tiene, el niño y el joven,
haciéndole responsable de todo lo que no funciona y tratando los conflictos educativos y
familiares con parámetros judiciales. Basta para ello leer los decretos sobre derechos y
deberes del alumnado y su aplicación en los numerosos expedientes disciplinarios que se
abren en algunos centros educativos. Con ello se pierde no sólo la oportunidad de educar,
modificando conductas (mediante la reflexión, la comunicación y los acuerdos), sino que
además se genera una aversión hacia la institución escolar, provocando el abandono de la
escuela e imposibilitando en muchos casos un acercamiento a los saberes relevantes para
una ciudadanía plena.

Abundando en esa idea, suele ser frecuente asociar la autoridad a la ausencia de conflicto y
acatamiento de normas. Conviene insistir en que el conflicto es inherente a la naturaleza
humana y además una fuente de aprendizaje. Como dice Manuel Delgado Lo realmente
difícil no es tanto hacer penetrar la idea de que los conflictos son inevitables, sino cómo
explicar que en el fondo son necesarios. Es decir, no existe ninguna posibilidad de que una
sociedad como la nuestra, tan compleja, tan demográficamente densa, pueda manejarse,
pueda incluso avanzar, sino es precisamente por ese combustible que el conflicto mismo le
presta..Mejor dicho el combustible es el propio conflicto. Erróneamente, se supone que la
alternativa a las injusticias, a las asimetrías, a las desigualdades , es una especie de armonía
universal, que , en la medida que es imposible, nos exime de hacer nada a fondo. La
escuela ha de ser conflictiva. Solamente puede llegar a ser enriquecedora, solamente puede
aspirar a cambiar un poco para bien, en la medida en que asuma dicha conflictividad. Una
escuela pacificada podrá ser muy deseada por algunos, pero, en cualquier caso, difícilmente
podrá producir algo parecido a la inteligencia y a la capacidad crítica de los individuos que
allí se están educando. DELGADO, M.(1997). “La razón paradójica” entrevista publicada
en Cuadernos de Pedagogía, núm 259,p.8-16

De la misma manera, una norma se respeta mucho más si la sentimos como propia, si
creemos en la bondad de la misma, en su utilidad para la convivencia. Entramos así en otro
aspecto esencial de la educación frecuentemente olvidado: educar en la responsabilidad y
para la democracia. A los niños y jóvenes a nuestro cargo les privamos del ejercicio de la
responsabilidad dándoles todo hecho y dejándoles muy poco espacio para la participación
en todo aquello que ocupa sus vidas. Rara vez les permitimos opinar o tomar decisiones
sobre casi nada y sin embargo, a continuación les pedimos que sean responsables al
máximo. Si para la consecución de cualquier objetivo hace falta un entrenamiento y es
necesario errar para aprender, ¿cuándo les permitimos tomar decisiones y equivocarse en lo
que realmente les afecta?

Mal que nos pese a algunos maestros y maestras renovadores, las tendencias educativas
dominantes siguen considerando a la infancia y a la juventud como etapas de transición a la
vida adulta, como si cada momento de la vida no fuese único e irrepetible y mereciese la
pena vivirlo con entidad propia. Tener a los niños y niñas más de ocho horas encerrados en
los centros escolares y ocupados en múltiples actividades cuando salen de ellos, es una
muestra clarísima de cómo los adultos imponen su criterio, privando a niños/as de
elementos como el juego y la libre socialización que son esenciales en estos periodos de su
vida. Volver a poner al niño/a en el centro de la educación y recuperar modelos
pedagógicos centrados en el niño/a en sus intereses y necesidades, con un fuerte
componente afectivo y emocional, interesados en transmitir la pasión por el descubrimiento
y la reconstrucción de saberes relevantes que ayuden a la persona a entenderse a si misma,
a los demás y a intervenir críticamente en la sociedad para mejorarla, sigue siendo una tarea
pendiente en la sociedad de hoy.

Así, mientras se trasladan a la sociedad ideas parceladas y falseadas sobre la educación,


continua oculto el verdadero debate sobre una educación de calidad para la ciudadanía
española. Educación de calidad que implica un cambio profundo en el sistema educativo.
Un cambio que debería comenzar con un replanteamiento serio de lo que hay que enseñar y
aprender en los centros escolares, que requiere de una reforma sustancial en la formación
inicial y permanente del profesorado que propicie la investigación sobre la acción educativa
en la búsqueda de metodologías que permitan superar el academicismo imperante que aleja
cada vez más a la escuela de la realidad social. Un cambio que pasa por implementar
sistemas de evaluación no punitivos, sino formativos , que busquen la mejora del sistema ,
previa detección de los fallos. Sistemas de evaluación que no busquen la selección de los
mejores, a costa de la exclusión de la mayoría, sino la mejora de todos y todas en la medida
de sus posibilidades. Un cambio que permita democratizar los centros escolares y
garantizar el principio constitucional de la igualdad de oportunidades.

Para ello hay que profundizar en dos cuestiones claves: la convivencia y la participación .
Vivir juntos, haciendo juntos , significa dar sentido a las instituciones y actividades
humanas, significa “que las normas se construyen desde el interior, en función de los
proyectos que las personas asumen, del futuro que esperan, de la sociedad que quieren
construir”(P Meirieu : El mundo no es un juguete). Educarnos para ser libres, para construir
un mundo mejor, sigue siendo la utopía necesaria para no perder la ilusión, ni la esperanza,
requisitos indispensables para vivir mejor.

No organizamos obediencias, sino entusiasmos! (B. Durruti Barcelona 1937)

Valladolid 12 de diciembre de 2009