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Pensar en presencia

Zamboni, Chiara (2009) [Seminario “Pensar en


Presencia” Maester en Estudios de la libertad femenina
Doudo. Marzo 2009 Barcelona]

Pensar en presencia, dice Contreras ( 2010 ) tiene que


ver con ese “lugar otro” de la investigación de la que
nace el pensamiento de la experiencia.
“Crear pensamiento es decir filosofía con las y los
demás, en su presencia es una forma de
improvisación. Es una acción en desarrollo. Es un proceso que nace de un intercambio creativo
entre quienes están presentes en ese momento determinado. En ese sentido, pensar es una
verdadera performance, una acción práctica que se muestra a sí misma en su hacerse en la cual la
ejecución coincide con la producción del discurso. Es la ejecución lo que genera el texto, no
viceversa. No se improvisa habiendo ya pensado el pensamiento a pensar, teniéndolo escrito ya en
la mente”...
Contreras (2010) sigue: De ahí, puede nacer un potencial de sentido libre infinito, que no se agota
porque está abierto a lo imprevisto del acontecer de la relación misma “al abrir una brecha en el
`yo´ no se vuelva yo ni mío, sino algo (alguien) que encuentra sitio en mi discurrir quizás un sitio
que quede vació –no saturado de lo ya pensado e interpretado –y con que – o con quien – tengo una
relación de “intercambio” (Luisa Muraro, 2004 (81-82) [Contreras & Perez de Lara, 2010:165]

Contreras, J y Perez de Lara, N. (comps.) (2010) Investigar la experiencia educativa.


Barcelona: Morata.

Chiara Zamboni

TEXTO I

Pensar en presencia

Improvisaciones
Crear pensamiento, es decir, hacer filosofía con las y los demás, en su presencia, es una forma de
improvisación. Es una acción en desarrollo. Es un proceso que nace de un intercambio creativo
entre quienes están presentes en ese momento determinado. En este sentido, pensar es una
verdadera performance, es decir, una acción práctica que se muestra a sí misma en su hacerse. En la
performance la producción del discurso y su ejecución coinciden, ya que no existe una partitura
ya dada para seguir o un texto teatral para recitar. Es la ejecución lo que genera el texto, no
viceversa. No se improvisa habiendo ya pensado el pensamiento a pensar, teniéndolo ya escrito en
la mente.
Esta performance es similar a una jam-session, a la improvisación en el jazz. Hay un tema, un tejido
de conocimientos que se ponen sobre la mesa. Está la elección de la tonalidad y del tiempo rítmico
a respetar. Se pone en juego, sin darnos cuenta, lo que se es junto a lo que se sabe, de manera que
cada cual emerge con su propio estilo, del que, personalmente, no se da cuenta.
Llevar lo que se es, además de lo que se sabe, es muy evidente en las mujeres, cuando el grupo de
pensamiento es libre y no existen jerarquías formales. Entonces cada una aporta todo lo que es. Las
mujeres ponen en juego, al pensar junto con otros, no sólo la palabra, sino el cuerpo, el color del

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vestido, del fular, y todo lo que ese día es vital para ellas. Entonces hay un placer en la presencia
recíproca y la palabra resuena con un peso especial por la intensidad de la presencia.
Muy diversos resultan estos encuentros libres de esos otros en los que la circulación del espíritu está
interceptada anticipadamente por la reglamentación jerárquica, que coloca en posiciones fijas al
ponente, al moderador, al público. Y donde el cuerpo se encuentra en los límites consentidos por la
jerarquía, que produce comportamientos formales.

Tono y escucha
En una improvisación es muy importante que haya alguien que dé el tono del encuentro. Esto es
cierto, tanto en una performance de jazz como en el pensar junto a las y los demás. ¿Qué se
entiende por tono en una conversación? Hay algunas mujeres y ciertos hombres que poseen la
capacidad de dar el tono a la discusión. No se trata de poseer una mayor cantidad de saber. Creo que
depende de su modo de tender a la verdad, vista no como contenido, sino como el punto no
representable de tangencia entre el lenguaje simbólico y lo real. Y me refiero aquí a lo real, no a la
realidad. La tonalidad, en el caso de la práctica del pensamiento, es una relación singular, subjetiva,
con ese algo impersonal que nos orienta y que yo aquí doy el nombre de orientación hacia la verdad
o hacia lo real.
En la performance filosófica se intenta estar a la altura – es decir, al tono - de quienes, en sus
propias intervenciones, muestran una capacidad de razonar, mostrando al mismo tiempo su singular
y subjetivo acercamiento a lo impersonal que les orienta. Son ellos o ellas quienes dan el tono.
En la práctica del pensamiento oral, no sólo es importante seguir el tono, sino también la escucha
recíproca.
Cuando dimos vida a Diotima, que es una comunidad de filosofía femenina, donde el hecho de
discutir juntas representa la práctica principal, más que la escritura de libros, Luisa Muraro nos
sugirió una regla que ha tenido mucha eficacia. Se trataba de lo siguiente: no citar ningún libro
leído, ningún filosofo o filosofa, sino sólo las palabras de la que te ha precedido en las
intervenciones. La que está discutiendo contigo representa la única fuente, el único discurso citable
en el tuyo. Para nosotras ha sido una regla dura. Cada una de nosotras procedía de una formación
filosófica precisa: hay quien de la filosofía analítica anglosajona, quien de la fenomenología o del
marxismo. De repente nos descubrimos balbucientes, soportando una herida al propio narcisismo
por el hecho de no poder citar pensamientos ya pensados, que amábamos. Nos encontramos a
tientas, tanteando aquí y allá con el discurso como con un bastón de ciego. Pero así se ha ido
creando un tejido de pensamiento oral nuevo en un práctica precisa.
Sin embargo, la escucha de la otra y del otro no lo dice todo de la improvisación del pensamiento a
varias voces. Aun escuchándonos, el discurso entrelazado tiene un movimiento que se desliza por
líneas desconocidas e imprevisibles. Sólo al final de una conversación es posible reconstruir los
recorridos y las curvas, sin tener nunca un diseño de conjunto.
Es cierto, en efecto, que el pensamiento nace en relación, pero no por una construcción armónica de
varias intervenciones. La mayoría de las veces es el efecto de cortes, fracturas, comparaciones de
discursos que a primera vista parecen casuales. Es como si se escuchara no sólo con un oído
consciente, sino también con un oído inconsciente, que entrelaza hilos a escondidas, invisibles a la
conciencia.
Esto resulta muy evidente cuando se reflexiona de manera oral con los demás. Ciertamente se
discute de ideas y de experiencia, pero el lenguaje tiene una vida propia, que opera secretamente, y
así se habla sin saber con exactitud lo que se está diciendo. El resultado es que nunca se posee una
visión de conjunto de una discusión. Estamos prendidos en ella desde el interior, con todo el espesor
opaco de nuestro estar-ahí con las y los demás, confiando en las otras y los otros.

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Y, efectivamente, nadie puede decir que es el autor del tejido del discurso creado, que nunca es un
producto terminado, completo y exhibible como un escrito. Todos colocan algo en el centro de la
mesa del razonamiento y cada uno puede llevarse lo que le parece esencial. En otro lugar y en
soledad, seguirá razonando sobre ello.

La lengua cotidiana
Quien crea pensamiento tiene a disposición la lengua de cada día, la lengua corriente, la que usamos
habitualmente.
Se empieza a pensar porque en un determinado momento se advierte que las palabras y la realidad,
que hasta ese momento se hacían referencia entre sí, no se corresponden. Las interpretaciones de la
realidad sedimentadas en la lengua de cada día resuenan, de repente, vacías y sin significado. Se
advierte entonces la urgencia de meditar de nuevo sobre el significado de palabras esenciales como
“sujeto”, “naturaleza”, “política”, “experiencia”.
El pensar, pues, nace de una necesidad de sentido. De un malestar, de una infelicidad. Pero cuando
se encuentran palabras que nos permiten enlazarnos de nuevo con nuestra experiencia, entonces
éstas liberan deseo. El deseo de una vía potencialmente infinita de descubrimiento y creación. Una
vía orientada hacia algo que no conocemos, profundamente alegre.

La presencia de las y los demás


Cuando los demás hablan y están presentes junto a nosotras, su presencia no es como si no fuera
nada, como algo no esencial respecto al tejido del discurso. La proximidad de los cuerpos orienta
profundamente y estructuralmente el proceso de pensar juntas y juntos.
¿Qué significa estar-ahí en presencia? ¿Qué es la presencia de alguien cerca de nosotras? No se trata
solo de percepción. Ciertamente, lo vemos, lo escuchamos y podemos incluso rozarlo al pasar junto
a él. Pero la presencia trasciende la percepción.
Nos damos cuenta de ello cuando en el teatro escuchamos recitar y vemos a las actrices, y de alguna
de ellas decimos que tiene presencia, mientras que de otra decimos que no la tiene en absoluto.
Algún actor lo dice a veces de sí mismo: “Hoy he tenido presencia, mientas que ayer no la tuve en
absoluto”. No se trata ciertamente de gesticular más o con mayor pericia. Es más, en cierto sentido
la presencia es más fuerte cuando el actor se entrega a algo que no tiene que ver con los gestos y
con la modulación de la voz. Cuando da un paso atrás, o incluso más allá, respecto a las técnicas del
cuerpo.
¿Qué es entonces “presencia”? ¿En qué sentido la presencia trasciende el sentir, el escuchar, el ver,
el rozar? Es cierto que sobre la percepción de los signos del cuerpo del otro construimos una
interpretación de su identidad, de sus sentimientos, de cómo juega la diferencia sexual. Es cierto, en
otras palabras, que seguimos una práctica semiótica incluso sin querer. La presencia, sin embargo,
pertenece a otro registro. A mí me parece que la presencia tiene que ver con el lado inconsciente del
cuerpo.
En el libro Pensar en presencia he intentado explicarme haciendo trabajar conjuntamente dos
teorías distintas sobre el lado oscuro del cuerpo. Una de ellas es la de François Dolto, en particular
en L’image incoscient du corps y en L’enfant du miroir. Sé que Dolto es muy conocida en Francia
como psicoanalista infantil. Quizás lo sea menos por sus escritos teóricos, en los que habla de la
imagen inconsciente del cuerpo, que teje entre nosotros y los demás un haz de vínculos corporales
invisibles. Me explico con un ejemplo propuesto por Dolto. Se trata de una mujer que lleva sobre sí
misma – inscritas en el lado inconsciente del cuerpo – las palabras de una nana que escuchó de
pequeña, que vuelven en un sueño, en un momento en que ella se encuentra cerca de la muerte. La

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nana hace de puente – a través de la memoria involuntaria del sueño – con la niñera que tuvo
cuando era pequeña, a quien no volvió a ver jamás. Las palabras han quedado inscritas en el cuerpo
y el sueño hace aflorar el vínculo corpóreo con la niñera, que ha permanecido siempre presente en
el lado inconsciente del cuerpo.
La otra teoría es la de Judith Butler, especialmente en Violenza, lutto, melanconia. Butler reflexiona
sobre el luto para comprender los vínculos corporales inconscientes que tenemos con los demás. No
se puede elaborar el luto de un amigo muerto. Solo se puede ser conscientes de que el desgarro de
su muerte es algo que afecta nuestro cuerpo. Penetra en nuestro cuerpo una carencia que advertimos
físicamente y que hace incierta nuestra identidad personal. El luto nos hace descubrir los fuertes
vínculos corporales invisibles que nos mantienen unidos a los demás, y que van mucho más allá de
los límites visibles de nuestro cuerpo y del cuerpo ajeno. Así, Butler dice: estamos fuera de nosotros
o de nosotras en los vínculos invisibles, carnales, que tenemos con los demás. Somos más allá de
nuestro yo y de nuestra identidad. Esto es mucho más que una simple relación.
Dolto y Butler, por vías diversas, llegan a hablar de los vínculos inconscientes corporales que nos
vinculan a los demás y que van más allá de la simple relación entre el “yo” y el “tú”. Pienso que
estos vínculos, que trascienden la percepción aun partiendo de ella, son los que dan a cada cual la
experiencia de la presencia del otro o de la otra.

La presencia ilumina el pensamiento


Quisiera concluir con un ejemplo de cómo la presencia ilumina el pensamiento. Lo extraigo de lo
que Gregory Bateson escribe de Frieda Fromm Reichmann, una psicoanalista que invitó a un grupo
de estudiosos a trabajar juntos para comprender el lenguaje particular empleado por
esquizofrénicos. En el grupo de trabajo en el que varios estudiosos discutían y pensaban libremente
juntos, Frieda Fromm Reichmann intervenía poco: comentaba lo que decían los demás y añadía
alguna observación. Sin embargo, cuando ella estaba presente, todos estaban profundamente
orientados en la discusión y nadie divagaba o se evadía.
Gregory Bateson lo explica por el nivel de gran conciencia de sí misma y de los demás que había
alcanzado. Yo lo interpreto como un modo de ser en relación a los demás que coincide con una gran
conciencia de los vínculos inconscientes entre ella y sus colaboradores, que intensifica la presencia.
Así, el ser en relación se potencia a través de los vínculos inconscientes con los demás.
He acuñado esta expresión: Frieda se ilumina de presencia, iluminando la presencia a sus
colaboradores. La presencia es el fruto de un tejido carnal inconsciente que nos vincula.
No es casual que Bateson, hablando de Frieda, diga que había llegado a un nivel de compasión
respecto a los seres humanos, incluida ella misma, y que esto la llevaba a ensanchar los límites del
yo, de la identidad personal. Con palabras más antiguas podríamos decir que tal compasión
ensancha las fronteras del alma hasta hacer coincidir el ser con el estar-ahí. El yo puede sólo
reconocer este estar, más amplio de lo que pueda serlo la identidad personal.
¿Cuáles son los efectos sobre el hecho de razonar juntas y juntos, cuando se ilumina la presencia?
Nadie se toma demasiado en serio en su propio discurso personal, ya que otros aspectos están en
juego. Las formas retóricas usadas se modifican, porque hay un tejido de confianza, incluso durante
los conflictos. La escucha de las palabras dichas se hace con lo que podría llamar “corazón
rumiante”: se rumian en silencio las palabras escuchadas. El corazón escucha con atención
afectuosa. Se deja que acudan a la mente pensamientos que todavía no hemos pensado.
Pensamientos que no son “nuestros” – no son de nuestra propiedad - puesto que se deben al hilo de
razonamiento desarrollado en común.
Al razonar con las y los demás no siempre ocurre esto: pero cuando sucede, sentimos que los bordes
del lenguaje se han transformado, y nosotras, a nuestra vez, salimos de ello modificadas. El
pensamiento auténtico provoca, en efecto, una profunda metamorfosis.

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TEXTO II

El placer de la presencia es una incitación política

Normalmente advertimos, sentimos la presencia de los y las demás, y de las cosas, sin poner
atención, sin darnos cuenta. Sentimos en ello un placer que nos acompaña en nuestra vida cotidiana.
A veces es más intenso cuando estamos cerca de mujeres y hombres con quienes, de alguna manera,
nos sentimos implicados. Y también es intenso cuando la presencia de los demás nos irrita, nos
molesta.

Quisiera mostraros en qué sentido el placer de la presencia es una incitación política, es decir, algo
que incita el hacer política, aunque no nos demos cuenta de ello.

La implicación corporal y pulsional que tenemos con los y las demás siempre ha tenido que ver, de
manera muy sutil, con el erotismo. De manera inconsciente y sensual estamos implicadas con las
demás, sin quererlo. Es como cuando se dice que sentimos el mundo con todo nuestro ser. Hay una
gran apertura en todo ello. Por eso cuando alguien se acerca demasiado puede irritarnos, porque
estamos disponibles por naturaleza, y la excesiva cercanía es como si violaran algo nuestro, de
nuestro ser.

Pongo el ejemplo del mendigo que hasta hace algunos años dormía, en verano y en invierno, en
unos jardines cerca de mi casa. Recuerdo un día que llovía muchísimo. Estaba tumbado en el
césped. Dormía o dormitaba, inmóvil bajo la lluvia ensordecedora. Quieto como un tronco, como
una piedra. Parecía algo inhumano. Observé a los transeúntes. Algunos apartaban la mirada, no
deseaban ver. Miraban, sentían la presencia inquietante del viejito y apartaban la vista. Otros, entre
quienes yo me incluyo, lo mirábamos con insistencia, como para protegerlo, nerviosos por esa
inmovilidad peligrosa. Peligrosa para él, pero también para nosotros, que nos sentíamos
transformados por ese ir a la deriva de un ser humano hacia una dimensión que sentíamos no
humana.

Todo esto, sin pensarlo, me sucedía a mí y a los transeúntes que observaban. Estábamos
constitutivamente disponibles a la presencia del viejito y reaccionábamos de manera diferente, pero
reaccionábamos ante la presencia del mendigo.

De esta forma, señalo un primer vínculo entre presencia y política. La irritación por la presencia de
los demás es una señal de resistencia hacia algo que, en nuestra disponibilidad hacia el cuerpo de
los demás, advertimos como algo peligroso. Peligroso porque nos lleva hacia transformaciones que
no quisiéramos aceptar. Dolto y Butler dicen: tenemos vínculos corporales inconscientes con los
demás. Si tenemos la presencia de otros, ésta nos modifica, inconscientemente, de manera corporal.
No podemos hacer nada. Somos pasivos frente a dicha transformación que se graba en los vínculos
inconscientes con los demás. Es entonces cuando, a menudo, nos defendemos por miedo o por la
irritación que esto nos provoca. Nos defendemos apartando la mirada u ocupándonos demasiado en
otra cosa, con mucho esmero, para situarnos en una posición dominante. Lo que hacemos es poner
una barrera a las transformaciones corporales por la presencia de los demás.

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En Violencia, luto y política, Judith Butler plantea una cuestión política: ¿cómo pensar sobre la
comunidad política a partir de estas relaciones inconscientes? Yo no utilizo el término comunidad,
pero me parece que la cuestión mantiene su fuerza, que yo reformularía así: ¿cómo se transforman
las relaciones políticas a causa de la presencia? Me interesa aquí abrir la cuestión y remito a la
experiencia de cada una.

Diversidad entre el feminismo y la política masculina tradicional ante la política

Quisiera contar ahora la primera vez que fui consciente de la importancia de la presencia en la
política. Se trata de una experiencia crucial que tuve hace unos años y que nunca he olvidado.
Querría primero contarla y después exponer la conclusión que saqué.
Me encontraba en Venecia haciendo unos cursos de formación a la política, en una fundación
cultural muy importante en aquellos años en Italia. Corría el año 1974. Algunos docentes
conversaban en un aula antigua y solemne sobre muchas teorías políticas, desde teorías marxistas y
socialdemócratas hasta anárquicas. Fuera, el sol era luminoso. Era un bonito día de invierno. Dejé
durante un rato el seminario y me fui a dar un paseo por las calles de Venecia. De repente me
encontré en una plazoleta. El sol cortaba la plaza en diagonal. En el triángulo que formaba el sol,
dos gatos disfrutaban, medio dormidos, del sol. No había nadie más. Silencio.
Había belleza en la luz, en el aire apacible, en la soledad de las casas y de los gatos. Sentía al
máximo la intensidad de su presencia. Había pasado días discutiendo de teorías políticas y sentía
que aquella experiencia era más fuerte que todo lo que había escuchado. Entonces me hice un
juramento. Me dije que o la política daba espacio a una experiencia de presencia tan intensa como
aquella, o entonces no sería algo por lo que valiera la pena trabajar. Siempre sería algo con un valor
inferior.
Sabía que las formas de la política, tal como la conocía y como se presentaban en aquellos cursos,
estaban pensadas en relación a los partidos y a las organizaciones, a sujetos colectivos y a
modificaciones estructurales. No tenían ninguna relación con la fuerza de la presencia con la que se
me impusieron aquella plazoleta, aquella luz, aquella sombra y aquellos gatos. Me parecía evidente
que la política fundada en un actuar moldeado por un proyecto dirigido al futuro no lograría tener
en cuenta la fuerza de la presencia de lo que simplemente existe y está relacionado con nosotros.
Algunos años más tarde, me pareció encontrar aquello que buscaba en la política hecha por mujeres,
nacida con el impulso del feminismo. Y en ese punto encontré la posibilidad de hacer de aquella
experiencia de presencia un elemento vivo de la política en el contexto del feminismo.
Todas nosotras sabemos que el feminismo ha puesto en el centro la relación entre dos mujeres, y
actualmente se empieza a pensar en extender las conclusiones extraídas de dicha relación a una
política hecha también con los hombres, basándose en una relación y profundizando en la
diferencia.
Ahora bien, en una relación entre dos mujeres hay mucho de consciente, pero también mucho de no
consciente. Lo que nos lleva a pensar que no se trata sencillamente de un yo y un tú cercanos, sino
de subjetividades disponibles y en transformación, donde la definición precisa de los límites de una
mujer y de la otra nunca es del todo nítida.
Por el lado no consciente de la relación juega el lado inconsciente del cuerpo, por el cual estamos
disponibles a la presencia de la otra. Sé muy bien, por experiencia, que las mujeres advierten de
manera más fuerte la presencia, porque el lado inconsciente de la relación tiene más espacio en una
subjetividad como la nuestra, para la cual los límites entre el yo y el tú no son tan nítidos ni
determinados como en la posición masculina. En esto entra en juego la diferencia sexual. Y creo
que tiene que ver con lo que Françoise Dolto dice acerca de las pulsiones pasivas que unen a madres
e hijas. Pulsiones pasivas por las que se siente un placer al estar en presencia de otros que hacen

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algo, que actúan. Existe una sensación íntima de placer vinculada a la pasividad en el estar en
relación con las y los demás.
Ha sucedido que el placer femenino por la presencia ha tenido consecuencias sobre el modo de
hacer política. Y ha dejado su huella en las prácticas políticas que las mujeres han elegido.
Por ejemplo, el feminismo no se ha estructurado en partidos y organizaciones, donde existen las
mediaciones formales del voto, del poder y de la representación, y donde la fuerza de la presencia
es menor. La política de las mujeres ha encontrado su propia fuerza específica en vínculos
individuales entre mujeres, que se extienden por conocimientos personales, donde cuenta la
presencia recíproca. De relación en relación es la manera en la que la política de las mujeres vive y
se extiende. Este movimiento metonímico, de contacto y de copresencia, se basa en mediaciones
muy sencillas que también se pueden encontrar en internet o en un artículo de periódico: es
suficiente con que aquellas constituyan sólo un primer paso para poner en marcha la posibilidad de
un verdadero intercambio.
Por el contrario, en la representación democrática y en los partidos, la presencia recíproca se
considera secundaria, subjetiva, mientras que de la difusión se ocupan las mediaciones formales
como la organización, las reglas, los instrumentos de comunicación. Las relaciones auténticas
también están presentes en tales contextos, pero se consideran secundarias. No se consideran
políticas. Para la política de los partidos la presencia asume un valor político sólo si es de masas: las
manifestaciones donde hay muchas personas juntas o la presencia de un líder ante la muchedumbre.
Estos son los únicos momentos en los que la presencia tiene un valor en la política masculina. No es
casualidad que, personalmente, yo tenga miedo de estos momentos, porque la presencia
multiplicada cuantitativamente se vuelve amenazadora.
Las relaciones recíprocas en presencia son las que realmente son modificadoras, y no la presencia
de masas que funde a todas y a todos en un único cuerpo amenazador.
La importancia que las mujeres dan a la presencia se ve también en el papel tan central que, en la
política femenina, se atribuye a las narraciones personales. Por ejemplo, saber contar experiencias
relacionadas con el propio lugar de trabajo está considerado tan importante como saber analizar la
relación entre capital y trabajo hoy en día. Contando estas experiencias surge la singularidad de lo
que se conoce en presencia y tiene un valor tan fuerte como una teoría, si se sustrae a lo ya pensado,
a lo ya diseñado, y encuentra en la narración elementos con sentido que van más allá de sí.

Saber contar el placer

¿Cómo llegan las mujeres a hacer, del placer que se ha sentido en presencia, algo que posea un
significado incluso para las y los demás? No es algo por descontado; ese placer, de hecho, puede
apresarnos completamente. En ese caso permanecemos solo como implicadas. Permanecemos
mudas o hablamos de ello de forma que no afecte a los demás ni a sus existencias.
En este sentido es muy interesante lo que escribe Etty Hillesum en su diario. Hillesum, durante el
periodo de la ocupación nazi de Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial (que ella sufrió
con mucho dolor porque era judía) escribe: “En estos últimos días estoy viviendo la vida como si
llevase dentro una placa fotográfica que graba exactamente todo, hasta los más mínimos detalles.
Siento que todo me entra „dentro‟, con contornos bien definidos.” (Diario, pag. 162) [136]. Frente a
una Europa que se está convirtiendo en un gran campo de concentración, ella lucha entre estas dos
posiciones: ser como una placa fotográfica que graba la presencia de todo lo que está en contacto
con ella, o bien encontrar las palabras adecuadas para expresar, para decir todo lo que está
sucediendo y de lo que es testigo, para que las futuras generaciones conozcan la tragedia que ella y
otros están viviendo y, de esa manera, traten de evitarla.

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El hecho de vivir intensamente el presente y disfrutar de todos sus aspectos alegres y atroces puede
llegar a ser –ella es consciente- un obstáculo, una trampa. De hecho, hace una observación en el
diario: “Si realmente quiero escribir, si quiero intentar grabar todo lo que en mí se me pide expresar
con palabras, entonces deberé apartarme de los otros más de lo que lo estoy haciendo ahora. (...) Yo
vivo, disfruto y consumo la vida hasta el punto que no quede ningún resquicio. ¿Quizás sea
necesario que quede un resquicio para que se produzca la tensión que lleva a crear?” (Diario, pág.
204-205) [172-173]. Subrayo en este pasaje que ella dice: tengo que dar un paso atrás respecto al
placer de la presencia de los demás para que quede algo no consumido de la vida, y se produzca una
tensión entre gozar de ella y escribir de ella.
Sin embargo para ella escribir no significa renunciar del todo al placer. Más bien significa rendir
cuentas de aquello de lo que se disfruta en un plano de experiencias muy distinto del plano del
lenguaje dirigido a quien no está presente, a quien vendrá en el futuro, manteniéndose, de cualquier
forma, fiel al hecho de que el placer es la orientación de la propia mirada. Entre el deseo de la
escritura, que yo llamaría política en su intención, y el placer de la presencia, ella sabe encontrar
una medida y dar un paso atrás alejándose de la seducción de la presencia pura.

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http://www.diotimafilosofe.it/wp-content/uploads/2016/05/2-pensar.pdf
Gemma del Olmo Campillo
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Lo vital de pensar en presencia

En el libro Pensare in presenza, Chiara Zamboni muestra que pensar junto a otras u otros no es solo
intercambiar palabras, o escuchar voces distintas a la propia, es mucho más que eso, es una creación
que va haciéndose y modelándose con lo que va pasando, y con la presencia de quienes están ahí,
incluso aunque no intervengan. Así, el resultado de un encuentro no depende tanto del tema o de las
personas o del lugar, al menos no únicamente, dado que “el todo nunca es la suma de sus partes,
porque cualquier parte, en realidad, es a su vez una relación, con el mismo valor que la relación que
expresa el todo” (p. 142). Es decir, lo que sucede en un encuentro es mucho más que la suma de lo
que cada cual aporta en él, porque la parte inconsciente del cuerpo, que dialoga con lo que ocurre y
con los otros cuerpos, también forma parte del encuentro.
Surge, pues, una trama tejida por los hilos invisibles originados en la parte inconsciente de los
cuerpos, una red que atravesará las fronteras lábiles de las sombras para hacerse perceptible a través
de sensaciones, intuiciones o impresiones profundas. Todo un lenguaje que afecta a nuestra voz y a
nuestra presencia, y también al sentido que damos a lo que va ocurriendo, a lo que sentimos y
pensamos. Y esto será determinante en el encuentro o seminario, y después en el recuerdo que
tengamos del mismo, que permanecerá en nuestra memoria.
Hilos que pueden provocar desde una fuerte atracción a un irritado rechazo, o bien una orgullosa
indiferencia, pero hilos que se entrelazan y forman una trama sobre la que descansa gran parte del
desarrollo del pensamiento. Hilos que tejen la atmósfera captada: belleza, apertura, frialdad,
indiferencia, academicismo, pasión, complicidad…
En relación a esto, la autora relata una experiencia que tuvo cuando asistía a unos cursos de
formación política. Tras haber escuchado durante un tiempo algunas ponencias, salió un rato para
dar un paseo por las inmediaciones. Al llegar a una plaza percibió con gran intensidad la belleza de
la luz del sol que caía en diagonal y de unos gatos que allí dormitaban, sintió gran placer mientras
contemplaba aquella escena, y en ese momento se dio cuenta de lo mucho que contrastaba esta
belleza con la pesadez de la atmósfera que acababa de dejar, y comprendió su malestar: esos cursos
tenían una enorme carencia, les faltaba el placer, y la belleza tampoco estaba. Exceso del
voluntarismo y de la obligación. De este modo se dio cuenta de que los encuentros en los que no
hay ningún atisbo de belleza o de placer, que dejan fuera estos aspectos tan vitales de la realidad, no
merecen la pena. No para ella.
La belleza, el placer, son esenciales a la vida ¿por qué ese afán de dejarlos en el umbral del
pensamiento, a las puertas, como si no formara parte de él? ¿Por qué dejar fuera el corazón, cuando
precisamente es el corazón lo que nos impulsa a seguir? ¿De dónde viene la idea de que la belleza
difumina, de una forma u otra, el rigor y la seriedad? La preferencia por una verdad desnuda, sin
ornato de ninguna clase, quizá es algo característico de gran parte de la ciencia y del pensamiento
moderno, pero se trata de una realidad forzada, casi imposible, ¿cómo ocultar la espiritualidad del
anhelo, el temblor ante el hallazgo, la belleza de los saberes, el placer de la búsqueda? El corazón,
sospechoso de graves desmanes, de errores importantes, es sin embargo el mayor de los acicates.
Con cada latido, la esperanza y el sueño del descubrimiento o, al menos, de poder continuar la
búsqueda. Aunque, a veces, agotado, el corazón deje de soñar.

1
Una versión anterior de este texto será publicado en el número 39 de la revista “Duoda. Estudios de la diferencia
sexual”, año 2010.

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Así, el conocimiento se muestra como el resultado de un camino abrupto y rudo, solitario y esquivo,
pero rara vez es así, ya que suele ser imprescindible el apoyo y la relación, pues la búsqueda está
entretejida con la vida, y la vida con el placer. De modo que el conocimiento, aun ataviado de forma
artificial con la desnudez, la pureza y la imparcialidad, en realidad es fruto de infinitos vínculos y
lugares significativos, de experiencias cotidianas y de emociones intensas, lo cual, por supuesto, no
entra en contradicción ni con el ineludible vacío ni con el silencio. Es decir, pese a que hay un
trabajo personal evidente, no hay que perder de vista que los momentos de comunicación e
intercambio son fundamentales.
Y precisamente en estos momentos de intercambio se hace evidente, de un modo muy especial, la
presencia del corazón en el conocimiento, en nuestra vida, en la mayor parte de las cosas que
hacemos. Aunque también hay que aceptar que tal vez el pensamiento no es un lugar que acoja la
belleza en su plenitud, el espacio privilegiado en el que sentir la electricidad del escalofrío
recorriendo el cuerpo y llegando hasta la piel, pero no por eso deja de ser un lugar vivo en donde la
emoción y la atracción tienen un papel muy significativo.
Chiara Zamboni, en mi opinión, ha tenido muy en cuenta la presencia del corazón, el goce y la
sensualidad en los encuentros, una presencia delicada y cercana, y no solo porque la imagen de
pensar en presencia presuponga varios cuerpos más o menos próximos, ni porque haya una belleza
en la pasión por saber, en la intensidad del esfuerzo por entender lo visible y lo invisible que nos
une y nos separa, sino porque también reconoce la importancia de la atención hacia los espacios y
su cuidado, pues estos también forman parte de lo que lo que va ocurriendo cuando pensamos en
presencia. Los espacios, señala Chiara Zamboni, juegan un papel importante en el modo en que
discurre el pensamiento. Así, la belleza da alas a la imaginación y aviva la fertilidad, la sensualidad
y la espiritualidad.
La espiritualidad, el placer y la belleza están en gran parte de las cosas que hacemos, son una
búsqueda constante en nuestra vida. Su ausencia en realidad es una traición, su presencia,
reconfortante; y la manifestación del logos del Manzanares, tan querido para María Zambrano.

Videos

Nº 1 https://www.youtube.com/watch?v=vgC-kX5FT2Y

Nº 2 https://www.youtube.com/watch?v=MYgRw8jV7Dw

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