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PSICOLOGÍA DE LA EMOCIÓN

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PROYECTO
SÍNTESIS EDITORIAL
PSICOLOGÍA

Director:
Juan Mayor

Área de publicación:

PSICOLOGÍA BÁSICA
Coordinador: Juan Mayor

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Reservados todos los derechos. Está prohibido, bajo las sanciones penales y el resarcimiento civil previstos en las
leyes, reproducir, registrar o transmitir esta publicación, íntegra o parcialmente, por cualquier sistema de
recuperación y por cualquier medio, sea mecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o por
cualquier otro, sin la autorización previa por escrito de Editorial Síntesis, S. A.

© Isaac Garrido

© EDITORIAL SÍNTESIS, S. A.
Vallehermoso, 34 - 28015 Madrid
Teléf.: (91) 593 20 98
http://www.sintesis.com

ISBN: 978-84-995813-6-1

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PARTE I:
DESARROLLOS TEÓRICOS Y MODELOS EXPLICATIVOS

CAPÍTULO 1: DESARROLLOS TEÓRICOS EN UNA ÉPOCA PRECIENTÍFICA

1.1. René Descartes


1.1.1. Perfil humano, intelectual y científico
1.1.2. Aportación al estudio de la emoción
1.1.3. Influencias y proyección futura
1.2. Charles Darwin
1.2.1. Perfil humano, intelectual y científico
1.2.2. Aportación al estudio de la emoción
1.2.3. Influencias y proyección futura
1.2.4. Avance posibilitado por su aportación

CAPÍTULO 2: DESARROLLOS TEÓRICOS EN LA ÉPOCA CIENTÍFICA

2.1. William James


2.1.1. Perfil humano, intelectual y científico
2.1.2. Aportación al estudio de la emoción
2.1.3. Influencias y proyección futura
2.1.4. Avance posibilitado por su aportación
2.2. Cari G. Lange
2.3. Walter B. Cannon
2.3.1. Perfil humano, intelectual y científico
2.3.2. Aportación al estudio de la emoción
2.3.3. Influencias y proyección futura
2.4. Sigmund Freud
2.4.1. Perfil humano, intelectual y científico
2.4.2. Aportación al estudio de la emoción
2.4.3. Influencias y proyección futura
2.5. John B. Watson

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2.5.1. Perfil humano, intelectual y científico
2.5.2. Aportación al estudio de la emoción
2.5.3. Influencias y proyección futura
2.6. Gregorio Marañón y Posadillo
2.6.1. Perfil humano, intelectual y científico
2.6.2. Aportación al estudio de la emoción
2.6.3. Influencias y proyección futura

CAPÍTULO 3: EMOCIÓN: FUNCIONALIDAD Y MECANISMOS DE


REGULACIÓN DE LA ACCIÓN

3.1. Emoción: variable hipotética. Funcionalidad y conceptualización


3.2. Emoción, niveles de actividad y mecanismos de regulación de la acción

PARTE II:
BASE FÍSICA DE LA EMOCIÓN, SISTEMAS IMPLICADOS

CAPÍTULO 4: EL SISTEMA NEUROFISIOLÓGICO

4.1. Sistema nervioso central y emoción


4.1.1. El sistema reticular activador
4.1.2. Elhipotálamo
4.1.3. El sistema límbico
4.2. Sistema nervioso periférico y emoción
4.2.1. Sistema nervioso sensoriomotor o somático
4.2.2. Sistema nervioso autónomo o vegetativo
4.3. Los músculos

CAPÍTULO 5: EL SISTEMA ENDOCRINO

5.1. Glándulas endocrinas: localización y funciones


5.1.1. El hipotálamo
5.1.2. La hipófisis o glándula pituitaria
5.1.3. Hormonas de la hipófisis anterior
5.1.4. Hipófisis posterior
5.1.5. Las glándulas adrenales o suprarrenales
5.2. Regulación de la secreción de hormonas

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5.3. Psiconeuroendocrinología
5.3.1. Neuroendrocrinología
5.3.2. Psicoendocrinología

CAPÍTULO 6: EL SISTEMA INMUNE

6.1. Mecanismos de defensa, células y tejidos


6.2. Psiconeuroinmunología
6.2.1. Modulación hormonal de la función inmune
6.2.2. Modulación de las respuestas endocrinas por el sistema inmune
6.3. Procesos psicológicos y sistema inmune: su incidencia en la salud y en la
enfermedad
6.3.1. Cannon y la reacción de emergencia
6.3.2. Selye y el síndrome general de adaptación
6.3.3. Repercusiones de la emoción sobre la salud y la enfermedad
6.3.4. Estrés y cáncer

PARTE III:
TÉCNICAS DE MEDIDA DE LA EMOCIÓN

CAPÍTULO 7: MEDIDAS DE LA EXPERIENCIA EMOCIONAL

7.1. Contenidos mentales, introspección y técnicas de autoinforme


7.2. Autoinforme de la experiencia emocional

CAPÍTULO 8: TÉCNICAS DE MEDIDA DEL COMPONENTE


NEUROFISIOLÓGICO DE LA EMOCIÓN

8.1. Repercusiones de las emociones sobre el organismo


8.2. Técnicas de medida
8.2.1. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso
sensorio-motor
8.2.2. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso
autónomo
8.3. Problemática de la medida neurofisiológica de la emoción

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CAPÍTULO 9: MEDIDAS DE LA EXPRESIÓN EMOCIONAL

9.1. Expresión sonora de la emoción


9.1.1. El aparato vocal: mecanismos generadores del sonido
9.1.2. Producto de la conducta vocal: el flujo de voz
9.2. Expresión no verbal de la emoción
9.2.1. Expresión corporal
9.2.2. Expresión facial de la emoción
9.2.3. Modalidades de la expresión no verbal en estados emocionales

PARTE IV:
ÁMBITOS DE INVESTIGACIÓN

CAPÍTULO 10: ENFOQUE COGNITIVO DE LA EMOCIÓN

10.1. Desarrollos teóricos


10.1.1. Teorías de la evaluación cognitiva
10.1.2. Teorías de la activación-cognición
10.1.3. Teorías del procesamiento de la información
10.1.4. Teoría emotivo-motivacional de la atribución
10.2. Emoción, cognición y acción

CAPÍTULO 11: LA EMOCIÓN: SUS DETERMINANTES Y SU RELACIÓN CON LA


MOTIVACIÓN Y LA COGNICIÓN

11.1. Determinantes de la comprensión de la emoción


11.1.1. La estructura cognitiva de la emoción (el lenguaje de la emoción)
11.1.2. Diferenciación emocional: reacciones fisiológicas y/o procesos cognitivos
11.1.3. Reglas de manifestación emocional: la influencia social en la expresión
emocional
11.2. Relaciones de la motivación, la emoción y la cognición: su incidencia en la acción
11.2.1. Teoría de los sistemas motivacionales-emocionales primarios (primes) de
Buck
11.2.2. Un modelo integrador en motivación y emoción humana

CAPÍTULO 12: ESTADOS DE ÁNIMO Y MEMORIA

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12.1. Los estados de ánimo como procesos afectivos
12.2. La inducción de estados de ánimo en el laboratorio
12.3. Relación de los estados de ánimo con la memoria
12.3.1. Sistemas y organización de la memoria
12.3.2. Incidencia de los estados de ánimo sobre los diversos tipos de memoria

BIBLIOGRAFÍA

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INTRODUCCIÓN

Los contenidos de este libro están organizados en cuatro apartados, conteniendo


cada uno de ellos tres capítulos.
El primer apartado, dedicado a los desarrollos teóricos y a los modelos explicativos,
se ha estructurado a partir de las principales aportaciones de aquellos autores que pueden
ser considerados como los pioneros en el estudio de la emoción, aquellos que han
establecido el basamento teórico sobre el que se ha asentado la psicología de la emoción.
Se han citado los pasajes de sus obras en los que se concreta su aportación. Para una
mayor sistematización en la presentación de los autores, se ha seguido el siguiente
esquema. Se comienza presentando el perfil humano, intelectual y científico, se analiza
detenidamente su aportación y se acaba presentando las influencias y la proyección de
ese autor hacia el futuro, en el desarrollo de nuevos enfoques y desarrollos teóricos. En
algunos casos (Darwin y James), por su relevancia, se destaca el avance que ese autor ha
posibilitado en la investigación posterior. Este primer apartado termina analizando la
vinculación de la emoción con la acción.
El capítulo 1 presenta los desarrollos teóricos producidos en el ámbito de la
emoción, en una época precientífica, en un momento en el que la psicología todavía no
se ha constituido como una rama del conocimiento científico separada de la filosofía.
René Descartes, desde los campos de la filosofía y de la ciencia (matemática y fisiología
fundamentalmente) estableció las vías por las que ha avanzado la investigación en
emoción, perfilando los tres elementos característicos de la emoción (las pasiones, las
conmociones corporales y la acción) que la investigación actual ha confirmado
plenamente como componentes de la emoción. Charles Darwin, desde el campo
científico, incide en el componente de expresión emocional. El capítulo 2 presenta los
desarrollos teóricos producidos en el ámbito de la emoción desde finales del siglo xix
(momento en el que la psicología alcanza el estatus de ciencia) y a lo largo del siglo xx.
Se analizan las aportaciones de William James, de Cari G. Lange, de Walter B. Cannon,
de Sigmund Freud, de John B. Watson y de Gregorio Marañón (se reconoce la
importante aportación de Marañón, lo que, aunque parezca sorprendente, no es frecuente
en los manuales de emoción publicados en nuestro país). El capítulo 3 ofrece un análisis
de la emoción como una variable hipotética y presenta los mecanismos a través de los
que se produce la regulación de la acción. Se incide en la funcionalidad de los estados
emocionales.
El segundo apartado presenta la base física de la emoción, los diversos sistemas que
mediatizan los procesos emocionales, así como las repercusiones que los estados
emocionales pueden tener sobre éstos.

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El capítulo 4 analiza la relación del sistema neurofisiológico con la emoción,
presentando la función de diversas estructuras del sistema nervioso central (sistema
reticular, hipotálamo y sistema límbico), así como del sistema nervioso periférico, en su
rama sensoriomotora o somática y en su rama autónoma o vegetativa (en sus divisiones
simpática y parasimpática). Aunque de una forma breve, se presentan los diferentes tipos
de músculos, dada su vinculación con el sistema nervioso periférico. El capítulo 5,
dedicado al sistema endocrino, analiza la localización y funciones de las glándulas
endocrinas que tienen una mayor relación con la emoción (el hipotálamo –que aunque es
una estructura neural funciona como una glándula endocrina–, la hipófisis o glándula
pituitaria y las glándulas suprarrenales). Tras analizar brevemente los diferentes tipos de
control en la regulación de la secreción de hormonas, el capítulo termina presentando a la
psiconeuroendocrinología, integrada por la neuroendocrinología (estudio de la
interacción entre el sistema nervioso y el sistema endocrino) y por la
psicoendocrinología (efecto de las hormonas sobre el comportamiento y de éste sobre
aquéllas). En el capítulo 6, dedicado al sistema inmune, después de analizar los diversos
mecanismos de defensa frente a las infecciones, los tipos de células y órganos que
constituyen el sistema inmune, se analizan los hallazgos fundamentales en el ámbito de la
psiconeuroinmunología (campo de investigación interdisciplinar en el que se integra el
estudio de las interacciones entre el comportamiento, los procesos neurales y endocrinos
y los procesos inmunes). Termina el capítulo con un análisis de la incidencia de los
procesos psicológicos sobre la salud y la enfermedad, centrándose en la relación entre
estrés y cáncer.
El tercer apartado presenta las diversas técnicas que se han empleado en la medida
de los diferentes componentes de la emoción.
El capítulo 7 está dedicado a la medida de la experiencia emocional, analizando la
importancia de los contenidos mentales, de la introspección y del autoinforme en la
psicología actual, incidiendo en las dos técnicas de autoinforme más empleadas (listas de
adjetivos y escalas tipo cuestionario). Se comentan brevemente las limitaciones de este
tipo de técnicas. El capítulo 8, que presenta diversas técnicas de medida del componente
neurofisiológico de la emoción, comienza analizando la respuesta que el sistema nervioso
periférico produce ante un estado emocional intenso. Se presentan técnicas que se
centran en las señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso
sensoriomotor (como la actividad electromiográ-fica y la actividad respiratoria) y aquellas
en las que interviene el sistema nervioso autónomo (como la actividad cardiovascular y la
actividad electrodérmica). Se analizan diversos problemas en relación con la validez y la
fiabilidad de este tipo de técnicas. El capítulo 9, dedicado a las medidas de la expresión
emocional, se centra en medidas de la expresión sonora y de la expresión no verbal
(expresión corporal y expresión facial), realizando un análisis detenido de los músculos
que posibilitan la expresión facial, de los métodos de medida y de los patrones faciales
típicos de las emociones básicas.
El cuarto apartado, bajo el rótulo de “ámbitos de investigación”, presenta la
vinculación de la emoción con los procesos cognitivos y con la motivación.

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El capítulo 10 analiza la investigación básica en emoción, desde la perspectiva del
enfoque cognitivo, incidiendo en las teorías de la evaluación cognitiva, en las de la
activación-cognición, en las teorías del procesamiento de la información y en la teoría
emotivo-motivacional de la atribución. Termina el capítulo analizando las relaciones entre
emoción, cognición y acción. El capítulo 11 analiza los principales determinantes que
posibilitan la comprensión de la emoción, entre los que se encuentran el tipo de la
estructura cognitiva que caracteriza a la emoción, la diferenciación emocional (a través de
patrones fisiológicos específicos y/o procesos cognitivos) y la influencia social en la
expresión emocional, a través de diversas reglas de manifestación. En la segunda parte
del capítulo se analiza la incidencia que sobre la acción tienen la motivación, la emoción
y la cognición, funcionando en una estrecha interacción. En el capítulo 12, después de
analizar los estados de ánimo como procesos afectivos, se presentan diversos métodos
que posibilitan inducir estados de ánimo en el laboratorio. Finalmente, se realiza un
detenido análisis de las relaciones de los estados de ánimo con la memoria, presentando
ésta como un conjunto de sistemas en interacción sobre los que los estados de ánimo
pueden tener una notable incidencia.

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PARTE I:
DESARROLLOS TEÓRICOS
Y MODELOS EXPLICATIVOS

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1
DESARROLLOS TEÓRICOS EN UNA ÉPOCA PRECIENTÍFICA

1.1. René Descartes

1.1.1. Perfil humano, intelectual y científico

Descartes (1596-1650) nació en La Haye, una pequeña villa de la Touraine, en el


centro de Francia. Estudió con los jesuítas en La Fleche y en la Universidad de Poitiers.
Fue un filósofo y un científico (matemático y fisiólogo). Boring (1950/1978) le denomina
“padre de la psicología fisiológica y de la reflexología”. Descartes estudió la inversión de
la imagen visual en la retina de un ojo de buey, entre otros aspectos, y aportó el germen
del concepto de arco reflejo.
En sus trabajos científicos se comporta como materialista (fue el creador de la
geometría analítica y el descubridor de los principios de la óptica geométrica). En sus
estudios filosóficos aparece como idealista (su obra Meditaciones Metafísicas, publicada
en 1641, estableció los fundamentos de la metafísica moderna). Como filósofo,
Descartes utiliza conceptos psicológicos obtenidos a través de la introspección en la
conceptualización del mundo y del hombre. Su teoría sobre el hombre se encuentra en
Les passions de L’áme (1649) y en Traité de L’Homme (1662) –publicada 12 años
después de su muerte.
Descartes rompió con el escolasticismo de la Edad Media, por lo que se le puede
considerar como el primer pensador de la Edad Moderna. Boring afirma que Descartes
marca el comienzo de la psicología moderna, siendo el antecesor tanto del objetivismo
como del subjetivismo. Pero la contribución por la que es más conocido es el dualismo
mente-cuerpo, estableciendo diferencias entre la mente y el cuerpo como dos entidades
diferentes. Descartes sostenía la creeencia de que el hombre y los animales eran
cualitativamente diferentes. El ser humano posee mente y cuerpo, mientras que los
animales sólo cuerpo. El ser humano era capaz de pensamiento, de deliberación
consciente y voluntaria y de elección libre. La conducta de los animales era considerada
como automática, impulsiva e involuntaria. La conducta voluntaria está gobernada por la
mente, la conducta involuntaria por el cuerpo.
El lector más interesado puede encontrar diversos aspectos respecto al perfil
humano, filosófico y científico de Descartes en Clarke (1982/1986) y en Garin
(1984/1989).

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1.1.2. Aportación al estudio de la emoción

Descartes consideraba que el mundo mental (que se identificaba con el alma)


constituía el objeto de la psicología. En sus comienzos, la psicología era la rama del
conocimiento que estudiaba el alma o la mente humana. Psyche en griego significa
aliento, espíritu, alma. Aun no siendo sinónimos, los términos mente y alma se utilizaban
indistintamente. El mundo físico, al que pertenecían el cuerpo del hombre y el de los
animales, quedaba fuera del ámbito de la psicología.
Descartes, como analizaremos en breve, al estudiar la emoción (pasión), se centró
en el sentimiento subjetivo, en la experiencia que de la emoción tenía el ser humano.
Se planteó cómo se podía realizar el estudio de la mente. Considerando que era
imposible su estudio a través de la conducta (puesto que consideraba que la conducta
involuntaria no estaba determinada por la mente y que la conducta voluntaria, gobernada
por la mente, estaba determinada por el Ubre albedrío y era impredecible), concluyó que
lo que el filósofo podía hacer era estudiar su propia mente a través de la observación
interior o introspección para determinar la naturaleza y el origen de sus contenidos.
El método introspectivo está vinculado con la privacidad de la experiencia
emocional. Descartes consideró que el conocimiento era privado e inmediato; en
consecuencia, la introspección era suficiente para él:

Ya que sintiéndolas [a las pasiones] cada cual en sí mismo no es necesario recurrir a


ninguna observación ajena para descubrir su naturaleza (Descartes, 1649/1972, Art. 1, p. 13).

Vamos a exponer la teoría de las emociones de Descartes (1649/1972) presentada en


su obra Las pasiones del alma, donde se contiene su psicología filosófica, sus
concepciones sobre la naturaleza del alma y algunos aspectos de su consideración de la
psicología fisiológica.
Para Descartes las principales funciones del cuerpo son el movimiento y el calor,
mientras que las del alma son los pensamientos, siendo éstos de dos tipos: las acciones
del alma y las pasiones del alma.
Descartes (1649/1972) denomina pasiones a “todas las clases de percepciones o
conocimientos que se hallan en nosotros, porque a menudo no es nuestra alma la que los
hace tal como son y porque siempre los recibe de las cosas que son representadas por
ellos” (Art. 28, p. 30).
Las pasiones son emociones del alma “porque de todas las clases de pensamientos
que el alma puede tener ninguna la agita y la sacude tan fuertemente como estas
pasiones” (Art. 28, p. 30).
La teoría de Descartes (1649/1972) sobre las emociones (pasiones) hace importantes
aportaciones respecto a las causas de las pasiones, el número de pasiones primarias, su
efecto y el control de las pasiones por la voluntad (Arts. 41,46 y 50).
Para Descartes, la causa última y más próxima de las pasiones del alma es “la
agitación con que los espíritus mueven la pequeña glándula que hay en el centro del
cerebro” (Art. 51, p. 47). Pero para poder distinguir entre las diferentes pasiones hay que

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examinar sus primeras causas, siendo éstas “los objetos que mueven los sentidos” (Art.
51, p. 47). En consecuencia, la forma de determinar todas las pasiones es “considerar
todos los efectos de dichos objetos” (Art. 51, p. 47).
Las pasiones primarias son seis: la admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría y
la tristeza. Las demás pasiones “están compuestas de alguna de estas seis, o son especies
de las mismas” (Art. 69, p. 53).
En reiteradas ocasiones Descartes (1649/1972) incide en el efecto de las pasiones
(Arts. 40, 52, 74 y 137):

El efecto principal de todas las pasiones en los hombres es incitar y disponer su alma con
el fin de que quieran las cosas para las cuales preparan sus cuerpos de suerte que el sentimiento
del miedo incita a querer huir, el de valor a querer combatir… (Art. 40, p. 37).

La utilidad de todas las pasiones no consiste sino en que fortalecen y mantienen en el alma
pensamientos que es sano que mantenga, y que sin ellas, serían borrados fácilmente. Y todo el
mal que pueden originar consiste en que fortalezcan y conserven estos pensamientos más de lo
necesario, o bien fortalezcan y mantengan otros en los que no es sano detenerse (Art. 74, pp.
55-56).

El hombre puede regular y controlar el efecto de sus pasiones (emociones) a través


de su voluntad, hecho que no puede ocurrir en los animales. Este aspecto está vinculado
con el hecho de que el hombre tiene experiencia de su estado emocional (Arts. 41, 46,
50).
Descartes destaca la necesidad y la utilidad de las pasiones: “Yo no comparto la
opinión (…) de que debemos estar exentos de pasiones, basta con mantenerlas sujetas a
la razón. Y cuando se las ha domesticado de este modo son a veces tanto más útiles
cuanto más se inclinen hacia el exceso” (Introducción, p. 9). Ante la emoción más fuerte
y más violenta, la voluntad puede “no consentir en sus efectos y contener algunos de los
movimientos para los que dispone el cuerpo. Por ejemplo, cuando la cólera hace levantar
la mano para golpear, la voluntad puede ordinariamente contenerla; cuando el miedo
incita a huir a la gente, la voluntad puede detenerla” (Art. 46, p. 41). Descartes llega más
lejos “(…) incluso los [hombres] que tienen las almas más débiles podrían adquirir un
dominio muy absoluto sobre sus pasiones haciéndose el firme propósito de adiestrarlas y
conducirlas” (Art. 50, p. 46).
Pasando del análisis pormenorizado de la teoría de Descartes, basado en las
referencias extraídas de su obra Las pasiones del alma, a un análisis global de su
aportación al estudio de las emociones (pasiones), se puede afirmar que la emoción es el
sentimiento subjetivo de las actividades de los espíritus animales en el cuerpo. Es un
sentimiento carente de un componente cognitivo. Por ejemplo, el miedo es el sentimiento
o conocimiento objetivo de los espíritus animales causando que las extremidades hagan
que el cuerpo huya, causando que el corazón se constriña, etc. Según la teoría de
Descartes, el miedo registra los cambios fisiológicos y movimientos corporales, es el
concomitante subjetivo de la huida y del estar en cierto estado fisiológico.
En Descartes se destaca el componente de experiencia emocional. Tener una

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emoción lleva ipso facto a ser conocedor de ella, dado que no puede haber sentimientos
no sentidos. Descartes (1649/1972) diferencia dos clases de voluntades: "… unas son
acciones del alma que terminan en el alma misma…, las otras son acciones que terminan
en nuestro cuerpo, como cuando por el simple hecho de que tenemos la voluntad de
pasearnos, nuestras piernas se mueven y andamos” (Art. 18, p. 25). El poder del alma
respecto al cuerpo se evidencia en el hecho de que "… toda la acción del alma consiste
en que por el simple hecho de que quiere algo hace que la pequeña glándula a la que se
halla estrechamente unida se mueva de manera apropiada para producir el efecto
correspondiente a esta voluntad” (Art. 41, p. 38).
Entre las principales dificultades y limitaciones de la teoría de Descartes, de acuerdo
con Lyons (1985), se encuentran las siguientes:

a) No explica el hecho de que las emociones determinan conductas. No puede


explicar la conexión entre emociones y conducta porque los sentimientos, por sí
mismos, no incitan al sujeto a hacer algo. Lo hacen cuando están conectados
con algún tipo de deseo o necesidad.
Para Descartes, lo que incita al sujeto a hacer algo es la agitación de los
espíritus animales (que generalmente causa a las pasiones) que “dispone al
cuerpo para los movimientos que sirven para la ejecución de estas cosas (que la
naturaleza nos prescribe como útiles) (Art. 52, p. 48). Las pasiones “disponen al
alma para querer las cosas que la naturaleza nos prescribe como útiles y para
persistir en esta voluntad” (Art. 52, p. 48).
b) La teoría de Descartes no permite diferenciar entre lo que (comúnmente se está
de acuerdo) es emoción y lo que (comúnmente se está de acuerdo) no es
emoción.
Si la emoción es el sentimiento subjetivo de las actividades de los espíritus
animales en el cuerpo, y si algunas emociones, como los miedos sin objeto y los
miedos a objetos imaginarios, están causados por “los temperamentos del
cuerpo o por las impresiones que se encuentran fortuitamente en el cerebro”
(Art. 51, p. 47), entonces Descartes tendría que admitir que es una emoción no
sólo el sentimiento subjetivo de los movimientos corporales y los cambios
fisiológicos que siguen a la percepción de, por ejemplo, un animal peligroso,
sino también el sentimiento subjetivo de los movimientos corporales y los
cambios que siguen a la inyección de una droga o a la presencia de una
enfermedad. Nada parece contradecir desde la teoría de Descartes que una
droga o una enfermedad causen tales emociones.

1.1.3. Influencias y proyección futura

La influencia de Descartes para la psicología ha sido decisiva en los primeros


intentos de hacer de la psicología una ciencia. William James, uno de los principales

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artífices de la psicología científica de fines del siglo xix, adoptó una explicación de la
emoción, centrada en la experiencia emocional, bajo la influencia de Descartes.
El cuadro 1.1 sintetiza los aspectos en los que se concreta el cambio posibilitado por
Descartes.

CUADRO 1.1. Cambio que supuso la aportación de Descartes al estudio de la emoción.

— Ruptura de la situación establecida respecto a la emoción.


— El dualismo mente-cuerpo.
— Consideración de la conducta voluntaria frente a la conducta involuntaria.
— Establecimiento de los antecedentes del arco reflejo.

La aportación de Descartes, desde sus propios textos, se pone de manifiesto en los


siguientes aspectos:

a) Ruptura del estado de cosas mantenido con anterioridad respecto a la emoción.


Descartes aplica el “cartesianismo” como método de indagación al estudio de la
emoción, y en la búsqueda de la verdad trata de reconstruir, desde los
fundamentos, todos los sistemas de sus conocimientos, rechazando las
opiniones expresadas por otros anteriormente.

En nada queda tan claro cuán defectuosas son las ciencias que los antiguos nos han legado
como en lo que aquellos escribieron sobre las pasiones. En efecto, aun cuando se trata de una
materia sobre la que siempre se ha investigado mucho y que no parece ser de las más difíciles
(…), lo que los antiguos han enseñado de ellas es tan poco, y tan poco creíble en general, que
mi única esperanza de acercarme a la verdad radica en alejarme de los caminos seguidos por
ellos. Por esta razón me veré obligado a escribir aquí como si se tratara de una materia que nadie
antes que yo hubiera tocado (1649/1972, Art. 1, p. 13).

b) El dualismo mente-cuerpo. La diferenciación entre la mente y el cuerpo, como


dos entidades diferentes, en opinión de Boring (1950/1978), fue una forma de
resolver el conflicto entre la religión (con su exigencia del alma inmortal) y la
ciencia tratando de contentar a ambas.
La interacción entre mente y cuerpo para Descartes se produce en la
“pequeña glándula” (la glándula pineal), lo que permite a la mente conocer que
se ha producido una acción, ya sea ésta involuntaria (o refleja), sobre la que la
mente no tiene control, o voluntaria, sobre la que la mente ejerce un control
total.
El dualismo cartesiano está vinculado con el mecanicismo: el cuerpo del
hombre y el de los animales está completamente determinado, funcionando
como una máquina. Los animales, carentes de mente, actúan como autómatas.
Relacionada con esta diferenciación se encuentra la diferenciación

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establecida en la conducta.
c) Conducta voluntaria versus conducta involuntaria. El dualismo trajo como
consecuencia el establecimiento de una radical diferenciación entre hombre y
animales y la división en el estudio de la conducta. Sólo el ser humano, por
poseer mente, era capaz de pensamiento, de conducta voluntaria y de libre
elección. Podía controlar con la voluntad a la emoción, como se ha presentado
anteriormente. La conducta de los animales, carentes de volición y de razón,
estaba determinada por las emociones y otras fuerzas irracionales e
involuntarias, como los instintos.
La conducta involuntaria pasó a ser estudiada por los fisiólogos (estudio del
cuerpo) y la conducta voluntaria por los filósofos-psicólogos.
d) Establecimiento de los antecedentes del arco reflejo. Descartes fue el iniciador
de la psicología fisiológica de los reflejos. La conducta involuntaria está
gobernada por el cuerpo a través de un proceso expuesto por Descartes que
posteriormente se denominó “arco reflejo”
En Les passions de Uáme expone cómo se producen en el cerebro los
espíritus animales: las partes más agitadas y más sutiles de la sangre que sale del
corazón, por la arteria mayor, se dirigen al cerebro y entran en el cerebro,
componiendo los espíritus animales, para lo que en palabras de Descartes
(1649/1972):

no necesitan experimentar ningún otro cambio en el cerebro, sino que en él se quedan separadas de
las partes de sangre menos sutiles, pues lo que aquí llamo espíritus no son sino cuerpos muy
pequeños y que se mueven muy rápidamente, como las partes de la llama que salen de una
antorcha. De manera que no se detienen en ningún sitio y que, a medida que algunos de ellos
entran en la cavidad del cerebro, salen también algunos otros por los poros que hay en su
sustancia, los cuales los conducen a los nervios y desde aquí a los músculos, lo que les permite
mover el cuerpo de las distintas maneras en que puede ser movido (Art. 10, p. 19).

Y en otro lugar indica:


hay tres cosas a considerar en los nervios, a saber: la médula o sustancia interior que se extiende
en forma de hilillos desde el cerebro, donde nace, hasta las extremidades de los otros miembros a
que están unidos esos hilos; luego las membranas que los rodean y que (…) forman unos tubitos
en los que están encerrados estos hilillos; luego, por fin, los espíritus animales, que, al ser llevados
por esos mismos tubitos desde el cerebro hasta los músculos, hacen que dichos hilos permanezcan
en ellos libres y extendidos, de tal manera que la menor cosa que mueva la parte del cuerpo a que
va unido el extremo de alguno de ellos obliga a moverse igualmente a la parte del cerebro de donde
procede, lo mismo que cuando se tira de uno de los cabos de una cuerda hacemos mover el otro
(Descartes, 1649/1972, art. 12. p. 21).

Por otra parte, al analizar las funciones del cuerpo, afirma:

la máquina de nuestro cuerpo está constituida de tal suerte (…) que todos los movimientos que
hacemos sin la intervención de nuestra voluntad (…) no dependen sino de la conformación de
nuestros miembros y del curso que los espíritus, excitados por el calor del corazón, siguen
naturalmente en el cerebro, en los nervios y en los músculos, de la misma manera que el

19
movimiento de un reloj es producido exclusivamente por la fuerza de su resorte y la forma de sus
ruedas (Art. 16, p. 24).

El concepto de “espíritus animales” de Descartes, equivaldría a lo que hoy se


denomina “acción nerviosa”.
En su obra postuma, Traité de L’Homme, Descartes (1662) ilustra la forma en que
se produce un acto involuntario, de manera totalmente mecánica, a través del caso de un
niño que ante un fuego retira el pie, dando la siguiente explicación: el fuego (A) pone en
movimiento el extremo inferior del nervio, transmitiéndose este movimiento hacia el
cerebro (d, e). La cavidad (F) libera en el cerebro a los “espíritus animales”, que se
dirigen por el nervio hacia abajo, distendiendo el músculo de la pantorrilla y haciendo que
el pie sea retirado (figura 1.1).

Figura 1.1. Producción de un acto involuntario según Descartes (1662/1990).

1.2. Charles Darwin

20
A finales del siglo xix, en el momento en que se está gestando la psicología como una
rama del conocimiento científico separada de la filosofía, fue decisiva la aportación de
Darwin al estudio de la emoción. A finales del siglo xix, la importancia de la explicación
de la experiencia emocional aportada por Descartes, más de dos siglos antes, es reducida
por la aportación de Darwin.

1.2.1. Perfil humano, intelectual y científico

Charles Darwin (1809-1882) nació en Shrewsbury, Inglaterra, estudió durante dos


años medicina en Edinburgh y posteriormente marchó a Cambridge para prepararse
como clérigo, estudiando botánica y geología y obteniendo en 1831 su título de Bachelor
of Arts. En esa misma fecha, cuando contaba veintidós años, se embarca en el Beagle,
buque de la marina real inglesa, como naturalista (observador científico) para participar
en una expedición científica que duró de 1831 a 1836 (Moorehead, 1969/1981).
A partir de la observación exterior (geología, flora, fauna y morfología de los
animales), Darwin establece la teoría de la evolución, en la que puede ser considerada su
óbra más importante, El origen de las especies, que publica en 1859, más de veinte años
después de terminada la expedición.
De la información recogida por él, en la observación del comportamiento de los
animales y del hombre, y la aportada por otras personas, que se encontraban en las
diferentes partes del mundo (guardadores de museos, misioneros, exploradores), respecto
a las conductas expresivas de los animales y de sujetos humanos en grupos primitivos,
hace su decisiva aportación al ámbito de la emoción, recogida en su obra La Expresión
de las emociones en el hombre y en los animales, publicada en 1872.

1.2.2. Aportación al estudio de la emoción

En El origen de las especies (1859/1984), Darwin eliminó la tajante separación


establecida por Descartes entre el hombre y los animales. Hombre y animales descienden
de un tronco común, habiendo continuidad entre el cuerpo de los animales y el cuerpo
del hombre. Pero Darwin se preguntó si, asimismo, existiría una continuidad también
entre la mente de los animales y del hombre.
En La expresión de las emociones en el hombre y en los animales (1872/1967),
Darwin defiende la continuidad entre la mente de los animales y la del hombre. La obra
describe las principales acciones expresivas en el hombre y los animales inferiores y
explica su origen y desarrollo.
El interés de Darwin se centra en el proceso de expresión emocional (gestos,
posturas, expresiones faciales), afirmando que el proceso de evolución se ha producido
no sólo respecto a las estructuras anatómicas, sino a la “mente”, al comportamiento
expresivo de las emociones. Las emociones tienen una historia evolutiva que puede ser

21
analizada en los diferentes niveles filogenéticos. La expresión emocional tiene funciones
de supervivencia, actúa como una señal y como preparación para la acción, como un
medio de transmisión, de un animal a otro, de información que indica lo que
probablemente ocurrirá, influyendo en las posibilidades de supervivencia. Por ello,
Darwin (1872/1967) afirmó que el reconocimiento intraespecies de la emoción
probablemente era innato. Darwin creyó que aunque no todas las formas de expresión
emocional eran innatas, muchas sí lo eran.
El método de estudio de la emoción empleado por Darwin fue la observación y la
recolección de anécdotas sobre la conducta animal. Método denominado anecdótico y
que adolece de un elevado antropomorfismo. Consciente de las dificultades que derivan
de centrarse exclusivamente en dicho método, Darwin empleó diversas fuentes de
información, entre otras:

a) La observación de lactantes para captar la fuente pura y simple de la que brotan


las expresiones de las emociones.
b) El análisis de la expresión de las emociones en enfermos.
c) La presentación a observadores de dibujos del rostro de un anciano solicitando
que identificaran la emoción o el sentimiento que el hombre estaba expresando.
d) Estudios de las expresiones faciales producidas artificialmente por la estimulación
eléctrica de los músculos faciales en humanos.

Darwin explica las expresiones de las emociones del hombre y de los animales a
través de diversos principios (cuadro 1.2).

CUADRO 1.2. Principios propuestos por Darwin para explicar la expresión de las
emociones.

— Asociación de las costumbres útiles.


— Antítesis.
— Actos derivados de la constitución del sistema nervioso.

Desde los propios textos de Darwin, su aportación se concreta en los siguientes


aspectos:

A) Principio de la asociación de las costumbres útiles

Darwin (1872/1967) lo formula de esta manera:

Ciertos actos complejos son de una utilidad directa o indirecta, en ciertos casos del

22
espíritu, para responder o satisfacer ciertas sensaciones, ciertos deseos, etc., y siempre que el
mismo estado de espíritu se reproduce, aun en un débil grado, la fuerza de la costumbre y de la
asociación tiende a hacer los mismos actos, hasta cuando pueden no ser de alguna utilidad (p. 8,
Vol. I).

Defiende “la facilidad con que unos actos se asocian a otros actos y a estados de
espíritu diverso” (p. 12, Vol. I). “La turbación de nuestro espíritu se comunica a los
movimientos de nuestro cuerpo, pero aquí, además de la costumbre, otro principio entra
en juego en cierta medida: el flujo desordenado de la fuerza nerviosa” (p. 13, Vol. I). El
hombre, cuando se halla preocupado, se rasca la cabeza, o tose ligeramente, y se frota
los ojos cuando está perplejo.
Por otra parte, el poder de la asociación es grande. Cuando dos acciones,
sensaciones o emociones se producen juntas tienden a asociarse, a unirse, de tal modo
que cuando se presenta una de ellas, lo hace también la otra. El hombre casi siempre
cierra los ojos y menea de un lado a otro la cabeza (como si no lo viese o no quisiese
verlo), cuando rechaza algo enérgicamente. Cuando accede a lo que se le pide, inclina
afirmativamente la cabeza, abriendo mucho los ojos (como si viera claramente la cosa).
Darwin concede importancia a las acciones reflejas, puesto que “muchas de estas
acciones reflejas son expresivas (…) algunas de ellas llegan a confundirse con los actos
producidos por la costumbre y pueden apenas ser distinguidas” (p. 16, Vol. I).
Para Darwin las acciones reflejas se producen tras la excitación de las células
nerviosas sensitivas, que, a su vez, excitan a las células nerviosas motrices, las cuales
provocan la acción de músculos y glándulas determinadas, “sin comunicar antes con las
células de las cuales dependen nuestra percepción y nuestra volición” (p. 21, Vol. I), “sin
que se haya desperdiciado fuerza alguna por la comunicación preliminar de los
hemisferios cerebrales, asiento de la conciencia y de la volición” (p. 18, Vol. I).
Las acciones reflejas están probablemente sujetas a ligeras variaciones, como los
aspectos anatómicos y los instintos, de forma que toda variación ventajosa ha debido ser
conservada y transmitida por herencia, es decir, fijada en las generaciones posteriores por
selección natural.

B) Principio de la antítesis

Darwin presenta este principio para dar cuenta de que la expresión de algunas
emociones es opuesta al principio de la utilidad biológica: “Ciertos estados de espíritu
traen consigo determinados actos habituales, que son útiles (…) cuando se produce un
estado de espíritu directamente inverso, se es fuerte e involuntariamente impulsado a
cumplir movimientos absolutamente opuestos, por inútiles que sean; por otra parte, en
ciertos casos, estos movimientos son muy expresivos” (p. 9, Vol. I).
Darwin presenta diversos ejemplos de conducta expresiva de los animales. Cuando
un perro agresivo encuentra en su camino a un perro extraño o a un hombre, avanza
derecho y en actitud rígida. Lleva la cabeza ligeramente levantada o algo baja, la cola

23
estirada, inmóvil, los pelos del lomo y del cuello erizados, las orejas estiradas hacia
delante y mira fijamente.
Si el perro reconoce en el hombre a su dueño, su ser se transforma repentina y
completamente. Se agacha e incluso se tumba, moviéndose sinuosamente. Baja la cola y
la agita de un lado a otro. Su pelo se toma liso, las orejas se echan hacia atrás. Debido al
cambio de posición de las orejas, los párpados se estiran y los ojos pierden su forma
redonda y deja de mirar fijamente. Ninguno de estos últimos movimientos que expresan
la alegría del animal es de la menor utilidad para él. Darwin los explica como opuestos o
en antítesis con la actitud y los movimientos del perro que se dispone al combate y que
expresan la cólera.
Aunque Darwin admite que el principio de antítesis arroja algunas dudas en el
hombre, presenta diversos casos. De ellos, en el que mejor se emplea la antítesis es en el
encogimiento de hombros, que expresa la impotencia, o una negativa, significando que
una cosa no puede hacerse o es imposible evitarla. Darwin afirma que muchos
movimientos expresivos son hereditarios, debidos al principio de la antítesis.

C) Principio de los actos debidos a la constitución del sistema nervioso,


completamente independientes de la voluntad y, hasta cierto punto, de la
costumbre

Darwin (1872/1967) le denomina “el principio de la acción indirecta del sistema


nervioso”: “Cuando el sensorio es fuertemente excitado, la fuerza nerviosa es engendrada
en exceso y transmitida en ciertas direcciones determinadas, dependientes de las
conexiones de las células nerviosas y en parte de las costumbres” (p. 9, Vol. I).
Ejemplos que apoyarían este principio serían la decoloración de los cabellos ante el
terror o un dolor excesivo y el temblor muscular, que no se produce voluntariamente,
sino bajo el imperio de una emoción (espanto, cólera violenta, gran alegría) y que no
tiene ninguna utilidad, siendo perjudicial en ocasiones.
Darwin acepta la división de las emociones en dos categorías, las que excitan (la
cólera y la alegría son de las más importantes) y las que deprimen (el espanto es la más
importante).
Darwin concluye la exposición de los principios, afirmando: “Los tres principios que
sucesivamente hemos estudiado, pueden ya (…) dar cuenta de gran número de
movimientos expresivos. Día llegará (…) en que todos los demás serán explicados a su
vez por esos mismos principios o por otros muy análogos” (p. 65, Vol. I). Pero se ve
obligado a confesar que “en ciertas ocasiones es imposible decidir qué parte le toca, en
cada caso particular, a tal o a cual de nuestros principios. Y aún hay muchos puntos que
no se explican en la teoría de la expresión” (p. 65, Vol. I).

1.2.3. Influencias y proyección futura

24
La teoría de Darwin es el punto de partida de diversas corrientes en el estudio de la
emoción:

A) El estudio de la conducta emocional en un contexto biológico, evolutivo

La aproximación evolucionista ha sido seguida por Tomkins (1980), por Izard


(1977) y por Plutchik (1980), quienes han estructurado teorías del feedback somático
que inciden en la importancia de los cambios somáticos en la experiencia emocional.
Tomkins (1980) sostiene que los afectos (prefiere este término al de emoción) son
fundamentalmente respuestas faciales. La especificidad de la emoción está determinada
por la especificidad de la expresión facial, mientras que la experiencia emocional está
determinada por el conocimiento consciente del feedback propioceptivo, derivado de los
cambios producidos en los músculos faciales.
Izard (1977) ha desarrollado los planteamientos teóricos de Tomkins presentando
una denominada “teoría diferencial de las emociones” que defiende que la emoción está
integrada por tres componentes interdependientes: la actividad neural del cerebro y del
sistema nervioso somático, la expresión facial-postural (el feedback cara-cerebro) y la
experiencia subjetiva motivacional.
Izard diferencia diversas emociones fundamentales, como interés, alegría, sorpresa,
tristeza, ira, disgusto, desprecio, miedo, vergüenza, timidez y culpabilidad, que tienen
aspectos neurales y experienciales distintivos y que poseen una expresión facial
característica que proporciona una información inmediata y específica sobre lo que el
sujeto está sintiendo. Las emociones constituyen el principal sistema motivacional
humano determinando y organizando la conducta. El mecanismo neural de la expresión y
de la experiencia emocional, en las emociones fundamentales, es innato y la ontogénesis
de la expresión está en función de procesos madurativos. Los mecanismos neurales para
la percepción de las expresiones faciales son también innatos. El niño no tiene que
aprender a percibir las caras humanas o aprender a interpretar las expresiones faciales o
vocales de las emociones fundamentales.
Plutchik (1980) presenta un modelo psicoevolutivo, sosteniendo que las emociones
tienen funciones adaptativas, contribuyendo a que el organismo maneje los aspectos
claves para la supervivencia. La cognición facilita la evaluación y la predicción de los
eventos emocionales.
La secuencia de producción de una respuesta emocional sería la siguiente:

— El sujeto evalúa cognitivamente, de forma consciente o inconsciente, un evento.


— La evaluación cognitiva va seguida de una experiencia emocional.
— La experiencia emocional determina los comportamientos apropiados que
posibilitarán la supervivencia.

Las teorías del feedback somático han hecho una valiosa aportación al considerar la

25
emoción en el contexto de la adaptación biológica, centrándose en la influencia de la
expresión facial sobre la experiencia emocional.

B) El estudio de las expresiones emocionales ha influido en la investigación actual


sobre la expresión facial de las emociones, encabezada por Ekman
(1985/1992,1993)

Ekman inició el estudio de la expresión facial de la emoción en 1965. Desde


entonces hasta la actualidad ha hecho una contribución fundamental que se puede
concretar en que (como ha reconocido la American Psychological Association –APA–, al
concederle en 1992 el Premio a la Contribución Científica Distinguida) “nos ha enseñado
a leer la cara humana, constituyendo ésta una poderosa fuente de datos cuantitativos. Ha
descrito la dinámica del comportamiento no verbal (…) Ha demostrado la universalidad y
la discrecionalidad de las emociones y ha revitalizado tanto una aproximación
transcultural a la emoción como una aproximación Darwiniana”.

C) La presentación de hipótesis y cuestiones teóricas que han guiado el estudio de la


conducta animal realizado por los etólogos

D) Aun nivel más general, se puede afirmar que la teoría de la evolución y el estudio
de la conducta expresiva de las emociones, realizadas por Darwin, reclaman el
desarrollo de una psicología animal

Se puede afirmar que el método anecdótico empleado por Darwin actuó como un
revulsivo en el inicio del estudio de la conducta animal en el laboratorio, realizado por
Thorndike a finales del siglo xix partiendo de que los experimentos debían sustituir a la
observación y ala colección de anécdotas.
El principio de “continuidad biológica” (Darwin, 1859/1984) influyó en la aceptación
por los psicólogos de la existencia de un tipo de mente y conciencia más rudimentarias
que las del hombre. Darwin contribuyó al surgimiento del funcionalismo. Bajo la
influencia de Darwin, los funcionalistas pensaban que los procesos mentales habían
evolucionado para satisfacer diversas funciones útiles para la supervivencia de los
organismos. Los funcionalistas estaban interesados no sólo por la descripción, sino por el
descubrimiento de los principios a través de los que se desarrolla la mente. William
James, uno de los más representativos funcionalistas, ha ejercido una gran influencia en
el desarrollo científico de la psicología con su obra Principios de Psicología, publicada
en 1890.

26
E) La aportación de Darwin estimuló la investigación en psicología comparada

El estudio comparado de la conducta de animales de diferentes especies en un


primer momento pretendía comprobar el desarrollo de las cualidades mentales de las más
diversas especies, que fue el objetivo de los trabajos de Thorndike en 1898 y de Small en
1901. Posteriormente, bajo la influencia de Watson, que a su vez estuvo influido por
Darwin, se centró en el estudio de las actividades manifiestas, de los diversos patrones de
comportamiento complejo. Watson estudia la conducta emocional manifiesta y sus
causas externas, siguiendo el paradigma estímulo-respuesta (E-R).

1.2.4. Avance posibilitado por su aportación

El avance que supuso la teoría de Darwin en el estudio de la emoción, respecto a la


situación anterior, se puede concretar en dos aspectos:

A) La continuidad entre la mente de los animales y del hombre y el cambio de


perspectiva en el estudio de la emoción

Al negar la existencia de mente en los animales, Descartes rechazó en ellos la


presencia de sentimientos subjetivos. Darwin, a mediados del siglo xix, rompió con esa
consideración, mantenida desde mediados del siglo xvii, al defender la existencia de mente
en los animales. Pero Darwin no siguió la línea establecida por Descartes (que se centró
en el componente de experiencia emocional en humanos), sino que, realizando un giro
copernicano en el estudio de la emoción, analizó la expresión emocional tanto de los
animales inferiores como del hombre.
Si Descartes estudió la emoción como concomitante subjetivo (pasión) de la acción
(movimiento manifiesto) y de cambios orgánicos (conmociones corporales en las
visceras), Darwin se centró en la expresión emocional (el movimiento manifiesto de
Descartes) como manifestación de un proceso interno (“estado de espíritu”).
La obra de Darwin constituye una evidencia de la continuidad en la expresión
emocional de los animales inferiores y del hombre. Si Descartes defiende la privacidad de
la experiencia de la emoción, Darwin defiende la publicidad de la expresión emocional.

B) El reconocimiento de que la conducta humana y la animal pueden estar


determinadas por factores racionales e irracionales

La obra de Darwin rompe con la consideración de que el animal sólo es capaz de


conducta involuntaria e irracional y el hombre capaz de conducta voluntaria y racional,
cuando actúa bajo el gobierno de la mente, afirmando que tanto los animales como el

27
hombre pueden actuar bajo la fuerza de determinantes racionales (razón y voluntad) y de
determinantes irracionales (emociones).
La conducta de los animales puede ser inteligente, razonada y voluntaria, como
pusieron de manifiesto, poco tiempo después de la publicación de la obra de Darwin
(1872/1967) La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, las
investigaciones de Thorndike. La conducta humana puede ser irracional, viniendo
determinada por instintos, como puso de manifiesto Me Dougall en 1908, y por factores
inconscientes y procesos emocionales, como afirmó Freud (1900/1968).
El avance posibilitado por Darwin se ha de evaluar teniendo en cuenta que la teoría
de Descartes y la necesidad teológica de conservar una diferencia entre el alma inmortal
y el cuerpo mortal seguían ejerciendo una gran influencia a mediados del siglo XVIII.

28
2
DESARROLLOS TEÓRICOS EN LA ÉPOCA CIENTÍFICA

2.1. William James

2.1.1. Perfil humano, intelectual y científico

William James (1842-1910) nació en Broadway (Nueva York). Ingresó en 1861 en


la Escuela Lawrence de Ciencias de Harvard, donde estudió química y anatomía. En
1864 ingresó en la Harvard Medical School. En 1865 y 1866 participó como ayudante
voluntario en la expedición que el naturalista Louis Agassiz organizó para estudiar la
fauna del Amazonas.
Como afirma Boring (1950/1978), “la aportación de James al trabajo de la
expedición fue escasa, sirviéndole para descubrir que él era un filósofo” (p. 534). James
comprobó que la observación desvinculada de la especulación sobre sus causas y
significados no le atraía.
En el curso académico 1875-76 ofreció su primer curso de psicología y estableció el
primer laboratorio de psicología experimental en la Escuela Lawrence de Ciencias de
Harvard para hacer demostraciones a los alumnos, más que para investigación. En 1876
fue profesor ayudante de fisiología en Harvard, enseñando psicología fisiológica. El curso
1878-79 es el último año en que enseña fisiología y en él ofrece su primer curso en
filosofía. En 1880 fue profesor ayudante de filosofía. En 1889 se le cambió el
nombramiento de profesor de filosofía por el de profesor de psicología. En 1890 se
publicó su obra Principios de Psicología.
De acuerdo con Boring, la finalización de los Principios de Psicología marcó el
final del período de su vida filosófica y el dominio de la psicológica.
En 1892 publicó Psicología. El curso más breve, libro en el que condensó y
reelaboró los dos tomos de los Principios de Psicología, para hacer más accesibles los
contenidos de su trabajo al alumnado.
James, como filósofo, psicólogo y científico (experimentalista a medias, en opinión
de Boring, 1950/1978), fue el pionero de la nueva psicología en EEUU.
Entre otros, Barzun (1983/1986) presenta una detenida exposición de la vida y obra
de James.

29
2.1.2. Aportación al estudio de la emoción

La contribución de James al estudio de la emoción se encuentra, fundamentalmente


en el artículo “Qué es una emoción” (1884), en Emoción, capítulo 25 de los Principios
de Psicología (1890), en Emoción, capítulo 15 de Psicología: El curso más breve
(publicado en 1892) y en el artículo “La base física de la emoción”, (publicado en 1894).
James, bajo la influencia de Descartes y en oposición a Darwin, se preocupó de
estudiar el estado de sentimiento personal, subjetivo, la experiencia emocional. James se
centró en el estudio de los sentimientos, pensando que la teoría de la emoción de Darwin
no explicaba adecuadamente los estados emocionales. James se centró en los aspectos
subjetivos sensibles de los cambios fisiológicos (antecedentes viscerales y somáticos),
causados por la percepción de estímulos potencialmente emocionales: “En la aflicción
qué sería sin sus lágrimas, sus sollozos, su sofocación del corazón, sus punzadas en el
esternón? Una cognición sin sentimiento de que ciertas circunstancias son deplorables, y
nada más. Cada pasión nos cuenta la misma historia. Una emoción humana puramente
descarnada no existe (…) la emoción disociada de todos los sentimientos corporales es
inconcebible” (James, 1884, pp. 23-24).
La herramienta fundamental de la investigación psicológica es la introspección, que
trata de captar los fenómenos psíquicos en la medida en que se producen: “Introspección
(…) mirar en nuestras propias mentes e informar de lo que hemos descubierto allí”
(James, 1890/1989, Vol. I, p. 185).
James empleó el método introspectivo con bastante cautela, consciente de las
limitaciones de aquél, planteando la necesidad de realizar controles adecuados y de
comparar los informes de diversos observadores. James llega a la conclusión de que “…
la introspección es difícil y falible; y que la dificultad es simplemente la de toda
observación sea del tipo que sea” (1890/1989, Vol. I, p. 191). Destaca, asimismo, la
utilidad de la experimentación, aunque sin pasar por alto sus dificultades.
James diferencia entre emociones más groseras o estándares, relacionadas con
cambios corporales relativamente intensos, en los que cada uno reconoce una fuerte
reverberación orgánica (ira, miedo, amor, odio, alegría, vergüenza, orgullo, aflicción y
sus variedades) y emociones más sutiles o tenues, que son sentimientos morales,
intelectuales y estéticos y su reacción corporal es generalmente mucho menos intensa, la
reverberación orgánica es menos obvia y menos fuerte.
James (1884) considera “aquellas emociones que tienen una clara (distinta)
expresión corporal” (p. 18). Alteraciones corporales, que son “manifestación”,
“expresión”, o “lenguaje natural” de estas (emociones) consideradas como emociones
estándares” (p. 19). La figura 2.1 sintetiza la teoría de James.

30
Figura 2.1. Modelo de la teoría de la emoción de James.

James (1892) reconoce una gran variabilidad de emociones. “Cada emoción es la


resultante de una suma de elementos, siendo causado cada elemento por un proceso
fisiológico de una clase bien conocida. Todos los elementos son cambios orgánicos y
cada uno de ellos es el efecto reflejo del objeto excitante” (p. 248).
Para James “no existe límite al número de posibles diferentes emociones que pueden
existir” (p. 249) y “las emociones de los diferentes sujetos pueden variar

31
indefinidamente” (p. 249), tanto debido a su constitución como a los objetos que las
pueden suscitar.
¿Cómo los diversos objetos que excitan la emoción llegan a producir efectos
corporales específicos y diferentes? James, influido por Spencer y por Darwin, explica la
génesis de las reacciones emocionales a través de dos principios: el principio de las
repeticiones debilitadas de movimientos que previamente (cuando eran muy intensos)
fueron de utilidad para el sujeto y el principio de la reacción semejante a estímulos que
producen sentimientos análogos. Pero hay diversas reacciones que no pueden ser
totalmente explicadas y han de ser consideradas como “efectos puramente idiopáticos del
estímulo” (1892, p. 257).
La contribución de James al estudio de la emoción se puede sintetizar en los
siguientes supuestos básicos (cuadro 2.1).

CUADRO 2.1. Supuestos básicos de la aportación teórica de James.

— La percepción de cambios viscerales es imprescindible para que se produzca la emoción.


— La existencia de patrones viscerales específicos para cada tipo de emoción.
— La activación voluntaria de los cambios viscerales específicos de una emoción producirá esta emoción.

2.1.3. Influencias y proyección futura

La decisiva influencia de James se puede concretar en los siguientes aspectos:


a) Aportó una consideración realista de la psicofisiología de la emoción y de la
función del organismo en la emoción tendente a comprobar la incidencia de los
cambios autonómicos y neurales.
Con ello, James impulsó las investigaciones psicofisiológicas (cambios
autonómicos y neurales) e inauguró el denominado “enfoque psicofisiológico de
la emoción”. El fuerte impulso dado a las investigaciones psicofisiológicas de la
emoción está en la base del surgimiento con Cannon de la aproximación
neurológica.
Asimismo, influyó en la teoría conductista de la emoción, que presentó
Watson, en la que se centró más en patrones fisiológicos que en la conducta
operante.
b) La incidencia en la búsqueda de los determinantes de la experiencia emocional.
Ello ha contribuido positivamente a que el sujeto se sitúe de forma activa
ante el proceso emocional que está viviendo, destacándose los aspectos
antecedentes. Pero ha ejercido un efecto negativo, preocupándose muchos
investigadores por conocer qué es la emoción, despreocupándose de las
consecuencias de la emoción, de la influencia de la emoción en la conducta
posterior.

32
c) El impulso dado al desarrollo de las teorías del feedback visceral, realizado por
Schachter (Schachter y Singer, 1962).
Schachter, influido por la teoría de la emoción de James (1884,1890/1989),
presenta una teoría denominada del feedback visceral que defiende (como
James) que la activación fisiológica es una condición necesaria para que se
pueda producir una experiencia emocional, pero, apartándose de James, incide
en que no es suficiente (figura 2.2).

Figura 2.2. Teoría de feedback visceral (a partir de Schachter, 1964).

d) El impulso dado al desarrollo de las teorías del feedback somático, realizado por

33
Tomkins (1980), Izard (1977), Plutchik (1980) y Ekman (1985/1992,1993).
James coincidió en este aspecto con Darwin, como se ha puesto de manifiesto
en el apartado dedicado a presentar las influencias y la proyección futura de
Darwin.

2.1.4. Avance posibilitado por su aportación

Aunque James fue un consumado cartesiano (Lyons, 1985), su teoría se separó de la


doctrina de Descartes de forma importante, pues aunque siguió considerando las
emociones como sentimientos, destacó que éstos lo eran de cambios y alteraciones
fisiológicas (que se producen durante el proceso emocional).
Para Descartes, la emoción era el concomitante subjetivo de un estado fisiológico.
Era un sentimiento carente de componente cognitivo. Podemos decir que si en Descartes
el sentimiento se sitúa en el alma, James concede gran importancia al cuerpo. El
sentimiento es el aspecto subjetivo sensible de los cambios fisiológicos. En varias
ocasiones James ha destacado la importancia de los cambios fisiológicos en la emoción,
sosteniendo que “la emoción no es nada más que el sentimiento de un estado corporal y
tiene una causa puramente corporal” (1890/1989, Vol. II, p. 459) y que “las causas
generales de las emociones son fisiológicas” (1890/1989, Vol. II, p. 449). James (1892)
concluye que la emoción es “el sentimiento de los cambios en la medida que se
producen” (p. 242).
La emoción es un sentimiento precedido de un componente cognitivo, “percepción
del acontecimiento desencadenante” (1892, p. 242), que integra un componente
cognitivo, como experiencia subjetiva, sin implicar una interpretación o evaluación. Para
James, los eventos externos pueden hacer surgir reacciones corporales, cambios
viscerales sin conocimiento del significado y sin una interpretación de los eventos
ambientales: “nuestras facultades internas están adaptadas de antemano a las
características del mundo en que moramos, adaptadas en el sentido de asegurar nuestra
seguridad y prosperidad en ese mundo (…) nuestras emociones e instintos están
adoptados a características muy especiales de este mundo. Las cosas peligrosas nos
infunden un miedo involuntario; las venenosas, repugnancia; las indispensables, apetito
(James, 1893/1947, p. 4).
James (1890/1989) recalca la función de los cambios viscerales, afirmando que “Sin
los estados corporales que se producen después de la percepción, ésta será puramente
cognitiva, incolora y desprovista de todo matiz emocional, si se tiene en cuenta su
aspecto o manifestación” (Vol. II, p. 449).
La relevancia que James (1884) dio a los cambios fisiológicos en la emoción se pone
de manifiesto en el hecho de que ante la disyuntiva de seguir el sentido común, de seguir
la forma natural de pensar, que indica que “la percepción psíquica de cualquier
acontecimiento provoque el movimiento psíquico que llamamos emoción, y que este
estado mental produzca la expresión corporal” (p. 19), o romper con el statu quo

34
establecido, eligió esta segunda vía, modificando la cadena causal:

James pretendió superar una de las limitaciones de la teoría de Descartes (presentada


anteriormente), la diferenciación entre las emociones y, consecuentemente, la
diferenciación entre emoción/no emoción, al afirmar la existencia de patrones fisiológicos
específicos para cada emoción. Como analizaremos posteriormente, al presentar la crítica
que Cannon realiza a la teoría de James, la investigación no ha confirmado que puedan
diferenciarse las emociones entre sí, o con respecto a los estados no emocionales, sobre
la base de patrones fisiológicos específicos.
James aportó un avance respecto a Descartes en relación con el conocimiento del
estado emocional. ¿Cómo sabe el sujeto que se encuentra en un estado emocional? Para
Descartes el proceso es automático siguiendo el argumento lógico de que el sujeto conoce
la emoción en el proceso introspectivo, cuando la experimenta, produciéndose todo ello
en el alma. Para James, el sujeto sabe que está en un estado emocional al experimentar,
al tener un sentimiento de cambios fisiológicos. La relevancia no se da al alma, sino al
cuerpo.
Puede ocurrir que el sujeto se confunda y etiquete como estado emocional un estado
de cambios fisológicos igual o parecido al que caracteriza al estado emocional (como han
puesto de manifiesto la investigación de Cannon y estudios posteriores). Pero, para hacer
justicia a la teoría de James, siguiendo la lógica sobre la que se asienta ésta, se ha de
decir que la confusión no es fácil, si el sujeto es conocedor de que está reaccionando o
no, ante una situación estimular potencialmente emocional o no, para él.
Un segundo avance aportado por James está vinculado con la consideración de la
situación estimular o entorno físico, respecto a la psicología racionalista, representada por
Descartes. Este movimiento erigió al alma “como ente espiritual absoluto con ciertas
facultades propias por medio de las cuales se explicaban las diversas actividades de
recordar, imaginar, querer, etc., casi sin hacer referencia a las peculiaridades del mundo
con el que estas actividades se relacionaban” (James, 1893/1947, p. 4). Esto es
considerado por James como “un gran error de la vieja psicología racionalista”
(1893/1947, p. 4). Por contra, James resalta la importancia del medio: “Los hechos
mentales no pueden ser estudiados debidamente si se les separa del entorno físico del que

35
se nutren (…) la mente y el mundo han evolucionado juntos y, en consecuencia, están
compenetrados de alguna manera” (1893/1947,4).
La percepción del ambiente potencialmente emocional, según la evaluación realizada
por el sujeto, desencadena la activación fisiológica y su percepción constituye el estado
emocional. James da relevancia al sujeto y al medio reconociendo en el sujeto la función
de los procesos corporales y mentales.
Un tercer avance fue el intento de James, como funcionalista, de hacer una
“psicología científica” de las emociones, partiendo de una fuerte crítica a la tendencia en
el estudio de la emoción de hacer una mera descripción, tendencia surgida con Descartes:

La literatura meramente descriptiva de la emoción desde Descartes en adelante, es una de


las partes más aburridas de la psicología. Y no solamente es aburrida, sino que sientes que sus
subdivisiones son en gran medida ya ficciones o ya hechos sin importancia, y que sus
pretensiones de exactitud son un engaño. Pero desafortunadamente existe poca literatura
psicológica sobre las emociones que no es meramente descriptiva (…) a medida que se avanza
sobre la “psicología científica” de las emociones, uno se harta de la lectura de los trabajos
clásicos sobre la emoción (…) en ningún sitio presentan un punto de vista central, o un principio
deductivo o generativo (…) distinguen y definen de nuevo y especifican “hasta el infinito” sin
conseguir llegar a otro nivel lógico… ¿No existe una vía, diferente a este nivel de descripción
individual, de aproximación a las emociones? Yo creo que la hay, si uno quiere adaptarla. El
problema con las emociones en psicología es que son consideradas con demasiada frecuencia
como cosas absolutamente individuales. En la medida en que están establecidas como entidades
psíquicas eternas y sagradas (…) entonces todo lo que se puede hacer con ellas es catalogar
reverentemente sus caracteres específicos, puntos y efectos. Pero si las consideramos como
productos de causas más generales el distinguirlas y catalogarlas exclusivamente, llega a ser de
importancia secundaria” (1892, pp. 241-242).

2.2. Cari G. Lange

Aunque generalmente la aportación de Lange al estudio de la emoción, queda diluida


y ensombrecida bajo el rótulo de teoría de James-Lange, creemos conveniente
presentarla por separado para hacer más evidente el matiz que diferencia la aportación de
ambos autores al estudio de la emoción, lo que permitirá a su vez una más adecuada
consideración de la crítica que se ha hecho, a partir de Cannon, a la teoría de James-
Lange.
Cari G. Lange (1834-1900) nació en Copenhague, Dinamarca. Fue fisiólogo y
profesor en Copenhague y propuso, en 1885, una explicación sobre el sentimiento
emocional claramente diferente a la propuesta por James.
Lange realizó diversos trabajos sobre la fisiología de emociones como el miedo y la
cólera, entre otras, y sostuvo que la emoción tenía un origen físico, siendo causada por
cambios corporales, fundamentalmente cambios vasomotores. Lange (1885/1922)
mantuvo la hipótesis de que la emoción era un evento cardiovascular, defendiendo que el
problema científico fundamental era la determinación de la reacción emocional del
sistema a distintas influencias.
La emoción para Lange (1885/1922) es la experiencia de cambios fisiológicos en los

36
músculos orgánicos o involuntarios, sobre todo los que se encuentran en las paredes de
los vasos sanguíneos, que constituyen el aparato vasomotor y producen vasoconstricción.
Lange diferenció dos subdivisiones en el aparato motor, el aparato motor voluntario
(denominado aparato de la vida animal) y el aparato motor involuntario, o músculos
orgánicos, especialmente aquellos que se encuentran en las paredes de los vasos
sanguíneos, cuyo funcionamiento, por contracción, reduce su capacidad. Lange sostuvo
que existía un “centro vasomotor” en el cerebro.
A la confusión entre lo sostenido por las teorías de James y de Lange puede haber
contribuido el propio James, cuando al hablar de los cambios fisiológicos de las
emociones sostuvo:

El prof. C. Lange, de Copenhague, ha publicado en 1885 una teoría fisiológica de su


constitución y condicionamiento, la cual había abordado por vez primera yo el año anterior en
un artículo en Mind (James, 1890/1989, Vol. II, p. 449).

James y Lange compartieron la idea de que la emoción no comenzaba con la


experiencia consciente de un afecto. Ambos propusieron que las respuestas corporales y
fisiológicas eran eventos prioritarios en la emoción. Pero si hacemos un análisis de ambas
teorías, encontramos claras diferencias. Mientras que James hizo de la consciencia de la
emoción el foco central de su teoría, Lange se centró en el componente fisiológico de la
emoción, dando poca importancia a la experiencia consciente de la emoción,
considerándola como un epifenómeno. Para James, la emoción era la experiencia de
cambios fisiológicos, fundamentalmente en las visceras y en los músculos esqueléticos,
estriados o voluntarios. James destacó los aspectos somáticos o motores de la respuesta,
mientras que Lange acentuó los aspectos autonómico-viscerales.
James, en 1890, teniendo en cuenta la teoría de Lange, que conoció en la traducción
alemana de su obra, hecha en 1887, amplió su teoría de la emoción en los Principios de
Psicología. En 1894 la modificó, en respuesta a diversas críticas surgidas, considerando
que los estímulos que producen los cambios corporales, más que un simple objeto,
constituyen una “situación total” (no experimentamos miedo ante el estímulo –animal
salvaje–, sino ante la situación total –animal salvaje en libertad–) y diferenció entre
emoción y tono sentimental.
En 1894 James rechazó la posición adoptada por Lange, afirmando “Lange ha
concedido demasiada importancia al factor vaso-motor en su explicación” (p. 517).

2.3. Walter B. Cannon

2.3.1. Perfil humano, intelectual y científico

Cannon (1871-1945) nació en un pequeño pueblo del Estado americano de


Wisconsin. A los 16 años, en el curso 1888/89, ingresó en la St Paul High School, donde
encontró un ambiente muy favorable para su preparación académica. En 1892 ingresó en
el Harvard College, donde obtuvo su graduación en 1896. En el tercer año del Harvard

37
College eligió filosofía y psicología, entre otras disciplinas. En aquel momento, el
departamento de filosofía estaba dirigido por William James, quien para incrementar la
oferta de cursos de psicología y establecer un laboratorio de psicología experimental en
Cambridge había invitado a Harvard a Hugo Münsterburg, uno de los alumnos más
destacados del laboratorio de Wundt en Alemania. James fue profesor y amigo de
Cannon.
Los cursos realizados por Cannon con James y con Münsterburg estimularon en tal
medida su interés por la filosofía y la psicología que en alguna ocasión tuvo la intención
de estudiar con ellos estas disciplinas en lugar de estudiar medicina. Cuando James tuvo
conocimiento de ello, disuadió a Cannon de que lo hiciera. En 1895, Cannon escribió un
trabajo de corte filosófico sobre la emoción, titulado “La naturaleza y composición de la
emoción”, que era un ensayo en el que exponía los argumentos de los críticos y de los
defensores de la teoría de James.
En el año 1897 comenzó a estudiar medicina en la Harvard Medical School, donde
recibió su formación médica y en cuyo laboratorio de fisiología comenzó a trabajar en
1900, siendo nombrado Profesor Asistente de Fisiología en 1902 y Director del
Departamento de Fisiología en 1906. Cannon permaneció como profesor e investigador
en la Harvard Medical School hasta su jubilación en 1942.
Cannon es uno de los más grandes investigadores del siglo xx en fisiología (Benison
y otros, 1987). Fue el primero en emplear rayos X en investigaciones fisiológicas y en
definir en términos fisiológicos la habilidad del cuerpo para responder de forma apropiada
a una amenaza física o a una alteración emocional.
En 1911 comenzó a estudiar las secreciones endocrinas relacionadas con el sistema
nervioso autónomo y obtuvo evidencia de que los estados emocionales pueden
influenciar los procesos corporales. Estudió el funcionamiento de las glándulas
suprarrenales, sobre todo la función emergente de la médula adrenal: La secreción de
adrenalina. Esto le llevó al estudio del sistema nervioso autónomo en su conjunto y al
papel que desempeña en la autorregulación de diversos procesos fisiológicos.
Cannon utilizó el concepto de “homeostasis” para referirse al proceso a través del
cual el cuerpo se mantiene en un estado de equilibrio interno, a pesar de las fluctuaciones
producidas en el medio externo. Esta “tendencia a la constancia en el medio interno”
había sido estudiada previamente por el gran fisiólogo francés Claude Bemard en 1859.

2.3.2. Aportación al estudio de la emoción

Cannon ha presentado su teoría, fundamentalmente, en los siguientes artículos: “The


interrelations of emotions as suggested by recent physiological researches” (1914), “A
new concept of diseases having emotional elements” y “Some disorders supposed to
have an emotional origin” (publicados ambos en 1916), “Neural basis for emotion
expression” (1927a), “The James-Lange theory of emotions: A critical examinations and
an alternative theory” (1927b) y “Again the James-Lange and the thalamic theories of

38
emotion” (1931) y en sus obras Bodily changes in pain, hunger; fear and rage; An
account of recent researches into the functions ofemotional excitement (publicada en
1915) y The wisdom ofthe body (publicada en 1929).
La preocupación fundamental de Cannon es el establecimiento de una clara
diferenciación de los procesos neurales que producen la conciencia emocional y los que
producen la expresión emocional o conducta emocional. Cannon, que conocía los
trabajos de Darwin, se centró en los aspectos funcionales de los procesos fisiológicos,
preguntándose por la función de los cambios internos que se producen durante la
excitación emocional.
La experiencia emocional (sentimientos de miedo, de ira o de otro tipo) simplemente
acompaña a las preparaciones orgánicas para la acción. Cannon presentó una teoría
emergente de las emociones en la que los cambios viscerales eran considerados como
ajustes homeostáticos que ayudan a preparar el cuerpo para la acción y en la que la
función de las emociones es resolver las situaciones de emergencia relacionadas con los
problemas de supervivencia.
Cannon empleó el método experimental en la investigación fisiológica, así como las
observaciones clínicas, afirmando que “todas estas observaciones experimentales y
clínicas, consistentemente apuntan al tálamo óptico como una región en la que reside la
organización neural de las distintas expresiones emocionales” (Cannon, 1927b, p. 118) y
que “la evidencia derivada de casos patológicos es consistente con la evidencia
experimental y farmacológica” (p. 116).
La contribución de Cannon al ámbito de la emoción puede sintetizarse en la crítica
realizada a las teorías presentadas por James y por Lange y en una formulación teórica
alternativa.
Sobre la base de diversos hallazgos experimentales y a partir de ciertos análisis
lógicos, Cannon (1927b, 1931) estableció una fuerte crítica a la teoría de James con el
propósito de demoler sus basamentos, los tres supuestos básicos sobre los que ésta se
sustenta, presentados anteriormente. El cuadro 2.2 sintetiza los argumentos presentados
por Cannon contra James.
Cannon rechaza el primer supuesto (la percepción de cambios viscerales como
imprescindibles para que se produzca emoción) proponiendo como argumento que la
total separación de las visceras respecto al sistema nervioso central no altera el
comportamiento emocional. Cannon aduce, para validar este argumento, los resultados
de las investigaciones de Sherrington, quien seccionó en perros la médula espinal y los
nervios vagos para eliminar cualquier conexión del cerebro con los diferentes órganos,
aislando todas las estructuras en las que se suponía residían los sentimientos.
Asimismo, Cannon aduce los resultados de las investigaciones realizadas por él
mismo y sus colaboradores (Cannon, 1927b), que eliminaron en gatos la división
simpática del sistema autonómico que funciona en los estados de gran excitación,
desconectando el sistema nervioso central y el control vasomotor de los músculos de
fibra lisa y de las visceras, en general. De esta forma, se eliminaban todas las reacciones
vasculares controladas por el centro vasomotor. Investigaciones en las que se concluye

39
“estas operaciones ampliamente alteradoras han tenido un pequeño efecto, si es que ha
habido alguno, sobre las respuestas emocionales de los animales” (p. 108).

CUADRO 2.2. Argumentos presentados por Cannon contra los supuestos sobre los que
James basó su teoría de la emoción.
Supuestos de James Contraargumentos
l.° La total separación de las visceras, del SNC no
altera el com portamiento emocional.
2.° Los mismos cambios viscerales se producen en
estados emocionales diferentes, así como en
estados no emocionales.
Las visceras son estructuras relativamente
insensibles.
Los cambios viscerales son demasiado lentos.
3.° La inducción artificial de cambios viscerales no
produce la emoción correspondiente.

Cannon rechaza el segundo supuesto de James (existen patrones viscerales


específicos para cada emoción), proponiendo los siguientes argumentos:

a) Los mismos cambios viscerales se producen en estados emocionales diferentes y


en estados no emocionales.
b) Las visceras son estructuras relativamente insensibles.
c) Los cambios viscerales son demasiado lentos para constituir una fuente de
sentimiento emocional.

Respecto al primer argumento, aduce Cannon que los cambios viscerales producidos
por la estimulación simpática (aceleración del corazón, contracción de arteriolas,
dilatación de bronquiolos, incremento de azúcar en sangre, inhibición de la actividad de
las glándulas digestivas, inhibición de la peristalsis gastrointestinal, sudoración, descarga
de adrenalina, apertura de las pupilas y erección del vello) son comtemplados en diversas
circunstancias. Ocurren en estados emocionales claramente distinguibles, como el miedo
y la ira.
Pero, asimismo, la fiebre y la exposición al frío inducen la mayoría de esos cambios.
La asfixia y una gran reducción de azúcar en la sangre, provocan casi todas esas
alteraciones. En consecuencia, incide Cannon (1927b) en que “las respuestas viscerales
parecen demasiado uniformes para ofrecer un medio satisfactorio de distinguir las
emociones que son muy diferentes en cualidad subjetiva. Por tanto, si las emociones
fueran debidas a impulsos aferentes de las visceras, hemos de esperar no sólo que el

40
miedo y la ira se sientan igual, sino que también la frialdad, la hipoglucemia, la asfixia y la
fiebre, se sentirían como ellas. Tal no es el caso” (p. 110).
En relación con el segundo argumento, aduce Cannon (1927b) que “las fibras
aferentes de los nervios distribuidos en las visceras se encuentran en un número diez
veces menor que las eferentes (…) Normalmente los procesos viscerales son
extraordinariamente poco expresivos” (p. 111). Respecto al tercer argumento, contrasta
Cannon el hecho de que las diversas reacciones viscerales tienen largos períodos de
latencia, mientras que en las reacciones afectivas éste es breve.
Cannon rechaza el tercer supuesto de James (la aparición de la emoción tras la
activación de los cambios viscerales específicos) con el argumento de que la inducción
artificial de los cambios viscerales característicos de las emociones intensas no las
produce. Argumento que Cannon sustenta en investigaciones basadas en los resultados
de la investigación de Marañón (1924a/1985) sobre la acción emotiva de la adrenalina,
que ponen de manifiesto que “la adrenalina en los seres humanos induce cambios
corporales típicos que son reportados como sensaciones, que en algunos casos estas
sensaciones son reminiscencias de experiencias emocionales previas, pero no reanuda o
revive aquellas experiencias. En condiciones normales, los cambios corporales, aunque
bien marcados, no provocan emoción” (Cannon, 1927b, p. 114).
Incide Cannon (1927b) en que “Los procesos, que se producen en los órganos
torácicos y abdominales son verdaderamente notables y diversos; su valor para el
organismo, no es añadir riqueza y sabor a la experiencia, sino adaptar la economía
interna para que, a pesar de los cambios de la circunstancia externa, la tendencia
constante de la vida interna no sea profundamente alterada” (p. 114).
Consecuente con esta crítica a la teoría de James, Cannon presenta una formulación
teórica alternativa, conocida como “Teoría Talámica de la Emoción”.
A mediados de la década de 1910 Cannon ya había realizado una crítica a James,
afirmando: “parece que las condiciones corporales, que han sido asumidas por algunos
psicólogos, para distinguir unas emociones de otras han de ser buscadas en otro lugar
más que en las visceras. No ‘nos sentimos tristes porque lloramos’, como afirma James,
sino que lloramos porque (…) –cuando está presente alguno de [estos] diversos estados
emocionales– existen descargas nerviosas a través de los canales simpáticos hacia
diversas visceras, incluyendo las glándulas lacrimales” (Cannon, 1914, p. 280).
Cannon argumentó que las diferencias entre los estados emocionales tienen un
origen en mayor medida central que periférico, y que su expresión se produce de forma
instantánea y espontánea. Sus investigaciones llevaron directamente a Cannon a
enfrentarse con James. Cuando éste presentó su teoría tenía un escaso conocimiento
sobre el funcionamiento del sistema nervioso autónomo y no realizó una comprobación
experimental. La teoría de James era especulativa. Pero la situación había cambiado
notablemente, produciéndose notables avances, con respecto al momento de
presentación de las teorías de James y de Lange: “Contamos ahora con hechos
fisiológicos pertinentes que no eran conocidos cuando James y Lange desarrollaron sus
ideas (…) y existen explicaciones alternativas de la experiencia afectiva que han de ser

41
consideradas” (Cannon, 1927b, p. 106).
Sobre la evidencia experimental aportada por Bechterev en 1887, en investigaciones
llevadas a cabo con diferentes tipos de animales (que concluyeron que la expresión
emocional debía de ser independiente del córtex y que el tálamo óptico desempeñaba una
función predominante en la expresión emocional) y por Cannon y Britton en 1925, en
gatos (que comprueban que el tálamo es una región, que en ausencia del gobierno cortical
–animal decorticado–, se descargan impulsos que evocan un grado extremo de actividad
“emocional”, tanto muscular como visceral), Cannon concluyó que la expresión
emocional surge de la acción de centros subcorticales.
Para Cannon (1927a) la evidencia obtenida en animales ha sido confirmada en
observaciones realizadas en humanos, concluyendo que “Todas estas observaciones,
experimentales y clínicas, consistentemente indican al tálamo óptico como una región en
la que reside la organización neural de las diferentes expresiones emocionales” (p. 118).
A partir de la evidencia aportada por Head en 1921, sobre el relevo de todas las neuronas
sensoriales en alguna parte del tálamo óptico y acerca del hecho de que alteraciones en
esta región son ocasión de sensaciones intensamente afectivas, concluye Cannon que los
procesos talámicos son una fuente de experiencia afectiva y que la cualidad de las
emociones se ha de buscar allí, no en la información que retorna de las visceras ni en la
que retorna de los músculos.
Como se acaba de exponer, cuando Cannon presentó su teoría a finales de la década
de 1920, el estado de conocimientos sobre el funcionamiento del sistema nervioso central
y del sistema nervioso autónomo había cambiado notablemente en relación con el
momento en que James y Lange estructuraron sus teorías. Ello permitió afirmar a
Cannon que las diferencias entre los estados emocionales tenían un origen en mayor
medida central que periférico, surgiendo la expresión emocional de la acción de centros
subcorticales y la experiencia emocional de procesos talámicos.
Para la teoría neurológica, el proceso emocional comprende las siguientes fases:

a) Una situación externa estimula los receptores.


b) La excitación consiguiente comienza a enviar los impulsos hacia la corteza
cerebral.
c) De la corteza parten impulsos al tálamo liberándole de la inhibición en que
generalmente ésta le mantiene. La inhibición talámica puede ser eliminada
también por los impulsos activados por potentes estímulos, que llegan
directamente al tálamo.
d) En el tálamo se produce una descarga que va a la corteza (donde tiene lugar una
experiencia emocional) y otra que, vía hipotálamo, va a las visceras y a los
músculos esqueléticos (produciéndose una conducta emocional).

De esta forma, la descarga talámica produce simultáneamente la experiencia


emocional y diversos cambios corporales o comportamiento emocional.
La figura 2.3 sintetiza la secuencia de eventos que tienen lugar en la aparición de la

42
emoción, de acuerdo con la explicación dada siguiendo el sentido común, la de James y
la de Cannon.

Figura 2.3. Secuencia de eventos producidos en relación con la aparición de la emoción, de acuerdo con el
sentido común, James o Cannon.

Philip Bard, alumno de Cannon y profesor de fisiología en la Johns Hopkins Medical


School, continúa la teoría de Cannon, aportando evidencia experimental a favor (Bard,
1934a, 1934b) y contribuyendo de forma tan importante a su desarrollo que aquélla ha
pasado a ser conocida como la “teoría de Cannon-Bard”. La teoría defiende la existencia

43
de dos centros subcorticales relacionados con la emoción: el tálamo y el hipotá-lamo. El
tálamo da una cualidad a los impulsos sensoriales que pasan por él, vía corteza cerebral.
En el hipotálamo se desencadena el comportamiento emocional. La teoría de Cannon-
Bard reconcilia el proceso emocional con el sentido común, enfrentados, en su momento,
por James. Si, de acuerdo con la teoría de James, se podía decir que “estamos tristes
porque lloramos” o “tenemos miedo porque corremos”, por hacer referencia a dos
emociones, de acuerdo con la teoría de Cannon-Bard, se puede afirmar que “estamos
tristes y lloramos” o “tenemos miedo y corremos”.
Bard (1934a) parte de que “el término emoción implica dos cosas: Una forma de
actuación y una experiencia subjetiva” (p. 320). En sus investigaciones sobre la “rabia
aparente” (sham rage) –o cuasi rabia, como también la denomina–, Bard (1934a, 1934b)
comprueba que los gatos decorticados son capaces de diversas formas de expresión
emocional, en ausencia o tras una profunda modificación de los aspectos conscientes de
la emoción. Bard denomina rabia a la actividad de los gatos decorticados porque “simula
la expresión de ira contemplada en el gato normal” (1934a, p. 320) y “aparente” porque
“no podemos suponer, en la medida que permite ser juzgado por la experiencia clínica,
que la conciencia, incluyendo los aspectos subjetivos de la rabia, no se haya modificado,
o que incluso se encuentre presente” (1934a, p. 320). Y concluye que la actividad
motora a través de la que se expresa la emoción “depende del hipotálamo caudal: (…) un
mecanismo hipotalámico constituye un factor prepotente de la expresión de la emoción”
(1934b, p. 447).
Una adecuada valoración de la aportación de Cannon ha de comenzar
preguntándose en qué medida es acertada la crítica realizada a la teoría de James. Como
se ha puesto de manifiesto al presentar la teoría de James, éste centró su análisis en la
experiencia emocional, haciendo una breve referencia a la producción de efectos difusos
específicos (movimientos, expresiones, reacciones). Este aspecto está en consonancia
con la afirmación de Mandler (1979) respecto a que James no estudió el comportamiento
emocional.
Lange parece haberse centrado, en mayor medida, en el comportamiento emocional,
dado que su preocupación era explorar los efectos de las emociones sobre las funciones
corporales. La crítica de Cannon va dirigida más contra el comportamiento que contra la
experiencia emocional, por ello parece que más que contra James debería haberla dirigido
contra Lange. El propio Cannon (1927b) asume que los hallazgos experimentales que
avalan que “la total separación de las vías del sistema nervioso central no altera el
comportamiento emocional” (p. 109), no posibilitan “tener una base real para afirmar, o
para negar la presencia de ‘emoción sentida’ en los animales manipulados” (p. 109).
¿Pero, cuál es el estado de conocimientos en relación con los argumentos críticos
propuestos por Cannon? Mandler (1979) afirma que la historia ha sido más amable con
Cannon que con James. Se ha comprobado que el primer argumento crítico (la total
separación de las visceras respecto al sistema nervioso central no altera el
comportamiento emocional) es esencialmente correcto. Sin embargo, existe suficiente
evidencia respecto a que la separación de las visceras del sistema nervioso central

44
interfiere significativamente, al menos, con la adquisición del comportamiento emocional.
Se ha argumentado que incluso en ausencia de información visceral, existen otros
sistemas, entre los que se incluye el esquelético, que pueden cumplir las funciones
atribuidas por James.
Asimismo, Cannon tenía razón en lo afirmado en el argumento segundo (los mismos
cambios viscerales se producen en estados emocionales diferentes y en estados no
emocionales) y en el tercero (las visceras son estructuras relativamente insensibles),
puesto que no existe evidencia de que diferentes estados viscerales causen diferentes
estados emocionales o diferentes comportamientos emocionales. Respecto al argumento
cuarto (los cambios viscerales son demasiado lentos para constituir una fuente de
sentimiento emocional), se ha comprobado que Cannon tenía razón, en general, aunque
otros mecanismos, como las respuestas esqueléticas condicionadas, pueden servir para
explicar el tipo de fenómenos que sugiere la evidencia subjetiva. Respecto al argumento
quinto (la inducción artificial de los cambios viscerales característicos de las
emociones intensas no produce a éstas), la evidencia muestra que los cambios
corporales inducidos artificialmente no son suficientes para producir estados emocionales,
pero son necesarios para que en unión de factores cognitivos se produzca la experiencia
emocional, como han puesto de manifiesto Schachter y Singer (1962).

2.3.3. Influencias y proyección futura

Cannon ha ejercido una notable influencia (que en realidad amplifica el efecto de la


ejercida por James y por Lange) en el desarrollo de cuatro grandes áreas de investigación
psicofisiológica (que el lector puede encontrar detenidamente analizadas en Mandler,
1979):

— La eliminación artificial de eventos autonómicos o de feedback autonómico


(simpatectomía).
— El grado en que los patrones viscerales específicos o no específicos están
asociados con emociones específicas.
— El efecto de las variaciones en el feedback visceral sobre la experiencia emocional.
— La función del sistema nervioso y el proceso homeostático.

El avance posibilitado por Cannon se puede concretar en los siguientes aspectos:

a) Cannon defiende la existencia de procesos corticales y de centros cerebrales


especiales, relacionados con la emoción, dando un gran paso adelante respecto
a la consideración, sostenida por James, de que los procesos cerebrales
emocionales son procesos cerebrales sensoriales, que posibilitan el sentimiento
de cambios orgánicos cuando se producen.
James no pensó que hubiera estructuras cerebrales especiales que

45
constituyeran “el asiento de la emoción”, sirviéndose los procesos emocionales
de los centros motores y sensoriales del cerebro. Consecuentemente, se
preocupó de la relevancia que la respuesta fisiológica periférica tiene en la
emoción. Cannon se preocupó de demostrar la existencia de estructuras
cerebrales relevantes para el proceso emocional.
b) La pionera aplicación de la experimentación en el ámbito de la emoción, saltando
de una consideración intuitiva de la emoción (como la que James tenía), a otra
científico-experimental.
c) El establecimiento de la diferenciación e independencia entre experiencia
emocional y conducta emocional, aportando evidencia experimental sobre la
existencia de diferentes componentes de la emoción, que de una forma intuitiva
Descartes perfiló al hablar de las pasiones (experiencia emocional), de las
conmociones corporales (activación fisiológica) y de la acción o movimiento
manifiesto (expresión emocional).

Para James y para Lange, experiencia y conducta emocional son inseparables, de


forma que no existe verdadero comportamiento emocional sin una experiencia emocional
previa. Ambos se centraron en la experiencia emocional. En James se da una
coincidencia funcional entre activación fisiológica y experiencia emocional, siendo la
emoción el sentimiento (la percepción) de los cambios orgánicos. La teoría talámica
(Cannon, 1931) admite la posibilidad de separación entre experiencia y comportamiento
emocional, pudiéndose producir comportamiento sin experiencia emocional. La expresión
o comportamiento emocional tiene su origen en el tálamo y se concreta en las visceras y
en los músculos. El hecho de que se produzca una experiencia emocional o no depende
de que el córtex esté presente y las conexiones talamocorticales apropiadas estén intactas.
La aportación teórica de Cannon ha proyectado su influencia, fundamentalmente, en
la tradición neurológica, iniciada por él, dentro de la que se ha realizado el estudio
anatómico y morfológico de las estructuras cerebrales que mediatizan el proceso
emocional, entre otros por Papez, MacLean, Lindsley, Pribram y Arnold. Asimismo,
Cannon destacó que los cambios internos producidos durante la excitación emocional
estaban relacionados con la supervivencia, presentando el modelo de reacción de
emergencia. Continuando esta línea, Selye ha presentado el síndrome general de
adaptación. Por otra parte, Cannon ha influido en las investigaciones sobre la acción
emotiva de la adrenalina realizadas por Marañón, quien le reconoce como maestro.
Aunque la teoría de Cannon, como tal teoría de la emoción, ha tenido menos
relevancia que la de James, la tradición neurológica ha tenido una gran influencia y una
amplia proyección sobre el estudio de la emoción y de los procesos orgánicos
(homeostáticos), situando en ella sus aportaciones Papez, MacLean, Lindsley y Pribram,
contribuyendo decisivamente al estudio anatómico y morfológico de diversas estructuras
cerebrales (centros y vías) que mediatizan el proceso emocional y al conocimiento de los
cambios neuroquímicos y neurofisiológicos de la emoción.
El neurólogo J. W. Papez (1937) diferenció dos aspectos fundamentales en la

46
emoción, distinguiendo entre la emoción como una forma de sentir (experiencia
subjetiva) y como una forma de actuar (expresión emocional), y trató de identificar las
estructuras cerebrales implicadas en la experiencia y en la expresión emocional. Papez
defendió que los impulsos nerviosos provenientes de los diversos tipos de receptores van
primero a diversas partes del tálamo, desde aquí se distribuirían por tres importantes
vías. Papez distinguió entre acción, pensamiento y emoción, diferenciando una “corriente
de la acción”, ruta que conduce impulsos a través del talamo dorsal hasta el cuerpo
estriado, una “corriente del pensamiento”, que transmite impulsos desde el tálamo hasta
el córtex lateral y una “corriente del sentimiento”, que transmite los impulsos a través del
tálamo ventral hasta el hipotálamo, y por vía de los cuerpos mamilares y los núcleos
talámicos anteriores, hasta el giro cingulado.
Papez (1937) describe las vías cerebrales de la emoción, al presentar el “mecanismo
para explicar la emoción”, configurando un complejo circuito neurológico límbico-
hipotalámico (denominado sistema límbico o circuito de Papez), integrado por el
hipotálamo, el núcleo anterior del tálamo, el giro cingulado, el hipocampo, el fórnix, los
cuerpos mamilares y las conexiones que les unen entre sí. Estas diferentes estructuras
serían las responsables de la experiencia y de la expresión emocional.
Aunque no se ha obtenido suficiente evidencia experimental favorable a la teoría de
Papez (1937), puesto que no se ha comprobado que algunas de las estructuras que
forman el denominado sistema límbico estén relacionadas con las emociones (como
sucede con el giro cingulado, los cuerpos mamilares y los núcleos anteriores del tálamo),
la relevancia de la aportación de Papez se concreta en que fue el primero en llamar la
atención sobre las funciones del sistema límbico en las emociones y en que estimuló el
interés de los neurólogos por la función de las estructuras cerebrales en la experiencia
emocional.
Al final de la década de los cuarenta, el neurólogo MacLean inició una serie de
investigaciones en las que ampliaba la teoría de Papez que le han llevado a considerar
que el cerebro está dividido en tres niveles de funcionamiento, distinguiendo entre un
cerebro antiguo (paleocórtex), perteneciente a los reptiles (cerebro reptiliano), un
cerebro que aparece posteriormente en la evolución filogenética (mesocórtex),
perteneciente a los mamíferos inferiores (cerebro paleomamalio –sistema límbico–) y un
cerebro de aparición más reciente (neocórtex), más altamente desarrollado, perteneciente
a los primates y sobre todo al hombre (cerebro neomamalio –cerebrum y córtex–).
Cada uno de estos tres cerebros se expande y ejerce un control sobre los que han
aparecido anteriormente en el proceso evolutivo. El cerebro reptiliano es un cerebro
olfatorio o rinoencéfalo. MacLean (1993) sugiere que el rinoencéfalo sigue ejerciendo un
elevado grado de control sobre la actividad visceral, incluso en los primates más
elevados, y puede ser denominado “cerebro visceral”. Este incluiría al giro del
hipocampo (una parte del lóbulo temporal), el cuerpo mamilar (una parte del
hipotálamo), el núcleo talámico anterior, el giro del cíngulo, el fórnix, la amígdala y el
septum. Posteriormente, MacLean ha denominado cerebro límbico o lóbulo límbico al
cerebro visceral.

47
MacLean (1993) considera que el cerebro de los mamíferos inferiores, centrado en
el sistema límbico, añade una nueva dimensión de emocionalidad a la conciencia
(consciousness), que actúa como una fuerza motivacional y facilita la discriminación de
la conducta deseable, perdiéndose la rigidez de los patrones fijos de conducta
correspondientes al cerebro de los reptiles más primitivos. La emoción es una respuesta
primitiva que contribuye a regular la conducta a medida que ésta se hace más variable,
con el desarrollo filogenético y con la gran expansión del neocórtex. La emoción, como la
conducta, está sujeta a modificaciones debido a su interacción con los recuerdos, los
aprendizajes y la compleja evaluación de los estímulos ambientales, producida en el
neocórtex. La conducta emocional de los animales superiores y del hombre es reflejo de
la compleja interacción existente entre los tres tipos de cerebro, estando el hipocampo y
el complejo amigdalino más estrechamente relacionados con la experiencia de la
emoción.
A pesar de las divergencias manifestadas por las aportaciones de Papez (1937) y
MacLean (1993), en las que no se considera necesario entrar, ambos coinciden en
señalar que el sistema límbico es el sistema emocional, que mediatiza tanto la experiencia
como la expresión emocional.
Cannon consideró el estado emocional de estrés como una situación que se
caracteriza por una reacción de emergencia. Con la teoría talámica, propuesta por
Cannon para dar respuesta a la pregunta ¿cómo se produce la emoción?, se inicia la
tradición neurológica en el estudio de la emoción, como se acaba de presentar. Al
contestar a la pregunta ¿para qué sirven las emociones, cuál es la función de los grandes
cambios internos producidos durante la excitación emocional?, en consonancia con su
preparación biológica y con la perspectiva adoptada por Darwin (cuyos trabajos
conocía), adoptó una perspectiva emergentista, según la cual la función de las emociones
es resolver adecuadamente las urgencias relacionadas con problemas de supervivencia.
Cannon (1929b) ha propuesto el modelo de reacción de emergencia, que explica
adecuadamente las respuestas inmediatas al estrés. El sistema nervioso simpático, en
momentos de estrés, prepara al organismo para el ataque o para la huida; se incrementa
el ritmo y la intensidad del latido cardíaco; se produce la contracción del bazo; el
glucógeno almacenado en el hígado se libera como glucosa; el suministro de sangre de la
piel y las visceras es aprovechado por el cerebro y los músculos, se dilatan las pupilas;
hay un incremento en el suministro de sangre y en la coagulación de la sangre, se
produce dilatación de los bronquios. El sistema simpático funciona en combinación con
las secreciones de catecolaminas de la médula adrenal y conjuntamente producen la
reacción de emergencia. El sistema simpático tiene una acción catabólica que
contribuye a la eficiencia muscular y actúa contra aquellos procesos que pueden impedir
la eficiencia muscular. El sistema parasimpático tiene acción anabólica que es eficaz en
el almacenamiento y conservación de las energías corporales. En el capítulo 4 se
presentan más detenidamente las funciones del sistema simpático y del sistema
parasimpático en la regulación emocional.
Selye (1979) ha completado la investigación de Cannon, explicando el

48
comportamiento en situaciones de estrés prolongado, en su modelo de síndrome general
de adaptación (SGA). Selye denomina SGA a una serie de reacciones no específicas del
organismo, desencadenadas por estímulos crónicos de origen diverso (traumático, tóxico,
infeccioso o emocional). Estos procesos orgánicos se ajustan a una pauta idéntica. En el
capítulo 6 se presenta el modelo de Selye.
Las investigaciones de Cannon sobre la función de la secreción de adrenalina en la
autorregulación de los procesos fisiológicos influyeron en las investigaciones sobre la
acción emotiva de la adrenalina realizadas por Marañón (1924a/1985).

2.4. Sigmund Freud

2.4.1. Perfil humano, intelectual y científico

Sigmund Freud (1856-1939), creador del psicoanálisis, nació en Freiberg, Moravia


(la Checoslovaquia de entonces). En 1873 ingresó en la Universidad de Viena para
estudiar medicina. Entre las razones de esta elección, presenta Freud las siguientes: “Ni
por aquella época, ni más tarde por cierto, he sentido ninguna predilección especial por la
carrera de médico. Me sentía movido por una especie de curiosidad, que se dirigía más
bien a los asuntos humanos que a los objetos de la naturaleza (…) Al mismo tiempo las
teorías de Darwin, entonces especialmente en auge, me atrajeron poderosamente, por las
esperanzas que ofrecían de un extraordinario progreso en la comprensión del mundo, y
fue el hecho de haber oído el hermoso ensayo de Goethe sobre la naturaleza (…) lo que
me decidió a comenzar el estudio de la medicina” (Jones, 1961/1970, tomo I, p. 52).
En 1876 fue admitido en el Instituto de Fisiología de Brüke con la categoría de
famulus (alumno investigador), donde realizó trabajos sobre histología de las células
nerviosas. En 1881 se graduó en la Facultad de Medicina.
En 1882 abandonó el laboratorio de fisiología e ingresó en el Hospital General de
Viena con el propósito de adquirir experiencia clínica que le permitiera dedicarse a la
práctica de la profesión médica. En el hospital estuvo tres años, trabajando en diversas
especialidades (medicina interna, psiquiatría, dermatología (…). En 1885 obtuvo el título
de Privat-Dozent en neuropatología, indispensable para hacer carrera en una facultad
universitaria. Del 21 de octubre de 1885 al 23 de febrero de 1886 disfrutó de una beca
de estudios para trabajar con Charcot, en la Salpétriére, y aprender el método hipnótico.
Debido a que Freud se consideraba mal hipnotizador, desarrolló el método de las
“asociaciones libres”, que puede considerarse el punto de arranque del psicoanálisis.
Hasta 1909 trabajó aislado en la estructuración de su obra, contando con un rechazo
general. En 1909 viajó a EEUU invitado por Stanley Hall, presidente de la Clark
University, en Worcester, Massachusetts, lo que contribuyó a la popularidad del
psicoanálisis en EEUU.
En 1938, al ser invadida Viena por los nazis, se exilió a Londres, donde murió al año
siguiente.
Más información sobre la vida y la obra de Freud se puede encontrar, entre otros, en

49
Jones (1961/1970) y en Gay (1988/1990).

2.4.2. Aportación al estudio de la emoción

La aportación de Freud al estudio de la emoción o de los afectos (en la terminología


del psicoanálisis) deriva del trabajo clínico, del análisis de los procesos psíquicos (Freud,
1990, 1913-1917, 1916-1918, 1925, 1932; Breuer y Freud, 1895).
Freud no realizó un estudio sistemático de los afectos, puesto que analizó algunos
tipos de emociones fuertes, intensas (ansiedad, miedo, ira, terror y depresión),
considerándolas como un estado muy complejo, relacionado con alteraciones psíquicas,
que es necesario expresar para conseguir la curación del paciente. Este aspecto se hace
patente en los Estudios sobre la Histeria, que junto a Breuer publicó Freud, en 1895,
donde estableció el fundamento de una teoría de la emoción. Freud consideró que sus
pacientes histéricos sufrían de recuerdos reprimidos con una elevada carga emocional, de
la que no eran conscientes. Los síntomas histéricos (diversos tipos de parálisis y
ocasionales períodos de ausencia) eran considerados como una representación disfrazada
de la emoción reprimida. En un primer momento, Freud creyó que para que tuviera lugar
el proceso de curación, con la eliminación de síntomas histéricos, era necesario que se
produjera la expresión intensa de la emoción reprimida, proceso denominado “catarsis”,
que se sugería al paciente durante la hipnosis. Posteriormente, cuando Freud comprobó
que había pacientes a los que no podía hipnotizar, creó un método de análisis de los
procesos psíquicos (psicoanálisis). El efecto catártico del psicoanálisis se puso de
manifiesto en la curación de pacientes aquejados de histeria: “los distintos síntomas
histéricos desaparecían inmediata y definitivamente en cuanto se conseguía despertar con
toda claridad el recuerdo del proceso provocador, y con él el afecto concomitante, y
describía el paciente con el mayor detalle posible dicho proceso, dando expresión verbal
al afecto. El recuerdo desprovisto de afecto carece casi siempre de eficacia” (Breuer y
Freud, 1895/1968, vol. I, p. 25).
El psicoanálisis trata de determinar cuáles son los elementos que integran la
emoción, considerada por Freud como un estado complejo, reprimido. Los aspectos
inconscientes de la emoción pueden ser evaluados a través del análisis de los sueños, las
asociaciones libres, los lapsus linguae. Por otra parte, pueden ser evaluados a través de
las posturas, las expresiones faciales y la cualidad de la voz. Los aspectos conscientes de
la emoción pueden ser evaluados por el autorreporte de los sentimientos subjetivos. La
figura 2.4 sintetiza la aproximación psicoanalítica a los afectos.
De la aportación de Freud se han de destacar los siguientes aspectos (Lyons, 1985):

a) La emoción es una reacción a algún contenido del inconsciente no al medio


externo. El sujeto que se encuentra en estado de ansiedad, lo está no porque la
situación sea amenazante, sino porque ésta desencadena algún deseo
inconsciente reprimido, al que encuentra amenazante o difícil de afrontar.

50
A diferencia del conductismo, el psicoanálisis afirma que el estímulo externo
funciona sólo como una causa remota de la emoción.
b) Dado que los recuerdos reprimidos están vinculados con emociones intensas,
fuertes, este tipo de emociones son las estudiadas por Freud,
fundamentalmente: ansiedad, miedo, ira, terror y depresión. Emociones
producidas como reacción a eventos traumáticos. Consecuente con esto, Freud
no estudia otros tipos de emociones, denominadas sutiles, como la alegría, la
tristeza, el temor o el sobresalto.
c) Es difícil encontrar una emoción en estado puro, puesto que generalmente ésta es
una mezcla de reacciones fisiológicas y sentimientos. Para Freud la emoción
integra cambios fisiológicos y movimientos corporales y la manifestación
subjetiva de éstos en el sentimiento:

¿Qué es lo que desde el punto de vista dinámico consideramos como un estado afectivo?
Algo muy complicado. Un estado afectivo comprende, ante todo determinadas inervaciones o
descargas, y además ciertas sensaciones. Estas últimas son de dos clases: percepciones de
acciones motoras realizadas, y sensaciones directas de placer y displacer que imprimen al estado
afectivo lo que pudiéramos llamar su tono fundamental (Freud, 1916-1918/1968, Vol. II, p.
355).

Figura 2.4. Aproximación psicoanalítica a los afectos (a partir de Rappaport, 1950).

51
2.4.3. Influencias y proyección futura

La influencia y proyección de la aportación de Freud se puede concretar en el inicio


de la tradición dinámica en el estudio de los afectos, tradición desarrollada, entre otros,
por Rado, Brenner, Bowlby y Beck.
La teoría psicoanalítica ha sido una fuente teórica importante en el desarrollo del
ámbito de la medicina psicosomática.
Con todo, una posición crítica con la aportación de Freud no puede pasar por alto el
hacer una valoración de ésta. Freud consideró que la validez de su teoría sólo podía ser
realizada a través del método analítico. En consecuencia, el método, la teoría y la prueba
de validez están indisolublemente unidas (Todt, 1977/1982). La evaluación empírica de
la validez de la teoría de Freud ha demostrado ser una tarea extremadamente difícil por
diversas razones (Thompson, 1988):

a) Los escritos de Freud contienen numerosas contradicciones lógicas, producidas


por el estilo evolutivo de construcción de la teoría.
b) Muchos de los conceptos empleados por Freud, como la expresión simbólica de
conflictos inconscientes en los sueños, simplemente son indemostrables.
c) Aunque Freud empleó frecuentemente dimensiones cuantitativas, como
fuerte/débil, no especificó la medida cuantitativa de sus conceptos.

Con todo, los estudios de psicofisiología de la emoción (Thompson, 1988), han


proporcionado un apoyo parcial a la teoría de Freud, comprobando que los mecanismos
de defensa pueden bloquear el conocimiento consciente de las reacciones emocionales,
que los comportamientos emocionales pueden ser controlados independientemente del
pensamiento consciente y que los seres humanos pueden percibir y reaccionar
apropiadamente a los estímulos emocionales, sin un conocimiento consciente de que un
estímulo estaba todavía presente.

2.5. John B. Watson

2.5.1. Perfil humano, intelectual y científico

John B. Watson (1878-1958), mentor y propulsor del conductismo radical, presentó


el manifiesto conductista en 1913, como un alegato contra los estructuralistas y los
funcionalistas (Logue, 1994). Como alternativa, Watson defendió una psicología
experimental y objetiva, basada en la psicología animal. Rechazó la conciencia como
objeto de la psicología y el método introspectivo, afirmando que la teoría psicológica
había de ser construida a partir de estímulos y de respuestas.
Watson nació en Greenville, Carolina del Sur. En 1900 obtuvo el título de Maestro
en Artes en la Universidad de Furman. Se doctoró en psicología en la Universidad de
Chicago en 1903 y en 1904 fue Instructor de Psicología Experimental. En 1908 es

52
profesor de psicología experimental y comparada en la Universidad de John Hopkins,
ocupando una cátedra hasta 1920. De 1908 a 1915 fue director de la revista
Psychological Review. En 1915 fue nombrado presidente de la American Psychological
Association (APA) y director de la revista Journal of Experimental Psychology, cargo
que ocupó hasta 1927. Durante 1916 y 1917 realizó investigaciones con Rosalie Rayner
sobre desarrollo emocional en la clínica Phillipps de Baltimore.
En 1920, a causa de su divorcio para casarse con su colaboradora Rosalie Rayner,
se vio obligado a abandonar la universidad y a renunciar a su cátedra. En 1921 fue
contratado como director de publicidad por la compañía J. W. Thompson, de Nueva
York, dedicándose a partir de este momento a las funciones correspondientes a ese cargo
(Coon, 1994).

2.5.2. Aportación al estudio de la emoción

La aportación de Watson al estudio de la emoción se encuentra fundamentalmente


en sus artículos “Emotional reactions and psychological experimentation” (1917, en
colaboración con Morgan), “A schematic outline of the emotions” (publicado en 1919),
“Conditioned emotional reactions” (1920, en colaboración con Rayner), y en su obra
Psychology from the standpoint ofa behaviorist (1919).
Watson critica la teoría de James, puesto que considera que el planteamiento que
éste hace supone un retroceso respecto a la aportación de Darwin, quien había destacado
las acciones manifiestas como el aspecto biológicamente más significativo de las
emociones, concediendo gran importancia a la estimulación ambiental como causa de las
reacciones emocionales.
Watson (1919), coincidiendo con Darwin, estudia la conducta emocional manifiesta
y sus causas externas, definiendo a la emoción como “un patrón de reacción hereditario
que implica cambios profundos del mecanismo corporal en su totalidad, pero en
particular de los sistemas visceral y glandular. Entendiendo por patrón de reacción que
los diversos aspectos de la respuesta aparecen con cierta constancia, con cierta
regularidad y aproximadamente en el mismo orden secuencial, cada vez que el estímulo
excitador se ha presentado” (p. 195).
Para Watson, la emoción es un patrón de reacción, sobre todo de cambios
fisiológicos, que solamente se encuentra en su forma genuina en el recién nacido.
En consonancia con los postulados del conductismo (objetivismo, reduccionismo
biológico, mecanicismo, determinismo, elementalismo y ambientalismo extremo), Watson
critica el método introspectivo seguido por James y emplea la observación sistemática en
niños y la experimentación, defendiendo que “La experimentación no debe ser más difícil
aquí que en otro campo” (Watson y Morgan, 1917, p. 171) y sosteniendo que “nadie
puede negar que el laboratorio tiene un método capaz de someter a las emociones a
control experimental” (Watson y Morgan, 1917, p. 174).
Watson ha presentado una teoría de la emoción humana derivada de la teoría de las

53
conductas emocionales de Darwin (1872/1967) y de la teoría de los reflejos
condicionados de Pavlov, adoptada por Watson en 1916. A partir de estudios
observacionales, durante los primeros meses de vida del niño, Watson y Morgan (1917)
sugieren la existencia de tres reacciones emocionales innatas: el miedo, la ira y el amor
(siendo empleado este concepto, aproximadamente, en el mismo sentido en que Freud
empleó el concepto de sexo). Preocupados por la utilización de estos términos, corrientes
en psicología denominaron las reacciones emocionales “estados de reacción original X, Y,
Z” (Watson y Morgan, 1917, p. 165), incidiendo en que son más fácilmente observables
en animales que en infantes.
Puesto que Watson (1919) considera la emoción como un patrón de reacción
hereditario, defiende que el miedo, la ira y el amor son respuestas no condicionadas, que
pueden ser elicitadas por estímulos no condicionados. Esto lleva a plantear la cuestión de
cómo se explica la complejidad de las respuestas emocionales de los adultos, si en la
infancia existen muy pocos patrones de reacción emocional, que por otra parte son
respuestas muy simples. La respuesta de Watson es que a través del condicionamiento se
desarrollan las demás reacciones emocionales, pudiendo ser elicitadas por diversos tipos
de estímulos. Los seres humanos manifiestan diversos tipos de reacciones, denominadas
emocionales, provocadas por estímulos ambientales (objetos, personas, situaciones…).
Watson y Rayner (1920/1978) comprobaron experimentalmente que el conjunto de
estímulos que provocan reacciones emocionales se incrementa a través del
condicionamiento, proceso de asociación por el que objetos o situaciones nuevas,
presentes en el momento en el que se manifiesta una reacción emocional, adquieren la
capacidad de producir tal reacción. Realizaron el trabajo experimental solamente con un
niño de once meses y tres días de edad, Alberto B., utilizado como sujeto “por su
estabilidad emocional”. La intención de Watson y Rayner fue comprobar si era posible
condicionar una respuesta de miedo a una rata blanca, transferirla a otros animales o a
otros objetos y eliminarla (en el caso de que esta respuesta emocional no hubiera
desaparecido tras un período razonable de tiempo).
Los dos primeros objetivos fueron conseguidos, el tercero no, porque
“Desafortunadamente, Alberto salió del hospital el día que se le practicaron las últimas
pruebas que antes reseñamos; por lo tanto no tuvimos oportunidad de concebir una
técnica experimental que nos permitiera eliminar las respuestas emocionales de carácter
condicionado que habíamos implantado” (Watson y Rayner, 1920/1978, p. 130).
La teoría de Watson difiere de la teoría de Darwin en que éste emplea el término
expresión emocional para indicar las conductas emocionales que pueden reflejar los
estados emocionales de los hombres y de los animales.
Para Watson, las emociones eran los comportamientos emocionales, dividiendo las
respuestas emocionales en tres diferentes componentes: respuestas autónomas (hábitos
viscerales), movimientos (hábitos manuales) y verbalizaciones (hábitos laríngeos).
Watson modificó el modelo de reflejos condicionados de Pavlov, proponiendo que los
tres componentes de las respuestas emocionales eran condicionados simultáneamente. De
esta forma, en lugar de considerar que el condicionamiento clásico implica una única

54
respuesta fisiológica, para Watson todo el organismo está siendo condicionado.
Cuando Watson habla de respuesta emocional condicionada (REC), en singular, para
denominar las respuestas adquiridas, pretende indicar un patrón de respuestas fisiológicas
en lugar de una única reacción fisiológica (Thompson, 1988). La adquisición de las REC
comienza poco tiempo después del nacimiento. A lo largo del desarrollo ontogenético, a
través de la experiencia, el sujeto manifiesta mayor número de REC, que integran
patrones motores, viscerales y verbales más complejos.

2.5.3. Influencias y proyección futura

Una valoración de la aportación de Watson ha de destacar los siguientes aspectos:

a) El haber realizado la observación objetiva de los patrones de respuesta de la


conducta emocional y el control de las condiciones de su ocurrencia.
b) El haber contribuido al estudio científico de la conducta emocional y al estudio
de las emociones en animales, realizado por los neoconductistas en la década
de 1950, en investigaciones experimentales en las que presentan un estímulo
potencialmente emocional y miden el comportamiento instrumental o
consumatorio.

Los logros de la aproximación conductista en el estudio de la emoción, iniciada por


Watson y continuada, entre otros, por Skinner y por Millenson, han sido destacados por
Fernández-Trespalacios (1985), afirmando que “el conductismo incluso en su posición
más radical, ha tratado de proporcionar una teoría de las emociones o, al menos, el
análisis y control funcional de la conducta emocional. Son pues, perfectamente válidos
los intentos conductuales actuales por estudiar científicamente la emoción, haciendo
énfasis en los aspectos públicamente observables de la emoción, a nivel conductual. Del
mismo Skinner partirán los estudios experimentales sobre la respuesta emocional
condicionada que hoy constituye uno de los tópicos más importantes en la psicología
científica” (p. 132).
Entre las dificultades de la teoría de Watson, se encuentra el hecho de que al
identificar patrones de comportamiento emocional con patrones de cambios fisiológicos,
no posibilita la distinción entre emociones diferentes, ni entre patrones emocionales y no
emocionales. Por otra parte, al haber limitado la emoción al comportamiento emocional y
al haber desarrollado la investigación en animales, no ha tenido en cuenta uno de los
componentes de la emoción, la experiencia emocional o sentimiento.
Los estudios sobre el desarrollo emocional durante la infancia no aportan evidencia
experimental a favor de que el miedo, el amor y la ira representen las tres emociones
humanas primarias. Sí ha recibido apoyo la predicción de Watson de que las emociones
se diferencian gradualmente durante la infancia y la niñez. El aspecto fundamental es si
los cambios en el desarrollo se deben al condicionamiento, al desarrollo cognitivo, a la

55
maduración del sistema nervioso, o a una combinación de factores. La investigación
confirma que si bien algunas reacciones emocionales pueden adquirirse a través del
condicionamiento clásico, en la adquisición de reacciones emocionales específicas,
parecen jugar una función más importante el desarrollo cognitivo, el aprendizaje
observacional y/o el refuerzo social.

2.6. Gregorio Marañón y Posadillo

2.6.1. Perfil humano, intelectual y científico

Gregorio Marañón (1887-1960) nació en Madrid, donde cursó el bachillerato en el


Colegio de San Miguel. Inició sus estudios de medicina en el antiguo Colegio de San
Carlos, en Madrid. Entre sus maestros en la Facultad de Medicina se encontraba
Santiago Ramón y Cajal, quien, en opinión de Laín Entralgo, “fue una persona decisiva
en el alumbramiento de la vocación científica y en la formación intelectual y moral de
Gregorio Marañón (Laín Entralgo, 1968, p. XIII).
En su orientación hacia la medicina interna y hacia la entonces naciente
endocrinología, le influyeron fundamentalmente Juan Medinaveitia y Alonso Señud.
Marañón se sintió inicialmente inclinado hacia la psiquiatría, pero, en sus propias
palabras, “La vida me encaminó, desde el comienzo de los estudios, hacia la Anatomía y
la Fisiología, contrariando mi tendencia, tan remota como mi conciencia, a los estudios
psicológicos. Yo me dejé llevar por aquella imposición, porque, ya entonces, había leído
el libro admirable de Cajal Reglas y consejos para la investigación científica, en el que
con visión certera de las cualidades y los defectos de la raza, recomendaba a los jóvenes
una rigurosa disciplina técnica que compensase la natural propensión de nuestro espíritu a
la meditación y a la especulación teórica. No me pesó aquella decisión. Mi espíritu (…)
se reposó en aquellos largos años de actividad naturalista y metodológica” (Marañón,
1939).
En 1905 es nombrado Ayudante de Prácticas de Anatomía y en 1906 alumno interno
del Hospital General, donde trabaja con Juan Medinaveitia. En 1908 recibe, de la Real
Academia de Medicina, el Premio Martínez Molina, que no se había vuelto a conceder
desde que se otorgó a Ramón y Cajal. En 1909 obtiene la licenciatura en Medicina y el
doctorado en 1910. En 1911 gana un puesto de “médico de número” en el Hospital
General de Madrid. En 1920 aparecen sus primeros estudios sobre el mecanismo de la
emoción.
Marañón afirmó en 1939, en la Sociedad Peruana de Neuropsiquiatría y Medicina
Legal, que se consideraba un neurólogo y un psiquiatra frustrado, frustración que supo
afrontar, puesto que “mi tiempo todo, el presente y el futuro, estaba ganado por la
inmensa fecundidad de las doctrinas hormonales (…) Más la endocrinología, la novia que
yo me había creado, tenía muchos puntos de contacto con la neurología y la psiquiatría
(…) Y esto me permitió ser fiel a mi mujer legítima, y a la vez flirtear a diario con la
novia de la juventud” (Marañón, 1939).

56
Marañón, que desde 1937 hasta 1943 residió, autoexiliado, en París, ha sido uno de
los médicos y de los científicos españoles más notables, en España y fuera de ella.
Marañón, dieciseis años más joven que Cannon, participó, según Laín Entralgo (1968, p.
XLV) en una aspiración colectiva (en la que pensamos coincidió con Cannon), que
trataba de asumir las tres orientaciones principales del pensamiento médico del siglo xix –
la anatomoclínica, la fisiopatológica y la etiopatológica– en una medicina clínica y
doctrinalmente atenida a la individualidad biológica y psíquica del paciente. Medicina
que, bajo formas diferentes, surge en Europa y en América del Norte a raíz de la Primera
Guerra Mundial.
La aportación de Marañón al estudio de la emoción ha tenido un gran eco
internacional y ha ejercido una importante influencia en psicología (Ferrándiz, 1990;
Ferrándiz y Carpintero, 1983).

2.6.2. Aportación al estudio de la emoción

La aportación de Marañón al ámbito de la emoción se encuentra fundamentalmente


en sus artículos “La emoción”, “La reacción emotiva a la adrenalina” y “Nuevos puntos
de vista sobre el mecanismo de la emoción” (publicados en 1920), “Introducción al
estudio de la teoría neuro humoral de la emoción” (publicado en 1921), “Sobre la edad y
la emoción” (1921), “Contribución al estudio de la reacción emotiva de la adrenalina”
(publicado en 1923), “Contribution a l’étude de l’action émotive de l’adré-naline”
(1924a) y “Patología e higiene de la emoción” (1925).
La preocupación fundamental de Marañón es el estudio de los mecanismos
neurológicos y humorales de la emoción:

En estos últimos tiempos me he ocupado con mucha insistencia de los fenómenos


humorales de la emoción (…) hasta hace poco tiempo se consideraba la emoción como un
fenómeno de mecanismo puramente nervioso; y aunque los psicólogos –psicólogos, ya con
toques de fisiólogos– del último tercio del siglo pasado entrevieron toda la importancia que
realmente tienen las modificaciones circulatorias y viscerales de la emoción, estas
modificaciones no eran consideradas sino como el resultado final de la descarga emotiva; pero la
emoción seguía siendo un fenómeno directamente emanado del sistema nervioso y constituido
por modificaciones también exclusivamente nerviosas. Hoy, sin embargo, podemos asegurar que
las emociones, como los grandes procesos de la vida vegetativa, como el metabolismo, como el
crecimiento, como los incidentes de la vida sexual, se producen y regulan por un mecanismo
mixto, en parte nervioso y en parte humoral. Y esta parte humoral consiste en un juego
complicado y perfecto de las hormonas segregadas por las glándulas de secreción interna, que
corren por la sangre y con la afinidad exquisita impresionan estos y aquellos territorios
orgánicos, desarrollando una acción, paralela por su importancia y por su complejidad a la que el
influjo nervioso ejerce merced a la red intrincadísima de sus nervios (Marañón, 1921, p. 35).

Marañón considera el sistema neuroendocrino como órgano de la emoción. Influido


por las Reglas y consejos para la investigación científica, de Ramón y Cajal, Marañón
emplea la experimentación y las experiencias clínicas en el estudio de los mecanismos

57
neurológicos y humorales de la emoción. En ocasiones, como cuando realiza el estudio
del gesto, emplea la, por él denominada, “observación vulgar” (1921, p. 55; 1937).
Frecuentemente, hace referencia a aspectos metodológicos en sus publicaciones:

Siendo como se ve, tan estrecha, tan imposible de independizar la función del sistema
nervioso vegetativo y la del sistema glandular endocrino, se comprende que éste intervenga
también, y en rango preeminente en la producción del acto emocional. Y la experimentación y la
clínica confirman estas suposiciones (1921, p. 39).

Mi espíritu se reposó en aquellos largos años de actividad naturalista y metodológica


(1939).

En el curso de mi vida científica yo sólo he recogido pequeños hechos y (…) me es grato


exponerlos con la máxima diafanidad (…) Ahora con la vida a la espalda, comprendo muy bien
lo que en sus últimos años decía Darwin, esto es, que el naturalista que sabe contar las hojas de
una planta, ha cumplido con su deber y tal vez ha hecho más por el conocimiento de la
naturaleza que el autor de una brillante especulación montada sobre un misterio retórico (1951a,
p. 731).

La aportación específica de Marañón ha sido su “teoría neurohumoral de la


emoción”, según la cual cualquier emoción integra tres elementos fundamentales: un
elemento psíquico, un elemento expresivo y un elemento vegetativo (cuadro 2.3).

CUADRO 2.3. Teoría neurohumoral de la emoción de Marañón: elementos y funciones.


Elementos de la emoción Funciones
Psíquico Diferenciación de la emoción.
Representación cerebral del estado emocional.
Posibilita la experiencia emocional.
Expresivo Posibilita la expresión emocional, a través de
movimientos de los músculos del aparato
locomotor y de los músculos de expresión facial.
Vegetativo Cambios orgánicos, modificaciones viscerales
que el sujeto percibe y que le informan de que
está en un estado emocional.

Marañón considera el elemento psíquico como la representación cerebral (suscitada


por una idea, por un recuerdo, por una impresión sensorial) del placer, de la cólera, de la
alegría… El elemento expresivo es un conjunto de movimientos de los músculos del
aparato locomotor y de los músculos de expresión facial –gestos–, mediante los cuales se
manifiesta al exterior el estado emotivo. El elemento vegetativo consiste en una serie de
modificaciones viscerales que el sujeto experimenta y percibe y que le permiten darse
cuenta de que está emocionado.

58
La contribución de Marañón se centra preferentemente en el análisis del elemento
vegetativo (1921,1924a, 1924b). Al comienzo del siglo xx este análisis recibió un gran
empuje debido a que “los conocimientos endocrinos han arrojado viva luz sobre el
problema, gracias principalmente a Cannon, y a varios autores más, entre los que,
modestamente, nos contamos” (Marañón, 1921, p. 37).
Marañón dedica también atención al elemento expresivo y piensa que el estudio del
elemento psíquico es patrimonio de los psicólogos, afirmando que “Los psicólogos se
ocupaban antes solamente –y todavía se ocupan de preferencia– del primer elemento, del
psíquico, a pesar de la reiterada insistencia con que algunos de ellos, sobre todo James,
llamaron la atención sobre la importancia de las modificaciones viscerales” (1924b, p.
66).
Para Marañón, el elemento psíquico es un factor distinto para cada momento
emotivo, y se sobrepone a un estado de agitación orgánica, que es común a todas las
emociones: “Sin esta agitación o vibración orgánica puede haber alegría, tristeza, amor,
odio, etc.; pero serán movimientos fríos, intelectuales; y no emociones. Para que la
emoción exista es precisa la existencia de esa conmoción orgánica” (1921, p. 36).
El bloque hipotálamo-hipofisario desempeña importantes funciones en el mecanismo
de la emoción. Marañón afirma que el enlace entre el elemento psíquico y el elemento
vegetativo se produce en el hipotálamo, “a cuyos centros afluyen las impresiones
cerebrales, poniendo en marcha, a través de sus centros, por las vías nerviosas, o por vía
humoral, a través de las glándulas endocrinas regidas por la hipófisis, a las alteraciones
vegetativas, al temblor, al escalofrío, a las lágrimas, al sudor, a la constricción precordial,
en suma, a todos los elementos orgánicos cuya percepción nos dice que ‘estamos
emocionados’ (1924b, p. 72).
Una aportación importante de Marañón es que sostiene que el contenido o elemento
psíquico (representación mental) posibilita diferenciar claramente una emoción de otra.
La representación mental de una emoción es diferente a la de otra emoción distinta. Para
él, esta distinción subsiste en el elemento expresivo, pero ya no con la misma claridad,
sobre todo a medida que los fenómenos de la expresión se separan del sistema locomotor
(saltos, palmoteos, inmovilidad de los miembros) y se acerca al sistema de la vida
vegetativa (lágrimas). La distinción desaparece respecto al elemento vegetativo, que es
común a toda clase de estados emotivos. El elemento vegetativo o visceral depende de
modificaciones neuroendocrinas.
Otra aportación notable de Marañón es la relacionada con las formas de producción
de la emoción. Marañón diferencia entre la emoción espontánea (producida cuando la
conmoción visceral se añade a un proceso intelectual), la emoción inducida
experimentalmente o postadrenalínica (que posibilita conocer el mecanismo normal de la
emoción espontánea), la emoción desencadenada por el gesto y la emoción producida
tras un aprendizaje por observación.
Marañón limita su aportación al estudio de la emoción postadrenalínica (1921,
1924a/1985,1925), comprobando, en su investigación sobre los efectos de la adrenalina,
comenzados en 1911, que la inyección de adrenalina, junto a diversos efectos subjetivos,

59
produce en algunos casos una “reacción emotiva”, caracterizada por “un conjunto de
modificaciones viscerales que reproducen exactamente las que determina en el organismo
una emoción violenta: el pulso (…) se hace rápido, el corazón late violentamente;
palidece la piel del rostro; una sensación de opresión torácica más o menos intensa obliga
al sujeto inyectado a suspirar profundamente; la boca se seca; las manos y a veces todo
el cuerpo son presa de un temblor ya fino, ya violento; y, por último (…) se determina
una erección, bien notoria, de los bulbos pilares, esto es, el fenómeno de la ‘carne de
gallina’ (1921, p. 39).
La reacción emotiva tiene tres grados. El primero es el que experimentan aquellos
sujetos que perciben las modificaciones descritas “de una manera rudimentaria”
(Marañón, 1925, p. 105). En el segundo grado, el más frecuente, el sujeto “realiza una
clara distinción entre la percepción de los fenómenos periféricos de la emoción vegetativa
y la emoción psíquica propiamente dicha que no existe y que permite que se dé cuenta
del síndrome vegetativo con calma, sin verdadera emoción” (1924a/1985, p. 78).
El sujeto expresa su situación psíquica de la siguiente forma: “Siento como si tuviera
miedo”, “como si esperase una gran alegría”, “como si fuera a llorar, sin saber por qué”,
“como si tuviera un gran susto, sin embargo, estoy tranquilo”.
En el tercer grado de la reacción, el sujeto inyectado percibe no sólo las
modificaciones somáticas vegetativas de la emoción, sino que de forma gradual o bien
bruscamente la emoción psíquica se superpone a la emoción vegetativa y la transforma
en un estado afectivo completo. Este tercer grado es menos frecuente que el segundo, y
en ocasiones aparece espontáneamente. En otros casos, para que se produzca, hay que
sugerir un “recuerdo de gran energía psíquica”, una idea cargada de poder emotivo (por
ejemplo, recuerdo de hijo ausente o muerto).
Marañón afirma que el segundo grado de la reacción emotiva constituye un fuerte
argumento en contra de los puntos de vista de James y de Lange y a favor de Cannon (el
sujeto percibe los síntomas periféricos, los cambios orgánicos, y, sin embargo, no
experimenta la emoción). El tercer grado de la reacción (menos frecuente), daría la razón
a James y a Lange (la emoción psíquica sigue a la emoción vegetativa).
Marañón realiza una importante contribución a la investigación experimental de la
emoción en sus trabajos sobre la “acción emotiva de la adrenalina” (1924a/1985),
comprobando que es posible separar la emoción orgánica de la emoción psíquica, que se
puede reproducir voluntariamente la conmoción orgánica emotiva, con independencia de
lo que pasa en el cerebro. Para que una idea se transforme en emoción, al proceso
intelectivo puro se ha de añadir la conmoción visceral, lo que a su vez depende de la
conjunción de dos factores: “La carga emotiva” de la sensación o de la idea, y la
“predisposición emocional” o “umbral emotivo” del sujeto, que está ligado al tono
funcional del sistema nervioso vegetativo y a las secreciones suprarrenal y tiroidea.
Para Marañón, el proceso fisiológico de la emoción se ajustaría al siguiente esquema:

a) Elemento psíquico inicial (sensación, idea, recuerdo).


b) Producción de la emoción periférica o vegetativa.

60
c) Conciencia de esa emoción periférica por el cerebro.
d) Emoción auténtica, cuando esta conciencia de la emoción vegetativa se sobrepone
al elemento psíquico primitivo.

Aunque brevemente, se ha de terminar el apartado dedicado a presentar la


contribución de Marañón al estudio de la emoción exponiendo las otras dos formas de
producción de la emoción, la emoción desencadenada por el gesto y la producida tras un
aprendizaje por observación.
Marañón (1937) entiende por gesto “la traducción material de un estado de ánimo,
por los medios habituales de la expresión emotiva y no sólo por los de la cara” (p. 202).
El gesto es “el vehículo de emociones” colectivas y es “la circunstancia que con mayor
frecuencia condiciona la emoción”. Pero el gesto puede producir la emoción, en
condiciones favorables del ambiente. Si ejecutamos los gestos de una determinada
emoción, podemos experimentar la conmoción visceral correspondiente y el elemento
psíquico y, en consecuencia, nos emocionamos.
Asimismo, destaca Marañón (1937) que la emoción puede producirse también “por
la simple contemplación, en otro individuo, de los fenómenos expresivos (…) de la
emoción” (p. 217).

2.6.3. Influencias y proyección futura

La aportación de Marañón ha contribuido de forma notable a la diferenciación entre


los tres componentes (momentos en su terminología) que integran el acto emocional: el
elemento psíquico (experiencia o sentimiento), el elemento vegetativo (cambios
orgánicos) y el elemento expresivo (expresión emocional).
Asimismo, ha contribuido de forma decisiva al establecimiento de la disociación
entre “emoción orgánica” y “emoción psíquica” (1924b) y a su independencia,
defendiendo que puede haber cambios fisiológicos sin determinar un estado de emoción.
Cannon adujo las investigaciones de Marañón (1924a) sobre la acción emotiva de la
adrenalina (como se ha presentado al analizar el rechazo del tercer supuesto de la teoría
de James: la aparición de la emoción tras la activación de los cambios viscerales
específicos), con el argumento de que “la inducción artificial de cambios viscerales
típicos de las emociones fuertes no las producen”:

De la evidencia aportada por Marañón podemos concluir que la adrenalina induce en los
seres humanos cambios corporales típicos que son reportados como sensaciones, que en
algunos casos estas sensaciones son reminiscencias de experiencias emocionales previas pero
no reanuda o revive a aquellas experiencias (…) En condiciones normales los cambios
corporales, aunque bien marcados, no provocan emoción (Cannon, 1927b, p. 114).

Las investigaciones sobre la acción emotiva de la adrenalina realizadas por Marañón


(1924a/1985,1925) (que fueron continuadas por las investigaciones experimentales de

61
Cannon) han influido en el desarrollo por Schachter (Schachter y Singer, 1962) de una
teoría interactiva de la emoción, que afirma que para que se produzca una emoción son
necesarios factores fisiológicos y factores cognitivos (relacionados con factores sociales –
situación inmediata–). Esta teoría integra las dos tradiciones que han existido en el
estudio de la emoción, la orgánica y la mental.
Schachter y Singer (1962) califican el trabajo de Marañón de “fascinante estudio”
(p. 380). Comentando que los pacientes de Marañón debían de conocer que estaban
recibiendo una inyección de adrenalina y que debían de tener cierta familiaridad con sus
efectos, inciden en que “aunque experimentaron el patrón de descarga común a los
estados emocionales fuertes, al mismo tiempo tenían una cognición completamente
apropiada o una explicación de por qué sienten de esta forma” (p. 381) y concluyen que
“nuestra afirmación básica es que los estados emocionales son función de la interacción
de tales factores cognitivos con un estado de activación fisiológica” (p. 381).
Otro aspecto en el que se ha proyectado la aportación de Marañón es la relación de
la emoción con la personalidad, sosteniendo Marañón (1951a, p. 721) que “la capacidad
emotiva constituye uno de los rasgos esenciales de la personalidad”.
Marañón (1921,1924b) analizó la relación de las emociones con la edad, desde una
perspectiva diferente a la adoptada por Bridges, quien, en 1932, desde una perspectiva
genética y centrándose en el componente expresivo de la emoción, realizó una detenida
observación de la aparición de las respuestas emocionales, en niños desde cuatro meses
hasta dos años de edad. Para Marañón (1924b), la emotividad en las diferentes edades
depende fundamentalmente de la situación funcional del sistema endocrinovegetativo:

Las oscilaciones de la vida afectiva, desde la niñez hasta la ancianidad, son en cierto modo
fijas y corresponden con exactitud a las oscilaciones funcionales del sistema neuroendocrino,
órgano de la emoción. Cada edad se diferencia de las otras por una “fisonomía afectiva”
peculiar, más todavía que por caracteres anatómicos o por motivos intelectuales (p. 55).

La aportación de Marañón al estudio de la emoción ha supuesto un importante


avance respecto a la situación anterior, avance que se ha proyectado a diferentes
ámbitos.
Marañón ha dado un gran impulso al estudio de la emoción, tanto en el nivel de la
investigación básica como en el de la investigación aplicada. En investigación básica se ha
destacar el estudio pionero de la acción emotiva de la adrenalina, que le posibilitó
establecer la independencia entre los componentes de la emoción, aspecto que la
investigación actual ha confirmado plenamente. En investigación aplicada, se ha de
destacar la extensión de los resultados de la investigación básica a la patología y a la
clínica (Marañón, 1921,1924b, 1925,1951b), incidiendo en los siguientes aspectos:

a) La predisposición emotiva o umbral emotivo. La predisposición emotiva está


ligada, en gran parte, al tono funcional del sistema nervioso vegetativo y de las
secreciones suprarrenal y tiroidea. Marañón relaciona la emoción con el estrés,
sosteniendo que el índice emotivo de cada sujeto está en relación directa con el

62
índice funcional de su sistema endocrinovegetativo y de su función tiroidea y
afirmando que “Es la emoción y no el esfuerzo mental lo que perturba el
sistema nervioso y el organismo entero (…) he aquí por qué el médico actual
debe intervenir en la contienda de los filósofos, de los artistas y los fisiólogos
para definir el valor de la emoción como elemento etiológico” (1925, p. 103).
Y en otro lugar: “el estudio de las emociones, que pasó de manos de los
filósofos a los laboratorios de fisiología, constituye en la actualidad una
preocupación casi exclusiva de los médicos” (1925, p. 101).
b) El sentido defensivo de la enfermedad. Ya a mediados del siglo xx, Marañón
(1951a, 1951b) incidió en la utilidad de la enfermedad y en la función que la
emoción tiene en la defensa del organismo, sosteniendo que éste cuenta con
mecanismos de defensa general, estados de defensa genérica que el organismo
establece para hacer frente a todas y cada una de las agresiones que éste puede
sufrir.
Resalta Marañón (1951a) el “sentido útil” de muchas situaciones anormales
endocrinas y de muchas otras enfermedades, “concepto ya defendido por mí
desde hace largo tiempo y que hoy encuentra una atmósfera apropiada en la
concepción de los síndromes y enfermedades de adaptación que Selye ha
expuesto, con evidente perspectiva biológica, aun cuando con también evidente
hipertrofia de sus interpretaciones” (p. 730).

Después de reconocer la importancia del concepto de enfermedades de adaptación


propuesto por Selye, Marañón, que considera a Cannon (que fue maestro de Selye)
como “inolvidable maestro y amigo mío” (Marañón, 1951b, p. 736), critica el que Selye
haya limitado las defensas del organismo a la acción del lóbulo anterior de la hipófisis y
de la corteza suprarrenal. Marañón relaciona estas defensas además con la inhibición de
hormonas gonadotropas y la secreción de la hormona tirotropa.

63
3
EMOCIÓN: FUNCIONALIDAD Y MECANISMOS DE REGULACIÓN DE LA
ACCIÓN

3.1. Emoción: variable hipotética. Funcionalidad y conceptualización

La psicología, al abordar su objeto de estudio (la actividad, tanto física como


mental) recurre a variables empíricas y a variables hipotéticas. Las variables empíricas se
caracterizan por ser directamente observables y manipulables. Estas características
definen el estímulo y la respuesta. Por el contrario, las variables hipotéticas no son
directamente observables, ni manipulables. Su existencia se ha de inferir sobre la base de
las acciones que el organismo manifiesta o de eventos que observamos tienen lugar. La
emoción es una de las variables hipotéticas que se utilizan en psicología para explicar la
conducta.
Tolman (1932) introdujo este tipo de variables en psicología con el término de
“intervinientes”, describiéndolas como cualquier tipo de proceso psicológico inaccesible a
la observación directa que se intercalaría entre la variable empírica situacional estímulo
(E) y la variable empírica respuesta (R). Tras diversas discusiones y aportaciones de
varios autores, recogidas en Garrido (1996), parece más adecuada la denominación de
variables hipotéticas.
Del contenido de los dos primeros capítulos se deduce que la emoción integra tres
tipos de procesos que se producen a tres niveles, como se presentará más detenidamente
en el apartado siguiente, dedicado a analizar la relación entre emoción y niveles de
actividad. A nivel cognitivo tiene lugar una experiencia emocional, un sentimiento. A nivel
biológico, se producen cambios neurofisiológicos y bioquímicos. A nivel social, la
emoción desempeña relevantes funciones a través de cambios neuromusculares-
expresivos que subyacen a un comportamiento específico.
La situación estimular es etiquetada de “emocional” si genera reacciones subjetivas,
fisiológicas y neuromusculares-expresivas con cierta probabilidad, con cierta regularidad.
La situación estimular contribuye a incrementar la exactitud del juicio sobre el
comportamiento observado (sea éste emocional o no), pero no permite afirmar qué
emoción experimentará el sujeto. Puesto que tanto en los estados emocionales, como en
los no emocionales (estados que requieren esfuerzos corporales diversos) se producen
cambios fisiológicos, la reacción fisiológica es considerada como “emocional” si
simultáneamente a ella se produce una experiencia emocional y/o un comportamiento

64
emocional.
Aunque las relaciones entre los tres componentes de la emoción no son
completamente asistemáticas, se encuentran bajas correlaciones entre ellos. Esto puede
venir explicado, entre otros aspectos, por el hecho de que cada uno de los componentes
corresponde a un sistema de respuesta diferente (cognitivo, fisiológico y motriz) y por la
existencia de diversos procesos, entre los que se encuentran “fraccionamiento” o
“discordancia” entre los sistemas de respuesta, “desincronía “ o “disociación” de esos
sistemas, “estereotipia situacional”, “especificidad situacional” y “especificidad
individual”.
En relación con los componentes de la emoción, un aspecto interesante es la
disociación existente entre la experiencia y la expresión emocional. Existe evidencia
clínica respecto al hecho de que las expresiones vocales, así como las faciales de la
emoción, pueden ser separadas de la experiencia emocional.

a) Los pacientes con enfermedad de Parkinson (alteración neurológica progresiva


que afecta al sistema neurotransmisor de los ganglios básales, sobre todo a la
sustancia negra) normalmente manifiestan una paresia mimética facial, una
condición en la que los sujetos mantienen la habilidad de mover los músculos
faciales ante órdenes verbales (control voluntario), pero pierden todas las
expresiones faciales emocionales espontáneas. Asimismo, pueden utilizar su
voz a voluntad, pero su lenguaje ha perdido los aspectos prosódicos y no tiene
componentes afectivos. En contraste con esta deficiencia motora expresiva, los
sentimientos subjetivos no están limitados, como se pone de manifiesto al
escuchar la fina descripción que hacen de sus emociones.
b) Los pacientes que sufren de risa y llanto patológicos manifiestan
involuntariamente formas extremadamente pronunciadas de expresiones
emocionales, pero no reportan la experiencia emocional correspondiente
durante esos ataques (accesos). Las expresiones emocionales se producen
contra su voluntad y no pueden ser inhibidas voluntariamente.
c) Los pacientes con apraxia facial son incapaces de ejecutar movimientos faciales,
incluyendo las expresiones faciales de las emociones, a partir de órdenes, pero
lo pueden hacer espontáneamente.
d) En el mutismo akinético, los pacientes son incapaces de utilizar su voz a partir de
una orden, pero pueden producir expresiones emocionales, por ejemplo,
gemidos de dolor.

Por otra parte, Ekman y Friesen (1975) ponen de manifiesto que los seres humanos
somos capaces de producir una falsificación de la emoción, que puede adoptar tres
formas: simulación, neutralización y enmascaramiento. La simulación consiste en la
expresión de una emoción no sentida, mientras que la neutralización es no expresar
emoción cuando el sujeto la está experimentando. El enmascaramiento es la
manifestación de una emoción que no se siente para encubrir otra emoción que se está

65
experimentando.
¿Cuál es la relación que existe entre los tres componentes de la emoción?, ¿cuál se
produce antes y cuál tiene lugar después?, ¿cuál parece ser la secuencia temporal más
adecuada? No es éste un problema de fácil solución. Cada uno de los estudiosos de la
emoción ha tratado de resolverlo en estrecha vinculación con la aproximación adoptada y
con la aportación realizada por él al ámbito de la emoción.
Desde la aproximación evolucionista, Darwin (1872/1967), influido por la creencia
mantenida durante el siglo xix, que defendía que las emociones procedían de sentimientos
emocionales previos no analizables, pensó que las emociones fundamentales ocurrían
primero, comunicando las expresiones faciales esos sentimientos previos (estados de
espíritu). La expresión emocional, a su vez, actuaría retroactivamente sobre los
sentimientos, modificando su intensidad. La represión voluntaria de la expresión, los
debilitaría, mientras que la no interferencia los incrementaría. Desde la aproximación
psicofisiológica, James (1884/1985) y Lange (1885) defendieron que la percepción de
modificaciones corporales (reacciones fisiológicas y comportamientos expresivos, entre
otras) determinaba la experiencia emocional, derivando ésta de la respuesta del sistema
nervioso periférico y siendo considerada, en consecuencia, como un epifenómeno,
puesto que la respuesta sigue a la “percepción del evento excitante”. Desde la
aproximación neurológica, Cannon (1927) sostuvo que el sentimiento emocional se
añadía a la mera percepción de la actividad del cerebro. Desde la aproximación
conductista, Watson (1919) atacó al mentalismo de James y estudió el comportamiento
emocional, no considerando la experiencia emocional. Desde la teoría del feedback
visceral, Schachter (1964) defiende que la reacción fisiológica determina la intensidad de
la vivencia emocional y que la evaluación cognitiva de la situación atribuye la cualidad a
la emoción. Los que proponen teorías del feedback somático (facial), entre los que se
encuentran Tomkins, Izard, Plutchik y Ekman, defienden que el comportamiento
emocional (expresivo-facial) causa la vivencia emocional.
Otro aspecto importante es el relacionado con la duración de la emoción (Robinson
y Pennebaker, 1991). Cuando nos preguntamos cuál es el enlace entre hechos,
emociones y actividad fisiológica, la contestación será diferente si la da el neurocientífico,
el psicofisiólogo, el endocrinólogo o el teórico de la personalidad (figura 3.1).

a) La emoción, desde el punto de vista del neurocientífico, dura milisegundos. Los


estudios sobre potenciales evocados (ERP) ponen de manifiesto que las
reacciones biológicas correspondientes a la percepción de estímulos novedosos
o provocadores de la emoción son detectadas en un período de 300 ms
después de la presentación de los estímulos (Coles, 1989). Presumiblemente
esta actividad neural del sistema nervioso central (SNC) indica el comienzo de
posteriores (y más lentos) cambios biológicos que son eventualmente
detectados en la actividad del sistema nervioso autónomo (SNA). En
consecuencia, el neurocientífico definirá a la emoción como producida en
estrecha vinculación con el estímulo elicitador.

66
b) La emoción desde el punto de vista del psicofisiólogo: la regla de los 4 segundos.
Levenson (1988) sostiene que la emoción dura de medio segundo a 4
segundos. La actividad del SNA y del sistema nervioso somático, producida
ante un estímulo emocional, alcanza su nivel máximo durante este breve
período de tiempo. Cuando se oye un sonido intenso e inesperado se producirá
un cambio en la expresión facial dentro del período de 500 ms. De 1 a 2
segundos después de producirse el sonido tienen lugar cambios mensurables en
la actividad cardiovascular.
Otros cambios del sistema nervioso simpático, como la actividad
electrodérmica, alcanzan su nivel máximo dentro del período de 2-4 segundos
después del sonido. Los procesos fisiológicos del sistema nervioso periférico
sufren una demora en relación a la actividad del SNC.

Figura 3.1. Duración de los estados emocionales según la dinámica temporal del tipo de evento estudiado (a partir
de Strongman, 1991).

67
c) La emoción, desde el punto de vista del endocrinólogo, dura minutos, horas, quizá
días. En el ámbito de la medicina psicosomática los investigadores han estado
interesados por la relación existente entre eventos psicológicos y cambios
hormonales. En 1953, Selye (1976) fue uno de los primeros en descubrir que
cuando los sujetos son confrontados con estresores se produce un número
significativo de cambios fisiológicos, que son lentos.
Aunque estos cambios pueden iniciarse varios segundos después del evento
desencadenante de la emoción, pueden ser necesarias horas o días para volver a
la situación normal. Los cambios biológicos inducidos por la emoción pueden
tener efectos directos e indirectos sobre los principales sistemas biológicos del
cuerpo (sistema cardiovascular, sistema gastrointestinal, sistema adrenal y
sistema inmune), como se pone de manifiesto en la segunda parte de este libro,
dedicada a analizar la vinculación de la emoción con los sistemas
neurofisiológico, endocrino e inmune.
d) La emoción, desde el punto de vista del teórico de la personalidad, puede durar
años, quizá décadas. Las investigaciones en este ámbito vinculan la emoción
con la salud desde una amplia perspectiva. Entre los tópicos a los que se ha
dedicado investigación se encuentran la vinculación entre personalidad y
enfermedad, asociada con la ira; las diferencias individuales en la inhibición y
expresión de la emoción (sujetos con patrón de conducta tipo A y sujetos con
patrón de conducta tipo C) y la personalidad propensa a la enfermedad. En el
capítulo 6 se pone de manifiesto cómo existe la creencia común de que las
características de la personalidad y las emociones influyen en la salud y en la
enfermedad y se presenta evidencia experimental y clínica en relación con las
vías a través de las que los estados psicológicos pueden alterar la inmunidad y
la susceptibilidad a la enfermedad. Por otra parte, Garrido y Pérez-Solís (en
prensa) presentan un análisis actual y detenido de las relaciones entre
personalidad y emoción, incidiendo en la influencia de la personalidad y de la
emoción, tanto en el mantenimiento de la salud como en el proceso de
enfermar.

3.2. Emoción, niveles de actividad y mecanismos de regulación de la acción

Como se ha puesto de manifiesto en otro lugar (Garrido, 1996), en el sujeto


individualmente considerado, la acción orientada a la meta integra dos tipos de actividad:
La actividad física (que se puede producir a nivel bioquímico, a nivel fisiológico y a nivel
motor o comportamental) y la actividad cognitiva o mental (figura 3.2).
Por otra parte, un sujeto se relaciona y se pone en contacto con otros a través de
diversas formas de actividad social. En consecuencia, el sujeto es capaz de manifestar
tres tipos de actividad: física, cognitiva y social.
Desde el modelo de acción humana se puede afirmar que los diferentes niveles de
emoción están estrechamente vinculados con los niveles de actividad, siendo la emoción

68
una forma de acción que integra tres niveles de actividad que se concretan en tres
componentes: experiencia, cambios neurofisiológicos y endocrinos y expresión emocional
(cuadro 3.1).

Figura 3.2. Niveles y tipos de actividad que constituyen la acción.

La emoción influye en la acción a través de una serie de mecanismos que están


estrechamente vinculados con la funcionalidad de las emociones, con las posibles
respuestas a la pregunta ¿para qué sirven las emociones? La funcionalidad de las
emociones se pone de manifiesto en un análisis de la incidencia que cada uno de los
componentes o niveles de la emoción tiene en el estado del sujeto. A nivel cognitivo, la
experiencia emocional indica al sujeto que la situación estimular tiene un significado y le
permite conocerse a sí mismo y el ámbito en el que se encuentra, pudiendo sentirse
culpable de su propia ira, aunque no la haya expresado, o libre de responsabilidad
respecto a los actos realizados impulsivamente, bajo la fuerza de una emoción, o temer la
aparición de emociones debido a la amenaza que suponen para el control de la situación.
La experiencia emocional posibilita al sujeto saber en qué estado emocional se encuentra
y contribuye a la cualidad de la emoción, permitiendo la diferenciación emocional (tengo
miedo, o ira, o estoy alegre, o triste…). Asimismo, posibilita la adaptación del sujeto a
nivel cognitivo.
La función de las emociones a nivel fisiológico ha sido puesta de manifiesto
fundamentalmente por Cannon (1929) y por Selye (1956,1973). Cannon (1929) se
preguntó cuál era la función de los grandes cambios internos producidos durante la
excitación emocional, afirmando que la función de las emociones era resolver

69
adecuadamente las urgencias relacionadas con problemas de supervivencia. Los cambios
viscerales son considerados como ajustes homeostáticos que ayudan a preparar al cuerpo
para la acción. Cannon (1929) propuso el modelo de “reacción de emergencia” (que se
presenta en el capítulo 4) para explicar adecuadamente las respuestas inmediatas al
estrés, comprobando que el sistema nervioso simpático prepara al organismo para el
ataque o la huida.
Selye (1956,1973) ha extendido el mode lo de la reacción de emergencia de Cannon
al sistema endocrino, explicando el comportamiento del sujeto en situaciones de estrés
prolongado en su modelo de “síndrome general de adaptación” (SGA), que se presenta
en el capítulo 6, dedicado al sistema inmune.

CUADRO 3.1. Niveles (componentes) de la emoción, estructuras neuroanatómicas


subyacentes y funciones. Integración desde el modelo de acción humana.

70
La función de los cambios neurofisiológicos y endocrinos (véanse capítulos 4 y 5) es
posibilitar la adaptación a nivel fisiológico y conceder intensidad a la emoción,
favoreciendo que el sujeto conozca la cuantía del estado emocional en el que se
encuentra (estoy poco alegre o muy alegre; nada encolerizado o excesivamente
encolerizado…).
A nivel social, la función de la expresión y del comportamiento emocional comenzó
a ser destacada en el siglo pasado por Darwin (1872/1967), defendiendo la función de

71
supervivencia de los gestos, posturas y expresiones faciales al funcionar como un medio
de transmisión de información de un animal a otro. Más recientemente, las funciones
adaptativas de la expresión de las emociones han sido destacadas por los teóricos del
feedback somático (facial). Izard (1971) defiende que las emociones constituyen el
principal sistema motivacional humano, determinando y organizando la conducta.
Plutchik (1984) destaca que las emociones cumplen funciones adaptativas, permitiendo la
supervivencia, y presenta una teoría general psicoevolutiva que integra la relación entre
emoción, cognición y acción, afirmando que el sujeto evalúa su ambiente (por ejemplo,
lo puede evaluar como una amenaza), produciéndose cogniciones que constituyen una
interpretación (respecto al peligro, en este caso). La evaluación daría lugar al sentimiento
correspondiente (miedo), que generalmente va seguido de un comportamiento adecuado
(correr), que si tiene éxito produce un efecto (la protección adecuada).
La función de la expresión de las emociones es posibilitar la adaptación a nivel social
y la notificación a otros del estado emocional en el que se encuentra el sujeto (véase
capítulo 9).
La relevancia de la funcionalidad de la expresión y del comportamiento emocional se
pone de manifiesto en los estudios sobre el desarrollo evolutivo de las reacciones
emocionales. Los recién nacidos no manifiestan emociones (Bridges, 1932), aunque
pueden reaccionar de forma diferenciada a diversos estímulos olfativos y gustativos y
disponen de un repertorio de reacciones que incluyen la expresión de asco y de sonrisa,
movimientos semejantes a los de susto, llanto por el malestar experimentado y expresión
de interés. Las reacciones mímicas (expresión facial) de alegría, felicidad, miedo, tristeza,
enfado y sorpresa de niños ciegos congénitos son similares a las que se dan en niños
videntes, lo que constituye una evidencia a favor de que estas reacciones se hallan
genéticamente determinadas.
Estrechamente relacionada con la funcionalidad de la emoción se encuentra la
antigua discusión acerca de si la emoción debe ser considerada como una alteración del
adecuado funcionamiento del organismo o como un mecanismo adaptativo y energizador.
Hebb (1949) y Young (1961), entre otros, han considerado la emoción como una
disrupción, como una desorganización de la conducta. Leeper (1948) e Izard (1971),
entre otros, han rechazado la consideración de la emoción como desorganizadora y
destacan el poder motivador de las emociones, así como sus funciones adaptativas.
Existe suficiente evidencia experimental sobre el hecho de que tanto las emociones
positivas (alegría, aceptación, confianza…), como las negativas (tristeza, miedo, ira…)
pueden tener efectos favorables y desfavorables (Frijda, 1986). En consecuencia, las
cuestiones fundamentales son ¿cuándo y por qué la emoción organiza o desorganiza la
conducta? Dado que la intensidad de la emoción está determinada por el proceso de
activación fisiológica, la relación entre emoción y actuación sigue la ley de Yerkes-
Dodson (1908), ajustándose a una curva en forma de U invertida: el incremento en la
intensidad de la emoción, a partir de un punto cero, va acompañado de un incremento en
la calidad de la actuación y en su función adaptativa hasta llegar a un punto óptimo, que
generalmente coincide con los niveles moderados. Pasado este punto, el incremento en la

72
intensidad lleva a un deterioro y a la desorganización de la conducta (Broadhurst, 1959).
En la medida en que la actuación sea más compleja, se alcanza antes el punto óptimo,
pudiendo tener la emoción un efecto negativo a intensidades más bajas.
En relación con la actuación y con los procesos intelectivos, el incremento en la
intensidad de la emoción parece afectar negativamente a las destrezas y discriminaciones
finas, a las tareas de razonamiento complejo y a las destrezas recientemente adquiridas,
en mayor medida, que a las actividades rutinarias. En relación con la salud, la excesiva
emocionalidad está vinculada con trastornos psicológicos (ansiedad, depresión…), con
trastornos fisiológicos y con enfermedades que tienen componentes psicosomáticos
(úlceras gastrointestinales, hipertensión esencial, enfermedades coronarias…).
La regulación emocional es un proceso adquirido a lo largo del desarrollo evolutivo
(Garber y Dodge, 1991). En consecuencia, se pueden producir fallos, denominados
disregulaciones. Si estos fracasos en la regulación emocional son transitorios, pueden dar
lugar a ansiedad aguda y a excesos comportamentales. Cuando los fracasos son crónicos
se producen procesos psicopatológicos. Las psicopatologías más importantes en la niñez
(alteraciones de conducta y depresión) pueden considerarse como fracasos en la
regulación conductual y/o afectiva de los sistemas de respuesta emocional. Las conductas
agresivas son consideradas como una disregulación crónica de la ira y de los deseos
impulsivos. Los niños agresivos son incapaces de regular sus respuestas emocionales a
estímulos inductores de ira (Dodge y Garber, 1991).
En consonancia con lo anteriormente expuesto, la emoción puede ser
conceptualizada como un proceso psicológico constituido por cambios que pueden
repercutir en el sujeto a nivel cognitivo, a nivel fisiológico y a nivel social, posibilitando
acciones organizadas y adaptativas, cuando su intensidad es adecuada, o una
desorganización de las acciones, cuando es inadecuada.
Un aspecto interesante se relaciona con la existencia de emociones básicas o
primarias, que permiten responder rápidamente a estímulos biológicamente relevantes.
Aunque la consideración de que existen emociones básicas, sobre las que se construyen
las demás emociones y a partir de las cuales pueden ser explicadas éstas, es puesta en
cuestión por algunos (Ortony y Turner, 1990; Averill, 1994), se han obtenido muchos
datos a favor de su existencia (Ekman, 1973; Izard, 1977; Argyle, 1978; Ekman y Oster,
1982/1972; Lewis, 1993; Denham, 1998), pudiendo concluir que existen seis emociones
básicas: alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y repulsión. En humanos estas emociones
básicas están asociadas con expresiones faciales muy específicas que son reconocidas por
diferentes culturas.
Investigaciones sobre el desarrollo de la experiencia y de la expresión de la emoción
aportan datos favorables a la existencia de emociones básicas. El desarrollo de las
expresiones emocionales puede ser considerado en términos de la habilidad para producir
diversas expresiones y de la habilidad de reconocer o discriminar en otros distintas
expresiones. El estudio de la expresión facial indica que para la mayor parte de los
sujetos las expresiones faciales de alegría, ira, miedo, tristeza, interés y rechazo están
presentes muy pronto, al menos a los seis meses de edad (Lewis, 1993). A los tres años

73
de edad, los niños experimentan y expresan diversas emociones. Su repertorio emocional
incluye todas las emociones básicas y se va diferenciando, de forma creciente, el modo
en que las emociones se van expresando (Denham, 1998).
En el ámbito de la expresión facial de la emoción se han obtenido datos que apoyan
la existencia de emociones básicas. Ekman (1973) sostiene que las emociones de alegría,
tristeza, ira, miedo, sorpresa y disgusto o repulsión son universales e innatas. Existe
evidencia sobre la universalidad de la expresión facial de la emoción solamente para las
expresiones de alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y disgusto o repulsión y para la
reacción combinada de miedo y sorpresa (Ekman y Oster, 1982). Izard (1977) y Ekman
y Oster (1982) encuentran expresiones faciales distintivas para las emociones de alegría,
tristeza, ira, miedo, sorpresa y repugnancia o repulsión. Argyle (1978) encuentra, además
de para esas seis emociones, una expresión facial diferente para la emoción de interés. En
el capítulo 9, dedicado a las medidas de la expresión emocional, se presenta la expresión
facial prototípica de cada una de las seis emociones primarias.

74
PARTE II:
BASE FÍSICA DE LA EMOCIÓN.
SISTEMAS IMPLICADOS

75
4
EL SISTEMA NEUROFISIOLÓGICO

4.1. Sistema nervioso central y emoción

A través de diversas técnicas de estudio (lesión, estimulación eléctrica o química,


registro de células individualmente o en grupo y análisis químico) se ha puesto de
manifiesto la función de diversas estructuras del SNC en la emoción (Carlson,
1990/1994; Schwartz, 1978/1983 y Buck 1976). Entre éstas, se encuentran el sistema
reticular activador, el hipotálamo y el denominado sistema límbico.

4.1.1. El sistema reticular activador

La formación reticular es una colección de núcleos y de tractos de fibras localizados


en el tallo cerebral, extendiéndose desde el cordón espinal al hipotálamo y al tálamo, que
constituyen el denominado sistema reticular activador (SAR). El SAR es el mecanismo
básico de activación en el cerebro que distribuye inputs sensoriales inespecíficos a
diversas zonas del cerebro a través del sistema reticular activador ascendente (SARA),
alertando y preparando a la corteza cerebral para el procesamiento de los inputs
específicos y para atender al ambiente. Al mismo tiempo, del SAR parten impulsos a las
neuronas motoras de la médula, a través del sistema reticular activador descendente, que
permiten mantener el tono muscular durante largos períodos de tiempo.
La formación reticular recibe inputs de la mayor parte de los sistemas sensoriales
primarios. Asimismo, envía fibras a la corteza y a las estructuras subcorticales,
incluyendo el tálamo y el hipotálamo. Por otra parte, envía fibras descendentes al cordón
espinal (figura 4.1).

76
Figura 4.1. La formación reticular. Anatomía y localización (a partir de Reeve, 1992/1994).

La formación reticular activa al cerebro en todos los tipos de situaciones


emocionales y motivacionales. Es la responsable del “aspecto energizador” de la
motivación y la emoción (Lindsley, 1951). Otras partes del cerebro presumiblemente son
las responsables del “aspecto direccional”, desencadenando el comportamiento apropiado
a un estado o situación emocional o motivacional. Pero se ha comprobado que la
activación EEG y la activación comportamental pueden ser disociadas y que diferentes
mecanismos cerebrales pueden estar implicados en la activación EEG y en la activación
de la conducta (Buck, 1976).
La evidencia clínica en humanos pone de manifiesto que la actividad EEG puede ser
disociada de la conducta. Aparentemente, la actividad normal EEG se puede producir en
pacientes comatosos y el comportamiento normal puede ocurrir con una lenta actividad
EEG sincronizada.

77
4.1.2. Elhipotálamo

El hipotálamo está formado por una colección de núcleos localizados debajo del
tálamo. Tradicionalmente se ha dividido en hipotálamo anterior; hipotálamo medio e
hipotálamo posterior. En cada una de estas subdivisiones se pueden distinguir
estructuras dorsales y estructuras ventrales. En el hipotálamo anterior, en posición dorsal
se encuentran los núcleos paraventricular y preóptico y en posición ventral está el área
hipotalámica anterior y el núcleo preóptico lateral. En el hipotálamo medio, en posición
dorsal está el núcleo hipotalámico lateral, en posición ventral el núcleo hipotalámico
tuberal y en posición periventricular los núcleos dorsomedial y ventromedial. En el
hipotálamo posterior, en posición dorsal está el área hipotalámica posterior y en posición
ventral los núcleos mamilares (figura 4.2).

Figura 4.2. Localización de los núcleos del hipotálamo.

El hipotálamo es la estructura del sistema nervioso central más rica en vasos


sanguíneos, siendo fácil para las sustancias químicas que van por la corriente sanguínea
cruzar la barrera hemato-encefálica y entrar en el tejido nervioso del hipotálamo, que
bordea al tercer ventrículo, cavidad cerebral llena de fluido cerebroespinal. De esta
forma, el hipotálamo está bien localizado para recibir información química desde los
fluidos corporales.
El hipotálamo recibe largos tractos de fibras desde el sistema límbico, a través del

78
fórnix, del haz prosencefálico medio (MFB -medial forebrain bundle-) y desde la estría
terminal de la corteza fronto-cerebral, del sistema talámico-difuso, del tallo cerebral y del
cordón espinal (este último recibe muchas fibras de los núcleos autonómicos). El
hipotálamo envía fibras al tálamo anterior y, desde allí, al giro cingulado del sistema
límbico, vía el tracto mamilotalámico. El hipotálamo envía fibras e influencias químicas a
la glándula pituitaria. El sistema periventricular surge de los núcleos hipotalámicos y
envía fibras al tálamo, al tallo cerebral y al cordón espinal.
De acuerdo con Delgado y otros (1998) el hipotálamo representa la vía final común
de salida del sistema límbico en relación con la regulación de las glándulas de secreción
interna y del sistema nervioso vegetativo, debido fundamentalmente a los siguientes
aspectos. Por una parte, el hipotálamo (como se presenta detenidamente en el capítulo 5)
está conectado con la hipófisis, ya a través del sistema portahipofisario (adenohipófisis),
o ya directamente a través de proyecciones axónicas (neurohipófisis). Por otra parte,
diversos núcleos hipotalámicos tienen conexiones con los centros troncoencefálicos
encargados de la regulación de funciones vegetativas, como el mantenimiento de la
temperatura corporal y de la función cardiovascular y respiratoria. Además, el hipotálamo
desempeña una función decisiva en la expresión motora de las emociones. Cuando se
produce la estimulación eléctrica de algunos de sus núcleos, tienen lugar
comportamientos integrados de tipo emocional, como ataque y huida.
El hipotálamo ejerce un control directo sobre el sistema nervioso autónomo y el
sistema endocrino. En consecuencia, las lesiones y la estimulación del hipotálamo tienen
efectos notables, entre otros aspectos, en el comportamiento sexual y el comportamiento
emocional. El hipotálamo tiene una función decisiva en la recolección de información
básica sobre el funcionamiento corporal y en la influencia de ese funcionamiento a través
de los sistemas autonómico y endocrino. Diferentes áreas del hipotálamo están
implicadas en el comportamiento agresivo, incluyendo las regiones posterior,
ventromedial, lateral y la región que rodea al fórnix. El efecto más notable de las lesiones
hipotalámicas se produce por la ablación del núcleo ventromedial, que produce un ataque
explosivo, en respuesta a estímulos que no suponen un peligro.
Smith y Devito (1984) definen como “área hipotalámica controladora de las
respuestas emocionales” a la región que rodea al fórnix y a la mayor parte de la porción
medial del hipotálamo lateral, teniendo conexiones con diversas áreas de la amígdala –los
núcleos septales, el área preóptica y la banda diagonal de Broca–, todas las cuales han
sido relacionadas con el comportamiento emocional.

4.1.3. El sistema límbico

Papez (1937), como se ha puesto de manifiesto en el capítulo 2, sostuvo que las


estructuras paleocorticales están conectadas recíprocamente con el hipotálamo. Sugirió
que el sistema paleocórtex-hipotálamo representa la base de la emoción. Para Papez la
emoción implicaba la experiencia de un estado de sentimiento y la expresión de una

79
acción y sugirió que la expresión emocional estaba mediada por el hipotálamo, mientras
que la experiencia emocional era una función de estructuras paleocorticales.
El neurólogo norteamericano Paul MacLean introdujo el término sistema límbico en
1952. Para él, las estructuras límbicas forman el cerebro de los paleomamíferos,
emocional o límbico, una de las tres divisiones funcionales principales del cerebro, junto
con el cerebro reptiliano vegetativo o instintivo y con el cerebro nuevo de los mamíferos.
El cerebro reptiliano está formado por grandes porciones de la médula espinal y por parte
del tronco del encéfalo y de los ganglios básales. Hizo posible el desarrollo de los
comportamientos instintivos, relacionados con el establecimiento de territorios, caza y
apareamiento. Todos ellos tienen funciones relacionadas con la supervivencia. El cerebro
de los paleomamíferos sería superior jerárquicamente al anterior, por lo que podría
suspender o bloquear su activación. La evolución del sistema límbico permitió a los
animales experimentar y expresar emociones y liberó a los animales de la conducta
estereotipada dictada por estructuras del tronco cerebral. El cerebro de los neomamíferos
estaría formado por las estructuras neocorticales y sería el responsable del análisis no
emocional y en detalle de las características del medio externo.
Aunque la teoría de MacLean (1954,1973,1993), que propone que el cerebro de los
mamíferos actuales es la suma de los tres cerebros superpuestos, adquiridos a lo largo de
la evolución, no ha sido confirmada experimentalmente, no deja de ser una fuente de
sugerencias.
La investigación neurofisiológica ha puesto de manifiesto que las estructuras del tallo
cerebral más primitivas regulan las actividades autonómicas, endocrinas y motoras,
siendo de esta forma fundamentales para las funciones expresivas e instrumentales de la
emoción. Con la evolución, se han diferenciado grupos adicionales de circuitos (el
sistema límbico) para proporcionar una mayor sensibilidad a las señales emocionales en
el ambiente, para emitir respuestas emocionales más sensibles y para una mayor
capacidad de aprendizaje. Finalmente, las estructuras corticales comenzaron a
diferenciarse, empezando por las regiones paralímbicas más primitivas, que rodean al
sistema límbico, y avanzando hacia los campos neocorticales más recientes. Con su
intrincada arquitectura y conectividad, el córtex envolvente ha posibilitado
representaciones de más elevada resolución de los ambientes interno y externo,
respuestas emocionales más finamente entonadas y el incremento de las capacidades
cognitivas, relacionadas con la anticipación y la planificación.
El sistema límbico, denominado también rinencéfalo, cerebro olfatorio o cerebro
visceral, está formado por diversas estructuras interconectadas del diencéfalo y del
telencéfalo, incluyendo a la amígdala, la corteza cingulada, el hipocampo, el fórnix, el
núcleo de la base de la estría terminal, el septum y el tracto mamilotalámico (figura
4.3). Se suele incorporar al hipotálamo, como vía final común de salida de todo el
sistema, y a la corteza orbitofrontal, como la parte de la neocorteza que interviene más
directamente en el sistema límbico.
Derryberry y Tucker (1992) han realizado un detallado análisis de los mecanismos
neurales de la emoción, incidiendo en las funciones emocionales del tallo cerebral, del

80
sistema límbico y de la corteza paralímbica.

Figura 4.3. Principales estructuras del sistema límbico.

Entre las estructuras que forman el sistema límbico, la amígdala es una de las que
ha recibido mayor investigación. La amígdala, núcleo amigdalino o complejo
amigdaloide, es una porción del sistema límbico que yace en la base del lóbulo temporal.
Su nombre procede del término griego amygdále (almendra), que define la forma que
tiene esta estructura.
La amígdala es un conjunto de núcleos que se dividen en tres grupos, los núcleos

81
basolaterales, los núcleos corticomediales y el núcleo central. Las aferencias hasta la
amígdala proceden de diversas fuentes, incluyendo la neocorteza de todos los lóbulos del
cerebro, así como las circunvoluciones hipocámpica y cingular. Los núcleos basolaterales
reciben aferencias visuales, auditivas, gustativas y táctiles. Los núcleos corticomediales
reciben aferencias olfatorias. Cada sistema sensorial tiene un patrón diferente de
proyecciones hasta los núcleos de la amígdala, y las interconexiones dentro de la
amígdala permiten la integración de la información a partir de sistemas sensoriales
diferentes.
Los núcleos de la amígdala están muy conectados entre sí y presentan conexiones
específicas con otras estructuras límbicas. El núcleo amigdalino central está relacionado
anatómica y funcionalmente con los núcleos laterales del hipotálamo y con diversas
estructuras del tronco del encéfalo, como el núcleo del tracto solitario y el núcleo
parabraquial, implicado, a su vez, en funciones gustativas, cardiorrespiratorias y
viscerales. Los núcleos corticomediales reciben aferencias desde el bulbo olfatorio y se
proyectan, a su vez, a la corteza olfatoria. Los núcleos basolaterales (más actuales)
reciben aferencias de áreas corticales de asociación, sobre todo del giro temporal inferior
(visual), del giro temporal superior (acústico) y del lóbulo de la ínsula (somatosensorial).
La amígdala, en su conjunto, se proyecta a través de la estría terminal y de la vía
amigdalófuga ventral. Las vías eferentes directas más importantes de la amígdala van al
área septal, al hipotálamo, al núcleo caudado y a las porciones límbicas de la corteza.
Las funciones del sistema límbico y más específicamente de la amígdala se han
puesto de manifiesto en diversas investigaciones. En 1937 los neurocientíficos Heinrich
Klüver y Paul Buey de la Universidad de Chicago pusieron de manifiesto que la
extirpación bilateral de los lóbulos temporales, o lobectomía temporal, en monos rhesus
tiene un efecto espectacular sobre las respuestas de los animales a situaciones de miedo.
La cirugía produjo numerosas anomalías conductuales que Klüver y Buey clasificaron en
cinco categorías. Entre ellas se encontraban los cambios emocionales, que se
manifestaban fundamentalmente en una aparente disminución del miedo. Mientras que
un mono salvaje normal evita a los seres humanos y a otros animales, los monos con
lobectomías temporales bilaterales no sólo se acercan y tocan a los seres humanos, sino
que incluso dejan que los golpeen y los cojan. Asimismo, se ha identificado una
disminución significativa de las vocalizaciones y de las expresiones faciales que se
asocian habitualmente con las emociones. Parecía que tanto la experiencia como la
expresión normal de las emociones se encontraban gravemente disminuidas por la
lobectomía temporal, produciéndose pérdida del temor y de la agresividad (reacción
denominada “síndrome de Klüver-Bucy”).
En un experimento realizado por Pribram y sus colaboradores en 1954 (Pribram,
1962), se puso de manifiesto que las lesiones de la amígdala produjeron un efecto
importante sobre las interacciones sociales en una colonia de ocho monos rhesus machos.
Puesto que llevaban cierto tiempo juntos, estos monos habían establecido una jerarquía
social. La primera intervención realizada consistió en provocar lesiones bilaterales de la
amígdala en el cerebro del mono más dominante. Cuando este mono se incorporó a la

82
colonia ocupó el puesto inferior de la jerarquía y el mono que antes era el segundo y
subordinado al líder pasó a ser el dominante. Después de realizarse una amigdalectomía
en el nuevo mono dominante, éste también pasó a ocupar el último puesto de la
jerarquía. Estos resultados sugieren que la amígdala puede ser importante para la
agresión que normalmente está relacionada con el mantenimiento de una posición en la
jerarquía social.
En la comprensión de los resultados obtenidos por Klüver y Buey (1937,1939) se ha
de tener en cuenta que se extirpó gran cantidad de tejido cerebral. La extirpación de los
lóbulos temporales comprende no sólo la corteza temporal, sino también todas las
estructuras subcorticales en dicha área, incluyendo la amígdala (amigdalectomía) y el
hipocampo. Probablemente las alteraciones emocionales eran consecuencia de la
destrucción de la amígdala. Existen suficientes datos respecto al hecho de que la
amígdala participa en numerosos aspectos de diversas emociones, no sólo en el miedo.
Otros estudios (Schwartz, 1978/1983) encuentran un aumento de la reacción de
furia en animales a los que se ha producido amigdalectomía. Esta aparente contradicción
en los resultados puede deberse, en gran parte, al diferente papel funcional de la amígdala
en las diferentes especies. Pribram (1962) la ha intentado explicar sugiriendo que la
amigdalectomía puede interferir en la capacidad normal del animal para distinguir su
territorio de otros territorios extraños, lo que origina respuestas sexuales y agresivas
anómalas.
Aunque existen muy pocos casos de seres humanos con una lesión selectiva de la
amígdala, Ralph Adolphs y sus colaboradores de la Universidad de Iowa (citado en Bear
y otros, 1998) han estudiado a una mujer de treinta años, conocida como S. M. con una
destrucción bilateral de la amígdala que era consecuencia de la enfermedad de Urbach-
Wiethe. S. M. posee una inteligencia normal y es capaz de identificar a las personas a
partir de fotografías, sin embargo, tiene dificultades para reconocer determinadas
emociones expresadas por las personas en las fotografías. Cuando se le solicitó que
clasificara la emoción expresada por la cara de una persona fue capaz de reconocer la
felicidad, la tristeza y la repugnancia. Tuvo menos probabilidades de describir una
expresión de enojo como cólera y muchas menos de describir una expresión de susto
como de miedo. Esto puede estar indicando que una lesión selectiva de la amígdala
disminuye la habilidad para reconocer el miedo.
Davis (1992) ha comprobado que la estimulación eléctrica de la amígdala puede
producir un patrón complejo de cambio conductual y autonómico que se asemeja mucho
a un estado de miedo. La estimulación de la amígdala puede alterar el ritmo cardíaco. La
amígdala puede ser un lugar crítico de la plasticidad, que media tanto la adquisición como
la extinción del miedo condicionado.
LeDoux (1996) ha propuesto un circuito neural para el miedo aprendido, en el que
desempeña una función decisiva la amígdala. A pesar de que no se considera que la
amígdala sea un lugar principal de almacenamiento de la memoria, parece que participa
en proporcionar un contenido emocional a los recuerdos. Diversos experimentos sugieren
que las neuronas de la amígdala pueden “aprender” a responder a los estímulos asociados

83
con el dolor, evocando estos estímulos una respuesta de miedo después de este
aprendizaje (Bear y otros, 1998). LeDoux (1996) ha puesto de manifiesto que las
lesiones de la amígdala producidas después del condicionamiento del miedo eliminan las
respuestas viscerales aprendidas, como los cambios de la frecuencia cardíaca y la presión
arterial. LeDoux (1996) ha propuesto un circuito para explicar el miedo aprendido.
Mediante el entrenamiento, se llega a asociar el sonido de un timbre con el dolor. La
información auditiva se transmite desde la corteza auditiva a la región basolateral de la
amígdala, desde donde las células envían sus axones hasta el núcleo central, siendo
transmitida la señal. Desde la amígdala se proyectan fibras eferentes hasta la sustancia
gris periacueductal del tronco cerebral (que puede evocar reacciones conductuales al
estímulo a través del sistema motor somático) y hasta el hipotálamo (que puede producir
una respuesta que modifique la situación del sistema nervioso autónomo). Posiblemente
existan proyecciones hasta la corteza cerebral, produciéndose la experiencia emocional.
Recientemente LeDoux (1996) ha hecho un descubrimiento relevante respecto a la
función de la amígdala en relación con la emoción. Tradicionalmente, con la información
disponible, se ha considerado que desde el ojo, el oído y los demás órganos sensoriales
se transmite la información al tálamo y desde allí a las regiones del neocórtex, donde se
procesan las impresiones sensoriales y se organizan en el proceso perceptivo,
produciéndose el reconocimiento de cada objeto y su significado para el sujeto (es bueno
o malo, beneficioso o perjudicial). Ésta es una vía larga. LeDoux (1996) ha descubierto
que además existe una vía secundaria y más corta (una especie de atajo) que permite
que la amígdala reciba algunas señales directamente desde los sentidos y que emita una
respuesta antes de que aquéllas sean registradas por el neocórtex. Las señales sensoriales
procedentes de los ojos, los oídos y los demás órganos sensoriales llegan al tálamo y de
ahí, a través de una única sinapsis, a la amígdala (figura 4.4).

84
Figura 4.4. Las dos vías de la información sensorial hacia la amígdala (a partir de LeDoux, 1996, p. 164).

La existencia de esta vía corta posibilita que la amígdala responda antes de que el
neocórtex haya valorado la información y buscado su significado para emitir la respuesta
apropiada. Ante estímulos potencialmente peligrosos, por la relevancia que puede tener
para la supervivencia, la respuesta se produce más rápidamente (aunque de forma más
imprecisa, sin un total conocimiento de lo que sea el estímulo). De este modo la amígdala
puede desencadenar una respuesta antes de que los centros corticales tengan una
información completa de lo que está ocurriendo.
Una vez presentadas las estructuras que forman el sistema límbico, así como un
detenido análisis de las funciones de la amígdala en la emoción, podemos preguntarnos si
el sistema límbico es el responsable de que experimentemos las emociones. Existen
dificultades respecto a la existencia de un sistema emocional (Bear y otros, 1998). En la
medida en que muchas de las estructuras del sistema límbico están relacionadas con las
emociones, podríamos referirnos al sistema límbico como un sistema de emociones. Pero
este sistema ¿debería incluir cada estructura que contribuya de alguna manera a la
experiencia o a la expresión de cualquier tipo de emoción? No parece lógico incluir cada

85
estructura relacionada en alguna medida con las emociones y denominarla sistema, ya
que implicaría que las partes funcionan juntas llevando a cabo una función común.
No existe una razón convincente para pensar que sólo está implicado un único
sistema, en lugar de varios. Por el contrario, existen suficientes datos que ponen de
manifiesto que algunas estructuras que intervienen en las emociones también participan
en otras funciones. En esta dirección, LeDoux(1996) hace referencia al caso del paciente
H. M. que se presentará en el capítulo 12. Los datos obtenidos con este paciente
permiten diferenciar claramente una memoria a corto plazo (MCP) y una memoria a
largo plazo (MLP), sugiriendo que la MLP implica, al menos, dos estadios: uno inicial,
que requiere del funcionamiento de regiones del lóbulo temporal (que le fueron
extirpadas), y un estadio posterior, que implica a otras regiones del cerebro,
fundamentalmente áreas del neocórtex. Se requiere el lóbulo temporal para que se
establezca la MLP, aunque pasados los años, de una forma gradual, ésta llega a ser
independiente de este sistema cerebral. Las áreas del lóbulo temporal que habían sido
lesionadas en el paciente H. M. incluían las principales regiones del hipocampo y de la
amígdala, identificadas por MacLean como componentes del sistema límbico. Los datos
obtenidos en el paciente H. M, que ponen de relieve que algunas regiones del sistema
límbico están implicadas tanto en funciones cognitivas (la memoria) como en la emoción,
constituyen una de las primeras objeciones sólidas a la consideración del sistema límbico
como sistema de la emoción.
En consecuencia, aunque todavía se sigue utilizando con mucha frecuencia el
término “sistema límbico”, no parece muy adecuado tratar de establecer un sistema de
las emociones individual y diferenciado. En el momento presente, lo adecuado no es
hablar de un único cerebro emocional, sino de varios sistemas de circuitos, lo que implica
que el control de una determinada emoción corresponde a varias regiones cerebrales
distantes entre sí, aunque conectadas.

4.2. Sistema nervioso periférico y emoción

El sistema nervioso central (formado por el encéfalo y la médula espinal) está


conectado con el resto del cuerpo, con los órganos sensoriales, con los músculos y las
glándulas, a través del sistema nervioso periférico, formado por los nervios craneales,
conectados directamente al encéfalo, y por los nervios espinales o raquídeos,
conectados a intervalos regulares con la médula espinal y los glanglios autónomos, que
incluyen las dos cadenas de ganglios simpáticos y los ganglios parasimpáticos
(Rosenzweig y Leiman, 1989/1995; Carlson, 1990/1994).
Los nervios periféricos llevan información del sistema nervioso central a los
músculos y a las glándulas (nervios eferentes) y de los receptores sensoriales al sistema
nervioso central (nervios aferentes). El sistema nervioso periférico se divide en sistema
nervioso sensoriomotor o somático y sistema nervioso autónomo o vegetativo.

86
4.2.1. Sistema nervioso sensoriomotor o somático

Es la rama del sistema nervioso periférico que está formada por los nervios que
envían la información sensorial desde los receptores al sistema nervioso central y por los
nervios que envían las órdenes desde el sistema nervioso central a los músculos
esqueléticos (estriados), controlando los movimientos posibilitados por éstos. Los nervios
del sistema sensoriomotor pueden dividirse en nervios craneales y nervios espinales.

A) Los nervios craneales

De la zona ventral del encéfalo surgen doce pares de nervios craneales, que entran o
salen del encéfalo a través de pequeños agujeros en el cráneo y que ejercen
fundamentalmente funciones sensoriales y motoras en la zona de la cabeza y el cuello.
Transmiten las señales sensoriales desde receptores de la cabeza y del cuello, así como la
información que posibilita el movimiento a los músculos de estas zonas. El único nervio
craneal que se ocupa de zonas no pertenecientes a la cabeza o al cuello es el nervio vago
(par X), que no forma parte del sistema nervioso sensoriomotor, sino del sistema
nervioso autónomo.
Algunos de los nervios craneales son únicamente vías sensoriales del encéfalo, por
ejemplo, los nervios olfatorio, óptico y auditivo. Otros nervios craneales son
exclusivamente vías motoras del encéfalo, por ejemplo, los nervios oculomotores y los
hipoglosos. Otros tienen funciones mixtas, sensoriales y motoras, como el trigémino
(cuadro 4.1).

CUADRO 4.1. Los nervios craneales: funciones y zonas inervadas.

87
S = Sensorial; M = Motor
(a partir de Carlson, 1990/1994 y de Rosenzweig y Leiman, 1989/1995).

88
B) Los nervios espinales o raquídeos

A lo largo de la médula espinal hay treinta y un pares de nervios, un miembro de


cada pareja para cada lado del cuerpo, que se unen a la médula espinal en intervalos
diferentes. Los nervios espinales eferentes inervan la musculatura que se encuentra por
debajo del cuello, mientras que los aferentes reciben información somatosensorial (tacto,
dolor, temperatura y percepción muscular o propiocepción) desde zonas que se
encuentran por debajo del cuello. La columna vertebral está formada por las vértebras
óseas. Cada vértebra tiene una abertura a cada lado, a través de la que pasan los nervios
raquídeos. En los ganglios de la raíz dorsal, que son englosamientos redondeados, se
hallan los cuerpos celulares desde donde surgen los axones que envían información
somatosensorial hacia la médula espinal (axones aferentes). Son neuronas unipolares,
cuyo tallo axónico se divide cerca del cuerpo neuronal, proyectando uno de los extremos
hacia la médula espinal y el otro hacia el órgano sensorial.
Los cuerpos neuronales que originan la raíz ventral se localizan en la sustancia gris
de la médula espinal. Los axones de estas neuronas multipolares abandonan la médula a
través de una raíz ventral, que se une a una raíz dorsal, formándose un nervio espinal.
Estos axones eferentes controlan los músculos y las glándulas.
El segmento de la médula espinal al que está conectado el nervio espinal da el
nombre a éste, siendo denominado como nervio cervical, torácico, lumbar o sacro.

4.2.2. Sistema nervioso autónomo o vegetativo

Es la rama del sistema nervioso periférico formado por ganglios y fibras que regulan
el funcionamiento de la musculatura lisa (que se encuentra, entre otros, en el sistema
vascular, en el digestivo, en el respiratorio, en el urinario, en el reproductivo y en el
termorregulatorio), del músculo cardíaco (miocardio) y de las glándulas.
Comprende dos sistemas anatómicamente separados, el simpático y el
parasimpático (figura 4.5).

A) La división simpática

Los cuerpos celulares de las motoneuronas simpáticas se localizan en la sustancia


gris de las regiones torácica y lumbar de la médula (se le denomina también sistema
torácico-lumbar). Las fibras de estas neuronas abandonan la médula por las raíces
ventrales. Después de unirse a los nervios espinales, sus fibras se ramifican y se dirigen
hacia los ganglios simpáticos espinales. Las fibras axónicas van a todas las partes del
cuerpo: a las glándulas salivales de la boca, al iris de los ojos, al corazón, al pulmón, al
hígado, al estómago, a los intestinos, a los genitales, a las glándulas sudoríparas, a las
células pilosas y a los vasos sanguíneos, próximos a la superficie de la piel.

89
Figura 4.5. Sistema nervioso vegetativo: divisiones simpática y parasimpática (a partir de Delgado, Ferrus, Mora
y Rubiá, 1998). Las fibras preganglionares están trazadas en línea continua y las postganglionares en línea
punteada.

El sistema nervioso simpático controla el funcionamiento de la médula suprarrenal,


cuyas células secretoras segregan adrenalina y noradrenalina, hormonas que potencian los

90
efectos neurales de la actividad simpática. Entre estos efectos, se encuentran:

a) Aumentan el flujo sanguíneo de los músculos y hacen que los nutrientes


almacenados se descompongan en glucosa en las células musculares
esqueléticas, produciéndose un aumento de la energía disponible en ellas.
b) Elevan la velocidad de contracción del corazón, provocando taquicardia.
c) Se aumenta la sudoración.
d) Se produce la dilatación de las pupilas.
e) Se relaja la fibra muscular de las paredes del tubo digestivo, disminuyendo la
actividad digestiva.

Las descargas de adrenalina, así como las de corticoides y de noradrenalina, se


producen en situaciones en que el sujeto se siente amenazado, tanto de una forma real
como imaginaria, en situaciones de tensión y miedo. La liberación excesiva de adrenalina
que se produce ante la excitación del sistema simpático pone al organismo en una
situación de emergencia, denominada por Cannon (1929) de “lucha” o de “huida”, en la
que se pone en marcha el sistema defensivo y de reserva del organismo para estar
preparado ante cualquier eventualidad.

B) La división parasimpática

Está conectada con la mayoría de las partes del cuerpo con las que lo está la división
simpática.
Los cuerpos celulares que originan los axones preganglionares del sistema nervioso
parasimpático se localizan en dos regiones, los núcleos de algunos de los nervios
craneales (especialmente el nervio vago) y el asta intermedia de la sustancia gris de la
región sacra medular. Por ello, la división parasimpática del sistema nervioso autónomo
recibe la denominación de sistema cráneo-sacral.
Se puede afirmar, de una forma general, que la actividad del sistema nervioso
parasimpático conserva o forma los recursos corporales. La estimulación parasimpática
produce efectos físicos que son opuestos a los inducidos por la estimulación simpática,
entre los que se encuentran:

a) Se produce contracción de las pupilas.


b) Disminuye el ritmo cardíaco.
c) Enlentece la respiración.
d) Disminuye el nivel de azúcar en sangre.
e) Retarda la sudoración.

CUADRO 4.2. Antagonismo simpático-parasimpático.

91
Las divisiones simpática y parasimpática actúan en sentido opuesto en muchos
procesos fisiológicos, posibilitando un control muy adecuado, una correcta regulación
homeostática. Se puede concluir afirmando que la división simpática predomina durante
la actividad muscular, lo que contribuye al consumo de energía, mientras que la división

92
parasimpática predomina durante el restablecimiento de los recursos corporales, lo que
favorece que el organismo conserve energía (cuadro 4.2).

4.3. Los músculos

Dada la relevancia de la vinculación del sistema nervioso periférico con los


músculos, es conveniente hacer un análisis, aunque necesariamente breve, de los
diferentes tipos de músculos, de su localización y principales características.

a) Músculo estriado (esquelético). Los músculos estriados están unidos a los huesos
en ambos extremos, a excepción de los músculos abdominales, que lo están
únicamente en uno de sus extremos, y de los músculos de los ojos, que no lo
están en ninguno de ellos. La mayor parte de los músculos estriados están
dispuestos en pares antagonistas. Los músculos estriados no se contraen
espontáneamente, su funcionamiento es voluntario, requiriendo una
estimulación neural para contraerse. Existen cuatro sistemas que proporcionan
la información sensorial necesaria para iniciar y para completar exitosamente
los movimientos: el sistema visual, el vestibular, el háptico y el kinestésico.
Una información detenida sobre el control del movimiento puede
encontrarse en Carlson (1990/1994) y en Carretié e Iglesias (1995).
b) Músculo liso. Los músculos lisos están controlados por el sistema nervioso
autónomo, pudiendo ser de una sola unidad o de múltiples unidades. Los de
una sola unidad se localizan principalmente en el sistema gastrointestinal, en el
útero y en los pequeños vasos sanguíneos. Los músculos lisos multiunidades se
localizan en las grandes arterias, alrededor de los folículos pilosos (donde se
produce la piloerección) y en el ojo (donde controlan la acomodación del
cristalino y la dilatación de la pupila).
Los músculos lisos se contraen espontáneamente, su funcionamiento es
involuntario, no requiriendo una estimulación neural para contraerse.
c) Músculo cardíaco (miocardio). El miocardio tiene el aspecto de un músculo
estriado, pero funciona como un músculo liso de una sola unidad. Se contrae
espontáneamente, teniendo un funcionamiento involuntario.

93
5
EL SISTEMA ENDOCRINO

5.1. Glándulas endocrinas: localización y funciones

La endocrinología (endon –dentro– y krinein –liberar–) es el estudio científico de las


glándulas endocrinas y de sus hormonas asociadas (hormon –estimular, poner en
movimiento–).
Se puede afirmar que la endocrinología nació como ciencia en el año 1855, cuando
se publicaron los trabajos de Claude Bemard, Thomas Addison y Charles Edward
Brown-Sequard (Greene, 1970).
Bernard aportó la idea de que las glándulas de secreción interna eran el principal
sistema integrativo del cuerpo, contribuyendo a la estabilidad del medio interior,
permitiendo mantener casi constantes las condiciones internas ante las situaciones
cambiantes del medio externo. Estos ajustes vienen posibilitados por el desarrollo del
sistema endocrino. Bernard contribuyó de una forma importante a sentar las bases del
nacimiento de la endocrinología al destacar la importancia del medio interno en el que se
hallan las células y el hecho de que éste debe ser regulado. Entre sus aportaciones se
encuentra el señalar que un medio corporal constante es un requisito previo para que el
organismo pueda desarrollar actividades con independencia del medio externo (la
constancia en el medio interno es condición de vida libre). A partir de estas
investigaciones de Bernard, Walter B. Cannon (1915/1929,1929) aportó el concepto de
homeostasis (horneos –lo mismo–, estasis –mantenerse–), para hacer referencia al
mantenimiento de estados estables, posibilitado por el funcionamiento conjunto del
sistema nervioso, el sistema endocrino y órganos vitales (corazón, pulmón, hígado, riñón,
bazo, entre otros).
En 1855 Addison describió los síntomas de la insuficiencia suprarrenal. Brown-
Sequard, que sucedió a Bemard como profesor de medicina experimental en el Colegio
de Francia, inspirándose en el trabajo de Addison, extirpó las suprarrenales a varias
clases de animales, y demostró que eran estructuras esenciales para la vida. Bajo la
influencia de Addison y ampliando el concepto de Brown-Sequard, Sir Jonathan
Hutchinson sostuvo, como hoy está suficientemente demostrado, que las glándulas de
secreción interna vierten sus productos directamente al torrente circulatorio, afectando, a
través de éste, a todo el organismo.
Las hormonas son mensajeros químicos orgánicos, producidos y liberados por

94
glándulas endocrinas y vertidos a la sangre, desplazándose por ella, prácticamente hasta
todas y cada una de las células del organismo, pudiendo interactuar con cualquier célula
que tenga receptores específicos para hormonas. Los receptores hormonales son lugares
de ligamento bastante específicos, incrustados en la membrana celular o localizados en
otra parte de la célula, que interactúan con una hormona o clase específica de hormonas.
Allí las hormonas inician una serie de acciones bioquímicas que pueden, directa o
indirectamente, activar genes para inducir ciertas respuestas biológicas. En algunos casos
es una neurona, y no una glándula, la que libera a la sangre un tipo especial de hormona,
llamada neurohormona.
El sistema endocrino es un conjunto funcional integrado por:

a) Un sistema que modula la liberación de una hormona.


b) Las células que segregan la hormona.
c) Las células en las que actúa la hormona.

El sistema endocrino actúa en unión con el sistema nervioso para controlar las
funciones orgánicas, así como el comportamiento, a través de dos tipos de glándulas. Las
glándulas endocrinas o glándulas de secreción interna –sin conducto– (como la hipófisis
y las glándulas suprarrenales) vierten hormonas directamente en la sangre. Las glándulas
exocrinas o de secreción externa (como las glándulas sudoríparas, las lacrimales y las
salivares) poseen conductos secretores que no vierten en el riego sanguíneo, sino en el
lugar de acción (Rosenzweig y Leiman, 1989/1995).
Las glándulas endocrinas tienen una función común que consiste en comunicar con
varias partes del cuerpo y regular uno o varios procesos metabólicos vitales para el
organismo. Cada hormona está implicada en uno o más sistemas metabólicos y cada
sistema está regulado por varias hormonas. Esto garantiza que pueden regularse las
actividades de cada sistema de un modo muy preciso (figura 5.1).
Entre las glándulas endocrinas, las que mayor relación tienen con la emoción son el
hipotálamo, la hipófisis y las glándulas adrenales o suprarrenales (cuadro 5.1).
El sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal está constituido
funcionalmente por las señales cerebrales enviadas a la eminencia media hipotalámica por
el factor liberador de la hormona adrenocorticotropina (CRF), que desde el hipotálamo
activa la corteza suprarrenal, y por las hormonas corticales, procedentes de sus distintas
capas histológicas (los mineralcorticoides a partir de la capa externa o glomerular; los
glucocorticoides procedentes de la capa media o fascicular y los 17-cetesteroides,
segregados por la capa interna o reticular), que estimulan la formación y almacenamiento
del glucógeno, ayudando a mantener el nivel normal de azúcar en sangre (figura 5.2).

95
Figura 5.1. Localización y funciones de algunas de las glándulas endocrinas.

CUADRO 5.1. Principales glándulas y hormonas relacionadas con la emoción y sus efectos
(a partir de Rosenzweig y Leiman, 1989/1995).

96
El hipotálamo y las glándulas endocrinas forman el sistema de control
neurohormonal. Aunque el hipotálamo es una estructura neural, funciona como una
glándula endocrina y desempeña una función central en la integración de actividades
neurales y hormonales.

97
Figura 5.2. Sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal (a partir de Rosenzweig y Leiman, 1989/1995).

5.1.1. El hipotálamo

98
Localizado inmediatamente debajo del tálamo (hypo –debajo–), está formado por un
conjunto de cuerpos celulares o núcleos, como se ha puesto de manifiesto en el capítulo
4. En la base del hipotálamo se encuentran células neurosecretoras, que son neuronas
modificadas, especializadas en la liberación de mensajes químicos, que aunque
funcionan, sobre todo, como glándulas, morfológicamente son similares a las neuronas
convencionales. Sus mensajes químicos (neurohormonas) se liberan desde las terminales
de células nerviosas a los vasos sanguíneos de la hipófisis. Este sistema de comunicación
química entre el hipotálamo y la hipófisis pone de manifiesto lo difícil que es establecer la
frontera entre los sistemas nervioso y endocrino.
Las secreciones de la hipófisis anterior son controladas por hormonas liberadoras
producidas en neuronas del hipotálamo (incluyendo la eminencia media). Los axones de
estas neuronas transportan abultados gránulos que contienen hormonas que se liberan en
los capilares adyacentes y fluyen a través de la sangre hasta la hipófisis anterior. De esta
forma, el riego sanguíneo de la hipófisis anterior contiene muchas hormonas que han sido
transportadas a través de la circulación portal de la eminencia media. Entre ellas, se han
aislado y caracterizado estas cuatro hormonas liberadoras:

— Hormona liberadora de tirotropina (TRH).


— Hormona liberadora de gonadotropina (GnRH).
— Hormona liberadora de corticotropina (CRH).
— Hormona liberadora de la hormona del crecimiento (GHRH).

Asimismo, se ha aislado y caracterizado una hormona inhibidora:

— Hormona inhibidora de la hormona del crecimiento (somatostatina).

La dopamina (DA), neurotransmisor del grupo de las monoaminas, actúa también


como neurohormona en el hipotálamo para inhibir la liberación de prolactina procedente
de la hipófisis anterior.

5.1.2. La hipófisis o glándula pituitaria

La hipófisis (hypo –debajo–, physis –cerebro–) está situada en la base del cráneo, en
una depresión ósea denominada silla turca y está conectada con la base del hipotálamo,
al que está estructural y funcionalmente unida por una prolongación en forma de
embudo, llamada infundíbulo o tallo hipofisario.
La hipófisis ha sido considerada durante mucho tiempo como la “glándula maestra”,
por su intervención en muchos procesos fisiológicos y por su papel regulador respecto a
otras glándulas endocrinas. Hoy se sabe que ella misma es una de las glándulas más
reguladas del sistema endocrino (Nelson, 1995/1996).
La hipófisis está formada por dos partes, por dos glándulas diferentes fundidas en

99
una: la parte anterior, o adenohipófisis, y la posterior, o neurohipófisis. Ambas partes
segregan hormonas, la adenohipófisis las segrega en respuesta a las hormonas que
circulan en la sangre, mientras que la neurohipófisis recibe inervación del hipotálamo a
través del tallo hipofisario.
El hipotálamo está conectado con la hipófisis posterior a través de fibras neurales y
con la hipófisis anterior a través de un sistema porta de venas. De esta forma, el
hipotálamo puede estimular o inhibir el funcionamiento de la hipófisis a través de la
actividad neural o a través de hormonas. A su vez, el hipotálamo contiene receptores
químicos que son estimulados por hormonas de glándulas endocrinas que circulan por la
corriente sanguínea.
El hipotálamo se comunica con la hipófisis de dos formas:

a) Las neurohormonas procedentes del hipotálamo alcanzan la hipófisis anterior a


través del sistema porta, un circuito sanguíneo cerrado en el que dos lechos de
capilares –uno en el hipotálamo y otro en la hipófisis anterior– están
conectados por una vena. El sistema porta garantiza que la sangre fluya desde
el hipotálamo hasta la hipófisis anterior y que las señales hormonales
procedentes del hipotálamo sean descifradas por la hipófisis.
b) Existe una serie distinta de células neurosecretoras hipotalámicas que inervan la
hipófisis posterior. Las neurohormonas son segregadas directamente a esta
estructura pasando a los vasos sanguíneos y a la circulación general.

5.1.3. Hormonas de la hipófisis anterior

Cuando las neurohormonas hipotalámicas segregadas al sistema porta, conocidas


como factores liberadores, que son pequeñas moléculas peptídicas, alcanzan la hipófisis
anterior a través del sistema porta, ésta libera hormonas propias, que también son
vertidas al sistema porta y que debido a la estructura de dirección única de éste se unen a
la circulación general.
Las hormonas de la hipófisis anterior se denominan hormonas trópicas (trophe:
nutrición), porque estimulan diversos procesos fisiológicos, bien mediante una actuación
directa sobre tejidos diana o bien provocando que otras glándulas endocrinas liberen
hormonas, entre las que se encuentra la hormona adrenocorticotropina (ACTH), que
estimula el funcionamiento de la corteza suprarrenal.
La hipófisis anterior está formada por tres clases de células: acidófilos, basófilos y
cromatófobos. En cada una de ellas se originan tipos específicos de hormonas.
Las células acidófilas segregan la hormona del crecimiento (GH) –conocida como
somatotropina u hormona somatotrópica (SH)– y la prolactina. La hipófisis anterior
libera la GH en respuesta a la GHRH procedente del hipotálamo. La GH estimula el
crecimiento del cuerpo posibilitando que el hígado, los riñones y otros tejidos produzcan
sustancias reguladoras del crecimiento del esqueleto denominadas somatomedinas, que

100
son la causa de que el hueso absorba sulfatos, lo que produce el crecimiento.
La liberación de la prolactina es estimulada por la TRH procedente del hipotá-lamo
y, entre otros efectos, estimula la lactancia en los mamíferos.
Las células basófilas segregan la hormona luteinizante (LH), la hormona folículo-
estimulante (FSH) y la hormona tiroide-estimulante (TSH). A la LH y a la FSH se las
conoce también como gonadotropinas porque estimulan la esteroidogénesis en las
gónadas en respuesta a la GnRH.
Asimismo, influyen en el desarrollo y maduración de los gametos. La TSH estimula
la glándula tiroides para que libere hormonas tiroideas en respuesta a la TRH procedente
del hipotálamo.
Los cromatófobos fabrican la hormona adrenocorticotropina o
adrenocorticotrópica (ACTH), que es liberada en respuesta a la CRH procedente del
hipotálamo y estimula la corteza suprarrenal a segregar corticoides (mineralcorticoides y
glucocorticoides).

5.1.4. Hipófisis posterior

El lóbulo posterior de la hipófisis libera en los mamíferos las hormonas oxitocina y


vasopresina. La oxitocina provoca la eyección de la leche, en el reflejo de lactancia, al
ser liberada a la sangre, en respuesta a la estimulación sensorial procedente del pezón,
desplazándose la oxitocina por la circulación general hacia las glándulas mamarias.
Asimismo, provoca las contracciones del útero.
La vasopresina u hormona antidiurética (ADH) estimula la reabsorción de agua por
los túbulos renales, de forma que cuando hay un exceso de hormona se produce
retención de agua, mientras que cuando hay una insuficiencia, se reabsorbe poca agua y
se elimina una gran cantidad de orina. El miedo y la ansiedad producen un aumento de la
secreción de ADH, con la consiguiente retención de agua en los tejidos. La secreción de
ADH está controlada por los osmoreceptores del hipotálamo, que son muy sensibles al
grado de dilución de los líquidos tisulares. La pérdida de agua del organismo causa un
aumento de la presión osmótica de la sangre, un aumento de la secreción de ADH y, en
consecuencia, una disminución de la producción de orina. Por contra, la dilución de la
sangre disminuye la secreción, aumentando la eliminación de orina. Este proceso no es
totalmente autónomo, pues depende en parte del funcionamiento de las glándulas
suprarrenales.

5.1.5. Las glándulas adrenales o suprarrenales

Las glándulas adrenales o suprarrenales están situadas sobre los polos superiores de
ambos riñones. En los mamíferos, cada glándula suprarrenal está formada por dos
órganos diferenciados, uno exterior, la corteza, que rodea a una glándula interna, la

101
médula suprarrenal. La corteza, estructura esencial para la supervivencia, produce un
número elevado de hormonas (aproximadamente treinta). La mayor parte de ellas son
esteroides y reciben el nombre genérico de corticoides, aunque difieren mucho en sus
funciones, estando unas relacionadas con el metabolismo de los hidratos de carbono, del
agua y de la sal y con la resistencia frente a las agresiones, otras.
Las hormonas más importantes de la corteza de las suprarrenales son la
hidrocortisona o cortisol y la aldosterona. Asimismo, la corteza produce hormonas
sexuales como la androstendiona.
El cortisol produce un efecto de retroalimentación negativa en la liberación de la
hormona adrenocorticotropina (ACTH). En la medida en que se incrementa el nivel de
hormonas de la corteza suprarrenal, se suprime la secreción de ACTH, con lo que
disminuye la secreción hormonal de la corteza adrenal. Por otra parte, la producción de
cortisol depende del funcionamiento de la hipófisis. Sin la estimulación hipofisaria, las
glándulas suprarrenales permanecen inactivas y son incapaces de reaccionar frente a las
situaciones de estrés (véase la figura 5.2).
Las hormonas que intervienen en la regulación del metabolismo de los hidratos de
carbono, cuyo tipo es el cortisol y se denominan glucocorticoides. Su principal actividad
es la regulación del almacenamiento del glucógeno en el hígado, a partir del cual se
origina glucosa. El cortisol tiene también un efecto regulador del metabolismo del agua y
de la sal, aun cuando es mucho menos pronunciado que el que tiene la aldosterona.
Los glucocorticoides posibilitan la defensa del organismo contra las agresiones. Selye
(1936,1956) ha puesto de manifiesto que tiene lugar un incremento en la producción de
glucocorticoides en respuesta a una gran variedad de agresiones o situaciones de estrés,
como una intervención quirúrgica, un traumatismo, un estado emocional, una crisis
hipoglucémica o una infección. Los glucocorticoides desempeñan una importante función
en la defensa contra las reacciones alérgicas.
La aldosterona es un mineralcorticoide que desempeña importantes funciones en el
metabolismo de sustancias minerales y en el metabolismo hidrosalino.
A pesar de la estrecha relación anatómica con la corteza suprarrenal, la médula
suprarrenal es un órgano fisiológicamente independiente de ella (Greene, 1970), que en
situaciones típicas de estrés, ejercicio, bajas temperaturas, ansiedad, emocionalidad,
hemorragias…, segrega las hormonas adrenalina (epinefrina) y noradrenalina
(norepinefrina), que pertenecen al grupo de las catecolaminas y que estimulan el
síndrome de reacciones de “lucha” o de “huida”.
La adrenalina, que fundamentalmente es un vasodilatador, es considerada como la
“hormona de la huida” y actúa:

— Acelerando el ritmo del pulso (taquicardia).


— Liberando glucosa de la reserva de glucógeno del hígado y de los músculos.
— Eleva el nivel de glucemia de la sangre, teniendo disponible energía que puede ser
utilizada inmediatamente.
— Movilizando las reservas grasas, incrementando su nivel en la sangre y poniendo a

102
disposición del organismo materias combustibles.
— Facilitando la coagulación de la sangre.
— Paralizando el funcionamiento del sistema digestivo.
— Produciendo un ensanchamiento de los bronquios.
— Provocando un incremento de la irrigación sanguínea de los músculos estriados
(esqueléticos).
— Provocando vasoconstricción de los vasos renales, que liberan, a continuación,
renina-angiotensina, que a su vez determina una elevación de la presión renal.

La noradrenalina, que es vasoconstrictora, es considerada como la “hormona de la


lucha” y actúa a través de los receptores que se encuentran, principalmente, en los vasos,
posibilitando un estrechamiento de éstos, con el consiguiente aumento de la presión
sanguínea.
Aunque la secreción de adrenalina es continua, aumenta de forma súbita ante
cualquier situación de estrés, ansiedad, miedo o terror. En estas situaciones se pone
claramente de manifiesto la estrecha relación existente entre el sistema endocrino y el
sistema nervioso. El sistema nervioso simpático controla el funcionamiento de la médula
suprarrenal, estimulando la secreción de adrenalina y de noradrenalina. El
funcionamiento del sistema nervioso simpático posibilita la actividad muscular y el gasto
de energía requerido por la reacción de emergencia, que se manifiesta en la “lucha” o en
la “huida”. El funcionamiento del sistema nervioso parasimpático permite el
restablecimiento de los recursos con que cuenta el organismo y la conservación de la
energía.
La médula suprarrenal también libera un tipo de hormonas polipeptídicas en
respuesta al estrés, las encefalinas. Asimismo, libera una hormona monoaminérgica, la
dopamina (DA).
Muchas conductas requieren la coordinación de los componentes neural y hormonal,
a través de conexiones neuro-neurales, neuro-endocrinas, endocrino-endocrinas y
endocrino-neurales. Aunque el sistema endocrino actúa conjuntamente con el sistema
nervioso en la regulación de las funciones orgánicas y del comportamiento, ambas formas
de comunicación difieren en diversos aspectos (cuadro 5.2).

5.2. Regulación de la secreción de hormonas

Existen glándulas endocrinas que secretan hormonas a un ritmo bastante estable a lo


largo del tiempo, mientras que otras glándulas sólo funcionan ante una situación
determinada. En general, se puede afirmar que la secreción de hormonas está regulada
para favorecer las diversas actividades y la satisfacción de las necesidades orgánicas
(Rosenzweig y Leiman, 1989/1995), existiendo diferentes tipos de control. El más simple
se ajusta a un funcionamiento defeedback negativo (figura 5.3) y constituye un sistema
de retroalimentación negativo, como los que subyacen a la regulación homeostática del

103
hambre, de la sed, de la temperatura… (Garrido, 1995,1996). En el sistema más simple
de control de la secreción hormonal, la glándula secreta la hormona que actúa sobre la
célula diana, modificando la concentración en el líquido extracelular. Este cambio en el
líquido extracelular regula la secreción de la glándula endocrina.

CUADRO 5.2. Comparación entre la comunicación neural y la comunicación hormonal.

Figura 5.3. Sistema de retroalimentación negativo en la regulación de secreción hormonal (a partir de Rosenzweig
y Leiman, 1989/1995).

Sirve para ejemplificar este tipo de sistema de control, la secreción por el páncreas
de la hormona insulina, que contribuye a regular el nivel de glucosa sanguínea. La ingesta
de alimentos provoca, entre otras respuestas (Suay y otros, 1996), la secreción de
insulina, para preparar la absorción de nutrientes. Durante la fase de absorción se
produce una elevación en la concentración plasmática de glucosa, produciéndose un

104
incremento en la secreción de insulina. La insulina posibilita que la glucosa extracelular
penetre en el músculo y en el tejido graso y estimula un incremento en el empleo de
glucosa. A medida que disminuye el nivel de glucosa en sangre (la concentración
plasmática de glucosa), el páncreas disminuye la secreción de insulina. De esta forma se
consigue mantener la constancia, la homeostasis.
Asimismo, el funcionamiento de la glándula paratiroidea se ajusta a un sistema de
retroalimentación negativo. Al descender los niveles de calcio en el organismo, la glándula
paratiroidea secreta la hormona paratiroidea. Cuando, bajo la acción de la hormona, se
produce una elevación en la concentración de los niveles de calcio en sangre hasta un
punto óptimo, se detiene la secreción de la hormona. De esta forma, los niveles de calcio
se mantienen en un rango ideal.
Un sistema endocrino de control más complejo integra al hipotálamo, que controla la
glándula endocrina. Este control puede producirse a través de una conexión neural, como
sucede en el control de la médula suprarrenal, o a través de una conexión hormonal,
como sucede en el control de la liberación de la hormona del crecimiento (GH) por la
hipófisis anterior.
De acuerdo con este sistema, la secreción de la glándula endocrina afecta a células
diana y se produce la retroalimentación negativa entre la hormona y el hipotálamo y entre
las células diana y el hipotálamo, pero no entre la glándula y el hipotálamo (figura 5.4).

105
Figura 5.4. Circuito complejo de control de secreción endocrina (a partir de Rosenzweig y Leiman, 1989/1995).

Un nivel más elevado de control viene representado por un circuito altamente


complejo de secreción endocrina, como el que se encuentra en la base del control de la
secreción del tiroides, que es regulada por la hormona tiroide-estimulante (TSH), que a
su vez es segregada por la hipófisis anterior (que pertenece al grupo de hormonas
trópicas, que influyen en la secreción de otra glándula endocrina). La liberación de TSH
está controlada, a su vez, por la hormona hipotalámica denominada factor liberador de
tirotropina (TRF). En este circuito altamente complejo, la retroalimentación se establece
desde la hormona de la glándula endocrina hacia la hipófisis anterior y hacia el
hipotálamo (figura 5.5).

106
Figura 5.5. Circuito altamente complejo de control de secreción endocrina (a partir de Rosenzweig y Leiman,
1989/1995).

5.3. Psiconeuroendocrinología

La psiconeuroendocrinología es el ámbito de la ciencia que realiza el estudio de las


interacciones e influencias mutuas entre los procesos psicosociales, neuronales,
endocrinos y comportamentales. La psiconeuroendocrinología está integrada por la

107
neuroendocrinología y la psicoendocrinología.

5.3.1. Neuroendocrinología

La neuroendocrinología es el estudio científico de la transducción de una señal


neural en una señal hormonal, de la interacción entre el sistema nervioso y el sistema
endocrino. Se puede afirmar que nació al investigar la función endocrina del hipotálamo,
la influencia de los procesos neurales sobre el funcionamiento del sistema endocrino.
Durante muchos años, el sistema nervioso y el sistema endocrino fueron considerados
como sistemas integradores separados y claramente diferentes. Al final de la década de
1940, Harris y sus colaboradores en Inglaterra y Hume y sus colaboradores en EE UU
fueron los primeros en demostrar el control neural de la función endocrina a través del
hipotálamo y de la hipófisis anterior. Estas observaciones fueron rápidamente
confirmadas y ampliadas por otros investigadores, produciéndose el nacimiento de la
neuroendocrinología. Se puso de manifiesto que los dos sistemas integradores están
claramente interrelacionados: el cerebro regula la función endocrina y las hormonas
actúan sobre el cerebro para regular la secreción de la hipófisis y para producir diferentes
efectos comportamentales (Ganong, 1986).
Como hemos puesto de manifiesto en el apartado anterior (en el análisis que se ha
presentado del sistema endocrino), éste actúa, en estrecha unión con el sistema nervioso,
en el control de las funciones orgánicas y del comportamiento. A través del sistema de
control neurohormonal, formado por el hipotálamo y las glándulas endocrinas, y
específicamente a través del sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal, el
hipotálamo desempeña una función central en la integración de actividades neurales y
hormonales. Por otra parte, como se ha señalado en el apartado dedicado a la regulación
de la secreción de hormonas, los sistemas complejos de control integran la función del
hipotálamo. Por ello, considerando que la información que se ha presentado sobre el
ámbito de la neuroendocrinología puede ser suficiente, a partir de este momento el
análisis se centra en el ámbito de la psicoendocrinología.

5.3.2. Psicoendocrinología

La psicoendocrinología es el estudio de la interacción entre las hormonas y las


conductas, de los efectos de las hormonas sobre las conductas y de las conductas sobre
las hormonas. Se considera que nació al estudiar el efecto de las emociones sobre las
secreciones de las glándulas internas.
De acuerdo con Nelson (1995/1996), para establecer una relación causal entre
hormonas y conducta, para establecer que una hormona determinada afecta a una
conducta específica o que una conducta dada modifica los niveles hormonales, se
precisan tres tipos de pruebas:

108
— Una conducta hormonalmente dependiente debería desaparecer cuando se elimine
el lugar de origen de la hormona o se bloquee su mecanismo de acción.
— El restablecimiento del órgano eliminado o la reaparición de la hormona debería
reinstaurar la conducta desaparecida.
— Los niveles hormonales y la conducta en cuestión deberían covariar,
manifestándose ésta sólo cuando los niveles hormonales fueran elevados.

Debido a las dificultades relacionadas con la obtención de medidas fiables de


hormonas y conductas covariantes, el que se cumplan los dos primeros tipos de pruebas
se considera suficiente para establecer una relación causal entre hormonas y conducta.
El análisis, siguiendo a Nelson (1995/1996), se va a centrar en la relación entre
hormonas y procesos afectivos, a través de los siguientes tópicos:

— El síndrome perimenstrual (PMS).


— Hormonas y depresión.
— Depresión postparto.
— El trastorno afectivo estacional (SAD).
— Andrógenos y trastornos afectivos.

A) El síndrome perimenstrual (PMS)

Diversos estudios clínicos han demostrado que los cambios normales en los niveles
de hormonas esteroides asociadas al ciclo menstrual se relacionan a menudo con
alteraciones en el comportamiento emocional de la mujer.
Nelson (1995/1996) utiliza el término perimenstrual, en lugar de premenstrual,
empleado generalmente, debido a que los síntomas prosiguen o aumentan en intensidad
durante la menstruación. El término síndrome, tal como se utiliza aquí, no hace
referencia a una anomalía o a una enfermedad, sino a un conjunto de síntomas
emocionales y fisiológicos que parecen estar vinculados entre sí.
No debe pasarse por alto la controversia respecto al PMS en relación con los
síntomas y con los factores físicos y psicológicos asociados al mismo, ni el trasfondo
social, dado que el PMS afecta a un solo sexo y que está asociado con una imagen
negativa. Se ha de concluir que la mayoría de las investigaciones no han detectado
ningún deterioro significativo en el rendimiento de las mujeres por causa del PMS. Por
otra parte, se ha puesto de manifiesto que algunas mujeres presentan cambios de humor
positivos y mejoran su actuación durante la fase perimenstrual de sus ciclos menstruales,
en la que aproximadamente del 5% al 10% de las mujeres experimentan un aumento de
energía y una intensificación de la sensación de bienestar. Algunas mujeres refieren
también un aumento de rendimiento en tipos específicos de tareas (Logue y Moos,
1988).
El PMS, como respuesta a un ciclo natural no debe, ni puede ser considerado como

109
una enfermedad. Puede calificarse como una dolencia. Con respecto a la frecuencia de
aparición del PMS, estudios sobre mujeres norteamericanas y europeas ponen de
manifiesto que la frecuencia varía entre el 20%-90%. Se acepta que aproximadamente de
un 3% a un 5% de mujeres experimentan síntomas de PMS en un grado que dificulta su
vida normal.
Existe falta de consenso respecto a los síntomas del PMS. Cuando se descubrió este
síndrome en 1931, se consideró como una “tensión premenstrual”. Los síntomas incluían
tensión psicológica grave, aumento de peso, dolores de cabeza e hinchazón, que se
producían de 7 a 10 días antes del inicio de la menstruación. En la última década, entre
los síntomas identificados del PMS se han incluido: ansiedad, tristeza, irritabilidad,
hinchazón, aumento del tamaño de los senos, dismenorrea, aumento del apetito, fatiga,
depresión, dolores de cabeza, edemas, insomnio, labilidad emocional, mareos, confusión,
asma, estreñimiento, sed, náuseas, aumento de peso, agresión, cambios en el impulso
sexual (aumento o disminución), cambios en el estado de ánimo y deseo vehemente de
alimentos dulces o salados.
Respecto a los correlatos hormonales del PMS, en un primer momento se sugirió
que los cambios de estado de ánimo que tenían lugar en el PMS estaban determinados
por los elevados niveles de progesterona que se producen durante la fase luteica tardía de
los ciclos menstruales. Pero no se han descrito diferencias apreciables en los niveles de
progesterona entre mujeres que informan de que sufren síntomas de PMS y mujeres que
informan de que no los sufren.
Por otra parte, se ha considerado que los valores de estrógenos en sangre son un
factor que influye en el PMS. Se ha establecido la hipótesis de que la acumulación de
estrógenos en el sistema límbico puede explicar las manifestaciones emocionales, pero se
ha encontrado que los niveles medios de estrógenos y de progesterona en suero no
difieren entre mujeres con síntomas graves de PMS y mujeres con síntomas leves. No se
han vinculado de modo consistente anomalías fisiológicas con niveles de hormonas
esteroides asociadas al ciclo menstrual de mujeres diagnosticadas con PMS.
Después de preguntarse por la causa de las disfunciones del PMS, Nelson
(1995/1996) afirma que puede que refleje un estado patológico inducido por las
fluctuaciones constantes en los niveles hormonales asociados a los ciclos menstruales a
largo plazo. Las mujeres pueden hacerse dependientes del aumento en los niveles de
hormonas esteroides presentes durante la ovulación y la fase luteínica, pudiendo reflejar
los síntomas psicológicos relacionados con el PMS un proceso de abstinencia respecto a
estos esteroides gonádicos. Si esta abstinencia se produce de una manera brusca, puede
dar lugar a la depresión posterior al parto de la que informan muchas mujeres. Pero
concluye Nelson (1995/1996) que se requiere más investigación para establecer la
determinación del conjunto exacto de eventos endocrinos responsables del PMS.
La falta de datos consistentes respecto a la influencia de los factores endocrinos en
los síntomas del PMS ha llevado a preguntarse por causas de tipo cognitivo. Las
expectativas sociales pueden afectar a los síntomas del PMS, que pueden ser aliviados
mediante tratamientos placebo. Hay que esperar, como ocurre en otros ámbitos, a que en

110
la investigación relacionada con el PMS se produzca una interacción entre factores
endocrinos y procesos cognitivos. La investigación ha de adoptar un enfoque más
integrador, centrándose en esta interacción, para una adecuada comprensión de las
causas fisiológicas, conductuales y sociales.

B) Hormonas y depresión

Diversas investigaciones han comprobado que la depresión origina un cambio en la


producción hormonal y que los cambios hormonales dan lugar a la depresión. Sólo se
puede sostener la causalidad del proceso cuando el estado depresivo es secundario a
alguna disfunción endocrina.
Una de las hormonas cuya influencia se ha analizado detenidamente es el cortisol,
encontrándose que el efecto de los niveles de cortisol sobre el estado de ánimo se ajusta
a una función que adopta una forma de U invertida. Las concentraciones medias de
cortisol en sangre se encuentran en sujetos con un estado de ánimo óptimo. Cuando los
niveles plasmáticos de cortisol son demasiado elevados (como ocurre en la enfermedad
de Cushing) o demasiado bajos (como ocurre en la enfermedad de Addison), la depresión
es un síntoma frecuente (Nelson, 1995/1996).

C) Depresión post-parto

La mayor parte de los estudios sobre correlatos hormonales de los cambios que se
producen en el estado de ánimo tras el parto, han investigado el efecto de los estrógenos,
la progesterona y la prolactina, ya que en el momento del parto tienen lugar cambios
notables en las concentraciones sanguíneas de esas hormonas (O’Hara y Zekoski, 1988).
Pero estas investigaciones no han encontrado ninguna correlación consistente entre los
cambios afectivos y las secreciones hormonales (O’Hara y otros, 1991).
Se ha descrito una relación entre péptidos opiáceos, específicamente (β-endorfinas,
y los cambios post-parto en el estado de ánimo (Deakin, 1988). Puesto que las
concentraciones de (β-endorfinas descienden notablemente a las pocas horas del parto, se
ha sugerido que la “melancolía de la maternidad” (tipo más leve de depresión postparto)
y quizá otros trastornos afectivos post-parto más graves pueden tener su origen en esta
“abstinencia” de opiáceos endógenos (Newnham y otros, 1984).
Aunque estudios correlaciónales han encontrado una relación entre opiáceos y
estados de ánimo post-parto, no se han encontrado pruebas experimentales que indiquen
una relación causal. Quizá la depresión post-parto no refleje sólo cambios endocrinos.
Existen diferencias en la depresión post-parto entre mujeres con situaciones diferentes.
Las mujeres que se quedan en casa con sus hijos tienen más probabilidades de
manifestar síntomas depresivos que las que trabajan fuera de casa. Las mujeres que
llevan a término embarazos no deseados son más propensas a sufrir una depresión que

111
las que los han planificado. Por otra parte, los hombres presentan síntomas depresivos en
un porcentaje (68%) un poco menor que las mujeres (82%) en el período de los dos
meses posteriores al nacimiento (Richman y otros, 1991).

D) El trastorno afectivo estacional (SAD)

La denominada “depresión invernal” o “trastorno afectivo estacional” (stational


affective disorder –SAD–) se caracteriza por depresión, letargía, pérdida de la libido,
sueño excesivo, aumento excesivo de peso, deseo impulsivo de hidratos de carbono,
ansiedad e incapacidad de concentrarse o fijar la atención (Rosenthal y otros, 1988).
En el hemisferio norte, por lo general, los síntomas comienzan a finales de otoño o
en invierno, entre octubre y diciembre y remiten en marzo. En el hemisferio sur
(Terman, 1988), los síntomas comienzan con seis meses de desfase respecto al norte
(entre abril y junio). Con el inicio del verano los pacientes con SAD recuperan su energía
y se vuelven eufóricos y activos.
Las tasas de frecuencia del SAD en la población general oscilan entre el 1 % y el
10%, afectando más a las mujeres que a los hombres (Kasper y otros, 1989). En mujeres
menstruantes que padecen SAD en otoño e invierno, es habitual la aparición del PMS,
reduciéndose a menudo los síntomas al llegar el verano (Thase, 1989).
Se puede afirmar que la serotonina parece estar implicada en los síntomas del SAD.
El triptófano, un aminoácido que circula por la sangre en concentraciones bajas, se
convierte en serotonina en el cerebro, específicamente en los núcleos del Rafe (Cooper y
otros, 1986). La dieta afecta a este proceso de conversión por que los hidratos de
carbono estimulan en las células pancreáticas la secreción de insulina, lo que a su vez
facilita la absorción de azúcares y de aminoácidos, distintos del triptófano, por las células
periféricas. Los niveles de serotonina generan feedback para regular la ingesta de hidratos
de carbono, por lo que es posible que los pacientes que padecen SAD presenten
trastornos cíclicos en sus mecanismos reguladores de serotoninahidratos de carbono
(Wurtman y Wurtman, 1989). Asimismo, la serotonina está implicada en el inicio del
sueño, de modo que una regulación defectuosa de ésta puede contribuir también a la
hipersomnia descrita en pacientes con SAD.

E) Andrógenos y trastornos afectivos

En las últimas décadas se ha generalizado la utilización de esteroides anabólicos por


atletas de élite para aumentar su fuerza y rendimiento, aunque existen pocas pruebas de
que éstos mejoren el rendimiento.
Se han descrito diversos riesgos que para la salud tiene el consumo continuado de
esteroides anabólicos en hombres adultos, como disfunciones del hígado, de los riñones,
disfunciones endocrinas y problemas cardiovasculares, siendo muchos de ellos

112
irreversibles. Asimismo, se han descrito diversos efectos conductuales adversos
derivados de su abuso, siendo el más conocido la aparición de una conducta sumamente
agresiva, denominada “furia de los esteroides”. El consumo de dosis elevadas de
esteroides anabolizantes se ha relacionado con agresiones violentas, acompañadas
frecuentemente de síntomas psicóticos y afectivos. Asimismo, se ha asociado su abuso
con la criminalidad violenta. Varias personas han cometido homicidios de manera
irreflexiva, no intencional, mientras estaban tomando ese tipo de sustancias.
La mayor parte de los sujetos siguen consumiendo esteroides anabólicos, una vez
iniciado su consumo, porque se produce adicción y se generan dependencia psicológica y
síntomas de abstinencia. Los esteroides pueden tener propiedades de recompensa
similares a los efectos reforzadores de drogas como la cocaína, las anfetaminas, la
morfina y la heroína. Cada vez se van conociendo más casos de suicidios de jóvenes
previamente no deprimidos al dejar bruscamente de consumir esteroides anabólicos.
Los síntomas de abstinencia manifestados por consumidores abusivos de esteroides
anabólicos y los síntomas del PMS, o de la depresión post-parto, pueden tener su origen
en una causa subyacente común, es decir, en la dependencia de niveles elevados de
hormonas esteroides. Pero se precisan más investigaciones para confirmar o refutar esta
hipótesis (Nelson, 1995/1996).

113
6
EL SISTEMA INMUNE

6.1. Mecanismos de defensa, células y tejidos

El sistema inmune se originó durante la evolución de los vertebrados para combatir


las infecciones causadas por virus, bacterias, protozoos, hongos y helmintos (Regueiro y
López, 1996). Estos patógenos pueden ser responsables de infecciones intracelulares o
extracelulares respecto a las cuales la respuesta inmune debe ser diferente, por lo que el
sistema inmune ha desarrollado una variedad de respuestas apropiadas para combatir
cada tipo de patógeno, al mismo tiempo que se mantiene la tolerancia a los componentes
del propio organismo. Los vertebrados, además de poseer los fagocitos típicos de los
invertebrados, presentan como innovación, respecto a la defensa frente a la infección, el
desarrollo de células y órganos linfoides.
La función general del sistema inmune es identificar y eliminar aquellos materiales
extraños, que contactan o entran en el cuerpo, que son denominados patógenos o
antígenos (generadores de anticuerpos), microorganismos invasores que comprenden a
bacterias, virus, parásitos y hongos. Los componentes del sistema inmune son también
capaces de identificar y destruir células que han desarrollado alteraciones asociadas a
malignidad (cáncer) y de desarrollar respuestas contra agentes extraños, como son los
órganos donados.
El primero y más elemental mecanismo de defensa frente a las infecciones es el de
los epitelios, que constituyen barreras mecánicas, químicas y microbiológicas contra las
infecciones. Si los patógenos logran atravesar esta barrera y establecer una infección,
existen dos mecanismos innatos que actúan inmediatamente para erradicarla: uno
humoral (el sistema del complemento, activado por la vía alternativa) y otro celular,
formado por fagocitos (monocitos/macrófagos y neutrófilos).
Para eliminar un patógeno que haya producido una infección (atravesando las
barreras epiteliales del organismo), lo primero que debe hacer el sistema inmune es
reconocerlo como tal y desarrollar una respuesta adecuada para destruirlo. Para ello el
sistema inmune ha desarrollado dos tipos de mecanismos, innatos unos y adaptativos
otros.
Los mecanismos innatos (más primitivos, desde el punto de vista evolutivo), de
acción inmediata, con sistemas de reconocimiento del patógeno inespecíficos, carecen de
memoria inmunológica y son los encargados de combatir la infección desde el mismo

114
momento de su inicio y durante las primeras fases de la misma (aproximadamente de 0 a
5 días), con una elevadísima eficacia.
Si estos mecanismos no consiguen eliminar la infección, la mantienen bajo control,
mientras se desarrollan los mecanismos adaptativos, cuyo funcionamiento requiere más
tiempo (aproximadamente una semana). Estos tienen unos sistemas de reconocimiento
del patógeno extremadamente específicos, presentan memoria, siendo los responsables
los linfocitos T (que reconocen a los patógenos dentro de las células del organismo) y los
linfocitos B (que los reconocen fuera de las células del organismo).
Cuando se produce una infección que no puede ser eliminada por los mecanismos
innatos y es necesaria una respuesta adaptativa, el antígeno es transportado por
macrófagos o células dendríticas al bazo por vía sanguínea o a los ganglios por vía
linfática y es allí donde se produce su reconocimiento por los linfocitos.

• Las células y los tejidos del sistema inmune

A) Células

Todas las células del sistema inmune se originan a partir de células primordiales
pluripotentes, siguiendo dos líneas fundamentales de diferenciación: el linaje linfoide y el
linaje mieloide (figura 6.1).
Las células del sistema inmune, los glóbulos blancos o leucocitos, se dividen en tres
clases: linfocitos, monocitos y granulocitos.
Los linfocitos poseen diversas capacidades, incluyendo la habilidad de proliferar en
respuesta a los antígenos, la habilidad de moverse hacia el lugar de la infección
(quemotaxia), la capacidad de engullir a los patógenos externos (fagocitosis), de destruir a
través de actividades líticas específicas, como en la actividad tumoricida (citotoxicidad), y
de generar regulación humoral o factores de crecimiento (por ejemplo, anticuerpos e
interferón), que ayudan a la destrucción o neutralización de los antígenos.
Los linfocitos, células del linaje linfoide que constituyen aproximadamente un 20%
de los leucocitos circulantes, se dividen, a su vez, en células B, células T y células NK
(natural killer: asesinas naturales) (O’Leary, 1990).
Las células T y las células B tienen en su membrana receptores capaces de
reconocer el antígeno de una forma específica.

115
Figura 6.1. Células del sistema inmune (tomada de Reguerio y López, 1996, p. 10).

Las células B se diferencian en el hígado de los mamíferos durante la vida fetal y en


la médula ósea en la vida adulta. La principal característica de los linfocitos B es su
capacidad para producir anticuerpos o inmunoglobulinas (Ig). Estas moléculas
constituyen el receptor específico para el antígeno de las células B. Existen cinco formas
fundamentales de Ig (conocidas como isotipos): IgG> IgM, IgA, IgD e IgE. La mayoría
de las células B humanas que circulan por la sangre expresan dos isotipos en su
membrana plasmática: IgM e IgD. Las células B que producen IgG, IgA e IgE se
encuentran en su mayor parte en la médula ósea, los ganglios y el bazo y no aparecen en
la circulación sanguínea.
Las células B constituyen el brazo humoral de la respuesta inmunitaria, siendo las
responsables de la producción y secreción de anticuerpos, moléculas altamente
específicas (inmunoglobulinas) que reconocen a sus antígenos diana y se combinan con
ellos, proporcionando una importante defensa contra las infecciones bacterianas. Cuando
una célula B encuentra a su antígeno diana se reproduce y se multiplica de forma que la
infección puede ser anulada rápidamente. A este proceso se le denomina expansión clonal
o blastogénesis (O’Leary, 1990).
Para combatir a los patógenos extracelulares o a sus productos, los linfocitos B
secretan anticuerpos que se unen específicamente a ellos y actúan como adaptadores
entre el patógeno y el mecanismo destructor innato (el sistema del complemento activado
por la vía clásica) o el adaptativo.
La mayoría de los linfocitos T se originan en la médula ósea y de allí pasan al timo,

116
donde maduran. Las células T tienen un receptor de membrana de estructura similar a las
inmunoglobulinas, conocido como receptor de la célula T (TCR). Mediante este receptor
los linfocitos T son capaces de identificar el antígeno de forma específica. Las células T
maduran en el timo y establecen contacto directo con el antígeno, que puede ser una
célula infectada por un virus o una célula cancerosa, posibilitando la inmunidad mediada
por células (que junto a la inmunidad humoral constituyen los dos tipos de respuesta
inmunitaria). Existen tres tipos de células T:

— Las células T citotóxicas: son capaces de destruir las células diana.


— Las células T colaboradoras: incrementan la respuesta inmune.
— Las células T supresoras: reducen la respuesta inmune.

Los linfocitos T tienen varias funciones: unos ayudan a los linfocitos B a producir
anticuerpos, otros ayudan a los macrófagos a destruir patógenos fagocitados por éstos y
otros destruyen células infectadas por virus.
Las células NK (asesinas naturales) representan una clase adicional de células
citotóxicas que proporcionan importantes defensas contra virus y contra tumores. Son
linfocitos con actividad citotóxica o citolítica innata.
Una característica común a muchas células del sistema inmune es su capacidad para
fagocitar partículas del medio exterior. Un gran grupo de células con actividad fagocítica
está constituido por los macrófagos. Los monocitos de la sangre viajan hacia los tejidos
donde sufren procesos de diferenciación hasta convertirse en macrófagos maduros.
Pueden tener forma, función y nombre diferentes según el tejido en el que se encuentren
(en el pulmón: alveolares; en el hígado: células de Kupfer; en la piel: células de
Langerhans; los que colonizan el sistema nervioso central: células de la microglía).
Otro gran grupo de células con actividad fagocítica lo constituyen los granulocitos
polimorfonucleares (conocidos también como polimorfos). Tienen un tamaño menor y
una vida media (días) más corta que los macrófagos. Según reaccionen sus gránulos
frente a ciertos colorantes histológicos, los granulocitos se dividen en:

— Neutro filos: son el 90% de los polimorfonucleares; capaces de fagocitar y


destruir directamente diversos patógenos –bacterias, virus y parásitos–
— Eosinófilos: constituyen entre el 2% y el 5% de leucocitos sanguíneos en
personas sanas. Estas células liberan al exterior el contenido de sus gránulos en
respuesta a parásitos que no pueden fagocitarse.
— Basó filos: constituyen menos del 0,2% de los leucocitos sanguíneos. Son
capaces de liberar el contenido de sus gránulos frente a ciertos estímulos en
procesos alérgicos mediados por IgE.

Los mastocitos son células muy similares a los basófilos, pero sólo residen en los
tejidos corporales.

117
B) Tejidos

Las células que forman parte del sistema inmune se organizan en órganos y tejidos.
Estas estructuras reciben el nombre de sistema linfoide (figura 6.2).

Figura 6.2. El sistema linfoide (tomado de Regueiro y López, 1996, p. 13).

Desde el punto de vista anatómico, los órganos del sistema linfoide son de dos tipos:

— Órganos con cápsula bien definida: bazo, timo, ganglios linfáticos y médula ósea.
— Acumulaciones difusas de tejido linfoide (tejido linfoide no encapsulado que se
asocia a las mucosas).

Desde el punto de vista funcional, los órganos y tejidos linfoides se dividen en


primarios o centrales (médula ósea y timo) y secundarios o periféricos (bazo, ganglios

118
linfáticos y tejido linfoide no encapsulado que se asocia a las mucosas).
Los órganos linfoides primarios son lugares de linfopoyesis y en ellos se generan los
linfocitos T (timo) y los linfocitos B (hígado fetal, médula ósea fetal y adulta), que
adquieren la capacidad de reconocer antígenos.
La médula ósea contiene los precursores de las células del sistema inmune. Está
formada por islotes de células hematopoyéticas situados en el interior de los huesos.
Todas las células del sistema inmunitario se originan a partir de las células
hematopoyéticas primordiales pluripotenciales de la médula, a través de los linajes
mieloide y linfoide (véase figura 6.1).
El timo es un órgano linfoide primario situado en el tórax, en la base de la tráquea,
distinguiéndose en él una región cortical y una región medular. A la corteza llegan los
precursores de los linfocitos T, en los primeros estadios de su vida, procedentes de la
médula ósea y allí se dividen y se diferencian hasta llegar a linfocitos T maduros en la
médula.
En los órganos y tejidos linfoides secundarios o periféricos (bazo, ganglios y tejido
linfoide no encapsulado que se asocia a las mucosas) se dan las condiciones ambientales
para que los linfocitos B y los linfocitos T inmunocompetentes recién formados puedan
interaccionar entre sí y con los antígenos, generándose y diseminándose una respuesta
inmune adaptativa celular y/o humoral específica. Cada órgano linfoide secundario es el
encargado de controlar una determinada región del organismo y tiene como misión
proporcionar un ambiente favorable para que esas interacciones desencadenen una
respuesta inmunológica eficaz (véase figura 6.2).
El bazo, que contiene linfocitos T, linfocitos B, células NK y todos los tipos de
células necesarias para generar respuestas inmunes celulares y humorales, reacciona
frente a patógenos llegados por vía sanguínea. Los ganglios linfáticos; que están
divididos en área cortical (con linfocitos B), área paracortical (con linfocitos T) y médula
central (que contiene linfocitos B, linfocitos T, macrófagos y células productoras de
anticuerpos), reaccionan frente a antígenos circulantes en la linfa, absorbidos a través de
la piel (ganglios superficiales) o de visceras internas (ganglios profundos).
El tejido linfoide no encapsulado que se asocia a las mucosas (agrupaciones de
tejido linfoide no encapsulado situado en la lámina propia y áreas submucosas del tubo
gastrointestinal, vías respiratorias y tracto génito-urinario), como las amígdalas y placas
de Peyer, reacciona frente a los patógenos que atraviesan las mucosas, ya que se trata de
una vía de entrada de microorganismos muy importantes.
La médula ósea funciona como un órgano linfoide primario (dando lugar
directamente a los linfocitos B) y secundario (se encuentran en ella linfocitos T maduros,
células secretoras de anticuerpos y diversas células presentadoras de antígenos y es el
lugar donde se sintetiza la mayor parte de los anticuerpos).
El complemento es un sistema de proteínas séricas cuya función principal es la
eliminación de patógenos y el control de la inflamación. Los componentes del
complemento interaccionan entre sí y con otros elementos del sistema inmune. Existen
dos formas de activación del sistema del complemento: la vía alternativa, más primitiva

119
evolutivamente, que se activa espontáneamente y constituye una respuesta innata
inespecífica, y la vía clásica, de aparición más reciente, que se activa por anticuerpos
unidos a patógenos, lo que implica una respuesta adaptativa específica.
El sistema del complemento es el mecanismo efector humoral más importante de la
respuesta inmune y junto a los fagocitos es responsable de la inmunidad innata. El
sistema está formado por varias proteínas de la sangre y por proteínas de membrana, que
actúan en una reacción en cascada para eliminar patógenos. Sus principales funciones
son:

— La defensa frente a la infección por microorganismos a los que elimina por lisis o
estimulando su fagocitosis.
— La iniciación de la respuesta inflamatoria.
— La eliminación del torrente sanguíneo de complejos inmunes circulantes.

Todas las células del sistema inmune necesitan estar conectadas entre sí para
elaborar de una forma conjunta y ordenada una respuesta inmune que termine con la
eliminación del patógeno. Para ello las células utilizan dos medios principales de
comunicación. Uno es el contacto directo mediante las distintas moléculas de membrana.
Otro es mediante la síntesis de pequeñas proteínas que reciben el nombre genérico de
citoquinas, que son producidas en los primeros instantes de la activación celular,
alertando a las diferentes células, que poseen receptores de citoquinas en la membrana,
de que hay una respuesta inmune en marcha. Sus funciones son:

— Regular la duración y la amplitud de la respuesta inmune, tanto innata como


específica.
— Reclutar células a la zona en conflicto.
— Inducir la generación de nuevas células a partir de los precursores
hematopoyéticos.

En resumen, se puede afirmar que el sistema inmune posee múltiples mecanismos


para hacer frente a las raras infecciones que logran atravesar la piel o las mucosas. Estos
mecanismos actúan consecutiva y coordinadamente en el tiempo y en el espacio y se van
activando unos a otros, si el mecanismo anterior no consigue eliminar la infección. En
primer lugar actúan los mecanismos de la inmunidad innata (la vía alternativa del
complemento y los macrófagos), que se activan de forma inmediata (de 0 a 4 horas). Si
éstos no consiguen acabar con la infección, se activan, de forma inducida (de 4 horas a 4
días), la inflamación, la respuesta de fase aguda, los interferones y las células NK. Si este
mecanismo tampoco logra eliminarla, la mantiene bajo control mientras se desarrolla el
tercer tipo de respuesta, la inmunidad adaptativa, desarrollada por los linfocitos B y los
linfocitos T (a partir de 5 días).

120
6.2. Psiconeuroinmunología

Ader (Ader y Cohén, 1993) descubrió en 1974 que el sistema inmune también es
capaz de aprender, en contra de lo que se pensaba entonces, cuando se defendía que sólo
el SNC era capaz de adaptarse a las exigencias del medio, modificando su
funcionamiento. Este descubrimiento de Ader contribuyó a la realización de
investigaciones que han puesto de manifiesto la existencia de interacciones entre el
sistema nervioso y el sistema inmune, lo que da lugar al desarrollo de una nueva ciencia,
la psiconeuroinmunología.
Desde el inicio de la década de 1980, la psiconeuroinmunología se ha desarrollado
como un campo de investigación interdisciplinar en el que se integran el estudio de las
interacciones entre el comportamiento, los procesos neurales y endocrinos y los procesos
inmunes (Sklar y Anisman, 1981; O’Leary, 1990; Cohén y Williamson, 1991; Ader y
Cohén, 1993; Irwin, 1993; Maier, Watkins y Fleshner, 1994; Cohén y Herbert, 1996). El
reconocimiento mutuo y la comunicación entre los sistemas nervioso, endocrino e
inmune pone de manifiesto la relevancia de la armonía y de la homeostasis en el
funcionamiento orgánico. Sintetizando, se puede afirmar que la investigación ha puesto
de manifiesto que:

— La manipulación de las funciones neurales y endocrinas altera las respuestas


inmunes.
— La estimulación antigénica que induce una respuesta inmune resulta en cambios
en la función neural y endocrina.
— Los procesos de comportamiento son capaces de influenciar la reactividad
inmunológica.
— La situación de inmunidad de un organismo tiene consecuencias para el
comportamiento.

La psiconeuroinmunología es un ámbito interdisciplinar que pone de relieve que los


sistemas no pueden ser comprendidos de forma aislada. Estudiando simplemente la
inmunología al nivel de las células inmunes, o la neurociencia al nivel de las neuronas, o
la psicología al nivel del comportamiento, no es posible captar las complejas interacciones
que existen entre los diversos niveles. Los organismos vivos no están compuestos de
sistemas o procesos desconectados unos de otros. El progreso, así como la comprensión
de la salud y de la enfermedad, viene posibilitado por la investigación que tiene en cuenta
las interacciones entre sistemas y niveles diferentes.
La investigación actual ha comprobado que el sistema nervioso y el sistema inmune,
los dos sistemas más complejos implicados en el mantenimiento de la homeostasis,
representan un mecanismo integrado que contribuye a la adaptación del individuo y de la
especie (O’Leay, 1990; Irwin, 1993; Cohén y Herbert, 1996). Aunque existe discusión,
muchos investigadores consideran que el sistema inmune tiene un mayor nivel de
complejidad que el sistema nervioso. La plasticidad funcional del sistema inmune es

121
mayor que la del sistema nervioso y, consiguientemente, su regulación debe requerir un
nivel de control más complejo y sofisticado.
El sistema nervioso central debe ejercer control sobre algunos aspectos de la
respuesta inmune y para poder realizar esta función debe recibir información sobre
eventos que se producen en el cuerpo y sobre la situación de los procesos inmunes. De
esta forma, el SNC controla el sistema inmune y éste controla la función neural. Si los
procesos neurales regulan los procesos inmunes, entonces ha de existir una vía a través
de la que los procesos psicológicos pueden influir en la inmunidad. Por otra parte, si los
procesos inmunes alteran la función neural, entonces pueden también influir en la
conducta, la emoción y el pensamiento.
El cerebro conecta físicamente con el sistema inmune y lo controla:

— A través del sistema nervioso simpático, que inerva a órganos inmunes como el
timo, tuétano, bazo y nodos linfáticos. Los terminales nerviosos simpáticos
liberan catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) y las células de los órganos
inmunes contienen receptores para las catecolaminas.
— A través de factores desencadenantes que estimulan las glándulas endocrinas a
secretar hormonas en la circulación sanguínea, lo que hace que las hormonas
alcancen los diversos órganos y liguen con los receptores hormonales en los
órganos.

A su vez, existen conexiones que van del sistema inmune al sistema nervioso central
(Maier y otros, 1994). La respuesta inmune se produce fuera del sistema nervioso
central, en la periferia, en reacción a un patógeno periférico. Para que el cerebro pueda
regularla, debe recibir información de que se está produciendo ésta. Tanto la actividad
eléctrica como la actividad química del cerebro cambian a medida que las respuestas
inmunes se producen. ¿Cómo puede suceder esto? Las células del sistema inmune, como
las células T y las B, tienen limitado su acceso al cerebro debido a la barrera
hematoencefálica. La información sobre la respuesta inmune parece venir proporcionada
por las citoquinas, proteínas solubles liberadas por las células durante la respuesta
inmune. Las citoquinas siempre han sido consideradas como mensajeros entre las células
del sistema inmune, pero también tienen la capacidad de conectar con el sistema
nervioso. Una de las citoquinas que ha sido más investigada es la interleuquina 1 (IL-1),
que es sintetizada y segregada por diferentes células, aunque los macrófagos son la
principal fuente de IL-1 durante la respuesta inmune específica. Los macrófagos son
activados al engullir al patógeno, o por diversas señales químicas que se ligan a los
receptores de la superficie (membrana) de los macrófagos.
La IL-1 y otras citoquinas pueden ser los enlaces o mediadores entre el sistema
inmune y el cerebro, con potentes efectos sobre la actividad neural. El sistema inmune
puede actuar como un órgano sensorial que envía información al cerebro.
Existe suficiente evidencia experimental respecto a las numerosas interacciones entre
los sistemas nervioso, endocrino e inmune (Spector, 1986; Maier y otros, 1994; Cohén y

122
Herbert, 1996). Asimismo, se ha comprobado que la comunicación entre las diferentes
redes está posibilitada por mediadores humorales, como hormonas, neurotransmisores y
citoquinas, que en gran medida son compartidos por los diferentes sistemas
homeostáticos. Comunes a las células nerviosas, a las neuroendocrinas y a las células
inmunes, son también los lugares receptores sensibles a esa información. Las hormonas y
los neurotransmisores, además de regular diversos tejidos diana en el cuerpo, alcanzan
los órganos linfoides y las células a través de la circulación sanguínea, o a través de
conexiones directas del sistema nervioso autónomo, que vinculan al tejido nervioso y a
los órganos del propio sistema linfoide.
Diversos mediadores solubles liberados por el sistema inmune funcionan como
mensajeros que transportan señales aferentes al SNC. Es posible que estos mensajeros
lleven información al SNC sobre el tipo de respuesta inmune en funcionamiento,
mientras que el lugar donde se produce la respuesta puede ser indicado a través de la
estimulación local de fibras nerviosas por los productos de células inmunes liberadas en
su proximidad.
Los iriputs neurales pueden llegar al cerebro a través de los nervios sensoriales
aferentes de los distintos sistemas sensoriales, de los propioceptores musculares, de otros
sistemas sensoriales internos y externos, así como producirse en el propio cerebro en
forma de pensamientos, emociones…
Los inputs antigénicos y otros inputs inmunes llegan en forma de bacterias, hongos,
virus, microplasma, parásitos multicelulares, proteínas extrañas, otras sustancias extrañas
y antígenos internos. Pueden penetrar en el cuerpo vía tracto gastrointestinal, tracto
urogenital, sistema respiratorio, a través de heridas…
Los inputs neurales y antigénicos tienen una vía común en el sistema circulatorio.
Los mensajes son transportados por diversas hormonas, neurotransmisores, inmuno-
transmisores neuromoduladores y por una gran variedad de otros polipéptidos. Además,
otra probable ruta común es la vasta red de fibras neurales aferentes y eferentes que
penetran en los órganos, tejidos y células del sistema inmune. El sistema nervioso inerva
cada órgano y tejido del sistema inmune.
Las células del sistema inmune se comunican entre sí a través de sus productos
químicos (anticuerpos, interferón, histaminas, neurohormonas…), que de alguna forma
se asemejan, en la química y en la función, a los neurotransmisores. Algunas de estas
sustancias se comunican también con el cerebro.
Entre los inputs endocrinos que se sabe tienen un efecto directo sobre una o varias
funciones inmunes, se encuentran los esteroides adrenales y sexuales, la prolactina, la
hormona del crecimiento, la melatonina, las catecolaminas, la serotonina y muchos otros
neurotransmisores y polipéptidos activos por naturaleza. Todos ellos tienen bucles de
feedback negativos respecto al SNC, vía hipotálamo y vía hipófisis. Casi todas las
sustancias endocrinas conocidas afectan directamente al sistema nervioso y al sistema
inmune.
Una vez que se ha puesto de manifiesto la existencia de múltiples conexiones entre
los sistemas nervioso, endocrino e inmune, pasemos a analizar cómo el funcionamiento

123
de un sistema puede modular o modificar el funcionamiento de los otros.

6.2.1. Modulación hormonal de la función inmune

Diversas investigaciones han demostrado la existencia de una red inmuno-endocrina


a través de la que hormonas, neuropéptidos y neurotransmisores son capaces de influir
en los procesos inmunes. Para que se produzca esta modulación de la respuesta inmune,
se requiere la presencia en los inmunocitos de receptores hormonales específicos para
todas estas sustancias (se han descubierto más de treinta tipos diferentes).
La administración de hormonas puede llevar a un incremento o a una disminución de
la respuesta inmune, dependiendo del tipo de hormonas, de la dosis y el momento de su
administración. En general, los glucocorticoides, las hormonas sexuales y los opiáceos
endógenos deprimen la respuesta inmune in vivo, mientras que la hormona del
crecimiento, la prolactina, la tiroxina y la insulina la incrementan.
Los glucocorticoides son mediadores decisivos en las interacciones del sistema
endocrino y el sistema inmune, ejerciendo un control negativo sobre la secreción de
péptidos, tanto del eje hipotálamo-hipófisis como del sistema inmune. Como
neuromoduladores, los glucocorticoides tienen un efecto general inhibidor sobre muchas
funciones del sistema inmune: inducen un decremento en el crecimiento de las células
linfoides, en la formación de anticuerpos, en la citotoxicidad celular y en las reacciones
inflamatorias.
Existe evidencia (Savino y otros, 1994) de que hormonas de la hipófisis como la
prolactina y la hormona del crecimiento pueden ser consideradas como moduladoras del
epitelio del timo. Es posible que los procesos de diferenciación de las células T en el timo
estén bajo el control de hormonas de la hipófisis.

6.2.2. Modulación de las respuestas endocrinas por el sistema inmune

El sistema inmune puede influir en las respuestas endocrinas a través de mensajeros


liberados por células inmunes activadas. Estos mensajeros son diferentes tipos de
citoquinas. Por otro lado, el sistema inmune puede ser considerado como un órgano
neuroendocrino, puesto que es capaz de producir hormonas y neuropéptidos.
El enlace fundamental entre el sistema inmune y el sistema neuroendocrino son las
diferentes citoquinas, polipéptidos producidos por el sistema inmune activado y también
por diversos tejidos. Se ha comprobado que las citoquinas afectan a las funciones
endocrinas y metabólicas y se considera que son importantes moduladores de la
secreción de diversas hormonas y neuropéptidos.
Entre las citoquinas cuyos efectos sobre el sistema endocrino han sido más
estudiados, se encuentran la interleuquina 1 (IL-1), la interleuquina 2 (IL-2) y la
interleuquina 6 (IL-6). A pesar de existir algunas discrepancias en la literatura, parece que

124
la IL-1 y la IL-6 estimulan la secreción de hormonas del eje hipotálamo-hipófiso-
suprarrenal, actuando sobre los tres niveles del eje e induciendo, respectivamente en cada
uno de ellos la producción de la hormona desencadenante de corticotropina (CRH), la
secreción de la hormona adrenocorticotropina (ACTH) y de cortisol.
Las interacciones entre el sistema inmune y el sistema endocrino pueden representar
un potente mecanismo de feedback negativo, por medio del cual el sistema inmune, a
través de la estimulación del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, estimula la producción
de glucocorticoides inmunosupresores y evita una inflamación excesiva y un efecto febril
excesivo durante la respuesta de fase aguda. Debido a que los glucocorticoides inhiben
todos los componentes de la respuesta inmune, la consecuencia de la activación del eje
hipotálamo-hipófiso-suprarrenal puede ser la supresión y/o modulación de la respuesta
inflamatoria a los organismos invasores. En consecuencia, una disfunción de estas
interacciones puede dar lugar a una enfermedad inflamatoria.
La mayor parte de las células del sistema inmune se encuentran en el tuétano, el
timo, los nodos linfáticos, el bazo, las amígdalas, el apéndice y en las placas de Peyer
(grupos de tejido inmune en el intestino delgado) (Cohén y Herbert, 1996). Puesto que
no es fácil el acceso a las células de estos órganos, la investigación en
psiconeuroinmunología en humanos se centra en el estudio de los procesos inmunes, que
se producen en la sangre periférica circulante, que transporta componentes inmunes entre
órganos del sistema inmune y el lugar de la inflamación. Estos componentes del sistema
inmune (algunos tipos de leucocitos y anticuerpos) vigilan y combaten los antígenos
invasores. De esta forma, la sangre periférica desempeña una función clave en los
procesos inflamatorios y en los inmunes.
Los estresores o eventos que desencadenan la lucha-huida pueden asimilarse a daño
físico o a eventos que producen daño físico. Este concepto se remonta, al menos, hasta
Selye (1936), que consideró la inflamación como un estresor prototípico.
Un aspecto importante, que requiere de más investigación (Savino y otros, 1994) se
refiere a la producción de prolactina en el timo. Dado el hecho de que los timocitos
pueden producir prolactina y de que las células epiteliales del timo producen hormonas de
la neurohipófisis como la exitocina y la vasopresina, Savino y otros (1994) postulan que
la glándula timo posee circuitos neuroendocrinos que pueden ser fisiológicamente
relevantes.
Por otro lado, los productos de las células inmunes pueden afectar a las funciones
neuroendocrinas. Existe evidencia de que las células inmunes pueden influenciar la
actividad nerviosa periférica, liberando mediadores solubles. Se ha observado que la
presencia de células T en el bazo puede modular la inervación simpática de este órgano.
Algunas citoquinas inhiben el metabolismo de la noradrenalina en el cerebro e influyen en
la actividad eléctrica de las neuronas cerebrales. La IL-1 protege a las células T
colaboradoras de la inhibición por los glucocorticoides, pero no a las células T supresoras
ni a las células T citotóxicas.

6.3. Procesos psicológicos y sistema inmune: su incidencia en la salud y en la

125
enfermedad

La preocupación por la influencia de la mente sobre el funcionamiento del cuerpo es


muy antigua, pero el estudio sistemático de los procesos psicológicos sobre la salud se
puede afirmar que se remonta a Cannon, quien a comienzos del siglo xx investigó las
reacciones que se producían en el organismo para conseguir la supervivencia ante las
situaciones que constituyen los diferentes estados emocionales. Posteriormente, Selye
comprobó que se produce el mismo tipo de respuesta ante diferentes situaciones que
implican una importante exigencia orgánica.
En primer lugar, se presentan las investigaciones de Cannon y Selye sobre las
reacciones de adaptación, que se producen en el organismo ante una situación
potencialmente emocional o estresante. Posteriormente, se analiza la incidencia que los
procesos psicológicos pueden tener en el sistema inmune y en la salud y la enfermedad.

6.3.1. Cannon y la reacción de emergencia

Cannon en 1911 puso de manifiesto la influencia de factores emocionales (la


respuesta de un gato a los ladridos de un perro enjaulado) en la secreción de adrenalina.
Durante los siguientes treinta años, Cannon elaboró sus teorías sobre la respuesta de
“lucha o huida” (fight orflight), demostrando la mediación catecolaminérgica del
fenómeno, esencialmente regulado, desencadenado y mantenido por el sistema
simpático-suprarrenal. La reacción de “lucha o huida” es apropiada frente a
circunstancias que efectivamente ponen en peligro el organismo, pero puede también ser
desencadenada por circunstancias imaginarias.
El modelo de reacción de emergencia propuesto por Cannon (1929) sugiere que la
función de los cambios periféricos consiste en preparar al cuerpo para el gasto de energía
necesario en los diferentes estados emocionales. Cannon propuso que la noradrenalina y
el sistema nervioso simpático colaboraban en el establecimiento de una predisposición
para la “lucha o la huida”. Se producen cambios que implican una redistribución de la
sangre de las visceras al cerebro y a los músculos y tiene lugar un incremento de las
reservas energéticas disponibles para el consumo por los músculos y cambios
respiratorios. En general, se produce una movilización y distribución de la energía por
todo el organismo para enfrentarse a una emergencia.
La importancia de la aportación de Cannon radica en que puso de manifiesto que
alteraciones muy diferentes y que no parecían estar relacionadas entre sí, como la
aceleración del pulso, la respiración agitada, el aumento de azúcar en sangre y la
secreción de adrenalina, se integraban perfectamente si se las consideraba como
preparativos del organismo para un esfuerzo supremo en la “huida” o en la “lucha”.

6.3.2. Selye y el síndrome general de adaptación

126
Selye (1936,1976), en sus investigaciones médicas, ha mostrado que en muchos
aspectos el organismo responde de una forma estereotipada, con idénticos cambios
bioquímicos, establecidos para enfrentarse con cualquier tipo de exigencia creciente.
Aunque los factores que producen tensión –los tensores– son diferentes, determinan
esencialmente la misma respuesta de tensión biológica.
Selye ha resaltado que el cuerpo responde de una forma inespecífica, con tensión,
ante cualquier exigencia que se le presente. Con independencia del tipo de alteración
específica que produzcan los diversos agentes (ante el frío, tiritamos; ante el calor,
sudamos…), todos ellos tienen en común que aumentan la exigencia de un reajuste. Esta
demanda es inespecífica, se requiere la adaptación a un problema, sea cual sea éste.
Además de sus acciones específicas, todos los agentes a los que nos vemos expuestos
producen también un aumento inespecífico en la necesidad de realizar funciones de
adaptación y en el restablecimiento de la normalidad. La exigencia inespecífica de
actividad, como tal, constituye la esencia de la tensión.
Selye, en 1926, se preguntó si existía una reacción general de adaptación al cambio.
Siendo estudiante de medicina se preguntó por qué pacientes que sufrían de las más
diversas enfermedades, que constituían una amenaza para la homeostasis, tenían en
común tantos signos y síntomas. Asimismo, se preguntó cuál sería la base científica de lo
que él consideraba como “síndrome de estar simplemente enfermo”. Diez años más
tarde, comprobó, en sus investigaciones realizadas en ratas, a las que inyectaba
preparados glandulares impuros y tóxicos, que las inyecciones producían un síndrome
estereotipado (una serie de cambios orgánicos que se producían simultáneamente),
caracterizado por un aumento y una excesiva actividad de la corteza suprarrenal, la
contracción o atrofia de la glándula timo y de los nodulos linfáticos y la aparición de
úlceras gastrointestinales, con independencia del tejido en el que se realizaran o del
contenido hormonal.
En la investigación animal pronto se advirtió que el mismo grupo de cambios
orgánicos que causaban los extractos glandulares era también producido por el frío, el
calor, una infección, un trauma, una hemorragia, la irritación nerviosa y por otros
muchos estímulos. Selye describió por primera vez esta reacción como un “síndrome
producido por varios agentes nocivos”. Más tarde la denominó “síndrome general de
adaptación” o de tensión biológica.
Desde 1936 se han relacionado con la tensión general numerosos cambios
bioquímicos y estructurales cuyo origen se desconocía anteriormente (Cohén y Herbert,
1996). El sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal desempeña funciones
decisivas en el mantenimiento de la homeostasis. Es un sistema coordinado, constituido
por el hipotálamo, que está relacionado con la hipófisis, reguladora de la actividad de la
corteza suprarrenal. El proceso sería el siguiente. Un tensor excita al hipotálamo,
produciéndose una sustancia que estimula la hipófisis para que descargue la hormona
adrenocorticotropina (ACTH) en la sangre. A su vez, la ACTH induce a la corteza de las
suprarrenales a la producción de corticoides, que determinan una contracción del timo y
otros cambios, como la atrofia de los nodulos linfáticos, la inhibición de las reacciones

127
inflamatorias y la producción de azúcar. Otra característica típica de la reacción de
tensión es el desarrollo de úlceras de estómago y de intestino (figura 6.3).

128
Figura 6.3. Función del sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal en la regulación de la homeostasis.

El síndrome general de adaptación comprende tres etapas: la reacción de alarma, la

129
etapa de resistencia o defensa y la etapa de agotamiento o descompensación (figura 6.4).

Figura 6.4. Etapas del síndrome general de adaptación (a partir de Selye, 1956).

A) Alarma

El agente estresante provoca en el organismo la reacción de alarma en la que se


producen las respuestas orgánicas, asociadas normalmente con las emociones y se
caracteriza por activación simpática, descarga de adrenalina y por los cambios asociados
con el ritmo cardíaco, con la presión sanguínea y con el tono muscular.
Comprende dos fases, choque y contrachoque.

— Fase de choque. Se caracteriza, entre otros procesos, por hipotensión, hipotermia,


hemoconcentración, disminución de la diuresis e hipocloremia.
— Fase de contrachoque. Las reacciones humorales y neurovegetativas producen
hipertensión, hipertermia, hipercloremia y aumento de la diuresis. Se produce,
asimismo, un aumento en la secreción de adrenocorticotropina (ACTH), que a
su vez estimula la corteza suprarrenal, incrementando así la secreción de
corticosteroides.

Si se sacrifica al animal durante la reacción de alarma, en fase de contrachoque, se


encuentra hipertrofia de la corteza de las suprarrenales, atrofia aguda del tejido timo-
linfático y úlceras gástricas e intestinales.
La reacción de alarma depende principalmente de mecanismos cerebrales,
neuroendocrinos y diencefálico-hipofisarios.

130
B) Resistencia o defensa

Selye define esta etapa como la suma de las reacciones de adaptación y de los
mecanismos de compensación del organismo sometido a estímulos crónicos. En ella se
supera el estado inicial de emergencia y el organismo logra una adaptación mejor y más
duradera al agente que produce el estrés. Durante esta etapa llega al máximo la
resistencia del organismo a los agentes estresantes continuos, desempeñando en ello una
función decisiva los mecanismos diencéfalo-hipofisarios y córtico-suprarrenales.
Si la causa del estrés continúa, o la adaptación en esta etapa resulta ineficaz, se
produce agotamiento o descompensación.

C) Agotamiento o descompensación

Se produce cuando la capacidad de adaptación del organismo se pierde al verse


sobrecargada por un constante exceso de estímulos. Selye (1976) ha puesto de
manifiesto que los estímulos emocionales crónicos, al igual que los estímulos crónicos de
naturaleza infecciosa, traumática o tóxica, pueden ocasionar trastornos funcionales
reproducibles en el laboratorio y lesiones orgánicas como la hipertensión o la úlcera.
Generalmente, los agentes estresantes ejercen un mayor impacto en el sistema
hipófiso-suprarrenal. La hipófisis anterior segrega la hormona adrenocorticotropina
(ACTH) que estimula la secreción de hormonas adrenocorticales. El estrés induce una
cantidad muy elevada de secreción suprarrenal. Las variaciones en el funcionamiento de
las glándulas suprarrenales durante las tres etapas del síndrome general de adaptación (un
exceso de secreción durante la segunda etapa y una secreción deficiente en la tercera
etapa) tienen diferentes consecuencias. Así, los desórdenes cardíacos y la hipertensión se
agravan cuando se produce un exceso de secreción suprarrenal, mientras que la arritmia
y los desórdenes reumáticos se agravan cuando disminuye ésta.

6.3.3. Repercusiones de la emoción sobre la salud y la enfermedad

Una vez presentada la aportación pionera de Cannon y de Selye, pasemos a analizar


la incidencia que los procesos psicológicos pueden tener sobre el funcionamiento del
sistema inmune y sus repercusiones sobre la salud y la enfermedad, a partir de la
situación de la investigación actual.
La investigación en el ámbito de la psiconeuroinmunología pone de manifiesto que
muchos de los efectos corporales del estrés son producidos por las hormonas esteroides
denominadas glucocorticoides, secretadas por la corteza de las glándulas suprarrenales.
Los estresores físicos, así como los psicológicos, llevan a las células del núcleo
paraventricular del hipotálamo (PVH) a sintetizar y a secretar la hormona liberadora de
corticotropina (CRH) en el sistema sanguíneo portal, en la base del cerebro. La

131
corticotropina llega a la hipófisis anterior, donde posibilita la síntesis y liberación de la
adrenocorticotropina (ACTH) en la sangre. Finalmente, la ACTH estimula en la corteza
suprarrenal la liberación de glucocorticoides.
La secreción de glucocorticoides ha sido considerada como el mecanismo de la
modulación de la inmunidad y los procesos de enfermedad relacionados, inducidos por el
estrés.
Los estresores pueden tener impacto sobre la inmunidad, dado que activan el
sistema nervioso simpático (sistema del esfuerzo) y el sistema hipotálamo-hipófisis-
corteza suprarrenal (sistema de socorro). Tanto la investigación animal como la
observación clínica en humanos ponen de manifiesto los efectos inmunosupresores del
estrés, que se concretan en la acción de los estímulos estresantes sobre la actividad del
sistema inmunitario, expresada a través de fenómenos alérgicos, infecciones,
enfermedades autoinmunitarias y formación de neoplasias (distintos tipos de cáncer).
Una situación continua de estrés disminuye la producción de interferón (una proteína
inespecífica implicada en la resistencia a la infección).
Existe la creencia común de que las características de personalidad y las emociones
influyen en la salud (Cohén y Herbert, 1996). Las preguntas fundamentales serían:
¿pueden la depresión, la ansiedad y los desajustes psicológicos alterar la habilidad para
resistir a la infección, a las enfermedades autoinmunes o al cáncer?, ¿a través de qué vías
los estados psicológicos pueden producir los cambios fisiológicos?
Los factores psicológicos pueden alterar la inmunidad y la susceptibilidad a la
enfermedad, como se pone de manifiesto en la figura 6.5.

132
Figura 6.5. Vías a través de las que los factores psicológicos pueden influir en la aparición y en el progreso de la
enfermedad mediada por el “sistema inmune” (a partir de Cohén y Herbert, 1996).

Se cree que los eventos diarios estresantes alteran la inmunidad y, en consecuencia,


la susceptibilidad a la enfermedad mediada por el sistema inmune. Cuando las demandas
impuestas por los eventos exceden las capacidades de los sujetos para afrontarlas, se
provoca una respuesta psicológica al estrés, integrada por estados cognitivos y
emocionales negativos. Los procesos psicológicos pueden influir en la aparición y en el
desarrollo de enfermedades mediadas por el sistema inmune a través de diversas vías, de
la inervación directa del sistema nervioso central y de los sistemas inmunes o a través de
las vías hormonales. Asimismo, la inmunidad puede verse afectada por cambios
conductuales asociados a características de personalidad o por cambios que se producen
como respuestas adaptativas o respuestas de afrontamiento ante eventos estresantes o
estados emocionales negativos. Así, personas que experimentan afectos negativos,
frecuentemente manifiestan comportamientos poco saludables, como fumar, beber
alcohol, dormir poco y llevar un régimen dietético inadecuado; comportamientos que
pueden tener efectos inmunosupresores (Cohén y Herbert, 1996).
Cohén y Williamson (1991), partiendo de que incluso el más severo estrés no puede
resultar en infección sin la presencia de un agente infeccioso, indican que las posibles

133
rutas a través de las que el estrés puede influir en la susceptibilidad a la enfermedad
infecciosa son:

a) Alterando la susceptibilidad biológica y, en consecuencia, predisponiendo a la


infección a las personas expuestas a un patógeno.
b) Iniciando o desencadenando un proceso que permite reproducirse a un patógeno
que ya se encuentra en el cuerpo (por ejemplo, un virus latente).
c) Contribuyendo al mantenimiento de un proceso patogénico en curso.

Cohén y Williamson (1991) han propuesto dos modelos para representar las posibles
vías que vinculan el estrés con la patología infecciosa. El primero representa la función
del estrés en la predisposición de las personas a la aparición de una nueva infección
(figura 6.6).
La susceptibilidad a la infección, ante todo, está mediada por la función inmunitaria.
Como indica la figura 6.6, el estrés puede influir en la inmunidad a través de la inervación
directa del sistema nervioso central y el sistema inmune (nervios que terminan en los
órganos linfoides) o a través de vías neuroendocrinas con la liberación de hormonas (un
elevado número de hormonas liberadas en situación de estrés han sido implicadas en la
modulación inmunitaria: la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol, la hormona del
crecimiento, la prolactina y los opiáceos naturales –como la endorfina y la encefaliña–,
liberados en el cerebro).
Los cambios conductuales que se producen como adaptaciones o respuestas de
afrontamiento al estrés pueden influir en la inmunidad. Las personas bajo estrés tienden a
implicarse en prácticas poco saludables (fuman más, beben más alcohol, comen mal y
duermen poco). Los cambios conductuales bajo el estrés pueden influir en la
susceptibilidad a la infección, contribuyendo al hecho de que las personas estén expuestas
a los agentes patógenos durante un tiempo determinado de exposición.

134
Figuras 6.6. Función del estrés en la predisposición a la aparición de una nueva infección (a partir de Cohén y
Williamson, 1991).

Por otra parte, los procesos de afrontamiento social y el incremento de la interacción


con otros pueden implicar un incremento en la probabilidad de exposición a agentes
infecciosos y, consiguientemente, a la infección. Otros comportamientos desencadenados
por el estrés, como prácticas sexuales de riesgo o prácticas poco higiénicas, pueden
también incrementar la exposición a agentes infecciosos.
El segundo modelo presentado por Cohén y Williamson (1991) representa las vías a
través de las cuales el estrés puede influir en la duración y la severidad de una infección
ya existente, manteniendo procesos patogénicos en curso o iniciando (reactivando)
infecciones latentes (figura 6.7).
El curso de la enfermedad puede ser influenciado por efectos directos (no
implicando al sistema inmune) sobre los tejidos implicados en la enfermedad (por
ejemplo, hormonas desencadenadas por el estrés, como el cortisol y la adrenalina,
pueden incrementar la secreción de mucosa y producir vasodilatación). El estrés puede
influir en los tejidos implicados en la enfermedad a través de cambios en las prácticas de
salud (por ejemplo, el incremento del consumo de tabaco en situación de estrés puede
irritar la mucosa nasal y los pulmones).

135
Figuras 6.7. Vías a través de las que el estrés influye en la duración y la severidad de una infección ya existente (a
partir de Cohén y Williamson, 1991).

El fracaso en seguir los regímenes médicos, en situaciones de estrés, puede


contribuir a que las enfermedades sean más graves y duraderas debido a que los
comportamientos indeseables agravan los problemas existentes o debido a que el fracaso
para manifestar comportamientos deseables (como seguir los regímenes médicos) resulta
en un avance de la enfermedad.
Por otra parte, el estrés puede también desempeñar una función en la reactivación
de patógenos latentes a través de la estimulación hormonal o neural de la reproducción
del patógeno o a través de la supresión de aspectos del sistema inmune que pueden
mantener al patógeno controlado.
Labouze (1988) sostiene que el estrés puede modular la respuesta inmunitaria a
través de las “hormonas del estrés”, que establecen las comunicaciones entre cerebro y
sistema inmunitario. Los glucocorticoides inhiben un activador de la respuesta
inmunitaria, la IL-1, que estimula normalmente los linfocitos T. La adrenalina activaría a
las células T supresoras, que controlan negativamente la respuesta inmunitaria. La
función de las encefalinas parece más incierta, a pesar de la presencia de receptores, que
les son específicos, en la superficie de los linfocitos T humanos. A dosis fuerte inhiben la
respuesta inmunitaria, mientras que a dosis alta la potencian.
Después de presentar algunos de los modelos propuestos para explicar la influencia

136
de los procesos psicológicos en la salud y la enfermedad mediada por el sistema inmune,
consideremos algunos de los resultados obtenidos por la investigación.
Manuck y otros (1991) encuentran que los sujetos que se caracterizan por una
elevada activación del sistema nervioso periférico (notable subida en la presión
sanguínea, cambios en el ritmo cardíaco, secreción de adrenalina y de noradrenalina)
ante estresores agudos, también manifiestan notables cambios inmunitarios. La
correlación entre la respuesta del sistema simpático y la respuesta del sistema inmune
sugiere que la activación del sistema nervioso periférico inducida por el estrés puede
estimular cambios en el sistema inmune. Dado que la evidencia es correlacional, no
puede establecerse una cadena causal.
Se conoce poco respecto a la relación entre las fluctuaciones normales en el estado
de ánimo y la respuesta inmune. Stone y otros (1987) han analizado las relaciones entre
estados de ánimo positivos y negativos y la respuesta de los anticuerpos a un antígeno
novedoso ingerido oralmente durante ocho semanas, comprobando que los niveles de
anticuerpos eran más elevados los días en que los sujetos informaban de que se
encontraban en un estado de ánimo altamente positivo y que eran más bajos los días en
que informaban de que se encontraban en un estado de ánimo negativo. Stone y otros
(1994) han encontrado esta misma relación a lo largo de doce semanas.
Existe evidencia consistente y convincente de la vinculación entre estrés y
enfermedades infecciosas menos graves (catarro, gripe y herpes). Se ha encontrado que
existe una relación entre estrés, inmunidad y catarro común, de tal forma que el estrés
mantenido aumenta en el 200% el riesgo de la enfermedad. Dos meses de estrés
mantenido son suficientes para disminuir la inmunidad y hacerse más vulnerable al virus
(Cohén, Tyrrell y Smith, 1991).
Se ha encontrado una relación entre las emociones negativas –la frustración o la
tensión diarias– y el riesgo de sufrir isquemia de miocardio en los pacientes coronarios,
un trastorno provocador por un inadecuado bombeo de la sangre, que puede ser el
detonante de futuros ataques cardíacos (El Mundo, 22 de mayo de 1997). El estudio, en
el que se realizó un seguimiento a cincuenta y ocho pacientes coronarios, encontró que
los episodios de isquemia fueron el doble de frecuentes durante la hora que siguió a un
momento de estrés, que cuando no se produjo ninguna alteración emocional. Se
comprobó que estados emocionales negativos intensos estaban asociados a un riesgo dos
o tres veces superior de sufrir isquemia de miocardio, en comparación con estados
emocionales negativos de baja intensidad.
Se ha dedicado mucha investigación a analizar la relación entre depresión e
inmunocompetencia, encontrándose que los índices de inmunocompetencia son más
bajos en las personas que manifiestan síntomas depresivos (Weise, 1992) y que la
depresión está asociada con importantes alteraciones en la inmunidad celular, existiendo
evidencia de que hay una relación lineal entre la intensidad de la depresión y los
indicadores de la inmunidad celular (Herbert y Cohén, 1993).
En las enfermedades autoinmunes (artritis reumatoide, diabetes insulinodependiente,
lupus, enfermedad de Graves y esclerosis múltiple, entre otras), el organismo ataca a sus

137
propias células y órganos. El sistema inmune produce anticuerpos que atacan a sus
propios tejidos (autoanticuerpos) y los linfocitos T fallan al discriminar lo que es propio
de lo que es extraño y atacan al tejido corporal normal. La investigación sobre
enfermedades autoinmunes (al menos sobre la artritis reumatoide) sugiere la potencial
función de los factores psicológicos, aunque la investigación se encuentra en una etapa
temprana de su desarrollo.
La evidencia del efecto de factores psicológicos en el cáncer es menos consistente y
concluyente. Esto puede deberse a las limitaciones metodológicas inherentes al estudio de
enfermedades complejas o al hecho de que las influencias psicológicas sobre la
inmunidad no son de la magnitud o del tipo necesario para alterar el funcionamiento
corporal.

6.3.4. Estrés y cáncer

Los treinta billones de células que forman un cuerpo normal y sano viven en un
proceso complejo e interdependiente, en el que unas regulan la proliferación de otras. Las
células normales sólo se reproducen cuando reciben las instrucciones adecuadas que les
envían otras células vecinas. Tal colaboración permanente asegura que cada tejido
mantenga el tamaño y la arquitectura adecuada a las necesidades del cuerpo. Las células
cancerosas vulneran ese esquema, ignorando los controles normales de proliferación y
siguiendo sus propias instrucciones internas de reproducción. Gozan de una propiedad
incluso más perniciosa, siendo capaces de emigrar del sitio donde se producen, invadir
otros tejidos y formar masas en lugares distantes del cuerpo (metástasis). Con el tiempo,
los tumores formados por esas células malignas se vuelven cada vez más agresivos y se
tornan letales, destrozando tejidos y órganos vitales (Weinberg, 1996).
El término cáncer se refiere a un amplio y heterogéneo grupo de enfermedades (más
de cien formas de enfermedad) caracterizadas por un crecimiento desordenado e
incontrolable de las células del organismo, dividiéndose y creciendo de forma espontánea
e incontrolada debido a la existencia de una alteración en el mecanismo que inhibe la
reproducción celular. Por otra parte, las células tumorales son incapaces de organizarse y
autorregularse adecuadamente por sí mismas. Los tumores benignos tienden a comprimir
a los tejidos normales que los rodean, pero no crecen penetrando en su interior. Las
células de un tumor maligno penetran y se extienden en el interior de los tejidos normales
del organismo, pasando posteriormente a través de la corriente sanguínea o de los canales
linfáticos a otras áreas del cuerpo, estableciendo nuevos tumores.
Los tumores malignos se clasifican en diversas categorías, de acuerdo con el tipo de
células de las cuales se originaron en un principio (Weinberg, 1996):

a) Carcinomas. Los tumores se forman a partir de células epiteliales que recubren las
superficies interiores y exteriores del organismo (piel, intestino, membrana del
tracto respiratorio, del urinario o del gastrointestinal). Constituyen la forma de

138
cáncer más frecuente.
b) Sarcomas. Los tumores se originan en células del tejido conectivo, células de
estructuras más profundas, como el cartílago, los huesos -osteosarcomas- o los
músculos.
c) Linfomas. Los tumores se originan en el tejido linfático (cuello, ingle y axila).
d) Leucemia. Cáncer generado en el sistema sanguíneo.
e) Gliomas. Los tumores se producen en células no neuronales del cerebro.

Puesto que se piensa que el sistema inmune desarrolla importantes funciones en el


control del tumor, en la prevención de la progresión y en la expansión metastática de los
tumores, se considera que los factores psicológicos asociados con la inmunidad son
potenciales contribuidores a la aparición del cáncer y su progresión.
La función inmune destacada como el punto de contacto entre los factores
psicológicos y el cáncer es la actividad de las células NK (asesinas naturales), que son
linfocitos granulares grandes que atacan inespecíficamente y destruyen ciertas células
infectadas por virus y tumores celulares y pueden estar implicadas en la prevención de la
metástasis de tumores. Se ha comprobado que la actividad de las células NK está
notablemente reducida por el efecto de diversos tipos de estresores (por ejemplo, baño
en agua muy fría, situación de inanición). Asimismo, la actividad de las células NK está
relacionada con la motivación. La motivación de poder, que configura un síndrome
estresante que lleva a los sujetos con elevada necesidad de poder a ser asertivos y
competitivos, está asociada con una relativamente baja actividad de las células NK,
mientras que la motivación de afiliación, que configura un síndrome no estresante, que
lleva a los sujetos a colaborar con otras personas y hacer amigos, está asociada con una
elevada actividad de las células NK (Jemmott y otros, 1990). En consonancia con ello, el
síndrome de la estresante motivación de poder ha sido asociado con elevada
susceptibilidad a la enfermedad, mientras que el síndrome de la no estresante motivación
de afiliación ha sido asociado con una reducida susceptibilidad a la enfermedad
(Jemmott, 1987).
Los distintos tipos de cáncer son enfermedades muy diferentes, pudiendo los
factores inmunes y los psicológicos desempeñar una función en unos tipos de cáncer,
pero no en otros. Por otra parte, los procesos psicológicos y los inmunitarios pueden
variar en las diferentes fases del desarrollo del tumor –inducción, crecimiento y
metástasis–. El incremento del desarrollo del cáncer después de un estado de estrés
crónico puede producirse debido a un fracaso de los sistemas adaptativos
compensatorios. Cuando el sujeto se encuentra por debajo de las condiciones ideales
debido a los fracasos en afrontar el estrés agudo, las defensas pueden ser inadecuadas
para prevenir la proliferación celular y, en consecuencia, el progreso del tumor. En
humanos existe la posibilidad de que un estado de estrés crónico pueda tener efectos
variables en el desarrollo del cáncer, dependiendo de la eficacia de los sistemas
adaptativos. La eficacia relativa de estos sistemas puede dar cuenta de los efectos
variables en el desarrollo del cáncer observados entre sujetos expuestos a cantidades

139
comparables de un carcinógeno.
Sklar y Anisman (1981) concluyen “Nuestra argumentación no es que el estrés
causa cáncer, sino que el estrés, como un evento ambiental con profundos efectos en el
funcionamiento fisiológico, puede influir el curso de la enfermedad neoplásica. En efecto,
el estrés produce cambios biológicos compensatorios para hacer frente a las demandas
del organismo. Dada la relación entre los sistemas neuroquímico, hormonal e inmune,
una alteración en cualquiera de estos procesos puede incrementar la probabilidad de la
proliferación de células cancerígenas” (pp. 396-397).
Se ha dedicado mucha investigación a analizar la incidencia de la depresión en el
cáncer y, aunque tanto el estado de ánimo depresivo como la depresión clínica han sido
asociados con cambios en la función inmune (incluyendo una baja actividad de las células
NK), los resultados no son totalmente consistentes. Las investigaciones incluyen estudios
epidemiológicos prospectivos, realizados en personas inicialmente sanas, que predicen la
subsiguiente incidencia de cáncer y mortalidad, y estudios que predicen la supervivencia
entre pacientes diagnosticados de cáncer. En un seguimiento de 20 años realizado a 2.020
varones, aquellos con las más elevadas puntuaciones en depresión (evaluada a través del
Minnesota Multiphasic Personality Inventory –MMPI–) presentaron doble riesgo que sus
compañeros menos deprimidos de morir de cáncer 17 años después (Shekelle y otros,
1981) y 20 años después (Persky y otros, 1987). Personas con indefensión duradera y
con depresión tenían más probabilidades de desarrollar cáncer después de 10 años de
seguimiento que los sujetos no indefensos ni deprimidos (Grossarth-Maticek y otros,
1985).
Diferentes estudios prospectivos a 10 y 20 años (Kaplan y Reynolds, 1988;
Zonderman y otros, 1989) han encontrado que la depresión clínica, evaluada por escalas
de autoinforme, no supone un riesgo de incidencia de cáncer o de mortalidad por cáncer.
Por contra, en otras investigaciones se ha puesto de manifiesto que la depresión ha sido
asociada con marcadores del avance de la enfermedad y con una menor supervivencia
entre los pacientes diagnosticados con cáncer (Derogatis y otros, 1979).
A pesar de los problemas relacionados con la investigación en humanos, parece que
ciertas variables psicológicas, entre las que se encuentra la inhabilidad para afrontar el
estrés, están asociadas con una mayor incidencia de cáncer (Sklar y Anisman, 1981).
Pero no es posible inferir un efecto causal de los procesos psicológicos sobre el inicio del
cáncer o sobre la modificación de su desarrollo, al haberse empleado una metodología
correlacional. Aunque los resultados de la investigación correlacional presentan una gran
consistencia, se han de tener en cuenta diversos aspectos:

a) Las correlaciones pueden ser espurias, derivadas de otras variables que pueden
influir el desarrollo del cáncer y los procesos psicológicos. Entre estas variables
se encuentran estímulos físicos y químicos, virus, infecciones crónicas,
predisposición genética, estimulación humoral y la edad.
b) Los problemas asociados con el cáncer, que hacen difícil y a veces imposible
diseñar estudios que eliminen importantes explicaciones alternativas. Entre

140
ellos, se encuentran la posible existencia de estados premórbidos no detectados,
la dificultad de cuantificar la severidad de un estado determinado, las
diferencias en los procesos biológicos de los diferentes tumores y la dificultad
en evaluar y controlar la medicación y la adherencia a los regímenes médicos.
c) Aunque las variables psicológicas pueden influir en la supervivencia, su
contribución es relativamente pequeña y está ensombrecida por factores
biológicos.

Datos más sólidos y consistentes sobre la función de los procesos psicológicos en el


desarrollo del cáncer derivan de estudios sobre intervención. Fawzy y otros (1993)
asignaron al azar a 66 pacientes diagnosticados de melanoma maligno a un grupo de
intervención o a un grupo de no tratamiento. La intervención combina educación, manejo
del estrés, estrategias de atontamiento y discusión con los pacientes, consistiendo en seis
sesiones de 90 minutos. Seis meses después de terminar la intervención, los participantes
en el grupo de intervención, al ser comparados con pacientes del grupo control,
mostraron una reducción en los desajustes psicológicos, un incremento en la función
inmune (incremento en la actividad de las células NK) y cambios en el número de células
inmunes (decremento de células T e incremento de linfocitos). La intervención,
asimismo, posibilitó una disminución de la recurrencia y un incremento en la
supervivencia al ser evaluados 6 años más tarde.
Spiegel y otros (1989) asignaron al azar a 58 pacientes con cáncer de mama
metastático a un grupo de intervención o a un grupo de control de no tratamiento. La
intervención consistía en reuniones semanales de 90 minutos durante un año. Cada
reunión, altamente estructurada, se centraba en diversos problemas asociados con la
enfermedad terminal y en las formas de incrementar las relaciones sociales. Diez años
más tarde, se encontró una ventaja de 18 meses en la supervivencia asociada a la
intervención.
Los resultados de estas dos investigaciones son importantes desde el punto de vista
conceptual (porque constituyen una demostración experimental del significado de los
factores psicológicos), así como desde el punto de vista práctico (porque sugieren que la
intervención psicológica tiene una función importante en la supervivencia de los sujetos
con cáncer).
Se requiere realizar investigaciones que pongan de manifiesto que las relaciones
entre factores psicológicos y la enfermedad son atribuibles a cambios en el sistema
inmune. Dado que muchas de estas relaciones pueden ser atribuidas a cambios en
comportamientos relacionados con la salud, inducidos psicológicamente (como el fumar,
la ingesta de alcohol o el grado de vinculación a los regímenes médicos), se requiere una
más adecuada medida y control del efecto de estas variables. Por otra parte, la inclusión
en investigaciones futuras de medidas basadas en la función del sistema inmune en la
enfermedad, sobre la que se está realizando el estudio, puede proporcionar evidencia de
una relación directa entre factores psicológicos, inmunidad y enfermedad, relación que
por el momento no ha sido demostrada.

141
En Sandín y otros (1995) se puede encontrar un análisis de la influencia de factores
psicológicos en diversos trastornos asociados al sistema inmune: cáncer, SIDA, alergia y
problemas de la piel, artritis reumatoide y enfermedades infecciosas.

142
PARTE III:
TÉCNICAS DE MEDIDA DE LA EMOCIÓN

143
7
MEDIDAS DE LA EXPERIENCIA EMOCIONAL

7.1. Contenidos mentales, introspección y técnicas de autoinforme

La psicología actual se caracteriza, respecto a su objeto de estudio, por la integración


de los contenidos mentales que posibilitan el funcionamiento del sujeto como un agente
autodeterminado que libre y responsablemente anticipa las metas a conseguir. La
experiencia interna ha sido plenamente recuperada. Asimismo, en psicología se han
producido cambios respecto al método, cambios que afectan a las técnicas metódicas,
con la integración de técnicas que, como el autoinforme, reflejan los contenidos de la
conciencia y permiten el uso científico de la experiencia interna.
La introspección fue rechazada como fuente de información de los procesos
mentales, que asimismo fueron rechazados por una psicología que, como la conductista,
pretendía hacer una ciencia psicológica siguiendo las directrices de las ciencias naturales y
fundamentalmente de la física. Pero cada vez ha ido ganando mayor terreno la
consideración de que los acontecimientos psicológicos son de un orden diferente al de los
físicos, requiriéndose, consecuentemente, un tipo de explicación distinta.
En física y en otras ciencias naturales, el sujeto (científico) puede explicar, predecir
y controlar y, por lo tanto, determinar el comportamiento y funcionamiento de una
estructura o de un proceso. En psicología y en las ciencias sociales, en general, el
científico puede ser al mismo tiempo sujeto y objeto. Puede explicar, predecir y controlar
la conducta de otros, así como la suya. Puede auto-explicar, auto-predecir y auto-
controlar su conducta y tiene la capacidad de auto-determinación.
La ciencia psicológica ha recuperado la conciencia introspectiva como información
subjetiva útil, contribuyendo a ello, entre otros aspectos, de acuerdo con Pinillos
(1978,1985), el hecho de que en la resolución del viejo problema de las relaciones
mente-cuerpo hayan perdido actualidad las posturas materialistas radicales y el creciente
empuje del emergentismo, que no considera lo físico y lo mental como dos sustancias
distintas y heterogéneas. De acuerdo con Pinillos (1978): “La mente puede considerarse
como un grado superior del gran repliegue que la materia ejecuta sobre sí misma en su
proceso de organización, y por consiguiente, esta continuidad de originación hace posible
la acción recíproca de un nivel con otro. Se trata pues de una interacción entre
momentos o niveles de una realidad emergente, pero no de una interacción entre
elementos heterogéneos y sin comunidad de origen; lo cual por descontado, no implica la

144
negación de diferencias cualitativas importantes entre los distintos niveles de realidad que
en la evolución se han producido” (pp. 18-19).
Existe una única realidad, el sujeto humano, consciente y corpóreo, en la que
interactúan lo mental y lo físico como dos tipos de propiedades o niveles. El
emergentismo supone la ruptura con el dogma positivista de la causalidad ascendente,
que sostiene que lo físico puede influir en lo mental, pero no lo mental en lo físico
(Pinillos, 1978).
La discontinuidad radical entre las ciencias sociales y las naturales deriva del carácter
intrínsecamente mental de los fenómenos sociales y psicológicos (Searle, 1984/1985).
Coincidimos con Searle (1984/1985) cuando afirma:

Me parece un error suponer que la definición de realidad deba excluir la subjetividad (…).
Si Ciencia es el nombre que se da a la colección de verdades objetivas y sistemáticas que
podemos enunciar sobre el mundo, entonces la existencia de la subjetividad es un hecho
científico objetivo igual que cualquier otro (…). Si el hecho de la subjetividad va en contra de
cierta definición de “ciencia” entonces lo que hemos de abandonar es la definición y no el hecho
(p. 30).

La psicología actual ha recuperado la observación interna, como una fuente de


datos, la introspección, como una herramienta que proporciona información sobre la
experiencia interna, y el autoinforme, como procedimiento que recoge los contenidos de
la conciencia de forma más directa.
El autoinforme es una técnica metódica plural y diversa que integra la entrevista, el
autorregistro, los cuestionarios, los inventarios, las escalas y las listas de adjetivos, entre
otros. Según el momento en que se efectúa el autoinforme, respecto al momento en que
se ha producido un evento externo, éste puede ser retrospectivo, prospectivo o
concurrente.
El autoinforme retrospectivo es la forma más frecuente y consiste en que el sujeto
informa de un evento interno después de haberse producido. La introspección es una
retrospección verbalizada. En el autoinforme concurrente, el sujeto informa de un evento
interno en el mismo momento en el que éste se produce, siendo ello posibilitado por la
técnica de “pensamiento en voz alta”. En el autoinforme prospectivo el evento interno
del que informa el sujeto se anticipa al desarrollo de la acción, como sucede en las
creencias de la persona de que la conducta producirá ciertos resultados (en el modelo de
acción razonada de Fishbein) o en la expectativa (en el modelo de expectancia-valencia).
Este tipo de autoinforme se emplea en el contexto del análisis de la anticipación de metas,
de las expectativas y de las intenciones.
La experiencia subjetiva sobre eventos que se producen en los tres sistemas de
respuesta establecidos por Lang (1968): cognitivo, fisiológico y motriz o conductual,
puede ser reflejada en los autoinformes. Las respuestas cognitivas y la experiencia
subjetiva, a diferencia de lo que ocurre con las fisiológicas y las motrices, no pueden ser
contrastadas independientemente mediante técnicas como la observación y diversos
registros fisiológicos, dado su carácter de no pública ni intersubjetiva.

145
La observación ha de reunir los requisitos de la claridad, la repetibilidad, la
publicidad y la comunicabilidad de los datos en condiciones tales que puedan ser
utilizados por la ciencia. Parecería, entonces, que quedan fuera de la consideración
científica los datos obtenidos de la observación interna, a través de la introspección,
sobre acontecimientos privados, individuales e irrepetibles. Pero necesariamente no tiene
por qué ser así, pudiendo ser integrados los datos de la experiencia interna en la
psicología científica (Pinillos, 1978,1983,1985).
Para que el informe introspectivo sea válido, para que la experiencia privada se haga
pública, ha de tener lo que Pinillos (1983) denomina “validez comunicativa”, viniendo
ésta facultada por dos supuestos. El primero es que las mismas palabras signifiquen lo
mismo para quienes las dicen y para quienes las escuchan o leen. El segundo consiste en
que el sujeto acierte a expresar lo que siente y sea sincero. El autoinforme está sujeto a
dos mediaciones subjetivas, la memoria y el lenguaje.
El valor psicológico de los autoinformes viene determinado por su originalidad y
verificabilidad (Pinillos, 1983). La originalidad se refiere a que los autoinformes nos
proporcionan hipótesis psicológicas que de otra manera permanecerían ignoradas o en
todo caso resultarían sumamente difíciles de generar. La información de origen subjetivo
es susceptible de tratamiento científico en tanto se maneje como una hipótesis que genere
predicciones conductuales verificables por la vía ordinaria de la observación pública. En
la medida en que el informe subjetivo enriquezca la teoría psicológica con hipótesis de las
que se deduzcan hechos nuevos, susceptibles de ser comprobados por observación, su
estatuto epistemológico está asegurado. Las hipótesis procedentes de la experiencia
interna pueden ser empleadas en la ciencia psicológica como variables intermedias con
carga mental.
Para que el autoinforme sea un adecuado procedimiento que refleje los contenidos
mentales, se han de tomar diversas precauciones respecto al sujeto que emite el
autoinforme y al evaluador que los interpreta, por una parte, y respecto a la contestación
del autoinforme, por otra.
El evaluador externo puede facilitar de diversas maneras que el sujeto emita
autoinformes óptimos, procurando que éstos sean inmediatos, simples y que el sujeto
esté motivado para proporcionar un autoinforme exacto. La exactitud del informe es
mayor cuando el sujeto informa de eventos internos en el mismo momento de producirse
(autoinforme concurrente). Cuando se informa sobre eventos internos ocurridos en el
pasado pueden existir más fenómenos de interferencia.
El autoinforme es más directo y más exacto cuanto menos exigencia de
transformación requiere. Se ha de adiestrar al sujeto para que describa sus contenidos
mentales y no los interprete. Las experiencias complejas se han de integrar en cuestiones
elementales.
La motivación para presentarse uno a sí mismo de una forma favorable puede
invalidar las autoevaluaciones que se presentan en el autoinforme, si esta motivación es
más fuerte que el deseo de ser preciso. El sesgo que puede introducir la tendencia a
preservar la propia imagen puede ser eliminado o reducido si el sujeto percibe que la

146
información que se le solicita es relevante y significativa para su bienestar físico y/o
psicológico. La tendencia al engaño puede ser minimizada cuando el autoinforme
presentado beneficia al que lo emite como suele ocurrir en los ámbitos aplicados.
La forma más importante de contrastación de la información recogida en el
autoinforme es la manipulación experimental de las variables cognitivas. Esta información
se ha de utilizar para formular hipótesis cuya verificación conductual sea posible. Se
pueden emplear diferentes estrategias experimentales que permiten una contrastación
indirecta de los autoinformes. El autoinforme es contrastable parcialmente en distintos
momentos, para distintas tareas y mediante diferentes tipos de autoinforme, pudiéndose
llegar a una validación intrasubjetiva. De esta forma, aunque no se produzca una
contrastación independiente, tiene lugar una semivalidación de constructo o teórica de ese
concreto autoinforme, en ese sujeto concreto y para la gama de situaciones estudiadas.
Otra estrategia es comprobar si se dan los correlatos fisiológicos y motores o los
productos de la conducta, esperados teóricamente. La existencia de un paralelismo entre
distintos autoinformes evaluadores de un mismo contenido cognitivo, así como la
existencia de posibles correlatos entre las respuestas cognitivas y las respuestas
fisiológicas y motrices, permitirá la utilización del autoinforme con elevadas garantías de
rigor.
La exactitud y precisión dependen del sujeto y del evaluador. Los autoinformes
serán más exactos y precisos en la medida en que los sujetos estén suficientemente
motivados a dar informaciones veraces, en la medida en que los eventos sobre los que
informan sean más actuales, en la medida en que tengan más experiencia sobre la
situación y sobre la conducta de la que informan, en la medida en que tengan que realizar
menos inferencias y en la medida en que los evaluadores realicen menos inferencias
sobre los datos del autoinforme y planteen preguntas más específicas y menos ambiguas.
La aportación por Lang (1971) del triple sistema de respuesta, presentada
anteriormente, pone de manifiesto que la emoción es una acción que se puede producir a
tres niveles: a nivel cognitivo, a nivel biológico y a nivel motor. A nivel cognitivo, tiene
lugar una experiencia emocional, un sentimiento. A nivel biológico, se producen cambios
neurofisiológicos y bioquímicos. A nivel motor, la emoción desempeña relevantes
funciones a través de cambios neuromusculares-expresivos, que subyacen a un
comportamiento social específico. Este hecho está vinculado con la diferenciación de los
tres componentes que integran la emoción: el cognitivo, el fisiológico y el motriz.
En consonancia con los componentes de la emoción, existen diversos parámetros de
medida, unos tendentes a evaluar los concomitantes fisiológicos, otros que posibilitan la
observación conductual de la expresión facial o postural de la emoción y otros que
facilitan la evaluación introspectiva (autoinforme verbal o escrito) de la experiencia
emocional. A través de diversos índices fisiológicos se pueden objetivar los cambios
orgánicos que se producen en el estado emocional. A través de la observación de la
expresión facial y esquelético-motora, el estado emocional del sujeto se hace accesible a
un observador, que interpreta la reacción observada como una forma de emoción. El
sujeto vivencia la emoción y la puede reflejar a través del autoinforme que es la única vía

147
para hacer accesible a otros el contenido de su experiencia emocional.
Es conveniente realizar el autoinforme de la experiencia emocional cuando se
produce la inducción de una emoción por el investigador, cuando se produce una
emoción en el medio natural y cuando se reproduce la emoción recordando incidentes
emocionales pasados.
LaFrance y Banají (1992) proponen un esquema de cuatro dimensiones para
analizar los autoinformes de la emocionalidad, siendo éstas las dimensiones “directo-
Indirecto”, “publicidad-privocidad”, “contexto interpersonal-impersonal” y
“especificidad-globalidad”.
En relación con la dimensión directo-indirecto, las medidas directas se refieren al
grado en que los datos proporcionados por el sujeto se emplean sin transformación por el
investigador. Las medidas indirectas de autoinforme también requieren que el sujeto
genere un autoinforme verbal, pero la puntuación final de la emoción es derivada o
extraída de las respuestas del sujeto (como el número de palabras emocionales
producidas).
De acuerdo con la dimensión publicidad-privacidad, las medidas de autoinforme
difieren en el grado en que éste se refiere a un estado subjetivo privado o a una
manifestación pública. Por otra parte, las medidas de autoinforme varían en términos de
si se incluye el contexto que rodea el evento emocional (se pregunta que recuerden si
otros han evocado un estado emocional interpersonal) o si la emoción surge de eventos
que no implican necesariamente a otros (impersonal).
De acuerdo con la dimensión especificidad-globalidad, una medida global de la
emoción implica un autoinforme sobre la emocionalidad en general o la suma de
autoinformes de diversas emociones. La medida de emociones específicas requiere el
autoinforme de tipos concretos de emociones (cólera, alegría, tristeza, entre otros).

7.2. Autoinforme de la experiencia emocional

Como se ha puesto de manifiesto anteriormente, el autoinforme es la única forma


que existe de evaluar la experiencia subjetiva y la impresión subjetiva de las reacciones
expresiva y fisiológica. De las diversas técnicas de autoinforme (entrevista, autorregistro,
cuestionarios, inventarios, escalas, listas de adjetivos), en la evaluación del estado
emocional experimentado por sujetos adultos normales (se excluye a los sujetos con
retardo mental, a los esquizofrénicos y a los bebés), se han empleado fundamentalmente
listas de adjetivos y escalas tipo cuestionario.
La entrevista en profundidad, en la que el entrevistador puede explorar los detalles
del estado emocional recordado, se considera no conveniente (Wallbott y Scherer, 1989)
debido a los factores de riesgo que implica su utilización.
Entre ellos se encuentran:

— Que es un método costoso, que ocupa mucho tiempo, puesto que los sujetos han
de ser estudiados individualmente.

148
— Que al no garantizar el anonimato, puede llevar a que los sujetos estén menos
dispuestos a informar de forma veraz acerca de diversas experiencias
emocionales.
— Que lleva a que los sujetos tiendan a no relatar experiencias relacionadas con
emociones negativas.
— Que la situación de indagación en sí misma, en interacción con el material que ha
de ser recordado, puede producir un estado emocional.
— Que quizá el propio entrevistador produzca un estado emocional que puede
afectar a la experiencia emocional que ha de ser recordada.

Estos potenciales factores de riesgo pueden evitarse empleando listas de adjetivos y


escalas tipo cuestionario, que requieren del sujeto una información por escrito, de
forma anónima.
Las listas de adjetivos para la comprobación del estado emocional (adjetive
checklists) consisten en series de adjetivos que el sujeto identifica como reflejo de sus
sentimientos (cuadro 7.1). Se han difundido ampliamente en la actualidad dado las
ventajas que tienen, entre las que se encuentran que son breves, que tienen validez
aparente y que pueden auto-administrarse fácilmente.
Las listas de adjetivos se pueden utilizar para medir estados emocionales transitorios
(estados), así como disposiciones emocionales a largo plazo (rasgos), con un simple
cambio de las instrucciones. Si se solicita a los sujetos que describan cómo se sienten
actualmente o cómo se han sentido en los últimos días, se está buscando información
sobre estados emocionales transitorios o estados de ánimo. Si se solicita que describan
cómo se encuentran generalmente, se está buscando información sobre rasgos a largo
plazo.

CUADRO 7.1. Lista de adjetivos de comprobación de Múltiples Estados Afectivos –


MAACL–
(a partir de Zuckerman y Lubin, 1965).

149
Las listas de adjetivos difieren en diversos aspectos. Varían en extensión, estando
formadas por un número de adjetivos muy diverso (cuadro 7.2). Varían, asimismo, en el
formato de respuesta. Hay listas que requieren una respuesta simple SÍ/NO (cuadro 7.3)
y otras un juicio de intensidad gradual (cuadro 7.4).
Actualmente, en la evaluación de la experiencia emocional se emplea un elevado
número de escalas tipo cuestionario de autoinforme (self-report questionnaire-type
scales), solicitando al sujeto que responda a cuestiones del siguiente tipo:

— ¿Tiene miedo de las serpientes?


— ¿Le falta autoconfianza?
— ¿Se siente solo?

150
CUADRO 7.2. Rango de emociones medidas por las diversas listas de adjetivos (a partir de
Plutchik, 1989).

Autor proponente de la lista de Número de adjetivos


adjetivos
Plutchik (1966) 8: Feliz, agradable, miedoso, enfadado, interesado,
disgustado, triste, sorprendido.
Izard (1972) 30: Interés, sorpresa, aflicción, disgusto, enfado,
vergüenza, miedo, contención, culpa (entre
otros).
Howard (1977) 60: Concentración, ansiedad, cólera, depresión,
sueño, optimismo, control, cooperación,
escepticismo (entre otros).
Curran y Cattell (1975) 96: Ansiedad, estrés, depresión, regresión, fatiga,
culpa, extraversión, activación (entre otros).
Clyde (1963) 132: Amigable, agresivo, infeliz, somnoliento, aturdido
(entre otros).

CUADRO 7.3. Escala de afectividad positiva y negativa o de bienestar/malestar subjetivo


de Bradburn, revisada por Warr y otros (1983).

151
CUADRO 7.4. Escala de evaluación de estados emocionales (a partir de Plutchik, 1980).

152
Las respuestas reflejan presumiblemente estados emocionales del sujeto (si las
preguntas se refieren al momento presente o a un pasado reciente) o rasgos emocionales
(si las preguntas se refieren a sentimientos a largo plazo).
Un aspecto importante en relación con las escalas de evaluación es cuál es el número
óptimo de categorías de respuesta. Empleando como índices la fiabilidad, la validez, el
poder discriminante y las preferencias de los sujetos que complementan las escalas,
Preston y Colman (2000) encuentran que la fiabilidad es significativamente mayor en las
escalas que tienen entre 7 y 10 categorías de respuesta. La validez y el poder
discriminante son significativamente más elevados para las escalas con 6 o más
categorías de respuesta. Las preferencias de los sujetos se dirigen, sobre todo, a las
escalas de 10 categorías, seguidas por las de 7 y 9 categorías.

• Limitaciones de las listas de adjetivos y de las escalas tipo cuestionario en la


evaluación de la experiencia emocional

Las técnicas de autoinforme están sujetas a diversas fuentes de distorsión (Aebischer


y Wallbott, 1986). Una de ellas es los sesgos que se pueden producir en el recuerdo del
estado emocional. ¿Aunque el sujeto desee contestar lo más fiablemente posible, es
realmente capaz de recordar la información requerida? En la medida en que sea mayor el
tiempo transcurrido entre el evento y su autoinforme, más probable es que el resultado

153
sea una racionalización y una interpretación: el evento ha sido integrado en la realidad
social del sujeto, por lo que es probable que describa aquellos aspectos del evento que
sean más compatibles con su propio marco de referencia.
Otra importante fuente de distorsión es la descripción verbal del evento. Una
situación emocional se caracteriza por componentes subjetivos, cognitivos y,
eventualmente, por componentes no verbales y fisiológicos. La transformación de esas
experiencias en palabras puede cambiar la relevancia de algunos aspectos, lo que puede
ocurrir en aquellos casos en que no se tiene a mano rótulos verbales adecuados para
describir los componentes de la experiencia. Con una técnica de autoinforme se recogen
las representaciones cognitivas de las experiencias emocionales, mediadas por el proceso
de verbalización, no una representación objetiva de las situaciones emocionales.
Por otra parte, hemos de preguntarnos si desean los sujetos informar de todos los
aspectos del evento o tienen razones para engañar o mentir o dar una información sin
sentido, dada la tendencia del sujeto a la defensa de su yo y a presentarse de una forma
socialmente deseable. Aunque los sujetos sean capaces y deseen responder a las
preguntas lo más fiablemente posible, su autoinforme raramente es un reflejo objetivo de
su comportamiento real.
En síntesis, entre los artefactos o las fuentes de distorsión que pueden afectar a las
técnicas de autoinforme, se encuentran: los sesgos de la memoria, las respuestas
estereotipadas, los sesgos en la presentación de la información, la tendencia a la defensa
del yo y la deseabilidad social.
Existen diversas formas de evitar o de minimizar los efectos de las diversas fuentes
de información. La salvaguarda del anonimato y el hecho de que la técnica de
autoinforme se administre en grupo, tiende a reducir la probabilidad de estrategias de
defensa consciente del ego y de la deseabilidad social.
El empleo de formatos estandarizados de respuestas alternativas y la evitación de los
formatos cerrados puede reducir los patrones de respuesta estereotipados.
Los problemas de memoria se pueden disminuir, reduciendo el período de recuerdo.
Por otra parte, se ha de tener en cuenta que el recuerdo subjetivo de una situación
productora de emoción no sólo ha de contener aquellos aspectos de la situación que han
tenido un efecto en el curso del proceso emocional, sino también reflejar el peso, la
importancia relativa de los diferentes aspectos. De esta forma, al solicitar al sujeto que
recuerde y describa una situación o evento que ha producido una emoción específica, se
ha de obtener una indicación no sólo de lo que la situación o evento sea, sino también del
proceso, en términos de la evaluación subjetiva. Para obtener este tipo de información
parece indicado el empleo de un formato de cuestionario de preguntas abiertas (cuadro
7.5).

CUADRO 7.5. Versión final del cuestionario de preguntas abiertas (a partir de Wallbott y
Scherer, 1989).

154
Piense en una situación en la que haya experimentado…
(miedo, o tristeza, o alegría, o colera)

Descripción de la situación
• ¿Dónde ocurrió la situación?
• ¿Cuánto duró?
• ¿Quién estaba implicado?
• ¿Qué sucedió exactamente?
• ¿Cuánto duró el sentimiento de…?, ¿minutos, horas, días?
• ¿Cómo terminó la situación?

Descripción de su reacción emocional


• ¿En su opinión, qué palabras describirían mejor su estado emocional?
• ¿En qué medida experimentó esa emoción? (rodee con un círculo el número
apropiado).

En ninguna medida 0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Muy intensamente

• ¿Qué dijo?
• ¿Cuáles fueron sus reacciones corporales (por ejemplo: temblor, agitación del
estómago) y sus reacciones no verbales (por ejemplo: expresiones faciales
específicas, cualidad de la voz o gestos)?

Control de la emoción
• ¿En qué medida trató de controlar lo que dijo?

En ninguna medida 0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Muy intensamente

• ¿Qué hizo?
• ¿En qué medida trató de controlar sus reacciones no verbales?

En ninguna medida 0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Muy intensamente

• ¿Cómo lo hizo?
• ¿Qué otra cosa diferente haría si volviera a encontrarse en tal situación?

155
8
TÉCNICAS DE MEDIDA DEL COMPONENTE NEUROFISIOLÓGICO DE LA
EMOCIÓN

8.1. Repercusiones de las emociones sobre el organismo

La respuesta vegetativa habitual en un estado emocional intenso es una descarga


simpática, una reacción global en la que el sistema simpático responde como un todo
cada vez que el organismo se encuentra en una situación crítica y deben movilizarse
todos sus recursos para prepararse para la acción (Martínez Selva, 1995).
Sobre el corazón, la descarga simpática provoca un incremento en el gasto cardíaco
que se manifiesta a través del aumento en la frecuencia de los latidos. En los vasos
sanguíneos, la noradrenalina actúa sobre los receptores alfa-adrenérgicos provocando la
respuesta vasopresora, aumentando consiguientemente la resistencia total periférica de
los vasos al paso de la sangre y elevando la presión arterial. La vasoconstricción en los
vasos cutáneos produce palidez y descenso de la temperatura periférica. En los vasos que
riegan los músculos esqueléticos provoca dilatación. Afecta al hígado, estimulando
directa o indirectamente, a través de la secreción de adrenalina, la glucogenolisis con la
consiguiente liberación de glucosa. Actúa sobre la médula suprarrenal^ que aumenta la
secreción de adrenalina y noradrenalina, hormonas de fuerte acción simpático-mimética,
que refuerzan la descarga simpática. En los pulmones causa dilatación pulmonar al
inervar las fibras musculares de los bronquios. Por otra parte, se produce dilatación en
la pupila, sudor y piloerección.
La acción parasimpática es de carácter local, puesto que dada la configuración de la
división parasimpática en ganglios cercanos a la pared visceral, ésta carece de efectos
generales comparables a los de la descarga simpática.
En el mantenimiento del medio interno, la división parasimpática ejerce una
influencia local sobre muchos órganos. En los estados emocionales intensos se produce
una inhibición vagal cuyos efectos se unen a la descarga simpática y se manifiestan en
una detención del peristaltismo gastrointestinal, secreciones gástricas, aceleración del
ritmo cardíaco (tasa cardíaca) e inhibición de la salivación.
Los estados emocionales (la agitación emocional) se caracterizan por una mayor
actividad simpática. Las más importantes medidas de la actividad simpática son:

— Actividad electrodérmica, que se concreta en las respuestas de conductancia

156
cutánea, tanto específicas como no específicas. La descarga simpática eleva los
niveles de conductancia e incrementa la frecuencia de respuestas no específicas.
— Ritmo cardíaco, que muestra una aceleración inicial que se debe a una inhibición
vagal más que a una activación simpática, que aparece más tarde.
— Volumen de pulso periférico. Se produce un descenso provocado por la acción
vasoconstrictora de la noradrenalina sobre los vasos cutáneos.
— Presión arterial Se produce un aumento de la presión arterial sistólica y de la
diastólica, siendo más sensible a variables emocionales la sistólica debido al
aumento del gasto cardíaco.
— Temperatura de la piel, que muestra un descenso concomitante con los cambios
vasoconstrictores.
— Respiración, que se vuelve menos profunda, aumentando su frecuencia.
— Otros índices, entre los que se encuentran parpadeo espontáneo y temblor, que
aumentan en los estados de emoción intensa.

Las medidas de la actividad simpática ponen de manifiesto tanto el grado de


movilización energética del organismo como la magnitud del estado emocional y
proporcionan un índice general e inespecífico del grado de activación. Existen muchos
datos en contra de un nivel general de activación único para todas las emociones.
Pero hay que tener en cuenta que el estudio en el laboratorio de la especificidad de
los cambios en el sistema nervioso autónomo implicados en la emoción se enfrenta a
diversos problemas (Levenson, 1994). Las dificultades comienzan cuando se intenta
producir la emoción, puesto que las consideraciones éticas establecen los límites sobre el
tipo de elicitadores que pueden ser utilizados, lo que hace que la mayor parte de los
estímulos emocionales empleados en el laboratorio no produzcan emociones muy
intensas. Por otra parte, muchos estímulos empleados en el laboratorio causan múltiples
emociones, lo que complica notablemente la tarea de estudiar la fisiología de un tipo de
emoción. Otros problemas derivan de la propia naturaleza de la emoción y del sistema
nervioso autónomo. La mayor parte de las emociones tienen una duración muy breve. La
retrospección tiene poca validez en el ámbito de la fisiología. Si la actividad del sistema
nervioso autónomo asociada a un breve episodio emocional no es recordada cuando se
produce, se perderá para siempre.
El emparejamiento temporal entre emoción y actividad del sistema nervioso
autónomo es crucial, puesto que además de responder ante las situaciones emocionales,
el sistema nervioso autónomo está constantemente respondiendo a demandas
metabólicas, a necesidades homeostáticas y a procesos cognitivos y perceptivos. Por otra
parte, dentro del sistema nervioso autónomo, diferentes funciones (por ejemplo,
constricción vascular y actividad de las glándulas salivales) tienen diferentes latencias de
aparición, diferente duración y diferentes cursos de desaparición, lo que complica el
emparejamiento temporal con la emoción. Además, los sujetos pueden llegar al
laboratorio con diferentes actitudes y estados de ánimo. El escepticismo y la irritación de
un sujeto por tener que intervenir en un experimento pueden ejercer una gran influencia

157
en sus respuestas autónomas a un estímulo experimental designado para producir un
estado emocional positivo.
Algunos autores suponen que existe cierta especificidad de las respuestas viscerales
en las distintas emociones. Ekman y colaboradores (1983) han encontrado que la tasa
cardíaca aumenta más en la ira y en el miedo que en la sorpresa, en el rechazo y en la
alegría. La temperatura de los dedos aumenta más en la ira, que en la alegría. En la
tristeza se produce una mayor actividad electrodérmica que en el miedo, en la ira y en el
rechazo. El miedo y la ira muestran incrementos semejantes en la tasa cardíaca, pero
difieren en la reacción vascular periférica: los dedos están más fríos en el miedo que en la
ira. Miedo e ira difieren en la actividad vascular periférica, presentando el miedo una
vasoconstricción periférica (“estar pálido de miedo”) y la ira una vasodilatación (“estar
rojo de ira”).
Levenson (1994) ha estudiado cuatro emociones negativas (ira, rechazo, miedo y
tristeza), así como la emoción positiva de alegría y la emoción de sorpresa, encontrando
diferencias de activación autonómica entre las emociones negativas. Ira, miedo y tristeza
producen un incremento mayor en la tasa cardíaca que rechazo. Ira da lugar a un
incremento mayor en la temperatura de los dedos que miedo. Otra posible diferencia es
que tristeza provoca una mayor dilatación vascular periférica y una mayor salida de
sangre a la periferia que otras emociones negativas. Estas diferencias muestran
consistencia a lo largo de poblaciones de sujetos de distinto género, edad, cultura y
profesión. Asimismo, se han encontrado diferencias entre emociones positivas y
negativas, poniendo de manifiesto que ira y miedo producen mayores aceleraciones del
ritmo cardíaco que felicidad. Miedo y rechazo causan incrementos mayores en la
conductancia de la piel que felicidad.
Pero se ha de tener muy en cuenta, de acuerdo con Lang y colaboradores (1993),
que los cambios vegetativos están más vinculados a la dimensión intensiva de la emoción
que al tipo de emoción, no existiendo características fisiológicas fiables de especificidad
emocional (como se pone de manifiesto, detenidamente, en el capítulo 11).

8.2. Técnicas de medida

El contexto psicológico del registro es el que confiere a la variable fisiológica


registrada y analizada el valor de índice psicofisiológico, es decir, la capacidad de
convertirse en indicador de procesos psicológicos o conductuales. El contexto del registro
incluye tres aspectos importantes a considerar: el laboratorio, el sujeto experimental y las
tareas experimentales (Vila, 1996).
Prácticamente todas las señales psicofisiológicas producen cambios eléctricos que
pueden captarse desde la superficie de la piel. Las técnicas clásicas en psicofisiología (la
electroencefalografía –EEG–, la electrocardiografía –ECG– y la electromiografía –
EMG–, entre otras) permiten captar cambios de naturaleza eléctrica. Algunas señales
psicofisiológicas se manifiestan mediante cambios biofísicos no eléctricos (de presión y
de temperatura, entre otros), siendo transducidas (convertidas) a electricidad para ser

158
tratadas por la misma metodología que las señales que producen cambios eléctricos
(Carretié e Iglesias, 1995).
De acuerdo con Carretié e Iglesias, es conveniente tener ciertos conocimientos
básicos de electricidad para comprender las metodologías de registro, así como las
características de las señales estudiadas. El lector interesado puede encontrar una
información muy breve y clara al respecto en Carretié e Iglesias (1995). Una información
detallada puede encontrarse en Angulo (1991).
El registro de las respuestas fisiológicas sigue diversas fases (detección o captación,
transformación o transducción, amplificación, registro y conversión). Su presentación
excede al alcance y a los objetivos de este capítulo, por lo que puede completarse en
Fernández Ballesteros y Carrobles (1981), en Carretié e Iglesias (1995) y en Vila (1996).
Las respuestas o señales psicofisiológicas pueden clasificarse, en función de la parte
del sistema nervioso que interviene de forma directa en su producción, en señales
directamente originadas en el SNC, señales en las que interviene el SN sensoriomotor y
señales en las que interviene el SN autónomo. El cuadro 8.1 presenta las diferentes
señales psicofisiológicas, de acuerdo con esta clasificación.
Puesto que las repercusiones de los estados emocionales se producen
fundamentalmente sobre el sistema nervioso periférico (como se ha analizado en el
apartado 8.1), se presentarán con cierto detenimiento algunas de las señales
psicofisiológicas en las que interviene el SN sensoriomotor y algunas en las que interviene
el SN autónomo. Abundante información sobre las señales directamente originadas en el
SNC puede encontrarse, entre otros, en Martin y Brust (1985), Carretié e Iglesias
(1995), Vila (1996) y Cárter (1998).

8.2.1. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso


sensoriomotor

De las diversas señales presentadas en el cuadro 8.1, se exponen la actividad


electromiográfica y la actividad respiratoria, siguiendo a Carretié e Iglesias (1995) y a Vila
(1996).

A) Actividad electromiográfica

La base biológica de la actividad electromiográfica es la actividad eléctrica de las


llamadas unidades motoras, constituidas por una neurona motora. En Carretié e Iglesias
(1995) y en Vila (1996) se presenta detenidamente dicha base biológica.

CUADRO 8.1. Señales psicofisiológicas clasificadas de acuerdo con la parte del sistema
nervioso que interviene en su producción.

159
Señales originadas en el SNC

• Actividad electroencefalográfica
• Potenciales evocados
• Cartografía de la actividad eléctrica cerebral (BEAM)
• Tomografía por emisión de positrones (PET)
• Resonancia magnética funcional (fMRI)

Señales en las que interviene el SN sensoriomotor

• Actividad electromiográfica
• Actividad respiratoria
• Actividad laríngea
• Movimientos oculares

Señales en las que interviene el SN autónomo

• Actividad cardiovascular
• Actividad electrodérmica
• Actividad pupilar
• Actividad salival
• Actividad gastrointestinal
• Actividad sexual

La actividad muscular esquelético-motora se registra directamente a través de la


electromiografía, la principal medida psicofisiológica del sistema nervioso sensorio-motor,
que constituye la medida directa de la actividad eléctrica de los músculos
esqueléticomotores cuando se contraen y se relajan (Vila, 1996).
La electromiografía es el registro de la actividad eléctrica que precede a la
contracción de las fibras musculares. El registro se realiza a través de electrodos de
superficie y la señal registrada (electromiograma –EMG–) refleja el conjunto de
potenciales de acción presentes en la zona muscular donde se han colocado los
electrodos. Los electrodos más utilizados son los de tipo copa, no polarizables. Para que
sean más manejables y evitar que unos electrodos contacten con otros en registros sobre
músculos pequeños, donde deben colocarse muy próximos, suelen contar con una
especie de cápsula de plástico. Aunque los electrodos se fijan normalmente a la piel con
esparadrapo, en los electrodos con cápsula de plástico pueden también emplearse anillos
adhesivos.
La señal electromiográfica captada en la superficie consiste en cambios de voltaje de
una frecuencia muy alta (entre 20 y 1.000 Hz). Cuando cree la actividad eléctrica del

160
músculo, la señal electromiográfica aumenta tanto en frecuencia como en amplitud. A
esta señal filtrada (para evitar artefactos) y amplificada se la denomina EMG directo. Su
análisis cuantitativo es difícil de realizar debido precisamente a su elevada frecuencia.
Teóricamente la medida de la cantidad de actividad eléctrica presente en un músculo
durante un período determinado debería ser la suma de las amplitudes de cada uno de los
ciclos durante ese período.
El montaje EMG suele ser bipolar, colocándose los electrodos sobre el mismo
músculo, alineados de forma longitudinal, es decir, siguiendo la dirección de las fibras
musculares. También se utilizan montajes monopolares colocando un electrodo sobre el
músculo que nos interesa estudiar (denominado “electrodo activo”) y otro en una zona
inactiva muscularmente, es decir, en zonas en las que no exista musculatura entre la piel
y el hueso (referencia). El montaje monopolar resulta más útil para conocer el nivel de
actividad o de tensión de un músculo, mientras que el montaje bipolar es más adecuado
en el estudio de respuestas musculares.

B) Actividad respiratoria

La función de la musculatura estriada implicada en la respiración es facilitar la


entrada de aire a los pulmones (inspiración) y la expulsión del aire (espiración). El
principal músculo estriado implicado en la respiración es el diafragma, aunque también
intervienen los músculos intercostales externos y los intercostales internos. La base
biológica de la actividad respiratoria puede encontrarse en Carretié e Iglesias (1995).
La dimensión relajación-activación emocional está estrechamente vinculada con la
actividad respiratoria. En un estado de activación emocional, bajo la influencia de
emociones positivas o negativas, la respiración se agita, aumentando la tasa respiratoria
(TR). En el estado de relajación emocional, la respiración se hace más lenta y profunda.
Ciertos parámetros permiten diferenciar entre distintas emociones. Las emociones
negativas producen mayores amplitudes en los registros torácicos de la respiración,
mientras que las positivas producen una mayor actividad en los registros abdominales.
Incluso, en determinados casos, un análisis cualitativo del registro respiratorio permite la
discriminación entre estados de emoción intensa. Por ejemplo, un aumento de la TR y de
la profundidad de la respiración puede indicar que el sujeto está en un estado emocional
de ira o de miedo (en el primer caso, la amplitud respiratoria sería menor que en el
segundo). Si se observa que un sujeto presenta irregularidades únicamente en la
inspiración, es probable que el sujeto se encuentre en un estado emocional de intensa
tristeza (el llanto se caracteriza por un entrecortamiento de la inspiración). Si las
irregularidades aparecen durante la espiración, la emoción experimentada puede ser de
alegría (en la risa, se entrecorta la espiración).

• Registro de la actividad respiratoria

161
Entre las técnicas de captación de la actividad respiratoria se encuentran la
pletismografía y la espirometría. La pletismografía consiste en medir los cambios en los
volúmenes del tórax o del abdomen (que son un índice de la respiración torácica y de la
respiración abdominal respectivamente), aumentando ambos durante la inspiración y
disminuyendo con la espiración. Las dos técnicas más utilizadas para estudiar el volumen
torácico y el abdominal son las galgas de tensión y los fuelles de alta sensibilidad.
Las galgas de tensión transforman el movimiento (concretamente el estiramiento)
en variaciones eléctricas. Las galgas más utilizadas son tubos elásticos rellenos de
mercurio a los que se aplica una corriente eléctrica que entra por un extremo de la galga y
sale por el otro. Si se estira el tubo, éste se estrechará y aumentará su longitud, con lo
que la resistencia a la corriente será mayor que si el tubo no está sometido a estiramiento.
El procedimiento que se emplea consiste en empalmar una pequeña galga, de unos 10
cm, a una correa o cordón no elástico y ajustable y rodear el pecho o el abdomen con
esta estructura. En los registros de volumen torácico se recomienda la colocación de la
correa a la altura del extremo inferior del esternón, mientras que en los registros de
volumen abdominal, dado que el lugar donde se pueden registrar más cambios varía de
un sujeto a otro, conviene realizar pruebas previas al registro real.
Los fuelles de alta sensibilidad consisten en pequeños cilindros huecos, sin salida
de aire, que han de sujetarse a una correa que debe rodear el pecho o el abdomen. La
presión del aire dentro del fuelle es menor cuando éste se estira que cuando está en
posición normal. En el interior del fuelle se coloca un transductor de presión que permite
obtener un registro de las variaciones de presión del aire dentro del fuelle, que
corresponderían al volumen torácico o abdominal.
La espirometría mide directamente la cantidad o volumen de aire que el sujeto
inspira o espira. Los constituyentes básicos son dos recipientes abiertos en sus extremos.
El más grande se llena de líquido, de forma que el otro, invertido y lleno de aire, se
mantiene semisumergido. El grado de inmersión de este recipiente dependerá del aire que
el sujeto introduzca o extraiga de él a través de una mascarilla y un conducto. Los
desplazamientos de este recipiente pueden registrarse mediante una plumilla o mediante
una galga de tensión.
Con estas técnicas, los principales parámetros respiratorios que se obtienen son:

— La amplitud respiratoria. Medida en términos relativos desde el punto de máxima


inspiración al punto de máxima espiración.
— La tasa respiratoria. Número de respiraciones por minuto.
— El volumen de ventilación por minuto. Es la suma de las amplitudes de cada
respiración durante un minuto.
— Los períodos inspiratorio y espiratorio.

8.2.2. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso autónomo

162
De las diversas señales presentadas en el cuadro 8.1, se exponen la actividad
cardiovascular y la actividad electrodérmica, siguiendo a Carretié e Iglesias (1995) y a
Vila (1996).

A) Actividad cardiovascular

El sistema cardiovascular está formado por los vasos sanguíneos y el corazón. Los
aspectos anatomofisiológicos pueden consultarse en Carretié e Iglesias (1995) y en Vila
(1996).
El funcionamiento del sistema cardiovascular depende de una serie de mecanismos
intrínsecos y extrínsecos (Vila, 1996). El principal mecanismo intrínseco es un sistema
propio de generación y transmisión del impulso eléctrico que provoca la contracción del
músculo del corazón (miocardio). Funciona como un marcapasos, actuando
rítmicamente. Este proceso está sujeto a la influencia de mecanismos extrínsecos, sobre
todo los relacionados con las dos ramas del sistema nervioso autónomo, cuya
coordinación depende, en última instancia, del SNC. La rama simpática actúa sobre el
corazón a través de sus terminaciones nerviosas y del neurotransmisor que liberan, la
noradrenalina. Los efectos de su activación son un incremento en la frecuencia y en la
fuerza de las contracciones del corazón y en la velocidad de conducción del impulso
eléctrico. La rama parasimpática actúa a través de sus terminaciones nerviosas que
afectan fundamentalmente a la zona auricular del corazón, siendo la acetilcolina su
neurotransmisor. Los efectos de su activación son una disminución en la frecuencia de
las contracciones del corazón y en la velocidad de conducción del impulso eléctrico.
Las principales medidas de la actividad cardiovascular son la tasa cardíaca (número
de contracciones por minuto), el volumen de contracción (fuerza de la contracción), el
output cardíaco (cantidad de sangre bombeada), el flujo sanguíneo periférico (cantidad
de sangre que pasa por las distintas partes del cuerpo) y la presión sanguínea (fuerza con
la que se mueve la sangre por las arterias). Las técnicas más utilizadas en el registro de la
actividad cardiovascular son la tasa cardíaca, la actividad vasomotora periférica y la
presión sanguínea.

• La tasa cardíaca

La actividad eléctrica desarrollada en el miocardio y en el tejido nodal y que recorre


el corazón de forma rítmica es lo suficientemente potente como para propagarse por todo
el organismo y captarse desde la superficie de la piel, en puntos muy distantes del
corazón. El registro electrocardiográfico (ECG o EKG) refleja la actividad eléctrica en la
superficie de la piel asociada al funcionamiento del miocardio. Los dos parámetros
fundamentales en el estudio de la señal cardíaca son la tasa cardíaca (TC), cuya unidad
es el número de pulsaciones por minuto (ppm) y el período cardíaco (PC), o tiempo que

163
transcurre entre el inicio de un ciclo y el comienzo del siguiente, normalmente medido en
milisegundos. La relación entre ambas es inversa, a mayor TC, menor PC.
Los parámetros PC y TC son globales, puesto que no distinguen entre el efecto de la
división simpática y la parasimpática sobre la actividad cardíaca, dando una información
sobre su efecto conjunto. Existen mediciones más específicas que permiten discriminar
los efectos de ambas ramas del sistema nervioso autónomo. La amplitud de la onda T
(que refleja actividad exclusivamente ventricular) permite conocer el efecto de la rama
simpática sobre la actividad cardíaca, dado que los ventrículos están únicamente
inervados por la división simpática. Parece que dicho parámetro disminuye (pudiendo
incluso llegar a ser negativo) cuando la activación simpática aumenta. La actividad
parasimpática puede estudiarse cuantificando la arritmia cardíaca debida a la
respiración (ACR), que consiste en una alteración en el ritmo de bombeo del corazón,
que transcurre de forma paralela a la actividad respiratoria, aumentando la tasa cardíaca
durante la inspiración y disminuyendo durante la espiración. Una mayor activación
parasimpática potencia la ACR.
Otras técnicas de estudio de la actividad cardíaca son la cardio taco grafía
(proporciona un registro gráfico que informa de manera directa sobre la TC en cada
momento, convirtiendo cada PC en ppm), la fonocar dio grafía (permite captar,
mediante un micrófono, los sonidos asociados al funcionamiento del corazón que llegan a
la superficie del pecho) y la ecocardiografía (se basa en la emisión de ondas de
ultrasonido y la captación del reflejo o eco que emiten las diferentes estructuras del
corazón).

• La actividad vasomotora

La tasa cardíaca también puede obtenerse a partir del registro del pulso sanguíneo
que, a su vez, proporciona la principal medida psicofisiológica de la actividad vasomotora
periférica. El pulso sanguíneo es un fenómeno físico producido por el paso de la sangre a
través de las arterias periféricas. La sangre circula por los vasos sanguíneos a impulsos,
por ello, cualquier vaso sanguíneo (de forma más clara en arterias y arteriolas)
experimenta variaciones intermitentes en el flujo de sangre que circula por él y, en
consecuencia, en su diámetro. Estas variaciones constituyen el pulso cardíaco.
Aunque el pulso puede medirse sin aparatos (palpando alguna de las arterias que
pasan por la muñeca, la radial o la cubital), suele recurrirse a técnicas de medición de
flujo sanguíneo periférico, como la pletismografía y la fotopletismografía, puesto que
produce variaciones en la presión de las paredes de los vasos periféricos sobre la piel.
Colocaciones frecuentes son las falanges distales de los dedos de la mano y las arterias
temporales en la zona de las sienes.

• La presión sanguínea

164
La presión sanguínea es la principal medida hemodinámica de la actividad
cardiovascular. Es la medida de la fuerza que lleva la sangre por el interior de las arterias.
Esta fuerza se debe a la cantidad de sangre que sale del corazón (que, a su vez, depende
de la tasa cardíaca y de la fuerza de contracción ventricular) y de la resistencia que
ofrecen los vasos sanguíneos periféricos (que depende de la actividad vasomotora). A
mayor volumen de sangre que sale del corazón y mayor vasoconstricción periférica,
mayor presión sanguínea. Asimismo, la mayor o menor presión sanguínea puede también
deberse a un incremento o disminución en uno de los componentes, cuando se mantiene
sin cambios el otro.
De los métodos de medida de la presión sanguínea, el más antiguo es el método
auscultatorio. Éste precisa tres elementos: una abrazadera inflable, un manómetro
conectado a ésta y un estetoscopio. Se ha de colocar la abrazadera alrededor del brazo,
bien ajustada, ligeramente por encima del codo. Después ha de inflarse para que alcance
la presión suficiente para ocluir la arteria humeral (también denominada braquial).
Cuando esto ocurra, el estetoscopio no captará ningún sonido. Si se va soltando aire
lentamente de la abrazadera, en un momento dado comienza a escucharse unos sonidos
intermitentes conocidos como sonidos de Korotkoff (sonidos K). La presión que indique
el manómetro cuando comiencen a escucharse los sonidos K corresponderá a la presión
sanguínea (PS) máxima o sistólica. Es el momento en que más presión produce la sangre
a través de la arteria humeral, durante la sístole ventricular. La presión sistólica normal se
sitúa entre 100 y 140 mm Hg., estando la media de la población en 120 mm Hg. Se ha
de seguir soltando el aire hasta que los sonidos K dejen de escucharse, momento en el
que la sangre avanza por la arteria sin ninguna resistencia, cuando aquélla produce una
menor presión durante la diástole ventricular. La presión que en ese momento indique el
manómetro será la mínima o diastólica. La presión diastólica normal fluctúa entre 60 y
90 mm Hg, situándose la media en 80 mm Hg (se habla de hipertensión y de hipotensión
para referirse a valores por encima o por debajo de los normales, respectivamente).
Recientemente se han desarrollado sistemas modernos para medir la presión
sanguínea de forma continua y no invasiva. El procedimiento consiste en colocar en el
dedo un dispositivo que introduce una presión de aire igual a la existente en las arterias,
ajustando continuamente la presión externa del dispositivo mediante un servomecanismo
controlado por un fotopletismógrafo que analiza el tamaño de las arterias. Este sistema
proporciona una señal fisiológica continua, similar a la del pulso sanguíneo, pero de
presión. El punto máximo de la señal en cada pulso corresponde a la presión sistólica, el
punto mínimo a la presión diastólica y el punto medio entre el máximo y el mínimo
corresponde a la presión media.
Existe bastante acuerdo respecto al hecho de que durante la emoción de miedo y, en
menor medida, durante la emoción de ira, se observa una vasoconstricción periférica que
lleva a un aumento de la presión sanguínea y de la tasa cardíaca. El estrés psicológico se
manifiesta, sobre todo, en incrementos de la presión arterial sistólica.

165
B) Actividad electro dérmica

La actividad electrodérmica (AED) es una de las variables de mayor tradición


psicofisiológica. Las bases biológicas de la actividad eléctrica de la piel se encuentran en
la actividad de las glándulas ecrinas del sudor (controladas por la división simpática del
sistema nervioso autónomo), que vierten el producto que segregan en el exterior del
cuerpo a través de un tubo excretor y que están distribuidas por toda la superficie del
cuerpo, siendo su densidad mayor en la palma de la mano (aproximadamente 2.000 por
cm2). Por ello, es el lugar utilizado preferentemente para el registro de la actividad
electrodérmica como variable psicofisiológica.
La electrodermografía designa a la vez el estudio de la actividad eléctrica de la piel y
la técnica utilizada para registrarla. Desde el punto de vista técnico existen dos
procedimientos electrodermográficos generales para medir la actividad eléctrica de la piel:
el endógeno y el exógeno. Existen dos tipos de circuitos eléctricos: el circuito
exosomático, en el que el generador de corriente no es el propio organismo, sino una
fuente externa (circulando la corriente aplicada, de un electrodo a otro por el interior del
organismo), y el circuito endosomático, en el que es el propio organismo el que genera la
corriente eléctrica. La actividad eléctrica de la piel se ha estudiado en ambos tipos de
circuitos.

• Estudio de la actividad de la piel mediante circuito exosomático

Los circuitos exosomáticos dan lugar a dos tipos de señales psicofisiológicas: la


resistencia y la conductancia de la piel. Ambas están relacionadas con el grado de
dificultad con el que la electricidad atraviesa la piel, que depende, entre otros aspectos,
de la sudoración. El sudor es un electrolito que facilita una vía conductora del exterior de
la piel a la hipodermis y de ésta al exterior. La condición electrolítica del sudor facilita la
conductividad en los circuitos exosomáticos. La conductancia y la resistencia son
parámetros inversos, de forma que, a mayor sudoración, menor resistencia y mayor
conductancia.
La información proporcionada por un aparato sobre la resistencia de la piel se puede
convertir en conductancia hallando su valor inverso. De acuerdo con Carretié e Iglesias
(1995) resulta recomendable realizar este cambio, puesto que la conductancia covaría de
forma directa con la activación simpática (que es la que se pretende medir con la AED) y
con otras señales autonómicas.
Tanto la conductancia como la resistencia pueden estudiarse como respuesta o como
nivel. El circuito exosomático proporciona cuatro tipos de señales: nivel de conductancia
de la piel (NCP), nivel de resistencia de la piel (NRP), respuesta de conductancia de la
piel (RCP) y respuesta de resistencia de la piel (RRP).

166
• Estudio de la actividad de la piel mediante circuito endosomático

Las señales que proporciona el circuito endosomático son el nivel de potencial de la


piel (NPP) y la respuesta de potencial de la piel (RPP). El potencial de la piel se registra
mediante circuito monopolar. Generalmente el electrodo activo se sitúa en una zona
palmar de la mano que el sujeto no requiera mover y el electrodo de referencia en el
antebrazo, en su parte interna (sin vello), a unos 8 o 10 cm del codo, en dirección a la
mano. El electrodo de tierra puede colocarse en el brazo entre ambas zonas.
En el contexto del estudio de la emoción, las respuestas electrodérmicas se examinan
ante estímulos emocionales y se comparan con las respuestas ante estímulos neutrales.
La mayor reactividad electrodérmica ante los estímulos emocionales es interpretada en
términos de una mayor reacción emocional (por ejemplo, de miedo). Existe un alto nivel
de AED en las emociones fuertes. Aunque los resultados no son totalmente concluyentes,
en las situaciones de ira o de alegría el nivel de AED es significativamente superior al de
la situación real de miedo.

8.3. Problemática de la medida neurofisiológica de la emoción

Las medidas neurofisiológicas muestran problemas respecto a la validez y a la


fiabilidad.
Existen dificultades en la evaluación de la validez de las medidas neurofisiológicas,
entre otras razones debido al hecho de la propia artificialidad de la situación de prueba,
dado que las respuestas fisiológicas parecen estar determinadas situacionalmente y
relacionadas con acontecimientos ambientales psicobiológicamente relevantes (Fernández
Ballesteros y Carrobles, 1981).
La fiabilidad de las medidas neurofisiológicas, de acuerdo con Fernández Ballesteros
y Carrobles (1981), no ha sido definitivamente establecida debido a la existencia de
diferentes procesos, entre los que se encuentra el fraccionamiento direccional de
respuesta, que hace referencia al hecho de que existen respuestas viscerales diferentes
que podrían desempeñar funciones distintas en los diferentes estados emocionales. El
fraccionamiento direccional de las respuestas viscerales en las emociones se manifiesta en
los fenómenos de especificidad estímulo-respuesta y en la estereotipia de respuesta
individual.
La especificidad estímulo-respuesta, conocida como especificidad situacional o
estereotipia situacional, está relacionada con el hecho de que un estímulo provoca de
forma constante una respuesta en un sistema fisiológico, mientras que otro estímulo
diferente suscita también de forma constante una respuesta diferente en ese mismo
sistema. Es la tendencia de un determinado estímulo o situación a evocar patrones
característicos de respuesta en la mayoría de los sujetos. Los patrones de respuestas
dados por sujetos diferentes dependen, en gran medida, del tipo de situación o estímulo
al que están expuestos. Parece que la situación establece algunas características de la
reacción emocional, independientemente de las diferencias individuales. Una misma

167
situación puede generar, o no, una emoción en distintas personas, en un momento dado,
o en la misma persona, en distintos momentos.
La estereotipia de respuesta individual, conocida como especificidad de respuesta o
especificidad individual, está relacionada con el hecho de que la activación máxima de un
sujeto se produce siempre en un mismo sistema fisiológico, con independencia de cuál
sea la fuente de la emoción. Parece como si los seres humanos tuviéramos sistemas de
respuesta preferentes con los que responderíamos ante situaciones emocionales intensas:
secreciones gástricas, aumento del ritmo cardíaco, elevación de la presión arterial. Este
aspecto puede relacionarse con la génesis de los trastornos psicosomáticos que afectarían
prioritariamente a los sistemas preferentes de cada sujeto, causando una alteración
diferente (úlceras, infartos o cefaleas). El aspecto fundamental de la especificidad es que
diferentes estímulos y distintas situaciones activan diferentes patrones de respuestas
fisiológicas, a pesar de la intensidad de la activación fisiológica difusa. Es la tendencia
mostrada por un sujeto para emitir un patrón característico de respuesta ante diferentes
estímulos.
En relación a la especificidad de respuesta, suele distinguirse entre:

a) El patrón de respuesta idiosincrásico o característico que cada sujeto parece


mostrar, de forma consistente, en diferentes situaciones estimulares.
b) La existencia de una respuesta o sistema de respuestas que de forma consistente
destaca sobre los demás, mostrando un nivel más elevado de responsividad
ante los diferentes estímulos. La especificidad de respuesta hace referencia a
una especificidad de síntoma o de órgano, para indicar la relación que este tipo
de reacción frecuente de una estructura fisiológica, parece tener con la
aparición de determinados trastornos psicosomáticos.

168
9
MEDIDAS DE LA EXPRESIÓN EMOCIONAL

9.1. Expresión sonora de la emoción

Una línea relevante de estudio está relacionada con la expresión sonora de la


emoción aunque, en comparación con la expresión facial de la emoción, el número de
investigaciones es mucho menor. Este hecho viene justificado fundamentalmente por la
gran dificultad que implica la investigación de la vocalización en animales inferiores y la
complejidad de la conducta vocal en seres humanos, al estar influida por aspectos
somáticos, lingüísticos, verbales, vocales, cognitivos, biológicos, sociales y culturales
(Jiménez, 1986).
La conducta vocal es una conducta comunicativa mediante la cual un organismo
superior emite sonidos con información para otros. Integra dos elementos, la acción, de
naturaleza psicofisiológica, mediante la que se generan los sonidos con significado y el
efecto de dicha acción, es decir, el producto acústico portador de la información.
Para una adecuada comprensión de la expresión sonora o vocal de la emoción se ha
de analizar el proceso psicofisiológico (la acción) que da lugar a los sonidos con
significado, es decir, los mecanismos generadores del sonido, así como el producto físico
de la conducta vocal o flujo de voz.

9.1.1. El aparato vocal: mecanismos generadores del sonido

Desde el punto de vista anatómico, el ser humano no posee ningún órgano que sea
específicamente productor de sonidos. Para hablar utiliza elementos del aparato digestivo
(como la boca), del aparato respiratorio (como los pulmones y la laringe) y una serie de
grupos musculares (como el diafragma y la musculatura abdominal). La voz humana es
producida por el aire espirado, que después de unas modificaciones producidas por el
aparato vocal se convierte en sonidos que se propagan a través del espacio.
Se puede afirmar que el aparato vocal es como un instrumento musical, de la familia
de los instrumentos de viento, que funciona debido al paso de aire. En él se han descrito
las tres partes fundamentales que caracterizan al mecanismo de un órgano: “la mancha” o
aparato productor de aire, la lengüeta que vibra y da la altura del sonido y el tubo o caja
de resonancia, donde el sonido se modifica y amplía (Torres y Gimeno, 1999).

169
La figura 9.1 presenta las principales estructuras generadoras de la voz.

Figura 9.1. Principales estructuras generadoras de la voz: mecanismo fonador y cavidades supraglóticas o tracto
vocal (cavidades bucal y nasal) (a partir de Jiménez, 1986).

A) La “mancha” o aparato productor de aire

La fuente de energía o de potencia para la producción de la voz se encuentra en el


denominado tracto infraglótico o infralaríngeo, integrado por los pulmones, el
diafragma y la musculatura que genera y controla la corriente de aire que hará vibrar las
cuerdas vocales. El cuerpo humano utiliza los pulmones y los músculos de la respiración,
que proporcionan el aire necesario para hacer vibrar las cuerdas vocales, de forma
parecida a como actúa la “mancha” que suministra aire en el órgano.
Los pulmones y la tráquea se alojan en el interior de la caja torácica, formada por la
unión entre las doce vértebras dorsales –con sus discos intervertebrales–, las costillas y el
esternón. Esta unión se realiza por medio de diversas articulaciones que dan movilidad y
elasticidad a todo el conjunto, lo que permitirá que durante la respiración los diámetros
de la caja torácica varíen y los pulmones se llenen y vacíen de aire.
El diafragma es el músculo más importante en la respiración, situándose como una

170
lámina que separa la cavidad torácica de la abdominal. Durante la inspiración se contrae,
produciéndose su descenso, mientras que durante la espiración se relaja, ascendiendo.
Existen tres tipos básicos de respiración: clavicular (o torácica superior), intercostal
(o torácica media) y diafragmática (denominada también abdominal o costoabdominal).
La respiración diafragmática es la que tiene lugar en la parte más baja del tórax y en la
más alta del abdomen, que es la zona donde radica el mayor control voluntario de la
respiración. En ella el diafragma realiza el máximo descenso y la musculatura abdominal
se encuentra relajada. Los pulmones alcanzan la máxima dilatación y se produce una
inspiración amplia y rápida, sin inducir tensiones musculares que puedan interferir en la
producción de la voz. Durante la respiración activa se produce un equilibrio constante
entre el diafragma y la musculatura abdominal. Este equilibrio será el que controlará el
tono y la intensidad del sonido producido en las cuerdas vocales.
Todos aquellos músculos que actúan determinando el descenso de las costillas serán
músculos accesorios de la espiración: los músculos intercostales internos (intermedios),
los músculos intercostales íntimos (internos), el músculo cuadrado lumbar y el músculo
serrato posteroinferior, entre otros. Todos aquellos que actúan elevando las costillas se
consideran músculos accesorios de la inspiración: los músculos intercostales externos, los
músculos elevadores de las costillas, los músculos escalenos, el pectoral mayor y el
pectoral menor, entre otros.

B) El vibrador del aparato vocal

La laringe es la extremidad superior de la tráquea. Está situada en la parte medial y


anterior del cuello, por delante de la faringe. Se comunica cranealmente, a través de la
faringe, con la cavidad bucal y con las fosas nasales y caudalmente se continúa con la
tráquea. Aunque su función primaria es controlar la entrada de aire y evitar el ingreso de
cuerpos extraños en el aparato respiratorio, en ella se producen los sonidos. Cuando
hablamos, la laringe se desplaza verticalmente, bajando en los sonidos graves y subiendo
en los agudos. Estos movimientos son posibles debido a que la laringe está unida
mediante una membrana ligamentosa al hueso hioides (que es el único hueso del cuerpo
que no se articula con otro hueso, sino que se halla suspendido del cráneo por pequeños
ligamentos y estructuras musculares). En la espiración activa, el aire hace vibrar las
cuerdas vocales que se encuentran en la laringe, por lo que se denomina a ésta el
vibrador del aparato vocal.
Las cuerdas vocales (o pliegues vocales) son pliegues de la mucosa laríngea que
recubren al ligamento vocal y al músculo vocal. A cada lado de la superficie interna de la
laringe se encuentran dos pliegues de su mucosa, superpuestos: los pliegues vestibulares
(denominados pliegues ventriculares, cuerdas vocales falsas o cuerdas vocales
superiores), situados cranealmente, y los pliegues vocales (denominados cuerdas vocales,
cuerdas vocales verdaderas o cuerdas vocales inferiores), en posición caudal.
La fonación, como parte del proceso del habla, exige el cierre y la abertura continuos

171
de las cuerdas vocales, con cambios en la longitud y la tensión. Estas variaciones
requieren fluctuaciones continuas de la salida de aire. En el habla normal, la regulación de
la salida de aire es básicamente involuntaria y automática. La voz se produce por la
espiración del aire a través de la hendidura glótica, previamente cerrada. Las cuerdas
vocales son obligadas a separarse por la presión que ejerce el aire proveniente del tracto
infraglótico. El sonido producido en las cuerdas vocales sería prácticamente inaudible si
éste no se amplificase y modificase en las estructuras supraglóticas o resonadores de la
voz, como la cavidad bucal, que es el principal resonador de la voz, dado que puede
modificar su forma y volumen. Por medio de la lengua y de los labios, se producirá en la
boca la articulación del lenguaje.

C) Los resonadores de la voz

Todas las cavidades situadas por encima de las cuerdas vocales actúan, o pueden
actuar, como cajas de resonancia de la voz. Se las denomina genéricamente cavidades
supraglóticas. Los seres humanos tenemos resonadores móviles como la boca, que
modifica su forma y volumen en función de la abertura mandibular y de la posición de la
lengua y los labios, o como la faringe, cuyo volumen varía sobre todo en función de la
altura a la que esté situada la laringe, de la posición de la lengua y del velo del paladar.
Otros resonadores, como las fosas nasales, son fijos, no pudiendo modificarse su forma
y su tamaño. En las cavidades de resonancia, el sonido producido en la laringe será
reforzado y modificado y se hará audible, adquiriendo un timbre determinado.
La faringe es la parte del tubo situada por detrás de la cavidad nasal, de la bucal y
de la laringe. Actúa como conducto común para la deglución (paso de los alimentos) y la
respiración (paso del aire). Es un conducto de unos 12 cm de longitud situado por debajo
de la base del cráneo y por delante de las vértebras cervicales, de las que se halla
separado por la denominada musculatura prevertebral. Es más ancha en la parte superior
que en la inferior, donde se continúa con el esófago. La faringe puede actuar como
resonador de la voz. En función del tamaño de esta cavidad, el aire espirado resonará en
ella con más o menos intensidad. Los movimientos de la musculatura faríngea son
generalmente de poca amplitud y las variaciones de volumen de la faringe se deben
principalmente al desplazamiento de la laringe, de la base de la lengua y del velo del
paladar.
En la boca se distinguen dos partes: el vestíbulo de la boca, que se sitúa por delante
de los dientes y la cavidad bucal, que se sitúa por detrás de los dientes y que se comunica
con la porción oral de la faringe a través del istmo de las fauces. En el suelo de la cavidad
bucal se encuentra la lengua, órgano musculoso. La boca es el principal resonador de la
voz, puesto que por medio de los cambios de posición de la lengua, del velo del paladar,
de los labios y de la mandíbula podrá adaptar su forma y su volumen al sonido emitido
en las cuerdas vocales. En los sonidos nasales, el velo del paladar se halla descendido y el
aire resuena totalmente en el interior de la cavidad nasal. En los sonidos orales, el aire

172
resuena únicamente en la boca.
La cavidad nasal puede estar separada total o parcialmente de la cavidad bucal por
el velo del paladar, lo que determinará en el habla la producción de sonidos orales o
nasales. Está formada por las fosas nasales, derecha e izquierda, separadas por el tabique
nasal. Cada fosa nasal actuará como una cavidad de resonancia independiente de la otra.
Para que el aire espirado resuene en el interior de la cavidad nasal es necesario que el
velo del paladar o paladar blando esté descendido. En el habla, en los sonidos nasales el
aire resuena íntegramente en esta cavidad.
Los senos paranasales son cavidades neumáticas de los huesos de la cara y del
cráneo que comunican con las fosas nasales. Su significación funcional no está del todo
clara. Clásicamente se les ha dado una cierta importancia como resonadores de la voz,
pero estudios recientes indican que su función como caja de resonancia es prácticamente
nula (Torres y Gimeno, 1999).

9.1.2. Producto de la conducta vocal: el flujo de voz

El flujo de voz es una señal acústica registrada mediante el uso de equipos


electroacústicos que se caracteriza por su continuidad en el tiempo. El flujo de voz se
puede dividir físicamente en segmentos sonoros, segmentos sordos y silencios. Los
segmentos sonoros son los producidos por la acción de las cuerdas vocales. Cuando éstas
se encuentran cerradas, bloquean el flujo de aire procedente de los pulmones, lo que
causa un aumento de la presión en su cara interna, provocándose la separación de las
cuerdas vocales, liberándose rápidamente el aire acumulado y disminuyendo, por tanto,
la presión. Debido a su naturaleza elástica, las cuerdas vocales vuelven a cerrarse. Este
ciclo se repite, con lo que tiene lugar una secuencia continuada de pulsos, con una
frecuencia que depende de una serie de factores físicos característicos de cada sujeto.
Esta frecuencia se conoce como frecuencia fundamental (Fo) y su inversa como período
de tono. Los segmentos sordos se producen cuando la excitación no ocurre en las
cuerdas vocales, sino en algún punto de la cavidad bucal. Los silencios se producen
cuando dentro de una unidad natural no existe energía de la señal.
El comportamiento verbal, la comunicación, requiere de hablantes (emisores) que
transmitan información codificada de acuerdo con diversas reglas y de oyentes
(receptores) que sean capaces de decodificar esa información y captar el mensaje. La
conducta vocal de los seres humanos transmite dos tipos de mensajes. Uno de naturaleza
verbal, regido por un sistema flexible de comunicación superior (lenguaje), y otro de
naturaleza no verbal, que indica de forma voluntaria o involuntaria diversas
características biológicas o psicológicas del emisor, de su posición social o de su estado
emocional.
Si el ser humano utiliza la conducta vocal para expresar los estados emocionales y
transmitirlos a otros, al igual que utiliza la expresión facial, el flujo de voz, como
producto acústico de la conducta vocal, caracterizado por parámetros de naturaleza

173
físico-acústica, ha de contener marcadores que porten información relacionada con la
emoción y que puedan ser decodificados por sujetos de la misma población cultural y
social que el emisor (Jiménez, 1986). Existen diversos parámetros acústicos que permiten
estimar los diferentes estados emocionales en que se encuentra el sujeto que emite el
flujo de voz.
Con respecto a la expresión vocal de la emoción, los aspectos fundamentales están
relacionados con la codificación y con la decodificación. En relación con la
codificación, el aspecto básico es si existen patrones de expresión vocal específicos
para diferentes emociones (Banse y Scherer, 1996). Hay suficiente evidencia respecto a
que la emoción produce cambios en la respiración, la fonación y la articulación, que a su
vez determinan, en parte, los parámetros de la señal acústica. Existen pocas dudas en
relación con el hecho de que los oyentes pueden inferir el estado afectivo y la actitud del
hablante a partir de esta señal.
Las siguientes variables acústicas están fuertemente implicadas en la señalización
emocional vocal:

— El nivel, rango y contorno de la frecuencia fundamental (Fo). La Fo refleja la


frecuencia de la vibración de las cuerdas vocales, siendo percibida como tono.
Es el parámetro acústico que mejor discrimina el estado emocional.
— La energía vocal o amplitud, percibida como intensidad de la voz.
— La distribución de la energía en el espectro de frecuencias (sobre todo la energía
relativa en la región de frecuencias altas, en relación con las frecuencias bajas),
lo que afecta a la percepción de la cualidad de la voz o timbre.
— La localización de los formantes (F, F,…, Fn) relacionados con la percepción de
la articulación.
— Una variedad de fenómenos temporales, incluyendo el ritmo y las pausas.

Aunque la evidencia no es concluyente, existe bastante acuerdo respecto al patrón de


variables acústicas característico de las emociones básicas, que se presenta a
continuación. La cólera se caracteriza por un incremento en la media de Fo y en la
media de energía. Otros efectos de la cólera incluyen incrementos en la energía de
elevada frecuencia. La tasa de articulación generalmente aumenta. Con el miedo se
espera que se produzcan elevados niveles de activación, lo que es confirmado por la
evidencia que muestra incrementos en la Fo media, incrementos en el rango Fo y energía
de elevada frecuencia. Los sujetos informan que se va incrementando el ritmo de
articulación. En la tristeza se produce disminución en la Fo media, disminución en el
rango Fo y disminución en la energía media. Disminuyen la energía de elevada frecuencia
y el ritmo de articulación. Existe una fuerte evidencia respecto a que la alegría se
caracteriza por un incremento en Fo medio, en el rango Fo, en la variabilidad de Fo y en
la energía media. Asimismo, existe escasa evidencia respecto a que se caracteriza por un
incremento en la energía de elevada frecuencia e incremento en la tasa de articulación.
Respecto al disgusto, los resultados son contradictorios dependiendo del procedimiento

174
utilizado en la codificación. Si se utiliza la proyección de películas desagradables para
medir el disgusto (o posiblemente el displacer), se encuentra un incremento en Fo medio.
Si se produce la simulación de la emoción de disgusto por un actor, se encuentra una
disminución de Fo medio.
Los resultados de los análisis acústicos (Fernández-Dols y otros, 1990) ponen de
manifiesto que la tristeza es la categoría emocional respecto a la cual existe una mayor
cantidad de datos concordantes, caracterizándose la respuesta vocal por exhalación
pasiva y fonación relajada, lo que produce sonidos prolongados con baja Fo, rango
reducido y fuertes perturbaciones (como consecuencia de la flacidez de las cuerdas
vocales), contornos descendentes y baja intensidad. La respuesta vocal inicial de la
emoción de miedo es una profunda y repentina inhalación, seguida de un patrón
respiratorio rápido y superficial, encontrándose el tracto vocal en estado de gran tensión.
Los resultados acústicos son: una Fo alta y de amplio rango, fuertes perturbaciones,
cambios irregulares y contorno ascendente. Con respecto a las emociones de alegría y de
ira se encuentran discrepancias entre las predicciones iniciales y la evidencia empírica
disponible. Para Scherer (1986), las discrepancias se deben al hecho de que las
investigaciones sobre expresión vocal no han distinguido entre felicidad/placer y
alegría/júbilo, por una parte, y entre irritación (coid anger) y rabia (hot anger), por
otra. La información transmitida a través de las señales no verbales del habla es
suficiente para permitir el reconocimiento de los estados emocionales.
Respecto a la decodificación, el aspecto fundamental es si pueden los oyentes
inferir la existencia de la emoción a partir de indicios vocales. Banse y Scherer (1996)
han comprobado que los seres humanos podemos inferir la emoción a partir de la
expresión vocal debido a la existencia de patrones acústicos diferenciales para un elevado
número de emociones.
En estudios realizados con técnicas de almacenamiento y de reproducción de la voz,
se ha comprobado que los oyentes pueden inferir la existencia de estados afectivos y
actitudes del hablante a partir de la expresión vocal. El porcentaje de aciertos
generalmente alcanza el 50%, cuatro o cinco veces mayor que el correspondiente al azar
(que es aproximadamente del 12%). Aunque la mayor parte de los estudios se han
realizado con un número pequeño de emociones, como cólera, miedo, tristeza, alegría y
disgusto, se encuentran diferencias notables en el porcentaje de aciertos con que pueden
ser inferidas estas emociones, a partir de las expresiones vocales exclusivamente (Pittam
y Scherer, 1993).
El cuadro 9.1 pone de manifiesto el elevado grado de consistencia en la inferencia de
estados emocionales a partir de la expresión vocal.

CUADRO 9.1. Comparación del porcentaje de aciertos correspondiente a diversas


emociones obtenido en dos estudios.

175
El grado de consistencia de los resultados de las investigaciones de Van Bezooijen
(1984) y de Scherer y otros (1991) es sorprendente, teniendo en cuenta que los trabajos
fueron realizados en diferentes países, con diferentes lenguajes (holandés frente a
alemán), con diferentes tipos de actores (aficionados frente a profesionales), con distinto
material lingüístico (frases estándar frente a expresiones sin sentido) y con diferentes
grupos de jueces (estudiantes frente a población general), entre otros.
Banse y Scherer (1996) seleccionaron 14 emociones: (rabia (hot anger), irritación
(coid anger), miedo terrorífico (panicfear), ansiedad, desesperación, tristeza, regocijo
(elation), felicidad, interés, aburrimiento, culpa, orgullo, repugnancia (aversión) y
desprecio), que iban a ser mostradas por 12 actores profesionales (6 mujeres y 6
hombres) de habla alemana. Como jueces que debían reconocer las emociones actuaron
12 estudiantes de psicología (9 alumnas y 3 alumnos) con una edad media de 22 años.
En el estudio de reconocimiento se encontró que los jueces eran capaces de reconocer
con exactitud el grupo de emociones estudiado con una probabilidad mucho mayor que la
correspondiente al azar.
Los resultados de la investigación de Banse y Scherer (1996) ponen de manifiesto
que los jueces no basan solamente su inferencia en indicios de activación en las
descripciones vocales de la emoción, sino que son capaces también de diferenciar la
emoción a partir de indicios de valencia y de cualidad, independientemente del nivel de
activación o intensidad. Un análisis del patrón de errores observados en la identificación
revela que éste no se distribuye al azar en las diversas emociones. La rabia se confunde
con la irritación y con el desprecio. El interés se confunde con más frecuencia con
orgullo y alegría que con las otras emociones, en su conjunto. Las confusiones pueden
ser interpretadas como indicadores de la semejanza entre categorías de emociones, en
lugar de errores. Un análisis de los patrones de confusión arroja tres dimensiones:
cualidad, intensidad y valencia.
La cualidad de una emoción es la dimensión más obvia de semejanza. Los pares de
emociones como rabia e irritación, tristeza y desesperación, ansiedad y miedo terrorífico
son semejantes en cualidad y difieren sobre todo en intensidad. Los resultados parecen
indicar que las confusiones dentro de estos tres pares de emociones se deben a la falta de
un punto de corte bien definido entre la forma intensa y la forma débil de la emoción
respectiva. Una segunda dimensión de semejanza es la intensidad. Regocijo es con

176
relativa frecuencia confundido con desesperación, con rabia y con miedo terrorífico, que
difieren claramente en cualidad, pero son semejantes en intensidad. La tercera dimensión
de semejanza es la valencia. Las emociones positivas son con más frecuencia
confundidas con otras emociones positivas que con emociones negativas. Orgullo es más
frecuentemente confundido con las emociones positivas regocijo, felicidad e interés (con
un porcentaje del 39%) que con todas las emociones negativas consideradas
conjuntamente (con un porcentaje del 19%).
La expresión verbal de la emoción puede estar influida y limitada por diversos
procesos, entre los que se encuentra la desincronía entre la emoción experimentada y la
emoción comunicada verbalmente (el nivel de sinceridad en la comunicación verbal de la
emoción) y la comprensión que manifiesta el sujeto de las reglas de expresión (display
rules) verbal y facial.
Carrera y otros (1994) han analizado las diferencias entre lo “sentido” y lo
“comunicado” en dos emociones negativas: celos y tristeza. Los celos se producen como
consecuencia de un miedo real o imaginario a perder una relación interpersonal valiosa.
La tristeza tiene un claro referente prototípico: la muerte de un ser querido. Aunque celos
y tristeza son experiencias no deseables, difieren en el grado de aceptación social que
implican. El estudio se realizó con 248 sujetos: 127 (57 hombres y 70 mujeres, con una
edad media de 20 años) para las situaciones de celos y 121 (62 hombres y 59 mujeres,
con una edad media de 19 años) para los antecedentes de tristeza. Para la situación de
celos se presentaban los siguientes términos emocionales: celos, miedos, inseguridad,
azoramiento, asco, depresión, indiferencia, alegría, ira, tristeza, sorpresa, irritación,
frustración, envidia, desasosiego y ansiedad. Para los antecedentes de tristeza: dolor,
apatía, depresión, ira, sorpresa, miedo, pesar, nostalgia, melancolía, tristeza, conmoción,
culpa, agitación, impotencia, resignación y angustia.
Los resultados pusieron de manifiesto que debido a la deseabilidad social se produce
un proceso de “discrepancia” cuantitativa y cualitativa entre la experiencia sentida y lo
que sobre ella se comunica. En la situación de celos se reduce la intensidad en cinco
categorías emocionales (celos, inseguridad, depresión, frustración, ansiedad) y se
aumenta significativamente en dos (asco, indiferencia). En la situación de tristeza sólo
hubo una reducción significativa en tres emociones (dolor, depresión, angustia).
Además de diferencias en la intensidad emocional comunicada, se producen cambios
en los términos emocionales elegidos para la comunicación. En las situaciones de celos
hubo un número significativo de personas que dejaron de emplear en la conversación la
categoría que habían elegido para definir la experiencia. Por el contrario, en las
situaciones de tristeza, la mayoría de los sujetos utilizaron los mismos términos para
definir la experiencia emocional y su comunicación, con la excepción del término “dolor”,
que después de ser elegido para definir lo sentido, dejó de utilizarse en la comunicación
por un 15% de los sujetos.
El estudio de Carrera y otros (1994) pone de manifiesto que ante situaciones
emocionales intensas no siempre los sujetos comunican sus verdaderas emociones. Los
cambios cuantitativos (diferencias en la intensidad emocional comunicada) y los

177
cualitativos (cambios en los términos emocionales elegidos para la comunicación de la
emoción) dependen fundamentalmente de las emociones implicadas. Existe una mayor
manipulación y cambio en la comunicación de las emociones provocadas por una
situación de celos que por una situación de tristeza.
Debido a que buscamos que los otros tengan una imagen positiva de nosotros y al
hecho de mostrar nuestra adhesión a las normas sociales, actuamos de acuerdo con las
normas sociales y las limitaciones implicadas. En consecuencia, si el sujeto cree que la
emoción que está experimentando o que ha experimentado no está dentro de las normas
y puede tener consecuencias negativas para él o para el interlocutor, o para la relación de
ambos, quizá no desee compartir la emoción con su interlocutor, no comunicando todas
las emociones que experimente, o no haciéndolo en la forma exacta en la que las
experimente (Zammuner, 1996). La comunicación verbal de las emociones es en alguna
medida el resultado de un proceso de selección influido por el conocimiento de las reglas
de manifestación (display rules) de las emociones (basadas culturalmente y específicas a
la situación) y su adhesión a ellas.
Las emociones experimentadas y las mostradas en relación con eventos de orgullo
pueden mostrar efectos de discrepancia debido a los procesos de regulación social. Este
efecto puede ser diferente en hombres y en mujeres debido a normas vinculadas a roles
sexuales que dictan qué eventos son más relevantes para cada sexo (por ejemplo,
relaciones interpersonales para las mujeres y eventos relacionados con el trabajo para los
hombres) y las emociones que los sujetos de cada sexo pueden sentir y comunicar. La
relación afectiva con el interlocutor con el que se comparte la emoción puede influenciar
qué emociones serán reguladas en la comunicación y en qué forma.
Zammuner (1996) pone de manifiesto que conseguir un/a nuevo/a compañero/a
atractivo/a (evento compañero/a) o un buen trabajo (evento trabajo) son las situaciones
de logros juzgados por los sujetos como valiosos en el ámbito personal y en el ámbito
relacionado con el trabajo. Los sujetos de ambos sexos no muestran diferencias en la
atribución de emociones específicas sentidas a los eventos protagonistas, excepto en el
hecho de que los hombres esperan que el “evento compañero/a” elicite emociones de
logro más intensas que las mujeres, mientras que las mujeres esperan que el “evento
trabajo” elicite emociones de “alegría” más intensas que los hombres. Hombres y
mujeres difieren en alguna medida respecto a qué emociones esperan que sean reguladas
en la comunicación. Cuando los hombres comunican sobre el “evento compañero/a” no
reducen la intensidad de las emociones de “logro”, mientras que las mujeres lo hacen.
Cuando la conversación era sobre el “evento trabajo”, los hombres reducían la excitación
experimentada más que las mujeres. Este resultado puede ser interpretado en términos de
adhesión a normas relacionadas con funciones sexuales, establecidas culturalmente.
Los diferentes grupos culturales (definidos por la nacionalidad, edad, sexo o por
otras variables) juzgarán o evaluarán de forma diferente un evento en la medida en que
se adhieren a normas culturales diferentes y a tradiciones que dictan la medida en que un
evento es importante, qué emoción es probable que elicite en un sujeto y qué emociones
pueden ser comunicadas con seguridad. La comunicación interpersonal de la emoción es

178
fundamentalmente un fenómeno social, influido profundamente por el conocimiento y el
respeto de las connotaciones sociales y las implicaciones de las emociones. La dirección
de las discrepancias obtenidas entre las emociones sentidas y las comunicadas
verbalmente implica que el proceso de regulación es guiado por normas y creencias sobre
las implicaciones sociales y personales de las emociones comunicadas (Zammuner,
1996).
Con respecto a la comprensión que el sujeto manifiesta de las reglas de expresión
verbal y facial existe suficiente evidencia a favor de que el control de las expresiones
verbales puede ser comprendido mejor (o antes) que el control de las expresiones
faciales. Ekman y Friesen (1975) han sugerido que los sujetos controlan mejor sus
palabras que sus expresiones faciales, pudiendo ser más fácil registrar, falsificar e inhibir
el lenguaje que la expresión facial porque las expresiones verbales se producen con
menos rapidez y se encuentran ante un mayor control voluntario que las expresiones
faciales. En consecuencia, las personas somos más responsables de aquello que decimos
que de cómo miramos. Parece más probable que haya una mayor socialización para el
lenguaje. Los niños pueden aprender a controlar la expresión verbal de la emoción antes
que a controlar sus expresiones faciales.
Gnepp y Hess (1986) han comprobado experimentalmente la hipótesis de que los
niños pueden aprender a controlar la expresión verbal de la emoción antes que a
controlar sus expresiones faciales en un estudio en el que participaron 144 niños,
teniendo 36 sujetos (18 niños y 18 niñas) en cada uno de los siguientes grados: primer
grado (edad media 6 años y 10 meses), tercer grado (edad media 8 años y 11 meses),
quinto grado (edad media 10 años y 8 meses) y décimo grado (edad media 15 años y 10
meses). Los estímulos consistían en una serie de breves historias sobre niños en las que
los protagonistas pueden desear regular la expresión de la emoción. Se pidió a los niños
que indicaran qué diría y qué cara pondría el protagonista. La mitad de las historias
fueron diseñadas para poner en juego reglas de manifestación prosocial. Estas historias
presentan a personas que están actuando de una forma inapropiada o desilusionante. Los
protagonistas tienen la oportunidad de proteger a otros personajes de la historia de ser
heridos o perjudicados, regulando su propia manifestación de la emoción. La otra mitad
fueron diseñadas para poner en juego reglas de manifestación de auto-protección. Estas
historias se refieren a protagonistas que se comportan de una forma inapropiada o
desilusionante. Los protagonistas tienen la oportunidad de protegerse a sí mismos del
castigo o de las bromas hechas por otro personaje de la historia regulando la
manifestación de la emoción. Cada uno de los temas de las ocho historias se escribió en
tres versiones. En la “versión solo”, el protagonista se describe como solo en el momento
en que se produce el evento cargado de afecto. En la “versión audiencia”, está en
presencia de una o varias personas en el momento del evento cargado de afecto. La
“versión audiencia sugerida” es la misma que la “versión audiencia”, pero con una
sentencia adicional de la forma “El/la protagonista no quiere que otro personaje de la
historia sepa cómo se siente el/ella”. Se utilizaron dibujos de cinco expresiones faciales
(alegría, tristeza, enfado, miedo y neutral) para que los niños indicaran la cara que el

179
protagonista pondría en respuesta al evento cargado de afecto.
Los resultados ponen de manifiesto que es más probable que los niños estén
sometidos a mayor presión para regular su lenguaje que su apariencia física. En
comparación con el feedback que los niños reciben a partir de sus sentencias verbales, el
feed-back externo que reciben de sus expresiones faciales puede ser indirecto. Parece
razonable suponer que los niños aprenden las reglas de manifestación facial sobre todo a
través del aprendizaje observacional y de feedback indirecto, en contraste con las
instrucciones directas y las consecuencias claramente etiquetadas empleadas en la
enseñanza de las reglas de manifestación verbal. En consecuencia, hay que esperar que
los niños aprendan las reglas de manifestación verbal antes que las reglas de
manifestación facial y que empleen, en mayor medida, reglas de manifestación verbal
que facial, confirmándose esto en los diferentes niveles de edad estudiados.

9.2. Expresión no verbal de la emoción

Las investigaciones se han centrado fundamentalmente en dos formas de expresión


no verbal: la expresión corporal y la expresión facial.

9.2.1. Expresión corporal

En comparación con la investigación sobre las expresiones faciales, los estudios


sobre las relaciones entre estados emocionales y el comportamiento del movimiento
corporal, como movimientos de cabeza, movimientos del tronco o las posturas, son
relativamente raros. Pero las emociones pueden también ser señaladas (indicadas) a
través de los gestos, la postura y movimientos del tronco (Wallbott, Ricci-Bitti y
Bánninger-Huber, 1986).
Aunque los gestos no pueden generalmente ser utilizados para identificar por sí
mismos una emoción específica, desempeñan una función importante en la expresión de
estados emocionales, estando estrechamente relacionados con el grado de activación
emocional. Existe un tipo específico de gestos, definidos por Ekman y Friesen en 1969
(citado en Morales y otros, 1994) como “adaptadores”, que no se producen con el
propósito de comunicar algo, sino para “regular” el estado de experiencia emocional. Son
gestos involuntarios que las personas utilizamos sistemáticamente en diversas situaciones
de la vida diaria para conseguir autocontrol. Estos gestos, adquiridos generalmente
durante la infancia como comportamientos adaptativos, son habituales en los adultos.
Por otra parte, existen gestos capaces de expresar estados emocionales específicos,
por ejemplo, apretar el puño y golpear con uno o ambos pies el suelo como una señal de
ira o cubrirse la propia cara con la mano como signo de vergüenza. Ekman y Friesen han
establecido una clara distinción entre “expresión emocional” y “gestos simbólicos y
emblemas”. La expresión de una emoción no se produce fundamentalmente para
comunicar algo a otros (puede tener lugar incluso cuando una persona está sola),

180
mientras que los gestos simbólicos solamente se producen cuando un sujeto está
interactuando con otros, ya que este tipo de gesto se manifiesta con el propósito de
enviar un mensaje.
Aunque la postura (como la forma en que el cuerpo como un todo se despliega en el
espacio) no es capaz, por sí misma, de expresar una emoción específica, puede contribuir
a la expresión emocional en combinación con otros indicios emocionalmente expresivos.
A través de alteraciones a lo largo del continuum tensión-relajación, la postura es una
señal del grado de intensidad de activación emocional. Por otra parte, se han encontrado
correlaciones entre tipos de postura y estados de ánimo específicos: la postura de
hombros caídos de la persona abatida, la postura comprimida (hundida) de la persona
triste y deprimida o la postura vertical (erguida) y muy vigilante de la persona eufórica
(Wallbott, Ricci-Bitti y Bánninger-Huber, 1986).
Otro aspecto muy estudiado de la expresión corporal es el espacio personal, que es
un área alrededor del cuerpo que la persona siente que le pertenece, una distancia que la
persona pone entre ella y los demás. Hall (citado en Worcher y Shebilske, 1995) ha
observado que el espacio que las personas dejan entre sí cuando se comunican
frecuentemente está en función de la naturaleza de su relación. La distancia íntima
(desde aquella que permite tocarse, hasta 50 cm) se establece cuando el sujeto conforta,
protege, acaricia, hace el amor o cuenta secretos a otro u otros. La distancia personal
(de 50 cm a un metro) es establecida por los amigos íntimos cuando conversan o por
desconocidos cuando discuten asuntos personales y es la que se guarda en reuniones
sociales. La distancia social (de un metro a tres metros y medio) se emplea cuando se
tratan negocios personales o en negocios más formales y en reuniones sociales.
Cuando sentimos que nuestro espacio personal es invadido por otro u otros, nos
sentimos incómodos y nos mostramos alerta y con frecuencia nos alejamos para
recuperar el espacio apropiado.
Hall encontró que además de la naturaleza de la relación existente entre los sujetos,
en el establecimiento del espacio personal influyen otros factores, como la cultura, el
género y la edad. Las personas en las culturas occidentales, como Estados Unidos,
Canadá y Europa occidental mantienen distancias personales mayores que las personas
en Latinoamérica o en Europa oriental. Los varones establecen mayores distancias
cuando se relacionan entre sí que las mujeres cuando se relacionan entre ellas. Los niños
establecen distancias personales menores que los adolescentes o los adultos.
El espacio personal cumple varias funciones. Las personas ponemos de manifiesto
nuestra atracción o rechazo mediante la distancia que establecemos. Nos acercamos a las
personas que nos gustan y nos alejamos de las que nos desagradan. Por otra parte, la
distancia personal está relacionada con otros tipos de lenguajes que se utilizan para
comunicar emociones. Cuando estamos muy cerca de las personas podemos ver si nos
están mirando, si sus cejas están fruncidas o si están sudando, pero no podremos ver sus
manos y determinar en qué actitud corporal se encuentran. A medida que incrementamos
la distancia, podemos observar sus gestos y actitudes corporales, pero no podremos
distinguir aspectos de su cara.

181
9.2.2. Expresión facial de la emoción

Una adecuada comprensión de la expresión facial de la emoción requiere de un


conocimiento detenido de cuáles son los músculos implicados, de sus inserciones, de sus
relaciones, de su inervación y de su acción.
Por otra parte, se presentan los métodos de medida del comportamiento facial, los
patrones faciales típicos de las emociones básicas, y se realiza un breve análisis respecto
a la universalidad de la expresión facial de la emoción.

A) Músculos de la cabeza

Los músculos de la cabeza se dividen en músculos masticadores y músculos


cutáneos de la cabeza (Testut y Latarget, 1985; Spalteholz, 1976).
La figura 9.2 presenta los músculos de la cabeza que tienen una función más
relevante en la expresión emocional.

• Músculos masticadores

Los músculos masticadores son cuatro: el temporal, el masetero, el pterigoideo


externo y el pterigoideo interno.

— El músculo temporal (musculus temporalis). Aplanado, triangular o en abanico,


ocupa la fosa temporal. Por arriba se inserta en la línea curva temporal inferior,
la fosa temporal, la aponeurosis temporal y el arco cigomático (fascículo yugal).
Desde aquí sus fibras se dirigen hacia la apófisis coronoides y se insertan en su
cara interna, su vértice y sus dos bordes. La cara interna del músculo temporal
está en relación con la fosa temporal, con los dos músculos pterigoideos y el
buccinador. La cara externa, con el arco cigomático y el masetero. Está
inervado por tres nervios temporales profundos (anterior, medio y posterior). Su
acción es de elevador del maxilar inferior y desplaza hacia atrás al cóndilo del
maxilar cuando éste ha sido llevado hacia delante por el pterigoideo externo.

182
Figura 9.2. Músculos de la cabeza relevantes en la expresión emocional (tomada de la Enciclopedia médica
familiar (1986): El cuerpo humano, vol. VII, p. 73)

— El músculo masetero (m. masseter). Corto, grueso, adosado a la cara externa de


la rama del maxilar inferior. El fascículo superficial se extiende del borde inferior
del arco cigomático al ángulo de la mandíbula. El fascículo profundo se extiende
desde el arco cigomático a la cara externa de la rama ascendente. La cara
interna está en relación con la rama del maxilar inferior y con el músculo
buccinador, entre otros; la cara externa, con los músculos cutáneos de la cara, la
arteria transversa de la cara y las ramificaciones del nervio facial. El borde
superior se relaciona con el arco cigomático y el borde inferior con el ángulo
maxilar. El borde anterior se relaciona con el maxilar superior, con el buccinador
y con la arteria facial. El borde posterior está en relación con la rama del
maxilar. Está inervado por el nervio mandibular (rama del trigémino o V par
craneal). Su acción es de elevador del maxilar inferior.
— El pterigoideo interno (m. pterygoideus medialis). Está situado dentro de la
rama del maxilar inferior y tiene la misma disposición que el masetero. Por
arriba se efectúan las inserciones en la fosa pterigoidea. Desde aquí el músculo
se dirige hacia abajo, atrás y afuera, en busca de la cara interna del ángulo del
maxilar, en donde termina enfrente de las inserciones del masetero. Por dentro
está en relación con la faringe y por fuera con el músculo pterigoideo externo.
Está inervado por el nervio pterigoideo interno y su acción es de elevador del
maxilar inferior.

183
— El pterigoideo externo (m. pterygoideus lateralis). Tiene la forma de un cono,
cuya base corresponde al cráneo y el vértice al cóndilo. Ocupa la fosa
cigomática. El fascículo superior se inserta en la parte del ala mayor del
esfenoides que forma la fosa cigomática. El fascículo inferior se inserta en la
cara externa del ala externa de la apófisis pterigoides. Desde aquí los dos
fascículos se unen y se insertan juntos en el cuello del cóndilo y en el menisco
articular. La cara superior está en relación con la bóveda de la fosa cigomática.
La cara ante-roexterna está en relación con el masetero, mientras que la cara
posterointer-na está en relación con el pterigoideo interno, con los nervios
lingual, dentario inferior, auricotemporal y con la arteria maxilar interna. La
inervación procede del nervio pterigoideo externo. La contracción simultánea de
los dos músculos pterigoideos determina la proyección hacia adelante del
maxilar inferior, mientras que la contracción aislada de uno de ellos, un
movimiento de lateralidad.

• Músculos cutáneos de la cabeza

Son músculos delgados que están estrechamente relacionados con la piel. En un


sujeto adulto se dividen en cuatro grupos:

— Músculos cutáneos del cráneo.


— Músculos de los párpados.
— Músculos de la nariz.
— Músculos de los labios.

Estos tres últimos grupos de músculos hacen posible la oclusión o la abertura de los
orificios alrededor de los cuales se hallan colocados. Son además los músculos de la
mímica.

1. Músculos cutáneos del cráneo. Los músculos cutáneos del cráneo son el occipital y
el frontal y están unidos entre sí por la aponeurosis epicraneal.

— El músculo occipital (m. occipitalis). Es un músculo cuadrangular, situado en la


parte posterior de la cabeza. Por abajo se inserta en la línea occipital superior y
en la apófisis mastoidea. Desde aquí se dirige hacia arriba y adelante y se inserta
en el borde posterior de la aponeurosis epicraneal. Está cubierto por la piel y
cubre el pericráneo. Está inervado por la rama auricular posterior del nervio
facial. Su acción es de tensor de la aponeurosis epicraneal, tira de ella hacia
atrás.
— El músculo frontal (m. frontalis). Es un músculo cuadrangular, situado en la parte
anterior de la cabeza. Por arriba se inserta en el borde anterior de la aponeurosis

184
epicraneal. Desde aquí desciende hacia el frontal. Está cubierto por la piel y
cubre el pericráneo. Está inervado por la rama temporofacial del nervio facial.
Su acción es de tensor de la aponeurosis epicraneal. Tira de las cejas hacia
arriba y produce arrugas transversalmente en la frente.

La aponeurosis epicraneal (galea aponeurótica) es una hoja fibrosa que se extiende


desde el músculo frontal al músculo occipital. Forma una lámina conjuntiva que recubre
la bóveda craneal y está muy fuertemente unida a la piel. Ofrece una estructura tendinosa
en la que se insertan los músculos epicraneanos (frontal y occipital).

2. Músculos de los párpados. Alrededor de los párpados se encuentran el músculo


orbicular y el superciliar.

— El orbicular de los párpados (m. orbicularis oculi). Es un músculo aplanado


que rodea el orificio palpebral a manera de anillo. Su parte interna corresponde
a los párpados (zona palpebral) y su parte externa sobresale de los párpados y
cubre la órbita (zona orbitaria). El orbicular se inserta en los ángulos del ojo. En
el ángulo interno, por medio de un tendón formado de dos partes, el tendón
directo y el tendón reflejo. El tendón directo se inserta en el labio anterior del
canal nasal y el tendón reflejo en el labio posterior del canal nasal. En el ángulo
externo los fascículos musculares se entrecruzan y terminan en la piel de esa
zona. El orbicular está cubierto por la piel y cubre a su vez el contorno de la
órbita (zona orbitaria) y el septum orbicular y las cintillas de los tarsos (zona
palpebral). Está inervado por la rama temporofacial del nervio facial y su acción
es la oclusión de los párpados. Tira de las cejas hacia dentro y abajo y de la piel
de las mejillas hacia arriba y adentro. Posibilita la progresión de las lágrimas.
— El superciliar (m. corrugator glabellae). Es un músculo corto, extendido sobre
la parte interna del arco superciliar, de donde nace, dirigiéndose hacia arriba y
afuera, terminando en la piel a nivel del agujero supraorbitario. Cubierto por el
músculo orbicular, cubre a su vez el músculo frontal. Está inervado por el
nervio facial y su acción es atraer hacia dentro y abajo la piel de la ceja.

3. Músculos de la nariz. Son el piramidal, el mirtiforme, el transverso y el dilatador de


las aberturas nasales.

— El músculo piramidal (m. depressor glabellae). Está situado en el dorso de la


nariz. Nacido en los cartílagos laterales de la nariz y el borde inferior de los
huesos propios de la nariz, se dirige hacia arriba, entra en contacto con el
músculo frontal y termina en la piel. Descansa directamente sobre los huesos de
la nariz. Está inervado por los filetes infraorbitarios del nervio facial. Al tirar
hacia abajo de la piel que recubre la raíz nasal, ocasiona en la misma la
aparición de arrugas transversales.

185
— El transverso de la nariz (m. nasalis). Es un músculo triangular adosado sobre el
dorso de la nariz, donde nace. Desde aquí se dirige abajo hacia el surco del ala
de la nariz y termina en la piel y en el músculo mirtiforme. Descansa
directamente sobre el ala de la nariz y está inervado por los filetes infraorbitarios
del nervio facial. Su acción es estrechar las aberturas nasales, atrayendo hacia
arriba los tegumentos.
— El mirtiforme. Pequeño músculo radiado situado por debajo de las aberturas
nasales. Se inserta, abajo, en la fosita mirtiforme y de aquí se dirige arriba, para
terminar en el subtabique del ala de la nariz. Descansa sobre el maxilar superior
y se halla cubierto por el orbicular y la mucosa gingival. Está inervado por los
filetes infraorbitarios del nervio facial. Su acción es estrechar las aberturas
nasales y hacer descender el ala de la nariz.
— El dilatador propio de las aberturas nasales. Es un músculo delgado, situado en
la parte inferior del ala de la nariz, que se inserta en el maxilar superior y en el
ala de la nariz. Está inervado por los filetes infraorbitarios del nervio facial. Su
acción es dilatar las aberturas nasales.

4. Músculos de los labios. Son once. Uno rodea el orificio bucal a manera de anillo
(músculo orbicular). Los otros diez, colocados a los lados, se insertan alrededor
de la boca.

— El orbicular de los labios (m. orbicularis oris). Es un músculo elíptico situado


alrededor del orificio bucal. Se divide en dos mitades distintas: semiorbicular
superior y semiorbicular inferior. El semiorbicular superior se extiende de una
comisura a la otra y desde el borde libre del labio superior a la base de la nariz.
El semiorbicular inferior ocupa toda la altura del labio inferior. Está formado por
fibras que van de una comisura a la otra y por un fascículo de refuerzo. El
orbicular se encuentra más próximo a la mucosa labial que a la piel. Por su cara
profunda está en relación con las glándulas de los labios y las arterias
coronarias. Está inervado por los filetes bucales superiores e inferiores del
nervio facial. Su acción es ser esfínter del orificio bucal. La contracción de las
zonas periféricas del orbicular frunce los labios y los proyecta hacia delante,
mientras que la contracción de las zonas marginales frunce los labios y los
proyecta hacia atrás.
— El buccinador (m. bucinatorius). Es un músculo plano situado por detrás del
orbicular y por delante del masetero. Se inserta, por detrás, en el borde alveolar
de los maxilares superior e inferior y en la aponeurosis buccinato-faríngea. Por
delante termina en la cara profunda de la mucosa bucal, a nivel de las
comisuras. Se consideran en este músculo dos caras y dos extremidades. La
cara interna se corresponde con la mucosa bucal; la cara externa, con la
posterior de la rama ascendente del maxilar y con el músculo masetero, entre
otros. Está inervado por los filetes bucales superiores e inferiores del nervio

186
facial. Desplaza hacia fuera la comisura bucal, cierra la abertura de la boca y
comprime los labios y las mejillas sobre las hileras dentarias. Hace salir a
presión el aire contenido en la cavidad bucal (toque de los instrumentos de
viento).
— El elevador común del ala de la nariz y del labio superior (m. angularis). Es un
músculo delgado, verticalmente extendido desde el ángulo interno del ojo al
labio superior. Por arriba se inserta en la apófisis ascendente del maxilar
superior. Por abajo, en el ala de la nariz y en el labio superior. Está cubierto por
la piel y a su vez cubre algunos músculos cutáneos. Está inervado por los filetes
infraorbitarios del nervio facial. Eleva el ala nasal y el surco nasolabial.
— El elevador propio del labio superior (m. levator labii superioris). Pequeño
músculo en forma de cinta situado por fuera y por debajo del músculo elevador
común del ala de la nariz y del labio superior. Por arriba se inserta en el maxilar
superior y por abajo en el labio superior. Está situado entre el músculo elevador
común del ala de la nariz y del labio superior y el cigomá-tico menor. Cubre el
músculo canino y el orbicular de los labios. Está inervado por los filetes
infraorbitarios del nervio facial. Su acción es elevar el labio superior.
— El canino (m. caninus). Se trata de un músculo aplanado, cuadrangular, que
ocupa la fosa canina. Por arriba se inserta en la fosa canina y por abajo en la
piel, cerca de la comisura. Está cubierto por el músculo elevador propio del
labio superior e inervado por los filetes infraorbitarios del nervio facial. Su
acción es atraer hacia arriba la comisura labial. Actuando conjuntamente, los
músculos de ambos lados elevan el labio inferior y contribuyen a cerrar la boca.
— El cigomático menor (m. zygomaticus minor). Es un músculo alargado que se
extiende desde el pómulo a la comisura. Es superficial, cubierto únicamente por
la piel e inervado por los filetes infraorbitarios del nervio facial. Atrae hacia
arriba y afuera la comisura de los labios.
— El cigomático mayor (m. zygomaticus major). Es un músculo acintado que va
desde el pómulo a la comisura, por fuera del cigomático menor. Cruza el
masetero y la vena facial, estando inervado por los filetes infraorbitarios del
nervio facial. Atrae hacia arriba y afuera a la comisura de los labios.
— El risorio (m. risorius). Es un músculo triangular situado a cada lado de la cara.
Por detrás se inserta en el tejido celular de la región parotidea y por delante en
la comisura. Es superficial, cubierto por la piel, y descansa sobre la parótida, el
masetero y el buccinador. Está inervado por los filetes bucales inferiores del
nervio facial. Es el músculo de la sonrisa. Contribuye a desplazar la comisura
labial hacia fuera.
— El triangular de los labios (m. triangularis). Músculo ancho y delgado, que va
del maxilar inferior a la comisura. Por abajo se inserta en el maxilar inferior y
por arriba en la comisura. Es superficial, cubierto por la piel y reviste, a su vez,
al buccinador y al orbicular. Está inervado por los filetes mentonianos del nervio
facial. Su acción es bajar la comisura labial. Combinando su acción los

187
músculos de ambos lados, se produce el descenso del labio superior y el cierre
de la boca.
— El cuadrado del mentón (m. quadratus labii mandibularis). Músculo
cuadranglar, aplanado, que va desde el tercio interno de la línea oblicua externa
a la piel del labio inferior. Está inervado por los filetes mentonianos del nervio
facial. Baja la comisura y desplaza hacia fuera y abajo al labio inferior.
— Los músculos borla del mentón (m. mentalis). Son dos músculos conoides,
derecho e izquierdo, que se extienden desde el maxilar inferior a la piel del
mentón. Descansan sobre el hueso y son superficiales. Están inervados por los
filetes mentonianos del nervio facial. Su acción consiste en elevar y arrugar la
piel del mentón.

B) Métodos de medida del comportamiento facial

Se han utilizado diversos métodos para analizar el comportamiento facial: la


electromiografía (EMG), sistemas objetivos de codificación y estudios de juicios.

• Electromiografía (EMG)

Es la forma más objetiva de medir el comportamiento facial. El registro EMG facial


implica situar pequeños electrodos de superficie sobre el músculo (o grupos de músculos)
implicados en el cambio de apariencia facial. Los electrodos detectan potenciales de
acción muscular agregados de las fibras musculares subyacentes, considerándose que la
señal filtrada, amplificada e igualada es proporcional a la intensidad de la contracción de
los músculos.
En la mayor parte de los estudios EMG se solicita a los sujetos que se imaginen a sí
mismos en situaciones elicitadoras de emoción o se les presentan transparencias
elicitadoras de emoción o vídeos mientras se realizan registros EMG a través de
electrodos de superficie localizados en diversas partes de la cara. Este tipo de estudios ha
puesto de manifiesto de una forma consistente que las condiciones emocionales positivas
pueden ser diferenciadas de las negativas sobre la base de las respuestas EMG
subyacentes. Los datos más sólidos comprueban el incremento de la actividad del
músculo cigomático en condiciones estimulares agradables o de felicidad y el incrementó
de la actividad del músculo corrugador en condiciones de estimulación desagradables
(tristeza, ira, temor).
La principal ventaja de la EMG consiste en que es muy útil en situaciones en las que
deseamos evaluar el comportamiento facial encubierto (no observable), donde los otros
dos métodos de medida no son aplicables. Las desventajas están relacionadas con el
hecho de que es una técnica invasiva, pues la colocación de electrodos en la cara de un
sujeto puede modificar directamente sus movimientos faciales. Entre otros

188
inconvenientes, se encuentra el hecho de que puede ser una técnica inoportuna
(indiscreta), que centra la atención del sujeto en la cara, lo que probablemente modificará
su comportamiento. Al igual que otros métodos psicofisiológicos, es una técnica
relativamente costosa, puede no ser fiable y puede conllevar una elevada tasa de
abandono (pérdida de sujetos) debido a errores mecánicos o eléctricos en el sistema de
registro.

• Sistema de codificación objetiva de las expresiones faciales observables

Se basa en la identificación y medida de unidades visibles del comportamiento facial.


Aunque implica juicios hechos por observadores, se diferencia de los métodos de juicio
en que se trata de que los juicios sean puramente descriptivos, no interpretativos.
Tres de estos métodos se han basado en la identificación de patrones de movimiento
facial que se cree que están asociados a determinadas emociones que se consideran
emociones universales. Ekman, Friesen y Tomkins (1971) han estructurado el Facial
Affect Scoring Technique (FAST) –técnica para la puntuación de la expresión facial
emocional–, que consiste en 77 descripciones de las 6 emociones básicas. Izard (1979)
ha presentado el Maximally Discriminative Facial Movement Coding System (MAX) –
sistema de codificación máximamente discriminativo del movimiento facial–. Izard y
Dougherty (1980) han presentado el System for Identifying Affect Expression by
Holistic Judgment (AFFEX) –sistema para la identificación de la expresión emocional a
través de juicios globales–.
Estos tres sistemas de medida se basan en estudios previos sobre la universalidad de
reconocimiento de ciertas configuraciones de acciones faciales como expresiones faciales
específicas y tienen diversas limitaciones, entre las que se encuentran que ninguno de
ellos permite la medida de la intensidad del comportamiento ni la medida de otras
acciones, a excepción de aquellas consideradas teóricamente como importantes en el
momento de construir estos sistemas de medida. El MAX y el AFFEX se han
desarrollado para ser empleados con párvulos (infants) y omiten muchas configuraciones
que pueden ser relevantes en los estudios de niños mayores o de adultos.
Ekman y Friesen (1978) han desarrollado un sistema de medida que es uno de los
más utilizados y que en gran parte está influido por la aportación de Hjortsjó, un
anatomista que, interesado en descubrir los cambios de apariencia visible para cada
músculo, aprendió a disparar sus propios músculos faciales voluntariamente y presentó
en 1969 un sistema de codificación basado en la anatomía de la musculatura facial,
desarrollando una descripción precisa de los cambios en la apariencia facial derivados de
la acción de cada músculo facial.
Ekman y Friesen (1978), siguiendo el método de Hjortsjó, han presentado el Facial
Action Coding System (FACS) –sistema de codificación de la acción facial– que trata de
proporcionar un sistema comprehensivo que puede diferenciar todos los movimientos
faciales que es posible distinguir visualmente. Dado que cada movimiento facial es el

189
resultado de la acción muscular, concluyen que se puede obtener un sistema
comprehensivo descubriendo cómo actúa cada músculo de la cara para cambiar la
apariencia visible. Con este conocimiento sería posible analizar cada movimiento facial en
mínimas unidades de acción (AU), basadas anatómicamente. Estas AU, que son 44,
forman la base del sistema de codificación y de medida. El cuadro 9.1 presenta algunas
de las AUs, especificando su número, nombre y bases anatómicas.

CUADRO 9.1. Algunas de las unidades de acción (AU) integradas en el sistema de


codificación de la acción facial (FACS) de Ekman y Friesen (1978). Resumido de Ekman
(1982), p. 186.

Debido a que la aplicación del FACS al comportamiento facial dinámico requiere


mucho tiempo, a que necesita la presentación frecuente, a ritmo lento, de los trozos
seleccionados de vídeo, a que en muchas ocasiones no se necesita una descripción

190
completa de los movimientos faciales, porque todo lo que se requiere es una descripción
de las acciones, que se asume están implicadas en el comportamiento emocional, Ekman
y Friesen (Ekman y O’Sullivan, 1991; Friesen y Ekman, 1984) han realizado una versión
denominada Emotion Facial Action Coding System (EMFACS) –sistema de
codificación de la acción facial en la emoción– que evalúa sólo las A U y las
combinaciones de AU que han sido confirmadas por los resultados empíricos o por la
investigación teórica como señales emocionales.
Los sistemas objetivos de codificación son apropiados para estudiar aspectos
implicados en la descripción o medida del comportamiento facial, más que la evaluación
de la información que conlleva el comportamiento facial.

• Estudios de juicios

La metodología de juicio es la más ampliamente empleada en las investigaciones


sobre el comportamiento facial. Los estudios de juicios son necesarios para evaluar
aspectos relacionados con la información que conlleva la expresión facial, entre los que
se encuentran el uso que los sujetos hacen del comportamiento facial para inferir los
estados o características de otros.
La técnica de estudios de juicios emplea el paradigma codificador-decodificador
(mensajero-receptor). En este procedimiento, las respuestas faciales del sujeto a
estímulos de la situación presumiblemente elicitadores de la emoción son fotografiadas o
registradas en vídeo. Evaluadores ingenuos (receptores o decodificadores) observan estas
respuestas y realizan juicios en relación con la identidad o la valencia de la condición del
estímulo o la reacción emocional de los respondientes (codificadores o mensajeros). Se
obtienen también medidas subjetivas de las experiencias de los codificadores y/o
respuestas de su SN autónomo.
Existen dos tipos principales de estudios de juicios: juicios de categoría y método de
valuación. Los estudios de juicios de categoría han empleado el método de elección
forzada o el método de respuesta-libre.
De acuerdo con el método de elección forzada, a los jueces se les da una lista breve
de categorías de respuesta y se les muestra una serie de estímulos, generalmente uno a
uno, debiendo de asignar cada estímulo a una categoría de respuesta simple. Menos
frecuente ha sido el empleo del método de respuesta-libre, en el que se permite a los
jueces elegir libremente el término (rótulo) a aplicar, aunque es probable que esta libertad
se vea limitada, indicando al sujeto qué tipo de término se requiere.
El método de valuación permite a los jueces valuar en qué medida se manifiesta un
número de propiedades en los estímulos faciales. Las propiedades valoradas son
generalmente proporcionadas por el investigador a partir de diversas nociones teóricas.
¿Cuál de los tres principales métodos de medida hemos de emplear? Dependerá del
estudio que estemos realizando. Si estamos examinando una cuestión relacionada
exclusivamente con la estructura del comportamiento facial, hay que utilizar un método

191
que proporcione la medida más directa y más objetiva posible del comportamiento facial
(EMG y método de evaluación objetiva). Pero si el estudio está relacionado con la
información facilitada a otros sobre el comportamiento facial, se han de emplear los
estudios de juicios.

C) Patrones faciales típicos de las emociones básicas

Ekman y Friesen (1975,1978), utilizando sistemas de codificación de acciones


faciales (que superan la imprecisión y subjetividad del método de jueces), han puesto de
manifiesto la diferente conducta facial correspondiente a las seis emociones consideradas
básicas, que se han presentado en el capítulo 3, poniendo de relieve la musculatura que
interviene en los movimientos expresivos (característicos de dichas emociones). La figura
9.3 presenta el patrón facial correspondiente a cada una de las emociones básicas.
La expresión de alegría consiste en un retraimiento oblicuo de las comisuras de los
labios (sonrisa), elevación de las mejillas, que en ciertos casos puede dar lugar a unas
arrugas características en la piel debajo del párpado inferior (patas de gallo), producidas
por la contracción del músculo orbicular de los párpados.
La expresión de ira viene definida por lo que habitualmente se denomina ceño
fruncido: se produce una aproximación y un descenso de las cejas, se retrae el párpado
superior y se eleva el párpado inferior. Puede observarse un rictus típico de amenaza en
la boca: se estrechan los labios y con frecuencia la boca está abierta, al producirse la
elevación del labio superior y el descenso de la mandíbula, mostrándose los dientes
apretados. Otro aspecto de la expresión de ira es la mirada penetrante, fija.
La expresión prototípica de miedo consiste en una aproximación y elevación de las
cejas. Los ojos y la boca se abren como resultado de la elevación del párpado superior y
un alargamiento de las comisuras de los labios, que se separan. Labios en tensión; en
ocasiones la boca está abierta.
La expresión de sorpresa sería similar a la de miedo, pero no se produce
aproximación de las cejas, ni alargamiento de la comisura de los labios. Tiene lugar una
elevación de las cejas, dispuestas en posición circular, y un estiramiento de la piel debajo
de las cejas. Ojos muy abiertos, al elevarse el párpado superior y al descender el inferior.
Frecuentemente la boca está abierta al descender la mandíbula.
La expresión de tristeza se caracteriza por una aproximación y elevación de las
cejas, un descenso de la comisura de los labios, que pueden estar temblorosos, y una
elevación de la barbilla.
La expresión de asco se manifiesta por elevación del labio superior, generalmente
asimétrica, y por un descenso general en la parte inferior de la cara (labio inferior,
mandíbula y comisuras de los labios). Se producen arrugas en la nariz y zonas próximas
al labio superior, arrugas en la frente y arrugas en los párpados inferiores al elevarse las
mejillas.

192
Figura 9.3. Patrón facial correspondiente a cada una de las emociones básicas: alegría, ira, miedo, tristeza, asco
y sorpresa (tomada de Carretié e Iglesias, 1995, p. 163).

D) Universalidad de la expresión facial de la emoción

Demostrar la universalidad de la expresión facial de la emoción requiere el


establecimiento de tres proposiciones que están relacionadas (Russell y Femández-Dols,
1997):

a) En todos los grupos humanos se producen los mismos patrones de movimiento


facial.
b) Sujetos observadores de la expresión emocional en las diferentes sociedades
atribuyen las mismas emociones específicas a los mismos patrones faciales
universales.
c) Los mismos patrones faciales son manifestaciones de las mismas emociones en
todas las sociedades humanas.

De acuerdo con Russell y Fernández-Dols (1997), la proposición a se ha asumido


como verdadera, la proposición b ha recibido gran atención, generándose mucha
investigación, mientras que la proposición c ha sido ignorada. Se requiere una evidencia

193
independiente para la proposición c, puesto que ésta no tiene que ser necesariamente
cierta, incluso aunque lo sean la proposición a y la b.
De las investigaciones que han establecido comparaciones transculturales, de las
llevadas a cabo en recién nacidos y en personas con graves déficit sensoriales (véase
Fernández-Dols, Iglesias y Mallo, 1990; Morales y otros, 1994), se puede concluir que
las denominadas expresiones emocionales son parte del repertorio conductual de los seres
humanos de forma probablemente innata. Queda por confirmar la cuestión de si las
configuraciones faciales expresan ciertas emociones básicas y hasta qué punto la
experiencia que subyace a tales expresiones es la misma y se corresponde con una
emoción básica. Para Morales y otros (1994), la información al respecto hasta el
momento presente ha sido poco o nada decisiva. Los estudios típicos en este campo han
sido los llamados experimentos de reconocimiento, en los que la hipótesis fundamental
es que los sujetos de cualquier cultura pueden identificar las expresiones faciales con
ciertas emociones básicas. En consecuencia, no sólo serían universales las expresiones,
sino también las emociones básicas (alegría, ira, sorpresa, miedo, asco y tristeza) que las
causarían.
El reconocimiento universal de las emociones implica que cualquier ser humano
puede categorizar las expresiones mediante ciertos términos que denotan las mismas
emociones en cualquier lenguaje. La metodología de este tipo de experimentos consiste
en que se presentan las expresiones a un grupo de jueces (generalmente fotografías de
expresiones simuladas por modelos), debiendo éstos decidir (escogiendo entre varias
categorías, generalmente) qué emoción expresa cada rostro. Las investigaciones
confirman que los sujetos de diversas culturas adscriben las emociones básicas a las
expresiones.
Morales y otros (1994) concluyen que los estudios sobre reconocimiento de la
emoción no han proporcionado datos definitivos sobre la hipótesis fundamental del
modelo neurocultural, de acuerdo con la cual existiría una identidad básica entre
expresión, experiencia emocional y ciertas categorías lingüísticas. La universalidad de las
expresiones emocionales no ha sido suficientemente probada.

9.2.3. Modalidades de la expresión no verbal en estados emocionales

Si consideramos las frecuencias relativas de las diferentes modalidades no verbales


reportadas por los sujetos en diferentes estados emocionales, se comprueba que las
reacciones faciales son las mencionadas con más frecuencia, las reacciones de partes del
cuerpo son mencionadas con una frecuencia media y las reacciones del cuerpo completo
(posturas) son las menos citadas (véase la figura 9.4).
El dominio de la expresión facial se pone de manifiesto en el hecho de que el
reír/sonreír y el llorar son las reacciones reportadas más frecuentemente. En
consecuencia, el más elevado porcentaje de expresión facial se ha atribuido a las
emociones de alegría y tristeza. Los movimientos de partes del cuerpo son mencionados

194
con más frecuencia en el contexto de la ira. Los movimientos del cuerpo completo
(posturas), aunque relativamente raros, fueron descritos con mayor frecuencia en
relación con el miedo.
En general, la mayor parte de las reacciones no verbales son reportadas en relación
con ira y con alegría, que pueden ser descritas como “emociones activas”. Tristeza ocupa
un lugar intermedio al respecto, siendo reportado el menor número de reacciones no
verbales en el estado emocional de miedo. Tristeza y miedo pueden ser caracterizadas
como “emociones pasivas”.

195
Figura 9.4. Frecuencias relativas de la presentación de diversas modalidades de reacción no verbal en diferentes
estados emocionales (a partir de Wallbott, Ricci-Bitti y Bánniger-Huber, 1986).

Por otra parte, se puede hacer una diferenciación entre las emociones en términos de
la importancia del comportamiento no verbal en comparación con los síntomas
fisiológicos. El empleo de un índice de dominancia del comportamiento no verbal sobre
los síntomas fisiológicos (el número de reacciones no verbales dividido entre el número
de síntomas fisiológicos) indica que alegría, ira y tristeza han sido experimentadas como
más externalizadas y expresadas a través de comportamiento no verbal, mientras que el
miedo ha sido descrito como más internalizado y expresado a través de síntomas
fisiológicos (figura 9.5).

Figura 9.5. Importancia del comportamiento no verbal respecto a los síntomas fisiológicos (evaluada a través de
un índice de dominancia) en diversos estados emocionales (a partir de Wallbott, Ricci-Bitti y Báninger-Huber,
1986).

Entrando en un análisis de las diferencias sexuales en el comportamiento no verbal


(Wallbott, Ricci-Bitti y Bánninger-Huber, 1986), se encuentra que las mujeres informan
de un mayor número de reacciones no verbales que los varones. Esto es así para las
reacciones faciales, las vocales y las de movimiento corporal. Existen diferencias más
pequeñas para el habla y las reacciones de movimiento de partes del cuerpo. No se
encuentran diferencias significativas entre sujetos de ambos sexos en términos de
síntomas fisiológicos. Aunque las mujeres informan de un número más elevado de

196
síntomas, las diferencias respecto a síntomas circulatorios, viscerales y musculares son
relativamente pequeñas. Las mujeres reaccionan más a través de comportamientos no
verbales que de síntomas fisiológicos en comparación con los hombres. Las mujeres son
más externalizadoras que los hombres. Entre otras razones, esto puede deberse al hecho
de que las reglas de manifestación de las emociones no permiten a los hombres describir
sus reacciones de una forma tan detallada como a las mujeres, o al hecho de que las
mujeres reaccionan de una forma más deseable, informando de aquellas reacciones que
uno esperaría, por ejemplo, en los estados emocionales de alegría y de tristeza.

197
PARTE IV:
ÁMBITOS DE INVESTIGACIÓN

198
10
ENFOQUE COGNITIVO DE LA EMOCIÓN

10.1. Desarrollos teóricos

10.1.1. Teorías de la evaluación cognitiva

Las teorías de la evaluación cognitiva comparten con las teorías de la activación-


cognición el énfasis en destacar la relevancia de la actividad cognitiva en la experiencia
emocional, pero atribuyen diferentes funciones a la evaluación cognitiva en la producción
de la emoción.
La aportación teórica de Arnold (1960) se basa en una síntesis de factores cognitivos
y fisiológicos en la que es relevante el concepto de “valoración” (appraisal). El sujeto
evalúa, elabora cognitivamente de forma inmediata y casi involuntaria la situación ante la
que se encuentra y trata de aproximarse a aquello que evalúa como “bueno”
(beneficioso) o evitar lo evaluado como “malo” (peligroso) e ignorar lo evaluado como
“indiferente”. La “valoración” es un complemento de la percepción y produce una
tendencia afectiva a hacer algo, de forma que las emociones tendrían funciones
motivacionales. La teoría de la emoción de Arnold está estrechamente vinculada con las
teorías hedonistas de la motivación de incentivo, que explican la conducta afirmando que
un estímulo crea un estado afectivo anticipatorio que impulsa conductas de
aproximación-evitación respecto al estímulo.
Arnold (1960) afirma que la emoción resulta de una secuencia de eventos que
comienza con la percepción o con la “simple aprehensión de un objeto”. Antes de que se
produzca la emoción, el objeto debe ser evaluado (“evaluación intuitiva”) como “bueno”
o como “malo”, según sea su efecto sobre el perceptor. Este proceso de evaluación
intuitiva complementa la percepción y produce una tendencia a la acción inmediata para
manejar los objetos y los eventos: “Normalmente la secuencia percepción-evaluación-
emoción está tan estrechamente unida, que nuestra experiencia diaria nunca es
estrictamente un conocimiento objetivo de una cosa; siempre es un conocer-y-gustar o
un conocer-y-disgustar” (vol. 1, p. 177).

199
Figura 10.1. Formas de evaluación y su incidencia en el atontamiento (a partir de Lazarus, 1966 y Lazarus y
Folkman, 1984/1986).

Lazarus comenzó a interesarse por el estudio de la emoción a partir del estudio del
estrés. El estrés se produce en la relación del sujeto con el ambiente. Esta relación tiene
lugar a través de dos procesos: “evaluación cognitiva” (valoración) y “afrontamiento”. La
valoración cognitiva es un proceso evaluativo que determina en qué medida es estresante
la relación entre el sujeto y el medio. Es un proceso que media –negocia activamente–
entre las demandas, las limitaciones y los recursos ambientales, por una parte, y la
jerarquía de metas y las creencias personales del sujeto, por otra.
La valoración puede ser primaria (se centra en las consecuencias positivas o
negativas que pueden derivarse de la situación para el sujeto) y secundaria (se centra en
la capacidad del sujeto para afrontar la situación). Ambas formas de valoración
interactúan entre sí, determinando el grado de estrés, así como la intensidad y el tipo de
respuesta emocional (figura 10.1).
El afrontamiento es considerado como un esfuerzo, a nivel cognitivo y conductual,
para manejar las situaciones que sobrepasan los recursos del sujeto. Es un proceso
específico para cada situación y demanda. Aunque existen estilos de afrontamiento
estables, el afrontamiento depende, en gran medida, del contexto, puesto que para ser
eficaz debe cambiar a lo largo del tiempo y a lo largo de las diferentes condiciones
estresantes.

200
Lazarus (Folkman y Lazarus, 1988) ha creado un procedimiento de medida para
evaluar el proceso de afrontamiento en diversos contextos estresantes, el Cuestionario
sobre Formas de Afrontamiento (The Ways of Coping Questionnaire), que está formado
por 67 ítems sobre pensamientos y acciones que el sujeto ha utilizado en su encuentro
con situaciones estresantes específicas. Un entrevistador se lo puede administrar al sujeto
o éste puede administrárselo a sí mismo.
El afrontamiento puede estar dirigido al problema, tratando de manipularlo o
alterarlo, o puede estar orientado a la emoción, intentando regular la respuesta emocional
generada por el problema. Existe una interacción entre las estrategias correspondientes a
ambas formas de afrontamiento, potenciándose o debilitándose una a otra.
El afrontamiento influye el estrés psicológico a través de la valoración, ejerciendo
ésta siempre la función de mediadora. Lazarus (1993) considera al afrontamiento como
un proceso:

— Complejo, que integra diversas estrategias, la mayor parte de las cuales son
empleadas por las personas en cada encuentro estresante.
— Depende de la valoración respecto a si se ha de hacer algo para cambiar la
situación. Si la valoración indica que se ha de hacer algo, predomina el
“afrontamiento centrado en el problema”. Si indica que no se puede hacer nada,
predomina el “afrontamiento centrado en la emoción”.
— Cuando el tipo de encuentro estresante se mantiene constante (por ejemplo,
estrés relacionado con trabajo, salud o familia), mujeres y hombres manifiestan
patrones de afrontamiento semejantes.
— Algunas estrategias de afrontamiento son más estables que otras, a lo largo de
diversos encuentros estresantes, mientras que otras están vinculadas con
contextos estresantes específicos.
— Las estrategias de afrontamiento cambian de un estado de encuentro estresante
complejo a otro.
— El afrontamiento actúa como un poderoso mediador de los resultados
emocionales; los positivos están asociados con algunas estrategias de
afrontamiento y los negativos con otras.
— La utilidad de un patrón de afrontamiento varía con el tipo de encuentro
estresante, el tipo de personalidad del sujeto y la modalidad de resultado
emocional estudiado. Lo que funciona en un contexto puede ser
contraproducente en otro.

Las emociones son reacciones psicofisiológicas organizadas y complejas que integran


evaluaciones cognitivas, impulsos a la acción y patrones de reacciones somáticas. La
intensidad de la respuesta emocional está en relación directa con el grado de amenaza,
derivado de la valoración primaria y en relación inversa con la capacidad de
afrontamiento, surgida de la valoración secundaria. El tipo de emoción dependerá de la
valoración cognitiva que realice el sujeto, así como la activación producida, que no es

201
generalizada, sino que muestra patrones específicos. La emoción específica que
experimenta el sujeto depende de los pensamientos del sujeto sobre el encuentro
estresante.
Lazarus (1993) denomina a su teoría de la emoción “cognitiva-motivacional-
relacional” porque considera las emociones como respuestas al significado relacionado de
un encuentro estresante, al sentido de una persona respecto a los costes y beneficios (lo
que implica procesos motivacionales y cognitivos) en una relación concreta persona-
ambiente. La emoción se produce por la yuxtaposición de la demanda, la limitación o el
recurso ambiental, con los motivos y creencias del sujeto. El proceso de valoración
media entre estos dos tipos de variables, indicando el significado de lo que está
sucediendo, para el bienestar de la persona.
Lazarus (1993) ha identificado dieciséis emociones, nueve negativas –producto cada
una de ellas de un grupo de condiciones de vida perturbadoras e implicando diferentes
prejuicios o amenazas– (ira, ansiedad, culpa, vergüenza, tristeza, envidia, recelo,
disgusto, terror), cuatro positivas (felicidad, amor, orgullo, alivio) y tres que tienen una
valencia mixta (esperanza, compasión, gratitud). Lazarus no presenta la emoción de
gratitud en el cuadro 10.1, en la que cada emoción tiene un significado relacional
diferente.
En un primer momento, Lazarus defendió que la emoción era una respuesta a la
cognición, causando los procesos cognitivos a las respuestas emocionales y a las
operaciones de afrontamiento, para manejar la situación valorada negativamente.
Posteriormente, la aportación de Lazarus (1990) destaca la no separación de cognición y
emoción como dos sistemas diferentes. Entre ellas se producen transacciones diversas y
procesos de causalidad bidireccional, determinando la cognición a la emoción, y la
emoción a la cognición.
La aportación de Lazarus, menos general que la de Arnold, ha suscitado más
investigación empírica debido a sus implicaciones para la clínica.
Uno de los problemas con los que se enfrenta tanto la teoría de Arnold, como la de
Lazarus, es el hecho de que, aunque defienden que las emociones tienen un significado
adaptativo en el funcionamiento humano, no analizan detenidamente las relaciones entre
experiencia subjetiva de la emoción y cambios corporales (somáticos).

CUADRO 10.1. Significado relacional de diferentes emociones (a partir de Lazarus, 1993).

Emoción Significado relacional


Ira Ofensa contra mí y lo mío
Ansiedad Afrontar una amenaza incierta
Terror Peligro físico perturbador inmediato y concreto
Culpa Haber transgredido un imperativo moral
Vergüenza Fracaso en vivir de acuerdo con un yo ideal

202
Tristeza Haber experimentado una pérdida irreparable
Envidia Deseo de lo que tiene otro
Ofenderse por la pérdida de, o la amenaza al afecto
Recelo
o favor de otro
Estar estrechamente vinculado a, o recibir un objeto
Disgusto
o idea no digerible
Progresar razonablemente hacia la consecución de la
Felicidad
meta
Orgullo Incremento de la identidad del yo
Cambio a mejor o desaparición de una condición
Alivio
penosa incongruente con la meta
Esperanza Afrontar lo peor, pero desear lo mejor
Desear o participar en un afecto, que aunque no es
Amor
necesario que sea recíproco, generalmente lo es
Verse impulsado por el sufrimiento de otro y desear
Compasión
ayudarle

10.1.2. Teorías de la activación-cognición

A) Teoría del feedback visceral

Schachter, influido por la teoría de la emoción de James presenta una teoría


denominada del feedback visceral, que defiende (como James) que la activación
fisiológica es una condición necesaria, para que se pueda producir una experiencia
emocional, pero, apartándose de James, incide en que no es suficiente (véase la figura
2.2).
La evidencia empírica la obtuvo en una investigación realizada con Singer, influido
por el estudio realizado, casi cuarenta años antes, por Marañón, sobre la acción emotiva
de la adrenalina. Schachter y Singer (1962) manipulan la activación fisiológica del sujeto
por medio de una inyección de adrenalina, partiendo del supuesto de que para que se
produzca la experiencia emocional se requiere un estado de activación fisiológica y un
proceso cognitivo, relacionado con la búsqueda en el ambiente de un antecedente causal
que posibilite interpretar ese estado de activación, puesto que éste es inespecífico (común
para todas las emociones). Los resultados de esta investigación les permitieron confirmar
sus predicciones, comprobando que la simple excitación fisiológica no genera emoción,
produce la emoción fría, carente de cualidad subjetiva, que describió Marañón, y que la
percepción de estímulos emocionales, sin activación, tampoco genera emoción. La
intensidad de la activación determina la intensidad de la emoción, a nivel de experiencia y

203
de comportamiento. La atribución causal de la activación a las claves emotivas
ambientales determina la cualidad o el tipo de emoción, produciéndose la conducta
apropiada.
La teoría de Schachter, como la de James, destaca sobre todo la experiencia
emocional, sus antecedentes, y ha dominado el ámbito de la emoción durante varios
años, generando gran cantidad de investigación respecto a las relaciones entre activación
y cognición (Reisenzein, 1983).
Una adecuada valoración de la aportación de Schachter, con independencia de las
críticas que se le han hecho, debe destacar el haber unido la tradición mental y la
tradición orgánica en el estudio de la emoción y el haber generado gran cantidad de
investigación tendente a analizar las relaciones entre emoción y cognición.
Las críticas a la teoría del feedback visceral de Schachter se han dirigido, sobre todo,
a la investigación de Schachter y Singer (1962). Se ha criticado el experimento desde el
punto de vista metodológico. Los intentos por replicar el experimento, utilizando el
mismo procedimiento experimental o procedimientos conceptualmente similares, han
fracasado. Por otra parte, existen explicaciones alternativas más parsimoniosas de los
resultados.
Junto a este ataque a la evidencia empírica, sobre la que Schachter sustenta su
teoría, una crítica a la teoría del feedback visceral no puede pasar por alto los problemas
de fondo que la teoría no resuelve respecto a los determinantes de la experiencia
emocional, relacionados, por una parte, con la inducción artificial de la activación y su
conceptualización y, por otra, con la definición del término cognición, que parece estar
vinculado con el ámbito de la consistencia cognitiva y con el de la atribución.
Debido a estas críticas, la influencia de la investigación de Schachter y Singer (1962)
ha sido más teórica que empírica en opinión de Mandler (1979) y la teoría del feedback
visceral ha dado paso a otras teorías cognitivas de la emoción.

B) Teoría de la discrepancia-valoración

Mandler (1990) ha presentado una teoría que se centra en las representaciones y los
procesos que construyen la experiencia emocional, destacando los problemas de
representación, la forma en que es procesada la información relevante para la emoción y
la forma en que son construidos los contenidos emocionales conscientes. Mandler
coincide con Schachter en que se requiere un proceso de activación y un proceso
cognitivo para que se produzca la experiencia emocional. La activación autonómica es
percibida por el sujeto como una reacción orgánica inespecífica, difusa e indiferenciada y
es un requisito previo que proporciona el tono emocional, viniendo la cualidad, el tipo de
emoción, determinado por el significado que el sujeto conceda a la situación.
El concepto de “análisis de significado de la situación” propuesto por Mandler está
próximo al concepto de “valoración de la situación”. La teoría de Mandler considera la
construcción de la emoción como una concatenación en la consciencia de algunos

204
esquemas cognitivos evaluativos junto a la percepción visceral. Las emociones son
generalmente específicas a la situación y los estados emocionales subjetivos necesitan
estar vinculados a evaluaciones cognitivas que “seleccionan” la emoción apropiada.
Si Schachter y Singer (1962) inducen la activación fisiológica a través de la
inyección de adrenalina, Mandler (1979) concreta cómo se produce la activación,
destacando, entre los fenómenos que producen activación autonómica, a la interrupción
de acciones y de planes cognitivos y a la discrepancia de información. Cuando se da una
interrupción de los planes de acción, no puede producirse la “tendencia a la
complección”, teniendo lugar una activación fisiológica, que puede observarse en la
tensión muscular o en el incremento del ritmo cardíaco. La interrupción causa esta
reacción fisiológica y cognitiva porque se produce algo contrario a la expectativa del
sujeto, que prefiere experiencias predecibles y controladas. En la situación de activación,
el sujeto evalúa el significado de la interrupción, produciéndose una emoción de sorpresa,
frustración, alegría o de otro tipo.
La activación puede ser, asimismo, causada por la discrepancia de información. Un
estímulo inesperado crea activación del sistema nervioso autónomo, indicando que algo
nuevo se ha producido. Esta nueva y discrepante información, que ha ido contra las
expectativas del sujeto, es etiquetada por las cogniciones evaluad vas como buena o
mala. La relación de las emociones con las discrepancias y los cambios en el sistema
nervioso autónomo destaca su función adaptativa. Las emociones pueden servir para
preparar al organismo para un más efectivo pensamiento y acción.
El análisis cognitivo, que acompaña a la elevada activación del sistema nervioso
autónomo, no necesita ser consciente y probablemente en raras ocasiones lo sea dada la
rapidez con que se producen las respuestas.
La crítica que se puede hacer a las teorías de la activación-cognición es que no se ha
demostrado la existencia de una relación causal entre activación autonómica y emoción,
aunque existe un gran cuerpo de datos que pone de manifiesto una correlación o
concomitancia entre diversos índices de las emociones y la activación del sistema
nervioso autónomo. Este tipo de teorías generalmente ignora los diversos tipos de
activación cortical, que difieren de los índices de la activación del sistema nervioso
autónomo.

10.1.3. Teorías del procesamiento de la información

Presentamos los desarrollos teóricos aportados por Leventhal y Lang, que realizan
un análisis detenido y preciso de los procesos cognitivos implicados en la génesis de la
experiencia emocional.

A) Teoría perceptivo motora de Leventhal

205
Leventhal (1984), en su teoría perceptivo motora, trata de presentar una teoría
comprehensiva de la emoción, que adopta un marco de referencia perceptual,
considerando la emoción como una experiencia real, pero privada. No puede ser
observada directamente y sólo puede ser estudiada a través de indicadores (reportes
verbales, respuestas instrumentales, respuestas expresivas y respuestas autonómicas). El
autorreporte verbal y los métodos de respuesta relacionados con él (escalas de
evaluación, listas de adjetivos…) hacen posible en mayor medida el estudio de la
emoción en el sujeto adulto.
Leventhal distingue tres sistemas en el procesamiento de la emoción:

1. El sistema expresivo-motor. Es innato. Los seres humanos nacemos con un


programa motor central neurosensorial, que genera tanto la experiencia
emocional como el comportamiento expresivo motor asociado. Leventhal
coincide con Tomkins y con Izard en que la expresión facial es el más
importante mecanismo expresivo motor asociado con la emoción. Existen
expresiones faciales innatas específicas asociadas a estados emocionales
específicos, lo que tiene una relevante función adaptativa porque constituye una
forma de comunicación rápida, especialmente importante en el caso del niño
que no ha alcanzado el desarrollo del lenguaje.
2. El sistema de procesamiento esquemático. Se trata de un mecanismo de memoria
emocional esquemática que proporciona una representación de experiencias
emocionales específicas producidas en el pasado, así como los aspectos
perceptivos que determinaron esas reacciones emocionales. Las reacciones o
experiencias emocionales son representadas esquemáticamente y codificadas a
nivel expresivo motor, a nivel autonómico y a nivel subjetivo (Leventhal, 1984).
3. El sistema de procesamiento conceptual. Es un sistema conceptual abstracto
responsable de la secuencia de procesamiento volitivo. Es un sistema de nivel
superior que puede actuar sobre el procesamiento del nivel inferior. Es el
responsable de las actitudes respecto a las experiencias emocionales, así como
de su evaluación y control.

B) Teoría bio-informacional de imágenes emocionales

Lang (1979,1984) ha presentado una teoría bio-informacional de imágenes


emocionales que considera la emoción como “una disposición a la acción, definida por
una estructura específica de información localizada en la memoria” (1984, p. 7). Estas
estructuras de información, denominadas por Lang “prototipos de la emoción”, codifican
diversos tipos de información en la memoria a largo plazo en forma de proposiciones que
son organizadas como una red asociativa parecida a la propuesta por Bower. La
información puede estar relacionada con estímulos o eventos que determinaron una
emoción en el pasado, o con la respuesta emocional, o puede ser una información que

206
estructura el significado del estímulo y de la respuesta emocional.
Los prototipos de la emoción son semejantes a programas de computador o
subrutinas que al ser activadas proporcionan al sujeto información que impulsa a la
acción: “la activación de un prototipo de emoción siempre incita una salida de
información, se produzca o no una conducta manifiesta. La actividad eferente es el
output de subrutinas motoras vinculadas a la más profunda estructura de la respuesta de
información. La emoción es en sí misma una disposición a la acción (…) Las emociones
están relacionadas siempre con hacer algo y la disposición, el significado y el patrón de
acción, están codificados en la misma red asociativa” (Lang, 1984, p. 32).
No podemos pasar por alto una importante aportación de Lang, como es la
consideración de un triple sistema de respuesta en la manifestación de las emociones,
formulado primero respecto al miedo y más tarde ampliado para el análisis de todo tipo
de emoción: “la respuesta emocional integra tres sistemas cuantificables: verbal-cognitivo,
motor-abierto y fisiológico (órganos inervados por el sistema nervioso autónomo y
actividad muscular tónica)” (Lang, 1971, p. 105).
El triple sistema de respuesta comprende un componente experiencial, que integra
pensamientos y sentimientos subjetivos, un componente de cambios psicofisiológicos y
endocrinos y un componente expresivo, la conducta manifiesta, susceptible de ser
observada y registrada. Los tres sistemas de respuesta son relativamente independientes
(se encuentran bajas correlaciones entre ellos), pero tienen un funcionamiento
interrelacionado.
El triple sistema de respuesta ha sido ampliamente aceptado (Frijda, 1986),
comprobándose sus importantes implicaciones tanto en la formulación teórica de la
emoción como en la evaluación y en el tratamiento psicológico.
Como conclusión, podemos afirmar que las teorías del procesamiento de
información aportan un sistema de síntesis emocional que genera tendencias de acción
rápidas e inmediatas y que permite a estas tendencias ser mediatizadas a través de un
procesamiento de información más sofisticado e integradas en emociones, que motivan
conductas adaptativas.

10.1.4. Teoría emotivo-motivacional de la atribución

Las teorías de la atribución analizan los diversos principios utilizados por el sujeto, al
organizar y comprender las situaciones que se le presentan a diario, y pretenden explicar
las causas de las acciones o de determinados efectos de una acción. Una forma de
explicar un evento es saber qué lo ha causado. Atribuir es percibir, inferir la causa de
algo. Las teorías del ámbito de la atribución no son teorías motivacionales propiamente
dichas, sino teorías de la percepción de causas de las acciones.
La explicación de la conducta, dada por las teorías propuestas en este ámbito, parte
de tres supuestos:

207
1. Las personas nos preguntamos por las causas de nuestra conducta y la de otros.
Estamos motivados a buscar información que posibilite hacer atribuciones sobre
causas y efectos. La motivación determinaría la atribución.
2. La asignación de causas a la conducta sigue ciertas reglas o principios.
3. La atribución de las causas influirá en las conductas posteriores, adquiriendo el
proceso de atribución funciones motivacionales.

De acuerdo con Kelley y Michela (1980), el proceso de atribución integra tres


elementos que determinan tres fases (véase figura 10.2):

— Antecedentes. La información sobre la conducta obtenida de diversas fuentes


(creencias, motivación, circunstancias diversas) es empleada por el sujeto para
inferir sus causas.
— Atribuciones. Percepción de causas y explicación de la conducta.
— Consecuentes. La inferencia de las causas de la conducta tiene repercusiones
sobre las conductas manifiestas, sobre los afectos y las expectativas.

Diversas investigaciones empíricas realizadas por Weiner y sus colaboradores


(Weiner, 1979,1986) que analizan la relación entre atribución causal y motivación de
logro comprueban que las personas tienden a atribuir los éxitos y los fracasos a causas
diferentes, constituidas por una o varias combinaciones de cuatro determinantes
fundamentales: capacidad, esfuerzo, dificultad de la tarea y suerte.
Las atribuciones causales influyen en las expectativas de éxito y de fracaso, en los
sentimientos de orgullo y culpabilidad y en las emociones de ansiedad y satisfacción.
Cuando el fracaso se adscribe a baja habilidad o a dificultad de la tarea, la expectativa de
un futuro éxito es menor que cuando se adscribe a mala suerte o falta de esfuerzo.
Cuando el éxito se adscribe a buena suerte o a esfuerzo extraordinario, la expectativa de
futuro éxito, en esa tarea, es menor que cuando el éxito se adscribe a elevada habilidad o
a dificultad de la tarea.

208
Figura 10.2. Modelo del ámbito de la atribución. Kelley y Michela 1980, p. 459 (cortesía editorial).

Las adscripciones causales de la actuación pasada influyen notablemente en las


reacciones afectivas experimentadas después del éxito y del fracaso. Si la causa del éxito
es la capacidad, se experimenta una reacción de competencia, y si la ausencia de
capacidad lo es del fracaso, de incompetencia. Si la causa del éxito es el esfuerzo
extraordinario, la reacción es de relajación; y si su ausencia lo es del fracaso, de
vergüenza y culpabilidad. Si el sujeto atribuye el éxito o el fracaso a la suerte, la reacción
es de sorpresa. Si el éxito se atribuye a la facilidad de la tarea, la reacción es de seguridad
y esperanza. Si el fracaso se atribuye a la dificultad de la tarea, la reacción es de
inseguridad (cuadro 10.2).
Weiner (1986) ha realizado una interpretación de algunos fenómenos emocionales en
términos atribucionales, considerando que las emociones son consecuencias
postcognitivas, el resultado de las atribuciones de causalidad que se producen ante los
resultados de una acción. Las cogniciones típicamente preceden y determinan las
reacciones emocionales. El concepto de activación es superfluo, dado que la emoción no
se produce por la percepción de cambios en el nivel de activación fisiológica. Las
cogniciones antecedentes son cogniciones causales específicas a las que están unidas las
emociones. Ante el resultado de un acontecimiento se produce una reacción general
positiva o negativa (una “emoción primitiva”) basada en la percepción de ese resultado
como éxito o fracaso (“valoración primaria”). Las cogniciones de mayor complejidad
producen una experiencia emocional más diferenciada. Dependiendo del tipo de
atribución se generará uno u otro tipo de emoción.

209
CUADRO 10.2. Relación entre atribuciones causales y reacciones afectivas.

Weiner ha centrado su análisis en las emociones de autoestima, ira, compasión,


culpabilidad, vergüenza, gratitud y desesperación. Cuando un resultado positivo se
atribuye a un determinante causal interno, se experimenta un incremento en la
autoestima; cuando a este tipo de determinante se atribuye un resultado negativo, se
experimenta una disminución en la autoestima. Cuando el sujeto percibe que un hecho,
con resultados negativos, ha estado controlado por otros, considerando que la conducta
de éstos ha sido injusta o imprudente, se produce la ira. La compasión se produce ante la
falta de controlabilidad. Si, ante el fracaso, el sujeto percibe que éste se debe a falta de
esfuerzo, se produce culpabilidad; si a falta de capacidad, se produce vergüenza. La
gratitud a otra persona se produce cuando se percibe que el benefactor actúa
voluntariamente y con propósito de ayudar. Cuando un resultado negativo se atribuye a
determinantes causales estables (falta de capacidad, dificultad de la tarea), el sujeto
experimenta desesperación.
La figura 10.3 presenta la influencia de la evaluación secundaria de un resultado
sobre la emoción experimentada. El cuadro 10.3 presenta la incidencia del resultado
favorable o desfavorable de la acción y del proceso de atribución sobre el estado
emocional, de acuerdo con Weiner. El cuadro 10.4 presenta la incidencia sobre el estado
emocional del éxito o del fracaso según se atribuya a diferentes determinantes causales.

CUADRO 10.3. Estados emocionales y auto-atribución (a partir de Weiner, Russell y

210
Lerman, 1979; Weiner y Graham, 1984 y Graham y Weiner, 1986).

* Cuando el resultado se atribuye a falta de habilidad


** Cuando el resultado se atribuye a falta de esfuerzo

CUADRO 10.4. Estados emocionales que se producen según la atribución causal de los
resultados (a partir de Weiner, Russell y Lerman, 1979).

211
Figura 10.3. Influencia de la evaluación sobre la emoción, de acuerdo con la teoría de Weiner (a partir de Reeve,
1992/1994).

10.2. Emoción, cognición y acción

El análisis experimental de las relaciones entre emoción y cognición comenzó con la


investigación de Schachter y Singer (1962). Con independencia de que la teoría no haya
sido confirmada empíricamente (Leventhal y Tomarken, 1986), ha contribuido a unir las
dos orientaciones adoptadas en el estudio de la emoción, la orgánica y la mental,
tradicionalmente separadas. La eliminación de esta separación ha originado una
importante discusión acerca del tipo de relación existente entre emoción y cognición,
apareciendo nuevas concepciones de la emoción (la mayor parte de las cuales hemos
presentado con anterioridad) que realizan un análisis más preciso de las cogniciones

212
implicadas en la génesis de la experiencia emocional.
Se han adoptado diversas posiciones en el análisis de las relaciones entre emoción y
cognición. Unos defienden la independencia de la emoción respecto a la cognición, otros
defienden su dependencia, pero la mayoría, desde una postura integradora y en
consonancia con los datos de la investigación y con la realidad de los hechos, mantienen
que emoción y cognición son procesos interrelacionados.
La publicación de Zajonc (1980) del artículo “Feeling and Thinking. Preferences
need no inferences” removió las tranquilas aguas por las que discurrían las
investigaciones sobre las relaciones entre emoción y cognición. Zajonc (1980) defiende
que los procesos afectivos (las preferencias) no requieren procesos cognitivos previos (de
reconocimiento). Emoción y cognición serían dos sistemas separados y parcialmente
independientes, aunque generalmente funcionan conjuntamente. El afecto puede
producirse sin necesidad de un proceso cognitivo previo, pudiendo preceder a la
cognición en una cadena conductual. No es necesaria la elaboración cognitiva de la
situación estimular para que ésta provoque un proceso afectivo.
Lazarus ha polemizado con Zajonc, dando lugar a la conocida controversia sobre la
“primacía de la emoción o la cognición”. Zajonc (1980,1984), que se mueve en el marco
de la teoría del feedback facial de la emoción, incide en el aspecto fisiológico y motor y
defiende la primacía de la emoción, presentando una base empírica a favor de su
hipótesis de la independencia que incide en los siguientes aspectos:

— Las reacciones afectivas manifiestan una primacía filogenética y ontogenética.


— La existencia de estructuras neuroanatómicas separadas para el afecto y la
cognición.
— La no frecuente correlación entre valoración y afecto.
— La inducción de estados afectivos por procesos que no son cognitivos ni
perceptivos, como las drogas, hormonas y estimulación eléctrica del cerebro.

Lazarus (1984) defiende un modelo puramente cognitivo y, en consecuencia, incide


en el componente cognitivo de la emoción, rechazando la postura de Zajonc y
defendiendo la primacía de la cognición. Sostiene que la valoración cognitiva es previa a
la reacción emocional, puesto que para que el sujeto experimente una emoción debe
comprender que su bienestar corre peligro. Los organismos evalúan el medio en el que se
encuentran, dependiendo las emociones de las evaluaciones cognitivas previas. Para
Lazarus, a diferencia de lo que mantiene Zajonc (1980), el hecho de que el significado
emocional surja antes de que se conozca qué es el objeto o evento, no implica su
independencia del sistema cognitivo. Lazarus (1984) ha delimitado los conceptos de
emoción y de evaluación, poniendo en cuestión la evidencia empírica aportada por
Zajonc (1980), en la defensa de la independencia y primacía del afecto.
Se ha de destacar que aunque Zajonc sigue manteniendo su postura, Lazarus ha
modificado la suya y en sus últimas formulaciones (Lazarus, 1990) rechaza la primacía y
sostiene que emoción y cognición no son sistemas diferentes, produciéndose entre ellos

213
procesos de causalidad bidireccional. La posición actual de Lazarus (Lazarus, 1993)
coincide con los que defienden la interrelación entre emoción y cognición, destacando la
existencia de una influencia recíproca (Lewis, Sullivan y Michalson, 1984; Siegel, 1986).
A nivel conceptual es difícil admitir la hipótesis de Zajonc sobre la existencia de dos
sistemas separados e independientes. Con todo, la influencia de Zajonc ha sido
importante, contribuyendo a la inclusión de los procesos afectivos en la psicología
cognitiva. Izard mantiene una postura coincidente con la de Zajonc, defendiendo la
relativa independencia entre cognición y emoción y la primacía de ésta. Mandler está en
desacuerdo con Zajonc y defiende que las preferencias son juicios cognitivos, de valor,
que pueden ser inconscientes. A la afirmación de Zajonc (1980), “Las preferencias no
necesitan inferencias”, añade “las preferencias inconscientes no necesitan inferencias
inconscientes”. Conocimiento y afecto no son sistemas separados, sino dos aspectos
diferentes de una misma representación del objeto. Leventhal (1984) critica la postura de
Zajonc, afirmando que “El argumento de Zajonc (1980) es solamente admisible, si la
cognición se define como consciente, como pensamiento preposicional, o reconocimiento
consciente. Todas las otras cogniciones, tales como la categorización perceptiva y el
enriquecimiento cognitivo no consciente, son según su definición no cognitivas” (p. 281).
La independencia entre emoción y cognición se observa en muy pocos casos. Uno de
ellos se produce en los primeros momentos de la vida del niño, pudiendo éste tener
experiencias emocionales sin experiencia cognitiva previa o subsiguiente.
Respecto a la posición mantenida en un primer momento por Lazarus, defendiendo
la primacía de la cognición, existe suficiente evidencia experimental sobre el hecho de
que la cognición no precede sistemáticamente a la emoción. Considerar que la cognición
determina la emoción puede venir explicado porque se piensa que la conducta humana
está determinada, sobre todo, por una mente racional, más que por influencias
irracionales (emociones o pasiones, en la terminología filosófica).
Lewis, Sullivan y Michalson (1984) critican la hipótesis de la primacía de la
cognición, que considera la emoción como una consecuencia de la cognición (modelo A),
así como la hipótesis de la primacía de la emoción, que considera la cognición como una
consecuencia de la emoción (modelo B) e inciden en que emoción y cognición son
consideradas como procesos continuos e interconectados en formas altamente complejas.
Consideran los modelos A y B como lineales, simples, y les critican por insuficientes.
Emoción y cognición deben ser consideradas como procesos continuos e
interconectados; separarlas en unidades arbitrarias produce una secuencia artificial, tanto
desde el punto de vista temporal como causal.
A partir de la crítica de Lewis, Sullivan y Michalson (1984) se puede establecer un
modelo C (figura 10.4) que representa emoción y cognición como procesos continuos e
interconectados.
La interacción entre emoción y cognición, defendida por el modelo C, viene apoyada
por los datos aportados por diferentes ámbitos de investigación, entre los que se
encuentran:

214
Figura 10.4. Modelos explicativos de las relaciones entre emoción y cognición.

A) El solapamiento entre los sistemas cerebrales que mediatizan los procesos


emocionales y los procesos cognitivos

La investigación en psicología animal, en psicología humana y en neurobiología pone


de manifiesto que los sistemas cerebrales que mediatizan la emoción se solapan con los
que mediatizan la cognición.
Gray (1990) presenta datos, de estudios post-mortem del cerebro de sujetos que han
padecido la enfermedad de Alzheimer y la psicosis de Korsakoff y de experimentos con
animales, que ponen de manifiesto que estructuras cerebrales que mediatizan los estados
emocionales están también implicadas en procesos cognitivos. La formación hipocámpica
está implicada en la memoria espacial y en la memoria de trabajo. Las proyecciones
colinérgicas, que van del cerebro anterior a la formación hipocámpica y al neocórtex,
están implicadas en diversos aspectos de la atención y la memoria. La amígdala, en el
aprendizaje asociativo. La corteza prefrontal, la cingulada y la temporal están implicadas
en diversos déficit cognitivos, producidos después de la lesión del cerebro.

B) La organización temporal de los procesos mentales

Aylwin (1985) sostiene que para explicar las relaciones entre pensamiento
(cognición) y sentimiento (componente cognitivo de la emoción) es necesario abandonar
las metáforas espaciales de la mente y considerarla como de naturaleza temporal y a los

215
procesos mentales como organizados en el tiempo. Esta consideración temporal tiene
diversas consecuencias, entre ellas, que es posible relacionar los fenómenos mentales con
los procesos neurales, que también están organizados en el tiempo. En el cerebro, la
información implica el paso de impulsos de neurona a neurona y de región a región. Las
estructuras estáticas no son informativas. Asimismo, esta consideración temporal permite
comprender la relación del sentimiento y el pensamiento, analogías internas de la
emoción y la acción, respectivamente, como dos aspectos de la temporalidad de la
mente.

C) La mutua construcción de la emoción y la cognición en el proceso evolutivo

En investigaciones realizadas desde una perspectiva evolutiva, Piaget (1981) ha


puesto de manifiesto que inteligencia (cognición) y afectividad son indisociables una de la
otra, y que la una contribuye a construir a la otra a través de una constante interacción:
“El conocimiento no es causa de la afectividad en mayor medida que la afectividad lo sea
del conocimiento” (p. 25). De acuerdo con Piaget, la relación evolutiva entre inteligencia
y afectividad, sólo puede explicarse a través de una teoría en la que ambas sean
integradas en un sistema común de estructuras mentales. En consonancia con la
correspondencia estructural entre afecto e intelecto, mantiene que no hay dos desarrollos,
uno cognitivo y otro afectivo, dos funciones separadas, ni dos clases de tipos de objetos
y que todos los objetos son simultáneamente cognitivos y afectivos. Piaget (1962) afirma
que las operaciones afectivas son isomórficas evolutivamente a las operaciones
cognitivas, que explican la inteligencia. La única diferencia es que “una operación
afectiva se refiere sólo a la conservación y coordinación de valores y a la reversibilidad
en el ámbito de los valores, mientras que la operación intelectual se refiere a la
coordinación y conservación de verificaciones o de relaciones” (p. 143).
Siegel (1986) critica la dicotomía cognición-afecto como un artefacto de nuestra
conceptualización y defiende un modelo integrador.
La interacción entre emoción y cognición tiene una gran relevancia tanto teórica, en
investigación básica, como práctica, en investigación aplicada, ya que se están
estructurando técnicas de intervención que están contribuyendo a un funcionamiento
armónico en el sujeto de los pensamientos y los sentimientos, y en consecuencia, más
eficaz. La integración de la cognición y la emoción se hace patente en la intervención en
psicología clínica.
La consideración de la emoción y la cognición como dos aspectos de un mismo
proceso mental ha sido puesta de manifiesto por la práctica clínica, favoreciendo esta
integración la estructuración de diversas técnicas y estrategias de intervención. Entre los
ámbitos de la intervención clínica que se han beneficiado de esta consideración
integradora se encuentran la modificación de conducta cognitiva y la terapia racional
emotiva.
La modificación de conducta cognitiva parte del hecho de que el pensamiento puede
constituirse en un poderoso agente de modificación del comportamiento emocional y no

216
emocional (Mahoney, 1974/1983).
Ellis (1962) ha estructurado la denominada terapia racional-emotiva, un enfoque
comprensivo de tratamiento psicológico que se refiere a los aspectos emocionales y
conductuales de las alteraciones y enfatiza el componente cognitivo.
La interacción entre emoción y cognición que acabamos de presentar está en la base
de la acción. Las teorías más recientes de la emoción integran a la acción, incidiendo en
que la emoción determina tendencias a la acción (Lazarus, Lang y Frijda) o en que la
acción origina a la emoción (Mandler). Para Lazarus (1990), la emoción integra los
impulsos a la acción, junto a la cognición y los cambios somáticos. Lang (1984)
considera la emoción como una disposición a la acción. Frijda (1986) considera la
experiencia emocional como conocimiento de la acción y de la tendencia a la acción y
afirma que la mayor parte de la conducta emocional es intencional. Mandler (1990)
destaca que la emoción surge de la interrupción de acciones o de planes de acción.

217
11
LA EMOCIÓN: SUS DETERMINANTES Y SU RELACIÓN CON LA
MOTIVACIÓN Y LA COGNICIÓN

11.1. Determinantes de la comprensión de la emoción

11.1.1. La estructura cognitiva de la emoción (el lenguaje de la emoción)

Ortony, Clore y Collins, en su libro The Cognitive Structure of Emotions, publicado


en 1988, presentan la aportación de la cognición a la emoción, incidiendo en que las
emociones surgen como resultado de ciertas cogniciones o interpretaciones. Las
emociones son sentimientos expresados a través del lenguaje y del autorreporte.
Se ha concedido gran importancia al léxico emocional (Clore, Ortony y Foss, 1987;
Ortony, Clore y Foss, 1987), que incluye diversas palabras que se refieren directamente a
las emociones y otras muchas que, aunque no se refieren a emociones, están
relacionadas con ellas de diversas formas.
El lenguaje emocional es un aspecto central a la experiencia emocional porque, como
la consciencia, es constitutivo de esa experiencia. Las palabras emocionales se refieren
fundamentalmente a condiciones internas, a condiciones mentales y a aquellas
condiciones relacionadas con el afecto.
Ortony, Clore y Collins (1988) sostienen que la emoción se produce como resultado
de la forma en que las situaciones que las inician son construidas por el que las
experimenta y que ésta es determinada por la estructura, el contenido y la organización
de las representaciones del conocimiento y de los procesos que operan en ellas. Tratan de
explicar cómo las percepciones que las personas tienen sobre el mundo –sus
construcciones– les llevan a experimentar emociones.
Su teoría asume que las cogniciones son determinadas por tres aspectos del mundo:
eventos, agentes y objetos, y presenta las emociones como reacciones a eventos, agentes
y objetos, viniendo determinada su naturaleza específica por la forma en que la situación
elicitadora sea construida.
Los eventos son construcciones, interpretaciones que las personas hacen sobre las
cosas que suceden. Los objetos son las cosas consideradas como tales, mientras que los
agentes son cosas consideradas desde el punto de vista de su instrumentalidad actual o
presunta en la causación de eventos. Los agentes, además de las personas, pueden ser

218
seres animados no humanos y objetos inanimados e, incluso, situaciones.
Las emociones son consideradas como produciéndose en un proceso en cadena, que
siempre empieza con una reacción fuerte, positiva o negativa, a las consecuencias de los
eventos a las acciones de los agentes o a algunos aspectos o propiedades de los objetos.
La reacción ante los eventos puede centrarse en las consecuencias que éstos tienen
para el propio sujeto o en las que tienen para otros. La reacción ante los agentes puede
centrarse en las acciones del propio sujeto, como agente, o en las acciones de otros
agentes. La reacción a los objetos puede producir atracción o rechazo.

A) Reacciones a las consecuencias de los eventos

Si nos centramos en las consecuencias que los eventos tienen para el propio sujeto,
se pueden producir las denominadas por Ortony, Clore y Collins (1988) “emociones
relacionadas con el bienestar”, “emociones relacionadas con la fortuna de otros” y
“emociones basadas en el porvenir” (figura 11.1).
Las “emociones relacionadas con el bienestar” son el resultado de reaccionar a los
eventos, que son evaluados positiva o negativamente, en términos de sus implicaciones
para las metas de la persona. Las “emociones relacionadas con sentirse bien” son estados
psicológicos que surgen de la atención a los eventos en la medida que son evaluados
como deseables o indeseables. Si el evento es evaluado como deseable se produce
alegría (agrado sobre un evento deseable). Si el evento es evaluado como indeseable se
produce pena/aflicción (desagrado sobre un evento indeseable).
El principal factor que afecta a la intensidad de este tipo de emociones es el grado
con que el evento en cuestión es evaluado como deseable o indeseable. En general, en la
medida en que la persona ve al objeto como contribuyendo a la realización de sus metas
tiende a experimentar la emoción positiva denominada alegría. En la medida en que la
persona ve al objeto como interfiriendo en la realización de sus metas, tenderá a
experimentar la emoción negativa denominada pena.
Entre los léxicos asociados a la emoción de alegría, que constituyen un tipo de
emociones o una familia, se encuentran “contento”, “eufórico”, “sentirse bien”, “alegre”,
“feliz”, “jubiloso”, “agradablemente sorprendido”. Entre los léxicos asociados a la
emoción de pena, se encuentran “deprimido”, “apenado”, “insatisfecho”, “sentirse mal”,
“sentirse molesto”, “triste”, “infeliz”. Si por el contrario, nos centramos en las
consecuencias que los eventos tienen para otros, se producen las denominadas por
Ortony, Clore y Collins (1988) “emociones relacionadas con la fortuna de otros”. En este
tipo de emociones, los eventos siempre están relacionados con lo que sucede a otras
personas. La reacción afectiva del sujeto depende, en parte, de la presunta deseabilidad
de un evento para otra persona y, en parte, de la deseabilidad de un evento desde la
perspectiva del propio sujeto. La determinación de la deseabilidad para otra persona
requiere que uno tenga o que haya construido al menos un modelo parcial de los planes y
metas de la otra persona.

219
Figura 11.1. Reacciones emocionales a las consecuencias de los eventos (a partir de Ortony, Clore y Collins,
1988).

Las emociones relacionadas con la fortuna de otros son “feliz por” (agrado sobre un

220
evento deseable para alguien más; léxicos asociados: encantado por; agrado por),
“gozarse en” (agrado sobre un evento indeseable para alguien más), “resentimiento por”
(desagrado sobre un evento deseable para alguien más; léxicos asociados: Envidia,
recelo), “arrepentimiento por” (desagrado sobre un evento indeseable para alguien más;
léxicos asociados: compasión, triste por).
Por otra parte, con frecuencia experimentamos emociones en respuesta a eventos
esperados o sospechados (por ejemplo, miedo) y en respuesta a la confirmación o
rechazo de tales eventos (por ejemplo, alivio). Ortony, Clore y Collins (1988) las
denominan “emociones basadas en el porvenir”, siendo éstas:

— Miedo (desagrado sobre la expectativa de un evento indeseable).


— Esperanza (agrado sobre la expectativa de un evento deseable).
— Miedos confirmados (desagrado sobre la confirmación de la expectativa de un
evento no deseable).
— Satisfacción (agrado sobre la confirmación de la expectativa de un evento
deseable).
— Alivio (agrado sobre el rechazo de la expectativa de un evento indeseable).
— Desilusión/frustración (desagrado sobre el rechazo de la expectativa de un evento
deseable).

B) Reacciones a las acciones de los agentes

El sujeto puede evaluar sus propias acciones así como las de otros (figura 11.2).
Cuando el sujeto evalúa sus propias acciones, puede experimentar emociones como
elogio (aprobación de la propia acción loable) y vergüenza/autorreproche (desaprobación
de la propia acción censurable). Mientras que los actos loables claramente han de ser
considerados como intencionales, los actos censurables no. No hacer lo que se espera de
uno puede ser censurable, incluso si el fracaso no fue intencional. La negligencia, lejos de
ser aceptable como una excusa, es en sí misma censurable, aunque menos que la mala
voluntad. La intención no es una precondición para la atribución de la vergüenza.
Ortony, Clore y Collins (1988) emplean el término “auto-reproche” más que
vergüenza porque aquél se acomoda más a un amplio rango de emociones. Por otra
parte, la experiencia de “sentirse culpable” les parece muy diferente a la de vergüenza.
Para sentir vergüenza, el sujeto debe de haber violado un criterio que considera
importante, como ocurre con los criterios morales. Consideran los sentimientos de
culpabilidad como mezclas de emociones diferentes, como vergüenza y pesar
(remordimiento), acompañados, quizás, de ciertos estados cognitivos, como la creencia
de que el sujeto no fue responsable, al menos técnicamente.
El sujeto puede evaluar las acciones de otros, experimentando emociones de
admiración (aprobación de la acción loable realizada por otro) o de reproche
(desaprobación de una acción culpable realizada por otros).

221
Figura 11.2. Reacciones emocionales a las acciones de los agentes (a partir de Ortony, Clore y Collins, 1988).

C) Reacciones a las propiedades de los objetos

Cuando el sujeto evalúa sus reacciones a las propiedades de los objetos, se producen
las denominadas por Ortony, Clore y Collins (1988) “emociones de atracción”: amor
(deseo de un objeto atractivo) y odio (rechazo de un objeto no atractivo) (figura 11.3).
Las emociones de atracción son reacciones momentáneas de deseo o de rechazo y
se encuentran entre las experiencias más notables que tenemos. Al mismo tiempo,
parecen ser más inmediatas, más espontáneas y se ven menos afectadas por procesos
cognitivos que casi todas las otras emociones, que son formas cognitivamente
diferenciadas de reacciones afectivas más básicas e indiferenciadas.
La variable que fundamentalmente afecta a la intensidad de las emociones de
atracción es la atracción percibida del objeto, encontrándose ésta relacionada con las
actitudes.

222
Figura 11.3. Reacciones emocionales a las propiedades de los objetos (a partir de Ortony, Clore y Collins, 1988).

11.1.2. Diferenciación emocional: reacciones fisiológicas y/o procesos cognitivos

Un aspecto tradicionalmente importante en la investigación en emoción es la


búsqueda de patrones diferenciales que sirvan para describir una emoción específica. En
el momento presente no contamos con resultados concluyentes; existe evidencia
experimental, tanto a favor como en contra, de patrones fisiológicos específicos a
emociones. La investigación actual permite concluir que una adecuada diferenciación de
las emociones está posibilitada en mayor medida por procesos cognitivos, por la
experiencia emocional, que por patrones de cambios fisiológicos.

A) Los defensores de la existencia de patrones fisiológicos específicos: evidencia


experimental

Diversos investigadores han abogado por la existencia de un patrón de reacciones


fisiológicas específico para cada emoción (cuadro 11.1).
James (1884) y Lange (1885) han presentado teorías de la emoción que pueden ser
consideradas como periféricas y que defienden la existencia de patrones fisiológicos

223
específicos para las diferentes emociones.
William James (1890), uno de los máximos representantes del funcionalismo, fue el
iniciador de la tradición psicofisiológica en el estudio de la emoción, como se ha puesto
de manifiesto en el capítulo 2. Influido por Descartes, se preocupó de estudiar la
experiencia emocional, los aspectos subjetivos sensibles de los cambios fisiológicos
(antecedentes viscerales y somáticos) causados por la percepción de estímulos
potencialmente emocionales. Diferenció entre emociones más groseras o fuertes,
relacionadas con cambios corporales relativamente intensos, caracterizados por una
fuerte reverberación orgánica (ira, miedo, amor, odio, alegría, vergüenza, orgullo, aflición
y sus variaciones) y emociones más sutiles o tenues, que son sentimientos morales,
intelectuales y estéticos, cuya reacción corporal es generalmente mucho menos intensa y
la reverberación orgánica menos obvia y fuerte. James se dedicó al estudio del primer
tipo de emociones, afirmando que “la emoción no es nada más que el sentimiento de un
estado corporal y tiene una causa puramente corporal” (James, 1890, p. 459).

CUADRO 11.1. Autores que defienden la existencia de un patrón de respuesta fisiológica


específico para cada emoción.

La relevancia dada por James a los cambios orgánicos en la emoción se pone de


manifiesto por el hecho de que ante la disyuntiva de seguir el sentido común, la forma
natural de pensar de la época (que indicaba que en primer lugar se producía la percepción
de cualquier acontecimiento que provocaba la emoción, produciendo ésta los cambios
fisiológicos que constituían la expresión corporal), o romper con lo establecido, eligió esta
segunda vía, modificando la cadena causal, en el sentido en que se ha indicado en el
capítulo 2.
¿Cómo conoce el sujeto el estado emocional en el que se encuentra? El sentimiento
de cambios fisiológicos faculta al sujeto para saber el estado emocional en el que está.
James concedió relevancia a la situación estimular, al entorno físico, en la diferenciación
de las emociones. Si el sujeto sabe que está reaccionando ante una situación estimular

224
potencialmente emocional para él, difícilmente se producirá confusión entre estados
emocionales. James consideraba que “Los hechos mentales no pueden ser estudiados
debidamente si se les separa del entorno físico del que se nutren (…) la mente y el
mundo han evolucionado juntos y, en consecuencia, están compenetrados de alguna
manera” (James, 1893, p. 4). La percepción del ambiente potencialmente emocional, de
acuerdo con la evaluación realizada por el sujeto, desencadena la activación fisiológica y
su percepción constituye el estado emocional.
Lange (1885) investigó la fisiología de emociones como el miedo y la cólera y
propuso que la emoción era causada por cambios corporales, fundamentalmente cambios
vasomotores. La emoción sería la experiencia de cambios fisiológicos en los “músculos
orgánicos” o involuntarios, sobre todo, en los que se encuentran en las paredes de los
vasos sanguíneos, que constituyen el aparato vasomotor y producen vasoconstricción.
La aportación de James ha influido, entre otras, en el desarrollo de las teorías del
feedback somático (facial) realizado por Tomkins, Izard, Plutchik y Ekman, teorías que,
bajo la influencia de la obra de Darwin La expresión de las emociones en el hombre y en
los animales (1872), adoptan un enfoque evolucionista-expresivo.
Las teorías del feedback somático, en comparación con las teorías de la activación-
cognición o del feedback visceral, que destacan los cambios viscerales, inciden en la
importancia de los cambios somáticos en la experiencia emocional y analizan la expresión
facial de la emoción. El proceso emocional seguiría diversas fases:

— Se percibe un estímulo y se produce una actividad neural específica a una


emoción determinada.
— La actividad neural produce un patrón de comportamiento expresivo motor,
específico para cada estado emocional.
— La percepción del feedback derivado del comportamiento expresivo motor
produce la experiencia emocional.

Tomkins (1983) defiende que las emociones (o los afectos, como prefiere
denominarlos) son fundamentalmente respuestas faciales. La especificidad de la emoción
está determinada por la especificidad de la expresión facial, viniendo la experiencia
emocional determinada por el conocimiento consciente del feedback propioceptivo
derivado de los cambios producidos en los músculos faciales.
Izard, primero en colaboración con Tomkins y después individualmente, ha
desarrollado los planteamientos teóricos de Tomkins, presentando una teoría do feedback
somático, conocida como teoría diferencial de las emociones, que defiende que la
emoción está integrada por tres componentes interdependientes:

— La actividad neural del cerebro y del sistema nervioso somático.


— La expresión facial-postural (el feedback cara-cerebro).
— La experiencia subjetiva motivacional.

225
El proceso emocional es iniciado por la activación neural, desencadenado por las
interacciones del sujeto con el ambiente a través de la percepción o por procesos
internos, como la memoria, la imaginación, la anticipación, el pensamiento los impulsos
propioceptivos y la actividad endocrina.
La teoría diferencial de las emociones considera los procesos autonómico-viscerales
como sistemas auxiliares. El sistema hormonal glandular, el cardiovascular y el
respiratorio tienen importancia en la ampliación y mantenimiento de la emoción. Sólo
después de que haya sido activada una emoción y el feedback facial haya proporcionado
la información para que tenga lugar una experiencia emocional llega el sujeto a ser
consciente de las reacciones viscerales autonómicas (sudor en las manos, latido
cardíaco…). De esta forma, las expresiones emocionales cualitativamente diferentes
vienen determinadas por la retroinformación de los músculos faciales. La cualidad de la
emoción está determinada por el feedback derivado de los músculos faciales. La
intensidad y el mantenimiento están determinados por el funcionamiento del resto del
sistema muscular y de las visceras.
La experiencia emocional puede producirse sin la intervención de procesos
cognitivos, puesto que precede a los procesos perceptivos y cognitivos, afirmando Izard
que en la conciencia siempre existe alguna emoción que puede afectar a los procesos
cognitivos que se produzcan en un momento dado, incluida la valoración.
Izard diferencia diversas emociones fundamentales (interés, alegría, sorpresa,
tristeza, ira, disgusto, desprecio, miedo, vergüenza, timidez y culpabilidad), que tienen
aspectos neurales y experienciales distintivos y que poseen una expresión facial
característica que proporciona una información inmediata y específica sobre lo que el
sujeto está sintiendo. Las emociones constituyen el principal sistema motivacional
humano, determinando y organizando la conducta. El mecanismo neural de la expresión
y de la experiencia emocional en las emociones fundamentales es innato y la ontogénesis
de la expresión está en función de procesos madurativos. Los mecanismos neurales para
la percepción de las expresiones faciales son también innatos. El niño no tiene que
aprender a percibir las caras humanas o a interpretar las expresiones faciales o vocales de
las emociones fundamentales.
Las teorías del feedback somático han realizado una valiosa aportación al considerar
la emoción en el contexto de la adaptación biológica, centrándose en la influencia de la
expresión facial sobre la experiencia emocional. La investigación reciente presenta
evidencia correlacional que indica una asociación positiva entre expresión facial y
experiencia emocional, lo que apoyaría la hipótesis del feedback facial. La evidencia
experimental sobre el feedback facial, aunque es menos concluyente, tiende a apoyar la
noción de que la eferencia facial desempeña una función de desencadenamiento de la
experiencia subjetiva y una función de mantenimiento. Con todo, este tipo de teorías ha
tenido poco impacto debido quizá al hecho de no haber explicado los procesos cognitivos
implicados en la producción de la experiencia emocional.
Leventhal, en su teoría perceptivo motora del procesamiento de la emoción
(presentada en el capítulo 10), entre otros sistemas, destaca al sistema expresivo-motor,

226
que es innato y que genera tanto la experiencia emocional, como el comportamiento
expresivo motor asociado. Leventhal coincide con Tomkins y con Izard en que la
expresión facial es el más importante mecanismo expresivo motor asociado con la
emoción, existiendo expresiones faciales innatas específicas asociadas a estados
emocionales determinadas.

227
Figura 11.4. Autoinforme sobre cambios fisiológicos correspondientes a diversas emociones (a partir de Rime y
Giovannini, 1986).

Asimismo, Bower (1981), quien ha presentado una teoría de la red semántica


(asociativa) de la memoria y la emoción (véase el capítulo 12), coincide con Tomkins y
con Izard al defender la existencia de patrones somáticos específicos asociados a
emociones concretas.
Entre los datos empíricos que ponen de manifiesto la existencia de patrones
diferenciales y que las diferentes emociones están acompañadas de patrones específicos
de actividad fisiológica, se encuentran los siguientes. Ax (1953) diferencia entre el miedo
y la ira por la ratio adrenalina-noradrenalina. Schwartz, Weinberger y Singer (1981)
encuentran una elevada presión diastólica durante el estado emocional de ira, en
comparación con el miedo o el estado de descanso. Ekman, Levenson y Friesen (1983)
comprueban que la ira y el miedo producen un incremento del ritmo cardíaco más
elevado que la felicidad. La ira produce un mayor incremento de la temperatura corporal
que la felicidad y que el miedo (que produce un descenso en la temperatura). La tristeza
provoca un mayor incremento en la conductancia eléctrica de la piel, que la ira, el miedo
y el disgusto. Las configuraciones de ira, miedo y tristeza dan lugar a mayores
incrementos en el ritmo cardíaco que la configuración de disgusto o repulsión (que
produce un decremento en el ritmo cardíaco).
Rime y Giovannini (1986), a partir de los datos aportados por el autoinforme sobre
los cambios fisiológicos, ponen de manifiesto que los cambios faciales parecen ser los
más típicos de la alegría y la tristeza. Los cambios vegetativos y los cambios musculares
parecen ser los más típicos del miedo; los cambios vocales/verbales, de la ira. Los
cambios corporales son comunes a alegría, miedo e ira, apareciendo menos
frecuentemente en la tristeza (figura 11.4).
La investigación en psicoendocrinología, aunque no ha comprobado fuertes
relaciones entre una hormona específica y una emoción específica, sugiere que los corti-
coesteroides están implicados en el estrés, la dopamina en la ira y las monoaminas en la
depresión.

B) Los detractores de la existencia de patrones fisiológicos específicos: evidencia


experimental

Diversos investigadores han sostenido la no existencia de un patrón de reacciones


fisiológicas específico para cada emoción (cuadro 11.2).
Walter B. Cannon, uno de los más grandes investigadores en fisiología, fue el
iniciador de la tradición neurológica en el estudio de la emoción. La contribución de
Cannon al ámbito de la emoción se concreta en la crítica realizada a las teorías
presentadas por James y por Lange y en la propuesta de una formulación teórica
alternativa, presentada en el capítulo 2.
Cannon sostuvo que las diferencias entre los estados emocionales tenían un origen

228
en mayor medida central que periférico, surgiendo la expresión emocional de la acción de
centros subcorticales y la experiencia emocional de procesos talámicos, por lo que había
que buscar la cualidad de las emociones allí y no en la información que retorna de las
visceras ni en la que retorna de los músculos. La descarga talámica produce
simultáneamente la experiencia emocional y diversos cambios corporales o
comportamiento emocional.
Las críticas de Cannon (1927) a las teorías de James y de Lange influyeron en el
hecho de que los cambios autonómicos y somáticos pasaran a ser considerados como
concomitantes fisiológicos de la emoción, indicadores de la intensidad emocional que
preparan al organismo para la acción en situaciones de emergencia. Los cambios en el
sistema nervioso autónomo serían semejantes para las diferentes emociones diferirían
sólo en intensidad.

CUADRO 11.2. Autores que rechazan la existencia de un patrón de reacción fisiológica


específico para cada emoción.

Aunque la teoría de Cannon ha tenido menos relevancia que la de James, la tradición


neurológica iniciada por él ha tenido una gran influencia y una amplia proyección,
situando en ella sus aportaciones Papez, MacLean, Lindsley y Pribram, contribuyendo al
estudio anatómico y morfológico de diversas estructuras cerebrales (centros y vías) que
mediatizan el proceso emocional y al conocimiento de los cambios neuroquímicos y
neurofisiológicos de la emoción.
El componente de cambios neurofisiológicos y neurobioquímicos que caracteriza la
activación emocional es uno de los aspectos que ha atraído el interés de los
investigadores en mayor medida (Derryberry y Tucker, 1992; LeDoux, 1993).
Las investigaciones ponen de relieve que tanto el sistema nervioso central como el

229
sistema nervioso periférico están implicados en la emoción (Derryberry y Tucker, 1992;
LeDoux, 1993; MacLean, 1993), que la actividad en el sistema límbico (hipotálamo,
amígdala, septum, hipocampo…) puede influir en todas las manifestaciones periféricas de
la emoción (la experiencia subjetiva, los cambios autonómicos y los patrones de
comportamiento) (Derryberry y Tucker, 1992) y que los sistemas neurotransmisores
(vías de catecolamina, dopamina, norepinefrina, serotonina y acetilcolina) constituyen los
sustratos químicos de las emociones (Derryberry y Tucker, 1992).
A pesar de los avances en el conocimiento del sustrato neurofisiológico y
neurobioquímico de las emociones, no parece una empresa fácil encontrar cambios
fisiológicos identificables que correspondan a cambios de una emoción específica a otra
(Schmidt-Atzert, 1981/1985; Scherer, 1993).
Entre las dificultades con las que se encuentra la investigación de la diferenciación
fisiológica de las emociones están el elevado fraccionamiento dentro del sistema
fisiológico de respuesta, la especificidad situacional y la especificidad individual, que
implican, respectivamente, que las situaciones concretas tienden a producir patrones
particulares de respuesta en diferentes sujetos y que las diferentes situaciones tienden a
producir un patrón característico de respuesta en un mismo sujeto.
A la dificultad de encontrar patrones fisiológicos específicos a las emociones puede
contribuir, asimismo, el hecho de que parece que se encuentra un efecto diferencial de la
variable sexo en la reacción fisiológica emocional; los varones muestran más
concomitantes fisiológicas de la emoción que las mujeres (LaFrance y Banaji, 1992).
Actualmente sigue siendo válida la conclusión de Schmidt-Atzert (1981/1985)
respecto a los patrones fisiológicos diferenciales cuando afirma: “En conjunto, los
experimentos relativos a la fisiología diferencial parecen indicar que algunas emociones se
diferencian en cuanto a sus reacciones fisiológicas correspondientes. El número de
diferencias acerca de las que se ha informado es en todo caso demasiado grande como
para considerarlas debidas al azar. Mas las investigaciones existentes no permiten
establecer una lista de conocimientos seguros sobre la fisiología de las diversas
emociones. Los resultados son, en parte, contradictorios. Tan sólo cuando surge en
muchas situaciones el mismo patrón fisiológico, y éste puede ser diferenciado de otro
patrón, independientemente también de la situación, puede hablarse de patrón específico
de una emoción determinada. Así pues, en un experimento aislado no se comparan tan
sólo emociones, sino también situaciones. Por ello, no se sabe si las diferencias halladas
están determinadas por la situación, o por la emoción (…) La afirmación de que cada
emoción tiene su propio patrón fisiológico reactivo ha de seguir siendo considerada como
una hipótesis, que aún está por confirmar o por rechazar” (pp. 85-86).
De acuerdo con Schmidt-Atzert (1981/1985), las emociones no vienen definidas por
una reacción fisiológica determinada; la presencia de una emoción se confirma tan sólo
mediante la información de un sentimiento subjetivo y/o la observación de un
determinado comportamiento.

230
C) Procesos cognitivos y diferenciación emocional

En consonancia con la posición de Schmidt-Atzert (1981/1985) que acabamos de


presentar, se encuentra la mostrada recientemente por Scherer (1993), quien defiende
que las emociones se diferencian a nivel cognitivo, siendo difícil negar la existencia de
estados diferenciados, al menos respecto al sentimiento subjetivo consciente.
Esta posición es, asimismo, defendida por diversos investigadores, entre los que se
encuentran Schachter, Singer y Mandler, que presentan teorías de la activación-
cognición, y Amold y Lazarus, que presentan teorías de la evaluación cognitiva. Ambos
tipos de teorías aparecen en el capítulo anterior.
Si, como se ha puesto de manifiesto en el capítulo 2, para James la percepción de la
actividad visceral determinaba la experiencia emocional, para Schachter la experiencia
emocional se debe a un estado de activación fisiológica inespecífica y a una
interpretación cognitiva de ese estado.
Las teorías de la evaluación cognitiva comparten con las teorías de la activación-
cognición el énfasis en destacar la relevancia de la actividad cognitiva en la experiencia
emocional, pero atribuyen diferentes funciones a la evaluación cognitiva en la producción
de la emoción.
A partir de las dificultades existentes para encontrar patrones diferenciales de las
emociones y de los resultados aportados por las investigaciones desarrolladas por
aquellos que han adoptado modelos cognitivos en el estudio de la emoción, es razonable
concluir que la diferenciación emocional parece producirse en mayor medida en relación
con la cognición y la experiencia emocional. La experiencia emocional puede adoptar tres
formas: conocimiento del significado de la estructura situacional (cogniciones sobre la
situación y evaluaciones sobre si los resultados son deseables o rechazables),
conocimiento de la activación autonómica y conocimiento de la disposición a la acción
(Frijda, 1986).
La cognición es un elemento de la experiencia emocional y un determinante de la
respuesta emocional a través de procesos de interpretación (Schachter), de análisis de
significado (Mandler) o de valoración (Arnold y Lazarus). Existe una elevada correlación
entre el tipo de valoración cognitiva de la situación y la emoción experimentada,
pudiendo aquélla ser considerada como un adecuado predictor del tipo de emoción que
experimentará el sujeto. Lazarus y Folkman (1984/1986) defienden que la valoración
cognitiva contribuye no sólo a la diferenciación de la experiencia emocional, sino también
a la diferenciación psicofisiológica de las emociones.
El conocimiento de la activación autonómica es un componente importante de la
experiencia emocional, pero no es esencial; no constituye por sí mismo la experiencia
emocional. Los experimentos sobre transferencia de la activación han demostrado que el
conocimiento de la activación autonómica contribuye, al menos, a la intensidad de la
experiencia emocional (aspecto general, inespecífico), pero no han demostrado que sea
indispensable, por sí mismo, para la cualidad de la experiencia emocional.
La investigación sobre la disminución del feedback autonómico (a través de la

231
administración de agentes beta-bloqueantes que previenen la secreción de adrenalina y
reducen la respuesta autonómica) pone de manifiesto que la experiencia emocional no
presupone activación autonómica y puede existir sin ella. Las correlaciones entre
intensidad de la respuesta autonómica e intensidad de la experiencia emocional tienden a
ser moderadas o bajas. No existe adecuada evidencia experimental para la hipótesis de
que el conocimiento de la activación autonómica es un componente indispensable de la
experiencia emocional, ni para la hipótesis de que cada vez que se reduce el
conocimiento de la activación del sistema nervioso autónomo se reduzca necesariamente
la intensidad de la experiencia emocional.
La investigación sobre la función del conocimiento de la activación en la
diferenciación emocional no da la razón a James. La respuesta autonómica manifiesta
patrones claramente diferentes que no parecen corresponder a emociones diferentes,
proporcionando una base para distinguir experiencias de excitación o calma, de tensión o
relajación, de actividad o pasividad, pero no parecen proporcionar indicios
suficientemente diferentes e invariables que permitan al sujeto identificar su estado como
ira, miedo, alegría u otro tipo de emoción (Frijda, 1986).
Las sensaciones corporales relevantes para la diferenciación emocional,
corresponden en mayor medida al conocimiento de la actividad somática (musculatura
facial y esquelético-motora) que al de la actividad del sistema nervioso autónomo. La
experiencia emocional es una fuente de conocimiento de la tendencia a la acción y de la
acción. Uno de los indicios para el conocimiento de la acción es el feedback
propioceptivo proveniente de los propios movimientos, que constituye uno de los
componentes principales de la experiencia emocional. Tomkins e Izard hipotetizan que
las diferentes experiencias emocionales están determinadas por el feedback derivado de
distintas expresiones faciales, pues mientras que la respuesta del sistema nervioso
autónomo es relativamente inespecífica, los comportamientos expresivos faciales son
característicos de las diversas emociones. La forma más fuerte de la hipótesis del
feedback facial defiende que sin la expresión de la emoción, ésta no existiría (Tomkins,
1983).
Aunque Tomkins e Izard restringen su hipótesis de la diferenciación de la cualidad
de la emoción a la expresión facial, la hipótesis puede extenderse al comportamiento
expresivo en general. Los resultados experimentales no son uniformes ni concluyentes.
Existen datos favorables a los efectos de la inducción de la emoción y datos
desfavorables. Por otra parte, se ha comprobado que no todos los estados emocionales
dan lugar necesariamente a modificaciones de la expresión facial, puesto que éstas
pueden ser disimuladas de manera voluntaria o involuntaria, sobre todo cuando el sujeto
está con otra persona. Asimismo, el sujeto puede imaginar una situación generadora de
emoción y ser capaz de sentir esa emoción, sin necesidad de expresarla (Ekman,
1985/1992).
El feedback derivado de la expresión emocional no es el principal determinante de la
experiencia emocional y puede que no sea una condición suficiente. Los resultados de la
investigación ponen de manifiesto que el feedback derivado de la expresión emocional

232
contribuye a la experiencia emocional solamente si completa a una tendencia a la acción.

11.1.3. Reglas de manifestación emocional: la influencia social en la expresión


emocional

Si la expresión de las emociones ha de cumplir funciones relevantes para la


supervivencia, al trasmitir una información de un sujeto a otro, se requiere que ésta sea
universal, pudiendo ser las emociones diferenciadas de un modo relativamente fiable y
ser identificadas por los miembros de distintas culturas. En el estudio de la universalidad
de la expresión facial de las emociones, Tomkins (1980) ha tenido un papel muy
relevante, que ha sido destacado por Ekman (1981) al afirmar que al proponer una teoría
racional para el estudio de la cara y mostrar cómo se podría alcanzar un alto grado de
conformidad entre observadores, seleccionando cuidadosamente las expresiones faciales,
Tomkins influyó en el incremento de los estudios transculturales sobre la expresión facial
y contribuyó decisivamente a que creciera el interés por el carácter universal de la
expresión facial de la emoción.
La investigación sobre la expresión facial (Ekman, 1993) confirma la universalidad
de la expresión de las emociones sostenida por Darwin, existiendo una elevada evidencia
favorable respecto a las emociones de alegría, ira, miedo, tristeza y desagrado y una
menor evidencia a favor de sorpresa, interés y desprecio.
Asimismo, la investigación comprueba la existencia de diferencias entre las distintas
culturas en la expresión de las emociones (Ekman, 1993). Diferencias que traducen el
efecto del contexto social en el que se manifiesta la emoción y que se observan en las
denominadas “reglas de manifestación” (display rules) de las emociones. Las “reglas de
manifestación” son prescripciones, culturalmente específicas, sobre quién puede
manifestar qué tipo de emoción, ante quién y cuándo (Ekman, 1993). Son normas
aprendidas socialmente que regulan la expresión de las emociones en su contexto social.
Aunque Ekman (1993) se ha centrado en el estudio de las reglas relacionadas con la
expresión facial, éstas son aplicables a otras expresiones emocionales, como el
comportamiento vocal, el lenguaje corporal y el comportamiento interpersonal.
El comportamiento emocional no puede ser separado del contexto social. Esto se
pone de manifiesto en el hecho de que el desarrollo emocional, así como la función
adaptativa del comportamiento expresivo emocional, se producen dentro de sistemas
interpersonales y de contextos sociales.
A lo largo del desarrollo, en el proceso de socialización, el niño establece relaciones
con sus familiares, con conocidos y con extraños que influyen en la forma cómo
interpreta subjetivamente sus reacciones emocionales y en las respuestas que da. La
experiencia emocional de los niños es inseparable del significado sociocultural.
El niño deduce sus sentimientos a partir de la percepción de las reacciones que él ha
aprendido a denominar, por la influencia de otros, como “alegría”, “tristeza”… Si cuando
muestra una expresión de tristeza se le dice que está triste, posteriormente él dirá que

233
está triste cuando perciba en sí mismo esta expresión facial.
El comportamiento expresivo emocional tiene funciones adaptativas y de
supervivencia que son inconcebibles si no es dentro de los contextos sociales
correspondientes (cuadro 11.3).
La influencia del contexto social en la expresión de la emoción se pone de manifiesto
en procesos de disociación del estado emocional y la expresión facial, como la existencia
de conductas expresivas sin estado emocional (simulación de la emoción) y la existencia
de estado emocional sin conductas expresivas.

CUADRO 11.3. La influencia social sobre la expresión emocional.

Modulación de la expresión emocional por el contexto social

1. Disociación del estado emocional y de la expresión facial.


— Existencia de conductas expresivas sin estado emocional.
— Existencia de estado emocional sin conductas expresivas.

2. Falseamiento de los sentimientos e intento de transmitir un estado emocional


diferente al que se encuentre el sujeto.
3. Diferencias en la expresión emocional debidas a distintas “reglas de manifestación”
relacionadas con el sexo.

La expresión y comunicación de la emoción pueden ser facilitadas o inhibidas por la


presencia de otros dependiendo de la naturaleza del estímulo emocional y de la relación
personal o social con los otros. Esta interacción entre las respuestas a un estímulo
emocional específico y el contexto social puede ser considerada como una interacción
entre dos formas simultáneas de comunicación, un sistema de comunicación espontáneo,
con una base biológica, y un sistema de comunicación simbólica, lingüísticamente
estructurado, aprendido y modelado culturalmente (Buck y otros, 1992).
No todos los estados emocionales dan lugar necesariamente a modificaciones de la
expresión facial. Ésta puede ser inhibida de manera voluntaria o involuntaria por el
sujeto, sobre todo en presencia de otros. El sujeto puede imaginar una situación
generadora de emociones y ser capaz de sentir la emoción correspondiente sin que se
produzca expresión facial. El registro de la actividad eléctrica de los músculos de la cara
(electromiograma facial) pone de manifiesto la existencia de contracciones musculares
que difieren según el tipo de emoción experimentada, no produciéndose ninguna otra
manifestación externa de la emoción. Existe evidencia de que los sujetos pueden no
mostrar cambios visibles en la actividad de los músculos faciales incluso cuando informan
de experiencias emocionales y manifiestan cambios en la actividad del sistema nervioso

234
autónomo. Los sujetos, en estos estudios, muestran patrones de cambios en la actividad
facial, por debajo del nivel de lo visible, como pone de manifiesto el electromiograma
(Tassinari y Cacioppo, 1992, para una revisión).
Se puede, asimismo, producir la expresión facial de la emoción sin existir la emoción
correspondiente. El sujeto puede fabricar expresiones emocionales sin experimentar
emoción alguna (Ekman, 1985/1992,1993).
Ekman (1985/1992) pone de relieve que “El rostro puede constituir una fuente de
información valiosa (…) porque es capaz de mentir y decir la verdad (…). El rostro suele
contener un doble mensaje: por un lado lo que el mentiroso quiere mostrar; por el otro, lo
que quiere ocultar (…). Las expresiones auténticamente sentidas de una emoción tienen
lugar a raíz de que las acciones faciales pueden producirse de forma involuntaria, sin
pensarlo, ni proponérselo; las falsas, a raíz de que existe un control voluntario del
semblante que permite a la gente coartar lo auténtico y presumir lo falso” (p. 128).
Ekman (1985/1992,1993) concede gran importancia en la detección de la mentira; a
los denominados por él “músculos fidedignos” (reliable muscles). Las expresiones
faciales de alegría, ira, miedo y tristeza implican acciones musculares que la mayoría de
la gente no puede controlar voluntariamente, además de acciones musculares que
fácilmente puede controlar cualquiera. No todos los músculos que producen las
expresiones faciales son igualmente fáciles de controlar, siendo algunos más fidedignos
que otros.
Ekman (1985/1992,1993) denomina “músculos fidedignos” a “aquellos de los que
no puede hacerse uso para las expresiones falsas: el mentiroso no los tiene a su
disposición, y como tampoco puede inhibirlos o abortarlos inmediatamente, le cuesta
ocultar la acción de esos músculos al tratar de disimular una emoción real” (pp. 137-
138).
Ekman (1985/1992) parte de la hipótesis de que “si no es posible mover
deliberadamente un músculo para falsear una expresión, tampoco lo será inhibirlo para
que oculte, en parte, otra” (p. 138). Hipótesis pendiente de comprobación experimental,
aunque razonable, de acuerdo con la opinión dada a Ekman por diversos
neurocientíficos.
Los procesos de disociación del estado emocional y la expresión facial son
estrategias que el sujeto puede utilizar en la interacción social. Lo que el sujeto siente
(estado emocional) no tiene por qué corresponderse con lo que manifiesta de forma
visible (expresión). En ocasiones, la interacción social requiere que el sujeto disimule,
inhiba o controle sus sentimientos. En otras, que los falsee, intentando transmitir un
estado emocional en el que no se encuentra.
La influencia social se manifiesta, asimismo, en los distintos patrones de expresión
emocional manifestados por mujeres y por hombres. Existen diferencias en expresión
facial que pueden reflejar o no diferencias en estados emocionales. Aun cuando la
experiencia emocional de los sujetos de uno y otro sexo sea comparable, pueden existir
diferencias en la expresión derivadas de distintas “reglas de manifestación” relacionadas
con la variable sexo que especifican qué sentimientos han de ser manifestados y en qué

235
intensidad.
También puede ocurrir que la expresión observable sea relativamente independiente
del nivel de emocionalidad del sujeto y que la variabilidad en la expresión sea el resultado
de demandas sociales respecto al hecho de que deben existir diferencias sexuales
observables.
Debido a esto, entre otras causas, los estudios ponen de manifiesto que los sujetos
de diferente sexo difieren más en las manifestaciones visibles de la emoción que en la
intensidad de los sentimientos (Fabes y Martin, 1991), siendo las mujeres más
expresivas, en general, que los hombres (Buck, Barón y Barette, 1982).
Aunque el patrón de mayor expresividad femenina no parece totalmente consistente,
se ha comprobado que las mujeres muestran más actividad facial electromiográfica que
los hombres (Dimburg, 1988). Las mujeres tienen mayor tensión muscular facial que los
hombres cuando responden a estímulos emocionales, pero la tensión muscular parece
estar relacionada, en mayor medida, con diferencias sexuales en la expresividad facial
que con diferencias sexuales en la respuesta del sistema nervioso autónomo y del sistema
endocrino.
Por otra parte, una mayor expresividad no refleja necesariamente una mayor
emocionalidad. Buck y colaboradores (1974) han comprobado que las mujeres
manifiestan más movimiento facial que los hombres en respuesta a estímulos evocadores
de emociones, pero no han encontrado las correspondientes diferencias sexuales en la
intensidad de la respuesta fisiológica.
La naturaleza del contexto social en el que se produce la expresión emocional incide
de forma importante en las diferencias sexuales. Aunque distintos estudios ponen de
manifiesto que las mujeres informan de que lloran más que los hombres (Wallbott, 1988),
parece que esto ocurre cuando las mujeres están en presencia de hombres; mientras que
éstos lloran menos en presencia de aquéllas (Choti y otros, 1987).
Existe evidencia respecto a que actualmente es más probable que las mujeres
supriman la expresión de la ira, presumiblemente a causa de que se piensa que la ira es
incompatible con la femineidad (Lemer, 1985). Las mujeres manifiestan inexpresividad
en aquellas situaciones sociales en las que la reacción observable es censurable, mientras
que ocurre lo contrario en los varones.

11.2. Relaciones de la motivación, la emoción y la cognición: su incidencia en la


acción

11.2.1. Teoría de los sistemas motivacionales-emocionales primarios (primes) de Buck

Buck ha realizado una relevante aportación que, entre otros aspectos, se centra en la
estructuración de una jerarquía de los sistemas primes y en la consideración de la
emoción como un dispositivo de salida.

236
A) Jerarquía de los sistemas primes

Buck (1985) ha propuesto una teoría de los sistemas motivacionales/emocionales


primarios que sitúa a éstos en una jerarquía en orden ascendente que comienza con los
reflejos y, pasando por los instintos, los impulsos primarios, los impulsos adquiridos y los
afectos primarios, llega a la motivación de efectancia (dominio).
Los afectos primarios son los sistemas más comúnmente asociados con la emoción e
incluyen, al menos, felicidad, tristeza, miedo, ira, sorpresa y repugnancia, de acuerdo con
Ekman y Friesen y con Tomkins. Los afectos primarios están basados en sistemas
neurales específicos del cerebro e implican tendencias generales de respuesta en relación
con el medio. Aunque la capacidad para experimentar estos afectos es innata, las
circunstancias en las que se experimentan y las formas en las que se expresan implican
aprendizaje.
Los primes son sistemas propositivos especiales, establecidos biológicamente, que
han evolucionado para servir a funciones específicas y están asociados con estructuras
biológicas específicas (sistemas neuroquímicos).
Los sistemas primes parecen estar organizados de una manera jerárquica en la que
los sistemas filogenéticos más antiguos y los más nuevos se dan en diferentes niveles de
la jerarquía (véase la figura 11.5). En los niveles inferiores se encuentran los sistemas
diseñados para ejecutar funciones relativamente específicas y en los niveles superiores
están los sistemas que interactúan con los sistemas propositivos generales, reflejando la
experiencia del organismo en el medio. Cada prime está asociado a un sistema o sustrato
fisiológico; estos sustratos son circuitos neuroquímicos que pueden ser anatómicamente
distintos o estar interrelacionados unos con otros y aparecer en varios niveles del sistema
nervioso.

237
Figuras 11.5. Jerarquía de los sistemas motivacionales /emocionales (a partir de Buck, 1985).

La motivación es un potencial inherente en la estructura de los primes; y un


potencial inherente a la estructura de los sistemas de control conductual. Se considera
que los primes tienen un potencial motivacional debido a sus cualidades particulares, que
se han desarrollado como respuesta a los estímulos y eventos que han resultado
desafiantes en el curso de la evolución. Su función es la activación de respuestas
homeostáticas, conductas expresivas y experiencias subjetivas que se han mostrado
adaptativas frente a estos desafíos. La motivación es el potencial para la activación de
estas respuestas, que está integrado en los primes y que es liberado por eventos
desafiantes. Los primes que estos eventos desafían se hacen progresivamente más
complejos y los efectos de las primeras experiencias de aprendizaje del sujeto se hacen
progresivamente mayores.

B) La emoción como dispositivo de salida

La emoción es un mecanismo de salida asociado con la motivación que lleva


información sobre la motivación, es decir, sobre el estado de los primes. La fuente de
información es el potencial motivacional, activado por un estímulo desafiante. La
motivación y la emoción son diferentes aspectos de los primes, siendo la motivación el

238
potencial para la conducta inherente en la estructura neuroquímica, implicando la
emoción los medios por los que ese potencial se hace realidad o se anuncia, cuando es
activado por estímulos desafiantes. La relación de la motivación y la emoción desde esta
perspectiva es análoga a la relación de la energía y la materia en física. Si la energía es un
potencial que se manifiesta en la materia, la motivación es un potencial que se manifiesta
en la emoción.
Existen tres tipos de efectos que implican tres tipos diferentes de salida de los
estados motivacionales/emocionales que han aparecido sucesivamente durante la
evolución (figura 11.6). La emoción I está implicada en la adaptación corporal y en la
homeostasis; la emoción II> en la expresión facial y en otros mecanismos de expresión
externa. La emoción III, conlleva una salida cognitiva interna. Cada tipo de salida
emocional está asociado, de acuerdo con el modelo de Buck (1985), con un tipo distinto
de experiencia emocional subjetiva.
La emoción I implica la influencia de los sistemas motivacionales/emocionales en el
funcionamiento corporal a través del sistema nervioso autónomo, del endocrino y del
inmunológico. El feedback interoceptivo, que constituye el elemento subjetivo del
proceso de emoción I, puede ser relativamente similar para estados
motivacionales/emocionales diferentes.
La emoción II supone una salida externa, con el estado de los primes reflejado en la
conducta expresiva manifiesta. Algunos estados motivacionales/emocionales han de ser
expresados, produciéndose la comunicación entre los congéneres, dado que la
supervivencia de las especies requiere la coordinación de conductas entre los sujetos,
como sucede en la reprodución sexual y en el cuidado de las crías. El feedback
propioceptivo, que constituye el elemento subjetivo del proceso de emoción II, debe
diferir para diferentes estados motivacionales/emocionales.
La emoción III es una salida cognitiva interna y directa de los primes que ha
evolucionado en formas que son análogas a su salida externa. Buck (1985) sugiere que,
una vez que el sistema nervioso de una especie ha evolucionado suficientemente para
desarrollar los rudimentos de un sistema cognitivo general propositivo (una
representación interna de la realidad), es importante que el sistema cognitivo tenga acceso
al estado de los primes. Parece probable que el medio primario de diferenciación
subjetiva de los estados motivacionales/emocionales sea a través del proceso de emoción
///, a través de las diferentes cualidades de experiencia emocional registrada, directamente
asociada con los diferentes estados primarios.

239
Figura 11.6. El dispositivo de salida: fuente, objetivo y función (a partir de Buck, 1985).

11.2.2. Un modelo integrador en motivación y emoción humana

La adecuada integración de los desarrollos teóricos, producidos por una parte en el


ámbito de la motivación y por otra en el de la emoción, así como la integración de las
funciones de ambos procesos en la explicación de la conducta, parten del establecimiento
de las diferencias existentes entre ambos constructos.
Una antigua polémica respecto a la relación de la motivación y la emoción es la
sustitución de uno de estos procesos por el otro. Tradicionalmente se ha tratado de
destacar uno de ellos en detrimento del otro. Esta tendencia a la sustitución puede venir
explicada por el hecho de que se identifica a ambos procesos psicológicos a nivel
conceptual. Es muy difícil diferenciar conceptualmente entre emoción y motivación dado
que ambos términos derivan de la palabra latina motus, entre cuyos significados se
encuentran “movimiento”, “gesto” y “motivo”. Asimismo, la confusión puede haber
derivado del hecho de que las emociones pueden tener funciones motivacionales. Izard
(1977) considera el sistema emocional como un sistema motivacional primario. La
experiencia emocional sería la motivación para la acción individual y la expresión facial
de las emociones lo sería para la interacción social. Kleinginna y Kleinginna (1981)
encuentran que un elevado porcentaje de las definiciones de la emoción relacionan a ésta
con la motivación, destacando que las emociones energizan los sistemas motivacionales.

240
Aunque motivación y emoción guardan una estrecha relación, uno de estos procesos
no puede ser asimilado o sustituido por el otro; ambos son necesarios y contribuyen de
una manera decisiva a la explicación de la conducta. Ambos procesos son diferenciables
si se consideran sus funciones.
Izard (1977) ha distinguido entre impulso y emoción a partir de los siguientes
aspectos:

— El impulso tiene funciones limitadas, mientras que el sistema emocional tiene


propiedades motivacionales más generales. Las emociones, en ausencia de
impulsos, motivan conductas, mientras que los impulsos no amplificados por la
emoción no motivarán el aprendizaje de nuevas respuestas o no mantendrán las
existentes.
— Las emociones pueden incidir poderosamente sobre el sistema motivacional,
amplificando, inhibiendo o atenuando los estados de impulso, y éstos pasar
inadvertidos durante períodos de emoción intensa.
— La secuencia conductual del impulso sigue un patrón fijo, cíclico, comenzando
con una situación de ruptura de la homeostasis, que da lugar a un incremento
del impulso, que va seguido de un aumento de actividad tendente a la
consecución de una meta. La respuesta consumatoria produce la reducción del
impulso y el cese de la actividad. El ciclo volverá a repetirse con el incremento
del impulso. La activación emocional no va seguida de un patrón fijo e
irreversible de eventos. No hay respuesta consumatoria seguida de la reducción
de la emoción y un decremento en la actividad relacionada con la emoción.
— Las señales del impulso son más dependientes del momento que las de la
emoción. La información relacionada con el impulso es eficaz sólo cuando éste
es suficientemente intenso para funcionar y enviar señales. La información
relacionada con el impulso es más específica, la relacionada con la emoción es
más general.

Ulich (1982/1985) ha establecido una diferenciación entre motivación y emoción


sobre la base de que ambos conceptos pueden reflejar una forma diferente de reía-
donarse la persona y el medio ambiente. La emoción es considerada como “un modo de
lo que soy”, afirmando que “en este modo se manifiesta una impresión inmediata o
transmitida cognitivamente y al mismo tiempo una toma de posición o un juicio intuitivo,
siendo yo mismo el punto de partida y el centro de la vivencia” (p. 35). La emoción sería
considerada como “conciencia del estado”; la motivación expresa, “el modo de querer
hacer algo”.
Las diferencias entre motivación y emoción pueden concretarse en los aspectos que
se encuentran en el cuadro 11.4.

CUADRO 11.4. Motivación y emoción: aspectos diferenciales.

241
Motivación Emoción
Activada por estados internos de privación que suponen Activada por la presencia de eventos
una ruptura de la homeostasis. relacionados con la supervivencia.
Si la intensidad es adecuada, posibilita
Dirige el organismo hacia objetos naturales específicos. la adaptación al medio físico y al medio
social.
No tiene un carácter cíclico, puesto
Tiene un carácter cíclico, presentando cierta regularidad. que los eventos que la activan pueden
producirse al azar.

La integración ha de comenzar destacando la existencia de una profusa aportación


de teorías y modelos motivacionales centrados en constructos tan diversos como instinto,
impulso, activación, incentivo y expectativa, que tienen un ámbito explicativo limitado.
Esta profusión de modelos y constructos explicativos ha llevado a muchos a creer
erróneamente que la explicación dada por un modelo puede ser invalidada y sustituida
por la aportada por otros que recurren a constructos diferentes. Esta consideración
errónea la manifiestan, entre otros, Cofer y Appley (1964/1976), cuando defienden la
sustitución del impulso por el alertamiento, proceso estrechamente relacionado con la
activación, afirmando que “el concepto de pulsión no tiene ninguna utilidad. De hecho, lo
consideramos algo peor: un riesgo. No obstante, reconocemos que rechazar la pulsión sin
ofrecer alternativas plausibles sería poco constructivo y hemos hecho del alertamiento,
creemos, una alternativa atrayente” (p. 810). Fernández-Trespalacios, desde la psicología
general, presenta una visión adecuada, afirmando que el impulso es probablemente la
mejor explicación del fenómeno de la activación motivacional en el nivel de la conducta
operante sensomotriz y que, a medida que subimos en la escala filogenética y tratamos
de aprendizajes más complejos, el papel del impulso como activación autorregulativa
decrece e incluso desaparece, pero ello no nos obliga a negar la existencia y el papel del
impulso en los niveles de conducta sensomotriz.
El proceso, en el ámbito de la motivación y la emoción, ha ido de lo diverso a lo
simple, desde el dominio de tendencias diferenciadoras, al dominio de tendencias
integradoras, buscando la unidad en la diversidad, objetivo que consideramos plausible y
fructífero para la ciencia psicológica (Garrido, 1992a, 1992b, 1993).
En el ámbito de la motivación, se han diferenciado tres tipos de motivos, de acuerdo
con el nivel de actividad sobre el que inciden. Motivos primarios, relacionados con
procesos neurofisiológicos y neuroendocrinos, motivos secundarios, relacionados con
procesos socio-culturales y motivos relacionados con procesos cognitivos. En el ámbito
de la emoción, se ha puesto de manifiesto que unos autores centran su análisis en la
experiencia emocional, otros en los cambios neurofisiológicos y neuroendocrinos y otros
en la expresión emocional.
Cada investigador ha desintegrado el proceso motivacional y el proceso emocional,
considerando lo que creía que era el aspecto más importante en la motivación y en la
emoción. La adopción del “paradigma” como modelo conceptual (Kuhn, 1962/1977), ha
contribuido a una dinámica de sustitución de modelos teóricos y constructor produciendo

242
una imagen de la psicología como una ciencia en permanente crisis, sin la integración
necesaria para presentar una configuración estable. El modelo de acción humana puede
ser considerado como una “tradición de investigación” (en la terminología de Laudan,
1984, quien reconoce que frecuentemente se produce la coexistencia de diferentes
“programas” o de diferentes “tradiciones de investigación”), que está contribuyendo
decisivamente a la integración.
La acción orientada a la meta, que puede considerarse como una unidad de análisis
en la psicología, integra dos tipos de actividad: la actividad cognitiva y la actividad física,
destacándose en ésta, el nivel fisiológico y el nivel motor o comportamental.
A partir del modelo de acción humana, de la teoría general de sistemas y del modelo
analítico del sistema humano, proponemos un modelo integrador en motivación y
emoción humana, que posibilita la integración en ambos ámbitos, así como, la integración
de las funciones de ambos procesos psicológicos en la explicación de la conducta (cuadro
11.1).
La visión que del hombre y del desarrollo y evolución de la ciencia psicológica
aporta el modelo de acción humana ha sido detenidamente expuesta con anterioridad
(Garrido, 1993).
La teoría general de sistemas (Von Bertalanffy, 1967; Laszlo, 1975) sostiene que los
sistemas vivos pueden ordenarse en una jerarquía que va de las células a los órganos, de
éstos a los organismos, de éstos a los grupos y de éstos a las sociedades y que cuando se
pasa de un nivel del sistema a otro superior, emergen nuevas características y
capacidades conductuales.
Los hallazgos obtenidos por diversas ciencias, como la biología, la fisiología
(psicofisiología), la neurofisiología y la sociología (psicosociología), han contribuido a
estructurar el modelo analítico del sistema humano (Ford y Ford, 1987), que considera al
ser humano como un sistema auto-regulador que integra diferentes niveles: nivel de
sistema celular, de sistemas orgánicos, de sistemas vegetativos, de sistemas sensorio-
motores, de sistemas de activación, de sistemas cognitivos de sistemas para transacciones
complejas con el ambiente social y nivel del suprasistema.
El modelo integrador en motivación y emoción nos permite afirmar que:

— A los diferentes niveles de la acción subyacen diferentes niveles de motivación y


que los diferentes niveles de emoción están estrechamente vinculados con los
niveles de actividad.
— La motivación puede adoptar una de las tres formas (primaria, secundaria o
cognitiva), según el nivel de actividad que deba producirse en un momento
determinado, para posibilitar un adecuado funcionamiento del organismo.
— La emoción es una forma de acción que integra tres niveles de actividad que se
concretan en tres componentes que pueden presentarse casi simultáneamente:
experiencia, cambios neurofisiológicos y neuroendocrinos y expresión
emocional.
— Las estructuras anatómicas que posibilitan los procesos de motivación y emoción

243
son en gran medida coincidentes, sobre todo en el nivel fisiológico.
— La función de la motivación, en el nivel de actividad cognitiva, es suscitar
procesos cognitivos que permitan el ajuste y la adaptación del sujeto. La función
de la emoción en este nivel es que el sujeto sepa qué emoción está sintiendo,
contribuyendo a la cualidad emocional. En la emoción, como ocurre con la
actividad en general, el nivel cognitivo dota de significado al nivel físico. La
experiencia emocional dota de significado a los cambios orgánicos (que
transmiten una información al sujeto) y al comportamiento emocional (que
transmite una información a otros).
— La función de la motivación y de la emoción en el nivel de actividad física es en
gran medida coincidente. La motivación suscita conductas (como la ingesta de
alimentos, ingesta de líquidos, regulación de temperatura, evitación de
situaciones estimulares peligrosas…) que hacen posible la relación-adaptación
del sujeto al medio físico. Los cambios en el sistema nervioso autónomo que
corresponden a la emoción en este nivel de actividad potencian al organismo
para facilitar su adaptación al medio físico (reacción de emergencia de Cannon)
y determinan la intensidad emocional. Mientras que la excitación del sistema
reticular activador posibilita que la motivación energice la acción en los tres
niveles de actividad, en la emoción la energización de la conducta la realiza el
componente emocional, que corresponde al nivel de actividad física.
— La función de la motivación en el nivel de actividad social es suscitar conductas
(de logro, afiliación, poder, agresión) que posibiliten su adaptación y el ajuste al
medio social. El componente de expresión emocional, correspondiente a este
nivel de actividad permite la adaptación social, comunicando el estado
emocional en que se encuentra el sujeto.

CUADRO 11.5. Integración del ámbito de la motivación y de la emoción desde el modelo de acción humana.

244
El modelo integrador en motivación y en emoción posibilita:

a) Una adecuada consideración y análisis de los ámbitos de la motivación y la


emoción. Motivación y emoción son procesos unitarios, pero con un efecto diversificado
en diferentes niveles de acción y actividad. Desde este modelo, se aprecia lo erróneo de
una consideración de la motivación manifestada por los que como Norman (1981) la
conciben como “un complejo de cosas, algunas biológicas, otras culturales o emocionales
(…) un problema derivado, compuesto de diferentes aspectos de los otros” (p. 343).
Una adecuada consideración de la motivación, faculta para la diferenciación entre
motivación y motivo. Si los actos expresan, concretan el efecto de la actividad, los
motivos concretan el efecto de la motivación. Se puede establecer una correspondencia
entre actividad integral (la acción) y motivación, así como entre acto y motivo. Si a una
forma de acción subyace un tipo de motivación, a un acto subyace un motivo. Por
ejemplo, las actividades que un organismo ha de desarrollar para lograr su supervivencia
están favorecidas por la motivación fisiológica (homeostática). Los actos que realice
estarán determinados por motivos fisiológicos: el acto de comer (ingesta de sustancias
alimenticias), por el impulso de hambre; el acto de beber (ingesta de líquidos), por el
impulso de sed…
Esta consideración que proponemos de motivación y motivo no parece estar muy
alejada del “principio de organización jerárquica de los instintos” propuesto por
Tinbergen (1951), en el que diferencia entre nivel de instinto principal (en nuestra
propuesta se correspondería con la acción), nivel de instinto inferior (se correspondería
con la actividad) y nivel de acto consumatorio (se correspondería con el acto).

245
b) La integración de diferentes modelos, teorías y constructos en el ámbito de la
motivación y de la emoción, destacando la relevancia relativa de cada uno de ellos en la
estructuración de su ámbito de investigación y en la explicación de la conducta.
Desde el modelo integrador en motivación y emoción se hace evidente que se
produce un importante sesgo cuando se presenta un determinado nivel de motivación o
de emoción (el fisiológico, generalmente), como todo el ámbito de la motivación o de la
emoción, imponiendo una parte al todo, con la exclusión de los demás niveles. No es
razonable la sustitución de unos modelos, teorías y constructos por otros. Por el
contrario, se han de considerar como perspectivas diferentes y complementarias, que
pueden facilitar una mejor comprensión de la complejidad de los determinantes de la
acción.
Esta consideración integradora está en consonancia con el análisis del desarrollo de
los ámbitos de la motivación y de la emoción, realizada, entre otros, por Leary (1990) y
Weiner (1992), desde la perspectiva de las metáforas que han dominado las aportaciones
científicas en una época determinada. Las metáforas, en el nivel de la teorización
científica, frecuentemente sirven como herramientas heurísticas, indicando relaciones que
previamente eran desconocidas o que no existían antes de la introducción de la metáfora.
Una metáfora proporciona una nueva forma de comtemplar el mundo (Weiner, 1992).
Weiner (1992) considera que los desarrollos teóricos y la investigación en motivación
humana han estado guiados, fundamentalmente, por dos metáforas: la consideración de
“el ser humano como una máquina” y la consideración de “el ser humano como Dios”.
La metáfora de “el ser humano como una máquina” sostiene que el ser humano
comparte diversas características de las máquinas, entre las que se encuentran: las
conductas de las máquinas son involuntarias y de tipo reflejo, se realizan sin
conocimiento consciente y están predeterminadas. La metáfora de “el ser humano como
Dios” sostiene que el ser humano comparte diversas características que atribuimos a
Dios, entre las que se encuentran: es omnisciente, todopoderoso y totalmente justo.
La metáfora de “el ser humano como una máquina”, que ha dominado en el ámbito
de la motivación durante el período de 1930 a 1955, aproximadamente, ha influenciado,
entre otras, a las teorías psicoanalíticas, etológicas y del impulso. La metáfora de “el ser
humano como Dios”, que ha dominado durante el período de 1960 a 1980,
aproximadamente, ha influenciado, entre otras, a las teorías de la expectancia-valencia y
a las teorías atribucionales. Teorías en las que el ser humano es considerado como
tomador de decisiones y como científico.
Mc Reynolds (1990) considera que las cinco metáforas básicas en motivación han
sido: “las personas como máquinas”, “las personas como organismos”, “las personas
como entidades naturales”, “las personas como agentes” y “las personas como
marionetas”. Para Averill (1990), las cinco metáforas fundamentales en emoción han
sido: “las emociones como procesos internos”, “las emociones como respuestas
viscerales”, “las emociones como el componente animal de la naturaleza humana”, “las
emociones como enfermedades de la mente” y “las emociones como fuerzas
impulsoras”.

246
Queremos destacar que la existencia de múltiples metáforas pone de relieve la
naturaleza multideterminante de la acción humana. Existen determinantes de la acción
humana explicables por alguna de las metáforas que se han empleado. Quizá existan
otros determinantes que están esperando nuevas metáforas que contribuyan a explicarlos.

247
12
ESTADOS DE ÁNIMO Y MEMORIA

12.1. Los estados de ánimo como procesos afectivos

Emociones y estados de ánimo (EA) difieren en la duración, los cambios fisiológicos


y la intencionalidad. Las emociones son más breves y más intensas y conllevan más
cambios fisiológicos. Los EA son más duraderos, más lentos, produciéndose de forma
gradual y mucho menos diferenciada. Los EA pueden derivar de eventos medianamente
agradables o desagradables, ninguno de los cuales es suficientemente intenso para
producir una emoción por sí mismo, aunque de forma conjunta, determinan en el sujeto
un estado generalizado de sentimiento positivo o negativo.
El EA es un proceso biopsicológico que afecta a todo el sujeto, que se produce con
componentes bioquímicos, psicológicos y cognitivos, así como reacciones subjetivas. La
intencionalidad, junto a la duración y la intensidad, contribuye a diferenciar entre
emoción y EA. Las emociones son específicas al objeto, se dirigen hacia objetos,
mientras que los EA no, son generales y no focalizados. Los EA pueden desarrollarse
como el residuo de una emoción específica una vez que se disipa la intensidad de la
emoción. De esta forma, la causa de los EA suele estar más remota en el tiempo que la
de la emoción y tiende a estar menos claramente definida por quien la experimenta. Estas
características se reflejan en el uso del lenguaje, que implica referencias específicas para
las emociones (decimos “tengo miedo de…”), pero no para los EA (decimos “me
encuentro feliz” –en un estado de felicidad–). El carácter indiferenciado y no focalizado
de los EA les confiere un valor informativo para una amplia variedad de juicios,
proporcionando el contexto para la actividad cognitiva, puesto que no interrumpen el
proceso regular de pensamiento.
De los tres criterios (duración, cambios fisiológicos e intencionalidad), la difusividad
o globalidad, relacionada con la falta de intencionalidad, es el principal criterio
diferenciador de los EA (Frijda, 1993).
Las emociones tienen un objeto, los EA carecen de él; son fenómenos mentales no
intencionales. La difusividad de los EA puede caracterizarse por la ausencia de
orientación respecto a un objeto.
Los EA pueden influir en que el sujeto tienda a considerar los hechos de una forma
específica. En un EA de ansiedad, casi todos los eventos son evaluados como
potencialmente amenazantes o como algo que uno no es capaz de manejar. En un E A de

248
cólera, casi todos los eventos son percibidos como una frustración o una ofensa. En un
EA depresivo, el mundo es considerado como carente de significado e interés.
Los EA son estados difusos de preparación a la acción, tendencias a la acción sin un
objeto particular. Un EA de cólera es un estado de elevada preparación para responder
con cólera, con enemistad, con una respuesta crítica. El EA depresivo es frecuentemente
un estado de indiferencia, de falta de energía e interés, que se caracteriza por una
tendencia a evitar el contacto interpersonal.
El origen de los EA es interno o externo. Pueden venir determinados por eventos
significativos emocionalmente, por estímulos con carga hedónica, por condiciones
organísmicas y por procesos fisiológicos.
Los eventos significativos emocionalmente son capaces de inducir EA de forma
directa, sin pasar por una emoción o por un episodio emocional. Ciertos agentes externos
pueden influenciar los EA directamente, por ejemplo, ciertos olores parecen incrementar
o debilitar un EA, incluso cuando no son detectados de forma consciente.
Por otra parte, la influencia de factores internos se pone de manifiesto en el hecho
de que existen variaciones circadianas, semanales y estacionales en los EA. Se sabe que
el estado depresivo es un efecto secundario de diversas drogas, por ejemplo, reserpina,
clomazina y antihipertensivos.
Además de los factores externos e internos, diversas variables de personalidad
determinan un EA. Existe suficiente evidencia experimental respecto a que las emociones
y los EA positivos correlacionan con extraversión y que los afectos negativos
correlacionan con neuroticismo, según son definidos por las puntuaciones del inventario
de personalidad de Eysenck (Frijda, 1993).

12.2. La inducción de estados de ánimo en el laboratorio

La investigación experimental de la emoción se enfrenta a una importante paradoja.


El laboratorio está óptimamente equipado para un estudio detallado de los complejos
patrones que integran la reacción emocional, pero los códigos deontológicos y éticos que
regulan la investigación en humanos no permiten la reproducción de emociones intensas
en el laboratorio, sobre todo de tipo negativo. Por otro lado, es obvio que cuando la
emoción se produce en el medio natural, no se cuenta con el aparataje que haga posible
su análisis.
Una forma de eliminar esta paradoja es emplear muestras de sujetos que se
encuentran en un estado emocional y compararlo con grupos de control (otro tipo de
pacientes, o sujetos que se han recuperado de una alteración emocional, o sujetos
normales), lo que es frecuente en la investigación clínica. En tales comparaciones existen
potencialmente diversas variables que pueden interferir en los resultados, como la
presencia o ausencia de drogadicción, psicoterapia o institucionalismo.
Para realizar la investigación en la población normal, un método simple es dividir la
muestra de sujetos en aquellos que de forma natural se encuentran en el estado
emocional que se requiere en el momento de la prueba y aquellos que no lo están.

249
Aunque éste es un diseño experimentalmente válido, tiene el riesgo de confundir los
efectos del estado y los efectos de rasgo, siendo ensombrecidos potencialmente los
efectos de los estados emocionales transitorios por los de los rasgos de personalidad, que
son más duraderos.
Una forma de eliminar estas posibles interferencias es inducir en el laboratorio
procesos afectivos, como los EA, que por sus características, presentadas en el apartado
anterior, no contravienen los códigos deontológicos y éticos.
En las investigaciones en el laboratorio, a través de diversos métodos (Martin, 1990)
se inducen de forma temporal EA positivos (de felicidad) y/o negativos (generalmente de
tristeza) (Salovey, 1992). Entre los métodos empleados se encuentran la técnica de auto-
afirmaciones de Velten, la sugestión posthipnótica, el recuerdo autobiográfico y la
imaginación autogenerada. Asimismo, en la inducción de estados de ánimo, se ha
utilizado la audición musical y la proyección de cortes de películas (cuadro 12.1).
Siguiendo la técnica de Velten (Velten, 1968), la inducción de un EA depresivo o de
felicidad, implica la lectura por los propios sujetos de diversas autodescripciones
relacionadas con el EA específico, así como afirmaciones autorreferentes neutras para la
determinación de un EA neutro. Cada grupo específico de sentencias es leído en silencio
y después en voz alta por el propio sujeto, que es animado a tratar de sentir el EA
sugerido por las sentencias.

CUADRO 12.1. Técnicas de inducción de estados de ánimo clasificadas según el proceso


en el que inciden.

La mayoría de las sentencias que se emplean en la inducción de la depresión se


incluyen en dos categorías; unas sentencias están relacionadas con la autodevalua-ción
(por ejemplo: “me siento desanimado e infeliz”), mientras que otras lo están con cambios
somáticos, característicos de la depresión (por ejemplo: “De vez en cuando me siento tan

250
cansado y tan triste que prefiero sentarme a hacer algo”).
La técnica de sugestión posthipnótica sólo puede aplicarse a aquellos sujetos a los
que se hipnotiza fácilmente. Este es un importante inconveniente, puesto que sólo el 15%
de los sujetos alcanza el criterio de selección (Martin, 1990), requiriéndose, por ejemplo,
una muestra de 300 sujetos cuando se quiera realizar una investigación con un grupo de
50 sujetos.
El empleo de esta técnica requiere instruir a los sujetos en relajarse y alcanzar un
trance hipnótico. Cuando se ha logrado un trance profundo, se induce el EA apropiado
(triste, feliz, encolerizado…), solicitando al sujeto que recuerde un evento
emocionalmente relevante de su vida, volviendo a vivir su recuerdo en la imaginación y a
experimentar la emoción asociada. Después se requiere que los sujetos experimenten esta
emoción aislada (desvinculada del evento original) y que incrementen su intensidad, sin
llegar a hacerse irresistible. Este estado de ánimo se mantiene durante la tarea
experimental.
Esta técnica ha sido empleada fundamentalmente por Bower y sus colaboradores
(Bower, 1981).
El empleo de la técnica de recuerdo autobiográfico (Martin, 1990) precisa pedir a
los sujetos que cierren los ojos y recuerden eventos o acontecimientos autobiográficos
provocadores de un EA, solicitándoles que vuelvan a experimentar lo más vivamente
posible los sentimientos provocados por el evento o acontecimiento. Cuando la técnica se
emplea con niños (Barlett y otros, 1982), se les pide, en primer lugar, que recuerden una
experiencia que les haga sentirse feliz, o triste, y después pensar sobre esa experiencia.
La técnica de imaginación autogenerada (Salovey y Singer, 1989) requiere que los
sujetos oigan una grabación que les instruye en relajación, se les pide que tengan
confianza y que centren su atención en las instrucciones que van a escuchar. Asimismo,
se instruye a los sujetos en imaginar situaciones, hipotéticas o reales, que les hagan
sentirse felices, o tristes, o en un estado de ánimo neutral.
La técnica de inducción musical consiste en presentar música sugerente respecto a
un EA, solicitando al sujeto que emplee la música como fondo, en su esfuerzo por
conseguir pasar a un EA depresivo, de alegría o neutro. Se le explica que la música por sí
misma no induce automáticamente el EA deseado y se le anima a que emplee otros
medios que encuentre efectivos para pasar al EA específico.
En un primer momento, en el empleo de esta técnica los sujetos podían seleccionar
la pieza musical entre varias, posteriormente, las investigaciones han empleado piezas
concretas para EA específicos.
La técnica de graduación musical es una variación respecto a la técnica de
inducción musical y consiste en que no se informa a los sujetos de que la música que van
a oír puede cambiar su EA (Pignatiello y otros, 1986). Esta técnica emplea cortes de
composiciones musicales que comienzan con el mismo segmento neutral y después, o
bien pasan a tener un contenido gradualmente más depresivo o más feliz, o que se
mantiene neutral desde el punto de vista emocional.
La técnica de proyección de segmentos de películas consiste en presentar al sujeto

251
cortes de películas que han sido evaluados por sujetos de iguales características como
con contenido triste, feliz o neutro desde el punto de vista emocional. Los segmentos de
películas pueden elicitar diversos tipos de emociones y en la misma forma en la mayoría
de los sujetos. Recientemente, Gross y Levenson (1995) han estructurado cortes de
diversas películas que de una forma fiable inducen siete diferentes EA (cólera, asco,
miedo, tristeza, sorpresa, diversión y contento) y el estado emocional neutro.
A veces, buscando un efecto de potenciación, se emplean varios métodos de
inducción de una forma conjunta, como el método de recuerdo o recolección
autobiográfica (Martin, 1990) y el método de imaginación autogenerada (Salovey y
Singer, 1989). El método de recuerdo autobiográfico tiene una tasa de éxito del 75%
(Martin, 1990) y reduce los efectos de las demandas del experimentador y de la
deseabilidad social (Scherer y otros, 1988). El método de imaginación autogenerada es
más efectivo en la inducción de EA que la técnica de Velten, que es de las más
empleadas, y no está tan sometido al “efecto de la demanda” como la técnica de Velten
(Pignatiello y otros, 1986).
Los EA de felicidad o de tristeza son persistentes sin un mantenimiento activo
(Gerrod, 1991), por lo que, cuando se inducen EA en la investigación en el laboratorio,
se requiere que al acabar el experimento se explique a los sujetos la manipulación a la que
se les ha sometido y se les devuelva a su estado normal.
Es indispensable comprobar que se ha producido el EA que se ha inducido. Sin esta
evaluación, no podremos tener la seguridad de que se ha producido, o de que el sujeto
está experimentando, en ese momento, las manifestaciones correspondientes. Puesto
que, hasta el momento presente, no contamos con una única medida de comprobación
del EA inducido (Martin, 1990), se emplean diversos tipos de inventarios, escalas y
cuestionarios (Salovey y Singer, 1991). La inducción de un EA en el laboratorio puede ir
seguida de cambios en varios EA, confundiendo los resultados experimentales. Es
conveniente hacer la comprobación del EA inducido para dotar a la investigación de
validez externa.

• Críticas a la inducción de estados de ánimo en el laboratorio

La investigación experimental sobre la influencia de los EA en la memoria ha sido


criticada por considerar que puede producirse el efecto de “sometimiento a las
características de las demandas del experimentador”, características que han sido
consideradas por Orne (1962) como la suma total de los diversos indicios que transmiten
una hipótesis experimental al sujeto y llegan a ser determinantes significativos de la
conducta del sujeto. Entre estos indicios, se encontrarían las comunicaciones implícitas y
explícitas durante el experimento, el experimentador y el ámbito del laboratorio.
De acuerdo con Orne (1962), el comportamiento del sujeto en la situación
experimental puede estar determinado por dos grupos de variables, las definidas
tradicionalmente como variables experimentales y las características de la demanda

252
percibida de la situación experimental. En la medida en que el comportamiento del sujeto
está relacionado con las características de la demanda más que con variables
experimentales esas características “determinarán tanto la extensión en que el
experimento puede ser replicado con una mínima modificación (…) y la extensión en que
se pueden realizar generalizaciones sobre el efecto de las variables experimentales en
contextos no experimentales (el problema de la validez ecológica)” (Orne, 1962, p. 779).
Pero una opinión generalizada es que se han exagerado, en alguna medida, las
características de la demanda. Berkowitz y Tróccoli (1986) consideran que éstas han
llegado a ser un tópico cultural, una creencia ampliamente compartida que es validada
por el aparente consenso entre los miembros de la comunidad científica más que por una
evidencia adecuada. Afirman que el someterse a las demandas puede producirse en
ocasiones, pero inciden en que los sujetos no manifiestan necesariamente el
comportamiento esperado, incluso cuando son, en alguna medida, conocedores de los
intereses de investigación del experimentador y cuando son conocedores de cómo
muchas personas reaccionan en la situación dada.
Por el contrario, los sujetos no manifiestan el comportamiento esperado si
consideran a la manipulación experimental como una forma de presión que amenaza su
libertad de elección. De esta forma, la reactancia puede ser una amenaza más importante
a la validez interna del experimento que el someterse a las características de la demanda.
Existe evidencia en contra de los efectos de las demandas del experimentador,
derivada de diversos tipos de experimentos en los que se producen los efectos de los EA
incluso cuando es improbable que los sujetos sepan que su conducta está siendo
observada (Frost y otros, 1982). Experimentos en los que se comprueba que es
improbable que los sujetos simulen los efectos de los EA que se han producido (Martin,
1990). Experimentos en los que se producen los efectos de los EA, inducidos de una
forma sutil y en los que los sujetos no son conscientes de ninguna demanda del
experimentador (Laird y otros, 1982).

12.3. Relación de los estados de ánimo con la memoria

12.3.1. Sistemas y organización de la memoria

A) Sistemas de memoria

Existe concordancia respecto a que la memoria no es una entidad unitaria, sino un


conjunto de sistemas que interactúan. Así, se diferencian tres sistemas, tipos o formas
que pueden denominarse memoria sensorial, memoria a corto plazo (MCP) y memoria
a largo plazo (MLP) (Ruiz-Vargas, 1991,1994; Mayor y de Vega, 1992; Baddeley,
1994a, 1995).
Las memorias sensoriales o registros sensoriales (Ruiz-Vargas, 1991) son

253
almacenes de información que alargan la duración de la estimulación y que permiten
tomar decisiones incluso a partir de exposiciones breves de los eventos. Las memorias
sensoriales ponen de manifiesto la existencia de unas estructuras o de unos procesos que
preservan el input más allá de la propia existencia del estímulo generador. Por ejemplo,
cuando la melodía que estamos escuchando cesa, podemos seguir oyendo un conjunto de
sonidos. Si pasamos la mano por una superficie áspera, cuando la retiramos seguimos
sintiéndola.
La investigación se ha centrado fundamentalmente en las memorias sensoriales
visual y auditiva, siendo la memoria visual el registro sensorial que mejor se conoce. La
memoria sensorial visual, denominada por Neisser (1967/1976) memoria icónica o
almacén icónico, tiene una duración promedio próxima a un segundo. La memoria
sensorial auditiva o memoria ecoica (Neisser, 1967/1976) tiene una duración promedio de
dos segundos.
La capacidad de ambos registros sensoriales es virtualmente ilimitada, pudiendo
éstos retener mucha más información de la que el sujeto puede atender en un momento
determinado (Ruiz-Vargas, 1991).

254
Figura 12.1. Persistencia de la información EA la memoria a corto plazo (a partir de Peterson y Peterson, 1959).

El número de elementos que puede retener la MCP está en torno a 7 (Miller,


1956/1994; Baddeley, 1994b; Shiffrin y Nosofsky, 1994). Miller (1956/1994) puso de
manifiesto que el número máximo de elementos que el sujeto es capaz de repetir sin
ningún error después de una sola presentación, en el mismo orden en que aparecieron
(pruebas de amplitud de memoria), no es mayor de 6 ó 7 dígitos o palabras no
relacionadas. Ésta es la capacidad de la MCP en las personas adultas, que es menor en
los niños y que varía ligeramente según el material utilizado. La persistencia temporal se
encuentra entre 15 y 30 segundos, desapareciendo casi por completo después de 18
segundos, como comprobaron Peterson y Peterson (1959) en sus investigaciones sobre el
olvido a corto plazo (figura 12.1).
La capacidad de la MLP sería prácticamente ilimitada; la información puede durar
desde minutos a años.

255
B) Organización de la memoria: independencia entre MCP y MLP

Existe independencia en el funcionamiento de ambos tipos de memoria en contra de


la consideración tradicional sostenida, entre otros, por Atkinson y Shiffrin (1968),
quienes defen*dían la existencia de un funcionamiento serial, debiendo entrar la
información primero en la MCP para ser incorporada después a una estructura más
estable de MLP.
La consideración que tradicionalmente se mantenía cambió a partir de la evidencia
experimental aportada desde diversos ámbitos de investigación. Existe suficiente
evidencia neuropsicológica que apoya la existencia de dos sistemas independientes de
memoria, aunque estrechamente relacionados, una MCP y una MLP.
La investigación detallada del paciente K. F. (Shallice y Warrington, 1970) ha
aportado datos al respecto. Después de un accidente de tráfico que le produjo una lesión
en el lóbulo parietal izquierdo, K. F. presentó una MCP notablemente deficiente a nivel
verbal, mostrando una MLP normal a nivel verbal. Estos datos permitieron concluir que
la información no necesita entrar en la MCP antes de llegar a la MLP porque los inputs
de estos dos sistemas se disponen en paralelo (Shallice y Warrigton, 1970).
Asimismo, los estudios realizados con el paciente H. M. por el cirujano William
Scoville y por la psicóloga Brenda Milner apoyan la diferenciación de ambos sistemas de
memoria. H. M. padecía de epilepsia severa como consecuencia de una lesión cerebral.
Fue sometido a una intervención quirúrgica que consistió en la escisión bilateral de la
región temporomedial y extirpación de la amígdala, el giro parahipocámpico y los dos
tercios anteriores del hipocampo (Scoville y Milner, 1957). A partir de la operación, H.
M. sufre una amnesia profunda que le lleva a olvidar los sucesos que le ocurren cada día.
Es incapaz de aprender los nombres de las personas que le visitan a diario. No reconoce
fotografías de sí mismo. Presenta una grave incapacidad para aprendizajes nuevos. Por
otra parte, presenta una amplitud de dígitos normal, siendo capaz de repetir una lista de 5
ó 6 dígitos.
La evidencia neuropsicológica pone de manifiesto que el paciente K. F. presenta una
alteración severa de su MCP junto a un funcionamiento normal en su aprendizaje a largo
plazo y el paciente H. M. presenta una ejecución intacta de su MCP y una grave
alteración de su capacidad de aprendizaje a largo plazo.
Ruiz-Vargas (1991) expone además una evidencia cognitiva y una evidencia que
deriva de la investigación comparada. Una prueba sólida de la existencia de un sistema de
memoria a corto plazo y de un sistema de memoria a largo plazo es la curva de posición
serial, que es la representación gráfica de la probabilidad de recordar cada palabra,
presentada a un sujeto en una lista de palabras para que las retenga y las recuerde en el
orden que quiera. Esta representación se realiza en función del orden que las palabras
ocupaban en la lista y se ajusta a una gráfica en forma de U (figura 12.2).

256
Figura 12.2. Curva de posición serial idealizada (a partir de Ruiz-Vargas, 1991).

La curva de posición serial muestra que los sujetos recuerdan bien las palabras del
principio de la lista debido al denominado efecto de primacía, aunque recuerdan mucho
mejor las palabras del final de la lista debido al denominado efecto de recencia. El efecto
de primacía parece deberse a una mayor repetición y a que las palabras del principio de
la lista son protegidas en la MLP de posibles efectos de interferencia. El efecto de
recencia o cercanía ha sido atribuido al hecho de que las palabras del final de la lista son
recordadas directamente desde la MCR
Ruiz-Vargas (1991) reseña las investigaciones realizadas en diversas especies de
mamíferos por Kesner y Novak en 1982 y por Wright y otros en 1985, concluyendo que
la disociación funcional entre la MCP y la MLP se produce en los seres humanos y en
animales de otras especies (palomas y monos) y que la distinción entre estos dos
sistemas de memoria se mantiene en una amplia gama de mamíferos, incluidos los
humanos.
Dado que uno de los aspectos fundamentales del presente capítulo es el análisis de
las relaciones entre estado de ánimo (que es un proceso afectivo duradero) y memoria, se
ha de pasar de un análisis general de los sistemas de memoria a la MLP.
La MLP, asimismo, no es un sistema unitario, sino que debe ser considerada como

257
un sistema separable en diferentes subsistemas, integrados e interactuando en una unidad
dinámica. Entre las diversas subdivisiones y diferenciaciones establecidas en la MLP,
para el propósito de este capítulo, es muy útil la aportación de Squire (1992), sobre la
organización de los sistemas de la MLP. Squire (1992) ha establecido una taxonomía de
la MLP, distinguiendo entre memoria declarativa (explícita o proposicional) y memoria
no declarativa (implícita o de procedimientos).
A su vez, Squire (1992) diferencia varios componentes en cada tipo de memoria. La
memoria declarativa puede ser semántica o episódica, como ya había establecido
Tulving en 1972. La memoria no declarativa integra, entre sus componentes, las
habilidades, el priming, el condicionamiento clásico simple y el aprendizaje no
asociativo (figura 12.3).

Figura 12.3. Taxonomía de la memoria (Squire, 1992).

C) Independencia entre la memoria declarativa y la memoria no declarativa

La memoria declarativa y la memoria no declarativa son de diferente tipo y distintos


los conocimientos que posibilitan y los sistemas cerebrales implicados. La memoria
declarativa o explícita está guiada conceptualmente y está relacionada con procesos
mentales internos, como el significado extraído de un estímulo. Posibilita aprender qué.
La memoria no declarativa o implícita es conocida como guiada por los datos porque es
dependiente del estímulo, o de alguna parte de él que está perceptualmente presente.
Posibilita aprender cómo.

258
La evidencia experimental, que se presenta más adelante, en los apartados dedicados
a analizar la incidencia de los procesos afectivos sobre la memoria explícita y sobre la
memoria implícita, apoya la existencia de dos sistemas de memoria.
La investigación reciente está aportando datos sobre las bases neurofisiológicas de la
memoria humana (Zola-Morgan y Squire, 1993; Squire y otros, 1993). El
almacenamiento a largo plazo de la memoria declarativa y de la memoria no declarativa
se produce en diferentes regiones cerebrales. La memoria declarativa requiere las
conexiones anatómicas que posibilitan al neocórtex interactuar con el hipocampo y las
estructuras relacionadas, pudiendo el neocórtex ser el almacén de la memoria declarativa.
Las destrezas y los hábitos dependen de las proyecciones corticoestriadas. Es posible que
el almacenamiento de información, que subyace a las destrezas y a los hábitos, se
produzca en las sinapsis que tienen lugar entre las neuronas corticales y las neuronas en
el neoestriado (Squire y otros, 1993).
El complejo hipocámpico está implicado fundamentalmente en la memoria
declarativa. Por otra parte, existen diferentes tipos de aprendizaje y recuperación de la
información no declarativa (el aprendizaje de destrezas motoras y de hábitos, entre otros)
que parecen ser enteramente independientes de la función hipocámpica (Squire, 1992).
Aunque la función fundamental de los ganglios básales (que incluyen el núcleo
caudado, el putamen, el globus pallidus y el núcleo subtalámico) es el control motor, la
evidencia reciente sugiere que también tienen importantes funciones en la memoria. Los
ganglios básales han sido asociados a diversas formas de memoria no declarativa, sobre
todo aquellos tipos de memoria que dependen de un acto motor para su realización, que
han sido denominados memoria de procedimiento (montar en bicicleta, patinar, etc.)
(Tranel y Damasio, 1995).
El cerebelo, otra estructura relacionada con el movimiento, interviene con los
ganglios básales en diversos tipos de aprendizaje y memoria de procedimiento
(Glickstein, 1993).
La función de los ganglios básales y del cerebelo en la memoria no declarativa, por
un lado, y el complejo hipocámpico (región temporomedial) en la memoria declarativa,
por otro, son claramente independientes. La lesión de un sistema puede no tener efecto,
o tener un efecto pequeño, sobre las capacidades del otro (Tranel y otros, 1994).
Concretamente, la grave neuropatología producida en la región temporomedial por la
enfermedad de Alzheimer puede no afectar a los ganglios básales y al cerebelo. En
consecuencia, muchos pacientes con esta enfermedad siguen siendo totalmente capaces
de realizar actividades motoras complejas, como bailar o jugar al golf, e incluso son
capaces de adquirir nuevas destrezas motoras. Por otra parte, pacientes con una
completa destrucción de la región temporomedial son capaces de aprender nuevas
destrezas motoras, incluso cuando no pueden recordar dónde, cuándo o alguna otra
información declarativa sobre el contexto en el que esas destrezas fueron adquiridas
(Tranel y otros, 1994).
La situación contraria ocurre cuando una enfermedad afecta a los ganglios basa-íes,
pero deja intacto al complejo hipocámpico (región temporomedial), como en los

259
pacientes con la enfermedad de Parkinson o con la enfermedad de Huntington. El
aprendizaje y la recuperación de destrezas motoras pueden estar notablemente limitados,
mientras que la memoria para el conocimiento declarativo no se ve afectada. Asimismo,
la lesión del cerebelo puede producir defectos en el aprendizaje motor, dejando intacta la
memoria declarativa (Tranel y Damasio, 1995).

D) Diferenciación de la memoria semántica y de la memoria episódica

La memoria semántica posibilita la adquisición y retención de información sobre


hechos. La representación estructurada de esta información, el conocimiento semántico,
modela el mundo, proporcionando al sujeto el material necesario para el pensamiento,
para las operaciones cognitivas de los aspectos del mundo que están más allá del alcance
de la percepción inmediata. Un ejemplo de las capacidades de la memoria semántica es la
clasificación de objetos, hechos o situaciones, o sus descripciones simbólicas, en
categorías conceptuales de orden superior, dependiendo de sus funciones y usos.
La memoria episódica permite a los sujetos recordar su experiencia pasada personal,
es decir, recordar eventos sentidos como integrados en una matriz de otros sucesos
personales. El aspecto más distintivo de la memoria episódica es el tipo de conocimiento
consciente que caracteriza la recolección de hechos pasados, que es único e
inequívocamente diferente de los tipos de conocimiento que acompaña a las experiencias
perceptivas, a la imaginación, al sueño, a la solución de problemas y a la recuperación de
la información semántica (Tulving, 1991).
La memoria semántica es un almacén de memoria permanente del conocimiento
general del mundo, incluyendo el conocimiento de las palabras, de los conceptos y del
lenguaje. La memoria episódica es un almacén personal, autobiográfico. Es la memoria
experienciada personalmente. Mientras que la memoria episódica difiere esencialmente de
un sujeto a otro, la memoria semántica es, en gran medida, semejante, en términos de
estructura y procesos.
Tulving, en 1972, empleó los términos semántico y episódico, para referirse a una
memoria impersonal y a una memoria personal, respectivamente. El término semántico
se refiere al recuerdo de conocimiento adquirido intelectualmente, no experimentado ni
personal, sino aprendido por el estudio. El término episódico se refiere al recuerdo de
experiencias vitales centradas en la propia persona.

E) Interdependencia de la memoria semántica y de la memoria episódica

La idea inicial respecto a la relación entre memoria semántica y episódica era que
representaban dos subsistemas paralelos de la memoria declarativa. Una hipótesis actual
más razonable es que el sistema episódico es un único sistema integrado en y apoyado
por la memoria semántica en alguna de sus operaciones.

260
Una hipótesis corolario es que la memoria semántica precede a la memoria episódica
en el desarrollo ontogenético y en la progresión filogenética. La episódica se ha
desarrollado a partir de la memoria semántica, para adquirir capacidades funcionales no
poseídas por el sistema semántico, pero que ha permanecido altamente dependiente de la
memoria semántica en algunas de sus operaciones. Parece que la información nueva no
puede ser almacenada en la memoria episódica si la memoria semántica es totalmente
disfuncional, aunque la nueva información puede ser almacenada en la memoria
semántica en ausencia de un sistema episódico en funcionamiento, como
presumiblemente sucede en los niños muy pequeños y en los animales inferiores, que
carecen de memoria episódica (Tulving, 1991).
Cuando están presentes ambos sistemas se encuentran en una continua interacción,
cada uno asistiendo al otro, cada uno coexistiendo con el otro en una memoria a largo
plazo unificada. Las interacciones episódicas con el mundo requieren un sistema
semánticamente rico que suministre significado a la experiencia. Por otra parte, aunque
no toda la información que es codificada en la memoria semántica fue una vez episódica,
la mayor parte de lo almacenado en la memoria semántica ha llegado allí a través de una
ruta episódica.
De acuerdo con Baddeley (1995), la memoria episódica tiene diversas funciones,
entre las que se encuentra el hecho de que permite recordar sucesos específicos. Gracias
a ella, las informaciones procedentes de cada episodio aislado van a aumentar la memoria
semántica, que es esencial para orientarse en el tiempo y en el espacio y que es
importante para recordar lo que se ha hecho y lo que se ha de hacer.

12.3.2. Incidencia de los estados de ánimo sobre los diversos tipos de memoria

Durante la primera mitad del siglo xx uno de los aspectos que más atrajo el interés
respecto a la relación entre estados de ánimo y memoria, fue la recuperación de los
recuerdos positivos, agradables, en comparación con los negativos, desagradables. Este
interés fue favorecido por diversas tendencias intelectuales, entre las que se encuentra el
psicoanálisis freudiano, que llevan a la consideración de que las experiencias agradables
han de ser recordadas más eficazmente y durante más tiempo que las desagradables. Los
avatares por los que ha pasado el estudio de la relación de la emoción y la memoria
pueden encontrarse, entre otros, en Alonso (1992).
En el análisis de las relaciones entre estados de ánimo y memoria, es conveniente
diferenciar la incidencia de los estados de ánimo tanto sobre la memoria explícita como
sobre la memoria implícita. Tradicionalmente el análisis se ha centrado casi
exclusivamente en las repercusiones de los estados de ánimo sobre la memoria explícita.
Sólo recientemente se ha comenzado a investigar su efecto sobre la memoria implícita.
El efecto de los estados de ánimo sobre la memoria puede dar lugar a dos sesgos
conocidos como memoria congruente con el estado de ánimo y memoria dependiente
del estado de ánimo.

261
El efecto de memoria congruente con el estado de ánimo implica un sesgo que lleva
a que el sujeto recuerde más información, cuyo contenido afectivo coincida con el estado
de ánimo que presente el sujeto en la fase de recuperación. Aquellos estímulos cuyo
significado afectivo se equipara con el estado emocional provocarán mayor atención, una
más rápida percepción y un procesamiento más elaborado, siendo esos estímulos mejor
aprendidos que los materiales neutros o incongruentes con el estado de ánimo.
El efecto de memoria dependiente del estado de ánimo implica un sesgo derivado de
la relación entre el estado de ánimo del sujeto en la fase de adquisición y en la de
recuperación, de modo que cuando el sujeto se encuentra en el mismo estado de ánimo
(feliz o triste), en ambos momentos, presenta más material en la fase de recuperación
que cuando se encuentra en diferente estado emocional (triste-feliz o feliz-triste). El
contenido o la valencia afectiva de la información no es relevante para el efecto de
memoria dependiente del estado de ánimo, pero sí lo es para el efecto de memoria
congruente con el estado de ánimo.

CUADRO 12.2. Tests de medida de la memoria extrínseca.

Tests directos de memoria


Recuerdo Reconocimiento
Libre
Conclaves

A) Estados de ánimo y memoria explícita

La investigación se ha centrado casi exclusivamente en la memoria consciente


(explícita), en la recolección intencional por parte del sujeto de algunos episodios previos,
a través de tests de memoria explícita. En ellos los sujetos son específicamente dirigidos
a la recuperación, a través de tareas de recuerdo libre, recuerdo con claves y de
reconocimiento, de información, que han adquirido en una fase previa (cuadro 12.2).
En las tareas de recuerdo se pide al sujeto que reproduzca el material que ha
aprendido previamente. El método de recuerdo libre consiste en presentar al sujeto una
lista de palabras e instruirle para que después las reproduzca en el orden que desee. El
método de recuerdo con claves incorpora claves o pistas concretas para el recuerdo de
una información específica. Una clave es un recordatorio seleccionado por la relación
que tiene con la información que se ha de recordar, para que dirija y facilite el proceso de
recuperación.
La tarea de reconocimiento, como método para medir la memoria, implica que el
sujeto tiene que identificar, entre varias alternativas, una información previamente
presentada. Su empleo requiere presentar por escrito o verbalmente una lista de palabras

262
(ítems viejos) al sujeto en una primera fase. En una segunda fase, se presentan los
“ítems viejos” junto a otras palabras (distractores o ítems nuevos). El sujeto debe indicar
cuáles son los “ítems viejos”.
Aunque Bower (1981) no se ha referido a la distinción entre memoria implícita
explícita, al proponer su modelo explicativo del efecto de dependencia del estado de
ánimo y de congruencia con el estado de ánimo, en sus investigaciones ha empleado
técnicas de medida de la memoria explícita. En sus experimentos, “la memoria siempre
fue evaluada a través del recuerdo libre” (Bower, 1981).
Al analizar el efecto de aprendizaje dependiente del estado, concluye que “ocurre
mejor con el recuerdo libre, cuando existen mínimas claves para la recuperación de los
targets. El efecto se reduce notablemente cuando la memoria se evalúa con claves más
adecuadas, como ocurre en los tests de recuerdo con claves o en los de reconocimiento”
(Bower, 1981).

B) El modelo de red semántica, o de propagación de la activación, propuesto por


Bower

A comienzos de la década de 1970, desde el ámbito de la psicología cognitiva,


Bower aparece como el teórico y el investigador que lidera el estudio de la influencia de
la emoción en el procesamiento de información, presentando un modelo de red semántica
(asociativa) de la memoria y la emoción que explica cómo el estado de ánimo o
experiencia emocional (mood) afecta a los procesos de memoria, aprendizaje, libre
asociación, interpretación y juicio (Bower, 1981,1992; Bower y Mayer, 1991).
Las redes semánticas en inteligencia artificial son códigos representacionales. Son
estructuras computacionales que representan de un modo altamente simplificado el
campo de significado, dentro de una cierta parte del espacio conceptual. Se emplean para
construir un modelo de las asociaciones conceptuales espontáneas (Boden, 1991/1994).
Una red semántica consiste en nodos y arcos, o trazos. Los nodos representan ideas
específicas, mientras que los arcos o trazos (mediante los que se puede acceder a una
idea desde otra) representan varios tipos de conexiones mentales. La mayoría de los
arcos o trazos tiene alguna pertinencia semántica. Los arcos o trazos semánticamente
significativos pueden representar no sólo propiedades específicas, sino también
cuestiones estructurales, como pertenencia a una clase, similitud, y relaciones parte-todo.
El “significado” de una idea representada dentro de una red semántica es una
función de su lugar en el sistema. Involucra no sólo al nodo específicamente rotulado por
la idea en cuestión, sino también a todos los nodos que pueden ser alcanzados directa o
indirectamente a partir de ese nodo.
Los nodos están etiquetados mediante palabras que indican el concepto que
representan cada uno de ellos. Los conceptos son abstracciones mentales que
representan clases de objetos, conjuntos de objetos con características comunes. La
activación dentro de la red semántica se propaga de un nodo a todos los nodos que estén

263
conectados con aquél, y así sucesivamente. El proceso de propagación se detiene cuando
un nodo recibe activación de dos direcciones diferentes.
El modelo de Bower (1981) sostiene que la memoria humana puede ser analizada en
términos de una red asociativa de conceptos semánticos y esquemas que se utilizan para
describir eventos. Las experiencias emocionales diferentes son representadas en la
memoria como nodos o unidades específicas de emoción, estando cada nodo asociado
con proposiciones que describen eventos en la vida de un sujeto, en el que se ha
producido esa emoción, así como con reacciones autonómicas específicas y con
comportamientos expresivos. La aportación de Bower defiende la existencia de patrones
somáticos específicos asociados a emociones específicas, coincidiendo con Amold,
Tomkins e Izard y diferenciándose de Schachter, que presenta un modelo de activación
general.
La unidad básica de pensamiento es la proposición, mientras que el proceso básico
de pensamiento es la activación de una proposición y de sus conceptos. La activación
presumiblemente se propaga de un concepto a otro, o de una proposición a otra, a través
de enlaces asociativos que se establecen entre ellos. Se puede producir la activación de
un nodo, bien presentando el patrón de estímulos correspondiente o por la activación
previa de un pensamiento asociado.
Bower (1981) ilustra su modelo con el siguiente ejemplo (figura 12.4). Un evento
como “María me besó en un momento y en un lugar determinado”, puede ser
almacenado en la memoria, como indica la figura 2.4, en términos de nuevos enlaces,
entre mis conceptos previos sobre María, sobre mí mismo y sobre el besar. Los enlaces
son etiquetados como S para indicar el sujeto y P para indicar el predicado de la
proposición. El aprendizaje consiste en el establecimiento de estas asociaciones y en el
incremento de su intensidad. Posteriormente, cuando me pregunte “¿qué hizo María”, la
activación del concepto “María” propagará la activación al nodo “evento 19” y de aquí a
sus trazos, determinando que el modelo recupere los otros enlaces y así recuerde que
“María me besó”.
La figura 12.4 representa una relación causal desde un evento a una reacción
emocional de alegría. La red semántica representa el hecho de que el evento 19 ha
causado el evento 20 y que éste implica un nodo para la emoción de alegría.
El pensamiento emerge a través de la activación de los nodos dentro de una red
semántica. La activación puede propagarse a los nodos conceptuales, emocionales y
proposicionales. Los nodos emocionales pueden ser activados por muchos estímulos, por
medios fisiológicos o por medios verbales simbólicos. Cuando lo son por encima de un
umbral (“consciencia”), la unidad de emoción transmite la excitación a aquelíos nodos
que producen el patrón de activación autonómica y el comportamiento expresivo
correspondiente a la emoción. A través de la generalización de la activación, los nodos
próximos son excitados. En la medida en que un estado de ánimo es más intenso, fluyen
a la memoria más ideas asociadas con él. Las asociaciones entre nodos se forman
durante el aprendizaje, ya que cuando se aprende un nuevo material se asocia con los
nodos activos en ese momento.

264
Figura 12.4. Codificación de una proposición (María besó a mí) y una emoción causada por ella (alegría), de
acuerdo con un modelo de red semántica (a partir de Bower, 1981). Los círculos inferiores, o nodos, representan
conceptos preexistentes. Las líneas representan nuevas asociaciones. S = sujeto; P = predicado; R = relación y O
= objeto. Se ha traducido la proposición original Mary kissed me, por María besó a mí, en lugar de María me
besó, para mantener la red semántica con la configuración presentada por Bower (1981).

C) Método de inducción y procedimiento empleado por Bower

Bower y sus estudiantes Steve Gilligan y Ken Monteiro comenzaron tratando de


producir aprendizaje dependiente del estado afectivo en el laboratorio con mués-tras
formadas por estudiantes universitarios. Empezaron induciendo estados de ánimo
contrapuestos, como felicidad y tristeza, empleando la técnica de sugestión hipnótica.
El empleo de esta técnica requiere que se seleccione a personas muy fáciles de
hipnotizar. Después de hipnotizarles se les solicita que se sitúen en un estado de ánimo
feliz o triste, imaginando o recordando una escena en la que ellas se hayan sentido
enormemente felices o profundamente tristes. Con frecuencia, las escenas felices
consistían en un momento de éxito personal o de estrecha relación con alguien. Las
escenas tristes estaban relacionadas con fracasos personales o con la pérdida de una

265
persona querida.
Los sujetos pueden regular la intensidad de sus emociones para que lleguen a ser
intensas pero no insoportables, de forma que se produzcan adecuadamente los procesos
de aprendizaje.
Una vez que se consigue que el sujeto entre en un estado de ánimo específico,
durante un minuto se la solicita que mantenga ese estado de ánimo en un nivel de
intensidad, mientras realizará algunas tareas. A partir de este momento es cuando
comienza propiamente el experimento.
Los indicadores que le permiten a Bower (1981) concluir que se ha producido el
estado de ánimo que se ha tratado de inducir son la expresión emocional y la respuesta
del sistema nervioso autónomo. Cuando se induce tristeza, el sujeto manifiesta tristeza,
está a punto de romper a llorar, habla lentamente y con un tono bajo. La respuesta
psicogalvánica indica que su sistema nervioso autónomo está actuando como
corresponde al estado de ánimo de tristeza.
Bower y sus colaboradores (Bower, 1981) emplean la técnica de sugestión hipnótica,
porque, entre otras, tiene la ventaja de que permite producir rápidamente casi todo tipo
de emoción y variar la intensidad, pudiéndose mantener ésta durante un período
prolongado (varios minutos). Pero son conscientes de diversos inconvenientes y
desventajas de esta técnica. Entre ellas se encuentran el hecho de que solamente un 15%
de las personas son fácilmente hipnotizables (Martin, 1990) y el que este tipo de sujetos
es extraordinariamente sensible a los efectos de las demandas del experimentador, lo que
complicaría la interpretación de los resultados.
Bower y sus colaboradores tratan de eliminar este efecto de complicidad haciendo
creer a los sujetos que el experimento está relacionado con el efecto de la hipnosis en los
aspectos prosódicos de su lenguaje (su pronunciación, entonación y el patrón de pausas)
o con el hecho de cómo la hipnosis afecta a los movimientos expresivos de su escritura
manual. Les engañan haciéndoles creer que las tareas se emplean simplemente para hacer
una prueba de su lenguaje o su escritura.
Una vez terminado el experimento, Bower y sus colaboradores eliminan los estados
de ánimo inducidos, llevando al sujeto a un estado normal, agradable y relajado.
Asimismo, después del experimento, han comprobado el estado psicológico de algunos de
los sujetos, no encontrando efectos negativos.
Centrándonos en el modelo propuesto por Bower, se puede afirmar que el modelo
de red semántica postula que la emoción puede influir tanto en la adquisición como en la
recuperación de la información, dando cuenta de cuatro efectos, dos relacionados con el
aprendizaje (aprendizaje congruente con el estado de ánimo y aprendizaje diferencial) y
dos relacionados con la recuperación (recuerdo congruente con el estado de ánimo y
recuerdo dependiente del estado de ánimo), presentando datos relacionados con diversos
fenómenos:

• El efecto de congruencia con el estado de ánimo

266
Hace referencia al hecho de que el sujeto atiende y encuentra más fácil aprender
sobre eventos que concuerdan con su estado emocional. Este efecto depende de la
semejanza entre el estado de ánimo y el contenido afectivo de lo que se está aprendiendo
o recuperando. Respecto al efecto de congruencia se pueden considerar dos hipótesis
diferentes. La primera, relacionada con el aprendizaje congruente con el estado de
ánimo, que sostiene que se aprende más material de un determinado contenido afectivo
cuando el sujeto se encuentra en un estado de ánimo congruente. La segunda,
relacionada con la recuperación, sostiene que se recuerda más material de contenido
afectivo congruente con el EA en el momento de la recuperación.
En sus investigaciones, Bower ha aportado datos favorables al efecto de congruencia
con el EA. Bower, Gilligan y Monteiro (1981) indujeron un EA de felicidad o de tristeza
a través de la técnica de sugestión posthipnótica mientras los sujetos leían una breve
historia sobre dos personajes, compañeros de estudios. Uno de ellos está feliz (todo le va
bien), mientras que el otro está triste (todo le va mal). La historia describe intensamente
hechos de la vida de ambos personajes, así como sus reacciones emocionales. Una vez
que los sujetos experimentales terminaron de leer la historia, se les pidió que indicaran
quién pensaban que era el personaje central y con quién se identificaban.
Bower, Gilligan y Monteiro (1981) comprobaron que los lectores que se encontraban
en un EA de felicidad se identificaban con el personaje feliz, mientras que los lectores
que estaban en un EA de tristeza se identificaban con el personaje triste. Al día siguiente,
encontrándose los sujetos en un EA neutro, se midió el recuerdo, confrontando el
porcentaje de recuerdo de incidentes con contenido feliz y con contenido triste, lo que
puso de manifiesto que los sujetos recordaban más incidentes sobre el personaje con el
que se habían identificado. El porcentaje de recuerdo de incidentes con contenido feliz
fue significativamente mayor en los sujetos que leyeron la historia en un EA de felicidad
que los que la leyeron en un EA de tristeza. Asimismo, el porcentaje de recuerdo de
incidentes con contenido triste fue significativamente mayor en los sujetos que leyeron la
historia en un EA de tristeza que en los que la leyeron en un EA de alegría (figura 12.5).
En otra investigación, Bower, Gilligan y Monteiro (1981) pidieron a los sujetos
experimentales que leyeran algunas entrevistas psiquiátricas simuladas en las que un
paciente describe brevemente diversos incidentes de su vida (felices o tristes) no
relacionados. Mientras leían las entrevistas, se les indujo, a través de la sugestión
posthipnótica, un EA feliz o triste. Más tarde se les pidió que recordaran la narración.

267
Figura 12.5. Porcentaje de recuerdo de incidentes con contenido feliz versus triste, de una historia leída por
sujetos en un estado de ánimo feliz o triste (Bower, 1981).

268
Figura 12.6. Número de incidentes con contenido feliz versus triste recordados de una historia leída en un estado
de ánimo feliz o triste (Bower, 1981).

Los resultados pusieron de manifiesto que los sujetos recordaron más incidentes
congruentes con su EA. Los lectores felices recordaron un número significativamente
mayor de incidentes felices que tristes. Los lectores tristes recordaron un número
significativamente mayor de incidentes tristes que alegres (figura 12.6).

• El efecto de recuerdo dependiente del estado de ánimo

Hace referencia al hecho de que es más fácil para el sujeto recordar un evento
cuando se encuentra en el mismo estado de ánimo que tenía cuando se produjo el
evento.
Bower y colaboradores (1978), en una de sus investigaciones pioneras, obtuvieron
una evidencia experimental favorable al efecto de recuerdo dependiente del estado de
ánimo. Indujeron en los sujetos, a través de la técnica de sugestión posthipnótica, un EA
de felicidad o de tristeza. Con objeto de poner a prueba el efecto de dependencia del
estado de ánimo, los sujetos aprendieron dos listas de 16 palabras largas, una mientras

269
estaban en un EA de felicidad, la otra en un estado de tristeza.
Bower y colaboradores (1978) establecieron seis condiciones experimentales. Los
seis grupos de sujetos se pueden clasificar, desde el punto de vista funcional, en tres
condiciones. En la condición de facilitación, los sujetos aprendieron la lista A en un EA
(feliz o triste), a continuación la lista B en el EA contrario (triste o feliz) y después
recordaron la lista A encontrándose en el mismo EA en el que la aprendieron. En la
condición de interferencia, los sujetos aprenden la lista A en un EA (feliz o triste), a
continuación la lista B en el EA contrario y después recordaron la lista A en el mismo EA
en que aprendieron la lista B, siendo contrario al que tenían cuando aprendieron la lista
A. En la condición de control, los sujetos aprendieron las dos listas en el mismo EA,
produciéndose el recuerdo en ese EA (la mitad de los sujetos en un EA de alegría y la
otra mitad en un EA de tristeza).
Bower y colaboradores (1978) predijeron que los sujetos en la condición de
facilitación recordarían más que los sujetos control debido a que los diferentes EA en el
momento de aprendizaje de las listas A y B aíslan el efecto de las dos listas, reduciendo
la interferencia de la lista B cuando tratan de recordar la lista A. Asimismo, predijeron
que en la condición de interferencia, el recuerdo de la lista A se vería perjudicado debido
a que el EA en el momento del recuerdo evoca la memoria de la lista B más que la de la
lista A.
Los resultados confirmaron ambas predicciones, produciéndose un efecto de
dependencia del estado de ánimo (figura 12.7). En comparación con la línea base, que
representa el resultado de los sujetos control, las líneas inclinadas indican que se produce
un mejor recuerdo de los ítems que el sujeto aprendió, si se encuentra en el mismo EA
que tenía entonces, mientras que se produce un peor recuerdo de los ítems que aprendió
si se encuentra en un EA diferente al que tenía en la fase de aprendizaje.

270
Figura 12.7. Porcentaje de retención en función de la igualación entre el estado de ánimo del aprendizaje y del
recuerdo (Bower, 1981).

• El efecto de aprendizaje diferencial

Posibilita que el sujeto aprenda más material cuando se encuentra en un estado de


ánimo positivo que cuando está en uno negativo.

Pero los resultados de la investigación no confirman estos efectos en su totalidad


(Blaney, 1986). Los datos confirman la hipótesis de congruencia con el estado de ánimo;
no son concluyentes respecto al efecto de recuperación dependiente del estado de ánimo
y respecto al efecto de aprendizaje diferencial.

D) Crítica al modelo de red semántica de Bower

Como se acaba de poner de manifiesto, el efecto de recuperación dependiente del

271
estado de ánimo no ha sido confirmado de forma concluyente. El propio Bower (1987)
ha reconocido que la recuperación dependiente del estado de ánimo es un fenómeno no
confiable, con materiales aprendidos en el laboratorio.
Los resultados positivos respecto al efecto de recuperación dependiente del estado
de ánimo han sido proporcionados por investigaciones que han empleado un “diseño de
interferencia de dos listas” de palabras (Bower y otros, 1978; Señare y otros, 1984).
Pero este tipo de diseño no ha permitido la obtención de este efecto de una forma
confiable, fracasando, en general, en su consecución (Bower y Mayer, 1989/1991).
Diversos investigadores, empleando un “diseño de lista única” de palabras, no han
encontrado este efecto (Schare, Lisman y Spear, 1984). Otros, han hallado el efecto de
recuperación dependiente del estado de ánimo de forma parcial o asimétrica (Leight y
Ellis, 1981), que se producía en los EA positivos, pero no en los negativos.
Teasdale y Barnard (1993) sostienen que la confianza en el modelo de red semántica
de Bower se ve reducida por el fracaso en replicar los resultados originales de Bower y
sus colaboradores, que inicialmente proporcionaron el fundamento empírico del modelo.
Los modelos de red semántica, en general, no pueden representar el conocimiento a
niveles de significado más allá de la palabra o de la sentencia. Es improbable que los
efectos del EA en el procesamiento de información puedan ser explicados adecuadamente
por modelos simples, en los que los conceptos y eventos están representados en un único
formato representacional que consiste en interconexiones entre nodos para los conceptos
que codifican los eventos, estando estas representaciones automáticamente primadas o
activadas por EA. Estos modelos explican los efectos emocionales en términos de
activación que se difunde a través de enlaces interconectados bidireccionalmente, entre
nodos emocionales y nodos de eventos y conceptos.
Parece difícil, para la teoría de la propagación de la activación, explicar todas las
consecuencias cognitivas de los EA. En parte, la dificultad surge del hecho de reconocer
una forma de codificación para todos los tipos de información, sean reacciones
corporales, conocimiento proposicional, esquemas o eventos emocionales.
Muy al contrario, para explicar adecuadamente las relaciones cognitivo-afectivas,
probablemente los modelos necesitan incluir tipos de representación cualitativamente
diferentes, entre otras razones, para:

— Ajustarse adecuadamente a la diferenciación entre recuerdo y conocimiento


“caliente” o “frío”. Los recuerdos emocionales pueden ser rememorados
volviendo a experimentar los sentimientos originales (“cognición caliente”) o sin
sentido (“cognición fría”). El sujeto puede ser capaz de recordar que se produjo
un evento emocional y muchos aspectos de él sin experimentar los sentimientos
relacionados.
— Permitir múltiples representaciones, funcionalmente independientes, del material
relacionado en la memoria.
— Atender a la necesidad de representaciones a niveles de abstracción más genéricos
que los de la palabra, concepto o sentencia.

272
Se requieren modelos multirrepresentacionales que, para explicar el rango de
emociones que experimentamos, así como la distinción entre emociones y conocimiento,
asumen una jerarquía de códigos, que van de un nivel sensorio-motor a los niveles
esquemático y conceptual más elevados. Las teorías que siguen estos modelos
proporcionan un marco más flexible para pensar sobre las bases cognitivas de las
reacciones emocionales, aunque hagan predicciones menos comprobables (Mathews y
Mac Leod, 1994).
El modelo de subsistemas cognitivos en interacción (ICS), propuesto por Barnard y
Teasdale (Teasdale y Barnard, 1993), postula un conjunto de módulos interconectados,
codificando cada uno de ellos un tipo diferente de información: sensorial, perceptivo, de
estado corporal, proposicional e implicacional. El subsistema implicacional es el más
relevante para la emoción.
Los códigos proposicionales están relacionados con el conocimiento (“cognición
fría”) y los códigos implicacionales están relacionados con la construcción de modelos
mentales que tienen implicaciones personales (“cognición caliente”).
Hay que esperar que los efectos emocionales se produzcan solamente cuando la
información está codificada en relación con las implicaciones que tiene para uno y no
cuando las respuestas se basan solamente en un conocimiento propositivo. El modelo de
subsistemas cognitivos en interacción puede explicar alguno de los fenómenos que han
creado dificultades a los modelos basados en una única red.
El modelo de subsistemas cognitivos en interacción se ha de considerar más un
marco de referencia para desarrollar hipótesis que una teoría estructurada.

E) Estados de ánimo, memoria implícita y memoria explícita: comparación de


resultados

La influencia de los EA sobre la memoria implícita se evalúa a través de tests, de


tareas que no requieren que los sujetos busquen de una forma consciente o intencional el
recuerdo de un material adquirido previamente. Las tareas de memoria implícita son
aquellas en las que las respuestas de un sujeto pueden ser influenciadas por la exposición
a una información sin que la persona sea necesariamente consciente de que ha de
recordar posteriormente esa información.
De acuerdo con Schacter (1987) y Richardson-Klavehn y Bjork (1988) existe un
número elevado de tareas que posibilitan medir la memoria implícita (cuadro 12.3).
Entre los tests de memoria implícita más empleados, se encuentran tests de
conocimiento léxico (completar raíces de palabras y completar palabras fragmentadas) y
tests de conocimiento perceptivo (identificación perceptiva de palabras):

— Tests de completar raíces de palabras. Después la exposición a los estímulos


experimentales (por ejemplo, una lista de palabras), se evalúa la memoria del
sujeto solicitando a éste que complete las raíces de tres letras de diversas

273
palabras que se le presentan con la primera palabra que se le venga a la mente.
Por ejemplo, después de presentarle la palabra elefante, en una lista de palabras,
se le pide que escriba palabras a partir de la raíz ele-. La presencia de memoria
implícita viene demostrada por el hecho de que el sujeto complete
correctamente más raíces en las palabras presentadas previamente (primed) que
en las no presentadas con anterioridad (unprimed).

CUADRO 12.3. Tests de medida de la memoria implícita (a partir de Richardson-Klavehn


y Bjork, 1988).

Tests indirectos de memoria

1. Tests de conocimiento fáctico, conceptual, léxico y perceptivo

1.1. Tests de conocimiento fáctico y conceptual

• Recuperación de ítems de conocimiento general


• Generación de miembros de una categoría semántica
• Generación de asociados a una palabra estímulo
• Verificación de pertenencia a una categoría
• Categorización y clasificación de estímulos

1.2. Tests de conocimiento léxico

• Tareas de decisión léxica


• Nombrar palabras o pronunciación
• Recuperación de una palabra (generar una palabra a partir de una
definición)
• Completar una palabra (a partir de una raíz)
• Completar palabras fragmentadas
• Deletreo de homófonos presentados auditivamente

1.3. Tests de conocimiento perceptivo

• Identificación perceptiva de palabras


• Identificación perceptiva de imágenes fragmentadas
• Identificación perceptiva de caras

2. Tests de conocimiento procedimental

2.1. Tareas de resolución de problemas

274
2.2. Tareas que requieren destreza en la actuación

3. Medidas de respuesta valorativa

4. Otras medidas de cambio comportamental

— Tests de completar palabras fragmentadas. Después de presentar al sujeto


diversas palabras en una lista, se le dan varias palabras completamente
fragmentadas, con una única solución, para ser completadas por el sujeto. Por
ejemplo, se le presenta fragmentada la palabra elefante como:

Este método de medida de la memoria está relacionado con el test de


completar raíces de palabras, siendo demostrada la presencia de memoria
implícita de la misma forma que en aquel.
— Tests de identificación de palabras. Este método implica identificar, después de
una breve exposición (por ejemplo, 30 ms), palabras que antes habían aparecido
en una lista. Que el sujeto está utilizando algún proceso de memoria implícita
viene indicado por el hecho de que su actuación refleja la exposición a una
información previa respecto a la que el sujeto no fue instruido para recordarla.

Pasando al análisis de la influencia de los EA sobre la memoria implícita, se puede


decir, de acuerdo con Tobias y otros (1992), que existen argumentos a favor de esa
influencia y argumentos en contra. Argumentos en contra parecen aportarlos diversos
datos respecto al fenómeno de recuperación dependiente del estado de ánimo que ponen
de manifiesto que el cambio en el contexto parece inducir un tipo de amnesia. En muchas
formas de amnesia, la pérdida de memoria, con frecuencia, es mayor en el ámbito
explícito, quedando la memoria implícita relativamente intacta. Es decir, la memoria
implícita puede pervivir a los diversos EA, incluso cuando la memoria explícita no lo
hace.
Pero existen razones para pensar que los efectos de contexto, incluyendo los efectos
del EA, se pueden observar con mayor extensión en la memoria implícita que en la
memoria explícita. Graf (1989) ha comprobado que los cambios en el contexto ambiental
afectan a la memoria implícita, incluso cuando no afectan a la memoria explícita. Este
mismo argumento se puede aplicar a los efectos de los EA como contextos (quizá el
mundo parezca más negro a la persona triste y más luminoso a la persona feliz).
Como se pone de manifiesto en el cuadro 12.4, no son concluyentes los resultados
de la investigación, que compara la influencia del EA sobre la memoria explícita y sobre

275
la memoria implícita. Investigación que se ha centrando casi exclusivamente en el efecto
de congruencia con el estado de ánimo y que se ha realizado en sujetos que presentan
depresión (Ruiz-Caballero y González, 1994; Denny y Hunt, 1992; Watkins y otros,
1992), en sujetos ansiosos (Nugent y Mineka, 1994) y en sujetos en los que se ha
inducido alegría o tristeza (Tobias y Kihlstrom, 1990).
Ruiz-Caballero y González (1994) han comprobado en estudiantes universitarios,
clasificados como depresivos (puntuación igual o superior a 12) o no depresivos
(puntuación igual o menor a 5) de acuerdo con el inventario de depresión de Beck, que
tanto los sujetos depresivos, como los no depresivos muestran un sesgo de memoria
congruente con el estado de ánimo en tareas de memoria explícita y de memoria
implícita. Ambos grupos recuerdan un número mayor de palabras congruentes con el
estado de ánimo que de palabras no congruentes.
Denny y Hunt (1992) han comprobado, en dos grupos, formados por 16 sujetos
depresivos y por 16 sujetos normales, a los que se presentaron dos listas, cada una de
ellas formada por 12 palabras con contenido emocional positivo y por 12 palabras con
contenido emocional negativo, que los sujetos depresivos recordaban significativamente
más palabras con valencia negativa que con valencia positiva en la tarea de memoria
explícita. Los sujetos control no depresivos mostraron el patrón contrario. Por otra parte,
encontraron que en la tarea de memoria implícita no se produjo el efecto de congruencia
con el estado de ánimo. Los sujetos depresivos y los no depresivos manifestaron niveles
de priming equivalente de las palabras con carga emocional positiva y de las palabras
con carga negativa. Watkins y otros (1992) han investigado si el efecto de memoria
congruente con el estado de ánimo en depresión es función del sistema de memoria,
partiendo de la lógica de que la memoria implícita depende de la intensidad de la
activación (relacionada con el priming) y no de la elaboración, mientras que la memoria
explícita requiere elaboración.

CUADRO 12.4. Efecto de los estados de ánimo sobre memoria explícita y memoria
implícita: comparación de resultados.

276
* = Efecto de congruencia con el estado de ánimo.
* * = Efecto de dependencia del estado de ánimo.

Watkins y otros (1992) han empleado un grupo de 17 sujetos diagnosticados como


depresivos y un grupo control formado por 17 estudiantes no graduados no depresivos.
Los resultados confirman el efecto de congruencia con el estado de ánimo en la memoria
explícita, pero no en la memoria implícita.
Como conclusión de esta investigación, parece que el efecto de la memoria
congruente con el estado de ánimo, en la depresión, está relacionado con la elaboración y
no con el priming. Por otra parte, el efecto de congruencia en la memoria explícita es
específico a la información que es congruente con la depresión, y no a toda la
información negativa, puesto que Watkins y otros (1992) no encuentran el efecto de
congruencia respecto a las palabras que implican una amenaza física (que es una
información negativa).
Los resultados de las investigaciones de Denny y Hunt (1992), Watkins y otros
(1992), Ruiz-Caballero y González (1994), entre otros, ponen de manifiesto que el efecto
de congruencia con el estado de ánimo es un fenómeno sólido, en memoria explícita, en
sujetos depresivos, mientras que los resultados parecen apoyar la no consecución de este
efecto en memoria implícita.
La ansiedad es otro proceso afectivo cuyo efecto sobre la memoria ha sido
analizado. Existe evidencia de que los diferentes afectos pueden influir diferencialmente
los procesos automáticos de la distribución de la atención. El EA de ansiedad lleva a un
incremento de la atención para estímulos relevantes para la ansiedad. La ansiedad parece
ocupar los recursos atencionales en general en mayor medida que otros afectos
negativos. Los sujetos ansiosos tienden a desviar su atención hacia estímulos

277
amenazantes cuando se encuentran ante estímulos amenazantes y ante estímulos no
amenazantes (Wells y Matthews, 1994).
La ansiedad puede causar una disminución en la actuación debido a la diversificación
de la atención, mientras que la depresión puede conseguir esto debido a una disminución
de la activación o de la motivación. Elliot y Greene (1992) han comparado la actuación
de sujetos depresivos y de sujetos normales en tareas de memoria explícita y en tareas de
memoria implícita, comprobando que los depresivos muestran una actuación más pobre
en ambos tipos de tareas.
Nugent y Mineka (1994) han investigado en estudiantes no graduados el efecto del
bajo grado y del elevado grado de ansiedad-rasgo en el desarrollo de tareas que requieren
memoria implícita, así como en el desarrollo de tareas que requieren memoria explícita.
En ninguno de los dos experimentos realizados han encontrado un sesgo en la memoria
implícita para las palabras amenazantes en sujetos con elevada ansiedad-rasgo. Por
contra, sí han hallado un sesgo en la memoria explícita para las palabras amenazantes en
los sujetos con elevada ansiedad-rasgo, en el experimento 1, no siendo replicado este
resultado en el experimento 2.
A diferencia de las investigaciones que se acaban de reseñar, que analizan el efecto
de la depresión y de la ansiedad sobre la memoria, que han empleado como muestras
sujetos diagnosticados clínicamente como depresivos o ansiosos, la investigación de
Tobias y Kihlstrom (1990) ha manipulado experimentalmente el estado afectivo de los
sujetos, induciendo estados de ánimo de alegría o de tristeza.
Tobias y Kihlstrom (1990) indujeron estados de ánimo de felicidad o de tristeza a
través de la técnica de inducción musical, tanto en la fase de codificación como en la de
recuperación. Posteriormente, presentaron a los sujetos una lista de palabras con valencia
afectiva positiva, negativa o neutra. Los resultados pusieron de manifiesto que no se
había producido el efecto de recuperación dependiente del estado de ánimo en la
memoria explícita, pero sí en la memoria implícita. Los sujetos felices en la fase de
codificación y en la de recuperación recordaron un número significativamente mayor de
palabras con valencia afectiva positiva que aquellos que eran felices en la fase de
codificación pero tristes en la de recuperación. Del mismo modo, los sujetos tristes en
ambas fases recordaron un mayor número de palabras con valencia afectiva negativa que
aquellos que estaban tristes en la fase de codificación pero felices en la de recuperación.
No se encontró el efecto de dependencia del estado de ánimo para las palabras con
contenido afectivo neutro.
Los resultados de las investigaciones arrojan, de acuerdo con Tobías y otros (1992),
una nueva luz sobre la naturaleza de las relaciones entre la memoria explícita y la
memoria implícita, como dos sistemas o expresiones de la memoria.
En su mayor parte, las disociaciones funcionales entre la memoria implícita y la
explícita son asimétricas. Es decir, mientras que diversas variables pueden afectar a la
explícita y no a la implícita, pocas variables que no afectan a la memoria explícita sí lo
hacen respecto a la implícita. En ausencia de disociaciones dobles, en las que una única
variable ejerce efectos opuestos sobre la memoria implícita y sobre la memoria explícita

278
(perjudicando a una de ellas y favoreciendo a la otra), la acumulación de disociaciones
simples, en las que la memoria implícita es perjudicada, no viéndose afectada la memoria
explícita, apoya la hipótesis de la existencia de procesos de memoria o sistemas
cualitativamente diferentes, más que la existencia de meras diferencias en la dificultad de
la tarea.

279
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297
Índice
DERECHOS DE AUTOR 4
ÍNDICE 5
INTRODUCCIÓN 10
PARTE I: DESARROLLOS TEÓRICOS Y MODELOS
13
EXPLICATIVOS
CAPÍTULO 1: DESARROLLOS TEÓRICOS EN UNA ÉPOCA
14
PRECIENTÍFICA
1.1. René Descartes 14
1.1.1. Perfil humano, intelectual y científico 14
1.1.2. Aportación al estudio de la emoción 15
1.1.3. Influencias y proyección futura 17
1.2. Charles Darwin 20
1.2.1. Perfil humano, intelectual y científico 21
1.2.2. Aportación al estudio de la emoción 21
1.2.3. Influencias y proyección futura 24
1.2.4. Avance posibilitado por su aportación 27
CAPÍTULO 2: DESARROLLOS TEÓRICOS EN LA ÉPOCA CIENTÍFICA 29
2.1. William James 29
2.1.1. Perfil humano, intelectual y científico 29
2.1.2. Aportación al estudio de la emoción 30
2.1.3. Influencias y proyección futura 32
2.1.4. Avance posibilitado por su aportación 34
2.2. Cari G. Lange 36
2.3. Walter B. Cannon 37
2.3.1. Perfil humano, intelectual y científico 37
2.3.2. Aportación al estudio de la emoción 38
2.3.3. Influencias y proyección futura 45
2.4. Sigmund Freud. 49
2.4.1. Perfil humano, intelectual y científico 49
2.4.2. Aportación al estudio de la emoción 50
2.4.3. Influencias y proyección futura 52
2.5. John B. Watson 52
2.5.1. Perfil humano, intelectual y científico 52

298
2.5.2. Aportación al estudio de la emoción 53
2.5.3. Influencias y proyección futura 55
2.6. Gregorio Marañón y Posadillo 56
2.6.1. Perfil humano, intelectual y científico 56
2.6.2. Aportación al estudio de la emoción 57
2.6.3. Influencias y proyección futura 61
CAPÍTULO 3: EMOCIÓN: FUNCIONALIDAD Y MECANISMOS DE
64
REGULACIÓN DE LA ACCIÓN
3.1. Emoción: variable hipotética. Funcionalidad y conceptualización 64
3.2. Emoción, niveles de actividad y mecanismos de regulación de la acción 68
PARTE II: BASE FÍSICA DE LA EMOCIÓN, SISTEMAS
75
IMPLICADOS
CAPÍTULO 4: EL SISTEMA NEUROFISIOLÓGICO 76
4.1. Sistema nervioso central y emoción. 76
4.1.1. El sistema reticular activador 76
4.1.2. Elhipotálamo 78
4.1.3. El sistema límbico 79
4.2. Sistema nervioso periférico y emoción 86
4.2.1. Sistema nervioso sensoriomotor o somático 87
4.2.2. Sistema nervioso autónomo o vegetativo 89
4.3. Los músculos. 93
CAPÍTULO 5: EL SISTEMA ENDOCRINO 94
5.1. Glándulas endocrinas: localización y funciones 94
5.1.1. El hipotálamo 98
5.1.2. La hipófisis o glándula pituitaria 99
5.1.3. Hormonas de la hipófisis anterior 100
5.1.4. Hipófisis posterior 101
5.1.5. Las glándulas adrenales o suprarrenales. 101
5.2. Regulación de la secreción de hormonas 103
5.3. Psiconeuroendocrinología 107
5.3.1. Neuroendrocrinología 108
5.3.2. Psicoendocrinología 108
CAPÍTULO 6: EL SISTEMA INMUNE 114
6.1. Mecanismos de defensa, células y tejidos. 114
6.2. Psiconeuroinmunología 121

299
6.2.1. Modulación hormonal de la función inmune 124
6.2.2. Modulación de las respuestas endocrinas por el sistema inmune 124
6.3. Procesos psicológicos y sistema inmune: su incidencia en la salud y en la
125
enfermedad
6.3.1. Cannon y la reacción de emergencia 126
6.3.2. Selye y el síndrome general de adaptación 126
6.3.3. Repercusiones de la emoción sobre la salud y la enfermedad 131
6.3.4. Estrés y cáncer 138
PARTE III: TÉCNICAS DE MEDIDA DE LA EMOCIÓN 143
CAPÍTULO 7: MEDIDAS DE LA EXPERIENCIA EMOCIONAL 144
7.1. Contenidos mentales, introspección y técnicas de autoinforme 144
7.2. Autoinforme de la experiencia emocional 148
CAPÍTULO 8: TÉCNICAS DE MEDIDA DEL COMPONENTE
156
NEUROFISIOLÓGICO DE LA EMOCIÓN
8.1. Repercusiones de las emociones sobre el organismo 156
8.2. Técnicas de medida 158
8.2.1. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso
159
sensorio-motor
8.2.2. Señales psicofisiológicas en las que interviene el sistema nervioso
162
autónomo
8.3. Problemática de la medida neurofisiológica de la emoción 167
CAPÍTULO 9: MEDIDAS DE LA EXPRESIÓN EMOCIONAL 169
9.1. Expresión sonora de la emoción 169
9.1.1. El aparato vocal: mecanismos generadores del sonido 169
9.1.2. Producto de la conducta vocal: el flujo de voz 173
9.2. Expresión no verbal de la emoción 180
9.2.1. Expresión corporal 180
9.2.2. Expresión facial de la emoción 182
9.2.3. Modalidades de la expresión no verbal en estados emocionales 194
PARTE IV: ÁMBITOS DE INVESTIGACIÓN 198
CAPÍTULO 10: ENFOQUE COGNITIVO DE LA EMOCIÓN 199
10.1. Desarrollos teóricos. 199
10.1.1. Teorías de la evaluación cognitiva 199
10.1.2. Teorías de la activación-cognición 203
10.1.3. Teorías del procesamiento de la información 205
10.1.4. Teoría emotivo-motivacional de la atribución 207

300
10.2. Emoción, cognición y acción 212
CAPÍTULO 11: LA EMOCIÓN: SUS DETERMINANTES Y SU RELACIÓN
218
CON LA MOTIVACIÓN Y LA COGNICIÓN
11.1. Determinantes de la comprensión de la emoción 218
11.1.1. La estructura cognitiva de la emoción (el lenguaje de la emoción) 218
11.1.2. Diferenciación emocional: reacciones fisiológicas y/o procesos cognitivos 223
11.1.3. Reglas de manifestación emocional: la influencia social en la expresión
233
emocional
11.2. Relaciones de la motivación, la emoción y la cognición: su incidencia en la
236
acción.
11.2.1. Teoría de los sistemas motivacionales-emocionales primarios (primes) de
236
Buck
11.2.2. Un modelo integrador en motivación y emoción humana 240
CAPÍTULO 12: ESTADOS DE ÁNIMO Y MEMORIA 248
12.1. Los estados de ánimo como procesos afectivos 248
12.2. La inducción de estados de ánimo en el laboratorio 249
12.3. Relación de los estados de ánimo con la memoria 253
12.3.1. Sistemas y organización de la memoria 253
12.3.2. Incidencia de los estados de ánimo sobre los diversos tipos de memoria 261
BIBLIOGRAFÍA 280

301