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¿La utopía revivida?


Introducción al estudio de la nueva
izquierda latinoamericana
César A. Rodríguez Garavito
Universidad de los Andes y Universidad de Wisconsin-Madison
Patrick S. Barrett
Universidad de Wisconsin-Madison
En 1993, el politólogo mexicano Jorge Castañeda abría su co-
nocido balance histórico de la izquierda latinoamericana con una
sentencia categórica:
La guerra fría ha terminado y el bloque socialista se derrumbó.
Los Estados Unidos y el capitalismo triunfaron. Y quizás en
ninguna parte ese triunfo se antoja tan claro y contundente
como en América Latina. Nunca antes la democracia repre-
sentativa, la economía de libre mercado y las efusiones opor-
tunistas o sinceras de sentimiento pronorteamericano habían
poblado con tal persistencia el paisaje de [la] región… Hoy los
países de esa misma región los gobiernan tecnócratas o empre-
sarios conservadores y fanáticos de Estados Unidos, casi todos
llevados al poder –hecho insólito en el continente– por vía del
voto (1993; 9).

Este tajante juicio inicial explica el pronóstico y la prescrip-


ción con los que Castañeda cerraba su libro, que exhortaban a
la izquierda a aceptar “formal y sinceramente la lógica del mer-
cado, y suscrib[ir], con la misma sinceridad, las variaciones, re-
gulaciones, excepciones y adaptaciones que las economías de
mercado de Europa y Japón han incorporado a lo largo de los
años” (1993; 514).
Vistas doce años después, en las conclusiones de Castañeda
sobresalen tanto la corrección de su dictamen del fin de un ciclo
en la izquierda como la incorrección de su diagnóstico y pronós-
tico sobre la situación y las posibilidades de la izquierda en los
años por venir. Ahora sabemos que, en efecto, con el fin del “so-
cialismo realmente existente” se cerró toda una época de la iz-
quierda latinoamericana, marcada por los hitos de la revolución
cubana, de enero de 1959; el gobierno de Salvador Allende, en
Chile, entre 1970 y 1973; la victoria de la revolución nicaragüen- [17]
se, de 1979, y su declive terminal, con la derrota de los mismos
sandinistas en las elecciones de 1990 (Sader, 2001). A pesar de la
pervivencia de la revolución cubana y de la guerrilla colombia-
na en el nuevo milenio, a partir de la caída de los sandinistas y
la desmovilización de las guerrillas guatemaltecas y salvadoreñas,
la tendencia dominante en la izquierda latinoamericana giró de
la revolución armada a la reforma por vía electoral y de protesta
popular.
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

De este modo, los hechos pronto se encargaron de invalidar


–comenzando con el levantamiento zapatista de enero de 1994–
el diagnóstico prematuro sobre el triunfo del neoliberalismo, la
democracia liberal y la alineación de América Latina con Estados
Unidos, así como el pronóstico de una izquierda a la defensiva,
limitada a explorar variaciones familiares de la economía de
mercado y la democracia representativa. Como lo ilustran profu-
samente los capítulos de este libro, los movimientos, los partidos
y los gobiernos locales y nacionales de izquierda que cuestionan
cada uno de los componentes de dicho diagnóstico se han multi-
plicado y consolidado a lo largo y ancho de la región. Hoy en
día, partidos y figuras políticas que representan diferentes tenden-
cias de izquierda gobiernan en Brasil,Argentina, Uruguay yVene-
zuela, al igual que varias de las ciudades más importantes de la
región, desde Bogotá y Ciudad de México hasta Montevideo,
Caracas y Belo Horizonte. Al tiempo, movimientos sociales de
izquierda variopintos han pasado a ser fuerzas políticas funda-
mentales en diferentes países, como lo muestran, entre otros, la
influencia determinante de los movimientos indígenas boliviano
y ecuatoriano, la movilización de los campesinos sin tierra bra-
sileños y el poder de la protesta de los desempleados o ‘piqueteros’
argentinos en las postrimerías del colapso económico de diciem-
bre de 2001 en su país.
Igualmente, según lo muestran los estudios de caso en este
volumen, las nuevas formas de movilización social, las propues-
tas y los experimentos de gobierno de la izquierda contempo-
ránea desbordan los límites estrechos de las modificaciones
clásicas a la economía de mercado y la democracia representativa.
Por ejemplo, según lo explica Leonardo Avritzer en su capítulo,
el sistema de presupuesto participativo introducido en 1990 por
[18] el gobierno del Partido de los Trabajadores (pt) en Porto Alegre
–que combina una novedosa política de redistribución con una
radicalización de la democracia mediante la participación directa
de los ciudadanos– ha sido reproducido en grados y con matices
diversos por otras administraciones de izquierda, desde San Pablo
hasta Montevideo y Bogotá.
De esta manera, los programas de las nuevas formaciones de
izquierda rebasan los temas específicos de la igualdad económica
y la democracia. Como lo han mostrado numerosos analistas,
¿La utopía revivida?

buena parte de lo novedoso de la nueva izquierda radica en que


a estas preocupaciones clásicas ha agregado agendas diversas rela-
cionadas con la etnicidad, el género, la raza y otras fuentes de de-
sigualdad (Dagnino, 1998; Lechner, 1988; Sader, 2001 y 2002;
Santos, 2005, y Wallerstein, 2003). Para mencionar sólo uno de
los ejemplos más visibles, la reivindicación del derecho a la dife-
rencia cultural y la autodeterminación ha pasado a ser parte central
de la agenda de la izquierda desde los levantamientos indígenas
en Ecuador, Bolivia y México, en los últimos quince años.
Este libro es un esfuerzo colectivo por analizar el espectro
de estas nuevas formaciones políticas de izquierda latinoameri-
canas y por examinar de manera sistemática –y en perspectiva
comparada explícita– sus orígenes, características, dilemas y posi-
bles trayectorias futuras. Para ello, de acuerdo con la metodología
y el proceso de discusión y reuniones descritos en el prefacio,
cada uno de los ocho estudios de caso se refiere a un conjunto
común de temas, que se basa en un estudio detallado de los par-
tidos, de los movimientos o de los gobiernos de izquierda más
relevantes en el país de que se trate. El objetivo central de este
capítulo introductorio, por lo tanto, es presentar estos temas
generales que estructuran el análisis empírico de los estudios de
caso, resaltando las conexiones, similitudes y diferencias entre
éstos. De esta manera, en las páginas siguientes buscamos ofrecer
una perspectiva del bosque de la nueva izquierda latinoameri-
cana que complemente la visión detallada de los árboles de los
movimientos, de los partidos y de los gobiernos presentada en
los capítulos empíricos. Esta visión general y comparativa per-
mite definir con mayor precisión no sólo lo que la izquierda con-
temporánea tiene de ‘nuevo’ y lo que tiene de ‘izquierda’, sino
también resaltar sus temas, actores y dilemas centrales.
A pesar de que este libro es el primer intento comprehensivo [19]
de análisis sobre el tema, en los últimos años ha surgido una muy
interesante y copiosa bibliografía que incluye agudos debates so-
bre la renovación de la teoría y la estrategia políticas de la izquier-
da latinoamericana1 y mundial.2 En vista de esto, un objetivo

1
Véanse, entre otros, Holloway (2001 y 2004); Borón (2001); Dagni-
no (2001); Álvarez, Dagnino y Escobar (2001); Sader (2001 y 2002);
Tischler (2001), y Munck (2003).
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

adicional de este capítulo introductorio es conectar explícita-


mente los temas centrales del libro y los estudios de caso con
dicha bibliografía y con los debates regionales y mundiales. En
los capítulos 10 y 11, Atilio Borón y Boaventura de Sousa San-
tos presentan comentarios generales que apuntan en esta misma
dirección.
Para comprender cabalmente la naturaleza de este libro –y
de este capítulo introductorio– conviene aclarar lo que ellos no
son. En primer lugar, el libro no pretende ser un balance con-
clusivo y definitivo de las nuevas formaciones de izquierda.
Como todos los autores lo resaltan en sus capítulos, es muy tem-
prano para conocer con certeza los contornos, las limitaciones
y el desenlace de la historia de fuerzas de izquierda cuyo ascenso
data apenas de los últimos años o incluso meses. Esto no implica,
sin embargo, que no sea posible rastrear sus antecedentes y raí-
ces históricas; examinar su composición, potencial, limitaciones
y dilemas; establecer las conexiones entre las izquierdas de cada
país con otras de la región y del mundo, y esbozar los factores
que pueden determinar su futuro. Éstas son las tareas que acome-
te el presente volumen para contribuir a la discusión académica
y política en curso sobre la izquierda. En este sentido, el texto
deja abierta la pregunta sobre la trayectoria futura de la nueva
izquierda –de allí los signos de interrogación en la alusión a la
posibilidad de la “utopía revivida” en el título de este capítulo–.
En segundo lugar, el libro no presenta una propuesta teórica
unificada y acabada que intervenga en el debate sobre la renova-
ción de los paradigmas conceptuales de la izquierda. Esto se debe
no sólo a la naturaleza del proyecto de diálogo abierto y plural
que dio lugar al volumen, sino –creemos nosotros– a la naturaleza
misma de la nueva izquierda. Como lo han resaltado los teóricos
[20] políticos que han examinado el tema en la región (Dagnino, 1998,
y Holloway, 2001 y 2004) –y lo afirman de manera convincente
Bartra, Schuster, Santos y Borón en sus capítulos– la variedad
de los actores y temas de la nueva izquierda no encaja bien en

2
Véanse, entre muchos otros,Wallerstein (2003), Santos (2005), Hardt
y Negri (2002 y 2004), Bobbio (1995 y 1996), Bosetti (1996), Rorty
(1996) y Lukes (1996).
¿La utopía revivida?

los moldes teóricos unitarios dominantes en la izquierda de


décadas pasadas, basados en una lectura ortodoxa del marxismo
o, más bien, el marxismo-leninismo. Esto no significa que, además
de hacer un estudio empírico juicioso, los autores no se adentren
en análisis teóricos a propósito de lo que observan en sus países
y en la región en general. En efecto, varios de los capítulos son
intervenciones originales y agudas en los debates teóricos sobre
la izquierda –y, de hecho, los capítulos finales de Borón y San-
tos tienen esta finalidad específica–; pero ninguno, incluida esta
introducción, busca una síntesis teórica final.
Finalmente, en consonancia con lo anterior, el libro no es
un manual prescriptivo o estratégico sobre la izquierda, del tipo
que proliferó en décadas pasadas en la bibliografía académica
sobre el tema, y al que aún hoy dedican sus esfuerzos algunos
analistas (por ejemplo, Petras, 1999). Esto es, a diferencia de estos
últimos trabajos, el volumen en su conjunto no ofrece una lista
de tesis sobre todos los movimientos, partidos y gobiernos de
izquierda, lo cual no quiere decir que tanto en este capítulo como
en varios de los que siguen los autores no extraigan conclusio-
nes generales acerca de los actores y estrategias de las nuevas
fuerzas de izquierda en la región. Pero la metodología que lleva
a dichas conclusiones es inductiva antes que deductiva, esto es,
está basada en un examen empírico minucioso y un análisis rigu-
roso de las experiencias de cada país, antes que en un ejercicio de
aplicación de un modelo teórico o político uniforme a las reali-
dades de los distintos movimientos, partidos y gobiernos de iz-
quierda.
Hechas estas precisiones, dividimos el resto de esta introduc-
ción en cinco secciones. En la primera exploramos el significado
y los orígenes de la nueva izquierda. En la segunda, basándonos
en los estudios de caso y en un sondeo de la bibliografía existente [21]
sobre el tema, resaltamos los que, en nuestra opinión, son los
rasgos centrales de la nueva izquierda. En la tercera sección nos
concentramos en dos temas que –por ser comunes a todas las
fuerzas políticas analizadas a lo largo del libro y exhibir con par-
ticular nitidez las posiciones, los dilemas y las perspectivas de
dichas fuerzas– son especialmente útiles para caracterizar la nueva
izquierda: la oposición y búsqueda de alternativas frente al neo-
liberalismo económico y la profundización de la democracia. En
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

la cuarta parte examinamos brevemente los tres tipos de actores


centrales de la nueva izquierda –movimientos sociales, partidos
y gobiernos locales y nacionales– y las conexiones y tensiones
entre ellos. En la quinta sección cerramos la introducción con
una breve presentación del orden y el contenido del resto del
volumen.

Significado y orígenes de la nueva izquierda


El desenlace de la vieja izquierda
y el significado de la nueva
Dado que el título del libro y varios de los capítulos recurren
al concepto de nueva izquierda, es pertinente comenzar por definir
en qué sentido utilizamos la expresión. Como lo aclara César
Rodríguez en el capítulo sobre Colombia, el adjetivo nuevo es
usado aquí en sentido descriptivo, antes que valorativo. Por lo
tanto, denota el hecho de que las formaciones de izquierda estu-
diadas son de origen reciente o que han ascendido en capacidad
de movilización masiva (en el caso de los movimientos), en votos
(en el caso de los partidos) o capacidad de gobernar (en el caso
de las administraciones locales y nacionales) en los últimos años.
Aunque cada una de las fuerzas políticas ha tenido su propio
calendario, en general los acontecimientos y las tendencias ana-
lizados en este libro han tenido lugar en la década de los noventa
y en la primera mitad de la presente década, es decir, en los
quince años posteriores a ciertos acontecimientos mundiales y
regionales –la caída de la Cortina de Hierro, en 1989; el fin de
la revolución sandinista, en 1990, y otros hechos que menciona-
remos más adelante–, que son reconocidos ampliamente como
el fin de una era de la izquierda y el inicio de una nueva. En el
sentido que les damos a los términos en este libro, la nueva iz-
[22] quierda es, entonces, nueva por ser reciente, no por ser mejor o
peor que la que precedió.
La calificación de algo como nuevo, por supuesto, tiene sen-
tido sólo por referencia a aquello que viene antes en el tiempo.
Para caracterizar la nueva izquierda, por lo tanto, es necesario
explicitar tanto la continuidad con la izquierda que la precedió
–esto es, lo que hace que una y otra puedan ser descritas como
izquierdas– como los rasgos que la diferencian de ésta. En cuanto
a lo primero, para los propósitos específicos de esta introducción,
¿La utopía revivida?

recogemos la distinción ya clásica de Norberto Bobbio (1995)


entre derecha e izquierda, según la cual mientras que esta última
promueve la igualdad entre individuos y grupos (sean éstos cla-
ses sociales o grupos raciales, étnicos, de género, etc.), basándose
en una visión horizontal de la sociedad, aquélla otra parte de
una valoración positiva de las jerarquías sociales para defender
las virtudes económicas y políticas de la desigualdad.3
Como lo ha anotado el propio Bobbio y numerosos comen-
taristas, el criterio de la igualdad, incluso entendido en este sen-
tido amplio, es insuficiente para caracterizar los matices y
tendencias históricas tanto de derecha como de izquierda, y no
comprende la totalidad de las agendas de una y otra. En el caso
de la izquierda, por ejemplo, la defensa de la igualdad ha estado
acompañada de formas diversas de reivindicación de la democra-
cia radical, la solidaridad internacional, el antiimperialismo y
otros fines. Sobre esto volveremos más adelante, a la luz del deba-
te sobre los valores de la igualdad, la diferencia y la democracia
dentro de la izquierda contemporánea en América Latina. Por
ahora, la distinción de Bobbio sirve como criterio preliminar
para distinguir las posiciones de derecha y de izquierda y para
subrayar la continuidad entre la vieja y la nueva izquierda, ambas
interesadas –a pesar de las diferencias considerables de estrategia,
marcos teóricos y programas– en la promoción de la igualdad.
La apelación a lo nuevo hace hincapié, naturalmente, en su
contraste con lo viejo. Por esto, para que el concepto de nueva
izquierda latinoamericana sea de utilidad descriptiva y analítica, es
necesario examinar brevemente las características de la izquier-
da que le precedió y las diferencias entre ésta y la izquierda con-
temporánea, así como el punto de inflexión histórico entre una
y otra. Hoy en día la izquierda histórica que los analistas y los
protagonistas políticos tienen en mente al hablar de la nueva [23]
izquierda es el conjunto de partidos políticos, movimientos so-
ciales y organizaciones guerrilleras que conformaron el espectro

3
Para Bobbio (1995), la defensa de las libertades no es patrimonio ni
de la derecha ni de la derecha, sino un criterio de distinción entre
posiciones extremas (autoritarias) y moderadas (garantistas) de izquier-
da y de derecha.
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

de la izquierda entre 1959, con la revolución cubana, y 1990, con


el fin de la “segunda ola revolucionaria” latinoamericana, cuyos
pináculos fueron los avances de las guerrillas de El Salvador,
Guatemala y, sobre todo, Nicaragua, entre los años setenta y
ochenta, y que terminó, como se mencionó, con la derrota elec-
toral sandinista de 1990 (Sader, 2001, y Borón, 2001).
Las organizaciones que conformaron la izquierda de este
período pueden clasificarse en cinco grupos: (1) los partidos
comunistas, nacidos casi todos en la segunda década del siglo
pasado, que pasaron a defender la “vía pacífica al poder” y man-
tuvieron lazos estrechos con la Unión Soviética; (2) la izquier-
da nacionalista o popular, a la que los críticos de vieja y de nueva
data se refieren con el equivocado calificativo de populista, y que
incluyó figuras como Perón (en Argentina), Getulio Vargas (en
Brasil) y Lázaro Cárdenas (en México); (3) las organizaciones
guerrilleras de ideología, estrategia y extracción social diversas
que se multiplicaron en las dos olas revolucionarias iniciadas por
las revoluciones cubana y nicaragüense; (4) los partidos refor-
mistas, centrados en la competencia electoral y los cambios den-
tro de la institucionalidad, y más lejanos de la Unión Soviética
y Cuba, y (5) la izquierda social, que comprendía sindicatos, li-
gas campesinas, comunidades eclesiales de base, asociaciones de
derechos humanos y otros movimientos rurales y urbanos (Cas-
tañeda, 1993).
Como lo ha explicado Emir Sader (2001), hacia finales de
los años ochenta y comienzos de la década de los noventa cada
uno de estos grupos atravesó procesos de declive o transforma-
ción que marcaron el ocaso de la izquierda de las tres décadas
anteriores y el punto de inflexión hacia una nueva izquierda. En
tanto que los partidos comunistas entraron en crisis tras el fin
[24] del socialismo real en la Unión Soviética y el llamado campo
socialista, la revolución cubana pasó a una “fase defensiva” y la
vía armada se extinguió prácticamente en toda la región con la
derrota sandinista, la desmovilización de las guerrillas restantes
y el creciente aislamiento político de las guerrillas que sobrevi-
vieron a ese período en Colombia y en Perú.
Los partidos reformistas y nacional-populares sufrieron trans-
formaciones igualmente profundas. Debilitados en sus bases so-
ciales e ideológicas y seducidos prematuramente por la ola
¿La utopía revivida?

neoliberal que se había tomado a la región en los años ochenta,


giraron rápidamente hacia el centro y adoptaron alguna varia-
ción de la tercera vía. El giro fue evidente en las políticas
neoliberales aplicadas por partidos y coaliciones socialdemócratas
y nacional-populares en la década de los noventa, desde las del
priísmo de Salinas, en México, hasta las del peronismo de
Menem, en Argentina, y los gobiernos de la Concertación, en
Chile. Como testimonio del espíritu del tiempo en la región
queda el llamado Consenso de Buenos Aires, el conocido documen-
to impulsado por Roberto Unger y Jorge Castañeda, en 1997,
en discusión con figuras políticas latinoamericanas de izquierda
y de centro, que intentaba ofrecer una versión criolla de la ter-
cera vía –o un “blarismo tropical”, como lo ha llamado Sader–
ante el ascenso del neoliberalismo.4
Finalmente, los efectos del neoliberalismo sobre la izquier-
da social fueron asimismo profundos, por cuanto debilitaron la
forma organizativa predominante de la movilización social del
siglo xx: los sindicatos. Como lo muestra Federico Schuster en
su capítulo sobre Argentina, el efecto combinado del aumento
del desempleo, las privatizaciones, la ‘flexibilización’ de las nor-
mas laborales, la ruina del campo y las migraciones masivas a las
ciudades, el crecimiento de la economía informal y las crisis fi-
nancieras de la era neoliberal minaron las bases sociales del sin-
dicalismo. En lugar de los puestos de trabajo formales perdidos
en los sectores públicos y privados, surgieron ingentes pobla-
ciones de desocupados crónicos, trabajadores informales y emi-
grantes (Portes, 2003) que conforman un pobretariado disperso
muy distinto al proletariado organizado que sostuvo al sindica-
lismo durante décadas.
La desestabilización de las bases sociales, de las ideologías y
de las estrategias de las diversas manifestaciones de la izquierda [25]
latinoamericana fue la expresión regional de la crisis de la llamada
vieja izquierda mundial. Más allá de las particularidades latinoa-
mericanas, esta crisis dentro de la izquierda internacional –como
lo ha mostrado Immanuel Wallerstein (2003)– tuvo dos com-

4
El texto del Consenso de Buenos Aires puede ser consultado en http:/
/www.robertounger.com/alternative.htm.
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

ponentes, simbolizados por el declive de las tradiciones progre-


sistas provenientes de dos de las grandes revoluciones modernas.
El componente teórico de la crisis está simbolizado por la ex-
tinción del legado de la revolución francesa, con su fe en el curso
lineal de la historia, el progreso (que garantizaba un ‘final feliz’)
y la racionalidad fundamental de la humanidad (Wallerstein,
2003; 219). La versión izquierdista de esta tradición –el mate-
rialismo histórico– ofrecía no sólo una teoría comprehensiva de
la sociedad y de la historia, sino también la certeza para los mo-
vimientos y partidos de izquierda de que el desenlace de la his-
toria estaría de parte de los oprimidos. La creciente crítica dentro
de la misma intelectualidad de izquierda a esta visión de la socie-
dad y de la historia –que en América Latina, como lo ha sostenido
Evelina Dagnino (1998), tuvo mucho que ver con la asimilación
de la crítica de Gramsci a la lectura ortodoxa del marxismo– mar-
có la transición gradual a nuevas interpretaciones de la tradición
teórica de izquierda y la formulación de nuevas teorías que men-
cionaremos más adelante.
El otro componente de la crisis de la vieja izquierda mundial
atañe a su estrategia política, y está simbolizada por el ocaso del
canon leninista proveniente de la revolución rusa (Wallerstein,
2003). Como se sabe, la adición hecha por el leninismo a la teoría
marxista de la historia consistió en destacar un sujeto histórico
privilegiado –el partido o el partido-Estado–, al que le corres-
pondía guiar y realizar el potencial revolucionario del proleta-
riado. La estrategia política ilustrada por la revolución rusa y el
Estado centralizado que surgió de ella arraigó en buena parte
de la izquierda internacional la creencia de que las acciones
políticas más eficaces eran aquéllas basadas en estructuras jerár-
quicas centralizadas y encaminadas a la toma del poder estatal.
[26] Sin embargo, cuando los actos del autoritarismo soviético habían
hecho cundir por varias décadas el desencanto entre muchos sec-
tores de la izquierda mundial con el estatismo y centralismo, la
caída de la Unión Soviética vino a dar el golpe de gracia al mo-
delo vanguardista del leninismo. Como veremos enseguida, esta
“crisis del sujeto leninista” (Tischler, 2001) generó una profun-
da revisión de las estrategias y marcos teóricos en el seno de los
partidos y movimientos que vendrían a conformar la izquierda
contemporánea.
¿La utopía revivida?

El surgimiento de la nueva izquierda


Tras el recorrido histórico rápidamente delineado en la sec-
ción anterior, la última década del siglo pasado encontró a la
izquierda latinoamericana y mundial en franca posición defensi-
va, en medio de cuestionamientos internos sobre las estrategias
e ideas que la habían guiado durante toda la centuria. Del otro
lado del espectro político, el “credo económico liberal” (Polanyi,
1995), dominante en la segunda mitad del siglo xix y las primeras
dos décadas del siglo xx, renació bajo la forma del neoliberalis-
mo (Blyth, 2002, y Sader y Gentili, 1999), cuyo ascenso y difusión
desde los gobiernos de Reagan y Thatcher fueron tan vertigino-
sos que la derecha política e intelectual pudo anunciar el fin de
las ideologías y la inexistencia de alternativas al neoliberalismo.
En medio de este clima de retroceso de la izquierda y de
consolidación de la pensée unique de la derecha, ¿qué factores
explican el surgimiento de una nueva izquierda en América
Latina poco tiempo después? Atilio Borón ofrece una aguda y
detallada respuesta a este interrogante en su capítulo, al que re-
mitimos al lector. Para los propósitos propedéuticos de este texto,
nos limitamos a mencionar los cuatro puntos principales del
diagnóstico de Borón y conectarlos con los estudios de caso
contenidos en los siguientes capítulos.
En primer lugar, a principios de los años noventa comen-
zaron a sentirse los estragos de la apertura incondicional de las
economías de la región a los flujos de bienes, servicios y capita-
les. Como ha sido ampliamente documentado, los efectos nega-
tivos del neoliberalismo sobre el crecimiento, la desigualdad y
la pobreza fueron especialmente evidentes en los países que, por
haber sido golpeados con mayor dureza por la crisis de la deuda
de 1982, habían adoptado terapias de choque como parte de
programas de ajuste estructural promovidos por las agencias fi- [27]
nancieras multilaterales (véase Hubert y Solt, 2004). No es casual,
entonces, que el evento que simboliza el surgimiento de la nueva
izquierda –el levantamiento de los zapatistas en Chiapas– haya
tenido lugar en México el 1 de enero de 1994, fecha de entrada
en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del
Norte (nafta, por sus iniciales en inglés).
Como lo describe Armando Bartra en su capítulo, la aper-
tura incondicional de la economía mexicana exigida por las cláu-
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

sulas del nafta vendría no sólo a consolidar el neoliberalismo,


sino a aumentar el descontento popular con las medidas de ajuste
estructural. Según lo relata Bartra con elocuencia, la ruina del
campo y el consecuente éxodo de millones de campesinos y
desocupados a Estados Unidos evidenciaron el ‘negocio redon-
do’ del nafta:“exportar agricultores arruinados e importar pro-
ductos agrícolas”. De allí el eco que tendría el levantamiento
zapatista y su convocatoria en 1996 a un “Encuentro Americano
por la Humanidad y contra el Neoliberalismo”, en Chiapas.
A medida que fueron multiplicándose las crisis económicas
y los escándalos de corrupción relacionados con las reformas de
ajuste estructural en toda la región, surgieron o se fortalecieron
los movimientos y partidos de izquierda que se oponían al neo-
liberalismo. La crisis energética brasileña inducida por la decisión
del presidente Fernando Henrique Cardoso de privatizar el efi-
ciente sistema energético estatal generó un descontento genera-
lizado con el neoliberalismo, que aumentó el caudal electoral
del pt y llevó a Lula da Silva a la Presidencia, en 2002 (véase
capítulo 2).
El colapso argentino de diciembre de 2001 marcó la muer-
te anunciada del experimento de reforma neoliberal más radi-
cal de los años noventa en la región, y abrió paso al gobierno
de centroizquierda de Kirchner (véase capítulo 6). Los efectos
regresivos de las drásticas reformas bolivianas y ecuatorianas de
las décadas de los ochenta y de los noventa dispararon la pro-
testa social de campesinos, indígenas y trabajadores urbanos y
el ascenso de poderosos movimientos sociales y de partidos de
izquierda (véanse capítulos 8 y 9). La “sociedad dual”, alimen-
tada por el ajuste estructural en Venezuela, avivó la reacción de
los sectores mayoritarios marginados de la considerable riqueza
[28] del país, reacción que fue canalizada por el Movimiento Quinta
República, y que ayuda a explicar el apoyo electoral sólido de
los sectores populares al gobierno de Hugo Chávez durante ocho
elecciones locales y nacionales consecutivas (véase capítulo 3).
A pesar de que la transición colombiana al neoliberalismo
fue más gradual que en la mayoría de países de la región, hacia
1999 sobrevino la crisis económica y, con ella, se evidenció el
retroceso de los indicadores sociales bajo la era neoliberal, lo que
creó el espacio para que la izquierda recuperara la defensa de
¿La utopía revivida?

“lo social” y, con ello, llegara a la Alcaldía de Bogotá y a otros


puestos de importancia política (véase capítulo 5).
Finalmente, el alarmante deterioro económico y social uru-
guayo, asociado con las reformas estructurales, no sólo contribu-
yó al ascenso a la presidencia de Tabaré Vásquez, del Frente
Amplio, en marzo de 2005, sino también provocó referendos
populares, únicos en el mundo, en el que los uruguayos votaron
contra la privatización de las empresas públicas en 1992, y a favor
de la inclusión en la Constitución de una cláusula que prohíbe
privatizar el agua, en 2004 (véase capítulo 4).
El segundo factor que ayuda a explicar el despegue de la
nueva izquierda es el surgimiento de nuevos actores políticos
que vinieron a compensar el declive de los sindicatos. Aunque
éstos continúan siendo parte central de la izquierda –como lo
muestra el hecho de que dos de los partidos que ocupan go-
biernos de ciudades y países de la región, el pt de Brasil y el
Polo Democrático Independiente (pdi) colombiano, tengan sus
raíces en iniciativas sindicales–, buena parte de su novedad
organizativa e ideológica proviene del movimiento indígena, de
las organizaciones campesinas, de los movimientos de desem-
pleados, de la movilización de trabajadores rurales sin tierra, de
las organizaciones de negritudes, del movimiento feminista y de
otras formas de movilización social (Álvarez, Dagnino y Escobar,
1998). De hecho, como lo sostenemos más adelante, esta varie-
dad y pluralidad de actores es uno de los rasgos centrales de la
nueva izquierda latinoamericana. Esto es evidente en todos los
estudios de caso del libro, desde las coaliciones indígenas y cam-
pesinas en Bolivia, México y Ecuador y los ‘frentes amplios’ de
movimientos sociales hasta los partidos variopintos en Uruguay,
Brasil y Colombia.
En tercer lugar, el descrédito y la crisis interna de partidos [29]
tradicionales, hasta hace poco arraigados con solidez en los siste-
mas políticos de toda la región, han creado oportunidades polí-
ticas que las nuevas formaciones de izquierda han explotado.Tras
la transición a la democracia en casi toda la región, se evidenció
la incapacidad o la falta de voluntad política de buena parte de
los partidos o facciones tradicionales de convertir la voluntad
popular en políticas de gobierno. Esto explica que los partidos
políticos aparezcan continuamente entre las instituciones menos
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

estimadas por los ciudadanos en las encuestas nacionales, y que


en el más reciente estudio regional sobre actitudes políticas sólo
el 53% de los encuestados haya afirmado que la democracia es
preferible a otras formas de gobierno (Latinobarómetro, 2004).
En algunos contextos, como el argentino de 2001 o el ecua-
toriano actual, el blanco del descontento ciudadano está consti-
tuido por los partidos de todo tipo, nuevos o viejos. De allí el
eslogan del ciclo de protestas argentino que llevó a la caída del
presidente Fernando de la Rúa: “que se vayan todos, que no
quede ni uno solo”. En otros casos han sido los partidos que
controlaban sistemas bipartidistas seculares, que habían cerrado
el sistema político durante buena parte del siglo anterior, como
el de la Acción Democrática y el copei, en Venezuela; el de los
partidos Liberal y Conservador, en Colombia, y el de los parti-
dos Blanco y Colorado, en Uruguay. En una y otra situación,
movimientos sociales y partidos de izquierda –de forma inde-
pendiente o conjunta– llenaron parte del espacio dejado por el
declive de los partidos tradicionales.
Por último, la nueva izquierda latinoamericana se ha forta-
lecido por la revitalización de la izquierda internacional, a par-
tir de las protestas de Seattle, en 1999, y del surgimiento de un
movimiento global contra el neoliberalismo y la guerra. Según
lo muestra Boaventura de Sousa Santos en su capítulo sobre el
tema, se trata de una izquierda internacional muy descentrali-
zada y diversa, cuyo nodo es el Foro Social Mundial (fsm) y cuyas
manifestaciones se encuentran en un número creciente de en-
cuentros nacionales y regionales, protestas en ciudades alrede-
dor del mundo y movimientos y organizaciones que fomentan
programas económicos y políticos progresistas (véase también
Santos, 2005). Como lo muestra el hecho de que el fsm nació
[30] en 2001 en Porto Alegre –la ciudad que en ese entonces era el
símbolo del éxito político del pt–, la izquierda latinoamericana
ha tenido una influencia política y simbólica considerable en
dicho movimiento, que a su vez sirve como espacio de interac-
ción y fuente de apoyo para los movimientos y ong (y, en menor
medida, los partidos) que la componen.
¿La utopía revivida?

Características de la nueva izquierda latinoamericana


Como se puede advertir con facilidad en los siguientes ca-
pítulos, las experiencias recientes de la izquierda son muy di-
versas: desde la movilización radical y de base de campesinos,
indígenas, afrodescendientes, desempleados y trabajadores rurales
sin tierra, centrada en la acción directa y no siempre articulada
con (o incluso en explícita confrontación con) las plataformas
de los partidos de izquierda, hasta los partidos de centroizquierda,
que han llegado a los gobiernos locales y nacionales, pasando
por organizaciones provenientes de la izquierda histórica –como
los sindicatos y los partidos comunistas–, que continúan movi-
lizándose e integrándose a los nuevos ciclos de protesta y a re-
cientes coaliciones partidistas variopintas. Esto no significa que
no sea posible detectar rasgos comunes que caracterizan la nueva
izquierda. Basándonos en los estudios de caso, resaltamos una lista
no exhaustiva de cinco características que están presentes en la
mayor parte de las fuerzas políticas estudiadas y que contrastan
con los rasgos de la izquierda histórica descrita:

Pluralidad de estrategias y articulación


de formas organizativas descentralizadas
Contra el telón de fondo la izquierda que le precedió –que,
como vimos, hacía hincapié en la unidad teórica y la centrali-
zación estratégica–, la nueva izquierda se distingue por una mar-
cada pluralidad. En cuanto a las estrategias organizativas, en lugar
del sujeto político unitario del leninismo –la vanguardia del par-
tido o el partido-Estado– las formas predominantes son los ‘fren-
tes amplios’ de partidos y movimientos, las ‘coordinadoras’ de
movimientos sociales o los ‘encuentros’ de organizaciones acti-
vistas.
En todos los casos, se trata de coaliciones o de redes cuyas [31]
organizaciones integrantes contribuyen a propósitos políticos
comunes –por ejemplo, una elección, una campaña o un ciclo
de protestas– sin perder su autonomía organizativa.5 El Frente

5
El mismo tipo de coaliciones y redes predomina en la izquierda de
otras latitudes, como lo ilustran el movimiento por una “izquierda
plural”, en Francia, y por una “coalición arco iris”, en Estados Unidos
(Wallerstein, 2003).
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

Amplio de Uruguay y el pt de Brasil son los casos paradigmáticos


del primer tipo de coalición entre partidos y movimientos de
izquierda, modelo que se ha intentado reproducir en Colombia
con las iniciativas del Frente Social y Político y el pdi. La Coor-
dinadora por el Agua y por la Vida de Cochabamba –conocida
internacionalmente por haber detenido la privatización del agua
en esa ciudad– es el ejemplo más visible de articulación entre
movimientos sociales (Olivera, 2004). En cuanto a los encuen-
tros de activistas y ong con agendas de izquierda, sobresalen los
innumerables que han dado lugar al crecimiento del movimiento
feminista (Álvarez, 1998) y el movimiento indígena regional
(Rodríguez Garavito y Arenas, 2005; Ceceña, 1999; Bartra, 2004,
y Brysk, 2000).
La misma pluralidad se refleja en los objetivos de las estra-
tegias políticas de la izquierda contemporánea. El gobierno y la
reforma democrática del Estado continúan siendo objetivos
centrales de muchas de las nuevas fuerzas políticas. Junto a és-
tos, sin embargo, un grupo importante de movimientos socia-
les defiende una posición antipartido y antiestado basada en la
resistencia civil y la autogestión. Entre estos últimos, de acuer-
do con Holloway (2001) y Zibechi (2003), se encuentran los
zapatistas y los piqueteros. La posición de este tipo de movimien-
tos y su interpretación por parte de los analistas han dado lugar
a algunos de los debates académicos y políticos más intensos
sobre la nueva izquierda, como lo veremos al final de esta intro-
ducción. Por ahora, nos interesa resaltar que cuando se miran
en su conjunto, la estrategia de las fuerzas de izquierda contem-
poránea está tan lejos de la vieja obsesión leninista con la toma
del poder nacional como de la visión extrema de autores como
Hardt y Negri (2002 y 2004), según la cual la nueva izquierda
[32] consiste en una red internacional hiperdescentralizada de orga-
nizaciones locales que buscan formas globales de coordinación,
antes que la reforma del Estado o la toma del poder nacional.
En medio de estos dos polos se encuentra una amplia gama
de estrategias que incluye, además de la competencia electoral
por el poder local y nacional, la construcción de lo que Nancy
Fraser (1993) ha llamado múltiples esferas públicas, que se contra-
ponen a la idea habermasiana de una esfera pública unitaria como
contraparte del Estado. Las múltiples esferas públicas incluyen
¿La utopía revivida?

espacios de autogobierno comunitario –como los consejos cam-


pesinos y los comités de regantes bolivianos (véase capítulo 8),
las juntas de buen gobierno zapatistas (véase capítulo 7) y las
asambleas vecinales argentinas (véase capítulo 6)– y los foros de
deliberación democrática ciudadana articulados con el Estado
–como las asambleas de los presupuestos participativos brasileños
(véase capítulo 2) y los comités de gestión del servicio de agua
venezolanos (véase capítulo 3)–.

Multiplicidad de bases sociales


y agendas políticas
Un segundo rasgo directamente relacionado con el anterior
es la ampliación de la base social y los temas dominantes en la
izquierda. Los cambios económicos, políticos y sociales que
erosionaron la primacía política de los sindicatos y el monopo-
lio de la lucha contra la desigualdad de clase en el seno de la
izquierda –y el consecuente surgimiento de “nuevos movimien-
tos sociales”– han sido analizados extensamente por las ciencias
sociales (véase Melucci, 1996).
El mismo giro es patente en la izquierda latinoamericana.
En efecto, algunas de las formas más eficaces de movilización
popular involucran actores cuyas agendas están fundadas tanto
en reivindicaciones clásicas de igualdad social como en demandas
de respeto a la diferencia. El ejemplo paradigmático de este tipo
de movilización es el nuevo indianismo continental que –como
lo relata Pablo Dávalos en su capítulo– se ha expandido desde el
levantamiento de los indígenas ecuatorianos organizados alre-
dedor de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del
Ecuador (conaie), en 1990, y es hoy la principal fuerza de opo-
sición al neoliberalismo en Bolivia y Ecuador, y se encuentra
en ascenso en Colombia y México. [33]
La inclusión en la agenda de la nueva izquierda del derecho
a la diferencia, a la par del derecho a la igualdad –o, lo que es
equivalente, la ampliación del objetivo clásico de promoción de
la igualdad para incluir la lucha contra formas de discriminación
basadas en el origen étnico, el sexo, la raza, etc.–, contrasta con
el recorrido histórico de la izquierda del siglo pasado. Según lo
muestra Luis Tapia en su análisis del caso boliviano, la izquierda
histórica fue tibia frente a la causa del multiculturalismo, en el
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

mejor de los casos, y, en el peor fue abiertamente hostil, como


lo ilustra la represión del movimiento autonómico de los indí-
genas misquitos por parte del gobierno sandinista en los años
ochenta.
Aunque los estudios de caso muestran la pervivencia de
profundas tensiones en el interior de la izquierda en relación con
este tema –por ejemplo, entre la izquierda histórica y la Conaie
en Ecuador–, la tendencia dominante va en la dirección de lo
que Norbert Lechner (1988) ha llamado la lógica de la política (en
contraposición con la excluyente lógica de la guerra), que im-
pone el reconocimiento mutuo de los diferentes sujetos de la
izquierda.
Para plasmar la pluralidad de las agendas, de las estrategias y
de las bases sociales de las nuevas fuerzas de izquierda, Schuster
y Bartra proponen en sus capítulos hablar de izquierdas, en plural.
De allí la elocuente afirmación hecha por Santos en su capítulo,
según la cual las posibilidades de cohesión de la nueva izquier-
da dependerían de la creación de “pluralidades despolarizadas”,
esto es, de una labor de traducción e inteligibilidad mutuas entre
los partidos, los movimientos y las organizaciones que se oponen
desde diferentes ángulos al neoliberalismo, al imperialismo y a
otras fuentes de desigualdad o dominación. Hacia el mismo tipo
de coordinación de la pluralidad pretende apuntar la izquierda
mundial del movimiento por una globalización alternativa,
articulada por el fsm (Seoane y Taddei, 2001; Santos, 2005, y Sa-
der, 2002).

Relieve de la sociedad civil


Un tema recurrente y común a las fuerzas de izquierda con-
temporáneas es la reivindicación de la sociedad civil como es-
[34] pacio de acción política. Esta novedad en el ideario y los
programas de este sector se explica tanto por el hecho de que la
sociedad civil fue el nicho de la resistencia contra los Estados
autoritarios de las dictaduras militares de derecha como por el
rechazo, ya comentado, del estatismo de la tradición leninista.
De acuerdo con Francisco Weffort, “el descubrimiento de
que en la política había algo más que el Estado” (1984; 93) co-
menzó para la izquierda latinoamericana con la experiencia de
la solidaridad de la Iglesia católica, las organizaciones de dere-
¿La utopía revivida?

chos humanos y otros actores de la sociedad civil bajo las dicta-


duras y los gobiernos autoritarios, y continuó en las dos déca-
das posteriores con la multiplicación de ong progresistas y de
espacios autónomos de deliberación ciudadana, como las
asociaciones vecinales mexicanas y brasileñas en los años noventa
(Avritzer, 2002). El mismo camino ha tomado la izquierda in-
ternacional, como lo muestra el dominio de las organizaciones
sociales en el fsm y la explosión de análisis teóricos y empíricos
sobre la sociedad civil.
El relieve puesto en la sociedad civil ha generado tensiones
y debates intensos dentro de la izquierda. Atilio Borón señala
en su capítulo la ambigüedad del concepto de sociedad civil y los
riesgos que éste representa para la izquierda cuando es entendido
como la condensación de las virtudes políticas por oposición al
Estado. En igual sentido, Emir Sader (2002) ha criticado la con-
centración de la izquierda internacional en la sociedad civil y
su consecuente abandono de la tarea de transformar el Estado,
que quedaría así en manos de los reformadores neoliberales.
Sonia Álvarez (1998) también ha mostrado los riesgos de la
“oenegeización” de movimientos sociales, es decir, el posible
dominio de las agendas y formas de acción de las ong dentro
del activismo social.
Aunque algunos de los estudios de caso comprueban los
peligros advertidos por estos analistas –por ejemplo, las asambleas
de vecinos argentinas analizadas por Schuster, que, en ausencia
de articulación con el Estado, se disolvieron a medida que los
intereses diversos que albergaban fueron avanzando en direccio-
nes opuestas–, otros casos ilustran la vitalidad de la sociedad ci-
vil como espacio de movilización de la izquierda –por ejemplo,
los consejos de autogobierno indígena y campesino bolivianos–.
Entre tanto, un tercer grupo de experiencias ha articulado expre- [35]
samente a la sociedad y al Estado –por ejemplo, los presupues-
tos participativos de Porto Alegre y Montevideo– y, con ello, a
la vez ha profundizado la democracia tanto del Estado como de
la sociedad civil.

Reformismo
Por las razones anotadas en la sección anterior, la dicotomía
fundamental de la izquierda del siglo xx –reforma o revolución–
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

se resolvió a favor de esta última con el ocaso de la segunda ola


de revoluciones armadas en Nicaragua, en 1990. Las reformas
por vías institucionales o de movilización extrainstitucional no
violenta aparecen como los caminos dominantes en la izquier-
da contemporánea. El hecho de que la nueva izquierda sea ‘re-
formista’ tiene, no obstante, significados y efectos distintos para
actores políticos y analistas ubicados en lugares diferentes del
espectro ideológico y político de la izquierda de décadas pasadas.
Para los partidos socialdemócratas y otras variantes de re-
formismo, la clausura de la vía revolucionaria implicó una rei-
vindicación bienvenida de su posición histórica y la desaparición
del contrapeso que los separaba del centro. De ahí que, como lo
señalamos, muchos de ellos –desde los peronistas hasta los priístas,
pasando por los socialistas chilenos– gravitaran rápidamente hacia
el centro y desarrollaran alguna forma de ‘blarismo tropical’.
Entre quienes buscaban rupturas económicas y sociales más ra-
dicales antes de 1990, en cambio, el triunfo del reformismo, como
lo explicamos en la siguiente sección, ha generado el dilema de
cómo promover “reformas revolucionarias” (Gorz, 1964). En este
último grupo se encuentra el grueso de los movimientos y par-
tidos que se han ubicado o mantenido explícitamente en la iz-
quierda o la centroizquierda.
Sea cual sea el entusiasmo con el que se recibe el triunfo
del reformismo, éste ha significado, por lo menos, dos cambios
en la izquierda latinoamericana. Por un lado, en términos polí-
ticos ha implicado el distanciamiento en relación con la lucha
armada como vía de transformación social y acceso al poder. Por
ejemplo, el ascenso sin precedentes de los partidos de izquierda
en Colombia –el Frente Social y Político y el pdi– ha estado
marcado por una ruptura explícita frente a los grupos guerri-
[36] lleros y frente a la estrategia de la “combinación de todas las
formas de lucha” de la izquierda histórica colombiana (véase
capítulo 5). La misma postura se constata en las escalas regional
y global, como lo muestra el hecho de que uno de los princi-
pios rectores del fsm sea la no violencia y que, por lo tanto, de
él se excluyan las organizaciones armadas de izquierda.
Por otro lado, en términos económicos, el reformismo ha
implicado el abandono de los modelos de socialismo centrali-
zado. En su lugar, las propuestas y programas económicos de la
¿La utopía revivida?

nueva izquierda combinan el mercado con formas más o menos


profundas de intervención estatal, redistribución del ingreso y
planeación democrática. Dado que el reformismo económico
atañe a uno de los problemas centrales de la nueva izquierda –la
construcción de alternativas al neoliberalismo–, volvemos sobre
este tema con más detalle en la siguiente sección.

Profundización de la democracia
El último rasgo que destacamos por ser común a las fuerzas
políticas estudiadas en este volumen es la centralidad de la de-
mocracia. Como vimos, el inconformismo generalizado con la
‘democracia realmente existente’ en América Latina es uno de
los motivos del resurgimiento de la izquierda. En este contexto,
no sorprende que este sector haya hecho hincapié en la profun-
dización y en la ampliación del canon democrático, mediante
propuestas y prácticas que combinan la democracia representa-
tiva con la radicalización de la democracia participativa. Dada
la importancia de este tema en las agendas de los partidos y
movimientos de la nueva izquierda, y el contraste entre dicha
agenda con la de buena parte de la izquierda histórica, nos ocu-
pamos de éste con más detenimiento en la siguiente sección.

Entre el neoliberalismo y la democracia:


las promesas y los dilemas de la izquierda
Contra el telón de fondo del recuento general del origen y
las características de la nueva izquierda, podemos ahora centrar-
nos en dos temas que exhiben con particular claridad tanto su
avance y promesas como sus dilemas y tensiones: la búsqueda
de alternativas al neoliberalismo y la democratización de la po-
lítica y las sociedades latinoamericanas (incluida la democrati-
zación de las propias fuerzas de izquierda). [37]
Como lo muestran los siguientes capítulos, estos dos temas
no sólo están presentes en todos los estudios de caso nacionales,
sino también han dado lugar a los debates más intensos dentro
de la izquierda. Las discusiones son particularmente agudas en
relación con las promesas y las limitaciones de los gobiernos lo-
cales y nacionales de izquierda. Alrededor de estos ejes temáticos,
por ejemplo, giran los cuestionamientos intestinos y las disiden-
cias sobre el gobierno de Lula, en Brasil –cuyos críticos de izquier-
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

da acusan de haber continuado las políticas neoliberales (Oliveira,


2004)–, y del gobierno de la ‘revolución boliviariana’ de Hugo
Chávez, en Venezuela –que despierta recelos entre sectores de
la izquierda regional, que lo tachan de autoritario y populista, y
lo contrastan con la izquierda pragmática de Lula (Villalobos,
2004).6 Idénticos dilemas se advierten en otros ejemplos pro-
minentes de la izquierda contemporánea, como lo muestran las
discusiones sobre la orientación de la política económica y social
del gobierno de Néstor Kirchner, en Argentina, y del gobierno
de Tabaré Vásquez, en Uruguay. Veamos brevemente cada uno
de estos dos temas.

Más allá del neoliberalismo:


el problema de las alternativas
Como lo han experimentado los gobiernos y movimientos
sociales de la región en los últimos años, una cosa es movilizar
y canalizar el descontento generalizado con el neoliberalismo y
otra, construir alternativas que traduzcan el descontento en ex-
periencias locales y políticas nacionales, que promuevan la equi-
dad en el corto plazo y que sean sostenibles en el mediano y
largo plazos. El ejemplo más claro de esta dificultad son las ten-
siones que atraviesan los partidos de izquierda que han llegado

6
Recientemente, Jorge Castañeda (2005) propuso una distinción si-
milar entre dos nuevas izquierdas latinoamericanas. Por un lado esta-
rían los gobiernos y partidos que siguen “vías pragmáticas, sensatas y
realistas”, como el pt de Lula, el Partido Socialista de Ricardo Lagos,
en Chile, y el Frente Amplio de Tabaré Vásquez, en Uruguay. Por el
otro, los gobiernos “que surgen de un pasado populista y puramente
nacionalista, con pocos fundamentos ideológicos”, como los de Chávez
en Venezuela, Kirchner en Argentina y la Alcaldía de López Obrador,
[38] en Ciudad de México (Castañeda, 2005; 19). A diferencia de Castañe-
da, en este libro hablamos de la izquierda en general, no sólo porque
las líneas divisorias entre estas dos izquierdas están lejos de ser nítidas
y continúan siendo objeto de discusión, sino porque, al contrario del
hoy precandidato a la presidencia de México, incluimos dentro del
elenco de la izquierda no sólo los gobiernos y partidos, sino también
los movimientos sociales. La amplitud y diversidad de la izquierda así
entendida hace imposible una clasificación tajante entre dos izquier-
das, de tal forma que, en estricto rigor descriptivo, se debería hablar
de izquierdas en plural.
¿La utopía revivida?

a las administraciones locales y nacionales. La encrucijada es tanto


económica como política. Sujetos, por un lado, a las presiones
de los actores de los mercados globales y las instituciones finan-
cieras internacionales que exigen ortodoxia en el manejo de la
economía y, por el otro, al escrutinio de los electores que votaron
por ellos para cambiar el curso de la economía, varios de los go-
biernos de izquierda han continuado programas de sus antece-
sores neoliberales –e incluso han introducido reformas que estos
últimos no habían logrado consolidar, debido a la oposición de
los propios partidos de izquierda ahora en el poder–. Como lo
declaró el entonces senador uruguayo Danilo Astori, al ser de-
signado ministro de Economía tras el triunfo de Tabaré Vásquez
en las elecciones presidenciales de octubre de 2004, el gobierno
del Frente Amplio “tendrá que llevar a cabo… cosas que noso-
tros mismos hemos criticado… Pasará exactamente lo mismo
que en Brasil” (Rother, 2004; A8).
El costo político de esta transfiguración es potencialmente
muy alto. Como lo recordaba Eduardo Galeano al celebrar el
triunfo del Frente Amplio en su país, dado que “los pecados
contra la esperanza son los únicos que no tienen ni perdón ni
redención” (2004; 6), de la disyuntiva entre profundizar el neo-
liberalismo o implementar alternativas viables frente a éste de-
pende en buena parte la supervivencia de la izquierda como
opción de gobierno. Según el análisis de Leonardo Avritzer en
su capítulo sobre Brasil, es posible que los resultados de las elec-
ciones municipales de noviembre de 2004 –en el que el pt perdió
dos ciudades de importancia política y simbólica fundamental
que gobernaba (San Pablo y Porto Alegre)– sean signos tempra-
nos de los costos del manejo ortodoxo de la economía en la
primera mitad del gobierno de Lula (véase también Sader, 2005).
El terreno en el que tiene lugar este dilema está delimitado [39]
por las restricciones nacionales e internacionales que enfrentan
los gobiernos de izquierda. En cuanto a las segundas, la ironía
del punto de partida de estos gobiernos radica en que las circuns-
tancias que han facilitado sus victorias electorales limitan consi-
derablemente su capacidad de maniobra. En efecto, las mismas
crisis económicas que han hecho oscilar a los votantes de países
como Brasil,Venezuela y Uruguay hacia la izquierda han dejado
en su camino una herencia –altos déficits fiscales y de balanza
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

de pagos, vulnerabilidad frente a los ataques de capitales especu-


lativos, dependencia excesiva de los precios internacionales de
bienes básicos, etc.– que presenta formidables obstáculos para
cambiar el curso de la política fiscal, monetaria y social.
Para seguir con el ejemplo paradigmático de Brasil, la sola
perspectiva de la victoria electoral de Lula en las elecciones de
2002 fue suficiente para que los operadores financieros inter-
nacionales sacaran sus capitales de corto plazo del país y dispa-
raran el indicador de riesgo de la deuda brasileña. Dado que
como parte del paquete de ajuste estructural los controles a los
movimientos de capitales de corto plazo habían sido desmonta-
dos en ese país, a unos cuantos meses de las elecciones Brasil
enfrentó la perspectiva del colapso económico al estilo del ex-
perimentado por Argentina apenas unos meses antes.
El Fondo Monetario Internacional (fmi) respondió al pedido
de préstamo de emergencia del entonces presidente Cardoso con
una condición que dejó claro su poder de injerencia en la polí-
tica nacional: de los treinta mil millones de dólares que otorgó,
sólo llegarían seis antes de las elecciones, y el resto estaría con-
dicionado a la promesa de todos los candidatos –incluido Lula–
de que, de ser elegidos, continuarían y profundizarían las polí-
ticas neoliberales, entre éstas un aumento del superávit fiscal
primario que limitaría severamente la capacidad de gasto social
del futuro gobierno. Ante semejantes circunstancias, el pt expi-
dió su Carta al pueblo brasilero, en la que se sometió a las condi-
ciones del fmi, para alivio de los inversionistas, desilusión de sus
bases tradicionales y contento de los electores de clase media
que finalmente votaron por Lula (véase capítulo 2). El episodio
dejó claro el poder de la comunidad financiera internacional,
que no vota pero sí veta, para mantener las reglas de juego de la
[40] economía global.
Los obstáculos nacionales para el cambio de rumbo econó-
mico son también considerables. Una de las razones fundamen-
tales por las que el neoliberalismo haya sido resistente al ascenso
de la izquierda y al descontento popular es la inercia de las insti-
tuciones y los cuadros económicos formados en la era neoliberal.
Como lo muestra Avritzer en su análisis, los economistas mo-
netaristas y demás reformadores neoliberales están parapetados
¿La utopía revivida?

en el Banco Central, en el Ministerio de Economía y en el Mi-


nisterio de Hacienda. De allí que el gobierno de Lula haya man-
tenido una política monetaria y fiscal ortodoxa que enfrenta a
estos miembros del llamado equipo económico contra miembros
del equipo político del pt, que ocupan otras posiciones en el go-
bierno y el partido y que preferirían un giro decidido hacia
políticas posneoliberales.
De esta forma, en los términos de Pierre Bourdieu (1999),
la herencia del neoliberalismo se siente hoy en día en la tensión
entre una ‘mano derecha’ del Estado, encargada de mantener la
ortodoxia económica, y una ‘mano izquierda’, representada ge-
neralmente por los ministerios de Educación, Salud, Trabajo y
Bienestar Social, que intenta tirar la cuerda en dirección al pos-
neoliberalismo.
El caso venezolano, como lo muestra Edgardo Lander en su
capítulo, ilustra vivamente tanto la presencia de estas restriccio-
nes nacionales e internacionales como las circunstancias que
pueden hacerlas menos estrictas. El trabajo de Lander indica que
el gobierno del Movimiento Quinta República de Hugo Chávez
ha impulsado un aumento sin precedentes en el gasto social, ca-
nalizado principalmente a través de las llamadas misiones, esto es,
programas de expansión del cubrimiento y mejoría de la calidad
de los servicios públicos básicos (salud, educación, nutrición
infantil, etc.) en los sectores pobres.
Esta política social –cuya popularidad ha sido evidente en
las múltiples elecciones en la que las clases marginadas han votado
consistentemente a favor de Chávez, entre éstas el referendo re-
vocatorio de 2004 (López Maya, 2004)– ha sido posible gracias
a la reorientación de la renta petrolera hacia el gasto social, sin
paralelo en otros países de la región y excepcionalmente alta en
los últimos años. Esta fuente extraordinaria de divisas ha dismi- [41]
nuido el influjo de las restricciones que pesan sobre otros gobier-
nos de izquierda dependientes de los capitales y las instituciones
financieras internacionales. Al tiempo, la experiencia venezola-
na ilustra las fuertes restricciones derivadas de la resistencia na-
cional al cambio de rumbo económico. La reorientación de los
ingresos petroleros hacia la inversión social tuvo lugar sólo des-
pués de un prolongado paro de la clase empresarial venezolana,
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

al que se unió el personal de la compañía estatal de hidrocarbu-


ros. El costo del enfrentamiento fue una caída drástica del pib,
del orden del 9% anual en 2002 y 2003.
Si bien éstos y otros obstáculos son reconocidos por los
partidos, los gobiernos y los movimientos de la nueva izquier-
da, existen profundos debates y divisiones con respecto al margen
de maniobra posible dentro de los límites señalados y a la capa-
cidad de los gobiernos, por cuenta propia o con apoyo de los
movimientos sociales, de correrlos y expandir la gama posible
de políticas económicas. Como se lo pregunta Daniel Chávez
en su capítulo sobre Uruguay –citando al economista principal
de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(cepal)–, ¿hasta qué punto los estrechos márgenes de maniobra
son producto de decisiones de los gobiernos mismos? ¿Hasta qué
punto éstos están siendo más fondistas que el Fondo? A juzgar
por la intensa controversia sobre el gobierno de Lula dentro del
pt y fuera de éste –que llevó incluso a la expulsión del partido
de congresistas petistas críticos del gobierno, en diciembre de
2003–, los interrogantes trazan líneas divisorias profundas dentro
de la nueva izquierda.7 Mientras que el gobierno y la dirigencia
del pt sostienen que la prudencia y la ortodoxia son condicio-
nes necesarias para abrir espacios a políticas posneoliberales, los
críticos piden un cambio de rumbo y apuntan que los impera-
tivos de la estabilidad macroeconómica equivalen a una conver-
sión permanente al neoliberalismo (véase Oliveira, 2004, y Sader,
2004 y 2005).
Este estado de cosas llevaría a pensar que la historia reciente
confirma que, en efecto, “no hay alternativa” al neoliberalismo,
como lo sentenció Margaret Thatcher hace ya dos décadas. Los
capítulos de este libro, sin embargo, muestran que el problema
[42] radica más en el interrogante que en la respuesta sobre la exis-
tencia de un modelo alternativo al neoliberalismo. Si la pregunta

7
La importancia (y lo controvertido) de este tema se refleja en la abun-
dante bibliografía brasileña sobre éste. Véase, por ejemplo, Knoop
(2003), Oliveira (2004), Carvalho (2003), Sader (2004), Ribeiro y Lopes
(2003),Tavares (2003), Baiocchi (2004), Dowbor (2003), Campos Christo
y Lemos (2003), Costa (2003) y Gonzaga (2003).
¿La utopía revivida?

consiste en si la nueva izquierda latinoamericana tiene una al-


ternativa acabada y cierta frente al modelo neoliberal, la respuesta
es negativa. En lugar de ello, lo que se encuentra en los estudios
de caso son múltiples iniciativas locales o nacionales –desde po-
líticas de lucha contra el hambre inspiradas en el programa petista
de Fome Zero en las ciudades gobernadas por la izquierda hasta
experiencias de gestión comunitaria de los servicios públicos
como la del agua en Cochabamba, pasando por el intento de
mayor escala del gobierno de Kirchner de poner el gasto social
por encima del pago de la deuda–, las cuales, a pesar de marcar
una diferencia fundamental en las vidas de los ciudadanos afec-
tados, no equivalen a un modelo comprehensivo alternativo al
neoliberalismo. Éstas y otras experiencias posneoliberales están
lejos de estar consolidadas, y sus propios actores las impulsan en
medio de una certidumbre mucho menor que la que animaba
el ideario y los programas de la vieja izquierda.
Sin embargo, como lo anota Borón en su comentario, la
construcción de alternativas económicas y sociales no procede
de acuerdo con un modelo preconcebido, sino que es el resul-
tado de la combinación, en parte fortuita, de experiencias e ideas
afines, pero dispersas. De hecho, como lo ha documentado Mark
Blyth (2002) en su genealogía del neoliberalismo, éste surgió
gradualmente, a partir de un proceso de confluencia de teorías
y plataformas políticas diversas que tardó más de tres décadas en
cristalizarse antes de convertirse en el modelo dominante en los
años ochenta. Dado que el posneoliberalismo se encuentra ape-
nas en su infancia, la pregunta pertinente para evaluar sus ma-
nifestaciones tempranas es la dirección general en la que avanzan,
antes que el destino al que conducen.
Como lo ha sostenido Erik Olin Wright, al examinar el pro-
blema de la transición a formas de organización económica igua- [43]
litarias y democráticas, esta aproximación equivale a:
… salir de viaje sin un mapa del camino ni una descripción
del destino, sino simplemente con una regla de navegación que
indica si se está avanzando en la dirección correcta y qué tan
lejos se ha llegado. Esto es obviamente menos satisfactorio que
tener un mapa comprehensivo, pero es mejor que un mapa
trazado pensando con el deseo y que da un falso sentido de
certeza sobre el punto de llegada. (2004; 17)
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

Desde esta perspectiva más amplia, se torna visible una gama


extensa de propuestas, programas y experimentos en curso, y se
hace posible analizar y evaluar la medida en que los actores de
la izquierda ofrecen hoy alternativas al neoliberalismo. En lugar
de un destino fijo (el posneoliberalismo, el socialismo, etc.), un
criterio analítico más útil consiste en determinar hasta qué punto
dichas iniciativas económicas van en la dirección de valores eco-
nómicos ampliamente reconocidos por la propia izquierda, como
la disminución de la desigualdad entre clases y entre países, la
democracia económica y la sostenibilidad ambiental.
La profundidad y radicalidad de estas reformas son variables,
y dependen del contexto económico y social en que tienen lugar.
Algunas buscan el alivio inmediato de necesidades básicas insa-
tisfechas por los programas neoliberales; por eso con frecuencia
operan como complementos de éstos. Las políticas sociales des-
tinadas a los sectores más pobres –por ejemplo, los programas
de lucha contra el hambre en los barrios de invasión de las me-
galópolis gobernadas por la izquierda– son ejemplos de este tipo
de alternativa. Otras iniciativas –por ejemplo, la renegociación
de la deuda argentina bajo el gobierno de Kirchner– implican
una ruptura con algunos de los pilares del neoliberalismo, en
tanto que un tercer grupo de alternativas –como la gestión di-
recta de las empresas públicas por parte de los consumidores y
ciudadanos como alternativa a la privatización– tiene rasgos
poscapitalistas, en la medida en que se basa en el control comu-
nitario de la producción y el gobierno de las unidades produc-
tivas, como lo ilustra la experiencia de la Coordinadora por el
Agua y por laVida de Cochabamba (véase Olivera, 2004, y García
Linera, 2004).
Como lo anota Armando Bartra en su capítulo, analizar y
[44] evaluar estos tres tipos de experiencias basándose en el contras-
te tajante entre reforma y revolución de la izquierda del siglo
xx pierde de vista no sólo los diferentes contextos en que ellas
tienen lugar, sino la existencia de un terreno intermedio –el de
las “reformas no reformistas” (Gorz 1964)–, en el que se ubican
varias de estas alternativas al neoliberalismo. Este tipo de refor-
ma busca tanto la mejoría inmediata en las condiciones de vida
de los sectores populares como el fortalecimiento de la capacidad
¿La utopía revivida?

política y el poder de decisión de éstos para mantenerlas y pro-


fundizarlas.
La conversión del presupuesto participativo del pt en Por-
to Alegre en un ícono de los gobiernos locales de izquierda, y
el interés que este modelo ha suscitado en la teoría y la ciencia
política internacionales se explica por el hecho de que al com-
binar el aumento del gasto social, el incremento del recaudo de
impuestos, la redistribución del ingreso, la eficiencia adminis-
trativa y el empoderamiento de la ciudadanía en general y de
los sectores pobres en particular, el presupuesto es posiblemente
el ejemplo exitoso más claro de reformas no reformistas empren-
didas por las administraciones de izquierda (Santos 2003a, y Fung
y Wright, 2003). Como lo ilustra la evolución del presupuesto par-
ticipativo de Porto Alegre, este tipo de reformas enfrenta fuertes
resistencias de las élites económicas y políticas, de tal forma que
su éxito ha radicado en desplazar su poder de decisión hacia las
organizaciones populares y la sociedad civil organizada, siempre
con la tutela y la coordinación de un aparato estatal proactivo
(Baierle, 2001).
Con estas perspectivas analíticas, los autores de los siguientes
capítulos destacan numerosos ejemplos de políticas e iniciativas
que ofrecen diversos tipos de alternativas económicas, entre los
cuales nos limitamos a mencionar algunos de los más promi-
nentes. En la escala local, los gobiernos de izquierda en ciudades
como Bogotá, Porto Alegre, Montevideo, Ciudad de México,
San Pablo y Caracas han revivido el tema de lo social, marginado
en la era neoliberal, y, en consecuencia, han introducido cambios
importantes en la política fiscal y social municipales.
En este ámbito es notorio el efecto de las administraciones
petistas sobre el resto de los gobiernos locales de izquierda (Gold-
frank, 2004). De ahí que se hayan difundido por toda la región [45]
programas similares al de Hambre Cero, los presupuestos parti-
cipativos, los subsidios a las madres que garanticen la asistencia
de sus hijos menores de edad a la escuela, el aumento del gasto
en educación y la democratización de los servicios de salud intro-
ducidos en Brasil por los gobiernos municipales del pt (véase
capítulo 2).
También en la escala local sobresalen experiencias impor-
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

tantes fomentadas por movimientos sociales, entre las que se


encuentran la ya mencionada gestión comunitaria del agua en
Cochabamba, la gestión cooperativa de las empresas ‘recupera-
das’ por trabajadores y piqueteros tras la quiebra empresarial
masiva de Argentina en 2001, el manejo sustentable de los recur-
sos naturales en los territorios indígenas, y diversas experiencias
del movimiento internacional de ‘comercio justo’, que involu-
cran a comunidades de pequeños agricultores y sindicatos de la
región con redes internacionales de activistas y consumidores.
En la escala nacional, signos tempranos de posneoliberalismo
son visibles en algunas de las políticas sociales del pt: de acuerdo
con Avritzer, en esta dirección se encaminan las reformas edu-
cativa, agraria y urbana del gobierno de Lula. Una ruptura más
abierta con el neoliberalismo, motivada por la profundidad de
la crisis argentina, es evidente en el gobierno de centroizquierda
de Kirchner, como lo muestra su decisión de aplazar el pago a
los acreedores internacionales y dar prioridad al gasto social y a
la reactivación de la economía doméstica, y contradecir así fron-
talmente las recomendaciones del fmi tras la crisis.
En Venezuela, la reestructuración del manejo de las rentas
petroleras y la considerable expansión de los programas sociales
van también en contravía del Consenso de Washington y de las
políticas de gobiernos anteriores. Sea cual fuere el desenlace de
éstos y otros gobiernos de izquierda, las señales iniciales ya per-
miten vislumbrar que así como no existe una sola variedad de
capitalismo o de neoliberalismo, las alternativas emergentes son
igualmente diversas. Dados sus diferentes puntos de partida, ín-
dices de desarrollo económico, posición en la economía global
y estructura institucional, los países que han girado a la izquier-
da recorren rutas diversas, cuyos resultados no son predecibles
[46] de antemano. Esto último es ilustrado por el desempeño econó-
mico reciente de Argentina y Brasil. A pesar del vaticinio de la
prensa financiera internacional del éxito de la ruta más ortodoxa
de Lula y el seguro fracaso de la ruta heterodoxa de Kirchner, en
ambos países el crecimiento ha sido positivo bajo los dos gobiernos,
y especialmente vigoroso en Argentina, que rebotó de la crisis
gracias a un crecimiento anual del 8% en 2003 y 2004.
Finalmente, en las escalas regional y global las alternativas
destacables incluyen la política internacional proactiva del gobier-
¿La utopía revivida?

no de Lula de promover bloques regionales y globales sur-sur


para modificar las reglas de juego de la economía internacional.
Entre las iniciativas regionales se encuentra la oposición brasi-
leña a la propuesta inicial de un Área de Libre Comercio de las
Américas (alca) con cláusulas desfavorables para los países lati-
noamericanos, las propuestas de fortalecimiento del Mercado
Común del Sur (Mercosur) y la promoción de un nuevo Con-
senso de Buenos Aires, firmado con el gobierno Kirchner, en
2003, que recoge parámetros muy generales de alternativas al
Consenso de Washington. Por último, entre las iniciativas glo-
bales se encuentra el esfuerzo en curso por fortalecer el poder
de negociación del sur global en la Organización Mundial del
Comercio (omc), mediante alianzas como la intentada por el lla-
mado Grupo de los 22, en la cumbre de la omc en Cancún, en
2003.

La nueva izquierda y la democracia


Los escándalos de corrupción y el deterioro de las condicio-
nes económicas y sociales a lo largo y ancho de la región genera-
ron una crisis de legitimidad de las nuevas y viejas democracias
de la región en las últimas dos décadas. Producto de la crisis fue
el debilitamiento de partidos seculares, que hasta los años noventa
dominaban férreamente los sistemas electorales: el Partido Revo-
lucionario Institucional (pri), en México: la Alianza Democrática
y el copei, en Venezuela, y los partidos Liberal y Conservador,
en Colombia.
El espacio político abierto de esta manera a los nuevos mo-
vimientos y partidos de izquierda –cuyas protestas populares y
estrategias electorales fueron decisivas para la creación de dicho
espacio– puso de nuevo en la agenda de las fuerzas progresistas
un problema que causó profundas divisiones en el seno de la vieja [47]
izquierda: la democracia. Por un lado, al influjo del marxismo
se habían sumado la lectura de los aportes gramscianos y de Rosa
Luxemburgo para conformar en América Latina una tradición
de democracia radical que inspiraba agendas de participación
igualitaria y libre tanto en la esfera política como en la esfera
económica.
Por otro, la difusión del vanguardismo leninista y el efecto
de demostración de la experiencia estalinista dio lugar al rechazo
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

de las llamadas ‘formas democráticas’ o la ‘democracia solamen-


te formal’ entre sectores influyentes de la vieja izquierda. Para
éstos, como lo señala Luis Tapia en su capítulo, al comentar la
actitud dominante en la izquierda boliviana hasta los años setenta,
la democracia liberal era o bien una forma de organización
política de la clase capitalista, o bien una estación en la ruta hacia
el socialismo.
A finales de siglo, dos eventos históricos cambiaron el balance
de fuerzas en el interior de la izquierda en favor de la tradición
de la democracia radical. El primero, ya comentado, fue el fin
del socialismo real y el ocaso de la vía revolucionaria. Con éste,
se afianzó el giro iniciado en los años ochenta hacia el reempla-
zo de la idea de revolución por la idea de democracia como con-
cepto central del ideario político de la izquierda (Weffort, 1984,
y Lechner, 1988). El segundo fue la experiencia de la oposición
contra las dictaduras militares de derecha en varios países del
continente, en la que los partidos y militantes de izquierda tu-
vieron un papel protagónico. De hecho, algunos de los partidos
más consolidados de la nueva izquierda, como el pt y el Frente
Amplio uruguayo, tienen sus raíces en la lucha contra los go-
biernos autoritarios y el retorno de la democracia, emprendida
por sus militantes desde el exilio o desde las organizaciones de
derechos humanos, los sindicatos, las guerrillas o los círculos
intelectuales locales (véanse capítulos 2 y 4).
A medida que el retorno a la democracia se convirtió en el
elemento de cohesión político e ideológico de la izquierda, las
teorías y los programas de los movimientos y partidos que ven-
drían a conformar la nueva izquierda extendieron la crítica del
autoritarismo de derecha a la crítica del autoritarismo tout court
(Lechner, 1988). Incluso tras la transición a la democracia libe-
[48] ral en casi todo el continente, el legado de este giro de la izquier-
da es patente en su defensa de las garantías civiles en contextos
de gobiernos con inclinaciones autoritarias. Por ejemplo, la nueva
izquierda colombiana ha sido la cabeza visible de la oposición a
los múltiples intentos del gobierno de Álvaro Uribe por suspen-
der o debilitar las garantías individuales consagradas en la Cons-
titución de 1991 (véase capítulo 5).
En la práctica, el giro hacia la profundización de la demo-
cracia se ha desarrollado en dos frentes. En relación con la de-
¿La utopía revivida?

mocracia representativa, el ascenso de varios partidos ha estado


ligado a su papel de promotores o garantes de las reglas del jue-
go democrático. El pt, por ejemplo, pasó de ser un partido local
minoritario a ser una fuerza electoral con poder nacional en
buena parte, gracias a su papel protagónico en el proceso parla-
mentario de destitución de Fernando Collor de Mello por co-
rrupción a comienzos de los años noventa. El Partido de la
Revolución Democrática (prd) mexicano, por su parte, abrió
el camino para el saneamiento del sistema electoral mexicano
tras el escándalo producido por el fraude del pri en los comicios
presidenciales de 1988, en las que Cuahutémoc Cárdenas, can-
didato del prd, había resultado ganador. Hoy en día, incluso los
partidos contra los que se elevan cargos frecuentes de antide-
mocracia, como el Movimiento Quinta República de Hugo
Chávez o el Movimiento al Socialismo (mas) de Evo Morales,
participan rutinariamente en los comicios, y con ello –según el
análisis de Lander y Tapia en sus respectivos capítulos– han sos-
tenido sistemas electorales que de otra forma habrían podido
sucumbir bajo el peso del desprestigio de los partidos tradicio-
nales.
El segundo frente son las experiencias y propuestas en rela-
ción con la democracia participativa, que se ha convertido en
un tema central en el ideario y los programas de los movimien-
tos y partidos de izquierda (Santos 1999 y 2003b). En las teorías
e instituciones de democracia participativa, en efecto, confluye
la profundización de la democracia con otro de los rasgos dis-
tintivos de la nueva izquierda: la revitalización de la sociedad civil
y su articulación con el Estado.
Ya hemos señalado la forma como los presupuestos partici-
pativos y otras formas de involucramiento de los ciudadanos en
las administraciones municipales condensan estos rasgos. Otros [49]
experimentos y propuestas ilustran la misma tendencia. Algu-
nas están firmemente establecidas –por ejemplo, las juntas de
buen gobierno en los territorios zapatistas y los consejos comu-
nitarios en la región cochabambina boliviana–, mientras que
otras son más tentativas o fugaces, como las asambleas populares
que canalizaron el descontento de los argentinos frente al sistema
de representación política. En uno y otro caso se trata de expe-
riencias que tienen lugar en la escala local, dadas las limitaciones
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

logísticas de la participación ciudadana directa. De ahí que, junto


a la promoción de la democracia radical, un frente emergente
en las agendas de la izquierda es la articulación entre la demo-
cracia participativa local y la democracia representativa nacional,
como lo ilustra la campaña de los movimientos sociales y el mas
boliviano por convocar una Asamblea Constituyente que esta-
blezca un nuevo mapa institucional que integre elementos de
una y otra (véase capítulo 8).
La incorporación de la democracia en los programas de la
izquierda, sin embargo, está lejos de ser unánime y pacífica.Tres
puntos de tensiones y controversia son evidentes en los estudios
de caso. En primer lugar, varios de los movimientos sociales más
prominentes tienen reservas profundas frente al potencial trans-
formador de las instituciones de la democracia representativa.
Pablo Dávalos, por ejemplo, ilustra con detalle el recelo del mo-
vimiento indígena ecuatoriano frente a los canales de represen-
tación existentes, que en numerosos episodios cercanos –en
especial la Asamblea Constituyente de 1998– han terminado por
reforzar el dominio de las élites políticas, étnicas y económicas.
Reservas similares son detectables en los movimientos campe-
sino e indígena bolivianos, cuya experiencia reciente enseña que
la movilización y la democracia directas han sido más eficaces
que los intentos por reformar las instituciones de representación
política.8

8
Esto no significa, sin embargo, que los movimientos sociales, en ge-
neral, y el movimiento indígena, en particular, sean antidemocráticos,
como lo han sostenido sus críticos de derecha (véase, por ejemplo,
[50] Vargas Llosa, 2003). Por el contrario, como lo ha señalado Dagnino,
las tensiones de los nuevos movimientos sociales con la democracia
representativa radica en que aquéllos “trascienden los límites tanto de
las instituciones políticas tradicionales como de la ‘democracia real-
mente existente’ [… de tal forma que] su punto básico de referencia
no es la democratización del régimen político sino de la sociedad como
un todo” (1998; 47). Esta concepción es evidente, por ejemplo, en el
movimiento indígena ecuatoriano que, según Dávalos, se ha centra-
do, antes que en la búsqueda de la representación política, en el fin
más amplio de promover la participación política (véase capítulo 9).
¿La utopía revivida?

En segundo lugar, la aplicación del principio democrático


a las estructuras de los propios partidos y organizaciones de iz-
quierda ha sido desigual. Mientras que unos pocos partidos como
el Frente Amplio uruguayo escogen sus candidatos en elecciones
primarias democráticas, los más continúan dominados por van-
guardias o figuras que recuerdan la izquierda de antaño. Por
ejemplo, el debilitamiento y reiteradas derrotas electorales del
Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln) en Nicaragua,
otrora ícono de la izquierda latinoamericana, se explica en buena
medida por la ausencia de democracia y renovación internas,
ligadas al dominio del partido por la figura histórica de Daniel
Ortega (Rocha, 2004). Del lado de los movimientos sociales, ya
hemos indicado las discusiones y los riesgos de la oenegeización
de algunos de ellos, con el consecuente predominio de los cua-
dros profesionales sobre las bases en las decisiones estratégicas
fundamentales.
Finalmente, el tema del respeto a las instituciones democrá-
ticas predomina en la intensa controversia, dentro de la izquier-
da y fuera de ésta, sobre la ‘revolución bolivariana’ en Venezuela.
Como lo ha indicado Fernando Coronil (2004), en la Venezue-
la contemporánea existen dos visiones especulares sobre el asun-
to: mientras que para los partidarios del gobierno la democracia
empezó con la revolución de Chávez, tras décadas de manipula-
ción de las instituciones por parte de los partidos tradicionales,
para sus detractores el gobierno clausuró los pesos y contrapesos
democráticos para inaugurar un Estado autoritario. En su capí-
tulo, Edgardo Lander documenta esta “ruptura cognitiva” entre
los dos sectores y ofrece elementos de análisis que cuestionan
el protagonismo de las Fuerzas Armadas en el gobierno, al tiempo
que refuta la imagen de la revolución bolivariana como una
ruptura con las instituciones democráticas (véase también López [51]
Maya, 2004).

Los actores de la nueva izquierda:


movimientos, partidos y gobiernos
Tras examinar el significado, origen, rasgos y tensiones cen-
trales de la nueva izquierda, cerramos nuestro balance introducto-
rio con una breve alusión a los tres tipos de actores de las historias
contenidas en los capítulos empíricos: los movimientos socia-
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

les, los partidos de izquierda y los gobiernos a los que éstos han
accedido.9 Dado que a lo largo de las páginas anteriores nos
hemos referido a cada uno de ellos y hemos ilustrado sus inicia-
tivas y programas en los países escogidos, en lo que sigue nos
concentramos en la tarea específica de examinar las relaciones
entre estas tres formas políticas. De esta manera, intentamos des-
agregar la categoría general de la nueva izquierda en sus com-
ponentes, para mostrar cómo sus diferentes lógicas políticas y
los contextos nacionales en que actúan dan lugar a relaciones
de complementariedad o contradicción entre movimientos, par-
tidos y gobiernos que ayudan a explicar las características y las
perspectivas de la izquierda en cada país.
Los movimientos sociales son la principal novedad de la nue-
va izquierda en varios de los países analizados. Como lo muestra
Federico Schuster, la renovación de la izquierda tras el giro del
peronismo al neoliberalismo bajo Menem corrió por cuenta de
los cacerolazos de piqueteros, de los ahorristas, de los sindicalis-
tas y de los asambleístas que salieron a las calles a protestar, a de-
liberar y a exigir que se fueran todos. En México, en palabras
de Bartra, “la izquierda más promisoria está en la calle”, en las
protestas de los granjeros endeudados, en los campesinos arrui-
nados, en los desempleados crónicos y en los sindicalistas sobre-
vivientes. En Bolivia se encuentran los movimientos sociales más
robustos y organizados de la región, capaces de ejercer presión
directa sobre el curso de los gobiernos y la economía, en tanto
que en Ecuador el poder de presión del movimiento indígena
ha sido comprobado por dos presidentes depuestos. Incluso en
los casos en los que los partidos dominan el espectro de la iz-
quierda, la presión de base de los movimientos sociales ha sido
determinante, como lo muestra el papel central del sindicalis-
[52]
9
Estos tres tipos de actores, por supuesto, no agotan el elenco de la
izquierda latinoamericana. A ésta pertenecen también una gama de
actores –por ejemplo, las ong progresistas, la intelectualidad de izquier-
da, etc.– que no están afiliados a ningún partido, gobierno o movi-
miento (Castañeda, 1993). Sin embargo, dado que éstos son los
protagonistas de las historias presentadas en los capítulos siguientes,
en esta sección nos concentramos en ellos.
¿La utopía revivida?

mo brasileño en el ascenso del pt y las relaciones históricas de


éste con el Movimiento de los Sin Tierra.
Más allá de los detalles de las experiencias nacionales, para
los propósitos específicos de esta sección resaltamos cuatro rasgos
comunes a los casos estudiados. En primer lugar, como lo señala
Borón en su comentario, las resistentes estructuras políticas y
económicas latinoamericanas han cedido sólo ante la realidad o
la posibilidad inminente de movilización popular masiva. Esto
explica que las perspectivas de la izquierda sean más promisorias
en los países con movimientos sociales fuertes –como Bolivia o
Brasil– y sean más inciertas en países donde, por razones históri-
cas, los movimientos sociales han sido más frágiles, como
Colombia.
En segundo lugar, existe una notable convergencia en la
evolución de las reivindicaciones de los movimientos sociales
en los diferentes países. Se trata, en general, de un cambio que
va de las reivindicaciones de privilegios de grupos específicos
(por ejemplo, sindicatos de industria, campesinos, transportistas,
etc.) a reivindicaciones más universales, basadas en el concepto
de ciudadanía o en la defensa de derechos fundamentales. Entre
otros casos, esta tendencia es observable en Argentina –donde
Schuster documenta el paso de las protestas de matriz sindical a
las protestas de matriz ciudadana–, Brasil –donde ha tenido lugar
el mismo giro hacia las reivindicaciones ciudadanas (Dagnino,
1998)– y Colombia –donde, a pesar de la violencia contra los
miembros de movimientos sociales, éstos han avanzado en la mis-
ma dirección y han alcanzado una visibilidad sin precedentes en
la historia reciente del país (véase Rodríguez Garavito en este
volumen y Archila, 2004)–.
En tercer lugar, los movimientos de la región han experimen-
tado un prolongado “ciclo de protesta” (Tarrow, 1998), iniciado [53]
con las movilizaciones contra las privatizaciones a comienzos de
los años noventa y continuado con las movilizaciones de aho-
rristas, desempleados y clases medias afectados por la segunda
ola de los programas de ajuste estructural a comienzos del pre-
sente siglo. Inicialmente dirigido contra las reformas neoliberales,
el ciclo de protestas se ha ampliado para comprender la movili-
zación contra los actores políticos tradicionales responsables de
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

dichas reformas, como lo muestra con especial claridad la ex-


plosión de protesta argentina en los últimos diez años.
Finalmente, como ya lo indicamos, las bases sociales de los
movimientos viejos y nuevos se han diversificado. Junto con el
fortalecimiento de movimientos, como los de los indígenas,
afrodescendientes y trabajadores rurales sin tierra, la novedad de
la protesta social reciente radica en que los movimientos de clase
han incluido sectores tradicionalmente no comprendidos den-
tro del sindicalismo, como los desempleados y los trabajadores
del sector informal (véase Schuster en este volumen).
En relación con los partidos y gobiernos, en la sección ante-
rior ya indagamos los imperativos y dilemas de su lógica electoral
en relación con los dos temas fundamentales que enfrentan: la
formulación de alternativas al neoliberalismo y el mantenimiento
y profundización de la democracia. En cuanto partidos de iz-
quierda, como se sigue del trabajo clásico de Przeworski (1985)
sobre el tema, están sujetos a la necesidad de ofrecer programas
que atraigan los votos no sólo de los potenciales beneficiarios de
sus propuestas redistributivas entre los sectores populares, sino
de votantes de centro e incluso centroderecha que se encuentran
en las clases medias y altas.
El difícil balance entre la izquierda y el centro ha sido facili-
tado en recientes comicios por el crecimiento del “voto de opi-
nión” que se ha inclinado por nuevas figuras políticas –entre ellas
los de los nuevos partidos de izquierda– como forma de pro-
testa contra la política tradicional. Esto explica, por ejemplo, el
triunfo sin precedentes de Luis Eduardo Garzón en las eleccio-
nes a la alcaldía de Bogotá en 2003 (véase capítulo 5). En cuan-
to gobiernos, como ya se indicó, el acto de equilibrismo de los
partidos de izquierda consiste en ejecutar los programas prome-
[54] tidos que marcan la diferencia con el centro y la derecha, pero
dentro de las restricciones económicas y políticas, nacionales e
internacionales, que tienden a hacerlos gravitar hacia el centro.
Varios de los estudios de caso muestran que, en la práctica,
los partidos de izquierda han seguido una ruta común para cons-
truir su capacidad política y reducir las dificultades de las dis-
yuntivas que enfrentan. Se trata de una estrategia de escalas que
va de avances en los ámbitos local y provincial a victorias elec-
torales en el ámbito nacional. Como lo han documentado los
¿La utopía revivida?

estudiosos de los gobiernos locales de izquierda, éstos han sido


invariablemente los puntos de apoyo para el lanzamiento de
candidaturas y plataformas políticas nacionales (Chavez y
Goldfrank, 2004, y Stolowicz, 1999). Los ejemplos más promi-
nentes son, de nuevo, el del Frente Amplio, que construyó su
prestigio nacional basándose en quince años de gobierno de
Montevideo, previos a su ascenso al poder nacional en 2005, y
el de la llegada del pt a la Presidencia, tras más de diez años de
gobiernos exitosos en ciudades como Porto Alegre, Belo Hori-
zonte, Fortaleza y San Pablo.
¿Cuáles son las relaciones entre los diferentes componentes
del espectro de la izquierda? Los movimientos, los partidos y los
gobiernos tienen lógicas y restricciones distintas que pueden dar
lugar a diversas relaciones de colaboración o de enfrentamiento.
Un primer escenario para la izquierda consiste en la presencia
y articulación de protestas populares dinámicas, y partidos y go-
biernos sólidos. En este escenario, los primeros suministran la
presión de base necesaria para que los segundos lleven a cabo sus
programas y no graviten hacia el centro, en tanto que los parti-
dos actúan como instancias de articulación ideológica y estraté-
gica, y los gobiernos impulsan desde el Estado las reformas que
cumplen los programas de partidos y movimientos y crean posi-
bilidades para su profundización.
Al inicio de la Presidencia de Lula, la izquierda brasileña era
la más cercana a este complejo modelo. Sin embargo, en la prác-
tica los dos primeros años de gobierno estuvieron marcados por
una escasa movilización social y una consecuente timidez del
pt en la ejecución de sus programas de gobierno. Dada la forta-
leza de los movimientos sociales bolivianos y su articulación cre-
ciente con un mas en ascenso electoral, es posible que Bolivia
se acerque en un futuro cercano a este modelo. El escenario [55]
opuesto está conformado por movimientos frágiles, así como por
partidos debilitados y sin capacidad de gobernar. En el medio,
por supuesto, existen combinaciones diversas a las que se acerca
la mayoría de las izquierdas nacionales estudiadas, desde las domi-
nadas por los partidos (como la colombiana) hasta las dominadas
por los movimientos (como la ecuatoriana).
Más allá de los detalles de las combinaciones particulares en
cada país, las relaciones entre movimientos, por un lado, y par-
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

tidos y gobiernos, por el otro, han sido uno de los polos más
dinámicos de discusión política y teórica en el interior de la
nueva izquierda. Así, algunos movimientos y teóricos políticos,
inspirados en la experiencia zapatista, han desarrollado una po-
sición basista, centrada en la autogestión local que se declara
antipolítica en cuanto no busca la toma del poder estatal.
Como lo ha afirmado John Holloway, desde este punto de
vista, la novedad de la izquierda contemporánea radica en “el
proyecto de cambiar el mundo sin tomar el poder” (2001; 174).
Esto implica una estrategia que va “más allá de la ilusión estatal
[…], el paradigma que ha dominado el pensamiento de la iz-
quierda por más de un siglo [y] que coloca al Estado en el cen-
tro del concepto de cambio radical” (Holloway, 2000; 46). En
lugar de la competencia partidista y el gobierno, el foco político
y teórico de esta vertiente de la nueva izquierda se encuentra
en la movilización permanente de base sin conexión con la po-
lítica electoral. El actor privilegiado de esta izquierda es, por lo
tanto, el movimiento social autónomo y rebelde, capaz de presio-
nar por cambios desde la base. Estos movimientos, además, es-
tarían articulados directamente con contrapartes internacionales
que conforman una red de resistencia global que esquiva la in-
termediación de los Estados nacionales (Hardt y Negri, 2004).
También se encuentran aquellos quienes, estando de acuer-
do con la crítica al estatismo de la nueva izquierda, recalcan la
importancia del poder estatal para el avance de los programas
de este sector (Bartra, 2003, y Borón, 2001). La antipolítica vol-
cada hacia la autogestión local y la movilización, de acuerdo con
esta visión, guarda un paralelo con la propuesta neoliberal de
minimizar el Estado y, por lo tanto, entregar el terreno electoral
a las agendas de centro y de derecha. Desde esta perspectiva, los
[56] partidos y los gobiernos son tan importantes como siempre, y
están por lo menos en pie de igualdad con los movimientos
sociales en la conformación de la nueva izquierda.
El debate entre estas posiciones y entre los actores privile-
giados por una y otra atraviesa las nuevas izquierdas latinoame-
ricana y global y continúa produciendo contrastes entre teorías
y organizaciones de base movimentistas –como el influyente tra-
bajo de Zibechi (2003) sobre los piqueteros– y visiones y orga-
¿La utopía revivida?

nizaciones partidocentristas o estadocentristas (véase Mertes,


2002). Los capítulos de Bartra, Santos y Borón intervienen en
esta discusión, y a ellos remitimos al lector. A nuestra manera de
ver, los hallazgos empíricos de los siguientes capítulos sugieren
que el grueso de los actores y analistas de la izquierda asumen
una posición pragmática que ve las relaciones entre movimientos,
partidos y gobiernos como variables dependientes del contexto
político y la historia de la izquierda de cada país. En este sentido,
como lo sostiene Santos en su capítulo, el debate planteado en
términos de una elección tajante entre acción institucional y ac-
ción extrainstitucional –o entre partidos y movimientos, o entre
el poder estatal o el poder comunitario como objetivos de las
luchas sociales– es con frecuencia un pseudodebate. De allí que
en las páginas siguientes se haga igual relieve en gobiernos, par-
tidos y movimientos, como explicamos en la siguiente sección
al presentar la organización del resto del volumen.

Estructura del libro


De acuerdo con los objetivos, temas y actores centrales des-
critos en este capítulo, el resto del volumen está organizado en
tres partes. La primera se concentra en los partidos y examina
las cuatro experiencias contemporáneas más prominentes de
gobierno nacional y local de partidos de izquierda en la región.
En el capítulo 2, Leonardo Avritzer rastrea los orígenes del pt
brasileño en los años ochenta y su ascenso electoral en las esca-
las municipal y nacional en la década de los noventa. Avritzer se
centra luego en el examen del desempeño de las alcaldías del
pt –haciendo hincapié en su componente de democracia par-
ticipativa– y en los logros, limitaciones y tensiones del gobierno
de Lula y la forma como la llegada al poder nacional ha influi-
do en la agenda política y económica del pt. [57]
En el capítulo 3, tras documentar las raíces históricas de la
crisis del sistema bipartidista venezolano y la llegada al gobier-
no nacional del Movimiento Quinta República, Edgardo Lander
muestra cómo dicha trayectoria política y social ayuda a expli-
car el respaldo de los sectores populares al gobierno de Hugo
Chávez. Al examinar las políticas y cambios institucionales del
gobierno de Chávez, Lander indaga la medida en que ellas han
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

ofrecido alternativas al neoliberalismo y la forma como han sido


marcadas por una profunda y creciente polarización social y
política.
En el capítulo 4, Daniel Chavez se remonta a los orígenes
del Frente Amplio uruguayo, a comienzos de los años setenta, y
repasa su papel en la resistencia a la dictadura de 1973-1984 y su
consolidación y llegada al poder en Montevideo, en 1989. Tras
ofrecer un estudio detallado de la gestión del Frente en la Al-
caldía de la capital, Chávez examina el camino hacia la llegada
a la Presidencia, en 2005, y los dilemas y tensiones que el go-
bierno nacional implica para el Frente.
En el capítulo 5, César Rodríguez analiza los factores polí-
ticos, económicos y sociales que explican el surgimiento y as-
censo electoral de una nueva izquierda en Colombia desde finales
de la década de los noventa. Hecho esto, Rodríguez se detiene
en el estudio de la composición, las perspectivas y las propues-
tas de la nueva izquierda, haciendo hincapié en aquéllas relati-
vas a la política económica y el conflicto armado interno.
En la segunda parte se estudian los casos en los que la reno-
vación de la izquierda ha corrido fundamentalmente por cuen-
ta de los movimientos sociales. Para ello se estudia la nueva
izquierda de los cuatro países de la región en los que la movili-
zación social ha sido más dinámica y continuada desde los años
noventa. En el capítulo 6, Federico Schuster revisa la historia
de la izquierda y el sistema político argentinos del siglo xx y se
centra en el ciclo de protestas con el que abrió la nueva centu-
ria, que tuvo lugar alrededor de la crisis económica de finales
de 2001. Schuster examina la composición y agendas de los nue-
vos movimientos sociales argentinos y la forma como, bajo el
influjo de éstos, las políticas del gobierno de Néstor Kirchner
[58] ha adoptado una orientación de centroizquierda.
En el capítulo 7, Armando Bartra rastrea la singular historia
de la institucionalización de la izquierda mexicana tras la revolu-
ción de 1910 y documenta sumariamente sus avatares durante
el siglo xx. Contra este telón de fondo, Bartra se concentra en
el movimiento zapatista y en los movimientos indígena y cam-
pesino, a la vez que examina la evolución reciente de la izquierda
partidista encarnada en el prd.
¿La utopía revivida?

En el capítulo 8, Luis Tapia estudia la transformación de la


izquierda boliviana y muestra cómo, a partir de los años setenta,
la democracia y la defensa de la autonomía cultural y política
indígena pasaron a ser parte central de su agenda.Tapia pone el
relieve en el protagonismo y en el poder de movilización cre-
cientes de los sindicatos campesinos y cocaleros, al igual que su
articulación en movilizaciones, en la llamada “guerra del agua”
en Cochabamba y en campañas electorales en las que los partidos
de izquierda (en especial el mas) han incrementado su votación.
En el capítulo 9, Pablo Dávalos documenta el levantamien-
to indígena ecuatoriano desde comienzos de los años noventa
y la forma como el movimiento indígena, articulado principal-
mente en la Conaie y en el partido Pachakutik, ha transforma-
do el panorama político del país. Dávalos se concentra en las
difíciles relaciones del movimiento indígena con el sistema po-
lítico ecuatoriano –incluidos los partidos de izquierda tradicio-
nales–, cuyas reglas de juego continúan cerrando el espacio a
las reivindicaciones indígenas.
Finalmente, la tercera parte compensa la división por países
y el enfoque empírico de las dos partes anteriores a través de
dos comentarios que ofrecen una mirada de conjunto y con
mayor vuelo teórico sobre la nueva izquierda latinoamericana.
En el capítulo 10, Atilio Borón indaga por las razones del resur-
gimiento de la izquierda a lo largo y ancho de la región, y se
ocupa de dos problemas centrales de la nueva izquierda, que
mencionamos en líneas anteriores: la formulación de alternati-
vas al neoliberalismo y la relación entre la izquierda y la demo-
cracia. En el capítulo 11, Boaventura de Sousa Santos cierra el
libro con una reflexión general sobre la nueva izquierda lati-
noamericana y mundial. Santos examina, entre otros temas, la
necesidad de una nueva conexión entre teoría y práctica en la [59]
izquierda contemporánea, los debates productivos e improduc-
tivos dentro de ésta, los puntos de contacto entre la pluralidad
de movimientos y partidos, y el papel del fsm como espacio aglu-
tinador de la izquierda mundial.
César A. Rodríguez Garavito / Patrick S. Barrett

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