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APUNTES SOBRE EL ACOSO PSICOLÓGICO

Miguel Barón Duque


Diciembre de 2.002

Del acoso psicológico.

El acoso psicológico se ha convertido actualmente en el medio de agresión por


excelencia de nuestra "civilizada sociedad" ya que permite que sujetos sin medida
de su ambición o del propósito de sus acciones puedan seguir ejerciendo la
violencia amparados en la impunidad que les puede facilitar la manifiesta falta de
claridad en la reglamentación jurídica, la escasez de jurisprudencia o la errónea
creencia generalizada de que al ser los daños psicológicos difícilmente
demostrables a primera vista, son más subjetivamente evaluables y por ello no tan
graves como pudiera ser una lesión o un trauma físico.

En realidad esos son los puntos que amparan al acosador psicológico, la dubitativa
respuesta de los llamados a ser responsables ejercer el poder público (legislativo,
ejecutivo y judicial) y la poca o escasa demanda de la sociedad en su conjunto de
situar al mismo nivel de importancia el trauma físico, psicológico e incluso social,
cuando en realidad son tres elementos que interaccionan de igual forma para
lograr el bienestar de la persona, en definitiva su salud (O.M.S. 1947).

La pretendida ausencia de conexión entre la agresión psicológica y sus lesiones


proporciona un perfecto manto de invisibilidad al sujeto, al que cada vez le cuesta
más usar los clásicos métodos de agresión física, ya que dejan una evidente huella.

Al igual que la actividad física va dejando paso, con el avance de las nuevas
tecnologías (informática, robótica, TIC.), a una actividad caracterizada por la
toma de decisiones, que no por ello proporciona un clima laboral mas humano; la
naturaleza de los sujetos agresivos, intransigentes y egoístas encuentra una valiosa
válvula de escape en la agresividad psicológica y con ella la satisfacción de sus
necesidades opresoras, dañinas y no pocas veces de compensación de su esquizoide
incapacidad de disfrutar sin destruir todo lo que les rodea.

Asistimos, somos testigos de una perversa y peligrosa evolución de la violencia en


los más diversos contextos -familiar, social, laboral, etc.- (Informe Anual de
Amnistía Internacional, 2002) y cuando llega el momento de actuar con nuestro
nivel de responsabilidad para mitigar la agresión psicológica con la que
tropezamos o en la que nos vemos involucrados, utilizamos para no complicarnos,
exactamente los mismos argumentos que protegen al ser violento y agresivo, los
mismos esquemas que sostienen el acosador: "la hipotética ausencia de una
evidencia contingente entre la agresión y la lesión" que pueda actuar en nuestro
descargo y que facilite la condena del sujeto (persona o grupo) que causa el daño
como si no fuéramos nosotros sino las circunstancias de evidencia, las que toman la
decisión de parar al acosador. Se podría decir que en el fondo se termina
premiando a la figura violenta con la impunidad, mientras la victima se queda con
su lesión, con su vida gravemente trastornada y sin recursos a los que acceder para
terminar con su martirio.
Podemos preguntarnos entonces si esta facilitación del acoso psicológico, esta
permisividad social y legal, es por falta una evidencia que relacione el sufrimiento
de la víctima con las acciones de la figura que ejerce el la violencia, es por falta de
recursos legales para frenar al ser violento o es quizás por miedo a demandarle la
debida responsabilidad que conlleva su conducta agresiva, poniendo en peligro la
estabilidad de los "equilibrados argumentos" que constituyen nuestra asentada y
efímera paz interior.

Casualmente siempre se encuentran recursos para "corregir" las desviaciones a


las que lleva la agresividad, en las respuestas de defensa de las víctimas, sobre ellas
si que se aplican todos los preceptos sociales y el peso de los argumentos jurídicos.

Del perfil del acosador.

El acosador psicológico se manifiesta en su despliegue de acciones aprovechando


los medios que la sociedad pone a su servicio, ya en otra referencia expreso (Barón,
2002): "Posiblemente no exista gran diferencia aparente entre las características
de la mayor parte de acosadores y el resto de la población. Nos encontraremos con
acosadores que se manifiestan como grupo, acosadores que intervienen
institucionalmente, aquellos que lo hacen a título propio y un sinfín de casuísticas
diversas. En la mayor parte de los acosos morales o psicológicos en el trabajo
primará fundamentalmente el objetivo y el interés que persigue esta figura en su
proceso de hostigamiento. Algunos autores han referenciado (magníficamente)
características subyacentes en la personalidad del acosador tomado como
individuo (González de Rivera nos habla del MIA, 1997, Irigoyen, 1999 y Piñuel
2001, advierten características psicopáticas referidas a una ausencia en la
capacidad para ponerse en el lugar del otro y asimilar sus sentimientos.) incluso se
ha llegado a tocar la posibilidad de ciertos rasgos esquizofrénicos.".

Pero independientemente de la acepción patológica o pseudopatológica que


podemos entender del sujeto agresivo y acosador, no es menos cierto que causa un
daño tremendo en sus víctimas y que raras veces centramos el problema de la
violencia psicológica en este punto, cuando es precisamente el eje en relación al
cual deberían girar todos los demás aspectos del acoso.

No podemos entender en el sujeto que acosa psicológicamente unas características


tan peculiarmente asociadas a este tipo de acoso, como para que le diferencien de
manera precisa e independiente de otros muchos agresores de otros tipos.
Probablemente si matizamos hasta el límite sobre sus características diferenciales,
respecto a otros agresores, solamente encontraremos algunos rasgos distintos en el
increíble dominio de los recursos que la sociedad pone a su alcance para hacer
daño impunemente y en el manifiesto y desmedido interés que tiene por el
anonimato para que sus acciones no se hagan públicas, ya que el conocimiento
abierto de sus actos, no solamente pondría en entredicho su aparentemente normal
y civilizado rol social, sino que además restaría eficacia al maquiavélico uso que
hace de los recursos sociales para la obtención de sus objetivos.

El acosador psicológico se mueve con autentica maestría detrás del escenario y


aprovecha la oportunidad que le concede el desconocimiento abierto de sus
propósitos. Cuando pierde este valor añadido en sus estrategias frena el ejercicio
de su conducta de violencia psicológica, en espera de circunstancias que le
permitan arremeter de nuevo contra su víctima con mayores garantías de éxito.
Tratará incluso de convencer a los testigos, conocedores de su maldad, de que todo
son imaginaciones y manifestaciones exageradas o reacciones desmesuradas e
incluso patológicas de sus "pretendidas víctimas". Adoptará por tanto una
sorprendente posición de "victimización" y lo hará hasta tal punto y con tan
fuertes argumentos que conseguirá sembrar cierta duda en aquellos a los que
recurre la víctima buscando defensa y protección. De nuevo esto sólo será un
alarde demostrativo de la increíble fineza con la que maneja los contextos sociales,
entrando y saliendo continuamente de la línea que delimita lo permitido por las
normas, las reglas y los valores sociales. Tal es la magnitud de su habilidad para
manipular, que llega a hacer dudar a quienes enjuician sus actividades de
violencia, obligándoles a decidir entre la total ausencia de normalidad de su
persona o la exageración desmedida del relato de la víctima, cuando en realidad
sólo esta una vez más dirigiendo opiniones que se niegan a considerar que pueda
existir tanta iniquidad y además vaya a quedar impune, con lo que estos últimos
incurren fácilmente en el error de decidir con cierta tendencia de centralidad y
terminan con frecuencia promediando las responsabilidades del acto de violencia
ente el agresor y la víctima, dando nuevamente una oportunidad a la figura
acosadora y evitando con ello la responsabilidad de condenar abiertamente el acto
de violencia psicológica, a la vez que se resuelve una comprometida toma de
decisiones.

De la defensa del agredido.

La persona agredida tiene que defenderse. Una de las características que definen
usualmente a la violencia psicológica es su persistencia en el tiempo. Se infringe la
agresión de manera prolongada y esto provoca que la víctima atraviese por todo
un proceso de desgaste (Leyman, 1996) entre tímidas tentativas de solución y
negación del problema, hasta llegar a una situación en la que cuestiona todos los
anclajes que definen su personalidad en el entorno social y termina entrando en
una espiral de autolesión (Barón, 2001) en la que la su precario estado de salud
dificulta una respuesta personal eficaz contra el agresor.

Llegado este punto, ni siquiera es precisa la persistencia de la agresión para que el


daño siga avanzando, con lo que el agresor puede permitirse un cierto alejamiento
de su víctima, que avala con facilidad la aparente inexistencia de conexión entre su
conducta y los perjuicios que se han ocasionado, pero el daño ya esta hecho, ha
sido "sembrado" tiempo atrás de forma concienzuda y tenaz.

La persona acosada libera su defensa primando en ella un inexplicable "principio


de prudencia", de tal suerte que en cada acción que realiza para liberarse de su
agresor intenta que no exista un agravamiento de la situación, lo que convierte su
defensa en un cúmulo de dolorosas e ineficaces tentativas de solución, hasta que
finalmente termina por agotarse en una "indefension aprendida" (Seliman, 1975).

En cada etapa de este proceso de violencia psicológica, sería necesario que la


respuesta estuviera por encima de los cálculos previstos por el agresor. Para que
éste cese en su conducta hostil es necesario que la víctima pueda sorprenderle en
sus predicciones y al mismo tiempo desvele públicamente y en el grado que sea
necesario su conducta (compañeros o amigos, superiores, grupo de trabajo,
responsables de la organización, colectivos de defensa o apoyo, tribunales,.).

La responsabilidad de desarmar al agresor, no solo es competencia de la victima


sino que también lo es de cuantos la rodean y pueden acudir en su ayuda. Esta
ayuda se tiene que desplegar desde el círculo más informal de personas que
interaccionan cotidianamente con la víctima, hasta la formalizada y obligada
actuación de los responsables organizacionales, si los hubiere, o en su defecto e
implementación, de los poderes públicos.

En cualquier caso y puesto que el agresor se sirve de los recursos sociales y


organizacionales cuando el acoso psicológico se produce en el lugar de trabajo, con
la peculiaridad de que los beneficios de sus objetivos pierden valor si se le desvela o
se censura públicamente su conducta de acoso; es necesario que la respuesta del
entorno social en el que se produce el acoso psicológico sea activa y oportuna tanto
en el tiempo como en su magnitud y que jamás se quede en el vacío. La ausencia de
respuesta del entorno o de las personas que rodean a la víctima se puede convertir
en el mejor reforzador de la conducta agresiva del acosador.

Del papel del entorno social.

El entramado social en el que se produce el acoso psicológico es determinante para


el acosador. Esto no quiere decir que sus objetivos sean siempre articulados por el
valor social que dicho entorno les proporciona, ya que el acosador muy bien puede
perseguir un beneficio que venga directamente de la víctima, sino que el entorno
mediatiza todos los recursos de los que dispone el agresor al mismo tiempo que
impone un valor social a sus acciones. Su contribución en la solución del problema
es fundamental.

El rol del entorno social es básico tanto para la víctima, que espera encontrar en él
un reflejo para la recuperación de su autoestima y el apoyo necesario para salir de
la espiral en la que está envuelta; como para frenar la conducta del agresor, con la
pérdida de la impunidad que tiene al trabajar en la sombra.

No hay excusa ni justificación que sirva para ausentarse de la intervención ante la


presencia de la violencia psicológica, por razones humanitarias en aquellos a los
que no compete directamente el caso y por razones de responsabilidad en los casos
de los agentes sociales, entre los que podemos y debemos implicar tanto a los
responsables de los recursos sociales (organizaciones laborales, sindicales,
profesionales,.), como a los poderes públicos en su totalidad. Resulta prioritario
para acabar con esta nueva forma de violencia, que los que tenemos la
responsabilidad de actuar socialmente contra ella, lo hagamos y actuemos además
con contundencia y sin ningún tipo de titubeo ni duda.

Del apoyo social organizado.

Nos desenvolvemos en una sociedad mediática, dominada por la información y las


nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (T.I.C.) y con ello
tenemos una preciosa oportunidad de poner en marcha toda la infraestructura que
hace falta para formar e informar a los responsables de la toma de decisiones que
frene a estos seres violentos. Pero esta no es tarea de una sola persona.

Una de las maneras más eficaces de conseguir aquello que por su envergadura
trasciende de los recursos y posibilidades de una sola voz, en ocasiones maltratada,
desorientada y tal vez, desgraciadamente afectada por alguna patología fruto del
acoso psicológico, es la de organizar el apoyo social que necesita a través de la
formación de grupos de actividad (sirvan de referencia los denominados Círculos
de Calidad ó los Grupos de Solución de Problemas), que dominen los medios de
tratamiento de la información, dado que estos son los que más rápidamente
puedan servir para frenar (en cualquier caso legalmente) a la figura del acosador.

BARON DUQUE.M.
Profesor Titular de Psicología.
Facultad de Psicologia.
Universidad de Sevilla