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“IMAGINARIOS DE LA MODERNIDAD”.

FILOSOFÍA POLÍTICA A
MEDIADOS DEL S.XIX EN LA NUEVA GRANADA (COLOMBIA). ESTUDIO
DE CASO: PRIMEROS PROGRAMAS DE PARTIDOS.

RESUMEN:

El siguiente trabajo es una propuesta y una crítica a la construcción de un imaginario de


la modernidad política granadina (actual República de Colombia) de mediados del s. XIX,
espacio temporal muy importante en dicho contexto debido a la consolidación material
de los dos partidos políticos más relevantes en la historia nacional: el partido Liberal y
el partido Conservador. Así, partiendo de un breve análisis del concepto “modernidad”,
se expondrá las influencias ideológicas que permearon el pensamiento de algunos
intelectuales granadinos, las cuales obedecían a un flujo de ideas del antiguo continente,
en el cual, desde el siglo anterior, se consolidaba un umbral en el lenguaje político que
redefiniría las dinámicas sociales y las relaciones de poder.

Los casos específicos a estudiar son los programas de partido de Don Ezequiel Rojas y
Don José Eusebio Caro, quienes representan dos personalidades especiales en la historia
política e intelectual del país. Ambos tienen un marcado carácter filosófico que los lleva,
en sus escritos políticos, a dar reflexiones ontológicas sobre el hombre y la sociedad. Así
mismo, ambos conocen las ideas de la filosofía política europea que domina desde la
Ilustración (en inclusive sus predecesoras) y buscan la forma de traducirlas y aplicarlas a
las realidades sociales del proyecto estatal de aquel entonces. Por si fuera poco, vale la
pena recordar que ambos son los fundadores discursivos de los partidos políticos
conservador y liberal (en el caso de Caro en sociedad con Mariano Ospina). Por lo tanto,
el análisis de sus discursos, sus propuestas administrativas, los programas de creación de
partidos, sus escritos filosóficos y sus vidas mismas, son indispensables para cualquier
estudio serio sobre la política colombiana del siglo XIX.

PALABRAS CLAVES: Imaginarios, modernidad, ideologías políticas, partidos


políticos.

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INTRODUCCIÓN

El presente no tiene como causa última ser una investigación total, ni un proyecto con
grandes pretensiones académicas, más bien quiere y desea ser un boceto o quizá el
sencillo esquema de una posible investigación futura. Ante lo dicho, es necesario
argumentar algunas nociones previas respecto a los postulados teóricos que servirán como
guía.

Así, esta introducción se concentrará en hacer un breve análisis de la primera palabra que
adorna el título de este trabajo: Imaginarios. Ante este término pueden surgir diversas
preguntas ¿Qué significa hacer un estudio de lo imaginario? ¿Cómo se definen los
imaginarios? ¿Pueden los imaginarios ampliar el terreno de la Historia?

Un imaginario constituye un conjunto de representaciones, bien sean colectivas o


singulares, las cuales se crean a partir de una vasta herencia cultural, unas emotividades
propias y una realidad material e ideológica ante la cual somos sensibles. No es
dependiente de criterios científicos o de verdad, propios de los paradigmas científicos de
finales del XIX y comienzos del XX. Hay que tener siempre claro que una historia de lo
imaginario remite al invento, no como una condición fútil y engañosa, sino ligada al
ámbito creativo de la mente, la cual produce totalidades antes que estas sean delimitadas
y puestas en manifiesto.

La delimitación de estos imaginarios a imaginarios de la modernidad política, tal y como


se hace en este trabajo, permite establecer un curso del problema dentro del tiempo
histórico. Así mismo, pese a que este estudio se concentra en tan solo dos intelectuales,
se utiliza el plural “imaginarios” y no su acepción singular, debido a que cada individuo
es hijo de un contexto compartido. Las imágenes y las representaciones mentales son
históricas y construidas por hombres en sociedad.

Un estudio histórico de los imaginarios, sea en una sociedad o sea en un individuo,


permite dejar de lado una visión de sujetos estáticos y atados a las cadenas de sus
circunstancias, sino que permite verlos como sujetos en potencia, con una capacidad
creadora que inventa historias, las cuales, bajo su decisión, pueden trasladar de un plano
mental a uno fáctico.

Teniendo en cuenta lo anterior, este trabajo busca responder en rasgos breves ¿Cómo se
imaginaban el Estado los intelectuales elegidos?, ¿Cuál fue el imaginario de modernidad

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que se creó en la época a trabajar?, ¿En qué dista el imaginario de lo moderno del s. XIX
y el actual? ¿Podemos replantear algunos debates del s. XIX a partir del esclarecimiento
conceptual de lo imaginario?

EL DEBATE DE LA MODERNIDAD

A partir del análisis del término modernidad es necesario hacer ciertos esclarecimientos.
Si bien rastrear la historia de este concepto seria tarea ilusoria en este momento, vale la
pena dar luces al respecto de algunas ideas a proponer.

Tal y como sucedió con otros conceptos que terminaron convirtiéndose en grandes
categorías que han servido para estructurar la historia (Antigüedad, Medioevo, entre
otras) el concepto modernidad es una convención y una imposición hecha a los
acontecimientos y al pensar del transcurso de los siglos XV al XIX.

En este corto apartado se promueve hacer una crítica a esta estructuración y


categorización del acontecer. Para comenzar, los años, las décadas, los siglos y otras
medidas temporales fijas, no tienen de por sí ninguna coherencia con el desarrollo de las
ideas y de los acontecimientos, es decir, no se puede caracterizar un pensamiento por el
hecho de haber ocurrido en un siglo, lo justo en este caso sería hablar de tendencias
dominantes en ciertos periodos de tiempo. Los acontecimientos ocurren gracias a un
contexto social, político, cultural, etc. que los rodea y los fomenta. Por tanto, pueden
existir ideas ligadas a una categorización temporal que se repiten como tendencia en
ciertos periodos de tiempo, claro está, sin resultar anacrónicas.

La palabra modernidad y los siglos que la abrazan se suelen identificar con características
fijas ligadas a las premisas trascendentales de diferentes movimientos intelectuales,
tratando de englobar en ellas todo lo ocurrido en la cotidianidad y en la materialidad de
este transcurso temporal. Pese a ello, haciendo un estudio relativamente mínimo de la
temática, es factible encontrar que durante la modernidad diversas ideas se pusieron en
debate sin que ninguna se convirtiera en hegemónica y sin privilegiar ninguna totalizante,
igualmente, el transcurso del tiempo permitió algunos cambios abruptos a nivel general,
como el cambio en el poder político material en algunos países europeos, surgimiento de
una sociedad desligada de las castas y conexa al concepto de clase, entre muchos otros.

Situando el foco en la filosofía política, tema de interés para el desarrollo de este boceto,
la modernidad se ha imaginado bajo premisas que defienden la razón y sobre la religión,

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nuevas libertades y derechos de los individuos, una concepción ontológica del hombre
como ser autónomo, la poca intervención estatal en la vida privada del hombre ante una
mayoría de edad mental y demás ideas a fines1. No obstante, la filosofía política moderna
no tiene un marco delimitado en su definición debido a la pluralidad de corrientes del
pensar. Así; mercantilismo, fisiocracia, liberalismo, absolutismo, despotismo ilustrado,
conservadurismo utilitarismo, entre otras, convivieron como modelos económicos y
sociopolíticos. Por otro lado; humanismo, renacimiento, ilustración y romanticismo
fueron los dominios intelectuales que permitieron el surgimiento de las doctrinas ya
nombradas.

Tal y como se está dando a entender, la modernidad, en esencia, no representa una idea.
A partir de diferentes teorías políticas actuales, se puede decir que es un significante
vacío, esto es, una palabra significante o palabra material sin significado o sin la
posibilidad de crear una imagen psicológica en cualquier grado de abstracción (Laclau,
2005). No se puede pretender definirla bajo cualidades fijas ni bajo grados de valor a
partir de una comparación con demás periodos (ya mucho se ha equivocado la historia
de, por ejemplo, encasillar de obscuro al periodo medieval). Significantes vacíos, como
la modernidad, son de gran importancia en diferentes ámbitos, pues se llegan a constituir
como hegemonías, definidas como la unificación de diferentes discursos, fijados como
fuerzas antagónicas dominantes en el plano sociopolítico. De esta forma, se crea una falsa
plenitud comunitaria acerca de una idea que no evoca nada (Laclau, 2005).

Ahora bien, la anterior fue una incipiente crítica a las categorizaciones totalizantes y
hegemónicas que no pasan de ser significantes vacíos, en las cuales no se toman en cuenta
ciertos umbrales temporales, bajo los cuales ocurren revoluciones en el lenguaje. Vale la
pena aclarar que todo cambio social y o político lleva consigo un cambio en el lenguaje.

Una segunda crítica va enfocada a la creación y en la suposición de existencia de unos


imaginarios de la modernidad, tanto en los intelectuales del s. XIX como en la actualidad.
Partiendo de lo planteado anteriormente, en donde se tomó la modernidad como
imposición convencional propia del siglo XX, cuando en diversos discursos políticos
empieza a surgir el término. Es imposible hablar de la existencia de imaginarios de la
modernidad en los intelectuales políticos del siglo XIX para el caso de la Nueva Granada

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Ideas provenientes de la filosofía liberal y la Ilustración.

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e inclusive para el caso europeo. No había una identificación política o una construcción
estatal con aires de modernidad, sino expresada en términos de las corrientes políticas
propias de la época, es decir, no hubo, en el plano temporal a trabajar, ni hombres
modernos, ni estados modernos, ni tiempos modernos.

Está claro que una propuesta tan atrevida debería tener un sustento bibliográfico muy
fuerte. Para hacer una pequeña prueba de esta hipótesis planteada se hará un análisis de
los discursos más importantes en materia política de los intelectuales granadinos José
Eusebio Caro (quién escribió en compañía de Mariano Ospina) y Ezequiel Rojas,
buscando en ellos el bagaje conceptual utilizado para referirse e identificarse con ciertas
ideas políticas y filosóficas.

EL DEBATE POLÍTICO EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

Se pueden caracterizar dos particularidades que dan vida al estudio de la filosofía política
a lo largo del s. XIX en los territorios de la actual Colombia: La falta de decisión a la hora
de construir un sistema estatal estable, duradero y acorde al gusto y necesidad de la
mayoría; y, por otro lado, el flujo de ideas tanto internas como externas. Pese a que hubo
generalidades políticas en la época, primó la diversidad teórica y práctica desde la cual se
podrá hacer un estudio más detallado, bien sea por épocas, corrientes o personalidades.

Para el desarrollo de esta idea es necesario sustentar la convivencia de diversas fuerzas


ideológicas presentes en el territorio granadino tras el abandono, parcial y material, de la
corona española y en los intereses republicanos que pudieran identificar a la antigua
colonia con un territorio “moderno”.

Posterior a la expulsión de las tropas españolas, Simón Bolívar, general del ejército
independentista, ascendió al poder y perduró en el hasta 1830. Durante estos años
predominó la lucha entre las ideas liberales, propagadas por Francisco de Paula
Santander, y una propuesta más conservadora con miras a la monarquía vitalicia,
promovida por Bolívar, quien tenía la idea de una nación latinoamericana, unida bajo una
monarquía simbólica (Bushnell, 1994).

Las siguientes dos décadas, consolidada la república, se vivió un periodo de estabilidad


política, producto de un modelo liberal que se encontraba en cabeza de Santander y de la
constitución de 1832, con mayores restricciones en el sistema representativo y mayor

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autonomía local. Los años transcurridos entre 1830 y 1845 fueron importantes en la
definición de los bandos políticos que se ponderarán en la historia nacional. Teniendo en
cuenta las ideas dictatoriales bolivarianas, los liberales se dividieron en dos facetas. La
primera, más radical y autodenominada progresista, no concebía articular a los
bolivarianos dentro de la nueva estructura de poder; por otro lado, la segunda, de carácter
moderado, apoyaba su participación en función de un proceso representativo justo
(Bushnell, 1994).

Ambas facciones liberales, pese a sus diferencias, compartían unas mismas orientaciones
ideológicas. Existió un interés en convertir a la Nueva Granada en un territorio donde
predominaran los ideales de la ilustración. Ambos grupos compartían cierto desapruebo
del predominio militar y el fanatismo religioso. Así, entre muchas lecturas compartidas,
vale la pena resaltar las más frecuentes, como Montesquieu, Constant, Tocqueville y
Jeremy Bentham, cuyo caso se tratará con detenimiento en lo posterior (Palacios &
Safford, 2002).

Pese a su papel secundario en el ámbito político, es de gran importancia hablar de los


orígenes de las ideas conservadoras y el proceso que llevó la formación de su partido.
Durante la presidencia del General Santander (1832-1837) se formó un partido declarado
republicano y constitucionalista. Sus miembros aspiraban retrotraer una idílica sociedad
colonial, tomando así el sobrenombre de Retrógrados. Se oponían a toda introducción de
las nuevas ideas surgidas en el seno de la ilustración, las revoluciones liberales o cualquier
otro movimiento intelectual europeo que fuese en contra del ideal de una nueva
hispanidad. Defendían el mantenimiento de la tradición y el privilegio de las élites dentro
de un orden social cerrado. Los retrogradas, en busca de lazos que permitieran su ascenso
político, formaron alianza con la facción más anti-santandereanista del movimiento
progresista liberal, formando así el partido ministerial (Melo, 1995).

Estas fueron las tensiones políticas vividas en la primera mitad del s. XIX. El partido
ministerial logro poner en el poder a José Ignacio Márquez, quien afrontará la Guerra de
los supremos, primera guerra civil de este Estado independiente. Pedro Alcántara Herrán,
sucesor presidencial de Márquez, quien también procedía del partido ministerial, pondrá
en manos de Mariano Ospina Rodríguez, líder intelectual del parrido ministerial y
ministro del interior, la redacción de una nueva Carta Magna. La constitución de 1843
será el primer intento constitucional de la ya consolidada república, de volver a las bases
españolas. Se abolió la libertad de prensa, se censuró la educación y las lecturas liberales
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y se impuso la religión católica como única encargada de la dirección formativa del
Estado (Posada & Ibáñez, 1903).

ROJAS Y CARO, INTÉRPRETES DE SU ÉPOCA

A partir de la elección presidencial del General Tomás Cipriano de Mosquera, apoyado


por el partido ministerial, los liberales se tomaron el poder estatal por un prolongado
periodo de tiempo. Tal y como ya se había explicado antes, los liberales, esta vez más
fuertes en el poder, se encontraban divididos en dos facciones, radicales y moderados,
ahora rebautizados Draconianos y Gólgotas.

Ante el mandato de Mosquera, diversos intelectuales tomaron consciencia de sus labores


en la propagación ideológica. La aparente rivalidad discursiva entre Ezequiel Rojas y José
Eusebio Caro (en compañía de Mariano Ospina Rodríguez), propagada por la prensa de
la época, es el ejemplo más claro de los debates que encerraban a los pensadores
colombianos (o si bien granadinos) de mitades del s. XIX.

Sus amplias formaciones en jurisprudencia no intervinieron en el interés personal de


ambos por la filosofía de la época, caracterizada por el crecimiento exponencial de la
doctrina liberal y sus variantes, propagadas por la Revolución Francesa y sus réplicas.
Ante éstas hubo una resistencia romántica, proteccionista y conservadora, la cual no
permeó de la misma forma el territorio granadino, como se estudiará posteriormente). En
el ámbito filosófico, el debate sobre la moral dará cuerpo a sus propósitos políticos, siendo
de gran importancia, en este punto, la figura de Jeremy Bentham.

Más allá de lo dicho anteriormente, ambos fueron los pioneros en la creación del
programa del partido Liberal y Conservador. El primero fue escrito el 16 de Julio de 1848
en las primeras páginas del periódico “El aviso”, artículo que llevó por nombre La razón
de mi voto, en el cual se proponía la candidatura de José Hilario López, ante la negativa
de Rojas de asumir la vía presidencial. En respuesta a la fuerza y popularidad obtenida
por partido liberal y a las decisiones tomadas por la ya ejercida presidencia de López
(como la expulsión de los jesuitas), el 4 de octubre de 1849, en el semanario La
civilización, editado por Ospina y Caro, aparece el primer programa del partido
Conservador, titulado Declaración política. Ambos programas serán los discursos a

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analizar en este trabajo, elegidos por su carácter conciso, por la cualidad de ser pioneros
y por la importancia que tuvieron en su época y que tienen en la nuestra.

Es posible decir que tanto Rojas como Caro (en compañía de Ospina) fueron los creadores
materiales del partido liberal y conservador, respectivamente. Sin embargo, sigue en
debate la génesis de las construcciones ideológicas de cada partido, las cuales se remontan
inclusive al periodo colonial. Lo que ahora corresponde es ver cómo se representó la
imaginación y las ideas exteriores en esta primera materialidad discursiva, bajo la cual,
se hacía efectiva la existencia de unos partidos importados (Martínez, 1996), en un
espacio contextualmente diferente al presentado en la Europa del mismo siglo.

ANALASIS DEL DISCURSO POLÍTICO

Bajo la metodología del análisis del discurso se pretende hacer un estudio de la fuente
primaria con la que se dispone. Teniendo en cuenta que los discursos a tratar son de un
marcado carácter político, este análisis será específico a la hora de encontrar categorías
pertenecientes al dominio de la política y de las relaciones de poder.

Como bien es sabido, el análisis del discurso no dispone de una metodología única, cada
analista decide el o los caminos a partir de los cuales pueda llegar a la identificación y
caracterización de lo que considere o no importante en su análisis. En este caso en
específico, se hará un breve aislamiento de los valores e ideologías que se encuentran
inmersas dentro de sistema político a estudiar (Van Dijk, 1999) Se habla de sistema ya
que un grupo de valores debe funcionar de forma estructural uno en favor del otro, así se
realza la tesis de que no hay estructura sin sistema y viceversa.

LOS PROGRAMAS PARTIDARIOS Y LA “MODERNIDAD”: PRIMER


ACERCAMIENTO

Como bien se planteó al comienzo del trabajo, uno de los objetivos es poner en manifiesto
que el reconocimiento de los intelectuales de mediados del siglo XIX como hombres
modernos, o de forma análoga, como constructores de un estado moderno, era una
concepción equivoca. Para desarrollar esta idea es necesario adentrarnos en los discursos
de estos pensadores, razón por la cual se ha delimitado este gran grupo a los ya citados

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Ezequiel Rojas y José Eusebio Caro y sus programas de partido, ambos fueron electos
por razones ya clarificadas.

Un primer análisis de dichas obras devela la inexistencia del concepto modernidad dentro
de los términos usados en su construcción. No se habla ni del hombre moderno, ni del
estado moderno, así como tampoco del tiempo o la época moderna. Expiado este concepto
del discurso y de la imaginación de estos intelectuales (o por lo menos en el plano
representativo al cual se nos permite acceso), es necesario hacer una revisión de sus ideas
y lograr identificar que sistemas, valores e ideologías políticas inundan el lado implícito
del contenido de sus discursos.

Así, teniendo en cuenta que no se reconocen como hombres modernos, sino que ésta es
una categoría que se les ha asignado, vale hacerse la pregunta ¿Cómo se identifica el
hombre en estos discursos?

“Pero, se pregunta, ¿qué es lo que quiere el Partido Liberal? ¿Cuáles son sus deseos? ¿Cuál es
la teoría que quiere ver realizada? (…)”

“Quiere que todos los granadinos sean (…)” (Rojas, 1848).

Estos dos cortos fragmentos permiten apreciar, en primera medida, que el emisor, pese a
dejar en claro que es Ezequiel Rojas (al final de la publicación), pretende hablar a unísono
de la institución del partido liberal. Así mismo, se busca que el receptor no sea otro sino
todos los granadinos, sin disgregar entre ellos.

“El partido conservador es el que reconoce y sostiene el programa siguiente: (…) Sea
del católico contra el protestante y el deísta, o del ateísta, el jesuita y el fraile (…) por los
comunistas, los socialistas, los supremos (…) El conservador condena (…)” (Caro & Ospina,
1849).

Igual que en el ejemplo anterior, el emisor se camufla bajo la totalidad del partido
conservador; no obstante, el público dirigido se debe reconocer como “conservador”, no
obstante hay una identificación del hombre en cuanto a su valoración religiosa y en cuanto
a sus ideales políticos.

A modo de síntesis, ambos discursos permiten comprender que dentro de sí, existen
diversos tipos de hombres, liberales, conservadores, socialistas, comunistas, supremos,
entre otros. Esta idea, además de debatir el germen del hombre moderno, revela en la
imposición de modernidad, lejos de unas características fijas de la representación de un
hombre, un choque o debate entre variedades discursivas.

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Dado que no son justas con esta historia las periodizaciones universalistas, tales como
modernidad, lo que podemos llegar a identificar son diferentes ideologías políticas y
facciones dentro de ella, esto es, particularidades que entran en continuo debate
enriqueciéndose y resignificándose. Para el siguiente ejercicio se estudiará como el
liberalismo, con su facción utilitaria, y el conservadurismo, poseen presupuestos que
identifican a los hombres de la época y que enriquecen su discurso, identificándose como
singularidades y no como universalidades. De aquí se seguirá un estudio que permita
encontrar la relación entre estas teorías y la puesta en materialidad de los discursos de
ambos programas, los cuales, bajo su identificación onomástica, deberán por mínimo ser
fieles a algunos de los siguientes principios.

SISTEMAS, PARTICULARIDADES Y ANÁLISIS

LIBERALISMO

LA FILOSOFÍA LIBERAL CLÁSICA

En su sentido natural y originario, es decir, bajo los presupuestos presentes en los Dos
ensayos sobre el gobierno civil, escrito por John Locke en el siglo XVII, el liberalismo
se fundamenta como una doctrina filosófica y política que aboga por los siguientes
principios.

El liberalismo se levanta contra el poder absoluto del Estado y de la autoridad eclesiástica,


a su vez, protesta contra los privilegios políticos y sociales de cualquier agrupación, con
el fin de generar el desarrollo de la libertad del individuo en los ámbitos propios de su
diario vivir. Omitiendo en contexto histórico que permitió el surgimiento del liberalismo
europeo, vale la pena decir que el carácter cristiano de las ideas de John Locke, primer
ideólogo de este sistema y los siguientes valores, es de gran importancia para el estado
granadino que, aunque quería limitar las relaciones y el poder dado entre el Estado y la
Iglesia, no abandonaba su fe cayendo en el ateísmo ni en el materialismo absoluto.

En su primer capítulo, Locke destaca que los hombres son criaturas de Dios y propiedad
de éste, por lo cual, no pueden ser sometidos ante el poder de ningún otro hombre. “Los
hombres todos, se hallan en el estado de la perfecta libertad para ordenar sus acciones,
disponer de las personas y sus bienes como lo tuvieron bien, dentro de los límites de la
ley natural” (Locke, 1991, p.6). No obstante, argumenta el empirista inglés, que pese a

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esta libertad, el hombre no es libre de destruirse a sí mismo, ni siquiera a criatura alguna.
“(…) que siendo todos iguales e independientes, nadie, deberá dañar a otro en su vida,
salid, libertad y posesiones” (Locke, 1991, p.7). Es decir, se debe preservar a toda costa
el derecho a la vida. Vida y libertad son junto con la propiedad, esto es, todo fruto de su
obra y trabajo, derechos individuales e inquebrantables del hombre.

Debido a que estos tres derechos son dados por una ley natural, no es posible asegurar su
respeto por parte de otros hombres. En busca de garantizar su seguridad, los hombres
hacen un convenio o un contrato en el cual renuncian a ciertos poderes para entregarlos a
la sociedad civil, fundamentando las bases para el surgimiento de la República. Los
poderes de este convenio son los poderes a los cuales lo individuos renuncian. El poder
legislativo, el cual surge gracias al abandono individual de salvaguardar los derechos
naturales, consolidándose como el poder que decreta las normas para una debida
estabilidad; y, por otro lado, el poder ejecutivo, el cual surge al abandonar el poder del
castigo ante la corrupción a los derechos individuales.

Sería ilusorio pensar que las ideas liberales que influenciaron a los intelectuales del siglo
XIX granadino, se agotan en las consideraciones de Locke. Se nutren no solo de unas
teorías políticas sino también económicas. De esta forma, clásicos como Adam Smith y
demás propagadores del liberalismo económico, según el cual, la intervención del Estado
debe ser nula en los diversos procesos de venta y cambio mercantil (Rugiero, 2005).

 Análisis del discurso a partir de los valores expuestos por el liberalismo


clásico: La razón de mi voto, Ezequiel Rojas, 16 de julio de 1848, Semanario
el aviso, número 26.

Así, expuestas las ideas más importantes del movimiento liberal clásico, es requerido
analizar el discurso de Rojas y encontrar en él la influencia directa de dicho sistema.

“República quiere el Partido Liberal; quiere sistema representativo, real y verdadero, y


no apariencias como las que existen.” (Rojas, 1848).

Valores: República, Sistema Representativo.

Las frases que abren el discurso liberal pueden dar luces sobre el proyecto imaginado. Se
quiere república en el sentido comunitario donde el hombre no regule sus libertades sino
que lo haga un ente superior. Se cuida Rojas de la palabra democracia ya que no se busca

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los poderes directos del pueblo, caso ilusorio para la época y para un territorio con medios
de comunicación paupérrimos, por ende utiliza la frase “sistema representativo”.

“Quiere que los derechos individuales y sus garantías sean realidades y no engañosas
promesas, y quiere esto porque hoy los que ejercen los poderes públicos pueden hacer
impunemente cuanto quieran, y pueden disponer de la vida de los hombres y de los intereses de la
nación a su arbitrio; porque las instituciones no contienen freno alguno de prevenir estos
atentados.” (Rojas, 1848).

Valores: Derechos individuales, seguridad, vida, en contra de privilegios sociopolíticos.

Queda explicita en este apartado la influencia del liberalismo clásico. Habría que agregar
la interpretación que da Rojas sobre la defensa del derecho natural a la vida, la cual no es
irrespetada por otro individuo sino por la corrupción del ente supremo por el cual se unió
la sociedad.

“Quiere que sólo la voluntad de la ley sea la que disponga de la suerte de los hombres,
y que los funcionarios, tanto del orden ejecutivo como del judicial, se contraigan a ser un órgano
fiel de ella; y se quiere esto porque las instituciones actuales no proporcionan este beneficio; y
porque cuando la voluntad de la ley es sustituida impunemente por la voluntad de los encargados
de su cumplimiento, hay un absolutismo, tanto más detestable cuanto mayor es el número de los
que lo ejercen.” (Rojas, 1848).

Valores: autoridad de la ley, en contra de privilegios políticos y el absolutismo.

La coherencia entre liberalismo clásico y este fragmento recae en que solo la ley puede
decidir sobre un hombre, ya que hace parte de las libertades que se le entregan al Estado;
no obstante, según el liberalismo clásico las decisiones de la ley, al juzgar, no pueden
atentar de lleno contra los derechos naturales, en especial contra la vida. Este fragmento
se levanta contra el absolutismo, enemigo principal del liberalismo clásico.

“Que las leyes den libertad y seguridad y que no pongan obstáculos de ninguna clase a
la producción y a la circulación de las propiedades, y entonces los particulares harán lo demás,
porque el deseo de la riqueza no es necesario inspirarlo.” (Rojas, 1848).

Valores: Libertad económica, propiedad, seguridad.

Este apartado presenta muy bien los intereses del liberalismo económico clásico, el cual
bebe de la libertad económica y la no intervención del Estado en el intercambio comercial,
lo cual no le quita la responsabilidad de proteger y asegurar la propiedad y la libertad de
quienes en mutuo acuerdo se unieron para su creación.

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“Conferirlos [los destinos públicos] por dar renta a las personas pobres, cuando no hay
aptitudes y tal vez falta probidades prevaricar, es ejercer actos de beneficencia con los bienes
ajenos.” (Rojas, 1848).

Valores: en contra de “leyes de pobres”.

Estos cortos renglones denotan la oposición clara que hacen los teóricos del liberalismo
económico clásico (Malthus, Smith, Ricardo) a la asistencia social, la cual, es un principio
en contra a la igualdad y fortalecedor de la pereza y del aumento demográfico.

EL UTILITARISMO BENTHAMISTA

“la naturaleza puso al género humano bajo el dominio de dos señores soberanos: el dolor
y el placer (...) Al trono de esos dos señores está vinculada, por una parte, la norma que distingue
lo que es recto de lo que es errado y, por otra, la cadena de las causas y de los efectos”.

“el principio que establece la mayor felicidad de todos aquellos cuyo interés está en juego
como la justa y adecuada finalidad de la acción humana, y hasta la única finalidad justa, adecuada
y universalmente deseable”

“Aquellos cuyo interés está en juego” siempre componen una “comunidad”. ¿Qué es una
comunidad? “Si la palabra tuviese un sentido, sería el siguiente. La comunidad constituye un
cuerpo ficticio, compuesto por personas individuales que se consideran como sus miembros. ¿Cuál
es, en este caso, el interés de la comunidad? La suma de los intereses de los diversos miembros
que integran la referida comunidad” (Bentham, 2000, p.23)

Bajo estos tres cortos fragmentos extraídos de la obra de Bentham, se hallan los principios
generales de la utilidad, caracterizada por la búsqueda de la mayor felicidad Así, las
acciones tienden a ser juzgadas como correctas e incorrectas en la medida en que pueden
o no ocasionar felicidad y bienestar a una comunidad. Estas mismas nociones son
adecuadas en la evaluación de un Estado y su legislación. Esta aceptación de la teoría
utilitarista presupone un rechazo a las doctrinas del liberalismo clásico. La aceptación de
la libertad como derecho natural implica que los hombres no pueden ser sometidos a
ninguna privación, por lo cual, ninguna forma de gobierno sería posible. Ante esto
Bentham concebía que no se puede hablar de derechos frente al poder de un gobierno,
sino de seguridades contra un mal gobierno (Rugiero, 2005). La libertad permitida será
entonces aquella que no hace daño a la comunidad en conjunto.

La felicidad se encuentra constituida por dos partes: el placer y la seguridad, el papel del
estado es proporcionar la seguridad para que el hombre, en su libre desarrollo (libre en
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sus restricciones), pudiese bajo metas individuales alcanzar sus placeres con el mínimo
margen de dolor. (Santos, 2016)

 Análisis del discurso a partir de los valores expuestos por el utilitarismo: La


razón de mi voto, Ezequiel Rojas, 16 de julio de 1848, Semanario el aviso,
número 26.

Al ser exiliado del país por los hechos ocurridos durante la conspiración septembrina, en
la cual Rojas participó, empezó su viaje por Francia e Inglaterra antes de volver al país
con la muerte del ‘libertador’. Si bien, es en este viaje donde adopta sus primeras
posiciones utilitaristas, estas no son maduras aún. Su incursión discursiva se puede ver
más en sencillos conceptos que en largas arengas.

“La sociedad para sus servidores: tiene derecho a que se le sirva bien, porque
de ello depende su prosperidad y bienestar; debe, pues, emplearse a los hombres que
prestar buenos servicios con fidelidad, sea cual fuere el partido político a que hayan
pertenecido o pertenezcan.” (Rojas, 1848).

Valores: prosperidad, bienestar.

Ambos valores, pese a ser pilares del utilitarismo, son peticiones de muchos otros
sistemas, no obstante su uso dentro del discurso liberal obedece directamente al
pensamiento Benthamista. El nivel de rectitud de las cosas se puede medir teniendo en
cuenta el bienestar que producen, en este caso, ante la unión de diversos individuos, el
interés está en un bienestar común donde se garantice que la felicidad individual de uno
no perjudicará la del otro.

“leyes claras, precisas y terminantes para que con facilidad pueda el común de
los hombres conocer sus deberes y sus derechos. Quiere esto porque no existe: la
legislación de la Nueva Granada es un caos; lo han reconocido y repetido todos, siendo
ésta una de las causas de que la responsabilidad de los funcionarios públicos sea
ilusoria; de que todo derecho se haga litigioso; de que no se cumplan las obligaciones
que se contraen; de que no haya seguridad de ningún género y de la desconfianza
general” (Rojas, 1848).

Valores: claridad

Afirma Jeremy Bentham que “El hombre natural puede raciocinar con exactitud y con
sencillez, pero el hombre artificial no sabe hacerlo, sino valiéndose de sutilezas, de

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suposiciones y de ficciones. El hombre natural puede encaminarse a su objetivo por el
sendero derecho; mas el hombre artificial no sabe llegar al suyo sino por medio de rodeos
infinitos” (Bentham, 1825, p.19). La sencillez y la claridad del lenguaje son de suma
importancia en las leyes. Es directo, tal y como lo dice (Santos, 2016) un guiño de ojo al
filósofo inglés.

“Quiere que todos los granadinos sean ricos” (Rojas, 1848).

En este sencillo renglón se analiza la defensa del bienestar para el mayor número.

“Quiere el Partido Liberal que no adopte la religión como medio para gobernar:
las dos potestades deben girar independientemente, cada una dentro de su órbita, puesto
que cada una tiene su objeto y fin distinto. Emplear la religión y sus ministros como
medios para hacer ejecutar las voluntades de los que gobiernan los negocios temporales,
es envilecerla, desvirtuarla y separarla del fin con que la instituyó su divino fundador.
(…) La pretensión de presentar al gobierno temporal haciendo causa común con la
religión, sólo tiene por objeto fabricar un escudo al abrigo del cual puedan obrar
discrecionalmente y disponer de la sociedad, de sus individuos y de sus intereses; nunca
el absolutismo es más poderoso que cuando el gobierno temporal adopte la religión como
instrumento.” (Rojas, 1848).

Valores: Estado laico.

El utilitarismo da un giro radical a la concepción de la moral, la cual abandona su carácter


religioso para ir en busca de la felicidad. Se resume el pensamiento anterior en que el
hombre ya no tiene por qué obedecer normas para religiosas para conseguir una felicidad
supra material, si puede conseguirla en su paso por la tierra. Dios, entonces, deja de
proveer el agua para una fuente moral y legislativa del Estado, primando el hombre en su
libertad y la búsqueda de su bienestar.

CONSERVADURISMO

Resulta complicado identificar la influencia de las ideas conservadoras europeas en el


surgimiento del conservadurismo colombiano. A diferencia de las ideas liberales, las
ideas conservadoras en ambos continentes surgen casi de forma coetánea. En Europa la
revolución francesa fue el punto de surgimiento de las primeras ideas conservadoras, sin
embargo, estas no maduraron hasta entrado el s. XIX; en el caso colombiano, las

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independencia del Imperio español es ese punto de quiebre. Así, teniendo en cuenta las
diferencias contextuales y estructurales entre el Imperio francés y el Imperio Español son
lo suficientemente amplias para que los dogmas de cada sistema ideológico varíen.

Si analizamos onomásticamente al partido conservador, encontramos su causa final, ésta


es, conservar, mantener, guardar y proteger; ante esto, es primordial preguntar ¿Qué se
desea conservar? ¿Ante quién se conserva o protege? Las preguntas anteriores son de
difícil respuesta ya que habría que analizar todas y cada una de las instituciones, los roles
sociales, los acopios culturales, etc. y demás partes que conformaban la estructura del
ethos hispánico. No obstante, en el plano discursivo podemos analizar qué valores quería
conservar el partido conservador en su primer programa y ante quien o quienes los
protegía, ciñéndonos únicamente a lo manifiesto en el papel. Lo anterior se llevará a cabo,
no sin antes dar unas breves generalidades.

Según Robert Nisbet, (1995) las ideas conservadoras, en un sentido general pueden
resumirse en los siguientes valores: Historia, Autoridad y Religión.

Para los conservadores, la historia no es más sino experiencia, la cual va mucho más allá
que el pensamiento abstracto y los ideales sociales y políticos planteados por la filosofía
liberal. La autoridad, en contraste con los liberales, redefine los conceptos de libertad e
igualdad, ya que propone que el hombre además de rendirle cuentas a la república, tiene
responsabilidades con otras instituciones, como la familia. La libertad y la igualdad son
principios incompatibles, ya que la igualdad cohíbe la libertad individual. Por último,
todo sistema conservador promueve la defensa de la religión y la moralidad
judeocristiana.

 Análisis del discurso conservador: Declaración Política, José Eusebio Caro y


Mariano Ospina, 4 de octubre 1849, Semanario “La civilización”.

De carácter más sencillo, sin recurrir a grandes argumentos o al uso frecuente de figuras
literarias que aporten un carácter retórico al texto, el programa del partido conservador es
claro en sus máximas:

“(…) El orden constitucional contra la dictadura;” (Caro, J. & Ospina, M., 1849)

Valores: Orden.

Queda explicito lo que pide. Esta dictadura que aqueja el partido conservador se puede ver
reflejada igual en las peticiones del partido liberal en contra del absolutismo. La idea de orden,

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general dentro de la ideología conservadora, aboga por una estructuración más grande que la
presentada por el partido liberal. Los conservadores consideran que las relaciones de poder van
más allá del simple ejercicio de ciudadanía, llegando a configurarse en otros ámbitos, religiosos,
familiares, etc.

“La moral del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras contra la inmoralidad


y las doctrinas corruptoras del materialismo y del ateísmo;” (Caro, J. & Ospina, M.,
1849)

Valores: Cristiandad.

La idea de la cristiandad y la conservación de su tradición es uno de los bastones del partido


conservador y quizá su gran y principal diferencia con el partido liberal.

“La libertad racional, en todas sus diferentes aplicaciones, contra la opresión y


el despotismo monárquico, militar, demagógico, literario,

La igualdad legal contra el privilegio aristocrático, oclocrático, universitario o


cualquiera otro;

La propiedad contra el robo y la usurpación ejercida por los comunistas, los


socialistas, los supremos o cualesquiera otros;

La seguridad contra la arbitrariedad de cualquier género que sea;” (Caro, J. &


Ospina, M., 1849)

Valores: la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad.

Sin necesidad de presentar a fondo, debido a que la sencillez de los artículos hace explicita su
intención, se puede notar que los valores aquí perseguidos por el partido conservador no varían
en cuanto a las pretensiones máximas del liberalismo, punto que será tocado posteriormente.

“La civilización, en fin, contra la barbarie (…)” (Caro, J. & Ospina, M., 1849)

Valores: La civilización

Al nombrar “la civilización” (que por cierto, es también el nombre del semanario de José
Eusebio Caro y Mariano Ospina donde es publicado este programa) se hace referencia a los
estados y las naciones europeas cristianas.

ANÁLISIS COMPARATIVO DE DISCURSOS

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Yendo un poco más allá, a la hora de comparar los valores que se reivindican en cada uno
de los discursos, podemos notar que las similitudes abundan y las diferencias son muy
escazas. En ambos discursos existe un párrafo sintetizador que reúne lo dicho de forma
previa utilizando palabras claves. Mediante la comparación de esos dos breves párrafos
se puede llegar a diversas conclusiones.

“(…), quiere el Partido Liberal que se organice un gobierno en beneficio de los


gobernados; quiere República, sistema verdaderamente representativo, Congreso independiente,
Poder Ejecutivo que no pueda hacer sino lo que la ley le permite, responsabilidad positiva y para
ello tribunales independientes, buenas leyes, una política en el Poder Ejecutivo eminentemente
nacional y americana, justicia imparcial con todos, que en sus actos no se tenga en cuenta otra
consideración que el bien público. Y quiere todo esto para que los que obedecen no sean esclavos
de los que gobiernan; para que haya verdadera libertad; para podernos librar del gobierno
teocrático; para que los granadinos realmente tengan aseguradas sus personas y sus propiedades;
y para que las garantías no sean engañosas promesas.” (Rojas, 1848)

“El conservador condena todo acto contra el orden constitucional, contra la legalidad,
contra la moral, contra la libertad, contra la igualdad, contra la tolerancia, contra la propiedad,
contra la seguridad y contra la civilización, sea quien fuere el que lo haya cometido.” (Caro, J. &
Ospina, M., 1849)

Así, es justo desmitificar que, por lo menos en el marco de esto primeros programas, el
partido conservador produce su discurso como una resistencia ante la hegemonía de unas
ideas liberales. Los valores predicados son, omitiendo cierta profundidad que posee el
escrito de Ezequiel Rojas, los mismos; los pocos cambios que hay, son a fin de cuentas
secundarios, eximiendo la defensa de la moral del cristiano, inclusive hace críticas contra
otros sistemas políticos no mencionados en las querellas partidistas.

Complementando el punto anterior, ya otros autores (Bushnell, 1994) han mencionado


que en las alteraciones de gobiernos liberales y conservadores existían continuidades en
los puntos en que se creían más opuestos, casos tales como la dualidad proteccionismo-
librecambismo y federalismo-centralismo.

No obstante es innegable las querellas entre ambos partidos representadas en especial


debido al papel que debía tomar la iglesia en el poder y en las vidas de los individuos,
motivo de fuertes disputas y punto central del odio entre los dos partidos.

“Quiere el Partido Liberal que no adopte la religión como medio para


gobernar: las dos potestades deben girar independientemente, cada una dentro de su órbita,
puesto que cada una tiene su objeto y fin distinto. Emplear la religión y sus ministros como medios

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para hacer ejecutar las voluntades de los que gobiernan los negocios temporales, es envilecerla,
desvirtuarla y separarla del fin con que la instituyó su divino fundador. (…) La pretensión de
presentar al gobierno temporal haciendo causa común con la religión, sólo tiene por objeto
fabricar un escudo al abrigo del cual puedan obrar discrecionalmente y disponer de la sociedad,
de sus individuos y de sus intereses; nunca el absolutismo es más poderoso que cuando el gobierno
temporal adopte la religión como instrumento.” (Rojas, 1848)

“La moral del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras contra la inmoralidad


y las doctrinas corruptoras del materialismo y del ateísmo” (Caro, J. & Ospina, M., 1849)

Me aventuro, para concluir este apartado, a argumentar que la pugna bipartidista de


mediados de siglo sustentó su existencia en los roces leves entre sus ideologías. Ningún
discurso se consolidó como hegemónico ante otro, así como el ascenso al poder de un
partido no amenazaba con la desaparición de su “rival” (hasta el periodo estudiado, ya
que no se puede hablar al respecto de los discursos póstumos a estos). En este punto es
muy claro el partido conservador identificando sus oponentes directos bajo el uso la
preposición “contra”, oponentes que a nivel general no son los liberales, tal y como se vio
en el apartado anterior.

CONCLUSIONES

Con la limitada autoridad que otorga el análisis hecho y reafirmando la tesis planteada en
un inicio, es justo recalcar que el hombre moderno no existió, es un invento actual, con
el cual se ha creído identificar el pensamiento de algunos intelectuales. La historiografía
colombiana (Jaramillo, 1994) suele identificar junto a la variable “modernidad” una que
se le antepone: “tradición”, la cual especulo igual de errada a la primera por los mismos
motivos; no obstante, su desarrollo requeriría, en respeto de su complejidad, otro trabajo
a detalle. En lugar de estas categorías, como ya se dijo, se deben identificar las
particularidades políticas, que más que influenciar se resignifican al entrar en contacto
con el contexto social granadino. En este ejercicio se identificaron algunas de éstas, no
así, inconformes, la historia del libro y de la práctica lectora, la investigación de archivos
personales y el análisis minucioso del discurso social y político, permitirán encontrar
muchas más. Ante el problema anterior, según el cual la modernidad es un significante
vacío, la historia puede tener dos opciones, a menos que esta conclusión no sea tan solo
una vaga ilusión: la primera es buscar otro u otros significantes, como se propuso, para

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identificar al hombre y a la política de mediados del siglo XIX; o, en caso contrario,
agregarle un contenido a ese vacío.

Como bien se sabe, ninguna investigación llega a finalizar por completo. Durante el
desarrollo de este trabajo y en la revisión de la fuente elegida surgieron, entre muchos,
tres interrogantes principales a los cuales no se les dio respuesta en virtud de conservar
una coherencia interna, sin embargo, es justo darles una pequeña mención en este
apartado.

BIBLIOGRAFÍA:

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Bentham, J. (1825). Tratado de las pruebas judiciales. París: Bossange freres.

Bushnell, D. (1994). Colombia: una nación a pesar de sí misma. Bogotá: Planeta.

Caro, J. & Ospina, M. (1849). Declaratoria política. La Civilización. Bogotá, Nº 9 1849. Microfilminas,
Biblioteca Nacional.

Jaramillo, J. (1994). La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos. Bogotá: El Áncora Editores.

Laclau, E. (2005). La Razón Populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Locke, J. (1991). Dos Ensayos sobre el gobierno civil. Madrid: Espasa.

Martínez, F. (1996). En busca del Estado importado: de los radicales a la regeneración. Bogotá: Anuario
de historia social y de la cultura.

Melo, J. (1995). Colombia Hoy: Perspectivas hacia el Siglo XXI. Bogotá: Tercer Mundo Editores.

Nisbet, R. (1995). Conservadurismo. Madrid: Alianza Editorial.

Palacios, M., Safford, F. (2002). Colombia país fragmentado sociedad dividida. Bogotá: Grupo Editorial
Norma.

Posada, E & Ibáñez, P. (1903). Vida de Herrán. Bogotá: Academia Colombiana de Historia. Quito: ABYA-
YALA.

Rugiero, G. (2005). Historia del liberalismo europeo. Granada: Edit. Comares.

Santos, D. (2016). Ezequiel Rojas y la segunda querella benthamista. Magister en Estudios Humanísticos.
Universidad EAFIT, Medellín.

Van Dijk, T. (1999). Análisis del discurso social y político. Quito: ABYA-YALA.

Vovelle, M. (1985). Ideologías y mentalidades. Barcelona: Ariel.

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