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Taller: Espiritualidad del Catequista de la Iniciación Cristiana

P. Martín Cipriano SDB

LA IDENTIDAD DEL CATEQUISTA

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Premisa: ¿Qué catequista para la iniciación cristiana?

A estas alturas del taller es menester preguntarnos: ¿Cuál es la identidad del


catequista para desarrollar la Iniciación Cristiana en el propio contexto? ¿Cómo
debe ser su formación?Para iluminar nuestras respuestas trataremos de
comprender mejor acerca de la identidad del catequista y su específica formación
para responder mejor a las necesidades de nuestro actual contexto.

A cada catequista corresponde la tarea de llegar a ser sembrador de esperanza en el


terreno del mundo. “Sembrador” porque nuestro tiempo1 reclama la fatiga del
primer anuncio que lleve a la conversión y la fe inicial; “de esperanza” porque el
anuncio del Crucificado Resucitado, es
fuente de esperanza para la
humanidad.

Es menester de cada comunidad


reconocer el rol fundamental del
catequista así como su formación, sin
nunca olvidar que los catequistas no
son un “producto” de fabricar, sino un
don de Dios por descubrir, acoger, y
sobre todo valorizar.

1
Vivimos no sólo una época de cambios, sino verdaderamente un cambio de época.
1. Características esenciales de la Identidad del catequista

Una característica esencial de la identidad del catequista ampliamente reflexionada


en nuestro contexto latinoamericano – y también por la Comisión Episcopal de
Misión y Espiritualidad de nuestro Perú- y que sintetiza en cierta manera muchas
intuiciones catequéticas actuales es la de ser discípulo.

«El catequista es un bautizado que, en fidelidad a su vocación, busca continuamente


ser maduro humana y cristianamente, consciente de haber sido llamado por la
gracia del Padre al seguimiento de Jesús en el discipulado, junto a otros hermanos,
en la comunidad de la Iglesia, enriquecido por el Espíritu para una misión específica:
ser servidor de la palabra, al servicio del Reino y para la vida del mundo (cf. LG 5). »2

Además, visto que «en la evangelización, en la catequesis y, en general, en la


pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en
particular, para los jóvenes.»3, el catequista entonces ha de ser un mediador que
facilite la comunicación para que sea significativa (cf. DGC 156).

Aparecida, además, manifiesta que «muchas veces, los lenguajes utilizados


parecieran no tener en cuenta la
mutación de los códigos
existencialmente relevantes en las
sociedades influenciadas por la
postmodernidad y marcadas por un
amplio pluralismo social y cultural. Los
cambios culturales dificultan la
transmisión de la Fe por parte de la
familia y de la sociedad.» (DA 100).

Por tanto, el catequista además de ser


un creyente maestro, educador,
testimonio, ha de ser un comunicador
que sabe escuchar los estímulos que
vienen del ambiente. Y para esto ha de
tener una clara identidad relacional,
una identidad dialógica.

2
III SEMANA DE CATEQUESIS, Hacia un nuevo paradigma de la catequesis, 74, CELAM, Bogotá 2006.
3
V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Discípulos y misioneros de Jesucristo para que
nuestros pueblos en Él tengan Vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Documento conclusivo.
Aparecida, 13 -31 de mayo de 2007, 100, CELAM, Bogotá 20072. (=DA)
2. ¿Qué se entiende por formación?

Ante la complejidad del termino formación, que ha tenido muchos usos y que aún
hoy viene entendido en varios sentidos, a continuación describiré aquello que no
podría ya ser considerado como tal, en simultáneo con aquello que si podría serlo.

Formación no puede ser ya entendida como ‘dar forma’ a alguien (actividad


plasmadora), ni mucho menos reproducir un modelo tal cual. Pensar así la
formación reduciría al sujeto a la pasividad, dejaría de lado su autonomía y libertad,
y, por ende, no contribuiría a su progresiva transformación. La formación, en
cambio, no hace referencia a un modelo pre-constituido, sino más bien sigue el
modo a través del cual la persona se construye a sí misma, o sea sigue el análisis de
la misma estructura humana en un contexto socio-cultural.

Formación no puede ya ser entendida como una transmisión unilateral de


contenidos, sino más bien una construcción personalizada que permite a la persona
de reconstruir su universo de significado de forma innovativa y eficaz, al punto que
vienen reelaborados los espacios de definición de si y de sus propias
potencialidades. Como diría S. Soreca (parafraseando J.S. Teruel Pérez y A. Fossion),
«no se trata solo de información, sino más bien de un laboratorio de transformación
y de acompañamiento».4 En ese sentido, la formación, viene entendida [1º] como un
sistema dinámico, interactivo y capaz de tocar la vida de los formandos y habilitarlos
a un particular estilo de vida; [2º] como un proceso completo, sistemático y orgánico
que asume la exigencia de la encarnación y de la personalización como opciones
pedagógicas fundamentales; [3º] como un
«camino pedagógico por el cual una
persona conquista una competencia ...».5

En fin, más que ‘plasmación’ y transmisión,


la formación viene entendida como un
proceso de aprendizaje transformativo
que lleva progresivamente al formando a
madurar una adhesión responsable a Cristo
en un contexto y una comunidad
determinados.

4
Salvatore SORECA, La formazione di base per i catechisti. Criteri, competenze e cenni di metodologia, LAS, Roma 2014,
85-86.
5
Luciano MEDDI, «per un adeguamento dei processi formativi nella comunità cristiana», en AICA, Formazione e
comunità cristiana. Un contributo al futuro itinerario, Urbaniana University Press, Città del Vaticano 2006, 267.
3. Discipulos misioneros competentes (consecuencias sobre la praxis
formativa de los catequistas)
Hoy necesitamos catequistas con una gran sensibilidad misionera. Para ello es
menester considerar algunos elementos organizándolos a la luz de las tres
competencias que el DGC pide a los catequistas: ser, saber, saber hacer.

+ Con respecto al ser:

Se necesita una renovada atención a los procesos de iniciación cristiana con una
perspectiva, a punto, ‘iniciática’, que considere, sin polarizaciones, la fides quae y la
fides qua de forma armónica y unitaria, al interno de un proceso educativo. Para ello
es menester:

 Personalizar la formación del catequista, evidenciando su identidad y


facilitando la dinámica de la autoformación.
 Valorizar las emociones y la dimensión relacional (competencia: saber estar
con).
 Educar para que asuman en modo auténtico el protagonismo en su
contexto socio cultural (competencia: saber estar en).
 Valorizar oportunamente la cultura mediática actual: ≠ instrumento, sino
nuevo mundo por habitar, nuevo lenguaje para la comunicación de la fe.
Cultivar una relación positiva con ella que promueva la experiencia de
relación con los otros, de intercambio, de encuentro.
 Favorecer una pertenencia activa y responsable a la comunidad eclesial.
 Utilizar un “estilo comunional/dialogante” que llegue a ser atrayente y
luminoso para la comunidad, para la Iglesia y para el mundo.
 En fin, favorecer la espiritualidad del catequista: una espiritualidad no para
nuestro tiempo, sino de nuestro tiempo, es decir, recuperar “la mirada
radical” sobre el misterio de la vida en armonía con la de Cristo.

+ Con respecto al saber:

 Cuidar la formación bíblica de los catequistas evidenciando la fuerza de las


parábolas.
 Promover la iniciación mistagógica: acompañar a vivir aquello que se ha
celebrado, conducir al misterio. Para que así lo celebrado sea transformado
en vida cotidiana. La liturgia posee grandes posibilidades poco utilizadas en
la práctica actual de la catequesis.
 Se necesita explorar en el ámbito evocativo, alusivo, simbólico para así
encontrar la pista privilegiada para hablar en términos creíbles y eficaces
de Dios.
 Se necesita formar catequistas sensibles a los últimos y atentos a las
diversas personas con habilidades diferentes.

+ Con respecto al saber hacer:

 La iniciación cristiana debería ser considerada en la práctica catequística.


 Considerar el primer anuncio como dimensión central de la práctica
catequística. Antes de educar la fe se necesita suscitarla.
 Privilegiar el modelo que considere la formación como transformación.
 Se necesita formar catequistas creativos que sepan no tanto repetir
contenidos sino más bien narrar experiencias y comunicar la fe al punto de
tocar las necesidades de la vida de las personas.
 Catequistas protagonistas del futuro que no tanto sepan todas las
respuestas sino más bien sepan mantener encendidas las preguntas
existenciales.
 En fin, como decíamos al inicio, hoy es necesaria una formación a la vida
cristiana que contemple el futuro como promesa y sepa devolver la
esperanza al mundo y llenar de esperanza cada intervención educativa.