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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (I)

José Augusto Domínguez 14/03/2015


Miguel Anxo Bastos Boubeta, profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de
Santiago de Compostela, colaborador en el Máster en Economía UFM-OMMA y conferenciante
habitual en el Instituto Juan de Mariana, donde próximamente impartirá un seminario
avanzado, es el pensador paleolibertario más importante del mundo hispánico. Su teoría del
Estado, fruto de sus reflexiones enmarcadas en la tradición de la Escuela Austriaca y de sus
innumerables lecturas de todo tipo de autores —y que pide a gritos ser trasladada a un
manual— debería ser conocida por todo liberal que se precie —tal vez para dejar de serlo—.
Dedicaremos a dicha teoría una serie de artículos.
El profesor Bastos comienza preguntándose si existe el Estado. Y llega a la conclusión de que
no existe, de que es un ser hipostático, sin entidad real. El Estado no existe más allá de las
personas que lo componen. Su existencia es mental, es un sujeto imaginario. Detrás del Estado
se esconden un grupo de personas organizadas, jerarquizadas, que se dedican a una serie de
funciones, normalmente extraer recursos al resto de la sociedad. Pero la idea de que el Estado
existe es muy útil para dominar a la población. Las personas no le pagan los impuestos a
Mariano Rajoy, se los pagan a un ente llamado España. Pero realmente se los están pagando a
Mariano Rajoy, y él los reparte y los distribuye después. No existe nada llamado España,
Francia o Italia. Son únicamente entes creados mediante símbolos: banderas (trozos de tela
que representan, según se nos enseña desde pequeños, a ese ente imaginario al que hay que
prestar lealtad), himnos (partituras musicales a las que hay que jurar obediencia), uniformes,
monumentos, etc. Todo ello representa simbólicamente al Estado como una entidad que
trasciende a las personas que lo gobiernan. La diferencia entre el poder tradicional y el del
Estado es que en el Estado rendimos pleitesía a algo abstracto, frente a las viejas formas
políticas donde se prestaba obediencia o acatamiento a una persona o un grupo de personas
particulares: al rey, a un noble, a un dignatario eclesiástico o a un jefe tribal. Ahora a quien se
obedece, se paga tributos, se ofrece la vida o se presta servicio militar es a un ente imaginario,
que esconde a personas concretas, organizadas y jerarquizadas.
Buena parte del currículum escolar se dedica a inculcar a los niños que el Estado existe. El gran
triunfo del Estado moderno, la gran astucia, consiste en que, en vez de obedecer a una
persona —el rey, el emperador— a la que vemos poderosa, mandando, pero también con sus
defectos y su peligro, ahora obedecemos leyes y a una entidad abstracta, en apariencia
inofensiva, pero que esconde a personas reales que detraen rentas al resto de individuos.
Todo esto se consigue gracias al sistema estatal de enseñanza, por medio de la asignatura
de Geografía y la idea de mapa, que acaba creando una imagen mental de los países. La única
forma, por ejemplo, de ver España —más allá de las calles o paisajes concretos en los que
estamos— es a través de un mapa. La Geografía le confiere al Estado una existencia real, lo
personifica: España le compra tal mercancía a Alemania. Y la Estadística, la ciencia del Estado,
contribuye a esa personificación al ofrecer todos los datos en agregado: España consume tal
cantidad de energía. El Estado, en definitiva, cuenta con los rasgos de una corporación, pero
con una característica especial: el poder monopolístico.
Pero si no existe el Estado, ¿cómo aparece entonces, se pregunta el profesor Bastos, la
dominación política? El Estado como instrumento, tal y como lo conocemos hoy, es un invento
de la Revolución Francesa, antes no se podía hablar de un Estado como un ente abstracto
dotado del atributo de la soberanía. Los Estados modernos son sucesores de las viejas formas
políticas. El mainstream de la Ciencia Política —Charles Tilly, Michael Mann o Barrington
Moore, entre otros— reconoce que el Estado tiene un origen criminal. Es una institución con
estructura mafiosa, un grupo de personas organizadas que extraen recursos al resto de la
sociedad. Los teóricos están de acuerdo en que el Estado nace de la violencia, de la conquista.
Existen varias teorías al respecto. El sociólogo alemán Alexander Rüstow apunta en Freedom
and Domination la teoría de superestratificación: un grupo de bandidos, de personas armadas,
conquista otro territorio y se superestratifica, es decir, se coloca por encima de la población

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dominante y empieza a exigir tributos, a establecer unas normas y unas fronteras, a propagar
unos principios legitimadores y a comprar intelectuales de corte para que lo defiendan. Así,
unas bandas se colocan sobre otras. Sería el caso, por ejemplo, de los romanos, godos, francos,
árabes, los españoles en América, etc. A esta tesis hay que añadir la del antropólogo
norteamericano Robert Carneiro, que defiende la idea del encapsulamiento, posteriormente
desarrollada por Michael Mann en Las fuentes del poder social: siempre hubo tensión entre
ganaderos y campesinos, los primeros eran personas de mucha movilidad, armadas, que iban a
caballo; frente a los segundos, que estaban estabilizados en sus tierras; los ganaderos solían
llegar de las montañas y arrasaban a los campesinos; la tesis de Carneiro es que en un
momento dado los ganaderos se dieron cuenta de que era preferible, en lugar de saquear,
colocar a los campesinos a trabajar para ellos; y eso se puede hacer en sitios donde exista la
posibilidad de encapsular a la gente, en determinados valles, por ejemplo; así, esas bandas de
bandidos se superestratifican y pasan a dominar a los campesinos y les empiezan a cobrar
tributos. Algo parecido también apunta Henri Frankfort en Reyes y Dioses.
En definitiva, según estos autores, el Estado no tiene un origen inmaculado sino violento y
basado en la conquista. Así lo señalaba Robert Higgs y, hace unas décadas, Charles Tilly: el
Estado nace de la violencia y la guerra, el reino mejor organizado, con mejor capacidad militar,
se impone sobre los demás. Pero el proceso no acaba ahí. Los reyes establecen unas fronteras
para evitar que llegue otro rey que haga peligrar las conquistas y las rentas que extraen a la
gente. Establecen normas para que no haya conflictos entre los dominados; si los dominados
se enfrentan entre ellos, el rey perderá tributos. Pero estos gobernantes saben que el poder
amparado únicamente en la fuerza es muy inestable. Es mejor dominar por las ideas. De esta
manera, contratan a una serie de intelectuales, cortesanos, que justifiquen y canten su poder,
en muchos casos divinizándolo (de hecho, el Estado ha logrado que se le rinda un culto de
latría, por ejemplo, ponerse de pie cuando suena el himno o arrodillarse delante de la bandera
son elementos tomados de la teología católica). En la actualidad ese papel de loa al Estado lo
representan las universidades: las facultades de Economía se dedican por completo a justificar
la intervención del Estado en la sociedad; las de Políticas a establecer una teología del poder
político; y las de Derecho a reivindicar el positivismo como única fuente de obediencia. Virgilio
y Horacio fueron poetas de cámara y, posteriormente, filósofos como Hobbes, Bodino, Spinoza
o Hegel no tuvieron reparo en colocarse al servicio del Estado para legitimarlo. Por tanto, el
poder del Estado se diferencia de la mafia en que busca una legitimación, no es violencia
únicamente. Y una de las fuentes de legitimación más importantes es la idea de contrato
social. Jay Nock, en Nuestro enemigo el Estado, intenta desmontar ese concepto de contrato:
qué clase de contrato es ese en el que falta una tercera parte que pueda resolverlo. Si el
Estado no cumple, ¿quién ejecuta el contrato?; cómo se puede firmar un contrato con el
Estado si las personas se encontraban previamente en un estado de naturaleza sin ninguna
capacidad de obrar; y, un contrato firmado por mis antepasados, ¿me puede comprometer a
mí? La idea del contrato social es poderosa, está muy bien trabada, aunque resulta inadmisible
desde el punto de vista jurídico. Pero es una fórmula de legitimación muy potente. Si un
contrato así no se lo admitiríamos, por ejemplo, a una compañía telefónica, ¿por qué
admitírselo, señala el profesor Bastos, a un ente que además nos arrebata aproximadamente
la mitad de nuestras rentas y, en muchos casos, nos exige incluso dar la vida o nuestra libertad
por él en guerras, servicios militares u otro tipo de trabajos forzosos?
Así, la divinización del poder y la idea de contrato social vinculante son las vías principales para
legitimar que haya que obedecer, pagar tributos y dar la vida por el Estado. Mediante esos
elementos se va construyendo poco a poco la doctrina del poder político. El Estado moderno
no se ve obligado siquiera a usar la fuerza bruta —aunque en última instancia por supuesto
que la usaría, ningún Estado ha renunciado al monopolio de la violencia—, sino que le basta
con crear una serie de doctrinas que se enseñan de manera forzosa en las escuelas públicas y
privadas para que las personas acaten ese poder desde la infancia sin ningún tipo de
cuestionamiento. Toda la legitimación se hace a través del currículum escolar: historia del

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Estado, lengua del Estado, ética del Estado, geografía del Estado y filosofía que justifica la
existencia del Estado.
 Política, historia y sociedad
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Comentarios
Luisa
09/08/2015 - 22:16
Es asombroso, para demostrar que algo es un constructo mental, se usan otras creaciones
mentales. Entre esa constante tentación humana y que solo conocemos el cinco por ciento de
lo que nos rodea en el universo, va a ser verdad que no sabemos nada.
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Jaume
12/08/2015 - 21:14
Sinceramente, este tipo de entradas son interesantes, pero me recuerdan mucho a esos
discursos comunistas empeñados en justificar que la "burguesía" es opresora y debe de ser
eliminada, sobretodo en la parte donde se mencionan a todas las personalidades que,
supuestamente, se pusieron al servicio del Estado (parecido a la típica acusación de "estas al
servicio de EEUU y del imperialismo").
La teoría está muy bien y yo creo que, en el fondo, lo sabe todo el mundo: el estado es un
imperio, una autoridad que se impone por la fuerza. Ahora, eso no significa que la gente no lo
defienda. Es como en esa anécdota que contó Jorge Verstrynge donde, en una ex-colonia
portuguesa, un ciudadano de la zona les dijo a el y a un compañero: "eso de la independencia
estuvo muy bien, pero, ¿cuando vuelven los portugueses?". ¿Acaso la gente, con el pan y circo
que les ofrecían, estaba en desacuerdo con el Estado romano? ¿Las tribus enfrentadas a los
Incas se quejarían de los conquistadores españoles? ¿Los revolucionarios franceses y rusos no
pedían precisamente un Estado?
En lo que si esto yen desacuerdo es en el tema de banderas, himnos, uniformes. Símbolos
como estos los hay en todas partes, ya sean Estados o pandillas de México, pasando por
piratas o guerrilleros, incluso empresas. No hay ningún complot para enseñarnos a venerar al
Estado, esas conspiraciones son propias de los comunistas. Otra cosa es que la gente confunda
las cosas, pero banderas, fronteras, países, himnos y demás son fruto de instintos y
sentimientos del propio ser humano unidos a una historia y una tradición, pero eso de que
todo es una invención del Estado me suena a paranoia.
Saludos.
 responder
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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (II)
José Augusto Domínguez 10/04/2015
En este segundo artículo de la serie dedicada a la teoría del Estado del profesor Miguel Anxo
Bastos examinaremos con qué elementos cuenta el Estado y veremos quiénes son las personas
que lo gobiernan.
El Estado moderno, que surge con la Revolución Francesa, se sustenta sobre tres pilares:
poder, territorio y población.
Bastos entiende que hay que distinguir el poder político de los demás poderes. El poder,
siguiendo a Robert Dahl, consiste en que alguien haga algo aunque no quiera hacerlo. En ese
sentido el único poder que existe es el político. Los filósofos políticos romanos discutían sobre
qué es más importante respecto al poder: el hierro o el oro. Y no hay duda: el hierro lleva al
oro. Y eso es lo que define el poder político (de qué le valió el oro a los romanos cuando
llegaron los godos; o a los ricos de Rusia o Cuba cuando aparecieron los comunistas). El hierro,
las espadas, las armas, la violencia siempre se impone. Esta es la cuestión fundamental de la
teoría política. Muchos de los ricos que vemos ahora derivan su posición de una concesión
previa del Estado (la concesión de los teléfonos, de las eléctricas, privilegios a la banca,
patentes, protección arancelaria, concesión de rentas, canonjías, monopolios, etc.). Siempre es
el poder político el que domina al económico. El poder político se basa en la fuerza o en la
amenaza de utilizar la fuerza contra la propiedad y la libertad de los súbditos. En última
instancia, el poder deriva, según la clásica definición de Max Weber en Economía y sociedad,
de detentar el monopolio —pretendidamente legítimo— de la violencia física en un territorio.
Y de esa violencia derivan poderes económicos y de propaganda (que en puridad no son
verdaderos poderes, pues no pueden ejercer la violencia ni obligar a hacer algo a alguien que
no quiera hacer, es decir, cabe la resistencia frente a ellos). Sin embargo, el pensamiento único
establece que quien domina es quien cuenta con el oro (lo vemos claramente en el
argumentario de Podemos, por ejemplo).
Frente a los Estados antiguos, el Estado moderno se caracteriza por ejercer el poder en un
territorio determinado. El mundo está divido en cuadraditos, unos más grandes y otros más
pequeños, en los que hay un Estado que gobierna. En ese sentido, nos han convertido en seres
territoriales a través de mapas (lo explica Benedict Anderson en Comunidades imaginadas),
discursos de legitimación (John Agnew en Geopolítica desmonta toda la retórica que hay en
torno al poder territorial del Estado: la idea de frontera natural y de espacio vital), etc. Somos
capaces de asumir, por ejemplo, que de España emigre un millón de personas, pero no que se
separe una comunidad, un territorio, de un millón de personas (Asturias o Cantabria, por
ejemplo), cuando a efectos económicos es lo mismo. Hemos interiorizado que importa el
territorio, no las personas. La idea de territorio implica continuidad territorial (los enclaves,
Gibraltar, sin ir más lejos, nos parecen horribles; aunque hace siglos las ligas de ciudades eran
muy comunes y, por tanto, la continuidad territorial era inexistente) y soberanía (esto no
siempre fue así, en el mundo anterior al Estado moderno había varios poderes en disputa,
como el papado y el imperio, lealtades cruzadas, distintas jurisdicciones, leyes y fueros en
función de cada persona, etc). Hasta tal punto hemos interiorizado la idea de territorio que,
por ejemplo, podemos imaginar una España sin catalanes, pero no una España sin Cataluña.
El tercer elemento es la población. En los Estados modernos la población opera a través del
concepto abstracto de nación. Es la idea de que la población de un determinado territorio
comparte atributos y rasgos comunes, en muchos casos imaginarios: lengua, religión, raza,
etnia, historia, leyes comunes, etc. El Estado no ejerce su poder en el vacío, sino sobre una
determinada población que debe contar con puntos en común que permitan una identificación
con ese Estado. Pero esto no siempre fue así, antiguamente la población carecía de atributo
nacional alguno —la nacionalidad es un concepto de la Revolución Francesa—, lo explica
Carlton Hayes en El Nacionalismo una religión: la comunidad nacional pasa a formarse
siguiendo el camino de los ritos, obligaciones, liturgia, adoración, etc., que antiguamente
utilizaron las religiones

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¿Y quiénes son esas personas organizadas, se pregunta el profesor Bastos, que gobiernan el
Estado? En realidad se trata de unos pocos miles de personas. La tesis pluralista considera que
el poder está difuso, que todos tenemos algún tipo de poder, repartido entre toda la sociedad:
el poder lo disfrutan las personas a través de su participación en el cauce democrático,
manifestaciones, activismo social y político, crowfunding, etc. La tesis elitista entiende, por el
contrario, que el poder está concentrado en unas pocas personas que actúan de manera
conjunta. Es una vieja teoría que plantearon un siglo atrás los italianos Gaetano Mosca y
Vilfredo Pareto y el alemán Robert Michels y que sostiene que toda sociedad está gobernada
por un grupo de personas experta en el arte y los mecanismos de la política, que actúa de
manera coordinada y que domina a todo el conjunto. La idea de casta no es del todo correcta,
puesto que casta en puridad hace referencia únicamente a un tipo de élite derivada del
nacimiento (las castas de la India, por ejemplo); la clase política, en cambio, es un concepto
que engloba todo: nacimiento, mérito (tecnocracia), élites guerreras y sacerdotales,
plutócratas… Este grupo de personas cuenta con la principal característica de gobierno, esto
es, la virtud de extraer rentas al resto de la población. Esta clase está constituida por personas
de enorme ambición, que sienten placer luchando por el poder y el mando, con gran
autoestima y, al contrario de lo que se suele pensar, muy trabajadoras. James Burnham
estudió en Los maquiavelistas a los autores que explicaron la verdadera naturaleza de la
política, que se caracteriza, lejos del mito democrático que se nos vende, por estar en manos
de unos pocos. Pero esa clase política domina siempre que satisfaga a la clase social. Aquí
entra en juego el concepto de Pareto de la circulación de las élites: cuando una élite está
anquilosada llega una nueva y la expulsa. Pueden variar las formas, pero siempre hay una clase
política que detrae rentas y domina al resto de la población. Por último, esa clase política
cuenta a su vez con una fórmula, es decir, una legitimación con algún tipo de idea o principio
que le permita gobernar. Hoy domina, por ejemplo, el principio del progreso económico y la
idea de la democracia (otras ideas pueden ser la construcción del socialismo, la expansión del
islam, etc.). La fórmula acaba legitimando el poder de esa clase política.
En definitiva, el Estado está compuesto por un grupo de personas organizadas, especializadas,
con habilidades de mando y con capacidad de detraer rentas al resto de la población. Unas
rentas, eso sí, que son extraídas de manera sutil: en nombre de la justicia social, la equidad, las
externalidades, etc.

Serie sobre Teoría del Estado en el Prof. Bastos: también puede consultar el capítulo I.
 Política, historia y sociedad
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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (III)
José Augusto Domínguez 11/05/2015
En este tercer artículo de la serie dedicada a la teoría del Estado del profesor Miguel Anxo
Bastos, examinaremos cuál es la dinámica de funcionamiento del Estado.
Hay una dinámica interna y otra externa. La externa es la que se refiere al engrandecimiento
del territorio. Todo Estado tiene, en última instancia, una tentación imperial: expandir el poder
de su clase dominante. Así lo explicó Bertrand de Jouvenel en sus obras Sobre el poder, La
soberanía y La teoría pura de la política. Todo Estado alaba y canta a los reyes y gobernantes
que expandieron territorialmente sus dominios y sometieron a otras poblaciones. La edad de
oro de España, por ejemplo, es la España imperial. Hay una lógica de expansión del poder hacia
fuera. Se reclama la grandeza del Imperio, su labor civilizadora. Pero se trata de una retórica
falsa. Los imperios son piedras de molino en el cuello de una sociedad. ¿A quién beneficia el
imperio? ¿Al pueblo o a sus gobernantes? El Imperio únicamente posibilita que la clase política
detraiga rentas a otras poblaciones. El colonialismo no hace rico al país colonizador, solo a sus
gobernantes. Y es que ningún país europeo se ha derrumbado por perder las colonias (Reino
Unido con EEUU, España con Cuba, etc.). De hecho, los países más ricos de Europa carecieron
de colonias (Luxemburgo, Suiza, Irlanda, Noruega, etc.). Sin embargo, el discurso de la
expansión exterior, promovido por la clase política, ha calado en la sociedad. Es aquello de que
cuanto más grande sea un país mejor le irá a sus gentes. Pero esto no tiene ningún tipo de
lógica económica ni racional. No existe una escala correcta para el Estado. ¿En qué le va mejor
a un chino que a un habitante de Luxemburgo? Ninguna prueba indica que los Estados grandes
funcionan mejor que los pequeños. Lo que sí que se produce es una lógica política que
incentiva la expansión. A los gobernantes les interesa que sus Estados sean poderosos. A
Mariano Rajoy le conviene que España sea grande, que esté en el G-20, que pinte en el mundo.
Pero, en definitiva, el que pinta en el mundo es el político de turno, no el ciudadano de a pie.
El Estado también se construye de forma interna a través de un proceso que los teóricos
conocen como state-building. Este proceso consiste en ir eliminando uno por uno todos los
poderes que hacen sombra al Estado, ir laminando todo contrapoder. En primer lugar, se
produce el debilitamiento de las aristocracias, que eran un poder que hacía sombra al rey. Eran
soberanos en sus pequeños territorios e impedían que el poder real se impusiese de manera
absoluta. Por este motivo, el Estado fue arrebatando poco a poco el poder a las aristocracias.
Charles Tilly cuenta que el primer cometido de los Estados modernos era quemar los castillos,
porque éstos simbolizaban el poder local que podía plantarle cara. Tras este paso, las
aristocracias son, en unos casos, trasladadas a las cortes y, en otros, directamente aniquiladas
(el llamado aristocidio, término acuñado por Nathaniel Weyl), como ocurrió en la Revolución
Francesa. En segundo lugar, el Estado acaba con los poderes de los territorios. En el antiguo
régimen la gente no sentía el Estado como un ente abstracto, sino que era leal a los poderes
locales (todos los territorios, además, disfrutaban de un parlamento, que ejercía de contrapeso
al poder del gobernante). Así, el Estado trata de erradicar todos los poderes intermedios y de
establecer la legitimidad única del poder central. El caso francés es el más paradigmático: el
Estado fulminó todos los parlamentos y poderes locales y creó una nueva división
departamental, que eliminaba cualquier lealtad previa. En España se llevó a cabo la misma
juagada, promovida por los llamados liberales, que construyeron el Estado y crearon las
provincias. Toda esta operación de aniquilamiento de los poderes locales tiene su razón de ser,
puesto que las personas eran más leales a lo que tenían más próximo que a un Estado central y
alejado. En tercer lugar, el Estado trata de suprimir el poder religioso (buena parte de las
iglesias reformadas, cuyas cabezas pasaron a ser ocupadas por un soberano, se sometieron por
completo al poder estatal; las iglesias ortodoxas se convirtieron en iglesias nacionales; y la
iglesia católica, la institución que más se resistió a ese proceso de expansión interna estatal,
fue debilitada hasta acabar transformada en una ONG, un ente que cobra del Estado, que
cuenta con una serie de privilegios y que se limita a ver, oír y callar). Este sometimiento del
poder religioso tampoco carece de lógica, puesto que históricamente las personas se han

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mostrado mucho más fieles a su religión que al Estado. Y el Estado no puede consentir la
amenaza de que exista una moral distinta a la suya. Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo
un proceso de descomposición de la familia. Aquí opera la misma lógica que la que venimos
mostrando en las líneas precedentes. La familia es una fuente de lealtad contra la que el
Estado no puede competir (resulta harto complicado que un hijo denuncie a sus padres por no
pagar impuestos), de ahí que, desde la perversa lógica estatal, la única solución pase por
debilitar los lazos familiares. El proceso de domesticación de las familias comienza con el
sistema estatal de educación a edades muy tempranas (ya no son los padres los que educan,
sino que lo hace el Estado a la fuerza), pasa por la regulación de las relaciones amorosas (el
Estado sanciona los matrimonios y divorcios) y termina con el cuidado de los ancianos (con lo
que se rompe el sistema de lealtad tradicional: ya no son los hijos los que cuidan a los padres).
Este proceso de expansión interna del Estado que hemos señalado se concreta a través de una
serie de pasos. En primer lugar, mediante la apropiación de la ética. Baruch Spinoza señalaba
que la ética la debía marcar el Estado (no la religión, la moral o la tradición). Y el Estado se ha
acabado atribuyendo el papel de decidir lo que es bueno y lo que es malo (así, ha impuesto
valores supremos como la corrección política, la ideología de género, unos modos
determinados de vida saludable y de alimentación, las relaciones sexuales desacralizadas, etc.).
Es un proceso que logra gracias a su control absoluto de la educación, que va permeando una
serie de ideas en los alumnos (por ejemplo, el dogma de que la democracia es buena). En
segundo lugar, por medio del proceso de creación de la ley. Antiguamente el Estado no hacía
la ley, simplemente la ejecutaba. La ley venía dada por la tradición, la moral o el Derecho
natural. El gran salto se produce cuando el Estado pasa a hacer la ley, determinar lo que es
justo e injusto, asignar los recursos, castigar de manera monopolística, etc. El poder político,
en los sistemas antiguos de corte religioso, estaba frenado, pues se encontraba con una ley
divina, que no podía cambiar y que, además, era la que le legitimaba. Actualmente, en
palabras de Carl Schmitt, la ley es la voluntad del führer, con lo que el Estado puede
incrementar su poder sin límites. Es célebre la anécdota de un molinero que en el s. XVIII le
ganó un pleito a un emperador de Prusia a propósito de unas tierras que éste pretendía
expropiarle. Hoy en día resultaría impensable que sucediera algo semejante (cualquier
concejal puede arrebatarle su vivienda a cualquier vecino, pues la ley la dicta el concejal). Es el
gran triunfo de Hans Kelsen: el Estado es quien elabora la ley, el que puede decretar que algo
es bueno o malo prácticamente en cualquier ámbito (con las perniciosas consecuencias de
sobra conocidas, particularmente en el s. XX: leyes raciales, confiscatorias, etc.). En tercer
lugar, expropiando los medios de pago a la sociedad. El dinero fue creado de manera privada
gracias al orden espontáneo del mercado. El Estado podía usar la moneda, pero no podía crear
o determinar qué era dinero. A día de hoy, en cambio, el dinero es lo que el Estado decide
(tanto en lo que respecta a la propia definición del dinero, como a su cantidad y calidad). Este
proceso ha derivado en la concesión de operar en régimen de monopolio a las bancas
centrales y de todo tipo de privilegios al conjunto del sistema bancario. Otra consecuencia es
que el dinero, frente a su carácter universal anterior (cuando el dinero era el oro), se
fragmenta territorialmente (mediante un proceso de nacionalización y estatalización de la
moneda, lo cual carece de lógica económica). Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo su
expansión interna mediante el privilegio de decidir cuánta propiedad pueden disfrutar los
individuos. Se parte del principio de que toda la propiedad es del Estado y, a partir de ahí, se
concede, por meras razones de eficiencia, que una parte de la misma esté en manos privadas
(aunque siempre sometida al interés público). Se trata de una carta blanca que permite al
Estado confiscar, vía impuestos y sin límites de facto, las propiedades de sus súbditos.
 Proceso político: tª estado, elección pública y democracia
 Política, historia y sociedad
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Comentarios
Buenaventura

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11/05/2015 - 17:36
De acuerdo. Pero no hay que olvidar que el Estado existe porque existe la violencia entre los
hombres. Los hombres prefieren una violencia estable y ordenada a una violencia esporádica y
descontrolada. Aún la prefieren más si ven la oportunidad de llegar a la propiedad o a obtener
beneficios aprovechándose de esa violencia. La democracia, es decir Leviatán sin límites, es la
forma más insaciable del Estado, pero quizás sea la única forma de gobierno que podría
permitir domesticarlo. Para ello es esencial cambiar los principios de filosofía política que
imperan desde siempre y empezar por convencer a los ciudadanos de que hay que limitar el
ámbito de actuación del Estado. El Estado debe ser la forma colectiva de la violencia con el
único fin de combatir la violencia, externa o interna contra los ciudadanos. Cualquier otra
función, como la redistribución de la propiedad o la riqueza o combatir la desigualdad. etc.
debería ser considerada una extralimitación ilegítima y ser combatida o abolida. Esto supone
una tarea sin fin, y con posibilidades escasas de éxito, pero la abolición del Estado es una
utopía equivalente a suponer que la violencia va a desaparecer algún día y que la tierra va a ser
un paraíso donde todas las relaciones entre los hombres se van a establecer solamente
mediante el mercado y serán todas beneficiosas para todas las partes implicadas o no tendrán
lugar. De momento, la alternativa al Estado suele ser el caos de la violencia descontrolada, y
esto es percibido como una peor situación por la mayoría de los hombres.
 responder
Bastiat
12/05/2015 - 09:24
Siempre me pasa lo mismo. Cuando leo a los Ancaps tiendo a pensar que su base de
razonamiento histórico no se base en el hecho histórico en si sino al resultado que tenemos
ahora, en la concepción socialista del estado.
En una película famosa, de hace ya algún tiempo, una de esas películas “de culto” un grupo de
homínidos se vio desplazado de una fuente de agua por otro grupo que tenía necesidad de
beber de esa agua si quería sobrevivir. De hecho, cuando se vieron desplazados esa necesidad
que antes tenía cubierta se volvió acuciante. Un grupo que se refugiaba junto para defenderse
de las amenazas naturales por parte de otros animales. El entorno, cuando estás desnudo, es
muy cruel y sólo la inteligencia humana, ante la falta de armas de ataque o defensa en nuestro
cuerpo, no tenemos colmillos grandes, aguijones o venenos, no tenemos corazas ni espinas...
supo sacar partido, primero a la agrupación, cosa muy animal, por otra parte, pero también a
las herramientas. Una quijada de un burro... se convierte por arte de nuestra capacidad en
arma... El grupo anteriormente desplazado se convierte en reconquistador del territorio que
antes dominaba gracias a su mayor capacidad de lucha obtenida con el poder que le confería
un simple hueso.
El usar como argumento contra el Estado y el poder como que es violento.... es... cuanto
menos, desconcertante. Pues claro. El Estado no es en sí violento. Lo violento es el hombre. La
necesidad nos convierte en violentos y sólo una capacidad de moderación por la cultura, que
necesita un entorno estable para desarrollarse, en paz, una sociedad estructurada alrededor
de una religión, cuya capacidad de apaciguamiento fue apareciendo con el tiempo, porque
había religiones, y aún las hay, que promovían la violencia como manera de conquista, por
supuesto, pero también de poder.
Creo recordar que hay gente que es “der Betis manque pierda”. Eso sí, todos sabemos que
cuando gana nuestro equipo gano yo y cuando pierde pierden ellos. Un poco de psicología
social no nos vendría mal a la hora de analizar la realidad de lo que es el poder. Y el poder es la
fastuosa sensación, si, de que otros hagan incluso lo que no quieren. ¿En qué lado querrían
estar la mayoría de la gente? Porque al final se trata de eso. Si yo estoy al lado de la mayoría
me aseguro protección, me aseguro recursos, me aseguro progreso... y si puedo estar más
cerca del poder.... me aseguro poder. Y todo ello es muy natural.
El Estado moderno, ciertamente está usando su poder para autoafirmarse, autolegitimarse,
para ser la fuente de ley y orden. Pero la base no está en las estructuras que el estado ha

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estado creando, ni en las personas que o han ido ocupando, sino en la naturaleza humana, en
la necesidad de tener cubiertas necesidades básicas como el agua para los homínidos. La
seguridad del grupo, el poder proveerse de alimento, refugio, calor humano. La necesidad esa
que nos lleva a formar grupos. Grupos que cuanto más grandes son más seguros están, más
bienes consiguen, más estables son sus sociedades, más cultura y religión crean.
Las estructuras del Estado del Egipto antiguo, con mucho componente religioso, son de hace
3000 años. Y sin embargo los faraones, si, sometidos en mucho a la religión, podían variar sus
sociedades no en sí ordenados por la religión sino porque el poder que representaban, en la
medida que proporcionaba a su súbditos seguridad y alimento, conseguían la legitimación por
parte del pueblo. Una legitimación en parte religiosa, sí, pero eminentemente práctica. Y esa
gestión del grupo de un sistema a lo largo del tiempo creó el imperio.
No estaría de más recordar los avatares de los judíos en todo ese tiempo. No estaría de más
recordar la historia de luchas, guerras, matanzas. Y no era por el poder.... era por la
supervivencia. Una supervivencia que permitía a un grupo humano, armado con su cultura y
religión como aglutinante, lograrlo con mayor o menor éxito... Ahora bien, en vez de luchar...
se podrían rendir. ¿A quién? A otro grupo. Al que ganara. Al más violento.... al mas fuerte. Al
que, además, al agregarse a él le garantizaba en primer lugar la vida, y luego el sustento. Con
un precio claro.
Pero es lo que había.
Es lo que hay.
 responder
Joan Vallés Morales
12/05/2015 - 15:28
La historia no es cíclica, sino lineal, por lo que la historia no tiene por qué ser repetida al
cambiar el contexto. El anarcocapitalismo no es una utopía. Es irrealizable hoy, simplemente.
Todo paso hacia la libertad (la bajada en un punto del IRPF o permitir vender comida en
furgoneta) nos acerca a ese momento.
 responder
Bastiat
12/05/2015 - 19:54
Joan, cierto, la historia no es cíclica sino lineal por eso cambia al cambiar el contexto, que
tampoco es lineal.
Bien... dices que el anarcocapitalismo no es una utopía... ¿en qué te basas para decir eso? ¿En
la vieja y manida afirmación de que como no se ha probado no se puede decir que no va a
funcionar? Miles de años de historia nos dicen que no ha habido ninguna sociedad que pudiera
llamarse por tal nombre. Y, de hecho, si hubiera habido en algún momento algo parecido a la
Anarquía capitalista.... fracasó. No existe por ningún lado. No sólo eso, sería incluso bastante
interesante comprobar cómo se conjugan sociedad con anarquía.
Pero si quieres convencerme con otros argumentos lo acepto.
Eso si, estoy absolutamente de acuerdo que el lograr reducir el tamaño y el poder del Estado,
cosa que sí tenemos en común los Ancaps y los liberales como en muchas otras cosas hasta
que nos empeñamos en hablar de utopías, es dar pasos adelante hacia mayores cotas de
libertad.
 responder
Joan Vallés
13/05/2015 - 10:52
Bastiat, si tomamos el concepto de utopía de la RAE (el idioma es una construcción colectiva
espontánea que está por encima de la RAE), el anarcocapitalismo en una utopía porque HOY es
irrealizable. Yo defiendo que no lo será siempre, por eso digo que NO será una utopía siempre
o bien que no será utopía (en general las personas entienden utopía como algo irrealizable per
sé, como lo es el comunismo, por ejemplo)

9
Mi argumento es el siguiente: El Estado surge como algo lógico dentro de la evolución
humana. Aunque pueda haber existido con anterioridad entendemos que apareció hace 4.000
años en el valle del Nilo (es apasionante la egiptología por lo que nos hace comprender el
mundo actual). Surgió por lógica necesidad y demostró ser una estructura positiva en muchos
aspectos (también es importante comprender por qué en ese lugar o también en la
confluencia del tigris y el eúfrates). La mejor prueba está en el hecho de su pervivencia a lo
largo de los siglos. Como toda organización social, se mantiene porque logra mejorar la vida
de, al menos, la gran mayoría de las personas. Este modelo, que tiene 4.000 años, ha
alcanzado su cénit con los Estados totalitarios del s.XX y, a partir de este momento debería ir
retrocediendo porque ya no es la manera óptima de gestionar una sociedad. cuando hablo del
contexto me refiero principalmente a que jamás ha existido una conciencia colectiva global
como la que está comenzando a aparecer (este es un proceso de generaciones acelerado por
internet). No podemos imaginar como será el futuro, pero yo estoy convencido de que una
alianza entre comunidades libres (de distinta naturaleza, pero que compartan el respeto al
derecho natural) llegará a ser más fuerte de lo que lo llegue a ser cualquier estado futuro.
En fín, en el presente no estamos divididos sino juntos los que creemos en la libertad y en la
necesidad de reducir el tamaño e intrusión del estado en nuestras vidas.
 responder
Bastiat
13/05/2015 - 11:42
Yo no baso la calificación de utopía en el momento actual. Lo baso en la propia definición de
Anarquía y el hecho de que el hombre es un ser social. Todo ser social necesita de estructuras
para garantizar la convivencia. Todo acuerdo es en sí un limitación de la libertad individual. El
hecho de que sea voluntario no merma esa verdad. Y luego la sociedad, como digo en otro
lugar, no es algo que se forma a base de fotos fijas de individuos, en este momento acepto un
contrato en este no, sino que la propia linealidad de la historia, de la vida cotidiana impone
normas de obligado cumplimiento con acatamiento implícito, que no explicita, por parte de los
individuos que forman esa sociedad.
Uno de las grandes del movimiento Ancap, David Friedman, decía, refiriéndose para
descalificar a los colectivismos, que no creía en un tipo de sociedad que necesitar estar
formada por hombres nuevos, queriendo decir lo de nuevos como aquellos que han sido
educados o han asumido los principios fundamentales que caracterizan dicha sociedad.
Pues bien, la utopía Ancap, tiene el mismo problema. Un problema que empieza en el
momento en el que se defina una anarquía como sociedad. ¿Sociedad? Una sociedad requiere
normas de convivencia, como digo arriba. ¿Sería posible una sociedad sin normas? Yo creo que
no.
Añadámosle el hecho de que toda sociedad necesita un espacio en el que desarrollar su
actividad. El Territorio. ¿Quién lo va a definir? Si no hay un grupo que se ponga de acuerdo en
definir... Albacete es tierra Ancap... ¿sería susceptible de existir ese algo Ancap? Yo creo que
no.
Pero además, por propia definición, en una “sociedad” Ancap, cuyo “territorio” Ancap rija el de
acuerdos voluntario nadie puede impedir que una parte del territorio sea cooptado por
aquellos que sí adopten normas de conducta colectiva, que imponiendo obligaciones a sus
miembros, inicialmente aceptadas, pero con efectos en el tiempo a sus descendientes (nadie
puede impedir que se dé el caso) obligue incluso a luchar contra los demás sabiendo o
pensando que eso es para expandir el tipo de sociedad particular que ellos han creado dentro
del “territorio de esa sociedad Anaquista”. El grupo frente al individuo. Las posibilidades de
éxito de los unos frente al otro... por cuestión de número sin más. Eso sí, salvo que el grupo
“Ancap” (ahora ya lo pongo entre comillas) haya llegado a acuerdos entre sus miembros que
obliguen a la defensa mutua dentro del territorio que ya los ha identificado de los miembros
de dicha sociedad en cuanto sufran agresión... ¿Llamarías, pues, a eso una sociedad Ancap?
¿Podría mantenerse como fuerte dicho acuerdo si aquellos que no aceptan cumplir su parte, ir

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a la guerra, no pueden ser obligados o no pueden ser expulsados del grupo ¿ Quién lo haría?
¿Qué significaría todo ello? ¿No debería de tener una estructura de autoridad que hiciera valer
los acuerdos y hacer cumplir las consecuencias a aquellos que los ignoran?
Reducir el tamaño del Estado lo más posible no es lo mismo que hacerlo desaparecer. El
liberalismo surge para limitar al Poder, no para eliminarlo. El Poder es necesario porque es
necesaria la autoridad que sea reflejo de la sociedad y el respeto a los acuerdos fundamentales
en los que se rige esa sociedad. Una sociedad liberal es aquella que hace realidad sus
principios basados en la libertad, la propiedad y la vida y el respeto a los demás y la asunción
de responsabilidad de nuestros actos. No es una sociedad insolidaria, porque una sociedad
insolidaria es aquellos cuyos individuos sean insolidarios. Pero no se es solidario cuando me
obligan a “serlo”.
El debate es muy largo pero no por conceptos liberales sino por conceptos psicológicos,
motivacionales, por ser el hombre un ser social y la preferencia temporal del “ande yo caliente
ríase la gente” y por la fuerza de aquello de que “quien a buen árbol se arrima buena sombra
le cobija”.... esa es la realidad con la que hay que luchar.
 responder
Joan Vallés
14/05/2015 - 09:10
Por supuesto que el ser humano es un animal social. Vivimos en sociedad porque ello nos
beneficia colectivamente. El Estado surge a partir de la sociedad y no al revés. Una sociedad sin
Estado no deja de ser sociedad ni de tener unas normas y, dentro de ella, pueden surgir
comunidades de todo tipo, con jerarquías y valores diferentes. La diferencia es que si en el
pasado las sociedades más fuertes eran aquellas que tenían un Estado detrás, en un futuro
podría no ser así, y quizás serían más fuertes las sociedades libres sin Estado. Ojo, no hay que
confundir Estado con gobierno. el gobierno es necesario, se establecen y hacen valer unas
normas que son aceptadas explícitamente y pueden ser de obligado cumplimiento en las zonas
comunes si así lo decide la mayoría, como en una comunidad de vecinos se te puede decir qué
hacer en la escalera, pero no en tu casa mientras no molestes a los vecinos. La diferencia es
que un Estado se auto-legitima en virtud de falsos "contratos sociales" o "herencias divinas" y
te impone unas normas que violan tu espacio privado.
 responder
Bastiat
14/05/2015 - 11:55
Joan.... “en un futuro podría no ser así, y quizás serían más fuertes las sociedades libres sin
Estado”. Quizás.... lo mismo sí.... o lo mismo no. Por soñar que no quede... Pero de todas
formas eso es a muy largo plazo.
“no hay que confundir Estado con gobierno.” No, pero el Gobierno es la realidad física del
Estado. Son los encargados de velar por el cumplimiento de Lars normas que en virtud de los
acuerdos, explícito e implícitos, rigen el territorio en el que ese estado tiene su imperio.
A diferencia de una comunidad de vecinos, en la actualidad, en la que nadie puede meterse en
tu vida.... ¿seguro? Incluso en la actualidad una comunidad de vecinos puede denunciarte si
hace cosas en tu casa que no está, ajustadas a derecho, por ley impuesta por el Estado, puede
echarte de tu casa si no pagas o incluso si causas graves problemas de convivencia... No está
tan claro eso de que no se pueden meter en tu vida. Recuerda el edificio Dakota de NY en el
que se llegó a impedir una venta de una piso porque no garantizaba el buen nombre del
edificio o... vete tú a saber por qué.
Y es que en una sociedad Ancap son los miembros de cada grupo, identificados como ejemplo
en una comunidad de vecinos, los que deciden qué si y qué no, el cómo, el cuánto, el qué.
Cualquier grupo humano pude imponer a sus miembros.... lo que les dé la gana. Otra cosa es
que pueda ser mejor o peor para su funcionamiento, o nos guste más o menos como liberales.
Pero NO hay límite a la intervención del grupo en la vida privada de sus individuos si así lo
deciden. De los que firman y de sus descendientes. No lo olvides.

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Por lo tanto la cuestión no es si el Estado se autolegitima en virtud de falsos “contratos
sociales o herencias divinas” sino que son los miembros del grupo, en este caso país, los que
deciden qué si y qué no, el cómo, el cuánto, el qué. Si el gobierno no es el Estado, y el Estado
no es el pueblo pero el pueblo elige o acepta al gobierno por las normas con las que han
formado el Estado... todo... se legitima en el momento en el que es expresión del grupo y,
mucho más en democracia, deciden establecer esas normas, esas estructuras.
Por favor, yo no defiendo la existencia del Estado, de ESTE estado, pero el estado existe no por
narices, sino porque es consecuencia de que existimos como grupo humano.
 responder
Joan Vallés
15/05/2015 - 10:39
Una ficción muy común es atribuir al Estado el funcionamiento de la sociedad. Hay quien
piensa que, sin Estado, empezaríamos a comernos unos a otros como en "The Walking Dead"
(ya sé que no es tu caso). Yo entiendo el por qué de la existencia del Estado tal y como tú la
expresas, para mí la diferencia entre el gobierno y el Estado estriba en la autolegitimación del
primero frente a la legitimación temporal y explícita y con una finalidad concreta por parte de
la comunidad del segundo.
Creo firmemente que, una mayor competencia entre diferentes formas de organización social,
daría como resultado una amplia alianza entre sociedades libres con gobiernos muy limitados
cuya principal, si no única función, sería garantizar la vida, libertad y propiedad de sus
integrantes. Por eso los estados actuales son tan reacios a, por una parte prescindir de las
herramientas de control social (educación, pensiones, medios de comunicación,
infraestructuras, etc...) y por otro lado ceder soberanía a través de procesos controlados de
autodeterminación. A no ser, claro está, que esta cesión de soberanía lo sea para permitir el
surgimiento de una nueva superestructura política o la creación de otro mini-estado de similar
naturaleza. (Escocia o Cataluña)
en fín, lo que haya de ser será. En lo que seguro coincidimos es que en la actualidad, nuestro
país está muy verde para asimilar todo esto y en que conviene ir dando pasitos para lograr una
sociedad de personas más libres y responsables.
 responder
Bastiat
15/05/2015 - 11:16
Hombre, Joan, lo de la competencia está muy bien como concepto y, de hecho se da. El
problema entre los países es que sus economías sí están en competencia no en si por sus
capacidades tecnológicas y comerciales sino porque esos son el resultado, y todo lo demás de
su sistema político. Y este sí es el quid de la cuestión. En un mundo globalizado donde los
individuos, no ya los estados o las corporaciones, pueden comerciar con cualquier parte del
globo, yo estoy comprando directamente con China a través de una aplicación, lleva a que sólo
aquellos países cuyas economías permiten aprovechar mejor sus ventajas competitivas serán
los que tengan mejor futuro que otras.
Y por eso los estados, los que viven de tener a los ciudadanos sojuzgados, ven con terror el que
el chiringuito se les venga abajo. La economía no es una ciencia, pero sus mecanismos son
inapelables. Lo que se ve puede ser muy fastuoso, pero lo que no se ve, lo que se deja de hacer
de bueno y las consecuencias nefastas de lo que se hace al final se verán.
De todo esto a afirmar que puede haber otras formas de organizarse que no sea “el Estado”
creo que hay un trecho. No son los estados más que reflejo de la sociedad que los crea.
Porque, insisto, el estado no se crea sólo. No es un ente que cae sobre nuestras cabezas, y
mucho menos en sociedades democráticas. Es el resultado de la evolución social, política
religiosa y económica de un grupo humano en un determinado territorio. Quienes piensan al
revés se equivocan tanto para denigrarlo como para santificarlo.
Y luego, si una sociedad se empeña, evidentemente esto dicho desde el punto de vista liberal,
en ir por el camino del socialismo, fracasará. Si en vez de eso garantiza lo que ya dijera Bastiat,

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el verdadero, esa sociedad prosperará. Pero seguirá haciendo falta de estructuras,
instituciones, autoridad que garanticen los acuerdos que rigen dentro de un grupo humano,
dentro de un territorio de determinado y con duración en el tiempo, que es lo que les hace
estables y, si, mejores al entrar en competencia con otros modelos.
Porque el tiempo es el que da y quita razones.
 responder
Buenaventura
12/05/2015 - 16:28
No tengo claro si Bastiat responde a mi comentario o al del articulista. Si es a mí, no se de
donde saca que pueda ser un Ancap (debo entender anarco-capitalista) cuando afirmo que eso
es una utopía. Tampoco he dicho en ningún momento que es Estado sea violento o no. El
Estado es una ficción por la que la violencia de unos ciudadanos se ejerce sobre otros. y yo
propongo poner límites al ejercicio de esa violencia y orientarla en el sentido de evitar la
violencia sobre los ciudadanos no violentos y no en el de redistribuir la propiedad, como se
hace ahora. Es una propuesta para el futuro, no un análisis del pasado. Por otra parte, la
película 2001 es una obra de ficción y no vale como dato empírico.
A Joan Vallés tengo que recordarle que el diccionario de la Real Academia Española define
"utopía" como "Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en
el momento de su formulación."
 responder
Bastiat
12/05/2015 - 20:12
Buenaventura... No, respondía al del articulista.
Pero ya que me mentas decir que lo que mi alter ego decía que era una ficción era el Estado
que se estaba diseñando en la constitución de la Segunda República Francesa, de marcado
carácter socialista, por la cual ese estado sí sería una ficción por la que todo el mundo
pretendía vivir a costa de los demás. Lo que no es una ficción es el cómo acaba en el escrito en
el que está esa tan relevante frase que dice:”el Estado no es o no debería ser otra cosa que la
fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un instrumento de opresión y
de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y hacer
reinar la justicia y la seguridad.” Es decir, lo que tú propones, eso Bastiat ya lo tenía claro.
Pero es que, pensar que el Estado es algo que ha surgido de la nada, tanto en el inconsciente
colectivo como en las estructuras que lo dibujan en los últimos dos siglos es cuanto menos
perder la perspectiva, y, dejar de entender la linealidad de la historia como decía Joan.
La violencia dentro de la especie es una característica de los humanos. Hay mas características,
pero tratar de apropiarse de los bienes de otros, no nos es extraño. También hay otras
especies que compiten por la comida pero al no tener muy desarrollada la capacidad de
almacenar, de crear bienes de capital, para usar terminología economicista, eso no se hace
patente. No es lo mismo disputarse un mendrugo de pan que asaltar un granero.
Hombre, el que pretenda alguien convertir una de las mas célebres de la cinematografía en
dato empírico, Buenaventura, sería para clasificarle no sólo de indocumentado sino de memo.
La cuestión es que como imagen gráfica sí ilustra la realidad primigenia de la competencia por
los recursos y el cómo aquellos que aprendieron tanto a usar herramientas, armas, como a
organizarse más exitosamente fueron los que sobrevivieron. Usar armas y organizarse. Egipto
es un magnífico ejemplo de lo que puede hacerse con organización. Es decir, creando un
estado fuerte, con normas leyes, tributos, ritos, administración y autoridad.
Como digo, el Estado no nació ayer.
 responder
Buenaventura
12/05/2015 - 21:03
Bastiat. Gracias por las aclaraciones. Yo también pensaba en tu homónimo. Estoy totalmente
de acuerdo contigo en que el Estado ni nació ayer ni desaparecerá mañana, pero creo que

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deberíamos esforzarnos en divulgar la noción de limitar sus poderes, aunque solo para evitar
que lleguen a ser absolutos. En las condiciones actuales, me parece inmoral obtener la
propiedad mediante la violencia y aún me parece más inmoral aplicar la violencia para quitarle
sus bienes a quienes los han conseguido sin violencia para dárselos a otros, sean cuales fueren
las excusas esgrimidas para hacerlo.
 responder
Bastiat
12/05/2015 - 22:12
Claro, ese es el objetivo. Por ponernos románticos los liberales nacimos como opción política
contra el absolutismo. Quitamos el poder al Rey para dárselo al pueblo. A veces es fácil pensar
si fue buena idea.
Pero lo cierto es que es tiempo de recuperar una idea de aquellas: La libertad sólo es posible si
se consigue la igualdad ante la ley. Al rey, los nobles, la religión tenía privilegios. Había que
quitárselos. No puede ocurrir que ahora quienes usan el estado en beneficio propio lo hagan
repartiendo privilegios a cualquiera con tal de justificar el expolio al que someten a todos los
ciudadanos.
Ojalá fuéramos capaces de avanzar hacia una opción creíble por parte del pueblo para
conseguir eso de manera democrática.
Por que no puede ser de otra manera.
 responder
Joan Vallés
13/05/2015 - 10:31
Gracias, Buenaventura por tu cita de la RAE. Cualquier utopía lo es en el presente.
Evidentemente quería hacer hincapié en que no es irrealizable en un futuro lejano aunque lo
sería si se intentase ahora mismo.
 responder
Cesar
15/05/2015 - 00:52
Excelente analisis de la evolucion del Estado que no es otra cosa que la involucion de nuestras
libertades.
No entiendo como algun comentarista de aqui se desvia de la clara idea expuesta por el autor
de este articulo,calificando al Estado como necesario para mantener un orden y a los ancap
como utopicos. Pretender el cohersitivo Estado como freno a la "innata violencia" humana es
tan anacronico como la justificacion de Hobbes de su Leviatan (adecuado a su epoca, para
refrenar los tumultos religiosos que superaron al monarca de turno) .
El Estado como el autor indica, avanza cada vez mas sobre nuestras libertades ahora
"reguladas" por la Ley positiva de Kelsen.
Es falso que el Estado sea un avance necesario sobre el "estado naturaleza" de Hobbes. No es
cierto lo que Locke afirmo que los indigenas americanos vivian en un eterno temor a los
instintos salvajes de su vecino. Los pueblos americanos precolombinos tenian un orden
jerarquico estricto y sus subditos estaban excalvizados a los caprichos de su rey . Al respecto
dice Bobbio;"...Mientras el curso histórico camina de un estado inicial de servidumbre a
estados sucesivos de conquista de espacios de libertad por parte de los sujetos, mediante un
proceso de liberación gradual, la doctrina transita el camino inverso, ya que parte de la
hipótesis de un estado inicial de libertad, y sólo en cuanto concibe al hombre naturalmente
libre llega a constituir la sociedad política como una sociedad con soberanía limitada...." Es
decir es inconcebible que siendo nuestra mayor felicidad vivir en un ambiente de libertad ,
estamos buscando pretextos para justificar al Leviatan opresor, llamando utopicos a quienes
buscan disminuir a lo infinitesimal al Establishment liberticida ¿ Sera aquello de "Vivan la
caenas" ?
 responder
Bastiat

14
15/05/2015 - 08:26
Cesar, cuando te refieres a “algún comentarista” te estas refiriendo a mí. Supongo que mentar
a quien no te gusta es suponerle algún grado de capacidad y tú no quieres hacerlo. Mal gesto,
poco elegante, pero es lo que hay.
En una respuesta que le doy a Joan argumento, creo, a mi entender, que de manera bastante
sólida y con mis palabras, no tiro de autoridades, argumento, no simplemente digo que es
falso sin demostrarlo, y es que ese es el problema de los Ancaps, que dices tal cosas es falsa...
porque si, “es falso que el Estado sea un avance necesario sobre el “estado de naturaleza” de
Hobbes”. Afirmación. ¿Dónde está la demostración?
Normalmente el argumento más usado, como también digo por ahí arriba, es que como NO se
ha usado no se puede decir que se imposible. Bien. Eso es cierto, pero, como digo por ahí
arriba también, miles de años de historia de la humanidad y no hay vestigio de ninguna
sociedad Ancap. Algo tendrá que ver. Claro, que mejor así, porque si sí hubiera habido algo
parecido a ello, y ya no, porque fracasó, entonces el argumento de que “nunca ha existido” se
convertiría en inútil y a ver a qué se agarraban ahora los Anarquistas.
Mira, yo no defiendo el estado concebido como “esa gran ficción por la que todo el mundo
pretende vivir a costa de los demás”. Lo que digo es que el ”el Estado no es o no debería ser
otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un
instrumento de opresión y de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a
cada uno lo suyo y hacer reinar la justicia y la seguridad.” Todo esto ya está dicho y argumento
más arriba y para nada te has dignado a rebatirlo. Simplemente has manifestado tu desagrado
porque alguien no sea un conspicuo seguidor de la ancapía y mantenga, argumentadamente
sus opiniones no a favor del Estado sino a comprender que toda sociedad necesita estructuras
para garantizar la convivencia. No es estado de necesidad, es necesidad de que haya “algo”
que personalice la sociedad constituida y le dé coherencia y estabilidad. Y todo ello te lo he
argumentado más arriba.
Por el contrario su simplemente dices que es falso... Vale.
Cuando aportes algún argumento a tal afirmación podremos ver si es realmente falso o
simplemente desearías que fuera falso pero no sabes cómo demostrarlo.... ni proponer algo
alternativo a lo que se te argumenta para llevar a cabo tu ideal.
 responder
Outis
07/06/2015 - 18:52
Dos precisiones:
1. En el siglo XVIII no había ningún emperador en Prusia, sino rey. Incluso cuando llegó a haber
un emperador en Prusia, no lo era de Prusia sino de Alemania, que era un imperio donde había
varios reyes y príncipes.
2. La anécdota del molinero que gana un pleito al rey está bien para ilustrar al lector moderno
y ya la he leído en otras fuentes, pero me temo que no tiene ninguna base histórica. A ver, no
lo digo porque lo sepa de buena tinta, sino porque no me parece verosímil. Tiene toda la pinta
de ser apócrifa (aunque "si non è vero, è ben trovato"). Si alguien conoce alguna fuente
histórica, le agradecería que me corrigiera.
 responder
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15
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (IV)
José Augusto Domínguez 05/06/2015
En este cuarto artículo de la serie dedicada a la teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos nos
referiremos a las ideas que legitiman el Estado.
¿Cuál ha sido el cambio sustancial en las ideas, se pregunta el profesor Bastos, que ha hecho
que el Estado sea mucho más legítimo hoy de lo que lo era antes? Charles Adams, en su
historia sobre los impuestos, For Good and Evil, señala que éstos históricamente nunca
superaron el 10% del PIB. Los reyes, tiempo atrás, no recaudaban más no porque no quisieran
sino porque no podían. Las personas se rebelaban, las revueltas de carácter fiscal eran
frecuentes. Y es que el Estado no era visto como algo bueno, a diferencia de los tiempos
actuales en los que es percibido como un ente positivo, racional, que defiende a los débiles. Y
esa es, al cabo, la razón que posibilita el incremento de su poder.
Las causas que explican el auge del Estado desde principios del s. XX hasta el día de hoy son de
tipo ideológico. Hay tres grandes ideas que llevan al Estado a adquirir el poder tan inmenso del
que goza en la actualidad. Un poder, como señala William Marina, que acabará colapsando por
el exceso de impuestos, tal y como le sucedió a Roma con los bárbaros.
La primera idea es la teoría científica de la necesidad del Estado. La desarrolla la Economía del
Bienestar, con Paul Samuelson a la cabeza. Es la idea de los fallos del mercado (monopolios,
externalidades, bienes públicos o información asimétrica), que justifica que el Estado
intervenga para corregirlos. Pero los fallos del mercado no son tales: los únicos monopolios
son los que crea el Estado, todo lo demás son situaciones de competencia; las externalidades
se producen porque el Estado impide que se asignen derechos de propiedad; todos los
llamados bienes públicos han sido privados en algún momento de la historia; la información no
está dada, sino que solo se puede descubrir en el mercado.
La segunda idea se refiere al intervencionismo. Antiguamente se temía al Estado, que era visto
por la gente con total recelo. Pero tras Keynes aparece toda una justificación, con un aparato
teórico muy elaborado, del intervencionismo estatal, que lleva a los gobiernos a incurrir en
déficits públicos, a establecer la tasa de interés, a alterar la masa monetaria, etc. El
keynesianismo, así, hizo mucho por agrandar y legitimar el papel del Estado, con aquello de
intervenir contracíclica y compensatoriamente. En las universidades únicamente se enseñan
estas ideas intervencionistas. Todo se presenta desde el punto de vista del Estado: estadísticas,
PIB, tasas de paro, tasa de inflación, exportaciones e importaciones, etc. Esto es, agregados
estatales que no son reales para los actores individuales al tratarse siempre de promedios. Así,
se implanta la idea de que toda la economía es estatal y, por tanto, la ciencia económica
aparece siempre referida al Estado. Es la idea también de que el Estado puede estimular la
economía, algo asumido por toda la población (el presidente del BCE, por ejemplo, actúa como
los faraones: lo que dice tiene una repercusión absoluta e inmediata).
El tercer punto es la idea de la tecnocracia. Se trata de hacer ver que los técnicos del Estado
están más legitimados que el común de los mortales para dirigir los asuntos económicos. Pero
para acceder a la función pública no hay que demostrar conocimiento del mercado, saber
producir o capacidad para dirigir una empresa, sino que hay que superar una serie de
exámenes que consisten en recitar el funcionamiento del Estado. Y esa persona ducha en
repetir el temario de una oposición es considerada un técnico: alguien legitimado para
gobernar e influir sobre la vida del resto de la población.
Estas tres ideas, junto con otras de la tradición hegeliana (la visión de que el Estado es un ente
absoluto, la razón encarnada que mejora la vida de la gente), son las que crean el poder del
Estado moderno.
Y estas ideas se traducen, por un lado, en que la economía se plantea únicamente desde el
punto de vista estatal (por ejemplo, cada Estado cuenta con su moneda, independientemente
de que eso sea racional; los transportes públicos y las telecomunicaciones están configurados
con criterios estatales, no de tipo económico, etc.) y, por otro, en el interés nacional
económico, que se expresa a través del imperialismo (es bueno que el Estado se expanda y

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tenga colonias; por ejemplo, los gobernantes españoles deciden invadir Marruecos en 1925 y
se apoderan de unas minas de fosfato, que Primo de Rivera acaba repartiendo a sus amigos:
no hay ningún beneficio para los españoles, que tuvieron que pagar con sus vidas y sus
impuestos esa guerra; los únicos beneficiados fueron quienes se quedaron con las minas; se
trata de una redistribución de pobres a ricos; además, la decisión carece de lógica económica,
pues es más barato comprar el mineral a Marruecos que el coste que supone conquistar las
minas; por eso los imperios acaban fracasando). En el fondo siguen prevaleciendo las ideas
mercantilistas: es bueno exportar mucho e importar poco, las devaluaciones son positivas
porque fomentan las exportaciones, hay que acumular oro, la industria nacional debe ser
protegida de la competencia mundial, etc.
En definitiva, el Estado es una máquina de predación: un grupo de personas que extrae
recursos al resto de la población a través de tributos, privilegios o regulaciones. El truco de la
política, su éxito, fue explicado por Mancur Olson en La lógica de la acción colectiva: beneficios
concentrados sobre determinados sectores y costes difusos sobre todos los contribuyentes. La
gran astucia del Estado consiste, en última instancia, en ocultarse detrás de una máscara:
ninguno de nosotros aceptaría ser dominado por otra persona, pero sí admitimos con total
normalidad ser dominados, entregando la mitad de nuestras rentas y poco menos que la
totalidad de nuestras libertades, por el Estado, que se nos presenta bajo la máscara de España.
 Proceso político: tª estado, elección pública y democracia
 Política, historia y sociedad
 Añadir nuevo comentario
Comentarios
Cesar
07/06/2015 - 15:23
Magnifico analisis . Sin desperdicios.
 responder
Buenaventura
07/06/2015 - 17:00
Una pequeña corrección, el autor de "The Logic of Collective Action" es Mancur Olson, no
"Marcus".
 responder
Buenaventura
07/06/2015 - 17:08
El Estado es el procedimiento mediante el cual un grupo de individuos ejerce la violencia sobre
otros. Da igual si hay astucia o no. Cuando tienes una pistola en el pecho o un cuchillo en el
cuello y la forma de que no te maten es ceder tu propiedad también la cedes.
 responder
José Augusto Domínguez
07/06/2015 - 19:35
Gracias. Errata corregida.
 responder
Bastiat
09/06/2015 - 18:49
En definitiva, José Augusto, empeñarse en ignorar las razones por las que surgió el estado os
lleva a los anarquistas a teorizar sobre los males del ACTUAL estado, el estado socialdemócrata
y no ser capaces de ofrecer a la ciudadanía alternativa al mismo pese a su evidente deterioro
por la imposibilidad de cumplir todo aquello que promete.
Cierto es que antiguamente las revueltas fiscales eran mas que frecuentes. Y eso es así porque
los impuestos no estaban ya destinados a garantizar la defensa, o mejor dicho aún, al pago por
tener garantizada la defensa, sino al lujo y la ostentación del rey, el noble o la propia Iglesia. El
otro día vi un documental que relataba el cabreo manifiesto que tenía una duquesa en
Chartres porque ella sólo podía poner impuestos en sus territorios mientras que no en los de la

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Iglesia mientras que ésta si podía ponerlos en los de la duquesa.... Resultado... ¿Rebeliones?
No, la gente votaba con los pies y se iba a vivir a los territorios del obispo.
Y es que cuando uno paga lo que quiere es pagar menos, claro, pero también obtener algo a
cambio. Ese obispo si sufrió rebeliones por los impuestos, pero es que estaba pagando la
construcción de la mayor y más hermosa catedral de la cristiandad del momento, algo que
inicialmente motivaba mucho a sus ciudadanos y pagaban gustosos esos impuestos. Sólo
cuando empezaron a ser excesivos tuvo problemas. La construcción de una catedral en honor
de la Virgen María se entendía como algo que repercutía en todos. Algunos lo verían como una
oportunidad económica, la inmensa mayoría como una oportunidad de Fe.
Mas allá de lo particular del ejemplo, que luego siempre hay alguien que se fija en el dedo en
vez de lo que se está hablando, cuando uno paga impuestos lo hace de mucho mejor grado
cuando entiende que de alguna manera va a repercutir en ellos el que Todos contribuyan al
Común. Algún beneficio habrá para todos, no sólo seguridad y defensa, sino que se atenderán
el empedrado de las calles, el alcantarillado, la traída de aguas, mas adelante la urbanización
de la ciudad o del territorio, mas adelante la educación, la sanidad, ... y todo lo que podamos
imaginar hasta llegar al absurdo que es donde estamos. Pero lo importante es que la
legitimación del Estado actual se produce porque “todos esperan vivir a costa de los demás”.
Vale?.
La realidad es que el estado está, tiene su origen y lo que hay que saber es si su situación
actual es sostenible.
Pronosticar simplemente su hundimiento para mi tiene el mismo valor que los algoreros del
clima. La cuestión es ¿qué se propone como alternativa? La teoría ancap no es una alternativa.
Conceptualmente se desintegraría en el momento de llevarla a cabo. Es irrealizable. La lógica
deductiva a sí lo dice. La lógica humana así lo ha demostrado a través de la historia. Nunca ha
existido ninguna sociedad que pudiera decirse Ancap. No vale que el tamaño del estado fuera
muy pequeño, la cosa es.... había estado, o una superestructura de poder que garantizara
orden y autoridad, o no había. Y nunca ha habido.
Ni en las manadas de homínidos primigenios.
Entonces ¿qué se propone como alternativa?
Lo cierto es que la alternativa es simplemente menos estado, pero para llegar a él hay que
tener por parte de los ciudadanos la conciencia de las penosas consecuencias de confiar
nuestros impuestos a los políticos y explicarles que cuanto más dinero gestionen más personas
indeseables acudirá al mismo para beneficiarse ellos en primer lugar. Y luego explicarles que la
gestión de los servicios públicos es y será siempre mucho más eficiente cuando la
responsabilidad de esa gestión recaiga en los gestores y no que ellos tengan separado su
responsabilidad de los servicios que se prestan. Es decir, privatizar no es beneficiar a los que
obtienen las privatizaciones sino que todos nos beneficiamos.
Insisto. El estado está aquí por alguna razón. No es más legítimo ahora que lo fuera
anteriormente. Simplemente el socialismo ha hecho del “estado del bienestar” un estrambote
de lo común que lo llevará a su decadencia. La cuestión que tenemos que tener claro es que es
necesario que para que el derrumbe no sea catastrófico o pase por unas fases de demagogia
barata hay que ofrecer alternativas C R E I B L E S.
 responder
JC&V
16/06/2015 - 15:27
Se es grande por lo que uno crea. El mediocre aparenta grandeza por lo que destruye o
pretende destruir.
 responder
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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (V)
José Augusto Domínguez 09/07/2015
En el quinto artículo de la serie que estamos dedicando a la teoría del Estado del profesor
Miguel Anxo Bastos veremos que el poder del Estado se basa en ideas.
El poder del Estado se funda en buena medida en la opinión de las personas. Étienne de La
Boétie se preguntaba a mediados del s. XVI en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria por
qué obedecemos. Y obedecemos porque creemos en una serie de ideas, no solo de corte
económico, sino sobre todo de tipo social. Y la educación, en ese sentido, resulta fundamental
de cara a que las personas vayan interiorizando determinadas ideas. De ahí el interés del
Estado en monopolizar la educación, particularmente en lo que a los contenidos respecta,
desde la instrucción básica a la enseñanza universitaria. Los exámenes de Estado o reválidas
son una muestra de este monopolio. Se trata de exámenes que permiten que el Estado se
asegure de que todos los profesores imparten lo mismo (la libertad de cátedra no existe en la
práctica, pues los alumnos impedirían que un profesor enseñase algo diferente a lo que se va a
preguntar en el examen estatal). Y, en última instancia, el objetivo de estos exámenes es crear
ciudadanos, es decir, súbditos del Estado que paguen impuestos sin rebelarse. Esto se consigue
a través del currículum. El currículum que se enseña en las escuelas —públicas o privadas—
consiste en glorificar al Estado a través de la historia, geografía, filosofía, lengua oficial, religión
y ética. Y, por otra parte, el sistema universitario está orientado al Estado: los médicos
estudian el MIR para trabajar como funcionarios; en Economía todo está enfocado al Estado;
en Sociología solo existe el marco estatal; en Derecho se estudia la legislación del Estado; en
Filología solo caben lenguas estatales; y en Literatura los padres de la patria son los autores
oficiales. Además, el proceso de selección del profesorado (los maestros son los nuevos
sacerdotes, los encargados de predicar la legitimidad del Estado, por eso interesa que haya
muchos) consiste en seleccionar a aquellos que mejor repiten los temas que el Estado impone.
Por tanto, la inmensa mayoría de las personas únicamente posee los conocimientos que ha
adquirido en la escuela o en la universidad: la legitimación absoluta del Estado, cuya verdadera
faz, su naturaleza criminal, se oculta sistemáticamente a los estudiantes.
El Estado clásico, es sabido, contaba con muy pocas funciones: seguridad externa e interna,
justicia y obras públicas. Pues bien, esas funciones juntas no alcanzan siquiera el 10% del gasto
público en el Estado español. El peso fundamental del gasto lo constituye en la actualidad el
gasto social, que además es la principal fuente de legitimación del Estado (el sistema educativo
nos hace ver que sin Estado no habría pensiones, educación, sanidad, atención asistencial,
vivienda, etc.). Detrás de ello hay una serie de ideas, que sustentan el poder del Estado:
En primer lugar, la idea de igualdad. El Estado nivela la sociedad, quitando la renta a los ricos
para dársela a los pobres. Así, con la excusa de la igualdad, a la que muy pocos se oponen, el
Estado se hace amo y señor de rentas y haciendas. Pero en realidad se trata de rentas que el
político de turno extrae al conjunto de la sociedad para dárselas a los grupos que entiende que
es pertinente que las reciban, normalmente a los grupos de presión, que están bien
organizados y pueden ejercer influencia sobre el Gobierno.
La igualdad es un concepto matemático no aplicable a las ciencias sociales. No hay ninguna
persona igual a otra. Y de esas desigualdades surge precisamente —cuando el Estado no lo
impide—la posibilidad de obtener rentas distintas a los demás. Pero el Estado mide la igualdad
en igualdad de rentas, no en igualdad de otros factores (edad, salud, inteligencia, fuerza física,
habilidades, belleza, etc.). Y es que, para el Estado, no todas las desigualdades son malas (por
ejemplo, se beca y se premia a los mejores alumnos, mientras que se castiga a las personas
que ganan más dinero). Los teóricos sociales, los filósofos, los que izan la bandera de la
igualdad, no suelen ser muy capaces de obtener rentas, de ahí que promuevan igualar lo que
ellos no pueden conseguir. Pero lo que se oculta es que no quieren igualar en lo que sí tienen
ellos, es decir, en poder político (ahí sí cabe la desigualdad de que unos manden y otros
obedezcan).

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En segundo lugar, la idea de los derechos sociales. Todos, por el hecho de existir, disfrutamos
de una serie de derechos que nos tiene que garantizar el Estado. Pero esto no siempre fue así.
Los derechos históricamente han sido negativos (derecho a no ser agredido). Es a partir del s.
XVIII con Los derechos del hombre de Thomas Paine cuando surgen los derechos positivos
(posteriormente Louis Blanc introduce el derecho al trabajo y ya en el s. XX aparecen los
derechos de ciudadanía: educación, sanidad, vivienda digna, etc.). Pero si las personas cuentan
con esos derechos, alguien los tiene que garantizar. Y ahí surge el Estado, que se ve legitimado
para extraer recursos a la sociedad y de esa manera proporcionar esos derechos. Pero un
derecho positivo es un imposible, pues para que pueda ser ejercido hay que utilizar
previamente la violencia contra otra persona (frente a los derechos negativos, que pueden ser
ejercidos por todos a la vez, los positivos implican que haya siempre un perjudicado). Además,
el concepto de derecho positivo es extraño en tanto que no es universal, no se puede aplicar a
todas las personas, sino que se circunscribe al ámbito de cada Estado.
Y, por último, la idea de justicia social. Supuestamente existe un ideal de justicia en el mundo y
todo lo que no se adecue al mismo es injusto. Hayek lo rebate en Derecho, legislación y
libertad: solo se puede predicar la justicia o la injusticia de algo si es consecuencia de un acto
deliberado (por ejemplo, no se puede establecer que nacer en una parte del mundo sea justo o
injusto, pues es fruto del azar). Bertrand de Jouvenel lo explica en La ética de la redistribución:
la redistribución no es de ricos a pobres sino de los generadores de rentas hacia el Estado, que
es quien decide posteriormente quién es merecedor de recibir esas rentas (unas rentas que,
además, en una parte sustancial, van a parar a las propias castas burocráticas y funcionariales).
Y, así, el concepto de justicia social permite crear la idea filosófica de que el Estado es
necesario en la educación, sanidad, pensiones o en el cuidado del medioambiente.

Comentarios
Pizarro 10/07/2015 - 12:53
El poder del estado se funda en buena medida en que los ciudadanos hacen un cálculo
económico de su relación con el Estado del que resuelven que salen beneficiados: Perder algo
de dinero y algo de libertad a cambio de seguridad, justicia, acceso a la educación, sanidad,
pensión...trabajo, vivienda, medio ambiente...y si la cosa se tuerce, subsidios redistributivos.
No es una opinión es una convicción.
El Estado usa su poder para interferir en la capacidad de hacer un correcto cálculo económico
a los ciudadanos.
Pagos de distintas cantidades por una enormidad de conceptos y en infinidad de momentos.
Imposibilidad de calcular el coste de los servicios y prestaciones públicos y por tanto de hacer
la comparativa con sus equivalentes en el mercado.
Recepción de infinidad de derechos a cambio de perdida parcial de los fundamentales ( a la
vida en mi fase embrionaria/fetal, a disponer libremente de mi propiedad, a establecer
contratos voluntarios sin mediación estatal... )
Y por supuesto la propaganda de la que habla el profesor, masiva y continua: El Estado es
benefactor, justiciero y la única opción.
 responder
Manuel Molinos 19/07/2015 - 19:22
Sin embargo es un hecho que las ideologías socialistas tienen un enorme éxito. Creo que ello
está motivado a la gran habilidad que tienen los propagadores de tanto "derecho", sea este
para algo material o inmaterial, de hacer creer a las personas que ellas serán siempre las
receptoras o beneficiarias. Así mismo, y no menos importante, tienen una gran maestría en
ocultar quien paga o genera esa riqueza que el pretendido derecho cuesta. Es fácil, nadie
pierde, todos ganan. Aun aceptando esta habilidad de los vendedores de felicidad, hace falta
ser imbécil para creer esto, pero está visto que la gente lo cree.
 responder
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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (y VI)
José Augusto Domínguez 10/08/2015
En esta sexta entrega de la serie dedicada a la teoría del Estado del profesor Miguel Anxo
Bastos abordaremos el ámbito internacional. En la política exterior opera la anarquía. No hay
un monopolista supremo de la violencia por encima de los Estados. Los Estados, que son
unidades soberanas, funcionan entre ellos de forma anárquica (pactan, acuerdan, cooperan,
etc.). De hecho, gracias a esa anarquía, no es habitual que tengan lugar guerras entre Estados
(las grandes matanzas del s. XX fueron cometidas por el Estado contra su población: Stalin a los
campesinos rusos y ucranianos, Hitler a los judíos alemanes o Mao a los agricultores chinos,
por citar solo unos ejemplos).
En la esfera internacional, para que un ente sea considerado Estado, debe ser reconocido por
los demás. Los Estados se relacionan entre ellos. Este punto es importante porque es en el
ámbito internacional donde los Estados aparecen como realidades homogéneas, donde se
personalizan: el Estado como actor unitario dotado de un interés único y coherente que actúa
de manera organizada (se ve en la firma de tratados internacionales o en el caso de una
guerra: Francia invade España, pero en realidad es un grupo de miles de personas organizadas,
el ejército, el que invade el otro país; el deporte por selecciones es también una manera de
que el Estado se proyecte internacionalmente —en un contexto de mercado las competiciones
serían únicamente de clubes—).
En definitiva, las relaciones internacionales le proporcionan a los Estados un gran escaparate
para que puedan manifestarse. Y uno de los elementos de estudio de las relaciones
internacionales es la guerra. La guerra es un conflicto armado donde interviene un Estado, el
escenario donde el Estado explicita todo su poder. Randolph Bourne estableció que la guerra
es la salud del Estado. La guerra es una excusa perfecta para justificar subidas de impuestos,
restricciones a la libertad, reclutamientos forzosos... esto es, el Estado revelado en su plenitud.
Y si no ha lugar a una guerra stricto sensu, el Estado promueve permanentemente una retórica
bélica: guerra contra la pobreza, guerra contra las drogas, guerra contra la obesidad (se trata
de movilizar a las personas contra un enemigo concreto decidido por el mismo Estado).
Además de en la guerra, el Estado se ve en la idea de imperio: como ya tuvimos ocasión de
señalar, la retórica oficial apunta que cuanto más grande sea el Estado, mejor. Pero el
engrandecimiento del Estado solo beneficia a las castas dirigentes, nunca al conjunto de la
población.
Las relaciones internacionales también se transmiten al ámbito comercial. Los Estados no son
partidarios de que haya un mercado libre, sino que prefieren moverse en mercados regulados.
Un comercio que sea siempre entre Estados. Se trata de crear organizaciones internacionales
controladas por los Estados, como el FMI, el Banco Mundial y la OMC, todas ellas contrarias al
libre comercio y partidarias de la regulación. Así, únicamente las clases gobernantes y
sus lobbies adyacentes salen beneficiados de ese conglomerado tan paradigmático del
llamado neoliberalismo.
En relación a los movimientos internacionales de personas, conviene recordar que antes de la
Primera Guerra Mundial existía una libertad de circulación total, no se exigían pasaportes. Pero
con posterioridad a ese acontecimiento, los Estados fueron blindando sus fronteras. Además,
los Estados caen en la incoherencia de permitir que unos extranjeros sí puedan entrar y otros
no, provocando las tragedias migratorias por todos conocidas
El flujo internacional de capitales también está regulado (controles cambiarios, nacionalismo
monetario, etc.). En ese sentido, al poder político le interesa que exista a nivel mundial una
moneda como el dólar, que cuenta con el privilegio de señoreaje (puede exportar inflación:
compra bienes a cambio de papel, un papel que no regresa a EEUU sino que va de un lugar a
otro del mundo; así, EEUU genera una inflación, que se reparte por el resto del mundo, sin que
los costes recaigan sobre el propio país). De esta manera, a efectos de libre mercado, estamos
en muchos aspectos peor que en el s. XIX, cuando sí existía una moneda sana por todo el orbe
como era el oro. Hay que incidir en que la globalización está controlada por los Estados, que

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siguen siendo los amos del comercio y que únicamente por puro pragmatismo permiten ciertas
esferas librecambistas, que en cualquier momento pueden ser restringirlas.
En última instancia, la justificación del Estado es la defensa. Pero Jeffrey Hummel señala que
todo se reduce a una cuestión ideológica. Somos herederos de unas ideas y doctrinas de
filósofos y creadores de opinión que han venido moldeando nuestras mentes desde hace
siglos. Y esas concepciones tan asentadas son muy difíciles de cambiar. La idea de que es
necesario un Estado que monopolice la violencia es uno de esos mantras. Pero esto no tendría
por qué ser necesariamente así. Realmente, ¿de qué nos defendemos? Supuestamente el
Estado nos defiende de nosotros mismos (drogas, obesidad, etc) y de otros Estados u
organizaciones. En cualquier caso es el Estado el que define la defensa, el que determina qué
ámbitos de defensa le corresponden a él y cuáles a los individuos. Y como por alguna extraña
razón las ideas mercantilistas calaron en el mundo (cuanto mejor le va a uno peor le va a otro,
lo que gano yo es porque lo pierdes tú), se generó el caldo de cultivo idóneo para justificar
defenderse de los demás, cuando la realidad económica indica lo contrario: a un Estado
determinado le debería interesar que los demás Estados sean cada vez más ricos para que así
puedan comprarle sus productos, lo que a la fuerza derivaría en un escenario de paz y
estabilidad deseado por todos y haría innecesaria la idea de defensa nacional tal y como la
entendemos en la actualidad.
Una réplica que se suele plantear a la defensa exterior privada es que las agencias de
seguridad acabarían convertidas en un sucedáneo de Estado. Pero esta suposición pasa por
alto que ya conocemos un mundo organizado en Estados. Esa experiencia probablemente
impediría que las ideas legitimadoras de poderes monopolísticos de la violencia volvieran a
triunfar. Estamos hablando de poblaciones muy distintas, por su nivel de información y
capacidad de comunicación, a las analfabetas y estáticas de los tiempos en los que surgieron
los Estados. Además, esa banda armada carecería de un territorio definido y cerrado (sin
Estados compactos la gente podría moverse) sobre el que poder asentarse. Otro error es
pensar que los mercenarios inevitablemente acaban tomando el poder, pero eso no ha
ocurrido en la historia, como demostró Hans Morgenthau. En cualquier caso, las mafias, las
maras y las guerrillas ya están operando dentro de marcos estatales (es precisamente el
Estado, con sus regulaciones, el que fomenta la aparición de estos movimientos armados; y,
puestos a alarmarse, no hay más que comparar la desproporcionada diferencia entre las
muertes provocadas por la violencia privada y por la violencia estatal —en buena medida
contra su propia población—, en el s. XX).

Comentarios
Cesar 11/08/2015 - 23:05
Muy buen articulo José Augusto. Imperdible hasta el último párrafo. Solo permíteme comentar
uno de ellos (el primero).
Efectivamente, en las relaciones internacionales reina la anarquía. La "soberanía" que el
estado ejerce dentro del artificio político llamado fronteras, mediante su " privi-leggio" real del
monopolio de la violencia, no puede exportarla a países vecinos. Su condición congénita de
colonizador y eterno adicto al vasallaje, solo podría manifestarse mediante la fuerza coactiva
de sus ejércitos, pero aquí se encuentra que la posible victima también tiene sus propios
ejércitos- ¿Cuál es entonces el contrato rousseauniano que por lógica extensión debería
mantener la ideal convivencia entre estados? Ninguno. Y observemos que hoy la mayoría de
los estados serian “legítimos” estados democráticos, hasta la Republica Democrática de Corea
del Norte. Asi como el sofisma del contrato, que legitima la opresión de los gobiernos en
nombre de la falsa soberanía de las mayorías, no rige las relaciones internacionales, también
las convenciones internacionales de derecho serian para Israel una entelequia, si Irán continua
con su programa nuclear . ¿Prevalece entonces la anarquía en la relación entre estados? Sí,
porque estos valoran su libertad. Los gobiernos saben que la última ratio en la defensa de sus
intereses es la violencia. Cuando esta es aplicada extramuros por un gobierno, lo hace

22
mediante su propia fuerza militar privada. El estado, como parte, no delega su defensa en una
lenta, burocrática e ineficiente tercera entidad de defensa supranacional. Si los estados
recurren a su seguridad privada (ejércitos) en la defensa de sus difusos intereses soberanos,
que no suelen responder a los de la mayoría, ¿porque los gobiernos le impiden a sus
mandantes (ciudadanos) la defensa privada de sus legítimos derechos?
La casta termina reafirmando las “utópicas” ideas rothbardianas que tanto estigmatiza.
Saludos
 responder
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Críticas a la teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos
Francisco Capella 07/08/2015
Este comentario crítico está basado en la teoría sobre el Estado de Miguel Anxo Bastos,
expuesta en múltiples conferencias y cursos y excelentemente recopilada en una reciente serie
de artículos por José Augusto Domínguez, cuya lectura recomiendo por sí misma y para
entender mejor este artículo. Aunque hay mucho de valor en las interesantes ideas de Bastos,
aquí enfatizo aquellos aspectos que considero que son errores o problemas y ofrezco ideas o
explicaciones alternativas o complementarias.
El Estado existe, tiene entidad real, no es algo imaginario o irreal. Si no existiera no tendría
tanto poder, no daría tantos problemas y no se discutiría tanto al respecto. Que su forma de
ser o existir sea peculiar no equivale a que no exista. Que su existencia se base en lo que
piensan y sienten las personas no lo hace menos real o consistente, y tal vez lo hace más real y
consistente, ya que cambiar ideas y valoraciones puede ser más difícil que mover objetos
físicos. Al ser un fenómeno cultural humano (pero con rasgos compartidos de otros colectivos
de seres vivos) es normal que su existencia dependa de atributos típicamente humanos como
la mente, la razón y las emociones.
El Estado asocia y une a las personas que son sus miembros o ciudadanos: no los une
físicamente como están pegados los átomos de un sólido o las células de un organismo
multicelular; los une a través de ideas y sentimientos como ideologías y patriotismo (aunque
también puede utilizar barreras físicas separadoras del exterior como fronteras, murallas u
obstáculos geográficos). La unión no es perfecta y puede tener problemas, pero esto sucede
en todas las agregaciones de elementos más simples, cuya cohesión y coordinación pueden ser
peores o mejores. Los grupos humanos organizados son un caso particular de integraciones y
transiciones evolutivas del mundo biológico, y el Estado es una de sus formas más avanzadas y
complejas.
Cada Estado como sistema concreto tiene características propias o identidad (sus normas e
instituciones como propiedades o atributos fundamentales), está delimitado físicamente
(fronteras) y es distinguible de su entorno (de otros Estados o de otros grupos humanos sin
organización estatal).
Un sistema existe y actúa como una unidad en la medida en que sus partes componentes están
cohesionadas y coordinadas, y si hay una continuidad de la identidad. Si se afirma que los
Estados no existen ni actúan, sino que sólo lo hacen las personas individuales, entonces
también puede decirse que los individuos multicelulares no existen ni actúan, que sólo lo
hacen sus células constituyentes; y que las colonias de hormigas o las colmenas de abejas no
existen, sólo existen los insectos individuales; y que las empresas, los clubes o demás
entidades con personalidad jurídica no existen. De hecho es la unidad política abstracta lo que
tiende a permanecer y existir durante más tiempo que los miembros que la componen o los
líderes que la gobiernan (quienes nacen, viven y mueren), igual que el cuerpo humano
sobrevive a la muerte de sus células mediante constante regeneración.
El Estado es una forma de organización colectiva que concentra y coordina el poder de un
grupo. Sirve para dominar a otros grupos o a los ciudadanos del propio grupo, pero puede
hacerlo porque existe como organización relativamente eficiente en el uso de la fuerza. El
Estado no necesita engañar sobre su existencia como hacen las religiones con divinidades,
demonios, premios y castigos sobrenaturales inexistentes.
Si se afirma que el Estado es un ser hipostático conviene aclarar qué se quiere decir con este
término, porque mucha gente seguramente no lo va entender; además tal vez el concepto
suene como algo muy profundo pero que en realidad es un absurdo ontológico propio de
alguna superstición religiosa (como la unión de las esencias de las personas divinas en la
Trinidad cristiana).
El Estado es representado mediante símbolos como himnos y banderas a los que se exige
respeto: igual que un clan tiene un animal o totem representativo sagrado; igual que las
empresas tienen sus logotipos y otras imágenes o textos asociados que las hacen distinguibles

24
y memorables; e igual que los grupos religiosos tienen sus símbolos o señales distintivas. Las
uniones flexibles de muchos individuos cooperadores basadas en elementos simbólicos o
creaciones culturales son algo típicamente humano, como muestra Yuval Noah Harari en
Sapiens: A Brief History of Humankind.
Los Estados modernos no son tan diferentes de los Estados antiguos. En las viejas formas
políticas se obedecía a una persona concreta, pero como jefe o representante de una unidad
política que era también abstracta, como lo es el Estado moderno en más alto grado: el jefe
del Clan del Oso Cavernario, el faraón de Egipto, el emperador de Roma, el rey de Francia, el
papa de la Iglesia Católica. Los Estados antiguos también mandaban sobre territorios
determinados igual que los modernos, y los defendían o intentaban incrementarlos.
Igual que un cliente paga un producto a una empresa y no a su presidente o a su consejo de
administración, los impuestos no se pagan al presidente del gobierno ni a su ministro de
Hacienda: se pagan al Estado, que tiene su propia contabilidad y finanzas. Los gobernantes
tienen poderes especiales dentro del Estado y en buena medida lo controlan, pero no son el
Estado aunque algunos crean serlo: yo puedo controlar a un animal sin ser dicho animal; el
presidente de un club deportivo no es el club deportivo. Los Estados suelen estar controlados
por grupos relativamente pequeños de individuos muy ambiciosos y capaces en el arte de la
alianza y la manipulación política (ver The Dictator's Handbook de Bruce Bueno de Mesquita),
pero el Estado no son sólo ellos.
En las escuelas se enseña que los Estados existen porque existen: los mapas suelen indicar de
forma fidedigna, salvo conflictos jurisdiccionales pendientes, los territorios controlados por los
distintos Estados. Los Estados no se ven sólo en los mapas: también pueden observarse en la
realidad cuando se alcanzan sus límites geográficos y aparecen las fronteras y sus filtros de
acceso.
El Estado puede tener frecuentemente un origen histórico criminal si un grupo de individuos se
organiza para mandar y depredar a otras personas mediante la violencia, la guerra y la
conquista. Pero ese no es el único origen posible: el Estado puede surgir como forma de
organización de grandes grupos para gestionar sus problemas comunes, y especialmente para
defenderse de las agresiones de otros grupos violentos. Es posible e incluso altamente
probable abusar de los monopolios de poder, pero no es necesariamente inevitable.
La idea del contrato social es problemática pero no es absurda: en algunos casos las leyes del
Estado surgen de contratos entre individuos (Magna Carta); las costumbres sociales de un
grupo van convirtiéndose en ley vinculante en la medida en que tienden a ser aceptadas por
todos; las constituciones intentan de forma muy imperfecta funcionar como contratos
sociales. Un contrato puede ser especial en el sentido de que no exista una instancia superior o
externa que lo ejecute, pero eso no implica que dicho contrato no exista. Un contrato firmado
por tus antepasados para constituir y regular una unidad política puede ser de obligatorio
cumplimiento para ti si quieres formar parte de esa comunidad, la cual existía y funcionaba
antes que tú.
La fuerza o violencia no es el único poder que hay: el poder político no es el único que existe.
El poder es la capacidad o posibilidad de influir sobre otros, sobre lo que eligen y hacen, y esto
puede conseguirse también mediante la belleza, la riqueza y la persuasión verbal. El Estado no
tiene sólo poder policial o militar: también tiene recursos económicos, propagandistas y
publicistas. El poder político no vence sistemáticamente a los demás poderes: los más fuertes
no son siempre los más ricos; tener las armas no garantiza tener la riqueza.
A los Estados les importan los recursos económicos, y estos pueden estar asociados con el
territorio (recursos naturales, vías de transporte, posiciones militares estratégicas) o con las
personas como trabajadores generadores de riqueza y contribuyentes fiscales.
Las unidades políticas tienden a crecer porque así controlan más recursos y porque la unión
hace la fuerza: somos más y además ya no somos enemigos (pero no pueden crecer
indefinidamente por problemas de coordinación e intereses). Los Estados suelen dominar
territorios compactos y conexos porque son más fáciles de defender: las colonias existen pero

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tienen consideración especial; las alianzas tienen más sentido y funcionan mejor entre vecinos.
Perder territorio implica perder poder, y por eso las secesiones no suelen ser consentidas y por
el contrario el Estado tiende a expandirse de forma imperial (hasta desintegrarse, a menudo
por descomposición interna).
Frecuentemente para establecerse el Estado debe vencer o someter a otros grupos políticos
menores que se le oponen, como por ejemplo las familias extendidas, tribus, clanes o poderes
territoriales (ver The Origins of Political Order y Political Order and Political Decay de Francis
Fukuyama). La familia puede ser una unidad natural de convivencia y cooperación, pero
también puede limitar mucho la libertad individual de sus miembros, sometidos a múltiples
lealtades no escogidas voluntariamente.
El crecimiento del territorio y del poder intervencionista del Estado pueden perjudicar la
actividad económica (los Estados pacíficos más pequeños y libres funcionan mejor y son más
prósperos), pero el poder militar crece con Estados más grandes. Para producir y comerciar
apenas hace falta aparato estatal; para hacer la guerra puede ser conveniente un Estado
fuerte.
Los Estados a veces permiten la emigración, pero pueden prohibirla si la consideran una
pérdida inaceptable: véanse al respecto las diversas dictaduras comunistas (Cuba, Corea del
Norte, el bloque soviético con el Telón de Acero). Algunos Estados permiten la emigración pero
gravan las rentas obtenidas o las riquezas acumuladas por los ciudadanos residentes en el
extranjero.
La relación entre Estado e Iglesia es compleja: en algunos casos pueden ser poderes
contrapuestos que se limitan uno a otro, pero también es posible que se alíen y repartan el
poder. Ambos son formas de organización de colectivos, el Estado más basado en la fuerza
física y la Iglesia más dedicada al engaño sobrenatural.
El Estado es una máquina de depredación, o puede funcionar como tal, pero no es sólo eso.
Como muestra Steven Pinker en The Better Angels of Our Nature, el Estado es uno de los
factores (no el único) por los cuales la violencia física ha tendido históricamente a caer en
términos relativos, ya que al monopolizar la violencia puede resolver conflictos entre partes
que en su ausencia podrían llevar a escaladas de agresiones y represalias. Pinker también
menciona al mercado y no ignora que el Estado puede él mismo utilizar la violencia de forma
masiva; lo que no analiza es que con el Estado se reducen los asesinatos pero se sistematiza e
institucionaliza el robo en forma de redistribución coactiva de riqueza, sobre todo en las
modernas socialdemocracias.
No es cierto que cada Estado cuente con su propia moneda, ni que toda la ciencia económica
aparezca referida al Estado.
La igualdad no es simplemente un concepto matemático no aplicable a las ciencias sociales: los
seres humanos se preocupan más o menos por las diferencias entre ellos y suelen valorar el
estatus social (ver Igualdad y desigualdad).
El derecho positivo del Estado no es universal, pero no por ello es extraño: no todas las normas
son ni deben ser universales.
Referencias:
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (I)
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (II)
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (III)
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (IV)
La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (V)
 Proceso político: tª estado, elección pública y democracia
 Política, historia y sociedad
 Añadir nuevo comentario
Comentarios
Agustin Lopez
08/08/2015 - 22:38

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No me has convencido. Me quedo con la tesis del Dr. Anzo Bastos.
Además encuentro muy poco elegante atacar asi en internet las teorias de un compañero. Otra
cosa en es un debate publico o una mesa redonda. Feo, feo.
 responder
Mario Zuluaga Uribe
09/08/2015 - 03:52
"----lo que no analiza es que con el Estado se reducen los asesinatos" Vaya, vaya, ¿En dónde
sucede tal cosa? Me gustaría que el Dr Capella nos proporcione un ejemplo de un Estado que
haya disminuido los asesinatos, los robos y los atropellos a los bienandantes. La frase del Dr
Capella es casi una burla, ¿cómo puede el mayor gestor de violencia ser a su vez el promotor
de la paz? No hay sindéresis el lo escrito por el Dr Capella.
 responder
Cesar
09/08/2015 - 04:37
Confieso que esta detallada crítica me causa un estado de perplejidad incómoda en mis
convicciones políticas que son, reconozco, un tanto singulares (¿utópicas?) en una sociedad
donde civismo es sinónimo de incondicional idolatría al estado.
Solo algunas obligadas reflexiones al ensayista crítico:
Creo que el “estado” como lo concibe un liberal tiene una única génesis, el privilegio de una
elite de poder usar el monopolio de la violencia para vivir de los demás.
No es un contrato social voluntario pues si una parte, aun siendo minoría, no puede extinguirlo
no es un voluntario sino de cumplimiento coactivo, paradójicamente quien se impone es la
minoría que nos representa y que debería estar a nuestro servicio. Es la terrible herencia del
novelista Montesquieu. Desplazó la soberanía del rey a favor de un pueblo secularizado
mediante el mecanismo político defectuoso llamado democracia que se basa en la falsa
ecuación: 50+1=100 %.
La Carta Magna “fue un contrato entre individuos” dice el articulista, pero Juan I fue obligado a
contratar con los barones su limitación del poder y debe recordarse que un contrato es un
acuerdo voluntario de partes.
Por último dice aquí el ensayista que “La fuerza o violencia no es el único poder sino además
otros económicos y propagandísticos”. Recuerdo sin embargo que todo poder del estado es
subsidiario de su privilegio principal, el monopolio de la violencia o poder coactivo sobre el
ciudadano. Este es el único poder estatal necesario y suficiente de donde nacen los demás.
Este le permite al moderno Leviatán recaudar no solo el 10% máximo que recaudaba un
monarca en impuestos, sino robar hasta un inmoral 47% en impuestos ocultos mediante
modernas técnicas keynesianas: sustitución de importaciones, control de cambios, empresas
mercantilistas amigas del establishment y empresas públicas subsidiadas. Hoy el soberano
democrático es infinitamente mas poderoso y letal pues no solo se limita a un tímido limar de
mondas de oro, sino que envilece la moneda imprimiendo billetes papel sin control, logrando
enriquecerse aun mas a fuer de la pobreza generalizada que esto causa.
 responder
berdonio
09/08/2015 - 22:16
Parece tema ocioso. “El Estado existe” o “El cuchillo mata” no son proposiciones ciertas o
falsas per se, sino que dependerá de la situación o del contexto en que se empleen. Dependerá
de lo que en concreto se pretenda comunicar con tales frases.
Ni la nación ni el Estado existen como realidades sui generis, con valor distinto del de los
individuos que los componen. Por ello no me parece acertado comparar un Estado con un
individuo multicelular, que sí sería una entidad sinérgica irreductible a sus componentes y de
valor muy superior. Desde luego que las colmenas, las empresas y los Estados existen, pero no
como “nuevas personas” contrapuestas a la suma de actores que los componen y a las que
estos deban someterse involuntariamente.

27
La reificación de conceptos colectivos como sobrevenida realidad independiente de los
individuos es afición muy común entre los enemigos de la libertad y las sociedades abiertas, y
lo que trata de combatir el individualismo metodológico.
No he leído aún la teoría del Estado que se critica, pero eso de los supuestos contratos
firmados por antepasados, los otros supuestos poderes y demás no me parecen mimbres
adecuados para una recensión liberal. En fin, me he quedado perplejo, también.
 responder
Pizarro
10/08/2015 - 11:52
La teoría del Estado del profesor Bastos no es la verdad revelada pero sí indudablemente una
visión libertaria y argumentada de lo que es y lo que no es el Estado, capaz de remover los
prejuicios y convicciones de cualquier estatalista de a pie o de poltrona.
De las opiniones críticas de don Francisco no se desprende amor alguno por el Estado y sí que
resulta más complejo de lo que pudiera deducirse leyendo a don Miguel Anxo, pero claro, con
argumentos tan discutibles y con los aforismos de estatalista de manual, pues si quieren decir
algo el profesor Bastos o don José Augusto, iría sobrado.
 responder
José Augusto Domínguez
10/08/2015 - 22:26
Respecto a si el Estado ha contribuido a reducir la violencia, el profesor Bastos suele comentar
que es la sociedad la que mantiene el orden y la paz, no el Estado, que en todo caso
desempeña en ese sentido un papel subsidiario. Por ejemplo, cuando se reúnen en una ciudad
cientos de miles de católicos por una visita del Papa, no hace falta que se movilice un solo
policía. Pero si los que se juntan en esa misma ciudad son las aficiones de dos equipos de
fútbol, se da por hecho que hay que montar un despliegue de antidisturbios y es muy posible
que nos encontremos con peleas e incluso con muertos flotando en el río.
 responder
Reaverhood
12/08/2015 - 15:13
No sé ustedes, pero el último lugar en la Tierra en que se me ocurriría ir a vivir o invertir es
Somalia . El Estado también es un contrapoder frente a la coacción que ejercen los individuos
entre sí, la proliferación de mafias y de señores feudales. Y de momento no se ha encontrado
otro mejor, por supuesto, nada es perfecto y hay Estados increíblemente eficaces, garantes de
calidad institucional , libertad civil y prosperidad económica como Suecia, Suiza o Francia,
frente a otros que son destructores y represores de la sociedad como Corea del Norte.
 responder
berdonio
14/08/2015 - 14:18
Somalia no es ningún ideal anarcocapitalista. Realizas una tergiversación típica: en Somalia
reina la violencia porque no hay Estado. Falso. Lo que no existe es Mercado. En Somalia sobran
las bandas y mafias (Estados), lo que sucede es que se encuentran en permanente guerra entre
sí.
En Somalia no hay Mercado porque nadie puede contratar libremente agencias de protección.
Simplemente no existe la suficiente conciencia general de que debería ser así. Todos se ven
sometidos al dominio de una banda-Estado concreta que guerrea con las demás. Que una de
tales bandas termine por eliminar al resto y establecer sus reales, puede o no ser mejor que la
guerra en función de lo tiránica que sea dicha mafia, pero siempre será peor que el Mercado
(orden basado en la libertad).
La paz de los Estados es la paz del despotismo y la esclavitud. Francia o Suiza no son mejores
que Corea del Norte en cuanto que son más Estado sino en cuanto que son más liberales ¿Lo
pillas? Bueno, pues lleva esa benéfica libertad al máximo y eso es lo que preconizamos. Nada
que ver con Somalia

28
 responder
Cesar
15/08/2015 - 01:05
Reaverhood: A la excelente opinión de Berdonio a tu comentario, añadiré que Somalia lleva
mas de 20 años de conflictos, sin gobierno estable por (precisamente) culpa de los gobiernos
(estados) como EEUU. Bush en su política del big stick, mando tropas a Somalia para evitar
regímenes islámicos. Cuando en 2006 Somalia eligió un gobierno islamita moderado fue
invadida por Ethiopia, respaldada por topas de Washington (otra vez el Estado
intervencionista). Murieron mas de 16.000 personas. ( Instituto Cato, October 12, 2009)
Como veras en Somalia no falta estado, sobra la presencia de estos, lo que impide que el
pueblo decida su destino. Tu error parte del sesgo ideológico al que nos someten estas
organizaciones políticas cuasi mafiosas legitimadas por el contrato social de Rousseau
 responder
antiliberal
25/08/2015 - 20:34
El nivel de idealismo —léase como espiritualismo, subjetivisto o antimaterialismo— de Bastos,
en su teoría del Estado, como de Capella en su crítica, es alto. Se puede pretender defender
que no existe el Estado porque lo que tiene existencia fisicalista, corpórea son los individuos
(sus cuerpos), como hace Bastos. Se puede decir que todo ese carácter superestructural del
Estado (que habita en las mentes de los sujetos) es también real porque opera en la realidad,
como hace Capella. Lo que ninguno de los dos dice es que el Estado no se circunscribe a una
realidad mental, a una idea en sentido subjetivo, a un culturgen o "meme". El Estado no es
sólo la población que "cree" pertenecer a un Estado. Es el territorio, y el conjunto de
instituciones que permite vincular a la población a dicho territorio (frente a terceros, pero por
exclusión del territorio primero, y a su través, del grupo —y no al revés—), no sólo a la
población entre sí. Que Bastos forma parte del Estado español, que sea a su pesar o no sí que
es irrelevante, se demuestra en que tiene asignado un NIF. Lo mismo para Capella, o JHS, en su
ancapismo común.
Y respecto a los comentaristas y liberales del vulgo que comentan y demás: el Estado podrá ser
un medio de explotación de gobernantes a gobernados, de clases productoras a clases
rentistas (y en esto se parecen a los marxistas) o de élites a masas, pero la relación principal no
es esa. La oposición principal es entre la sociedad política soberana de un territorio dado y lo
que está al margen de dicha sociedad política (fuera de ese territorio) sean estos otras
sociedades políticas —en la proliferación de Estados con asiento en la ONU—, bárbaros (como
en la época del Imperio Romano, o animales (como comentaba Platón en la República).
Mucho animo en su lucha contra el Estado y por la libertad de, otros lucharemos, incluso
recurriendo a la violencia si es necesario, por mantener el Estado y para la libertad.
 responder
liberal del vulgo
31/08/2015 - 17:01
Una imagen vale más que mil palabras. No hay mejor evidencia contra el Estado que exhibir la
torpe defensa que del mismo realiza un antiliberal confeso, un esclavo feliz renegado de sí
mismo regodeándose en la violencia que padece.
A la cuestión de si es el Estado una persona emergente a la que deba supeditarse el conjunto
de individuos, responde el esclavista-animista que la persona es el territorio, la Pachamama,
soberano de los siervos de la gleba que anidan en su piel. Aunque a párrafo seguido se
contradiga con descaro afirmando que la sociedad política (la población) es la soberana del
territorio.
Nadie discute que el Estado sea violencia criminal ejercida por unos hombres sobre otros (NIF).
Se trata de dilucidar si sólo es eso (Bastos) o algo más (Capella), al igual que la justicia es algo
más que violencia de los jueces. Pero nuestro amigo antiliberal nos proporciona sin
pretenderlo un elocuente argumento contra el Estado: su rasgo principal, nos dice, no es

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conformar un mero instrumento de dominio del hombre sobre el hombre, sino un estado o
situación de miedo y violencia generalizada frente a lo que no lo es. Al Estado lo define y
perfila el No-Estado: la sociedad libre, pacífica y voluntaria. No otros Estados o sociedades
basadas en el terror, en cuyo caso sería inconcebible un Estado mundial.
La guinda al pastel de tanto despropósito es esa ridícula exhibición de matonismo con que nos
amenaza. Da mucho juego este antiliberal, y le animo a que participe más a menudo, aunque
no tan a destiempo.
 responder
ANTILIBERAL
31/08/2015 - 18:46
Dejando los ad hominem a un lado (parece que alguien quiere recordar el origen del
liberalismo retrotrayendo las categorías a serviles frente a liberales), yo no personalizo al
Estado. El único que hace tal cosa es usted (y lo hace por ejemplo para homologar robo y
tributo, secuestro y detención). El Estado es un complejo institucional, instituciones
suprasubjetuales. Esto le puede sonar extraño desde el individualismo metodológico que
probablemente practique, pero no es tan extraño. No toda conducta individual puede dar
cuenta de sí misma, verbigracia, la conducta lingüística (lo que no significa que no exista notas
individuales en tal conducta). Si uno analiza la conducta lingüística desde la racionalidad
instrumental que ejercita el individualismo metodológico de la Escuela Austriaca no entiende
absolutamente nada. Principalmente porque el lenguaje es esencialmente histórico y no surge
de la voluntad de los individuos. Análogamente, el Estado no se limita a los actos de los
individuos que dicen actuar en su nombre (ni a dichos individuos). El ejemplo del NIF venía a
señalar que la relación de pertenencia al Estado es objetiva, no fundada en la voluntad del
sujeto en cuestión (se llame éste Capella o se oculte tras el pseudónimo LIBERAL DEL VULGO),
y que los derechos y deberes que el Estado tiene con el individuo que pertenece a dicho
Estado también lo son.
En todos los párrafos que interpretas como defensa del Estado me limitaba a describir el
fenómeno, ajustándome de la mejor forma posible. Digo que el territorio es una categoría
esencial para entender el Estado y las relaciones políticas (contradistintas de las familiares,
económicas, religiosas).
Las contradicciones que pretende señalar son aparentes (y, además, falsas apariencias). Digo
que el Estado se define, primero, frente a un territorio, y que la soberanía sobre tal territorio
recae en la sociedad política que lo ocupa, (al menos desde la caída del Antiguo Régimen tras
la Revolución Francesa, antes podía recaer en el Trono). Que tal cosa sea buena o no, no entro.
Únicamente al final puede decirse que estuviera defendiendo el Estado, y si lo hago es porque
aquellos que postulan su debilitamiento en abstracto me parece que lo que hacen es jugar a
favor de terceras potencias. El periodo de entreguerras
La violencia es una acción humana también, y en su dificultad (de los liberales) para definirla,
para acotar cuando es legítima o no (como si existiera una legitimidad ahistórica). Al menos
habrán de reconocerse (ustedes, los liberales) en cierta desventaja práctica ante quienes están
dispuestos a usar condiciones aversivas para modular la conducta ajena (véase Skinner). Lo
que no estoy seguro es que realmente no estén dispuestos a usar la violencia o en amenazar
con su uso. En general, el argumento que suele usar el individualista libertario del vulgo (para
que no se ofenda, de vulgo deriva vulgar, pero lo que designa es a las personas anónimamente
consideradas; el vulgo, como decía Feijoo, sabe latín) es que está legitimado a usar violencia
frente a cualquier agresión.
¿Dónde existe esa sociedad libre, pacífica y voluntaria de la que hablas?
Cuando digo que el Estado se define frente al resto de Estados, hablo de los Estados reales. Si
tu quieres decir que el concepto se recorta frente a la sociedad no violenta (identificando
gratuitamente Estado y violencia —puesto que admitiendo la caracterización del Estado como
violento, teniendo en cuenta que hay violencia no estatal, habrá que conseguir aclarar cual es
la diferencia entre una y otra—) y que es de ahí donde adquiere significación, creo que erras.

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Erras porque tu tesis no permite distinguir sociedades prepolíticas (como las tribus germanas),
no carentes de violencia, de sociedades políticas (como el Imperio Romano). Si se puede hablar
de Estado es precisamente históricamente (verbigracia, en la época de las Polis helenas) frente
a sistemas de organización social que no eran políticos. Un criterio para distinguirlas puede ser
el que media entre el ejercicio del poder etológico —la capacidad que posee un sujeto o un
grupo de sujetos de influir sobre el comportamiento de otros sujetos en contextos apotéticos
(a distancia)— y el del poder político —no se trata de influir directamente sobre los sujetos,
sino de ejercer el poder a través de una «cadena de mando»—, pero no parece que la violencia
sea uno muy funcional. Las instituciones políticas requieren, verbigracia, la escritura, de forma
que la leyes de aquellos que ya no viven siguen actuando (siguen ejerciendo poder) sobre los
vivos. Etcétera.
Lo de que ustedes son los buenos y los demás los malos, ya me lo conozco. Al fin y al cabo no
dejan de arrogarse la defensa de la libertad (situando a los que no comparten sus ideas en
enemigos) y, simultáneamente, tienen una forma de expresarse harto agresiva (violenta) que
he tratado de imitar con escaso éxito: nuestros enemigos.
Para que le queden las cosas más claras, el Estado del que hablaba en términos abstractos es
España (es decir, lo que digo es "animo en su lucha contra España y por la libertad de, otros
lucharemos, incluso recurriendo a la violencia si es necesario, por mantener España y para la
libertad").
Supongo que no me ha entendido (yo creo que a usted sí, pero puede que no); por hacer un
experimento mental de esos que les gustan —acaplandia—: ¿a que autoridad compartida
podríamos recurrir usted y yo en caso de conflicto?
PS: Soy antiliberal en la misma medida en que soy antidemocrata, anticatólico, antianarquista,
antirepublicano, anticomunista, antisocialista, etcétera; esto es, en la carga metafísica,
idealista, de las doctrinas en cuestión. Carga metafísica que queda patente en la confusión que
manifiestas entre que mi ataque a las posiciones de Francisco Capella y Miguel Anxo Bastos
sea malo (flojo, inconsistente, infundado, débil) —puede serlo en el fondo o en la forma— y el
que sus posiciones sean sólidas (contraria sunt circa eadem). Dicho de otro modo, suponiendo
que lo que hacía era defender el Estado, y que mi defensa del mismo sea debil, no significa que
valga como crítica al Estado (crítica del tipo: "mirad, la defensa del Estado —¿en qué sentido se
puede decir que, salvando el párrafo final, lo que decía fuera una defensa del Estado?— de
éste sujeto que se autodenomina antiliberal es debil; ergo sus contrarios , los liberales —¿en
qué sentido se puede decir que, salvando el pseudónimo empleado, las posiciones que
comento sean antiliberales?— llevan razón").
 responder
berdonio
01/09/2015 - 18:32
El Estado es una persona jurídica potencialmente ladrona. Esto es un hecho, no una opinión.
Pero usted le otorga un estatus de persona especial con dignidad superior a la de las personas
físicas que lo integran. Yo no necesito personalizar al Estado (de hecho es persona jurídica
reductible a personas físicas) para decir que roba; pero usted sí que precisa apelar a una
personalidad emergente especial para diferenciar entre robo y tributo.
El individualismo metodológico ni mucho menos niega lo social, los subproductos colectivos.
Muy al contrario sostiene que el más perfecto orden posible, el orden espontáneo, surge de la
acción colectiva no dirigida ni planificada. En cambio, el método colectivista estatalizante
incurre a este respecto en grosera contradicción: al pretender que la sociedad es una entidad
moral superior a los individuos que la integran y someterlos a un hipotético fin general en
detrimento de sus intereses particulares, interfiere y enerva el proceso social, lo anula en favor
del punto de vista y el criterio de individuos privilegiados, legitimando la arbitrariedad de
ingenieros y planificadores sociales, de políticos y burócratas. En consecuencia, genera una
antinomia flagrante: toda acción individual ha de ser vigilada y controlada excepto la acción

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individual de la casta dirigente. Como resulta que la sociedad es la composición de múltiples y
libres conductas individuales, el colectivismo liberticida niega y desvirtúa el fenómeno social.
Dice usted que el lenguaje no se entiende desde el individualismo metodológico. Se lo explico:
es el típico subproducto colectivo, efecto espontáneo del concurso de infinidad de libres y
egoístas actores individuales. Lo que de ninguna manera puede entenderse es como la
imposición de una gobernante mente privilegiada. El Estado no creó el lenguaje, amigo.
El territorio no es rasgo esencial de un Estado. Se puede muy bien imaginar un Estado o
asimilado sin territorio (como la Masonería, la Yakuza, Al qaeda…) y, por supuesto, un
territorio sin Estado. El rasgo esencial del Estado es la legalización de un tipo de violencia
criminal: la que practican sus promotores. La violencia estatal se diferencia de la común en que
es sistemática e irresistible, además de arrogarse gratuitamente la condición de justa y
necesaria. Hablo de organizaciones sociales basadas en el inicio de la violencia y, por tanto, no
tengo por qué distinguir entre lo que llamas sociedades prepolíticas, mafias o Estados
convencionales
Es muy difícil seguirte en tus extensas y atropelladas divagaciones. Al final parece que no
pretendes defender el Estado en abstracto sino a España en concreto. Y yo también. Haber
empezado por ahí. Pero parece que juegas al malentendido y la confusión declarándote una
especie de nihilista antitodo pero con infinidad de matices. Pues vale. Cuando pongas orden en
tu cabeza seguimos.
No obstante, responderé a las cuestiones que planteas al final. En caso de conflicto violento,
en una sociedad libre se recurriría a una autoridad previamente estipulada y aceptada por las
partes, es decir, por las respectivas agencias de protección libremente escogidas en el
mercado. Esta autoridad contaría con todos los incentivos para ser la más imparcial, buena y
barata, pues estaría sometida a la libre competencia y obligada a proporcionar la mayor
satisfacción a sus clientes, honrados y cabales en su inmensa mayoría. Te recuerdo que las
impuestas y monopolísticas autoridades judiciales actuales no experimentan tales beneficiosas
presiones, sino más bien las contrarias.
De acuerdo: la debilidad o inconsistencia de una tesis no constituye prueba a favor de la
contraria. Sucede, sin embargo, que es más fácil percibir la endeblez argumentativa que una
solidez muchas veces prolija y contraintuitiva. Es un error, sí, pero es también un hecho que
solemos basar nuestros juicios en meros indicios (y por lo general acertamos); de ahí que casi
siempre la mejor baza liberal sea dejar explayarse a los antiliberales. Al revés no ocurre.
 responder
Luis
03/09/2015 - 09:24
"se afirma que los Estados no existen ni actúan, sino que sólo lo hacen las personas
individuales, entonces también puede decirse que los individuos multicelulares no existen ni
actúan, que sólo lo hacen sus células constituyentes;"
No me parece correcta esta comparación porque las células no tienen capacidad de elegir, el
ser humano sí.
 responder
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Réplica a Francisco Capella sobre la teoría del Estado
Miguel Anxo Bastos Boubeta 01/09/2015
Réplica al análisis diario de Francisco Capella "Críticas a la teoría del Estado de Miguel Anxo
Bastos", del 7 de agosto de 2015.
En primer lugar, me gustaría agradecer la amable y bien fundamentada crítica que Francisco
Capella dedica a algunas de las afirmaciones que he hecho en relación con la naturaleza del
estado. Chesterton escribió hace mucho tiempo una deliciosa novela con el nombre de La
esfera y la cruz en la que se narra la disputa entre un ateo y un católico. Ambos pasan el libro
discutiendo, entre la indiferencia de los demás, hasta que al final traban amistad dado que son
los únicos que respetan, y por tanto discuten y toman en serio, los argumentos del otro. Algo
semejante me ocurre con Capella y, por tanto, no puedo menos que intentar refutar algunas
de sus afirmaciones y romper por tanto mi tradicional aversión a poner mis confusos
pensamientos por escrito.
En primer lugar, quisiera manifestar que la crítica puede estar justificada en lo que se refiere a
la definición de los conceptos. En efecto, uso el concepto de estado en dos sentidos, el que se
refiere a la entidad abstracta a la que se debe obediencia y reverencia, pero que carece de
realidad ontológica, y la que se refiere a las personas concretas que dicen encarnar la
representación de tal ente, a las que sería más preciso denominar, por ejemplo, gobierno. En
las conferencias uso indistintamente en muchas ocasiones la palabra estado en los dos
sentidos, y de ahí pudiera derivar confusión.
Pero me reafirmo en que el estado es una entidad imaginaria que sólo existe en nuestras
mentes y que lo que realmente nos domina e impone exacciones son personas concretas
imbuidas también con dicha creencia. Un ateo, al definir una iglesia, diría que esta es un
conjunto de personas organizadas y dotadas de medios como templos y escuelas que
comparten una idea común, diciéndose representantes de Dios en la Tierra, y que estas
personas pueden creer en la veracidad de las doctrinas que propagan. Y estas tienen
obviamente consecuencias sobre la conducta de las personas que creen en ellas. Pero ningún
defensor de la existencia de Dios usará para demostrar su existencia el hecho de que esas
personas y edificios existen realmente. Usará otro tipo de argumentos (ontológico, kalam, etc.)
para justificar su existencia y después justificará la necesidad de una iglesia organizada. El ateo
afirmaría que los fieles de una iglesia creen un cuento chino del cual se aprovechan las
personas situadas en situación de jerarquía en tal iglesia para extraer beneficios de todo tipo,
desde rentas monetarias, influencia y estatus.
Lo que quería afirmar en las conferencias es que el estado es el cuento chino de nuestros
tiempos. Soy una suerte de ateo del estado y le aplico la misma crítica que el ateo a una iglesia.
Se crea una idea abstracta, representada por símbolos como banderas, himnos, uniformes o
edificios emblemáticos (curiosamente estos ocupan los lugares centrales de las poblaciones, al
igual que las viejos edificios eclesiásticos) a la que hay que rendir culto. Normalmente, aunque
no siempre, la idea de este ser va acompañada por ideas auxiliares como las de nación o
incluso de religiones asociadas a tal ente (es el caso de las religiones nacionales como la
anglicana, la japonesa, las confesiones protestantes del norte de Europa o la marroquí). No es
una reflexión nueva. Teóricos como Cornelius Castoriadis en su Institución imaginaria de la
sociedad han explicado que toda sociedad se constituye de forma imaginaria a través de la
creación de una suerte de mitos o creencias que la legitiman. Creo y me atrevo a firmar que lo
que entendemos hoy día por estado es una muy perfeccionada construcción ideológica,
construida como dice Benedict Anderson con base en la historia y la geografía que son
enseñadas como elemento principal del currículo en las escuelas monopolizadas directa o
indirectamente por el gobierno.
El constructo es tan poderoso que todos o casi todos los humanos de hoy difícilmente
imaginamos un marco en el que tal entidad no existiese. Y es más, al ser un ser abstracto,
hipostático sí, al estar constituido imaginariamente por todos nosotros, su capacidad de
dominación se multiplica. Es mucho más fácil justificar sacrificios humanos (guerras) o

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monetarios (tributos) en nombre de un ente de este tipo, del que todos formamos parte, que
en nombre de una persona concreta, sea esta rey, califa o faraón. Las resistencias a estos
últimos son mucho mayores dado que no dejan de ser personas, pero ¿cómo resistirse a un
dominio querido por “todos nosotros” y al cual pertenecemos?
La Historia nos muestra la existencia de constructos parecidos en otras épocas históricas como
la egipcia. Autores como Lewis Mumford, en su El mito de la máquina, o el viejo Karl Wittfogel,
ya apartado de la escuela de Frankfurt, en su Despotismo Oriental, nos describen tal
constructo. Mumford lo denomina como una megamáquina en la cual hombres y medios
materiales son coordinados por una poderosa ideología de dominación. Siglos después ya no
queda nada de tal megamáquina. Si un individuo disfrazado con ropas saliese al balcón de uno
de los grandes templos de Tebas o Menfis y dijese que con un gesto suyo se calmarían las
aguas del Nilo, muy probablemente sería a día de hoy apedreado o encerrado en un
manicomio. ¿Por qué? Porque las ideas han cambiado y de aquella megamáquina solo queda
el testimonio de los historiadores. La máquina de poder sólo funcionaba con ideas y si estas
desaparecen, porque la gente deja de creer en ellas o adopta otras nuevas por el motivo que
sea, solo queda un individuo ridículo agitando un palo al aire. Lo mismo acontece con las
culturas corporativas. ¿Qué queda hoy de la célebre cultura corporativa de la Kodak, tan
alabada en libros como En busca de la excelencia? Hoy en día tenemos nuestros propios
“faraones” (véase, por ejemplo, a Draghi calmando las aguas de los mercados con unas frases,
eso sí, en templos catódicos) y nuestra megamáquina. Pero, como siempre, somos muy dados
a burlarnos de las supersticiones de los demás sin darnos cuenta de las nuestras. Las ideas
operan y tienen consecuencias, pero sólo mientras se cree en ellas.
El individualismo metodológico (uno de los rasgos distintivos de la escuela austríaca) se aplica
en efecto también a corporaciones, iglesias y clubes de fútbol. El Real Madrid o el Barcelona no
existen sin sus jugadores y a quien veo fotografiado en un hermoso yate no es a Inditex, sino a
su accionista principal. Cuando Fidel Castro vino a Galicia, quien disfrutó de buen hotel,
excelente marisco y vino de calidad no fue el cuerpo místico de Cuba, ni siquiera la clase
obrera cubana o el espíritu de la revolución, sino el cuerpo físico de Fidel. Quizá por ello guste
de mantener la ficción...
La construcción del moderno estado también fue un proceso de creación ideológica muy
sofisticado. Contó con las mejores mentes y los mejores artistas ya desde su inicio (véase al
respecto el primer capítulo de la espléndida La cultura del renacimiento en Italia de Jacob
Burckhardt, denominado “El estado como obra de arte”) para construirlo. Bodin y Hobbes son
algunos de sus creadores, si bien el proceso de construcción intelectual continuó hasta hoy,
con doctrinas como las de los derechos de ciudadanía o toda la teología de los fallos del
mercado. En paralelo a su construcción como imaginario se dio un proceso de aculturación de
la población en dicho concepto, con la colaboración necesaria e imprescindible aun a día de
hoy de la llamada instrucción pública. Quien quiera ver un ejemplo de los mecanismos
mediante los cuales se inculcó en la mente de las personas tal constructo sólo tiene que leer el
excelente libro de Eugen Weber, From Peasants to Frenchmen, o el Instead a State, de J. Scott.
La construcción de las religiones políticas sigue procesos (procesos relatados muy bien por
Michael Burleigh en su Poder terrenal) propios, muy parecidos a los de las religiones
convencionales, con una diferencia, son inmanentes y no trascendentes, como diría el viejo
alumno de Mises, Eric Voegelin (Nueva ciencia de la política). Esto es, las viejas religiones nos
castigaban o premiaban en el más allá con cielos o infiernos. Los modernos estados son
inmanentes, esto es, lo que prometen lo hacen en este mundo y los miedos son también en
este mundo. Cuando hablamos de un mundo sin estado lo primero que oímos son amenazas
apocalípticas de un mundo terrenal en anarquía, con guerra de todos contra todos, dominados
por bandas de forajidos que quemarían nuestras propiedades sin ningún tipo de freno.
Películas como Mad Max o novelas como La carretera (creo que también llevada al cine), de
Cormac McCarthy. En ellas se nos describe el infernal mundo futuro que resultaría de la
ausencia de un estado que nos protegiese de tanto desmán. Es la imagen conscientemente

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creada desde Hobbes de la anarquía, palabra por cierto con muy mala prensa. Pero nunca se
nos viene a la cabeza comparar tal hipotética anarquía con la real arquía, esto es, el dominio
total o casi total de la vida de los individuos por sus gobernantes, que se da por ejemplo en las
prisiones de muchos países del mundo.
En cuanto a la territorialidad como rasgo del estado moderno, si bien no es nueva del todo, sí
es un rasgo central. Muchos reyes antiguos no eran reyes de territorios sino de personas. Atila
no era rey de una imaginaria Hunia sino de los Hunos, y lo era allí donde ellos estaban.
Requiario era rey de los suevos y Gengis Khan, de los mongoles. Incluso el dominio de Roma no
era territorial sino personal y con la ciudadanía como lugar central, como bien apunta Álvaro
d’Ors en su ensayo sobre la no estatalidad de Roma (recogido en sus Ensayos de Teoría
Política). En la Edad Media esto se ve muy claramente, con soberanías superpuestas y figuras
tan extrañas a nuestra época como el Homenaje Ligio, compleja red de relaciones personales
entre reyes, nobles y vasallos. Se daban curiosidades como que un rey podía ser vasallo de
otro en un territorio y viceversa. Se daban múltiples fueros personales de tal forma que un
eclesiástico no era juzgado por el rey, sino por otros eclesiásticos, el noble por otros nobles,
etc. El dominio real, aun existiendo, era sobre personas, no sobre territorios, aunque no
viviesen en el territorio bajo su imperio. Es el estado moderno el que considera central el
territorio. Por ejemplo, una persona puede emigrar (si le dejan), pero no su propiedad con él.
Esto es, yo puedo emigrar y cambiar de nacionalidad, pero mis viviendas y tierras seguirán
sujetas a la ley que marquen los gobernantes españoles en ese momento en el poder. Por
ejemplo, también se considera más relevante la pérdida de un territorio, por minúsculo que
sea, que la pérdida por emigración de centenares de miles de personas. Los problemas
migratorios que vivimos estos días en el territorio de la Unión Europea son también un caso de
territorialidad. Es un macabro juego en el que se trata de que el inmigrante no pise tierra
europea, pues, una vez la pisa, como por arte de magia se convierte de indeseable (así es
tratado antes de entrar) en un ser protegido por todos los derechos, y estos no derivan de la
persona, sino del espacio territorial. En otras épocas, le sería permitido inmigrar pero sería
sometido a un estatuto jurídico distinto al del residente antiguo, pero esto es algo casi
impensable hoy en día. Y no sé cuál de las dos posturas es más cruel.
Yo aún hoy pienso que la tierra, sin nadie que la habite o explote, poca riqueza puede dar por
sí misma. En mi modesta opinión, son las personas las que crean riqueza y las que definen qué
es o no un recurso. Y me mantengo en que sólo con mapas (cada estado con un color y con su
capital que es donde residen los gobernantes principales) se puede visualizar o imaginar un
estado moderno. Yo sólo veo casas y el paisaje que me rodea, no veo España o Europa. Eso sí,
me dicen que este paisaje es España, mientras que un paisaje muy similar a pocos metros y sin
solución de continuidad, me dicen en cambio que es Portugal. Y cuando comercio con un
portugués que es casi vecino me dicen que comercio con el extranjero, mientras que cuando
compro algo en Lanzorote, a miles de kilómetros de casa, me dicen que es comercio nacional.
Sólo una construcción artificial de un relato histórico y geográfico puede construir tal
mentalidad.
Cuando me he referido a que la economía es estatista, me refiero a cerca del 80% de la
Economía que se enseña en las facultades, que es economía POLÍTICA y está centrada en el
estudio de agregados que curiosamente coinciden con unidades imaginarias coincidentes con
los límites previamente determinados como estatales: PIB, Tasa de Paro, Tasa de Inflación,
balanzas comerciales, etc. No se estudian relaciones entre individuos, sino entre agregados
políticos o asignaturas como econometría o estadística, pensadas para estimar los valores
futuros o pasados de dichos agregados. La economía de la acción humana individual se ofrece
en forma de modelos, para mí irreales, del comportamiento del consumidor y ocupa una
pequeña parte del currículo (por lo menos del que a mí me tocó estudiar). Pero no sólo en la
economía, en buena parte de las carreras universitarias, sobre todo las de ciencias sociales y
humanísticas, prima el elemento estatal en sus contenidos. ADE por ejemplo da mucho espacio
a las partes estatistas de la empresa (tributación, contabilidad, normas laborales...), Filología, a

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las lenguas y literaturas nacionales, Historia incluye siempre asignaturas de historia estatal, y
no digamos Derecho, Políticas, Sociología, etc.
En cuanto al poder, mi definición del mismo está restringida al poder político o militar, esto es,
al que deriva del uso o amenaza creíble del uso de la fuerza (reconozco que esto merece un
escrito aparte). No tengo por poder ni al llamado poder económico ni al llamado poder
ideológico. El primero porque no es verdadero poder a no ser que esté asociado con una
fuente de poder político, esto es, con la fuerza. Per se, lo único que puede hacer el dinero o la
posesión de recursos es comprar medios de fuerza y usarlos, pero también corresponde al
detentador de fuerza aceptarlos o no, y es en él donde radica en última instancia la capacidad
de ser obedecido. Desde el momento en que alguien tiene que pagar por algo se transforma
en un intercambio voluntario.
Las distintas formas de propaganda o poder ideológico tampoco son a mi entender verdadero
poder, aunque puedan ser usadas para hacer más fácil el poder político-militar. Nadie puede
obligar a mi mente a aceptar una creencia si yo no quiero. La fuerza puede obligarme a simular
acatamiento, pero en mi mente (siempre que no esté sometido a alguna droga o
procedimiento anulador de mi voluntad, que por lógica sólo se me puede suministrar por la
fuerza), no puedo mandar más que yo. De ser cierto tal poder, ningún gobierno en ejercicio
perdería una elección ni se vería cuestionado ni ninguna empresa con medios para gastar en
propaganda se vería nunca expulsada del mercado. Creo que Galbraith en su libro sobre el
poder ha hecho mucho por extender la, para mí, errónea idea del poder de la propaganda.
Por último se nos incide en el punto de vista de la sociabilidad natural del ser humano y de su
evolución hacia sociedades más pacíficas siguiendo argumentos de psicólogos evolucionistas
como Pinker. Sin dudar del estatus científico de tales psicólogos (ha sido puesto en duda por
epistemólogos profesionales como Mario Bunge, que los compara casi con parapsicólogos) y
pudiendo aceptar tales argumentos, no podemos menos que discrepar de las conclusiones que
se sacan de tal sociabilidad. En efecto, el ser humano es propenso a asociarse en múltiples
tareas, pero de ahí no se puede inferir que sea necesario que un grupo de ellas quiera ejercer
soberanía sobre todas ellas. En efecto podemos asociarnos para jugar al fútbol y delegar
autoridad en una figura llamada árbitro, pero el alcance de su autoridad (no poder) se
circunscribe al juego y nada más que al juego. No le admitiremos que nos lleve a una guerra,
nos diga de qué color pintar la casa o que nos extraiga el 50% de nuestras rentas. Muchos
pueblos antiguos como los celtas (que según los historiadores no conocían el estado) tenían un
jefe de caza o guerra, un juez (el mítico druida) y un bardo encargado de cuidar la memoria del
pueblo. Pero ninguno se metía en los asuntos de los otros. Eran jefes funcionales, no
soberanos.
El estado es en efecto un ente evolutivo, ha cambiado y perfeccionado sus funciones. Igual que
los traficantes de esclavos (hoy usan internet y nuevas tecnologías) o los piratas (hoy en día
negocian sus rescates en la City de Londres), pero que sean evolutivos no quiere decir que
sean buenos o necesarios, y es eso lo que tratamos de determinar con el debate. Que algo sea
evolutivo no es una patente de bondad.
Pero quisiera reiterar mi agradecimiento al señor Capella por su amable y bien fundada crítica
y por haber tomado mis argumentos en serio y haberlos rebatido también en serio. Estos
debates son positivos y creo que nos obligan a todos a reflexionar sobre lo que decimos y
escribimos y son buena muestra del elevado nivel intelectual que los liberal-libertarios
españoles han alcanzado. Espero, cuando menos, haberme acercado al nivel del crítico y no
haber dejado mal la causa del anarcocapitalismo, que seguro tiene mejores valedores que yo.
 Proceso político: tª estado, elección pública y democracia
 Política, historia y sociedad
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Comentarios
Utopía ANCAP 01/09/2015 - 21:30
Muy malos argumentos.

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Ni siquiera saben distinguir bien entre el Gobierno de los asuntos comunes de una población
(aldea, pueblo, municipio, mancomunidad...) y el Estado-Administración moderno que surgió
en los siglos XV y XVI y que es lo que ha crecido exponencialmnente desde la Revolución
Francesa de 1789 de la mano de las ideologías.
Tiene carencias evidentes en materia de historia de las formas del poder político desde la
sociedad tribal hasta la sociedad civilizada. Y pasa por alto la ley de hierro de las oligarquías de
Robert Michells.
Es evidente que hasta una sociedad tribal tiene sus propios jefes (o, si se quiere, sus políticos
privados o públicos) , impuestos coactivamente o elegidos por la población. Igual pasaría en
una sociedad anarquista.
De hecho, cada aldea celta tenía su propio orden político o gobierno para dirimir en los
asuntos comunes. Cada aldea tenía su jefe politico-militar que proporcionaba la seguridad
exterior e interior. Y cada aldea tenía su druída que daba la cohesión espiritual y religiosa y que
dirimía en los conflictos y los litigios (seguridad jurídica).
 responder
berdonio 02/09/2015 - 15:44
¿Dónde vas? Manzanas traigo.
Descalifica usted gratuitamente. Señala supuestas deficiencias sin aclarar cómo y en qué
medida desacreditan el alegato del señor Bastos. ¿Cómo que no distingue entre el gobierno de
asuntos comunes, la mera coordinación o administración de intereses específicos, y el Estado
omnipresente e invasivo? “El ser humano es propenso a asociarse en múltiples tareas, pero de
ahí no se puede inferir que sea necesario que un grupo quiera ejercer soberanía”. No creo que
el señor bastos niegue en modo alguno la “auctoritas” aceptada de buen grado, es decir, la
sumisión voluntaria al dictado de un jefe que se tiene por más capacitado o propietario (por
ejemplo, la autoridad de un empresario sobre sus empleados). Lo que negamos los libertarios
es la “potestas”. Si usted es capaz de ver la diferencia entre la seguridad jurídica y la
arbitrariedad, también debería entender esto.
 responder
Erick Flores 02/09/2015 - 15:16
Excelente respuesta del Dr. Bastos. Muchas veces la defensa del Estado (minárquico o no) se
centra en el prejuicio de la "imprescindibilidad" del mismo. Esto nos obnubila y olvidamos la
verdadera naturaleza del Estado, su origen en la fuerza y su arbitraria "legitimidad". Sólo
habría que anotar que la anarquía, muy a juicio personal, es el rechazo a toda forma de
gobierno y orden, en cualquier circunstancia, en cambio, el anarco-capitalsmo tolera gobiernos
privados, si se quiere, se concibe la idea de un contrato social (claro, necesariamente
contractual y que sólo involucra a las partes firmantes) para legitimar un gobierno privado y
siempre con derecho a secesión, como en Liechtenstein. Es imperativo sentar esta diferencia
porque, gran parte del sesgo con el que se mira al anarco-capitalismo, proviene de la confusión
con la anarquía pura.
 responder
UTOPÍA ANCAP 04/09/2015 - 15:06
Dónde váis ? Limones amargos traigo. Observo exceso de palmeros. El problema de las utopías
anarquistas (frikis) es cuando consiguen un púlpito en la universidad de Santiago de
Compostela desde donde injertar sus ideas en los cerebros de víctimas de la LOGSE.
Es un error intelectual grave confundir el Gobierno de los asuntos comunes y el Estado-
Administración que es la maquinaria burocrático-administrativa que crece con las ideologías
colectivistas que sirven para enchufar familiares y favorecer amiguites de los políticos
intervencionistas.
Una cosa es intentar que el Gobierno esté integrado por líderes honrados en la gestión de lo
público (en lugar de cuatreros) y limitar o minimizar el tamaño del Estado-Adminisrración que,
se quiera o no, es una institución que existe desde hace 500 años, y otra cosa bien diferente es

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pregonar la destrucción del Estado, como si se tratase de algo baladí, a pesar de los casos de
estados fallidos que se observan en Somalia, Afganistán, Siria, Somalia...
También es un error intelectual no tener en cuenta la Ley de hierro de la oligarquía de Michels.
Existe y surge siempre un liderazgo en la toma de decisiones sobre los asuntos comunes tanto
en un grupo de amigos o una aldea gallega como en un municipio, una región y una nación.
Siempre existe y surge el orden político funcionando e interactuando a todos los niveles
(familia, amigos, aldeas, pueblos, ciudades, región, nación) con el orden de mercado o
económico.
Resulta curioso observar cómo se pregona la deconstrucción del Estado desde un cómodo
puesto de trabajo público como profesor de la universidad de Santiago, donde deben aplaudir
con las orejas los profesores nacionalistas enchufados por BNG y PPSOE. Intelectualmente, es
tan peligroso el deconstruccionismo (anarquismo) como el construccionismo (colectivismo).
 responder
berdonio 04/09/2015 - 17:50
Se repite usted cual disco rayado. Como ya se le ha contestado, la crítica anarcocapitalista
distingue con nitidez los gobiernos privados y voluntarios de los impuestos con violencia. Si
para usted lo único relevante es el objeto de jurisdicción, es decir, si se trata sólo de asegurar
que no se gobierne más de lo necesario e imprescindible ¿qué le importa si el gobierno es
aceptado de buen grado o impuesto a sangre y fuego? Los frikis nos decantamos sin dudarlo
por la primera opción y los sádicos feroces prefieren la segunda, pero a una persona normal
como usted le debería resultar indiferente.
Si sólo le preocupa garantizar un gobierno mínimo ¿por qué se empeña en que sea violento
pudiendo no serlo? El debate sobre el tamaño del gobierno es espurio; a los ancaps no nos
importa que sea grande o pequeño: sólo si es voluntario o impuesto. Déjense de enredar con
pamemas y de desviar la atención sobre lo importante.
 responder
Utopía Minarq 04/09/2015 - 18:48
"Palmeros", "frikis"... ¿inseguridad argumentativa?
Primero...
"es un error intelectual grave confundir el Gobierno de los asuntos comunes y el Estado-
Administración... que crece con las ideologías colectivistas que sirven (para la corrupción). Una
cosa es intentar que el Gobierno esté integrado por líderes honrados en la gestión de lo público
(en lugar de cuatreros) y limitar o minimizar el tamaño del Estado-Adminisrración que, se
quiera o no, es una institución que existe desde hace 500 años, y otra cosa bien diferente es
pregonar la destrucción del Estado."
Y justo a continuación...
"También es un error intelectual no tener en cuenta la Ley de hierro de la oligarquía de Michels.
Existe y surge siempre un liderazgo en la toma de decisiones sobre los asuntos comunes tanto
en un grupo de amigos o una aldea gallega como en un municipio, una región y una nación."
Es decir, que primero es un error grave no distinguir entre gobierno y Estado, pero luego la ley
de hierro de la oligarquía se ha de aplicar tanto a un grupo de amigos como al Estado, y
cualquier agrupación intermedia. Curioso. Tal vez Berdonio debería repetir de nuevo eso de la
distinción entre "auctoritas" y "potestas", porque su oportuna anotación parece que no ha
calado. Para que la ley de hierro de la oligarquía sea aplicable, debe haber un sistema coactivo
de extracción de rentas (por cuyo control unos pocos que forman una casta privilegiada
luchan), es decir, "potestas", es decir, "arquía" o Estado. El liderazgo natural, por el contrario,
surge de la "auctoritas". No es que el profesor Bastos no conozca la ley de hierro de la
oligarquía o la pase por alto, sino que sabe aplicarla.
Por supuesto, no puede faltar la mención de los consabidos Estados fallidos que nos advierten
de lo peligrosa que es la anarquía:
"Somalia, Afganistán, Siria, Somalia..."

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-Somalia: ejemplo tan manido que hasta sale repe. Pero ¿ejemplo de qué? Entre otras cosas,
de la falacia del nirvana. Por no hablar de la desestabilización externa de la que es objeto
(invasión por un Estado vecino, expectativa de que un clan adquiera supremacía sobre los
demás por la exigencia de la ONU de que se implante una organización estatal).
-Afganistán: En menos de cuatro décadas, invadido por las dos superpotencias mundiales.
Ejemplo de cómo alimentar el fanatismo religioso como sostén ideológico aglutinador de la
población para resistir a los invasores.
-Siria: Más desestabilización externa. Los jihadistas profesionales que una vez terminado
exitosamente el trabajo en Libia, ¿dónde encuentran el siguiente encargo? En Siria, donde bajo
el régimen de Assad las minorías podían vivir razonablemente en paz en comparación con las
condiciones del infierno actual al que las oligarquías de otros Estados han llevado a ese país.
Utópico es abogar por "la limitación del Estado" y que "el Gobierno esté integrado por líderes
honrados" como mejor fin posible cuando, tanto la razón como la historia demuestran que una
organización que es legislador y juez de sus propios poderes no se va a limitar ni va a atraer a
las personas honradas, y merecedoras de ser depositarias de "auctoritas", de una sociedad.
La clave de la cuestión es que se comprenda que el Principio de No-Agresión que comunmente
aplicamos en la esfera "micro" de nuestras relaciones personales, también debe aplicarse en la
esfera "macro" (política). El resultado es un gobierno legítimo, diferente del Estado (por mi
parte, sí distingo entre gobierno y Estado). La validez de la regla de plata se extiende a todos
los niveles. De lo contrario, solo somos cabezas de ganado en una granja (in)humana.
Jubal
 responder
Colombo 06/09/2015 - 09:24
Una nota sobre el uso de las palabras evolución, ciencia y epistemología. Los liberales
deberíamos sospechar y ser prudentes al usar estos conceptos exactamente como quieren que
los usemos los estatistas. En efecto, casi todos los científicos y filósofos son estatistas hasta el
tuétano. Construyen sus argumentos para sustentar la gran estafa colectiva multigeneracional,
de forma que sus resultados se presentan unidos a sus aviesas intenciones políticas. Si
empezamos a aceptar conceptos de psicología evolutiva sin compararlos con los principios de
la libertad, vamos a darnos un guarrazo ideológico de campeonato.
Mises denunciaba que el socialismo se inventó en las universidades modernas. El mundillo de
los "Ph. D." no ha cambiado mucho desde los tiempos de Mises. ¿Tenemos alguna evidencia de
que estos distinguidos papanatas académicos se hayan hecho liberales?
El principio de la prudencia indica que es mejor no creerse nada que diga el Estado por
cualquiera de sus tentáculos. No es que mientan siempre, es peor: pueden llegar a usar la
verdad para destruir a los débiles. Y si los liberales nos abrazamos acríticamente a la verdad
que le gusta al Estado, podemos acabar siendo cómplices de grandes crímenes.
Así que, mientras los Estados tengan tanta influencia y poder sobre la prensa, las
universidades, la investigación científica, la industria y la banca, yo creo que lo más prudente
es ser muy escéptico de cualquier nueva verdad científica oficial, y cualquier pantomima
legislativa a favor o en contra.
En mi humilde opinión, las disciplinas de la historia, la ciencia política y la economía no tienen
motivos sustanciales reales para meterse en modernidades conceptuales que podrían ser
trampas.
Si el progreso científico necesita al Estado, estamos mejor sin progreso científico. Y el que
piense que el progreso científico no necesita al Estado, que vaya a explicárselo a los científicos.
 responder
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