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ÍNDICE

Introducción
Introducción por Israel Shamir
Introducción de los traductores hasta el Prefacio del autor -.- Parte A
Capítulo I.- En Venecia con el Santo Emperador Romano Parte B
Federico III (1469)
Capítulo II.- Salamoncino de Piove di Sacco, financista depredador
Parte C
Capítulo III.- Asher, el judío barbudo (1475) Parte D
Capítulo IV.- Portobuffolè, Volpedo, Arena Po, Marostica,
Rinn Parte E
Capítulo V.- De Endingen a Ratisbona: ¿homicidios rituales
o cuentos de hadas de los hermanos Grimm? Parte F
Capítulo VI.- Usos mágicos y terapéuticos de la sangre Parte G
Capítulo VII.- Crucifixión y canibalismo ritual: de Noruega a
Fulda Parte H
Capítulo VIII.- Precedentes remotos y la saga de Purim Parte I
Capítulo IX.- Sacrificio y circuncisión: el significado de Pésaj Parte J
Capítulo X.- Sangre, lepra e infanticidio en la Hagadá Parte K
Capítulo XI.- Comida e invectiva: el Séder y las maldiciones Parte L
Capítulo XII.- El memorial de la Pasión Parte M
Capítulo XIII.- Morir y matar por el Amor de Dios Parte N
Capítulo XIV.- “Haciendo el higo”: gestos rituales y obscenos Parte Ñ
Capítulo XV.- El desafío final de Israel Parte O
Capítulo Agregado
El Juicio Embarazoso del Sacerdote Pablo de
Novara (Trento, 1476) Parte P
Apéndice Agregado
Ensayos y Metodología Histórica - En Defensa
de Pascua de Sangre Parte Q
Apéndice Documental
Documentos no traducidos al castellano, salvo el último (nota
de Radio Cristiandad) Parte R

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Introducción

El devenir humano ha llevado a los pueblos y culturas a recorrer los más insospechados
caminos del pensamiento. El espíritu inventivo ha creado innumerables abstracciones que
han fundamentado culturas, sociedades y mitologías. Pero dentro de todo ese entramado de
ideas hay un núcleo conceptual que no debe ser nunca pasado por alto si no se quiere perder
la noción de lo concreto. Nietzsche lo resume de esta forma: «La moralidad pregunta: ¿Cómo
debo actuar? Esa pregunta para una especie que ha actuado por milenios es realmente
absurda».
Independiente de la capacidad para crear ideas, las leyes naturales y el sustrato biológico se
han probado como el único fundamento certificable para el hombre. Para Nietzsche cualquier
búsqueda de la esencia humana o cualquier producto del espíritu, debe emanar y nunca
enfrentarse con el fundamento natural.
Esta esencia natural, que era muy clara a los pueblos de la antigüedad, ha sufrido un agónico
camino de disolución. En este sentido la cultura occidental —que está a pocas décadas de ser
verdaderamente global— ha creado tan diversos y abstractos productos espirituales que
hacen imposible ponerse de acuerdo, aunque sea mínimamente, sobre las preguntas
esenciales del hombre. Las ideas se han fragmentado a tal nivel que prácticamente hay tantas
visiones de mundo como personas. La evidente falta de consenso está diluyendo y debilitando
las grandes cosmovisiones, aquellos fundamentos que sostenían y guiaban a los pueblos. Y
no es que esas narrativas fueran verdades eternas inmodificables, sino que eran productos
espirituales consensuados y fundamentados en realidades concretas que servían de guía para
forjar destino histórico y fundamento cultural.
En este sentido hay una cualidad de la naturaleza —extendida a todos los organismos de la
tierra— que siempre fue considerada como un aspecto fundamental a la hora de crear
abstracciones mentales. Esta es la certificación que la vida es una lucha continua y que los
hombres —los cuales están insertos de lleno en esta realidad— deben considerar este
principio para que sus proyectos culturales se fundamenten de forma sólida, realista y
efectiva. Los antiguos griegos llamaron a este fundamento de la existencia “Polemos”
(conflicto, confrontación, lucha), el padre de todas las cosas.
En las distintas especies de seres vivos la lucha es descarnada y cruel, matar o morir, comer
o ser comido, luchar o ser desplazado. En la especie humana, y a medida que el hombre logró
estados culturales avanzados, la lucha instintiva se moduló racionalmente transformándose
en una exitosa actividad para generar esfuerzo civilizador y bienestar social. Así, Polemos
estuvo siempre presente como fuerza vital que invitaba a la lucha y la resistencia, permitiendo
la preservación del hombre y también la superación a la hora de crear progreso y cultura. De
esta forma se lograron crear comunidades agonales en donde naturaleza y cultura convivían
de forma orgánica.

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Pero este fundamento se ha perdido en los intrincados callejones de la abstracción mental y
las teorías nacidas de ideologías que no consideran la importancia de las leyes de la vida.
Hoy ese fundamento instintivo parece lejano, vergonzoso, primitivo y dañino. Y si en
ocasiones el espíritu de lucha se transformó en fuente de destrucción, crear ideologías en
donde se rechaza la esencia natural del hombre es un camino estéril que le quita el último
bastión de objetividad al ya nihilista y subjetivo fundamento de la cultura actual.
Los valores de la ética heroica —derivados de la modulación de los instintos que vuelcan a
la lucha por la existencia— representan la antítesis de esta sociedad posmoderna. Por eso la
ética guerrera ha sido acorralada y relegada, siendo reemplazada por utopías que no tienen
ningún correlativo en la naturaleza. Y lo paradójico de esta situación es que la eliminación
del conflicto del léxico cultural no ha terminado con la violencia. Las mismas sociedades que
han renegado de la lucha como eje valórico se han involucrado en las guerras más
destructivas de la historia. En estas sociedades “pacíficas” el conflicto se ha trasladado más
bien a las capas inconscientes, produciendo verdaderas torturas psíquicas.
Este texto busca realizar un recorrido histórico del instinto de lucha y su derivado espiritual,
la cultura agonal. Especial énfasis es puesto en comprender y buscar las causas de lo que
parece un camino de debilitamiento premeditado, así como también su potencial
resurgimiento como alternativa a la cultura e ideas dominantes de la actualidad.

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Introducción: Las Pascuas Sangrientas del Profesor Toaff
por Israel Shamir

Sangre, traición, tortura y abjuración se entremezclan en la historia del profesor (doctor) Ariel
Toaff, un judío italiano. Historia que parece un invento de su compatriota Umberto Eco. El
profesor Toaff se topó con un descubrimiento espeluznante que le heló la sangre, pero tuvo
el valor de seguir adelante, hasta que le cayó encima toda la presión de su comunidad, y,
quebrantado al fin, hizo acto de arrepentimiento.
El doctor Toaff es hijo del Gran Rabino de Roma, y ejerce como docente en la universidad
judía de Bar Ilan, no lejos de Tel-Aviv. Se dio a conocer con sus profundos estudios sobre la
judería medieval. Los tres volúmenes de su obra “Amor, Trabajo y Muerte. La Vida Judía en
la Umbría Medieval” (Love, Work and Death. Jewish Life in Medieval Umbria) son una
enciclopedia en este campo ciertamente limitado. Mientras iba ahondando en el tema,
descubrió que las comunidades ashkenazis medievales de la Italia del Norte practicaban una
forma particularmente horrible de sacrificios humanos. Sus hechiceros y adeptos raptaban y
crucificaban a pequeños niños cristianos, les sacaban la sangre y la usaban para rituales
mágicos, invocando al Espíritu de la Venganza contra los odiados goyim.
Toaff profundizó en el caso de san Simón de Trento. Se trataba de un niño de dos años que
fue raptado desde su casa, en la ciudad italiana de Trento, por unos judíos ashkenazis, en
vísperas de la Pascua judía de 1475. Durante la noche, los secuestradores asesinaron al niño,
le sacaron la sangre, le clavaron agujas en su cuerpo, lo crucificaron cabeza abajo a la vez
que pedían que “Así perezcan todos los cristianos por tierra y por mar”, y así fue cómo
celebraron su Pascua, un ritual arcaico con sangre derramada y niños asesinados, en la forma
más literal, prescindiendo de la metáfora habitual que conocemos como la “transmutación
del vino en sangre”.
Los asesinos fueron capturados, confesaron, y fueron hallados culpables por el Obispo de
Trento. Inmediatamente los judíos apelaron al Papa, y éste mandó al obispo de Ventimiglia
a investigar los hechos. Este obispo supuestamente aceptó un fuerte soborno de los judíos y
terminó por concluir que el niño había sido asesinado por una mina colocada por Hamás para
echarle la culpa a Israel, y que no se había encontrado ninguna orden dictada por el Tsahal
en Trento. “Simón había sido asesinado por cristianos que tenían la intención de arruinar a
los judíos”, decía la Enciclopedia Judía antes de la guerra, en un claro caso de premonición,
ya que el mismo argumento lo esgrimieron los judíos en 2006 al tratar de justificar la matanza
masiva de niños en Kafr Qana.
Sin embargo, en el siglo XV los judíos eran influyentes, pero no todopoderosos. Ellos no
podían tratar al mundo como lo hicieron en 2002, después de la masacre que efectuaron en
Yenín, ordenando que todo el mundo saliera inmediatamente. Ellos no contaban con el
derecho estadounidense de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ellos no podían
bombardear a Roma, y la palabra “anti-semitismo” sólo fue inventada 400 años más tarde. A
ellos se les dio un trato justo, lo cual es mucho peor que un trato preferencial: el papa Sixto

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IV reunió una comisión de seis cardenales, encabezada por el mejor especialista en derecho
de aquel tiempo, para celebrar un nuevo juicio; y esta corte suprema encontró culpables a los
asesinos. Se puede leer más sobre el caso, en la versión católica (www.stsimonoftrent.com)
y en la versión judía (http://www.jewishencyclopedia.com/articles/13752-simon-simedl-
simoncino-of-trent). Los documentos del juicio se han conservado y están todavía
disponibles en el Vaticano.
En 1965 la Iglesia católica romana entró en un proceso de perestroika. Éstos fueron los días
alciónicos del Concilio Vaticano II, cuando los modernistas desarraigaron los fundamentos
de la tradición, con la esperanza de actualizar la fe para que cuadrara en la nueva narrativa
de la modernidad, amistosa con los judíos; dicho en palabras simples, los obispos querían ser
amados por la prensa liberal.
Los siempre vigilantes judíos aprovecharon la oportunidad y presionaron a los obispos para
que des-canonizaran a san Simón de Trento. Los obispos los complacieron con gusto, pues
en un extraño ritual los dirigentes de la Iglesia ya habían descubierto que los judíos no tenían
la culpa de la crucifixión de Cristo, a la vez que admitían la culpa de la Iglesia en la
persecución de los judíos. La crucifixión de un pequeño niño italiano era un asunto de poca
monta comparado con esta marcha atrás. Tomando una decisión apresurada, los obispos
decretaron que las confesiones de los asesinos carecían de validez porque se habían obtenido
mediante la tortura, y, por lo tanto, los acusados eran inocentes, mientras que el joven mártir
no era verdaderamente tal. Se puso fin a la devoción a San Simón, su culto fue descontinuado
y prohibido, y los restos del niño martirizado fueron removidos y sepultados en un lugar
secreto para que no volviera a resurgir ningún peregrinaje.

Ahora volvamos al profesor Ariel Toaff. Mientras iba revisando los documentos del proceso
judicial, hizo un descubrimiento asombroso: las confesiones de los asesinos contenían
elementos totalmente desconocidos por los clérigos italianos o por la policía; es decir, que
no se trataba de confesiones dictadas por el celo de los investigadores bajo la tortura. Los
asesinos pertenecían a la pequeña y apartada comunidad ashkenazi, y practicaban sus propios
ritos, bastante diferentes de los que practicaban los judíos italianos nativos; estos ritos fueron
reproducidos fidedignamente en sus confesiones, aunque no eran de conocimiento de la
brigada investigadora de crímenes de entonces. “Estas fórmulas litúrgicas en hebreo, de un
fuerte tono anti-cristiano, no pueden ser proyecciones de los jueces, porque no conocían estas
oraciones, que ni siquiera pertenecían a los ritos italianos sino a la tradición ashkenazi”,
escribe Toaff. Una confesión tiene valor sólo si contiene algunos detalles verdaderos y
comprobables del crimen, que la policía no conozca. Esta norma capital de la investigación
criminal fue observada en los juicios de Trento.
Semejante descubrimiento tiene el potencial suficiente para producir una sacudida, una
conmoción y un rediseño de la Iglesia. El noble y culto rabino Toaff ha resucitado a San
Simón, doblemente víctima, tanto de la venganza del siglo XV como de la perestroika del
siglo XX. Esto exigiría un acto de penitencia de parte de los doctores del Vaticano que se
olvidaron del niño asesinado mientras buscaban la amistad de importantes judíos

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estadounidenses, y que aún se niegan a admitir su gravísimo error. Monseñor Iginio Rogger,
un historiador de la Iglesia que en los años ‘60 (mal)condujo la investigación del caso de san
Simón, dijo (http://usatoday30.usatoday.com/news/world/2007-02-10-italy_x.htm) que las
confesiones no tenían ningún valor pues “los jueces se valieron de horribles torturas”. Este
comentario es evidentemente anti-sionista, y por ende “anti-semita”, pues si se rechazan las
confesiones obtenidas mediante tortura, entonces habría que soltar a todos los presos
palestinos que se encuentran en las cárceles judías; es también un comentario anti-
estadounidense, pues EE.UU. reconoce el valor de la tortura, y la practica en Guantánamo y
en otras partes. Incluso es un comentario negador del “Holocausto” pues invalida el juicio de
Nuremberg El reconocido abogado judío estadounidense Alan Dershowitz podría haber
argumentado contra Rogger, pero por alguna razón no lo hizo.
“Yo no quisiera estar en el lugar de Toaff, respondiendo sobre este asunto a historiadores que
han documentado seriamente este caso”, dijo Rogger a USA Today. Pero el lugar de Toaf es
harto preferible al de Rogger, quien tendrá que responder en el Cielo por el menosprecio a
un santo.
Más encima, el crimen de Simón de Trento no fue una excepción: Toaff descubrió muchos
casos más de tales sacrificios sangrientos relacionados con la mutilación de niños, cuya
sangre derramada se utilizaba en la confección del matzo (pan sin levadura), repitiéndose a
lo largo de quinientos años de historia europea
La sangre, esta mágica bebida, se utilizaba como una medicina popular en aquel tiempo,
como en todas las épocas: Herodes trataba de mantenerse joven bañándose en sangre de
bebés; los alquimistas usaban la sangre para convertir el plomo en oro. Los brujos judíos
estaban muy metidos en la magia, y la usaban tanto como los demás. Había un próspero
mercado de exquisiteces tales como sangre, polvo hecho a base de sangre, y matzos amasados
con sangre. Los mercaderes judíos lo vendían con las debidas cartas de autorización rabínica.
La sangre más preciada era la del goy katan, es decir del niño no-judío, pero era mucho más
corriente la sangre procedente de circuncisiones. Tales sacrificios sangrientos eran “acciones
y reacciones instintivas, viscerales, virulentas, en las que inocentes e ignorantes niños eran
víctimas del amor a Dios y a la venganza”, escribe Toaff en el prólogo de su libro. “La sangre
de ellos bañaba los altares de un dios que, según se creía, necesitaba que lo orientaran, y al
cual a veces se le impulsaba con impaciencia para que ejerciera su protección o su castigo”.
Este comentario, que puede parecer algo críptico, se entiende si se lee el libro del profesor
israelí Israel Yuval “Dos Naciones en Tu Vientre” (Two Nations in Thy Womb). Yuval
explica que las libaciones de sangre eran necesarias (a los ojos de los magos judíos) para
atraer la Venganza Divina sobre los goyim. También menciona otro caso irrebatible (es decir,
no desmentido por los judíos) de sacrificio sangriento realizado por un judío (véase mi
artículo http://www.israelshamir.net/English/blood.htm). Toaff complementa la información
dada por Yuval insistiendo en lo usual del uso de la sangre con fines mágicos entre los judíos
en la Edad Media, y tomando en consideración el elemento anti-cristiano: la crucifixión de
las víctimas y las maldiciones contra Cristo y la Virgen. En esto, su libro es apoyado por otro
autor, Elliot Horowitz, con su libro (algo más tímido) “Ritos Temerarios: Purim y el Legado
de la Violencia Judía” (Reckless Rites: Purim and the Legacy of Jewish Violence, Princeton,
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2006). Horowitz nos relata extraños rituales: flagelación de la Virgen, destrucción de
crucifijos, palizas y asesinatos de cristianos.
Todo esto ha quedado atrás, y ahora podemos mirar hacia el pasado y decir: sí, algunos brujos
y místicos judíos practicaron sacrificios humanos. Ellos asesinaban niños, mutilaban sus
cuerpos y utilizaban su sangre para derramar la Ira Divina sobre sus vecinos no-judíos. Ellos
se burlaban de los ritos cristianos mediante el uso de sangre de cristianos en lugar de la sangre
de Cristo. La Iglesia y el pueblo de toda Europa tenían razón. Los europeos (y los árabes y
los rusos) no eran fanáticos enloquecidos sino que entendían lo que veían. Castigaban a los
culpables pero dejaban en paz a los inocentes. Nosotros, humanos, podemos contemplar esta
espantosa página de la Historia con orgullo, y verter algunas lágrimas por los pobres niños
destrozados por estos monstruos sedientos de cólera. Los judíos deberían ser más modestos
y dejar de llevar sus heridas históricas como banderas: sus antepasados prosperaron a pesar
de estos terribles hechos de algunos de sus correligionarios, mientras que en el Estado judío
los pecados de algunos pocos palestinos recaen sobre el pueblo palestino entero. También
podemos sacudirnos de encima el lloriqueo de los amigos de Israel cuando quieren que
permanezcamos ciegos ante la masacre de Yenín o de Qana, pues se trata, exactamente, de
esto que los judíos llaman “libelo (acusación) de sangre”, que al final no es ninguna
difamación.
Esperemos que el gran acto de osadía del profesor Toaff se convierta en un punto de inflexión
en la vida de la Iglesia. El desbalance causado por la perestroika que fue el Concilio Vaticano
II llegó demasiado lejos. Recordemos que la perestroika rusa terminó con el derrumbe de la
estructura entera. Mientras los anti-papistas temían un anti-Cristo en la sede de San Pedro, el
peligro real es que surja un Gorbachov.

En la ciudad italiana de Orvieto, a orillas del mar Adriático, los judíos pidieron la anulación
de una exposición que tenía un gran valor artístico, y el cese de las procesiones que
conmemoraban el milagro de Trani.
Allí, unos mil años atrás, una judía se robó una hostia consagrada de una iglesia, y decidió
freírla en aceite, pero sucedió que milagrosamente la hostia se convirtió en carne y empezó
a sangrar en abundancia, de modo que la sangre inundó toda la casa. Hay constancia de
muchos casos de profanación de hostias en toda Europa; fueron bien descritos por Yuval,
Horowitz y Toaff, y ocurrieron en verdad, y sólo la infame desfachatez judía impulsó a la
Roman Association of Friends of Israel a escribir una carta al Papa exigiendo el fin de un
ritual que tiene mil años de observancia. Y lo consiguieron. La Iglesia se doblegó, los paneles
fueron desmantelados, se canceló la procesión y se formularon profundas disculpas a los
judíos, para completa satisfacción de los embajadores israelíes Gideon Meir (ante Roma) y
Oded Ben-Hur (ante el Vaticano), que dictaron la capitulación.
“Extraño mundo en verdad es el nuestro”, escribió Domenico Savino en la excelente revista
Effedieffe. “Se ofende a la fe cristiana, y se le pide perdón a los ofensores”. Savino se
pregunta si habrá sido imposible simplemente ignorar cortésmente la demanda de los Amigos
de Israel, y cita ampliamente las palabras del cardenal Walter Kasper, representante del

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Vaticano en este acto de sometimiento. Kasper niega que la Iglesia sea el Verdadero y Único
Israel Elegido, y afirma la igualdad de los judíos en tanto “hermanos mayores”; niega la
necesidad de Cristo, pide perdón a los judíos y promete “una nueva primavera para la Iglesia
y el mundo”.
«¿Primavera para la Iglesia?», exclama Savino; «¡Ese cuento es viejo!. Después del concilio
Vaticano II, el Papa dijo: “Esperábamos la primavera y lo que vino fue la tormenta”. Esa
primavera ha sido suficiente para nosotros, y después de esa reconciliación en Orvieto ¡no
quiero escuchar nunca más la palabra “primavera”, y ver la ancha sonrisa de satisfacción de
los “hermanos mayores” Gideon Meir y Oded Ben-Hur!».
La “perestroika” no sólo llegó a Italia, ni se limitó a la Iglesia Católica. En Alemania se está
preparando un nuevo sacrilegio: una Biblia “políticamente correcta”, con un relato de la
Pasión enmendado de modo que no cause disgusto a los judíos. El título es engañoso, pues
no podrán llamar a su producto bastardo como una “nueva traducción al alemán de la Biblia,
libre de machismo y anti-semitismo”, como tampoco se le puede llamar a las aguas servidas
de uno como “vino libre de productos tóxicos”. Cambiar una letra en la Biblia es equivalente
a arruinar el mundo, dice el Talmud. La escritura “libre de anti-semitismo” probablemente
se centrará en el sufrimiento judío, mientras la Iglesia hará el papel del villano de la película.
Exaltará a Judas y rechazará a Cristo. Del mismo modo, quitar las “tendencias de género”
significará quitar el episodio de la Anunciación, que es la gran división que separa a la
monocausalidad estéril de los judíos, de la confluencia cristiana entre el Cielo y la Tierra. De
hecho el modelo cristiano tuvo tanto éxito que incluso los judíos lo adoptaron en su Kábala,
y aparentemente decidieron encajarles la vieja y redundante monocausalidad a los alemanes.
En Inglaterra, el viejo semanario liberal The Observer cambió sus plumas y se convirtió en
el nido neoconservador de los que apoyan la guerra y la alianza entre Bush y Blair. Con
impecable lógica en seguida el periódico también renunció a Cristo y prefirió a los judíos,
como lo muestra una reseña de Adam Mars-Jones (4 Feb. 2007) de un nuevo libro inglés
(“The Song Before It Is Sung”, de Justin Cartwright), donde el periodista opta por Oscar
Schindler en vez del general Adam von Trott, quien fue ejecutado por participar en la
conspiración de 1944 de los generales para derrocar a Hitler: “¿Qué es lo que hace de La
Lista de Schindler un film tan asombroso? Es que se guía por la ética judía al mostrar el viaje
exterior del héroe, en vez de mostrar una evolución interna. El tipo tenía debilidades, ¿y qué?;
es su problema. Sólo vale el hecho de que salvó judíos. Sus mitzvahs (buenas acciones) le
valieron un lugar entre los Gentiles Justos, y a falta de una vida después de la muerte (que no
es realmente una característica de la creencia judía) es todo lo que se puede decir. Ojalá
aparezcan más ejemplos por el estilo, y se rinda menos culto al martirio. La veneración del
sacrificio, para una victoria puramente simbólica, puede distorsionar la empresa mejor
intencionada y corre el riesgo de insultar a los muertos, que no tuvieron elección”.
El comentarista de The Observer elige claramente a Judas o Caifás (“aunque contaminado,
quiso salvar a los judíos”) contra Jesucristo, que fue el Sacrificio. Su llamado a “menos culto
del martirio, menos veneración del sacrificio para una victoria puramente simbólica” haría
del Gólgota la última palabra, sin Resurrección en perspectiva. ¿Quién necesitaría las
virtudes cristianas?. Las faltas y los vicios del ser humano son “su problema, mientras salve

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judíos”, y lo mejor que puede desear un no-judío es “un lugar entre los Gentiles Justos”.
Desde este punto de vista, san Simón y otros niños no murieron en vano: ellos ayudaron a
los judíos a invocar la Venganza de Dios, y aquello fue lo mejor que ellos podrían desear. De
la misma forma, los soldados británicos no podrían esperar un destino mejor que el de morir
por Israel en las calles de Basora, Teherán o de cualquier otro lugar.
Así, en Roma, Berlín o Londres, los judíos ganaron un round o dos en su forcejeo con la
Iglesia. Al perseverar obstinadamente y no arrepentirse jamás, nunca pedir perdón y obrar
siempre contra el cristianismo, lograron sustituír en muchas personas sencillas la imagen de
la Vía Dolorosa, del Gólgota y la Resurrección, con su burda tergiversación de la historia
humana como una larga línea recta de sufrimiento de inocentes judíos, acusaciones de
sacrificios sangrientos, holocaustos y la redención sionista en la Tierra Santa. Mientras la
gente rechazaba sensatamente la idea de la culpa judía de la muerte de Cristo, los judíos le
metieron en la cabeza a la gente una idea aún más absurda, la de la culpa de la Iglesia en la
muerte de los judíos.
Las consecuencias no son puramente teológicas. Inglaterra, Italia y Alemania aprueban la
estrangulación de la Palestina cristiana, el bloqueo de Gaza y el robo de las tierras de la
Iglesia en Belén y en Jerusalén. Ellos apoyan el Drang nach Osten (Empuje hacia el Este)
estadounidense. Peor aún: han perdido su conexión con Dios, y su empatía con sus hermanos
humanos se seca, como si el ciego espíritu de venganza invocado por los conjuros a base de
sangre inocente los hubiera atrapado.
La publicación del libro del profesor Toaff podría convertirse en el punto de inflexión que
surge en el momento justo en la historia occidental, desde la apología de Judas a la adoración
de Cristo. Sí, su informe sobre niños asesinados es apenas una grieta en el enorme edificio
del excepcionalismo judío construído en la mente de los europeos. Pero los grandes edificios
también pueden derrumbarse en un momento, como lo aprendimos el 11-S.
Aparentemente los judíos se percataron de ello y se abalanzaron sobre Toaff como un
enjambre enfurecido. Un historiador judío de renombre, rabino e hijo de rabino, escribió
acerca de sucesos que tuvieron lugar hace 500 años. ¿Por qué deberían ellos alborotarse
tanto?. En la Edad Media, el uso de la sangre, la necromancia y la magia negra no eran un
ámbito exclusivamente judío. Brujas y magos de origen no-judío hacían lo mismo. ¡Así que
uníos a la raza humana, con verrugas y todo!. Pero esto sería demasiado humillante para los
arrogantes Elegidos.
“Es increíble que alguien, y mucho menos un historiador israelí, conceda legitimidad a la
infundada acusación de crimen ritual que ha sido la fuente de tanto sufrimiento y ataques
contra los judíos a lo largo de la Historia”, dijo el director nacional de la Liga Anti-
Difamatoria (ADL), Abraham Foxman. La Liga Anti-Difamación dijo que el libro era
“infundado y le hace el juego a los anti-semitas”.
Foxman, que no es ni historiador ni rabino, sabe a priori, basándose solamente en su fe y su
convicción, que el libro es “infundado”. Pero también dijo lo mismo acerca de la masacre de
Yenín.
En un comunicado de prensa la Universidad de Bar-Ilan “expresa gran enojo y desagrado
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extremo por lo que hizo Toaff, por su falta de sensibilidad al publicar su libro acerca de los
crímenes rituales en Italia. Su elección de una editorial privada en Italia, el provocativo título
del libro y las interpretaciones dadas por los medios de comunicación a su contenido, han
ofendido la sensibilidad de los judíos del mundo entero y han dañado el delicado tejido de
las relaciones entre judíos y cristianos. La Universidad de Bar-Ilan condena con firmeza y
repudia lo que aparentemente implica el libro de Toaf, según lo que informan los medios
acerca de su contenido, como si hubiera un fundamento para las acusaciones de crimen ritual,
que condujeron al asesinato de millones de judíos inocentes”.
Son palabras de excomunión. Toaff está aguantando una fuerte presión comunitaria; estuvo
a punto de encontrarse, a los sesenta y cinco años, en la calle, probablemente sin derecho a
jubilación alguna, abandonado de sus viejos amigos y alumnos, exiliado y excomulgado.
Probablemente su vida fue amenazada también: los judíos emplean asesinos profesionales
secretos para tratar con tales estorbos. En los días antiguos se les llamaba rodef; hoy en día
se les llama kidon, y siguen siendo tan eficientes como antaño, y es más difícil dar con ellos
que con los maniáticos sedientos de sangre. La reputación de Toaff sería aniquilada: Sue
Blackwell “consultaría a sus amigos judíos” y lo llamaría un nazi; Searchlight, revista
financiada por la ADL, descubriría, invadiría e inventaría su vida privada; y muchos judíos
insignificantes lo denigrarían en la web, en sus blogs y en su buque insignia, la Wikipedia.
¿Quién lo defendería? Probablemente ni un solo judío, y no muchos cristianos.
Al principio del ataque, trató de enfrentarse: “No voy a renunciar a mi devoción por la verdad
y la libertad académica, incluso si el mundo entero me crucifica”. Toaff dijo anteriormente
esa semana a Haaretz que mantenía las afirmaciones de su libro según las cuales hay una
base real para algunas de las acusaciones medievales contra los judíos por sacrificios
sangrientos.
Pero Toaff no estaba hecho de material resistente. Como Winston Smith, el personaje
principal de la novela “1984” de George Orwell, fue quebrantado en un calabozo mental de
la Inquisición judía. Publicó una carta de completa disculpa, detuvo la distribución de su
libro, prometió someterlo a la censura judía y “también prometió entregar todos los fondos
provenientes de la venta de su libro a la Liga Anti-Difamación” del bueno de Abe Foxman.
Sus últimas palabras fueron tan conmovedoras como las de Galileo abjurando de su herejía:
“Nunca permitiré que un odiador de judíos me utilice o utilice mi investigación como un
instrumento para avivar las llamas, una vez más, del odio que condujo al asesinato de
millones de judíos. Ofrezco mis más sinceras disculpas a todos los que se hayan sentido
ofendidos por los artículos y las distorsiones que se me atribuyeron a mí y a mi libro”.
Así, Ariel Toaff se rindió ante la presión comunitaria. No tiene mucha importancia lo que él
diga ahora. No sabemos qué torturas mentales le preparó la policía política judía de la Liga
Anti-Difamatoria, ni cómo fue obligado a retractarse. Lo que nos ha dado es suficiente. Pero,
¿qué es lo que nos ha dado?. En un sentido, su aporte es comparable al de Benny Morris y
otros nuevos historiadores israelíes: repitieron datos que conocíamos de fuentes palestinas,
desde Abu Lughud hasta Edward Said. Pero las fuentes palestinas no eran confiables; en
nuestro universo judeocéntrico sólo se consideran fidedignas las fuentes judías. De modo que
Morris y los demás han ayudado a millones de personas a liberarse de la obligada narrativa

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sionista. Esto no sería necesario si fuéramos capaces de creer a un goy frente a un judío, a un
árabe acerca de la expulsión de 1948, a un italiano acerca de san Simón, y tal vez incluso a
un alemán acerca de las deportaciones de la guerra. Ahora Ariel Toaff ha liberado a muchas
mentes cautivas al repetir lo que sabíamos por múltiples fuentes italianas, inglesas, alemanas
o rusas. Si el “libelo de sangre” resultara ser no una difamación sino un caso criminal regular,
¿quizá otras afirmaciones judías caerán también?. ¿Quizá los rusos no fueron culpables de
pogroms?. ¿Quizá Ajmadineyad no es ningún nuevo Hitler inclinado a la destrucción?.
¿Quizá los musulmanes no son malvados odiadores de judíos?.
Ariel Toaff nos abrió también una ventana para ver ciertos procesos dentro de la judería, a
fin de comprender cómo se mantiene esta increíble disciplina del Enjambre, cómo los
disidentes son castigados, cómo se consigue la uniformidad mental. La judería es en verdad
excepcional, desde este punto de vista: un científico cristiano (o musulmán) que encontrase
una mancha en la larga historia de la Iglesia no la ocultará; él probablemente no será
aterrorizado para lograr su obediencia; él no será exiliado si abraza el punto de vista más
vilipendiado; incluso si termina excomulgado, el científico o el escritor encontrará suficiente
respaldo, como Salman Rushdie, Voltaire y Tolstoi lo descubrieron. Ni la Iglesia ni la Ummá
[comunidad musulmana] ordenan este tipo de disciplina ciega, y ningún Papa ni Imán tiene
el poder que tiene el señor Abe Foxman sobre sus correligionarios. Y a Foxman no le importa
la verdad sino solamente lo que –según su punto de vista- es bueno para los judíos. Ninguna
cantidad de testimonios, ni siquiera una transmisión en directo de un sacrificio humano
cometido por judíos podría obligarlo a aceptar la desagradable verdad: ya encontraría un
argumento para negar la evidencia. Vimos eso en el caso del bombardeo de Qana, cuando
aviones israelíes destruyeron un edificio y mataron a unos cincuenta niños, ciertamente más
de los que asesinaron los brujos judíos de Umbría. Por ello no cabe esperar que el libro de
Toaf convenza a los judíos. Nada los convence.
No hay por qué envidiar esta unidad de corazones y mentes judíos: la otra cara de esta unidad
es que ningún judío es libre. Un individuo es obligado por sus padres a convertirse en judío;
él no tiene libertad mental en ninguna etapa; él tiene que seguir las órdenes. Lector judío, si
entendieras que eres un esclavo, no en vano has leído hasta aquí. Mientras no seas capaz de
contestar la pregunta retórica “¿acaso no eres un judío?” con un simple “No”, seguirás siendo
un preso en libertad bajo palabra, un cautivo con la soga al cuello. Tarde o temprano ellos
tirarán de la cuerda. Tarde o temprano tendrás que mentir, buscar palabras evasivas, para
negar lo que sabes que es justo y verdadero. La libertad está a tu puerta; extiende el brazo y
tómala. Como el Reino de los Cielos, la libertad es tuya si la pides. La libertad una persona
la elige con el corazón, no con el prepucio. Ariel Toaff pudo haberla tenido; ¡qué lástima que
su valor le falló!.
Su destino me recuerda el de Uriel (¡casi el mismo nombre!) Acosta. Un insigne precursor
de Spinoza (nacido en 1585 en Oporto, Portugal, y muerto en Abril de 1640 en Ámsterdam),
Acosta atacó el judaísmo rabínico y fue excomulgado. “Un alma sensible, Acosta encontró
imposible soportar el aislamiento de la excomunión, y se retractó -anota la Enciclopedia
Británica. Excomulgado nuevamente después de ser acusado de disuadir a los cristianos de
convertirse al judaísmo, hizo una retractación pública después de soportar años de
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ostracismo. Esta humillación destrozó su autoestima, y terminó por suicidarse”. El error de
Acosta fue llegar lejos, pero no lo suficiente.

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