Está en la página 1de 101

1

2
Los bichos han
piädo

Cristino Bogado

Asunción, 2003

3
4
Todo el mundo sabe que es ahora o nunca
Leonard Cohen

5
6
Prólogo del editor

7
8
1. Sledgehammer

“Yo soy el mayor porro del mundo”


Sancho Panza. (cap. XLV)

Tengo el “hilo” que “ordena” el laberinto


de Los bichos han piãdo: LA ESTRUCTURA. No
la memoria de Proust, que une los fragmentos que
navegan a la deriva en el texto en el lugar de un
“yo” que no es más que eso, lugar, punto en el
continuo espacio-temporal donde se suceden los
acontecimientos o desde el cual se los contempla.
El yo como pretexto, o sitio para el acontecer, que
proporciona, al fin, bajo la forma de la unidad de la
conciencia o de la memoria, un orden al magma
caótico de la facticidad. No el tiempo de Heidegger,
cuántico, pero tiempo al fin, es decir, orden
también. Ni la tradición de Gadamer o su discípulo
italiano, devoto de los “grandes hombres”: el
presente dialogando con el pasado, los prejuicios
propios con los prejuicios ajenos, pero cortando en
última instancia oblicuamente el circulo vicioso,
sorteando las trampas de la geografía, superando a
la postre el relativismo peligroso de todos los
preconceptos en una lectura luminosa que,
nuevamente, resuelve en una forma, si bien
menguada, de orden, nuevamente, tanta dis-
persión. No. La verdad la encuentro en la pintura
romántica europea de entre fines del XVIII y

9
comienzos del XIX. La imagen aflorando desde la
niebla o hundiéndose en las tinieblas,
clarificándose o difuminándose los fragmentos de
forma o de luz sobre un abismo tenebroso. Las
formas claras y distintas emergiendo –como
ilusiones, como bellos fantasmas– de o sumiéndose
en la enorme y vasta verdad última de la confusión
de los océanos, de los horizontes infinitos, de las
tempestades, de la noche –de la noche, en la que el
sueño apaga la luz de la razón y sus conceptos de
contornos precisos y bien delimitados y confunde
las formas de los objetos familiares en la indistinta
masa de sus sombras–. El pasado aglutinándose
hacia la forma desde las turbiedades de los
recuerdos, o regresando a lo caótico del olvido (por
ejemplo, como en el final de aquel vídeo de Peter
Gabriel en el que el sujeto se confunde con el
objeto-cielo estrellado: indistinción entre el sujeto
y el objeto y embriaguez de esta indistinción).
Intuición. Instante fulgurante (Benjamin) en el
que emerge la forma del hermoso fragmento de
entre la nebulosa imprecisa e inconsciente del
pasado y se presenta ante la conciencia, cegadora
como un golpe de luz, no evocación deliberada y
minuciosa de un punto estable y sólido (memoria
consciente), no dialogo entre el hoy y el ayer
(hegelianismo moderado). Cómo creer que podemos
comprender lo ya muerto, esa magnitud borrosa y
corcoveante que se sustrae a la superficie visible
del tejido físico del mundo, ese cronotopos íntimo
cuyo regreso fugaz se hurta siempre a la caza sutil
de los lemures de la fotografía y la nostalgia.

10
Intuición, no comprensión ni diálogo ni
hermenéutica.
Tengo doce años. No, mejor trece. Primer
hijo nacido de una generación desorientada y
desclasada porque procede de una de tantas de
esas familias que han decidido emigrar desde el
campo, ya agostado y cuyas bucólicas se han
petrificado, hacia la capital, para vivir en ella la
escisión esquizofrénica entre el saber de la mano
que ya no tiene una materia donde fabular sus
habilidades y sus potencialidades y el anal-
fabetismo o el infantilismo que entraña la falta del
savoir survivre en la urbe, el desconocimiento de
los códigos y de los signos de la disciplina urbana,
aún no acondicionados en las neuronas ya
perezosas donde Pavlov suele efectuar sus ma-
quinaciones. Trece años que avanzan con su
esmero escolar, todas las siestas, entre las 12 del
mediodía y la 1 p.m., hasta un colegio que cobija en
sí esa razón de estado a la que Arditi, para-
fraseando a otro francotirador, dirá adiós años
después. Primera imagen: el adolescente ligero de
andar pero al mismo tiempo detenido, demorado
por la ilusión alimentada por la esperanza paterna
de verlo convertirse en doctor, en arquitecto, en
juez, oficios de señor de urbe, pertenecientes a la
división de la mente, libres del agobio del cuerpo;
detenido, como iba diciendo, por esa joroba que
pesa ahora sobre su cuerpo juvenil. Lo acepto, es
un cliché fácil y cursi, pero es la manera más
realista de verlo, considerando la perspectiva de
sus padres, gente sencilla y de devoción católica.

11
La segunda imagen podría ser ese mismo
jovenzuelo detenido, nuevamente, por la larga
capa de piel de jaguareté que se arrastra, solemne
y pesada, sobre el pasado de los padres, ahora
despreciado, ciertamente abandonado. Y, por
último, tercera tentativa, esta vez una de estirpe
grotesca y buñueliana: su deseo espontáneo y na-
tural impedido, desviado, demorado por la triple
fuente del principio de represión autosuficiente, un
onagro, un piano y un cura atados a su cuello de
petimetre y señoritón a pesar suyo.

N. dejó el lápiz y el cuaderno de tapa dura y hojas sin


rayas en el que estaba escribiendo y recordando. Era mediodía, y
alguien golpeaba a la puerta. Probablemente se trataba de H.,
quien siempre lo visitaba a esa sacrosanta hora, puntual y
fastidioso. Para leer las noticias del diario, comentar las últimas
changas, en especial la que consiguió su compinche con el general
aquel tan chocho, y comer lo que hubiera: mbeyú, carne de soja con
mucho picante, arroz blanco con berenjenas y, de postre, bananas
fritas, espolvoreadas con azúcar y canela, y café, o, excep-
cionalmente, mazamorra con miel de abeja. Una dieta fluctuante
entre el color local culposo y un sobrio cosmopolitismo esnob.
H. entró, como siempre, exultante y escupiendo a
todos los azimuts, munido de diarios viejos y libros usados,
saludando tierno y sobón. Hoy se lo veía particularmente inquieto,
más hipertiroideo que lo habitual, como dispuesto a demostrar al
mundo que estaba íntimamente abrasado de furor capitalista,
inmune a las zancadillas diabólicas del tedio y a los viciosos
pantanos de la pereza. Improvisó una arenga filomonetaria in-
cendiaria y antiquietista que hubiera intimidado al más rutinario
bolsista y conmovido la trayectoria, disciplinada y firme, del
neoliberal más fanático en boga... Lanzaba exorcismos contra el
chanterío verbal de los burócratas encorbatados y sesteantes, esos

12
que pasaban sus días contando, como robinsones náufragos en sus
grises oficinas, los días que faltaban para cobrar el estipendio de
sus irrisorias sinecuras cada fin de mes. Los tachaba de traidores a
la causa más noble entre las ya numerosas causas nobles forjadas
por el cerebro humano, de heresiarcas del dinamismo innato de la
economía, de monoteístas recalcitrantes que renegaban de la
sagrada trinidad fuerza de trabajo-mercancía-dinero, de poetastros
sin público y de publicidad de arcadias purgadas de música noise
japonesa, cocaína e incluso, inverosímilmente, computadoras, de
alejandros panzones atiborrados de cerveza y asados dominicales y
de napoleones de cabezas frías y pequeñoburguesas sin más
aventuras que marcar tarjetas y sin más conquistas que las del
copetín más cercano en el cual poder exigir e imponer las rayas.
Puras patrañas, envidia del estómago vacío de un
desempleado, nada más. N. le recomendó que omitiera sus
histerismos de teatro bolche y que se tomara el asunto con soda y
un chorrito de música de los 80. Nada mejor que el tecnopop de
unos Soft Cell olvidados para apagar los escozores de la bolsa.
Terapéutica de evasión, es cierto, pero todo hombre tiene su
orgullo, el deber de capear con decoro las épocas sin sustancia que
le toca en suerte sufrir. Y que dejara de olfatear, porque el
almuerzo fiel ya estaba viviendo su vida latente en una de esas
urnas funerarias de la posmodernidad: los tupper-ware.
Expiado el crimen más indigno que puede padecer el
cuerpo humano, el hambre, H. fue acunándose poco a poco en la
cadenciosa nostalgia que remansaba la habitación de N. Por
último, desdoblando sus amarillentos diarios sobre sus piernas
cubiertas de migajas de pan, empezó a cabecear en un hamaqueo
ancestral y bonachón de ogro súbitamente doblegado y reducido
por su propio estómago, ahora en pleno proceso de trituración
sádica y maquinal en pequeños pedazos de sus envidiados y
suertudos enemigos públicos disolviéndose con todas sus
prebendas y canonjías estatales metabolismo arriba, suerte de
olvido en el mundo preestablecido de las formas de la materia.

13
Nos gusta, a mis compañeros de clase y
no a mí, estar bien parados, los tobillos frotados
unos contra otros, los brazos sobre los flancos del
cuerpo, el cuello alto y tieso, la cabeza limpia y
pulcra con el corte de pelo bajo y cuadradamente
varonil y la garganta elaborando rombos o cubos
mal armados, digamos de cuatro dimensiones, dis-
lexias sonoras, huevos de pascua, siguiendo a
nuestro Wagner autóctono, para que la bandera se
eleve como un fuego de tres colores, como una vela
que se sobrepusiera a la sustancia del viento y
anunciara la locura de conquistar, como el falo no
de un solo hombre sino de toda una nación; por
supuesto, el concertmaster, el director de batuta
enhiesta que hace las veces de hierofante del ritual
de cantar el himno, sólo los lunes, es de apellido
alemán, además de profesor de pentagramas (más
exactamente que de música), y fabricante, pro-
pagandista y vendedor monopolista y con sello
ministerial de los textos de pentagramas (y no de
música ).
Nos gusta, a mí y a mis compañeros, salir
en tropel a las calles con nuestras botas militares y
pechear a los niños bien de ese colegio sub-Eton
que usan chaqueta azul de terciopelo con insignia
que pretende ser un blasón antiguo, maricas
católicos, no como nosotros, que fingimos ser ca-
tólicos pobres.
Nos gusta, a mí sí, y no en la totalidad de
los casos a mis compañeros, sentir que el tiempo
no es más que una luz polvorienta posándose
pesadamente sobre la larga mesa de la biblioteca

14
por la noche, y ascendiendo por la mañana otra vez
hacia el cielorraso, mientras hojeamos El Tedio de
Hippolite Taine, y las mujeronas azules, uni-
formadas espías, a su vez, de nuestro propio tedio,
no asalariados rojos del Leviatán, que vigilan la
inmovilidad sacra de los libros, nos desean, des-
caradamente desean la juventud de nuestros
cuerpos y sueñan despiertas con el infinito ver-
tiginoso de la capacidad de trabajo de nuestra
libido sobre sus cuerpos abultados, encapsulados
en la gordura de la rutina y de la obediencia al
estómago, Leviatán-í de sus caprichos, o en la de la
sumisión a la burocracia, callejón que lleva de la
nada a la nada. Pero, en el fondo, lo que ellas
desean es el deseo de nuestros desvelos, aquello
que en nosotros arde y que ellas no pueden
entender, la posibilidad de que existan cosas
maravillosas al margen o al costado de la vida
ordinaria, alrededor, cerca, muy cerca de ellas,
cosas que ellas no ven y que no pueden vivir.
Desean la pequeña lámpara de la que están
provistos teóricamente los jóvenes para no
sucumbir en los corredores tumultuosos y fan-
tasmales de la vitalidad de la adolescencia. O
acaso desean agitar y frotar nuestras lámparas-
cuerpos para hacer aflorar de ellos al dormido y
milenario Genio de la juventud que yace perezoso
en una cárcel de mera lujuria pustulosa.

Hoy H. estaba más delirante que nunca. Es decir,


desde la perspectiva materialista pura, meramente más hambriento.

15
Se declaró asiduo lector de Platón y detentador de la auténtica
interpretación política de sus ideas. Obviamente, aclaró que él era
una sombra entre las sombras, nada más. El esquema que esbozó
era algo así como lo que sigue: En el principio era el Estado, Idea
de las ideas, el Uno, el Agathón, el luminoso paradigma de lo
bueno, bello y verdadero. Especie de abeja reina que habita el
empíreo de la eternidad segregando la miel seminal de las ideas
sobre los tenebrosos reinos sublunares, tierra que padecería de
esterilidad endémica sin aquella intervención de la actividad divina,
matemática o demiúrgica. El mundo sublunar y ensombrecido
dejaría de estarlo cuando se convirtiera en el espejo en el que se
reflejara el Estado, poblado por las abejas-obreras y los zánganos-
reproductores, acondicionados por una disciplina teleológica única
y donde la sumisión a ese fin fuera su Naturaleza y su Ley.
Obedecer es ser, en otras palabras. La caterva y el mare magnum de
los empleados públicos, sobones, alabarderos, adulones, sicofantes,
soplones, narices frías, plantas peludas, hurreros, camandúes,
mataperros, ministros y generales, se alimenta y se nutre al mismo
tiempo en esta intersucción osmótica llamada “estado civil”.
Aquella miel de la idealidad se ha actualizado y
materializado en la res publica en forma de sinecuras, coimas,
prorrateo de tortas, defaults, lucro indebido, desequilibrio solapado
del haber y del tener, nepotismos, bicicleteos, privatización de lo
público, sexualización de la milicia, etc.
El mundo de los simulacros, según la ortodoxia
platónica, la sombra de las sombras, como sabemos, no tiene más
realidad que la meramente negativa de consistir en la zona
espectral de los extramuros de la polis o ciudad, en el exilio de la
miel del Estado. Vemos errar por sus peladas tierras a los ya
míticos poetas y artistas y agremiados, iconoclastas de la Idea,
espejos deformantes y falsificadores de la República, cenobitas y
ermitaños del desierto plagado de fatamorganas y alucinaciones
subversivas. En realidad, estos artistas, la mayoría de los cuales se
muestran demasiado nostálgicos de la flava sustancia, han pedido
residencia permanente o temporal, han depuesto la fidelidad a su
daimon satánico y han terminado haciendo sillas y cucharas, loas al
jefe, esculturas de perritos, etc.

16
Unos pocos, que persistieron en su tendencia
anticelestial, terminaron como libelistas y corifantes de los
opositores. Estos últimos, los más peligrosos de entre todos los
que vagan en medio de los simulacros, y entre los cuales tampoco
hay consenso, lo que demuestra que sus diferencias con el Estado
son simples manifestaciones de resentimiento, sostienen que la
miel es falsa, o bien que es perecedera; algunos otros predican
también acerca de su discontinuidad, pero H. no conoce ninguna
herejía sectaria que hable explícitamente de su inexistencia, y sólo
sabe de un grupúsculo caraíta, que no es en realidad sino una
pandilla de vagabundos, parásitos y muertos de hambre, que habla
de otra miel, que manaría de la tierra estéril misma. Un absurdum
para los sacerdotes oficiales.

17
2. Nueva aurora que cae

18
“maligna música de átomos”
E. Jünger.

¿Por qué los 80? Porque actúan como la


bisagra que hace girar la vida, por un lado, hacia
la infancia y, más atrás aún, hacia donde asoma la
nada; y, por otro lado, hacia la adolescencia, campo
de limoneros purulentos, y, un poco más allá, hacia
la existencia adulta, hacia mi fracaso o éxito actual,
hacia el ahora enigmático e indescifrable. Exigen
una hermenéutica que se expanda en dos di-
recciones opuestas, alimentan el dinamismo de la
mente voraz que anhela abrazar el por qué y el
cómo (el ello y el yo). Son el hito subjetivo de un
viaje absolutamente privado que nos convierte en
actores e historiadores al mismo tiempo. Cuando el
presente es insoportable, sólo nos resta evadirnos
hacia el pasado nostálgico; a la inversa, es fre-
cuente también dar la espalda al pasado que nos
fundamenta desde un presente prometedor e
igualmente ilusorio. Fuga constante llevada a cabo
por mandato de una terapéutica pragmática y
altamente evolucionada. Por eso los bichos han
piãdo. Están acá, conmigo; luego, en un pestañeo,
se esconden otra vez entre los pliegues de esa
materia celosa de su secreto y como metida en sí e
inmune al estetoscopio.
Sexo no es naturaleza ni espontaneidad.
Hoy es poder. Este razonamiento insistente y
obsesivo desde su descubrimiento le aclara el por

19
qué de su existencia vacía de experiencias sexuales.
Le devuelve su autosuficiencia vacilante de ado-
lescente madurado a fuego intenso. Lo separa de
su propia frustración para poder contemplarla
impersonal y serenamente y eleva su problema
individual a la categoría de cuestión ideo-
lógica ―en el sentido marxista―, de asunto político.
Crea el objeto necesario para sustentar sobre él su
rechazo de los burdeles: mera recompensa de
week-end, concesión anodina pero útil para
aplacar a las masas, burda bisutería que imita
malamente el oro macizo de los auténticos
privilegios. Opio de los esclavos. Así, ha superado
esa etapa de la máxima exasperación de su
instinto sexual que, soñador e ingenuo, quería
cobijar bajo su marea alta a todos los cuerpos
femeninos existentes. Ha sucumbido a esa otra
fase, vulgar, muy vulgar, de pensar su sexualidad.
De abolir su densidad tormentosa e indomeñable
para, midiendo sus pasos, volviéndose cauteloso,
reducirla a coágulos, a meras intenciones de
conquista civilizada, a largas peregrinaciones a
través del enamoramiento estéril, etcétera. Pero se
ha perdonado también ya por hacerlo: todo el
mundo lo practicaba (bueno, casi todo aquel que no
estaba ya marcado con el estigma de bicho) como
costumbre oficial. Esta dialéctica teórica del sexo
lo tiene ahora estancado en una zona neutra,
indefinida pero repleta de posibilidades; en todo
caso, muy alejada de los tradicionalismos y muy
próxima a una sabiduría sádica y rebelde.
Contracultura norteamericana que ha leído al

20
príncipe Vogelfrei y ha dado de comer en sus
manos al tigre de Blake.

Las visitas de P. son espaciadas, irregulares, en el


fondo ñembo agoreras o aun catastróficas. Se producen por lo
general cuando el complot se agita en la sombra, cuando el viento
norte aletarga los satélites antiterroristas, cuando la locura del
cosmos se precipita en un artefacto casero, cuando la ufología
clausura sus oficinas de observación derrotada por las campañas
de cariz escéptico y pedestre, cuando una tira cómica o su variante
televisiva animada hacen comparecer elusivamente en escena a
ciertos personajes secundarios cuyos rostros remiten a la historia o
a la crónica macabra del diario o a la dimensión desconocida.
Entonces, ahí tenemos a P., en trance de desperezarse de sus
siniestras cavilaciones, vestido para la ocasión con un atuendo de
Hermes oscuro, casi hamletiano, para embestir contra la molicie
de sus coetáneos, para surcar a contracorriente las novedades de
los brujos de la técnica (que sólo sirven para ocultar lo esencial),
para pilotar la cruzada de los grandes solitarios incomprendidos,
grotesco como un sapo pero casi tierno e infantil en su orga-
nización vegetal (como en el famoso cuadro de Man Ray sobre el
asunto), para gritar a los cuatro vientos que la hora ha llegado,
¡abran sus oídos, escuchen...!
P. es elegante como un filósofo parisino ―los grandes
acontecimientos (como el mayo del 68) exigen los mejores
trajes―, de ojos pardos de día y verdes por la noche, como los de
los gatos, casi bello ―como todos los locos del Cortázar más
sentimental―, políglota (porque el mensaje no tiene una forma
preestablecida y apela siempre por su propia naturaleza clan-
destina y acechada a solaparse, porque el “espíritu” habla “en
lenguas”, como dice la tradición), profundamente lógico y
racionalista (cualidades ambas que juntas hacen de armadura
contra las fuerzas oscuras), sexualmente neutro (aunque la inicial
de su nombre propio sugeriría otra cosa, además de la obviedad de
“paranoico”). Nietzsche es su gran gurú, el incomprendido par

21
excellence (modelo de todas las resistencias contra la conjura de los
necios y verdugos, i. e., con sus cartas, dirigidas al Papa, escritas al
dorso de las cuentas de la lavandería). P. es también educado, y,
discreto en extremo. Por lo general, permanece silencioso, con-
centrado en estudiar los más mínimos gestos y en sopesar la carga
atómica de cada una de las palabras de su interlocutor, fichando y
descodificando el tedio y el desaliño verbal de sus contertulios
tomadores de tereré, cabalizando siempre la rutina, dibujando
mentalmente la quinta pata del gato a los diagramas más aburridos
y abstractos que elabora nuestra cotidianeidad, manifestando con
su discreta abstinencia su carácter de enemigo nato del alcohol y
otros estupefacientes, ocupándose en reducir a blanco y negro
todo aquel intento pueril del show business y de la industria del ocio
de colorear lo rancio (¡maldito technicolor enervante y pres-
tidigitador!). Para él, un florero esconde en realidad un vulgar
micrófono, y toda mujer hermosa una Mata Hari. La Conversación,
con Gene Hackman, es lo suyo; el Súper Agente 86 representa
perfectamente su propio rechazo sardónico de toda la banalidad e
incomprensión del hombre actual, que es el motivo de su
autoexilio en los rincones de la austeridad vigilante. Esos ceno-
bitas que hacían squatting en el desierto serían sus auténticos
amigos, simones que ya intuían el gran panóptico por detrás de
sus amados refugios. Nuestro visitante es un cortesano obsesivo-
compulsivo ante la mirada del gran señor Sol, anti rock&roll y pop
music, desdeñoso de las bandas, de todas esas gavillas de joven-
zuelos que no son para él más que variaciones degradadas de aquel
primigenio The Paranoides, el Enemigo lanzando su mensaje
cifrado en 45 r.p.m., vinilitos tan ágiles como para asumir sin
transición el giro susurrante de un platillo volador de serie B o el
zumbido siniestro de una alarma antihumo.
Ahora se ha sentado ante N., que emborronea aún
algunas frases antes de cerrar su cuaderno de tapa dura y hojas sin
rayas, acostumbrado ya al silencio extra-large de su amigo, cir-
cunspecto y almidonado sobre un puf bajito e irónicamente
decorado con florecillas de aspecto candoroso, con su cara de no
estar para bromas, cíclico portador de verdades que queman las
manos y obliteran los oídos, de esas ondas de música noise que nos

22
empujan hacia un maelström voraz por culpa misma de su rigidez,
de su inmovilidad y de su esencial falta de ritmo. Con la paciencia
que otorgan las canículas asuncenas, N. cierra el cuaderno y se
apresta a escuchar, oyente respetuoso y fatigado más que tem-
bloroso, la buena nueva de su polvoriento (por los residuos de
todos los desiertos que ya ha habitado) y dandy arcángel Gabriel,
de su pacífico Vangelis compatriota.

La adolescencia es una larga vibración. A


pesar de no haber llegado nunca a hacerle el amor
a ninguna de las chicas del barrio, ni a ninguna
del colegio, obviamente porque todos los de su
calaña son unos chicos fétidos por el hábito de la
paja y por el sudor que les produce la angustia de
ser bichos, y a pesar de que sabía que nunca lo
podría hacer con aquella rubia oxigenada, la de la
porno danesa que vieron cuando se escaparon del
cole, aquella rubia tan diestra y generosa, él es un
chico optimista. Bueno, es una persona de esas que
necesitan del mañana, que no soportarían una
noche eterna y absoluta. Realmente, en una larga
vibración es en lo que consiste el oficio de ado-
lescente en la Asunción de 1983. En un in-
terminable miedo, tenso y curvo. Especialmente
durante la noche. Sí. Porque la noche puede
transformarse en el verdugo de su optimismo.
Puede acusar un súbito olvido de su rotación, caer
en una pereza transgresora, zafarse del armonioso
y milenario pacto con el día, haciéndolo salir de su
órbita. Aboliéndolo... Por eso las noches son para él
de estricta vigilia. Ha decidido convertirse en la
memoria del tiempo. En la anamnesis insomne del

23
mundo. Vean como permanece mudo, sudoroso,
brutalmente inquieto, ateamente inquieto ―hasta
un dios podría sucumbir al sueño―, soltando, en
vez de una plegaria, su insomnio y su miedo, para
cerciorarse de que la noche se portará como un
buen muchacho y de que, cuando el orden se haya
cumplido, le cederá su turno a la luz, al sol, al
amarillo... Destensa su miedo solamente cuando la
claridad gris ha rellenado las grietas del follaje
que se ve a través de la persiana y lenta, muy
lentamente, el alba empieza su trabajo de
desbaratamiento cotidiano de la siniestra inde-
terminación que la oscuridad comunica a los seres.
Ese gradual avance blanquecino, esa toma de
terreno, ese desvanecimiento del silencio, ese
rumor del despertar del mundo, gradualmente
creciente y que se adentra en la cada vez menos
sólida materia ―que fuera tan compacta e
inquietante, tan inapelable, poco tiempo atrás―
del agonizante silencio de la noche que se esfuma,
como un cuchillo que penetrara blandamente un
cuerpo, es su pobre orgasmo.

El fascinante mundo de las changas entre las que flota


N., nuestro héroe sedente, le permite que cada vez que lo
enfoquemos se encuentre escribiendo o conversando con sus
visitas. Su primitivo e imposible lebensplan incluía una existencia
menos casera y una agenda más aristocrática. La salida más jugosa
en lo económico ―últimamente la única, dicho sea de paso― era
la que hacía para dirigirse a la casa del “general con arte-
riosclerosis”. De hecho, la idea de batallar entre la maraña de su
pasado fue inspirada o contagiada por este trabajo. Por los

24
impasses, los balbuceos y las lagunas mentales que erizaban de
tensiones cortésmente escondidas las tardes de redacción de las
Memorias de un general de la época de S1 . Memorias de la experiencia
de un hombre en el ocaso de su vida y con suficientes rentas
como para darse el lujo de consagrar todo su tiempo y sus
energías a emprender semejante tarea hercúlea. Recoger la historia
del Paraguay de los últimos cuarenta años, que incluía a su vez su
pequeña y mísera historia personal, y sostener tan vasto relato a lo
largo de un libro de no más de aproximadamente doscientas
páginas, en principio. El primer efecto del peso del monte Atlas
sobre los hombros del general, más allá del hallazgo del título,
consistió en la súbita pérdida de la facultad de recordar. El peso
de la historia exigía, al parecer, previamente, la creación de una
nueva mitología del Übermensch, por lo menos en el caso que nos
convoca. Un deslizamiento de la potencia titánica, tradi-
cionalmente colocada en los músculos del cuerpo, desde estos
hacia la colonia de neuronas que administran el régimen de la
1
“S.” podría aludir tanto a “Stroessner” como a “Sádico”, pero no
estamos capacitados para quebrar definitivamente la sombra de esta
duda. Otras variantes explicativas podrían muy bien remitirnos a
“Sometedor”, “Solitario”, etcétera. En otras palabras, del nivel más
plano y literal, por ejemplo, el del nombre propio de un sujeto
(“Stroessner”), se podría deslizar el sentido posible de esta inicial
misteriosa con la que concluye el título (lo único concluido hasta la
fecha) del proyectado libro del general memorioso hacia niveles más
latos y simbólicos, como se ve muy claramente en los otros casos
sugeridos ―“Sádico”, “Sometedor” (atributos que se pueden predicar
tanto de individuos como de colectividades e incluso de épocas)―,
por lo cual podríamos (incurriendo en la paradoja ―sólo aparente―
de asignar al nombre propio la minúscula y la mayúscula a los
sustantivos comunes) hablar, por un lado, de una “s” minúscula de
“Stroessner”, minúscula por su más reducido alcance e inferior
importancia en relación a otras posibilidades, ya que éste, como
individuo particular, no sería más que un ejemplo nominal de un caso
más universal, de un caso, digamos, histórico, y, por otro lado, de un
uso más omnicomprensivo, más abarcador y relevante, que aludiría en
general a toda una época de sometimiento y de sadismo, uso repre-
sentado por la “S” mayúscula.

25
memoria. El caso del general debería pasar, aparentemente,
además de requerir la ayuda de un amanuense y corrector
estilístico, por el diván vienés. N., psicoanalista improvisado,
diagnosticó para sus adentros, basándose en fuentes exclu-
sivamente teórico-satíricas, una personalidad con fuerte
predominio de la oralidad pero complicada con un estreñimiento
de la bolsa y resuelta al fin en un síntoma de mudez cerebral
aguda, síntoma que esperaba pasajero. En este punto se debe decir
que el general tomó a su servicio a N. después de tropezar, en la
sección de clasificados del periódico, con un ampuloso aviso que,
tras el largo rosario que declamaba las especialidades, capacidades
y virtudes de corrector de N., y tras mencionar el hecho, de interés
curricular, de su autoría de un libro2 de memorias semi-ficticio,

2
En cuanto al libro de marras, ha sido tratado ya en otro lugar, de
modo que aquí, en esta nota arrinconada al pie de esta página,
solamente podemos permitirnos proporcionar datos muy elementales:
que N. frecuentaba una biblioteca pública abierta a partir de fines de
los ochenta ―vamos, un poco antes del golpe (y del final de la
historia que se cuenta en este volumen)―, que acostumbraba
manosear persistentemente determinados libros, privilegiando los de
ciertos autores ―suicidas, como Von Kleist, locos hasta la muerte,
como Hölderlin― y, por último, que fue rastreando en ellos (¡con
perspicacia inaudita!), por el tenor de los comentarios marginales y
por la furia y los colores elegidos en los subrayados, más explí-
citamente en los cuadros sinópticos esquemáticos trazados
irreverentemente pero quizá con altruistas fines didácticos en las
últimas hojas blancas, una literatura en ciernes (aforística,
fragmentaria, ensayística, poética, como quieran llamarla) y un autor
coherente y único por detrás de todos esos jeroglíficos (sin nombre ni
dirección postal ni bibliografía ni autoridad académica conocidos),
posible habitué de la biblioteca en otro tiempo, hasta su probable, si
bien no corroborada y, por ello, más mítica que histórica, expulsión,
expulsión que hizo, sin duda, honor a nuestra época (amiga de
practicar purgas en los diversos estratos de la vida). Este autor,
desaparecido o ya muerto, perdido de vista en todo caso, castigado por
sus vandálicas marcaciones y subrayados, por su patoteril profanación
del símbolo por excelencia de la cultura humana, es el objeto de in-
vestigación del libro de N.

26
proclamaba, y éste fue el elemento decisivo, lo módico de su tarifa
semanal ―menos de cincuenta dólares―, que N. definía como de
“precio Lovecraft”. El olvido de todo lo que deberían constituir
los contenidos de su dictado y el material de trabajo, y el
consiguiente semi-mutismo balbuceante del general, dejaron
anonadado a N. durante los primeros días. Tal era el estado de
extrema sequedad en que se encontraba el río de la memoria del
general, que N. ya se veía a sí mismo formando parte de la
caravana de espectros diurnos y alucinados que vagaban por las
calles de Asunción golpeando puertas para anunciar sus por-
tentosas soledades metafísicas... Pero, como las ideas regurgitan
del estómago, fue fácil sacar partido del aforismo hipocrático
según el cual “el remedio debe ser más fuerte que la enfermedad”
para atisbar la luz en medio de la oleada de tinieblas que había
caído sobre su monótona aurea mediocritas de changuero nato y así
concebir lo que consideró que sería el purgante infalible para
corregir la astringencia generalesca.

El bicho es alguien que la tiene jurada en


el colegio. Los granos marcan su cara aturdida y
distraída con burlonas pinceladas rosáceas. Cada
cierto tiempo, los muchachos que superaron el bá-
sico acordonan a los bichos y los fastidian con
preguntas tontas, como: “¿Cuántas pajas te haces
al día?”, “¿Por qué hablas así, como gallito
asustado?” o “¿Qué mariconada es esa de bañarse
con anatómico?”, inquisiciones todas que rebotan
sobre las galerías desde no se sabe dónde. A los
bichos se les acusa de no tener aún novias, de ser
idiotas, de no conocer “el secreto del mundo” (¿?),
de despilfarrar energías en tonterías, de ser lerdos
y recién llegados, de aferrarse al pasado, a esa
niñez succionadora de leche materna, y de flotar

27
demasiado sobre los negocios del mundo sin ate-
rrizar sensatamente en ellos. En el fondo, a los
bichos se les pide obediencia y se les exige el
aprendizaje de códigos avalados hace mucho y, en
apariencia, con aprobación unánime. Los bichos no
terminan de creer realmente sincero ese desprecio
hacia la infancia que demuestran y exhiben sus
superiores. Los bichos miran a sus profesores de
sexo femenino (una o dos profesoras a lo sumo en
el colegio) como a madres un poco descocadas. Los
bichos no tienen tiempo de pensar, de distanciarse
de los acontecimientos; se les exige, minuto a
minuto, adecuarse a los ejemplos y modelos im-
puestos con un matonismo canchero. Los bichos no
forman una secta o ghetto o gremio cohesionado, ni
tampoco piensan en realizar protestas, ni huelgas,
ni nada parecido. Saltan como salmones en el río
para ganar, con prontitud y eficacia, el pasaje
requerido. No saben tampoco si los están reclu-
tando para una guerra o para una fiesta. Todos los
hitos que los interpelan a lo largo de su camino, ya
de por sí brumoso y agitado, los vigilan para
constatar el esfuerzo de adaptación que se les
reclama e impone. Oscuramente sienten que dejar
de ser bichos sería lo mejor para todos, y terminan
deseando la metamorfosis que los liberará del
infierno que implica su condición. Pero también
presienten que, si los dejaran solos por un mo-
mento para ser en verdad tal como ellos son, tontos
y perdidos en una maquinaria absorbente, tal vez
pudieran paladear alguna delicia oculta, in-
accesible para los que ya dejaron de ser bichos. No

28
sé, algo como esos panales ocultos en lo oscuro, de
miel fuerte, densa, intensa, purísima, elaborada a
partir de flores de alta psicoatividad, que a veces
aparecen como un milagro en medio del monte
cerrado; sí, como aquella vez en la cual, en una
excursión a la campaña en la que recibió unas
picaduras terribles y justicieras ―como las
merecía, en el fondo, por ser un urbanícola
asunceno, torpe por naturaleza para moverse en la
tierra que vio crecer a sus padres―, probó, en
compensación, una miel que emborrachaba como si
fuera licor.
Un bicho como él, profundamente bicho,
es decir, un bicho que cumplía a duras penas los
ucases antibicho (jurisprudencia oral y pública que
no dudaba en recurrir a los golpes), ahora que es
ya imposible ser tachado de bicho, añora los mo-
mentos y las circunstancias en que se mostró fiel
al bicho que era. Mirar en el quiosco de enfrente
del colegio, antes de la entrada a clases, las
historietas de Emilio Salgari, era un acto no
explícitamente censurado ―si bien sin duda por
falta de imaginación y no por generosidad―, pero
claramente contrario a las expectativas de las
autoridades. Él pertenecía a esas horas de rebeldía
inocente. (Aunque nunca llegó a circular una
ordenanza escrita que compilara todas las pro-
hibiciones que se esperaba acataran los bichos, él
piensa, sin saber muy bien por qué, que distraerse
mirando historietas debería figurar en ella, y eso
llena tal acto de jubilosa emoción.) Y, en la

29
biblioteca3 ―único reducto de la institución en el
que merodeaban mujeres, las mujeres del personal
administrativo del colegio―, pasar las horas del
recreo o las horas previas al ingreso en el aula
copiando biografías de aventureros, de gentes
(¿bichos del mundo que no habían caído en la
traición?) que huyeron de sus casas para terminar
como legionarios en África o como grumetes en
Singapur. Aprender palabras nunca oídas, jóvenes
como países nuevos que podían ser recorridos y
conquistados, por ejemplo, en la redacción de un
trabajo práctico. Recuerda con cariño vergonzoso,
por la humillación estúpida que propinó a la profe,
ese texto de uso colegial, probablemente de algún
aburrido y famoso escritor español del 27 o del 98,
que en sus manos de bicho se transformó en un
grotesco pegoteado de arcaísmos, neologismos y
sinónimos extravagantes entresacados del cul-
tismo y de la retórica más alambicada, texto que
alcanzó cotas de galimatías de erudito chocho. La
susodicha profe lo leyó y, admirada de la
precocidad de la locura en ciertas personas (o,

3
Uno se pregunta ―ahora que el sexo ha asumido su forma definitiva
de actividad varonil plena y que los libros cubren el horizonte de
indigencia de sentido en el que se sume la vida tras el tedio post
coitum― si la atracción inicial que ejercía la biblioteca sobre N., y el
posterior amor-odio, hasta la devoción final, que le inspiraba la
palabra escrita, se debieron, en el bicho de los 80, a los libros mismos,
que constituían el plasma y la vitalidad de aquella fascinación primera
y última, o al hecho, lateral, dirán ustedes, de la presencia de las
mujeres bibliotecarias, que, sin embargo, más que pitonisas que
iniciaran en los placeres temblorosos de las letras, parecían can-
cerberos que resguardaran el acceso a ellas.

30
dependiendo del punto de vista, de su lentitud
para desasirse de la jerigonza y los balbuceos
infantiles), aprobó, si bien insegura, el bodrio,
limitándose a corregir tímida y rutinariamente los
puntos y las comas, con certeza contrita por no
poder ser, ni por su edad ni por su oficio, una rata
de diccionarios y enciclopedias.
Ser bicho era captar el estado
permanente de fermentación en el que dormían las
cosas y desde el que lo interpelaban a uno, enig-
máticas y acuciantes, como cerradas sobre sí
mismas y sobre sus misterios promisorios,
plegadas sobre su elocuente mutismo como
promesas y enigmas. Caer fatalmente en la ab-
ducción de objetos rituales, como el atardecer, una
revista, chicas. Ser presa de la fascinación por el
tesoro que encerraba el silencio de los entes.
Divagar alrededor de fetiches arbitrariamente
elegidos, como en un flirteo dubitativo y pudoroso.
Pilotear lujuriosamente sobre los miedos que
alientan junto a los deseos. Huir a Malasia o a
Sierra Leona por mil guaraníes, trueque ventajoso
y fantástico que proporcionaban los quioscos. Huir
de los censores que agitaban las aspas recorriendo
las aulas y los corredores, en una jangada de
Salgari. En fin, ser bicho era realizar perma-
nentemente el acto sacrificial por antonomasia, en
el que Sandokán nos enseñaba a matar antibichos
como tigres.

31
2. No Pare: Cabaret Erótico

32
“Si alguien nace cuando sale la Estrella del Perro,
no morirá en el mar.”

Crisipo (citado por Cicerón).

Aquel western de Nicholas Ray en el cual


el héroe (Robert Mitchum) vuelve al pueblo que lo
vio crecer, y el primer acto que marca su retorno
consiste en arrastrarse bajo los pilotes de la
cabaña y rescatar la honda con la que jugaba de
niño. El objeto mágico (de juego de guerra) es el
intermediario entre dos tiempos disímiles y anti-
téticos: el tiempo del juego libre y sin finalidad de
la infancia y el tiempo del juego utilitario, del
juego de la seriedad de la edad madura. Caballo
indómito desfogando su vitalidad en la pradera de
los bienaventurados, no sujeto a propósito alguno
en la expansión de su fuerza, en completa libertad,
por un lado; guerrero acantonado en las fronteras
de la conquista y el saqueo, para abrir brechas y
sojuzgar, por otro. Caballo de salto molecular,
quebrado, bello y caprichoso, y alfil cortando efi-
cazmente espacios oblicuos con la expeditiva línea
recta. Dos piezas en el tablero del destino. Pero el
guerrero intuye que la batalla más difícil sería la
que pudiera librarse por la recuperación de ese
santo grial perdido, el pasado, de sustancia plena y
autosuficiente, alimentado a base de creaciones
constantes que tapaban el abismo sin fondo que
ahora, despojado ya de la hermosa máscara de los

33
juegos estériles, libre ya del escudo bajo el cual él
se guarecía de su obnubilante y vertiginoso res-
plandor, lo reclama para engullirlo y devorarlo.
Existían varias formas y maneras de piãr
y diversos motivos para hacerlo. Piãr para asistir a
concentraciones masivas de pleitesía al señor de
turno. Piãr para hacer pequeñas e incisivas in-
cursiones en el coto de caza del amor. Piãr para
abrir y franquear las puertas temblorosas de lo
prohibido y lo concupiscente. En el primer caso, la
piãda era decidida desde arriba y uno se em-
barcaba en ella únicamente para alcanzar el júbilo
plural e indistinto que siempre siente la horda al
patear barreras y burocracias. Aunque N. pre-
firiera mil veces seguir siendo fiel al silencio de la
biblioteca, a sus afanosas rutinas de trascripciones
y subrayados, a veces pasaba a engrosar el séquito
de la juventud frenética y ardorosa.
La segunda variante era esencial y
necesariamente solitaria. Eran los viejos ritos de
iniciación ancestrales equivalentes a la captura y
el asesinato de animales fabulosos.
En cambio, piãr bajo la sombra de la
tribu para asistir a la triple función del Paradiso
creaba alrededor de los bichos una cohesión de
secta esotérica. Una película de karate (o de
Django), luego Equus y, final apoteósico, Garganta
profunda o ―su preferida― Devil in miss Jones,
triple función que equivalía a un baño de aire puro
en las montañas, lejos de la atmósfera enrarecida,
mefítica y agobiante de la TV nacional. Esa
experiencia de alta montaña, que en el caso de la

34
televisión sólo empezó a darse con los primeros
episodios del show de Benny Hill, coincidió con el
inicio de la ritualización de los sacrificios al sexo,
con el comienzo del control casi aduanero al que
empezaron a ser sometidas las secreciones se-
minales, en la privacidad casi sagrada de lo
secreto, en las antípodas de la licitud profana de
los fragores públicos de los estornudos y los
salivazos. La ficción del mundo adulto quedaba
desenmascarada por el acceso solitario a estos
misterios. Los mayores guardaban para ellos lo
más suculento del banquete de la vida, y, cual
perritos alimentados a base de nauseabundos
balanceados artificiales, nosotros paladeábamos
cándidamente como ambrosía los huesos sin ka-
rakú que nos dejaban los barbudos habitantes del
Olimpo. El bicho que era N. empezó a comprender
vagamente que él y sus coetáneos conformaban
una especie de casta sacerdotal cuya castidad e
inocencia eran mantenidas como necesarias o
soportadas porque era preciso, para preservar el
equilibrio cósmico, contrapesar con ellas la per-
versión y la culpabilidad que signaban la condición
de los adultos. El mundo de la ociosidad y de la
tontería era dialécticamente pasajero y superable.
Imposible de sustancialización. Constituía un cri-
men persistir en sus leyes anárquicas y sin futuro.
La adolescencia no era más que una cáscara
despreciable de la que había que desembarazarse
tarde o temprano. Para despertar un día titulado y
serio, culpable y perverso.

35
Las visitas de M. son programadas con antelación,
mediante llamada telefónica o un ítem en la agenda de trabajo. No
es de los que irrumpen en ninguna propiedad dejando al
descubierto nuestras idiotas e impúdicas mañas privadas, que se
enseñorean de nosotros en nuestra soledad triunfando sobre todas
las máscaras sociales. Él mismo es un fanático de su propio yo; de
ahí su tolerancia hacia los otros que cultivan ese jardín aban-
donado a los yuyos, que permite y sustenta la organización secreta
que amolda los actos y proyectos humanos a las exigencias de la
razón y el orden. A pesar de llevar una existencia laboral muy
ajetreada, viene a casa de N. para soñar momentáneamente con
una liberación de esas cadenas pesadas y aparentemente eternas.
El dinero no importa, pero en las horas de decisión tampoco tiene
muchas ganas de soltar sus calderillas. Esa licencia poético-
generosa de la limosna es para él en realidad un insidioso agujero
negro socavando el orden del capitalismo. Come poco, no sólo
porque no es precisamente manirroto, como intuye N., sino
porque el cuerpo no necesita mucho y en el fondo no es más que
un parásito que vampiriza al espíritu. El cuerpo insume preciosos
momentos que debieran dedicarse a la noble tarea espiritual de
abrir mundo y convierte en un chiquero lo que debería en
principio servir como plataforma para los despegues mentales y la
edificación positiva del alma. El alma es una artista; el cuerpo, un
terrorista. Pero el alma vislumbra una luz en medio de la oscuridad
en la que se regodea y refocila el cuerpo. Éste último más bien se
dedica a sofocar los fuegos de vivac para enfangarse en im-
pensables juegos oligofrénicos. Susurrando bajo el manto
umbroso oraculares fonemas de subversión y joda. Lanzando
risitas demoníacas de sarcasmo y desaprobación sobre los vuelos
de la mente seria e investigadora. “¡Carnaval, carnaval!”, grita
cuando la penitencia se impone. Quiere decretar la guerra al
espíritu, el picnic en los prados del sueño, cuando el estudio
empieza a guiar el timón surcando la noche bestial con todas las
neuronas encendidas y desplegadas. Es cierto, no es fácil ser una
minoría intelectual, ser una luz sapiencial en medio de un
ecosistema plagado de tendencias atávicas de infrahumanidad, ser
el adalid de una causa tan extraña para un mundo de naturaleza

36
ociosa, glotona y concupiscente. En sus viajes de acumulación de
saber, como bucanero del asfalto, M. regresa siempre con las
maletas atiborradas de artilugios culturales: discos, libros, revistas,
cedés, fetiches que marcan la diferencia de su estatus, la primacía
de sus fines elevados encabalgados sobre todos los intereses bajos
e inferiores de la materia. Pequeña mancha de su sólida per-
sonalidad, que, por otra parte, puja con ahínco hacia la virtud
total, está sin embargo en esa reticencia antiesnob a hacer regalos.
“Todo para mí, nada para los otros” (aunque estos sean amigos,
novias, amantes, etc.), parece recitar interiormente como un
eslogan despreciable que en su caso tiene, por descontado, una
explicación inteligente y trascendental: ¿cómo probar que los
demás necesitan de esas cosas que en su caso, no caben las
menores dudas, son absolutamente imprescindibles? Y, en última
instancia, ¿cómo se podría afirmar con certeza que ellos las
aprovecharán y les rendirán devoción y les sacarán sus frutos? La
aventura del espíritu requiere de un método y de una disciplina
que, en general, se desprecia por onerosa y aburrida. Hablando de
aburrimiento, la señal de los elegidos para la corona santa y mal
pagada de la espiritualidad produce en los más próximos a ellos un
profundo bostezo de aburrimiento; causa consternación en él que
nadie, ni entre sus amigos ni entre sus parientes, se entusiasme por
sus incursiones en la noche oscura. Es cierto, caballero enclenque
de ojos saltones como los de los monjes que aparecen en los
mosaicos bizantinos, visto como exangüe y metido en sí, nadie
acreditaría en su triunfo final sobre el dragón-serpiente que repta
untuoso entre la desidia y la pasividad animal de los hombres. La
gente no está, lamentablemente, bien dispuesta para recibir jubi-
losamente a Eurídice desde el más allá de manos de un santo
redentor huesudo y sin fibra muscular, alicaído habitualmente de
ánimo, mascullando por dentro, bajo su piel cetrina, casi semita,
esotéricos rezos cifrados amasados con megalomanía y re-
sentimiento. La gente esperará cosas distintas, dinero para juergas,
un campo de mujeres para segar una poscolonial concupiscencia
agazapada y otras lindezas de ese tenor.

37
La plata para el recreo se gasta en las
historietas del kiosco. La lectura necesita el
soporte de las imágenes porque la generación de la
que procede es analfabeta o semianalfabeta. Ade-
más, la aventura se concreta mejor en las
imágenes que en las meras palabras. Y la
curiosidad exacerbada y la inestable inquietud de
la edad casan mejor con las antologías y las
enciclopedias que con los volúmenes mono-
temáticos. Lo ideal es saltar de un tema a otro, de
un texto a otro, en un dinamismo mental que
aplaque las ansias de movimiento del cuerpo y del
espíritu jóvenes. Concentrarse en un único libro
parecía algo demasiado sedentario para un alma
vigorosa y de fibras y tendones bien tonificados y
ansiosos de desafíos; sólo era cosa de aristócratas
rancios que posaban ante sus criados, cosa propia
de señores ociosos, de gente que conserva más que
conquista nuevos mundos espirituales. La con-
quista exige el salto y el juego vivaz y veloz de los
músculos del cuerpo o del cerebro y excluye todo
sosiego. En la biblioteca, se afana en copiar bio-
grafías de aventureros antes que de espíritus
entregados a las musas: Conrad, Rimbaud,
Richepin. La vida primero, la obra después. La
obra siempre ha interesado demasiado a esa
especie humana cuyo ámbito temporal se va
encogiendo precipitadamente. Sintetizar deses-
peradamente la tempestad caliginosa de una vida
en la solidez apolínea de una magna opera:
mecanismo de defensa para justificar la arbi-
trariedad de ser. Demostrar que no se ha venido a

38
este mundo de balde. Pero N. también les dedica el
tiempo necesario para leer uno o dos capítulos al
Viaje alrededor de mi cuarto, al Emilio, a
Memorias de ultratumba, a Bomarzo, a la
colección de premios Nobel en una edición de los
50, sobre todo a los ejemplares de ésta dedicados a
Knut Hamsum y a Faulkner, o, fuera de co-
lecciones célebres, a Machado de Assis citando a
Pascal en el Bras Cubas… ¿qué más, a ver? Libros
que pertenecen tanto a la memoria como a la
biblioteca del colegio y a la de la humanidad.
Ah...el Tedio de Taine causó especial revuelo entre
los compañeritos, por lo general amigos tan sólo y
a la fuerza de lecturas limitadas a lo estrictamente
curricular y presupuestado por el orden académico.
La rebeldía que demostraba el andar dando
vueltas impune y desafiantemente por ahí con
libros situados fuera de las leyes del maestro y del
colegio era todo un triunfo, y es delicioso re-
cordarlo ahora. Fueron también placeres
exquisitos de aquellos días el buscar amigos e
iguales como interlocutores entre el polvo y el olor
rancio de los estantes. Y el liberar genios pros-
critos para la buena costumbre de la cultura o, con
más modestia, para el ascenso programado hacia
la finalidad de terminar la bildung, de trepar por
la escalera educativa, de doctorarse y hasta de
engordar acaso. Desparramar las emociones que
precisa la época de las botas y las arengas. Y ―sí,
es cierto, tampoco deberíamos olvidarlo― soportar
la mirada piadosa que se les otorga a los locos cada
vez que vamos en busca de una nueva remesa de

39
libros. En las calles de su barrio, emboza los libros
bajo su camisa porque, a la menor señal de
debilidad, uno puede ser tratado como un
santurrón. Este feo estigma procedía del hábito,
afincado en el imaginario colectivo paraguayo, de
reducir todos los libros a un solo libro, al Libro con
mayúscula. A la pomposa y manoseada Biblia,
incapaz de contener en medio de tanta sabiduría
impracticable una sola línea de humor, algún tono,
digamos, ligero, juguetón, frívolo, simpático,
ningún chiste que pudiera salvarla (¡perfecta e
inobjetable acusación del señor Neill!) de terminar
siendo el primer limón de la historia de la
literatura. Después, mucho después, cuando
Sandokán y sus compañeros fueron agotados por
las imágenes de las series de TV, después de
paladear los nombres orientales de la ciudades de
Salgari, después de resignarse al hecho de que
Julio nunca en su puta vida haya salido de Nantes,
después de los primeros pequeños hurtos y del
aprendizaje del ahorro de las recompensas fami-
liares, después de que aquel regalo de cumpleaños
(un pequeño diccionario enciclopédico de un solo
tomo y en papel de diario) agrandara la casa y el
barrio como un microscopio que vuelve infinita una
gota de agua, se atrevió a dar el paso decisivo de
empezar la adquisición de los primeros libros para
su colección privada. Pero la escasez de dinero,
sumada a la inquietud e insatisfacción debidas al
hecho de no poder estar en todos los lugares al
mismo tiempo (necesidad esencial de ubicuidad de
la adolescencia; todo adolescente esconde adentro,

40
muy cerca del deseo, a un Alejandro), lo empujaron
nuevamente a su primer amor: libros de selección
y antologías de textos. Se decidió por una tem-
porada a comprar una publicación mensual
llamada Libros Soñados. Las ventajas que
aportaba eran infinitas. A la par de barajar
actualidades varias, estaba repleta de citas, de
extractos de Manon Lescaut, de cuentos de
Maupassant y de Chejov, y, sobre todo, de mis-
celáneas, ese género ideado a la medida para
satisfacer la ambigüedad, la impaciencia y la
impetuosidad adolescentes. Aleph por donde se
veía pasar el gran desfile majestuoso de los
autores, con sus citas y sus fragmentos que
permitían al espíritu discriminar sus preferencias
encontrando temperamentos e instintos seme-
jantes y hermanos.

El mundo de la adolescencia del bicho en


el barrio no era más que la emanación de un
cerebro de neuronas liberadas por un hongo alu-
cinógeno, una alucinación de la mente de la tierra,
el sueño de la razón de las moléculas que se
agitaban en la ciénaga húmeda y pantanosa de los
días inútiles, la sombra volátil del jakare som-
noliento que era el barrio. Ideas todas estas, dicho
sea de paso, afines a su propia teoría de que los
pitufos azules eran una ilusión involuntaria
producida por el efecto de las emanaciones de la
pócima que Gárgamel y su lugarteniente felino
Azrael no se cansaban nunca de revolver. En esa

41
casa (autocomplaciente) de espejos, él era el Pitufo
Gruñón. El bad trip de una droga psicodélica con-
sumida colectivamente. La imagen refleja más
opaca en ese continuum de reflejos sin fin. El
espejo que “se negaba” a devolver la imagen del
otro. La ruptura del trueque especular, trueque
absolutamente necesario para que el sueño
narcisista de un grupo o colectividad persista o no
se interrumpa a causa de un “despertar”. Él, como
el Pitufo Gruñón del azulado edén de los pitufos
aletargados ad infinitum en su vapor ilusorio,
soñado él mismo a su vez, gargamelescamente, por
sus perseguidores, cuya proyección paranoica era.
La participación divina (papapitúfica o gar-
gamélica) a través de ese hongo que crece
naturalmente en lo oscuro del bosque formando
raíces tan fuertes y arraigadas como las su-
persticiones, los prejuicios y el sentido común.

La mudez de su señor ―el General memorioso, qué


duda cabe, pero absolutamente callado―, esa suerte de
astringencia oral, volvía loco a N. Aunque, por otro lado, no podía
quejarse: los cheques partían celosamente del amo hacia el ama-
nuense, excluido hasta el momento de las actividades, al parecer
puramente intestinas, del anciano, y para participar activamente en
las cuales había sido, en principio, contratado como una mezcla de
“negro” o “ghost writer” y corrector de estilo. El dinero fluía, pero
la otra corriente, la que era o más bien debería ser la esencia y la
piedra filosofal, la sustancia y la razón de su trabajo, se había
restañado de una manera mágica, casi simultáneamente al inicio de
la emisión de cheques. Lo que hacía sospechar en un origen
común, de reacción bi-unívoca, a la fluidez monetaria y a la
sequedad intelectual.

42
Hoy N. estuvo sentado toda la mañana ante el
espectáculo, divertido y al mismo tiempo algo deprimente, de los
pucheros de esa especie de santo tétrico que era el General
mientras éste pujaba y se debatía para expulsar el alien o la mosca
que había cegado, por decirlo de algún modo, el ojo de agua de su
torrente verbal.
Derrotado una vez más el general en los campos de
batalla de la oralidad elemental, miró el reloj cucú del escritorio
amueblado ―con libros encuadernados con el pergamino de los
grandes aristócratas de antaño, cuero de cordero nonato―: eran
las doce en punto del mediodía. El momento de la sombra más
corta en la calle soleada y bochornosa del verano asunceno en-
cuadrado en el marco de la ventana como un mero espectáculo
que no concernía en exceso al interior casi demasiado frío por el
aire acondicionado en el que solían reunirse N. y el general. Firmó
éste el habitual cheque de la semana y se lo extendió a su
asalariado, quien lo recibió fresco y sin sudor alguno en la frente.
Lo despidió, una vez más, contrito y humillado, a pesar de que
Athena bullía en una agitación grotesca en su interior, desesperada
e impotente por la falta de sonido imperante en la carrera secreta
que lo habitaba.
Cheque en mano, N. acostumbraba, al pisar la vereda
ultra accidentada de la calle y tras el primer choque estupefaciente
con la luz y el calor despiadados del mundo real, dedicarse a
paladear golosamente ―llevaba sus buenas cinco horas sin probar
otra cosa que algún café o tereré o, si había suerte, una que otra
copita de licor, cortesía del general que emergía de tanto en
tanto― las posibles combinaciones del almuerzo que haría. En
Don Eustaquio, detrás de la iglesia de San José, lo esperaba, con
su rutinario panorama de obreros rezagados o detenidos ante el
estupor de un ñoño o el ocio inesperado e inmerecido y de
oficinistas madrugadores, con su empanada de pollo jugosa y su
económica cerveza de a litro. Desde La Morenita lo reclamaban su
suculenta empanada de cebolla, baratísima, y, otra vez, la Pilsen,
pero en este caso de ¾ y carita (precio de pub, burdel o local
nocturno en todo caso: ¡la noche es más onerosa siempre!). Frente
al Paraguayo-Georgiano, tenía el ñoño a precio de almacén

43
(3.500/4.000 guaracas), pero la comida (puchero o hamburguesa)
era fría y moscosa. En el puesto callejero de la Piccadilly Circus
asuncena (por aquello de tratarse de una plaza triangular y con
algún ocasional jointsero cabeceando al ritmo inaudible de un
walkman “El blues del chupapollas”), donde se yergue “El Mas-
turbador Desconocido”, obra en bronce de comienzos de siglo
(cubierta por sucesivas administraciones municipales con una
gruesa capa de yeso), un poco posterior al golpe propinado como
reacción nacionalista contra los gobiernos “sarmientistas” (expre-
sión que revela que Asunción miraba a Buenos Aires como ciudad
modelo, urbana y civilizada ―por cierto, un decreto famoso y
singular de estos golpistas fue por ejemplo prohibir el uso del
guaraní y la tradicional costumbre de andar descalzos por nuestra
arcillosa y recién parida down town), bueno, dicho puesto callejero
no tenía demasiado que ofrecer: apenas panchos, gaseosas y
cerveza en latita (de contrabando). En Co-Coró-Cocó, sobre
Quinta Avenida, podía encontrar un vernacular caldo de gallina
con vorí-vorí, pero sin cerveza. Desde Patria Chica lo reclamaba
una buena tortilla ultra aceitosa con gigantescas mandiocas, como
miembros de garañones, a modo de rústica y satisfactoria guar-
nición, pero el lugar estaba plagado a esta hora de rosarinos y
chaqueños, formoseños y entrerrianos, aparatosos y escandalosos.
N. se los sabía de memoria: si se les acercaba, entre histriónico y
burlón, para pedir prestado un isqueiro y preguntaba al generoso
de turno de dónde era originario, religiosamente el aludido
replicaba que de Buenos Aires, y si su interlocutor insistía,
socarrón, con el cigarrillo ya humeante en los labios, “¡Ah, qué
bueno, la ciudad que descuartizó a Roberto Arlt!”, el interpelado,
con la invariable carota de pazguato que ponía, evidenciaba su
sorpresa de que no le sonara el nombre de ese futbolista y su
interior certidumbre de que “ha de ser de otras épocas”. N. (como
sucedería con cualquier otro Des Esseintes subtropical, artista de
la manipulación de las debilidades humanas) apenas podía salvar
su retozante cigarrillo recién encendido del temblor con el que una
risa diabólica agitaba su mandíbula de pillo sádico y anticurepa in
nuce.

44
―Señor, por favor, ¿me permite su cheque? Hay más
gente esperando en la cola.
N. se sonrojó de furia y confusión ante el reproche
hecho con mal disimulada antipatía y con el aire sabihondo de
quien se dirige a un insensato por el cajero con ridícula corbata de
Bugs Bunny y peinado de los 80, a lo MacGyver, quien debía de
estar pensando que N. era una especie de idiota despistado
parecido a una quinceañera soñadora que no pisa tierra o quizá un
patotero insolente deseoso de incordiar o un poco “volado”.
Sintió clavadas en su espalda las miradas irritadas e impacientes de
la turba ansiosa por realizar sus necias transacciones y no osó
volverse ante tanta hostilidad apenas reprimida. “Mi nombre es
legión, porque somos muchos”, recordó las palabras demoníacas4.
Mientras acariciaba mentalmente las variopintas posibilidades que
la urbe le ofrecía para saciar su apetito, había llegado insensible y
automáticamente al banco y hecho la cola de rigor sin percatarse
en ningún momento de tan tedioso y árido proceso. Irritado por la
involuntaria exhibición pública de su naturaleza distraída, que a
nadie concernía excepto a él, se volvió al fin, billetes en mano, y,
sin dignarse obsequiar a esa chusma con una sola mirada, aban-
donó airosamente el burocrático recinto. “Es propio de la canalla
andar a la caza de cualquier pretexto para linchar al prójimo”, se
dijo, con un justificado desprecio que no lograba eliminar del todo
lo que esta idea tenía de inquietante.

4
Sin embargo, el Diccionario de demonología del doctor Frederik
Koning (Barcelona, Bruguera, segunda edición, 1975) registra, en la
entrada correspondiente al término “Legión”: “Nombre colectivo que
se da a diversos demonios cuando entran en posesión de una sola
persona. Palabra usada por primera vez en el Nuevo Testamento,
Marcos 5:9”. Es interesante resaltar la profunda inclinación
democrática del Demonio en su avatar mundano en cuanto a las
criaturas elegidas para su posesión, pues no desdeña ni las con-
sideradas inferiores o insignificantes; basta recordar el famoso caso de
la piara de cerdos, o, como ejemplo extremo, el caso, citado por
Heinrich Heine, en el cual un demonio, deseoso de seducir a una
monja muy casta y devota, no hesitó en asumir la forma de una vulgar
lechuga para alcanzar su cometido.

45
El Pasado es el País de los Gigantes, y el
Presente el País de los Enanos.
El Pasado, no el Futuro, es el verdadero
lugar de la utopía y el único paraíso posible. No
porque efectivamente nos haya brindado un cú-
mulo de experiencias más intensas, solidarias,
hermosas, vívidas, emocionantes o puras, no por-
que verdaderamente haya sido mejor, sino sen-
cillamente porque es inasible para las manos pero
está siempre presente en cambio en la imaginación
aduladora. Es decir, es imposible, pero por ello
mismo también inmarcesible. Es eternamente
vital por la fuerza dinámica de la fantasía y
alienta fuera de los tristes dominios de la
corrupción, de la causalidad y de la muerte, en un
espacio paralelo que se sustrae a la fugacidad del
presente inasible y a sus mudanzas que hablan de
finitud, en el espacio mágico de la memoria, en el
espacio de los grandes sueños y de los grandes
mitos de los individuos y de las naciones, en el
lugar de la gloria. Es irrecuperable para la
actualidad de los hechos pero evocable para el
capricho de la fantasía como una luz secreta que,
en medio de las tinieblas de la vida real y las
incontestables certezas fácticas con las que suele
contrariarnos, nos convierte en héroes privados in
aeternum. Y es quizá por ello más real que esta
última, porque en él podemos ser nosotros mismos,
porque podemos imprimir en su sustancia proteica
con nuestras manos creadoras, como hace el

46
artista sobre la arcilla fresca y viviente, nuestro
verdadero rostro. El rostro de lo que pudimos
llegar a ser. El de lo que tuvimos que haber sido.
El de lo que, finalmente, sin duda fuimos algún día.
El presente niega a menudo lo que creemos que
constituye nuestra más íntima naturaleza, pero
sobre el pasado somos libres para dejar la
impronta de lo que pensamos que somos en el
fondo o de lo que sentimos que deberíamos ser.
El Presente es el país de la realidad
bruta y no susceptible de manipulación por parte
de la fantasía. Es refractario a todo impulso
creador y, por ello, porque no puede reflejarnos tal
como bien sentimos que en verdad somos, se nos
antoja a veces más ilusorio en el fondo que el
pasado. Además, el pasado se ha cuajado ya en
una solidez que no se disuelve en la fugacidad de
los instantes, sino que habita en el mundo
encantado de lo eterno. No es, como el presente, lo
que a cada segundo y a cada milésima de segundo
está dejando de ser lo que está siendo, sino lo que
ha sido ya y de una vez por todas, de manera
cerrada, conclusa, perfecta. El pasado habita más
allá del tiempo porque es ya lo que es para siempre.
“Siempre nos quedará París”, le dice Humphrey a
Ingrid con sabia cursilería: siempre tendremos el
pasado. El pasado es lo definitivo, lo ya sido, lo que
queda. El palacio que edificamos para nuestra
alma en el país de la memoria, el único país del
que podemos ser señores absolutos, el reino que
construimos para toda la eternidad. El presente es
lo contrario de todos estos melancólicos placeres de

47
la nostalgia que se fundan en la compacta
contundencia de lo sido, en su inmarcesibilidad, en
la dureza de su núcleo sólido que no se disuelve en
el flujo del tiempo como el azúcar en el café (pero
que, pese a ello, permite la acción de nuestra
fantasía sobre su materia perdurable y sin
embargo flexible, maleable, plástica: allí somos
nosotros los verdaderos amos, los que hacemos las
cosas a la medida enorme de nuestra alma
sedienta, insatisfecha, ardiente, mientras que en el
presente las cosas se imponen a nosotros y nos
niegan en todo lo que pensamos que tenemos de
más nuestro). El presente se deshace y se escurre
en nuestras manos como el agua, revelándonos lo
efímero y mortal de su sustancia, se gasta al
existir, no persiste en su ser y la fantasía del
hombre no tiene tiempo de ejercer su acción sobre
él porque necesita afanarse en filtrar la aplastante
masa de la violencia ruda y mecánica que arroja
constantemente y sin pausa sobre él y su mundo.
Lo único que le queda en estas circunstancias,
ínfima e irrisoria trascendencia humana, forma de
humanismo degradado, es bifurcarse, en un verda-
dero arte del sufrimiento, para producir la
diferencia entre lo mecánico-inhumano y lo
sintiente-humano.

Cuando el sueño de N. (que estaba levitando, como


siempre a esa hora, con su pluma fuente y su cuaderno de notas
de tapa azul, incrustado en el bosque donde suele dormir el bello
sueño del país de los gigantes) se sacudió, una vez más, viéndose

48
así N. arrojado aquí, en la tarde insensata inserta en la horrible
tierra de los enanos, de los espectros inquietos, cuya esencia es
incordiar y atosigar a los que sólo se sacian con su noble calma
silenciosa, fue, aturdido aún, hasta la puerta con la mejor cara
urbana que pudo componer, apresuradamente y de mala manera
debido a la brusquedad y a la premura de la llamada, y, raramente,
se sintió un poco menos fastidiado de lo que esperaba al
encontrarse con la carota de burro de su viejo y solitario amigo A.
C. (acaso las iniciales anacrónicas del caballero Amor Cortés ―no
Hernán―, conquistador de Leonor de Aquitania más que de
aztecas y mejicanos). A. C. saludó, tímido, y adelantó su nariz
aguileña hacia el sofá mohoso de N. Traía consigo un paquete de
afiches, típico manifiesto fotocopiado que era uno de los motivos
que hacían que visitara de cuando en cuando a su socio y
perturbara las calles asuncenas, en ese trance con su aspecto de
energúmeno anteojudo y su barbita ridícula pegoteada en un
biotipo de Che alfeñique y sin puro humeante. Hay que decir que
a N. le caía bastante bien el miliciano este, comparado con todos
los otros espectros que la vigilia le había deparado. ¿Por qué, dirán
los lectores avispados y ya inmunes al triste encanto de los
personajotes de una fauna en vías de extinción, por qué le caía
comparativamente bien? ¿Porque era el más inclasificable de todos?
A prima facie, en un examen rápido y somero, despiadado e irónico,
podría tomársele por un vulgar fantasma representante de esa
típica zoología que ha infestado Latinoamérica: la del compro-
metido político que anhela arruinar a la gente el poco espacio de
tranquilidad y felicidad mediocre y frívola que puede alcanzar y
que por ello, en vez de ayudarla a perpetuarlo con todos los
dientes, le exige su sacrificio incondicional e incluso su eventual
abandono para ir a la caza de piezas de mayor calibre, como la
revolución, El Hombre Nuevo Desalienado, el “domingo de la
vida”, etcétera. Una mezcla absurdamente inconveniente de pro-
fetismo de pasquín y teología apocalíptica. Pero A. C., por detrás
de su mirada huidiza y de su verborrea impersonal y explosiva,
escondía un espécimen más interesante y, diríamos, casi de mal
gusto. Un caballero medieval buscando una amada para la gloria
de la cual conquistar Jerusalén o por quien perder Zardoz, no

49
importa. Un devoto fiel y ortodoxo de eso que ya mencionamos y
que en días más luminosos se llamara “amor cortés”. Sólo que sin
amada, sin esa amada concreta e idealizable. Un teórico estridente
de esa literatura militante que siempre ha causado bostezos, tanto
a los pequeño-burgueses como a los auténticos subversivos po-
líticos. En A. C. las cosas eran un poco menos behavioristas y
estaban dotadas de cierta complejidad y contaminadas por un
sentido distinto y más atractivo. Todo era cuestión de que el
paciente de sus arengas o el lector de sus libelos realizara, men-
talmente, pequeños y casi imperceptibles cambios en el hilo de su
discurso para que éste realmente envolviera y sedujera a su
auditorio. Por ejemplo, si donde decía “revolución” se entendía
“Mujer”, si donde subrayaba “alienación” o “enfermedad
histórica” se pensaba mejor en “soledad del cuerpo y del alma de
un pobre hombre”, si ahí donde señalaba la “falta de cohesión del
proletariado” se traducía esta expresión como “falta de los mús-
culos y la virilidad hirsuta suficientes para imponerse y abrumar a
la amada indecisa”, etcétera, y así por el estilo, entonces el público
podía darse cuenta de que los largos manifiestos de A. C. poseían
la genuina y delicada poesía del fracaso.
En suma, la política de socavamiento de lo burgués
emprendida por A. C. en realidad nacía por completo de un
sincero y sufrido estado místico no satisfecho y de una rara
puntería sin blanco. Situación respecto a la que él mismo era el
primero en ignorar ―y esto era un tanto inquietante― si se
prolongaría indefinidamente, ad infinitum, o si tendría, como la
tendrá la historia según los teóricos, una conciliación final en
forma de happy end, ya fuera éste vulgar y gatopardista, como el de
la tesis fukuyameska, alrededor de una familia híbrida de niñatos
cuáqueros sonrosados con ojos de manga, ya fuera dionisiaco,
apoteósico, en una toma del Palacio de (la Dama de) Invierno
final, con sexo incluido. N. mismo, tocado de un estado de piedad
paroxística en su desenvolvimiento de hombre que practicaba
actos totalmente inútiles, lamentaba (¡alma doliente e incompleta!)
no tener una hija para educarla (o una esposa, que más da, para
cedérsela, todo sea por darle el gusto a un delirante) según la
anacrónica propedéutica de la gaya ciencia de los cátaros y del

50
amor cortés, la que enseña cómo el unicornio cuida a la dama del
fálico fuego de su juglar. Qué tiempos aquellos, aún no per-
turbados por las manías freudianas, por el sexo seguro, por los
teléfonos rosas, por las líneas calientes, por los peep shows, por la
puesta en subasta de la virginidad en la red, etcétera. A. C. explicó
a N. que su visita se debía a que estaba divulgando una nueva
teoría/praxis política que renovaría las radicales líneas de re-
sistencia al Enemigo y proporcionaría una nueva estructura de
cohesión a la sufrida (“¡avanti, Chaco!”) Latinoamérica para seguir
resistiendo de forma contundente aun bajo la égida europeo-
norteamericana, y le pasó el pasquín de rigor, que en realidad se
parecía bastante a esos folletos parroquiales mimeografiados en las
noches de los viernes de los idos dieciséis años de N. Años esos
de deseos furiosos de inmanencia cuyo desborde era contenido
por las catequesis impartidas por semi-analfabetos no sólo en lo
tocante a lo bíblico-teológico sino también en lo relativo al abecé
de lo educativo en sentido estricto. Por un momento, toda esa
vitalidad de A. C., generalmente oculta detrás de la timidez, afloró
por sobre sus anteojos y, al poner el folleto en las manos de N.,
éste comprendió que la literatura propagandística de su amigo
estaba saturada de un realismo auténtico, no científico ni
hegeliano-marxista, sino visceral, hecho de instintos travestidos en
palabras, de furia y plétora erótica, tonta, infantil, canalizada y
legitimada a través de la seriedad impersonal y humanitaria de los
ideales revolucionarios y de sus meticulosos afanes para cambiar el
mundo. Era el realismo crudo y doloroso, visible por debajo de las
palabras huecas y gastadas, de la economía de la libido y de la
política de la carne torturada por los deseos.
En el gesto de levantarse para despedirse, después de
cumplir la labor más auténtica de su mezquina existencia ―la de
hacer pasar los tormentos privados de su intimidad por un
conflicto universal, planetario, inderogable―, N. vio súbitamente
que A. C. parecía más alto e imponente de los metro sesenta
escasos de estatura y su fragilidad alienada por el aceitado silencio
maquínico del capitalismo (al mismo tiempo que, paradójicamente,
podía considerársele “liberado” por la perse-cución de los
fantasmas de aquél) le hacían ver habitualmente, mientras le

51
agradecía el obsequio del folletito y, de paso ―sin mentir―, la
existencia, en condiciones totalmente hostiles y precarias en la
actualidad, de individuos aún fieles a lo más profundo de su
naturaleza. Dignum est.

52
Lo dejaron un día, como a Moisés o a Tom Jones y
como a tantos otros héroes, en la puerta de su casa (“I wanna be
your dog” cantaba Kim Gordon la canción de Iggy en la grabación
pirata que sonaba en ese gran momento, crucial, en el casetero
doméstico, como telón de fondo evidente de los designios de los
benéficos hados). La vertiginosa e inhumana resaca del mundo lo
había expelido y depositado en las arenas de la capital de N.
Piojoso, mugriento y con un hambre (por supuesto, canina) de
tres días. Estaba acurrucado ahí, tan chiquito y ensimismado,
posible y hasta probable víctima tan fácil de la naturaleza o de los
hombres o de Darwin, que el pocas pulgas de N. no atinó a hacer
otra cosa que liberar las herméticas compuertas de su senti-
mentalismo, trasgrediendo así por única vez en su vida un código
civil férreamente ciego y escéptico. Además, por un momento
albergó grandes esperanzas de que, una vez bañado, empolvado y
atiborrado de los antiparasitarios de rigor, pudiera llegar, con el
tiempo y una educación con preceptores privados a lo siglo XVIII,
a cultivar un espíritu noble y puro. Entonces se acercaría al ideal
del caniche toy schopenhaueriano, digno de acompañar a su amo
por los páramos violáceos y gélidos que habita todo genio solitario
e incomprendido que se precie. (Además, la Constelación del
Perro era su preferida en el puzzle celestial.) La genealogía impura
y bastarda que había llegado a confluir en su perro creole era
indescifrable. Negro, negrísimo, de cejas semi-rubias, con el pecho
estrellado y una oreja casi azulada, siempre enhiesta y casi
escandalosa en su avizoramiento retráctil. Soltaba leves y chapu-
rreados ladriditos en su propio jopará personal e intransferible,
una lengua espuria, mitad latín, mitad guaraní (suerte de latín
carcomido por oleadas onomatopéyicas guaraníes). Por lo general
parecía, sin embargo, emperrado en un silencio huraño y
estrafalario, con un ojillo sabihondo y el otro resentido, de
príncipe convertido en perro por algún maligno sortilegio, y
mostraba un avanzadísimo síndrome de burro de la clase que le
llevaba a cobijarse siempre en rincones cada vez más oscuros. Del
supuesto instinto perruno que presuntamente debería animar a
aquel proverbial guardián y celador de la sacrosanta propiedad
privada, a aquel insobornable cancerbero de las fronteras donde

53
empezaba la intimidad de su señor, nada, ni mu ni guau. Se
dedicaba a engordar desvergonzadamente, como si estuviera por
parir al hijo de un dios o al Buda mismo. Su pereza y su
holgazanería estaban rodeadas de una unción o un aura divinas. Su
reloj biológico sólo se ajustaba a las horas de las comidas y a las de
la absurda y rutinaria afición de agitar la cabezota peluda con su
oreja izquierda azulada al ritmo del heavy metal todos los días
religiosamente a las 4:00 p.m. (“¡Te pillé, so gorrón!”). Headbanger
ultra conservador en materia musical y perezoso con todas las
grasas. Realmente, N. la tenía jurada con el destino. Ni siquiera en
el reino animal podía escapar a este círculo de tiza invisible que le
encerraba con todos los loosers, con todos los perdedores en el
juego de la polvorienta vida. Pero vislumbró una última opor-
tunidad de corregir a tan degenerada y nihilista criatura. Compró
las obras completas de Pavlov y puso ojos y lápices a la obra.
Despestañándose sobre volúmenes de genialidad positivista que
tenían como tema de tan serios estudios un ente tan trivial, lo
único que sacó en claro fue que su creole pertenecía, dentro de la
maldita tipología pavloviana, al grupo de los que el inspirado
científico, contrito, no podía sino llamar “los indomesticables”, es
decir, al grupo absurdo y por demás sospechoso de aquellos que
permanecían inmunes a la mecánica sádica de los reflejos con-
dicionados e irreductibles a la decorosa condición de naranjas
mecánicas. Pobre consuelo enterarse de que él poseía uno de los
especímenes que cargaban en sus peludos cuerpos áreas in-
conquistables para tanto experimento y sondeo científico. Vicioso
hasta la médula de sus cortos huesos, lo único positivo a destacar
entre tanto desorden biológico era ese estreñimiento crónico del
que padecía a pesar de su pitanza rabelesiana exenta de los rigores
oligocalóricos predominantes en la población de su raza,
usualmente sometida a la tiranía dietética de los veterinarios.
Presumido, de pulcritud gatuna gracias al estreñimiento y con
humos de perrunazgo envilecido cavilando un coup d’Etat para
recuperar honores perdidos ha mucho tiempo, ésta es la entrada
en escena del perro de N., bicho de estimação (cortés, altamente
expresivo y respetuoso equivalente portugués de nuestro prosaico

54
y etimológicamente oscuro apelativo de “mascota”), el único
personaje con nombre en esta historia: se llama Kan-dado.

Por lo que veo, faltaría aún un capitulito


sobre la piãda (sobre el piãr en el sentido de
escapar, pero también en el sentido que este
término tiene, en portugués ―obviamente, sin el
acento nasal típico del guaraní―, de broma que se
le gasta a uno, de burla, de estafa) a alguna
seccional para sufrir la perorata del adulador de
turno del S. En cuanto a la piãda al cine, hay ya
un esbozo a vuelo de pájaro, acercándose y que-
mándose, creo, por ahí, en algún lado. Y requiere
más tiempo y espacio también la piãda solitaria en
busca de la Dama, que es la piãda más terrible e
infinita…

B. tenía expuesto un famoso bodegón. Un día, el


sereno, que, después de un sueño totalmente ilícito, se paró,
somnoliento y legañoso, dando la espalda a la susodicha obra
maestra, en jarras y confundido, tuvo casi la seguridad de haber
escuchado un ruido ―una nota más arriba que el opaco rumor
habitual que causaban los ratones huyendo de su gato siamés
(Hamelín), que le relevaba cada vez que echaba una siestecilla― y
también se sintió persuadido de que algo estaba fuera de su sitio,
de que se había producido un cambio imperceptible, infinitesimal,
una paja afiligranada, acaso, que, empujada por el viento, se había
colado por alguna rendija, quizá; algo, en todo caso, que ahora
hacía chirriar los goznes que movían con perfección silenciosa la
regular e inalterable rotación del museo. Claro, si se hubiera vuelto
para echar una mirada al bodegón de B., se hubiera topado con
que la otrora más bien convencional ánfora se había estilizado in-
explicablemente hasta lucir en su cuello ese quiebre asociado por

55
lo común por los entendidos con la esquizofrenia (como el del
cuello de Cristo en la cruz) y que los contornos de la misma se
retorcían haciendo de ella una especie de ecce homo majestuoso,
pero ya vaciado de su espíritu esencial, y flanqueado por dos
porrones-ladrones; el bueno, gordinflón, panzudo y apacible, y el
malo, un siniestro sosías, oscuro y enano, del ánfora sufriente.

56
4. Ella flota para siempre

“¿Dónde están los presumidos, los llamados guapos, las


guapas?”
Luciano de Samósata.

En general, P. le resultaba más bien simpático a N. No


era uno de esos amigos que irrumpen e inmediatamente quieren
llevar a la práctica de manera impositiva ideas elucubradas en
momentos de pereza para un reino remoto e inexistente del cual
ellos serían los tiranos (como bajar el volumen del feedback que
soltaban los bafles por intermediación de Jesús & Mary Chain, My
Bloody Valentine, Hüsker Dü o Butthole Surfers, ya suficien-
temente conocidos por la vecindad), o trasplantar toda su
impedimenta o bagaje de mañas, vicios, resabios y malos hábitos
desde la intimidad de sus guaridas hasta el solar de sus conocidos.
Por el contrario, P. es cortés. Generoso, saca su cajetilla de
cigarrillos, invita uno primero a su anfitrión, y luego prende el
suyo, para empezar a barbotar sus enormidades. Una de las
últimas, por ejemplo, era está: ha descubierto que la razón es una
potencia demoníaca, es decir, una luz rebelde, disgregadora y
aniquiladora, Luzbel, Diablo y Satán, respectivamente. La razón
porta luz ―duda―, luego separa y, al final, destruye. La razón
como proceso o método de encadenamiento de ideas. Como
lógica peligrosa que nos acecha permanentemente, gobernando
nuestros más ínfimos gestos. Dostoievski y Dalí fueron los pri-
meros en hacer esta denuncia, precursores en la batalla contra su
dominio entre los humanos. La posición de Dalí5: esa tendencia o
5
Es oportuno aquí cotejar la posición de Dalí, el pintor, con la del otro
Dalí que registra la historia: Dalí Mamí, pirata griego islamizado que,
juntamente con Arnaute Mamí, albanés también islamizado, y también
pirata, hizo cautivo a Cervantes en Argel, emporio que fuera de los
piratas berberiscos en el siglo XVI y que, dicho sea de paso, estaba
bien provisto de moneda propia, baños públicos, escuelas de teología
y hospital para pobres. (Por cierto, el hoy en día considerado genio de
las letras, Cervantes, en realidad un sujeto algo turbio ―turbiedad de

57
esa capacidad para imaginar catástrofes ordenadas, para narrar con
toda naturalidad las más horrendas pesadillas, para leer mal las
letras de los letreros urbanos, para convertir a una mujer sola y sin
hijos en una lesbiana, para sopesar e invertir los casos y los
conceptos; la falta de pudor y de mesura en sus concepciones, su

la cual dan indicios las posiciones que ocupó en la sociedad de la


época, en la que fungió entre otras cosas de recaudador de impuestos
del entonces imperio cristiano por excelencia y en la que demostró una
tendencia un tanto vil a adular a los poderes de turno, como lo
demuestran el hecho de haber ocupado el primer puesto del premio de
poesía convocado en homenaje a san Jacinto por los dominicos
zaragozanos en 1595, el de haber escrito el “Poema a la muerte de
Felipe II” en 1598, el de haber ingresado a la hermandad religiosa de
la Cofradía de Esclavos del Santísimo Sacramento en 1609, el de
haber recibido los hábitos de la Orden Tercera de San Francisco en
1613 e incluso, por qué no, el hecho mismo de haber quedado tullido
defendiendo a la Cristiandad contra los paganos― asumió una postura
más estrecha de miras, menos original y menos rebelde ante los
convencionalismos miopes del “buen sentido” de lo que cabría esperar
en un genio frente a los conflictos de religión de su época, decan-
tándose por posiciones más bien conservadoras.) Dalí, el pirata,
también se encontraba, como el pintor Dalí, en permanente estado de
vigilancia, pero no de vigilancia de lo irracional que asoma por detrás
de lo racional ni de la sombra siniestra que se agazapa por detrás de
las formas claras y distintas de la luminosidad burguesa, sino de
vigilancia de las aguas de las amenazantes intromisiones de los
cristianos para el mantenimiento de las vanguardias musulmanas. En
todo caso, ambos Dalí son habitantes de las fronteras, de los límites
entre dos mundos ―el de la razón y el de la sinrazón en un caso, el de
los musulmanes y el de los cristianos en el otro―, y, en tal postura a
horcajadas, a un tiempo pioneros de su mundo en continuo avance y
víctimas posibles de los embates del otro, disfrutan la lucidez y
padecen la paranoia de los que ven “un poco más allá” de los
horizontes habituales, de los que pueden atisbar los extramuros del
mundo. Hombres de la línea, ya sea de la del fin de la metafísica, o de
la platónica; en todo caso, nómadas en la línea de flotación de dos
máquinas burocráticas, que es el en el fondo la única posición que
puede ocupar el llamado gran hombre o genio.

58
deseo visible de matar a dios con un silogismo, de disciplinar y
conducir al mundo, como un flautista mágico, hasta un abismo de
desconfianza y equivocidad constantes, coligiendo de una premisa
otra totalmente distinta y opuesta, como al inducir del miedo una
guerra, etc. En definitiva, P. desconfía profundamente de los
carros alados de la razón, de ese encendido dinamismo que va
quemando todo a su paso, de la tiranía pétrea de las certezas
incontestables de las ecuaciones y los entimemas, del 2+2=4, todo
ello como una suerte de cibernética profana agitando el suelo
firme bajo los ilusos pies de los mortales. En síntesis, la razón es
un instrumento, como el arpón que, con su punta y su filo
incisivos y agudos, despierta a las dos ballenas que dormitan bajo
la santa Rusia del mundo. Prefiere la piedad, el no cultivar el
hábito agresivo de lanzar disquisiciones sobre lo real, el no
cuestionar la apariencia de las cosas, el detener el bombardeo
infatigable de las antorchas que perturban nuestras apacibles y
modestas oscuridades. Si fuera lo suficientemente paciente y lo
bastante habilidoso con las manos ―dice―, dedicaría sus afanes a
construir pequeños y recoletos santuarios consagrados a las taras
de los hombres, a modo de humilde homenaje a la timidez
esencial del ser, ahora retirado del mundo por el acoso de las lupas
y de los radares. Experimenta una verdadera fobia hacia el cono-
cimiento mal entendido, hacia esa vana acumulación de
estadísticas, diagramas, índex, censos, catastros, que, como gases
mefíticos que emanan de toda esa agitación demoníaca, hacen
irrespirable literal y metafóricamente nuestro hogar y ahogan la
savia en sus raíces y que no son sino parte del proyecto metafísico
que quiere abortar la vida y crear un mundo paralelo y ficticio para
perdernos en su callejón sin salida. Por eso Aquiles siempre llega
después de la tortuga. Porque toma el camino equivocado, el
sendero del mundo paralelo, fascinante pero nulo al mismo
tiempo, de las abstracciones. El camino recto, el de la tortuga de
Zenón, se dirige sin rodeos hacia la naturaleza; allí no hay espejos
deformantes.

59
Tío que promete al púber un regalo de
cumpleaños pero muere durante el viaje. Sin
embargo, mucho después su sobrino sabrá que el
regalo en realidad fue despachado, pero que nunca
llegó a su destino. Antes de conocer este hecho,
habrá una larga espera siempre frustrante pero
siempre ansiosa a lo largo de toda su adolescencia.
Y jamás desaparecerá del todo en el sobrino, por
más años que transcurran, el deseo apremiante de
ver el misterioso objeto, la sorpresa elegida y pro-
metida por el tío ―ese objeto desconocido que
ahora es casi como el testamento que se escribe o
se dicta al cabo de toda una vida―, esa especie de
vislumbre de otro mundo, de un mundo perdido
para siempre, pero que quizá su único sobre-
viviente, el regalo que llega desde el pasado, pueda
devolver y restaurar mágicamente, como si de un
talismán con poderes de hechicería o encan-
tamiento se tratara. Se rumorea en la familia que
el correo se extravió y terminó en una dirección
equivocada. Y él piensa que quizá el prometido
obsequio, la sorpresa del tío muerto ya, no detuvo
nunca su feliz travesía, que no dejó de venir, que
siguió viniendo, pero ―una metáfora, acaso― a
través de unos medios de locomoción anacrónicos,
superados tecnológicamente, preindustriales, aun
mágicos, quizá una larga caravana de tortugas o
de ratones que aún siguen viajando hacia él desde
el pasado, desde los misterios de la memoria, y
que, lentos pero fieles, arribarán un día, irrum-
piendo fantásticamente en el presente, para
entregar lo encomendado hace tanto tiempo a su

60
legítimo destinatario, que en el fondo nunca había
podido dejar de creer que así llegaría a ser, como
un premio a su fe en que aquel pariente cumpliría
finalmente su promesa. ¿Cuál es ese regalo? Es un
secreto incluso para el chico. O, variante verosímil,
íntimamente él sabe de qué se trata. ¿Un juguete?
¿Las indumentarias alegres de la juventud?
¿Nunca salió del todo, por ese motivo ―por no
haber recibido nunca la cifra y el emblema de la
adultez que le estaban destinados en el regalo del
tío―, de la infancia? ¿El General tiene algo que ver
con todo esto? ¿Es el amigo ―el mensajero mudo―
de la caravana de criaturas diminutas salidas de
un cuento de hadas? ¿Por qué pensar en el
General? ¿Quizá porque él quiere traer el mundo
del pasado, desde los fondos y los subterráneos de
su memoria, a la luz del día? ¿Quizá porque,
anciano ya, está próximo a la muerte y, por ello, a
las dimensiones eternas ―porque fuera del
tiempo― de la fantasía, al país congelado del pa-
sado, que está más allá del mundo de la vida, a los
encantados universos oníricos?
Lista de objetos fetiches: la bola que al
agitarse muestra una cabaña batida por la nieve
(Ciudadano Kane). El saltamontes apergaminado y
centenario del último emperador chino, el gran
Kang-Hi. ¿Un perro, ya que aparecen tantos canes
en el abanico de posibilidades, o, en todo caso, un
bicho, ya tortuga, ya ratón? El barco cansino
flotando musical en medio de la niebla del tiempo
en Amarcord.

61
Esquemáticamente, el pasquín de A. C., que consistía
apenas en dos hojas fotocopiadas por ambos lados, rezaba lo
siguiente:
“Posibilidad táctica del latinoamericano. De-
construcción (movilización, manipulación, distorsión, desmontaje,
dislocación, parodia) de los signos europeo-norteamericanos.

“1. Unidimensionalidad del discurso burgués actual


(los signos europeo-norteamericanos) difundido a través de los
mass-media: cine, radio, televisión, literatura pop y nuevas
tecnologías, como la informática.
“2. El discurso burgués actual propende a la pro-
ducción compulsiva de signos.
“3. Los signos europeo-norteamericanos son como el
Agatón ―luz seminal― platónico, siempre activo y luminoso; lo
que queda arriba.
“4. Latinoamérica: el mundo de la mala copia, de los
simulacros, de las sombras y las distorsiones, que sólo sabe
arahuaco y nunca latín, por dar un ejemplo pre-colombino; el
abajo.
Entre la luz (original primer motor = signos europeo-
norteamericanos) y la copia buena de la luz está el tercer mundo
(Latinoamérica: mala copia, simulacro, desobediencia tozuda del
original)
“5. Lo que queda Arriba produce, ordena y organiza el
New-World-Order. El Abajo: kaos platónico que meramente de-
cepciona toda la producción europeo-norteamericana.
“6. Los signos europeo-norteamericanos, como la luz-
fálica del macho del New-World-Order que eyacula sus semillas-
sígnicas (bad seeds) sobre la oscuridad (el corazón de las tinieblas)
de la humedad de la hembra latinoamericana.
“7. Los signos europeo-norteamericanos como la
función del típico macho-activo. Libido + trabajo (Freud-Marx).
Latinoamérica como la mujer tonta-pasiva que sólo sirve para

62
abrirse de piernas ante el macho-activo europeo-norteamericano.
Latinoamérica como mujer, como lacaniano ser sin falo.
“8. Libido + trabajo, Freud-Marx = Eu-
ropa/Norteamérica. Tonta + pasiva, Levi-Strauss-Clastres = el
Perezoso como símbolo.
“9. A la producción oponemos la hysteria de la de-
construcción de lo producido: represión/alienación por los signos
(la mujer como ser sin falo no puede producir al carecer de un
conducto para su libido; no hay para ella trabajo posible).
Latinoamérica: convulsión, saliva, discurso contaminado, inco-
herencia sobre lo producido, signos europeo-norteamericanos.
Hysteria versus producción.
“10. La mujer, al carecer de falo, es obligada por el
hombre, en primer lugar, a no producir, sino a re-producir
(órdenes, hijos, etc.), porque no tiene semillas (ideas propias). Por
ende, necesita del macho productor-creador, o sea del Homo
Signator. En segundo lugar, la hysteria de la mujer es una reacción
frente al imperativo semántico del macho que le ha reducido a su
especialidad o compartimiento de no-producción. La hysteria es
una segunda, y ya “voluntaria”, negación de la producción: a) la
mujer, como mujer, es obligada a no producir; b) la mujer, como
mujer hystérica, se asume “voluntariamente”, patológicamente,
como no-productiva. La mujer hystérica de Latinoamérica, paro-
dia siniestra de la “Chica Caliente”― alcanza un rango de postura
política de resistencia a los signos europeo-norteamericanos.
“11. Ella ha sido marcada por el hombre, energético y
productor, para reproducir con “fidelidad” sus signos-semillas,


La mujer, al carecer de falo, no puede resolver “correctamente” su
energía libidinal, llevándola hacia la producción. Entonces, sucumbe a
la hysteria. ¿Se niega a producir? La idea de la necesidad o de la
superioridad de la producción de signos podría ser definida como el
prejuicio occidental, europeo, puritano, surgido en los siglos “bur-
gueses” (XVIII y XIX). El magma energético (Freud) es gastado en la
producción (Marx). Hoy aparece como dominante la ecuación Libido
+ Trabajo, ecuación que, si fuera susceptible de una representación
gráfica y antropomorfa, sería, digamos, equivalente a una especie de
Schopenhauer degradado a la condición de Sísifo-obrero.

63
pero se ha negado a cumplir su papel de tonta-pasiva, de ecónoma
del hogar burgués, asumiendo la hysteria, el terrorismo del
cuerpo ante los signos.

El oñembokí de los folcloristas en las


emisoras de radio, cobijadas por el generoso
decreto que concedía el 50% radial a la música
vernácula, la burguesita inaccesible como una
virgen ruborizada de los tiempos modernos, el
festival de rock anual en el cerro Lambaré, con los
Deeps hundiéndose en un pozo con tufo a caña for
export, conservado en una grabación en vivo en un
casete de popurrí, los músicos volviendo en la
madrugada ―cuando uno salía a echar un meo de
medianoche o a huir de la muerte en forma de
pesadillas granujientas― con sus arpas y sus
guitarras a cuestas, haciendo ladrar a su paso a
todos los perros callejeros ―sacudidos de sus
sueños de conticinio―, el regateo con el boletero en
el cine de la triple función con el final apoteósico
del porno español o ruso tras la piãda grupal, fella-
tios y cunnilingus derramándose como una clase
de placer ―saltiteante y tartamuda la voz de leche


Hogar burgués: la armonía ―armonía sabiamente preestablecida
entre la res cogitans (signos-falo) y la res extensa (mujer-sin falo)―,
entre el macho-productor y la mujer-reproductora. La definición de
Benjamin, hecha en 1926 con motivo de su viaje a la recién estrenada
Rusia revolucionaria, del hogar burgués como un casa con paredes en
las cuales se cuelgan cuadros, con una sala con adornos varios y un
piano que nunca se toca o que muy raras veces es tocado, acaso por un
invitado, equivaldría más bien a un telón de fondo de lo que in-
tentamos definir en este punto.

64
y polvo de luz emitida por la máquina (a leña,
suponíamos nosotros, en nuestro fastidio e ig-
norancia expectantes) sobre la pared de cal
desconchada por carecer de la elemental
precaución de una manito de cola o base―, nitrato
de plata balbuceante como un oráculo por los
constantes achaques de su fuente maquínica y
demiúrgica, proyectando fantasías de combinatoria
de cuerpos, coreografías de cuartos de hoteles
kitsch y ñembo paquetes de la época de los 70
europeos, años de cursilería y plomo, de Abba y
Aldo Moro, de Ray Connif y Lotta Continua,
levantando aullidos de indios en una platea sal-
vajemente simiesca y al mismo tiempo temblorosa,
conformada por una pillería estudiantil de camisas
blancas, por soldaditos de cristina o birrete
estrujados, por algunos suertudos en pareja, un
golfo acaso con la fámula linda del barrio.

Las huellas de ringorrango, que la presencia de A. C.


había dejado en la tarde capitalista, empujaron a N. a esos
deliciosos devaneos de la fantasía flâneureuse que raras veces la
monótona urbe de las causas y de los efectos suele permitir. N. se
internó en los territorios que las musas suelen proteger de los
vulgares citoyens para mayor gloria de la progresiva esclavitud feliz.
En este caso concreto, N. estaba lidiando interiormente con unos
sueños que solían aparecérsele separados entre sí en el tiempo por
intervalos de diversas longitudes, pero misteriosamente inter.-
conectados por una presencia común a todos ellos, la del sujeto
que en todos los casos sufría la acción, comunidad temática que
parecía hablar de una especie de lógica onírica o, lo que es lo
mismo, de una razón de la sinrazón; coherencia perseverante e
insistente, en todo caso, que impedía descartarlos, como se hace

65
habitualmente, como “meros sueños”. Eran sueños que solían
azotar periódicamente los acantilados de su mente, abierta a las
curiosidades de la naturaleza, con una persistencia obsesiva, casi
patológica. Más que un objeto exterior embistiendo despiadado
sobre él, este sueño reiterado, en sus distintas variantes, aparecía
ahora ante sus ojos como un fuego fatuo que emanara del fondo
de su mismo ser misterioso como de su suelo natural, de su
intensidad más propia, pero más desconocida. Desmenuzando el
sueño en sus detalles recurrentes ―digamos, en una especie de
lectura tabular que privilegiara las repeticiones y las regularidades
más que las pequeñas diferencias y variaciones―, éste solía
presentar la imagen esforzada, paciente y enigmática de una
caravana de ratones, sobre la que N. no acertaba a decidir si se
movía en una suerte de peregrinaje ritual hacia un santuario o un
lugar sagrado del mundo ratonil, si se desplazaba a pesar suyo en
un gran éxodo de su propia historia en miniatura o si consistía
simplemente en un convoy movido por un estricto sentido mer-
cantil que trasportara o condujera un objeto indefinible que les
hubiera sido encargado entregar o con el que pensaran comerciar,
pero, por la perspectiva del cuadro ―a pesar de presentir la
naturaleza lúdica, infantil, inepta para los negocios del mundo de
estas criaturas―, agigantada en su sueño de tal modo que
recordaba la movilización de la hormigas en sus trámites de apro-
visionamiento de víveres y pertrechos para los largos meses del
invierno, N., sin tener, empero, nada parecido a una certeza, se
inclinaba vagamente a pensar en la última posibilidad como la más
probable. Las variaciones, hay que consignarlas, del sueño, im-
plicaban al paisaje, que, por lo demás, lucía excesivamente
nebuloso como para que N. lograra clarificarlo, y, a veces, al
objeto de toda la movilización ratonil. Asociaciones que caían de
maduro en el devaneo de N. eran, obviamente, el cuento de
Hamelín y el célebre flautista, por un lado, y, por otro, aquella
frase de Homero, registrada por N. en un tiempo y lugar
imprecisos y de una fuente borrosa, pero de cuyo carácter
fidedigno no cabía dudar, que alude a Apolo como dios de los
ratones. Por más que la literatura gótica haya popularizado a un
primo del ratón como una de las formas de darse el mal

66
―encarnación del Diablo o avatar de Drácula―, N. vislumbraba
en su sueño que el objeto de veneración de los ratones, en todo
caso, carecía de connotaciones siniestras. Todo lo contrario, tendía
espontáneamente a interpretar esta larga peregrinación de la cara-
vana de los roedores como un viaje iniciático, semejante al de los
reyes magos; quizá también estos ratones eran orientados por
alguna estrella, fija en su luminiscencia guiadora, no en el mapa
constelado de la bóveda celeste, sino en el de la persistencia
oscura y testaruda de las intuiciones humanas. Sutilizando con una
escolástica sub-tropical posmodernizante, N. acunaba la idea de
que el sueño de la caravana de ratones, en realidad, representaba el
único y largo viaje que estaba haciendo llegado hasta este preciso
momento de su manipulaciones intelectuales, y que era realizado
al amparo de la noche para alcanzar, desde el territorio restringido
y absolutamente solipsista de su inconsciente, su autoconciencia
asombrada y perpleja de sujeto burgués poscristiano fastidiado por
la irrupción de mitologías primitivas golpeando las puertas de la
patología o del scholé, ocio improductivo de la usual meditación
posterior a la visita de su espectro urbano de turno. Que este
sueño, misterioso como todos los sueños, recorría habitualmente
en N. el camino de tránsito, “probado” por la psicología, que
siempre recorrían los fantasmas del inconsciente (o las maravillas
del oriente medieval) hacia la luz de la conciencia (o el occidente
protoburgués). Digamos que sería como una especie de “camino
de la seda” universal de los sueños de todo hombre 6 . El tema
renacentista de la adoración de los magos le agradaba, y le
inquietaba también. Particularmente, ese nexo entre el Niño y el
don, el regalo, que llega de otras tierras. Le recordaba (“¡pero qué
torpeza la mía!”) a aquel tío que, habiéndole prometido la perla de
Buenos Aires a él, prepúber ingenuo y crédulo hasta las médulas,
murió y nunca pudo regresar para cumplir su promesa, el muy
fayuto. Pero también pensaba, materialista aburrido sin más
certezas que las conjeturas positivistas al uso, que su permanente
buceo esteticista y remanido en el pasado en pos de “perlas”

6
O como su variante mística/mistérica, el Camino de Santiago,
símbolo por antonomasia de todo peregrinaje por tierras nebulosas.

67
traumáticas o de iluminaciones que explicasen su aturullamiento
presente, condicionaba toda esta configuración, por lo demás
fantasmagórica y novelesca en última instancia. El propio soñante,
N. en este caso, duplicado en una tropa de ratones disciplinados
para su misión supra-ratón (trascendental), crearía todo el sueño
desde el suelo de su vigilia de detective de su pasado o doxógrafo
de sí mismo, de modo que el objeto indefinible no representaría
nada más que los retazos, infinitos en su recurrencia, que
rescataba de su adolescencia y su niñez y que transcribía inva-
riablemente al final en su cuaderno de hojas sin rayas y de tapa
dura de color azul como un empleado frío y neutral que
diariamente hiciera la contabilidad de los debes y los haberes, el
balance puntual de las ganancias y de las pérdidas de su patrón-
niño, de su patrón que no era sino el niño que fue, en el
impersonal registro de la economía infantil de su sueño inventado.

La bajista de Wirrwarr cumplía años. Este grupo de


rock asunceno, por oposición a todos los grupos que vegetaban
entre la Chacarita y Curuguaty, Loma Plata y Encarnación, estaba
integrado exclusivamente por hijos de mennonitas, casi todos de
Lolita. Fiesta de cumpleaños y cierre del ciclo de la banda que de
ahora en más pasaría a llamarse Las superpúberes, bajo el
patrocinio y tutoría intelectual de H., que sugería no sólo el
aspecto visual, sino también la actitud, y deslizaba algunas letras,
en fin, que aportaba el concepto general, musical e ideológico, de
la banda menó. (Las superpúberes, evolución natural de las ya casi
extintas Wirrwarr, sería un combo que noisificaría ―pero estamos
hablando del más neto y literal noise― clásicos del rock de los 80 y,
como en el hip hop, en donde el rapeado es lo dinámico de su
estructura y las bases son lo estático, el flujo verborrágico de
palabras sueltas en guaraní sería lo dinámico y “melódico”,
mientras el ruido de fondo sería el beat, lo estable, digamos).
Fuimos en un Kombi WV, cómo no, H y la plana mayor espectral
(H. el intermediario, incluso P., extraordinariamente sumiso en ese
entonces, y N.), atravesando la monotonía chaqueña con un
precalentamiento sonoro a base de E.N., Blumfeld, Die Haut y

68
otras lindezas alemanas, que por la facilidad del idioma curtían
todos estos hijos esquizofrénicos procedentes de familias ultra-
puritanas, sedientas de dinero cooperativo y eximidas de gravá-
menes impositivos por la gracia de Dios del estúpido Estado.
Hiperbolizando, H. llegaba a la enormidad de contar que gente
como Die Toten Hosen caían normalmente a Loma Plata, vía
conexión aérea Curitiba-Mcal. Estigarribia, para realizar pequeños
y tumultuosos conciertos en estricto alemán ante el pasmoso
desorbitamiento de ojos de las vacas holandos, que, de muy mala
manera, durante esos lapsos ruidosos, eran molestadas en su
sacrosanta e ilustrada tarea productora de los más saludables y
legítimos (sello UNESCO) alijos de leche, queso y yogur del país.
Llegamos al atardecer, empolvados con el celebérrimo talco
blanco chaqueño y con el correspondiente catí rancio de los
quesos locales, de manera acorde a la etiqueta aromática del lugar,
dispuestos a tragarnos los chorizos y la cerveza que había
prometido la bajista, valkiria juvenil de 16 años, aspirante a
Asoonja blonda o mujer-jaguar según el diagrama de H., suave y
culí como una asuncena, de acentillo a lo hermanita de Daria,
antes que imponente y rolliza cual Pentesilea rural en overall, el
biotipo predominante en la zona. El padre de la bajista, había sido,
era el contador general de la cooperativa menó, tipo insustancial y
pragmático, más bien un sujeto inclinado al progreso del capital
que un idílico amante del trabajo en el campo. En realidad, se
enteraron por H. de que este funcionario lo único que tocaba era
dinero contante y sonante y de que rehuía la gleba rescatada al
avaro talco chaqueño. La madre de la bajista rápidamente cayó
bien a todo el mundo: señora de entre 40 y 50 años, mujer delgada
y elegante, de mirada vaporosa y celeste, recorriendo, con una
aureola a lo Ofelia de dignidad incomprendida y melancolía
encorsetada, la fiesta con un irrespirable vaso constantemente
lleno del mejor whiskey que uno hubiera probado jamás. N. se
quedó conversando con ella, apartando enojado el popular y
masivo chopp que le habían tirado, y le fue pecheando vasos de
whiskey, harto de las cervezas impotables, contrabandeadas, absur-
damente, de Brasil y no de Bolivia. Al otro día, H. rumoreó que la
tal venerada investidura aristocrática de la madre no consistía en el

69
fondo más que en un alcoholismo galopante. N., parapetado en
sus trece hasta la carga final, en especial si se trataba de treces
románticos, comentó, moralista anacreóntico, que había vicios
que, en vez de derruir del todo el andamiaje moral del individuo,
lo consolidaban y aún lo mejoraban. Entre el avandgarde de
Malaria y The Crime & City Solution, latitas de cerveza, como
Poltergeist abollados, chorizos de viena y hojas de Biblia
desperdigadas sobre el magro pasto del jardín, N. no perdía de
vista en ningún momento la botella de whiskey y a su Saki alemana.
Hay que consignar, en lo tocante a la aventura chaqueña, que fue
molestado más de una vez durante la noche por la bajista y por H.,
que había engatusado a la niña con la fantasía de que era un
magnífico letrista de rock decadente; hasta que, al fin, para
deshacerse de ellos, les endosó unas letras, en alemán obvio,
plagiadas rápidamente de algún clásico que esos hijos de
campesinos con los mamelucos manchados de bosta no
reconocerían:
“ Ihrbotet
Mi reine kron’, ihr Männer! nimnt von mir
Dafüs mein Heiligtum. Ich Spart’ es lang.
In heitern Näcten oft, wenn über mir
Die schöne welt sich öffnet, und die heilgeluft
Mit ihoren Sternen allen als ein Geist
Voll freudiger Gedanken mich unfieng,
Da wurd es oft lebendiger in mir;
Mit Tagesanbruch dacht’ ich euch das wort
Das ernste lorgverhalterne, zu sagen,
Und freudig ungeduldig sief ich schon
Vom Onient die goldne Morgenwolke
Zum neum Fest, un dem mein einsam Lied
Mit euch zum Freundenchore würd, herauf
Doch immer schloss mein Herz sich wieder, hafft’
Auf seine Zeit, und seifen sollte mirs.
Heut ist mein Herbsttag und es fällt die Frucht
Von selbst.”

70
La bajista, a quien P. llamaba Ariadna cada vez que
rechazaba el chopp que ella le ofrecía y pedía en cambio un vaso de
agua, quedó encantada con el idioma culto y anacrónico que
traspiraba la letra de la canción, sumando a esto, digo, que, con la
actitud gotizante que cultivaba la banda, no sería difícil que
Schubert ―el guitarrista-compositor, que hablaba un mix de
guaraní y alemán inatacable― le ensamblara una melodía pegadiza
y melosa para contrapesar su dureza y hieratismo teatral. N., lejos
de su Ítaca verde y florida, a la deriva ya en los círculos
absorbentes del alcohol, con todo ese parloteo alemán con paisaje
de desierto mexicano, con ñandúes y cactus y 50 grados de
temperatura de día y 10 grados de noche, no terminaba de
entender cómo una estética punk-krautrock, melancólica y
distante, podría ser explicada con coherencia. Su única tabla de
salvación en medio de todo este absurdo, la Ofelia alcohólatra,
aparentemente había desaparecido de vista, y lo más probable era
que estuviese hundida ya en su piscina de alcohol. Enfiló dehors
buscando el Kombi WV, para ver cómo seguía el perro, que había
sido arrastrado a esas latitudes gracias a la facilidad que ofrecía la
sobriedad y urbanidad de su bajo vientre, perfecto para los viajes,
y a su negativa a ser abandonado como un monigote en el “castillo
usheriano” que habitaba como casa, todo lo cual quedó claro con
sus gruñidos de perro-avá. Por supuesto, cuando se llegaron junto
al animal, el perro hizo uso de uno de sus infinitos estados
estrafalarios al negarse a descender del Kombi, aterrorizado por la
torva y hostil presencia de la vacas-obreras. El Kombi estaba en
un descampado, justo atrás de las motos, debajo mismo de un
molino de viento, de esos que en la ciudad-cooperativa se veían
por todos lados, vegetación artificial de origen humano concebida
quizá para compensar aquí la avaricia de la naturaleza, o acaso
tótem consagrado para los juguetones y endiablados vientos que
azotaban a sus habitantes, dirigiendo sus destinos. En la parte
posterior del coche, usada para arrumbar cajas de cerveza, carne
de jacaré, bafles y guitarras eléctricas, yacía la animalidad peluda
del perro. Dormía profundamente, con su cuerpecillo hipo-
condríaco sacudido por oleadas de espasmos nerviosos, reflejo de
los sueños que ahora recuperaban los temores y perplejidades que

71
el día había otorgado a su cuerpo de sensibilidad infantil y
asustadiza. Se volvió hacia la casa y vio que de su “herbsttag” había
aflorado una fata morgana polícroma y danzante, producto del
zumbido de abejorro alcoholizado que llenaba su cabeza, apa-
rición que intentaba sobreponerse con soberbia babélica a la
inmensidad azul y negra en la que las constelaciones, acaso el
camino de los ñandúes, refulgían despiadadas y vertiginosas con
su helado temblor.

Mientras N. se afanaba (en el patio embaldosado


originalmente concebido como hueco frondoso, jardín en
miniatura, en que desembocaba la doble puerta de vidrio de la
sala), dando pantallazos para que el braserito a carbón ―de
testarudez húmeda y barata― empezara por fin a emanar sus
oraculares chispas de lumbre utilitaria, H. iba dándole la lata con la
lectura de su colección de diarios viejos. En la sección de fotos de
sociales del otoño del año pasado se le veía a B., antiguo espectro
que orbitaba el eje de N., ahora pintor famoso del jet-set asunceno.
Sonrojado y gordo, había sido paralizado por la atropellada cámara
estelar manoseando el trasero de una infeliz garzoneta en la acción
servil de entregar su bandeja atiborrada de copas de margarita y
pisco sour. En otro diario, esta vez de la sección de chismes
inofensivos del verano último, se topetaba H. con un B.
subrepticio y sigiloso atrapado en la residencia de un célebre
benefactor del arte y la cultura ―mientras éste se aliviaba de los
rigores de la canícula en su villa veraniega―, en el trance,
obsesivamente perfeccionista, de atusar el bigote del retrato del
propietario hasta ahorcarlo con una especie de cadena de fina
plata… Toda la ciudad sabía que adquirir un cuadro de B.
implicaba, por la lógica (balzaciana) desestructurante y rizomática
de su arte, dos cosas: a) prestigio de connaisseur y de persona de
buen gusto y b) molestias de por vida. Comprar un cuadro de B.,
realmente, y sobre todo, era firmar un contrato vitalicio con un
diablillo fastidioso, una sombra oscureciendo la radiante
escenografía que habitaba todo coleccionista, pagar la custodia de
una especie de doble manoseador y sacrílego, esclavo metiche

72
hozando olvidadizo en los frutos que produjo para el señor y que
ya no le pertenecen, madre primitiva que no comprende las
secuelas de la inseminación artificial para la cual ha sido usada por
el mercado del arte, en fin, pintor disparatado que acomete actos
de refutación contra sí mismo al evidenciar fallas en su obra
vislumbradas sólo por él, artista o genio del fracaso, siempre
insatisfecho con las formas y colores tan pronto como estos
configuran su existencia autónoma sobre el panel o el bastidor. En
suma, B. equivalía a un purgatorio para todo mecenas.
N. soltó una ruidosa carcajada ―que retumbó en el
aire y luz cuadrado― al escuchar de boca de H. otro avatar más de
su ex amigo, a pesar de tener los ojos llorosos de tanta humareda
sin sentido lanzada por tatatiná, o por el maldito carbón que
todavía no soltaba un mísero fuego. El carbón continuó lanzando
chispas y monóxido de carbono y nada de llama aún, ni siquiera
una raquítica y meramente inaugural. Pero de todos modos siguió
riendo, coreado por el coreanófobo de H., hasta que el vecino
―protegido por la pared lindero―, harto de humo pre-neolítico en
plena urbe, empezó a carajearles una vez más, como ocurría
habitualmente. “Deberíamos cambiar de casa o de brasero”,
solicitó H., contemporizador nato, angustiado por la amenaza de
quedarse sin almuerzo, leyendo diarios viejos con el estómago
rugiéndole indignado ante tanta obliteración de su derecho uni-
versal como estómago humano y como hijo bendecido por la
religión oficial de Dios, la católica, protectora de los indigentes.
“¡Malditos!”, respondió N., tan ambiguamente que H. no supo si
el exabrupto iba lanzado contra el brasero y su humareda, o
contra el vecino y sus alharacas burguesas, o contra los pintores y
sus temores a la imperfección, o contra él y su estómago,
respetuoso y estoico en la contención de su hambre.

Se nos da la caída o la tregua de las finalidades y los


sentidos últimos, fuera del totalitarismo de la estética clásica-
burguesa-realista, ahora que va a pernoctar por una noche en casa
de N.; ahora sí podemos consentir en esbozar una pincelada sobre
el casi monástico mobiliario de nuestro héroe. El pesado e

73
inamovible sofá mohoso sería la celda con palanquín que debería
calmar los furores paranoéticos de P. Este colocó como almohada
dos gruesos libros (uno era un diccionario trilingüe guaraní-ruso-
español/cubano) envueltos con una ligera manta para dar el juego
a su cabeza desbocada de huésped. Enfrente de esta yacija, una
mesa-ratonera con lámpara portátil de luz amarillo-fiebre y
ceniceros de todas las formas y materias. Al costado de la puerta
de entrada, oculta generalmente por ésta cuando se abría a las
novedades espectrales, un busto (apócrifo) de Simónides, famoso
falsificador de manuscritos bizantinos, moldeado por las manos
celosas de aprendiz de alfarero de una amiga (que N. suponía
representaría en verdad a uno de los tantos amantes pasajeros a
los que su ninfomanía había manoseado, el universal de hombre
sintetizado por su deseo demoníaco en los preliminares de la
espera de la cita copulatriz, o, por último, la colección de rasgos
desatados por la amenaza del ataque femenino unificados en un
busto ideal de virilidad y envejecimiento sexual. También circulaba
el rumor ñe’ẽrei de que el modelo de cada busto que moldeaba
terminaba muriendo, y N., supersticioso ab ovo, siempre rehuyó
por eso la vanidad secundaria de perpetuar su mediocre silueta
aguileña), usado por P. y las visitas consuetudinarias como
perchero de camperas, anoraks, sacos de invierno, objeto anti-
duchamp, por cierto, a todo esto, producto originariamente
concebido como arte que termina sufriendo un devenir utilitario,
venganza sangrienta de la rutina sobre las pretensiones del arte
esnob. Al costado izquierdo del sofá ―hacia la doble puerta de
vidrio que conducía al atrio interior cuadrado, en el cual, en
noches de luna llena, a veces, con paciencia de insomne fumador y
oyente de música nocturna, podía pescar una perfecta leche
vertical―, el pick-up, producto de un trueque con el amigo
marinero griego de H., por el cual aquél adquirió el pasaje de
vuelta a su Mitilene lejana, después de haber consumido su último
pecunio en las peregrinaciones etílicas por la night asuncena.
Detrás del estante de libros usado como divisoria entre la sala y el
dormitorio, plagado de ácaros y naftalina, donde a esa hora, si no
roncaba, estaba tumbado subrayando algún libro usado mister N.,
si P. salvaba otro sillón, en el flanco derecho del sofá, ganaría un

74
corredor, provisto de una alacena sobre la cual se posaba una
cafetera eléctrica, y llegaría al baño. En un hueco entre la puerta
del baño y la alacena N. había encostado un cocinilla de dos
hornallas que, cuando se quedaba sin combustible (gas), y si el
dinero era avaro en su concesión pendular, era reemplazada por el
nunca gratuitamente ponderado objeto utilitario y folklórico, el
brasero, que solía representar sus ceremonias de dos, tres y más
generaciones en el aire y luz ya mencionado. Todas las otras telas y
gouaches que colgaban de las paredes en penumbra y que P. podía
vislumbrar desde su refugio a esa hora pertenecían a la caterva de
niñas y niños con aspiraciones a la fama y, algunos, al arte, que
habían merodeado por los talleres del octogenario Livio. Pero P.
prefería estarse quietito y en silencio, aguzando su oído retráctil a
ver si captaba los pitos de la “Nueva Checa”, de la que estaba
huyendo en esta fase de sus avatares de delirante urbano fin de
siècle. Cuerpo de policía, según él, destinado a acosar y cazar
parásitos e inútiles diversos, gente sin oficio ni beneficio, a no ser
el de darle el torno a la dura realidad, “produciendo” fantasías y
ensoñaciones artificiales. P., en suma, se consideraba a sí mismo
una especie de AGIT-prop pro-pereza y quietismo social dirigido
a inmovilizar la ciega maquinaria hormigueante del mundo, y, por
ello, blanco cierto de la cacería. P., autoacusado ante una supuesta
paranoica inquisición pynandi decidida a congelar la fiesta y el circo
de los que participaban, borrachos y jubilosos, los perros varios
del tardocapitalismo telemático, terminó precipitándose en el
bunker anti-paranoia de N. Evidentemente, la denuncia de la
razón estaba tomando cuerpo.

75
76
5. Un pueblo llamado Gran Nada

Ore poriahuvereko Ñandejara


Anónimo

N: ―Pero los de Poesie Noir son absolutamente


homosexuales (prosaísmo homo).
H: ―Entonces, los de New Model Army como contra-
partida heterosexual probada.
N: ―Y Dali’s Car como banda cuña entre esas dos, bise-
xualidad oxidada en su único disco lanzado.
H: ―Los de Sisters of Mercy, travestis católicos.
N: ―Mis preferidos son los impagables Aroma di Amore,
castos y espirituales.

La llave que permite el acceso a ese humus


de donde brota la poesía, saber de apariencia
florida, como el secreto de Hölderlin, que prefirió
no volver de él, y de otros como Von Kleist. El
mundo es un claro de luz rodeado de un caos
boscoso que, como un calidoscopio, gira lento
alrededor del vértigo de luz que habitamos.
Sobre la escritura automática:
No consiste en otra cosa más que en el
aceleramiento de esa capacidad habitual de per-
cepción o absorción del mundo. Un zoom sobre las
caras comunes cuyo resultado más notorio consiste
en un cambio de perspectivas o en un dis-
locamiento de las apariencias consuetudinarias, y
en la novedad concomitante. Los métodos más
antiguos para escribir bajo estados extáticos

77
abarcan el recurso a elementos artificiales, como,
por ejemplo, el alcohol, drogas varias, etc., y el
recurso a estímulos naturales, como, por ejemplo,
la locura, la emoción violenta previa al suicidio
(como en el caso de Maiakovski), los arrobamientos
místicos o seudomísticos, etc.; métodos todos estos
que no hacen más que llevarnos por caminos di-
versos a los mismos resultados.
Pero el uso conjunto de las drogas y la
escritura automática, combinación en apariencia
ultra subversiva, no tendría más que un efecto
contraproducente: el efecto de negación de la
negación (en sentido conservador) de volver a
poner de pie lo que ya estaba boca abajo.
El uso de la escritura automática está
recomendado en ciudades provincianas, casi me-
dievales; es ideal allá en las tierras bárbaras de las
feodas de los mangurujuses contemporáneos. En la
alta oscilación de ciudades como la de París de
comienzos del siglo XX o la Nueva York con-
temporánea, su implementación, por una especie
de efecto de contradicción o paradoja, redundaría
en un realismo extremo, o, a lo menos, en lo que
podríamos llamar un naturalismo mágico más bien
light (un simple pleonasmo de sentido). Repetiría
con fidelidad de mímesis clásica la secuencia
cortada e interrupta de la agitación efectiva de las
ciudades modernas. Mientras que, en las ciudades
provincianas, equivale, por el contrario, verda-
deramente a un cambio de visión, a una liberación
genuina y auténticamente “contra-corriente” o
insólita dentro del estrecho marco dominante.

78
Clasicismo, pues, en las urbes modernas. En
contrapartida, “tempestad y coraje” de la escritura
automática en las provincias. Distribución de la
escritura según la geografía. Lógica geográfica de
las poéticas. De acuerdo a las necesidades del
espíritu y de la literatura.
La escritura automática socava el orden
despótico de las caras que desfilan armo-
niosamente enfocadas por el dios solar, la Luz.
Desentierra el caos, la gleba amorfa, el humus del
que brotan las palabras. Entonces, el luminoso
orden demiúrgico se caotiza con las negras paladas
de tierra que la escritura, como un topo ciego y
tartamudo, va hozando y zapando, urgido por una
necesidad fisiológica de salvar el espíritu,
sustancia que se debilita en medio de los res-
plandores de tanta claridad. Deshacer las formas
sostenidas artificialmente por esa disciplina
luminosa y que eclosionen meras formas teñidas
de un brillo opaco y rústico. Bañar las palabras con
la frescura y oscuridad de la tierra. Ennegrecer las
cosas con la paleta preferida del demiurgo que es
todo niño. Comer tierra y engordar sentidos por las
calles de la infancia como pícaros de siete suelas.

“A veces pienso que me gusta más subrayar que leer”.


Esto lo dijo N., con ánimos menos de epatar que de conducirse
por el conducto cálido y oscuro que se podría llamar
sinceramiento público, para ver retratada en la cara de su
interlocutor de turno, en este caso M., una mezcla de in-
comprensión y de tímido asentimiento cortés, aunque quizá se
tratase del mismo sinceramiento que buscaba en el fondo el súper

79
ocupado en los negocios del mundo (M.), que se ocupaba en ellos
con una angustia latente que sentía —¿dónde, cuándo?— y
trataba de desenmascarar mediante una especie de operación ética
a cielo abierto cuyo objetivo inconsciente era en última instancia
una confirmación que debería resultar decisiva para su destino:
esto era lo que lo llevaba a irrumpir en casa de N. con sus
apariciones más o menos asiduas. Como si N. fuera el enésimo
retorno, nuestro enciclopédico Ammonio, de elocuencia silenciosa
y sabia que lo reconocería y bendeciría como el Plotino que se
esforzaba por llegar a ser y que no se atrevía a ser del todo, y que
ni siquiera osaba, por vergüenza o teko ko’gua, asumir que
deseaba serlo. N., obviamente, se deshacía en todo tipo de
torpezas, amnesias, cinismos, artes, en fin, del gran actor, para
escapar al artificial y ridículo papel que M. esperaba que él
representara. Pero no era moco de pavo refrendar tamaño viraje
desde el mundo de los negocios hacia las asperezas del desierto o
el zumbido suavemente silencioso de las celdas de un monasterio.
N., sin embargo, prefería, habitualmente cínico sin público que
quisiera pagar por sus payasadas, desacreditar con rudo tra-
tamiento “balsámico” el menor conato de personalidad cuasi
mística en semejante existencia cuya carrera siempre giró
alrededor del dinero y las ganancias. Sin pelos en la lengua,
interpretaba como despiadado cabalista u ominoso zahorí las
supuestas señales extraseculares de M. como meras lecturas mega-
lomaníacas, equivocadas descodificaciones seudo-peri-ufológicas
de pacotilla o simple epifenómeno de una metáfora cristiano-
burguesa agonizante en cuyo seno M. había crecido mamando las
gorronas delicias. Marioneta movida por una ideología de ñembo
estratos inmutables que pretendía sabotear cualquier otra corriente.
Aun la caretona y vulgar, pero burguesa, era un poco más fluida y
aventurera, siempre y cuando, dentro de las restricciones bien
conocidas, se pudiera llamar aventura a la forma de vida moderna
que se agotaba en la agitación pendular trabajo-mercancía-dinero.
N. se explayaba ante el todo oídos de M. sin protocolos ni
remilgos; explicaba que, aun reconociendo que M. ciertamente
poseía el biotipo tradicional del así llamado hombre místico, más
bien tirando a flaco y avaro en las carnes y los gestos, cetrino o

80
aceitunado como un nativo de Asia menor o un semita, de ojos
saltones y estupefactos como los de los santos petrificados en su
aureola sagrada por los mosaicos bizantinos, y que esto podría
indicar una naturaleza aparentemente más proclive a la vida
interior que a la conquista de bienes y mujeres; que, decía, aun
reconociendo esto, allí donde el huevo metafísico, como es
conocido el sentimiento, prospera y donde se selecciona al
hombre profundo de la moral de los señores, al papa maquiavélico
que se impondrá sobre los bárbaros después de vencer y someter
a su daimon ingenuo y salvaje y que constituirá, tras la más
sangrienta de las guerras, al sadomasoquista moderno, al auto-
sufriente y altruista burgués, pletórico de culpabilidad y
represiones, allí, él, M., no se contaría entre los elegidos. Otra
característica que N., sin embargo, concedía a M., era la per-
cepción del hueco estentóreo de vacío que no alcanzaban a llenar
sus horas paranoicas invertidas obsesivamente en la persecución
de dinero, como si padeciera la indigencia de un sentido que
llenara el bostezo de esa falla geológica, y que seguiría padeciendo
esa indigencia porque su superación entrañaría en su caso el
sacrificio de su estatus burgués, sacrificio que él nunca tendría el
valor de ofrecer al altar de su espíritu. Su mezquindad, su avaricia,
no eran otra cosa que la única y pobre respuesta monotemática
que era capaz de brindar a la interpelación que le lanzaba la vida.
“Yo te veo más bien con escasas luces para la carrera llamada
espiritual, ya sea para la mística, ya sea para la artístico-filosófica,
con una soberbia alimentada por un simple egoísmo instintivo,
urgentemente necesitado de alguna luz elemental, aunque sea
pálida y esporádica, para ganar el terreno firme y sabio de la
autoinmolación; estás por ello reducido a aceptar para tu vida
proyectos más modestos, aun grises, pero absolutamente tera-
péuticos a la postre para curar esa afección que te atosiga y pone
constantemente zancadillas a ese dinamismo inercial que dirige tus
actos, ese sabotaje del narciso nostálgico que pretende impedir el
sumirte en la inmovilidad de un oficio o gremio tradicionalmente
conservador y en una práctica social y psicológica de escasa
fecundidad, oficio y práctica a los que estás destinado”. M., antes
de espetar a N. cualquier alegato reparador de su imaginaria

81
vocación mística/espiritual, picoteó todo lo que se ofrecía bajo la
forma de la categoría de lo comestible y lo potable, no por gula ni
por pequeño ahorro en el presupuesto rígidamente calculado y
destinado a los gastos obligatorios ya fuera por la tiranía del
estómago o por la de la convención social, sino por esa su-
perstición, que vaya uno a saber de dónde procedía, que impulsa a
veces a no despreciar bien alimenticio alguno, ya sea natural,
sintético o transgénico, en esa línea de los curas rabelesianos de
voluminosas visitas a las cocinas del mundo hiperbólico y de
atracones proverbiales según las crónicas enfurruñadas de los
mesoneros y los venteros de todas las latitudes y de todas las
historias. Oh goliardesca cerveza donde se ahoga la parasitaria
vida biológica, oh chorizo oblongo al cual se aferran y por el cual
se desviven aquellos improductivos espíritus que medran, se ceban
y al fin revientan sin ton ni son, oh vino generoso de estirpe
aristocrática y espíritu de trasgo petardeando el horizonte vasto e
inanimado con sus regüeldos de carne que se acomodan en la
pereza de su comodidad vegetativa hasta acabar tirando cuero y
pestilencias sin cuento, oh vino, fruto de años bisiestos y lunares,
de ciclos de tiempo circulares, en espiral o irreversibles, acumu-
lación lenta y pesada de arena en los depósitos de bella y delicada
forma vaga y fríamente matemático-geométrica, ornitológica y de
naturaleza vidriosamente policromada....

“El túnel del tiempo”, en este nuevo y fas-


cinante episodio, lo lanzaba, secretamente gozoso,
a un experimento discursivo (televisivo-narrativo),
sin que nadie preguntara cuánto era su paga y en
qué la gastaba en su horas libres ―acaso
comprando tomos de bordes romos de filósofos
franceses, aunque sabía que todos los filósofos 7 ,
7
Filosofía Pornográfica: Jean-Francois Botul, en su libro La vida
sexual de Emmanuel Kant (5 conferencias impartidas en Nueva Kö-
nigsberg, Paraguay, en 1946) ha motivado estas líneas: si

82
sean franceses, rutenos, provenzales o manchúes,
eran o trolos o no trolos o una mixtura variopinta
de los dos―, sacerdote totalmente consagrado a la

consideramos esencial en la epistemología el desvelamiento de la


verdad o de su ambigüedad o imposibilidad, podrían establecerse dos
tipos de filósofos: los eróticos, que desean la iluminación parcial, el
perderse en las zonas oscuras de la seducción, y los pornográficos,
empeñados en la obscenidad total, en la crudeza de la desnudez de lo
evidente, obsesionados con manipular el zoom de la cámara para
atrapar la verdad última, o, si se quiere, los genitales de la verdad.
Platón, que militarmente sólo acepta la testa concentrada en los cielos
estrellados, desea vislumbrar y ser bañado por la visión plena y total
del Agathon, el bien que es lo verdadero. Preeminencia, pues, del
alcance de la genitalidad de lo verdadero. Kant, que limita nuestro
saber a los fenoménicos velos vaporosos de las apariencias innu-
merables y niega toda posible visión de la vulva metafísica de lo
nouménico, sería más bien erótico. Erotofilósofo perdido en los la-
berintos de la calentura poética del amor cortés: sublimación y
agigantamiento de la amada y del mundo más allá de la satisfacción
bestial del hardcore. Heidegger sería un pornógrafo presocrático
anhelando la unión con lo originario raptado o escamoteado.
Conquistador español destrozando montes ecológicos en un des-
velamiento ardoroso por el oro y las perlas de la concha de Afrodita.
Pero a veces tenemos un Heidegger de la media luz, de la lichtung de
la mística nórdica, que denuncia las pretensiones de la onto-teología
voyeur y posesiva. Por último, tenemos a Nietzsche y el juego infinito
de las máscaras, la danza feliz de los velos que no deja ver nunca el
horrible rostro último, ya sea éste el de la vagina dentata medieval, ya
sea el rostro de la rosa más allá de la ascensión de los planetas.
Errancia erótica sin la satisfacción final de la visión y de la posesión.
Surfista inocente cabalgando el eterno retorno de las olas. Aunque la
sexualidad ya está in nuce en las ideas mismas del género literario
llamado filosofía: en la dialéctica negativa (Adorno), dialéctica sin
síntesis posible ―infinito oscilar entre el interdicto y la transgresión,
entre la animalidad y la cultura (Bataille)―: cosa de homosexuales.
En cambio, escritores como Hegel, y en general todos los adscritos al
surrealismo, serían heterosexuales.

83
ascesis de la construcción de su virtud perdida
entre las sombras entropizadas del humo por
detrás del cual el bicho que fue quedaba recluido
por la “mera” organización del Tiempo: pero ser
héroe en esta historia no es tan fácil como en la
primitiva serie de los 60. Ahora, aquí, no sólo se
trata de la inmersión sabihonda y ubicua que
realiza pequeñas intervenciones de corrección en
la historia para que la coherencia estética de
aquella refulja clásica y comprensible. Aquí, ahora,
el héroe, además de intervenir en una historia
cuyos personajes esperan un mero retoque esti-
lístico o estético, tiene ante sí el trabajo de
reanimar a los personajes, no necesariamente
arrumbados en el ámbito arrinconado de un
pasado polvoriento y estático, pero sí olvidados de
la melodía y el ritmo originarios que los animaba y
les prestaba esa espontaneidad y esa pátina de
verité. (Que, como marionetas, recuperen la gracia
de los prístinos tiempos anteriores a la caída
gracias a los hilos invisibles de la vida venciendo
la gravedad del pasado que todo lo empuja hacia el
abgrund, allí donde Mnemosyne no reconoce su
propia y hermosa cara...) Acercarse a personajes
desanimados por una postura corporal y vital
cuyos hilos han perdido su tensión primera,
agitados torpemente en una danza ebria, desor-
denada, sorda a toda trompeta demiúrgica o
wagneriana capaz de abstraer de su desarmonía y
disonancia cualquier noción de arte total o reflejar
una posible “música de las esferas”. Botellas
lanzadas al desierto del mar que cobijan en su

84
interior a neurasténicos barquillos ahora pene-
trados en todas sus afiligranadas cuadernas de
una aversión a su antigua madre, la mar... Esta
botella, i. e., se quiebra en un patio baldío de las
afueras de Asunción, allí donde suelen ser aban-
donados algunos de estos coches que ya han
perdido su vida funcional y a los que no les queda
más que la vida oxidada de refugio para indigentes
o transhumantes, que en realidad tiene más im-
portancia en la numerología de las estadísticas,
como doña Irma, y, a veces, junto a ésta, también
algún galán de nariz colorada dispuesto a com-
partir sus francachelas, encendidas como fuegos
fatuos de la miseria y el abandono, después de la
vida de perro que consiste en la rutina mal pagada
de limpiar el sacrosanto templo de esa institución
llamada familia burguesa. En uno de sus devaneos
callejeros, preferentemente en un otoño frío y
solitario, devaneo emprendido, como siempre, para
desempolvarse del tedio burocratizante y abatanar
los ácaros de la casa de los locos de nuestra recién
estrenada adolescencia, N. ha tenido la visión de
su hogar. Doña Irma, además de habitar un coche
oxidado como refugio contra el absurdo, como
teepee de las praderas al cual desciende el dios,
también habita en la casa incorpórea de la vox
populi, del radio so’o que tejen los alaraquientos y
los temerosos contra los individuos excéntricos,
contra toda esa gente que, sin llegar a molestar
intelectualmente, sin embargo ocupa y “propala”
posiciones de excepción y marginalidad. Un caso
famoso en la súper vertiginosa existencia de doña

85
Irma fue el recogido en aquella anécdota según la
cual, con la excusa de que, al fin, iba a limpiar el
patio de los matorrales y yuyos anticivilizatorios
que ahogaban su cuchitril, había tomado prestado
un machete; este objeto, objeto honesto y utilitario
par excellence, terminó sus días en el museo de
oportunidades previo pago o trueque de dinero;
vamos, en una vulgar y cotidiana casa de empeños,
para ir tirando, para financiar una de las co-
tidianas francachelas de Fortín de doña Irma y su
amante de turno. Quién, niño o adolescente, padre
serio y responsable o madre prisionera y celosa, no
la recordaba saliendo de algún coreano con la
alegría juvenil de la expectativa de todo lo que
vaticinaba la botella de litro de caña de la más
baja estofa de la galaxia, con la narizota colorada,
la piel blancuzca, casi albina, plagada de arre-
guillas traviesas de su cara, el cuerpo enjuto y
huesudo, con los calcañares y juanetes, las rótulas
y los hombros aristudos y cortantes, el rouge pinta-
rrajeando con trazo burdo y violento sus labios
paspados por el frío, el vestidito floreado más
miserable que cursi, soltando su risa entre lujo-
riosa y achispada, enfilando, con el amante de
turno como un juguete de madera anudado a su
pulgar, para sus pagos, una especie de muladar
visitado por la más enrevesada y multicolor fauna,
quemadero de desechos ad hoc, hospicio ominoso
de abortos obra de la costumbre feticida e in-
fanticida de jovencillas distraídas, casa de citas de
amantes precoces y demasiado insolventes para
pagarse un motel, cazadero de poha ro`ysa entre

86
los espinosos ñanas, coto de artesanos im-
provisados en busca de las tacuaras esenciales
para armar el pesebre navideño, espacio mínimo y
angustiante de ilicitud, desenfreno y caos allí, en
medio del vértigo estentóreo del ritual de la vida
humana seria y productiva.
Él había caído más de una vez, bajo el efecto
de los narcóticos de la mecánica social repetitiva y
silenciosa en sus aceites que danzaba insomne,
bajo la subversión y el terrorismo vital de doña
Irma, enfrentando su hastío de púber con la
vitalidad loca y ebria de ella.
Se decía de doña Irma que tenía una hija
que había estudiado, que había conseguido un
título, que se había casado y que había obtenido el
enchufe de un puesto ministerial y/o comercial en-
copetado y lleno de perspectivas de crecimiento
exponencial en la sociedad asuncena, hija a la que
no le quedó otra opción que la de volver las
espaldas a su envejecida y mamona madre. Hoy
doña Irma, desvelados el velo y las máscaras del
vodevil que un dios de pésimo gusto prepara cons-
tantemente y hace representar una y otra vez, ha
adquirido para N. una dignidad de Antígona, una
grandeza triste de víctima sacrificial ofrecida en la
mesa de los señores para que la broma siga
aunque ya nadie ría o siquiera simule falsamente
el espasmo de la risa. Irma de Lambaré, Irma de la
Vía Láctea, Irma del quásar de los desdichados.
My way, se dice a veces a sí mismo, está iluminado
con las lágrimas de aguardiente de Irma, la fácil,
la diosa de mi barrio, de mi adolescencia y de mi

87
pasado, generoso pasado al que fueron a parar
todos los sub-proletarios del mañana y de la
mentira. Adiós, murmura, mademoiselle, sacán-
dose parsimoniosamente el sombrero.

N. regresa de los extramuros de la ciudad, de la casa de P.


acaso, domingo al atardecer, en un colectivo relativamente vacío,
sostenido sobre la inestabilidad del mundo por el cansancio del
chofer y por la varita mágica, estruendosa sin quererlo realmente,
de un exitazo cachaquero. La jornada dominguera en una de las
ciudades-dormitorio ahora refluye, suave y fresca, como cuando se
abandona el estado de estupor producto del cáñamo índigo sobre
el cerebro ―un cartel crumbiano da la imagen exagerada pero real
de tal experiencia― hacia la vigilia que paulatinamente empieza a
ahogarlo con los efluvios razonables de sus monótonas ondas beta.
La literatura, filosófica8, mágica, antropológica, histórica; el cine o
8
Las relaciones de ese género específico con la panda de N. quedan
fuera de las ambiciones de este modesto proyecto literario. Otro texto,
ya mencionado o citado en algún momento de esta historia, relata las
aventuras de esa cofradía de tres o cuatro muchachos, habitués de una
librería de viejo en convergencia con el hábito de la adquisición de los
alimentos de la psique en la Chaca o donde los hippies-artesanos de la
plaza, allá por las épocas de la instauración de la democracia. Como
resumen apurado, se pueden señalar algunas características: un librero
empotrado en un inmundo local con sus libros nunca sacudidos del
polvo que los cubre; en realidad, una cochera estrecha y ciega, con un
dueño medio loco o muy astuto como un judío en los negocios, que les
compra sus bataille, sus derrida, sus deleuze y también títulos de otros
autores, parecidos a estos, del resentimiento francés, y que se los
compra sólo a ellos, a los de la tríada jointsera, pues el negocio va más
bien por el lado de la venta vía teléfono a encumbrados políticos con
pretensiones, de literatura política, marx, bobbio, etc., y los mu-
chachos, después del increíble y nuevamente exitoso intercambio,
como pequeños animalitos encantados por una especie de dios pan, se
apresuran a embolsarse las calderillas fruto de la transacción e ir a
rescatar un toco de grass en los bajos, tortas de cannabis dulcísimas

88
el fármaco de autor; el rock-pop y sus tres revoluciones por
minuto, etc., han agitado ese cóctel que ahora ha dejado en N. una
leve resaca, en el enredamiento del cabello y en el sudorcillo. O
más bien en la mezcla de cerveza exhudada por los poros y de
sudor, en los tradicionales ojos rojos cuyo color delator, por la
pésima calidad de la iluminación del micro, nadie puede percibir
en realidad. Ya hemos dicho que viajan en el colectivo como 4 o 5
personas. Entre ellas está una chicuela que le ha echado el ojo a
nuestro héroe. Miradas van, miradas vienen, terminan bajando por
el centro y guareciéndose en un hotel para pasar la noche. La
cópula, breve y torpe, ha sido insatisfactoria para N., y, en el
trance de profundizar éste en la satisfacción de sus apetitos, ella se
ha quedado profundamente dormida. Parece que la jornada de la
chica fue más intensa; recordemos la omnipresencia estupidizante
del calor, sumada al consumo de cerveza, brebaje que en el fondo
produce un efecto generalmente nárcotico sobre el cerebro, sin
contar con el hito amenazador del luneró en el horizonte in-
mediato, del laburo que no perdona placeres ni experiencias fuera
del marco establecido, que no olvida nunca las leyes del yana-
conazgo, la corvea, el régimen de mita de una semana normal que
ha quedado atrás. Pero N. descubre, a eso de la 2 o 3 de la ma-
drugada, cuando, también rendido ya, unos quejidos de su amiga
pohei la ponen sobre el tapete de la realidad, la absoluta
preeminencia del cuerpo femenino por sobre el masculino cuando
de sexo se trata. Cuando el día empieza, bajo una llovizna deliciosa
y fresca, N. realiza unas pequeñas compras en la far-
macia ―análgésicos, artilugios indispensables para la intachabilidad
de la mujer en estos casos―. Al regreso, se da cuenta de que no ha
usado preservativos, empujado por lo imprevisto del caso y la
felicidad muy apreciada por él en experiencias de esa laya, de las
que todo sentimentalismo está excluido, en las que sólo vive la
coreografía de los cuerpos y el milagro de los encuentros
espontáneos. Y, por la ilusión de libertad que el episodio abre y

en los puestos de los hare krihnas, cocaína de manos de los travestis,


etc. Daban al césar lo suyo, en un perfecto y hoy inencontrable equi-
librio entre la moda y los deseos.

89
enmascara ―recuerda una aventura anterior, en la que literalmente
fue secuestrado por una mina que lo quiso monopolizar bajo la
amenaza de un impresionante facón si incurría en cualquier
infidelidad; ella, morena y de armas tomar, loca de atar y con alto
toque marginal, pero simpática en el fondo, joven y casi bella―,
ambos se dan un beso como si fueran viejos y lujuriosos amantes,
intercambian sus números de teléfono, y él le desliza un billete en
algún bolsillito (ella, por su parte, no atina a esbozar defensa
alguna ante tan violento ataque a su dignidad, no rehuye, púdica o
desdeñosa, su posible inclusión o confusión con el mundo pros-
tibulario, sino que acepta, al parecer sin mayores escrúpulos, ese
certero y rutinario gesto machista), invisible en su vestuario
dominguero ligero y libre de carteras. N. paga al conserje y sale a
enfrentar la garúa, sin querer darle vueltas a ese juego perverso de
adoptar posturas ritualistas, y realistas según los muchachos —“le
servirá para el pasaje”, en la versión más ingenua; “para comprarse
jabón”, en la más cruda—, en su caso totalmente inédito.

Persona que sufre sonambulismo “de auto-


sabotaje”. Por ejemplo, esconde objetos en sus
peregrinaciones sonambulescas y, cuando des-
pierta, no puede volver a encontrarlos, ni volver a
remontarse en el juego que va de lo frío a lo
caliente. Posibles consecuencias: a) dos mundos
con “nexo analfabeto” o “chamán ignorante”; b) el
vaciamiento, imperceptible, cotidiano, progresivo,
de un mundo hacia el otro.

H: ―Las pesadillas de juventud tienen un aire de que el


individuo está conectado a la totalidad de lo social, de las psiques,
qué sé yo...
N: ―Recuerdo, hablando de S., esas noches de la
juventud ochentosa, siendo yo insomne, fácilmente irritable,

90
estando siempre angustiado, ciclotímico, inquietado cons-
tantemente por pesadillas. Si seguimos tu idea, lo mío no iba por
aquello de la angustia sexual, ni de la vaguedad de lo existencial,
sino —lo aclaro, solamente estoy siguiendo tu estúpida idea— que
presumiblemente se producía porque en el fondo, allí donde la
constelación del perro hace contacto con el entramado intonso de
las neuronas, éstas, a su vez, se conectaban con el sufrimiento
gemebundo, solapado, ahogado, de mis congéneres bajo el yugo
de la checa stronista; sí, tiene lógica... puede ser...me parece que el
hambre ha dado esta vez sus frutos más comestibles.

La arquitectura esencialmente reducible a


la fortaleza o el castillo medievales: lugar de-
fensivo, no habitable, en el sentido del habitar
como rutina que tiene sus miras puestas en la
expansión y la libertad de los cuerpos, en su rela-
jamiento muscular, en su distensión en una
cotidianeidad que no admite nada de crispamiento
onda “movilización total”, guerrera o productiva.
Un guarecerse sería lo suyo, más que un habitar,
que indica un espacio dominado por el hábito,
mientras que lo primero, el guarecerse, viene de la
guarida, concepto troglodita desde donde se lo mire.

91
92
6. Señor farmacéutico.

“Mira. Aquí, allá, por todas partes te rodea un mundo


de fantasmas; estás asediado sin cesar por visiones, por
“apariciones”
Max Stirner

El general le habló hoy de su época chaqueña, no sé cómo


pero se enteró que N. dio una vueltita por allí, pero sirvió de
excusa para relatar su experiencia de la guerra fría, concretamente
la vivida durante los años sesenta. De Lóbrego, zona que des-
conocía su amanuense-oyente totalmente hasta que el militar
retirado, superando su artritis y su rema, se levanto del sillón de
orejas, se equilibró sobre sus pies gotosos o diabéticos y,
extendiendo un dedo deícticamente rafaelista, apuntó en un punto
sin mayores enclaves urbanos, perdido entre la frontera boliviana,
acaso un espacio cartografiado apenas por los pies mitológicos de
los ayoreos, el punto exacto en mapa de tan oscuro enclave. La
visión del general era tan novedosa y clara que N. no se esforzó en
recurrir a la taquigrafía, arte en la que por lo demás nunca había
sobresalido, sino que se quedó atónico escuchando el relato.
Después, este sí era un método que le gustaba usar, recurriría a la
reconstrucción y lo pondría por escrito, orgulloso de cumplir con
su tarea de asalariado responsable y cumplidor, salvado súbi-
tamente del parasitismo por lo menos por una vez desde que
había sido contratado. Bueno, los yankees urgidos por la paranoia
anticomunista —la censura de A day en the life fue el punto
delirante que alcanzó esa cabeza al frente de la cruzada— coparon
esa zona usando, como excusa para su incursión, tácticas de
entrenamiento rutinarios dentro del contexto del Operativo
Cóndor y, a veces, a actos de beneficencia a través del Peace Corp.
Allí en lo impenetrablemente oscuro montaron una pista de
aterrizaje improvisada, toldos de gutapercha o tafetán enriquecido
extendidos sobre esa tierra talcosa y rebelde, plagiando las
modernas técnicas del arte de vanguardia desarrolladas en el MIT

93
por esa misma época (cuyo uso más popular e inofensivo N.
conocerá mucho después en, por ejemplo, la proliferación de
gigantescas botellas de Coca-Cola infladas impúdicamente en las
aceras de los supermercados y malls, en la Expo de Roque Alonso
y otros lugares de esa tendencia). El ex general comenta que
quince días fueron suficientes para que la Fuerza Aérea ocultara en
el vientre del Chaco su arsenal de misiles apuntando a Moscú y
ocasionalmente a cualquier país simpatizante de la peste roja.

Amigos. Esos que te visitan o invitan a su


casa, te obligan a bajar el volumen de la música
para hablar o escuchar lo que se habla, que pien-
san que la especie sapiens pueda sucumbir a
alguna idea o frase interesante o graciosa, esos que
ponen la palabra por encima de la música.
Esos condenados a ser turistas nostálgicos,
que no se cansan de contar que en Paris tal cosa
(v.gr. la imposibilidad de encontrar yerba mate
paraguaya), Bolivia esto o aquello (las mujeres no
usan bombachas), Zanzíbar eso otro (el viento
Norte no produce extrañamente dolor de cabeza),
Curuguaty eureka (Artigas jugaba al fútbol con los
avá), etc.

La psicología asuncena se divide binariamente en: los que


andan en coche y los que viajan en colectivo. Los primeros son
seguros, con una autoestima vanguardista, prepotentes, frenan
cuando quieren, aceleran si van con humor de perros, pisan perros,
gatos, sapos, abuelas, mendigos y (pasos) de cebra cuando los
peatones miran impotentes tamaña trasgresión vial. La voluntad
de poder nietzscheana es caricaturizada, o llevada a sus con-
secuencias extremas, pero totalmente lógicas. Están a-

94
costumbrados a que las chicas les tengan siempre presente por la
prepotencia tecnológica que usan como montura, como unos
neocaballeros cromados. Los segundos9 ya vienen alicaídos desde
el principio, teniendo que rumiar la paciencia de los sabios,
aprender la ataraxia, mientras esperan la aparición de algún
destartalado y furibundo colectivo. No deciden donde frenar y
parar, no pueden apurarse, el movimiento en el fondo no depende
de ellos, van, siguiendo la corriente, tragando su saliva paranoica,
que si ahora los asaltan, los despojan de su salario recién cobrado
que ya tiene dueño, si algún loco sube en esa maldita parada de
panchero intoxicado de jugo loco y se pone a disparar al azar
como en las películas yankees. N. y la mayoría de los socios que
orbitan alrededor de él pertenecen a esta familia apocada, pos-
tergada, que siempre llegan tarde al trabajo, si la tuvieren, al cine,
como si eso importara, al partido de fútbol, inseguros siempre,
teniendo que seducir en un vehículo en movimiento, allí donde el
arte de la oratoria y de la gesticulación escénica se restringe al
9
Aumento del culo de Dios, ensayo novelesco, novela de tesis
pornográfica, ahonda en esa problemática. Busca el origen de esa
panda de inútiles en estructuras como el tupanói (costumbre observada
preferentemente en chicos, que consiste en pedir la bendición a un
pariente, tío, abuelo, padres, muy extendida todavía durante la infancia
de N., y que en el caso de nuestro héroe acabó un día ya fastidiado de
tanta ceremonia, advertido que el respeto a los mayores había sido
vencido cuando en fiestas navideñas llegó a compartir unas latitas de
cerveza con la tía diabética, sobrino y tía compinches en el acto
sacrílego de beber juntos, unidos por mísero acto mal visto en la
familia, la tía de pocas pulgas y despotricadora profesional que
terminaría muriendo de su afección crónica, que era una de las
predeterminaciones, junto al cáncer, que se cernían no sólo sobre él
sino sobre la familia toda) a la hoy ya apenas perceptibles en la
generación más joven, posdictatorial, a no ser en enclaves muy
tradicionalista, y en especial en la campaña. El título alude al pedo
rebelde y demoníaco que se atrevió a inundar con sus miasmas el
sacrosanto espacio del templo cristiano y que roería con una obsesión
culposa durante toda su adolescencia al buenazo de N. y al mismo
tiempo implicaría el hito de que separaría su historia de esta que
estamos relatando a trancazos.

95
campo acotado de un texto nuevoromancero, faltando a citas o
banquetes por la dificultad de retorno a casa, humillados y
ofendidos cotidianamente, desde que la luz roja decide romper la
cadencia de los pequeños pensamientos, la verde los arroja a
literalmente a la nada, el amarillo, a pesar de su consagración a lo
sagrado, es casi inexistente para ellos. Doblemente encerrados,
primero en el tiempo y el espacio, después en la trampa de los
sentidos, más adelante en las lianas estranguladoras del capitalismo,
y por último, en esos féretros ambulantes que los agolpan es-
trechamente con otros infelices en un gremio aleatorio. La pre-
gunta de N. se dirigía a encontrar la respuesta a si el colectivo era
primero (si el colectivo los volvió endebles, quisquillosos y
paranoicos) o ellos (que desesperados por su existencia de se-
gunda fila, manada de relleno fastidiosa que tenían que sufrir a las
bestias rubias estruendosas, ellos, conscientes de su necesidad casi
religiosa exigieron al fin estos aparatejos para expresar su
verdadero fondo vergonzoso y plebeyo).

96
Índice discotequero

Everbody Knows, de Leonard Cohen, 1988, del disco


I am your man, p.5
Sledgehammer, de Peter Gabriel, 1982, del disco
Peter Gabriel, p. 2
Nueva aurora que cae, de Joy Division, 1979, del
disco Unknow pleasures, p. 10
Nueva aurora que cae, de Joy Division, 1980, Live in
Amsterdam, pirata, p.10
No pare: cabaret erótico, Soft Cell, disco de 1981, p.
21
I wanna be your dog, cover en vivo (de la canción de
The Stooges) de Sonic Youth, 1992, del video-disco
1991, The Year Punk Broke, p. 36
Ella flota para siempre, Hüsker Dü, 1987, del disco
doble Warehouse & Songs, p. 43
Psichocandy, disco de The Jesus & Mary Chain,
1986, p.43
Pioughd, disco de Butthole Surfers, 1991, p.43
Locus Abortion Technician, disco de Butthole Surfers,
1987, p.43
Hairway to Steven, disco de Butthole Surfers, 1988,
p.43
Isn’t anything, disco de My Bloody Valentine, 1988,
p.43
Headless Body in Topless Bar, disco de Die Haut,
1988, p.53
Die Hard, disco de Die haut, 1990, p.53
Le état et moi, disco de Blumfeld, 1993, p.53

97
Strategien Gegen Architekturen, disco de Eins-
türzende Neubauten, 1984, p.53
Learning English, Lesson One, disco de Die Toten
Hosen, 1992, p.54
Malaria, de un 10 pulgadas de la década berlinesa
de los 80, p.55
The Deeps, concierto en vivo en el Cerro Lambaré
por radio Primero de Marzo 780 Am., circa 1983, p.55
Un pueblo llamado Gran Nada, Elvis Costello and the
Attractions, 1986, del disco Blood & Chocolate, p. 62
The Crime & City Solution, del EP The Dangling
Man, 1985, p.62
Room of Lights, disco de 1986, p.62
Banda sonora de la película Alas del deseo, de Wim
Wenders, 1987, p.62
The Compiladed 1984-89, disco de Poesie Noir, 1989,
p.62
Zij is blij, de Aroma di Amore, 1985, también en la
compilación más nueva Guitars & Machines Vol.1, 1995,
p.62
First and Last and Always, disco de The Sisters of
Mercy, 1985, p.62
The Waking Hour, disco de Dali’s Car, 1984, p.62
White Coast, disco de New Model Army, 1988, p.62
Radio Sessions, disco de New Model Army, 1988,
p.62
Vengeance, disco de New Model Army, 1989, p.62
Señor farmacéutico, The Fall, en el disco Bend
Sinister, 1986, p. 70

98
A day in the life, versión (de la canción de The
Beatles) de The Fall, 1983, del disco colectivo Sgt. Pepper
Knew My Father, p.70

99
Índice onomástico

100
Índice

Epígrafe principal

Prólogo

Texto narrativo-ensayístico

Apéndice

Índice onomástico

Índice bibliográfico

Índice discotequero

Mapas de Asunción

101

También podría gustarte