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Aurelio Morales Posselt NO.

de cuenta: 401034112
Trabajo final para el seminario de posgrado 2019-1: Indígenas, Estado y nación en América Latina

El movimiento mapuche, entre el reconocimiento


la represión y la securitización.

El Mapuche, uno de los pueblos originarios con mayor número de auto adscripción identitaria en
América Latina y por mucho el mayor en Chile1, ha enarbolado, sin lugar a dudas, una de las
batallas más significativas por la sobrevivencia soberana y cultural en la región. Su esfuerzo ha
significado una vanguardia en la lucha internacional de los pueblos originarios por el
reconocimiento de sus derechos, la deuda ancestral que tienen los Estados modernos con su
cultura y población, así como por la defensa del derecho a la autonomía.

Si bien, en Chile, gran parte de su población mapuche se encuentra hoy en día viviendo en las
grandes urbes; se reconoce a la región de la Araucanía como el territorio donde se enraíza su
cultura e identidad. Este territorio no fue conquistado por la corona española, pero sí por el
Estado chileno y luego fue concecionado, en su mayoría, a un puñado de empresas de magnitud
internacional para su explotación minera, agropecuaria y sobre todo forestal. Esta ocupación de la
Araucanía tuvo como consecuencia el confinamiento del pueblo mapuche en comunidades
aisladas y una abrupta trasformación del ecosistema; la flora originaria fue sustituida por bastos
campos de pino y eucalipto, plantas no endémicas de la zona, pero importantes para la industria
de celulosa. Este cambio ha afectado tanto a la flora y fauna del lugar, como a la vida del mapuche,
acostumbrado a hacer uso de las plantas endémicas en su dieta, medicinas y rituales.

Hoy los mapuches luchan por recuperar ese territorio del que fueron despojados; no solo las
tierras, sino, todo un modelo de vida, una cultura y una historia que tiene ahí su enclave, pero,
que se mantiene en constante amenaza por la creciente sed de despojo capitalista-extractivista.
Violentados en sus orígenes, muchos mapuches reivindican métodos destructivos de los bienes del
winka (o blanco) como herramientas de expresión y lucha libertaria en demanda de autonomía y
reconocimiento como una nación originaria. Ante estas reivindicaciones, el Estado chileno post-
dictadura ha generado una respuesta al parecer ambivalente; por un lado le reprime con violencia
y utiliza todo el peso del aparato jurídico-judicial para perseguirlos y encarcelarlos. Por el otro, ha

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Según el último censo, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística (INA) de ese país, para el 2017,
1,745,147 habitantes se declararon Mapuches y de ellos una tercera parte viven en la capital, Santiago,
representando además casi el 80% de la población que se declaró perteneciente a una etnia indígena en ese
país. (Villalobos, 2018).

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generado múltiples programas de apoyo a las comunidades mapuches, firmado acuerdos
internacionales y constituyendo instituciones internas que favorecen al empoderamiento
indígena. Ahondemos en el análisis de estos eventos y las relaciones de poder que se han
desarrollado entre el Estado chileno y la Nación Mapuche.

Una historia de despojo y resistencia


La del pueblo mapuche es una larga historia de despojo y represión, pero también de resistencia y
autoafirmación; la cual se ha visto reflejada en múltiples logros a favor del reconocimiento de los
derechos de los pueblos originarios, tanto dentro de chile, como en el resto del continente.

En el tiempo de la colonia, a pesar de que muchos mapuches vieron sus tierras ocupadas por los
colonos españoles y su vida reducida al vasallaje, este pueblo logró mantener su soberanía sobre
amplios territorios del cono sur, no sin conflictos ni pérdidas humanas. En el caso chileno, del que
nos ocupa este ensayo, la nación Mapuche mantuvo su libre determinación sobre un territorio de
más de 10 millones de hectáreas; que abarcaban el territorio conocido como La Araucanía, desde
el río Biobío hasta la Isla de Chiloé.

Es con la independencia de Argentina y Chile de la corona, que muchos Mapuches datarán el inicio
de la conquista de sus pueblos y territorios. En ambos casos, entre 1860 y 1890, los gobiernos
independientes de los recién formados Estados financiaron campañas bélicas de conquista y
aniquilamiento de los pueblos indígenas sobrevivientes al sur de sus territorios. Estas campañas
fueron eufemísticamente llamadas (pues desde el punto de vista de los pueblos mapuches y otras
etnias locales, se trató más bien de un genocidio) conquista del desierto en Argentina y
pacificación de la Araucanía en Chile. En este último país, el territorio mapuche se redujo a un área
de 500 mil hectáreas, “otorgadas” (las comillas son para resaltar el sinsentido de la expresión) por
el Estado chileno, a través de lo que en su momento se denominó “Títulos de Merced”. A través de
estos documentos el Estado chileno se comprometía a respetar la autonomía de los pueblos que
reconocía, pero a cambio pedía que sus lonkos (sus autoridades) establecieran una relación
institucional con el Estado chileno que, a decir de Donoso (2010), terminó por mermar la supuesta
autonomía.

Estos pactos de respeto territorial lograron sobrevivir hasta la dictadura de Pinochet; pues, en el
año de 1978 su gobierno promulgó la “Ley de Expropiación de Tierras”, a través de la cual se
anulaba el derecho a la propiedad comunitaria, que es como se establecía legalmente al territorio

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mapuche. Sin embargo, el pueblo mapuche resistió el embate y sobrevivió como identidad
cultural; no obstante, fue fuertemente golpeado, manteniendo, en aquel entonces, un reducto de
relativa autonomía de poco más de 300 mil hectáreas.

Es durante el periodo de la dictadura (de 1973 a 1990) que se constituyó el espíritu de liberalismo
económico que hasta hoy atraviesa la política de estado chilena. Con un afán industrializante, el
gobierno pinochetista estimuló la ocupación de la Araucanía por parte de latifundistas y
empresarios de la industria forestal y extractiva, otorgando enormes áreas naturales a pocas
manos, muchas veces extranjeras. Al mismo, tiempo se generaron leyes de propiedad y
explotación de recursos que enfatizaban la protección de la propiedad privada como un derecho
fundamental y que, aunque no otorgaba el dominio de los recursos de la tierra a particulares, si
garantizaba y protegía su usufructo a partir de concesiones. En muchos sentidos, estas
regulaciones y políticas de Estado respecto al territorio continúan vigentes en el Chile
contemporáneo.

Es también durante la dictadura que se crean las estructuras jurídico-judiciales que


posteriormente utilizará el Estado democrático para imponer su orden a las rebeliones Mapuches.
Aunque fue creada décadas atrás, es durante la dictadura que la institución de Carabineros –por
mucho el cuerpo policial más robusto de Chile y principal protagonista de la represión mapuche en
tiempos de democracia– refuerza su vocación vertical militar con la que fue fundada; pues, al
mando del General Augusto Pinochet se encargó de proteger el orden social interno de la nación.
Ello, a costa de la violación de los derechos políticos y humanos de quien, se considerara, cumplía
el perfil de amenaza al status quo.

Ni las leyes, ni la estructura judicial escapan, desde ese entonces y hasta ahora, a la lógica de
dominio militar interno que impone la dictadura pinochetista; pues se crean normas, tanto para
castigar cualquier cuestionamiento o irrupción política (cómo la ley antiterrorista), como para
mantener el control por parte del ejecutivo de los contrapesos institucionales2. Al día de hoy,
muchas de estas normas permanecen, aunque con modificaciones, vigentes en su esencia y
forman parte de los recursos jurídicos de los que echan mano las estructuras de poder para

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Apenas en 2017 una importante asociación de juristas llevó al estado chileno ante audiencia en la Comisión
Interamericana de Derecho Humanos demandando la reforma a normativas de vigentes, desde estos
tiempos, que delegan, por medio de criterio como “buen” o “mal comportamiento”, el poder de nombrar y
quitar jueces a las autoridades legislativas y ejecutivas. Esta audiencia puede observarse a través de la liga:
https://www.youtube.com/watch?v= VGKvcLSPvfE

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reprimir las manifestaciones sociales y los actos de disidencia política (recordemos que el fin de la
dictadura no significó el fin de la constitución que la sustentaba).

El fin de la dictadura y el comienzo de la criminalización


Muchas de las tierras que la dictadura pinochetista despojó a los mapuches fueron otorgadas a
particulares sin documentos que oficializaran la entrega; por ello, con el fin de la dictadura y el
comienzo de los gobiernos considerados democráticos, los Mapuches vieron una oportunidad para
restituir algo de su territorio perdido; máxime cuando el primer gobierno de la Concertación,
dirigido por Patricio Aylwin (1990 – 1994), creó la “Corporación de Desarrollo Indígena”, la cual
tenía por misión velar por la defensa de los derechos de las comunidades originarias. Sin embargo,
la restauración de las tierras no se dio del todo, y cuando sucedió, fue nuevamente a través del
conflicto, la represión y las pérdidas humanas.

La apertura a la democracia en Chile, no ha significado para los Mapuches sino la continuación de


un etnocidio y despojo territorial que comenzó con la colonia, al menos para quienes luchan por la
recuperación de sus territorios y el reconocimiento de su independencia identitaria y cultural:
“¿Qué tenemos que festejar nosotros? ¿Qué tenemos que conmemorar? NADA, PU LAMGEN,
NADA” declaraba públicamente en una carta la Organización Mapuche Meli Wixan Mapu (2009)
ante la cercanía del bicentenario de la fundación de Chile y su independencia de España.

A partir del fin de la dictadura pinochetista, el pueblo mapuche en Chile, no logra la recuperación
de tierras deseada; sin embargo, sí comienza un proceso de reforzamiento de su identidad
colectiva como nación originaria, una nación que ha perdido territorio (ancla de su identidad
originaria), pero que ha logrado mantener viva su cultura, sus prácticas rituales, su música y su
lengua. Ello, a pesar de la usurpación territorial, la reducción de su población, el estado de pobreza
al que se le ha confinado y la consecuente diáspora hacia las grandes urbes winkas. Porque la
lucha por el territorio es una lucha por la soberanía, pero también es una lucha por la identidad; es
el espacio de producción y reproducción de la cultura que identifica a un pueblo y lo diferencia de
los demás.

En este proceso, la nación Mapuche también ha logrado que sus esfuerzos en la defensa de sus
derechos como pueblos originarios se visualicen y generen reconocimiento y apoyo tanto entre los
propios chilenos como en el exterior. Su voz y su lucha han suscitado, tanto dentro como fuera de
Chile, cambios a favor de los derechos de los pueblos, del derecho a la vida digna, al

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reconocimiento igualitario de sus formas organizativas y culturales y el derecho a ser escuchados,
entre otros. Éste es el sentido de las palabras de Jorge Weken, del departamento Mapuche de Kos
Kos, cuando se dirige, en audiencia, a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
durante el 154 periodo de sesiones.

Recordamos la ratificación del convenio (169 de la OIT), en el año 2008, no fue


producto de una buena voluntad de parte de la presidenta Bachelet, sino, más bien,
fue por la presión que ejercieron los pueblos indígenas, particularmente nosotros
como mapuches, por una parte, y, por otra parte, eso fue también ratificado por los
diferentes relatores que llegaron a Chile y a través de diferentes organismos de
derecho internacional quienes también manifestaron su apoyo.3

Sin embargo, logros como el anterior, no han sido fáciles ni gratuitos; de hecho, en muchos casos,
no reflejan más que la cara brillante de una moneda que, al otro lado, está marcada por una
violenta criminalización de esta misma lucha; un trato de constante menosprecio y racismo
proveniente del estado chileno democrático y las autoridades que lo representan. Marcada
también por campañas des-culturación, que de manera indirecta son provocadas por la lógica
capitalista-extractivista que atraviesa toda política territorial de Chile, y, de manera directa, son
efecto de la lógica educativa oficialista que, hasta hace poco, depreciaba la especificidad de lo
local y negaba valor comunicativo a la lengua Mapuche.

No obstante el maltrato institucionalizado, debe también reconocerse, como señala Javiera


Donoso, (2010), a partir de la década de los noventas, un proceso de reconocimiento del alto nivel
de pobreza en que vive la mayoría mapuche y, ante ello, de una constante institucionalización del
asistencialismo de Estado. El fin de la dictadura no podía darse sin una reivindicación de los
derechos humanos, civiles, políticos y sociales. Los nuevos gobiernos surgidos de la Concertación,
ya no podían sentarse en la silla de mando sosteniendo un discurso que restringiera estos
derechos. Aunque negociaran la impunidad de genocidas y represores e hicieran la vista gorda
respecto de la continuidad de la lógica de dominio vertical y de total apertura económica que se
mantenía en la constitución y en las políticas públicas hegemónicas, estos gobiernos de extracción
democrática debían mantener un rostro humanista, al menos en el discurso y en las acciones más
visibles. Los movimientos de protesta ya no podrían restringirse bajo el argumento de garantizar el
orden público. Este contexto significó para la causa Mapuche, así como para muchos ciudadanos y

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organizaciones civiles, una ventana para abanderar la reivindicación de varios derechos hasta
entonces ignorados. Sin embargo, también significó el enfrentarse a una nueva lógica de
organización social y dominio de Estado; la lógica de la securitización.

Del orden social a la seguridad ciudadana; la lógica de securitización y el mapuche


como enemigo
Si bien, en cuanto a estructura y reglamentación, la transición a la democracia no implicó cambios
sustanciales en las instituciones policiales, para el estado chileno el fin de la dictadura sí significó
un cambio en la perspectiva de seguridad. Una vez que terminó la dictadura, la política policial viró
de un enfoque de seguridad nacional a uno de seguridad ciudadana. Una seguridad ciudadana que
pone el acento en la seguridad del individuo y de los bienes materiales. Esta política ha sido
denominada por algunos autores como populismo penal y se caracteriza por “la utilización de la
persecución judicial y el endurecimiento del castigo como recursos privilegiado para enfrentar el
problema de la inseguridad” (Pincheira, 2014). Generando, vale agregar, la imagen de una fuerza
eficaz e interesada por la seguridad de la población, pero que, a su vez, se mantiene hermética a la
ocultación civil.

Todo comenzó, señala Tudela (2011) a través de las encuestas de percepción y el discurso político
“poniendo el tema criminal en el centro de la agenda pública”. El mismo autor narra el proceso
chileno de transición a las políticas de seguridad ciudadana de la siguiente manera:

(Después de la dictadura) los niveles de inseguridad asociados a la actividad criminal


se traducen en una mayor preocupación por aumentar los recursos humanos y
materiales de las policías. El debate público y los pocos diagnósticos que se habían
realizado hasta esa fecha asociaban el problema de la criminalidad a las carencias en
las policías (más que sus competencias profesionales, habilidades y destrezas). Por lo
tanto dejo de atenderse el problema de la gestión y se centró en las necesidades
policiacas, en cuanto factor clave para atacar la inseguridad y la delincuencia. De esta
manera, la relación de los gobiernos civiles con Carabineros tenía como telón de

3
El resto del discurso puede atenderse en la liga: https://www.youtube.com/watch?v=mKamTXUSZSQ

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fondo el incremento del temor al crimen y el aumento de las denuncias por comisión
de delitos de mayor connotación social.4 (Tudela, 2011)

Dado el enfoque en la atención al combate del delito que genera mayor percepción de inseguridad
en los ciudadanos, las políticas de los gobiernos chilenos post-dictadura se centran en incrementar
notablemente el uso de recursos económicos para mejorar el equipamiento de oficiales y las
tecnologías de combate a la delincuencia. De manera abierta o encubierta, se invierte más en
equipo de vigilancia e infraestructura: patrullas, cámaras, computadoras; además, se construyen
más y mejores instalaciones. Igualmente se invierte en la formación especializada de policías y en
tecnologías de espionaje; al mismo tiempo que se fomenta la presencia de policías en zonas
visibles y la detención de delincuentes como evidencia de la actividad policial5. “Se trata de una
transición gradual y la mayoría de las veces casi imperceptible, sólo evidenciable a través de los
discursos institucionales que integran la ecuación: recurso + modernización = menos inseguridad.”
Tudela (2011)6

Sea para reforzar la política de seguridad ciudadana o como consecuencia de ésta, este viraje
genera la naturalización de una lógica de securitización que permita justificar el gasto público en
equipamiento y tecnologías, así como la intervención de la vigilancia en ámbitos de la cotidianidad
de los individuos.

María Laura Böhm (2013), propone utilizar el concepto securitización para nominar un proceso
que se da desde las políticas de Estado y que “consiste en identificar una causa plausible, real o
construida, de amenaza (a los miembros de la sociedad), de manera que ésta pueda ser
presentada públicamente como objeto a combatir, quedando habilitados los medios legales, e
incluso los medios hasta el momento no legales, para la neutralización de la amenaza en
cuestión.”

La securitización es una tendencia mundial. No se trata solo de una nueva lógica administrativa del
delito; sino también de administración política y control social. Los Estados de vocación

4
Tudela (2011) también señala que “a fines de los noventa la prensa refleja un importante grado de
conformidad con la estructura del sistema policial chileno, y escasas críticas a la manera en que las policías
desempeñan sus funciones.”
5
Tal es el incremento en las políticas de detención que autores como Pincheira (2014) señalan que en Chile
actualmente se vive una situación de hacinamiento carcelario.
6
En 2015 durante la inauguración de instalaciones policiales, la expresidenta Bachelet da un discurso donde
esta idea de: mayor tecnología es igual a mayor seguridad, es muy clara. Este discurso se encuentra en la
liga: https://www.youtube.com/watch?v=nn57cs3lzl4

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democrática o en procesos de democratización, cuyos gobiernos abanderan el discurso de los
derechos humanos, ya no pueden justificar los procesos de militarización interna bajo el
argumento de la necesidad de resguardo del orden en detrimento de las libertades individuales.
Ahora, la militarización y el control social se justifican alegando la necesidad de brindar el
ambiente de seguridad que los propios ciudadanos requieren para poder expresar su libertad.
Para ello, en paralelo y para evitar que el ciudadano caiga en cuenta de la evidente contradicción
del argumento, se hace necesario generar un enemigo, un grupo social identificable como
peligroso, pero fácil de distinguir del resto de la población; una alteridad interna de la que la
mayoría de la población pueda desvincularse fácilmente.

Los grupos más vulnerables a ser estigmatizados como “peligrosos”, son aquellos a los que se les
puede tachar de criminales sin ganarse la desaprobación de las mayorías o las élites que
componen una sociedad; por lo general, aquellos grupos cuya imagen ya de por sí rompe o no se
ajusta a las lógicas de comportamiento hegemónico. Por ejemplo: el migrante, el terrorista, el
borracho, el flojo, el anarquista, el mapuche…

La estigmatización de estos grupos permite socializar y naturalizar la percepción ciudadana de que


su vida corre un constante peligro; de que se vive bajo una amenaza latente, cercana; un riesgo
cuya inminencia –siempre presente– vulnera la sensación de seguridad de cada ciudadano. La
protección del ciudadano (del normal, del que contribuye) es la prioridad del Estado y, por lo
tanto, éste redoblará esfuerzos para mantenerle a salvo; enfocando sus recursos en el control y
aislamiento del otro que le amenaza; protegiendo a los ciudadanos de sí mismos, aún a costa de
restringir sus libertades.

Como bien indica Böhm (2013), el proceso de securitización, de construcción del enemigo interno,
requiere de un discurso, de una campaña mediática y política que lo construya, que exalte la
capacidad disruptiva del otro y lo haga ver en extremo peligroso.

Como no puede ir en contra del otro discurso adquirido, el de los derechos humanos, el discurso
de la seguridad proveniente de las autoridades estatales, no puede adjudicar la peligrosidad a un
grupo social o étnico en su totalidad, pues de hacerlo sería internacionalmente tachado de
fascista. Debe hacer referencia a ciertos perfiles estereotípificados al interior de estos grupos: los
radicales, los violentos, los anarquistas, los que no respetan los derechos de los demás; ni siquiera
de los miembros de su mismo grupo.

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Generar espacios de distinción o clasificación al interior del grupo estigmatizado para distinguir a
los “buenos” de los “malos” permite también crear división interna, dando oportunidad a quienes
se identifiquen como miembros de ese grupo estigmatizado de colocarse en una de las partes y
diferenciarse de la otra.

No obstante, es necesario que la línea divisoria que se establezca entre los malos y los buenos de
un grupo sea difusa, que no permita una división tajante o el aislamiento de individualidades
concretas, pues de hacerlo se perdería el efecto deseado: lograr la impresión de un peligro
generalizado y no del todo controlable que, por un lado, sectorice a la sociedad y por el otro,
demande cada vez más y más seguridad al Estado. Así, Donald Trump dirá que no son todos los
migrantes, pero que los malos vienen mezclados y Bachelet y Piñeira dirán que no son todos los
mapuches, pero que los violentos habitan entre ellos7

Las fisuras de la securitización y los triunfos de la resistencia


Atravesada por el discurso de los derechos humanos, la lógica de la securitización no deja de
generar fisuras. Los gobiernos no pueden restringir el tema del reconocimiento y protección de los
derechos humanos a la pura nominación, de hacerlo, de no reflejar las palabras con algunas
acciones, el castillo de naipes se caería al primer soplo. Tampoco se puede traicionar los
argumentos de la propia lógica: si las instituciones son las garantes de la paz y seguridad social –y
es por eso que se les refuerza–, entonces, es deber de los gobiernos respetarlas. Aunque dichas
acciones de respeto se construyan sobre montajes y falsos discursos, algo de real deben tener,
sino, de igual manera, el castillo de naipes se caería al primer soplido.

Queriéndolo o sin querer y, muchas de las veces, a través de grandes sacrificios –indeseables por
mayor que sea la recompensa–, los mapuches han sabido, aprovechar mejor que muchos estas
fisuras. Han sabido visibilizar la sistemática y violenta represión en la que se les tiene;
evidenciando el proceso de estigmatización que el gobierno chileno construye sobre ellos.

7
Durante la última campaña presidencial de chile; el ahora presidente Piñeira, acude a un programa
televisivo donde se le encara con un lonko mapuche, el discurso que hace aquí Piñeira es muy significativo
del proceso de estigmatización que aquí se ha explicado, pues entre otras cosas le dice que no se detiene a
mapuches, sino, a ciudadanos que han cometido delitos y que son mapuches. El video puede observarse en
la siguiente liga: https://www.youtube.com/watch?v=GRO40_30738

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Para construir una imagen de peligro sobre el mapuche, el gobierno usó una carta fuerte y la usó
de manera desmesurada: la ley antiterrorista8. Los mapuches supieron aprovechar esa fisura, a
costa de refugiarse en el último bastión de soberanía que les quedaba (Dasten, s/f), su cuerpo, y
usarlo como herramienta de denuncia, a través de huelgas de hambre.

Los mapuches, quizás asesorados por simpatizantes winkas, han logrado también entrar al juego
desde la lógica del poder hegemónico; llevando su protesta al plano jurídico, ganando batallas,
como aquellas ante la CIDH cuando denunciaron la criminalización de sus lonkos acusados por
terrorismo. En aquel entonces se logró la excarcelación de mapuches acusados y se sentó una
jurisprudencia internacional a partir de la cual otros pueblos originarios pueden demandar el
reconocimiento de deuda histórica que los Estados modernos tienen con ellos, así como el
derecho a la consulta informada y vinculante, a la autonomía y el autogobierno.

Los mapuches también han ganado batallas locales, logrando que el Estado chileno, sin traicionar
su propia lógica, compre y devuelva tierras a los mapuches. Un ejemplo reciente de la capacidad
de este pueblo de actuar bajo la lógica hegemónica para lograr sus cometidos, es el caso de la
comunidad mapuche Ignacio Huilipán contra la forestal CELCO S.A. (cooperativa.cl, 2018). Se trata
de una batalla por el territorio ejecutada plenamente desde el plano legal y que si bien no ha
terminado, hasta ahora se ha traducido en una sentencia que ordena a CELCO regresar al pueblo
mapuche 97 hectáreas que ocupó subrepticiamente.

So pretexto de encubrir terroristas, el brazo armado interno del Estado chileno, los carabineros y
la policía de inteligencia, allanan una y otra vez comunidades mapuches, creando montajes para
justificar su actuar violento e intrusivo ante los ojos de la sociedad. Estos montajes, tiene también
fisuras y varios han sido probados. El último de ellos fue la famosa “Operación Huracan”, al final
del último gobierno de Bachelet, en la que se crearon redes de whats app falsas en las que se
involucraron a comuneros mapuches, estableciendo supuestas conversaciones entre ellos, donde
solicitaban armas desde argentina. Al respecto se logró comprobar que los comuneros no se
conocían y en muchos casos desconocían el uso de la tecnología digital. Los allanamientos también
han perdido legitimación debido a que cada vez son más los menores, las mujeres y los hombres
ajenos al conflicto que han sido víctimas del abuso de autoridad y violencia de los carabineros.

8
De acuerdo a un activista de la FIDH, en aquellos momentos hubo mapuches acusados de terrorismo por
haber amenazado a un vecino, o quemado un predio donde nadie habitaba. La nota puede verse en la liga:
https://www.youtube.com/watch?v=nKcGPvEQDlk 2014

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Éstas y otras fisuras (como las filtraciones de grandes redes de corrupción al interior del cuerpo
policial)9, han generado también sus consecuencias en detrimento de los procesos de
securitización. Logrando, por ejemplo, que la otrora institución policial más respetada y mejor
evaluada de Latinoamérica, los carabineros de chile, tenga hoy las peores evaluaciones de su
historia en las encuestas nacionales de percepción ciudadana.

No exceder la confianza, las fisuras también tienen fisuras


Toda lógica de domino y el discurso que lo acompaña es tal porque es flexible, se adapta a los
cambios y a los retos; de no ser así, el castillo de naipes tampoco se sostendría. La misma lógica de
securitización aplicada al mapuche es ahora aplicada al carabinero. A decir de las autoridades, no
es el Estado, no es el sistema el que abusa del mapuche, el racista, el represor o el asesino de
niños; son unos cuantos carabineros que no representan el corazón de la institución que
representan. Desde esta perspectiva, el corrupto y prepotente no es el aparato judicial; son
algunos mandos que han abusado de su estatus y que deben ser retirados. Apenas en este cambio
de gobierno, y luego de la visualización de las redes de corrupción, un nuevo mando entró a
carabineros, el general Hermes Eugenio Soto. Con su entrada, decenas de mandos fueron
apartados de sus puestos, a algunos se les ordenó su salida y a otros se les pidió el retiro
voluntario.10

Con respecto al proceso de estigmatización del Mapuche, es también posible observar como este
se va modificando según los tiempos y los contextos. En contraste con los del actual presidente de
chile, Sebastián Piñeira, El discurso de la expresidenta Bachelet y de otros de sus antecesores era
más sutil. En éste, se negociaba la recriminación mediática de la violencia que achacaba al pueblo
mapuche con la institucionalización de políticas de inclusión y atención a los pueblos originarios.
Para decirlo de otra manera: si las acciones de protesta internas y las instituciones internacionales
presionaban, la expresidenta Bachelet colaboraba y cedía obedeciendo a estas presiones pero
adjudicándose, en aquellos discursos en los que explicaba su accionar a la ciudadanía, una
conciencia plena del problema y la mejor voluntad para resolverlo. De hecho puede notarse,
durante su segundo mandato la adaptación de su discurso. Una vez que la presidenta vislumbra la
sentencia de la Corte Interamericana a favor de los lonkos mapuches acusados de terrorismo y en

9
Al respecto puede verse la nota sobre el “pacogate” en la liga:
https://www.youtube.com/watch?v=U7kvBFPi-CI
10
Una entrevista al Director de Carabinero Hermes Soto donde se trata el tema, puede verse en la liga
https://www.youtube.com/watch?v=mmexO9iiZhI

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contra del estado chileno, la expresidenta comienza una campaña mediática-informativa en al
que, tanto ella en persona como funcionarios de su gobierno, hacen constante énfasis en la
supuesta política pro-indígena y pro-mapuche que su gobierno siempre a tenido. Como si siempre
hubiera estado del lado de las demandas mapuches, como si no hubiese sido su primer mandato
aquel en el que más mapuches fueron detenidos con cargos de terrorismo11.

Pero, hoy, la postura de Piñeira y sus allegados es otra; si bien en algún momento también ha
reconocido públicamente la deuda del Estado con los pueblos originarios. A diferencia de
Bachelet, el discurso más mediático de Piñeira, aferrado a la lógica de la securitización, despolitiza
totalmente el conflicto con los mapuches. La lógica argumentativa de este gobierno es una que
oculta el carácter político, étnico, cultural y ancestral del conflicto mapuche y lo restringe a un
tema de mera delincuencia. De acuerdo a este discurso, las acciones de represión contra los
mapuches no tienen nada que ver con que sean mapuches, sino conque son ciudadanos chilenos
y, como tales se les trata; a los “buenos” mapuches se les protege —para ello se crean programas
de asistencia—, a los malos, se les trata como lo que son: criminales. Desde esta lógica
argumentativa, si un mapuche es procesado bajo cargos exagerados, ello no se debe a un acto de
represión, sino a un proceso mal llevado, del que cualquier ciudadano puede ser víctima.

Si un mapuche es asesinado, lo es porque “lamentablemente” se encontraba en un contexto de


vulnerabilidad donde eso podía suceder. Esta es la respuesta que se ha dado, por ejemplo, en el
caso del asesinato de Camilo Catrillanca, ultimo mapuche (del que se sabe) fue asesinado por
carabineros durante el presente 2018. Desde el discurso oficial, si Camilo no fue asesinado porque
efectuaba un robo, lo fue en un contexto donde los carabineros protegían a las víctimas, mujeres
con hijos y profesoras. Ante el actual escenario de inseguridad que se percibe en Chile, el gobierno
siempre respaldará el actuar de los carabineros; su principal función es proteger a las víctimas de
la delincuencia y si ello conlleva la muerte de un posible victimario, eso pasa a segundo plano. En
todo caso, cuando la demanda social de justicia ante tal asesinato trasciende mediáticamente,
entonces el gobierno vuelve a encubrirse en la lógica de la securitización, y declara que usará todo

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Sobre la política radical contra el movimiento mapuche durante el primer gobierno de Bachelet, véase:
Donoso, 2010. Sobre el cambio de discurso, puede accederse a la presentación del “Plan Araucanía” que
hace en 2017 a través de la liga: https://www.youtube.com/watch?v=p7SHAVB0628

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Aurelio Morales Posselt NO. de cuenta: 401034112
Trabajo final para el seminario de posgrado 2019-1: Indígenas, Estado y nación en América Latina
el poder de la estructura de Estado para deslindar las responsabilidades de los carabineros
involucrados en tan trágico suceso12.

Corolario: la lucha sigue…


La relación entre el Estado chileno y la nación mapuche es compleja e imbricada; no hay una sola
lógica de Estado, ni una única manera de accionar del pueblo mapuche. Cada parte vive
contradicciones en su interior; sin embargo, no es lo mismo estar situado en la hegemonía que en
la resistencia. La coincidencia de fisuras, compromisos internacionales y movilizaciones sociales,
tanto mapuches como de otros sectores, han impedido que el Estado chileno se haga del control
total del discurso mediático y la producción de verdad con respecto al conflicto y ha teniendo que
ceder, seguramente, mucho más de lo deseado. La acción mapuche y de otros pueblos indígenas,
han logrado que los gobiernos chilenos firmen tratados y establezcan leyes e instituciones que
fortalecen el empoderamiento de los pueblos originarios. Como son los casos del convenio 169 de
la OIT, ratificado diez años después de haberlo firmado, o de las modificaciones logradas a la ley
antiterrorista, o el caso de la creación de instituciones como la Corporación Nacional de Desarrollo
Indígena (CONADI) durante el mandato de Eduardo Frei.

Sin embargo, ninguno de estos eventos puede, ni es, considerado por sus beneficiados, un triunfo
como tal. Si bien los gobiernos chilenos son empujados cada vez con mayor fuerza a consultar a los
pueblos originarios sobre políticas públicas o instalaciones de megaproyectos que puedan
afectarles, los pueblos están muy lejos de sentirse escuchados y respetados. La CONADI si bien ha
permitido da voz a los mapuches donde antes no la tenían, también ha sido manipulada por
gobiernos como el del propio Frei quien controló la dirección de la institución a su antojo (Donoso
2010) y que hoy en día no se considera representativa de la voz mapuche.

Ahora resulta, de acuerdo a notas publicadas en la web (Bertin, 2008) que el gobierno de Piñera
está valorando ratificar el acuerdo 169 de OIT, según la nota, bajo el argumento de que dicho
convenio no está siendo efectivo; pues los pueblos generan mucha esperanza en los procesos de
consulta y esperan que siempre sean vinculante. Por ello, argumentan las autoridades, quizás sea
mejor abandonar el acuerdo. Sea esta la postura oficial o una fake news, el estado chileno debe
ratificar el acuerdo de la OIT cada diez años y es un hecho que este tema causará nuevas

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El primer representante de gobierno en dar la postura oficial del gobierno de Piñeira ante la muerte de
Camilo, es su Ministro de Interior, su discurso es representativo de todo lo que aquí se ha dicho y puede
observarse en: https://www.youtube.com/watch?v=4Mw9CZH-rqU

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Aurelio Morales Posselt NO. de cuenta: 401034112
Trabajo final para el seminario de posgrado 2019-1: Indígenas, Estado y nación en América Latina
movilizaciones y sus consecuentes cadenas de reacciones; se abrirán nuevas fisuras y nuevos
riesgos. La lucha continúa.

Bibliografía
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originarios. Recuperado el 23 de 11 de 2008, de latercera.com:
https//www.latercera.com.com/noticias/Eventual-retiro-de-Chile-del-Convenio-169-
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Https://www.emol.com/noticias/Nacional/2018/05/04/904969/censo-un99-de-la-
poblacion.html

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