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O t r o s W /\/ u n d os

«Ilay otros mundos, pero


están en éste»
ELUARD
Peter Kolosimo
TIERRA SIN TIEMPO

PLAZA & JANES, S. A.


Editores
Tí tulo de la obra original:
TERRA SENZA TEMPO

Traducción de
DOMINGO PRUNA

Primera edición: Octubre, 1969


Segunda edición: Mayo, 1970
Tercera edición: Febrero, 1972
Cuarta edición: Noviembre, 1973
Quinta edición: Noviembre, 1975

© Copyright 1966 by Silgar editorc


.
© 1975 PLAZA 6i JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21 33. Esplugas do Llobregat ( Barcelona )
*

Este libro se ha publicado originalmente en italiano con el t í tulo de


TERRA SENZA TEMPO

——
Printed itt Spaitt Impreso en España
- -
ISBN: 84 01 310334 . -
Depósito Legal: B 47.409 1975

.
GRAFICAS GUADA, S A. - Virgen . -
de Guadalupe 33 Esplugas de Llobregat ( Barcelona )
ÍNDICE

1. LOS ORIGENES DEL HOMBRE 13

Prehistoria viviente . 16
Los cazadores de dinosaurios 19

2. CATáSTROFES CóSMICAS 23

En una vaina de polvo 25


Colisiones en el espacio 27
Satélites vagabundos . 30

3. LA ERA DB LOS GIGANTES 33

Encuentro con King Kong 35


Los huesos de los cíclopes 38

4. BAJO BL SIGNO DB LOS TITANES 43

Un túnel bajo el Pacífico 47


El fin de Goliat 50

5. DEMONIOS DB PIEDRA 53
Desgracias en cadena . 54
La isla del apocalipsis 58
De Lemuria a Gondvana 62
6. LA FABULOSA MU 65
Cuando cae una estrella . 67
Los venusianos del mar de Gobi 71
Los increíbles Kappas 76
7. LEYENDAS ESTELARES 81
Misiles en el templo . 84
Un cubo para el hiperespacio 90
8. LAS COLONIAS DE MU 93
Más fuertes que la at ómica 98
El valle de las siete muertes 101
9. Los SECRETOS DE LAS PIRáMIDES 105
Sirio surgía sobre el Nilo . 108
La maldición radiactiva . 111
El monstruo Volt y la ingravidez 115

10. UN IMPERIO EN EL SAHARA 123

Escrito en la arena 126


Las torres y el Fénix 131
El enigma malgache 133
.
11 RENACERES DIFíCILES 137

Jericó sin trompetas . 138


Baalbek , mar de pórfidos 142
12. LOS MABSTROS ERRANTES 147

El pueblo de las nuragas 150


El interplanetario sepultado 152
Monna Lisa de Tartessos 155
13. EL GRAN MISTERIO DE LA ATLANTIDA 159
La ú ltima guerra de Atland 161
Noé en Amé rica . 165
Los continentes sumergidos 169
Esto fue el diluvio . 171
Puertos en los Andes . 176
14. EL REINO DE LAS CIENCIAS OLVIDADAS 179
Los magos de Olmá n . 182
Espaciales danzantes 186
15. Los DIOSES BLANCOS . 191
Serpientes de plata . 193
La ciudad despiadada 197
16. Los GRIEGOS DE AM ÉRICA 203

Un faraón en México . 206


Matem á ticas petrificadas 209
17. CONSTELACIONES EN LA SELVA 215
Los astros desconocidos . 217
Con cuernos y colmillos 220

18. Los SE ñORES DE LA LLAMA . 227


Los tapires de Orejona . 230
Los hombres azules . 235
Ojos para lo invisible 238
19. LAS ASTRONAVES DE TIAHUANACO 241
La metró poli sin edad 244
Un mensaje del Infinito . 247
Neptuno, dios de los apaches 250

20. Los HIJOS DEL SOL 253


Momias en el futuro . .. . 257
Todos los caminos llevan a Cuzco 262

21. LOS HEREDEROS DE LA ATLÁ NTIDA 267

Magia roja 269


Donde yace El Dorado . 272
Los demonios de las Canarias 276
22. LOS MITOS DE LAS TIERRAS PHRDIDAS . 279

Los devoradores de Selene . 281


Más allá de la Estigia , . 284
23. CRUCEROS IMPOSIBLES 289

Los pieles rojas y el procónsul 291


Cananeos en Brasil . 293
•••tan cerca y perdido 297
El hombre fue tierra , vasija , pá rpado
del barro tr é mulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe , piedra chibcha
copa imperial o sí lice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empu ñ adura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.

del Canto general de Pablo Neruda.


1

LOS ORIGENES DEL HOMBRE

Era un atardecer de fin del verano de 1856 cuando un grupo


de obreros que trabajaba en una cantera del valle de Neander, a
poca distancia de Dusseldorf , al quitar el lodo de una cavidad para
llegar al estrato calcá reo, topó con algunos huesos.
Nadie les concedi ó importancia; hallazgos de aquel gé nero no
eran raros, y sol ían terminar en el mont ón de escombros. Tampoco
aquella tarde el destino habr ía sido otro, de no haber estado all í
el propietario de la cantera, un buen hombre apellidado Pieper.
Aquel se ñor Pieper contaba entre sus conocidos a un tal Karl
Fuhlrott, profesor de segunda ense ñanza , quien empleaba sus
horas libres yendo a la b úsqueda de huesos, en torno a los cuales
tejía extra ñ os relatos de hombres que vivieron en é pocas antiqu í-
simas. En é l pensó el due ño de la cantera al ver aflorar aquellos
restos quebrados; mand ó ponerlos aparte y , un par de d ías des -
pu és, los entregó a su erudito amigo para que « encontrase otra
historia ».
Aquella vez, el profesor Fuhlrott empleó tres a ñ os para perge -
ñar su « historia ». Pero cuando la entregó a la opinión p ú blica ,
en forma de modesto ensayo, los huesos de Neandertal hicieron
estallar un pandem ónium en el mundo de la ciencia : pues el pro -
fesor pretend ía que se trataba de los restos f ósiles de un hombre
primitivo.
Algunos estudiosos se quedaron profundamente impresionados
14 PETER k OLOSIMO

por aquella revelación, pero la mayoría rechazó las ideas de


Fuhlrott como « puras absurdidades », lo cual no es de extrañar
si se considera que las teorías de Darwin acerca de la evolución de
la vida animal y vegetal eran casi desconocidas en aquel tiempo.
Hubo quien vio en aquellos huesos los restos de un guerrero cél-
tico o germánico, quien pretendió que pertenecían a un cosaco
muerto durante la guerra de 1813 1814 ( su examen pareció incluso
*

revelar huellas de bayonetazos ), y quien pensó francamente que


se trataba de los despojos de un idiota deforme.
Como muchos otros colegas suyos, el profesor Fuhlrott murió
con la reputación de un dilettante demasiado fantaseador; pero
al cabo de pocos años llegó su clamorosa rehabilitación: restos
de individuos en todo y por todo similares a los del « hombre de
Neandertal » fueron hallados primeramente en una gruta de Spy,
Bélgica, después en Francia, en España y de nuevo en Bélgica. En
una caverna de Krapina ( en el norte de Croacia, entre Maribor y
Zagabria ) salieron a luz, entre otros huesos, varios esqueletos de
nuestro supuesto progenitor.
Fue el triunfo de Darwin: el comienzo del 1900 ya no vio a los
estudiosos enzarzados en discutir sobre la pertenencia o no del
neandertaliano a la humanidad prehistórica, sino tan sólo acerca
del lugar que se le debía asignar a lo largo del camino de la evo-
lución. Los descubrimientos, entretanto, se suceden, y la ciencia
considera por fin la posibilidad de trazar a grandes rasgos la
historia de los profundos cambios que habrían convertido al simio
disforme en homo sapiens.
Es, en verdad , una hermosa colección de monstruos la que se
nos brinda como galería de los antepasados, del pitecá ntropo de
Java ( que vivió hace un millón de años ) al sinántropo de Pek ín
( de hace un millón de años a 430.000 ), del hombre Heidelberg
( de hace 430.000 a 240.000 añ os ) al hombre de Neandertal, quien
habría poblado la Tierra de hace 240.000 añ os a casi 140.000.
¿ Debemos aceptarla ? La mayoría de los antropólogos nos dicen
que sí, y catalogan sin muchas discusiones a los disidentes como
.
miopes conservadores esclavos de prejuicios religiosos Algunas
perplejidades surgen hacia 1935, cuando se hallan en Sudáfrica los
huesos de un hombre-mono de características totalmente distintas
.
a las de los ejemplares conocidos hasta entonces Pero nos conso-
lamos pensando que sólo se trata de ordenar cronológicamente
los restos y pasando por alto problemas que, en cambio, deberían
inducir a reflexión.
TIERRA SIN TIEMPO 15

Con toda la buena voluntad, no logramos comprender cómo


se ha podido proceder tan a la ligera, cómo estudiosos muy serios
han aceptado, sostenido y elevado a dogma una nebulosa, tamba-
leante hipótesis, cómo han pretendido escribir la historia de la
Humanidad alineando caprichosamente algunos montoncitos de
huesos recogidos aquí y all á, sin ningún elemento que pudiese
servir de eslabón de cadena.
Podríamos sumergir en un océano de interrogantes la extrava
gante construcción acogida con todas las confirmaciones en el
-
seno de la ciencia oficial , pero no queremos detenernos sobre
el tema más de lo necesario. Consideramos solamente este particu
lar: el volumen de la caja craneana de un presunto antepasado
-
nuestro era de unos 600 a 700 cent ímetros cú bicos; el del homo
sapiens va de los 1.500 a los 1.600. ¿Cómo es posible que no hayan
salido a la luz al menos algunas « medidas intermedias », cavidades
craneanas capaces de contener, por ejemplo, 800, 900, 1.000, 1.200
o 1.300 cent ímetros cú bicos de materia gris ? Habiendo vivido sus
hipotéticos portadores en épocas relativamente próximas a la nues
tra, debería ser más f ácil topar con sus huesos que con los de
-
siná ntropos y pitecá ntropos.
Si los pont ífices de la antropología, tras haber demolido a
Fuhlrott, no se hubiesen dejado arrastrar con tanto entusiasmo
a posiciones opuestas, hoy nos veríamos obligados a revisar todo
cuanto hasta hace pocos años parecía innegable. Ciertas reservas,
en efecto, hubiesen sido justificadas desde el tiempo de los ha-
llazgos de Krapina, toda vez que entre los huesos de una veintena
de individuos esparcidos en la gruta yugoslava , la mayor parte
eran indudablemente de tipo neandertaliano, pero había tambié n
otros tan agraciados, tan sutiles, que en modo alguno pod ían ser
clasificados como restos de seres pertenecientes a aquella especie.
Entre los pocos estudiosos que expresaron dudas al respecto,
recordemos al profesor Klaatsch , antropólogo de Breslau , quien
avanzó la hipótesis de que la caverna croata habría sido, en tiem-
pos remot ísimos, escenario de un encuentro entre dos razas coexis-
tentes. Y se aproximaba mucho a la verdad , pues hoy se tienen
fundadas razones para considerar que en Krapina algunos nean-
dertalianos banquetearon alegremente con las carnes de sus
víctimas: en efecto, eran caníbales, como lo demuestra el crá neo
del Circeo, manifiestamente trepanado con objeto de extraer el
cerebro.
Muchas dudas, en suma , deberían haber surgido con relación
16 PBTBR KOLOSIMO

a las presuntas fases de nuestra evolución. Pero, como hubo de


escribir Life, « los antropólogos suelen ser escépticos respecto a
los nuevos descubrimientos, especialmente cuando no concuerdan
con las teorías existentes ».

Prehistoria viviente

Si el buen sentido no sirvi ó para que los «evolucionistas cl á si-


cos » abandonasen sus insostenibles posiciones, los hechos habían
de obligarle a batirse en retirada.
En los « años treinta », el profesor Leakey sacó a la luz en
Kanan, Kenya, no lejos del lago Victoria, una mandíbula extraor-
dinariamente similar a la del homo sapiens; y poco después hall ó
en Kanjera dos crá neos a los cuales aquélla podía adaptarse per-
fectamente. Los últimos hallazgos no eran tan antiguos como el
primero, pero seguían teniendo una edad respetable: ¡casi 400.000
años!
No faltaron los escépticos, y todavía se harían oí r hoy si el
antropólogo Carleton Coon y el geólogo Louis Dupree no hubiesen
sacado de las grutas persas de Hotu, en 1952, las calaveras de tres
individuos que vivieron hace más de cien mil años, individuos que
podemos denominar sin vacilación nuestros semejantes.
En aquel momento las cosas se habían puesto ya bastante mal
para los se ñores que se empecinaban en asignar al homo sapiens
la irrisoria edad de 50.000 a ñ os. Para darles un postrer disgusto
vino el americano Ralph Solecki , quien sacó de la caverna iraqu í de
Shanidar los restos de un neandertaliano que vivió hace 45.000
a ños aproximadamente: en aquella é poca , segú n las teorías « clási
cas » , haría ya tiempo que debía haber evolucionado en homo
-
sapiens.
Después, estalla el gran final: el « hombre de Neandertal » en
carne y huesos sale a escena en Marruecos, se hace fotografiar por
el profesor Marcel Homet y gru ñe algo que podríamos traducir li
bremente así: « Aqu í estoy, vivo y vegeto, aunque no sea muy
-
fascinante. Soy la prehistoria personificada; me encuentro, efecti-
vamente, en condiciones id é nticas a las de mi abuelito de Dussel-
dorf : ando desnudo, me valgo como puedo de rudimentarios ins-
TIERRA SIN TIEMPO 17

trunientos de piedra y de madera , y mi vocabulario no consta m á s


que de unas docenas de gru ñ idos diversos. Desgraciadamente, no
he evolucionado, ni tan siquiera un poco: neandertaliano nací
( hace 240.000 años, decís vosotros, por tanto, bastante después
que vuestros semejantes de Kanan y Kanjera ), y neandertaliano
moriré, como esos pocos compa ñ eros m íos que han ido tirando
hasta hoy quié n sabe cómo, en el noroeste de África.»
Por ú ltimo, en el Congreso de prehistoria romano de 1962, el
arqueólogo alemán Walter Matthes presenta algunas de las 500
figuritas de piedra descubiertas por é l en las cercan ías de Ham-
burgo, junto al Elba , que representan hombres y animales. Se
trata de las m á s antiguas estatuitas del mundo , puesto que se
remontan sin duda alguna a ¡200.000 a ñ os atrás! Y eso no es todo:
« Las facciones que se reconocen en las cabecitas esculpidas
— —
admitir la crónica son las del homo sapiens, la forma evolucio-
ha de

nada y cumplidamente inteligente del hombre.»


En la actualidad , la mayor parte de los estudiosos se va enca-
minando razonablemente por otros derroteros y tienden a clasi -
ficar al « hombre » de Neandertal en la rama de los gorilas, reco
nociendo que, si tenemos un antepasado com ún con los simios,
-
incontables millones de a ñ os nos separan de él.
« No existe una posibilidad entre mil de que el hombre descien -
da del mono », afirma paladinamente el profesor Johannes HLirzeler.
Y no se trata , ciertamente, de un antropólogo « aficionado » : H ü r-
zeler es el cient ífico que en 1958 dijo la ú ltima palabra sobre el
esqueleto descubierto en Baccinello, localidad situada a 25 kil ó-
metros de Grosseto, donde ya en 1872 salieron a la luz huesos que
entonces se creyeron atribuibles a una especie de simios dada
por desaparecida: se trataba, en cambio, de los restos del oreopi-
teco, un pre- hom í nido que vivió hace casi diez millones de a ñ os.
Segú n las m ás recientes deducciones cient íficas, ese ser, pese
a presentar algunos caracteres « humanos » , no puede considerarse
como un progenitor nuestro: ello contribuye, por tanto, a demos
trar la existencia de ramas colaterales de nuestra especie, ramas
-
a las que debieron de pertenecer, entre otros , los presuntos « hom-
bres » de Java, Pek í n, Heidelberg, etc. Éstos quedan reducidos,
pues, al papel de representantes de familias simiescas que tienen
con nosotros algú n rasgo en com ú n ( ¿ acaso no lo tienen , por lo
dem á s, muchos cuadrumanos vivientes, entre ellos el famoso « na -
rigudo » de Borneo ? ) y, como tales, excluidos de nujitro á rbol
genealógico .
2
— 2.764
18 PBTER KOLOSIMO

Sin duda varios de nuestros « primos » trataron de elevarse


sobre el nivel animal, empezaron a labrar la piedra y la madera.
Según los estudiosos que, liberados de la capa plú mbea de las
teorías « clásicas », intentan reconstruir a grandes rasgos la historia
de los bípedos m ás o menos racionales, los llamados austropitecos
( cuyos restos han sido hallados, en gran n úmero, en Africa del
Sur ) fueron las primeras criaturas que hace dos millones de a ñ os
usaron armas de caza: piedras, cachiporras, palos aguzados. Y hay
quien, por el examen del cráneo de aqué llas, considera poder in -
cluso atribuir a los austropitecos un lenguaje rudimentario .
A propósito de los cazadores de la remota prehistoria , debemos
recordar el descubrimiento que la casualidad permitió hacer al hijo
precisamente del profesor Leakey, el joven Jonathan: en Olduvai
George, Tanganyika, el muchacho halló restos de animales cicl ópeos,
entre ellos el crá neo de una gran oveja con los huesos frontales
rotos. Los instrumentos del sacrificio estaban al lado: junto al
cuerno derecho del ovino había un hacha con colmillos de coco-
drilo, y junto al izquierdo una bola de piedra , seguramente arroja -
da con honda.
La edad de los hallazgos puede calcularse alrededor de 500.000
a ños: hace medio millón de a ños, pues, exist ían en Á frica seres
que cazaban con armas nada desde ñ ables. Recordemos que, segú n
los « evolucionistas clásicos », hace tan sólo 30.000 años que nues -
tros antepasados estaban en condiciones de construirse instrumen
tos de ese gé nero.
-
Los antiqu ísimos, ignotos habitantes de Tanganyika tal vez tra -
baron conocimiento con los representantes de una raza de hom í ni
dos asentados un poco más al Norte, en Kenya, diestros en el
-
labrado de la piedra hace aproximadamente 700.000 a ños: el des
cubridor de sus huellas, el geólogo americano Cá rter, cree incluso
-
poder asegurar que los emprendedores hom ú nculos llegaron a su
continente.
Si consideramos Africa como es hoy en la actualidad , una mi
gración semejante nos parece inconcebible; pero las cosas cambian
-
cuando varía el aspecto geográ fico. Y el aspecto vari ó, como nos
dice Cá rter. « Durante el Pleistoceno, período que se inició hace
— —
700.000 a ños afirma , sobrevino una era glacial. Se formaron
enormes glaciares que cubrieron millones de kilómetros cuadrados
de la superficie terrestre y en algunas zonas alcanzaron una alti
tud de 1.500 metros. A ello debió concurrir una cantidad colosal de
-
nieve, originada por el agua de los océanos. De lo que result ó una
TIERRA SIN TIEMPO 19

mengua del nivel de los mares en 90 metros respecto al actual , y la


transformación de la faz de la Tierra. Gran Bretaña formó parte
del continente europeo, Florida dobló su extensión , las islas de
los mares del Sur se unieron con Asia y dilataron la tierra firme
hasta cerca de Australia; el mar de Bering desapareció y Siberia
se juntó con Alaska. Aquella era glacial aport ó, asimismo, grandes
mutaciones al clima africano: los desiertos se convirtieron en f é r
tiles llanuras, a través de las cuales emigraron los hom ú nculos de
-
Kenya .»
Sin embargo, los pitecá ntropos y sin á ntropos asiá ticos debieron
de usar toscos instrumentos de madera y de piedra A este pro . -
pósito resulta curioso notar que algunos estudiosos sovié ticos y
americanos concuerdan al considerar que los pertenecientes a una
especie del llamado yeti u « hombre de las nieves » ( pues existirían
al menos dos tipos diferentes ), sean nada menos que siná ntropos
de Pekín supervivientes en algunas de las inaccesibles zonas lii -
malayas y quizá tambié n en Asia central.
Un yeti armado con un arco fue visto en 1913 por el explorador
britá nico H. Knight; ademá s, durante las expediciones de 1961 los
profesores estadounidenses Dhyrenturth y Russel hallaron en ca -
vernas que se suponen habitadas por el « hombre de las nieves »
rudimentarias yacijas, mientras que los antropólogos rusos dedu -
jeron de sus observaciones que el « monstruo » se sirve de alguna
sólida herramienta para arrancar ra íces del terreno helado y cavar
pelda ñ os en el hielo .
¿ Absurdidades ? ¿ Por qué deberían serlo si , en Á frica los ú lti -
mos neandertalianos viven al mismo nivel , ese nivel no ya ani -
mal , sino subhumano, al que la peque ñez de su cerebro les tiene
fatalmente sujetos ?

Los cazadores de dinosaurios


Llegados a ese punto , cabe preguntarse con qué podemos sus-
tituir la extravagante edificaci ón de las teor ías « cl á sicas ». El ú nico
estudioso que trata de ofrecernos un nuevo panorama de la gran
aventura del devenir humano es el profesor Carleton Coon , una de
20 PETER KOLOSIMO

las máximas autoridades contemporáneas en materia de antropo -


logía í f sica.
En su monumental obra Orí genes de las razas, editada a fines
de 1962, el ilustre cient ífico americano nos dice que la población
terrestre no puede jactarse de un solo progenitor: los grupos prin
cipales en que se la puede subdividir descenderían de varios tipos
-
de homo erecí us, primarios, que habrían evolucionado indepen -
.
dientemente uno del otro, en zonas y épocas diversas El homo
sapiens, por consiguiente, no existiría como com ú n antepasado
nuestro: tal expresión designaría la fase en que los representantes
de las cinco razas ya no son considerados como hombres monos, -
sino hombres auté nticos.
Ello habría ocurrido segú n Coon , hace unos 250.000 a ños con
los mongoloides ( pueblos del Asia oriental , polinesios, indios de
Amé rica, chinos y otros ) y con los caucasoides ( europeos, norteafri-
canos, gran parte de las gentes establecidas en el Asia occidental
y central ), pero, en tiempos mucho más recientes, con los congo -
loides ( negros africanos ), los caboides ( hotentotes, bosquimanos )
y los australoides ( aborígenes australianos, pigmeos asi á ticos, me -
lanesios, papú es ); algunos de estos ú ltimos, además, estarían a ú n
muy cerca del punto en que se produjo la transición de homo
erecí us a homo sapiens .
La tesis de Coon es plausible en muchos aspectos, pero resulta
dif ícil aceptar las fechas que en ella son propuestas, aun conside -
rá ndolas aproximativas: hemos visto, en efecto, que exist ían en
Á frica , hace lo menos 500.000 a ñ os, criaturas clasificabas ya en el
nivel del homo sapiens; y disponemos de testimonios más anti
guos a ú n.
-
Los paladines de la ciencia oficial rechazaban hasta ayer como
pueriles fantasías las representaciones de hombres en lucha con
gigantescos ejemplares de la fauna de remotas eras geológicas, ase
verando que aquellos monstruos hacía mucho que se habían extin
--
guido cuando nuestros progenitores hicieron su aparición sobre la
Tierra. Hace algunas d écadas, sin embargo, las clamorosas con
tradicciones se suceden a ritmo apretado, y abundan sobre todo en
-
la Amé rica meridional , con el descubrimiento de inscripciones y
restos f ósiles muy elocuentes.
Nos limitaremos aquí a citar los hallazgos de Lagoa Santa y
otras localidades del Estado brasile ñ o de Minas Gerais, donde han
salido a la luz diversos esqueletos humanos sobre los que pesan
huesos de toxodonte ( un macizo ungulado ), de megaterio (el tardl -
TIERRA SIN TIEMPO 21

grado gigante americano, de hasta siete metros de largo) y de


dinosaurio.
Pero, ¿ cuá ndo hizo su aparición el hombre, el verdadero hom -
bre, no esencialmente desemejante de nosotros ?
La pregunta queda por ahora sin respuesta. Sólo tenemos con -
firmación de que el gé nero al cual pertenecemos es antiquísimo. En
América, y precisamente en el ca ñón de Santa María, en medio
de los montes Bronco, han sido hallados rastros de trogloditas
que vivieron hace un millón de a ños aproximadamente: gentes
que usaban mazas de piedras y flechas con puntas de sí lex, que
criaban ganado, cultivaban probablemente la tierra y embalsama -
ban a sus muertos, sepult á ndolos en sarcófagos de yute.
Según la ciencia « oficial », los primeros n ú cleos de cavern ícolas
europeos se habr ían formado hace casi 200.000 a ños. Ahora bien,
aunque el descubrimiento del profesor Matthes, al a ñadirse a
otros muchos indicios más, nos conduce a datar de algunos mile -
nios antes el decisivo acontecimiento, seguimos encontrá ndonos
ante otro buen rompecabezas: ¿ cómo es posible que los primitivos
americanos no hayan evolucionado en un millón de años, habida
cuenta de que tan bien orientados iban por el camino de la civi -
lización ?
No es posible, digá moslo claramente. Y entonces sólo resta
una suposición: que la Tierra ha tenido varias « prehistorias », que
el hombre alcanzó, en un pasado sin nombre y sin recuerdo, con -
siderables logros de civilizaci ón, para recaer después en la barbarie.
2

CATASTROFES COSMICAS

¿ Qué pudo haber borrado de golpe civilizaciones florecientes,


diezmando la población del Globo y condenando a los supervivien -
tes a buscar refugio en aquellas cavernas de donde, tras luchas
milenarias, sus antepasados habían salido ? Evidentemente, tan sólo
cataclismos de alcance inimaginable, tales como para trastornar el
planeta entero.
Diversos hechos nos permiten afirmar que esas inmensas cat á s-
trofes se produjeron realmente: entre otros, el hallazgo de esque -
letos de mamut en toda Siberia y en el archipiélago de Nueva Si
beria. Fue un cosaco, en 1797, quien descubrió el primer mamut
-
perfectamente conservado: desgraciadamente, sus carnes fueron
dadas en pasto a los perros de los trineos; pero en aquellos tiem -
pos , por lo dem ás, no habr ían podido ser de gran utilidad a la
ciencia. Quienes toparon con otros ejemplares pusieron má s cui -
dado, sin embargo, y el progreso hizo posible detenidos estudios
de los cuerpos de las enormes bestias.
« Si bien se encuentran cuerpos í ntegros y esqueletos intactos
scribe Charles Hapgood , notabil ísimo antropólogo estadouni -

dense , la mayor parte de los restos aparece como lacerado por
una fuerza colosal . En ciertas zonas, los huesos se amontonan en
c ú mulos gigantescos, altos como colinas, y los del mamut est á n
mezclados con los de caballos, ant ílopes, bisontes, lobos, felinos
enormes y otros animales má s peque ñ os.
24 PETER K0 L0S1M0

•Desde los tiempos más remotos, los hombres conocen la exis


tencia de esos misteriosos cementerios: los colmillos de mamut , a
-
veces hasta de tres metros de longitud, han proporcionado marfil
al comercio asiá tico durante siglos, si no durante milenios. De
1880 a 1900 se han recogido en Siberia cerca de diez mil pares de
colmillos, y las reservas no parecen estar en trance de agotarse .
•El misterio se hizo más oscuro en 1901, cuando fue descu -
bierto un cadá ver entero de mamut junto al río Beresovka. jApa -
rentemente aquel animal había muerto de frío en pleno est ío! El
contenido de su est ómago estaba tan bien conservado, que resultó
f ácil la identificación de las plantas recién ingeridas; hab ía , entre
otras, "botones de oro", y frijoles silvestres en plena floraci ón , fase
que sólo alcanzan hacia fines de julio o principios de agosto. La
muerte había sido tan repentina, que entre las fauces de la bestia
estaba todavía el ú ltimo haz de hierbas y de flores recogido. Sin
duda alguna , el animal fue sorprendido por el desencadenamiento
de una fuerza aterradora y arrojado a kil ómetros de distancia de
su pastizal acostumbrado. Una de las patas y la pelvis sufrieron
fractura; herido, ca ído de rodillas el tit á n murió congelado,••i ¡en
la estación más cálida del año! »
Sabemos cómo es hoy la tundra siberiana: una desolada exten -
sión en la que reinan temperaturas má s bajas que en el Polo

— —
Norte, con una media anual de 16°, puntas máximas de 15° en
julio y m ínimas de 49° en enero. De ningú n modo los mamuts
hubiesen podido vivir en aquellas zonas; y los exá menes efectua -
dos de sus cad á veres han demostrado que ( contrariamente a lo
que muchos siguen creyendo ) se trataba de animales habituados
a un clima suave, como los caballos, los bisontes, los tigres, los
ant ílopes y los demá s cuadrú pedos que perecieron con ellos. Por
lo demás, el propio alimento hallado en el est ómago de los gran -
des proboscidios demuestra que Siberia era una regi ón templada,
de lujuriante vegetación.
Por tanto, los mamuts debieron de morir en masa a consecuen -
cia de una tragedia fulminante; e inmediatamente despu és muchos
de sus cad á veres debieron de quedar aprisionados en un gigantesco
sepulcro de hielo, pues de lo contrario no habrían permanecido
intactos.
Aquella tragedia sumi ó de golpe a Siberia en un clima muy
riguroso y no solamente a Siberia. por lo que parece. Todav ía hoy
est á difundida la teor ía según la cual los que fueron territorios
antárticos yacerían, hace millones de a ños, aplastados literalmen-
TIERRA SIN TIEMPO 25

te bajo losas de hielo de un espesor superior a un kilómetro y


medio. Pero la expedición efectuada por el almirante Byrd en
1946 1947 nos proporcionó otros elementos de juicio, al principio
*

desde ñ ados, y ahora revalorizados por el examen de los datos


proporcionados por el A ñ o Geof ísico Internacional. Los estudio-
sos americanos recogieron en el fondo del océano, a lo largo del
« Sexto Continente », muestras de sedimentos fangosos demostra
-
tivos de que, en un tiempo relativamente reciente, los ríos antár
ticos arrastraban al mar productos aluviales arrancados a una
-
tierra libre de hielos.
Ello habría acontecido hasta hace casi diez o doce mil añ os;
es decir, hasta la é poca en que los mamuts desaparecieron de ma
nera tan sorprendente.
-
Entonces, ¿ se debe a la misma cat ástrofe el brusco cambio
de clima en Siberia o en la Ant á rtida ? Muchos hechos inducen
a pensarlo.

En una vaina de polvo


Seg ú n algunos geólogos, la desaparici ón de los mamuts se de -
ber ía a un fen ómeno aná logo ( aunque a escala m ás reducida ) a
los que determinaron el advenimiento de las precedentes eras gla-
ciales.
No nos es dado saber qué provocó las terribles glaciaciones que
asfixiaron bajo una capa blanca a nuestro planeta. Cientos de
teor ías han sido elaboradas al respecto , pero sólo una parece aten -
dible: la que se inclina por una serie de erupciones volcá nicas, que
habr ían envuelto a la Tierra en un manto de polvo tan tupido como
para impedir el paso de los rayos solares.
La conjetura es bastante menos fant ástica de lo que podría
parecer a primera vista: pié nsese que la deflagración en el suelo
de una sola bomba de hidrógeno remueve mil millones de tonela -
das de tierra , arrojá ndola , en forma de polvillo, a 30 ó 40 kilóme -
tros de altura. Las part ículas tienden luego a descender, pero
quedan paralizadas por las grandes corrientes de aire, que las
diseminan por á reas extensísimas, formando verdaderos filtros
26 PBTER KOLOSLMO

atmosf é ricos que detienen en considerable medida a los rayos del


sol y determinan fuertes descensos de temperatura.
Nos convenceremos a ún mejor si nos fijamos en dos famosas
erupciones. Cuando el 27 de agosto de 1883 hizo explosión el vol -
cán Rakata de la isla Krakatoa ( archipiélago de la Sonda ), las ce
nizas fueron proyectadas a la estratosfera. Al bajar a los otros
-
estratos atmosf é ricos, dieron lugar a espectáculos incomparables:
el Sol y la Luna aparecieron coloreados de p ú rpura, azul y verde,
y, al ocaso, una fabulosa luz rosácea o dorada iluminó infinitos
horizontes. Pero la econom ía agrícola de diversos países hubo de
pagar caras aquellas visiones de f á bula: durante casi tres a ños tan
sólo llegó a gran parte del Globo el 1,85 por ciento de las radia -
ciones solares normalmente recibidas. Y tras la erupción del vol -
cá n Katmai, en las Aleutianas, ocurrida el 8 de junio de 1912, hasta
en Argelia se registraron bajas de temperatura de 10 a 12 grados.
El meteorólogo W. Humphreys ha calculado que el fenómeno sus -
trajo a la Tierra , durante algún tiempo, el 20 por ciento del calor
que le daba el astro.
Claro que para provocar desastres de tanto alcance como para
transformar definitivamente el clima de vast ísimas regiones, deben
verificarse al mismo tiempo erupciones de varias decenas de vol -
canes.
« Tempestades fenomenales
— —
sigue diciendo Hapgood , como
las que pueden conducir a la ca ída de nieve de un espesor de doce
metros, o a cuarenta días consecutivos de lluvia , resultan perfec -
tamente concebibles si se piensa en la polvareda volcá nica lan
zada en alto hasta tapar el sol y enfriar la atmósfera. Un diluvio
-
semejante de nieve podría matar a animales en zonas muy extensas
y congelar rá pidamente sus cad á veres. La capa nivea podría , ade -
má s, ser tan consistente como para mantenerse en las edades si
guientes, acrecent á ndose a cada nuevo invierno.»
-
Para el estudioso americano, aquella serie infernal de erup-
ciones habría sido causada por movimientos de las tierras emer -
gidas. Es conocida la teoría de Alfred Wegener , segú n la cual los
continentes se habr ían formado por escisión de un gran n ú cleo
primitivo: la masa originaria se habría partido, y sus trozos ha-
brían empezado a « emigrar », resbalando sobre los estratos infe
riores. Ahora bien , Hapgood parece convencido de que traslados
-
semejantes se han producido nuevamente hace unos 10.000 a ñ os;
a consecuencia de ellos, Am é rica se habría corrido al Sur, mien -
tras que Siberia y la Antártida habrían partido de suaves latitudes
TIERRA SIN TIEMPO 27

hacia las zonas más inclementes del Globo. Pero las desr
nes que asevera Wegener se habr ían iniciado hace unos 250 millo-
-
íf í mbracio
nes de años, y apenas un millón de años atrás aproximadamente
los continentes habr ían llegado a ocupar las posiciones actuales.
Quié rase o no propender a tal versión , nos parece aceptable de
todos modos. Arduo resulta, empero, dar crédito a la 'hipótesis del
estadounidense: los « paseos » de Amé rica , de Siberia y de la An
t á rtida, debieron , efectivamente, haberse efectuado en un lapso de
-
tiempo relativamente breve ( lo cual habr ía provocado trastornos
mucho m á s catastróficos que los apuntados por él ), pero suficiente-
mente largo para que el planeta estuviera en un estado insoporta-
ble de agitación , causando ininterrumpidas convulsiones sísmicas
y volcá nicas; y si éstas no hubiesen sido suficientes para destruir
en la Tierra toda forma de vida ( cosa harto improbable ), las tre
mendas erupciones en cadena la habrían envuelto en una verda-
-
dera vaina de polvo, tal como para hacer que todos sus rincones
se sumiesen en un invierno por lo menos plurisecular , a cuyos ri-
gores no sólo el mamut , sino todos los organismos superiores ani-
males y vegetales hubiesen tenido que sucumbir.
La espantosa ofensiva del « general Fr ío » , en cambio, si bien
fue fatal a Siberia y a la Ant á rtida , no duró mucho para el resto
del mundo; preludió, por el contrario, un considerable aumento
de la temperatura en Europa y en Amé rica , del cual intentaremos
má s adelante esclarecer las razones.

Colisiones en el espacio

Si buscamos en otra parte la causa de las apocal ípticas erup -


ciones que entonces, y al advenimiento de las anteriores eras gla -
ciales, dieron lugar a gigantescas cat ástrofes, sólo podemos ha -
llarlas « fuera » de nuestro planeta .
Es, en efecto, comprensible que en un pasado muy remoto la
delgada corteza del Globo ocasionara que el magma tumultuoso
surgiese impetuosamente en furibundas explosiones, pero dif ícil -
mente podría admitirse que una actividad volcá nica en vasta escala
haya podido desencadenarse en é pocas posteriores, muy próximas
28 PETER KOLOSIMO

a nosotros desde el punto de vista geológico. Ésta debe ser estimu-


lada desde el exterior.
Pero, ¿ por qué cosa ? Por mucho que el temor de extraviamos
en la fantasía nos pueda hacer reacios a admitirlo, existe ú nica-
mente una hipótesis aceptable, la que se inclina por la caída en la
Tierra de algú n cuerpo celeste: asteroides salidos de su órbita a
consecuencia de rarísimas conjunciones planetarias, bólidos enor-
mes provenientes de las profundidades del cosmos, quizá satélites
precedentes de nuestro Globo.
Tal hipótesis podría ser asimismo sostenida por el desplaza-
miento de las zonas árticas y antá rticas, que parece ha sido re-
gistrado varias veces en el curso de la existencia de nuestro pla-
neta. Tambié n encontramos su rastro en diversos documentos del
antiguo Egipto, en los papiros convencionalmente denominados
Ermitage, Ipuwer, Harris: este último nos dice claramente que,
a consecuencia de la catástrofe, « el Sur se tomó Norte..., y la
Tierra dio la vuelta ». Heródoto, despu és, narra que los sacerdotes
de Tebas le revelaron que en el pasado « el Sol había salido cuatro
veces por un punto diferente del habitual, y que se había puesto
dos veces por donde ahora sale ».
No faltan las confirmaciones de la ciencia: segú n el naturalista
alemá n Kreichgrauer, el Polo Norte habría estado, en la Era del
Carbón Fósil, no lejos de las islas Hawai; en é poca má s reciente, su
posición habría coincidido, además, con la del actual lago Chad , en


Á frica; el hecho que el gran espejo de agua no tenga afluentes ni


desagües nos dicen algunos geólogos demuestra que se formó
por la fusión de un inmenso glaciar.
Ahora bien , aquellos formidables desplazamientos pod ían haber
sido determinados precisamente por formidables erupciones vol
cánicas ocurridas contemporáneamente, o casi, en varias regio-
-
nes del Globo. Puede tenerse una idea de sus consecuencias obser-
vando un petardo que, por tener las explosiones en puntos diversos
de su superficie, salta , gira sobre sí mismo, da la vuelta...
He aqu í cómo un geólogo y escritor alemá n reconstruye, basá n
dose en deducciones cient íficas, una de aquellas tremendas catás-
-
trofes:
« Por el Noroeste una faja de gas de 800 a 1.000 kil ómetros de
longitud , blanca , muy luminosa, se elevó en el cielo formando un
gran arco. Silenciosa, con la velocidad del rayo, se acercó, exten
diéndose cada vez más, y se arrojó sobre la Tierra como una gi-
-
gantesca serpiente, mientras a sus costados llameaban terribles
TIERRA SIN TIEMPO 29

incendios... Después, del infinito, con el planetoide arrancado a


su órbita, vino la muerte. A poca distancia de nuestro Globo, el
cuerpo celeste se partió en dos, y cada trozo cayó en el Atlá ntico
con potencia inaudita, hincá ndose en la corteza terrestre.
•Con un gran estruendo, una columna de fuego se elevó en el
cielo, arrastrando consigo gases, cenizas, lava , cristales y tit ánicas
masas de magma ardiente Durante miles y miles de kilómetros,
todo no fue sino un himno a la destrucción: el mar comenzó a
rebullir , una cantidad inimaginable de agua se transformó en va
por y, mezclada con el polvo y la ceniza , se condensó en nubes
-
que oscurecieron al Sol. Y todos los volcanes estallaron con furia
terrorífica ...»
La descripción del estudioso germá nico se refiere, como vere
mos, al cataclismo que causó la muerte de los mamuts, a una
-
colisi ón cósmica acontecida probablemente hace unos once mil
a ños, que provocó la sumersión de vastas zonas, elevó puertos a
cuatro mil metros de altitud y origin ó , con muchas más curiosi-
dades geológicas, las cataratas del Ni ágara.
La tragedia , aunque horripilante , no tuvo proporciones como
para dar origen al advenimiento de una verdadera era glacial ; pero
las inundaciones y las incesantes lluvias que siguieron debieron
de provocar aquel diluvio, que con razó n la Sagrada Escritura de-
fine como « universal ».
Determinante del desastre habría sido, segú n la hipó tesis de
algunos estudiosos, un asteroide atra ído a nuestro campo de gra
. -
-
vitaci ón por una extra ñ a conjunci ón Tierra-Luna Venus Pero el
inconveniente, medido con el metro cósmico, casi es trivial , res
pecto a los que le precedieron, entre los cuales hemos de enume-
-
rar ( de atender a las consideraciones de otros cient í ficos ) la ca í da
de tres lunas: la actual sería , en efecto, la cuarta que posee nues
tro planeta .
-
30 PETER K0L0SU40

Sat é lites vagabundos

Como es sabido, sobre el origen de nuestro satélite existen


varias hipótesis. Hay una muy difundida , segú n la cual éste no
sería en absoluto hijo del Sol, sino un intruso, un vagabundo del
espacio incautamente acercado a la Tierra y capturado por ella .
Lo demostraría la propia naturaleza de ese cuerpo celeste, « tan


diferente a la de los demá s miembros de nuestro sistema solar

observa el austríaco Hórbiger , tan manifiestamente extra ña,
que hace pensar en estrellas y planetas de ignotas regiones ga
lá cticas ».
-
El francés Denis Saurat, quien , con el ingl és H. S. Bellamy, ha
elaborado sobre las deducciones de Hórbiger una curiosa y fasci -
nante teoría , nos dice: « La Luna no es el primer sat élite de la
Tierra. Ha habido muchas lunas: en cada período geológico un
sat élite ha girado en tomo a la Tierra. ¿ Por qué, en efecto, hay
períodos geológicos tan bruscamente distintos unos de otros ? Ello
es debido al hecho de que al final de cada uno de los períodos y

eso es lo que determinaba su fin un sat é lite ha venido a caer en
la Tierra. La Luna no describe en torno de la Tierra una elipse

cerrada , sino una espiral que va restringié ndose paulatinamente, y
que acabará por caer sobre la Tierra . Ha habido una luna de la
Era Primaria que cayó en la Tierra , y , después, una de la Era Se -
cundaria y una de la Terciaria .»
Una confirmación indirecta de esas aserciones pudiera venimos
del astrónomo brit á nico Sir George Darwin , hijo del célebre na -
turalista autor de la teoría de la evolución , quien afirma que tam -
bié n nuestro satélite actual est á destinado a perecer en un ruinoso
cataclismo.
— —
La Tierra nos dice ten ía , apenas creada , un movimiento de
rotaci ón tan veloz que su d ía duraba menos de cinco horas. Con

— —
el correr del tiempo , aqu él disminuyó: hizo de freno y lo sigue
haciendo la fricción ejercida por las mareas que, como es sabido,
se manifiestan en sentido contrario al que sigue el Globo sobre su
propio eje. El frenado contin ú a , aunque sea en medida impercep-
tible ( un segundo cada 120.000 a ñ os ), y frena tambi é n a la Tierra en
el espacio, de modo que la Luna se aleja cada vez más de ella.
TIERRA SIN TIEMPO 31


Dentro de cincuenta mil millones de a ños prevé Darwin ,
cuando la Luna diste 550.000 kilómetros de nosotros, el d ía terres-
tre será igual al mes y durará 47 días actuales. Nuestro planeta

volverá , pues, al sat é lite todavía la misma cara; sus largu ísimas
jomadas será n insoportablemente calurosas y las noches indeci-
blemente rigurosas, pues el manto atmosf é rico no bastará ya para
proteger al Globo de los rayos solares, dada la prolongada exposi -
ción, ni valdrá para guardar un poco del calor almacenado de d í a
para el notable período de oscuridad.
Cuando, después, la rotación terrestre sea todav ía más lenta
que la revolución lunar, las mareas volverá n a hacer sensible su
efecto, si bien en sentido contrario, acelerando el movimiento ro -
tatorio. El sat élite volverá a acercarse a nosotros, y nada podrá
ya pararlo. En la proximidad de la Tierra , se cuarteará; parte de
sus fragmentos girará n en torno del planeta , formando un anillo
similar al de Saturno, mientras que una desastrosa lluvia de meteo -
ros trastornará la superficie terrestre. Se sucederá n espantosos
terremotos y maremotos, los volcanes estallará n y vast ísimas zonas
será n sumergidas por el mar. Y , en la mejor de las hipótesis, no
sobrevivirá n m á s que desperdigados grupos de hombres, quienes,
ca ídos en la barbarie, vivirá n su agon ía en lucha desesperada con
los ú ltimos animales escapados al desastre cósmico y los mons-
truos originados por las cambiadas condiciones ambientales.
Lógicamente, el tiempo fijado por Darwin para el advenimiento
del desastre est á en relaci ón con la masa , la distancia y los mo -
vimientos de la luna actual Sobre las precedentes bien poco puede
decirse; pero si han existido, su fin no puede haber sido muy di -
ferente del que el estudioso brit á nico profetiza a Selene.
— —
Hay un sue ñ o sostiene Saurat que, tarde o temprano, se
presenta a la mayor parte de los hombres: el de la ca ída de la
Luna . En un ciclo te ñ ido de sangre, las estrellas tiemblan , el saté -
lite comienza a oscilar, se agiganta y se precipita hacia la Tierra,
mientras un viento infernal azota al planeta .
— —
No se trata afirma el cosmólogo francés de un sue ñ o fan
tá stico, ni de una premonici ón , sino del resurgir de recuerdos an
cestrales, transmitidos inconscientemente por miles y miles de
-
-
generaciones, del mismo modo que las apocal í pticas descripciones
bíblicas del apóstol Juan habrían sido inspiradas por la memoria
de cuanto acaeció en un pasado muy remoto. El fin del mundo , en
suma , habría llegado ya , precisamente como la Sagrada Escritura
nos dice que deberá producirse todavía , esta vez arrastrando a
32 PETER KOLOSIMO

nuestro planeta a la catástrofe definitiva: « Hubo un gran terremoto


-
( Apocalipsis, VI , 12 14 ) , y el Sol se volvió negro como un saco
de pelo de cabra, y la Luna se tomó toda como sangre, y las estre-
llas del cielo cayeron sobre la Tierra como la higuera deja caer sus
higos sacudida por un fuerte viento y el cielo se enrolló como un
libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus
lugares.»
¿ Simples suposiciones ? Es un poco dif ícil creerlo, cuando mitos,
leyendas, hallazgos sensacionales y rigurosas deducciones cient í-
ficas concurren en formar el mismo cuadro, ciertamente muy ne-
buloso a ún , pero con detalles tan precisos y concordantes que no
pueden ser ignorados .
3

LA ERA DE LOS GIGANTES

¿ Qu é efectos puede tener el progresivo acercamiento de un sa-


t élite a la Tierra ?, se preguntaron Saurat y Bellamy .
Ante todo, la disminuci ón de la atracción terrestre, a conse -
.
cuencia de la aumentada atracci ón lunar Y, a causa de eso, la inun -
daci ón de vast ísimas á reas continentales, determinada precisamen -
te por la potente marea sin reflujo, con la aparici ón de criaturas
muy desarrolladas en altura.

diosos —
Tan sólo un fen ómeno de ese gé nero sostienen los dos estu -

pudo permitir que vivieran las grandes plantas y los
grandes animales que han poblado nuestro planeta. Y con su ad-
venimiento se tuvo tambié n el de los hombres de cinco metros de
estatura media: a lo cual habr ía concurrido la acrecentada inten-
sidad de los rayos cósmicos, a los cuales los titanes habr ían sido
deudores de una inteligencia superior.
Acerca de la acci ón de aquellas part ículas se discutió y se sigue
discutiendo animadamente. Como es lógico , habrá n de transcurrir
a ñ os y a ños con experimentos logrados, antes de poder llegar a
constataciones vá lidas.
« Como ocurre con otras radiaciones
—dice, entretanto, el pro-
fesor Jakob Eugstcr, que es el mayor experto del mundo en la

materia , las del radio, los Roentgen , etc., los rayos cósmicos
pueden tener dos efectos: provocar mutaciones, o sea cambios
3
— 2.7 M
34 PETEJR KOLOSLMO

de los caracteres hereditarios, y causar daños o alteraciones a los


tejidos.»
Si, en efecto, la destrucción de las lunas ha tenido lugar, y si
su consecuencia ha sido un aumento de intensidad del bombardeo
de part ículas radiactivas al que estamos sometidos, seguramente
éste puede haber contribuido al fenómeno del gigantismo.
Podemos hacernos una idea de ello si nos fijamos en la Mar
tinica. Todo cuanto ocurrió allí parece efectivamente apoyar las
-
teorías que pretenden vincular, de un modo u otro, el gigantismo
con una más violenta lluvia de radiaciones.
La isla de las Antillas fue escenario, en 1902, de una espantosa
erupci ón volcá nica, la de Mont Pelé, que en pocos minutos causó
veinte mil víctimas, solamente en la ciudad de St. Pierre. El d ía
de la hecatombe se formó sobre el crá ter una nube de color
morado oscuro, resultante de los gases volcá nicos saturados de
vapor acuoso. Se agigant ó, se extendió sobre toda la isla sin
que la población se diese cuenta del peligro y, cuando del cono
truncado de Mont Pelé se alzó al cielo una columna de fuego de
400 metros de altura, incendió aquel amasijo de gases suspen -
didos que, desarrollando un calor superior a 1.000 grados cent í -
grados, sembró la muerte en la Martinica. Sólo un hombre sobre
vivió: un preso, gracias a la protección de los enormes muros de
-
la cá rcel.
Contrariamente a lo que era de esperar, la vida retomó pronto
a la isla, aunque la ciudad destruida no volvió a ser reedificada.
Hubo de nuevo vegetación y la Martinica se repobló de animales.
Pero todo se agigantó: perros, gatos, tortugas, lagartos, hasta los
insectos, se tomaron grandes como nunca habían sido, y crecie -
ron ulteriormente de generación en generación.
Impresionados por el extraño fenómeno, los franceses estable -
cieron al pie del volcán una estaci ón de investigaciones cient íficas,
llegando pronto a comprobar que las mutaciones vegetales y ani
males eran debidas a las radiaciones de los minerales puesto al
-
descubierto por la erupción.
Asimismo, los rayos dejaron sentir su efecto en los hombres:
el jefe de la estación científica, doctor Jules Graveure, creció seis
cent ímetros, y su ayudante, doctor Rouen ( 57 a ñ os ) vio su propia
estatura aumentar en cinco centímetros y medio.
Valié ndose de cultivos puestos a resguardo de las radiaciones,
los estudiosos pudieron efectuar interesantes confrontaciones, ob-
servando, entre el resto, que un brote expuesto a los rayos crece
TIERRA SIN TIEMPO 35

tres veces m á s rá pidamente de lo normal , y que en seis meses una


planta irradiada registra un desarrollo para el que necesitaría de
otro modo dos a ñ os. Los frutos maduran bastante antes, pero,
además, alcanzan un tamaño considerable, en tanto que las cact á-
ceas duplican su volumen.
Como las plantas, tambié n los animales inferiores se muestran
má s sensibles a las radiaciones: un lagarto venenoso llamado copa ,
que antes med ía a lo sumo veinte cent í metros, se ha convertido
en un dragón de medio metro, y su mordedura , antes no siempre
letal , ahora es m á s mort ífera que la de una cobra.
El curioso fenómeno del crecimiento anormal cesa tan pronto
como los sujetos se alejan de la Martinica. Tambi é n en la isla ,
de todos modos, la curva ascendente ha alcanzado el m á ximo: la
intensidad de las radiaciones comienza a disminuir, y los « mons-
truos » vuelven a empeque ñ ecerse.

Encuentro con King Kong

Algunos estudiosos, pese a rechazar la idea de las cat á strofes


lunares, concuerdan en considerar que la responsabilidad del gi -
gantismo en la Tierra , manifestada claramente entre los animales
y las plantas, va adscrita a los rayos cósmicos. Durante la primera
fase de su vida , el Sol debe de haber volcado sobre todos los pla -
netas que ilumina un huracá n inimaginable de radiaciones: para
probá rnoslo, basta el hecho de que toda tempestad solar los hace,
todav ía hoy , m á s intensos.
Pero si as í hubiese sido , el gigantismo habría debido caracte -
rizar mucho antes el desarrollo de la vida en la Tierra , y no tan
sólo ( como est á demostrado ) en el Triá sico, per íodo que se inició
hace casi 185 millones de a ñ os y que vio precisamente el predomi -
nio de los saurios.
Cierto es que los rayos cósmicos llegan a nosotros notablemen -
te atenuados por la atm ósfera , donde topan con los á tomos del
aire, y que nuestro planeta , durante su juventud , deb ía de estar
envuelto por una cortina de aire bastante m á s densa que la ac -
tual , pero es inadmisible que tal cortina pudiese hacer las veces
de pantalla eficaz a un fuerte flujo de radiaciones, dado que a ú n
36 PETBR KOLOSLMO

hoy los potent ísimos proyectiles invisibles consiguen traspasar


nuestro cuerpo en la increí ble cantidad de 650.000 por minuto, su -
perando macizas barreras de plomo y penetrando hasta mil me
tros en las profundidades oceá nicas.
-
Por lo tanto, los rayos cósmicos no hubiesen podido, solos,
crear un mundo de gigantes, aunque ciertamente han contribuido
a ello en notable medida: una prueba ulterior nos da la existen -
cia de animales de grandes dimensiones mucho tiempo después
.
del ocaso de los saurios y de las plantas titá nicas
Hemos aludido ya al descubrimiento de Jonathan Leakey; a ñ a-
damos ahora que el hijo del conocido cient ífico condujo tambié n
incidentalmente al hallazgo de restos asombrosos.
El muchacho se encontraba trepando una escarpada pared de
la garganta de Olduvai George, cuando un imprevisto obst áculo
casi le hizo perder pie. Se agachó y vio que de la arena mezclada
con pedruscos afloraba un hueso de respetables proporciones. Lo
sacó completamente a la luz, descubriendo una quijada con dien -
tes gruesos como dedos de adulto.
Jonathan no era, por entonces, más que un estudiante de las
escuelas superiores, sin profundos conocimientos cient íficos. El
buen sentido, sin embargo, le aconsejó no echar en olvido el in -
cidente: acudió a su padre, quien , al llegar ai paraje, se enfrent ó
con una de las mayores sorpresas de su vida. La mand í bula, en
efecto, pertenecía a un simio gigante, superior en tama ño a todos
los vivientes y extintos, que existió hace unos 500.000 años y des -
conocido de la ciencia antes del casual hallazgo.
El profesor Leakey, estimulado por el descubrimiento, hizo
realizar excavaciones en Olduvai George, y su empe ño no se qued ó
sin frutos: emergieron huesos aparentemente inclasificables, que
el estudioso not ó que ten ían cierta semejanza con restos conser -
vados en su museo. Examinados unos y otros, el profesor se qued ó
boquiabierto por segunda vez: juntados, los huesos compon ían el
esqueleto de un ejemplar porcino similar al actual jabal í africa
no, pero grande como un hipopótamo . -
Las excavaciones en Tanganyika dieron resultados cada vez má s
sorprendentes. El profesor Leakey sacó a la luz los huesos de un
segundo jabal í gigante y dos crá neos: el primero pertenece a un ru-
miante de especie desconocida; el segundo ( mencionado ya ), a una
oveja cicló pea.
El descubrimiento del « King Kong de Olduvai George » no nos
.
dice gran cosa de nuevo La existencia de monos enormes nos era
TIERRA SIN TIEMPO 37

ya conocida: baste pensar en el « gigántropo» o « gigantopiteco »


que vivió en la provincia china de Kiang-Si, hace cerca de 550.000
años, del cual se tiende ahora a identificar los descendientes con
otra especie de yetL
El animalucho ten ía cuatro metros de estatura , y poco infe-
rior a él debía de haber sido el « megántropo de Java »: eso puede
deducirse por el espesor de su quijada y por la largura de su
morro. El « siná ntropo de Pek ín » ten ía casi tres metros de alto, y
dos con setenta med ía el llamado « gigante de Swartkrans » suda -
fricano, que , por cuanto ha sido dado establecer con absoluta se
guridad por los hallazgos, estaba ya en condiciones de encender
-
fuego y cazaba con hachas formadas por enormes huesos de otras
criaturas suyas contemporá neas.
Ahora sabemos que los colosales antropoides no representaban
un fenómeno de gigantismo aislado entre los mam íferos, y por
eso los hallazgos de Olduvai George son particularmente dignos
de consideració n . A los jabal íes grandes como hipopó tamos, a las
ovejas altas como caballos, se a ñadirá n qui é n sabe cu á ntos otros
representantes ciclópeos del reino animal, que hasta ahora guar -
daban el incógnito.
Todo cuanto ha sido descubierto hasta ahora basta , sin em -
bargo, para darnos una imagen suficientemente clara de las cosas,
para decirnos cómo las dimensiones de todos los seres vivientes
han ido reducié ndose progresivamente desde la é poca de la apa -
rición de los saurios hasta hoy.
Si echamos una mirada a nuestro actual patrimonio zoológico,
veremos que los ú nicos gigantes que nos quedan son los elefantes
de cuatro metros de altura ( solamente existen algo m á s de 200.000
ejemplares en Á frica ) y las ballenas azules de treinta metros de
longitud , que van desapareciendo rá pidamente. Pero tambié n esos
animales se nos antojan de proporciones modestas si pensamos
en los titanes de una remota era geológica , en los brontosaurios,
por ejemplo, con sus ocho metros de altura y dieciocho de longi -
tud , que hoy en d ía podr ían abrevarse tranquilamente en el ca -
nalón de una casa de dos pisos.
Los descendientes de los monstruos prehistó ricos que han so -
brevivido hasta nuestros d ías son de tama ñ os francamente rid ícu -
los. ¿ Qué dirían los dinosaurios si viesen al ú ltimo retoño de su
desgraciada familia , el esfenodonte neozelandés ( ú nico animal de
tierra firme que posee tres ojos ), de setenta cent í metros de lon
gitud ? Pues bien , cualquier expresi ón de congoja que pudiesen
-
38 PETER KOLOSIMO

emitir, sería nada comparada con el angustioso grito de desilusión


con el que los terribles dragones acorazados del pasado saluda -
rían a su nietecito, el « Moloch horridus» australiano, un bichito de
apenas 20 cent ímetros, reducido a alimentarse de hormigas.
Lo bueno es que los tamaños de nuestros animales contin úan
disminuyendo de modo impresionante. Desgraciadamente, sólo en
tiempos muy próximos a nosotros se ha pensado en iniciar una
investigación al respecto, pero ésta parece haber certificado ya
que los mayores representantes del reino zoológico o están camino
de desaparecer o se empequeñecen, como hechizados por la vari
ta de un mago . -

Los huesos de los ciclopes

¿ Ha ocurrido m ás o menos lo mismo con el género humano ?


Hay quien esto afirma, y una serie de interesant ísimos hallazgos
parece confirmarlo .
En Gargayan, Filipinas, ha sido descubierto un esqueleto hu
mano de 5,81 metros de alto, y huesos de otros seres, seguramente
-
de m ás de tres metros, han sido desenterrados en las regiones
sudorientales de China. El insigne paleont ólogo Pei Wen-chung
piensa poder asignarles al menos 300.000 años, y la misma edad es
atribuida a los hallazgos de Agadir, Marruecos: aqu í, el capitá n
francés Lafeneché re puso a la luz un verdadero almacé n de armas
de caza , entre ellas quinientas hachas de dos filos que pesan ocho
kilos, es decir, veinte veces más que las que nosotros podemos
manejar eficazmente; y que se trata de armas destinadas a indivi
duos dotados no sólo de una mayor fuerza f ísica lo demuestra el
-
hecho de que ni siquiera lograríamos empu ñ arlas: hacerlo reque
riría manos como las de un gigante que tuviese al menos cuatro
-
metros de estatura.
Lo mismo cabe decir de los utensilios de piedra hallados en
Moravia y en Siria , demostrado por algunos huesos aflorados a
poca distancia de ellos. Tambié n Ceilán nos ha proporcionado al
gunos restos de seres de estatura imprecisable, pero alrededor de
-
TIERRA SIN TIEMPO 39

los cuatro metros, en tanto que en Tura, Assam, cerca de la fron -


tera del Pakist á n occidental, ha salido a la luz un esqueleto hu -
mano de 3,35 metros de alto. Pero en este último caso, como en
el de los huesos hallados bajo un dolmen francés y que pertene -
cieron a individuos de 2,60 a 3 metros de alto, se trataría no ya
de gigantes verdaderos, sino de sus descendientes .
Cierto que los rastros humanos no son muchos; pero, ¿ acaso
son más numerosos los de las criaturas sobre las cuales los par
tidarios de la antropología « clásica » han pretendido escribir la
-
historia de la evoluci ón ? Consideremos que los hallazgos citados
son debidos a la mera casualidad y que la Tierra entera , práctica
mente, es virgen todavía de esas b ú squedas.
-
Sin embargo, los testimonios de otro género son incontables
e imponentes. Todos los pueblos del Globo pueden hacer alarde
de gigantes que asoman en sus mitologías y desempe ñan en ellas
papeles de primer plano, desde los antiguos mediterráneos hasta
los indios de Amé rica , desde los tibetanos hasta los australianos .
En nosotros est á viva , sobre todo, la imagen de los titanes y de
los cíclopes griegos, de sus hermanos n órdicos; pero bastará lle -
var un poco más lejos la mirada para descubrir a los Izdubar cal-
deos, los Emin hebraicos, los Danava y los Daitia indios, los Raks -
hasa de Ceil á n, por no citar m ás que algunos.
Tambié n la Biblia es exhaustiva al respecto; no logramos com
prender exactamente el significado del oscuro punto en el que el
-
Génesis nos dice que « ...en aquellos tiempos exist ían los gigan
tes en la Tierra , y tambié n después, cuando los hijos de Dios se
-
unieron con las hijas de los hombres », pero tenemos expl ícitas
referencias all í donde se habla del rey Og de Basá n , « ú ltimo de
los gigantes », cuyo lecho med ía 4 ,70 metros de longitud , y donde
se narra asimismo la historia de Goliat, el coloso de 3,20 metros
de estatura .
Y no son ésas las ú nicas alusiones b í blicas: « Las citas sobre
— —
los gigantes dice Saurat se hallan irregularmente distribuidas
en las varias partes, a menudo sin conexi ón lógica, fuera de lugar:
Génesis VI , N ú meros X I I I , Deuteronomio I I I , Josué X I I , X I I I ,
X V , X V I I , Samuel 2, X X I , Crónicas I , XX , Apocalipsis XX •••
y todas tienen la com ú n característica de citas, de episodios
hist óricos aut é nticos. En efecto, son precisas y concretas; innece -
sarias a la tesis hist ó rica o mitológica ; no demuestran nada ; son
presentadas como hechos; est á n insertas en cap í tulos con los que
casi no tienen ninguna relación , y si fuesen suprimidas nada per -
40 PBTER KOLOSLMO

dería la narración; son brevísimas, como puestas sin discrimina -


ción, sin particular importancia; provienen de redactores muy di -
versos en el tiempo y en el espacio y a menudo sin relación en -
tre sí.»
« La longevidad
— recalca asimismo el cosmólogo

dentemente en relación con el gigantismo: por la menor fuerza
-
est á evi

de la gravedad , todas las cé lulas del cuerpo humano eran má s


ligeras, el desgaste del funcionamiento del organismo humano
era menor, y por tanto, el hombre pod ía vivir más tiempo. Así, en
los relatos bíblicos se da un sentido real a la edad alcanzada por
los primerísimos hombres: en ellos se hace referencia a la in -
mortalidad , característica de los dioses.»
Y otro francés, Michel Cargóse, confirma: « A causa de la gra -
vedad reducida , los objetos eran bastante menos pesados, la circu -
lación de la sangre m ás activada, la fatiga menor para todo el
organismo; y el hombre gozaba de una longevidad extraordina -
ria, ten ía el cerebro m á s desarrollado y facultades que le hicieron
adquirir un saber diferente del nuestro.»
A la Sagrada Escritura se asemejan de manera curiosa las
leyendas toltecas: narran, entre otras cosas, có mo la « primera
época del mundo » terminó con enormes destrucciones causadas
por « inundaciones y rayos », y cómo, en el curso de la segunda ,
nuestro planeta fue poblado por gigantes, los quinametzin, desa -
parecidos en gran parte cuando una serie de violent ísimos terre-
motos « sacudieron a la Tierra » , y, despu és, liquidados del todo
por los hombres durante la « tercera época », como Goliat fue li-
quidado por David.
Pero los puntos de contacto con la Biblia aparecen a ú n m á s
sensacionales en la mitolog ía mexicana. « Xelua y sus seis hermanos
— —
cí e la estirpe de los gigantes escribe Ralph Bellamy se salva-
ron del gran cataclismo, terminado con un diluvio, refugi á ndose
en la cima de un monte, que consagraron a Tlaloc, dios de las
aguas. Para conmemorar aquel acontecimiento, demostrar su agra -
decimiento a la divinidad y tambié n hallar refugio en caso de un
nuevo diluvio, Xelua y los otros construyeron un zacauli, torre
altísima destinada a llegar al cielo. Pero los dioses, ofendidos por
-
la soberbia de los gigantes, hicieron llover fuego sobre la tierra ,
y muchos de los obreros perecieron.»

sola lengua

« Los hombres, que hasta aquel tiempo hab ían hablado una
ompleta un texto americano , fueron dispersados
y empezaron a hablar distintas lenguas.»
TIERRA SIN TIEMPO 41

Henos aqu í, pues, ante una verdadera torre de Babel de ul-


tramar: su base debía de estar constituida por esa famosa pirá-
mide de Cholula a la cual volveremos a tener ocasión de refe
rirnos.
-
4

BAJO EL SIGNO DE LOS TITANES

Hay quien considera a los titanes fruto de la fantasía popular ,


justificando su presencia en todas las mitologías con la tendencia
del hombre a concretar la idea de seres poderosos en el bien y
en el mal agigantando la imagen de sí mismo segú n un l ógico pro-
ceso mental primitivo; pero esta opinió n se nos antoja harto dis-
cutible si echamos una mirada , aunque sea rá pida , a las construc-
ciones cicló peas que, desde eras inmemoriales, jalonan toda la
Tierra.
Esas obras tit á nicas representan una apasionante incógnita
arqueol ógica , tanto por su tama ñ o como por los problemas con-
cernientes al transporte del material empleado, empezando por
los más antiguos monumentos megal í ticos de los menhires ( la pa -
labra bretona significa « piedra larga » ), toscos monolitos planta -
dos verticalmente en el suelo , y los d ólmenes ( « mesas de piedra » ),
formados por una gran losa apoyada en bloques hincados en el
suelo. Encontramos a ambos, numerosísimos, en Breta ñ a , en Ga-
les , en Cornualles, en el norte de Alemania , en Suiza , en Córcega ,
en Apulia , en Espa ñ a , y tambié n en el Oriente Medio, Turques-
tá n , Mongolia , China , la India y en toda la Amé rica meridional.
Sin bien todav ía algunos tienden a interpretarlos como s í mbolos
f álicos, hace ya tiempo que los menhires son considerados, por
muchos arqueólogos, representaciones de seres humanos. Para sos-
44 PBTER KOLOSIMO

tener esta hipótesis, pueden aportarse mitos que tienen corres-


pondencia en varias partes del Globo: los griegos Deucali ó n y
Pirra , que, echá ndose pedruscos al hombro, los ven transformarse
en criaturas destinadas a repoblar el mundo tras el diluvio, no
andan muy lejos de los dioses del cielo africano, quienes, para dar
vida a nuestro gé nero, « insuflan, con los vientos, su alma en las
rocas »; además, polinesios y antiguos peruanos parecen aludir ex -
plícitamente a seres tit á nicos al afirmar que el Creador « hizo de
grandes piedras hombres, mujeres y animales » .
Segú n Saurat , quienes erigieron aquellos monumentos fueron
primeramente los gigantes, que esculpieron sus propias im á genes,
y luego los hombres, quienes habr ían tratado, mucho tiempo des -
pués « de evocar y hacer revivir así a los dioses », o sea a los co-
losos divinizados por su imaginación .
Más exactamente, los menhires representan, para el cosm ólogo
francés, a los antepasados ciclópeos, y los d ólmenes a las mesas
de éstos; Saurat apoya su teoría en las observaciones hechas por
el etnólogo y psicólogo John Layard en un archipiélago del su -
deste de Nueva Guinea, y escribe: « Normalmente, frente a la
gran imagen de piedra del antepasado se coloca un dolmen de
un metro o metro y medio, hecho por lo general de tres piedras,
pero con frecuencia de más trozos. Sobre ese dolmen , que es la
mesa del gigante, se sacrifican cerdos criados de modo particular.
Y a Layard no le cost ó mucho descubrir que hasta no hace mu
cho tiempo eran hombres los ofrecidos para nutrir al gigante.»
-
Ello había sido com ú n a todo el mundo en las postrimer ías de
la é poca de los titanes, y el cosmólogo estima poder demostrarlo
citando una difundida leyenda ind ígena , segú n la cual hubo pri -
meramente gigantes buenos, quienes civilizaron a los hombres y
les iniciaron en las artes, despu és « gigantes malos y can íbales, y fue
menester poner mesas de piedra ante sus estatuas ( los menhires )
y ofrecerles hombres en alimento. Tagaro, que era bueno, había
venido del cielo; Suque, que era malo, luchó contra Tagaro y fue
arrojado al abismo, como en Grecia los gigantes malos fueron arro-
.
jados por los dioses buenos Después, todos los gigantes desapa
recieron , pero los hombres, aterrorizados, siguieron temié ndoles y
-
Ies erigieron estatuas y les ofrendaron v íctimas » .
Es singular el hecho que la leyenda oceá nica tenga eco en los
mitos de tierras lejan ísimas entre sí. Tambié n los griegos, por
ejemplo, nos hablan de canibalismo: todos recordamos la his -
toria del tit án Cronos, que devoró a sus propios hijos, y la par -
TIERRA SIN TIEMPO 45

ticular inclinación por la carne humana de los cíclopes homéri -


cos. Y en su obra Ciudades sumergidas, Hermann y Georg Schrei -
ber observan: « Las f á bulas de gigantes, tan difundidas en la an -
tigua América del Sur, con la extra ñ a peculiaridad , concordante
en las versiones recogidas en diversas localidades, de que aquellos
gigantes habrían sido can í bales homosexuales, a quienes las mu -
jeres solamente serv ían de alimento, por lo cual despu és fueron
aniquilados por el cielo.»
Ejecutados o inspirados por aquellos gigantes malvados de -
bieron ser tambié n los crómlechs, formados por menhires dispues -
tos en cí rculo: que representarían precisamente el recinto de las
divinidades o, más bien , de los titanes autodivinizados.
Famoso entre los crómlechs es el de Stonehenge, Inglaterra. Un
gent ío enorme acude, a ú n hoy d ía , para asistir al amanecer del
d ía m ás largo del a ñ o y ver cómo el astro, al salir, dibuja en
torno a la ventana del altar central un m á gico c í rculo de fuego.
Los miembros de una extra ña secta que se re ú nen en esa locali -
dad para cumplir varios ritos, sostienen que allí se origin ó la
religión dru ídica ; pero se trata de una teor ía que no tiene el me
nor fundamento cient ífico: cuando los sacerdotes cé lticos que
-
nosotros llamamos druidas comenzaron a actuar en Europa , Sto -
nehenge llevaba ya siglos y siglos de existencia . Hoy sabemos que
en 1400 antes de nuestra Era el « santuario » ten ía la forma actual
y que en 1800 a. de J .C. se erigía ya el gran recinto exterior; pero,
con toda probabilidad ( construida en parte con material local,
pero asimismo con piedras procedentes de Irlanda del Norte ), es
mucho m á s antigua , anterior incluso a las 345 tumbas prehist óri -
cas que se alzan en las cercan ías.
É l secreto del « c í rculo m á gico » ingl és es sin duda sugestivo,
pero francamente sensacional resulta un descubrimiento reciente,
seg ú n el cual los constructores de Stonehenge estar ían unidos
por enigm á ticos v í nculos con el mundo de la Grecia homé rica:
efectivamente, en el sur de Inglaterra ha sido hallada la repre -
sentación de una espada idé ntica a las usadas por los guerreros
de la ¡liada , de un tipo que hasta ahora parec ía absolutamente
desconocido en el resto de Europa .
A esa arma podemos comparar idealmente los relieves descu -
biertos en los menhires corsos por el arqueólogo francés R. Gros-
jeau : espadas y pu ñales de forma inusitada y de exquisita factura .
Y as í comenzamos a damos cuenta de que todas las antiguas ci -
vilizaciones tienen elementos comunes.
46 PBTER K0L0S1M0

Otras piedras singulares se yerguen en todos los continentes,


y es curioso observar cómo, en gran parte, no fueron sacadas de
parajes próximos a aquellos en que se hallan: algunas losas des-
cubiertas en Irlanda provienen de África , y desde muy lejos de
bieron de ser transportados, asimismo, los bloques visibles en la
-
Rusia meridional y en Siberia , toda vez que en torno, en cente
nares de kilómetros, no hay montañas .
-
Esos sencillos y, sin embargo, extra ños monumentos impre-
sionaron ya a los representantes de las antiguas civilizaciones me-
diterrá neas; como un soplo de ciencia ficción anticipada nos llega
la aseveración de Apolonio Rodio, escritor que vivió hacia el a ño
250 a. de J.C., quien, hablando de los bloques vistos en Grecia,
dice, entre otras cosas: « Son piedras animadas, tan sensibles que
pueden ser movidas mediante la fuerza mental.»
Cuanto má s avanzamos en el tiempo ( pero en un tiempo para
nosotros sin fechas ), más nos sorprenden las obras cicló peas. Ya
los fortines de Irlanda y de la Escocia oriental, las plataformas
calcinadas de Islandia ( pero, ¿ calcinadas por qué cosas, si hoy tan
sólo una pista de lanzamiento de misiles podría ofrecer un as -
pecto an á logo ? ), nos dejan estupefactos. Y de misterios arquitec -
t ónicos similares hallamos rastro igualmente en el llamado « nue
vo mundo»: en el Estado de Paraiba , Brasil oriental, se alzan, por
-
ejemplo, las ruinas de una enorme fortaleza con murallas de
25 metros de alto y al menos 5 de espesor, en el centro de las
cuales est á n los cascotes de una sala de 150 metros de longitud
y 45 de anchura.
Toda la Amé rica meridional es un asombroso campo de rui
ñ as tit á nicas. « Pero los monolitos colosales del Perú
-
investigador y periodista francés Robert Charroux
— scribe el
son de ‘ me-
diocres proporciones en comparaci ón con las piedras de Baalbek
Las ruinas de la antigua ciudad libanesa , de gigantescos santua
.
-
rios, son obra misteriosa de un pueblo que sabía transportar, la
brar y levantar bloques que pesaban 750.000 kilos, cuando el
-
mundo ignoraba el carro, la clave de arco y el cemento armado.
Algunos bloques de los basamentos miden 25 metros de largo y
4 ,60 de ancho y de alto. En la cantera de donde proceden , situada
a casi un kil ómetro de la ciudad , puede verse todavía la mayor
piedra tallada del mundo, llamada Hadjar el Hubla ( la piedra del
Sur ), cuyo peso es de dos millones de kilos. Parece imposible que
hombres terrícolas hubiesen podido, en tiempos remotos, trans
portar y levantar aquellas piedras colosales.»
-
TIERRA SIN TIEMPO 47

El cient ífico soviético Agrest se inclina a considerarlo obra de


seres venidos del espacio; los mismos que, haciendo deflagrar una
parte del combustible nuclear de sus astronaves, habrían provo-
cado la destrucción de Sodoma y Gomorra. Y esas que pudié ra-
mos definir como leyendas de la era astroná utica son eco de un
remot ísimo pasado, sobre todo bajo las bóvedas de las misterio -
sas « galerías de los gigantes».

Un t únel bajo el Pací fico


« Si los espa ñ oles, al entrar en Cuzco, no hubiesen ejecutado a
Atahualpa, quié n sabe cu á ntas naves habr ían sido necesarias para
transportar a Espa ña todos esos tesoros que ahora yacen sepul -
tados en las entra ñ as de la Tierra y quizá permanecerá n para siem -
pre en ellas, puesto que quienes los escondieron han muerto sin
revelar el secreto.»
-
Así escribi ó el sacerdote soldado Cieza de León pocos a ños des -
pués del asesinato del ú ltimo emperador inca y de las matanzas
efectuadas por Pizarro y sus hombres... Y con absoluta razón,
puesto que los conquistadores, movidos por su avidez de rique-
zas, obraron precisamente del modo menos adecuado para sa
tisfacerla.
-
Como es sabido, Pizarro hizo prisionero al emperador Atahual -
pa y declaró que sólo le dejar ía en libertad si le eran entregados
todos los tesoros de los incas. Antes de tomar una decisi ón , la
esposa del soberano consult ó ( al menos así se dice ) con el orá culo
solar y , sabedora de que su có nyuge ser í a asesinado de todos mo-
dos, se suicid ó, tras haber ordenado que las riquezas codiciadas
por los insaciables espa ñoles fuesen escondidas.

— —
¿ En d ónde ? « En galerías m á s seguras que fortalezas dice el
arqueólogo inglés Harold Wilkins , excavadas en el corazón de
las monta ñas y selladas por misteriosos jerogl í ficos que brindan
el " ¡Á brete, Sésamo! " y cuyo significado sólo conoce un inca en
cada generaci ón ; en subterrá neos construidos hace miles y miles
de a ñ os por una civilizad ísima raza desaparecida.»
La hipótesis es plausible: subterrá neos semejantes abundan,
pero no sólo en el territorio dominado en tiempos por el Imperio
48 PETER KOLOSIMO

inca. El más conocido es, sin embargo, el constituido por una red
de galerías que unirían Lima a Cuzco, antigua capital del Perú
para continuar, girando hacia el sudeste, hasta la frontera boli -
viana. Según antiguos documentos, el t ú nel albergar ía una riqu í-
sima tumba real, y ha sido precisamente este particular lo que
ha suscitado intereses que no nos atreveríamos a definir como
científicos. Esperanzas semejantes, empero, está n destinadas a
seguir siéndolo durante muchos a ños todavía: las investigaciones
acarrearían gastos enormes, tanto para despejar las galerías de
los escombros que las obstruyen ya a pocas decenas de metros de
las bocas de entrada , como para purificar el aire mef í tico, estan
cado dentro hace siglos. Eso sin contar los peligros que acecha-
-
rían a cada paso a los exploradores: se dice, en efecto, que los
incas instalaron trampas mortales que se dispararían al paso de
eventuales intrusos, provocando derrumbamientos desastrosos.
Aparte la fascinación venal que ejercen , esas galer ías represen -
tan un fascinante misterio arqueol ógico. Los estudiosos que se
han ocupado de ellas coinciden en afirmar que los subterrá neos
no pueden haber sido excavados por los incas: éstos los habrían
aprovechado por conocer su existencia , mas no el origen . Y se
trata de obras tan imponentes , que ante ellas no parece absurda
la hipó tesis formulada por los cient íficos , que pretende que ta-
les galerías fueron excavadas por una ignota estirpe de gigantes.
Resulta curioso el hecho de que casi todo nuestro planeta est á
surcado por t ú neles semejantes, acerca de los cuales hemos de
volver a detenernos. Los encontramos, ademá s de en la Amé rica
meridional , en California , en Virginia , en las Hawai ( donde al pa -
recer unen a las diversas islas del archipi é lago ), en Ocean ía , en
Asia , y asimismo, en Suecia , en Checoslovaquia, en las Baleares,
en Malta. Una galer ía enorme, explorada en unos cincuenta kil ó -
metros, une la pen í nsula ibé rica con Marruecos, y es opinión di -
fundida que a través de tal paso llegaron las monas ( ú nicas en
nuestro continente ) que moran en los aleda ñ os del famoso pe ñón .
Hay quien afirma cabalmente que las cicló peas galer ías exca -
vadas un poco por doquier unen puntos alejad ísimos de nuestro
planeta. A tal propósito recordemos el episodio narrado por el
periodista John Sheppard , ex corresponsal en Ecuador de un di -
fundido diario americano. Escribe haber encontrado en el verano
de 1944, en la frontera de Colombia , a un mongol absorto en me-
ditación , con una « rueda de la plegaria » t í picamente tibetana. Se
trataba, nada menos, del decimotercer Dalai Lama, oficialmente
El cr áneo descubierto por el arque ó logo So -
léela en uno gruta Iraquí: pertenece a un
« neandertallano » jue vivió hace 45.000 años,
cuando yo deb í a haber evolucionado hacia
tiempo.

El hombre de Neandertal fotografiado en A f r i


ca por el profesor Home!
Otro hombre de Neandertal ,
que vive en Marruecos
El mamut descubierto en 1901 Junto ol rio Bcrcsovka, en un dibujo de la é poca

Reconstitución del mismo mamut en lo postura en que fue encontrado, realizada por el museo de Leningradc
Representaci ón de un monstruoso gi
gante en
-
uno pintura mural africana
El extra ñ o ser ha sido llamado « el
marciano » .

Monumentos mcgaliticos de Bretaña ( abajo y arribo o lo derecho) .


TIERRA SIN TIEMPO 49

fallecido en 1933, pero nunca inhumado en la cripta destinada a


sus restos; pues el santo varón ( se afirma en Lhasa ) no había
muerto, sino que, por una larga peregrinación subterrá nea , se re-
tiró a rezar en los Andes, donde, segú n algunos sacerdotes, nació
la religión lama ísta antes de « adaptarse » al budismo.
El relato no es, en verdad, como para aceptarlo a ojos cerra -
dos. A quien ha intentado profundizar la cuestión con algún doc
to lama, se le ha contestado, poco más o menos: « Las galer
-
ías
existen, excavadas por los gigantes que nos dieron su ciencia cuan
do el mundo era joven.»
-
¿Su ciencia ? Escuchando a Robert Charroux, casi nos conven -
— —
ceremos de ello. « El ingeniero Eupalino nos recuerda dirigió
los trabajos de perforación de la galer ía de Samos, que hizo ini
ciar por las dos bocas proyectadas. El t ú nel tiene 900 metros de
-
longitud , pero las cuadrillas de obreros se encontraron en el punto
previsto; y la propia galería se presenta completamente rectilí -
nea. Para realizar una obra an á loga, los italianos y los franceses
que han perforado el Montblanc han necesitado instrumentos elec
trónicos de medición, radar, reveladores magné ticos y ultraso
--
.
nidos Ahora bien, al parecer, Eupalino no dispon ía siquiera de
brú jula.»
A conclusiones similares parecen queremos conducir muchas
maravillosas esculturas sin edad , con cinco enormes cabezas de
basalto, halladas en 1939 en la espesura de la selva mexicana, que
hacen pensar en las otras, celebé rrimas, de la isla de Pascua, en
las configuraciones andinas, en ciertas estatuas asiá ticas y otras
oceá nicas.
Asombrosa es una monta ñ a que se alza en Brasil, en la locali -
dad de Havea: pese a los fenómenos de erosi ón a que lógicamente
ha estado sometida, revela haber sido esculpida , en tiempos re -
mot ísimos, en forma de cabeza barbuda , cubierta con un yelmo
puntiagudo. Y eso no es todo: en una pared lisa, perfectamente
vertical, de 840 metros a pico, existe una inscripción cuneiforme
con caracteres de tres metros de alto. De có mo sus autores pu -
dieron grabarla all á arriba, es misterio sobre el que no se puede
arrojar luz ni siquiera con palidísimas hipó tesis.
Escritos aná logos han sido descubiertos por el arqueólogo
Bernardo da Silva Ramos en varias otras zonas de la actual Amé
rica latina. A ese estudioso se atribuye, asimismo, el mé rito de
-
habernos dado a conocer las monumentales ruinas de Marajó,
isla del Amazonas, con sus imponentes salas subterrá neas comu -
4 -2.764
50 PETER KOLOSIMO

.
nicadas mediante galer ías con paredes de piedra Y en aquéllas
ha sido dado a la ciencia algo más de que pasmarse: una colec
ción de vasos con dibujos que recuerdan muy de cerca los etruscos.
-
Por último, y a propósito de inscripciones cuneiformes, no po -
demos olvidar las de la meseta de Roosevelt , en la frontera de
Amazonia con Mato Grosso: aparecen, con sí mbolos desgraciada-
mente indescifrables, en gigantescos discos de piedra divididos
en seis sectores, que se cree son tablas para cálculos astronó -
micos.
Podríamos prolongar mucho esta interesante rese ña , pero, no
queriendo abusar de la paciencia de los lectores, la concluimos
traslad á ndonos a las cercan ías de Bamian , poblaci ón afgana en
la región hom ónima , al noroeste de Kabul , actualmente en ruinas.
Se alzaba en el centro de un valle, rodeada de cavernas naturales
y artificiales y custodiada por cinco estatuas: la primera de 54
metros de altura, la segunda de 38, la tercera de 18, la cuarta
de 4, en tanto que la quinta no rebasa la estatura de un hombre
de nuestros d ías.
Creyóse que aquellos monumentos configuraban a Buda , pero
luego se descubri ó que tal interpretación había sido dada por
los sacerdotes budistas que se establecieron en las cavernas hacia
el a ño 100 despu és de J .C. Las estatuas son , en efecto, mucho
más antiguas, como ha resultado del examen de una especie de
manto hecho de cemento y aplicado al coloso de 54 metros hace
qui é n sabe cu á ntos miles de a ñ os.
Pero, ¿ qué quieren representar los cinco monumentos ? ¿ Tal
vez el ocaso de los gigantes, su progresiva reducci ón de estatura
y, por último, el traspaso de poderes al homo sapiens?

El fin de Goliat

Si bien la hipó tesis de Saurat y Bellamy sobre el gigantismo


se nos antoja plausible en muchos aspectos, no carece de puntos
oscuros y de aserciones poco convincentes.


« Hace aproximadamente 30.000 a ños

escribe el cosm ólogo
francés , una civilización muy desarrollada y diferente de la
nuestra estaba establecida en los Andes a una altitud de 3.000 ó
TIERRA SIN TIEMPO 51

4.000 metros sobre el actual océano Pac í fico. El océano de enton-


ces alcanzaba esa altitud en las monta ñas, y la civilizaci ón de Tia-
huanaco viv ía a orillas del mar. Eso quiere decir que en aquellas
regiones el aire, entonces, era respirable sin dificultad.
» ¿ Por qué razones el aire y el agua se encontraban acumulados
en semejante altura ? Porque el sat é lite de la Tierra de entonces,
similar a nuestra Luna actual , distaba solamente de cinco a seis
radios terrestres de nosotros. En vez de una marea como la de
ahora , que sube y baja con la Luna a 60 radios terrestres de no -
sotros, la marea de entonces, atra ída por una gravitaci ón lunar
mucho m á s fuerte, no ten ía tiempo de volver a bajar: aquella luna ,
de acción potente, giraba demasiado velozmente en tomo a la
Tierra. Por lo que todas las aguas del Globo eran amasadas en
una marea permanente que formaba una faja en torno a nuestro
planeta .»
De tal faja habr ían emergido algunas cimas de los Andes, el
alto M é xico, las monta ñ as de Nueva Guinea , el Tibet y la alti -
planicie abisinia ( donde moran los massai , todos de dos metros
y pico, presumibles descendientes de la raza cicló pea ). Pero, ¿ cómo
es posible que tambié n surjan monumentos colosales en las zo-
nas que, entonces, deb ían de estar sumergidas por las aguas ?
¿ Es posible, adem á s , que la proximidad de nuestra luna ante -
rior haya originado fenómenos tan sencillos y delimitados, for -
mando un « mar curvo », influyendo de manera tan espectacular
solamente en los habitantes de las presuntas islas ? Y , admitido
eso, ¿ habrían podido verdaderamente los hombres normales vi
vir y perpetuarse en las inmensas playas desecadas ( que debemos
-
imaginar arid ísimas, azotadas por violentos fen ó menos atmosf é -
ricos ) , a las cuales Saurat empuja a sus titanes buenos, a bordo
de muchas hermosas naves, con el cometido de civilizar a nues
tros pobres antepasados ?
-
Estas consideraciones nos dejan sumamente perplejos. Por
otra parte, los gigantes han existido verdaderamente; aunque la
hipó tesis citada no se sostiene completamente, tenemos la im
presi ón de que no todos los elementos en que se funda han de
-
ser rechazados. Pero hay quien nos propone una teoría que lo
explicar ía todo del modo m á s sencillo, a condició n de que acep -
temos un presupuesto: o sea , que los titanes vinieron de las es -
trellas.
Puras fantas ías , se estada inclinado a juzgar. Nosotros aludi
mos a ellas sin ninguna pretensión de imponerlas a los lectores,
-
52 PETER KOLOSIMO

porque recordamos que han fascinado y siguen fascinando inclu-


so a cient íficos de valía. ¿ Có mo no dejarse tentar, por lo demás,


si del pasado remoto de la Tierra tantos enigmá ticos reclamos

como veremos parecen hablamos de influjos y vínculos inter-
planetarios ?
Para concluir la historia de los gigantes, observaremos que,
hayan aparecido como sea , debieron de imponerse muy pronto a
aquellos « enanos » que eran nuestros progenitores; y no es dif ícil
.
comprender las razones Pero su predominio duró relativamente
poco: el fin de la atracción ejercida por la luna moribunda ( si
compartimos las opiniones de Saurat y Bellamy ), la prolongada
estancia en un planeta caracterizado por una gravedad mayor de
aquella a que estaban habituados ( si preferimos la hipó tesis « es-
pacial » ), o a saber qué otros factores, condenaron a la raza cicló-
pea a la decadencia. Sus descendientes hallaron modo de se ñorear
todav ía en alguna zona , pero las mutaciones sobrevenidas que
debieron de reducir su talla f ísica y mental
— —
les dejaron final -
mente a merced de los nuevos amos de la Tierra: con la derrota
de Polifemo y de Goliat acaba la era de los ú ltimos titanes.
5

DEMONIOS DE PIEDRA

Hablando de los gigantes hemos visto cómo, segú n el pensa -


miento de los diversos cient í ficos, un poco en todo el mundo se
erigieron simulacros en su honor o en su memoria. Pero hay un
territorio que alberga una colecci ón completa de esos monumen -
tos: la isla de Pascua . Siniestra y desolada , emerge de las ondas
del Pacífico: un puntito en los mapas , apenas 118 kil ómetros cua
drados de rocas peladas e inh óspitas. Y , sin embargo, ¡qué gran
-
rompecabezas para la ciencia!
¿ Quién habit ó en un remoto pasado esa isla ? ¿ De d ónde vino
la raza que la ocupaba en la é poca de su descubrimiento oficial ?
¿ Qu é son los « troncos cantantes » ? ¿ Por quié n , cómo y por qué
fueron erigidas las caracter ísticas « cabezas de piedra » ? ¿ Por quié n
fueron excavados los grandes t ú neles subterrá neos y con qué ob -
jeto, si todos terminan en el mar ? Durante largas d écadas se ha
conjeturado en vano sobre estas preguntas. Y la enigm á tica son
risa de las estatuas parece tener que burlarse para siempre de
-
los esfuerzos de los investigadores .
Pero los « detectives del saber» no cejan f á cilmente, y tambié n
en este caso su constancia ha conseguido que en la oscuridad te -
nida por impenetrable se encendiese una llamita. Fue, al princi -
pio, tan sólo un d é bil resplandor , pero pronto una parte de la
misteriosa historia pascuana qued ó iluminada.
D ícese que fue un filibustero inglés, Davis, el primero en de -
54 PETER KOLOSIMO

sembarcar, en 1687, en la isla de Pascua, pero es probable que él,


cuando habló de una « tierra triste y extra ñ a » aludiese a las costas
de Mangareva, mucho m ás al Oeste. De todos modos, descubri -
dor oficial es considerado el navegante holandés Roggeveen , quien
llegó a la isla el día de Pascua de 1722, y con el nombre de la
gran festividad cristiana bautizó aquel pequeño desierto rocoso
que los ind ígenas llaman Waihu,
Debemos, sin embargo, a Cook y al célebre naturalista y es -
critor George Forster las primeras noticias fundadas sobre la
isla. Este ú ltimo desembarcó en ella el año 1774 y en seguida
qued ó impresionado por el singular aspecto de aquella tierra , evi -
dentemente devastada por erupciones volcá nicas: el suelo estaba
cubierto de grandes pedruscos, en torno a los cuales crecía difi -
cultosamente una mísera vegetación. Los europeos se mov ían pe -
nosamente por el accidentado terreno, pero los ind ígenas saltaban
de pe ñ asco en pe ñ asco con sorprendente habilidad.
No podemos, ciertamente, desmentir a Forster cuando nos
dice que la isla ten ía un aspecto nada atractivo, ensombrecido
a ú n más por los escollos y por las dos puntas rocosas que surgen
del mar, frente al extremo meridional , una de las cuales, batida
siempre por furioso oleaje, semeja una gigantesca, amenazadora
columna.
Los ind ígenas que Forster encontró eran de estatura media ,
flacos, de tez oscura y pelo negro y crespo. Pero entre ellos es -
taban tambié n hombres blancos y barbudos, salvajes a su vez,
evidentemente desde hacía varias generaciones. La existencia que
todos ellos llevaban era , por lo inhóspito de su patria , verdade-
ramente misé rrima: entre otras cosas, sólo dispon ían de un ma -
nantial de agua dulce, que formaba un pobre chorro donde la
gente se agolpaba continuamente para lavarse y beber.

Desgracias en cadena

El curioso y deprimente paisaje pascuano, las « cabezas de


piedra » , las enigm á ticas galerías subterrá neas, han dado origen
a incontables leyendas, y ahora le toca el turno a la ciencia ficci ón
de producirnos escalofríos. Un novelista americano hace de Pas -
T1LRRA SIN TlIiMPO 55

cua el fragmento de un mundo que hizo explosión y cayó sobre


la Tierra. Naturalmente, se trata de una hipó tesis totalmente
irreal, pero, ¿ acaso no da un poco la idea de un asteroide esa isla
de pesadilla perdida en la inmensidad del océano y del cielo ?
Cuando Roggeveen desembarcó, encontró a cinco o seis mil
personas, que muy pronto hab ían de tener impresiones nada bue -
nas acerca de sus huéspedes: en el curso de un tiroteo injustifi -
cado, murieron doce ind í genas, y desde aquel día la historia de
los pascuanos fue una sucesi ón de desgracias.
En 1859 y en 1862 arribaron a la isla bandas de aventureros
peruanos sin escr ú pulos, que redujeron a la esclavitud y depor -
taron a las tierras del guano a toda la població n , incluido el rey,
Marata. El obispo de Tahit í, Jaussen , dirigi ó a Lima una vibran
te protesta y obtuvo la repatriació n de los infelices. Pero muy
-
pocos regresaron , y encima trajeron a la isla la viruela, la lepra
y la sí filis, con varias enfermedades más contra ídas en los parajes
malsanos donde se hab ían visto obligados a trabajar.
En 1864 , cuando desembarcó en Pascua el primer misionero,
el padre Eyraud , tan sólo hall ó algunos centenares de individuos
macilentos, pero a quienes el capit á n del propio buque que llevara
al religioso juzgó adecuad ísimos para ser vendidos como esclavos
en las plantaciones tahitianas; cien pascuanos volvieron así a co-
nocer los tormentos de la deportación.
A los pocos habitantes que quedaban , el hado les preparaba
otra desventura: cayó en la isla con un bribó n llamado Dutroux
Bornier, el cual , asegurando haber comprado aquella tierra al rey
-
de Tahit í ( a quien, al parecer, pertenecía, no sabemos a t í tulo de

qué ), se adue ñó de la ú nica riqueza de los ind ígenas algunos

reba ñ os de descarnadas ovejas e instauró un régimen tan tirá
nico que los pascuanos, pese a que eran t í midos y muy apacibles,
-
acabaron por asesinarle.
Muerto el rey de Tahití, Tati Salmón , la isla fue heredada por
una cierta familia Brander, que en 1888 la vendió a Chile, cuya
ú nica colonia es todav ía hoy.
Cuando se habla de Pascua , la primera imagen que viene a las
mientes es la de las gigantescas cabezas de piedra , monumentos
que son de los más extra ñ os e imponentes de la Tierra. Fueron
hechos con piedra volcá nica: dentro de un crá ter se esculpieron
trescientos, que después fueron trasladados a explanadas distan -
tes hasta quince kil ómetros. Algunos de esos colosos pesan la
friolera de treinta toneladas y su altura varía de 3,50 a 20 metros;
56 PETER KOLOSIMO

existe uno, inacabado, además, que mide sus buenos cincuenta


metros.
Interrogados sobre el origen y el significado de las grandes es-
tatuas, los habitantes de la isla nunca supieron dar la menor ex -
plicación; eso se debe sin duda al hecho de que con el rey Marata
fueron deportados los sabios pascuanos, los custodios de las tra -
diciones, quienes a buen seguro habrían podido contar cosas in -
teresant ísimas no sólo acerca del pasado de su patria, sino tam -
bién sobre las m ás antiguas y enigmá ticas civilizaciones de la
Tierra.
Quedaron , es verdad, algunas tablillas de madera que no era
isle ña, grabadas con caracteres que recuerdan en parte tanto los
jerogl íficos de la Amé rica precolombina, como los descubiertos
hace pocos a ños en el valle del Indo y que se remontan a cerca
de tres mil años antes de Jesucristo; pero parecía imposible llegar
a descifrar esa misteriosa escritura.
Sin embargo, la clave exist ía: la había hallado aquel obispo

— —
Jaussen que tan a pechos se tomara la suerte de los ind ígenas. Pero
nadie supo nada hasta que en 1955 el doctor Thomas Barthel,
un sabio antropólogo alem á n, concluyó sus apasionantes inves
.
tigaciones
-
El estudioso consiguió, en 1953, algunas fotograf ías de docu -
mentos suscritos por el culto obispo y descubrió que Jaussen , in -
terrogando a los pascuanos que permanecieron en Tahit í traba-
jando, había logrado descifrar parte de las « maderas cantantes » ,
de las tablillas sobre las cuales se habían aplicado en vano tantos
expertos.
El antropólogo llegó así a comprender el significado de una
parte de los jerogl íficos, mas para llevar a cabo su obra necesita -
ba consultar los otros apuntes tomados por Jaussen. ¿ Dónde ha -
llarlos ? El obispo pertenecía a la congregación del Sagrado Co -
-
razón, cuya casa matriz debía estar en Braine le-Comte, Bélgica . El
-
doctor Barthel acudi ó all í, pero se enteró de que los religiosos ha
b ían abandonado para siempre la localidad. Fue la casualidad , des -
pués, lo que le hizo llamar a la puerta de la abadía de Grottafe-
rrata, al pie de los montes Albanos; y allí encontró las valiosas
notas que le permitieron arrojar luz sobre el pasado de Pascua .
Las « maderas cantantes » llevan casi todas grabadas plegarias
paganas, con un sistema llamado bustrophedon, con el cual se co-
mienza a leer desde abajo, yendo de izquierda a derecha y dando
luego la vuelta a la tablilla a cada línea.
TIERRA SIN TIEMPO 57

« Vinieron de Rangitea

— —
cumentos , desembarcaron en esta tierra y rezaron al dios de
-
revela el más conocido de estos do

Rangitea...»
-
Lo cual nos confirma, además, el origen polinesio de los actua
les habitantes de Pascua: sus habitantes debieron arribar all í
desde las superpobladas islas de la Sociedad, en particular de
Raiatea ( o Rangitea ), a finales del a ño 1200.
La meritoria obra del obispo Jaussen y del doctor Barthel ha
dado ocasión tambié n de formular hipó tesis sobre el origen de las
« cabezas de piedra »: los gigantescos monumentos ser ían bastan-
te menos antiguos de lo que se supuso hasta hace pocos a ñ os; ios
primeros se remontarían a mediados de 1300 y todos serían vistos
como simulacros de « grandes progenitores », en cuyo honor los
pascuanos habr ían celebrado ritos mágicos y sacrificios humanos .
Es un misterio cómo los isle ñ os pudieron transportar en lar -
gos trechos e izar las pesadas estatuas, con los medios rudimen -
tarios de que dispon ían. Thor Heyerdhal, jefe de la famosa expe -
dición de la Kon Tiki, afirma que la tracción habría sido efectuada
con sogas hechas de rafia y otras fibras vegetales, sobre rulos de
madera , y la erección mediante planos inclinados construidos con
piedra y arena. Pero los pascuanos no pudieron en absoluto hacer
uso de troncos puesto que, a causa del estrato demasiado delgado
de tierra que cubre las rocas volcá nicas, la isla no puede susten -
tar á rboles.
¿ Por qué, adem ás, ú nicos entre todos los polinesios, los emi -
grados de Rangitea pensaron en erigir monumentos semejantes ?
.
Nadie podrá nunca decirlo con certeza Tambié n el hecho de que
muchas « cabezas » hayan sido volcadas y que la construcción de
otras quedase repentinamente en suspenso , permanece oscuro: hay
quien habla de una revoluci ó n de cará cter religioso que habr ía
conducido a la supresi ón del culto de los antepasados, y ésta les
parece a muchos la ú nica soluci ó n plausible.
58 PETER KOLOSIMO

La isla del apocalipsis

Pero la isla cela otros misterios, probablemente destinados a


seguir siéndolo para siempre: el de las galerías subterrá neas, el de
la disposición de las estatuas, que a veces recuerda los « caminos
de piedra » de Breta ña , a veces el « cerco má gico » de Stonehenge,
el de las cavernas repletas de huesos que se remontan a tiempos
antiqu ísimos, el de los petrogl íficos ( dibujos sobre piedra ) tan
similares a los motivos propios a las antiguas civilizaciones de la
Amé rica central y meridional , pero, además, caracterizados por
elementos que reportan a la India , China, e incluso a Egipto.
Los « hombres-pá jaro» pascuanos, por ejemplo, entroncan , cier -
tamente, con el fabuloso « pá jaro de fuego » que encontramos en
el Mediterrá neo, en la India, en ambas Amé ricas, y que parece
haber sido el símbolo de una civilización madre de la Tierra, de
la m í tica Atl á ntida ( 1 ).
¿ Los atlá ntidas, entonces, desembarcaron en Pascua ? Parece
que una antigua leyenda isle ña quiere convencernos de ello: « Hace
— —
much ísimos a ñ os narra la leyenda llegó por mar, con dos na
ves, el rey Hotu Matua, con la reina y siete mil sú bditos. Vinieron
-
de dos islas, situadas allá donde sale el Sol. Y cuando llegaron, sus
islas desaparecieron en el mar... »
Sin embargo, los estudiosos consideran , en general , que no se
trata de atl á ntidas, sino de americanos, y piensan que entre Pas -
cua y la costa sudoriental del « Nuevo Mundo » exist ían en tiem
pos algunas islas.
-
Parece que, siglos atrás, Pascua albergaba de dos a cinco mil
habitantes, divididos en dos clases: la de los « se ñ ores de largas
orejas » ( es decir, de l ó bulos alargados mediante aplicaci ón de
pesos, detalle que tambié n se ve en las estatuas ) y la de los ple -
beyos de orejas cortas. Éstos acabaron por rebelarse contra la
tiran ía ejercida por los nobles, desencadenando una guerra civil
que hubo de diezmar a la poblaci ón.
Pues bien , los « se ñores de largas orejas » constitu ían tambié n
la aristocracia de los incas, y es imposible que costumbres tan

(1) Véase Non é terrestre (edici ó n espa ñ ola : No es terrestre , colecci ón « Otro ?
. .
Mundos » Plaza & Jan és, S. A . Editores ) y Astronavl sulla prcistoria ( Astronaves
en la Prehistoria , publicado tambié n por Plaza 8c Jan és en la misma colección )
TIERRA SIN TIEMPO 59

curiosas hayan florecido independientemente, sin tener ningú n pun -


.
to de contacto, en Amé rica y en Pascua Es m ás: muchos objetos
art ísticos e instrumentos fabricados por los antiguos habitantes
de la isla presentan extraordinarias analogías con los peruanos .
¿ No habrían llegado los incas a Pascua antes que los poline -
sios y fueron después derrotados y exterminados ( o expulsados )
por estos ú ltimos ? No solamente es posible, sino muy probable .
Lo cual har ía plausible otra hipótesis: cabr ía admitir que los
ú ltimos en llegar instituyeron sobre creencias americanas el culto
de los antepasados, al cual habr ían dedicado las gigantescas esta -
tuas; mejor dicho: « robaron » a los s ú bditos del rey Hotu Matua la
.
idea de los legendarios, titá nicos progenitores Y con eso se ten -
dría asimismo una explicaci ón lógica de la extraordinaria seme -
janza que existe entre los basamentos de las estatuas pascuanas,
las olmecas, de Pachacamac y de la misteriosa Tiahuanaco.
No olvidemos que tambié n los antiguos americanos contaban a
los gigantes entre sus m í ticos antecesores, y observemos que se
encuentran reproducidos en Pascua , en proporciones menores, al -
gunos de los dibujos de animales desconocidos trazados en el de -
.
sierto peruano Al lado de éstos, tenemos otro signo que causa
perplejidad: la espiral , tomada para simbolizar el n ú mero cien
por los incas, por los egipcios y por otros pueblos.
Pascua estaría vinculada , pues, de todos modos, con el recuerdo
de la Atl á ntida , el famoso continente sumergido, si quisi é ramos
ver en los antiguos pueblos americanos a sus má s directos suce-
sores.
Pero Pascua presenta huellas muy anteriores al per íodo incai-
co, huellas impresionantes, como las constituidas por los osarios
y por las galer ías cicló peas. Muchos geólogos creen poder afirmar
que la isla no fue en el pasado m ás extensa que actualmente, pero
sus asertos tropiezan con hechos que no pueden ser ignorados:
entre otros, es inimaginable que alguien se haya dedicado a exca-
var t ú neles de tales proporciones solamente para hacerlos desem -
bocar en el mar ; en otras palabras, por el mero gusto de exca-
varlos.
Hay quien adelanta la hipó tesis de que los enormes pasos sub-
terrá neos formaban parte de un sistema de comunicación destina-
do ( como en las Hawai ) a unir las islas de un archipiélago desa-
parecido, y que Pascua era tan sólo un cementerio com ú n , si no
ya un lugar destinado a hecatombes sacras. Y hay quien va m á s
lejos, advirtié ndonos que precisamente por esa razón la isla es
60 PETER KOLOSIMO

maldita, como lo « demostrarían » las desventuras ocurridas a sus


habitantes, aunque sólo fuese por los pocos capí tulos de historia
.
que conocemos Cierto que los pascuanos nunca han tenido una
existencia envidiable; pero no por eso podemos atrevernos a re-
lacionar sus desdichas con algo que es fruto de mera superstici ón .
Pero hay otros que consideran a Pascua casi como a un templo
de la Humanidad, de su perpetua lucha contra las fuerzas cós -
micas destructivas, de sus pavorosas caídas y de sus renacimien -
tos. La isla habría sido com ún a todos los continentes desapare -
cidos de nuestro planeta: Lemuria, Gondvana , Mu , Atl á ntida . Al-
gunos creen hallar su descripción en antiguos textos tibetanos y
nos perge ñ an una profecía que, si bien puede dejarnos indiferen-
tes a nosotros, a buen seguro preocupará a nuestros nietos: otros
— —
inmensos trastornos nos dicen los tales devastará n a nuestro
Globo , destruirá n todo cuanto el hombre ha construido y cons
.
truirá y le obligará n a empezar de nuevo desde la Edad de Piedra.
-
La isla de Pascua resistirá nuevamente a muchas cat ástrofes, pero
cuando a su vez desaparezca bajo las olas, será la destrucción to -
tal, el fin del mundo.
Esta predicción , segú n un grupo de apasionados por los enig -
mas pascuanos, estar ía recordada tambié n en antiguos manuscri-
tos incaicos y transmitida después verbalmente durante muchas
generaciones hasta nuestros d ías.
Es opinión corriente que los incas no conocían la escritura ,
pero parece ser que alguien puede demostrarnos lo contrario. « El

virrey del Per ú , Francisco Toledo escribe Robert Charroux ha

bla en sus relatos, hacia 1566, de tejidos incaicos y de tablillas
pintadas de una gran riqueza narrativa , concerniente a la histo-
-
ria , las ciencias, las profec ías, etcé tera . Mandólo arrojar todo al
fuego. La existencia de aquella escritura incaica es confirmada
por José de Acosta ( Historia natural y moral de las Indias , Sevi -
lla , 1590 ), Balboa y el padre Cobo. Afortunadamente, los jesu í tas
y los Papas salvaron parte del patrimonio tradicional. Los libros
de Garcilaso de la Vega y algunos escritos conteniendo los m á s
valiosos datos sobre la mitología sudamericana fueron quemados
en Espa ña en el siglo xvi, pero la Biblioteca Vaticana y don Bel -
trán Garcia , descendiente de Garcilaso, conservan la parte esencial
de la tradición , transmitida en manuscritos inéditos de los que
hemos tenido conocimiento.»
A ese propósito, nos parece oportuno recordar otra vez cu á ntos
vacíos, que no han podido llenarse, fueron abiertos por la ignoran-
TIERRA SIN TIEMPO 61

cia y por el fanatismo en el conocimiento de la antiqu ísima histo-


ria de nuestro planeta.
« Muchos testimonios han sido destruidos

Julio César carga con la grave responsabilidad del primer incen-
dio de la Biblioteca de Alejandría, donde Tolomeo I Soter había

observa Charroux .

reunido 700.000 vol ú menes, que constitu ían entonces la totalidad


de las tradiciones y del saber humano. Cuatro siglos m á s tarde ,
un segundo incendio provocado por hordas indisciplinadas dañó
la misma Biblioteca , que ardió definitivamente en 641 por orden
del califa Ornar. Díceses que, consultado por sus capitanes sobre
la suerte que había que reservar a los libros, el caudillo musul-
má n, respondió: "Si lo que dicen no est á en el Corá n, entonces,
deben ser destruidos por nocivos e imp íos." Los valiosísimos ma-
nuscritos sirvieron durante varios meses de combustible para las
calderas de los establecimientos de ba ñ os de Alejandría. Sólo unos
cuantos se salvaron del fuego.
» Un auto de fe semejante fue obra, en 240 a. de J.C., del em -
perador chino Tsin Che- hoang, quien mand ó destruir todos los
libros de Historia, de Astronomía y de Filosof ía existentes en su
Imperio.
» En el siglo ni, en Roma , Diocleciano mandó buscar y destruir
todos los vol ú menes que contuviesen f ó rmulas para fabricar oro,
so pretexto de que el arte de la transmutación de los metales per-
mitir ía comprar imperios.
» E1 Nuevo Testamento ( Hechos de los Apóstoles ) revela que
san Pablo juntó en Éfeso todos los libros que trataban de "cosas
curiosas" y los quemó p ú blicamente. Jacques Weiss refiere que
algunos monjes irlandeses, ignorantes, hicieron quemar 10.000
manuscritos rú nicos en corteza de abedul , que conten ían todas las
tradiciones y todos los anales de la raza cé ltica.»
El escritor se remite luego a testimonios relativos al incendio
de los papiros de Uardan y de ios manuscritos de Yucat án; y la
lista est á lejos de ser completa.
Entre las obras destruidas, ¿ estaban aquellos « libros de los
dioses y de los hombres » que d ícese narraban la Historia de la
Tierra « desde el d ía en que brilló la luz de la inteligencia » y, en
particular, la de Lemuria y Gondvana ? Si así fuese, bien pocas
esperanzas nos quedan de arrojar luz sobre el singular enigma
de aquellos dos legendarios continentes desaparecidos, sobre los
que, sin embargo, alguna fantasía desbocada quiere proyectar la
sombra de los gigantes.
62 PETER KOLOSIMO

De Lemuria a Gondvana

Intentemos echar un vistazo al remot ísimo pasado de la Tierra:


tras una relativa solidificación, veremos su faz mudar de conti-
nuo, atormentada por cataclismos inimaginables, por convulsiones
horrendas. Surgen continentes del océano primordial , se transfor-
man, como plasmados por una mano gigantesca , vuelven a hundir
se, mientras emergen otros, encauzan las aguas entre sus mons-
-
truosos relieves, y las llevan a formar enormes lagos que un soplo
de fuego, desde el interior del Globo, basta para hacerlos desa-
parecer en potentes columnas de vapor.
Al final, sobreviene cierta calma: hace casi mil millones de
años, segú n muchos insignes geólogos, adviene la estabilización
de la superficie terrestre en una sola y gran masa continental:
la Megagea ( del griego: « gran tierra » ). Y al cabo de otros tres
cientos millones de a ñ os el cuadro cambia de nuevo: otras vio-
-
lentas convulsiones causan el hundimiento de vast ísimas zonas y
delinean continentes ignotos, destinados a desaparecer o a cam
biar de aspecto incontables veces.
-
Una de aquellas inmensas formaciones habría ocupado gran
parte del actual océano Pací fico, extendiéndose de Madagascar a
Ceilá n , de Polinesia a Pascua , a la Ant á rtida . Los estudiosos que
aceptan la hipótesis, llaman Lemuria al continente y dicen que ya
exist ía en el período pé rmico ( hace casi 250 millones de a ñ os )
para desaparecer, tras varias transformaciones , hacia el inicio del
Terciario, aproximadamente sesenta millones de años atrá s, a con-
secuencia de grandes trastornos.

Los relieves lem ú ridos podr ían ser identificados adem á s de
en los puntos citados para delinear, a grandes rasgos, sus l í mi-

tes en las islas Seychelles, Maldivas, Laquedivas, Chagos, el ban-
co de Bah ía de Maiha y quizá tambié n en las Cocos. Entre los
datos que se aducen en confirmaci ón de la hipótesis, no podemos
omitir los relativos a las afinidades de la fauna y la flora de regio-
nes ahora separadas por las aguas, pero que en tiempos formaban
parte del vast ísimo continente.

Los cient íficos incluidos aquellos que concuerdan en asignar
a la aparici ón de la Humanidad en la Tierra una fecha muy ante-
TIERRA SIN TIEMPO 63


rior a la fijada hasta hace poco tiempo por la ciencia oficial nie-
gan que la supuesta Lemuria hubiese albergado formas de vida
semejantes a la nuestra. Pero hay leyendas polinesias que hablan
de « dos grandes islas » ( ¿ continentes ? ) antiqu ísimas, habitadas una
por hombres amarillos y la otra por hombres negros en continua
guerra entre sí. Los dioses habr ían procurado pacificarles, pero al
fin , convencidos que se trataba de incurables pendencieros, hu -
bieron, sin duda, de decidirse a hacer que sus sedes naturales se
hundiesen.
Pero hay quien afirma saber algo m á s de ello: los cultivadores
de ciencias esot é ricas, los cuales sostienen que pueden reconstruir,
con sus « estudios », la historia no escrita de la Tierra. ¿ Vamos
— —
a hacer con ellos a t í tulo de mera curiosidad una incursión por
aquella que debi ó haber sido Lemuria ?
Sigui é ndoles, llegamos a un continente cuajado de lagos y de
volcanes, asfixiado bajo un cielo perennemente gris, nuboso, por
la ininterrumpida actividad de los mil crá teres. Aqu í se mueven
criaturas de pesadilla que podr ían ser emparentadas con los gi -
gantes de Saurat y Bellamy: grotescas caricaturas de hombres,
seres de 3,5 a 4 ,5 metros de estatura , con en vez de epidermis una
coraza amarillo oscuro que recuerda, a la par, la del rinoceronte
y la escamosa del cocodrilo, de brazos y piernas largu ísimos, do -
blados en amplio á ngulo agudo, pues codos y rodillas tienen tal
conformaci ón que no les permiten relajar completamente las ex -
tremidades. Manos y pies son desmesuradamente grandes, y el ta -
l ón sobresale por detrás en notable proporción. Pero lo m ás pas -
moso de los lem ú ridos es sin duda su cabeza: la cara es aplas -
tada , la mand í bula inferior alargada , y los ojos frontales son pe -
que ñ os, bastante separados entre sí, de manera que permiten a
sus propietarios mirar tanto hacia delante como lateralmente; pero
es que no tienen dos ojos tan sólo: un tercero, plantado en mitad
de la nuca , les consiente dominar tambi é n el paisaje que tienen
a la espalda . No hay rastro de cabellos: si queremos tener una
idea de lo que es su frente , cojamos un tomate muy granujoso,
cort é moslo por la mitad en sentido horizontal y... ¡buena suerte!
Los caballeros que tan bien informados parecen respecto a
Lemuria a ñ aden que , con el correr de los milenios, aquella raza
embelleci ó ( ¡buena falta le hacía ! ) hasta perder su aspecto mons
truoso para asumir el que ser ía propia a una especie de cruce
-
entre monos y bosquimanos: es m á s, estos ú ltimos ser ían preci-
samente sus descendientes , junto con los aborígenes australianos,
64 PETER KOLOSIMO

los indígenas de la Tierra del Fuego y algún grupo más, africano


e indio.
Las primeras chozas de los lem úridos estarían formadas por
troncos amontonados al buen tuntún ; más tarde, empero, cons-
truirían modestas ciudades con masas de piedra y de lava puestas
en forma de cubos sin ventanas, con una puerta y una abertura
superior apta para asegurar la iluminación interior. Uno de aque-
llos centros se encontraría a unas treinta millas al oeste de Pas -
cua, en el fondo del Pacífico, mientras que algunas ruinas pudie
ran localizarse en las selvas de Madagascar . -
Es natural que jamás podrá arrojarse luz sobre Lemuria , en
vuelto en el misterio de algún documento, algunos datos cient ífi-
-
cos y muchas leyendas, al igual que sobre otro continente antiqu í-
simo, el de Gondvana. ¿ A sus habitantes aluden los griegos cuando
hablan de « preselenitas » ? Pudiera ser, dado que, igualmente, los
textos tibetanos lo pretenden floreciente cuando nuestra Luna no
brillaba aú n y dicen francamente que estaba poblado por seres
-
constructores de « grandes casas de vidrio » ( la ciencia ficción pien
sa en rascacielos del tipo « Palacio de cristal » ), muy sabios y
avanzados.
A cuidadosas investigaciones sobre Gondvana se han dedicado,
en particular, los geólogos Blandford y Süss, llegando a afirmar
que habría tenido geográficamente muchos puntos en com ú n con
Lemuria: entre otros, la isla de Pascua, Á frica del Sur, Madagas
car y la India central.
-
¿ Habría nacido Gondvana del fraccionamiento de la misma Le-
muria, o surgido a consecuencia de las cat ástrofes que conduje
ron a ésta a la destrucción ? Tambi é n ah í debemos conformamos
-
con fantasear con las briznas que, con gran dificultad, la ciencia
ha podido juntar.
Vista del famoso conjunto
megolftico ingl é s de Sto*
nehengo.

Lo enorme estatua de Ba
.
mi ó n de 54 metros de
-
alto: cr éese que representa
un gigante.
Visto porciol del conjunto mcgali üco de Sionehenyo.

Las « grandes cabezas » da la Isla de Pascua.


Una enigm á tica escultura pascuana. a diferencia de lai demás,
poseeun cuerpo
6

LA FABULOSA MU

Con una longitud de casi dos mil kilómetros y m ás de 1.200.000


-
kil ómetros cuadrados de superficie, el desierto de Gobi ( Sha mo
en chino ) ocupa, con su extensión pedregosa , gran parte de Mon-
golia. Es una verdadera cantera para los estudiosos: aqu í, de 1928
a 1933, los paleont ólogos americanos descubrieron restos del co-
losal Baluchiterium , animal que, al parecer, sólo vivió en Asia
durante el Oligoceno; y aqu í sacaron a la luz algunos huevos de
dinosaurio que demuestran que aquel animal era ov íparo .
Se trat ó indudablemente de empresas sensacionales desde el
punto de vista cient ífico, pero no como la llevada a cabo por el ar
queólogo ruso profesor Koslov, quien, excavando entre las ruinas
-
-
de la antiqu ísma ciudad de Khara Khota , halló en una tumba una
pintura mural que se remontaba a 18.000 a ñ os atrás y que repre-
sentaba a una joven pareja de soberanos cuyo escudo estaba cons -
tituido por un cí rculo dividido en cuatro sectores, en cuyo centro
figuraba un signo que es el de la letra griega mu, nuestra M.
Todavía se viene enseñando en las escuelas que fueron los fe-
nicios quienes inventaron el alfabeto, del cual , con el griego y
muchos má s, deriva también el nuestro; la moderna lingüística ha
demostrado, sin embargo, que el famoso pueblo marinero no hizo
m ás que perfeccionar el alfabeto griego. Pero, ¿ cómo podemos
considerar a los hijos del Nilo autores del brillante hallazgo, si
sus caracteres son muy semejantes a otros descubiertos un poco
5 -2.764
66 PBTER K0L0S1M0

en todas las partes del mundo? ¿ Y qué significa esa M de hace


18.000 años? ¿ Debemos considerarlo como una pura coincidencia ?
Parece que no, desde que el coronel inglés James Churchward , una
extraña figura de investigador, aseveró ( con bases de todos modos
muy interesantes ) que la civilización egipcia, al igual que las cal
dea, babilonia, persa, griega , hind ú y china, tienen el mismo ori-
-
gen, debiendo ser consideradas todas como sucesoras de la cultura
de Mu, la fabulosa « Atlántida del Pacífico».
Y los restos descubiertos por el profesor Koslov en el desierto
de Gobi no serían, según Churchward , sino los de Uighur, la co -
lonia más importante de Mu, desde la cual una raza de super
hombres habr ía dominado, en tiempos inmemoriales, toda Asia y
-
la Europa meridional.
Ya hemos dicho que se considera a la m í tica Lemuria como
aniquilada por pavorosas convulsiones. Debemos añadir ahora que
no todo el continente se habría sumergido: una vasta porción
siguió emergida, aunque revuelta como ninguna de las tierras que
ahora nos son conocidas, ocupando buena parte del océano Pa -
.
cífico
Imaginemos una enorme isla que tuviese por centro a Austra
lia, flanqueada por dos largu ísimas fajas de tierra al Este y al
-
Sudeste, una especie de tosco triá ngulo con la hipotenusa vuelta
hacia la Ant á rtida, uno de los dos catetos frente a las costas del
África oriental y el otro frente a las occidentales de la Amé rica
espa ñola, y tendremos una visión aproximada de lo que segú n

el coronel Churchward habría sido Mu . —
Leyendas relativas a la existencia de un gran continente en el
Pacífico circulan en muchos puntos del Globo, y son con seguridad
-
anteriores a los relatos del oficial brit á nico. Pero él fue quien des
cubrió lo que muchos estudiosos consideran como los testimonios
escritos más autorizados al respecto .
TIERRA SIN TIEMPO 67

Cuando cae una estrella

En 1868, Churchward se encontraba en la India y, destacado


-
junto a un convento seminario budista , dirig ía la distribución de
los socorros ingleses a la poblaci ón , aquejada de una terrible ca -
rest ía. Apasionado arqueólogo dilettante, el oficial empezó a inte -
resarse por algunos extra ñ os bajo relieves; un alto sacerdote, con
quien trabara amistad, le reveló que eran obra de dos Naacals
( « grandes hermanos », especie de santos ) venidos en tiempos anti -
qu ísimos a traerles la sabia palabra de Mu , « la tierra madre », y
a ñ adi ó que otras tablillas escritas por aquellos sabios en la pri
mera lengua de la Humanidad estaban escondidas en los sótanos
-
del convento, donde eran custodiadas como preciosas reliquias.
El oficial pidi ó verlas inmediatamente, pero el alto sacerdote
no le dio satisfacción sino tras prolongadas insistencias, curioso a
su vez, al fin, de lo que aquellos documentos, de ser descifrados,
podr ían revelar. Ambos lograron interpretarlos, y en ellos leyeron
la historia de la creación de la Tierra y de la aparici ón del hom-
bre. Aqu í se interrumpía el relato, pero Churchward , fascinado
por la idea de haber puesto tal vez a la luz los documentos m ás
antiguos del mundo, no se arredró: recorrió toda la India pasan -
do de un templo a otro, en busca de las restantes tablillas, mas
en vano .
Una vez hubo abandonado el servicio militar, el coronel se
puso a estudiar lenguas muertas y a efectuar largos viajes, siem-
pre en pos de su utopía o, al menos, lo que muchos defin ían como
tal. Visit ó, entre otros sitios, el Pacífico meridional , Siberia , Asia
central , Egipto, Australia , Nueva Zelanda y el Tibet , logrando reu -
nir más e inapreciable material. Y en Lhasa , por fin , consigui ó
consultar las tablillas que faltaban a la colecci ón india .
El mosaico qued ó completado de la manera más impensada:
Churchward tuvo noticia del descubrimiento, efectuado en M éxico
por el geólogo estadounidense William Niven , de tablillas con ca-
racteres bastante similares a los que constitu ían la base de su
búsqueda. Otras inscripciones del mismo tipo fueron halladas des-
pués en antiguos templos mayas, en los « calendarios de piedra »
precolombinos, en los monolitos de Tizec y en las « tablas de pie -
68 PBTER KOLOSIMO

dra » de Azcopotzalco ( varias d écadas más tarde, caracteres aná-


logos serán descubiertos en la isla de Pascua y en la alfarería sa-
cada a la luz el año 1925 en Glozel, Francia ): basándose en aque
llos documentos, el coronel logró la reconstrucción geográfica que
-
hemos mencionado, asegurando, además, que Mu poseía siete
grandes ciudades y numerosas colonias allende los mares, con un
imperio surgido hace más de 150.000 años y que llegó a su apogeo
hará unos 70.000 .
Es una verdadera lástima que el genial cient ífico se dejase
arrastrar luego a deducciones e hipótesis que no nos permiten es-
tablecer los lí mites entre realidad y fantasía. Referiremos, por
tanto, sólo algunos puntos: según Churchward, Mu habría estado
caracterizada por un clima subtropical, por extensísimos bosques
y praderas que albergaban a grandes animales, entre ellos el mas-
todonte y el antepasado de nuestros elefantes, y habitada por se
senta y cuatro millones de individuos pertenecientes a diez es-
-
tirpes diversas unidas bajo un solo Gobierno. La raza aria sería
precisamente descendiente de la estirpe dominante en Mu , cuyos
representantes nos son descritos por el oficial como parecidos a
nosotros pero de mayor estatura, tez bronceada, ojos azules y ca -
bellos negros.
El fabuloso continente habría sido azotado por dos grandes
hecatombes, la ú ltima de las cuales condujo a la sumersión defi-
nitiva , ocurrida casi 12.000 a ños a. de J.C. He aqu í cómo narrarían
el fatal acontecimiento las tablillas de Lhasa:
« Cuando la estrella Bal cayó all í donde hoy no hay sino mar ,
las siete ciudades retemblaron con sus puertas de oro y sus tem
plos, elevóse una gran llamarada y las calles se llenaron de espeso
-
humo. Los hombres temblaron de miedo, y un gran gent ío se
agolpó en los templos y en el palacio del rey. El rey dijo: "¿ No os
hab ía predicho todo eso?” Y los hombres y las mujeres, vestidos
con sus preciosas ropas, adornados con sus maravillosos collares
de pedrerías, le rogaron y le imploraron: "¡Sálvanos, Ra-Mu!" Pero
el rey les profetizó que hab ían de morir todos con sus esclavos
y sus hijos y que luego de sus cenizas nacería una nueva raza
humana.»
¿ Qué era la « estrella Bal » ? ¿ Un enorme asteroide ? Probable-
mente sí. Habríamos podido tener indicaciones m ás precisas al
respecto, quizá , si un fenómeno ignorado no hubiese borrado de la
superficie terrestre el archipiélago que se dice sobrevivió todavía
durante milenios a la desaparición de Mu, pues precisamente en
TIERRA SIN TIEMPO 69

aquellos parajes (siempre al decir de Churchward ) habría surgido


una de las siete grandes metró polis del continente perdido.
Resumamos ahora a continuación todo cuanto nos es dado sa
ber: durante un largo crucero efectuado en los a ños 1686-1687, un
-
oficial holand és embarcado en el velero brit á nico The Bachelor’s
Delight , mandado por el capit á n ingl és Davis, descubrió frente a
las costas occidentales de Sudamé rica « una extensión de tierras
altas » que parec ían formar un archipiélago y que fueron bauti
zadas Davisland . Pero cuando, un a ño despu és, otros buques arri
-
-
baron al punto en cuestión no hallaron rastro de aquellas islas.


La ú nica en salvarse del cataclismo debi ó de ser la de las « grandes
cabezas »: « Es imposible escribe el geólogo McMillan Brown
—-
dar con otra explicación a los signos de la antigua civilizació n pas
cuana, de no ser admitiendo la existencia de un archipiélago su-
mergido all í donde fue avistada Davisland. Pascua debía ser el
cementerio sagrado de aquel grupo de islas.»
Pero hay otros factores que apoyan seriamente el n ú cleo cen -
tral de la teoría de Churchward: antes de la llegada de los eu -
ropeos, por ejemplo, los habitantes de muchísimas islas de Po-
linesia, Micronesia y Melanesia nunca habían oí do hablar unos
de otros, y es inadmisible que ( dados los rudimentarios medios de
navegación de que dispon ían ) se hubiesen esparcido arribando in -
cidentalmente a casi todas las tierras de los tres archipiélagos, ex -
tendidos en una zona vast ísima. Y , sin embargo, todos ellos ha-
blan lenguas provenientes de una misma ra íz, tienen en com ún
usos, tradiciones, costumbres y creencias religiosas.
Es interesante observar que dentro de los l í mites asignados
por Churchward a Mu viven hombres de diversas razas. ¡Y no fal -
tan los arios afincados all í desde la prehistoria!
En su monumental obra El mar, Egisto Roggero dice que las
poblaciones de las islas de la Sonda , con Sumatra , Java y otras,
de Borneo, Célebes, Molucas y Filipinas, presentan características
totalmente diferentes a las de los mongoles y de los negros oceá -
nicos que les rodean , dividié ndose en dos grupos: los malasios
( mongoloides ) de las costas, y los blancos que viven , vueltos a la
barbarie, en el interior, en las selvas, en los lugares menos acce-
.
sibles
El cient ífico italiano observa , adem ás, que grupos de indivi-
duos de raza claramente aria se encuentran también en las islas
Lieu -Khien, en la isla de Yeso y en la parte meridional de la isla
de Sajalín, donde podemos advertir, a ñ ade Roggero, « los rasgos
7Ü PBTER KOLOSIMO

más conocidos de nuestras familias. Las mujeres, sobre todo las


jóvenes, son bellísimas. Los navegantes del siglo xvm hablaban
con entusiasmo de la gracia voluptuosa de las mujeres de la "Nue-
va Citerea". De tez, esas chicas no son más oscuras que nuestras
sicilianas o las andaluzas ». Y, sobre este tema, concluye:
« Existe, pues, en el oriente de Asia una raza cuyo rasgo carac-
terístico es la semejanza con las razas blancas de Occidente. Al
parecer, debió de haber tenido por sede primitiva las islas del
archipiélago asiá tico, donde todavía ahora tiene sus más t ípicos
representantes. jEs la gran "raza oceá nica", un gran pueblo anti -
guo cuya historia desconocemos! Que quizás ha tenido un gran
— —
pasado y del cual segú n ciertas inclinaciones modern ísimas son
.
quizá también nuestros antecesores ¿ Un gran continente deshecho,
entonces, y cuyos únicos vestigios serían esos archipiélagos poli -
nésicos ? Es una hipó tesis, ciertamente. Pero muchas circunstan -
cias podrían hacerlo suponer. Bastaría ésta: que el mismo tipo de
fisonomía de esos grupos de isle ños, como asimismo sus idiomas,
no difieren sino por gradación de figura y de dialectos, a distancia
.
de cientos y miles de leguas.. basta pensar cuán vasta zona: ¡de
la América septentrional a las playas de Asia! »
Para confirmarnos la existencia de un continente hoy desapa -
recido bajo las aguas del Pacífico, vienen, además, testimonios ar -
queológicos de lo más curioso: las ruinas de las gigantescas mu-
rallas de la isla de Lele ( cuya disposición ahora, nos parece ab -
surda ), las pequeñas pirá mides de las Kingsmill, las columnas de
má rmol rojo en cono truncado de las Marianas, el enorme arco
de piedra de Tonga-Tab ú , el monolito con inscripciones indesci -
frables que se alza en una isla de las Fiji, los majestuosos restos
de Kuki, la gran plataforma de piedra roja de la isla Navigator.
El material empleado para la construcción de esos monumentos
no se encuentra en las islas donde est á n erigidos; por lo tanto,
sólo resta una explicación: que provenga de tierras actualmente
sumergidas.
Ruinas ciclópeas con restos de grandes templos y vastas terra-
zas han sido descubiertas en las islas Carolinas. Junto a esos res -
tos se encuentran, además, en Panape ( en cuyas cercan ías debió
haberse alzado, siempre segú n Churchward , otra de las siete me-
trópolis de Mu ), las bocas de imponentes pasos subterrá neos.
Y aquí no sólo volvemos a las galerías de los gigantes y de sus
descendientes, sino que nos acercamos a inn ú meras y significativas
leyendas todavía vivas en Asia .
TIERRA SIN TIEMPO 71

Los venusianos del mar de Gobi

« Con el estruendo potente de su rá pido descenso desde inson


dables alturas, rodeado de llamas que llenaban el cielo de lenguas
-
de fuego, apareció el carro de los Hijos del Fuego, de los Seño -
res de la Llama venidos de la Estrella Esplendente. Se detuvo so
bre la Isla Blanca del mar de Gobi , verde y maravillosa, cubierta
-
.
de olorosas flores. . »
Esto, vertido a t é rminos asequibles, dice un antiguo texto in -
dio, narrando cómo un ser extraordinario llamado Sanat Kumara
llegó hace miles de a ñ os desde Venus a nuestro planeta , desper
tando, junto con sus compa ñeros, la inteligencia de los hombres,
-
y d á ndoles a conocer el trigo, las abejas, y muchas de las cosas
que hicieron la vida m ás f ácil a nuestros antecesores.
Naturalmente, la historia agradó mucho a los cultivadores de
doctrinas esot é ricas, quienes la han bordado con f á bulas extra ñí -
.
simas Pero tambié n cient í ficos de indudable seriedad ( entre ellos
algunos sovié ticos ) no han sido ajenos a hacer concesiones más
o menos cautas a la hipó tesis de un « desembarco» en la Tierra de
seres de otros mundos. Y ello porque muchas son las referencias
mitológicas y muchos los puntos de apoyo ofrecidos por la mo -
derna investigación cient í fica.
Las leyendas del Asia central mencionan a menudo el desierto
de Gobi, donde, en un tiempo remot ísimo ( lo cual es confirmado
por la geolog ía ), se habría extendido un gran mar. En aquel mar
— —
nos dicen los sabios chinos habría existido una isla habitada
por « hombres blancos de ojos azules y pelo rubio » que, « venidos
del cielo » , trataron de difundir su civilización. Precisamente de
— —
ellos a ñaden algunos los habitantes de Mu habrían tenido no
ciones considerables, tales como para llevarles, hace casi 75.000
a ños, a un alt ísimo nivel.
-
Diríamos que se trata de un cuento absolutamente fant ástico,
si un serio arqueólogo, Harold Wilkins, no nos recordase que tam
bié n una antiqu ísima tradición hind ú pretende que « hombres ba-
-
jados de la gran estrella blanca » ( se trata sin duda de Venus ) se
afincaron en la isla del mar de Gobi en el a ñ o 18.617.841 a. de J.C.,
erigiendo primeramente un fort ín, luego una ciudad, y comu -
72 PBTHR K 0L0S1M0

nicando su sede con la tierra firme a través de galerías subma-


.
rinas La fecha no es seguramente exacta, pues se basa en las
erróneas « tablas brahmánicas », pero los hechos que nos han
sido transmitidos nos dejan perplejos, toda vez que tienen corres-
pondencia con otros muchos relatos y apoyo en descubrimientos
asombrosos.
Hace algunas d écadas fue hallado en las cavernas de Bohistan,
al pie del Himalaya, un mapa celeste. Los astrónomos observa-
ron que, pese a ser exacto, no correspondía con el trazado por no-
.
sotros ¿ Por qué ? Porque en aquel mapa las estrellas estaban
situadas en la posición que ocupaban hace 13.000 a ños. Y hay
un detalle curioso, representado por l íneas que unen, en el dibujo,
a la Tierra con Venus.
Aquel mapa fue publicado en 1925 por el National Geographi-
cal Magazine americano, pero ya mucho tiempo antes algo seme-
jante había proporcionado no pocos rompecabezas a Jean-Sylvain
Bailly, alcalde de París en 1778 y astrónomo real de Francia. Exa-
minando algunos mapas celestes tra ídos de la India por misione-
ros, el estudioso comprobó que debían ser viejos de muchos mi-
lenios, pero que, de todos modos, no pod ían haber sido hechos
en la India , puesto que en ellos figuraban estrellas invisibles desde
el presunto lugar de origen. Los cálculos revelaron a Bailly el lu-
gar donde los mapas habían sido dibujados: la zona donde se ex-
tiende ahora el desierto de Gobi. El astrónomo dedujo de ello
que los indios debían de haber heredado aquellos mapas de una
civilización bastante má s antigua y avanzada que la suya... y
pensó en la Atlá ntida , situá ndola erróneamente all í donde debió
de haber latido el corazón de Mu con el de ignotos visitantes es-
paciales.
Como es sabido, las tesis a favor de la habitabilidad de otros
mundos se afianzan cada vez más entre los estudiosos soviéticos:
convencidos de la existencia de nuestros evolucionad ísimos « her-
manos del Infinito », cient íficos rusos de indudable seriedad van
buscando apasionadamente las pruebas de sus correrías por la
Tierra . Y el desierto de Gobi , por los muchos espejismos cósmi -
cos que deja traslucir, no pod ía menos que atraerles.
La cosa comenzó cuando el profesor Mija íl Agrest , insigne ma-
tem á tico y f ísico, se declaró persuadido de que la causa de la
destrucción de Sodoma y Gomorra hace un millón de a ñ os fue
una deflagraci ón nuclear.
Segú n la Sagrada Escritura, las dos ciudades encerraban entre
TIERRA SIN TIEMPO 73

sus murallas tantos vicios, tanta depravaci ón, que indujeron a


Dios a borrarlas de la faz de la Tierra « con una lluvia de fuego
y de azufre ardiente », tras haber concedido solamente a Lot y a
su familia el ponerse a salvo. Durante la fuga , ninguno de los
afortunados debería volverse para contemplar el espect á culo de
la furia divina; pero la mujer del patriarca , movida por la curio-
sidad , transgredi ó la orden , quedando convertida en estatua de sal.
Algunos cient íficos replican que la cat á strofe debi ó de produ
cirse hace cuatro mil años, pero no est á n en condiciones de expli-
-
carla: las hipótesis de incendios y devastaciones deben ser exclui-
das, y ningú n elemento vá lido apoya las de una erupción volcá-
nica o de un trastorno tel ú rico. Hay, adem ás, un curioso detalle,
del que partieron los estudios de Agrest , difundidos a principios
de 1960 por la Gaceta Literaria de Mosc ú y comentados después
con pasión por la radio de la capital: el hecho de que los textos
aludan expl ícitamente a la « caída desde lo alto » del fuego ( 1 ).
Segú n el sustentador de la original teor ía , fue una astronave
extraterrestre que descendió sobre nuestro planeta la causante del
desastre: los visitantes espaciales, obligados a deshacerse de una
parte de su combustible nuclear, lo habr ían hecho estallar tras
haber alejado a los habitantes de la zona.
En el altiplano de Baalbek , en los montes del Antil íbano, surge
una extra ña y cicló pea plataforma, actualmente erosionada por
los elementos naturales, cuyo origen permanece envuelto en el
misterio: Agrest cree que fue construida para permitir el aterri -
zaje y el despegue de los veh ículos cósmicos que acud ían a visitar
nuestro planeta , y muchos cient íficos comparten sus ideas: aque-
llos que tratan de dar una interpretación cient í fica a los mitos, a
las leyendas, considerá ndolos deformaciones de la realidad.
Segú n ellos, el famoso pasaje bíblico se refer ía a una catás-
trofe acontecida mucho tiempo antes y la describ ía en t é rminos
inaprehensibles, al menos para la mentalidad de la é poca. « En
la lluvia de fuego y de azufre ardiente

dice Agrest vemos
algo muy similar a los efectos de una explosión termonuclear. Si
los habitantes de Hiroshima no hubiesen sido tan evolucionados ,

con seguridad habr ían descrito de modo aná logo la destrucción
.
de su ciudad El azufre arde desprendiendo un calor elevad ísimo
y disuelve los cuerpos a los que se adhiere.»
Tambié n la historia de la mujer de Lot se adapta a ese cuadro,
. - .
( i ) Ver revista Horizonte n . 6 setiembre octubre 1969
Editores,
° .
Plazo 6c Janés S. A .
74 PETER KOLOSIMO

haciendo rememorar el fenómeno de la vitrificación del cemento


armado registrado tras el bombardeo de la desventurada ciudad
nipona. La mujer, al quedarse parada, podía haber sido alcanza
da por la « onda atómica » que, al barrer los vastos yacimientos de
-
sal gema todav ía existentes en aquella zona , la habría cubierto
de fin ísimo polvillo, hasta convertirla en algo semejante a una
estatua de sal.
A la teoría de Agrest proporcionaría ulteriormente una apoya -
dura los tejos hallados en el desierto bí blico. A propósito de ellos,
han sido atribuidos al investigador extraordinarias, fantásticas ver
siones, hacié ndoselos describir como proyectiles usados por los
-
extraterrestres o restos de astronaves destruidas. Lo cierto es que
Agrest afirma que los tejos estarían constituidos por fragmentos
desprendidos de los vehículos cósmicos por el fuerte calor que
acompaña su penetración en la capa atmosf é rica , y se remite al
fenómeno an á logo que ha caracterizado el regreso del Sputnik II .
¿ Qué son esos discutidos tejos ? Lá minas de pocos centímetros,
de aspecto vitreo: su composición los distingue netamente de los
meteoritos; han sido hallados en regiones muy circunscritas, siem-
pre en la superficie o casi, y todo induce a creer que su origen no
es terrestre. Durante muchos a ños los cient íficos se han estrujado
el cerebro sobre la procedencia de esos cuerpos: hay quien los
dice llegados a nosotros desde un cometa , quien los pretende
llovidos de la Luna a consecuencia del impacto de grandes meteo-
ritos o a espantosas erupciones volcá nicas en el saté lite. Lo cierto
es que los tejos debieron haberse solidificado girando vertigino-
samente en el vacío, antes de tocar tierra. Si es verdad que se
desprendieron de naves espaciales, sus montones, visibles en al
gunas zonas, nos dicen que debió tratarse de titá nicos cruceros
-
cósmicos.
Pues bien, rastros semejantes a los que caracterizan la zona
donde d ícese que se alzaban Sodoma y Gomorra han sido halla-
dos por los investigadores sovié ticos en otras dos localidades: en el
siniestro Valle de la Muerte, situado entre California y Nevada ,
y en el desierto de Gobi; considerables trechos del desolado arenal
asi á tico aparecen efectivamente vitrificados. |Y tampoco faltan los
tejosl
Ya en 1850, refirié ndose al Valle de la Muerte, el aventurero
William Walker ( el « conquistador de Nicaragua » ) escribió:
« En estos parajes se ve un edificio central imponente, en torno
al cual yacen los restos de una ciudad que se extend ía casi dos
TIERRA SIN TIEMPO 75

kilómetros. Se encuentran las huellas de una erupción volcánica ,


con bloques carbonizados o vitrificados, que atestiguan el paso de
un terrible cataclismo.
» En el centro de dicha ciudad, verdadera Pompeya americana ,
surge un espolón rocoso de seis a nueve metros de alto, sobre el
cual se ven todavía las ruinas de construcciones ciclópeas. El extre -
mo meridional de los edificios parece salido de un horno, y la mis -
ma roca que los sostiene muestra huellas de fusión.
» Es singular que los indios no hayan conservado ninguna tra -
dición relativa a las gentes que moraron en tiempos en esta re -
gión.
« Observando las tristes ruinas, son presas de un terror supers -
ticioso, pero no saben nada respecto a su historia.»
A mediados del siglo pasado Walker no pod ía formular otras
hipó tesis; ademá s, no había visto Pompeya , ni pose ía sólidas no-
ciones de vulcanología , pues de lo contrario habría sabido que
en el Valle de la Muerte nunca se hab ían producido fenómenos
de ese gé nero y que, por otra parte, una erupci ón , por muy vio -
lenta que sea, no puede fundir las rocas, vitrificar la arena y
hacer est é ril una zona cubierta en eras remotas por una lujuriante
vegetaci ón, ahora jalonada solamente por impresionantes troncos
informes, retorcidos, que parecen expresar el tormento de la na -
turaleza violentada.
Los rusos pod ían haber hallado cabalmente instrumentos mon -
t a d n c h n r p m i l p c y TTI í I P Q d e n ñ n s a h n r d n d e v p h í r n l o s r ós m i r o s .
.S P trata de nlgnnns misteriosos nrfilngios descubiertos en cavernas
del Tiirqnest á n y d p Gohi . hechos de cerá mica y de vidrio , en for -
ma de hemisferio, rematados con un cono que contiene una gota
de m é r r i m o .

Ningú n cient í fico del mundo estaría en condiciones de formu -


lar unas hipó tesis plausibles acerca de esos artefactos. Pero nos
parece cuando menos singular el hecho de que el mercurio haya
tenido una parte notable en la propulsión de los fant á sticos « ca -
rros del cielo », cuyas descripciones abundan en los textos sá ns -
.
critos
« Las m á quinas voladoras ]! vimanal


-


se lee en el Ramayana y
en el Drona Parva , ten ían forma ae esfera y navegaban en el
aire por efectos del mercurio, que suscitaba un fuerte viento pro -
pulsor. Los hombres que iban en el vimana pod ían , así, recorrer
grandes distancias en un tiempo maravillosamente breve Los .
vimana se conduc ían de modo conforme a la voluntad del piloto,
76 PETBR K0L0S1M0

volando de abajo hacia arriba , hacia delante o atrás, según la dis-


posición del motor y su inclinación.»
Otra fuente india, el Samar, habla claramente de « má quinas
de hierro bien conexas y lisas, con una larga de mercurio que se
liberaba de la parte posterior con llamaradas y rugidos », y una
compilación de crónicas en sánscrito, la Samarangana Sutradhara ,
nos ilustra incluso acerca de su técnica de construcción.
¿ Acaso el gran Newton tuvo un presentimiento ( ¿o fue m ás que
un presentimiento ? ) cuando, a propósito del interés suscitado por
el mercurio entre los alquimistas, escribió: QLEI modo como el
mercurio puede ser así empleado ha sido mantenido en secreto,
,

por quienes sabían* v rem senta^Drohahlfiiiicxitc una pucn


'

¿
algo xn ¡ noble
r<
'"

ntft W Inmenso ppliprn jft


.
^ ilación de oro) , que no puede ser
¿ Acaso no resulta extra ño el hecho que la astroná utica haya
llegado ahora a considerar el elemento propulsor de los « carros
del cielo » como un posible « carburante » ? Durante el Congreso
Internacional del Espacio celebrado en París en 1959 se habló de
un motor de « iones de mercurio », y Francia , a su tiempo, anunció
experimentos encaminados a poner en órbita un saté > ; te artificial
cuyo vector sería movido por un « homo solar ».

Los increí bles Kappas


En su libro El retorno de los brujos ( 1 ), fantaseando acerca
de extra ñas huellas similares a las que podría dejar una ventosa
en condiciones de atacar la piedra, Louis Pauwels escribe:
« Esas huellas me parecen simbolizar la comunicació n. Pero
no medios de comunicación entre habitantes de la Tierra. Tengo
la impresión de que una fuerza externa imprimió sí mbolos en
las piedras de nuestro planeta , y de ello hace mucho tiempo. No
creo que las huellas de ventosas sean mensajes escritos por ha -
bitantes de la Tierra, porque me parece inaceptable la hipótesis
de que los habitantes de China , de Escocia y de Amé rica hayan
conocido todos el mismo sistema ... A veces rodeados por un c í rcu -
(1) . .
Plaza & Jan és, S A., en esta misma colecci ón «Otros mundos »
TIERRA SIN TIEMPO 77

lo, a veces por un semicírculo, las huellas se encuentran , prácti -


camente, por doquier: en Inglaterra, en Francia, en América, en
Argelia, en el Cá ucaso y en Palestina ; por doquier, excepto, quizás,
en el gran Norte. En China , los escollos están cuajadas de ellas;
en una escollera próxima al lago de Como hay un laberinto de
esas huellas. En Italia , en España y en la India se encuentran en
cantidades incre íbles.
«Supongamos que una energía an á loga, digamos, a la energía
eléctrica , pueda marcar desde lejos a las piedras..., exploradores
extraviados, llegados de alguna parte. Se intenta, desde alguna
parte, comunicar con ellos, y un frenesí de mensajes llueve sobre
la Tierra , en la esperanza de que alguno marque las piedras próxi
mar a los exploradores perdidos. O tambié n , en algún lugar de la
-
Tierra, existe una superficie rocosa de un gé nero especial, una re -
ceptora ... sobre la cual , al cabo de siglos, vienen a imprimirse
los mensajes de otro mundo. Pero a veces esos mensajes se pier -
den y van a marcar paredes situadas a miles de kilómetros de la
receptora. Puede ser que las fuerzas ocultas detrá s de la historia
de la Tierra hayan dejado sobre las piedras de Palestina , de In -
glaterra , de China y de la India archivos que un d ía será n desci -
frados o instrucciones mal dirigidas a las órdenes esotéricas, a los
jesu í tas y a los masones del espacio... »
Si , siguiendo la invitación a las fantasías del escritor francés,
nos detenemos ante las monta ñas al norte del desierto de Gobi ,
donde las misteriosas huellas abundan , casi logramos pintar un
cuadro increí ble.
Son , ante todo, los chamanes quienes nos lo proporcionan ,
los sacerdotes del antiguo culto m ístico que todav ía pervive en
Mongolia. Esos sacerdotes brujos, cayendo en éxtasis al son obse
-
sionante de un atabal, pretenden ponerse así en comunicación con
-
un má s all á poblado de espí ritus demon íacos. Ahora bien , esos es
p í ritus los hay singularísimos: negros, jorobados, provistos de
-
largas garras, podrían « quitarse la piel » para aparentar formas
humanas. As í reducidos, se agitar ían entre los hombres sin ser re -
conocidos; pero con su « piel oscura » vagarían , invisibles, en las
aguas y en el cielo, a bordo de grandes conchas voladoras, « lla -
mando a los muertos ».
A esas conchas aluden tambié n los denominados Ghal Sudur
( Libros del fuego ) , escritos para transmitir creencias y ritos an -
tiqu ísimos. Pero, ¿ de dónde provienen los demás detalles ? ¿ Acaso
del Japó n ?
78 PBTER K Ü LOSIMO

Aquí coincidimos con un « servicio» difundido hace algunos a ños


por el semanario nipón Maitiichi Graphic, en el cual se pregun-
taba, en conclusión, si no debía considerarse seriamente la hi-
pótesis de seres llegados al Japón desde el espacio y que allí
vivieron hasta hace unos mil a ños.
Una noticia semejante hubiese sin duda topado con el escepti
cismo general, de no haber sido difundida por una publicación
-
reputada por su ponderación y si no hubiese encontrado el apoyo
de uno de los más estimados estudiosos nipones vivientes, el profe
sor Komatsu Kitamura, arqueólogo e historiógrafo de gran val ía.
-
« La primera sospecha que me condujo a esta hipótesis


cribe el profesor me vino por un grabado descubierto en un viejo
texto ilustrado de la historia de los legendarios "hombres de los

es-

ca ñaverales", cuya presencia suele se ñalarse con frecuencia en


tiempos de Heia ( del ix al xi siglos después de J.C.). Los kappas,
como fueron llamados aquellos hombres, eran extra ñísimas criatu
ras que los viejos textos describen como "semejantes al hombre",
-
pero caracterizados por monstruosas deformaciones .
» De tales descripciones los "hombres de los ca ñ averales" apa -
recen como hlpedosr de extremidades palmeadas y provistas de
tre <; HpHnc rada una terminado*; en garfio, ron el dedo rentral no-
tablemente m á s largo. Sn piel es oscura , lisa , sedosa y rehiriente,
su rara delgada de orejas desarrnlIndas y ojos extra ñ amente
j

grandes y triangulares. F.n la raheza , segú n el parecer un á nime de


quienes hablan de ellnsf portan nn nirinsn "rasen ron cuatro
agujas", y su nariz tiene el aspecto de una trompa que termina
detrás de la espa 1dar donde se une ron una " joroba" en forma fie
cajita.
» Hasta hace poco tiempo no hubiésemos podido clasificar a esos
seres sino entre alguna clase de simios transfigurados por la
imaginación o entre criaturas legendarias. ¿Cómo, en efecto, se
hubiesen podido juzgar de otro modo figuras tan extra ñas y, al
decir de los antiguos escritores, "capaces de moverse velozmente
.
tanto sobre la tierra firme como en el agua" Hoy, sin embargo,
sabemos que los fabulosos dragones existieron verdaderamente
como gigantescos saurios que vivieron en el Cenozoico, y que
también los gigantes de las sagas pertenecieron a la realidad.
» Me decid í a contemplar un poco más de cerca a los legendarios
kappas y, de pronto, llegué a una sensacional deducción; { aquellos
seres, tal como eran descritos, parecían idé nticos a los buceado-
res de nuestros tiempos! Su piel "oscura y reluciente" podía ser
TIERRA SIN TIEMPO 79

un mono impermeable, las manos y pies palmeados pod ían formar


parte del equipo ( los garfios servían probablemente para alguna
maniobra habitual ) y la "trompa que terminaba en una joroba"
es, en el fondo, igual a los aparatos respiratorios alimentados por
tubos de oxígeno que nosotros conocemos perfectamente. Restan
las "cuatro agujas en el casco": |no me atrevo a seguir el pen-
samiento que me viene a las mientes, pero estoy tratando de ha-
cerlo, dejá ndome convencer por la idea que se trate de antenasl »
Debemos excluir en seguida que las descripciones de los miste
riosos kappas sean del todo fant ásticas: al reves, nos hallamos
-
ante una serie de testimonios concordantes que no tienen paran-
gón en casos aná logos. Que se trate, adem ás, de una estirpe ni
pona de precursores de los modernos ases de la exploraci ón sub-
-
acu á tica debe excluirse totalmente, dado el nivel en el que se
encontraba el Japó n hace mil a ñ os.
Queda la hipó tesis de que los « hombres de los ca ñ averales » sean
mero fruto de la fantasía; resulta un poco dif ícil creerlo, sin
embargo, considerando todos los puntos de contacto con el equipo
de los modernos buceadores. Ademá s, para abonar tal suposición,
deberíamos hallar trazas de ello en el mundo de las leyendas y
de los mitos nipones de otros tiempos, lo cual no es posible .
/ Llegaron pues , los kappas a nuestro planeta desde el espa -

,

cio ? Los relatos que a ellos se refieren dice el profesor Kitamu-



ra parecerían confirmarlo incluso porque aluden a veh ículos « se
,

mejantes a grandes conchas , ¡capaces de moverse a gran velocidad


tanto sobre las aguas como en el cielo! »
-
A través de un oscuro pasado nos lanzamos así del Japón a
Mongolia , siguiendo con la imaginaci ón a los enigm á ticos kappas
que, tras la desaparici ó n de Mu , vuelan hacia donde se elevan las
bases de sus compañeros, irradiando ininterrumpidas llamadas, en
la esperanza de ser recogidos por algú n superviviente.
Ciertamente, hemos ido un poco demasiado lejos. Pero la culpa
es de Pauwels, de los chamanes, del profesor Kitamura y de las
configuraciones que parecen dar cuerpo a los espejismos cósmicos.
Son numerosísimas, como veremos, en todo el mundo ( 1 ).
Muy curioso es el descubrimiento efectuado en la isla nipona
de Hondo. Se trata de una estatua de edad indeterminada , que
parece reconstituir una escafandra para vuelos cósmicos destinado
a seres..., humanos hasta cierto punto: el casco es muy peque ñ o,
( 1) En la obra Astronaves en la rrenuiona se ofrece una exhaustiva docu-
.
mentaci ó n fotográfica
80 PBTER KOLOSIMO

los oculares son enormes, saledizos lateralmente; los brazos ape-


nas llegan al talle, las caderas son anch ísimas y muy bajas, y las
piernas, feas y cortas, semejan dos copas.
Diríase, además, que representaciones de cascos especiales se
hallan diseminadas en toda Asia; las mismas máscaras usadas por
los brujos de muchas tribus primitivas parecen inspirarse en ese
motivo.
¿NO pudieron haberse transmitido entre ellos por generaciones
y generaciones, otorgándoles poderes m ágicos, el simulacro del
cubrecabezas de los "hombres de la medicina" venidos del cosmos ?
— —.
se pregunta el escritor Zorovski ¿ Y no pudieron los autores
de aquellas m áscaras funerarias de rasgos indefinidos, propias a
tantos pueblos antiguos, haberse inspirado igualmente en los m í-
ticos astronautas, considerando asegurar así al difunto un rá pi-
do viaje al cielo, o bien un pronto retomo a la Tierra o tam
bién, un dulce sueño antes del renacer, quizás en relación con un
-
proceso de hibernación artificial efectuado para con los huéspe
des extraterrestres ?»
-
7

LEYENDAS ESTELARES

Algunos extra ñ os fenómenos, agigantados por la superstici ó n


popular , indujeron a los cient íficos sovié ticos a interesarse por
el « pozo sin fondo » de Azerbaijá n. De la vorá gine subían alaridos
estremeccdores, silbidos, golpes, gemidos, y a veces una luz azulen-
ca parecía emanar de sus paredes.
Los investigadores sabían perfectamente que aquellas manifes -
taciones son harto frecuentes y que no tienen nada de sobrena -
tural; algunos de ellos se metieron en la « chimenea », pero, al no
-
lograr ver el final, prefirieron explorar los contornos , ricos en hen
diduras, con la esperanza de encontrar alguna v ía de comunica -
ción con el pozo. Y descubrieron m á s de cuanto se esperaban : un
enjambre de galer ías, que pronto se advirtió que ten ía ramificacio-
nes en Georgia y toda la región caucásica.
De momento, creyóse que se trataba de cavernas prehistóricas:
en efecto, no lejos de la boca salieron a la luz inscripciones y res -
tos humanos. Un examen m á s profundo, sin embargo, demostró
que los huesos ten ían una edad muy posterior respecto a la de los
dibujos; y pronto result ó evidente que la mayor ía de las grutas
conducían a t ú neles excavados en el corazón de las monta ñ as y
que eran dif ícilmente explorables por los desmoronamientos que
los obstru ían . Pero ya así, aquella red aparecería asombrosa , re-
velando anchos conductos que llevaban a « placitas » redondas, de
6 - 2.764
82 PBTER K 0L0S1M0

-
las que sal ían otras v ías, extra ñ os nichos vacíos, pozos y canali
llos tan angostos que ni siquiera permit ían el paso de un ni ño.
La única gran galería que pudo ser recorrida un buen trecho
conducía a una plaza subterrá nea muy espaciosa , de más de veinte
metros de altura, indudablemente excavada por seres inteligentes.
Pero, ¿ con qué objeto ? La absoluta falta de huellas no permitió
formular hipótesis: la soluci ón del misterio está probablemente
más adelante, donde no es posible penetrar.
Las entradas principales de las galerías caucásicas son muy
regulares: sus paredes rectas, las bóvedas apretadas, brindan a
veces un espect áculo de belleza ultraterrena; y lo má s singular
estriba en el hecho de que recuerdan, es más, casi reflejan, los
t úneles de la Amé rica central.
En las grutas que a menudo se abren cerca de las galenas ru-
sas, se observan curiosas inscripciones; curiosas, sobre todo, por-
que se hallan prá cticamente en todas las partes del mundo y
porque su origen plantea interrogantes fantá sticos: notamos la
omnipresente esvástica, el signo del infinito, la espiral.
¿ Por quién fueron excavados aquellos t ú neles y con qué obje-
to ? Es imposible decirlo. Para un grupo de arqueólogos sovié ticos,
formarían parte de un gigantesco sistema de arterias que se pro-
longa en dirección del Irá n y que pudiera comunicar no solamente
con los descubiertos en las proximidades del río Amu Darí a ( Turk
menist á n y fronteras ruso-afganas ), sino francamente con los la-
-
berintos subterráneos de la China centro-occidental, del Tibet y de
Mongolia .
De algunos nos revel ó ya la existencia , en 1920-1921, el natu-
ralista Ossendovski , diciéndonos que habían servido de refugio a
muchas tribus mongoles perseguidas por las hordas de Gengis
Khan. Ah í radica la creencia , de que nos ha informado el orienta
lista Nicholas Rorick , de que en Asia se oculta un inmenso reino
-
subterrá neo llamado Shamh del que deberá salir un nuevo
salvador de la Mu man í dad , e anuloso hé roe Maitreva .
Los tibetanos afirman que se trata de ciudades, las ú ltimas
de las cuales albergarían a ú n a los representantes de un pueblo
ignoto escapados a un terrible cataclismo, quienes se servir ían
de una energía que al liberarse, emite una especie de fluorescen-
cia verde, que ejerce nada menos que de sustituto del Sol , favo-
reciendo el crecimiento de los vegetales y prolongando la existen-
cia humana.
Resulta curioso el hecho de que también las leyendas ameri-
TIERRA SIN TIEMPO 83

canas hablan de luz verde y de misteriosos hombres del subsuelo.


En Amazonia, un explorador ca ído en un laberinto subterrá neo,
habría visto sus paredes iluminadas « como por un sol de esmeral
da » y, antes de volver a la selva para no ser presa de una ara ñ a
-
monstruosa , enorme, descubriera « sombras semejantes a hombres »
que se movían al fondo de un pasadizo .
Los descendientes de los incas cuentan historias pavorosas
acerca de sus antepasados que se pasear ían « en el corazón de
las monta ñ as », saliendo a veces, de noche, para hacerlo a la luz
de las estrellas. No se logra comprender si se tratar ía de perso-
nas de carne y hueso o bien de fantasmas. De hacer caso a Tom
Wilson , gu ía indio de California , estar ían muy vivos: su abuelo
( que ignoraba las leyendas sudamericanas ) fue a parar casual
mente, hace unos cuarenta a ñ os, a una gran ciudad subterrá nea
-
y vivió durante cierto tiempo entre extra ños individuos « vestidos
con algo que semejaba cuero pero que no era cuero » ( ¿ tejidos de
materia plástica en 1920? ), que hablaban una lengua incompren -
sible y que ingerían alimentos no naturales. ¿Se tratar ía de los
« inmortales de Mu » ? Los cultivadores de las llamadas ciencias
esoté ricas no vacilarían en responder en sentido afirmativo, pero
nosotros preferimos aconsejar a los lectores una gran cautela al
respecto.
Un tal White, buscador de oro, fue a parar, en cambio, quince
a ños después, a una necró polis subterrá nea, y vio yacer, en una
vasta explanada que parec ía algo entre sala de reuni ó n y plaza,
cientos de cuerpos momificados naturalmente, algunos en asientos
de piedra, otros tendidos en las más raras posturas sobre el pa -
vimento, como si la muerte les hubiese llegado de improviso. Tam
bié n aquellos cad á veres vest ían ropas hechas de un material si-
-
milar al cuero, tambi é n estaban iluminados por una extra ñ a
fluorescencia verde; y en torno a ellos, en aquella fantasmagórica
luz, brillaban enormes estatuas de oro.
Al relato de White sucedió una expedici ón , que, sin embargo,
no llegó adonde se propon ía. Pero un viejo minero, retenido evi -
dentemente por un supersticioso temor , declaró m ás tarde que
podría en cualquier ocasi ón penetrar en la necró polis subterrá nea ,
y describi ó detalles que el propio White había notado, pero de los
cuales no habló a ningú n alma viviente.
Los pieles rojas apaches, de los Estados Unidos, fantasean
acerca de galer ías que comunicar ían su territorio con la m í tica
Tiahuanaco, a través de las cuales sus antepasados, para escapar
84 PETER KOLOSIMO

a otra tribu, se habrían refugiado, en un viaje que duró años y


años, en el corazón de la América meridional.
Son, éstos, relatos que le dejan a uno escéptico; pero, ¿ cómo
no quedarse atónito ante las misteriosas alusiones de los jefes
indios que pretenden que las galerías fueron «excavadas me -
diante rayos que disgregan las rocas » por seres « próximos a las es -
trellas» ?

Misiles en el templo

Volviendo a Asia , hallaremos al lado del mito de Shambhala


el de Agarthi ( o Agartia. Agharti ). otro reino de la sabidur ía , el
corazón de la cual estaría en una especie de santuario situado bajo
el Himalava. Según Ossendovski , el origen de ese « centro de la
sabiduría v de la inteligencia » se remontar í a a l m e n o s nf ú OOOOO)
a ños atrás. Quienes hablan de él nos dan detalles fant á sticos, tan
estrambóticos que no merecen siquiera una breve menció n ; si re-
cordamos que, basá ndose en tales detalles, charlatanes y embau -
cadores se presentan de vez en cuando como « grandes pont í fices
del Agarthi », creemos que no es caso de insistir sobre ese tema .
El mito, sin embargo, existe de veras, y aunque al respecto
circulen en Asia miles de versiones diversas, las alusiones a los
vuelos espaciales y a los poderes casi sobrehumanos de los « hijos
de Agarthi » son tan insistentes, tan concordantes, a veces , y tan
próximos a las descripciones hechas por los textos sá nscritos en
materia de divinidades y de hé roes, como para justificar el vivo
interés mostrado por algunos estudiosos .
« El Agarthi , los enigmas cósmicos, los numerosos secretos tibe -
tanos, las facultades parapsicol ógicas propias a muchos asi á ticos,
no son má s que pá ginas arrancadas de un mismo libro afirma
— —
el americano Miller , el libro de la desaparecida civilizaci ón de
Mu. Quizás algú n d ía lograremos tambié n tener una idea aproxima -
da de las otras pá ginas, quizá podremos incluso reconstruir a
grandes rasgos su trama. Pero, ¿ d ónde , cu á ndo ? »
Comparativamente, la b ú squeda de la proverbial aguja en un
pajar es cosa de risa: han tenido ocasi ón de comprobarlo , entre
otros, todos aquellos que han intentado arrojar luz sobre el pueblo
TIERRA SIN TIEMPO 85

de los Hsinp Mu . los « adoradores de las estrellas » , cuyos escasos


rastros parecen alentar las más extra ñas suposiciones.
Los Hsing Nu no se distingu ían precisamente por un alto nivel
de civilización, pero, en muchos aspectos, los testimonios que
nos han llegado indirectamente acerca de sus monumentos pu -
dieran inducirnos a pensar lo contrario: en suma , nos encontra
mos ante uno de tantos inexplicables contrastes propios de las
-
antiguas culturas.
Los Hsing Nu habitaban una regi ó n del Tibet septentrional , al
sur de la grandiosa cordillera de Kun Lun , zona ahora desé rtica
y en gran parte inexplorada. No eran de origen chino: créese
que llegaron allí desde Persia o de Siria: los hallazgos efectuados
.
nos conducen, en efecto , a Uearit y en particular , a las represen -
taciones del dios Baal, el de largo yelmo cónico y cuerpo cubierto
de plata.
Cuando, en 1725, el explorador francés padre Duparc descubrió
las ruinas de la capital de los Hsing Nu , aquel pueblo, extermina -
do por los chinos, pertenecía ya a la leyenda hacía siglos. El monje
pudo admirar los restos de una construcció n en el interior de la
cual se alzaban más de mil monolitos que en su tiempo deb ían
de estar revestidos de lá minas de plata ( alguna , olvidada por los
saqueadores, era visible a ú n ), una pirá mide de tres plantas, la
base de una torre de porcelana azul y el palacio real, cuyos tronos
estaban rematados por im á genes del Sol y de la Luna . Duparc
todavía pudo ver la « piedra lunar », un bloque de una blancura
irreal, rodeado por bajo relieves que representaban animales y
plantas desconocidos.
En 1854, otro francés, Latour, exploró la zona , hallando algu -
nas tumbas, armas, corazas, vajilla de cobre y collares de plata y
de oro adornados con esvásticas y espirales. Las misiones cient ífi -
cas que, má s adelante, acudieron all í, sólo pudieron ver alguna
losa esculpida, pues, entretanto, la arena había sepultado los res -
tos de la gran ciudad.
Fue en 1952 cuando una expedición sovié tica intent ó poner a
la luz una parte por lo menos de las ruinas. Los aventureros de la
ciencia se sometieron a un largo y agobiador trabajo, sin poder
contar con instrumentos adecuados, cuyo transporte a aquellas re
giones resultaba imposible; desgraciadamente, sólo consiguieron
-
arrancar al desierto la extremidad de un extra ño monolito puntia -
gudo, con algunas inscripciones, que parece copia idéntica del de
la ciudad muerta africana de Simbabvve .
86 PETER KOLOSIMO

Por los monjes tibetanos, empero, los investigadores rusos se


enteraron de la vida , muerte y milagros de los Hsing Nu. Les
fueron mostrados documentos en los cuales la pirá mide de tres
plantas era minuciosamente descrita. De abajo arriba, las plata
formas representaban « la Tierra Antigua, cuando los hombres
-
subieron a las estrellas; la Tierra Media , cuando los hombres vi -
nieron de las estrellas, y la Tierra Nueva, el mundo de las estre
.
llas lejanas »
-
¿ Qué significan estas palabras sibilinas ? ¿ Acaso quieren decir
nos que los hombres se fueron a quién sabe cuá l planeta en un
-
pasado inmemorial, que luego volvieron á su Tierra de origen y
que, por ú ltimo, ya no tuvieron modo de comunicar a través del
espacio? Probablemente no lo sabremos nunca, pero los tibetanos
piensan que así fue efectivamente; afirman que aquel pueblo buscó
en la religión la prosecución de los viajes cósmicos, acun á ndose en
la creencia de que las almas de los difuntos suben al cielo para
transformarse en astros .
Resulta muy interesante la descripción del interior del templo,
que coincide en varios puntos con la hecha por el padre Duparc.
— —
En un altar revelan las viejas crónicas tibetanas estaba colo -
cada la « piedra traída de la Luna » ( « tra ída », no « venida »: no se
trataba , pues, de un meteorito ), un fragmento de roca de color
blanco lechoso, rodeado por magn íficos dibujos que representaba
la fauna de la « estrella de los dioses » y por monolitos en forma de
delgados husos, revestidos de plata. ¿ Son animales y plantas de
un planeta colonizado por cosmonautas prehistóricos, monumentos
erigidos para simbolizar sus astronaves ?
Antes de un « cataclismo de fuego », los Hsing Nu habrían sido
muy civilizados y cultivado diversas ciencias extraordinarias, las
mismas que hoy a ú n est á n vivas entre los tibetanos: habr ían es-
tado en condiciones no sólo de « hablarse a distancia » , sino cabal -
mente de comunicar con el pensamiento a través del espacio. Los
individuos supervivientes de la cat á strofe habr ían ca ído en la bar
barie. no conservando de la antigua grandeza más que el recuerdo
-
deformado por la superstición.
Aquellos detalles impresionaron , en Rusia, a algunos investiga -
dores que se dedicaban a la parapsicología; lo hacían a escondidas,
pues Stalin hab ía prohibido rigurosamente que se prestase aten -
ció n a « semejantes tonter ías de origen m á gico y religioso ». Pero
despu és de su muerte, el « deshielo » se extendi ó también a ese
campo: los investigadores en cuestión fueron considerados al prin -
TIERRA SIN TIEMPO 87

cipio con cierto escepticismo, pero pronto lograron disipar la des


confianza de las altas esferas, haciendo resaltar que en la parapsi-
-
cología no hay nada de m ágico, que hasta los m á s extra ñ os fenó-
menos podrá n ser explicados, un día u otro, a la luz de la ciencia ,
contribuyendo así al progreso.
El académico de la URSS Leónidas Vasiliev revel ó, en un best
seller suyo, haber efectuado en tiempos de Stalin una serie de in-
-
teresantes experimentos secretos en Leningrado, descubriendo la
existencia de óptimos sujetos capaces de recibir y transmitir te-
lepá ticamente, aun estando en celdas subterrá neas revestidas con
planchas de plomo. Otro insigne psicólogo, el profesor Kajinski ,
intervino con argumentos bastante positivos, y finalmente qued ó
constituido en Moscú un grupo investigador compuesto por psi -
quiatras, fisiólogos, neurólogos y f ísicos, dirigido por el joven doc-
.
tor E Naumov.
El propio Kruschev se interesó por el tema y se manifestó con-
vencido de la necesidad de proseguir los estudios, que podrían
demostrarse muy ú tiles incluso en el campo de la astron á utica: la
telepat ía permit ía, en efecto, no sólo mantenerse en comunicación
con los pilotos espaciales en caso de avería en los instrumentos,
sino tambié n establecer contacto con inteligencias extraterrestres.
El asunto se ha tomado tan en serio, que en varias Universidades
sovié ticas se está n experimentando drogas susceptibles de aumen
tar los poderes telepá ticos, y en la moscovita se trabaja en la
-
fabricación de aparatos capaces de reforzar la percepci ón extra-
sensorial; a la realización de esos « amplificadores psíquicos » se
dedican cient íficos que ya tienen en su activo grandes logros, entre
ellos el invento de la famosa « m á quina del sue ño » , capaz de
vencer el m ás obstinado insomnio, y de « hipnotizadores robot »,
los cuales permiten aprender y retener una serie de nociones que
ser ía imposible asimilar con los sistemas normales.
As í, cuando la parapsicología no fue ya , en Rusia , una ciencia
prohibida , Vasiliev y sus colegas, al examinar una gran cantidad
de material al que antes no hubiesen podido tener acceso por
pertenecer a sectores ajenos a su esfera profesional ( la arqueolo-
gía, por ejemplo ), se fijaron en los relatos concernientes a los
Hsing Nu y a los tibetanos.
Los lamas de la gran altiplanicie eran ya muy conocidos por sus
poderes extrasensoriales, pero la hipótesis de que alguno de ellos
estuviera en condiciones de comunicar, como los antepasados
de los Hsing Nu, con otros mundos, era tan atrevida que se con -
88 PETER KOLOSIMO

sideraba fantástica. Sin embargo, para los líderes de la nueva


ciencia rusa nada es demasiado fantástico. Elocuentes son, al res -
pecto, las directrices impartidas por el « zar de la astronomía »,
.
Leónidas Sedov, a sus colaboradores « Profundizadlo todo, no des -
cuidéis nada , ni siquiera lo que pueda pareceros abstruso. Para
descartar, siempre hay tiempo.»
Los soviéticos llevan ya años siguiendo esas directrices en
.
todos los campos Así, parten expediciones hacia el Tibet para
reunir mayor cantidad de nociones ú tiles; así, se dedican a los
problemas del lune-eom. el conjunto de prácticas í f sicas y psíqui
cas que contribuyen a dar a los sujetos una resistencia enorme
-
y una agilidad extraordinaria; así, indagan en el camino del tu-mo.
el sistema que permite estimular el calor interno hasta poder
permanecer , completamente desnudos , a cuatro o cinco mil me-
tros de altitud: así, intentan penetrar los secretos de la telepat ía
v de la telequinesia.
En 1959, una misión rusa vaga de monasterio en monasterio
( la aventura será referida despu és por un investigador escandi -
navo durante un congreso astroná utico celebrado en Mosc ú ), bus
cando en el más enigmá tico pa ís del mundo un camino hacia las
-
estrellas que tan sólo la ciencia ficción puede concebir.
El viaje est á erizado de dificultades: dos hombres de la expe
dición sufren graves heridas al precipitarse en profundas grietas;
-
otros tres, extenuados, deben ser abandonados en hospitalarias al -
deas. Pero, finalmente, la tenacidad de esos exploradores de lo
imposible triunfa: en una lamasería no lejos del santuario de
Galdan, los sovié ticos logran sostener un coloquio con un anciano
sabio, no sólo expert ísimo astrónomo, sino cabalmente al corrien-
te de los problemas astroná uticos.
En lama admite que, en determinadas circunstancias, puede
ponerse en contacto visivo con los habitantes de otro planeta , y los
rusos le ruegan que les permita asistir a uno de esos experimen -
.
tos El anciano se niega, pero después, ante la insistencia de los
visitantes, acaba por avenirse a ello, a condición de que sólo par -
ticipen en la sesión dos de los huéspedes.
Los investigadores se ponen muy contentos, descansan unos
cuantos d ías y después los dos escogidos son llamados a seguir
una serie de ejercicios de concentración, acompa ñados de una
especie de gimnasia yoga y de un régimen alimenticio especial.
Finalmente, el experimento tiene lugar en la desguarnecida celda
del lama: el monje coge de las manos a los compañeros y se
TIERRA SIN TIEMPO 89

concentra con ellos de una manera previamente establecida , mien


tras un curioso aparato emite a intervalos regulares sones musi-
-
cales amortiguados, cuyo eco se trunca bruscamente.
Y la imagen proveniente de la profundidad del espacio cobra
consistencia, primero nebulosa , luego cada vez má s clara. Un ser
extrañísimo parece contemplar a los tres hombres: sus formas
recuerdan las humanas, pero el rostro es indefinible y los miem-
bros est á n segmentados como los de los artrópodos. La criatura,
en posición erecta, está inmóvil, y ante ella gira como una re-
producción en miniatura del sistema solar: en torno a una gran
bola centelleante ruedan Mercurio, Venus, la Tierra , Marte...
Los soviéticos observan esas min ú sculas esferas, las identifican ,
.
las cuentan Y entonces tienen la gran sorpresa: los planetas no
son nueve, ¡son diez! Además de Plutón, otro globo gira en torno
al Sol.
¿ De d ónde viene la imagen ? El monje afirma resueltamente
que no puede contestar a esta pregunta ni a otras. Sólo sobre un
punto se muestra un poco má s locuaz: declara que m ás allá de
Plut ón existe efectivamente otra planeta ( o un ex satélite de
Neptuno salido de la propia órbita ) y que no pasará n muchos
años antes de que sea descubierto.
La expedici ón , aunque interesante, ha resultado, pues, infruc
tuosa. Coment á ndola , uno de los investigadores que han tomado
-
parte en la sesi ón , confiesa: « Ni yo ni mi compa ñero nunca sa-
bremos si aquella figura apareció ante nosotros o en nuestra
mente. Nunca sabremos si de verdad fue proyectada a través del
espacio o simplemente "dibujada ” por la voluntad del monje. No-
sotros podemos describirla genéricamente, pero debemos recono-
cer que, en realidad , no ten ía nada de terrestre... Parece imposible
que una fantasía humana haya podido concebir algo tan extrañ o.»
Las divergencias ruso-chinas ponen fin a las expediciones so-
vi éticas en el Tibet ; pero no por ello los cient íficos de la URSS re-
nuncian a investigar sobre secretos tan apasionantes. Se dirigen
a la India , y es de este pa ís que se dice provienen los grandes
maestros del yoga llamados a iniciar a los astronautas en el mé-
todo que les permita soportar sin muchos inconvenientes los via-
jes orbitales.
90 PETER KOLOS1 MO

Un cubo para el hiperespacio

En materia de llamadas a un oscuro pasado, de desconcertan-


tes manifestaciones extrasensoriales y de leyendas cósmicas, tam -
bién la pen ínsula indost á nica es una cantera inagotable. Sans-
Yves d 'Alveydre, un so ñ ador que se ocupó, sin demasiados escrú -
pulos cient íficos, del Agarthi , pretende que precisamente del reino
subterrá neo ha sido difundida la doctrina yoga , y esta historia se
oye repetirla por muchos santones, los cuales a ñaden que un do-
minio completo del yoga permite empresas prodigiosas. Tales em -
presas, por lo demás, est á n claramente enumeradas en un texto
precristiano, el Yogasutra, segú n el cual consisten en el poder de
agrandar o empeque ñecer el propio cuerpo, de aligerarlo hasta
dejarlo sin peso, de darle la invisibilidad, en la capacidad de al-
canzar toda cosa ( sin excluir las estrellas ), de franquear con la
voluntad las barreras naturales ( por ejemplo, atravesando los
muros, penetrando en la roca o en la tierra ), producir, transformar
o hacer que desaparezca cualquier objeto, entrar en el cuerpo, en
el cerebro y en el alma de otras personas.
« Todo eso
— —
especifica el Yogasutra puede obtenerse con el
Satnadhi ( ascesis, sublimación ), pero si los dioses tienen este pri
vilegio por nacimiento, los titanes y hasta los comunes mortales
-
pueden adquirirlo por medio de las plantas.»
Algú n estrambótico ocultista cree podernos revelar que los
Naacals. los « grandes hermanos » de Mu . miembros de derecho del
Agarthi , confiaron el secreto a los elegidos tibetanos, pero los
escé pticos se sonríen, hacié ndose notar que la alusión a drogas
vegetales es más que elocuente y que conocemos ya un montón
de estupefacientes capaces de darnos la ilusión del vuelo, de la
invisibilidad y de otras muchas lindezas.
No olvidemos que, en materia de farmacopea, los habitantes
de la India antigua estaban avanzad ísimos: al parecer, empleaban ,
entre otras cosas, algo muy similar a la penicilina, un medica
mento conocido tambié n por otros pueblos. Hace aproximadamente
-
cinco mil a ñ os, por ejemplo, el primer médico-sacerdote de quien
se tiene memoria cierta, el egipcio Imhotep , usaba una sustancia
TIERRA SIN TIEMPO 91

« extraídade la tierra y de la descomposión », que al parecer hacía


milagros: ¡un antibió tico, pues!
Sabemos que los chinos recurrían a terapias repuestas hoy en
uso con gran éxito, que los indios practicaban , en forma de cere
monia religiosa , la vacuna contra la viruela; y su medicina ayurvé-
-
dica, que se basaba en productos vegetales de grand ísima eficacia
nos dice que sabían más que nosotros acerca de los grandes « de-
pósitos» de medicamentos existentes en los bosques .
Algunos médicos orientales, hojeando el libro de la sabiduría
antigua, han encontrado nuevos y eficacísimos remedios contra los
desarreglos circulatorios y varias formas de tuberculosis. Y el
insigne profesor Angelo Viziano, que ha estudiado muy de cerca la
medicina india , nos ha descrito, entre otras cosas, los sorpren -
dentes poderes de una hierba llamada balucchar , cuyo zumo « te
tranquiliza y te hace conciliar el sue ño con sólo que lo pases le -
vemente sobre el cuero cabelludo »; el mismo cient ífico ha aludido
tambi én a « derivados vegetales a ú n secretos » , mediante los cuales
algunos médicos indios « curan la diabetes como si usasen insulina ».
Los rusos, de todos modos, tratan de ver claro en esos menes -
teres, y no andan equivocados. Si tuviésemos posibilidad de ello,
tambié n nosotros correríamos a echar una ojeada de cerca a los
misterios indios, a « dar un garbeo por el como
dice en broma quien se ocupa de la cuestión.
Las noticias de ese extraordinario aparato fueron dejadas in -
voluntariamente en herencia a los sovié ticos por Nicol ás II, quien
se apasionó much ísimo en los estudios llevados sobre el extra ño
tema por un experto francés en « ciencias ocultas », un tal Sédir.
Éste describi ó en un libro titulado Initiations el encuentro de un
maestro suyo con los creadores y los pilotos del misterioso ve -
h ículo. Pero el archivo privado del ú ltimo zar de Rusia deb ía de
guardar detalles bastante m ás precisos, por haber mantenido el
soberano intensas y amistosas relaciones con Sédir.
Si queremos llegar al « sacro Cabo Kennedy » indio , deberemos
recurrir una vez m á s a las legendarias galer ías: se alza , efectiva -
me.ntef en una inaccesible ciudad muerta del Deccan . a la cual
solamente los iniciados pueden llegar , utilizando un t únel exca-
vado desde la base a la cima de una monta ña.
Los monjes de esa singular ermita conocer ían, entre otras co-
sas, el sistema con el cual « aislar los metales del magnetismo
terrestre » , hacié ndoles adquirir extraordinarias propiedades, vol-
vié ndolos transparentes y dotándolos de una carga de misteriosa
92 PETER KOLOSIMO

energía. Esos logros se alcanzarían operando ininterrumpidamente


con martillitos especiales, cuyo sonido tendría una importancia
grandísima en el proceso de transformación.
Con ese método habría sido fabricado el dhurakhavalám un .
metro y medio. Rn el interior

diáfano cubo de reflejos dorados, cuyos lados medir ían casi un
nos dice Sá dir
— e.\ piloto se
f

sienta en una raja llena de ren Í T a s de laurel con poder aislante:


delante de los ojos tiene nn disco de oro bru ñ ido . a través del
cual controla el derrotero. ú nicos instrumentos de maniobra
son dos manoplas de cristal conectadas con hilos de plata a un
acumulador de energía ftÓ n¡C3
Gracias principalmente a esa fuerza desconocida, el cubo se
mueve, aunque a su ascensión contribuyen todos los elementos de
la m ística india: con el estruendo de una tempestad , el dhurak
hapalám desaparece a la vista de los presentes para zambullirse
-
en quién sabe qué dimensiones desconocidas. Viaja por el hiperes-
pacio, descrito como « una nada gris atravesada de trazos lumino-
sos y de explosiones blancuzcas », para emerger en el espacio,
traslad á ndose a una velocidad increíble de planeta a planeta , de
sol a sol, quizá de galaxia a galaxia.
¿ Puede ser que los investigadores soviéticos intenten adue ñ arse
de tales « secretos » ? Nn c r e e m o s que presten una fe excesiva a
los relatos cerca del d ] hurakhapalám no es improbable, empero ,
\
que quieran establecer si esas leyendas tienen, aunque fuese m í-
nimo, un fundamento real , fundamento que, explotado, pueda de-
sembocar verdaderamente en una gran conquista cient í fica.
8

LAS COLONIAS DE MU

La pirá mide Cheops no exist ía, hordas de cazadores salvajes


recorr ían Grecia, Troya no era siquiera un presagio lejano, cuando,
hace cinco o seis mil a ños, florec ía a ú n la ciudad de Mohenjo-Daro,
en el actual Pakist á n meridional , entre Larkana y Kandiro.
El saludo de aquella metró poli que para nosotros ni siquiera
tiene un nombre seguro nos llega sobre abismos de siglos, con
las rubias espigas maduras al sol futuro de Karachi: efectivamen
te, los granos de trigo encontrados entre las ruinas han despertado
-
de un sue ñ o plurimilenario, nos han regalado una especie de can
deal absolutamente desconocido para nosotros, de poder nutritivo
-
muy superior al de todas las especies que conocemos.
A través de ese peque ño prodigio, concentrado en una noticia
de pocas l í neas , el gran p ú blico ha llegado a conocer la ciudad de
Mohenjo-Daro; sin saber , en la mayor ía de los casos , que el des
cubrimiento de sus ruinas ha colmado una laguna arqueol ógica,
-
y abriendo, al mismo tiempo, muchos m ás apasionantes interro -
gantes.
Hasta hace cuarenta a ñ os, los estudiosos de la civilizaci ón india
se hallaban ante una curiosa situaci ón: es decir, que dispon ían
de un texto relativo a un pueblo de elevada cultura y escrito hace
unos dos mil a ños ( el Rig-Veda, o « Veda de los himnos » ), mien -
94 PETER K0L0S1M0

tras no habían logrado descubrir ni una sola obra de arte, una


sola construcción anterior al siglo m antes de Jesucristo.
Entre este período, puesto ya bajo el influjo del arte persa y
griego, y el fabuloso tiempo del Rig -Veda, no había más que un
gran signo de interrogación, vuelto más sibilino a ú n por los es -
casos y fragmentarios hallazgos: restos de murallas, armas, uten -
silios de bronce, y un extrañísimo sello con la representaci ón de
un desconocido animal astado y algunas palabras en caracteres
indescifrables, desenterrado en Harappa, en la llamada « Tierra
de los cinco ríos », a casi doscientos kilómetros al sudoeste de
Lahore.
En 1921, el arqueólogo indio Daya Harappa , con algunas acer -
tadas excavaciones efectuadas en el lugar que ahora lleva su nom -
bre, puso al descubierto los restos de una ciudad antiqu ísima ,
cuyos habitantes no conocían el hierro, y ( al menos por cuanto
resulta de los hallazgos ) tan sólo usaban instrumentos de piedra
y bronce, pero que evidentemente habían alcanzado un alto grado
de cultura , como queda demostrado por las ruinas de una sólida
construcción en cono truncado ( hace pensar en un silo ) y por un
torso masculino de una asombrosa perfección.
Un a ño después, otros arqueólogos indios recibieron el encargo
de desenterrar las ruinas de un templo budista del siglo n despu és
de J.C., en una islita del río Indo, a 700 kilómetros de Harappa,
una formación elevada que los ind ígenas llaman Mohenjo-Daro,
« la colina de los muertos ». Los investigadores hicieron efectuar
los trabajos pertinentes y, ante su gran sorpresa, vieron aflorar
bajo los muros del templo los restos de un edificio m ás antiguo
a ú n , que reveló después detalles comunes con los de la misteriosa
« civilizaci ón de Harappa ».
La labor fue proseguida por el Gobierno pakistan í y, llevada a
su té rmino, se puso al descubierto una ciudad entera de calles muy
regulares, trazadas todas en sentido Norte-Sur y Este-Oeste. Aquella
ciudad debió de estar habitada durante cientos de a ñ os, quizá du -
rante milenios, y quienes residieron en ella debieron de recons-
truirla quién sabe cu á ntas veces, hacié ndola renacer como una ave
f é nix de las destrucciones causadas tal vez por la guerra, tal vez
por inundaciones, tal vez por cataclismos naturales. Hasta ahora
se han descubierto siete ciudades bajo las ruinas de aquella a la
que nos hemos referido, la menos antigua ; y otras m á s se encon -
trarían , probablemente, si se pudiesen continuar las excavaciones ,
cosa imposible porque ya se ha llegado al nivel actual de las aguas.
i IERRA SIN TIEMPO 95

Un detalle que ha impresionado en seguida a los investigadores


y en el que se refleja la estructura social del ignoto pueblo de
Harappa y de Mohenjo-Daro est á representado por la absoluta
ausencia, en este ú ltimo centro, de construcciones destinadas a
templo o a palacio real, como, en cambio, se encuentran en todas
las aglomeraciones de las antiguas civilizaciones que nos son co
nocidas.
-
-
Lo que pierde en pompa , Mohenjo Daro lo adquiere en raciona
lidad, tanto, que sólo en la actualidad podemos hallar centros
-
parangonables con aquel pakistan í. La construcción m ás notable
es una piscina , en tiempos cubierta , de doce metros por siete, junto
a la cual hay un ba ño de vapor y un sistema de calefacción por
aire caliente.
La calle principal corre de Norte a Sur, tiene una longitud de
casi un kilómetro ( dentro de los l í mites, naturalmente, de las exca-
vaciones efectuadas ) y una anchura de diez metros. Todas las
casas est á n construidas con ladrillos semejantes a los nuestros,
de uno, dos y hasta tres pisos, segú n una técnica perfeccionad ísi -
ma; cada vivienda poseía su propia instalación de agua corriente,
su propio ba ño, los propios servicios higié nicos, no solamente en
la planta baja , sino tambié n en los pisos superiores ( que desgra-
ciadamente fueron destruidos ), como lo demuestran claramente
las ca ñ erías. El sistema de canalización ciudadano, adem ás, es tal ,
que basta el juicio de los expertos ingleses para definirlo: « Hoy
d ía, nosotros no podr íamos hacerlo mejor.» Bajo cada calle discu -
rren tuber ías y alcantarillas, destinadas, éstas, a recoger los de -
tritus y el agua de lluvia , que debió de ser harto copiosa.
« Muchos vestigios
— —
escribe un arqueólogo alem á n nos permi-
ten deducir que cuando Mohenjo-Daro estaba en el á pice de su
esplendor, reinaba en esas regiones un clima bastante m á s fr ío
y h ú medo que el actual. Aqu í en el Sind , por ejemplo, suelen
usarse casi exclusivamente ladrillos secados al aire libre, que
hacen el ambiente má s fresco que los cocidos. Ademá s, en esta
zona hoy á rida y talada , no ser ía posible juntar una cantidad de
leña suficiente como la que se usó para cocer el imponente n ú-
mero de ladrillos empleados en Mohenjo- Daro.»
En un fin ísimo vaso de plata que, evidentemente, servía de
joyero, se conservaba un peque ño tesoro constituido por gemas,
anillos, brazaletes, collares de oro, de plata y de marfil . Otro re-
cipiente semejante conten ía los restos de un hermoso tejido de
algod ón, los más antiguos hasta ahora descubiertos; como es
96 PBIBR KOLOSIMO

sabido, se encontraron los primeros rastros de la preciosa planta


entre los antiguos americanos, y, en la cuenca del Mediterrá neo,
tan sólo en tiempos de Alejandro Magno (alrededor del 300 antes
.
de J.C.)
Como hemos dicho, parece ser que los habitantes de Harappa
no conocían el hierro. Quizá deberíamos escribir « ya no lo cono-
cían », como pretenden los « partidarios de Mu »: en efecto, a mitad
de camino entre Harappa y Mohenjo-Daro, en la confluencia del
Panjnad y el Indo, se habrían hallado objetos metálicos antiquí-
simos, entre ellos un dedal de hierro y una taza ligerísima, que
diríase hecha de aluminio .
Usamos el condicional porque no podemos pronunciamos acer
ca de la plausibilidad de esas noticias, que hemos sacado de un
-
periódico a veces un poco precipitado en sus juicios, y de las
que no hemos podido obtener confirmación.
No nos atrevemos, por otro lado, a silenciar el caso, pues
también en este terreno Asia nos prodiga sorpresas. La famosa
« columna de Kitub » en Delhi ( cuya antigüedad no ha podido ser
establecida todavía, aunque se sepa superior a los cuatro mil años )
está compuesta, por ejemplo, de piezas de hierro soldadas o jun-
tadas quién sabe de qué otro modo, que, si bien expuestas a un
clima cá lido y h úmedo y a todas las intemperies, no presentan
se ñales de herrumbre. ¡Se trata de hierro puro, que nosotros po
demos producir hoy, mediante electrólisis, sólo en peque ñísimas
-
cantidades!
Por lo demás, dos entidades cient íficas americanas, el Instituto
Smithson y el Bureau of Standards, han puesto a la luz objetos
basá ndose en los cuales cabe afirmar con certeza que hace siete
mil a ños algunos pueblos producían acero en hornos a tempera-
.
turas de nueve mil grados Y no olvidemos que las monedas pre-
cristianas, como las acuñadas por Eutidemo II ( 222-187 antes de
J.C.), rey de Bactriana , territorio perteneciente ahora a Afganis-
tá n, contienen claras huellas de n íquel , metal que sólo puede ser
extra ído de sus minerales mediante complejos procedimientos.
En la tumba del general chino Chu Chu ( que vivió entre 265
y 316 después de J.C.), hallóse, entre otros objetos, un curioso
cinturón que, sometido en 1958 a cuidadosos análisis en el Insti-
tuto de Física aplicada de la Academia de Ciencias china , result ó
compuesto por 1,85 por ciento de aluminio, 10 por ciento de cobre
y 5 por ciento de manganeso.
« Aunque el aluminio est é ampliamente difundido en la Tierra
Un aspecto de la Ayers Rock australiana: el paisaje tiene algo de no terrestre: se
.
tratar í a de un monumento natural del fabuloso continente de Lcmurio

El « sello de Harappa »: el
animal reproducido aquí es
absolutamente desconocido
Un lienzo de las recias murallas de Mohenjo* Oaro .

Simbabwo: un escorzo de los murallas ( a la izquierda ) , y una de las extrañí simos


.
torres sin aberturas laterales
TIERRA SIN TIEMPO 97

— —
escribe al respecto la revista francesa Horizons , resulta dif ícil
extraerlo. El procedimiento electrol í tico, hasta ahora el único co
nocido para obtener aluminio de la bauxita, só lo se desarrolló a
-
partir de 1808. El hecho de que artesanos chinos hubiesen sido
capaces de extraer el aluminio de la bauxita hace 1.600 a ñ os, re -
presenta un importante descubrimiento en la historia mundial de
la metalurgia .»
En Mohenjo-Daro no faltan los juguetes: estatuitas de animales
de arcilla , en parte con las cabezas m óviles, otras figuritas mon-
tadas con ruedas, carros en miniatura , silbatos en forma de pá-
jaro, dados y peones de un juego que con seguridad debía de ha-
cerse en una especie de tablero de ajedrez .
-
Notable perfecci ón había alcanzado la cr ía de ganado: los zoólo
gos dicen que el pueblo desconocido dispon ía de ceb úes, bóvidos
de tipo europeo con cornamenta corta , b ú falos, bisontes, otros
bóvidos de una raza actualmente extinguida , en especies altamente
seleccionadas, como, asimismo, de perros y ovejas de varias razas.
El caballo parece que era desconocido, pero por los restos en-
contrados en las inmediatas cercan ías de la ciudad y que se remon -
tan a aquella é poca , podr ía deducirse que las gentes de Mohenjo -
Daro habían conseguido domesticar no sólo elefantes, sino tambié n
rinocerones. Y que sea posible tratar en t é rminos amistosos con
estos animales ha sido descubierto ( o, mejor dicho, redescubierto )
hace sólo pocos a ños, gracias a la moderna zoopsicolog ía.
El centro de Harappa es probablemente mucho má s antiguo
que el que est á en el Indo, y ambos ( bastaría para demostrarlo las
ruinas de las siete ciudades descubiertas en el islote ) deben ser
considerados herederos de un Imperio que alcanzó su más bri-
llante apogeo miles y miles de a ñ os antes.
Es, en efecto, imposible que una civilizaci ón como se refleja
en los textos indios citados hubiese limitado su expresión a un
radio de un millar de kil ómetros: tengamos presente que el Ra -
mayarí a cuenta , entre otras cosas, un viaje efectuado por Rama a
bordo de su vimana por una zona que incluye cuando menos toda
la India , puesto que son descritos en aquel libro las monta ñas y
los ríos del Norte y que el crucero concluye en Ceil á n .
Si tal Imperio hubiese existido a ú n en tiempos de la ú ltima
Mohenjo- Daro, seguramente habr ían salido a relucir otras huellas
considerada su probable extensi ón y el hecho de que los dos cen
tros sacados a la luz no debían de ser de los mayores. Todo, en
-
cambio, ha desaparecido como tragado por la tierra. Y quizá lo
7
— 2.764
98 PETER KOLOSIMO

fue literalmente, pues que sólo uno de aquellos grandes cataclis -


mos de que hemos hablado pudo producir una destrucción tan
radical.
-
Los « partidarios de Mu » ven en los enigmá ticos centros pakis
taníes dos colonias del legendario Imperio desaparecido: salvados
del cataclismo, pero privados de la gran fuente de civilización,
habrían experimentado una regresión, con todo y conservar a ún en
los milenios siguientes, hasta la definitiva ruina, vestigios de la
pasada grandeza.
Sea como fuere, la raza de aquella India sin nombre debía de
ser soberbia hasta en el aspecto; pero nada nos ha quedado para
delinear sus rasgos, para decimos de d ónde vinieron sus represen -
tantes ni ad ónde se fueron. Las excavaciones no han aportado a
la luz ninguna tumba; quizás aquel pueblo incineraba a sus muer -
tos, quizá los enterraba lejos de los lugares habitados, en cemen -
terios que es probable no sean hallados jamás.
Pero, ¿ qué fin tuvieron los que viv ían en Mohenjo-Daro ? La
ciudad no fue destruida s ú bitamente, pues en tal caso con segu
ridad habrían aparecido restos humanos. Por otro lado, la pobla-
-
ción no pudo tampoco ser deportada , ni haber desalojado volunta -
riamente y en orden el centro, dado que ( lo hemos visto ) los in
vestigadores han hallado utensilios y joyas de varios tipos.
-
Para nosotros no hay respuesta , pero para algunos la suerte
de aquella gente es obvia: hombres, mujeres y ni ños fueron borra -
dos literalmente de la faz de la Tierra, reducidos a á tomos va
gabundos por una terrible arma desintegradora.
-
Es una hipótesis absurda, cierto, pero debemos admitir que
quienes la formulan no ponen en circulación una novela ú t ópica.

M ás fuertes que la at ómica


Hemos mencionado ya a los vimana como medios que nos han
dado la neta impresión de veh ículos espaciales, pero si quisiése-
mos reseñ ar adecuadamente todas las referencias de ese gé nero
que se encuentran en los antiguos textos indios y tibetanos, de-
ber íamos emplear para ello pá ginas y más páginas.
Oigamos ahora, al respecto, el Ramayana, la gran epopeya india
TIERRA SIN TIEMPO 99

que narra la gesta de Rama y que, aunque sea atribuida al poeta


Valmiki ( iv y m siglos antes de J.C. ) , debe derivarse sin duda de
obras bastante má s antiguas. En ellas se habla de los « carros de
fuego » en los siguientes t é rminos: « Bhima volaba en su carro res-
plandeciente como el Sol y fragoroso como el trueno..., el carro
volador brillaba como una llama en el cielo nocturno de est ío ,
pasaba como un cometa..., parecía que resplandeciesen dos Soles...,
he aqu í que el carro se elevaba y todo el cielo quedaba ilumi-
nado.»
Y el mahavira de Bhavabhonti ( siglo vm ) : « Un carro aé reo, el
Pushpaca, transporta a varias personas hacia la antigua capital
de Ayodhya. El cielo est á sembrado de m á quinas voladoras asom
brosas, negras como la oscuridad , sobre las que destellan luces
-
de resplandores amarillentos.»
Hasta hace pocos a ños, semejantes pá rrafos pod ían parecer tan
sólo f á bulas mitol ógicas sin ningú n fundamento real ; pero hoy,
en la era espacial , basta una ojeada a cuanto hemos referido hasta
aqu í para que identifiquemos en los « carros del ciclo » a reactores,
cohetes, astronaves. Y , pié nsese que en los Veda se lee cabalmente
acerca de vitnana de varios tipos y varios tama ños: los viniana
Agnihotra, con dos fuegos propulsores, los vimana Elefante, enor-
mes, con m ás motores, los vimana Alción, Ibis, etcé tera , en una
clasificaci ó n muy semejante a la que usamos para los aviones y
los misiles.
Oigamos ahora el Mausola Parva: « Fue un arma desconocida ,
un fulgor de hierro, un gigantesco mensajero de muerte, que re-
dujo a cenizas todos los pertenecientes a la raza de los Vrishnis
y de los Andhakas. Los cad á veres abrasados eran irrcconocibles,
pelo y u ñas se desprend ían , la vajilla se romp ía sin causa aparente,
los pá jaros se tornaban blancos. En el transcurso de algunas horas,
todos los alimentos se volvieron nocivos.. . »
Y adem á s: « Cukra , volando a bordo de un vimana de alta po-
tencia , lanzó sobre la triple ciudad un proyectil sólo cargado con
.
la fuerza del Universo Una humareda incandescente, semejante
a diez mil Soles , se levant ó en todo su esplendor...»
¿ Simples mitos ? Es dif ícil creer que tantos detalles hayan na -
cido ú nicamente de la fantasía de los escritores arios: columnas
de humo incandescente , explosiones más deslumbrantes que el
Sol , pelo y u ñ as que caen , alimentos contaminados, animales cuyo
plumaje encanece... Ni uno solo de estos detalles estar ía fuera de
lugar en el marco de una guerra nuclear. Otorguemos, si se quiere,
100 PETER KOLOSIMO

a los autores de los textos védicos una imaginación extraordinaria,


pero nunca llegaremos a convencemos que se trata de meras coin
.
cidencias
-
Todo permite creer, pues, que Asia ( y quizá también el desa
parecido reino de Mu ) hubiese sido escenario de guerras espanto-
-
sas, de matanzas sin igual en la Historia que nos es conocida, quizá
de despiadadas deportaciones en masa.
Atenié ndose al resultado de investigaciones conjuntas efectua-
das por estudiosos americanos, sovié ticos e indios, el Instituto
Smithson apunt ó, en 1958, la posibilidad que los esquimales hubie
sen emigrado al Norte, hace más de 10.000 añ os, del Asia central,
-
de Mongolia y de Ceilá n, donde estuvieran anteriormente.
Al respecto, Louis Pauwels y Jacques Bergier escriben: « ¿Cómo
pudieron unos primitivos decidir, brusca y contemporá neamente,
abandonar aquellas tierras por el mismo punto inhóspito del
Globo ? Y, por otra parte, ¿ cómo pudieron llegar a él ? Ellos no
sabían a ún que la Tierra es redonda y no ten ían ninguna idea en
materia de geograf ía . ¿ Abandonar, además, ese para íso terrenal
que es Ceilá n ? El Instituto no responde a estos interrogantes. No
pretendemos imponer nuestra hipótesis, y sólo la formulamos como
ejercicio de apertura mental: una civilización superior, 10.000 a ñ os
atrás, controla el planeta; crea en el Gran Norte una zona de de-
portación. Ahora bien , ¿ qué nos dice el folklore esquimal ? Habla
de tribus transportadas al Gran Norte en el origen de los tiempos
por gigantescos pá jaros metá licos. Los arqueólogos del siglo xvm
han insistido bastante sobre la absurdidad de esos "pá jaros me
tá licos". ¿ Y nosotros ?»
-
Pero la at ómica no basta: tenemos alguna cosa más. Tenemos
la Saura, por ejemplo, una especie de « H gigantesca » , la Agnira -
tha, un bombardeo a reacción teledirigido, las bombas Sikha
rastra , que esparcen un infierno de fuego como las modernas de
-
napalm, la Avydiastra, destinada a relajar los nervios de los com-
batientes.
Tambié n en la descripción de Bhavabhonti asistimos a la entre -
ga a Brahma de otros lindos artefactos: « El sabio, confiando en
él , le conf ía todos los secretos y le enseñ a el manejo de armas
de la m ás alta potencia , capaces de producir amodorramiento ( dj
Rimbhaka ) y hasta de causar un profundo sue ño ( prasvapana ), y
un arma de fuego que puede reducir a pavesas el gran ejército de
Kumbhakama.»
¡Como si las armas que entonces debían de ser consideradas
TIERRA SIN TIEMPO 101

convencionales no hubiesen bastado! He aquí los efectos de una


superbomba, segú n el Drona Parva: « Lanzaron un proyectil gi-
gantesco que ard ía con fuego sin humo, y una profunda oscuridad
descendió sobre los soldados y las cosas. Se levantó un viento te
rrible, y nubes de color de sangre cayeron hasta el suelo: la Na
--
turaleza enloqueció y el Sol giró sobre sí mismo. Los enemigos
caían como arbolillos destruidos por las llamas, las aguas de los
ríos hervían, y quienes se lanzaban a ellas en busca de salvación
morían miserablemente. Los bosques ard ían, elefantes y caballos ba-
rritaban y relinchaban en su alocada carrera entre el fuego. Cuan -
do el viento hubo barrido el humo de los incendios, descubrimos
miles de cad á veres reducidos a cenizas... »
Y he aquí el ejemplo del empleo de otro mort ífero ingenio bé-
lico, llamado « arma de Brahma », descrito tambié n en el Drona
Parva : « El hijo de Drona lanzó el arma, soplaron fuertes vientos
y el agua se desencaden ó arremoliná ndose contra la tierra . For-
t ísimos truenos aturd ían a los soldados, la tierra retemblaba, el
agua se encrespaba y las monta ñas se hend ían.»
Una vez más, no podemos pensar que se trate de simples ele-
mentos mitológicos: la sola imaginaci ón , aun desenfrenada , no
bastar ía, en efecto , para describir veh ículos y armas semejantes .

El valle de las siete muertes

Muchas son a ú n las regiones inexploradas del Globo, y no que -


da excluido en absoluto que un d ía otros escenarios de misterio-
sas, tremendas destrucciones salgan a la luz. En la India no de-
bieron de ser pocas, a juzgar por las abundant ísimas alusiones
que figuran en los libros antiguos; y una de aquellas cat á strofes
alucinantes podría identificarse en el « Valle de las siete muertes » ,
cuya ubicación las autoridades de Nueva Delhi mantienen secreta ,
para evitar que algú n loco, engolosinado por las leyendas que ha -
blan de enormes tesoros, se aventure en una expedici ón sin retor -
no , como aconteció a los compa ñeros de un tal Dickford, hace se -
.
tenta a ñ os
Graham Dickford era uno de aquellos aventureros que pulula -
ban , el siglo pasado, en todas las tierras dejadas al margen de la
102 PETER KOLOSIMO

civilización , tratando de conseguir la riqueza por los medios que


fuesen, hasta exponiendo la vida o, mayormente, la de los demá s.
Los funcionarios británicos en la India se enteraron de la exis-
tencia de aquel hombre en 1892, cuando fue rescatado en condi -
ciones deplorables cerca de una pequeña ciudad y hospitalizado
urgentemente. Con frases entrecortadas, Dickford contó que ha-
bía salido con bien de una experiencia espantosa: junto con otros
tipos de su ralea, el aventurero había logrado localizar un miste -
rioso valle que se abría en plena jungla , y penetrar en é l. Por
algunos indios se había enterado de que all í había un templo col -
mado de fabulosos tesoros; pero en vez de la codiciada monta ñ a
de oro y de piedras preciosas, encontró una serie de indescriptibles
horrores.
Todos sus compa ñeros murieron ; y aunque Dickford había lo-
grado escapar de aquel infierno, sus horas estaban contadas: una
violenta fiebre le agitaba en un temblor incontenible, no le que -
daba ni un cabello en la llagada cabeza, y ten ía el cuerpo cubierto
de terribles quemaduras. Hizo el relato de sus vicisitudes deliran
do, entreverá ndolo de gritos horrorizados, hablando de un « gran
-
fuego volador », de « sombras en la noche », de « fantasmas que ma-
tan con la mirada ». En vano trataron de conseguir una versi ón
m ás comprensible de lo acaecido: de hora en hora la narraci ón
se hac ía más confusa , y tres d ías después de su rescate el aven
turero murió de modo atroz, gritando y debatié ndose hasta el
-
punto de hacer huir, aterrorizados, a los enfermeros indios.
Las noticias aportadas por Graham Dickford fueron las pri -
meras sobre el valle infernal. Nadie las tomó en serio hasta 1906,
cuando una expedición organizada por las autoridades brit á nicas
confirmó el relato del infortunado buscador de tesoros, pagando
desgraciadamente con dos víctimas la incursi ón en lo que fue de -
finido como « una caldera de brujas de la naturaleza ».
En la mortal comarca se dan cita los representantes de las
m ás venenosas especies de serpiente que la India alberga , y hasta
los monstruos del reino vegetal se agrupan en ella , con profu-
sión de plantas ponzoñ osas. Sobre esa horrible cuenca corre el
« gran fuego volador » , que el jefe de la expedici ó n mencionada
describe así: « Basta encender una chispa para que la tierra re -
tiemble con infernal estré pito y se produzca una llamarada que
se corre de un extremo al otro del valle.»
Muy extra ñ as fueron las circunstancias en que los dos explo -
radores ingleses perdieron la vida: bajaron a un angosto « embu -
TIERRA SIN TIEMPO 103

do » y empezaron a hacer movimientos raros, descompuestos, has -


.
ta que se desplomaron en el suelo Los compa ñeros que se preci
pitaron en su socorro no pudieron sino rescatar sus cadá veres y
-
tuvieron que apresurarse a abandonar la hondonada, pues nota -
ron sí ntomas de aturdimiento y asfixia. Durante la noche tuvie
ron terribles pesadillas, y una sensación de inexplicable malestar
-
le sacompañó d ías y d ías.
En 1911, una segunda expedición se aventuró en el valle. De
los siete hombres que la componían ( todos veteranos de la jun -
gla , hechos a cualquier peligro ), sólo volvieron dos: llegados al
centro de una explanada situada entre unas colinas bajas, los
otros cinco se hab ían puesto de improviso a girar en c í rculo, como
aut ómatas, sordos a las llamadas de los amigos que permanecían
fuera de la zona, y luego se desplomaron, fulminados.
Un grupo de expertos y decididos cazadores que al cabo de
-
ocho a ños penetró en el « valle de las siete muertes », encontró die
cisiete esqueletos humanos. También aquella expedición hubo de
pagar su tributo: tres de sus componentes se precipitaron sin nin
gún motivo ( hasta unos momentos antes habían estado riendo y
-
bromeando con los demás ) desde la cima de una pared rocosa,
yendo a estrellarse contra los peñascos del fondo.
Algunos investigadores creen poder explicar los siniestros fe -
n ómenos que tienen lugar en la « caldera de las brujas» hablando
de gases naturales, unos inflamables, otros tales como para agarro -
tar los centros nerviosos y causar mortales colapsos, de exhala -
ciones de ácido carbónico, de un clima particular que favorecería
la lozan ía de las plantas venenosas y la estancia de las serpientes.
« Demasiadas cosas en demasiado poco espacio » , decía Einstein,
aunque no era a ese propósito. Las argumentaciones susodichas,
de todos modos, distan de ser satisfactorias, sin contar que los
« fantasmas » de Dickford que « mataban con la mirada » no en-
cuentran tan siquiera una vaga tentativa de explicaci ón.
¿ Vamos a intentarlo con la « teor
ía espacial » ? Podemos enton
ces pensar en una serie de sobrecogedores fenómenos provocados
-
por el empleo de esas armas termonucleares y de los artefactos
má s potentes a ú n que los descritos por los antiguos textos indios
nos permiten entrever... y volver al Valle de la Muerte america -
no, a sus á rboles monstruosos, a sus reptiles que se deslizan por
donde ninguna otra forma de vida podr ía subsistir, a los vapores
irrespirables, a las fantasmagóricas luces que
— — dice el doctor
Martin « surgen de improviso del suelo, cobran formas que re -
104 PETER KOLOSIMO

cuerdan a veces las humanas, se mueven en la noche, ora muy


lentamente, ora como relámpagos, serpean, se alzan como llama -
radas, como garras, como columnas de fuego blanco, se abalanzan
...
hacia el cielo »
9

LOS SECRETOS DE LAS PIRAMIDES

Si quisiésemos apilar uno sobre otro todos los vol ú menes de


piramidología escritos desde la Edad Media hasta nuestros dias,
quizá no lograr íamos, subié ndonos en ella, tocar la c úspide de
una de las grandes construcciones egipcias, pero a buen seguro
que poco nos faltar ía. No es dif ícil comprender el significado del
t é rmino; pero cuidado con tomarlo al pie de la letra: no se trata
'le una ciencia que se ocupe de la « simple » descripción de los
ramosos monumentos, sino de un conjunto de estudios que tien
den a revelarnos todo le que nunca conseguir íamos saber a tra
-
-
vés de la egiptología « corriente ».
El escritor á rabe Masudi , por ejemplo, no goza de excesiva
fama en los ambientes cient í ficos « oficiales » , que recuerdan a lo
sumo, a t í tulo de curiosidad , un manuscrito suyo conservado en
Oxford; pero para los piramid ólogos es poco menos que un me
sías , pues sus revelaciones nos dicen que la pirá mide de Cheops
-
no fue construida ni mucho menos en 2900 antes de J.C., para ser-
vir de mausoleo ai conocido fara ón , sino erigida por el rey Surid
300 a ñ os antes del diluvio universal ( del que el soberano habr ía
tenido una visi ó n prof é tica ), a fin de conservar para la posteridad
el recuerdo de las grandes conquistas egipcias en todos los te-
rrenos y de los poderes ocultos de los hijos del Nilo, que llegaban
hasta a la predicción del futuro .
106 PETER KOLOSIMO

« En la pirá mide oriental


— — informa Masudi , aludiendo precisa
mente a la de Cheops fueron inscritas las esferas celestes y las
figuras representativas de las estrellas y de sus ciclos; el rey puso
-
tambié n la historia y la crónica del tiempo pasado, del tiempo
por venir y de cada uno de los acontecimientos futuros que ten -
drá n lugar en Egipto.»
Según el historiador Abu Zeyd el Balkhy, la célebre pirá mide
sería más antigua a ú n: una inscripción nos revelar ía que fue edi -
ficada « en la época que Lira se hallaba en el signo de Cá ncer », o
sea « dos veces 36.000 a ños solares antes de Egipto »: hace casi
73.300 a ños.
Y existen muchas má s versiones: hay quien pretende que el
monumento data de 150.000 a ñ os, quien lo ve como un compendio
de ciencias astronómicas, quien piensa que en é l est á condensada
la historia , desde los más remotos or ígenes de quienes la idea -
ron ; pero el relato de Masudi siempre ha sido el que mayor fas
cinación ha ejercido, habiendo dado origen a numerosas variantes.
-
A mediados del siglo pasado, un tal John Taylor, editor londi -
nense que nunca había visto la pirá mide de Cheops pero que la
había estudiado detenidamente a distancia , creyó poder profundi -
zar las revelaciones de Masudi e hizo imprimir un volumen ten -
dente a demostrar que el monumento había sido erigido por un
hebreo ( quizá s el propio Noé ) por inspiración divina; el sabio ar -
quitecto habr ía tomado como unidad de medida el « codo sagra -
do » , equivalente a unos 62,50 cent í metros ( siempre segú n Taylor )
y expresado con su obra toda suerte de verdades matem á ticas.
Algunos a ñ os después, un astrónomo de Edimburgo, llamado
Piazzi-Smyth , entusiasmado por los estudios del editor, quiso ahon-
dar en ellos y halló que la pirá mide daba las medidas universa
les m ás dispares: no sólo la altura del monumento dividido por
-
el doble de la longitud de uno de sus lados de base da una cifra
que se acerca al valor del pi griego, pero ( por no dar sino un par
de ejemplos ) su altura multiplicada por 10* da la distancia apro -
ximada Tierra-Sol , y la base dividida por la anchura de una de
las piedras da 365, n ú mero de los d ías del a ño. « Mas
— — narra Sir
Flinders Petrie un discí pulo de Smyth qued ó muy decepcionado
el d ía en que le sorprendió cuando trataba de limar la protube-
rancia gran í tica de la antesala real para reducirla a las dimen-
siones requeridas por su teor ía.»

No es dif ícil dice un estudioso que ha tenido la valent ía de
zambullirse en ese mar de confusiones
— darse cuenta de cómo
TIERRA SIN TIEMPO 107

se puede tambié n llegar a resultados asombrosos: « Quien quiera


se tomara el trabajo de medir una construcción complicada como
la pirámide, se encontrar ía ante un n ú mero considerable de lon-
gitudes y anchuras, o, en cualquier caso, medidas básicas de las
que podría disponer a su gusto para medir de un modo m ás bien
que de otro. Con una buena dosis de paciencia y aplicando mé-
todos diversos, quien se dedicase a semejante empe ño hallar ía
m ú ltiples cifras coincidentes con fechas y n ú meros cient íficos im-
portantes y conocidos. Ser ía dif ícil , en suma , que esa caza de las
"verdades" se revelase infructuosa, al no estar sujetos en la b ú s
queda por ninguna regla.»
-
Además: « Tó mese, por ejemplo, la altura de la pirá mide: Smyth
la multiplica por 10 elevado a la novena potencia para obtener la
distancia de la Tierra al Sol. Pero este nueve es puramente arbi -
trario, y si ningú n m ú ltiplo simple hubiese dado la distancia de
la Tierra al Sol, Smyth pod ía haber encontrado otros para obte -
ner, por ejemplo, la distancia de la Tierra a la Luna , o a la estrella
más próxima , o, en suma , cualquier otro dato cient í fico.
» La ú nica verdad "piramidal" que no pueda explicarse f á cil -
mente con tales jueguecitos de prestigio es el valor de pi . Es po -
sible que los egipcios hayan usado deliberadamente esta propor -
ción, pero a ú n es má s verosí mil que se haya tratado tan sólo de
la consecuencia secundaria de otro plano de construcción.»
La piramidología había de tener todav ía su gran maestro: y lo
tuvo con la aparición de un tal Meuzies, quien descubrió que cada
« pulgada - pirá mide » ( medida adoptada por Piazzi-Smyth ) de los
pasillos interiores representa un a ñ o de historia de la Tierra , y
que en los mismos corredores est á n consignados, como dice Ma-
sudi , todos los acontecimientos importantes del pasado y del fu -
turo.
Llegamos así a comprobar que el mundo fue creado en 4004
a. de J.C., y, tras habernos dado cuenta de que las piedras nos
hablan del diluvio universal , del É xodo, del advenimiento de Je -
sú s, de su muerte y de su resurrección , debemos percatarnos, con
espanto, que nuestro planeta atravesó , de 1882 a 1911 , por el Pe -
ríodo de la Gran Tribulación , concluido por el retorno del Sal -
vador.
Creemos que eso basta para demostrar el c ú mulo de tonter ías
que han amasado John Taylor, Piazzi -Smyth y Meuzies , con todos
sus seguidores y sus imitadores. En verdad no val ía la pena ocu -
parnos de ellos: lo hemos hecho porque, habiendo de abordar los
108 PBTER KOLOSIMO

auténticos enigmas cient íficos del antiguo Egipto, no quisié ramos


que nadie se dejase embaucar por f á bulas de ese tipo presentadas
como verdades sagradas .

Sirio surg ía sobre el Nilo


Muchos piensan conocer la historia del antiguo Egipto en sus
grandes rasgos: para nosotros, su comienzo se remonta, con la
.
primera dinast ía, a 4241 a. de J.C ; lo acontecido en tiempos an -
teriores a esta fecha , es un misterio. Algunos investigadores es
timan que los egipcios llegaron al grado de civilización que nos
-
es conocido partiendo prácticamente de cero: habrían sido, en
suma, un grupo de habitantes de la llanura sahariana ( entonces to -
davía no reducida a desierto ) que se afincaron a lo largo del Nilo.
Sin embargo, esta teoría no era aceptada por la mayoría de
los historiadores y arqueólogos soviéticos, quienes subrayaban la
imposibilidad que de la Nada un pueblo lograse, en un breve lapso
de tiempo, desarrollar una cultura tan floreciente como la que
caracteriza, desde su presunto inicio a la « estirpe del Sol ». Al
respecto, por lo demás, muchas teorías debieron de aflorar de la
lectura de antiguos textos, considerados equivocadamente según
el mismo rasero que habladurías infundadas. Bastará citar al
« padre de la historia », Heródoto, quien cuenta con suma claridad
haber visto en Tebas 341 estatuitas de madera que representaban
a los grandes sacerdotes que se sucedieron desde la é poca de la
fundaci ón del templo má ximo, ocurrida once mil años antes de
su visita .
De todos modos, hasta hace pocos lustros, se creía que bien
pocas cosas quedaban por descubrir en Egipto. Pero las dudas
empezaron a manifestarse inmediatamente despu és de la Segunda
Guerra Mundial, cuando se reanudaron los trabajos de investi -
gación.
Efectivamente, fueron sacados a la luz objetos que antes no
se conocían y de los cuales no pod ían seguramente existir ejem -
plares ú nicos. En los a ñ os siguientes, esa convicción se afianzó.
En 1954 , por ejemplo, el arqueólogo egipcio Zaki Y Saad descu -
brió, en el curso de las excavaciones de Heluan, tejidos de un
TIERRA SIN TIEMPO 109

primor extraordinario, hechos de un lino purísimo y muy resis


tente, tales como para poder ser hoy producidos tan sólo en una
-
f á brica especializada.
« Parece imposible que esas telas hayan sido hechas a mano »,
observó el propio doctor Saad. Y el americano W. B. Emery ana -
di ó: « Los resultados de estas excavaciones nos dicen que la civi -
lización egipcia del período arcaico era mucho má s avanzada de
lo que creemos.»
Tal afirmaci ón no pod ía, empero, ser tomada al pie de la letra
sin un corolario adecuado. Es decir, que no era posible que un
pueblo primitivo se hubiese dedicado de buenas a primeras a

— —
crear obras maestras semejantes. La explicación se dijeron los
investigadores sovié ticos era con seguridad otra: aquel pueblo
debía de poseer una cultura bastante m ás antigua , ignorada a ú n
por nosotros; y en este marco pudieran acaso hallar sitio tambié n
los asombrosos conocimientos astronómicos de los egipcios.
Los rusos pasaron a la acción ; y consiguieron , ayudados por
los expertos de El Cairo, arrojar luz sobre uno de los má s apa -
sionantes secretos de la arqueología. Los resultados de las inves-
tigaciones no se han divulgado a ú n por completo, precisamente
porque algunos parecen increíbles si no hay confirmaciones ulte -
riores; pero por lo que se ha comunicado podemos ver que se
trata de un acontecimiento excepcional. Sabemos ahora con cer -
teza que el inicio de la historia egipcia se sit úa muchísimo más
lejos de lo que hasta ahora se hab ía creído.
¿Cómo es posible eso, si el « calendario at ómico » ha permiti -
do aseverar que ninguno de los objetos hallados tiene una anti -
güedad superior a los 6.200 a ños ? Pues bien , semejante comproba
ción se aplica tan sólo a los restos hasta ahora conocidos. Pero
-
otras tumbas, otros objetos existen sepultados profundamente en
cavernas bajo los arenales de Sakkara , de Abydos, de Heluan ; y a
estos testimonios de dinast ías antiqu ísimas, anteriores a la que no -
sotros definimos como primera, han llegado los investigadores so
.
viéticos
-
Entre los hallazgos de que se ha dado noticia en Mosc ú se en -
cuentran inscripciones que prolongan en mucho el calendario egip-
cio, mapas astronómicos de una precisión sorprendente, y gran
n ú mero de objetos, muchos de los cuales no han podido ser iden -
tificados todavía. Hay, asimismo, lentes de cristal , perfectamente
esf é ricos, fabricados con alt ísima precisi ón : sin duda debieron de
formar parte de instrumentos que permitieron a los hijos del
110 PETER KOLOSIMO

Nilo la observación de la bóveda celeste. Así empieza a explicarse


algo que durante varias décadas constituyó un verdadero rompe -
cabezas.
Es interesante observar que lentes análogas se han encontrado
tambié n en Irak y en la Australia central. Lentes que hoy sólo
pueden obtenerse con un abrasivo especial, a base de óxido de
cerio. De ello se deduce una extraordinaria pregunta: ¿ conocían
los egipcios la electricidad ? Efectivamente, el óxido de cerio se
produce mediante un proceso electroqu í mico, y es absolutamente
imposible aislarlo sin disponer de energía eléctrica.
A propósito del calendario, el cient ífico francés Jacques Ver -
nes escribe: « Es sabido que el a ño de los egipcios comenzaba el
día que para nosotros es el 19 de julio. Ese d ía la estrella Sirio se
encuentra en el cielo a la misma altura que el Sol naciente; y la
fecha corresponde tambié n al comienzo del aumento de nivel de
las aguas del Nilo. No se trata tan sólo de una simple coinciden -
cia: Sirio no influye en modo alguno en las inundaciones perió-
dicas del río; pero semejante coincidencia impresionó evidente -
mente a los egipcios, que la tomaron por base de su calendario.
.
» A1 cabo de cuatro años Sirio sale el segundo d ía del a ñ o
egipcio, al cabo de 8 el tercero, al cabo de 12 el cuarto, y así su -
cesivamente. Los egipcios rectificaban esos desfases a ñ adiendo d ías
a los a ños, como hacemos nosotros con los bisiestos. Aquellas rec -
tificaciones se reproduc ían peri ódicamente cada 1.461 a ños, tras
los cuales Sirio volv ía a salir con el Sol el 19 de julio.
» Ahora bien , las inscripciones descubiertas por los sovi é ticos
en los sepulcros desconocidos, corresponden a 25 ciclos de ese
gé nero. 25 veces 1.461 son 36.525 a ños. Y toda vez que es necesario
contar hacia el pasado partiendo de 4241 a. de J .C. ( origen del ca -
lendario egipcio conocido ), resulta que la antigüedad de Egipto se
remonta a 40.000 a ñ os antes de la Era cristiana .»
La posici ón de las estrellas fijada en los mapas celestes halla-
dos por arqueólogos rusos corresponden, en suma , a la de hace
miles de a ñ os. Los mismos mapas, por otro lado, confirman que
los hijos del Nilo poseían conocimientos astron ómicos extraordi -
narios, cosa que ya sab í amos. No sab íamos, en cambio, que los
egipcios conoc ían la existencia de la compa ñera oscura de Sirio.
Es curioso que una tribu del Á frica central , la de los dogones, no
ignora ese detalle. ¿ Lo habr ían sabido sus antepasados por los
antiqu ísimos egipcios ? No es improbable.
Los cient íficos sovié ticos creen poder afirmar, aunque con to-
TIERRA SIN TIEMPO 111

das las reservas, que los egipcios proven ían de Indonesia. ¿ Ha -


brían formado parte del Imperio de Mu ? ¿Se paralizó la marcha
de su civilización ( como sostienen los rusos ) hace diez o doce mil
a ños, a consecuencia de una cat ástrofe con la cual pudiera identi -
ficarse perfectamente el desastre cósmico debido a la ca ída de un
asteroide ? ¿ Reflejará la cultura egipcia conocida , que apenas se
remonta a cuatro mil a ñ os antes de Jesucristo, solamente el pá lido
esplendor de un fantástico mundo ignorado ?

La maldición radiactiva

Hablamos de cultura « conocida » refirié ndonos a sus grandes ras-


gos, pues retiene todav ía para nosotros innumerables misterios
y , al mismo tiempo, es rica en atractivos, los mismos que encon-
tramos en la remota historia de todas las grandes civilizaciones
y que parecen apoyar la hipó tesis segú n la cual el lejano pasado
de nuestro planeta llevaría la impronta de espl é ndidas culturas-
madres destruidas por enormes cataclismos.
Muchos enigm á ticos v í nculos existen entre Asia , la Am é rica
precolombina y Egipto. Si queremos, empero, hallar en el Nilo
el otro extremo del hilo, no debemos detenernos en Gizeh , donde
se alza la pirá mide de Chcops, sino continuar hasta la vecina Sak-
kara, important ísimo centro arqueol ógico conocido no tan sólo
por los investigadores, sino tambi é n por muchos profanos. Aqu í,
el faraón Zoser , considerando demasiado modesta la mastaba de
sus predecesores ( un bloque de piedra rectangular o cuadrado ),
dio comienzo a la serie de los grandes monumentos funerarios.
¿ Comienzo ? Quiz á sería má s exacto afirmar que Zoser reanu -
d ó la tradici ón de sus fabulosos antepasados, de la ignota civili-
zaci ón que precisamente parece haber unido sobre los océanos


a los actuales continentes. La pirá mide de aquel fara ó n , en efec-

to la primera construida en Egipto , es escalonada , exactamente
como las asiá ticas y americanas.
Sólo en tiempos posteriores a los soberanos del Nilo se dio
a la pirá mide la forma cl á sica que todos conocemos; por lo que
es en Sakkara , má s que en cualquier otro lugar , donde se bus-
can las llaves que nos abran el camino a un mayor conocimiento
112 PETER KOLOSIMO

del fascinante mundo egipcio. Y Sakkara oculta todavía numero-


sos secretos, que los pioneros de la ciencia podrá n arrancarle so
lamente a costa de grandes fatigas.
-
A corta distancia del monumento f ú nebre de Zoser, yace, se-
pultada en la arena , otra pirá mide escalonada; o, mejor dicho, su
base, porque, por razones que ignoramos, la titá nica construcción
qued ó inacabada . Vanamente grupos y más grupos de investiga-
dores alternaron durante décadas en torno a esas ruinas, buscan -
do la v ía de acceso a los subterrá neos que se creía ocultaban un
fascinante secreto: parecía que no existiese ningú n paso, y los
cient íficos se habían dado ya por vencidos cuando un arqueólogo
de El Cairo, Zakharia Ghoneim , hall ó la entrada de la tumba.
Y dio con ella con la ú nica ayuda de las matemá ticas, con cá lculos
basados en la estructura de la pirá mide de Zoser .
Las excavaciones resultaron particularmente dif íciles: por dos
veces, los exploradores se encontraron frente a barreras macizas
( bajo la segunda fue descubierta una colecci ó n de collares de
oro de una rara perfecci ón ); después, se derrumbó la bóveda del
corredor en un largo tramo, matando a un obrero e hiriendo a
otros dos. Finalmente, Ghoneim y sus compa ñ eros llegaron a la
cá mara funeraria, situada a sus buenos cuarenta metros bajo el
suelo: pero pese a ello el misterio de la pirá mide inacabada se -
gu ía lejos de solucionarse.
El gran sarcófago de má rmol apareci ó cerrado por un perfec
to panel corredizo. En el interior debía de haberse hallado el ata ú d
-
de madera con la momia del faraón; pero no se encontró nada.
¿Se habr ían adelantado los saqueadores, siglos antes, a los in -
vestigadores egipcios ? Los hallazgos de joyas lo excluyen. Por tan -
to, o el sarcófago fue colocado vac ío en la sala para enga ñ ar a los
ladrones, o estaba destinado a contener el Ka, el espí ritu vital , in-
mutable y eterno, algo similar a lo que nosotros llamamos alma.
Ten ía que existir, por lo tanto, una segunda cá mara sepulcral
con la momia del faraón ( un soberano de la tercera dinast ía del
que se ignora todo, hasta el nombre ): el profesor Ghoneim descu -
bri ó otra entrada y penetró por ella. Las b ú squedas quedaron en
suspenso a principios del otoño de 1956, cuando la grave crisis
de Suez, y al ser reanudadas, tras la vuelta a la normalidad su ge -
nial promotor murió.
Desgraciadamente, poco sabemos acerca del fallecimiento del
investigador ; nos enteramos a su tiempo de la noticia por los pe-
riódicos, pero todos nuestros intentos por conocer detalles de la
El mor del Sahara según la
-
reconstitució n de Scott Elliot .

Una valioso pieza del arte de


Benin Obsérvense los caroctc
risticas vestiduras y las armas
mediterr áneas, asi como los
motivos indios, acompañados
de la flor de loto.
E l « h i p o g e o », construcci ón
maltosa s u b t e r r á n e a de dos
.
plantas Obsérvese, en el techo,
signos de lo espiral .

Nuragas sardos ( exterior e interior) .


TIERRA SIN TIEMPO 113

misma, resultaron infructuosos. Sin embargo, hay quien sabe m ás


que nosotros y no vacila en afirmar que el arqueólogo pereció
víctima de esas maldiciones faraónicas que se ciernen desde hace
tiempo sobre los egiptólogos.
¿ Realidad ? ¿ Fantasías ? Son muchas las historias de los miste-
riosos fen ó menos relacionados con las exhumaciones de los anti
guos soberanos egipcios, y nunca dejan de causar cierto efecto.
-
Pero esos asuntos, en verdad , presentan un aspecto muy diferente
al que les atribuyen los cultivadores del ocultismo y los perio
distas a la caza de noticias sensacionales . -
Recordemos a ese propósito el estremecedor suceso del que
fue protagonista, milenios después de su muerte, el faraón Ram-
sés II, que reinó en Egipto durante el cautiverio de los hebreos
y que se halla desde 1886 en el Museo Nacional de El Cairo. Una
tarde particularmente bochornosa y h ú meda , el numeroso p ú blico
presente en la sala de Ramsés II oyó un fuerte crujido seguido
del ruido de cristales rotos y, volvié ndose hacia el f é retro del so-
berano, vio un espect áculo en verdad impresionante: la momia
del fara ón, tendida en el sarcófago, se incorporó de repente, abrien-
do la boca como para gritar, volvió bruscamente la cabeza hacia
el Norte y abrió los brazos cruzados sobre el pecho rompiendo
con la diestra la vitrina.
Algunos espectadores se desmayaron, otros, precipit á ndose ha-
cia la salida , cayeron por las escaleras y hubo quienes para esca-
par más pronto, saltaron por las ventanas. Hubo decenas de
heridos, el guarda de la sala se despidi ó sin que se le pudiese en
contrar sustituto, el Gobierno egipcio tuvo que pagar crecidas in-
-
demnizaciones a los perjudicados, y el museo se vio abandonado
largo tiempo por el p ú blico, temeroso de que se le cayese el edi-
ficio encima.
Sin embargo, no volvió a ocurrir nada m á s, y los expertos es-
clarecieron pronto la causa del fenó meno, por lo demás no ú ni-
co: la momia , habituada al aire fr ío y seco de la cá mara sepul-
cral subterrá nea , había sufrido sencillamente los efectos del cam
bio climá tico , reaccionando de aquel modo al h ú medo bochorno
-
de El Cairo. Pero hoy ( la prudencia nunca sobra ) descansa con
la cabeza vuelta hacia el Norte, como hab í a prescrito la oraci ó n
sepulcral.
En cuanto al famosísimo Tutankamen , es necesario ante todo
volver las cosas a sus proporciones reales y dejar sentado que
la historia de la tablilla con la maldición que se dijo haber sido
8 - 2.764
114 PETER IOLOSIMO

encontrada sobre la momia es inventada de punta a cabo. El sar-


cófago del joven faraón ( que en realidad se llama Tut-ankh-Amon )
sólo tiene una inscripción, que desea paz y serenidad al difunto.
Y cuando se afirma que todos quienes tuvieron algo que ver con
el descubrimiento murieron de modo inexplicable, se dice una
gran tontería.
El profesor Howard Cá rter, jefe de la expedición arqueológica ,
murió de edad avanzada, al cabo de dieciséis a ños; otros investi-
gadores fallecieron de vejez o en circunstancias nada extra ñ as.
Impresionantes fueron, sin embargo, las muertes en cadena ocu-
rridas despu és del descubrimiento: perecieron Lord Carnavon ,
promotor de las excavaciones ( a consecuencia , d ícese, de la pica-
dura de un insecto ), su hermano, la enfermera que le había asisti -
do, el secretario del egipt ólogo, tres colaboradores y la esposa del
propio Lord Carnavon.
Al cabo de treinta y cinco años, sin embargo, por uno de esos
casos extraordinarios que abundan en los anuarios cient íficos, un
médico del hospital de Port Elisabeth ( Uni ón Sudafricana ), el doc-
tor Geoffrey Dean, descubri ó en un paciente suyo las mismas ma-
nifestaciones de la misteriosa dolencia que hab ía matado a tan-
tos egiptólogos: se trata de la histoplasmosis o « mal de las caver
nas », propagado por microscó picos hongos que anidan en anima-
-
.
les ( particularmente murciélagos ), detritus orgá nicos y polvo
Si bien eso logra esclarecer las causas del fallecimiento de Lord
Carnavon y de sus allegados, a quienes él transmitió inconscien
temente la infecci ón , no basta , empero, para explicar las muertes
-
de tantos investigadores ocurridas desde la é poca en que se inici ó
.
la exploración en gran escala de las pirá mides En segar vidas
de cient íficos y técnicos intervino otra calamidad , cuya diagno-
sis sólo ha sido posible por las hecatombes de Hiroshima y Na-

— —
gasaki: se trata precisamente por muy dif ícil que resulte poder-
lo admitir de gangrena at ómica.
« Se ha comprobado
— declaró el profesor Ghoneim , resumien
do los resultados de las indagaciones efectuadas por un nutrido
-

grupo de investigadores egipcios que la pez con que eran con-
servados los cadá veres en el proceso de la momificación proven ía
de las orillas del mar Rojo y de algunas regiones de Asia Menor,
y conten ía sustancias fuertemente radiactivas. No sólo eso, sino
que la radiactividad es propia tambié n de las vendas usadas para
envolver a las momias. Y todas las cá maras mortuorias estaban
probablemente llenas de polvo que ten ía las mismas propiedades.»
TIERRA SIN TIEMPO 115

Todo hace pensar que los sacerdotes egipcios recurrían deli


beradamente a ello , no sólo para conservar los cad á veres, sino
-
tambié n para castigar a los violadores de tumbas; acaso ve ían en
la radiactividad una manifestaci ón de Ra , dios del Sol; segú n Gho-
neim , ello podría inferirse de numerosos pasajes oscuros de an-
tiguos documentos.
Esto nos trae a las mientes un hecho muy extra ño, registrado
a mediados del siglo xv, cuando fue abierta la tumba de Tulia ,
hija de Cicerón . La muchacha , intacta , yac ía en un l íquido de
composición ignorada , y a sus pies brillaba una l á mpara que se
apagó poco después de la apertura del sepulcro. ¿ Una sustancia
que hace incorruptibles los cad á veres ? ¿ Una l á mpara encendida
durante má s de 1.500 a ñ os ? Si todo lo que nos ha sido transmitido
es verdad , no podemos menos que pensar en la energ ía at ó mica .
Allende el Atl á ntico, otro arqueólogo, Hyatt Verrill, lanzó una
hipó tesis a ú n m á s audaz, dici é ndose convencido de que los blo-
ques de las pirá mides precolombinas fueron labrados no a golpes
de cincel , sino con una pasta radiactiva capaz de atacar el gra -
nito, y afirmó haber visto personalmente restos de tal sustancia ,
conservados por alg ú n hechicero indio (1).

El monstruo Volt y la ingravidez

Hasta qu é punto los egipcios conocieron efectivamente los se -


cretos de la energ ía at ómica , no nos es dado saberlo. El mismo
profesor Ghoneim hubo de manifestar su seguridad de que sus

ejemplo

antepasados pose ían insólitos secretos cient í ficos. « Consid é rese , por
scribi ó , el hecho que en las entra ñ as de las pirá
mides hay cá maras tan aisladas del mundo exterior , que el aire
fresco fue llevado a ellas por sus descubridores , cuarenta siglos
-
despu és de la clausura. Ahora bien , paredes , pavimentos y techos
est á n cubiertos de jerogl í ficos multicolores , pinturas que con se -
guridad fueron ejecutadas dentro de los locales, cuando la cons-
trucción ya estaba ultimada . Pero , ¿ de qué luz pod ían valerse los
artistas ? Para efectuar obras de tal delicadeza y perfecció n se
-
( 11 La leorla ha sido confirmada por el descubrimiento de un mlsiom 1 o
llaliano. V éase , a este respecto. Astronaucs en lo Prehistoria.
116 PETER K0L0S1M0

necesitan potentes fuentes luminosas, iguales al menos a la solar.


Candiles o lámparas no habrían bastado; y éstos no fueron usa-
dos, puesto que no hay rastro de humo o de hollín , como en cam-
bio encontramos en todos los recintos alumbrados con tai sistema.»
¿ Usarían los hijos del Nilo las fuentes luminosas a las cuales
nosotros mismos recurriríamos en circuntandas aná logas ? Por
muy parad ó jica que pueda parecer una idea semejante, ha encon-
trado ( aun antes del descubrimiento soviético de los lentes, cuya
fabricación presupone un proceso electroquímico ) convencidos va-
ledores, los cuales han aportado en su apoyo una serie de argu-
mentaciones que deberían proporcionar una confirmación indi-
recta.
Un ingeniero alem á n encargado de construir la red de alcanta-
rillado de Bagdad descubrió, entre lo que el museo local consi -
-
deraba « fruslerías» , pilas eléctricas todavía en funcionamiento, eti
quetados como « objetos de culto », que se remontaban a la dinast ía
de los Sasá nidas ( 226-630 d . de J.C.); y las investigaciones efec
tuadas a resultas de tal hallazgo revelaron la existencia de una
-
secta que, a partir de hace dos mil a ños, defendía celosamente
los secretos de la electricidad en general y de la galvanoplastia
en particular.
Los « electricistas ocultos de Bagdad », sin embargo, no inven -
taron nada; pocos kilómetros al sur de la capital iraqu í, en el
corazón de la antigua Babilonia, salieron a la luz acumuladores
que se consideran fabricados hace tres o cuatro mil a ños• •• con

— —
licencia egipcia , como debió de haber sido segú n varios arqueó-
logos franceses para con las « aplicaciones cient í ficas » de Moisés,
iniciado a grandes secretos tras haber sido acogido y adoptado por
Termutis, hija de Ramsés II.
Exponiendo el pensamiento de Maurice Denis- Papin ( descen-
diente del célebre inventor ), Robert Charroux dice que el « arca
de la alianza », que se cree encerraba las tablas de la Ley, la vara
de Aarón y un vaso lleno de man á del desierto ( Exodo, X X V ) , era
una especie de caja de caudales eléctrica capaz de producir fuer-
tes descargas del orden de 500 a 700 voltios.
Nos parece interesante reproducir lo que dice al respecto el
investigador francés:
« Era hecha con madera de acacia, revestida de oro por dentro
y por fuera ( el mismo principio de los condensadores eléctricos:
dos conductores separados por un aislante ) y circundada por una
guirnalda tambié n de oro. El arca estaba colocada en un lugar
TIERRA SIN TIEMPO 117

seco, donde el campo magné tico natural alcanza normalmente los


500 ó 600 voltios por metro vertical. Quizá conten ía pilas an á lo-
gas a las halladas en el museo de Bagdad : la guirnalda habría
servido, en ese caso, para cargar las mismas pilas o el conden-
sador.
» La custodia del arca estaba confiada a los levitas ( hebreos de
la tribu de Leví, afectos al servicio del templo de Jerusal én ) , ú ni-
cos que ten ían derecho a tocarla; para trasladarla de sitio "pasa-
ban dos varales revestidos de oro por las anillas", de suerte que de
la guirnalda al suelo la conducción se efectuaba por toma de tie -
rra natural.
» E1 condensador ( o la pila ) se descargaba así sin peligro para
los portadores. Aislada, el arca se aureaba a veces con irradiacio -
nes de fuego, relampagueos, y si un imprudente la tocaba, daba
terribles sacudidas, espantables para los profanos ; se comporta -
ba exactamente como una botella de Leiden .»
Admitiendo que Moisés hubese recibido de los maestros egip -
cios profundas nociones en materia de f ísica, qu í mica, geología
— —
y meteorología afirma, además, el escritor , todos los prodi
gios atribuidos a él se vuelven cient íficamente explicables. Hay
-
gente convencida de que Moisés se valió tambié n de explosivos,
desarticulando así la rebeli ón de Coré, Dat á n y Abirón ( N ú me
ros, XVI : « ...el suelo se hendió bajo sus pies, la tierra abrió su
-
boca y se los tragó..., y bajaron vivos a la morada de los muer -
tos..., y un fuego sali ó de ante Yavé y los abrasó: 250 hombres
que ofrec ían el incienso » ), y castigando el sacrilegio de Nadab y
Abi ú ( Leví tico, X : « ...y un fuego salió de ante Yavé y los abrasó » ).
El f ísico Fran ois Arago aseveró, ya en el siglo xvm, que el tem
^ -
plo de Salom ón estaba protegido por 24 pararrayos, y no es im -
posible que tales aparatos hubiesen sido conocidos por otros pue-
blos de la Antigü edad : el historiador y médico griego Ctesias ( si -
glo iv a . de J.C. ), por ejemplo, se trajo a casa de sus viajes a
través de Grecia y de Egipto dos « espadas m á gicas », que, « plan
tadas en el suelo, con la punta arriba », ten ían la propiedad de
-
« alejar las nubes, el granizo y las tempestades »; con toda proba
bilidad, sus virtudes han sido exageradas: inclina a pensar que
-
se trataba precisamente de pararrayos.
De creer a muchos autores, también los etruscos habrían cono -
cido la electricidad y, a través de sus sabios, el rey de Roma llega
r ía a poseer el secreto. Tito Livio y Dionisio de Halicamaso atribu
-
yen a Numa Pompilio la capacidad de « desencadenar el fuego de
-
118 PETER KOLOSIMO

-
J ú piter », es decir, el rayo, y narran que Tulio Hostilio, menos dies
tro que su predecesor, murió fulminado durante una ceremonia
religiosa en el transcurso de la cual quiso alardear de sus pode
res. Mejor fortuna hubo de tener Porsena, a quien se adscribe
-
el mé rito de haber usado la electricidad para librar a su reino de
la presencia de un monstruoso animal llamado ( curioso detalle,
en verdad ) Volt.
Volviendo a las pirá mides, debemos ocuparnos de otro gran
rompecabezas cient ífico. Basta acercarse a una de esas imponentes
construcciones para darse cuenta de que no fueron erigidas sin
un proyecto preciso y medios mecá nicos adecuados, es decir, fian
do solamente en la suerte y en la fuerza de los esclavos . -
Los bloques que forman la pirá mide de Cheops, por ejemplo,
pesan, en su mayor parte, de quince a cien toneladas, y en la « cá
mara del rey » el techo está hecho de bloques de granito rojo de
-
setenta toneladas. Hoy d ía, una obra semejante sólo sería posible
si se construyesen en torno a las pirá mides
— —
jy sobre la arena!
plataformas de cemento armado capaces de soportar el peso de
vagones de cuarenta ruedas y con el auxilio de los medios técni
cos más modernos y perfectos, cosa que puede decirse también
-
para las grandes obras de la Amé rica precolombina .
El del transporte de las materias primas en trayectos increí
bles es, por otra parte, un enigma que se perfila un poco en todo
-
el mundo. El arqueólogo austríaco K. Lanik , entre otros, nos re-
cuerda que en el monte Magdalena , cerca de Klagenfurt , se alzaba ,
hace más de 2.500 a ñ os, una metrópoli con murallas de siete me-
tros de espesor, erigidas con bloques sacados de monta ñ as más
bien distantes y llevados quién sabe cómo hasta la cumbre, para
ser luego revestidos con enormes losas de m á rmol. Ese centro
no es el ú nico del gé nero, ni siquiera en Europa: muchas son las
ciudades romanas y cé lticas que nos hablan un lenguaje igual-
mente sibilino .
En cuanto a las pirá mides, hay quien ha aludido a los planos
inclinados, quien ha pensado en rulos hechos con troncos de á r -
boles sobre los cuales se hacían deslizar los bloques, pero esas hi
pótesis no convencen a los técnicos, que les oponen un sencillo
-
razonamiento: admitamos que mil manos sean suficientes para
transportar uno de los bloques en cuesti ón ( el cá lculo es modes
t ísimo ); mil manos pertenecen , obviamente, a quinientos hombres
-.
Pero, ¿ d ónde habrían podido colocarse los quinientos hombres en
torno a la titánica piedra ?
TIERRA SIN TIEMPO 119

Los antiguos egipcios y los antiguos americanos debieron, por


tanto, emplear máquinas de levantamiento, máquinas perfectas,
que no tendrían nada que envidiar a las usadas hoy en la indus -
tria de la edificación. ¿ Por qué no se ha oído hablar nunca de
ellas ? Por una razón elemental: la técnica cambió, las construc -
ciones se volvieron m ás modestas y ya no fue necesaria la adop -
.
ción de grandes medios Los formidables aparatos cayeron en de
suso, fueron desmantelados, se convirtieron en ruinas; y de ellos
-
se perdió hasta la memoria .
Lo mismo, por lo demás, ocurrió y ocurre con muchos frutos
del ingenio humano. Pensemos en un arqueólogo que dentro de
un millar de a ños descubriese una ciudad alumbrada con faroles
y que supiese con certeza que en aquel tiempo todavía no se usa
ba el tendido eléctrico: podría formular una hipótesis muy plau-
-
sible, pero, ¿ dónde encontraría, para apoyarla, una de aquellas
farolas de gas que, hasta hace pocas d écadas flanqueaban todas
las calles del mundo civilizado ?
Sin embargo, hay quien expone hipótesis fant á sticas, afirman-
do que los egipcios pose ían nociones tales como para llegar a la
eliminación de la fuerza de gravedad y al uso de los ultrasonidos,
tanto para la talla como para el transporte de los bloques de
piedra.
« Los hombres de la prehistoria

scribe Robert Charroux
conocían el fenómeno de las vibraciones y se val ían de ellas para
« Gracias a los sonidos

— —
tallar el sílex, utilizando las ondas de choque.»
observa, por su lado Lenormand en
el libro Magia caldea , los sacerdotes de On suscitaban tempes-
tades y levantaban , para construir sus templos, piedras que mil
hombres no habrían podido mover.»
Una difundida leyenda á rabe narra que los hijos del Nilo edi-
ficaron las pirá mides transportando los bloques a través del aire
sobre papiros en los que estaban escritas palabras m ágicas, y
quizá se refiere a esa f á bula cuando Jacques Weiss afirma: « Los
enormes bloques de piedra que pesaban hasta 600 toneladas son
levemente convexos en ciertas caras, para encastrarse perfecta-
mente en la concavidad de los bloques contiguos y formar un
conjunto de una solidez a toda prueba. Con seguridad , fueron
transportados mediante levitación y colocados en su sitio con suma
facilidad .»
— —
En el antiguo Egipto asegura Charroux los verdaderos sacer
dotes se reconocían por el hecho de que ten ían el poder de as
-
-
120 PETER KOLOSIMO

cender en el aire a voluntad. Y cita, a propósito de levitación , di -


versos testimonios interesantes de antiguos autores.
Plinio el Viejo refiere, entre otras cosas, que el arquitecto Din ó-
crato ( contemporáneo de Alejandro Magno ) había decidido cons -
truir la bóveda del templo de Arsinoé con « piedras magnéticas»
a fin de mostrar ídolos suspendidos en el aire. También el monje
Rufino habla de magnetismo, aludiendo a la ascensión ( a la cual
asistió a fines del 300 a. de J.C.) de un disco que representaba
el Sol en el gran templo del dios Serapis, cerca de Alejandría ; Lu
ciano ( siglo II d. de J.C.), conocido por su escepticismo, tuvo que
-
admitir haber visto a los sacerdotes sirios hacer levitar la imagen
de una divinidad suya.
También en otros pueblos y en otras é pocas, tenemos ejem
plos muy curiosos de levitación. El escritor y estadista romano
-
Casiodoro ( siglo v d. de J.C.) habla de un Cupido de hierro sus -
pendido entre el techo y el pavimento de un templo de Diana ;
y hasta el siglo xiv el cad áver embalsamado del reformador Tsong
Kaba fue visto por miles y miles de peregrinos levitante a una
pulgada del suelo en el monasterio tibetano de Khaldan .
En la mezquita de Medina , el ata ú d de Mahoma permaneció
mucho tiempo fluctuante a poca distancia de la bóveda , y duran -
te siglos una « vara voladora », inmóvil en el aire, dio espect áculo
en la iglesia abisinia de Bizá n. En 1515, el padre Francisco Á l -
varez, secretario de la Embajada portuguesa en Etiopía , pudo
cerciorarse de que la extraordinaria varita « flotaba en la nada »
sin truco ninguno, y doscientos a ñ os más tarde, el médico fran -
cés Jacques Poucet tuvo la oportunidad de repetir el experi -
mento.


« Sospechando la existencia de algú n artificio invisible

el médico , recibí del abad el permiso de comprobar a mi gusto.
refiere

Pasé un bast ón por encima, por debajo, por ambos lados, y veri -
fiqué que sin duda la varita estaba verdaderamente suspendida
en el aire.»
¿ Magnetismo o ultrasonidos ? Hay quien se inclina decididamen -
te por lo segundo; y aunque, basá ndonos en nuestros actuales
conocimientos científicos, ambas hipótesis nos dejan bastante per -
plejos, debemos admitir que, al menos en el campo de la ac ústica ,
muchos f ísicos de la Antigüedad sabían lo suyo.
« Segú n algunos palimpsestos egipcios itamos ahora a Char-

roux , los sacerdotes de Karnak , de Abid á n y de Tebas deb ían de
tener la voz firme, fuerte y hermosa. Pronunciando una sola pa -
TIERRA SIN TIEMPO 121

labra, de un modo determinado, pod ían hacer abrir de par en par


las pesadas puertas de im templo. Este hecho, referido varias ve -
ces ( los cuentos orientales est án plagados de puertas má gicas que
dan acceso a templos, a criptas, a cavernas ), pudiera haberse ve -
rificado debido a estratagemas ingeniosas o a trucos, pero su per -
sistencia y el misterio de las pirá mides inducen a buscar una ex
plicación científica , sencilla o sumamente docta . -
«Sencilla: algunos sonidos, a una vibració n dada , hacen dispa -
rar mecanismos de muelle. Docta: los sonidos o los ultrasonidos
impresionan una célula eléctrica , como lo haría la luz.
« La conocid ísima expresió n m ágica " j Á brete, Sésamo! '' no es
ninguna invención gratuita: la cá psula que encierra la semilla de
sésamo estalla por sí sola cuando está madura , pero un sonido
grave provoca la apertura prematura de la vaina. Este fen ómeno
no era ignorado por los egipcios, los hebreos y los orientales, y
quizás haya motivos para creer que sus más altos conocimientos
cient íficos se basasen en cierto poder de la voz.»
Tambié n el alejandrino Herón, matemá tico, f ísico, mecá nico, y
su maestro Ctesibio se habrían valido profusamente de ese y de
otros artificios, haciendo surgir del subsuelo enormes ídolos, sus -
pendiendo en el aire imá genes y sacerdotes, provocando la aper
tura « m ágica » de las puertas, haciendo caer sobre los fieles lloviz
--
nas de agua perfumada y brotar del pico de pá jaros met á licos su -
blimes armon ías.
« A su antojo
— —
asevera Elif ás Leví el templo queda rodeado
de nubes o resplandece una claridad sobrehumana ; a veces caen
las tinieblas en pleno d ía, a veces la noche se ilumina , las l á m -
paras se encienden solas, los dioses brillan , se oye el retumbo del
trueno. ¡Y ay del impío que se haya atra ído la maldici ó n de los
iniciados! »
10

UN IMPERIO EN EL SAHARA

El Sahara oculta , a una profundidad que var ía de los 300 a


los 1.200 metros, un enorme depósito de agua dulce: el llamado
mar subterrá neo de Albienne, con una extensión , por lo menos,
de 600.000 kilómetros cuadrados, o sea una superficie equivalente
al doble de la de Italia . Y no se trata solamente de uno de tantos
aljibes naturales sepultados bajo las rocas y las arenas ardientes:
los recursos hidrá ulicos del Á frica septentrional son inconmensu -
rables, y con razón se piensa en utilizarlos, en un futuro no le-
jano, para transformar la est é ril comarca en una zona altamente
productiva y confortable ( 1 ).
Hubo cient í ficos ( recordemos aqu í el má s autorizado, el geó-
logo alem á n Hoffmann ) que aseguraron que el continente negro
ten ía en tiempos relativamente próximos a nosotros una forma
m á s bien distinta de la que nos es familiar, y que casi toda su
parte n órdica estaba sumergida en el Mediterrá neo, del que los
actuales relieves monta ñ osos y altiplanos se habrían alzado como
grandes islas.
El descubrimiento del mar de Albienne echa abajo ahora aque-
llas teor ías, que sin embargo, parec ían tener un buen fundamento,
y atestigua la validez de la enunciada por Scott-Elliot ( un extra ño
(1 ) V ¿ase ! 1 pinncta scvnosciulo ( edici ó n espart óla , publicada por Plaza Se
.
Jan ós. en la colecci ó n « Otros Mundos», con el t ítulo de FA planeta incógnito)
124 PETER KOLOSIMO

tipo de investigador, que comete la equivocación de sumergir só -


lidos elementos cient íficos en la maraña de absurdas doctrinas eso -
t é ricas ), segú n el cual el Sahara habría sido ocupado no por el
Mediterrá neo, sino por un vastísimo lago interior. El cual desapa -
reció indudablemente a consecuencia de grandes cataclismos, dan
do paso a la selva.
-
-
Segú n Scott Elliot , todo habría sido consecuencia de la convul-
sión que, hace once mil años, provocó la sumersión de vastas re -
giones del planeta. El gran lago, sin embargo, debió de haber sido
borrado de la superficie de la Tierra en tiempos muy remotos,
pues ha quedado demostrado que ya ocho mil a ños antes de Jesu -
cristo el Sahara estaba cubierto de bosques cuya formación debe
hacerse remontar a varios milenios antes.
Los textos antiguos nos describen el actual desierto como una
zona poblada de bosques, recorrida por imponentes ríos, densa -
mente habitada , rica de una fauna que contaba entre sus repre
.
-
sentantes a ant ílopes, jirafas, elefantes, leones y panteras Fuertes
variaciones de temperatura primero, la acci ón de las aguas y de
los vientos despu és, empezaron a transformar la faz del Sahara.
Posteriormente, la difusión del pastoreo afectó cada vez más al
patrimonio vegetal de la zona , y a la progresiva esterilidad echa -
ron una mano los caballos de los libios, los camellos de los roma -
nos, las cabras y los asnos sucesivamente introducidos por los
á rabes.
Sin embargo, cuando aquello sucedió hacía milenios que una
civilización desconocida se había ya extinguido: probablemente
la civilización de la cual nos hablan los investigadores sovi é ticos,
diciendo que proven ía del Asia , progenitora del pueblo de las pirá
mides y quizá de otras grandes culturas mediterrá neas .
-
La ciencia nos está dando las pruebas de ese parentesco: inte
resant ísimas son las recogidas por el arqueólogo y pintor italiano
-
Fabrizio Mor í, quien descubrió en el alucinante macizo de Acacus,
en la frontera de Libia y Argelia , una serie de inscripciones de la
época en que aquella región era todavía el maravilloso jard í n que
describiera Paulino Suetonio: hombres, mujeres, animales, olas,
embarcaciones, nos hablan, desde la roca, de un mundo hasta
ayer insospechado.
La momia de un niño muerto hace 5.400 a ños revela, adem á s,
cómo el pueblo sahariano practicaba el culto de los muertos.
Y todo permite creer que aquellas gentes tuvieron mucho en co -
m ú n con los egipcios, puesto que, con toda seguridad, prospera -
TIERRA SIN TIEMPO 125

ron en tiempos muy anteriores a la muerte del chiquillo descu-


bierto por el doctor Mori. Además, algunos rasgos de las figuras,
algunos detalles, parecen recordarnos tambié n a la antigua Grecia.
Con el arte egipcio se vinculan asimismo las pinturas rupes-
tres del altiplano de Azyer ( denominado erróneamente Tassili , de
Tassili de los Azyer, que significaba « Altiplano de los ríos » ), en
el sur de Argelia , las cuales parecen transmitirnos, entre otras co-
sas, el recuerdo de los legendarios gigantes; vemos ahí, efectiva-
mente, la figura de una mujer de má s de dos metros de estatura
y una monstruosa silueta masculina de tres metros y medio ado-
rada por seres de estatura muy inferior; y es curioso observar
que los personajes de una escena que representa ( por lo menos
eso se cree ) una danza ritual, tienen el pelo teñido de rojo, justa-
mente como los llevan todavía hoy los masai, presuntos descen
dientes de los ú ltimos titanes.
-
Muchas figuras sostienen en la cabeza un objeto similar a un
moderno y elegante cesto, pero que, con toda probabilidad , se
trata de otra cosa. Fant ástico es, además, la pintura que el ar-
queólogo y etnógrafo francés Henri Lhote llama « el gran dios de
los marcianos » por su asombrosa semejanza con el dibujo de un
individuo encerrado en una escafandra espacial: el « casco » es es-
f é rico, con dos oculares y una serie de figuras el í pticas en la parte
superior; perfectamente visibles son las articulaciones del cuello,
después de las cuales se advierten las l í neas de lo que podr ía
parecer un indumento astron á utico. La fotograf ía del « gran dios
de los marcianos » sali ó en los periódicos con la firma de Yuri Ga-
garin , como si el famoso hé roe del espacio se hubiese propuesto
dedicarla a sus ignotos... colegas prehist ó ricos ( 1 ).
Los hallazgos del macizo de Acacus y del altiplano de Azyer
son seguramente de los m á s importantes del mundo, pero la es-
tirpe desaparecida ha dejado huellas de su presencia de un extremo
a otro del Sahara. Entre los más misteriosos mencionemos los
grafismos que reproducen hombres con colas de caballo, las figu -
ras de momias, junto a una aut é ntica , de Uau-Muhuggiac, las pin -
turas descubiertas por el capit á n francés Coche a dos mil metros
de altitud ( Martutech , Sahara central ), y bell ísimas escenas agres-
tes con labriegos y bueyes, muy parecidas a las egipcias.
Hace ya unos treinta a ños, dos apasionados arqueólogos , el
profesor Di Caporiacco y su compa ñ ero Almasy, hallaron en el ma-

l í ) V éabe tambié n No es tetreslre y Astronaves en la Prehistoria.


126 PETER KOLOSIMO

cizo de Arkenu , en la frontera de Libia y Sud á n , grafismos que


representaban jirafas, avestruces, bú falos, toros, bóvidos pareci -
dos a ceb úes y hombres armados de arcos y flechas. El explora -
dor y etn ógrafo alemá n Leo Frobenius, en 1931, y la Sociedad
Geográ fica Italiana , en 1933, se dedicaron tambié n al estudio de
otras incisiones similares a las de Arkenu, descubiertas en el
Fezá n, llegando a la conclusión que los elefantes, rinocerontes,
avestruces y cocodrilos que figuraban aquéllas, formaban parte,
en tiempos, de la fauna local y que, por consiguiente, la regi ón
debió de haber tenido un aspecto análogo al de la actual África
central.

Escrito en la arena
El nivel de civilización de los autores de todos esos grafismos
no pudo ser extraordinario, aunque algunas de sus manifestacio-
nes nos dejen asombrados. Pero hay quien ve en ellos a los super-
vivientes de un pueblo bastante castigado por las cat ástrofes y las
adversidades naturales.
Un curioso investigador, como Léon Mayou , afirma paladina-
mente que el Sahara habría sido el bíblico Ed é n , el reino de Ad á n.
Muchos cultivadores de las doctrinas esot é ricas est á n , empero,
más cerca de la ciencia ficción que de la Sagrada Escritura y
sostienen que en el mar del Sahara ( como, por lo dem ás, un poco
en todas partes ) se alzan ciudades maravillosas habitadas por
espl é ndidas criaturas por lo regular rubias, aqu í de ojos oscuros
y tez clara.
Dicen , incluso, que el palacio imperial sahariano ten ía los mu -
ros revestidos de alabastro , las paredes interiores cubiertas de
tejos esmaltados, de gran valor art ístico, y de lá minas de oro,
mientras que los templos estaban literalmente forrados con el
rey de los metales y pavimentados con marfil.
Recurriendo a las luces esoté ricas, podemos llegar a saber una
infinidad de cosas sobre los antiguos habitantes del Sahara , pe-
netrar en los secretos de su religi ón consagrada al culto de los
planetas, conocer con pelos y señ ales las ceremonias y costumbres
rituales, enterarnos de que estaba dedicado al Sol « un tejido de
TIERRA SIN TIEMPO 127

seda fina e hilos de oro, como un pa ño de oro muy mó rbido » , a


Vulcano ( ? ) « el color de la llama, muy violento y fastuoso », a Mer-
curio un color « variando entre el oro anaranjado y el amarillo li-
món », y así sucesivamente.
Es superfluo a ñadir que no existe la menor base para soste -
ner tan absurdas fantasías. El razonamiento sobre la supuesta gran
civilizaci ón que precedió a las convulsiones de que fue probable -
mente v íctima el mundo entero, sigue vías muy diferentes: no cru -
zan fabulosos espejismos, sino una tierra ignota, cuajada de huellas
sibilinas.
Por ella se aventuró de 1815 a 1819, recorriendo varias veces
Egipto y Nubia , el monje Giovan Battista Belzoni , arqueólogo pa
duano que, a causa de los escasos apoyos técnicos que su é poca
-
le brindaba, no pudo desgraciadamente dejarnos una documenta -
ción exhaustiva de los hallazgos efectuados: ruinas, catacumbas,
sarcófagos, momias antiqu ísimas.
No lejos de la aldea de Cassar, el docto monje dio con un pozo
de casi veinte metros de profundidad , que segú n los ind ígenas te -
n ía la curiosa y agradable particularidad de proporcionar agua
fresca durante el d ía y caliente por la noche; é l ya sabía que He -
ródoto lo había mencionado, m ás de cuatro siglos antes de Jesucris-
to, diciendo que en sus cercan ías se alzaba un grandioso templo
dedicado a la suma divinidad local , que el célebre historiador
llama Jove Amón. Belzoni se entregó a intensas b ú squedas y des -
cubrió, en efecto, ruinas de grandes murallas que afloraban de
la arena , fragmentos de columnas, estatuas caracterizadas por lí
neas de rara perfección.
-
Otro investigador italiano, Centunviro, basá ndose en un antiguo
manuscrito que describía una ciudad situada en el l í mite meridio -
nal del que hoy es desierto libio , se propuso dar con ella y , en
-
efecto, localizó sus ruinas cerca de Uau el Adani, donde vio aflo-
rar los restos de muchas construcciones y de columnas remata -
das por extra ñ as figuras de animales bicéfalos. Descubierta , des -
pu és, la entrada a un subterrá neo que debió de haber sido el del
templo del Sol , exploró, junto con un gu ía turco , un gran tramo,
jugá ndose la vida por sacar a la luz una vasija de oro con figuras
en relieve de hombres , animales, flores, y un jarro en el cual un
artista desconocido hab ía pintado, quié n sabe cu á ntos milenios
atrá s, escenas inspiradas en la fauna y la flora acu á ticas de aque -
llas tierras.
Es una verdadera l á stima que no podamos disponer de mayo-
128 PETER KOLOSIMO

res testimonios sobre las empresas de aquellos aventureros de la


ciencia: si sus descubrimientos hubiesen sido profundizados, tal
vez habríamos conseguido poseer elementos tales como para per-
mitirnos fundadas coincidencias con las huellas de otras civiliza-
ciones desaparecidas y tener ideas un poco menos nebulosas acer-
ca del pasado remoto del continente negro.
-
Al igual que la Atlá ntida, el « Imperio sahariano» tiene sus apa
sionados partidarios, quienes lo imaginan tan grande y pujante
como para haber impreso en toda Africa ( además de en muchos
pa íses mediterráneos ) su impronta cultural. Algunos de ellos son
puros visionarios, otros apoyan sus teorías con datos en realidad
no desde ñables. Que éstos, sin embargo, sean los justos compo-
nentes del mosaico, es cosa que no nos atrevemos a sostener, aun-
que tampoco queramos inclinarnos por lo contrario.
Elaborar hipó tesis sobre los elementos de que disponemos, es,
en efecto, como tratar de resolver uno de esos crucigramas con
sorpresa de ciertos concursos americanos que presentan un esque-
ma sin definiciones, en el cual están insertas algunas palabras que
pueden cruzarse con varias más.
Tomemos, por ejemplo, la civilización de Benin: quizá pudie-
ra encontrar sitio en nuestro esquema, en el centro del cual figu-
ran los hallazgos saharianos; pero, ¿es la posición justa la que
quisiéramos darle ? ¿ Y tiene alguna letra en com ú n con el otro
enigma africano, el de Simbabwe?
La historia del descubrimiento de Benin se inició en 1897, cuan-
do la firma londinense « Hale e Hijo » puso a subasta una cantidad
de objetos provenientes de Nigeria ( Benin es hoy una población de
22.000 habitantes, a unos cien kilómetros del golfo del mismo nom -
bre ): colmillos de elefante esculpidos, esculturas y l á minas de
bronce labradas de modo admirable, pero todas más o menos de-
terioradas. Comerciantes y aficionados examinaron todo lo ofreci
do, pero consideraron el material demasiado mal conservado para
-
que valiese la pena adquirirlo. Los señores « Hale e Hijo », suspi-
rando, habían visto ya alejarse a los clientes potenciales menos
pretenciosos, cuando la colección fue vista, por pura casualidad,
por el arqueólogo Von Luschan , director de un museo berlinés,
quien lo compró todo en bloque, telegrafiando inmediatamente
después al cónsul alem án en Lagos: « Compre antigüedades de
.
Benin . Compre todo lo que pueda obtener Compre sin reparar en
el precio y bajo mi responsabilidad.»
Los objetos cuyo enorme valor había intuido el científico ale -
TIERRA SIN TIEMPO 129

mán habían sido descubiertos unos meses antes a resultas de una


expedición punitiva efectuada por las tropas brit á nicas contra la
Irib ú de Benin, acusada de haber asesinado ferozmente a un alto
funcionario colonial inglés y a su escolta. Desperdigados los cul -
pables en la selva, los soldados de Su Majestad hubieron de com -
probar que la matanza había sido de proporciones mayores que
las supuestas al principio: con sus conciudadanos, miles de es
clavos y prisioneros de guerra , hombres, mujeres y ni ños, habían
-
sido sacrificados por los benin en honor del difunto padre de su
« rey », según el espantoso ritual del culto yuyú.
Junto a la choza regia , cinco corrales se encontraban atesta -
dos de cad á veres horrendamente mutilados; toda la aldea , por lo
demás, era un horroroso cementerio: y en fosas comunes de casi
cien metros eran amasadas, desde hacía generaciones, las víctimas
de las hecatombes rituales.
Los oficiales brit á nicos decidieron entregar a las llamas aquel
osario, pero antes efectuaron un registro de arriba abajo en busca
de eventuales tesoros; no hallaron ni oro ni plata , sino « tan sólo »
aquellos objetos de marfil y de bronce que incluso aficionados
reputados habían creído sin valor .
Cuando la intervención de Von Luschan fue conocida , invest í
gadores de todo el mundo se precipitaron sobre las ruinas de la
aldea incendiada y sacaron a la luz otros testimonios arqueolóei
eos que los museos se disputaron con ofertas imponentes: plan -
chas de bronce destinadas a revestir puertas, balcones y esquinas
de un antiguo palacio real desaparecido, armas y utensilios de
óptima factura, paneles que representaban á rboles, frutas, flores,
animales, rostros de hombres negros, blancos, hasta asi á ticos, ade
más de numerosas escenas de guerra y de paz.
-
Entonces, se dieron a remontar en el pasado de los benin ( cosa
muy ardua , pues aquel pueblo no conoc ía la escritura ); llegaron
hasta 1140, cuando el rey Eveka inici ó el terrorí fico culto del
.
yuyú Y se encontraron ante preguntas sin respuesta. ¿ Por qué
no exist ían rasgos de la civilización de los benin anteriores a
aquella fecha ? Sin duda habían pose ído una cultura antes de que
el loco de Eveka les precipitase en la abominación del yuyú. Pero
¿ d ónde habían conseguido y qué significado pod ía darse a los ras
gos de su arte, que recuerdan el griego y el indio ?
-
Es curioso observar que Esige Osave, d écimo rey de los be
nin conocido ( según un orden cronol ógico aproximativo ), se vana
--
gloriaba de haber « nacido blanco » ; según la tradición, mand ó
9
- 2.764
130 PBTER KOLOSIMO

mensajes y dones « más allá de la gran agua », a sus « hermanos de


raza », llamando a algunos de ellos a la Corte, donde, en efecto,
« Los bronces de Benin

se establecieron como comerciantes


.
escribe el etnólogo letón Ivar Liss-
ner despertaron gran revuelo hacia fines del siglo pasado, por-
que representan un caso único, extraordinario, entre las plásticas
de los pueblos negros. Esas obras son más comprensibles al sen-
tido occidental de la forma, más entroncadas con ella, que el arte
negro de las restantes regiones africanas.
» Hoy se sabe que los vecinos noroccidentales de los benin , los
yoruba ( un grupo de tribus sudanesas ), poseían ya , antes de ser
descubiertos por los colonizadores europeos, ciudades de diez mil
habitantes y que eran no sólo expertos agricultores y ganaderos,
sino que también se dedicaban a una vasta actividad comercial;
los productos de sus artesanos, tejedores de algod ón , tintoreros,
alfareros, fundidores de bronce y de latón, traspon ían las fron-
teras del país.
» E1 arte de los yoruba floreció particularmente en Ile-Ife, un
tiempo capital religiosa y cultural y sede del jefe espiritual. El
nombre de Ile-Ife, situada a 85 kilómetros de Ibad á n, en Nigeria ,
poblada actualmente por 50.000 almas, significa "tierra del origen" .
» De la "época de Ife" conocemos obras de arte en piedra, cuar-
zo, granito, bronce y terracota; los utensilios de madera desapa-
recieron, víctimas del clima, al correr de los siglos. Durante los
ú ltimos veinte años se han descubierto esculturas yoruba que
parecen francamente inconcebibles en el marco del arte africano.
En 1938 y 1939 fueron sacados a la luz en el recinto del Oni de Ife
preciosos objetos de lat ón, sobre todo de cará cter plástico. El lat ón
es una aleación de cobre y cinc que, segú n la composición, puede
cobrar tonalidades que van del rojo cobrizo al amarillo dorado...
Una figura masculina de Tada , en el Níger, es tan sorprendentemen
te natural de cabeza a pies, y hallazgos de Ife representan rostros
-
negros tan bellos y expresivos, que siempre se les han buscado los
más antiguos influjos.
» En las escuelas de la Corte del rey de Benin quizá trabajaron
verdaderamente maestros extranjeros..., puesto que la destreza de
los antiguos fundidores de Benin no teme comparaciones, en el
terreno técnico, con la de los mejores fundidores europeos. El arte
del bronce y del latón alcanza , en manos de los negros del Africa
occidental , alt ísimas cumbres. Pero las vinculaciones permanecen
.
inexplicables, enigmá ticas, inconcebibles »
TIERRA SIN TIEMPO 131

Tal vez el arte de los benin y de los yoruba tiene algo que ver
con el de la misteriosa civilización africana de Nok , que floreció
muchos siglos antes de Jesucristo, representada para nosotros por
una magn ífica testa de terracota de tama ñ o natural descubierta
en 1954 en la provincia de Zaria ( Nigeria septentrional ). A toscas
armas y utensilios de piedra , las gentes de Nok juntaban instru-
mentos de hierro, en uno de esos contrastes propios a tantas re-
motas culturas .
¿ Es posible que la civilizaci ón de Benin , con las de Nok y Yo-
ruba, hubiese nacido d ¿ antiqu ísimos colonizadores integrados des-
pu és con los ind ígenas, y que Esige Osave conservase a ún un pá lido
recuerdo de sus antepasados blancos ?
He aqu í que reaparecen las sombras de Mu y de la Atl á ntida ;
y he aqu í que, bajo tales reflejos, se junta al misterio de los an-
tiguos nigerianos otro enigma arqueológico: el de Simbabwe .

Las torres y el Fénix


Simbabwe es una ciudad muerta de Rhodesia del Sur, en las
cercan ías de Fort Victoria. Con sus ruinas topó casualmente , en
1868, el cazador bóer Adam Renders; no atribuyó gran valor al
descubrimiento, pero en 1871 el geólogo alem á n Karl Mauch, vi -
sitando las ruinas, creyó que pod ía dar al mundo una gran noti -
cia: estaba convencido de que se encontraba al pie de los majes
tuosos restos de una ciudadela de Ofir, la salvaje, escu á lida pero
-
riqu ísima tierra que, regida alrededor de 950 a. de J.C. por un
vasallo de la reina de Saba, había albergado las bíblicas minas
del rey Salomón.
La misma opinión fue sustentada con apasionamiento por ilus -
tres investigadores, entre ellos Ouatrem é re y Heeren , y es signifi
cativo observar que el viajero á rabe Ibn Battuta , nacido en Tá n-
-
ger en 1304 , habla de esa regi ón como de « Yufi , desde donde se
lleva oro en polvo a Sofala »; y foné ticamente, la palabra yufi se
aproxima mucho a Ofir.
Otros arqueólogos, segú n el ingl és Richard Nicklin Hall, expre-
saron , en cambio, la convicci ó n de que se trataba de un centro
minero fenicio; pero, después, el egipt ólogo David Randall Mel
132 PETBR KOLOSIMO

ver creyó poder demostrar que las construcciones de Simbabwe


se remontan a la Edad Media, y su versión fue apoyada por la
arqueóloga Gertrude Caton-Thompson .
El nombre es demasiado reciente para significar algo: Simbab -
we ( o Zimbabwe, Simbabue ) está compuesto por las palabras ban-
.
t ú simba ( choza ) y mabgi ( piedras ) Pero el á rabe Masudi, que
visitó el centro en 916 ó 917 d. de J.C. nos confirma sin asomo
de duda que Simbabwe ya exist ía en aquella época y que era muy
— —
poderosa . « Es un pa ís escribe literalmente que produce oro
en cantidad y otras maravillas.»
Quienes edificaron las murallas del templo elí ptico ( de cuatro
a cinco metros de espesor ) y de la torre cónica ( ¡diez metros de
espesor! ) debían de poseer un descollante grado de civilización.
¿ De d ónde habían venido ? Del Norte, se dice. Sin embargo, resulta
in ú til indagar sobre su remoto pasado, pues la ciudadela no tie-
ne ni una sola inscripción. En cambio, en Simbabwe y sus ale-
da ños se encontraron objetos valiosos fabricados en regiones muy
distantes, perlas y collares de oro de Arabia , porcelanas chinas de
una antigüedad no inferior al milenio, utensilios y obras de arte
originarias de la India y del Asia oriental, con joyas cuya proce-
dencia es imposible establecer.
Los arqueólogos padre Paul Schebesta y se ñora Caton-Thomp-
son , apoyá ndose en otros hallazgos ( los de Umtali e Inyanga ), iden-
tifican con los descendientes del pueblo de Simbabwe a los fun-


torna t í tulo

dadores del imperio de Monomotapa ( el nombre que luego se
significa « dueña de las minas » ), que se extend ía
desde Rhodesia a Mozambique y que tuvo su ocaso hacia fines
de 1700.
Es interesante notar que el soberano Monomotapa era consi
derado hijo del Sol, el astro adorado orgi ásticamente por sus sú b-
-
ditos. Pose ía casi tres mil mujeres, entre esposas y concubinas:
el heredero del trono, sin embargo, hubo de dá rselo una hermana.
Y éstos no son sino algunos de los numerosos detalles que tienen
el poder de hacer pensar hasta a las mentes menos fant á sticas en
la civilización egipcia y asimismo tambié n en las de la Amé rica
precolombina.
Además, los animales representados en los monumentos de es-
teatita de Simbabwe, recuerdan tambié n los bajo relieves de la
India y del « Nuevo Mundo », en tanto que el ave esculpida en
la cima de una pilastra , en tiempos símbolo del Imperio de Mono-
motapa , que ahora remata el escudo de Rhodesia del Sur, no es
TIERRA SIN TIEMPO 133

más que el « pá jaro tonante » de los pieles rojas, el « pá jaro de


fuego », el Fé nix que figura en la mitología de casi todos los pue-
blos del Globo. Y los monolitos de casi cuatro metros que se
hallan en el interior del templo, nos retrotraen a los sibilinos
monumentos de los Hsing Nu, nos hacen soñar nuevamente en mi-
siles desencadenados sobre la prehistoria.
« Entre las ruinas
— —
escribe Robert Charroux , pero todavía
muy bien conservadas, se advierten , como en Machu Picchu, Perú,
altas torres ovales, especie de silos sin ninguna abertura lateral;
la única salida posible est á en la cima de las construcciones, como
si los habitantes de aquellas extra ñ as casas estuviesen provistos
de alas o de facultad de volar. En Machu Picchu esos "silos" se
denominan "las cá maras de los hombres voladores".
•Nosotros no pensamos en seres alados, sino en criaturas hu-
manas poseedores del secreto de la levitaci ón y del traslado a
través del espacio, secreto no divulgado, pero referido por las
tradiciones tanto americanas como africanas y asiá ticas... Es po-
sible que Simbabwe y Machu Picchu estuviesen habitadas en tiem-
pos por hombres iniciados en una ciencia de la cual todavía no
tenemos idea.»

El enigma malgache

Hemos llegado así frente a Madagascar, la isla que muchos


afirman ser uno de los m á s significativos monumentos naturales
en una Tierra con una faz muy diferente de la que conocemos.
Nos hemos referido ya a este pa ís como a un resto geol ógico
de los continentes desaparecidos de Lemuria y Gondvana ; nos

curiosidad —
hemos detenido en el primero, exponiendo a mero t í tulo de
— noticias nada plausibles. Demos ahora una rá pida
mirada al segundo, con cuya cultura se vincularía ( en opinión de
algunos investigadores ), precisamente a través de Madagascar, la
enigmá tica Simbabwe.
Oigamos, en primer lugar, el parecer de los geólogos. « Gond -
— —
vana resume el insigne profesor F. de Agostini es el nombre
de una regi ón situada en las provincias centrales de Indost á n , que
ha pasado a indicar formaciones paleomesozoicas de esquistos v
134 PETER KOLOSLMO

areniscas, características de la regi ón misma. Como formaciones


geológicas aná logas han sido halladas también en el Sur y el Este
africanos, en Madagascar, Australia y América del Sur, se ha con -
siderado que esas zonas debían de estar, precisamente en la era
paleomesozoica, unidas a la pen ínsula del Indostá n en una vasta
masa continental a la que se dio el nombre convencional de Gond -
vana.»
También los estudios sobre los caracteres étnicos de los mal -
gaches, sobre la fauna y la flora de la gran isla, llevan a la con -
clusión de que ésta estuvo mucho tiempo unida a otras partes
del mundo harto distantes; no pudiendo extendemos sobre el
tema, destacaremos solamente que en Madagascar faltan en abso -
luto los antropomorfos, los paquidermos y las fieras difundidas
por lo general en África y en el vecino Mozambique en particu -
lar, en tanto que se encuentran especies propias de otros conti
nentes.
-
Al fragmentarse, la m ítica Gondvana habría dado origen a Aus
tralia , Africa y Deká n, formado originariamente por Madagascar
-
y por parte de la pen í nsula indostá nica. « Durante el plioceno, últi -

mo período del terciario dice tambié n el profesor De Agostini ,
la peque ña faja de tierra que habr ía unido la India con Mada
gascar hubiera quedado rota , y la isla definitivamente separada
—-
del resto de Deká n que, fluctuando sobre el océano, se habría sol
dado con el continente asi á tico. Eso atestiguaría el ininterrumpido
-
arco de peque ños archipié lagos que hacen de puente entre Mada -
gascar y la India: las islas Mascare ñas ( que incluyen a la francesa
de la Reuni ón y las inglesas de Mauricio y Rodríguez ), las Chagos
y las ahora asiá ticas Maldivas y Laquedivas.»
As í, pues, Gondvana habría existido en la era paleomesozoica,
que va de 520 a 60 millones de años atrás. El alemá n Thor Nielsen
( para ser precisos , al menos hasta los l í mites de lo posible ) f i j a en
cerca de 130 millones de a ñ os el tiempo en que Amé rica , Á frica ,
Madagascar y la India asumieron un aspecto no muy diferente
del actual.
Ahora bien , en aquel período el hombre seguramente no hab ía
aparecido a ún sobre la Tierra, y la descripci ón de aquellos caba-
lleros con tres ojos, capaces de caminar indistintamente hacia de -
lante y hacia atrá s gracias a sus... articulaciones « para todos los
usos » ( ¡habrían sido, encima , hermafroditas y oví paros! ), tan caros
a Elena Blavatski , fundadora de la « teosof ía », debe ser juzgada
una enorme estupidez .
TIERRA SIN TIEMPO 135

Nos parece divertido, sin embargo, observar cómo tales « reve -


-
laciones » se basan en elementos cient í ficos mal digeridos y en de
ducciones descabelladas. El « tercer ojo», por ejemplo, nace de
la fantasía de Elena Blavatski por el hecho de que todos los f ó -
siles de los reptiles del continente de Gondvana presentan una
depresión
visivo. — —
la cavidad pineal , sitio indudable de otro órgano

Esa particularidad es todavía propia de un reptil de nuestros


d ías, un verdadero f ósil viviente que mora , en raros ejemplares,
en algunas islas del estrecho de Cook , Nueva Zelanda; es un la -
garto de medio metro denominado hatteria o esfenodonte, que
adem ás tiene otras características extra ñísimas: cohabita con un
ave marina y pone huevos de cáscara durísima que sólo se abren
al cabo de trece meses de incubaci ón.
Todo lo susodicho hace considerar muy poco probable la exis
.
tencia de una civilizaci ón gondviana Hay algo, sin embargo, que
-
nos hace reflexionar: los rasgos étnicos de los aborígenes malga
ches, que revelan claramente su origen asi á tico. Entonces, ¿ qué?
-
O al continente perdido « sobrevive » la fabulosa Mu , o Madagascar
fue poblada por Asia , a través del mar. Pero es precisamente esta
ú ltima hipó tesis la menos plausible, pues los supuestos emigran -
tes prehist óricos no pudieron, ciertamente, haberse llevado con -
sigo animales y plantas.
11

RENACERES DIFÍCILES

Hasta hace poco tiempo, el pasado remoto del hombre pare-


cía carecer de misterios: basá ndose en algunos hallazgos, los cien-
t í ficos creían poder establecer a grandes rasgos la historia de nues-
tra evolución , estar en condiciones de seguir el desarrollo de la
civilización a través de las edades de piedra, de bronce y de hierro.
Pero el esquema fijado por aquellos investigadores era dema -
siado simplista para reflejar la realidad: lo demostraron los suce-
sivos descubrimientos que, lejos de completar el mosaico, lo agran -
daron , extendieron sus huellas en todas direcciones, haci é ndolo
más incomprensible que nunca.
Hoy nos encontramos ante los signos de grandes culturas que
florecieron en é pocas que debieron estar caracterizadas ( segú n las
teor ías cl á sicas ) por un primitivismo absoluto, y ante otros que
nos atestiguan la existencia de importantes baluartes de civiliza -
ción donde nunca hubiésemos sospechado.
Entre esos signos discurren muchos hilos enigmá ticos, que es
tablecen vinculaciones increíbles. Similitudes, contrastes, anacro-
-
nismos, vienen casi cada d ía a enriquecer y a complicar el cuadro
de nuestra prehistoria , cuadro que se nos antoja un poco menos
desconcertante sólo si estamos dispuestos a acoger hipótesis que
se salen de todos los esquemas tradicionales, pero que no por eso
deben ser juzgadas absurdas.
Admitamos, por ejemplo, la existencia de continentes o archi-
138 PETER KOLOSIMO

piélagos, ahora sumergidos, en el Atlántico y en el Pacífico, y los


rasgos comunes a la historia de tierras lejan ísimas entre sí nos
parecen explicables; pensemos en los grupos supervivientes de
los desastrosos cataclismos que determinaron la desaparición de
naciones muy avanzadas, en su vagar a la b úsqueda de una nueva
patria, en sus esfuerzos por devolver vida a las civilizaciones ex-
tinguidas o al menos para utilizar sus restos, en sus desespera
das tentativas de superación efectuadas entre gentes bárbaras, y
-
muchas contradicciones ya no nos parecerán tales.
¿ Acaso nos sorprende el hecho de encontrar un fusil, un gra
mófono o unos anteojos entre los indios de la Amé rica meridional
-
que a ún viven en todo y para todo como nuestros antepasados de
la edad de piedra ? ¿ Nos parece increíble ver a esos primitivos di
bujar en una roca la silueta del avión que tanto ha impresionado
-
su fantasía , o copiar, con los medios de que disponen , algú n uten
silio hecho por una f á brica nuestra que ha ido a parar a sus ma-
-
nos en ejemplar ú nico ? Entonces, ¿ por qué debemos mostrar es
cepticismo a ultranza frente a los extraordinarios conocimientos
-
cient íficos de los egipcios, los símbolos cósmicos de los malte-
ses, las instalaciones hidrá ulicas de Tiro, los « rascacielos» de Car-
tago, o las maravillas urbanas de Jericó ?

Jericé sin trompetas

La bíblica Jericó ( cuyas ruinas se encuentran a unos veintitrés


kil ómetros al nordeste de Jerusalé n ) es una de las más antiguas
ciudades del Próximo Oriente. Josué la expugnó y destruyó des-
pués que las célebres trompetas hubieron derribado sus murallas;
al respecto, hay quien fantasea sobre armas secretas, ultrasonidos,
« rayos de la muerte », pero se trata de f á bulas pueriles: lo que
ayud ó con una pequeñ a sacudida al lugarteniente y sucesor de
Moisés que condujo a los hebreos a la tierra de promisión fue ,
con toda probabilidad , un terremoto.
El ilustre arqueólogo americano Albright sitúa la fecha de la
fat ídica conquista entre 1375 y 1300 a. de J.C. Pero ya antes de
aquel tiempo las murallas de Jericó se habían venido abajo va-
rias veces a causa de fenómenos tel úricos; y cuando los hijos de
TIERRA SIN TIEMPO 139

Israel llegaron a ella , la ciudad era ya antiquísima , tenia en su


activo siete u ocho mil a ñ os de historia borrascosa.
No sabemos quié n la fund ó, quié n erigió sus primeras murallas
de cinco metros de altura , quié n la circund ó, tras la ca ída de
aqué llas, con otro basti ón de seis metros y medio, quién edificó,
cuatro mil años antes de la pirá mide más antigua , la colosal torre
de nueve metros de di á metro, la torre mediterránea más vieja
que conocemos. Indudablemente debió de tratarse de ingenieros
muy há biles, puesto que a ú n hoy es imposible segregar un solo
ladrillo de las ruinas. Pero aqu í nos encontramos delante de un
gran rompecabezas: ¡aquellos soberbios constructores desconocían
-
la alfarería , ignoraban la cerá mica , se serv ían de utensilios de pie
dra como nuestros m á s lejanos y primitivos antepasados!
De sílex eran sus platos, sus escudillas, todos sus recipientes;
de pedernal finamente labrado, los cuchillos, las sierras , los ba
rrenos, los rastrillos, y de obsidiana otras herramientas. Lo cual
-
asombra aún más cuando se piensa que las viviendas no eran so
lamente sólidas, sino tambié n cómodas y más racionales que las
-
de é pocas sucesivas. Ten ían forma de medio huevo y eran pro
bablemente de dos pisos, con las paredes de ladrillos ovales y
-
el pavimento de estuco cocido. Los ángulos de las habitaciones
eran combados , con el esmero que vemos hoy en locales moder
n ísimos, con objeto de que en ellos no se acumulase el polvo.
-
Es un hecho sin parigual : sabemos que las poblaciones nóma -
das renunciaban a la vajilla, demasiado frá gil pero cientos y
cientos de ejemplos nos habían dicho que tan pronto un grupo
humano se tornaba sedentario, cuidaba de modelar con arcilla
todo cuanto le era necesario para la vida doméstica. Jericó, sin
embargo, es una excepción: aqu í los hombres han morado durante
milenios, han cocido al sol sus ladrillos, han fabricado estuco y
han usado madera para valiosos revestimientos, pero sin llegar a la
alfarería.
Por otra parte, los antiqu ísimos habitantes de Jericó conoc ían
y usaban la arcilla. Nos lo dicen los hallazgos considerados como
m á s importantes en la ciudad prebíblica: dieciséis tejos en los
cuales está n modeladas las facciones de los difuntos; en los ros -
tros así reconstruidos se notan todavía rastros de color, y los
ojos son sustituidos por conchas. El hecho de que aquellas cabe-
zas, escindidas de los cad á veres, fuesen sepultadas bajo los pavi -
mentos, hace pensar en el culto de los antepasados, en la fe de la
supervivencia m ás allá de la muerte.
140 PETER KOLOSIMO

Resulta extrañísimo observar que en ninguna otra parte del


mundo han sido hallados vestigios de una costumbre semejante,
si se excluye Nueva Guinea, donde a ún se practica hoy día. Muchos
indígenas de la gran isla, convencidos de tener así viva el alma
del difunto, le cortan la cabeza y plasman en el tejo, con creta , el
retrato del desaparecido, completá ndolo con los dibujos rituales
.
o las pinturas de guerra que sol ía llevar jY también aquí dos
conchas ocupan el sitio de los ojos!
Sólo hay una razón convincente para la carencia de cerá micas
en la evolucionada Jericó y para otros contrastes del mismo género
que se asoman un poco por doquier. Tratemos de llegar a ella a
través de un ejemplo .
Una terrible guerra atómica convulsiona al mundo entero. Los
supervivientes emprenden fatigosamente el resurgimiento. Poseen
todavía muchas nociones cient íficas y t écnicas, pero carecen de
medios para aplicar gran parte de ellas. Empiezan de nuevo, entre
otras cosas, a construir casas y ciudades semejantes a las actuales,
pero no pueden en absoluto dotarlas de electricidad , de gas, de
modernos sistemas de calefacción. Se suceden varias generaciones,
y todas esas cosas son olvidadas hasta en teoría: innumerables
siglos habrá n de transcurrir antes de que el hombre vuelva a des-
cubrir y a inventar todo cuanto hacía la vida más f ácil a sus an -
tepasados.
Y si al noveno o al décimo milenio después de Jesucristo los
arqueólogos de una Tierra de nuevo civilizada tropiezan con las
ruinas de un centro reedificado como hemos dicho, manifestará n ,
ante la falta de instalaciones eléctricas, un estupor an á logo al
que nos sobrecoge en la actualidad ante las ruinas sin cerá micas
de Jericó.
Los autores y sustentadores de las teorías cl á sicas se obstinan
en un error que resulta evidente de todo lo que acabamos de
esbozar: o sea , en la convicci ón de que la marcha de la Humanidad
se ha realizado con un progreso m ás o menos constante desde la
edad de piedra a la era at ómica , sin sacudidas que hayan influido
o interrumpido su superación .
Asurbanipal , el último gran soberano asirio, que reinó de 669
a 626 a. de J.C., poseía una biblioteca que conten ía, segú n algu -
nos historiadores, documentos antediluvianos. Y esta versión re-
sulta creíble si volvemos a las palabras que el rey , se ñ alando el
desierto, pronunci ó un d ía ante un grupo de sabios: « En un
tiempo antiquísimo, allá se alzaban ciudades muy poderosas, cuyos
TIERRA SIN TIEMPO 141

.
muros han desaparecido Pero nosotros conocemos la lengua de
sus habitantes, la conservamos grabada en tablillas.»
Esas tablillas han sido traducidas solamente en parte; el his-
toriador Gé rard Heym estima que guardan importantes secretos
científicos, pero que hasta ahora sólo han revelado datos matemá -
ticos, suficientemente sorprendentes: tablas para multiplicaciones
y divisiones complejas, de cuadrados y cubos, y más a ú n .
Ya a fines de 1700, el célebre astrónomo y matemá tico Laplace
alimentaba serias dudas acerca de la originalidad de cuanto atri-
buimos al genio griego. « Es sorprendente
— —
escribió , que los
egipcios no hayan querido comunicarnos sus observaciones y sus
nociones astronómicas. Es conocida , sin embargo, la reputaci ón de
sus sacerdotes, que enseñaron a Tales, a Pitágoras, a Eurodoxio
y a Platón.»
En 1962 hubo una clamorosa confirmación a ra íz del hallazgo
efectuado por arqueólogos iraqu íes en Tel Dibae, cerca de Bagdad ,
de una tabla que reproducía el llamado teorema de Pit ágoras, gra-
bada por los babilonios al menos 1.500 a ños antes de que naciera
el filósofo y matemá tico de Samos.
Hemos dicho ya que la destrucción de incontables bibliotecas
antiguas nos impide tener una visi ón aproximativa de la historia
de nuestro planeta y del progreso humano; debemos destacar tam -
bién que muchos de los testimonios que han llegado hasta noso
tros han sido descifrados de modo inexacto, cuando no permanecen
-
francamente incomprensibles, como lo sería una cinta magnetof ó-
nica en manos de un salvaje incapaz de darse cuenta , ni siquiera
vagamente, de la existencia de un registrador de sonido.
« En un folleto de las l íneas aé reas interiores de los Estados

— —
Unidos escriben Louis Pauwels y Jacques Bergier se lee: "Pue-
de usted fijar su asiento donde le parezca: la inscripción es re
gistrada por un robot electrónico; otro robot le reserva el asiento
-
en el avión deseado. El billete que se le entregará será perfo-
rado...", etc. Imaginad cu á l ser ía el resultado a la milésima traduc-
ción a un dialecto de la Amazonia , hecha por gente que no hubiese
visto nunca un avi ón , que ignorase lo que es un robot y que no
conociese los nombres de las poblaciones mencionadas en el fo-
lleto...»
Eso sin tener en cuenta el hecho de que la tecnolog ía antigua
pudo haber seguido caminos totalmente diferentes a los de la mo-
derna , con todo y llegar a resultados an á logos: recordemos aqu í
los extra ñ os hemisferios de cristal y cerá mica encontrados por los
142 PETER KOLOSIMO

sovié ticos en Turquestá n y en Gobi, y tengamos presente que du -


rante añ us y a ños las pilas de Bagdad quedaron relegadas en un
oscuro rincón de museo, clasificados entre los «objetos de culto»
de escasa importancia.
A este propósito, oigamos de nuevo a Pauwels y Bergier: « Ale
mania se aisló del resto del mundo a partir de 1933. En doce años
-
la evolución técnica del Reich tomó caminos singularmente diver -
.
gentes Si los alemanes se encontraban en retraso en las investiga -
ciones sobre la bomba atómica, habían puesto a punto, en cambio,
cohetes gigantes sin equivalentes en América y en Rusia. Si desco -
nocían el radar, habían realizado detectadores de rayos infrarro -
jos igualmente eficaces. Si no habían inventado las siliconas, de -
sarrollaron una química orgánica totalmente nueva. Detrás de
esas radicales diferencias en materia de t écnica, encontramos di
ferencias filosóficas a ú n más asombrosas... Si en nuestro mundo
-
moderno se han podido abrir, en doce a ños, abismos semejantes,
¿ qué cabe pensar de las civilizaciones que se desarrollaron en el
pasado? ¿ En qué medida nuestros arqueólogos est á n calificados
-
para juzgar el estado de las ciencias, de las técnicas, de la filoso
f ía, del conocimiento entre los mayas y los khmeres ?»
Añadamos a eso las enormes catástrofes de que ha sido esce -
nario la Tierra en el transcurso de los milenios, y nos encontrare -
mos en las condiciones de quien trata de reconstruir un compli -
cado juego teniendo en las manos el resto de una baraja desco -
nocida , incompleta, y con los naipes que quedan rotos, chamus -
cados, manchados .

Baalbek , mar de pó rfidos


Éstees el caso de Baalbek , la ciudad del Antil íbano a la que
hemos aludido a propósito de la mastod óntica piedra en la que el
investigador sovié tico Agrest vio los restos de un astropuerto. Una
serie de terremotos (el último de los cuales, registrado en 1759,
fue terrorífico ), redujeron la metró poli a « un caos de esplen -
dores derrumbados, inmenso mar de pórfidos y má rmoles, de
columnas y capiteles »; pero lo que hoy podemos admirar toda-
vía ( las murallas, por ejemplo, llamadas con razón « murallas ci -
TIERRA SIN TIEMPO 143

clópeas », constituidas por bloques de 120 metros de largo y 750.000


quintales de peso cada uno ) nos hacen considerar por lo menos
con comprensión la leyenda á rabe según la cual « después del di -
luvio, Nemrod, rey del Lí bano, mandó una tribu de gigantes a
reconstruir la ciudadela de Baalbek », la cual, a tenor de otra le -
yenda , habría sido fundada nada menos que por Ca í n « para esca -
par a la ira y a la maldición de Dios y crear un pueblo de gigantes
al socaire asimismo de las grandes murallas con las cuales la cir -
cundó».
Como fuere, Baalbek es antiqu ísima; ni las tumbas romanas, ni
las griegas y fenicias que se hallan en los contornos pueden re -
velar el misterio que rodea a sus constructores.
Un poco más sabemos de Ugarit , aniquilada en el siglo xrv
a. de J.C., de manera tan oscura como espantosa; pero tambié n
ahí los enigmas son innumerables.
Abimilki, rey de Tiro, escribió al fara ón Amenofis IV: « La
ciudad regia de Ugarit ha sido destruida por el fuego. La mitad
del centro ha ardido, y la otra mitad ya no existe.» Las huellas del
incendio son evident ísimas, pero es inadmisible que el fuego solo
hubiese podido provocar el desastre del que a ú n hoy hablan las
casas derrumbadas, las murallas desmoronadas. ¿ Un terremoto ?
Es dudoso que las consecuencias de un seísmo den ese cuadro,
hubieran podido provocar una catástrofe semejante. Y es cuando
menos extra ño que en la misma época fuesen destruidas Troya,
Cnosos y otras grandes ciudades.
Fue en 1929 cuando el arqueólogo francés Claude Schaeffer
descubrió bajo la colina de Ras Shamra , en las cercan ías de La --
takia , Siria , las ruinas de Ugarit , una de las principales poblacio
nes de los cananeos, quienes vivieron bastante antes que los is -
raelitas en las tierras bíblicas, y a los cuales los griegos dieron
más tarde el nombre de fenicios.
Ugarit debió de ser esplé ndida. Ivar Lissner escribe: « Exten -
sas barriadas eran cortadas por calles rectas, que se cruzaban en
á ngulo recto. Había casas de muchas habitaciones, ba ño y perfec -
tas instalaciones higié nicas, canalizaciones para las aguas residua -
les y para la aducci ón a la ciudad de agua de lluvia. En los patios
había fuentes rodeadas de muretes, cubiertas con hermosas losas
de piedra redondas, con una abertura en medio, y protegidas por
peque ños techados apoyados en cuatro pilastras. Junto a las fuen -
tes había grandes tinajas de piedra , donde pod ía verterse el agua
extraída. Aposentos y dormitorios estaban probablemente en el
144 PETER KOLOSIMO

segundo piso, al que conducían escaleras de piedra muy cómodas


y bastante anchas.»
Aqu í volvemos a encontrar los monolitos ( esos monolitos que
los más audaces investigadores consideran que pueden represen -
tar naves espaciales ) vinculados a la idea de la divinidad: en una
estela vemos sentado el dios El; el símbolo de su consorte Asherat
es un palo sagrado, del que hallamos vestigios en muchos pueblos
.
prehist óricos
Un dios que desempeñó un gran papel en la religión de los
cananeos es Baal, el mismo que da nombre a la misteriosa Baal
bek, contra el cual los profetas del Antiguo Testamento, preocu-
-
pados por la difusión de su culto, combatieron sa ñ udamente, hasta
convertirlo finalmente en demonio: el nombre Belceb ú ( Beelzebub
en hebraico ) deriva precisamente de Baal .
Los cananeos conservaban vivo el recuerdo de la catástrofe ocu
rrida hace cerca de 11.000 a ños, hasta el punto de no estar nunca
-
seguros

orno revela una tablilla suya que al invierno sucediese
realmente la primavera.
También Ugarit nos habla de viajes extraordinarios: a siete
metros y medio de profundidad ( el campo de ruinas tiene cinco
estratos, correspondientes a otras tantas civilizaciones, las m ás
antiguas de las cuales se remontan a tiempos inmemoriales ), se
han encontrado agujas, brazaletes, collares, provenientes no sólo
de Creta , los Balcanes y el Cá ucaso, sino también del centro de
Europa ( regi ón renana ) y de Asia.
Con todo, no nos atreveríamos a definir como insensatos so-
ñadores a quienes ven en los cananeos y los fenicios, sus suceso-
res, a los herederos más favorecidos por la suerte de una gran
civilización anterior. En esos pueblos, las construcciones se tornan,
con el paso del tiempo, menos monumentales pero más prácticas,
pero no por eso dejan de sorprendemos.
Tiro, una de las más famosas ciudades fenicias, se alzaba don -
de ahora se extiende, en el extremo de una pequeñísima pen í nsula ,
la población libanesa de Sur. Mejor dicho, aqu é lla estaba bastan
te más a occidente, y era una isla. Lo estableció en 1934 el inves-
-
tigador francés Poidebard mediante la fotograf ía aé rea, formulan-
do una conjetura que después había de serle confirmada por la
exploración submarina.
Té ngase presente que quien convirti ó a Tiro de isla en pen ín -
sula fue Alejandro Magno, quien , para dar asalto a la ciudad en
332 a. de J.C., hizo construir un dique de sesenta metros de ancho
Uno de los muros
del templo de Me
d í net H o b u , e n
-
Egipto, con parte
del relato de Rom-
sés III sobre la
invasi ó n de los at
lantes . -

rn>i *; . «

Dos figuras de « hi
perbó reos » . como
-
est é n representados
en Egipto, con par-
te de los jerogl í
ficos que narran su
-
historia .
.
Guerreros hiperbóreos con cascos astados en una representaci ón egipcia

Reconstitución, según el dibujante Hans Llska, de la ciudadela atlante cerca do


.
Heligoland El templo central recuerda tonto Mesopotomia como la America pre -
colombino.
Bell í simo arañ o estilizada
y a l g u n o s « ca ñó les » de
Nazca.

De nuevo el « pajaro de
luego » en los dibujos del
desierto de Nazca, que pa
recen lormor parte de algo
-
muy semejante o un campo
de aterrizaje .

Lo Puerta del Sol oc rio - -


huanaco .
Dos figuros de la Puerto del Sol de Tlohuonoco Según algunos investigadores lo .
de lo derecho representarlo uno escofondro espacial oufdnoma. y »a de la izquierda
un motor o iones solares.

Dos e s t a t u a s de
Tlohuonoco de ras -
gos sem í ticos, con
turbantes.
TIERRA SIN TIEMPO 145

que la uniese con la tierra firme; la gigantesca obra borró para


siempre del mapa un estrecho de 600 metros: en efecto, los escom-
bros y las infiltraciones de arena la soldaron al fondo, transfor -
má ndola en tierra compacta.
Si ese trabajo parece ya notabil ísimo, a ú n le confiere mayor di-
mensión la arquitectura de Tiro. El historiador griego Flavio
Arriano, que vivió entre el siglo i y n despu és de Jesucristo, dice
que la ciudad « ten ía murallas de cincuenta metros », que, dado el
escaso sitio disponible, « los hombres viv ían en casas de cuatro y
cinco pisos » , todo lo cual ha quedado confirmado por las obser -
vaciones submarinas, que a su vez nos han revelado que el puerto
contaba al sur con muelles construidos seg ú n criterios « modern í -
simos »; uno de ellos yace todav ía casi intacto en el fondo: ¡ tiene
ocho metros de ancho y setecientos cincuenta de largo!
Hace tres mil a ñ os los fenicios desviaron el cauce del Ras el -
Ain que brotaba tierra adentro en Palaetyros ( la metrópoli opuesta
a la isla , que se extend ía trece kil ó metros ), a fin de que irrigase
sus campos en la punta externa continental y poder llenar f ácil -
mente barcas-cisternas. Pues la isla carec ía de agua potable, y
contaba con enormes depósitos. Pero los habitantes de Tiro de-
bieron de haber hecho mucho má s: debieron de haber construido
un conducto submarino, porque de otro modo no se explica que
hubiesen podido resistir, completamente aislados del resto del mun
do, durante trece a ñ os, el asedio de Nebukadnezar II ( más
-
conocido por Nabucodonosor el Grande, rey de Babilonia y N í -
nive, de 585 a 572 antes de J .C. Ningú n depósito, por mucha ca -
pacidad que tuviese, habr ía podido subvenir durante tanto tiempo
a una poblaci ón de por lo menos 25.000 almas.
A otras maravillas dieron vida los fenicios y sus herederos en
Cartago, donde se alzaban edificios de hasta seis pisos. En el pe -
r íodo de su m á ximo esplendor, la metró poli ten ía 700.000 habitan -
tes, segú n afirmaci ón del famoso geógrafo giego Estrabón .
Como es sabido, all í nacieron las primeras monedas de metal,
las primeras sociedades por acciones, los primeros empréstitos
estatales. Y para defender aquella gran potencia econ ó mica hab ía
un poderoso ejé rcito, provisto de una temible « artillería », con
adecuados medios de protecci ón : en caso de que los enemigos po-
seyesen catapultas y la ciudad fuese atacada , se contaban con in -
mensos bunkers subterrá neos capaces de albergar cada uno a 300
elefantes de guerra .
10
— 2.764
12

LOS MAESTROS ERRANTES

Volviendo a tiempos anteriores, creemos deber llevar a cabo


al menos una rá pida panorá mica sobre las importantes huellas de -
jadas por los « maestros errantes », por los portadores de civiliza-
ciones desaparecidas en una Europa a ú n sin nombre.
La primera etapa obligada es Malta , pues en ninguna otra parte
del planeta existe tanta profusión de construcciones megal í ticas
como en la peque ñ a isla mediterrá nea. No sólo abundan tit á nicos

subterrá neas excavadas


— quié n sabe por qué

monumentos, no sólo se abren numerosas galerías con cá maras
a tres niveles,
con pozos que se pierden en las entra ñas de la Tierra , sino que la
recorren extra ñísimas hendiduras de diez a quince cent í metros
de ancho, cuyo objeto nunca se ha logrado explicar. Sin duda son
muy antiguas, dado que algunas discurren bajo las tumbas del
período fenicio y sedimentos a ú n más viejos, pero, por mucho
que han sido estudiadas, tan sólo consiguen decirnos una cosa:
que Malta debía de ser en tiempos muy extensa y comunicada
( con las islas de Gozo, Comino y Filfla ) tanto con Italia como con
el continente africano: de no haber sido así, las hendiduras no
se perderían en el mar, ni se detendr ían al borde precipicios
evidentemente abiertos por una gran cat á strofe.
Todo lo cual queda demostrado, asimismo, por los relieves geo-
l ógicos y los huesos de elefantes, hipopótamos y ciervos hallados
148 PBTER KOLOSIMO

en esas tierras. Hace má s de 100.000 a ñ os el hombre viv ía ya en


Malta , como resulta de algunos dientes descubiertos con los res -
tos de hipopó tamos enanos ( paquidermos hace tiempo extinguidos )
en las proximidades de La Valetta. Pero, ¿ por qué no ha sido
hallado en la isla ni un solo esqueleto que se remontase a la
é poca de las grandes construcciones ?
Alguna esperanza al respecto se acarició en 1915, cuando el
arqueólogo Tem ístocles Zammit empezó a sacar a la luz las pri-
— —
meras ruinas de los edificios t ípicamente malteses constitui -
dos por dos salas ovaladas yuxtapuestas y separadas por un pasillo.
Pero ni entre las paredes ni bajo los pavimentos de aquellos su -
puestos templos, edificados con bloques ciclópeos, se encontra-
ron los restos de los desconocidos ingenieros .
En cambio, en el presunto santuario de Mnaidra , compuesto de
dos colosales edificios a doble óvalo, se encontraron montones


de vasos neolí ticos. « Esos verdaderos prodigios de piedra , vistos

desde lo alto escribe Ivar Lissner , parecen el artificio destruido
de un gigante y permanecen , en ú ltimo an á lisis, incomprensibles.»
Una impresión an á loga se tiene tambié n ante la « Gigantoma
quia », que es el nombre de las ruinas de dos colosales templos
-
de Gozo, la isla hermana de Malta. Bloques y losas de piedra
fueron transportados all í desde muchos kil ó metros de distancia ,
pues el pesado material de construcción no exist ía en las cerca-
n ías. Algunas piedras de la « Gigantomaquia » tienen m ás de cinco
metros de altura , y una de ellas mide ocho metros por cuatro.
« Asombrosa
— —
anota tambié n Lissner es la mole de algunas
columnas y tablas de piedra monol í ticas de las ruinas de Bajar
Kim. Una columna , por ejemplo, tiene má s de cinco metros, y una
tabla siete de largo por tres de ancho y sesenta y cinco cent í metros
de grueso. Cargar un peso semejante en un vagó n de mercanc ías
sería imposible sin el auxilio de los más modernos medios t éc -
nicos.»
Y prosigue: « Es interesant ísimo observar cómo los creadores
de aquellas obras gigantescas conoc ían la navegaci ón. La cultura
neol í tica de Malta debe, efectivamente, haber tenido tratos con
todas las partes del mundo antiguo. Podemos afirmarlo por la
cantidad de objetos de obsidiana , jade y nefrita , piedras que no
se encuentran en Malta. Probablemente también el marfil era im -
portado , puesto que los elefantes hac ía tiempo que habían desa-
parecido de la regi ón mediterrá nea en la época que la isla era
dominada por aquella estirpe de grandes constructores.»
TIERRA SIN TIEMPO 149

¿ Gigantes o herederos de gigantes ? La parte inferior de una


estatua femenina de estatura insólita sacada a la luz en Hal Tar
xien pudiera reforzar la suposición a la cual las proporciones de
-
todas las obras maltesas ya dan pie. Empero, los utensilios de pie-
.
dra descubiertos no la abonan ¿ Acaso se trata de objetos reali-
zados en una é poca posterior, cuando ya la raza de los « ingenie-
ros cicl ópeos » hab ía sido aniquilada o reca ído a un nivel primiti-
vo ? No es f á cil , ademá s, conciliar la grandiosidad de los monu-
mentos con la absoluta falta en la isla de herramientas de metal.
En algunas construcciones se observan bloques de piedra de
tres metros y medio de lado, con un zócalo, rodeados por tres
partes del muro. En esos bloques hay cinco agujeros, y un sexto
se encuentra en el á ngulo derecho de un zócalo.
Esos hoyos pueden, quizá , relacionarse con las bolitas de di-
verso tama ño encontradas en gran n ú mero a pocos metros de los
bloques tallados. Algunos arqueólogos insin ú an la hipó tesis de que
las peque ñas esferas eran lanzadas apuntando a los agujeros, en
una especie de juego religioso destinado a proporcionar indica-
ciones prof é ticas a los participantes. Otros piensan , en cambio , en
un rito, y hay quien, influido por las leyendas estelares, considera
cabalmente que los antiguos malteses quisieron imitar simbóli-
camente la alimentación de un motor espacial con combustible
at ó mico. En efecto, cada vez se extiende m á s la opini ón de que
ciertas ceremonias m ágicas sean pueriles remedos de operaciones
cuyas consecuencias impresionaron profundamente a los pueblos
primitivos; y que ello corresponda a la verdad , al menos en parte,
nos lo dicen varios ejemplos .
Uno, de fecha reciente, nos lo proporcionan algunos grupos
de indios mexicanos que, habiendo asistido al « bombardeo de las
nubes » efectuado por aviones con sustancias qu í micas para pro-
vocar precipitaciones atmosf é ricas, lanzan hacia el cielo pedazos
de madera en forma de planeador, con la ilusi ó n de conseguir
lluvia de tal suerte.
Pero puede ocurrir asimismo que esas bolitas no tengan nada
que ver con los hoyos y que, por el contrario, se relacionen con las
grandes esferas de piedra halladas en casi todos los campos de
ruinas maltesas. Y aqu í no podemos prescindir de ir con el pen -
samiento a las bolas de sílex de tama ñ os variad ísimos desparra-
madas, como veremos, en las selvas guatemaltecas y costarricenses
y que representan constelaciones y sistemas estelares.
Singularísimo es el hecho de que en Malta abunden los signos
150 PETER KOLOSIMO

en espiral , difundidos en muchas partes del Globo como represen-


taciones estilizadas del Universo. El modo como los antiguos lle-
garon a conocer la forma propia a la mayoría de las « islas cós
micas », es un misterio cuya solución sólo puede buscarse mediante
-
atrevidísimas hipó tesis ( 1 ).

El pueblo de las nuragas

Hay quien , tentado por los monumentos cicl ópeos, querr ía unir
con firme trazo Malta con Cerde ñ a; pero es una operació n com -
pletamente arbitraria, puesto que cuando ya hacía varios mile-
nios que aquella isla era surcada por misteriosas galer ías, ésta
a ú n estaba totalmente deshabitada.
Si los « maestros errantes », empobrecidos sus efectivos por in-
contables siglos de migraciones y de duras vicisitudes, de con -
tactos y matrimonio con pueblos bá rbaros, llegaron a tocar las
costas sardas, ello fue en tiempos relativamente próximos a no-
sotros .
Lo cierto es que los primeros hombres llegaron a Cerde ñ a , de
Oriente, en el quinto milenio antes de J .C., para quedarse casi
siempre en las cercan ías del mar , en grutas o improvisados refu-
gios de paja , y proseguir luego hacia el continente. Otro flujo mi-
gratorio, proveniente también de Asia , arribó a la isla dos milenios
m ás tarde, dejando esa vez huellas grandiosas, para amalgamarse
finalmente con los shardena, igualmente asiá ticos, desembarcados
hacia 1400 antes de J.C.
Es a « los de la segunda oleada » que se deben las nuragas , impo -
nentes construcciones de piedra en forma de cono truncado que
inicialmente debieron de ser m á s de 8.000; quedan hoy las ruinas
de 6.500 torres de aqu éllas, algunas bajas, otras hasta de veinte
metros , con muros de dos a cinco metros.
Mucho se ha discutido acerca de la funci ón de las nuragas pero
la ciencia cree poder decir hoy una palabra definitiva al respecto.
« Serv ían de defensa a un pueblo atacado de continuo ser i be

Ivar Lissner . Cerdeña no ha estado nunca polí ticamente unida

(1 ) .
Véase tambié n Astronaves en la Prehistoria
TIERRA SIN TIEMPO 151

del todo. Cada grupo o tribu era regida por un jefe, y la torre le
servía de casa y guarnición. Con el correr del tiempo las cons-
trucciones fueron ampliadas hasta que quedaron convertidas en
fortalezas capaces de dar refugio, en caso de necesidad , a algunos
centenares de personas. Los ligures, los fenicios, los cartagineses
y finalmente los romanos siempre asaltaron a ios sardos, que
siempre hubieron de combatir y que siempre fueron fatalmente
derrotados.
« Aunque el enemigo lograse penetrar en las torres, quedaba
expuesto a la muerte. Había en ellas, efectivamente, puertas que
conduc ían a oscuras estancias sin salida , trampas de todo gé nero.
Y de las tinieblas desembocaban los guerreros apostados con arcos
y flechas, lanzas y espadas, abatiendo a los agresores.
» Un techo plano para observació n y defensa , rodeado por un
parapeto quizá de madera y provisto m á s tarde de artefactos para
el lanzamiento de piedras y otros proyectiles hac ía , sin embargo,
extraordinariamente peligrosa la penetraci ón. Los baluartes sar-
dos son las primerísimas obras de ese gé nero en el Mediterrá neo. »
La civilización nuraga no conoc ía la escritura , y su origen ha
podido ser establecido tan sólo con el estudio de nombres que
deben de haber permanecido invariables, o casi , a través de mi-
lenios; y esos vocablos provienen de Altai , de Mesopotamia , de
Azerbaijá n , del Cá ucaso, de Nurist á n , de Kazakst á n , y hasta de
Sinkiang y del Tibet.
Las nuragas, además, recuerdan las construcciones de Simbabwe
y las peruanas, en tanto que su interior nos retrotrae a Tirinto y
a Micenas. Y resulta curioso tambié n notar que los lugares sa-
grados de la civilizaci ón nuraga estaban en zonas elevadas o junto
a manantiales, como en muchos pueblos de la antigü edad. Los
cient í ficos tradicionalistas afirman que no hay nada de extra ñ o
en eso, pues nuestros progenitores estaban sobrecogidos por las
majestuosidades de la bóveda celeste, por los fen ó menos atmosf é-
ricos, atribuidos a poderes sobrenaturales, y por la fecundadora
acci ón de las aguas.
« El "monte cósmico" es una antiqu ísima representaci ón de
— —
Mesopotamia afirma , por su lado, Ivar Lissner . Los pueblos
del Altai cre ían , hace milenios, que ciertos á rboles y postes con -
ten ían el Ente supremo, se ñ alaban el centro del mundo y sobre
ellos brillaba la Estrella Polar. Los griegos hallaron el "monte
cósmico" en el Olimpo , en tanto que en el Antiguo Testamento es
representado por el Sina í. Altas monta ñ as, cuya cima se perd ía en
152 PETER K0L0S1M0

las nubes, eran consideradas sedes divinas en China , Japón, Fin -


landia, Creta , Fenicia y todo el Mediterrá neo. La torre de Babel
y los ziggurat babilonios no son más que símbolos de los "montes
cósmicos".»
Los sustentadores de las « hipótesis estelares » pretenden que
en la base de esas creencias hay hechos que realmente acontecie-
ron, asocian á rboles sagrados y postes con obeliscos, para pre -
sentá rnoslos como posibles símbolos astroná uticos, ven en ellos
santuarios montanos, y en los ziggurat y en las pirá mides el anhelo
de nuestros antepasados por acercarse al cielo, del que descende -
rían dioses de carne y hueso, provistos de escafandras espaciales.
En cuanto a los manantiales, hay quien atribuye al respeto re -
ligioso con que fueron rodeados m ás a la impresión suscitada por
ciertas fuentes radiactivas, curativas o poseedoras de alguna pro-
piedad extraordinaria que a la idea del agua fecundadora. « Espe -
jos de los dioses » son llamados efectivamente, a ú n hoy, por las
poblaciones primitivas de la Amé rica central y meridional los
laguitos drogados por las ra íces de plantas que proporcionan varios
hipn óticos; en cuanto a Cerde ña, puede ser sintomá tico observar
que algunos manantiales gozan fama de sanar las dolencias de los
ojos, cosa que se encuentra un poco en todo el mundo. En Mongo-
— —
lia, por ejemplo dice también Lissncr , hay una fuente que,
segú n los nómadas, devuelve la vista a los ciegos y el movimiento
de los miembros a los paral í ticos, de tal suerte que sus aleda ñ os
est á n sembrados de muletas y de gafas ya innecesarias tras el ba ñ o
milagroso.
Si algo une a Malta con Cerdeñ a , es tan sólo el secreto del
transporte de los materiales de construcción a zonas agrestes , a
veces por recorridos increíbles. Y éste es un enigma que nos
aguarda en casi todos los centros arqueológicos.

El interplanetario sepultado

Europa nos reserva otras sorpresas: el continente que cre ía


mos conocer hasta en sus rincones má s apartados, en cuyo pa -
-
sado considerá bamos poder leer como en un familiar libro de
texto aunque algo aburrido, es un arca de misterios que muy di-
TIERRA SIN TIEMPO 153

f ícilmente nos será dado registrar como quisié ramos. En el fondo


de nuestros mares y en el lecho de nuestros ríos, bajo las apaci -
bles campiñas y las ciudades febriles, quizá bajo nuestra misma
casa, duermen testimonios sorprendentes, jirones de ciencia ficción
que fue historia.
Como bajo el suelo de la soñolienta Glozel, peque ñ a aldea al
sur de Vichy, Francia, donde en 1924 fueron incidentalmente ha -
llados algunos ladrillos, tablillas grabadas, dos cuchillas, dos pe -
que ñas hachas y dos pedruscos con inscripciones que se remon
taban a un período que puede establecerse entre 10.000 y 15.000
-
.
a ños atrás Sucesivamente, la zona reveló ser un aut é ntico yaci -
miento de tesoros prehist óricos, que suministró a los investigadores
un amplio surtido de utensilios de piedra, de otros pedruscos con
incisiones y dibujos, de extra ñísimos vasos que parecen configu -
rar cabezas humanas encerradas en cascos espaciales, de suerte
que una de ellas ha sido bautizada «el interplanetario», y más de
cien tablillas, con indescifrables mensajes grabados con una escri
tura lineal que incluye once signos de nuestro alfabeto, es decir
-
que equivalen para nosotros a las letras C, H, I, J, K , L, O, T, V ,
W, X.
Hay, además, otro testimonio sensacional del que Francia puede
vanagloriarse: los gráficos de Lussac-le-Chá teau ( en el departamen -
to de Vienne ), descubierto en 1937. « ¡Es extraordinario! — hubo
de decir uno de los arqueólogos que lo sacaron a la luz, St é phane

Lwoff . ¡En estas piedras grabadas hace 15.000 a ñ os, los hombres ,
las mujeres y los ni ñ os visten como nosotros, llevan faldas, pan -
talones, calzado y sombreros! »
Debemos mencionar tambi é n los grabados y las pinturas de
la gruta de Lascaux, en el departamento de Dordoñ a , descubier -
tos en 1940. « Ese arte de hace 25.000 a ñ os scribe el periodista

Loris Mannucci es impresionante por la perfección del dibujo,
el movimiento de las figuras y la selección de colores, entre los
que predominan el amarillo, el rojo y el negro, y obliga a recon -
siderar muchos conceptos con relación a la prehistoria. Las pin -
turas son de diversas é pocas y los cient í ficos se preguntan toda-
vía qué andamiaje permitió a sus autores decorar la bóveda , a
varios metros del suelo.»
No es ése el ú nico enigma de Lascaux: además del habitual
problema de la iluminación, cabe preguntarse con qué medios im -
pidieron los artistas prehist óricos el deterioro de su obra si ,
como dice tambié n el docto periodista , « el gas carbónico exhalado
154 PETER KOLOSIMO

por la respiraci ón de los turistas ha da ñ ado ya gravemente, en


quince años, las maravillosas decoraciones pintadas en las pare
des y provocado en varios puntos un principio de disgregación
-
.
de la roca »
Tanto si se trataba de habitaciones o de un santuario, las grutas
debieron de haber estado mucho tiempo concurridísimas, pero las
pinturas se conservaron, para luego estropearse, en nuestro avan -
-
zadísimo siglo, en el transcurso de tres lustros, pese a todas las pre
cauciones tomadas.

--
« Para evitar la destrucción de aquella inestimable riqueza fue
ron llevadas a cabo complicadas instalaciones que costaron de
cenas de millones. Debían regenerar el aire y mantener en las
grutas una temperatura constante, segú n los principios aplicados
a los submarinos; varias puertas de bronce imped ían la entrada
de aire fresco del exterior; gracias a la electrónica , la temperatura
y la humedad eran mantenidas en el grado deseado; el gas carbó -
nico quedaba destruido ( teóricamente ) mediante un sistema es -
pecial; y cuando todo ello estuvo dispuesto, las grutas fueron
abiertas al p ú blico.»
Tampoco ah í faltaban referencias a un fantástico pasado, desde
los caballos « que recuerdan pinturas asi á ticas », como acertada-
mente afirma Mannucci, hasta la representación de « un hombre
con la cabeza de un ave que cae por el ataque de un bisonte
herido ».
Los maestros de Lascaux, ¿ vinieron entonces del Asia o más pre
cisamente de la legendaria Mu , trayendo, con prodigio de arte y de
-
técnica , el recuerdo de los gigantes tal como está vivo en el Saha -
-
ra ( las figuras tienen proporciones tit á nicas ) y ese misterioso hom

— —
bre-pá jaro que parece simbolizar a seres capaces de moverse en el
aire, quizás en el espacio, criaturas como afirman Agrest, Kasan
zev y Jirov procedentes de otro planeta y destinadas al fin a
sucumbir ante los monstruos terrestres, contra los cuales hubie
-
-
ron de luchar encarnizadamente en el transcurso de su largo exilio
en el planeta azul ?
Igualmente enigmá tica es la civilización de la ciudad que se
alzaba , hace cinco o seis mil a ñ os, donde ahora est á Londres, y
de la cual sólo quedan en el British Museum algunos extraños
platos de bronce.
El arqueólogo Reginald Williamson sospechó que una ciudad
má s antigua a ú n debía de existir bajo la actual metrópoli y excavó
pacientemente, durante añ os, con los modest ísimos medios de que
TIERRA SIN TIEMPO 155

dispon ía , en el lodo del Tá mesis. Sus trabajos fueron premiados:


halló primeramente unas puntas de lanza , después cimientos de
casas y, por ú ltimo, rescató diversos objetos que atestiguan una
t écnica de fabricación muy evolucionada: esplé ndidos ornamen
tos, hachas de combate, extrañ os cuchillos cuadrados y espadas
-
muy valiosas.
Hemos mencionado ya el descubrimiento, realizado en la In-
glaterra meridional , de la configuración de una espada semejante
a la de los guerreros aqueos. ¿ Había sido ejecutada por los ha-
bitantes de aquel antiqu ísimo Londres . .., anticipadamente ? Ello
no puede excluirse, puesto que los hallazgos del profesor William-
son abundan en elementos tanto nórdicos como mediterrá neos,
como para dar paso a docenas de hipó tesis.
Nos hemos lanzado ya a atrevidas suposiciones pero, llegados a
determinado punto, tambié n para ésas perdemos pie, a menos de
querer extraviarse en la pura fantasía.
« Una fundació n , un centro habitado scribe Ivar Lissner
debe superar numerosas tormentas, debe enraizarse profundamen -
te en la tierra para que el tiempo no borre sus huellas. Infinito

n ú mero de vestigios dejados por el hombre han desaparecido
Donde hubo cat á strofes naturales, inundaciones, diluvios, terre-
.
motos, el recuerdo de civilizaciones enteras se ha perdido total-
mente, sin esperanza . »

Monna Lisa de Tartessos

Tartessos ilustra hasta demasiado bien , desgraciadamente , todo


cuanto afirma el investigador letón . No es inasequible como las
tierras tragadas por el océano, como las poblaciones azotadas por
fen ó menos tel ú ricos de inaudita potencia y sepultadas a quié n sabe
qué profundidad . Tartessos est á cerca , al alcance de la mano:
poseemos descripciones que circunscriben la zona de modo m á s
bien detallado, y, sin embargo, la ciudad no puede ser localizada .
No lejos de la desembocadura del Guadalquivir se extend ía
el que los romanos llamaban Lacus Ligustinus, reducido ahora a
una extensi ó n pantanosa . Desde aquel espejo de agua el r ío discu -
rr ía hacia el mar entre ramificaciones; y en una de las islas for-
156 PBTER K 0L0S1M0

madas en su desembocadura se alzaba, al parecer, Tartessos, con


la cual algunos investigadores, entre ellos el alemá n Adolf Schul-
ten, identifican la capital de la famosa Atlántida.
Por diversas razones, tal conjetura no nos parece aceptable: no


podemos excluir, sin embargo, que aquella ciudad Estado -
ú nica del Occidente prerromano fuese, en é poca antiqu ísima, una
colonia de la Atl á ntida, quizás el extremo punto de contacto con
los dominios de Mu.
A través de las crónicas que han llegado hasta nosotros logra-
la

mos dar una mirada tan sólo al último período de la civilización de


Tartessos, una mirada harto superficial sobre apenas 600 a ñ os,
desde 1100 antes de J.C., hasta la desaparición del importante
centro, ocurrida alrededor de 500 antes de J.C. En aquella é poca
Tartessos dominaba todo el sur espa ñ ol , con Jerez, Sevilla, Có rdo-
ba , Granada , Murcia, Cartagena, toda Andaluc ía. Sus se ñ ores nos
son descritos como aristócratas amantes de los viajes, de la caza ,
de las artes y de las ciencias: a uno de ellos, un tal rey Gargoris, el
historiador latino Juniano Justino ( IIM siglo antes de J.C. ) le
otorga el mé rito de haber introducido la apicultura ; lo citamos
a t í tulo de curiosidad , pues circulan sobre el tema demasiadas f á-
bulas para que pueda tomarse en serio una de ellas.
Como fuere, de la ciudad no queda rastro, si se excluyen las
grandes piedras talladas usadas por los romanos para la construc -
ción de otras poblaciones, piedras que se dice proceden precisa -
mente de las murallas de Tartessos.
Muchos objetos, en cambio, atestiguan la gran civilizaci ón de
la « Atl á ntida espa ñ ola », haciendo más apasionante a ú n su secreto.
El 30 de setiembre de 1958, a resultas de obras emprendidas en
la colina de El Carambolo, cerca de Sevilla, fue descubierto casual -
mente un tesoro de inestimable valor arqueol ógico. Se trata de
veintiuna monedas de oro purísimo: un collar, dos brazaletes, dos
zarcillos y dieciséis discos de una corona o de un cinto cuyos mo-
tivos nos sorprenden no poco; algunos de ellos, en efecto, figuran
en vasijas miceicas, en tableros de juego de marfil de Megiddo
( antigua ciudad cananea ), en las pinturas murales de los palacios
asirios y sirios de Khorsabad , Arslan -Tash, Tell- Barsib , en una
tumba de Chipre, en las estatuitas del valle del Cauca ( Colombia
occidental ) y en una célebre joya inca hallada en Cuzco, Perú .
-
A este pa ís nos retrotrae también un hermoso jarro botella en for
ma de gallo, que se conserva en el museo de Cá diz, y que tiene su
-
réplica en Chimbó te .
TIERRA SIN TIEMPO 157

Clarísimas influencias griegas y fenicias tiene, en cambio, un


á nfora de bronce descubierta en 1953 cerca de Don Benito, objeto
que, como dice el ilustre arqueólogo espa ñ ol Antonio Blanco Fre
jeiro, catedrá tico de la Universidad de Sevilla y conservador del
-
Museo del Prado, supera en belleza a los demás hallazgos análogos
de la pen ínsula ibé rica.
Podr íamos citar muchos m ás descubrimientos interesantes re -
lativos a la enigmá tica civilizaci ón de Tartessos, pero nos limi-
taremos a los dos m ás sensacionales. El primero lo constituye
uno de esos sarcófagos denominados « antropoides » por su forma ,
que imita la del cuerpo humano. Sali ó a la luz en Punta de Vaca,
cerca de Cá diz, con los restos de un personaje que vivi ó cinco
siglos antes de Jesucristo, configurado en m á rmol sobre la tapa
como un majestuoso individuo barbudo.
Segú n el arqueólogo Bosch Gimpera , el sarcófago es de origen
fenicio, pero muy evidentes son las influencias egipcias y griegas:
« ¿ Se trata de un pr í ncipe llevado all í tras la muerte de Fenicia,
quizá desde Sid ón , en Siria ? ¿ O de un rey de Gadir ( la actual
Cá diz ) que quiso descansar en su tierra natal ? De cualquier forma ,
esa maravillosa obra fenicia nos habla de los ví nculos existentes
entre la oceá nica Cá diz y el antiguo Oriente.»
Relaciones más fant ásticas a ú n nos sugiere la llamada « Monna
Lisa de Espa ñ a » o, por el lugar donde fue hallada , « la dama de
Elche ». Es una estatuita de cincuenta y tres cent í metros de alto
que representa
— orno creemos poder aseverar con el profesor
Blanco Frejeiro una divinidad de Tartessos. El busto recuerda
el arte griego y el pú nico, pero reporta en seguida , a cuantos est á n
algo familiarizados con la arqueología de la antigua Amé rica , a
algunos conocidos hallazgos de Colombia, Honduras y, sobre todo,
a Chalchiuhtlicue, la diosa azteca de la lluvia.

« En el siglo iv despu és de Jesucristo
—-
escribe el profesor Lisn
ner, como conclusión a un excelente estudio sobre Tartessos ,
Rufo Festo Avieno habla de la esterilización y decadencia de los
antiguos lugares que todav ía conoció personalmente. Narra la im -
presionante regresi ó n de la poblaci ó n y la ruina final. Y aqu í se
me hace manifiesto que muchas ciudades florecientes en tiempos
yacen ahora bajo las dilatadas y fecundas llanuras andaluzas .
»Todo ha desaparecido, todo se ha vuelto polvo o ha sido su
mergido por las olas del Atlá ntico. Pero la Tierra , lenta y vaci
-
-
lante como es por naturaleza , pone siempre al descubierto nuevos
tesoros, y estos tesoros hablan de la valiosa artesan ía , del gran
158 PETER KOLOSIMO

arte, del oro y de la riqueza de Tartessos.»


Es muy dif ícil que las ruinas de la legendaria dudad vuelvan a
ver la luz, pero si ello ocurriese, aquéllas podrían ofrecernos la
clave de m últiples secretos.
Pues muchos caminos, de Europa, de Africa, de Asia y hasta de
Amé rica confluyen en Tartessos. Los caminos que, con Mu , nos
hacen soñar en otra legendaria cuna de civilización: la Atlántida
13

EL GRAN MISTERIO DE LA ATLANTIDA

« Má s all á de lo que todavía hoy se llaman Columnas de Hé rcu


les había un gran continente denominado Poseidonis o Atlantis, que
-
med ía tres mil estadios de anchura y dos mil de longitud , mayor
que Asia y que Libia juntas, y desde é l pod ía irse a otras islas, y
desde las islas otra vez a la tierra firme que circunda al mar en
verdad así llamado... »
Así empieza Plat ón a hablarnos de la Atl á ntida , el fabuloso con-
tinente desaparecido. Las huellas que el gran filósofo nos ha de -
-
jado en sus dos cé lebres di á logos Tirneo ( del cual es el pá rrafo ci
tado ) y Critias son , desgraciadamente, muy vagas, pero han bas
tado para desatar una avalancha de papel impreso que a ú n no da
-
señales de remitir: por lo menos 25.000 vol ú menes se han escrito
sobre este tema , y los art ículos se cuentan por centenares de
miles.
Ocultistas, fan á ticos cultivadores de las « ciencias esoté ricas »,
han dado a conocer su opini ón al respecto, situando la Atlá ntida un
poco por doquier , desde Palestina hasta la India. Pero, asimismo,
cient í ficos de indudable seriedad se han ocupado del problema , y
si muchos han errado, se les reconoce la atenuante de haber obra
do siguiendo huellas enga ñ osas: es el caso del francés Berlioux y
-
de los alemanes Hermann y Frobenius, quienes, deslumbrados por
ruinas sin edad , localizaron la Atl á ntica respectivamente en el
sistema monta ñ oso de Atlante, en T ú nez y en la Costa de Oro.
160 PETER KOLOSIMO

No creemos poder tomar al pie de la letra todo cuanto Plat ón


relata a propósito de la Atlántida; pero es probable que la des
cripción geográfica que hemos reproducido contenga una buena
-
dosis de verdad: las « otras islas» podrían ser perfectamente las
Antillas, y con la « tierra firme » no es descabellado identificar a
Amé rica.
Una confirmación pudiera venir de un relato bastante me
nos conocido que el del filósofo ateniense, escrito por Teopompo
-
de Chíos ( siglo iv antes de J.C.), cuyas obras desgraciadamente se
han perdido, y referido por Claudio Eliano de Prenesto ( 170-135
antes de J.C.). Se trata de un diálogo entre Midas, el mí tico rey
de Frigia, y el sabio Sileno.
« El centauro
— resume el investigador austríaco E. Georg
describe al soberano las fabulosas riquezas de la Tierra de Meropia,
que se extiende "mucho más all á de las Columnas de Hé rcules, a

orillas del océano..." La Humanidad, narra Sileno, tuvo origen all í,
donde, bajo un cielo muy benigno, viv ían los meropes, cuyo
nombre deriva del de la hija de Atlante. El suelo es asombrosa
mente f é rtil , tanto, que permite tres cosechas. Las ciudades son
-
enormes, espléndidas, y el oro y la plata abundan tanto que para
el com ú n de los mortales no son considerados má s preciosos de
lo que son los otros metales. El rey, asombrado, pregunta al sabio
humanoide cómo esas cosas son conocidas por los griegos, y Si -
leno explica que en tiempos remotos los meropes llegaron en sus
naves a la tierra de los hiperbóreos, "que moran más all á del
viento del Norte" ( quizá s en Britania, Irlanda o Escocia; pero
tambié n pudiera tratarse de las Feroe o de Islandia ), y de los
hiperbóreos el relato llegó después casualmente a Grecia y a Asia
Menor.»
Segú n estos presupuestos, veremos que el profesor Paul Le
Cour se acerca más que nadie a la realidad cuando, basá ndose en
el examen de los relieves submarinos, « encastra » la Atlá ntida , entre
ambas Amé ricas al Oeste y Europa y Á frica al Este, aunque las
teorías m ás recientes fraccionan la masa dibujada por él en un
cuerpo central coronado por numerosos archipiélagos.
Otros investigadores habrían captado parcialmente la indicación,
identificando toda la Atlá ntida con algunas de sus tierras perif é-
ricas: entre los más conocidos citemos al padre Kirker, que en
su obra Mundus sub-terraneus ( 1678 )) se ñala en las Canarias y en
las Azores las ú ltimas cimas emergidas del misterioso continente .
Ahora, dos geólogos del Instituto Geográfico Germánico, los doo
Vasija indio representando un
hombre con turbante .

Embarcaciones en el lago Ti-


ticaca: son iguales a las egip -
cias de papiro.
Los prodigios do la ogricultura
inca en el valle dol Urubamba,
cerca de Pisac, Per ú: cultivos
todaví a en uso hoy y antiguos
« campos escalonados ».

Picchu.
La ciudad muerta
que se dice
de Machu
edificada
sobre las ruinas de una metr ó -
poli aún má s antigua .
Tres toses de una operación
efectuado por un cirujano pe-
ruano con instrumental que so
remonto por lo menos a hace
3.000 años.
El Instrumento empleado por el cirujano
peruano, hecho de una aleación de oro,
plBta y cobre. El cr áneo, que se remonta
también a hace 3.000 años, atestigua quo
con tales instrumentos se practicaba ya
la trepanación del cráneo con resultados
positivos.

.
Niñas indias de la tribu de los kayapos La segunda de la izquierda tiene facciones
t í picamente indoeuropeas.
TIERRA SIN TIEMPO 161

tores O. Yessen y A . Schulten, confirman el parecer del ilustre


religioso, pero añaden que sólo se tratar ía de descendencias at-
lántidas .

La última guerra de Atland


Postura análoga a la del padre Kirker podría atribuirse a otro
eclesi ástico, el pastor J ü rgen Spanuth , quien ve en la isla de Heli-
goland , en el mar del Norte, el ú ltimo baluarte de la tierra des-
conocida.
Se remite a los orígenes de la revelaci ó n plat ónica , que pro-
bablemente pueden ser hallados en una visita que el gran legislador
ateniente Solón hizo a Egipto entre 570 y 560 antes de J.C. El cé-
lebre arconte tuvo ocasión de ver, entre otras cosas, las inscrip-
ciones que 600 años antes mand ó hacer el faraón Ramsés III en los
muros del templo de Medinet Habu , las cuales se refieren a hechos
acaecidos hacia 1200 antes de J.C.; interesado, las hizo traducir
al griego por el sacerdote tebano Sonquis, deseoso de servirse de
ellas para una obra poé tica . Pero Solón murió un a ñ o má s tarde, y
sus anotaciones llegaron a manos de Platón, quien las utilizó en
los dos di á logos que hemos mencionado.
De las inscripciones de Medinet Habu se infiere que los atlantes
emprendieron una gran expedici ón hacia el Sur, ocupando Grecia
( salvo las ciudades de Atenas y de Á tica , que no lograron expug-
nar ), desembarcando en Creta y en Chipre, avanzando luego hacia
Asia ( notemos que con este nombre los antiguos designan siempre
y ú nicamente al Asia Menor ) y atacando a Egipto por tierra y por
mar; en el curso de esta empresa, consiguieron penetrar en la de-
sembocadura del Nilo con una poderosa flota, pero al final fueron
derrotados .
La historia griega nos confirma que una invasión semejante
tuvo lugar, efectivamente, por parte de los llamados hiperbóreos,
quienes, procedentes del mar del Norte, llegaron al Mediterrá neo
y lo atravesaron , tras haberse aliado con los habitantes de la Italia
antigua y con los libios.
.
Hiperbóreos y atlantes, ¿son entonces, el mismo pueblo ? Pa-
rece que no puede caber duda al respecto: las pinturas murales
U - 2.764
162 PETER K0L0S1M0

egipcias representan a los aspirantes a conquistadores protegidos


con yelmos astados o «a matorral », provistos de escudos redondos,
y a sus mujeres ataviadas con una larga trenza; y de estos de -
talles encontramos innumerables vestigios en los hallazgos arqueo -
lógicos de Suecia y de Alemania septentrional. Las crónicas egip -
cias dicen, además, que los atlantes usaban armas de cobre y de
bronce, pero también de hierro; y las armas de hierro más an -
tiguas halladas en Europa central se remontan aproximadamente
a 1200 antes de J.C.: por lo tanto, fueron usadas percisamente en
la gran campaña militar emprendida por los hiperbóreos.
Las inscripciones de Ramsés III narran que los atlantes « vinie-
ron de las islas y de la tierra í f rme situada en el gran círculo de
agua », « del fin del mundo » o « del noveno arco». Y el « noveno arco»,
segú n la subdivisión geográ fica efectuada por los egipcios y después
empleada por griegos y romanos, incluye aproximadamente la zona
situada entre los grados 52 y 57 de latitud norte. All í , segú n los
historiadores antiguos, «el d ía dura diecisiete horas»: lo que en
realidad corresponde al paralelo 54. También Plinio el Viejo, por
otra parte, especifica que el « noveno arco » pasa « per Hyperbores et
Britanniam ».
Citamos todo eso como confirmación, pues los egipcios esta-
blecieron con exactitud el lugar de procedencia de los invasores.

Los atlantes a tenor de cuanto nos dicen los hijos del Nilo
ten ían su roca regia en la « isla Basileia », que es descrita de un
modo que no da lugar a dudas. « Alta , como si fuese cortada con

cuchillo emerge del mar, con rocas rojas, blancas y negras, rica en
.
cobre y en mineral de cobre » Una isla así es ú nica en el mundo:
Heligoland. La ciudadela y el templo máximo de los atlantes no
estaban situados, sin embargo, sobre aquel basamento rocoso, sino
« cincuenta estadios más allá de la vecina tierra í f rme, en una
colina baja ». Y precisamente en el punto indicado, el pastor
Spanuth descubrió, haciendo exploraciones submarinas, la colina
donde aparecen, con una calle perfectamente empedrada, las ruinas
de la ciudadela y del templo.
Los atlantes que efectuaron la gran marcha a través de todo
nuestro continente, para lanzarse m ás allá del Mediterrá neo pro-


cedían de la Suecia meridional, de Dinamarca y de Alemania del

Norte: eran dice Ramsés III los pheres ( frisones ), los saksar
(sajones ) y los denen ( daneses ), con quienes se aliaron los turscha
( tirrenos ), los sekelesa (sículos ), los sardana (sardos ) y los vasasa
( probablemente corsos) .
TIERRA SIN TIEMPO 163

¿ Por qué se form ó aquella gran coalici ón de pueblos? ¿ Por qué


llevó con furia desesperada la guerra a Asia Menor y a Egipto ?
No ciertamente por mero deseo de conquista: lo que impel ía a los
ejé rcitos n órdicos era el hambre, que azotaba pavorosamente a
toda Europa tras los cataclismos que se hab ían abatido sobre
nuestro continente ( y tambié n en otras partes ) en 1225 antes de J .C.
Aquellos desastres naturales está n descritos en ios muros del gran
templo de Medinet Habu y confirmados por numerosos descubri -
mientos arqueol ógicos: se trata , segú n el profesor Stechov , « de
la m ás gigantesca catástrofe de la historia de la Humanidad en los
últimos cuatro mil añ os ».
Aquella convulsi ón habría causado tambié n el fin de muchos
prósperos reinos. Ni siquiera la tierra de los faraones se hallaba

en condiciones envidiables: « Egipto revela el propio Ramsés III
estaba sumido en una completa destrucci ón cuando subí al trono.»

Pero las fecundas inundaciones del Nilo pronto devolvieron el bie -
nestar al pa ís, y es lógico que ello le hiciese objeto de la codicia
germano- it á lica .
Hemos creído oportuno detenemos en los descubrimientos y las
deducciones del profesor Spanuth porque se trata de estudios que
no se basan ciertamente en nebulosas fantasías. El mismo nombre
con el cual se designaba en tiempos a la regi ón de Heligoland
— —
Atland nos conduce directamente a la Atlá ntida , y el cataclis
mo que espoleó a los invasores hacia el Sur parece igualmente
-
elocuente.
Pero las referencias pueden llamar a enga ño; tambié n entre los
pueblos de la Amé rica precolombina encontramos, en efecto , un
Aztland , relacionado con una cat ástrofe que no es la narrada por
las inscripciones de Medinet Habu , sino mucho m ás antigua . Y hay
otro detalle de fundamental importancia en el que los partidarios
de la « Atl á ntida n ó rdica » buscan explicaciones escasamente con -
vincentes: la precisa referencia de Plat ón y Teopompo a una tierra
situada m á s all á de las Columnas de H é rcules.
Por lo dem ás, la existencia de un continente situado en tiem
pos en el océano Atl á ntico es sustentada por much ísimos textos
-
antiguos: los mismos historiadores mediterrá neos que comentaron
la obra de Plat ón hablan de tres grandes islas consagradas a J ú -
piter , Plutó n y Neptuno ( precisamente Poseidonis ), y de siete islas
menores a Proserpina , o bien de una enorme isla dedicada al dios
del mar y de otras m á s peque ñas.
Es probable que tales descripciones no sean muy exactas ni
164 PETER KOLOSIMO

ello podría pretenderse, puesto que cuando fueron escritas la At


lántida ya no exist ía y tolo cuanto narran es recogido por tradi
--
.
ciones orales Pero es sintomá tico notar que también las purana
indias aluden a una « gran tierra, muy potente» situada en el
océano Atlántico. Desgraciadamente, no es posible determinar cuá n-
do fue escrito el texto en cuestión, pero tenemos buenos motivos
para considerarlo antiquísimo, dado que se habla de aquella tierra
como de una realidad actual: en aquel tiempo, pues, la Atlá ntida
no debía haber desaparecido a ún.
Alusiones similares abundan tambié n en otros textos indios,
entre ellos el famoso Mahabharata ( la llamada « Biblia de la India » ),
que narra asimismo, de pasada, la historia de « siete grandes islas
del mar de Occidente, cuyo imperio ten ía por capital la ciudad de
las Tres Montañ as, destruida por el arma de Brahma ».
Sucesivos documentos asiá ticos afirman que el « imperio del
mar de Occidente » quedó sumergido en las aguas a consecuencia de


terribles convulsiones, lo cual halla correspondencia detalle, éste,
interesant ísimo en las tradiciones americanas. Volviendo a la
palabra Aztland , vemos que ( con otra similar, Atland ) refleja en
el vocablo nahua Nahoatlan, que significa « tierra entre las aguas »,
o sea isla, y que siempre es usado para designar la que numerosas
descendencias indias consideran su patria originaria , en tiempos
situada al este del continente americano, « allí donde sale el Sol y
donde ahora no hay m ás que agua ».
¿ Se equivoca, entonces, Spanuth ? Sí y no: es decir, no pode-
mos identificar a toda la Atlántida con la zona se ñ alada por é l,
pero tampoco puede excluirse que en torno a Basileia se hubiesen
agrupado los últimos representantes norteuropeos de aquel
pueblo.
TIERRA SIN TIEMPO 165

Noé en América

Si no estamos equivocados, fue en el siglo XVII cuando por pri


mera vez « fue descubierta » el arca de Noé. El autor del extraor -
-
dinario empeñ o, el viajero holand és Jan Struys, publicó adem ás
un libro sobre el tema , adornado con un art ístico dibujo que mos-
traba la m á s famosa embarcación de todos los tiempos bellamen
te posada sobre la cima del Ararat .
No sabemos cuá ntos han sido los visionarios y los arqueólogos
.
que deben de ser muchos De todos modos, tras el ú ltimo con
flicto la carrera al Ararat fue reanudada por el campesino turco
-
Sukru Arsena , quien, en 1948, declaró haber visto asomar los res
tos del arca en medio de las nieves eternas, lo que dio lugar a la
-
apresurada salida de varias expediciones, y desapareciendo pn
dentemente de la circulaci ón cuando los exploradores decepcio-
nados y semicongelados, se pusieron a buscarle con propósitos
muy poco amistosos .
Por una coincidencia verdaderamente singular, el mismo a ño
un holand és de dieciséis a ños, Hans Roozen , soñó con la bíblica
nave, completa de zoo, aposentada a 4.100 metros de altitud en el
Ararat ( quizá la posición exacta le fue comunicada por Noé en
persona ), y como dijo é l mismo, « la idea de hacerse un nombre
famoso se apoderó inmediatamente de él ». Mientras el americano
Aaron Smith, en 1949, se pon ía por su parte a la b úsqueda de la
embarcación , sin conseguir, empero , el menor resultado, el em
prendedor muchacho apel ó a investigadores y peri ódicos, pero
-
sin resultado: tuvo que esperar a 1955 para ver realizado parcial -
mente su sueño por el comerciante francés Ferdinand Navarra ,
quien , al t é rmino de tres viajes, regresó trayendo un pedazo de
madera de encina y contando que lo había sacado del bauprés del
arca , pero que no pudo hacer más porque la embarcación estaba
« completamente cubierta de piedras y de hielo ».
Sin embargo, Hans Roozen , no se dio por vencido: aunque la
arqueolog ía le interesaba de modo muy relativo ( él « sólo esperaba
poder descubrir algú n tesoro, sobre todo f ósiles, vasijas y utensi-
lios de la época de Noé » ), se puso con buen talante a componer
166 PBTBR KO LOSIMO

canciones con el propósito de poner en pie después una expedi -


ción basada en el empleo de una docena de helicó pteros.
Mientras tanto, empero, parece ser que el arca ha sido descu -
bierta de veras, y por alguien que no pensaba hacerlo en absolu-
to: por el comandante de la aviación turca S. Kurtis, quien, encar -
gado de fotografiar, en 1960, las laderas del monte Ararat ( 5.165
metros ), se fijó en las curiosas fotograf ías de un objeto localizado
a 2.000 metros de altitud , una «cosa* de forma oval alargada, en-
castrada en la lava salida en el curso de numerosas erupciones
de la mayor boca volcánica del monte .
« No puede menos que pensarse en el arca de Noé », afirmaron
los expertos de Ankara tras haber examinado las fotograf ías del
comandante; y si alguien lo había dicho más por orgullo nacional
que por convicción , hubo de creerlo inmediatamente cuando las
medidas de la embarcación aprisionada en la lava resultaron co-
rresponder exactamente a las citadas por la Sagrada Escritura:
unos 150 metros de longitud por 50 de anchura. De la sombra pudo
deducirse también la altura aproximada de la nave, calculable en
unos 6 metros.
Las reproducciones fueron enviadas al más grande especialista
del mundo en fotogrametría, el profesor Artur Brandenburger, ac
tualmente al servicio del Gobierno estadounidense, quien decla
--
ró: « Aun a costa de arriesgar mi reputación, debo comprobar que
se trata de una nave situada a 2.000 metros de cota en las lade -
ras del Ararat.»
Si ese extra ño objeto fuese de verdad una embarcación y pu -
diese ser librado de la tenaza lá vica , quizás hallar íamos a bordo,
adem ás de una sensacional confirmación, la solución de un apa-
sionante enigma: el relacionado con la figura de Noé, que resalta
no sólo de las páginas de la Biblia , sino de textos y narraciones
anteriores, difundidas en todas partes del mundo.
Segú n la saga sumeria de Gilgamesh, Noé es Utnapishtim , quien
advertido por Ea, dios de las aguas, sobre las intenciones de las
divinidades de sumergir al mundo, es exhortado a construir un
arca para salvarse a sí mismo, a sus familias y a una pareja de
todos los animales existentes.
Los griegos hablan , en cambio, de Deucalión , rey de Ftia , Te-
salia , quien sobrevivió junto con su esposa gracias al oportuno
consejo de su padre Prometeo, que estaba al corriente de las in
tenciones poco amistosas alimentadas por J ú piter hacia el géne
-
-
ro humano. Muy singular es el hecho de que en la leyenda griega
TIERRA SIN TIEMPO 167

y en una tradición maya se encuentra , para indicar la tierra í f rme,


cabalmente la misma expresión.
Llegado con su esposa Pirra al macizo del Parnaso, Deucalión
interroga al oráculo de Delfos sobre el modo de dar vida a una
nueva estirpe, y recibe la siguiente respuesta: « Cubrios la cabeza,
desnudaos y arrojad a vuestras espaldas los huesos de la Gran
Madre.» Deucalión comprende que por tales huesos el orá culo en -
tiende las piedras: efectivamente, las que él arroja se transforman
en hombres, y las de Pirra en mujeres.
Y la leyenda americana dice, refiriéndose a las consecuencias
del diluvio: « La gran Madre Seyda fue uno de los recuerdos de la
destrucción del mundo.»
Los mayas no nos proporcionan indicaciones precisas acerca
del... Noé local, pero un manuscrito del antiguo México nos lo
presenta bajo los despojos de Quetzalcoatl, el dios-rey de quien
se encuentra el rastro, con nombres diversos, en toda la América
precolombina ( 1 ).
Para los quichés de Guatemala , la « reanudaci ón » del gé nero
humano est á envuelta en el misterio ( « No est á claro se lee en

el Popul Vuh , su libro sagrado , que vinieran del mar..., vinieron
aqu í, como si no hubiese habido mar » ), pero los macuchis de la

Amazonia septentrional ( ¡incluso en aquellas selvas impenetrables
se ha conservado el recuerdo del desastre! ) no tienen dudas: quien
la hizo posible fue Maconen , « el rey de la é poca del diluvio ».
La leyenda de los aztecas ( los cuales, entre otras cosas, ten ían
un mito idé ntico al bí blico sobre la torre de Babel ), repite casi
palabra por palabra la historia del Antiguo Testamento y de la
Epopeya de Gilgamesh, hasta el punto de que ni siquiera falta la
paloma . Hela aqu í:
Viv ía en el valle de México un piadoso hombre llamado Tapi,
a quien un d ía se reveló, en persona , el Creador de todas las co-

sas. « Construye una gran embarcación dijo el dios y haz de
ella tu casa. Lleva a ella tu mujer y una pareja de todos los ani
males existentes. ¡ Pero apres ú rate, que el momento se avecinal »
— -
Tapi obedeci ó, pese a los insultos y las befas de los vecinos,
que le tomaban por loco. Y apenas hubo terminado la obra, cuan
do empezó a llover. Llovió sin parar, el valle desapareció bajo
-
las aguas, hombres y animales buscaron salvación en los montes,
pero también éstos fueron sumergidos. Unicamente la embarca -
(l) Para una documentaci ón completa , véasr No es terrestre y Astronaves
•n lo Prehistoria .
168 PEIER K Ü LOSJLMO

ción de Tapi albergaba, en una Tierra reducida a un inmenso océa -


no, seres vivientes.
Cuando dejó de llover, el Sol volvió a brillar y las aguas pare-
cieron menguar, el piadoso hombre soltó una paloma. La paloma
no volvió, y el corazón de Tapi se llenó de exultación, pues aque -
llo significaba que el animalito había hallado un trozo de tierra
f rme donde posarse.
í
Numerosas tradiciones ven en el diluvio un castigo divino, lo
cual no puede sorprender ya si se piensa en la aterradora gran -
diosidad de las convulsiones acaecidas y que se toma obvia cuan -
do se tiene en cuenta el probable origen cósmico del desastre.
Tambié n las antiguas leyendas bolivianas llegadas a nosotros
hablan de una tremenda inundación « desatada para castigar la
soberbia y la petulancia de los hombres ». Para los indios sioux
de la Amé rica septentrional , « los tiempos desaparecen bajo las
aguas »: un m í tico bisonte detiene a las amenazadoras olas, pero
la bestia pierde cada año un pelo y al cabo de cada una de las
cuatro épocas una pata , y cuando ha perdido todos los pelos y
las cuatro patas, la gran agua sumerge al mundo. Segú n algunos
- -
etnólogos, el bisonte habría ocupado el lugar del antiguo dios tau
ro, en tanto que su ... demolición sería atribuida a un espí ritu ma
-
ligno, enemigo de la Humanidad y decidido a aniquilarla.
Para terminar bien esa breve revista de « sensaciones diluvia -
-
nas » destacaremos que el Noé hawaiano se llama Nu u , y el chino
Nu Wah ( el hebraico es Noah ), en tanto que en la Serra Parima ,
en la frontera de Brasil y Venezuela , existiría incluso una ciudad
muerta denominada: Ma Noa , «el agua de Noé ».
-
Ahora bien , el hecho de que en muchos pueblos se mantenga
vivo el mito de un personaje que simboliza a los pocos supervi-
vientes de una cat ástrofe sin parigual no tiene nada de extra ñ o, y
puede comprenderse que el salvamento sea atribuido a una inter -
vención celeste. Pero la singular afinidad de los nombres y de los
detalles sólo puede explicarse de un modo: admitiendo la exis -
tencia de algú n medio de comunicación entre grandes distancias
inmediatamente después del diluvio. Y este rastro nos conduce
a las ilaciones de algunos investigadores del pasado, segú n los
cuales los ú ltimos representantes de las grandes civilizaciones de -
saparecidas habrían influido de modo nada desde ñable en el de-
sarrollo de las culturas mediterrá neas, asiá ticas y americanas has-
ta un nuevo e inexplicable cataclismo .
TIERRA SIN TIEMPO 169

Los continentes sumergidos

Y vayamos a la época en que, segú n Plat ón, la Atl á ntida ha-


br ía sido engullida por el océano: se trata de casi 9.500 a ñ os an -
tes de su tiempo. No coincide, por tanto, con la citada por Ram-
sés III, pero halla confirmaci ón , en cambio, en varios textos y,
como veremos, tambié n en interesantes observaciones cient íficas,
lo cual demuestra que se trat ó de dos cat ástrofes distintas .
La mayor parte de los investigadores inclinados a identificar
con la apocal í ptica inundación la causa de la desaparición de
vastas regiones otrora situadas en el centro del Atl á ntico y del
Pac ífico, dicen que el desastre debió de haberse producido entre
10.000 y 12.000 a ñ os atrás. El geólogo austríaco Otto H . Much con -
sidera , sin embargo, poder establecer con suma exactitud , con
apoyo de datos astron ó micos, el d ía y la hora de la tragedia : el
4 de junio de 8.496 antes de J.C., a las 12 en punto , hora de la
Amé rica oriental. Y resulta cuando menos singular que los anti -
guos pueblos americanos hubiesen empezado de nuevo el có mputo
del tiempo por el a ño que para nosotros es el de 8.498 antes de
J .C., afirmando que poco antes había ocurrido un cataclismo que
marcó « el fin de la tercera é poca del mundo». No existe, pues,
m á s que la diferencia de algunos a ños con la fecha de Much.
Cuando Plat ón habla de la Atlá ntida, nos revela que el espan -
toso acontecimiento fue decidido por un alto concili á bulo, y re-
sume así los antecedentes:
« Durante muchas generaciones, mientras permaneci ó eficien -
te ( entre los atlantes ) el origen divino, obedecieron las leyes , fueron
amigos de los dioses, con los cuales estaban emparentados...
Cuando, en cambio, la parte divina comenzó a debilitarse en ellos
por las numerosas y frecuentes uniones con los mortales, y las
características humanas se hicieron preponderantes, ya no estu-
vieron en condiciones de reconocer su verdadera fortuna , es m ás ,
la desnaturalizaron. Zeus, el dios de dioses, reinante en razón de
leyes eternas, tom ó la decisi ó n de castigar a aquella raza antes
impecable, a fin de que se corrigiese y volviese a su antiguo sis-
.
tema de vida Reunió por ello a todos los dioses en su m ás noble
170 PETER KOLOSIMO

morada, que está situada en medio del Universo y permite una


mirada sobre la entera Creación, y dijo... »
Todo cuanto acaeció tras las deliberaciones divinas nos es refe -
rido en el Timeo: « Más tarde hubo violentos terremotos e inun
daciones, y en el transcurso de un terrible d ía y de una terrible
-
noche toda la belicosa estirpe desapareció bajo la tierra , y a la par
desapareció la Atlántida en el mar.»
Es la « gran agua » de los Veda indios, el desastre del cual el
dios persa de la luz, Ahura Mazda , habla a Zaratustra, la « tremen -
da noche » del Mahabharata , predicha ( como relata el monumen
tal poema é pico ) por el primer pez a su creador, el semidiós Manu,
-
progenitor de la Humanidad, salvado a su vez del cataclismo, más
tarde, en una nave construida por él; es el diluvio universal del
Antiguo Testamento .
La hipó tesis de aquellos que consideran el diluvio como un
acontecimiento limitado a las tierras bí blicas es, por tanto, abso -
lutamente insostenible: no solamente la destruyen las citas apor -
tadas hasta aquí, sino innumerables testimonios más.
Los jerogl íficos de la pirá mide mexicana de Xochicalco, desci -
frados por el francés La Plongeon, aluden tambié n a « una tierra
situada en medio del océano, destruida » y a sus habitantes « muer -
tos y reducidos a polvo » , mientras que el llamado Códice Troya -
no, que se conserva en el British Museum, habla de una catástrofe
que « provocó la desaparición de los continentes de Mud y Mu ».
El documento quiere seguramente significarnos que Mu y la
Atlá ntida se hundieron a consecuencia del mismo desastre, lo cual
es confirmado por otros dos fragmentos mayas. A la Atlá ntida se
refiere el traducido en 1930 por el filólogo brasile ño O. M. Bolio:
« El und écimo d ía Ahau Katun ocurrió la calamidad . , •» llovió
con gran intensidad y cayeron cenizas del cielo y en una sola
gran oleada las aguas del mar se volcaron sobre la tierra . .. y el
cielo se precipit ó, y la tierra se hundió... y la Gran Madre Seyda
fue uno de los recuerdos de la destrucción del mundo.»
Con estas palabras, un manuscrito premaya de hace 3.500 a ños
describe, por su parte, el fin de Mu:
« El a ñ o 6 del Kan , el 11 Muluc del mes de Zac, se produjeron
terribles terremotos que continuaron hasta el 13 Chuen . Mu , la
comarca de las colinas de arcilla , fue sacrificada: tras haberse le-
vantado dos veces, desapareci ó durante la noche, mientras la tierra
era sacudida continuamente. El suelo se hundió y volvi ó a emer -
ger varias veces en muchos puntos cercanos al mar. Finalmente
TIERRA SIN TIEMPO 171

la extensión se rompió y se dividi ó en muchas partes y, por las


convulsiones, se hundió con sus sesenta y cuatro millones de ha-
bitantes.»
jAs í, con los Purana de la India antigua que nos hablan de la
destrucci ón del remoto continente atl á ntico coincide el texto de
la Amé rica precolombina con el relato de la sumersión de la « do -
minadora del Pací fico »!

Esto fue el diluvio

« Siberia nororiental , 5 de junio del a ñ o 8496 antes de Jesu -


.
cristo. Son las 12.53 ( hora local ) Siete minutos antes de la coli-
sión del planetoide con la Tierra.
» E1 Sol est á alto en el cielo, y junto a é l se hallan , invisibles
en el claro azul , el planeta Venus y la Luna nueva. Los á rboles de
la linde de la selva virgen proyectan sombras breves sobre el
suelo. El musgo verde oscuro crece lozano bajo los altos tron -
cos de pinos, abetos y alerces. El r ío, saliendo de la selva , dis -
curre, murmurando y gorgoteando, a través de un calvero. Es un
espacioso calvero con hierba fina , jugosa , rica en heléchos y flores
junto a la orilla .
» De pronto retumba un pisoteo entre los arbustos junto al
borde de la explanada , las ramas se rompen crepitando y las
copas de los á rboles empiezan a cimbrearse. Una manada de ele -
fantes se acerca al r ío...
» A las 14.47... dos elefantes se paran bruscamente. Una fuerza
invisible les ha aferrado, y su furia se ha desvanecido de golpe.
Debe de haber ocurrido algo espantoso...
» La catástrofe se ha producido hace bastante..., la sacudida
provocada por la colisión ha empleado una hora y cuarenta y siete
minutos para llegar a la tierra de los tunguses. El suelo es reco-
rrido por un temblor: primero es solamente una d é bil vibració n ,
casi imperceptible, pero luego se hace sensible , violenta . De la
selva llega un gemido; un pino gigantesco se dobla , crujiendo, ha -
cia el calvero, abatié ndose fragorosamente entre los elefantes. Al-
gunos pá jaros levantan el vuelo, despavoridos.
» E1 disco del Sol parece haber saltado de su sede, se tamba -
172 PETER KOLOSIMO

lea en el cielo, luego se detiene, se desliza lentamente hacia abajo,


hacia el horizonte, vuelve a detenerse. Las sombras de los grandes
animales, de los árboles y de los arbustos se agitan convulsas so -
bre el calvero, se alargan, mientras el río rebulle más fuertemente.
Las sombras permanecen alargadas y el Sol ya no calienta.
•Cuando el temblor remite, la manada de elefantes se pone en
movimiento. Inquietos, los grandes probosc ídeos pisotean la hier -
ba, balancean la maciza testuz, remueven el terreno con las patas.
La calma renace muy lentamente.
•Transcurren horas sin que pase nada. Hace frío. Los elefan -
tes hace mucho que ya se han puesto a comer de nuevo.
•Las 20.53. Siete horas y cincuenta minutos después de la ca-
t ástrofe. La manada sigue en el calvero. Los animales arrancan
ramas de los á rboles jóvenes y sé abrevan en el r ío. El Sol del
atardecer es amarillento, mortecino. De improviso se eleva a dis -
tancia un ruido sordo, que crece, se acerca a fulminante veloci -
dad, y pronto cubre el gorgoteo del r ío, el canto de los pá jaros, y
estalla como un interminable trueno.
•El jefe de la manada alza la trompa, pero su barrito es aho-
gado por el enorme fragor. Con todas sus fuerzas, inicia la carre-
ra, y los compañeros le siguen. El suelo retumba bajo centenares
de patas tit ánicas, pero el ruido no ahoga el que viene del cielo.
Por primera vez en su vida , la más potente criatura del Globo es
presa de pá nico y corre ciegamente por la selva derribando arbus -
tos y á rboles.
•Pero ya a los pocos pasos la huida termina. El jefe de la ma-
nada se desploma como fulminado por un rayo y muere aun antes
de que su cuerpo toque el suelo. Con él , en los mismos segundos,
mueren tambié n los demá s. Con él mueren todas las formas de
vida de la Siberia septentrional , miles y miles de elefantes, de ri-
nocerontes lanudos y de tigres de las nieves, de zorros y de mar-
tas, aves y reptiles. Mueren todos en pocos instantes.
•¿Qué había ocurrido?
•A 10.000 kilómetros de aquel calvero siberiano, aquel 5 de ju-
nio de 8496 antes de J .C., a las 13 horas , un cuerpo celeste cayó
con violencia indecible en la región sudoccidental del Atl á ntico
septentrional. Aquel planetoide, con sus dieciocho kil ómetros de
diá metro, era un enano en comparación con nuestro Globo, pero
terribles fueron las consecuencias de su ca ída : rompi ó la costra
terrestre y provocó la mayor cat ástrofe que jamás castigara a la
Humanidad.»
TIERRA SIN TIEMPO 173


« Ya no hay mar •••
un nuevo cielo y una nueva Tierra, pues del cielo hab ía desapa-—
se dice en el Apocalipsis de san Juan . Vi
recido la inmensa , amenazadora Luna , y un tiempo sin Luna había
comenzado.» Gui á ndose por estas palabras, el austríaco Horbiger
adelanta la hipó tesis que el continente del Atl ántico hubiese apa-
recido con el fin de un sat élite ca ído hace varios millones de a ños.
Y segú n Much , como hemos visto, la Atl á ntida deber ía su destruc-
——
ción a otro cuerpo celeste un asteroide atra ído por una insólita
conjunción Tierra-Luna- Venus ca ído en nuestro planeta que de-
terminó una explosi ón equivalente a la de 15.000 bombas de hidró-
geno arrojadas simult á neamente.

El asteroide afirma Much, aportando una imponente documen

taci ón astronómica y geol ógica se present ó por el Noroeste, pe-
netrando en la capa atmosf é rica a una velocidad de quince a
-
veinte kil ó metros por segundo. A unos 400 kil ó metros de la Tie-
rra empezó a enrojecer, para volverse, luego, a causa del roce con
el aire, encendido, tan incandescente como para cegar a quien lo
hubiese mirado.
A poca distancia del Atl á ntico, superada una temperatura de
veinte mil grados, el cuerpo celeste estall ó: primero voló hecho
a ñ icos su parte exterior, que, reducida a un enjambre de gigantes-
cos meteoros, se abatió sobre la Amé rica septentrional; después ,
el n ú cleo se partió en dos, golpeando a nuestro Globo, con un
peso de medio billón de toneladas, a cerca de los 30 grados Oeste
y 40 Norte, en el centro del arco formado por la Florida y las
Antillas. La zona directamente afectada puede ser identificada
con un tramo del llamado « Dorso Atl á ntico » , donde abundan los
volcanes submarinos y el espesor de la costra terrestre se reduce
a 15-20 kil ómetros, cuando en cualquier otro lugar mide de 40 a
50 kil ómetros. El fondo oceá nico se hendió desde Puerto Rico
hasta Islandia , y se desencadenó el pandem ónium.

« Con un estruendo apocal í ptico

prosigue Much , una colum -
na de fuego brotó de la herida hacia el cielo, acarreando gases
venenosos, cenizas volcá nicas y magma ardiente. Todo ardió o se
puso incandescente en miles de kiló metros. El océano empezó a
hervir, inimaginables masas de agua se convirtieron en vapor y,
mezcladas con polvo y cenizas, fueron trasportadas por los vien-
tos occidentales sobre el Atlá ntico.
»Tras "un terrible d ía y una terrible noche" la isla regia de los
atlantes se hundi ó... »
La tesis del espantoso bombardeo cósmico halla varios sus -
174 PETER KOLOSIMO

tentos: los vastos crá teres abiertos hace 10 ó 12 mil a ños por
enormes meteoritos en la América centromeridional y tambié n en
Georgia , Virginia , Carolina y en el fondo del Atlá ntico, junto a
Puerto Rico. Y aquellos bólidos celestes cayeron precisamente en
la é poca en que un indescriptible seísmo formó las cataratas del
Niá gara , y elevó los Andes hasta convertirlos en una de las m á s
imponentes cordilleras del Globo.
Otra concordancia significativa presenta la desaparición ( ocu -
rrida precisamente hace diez o doce mil a ñ os ) de la gran capa
helada que antes cubr ía , adem ás de Escandinavia , Gran Breta ñ a
e Irlanda , casi toda la Europa continental , mientras Siberia que-
daba sumida en el riguroso clima actual. Lo cual aconteció dice
el profesor Much
— —
porque la Corriente del Golfo pudo por fin
arribar a nuestras costas, a las que anteriormente no llegaba por -
que la deten ía otra tierra: precisamente la Atlá ntida.
Exploraciones realizadas en el fondo oceá nico, en el á rea don -
de debía de alzarse el continente perdido, sacaron finalmente a la
luz, en 1934 , f ósiles de animales de tierra firme y muestras de
lava arrojada no por crá teres submarinos, sino por volcanes de su -
perficie.
« No pasó mucho tiempo

— —
tr íaco antes de que la herida de nuestro planeta se resta ñ ase
con una costra negra y dura. El "terrible d ía " y la "terrible noche"
-
escribe tambié n el cient í fico aus

de que habla Plat ón hab ían bastado, sin embargo, para extinguir
completamente la vida en la Tierra . Pues antes de que las masas
de agua se movieran en forma de nubes, las explosiones de magma
trastornaron la atm ósfera y propagaron los gases venenosos que ,
invisibles, mataban rá pidamente y sin dolor.
»Siberia noroccidental , casi 60 horas despu és de la ca ída del
planetoide. Los grandes cad á veres de los elefantes yacen en el cal -
vero y entre los á rboles destrozados de la selva . El vendaval les
agita el tupido pelaje , el Sol alumbra lechoso y opaco. El gorgo -
teo del río y el aullido de la tempestad que empuja a las densas
nubes son los ú nicos ruidos que dominan el paisaje muerto.
» Ahora el tel ó n de nubes ha tapado al Sol y el estré pito del
huracá n se aplaca. Durante dos, tres segundos, reina el silencio
Luego , empieza el diluvio. El agua , mezclada con fango y cenizas,
.
se precipita del cielo , y en pocos minutos la carroñ a de los ele-
fantes queda cubierta por una viscosa masa gris oscuro. Ésta cre-
ce ininterrumpidamente, sumerge el calvero, obstruye el río, desa
rraiga troncos gigantescos. Durante seis d ías y seis noches llueve
-
TIERRA SIN TIEMPO 175

agua , cenizas y fango sobre los cuerpos de los animales muertos,


sobre las plantas moribundas. Llueve a torrentes oscuros, hasta
que toda la zona queda sumergida.
.
»Con la lluvia vino el fr ío La violencia de la colisió n hab ía
acercado Siberia al Polo casi 3.500 kilómetros. Las masas de agua
quedaron heladas, con centenares de elefantes y rinocerontes la-
nudos muertos.. . »
Si la Atl á ntida fue literalmente engullida por el abismo abierto
entre Am é rica y Europa, Mu pudo ser desintegrada f ácilmente
por la erupción de todos sus volcanes, que la tradició n estima
numerosísimos ( en efecto, la región del Pac ífico cuenta todav ía
hoy 336 en actividad entre los 430 del Globo entero ). Los crá teres
de todo el planeta debieron de haber vomitado el infierno a con-
secuencia del gigantesco maremoto originado por la ca ída del
cuerpo celeste. Despu és, las cenizas eruptivas se amasaron hasta
envolver el Globo en una tupida capa de nubes, tapando al Sol y
dando lugar a lluvias furiosas. Se calcula que tan sólo en Europa
y Asia septentrional cayeron en seis d ías más de veinte mil billones
de toneladas de agua y tres mil millones de toneladas de ceni
zas; el nivel medio de las precipitaciones fue, pues, de treinta
-
metros.
Narra Utnapishtim , el Noé de la epopeya de Gilgamesh: « Mugía
el veinto del Sur , mugían las aguas, las aguas llegaban ya a las
monta ñ as , las aguas ca ían sobre todas las gentes. Seis d ías y seis
noche borboll ó la lluvia , como una cascada. El sé ptimo d ía , el di -
luvio amain ó. Se hizo un silencio como después de una batalla.
El mar se torn ó tranquilo y la tempestad desastrosa cesó. Con -
templ é al viento, que se hab ía calmado. Todos los hombres se
hab ían vuelto fango. La superficie de la Tierra era una desolada ex-
tensión uniforme... »
176 PETER KOLOSIMO

** Puertos en los Andes*


A 3.500 metros de altitud, los Andes son recorridos por una
curiosa faja blancuzca de más de 500 kilómetros: est á formada
por sedimentos calcificados de plantas marinas, y constituye la
prueba innegable de que en tiempos aquellas rocas eran ba ñ adas
por las olas. Los cient íficos comprobaron que la faja debía de es-
tar « al descubierto » desde hace pocos milenios, y se quedaron
desconcertados, por lo que evitaron siempre el pronunciarse al
respecto, aunque ya ciento cincuenta a ñ os atrás el célebre natu
ralista Alexander von Humboldt hubiese hallado otro testimonio
-
muy significativo.
A poca distancia de Bogot á se extiende un imponente altiplano
llamado « Campo de los gigantes » porque est á sembrado de gran-
des huesos petrificados, en los que el sabio alemá n vio restos de
mastodontes, animales casi tan grandes como los mamuts, de pa -
tas cortas y toscas, provistos de una trompa casi tan larga como
todo su cuerpo.
Aquellos animales que, en diversas especies, poblaban Europa ,
Asia y Amé rica septentrional y meridional , viv ían ú nicamente en
zonas pantanosas y de rica vegetación ; es inimaginable, adem ás,
que hubiesen trepado hasta el rocoso y pobre altiplano situado a
dos mil metros sobre el nivel del mar. Los mastodontes debieron
de haber muerto en su ambiente natural, en la costa devastada ,
asolada y levantada a su actual altitud por el cataclismo que des -
truyó la Atl á ntida. La petrificación de los huesos, ademá s, sólo
pudo ser posible por la acción de las sales marinas.
Pero la hipó tesis que los investigadores tradicionalistas no se
habían atrevido a desarrollar hall ó ulteriores sustent á culos cuan -
do las ciudades muertas de la Cordillera fueron objeto de inves -
tigaciones a fondo. Empezó a reconocerse que ciertas construc -
ciones no tienen sentido en los lugares donde ahora se encuen -
tran: en efecto, ¿ cómo puede edificarse, en picachos inaccesibles,
palacios de los que solamente se puede salir sobre precipicios im -
presionantes, fortalezas encaramadas en crestas desde donde no
se puede defender absolutamente nada ?
La revelación tuvo lugar en Tiahuanaco, un majestuoso campo
TIERRA SIN TIEMPO 177

de ruinas no lejos del lago Titicaca , conocido ya de los conquis -


tadores espa ñ oles, quienes recogieron all í la leyenda inca de la
creación, que vale la pena recordar .
Dice que después de una enorme cat ástrofe « que destruyó el
mundo » , Viracocha Pachacayachi ( « creador de todas las cosas » )
extrajo de la Naturaleza primero los gigantes, y después hom -
bres hechos a su semejanza: « y todo ello acaeci ó en el tiempo de
la Oscuridad, cuando se adoraba a Ka-Ata - Killa , la Luna men -
guante ». Milenios más tarde habría sobrevenido otro cataclismo,
del cual se salvar ía tan sólo un pastor con su familia; y él, en
se ñ al de agradecimiento, habría erigido Tiahuanaco en el transcur
so de una noche ( 1 ) . -
Leyenda aparte, hubo quien consideró que la poblaci ón fue cons -
truida tan sólo mil a ños antes de nuestra Era , y quien le otorgó
una edad de varios milenios. Rebull ían las discusiones al respec -
to, cuando se tuvo la primera extraordinaria sorpresa: Tiahuanaco
no era en absoluto una metrópolis alpina , sino una ciudad mar í ti -
ma con muchas instalaciones portuarias, que se elevó de golpe, con
un vast ísimo territorio, a 3.800 metros de altitud .
Otro elemento demostrativo vá lido lo da el hecho de que a
orillas del Titicaca ( conocido por el elevado porcentaje salino, y
situado en una regi ón caracterizada por lagos completamente sa-
lados, como los bolivianos de Uyuni , Coipasa y Chiguana , los chi -
lenos de Atacama, Punta Negra y Pedernales, y los argentinos de
Arizaro, Pipanaco y Hombre Muerto ) se extiende una l í nea blanca
amarillenta formada por sedimentos salinos y puesta al descubier -
to hace m ás de 10.000 a ñ os. Tal l í nea es oblicua con respecto a
la actual superficie del lago; antes de la cat á strofe , deb ía de ser
obviamente horizontal. Todo lo cual nos confirma , por tanto, que
el continente no sólo fue alzado hasta la cota actual, sino que in -
cluso modificó su equilibrio.
Los arqueólogos verificaban ademá s que el gran templo o pirá-
mides que domina Tiahuanaco no había sido da ñado por la ca -
t á strofe como al principio estuvieron inclinados a creer , sino que
su construcción había quedado bruscamente interrumpida. Algu -
nos expertos alemanes establecieron la fecha aproximada en que
la ú ltima piedra fue colocada: cerca de 9.000 a 9.500 a ños a . de J C
La misma é poca , por lo tanto, que Platón menciona al hablar de
.
la desaparición de la Atl á ntida.

( 1) V é ase tambi é n No .
MS tcrj »'Stre

12
— 2.764
14

EL REINO DE LAS CIENCIAS OLVIDADAS

Si interrogamos a la ciencia acerca de los antecesores de las


antiguas civilizaciones americanas que nos son conocidas, no ten -
dremos respuesta; pero nos situaremos ante vestigios por un lado
enigmá ticos y por otro muy elocuentes, hasta el punto de bos -
quejarnos una solución fant ástica, centrada precisamente en la At
.
l á ntida , el continente sumergido
-
Los portadores de la que hemos dado en llamar civilización
arcaica centroamericana no pueden ser identificados con ninguno
de los pueblos que conocemos. Nos es dado remontar a tientas
hasta una é poca nebulosamente situada por los arqueólogos entre
el 3000 y el 1000 a . de J.C.; en aquel per íodo florecieron en Mé xico
dos culturas que los cient í ficos denominan , por los lugares donde
fueron hallados sus huellas, Civilizaci ón de Zapoteca y Civilizaci ón
de Ticomá n.
Desgraciadamente, de ellas poco sabemos, pero son muy no -
tables los vestigios que han quedado. Las cerá micas, en su primi -
tivismo, presentan un estilo tan vivo, tan « moderno » , que nos
dejá n at ónitos: son figuras de hombres, de mujeres peinadas con
esmero, de graciosísimas danzarinas, madres sentadas con sus ni -
ñ os, muchachas con gozquecillos en el regazo , jugadores de pelota ,
extra ñ os seres enmascarados, individuos barbudos...
El primitivismo del cual hemos hablado se halla en manifiesto
180 PETER KOLOSiMO

contraste no sólo con el estilo, sino con la esencia misma de cuan


to ha sido representado. Un pueblo de cavern ícolas o de cazado-
-
res y campesinos que viviesen en míseras chozas no plasmar ía
a buen seguro figuras de mujeres ataviadas de modo muy elabo-

rado o de hombres con sombrero ( un sombrero recalquemos
de hechura muy similar a los actuales ).
Los ignotos artistas nos dan un poco la idea de ná ufragos de

nuestros d ías que, arribados a una isla salvaje, obligados a vivir
vistiendo pieles, en cobijos improvisados, entregados a las m ás
rudimentarias formas de caza , pesca y agricultura , se pusiesen a
modelar figuras que recordasen el mundo civilizado: el anciano
general, la muchacha de peinado complicado, el caballero de chis-
tera , la célebre bailarina.
Y, en cierto sentido, los portadores de la civilización de Zaca
tenco eran precisamente ná ufragos supervivientes de una catástro-
-
fe de alcance inimaginable.
Aqu í parece que se ofrezca una extraordinaria confirmaci ón de
cuanto escribiera Plat ón , en el Cridas, a propósito de los super-
vivientes del fin de la Atl á ntida: « Se salvaron solamente los ha-
bitantes de las monta ñas, que ignoraban el arte de la escritura.
Ellos y sus descendientes, durante muchas generaciones, carecie-
ron de todo lo requerido para vivir y tuvieron que dedicar su
fuerza y su inteligencia a la satisfacción de las necesidades ma-
teriales. No sorprende, por tanto, el hecho de que hubiesen olvi-
dado la historia de antiguos acontecimientos. Por esta razó n sólo
nos han llegado los nombres de nuestros remotos antepasados, en
tanto que no se recuerdan sus actos.»
Entre los pocos grupos humanos que lograron sobrevivir en el

— —
continente americano estuvieron precisamente los iniciadores de
la llamada civilizaci ón de Zapoteca, civilización que como para
los n á ufragos de nuestro ejemplo pod ía ser solamente la pá li -
da sombra de la anterior.
Los supervivientes se asentaron a orillas del lago de Texcoco;
pero si escaparon a los grandes seísmos , las interminables precipi -
taciones atmósfericas que siguieron habían de someterlos otra vez
a dura prueba.
——
« Llovió escribe Pierre Honoré en su libro He encontrado al
dios blanco , llovió durante d ías, durante semanas. Fue un vio-
lento e interminable temporal. El nivel del lago de Texcoco subi ó,
las chozas de las orillas quedaron sumergidas y los hombres hu -
yeron a las montañas. Aquella fuga fue su salvaci ón, pues la
TIERRA SIN TIEMPO 181

lluvia continuó. D ía a d ía fue aumentando el nivel del lago, d ía a


d ía los supervivientes tuvieron que trepar m ás arriba para salvar
la vida , ú nicamente la vida. Quien permaneciera en el valle estaba
perdido.
» La lluvia no cesaba : por los montes discurrieron primero pe
que ños arroyos, que luego se volvieron torrentes, r íos de agua
-
impetuosa , de fango y de piedras.
» Los hombres escapados al desastre, aterrorizados , se acurru -
caban en m íseras chozas de ramajes, y los animales buscaban re -
fugio a su lado. Todo cuanto pose ía aquella gente, chozas, ense
res, se hab ía quedado en las má rgenes del lago y ahora yacía en
-
el fondo de las aguas, que al subir veinte metros sumergieron todo
el valle de México.
» Pasaron los siglos. Los hombres que se salvaron de las aguas
retornaron a las m á rgenes del lago; o, mejor dicho, lo hicieron
sus descendientes, pues tuvieron que transcurrir cinco siglos an -
tes de que las aguas volviesen a su nivel primitivo.»
He aqu í por qué la arqueólogo americana Zelia Nuttall, quien ,
en 1900, efectu ó excavaciones en aquella zona , halló las valiosas
cerá micas en un espeso lecho de fango.
¿ Acaso no hab ía encontrado otro investigador, Wolley, una im -
ponente capa de fango seco similar en Babilonia ? Precisamente así
fue. Y había sido la misma cat ástrofe que determinó su formaci ó n:
el diluvio universal.
Los supervivientes americanos se pusieron de nuevo a trabajar,
a construir, y durante varias generaciones conocieron la calma.
Pero una calma relativa , pues bajo sus pies la tierra retemblaba:
la enorme cat ástrofe haría sentir todav ía sus consecuencia du -
rante un largo período de tiempo.
Y sobrevino el otro desastre: el gran volcá n de Ajusco acabó
por desencadenarse con toda su terrorí fica potencia. Un río de
lava hirviente bajó del monte Xitla , llegó al valle y se extendió,
destruyé ndolo todo a su paso. Los hombres habían erigido una
pirá mide donde nosotros decimos que floreci ó la Civilizaci ón de
Ticomá n ; la lava no la respet ó, pero ella era demasiado alta para
quedar sumergida: el río ardiente la rodeó, y hoy emergen toda
v ía los dos tercios de la mole.
-
Pero, ¿ por qué el pueblo de Ticom á n levant ó precisamente una
pirá mide ? Para simbolizar la monta ñ a que lo había salvado, sos-
tienen algunos; para aplacar, con un simulacro en el cual se cum -
pl ían los sacrificios rituales, al volcá n que amenazaba su existen-
182 PETER KOLOSIMO

ciaf afirman otros; y adem á s: para acercarse al cielo, sede de la


divinidad , para expresar un concepto religioso de jerarqu ía.
Pero, entre todas las hipó tesis, nos parece aceptable precisa -
mente la más fant ástica , la que pretende que el conocid ísimo mo -
numento dominaba las tierras sumergidas, que lo ve, además, como
repetido por los herederos de la Atl á ntida y de Mu, siguiendo las
huellas de un recuerdo al principio vivo y después cada vez m ás
nebuloso: los descendientes de los supervivientes contin ú an le
vantando pirá mides, aunque ya no sepan el motivo por el cual
-
fueron erigidas las que desaparecieron , y los vagos recuerdos se
confunden con genéricas creencias mágicas, que luego se desarro -
llan, asumiendo nuevos significados.
Así, en toda la Amé rica precolombina contin úa alzá ndose el
signo de la pirá mide escalonada. Y se trata de la misma pirá mide
que surge en Sakkara y en Menfis, en Egipto, la misma mole trun
cada de siete pisos que los sumerios erigieron entre el Tigris y
-
el Eufrates, la misma construcción majestuosa que dominó Babi -
lonia.
Ochenta kil ómetros cuadrados quedaron petrificados antes de
que el Xitla enmudeciese, y bajo una capa de seis a ocho metros
de espesor duermen todav ía los restos de una notable civiliza -
ción de la cual poco ha sido hallado y muy poco sabemos.
A propósito de la edad de la capa de lava ( que los geólogos
consideran ahora superior a los ocho mil añ os ) se produjo una
disputa entre los investigadores. Pero quedó atajada por otros sen
sacionales hallazgos: estatuas y vasijas de una perfección tal como
-
para no poder ser atribuidas al período arcaico .

Las magos de Olmán

Ahora debemos tener presente que muchos grupos americanos


hacen remontar sus orígenes a un fabuloso reino: el reino de Ol -
má n , el « reino del caucho* ( esto significa la palabra ), un para íso
terrenal donde, junto a los á rboles de la goma , abundaban el ca -
cao y toda clase de frutos, donde volaban maravillosas aves, don -

de se acumulaban, copiosamente, oro y plata , jade y turquesas.
Los afortunados ciudadanos de Olmán narran las leyendas

TIERRA SIN TIEMPO 183

lucían bell ísimas ropas y fant ásticos adornos, y calzaban sanda


lias de cuero o de caucho. Tenían dos divinidades femeninas, la
-
diosa de la Tierra y la diosa de la Luna, conocían « ciencias que
después quedaron olvidadas » y « ten ían por rey a un poderosísimo
mago ».
Los arqueólogos no pensaban seguramente en Olmá n cuando,
en el siglo pasado, comenzaron a encontrar a lo largo del golfo de
México objetos que no se relacionaban con el estilo de ninguna
cultura conocida: enormes cabezas de expresión enigm á tica, que
parec ía reflejar a un tiempo los rasgos humanos y los de un fe -
lino, estatuas y estatuitas.
Adem á s, hace poco más de cincuenta a ños, salió a la luz en La
Venta , cerca de San Andrés Tuxtla , una figurita de jade de carac -
terísticas muy similares a las de los hallazgos que acabamos de
mencionar. Fue un acontecimiento muy importante para la cien-
cia , pues aquella figurita ten ía grabada una fecha en caracteres
an á logos a los de la escritura maya ; fecha que, en nuestro calen-
dario, corresponde al a ño 162 después de J .C.
Entonces se formuló una hipótesis: todos aquellos objetos ates -
tiguaban la existencia del pueblo de los olmecas, legendarios habi -
tantes del reino de Olm á n. Ciertamente, la estatuita de jade no
puede hacerse remontar a los inicios de la civilizaci ón olmeca , que
son buscados en un pasado mucho má s remoto.
De todos modos, la civilización olmeca, no es la más antigua
de Amé rica , pues la preceden las «culturas arcaicas »; pero dejó
profundas improntas entre muchos, si no todos, pueblos mexica -
nos que la sucedieron en el tiempo.
-
Tras el hallazgo de la figurita, se buscó la capital de los olme
cas. Se sucedieron expediciones que resultaron infructuosas hasta
que, hacia 1930, el americano Stirling la identificó precisamente
con La Venta, ahora reducida a una isla en el cogollo de un pan -
.
tano
En esa isla , Stirling descubrió trozos de muralla con una pi -
rá mide situada en el centro de un vasto complejo de edificios.
Efectuadas algunas excavaciones, el investigador dio , a siete me -
tros de profundidad , con un mosaico compuesto sobre un « lecho »
de asfalto, con un objeto que le dejó pasmado , y con razón: en
efecto, el mismo e idéntico procedimiento era usado en Caldea y
en Creta.
Stirling encontró después nichos, bancos, altares, adornados
por lo general con relieves que representan expresiones felinas y
m PETfiR K0L0S1M0

cabezas de jaguar, construidos con bloques de piedra que pesan


de veinte a cincuenta toneladas, seguramente procedentes de la
zona volcánica de Tuxtla y que debieron ser transportados a una
distancia por lo menos de cien kilómetros en línea recta, a tra-
vés del lago entonces existente, no sabemos cómo, pero sin duda
mediante una técnica que mal concuerda con el concepto que ha
venido formándose entre nosotros sobre los recursos de los anti-
guos.
Y, por ú ltimo, el americano tuvo confirmación definitiva de las
estrechas relaciones existentes entre La Venta y los hallazgos cos -
teros, sacando a la luz cabezas de piedra iguales a las descubier -
tas en el golfo de México; una de las más peque ñas mide un metro
ochenta de alto y tiene una circunferencia de cinco metros y me -
dio; otras alcanzan dos metros y medio de altura.
Aqu í empiezan a bosquejarse otros inexplicables ví nculos. ¿ Por
qué monumentos constituidos solamente por cabezas caracterizan
a la cultura olmeca, de la región atl á ntica, y la de la siniestra
isla de Pascua, perdida en el océano Pacífico, colmada de otros
misterios alucinantes ? ¿ Cómo es que los basamentos de esas es -
tatuas tienen una extraordinaria analogía y se asemejan también,
además, a las descubiertas en Tiahuanaco, en Bolivia , y en Pa -
chacamac, en el Perú ? Pese a que las cabezas olmecas, las de la
Am é rica meridional y las pascuanas difieren notablemente en cuan -
to a estilo, no cabe duda de que sus orígenes deben vincularse con
tradiciones, con creencias comunes, y de importancia no cierta
mente secundaria, si se considera los enormes esfuerzos requeridos
-
para la erección de semejantes monumentos.
Pero existe en esas estatuas algo más que produce asombro:
su fisonom ía. Aun examinando las facciones al margen de los ras
gos felinos en que pudieran haber sido deformados, llegamos a una
-
conclusión pasmosa: las cabezas olmecas no representan a indios
de Amé rica , sino ( si se excluye la semejanza con ciertos tipos del
antiqu ísimo Egipto ) a individuos de una raza que nos es comple -
tamente desconocida.
¿ Hombres venidos de las estrellas ? ¿ Astronautas de la Atl á n-
tida ? Algunos cient íficos se lanzan a las hipótesis más aventura
das, ven en los extrañ os cubrecabezas de las estatuas la repre-
-
sentación de cascos espaciales. ¿ Acaso no existe el extra ñ o pasaje
pascuano en el que se lee: « He aquí que llegan los hombres vo -
ladores... , los hombres del casco vuelan » ?
Los olmecas conocían la isla y la pirámide, dos de los más
TIERRA SIN TIEMPO 185

destacados monumentos de la civilización mediterránea , ten ían en


com ú n con Egipto varios símbolos, entre ellos el tí pico « yugo
Ankh » de los hijos del Nilo, que representaba la vida más allá
de la muerte; y no debemos olvidar las hachas rituales, esculpi-
das con figuras de hombres y de animales, tanto las olmecas como
las egipcias.


« Ninguna otra civilización de la Am érica central

re Honoré permite trazar paralelismos tan acusados con las
.
escribe Pier-

nuestras como la de los olmecas De ah í surge espont á nea la


pregunta: ¿ emigraron los olmecas del "viejo mundo" a Mé xico ?
Podr ían haber aportado all í la pirá mide, la estela , el conocimiento
del asfalto, el hacha ceremonial, el jade, la man ía de las cabezas
de león y de jaguar.
» Pero aquello había sido olvidado hacía tiempo en el "viejo
mundo" cuando los olmecas salieron a escena en México. Ni siquie-
ra la escritura de Creta , a la cual se parece mucho la olmeca , puede
haber sido llevada directamente del Mediterrá neo a Amé rica: cuan-
do los olmecas fundaron su reino, la cultura cretense había muer-
to hacía un milenio y medio. Quien entonces hubiese ido de Euro-
pa a Amé rica no podía haberla conocido. Los olmecas, por lo tan -
to, debieron de haber recibido su civilización y su escritura de
una estirpe mucho más remota.»
¿ De cu á l ? De la de la Atlá ntida , estaría uno inclinado a res-
ponder.
Por influencia olmeca se desarrollaron civilizaciones maravillo-
sas, la m ás antigua de las cuales toma el nombre de un campo
de ruinas que se extiende en las inmediaciones de Ciudad de
M éxico.
As í, ningú n documento escrito nos habla de Teotihuacá n: todo
cuanto sabemos nos ha sido revelado por la arqueología Incluso.
ignoramos el nombre original del paraje, cuyos edificios estaban
cubiertos ya de humus y de vegetaci ó n a la llegada de los españo -
los aztecas. — —
les: el que usamos precisamente Teotihuacá n le fue dado por

Se trata de una de las metró polis más extra ñ as de Amé rica:


sólo algú n elemento de ella se nos antoja familiar, en tanto que
el resto no recuerda nada de cuanto podamos haber visto en otras
partes del mundo; y caminando por sus calles desiertas nos pare -
ce estar en contacto con una enigm á tica civilizaci ón extraterrestre,
bella y pavorosa al mismo tiempo .
¿ Cómo no ir, con el pensamiento, a un planeta ignoto, admi -
186 PfiTBR KüLOSlMO

rando desde el aire el vasto campo de ruinas, tan imponente y tan


« extranjero » ?
Tambié n aqu í predominan las pirá mides, una dedicada al Sol
y otra a la Luna. La primera tiene una característica que impre-
siona: su base, de 225 metros por 220 es idé ntica a la de la pirá-
mide Cheops, mientras que la altura corresponde a la mitad ( 73
.
metros ) de la altura del célebre monumento egipcio ¿ Simple coin-
cidencia ? Es un poco dif ícil creerlo ( 1 ).
Entre los signos que adornan sus monumentos, Teotihuacá n
oculta, además, otra enigmá tica relación con el mundo mediterrá-
neo: un curioso sí mbolo en forma de nudo que encontramos tam-
bi é n en el palacio de Cnosos, en Creta, y que corresponde casi
con seguridad tambié n a la mariposa , tomada en varias partes
del mundo para representar el alma de los difuntos, la vida más
allá de la muerte. Y quizás exista ah í una relaci ón con el mito que
pretende la pirá mide consagrada a Selene erigida sobre una cripta
secreta que contendría un ata ú d de cristal donde yacería « sumi-
da en prolongado sue ñ o » , la diosa de la Luna en carne y hueso.
De Teotihuacá n la leyenda dice que no fue construida por hom-
bres, sino por dioses o semidioses, por gigantes blancos. Pero si
bien los titanes se muestran en la más antigua historia de Amé
rica , no tienen nada que ver con ese centro mexicano, edificado
-
probablemente entre el a ño 100 y el 300 despu és de J.C., asaltado
e incendiado por los toltecas en 856, no sin antes haber influido
a otras dos grandes civilizaciones: la de los mayas y de los za
potecas .
-

Espaciales danzantes

Las crónicas de Cortés aluden a duras batallas libradas por


los españ oles contra un pueblo temible tanto por su coraje como
por sus grandes lanzas: se trataba precisamente de los zapotecas,
gentes aguerridas que nunca se sometieron completamente ni a los
aztecas ni a los conquistadores ibéricos. A principios de nuestra
época les encontramos establecidos en el valle de Oaxaca ( México

(1) .
V éase Astronaves en lo Prehistoria
riERRA SIN TIEMPO 187

meridional ); y en esos parajes, tras largas y vanas b ú squedas, el


arqueólogo mexicano Alfonso Caso sacó a la luz los restos de la
que es conocida por « ciudad de los templos de Monte Albán ».
Más tarde, abandonaron aquel centro para edificar otro, Mitla ,
del cual es famosa la columnata, que recuerda mucho no sólo la
de Chich ó n Itzá ( Yucatá n ), sino tambié n las de Cnosos, en Creta , y
del grandioso palacio de Tirinto, en Grecia, construido entre los
siglos xiv y XIII a . de J.C.
Si numerosos detalles, entre los hallazgos zapotecas, permiten
establecer comparaciones con las civilizaciones mediterrá neas, una
es francamente asombrosa: se trata de la estatua de un hombre
desnudo que, tanto por las facciones como por la postura y hasta
por el turbante que le ci ñe la cabeza, podría haber salido de las
manos de un escultor egipcio .
Son otros, sin embargo, los monumentos de Monte Albá n que
estos ú ltimos tiempos han dejado estupefactos a los investigado
res; se trata de dos relieves conocidos, en su conjunto, como
-
Galerí a de los danzantes, que representan hombres en actitudes
que diríamos propias de danzantes ejecutando una pantomima para
nosotros indescifrable.
Pero esas figuras hacen pensar una vez má s en astronautas, em
pezando por los cubrecabezas, similares a los cascos de vuelo
-
( ¡los hay que hasta parecen incluir auriculares! ); los seres parecen
vestir escafandras espaciales, con guantes y botas ( extra ñas bo-
tas, con la punta curva en forma de asa ) y con chamelas en brazos
y muslos ( 1 ).
Es preciso recalcar que esas figuraciones destacan entre las
demá s zapotecas por su inconfundible y extra ñ o estilo.
Los descendientes de los pueblos de Monte Albá n y Mitla han
sobrevivido hasta nuestros d ías, agrupados siempre en las cerca-
n ías de Oaxaca, y su lengua todav ía es hablada, en México , por
110.000 personas. Han desaparecido los signos de la antigua gran -
deza: el espíritu de otros tiempos parece revivir tan sólo duran-
te las fiestas, cuando los herederos de los irreductibles guerreros
vuelven a lucir las magn íficas diademas de plumas y los ricos man-
tos de sus antepasados.
Será oportuno decir unas palabras acerca de las diademas de
plumas. Las consideramos propias a la mayor ía de los indios
de Amé rica , y con razón; no debemos olvidar, empero, que otros

(1) V éase Astronaves .


en ( a Prehistoria
188 PETER K Ü LOSIMO

muchos pueblos antiguos las habían adoptado


« Numerosos egipcios de las primeras épocas


.
— escribe Marcel
F. Homet llevaban los mismos adornos de plumas que conoce-
mos desde el descubrimiento de América, que aú n hoy vemos
en la cabeza de los indios del Brasil.» Y Pierre Honoré demues-
tra que tales diademas eran comunes también a Creta, remitié ndo-
se a dos murales, uno que representa un príncipe de Cnosos y
otro un noble indio de Palenque, en el Yucatá n , y aportando otras
varias documentaciones .
Casi desaparecido de América es, en cambio, el turbante, que,
sin embargo, tiene all í una historia plurimilenaria: lo vemos ce-
ñir la cabeza a los gigantes de piedra de Tiahuanaco, y lo encon-
tramos en los zapotecas y otros muchos pueblos. Ya nos habla
Crist óbal Colón, en sus relatos, de indios « con la cabeza cubier-
ta por multicolores turbantes de seda », y el misionero José de
Acosta ( 1539-1600 ) nos refiere lo mismo al tratar del Perú. Los
conquistadores espa ñoles, por su parte, se quedaron estupefactos
al encontrar en el « nuevo mundo » el tocado que conocían por mu-
sulmá n . Pero el turbante es, en verdad, mucho más antiguo que
Mahoma: los hititas, los babilonios, los egipcios y los hebreos lo
usaron quién sabe cuá ntos siglos antes de la venida del « verda-
.
dero profeta »
Cuando florecía la civilización zapoteca, otras culturas estaban
en México en pleno esplendor: cabe recordar, en primer lugar, la
de los totonacos, primera con la que los conquistadores espa ñ oles
entraron en conflicto, destruyendo finalmente Campoala, ciudad
que se levantaba al norte de la actual Veracruz, en el golfo de
Campeche.
Aquel centro era, sin embargo, de construcci ón bastante re-
ciente, remontá ndose a un período que se sit úa entre 1200 y 1520.
Anteriormente, los totonacos habían poblado una ciudad bastante
más grande, una de las mayores del antiguo México: según la
.
tradición, su nombre era Tajin , que significa « el rayo »
Muchos investigadores no cre ían siquiera en la existencia de
aquella fabulosa Tajin: tuvieron que cambiar de parecer cuando,
en 1935, la expedición encabezada por el valeroso arqueólogo Gar-
cía Payon llegó a descubrirla tras una marcha por la selva llena
de fatigas y peligros.
La empresa , sin embargo, dio excelentes frutos, poniendo a la
luz, con otras ruinas, una pirá mide peque ñ a y otra grande, ante
las cuales todos los expertos del Globo se quedaron asombrados.
TIERRA SIN TIEMPO 189

Tajin , en efecto, nos reserva otra gran sorpresa: tambié n all í


domina ( acabamos de decirlo ) el signo de la pirámide; pero no
se trata ya de la pirá mide que Amé rica tiene en com ú n con Egip-
to, escalonada o con paredes lisas: se trata de la clásica pirá mide
asiá tica con nichos.
Oigamos a Pierre Honoré: « La gran pirá mide de Tajin se en-
tronca con el Asia sudoriental: no sólo en la parte inferior de la
construcción , sino tambié n en las decoraciones y en los nichos
es id é ntica a las pagodas de la ciudad muerta birmana de Pagan.
El estilo ornamental de Tajin, especialmente en lo que ata ñe a
los jarrones, muestra tal semejanza con las postrimeras del estilo
Chu en China , que casi resulta imposible distinguir uno de otro,
y lo mismo puede decirse por lo que se refiere a los hallazgos de
Parachas, en el Perú. En ambas orillas del Pac ífico vemos los ca
racterísticos dragones enlazados, con las cortas alas en forma de
-
hoz propias del estilo chino de los siglos v y iv a. de J .C. Y en Ta
-
jin encontramos tambié n el espejo circular, si bien hecho de plata ,
en vez de bronce, como en el Celeste Imperio.»
En otros aspectos, el arte totonaca resulta tambié n emparenta -
— —
do con el de Teotihuacá n , y tiene ¡tambié n! algo que se aparta
de las expresiones de cualquier otra cultura: son las caracter ísti -
cas figuras de piedra llamadas palmas, de forma prismá tica, trian -
gular, con la parte posterior adornada con relieves, figuras ú nicas
en su gé nero, pero tales como para hacer emigrar el pensamiento
hacia Creta , Mesopotamia , Egipto, Asia.
Lso recuerdos de los totonacos no pueden menos que dejar una
honda impresión a quien los contempla: nos repiten los ecos de
culturas muy alejadas entre sí, parecen casi sintetizar el pasado
.
de Globo entero Y trazan en el mapamundi los contornos vagos
de la Atlántida y de aquel otro gran continente que, desaparecido
bajo las aguas del Pac ífico, se dice formaba un enorme puente
entre Amé rica , Asia y Ocean ía.
La herencia de aquellas civilizaciones nunca se perdió por com -
pleto, ni siquiera cuando las hordas bá rbaras de los nahuas ba
jaron del Norte para invadir México; los conquistadores fueron
-
asimilados por los vencidos y, aunque lograsen imponerles sus
sanguinarias religiones, sus ritos crueles, recogieron y custodiaron
los tesoros de un pasado sin historia.
15

LOS DIOSES BLANCOS

Enorme importancia revistió para México el paso del siglo vil al


VIII despu és de J .C., que señ aló precisamente el inicio de las mi-
graciones en masa de los nahuas del Norte. El primer gran reino
que surge desde esa é poca es el de los toltecas, que existirá de 856
a 1174 y contará entre sus soberanos al famoso Quetzalcoatl: un
barbudo rey blanco, segú n la tradici ón.
No olvidemos que es tolteca el imponente templo dedicado al
« dios de la estrella matutina » ( Venus ), puesto a la luz en la que fue
la capital de aquel pueblo, Tula o Tollan. La ciudad fue destruida
en 1168, cuando la segunda oleada de bá rbaros bajó a imponerse
desde el Norte y a dar origen al dominio de los chichimecas, quie-
nes, a su vez, habían de ceder el paso a los aztecas.
Venus, hombres blancos... ¿ cu á ntas veces hallamos a ese mis-
terioso planeta y a esas legendarias figuras en la historia de la
Amé rica precolombina ? ¿ Y cuá ntas veces aquél y éstas est á n en
relación directa con la tierra desaparecida « situada all í donde sale
el Sol y donde ahora no hay m ás que agua » ?
Hay quien pretende que la clave del gran misterio sea buscada
en la leyenda de Quetzalcoatl , quinto rey de los toltecas, que ha-
bría reinado desde 977. Sigá mosla , en sus rasgos esenciales.
El rey blanco era hijo del dios del cielo Mixcoatl ( nombre que
significa « serpiente de las nubes » ) y de la diosa de la tierra Chipal-
mán ( « escudo yacente » ). Vino de Oriente, ense ñó a los hombres to-
192 PBTER KOLOSIMO

das las ciencias, les dio sabias leyes, hizo prosperar la agricultura:
en su reino, el maíz crecía muy alto y las plantas de algodón daban
fibras de color ( lo cual es cierto ).
Quetzalcoatl predicó la paz, dijo a los hombres que no debían
matar ni siquiera a los animales y que aprendieran a alimentarse
.
ú nicamente con los frutos de la tierra Pero la edad de oro duró
poco: un demonio se adue ñó del sabio rey , le arrastró a toda suer-
te de bajezas, y él, avergonzado, abandonó Tula , se fue a la orilla
.
del mar y se prendi ó fuego a sí mismo Su corazón convirtióse
en la estrella de la ma ñ ana...
¿ Vamos a explicar la leyenda en otros t é rminos, en bú squeda d
la clave que hemos mencionado y en la cual muchos investigadores ^
creen firmemente ? Lo intentaremos como sigue:
Del cielo bajaron a la Atlá ntida seres avanzad ísimos, tanto como
para parecer semejantes a dioses ( Mixcoatl ) a los primitivos habi -
tantes de nuestro Globo. Vinieron a bordo de una ahusada astrona -
ve serpiente de las nubes » ) y se unieron con los terrícolas ( Chi -
-
palman ), conduciéndoles a un elevad ísimo nivel de civilizaci ón. Des
pués, de la Atl á ntida la nueva estirpe pasó a Amé rica , llevando al
progreso a los antiguos habitantes de este continente, quienes vi -
vieron felices mientras duró la influencia de la Atlántida , cayendo
.
después en la barbarie ( el demonio ) Sólo con los sacrificios ( sui -
cidio de Quetzalcoatl ), sólo elevando el corazón a Venus, mundo
del cual vinieron los generosos astronautas, podrán aquéllos espe -
rar superarse.
¿ Es de veras éste el fondo real de la leyenda tolteca ? Otros ele-
mentos apoyarían, al parecer, en efecto, las má s asombrosas hipó-
tesis.
El orea do Noé tal como fue fotogra --
.
fiada oor un Mayor de la aviación tur
ca a 2.000 metros de altura sobre el
monte Ararat.

Puntos de caldo del planetoide que


caus ó el fin de la Atl ántida.

Los lí mites de lo
Atlántida, según el
profesor P a u l L e
Cour.
L o z o n a directamente
afectada por el cataclis-
mo que determinó la
sumersión de lo Atlán-
tida: el llamado « Dorso
.
atl ántico »

-
Figuritas « moder n fs i
mas » de la civilización
arcaico americana: una
mujer de cuidadí simo
tocado y un hombre
con un sombrero pare-
cido a los actuales.
La pir ámide de Teotihuac ón

...
y otro pir ámide escalonada: la egipcia de Saqqora.
Cabeza de extraños rasgos lelinos hallada re
cientemente cerca do Tenochtitlan: parece lie
-
var un casco espacial.

El impresionante
conjunto de ruinas
de Teotihuac ón.

Lo llamado « facha -
do de Quetzaic óatl »
de Teotihuac ón - en-
tre los monstruo
sas cabezas de la
-
serpiente plumada
se advierten los
nudos » iguales a
los esculpidos en
el palacio de Cno
sos, en Creta,
-
TIERRA SIN TIEMPO 193

Serpientes de plata
« Mis mensajeros cuentan haber hallado, tras una caminata de
veinte kilómetros, una aldea que debía de tener unos mil habitan
tes. Los ind ígenas les han acogido con gran cariño, les han llevado
-
a las casas m ás hermosas, besándoles manos y pies y tratando de
explicarles de todas las maneras que ellos sabían que los hombres
blancos habían llegado de la residencia de los dioses. Casi cincuen -
ta, entre hombres y mujeres, les han rogado que les llevasen con
sigo al cielo de los dioses inmortales...»
-
No hay quien, leyendo una crónica o una novela de aventuras,
no haya encontrado una situación de ese gé nero: muchísimos son
los exploradores blancos que, llegados al corazón de África, de la
Amé rica meridional u otras tierras pobladas todav ía por gentes
primitivas, han recibido una acogida entusiasta , a menudo conmo -
vedora, y han sido considerados de estirpe divina.
Todo lo cual puede explicarse pensando en la sorpresa de indi -
viduos que por primera vez se ponen en contacto con seres tan
diferentes de ellos por el color de la piel y de los cabellos, por las
ropas, en el estupor que pueden suscitar entre las gentes menos
avanzadas los frutos de nuestra civilización.
Pero, ¿es verdaderamente éste el caso del episodio que acaba
mos de relatar ? Creemos poder negarlo firmemente: las palabras
-
en cuestión no son sacadas de un cuento cualquiera , sino de un
documento hist órico, de las Memorias de Crist óbal Colón. Los in
d ígenas de los cuales habla el gran navegante genovés no obede
--
cieron solamente a la fascinación de los recién venidos que apare -
cieron en su aldea el 6 de noviembre de 1492, sino que conocían la
existencia de los hombres blancos y hacía tiempo esperaban su
llegada. Pues al recuerdo de aquellos seres estaba ligado todo cuan -
to, en los siglos y milenios pasados, había hecho grande y feliz a la
Amé rica a ú n sin nombre.
Blancos y barbudos son los dioses indios, pese a que sus ado
radores tengan la tez oscura y sean casi barbilampiños. Blanco y
-
barbudo es el dios inca Kon Tiki lilac Viracocha, que entre los
mayas se convirtió es Kukulkan o Kukumatz, entre los toltecas y
los aztecas Quctzalcoatl y, entre los chibchas, Bochica.
U - 2.764
194 PETER KOLOSIMO

Hemos hablado de Quetzalcoatl como del quinto rey de los tol-


tecas, pero no debemos olvidar que se trata más bien de una figura
situada entre la Historia y la leyenda, de la cual el soberano pudo
haber asumido algunos rasgos: Quetzalcoatl era , en efecto, el tí tulo
que correspondía por derecho al más alto sacerdote tolteca, y que
se transmit ía de generación en generación en honor de aquel que
por primera vez lo había llevado: el fabuloso dios blanco.
Los significados de esos nombres concurren extrañamente en
apoyar las hipótesis de los más audaces investigadores, estableci-
das sobre bases muy diferentes. Kon Tiki quiere decir, de hecho,
« hijo del Sol »; lilac, « relá mpago »; Viracocha, « espuma del mar »;
i Quetzalcoatl significa « la serpiente que nada (1 ); Kukumatz, « el
corazón del mar », y Bochica « el blanco manto luminoso ».
Hijos de las estrellas, hombres bajados del cielo en centellean-
tes « serpientes de plata » o llegados del mar: ¿ acaso no son éstas
las fantásticas imágenes evocadas por los nombres del mágico so-
nido ? ¿ Y no nos hacen soñar con una maravillosa aventura de as-
tronautas que desde mundos lejanos arribaron a la Atlá ntida para
luego proseguir hacia las costas americanas y hacia todo el mundo ?
Leyendas, puras leyendas, se dirá. Pero, ¿ acaso no tienen las le-
yendas un fondo real ? ¿ Y no son ellas que sobreviven durante si
glos y milenios, más que cualquier otro recuerdo ? Interroguemos
-
( excluyendo a los cient íficos ) a quienes nos rodean acerca de la
historia de Roma: bien pocos estará n en condiciones de referirnos
hechos, fechas, noticias exactas, pero todos recordará n las f á bulas
de Rea Silvia, de la loba , de R ómulo y Remo. De igual modo circu-
laban y siguen circulando en América central y del Sur las f á bulas
de los « hijos del Sol ».
El sacerdote-soldado Cieza de León, uno de los más insignes cro-
nistas del antiguo Perú , relata que un barbudo hombre blanco apa-
reció en las orillas del lago Titicaca mucho antes del advenimiento
del Imperio de los incas. « Pose ía una gran personalidad


Cieza de León e instruyó a los hombres de entonces en todas las
cosas de la cultura y de las costumbres, y les mand ó que se ama-
dice

sen, que rehuyesen la violencia... Aquel hombre era Tiki Viracocha.»


Otros cronistas del Perú, entre ellos Ondegarde y Sarmiento,
refieren los mismos hechos, a ñ adiendo que el legendario personaje
edificó, con sus compa ñeros, « una enorme, majestuosa ciudad , como
nunca se había visto..., una ciudad llena de cosas maravillosas».
(1) Seg ú n otra versi ó n , «pá jaro - serpiente » ; vé ase Astromiues
toria.
en la Prehis -
TIERRA SIN TIEMPO 195

No olvidemos que Kon Tiki no es una divinidad solamente ame


ricana , sino tambié n polinesia, y veremos a aquellos misteriosos
-
« se ñores blancos » dominar el Globo entero en un pasado inmemo -
rial, quizá dar nombre a todas las grandes civilizaciones.
Tampoco ahí resulta dif ícil darse cuenta de cómo las leyendas
reflejan la verdad. Innumerables testimonios art ísticos de la anti-
gua Amé rica confirman la existencia de los enigmá ticos hombres de
piel clara: los encontramos representados desde La Venta hasta
Monte Albá n , desde Mé xico a Bolivia , al Perú.
Celebé rrimas son las representaciones mayas de Chiché n Itzá ,
en el Yucat á n: narran el fin de los ú ltimos blancos, derrotados por
los bá rbaros bajados del Norte; las dos razas son representadas
durante las fases de una batalla naval, tras la cual se ve a los ven
.
cidos en los altares de los sacrificios Fascinantes son asimismo las
-
máscaras de Tiahuanaco, que plasman la serena expresión de los
rostros barbudos.
A propósito de monumentos, Pierre Honoré nos recuerda un cu -
rioso caso que se remonta a los tiempos de la conquista españ ola
del Imperio de los incas.
« Por doquier los espa ñ oles fueron acogidos con la palabra Vi-
racocha, que ellos tomaron por una forma de saludo, sin imaginar
— —
ni de lejos su significado escribe el investigador . Finalmente,
se enteraron en Cuzco que se trataba del nombre del "gran dios
blanco" llegado en tiempos remotos entre los indios a traerles los
dones de la ciencia , de la t écnica , de las leyes m ás sabias, el dios
después desaparecido, pero que hizo una solemne promesa de
retorno.
» Los conquistadores oyeron hablar, adem ás, del templo erigido
en las cercan ías de la ciudad en honor de Viracocha y se apresura -
ron a ir, esperando hallar un enorme tesoro. El templo era una
construcción de cuarenta metros por treinta . Los soldados se pre -
cipitaron en ella , yendo a parar a un laberinto que rodeaba el edifi -
cio y llegando por fin, a través de doce angostos pasillos, al santua -
rio. Se trataba de una peque ñ a estancia revestida de losetas ne
gras, en la cual dominaba la imagen de un hombre.
-
»Cuando llegaron ante él , hasta los m ás feroces combatientes se
quitaron el casco, haciendo, temerosos, la señ al de la cruz. Cono-
cían efectivamente, aquella imagen , la conoc ían de las iglesias y
capillas de su patria: aquel anciano hombre barbudo, erguido y sos -
teniendo la cadena que reten ía a un monstruo tendido a sus pies,
era ... ¡san Bartolomé l
196 PETER KOLOSIMO

•Recobrados del estupor, los españoles se pusieron a recorrer


todos los pasillos, pero no dieron con ningú n tesoro: todo cuanto
el gran templo encerraba era la estatua del dios blanco indio, que
ellos habían tomado por uno de los doce apóstoles.»
Por lo demás, los españoles se encontraron varias veces en pre -
sencia de hombres blancos, allende el océano. Es sabido que el oc -
tavo soberano de la dinastía inca, llamado Viracocha Inka , era de
tez clarísima , así como su consorte. Tambié n Pedro Pizarro, pri
mo del « conquistador », escribe:
-
« ( Cuentan que ) el dios Sol, progenitor de los incas, les mand ó
en tiempos muy remotos uno de sus hijos y una de sus hijas para
darles el conocimiento de todas las cosas, enviados que los hombres
reconocieron como divinos por sus palabras y su color claro. La
casta dominante de los indios peruanos es de piel clara; las mu-
jeres nobles son gratas de mirar: se saben bellas y, en efecto, lo
son. Los cabellos de hombres y mujeres son rubios como el trigo,
y ciertos individuos tienen la piel m ás clara que los espa ñoles. En
este pa ís he visto a una mujer blanca con un ni ño, de piel insólita-
mente pá lida. De ellos dicen los ind ígenas que son descendientes
de los ídolos ( dioses ).»
La existencia , en tiempos antiqu ísimos, de un « puente » entre
Europa , Á frica y Amé rica , queda demostrada tambié n de modo m á s
que evidente por las huellas prehist óricas .
Por ejemplo, la parte meridional del continente americano est á
diseminada de d ólmenes, esos caracter ísticos monumentos funera -
rios megal í ticos formados por una gran piedra colocada sobre
otras hincadas en el suelo, numerosos sobre todo en Breta ñ a,

— —
Gales, Alemania septentrional , Có rcega y Apulia. « La técnica de
los habitantes prehistó ricos de Argentina escribe tambi é n el pa
leont ólogo Ambrosetti es absolutamente id éntica a la de los chi
priotas, y puede encontrar expresiones totalmente correspondientes
-
-
con el Trou aux Anglais , cerca de É pone, en Francia .»
En Sudam é rica tampoco son raros otros monumentos megal í ti -
cos que dir íamos t í picamente mediterrá neos y del norte de Europa ;
los menhires, constituidos por gruesas y altas columnas ( propias
de Breta ñ a y la parte centromeridional de nuestro continente ) y
los cromlech , piedras dispuestas en c í rculo que simbolizan las di
vinidades; entre éstos es cé lebre el ingl és de Stonehenge.
-
Un brasile ño, el doctor Alfredo Brandau , ha recogido miles de
inscripciones sobre menhires y dólmenes sudamericanos que con -
tienen caracteres prehistóricos europeos y letras de primitivos al -
TIERRA SIN TIEMPO 197

fabetos mediterrá neos. Estatuitas megalí ticas idé nticas a las que
se encuentran en Francia han sido descubiertas tambié n en Amazo-
nia, y lo mismo puede decirse respecto a las armas, los utensilios
menos comunes, y la vajilla .
Algunos dólmenes se alzan junto a uno de los m ás sugestivos
monumentos prehistóricos de Amazonia , la llamada Pedra Pintada,
erigida en el centro de una llanura a poca distancia del tramo
central del río Parimé: es un imponente bloque de forma ovoide,
bajo el cual ( como todavía hoy sostienen los indios ) deben estar los
restos de un rubio gigante blanco; verdad o no, hace reflexionar no
poco el hallazgo, en los inmediatos contornos, de calaveras antiqu í-
simas, que pertenecieron a una raza desconocida muy cercana a
la nuestra.


Si esos monumentos prehist óricos se encuentran en ambos la-

dos del océano pudiera objetarse , ello abona la existencia de
un « puente » posteriormente sumergido, pero no nos da la impre
sión de que tal « puente » se distinguiese por un alto nivel de civi
-
-
lización. Pero si aceptamos la teor ía de los continentes desapare -
cidos, la objeción se derrumba, puesto que debemos pensar en que
fueron pocos los representantes de las civilizaciones perdidas que
pudieron transmitir solamente a algunos grupos é tnicos los se -
cretos que pose ían. ¿ Acaso no alberga la Tierra a ú n hoy, en plena
era at ómica, aparte Europa , pueblos que viven en condiciones pri-
mitivas, a veces idénticas a las que caracterizaron a los caverní -
colas ?

La ciudad despiadada

La influencia de una gran civilizaci ón en algunos grupos de la


Amé rica central y meridional es innegable. Y fue una influencia
muy poderosa , capaz de mantenerse vigente durante milenios y de
reflejarse incluso en los bá rbaros bajados del Norte.
Tras el ocaso de los reinos tolteca y chichimeca , salen los azte-
cas a la escena mexicana . Pertenecientes a la estirpe de los nahua ,
supieron hacer de su peque ñ a tribu n ómada la principal potencia
de aquella parte de Amé rica: a los jefes sucedieron los reyes ( el
primero, Acanapich, empezó a reinar en 1376 ), que habían de man -
198 PETER KOLOSLMO

tener el cetro hasta 1521, para ser luego debelados para siempre
por Cortés.
Como hemos dicho, los aztecas llamaban a su patria de origen
con el significativo nombre de Aztland: pero se trataba de « noble
za adquirida », de una leyenda « robada » a alguno de los pueblos
-
.
sometidos En verdad , provenían del actual territorio de los Esta-
dos Unidos: tras haber aniquilado, con una serie de rá pidos y de
cisivos conflictos, a los antiguos habitantes de lo que después ha-
-
bía de ser su Imperio, se establecieron, escondié ndose en varios
grupos, en una vasta región que tiene su centro cerca de la actual
Ciudad de México. Aqu í surgi ó su capital, Tenochtitlá n, una gran
ciudad con cerca de 60.000 edificios, rica de maravillosos palacios,
de soberbios templos piramidales, rodeada de palafitos.
Tenochtitlá n era una ciudad de sacerdotes, en cuyo seno, y má s
numerosos que en cualquier otra parte de América, se alzaban al -
tares y piedras de sacrificios. Era la patria del feroz dios Huitzi
pochtli: la pirámide dedicada a él, que se elevaba en el centro de
-
la aglomeración, estaba literalmente cubierta de sangre. Y casi
cada d ía los sacerdotes de orejas y lengua horadadas, con el rostro
y el cuerpo pintados de negro, envueltos en mantos hechos, segú n
se dice, con piel humana , subían los infames peldaños para llevar
a cabo espantosos sacrificios. Muchachas y muchachos de las cla
ses má s elevadas ca ían a centenares en los crueles holocaustos
-
— —
llamados capacocha estrangulados, con la garganta destrozada ,
sepultados vivos en la pirá mide. El sacrificio m ás solemne consis
t ía , sin embargo, en abrir el pecho a las v íctimas y en arrancarles
-
el corazón con las manos. De ese modo, cuando se inauguró el tem
pol ( siglo xv ) fueron exterminadas al menos 20.000 personas.
-
Los aztecas no fueron buenos agricultores, por lo que resulta
desconcertante observar que hayan sido ios precursores de los mo-
dernos cultivos hidropónicos, con sus huertos flotantes, los chinam
pas, formados por ca ñ izos sobre los cuales se extend ía una capa de
-
tierra ; pero quizá tambié n se trate ahí de una de las muchas heren-
cias de los « blancos se ñores del mundo », como es el caso del al -
— —
god ón que segú n la opinión de muchos investigadores obten ían
de la planta directamente te ñ ido. De otro modo no se explicaría
la difusión de tan extraordinario sistema desde la Amé rica central
hasta las costas del Peni , cuyos antiguos habitantes producían se
millas de colores que iban del pardo al azul .
-
« Los dioses hicieron asimismo que el algodón creciese ya colo-
.
reado. .», refieren los cronistas, atenié ndose a las leyendas ind íge-
TIERRA SIN TIEMPO 199

ñ as. Es un prodigio que nuestra ciencia , pese a que haya empleado


todos sus recursos, todavía no ha logrado repetir.
Pero los leves copos encierran otro apasionante enigma: se
sabe, con matemá tica certeza, que el algodón de los antiguos ame
ricanos es el resultado del cruce de la planta de aquel continente
-
( silvestre ) y la planta europea. ¿Cómo pudo llegar nuestro algod ón
a Amé rica ? ¿ A través del « camino de Bering » ? Queda excluido,
pues las migraciones a lo largo de aquel itinerario tardaron mile -
nios, y la planta no soporta el clima frío. ¿ Por las olas del océano,
o bien transportado por aves ? Es imposible, pues el agua salada
mata las semillas del algodón, y los pá jaros no las comen. Una vez
más, sólo parece posible una respuesta: la Atlá ntida.
Tenochtitlá n no era tan sólo la horrenda ciudad de los sacrifi -
cios humanos: a la expresión de una crueldad para nosotros ho -
.

rrorosa , inconcebible, a ñad ía facetas espectaculares Su mercado

dice Pierre Honoré ten ía para los propios espa ñ oles el encanto
de una f á bula. Y escribe:
« Pod ía encontrarse en él todo cuanto el "nuevo mundo" produ -
cía: era tres veces mayor que el de Salamanca. Los orfebres de
Azcapotzalco ten ían sus tenderetes junto a los joyeros y los alfare -
ros de Cholula, los pintores de Texcoco, los talladores de piedras
preciosas de Tenayuca, los cazadores de Xilotepec, los pescadores
de Cuitlahuac, los fabricantes de cestos y de sillas de Cuauhtitlá n ,
los floricultores de Xochimilco. Cada mercancía ten ía su puesto en
la plaza del mercado, rodeada de grandes pórticos•••
•Había extra ñ as cosas que comprar: peces de oro con minúscu
las escamas, pá jaros de oro con plumas del mismo metal y cabezas
-
móviles, recipientes de todas clases de madera, barnizados y hasta
dorados, hachas de bronce, cascos con figuras de animales, corazas
acolchadas para los guerreros, corazas flexibles, espadas mexicanas
con hojas de Itzli, navajas de afeitar, espejos de piedra bru ñ ida ,
pieles y trabajos en cuero de todas clases, animales domésticos y
-
feroces, cestas de fibras de algod ón, o de á gave, de piel..., y escla
vos. Había vendedores de hierbas medicinales, farmacé uticos, y
hasta barberos, muy atareados, pese a que los indios no ten ían nada
de barbudos..., pero, en cambio, se afeitaban la cabeza.»
Y en aquel mercado maravilloso, quizá s hubiese tambié n charla -
tanes empe ñ ados en colorear las leyendas aztecas; extra ñ as leyen -
das que ( como la de Tapi ) hicieron sospechar a los espa ñ oles que
aquel pueblo conoc ía la Sagrada Escritura y que un apóstol había
arribado, en los comienzos de nuestra é poca , a las costas mexicanas .
200 PETER KOLOSIMO

La suposición parece absurda, pero hay cosas al respecto que


no pueden ser pasadas por alto con facilidad. En materia de pa-
ralelismos religiosos, por ejemplo, las comprobaciones hechas por
los españ oles son más que extrañas: vieron, entre otras cosas,
que los antiguos se ñores de Tenochtitlá n bautizaban a los recién
nacidos con agua, que usaban incienso en los templos, que practica-
ban la confesión oral y que los fieles se reun ían para recibir de los
sacerdotes menudos trozos de pan e ingerirlos con gran recogi-
miento para estar así « reconciliados con los dioses ».
En el terreno religioso, sin embargo, hallamos entre los mayas
las más extraordinarias coincidencias: celebraban la « fiesta del
agua » el 16 de mayo, d ía consagrado por los cat ólicos a Nepomuce-
no, que es precisamente «el santo del agua »; el 8 de setiembre se
festejaba el nacimiento de la madre del « dios blanco » ( para la
Iglesia romana es la fecha de la natividad de María ), el 2 de no-
viembre estaba dedicado a la memoria de los difuntos y el 25 de
diciembre a la venida del mismo « dios blanco » .
En cuanto a éste, huelga decir que tiene su parte, aunque sea
indirecta , en el fin del Imperio azteca, como si hubiese querido
castigar a aquellos «afortunados arribistas » ( así los define un ar-
queólogo ) que se jactaron de un origen que no era el suyo, des-
preciando sus mandamientos. Los feroces inmigrados, en efecto,
vivían , m á s que de caza y de pesca, de guerras y de operaciones co-
merciales que se resolvían en rapiñas: sus caravanas ten ían la cos-
tumbre de trocar productos con los pueblos más fuertes y de
agredir y depredar a los más débiles y aislados .
Pero vayamos a la conclusión: los sacerdotes de Tenochtitlá n
aseguraban que su « dios blanco» había muerto el a ño Ce-acatl, y
que el mismo año volvería: se trata de un lapso de tiempo que,
según nuestro calendario, equivale a 52 a ños.
Pues bien, por un capricho del destino, ocurrió que precisamen-
te al principio de un Ce-acatl (el 22 de abril de 1519 ) los hombres
de Cort és arribaron a México, y que él desembarcó exactamente en
el punto donde se decía que la divinidad había desaparecido, vesti-
do como el « dios blanco », con capa y sombrero negros.
El emperador Moctezuma fue apresado y encerrado en el palacio
del caudillo espa ñol, sometido totalmente a la voluntad de los in -
vasores, que se ensañaron con la población ind ígena con brutalida-
des de toda clase. En un postrer impulso de rebeld ía , los aztecas
sacudieron el yugo: Moctezuma muri ó y Cort és fue expulsado.
Hasta el 13 de agosto de 1521, los conquistadores no pudieron de-
TIERRA SIN TIEMPO 201

Trotarles y ocupar de nuevo, definitivamente, Tenochtitlán.


Sería necio hacer aquí el proceso a la Historia. Pero, consideran
do cuanto acontece en la Amé rica central y meridional , no podemos
-
menos que estar de acuerdo con el pensamiento de Cieza de León:
si los españ oles no hubiesen sido tan codiciosos y crueles, habr í a-
mos tenido de las enigmá ticas civilizaciones de aquel continente
mucho más que los escasos fragmentos que nos ha sido dado re
coger. -
16

LOS GRIEGOS DE AM É RICA

« Dios tom ó una mazorca de maíz, molió los granos, majó la


harina con agua de Chiché n Itzá , dio a su creación la forma de
un hombre, la metió en el horno, y cuando estuvo bien cocida la
.
sacó, sopló encima y dijo: "¡Vive!” De tal modo nacieron los
mayas, señores de la Tierra .»
As í reza la leyenda de la creación entre los mayas. Pero, ¿ de
d ónde vinieron aquellas gentes que supieron elevarse a un consi-
derable y , al mismo tiempo, enigmá tico grado de civilización ? Luis
Chá vez Orozco, uno de los má s insignes investigadores de su histo-
ria , se inclina por una corriente migratoria del noroeste y, má s
precisamente, de la cuenca del Mississipi. El norteamericano Mor-
ley, por su parte, sostiene que los mayas pertenecen al mismo
tronco que los esquimales, iroqueses y otros pieles rojas estableci-
dos en el septentrión.
Hablando del nacimiento del Imperio maya , otra leyenda da
cuatro nombres: el de Balam -Quiché ( « el tigre de la sonrisa dulce » ),
jefe del clan de Cavek , de Balam-Ayab ( « el tigre de la noche » ), jefe
del clan de Nitrag, de Moouacut á h ( « nombre ilustre » ), jefe del
clan de Ahuquicé, y de Iqui-Balam ( « el tigre de la Luna » ), jefe
del clan de Tamut e Illorath. Pero también eso sirve solamente
para confirmar su parentesco con los incas, lo cual , por otra parte,
est á ya atestiguado por los hallazgos arqueológicos.
La auté ntica civilizaci ón maya naci ó probablemente en Guate-
204 PETER KOLOSLMO

mala ( en la actual provincia de Pete ), en los albores de la Era Cris-


tiana: la huella más antigua que poseemos parece remontarse al
.
57 d. de J.C A partir del 400, los «Señores de la Tierra » ( como
ellos se habían autodenominado ) se desparramaron hacia el Norte,
Oeste y Sudeste, extendié ndose en gran parte de México, en Hondu-
ras y en los otros Estados actuales de la América central.
Después, en 909, acaeció algo inexplicable, algo que representa
a ú n hoy uno de los mayores misterios de la Historia y de la Arqueo-
logía: de improviso, los mayas abandonaron todas las regiones
ocupadas, todas sus florecientes ciudades, para trasladarse a Yu -
cat á n , dejando que la selva cubriese todo cuanto ellos, durante
siglos de dura labor, habían creado .
Nadie ha sabido hasta la fecha encontrar a ello una explicación
satisfactoria, y el rompecabezas se torna a ún más abstruso si se
piensa que dejaron zonas lujuriantes para establecerse en una
región árida, poco f é rtil, poblada de fieras y de insectos da ñ inos.
Se habla de invasiones de otros pueblos, de pestes, de carestías,
pero todas son hipó tesis infundadas, sin el menor vestigio que las
apoye.
Los mayas se pusieron a construir de nuevo, trataron de volver
a la antigua grandeza, pero su nuevo imperio duró poco: fueron
derrotados y sojuzgados por los toltecas.
Hace unos 400 a ñ os, cuando los conquistadores de Cortés arro
liaron a los aztecas y entraron en su capital, las ciudades mayas
ya estaban en decadencia. Y hoy, los ú ltimos descendientes del
más grande Imperio indio de Am é rica viven, salvajes, en las selvas,
sin conservar ni sombra del esplendor de otros tiempos.
Sin embargo, jqué no habían hecho sus antepasados! Las me-
tró polis de aquellas gentes son impresionantes, empezando por la
má s antigua que nos ha sido dado conocer, la guatemalteca Uaxa -
c ú n , centro astronómico muy importante, caracterizado por una
pirá mide que contiene a otra en su interior, ú nica en el mundo.
También en Guatemala se levantaba Tikal, capital intelectual del
pa ís, con grandiosos templos, jardines y un enorme estadio para
el juego nacional del baloncesto.
Ese deporte era practicado, en formas poco diferentes una de
otra , un poco en todos los lugares civilizados de la América pre-
colombina . Entre los mayas, el juego inclu ía tambié n la partici-
pación de los espectadores, los cuales vivían momentos de loco
entusiasmo, seguidos de un terrible miedo. En efecto, los jugadores
ten ían que introducir una pelota en una anilla situada a consi-
TIERRA SIN TIEMPO 205

-
derable distancia, lo cual no resultaba f á cil ni mucho menos. Cuan
do un jugador lo consegu ía, ten ía derecho a despojar de todos sus
tesoros a quienes asist ían al espectáculo; en cada « centro » se
producía entonces una espantada general: el vencedor persegu í a a
los ingratos « hinchas » para arrebatarles lo que pudiera.
En Yucat á n , entre los centros de mayor relieve, vemos Uxmal
y Chichén Itzá; este ú ltimo es sin duda el más famoso: fundado
hacia 534, es decir, antes de la migración, sigue siendo de una
majestuosidad inigualable en sus ruinas. Y lo que en Chiché n Itzá
sorprende ante todo es la increíble semejanza del estilo con el
característico de muchos monumentos antiguos de Camboya, In -
dochina y otras regiones de Asia oriental.
Oigamos a Plat ón cuando habla de los legendarios atlantes:
« Tambié n poseían las dos fuentes, la caliente y la fr ía, que dis-
currían con gran abundancia y ofrec ían una sabrosa agua adecua -
da para todos los usos. La dispusieron en torno a sus palacios y
plantaciones y construyeron ba ñ os... »
Ahora bien , hay quien sostiene que las ciudades mayas ten ían,
a lo largo de las v ías principales, fuentes alternadas de agua ca-
liente y fría , y que la primera la obten ían , no ya de fuentes ter-
males, sino mediante instalaciones de calefacción. ¿ Una hipó tesis
absurda ? No demasiado, puesto que encontramos algo similar
tambié n en las ruinas del palacio de Minos en Creta y en algunas
asi á ticas.
Uno de los investigadores que m á s contribuyeron a la explo-
ración de Chiché n Itzá fue el arqueólogo americano E. H . Thomp -
son , el primero que relacionó la civilización maya con la sumer -
gida Atlá ntida. Los cient í ficos con quienes colaboraba se mostra-
ron más bien escé pticos respecto a sus teorías, pero quisieron
concederle la posibilidad de profundizarse y le hicieron nombrar
cónsul de los Estados Unidos en Yucat á n.
A partir de 1885, aquel apasionado investigador vivi ó práctica
mente siempre en las selvas, entre las ruinas, con los indios. Y en
-
1896 halló en Chiché n Itzá una peque ñ a pirá mide que al principio
no pareció particularmente interesante, pero que despu és se revel ó
susceptible de trastornar todas las hipó tesis vá lidas hasta aquella
época y de proporcionar un ulterior punto de apoyo a los « par -
tidarios de la Atlá ntida ».
206 PETER KOLOSIMO

Un faraón en M é xico

Antes de que Thompson llegase a su descubrimiento, era opi -


nión aceptada por la mayoría de los investigadores que las pirá mi -
des americanas diferían totalmente de las egipcias, y que aquéllas
servían solamente de templos y éstas sólo de monumentos se -
pulcrales.
Fue aquel hito que el americano demolió en Chichón Itzá:
descubrió una mina, se metió en ella, se abrió paso dificultosamen -
te excavando en la tierra desmoronada , y por fin dio con un mon
tón de huesos humanos, que luego resultó que pertenec ían a siete
-
individuos. ¿ Mera casualidad ? Pudo tambié n haberse creído; pero
en 1950 había de desaparecer toda duda al respecto.
A ocho kilómetros de la pequeña ciudad mexicana de Palenque
se encuentra un vasto campo de ruinas mayas, dominado por una
imponente pirámide escalonada que tuvo ocupada durante años,
hacia el 1950, a una expedición cient ífica dirigida por el arqueó -
.
logo Alberto Ruz Lhullier Los locales interiores de la pirá mide
habían sido llenados hace siglos, por alguna oscura razón, de
tierra y grava, cuya remoción entorpeció considerablemente las
b úsquedas. Otro, tras haberse dado cuenta en t é rminos generales
de lo que se trataba, habría renunciado a proseguir la exploración ;
pero no el profesor Ruz, que vio bien recompensadas sus fatigas .
El investigador logró poner al descubierto una inscripci ón y,
notando que detrás estaba hueco, la mand ó quitar. Se encontró
ante un conducto que penetraba en el suelo; bajó, y creía haber
llegado al local má s profundo, cuando una pared de éste resultó
ser una pesada puerta de piedra. Quitado el obst áculo, el cient ífico
se encontró en una salita de 3,65 por 2,15 metros, con el pavimen -
to cubierto casi enteramente por una losa con la sorprendente re -
presentación de un hombre que parece estar en el puesto de mando
de un vehículo espacial, con los símbolos cósmicos comunes a las
más grandes civilizaciones de la Amé rica precolombina ( 1 ).
Tambié n bajo aquella losa estaba hueco. El arqueólogo vio en

(1) A propósito del « astronauta de Palenque », véase No es terrestre.


TIERRA SIN TIEMPO 207

seguida que resultaría imposible hacerla quitar por sus hombres:


el vano era demasiado angosto y no permit ía aquella operación.
Alberto Ruz se encontró en una situación idé ntica a la de Howard
Cá rter en Egipto, cuando, cinco lustros atrá s, descubrió la tumba
de Tutankamen; ambos tuvieron que recurrir a complicadas obras
de ingeniería, someterse a un ingrato trabajo; pero si el local
era demasiado peque ño hasta para los sistemas y herramientas
modernas, ¿ cómo lo hicieron los antiguos para colocar aquellas
losas ?
No podemos prever si la pregunta hallará respuesta, ni cuándo.
Como fuere, el profesor Ruz logró remover la losa y puso a la
luz un gran sarcófago de piedra roja , que conten ía el esqueleto de
un hombre de 1,73 metros, adornado de espl éndidas joyas, con la
calavera cubierta por una máscara de jade que reproduce a la per -
fección las facciones del muerto
Se trata sto es seguro
— .
de un poderoso se ñ or maya , del
cual , sin embargo, se ignora todo, desde el nombre hasta la fecha
aproximada de su muerte. Pese a lo cual , el descubrimiento del
arqueólogo mexicano tiene un valor enorme, pues representa otro
misterioso ligamen entre las civilizaciones mediterrá neas y las
americanas, una enésima y apasionante incógnita com ú n entre
ambas.
Tales v í nculos son incontables, y sólo podemos pasar en re -
vista los más notables. Para quedarnos en Palenque, destacaremos
que el centro está dominado tambié n por el signo de la cruz, que
encontramos en todo el mundo y en todas las versiones imaginables
muchos milenios antes de la venida de Jes ús.
Hay un « templo de la cruz » en Palenque, llamado así por el
sí mbolo que se alza gigantesco en un lado; otro edificio nos da
una variante del mismo sí mbolo, reducido a á rbol: es el « á rbol de
la vida » de la India antigua , el llamado « á rbol del cielo» de la isla
de Java (1) .
El arte budista nos presenta dioses sentados sobre tigres y
otros grandes felinos, y la misma imagen es propia del arte reli -

gioso maya , sobre todo en Palenque. « La representación del Sol

como disco nos dice, ademá s, Honoré , la concha con la planta,
las figuras de Visn ú son completamente iguales a ambos lados
del Pac ífico, o se aproximan tanto que hacen inimaginable que
hayan nacido cada una por su cuenta y sólo por casualidad de la
-
(1 ) En Attronaves en la Prehistoria se ofrece una rica documentació n foto
gr á fica.
208 PETER KOLOSIMO

misma manera.»
Encontramos, además, la flor de loto, propia también de la
India y Camboya, reptiles de cabeza humana, reptiles de fuego
(|son los dragones chinos! ), con muchísimas más figuras que tie-
nen correspondientes en toda Asia ( 1).


« Existen afinidades entre el arte de la antigua China y el de


la América noroccidental afirma Ivar Lissner , como la ico
nograf ía Chang y algunos sí mbolos de los mayas y los aztecas.
Pero, ¿ cómo puede explicarse la laguna temporal de dos o tres mil
-
a ños existente entre el antiqu ísimo arte de los bronces chinos, la
civilización maya del siglo iv y la azteca del siglo xiv despu és de
Jesucristo ? »
Cuando en la selva guatemalteca fueron descubiertas las ruinas
de la ciudad maya de Tikal, los investigadores se quedaron estu -
pefactos ante la presencia de pirámides muy empinadas ( una alcan -
za los 70 metros de altura, como una casa de cinco pisos ), que
nunca habían visto en otras partes de Amé rica.
En Amé rica , no, pero en Asia, sí: pirá mides id é nticas a las de
Tikal se encuentran en la metrópoli muerta de Angkor Vat.
En quién sabe cuál parte de Asia, además, nació la estela: a
través de vías ignoradas pasó a los egipcios, de los egipcios a los
griegos, a los romanos, destinada a perpetuar en piedra fechas y
acontecimientos importantes, proclamas y discursos de alcance
hist órico. Y la encontramos también en Simbabwe entre los Hsing
Nu, con los más antiguos habitantes de las ciudades muertas del
Próximo Oriente .
¿ No es acaso el maya « el pueblo de las estelas » ? Es como para
quedarse desconcertados ante tales monumentos..., y como para de -
jar que la mente insista cada vez más en las « hipótesis estelares ».
¿ En qué se inspiran esas columnas ? ¿ Acaso simbolizan las « rígi -
das serpientes relucientes » de las leyendas ? ¿ Astronaves ? Deten -
gá monos a contemplar la llamada « estela F» de Quirigu á , en Gua -
temala , y la idea nos tentará bastante más de lo que la ciencia
« oficial » considera l ícito.
« En muchos terrenos
— —
escribe Raymond Cartier los mayas
superan a griegos y romanos. Poseedores de profundos conocimien-
tos matemá ticos y astron ómicos, llevaron a una perfección minu -
ciosa la cronología y la ciencia del calendario, construyeron obser-
vatorios con c ú pula mejor orientados que el erigido en Par ís el
( 1 ) En Astronaves en la Prehistoria se ofrece una rica documentaci ón fo
.
togr á fica
-
Galeno de los danzantes »
de Monte Alb ón: los hom -
bres de rasgos felinos son
representados con indumen -
tos que semejan trajes as -
tron ómicos.

Tumba del • tara ón de Pa -


.
lenque »
Una representaci ón del dios de los olmecas,
blanco y barbudo La estatua ha sido hallada
en La Venta.

Lo cúpula, extrañ amente semejante o las de


nuestros tiempos, del observatorio moya de
nominado « Caracol », que se alzo en Chlchén
-
Itzé. Abajo: un estadio del juego de balon -
.
cesto en Chichón Itz ó
Este fragmento maya muestra parte de una Jarr ón chino de la dinast í a Chong ( 1766 -
par ábola, y proporciona una prueba má s . .
1123 antes de J C ) con detalles muy
del asombroso grado de culturo oleanza - similares a los que se ven en obras aná-
do por aquel pueblo. logos de la América precolombino .

Una representación impre


sionó me de los « hombres
-
de otro mundo », en Son
Agust í n, Colombio.
-
El « p á jaro de fuego » per
sonificado en una escultura
.
sita en San Agust í n

Extrañas mesas ( pero que


podr í an -
ser asimismo sillo
nes o piedras para moltu -
rar ) que parecen inspira -
das en un arte no humano
y destinadas a seres dife
rentes de nosotros.
-
TIERRA SIN TIEMPO 209

siglo XVII, como el Caracol, que se eleva sobre tres terrazas de su


capital, Chiché n Itzá. Utilizaron el año sacro de 260 d ías, el a ñ o
solar de 365 días y el añ o venusiano de 584 d ías. La duración exac
ta del a ñ o solar ha sido fijada en 365*2422 d ías. Los mayas habían
-
encontrado 365 *2420 d ías, vale a decir el n ú mero ( con la diferen-
cia de un decimal ) al que nosotros hemos llegado tras largos
cálculos. Es posible que los egipcios hubiesen conseguido la mis -
ma aproximación , pero para admitirlo hace falta creer en las dis
cutidas concordancias de las pirá mides, en tanto que de los mayas
-
poseemos el calendario.
»Otras analog ías con Egipto son visibles en el admirable arte
de los mayas. Sus pinturas murales, sus frescos, los costados de
sus jarrones, muestran a hombres de violento perfil semita dedi -
cados a todas las actividades de la agricultura, la pesca , ía cons -
trucción, la polí tica, la religión . Unicamente Egipto ha pintado
eso con semejante cruel verismo, pero la alfarería maya hace
pensar en los etruscos, los bajo relieves hacen pensar en la India y
las grandes escalinatas de los templos piramidales hacen pensar
en Angkor.»

Matemá ticas petrificadas

Como es l ógico, en todos los pueblos del mundo la escritura


revela , en los comienzos, caracteres muy primitivos, que después
van perfeccioná ndose con el tiempo, en relación directa a la
evolución cultural. Pero los mayas son una excepci ón a esta regla:
cuando nace su civilización , su escritura es ya perfecta.
jY cu á ntos puentes nos permite tambi é n ella echar hacia el
mundo mediterrá neo! Muchos nombres de los d ías propios del
calendario maya son id é nticos, otros bastante similares a las letras
del alfabeto fenicio, y tienen la misma sucesión . Otros caracteres
mayas podrían confundirse con jerogl í ficos egipcios y sí mbolos

cretenses. « En varias ocasiones observa Fierre Honoré
— la con-
cordancia de los signos cretenses con los jerogl í ficos mayas es, en
sus m ás m í nimos detalles, tan inequ í voca, que induce a afirmar:
la escritura maya es la de la antigua Creta .»
Pero ios cretenses, hacia 1700 a. de J .C., revolucionaron su es -
14 - 2.764
210 PETER KOLOSIMO

critura adoptando signos menos complicados. ¿Cómo pueden , en


tonces, haber sido originados los sí mbolos de los « Se ñ ores de la
-
-
Tierra » por los de la antigua Creta , si en la fecha citada la civili
zaci ón maya no había aparecido a ú n ?
No hay más que una explicación: la existencia de aquel conti -
nente desaparecido, la Atlá ntida, a través del cual la misma escri -
tura pudo haberse difundido tanto a orilla del Mediterrá neo como
entre el desconocido pueblo que despu és la habría transmitido a
los mayas junto con muchos m ás conocimientos .
En materia de matem á ticas, esos conocimientos evolucionaron
de manera pasmosa: conoc ían el cero ( que representaban con el
sí mbolo de una peque ñ a concha ), que todos los pueblos antiguos
ignoraban , los n ú meros decimales, las tablas de logaritmos y lo
cálculos abstractos.
« Si un adorno se repet ía diez o m ás veces
— —-
dice Honoré , si
una escalera ten ía setenta y cinco pelda ños y una pirá mide una al
tura determinada , no se trataba de una casualidad , sino de una
cuestión matemá tica. Todo el arte maya es matem á tica petrificada.»
En casi todas las civilizaciones de la Amé rica precolombina , la
astronom ía estaba muy desarrollada , pero entre los mayas había
alcanzado un nivel particularmente elevado. Sus nociones acerca
del sistema solar y las constelaciones nos dejan m á s que maravi-
llados: un magn ífico altar conmemorativo erigido en Copá n nos
recuerda su ú ltimo congreso astronómico, que tuvo lugar el 2 de
setiembre de 503.
¿ Cómo es que los observatorios de aquel pueblo recuerdan tan
de cerca , en su forma , a los actuales, pese a que no contaban con
los instrumentos modernos ? ¿ Y cómo, no pudiendo disponer de
tales instrumentos, llegaron los mayas a tener un conocimiento tan
asombroso de las cosas celestes ?
Comparemos la Atl á ntida con la Europa de nuestros d ías y los
antecesores de los mayas con una joven naci ó n africana que acabe
de iniciar el camino ascensional. La joven nación construye, entre
otras cosas, su primer observatorio astron ó mico, importando lo
necesario de nuestro continente, mas he aqu í que un terrible cata
clismo trastorna el mundo entero, borra a Europa del mapa y
-
siembra por doquier destrucciones espantosas.
De la joven naci ón africana se salvan tambié n algunos cient ífi-
cos, los cuales, sin embargo, no disponen ya de ningú n instrumen -
to, no pueden esperar ayudas de tal suerte. Transmitirá n a sus
hijos, a sus nietos, cuanto saben, y así acontecerá de generación
TIERRA SIN TIEMPO 211

en generación; algo se habrá perdido, algo se conservará ( especial-


mente cuanto más impresione a la fantas ía popular ), y alguna otra
cosa sufrirá una transformación radical y se tornará religión, le -
yenda , f á bula.
Pasará n siglos, milenios, el hombre reanudará la ascensión , lle -
gará a redescubrir la astronom ía..., y se asombrará no poco al
encontrar el sistema solar representado en un bloque de piedra se
pultado en plena selva africana.
-
Teniendo presente cuanto hemos dicho, tratemos de profun -
dizar un poco m á s nuestro conocimiento con los « Se ñores de la
Tierra ».
Sus ciudades ofrec ían así una visión de elegancia , de pulcritud
perfectas, con hermosas plazas, amplias avenidas empedradas o
pavimentadas con cemento blanco, las monstruosas pero esplé n -
didas imágenes que adornaban el exterior de los templos, los am -
plios jardines, los acueductos y las obras de canalización inspiradas
en rigurosos criterios higié nicos.
En lo que respecta a los caminos, los incas eran , en la Amé rica
precolombina , ciertamente superiores a los mayas, pero tampoco
éstos les iban a la zaga ; basta observar la pista de cemento, con
muchos parapetos, que se extiende casi cien kil ómetros entre
Cobá y Yaxun á , salvando dif íciles pasos y peligrosos pantanos .
Es curioso observar que a lo largo de esa arteria ha sido encon -
trado un antiguo rodillo apisonador, partido en dos, que pesa
cinco toneladas.
A los « Se ñores de la Tierra » se les reconoce, ademá s, el m é rito
de haber realizado esplé ndidos colores ( desde el « azul maya » hasta
el p ú rpura , del « azul índigo » hasta otros matices ), de haber tra
bajado la goma de forma excelente, haciendo con ella suelas para
-
sandalias, pelotas, otros muchos objetos, usá ndola para impreg -
nar los tejidos y hacer capas impermeables , de haber llegado in
cluso a los libros, obtenidos con hojas de pita tratadas con cal y
-
goma.
.Pero, ¿ qué vemos en la otra cara de la medalla ? Cosas increí
bles, contrastes impresionantes; el pueblo que supo realizar tantos
-
prodigios no conocía la rueda ni el carro, no sabía forjar ningú n
utensilio de metal , no había aprendido a domesticar ningú n ani -
mal , aparte perros, pavos y abejas. Los mayas no sabían lo que
era una balanza: estaban en condiciones de hacer complicad ísimos
cá lculos matem á ticos, pero no hubiesen podido pesar ni siquiera
la más modesta cantidad de mercancía .
212 PETER KOLOSIMO

Su religión era riquísima, dominada por Kukulkán, el dios blan -


co « que vino a enseñar todas las leyes y las ciencias » y que era
representado con el símbolo de la serpiente plumada , a cuyo lado
estaba Itzamá, dios del cielo.
¿ No es esto muy significativo? « Vino un astronauta nos dirían —

los autores de la teoría que pretende que los civilizadores atlantes
bajaron de las estrellas , habló a las gentes primitivas de un Ser

a ambos, uno al lado del otro» (1) .


..
supremo que gobierna todo el Universo. , y los mayas divinizaron

Los « Señores de la Tierra » no eran ajenos a la práctica de sa -


crificios humanos, y también esto está en manifiesto contraste con
otros aspectos de su civilización. En ocasión de grandes desventu -
ras nacionales, por ejemplo, arrojaban a la « cascada de los ho -
locaustos » una muchacha vestida con ropas de fiesta: si la po -
brecita sobrevivía, volviendo a flote, era rescatada, porque los
dioses se consideraban aplacados por aquella ofrenda simbólica.
En caso contrario, las víctimas se suced ían, hasta conseguir el fa
vor de la divinidad..., y una chica más diestra en natación que sus
-
infortunadas compañeras.
Junto a esos crasos contrastes es de recordar otro detalle: el
que respecta al arte y la arquitectura mayas; no presentan signos
de evolución en el transcurso de los siglos: tales nacieron, tales
murieron. Unicamente la ciudad de Uaxact ú n, donde se cree tuvo
origen la civilización de los « Señores de la Tierra », muestra rasgos
imperfectos; pero ya en aquel tiempo, como hemos dicho, la es -
critura maya era inamovible.
Al parecer, en suma, ocurrió lo que a unos primitivos a quienes
se les ponga delante una pintura para que la reproduzcan. Los
primeros trabajos dejará n que desear, después los individuos má s
dotados conseguirá n efectuar excelentes copias . . ., pero nunca pa -
sarán de ah í si nadie les ense ña algo más.
Lo cual nos hace pensar que los mayas recibieron su cultura
de un desconocido pueblo que desapareció antes de la fundaci ón
de Uaxact ú n. No directamente de los legendarios atlantes o ( como
otros sostienen ) de navegantes provenientes de Europa , del África
septentrional o de Asia, pues de lo contrario su civilización no pre -
sentaría las impresionantes lagunas a las que nos hemos referido;
habría conocido la rueda, el uso de los metales, la balanza, la cría
de ganado.

( 1) V éase No es terrestre y Astronaves en la Prehistoria .


TIERRA SIN TIEMPO 213

« Los dioses blancos


— —
narra una leyenda maya vinieron en
tiempos inmemoriales de Oriente..., gigantescas naves extranje
ras arribaron por el mar a la costa, naves con alas de cisne, y era
-
como si enormes serpientes se deslizasen sobre el agua, tan lumi -
nosos eran los flancos de aquellas naves. Cuando las embarcaciones
tocaron la orilla, bajaron de ellas hombres rubios, de piel blanca
y ojos azules. Llevaban ropas de tela negra, abiertas delante, con
un escote redondo, y mangas anchas y cortas. En la frente, los
extranjeros lucían una diadema en forma de serpiente... »
¿Serían acaso viajeros llegados de una colonia atlá ntida, de
una isla que permaneció algún tiempo emergida tras el hundi -
miento del gran continente, pero desaparecida demasiado pronto
para permitir a sus habitantes lograr que renaciese su civilizaci ón
en lo que había de ser Amé rica ?
17

CONSTELACIONES EN LA SELVA

« La nave espacial descendi ó en medio de una tempestad de


fuego y se posó casi en el centro de la vasta llanura. En un radio
de varios metros, hierba y matorrales quedaron convertidos en
cenizas, las piedras se fundieron y el suelo abrasado se abri ó en
hondas grietas. El gran artefacto vibró fuerte y luego qued ó inmó -
vil. Durante horas no pasó nada . Por fin se abri ó una portezuela ,
una plataforma se disparó hacia fuera , llegó al suelo y dejó en él
a dos enormes figuras, torpes en sus escafandras espaciales. Dieron
algunos pasos, miraron en torno y despu és, accionando un disposi -
tivo que ten ían sobre el pecho, se quitaron los cascos.
»Si alguien , desde el bosque circundante , hubiese observado el
espect áculo, se habr ía quedado petrificado de horror. Pues los
seres venidos de las estrellas no ten ían rasgos humanos: en sus
rostros aplastados , los ojos oblicuos de pupilas doradas, la nariz
muy achatada , la boca monstruosa de la que asomaban cuatro
colmillos, hac ían pensar en felinos..., o, mejor dicho, en algo de
felino que no es de este mundo. »
¿ Es así como debernos representarnos a los astronautas que
quizá descendieron en tiempos remot ísimos sobre nuestro planeta ?
Las antiguas civilizaciones americanas parecen querer hacé rnoslo
creer , tanto si nos detenemos a considerar las huellas de que ya
216 PETER K0L0S1A10

hemos hablado, como si nos trasladamos a la parte meridional del


continente.
Dirigiéndonos de México hacia el Sur , atravesamos zonas que
carecen totalmente de pirá mides y de construcciones de piedra:
casi parece que nos encontremos en una « tierra de nadie » situada
entre las grandes culturas de la Amé rica central y las de la Amé rica
meridional. Pero no es así: aunque muchos pueblos nos parezcan
poco evolucionados, est á n con seguridad emparentados con los oi
mecas, los toltecas y son, tal vez, los desaparecidos habitantes de
-
la Atl á ntida.
Entre los chorotegas, establecidos antiguamente en la actual
Nicaragua y en el norte de Costa Rica , de quienes los conquista -
dores espa ñoles alabaran la opulencia de los maizales, de las plan -
taciones de cacao, y la belleza de las mujeres, resultan evidentes
los contrastes que ya hemos mencionado al hablar de otras gentes:
costumbres primitivas al lado de manifestaciones que sólo deberían
ser propias de grandes civilizaciones.
En la cumbre de su olimpo estaba Tamagastad , quien no es
otro que Quetzalcoatl , el « dios blanco ». Y tambié n ellos ten ían
entre sus recuerdos el del « gran diluvio que destruyó la creaci ón
de en medio ».
« Creación de en medio » es una expresión que se presta a las
más diversas interpretaciones. ¿ Qué entend ían por ella los choro -
tegas ? ¿ Un continente desaparecido, aquella « tierra de en medio » ,
de la que nos hablan otras remot ísimas tradiciones ?
¿ Una raza que ellos supon ían entre los hombres del tiempo per -
dido y la suya ? ¿ Cabalmente seres llegados de las estrellas, consi-
derando que su eventual arribo del cielo habría aparecido tambié n
como una « creación » ? No existe nada que nos aclare las ideas;
sin embargo, podemos afirmar con seguridad , cualquiera que sea
la dirección hacia donde nos volvamos para buscar la solución,
que la Atlá ntida no es ajena a la leyenda.
Y debemos a ñadir que aná logos recuerdos, transformados en
mitos, se encuentran tambié n, con pocas variantes, entre los chib -
chas y, en particular, entre los indios cueva del Panam á oriental,
como todav ía hoy podemos enteramos por sus descendientes.
El pueblo de los chibchas, dividido en varios grupos, m ás o
menos civilizados, ocupaba casi todo el territorio que se extiende
en la orilla meridional del lago de Nicaragua hasta el Ecuador.
En Costa Rica y en Panamá ( Cueva ) estaban establecidas co -
munidades chibchas que se dice ejercitaban artes actualmente des -
TIERRA SIN TIEMPO 217

conocidas. Y podemos creer esta afirmación con sólo considerar


las técnicas perdidas que les llevaron a realizar inimitables obras
maestras trabajando el oro, dorando el cobre con ayuda de jugos
vegetales y recubriendo de oro objetos de hueso y piedras precio-
.
sas Entre los hallazgos vemos esplé ndidos cascos dorados, fin í-
simos trabajos de filigrana , cadenas de oro macizo o huecas, y
amuletos de cuarzo, serpentina y á gata .
Ya Colón , en el curso de su cuarto viaje, conoció esos preciosos
adornos que representan hombres con cabezas de animales, mu
jeres, murciélagos, lagartos, ranas, á guilas y ara ñas.
-
Y esas águilas son los « pá jaros de fuego » , que m á s parecen
aviones que aves, y quizá representen astronaves. En cuanto a la
ara ña, la encontramos aqu í como en los desiertos del Perú , donde
aparece junto a gigantescos dibujos de otros animales desconoci-
dos en la Tierra , y parecen hechos exprofeso para ser vistos desde
grandes alturas.
Costarricenses son tambié n las bell ísimas cerá micas de Limón
y Guanacuaste, algunas de ellas con dibujos « en negativo » obte-
nidos mediante aplicaciones de cera. Las hay de l ínea t í picamente
griega, otra de estilo mexicano, alguna que recuerda incluso mo-
tivos africanos y, por ú ltimo, otras más que no tienen comparación
en ninguna parte del Globo, inspiradas en formas consideradas por
muchos como extraterrestres.
Pero al lado de esas obras maestras, que se dirían realizadas
por civilizaciones muy notables, tenemos la carencia de construc-
ciones de piedra, y esculturas de un primitivismo sorprendente,
encontramos armas y utensilios hechos tan sólo de madera.

Los astros desconocidos

En las selvas de Guatemala y de Costa Rica, el matrimonio


Lothrop, apasionados arqueólogos , descubrieron una infinidad de
bolas de piedra , algunas de las cuales sólo miden unos cent í me-
tros de di á metro, mientras que otras alcanzan los dos metros y
medio. En cientos de kil ómetros alrededor no hay rastros del
material con el que fueron hechas esas esfera ; y es incompren -
sible cómo sus constructores pudieron modelarlas de un modo
218 PETER KOLOóiMO

tan perfecto, hacerlas rodar desde gran distancia a través de la


espesa selva y colocarlas en la cima de altas montañas; a un pue-
blo primitivo, esculpirlas y transportarlas debió de requerir mu-
chas décadas de durísimo trabajo.
Tres, cuatro, cinco esferas suelen estar colocadas en línea
recta , cerca de la cual otras bolas forman figuras geomé tricas ( en
gran parte triángulos ) según rigurosos criterios matemá ticos, con
relaciones en las que siempre concurren los n úmeros 1, 2, 3 4,
6y8 .
Su estudio conduce a una sola conclusión: que se trataba de
la representación de constelaciones o, en cualquier caso, de sis-
temas estelares. Lo bueno es que en algunos dibujos logramos iden -
tificar detalles astronómicos conocidos, mientras que otros no nos
dicen absolutamente nada. No pertenecen a nuestro cielo. ¿ De qué
pavorosos abismos cósmicos pueden entonces haber sido sacados ?
¿ Y por quié n ?
Quizá su secreto estaba contenido en los « libros de las pro-
fecías », gigantescos vol ú menes de piel de ciervo, de diez a doce
metros de largo, con adornos en rojo y negro, que estaban en ma-
nos de los sacerdotes chorotegas y de los cuales, desgraciadamente,
no nos ha quedado ni un fragmento .
Circulan leyendas muy curiosas sobre esos libros: d ícese que
en sus páginas se narraban la historia « del pasado y del futuro »,
asegurando precisamente que inteligencias extraterrestres hab ían
influido en la evoluci ón de todas las civilizaciones y prediciendo
que tambié n los hombres se elevarían hacia los astros. Si se
acepta la teoría acerca de la venida de cosmonautas de otros mun-
dos, se comprobará que la enunciaci ón de tal profec ía no fue ardua.
Los vol ú menes en cuesti ón habr ían hecho, adem ás, claras alusio-
nes a « hombres- jaguar bajados de las estrellas ».
¿ Hombres- jaguar ? ¿ Acaso son los que se ven representados un
poco por doquier en la antigua Amé rica ? ¿Se tratar ía no de una
deformaci ón nacida simplemente de la fantas ía , sino de la repre-
sentaci ón de una forma de vida llegada de un planeta desconocido
que condujo a los blancos atlantes a la civilización o que luchó
con ellos ?
¿ Y acaso no encontramos tambié n en Costa Rica ( junto a largas
hileras de columnas a menudo de seis metros de alto, cuyo sig-
nificado nos es desconocido ) sillas de forma « moderna » y mesas de
extra ñ o aspecto, de piedra volcá nica , adornadas con figuras de
jaguar ?
TIERRA SIN TIEMPO 219

— —
Fueron los olmecas dice Pierre Honoré quienes introdujeron
el motivo del jaguar en Amé rica central.
Y escribe:
« .. . de ellos pasó a los mayas, a Uaxact ú n , a Teotihuacá n , a los
toltecas y a los aztecas. Nunca , sin embargo , domin ó ninguna cul -
tura como la de los olmecas. Éstos le subordinaron su arte de
modo tan imponente, que incluso se ha hablado de una " jaguar -
.
man ía" Configuraban rostros humanos cuya boca y nariz imitaban
el hocico del jaguar; encontramos todos los tipos, todas las fases
que pueden existir entre el hombre y la bestia. ¿Será n hombres
con rasgos animales o animales con rasgos humanos ?
•También en el viejo mundo hubo un pueblo acerca del cual
podemos hablar de una man ía aná loga : aunque aqu í no se tomó
como sí mbolo el jaguar , sino el leó n. Desde los tiempos más lejanos
conocemos las m áscaras leoninas de nuestras civilizaciones occi -
dentales , correspondientes, en principio, con las americanas. Y son
t ípicas de Creta.»
Sin embargo, tales representaciones, se encuentan en las mi -
tolog ías del mundo entero. Y volveremos a hallarlas continuando
nuestro viaje a través de la Am é rica precolombina . Los arqueólo -
gos sostienen , por lo general , que se trata de im á genes religiosas,
de deformaciones inspiradas en el culto del jaguar. Pero ha sido
observado que estatuas del mismo tipo tambi é n se encuentran en
lugares a cuyos habitantes les era totalmente ajeno un culto se -
mejante, y que a ú n hoy los ind ígenas de esas regiones, recordando
sin duda narraciones antiqu ísimas, hablan de los monumentos
como de figuraciones de « guerreros extranjeros » o de , mejor de -
finidos , « guerreros de la noche ». ¿ Otra alusi ón al espacio ? Quizá ,
porque algunas poblaciones descendientes de los olmecas se re -
fieren a los hombres- jaguar como « a los dioses llegados de la Luna ».
Innumerables referencias, como para inducirnos a las m á s ex
travagantes divagaciones, nos vienen de los mayas. Pero nos limita -
-
remos a repetir , para los « so ñ adores cósmicos » , los nombres de
tres jefes mitol ógicos entre los cuatro de los primeros clanes de
-
aquel pueblo: Balam Quiché, el « tigre de la sonrisa dulce » , Balam -
Ayab , el « tigre de la noche », e Iqui - Balam , el « tigre de la Luna ».
Otra vez la Luna , la noche..., ¿ y acaso ese « tigre de la sonrisa dul -
ce » no tiene resonancias asi á ticas ?
En realidad , el mismo atributo acompa ñó el nombre de varios
caudillos chinos y mongoles, y fue precisamente ese detalle lo
que indujo a los investigadores sovi é ticos a indagar acerca de
220 PETER KOLOSIMO

los eventuales correspondientes asiá ticos de los hombres- jaguar


americanos.
No resultó dif ícil descubrirlos en las tradiciones populares y las
leyendas: hay quien dice que se asentaron , en tiempos, en la vasta
región ahora ocupada por el desierto de Gobi, y quien les con -
sidera directamente emparentados con los antiqu ísimos antepasa -
dos de los mongoles. Son todavía los chamanes quienes al caer en
trance, se ponen en contacto con los « señores de todas las cosas ».
¿ Debemos relacionarlos, entonces, con las máscaras de rasgos fe -
linos puestos a la luz en varias partes de Mongolia y con el m í tico
pá jaro Garuda , vivo a ú n en nuestros d ías en el teatro religioso ?
No sorprende que los monjes tibetanos posean grandes cono -
cimientos sobre Mongolia , dado que uno de sus sabios lamas llegó
a la Corte del emperador Kubilai ( el « Gran Khan » de Marco Polo )
ya en 1269. Podemos hacerles caso, entonces, cuando aseveran que,
-
efectivamente, los hombres tigre aterrizaron en Asia central hace
miles de a ños, que por lo mismo ellos y sus « pá jaros de llamas »
fueron divinizados y que, por último, los chamanes no se ponen en
absoluto en comunicación con el reino de las tinieblas, sino que,
en estado hipnótico, reviven mentalmente los recuerdos transmi-
tidos inconscientemente de generación en generación .
Todo eso le habría sido revelado al profesor Turaniev; pero
en vano han intentado los rusos ahondar en la cuestión: los sacer -
dotes de la lamasería de Tuerin mantienen obstinadamente la boca
cerrada , y el conflicto entre Moscú y Pek í n ha impedido a las
expediciones cient íficas sovié ticas tener acceso al Tibet .

Con cuernos y colmillos

Volviendo a los chibchas, debemos observar que no eran los


ú nicos en producir obras maestras con el oro. Entre sus mayores
é mulos citemos a los manabis, establecidos a lo largo de las costas
septentrionales del Ecuador. Todav ía hoy no se logra comprender
cómo pudieron componer sin instrumentos ópticos adornos con
gránulos de oro no mayores que la mitad de una cabeza de alfiler,
a veces entreverados con otros a ú n má s peque ños y huecos. En
T1LRKA SIN TIEMPO 221

nuestros días hace falta una lupa para admirar esos trabajos en
toda su perfección art ística.
Tambié n la fabricación de los grá nulos fue durante mucho
tiempo un misterio: se trata de un procedimiento llamado preci
samente « granulación », descubierto de nuevo hace sólo algunos
-
a ñ os por la orfebre alemana Traskow. Esta t écnica es tan compli -
cada que los expertos nos aseguran que no pudo ser realizada por
varios pueblos, independiente el uno del otro.
A ñ adamos que los min ú sculos grá nulos han sido hallados tam
bié n en el antiguo mundo mediterrá neo, formando la melena de
-
un león de solamente un cent í metro y medio y las plumas y las
alas de un á nade de tres centímetros en Creta, las excrecencias
de un sapo de dos cent í metros y medio y las alas de una lechuza
de la homé rica Pilos, en Grecia. Trabajos del mismo tipo fueron
efectuados tambié n por los sumerios, los troyanos ( min ú sculas bol
sitas y zarcillos de oro ) y por los etruscos. Por lo tanto, a tenor de
-
los investigadores y de la lógica deberemos concluir que la técnica
de la « granulación » se propagó, de las gentes que la inventaron,
a todo el planeta.
A propósito de Troya , recordemos que su famoso descubridor,
el arqueólogo alemá n Heinrich Schliemann , encontró mascarillas
funerarias de oro en Micenas y en Crimea. Pero mascarillas muy
similares cubrían tambié n el rostro de faraones difuntos y de prín-
cipes americanos, no solamente en Palenque.
« Hace casi 400 a ñ os ¡scribe Pierre Honoré
— un grupo de
conquistadores se dirigía hacia el valle de Cauca ( Colombia sudoc
cidental ), conducido por Pedro de Heredia . Tambi é n él andaba a
-
la busca de viejos edificios y estatuas de dioses, pero sólo le val ían
si eran de oro.
« Adentrá ndose cada vez m á s en la regi ó n , la expedici ó n encon -
tró un antiguo pueblo indio regido por una mujer. Ella acogi ó con
benevolencia a los extranjeros y les ense ñó su palacio y el recinto
del templo , donde hab ía veinticuatro estatuas de dioses entera -
mente revestidas de oro. En el parque sagrado que rodeaba el
templo, los espa ñ oles vieron algo que les cort ó la respiraci ón: de
cada rama de los altos á rboles colgaban campanas de oro que
pesaban en total 683 kilos. Los conquistadores agradecieron la
hospitalidad robando todas las campanas , los revestimientos de las
estatuas y, encima , 1.366 kilos de oro de las tumbas de los prí n -
cipes.
»La expedició n duró casi nueve meses y el bot í n fue consido-
222 PfilEK KOLOSIMO

rabie: H redia arrambl ó con más de dos mil kilos de oro, en forma
^
de incomparables obras maestras art ísticas, todas las cuales aca -
baron fundidas.»
En tiempos posteriores fueron hallados en el valle de Cauca
objetos de admirable factura , hechos con un aleación de oro y
cobre: cascos, jarrones, frascos esplé ndidos, estatuitas de prí ncipes,
una de las cuales, de veinti ú n cent í metros de altura , que se con -
serva en el Museo de Amé rica de Madrid , tiene el rostro modelado
de forma que, al mirarlo, se tiene la neta impresión que se quiso
representarlo tocado con un casco transparente, completado con
auriculares: jun verdadero casco espacial!
V ínculos enigm á ticos unen quizá s a esas obras maestras con
otras bastante más antiguas, halladas en el jard í n de una villa de
Esmeraldas, en la costa septentrional del Ecuador. Se trata de una
colección de doce mil piezas, considerada la m á s valiosa del
mundo en sentido absoluto, y constituida por hachas, cetros, armas
y utensilios que no tiene parigual en el mundo. Tambié n hay , ade-
más, sellos similares a los que hasta hace poco tiempo los chinos
labraban en piedras nobles, y estatuitas representando a persona -
jes de facciones ligeramente orientales y con adornos muy pa-
recidos a los usados por los egipcios. Y hay un espejo fantá stico:
hecho de una gema verde de un di á metro de cinco cent í metros, re-
flejaba hasta los más m í nimos detalles.
Tres cosas de esa colecci ón dejan estupefactos: su edad ( que
debe de remontarse a casi 18.000 a ños ), su perfección y la extraor-
dinaria analogía que varias piezas muestran con los productos de
antiguas civilizaciones americanas, asiá ticas y mediterrá neas, pese
a no ofrecer relaciones espec íficas.
Encontramos en el valle de Cauca , estilizando centros , adornos
del tocado y otros detalles, la espiral , esa espiral que representa
otro apasionante problema , y que est á difundida en todo el mun -
do antiguo, desde Malta a Samarcanda , desde Amé rica a Asia ,
desde África a Europa.
« La espiral tiene un importante papel en la historia de los
tiempos antiguos. Montelius y Evans consideraban que tuvo origen
en Egipto durante la IV dinast ía ( hacia mediados del III milenio
antes de J.C. ), llegando a Creta más tarde, hacia el a ñ o 2000 antes
de J.C.
•Pero se la encuentra ya en 3000 antes de J .C., en el Danu -
bio y a fines de la edad paleol í tica en Moravia . Se la encuentra ,
grabada o pintada sobre piedras, en Amé rica , así como en tierras
TIERRA SIN TIEMPO 223

mediterrá neas, y representa tanto la vida del Universo como la


fecundidad.
»Con objeto de impresionar a los fieles, los sacerdotes de las
civilizaciones desaparecidas trataron de concretar en f á ciles mo-
tivos todo cuanto hab ían aprendido "del cielo". No debe olvidar-
se que no solamente los sumerios, acadios y caldeos, sino mucho
tiempo antes, los sabios de Tiahuanaco ( la monumental ciudad
muerta junto al lago Titicaca ) hab ían logrado conocer, ignoramos
cómo, que la ruta celeste de las estrellas era una elipse abierta .
Y representaron esta noción con dibujos y grabados en piedra.
» Pero figuraciones lineales y planas pueden tan sólo descon -
certar a los profanos. Buscando una imagen adecuada , vino el
recuerdo del misterio de la vida , del mito de la Creaci ón , de la
serpiente tanto en Europa , en el Mediterrá neo, como entre los
mayas y los antiguos pobladores del Brasil . La divinidad de la
serpiente es representada de varias maneras. Entre los caldeos era
un dios que sosten ía un cetro en forma de doble espiral, sí mbolo
de la fecundidad y de la salud ; en las tumbas de los kurganos, en
la Rusia meridional, tambié n han sido hallados tubos con la es-
piral y zarcillos en espiral .
» E1 mismo huevo cosmogó nico figura el movimiento en espiral
de las estrellas. En ello debe buscarse el motivo por el cual gran
parte de los monolitos celtibé ricos y los descubiertos por nosotros
en Amazonia —
orno por ejemplo, la Pedra Pintada tienen for
ma el í ptica y est á n cuidadosamente vueltos segú n las posiciones
-
de los astros.»
Marcel Homet no es el ú nico cient ífico que se ha dedicado a
profundas investigaciones sobre el fascinante problema . Tambié n
lo han hecho cient í ficos ingleses, americanos y sovié ticos. Estos
ú ltimos optan por una soluci ó n que se aproxima a la del arqueó -
logo francés; afirman que la espiral era un sí mbolo astronó mico,
que figuraba el Universo, y, al mismo tiempo, religioso, puesto
que expresaba la Creaci ón , que se manifest ó precisamente en la
formación de un torbellino en espiral ( la llamada protogalaxia ) ,
-
concentrá ndose después en las islas universo que tienen en su
mayoría , como es sabido, la misma forma.
La espiral es , en suma , una galaxia estilizada . Pero, ¿ cómo po-
d ían nuestros lejanos antepasados , a menudo carentes de las m á s
elementales nociones astronó micas , saber qué es una galaxia ? Dos
son las hipó tesis aceptables , aunque aventuradas: o sus antece-
sores poseían conocimientos por lo menos iguales a los nuestros
18

LOS SE Ñ ORES DE LA LLAMA

A orillas de un riachuelo llamado Mozná , que nace de la Cor -


dillera Blanca , en el Perú occidental , para verter sus aguas en el
Mara ñón , dormita una aldea que ha dado nombre a una gran ci -
vilización: Chav í n de Hu á ntar. Pues « civilizaci ón de Chav í n » fue
precisamente denominada por el arqueólogo indio Julio Tello la
desconocida cultura que, al parecer, tuvo allí su centro y cuyas
huellas se extienden en una vasta zona.
Acerca de las fechas, no hay nada seguro: se va del 4000 antes
de Jesucristo ( é poca determinada por el examen de algunos estra -
tos ) al 175 antes de J .C., fecha de algunos edificios. De todos mo-
dos, la cultura en cuestión debi ó de haber dominado varios siglos
y alcanzado el má ximo esplendor hacia 1500 antes de J .C., impo-
nié ndose desde las fuentes del Amazonas hasta el océano Pac í fico.
En la cima de la mitología de Chav í n est á el jaguar, junto con
la serpiente y el cóndor. Y aqu í volvemos a encontrar las mons -
-
truosas figuras de hombres animales que ya hab íamos visto en
muchas regiones de la antigua Am é rica. Tambié n en el cuadro ge -
neral existe un paralelismo perfecto: entre las civilizaciones indias,
las divinidades estaban simbolizadas por la serpiente, el á guila y
el jaguar ( o puma ); entre las del « viejo mundo » , por el león ( a
veces sustituido por la pantera ), la serpiente y el á guila ( 1 ).
(1 ) Véas« No es terrestre y Astronaves en la Prehistoria .
228 PETER KOLOSIMO

Hemos destacado ya que algunos cient íficos creen que la ser -


piente rígida puede representar el huso de una astronave, y la
enroscada la galaxia: en el fondo, ambos significados coinciden.
Pero otra figura con la cual pudiera identificarse su llameante
vehículo bajado del espacio es el « pá jaro de fuego », o ( como lo
llaman los pieles rojas estadounidentes, canadientes y de Alaska )
el « pá jaro tonante » , representado sucesivamente como un á guila ,
un halcón , un có ndor y un reptil alado. Es el ave que remata los
totems norteamericanos, la serpiente plumada azteca, el cóndor
sagrado de muchos pueblos amerindios, Abmuseumkab, monstruo
alado de la India , el dragón volador de China , el « halcón de
Simbabwe », el ave Fé nix que cada 500 años se aparecía en Helió -
polis, Egipto, renacida de sus propias cenizas tras haber sido
arrasada por el Sol de un nido que ella misma se preparaba.
El « pá jaro de fuego... ». ¿ No es extra ñ o que en las mitologías
de tantos pueblos, tan distantes unos de otros, el concepto « pá jaro »
vaya con el concepto « fuego » o, como en la Amé rica septentrional ,
« trueno » ?
« Muchas cosas que ayer parec ían oscuras, hoy pueden apare -
cemos evidentes, y ma ñana a ú n m ás claras » , advierte el arqueólogo
Hansen . « Como espléndidos y monstruosos pá jaros que se elevan
en una estela de fuego, con retumbar de trueno »: esta expresión ,
¿ no ha sido acaso usada, en los ú ltimos a ñ os, hasta convertirla
en una trillada met á fora , al describir el lanzamiento de los mi
siles ?
-
¿ No podría ser particularmente significativa la leyenda egipcia
que nos habla de un rey « que se salvó en el vientre de un pá jaro
blanco bajado del cielo con una estela de fuego » ? ¿ Y no encontra -
mos en la historia de la Antigua Amé rica , así como en la India y
en otras partes de Asia , alusiones tan sibilinas como recurrentes
a los «Se ñores de la Llama que vuelan en pá jaros de fuego » ?
¿ Qué cabe decir , además, del ave Fé nix que se hace abrasar
por el Sol en un nido preparado por ella misma ? Si fu ésemos pri -
mitivos y presenciásemos el despegue de un aparato de una rampa
de lanzamiento, en un diluvio de llamas deslumbrantes como el
astro que nos da vida, probablemente no tendríamos de ello una
idea muy alejada de la de los egipcios.
Aludiendo precisamente a esas im ágenes vivas entre todas las
antiguas civilizaciones, el profesor Homet coincide con los cient í -
ficos soviéticos al afirmar : « En la actualidad se va abriendo cada
vez más camino la convicción de que el contenido de los mitos,
TIERRA SIN TIEMPO 229

que nos transmiten tradiciones perdidas para nosotros, no es


otro que el recuerdo de sucesos remotos, y así se revela cuando es
.
interpretado y comprendido de modo justo Lógicamente, todo
debe ser conservado y narrado de forma asequible. Es menester,
pues, poner al descubierto el verdadero meollo del mito, de la
saga , de la leyenda .
« En nuestro caso se tratar ía de la tradició n de los "hombres
voladores", del mito de Icaro: esta saga , tan difundida en la Tie -
rra, ¿ representará acaso el recuerdo de posibilidades desapareci-
das ? Nuestra civilización moderna tiene tan sólo dos mil a ñ os, y el
hombre ya tiende, con sus medios voladores, a salir de la atmósfera .
Ahora bien , si una cat á strofe geológica , cósmica o at ómica destru
yese la Humanidad actual y sus obras , dejando solamente algunos
-
elementos ( "documentos" en nuestro sentido ), ¿ no podría ocurrir
que los descendientes de los supervivientes, al cabo de miles de
a ños, los conociesen en forma de una especie de leyenda de fcaro ?
» No nos resulta dif ícil ejemplificar la suposici ó n del cient ífico:
bastar ía que la superstició n ( que prospera hoy al socaire de los
cerebros electrónicos y que acabar ía convirtié ndose en la religión
de los supervivientes ) viese en una tragedia cósmica un castigo
del cielo a la temeridad humana , para que circulasen entre nues-
tros descendientes vueltos a la barbarie leyendas de este tipo:
Un hombre llamado Yuri, envidioso de la belleza y de los grandes
poderes de la Luna , quiso imitarla , y subió a un carro empujado
por el fuego de un volcá n para girar en torno a la Tierra. Pero el
Sol , padre de la Luna , se vengó: agarró un gran pe ñ asco y lo arrojó
desde el cielo, destruyendo al imp ío Yuri y a toda su familia .. . » ,
que seríamos nosotros.
En el caso de una cat ástrofe geol ógica , podría ser la diosa de
la Tierra que mata a sus ingratos hijos á vidos de abandonarla para
ir hacia las seductoras estrellas; un exterminio at ó mico tal vez
daría lugar a una saga basada en la batalla de dioses que se dispu-
tan el dominio del cielo, y así sucesivamente a ese tenor.
« En las circunstancias que conocemos
—prosigue Homet todo

ello no puede ser excluido. ¿ No pod ían haber existido igualmente ,
entonces, siglos o milenios antes de nuestro tiempo, civilizaciones
llegadas a un nivel como para ser posible el vuelo? Pero precisa-
mente porque a esas ilaciones se puede llegar con tan sospechosa
facilidad , hay que proceder con mucha cautela no sólo respecto a
las entusiastas aceptaciones, sino tambié n con todas las negacio-
nes a priori.»
230 PFTER KOLOSTMO

Los tapires de Orejona

¿ Habrá subido nuestra raza a las estrellas antes de que las


grandes catástrofes la hiciesen caer en la barbarie, habrá cono -
cido de cerca a avanzadísimos viajeros espaciales o habrá llegado
directamente a saber qué planeta ha poblado la Tierra ?
Ha lugar a todas las hipótesis, que hallan enconados sostene -
dores entre los « amigos de los uránidas » enfermos de ciencia -
ficción.
El gran Einstein, creía firmemente, como es sabido, en la
pluralidad de los mundos habitados, y a él es atribuida una extra -

ña declaración: « Los platillos volantes existen
— habría dicho el
gran f ísico y quienes los poseen son seres humanos que se fueron
de la Tierra hace 20.000 años. Vuelven a la Tierra para ponerse al
corriente de la historia del hombre. Es el retorno a la fuente... »
« ¿ Hemos venido de las estrellas y estamos en vías de volver a
ellas gracias a nuestras realizaciones ? », se pregunta, siguiendo a
Einstein, el bi ólogo Loren Eiseley.
« ¿ Deben los antiguos una notable parte de su civilizaci ón , si
no toda , a los conocimientos aportados por visitantes de otros
mundos ? », proponen, por el contrario, muchos cient í ficos sovié-
ticos, conforme a las teorías de Agrest y Kasanzev .
Por su lado, el astrónomo Thomas Gold , de la Universidad esta
dounidense de Comell, afirma que todos los planetas vírgenes pero
-
susceptibles de ofrecer buenas condiciones al desarrollo de la
vida estarían « fecundados » por microorganismos llevados por explo -
radores espaciales. La semilla habría sido esparcida en la Tierra
hace mil millones de a ños, y desde entonces las formas de vida
habrían tenido tiempo de evolucionar hasta la aparición de cria -
turas altamente inteligentes, las cuales, emprendiendo a su vez
cruceros cósmicos, podrían haber contribuido a la « fecundación »
de otros mundos.
Si Gold se acercase a la verdad , proporcionaría un presupuesto
a las teorías formuladas tanto por el alemá n Rensch y el ameri -
cano Howells, como por los biólogos, antropólogos y zoólogos ru-
sos. Segú n éstos, la evolución de seres superiores habría podido
acontecer « tan sólo en un estrech ísimo sendero».
TIERRA SIN TIEMPO 231

Los soviéticos no concuerdan sobre diversos pormenores, pero


parten de las mismas consideraciones que los dos occidentales,
para llegar a la conclusión de que el hombre tendría « dobles » en
varios planetas: las criaturas inteligentes de los otros Globos
podr ían diferir de nosotros por la estatura , por las proporciones
de los miembros, por la pigmentación , quizá tambié n por cuanto
ata ñe a la estructura interna, pero serían fundamentalmente se -
mejantes .
Huelga decir que la mayoría de los cient íficos rechaza tales
argumentaciones, afirmando que la vida puede haber seguido ca-
.
minos muy diferentes Los sovié ticos piensan , sin embargo, que
una teor ía no excluye necesariamente la otra ( 1 ), y sus suposicio -
nes parecen hallar una rara confirmación en los descubrimientos ar-
queol ógicos, muchos de los cuales se diría precisamente referibles
a visitas desde el espacio efectuadas por seres decididamente
humanos o humanoides.
Si las figuraciones citadas ( a veces antiqu ísimas ) hubiesen es
tado inspiradas por viajeros cósmicos, debería ser vá lida una de
-
estas tres deducciones:
— Existen en otros mundos seres inteligentes cuyo aspecto no
difiere sustancialmente del nuestro.
— La raza humana no ha tenido origen en la Tierra , sino que
ha llegado a ésta desde otro cuerpo celeste.
— La Historia de nuestro gé nero es parangonable a un volumen
del cual solamente conocemos los ú ltimos cap í tulos; en un pasa-
do muy remoto los hombres llegaron ya a la astron á utica y se
acercaron a otros planetas , efectuando después varias estancias
en su Globo de origen , reca ído en la barbarie.
Si , como los sovié ticos, aceptamos sea la teor ía sobre la evo-
lución paralela , sea aquella seg ú n la cual pueden existir criatu-
ras evolucionadas sustancialmente diferentes a nosotros , llegamos
a admitir que los blancos se ñ ores de la Atl á ntida , los felinos
b í pedos y todos los dem á s sorprendentes personajes de las tra
diciones , de los mitos y de las figuraciones de las civilizaciones de-
-
saparecidas pueden haber ido del brazo ( es un decir ) en nuestro
planeta .
Es un poco dif ícil creer en el desembarco en la Tierra de un
muestrario tan multicolor de fauna espacial ; pero si cedemos a la
fascinaci ón de ciertos testimonios que , por fant á sticos que sean ,
(11
bras ^
'

. .
V n u» Ombrr suite sfellc del mismo auto * í Tradurrl ón espa ñ ola : Som
las estrellas Colecci ó n « Otros Mundos » . Plaza & Janes.)
-
232 PETER K 0L0SLV10

parecen irrefutables, el pasado de nuestro planeta se nos aparece


. -
rá como una grandiosa y alucinante epopeya
Deberemos admitir entonces que seres de otros mundos baja-
ron entre nosotros como amigos y como enemigos, que la Tierra
alcanzó alt ísimas cimas de civilización y que recayó en la barba
rie a consecuencia , tal vez, de un conflicto de alcance galáctico en
-
el que se vio implicada. Entre las leyendas bolivianas recogidas
por la doctora Cynthia Fain, por ejemplo, hay algunas que se
remontan a hace más de cinco mil años, relativas a la destrucción
de las civilizaciones de un tiempo remot ísimo «a consecuencia
de una guerra con una raza no humana, cuya sangre no era roja ».
Beltrán García, un españ ol que se propuso, entre otras cosas
-
« renovar la religió n de los incas » , afirma ser descendiente de Gar
cilaso de la Vega ( el escritor castellano nacido en Cuzco, Perú , en
1549 y muerto en 1616, autor de la docta Historia general del Per ú
y de los Comentarios reales ) y conservar muchos documentos iné-
ditos de su ilustre antepasado. Creemos no estará fuera de lugn
presentar aquí el más sensacional, segú n el resumen y el comen-
tario ( al pie de la letra ) del propio Garc ía.
« Los escritos pictográ ficos de Tiahuanaco dicen que en la era
de los tapires gigantes, seres humanos muy evolucionados, palmea-
dos y con sangre diferente a la nuestra, llegados de otros planetas,
hallaron adecuado para ellos el lago m ás alto de la Tierra.
» En el curso del viaje interplanetario, los pilotos lanzaron sus
excrementos sin aterrizar y dieron al lago la forma de un ser hu -
mano tendido de espaldas. No olvidaron el ombligo, lugar donde
se habría puesto nuestra primera madre, encargada de la insemi -
nación de la inteligencia humana.
» Esta leyenda pod ía hacemos sonreír ayer, pero hoy nuestros
"hombres rana " copian los dedos palmeados de los colonizadores
de Tiahuanaco. Ind ígenas de los Andes viven en altitudes a las
que los blancos no podrían aclimatarse, lo cual prueba ( ? ) que
puede existir otra sangre. Con sus potentes telescopios, pues , los
visitantes siderales buscaban una altitud y un lago favorables a
su vida anfibia. El significado de "excrementos" puede ser "cosas
salidas de la astronave" para modificar los contornos del lago,
¿ quizá s bombas atómicas ? Es preciso destacar que, para destruir
la tradición y desacreditar el lago en el ánimo de los habitantes
de los Andes , los mapas lo representaron hasta 1912 en forma casi
redonda. Al nombre legí timo del lago, Titi ( lago del misterio y
del sol ), se le añadió un sufijo que en muchas lenguas significa
JlbRllA SIN TIEMPO 233

"excremento” ».
Los asertos que se dicen sacados de manuscritos « secretos » de
Garcilaso de la Vega son, hasta aqu í, suficientemente fabulosos,
y la hipótesis que el señor Garc ía nos borda encima, soltando
at ómicas para formar un lago, no puede sino hacernos sonreí r pe-
nosamente. Pero lo m á s bueno viene luego, cuando ciencia-ficción
y pornograf ía se dan la mano para presentarnos un simpá tico cua-
drito de nuestro origen.
« En el terciario, hace casi cinco millones de a ñ os

— —
contin ú a
el espa ñ ol , cuando ningú n ser humano exist ía a ú n en nuestro
planeta , poblado solamente de animales fant ásticos, una astro-
nave reluciente como el oro vino a posarse en la isla del Sol del
lago Titicaca. De aquella aeronave bajó una mujer parecida a las
mujeres actuales en todo el cuerpo, desde los pies hasta los senos,
pero ten ía la cabeza de forma cónica, grandes orejas y manos
palmeadas de cuadro dedos.»
Aqu í es evidente el intento de dar una explicación a la extra ñ a
costumbre de los nobles incas de deformarse los ló bulos de las
orejas poni é ndose pesados zarcillos, a fin de pregonar su patri -
.
monio Precisamente por eso los espa ñ oles les endilgaron el apodo
de orejones: es, pues, m á s que lógico, que la atrevida astronauta
se llamase Orejona .
« Venia de Venus
— . —
nos informa el se ñor García , donde la
atm ósfera es casi an á loga a la de la Tierra Las manos palmeadas
indican que en su planeta de origen el agua exist ía en abundan -
cia y ten ía un papel primordial ( ? ) en los distintos aspectos de la
vida de los venusianos.
« Orejona caminaba en posici ó n vertical , como nosotros, estaba
dotada de inteligencia y ten ía indudablemente la intenci ó n de crear
una humanidad terr ícola , puesto que tuvo tratos con un tapir ,
animal gru ñ ente de cuatro patas. Y engendró varios ni ñ os.
« Aquella prole nacida de un cruce monstruoso ven ía al mundo
con dos mamas, con una inteligencia disminuida , pero los ó rganos
reproductores segu ían siendo los del tapir-cerdo. La raza quedaba
establecida .
« Un d ía , cumplida su misi ó n o quizá cansada de la Tierra y de-
seosa de volver a Venus, donde podr ía tener un marido hecho a
su imagen ( tras el deber , el placer , estamos tentados de comen
tar ) , Orejona levant ó el vuelo en una astronave. Sus hijos, a se-
-
guido, procrearon, sometié ndose sobre todo al sentido del padre
tapir , pero en la regi ón del Titicaca una tribu permanecida fiel a
234 PETER K0L0S1M0

su memoria de Orejona desarrolló su propia inteligencia, conservó


los propios ritos religiosos y fue el punto de partida de las civi
lizaciones preincaicas.* •» como está escrito en el frontón de la
-
Puerta del Sol de Tiahuanaco.»
Esa sarta de tonter ías no merecería ser mencionada , si no sir
viese para demostrar que elementos ciertamente extraordinarios,
-
pero dignos de ser considerados sin partir de un escepticismo a
ultranza , sean tomados, deformados, mezclados con otros muy du -
dosos y con ideas totalmente abstrusas, para confeccionar pasti
ches servidos luego con el má ximo desprecio no sólo para la verdad
-
cient ífica, sino tambié n para la inteligencia del pró jimo.
Por lo que nos consta, los « manuscritos secretos» de Garcilaso
de la Vega no han sido examinados hasta ahora por ningú n exper
to; es más, parece ser que nadie ha tenido nunca el placer de
-
verlos. Sentado esto, resulta claro que las bellas gestas de la
se ñorita Orejona est á n tejidas sobre la hipótesis de Kasanzev
( segú n el cual la Puerta del Sol de Tiahuanaco contendría bajo
relieves figurando escafandras y motores espaciales, además de
un calendario venusiano ), los testimonios relativos a la presencia
en la Tierra de razas desconocidas, las « largas orejas » de los
nobles incas, las esculturas rupestres con la cabeza cónica, los
« kappas » de la tradició n nipona y la suposici ó n de que Venus esté
cubierta en gran parte por las aguas. Lo bueno es que, lanzada
la historieta , cuya redacción se hace remontar a fines de 1500
todos estos detalles, puestos a la luz en una é poca muy reciente,
pueden ser usados para « demostrar » su veracidad.
Quien se aferra a un gé nero semejante de f á bulas para sostener
alguna teoría suya estrambótica, nunca , además, lo hace narrá n -
dolas íntegramente ( lo cual las haría bastante menos creí bles ),
sino que emplea sus fragmentos m ás oportunos, los re ú ne, cuando
no alude a ellos gené ricamente, como a algo obvio, universalmente
conocido y aceptado. El tal acaba, como es natural , por desacre -
ditar a los cient íficos que se dedican con seriedad a investigaciones
quizá susceptibles de permitir la elaboración de nuevos esquemas,
y por regalar nuevas flechas al arco de los tradicionalistas ya muy
predispuestos al desprecio y al sarcasmo y, finalmente, por re-
forzar la incredulidad de la opini ón p ú blica incluso frente a ele-
mentos fantá sticos en apariencia , pero sustancialmente vá lidos.
Y existen muchos de ellos, sobre los cuales, sin tener que re -
currir a mixtificaciones, distorsiones y extravagantes pegotes, cabría
establecer hipó tesis harto más sugestivas que la obscena fabulita
TIERRA SIN TIEMPO 235

de Orejona.
Si nos dejamos atraer por la sugestiva conjetura segú n la cual
correr
ía sangre de astronautas extraterrestres por nuestras venas,
podremos fijarnos con menos incredulidad en la tentativa de algu
nos cient íficos sovié ticos de dar a la historia de la Atl ántida un
-
preludio espacial .

Los hombres azules


Los primeros atlantes asegura Plató n
— habrían tenido un
origen y una sangre diferentes de los otros terr ícolas: Partiendo
de ello, en 1960 un grupo de cient í ficos rusos formul ó la hipó tesis
de que se trataba de hombres de color azulenco. Nuestros investi -
gadores se basaron tanto en las crónicas de Heródoto y del histo -
riador egipcio Manetho ( que vivió en el siglo m a. de J .C., y com -
puso en griego una Historia de Egipto, que desgraciadamente nos
ha llegado fragmentada , atenié ndose a las inscripciones de los an -
tiguos monumentos ), como en el « papiro de Turín » y en la « piedra
de Palermo ».
La colaboración de arqueólogos y bi ólogos llevó a considerar
bajo una luz nueva el color con que eran representadas las di -
vinidades egipcias. Si Ammón ( el « J ú piter del Nilo » ) y Shu , dios
del aire, estaban pintados de azul , Tot, el dios lunar , era configura-
do con un matiz resultante de una mezcla de azul claro con verde,
mientras que Osiris ( tutor, entre otras cosas, de la agricultura ) era
cabalmente verde.
Remitiéndose a los orígenes egipcios de la narraci ón de Plat ón
sobre el continente perdido y a las alusiones sobre la venida , en
tiempos antiqu ísimos, de atlantes a Á frica del Norte, los investiga -
dores soviéticos afirman que sería quizá posible identificar a los
dioses de los hijos del Nilo con representantes de una de las razas
que poblaron la tierra desaparecida.
Acaso, conjetura quien se ha dedicado a esos estudios, los per -
sonajes divinizados después como Amm ón y Shu no permanecie-
ron mucho junto al Nilo, al contrario que Tot y Osiris, quienes, a
causa de una prolongada exposici ón al Sol de Egipto , se tornaron
oliváceos: tal ser
ía, en realidad, el efecto de un fuerte bronceado
236 PETER KOLOSLMU

en individuos de epidermis azulenca.


Si las Canarias han de ser consideradas como un resto de la
Atlá ntida , algunos de sus pobladores de en tiempos, los guanches,
exterminados por los españoles, podrían proporcionar, con su piel
olivácea , una extraordinaria confirmación a la hipótesis sovi é tica.
En ciertos altiplanos de los Andes, además, viven a ú n hombres de
coloración azulada, debido a la carencia de oxígeno en la sangre,
y es singular que en algunas regiones de la América meridional
se denominen « sangre azul » a los nacidos de un cruce entre blan-
cos e indios. La misma expresión se usa hoy por doquier para
designar a los nobles: pese a las varias interpretaciones que se
han dado de ello, nadie hasta ahora ha logrado establecer su ori-
gen ; la encontramos ya en é pocas remotas entre los vá ndalos y los
habitantes del sur de Inglaterra , de la Rusia central y de Mongolia .
El arqueólogo francés Henri Bac, comentando los estudios
sovié ticos, avanza la suposición de que los « seres azules vecinos
del espacio » constituían la aristocracia atl á ntida , y que precisa-
mente en su honor los soberanos del continente desaparecido usa-
ron, en tiempos posteriores, vestidos azules, como refiere Plat ón .
Esa usanza es todavía hoy com ú n a varios grupos, entre los cuales
son muy conocidos los « hombres azules » que viven en las mon-
tañas del Atlas; es m ás: los pictos de Caledonia ( actual Escocia ) ,
como otras muchas poblaciones de las orillas atlá nticas europeas
y africanas se teñían todo el cuerpo de azul « para asemejarse
.
a los potentes atlantes»
Segú n los seguidores de Bac, los se ñores del continente sumer-
gido podrían haber llegado de Venus, el planeta que parece caracte-
rizado por picachos muy altos, y haber conservado durante algú n
tiempo su colorido originario morando en poderosos relieves de
las tierras hundidas.
« Quizá no sea in ú til recordar
— dice Robert Charroux

acontecimientos extraordinarios observados por los astró nomos de
que

la antigüedad tuvieron lugar en Venus. San Agust í n refiere, citan -


do a Varrón , que Cástor de Rodas dejó escrito el relato de un
"prodigio sorprendente" que se habría producido precisamente en
Venus. Este planeta , un tiempo rodeado por muchos sat élites, ha-
bría cambiado de color, tama ño, forma y órbita. Como atestiguan
Adrasto, Ciziceno y Dión, tal hecho sin precedentes acaecería en
tiempos del rey Ogigio.
»Segú n la mitilogía griega , Ogigio tuvo de padre a Neptuno y
de madre al Océano. Conocido como el soberano más antiguo del
TIERRA SIN TIEMPO 237

Á tica , su reino habría sido asolado por un diluvio en una época


muy incierta; el adjetivo griego ogygios significa, en efecto, "fabulo-
so, precedente a todos los conocimientos históricos", y se rela-
ciona tambié n con la idea de remotos cataclismos. Ogigio habría
fundado Tebas: de su existencia dan testimonio varias tradiciones
del antiguo mundo. En la etimología sá nscrita, Ogigio ( aughaga )
significaría "nacido en el diluvio".»
La « cat á strofe de san Agust í n » habría podido provocar el éxo-
do de los venusianos. « Pero su aclimatación en la Tierra afirma

el escritor francés fue obstaculizada por un cambio demasiado

profundo de las condiciones biológicas naturales: la reproducción
se hizo dificultosa , la raza estuvo en peligro..., y los ú ltimos venu
sianos, incapaces de volver al planeta de origen , nos dejaron el
-
mensaje de la Puerta del Sol de Tiahuanaco antes de su completa
extinción .»
Aquellos maestros bajados del espacio habrían podido, antes
de su desaparici ón , dar a los hombres nociones inimaginables.
¿ Acaso son sus herederos los seres de que nos habla el Popul Vuh
con una clarísima alusión a « los de la raza capaz de saberlo todo » ,
que « estudiaron los cuatro puntos cardinales, los cuatro puntos
del cielo y la faz redonda de la Tierra » ( 1 ) ?
Se trataba, pues, de un pueblo que pose ía nociones astronómi -
cas exactas y, como se deduce del verbo « estudiar », muy profun
dizadas. Pero, ¿ qué pueblo ?
-
Tambié n en Guatemala , como en Mé xico, en Colombia , en Perú
y en Bolivia encontramos leyendas que nos hablan de razas no
humanas, de sus dominaciones y de sus luchas. Son « hombres azu
les » ( como aquellos a cuyo estudio se han dedicado los sovi é ticos ),
-
hombres « de cabeza redonda », « de cabeza aplastada », « de cabeza
puntiaguda ». Y es singular que de todas aquellas fabulosas estir -
pes encontramos huellas hasta en lugares muy alejados de aque
llos donde todavía es vivo su recuerdo ( 2 ) . -

(1 ) Véase Astronaves en la Prehistoria .


(2 ) .
V é ase No es terrestre y Astronaves en la Prehistoria
238 PETER KOLOSIMO

Ojos para lo invisible

Los de crá neo aplastado nos plantean otro problema , por ahora
insoluble, en Venezuela. Cuando el profesor Reque ñ a halló en las
cercan ías del lago de Valencia ( o Tacarigua ), a una treintena de
kilómetros al sur de Caracas, el esqueleto de un hombre de cala -
vera aplastada, creyó que se trataba de un infeliz afectado de una
deformación congé nita; pero aquella hipó tesis se vino abajo con
el descubrimiento no solamente de otros crá neos iguales, sino de
restos de fetos que presentaban la misma deformaci ón .
Monumentos colosales, por ú ltimo, nos hablan de las « cabe -
zas puntiagudas » , insinuando incluso la sospecha de que sus art í -
fices poseían sentidos ignorados por nosotros.
Escriben Pauwels y Bergier: « Un amigo nuestro, el explorador
y fil ósofo peruano Daniel Ruzo, partió en 1952 para estudiar la
altiplanicie desé rtica de Marcahuasi , situada a 3.800 metros de
altitud al oeste de la cordillera andina. Ese altiplano sin vida , al
que sólo puede llegarse a lomos de mulo, mide tres kiló metros
cuadrados de superficie. Ruzo descubri ó en é l animales y rostros
humanos esculpidos en la roca y visibles tan sólo, por el juego de
luces y sombras , en el solsticio de est ío. Encontró im á genes de
animales de la era secundaria , como el estegosaurio, de leones,
tortugas y camellos, desconocidos en Amé rica del Sur ( no es exac
.
tamente así , porque se han hallado de éstos restos f ósiles ) Una
-
colina esculpida representa la cabeza de un anciano; el negativo
de la fotograf ía revela un joven rostro radiante. ¿ En el transcur -
so de qué rito de iniciaci ón pod ía ser hecho visible ? Determinar
su edad con el m é todo del "carbono 14" no ha sido a ú n posible,
porque no hay restos orgá nicos en el Marcahuasi ; los indicios geo-
lógicos hacen remontarla a la noche de los tiempos, y Ruzo pien -
sa que ese altiplano fue la cuna de la civilización misma , quizá
la m á s antigua del mundo.»
A propósito de las figuraciones que se vuelven visibles sólo en
determinadas condiciones de luz, observemos que tambié n Euro -
pa tiene las suyas y que otras muchas, probablemente, est á n por
descubrir.
TIERRA SIN TIEMPO 239

En la costa meridional de Gran Breta ña se encuentra un im


ponente conjunto de monumentos megal í ticos, en cuyo estudio
-
-
los arqueólogos Marthe, Saint Just Péquart y Zacharie Le Rou -
.
zic trabajaron durante cuarenta a ños Ahora bien , ocurri ó que
descubrieron en una piedra del dolmen llamado Kerham algunos
signos; un a ño despu és volvieron al lugar para tomar fotograf ías,
pero comprobaron, asombrados, que los signos hab ían desapare
cido. Sin embargo, uno de los cient íficos no se dio por vencido,
-
y estuvo varias horas observando la piedra ; su esfuerzo fue re -
compensado: de improviso reaparecieron los signos , hacié ndose
cada vez más marcados. Se comprobó entonces que algunas inci-
siones se toman evidentes sólo a ciertas horas del d ía o en cier-
tos d ías del a ño. Otro ejemplo nos lo da un sol esculpido en una
piedra del dolmen de Locmariaquer llamado Tabla de los merca-
deres, que ú nicamente se puede admirar entre las 16 y 17 horas
de determinados períodos .
Las esculturas rupestres, ademá s, son numerosas en todos los
continentes, como si se ñ alasen el paso a través del mundo entero
de artistas del cincel tit á nicos o provistos de tit á nicos poderes.
Tambié n Italia tiene las suyas; particularmente sugestivas son las
que nos ha se ñalado Giulio Fronasini : denominadas La virgen de
las pe ñas y Perfil de hombre, se alzan en los aleda ñ os de Allu-
miere ( Roma ). Y no puede ser considerado una simple coinciden -
cia el hecho de que el « Perfil » tenga la misma cabeza puntiaguda
( ¿ no se tratará de un casco ? ) del Gigante de Havea brasile ñ o y de
otras muchas esculturas.
« Las incisiones con sorpresa » pudieran muy bien relacionarse
con un rito de iniciaci ón , como imaginan los escritores franceses.
Pero, ¿ puede aceptarse la misma hipó tesis en el caso del rostro
de Marcahuasi , que cobra un aspecto totalmente diferente cuando
es « visto en negativo » ? Nada que sepamos, salvo una pel ícula fo-
tográ fica , puede hacer visible la transformaci ón ; y esculpir una
obra semejante no resultar ía f á cil a buen seguro ni a un artista
que dispusiese de todos los recursos de la t écnica moderna .
¿ Son imaginables seres que tengan la facultad de ver , a vo-
luntad , « en positivio » y « en negativo » ? No , por cierto. Y , sin em -
bargo, cientos de cosas igualmente « inimaginables » nos aguardan
a ú n en el curso de nuestro viaje por el pasado.
Las representaciones de la misteriosa Chavín podr ían tambi é n
proporcionarnos un ejemplo de « evoluci ón paralela » : all í en -
contramos efectivamente la Gorgona, la m í tica figura griega que
240 PETfcR KOLOSIMO

tiene una mara ña de serpientes en lugar de cabellos; pero no


es tan sólo helénica: podemos afirmar que todo el mundo anti-
guo la conocía, de los etruscos a los sículos, de los chinos a los
japoneses, de los siameses a los javaneses, a los habitantes de Bor-
neo, de Nueva Zelanda y de las Hawai. Y cefaló podos que la re-
cuerdan est á n grabados en varios monumentos megal í ticos, entre
ellos los franceses ( 1 ).


La Gorgona de Chavfn tiene facciones de jaguar: « pero en la


configuración de la boca, de los cabellos y de la nariz escribe
Honoré , recuerda las gorgonas de Siracusa ( boca , cabellos y
nariz son una copia casi id é ntica ), al extremo de que es dif ícil
no destacar una conexión entre ambas obras ».
Como conclusión de este capí tulo, estimamos oportuno recal-
car que si los desconocidos artistas se inspiraron de veras en mo-
delos vivientes, no es necesario en absoluto que los originales ha
yan sido semejantes a nosotros en el cuerpo, con la cabeza bes-
-
tial ( como el dios egipcio de los muertos ), o viceversa ( como los
centauros ). Pudieron haber sido criaturas completamente distin-
tas: para justificar las representaciones bastar ía que alguno de
sus rasgos recordase un animal conocido por nuestros remotos
antepasados .
Tratemos de explicamos mejor. Imaginemos un ser moviéndo-
se con una infinidad de tent á culos que aguanten una masa tal
como para hacer pensar de lejos en la cabeza de un felino: para
los observadores, aqu é l será un humano ( en tanto que inteligen -
te ), pero, al mismo tiempo, un animal ( a causa de su aspecto ),
por lo cual se representará en parte con el aspecto de la bestia
conocida que má s se aproxima a sus caracter ísticas. He aqu í có mo
podr ía ser esclarecido, por ejemplo, el nacimiento de la « Gorgona
de Chav ín » .

(1) .
V éase /Istrunaves en la Prchistarí a
19

LAS ASTRONAVES DE TIAHUANACO

El llamado por los cient íficos Perú antiguo no corresponde al


territorio actual del pa ís: lo incluye, pero extendié ndose hasta
las « tierras bajas » orientales del Amazonas, la zona andina de
Ecuador y de Bolivia , además del Chile septentrional y de la Ar-
gentina noroccidental.
En esa gran á rea se encuentran , en lo que respecta a la vida
cotidiana de sus habitantes de otros tiempos, signos de un pro -
greso bastante superior al que puede verse en la Amé rica central,
y los contrastes resultan menos bruscos.
Ingeniosos y magn í ficos aparecen los cultivos escalonados de
aquellos pueblos, que empleaban sistemas que no se nos alcanzan
de fertilización e irrigaci ón , y hasta habían descubierto el medio
de producir conservas de carne y de patatas.
Admirados nos dejan las ruinas de la civilización de los mochi
cas ( nombre derivado de Moche , lugar donde se efectuaron las
-
primeras excavaciones ), que en tiempos poblaron las costas sep
tentrionales peruanas, desde Pacasmayo a Casma . En sus tumbas
-
han sido hallados, entre otros, los restos de dos razas diferentes:
algunos esqueletos pertenecientes a una raza que diríamos blanca,
y otros, indios .
Los mochicas nos han legado un canal de 110 kil ómetros, tan
. -
perfecto que todav ía se usa en nuestros d ías Tej ían no sólo el al
-
god ón , sino tambi é n la lana de las llamas, confeccionaban magn í
16
— 2.764
242 PBTER KOLOSIMO

f í eos tapices, y aplicaban avanzad ísimas técnicas de tintorería.


Eran tambié n muy diestros en trabajar metales, oro, plata, cobre
y sus aleaciones, realizadas con métodos que desconocemos; debe-
mos a ñadir que también sus sistemas de soldadura eran en verdad
perfectos.
La alfarería mochica produjo multiformes obras maestras de
arte y de fantasía: « Nada parece haber sido para este pueblo tan
alto como para no poder ser representado iscribe el arqueólo-

go alem án Kutscher , nada tan bajo como para ser considerado
indigno de ser reproducido. Animales y frutos, cazadores y gue-
rreros, m úsicos y danzantes, príncipes y enfermos, pero también
demonios fant ásticos y esp í ritus de los difuntos de aspecto esque-
lé tico son plasmados, en esos recipientes, con imágenes fasci-
nantes.»
También en Perú predominan las pirá mides, que se ven a cen-
tenares en sus costas. Las de los mochicas eran de ladrillos de
arcilla; pero de las monumentales Ruaca del Sol y Ruaca de la
Luna no nos han quedado, desgraciadamente, más que las ruinas.
Gigantescas obras de canalización distinguen el valle de Chin -
ea, cerca de la costa peruana, donde se alzan algunas antiqu ísi-
mas ruinas, entre ellas una fortaleza llamada La Centinela. Aqu í
floreció en tiempos la por los arqueólogos definida « Civilización de
Nazca , lea y Paracas ». En tumbas excavadas en la roca yacen cien-
tos de cad á veres momificados en posición fetal , probablemente
mediante un proceso de ahumado, tras la extirpación de las en-
tra ñ as. Aqu í se encuentran tambié n tejidos asombrosos: velos,
brocados, gobelinos ( recordemos que esa t écnica de manufactura
de alfombras y tapices fue redescubierta en el siglo xv, precisa-
mente por los hermanos Gobelins ), pa ñ os elaborados con plumas;
jy esas obras maestras presentan por lo menos 190 tonos de di-
versos colores I
En las cercan ías de Nazca , en una meseta situada a 360 metros
sobre el nivel del mar, resguardada de los vientos marinos pero

de canales, cuya geometr ía



despiadadamente batida por el sol , encontramos una tupida red
observan algunos
— recuerda muy
de cerca la de los famosos canales marcianos, con enormes dibu-
jos de animales, algunos de los cuales conocemos ( como la ara ñ a
y el legendario « pá jaro de fuego », aqu í estilizados de modo ad-
mirable ), y otros no ( 1 ).

(lí . .
V éase Astronaves en a Prehistoria
TIERRA SIN TIEMPO 243

¿ Qué son , en realidad, esos « canales » ? ¿ Caminos ? No, porque


empiezan y acaban todos en el desierto. ¿ Obras destinadas a la
irrigación ? Hasta ahora no se han encontrado rastros de los po -
zos que hubiesen podido alimentarlos .
¿ Y los dibujos ? ¿ No es curioso que parezcan haber sido tra -
zados aposta para ser vistos desde lo alto, pues sólo con la explo-
raci ón a é rea han podido ser descubiertos ? El profesor John A.
Masón , de la Universidad de Pennsylvania , apunta la hipó tesis de
que hubieran sido ejecutados segú n instrucciones de individuos
que se elevaron a bordo de un artefacto volador, pero, siendo un
..
seguidor de la ciencia « oficial », la rechaza . para verse obligado,
después, hablando de la mitologa preincaica , a referir las antiqu í -
simas creencias que daban como indudable la habitabilidad « de
las estrellas » y hablaban de la « bajada de divinidades desde la
constelación de las Pléyades » .
D ícese que existen muchos má s « campos » del mismo gé nero en
Perú y en parte de Chile, pero los indios ( los cuales tambié n los
conocen ) no saben dar ninguna explicación acerca de su significa -
.
do Cuentan , en cambio, algo fant ástico, que ha hecho delirar a
los « filourá nidas » , llevá ndoles a interpretar los misteriosos dibu-
jos como sí mbolos destinados a llamar la atenci ó n de los pilotos
de aparatos voladores extraterrestres, que habrían establecido aquí
algunas de sus bases.
¿ Habrían existido, entonces, en el pasado, verdaderos « puertos
estelares » en los Andes ? Sin aventurar hipó tesis demasiado atre -

vidas, transcribimos literalmente tal como nos llega de La Paz
esta otra leyenda:

« Cuentan los indios que sus antepasados que vivieron hace mi
les de a ñ os volaban en grandes "platos de oro” impulsados y
-
mantenidos en el aire por las vibraciones sonoras a un determi -
nado diapasón , producidas con continuos martillazos. El princi -
pio no es absurdo, como pudiera parecer a primera vista Las vi. -
braciones a una frecuencia determinada hubiesen podido, en efec -
to, provocar un proceso f ísico que multiplicaba la energía at ó mica
del oro, haciendo disminuir el peso del "plato” hasta neutralizar
.
la influencia de la fuerza de gravedad , y, por lo tanto, volar »
244 PETER KOLOSIMO

La metró poli sin edad

A unos 700 kilómetros en línea recta al sudeste de Nazca , sur-


gen, no lejos del lago Titicaca , las ruinas de Tiahuanaco, la ciudad
que una f á bula inca pretende haber sido construida en una sola
noche por el Noé local, un pastor que se salvó del diluvio.
Una saga tal vez más antigua dice que fueron gigantes los que
edificaron Tiahuanaco, y, al admirar las imponentes ruinas, casi
estaríamos tentados de creerlo. Otras leyendas, con todo y admi-
tir la intervención de los titanes, afirman que éstos no se some-
tieron espont á neamente al ingrato trabajo, sino que les obligaron
a hacerlo criaturas « llegadas del cielo » ( ¿ a Nazca, quizá ? ), criatu-
ras que habrían guiado a los astutos « enanitos » terrícolas en
la sublevación contra los monstruosos cíclopes .
La fecha de construcción de aquella ciudad portuaria , elevada
por el desastre cósmico de hace 10.000 a ños y pico, a 3.800 metros
de altitud, ha dado siempre lugar a grandes discusiones cient í fi-
cas, que a ú n siguen hoy. El ingeniero Posnansky, que efectu ó in -
vestigaciones muy minuciosas considera que la ú ltima Tiahuanaco
surgió hace unos 16.000 a ñ os. ¿ Y la edad de 250.000 a ñ os a que
aluden otros cient íficos ? Por muy parad ó jico que pueda parecer,
tambié n su aserto es aceptable: la metró poli asolada por la ca-
tstrofe que provocó la desaparición de la Atl á ntida debió de ha-
á
ber sido erigida sobre ruinas mucho má s antiguas.
En la costa peruana se encuentran algunas localidades que in-
dudablemente tuvieron la influencia directa de Tiahuanaco. Y en
ellas, en 1920, el profesor Julio Tello descubrió jarrones en los
que había llamas pintadas. Ciertamente, no es nada sensacional
hallar imá genes de llamas en aquellas zonas, pero los animales en
cuestión no ten ían la pezu ñ a partida en dos como las que cono-
cemos: ¡ten ían cinco dedos!
Pod ía haberse pensado que los art í fices de aquellas obras maes-
tras habían elaborado fantasías « humanizando » a los animales,
para su utilidad , con la transformaci ón de las pezu ñas en manos,
pero la ciencia sabe con matem á tica certeza que verdaderamente
existieron llamas con cinco dedos, así como caballos y bovinos
TIERRA SIN TIEMPO 245

de igual característica , pero ello en una remot ísima prehistoria.


Sin embargo, Tello demostró tambié n que los artistas no se
habían dejado arrastrar por la imaginación: puso a la luz esque
letos de llamas con cinco dedos, demostrando una vez m ás que
-
( contra lo que se creía ) no sólo el hombre viv ía ya en tiempos de
los primeros mam íferos, cuando a ú n merodeaban por la Tierra
gigantescos saurios, sino que entonces había alcanzado, en algu -
nas partes del mundo, un alto grado de civilización.
En Tiahuanaco, se conocía , en aquella é poca, el bronce, que
todavía mil a ños después del abandono del gran centro sería ig -
norado por las otras culturas americanas; se trabajaban los me -
tales de modo maravilloso, sirvié ndose de t écnicas en parte des -
conocidas a ú n hoy para la fundici ón: el esmaltado, el plateado, la
-
forja , el temple, el relieve, la filigrana , el damasquinado y la sol
dadura.
En Tiahuanaco, como veremos seguidamente, se realizaban pro -
digios arquitect ónicos que nosotros, con todos nuestros conoci -
mientos y los medios de que nos enorgullecemos, nunca podre -
mos imitar, maravillas que reportan a una fant ástica cita de Pau -
wels y Bergier:
« El arqueólogo americano Hyatt Verrill consagró treinta a ñ os
a la b úsqueda de las civilizaciones desaparecidas de Amé rica cen -
tral y meridional... En una bellísima novela, The bridge of light,
describe una ciudad preincaica accesible mediante un "'puente de
luz", puente de materia ionizada que aparece y desaparece a vo -
luntad y que permite salvar una garganta rocosa de otro modo
infranqueable. Hasta sus ú ltimos d ías ( murió a los ochenta a ñ os ),
Verrill sostuvo que su libro era mucho más que una leyenda, y
su mujer, que a ú n vive, sigue sostenié ndolo.»
Cuando se habla de civilizaciones desaparecidas, muchos se
muestran un tanto escé pticos, haciendo resaltar que las huellas
son a menudo demasiado escasas. Pero los arqueólogos saben muy
bien cu á ntas dificultades se encuentran en la labor de b ú squeda y
de qu é modo inexorable el tiempo borra tambié n las improntas que
parecían tener que resistir durante milenios. Basta pensar que en
la segunda mitad del 1800 algunos viajeros pudieron admirar y
retratar en Tiahuanaco majestuosas columnatas de las cuales hoy
no queda rastro. Se tendrá una idea de lo que era aquel gran
centro cuando ya estaba en ruinas hacía siglos, revisando los textos
de los antiguos cronistas espa ñ oles.
Escribe Garcilaso de la Vega: « La obra m á s bella es una colina
246 PETER KOLOSIMO

construida por la mano del hombre, con la cual los habitantes de


esta ciudad han querido imitar a la naturaleza. Para impedir que
las masas de tierra se corriesen, han afianzado los cimientos con
murallas de piedras perfectamente ensambladas... A un lado se
ven dos gigantes de piedra, con casco y largos mantos... Muchos
pórticos enormes han sido construidos con un solo bloque.»
Diego de Alcobaga: « En medio de las construcciones de Chu-
quiyutu ( otro nombre de Tiakuanaco ), a orillas del lago, hay una
plaza de 24 metros cuadrados, y a un lado de esa plaza se extien
de una sala cubierta, de 14 metros de largo. Plaza y sala son de
-
una sola pieza: ¡esa obra maestra ha sido tallada en la roca! To
dav ía hoy se ven ahí muchas estatuas. Representan hombres y
-
mujeres, y son tan perfectas que se dirían vivas. Algunas figuras
está n en actitud de beber, otras parecen disponerse a cruzar un
arroyo, y otras más son mujeres que dan el pecho a sus hijos.»
Jimé nez de la Espada: « Hay un palacio que es una verdadera
octava maravilla del mundo: piedras de 11 metros por 4,50 han
sido labradas de tal modo que se encastran una en otra sin que
se note la juntura.»
Anónimo: « El gran sal ón del trono de Tiahuanaco tiene 48 me-
tros por 39; el más peque ño ( y más antiguo ) 26 por 30. .. Los tem
plos escalonados de Tiahuanaco son id é nticos a los que se alzan
-
entre el Tigris y el Eufrates.»
Cieza de León: « En un palacio de titanes. .. hay una sala de
13 metros por 6, con el techo construido como los del templo del
Sol de Cuzco. Esa sala tiene grandes pórticos y muchas ventanas.
La laguna ba ña la escalinata que conduce al atrio. Dicen los ind í-
genas que es el templo consagrado a Viracocha, el creador del
mundo.»
Recordemos que actualmente el lago Titicaca dista de Tiahua
naco m á s de 25 kilómetros, y que su nivel mengua de a ño en a ño.
-
Es curioso observar que las embarcaciones que hoy surcan sus
aguas son iguales a las del papiro egipcias, tanto en lo que res
pecta a la t écnica de construcción como a la forma y material
-
usado .
Volviendo al templo descrito por el famoso sacerdote-soldado
Cieza de León , veremos con él que a lo largo de las paredes y en
las hornacinas hab ía estatuas revestidas de oro, de cobre y de
bronce, m áscaras de piedra y de arcilla , valiosos collares y clavos
de oro, de los cuales a ú n se perciben las huellas. Algunos de ellos
pueden admirarse en las salas del Museo Pornansky, llamado así
TIERRA SIN TIEMPO 247

por el ingeniero alem á n que tanto hizo por salvar a Tiahuanaco,


logrando tan sólo, sin embargo, conservar pocas cosas. Muchos
edificios del gran centro fueron insensata y vergonzosamente de-
rribados y hechos pedazos con dinamita para obtener materiales
de construcción.
Nadie podrá decir nunca lo que, en el transcurso de los si
glos, ha sido robado en Tiahuanaco. Lo que hoy admiramos en las
-
colecciones particulares no representa sino una mínima parte de
los tesoros de aquella metrópoli , y se trata ya de objetos maravi
llosos: estatuas de oro macizo, que pesan de dos a tres kilos, tazas,
-
platos, vasos, cucharas de oro. Los antiqu ísimos habitantes de la
« ciudad de Viracocha » conocían , por tanto, los objetos que hoy
ponemos en nuestras mesas. jY pensar que platos y cubiertos apa -
recieron por primera vez en Europa hacia fines del siglo xvi, cuan -
do en Am é rica los vemos entre los aztecas, los incas, y otros pue
blos que precedieron a estos ú ltimos en milenios!
-

Un mensaje del Infinito


En el mundo mediterrá neo encontramos pirá mides que servían
de mausoleos y otras construidas con diversas plataformas para
sostener un templo; éstas son propias, por ejemplo, de Mesopota -
mia: también la famosa torre de Babel era una construcci ón de
ese tipo.
En la antigua Amé rica , como hemos visto, los dos tipos de
pirá mide está n igualmente representados, y en Tiahuanaco se ha
llan , puede decirse, uno al lado del otro. La famosa Akabana , tiene
-
un paso subterrá neo que conduce a una cá mara; desgraciadamen -
te, hoy todo est á en ruinas, pero existen razones para creer que
en ella estuviese sepultado un soberano. ¿ Quié n ? ¿ Quizá s el primer
se ñor blanco del « nuevo » continente?
Por otra parte, en la localidad de Puma Punku ( « puerta del
puma » ), casi un kil ómetro al sudoeste de la metró poli , se alzaba
una pirá mide a ú n m ás imponente, con tres o cuatro rellanos, cada
uno de los cuales sostenía una edificaci ón dividida en varios lo -
cales. En la tercera plataforma todavía se ven los restos de una
gran puerta, llamada « Puerta de la Luna » , y otras debían de abrir -
248 PETliR K0L0S1M0

se en todas las terrazas. Otro detalle desconcertante: jlas puertas


de Tiahuanaco son idénticas a las de Persépolis, la antigua capi-
tal de Persia!
El misterioso centro ofrece, por lo demás, numerosísimos pun -
tos de contacto con los países mediterráneos. Mientras Pierre Ho-
noré observa que el abastecimiento de aguas era efectuado me -
diante largas tuberías similares a las de Creta y la de los jardines
colgantes de Babilonia, Marcel F. Homet escribe: « Las inmensas
losas de piedra de los templos de Tiahuanaco est á n unidas unas
a otras mediante escarpias met álicas de las cuales hasta ahora
solamente se han encontrado equivalentes en un sitio: en Meso -
potamia, en la arquitectura de los palacios asirios... Asimismo,
las diosas y los dioses de la pesca antediluvianos de Tiahuanaco
parecen idé nticos a las divinidades adoradas del siglo v al iv antes
de J.C. en Mesopotamia. Y precisamente en Tiahuanaco, entre
todos los monumentos ciclópeos se encuentran estatuas de nariz
aguileña y turbante clásico, del cual asoman doce trenzas sim
bólicas, cada una de las cuales representa una tribu ».
-
Además: « El nú mero sagrado 12 recuerda muchas cosas; y re
cuerda, ante todo, a las doce tribus de Israel, de un pa ís donde,
-
.
casi mil años antes de J.C., se usaba el turbante En aquella tie -
rra se soñaba todavía con un "padre de todas las cosas" que se
llamaba Mot , representado por el huevo cosmogónico. Pero miles
y miles de años antes de que existiesen las tribus de Israel, era
adorado en Tiahuanaco otro "padre de todas las cosas", quien por
.
el huevo del cosmos era caracterizado como creador Y también
aquél se llamaba Mut ( Mout )•••
•Resultados asombrosos se obtienen , asimismo, del estudio de
los edificios sagrados de Tiahuanaco. El templo del Sol Kalat Ses -
saya ••• era también una fortaleza: en la lengua de los bereberes
norteafricanos, kalat significa "fortaleza"••• La más grande divini
dad de la población de Tiahuanaco se llamaba Pacha Kama , que,
-
en semítico, quiere decir "el sumo se ñor, acorazado". Sin embar -
go, el Ser supremo es llamado también, en los Andes, Bacha Tata ,
y en suaheli, la "lengua franca" del Africa central y oriental, tata
significa "rey", mientras que en á rabe "bacha " ( bajá ) es el jefe.»
El nombre de las grandes ciudades muertas deriva , segú n al -
gunos, de la expresión tiwanaka, que significa « esto es de Dios » ,
Tia significa , efectivamente, en lengua aymará , la grandeza , el es-
plendor, el horizonte. El prefijo se toma para los aztecas teo , y
es evident ísima su afinidad con el griego theos ( del cual deus,
TIERRA SIN TIEMPO 249

dios, dio, dieu, etcétera ); ¡precisamente theos es Dios para las po-
blaciones establecidas a lo largo del Orinoco! Y era liñ os y teotl
para los antiguos mexicanos, teot en Nicaragua, ticsi en Perú , lien
en China, y dewan en lengua sánscrita.
Pero, ¿ qué dios era adorado en Tiahuanaco ?
Una de las puertas halladas en Puma Punku tiene una altura
de 61 cent ímetros y una anchura de 37. No puede, obviamente, per-
mitir el paso de un hombre. ¿ De quié n, entonces ? De un puma:
he aqu í al dios de la metrópolis sin edad , honrado en una forma
viviente, tomada , quizá, para representar simbólicamente a aque-
llos seres de facciones humanas y felinas que algunos pretenden
bajados de las estrellas.
Y el « dios- jaguar » domina también la celebé rrima Puerta del
Sol, apretando en las manos los sí mbolos del trueno y del rayo
( ¿ no trae a las mientes el « pá jaro de fuego », el « pá jaro tonante » ? )
en el centro de un friso donde se ven jaguares, cóndores y ser -
pientes, junto a extrañ os seres alados .
La Puerta del Sol es el mayor monolito esculpido de la Tie -
rra, formado por un solo bloque de tres metros de alto por dos
de ancho. Según Posnansky, se trataría de un misterioso instru
mento astronómico y, al mismo tiempo, de un calendario, cuya
-
construcción se remontaría al 16.° milenio antes de Jesucristo.
Y he aquí que interviene el profesor Alexander Kasanzev , qui-
zás estimulado por los investigadores que vieron en el monolito
justamente la representaci ón de una aleta de astronave. Kasanzev
no llega a tanto: concuerda, empero, con Posnansky en una afir -
mación , sosteniendo la existencia, entre los bajos relieves, de un
calendario que correspondería al a ño astronómico venusiano. Mu-
chos astrónomos ( y no sólo sovié ticos ) comparten su opinión: se
sabe, por lo dem á s, que numerosos pueblos de la Amé rica preco-
lombina usaban un calendario basado en las revoluciones efectua-
das durante el mismo período por la Tierra y por Venus en torno
al Sol, relación que se expresa en 8: 13 ( es decir, que la Tierra
lleva a cabo 8, mientras Venus cumple 13 ).
La adopción de tal calendario parece cuando menos miste -
riosa: es verdad que la « estrella blanca » puede impresionar la
fantas ía con su vivido resplandor, pero tambié n es verdad que
un cómputo del tiempo basado en ese planeta presupone cá lculos
harto complicados y que mucho m ás sencillo y racional se pre-
senta el calendario lunar, usado, ademá s, por todos los pueblos.
¿ Por qué, entonces, fue tomada por base Venus ?
250 PfiTER KOLOSIMO


Porque afirman quienes creen haber hallado en la interven
ción de estirpes extraterrestres la clave de muchos enigmas de
Venus llegaron los exploradores cósmicos que introdujeron aquel — -
calendario, para ellos absolutamente natural.
Y Kasanzev asegura, con Jirov y algunos cient íficos franceses,
que otros dibujos de la Puerta del Sol representarían escafandras
espaciales y motores de misiles completamente similares a los de
iones solares actualmente en estudio en los Estados Unidos.

Neptuno, dios de los apaches


Algú n cient í fico se muestra a ú n reticente hoy d ía en admitir
que de la antiqu ísima Tiahuanaco la civilizaci ón hubiese irradiado
en toda la Amé rica meridional y central , pese a que existen prue-
bas irrefutables acerca de los puntos de contacto que hay entre
la cultura de la famosa ciudad muerta, la olmeca, la tolteca y
muchas otras del período preazteca.
Y existen relaciones más asombrosas a ún.
Cuando el etnólogo estadounidense L. Taylor-Hansen visit ó una
tribu de pieles rojas apaches asentados en Arizona, iba segura
mente preparado para las revelaciones, pero estamos seguros de
-
que no se esperaba una sorpresa como la que le fue reservada al
finalizar una danza ritual.
Al científico no le interesaba el lado puramente folkl órico de
la ceremonia: iba en pos de una leyenda , segu ía el hilo de un
pasado tan remoto que ya no era más que la sombra de un re-
cuerdo, convencido de que algunos detalles considerados hasta
hac ía pocos a ños como insignificantes coincidencias pod ían, en
cambio, confirmar una hipó tesis cuando menos extraordinaria . Y en-
tre los apaches halló la confirmación de su teor ía.
Los asombros comenzaron cuando el etnólogo mostró a sus
hu éspedes algunas fotograf ías de pinturas egipcias, cuando en
una figura mitológica los pieles rojas reconocieron precisamente
a la divinidad a la cual había sido dedicada su danza ritual , el
« Se ñor de la Llama y de la luz »: ¡y aquel dios viv ía en el recuer-
do de los apaches con su mismo nombre mediterrá neo, Ammón- Ra !
Aquello no era, sin embargo, más que el principio de una serie
TIERRA SIN TIEMPO 251

de pasmosas revelaciones a las que hicieron de puente dos « n ú -


meros sagrados», 8 y 13, los que constituyen precisamente la base
-
del calendario venusiano. Taylor Hansen se extendió hablando de
ello, aludi ó a Tiahuanaco, y los apaches identificaron con aquella
localidad un centro de su legendario imperio del pasado, descri -
biendo, sin haberla visto nunca , la estatua del « blanco barbudo »,
lo cual impresion ó mayormente a los arqueólogos:
« El dios empu ñ a dos espadas en posición vertical , lo que sig
nifica "amistad hasta cierto l í mite". Las espadas forman á ngulo
-
recto con los antebrazos, y con la cabeza un tridente, que es
.
nuestra se ñal secreta de reconocimiento Allá donde se alza la es -
tatua , es el lugar de nuestro origen.»
Un gigante barbudo, un tridente: la estatua que representa el
dios blanco Viracocha. Pero tiene los mismos atributos del Nep -
tuno mediterrá neo, a quien Plat ón pretende consagrada Poseido -
nis, es decir la Atlá ntida ( 1 ).
Observando, después, las fotograf ías de Machu Picchu, el gran
campo de ruinas andino, los apaches empezaron a discutir con
gran competencia, pese a que ninguno de ellos había estado nunca
all í, y aunque muchos creían que se trataba tan sólo de un mito.
« Viv íamos en la antigua Tierra del Fuego Rojo
—le cont ó al
etn ólogo un anciano sabio indio, refiriendo una historia transmi -
tida a través de innumerables generaciones

mucho tiempo an
tes del diluvio, y la entrada a la ciudad era tal como para perderse
-
en ella. Entonces nuestro pa ís era el cogollo del mundo: allá acu -
d ían los pueblos a pedir justicia , como ocurre ahora en Washing -
ton . La capital era inmensa , las naves se extraviaban al entrar en
puerto, si no se las guiaba por la ruta justa ; la tierra no era muy
extensa, pero las monta ñ as eran las más altas del mundo de en
tonces y en sus entra ñ as moraba el dios del fuego.
-
« Precisamente por su furor la antigua tierra fue destruida :
el dios abandon ó sus cavernas subterrá neas, subió a la superficie
a través de las monta ñ as y volcó fuego y muerte sobre la gente
enloquecida de terror. Y la gente huyó, vino a occidente por mar ,
luego el océano se retiró y nosotros ya no vemos el mar, noso -
tros, que en tiempos de nuestras grandeza dominá bamos las aguas
de todo el mundo... »
Tal vez algunos grupos indios formaban parte ya en tiempos
antiqu ísimos del Imperio atlante, quizá constituyeron una colo-

(1 ) V éase Astronaves en la Prehistoria.


252 PETEK KOLOSIMO

nia de él ... o bien no lo vieron nunca, pero se identificaron con


sus habitantes tan sólo por haber recogido la historia de sus
antepasados. El profesor Homet sostiene esta última tesis, y es
cribe:
-
-
« Los atlantes eran de raza blanca. Todavía hoy sus escasos des
cendientes puros son blancos: son los uros del Titicaca, que viven
allá donde floreciera la civilización de Tiahuanaco. Y lo mismo
vale para los habitantes autóctonos de Argentina , que descienden
de los primeros inmigrados. El doctor Vernau , que ha estudiado
a los patagones del R ío Negro argentino, llega a la siguiente con-
clusión: "Son blancos, de la misma raza que los indios del Brasil
central , del Estado de Minas Gerais, los famosos hombres de La
goa Santa."»
-
20

LOS HIJOS DEL SOL

Si algú n conocido nuestro hubiese sabido lo que vamos a ex


poner, seguramente lo aprovecharía para reivindicar al menos a
-
la Amé rica central y meridional. Lo que vamos a decir es, cier-
tamente, uno de los m ás curiosos enigmas que unen el « viejo »
continente con el « nuevo », algo tan asombroso, que quizá tambié n
la persona en cuesti ón se negaría a creerlo.
Al litoral septentrional peruano se asomaba Chimor, el reino
de los chim ú es, que se extend ía en torno, desde las actuales fron -
teras con el Ecuador hasta el norte de Lima. Los chim ú es debían
de descender de un grupo de pobladores de M éxico que, en los
comienzos de nuestra Era , emigraron por mar hacia el Sur. Los
arqueólogos nos dicen que una parte de ellos se detuvo en los
primeros sectores de la costa peruana , originando las civilizacio-
nes de Salinar, Galinazo y Mochica.
Al correr de los siglos, aquellas comunidades se juntaron con
otras establecidas a lo largo del r ío Moche y sometieron a los
vecinos. Surgi ó así el reino de Chimor que, desde 500 d . de J.C.
aproximadamente, duró hasta principios de 1400 , cuando los chi-
m úes, derrotados, fueron sojuzgados por los incas, los cuales les
copiaron , sin embargo, parte de las costumbres, de la mitolog ía y
del estilo art ístico.
Para sus construcciones, los chim ú es sol ían emplear ladrillos
254 PETER KOLOSIMO

de arcilla: característica es la fortaleza de Paramonga , situada en


los confines meridionales del reino y defendida por varios recin -
tos de murallas, de las cuales todav ía hoy, pese a la labor des -
tructiva de la intemperie, podemos admirar, asombrados, las ma -
cizas ruinas.
-
Perfectas eran las instalaciones para la irrigación artificial rea
lizadas por aquel pueblo; bell ísimos sus caminos: angostas v ías
flanqueadas de muros para protegerlas del viento y de la arena ,
extendidas a través del desierto de oasis a oasis y , en las zonas
má s favorables, arterias de 4,5, 7,5 y hasta 24 metros de anchura.
En contraste con la severa desnudez de los muros propia de
las monumentales construcciones del altiplano, en las ciudades
costeras las fachadas presentan esplé ndidos adornos, ora anima
les y flores estilizadas, ora dibujos geomé tricos. Fant ásticos son
-
los restos de Chan-Chan, que parecen querer compendiar todas las
civilizaciones del mundo: encontramos en ellos frisos caracter ís -
ticos del Asia meridional junto a la clá sica « greca », vemos repre -
sentados a Egipto, Mesopotamia , China y qui é n sabe cuá ntas otras
partes del Globo m á s.
-
Chan Chan , cuyas imponentes ruinas cubren una extensi ón de
18 kil ómetros cuadrados, era la capital del reino de Chimor. En
perfecta ordenación, la ciudad estaba dividida en diez barrios con
murallas a menudo de hasta 12 metros: junto a las ruinas de las
casas ( desgraciadamente casi arrasadas por los agentes atmosf é -
ricos y sobre todo por el viento ), hallamos rastros de pirá mides,
de cementerios, de depósitos de agua.
-
En Chan Chan ( chati significa « serpiente » ), el dios-reptil era
adorado vivo, como acontec ía en Egipto con la diosa de Buto, pre-
sentada en la forma de una gran serpiente.
Pero veamos de profundizar un poco el interesante detalle al
que hemos aludido más arriba.
Un navegante espa ñ ol , Pedro Corzo, nos dice que en tiempos
de la Conquista se alzaban en las alturas muchos templos con es -
tatuas de un dios que los ind ígenas llamaban Guat á n, « viento
arremolinado ».
¿ No nos recuerda esa divinidad , en el nombre y en el atributo,
al dios germá nico de las tempestades Wotan ? Tiene que recor-
d á rnoslo forzosamente, porque Guat á n era un personaje de la
mitología maya que, antes de ser « exportado » al Sur , se llamaba
Wotan, ni m ás ni menos. Y Wotan era tambié n , en Guatemala , el
señor de la noche y de la oscuridad; la misma figura que, entre
TIERRA SIN TIEMPO 255

los aztecas , los zapotecas y los mayas, presid ía el arte adivina-


torio .
Pero el dios germ á nico Wotan ( llamado tambié n Od í n ), ade-
má s de ser el numen de las batallas, era asimismo el creador, el
ordenador del mundo, el padre de la civilizaci ó n, dotado de espí-
ritu prof é tico.
Como vemos, si bien deformado en algunos de sus rasgos, el
Wotan del septentrión europeo y el sudamericano coinciden exac-
.
tamente Y estimulan a ú n más esas « fantasías espaciales » ya tan
nutridas por el estudio de las civilizaciones de allende el océano.
¿ No podríamos, en efecto, relacionar con una astronave el « vien-
to arremolinado » de Wotan , con la extensi ón cósmica la « noche »
y la « oscuridad », con la venida de inteligencias extraterrestres la
desaparición del numen ordenador y civilizador ?
Otro detalle: el calendario inca ten ía doce meses, y el a ño em-
pezaba , como en muchas otras partes del mundo, con el solsticio
del invierno. Que era , para el septentrión europeo, la fiesta del
Sol: ¡el « d ía de Wotan »!
Pero si nos entregamos en alas de la fantasía , llegaremos mu-
cho m ás lejos: podremos francamente descubrir en el para íso de
Wotan, en el m í tico Walhalla adonde las valkirias conducían las
almas de los valientes, acogidas por Frigg o Frija ( a menudo con-
fundida con Freya ), un lejano, maravilloso planeta.

¿ Acaso no encontramos a las valkirias o sea las amazonas
en todas las partes del mundo, de Grecia a Escandinavia , del Cá u-

caso a Dahomey ( Á frica occidental ) , a Amé rica ? ( i ).
El historiador Diodoro S ículo, que vivi ó en el siglo i a. de J .C.,
habla de una reina de las amazonas que primero luchó contra
los atlantes, después con las gorgonas y por ú ltimo se ali ó
con Horus de Egipto, hijo de Isis. Marcel F. Homet escribe al
respecto:
« Sabedores por Diodoro de que las amazonas "cruzaron ” el
Océano para luchar contra las gorgonas al lado de los "atlantes ”,
podemos pensar en una interesante f á bula. ¡ Pero que Pizarro, a
su arribada a la Colombia noroccidental halló una isla denomi-
nada Gorgona , es un hecho hist órico! »
Agreguemos a todo ello las miradas que petrifican al pró jimo,
reduzcá moslas aunque sea a una at ó mica de bolsillo, volvamos al
destino que Agrest atribuye a la pobre mujer de Lot, y tendremos

(1 ) V éase Astronaves en ¡a Prehistoria.


256 PETER KOLOSIMO

uno de esos temas tan caros a los autores de novelas ut ópicas.


Un cronista espa ñ ol, Cavegal, dice que las amazonas se habrían
establecido en América, donde habrían sido vistas cabalgando ca-
mellos y caballos a las órdenes de una de sus reinas llamada Co-
nori.
¿ Camellos y caballos en la otra orilla del Atlántico?
Cabalmente: segú n la tradición, Bochica, el dios blanco, tam -
bién cabalgaba camellos, y en Colombia se han encontrado f ósiles
de esos animales. En cuanto a los caballos, los vemos representa-
dos por muchos grafitos prehist óricos de Amazonia, hasta con silla
y carro, y en 1938 J. Bird puso a la luz en la caverna de Palli
Aike, en la extrema punta meridional de Sudamérica , esqueletos
humanos sepultados junto a huesos de caballos; en 1950, el « ca-
lendario at ómico» estableció su edad : ¡nueve mil años!
Hablando de Wotan, hemos mencionado la divinizaci ón , y cree-
mos que no se puede omitir cuanto Honoré escribe al respecto,
tras haber recordado que todos los pueblos del mundo medite-
rrá neo ten ían sus orá culos, entre ellos el celebé rrimo de Delfos:
« La Am é rica del Sur ten ía como correspondiente a Rimac, que
estaba a un d ía de camino de Pachacamac, en los aleda ños de la
.
actual Lima Los cronistas refieren que los habitantes de aquel
valle adoraban a un dios de figura humana, el cual, si se lo ped ían ,
les revelaba el futuro. Sacerdotes vestidos de blanco, que viv ían
en castidad , sin hacer uso de sal y de pimienta , se consagraban a
su culto. El orá culo de Rimac era conocido hasta la Cordillera;
reyes y príncipes, antes de partir para la guerra o incluso sola-
mente para la caza , tomaban consejo de é l.
» Casi igualmente famoso era el orá culo de Pachacamac, la ciu
dad de los prí ncipes de Guismanc ú , un peque ñ o reino al sur del
-
de Chim ú , en la costa peruana. Los cronistas dicen que aquella
ciudad era mayor que la antigua Roma y que en uno de sus tem
plos un diablo negro hablaba al pueblo. En los templos de Guis-
-
manc ú , que era meta de peregrinación , los sacerdotes predec ían
el futuro cubiertos con m áscaras de oro. Tan cé lebres eran los
orá culos de la costa del Perú , que el soberano inca Pachacutec
puso en pie un ejé rcito de 40.000 hombres para adue ñarse del dios
de Pachacamac y hacerlo transportar a Cuzco.»
He aqu í, pues, que salen a escena los incas. Nosotros les lla
maremos así , como hacen, por lo dem á s, los arqueólogos y gran
-
parte de los historiadores; pero no debemos olvidar que Itika era
un t í tulo al que sólo ten ían derecho los soberanos y sus familias:
Uno olhoia costarricense de oro en formo de oro ñ a

El tastronauta del valle del Cauca »:


su cabezo extrañamente aplastada pare-
ce encerrada en un casco transparente.

pios tambi én de otros pueblos . -


Obsé rvense los cetros en espiral, pro

El valle del Cauca cerca de Cartago


Colombia occidental .
El matrimonio Lo -
throp d e l a n t e de
una de las gigantes-
cas esferas descu -
biertas en los selvas
guatemaltecos y cos-
tarricenses.

Escultura rupestre peruana


Es llamado « Cabeza del In
ca », pero se remonto o un
-
tiempo muy anterior o lo
-
aparici ón de los incas. Re
presenta un rostro indudo
blcmcnte barbudo .
Algunos bell í simos representaciones del « p á jaro de luego » en Mé xico,
cerca de Molinolco

Esculturas rupestres de Allumicrc ( Roma ) , llamados « lo virgen de las peños » y


.
« perfil de hombre »
Utra escultura rupestre peruano. ¿ Son é stos los misteriosos « hombres de cabeza aplastada » ?

T ó tem de Aloska que representa el Un ser inidontiticablc en una isla del


.
« p á jaro do luego » archipié lago í ndico.
TIERRA SIN TIEMPO 257

el pueblo se llamaba quechua .


Si poco ha sido verificado acerca de la aparició n en determina
das zonas de muchas gentes de la Amé rica antigua , los incas no
-
son excepci ón a la regla. Todavía hoy nos inclinamos a creer que
ignoraban la escritura, y por esto sólo conseguimos reconstituir
los hechos, de un modo muy fragmentario, sobre las huellas de
hallazgos arqueol ógicos y, por lo que se refiere a los ú ltimos a ñ os,
sobre los testimonios de los conquistadores espa ñ oles.

Momias en el futuro

— —
En la isla del Sol, en el lago Titicaca dice la leyenda de los
orígenes incas , Manco Capac y su hermana Mama Odio vinie -
ron a la tierra. Luego, se encaminaron hacia el Norte, hasta que
encontraron la zona destinada por el dios Sol a su estirpe. All í
se detuvieron y fundaron el Imperio de Quechua.
El lugar en cuesti ón es Cuzco ( que significa « ombligo » ), « centro
de la Tierra », situada a 3.300 metros sobre el nivel del mar, en
un f é rtil y resguardado valle lateral del río Urumba. All í se alzó
la capital del Imperio, llamado Tahuantinsuyo o « de los cuatro
cantones », que se extend ía del sur de la actual Colombia al norte
de Argentina ; un largo y estrecho territorio, por tanto, limitado
a Occidente por el océano y a Oriente por la Amazonia , con sus
can í bales siempre en lucha con los lim í trofes.
Muy incierta es la fecha de nacimiento de aquel Imperio: al -
gunos suponen su origen en el 494, otros en el 565 , y otros en el
año 1130. En el siglo xvi, Tahuantinsuyo se derrumba bajo las ar
mas de los conquistadores, aunque muchos de sus centros, situa -
-
dos en inaccesibles mesetas de la Cordillera, sobreviven todav í a
largo tiempo.
Pero, indudablemente, existi ó un reino preincaica: un historia -
dor, en a ñ os de paciente labor, ha logrado establecer que al me -
nos 103 soberanos precedieron a Atahualpa , el ú ltimo rey inca , he-
cho asesinar por Pizarro en 1533, y que el principio de la historia
de aquellas gentes se fija en tiempos muy anteriores al diluvio.
Tales descubrimientos han hecho aflorar noticias en notorio
contraste con la afirmación segú n la cual los quechuas no ha -
17
— 2.764
258 PETER KOLOSIMO

brían conocido la escritura. Una minuciosa indagación efectuada


basá ndose en las crónicas españolas revela que sus antepasados
prehistóricos «escribían en hojas de banano, según un método
descubierto bajo el reinado de Huayna Caui Pirhua , tercer sobe -
rano de la dinast ía antediluviana », pero que « tal uso fue prohibido
.
por el 63 ° inka, Topu Caui Pachacuti IV », quien, sabedor de que
con aquel procedimiento se difund ían previsiones acerca de es -
pantosos cataclismos que habían de asolar su pa ís, « ordenó que -
mar todas las hojas de banano y prohibió la escritura bajo pena
de muerte » .
El primer soberano que empieza a salir del mito y a asomarse,
aunque sea nebulosamente, a la Historia , es Sinchi Roca , que rei-
nó alrededor de 1150. Pero es otro el emperador que nos interesa ,
el octavo de la serie, si tenemos en cuenta tambié n al primero, el
fabuloso Manco Capac .
El octavo se llamaba Viracocha Inka. Pero Viracocha , ya lo
hemos dicho, era el dios blanco de los quechuas, y viracochas fue -
ron llamados los españoles por su piel clara. El soberano en cues
tión debió de tener ese título por los mismos atributos: en efecto,
-
era blanco y barbudo. Y no hay por qué dudarlo, puesto que nos
ha llegado su retrato.
El sistema de gobierno propio de los incas es definido preco
munista , lo cual significa que la tierra era propiedad com ú n de
-
quienes la cultivaban y de las dos castas elegidas que les regían:
la cosecha se divid ía en tres partes, la primera de las cuales co -
rrespond ía a los gobernantes, la segunda a los sacerdotes y la
tercera a los agricultores.
Quienes dominaban eran los « nobles de largas orejas » , llama -
dos así porque, a fin de poner de manifiesto su alcurnia , se hora-
daban las orejas y colgaban de ellas pesados zarcillos que las de -
formaban. Y a ellos, a los sacerdotes y al culto quedaban reserva -
das las maravillas de la arquitectura , sobre la que Ferguson es -
cribe: « Ni griegos ni romanos, ni la Edad Media , alcanzaron una
perfección semejante », mientras Velarde dice: « Esa tierra crista-
lizada , moldeada en formas geométricas.»
Adoradores del Sol, los incas otorgaban gran importancia a
aquel culto, tanto, que sus sacerdotes gozaban de poderes casi ili -
mitados. Mención especial merecen las sacerdotisas, las « mujeres
elegidas del Sol » , cuya ordenaci ón era casi igual a la de las ves -
tales romanas: también ellas, escogidas entre las familias m ás
notables, eran destinadas a alimentar el fuego perenne que ar-
TIERRA SIN TIEMPO 259

d ía en el ara del dios; tambié n ellas debían comprometerse a


permanecer ví rgenes; tambié n ellas ten í an derecho de vida y
muerte sobre los condenados; tambié n ellas, por ú ltimo, eran so-
metidas, en caso de transgresión, a la pena sufrida por la infeliz
Rea Silvia .
En las civilizaciones de la Amé rica antigua los soberanos eran
considerados hijos del Sol, como ocurría no só lo en Egipto, Asi -
ria y Creta , sino tambié n en China , sobre todo bajo la dinast ía Chu.
Comentando la costumbre de los nobles incas de contraer ma -
trimonio ú nicamente en el seno familiar, entre hermanos y her -
manas, madres e hijos, Honoré escribe: « En la Persia de Ciro,
Darío y Jerjes, hasta 333 a. de J .C., y tambié n en Grecia , tales
uniones no tan sólo eran posibles: estaba francamente a la orden
del d ía que el padre casase con la hija , la madre con el hijo y el
hermano con la hermana , como suced ía en el antiguo Egipto, don -
de las esposas del faraón eran tambié n sus hermanas.»
A propósito de los misteriosos lazos existentes entre los que -
chua y los hijos del Nilo, no debemos olvidar que en agosto de
1953, el doctor Bird , del Museo de Historia Natural de Lima , des -
cubrió en las cercan ías de la capital peruana la tumba de un
prí ncipe Kapac, que vivió entre el V y el IV milenio antes de
Jesucristo, con un sarcófago id éntico a los egipcios. Y otro sarcó -
fago del mismo tipo fue puesto a la luz, con estatuas de induda-
ble estilo mexicano, en el denominado « valle egipcio » , que se abre
a mitad de camino entre los ríos Xing ú y Tocantius, en la selva
de la Amazonia meridional.
El 13 de noviembre de 1954, el peri ódico O Cruzeiro, de R ío
de Janeiro, escribía: « En la aldea de Durados, junto al r ío Pira -
Vevé, ha sido descubierto un camafeo egipcio con la cara de una
reina rodeada de jerogl í ficos cuya traducción reza así: "Tras la
muerte, el alma de la reina subió al mundo de Dios y hall ó, por
.
sus virtudes, un cielo de paz "»
No todo termina aqu í: cuando, en 1531 , los espa ñ oles de Pi-
zarro asaltaron el gran templo de Cuzco, sedientos de oro como
siempre, encontraron algunos extra ñ os paquetes. Los abrieron y
vieron que guardaban momias en posici ón fetal , envueltas en pre-
ciosos tejidos, y la cabeza cubierta por m áscaras de oro, de plata ,
de madera y de arcilla.
Ya es un hecho curioso hallar momias en América , pero puede
observarse que las incas son diferentes de las egipcias, prepara -
das, tras la extirpación de las entra ñas, aprovechando procesos
260 PETER KOLOSIMO

naturales, el clima seco y la tierra rica en componentes salinos,


asombran las momias encontradas en Ganchavita, Colombia , con
una pequeñ a corona en la cabeza, rodeadas de ofrendas funerarias:
« Es sorprendente

telas, estatuitas de oro, collares y esmeraldas.

escribe Honoré que se haya encontrado
momias en Colombia, pues ya en el pasado reinaba allí un clima
inadecuado para favorecer la conservación. En ningú n caso habr ía
sido posible, pues, un proceso natural de momificación. Y los aná-
lisis han probado que se usaron aceites y resinas: ahí se emplea -
ban , dicho de otro modo, mé todos casi id é nticos a los del antiguo
Egipto.»
Los quechuas debí an operar, sin embargo, con diversas t écni-
cas, pues no todos los cadá veres puestos a la luz aparecen embal -
samados de la misma manera. En 1560, Garcilaso de la Vega pre-
senció el hallazgo y el transporte de las momias de cinco sobe -
ranos incas, identificados como Viracocha inka, el de los largos
cabellos blancos, Tupac-Yupanqui, Huayna-Capac, Mama-Runto y
Mama-Ocllo. Sentados, con los brazos cruzados sobre el pecho, los
ojos vueltos al suelo, aquellos muertos, vestidos con sus mantos
reales, ofrecían un espectá culo impresionante. « Estaban tan intac-
tos y tan bien embalsamados con cierto bet ún
— — dice otro testigo,
el religioso Acosta , que parec ían estar vivos.»
« A ese respecto, pienso que el secreto de los indios

— — escribe
Garcilaso consist ía sencillamente en sepultar los cad á veres en
la nieve... y a poner seguidamente el bet ú n del que habla el re-
verendo padre Acosta . A la vista de aquellos cuerpos, me dieron
ganas de tocar un dedo de Huayna-Capac. Me pareció el de una
persona viva ...»
Llevadas a Lima por los espa ñ oles, las momias se descompu -
sieron rá pidamente a causa del calor y la humedad , y tuvieron que
ser inhumadas. A ese respecto, recordemos que, en marzo de 1963,
la momia de la princesa egipcia Mene, muerte en 322 a. de J .C.,
hubo de ser trasladada urgentemente a una cá mara frigor í fica de
la Universidad de Oklahoma , precisamente porque se estaba des -
componiendo, y los biólogos hubieron de comprobar, con inimagi -
nable estupor, que los tejidos epiteliales estaban intactos.
Tampoco faltan en Am é rica recientes hallazgos de momias en
perfecto estado de conservaci ón. En 1953, un mulero chileno des -
cubri ó en un glaciar de los Andes un peque ñ o sarcófago que con -
ten ía el cad á ver momificado, intacto, de una muchacha inca , que
vivió hace unos 730 a ños, con numerosas estatuitas de oro macizo,
T1LRRA SIN TIEMPO 261

una de las cuales ten ía cabeza de sapo. Y en 1959 fueron sacadas


a la luz, casualmente, de una gruta de Sonora , México, treinta mo-
mias bastante bien conservadas, que ten ían por los menos 10.000
a ños y pertenecientes a una civilización desconocida hasta la fecha.
Son hechos sin duda sorprendentes, pero don Beltrá n Garc ía
no se conforma con la versión corriente, y nos revela: « Las mo-
mias ( de los cinco soberanos incas ) , con varias decenas m á s, fue-
ron sacadas del templo y escondidas antes del nacimiento de
Garcilaso. ¡Las encontraron por errorl Cient íficamente, aquellas
momias eran cuerpos con todos sus órganos inertes pero vivientes,
a resultas de hibernación , procedimiento que los incas conocían
perfectamente. Aquella especie de embalsamamiento ten ía una fi -
nalidad cient ífica: los incas creían que un d ía lejano la ciencia
estar ía en condiciones de devolver un alma y la vida a las mo-
mias. Tambié n en el Vaticano se embalsamaba, y se sabe perfec-
tamente que el "bet ú n" de las momias incas era en realidad una
crema sólida , transparente, compuesta de tres productos, uno de
los cuales era la quinina.»
Naturalmente, reproducimos las divertidas divagaciones del es-
pa ñ ol solamente a t í tulo de curiosidad ; sin embargo, hay gente
que le toma muy en serio, aunque la falsedad sea harto evidente.
Refirié ndose a las momias de los soberanos incas, Garcilaso habla
en té rminos clarísimos de cad á veres, pero su descendiente no se
da por enterado; es más, asegura , volviendo al descubrimiento de
1953: « Garcilaso de la Vega había declarado claramente que el
"sapo helado" ( congelació n por el sistema del sapo ) era un se-
creto inca. Se piensa que la ni ñ a deb í a llevar un mensaje de la
ciencia inca a una Humanidad futura , pero que hab ía sido mata -
da por la brusca exhumación. Las estatuitas de oro, y especial -
mente la de cabeza de sapo, daban, en lenguaje secreto, la expli
cació n del experimento. »
-
Cuando el se ñor García y sus amigos « esot é ricos » tengan oca -
si ón de conversar telepá ticamente con algú n cient í fico inca medio
inmortal escondido quié n sabe d ónde, hará n bien en darnos indi-
caciones m á s precisas que las proporcionadas por el « lenguaje se-
creto » , tanto más cuanto que orno nos garantiza el espa ñ ol—
« otras momias vivientes se ocultan en crá teres volcá nicos o en los
glaciares de los Andes. Los cuerpos est á n en estado let á rgico a
resultas del procedimiento "curare" cuando se hallan en los crá-
teres, en tanto que las momias de los glaciares est á n en estado de
hibernaci ón gracias al "mé todo sapo"».
262 PBTER KOLOSIMO

Todos í os caminos llevan a Cuzco


El Imperio inca se extend ía sin regularidad , « como una tela-
ra ñ a arrancada y arrojada sobre la parte noroccidental y centro-
occidental de la Amé rica hispana ». Inclu ía zonas de la m ás diversa
naturaleza , y habría sido imposible dominarlas de no haber exis-
tido una excelente red de comunicaciones. Pero exist ía; cuando
los espa ñoles marcharon sobre Cuzco, se quedaron maravillados

ante un prodigio tal: « Las calzadas de los incas reconocieron
son mejores que las de la antigua Roma.»
Y magn íficas eran , efectivamente, aquellas arterias; las prin
—-
cipales iban de Norte a Sur, una al altiplano de los Andes, la otra,
paralela, a lo largo de la costa; y ambas estaban unidas por incon-
tables caminos transversales, muchos de los cuales son todav ía
practicables hoy, así como los puentes que salvan abismos pa
vorosos.
-
La comparación con Roma es involuntariamente muy acertada:
así como los romanos, tras las victorias militares, pensaban in-
mediatamente en comunicar las regiones conquistadas con la red
que llevaba a la Ciudad Eterna , así tambié n obraban los incas.
« Todos los caminos llevan a Cuzco », pudiera haberse dicho tam -
bié n , literalmente, en aquel pa ís.
Para las comunicaciones, los quechuas empleaban un sistema
de estafetas que les permit ía intercambiar mensajes y mercade-
r ías a distancia con sorprendente rapidez: y todos los d ías llega-
ba a la capital , en la Cordillera , pescado fresco del Pac í fico desti-
nado a nobles y sacerdotes.
Los campesinos incas hicieron milagros, transformando en f é r-
tiles bancales inaccesibles laderas de las monta ñas, irrigá ndolos
artificialmente y extrayendo del avaro suelo ó ptimas cosechas de
ma í z, patatas, pimientos, pita , algod ón y coca. ¿ Cómo no recor-
dar aquí la alusión de Plat ón a los prodigios de la agricultura
atlá ntida ? « El suelo daba dos cosechas anuales, una en invierno
por la lluvia fertilizante » otra en verano por la irrigación efectuada
a través de acequias... »
TIERRA SIN TIEMPO 263


« Ciertas obras de irrigaci ón

escriben Pauwels y Bergier lle
vadas a cabo por las gentes preincaicas serían dif ícilmente reali
zables con nuestras turboperforadoras eléctricas. Pero, ¿ por qué
-
-
hombres que no se serv ían de la rueda construían enormes cal
zadas empedradas ? »
-
Los quechuas, efectivamente, no conocían la rueda ; no dispo
n ían tampoco, por tanto, de tornos elementales: sin embargo, su
-
alfarería es de la m ás bella del mundo. Excelentes tejedores, los
« hijos del Sol », por muy extra ño que parezca, no lucían ropas
fastuosas ni adornos y no usaban ningú n mueble: sus casas sola -
mente ten ían una hornacina que serv ía de despensa, armario, ar
cén y de escondrijo .
-
No porque no hubiesen podido concederse má s, versados y dies -
tros como eran en muchas artes, hasta dar origen a curiosas le
yendas.
-
Segú n el dichoso Beltrá n Garc ía , los orfebres de Lima se hi -
cieron, el siglo xvi, con algunos lingotes de oro puro, totalmente
similar al oro normal , pero caracterizado por una ley ni siquiera
equivalente a la mitad del rey de los metales que nosotros conoce -
mos ( 19,3 ). Los orfebres fundieron a una temperatura de 1.100 gra -
dos algunos collares incas y obtuvieron lingotes de una ley igual
mente bajísima ( 8-9 ).
-
El espa ñ ol afirma que los quechuas « sabían fabricar agua del
aire », pero de todas sus historias la ú nica cre íble es la que con-
cierne al famoso « Candelabro de los Andes ».
Al sur de Lima , en una pared rocosa roja sobre el mar, est á
profundamente grabado un tridente o candelabro de tres brazos,
de 250 metros de alto, visible desde m ás de veinte kilómetros de
distancia.
La opinión general es que se trata de un medidor de mareas
construido por los incas, pero la hipó tesis nos parece inaceptable,
dada la altura de la incisión. El hecho, además, de que se hayan
encontrado cables enganchados en la roca , nos induce a consi
derar sin demasiado escepticismo lo que Beltrá n Garc ía ( esta vez
-
abstenié ndose de recurrir a los « documentos secretos » ) escribe al
respecto:
« En la columna central estaba instalada una largu ísima soga
que servía de pé ndulo vertical y en los brazos exteriores pasaban
péndulos horizontales. En resumen , el conjunto , provisto de con-
trapesos, de escalas graduadas y de sogas corredizas en poleas,
constitu ía un gigantesco sism ógrafo de precisión , capaz de regis-
264 PBTER KOLOSIMO

trar las ondas telú ricas y las sacudidas sísmicas provenientes no


sólo del Perú , sino de todo el planeta.»
En el mercado de Cuzco, Pizarro encontró todo cuanto Herná n
Cortés había encontrado en el de Tenochtitlá n. Y encontró, ade-
más, algo desconocido por los aztecas: jla balanza, una balanza
construida exactamente como las de la antigua Roma!
Los incas no tienen reputación de grandes matemá ticos como
los mayas, pero también usaban el sistema decimal ( ignorado por
muchos pueblos antiguos ), heredado de los chim úes con otras no-
ciones ya muy fragmentarias, destinadas a caer en el olvido. Para
sus cá lculos, a menudo muy complicados, usaban cordeles con nu
dos de colores, los quipos, en los cuales descansaba brillantemente
-
toda la econom ía nacional.
Pero hay quien piensa que los quipos fueron algo m ás. En su
obra The ancient civilisation of Perú, el profesor John A. Masón
afirma que se pod ía haber tratado de un sistema de escritura ade-
cuado para expresar ideas o grupos de ideas abstractas. Y si pres-
tamos crédito a las crónicas chinas, donde se lee que un antiguo
soberano del Celeste Imperio habría querido sustituir los ideogra
mas « por una escritura de nudos», no sólo tendremos una ulterior
-
con filmació n de las relaciones existentes entre la Amé rica preco-
lombina y Asia , sino que veremos afianzada la hipótesis segú n la
cual los conjuntos de los característicos cordeles serían en reali-
dad libros indescifrables.
Otro experto, el sueco Norrenskjold , expresa un parecer seme-
jante; asegura que « la escritura puede no ser el ú nico medio para
expresar el pensamiento », y ve en los curiosos nudos cá lculos ma-
temá ticos, como una especie de horóscopos, de previsiones.
« El nudo, base del equipo
— —
escriben Pauwels y Bergier es
considerado por los modernos matem á ticos uno de los mayores
misterios. No es posible m ás que un n ú mero impar de dimensio-
nes; es imposible en el plano y en los espacios superiores pares:
4, 6, 2 dimensiones; y los topólogos sólo han logrado estudiar los
.
nudos más simples No es, pues, improbable que en los quipos es-
t é n inscritos unos conocimientos que nosotros no poseemos to-
davía.»
Entre todos aquellos que se asoman al mundo de los incas,
es Machu Picchu la ciudad que ejerce una fascinaci ón particular.
Y no sin razón: impresionantes y grandiosas como pocas son las
ruinas de ese centro situado a 2.500 metros sobre el nivel del mar
y a 600 sobre el valle del Urubamba, descubiertas en 1911, tras una
TIERRA SIN TIEMPO 265

extenuante ascensión, por el explorador y arqueólogo Hiram Bing


ham .
-
Pero la poblaci ón que las ruinas nos permiten reconstituir con
la fantas ía , dif ícilmente habría podido competir con las anterio -
res; pues los arqueólogos consideran que la Machu Picchu inca
fue edificada sobre los restos de una metró poli m á s antigua a ú n ;
¿ o deberíamos decir « de metró polis más antiguas » ?
-
Dejemos a los cient í ficos ( por ahora discordes al respecto ) es
tablecer la verdad , contentá ndonos con comprobar que el centro
es conocido por incontables generaciones de indios de Norteamé -
rica , como asimismo es conocida Tiahuanaco.
21

LOS HEREDEROS DE LA ATLANTIDA

« Hemos plantado un maravilloso á rbol en el bosque, y ha cre -


cido, ha dado bell ísimas flores y frutos henchidos de sol , ha creci
do y ha esparcido sus semillas en torno, y otros á rboles han roto
-
los terrones. La mano de fuego lo ha abrasado, el aire de fuego
lo ha secado, la tierra de fuego ha devorado sus ra íces. El fuego
ha dispersado a los jardineros y esterilizado el alma de la tierra , ••
jóvenes á rboles desarraigados, jóvenes á rboles que sólo han flo-
recido una estación ... ( otros ) florecidos para nutrir corolas mons
truosas... y los frutos ( del árbol generador ) han sido mantillo•••
-
( y por último ) se han vuelto selvá ticos ( los jóvenes árboles ) y las
...
lluvias ( los han desarraigado y arrastrado ) y la selva los ha su-
mergido.»
Este fragmento es atribuido a Kalidasa , el m á s grande poeta
clásico de la India , que vivi ó de 350 a 420. Hay quien lo conside -
ra apócrifo, pero tambié n hay quien , refirié ndose a otra célebre
poes ía del « corona de todos los vates » que citaremos má s ade
lante, no sólo no abriga ninguna duda acerca de la paternidad del
-
fragmento en cuestión , sino que piensa que se refiere cabalmente
al fin de una espl éndida cultura preshist órica ( quizá la de Mu ), al
ocaso y al m á s o menos lento desmoronamiento de sus restos.
No queremos ni podemos llevar a cabo aqu í una indagaci ón
literaria ; hemos reproducido el pasaje porque nos parece que , en
268 PEIER K Ü L0S1M0

efecto, da una idea muy viva de la suerte reservada a los herede


ros de una gran civilización bruscamente truncada.
-
Y éste se ciertamente el destino que tocó a las colonias de la
Atlántida , siguiendo las huellas puestas a la luz por los arqueólo-
gos, diríamos que desparramadas en las regiones actualmente me-
nos asequibles de la Amé rica meridional y allende el Atlá ntico, allá
donde los extremos lí mites de la fabulosa « Aztland » se pon ían en
contacto con los dominios africanos de la igualmente legenda-
ria Mu.
Al profesor Homet debemos el descubrimiento y la coordina-
ción de los testimonios m ás sensacionales celosamente custodia-
dos por ese arca alucinante de secretos que es la Amazonia .
El « infierno verde » est á sembrado de signos comunes a las
más distantes partes del mundo, de dibujos que jamás se hubiese
creído encontrar all í: veamos, por ejemplo, los toros, que la his-
toria dice fueron introducidos por los españoles, un rinoceronte,
hombres con cascos astados que recuerdan tanto al dios Baal como
a los guerreros nórdicos, tanto la estatuita de bronce de Abini,
Cerdeña , como a los bajo relieves egipcios, los de Creta y Micenas.
Los dibujos de embarcaciones de una forma que debió de ser
absolutamente desconocida por los ind ígenas de Amazonia , abun -
dan en Brasil y los países vecinos. Es más: cuatro o cinco mil
a ños antes de Jesucristo, los ind ígenas de la isla de Marajó, en la
desembocadura del Amazonas, modelaban ofrendas votivas que re-
presentaban embarcaciones de cuatro palos idénticas a las creten-
ses, capaces de transportar casi 800 personas y provistas de cister-
nas para el agua potable. Las naves mediterrá neas eran denomi-
- ...
nadas cara mequera y cara-mequeras son llamados los embalses
por las tribus brasile ñas que hablan el tupi-guaran í.
TIERRA SIN TIEMPO 269

Magia roja

Cerca de Tarame, en una meseta que se extiende entre la Sierra


Paraca íma ( en los límites sudorientales de Venezuela ) y el r ío Urari
Coera , Homet encontró uno de los más impresionantes y miste-
riosos monumentos de la Amé rica prehist órica, la llamada Pedra
Pintada, que, según las tradiciones indias, se eleva sobre el cuerpo
de un gigante rubio que vivió en tiempos remot ísimos. Reprodu-
cimos a continuación los pasajes má s descollantes del informe he-
cho por el profesor acerca del importante descubrimiento.
« ...vi una calavera , bruñida por el tiempo. Más adelante dimos
con otra en el mismo lugar. Un rá pido examen me convenció de
que en ningú n caso pod ía tratarse de una raza mongólica. Y no
era, como se esperaba , el cráneo de uno de aquellos gigantes que
andaba buscando desde mi llegada a Sud á merica . Ya el barón Von
Humboldt , cuyos viajes efectuados de 1799 a 1804 han permanecido
inolvidables, había admitido su existencia, sin encontrarlos nunca ,
no obstante. Nosotros descubrimos por lo menos su rastro , Iras
haber explorado cerca de veinte mil kilómetros cuadrados de un
territorio desconocido. Pero tampoco en Pedra Pintada logramos
poner a la luz sus tumbas. Nos result ó imposible penetrar en la
construcción subterrá nea , obstruida por una masa de tierra tal
que nuestros modestos medios no nos permitieron removerla.
Examiné tan sólo el pasadizo que, bajo el peñ asco, conduce a la
derecha. Debe de tener una longitud de treinta metros; al final
est á completamente tapiado con piedras y tierra. ¿ Llega hasta el
patio del templo ? Todo lo deja suponer.
» La Pedra Pintada es un imponente pe ñ asco, aislado en el cen-
tro de una dilatada llanura, tanto, que parece muy cercano cuando
a ú n son necesarias muchas horas de marcha para llegar a él. Es un
enorme monumento de piedra de 100 metros de largo, por 80 de
ancho y 30 de alto; su aspecto recuerda un cicl ó peo elipsoide o,
mejor , un huevo. En seguida la imaginaci ón corre al ''huevo cosmo-
gónico ” de las antiguas tradiciones, al ''huevo de la creaci ón del
mundo''; pero a esa idea se acerca inmediatamente otra: el "huevo
primordial " de los pa íses mediterrá neos siempre va acompañ ado
270 PETER KOLOSIMO

de una serpiente. ¿ Y qué vemos en la parte frontal de la Pedra


Pintada ? Precisamente la vieja serpiente de las tradiciones..., pin
-
tada a una altura tal que el autor debió de usar en verdad un an -
damiaje gigantesco.
.
» La perfecta serpiente estilizada mide siete metros.. , y domi-
na miles de signos y de letras que recuerdan las escrituras del
antiguo Egipto, las semí ticas, hebraicas, sumerias, célticas, irlan
desas. ••
-
^ Debemos recalcar que los creadores de aquellas obras se dis -
-
tingu ían notablemente, por su inteligencia , de los actuales habitan
tes de la zona. Es un hecho oficialmente reconocido que los indios,
a la llegada de los conquistadores blancos, no ten ían carros ni
caminos ni caballos y ni siquiera sabían escribir. Cubiertos por
la misma pá tina , o sea caracterizados por la misma edad de las
demá s antiquísimas representaciones, vemos, sin embargo, ah í di -
bujos de caballos, carros y ruedas, repetidas varias veces, pero
siempre de perfil, a menudo segú n una técnica usada por los egip-
cios de los milenios m y rv a. de J.C.»
El profesor Homet encuentra , en las cercan ías del singular
monumento, d ólmenes id é nticos a los europeos y argelinos, con
otros signos comunes tanto a los celtas como a los pueblos semitas,
y algunas letras del alfabeto griego reproducidas con suma preci-
sión. Y descubre una galería excavada en la pe ñ a: su entrada es,
desgraciadamente, inaccesible para ios componentes de la expedi-
ción , equipada de modo harto modesto, porque se abre a cuarenta
metros del suelo, pero uno de los gu ías indios refiere que conduce
a una gran sala situada en la cima de la enorme pe ña. Allí eran
encerradas las víctimas antes del sacrificio: desde la base, otro
conducto llevaba arriba gases venenosos provenientes de las en-
tra ñas de la tierra, destinados a aturdir a los condenados a muerte.
Ecos impresionantes resuenan en ciertos puntos de la Pedra
Pintada, y un fen ómeno incre í ble asombra a quien se entretiene
en las grutas excavadas en un costado del peñasco y atestadas de
huesos humanos: una pesadilla que hace revivir con alucinante cla-
ridad escenas de antiqu ísimos y espantosos sacrificios. He aqu í la
visió n del profesor Homet , completada por claras impresiones so-
noras, tal como él mismo nos la describe:
« Acompa ñ ado por el toque de gongos de bronce, un gran gent ío
avanzaba. Miles de hombres, mujeres y ni ños vestidos de blanco se
acercaban lentamente, majestuosamente, a la Pedra Pintada , para
pararse luego frente a la entrada principal. Resonó una voz, alta .
TIERRA SIN TIEMPO 271

en el cielo, y su eco se repitió cinco o seis veces sobre la masa de


fieles, que se postró reverente. Hombres de elevada estatura , en
solemne actitud , se destacaron del gent ío y se acercaron al gigan-
tesco monumento de piedra. Uno de ellos se situó frente al dolmen
pentagonal de la fachada principal; otro, seguido por sus ayudan-
tes, subió a la segunda plataforma , un poco más alta, de la cual
los presentes sólo pod ían ver las aberturas de las cuatro grutas
sepulcrales. Un tercero, de aspecto a ú n m á s imponente y a su vez
acompa ñ ado por sus ayudantes , subió el largo camino trazado en
la roca , desapareciendo a la mirada de los peregrinos arrodillados
en la llanura.
« Después subieron lentamente a las dos plataformas visibles,
sin cadenas ni custodios, apenas sostenidos por los "siervos de la
santa muerte", dos hombres desnudos. Su expresión era de per-
sonas adormecidas. Les tendieron en la cima de los dólmenes, cuyo
color rojo comenzó a brillar a los rayos del Sol naciente. Una vez
m á s resonaron y se repitieron las misteriosas llamadas de lo alto ,
y los sacerdotes de primer y segundo grado ( su jerarqu í a corres
pondiente a la de los sacerdotes celt í beros, resulta claramente por
-
la estructura de la " Pedra Pintada" ) alzaron los cuchillos rituales
de piedra , afilad ísimos, y los clavaron en el pecho de las v íctimas,
arrancá ndoles los corazones y abrié ndolos. Después, arrojando los
pedazos a los cuatro puntos cardinales, anunciaron a los fieles el
destino que les esperaba el a ño siguiente. . . »
¿ Oué provocó esas visiones ? ¿ Acaso los gases que todavía des-
prende el suelo ? Pero, ¿ cómo pueden reflejar sucesos de los que,
con toda probabilidad , fue en verdad escenario la Pedra Pintada,
hace varios miles de a ñ os ?
Nadie podrá decirlo nunca .
272 PETER KOLOSIMO

Donde yace El Dorado


« Ma-Noa se halla en una isla de un gran lago salado. Sus muros
y sus techos son de oro y se reflejan en un lago cuyo fondo tambié n
est á cubierto de oro. Toda la vajilla del palacio y utensilios de
cocina eran de oro puro y de plata pura , y para los objetos más
insignificantes tambié n se usaba cobre y plata . En el centro de la
isla se alzaba un templo consagrado al Sol. En torno a aquel tem-
plo se erigían estatuas de oro que representaban a gigantes. En
.
la isla había tambié n á rboles de oro y de plata Y la estatua de un
prí ncipe estaba enteramente cubierta de oro en polvo.»
As í, en la Historia general de los indios, escrita en tiempos de
la « Conquista », Francisco Ló pez describe Ma- Noa , « el agua de Noé » ,
capital de El Dorado, la tierra paradisíaca de inmensas riquezas
que debe precisamente su nombre a la estatua mencionada por el
cronista: « el dorado», el hombre cubierto de oro.
Ciertamente, el relato de López es fantástico, porque parece
traslucir la obsesión de su autor, sediento de oro hasta el delirio.
Desde mediados de 1500, aventureros y cient íficos han buscado en
vano la m í tica tierra , pagando casi todos con la vida su af á n de
riquezas o de saber, cayendo v íctimas del hambre, de las flechas
envenenadas de los indios, de las mortales picaduras de insectos,
de las mordeduras de reptiles, de los ríos tumultuosos...
Pero, ademá s, ¿ se trata sólo de una leyenda , como el relato de
López parece dar a entender ? No, porque existen demasiadas in -
dicaciones concordantes habidas de los ind ígenas en el curso de
cuatro siglos, y, por otra parte, el lugar donde debería estar el
maravilloso pa ís ha sido determinado, con base en muchos indi
cios, con cierta precisión: es la Sierra Parima, una inexplorada
-
regi ón monta ñ osa que ocupa el extremo noroeste de Amazonia , en
las fronteras de Brasil y Venezuela . « Parima » significa en guaran í
( pero, detalle curioso, tambi é n en algunos idiomas sem í ticos ) « la
montaña con mucha agua », expresión que precisamente hace pen -
sar en un lago situado en una zona monta ñosa. Y al jefe de los
makus, tribu establecida en aquel inhóspito paraje, el profesor
Homet debe las revelaciones que a continuación reproducimos li-
teralmente:
Dos coloveras hallados juntos en la Serr ó do Mochado, Amazonio, pertenecientes
o dos rozos muy dilcrcntos.

.
Lo « Podra Pintada » descubierta por al profesor Homo!
Entrada a las cavernas se -
pulcrales de la « Pedro Pin-
-
tada » ( arriba ) , y un dol
men con pinturas del mis -
mo monumento.

-
Figuras de serpientes con vanas cabe
zas en Amazonia ( arriba ) y en Libe
.
rta ( abajo )
-
*

Maqueta de un conjunto de construcciones erigidas por los qunnches

Muchacha del pueblo extinguido de los


Detalle de tos mapas de Piri Reí s. guanches en una escultura en modero .

t
El
- disco do Paistos » .

.
Mu el continente
sumergido del Pa -
c í fico; la zona gris
indica sus proba -
bles limites.

TI OTIIlUAi AN

T ICOMAN )

• •1TEIOLCO
TI NA YUCA
i ZACATI ! NCO

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El antiguo México.
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comeo HUACAN
c tmuiiino ® O IIAIiO
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J 9
y XOCHIMIUO
TIERRA SIN TIEMPO 273

« Si sigues durante once días m ás por el Urari Coera aguas arri-


ba, llegarás a un riachuelo que desemboca en el gran río. Debes
remontarlo durante cuatro días, no porque la distancia sea mucha ,
sino porque abundan los rá pidos y la corriente es muy impetuosa.
Verás una gran roca cubierta de signos sobre fondo rojo. Frente
a esa roca, en la margen izquierda del río, hay una especie de
aldea. Las casas eran en tiempos de piedra, pero ahora están todas
en ruinas. Esas casas están edificadas en largas hileras y separa -
das por calles anchas y regulares. Si luego, dejando ese lugar, pro-
sigues en dirección hacia donde el Sol se pone, llegarás en dos
-
d ías al territorio monta ñoso, a una alta muralla. No podrás salvar
la: deberás buscar una puerta de piedra situada bajo un gran arco,
.
que conduce dentro de la tierra Así llegarás a una gran ciudad
hecha de piedras, pero que todas est á n derrumbadas. La ciudad es -
taba construida en l í neas rectas; podrás seguir esas l í neas, pero
deberás estar atento, porque all í donde en tiempos había viviendas,
ahora solamente hay grandes losas, y muchas est á n destrozadas
por ñiertes raíces que han crecido entre ellas. En un lugar muy
próximo encontrará s gran cantidad de agua , dentro de la cual hay
muchas piedras amarillas y mucho de ese polvo que vosotros los
blancos codiciá is tanto.»
( Era aqu é lla , entonces una ciudad del m ítico El Dorado, bus -
cada tanto tiempo, sepultada en el corazón de la selva brasile ñ a!
Según Homet , no puede haber duda , puesto que la descripci ón del
jefe maku ( que en su vida había visto una ciudad ) concuerda con
una tradición conocida por el coronel Percy E. Fawcett , explora -
dor misteriosamente desaparecido en 1925, cuando buscaba en las
selvas inexploradas del Brasil una ciudad de la Atl á ntida.

——
« Tanto si logramos penetrar en el corazó n de la selva y salir
de ésta , como si dejamos los huesos escribió el explorador antes
de su ú ltima e infortunada expedición , una cosa es cierta: la so
luci ón del enigma de la antigua Sudamérica, y quizá del entero
-
mundo prehist órico, puede ser hallada si se logra determinar la
ubicación de aquellas viejas ciudades y abrirlas a la ciencia .
»Sé que esas ciudades existen . .. , nunca he dudado ni un ins -
tante de su existencia . ¿ Cómo hubiese podido, si he visto perso-
nalmente una parte de uno de esos centros ? He aqu í la razón por
la cual me siento impelido a volver all á . Los restos parecen los
puestos avanzados de una de las mayores ciudades, que estoy segu -
ro se pueden hallar, con las dem ás, mediante una acció n de b ú s-
queda oportunamente organizada . Desgraciadamente, no consigo
18 - 2.764
274 PETER KOLOSIMO

convencer a los científicos de que acepten aunque sea la ú nica


suposición que el Brasil encierre los restos de remotas civilizacio -
nes. Pero he viajado a través de regiones desconocidas para otros
exploradores y los indios salvajes me han hablado innumerables
-
veces de los edificios, de las características de sus antiguos habitan
tes y de las extrañas cosas que se encuentran en aquellos parajes.»
Fawcett había descubierto también otro rastro: un viejo docu -
mento conservado en Río de Janeiro, que conten ía el relato de las
vicisitudes de un buscador de oro de Minas Gerais, un tal Francis
co Raposo, quien se había propuesto descubrir las famosas minas
-
perdidas de Muribeca .
Tras meses de vanas búsquedas al este del río Xingú , afluente
meridional del Amazonas, el aventurero llegó a la falda de una
cordillera imposible de escalar. Uno de sus compa ñeros, al reco
ger le ña para el fuego nocturno, descubrió por pura casualidad
-
un túnel en el que se había metido un animal. Advertido de ello,
Raposo quiso explorar la galería y penetró en ella con sus hombres.
Al cabo de tres horas de dura subida, el grupo desembocó en la
cima de un monte y, con inimaginable estupor, vio extenderse aba -
jo una ciudad. Bajo tres arcos gigantescos construidos con piedras
cada una de las cuales debía de pesar lo menos 350 toneladas, es-
taba el único acceso a la población.
« En el arco central
— refiere Homet
— se veían los signos de
una extra ñ a escritura. Los hombres avanzaban a lo largo de calles
que en tiempos debieron de ser anchas, bien empedradas, y a cuyos
lados se alzaban casas de piedra. Pero todo se hallaba invadido por
la vegetación. Las columnas de las entradas estaban adornadas con
figuras que Raposo tomó por demonios. Estupefactos, los hom -
bres prosiguieron y llegaron a una gran plaza donde, sobre una
columna negra, se ergu ía la estatua de un hombre que indicaba
el Norte con un brazo. En el port ón de un palacio en ruinas se
veían todavía restos de pinturas y de esculturas; descollaba la
imagen de un joven desnudo hasta la cintura. Bajo aquella escul
tura , Francisco Raposo descubrió signos que copió escrupulosa-
-
mente y que luego resultaron idénticos a las letras del griego ar -
caico. En un gran templo situado en las cercan ías de la ciudad ,
los exploradores hallaron el peque ñ o fragmento de un objeto de
oro: en una cara estaba representado un joven de rodillas y en
la otra un arco, con una corona y un instrumento musical .»
Ahí parece oírse el eco de los versos ( éstos ciertamente auté n -
ticos ) del gran Kalidasa:
TIERRA SIN TIEMPO 275

Abandonadas por el rey, se arruinan


las casas , los escombros se precipitan sobre
los salones, los edificios soberbios .
Donde en tiempos la noche, arrebatadas
por lujurioso anhelo de amor,
muchachas ardientes giraban en alegres juegos
y, felices, con argentinos cascabeles en los tobillos ,
brincaban al encuentro del amado,
ululan los perros, en busca de presa.
En las fuentes, adonde antes las mujeres
tendieron los brazos centelleantes de oro,
se abrevan ahora tan sólo los toros salvajes .
A las selvas han huido los apacibles pavos reales
pues que ahora callan los timbales
a cuyo son se mecí an en los á rboles de los jardines .
En las grandes escalinatas de los templos
antes atestadas de gent ío en plegaria,
posan las garras ensangrentadas
tigres saciados del estrago de rebaños
Se deslizan serpientes
.
en torno a columnas destrozadas .
Y los rayos de la Luna no encienden ya
como en tiempos un esplendor de plata
sobre los techos de los palacios,
ahora grises de musgo y verdes de hierba .
Abandonada la ciudad muerta, los buscadores de oro bajaron
de nuevo al río. All í tuvieron un extraordinario encuentro: toparon
con « indios » que indudablemente les habían seguido, espiá ndoles,
hasta las murallas de la antiqu ísima metró polis y que, al darse
cuenta de que hab ían sido descubiertos, huyeron velozmente en sus
piraguas. ¡Y aquellos « indios » eran blancos!
En Amazonia , por lo dem ás, el profesor Homet encontró y fo-
tografi ó a varios salvajes blancos. Es m á s: est á demostrado que
los guanches de las Canarias y los antiguos egipcios eran f ísica-
mente muy parecidos a los araucanos, habitantes de la ú ltima
Tiahuanaco, estirpe todav ía muy difundida desde las Antillas a
la desembocadura del Mamoré, el río boliviano que, cerca de la
frontera con el Brasil , se une al Beni , formando el Madeira. Y tam
bié n en el actual mundo mediterráneo encontramos « gemelos » de
-
276 PETER K0L0S1M0

los araucanos: los bereberes del norte de Africa y los vascos fran
ceses y españoles.
-
A propósito de estos últimos, es interesante observar que tex-
tos de los siglos xvi y xvn nos dicen que podían conversar con
indígenas de Sudamérica « cada cual en su propia lengua », ¡com
prendié ndose perfectamente!
-
Hyacinte de Clarency, además, en su Historia legendaria de la
Nueva Espa ñ a, escribe: « El bereber, el tamachek ( lengua de los
-
tuareg saharianos ), el éuskaro ( antiguo idioma vasco ) y ciertos vo
cablos del gá lico arcaico están innegablemente emparentados con
dialectos indios de la América septentrional y meridional.»
Asimismo, debemos recordar que en los mitos ibé ricos e irlan -
deses de una era remotísima se encuentra el recuerdo de una « tie -
.
rra feliz » llamada Hy Bresail o también O' Brasile Homet dice
haber descubierto en la isla de Corvo, Azores, un documento en
el cual se habla de una estatua ecuestre cuyo jinete indicaba con el
.
brazo « la dirección donde se halla el legendario Brasil » En algu
nos hallazgos efectuados en las mismas Azores y en las Canarias
-
( que habrían formado parte de dos sistemas monta ñosos de la
Atlántida ) muchos creen, por lo demás, ver claras relaciones con
.
la América central y meridional Y varios curiosos detalles má s
nos inducen a no cerrar este capí tulo sin una rá pida incursión en
el archipié lago situado a sólo ochenta kilómetros de las costas nor-
occidentales de Africa, pero que tiene caracteres f ísico-geográficos
totalmente diferentes a los del litoral.

Los demonios de las Canarias


« Deseoso de saber m ás acerca de los sá tiros, conversé con
.
mucha gente sobre el tema El cario Eufeno me cont ó que hab ía
sido sorprendido por la tempestad durante un viaje hacia Italia y
que fue empujado mar adentro, donde no se suele navegar. All í
se encontrarían muchas islas desiertas y en otras islas habitarían
hombres salvajes. Ellos ( los navegantes ) no quisieron arribar, por
haber estado ya antes en aquellos lugares y conocer a sus pobla -
dores. Tambié n aquella vez, sin embargo, se vieron obligados a
desembarcar .
TIERRA SIN TIEMPO 277

•Aquellas islas desiertas eran llamadas por la gente de mar


Sat íridas. Los habitantes eran colorados como el fuego y ten ían
colas grandes como las de los caballos. Acudieron a la nave tan
pronto la hubieron avistado; no hicieron ningú n ruido, pero se
apoderaron de las mujeres de la nave. Por el miedo, los navegan-
tes hicieron desembarcar finalmente a una mujer bá rbara , con lo
cual los sá tiros desahogaron sus apetencias.»
Así escribió el historiador y geógrafo griego Pausanias, hacia
.
175 a. de J.C ; de este pasaje y de otros, muchos cient íficos sacan
la convicción de que él quiso aludir a una de las Canarias. Pero,
¿ por qué, entonces, otros antiguos autores mencionaron al archi
pié lago como a las « islas afortunadas » ?
-
Probablemente porque entre un grupo y otro exist ían notables
diferencias, tan verdad es que las islas fueron pobladas por indi -
viduos de varias razas, que, sin embargo, no manten ían contactos
entre sí, como refieren los espa ñ oles tras haber desembarcado en
ellas.
No encontraron ya a rojos « sá tiros » , sino a guanches de piel
olivá cea, que « en las islas situadas a Occidente ten í an los cabellos
más claros », con algunos representantes de una bell ísima raza
blanca « de cabellos rubios, ojos azules y poseedores de una fuerza
extraordinaria ».
Quien pretende a los guanches emparentados con una estirpe
no del todo humana ( los famosos « hombres azules » ), podría apoyar
sus suposiciones igualmente con el curiosísimo lenguaje del que
aqu é llos se servían, silbando como pá jaros y comunicá ndose entre
sí de tal modo de colina a colina , a grandes distancias, arte éste,
conocido a ú n hoy por algunos habitantes de las Canarias.
¿ Acaso nos encontramos ante un completo muestrario de las
razas atlá nticas, en el que no faltan los indios, identificables en
los rojos « sá tiros » de Pausanias ? Sería erróneo pensar que estos
ú ltimos personajes hayan nacido de la fantas ía del marino de la
Caria , puesto que también en las pinturas prehist óricas del Á frica
septentrional encontramos hombres representados con un vivo co-
lor rojo, es m ás, individuos provistos de una inequ ívoca cola equi -
na que era , con toda probabilidad , un adorno.
Es interesante recordar que el historiador griego Plutarco ( 50-
120 después de J.C. ), llama atlantes, ni m ás ni menos, a los habitan -
tes de las Canarias. Y el hecho de que tal vez Homero hubiese visto
en el archipiélago los Campos El íseos y que otros escritores lo
hayan indicado cabalmente como el lugar de morada de los difun -
278 PETER K 0L0S1M0

tos, puede no ser debido tan sólo a su posición geográfica, por


estar situada más allá de las Columnas de Hércules.
Puede ser que los antiguos navegantes hubiesen sabido ya algo
del culto de los muertos y de la fe en la inmortalidad propia a
las gentes de las Canarias. También ellos embalsamaban sus ca-
dá veres ( que, inexplicablemente, acababan pesando, tras la opera-
ción, no más de tres a tres kilos y medio ), y ten ían en com ú n
con muchos pueblos de la América meridional la creencia de que
los difuntos aconsejaban a sus descendientes. En Perú, los indios
comparecían ante los tribunales trayendo consigo a toda la pa-
rentela y hasta las momias de los cónyuges fallecidos, para ser
asistidos por ellos; y entre los guanches un soberano era inhuma-
do sólo después del fallecimiento de su sucesor, por lo que siem
pre había un rey muerto junto a un rey vivo.
-
Algú n cient ífico afirma que los guanches aprendieron de los
egipcios la técnica de la momificación, pero la hipótesis no se sos
tiene, pues los métodos empleados por los dos pueblos son com-
-
pletamente diferentes. Quizá los habitantes de las Canarias toma-
ron de los hijos del Nilo un sistema de escritura y la costumbre
del matrimonio entre hermanos. Pero en muchos aspectos su ci-
vilización permanece sibilina , sellada por las ruinas que recuerdan
tanto a Cerde ñ a como a Jericó y a Zimbabwe, por las imponentes
obras subterrá neas de la Gran Canaria , que tienen muchos rasgos
en com ún con las de las antiguas culturas mediterrá neas.
22

LOS MITOS DE LAS TIERRAS PERDIDAS

Si a través del Atlá ntico los se ñores del continente sumergido


de Occidente mantuvieron contactos con las colonias de Mu que
se asomaban al Mediterrá neo, las dos grandes civilizaciones desa-
parecidas tuvieron ciertos tratos directos en el Pacífico. Muchas
son las analogías existentes entre la antigua Amé rica y Asia , muy
remotas y muy extendidas en el tiempo para que puedan ser atri -
buidas exclusivamente a viajes transoceá nicos emprendidos por los
representa