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La Santa Madre

¿por qué no puedo venerarla como se espera?

Amor-odio, aceptación-rechazo, alejamiento-acercamiento, son sentimientos que caracterizan,


con mayor o menor intensidad, al vínculo más profundo que existe en la vida de toda mujer, la
relación con su madre.

Pero el tiempo pasa y llega el momento de preguntarnos: ¿qué sucede cuando se es madre?
En la mayoría de los casos, cuando ha habido una buena relación, ésta se estrecha aún más,
es un momento de acercamiento y de reencuentro, nos damos cuenta de la complejidad que
representa “hacer” personas, criar seres humanos. Sin embargo, una mala relación ocasiona
un daño muchas veces irreparable.

La Las mujeres construimos en dicha relación nuestro “yo” y nuestra identidad femenina. Por
ello, cuando la madre muere y la hija teniendo aún los 15 años y en donde no hubo una figura
fuerte sustituta, queda un agujero en el alma. Sin embargo, hay sucesos que aparentemente
no son tan trágicos y que pueden ser tan funestos como la pérdida de la madre.

Simbiosis: se emplea para referirse a la cercana asociación funcional de dos organismos para
su ventaja mutua”(p.24) sin embargo, ya en referencia a sus desarrollo teórico Mahler (1980)
indica sobre la simbiosis que “para describir ese estado de indiferenciación, de fusión con la
madre en la que el “yo” aun no es diferenciado del “no yo” y que lo interno y lo externo sólo
empiezan a sentirse gradualmente como diferentes”

Durante la juventud y la adultez las cuentas pendientes entre madre e hija se ‘arrastran’, por
lo que los roces y conflictos no resueltos pueden llevar, en los casos más extremos, al
alejamiento. Se afirma que "el dolor y la angustia por este tipo de situaciones muchas veces
es difícil de superar y a medida que pasan los años, el rencor y el resentimiento se hacen más
profundos y la reconciliación más difícil”.

a) El abandono, la ausencia o la indiferencia de la madre en forma permanente.


b) La competencia constante con la hija.
c) La intromisión constante en la vida de la hija.
d) Los vínculos “vampíricos” donde la madre vive a expensas de la hija.
e) La descalificación.

Revisemos cada una de ellas:

El abandono, la ausencia o la indiferencia de la madre en forma permanente, el olvido de sus


obligaciones o el descuido impiden que se dé la “simbiosis” natural de la hija con la madre; es
decir, el vínculo de intimidad, de confianza básica, de desvanecimiento de los límites
personales en las primeras etapas del desarrollo humano. Gracias a ella, existe
posteriormente diferenciación e individualización. Si no hay madre (real o sustituta), esa
experiencia de ser amados incondicionalmente, de ser uno con otro, no existe y luego la
buscamos de la peor manera, pagando el precio que nos pidan. Cabe mencionar que los
motivos por lo que este abandono se dé pueden ser múltiples: depresión, trastornos
psíquicos, situaciones críticas (migraciones, accidentes, pérdida de la libertad), turbulencias
familiares, drogas, alcoholismo, etc., que provoquen una desconexión y la pérdida del
contacto genuino o profundo.

La competencia constante con la hija, el compararse siempre con ella y demostrarle que es
más inteligente, más deseable o más bella, según sea el valor que predomine en el
otorgamiento del poder; reclamos incesantes, ataques a la felicidad de la hija, planteos de
rivalidad con el padre, entre otros, provocan que se establezca desde la madre una polaridad
de buena-mala que prevalece a lo largo de toda la relación, desencadenándose la envidia y
los celos entre ambas. Asimilar esta rivalidad y envidia de la madre es difícil, no siempre se
hace de forma consciente, pero, al ocupar más espacio que otros aspectos de la vida, tiene
indudablemente un efecto destructivo.

La intromisión constante en la vida de la hija se da debido a que la “simbiosis” no se rompe y


no se tolera que la hija cuestione o rompa con la forma en que se da la relación. Las
consecuencias son el infantilismo crónico, la inmadurez. Es la madre sobre protectora, solícita
hasta el aturdimiento, la que todo resuelve, hasta la mínima dificultad, fóbica a todo lo nuevo
(amistades, actividades fuera del entorno más cercano, ideas). Se “desvive” por su hija; no
tiene vida propia y por ello vive la de la hija. Por su parte, ésta cree no poder vivir sin la
madre, la trae a su casa o vive con ella;, es exageradamente miedosa.

Paradójicamente, la hija crece y se desarrolla con la desaparición de la madre, o cuando


decide expulsarla o relegarla a un rincón de su vida.

Los vínculos “vampíricos” —donde la madre vive a expensas de la hija— pueden darse
porque la madre tiene a la hija de rehén escudada en una enfermedad psíquica o somática
real o fantaseada. Son madres débiles, dependientes; depositan en la hija deberes o
responsabilidades que ellas no asumen (cuidado de otros hijos, de enfermos, de sus padres,
etc.). La capacidad de la hija se magnifica, pues desde muy temprana edad debe hacer frente
a grandes problemas y situaciones, hacerse cargo de otros, mantener la organización
doméstica, sostener emocionalmente a los padres. Se le culpa ante cada oportunidad de vida
independiente con otra persona.

Este nivel de exigencia para la hija la priva de vivir su niñez, la convierte en modelo de vida de
sacrificio y sobre adaptación, lo que provoca en ella serias afecciones psicosomáticas.

La descalificación, la crítica constante por exigencias desmedidas en diferentes áreas de


desempeño (escolar, comportamiento, inteligencia, aptitudes, belleza, amistades, etc.),
provocadas, la mayor parte de las veces, por la insuficiente valoración personal de la madre
que se proyecta en la hija, atrofia la autoestima de la hija, haciéndola sentir insegura, poco
valiosa.
Todos estos tipos de relaciones son inalienables; es decir, se dan en mayor o menor medida
en el vínculo que se establece entre madre e hija; la intensidad o estereotipia de alguno de los
rasgos, en el sentido de no poderlos reconocer y se impida la capacidad de cambio y
evolución, hará más o menos saludable la relación.

Las “buenas historias”, haciendo referencia a Arribillaga, son aquellas que, pasando por
innumerables vicisitudes de amor, aceptación, encuentros y desencuentros, logran crear
condiciones de aprendizaje para ambas partes y de confianza en los propios alcances.

Para maternar se requiere de una alta capacidad de entrega, de discernimiento entre las
propias vivencias y las de los hijos, de conciencia de las diferencias entre éstos y sus distintas
necesidades físicas, psicológicas y espirituales. Y, aun así, se transitará siempre por
situaciones donde por un lado estarán los juicios de valor cultural que nos indican cómo se es
una buena madre y por el otro nuestra naturaleza humana, nuestros problemas y
contradicciones, nuestros sentimientos.

Será más fácil lograr el equilibrio desarrollando nuestro sí mismo, ese sí mismo que se formó
en el estrecho contacto con nuestra madre, con su amor y cuidados. Dejemos que viva lo que
nos diferencia de nuestras madres sin borrar lo que nos hace semejantes a ella.
Reconozcamos nuestro origen, veamos en nuestras madres a una mujer, con todo lo que ello
implica, y enseñemos a nuestras hijas —si las tenemos— a vernos como tales. La relación
entre madre e hija puede ser una de las más hermosas que experimentemos en nuestra vida,
y es una de las más intensas, profundas y complejas del ser humano.

La historia de mi madre y yo

Todo ser humano nace de una mujer a la que llamamos mamá. Nos da cuidados, protección y
cariño. Cuando yo era niña supongo que recibí tales atenciones de mi madre, los recuerdo
que tengo de ella son de cuando yo tenía 6 años de edad aproximadamente.

A causa de la situación económica en casa, mi mamá tuvo que trabajar, ella salía desde muy
temprano y regresaba por la noche, en ocasiones era necesario que trabajara más horas
fuera de su horario y otras incluso los fines de semana completos. Al ser yo la segunda hija,
ocupé el lugar de la mayor porque el primer hijo de mis padres murió al nacer. Desde niña
tuve que hacerme cargo de mis tres hermanos menores. No entendía cuales eran mis
“obligaciones y responsabilidades” así que no creo haber sido una buena madre sustituta.
Como ocurre en casi todas las familias donde hay niños inquietos los accidentes pasan y son
los padres quienes toman las decisiones en esos momentos, pero a mis 8 años de edad yo no
tenía esa capacidad, así que si algo desagradable e incluso trágico pasaba con mis hermanos
yo era la responsable. Eso era demasiado confuso para mí.

Todo se hacía más difícil ya que mi padre padecía de alcoholismo y no era posible contar con
su apoyo y guianza, Los cuidados y orientación que recibí fueron de mi abuela materna, solo
que ella tenía que hacerse cargo de 16 nietos, nosotros éramos los menores pero no los
favoritos ni su prioridad; aún así hizo lo que mejor que pudo.

De mis recuerdos más tristes es que mi madre nunca asistió a los festivales de la escuela en
los que yo participaba, incluso envió un mensaje a la maestra para que no me seleccionaran
en ninguna participación o concurso porque ella no asistiría ni me compraría ningún vestuario.
Tampoco asistió a las juntas o peticiones de presentarse con alguna maestra, siempre iba mi
abuela o una de mis primas mayores que yo.

Con la llegada de la etapa de la adolescencia todo se complicó. Ya no era posible vivir en la


misma casa con mi abuela, mis tíos y muchos primos. Pudimos mudarnos a una casa que
obtuvo mi mamá como prestación en su trabajo. Esto causo que me volviese rebelde, quería
ser independiente y no tener tantas obligaciones que seguía sin entender porque y como
cumplirlas lejos de mi abuela y primas mayores que podían decirme que hacer para no pasar
por los regaños de mi mamá. Cualquier comentario o actitud ella lo consideraba una ofensa
personal. Entonces todo lo que yo hacía o decía no era suficiente para satisfacer las
expectativas que se esperaba de mí, yo sabía que se esforzaba “por darnos los mejor” y era
mí deber colaborar y obedecer en todo para seguir siendo el ejemplo de mis hermanos.
Incluso yo tuve que iniciar los estudios medios superiores en el área que ella consideraba era
la mejor opción: Contabilidad. Pero yo odiaba esa carrera, solo cursé dos semestres y cambie
de carrera sin decirle nada a ella porque sabía que no estaría de acuerdo; presenté mis
exámenes para la carrera técnica de Trabajo Social en donde fui aceptada, ella se enteró
cuando tuvo que presentarse a firmar como mi mamá que es.

Retomando la época cuando nos cambiamos a la casa nueva, la ubicación era muy lejos de
donde vivía mi abuela materna pero ellas dos eran muy apegadas, así que todos los fines de
semana teníamos que visitarla para que no estuviesen tristes ninguna de las dos. Si me
gustaba ir, pero las tareas de la escuela se complicaban con el tiempo que ocupábamos en
trasladarnos para la visita. Poco a poco yo fui espaciando el tiempo y frecuencia de visitar a
mi abuela.

Terminé la carrera y empecé a trabajar, me iba muy bien y yo estaba muy contenta, tanto que
la relación entre nosotras mejoro. Entonces conocí a un joven que me propuso matrimonio y
una vez más ella quería tomar mi decisión: No te casas fue su indicación. Yo ya era adulta,
trabajaba, me quería casar y mi padre me apoyó, así fue como me case. Claro que para ella y
según el consejo de sus hermanas y una amiga yo era la hija mal agradecida que no valoraba
sus sacrificios y no escuchaba sus consejos.

Después del matrimonio yo tenía dos problemas; mi madre y mis suegros, ambos querían
participar en la educación y formación de mis hijas. No se los permitimos mi esposo y yo, y la
solución que encontramos para no tener conflictos con ambas familias fue salir de la ciudad
de México y mudarnos a la ciudad de Puebla. Aquí vivimos desde hace 22 años.
Todo parecía ir bien hasta que ocurrieron tres cosas:

Primero: la muerte de mi padre de la cual también me culpo por no haber estado en ese
preciso momento de su muerte junto a él, pero ella tampoco estuvo, se había ido a pasear con
una amigas y regresó a casa muchas horas después de que mi padre había muerto; otra vez
se puso muy mal, parecía que enloquecía y yo no entendía, ya que ella siempre decía que lo
odiaba.

Segundo: A mi abuela materna nunca deje de verla hasta el día en que murió. Tal
acontecimiento deprimió muchísimo a mí mamá, parecía un fantasma y se volcó en el trabajo
para no estar tan triste.

Tercero: Poco tiempo después se jubilo, ahora tenía mucho tiempo libre y ella consideraba
que era el momento de repetir la historia: que yo pasara todo el tiempo posible, disponible o
no, con ella o por lo menos que hablásemos diario por teléfono dos o tres veces al día y
ponerla al tanto de lo que hacíamos mis hijas y yo; así lo había hecho ella con su madre. Pero
yo pensaba diferente, a mi me gustaba pasar tiempo con mi esposo e hijas más que con ella,
como yo me negaba a cumplir su petición nos fuimos distanciando más y más. Antes de que
se jubilara le hicieron un homenaje en la empresa donde trabajo tantos años y de la que
estaba despidiéndose, fue invitada toda la familia excepto yo, ella no considero necesario que
la acompañara y de este hecho me enteré mucho tiempo después de haber sucedido.

Siempre me he preguntado ¿Por qué tengo esta clase de relación con la mujer que me dio la
vida?, ¿Es qué acaso soy tan malvada y perversa?, ¿Por qué muchas veces no soy capaz ni
de abrazarla?

Viviendo lejos de mi ciudad natal conocí gente cristiana, me gustó lo que me enseñaban y
decidí cambiar del catolicismo al cristianismo, eso fue un motivo más para que el deterioro de
la relación aumentase. A mi cuenta personal se añadía más culpa, acusaciones y
condenación ¿Cómo era posible que ahora siendo cristiana yo no honraba a mi madre como
lo manda Dios mismo?, ¿En qué estoy creyendo? Todo esto era una locura y la solución que
yo encontré fue distanciarme aún más!

La relación disfuncional madre – hija lamentablemente empezó a repetirse con mi hija mayor y
yo, entonces las palabras de mi madre resonaban en mi mente como una maldición “ ya lo
pagarás cuando tengas tus hijos”. Que terrible ver con mis propios ojos que tal decreto
parecía realidad pero ahora con el ser que más amo: mi propia hija. Esto es como traer una
espina clavada en mi pie todos mis días. Así que era el momento de buscar solución que me
permita romper este patrón de conducta.

Cabe decir que en todo esto el gran apoyo, respaldo y comprensión lo he recibido de mi
esposo. Él es un excelente mediador y reconciliador, es por su intervención que mi familia se
mantiene funcional hasta hoy en día. Para mi él es necesario que mi relación con mi madre
mejore y he hecho algunas cosas para que así sea:

Empecé por reconocer las cosas buenas que han sucedido aunque yo las perciba como
negativas, por ejemplo: cuando me exigía formó en mi una mujer responsable, capaz y
autosuficiente. También era necesario que ahora que soy una mujer adulta la viera a ella
empáticamente con la visión de mujer a mujer y sé que no fue fácil vivir y dormir todos los
días de su matrimonio con un hombre que olía a alcohol. Puedo reconocer que su semblante
triste y melancólico eran el producto de una vida que no le satisfacía o que no cumplía lo que
ella hubiese esperado vivir y disfrutar. Hoy en día está enferma de diversas cosas y le
entristece que sus fuerzas y vitalidad de su juventud las ocupó en su trabajo al que ella tanto
amaba, pero que la distrajo del amor hacia su familia.

Por esa razón hoy busca recuperar el tiempo perdido atendiendo a sus hermanas mayores de
edad que ella, a sus hijos, ya adultos, y a sus nietos de la manera que le recompense a ella
emocionalmente sin considerar las condiciones de su propia salud porque ellos ahora son su
prioridad.

¿Cómo repercutió esa forma de educación que recibí para yo educar a mis propias hijas? Me
doy cuenta que en muchas cosas el patrón se repetía y que les exigía a mis dos hijas como
sucedió conmigo, que me volví una madre sobreprotectora, absorbente y dominante y que por
ningún motivo ellas podían equivocarse para mostrarme a mi misma que yo estaba haciendo
bien mi tarea como madre. Tuvo que llegar el día que, después de una grave enfermedad mia,
me dí cuenta de que era necesario liberar a mi hijas y permitirles que sean adultas y vivan su
vida.