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El procedimiento administrativo sancionador:

realidades que hay que cambiar


Juan Francisco Rojas, profesor de Derecho Administrativo de la Pontificia Universidad
Católica del Perú, ha publicado hoy en el Diario La República, un artículo sumamente
crítico respecto del procedimiento administrativo sancionador que muestra la urgencia
de reflexión sobre ese quehacer administrativo, tan importante y grave por sus
consecuencias. En momentos como este recuerda uno a Octavio Paz y su referencia
al denominado “ogro filantrópico”. Solamente que en el caso de las sanciones, este
ogro tiene probablemente su rostro más inequitativo y feroz.

El arte de la sanción administrativa

Los órganos de la administración pública (ministerios,


municipios, gobiernos regionales, organismos de
regulación, entre otros) tienen la potestad de sancionar
ciudadanos cuando estos infringen normas que les
exigen un comportamiento debido. La sanción genera un
perjuicio al infractor que tiene que sufrir un menoscabo
en su patrimonio con el pago de una multa o la
imposibilidad de seguir desarrollando la actividad
cuando se trata de una orden de cese.

La sanción administrativa expresa el poder del Estado para doblegar conductas


resistentes y es un instrumento muy poderoso para la finalidad de asegurar la
convivencia. Precisamente por ello, porque se trata del ejercicio del poder estatal,
también es una actividad que debe estar precedida del sentido común y del estricto
respeto a la ley.

Los funcionarios que aplican sanciones deben hacerlo con cuidado y con respeto a
sus atribuciones. Salirse de dicho marco configura un abuso de autoridad que tiene
carácter delictivo. La sanción administrativa debe ser el resultado del respeto
democrático de una serie de principios, algunos de los cuales se identifican a
continuación.

La identificación de la conducta prohibida debe efectuarse de manera previa a la


realización del comportamiento infractor. Con ello se garantiza que el ciudadano esté
advertido de lo que la ley espera de su comportamiento. La falta de claridad en la
descripción de la prohibición impide el ejercicio de la potestad de sanción. No es
posible definir interpretativamente los alcances de una prohibición y sancionar al
ciudadano en el mismo acto en que la definición se produce.

La prohibición debe estar contenida en una ley. La tipificación de conductas por la vía
del reglamento –tan difundida en nuestro medio– es ilegal, pues solo procede
excepcionalmente en casos de habilitación por la propia ley.

La investigación debe respetar principios elementales como la imputación cierta y


precisa de la conducta infractora; la presunción de inocencia; el derecho de defensa;
los plazos máximos y los razonables. De lo que se trata es de no mantener al
ciudadano indefinidamente en la incertidumbre y en el gasto que significa enfrentar un
procedimiento de sanción.
En el caso de la sanción, debe distinguirse entre aquella por omisiones formales,
identificables objetivamente y de multa tasada; y aquella otra, de fondo, que conlleva
la evaluación de la culpabilidad del agente y la definición de una cuantía de la multa.
El monto de las multas no puede quedar al arbitrio de la autoridad o a la mera cita de
criterios legales en aparente justificación; es necesario un desarrollo sustentado y
explícito de los motivos.

La igualdad ante la ley exige que se sancione por igual a todos los infractores y no solo
a algunos. La incapacidad de la autoridad para procesar a todos los infractores no es
justificación suficiente para seleccionar a unos sin justificación, esto es arbitrariedad.

En el Perú, lejos del respeto a estos principios, los organismos que aplican sanciones
los desconocen de manera contumaz y reiterada y, lo que es peor, en la mayoría de
los casos se siguen financiando con las propias multas que imponen a los ciudadanos.
¿Dónde están el Congreso y la Defensoría del Pueblo para poner freno a toda esta
situación?