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Historias Zen

Diálogo Zen

Los maestros del Zen habitúan a sus jóvenes discípulos a expresarse. Dos templos zen tenían cada uno
su pequeño protegido. Todas las mañanas, uno de los niños, que iba por verdura, solía encontrarse de
camino con el otro.
-¿A dónde vas?- preguntó una vez el segundo.
-A donde vayan mis pies- respondió el primero.

Esta respuesta dejó perplejo al otro niño; que acudió a su maestro por
ayuda.

-Mañana a la mañana- le dijo el maestro- hazle la misma pregunta. Te dará la misma respuesta y tu le
preguntarás: "Haz de cuenta que no tienes pies, ¿A dóndevas?" Eso lo dejará arreglado.
A la mañana siguiente los niños volvieron a encontrarse.

-¿Adónde vas?- preguntó el uno.


-Adonde sople el viento- respondió el otro.

El jovenzuelo quedó otra vez desconcertado, y acudió al maestro a dar cuenta de su derrota.

-Pregúntale adónde va si no hay viento- le sugirió.

Al otro día los niños se encontraron de nuevo.

-¿A dónde vas?- preguntó el uno.


-Al mercado, a comprar verdura- respondió el otro.

Ni viento ni bandera

Dos monjes discutían acerca de una bandera. El uno decía: -La bandera se mueve. Decía el otro: -Se
mueve el viento.
En ese momento pasaba por allí el sexto patriarca. Y les dijo: -No el viento, no la bandera: la mente se
mueve.

Comentario de Mu-mon: El sexto patriarca dijo: "El viento no se mueve; la bandera no se mueve. Se
mueve la mente." ¿Qué quiso decir? Si lo comprendéis íntimamente, veréis que esos dos monjes
trataban de vender hierro y ganar oro.
El sexto patriarca no pudo soportar ver a esos dos cabezas huecas, así que cerró el trato.

Viento, bandera, mente en movimiento: la misma comprensión. Cuando se abre la boca es todo falso.

La contradicción tan asombrosa a la forma ordinaria de pensar viene del hecho de que hemos de usar el
lenguaje para comunicar nuestra experiencia más íntima, la cual en su misma naturaleza trasciende la
lingüística.
A un perro no se le estima bueno porque ladre bien y a un hombre no se le estima sabio porque hable
hábilmente.
Chuan Tzu.
Las puertas del paraíso

Un soldado, de nombre Nobushigé, acudió a Hakuín y le preguntó: -¿Existe realmente un paraíso y un


infierno?

-¿Tú quién eres? -Indagó Hakuín.


-Un samurái -respondió el otro
-¿Tú, un guerrero? -exclamó Hakuín. -¿Qué clase de señor te admitiría en su guardia? Tienes facha de
mendigo.

Nobushigé se encolerizó tanto que echó mano a la espada, pero Hakuín continuó:

-¡Con que tienes un arma! Esa espada probablemente es demasiado roma hasta para cortarme la
cabeza.

Y, cuando ya Nobushigé desenvainaba, Hakuin observó:


-Aquí se abren las puertas del infierno.

A estas palabras, el samurái, notando la disciplina del maestro, envainó la espada y le hizo reverencia.

-Aquí se abren las puertas del paraíso -dijo Hakuín.

La mente de piedra

H“gen, un maestro chino del Zen, vivía solo en un pequeño templo rural. Un día aparecieron cuatro
monjes viajeros y pidieron permiso para encender en su patio un fuego junto al cual calentarse.
Mientras preparaban la fogata, H“gen los oyó discutir sobre la subjetividad y la objetividad. H“gen se les
reunió y dijo:

-Ahí hay una gran piedra. ¿Consideráis que está dentro o fuera de vuestra mente?

Uno de los monjes respondió: -Desde el punto de vista del budismo, todo es una objetivación de lo
mental, así que yo diría que esa piedra está dentro de mi mente.

-Has de sentir la cabeza muy pesada -observó H“gen- si andas llevando en tu mente semejante piedra.

Lluvia de Flores

Subh–ti era discípulo del Budha. Había comprendido la fuerza del vacío, la doctrina de que nada existe
sino en su doble relación subjetiva y objetiva.

Cierta vez, Subh–ti, en estado de vacío sublime, estaba sentado bajo un árbol. Empezaron a caer flores
en torno de él.

-Estamos celebrando tu discurso del vacío -le susurraron los dioses.


-Pero yo ni he mencionado el vacío -dijo Subh–ti.
-Tú no has mencionado el vacío, nosotros no hemos oído el vacío
-respondieron los dioses-. Ese es el verdadero vacío.

Y los pétalos caían sobre Subh–ti como una lluvia.


Pulgada tiempo base gema

Un noble señor pidió a Takuán, maestro del Zen, que le indicara cómo pasar su tiempo. Se le hacían
muy largos los días atendiendo su despacho y rígidamente sentado recibiendo homenajes.
Takuán escribió ocho caracteres chinos y se los dió al consultante:

no pulgada
otra vez tiempo
este base
dia gema

Es decir:
Este día no retorna.
Cada instante es una gema.

(Nota: Un tiempo equivalente a una pulgada es un "instante"; el caracter que


significa 'base' o 'pie' tiene además el sentido de "digno de" y (clásicamente)
"de buena ley, de fina calidad" (hablando, por ejemplo, de metales)

Un maestro dice: "Antes que un hombre estudie Zen, las montañas son para él
montañas y las aguas, aguas. Mas cuando vislumbra la verdad del Zen a través de
la instrucción de un buen maestro, las montañas y las aguas dejan de ser lo que
son; sin embargo, cuando más tarde alcanzó realmente el lugar de Descanso (i.e.,
cuando alcanzó el satori), las montañas y las aguas vuelven a ser lo que eran."

Obediencia

A las lecciones del maestro Bankéi acudían no sólo estudiantes del Zen sino también personas de toda
escuela y estamento. El nunca citaba los s–tra ni se entregaba a disertaciones escolásticas, sino que sus
palabras salían
directamente de su corazón al corazón de sus oyentes.
Lo vasto de sus auditorios irritó a un sacerdote de la escuela Nichirén, porque los adherentes de ella
habían desertado para oír hablar del Zen. El sacerdote, tan centrado en su propio yo, acudió al templo,
decidido a sostener
un debate con Bankéi.
-¡Eh, maestro del Zen!- prorrumpió-. Espera un poco. Los que te respeten podrán hacer caso a lo que tú
dices, pero un hombre como yo no te respeta. ¿Puedes lograr que te haga caso?
-Ven junto a mi y te mostraré.- Dijo Bankéi.
Orgullosamente se abrió paso el sacerdote entre la multitud para acercarse al maestro. Bankéi sonrió.

-Ven, ponte a mi izquierda.


El sacerdote obedeció.
-No, -dijo Bankéi-, hablaremos mejor si tú estás a mi derecha.

El sacerdote, orgullosamente, se pasó a la derecha.

-Ya ves -observó Bankéi-, me estás haciendo caso, y pienso que eres una persona muy amable. Ahora
siéntate y escucha.
¿Ah, si?

El maestro del Zen Hakuín era alabado por sus vecinos a causa de su vida pura. Cerca de él vivía una
bella muchacha japonesa, cuyos padres eran dueños de una abacería. De pronto, sin saber cómo, los
padres descubrieron que la joven estaba encinta.

Esto los irritó. Ella se negó a confesar quien había sido el hombre, hasta que, tras mucho acoso, nombró
a Hakuín.
Llenos de cólera, los padres se apersonaron al maestro.
-¿Ah, si?- fue todo lo que él dijo.

Cuando el niño nació, lo llevaron a Hakuín. Para entonces éste había perdido su reputación, lo que no lo
perturbaba, pero cuidó muy bien al niño. Conseguía leche de sus vecinos, y todo lo demás que
necesitaba el pequeño.
Un año más tarde la joven madre no pudo soportarlo, y dijo a sus padres la verdad: el verdadero padre
del niño era un mozo que trabajaba en la pescadería.
Los padres de la muchacha acudieron al punto a Hakuín para pedirle perdon, deshaciéndose en
disculpas, y llevarse a la criatura.
Hakuín estuvo de acuerdo. Todo lo que dijo fue: -¿Ah, si?- y entregó al niño.

El Increíble Ki

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación
era tal en la región que nadie podía competir con el. Los demás profesores de artes marciales se
encontraban sin discípulos. Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar en los
alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado.
El experto se presento en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta y le pregunto que
deseaba. El joven anunció sin dudar su intención. El anciano, visiblemente contrariado, le explicó que
esa idea era un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.
El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una
plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en dos. El anciano permaneció
imperturbable. El visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando con romperlo
todo para demostrar su determinación y sus capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un
momento y desapareció.
Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo:
- El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo
tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.
El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de
madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros doloridos. Dijo que ningún hombre
podía romper ese bambú con la mano desnuda. El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo.
Aconsejó al visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que fuera capaz de hacer lo
mismo. Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba.
Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes. Sus músculos y su cuerpo se
endurecían día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de nuevo en la puerta de la
escuela, seguro de sí. Fue recibido por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos
bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos piedras. Se concentró durante algunos segundos,
levanto la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción en
los labios se volvió hacía el frágil anciano. Este le declaró un poco molesto:
- Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el Maestro rompe el
bambú... sin tocarlo.
El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no
había podido verificar.
En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de
haber respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo
más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a
5 centímetros del bambú... que saltó en pedazos.
Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder
decir un palabra, estaba petrificado. Por último pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su
odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.

Sexto sentido

Tajima no kami paseaba por su jardín una hermosa tarde de primavera. Parecía completamente absorto
en la contemplación de los cerezos al sol. A algunos pasos detrás de él, un joven servidor le seguía
llevando su sable. Una idea atravesó el espíritu del joven:
"A pesar de toda la habilidad de mi Maestro en el manejo del sable, en este momento sería fácil atacarle
por detrás, ahora que parece tan fascinado con las flores del cerezo".
En ese preciso instante, Tajima no kami se volvió y comenzó a buscar algo alrededor de sí, como si
quisiera descubrir a alguien que se hubiera escondido. Inquieto, se puso a escudriñar todos los rincones
del jardín. Al no encontrar a nadie, se retiró a su habitación muy preocupado. El servidor acabó por
preguntarle si se encontraba bien y si deseaba algo. Tajima respondió:
- Estoy profundamente turbado por un incidente extraño que no puedo explicarme. Gracias a mi larga
práctica de las artes marciales, puedo presentir cualquier pensamiento agresivo contra mí. Justamente
cuando estaba en el jardín me ha sucedido esto. Pero aparte de tí no había nadie, ni siquiera un perro.
Estoy descontento conmigo mismo, ya que no puedo justificar mi percepción.
El joven servidor, después de saber esto, se acercó al Maestro y le confesó la idea que había tenido,
cuando se encontraba detrás de él. Humildemente le pidió perdón.
Tajima no kami se sintió aliviado y satisfecho, y volvió al jardín.

Bokuden y sus tres hijos

Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega. Con el fin de presentar a sus tres
hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó
una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que
cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.
Tranquilamente sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a su hijo mayor.
Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto
cogió el vaso antes de entrar. Entró cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la
puerta y saludó a los Maestros.
- Este es mi hijo mayor - dijo Bokuden sonriendo -, ya ha alcanzzado un buen nivel y va camino de
convertirse en Maestro.
A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizo la puerta y comenzó a entrar. Esquivando por los
pelos el jarro que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.
- Este es mi segundo hijo - explicó al invitado -, aún le queda un largo camino que recorrer.
El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que
tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos.
- Y este - respondió el Maestro - es mi hijo menor. ES la vergüenza de la familia, pero aún es joven.

El Secreto de la Eficacia

Ito Ittosai, incluso después de haberse convertido en un experto y en un profesor famoso en el arte del
sable, no estaba satisfecho de su nivel. A pesar de sus esfuerzos, tenía conciencia de que desde hacia
algún tiempo no conseguía progresar. En efecto, los sutras cuentan que el Buda se sentó bajo una
higuera para meditar con la firme resolución de no moverse hasta que no recibiera la comprensión
última de la existencia del Universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes que renunciar, el
Buda realizó su voto: despertó la Suprema Verdad.
Ito Ittosai se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto del arte del sable. Durante 7 días
y 7 noches estuvo consagrado a la meditación.
Al alba del octavo día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber algo más se resignó a
volver a su casa, abandonando toda esperanza de penetrar el famoso secreto.
Después de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles. Cuando apenas había dado unos
pasos, sintió de pronto una presencia amenazante detrás de él y sin reflexionar se volvió al mismo
tiempo que desenvainaba el sable.
Entonces se dio cuenta que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.

Tal armero, tal arma

"El sable es el alma del Samurai", nos dice una de las más antiguas máximas del Bushidô, la Vía del
guerrero. Símbolo de virilidad, lealtad y coraje, el sable es el arma favorita del Samurai. Pero el sable,
en la tradición japonesa, es algo más que un instrumento terrible, algo más que un símbolo filosófico. Es
un arma mágica. Arma que puede ser benéfica o maléfica, según la personalidad del forjador y del
propietario.
El sable es la prolongación de los que los manipulan, se impregna misteriosamente de las vibraciones
que emanan de sus seres.
Los antiguos japoneses, inspirados por la antigua religión Shinto, conciben la fabricación del sable como
un trabajo de alquimia en el que la armonía interior del forjador es más importante que sus capacidades
técnicas. Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios días meditando y después se
purificaba practicando abluciones de agua fría. Una vez vestido con hábitos blancos ponía manos a la
obra, en las mejores condiciones interiores para crear un arma de calidad.
Masamune y Murasama eran dos hábiles armeros que vivieron al comienzo del siglo XIV. Los dos
fabricaban unos sables de gran calidad. Murasama, de carácter violento, era un personaje taciturno e
inquieto. Tenía la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban a sus propietarios a
entablar combates sangrientos o que, a veces, herían a los que las manipulaban. Sus armas sedientas
de sangre rápidamente tomaron famas de maléficas. Por el contrario, Masamune era un forjador de una
gran serenidad que practicaba el ritual de la purificación para forjar sus hojas. Aún hoy día son
consideradas como las mejores del país.
Un hombre que quería averiguar la diferencia de calidad que existía entre ambas formas de fabricación,
introdujo un sable de Murasama en la corriente del agua. Cada hoja que derivaba en la corriente y que
tocaba la hoja fue cortada en dos. A continuación introdujo un sable fabricado por Masamune. Las hojas
evitaban el sable. Ninguna de ellas fue cortada se deslizaban intactas bordeando el filo como si éstas no
quisiera hacerles daño.
El hombre dio entonces su veredicto: - La Murasama es terrible, la Masamune es humana.

No era idiota

Yagyu Tajima no Kami tenía un mono como mascota. Éste asistía a menudo a los entrenamientos de los
discípulos. Siendo por naturaleza extremadamente imitador, este mono aprendió la manera de coger un
sable y de utilizarlo. Se había convertido en un experto, en su género.
Un día, un Ronin (Guerrero errante) expresó su deseo amistoso de confrontar su habilidad en el manejo
de la lanza con Tajima. El Maestro le sugirió que combatiera primero con el mono. El visitante se sintió
amargamente humillado. Pero el encuentro tuvo lugar.
Armado con su lanza, el Ronin atacó rápidamente al mono que manejaba un shinai (sable de bambú). El
animal evitó ágilmente los golpes de la lanza. Pasando al contraataque, el mono consiguió acercarse a
su adversario y golpearlo. El Ronin retrocedió y puso su arma en una guardia defensiva. Aprovechando
la ocasión, el mono saltó sobre el mango de la lanza y desarmó al hombre. Cuando el Ronin volvió
avergonzado a ver a Tajima éste le hizo la siguiente observación:
- Desde el principio sabía que usted no era capaz de vencer al mono.
El Ronin dejó de visitar al Maestro desde ese día. Habían pasado varios meses cuando apareció de
nuevo. Volvió a expresar su deseo de combatir con el mono. El Maestro, adivinando que el Ronin se
había entrenado intensamente, presintió que el mono se negaría a combatir. Por lo tanto no aceptó la
petición de su visitante.
Pero éste insistió y el Maestro acabó por ceder.
En el mismo instante en el que el mono se puso frente al hombre, arrojó su sable y emprendió la huida
gritando.
Tajima no Kami terminó por concluir:
- ¿No se lo dije? No lo iba a vencer...
Poco tiempo después, gracias a su recomendación, el Ronin entró al servicio de uno de sus amigos.
Una enseñanza acelerada

Matajuro Yagyu, hijo de un célebre Maestro del sable, fue renegado por su padre quien creía que el
trabajo de su hijo era demasiado mediocre para poder hacer de él un Maestro. Matajuro, que a pesar de
todo había decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte Futara para encontrar al
célebre Maestro Banzo. Pero Banzo confirmó el juicio de su padre:
- No reúnes las condiciones.
- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro? - insistió el joven.
- El resto de tu vida - respondió Banzo.
- No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir su enseñanza. ¿Cuánto
tiempo me llevará si trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma?
- ¡Oh, tal vez diez años!
- Pero usted sabe que mi padre se está haciendo viejo, pronto tendré que cuidar de él. ¿Cuántos años
hay que contar si trabajo más intensamente?
- ¡Oh, tal vez treinta años!
- ¡Usted se burla de mí. Antes eran diez, ahora treinta. Créame, haré todo lo que haya que hacer para
dominar este arte en el menor tiempo posible!
- ¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años conmigo! Un hombre que quiere obtener
resultados tan deprisa no avanzará rápidamente - explicó Banzo.
- Muy bien - declaró Matajuro, comprendiendo por fin que le reprochaba su impaciencia - acepto ser su
servidor.
El Maestro le pidió a Matajuro que no hablara más de esgrima, ni que tocara un sable, sino que lo
sirviera, le preparara la comida, le arreglara su habitación, que se ocupara del jardín, y todo esto sin
decir una palabra sobre el sable. Ni siquiera estaba autorizado a observar el entrenamiento de los
demás alumnos.
Pasaron tres años. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su triste suerte, él, que aún no había
tenido la posibilidad de estudiar el arte al que había decidido consagrar su vida.
Sin embargo, un día, cuando hacía las faenas de la casa, rumiando sus tristes pensamientos, Banzo se
deslizó detrás de él en silencio y le dio un terrible bastonazo con el sable de madera (boken). Al día
siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el Maestro le atacó de nuevo de una manera
completamente inesperada. A partir de ese día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra los
ataques por sorpresa de Banzo.
Debía estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no probar el sable del
Maestro. Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez y una especie de sexto sentido, le
permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo, el Maestro le anunció que ya no tenía nada más
que enseñarle.

El ladrón de conocimiento

Yang Lu Chan nació al comienzo del siglo XIX en el seno de una familia de campesinos. Desde joven no
tenía más que una pasión: el Shuan-Shu, el arte del puño. Desde su infancia, frecuentó asiduamente las
escuelas de artes marciales de su provincia y muy pronto alcanzó el rango de un experto de gran
reputación. Pero los estilos que había practicado hasta entonces no le satisfacían. Sabía que desde la
destrucción del monasterio de Shaolin, el arte del puño había lentamente degenerado en un método de
combate que daba demasiada importancia a la técnica y a la fuerza muscular. A pesar de su búsqueda
por todos los rincones de su provincia, Ho Pei, no conseguía encontrar un Maestro susceptible de
enseñarle un arte más profundo que le condujera a la Vía de la armonía.
Su desesperación llegó a su término cuando oyó hablar del Tai Chi Chuan, arte que empezaba a ser
popular en otra provincia, Honan.
Abandonando a sus padres y amigos, Yang emprendió un viaje a pie de más de 800 km. para dirigirse a
la patria del arte que deseaba estudiar. Aprovechando un momento de oportunidad entró en los círculos
cerrados de practicantes de Taichi. En el curso de sus conversaciones con ellos, un nombre volvía
continuamente a su mente: el del Maestro Chen Chang Hsiang. Este hombre pasaba por tener el "Kung
Fu" más perfecto de su época. Desgraciadamente enseñaba exclusivamente a los miembros de su
familia, en el más estricto secreto.
Yang pensaba que después de un viaje tan largo tenía que estudiar con el mejor Maestro. Hábilmente
consiguió interesar en casa de la familia Chen como criado. De esta manera, cada día se las arreglo
para espiar secretamente el entrenamiento familiar bajo la guía del patriarca. Cuidadosamente
disimulado, observaba atentamente los movimientos, bebía las palabras y los consejos del Maestro.

Después, durante la noche, cuando todo el mundo dormía, se ejercitaba en hacer lo que había visto
durante el día y pulía incansablemente los encadenamientos de movimientos que había aprendido los
días precedentes.
Su espionaje continuó durante varios meses sin despertar sospecha... hasta que un día fue descubierto.
Inmediatamente fue conducido delante del Maestro Chen. Se esperaba lo peor. En efecto, el anciano
parecía muy enfadado. El tono de su voz dejaba ver una cierta irritación.
- Y bien, joven, parece que has abusado de nuestra confianza. Usted se ha introducido aquí con el único
objetivo de espiar nuestra enseñanza, ¿no es verdad?.
- Efectivamente - confesó Yang.
- No se aún lo que vamos a hacer con Vd. Mientras tanto siento curiosidad por ver que es lo que ha
aprendido en tales condiciones. ¿Puede usted hacerme una demostración?.
Yang ejecutó un encadenamiento con tal concentración y fluidez que el anciano Chen quedó
profundamente impresionado al ver un reflejo tan fiel de su Arte. Pero se cuidó bien de manifestar su
emoción y durante un largo instante se quedó en silencio. Después declaró:
- Sería estúpido dejarlo marchar con lo poco que conoce. Mancharía la reputación de nuestra familia
mostrando nuestro arte de una manera tan incompleta. Mejor será que se quede aquí el tiempo
necesario para terminar el aprendizaje.
¡Pero esta vez bajo mi dirección!
Yang permaneció aún varios años en la familia de Chen, integrándose cada vez más profundamente en
el Arte Supremo del Tai Chi. Después de haber recibido la bendición de su anciano Maestro, Yang volvió
a su provincia natal.
En Pekin, donde decidió instalarse para enseñar su arte, no tardó en ser conocido con el nombre del
"insuperable". En efecto, a pesar de otros profesores y campeones jóvenes le desafiaron a menudo,
nunca fue vencido. Sus combates contribuyeron a fortalecer la reputación del Tai Chi Chuan, sobre todo
porque conseguía neutralizar a sus adversarios sin herirlos jamás.

La apuesta del viejo guerrero

El señor Naoshige declaró un día a Shimomura Shoun, uno de sus más viejos samurais:
- La fuerza y el vigor del joven Katsuchige son admirables para su edad. Cuando lucha con sus
compañeros vence incluso a los mayores que él.
- A pesar de que ya no soy joven estoy ddispuesto a apostar que no conseguirá vencerme - Afirmó el
anciano Shoun.
Para Naoshige fue un placer organizar el encuentro que tuvo lugar esa misma noche en el patio del
castillo, en medio de un gran número de samurais. Estos estaban impacientes por ver lo que le iba a
suceder al viejo farsante de Shoun.
Desde el comienzo del encuentro, el joven y poderoso Katsushige se precipitó sobre su frágil adversario
agarrándolo firmemente, decidido a hacerlo picadillo. Shoun estuvo a punto de caer varias veces al
suelo y de rodar en el polvo. Sin embargo, ante la sorpresa general, cada vez se restableció en el último
momento. El joven, exasperado, intentó dejarle caer de nuevo poniendo toda su fuerza en el empeño,
pero esta vez, Shoun aprovechó hábilmente su movimiento y fue él quien desequilibró a Katsushige
arrojándolo al suelo.
Después de ayudar a su adversario semi-inconsciente a levantarse, se acercó al señor Naoshige y le
dijo:
- sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como vanagloriarse
públicamente de sus defectos.
Viejo Samurai

Jingaro sentado confortablemente delante de la chimenea se encontraba rodeado por sus juveniles
nietos. Había servido en el Ejército del Emperador por largos 20 años recibiendo los más altos honores
por sus meritorios servicios en los campos de batalla. Comenzó como simple soldado hasta convertirse
en sabio y respetado consejero no sólo en asuntos militares sino de alta política.
Ahora, cargado de medallas y de años, pasaba las horas recordando su vida y experiencias para sus
traviesos nietos, los cuales se deleitaban al escuchar las entretenidas historias, las cuales enriquecían
su cultura y conocimientos, claro está, a menudo interrumpían a su abuelo consultándole acerca de
tantas parábolas. Como el caso, cuando uno de sus nietos exclamó... ¡Abuelo, no puedo comprender el
sentido!
-¿Qué es lo que no entiendes Hara... repplicó el venerable anciano.
-¿Por qué abuelo el Samurai, confió en eel otro hombre... Cómo podía saber que era una buena
persona... Es que algunas veces debemos usar otros caminos, si queremos tener éxito en nuestras
apreciaciones.. Abuelo? ¿Cómo puedes conocer lo que no se puede ver?
El anciano lo tomó afectuosamente, lo atrajo hacia sí y le acarició su cabeza mientras le decía...
-Cierra tus ojos, querido hijito. -ordennó Jingaro-. Ahora dime ¿puedes verme?
-¡No, abuelo!, exclamó el niño.
-Pero tú sabes que yo estoy aquí, responndió Jingaro.
Los niños soltaron la risa abriendo los ojos y exclamando:
-Por supuesto que lo sabíamos, nosotros te vimos antes de cerrar los ojos, además podíamos
escucharte.
-Pero aún sin verme u oírme, yo estaría aún aquí... respondió el anciano.
Los jóvenes asintieron con la cabeza.
-Y ahora, díganme ¿de qué otro modo podíían saber que yo me encuentro aquí?
El silencio fue la respuesta. Sólo después de transcurrido un tiempo, la voz de Hana se escuchó... "Yo
creo que podría sentir que estás cerca de nosotros, abuelo".
-¿Qué tratas de decirme...?, respondió JJingaro.
-¡Qué puedo verte aún con los ojos cerraados, abuelo!
Los otros niños empezaron a reírse, pero el anciano con un gesto los detuvo.
-Escuchen mis hijos. Existen muchas maneeras de conocer cosas sin verlas con los ojos o escucharlas
en nuestros oídos. Estas habilidades son importantes. Pero valiosas... por ejemplo, el Alma... si ustedes
se esfuerzan concentrándose correctamente pueden llegar a desarrollar un nuevo tipo de visión.
Entonces ustedes estarán más allá de los límites de vuestros ojos y oídos.
Habían transcurrido varios días de aquella conversación, cuando Jingaro, sentado en su silla preferida
reparaba una antigua arma; su pelo gris y cara surcada de arrugas reflejaban los años de dura labor, y
aunque pasaba los 60, el viejo Samurai aún lucía el vigor y la energía de hombres mucho más jóvenes..
Los quietos pensamientos del anciano fueron de improviso interrumpidos por los gritos de su nuera y los
relinchos de numerosos caballos que se acercaban.
-¡¡¿Qué está sucediendo?, preguntó secamente el anciano... ¡Qué pasa... pero qué es lo que ocurre?,
inquiría una y otra vez. Luego, dirigiendo la vista al patio, sólo vio oscuridad.
De pronto su nuera, gimiendo y llorando, entró al cuarto y llena de angustia exclamó.
-¡Abuelo... abuelo! Por favor, cuide a llos niños... Monjiro y sus bandidos han venido a robarnos, pero no
sólo se llevaron el dinero, también han tomado prisioneros a Hana y han colgado a mi esposo y se
aprestan a asesinarlo... Colgándose de las ropas del anciano, le suplicó ¡Debes tomar los niños y correr
tratando de salvar sus vidas!
Jingaro comprendió que la huida no era el camino correcto, reacciono como había sido entrenado años
atrás. Instintivamente tomó su arma que colgaba en la pared. Luego se dirigió al exterior. Aún en ese
momento crucial, para el anciano fue un agrado tomar nuevamente su arma (Kama-Hoz), de cuyo
extremo pendía una cadena (Kusarigama). Jingaro escuchó los lamentos de la familia de su hijo y la
terrible risa de los bandidos. El cielo estaba oscuro y caminó rápidamente al centro del patio. De
inmediato voces a su alrededor cesaron y todos dirigieron su atención hacia el anciano que erguido los
observó lentamente uno a uno.
-¡¡¡Viejo -exclamó en forma burlona uno de los bandidos-. ¿Qué crees tú que puedes hacer con esa
arma? Los ancianos no pueden combatir y ni siquiera puedes ver de noche... esa arma que traes
necesita ser usada por un guerrero diestro, no por un anciano decrépito.
Jingaro, sin perder la calma, murmuró. "Tomen lo que desean y dejad mi familia en paz. Si Uds. rehúsan
hacerlo tendré que matarlos". Dos de los hombres se acercaron ondeando sus espadas sobre la solitaria
figura, pero cuando se encontraban a una distancia adecuada, Jingaro atacó con su Kusarigama y en
forma simultánea golpeó a uno de ellos en el cuello con la cadena y al otro hirió mortalmente con la
hoja afilada de su Kama (Hoz).
Los dos hombres cayeron heridos de muerte y nuevamente la voz del jefe de los bandidos se escuchó:
"Así que eres un verdadero guerrero. Lamentablemente para tí está demasiado oscuro y nos hubieras
dado muchos problemas de haber contado con la claridad necesaria. Quedamos cuatro hombres, y
todos tenemos excelente vista. Prepárate a morir anciano."
Jingaro no replicó y se preparó para el siguiente ataque, escuchando cuidadosamente los movimientos
de sus enemigos. Rápidamente tres de ellos tomaron posiciones rodeándole, él respondió haciendo girar
su cadena; en pocos segundos el extremo de la cadena se había convertido en un peligroso proyectil
que giraba a una velocidad increíble. Jingaro haciendo un movimiento con su brazo hizo que la cadena
alcanzara a su adversario más próximo, al cual destrozó la cara, luego saltando al costado, el veterano
combatiente enrolló la cadena alrededor de la espada de uno de los bandidos y haciéndole perder el
equilibrio lo atrajo hacia él, matándole con la afilada hoja de su Kama. Antes que pudiese retomar su
Kusarigama, el tercer asesino asestó un terrible golpe con su espada en la espalda del anciano Jingaro,
sintiendo que el frío acero invadía su cuerpo, recorrió a sus muchos años de Yoroikumi-Uchi y
volviéndose rápidamente con un poderoso movimiento envolvente, con sus piernas derribó a su
sorprendido adversario para después, con veloz movimiento de su corta espada, terminar la técnica
abriendo el cuello a su enemigo. Jingaro cubierto de sangre y mortalmente herido, enfrentó al líder de
los bandidos Monjiro, el cual expresó: "Has llegado al final del camino, anciano guerrero". Luego
montando su caballo cargó contra el anciano, el cual lo esperaba con su ensangrentada Kusarigama.
Monjiro a medida que se acercaba blandía furiosamente su espada, pero Jingaro presintiendo el ataque,
saltaba en el último instante, evitando así los terrible golpes; el caballo volví una y otra vez, pero el
anciano, el cual llegando casi al límite de sus fuerzas, dobló sus rodillas en el suelo esperando el último
y decisivo ataque.
Al verlo arrodillado el bandido se acercó y levantando su espada se aprontó a descargar el último y
mortal golpe. Jingaro decidido a salvar su familia y su honor de Samurai, reuniendo sus últimas energías
se levantó lentamente del suelo mientras escuchaba el galope del caballo que se acercaba y en el
momento apropiado evitó el ataque de la espada del bandido; luego con su cadena alcanzó el brazo del
atacante derribándole del corcel y finalmente con un golpe con la empuñadura de madera de su arma
eliminó al último de sus enemigos.
Jingaro permaneció parado por breves instantes saboreando su más importante triunfo en su larga y
brillante carrera de guerrero. Su hijo, nuera y nietos que se habían liberado de sus ataduras, lo
alcanzaron en el preciso instante que se desplomaba al suelo. Jingaro trató de ver el cielo pero
solamente vio tinieblas; los nietos lloraban desconsoladamente, pero el anciano sonriendo, expresó:
"Niños, por favor, recuerden lo que les he dicho, deben de tratar de ver más allá de sus ojos, cierren los
ojos y escuchen mi corazón".
Entonces, Jingaro, ese anciano guerrero que había perdido la vista desde hacía más de 20 años, cerró
sus ojos por última vez.

Cambio de mente

La figura vestida de negro trepó gradualmente por encima del muro que rodeaba el jardín tranquilo y se
dejó caer sin ruido al suelo. Apretó la espalda contra el muro ensombrado y se quedó inmóvil mientras
esperaba que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Miró al cielo y dio las gracias a los dioses por
haber mandado unas nubes negras para cubrir a la luna.
Mientras su ojos no pudiesen ayudarle, forzó a sus oídos para detectar cualquier sonido de peligro y
olfateo el aire para los olores humanos. Satisfecho que los guardias no le habían visto ni oído, se
desplazo cuidadosamente a lo largo de la pared, sus sandalias forradas amortiguaron el sonido de sus
pasos. Se agarró con una mano a la espada corta, colgada de su espalda, para prevenir que chocara
contra las piedras salientes.
A la medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, pudo detectar la silueta de la construcción
de madera y tejas de barro que era el palacio del señor de la guerra Nakamura. Había entrado al jardín
en su punto más próximo a la casa, pero todavía le faltaba una gran distancia para llegar al lecho del
señor Nakamura.
Acercarse a la casa no sería fácil. Aunque estaba escondido en la oscuridad, él sabía que había un
estanque grande, salpicado de islitas pequeñas, que debía ser cruzado. El puente estrecho estaría
guardado y sería un obstáculo formidable. Y aunque habría árboles alrededor de la ruta que tomara que
pudieran seguirle para esconderse, estaría en campo abierto durante la mayor parte de la distancia y
podría ser visto si la luna saliera de las nubes.
Escucho los sonidos de los grillos y respiró profundamente el olor dulce de los crisantemos en flor
mientras sacaba el alambre delgado y largo del fajín alrededor de su cintura. Mataría esta noche.
Mataría más que una vez en este escenario que parecía más apropiado para la contemplación de la vida
y la belleza. Se envolvió las extremidades del alambre alrededor de los guantes que cubrían sus manos,
se agachó muy bajo y empezó a moverse hacia el palacio.
El señor Nakamura deslizó el panel de la pared de su lecho y miró hacía el jardín oscuro. Ël, también
escucho a los grillos y respiró el mismo perfume fuerte de los crisantemos, pero estaba demasiado
absorbido con sus propios pensamientos para ser afectado por el sonido y olor agradable.
Se vistió un kimono sencillo blanco que colgó sueltamente sobre su figura macilenta. Su pelo, tan
oscuro como la noche, estaba desatado y llegó pasado sus hombros. Sus ojos eran fríos, sus labios
delgados y crueles. Su cara era el espejo de sus muchos años como un señor de la guerra. No se
reflejaba allí ningún signo de piedad ni compasión.
“Está allí fuera, ¿verdad?” – dijo como si fuera pensando el voz alta.
“Me está mirando en este mismo momento.”
Su samurai más confiado se acerco hacia su señor, manteniéndose cerca de la pared para no ser visto
por alguien desde el jardín.
“Es la hora que acordamos, “ –susurró. “Él ha sido bien pagado. Estoy seguro que está allí ya.”
Nakamura cerró el panel y entró de nuevo en la habitación.
“¿No hay ninguna posibilidad que los guardias sepan que viene?, no le deben parar antes de alcanzar
esta habitación.”
“Solamente usted y yo sabemos del arreglo, “ – le aseguró el samurai. “Los guardias fuera de su
habitación han sido informados que usted había tenido una visión de la muerte y que deben estar aún
más alertas. Dentro de poco les llamaré aquí dentro de su habitación y les ordenaré a quedarse
conmigo a su lado a lo largo de la noche. También ordenaré que uno de ellos ocupe su cama. No
dejaremos nada a la suerte. En lo referido a los guardias del jardín, no les han dicho nada.”
Nakamura indicó su entendimiento con la cabeza mientras se sentaba enfrente del taburete pequeño de
vestir cerca de su cama.
“Me ha servido usted bien.” –dijo sin mirar hacia arriba. “Ahora dígame, ¿quién es este ninja que usted
ha alquilado para matarme?”.
“Su nombre es Tahishi” –dijo el samurai. “Es de Iga y ha hecho muchas hazañas notables. Era él quien
penetró el Kogushu del Palacio Imperial y trajo noticias de los planes del Regente Nobunaga por medio
de escuchar inadvertido la reunión que mantuvo con sus señores de la guerra.
“Ha matado muchas veces y ha servido a muchos señores de la guerra. Hasta el propio Nobunaga le ha
empleado.“
“Entonces a elegido usted bien al hombre correcto,” –dijo Nakamura. “Es bueno que Nobunaga le
reconozca cuando enseñemos su cuerpo y los samurais que ha matado en su intento de asesinato.
Nobunaga nunca creería que tan meritorio ninja era parte de un complot diseñado por mi. Tal evidencia
le convencerá al Regente que tengo peticiones justas contra el señor Nagamasa. Creerá que Nagamasa
mandó a Tahishi a matarme y no se interpondrá en mi camino cuando busque la venganza. Dentro de
poco controlare las tierras y riquezas de Nagamasa y estaré el segundo a Nobunaga en el poder. Y tal
vez, algún día, mi poder podría exceder al del Regente.
“Solamente siento tristeza,” –añadió Nakamura sarcásticamente, “porque no podré premiar a este
meritorio ninja por el gran servicio que me hace al intentar asesinarme.”
Tahishi alcanzó el primer guardia antes que pudiera dar la alarma. La gaza de alambre fina se pasaba
por encima de su cabeza y, tirando fuertemente alrededor del cuello, atravesó fácilmente su carne y
casi cegó la cabeza del tronco. Una mirada de sorpresa se congeló en la cara del guerrero mientras el
ninja le bajó lenta y sigilosamente al suelo. La tranquilidad el hermoso jardín apenas había sido
perturbado.
Tahishi retiró el alambre y lo puso alrededor de su cintura debajo de su obi (fajín). No prestó ninguna
atención al samurai joven y muerto, cuya sangre filtro de la herida fina y empapo la tierra. Esta muerte
ya era del pasado. Nunca más debería ser considerado. Ahora él debía ocuparse solamente del próximo
obstáculo.
El segundo guardia estaba más alerta. Estaba situado cerca del puente que cruzaba el estanque, su
cabeza moviéndose lentamente de un lado para otro a la medida que escudriñaba el jardín, su mano
derecha posaba encima de la empuñadura de su espada larga. Era un hombre grande con hombros
fuertes y anchos. Será un oponente formidable, pensó Tahishi, uno que a lo mejor no podría vencer en
un combate libre. La astucia, no la fuerza, sería necesaria para conquistar a este hombre.
Escondiéndose detrás de los cipreses, Tahishi podía acercarse hasta unos diez metros del guardia. El
estanque prevenía que el ninja pudiera rodearle. Y no podía acercarse de frente sin ser visto. Habrá que
desviar su atención y luego cruzar estos últimos diez metros antes de que pueda recuperarse el
samurai.
Rápida y silenciosamente el ninja se desnudó. Eligió de su arsenal dos shaken y una navaja afilada, que
colocó en sus dientes. Se preparó contra el árbol que le escondía, apuntó cuidadosamente y envió el
primer shaken silbando hasta el poste del puente, cerca de la cabeza del samurai. Asustado, el guardia
giró hacia la dirección del ruido, presentando así la parte trasera de su cabeza a Tahishi.
Un instante después, el segundo shaken salió de la mano del ninja... y logró su objetivo, el área blanda
del cuello a la base del cráneo del samurai.
Tahishi empezó a correr al momento que la estrella puntiaguda estaba en el aire. El ninja sabía que los
shaken no mataban. El choque inicial pasará rápidamente y el samurai podría recuperase
suficientemente para pedir socorro. Debe ser detenido silenciosamente y deprisa. El grito no debe salir
de su garganta.
Tahishi se dirigió rápidamente a través del claro y saltó encima de la espada samurai, una mano
cercando su cabeza para tapar la boca, mientras la otra mano llevo la navaja afilada al cuello. El cuerpo
del samuirai se estremeció violentamente a la medida que su vida surgió de la herida. Sus brazos se
sacudieron frenéticamente mientras intentó librase del ogro invisible de su espalda, pero Tahishi
aguantó con toda su energía, manteniendo tapada la boca del samurai mientras su fuerza disminuía
para que el único ruido que escapara de su cuerpo fuera el gorgoteo grave y suave de la muerte.
Tahishi se cayó agotado al lado del cuerpo de su segunda victima. Sintió unas dolencias agudas en su
pecho y hombros y se dio cuenta que también tenía heridas. El shaken clavado en el cuello del samurai
había hecho unos cortes profundos en sui cuerpo durante la lucha.
Baño sus heridas en el agua fresca del estanque y aplicó unas hiervas curativas que llevaba consigo
antes de vestirse. Ahora deseaba que su misión hubiera terminado. Le hubiera gustado dejarlo ya pero
había hecho su juramento y le había pagado bien.
Cruzando el puente, Tahishi atravesó la distancia hasta el palacio muy velozmente y sin interferencias.
El lecho de Nakamura era fácil de localizar. Le había informado con exactitud el samurai le pagó pos sus
servicios.
Se arrastró cerca de la delgado pared y se tumbó postrado durante mucho rato, escuchando con sus
oídos entrenados para los ruidos que emanaban de la habitación. Cuando niño, había pasado muchos
meses retirado en los bosques y había desarrollado un sentido tan agudo de audiencia que podía
escuchar con facilidad el ruido de una hoja cayéndose o de un pequeño insecto gateando sobre una
hoja de hierva.
Mientras escuchaba, oyó la respiración rápida que alguien al izquierda de la entrada del jardín al lecho.
Era demasiado acelerada para ser alguien que dormía. De la derecha oyó el ruido del cambio de
postura. Había más de una persona en la habitación. Había otros ruidos, más tenues, desde otras partes
del lecho. Eran tres, cuatro, no, cinco personas en la habitación. Todas despiertas. Todas alertas. Todas
esperándoles. Era una trampa.
El número de oponentes nunca le había importado a Tahishi. Se había enfrentado y vencido a mayores
ventajas en sus comisiones en el pasado. Pero había estado preparado en aquellas ocasiones. Esta
situación nueva le cogió totalmente por sorpresa. No había esperado la traición. Y ahora su mente corría
par encontrar la forma de completar su misión con éxito y vivir.
Estarán descalzos, se dijo así mismo, para moverse silenciosamente. Y si hay alguien ocupando la cama
en la habitación, no será Nakamura. No se arriesgaría tanto, aún con cuatro hombres para protegerle.
Por supuesto Nakamura estaría allí para atestiguar mi muerte, pero buscará su refugio en el rincón de la
habitación más alejado de la entrada y la cama, y tendrá, muy probablemente, su samurai más fiel a su
lado para defenderle en el supuesto que algo falle en su plan.
Entonces serán tres los que habrá que considerar: uno en la cama y uno a cada lado de la entrada al
jardín. El de la cama se quedará allí para llamarme la atención cuando entre en la habitación. Entonces
el ataque vendrá desde los dos de la puerta. Tendré que eliminarles primero. Luego tendré que
deshacerme del de la cama antes que pueda ponerse de pie. El samurai que custodia al Nakamura será
el próximo y por último eliminaré al gran Señor.
Desde la gran bolsa de tela que colgaba de su hombro, Tahishi retiró diez idagama, pelotas redondas
con muchos puntos afilados, cada uno tratado con un veneno mortal. Los colocó en un diseño en el
suelo delante de la entrada.
Silenciosamente y cuidadosamente, se subió arriba, debajo de los aleros del techo bajo que cubría el
portal. De la chaqueta de su gi, sacó una cerbatana de junco, corta y delgada, e insertó un dardo
venenoso en un extremo. Colocando la cerbatana en su boca y agarrandola con los dientes, luego sacó
su espada corta de la vaina atada sobre su espalda. Había una cosa más que hacer antes de entrar en
acción. Puso su navaja en la manga derecha para que cayera en su mano al sacudir su muñeca.
Ahora estaba listo.
Enganchando sus piernas alrededor de una viga de cedro en los aleros, bajaba hasta que colgaba con
su cabeza hacía el suelo y que pudiera alcanzar el panel de la entrada, 30 cm. Por encima de ellos.
Asiéndolo con fuerza, dejó escapar entres sus dietes cerrados, un grito horripilante y arrancó la puerta
abierta.
Se levantó presurosamente mientras los dos samuráis que guardaban la entrada, se precipitaron al
jardín para encontrar al intruso. Lo único que encontraron fueron las mortalmente envenenadas
idagamas que cortaron sus pies indefensos. Mientras gritaban en su agonía. Tahishi se basculaba hacia
abajo hasta la puerta abierta, colgándose como un mono por su rabo, sus agudos ojos encontraron la
cama y el sorprendido samurai dentro, apoyándose en su codo. Agarró la cerbatana entres sus dientes,
apuntó rápida pero cuidadosamente y envión un dardo venenoso al ojo abierto del guerrero.
Adentrándose en la sala, con su espada en la mano izquierda, Tahishi rodó a través del suelo,
sacudiendo su muñeca para poder coger el punto de la hoja de su navaja entres los dos primeros dedos
y el pulgar de su mano derecha.
Sus ojos agudos pronto localizaron al señor Nakamura en el rincón más alejado de la habitación,
agachándose tras el samurai restante. El brazo derecho de Tahishi cortó el aire y su navaja se enardezó
de un lado a otro de la habitación y se hundió en el pecho ancho del guardia.
Terminó la acción en segundos. Cuatro hombres muriéndose o ya muertos, y Nakamura impotente y a
su merced.
Tahishi cruzó la sal velozmente, su espada corta alzada para matar. Nakamura se apretó al rincón,
buscando un refugio que no existía, sus ojos dilatados por el miedo.
“No puede matarme,” -chilló. “Usted está a mi servicio. Fui yo quien le pagó. Le ordenó que baje su
espada.”
Tahishi sonrió mientras indicó con la cabeza al samurai muerto tumbado a los pies de Nakamura.
“Su sirviente me pagó bien, y, de acuerdo, estoy a su servicio. Acepto su cambio demente y no le
mataré, tal y como me ha ordenado, para que puedo, de buena fe, retener sus honorarios por mis
servicios.“
“Sin embargo.” –continuó Tahishi mientras bajo la espada encima de la cabeza y defensa del señor de
la guerra, “también el señor Nagamasa me ha pagado bien, y sus ordenes son que usted debe morir.“

La advertencia

El samurai alto entró en el pequeño pueblo, al este de Kyoto, en la isla de Honshu. Su Ayigasa, un
sombrero de junco revestido de seda, que llevaba caído tapando su frente, proyectaba una sombra
sobre sus ojos y la mayor parte de su cara. Su ropa de caza de color claro estaba muy contrastado con
el lustre de la vaina de laca negra de la espada que portaba en su costado izquierdo.
Se movía silenciosamente, cautelosamente, pero sus zancadas eran seguras; su aspecto soberbio. Sus
ojos viajaban levemente sobre las diminutas cabañas que bordeaban la tranquila calle. Los aldeanos no
se dejaban ver por ninguna parte, aunque el sentía unos ojos siguiéndoles mientras pasaba por delante
de las casas. Se habían refugiado del sol, pero hubieran entrado dentro aún en día nublado para evitar
el contacto con este guerrero misterioso.
El samurai estaba satisfecho. No quería encontrar a nadie que pudiera retrasar su búsqueda del artista
Hirata . Las ordenes de su Señor, uno de los más fiados Daimyo del Regente Hideyoshi, eran explicitas:
debe encontrar pronto a Hirata y convencerle, por cualquier medio que creyera conveniente, que tenía
que entregar a su hermosa hija, Okane, al palacio de Edo. Ella será un gran regalo para el poderoso
Hideyoshi y traerá mucho honor y favor a su Señor. Le avisaron al samurai que no le permitirían el
privilegio de una muerte honorable si fallaba. En vez, lo desterrarían a Corea, donde se uniría al ejecito
de Hideyoshi en su intento inútil de conquistar aquella península misteriosa. Serviría como el más
humilde de los soldados y seguramente sufriría una muerte ignominiosa.
No le preocupaba su destino al samurai, porque estaba seguro que no fallaría. Los aldeanos tenían
miedo y estaban desarmado. Hirata era un hombre viejo. No tendrá ningún problema en cumplir su
misión con éxito.
Sin embargo, le habían advertido que no debería tomar ligeramente a Hirata. Era un ninja, un miembro
del clan que había hostigado las fuerzas de Hideyoshi mientras viajaban desde Edo a Kyoto antes de
que fueran aplastados por el gran poderío del Regente imperante. Se rumoreaba que él había causado
muchas muertes de modos horribles y taimados, y solamente le permitían vivir porque Hideyoshi no
estaba deseoso de continuar esta guerra derrochadora contra estos campesinos aterradores en un
momento cuando estaba tan involucrado con otras campañas más importantes. Volvería a ellos más
tarde, cuando sus guerreros retornaran desde Corea, y les exterminaría. Mientras tanto, había una
paz.... una paz de odio y desconfianza.
Una sonrisa atravesó la cara del samurai mientras recordaba su encuentro con un comerciante que
conocía a Hirata. Sucedió en unas 50 millas de la aldea. Ël había compartido una botella de sake con el
comerciante gordo y jovial, que se sentía relajado por la conversación, cortes y sin importancia, y
suavizado por al vino. Era en aquel momento que el samurai sacó el tema de Hirata. ¿Le conocía el
comerciante? ¿Sabía donde vivía? ¿Conocía sus costumbres? ¿Sabía de los poderes que poseía?. El
comerciante contestó si a todas las preguntas.
“No quiero saber porque busca usted a Hirata,” –dijo el comerciante. “temo que el conocerlo será
peligroso. Tan peligros como puede ser Hirata. No se deja engañar por su edad y comportamiento
quieto. Hirata es un hombre tortuoso, como todos los ninjas son hombres tortuosos. A dominado el uso
de los venenos, por esto no debe usted aceptar nada de la comida o bebida que le ofrezca. Y no deje
que le toque a usted. Han dicho que esconde sus manos unas agujas revestidas de veneno de una
potencia mortal. Aunque es usted joven, y fuerte, resultará ser un oponente digno, si le busca como
oponente.
“Vive al final de la aldea, en una casa situada encima de un otero flanqueado por un riachuelo pequeño.
Vive con su hija, Okane, la flor más bella que ha crecido en Honsh, que le sirve y la honra como si fuera
un Señor poderoso. Vive en paz ahora, trabajando en su arte desde el amanecer hasta el anochecer.
Pero no se equivoque por esta serenidad. Es peligroso. Es tortuoso. “
El samurai estaba satisfecho con la información que recibía del comerciante borracho, y ahora, mientras
se acercaba a la casitas pequeña encima del otero, tenía confianza en que su misión le saldría bien.
El samurai tuvo que agachar la cabeza para ver a través de la puerta abierta de la casa de Hirata.
Debido al deslumbramiento cegador del sol del mediodía, sus ojos tardaron unos momentos en
acostumbrarse a la habitación sombría. Estaba amueblada sencillamente... casi estéril. Unos pocos
tatamis en el suelo, un juego de té de diseño simple sobre una mesa baja en medio de la sala, un
hornillo y utensilios de cocinar en el rincón distante. Una lámpara colgaba del techo, pero ofrecía poca
iluminación. La mayoría de la pared opuesta estaba abierta para revela r un pequeño jardín, bien
cuidado, de rocas y árboles. En el centro de la abertura, destacado contra la luz, una figura se sentaba
con las piernas cruzadas frente a una mesa baja. Estaba pintando, observo el samurai, con pincel y
tinta, y estaba tan absorbido en su trabajo que no se percató, o no parecía percatarse, en la figura alta
en el portal.
“Busco un hombre llamado Hirata.” –La voz del samurai resonaba con autoridad.
Lentamente sew enderezaba la figura de la mesa y, sin volverse, contestó.
“Soy Hirata. ¿Cómo puedo servirle a usted?”.
El samurai entró en la habitación, echando sus hombros hacia atrás y apareciendo aún más masivo que
era en realidad. Se acerco a Hirata con pasos firmes. Impresionaría al artista con su poder
inmediatamente. Estaba seguro que no habría problemas.
“Soy de Mito, y traigo una oferta que honrará a su casa “.
Hirata se levantó lentamente y se volvió. Era delgado y más alto que parecía cuando estaba sentado. Se
vistió una Hakama por encima de su sencillo kimono blanco. Su pelo era abundante y largo, tocado de
gris. Una pequeña barba escasamente cubría su barbilla. Le asombraba al samurai que la cara del
artista no tenía arrugas, que sus ojos eran claros y llenos de vigor. Pero más le impresionaba las manos
de Hirata. No parecían encajar con su cuerpo eran grandes y fuertes... las manos de un hombre de gran
fuerza... de un guerrero.
“Ya me ha honrado por haber entrado en mi humilde casa.” -dijo Hirata mientras se inclinaba
ligeramente apretando sus manos entre si.
El samurai no devolvió la reverencia. Establecería de inmediato quien era el superior, aunque
significaba insultar a su anfitrión. Hirata no parecía notarlo o simplemente ignoró la grosería.
“Le ofrezco algo de té. O tal vez prefiere sake.” –dijo indicando hacía la mesa en medio de la habitación.
El samurai declinó. Se pone en marcha rápidamente, pensó.
“Estoy ansioso para volver a Mito con su regalo para mi Señor, Hideyoshi.” –dijo el samurai mientras
empujó el sombrero hacía atrás hasta que colgaba encima de su espalda por la cuerda que lo había
sujetado debajo de su barbilla. Hirata le miraba a la cara con calma. Era una cara cruel y ruda; una nariz
ancha separaba a unos ojos profundos y malvados. La barbilla era cuadrada y firme, y una sombra azul
escasamente escondía unas mejillas destrozadas por la sífilis. Este es un hombre que ha matado a
muchos sin remordimiento, pensó Hirata. Y con la más mínima provocación, mataría de nuevo.
“Me siento adulado que cree que tengo algo digno de ser un regalo para el gran Hideyoshi.” –dijo Hirata
humildemente. “Pero como puede ver, esta es una casa simple. Tengo posesiones simples y mi arte es
de mediocre calidad, más apta para quemar que para un obsequio.”
El samurai miró a Hirata fríamente. Es un hombre sagaz. No se como se ha enterado, pero sabe porque
estoy. Aquí ahora veremos si es tan valiente como sagaz.
El samurai sacó su espada y la colocó contra la mejilla del artista. Con la presión más tenue, hizo un
corte pequeño. Hirata se quedó inmóvil y silencioso mientras la sangre escurría por su barbilla y
goteaba encima de su kimono blanco.
“No quiero su arte cruda ni sus posesiones simples.” -gruñía el samurai. “El regalo por el que he venido
es su hija. ¡Traédmela enseguida!.
Hirata miró fijamente, sin emoción aparente, al samurai, pero a la medida que éste elevo la espada,
golpeaba sus manos dos veces, y una chica joven entró desde el jardín. Era la muchacha más hermosa
que había visto nunca el samurai, una figura pequeña y delicada, escasamente de 13 años, con una piel
que era casi transparente, unas facciones perfectas, un tipo apuesto. De verás ella era un premio digno
para cualquier rey. Su Señor estaría contento y le recompensaría generosamente.
“Actúa con sabiduría, no con honor ni con valentía.” –dijo el samurai con desprecio. “Le pago por su
obsequio con su vida. Ven, Okane, la llevo a una vida muchísimo mejor. Una vida de servicio para
nuestro Señor Hideyoshi.”
Con su espada todavía desvainada, el samurai cogió la mano de la asustada Okane, la llevó hasta la
puerta. Ella no ofreció ninguna resistencia ni miraba a su padre, que no se había movido ni profería
ninguna palabra. En la puerta, el samurai volvió hacía Hirata.
“Ahora sería un buen momento para que usted disfrute de algo de su té y sake.” Enfundó su espada y
anduvo triunfalmente a lo largo de la calle de la aldea con Okane corriendo par ir a su paso.
La taberna estaba casi desierta cuando entraron el samurai con Okane. Inspeccionaba la sala grande
desde la puerta, una precaución que se había convertido en costumbre en todas sus misiones. Estaba
agotado por la constante vigilancia que tuvo que mantener desde su salida de la casa de Hirata y quería
nada más que una buena comida, algo para beber y un poco de reposo. Estaba contento de ver al
comerciante que había encontrado en su visita anterior consumiendo un manjar de arroz y pescado
cocido en el distante rincón. Sus ojos se encontraron y el comerciante sonrió e indico que el samurai se
uniera a él.
El samurai se sentó fatigosamente encima del delgado tatami que estaba extendido delante de la mesa
y trago con ganas la copa de sake que le ofreció en comerciante. Okane se sentaba resentidamente a
su lado, sus ojos mirando hacia abajo e hinchados con lágrimas sin derramar.
“Le doy las gracias por su hospitalidad y los consejos valiosos que me dio cuando nos encontramos la
primera vez. Brindo por su salud y su futuro,” – dijo el samurai, y apuró una segunda copa de sake.
Ahora que estaba sentado sintió el cansancio recorrer su cuerpo. Se sentía mareado, como si hubiera
bebido demasiado. Pero entonces sus brazos parecían de plomo, sus piernas palpitaban y un dolor
punzante corría a través de su pecho. El comerciante sonreía y estaba hablando, pero tuvo que
concentrarse mucho para oír lo que decía.
“Hirata le da las gracias por su regalo de la vida. Para pagarle ahora le quitará la carga de su hija
indigna de sus cansados hombros. El siente que le pareciera bien rechazar su hospitalidad durante su
visita su casa. Sabe que era un descuido de su parte y ha mandado su sake favorito para aliviarle y
calentarle.”
El comerciante se levantó y, cogiendo a Okane por la mano, anduvo lentamente hacía la puerta. El
samurai quedó sentado, paralizado, sin poder pararle.
“Le advertí.” –dijo el comerciante mientras salía por la puerta.
“Hirata es un hombre tortuoso. Todos los ninjas somos hombres tortuosos”.
El secreto de la vía del sable
Un joven fue un día a acercarse a un Maestro de Kenjutsu para ser un alumno. El maestro acepto y dijo:
“A partir de hoy, tu iras cada día a cortar troncos en el bosque y a buscar el agua en el río.” Esto fue lo
que el joven hizo. Depuse de tres años, se dirigió al maestro y le dijo: “Yo he venido para aprender la
esgrima y hasta ahora ni siquiera pasé la puerta del Dojo...”.
“Muy bien, -le dijo el Gran Maestro-, pues hoy tu entraras.” Sígueme. Y desde este momento, tu haces
toda la marcha alrededor de la sala, pisando cuidadosamente el borde del tatami pero sin traspasarle
jamás...
El discípulo practicó el ejercicio durante un año, al fin del cual él se encolerizó hasta tal punto que se
dirigió al Maestro y grito: “Me voy, no he aprendido nada del arte que vine a aprender, me voy...”
“No, -le dijo el Maestro- hoy voy a continuar enseñándote. Ven conmigo...”
El Maestro llevó al joven frente a una montaña, seguidamente al borde de un precipicio enorme. Un
tronco de árbol estaba haciendo de puente sobre el vacío...
“Pues bien, pasa para el otro lado”, dijo el Gran Maestro al discípulo, que estaba lleno de terror.
Mirando al abismo, lleno de miedo y de vértigo, el joven estaba paralizado. En ese momento llega un
ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar, se mete sobre el frágil pasaje y pasa tranquilamente.
No fue preciso más para que el joven perdiera el miedo y a su vez pasará rápidamente al otro lado.
Su maestro la grita: “Tu dominaste el secreto de la esgrima: abandonar el ego, no temer a la muerte, ser indiferente a las
circunstancias adversas. Cortando troncos, desarrollaste la musculatura, marchando con atención al borde del tatami perfeccionaste
tu equilibrio, y mira, hoy tu comprendiste el secreto de la “Vía”, creo que serás entre todos el más fuerte...
El moscardón y el maestro

El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas
pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas
mínimo sonido.
El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia
al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la
enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y
enseñaría en su lugar.
El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate
de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos
samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del
país.
Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y
respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el
lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus
semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y
recogimiento.
En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente
presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde
se le antojaba.
Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la
pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen
perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en
el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de
ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la
vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente
mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos
que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado
interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de
mayor tensión interior...
El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar
uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo
milagrosamente.
El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse
cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron
sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
- Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo
Japón.
- ¿Por que lo dices? - contesto el primoogénito.
- Porque al lanzar ese tajo al moscardónn no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le
ha escapado.
El otro hombre sonrió.
- Cierto, ha escapado vivo. Pero no te eequivoques... ya no podrá tener descendencia....

Historia de Miau

Un samurai, feroz guerrero, pescaba apacilemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a
cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. Al darse cuenta, el
samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos. Este guerrero era un budista
ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.
Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
Todos los lugares y las circunstancias proferían miaus lacinantes.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido...
Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No
pudiendo acabar con los maullidos, fue al temploa pedir consejo a un viejo maestro Zen.
-Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.
El Maestro le respondió:
-Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus,
mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora. -Y añadió-: Sin
embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el vientre, te cortaré la cabeza
con mi sable para abreviar tus sufrimientos.
El samurai accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia. Cuando todo
estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia el
vientre. Detrás de él, de pie, el Maestro blandía su sable.
-Ha llegado el momento -le dijo-, empieza.
Lentamente, el samurai apoyó la punta del cuchillo sobre su abdomen. Entonces, el maestro le
preguntó:
-¿Oyes ahora los maullidos?
-Oh, no, ¡Ahora no!
-Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.
En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas,
la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les
otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?

La reunión de Artes Marciales de los Gatos

Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken,
su hogar estaba invadido por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas.
Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir
durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entrenador de
gatos. Shoken le dijo, "Préstame tu mejor gato".
El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas,
con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la
habitación, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo
decididamente especial con aquella rata.
Shoken consiguió entonces un segundo gato, uno de color jengibre, con un ki increíble y una
personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon;
pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una presurosa retirada.
Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que
los dos anteriores.
Shoken consiguió un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era tan fuerte como el
gato de callejón o el gato color jengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro
se sentó, imperturbable, y se mantuvo completamente inmóvil. Un titubeo cruzó la mente de la rata. Se
acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente el gato la agarró por
el cuello, la mató y se la llevó arrastrando.
Posteriormente Shoken fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo, "Cuantas veces he
perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearla me rasguñaba; como pudo tu
gato negro deshacerse de ella?"
El amigo le dijo, "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los
gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante seguro de que todos
entienden sobre artes marciales".
Así que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El
gato de callejón tomó la palabra y dijo, "Soy muy fuerte".
El gato negro preguntó, "Entonces por qué no la venciste?"
El gato de callejón respondió, "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar
ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata
común y corriente".
El gato negro dijo entonces, "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se compararon con las de aquella
rata. Tendrás mucho músculo y muchas waza, pero la habilidad sola no fue suficiente. De ninguna
manera!"
El gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi
respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía.
Pero me fue imposible vencer a la rata. Por qué?
El gato negro respondió, "Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de
tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de él, se transforma en
algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un
gato furioso. Tu ki puede compararse con el agua que fluye de una llave; pero el de la rata es como un
gran geyser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en
realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo."
Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy
fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con waza y utilizaba todo su tiempo
practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de victoria), y él también se vio
forzado a correr para sobrevivir.
El gato negro le dijo, "Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la
rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el
instante que entraste a la habitación entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste
vencerla. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas
en vez de unirse en una.
"Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconscientemente, natural y
automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata.
"Pero conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que yo. El es muy,
muy viejo y sus bigotes son grises. Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es
fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque
a veces toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se
apartan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejadas que nunca tiene la oportunidad de
atrapar ni siquiera una. Un día entró en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las
ratas desaparecieron en ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Las podía espantar en
sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más allá de las
posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia."
Para Shoken, el maestro de kendo, esta fue una gran lección.
En zazen, ya estás más allá de posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia.

Los 3 hermanos

Un viejo guerrero Samurai , que en su juventud logró sobrevivir a los embates de diversas guerras entre
señoríos, presintió que sus días en este plano de vida se terminarían , y decidió dar lo poco que tenía a
sus tres únicos hijos , los cuales también eran samurais , pero de un nivel de pelea muy básico.
Como él presentía que su destino con el TAN TIEN se acercaba decidió que no sería posible enseñar
Kenjutsu por completo a sus tres hijos y esto lo puso muy triste pues sin duda después de su partida
ellos serían presa fácil de otros guerreros de mayor nivel.
Mientras se preparaba espiritualmente en meditación para su partida , le llegó una visión y una forma
de dar el último legado a sus jóvenes hijos.
Mientras hacia un recuento de las posesiones en armas que tenía y al observar las flechas que había
forjado años antes como regalo para sus hijos, (las flechas tienen una simbología muy particular para
los Japonese pues denotan el vehículo con que se trasladan los deseos y las metas, y su objetivo es no
regresar del lugar donde salieron) así comparó los deseos que dejaría como último legado para sus tres
hijos.
Días mas tarde convocó a los tres para dar sus bendiciones y para heredarles lo que les correspondiese
a cada uno y durante ese momento dijo :
" Se que ustedes seguirán mis pasos como guerreros y se que aún son muy jóvenes e inmaduros en las
artes del sable , no obstante que sus técnicas son complementarias y que solo les enseñe a atacar y no
a defender, les tengo una herencia mas por darles .
Sepan que en estas flechas esta el secreto para que ustedes puedan ser invencibles a pesar de que solo
saben técnicas de ataque."
Los tres muchachos se quedaron sorprendidos , se miraban entre si , pues no sabían como tres flechas
habrían de hacerlos invencibles. El anciano se sonrió y les entregó una flecha a cada uno de ellos . los
chicos las miraron y quedaron mas confusos pues las flechas no parecían tener alguna cualidad superior
y uno de ellos dijo:
"Padre gracias por tu regalo y por entregarnos estas flechas , pero dime ¿Cómo es que esta simple
flecha me va hacer invencible?
El anciano le dijo:
"Si decides romper esta flecha con tus propias manos seguramente lo lograras sin ningún tipo de
problema pero si juntas las tres te será parcialmente imposible romperlas, juntalas de una sola ves e
intenta romperlas tan solo con tus manos."
El chico comprobó que su padre tenía razón pues a pesar de que eran simples flechas , estaban hechas
de maderas duras y al juntar las tres no se podían romper .
El anciano sonrío de nuevo al ver que ninguno de los tres pudo romper el grupo de flechas y continúo
diciendoles :
"Así como el estilo de estas tres flechas es el de solamente atacar su objetivo , el de ustedes es igual,
pero pongan atención pues esta es la herencia más importante que les dejaré. Las flechas son
indestructibles si se juntan pero si se deja una sola cualquiera podrá romperla , estas flechas
representan a sus cualidades y a sus personalidades de combate , de igual manera , para que ustedes
sean invencibles , siempre deberán pelear juntos y atacando de una manera definitiva y sin titubear ,
pues el día que decidan pelear solos será el último: rota una de las flechas las otras son mas fáciles de
romper. Esta es la manera de que los tres sean invencibles a pesar de que solo saben ataques y no
defensas."
Desde entonces ninguno de los tres hermanos se atrevió a pelear solo y desde ese momento juntos
fueron invencibles.
* Este precepto filosofico comprende la necesidad de estar unido para no ser derrotado.
* "Unidos nos mantendremos a salvo, separados sucumbiremos ".

La taza vacía

Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se
presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados
y largos estudios.
Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos
del conocimiento Zen.
Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del
guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.
Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la
mesa.
El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo
podría usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: " A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"

En las manos del destino

Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus
tropas fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro que ven-cerían, pero sus hombres no
lo creían mucho. En el
camino, Nobunaga se detuvo delante de un santuario Shinto. Declaró a sus
guerreros:
-Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una
moneda. Si sale cara venceremos, si sale cruz perderemos. Estamos en las manos
del destino.
Después de haberse recogido unos instantes, Nobunaga salió del templo y
arrojó una moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los
guerreros, firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intre-
pidéz tan extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo:
-Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria inesperada es una nueva
prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que le enseñaba una
moneda... trucada, que tenía cara en ambos lados.
Persiguiendo dos conejos
Un estudiante de artes marciales se aproximó el maestro con una pregunta. "Quisiera mejorar mi
conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro
para aprender otro estilo. ¿Que piensas de esta idea?"
"El cazador que persigue dos conejos", respondió el maestro, "no atrapa ninguno".

Concentración

Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen
que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando le dió
al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le
dijo el viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!". Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al
joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo
siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y
tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo
eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu
turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme. Contemplando con terror el abismo
aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes
mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace
errar el tiro".

El valor de las cosas

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que
no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo
hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás
después...- y haciendo una pausa agregó: - Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema
con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro - titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades
postergadas.
-Bien - asintió el maestro. Se quitó un anilloo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y
dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo
vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma
posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más
rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que
el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un
viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy
valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de
plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de
oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y
abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela
entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguiir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres
monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el
verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que
quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo
vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por
su anillo.
-58 monedas??!-exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempoo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no
sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-.. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y
como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que
cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

El Ciego y La Lámpara

Cuando un ciego se despedía de su amigo, éste le dio una lámpara.


“Yo no preciso de la lámpara, pues para mí, claridad u oscuridad no tienen diferencia” -dijo el ciego.
“Conozco al respecto, pero si no la lleva, tal vez otras personas tropiecen con usted” -dijo su amigo.
-"Está bien"
Luego de caminar en la oscuridad tropezó con otra persona....
-“¡Huy!”-dijo el ciego.
-“¡Hay!” -dijo la persona chocada por el ciego en la oscuridad.
-“¿Usted no vio esta lámpara?” -dijo enojado el ciego.
-“¡Amigo! Su lámpara estaba apagada”

Una persona que va detrás de las ideas de los otros sin objetarlas, y hasta quiere pasar estas ideas
a otras personas, aún estando errada, acaba comportándose como el ciego que no consigue percibir
que la luz se apagó.

El Mundo y El Papagayo

Un novicio preguntó a Zu Shou: Digamos que un individuo se ilumina pero no consigue expresarse
con palabras, ¿con qué puede ser comparado?
-Con un mudo que prueba la miel.
-Digamos que un individuo todavía no ha alcanzado la Iluminación, sin embargo se expresa (al
respecto) con palabras floreadas, ¿con qué puede ser comparado?
-Con un papagayo parlanchín.
Practicar el Ch’an (meditación contemplativa) se asemeja a un mudo que sabe que, lo que consigue
realizar en su interior, no puede expresarlo a otras personas.
De lo que más se debe tener recelo es de aquel que se asemeja a un papagayo. En su interior no
realizó nada, sin embargo abre la boca para decir cosas sin sentido, y se deja llevar por los
“Iluminados de la boca para afuera”.
El General y su Reliquia

Había un general que estaba en su casa apreciando su colección de antigüedades, cuando de


repente casi se le cae un precioso jarrón. -¡Oh! ¡Qué susto!
Pensó: "Ya he dirigido millares de soldados, enfrentando diversas situaciones de vida o muerte y
jamás me atemoricé. ¿Por qué será que hoy por causa de una vasija me asusté de esa manera?”.
Finalmente, él comprendió que el hecho de tener en su mente “deseo y rechazo” era la causa de su
miedo. Entonces simplemente arrojó la valiosa vasija y la quebró.
Existiendo la intención de ganancias y pérdidas, entonces existirán tristezas y alegrías. Debe
superar el concepto del “bien y el mal” y de “ganancias y pérdidas” y dejar fluir el curso natural de
la vida.

Ni más ni menos (en la medida justa)

Existía un hombre muy rico que a pesar de tener mucho dinero tenía una naturaleza mezquina. No
soportaba el hecho de gastar ni siquiera un centavo de su dinero.
Un hermoso día, el Maestro Ch`an (Zen) Mo (silencioso) Hsin (divino) fue a visitarlo.
-El monje dijo: “Suponga que mi puño estuviera cerrado así para siempre, desde el nacimiento hasta
la muerte, sin cambio; ¿cómo llamaría a esto?...”
-“Una anormalidad (deformación).”
-“Suponga que esta mano estuviera abierta así para siempre, desde el nacimiento hasta la muerte,
sin cambio; ¿cómo llamaría a esto?...”
-“Eso también sería una anormalidad.”
-“Sólo es preciso que usted comprenda lo que acabamos de conversar, para que se convierta en
una persona rica y feliz.”

A partir de ese momento, ese hombre rico consiguió desbloquearse y transformar sus actitudes. No
sólo se convirtió en una persona austera, sino que también entendió el significado de la caridad y
los méritos de ser generoso.

Todos los extremos, el bien y el mal, el tener y el no tener, la riqueza y la miseria, yo y los otros,
etc..., son sólo divisiones generadas por la mente. Estamos dividiéndonos así entre la ilusión de los
opuestos. El Ch`an es exactamente el punto medio entre dos extremos sin la mínima tendencia
hacia alguno de los lados.

El Ahora
Un guerrero japonés fue capturado por sus enemigos y encarcelado. Aquella noche no podía
dormir, porque sabía que al día siguiente iba a ser interrogado, torturado y ejecutado. Entonces
surgieron en su mente las palabras de su maestro Zen: "El mañana no es real. Es una ilusión. La
única realidad es el Ahora. El verdadero sufrimiento es vivir ignorando este Dharma (enseñanza)".
En medio de su terror, súbitamente comprendió el sentido de estas palabras, se sintió en paz y
durmió tranquilamente.

Puerta del Paraíso

Un gran general preguntó al maestro:


-¿Realmente existen el paraíso y el infierno?
-¿Usted qué hace?
-Soy un general.
-¡Haa! ¿Qué general? ¡Mas bien parece un carnicero!
-¡¿Qué?! -dijo furioso el general- ¡Lo voy a matar!
-En este momento se abre la puerta del infierno.
-Disculpe, perdí mi postura...
-En este instante se abre la puerta del paraíso.
Las puertas del paraíso y del infierno no se abren sólo después de la muerte. Todo sucede en un
breve instante. ¡Todo está en su mente!

Si no hay trabajo, no hay comida

Hyakujo, un maestro Ch'an (Zen) chino, acostumbraba trabajar con sus discípulos aún teniendo
ochenta años; cortando el pasto del jardín, limpiando el suelo y podando los árboles. Los discípulos
sentían pena al ver trabajar tan arduamente al anciano maestro, pero ellos sabían que él no
escucharía sus consejos de dejar de hacerlo. Entonces resolvieron esconder sus herramientas. Aquél
día el maestro no comió. Lo mismo ocurrió el día siguiente, y el otro.
-Él debe estar enojado porque hemos escondido sus herramientas. -pensaron los discípulos-
Es mejor que las coloquemos nuevamente en su lugar.
El día que ellos lo hicieron, el maestro trabajó y comió como antes.
Por la noche simplemente los instruyó diciendo:
-"Si no hay trabajo, no hay comida".

Verdadera Riqueza

Un hombre muy rico le pidió a Sengai que le escribiese algo para la continuidad de la prosperidad
de su familia, de manera que ésta pudiese mantener su fortuna de generación en generación.
Sengai tomó una larga hoja de papel de arroz y escribió: "El padre muere, el hijo muere, el nieto
muere".
El hombre rico se indignó y ofendió: "¡Yo le pedí que escribiese algo para la felicidad de mi familia!
¿Por qué realizó una broma de este tipo?".
Sengai explicó tranquilamente: "No pretendí hacer bromas. Sí antes de su muerte su hijo muriera,
esto lo heriría inmensamente. Sí su nieto se fuera antes que su hijo, tanto usted como él estarían
destruidos. Pero si su familia, de generación en generación, muere en el orden que le describí, ése
sería el curso más natural de la vida. Yo llamo a eso verdadera riqueza".

Cazando dos conejos

Un estudiante de artes marciales se aproximó a su maestro con una pregunta:


"Me gustaría aumentar mi conocimiento de las artes marciales. Además de lo que aprendí con
usted, me gustaría estudiar con otro profesor para poder aprender otro estilo. ¿Qué piensa de mi
idea?".
"El cazador que acecha dos conejos al mismo tiempo", respondió el maestro, "corre el riesgo de no
poder atrapar a ninguno."

El rey de un país de ciegos

El rey de un país de ciegos oyó hablar de un animal fabuloso que se llamaba elefante. Deseoso de saber
como era, envió a los cuatro ciegos más sabios del reino al lugar en el que vivía el elefante para que lo
estudiaran y se lo describieran con exactitud a su vuelta.
Los cuatro ciegos se dirigieron al encuentro del animal, y cuando estuvieron en su presencia,
empezaron a palparlo con precaución. Uno de los ciegos agarró la trompa y la repasó con sus manos de
arriba a abajo. Otro cogió una oreja y la reconoció con mucho cuidado. El tercero se topó con una pata y
a ella dedicó toda su atención. El cuarto por fin, consiguió posar sus manos en el cuerpo del elefante y
lo auscultó y repasó a conciencia.
Cuando volvieron al país de los ciegos, se presentaron ante el rey, el cual estaba ansioso de sus
noticias. -A ver, contadme: ¿cómo es el elefante?
El primer ciego se adelantó y dijo: - ¡Oh, rey! Has de saber que el elefante es un ser mitad serpiente y
mitad liana; pues, si bien tiene la movilidad de aquella, carece de la facultad de arrastrarse por la tierra,
ya que está sujeto a una roca por uno de sus extremos, y a partir de este, puede subir, bajar, girar como
una liana que pende de un árbol...
-¡Pero qué dices! -se adelantó el segundo ciego-. El elefante no se parece en nada a eso que estás
describiendo. Señor: el elefante es una lámina delgada y ancha, surcada de venas y rugosidades que
brota de una pared a la que está sujeta...
-¡Vamos, vamos! ¿Pero qué palabras son esas?, interrumpió el tercer ciego. Majestad, ese animal que
quieres conocer, el elefante, es en realidad ¡un árbol!. Sí, un árbol, pero con la peculiaridad de que su
savia es caliente, y que cuando se lo toca, late y se estremece...
El cuarto ciego se adelantó y haciendo un gesto impaciente, dijo: -Majestad: mis tres compañeros han
debido tocar por error alguna otra cosa. Yo te puedo asegurar que el ser que estaba bajo mis manos era
el elefante y te puedo decir sin ninguna duda que es semejante a una colina pelada, solo con algunas
briznas de hierba rala y seca; pero se movía y emitía calor, y de su interior surgía un ruido acompasado
como el batir de un tambor...
Los otro tres ciegos prorrumpieron en indignadas protestas, y aseguraban y juraban cada uno por su
parte que el elefante era tal y como ellos lo habían tocado.
El pueblo tomó partido según sus simpatías, y aún hoy no se han puesto de acuerdo.

Viajero

Un viajero caminaba por una llanura en la oscuridad de la noche. La llanura muy extensa, parecía no
tener límites. De repente un animal monstruoso que surgió de la oscuridad, comenzó a perseguirle.
El caminante corrió como nunca lo había hecho en su vida hasta que tropezó con una piedra que le hizo
caer en un profundo agujero. Afortunadamente, pudo aferrarse a una liana de la que quedó suspendido.
Apenas repuesto del susto, vio con horror como dos ratas roían la liana que poco a poco empezó a
ceder. Miró hacia abajo y, en el fondo, pudo ver que una espantosa serpiente le esperaba con las
mandíbulas abiertas.
¡Estaba perdido!. De pronto sintió como unas gotas caían sobre su cabeza. Justo encima un enjambre de
abejas trabajaban en su colmena y de cuando en cuando una gota de rica miel caía sobre él. Abrió la
boca y saboreando el néctar olvidó todo.
¡Estaba delicioso!.

El Maestro Eno

El Maestro Eno, el sexto patriarca preguntó a su discípulo Engaku: -¿Qué es esto? Engaku respondió: -
¿Qué es qué? Eno le dio la transmisión a Engaku.

El Melón

Un Maestro estaba comiendo melón y le ofreció a su discípulo.


-¿Qué?, ¿está bueno? ¿Cómo lo encuentras de sabor?
-¡Está exquisito, Maestro! -respondió el discípulo.
-¿Qué es lo que está exquisito, el melón o la lengua? -preguntó el Maestro.
El discípulo se estrujó el cerebro y extrajo de allí al fin la siguiente confusa respuesta: -El sabor del
melón, puramente hablando, no existe, sino que lo percibimos en tanto que sabor debido a la
interdependencia entre la lengua y el melón, y no sólo de estos dos, sino que también...
-¡imbécil, más que imbécil! -le dijo el Maestro montando en cólera-. ¿A qué viene complicarse el espíritu
de esa manera? ¡El melón está exquisito! ¡Eso es todo!.

Nansen

Un día en que Nansen estaba trabajando en el campo, fuera del monasterio, llegó un monje y le
preguntó: -¿Cuál es el camino hacia Nansen?
Nansen levantó su hoz y respondió: -Esto lo compré realmente muy barato.
El monje dijo: -No me interesa el precio de su hoz. ¿Cuál es el camino hacia Nansen?
Nansen respondió: -Me ha sido muy útil esta hoz.

El Maestro Obaku

El Maestro Obaku, Huang Po en Chino, asistió en cierta ocasión a una ceremonia oficial a la que acudió
también el emperador T'ai Chung. El emperador observó que Obaku al entrar en el dojo hacía raihai
(una triple postración) al Buda del altar, y le interpeló:
-Si usted predica que no hemos de buscar cosa alguna del Buda, del dharma ni de la sangha, ¿qué
busca usted con tales postraciones?
Obaku le respondió: -Nada espero del Buda, del Dharma ni de la sangha, pero tengo por costumbre
mostrar así mi respeto.
-¿Y para qué sirve eso? -insistió el emperador.
Entonces Obaku, por toda respuesta, le propinó una sonora bofetada.
El emperador, sorprendido, dijo: -¡Oh! ¡Qué ordinariez!.
-¿Pero qué es eso de hacer distinciones entre ordinariez y buenos modales? -exclamó Obaku, y le dio
una segunda bofetada que dejó boquiabierto al emperador.

El Maestro Dogen

El Maestro Dogen contaba la siguiente anécdota de su vida:


"Cuando estuve en el monte Tendo, un monje que se llamaba Lu, tenía a su cargo la responsabilidad de
cocinero. Un día, después de la comida, cuando me dirigía de un edificio a otro por un corredor, divisé a
Lu secando setas a pleno sol. No llevaba sombrero y el sol pegaba tan fuerte que las losas del patio
ardían. Lu trabajaba duramente, empapado en sudor.
Pensé que ese trabajo era demasiado duro para él, un anciano con 'la espalda encorvada y las cejas
completamente blancas. Me acerqué y le pregunté su edad.
Me dijo que tenía sesenta y ocho años.
Luego le pregunté que por qué no se hacía ayudar de algún asistente. -Los otros no son yo -respondió.
-Es verdad -le dije-. Me doy cuenta de que su trabajo es la acción del Dharma. Pero, ¿por qué trabajar
tan duramente bajo este sol abrasador?
Lu me respondió: -Si no lo hago ahora, ¿cuándo podré hacerlo?.

Eisai

Un pobre hombre vino a pedirle a Eisai dinero para comer. Eisai buscó por todo el templo, pero no
encontró ni una sola moneda. Entonces tomó la aureola de oro de la estatua de Buda y se la dio al
hombre.
Muchos monjes estaban escandalizados con su conducta. Le dijeron: -¡Irá usted al infierno por haber
hecho eso!
Pero Eisai les contestó: -No me importa.
El Maestro Ryokan

El Maestro Ryokan vivía en una pequeña ermita en la montaña. Una vez, un ladrón entró para robarle.
Miró alrededor y no encontró nada que robar. Ryokan, al parecer profundamente dormido, estaba
envuelto en una vieja manta. El ladrón, para no irse con la manos vacías, le quitó la manta al monje y
huyó con ella. Ryokan, que no estaba tan dormido como el ladrón había supuesto, se levantó aterido de
frío y compuso el siguiente haiku:
Dejada por el ladrón
la luna en la ventana.

Dos monjes

Dos monjes que viajaban de un templo a otro por un camino embarrado por la lluvia, se encontraron de
pronto con un torrente que atravesaba la senda y que hacía imposible el paso a no ser metiéndose en el
agua enlodada hasta la cintura.
Parada allí delante, con la desolación pintada en el rostro, estaba una bonita muchacha. La corriente era
muy fuerte, su vestido, nuevo...
Uno de los monjes no lo pensó dos veces y sin titubear, cogió a la joven y cargándola sobre sus
hombros la pasó al otro lado. El otro monje los seguía haciendo gestos de desaprobación.
Bien entrado el día, cuando ya hacía horas que el torrente y la guapa muchacha habían quedado atrás,
el segundo monje seguía enfurruñado y con el ceño fruncido, caminaba delante sin dirigirle la palabra al
otro.
- ¿Se puede saber qué te pasa? -le preguntó éste.
- ¿Qué me pasa? ¡Qué me pasa! ¿Qué me va a pasar? Pues, ¡Qué has transgredido un grave precepto!
-contestó el monje-. Has cogido a una mujer en brazos, ¡una mujer guapa y joven! Su cuerpo y el tuyo
unidos estrechamente por en medio del torrente...
El otro monje le contestó con toda tranquilidad: -Pero, ¡cómo! ¿Todavía la llevas encima? Yo hace
tiempo que la abandoné a la orilla del torrente.

Un samurai

Un samurai pescaba a la orilla de un río. Llevaba un buen rato sin que picase nada, cuando de pronto un
gran pez tragó el anzuelo. Muy contento, se disponía a guardarlo en su cesta, pero entonces,
súbitamente, un gato que estaba escondido entre los juncos de la orilla, de un zarpazo, le arrebató el
pez y se escondió entre la maleza para devorarlo.
El samurai, lleno de ira, desenvainó su sable y de un certero tajo, le cortó la cabeza al animal. Pero una
vez que su furor se hubo disipado, percatándose de la vileza de su acción, se avergonzó profundamente
y un gran remordimiento hizo presa en él. Este samurai era un ferviente budista, y la muerte del
indefenso gato a sus manos por culpa de su cólera incontrolada, le produjo una profunda angustia. De
regreso a su casa, el agua del río le decía ¡Miau!, el viento entre los árboles le musitaba ¡Miau!, la gente
que pasaba le saludaba ¡Miau!, su esposa, sus hijos, cuando llegó a su hogar, le recibieron con un
¡Miau!. Se acostó y al cerrar los ojos ¡Miau!, al amanecer los pájaros en la ventana ¡Miau!.
El samurai, desesperado, no podía librarse del obsesivo recuerdo del gato. Entonces se acordó de un
viejo maestro zen que vivía cerca de su casa. Fue a verlo y le contó el lamentable incidente y sus
penosas consecuencias.
El maestro lo miró de arriba a abajo y le dijo: -Eres despreciable. Es inaudito que un guerrero como tú,
no pueda librarse de su obsesión. No eres un samurai. Mereces la muerte. Tendrás que hacerte el
harakiri, pero como soy una persona compasiva, te voy a ayudar a morir. En el momento en que hundas
tu espada en el vientre, te cortaré la cabeza para que sufras menos.
El samurai estuvo de acuerdo, y después de agradecer al maestro su gran compasión, se dispuso para
la ceremonia. Este se colocó detrás de él con la espada preparada para cortarle el cuello en el momento
preciso.
-¿Estás preparado? -Sí, maestro. -Empieza, pues. El samurai apoyó el filo de su espada bajo el ombligo y
aspirando profundamente comenzó a empujar hacia dentro... -¡Un momento... ! --¿Sí, maestro? -¿Oyes
ahora el maullido del gato? -No -Pues si ya no lo escuchas, no es necesario que mueras.
La Vía de Ganar sin Intentarlo

La Vía de Ganar sin Intentarlo fue una escuela de artes marciales fundada por un guerrero llamado
Tsukahara Bokuden. Una famosa historia sobre él ilustra el nombre y la metodología de su escuela.
Una vez, en el curso de un viaje al este de Japón, Bokuden atravesó una bahía en una pequeña barca
que llevaba a otros cinco o seis pasajeros.
Durante el viaje marítimo, todos los pasajeros estaban sentados en silencio, excepto un hombre grande
y corpulento que hablaba en alta voz sin parar, jactándose de sus inigualables poderes en artes
marciales.
Al principio, Bokuden intentaba dormitar, sin prestar atención al matón. Al final, sin embargo, cansado
de la jactancia del hombre, Bokuden se volvió hacia él y dijo: "Bueno, hemos oído toda clase de historias
tuyas, ¿verdad? Lo que no entiendo de ellas son los elevados relatos sobre artes marciales. Yo mismo
he practicado artes marciales desde joven, ejercitándolas de acuerdo con las formas establecidas, pero
hasta ahora nunca he pensado en intentar derrotar a nadie. Todo lo que he trabajado es cómo intentar
evitar perder con cualquiera."
Al oír esto, el hombre tosco preguntó: "¿Qué escuela de artes marciales sigues?"
Bokuden respondió: "Ganar sin Intentarlo, o la Vía de No Perder. "
El hombre replicó: "Si se trata de ganar sin intentarlo, por qué estás armado con dos espadas"
Bokuden respondió: "Las dos espadas de "comunicar la mente por la mente" rompen el punto de
engaño y cortan los brotes de pensamientos erróneos. "
Al oír esto, el matón desafió a Bokuden a un combate, diciendo: "Entonces, si tenemos un duelo,
¿ganarás sin intentarlo?"
Bokuden dijo: "En este caso, aunque la espada de mi corazón es una espada dadora de vida, en tanto
que mi oponente sea un mal hombre, se convierte en una espada que maneja la muerte."
Entonces, el hombre arrogante no pudo contener más su creciente cólera. Ordenó al barquero tomar
tierra de una vez para que Bokuden y él pudieran salir.
Bokuden hizo subrepticiamente una señal al barquero con los ojos, y después dijo al fanfarrón:
"La línea de la costa es un puerto muy transitado, demasiado abarrotado para un duelo. Te enseñaré la
Vía de Ganar sin Intentarlo Mediante No Perder, allá a lo lejos, en aquella isleta del promontorio que se
ve allí arriba. Aunque estoy seguro que las demás personas de esta barca tienen prisa por llegar a su
destino, si insistes tanto, podríamos igualmente tener un duelo."
Así pues, el barquero remó hasta una isleta, a cuya costa saltó el matón, desenvainando su larga
espada. Entonces, gritó a Bokuden: "¡Ven, ven! ¡Te rajaré la cara en dos pedazos!"
Todavía dentro de la barca, Bokuden contestó: "Espera un momento. La Vía de Ganar sin Intentarlo nos
exige calmar la mente." Diciendo esto, Bokuden sacó sus espadas de su cinturón y se las pasó al
barquero, tomando a cambio la pértiga de la barca.
Por un momento parecía que Bokuden iba a llevar la barca a la orilla; pero, de repente, dirigió la pértiga
en sentido contrario y empujó la barca hacia el agua.
Al ver esta maniobra, el matón gritó: "¿Por qué no vienes aquí a la orilla?"
Bokuden dijo con una carcajada: "¿Por qué habría de hacerlo? Si tienes una queja, nada hasta aquí y te
daré una lección para el camino. ¡Esta es la Vía de Ganar sin Intentarlo!"

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