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LA EXPERIENCIA SOVIÉTICA:

(María Dolores Béjar)

INDUSTRIALIZACIÓN ACELERADA Y COLECTIVIZACIÓ FORZOSA:


Cuando la NEP se puso en marcha, la industria había alcanzado su nivel más bajo desde la posguerra. La
tarea principal fue recuperar y poner en funcionamiento las antiguas fábricas y maquinarias. Hacia fines de
1926, la producción había recobrado en líneas generales los índices anteriores a la revolución. A partir de ese
momento, a tasa de crecimiento dependería de las decisiones políticas sobre los montos a invertir y del des-
tino asignado a dichas inversiones. El XIV Congreso del Partido, al mismo tiempo que expulsó a Kamenev,
Zinoviev y Trotsky, aprobó la industrialización como principal meta económica y dio curso para grandes pro-
yectos para la producción de energía y tractores. Pero aún entonces se suponía que la industria avanzaría a
un ritmo tal que no exigiría ningún esfuerzo desmedido por parte del campesinado. Sin embargo, la conjun-
ción de dos hechos (una serie de altercados con gobiernos europeos, entre ellos Gran Bretaña, y la caída del
ingreso de granos a las ciudades), cada uno con su impronta particular, desembocó en la industrialización
acelerada y la colectivización forzosa en 1929.
Para gran parte del parido, el deterioro de las relaciones internacionales obligaba a revertir urgentemente la
debilidad soviética en el campo militar. La URSS no estaba en condiciones de resistir una posible intervención
de las potencias capitalistas, y el desarrollo industrial era un factor decisivo para cambiar ese estado de las
cosas. Frente al descenso de la provisión de granos y el peligro del hambre en las ciudades, el partido recu-
rrió a las requisas forzosas a fines de 1928 y el vínculo con el campesinado se quebró. En el invierno de
1929-1930 el PCUS entró en las aldeas con la consigna de liquidar a los kulaks, procapitalistas según los bol-
cheviques. En los hechos y cada vez más, se actuaba contra todos los que eran visualizados como enemigos
reales o potenciales del cambio de rumbo.
La colectivización forzosa significó el fin de toda propiedad privada en el medio rural. El conjunto del cam-
pesinado fue obligado a ingresar en grandes unidades productivas, el koljoz, entregando sus parcelas de tie-
rra, sus animas e instrumentos de trabajo. El objetivo anunciado era organizar una forma de producción más
eficiente y racional, y así incrementar los excedentes que habrían de sostener las inversiones industriales. La
gran ruptura fue en realidad la puesta en marcha de una brutal explotación del campesinado a través de la
violencia. Los campesinos, que perdieron todo, quedaron sujetos a largas jornadas de trabajo, con la sola
retribución del escaso alimento para sobrevivir y sin aportes significativos, en los primeros momentos, de tec-
nología ni de criterios organizativos que hicieran más productiva su labor.
La aldea rural intentó resistir el embate de los bolcheviques. Frente al avance de la colectivización, los
campesinos dejaron de sembrar, quemaron las cosechas, mataron los animales. En virtud del ingreso brutal
de los comisarios políticos en el campo y de la resistencia del campesinado, la producción de alimentos cayó
en picada. En la hambruna de 1933 se calcula que hubo entre tres y cuatro millones de muertos. El régimen
recurrió al arresto y la deportación en masa de los aldeanos, que fueron enviados a los campos de trabajo
forzoso, donde se los utilizó como mano de obra barata intensamente explotada al servicio del desarrollo in-
dustrial y de las obras de infraestructura más riesgosas. Hacia 1937 el 93% de los hogares había sido colecti-
vizado.
El primer plan quinquenal, en 1929, privilegió el crecimiento de la industria pesada (en especial hierro y
acero) y dispuso la estatización total de las fábricas. Las nuevas grandes plantas fueron diseñadas para pro-
ducir mediante el sistema de línea de montaje, del cual había sido pionera la industria de los EE UU, aunque
en esta primera fase se continuó con los métodos tradicionales y las cintas permanecieron ociosas. El XVII
Congreso, “de los triunfadores”, celebrado a comienzos de 1934, consideró que la revolución ya había alcan-
zado el socialismo. Ahora quedaba recorrer el tramo que conducía al comunismo, o sea hacia una sociedad
capaz de autorregularse con la consiguiente desaparición del estado.

EL TERROR:
La gran conmoción de fines de los años veinte fue seguida por un breve período de estabilización. Pero a
mediados de la década de 1930 se desencadenó el terror. Desde la llegada de Hitler al gobierno de Alemania,
Stalin percibió que la URSS corría peligro de ser atacada. Hasta entonces, todas las guerras habían sdo
acompañadas por insurrecciones y revoluciones: tanto la guerra con Japón, que dio paso a la revolución de
1905, como la Primera Guerra Mundial, que desembocó en la caída del zar en febrero de 1917. Ante una po-
sibilidad de un ataque del exterior, en Stalin se afianzó la idea de que era necesaria una cohesión sin fisuras
de las fuerzas internas, especialmente en el seno de partido. Además, la cúpula política desconfiaba de aque-
llos oficiales o altos funcionarios que, por obra de sus saberes técnicos, habían alcanzado, al calor de los
cambios revolucionarios, la cima de la pirámide social. El terror combinó los juicios (que eliminaron a la vieja
guardia bolchevique que había cuestionado a Stalin y al alto mando del Ejército Rojo) con campañas masivas
destinadas a purificar el partido a través de las denuncias de “los de abajo” sobre la conducta de quienes de-
tentaban posiciones de poder.
En diciembre de 1934 fue asesinado Sergey Kírov, secretario del partido en Leningrado. El crimen, según
los estalinistas, confirmaba la existencia de una conspiración contra el estado soviético. Para algunos analis-
tas, Stalin fraguó el atentado para contar con un hecho capaz de detonar la represión masiva.
En enero de 1935 Kamenev y Zinoviev fueron acusados de “complicidad moral” con dicho asesinato. Des-
pués del juicio, en el que fueron condenados a largos años de prisión, el Politburó alertó a las organizaciones
del partido sobre el peligro de los opositores encubiertos y ordenó el “debate” en las bases para detectarlos.
La delación se puso en marcha en el seno del partido. En agosto de 1936 Zinoviev, Kamenev y otros dirigen-
tes de la vieja guardia bolchevique fueron juzgados por traición. Todos los acusados, excepto Smirnov, que
se retractó, confesaron haber organizado un centro terrorista y planeado asesinar a los miembros del Politbu-
ró siguiendo las órdenes de Trotsky. Fueron condenados a muerte, y a lo largo de ese año 160 personas fue-
ron detenidas y ejecutadas en relación con este juicio. En enero de 1937, el comisario adjunto de la industria
pesada Georgi Piatakov y 16 dirigentes más fueron acusados de sabotaje y espionaje industrial; según los
fiscales, habían sido alentados por Trotsky y el gobierno alemán. Todos confesaron los crímenes que se les
imputaron. Unos meses después llegó el turno del Ejército Rojo. Héroes de la guerra civil, como Mijaíl Tuja-
chevski, fueron acusados de espiar para Alemania. Por primera vez la represión recayó sobre quienes nunca
habían sido opositores abiertos a Stalin. Después de las confesiones arrancadas a fuerza de torturas, los
acusados fueron fusilados. Cerca del 8% del cuerpo de oficiales fue destituido por motivos políticos.
En la segunda mitad de 1937, mientras los juicio continuaban, se desencadenó una ola de terror a escala
nacional: la mayoría de los ministros, los primeros secretarios regionales del partido y millares de funcionarios
fueron señalados como traidores y, en consecuencia, detenidos. La mayoría fue ejecutada entre 1937 y 1940.
Alimentada por los miedos y las especulaciones de casi todos, las purgas y contrapurgas se sucedieron en
todo el país. En esta vorágine, las detenciones, los traslados al gulag y las ejecuciones desbordaron los lími-
tes del partido. En 1937 volvieron a actuar las troikas, tribunales de tres personas creados durante la guerra
civil para procesar a los enemigos en forma sumaria sin recurrir a los procedimientos judiciales. También ac-
tuaron durante la colectivización forzosa, sancionando a quienes la resistía. En 1937-1938 se erigieron como
los principales agentes de terror. Todos eran enemigos potenciales o reales, pero resultaba imposible decir
quién era exactamente el enemigo.
El terror fue resultado de decisiones (principalmente de Stalin) y de un movimiento que, una vez desatado,
incluyó entre sus víctimas a quienes creían controlarlo. Por ejemplo, en 1937 fue ejecutado Génrij Yagoda,
jefe del Comisariado Popular para Asuntos Internos (NKDV), acusado de estar al servicio del imperialismo. Su
sucesor, Nicolás Yezhov, también fue juzgado a puerta cerrada en febrero de 1940 como culpable del espio-
naje a favor de Polonia y el Reino Unido. El último crimen de esta oleada de terror fue el asesinato de Trotsky,
asilado en México. El 20 de agosto de 1940, el comunista español Ramón Mercader ejecutó la orden de Mos-
cú y con una pica dio el golpe mortal en la cabeza al creador del Ejército Rojo.

EL ESPACIO COMUNISTA
Poco después de la Segunda Guerra, el mundo comunista se amplió mediante la inclusión de los países de
Europa del Este en el bloque soviético y el triunfo de Mao en China. Desde mediados de los años ´50, sucesi-
vas crisis afectaron las relaciones entre la URSS y sus satélites europeos, y a partir de la década de 1960
Mao cuestionó la primacía de Moscú sobre el campo comunista. La marcha de los países socialistas tuvo un
fuerte impacto sobre el marxismo, pero lo más decisivo fue que quebró la esperanza en torno a la factibilidad
del socialismo como alternativa superadora de capitalismo.

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE STALIN:


El papel protagónico de la URSS en la derrota del nazismo significó una brutal pérdida de vidas entre com-
batientes y población civil y un alto costo económico. Al mismo tiempo, las sociedades del mundo occidental
relegaron momentáneamente el miedo al comunismo para agradecer el sacrificio del pueblo ruso en la lucha
contra el Eje. ¿Qué hizo posible el triunfo de los soviéticos? El sentimiento patriótico, básicamente de los ru-
sos, fue un elemento central para cohesionar la resistencia de la población a la agresión nazi. Pero Stalin re-
currió también al más crudo terror, tanto en la retaguardia como en la línea de combate.
Aunque la guerra fue una auténtica catástrofe para la Unión Soviética, la construcción industrial fue relati-
vamente rápida. En 1948 se alcanzó el nivel productivo de 1840, y en 1952 se habían duplicado las cifras de
las producciones más importantes. El esfuerzo y las inversiones continuaron privilegiando a la industria pesa-
da, opción reforzada por el rápido pasaje de la Gran Alianza a la Guerra Fría. La agricultura permaneció es-
tancada después de la recuperación inicial, y la actitud hostil hacia los campesinos siguió siendo un sello dis-
tintivo de la política de Stalin.
El final del conflicto bélico no supuso la desaparición del terror. Prosiguieron los traslados de grupos nacio-
nales y se impusieron duros castigos ante la menor manifestación de disidencia. Entre quienes fueron envia-
dos a los campos de trabajo forzado se encontraba Alexander Solzhenitsyn, un oficial que había criticado el
régimen en cartas privadas. Años después, en 1973, la publicación de su libro Archipiélago GULAG, que na-
rra la tragedia de los campos de concentración soviéticos, tuvo un extendido y profundo impacto entre los
intelectuales occidentales.
La incertidumbre y el miedo siguieron atenazando a los integrantes de la cúpula del partido. Kruschev, el
sucesor de Stalin, recordará más tarde que nunca podrá saberse qué decisión tomará el jefe máximo respec-
to al destino de sus colaboradores. Junto al autor de este testimonio, en ese pequeño grupo se encontraban
Zhdánov, Molotov, Kaganóvich, Malenkov y Livrentii Beria. La suerte de cada uno no solo dependía de la im-
previsible voluntad de Stalin, ya que la competencia entre amarillas también promovía la caída desde la cima
del poder hacia la condena y la ejecución por traición. En marzo de 1953 se aproximaba una nueva purga,
pero no llegó a concretarse porque Stalin murió tras un ataque de apoplejía.
Ante la desaparición del jefe máximo del comunismo, gran parte del pueblo soviético y de los intelectuales
comunistas manifestaron su dolor y el temor al vacío de poder. La multitud que acudió a su funeral fue tan
numerosa que muchas personas murieron a causa de la presión de la masa. Sus sucesores lo despidieron
con todos los honores, pero decidieron acabar con un sistema en el que obtenían importantes privilegios a
costa del riesgo de perder sus vidas.

LA CONSTRUCCIÓN DEL AVANCE SOVIÉTICO:


Debido al avance del Ejército Rojo sobre los territorios ocupados por los nazis, la mayor parte de los países
de Europa del Este quedaron subordinados a las directivas del estalinismo en el marco de la Guerra Fría. El
territorio ubicado al este del río Elba, entre el norte de Grecia y el sur de Finlandia, no era una unidad política,
ni social, ni cultural. En esa región coexistían naciones y grupos con trayectorias diferentes, tanto por su gra-
do de organización y autonomía política como por sus rasgos culturales. Algunos grupos nacionales (checos,
eslovacos, eslovenos, croatas) habían formado parte de las minorías subordinadas a los centros del poder del
imperio austro-húngaro. En el sur de los Balcanes, bajo la dominación del imperio otomano coexistieron, junto
a otros grupos menores, los eslavos serbios y bosnios y los albanos. Ciertas poblaciones vivían con un nivel
bastante elevado de cultura urbana (Bohemia, Polonia, norte de Hungría) mientras que otras poseían estruc-
turas sociales de carácter tribal, como Albania y algunas zonas de Yugoslavia.
También existían fuertes contrastes respecto a las relaciones con Moscú. Bulgaria, por ejemplo, había man-
tenido un vínculo estrecho con la Rusia histórica en un sentido religioso y político; en cambio, Polonia, había
sido, primero, ferozmente sojuzgada por los zares, luego libró una guerra contra los bolcheviques y rechazó el
comunismo desde su fuerte identidad católica. Mientras que en Yugoslavia, Checoslovaquia y Bulgaria los
comunistas locales contaban con fuerzas propias, en el resto de los países ganaron posiciones gracias a la
intervención del Ejército Rojo.
Durante la expansión del nazismo prevaleció el vacío de poder. La mayor parte de las dirigencias políticas
tradicionales había colaborado con Hitler y era difícil encontrar alternativas a la abrumadora supremacía mili-
tar y soviética en os países ocupados. ¿Qué se proponía Moscú? ¿Aprovechar la ocasión para expandir el
comunismo? ¿Restaurar y ampliar las fronteras de antiguo imperio zarista? ¿Resarcir a la URSS de las pérdi-
das de la guerra vía la explotación de los vencidos? La extrema debilidad del régimen soviético permite supo-
ner que la tercera opción fue central en la toma de decisiones. En relación con las fronteras, Stalin, privile-
giando los intereses nacionales, buscó anular las pérdidas territoriales impuestas por los alemanes a los bol-
cheviques en 1918 y luego convalidadas en Versalles. Quería crear un cinturón de seguridad que tornara im-
posible una invasión de la Unión Soviética como la concretada por Hitler. Polonia, desgarrada por la ocupa-
ción nazi y soviética, sería la principal afectada. La URSS anexó una porción de la parte oriental y Stalin im-
puso un gobierno encabezado por comunistas, sin dar cabida a los dirigentes polacos exiliados en Londres.
En el caso de Checoslovaquia, con el regreso del ex presidente Eduard Benes, exiliado en Londres des-
pués del pacto de Múnich, Praga firmó un tratado de amistad con Moscú y el fuerte Partido Comunista se su-
mó al gobierno de coalición encabezado por Benes. En Yugoslavia, el poder quedó en manos de Tito, el líder
de la guerrilla comunista que había derrotado a los nazis. El resto de los países (Rumania, Bulgaria, Hungría
y Alemania) conformaban el grupo de los vencidos. Los tres primeros fueron ocupados por el Ejército Rojo.
En Alemania, las tropas soviéticas sólo controlaron el sector oriental; el resto quedó en manos de los aliados.
Cuando la Gran Alianza dio paso a la Guerra Fría y Alemania quedó dividida en dos, los comunistas subordi-
nados al Kremlin se hicieron cargo del gobierno de la República Democrática Alemana en 1949.
Hasta 1948 Moscú aceptó que los comunistas compartieran el gobierno de estos países con los partidos no
colaboracionistas anteriores a la ocupación nazi. Sin embargo, en el marco del agravamiento de las tensiones
con el bloque occidental (la puesta en marcha del plan Marshall y la creación del Kominform), se liquidó la
existencia de los frentes. Un hito clave de este giro fue la disolución de la coalición gobernante en Checoslo-
vaquia. En febrero de 1948 varios ministros abandonaron el gobierno en repudio a las presiones comunistas.
El presidente Benes aceptó nombrar a un nuevo gabinete dominado por los comunistas y poco después re-
nunció. Occidente vio en esos sucesos la confirmación del afán expansionista de Stalin. A partir de ese mo-
mento, los gobiernos comunistas europeos debieron seguir el ejemplo soviético: partido único, desarrollo in-
dustrial planificado y colectivización del agro (acompañada por la campaña contra los kulaks). En Europa
Oriental la reforma agraria fue mucho menos drástica que en la URSS: en Polonia y Yugoslavia se abandonó
la colectivización y el campo volvió a dividirse en pequeñas explotaciones privadas.
Junto con este viraje, se produjo la expulsión de Belgrado del Bloque Soviético. Tras su victoria frente a los
nazis, y el control de una fuerza militar propia, el jefe del comunismo yugoslavo, Tito, alcanzó un grado de
autonomía mucho mayor que sus pares de otros países. Una vez en el gobierno, resistió la injerencia del per-
sonal soviético en la administración y en las fuerzas de seguridad y desplegó una política exterior activa e
independiente poco grata a los ojos del Kremlin. Cuando Yugoslavia fue expulsada del Kominform, el Mariscal
Tito buscó y obtuvo el apoyo de los EEUU: su gobierno recibió la ayuda del Plan Marshall e ingresó al Conse-
jo de Seguridad de las Naciones Unidas, sin abandonar por ello su compromiso con el Movimiento de Países
No Alineados.
Stalin, que no había pensado en exportar la revolución, se encontró frente a un espacio extendido al que
decidió organizarlo con el mismo grado disciplinado acatamiento a sus órdenes imperantes en la URSS. Para
esto, recurrió a los procedimientos ya utilizados en los años treinta. En el marco del enfrentamiento con Bel-
grado, la cúpula del comunismo volvió a poner en escena (entre 1949 y 1952) la ceremonia de los juicios para
eliminar a los titoístas acusados de ser agentes del imperialismo. Las dos faltas principales en que se basaron
los juicios fueron el nacionalismo y el cosmopolitismo. Se culpó de la primera traición a los dirigentes que aler-
taban sobre la necesidad de atender las particularidades de cada país en el camino hacia el socialismo, y en
este grupo quedó incluido el comunista polaco Wladyslaw Gomulka. La mayor parte de los sancionados por
su conducta cosmopolita había pertenecido a las Brigadas Internacionales en los años treinta o había militado
en la Resistencia en los países europeos ocupados por los nazis, entre otros, el húngaro László Rajk y el
checoslovaco Rudolf Slánsky. Los cosmopolitas, según Moscú, estaban interesados en abrir el diálogo con
las democracias capitalistas.
La puesta en marcha de los juicios fue abonada por el enfrentamiento entre camarillas en la cima de los
partidos europeos. Con las purgas se eliminó la competencia y se creyó asegurar el predominio de los más
dispuestos a someterse a las directivas del Kremlin. La depuración de las cúpulas comunistas respondió a la
naturaleza del régimen soviético, que exigía partidos monolíticos y subordinados a las directivas del Kremlin,
una lógica que supeditaba la dinámica de las transformaciones de cada país a los objetivos y necesidades del
estado erigido en guardián de la revolución.

LA DESESTALINIZACIÓN
Tras la muerte de Stalin, sus poderes pasaron a un grupo de dirigentes, que aprobaron una serie de medi-
das. Los decretos de amnistía para los presos políticos, el reconocimiento de la inexistencia de la conjura de
los médicos y la revisión de los planes económicos con el fin de asignar mayores recursos a la mejora de las
condiciones de vida de la población. En sintonía con este giro interno, hubo señales en favor de encarar ne-
gociaciones con los países del bloque capitalista para resolver el tema de la división de Alemania y solucionar
las diferencias con Tito. Los hombres que habían colaborado estrechamente con la política estalinista preten-
dieron actuar como un cuerpo de colegiados, tomando distancia de su pasado, pero competían por el control
del poder.
Hasta que Kruschev impuso su conducción en 9158, las pugnas entre camarillas determinaros sucesivos
recambios en el clima del poder. En ese marco, hubo un cambio fundamental: la pérdida del cargo dejó de
estar acompañada por la eliminación física del desplazado, excepto en el caso de Beria, jefe máximo de los
servicios de seguridad, que fue detenido y fusilado en 1953.
Los dos principales temas del debate explícito entre los sucesores de Stalin fueron el rumbo de la política
exterior y las prioridades de los planes económicos. Había además otra controversia encubierta en torno a los
alcances del desmantelamiento de la máquina del terror. Kruschev asumió la posición más radicalizada. Su
embate contra el estalinismo fue en gran medida una herramienta para ganar terreno sobre sus rivales, y en
su avance hacia la toma del poder profundizó la desestalinización hasta el punto de denunciar públicamente
los crímenes de Stalin.
E XX Congreso del partido, celebrado a fines de febrero de 1956, Kruschev pronunció el discurso “secreto”
que descorrió el velo sobre el Gulag y la “depuración” del partido en los años treinta, al mismo tiempo que
atacó el culto a la personalidad de Stalin. No todo fue dicho, ni mucho menos se intentó ofrecer razones sobre
lo ocurrido, ya que el discurso sólo se limitó a reconocer un responsable: el jefe máximo ausente. Con sus
revelaciones, Kruschev pretendía ganar el apoyo de la base partidaria y fortalecerse frente a sus competido-
res que retenían espacios de poder en la cúpula del partido y el gobierno. pero discurso fue también la expre-
sión de un militante comunista convencido de que era posible renovar el régimen y recuperar los ideales del
Octubre Rojo.
El informe secreto de 1956 se difundió rápidamente y agrietó las convicciones de los comunistas. Una parte
importante de los militantes de los partidos comunistas occidentales abandonaron sus filas. A pesar de su
carácter limitado, la revisión provocó las certidumbres y fue el primer paso hacia la apertura de un profundo
debate. Muchos intelectuales comunistas no pudieron dejar de preguntarse qué había ocurrido “realmente”
para que el estalinismo hubiera sido posible, y a partir de este interrogante no solo se puso en cuestión la
naturaleza del régimen soviético sino también la idea de la revolución como partera de un nuevo mundo, y la
del marxismo como teoría que indicaba el camino a seguir.
El nuevo rumbo adoptado por los desestalinizadores entrelazaba los cambios internos con el destino de la
Guerra Fría: la Unión Soviética no podía seguir destinando recursos al aparato militar y descuidando las con-
diciones de vida de la población. Aunque no logró cambios significativos en la comunicación con Washington,
Kruschev anunció su voluntad de dialogar y sostuvo que la superioridad del socialismo quedaría confirmada a
través de su exitosa competencia económica con el capitalismo, de modo tal que, implícitamente, la vía revo-
lucionaria dejaba de ser el único cambio válido para llegar al comunismo. Este giro no fue meramente discur-
sivo: se correspondía con el interés por reducir la tensión entre los dos bloques y habilitaba a los partidos co-
munistas occidentales a forjar alianzas con otras fuerzas políticas. En consonancia con este nuevo clima, en
1956 se aprobó la disolución del Kominform creado en 1947 en los inicios de la Guerra Fría. Mao rechazó de
plano las críticas de Kruschev a Stalin. Su reprobación de los revisionistas (descalificó abiertamente los mo-
vimientos de 1956 en Polonia y Hungría) estaba vinculada a las fuertes divergencias que lo enfrentaban con
la corriente de su partido.
En el plano político, Kruschev no pretendió reemplazar a los cuadros estalinistas sino reeducarlos y conte-
ner los excesos de un régimen fundado en la autoridad de una sola persona. En el orden industrial recortó los
poderes de la burocracia central y favoreció a los gobiernos provinciales. En materia agrícola propuso con-
quistar las tierras vírgenes de Asia Central y Siberia, una experiencia inicialmente exitosa que acabó en fra-
caso al provocar la erosión de los suelos. En 1964, mientras Kruschev disfrutaba de sus vacaciones, el Presi-
dium (ex Politburó) decidió reemplazarlo por Leonid Brézhnev en el cargo de primer secretario del partido y
por Alexander Kosyguin en el de Presidente del Consejo de Ministros.
Para sus camaradas, Kruschev había cometido errores graves e la dirección de la política económica y ha-
bía sido demasiado impulsivo e incontrolable. Al destituirlo, se hicieron una promesa que no cumplirían: nunca
unir en una misma persona los cargos de secretario general y primer ministro. Kruschev no fue perseguido,
pero sí obligado a un relativo aislamiento “por motivos de salud” y, aunque vivió observado, escribió sus me-
morias, que llegaron a occidente y fueron publicadas en 1970.
EL REVISIONISMO Y LAS GRIETAS DEL CAMPO COMUNISTA:
El término “revisionismo” fue acuñado por quienes rechazaban la desestalinización y pretendían descalificar
este giro asociándolo con el que había dado la socialdemocracia europea a fines del siglo XIX. Si los revisio-
nistas de ayer habían traicionado a la clase obrera al aceptar el reformismo y apoyar la Primera Guerra Mun-
dial, los promotores de la desestalinización se apartaban del campo revolucionario cuando criticaban abierta-
mente la obra de Stalin porque ponían en tela de juicio los resultados de lo actuado por la cúpula bolchevique
y, de ese modo, debilitaban el campo revolucionario. Para muchos antirrevisionistas, este giro implicaba un
cuestionamiento de su propia carrera política y el poder alcanzado.
El rumbo asumido por la dirección colegiada soviética en 1953 desestabilizó a los gobiernos de los países
satélites al deslegitimar a quienes habían actuado como “pequeño Stalin”. El nuevo escenario fue aún más
complejo debido a las marchas y contramarchas de la dirigencia moscovita, derivadas en gran medida de la
competencia entre las diferentes fracciones, esta rivalidad en el centro, que se prolongó hasta el afianzamien-
to de Kruschev, abría el juego a la reaparición de las divergencias en el seno de los partidos comunistas eu-
ropeos recientemente homogeneizados a través de las purgas.
Debido que la recepción de los cambios promovidos por el centro fue desigual entre los comunistas euro-
peos, los países del bloque soviético siguieron diferentes trayectorias políticas. En Rumania y Albania, el re-
chazo al nuevo rumbo se combinó con la ausencia de presiones sociales y la cohesión de la cúpula partidaria.
En ambos países la desestalinización alentó la desatelización respecto de Moscú, proceso favorecido por la
oposición de Mao a las críticas al régimen. Albania se colocó bajo la protección de China y reivindicó abierta-
mente la figura de Stalin. Más cauta, Rumania no cuestionó públicamente el giro de Kruschev pero se opuso
exitosamente a los planes de integración económica impulsados desde Moscú, que le asignaban el papel de
proveedor de materias primas al mercado común soviético. El rechazo a la desestalinización se conjugó con
la preservación del statu quo en el orden interno y con el cuestionamiento a la posición periférica ocupada por
Rumania bajo el estalinismo.
El revisionismo, con diferente grado de consistencia según los países, fue principalmente un movimiento in-
telectual cuya base de acción se concentró en las revistas culturales o especializadas, los establecimientos
de enseñanza superior (incluidos los del partido) y las asociaciones culturales y científicas. En el seno de los
partidos gobernantes, los revisionistas suponían que su presión conduciría a iniciativas liberalizadoras por
parte de la dirección. Pero el deshielo no solo resquebrajó la cohesión de los comunistas, también posibilitó
que otros sectores de la sociedad se expresaran públicamente. Ambos procesos entrelazados alcanzaron un
punto más alto en Polonia y Hungría, donde en octubre de 1956 hubo movilizaciones y se concentró un re-
chazo más radicalizado al orden existente.
Las dos protestas se resolvieron de diferente manera, aunque inicialmente Moscú empleó el mismo recur-
so: el ingreso al gobierno de comunistas desplazados durante las purgas estalinistas. El regreso de Gomulka
al gobierno polaco calmó los ánimos gracias a las expectativas generadas por la rehabilitación de un ex disi-
dente. En Budapest, la reincorporación de Imre Nagy no tuvo el mismo impacto porque la resistencia de los
conservadores fue más fuerte la amenaza de las tropas soviéticas exacerbó las movilizaciones y profundizó
los reclamos. Ante la posibilidad de que Hungría se retirara del Pacto de Varsovia, el movimiento húngaro fue
silenciado mediante el ingreso de los tanques soviéticos.