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S322c Schelling. Fricdrich W ilhcl111Joseph vo n, 1775- 1854.
C lara. Un di:ilogo sobre la mue rte/ E W.J. Schclfü,g.
Edició n. estudio preliminar)' cr:1ducció 11 d e N:1t;ili:1 U ribc R..
y i'vl atías Tapia W.
- 1' . reimp., I' . ed.- S:inti.igo de C hile: U11ivcl'sit:1ri:1, 2016.
ISO p.: 15,5 x 23 cm . - (El ,ahcr )' 1:, n1ltu r:1)
l11cl uye glosa rio ale111á11/ cspai1o l.
Hibliogl':lfia: p. 179- 180.

ISBN: 978-956-11-2460-8

1. Espiritismo - Filosoft.,. 2. Filosoft., de b Naru r.i k za . l. t. 11. U ribc R ..


Nat;,lia. ed . 111: 1:1¡,ia W.. M atbs. «l.

,O 21J H NATAL11\ U ll llJ E R .. MATÍAS TAPIA W.


lmcripció11 Nº 24(,.581. Smti:igo de Chilt:.

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f W.J. Schelli ng

Clara
Un diálogo sobre la muerte

EDIC IÓ N, ESTUDIO l'RELL\11Ni\R Y T RI\DUCCIÓN OE


NATi\l,I A URIBE R. y MATÍAS TAPIA w.

roooo fl/\'lNAl lltllNÁNOlZ fAQ!/E

La publioción de c-s1a obr:t fue evaluada


por el Comi1é Edi1oria l del fondo Juvenal Hcrn:índez
y revisada por parl.'s eva luadores cspccialisL1s en la materia,
propuestos por C onsejeros Editoriales de l:ts disámas disciplinas.

ED ITORIAL UNIVERSITARIA
ÍNDICE

Estudio prelin1jnar
1. Palabras introductorias 11
2. Sobre el contenido de la obra 14
2.1. Estilo y propósito del texto 16
2.2. Análisis 1netodológico 22
2.3. Análisis de contenido 30
3. Discusión bibliográfica 40
3.1. Relación con las otras obras 41
3.2. Data del texto 47
4. Consideraciones finales 51
5. Cronología 53
Nota a la traducción 59
Prólogo del editor a 1a primera edición 61
Clara, o sobre la conexión de la naturaleza
con el inundo de los espíritus 63
Introducción 63
I [Día de todos los difuntos] 71
II [Paseo de otoño] 87
III [Nochebuena] 101
IV [Interludio) 147
V [Caminata de cornienzos de primavera] 153
Prin1avera 171
Esquema 175
Glosario Alen1án/Espa11ol 177
Bibliografía
1. Obras de Schelling 181
2. Estudios sobre Schelling 182
3. Otros textos utilizados 182
A nuestro profesor,
E11riq11e Sáez R"mdohr, en espíritu y fuerza.
ESTUDIO PRELIMINAR

1. Palabras introductorias
Vi,sotrfü deberíais ser la sal de vuestra nación;
¿P<lr qué ll<l 1/<lS saláis e11to11ce.s ?'

El diálogo C lara, del filósofo alen1án Friedrich Schelling , es presentado


por prin1era vez en español después de aproximadamente doscientos
años de haber sido escrito. La inrnensa distancia existente entre la fecha
de escritura y la de nuestra publicación puede explicarse por diversos
factores. En prüucr lugar,la obra corresponde a uno de los 1nuchos textos
inacabados del filósofo y, por lo tanto, su publicación correspondió a una
recopilación de textos póscmnos en la edición de obras cornpletas realizada
por Karl Schelling, para luego ser impreso de fonna independiente. U n
segundo factor es la clasificación de Clara corno un texto tnenor dentro
de ]a obra del filósofo, quien solía escribir tratados extensos y con un
tinte rigurosarnentc acadéinico. D entro de esa n1etodología, un diálogo
tan literario aparece con10 una cxcepcionalidad, casi al rnodo de una
anécdota o una rareza digna solo de ser n1encionada en biografias. Pero
el factor más decisivo está relacionado con el desconociiniento general
de la obra de Schelling dentro de los países hispanoan1ericanos, a pesar
de haber sido una de las figuras más itnportantes en la historia del pen-
sanúento alc1nán. La n1otivación detrás de esta publicación responde, por
consecuencia, no solo al interés intelectual que conlleva coda traducción,
sino que tatnbién se configura con10 una forn1a de superar los in1pedi-
mentos actuales para una correcta lectura.
La frase citada rnás arriba refleja perfectamente el sentir de nuestra
iniciativa y, a la vez, esconde un asunto decisivo o más profundo, que

Vé3sc i,!fra. luter/1ulfo. 94.

11
consiclc r:in10s nct'l'~nrlo ( k ~t fl('III', C urio~:1111 cnte, las palabras correspon-
den a u11 pcqu<,;i\o discurso 1·t.::11ii:1 do po r b protagonista; este se refiere
a b filosofia, los fi lósofos y su n: l:tci611 co 11 el resto de la con1u1údad. En
el lllferlr1dio C bra dcs:1rro lb u11:'l n.:flex ió n particular, que versa sobre el
alejamie nto q ue el estilo de la escritura fil osófi ca provoca entre los intelec-
tuales y el pueblo ávido de conocinú entos. El discurso deja en evidencia
las dificultades que experin1encan los interesados en filosofia al n10n1ento
de seguir las reflexiones y de desarrollar sus propios pensanúentos. La
confusión experimentada por los lectores sería una consecuencia directa
de la compleja exposición y árida tenninología utilizada en los tratados
filosóficos. Sch elling, en estos pasajes, realiza una dura crítica hacia el rol
cmnplido por los estudiosos en la sociedad, hac iendo un fuerte llamado
a recordar e l deber que tienen con ella en la difusión del saber. Para este
filósofo el trabajo investigativo y académico está fu erte me nte unido a la
cooperación y ense ñanza de lo aprendido, estando lejos de ser una ins-
tancia que busque reservar para sí el conoci1niento, guardándolo como
un tesoro del que nadie más se pueda apropiar. De trás de las palabras
del I11terl11dio, y ra1nbién e n la forma dialogal de la obra, se esconde una
invitación para rec uperar el vínculo que la filosofia tuvo con su pueblo
y a promover toda inquiecud que se dé en los hombres, si n importar su
dominio de la materia ni su preparación acadénúca. Sin duda, esta carea
sigue vigente a pesar de la distancia que tene1nos con la época en la que
fueron pronunciadas estas palabras, invitándonos a difundir el saber con
excelencia y rigurosidad, pero mirando sie111pre a las necesidades de la
comunidad. Esta traducción al español de Clara es una forn1a de respon-
der ese lla111ado directamente con nuestro trabajo, siendo un primer paso
para cumplir con lo que sentimos no canto con10 una práctica intelectual
sino más profundamente como un deber.
En el contexto actual, nos es imposible afinnar que hen10s superado
las dificultades que describiera hace tanto tiempo el autor; al contrario, nos
arañe n cada vez con n1ás urgencia. Si miramos la situación del desarrollo
intelectual e investigativo de nuestros países, nos daren1os cuenta de que
nos encontran1os frente a una paradoja , en b que a pesar de la agitación
de este mundo cornunicado, de la e norm e ca ntidad de producción aca-
démica y de los abundantes especialistas en los tópicos filosóficos más
destacados, hemos dejado atrás autores, obras y pensarnientos que fueron

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clave para e l desarroll o ele la filosofía y que, 1.o m~s importante, todavía
tienen mucho que decir. Este olvido no solo trae como consecuencia la
repetición excesiva de temáticas, sino que se transforn1a en un obstáculo
pennanente para el estuclio de quienes quieren iniciar una investigación
centrada en alguno de estos autores más rezagados. A esto se suma que
los hispanohablantes nos enfrenta1110s día a día a la escasez de recursos y
publicaciones en espa11ol. Este problema tiene como única solución el
aprender otros idiomas, instancia que no es accesible para gran parte de
la población y que para los estudiantes significa retraso y postergación
en su producción acadéntica. No se pretende desconocer los beneficios
que trae el aprendizaje de otras lenguas en térnúnos cog1útivos o de
la riqueza del interca1nbio cultural; lo que se busca co1nbatir es que el
disponer de insuficientes textos en espaiíol signifique una restricción
para el acceso al conocitniento. No podemos esperar que haya avances
y profundidad en las reflexiones de nuestros estudiantes si se enfrentan a
numerosas contrariedades que muchas veces repercuten en un desgano
o abandono de la tarea de investigar nuevos tópicos.
Es importante decir que esta dificultad no solo queda restringida a
un ámbito académico. El problema del acceso al conocinúento es mucho
1nás radical, repitiéndose en aspectos que nos involucran corno sociedad;
desde la realidad de los países de habla hispana, especialmente en los paí-
ses latinoamericanos, se hace dificil el acceso a las obras de los grandes
filósofos y pensadores e n general. La carencia de herramientas y 1naterial
bibliográfico no solo es reflejo de nuestro estado actual en 1naterias de
desarrollo intelectual sino que ta111bién es, entre otros factores, un gran
causante. Solemos asombrarnos y escandalizarnos por los bajos niveles
de lectura, del gran porcent~tje de analfabetismo fun cional, del poco
interés que n1uestran las nuevas generaciones en las distintas disciplinas
intelectuales y de la poca valoración y conocimiento que se tiene de
ellas. No obstante, a pesar de nuestro ason1bro poco hacemos por ca1n-
biar este paradigma más alJá de las críticas a las políticas que mantienen
esta situación. Hay mucho más que nosotros como estudiosos podemos
hacer desde nuestra humilde posición para incentivar el interés por el
conocinúento sin sumar más trabas de las que ya pone nuestra sociedad.
Nuestra tarea no yace solo en las grandes investigaciones sino tan1bién
en convocar a nuestros pares a realizar hasta la n1ás sencilla reflexión. El

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u:xlo qu t: ht:n1 os (.lst·op,l do pnrn co11tribuir con estos cambios fu e tan1-
bié11 el int1.:11 co dt: su aut o r d1.: ruconocer el potencial de los individuos
de alcanzar rcAcxi o nc.:s significativas y de prornover la filosofia entre sus
compatriotas, de ahí que la protagon ista encarne a una aficionada en los
temas filosóficos y que e.1 texto mis1no haya sido escrito como diálogo.
Finahnente, solo nos resta explicitar que queremos entregar en estas
páginas, 1nás que un texto inédito en nuestra lengua, una oportunidad
de explorar, analizar y criticar el pensanúento de este filósofo alemán
que, luego de pasar por un periodo de postergación, cornienza a resurgir
poco a poco en la literatura y en diversas discusiones acadénúcas. Bus-
ca1nos otorgar un nuevo espectro de ideas para que pueda ser utilizado
por todo aquel que quiera dedicar su estudio al autor, introducirse en
su pensamiento o, siu1plemeute, requiera consultar presurosan1ente los
postulados principales que se encuentran en estas páginas. Espera1n os
que este trabajo sea reflejo no solo de nuestro interés por el autor, sino
que se vuelva eco de una invitación a contribuir con la divulgación de
la obra y del pensamiento contenido en ella.

2. Sobre el contenido de la obra

La obra Clara, o sobre la conexión de ia naturaleza rnn el mundo de los espírit11s


tiene un sello particular, reconocible, pero 1nuy dificil de deternúnar ya
que su forma sencilla esconde una variedad de ternácicas, proble1náticas y
perspectivas desde las que puede ser abordada. En prüner lugar, darenlOs
una idea general del tenia central discutido en el diálogo. Co1110 sugiere
el título, estan10s frente a un tratado que busca dilucidar el tránsito de la
vida actual a lo que nos espera después de la rnuerce. Clara, su protagonista,
conúenza una serie de reflexiones en torno a la posibilidad de un tránsito
al inundo de los espíritus a propósito de la pérdida de un ser an1ado. Estas
indagaciones se centran en los vínculos que tene1nos con lo espiritual y
la 1nanera en que se logra esta conexión. Si presta1110s atención al te111plc
general de otros escritos, poden1os ver que este tipo de tópicos repre-
senta un nuevo estilo de filosoffa dentro de las tendencias de Schelling,
quien en sus inicios había estado dedicado a la teoría del conociiniento
de Kant y Fichte. El quiebre se debe a que este es uno de los pritneros
escritos en los que el filósofo alemán busca can1biar la perspectiva de su

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pensamiento y es por ello una pi uin ch1vt• pol'II ('0111pn,;ndc r su evolución.
Considerando otros aspectos, podd11moll :wlhlnr cotno característica
detenninante que estamos frente :i u11 csc:l'i co ,inconcluso, aunque con
esto no estaríamos describiendo con precisión la situación a la que nos
enfrentan1os. Clara no es solo un texto inacabado, sino que fonna parte
de una serie de proyectos que su autor nunca concretó a pesar de tener
la sólida pretensión de escribir una obra filosófica que resonara fuerte-
rnente en los círculos intelectuales. En cuarenta y cinco años Schelling
no publica nada sustancial, excepto un texto introductorio y la segunda
parte de un estudio el niistno año de su muerte. La insuficiencia de la
filosofía de la época, las expectativas que se tenían de él por su ten1prana
genialidad y la necesidad de configurar un nuevo 111odelo de filosofia
son el contex to de este escrito. Las con1plejas circunstancias que rodean
a este texto sitnple en apariencia, hacen necesario que lleven1os a cabo
un análisis 1nás detallado, que iniciaretnos a continuación.
En este estudio preli1ninar nos detendremos a exanunar algunos
aspectos que se establecen como tópicos centrales ya en un primer en-
frentamjento al texto. El objetivo de la introducción será conforn1ar una
guía para la lectura, a la vez de exponer algunas discusiones en cuanto
al contenido del diálogo. Con esto se buscará esbozar las principales
proble1náticas y establecer nuestras postu ras frente a ellas con el fin de
que el lector pueda Íluciarse en un estudio co1npleto y contextualizado,
permitiéndole relacionar las discusiones tradicionales y las 1nás actuales
de los especialistas. Posterionnente, en una tercera sección se discutirán
temas bibliográficos y biográficos del autor de forn1a breve, recapitulan-
do algunas investigaciones en torno a la data y platiificación del texto.
Aden1ás, al estudio propian1ente tal,agregan10s una cronología y un glo-
sario -incluido al final- para otorgar una investigación lo 1nás co1npleta
posible. Los análisis escolares más rigurosos se dejarán para otra ocasión,
ya que lo que interesa en este núnuto es fanuliarizar al lector con el
pensan1iento de Schelling.
En las páginas gue siguen se considerará con10 punto de partida un
co1nentario acerca del estilo y objetivo del diálogo. Luego se seguirá
con un análisis que podríamos llamar metodológico -en un sentido
amplio- de la introducción que fue incluida en esta edición siguiendo el
criterio de Karl Schelling en la elaboración de las obras co1npletas. Este

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:rn~lisis dar~ i11dic ios nccrc:1 d el 1nétodo en qu e Schelling busca mostrar
la transición entre el niu11do nctunl. y el venidero, aclarando el sentido y
características del texto para relacionarlos con Clara. Finalrnente, se ex-
pondrán los ele1nentos propios y los postulados principales de la obra en
vistas de rescatar su riqueza filosófica. Estos tres elen1entos constituirán
nuestra piedra base para un estudio detalJado y próspero del tratado, que
no debe ser considerado una propuesta aislada sino, más bien, co1no una
pieza i1nportante dentro del sistema de la última etapa de este filósofo 2 •

2.1. Estilo y propósito del texto

Como evidencia el rnisrno escrito mediante su estilo dialogal, Clara se


distingue entre otras obras de Schelling por tratar sus te111as con mucha
naturalidad. El texto se lee facilmente y los distintos tópicos se presen-
tan de forma afable, iniciados a partir de observaciones, sensaciones o
en1ociones expresadas por los mismos personajes. En todo n101nento son
ellos quienes Uevan a cabo el análisis fi losófico, exponiendo sus posiciones
con 1a sencillez propia de la conversación cotidiana. Así, las intuiciones
originales se van profundizando y enriqueciendo como resultado de
la interacción con el otro. Por ello, podem os explicar la arnabilidad del
texto en gran 1nedida por la cau telosa progresividad de sus reflexiones.
D entro de las características más visibles del texto, no poden1os d ejar
de mencionar la importancia que los paisajes o festividades cumplen
d entro de la obra, llenándola de simbolismo y de una acrnósfera que
refleja la influencia que tuvo el moviniiento romántico e n eJ filósofo 3•

Cuando utilizamos el término sistema no queremos referim os al sentido qu e este vocablo


adquien: en tre los filósofos del idealis mo alcmfo como un eutrctcjido rígido de co nceptos
cst;Íticos que compreudc n la totalidad, si no cu un scutido m:ís dinámico. apunr:indo a un
pensa111ic11to que se v:1 dcsarrolb udo eu distintas etapas pero que 111antie11e algunos conceptos
tr.msversalcs c¡uc es posible rastrear a lo brgo de su obr.i. Art1.1ro Leyte,cn su escrito Las époms
de Sd11"1li11g sc,iala: [.. . ] 110 fuera II ser que se .1ig11icm c11tc11dirndo por "t"lt1p11 de 1111 des11rrolfo" lo que
c11 sí es i11trí11sm w1e111e 1111 des11rrollo, pero 110 de etapas si11<1 de épocas (Leytc 1998, 12).
Recordemos que dur.mte su juvcnrud Sc helling compartió cou el círculo románti co alem:ín.
especialmente con Noval is y co n la fumil.ia Schlegel. Con estos últimos tuvo una especial
cercanía wcfa su vida. Destaca mos al respecto que Caroline, esposa de Schelling. contr.ijo
nupcias con August Schlcgel en primer lu¡,,;ir. El matrimonio entre August y Caroli ne termina
en 1803, mismo aíio e n qu e se celebra la boda cutre elb y Sc helling.

16
Schelling h nce coincidir los c:1111bios de In 11:\Lur:,lczn con las distintas
posturas filosóficas y, además, retr:it:i a los personaj es como más intuitivos
y 1nc lancólicos durante los díns d e ficst:i. La descripción de los parajes
es tan delicada que no solo dicen rebción con l:is insc:incias d e pensa-
mjento, sin o que proveen al escrito d e una gran belleza poética. Es así
que la armonía en la escritura se prese nta con10 un aspecto característico
de esta obra particu lar, que difiere por esto mis1no con todo s los de111ás
textos del autor. Con10 es posible apreciar, los eleme n tos que hemos
mencionado tan someratnente contr ibuye n a que este peque110 diálogo
sea identificado como el tratado 111ás literario de Schel]jng, cuya sencillez,
belleza y profundidad son tremendame nte convocantes para el público
gene ral y desde ya aporta antecedentes para catalogarlo con10 un texto
rico e n distintos aspectos.
Con lo anterior, no que remos caer en la ingenuidad de decir que
estos ele111entos refl ejan una intención puramente estética del autor. Es
más, hay algu nos indicios que muestran que el escrito fue pensado en
su totabdad co1no u na instanc ia de acercar la filosofia al púbbco. Vemos
esto de forma explícita en las declaraciones que Clara lleva a cabo en
el l11terl11dio. E n esta sección la protagonista observa que los filó sofos no
escriben como habbn, lo que según ella repercute en una oscuridad
innecesaria de los tratados fi losóficos , dificultad que no es necesaria ni
prudente para lograr profundidad en las reflexioncs·1• Si considera1nos
esto se hace más evidente que el estilo del texto responde directamente
a la intención de hace r rnás accesible al público general los postulados y
también los procesos involu crados en cada uno de los 1110111entos de la
discusión filosófica. Dentro de esta lógica, Clara representa prec isa1nen-
te al hombre co1nún, el no intelectual -aunque, debemos decir, n1uy
educado- que tiene inquietudes filosóficas y que, es más, logra alcanzar
grandes niveles de reAcxión , pero que se encuentra falco de la rigurosi-
dad y tecnicismo de la literatura escola r. Sin duda alguna, el autor buscó
que este escri to tuviera una g ran aceptac ión, dándole la posibilidad a las

' Véase i11Jr,1. /11tcd11dio. 91.

17
m:is:is de n<.:<.:l.!dcr :, 11ucv:is reflexiones que 111uch:is veces pueden sentir
como ajcn:ts5.
No obstante, decir que la fácil lectura del texto se fundam enta ex-
clusiva1nente en la buena voluntad del autor por hacer que su filosofía
fuera accesible a un público no especializado es un:\ apreciación, por lo
menos, silnplista. Clara es tan1bién una declaración de principios frente
al estilo de H egel, específicamente frente a la FenomenoloiÍa del espíritu. El
:tnhelo de Schelling de sobrepasar la figura de su otrora arrugo no solo se
restringe al contenido de sus postulados sino que tan1bién es reflejo de su
concepción de la naturaleza del ejercicio filosófico. Evidentemente, para
Schelling la filosofia es una actividad que va nlás allá de una disciplina
sistemática. Para el pensador ale1nán, la riqueza de la medi tación reside
en su calidad y profundidad 1nás que e n la rigurosidad tenninológica

; !-by que destacar que de los persouaj cs cc1males, Cbra cs b única identificada por su nombrc;
d resto de los perso11:ijes es denominado según su ocupac ión. Es ta diferenc ia puede Ueg:ir
a scr significativa al momento de considerar la importancia de la figura de Cbr:1 co mo una
perso na corriente. Es n1uy improbable q ue al resto de los personajes no se los nomine bajo la
cxcus:i de ser co11sider:1dos menores. y;¡ q u e su partic ipación y me n ció n son muy reiteradas
y fundamentales como par:i que la rcfcrt"ncia solo :i su cargo haya sido algo provisional. Las
únicas e xcepciones :i esto son Teres:1, quien tiene una p:1rticipación menor. y el fallecido
Albert . Es posible que ambos personajes bagan refere nc ia a las hijas de Caro line, quien
p robablemente es n:prcscnrada por C lara. Esta presunc ión se asienta principalmente en b
cercan ía e ntre el fallccimi.:nto de Caroline e n 1809 y b fecha estimada de prod ucción del
texto. e n 1810. Est:i últim:i interroga me es ele interés entre los estudi osos del filósofo ale111fo.
por lo que haremos una breve mención a db.
Existen algunas teorías que dicen q ue C bm podri:1 simbolizar al mismo Sch eU ing o :i
una de las hijas de Carolinc. Pero la re leva ncia que est:1 mnjcr jugó en la vida del ti.lósofo, b
fecha de su muerte y la inquietud imclecru al q ue siempre mostró, hacen que lo 111:ís seguro sea
que b p rotagonist:i esté representa ndo a la esposa del autor. Resulta clave para est:1 afirmación
una c:ina que Carolin e escribe a Schelling en di ciembre del a,-10 1800, donde se menciona
el nombre que Uevaría este diálogo: '"Ojalá pudiera se r tu Cla ri ta, p ero solo soy tu Caroline"
('O d11{3id1 Dci11 C/iird1c11 scy11 kt11111rc, aba ic/1 bi11 mir Dei11 Caroline') . Causa muc ha cxtrañei.a
que los estudiosos no hay:in considerado esta c píst◊la h asta el minuto, ya q u e la mención
de este nombre result:i n111 y esclarecedor para este asunto. Nos resulta un misterio a quié11
hace alusió n Caroli11e e 11 su ca rta, pero sus palabras parecen sugerir que d ctr.ís del nombre
se oculta una referencia importante, que dcsca rra una selección del nombre al azar. La tesis
q ue sugierc que Schelling se inspiró en Ca ro line para dar nombre al personaje ce mr:11 ele la
obr:i queda m:ís respaldada to1nando e n c uc11t:1 el pasaje citado e n este estudio. especialm ente
si conside ramos el diálogo lkntro del contexto ele la muerte de Carolirn:. A lo :uttcrior se
puede agregar que Schelling bautizó con el nombre Clar:1 a su segunda hija (cu arta en b
su cesión) con Pauline Gotter e n 1818, de lo qul' podemos i11ferir con mayor segu ridad el
simbolismo rr:is esta elección. Su primera hija, n acida e n 1815. li1c n o mbrada Caroline.

18
n el m:rnejo de co ntenidos. Est:1111 os nq u ( ~1 11 pl'cSc..: ncia de una defensa
de b s capacidades reflexivas de..: bs pc..: rsonns c..: 11 rnnto tales y no en tanto
c..: ruditas. D entro de esta din ámica los i11 td1.:c..: tuales deberían cun1plir el
rol de guías y conductores de los pc..:nsamientos e inclinaciones de la
gente con1ún, colaborando con b precisión y el orden conceptual que
les entrega la instrucción escolar.
Podemos encontrar huellas de esto no solo en las declaraciones del
/11ter/11dio sino en el misn10 desenvolvirniento de las discusiones entre
C lara y sus interlocutores, ya qu e, en reiteradas ocasiones, alguno de los
personajes o la 111is111a protagonista evidencia la necesidad de esclarecer
los conceptos utilizados para poder seguir con la conversación.A pesar
de esto, Clara demuestra que, incluso no siendo una especialista con10
sus acompaiiantes, alcanza un alto nivel en sus re fl exiones y c.:01nprende
a la perfección los tópicos abordados. Es rnás: muchas veces las consi-
deraciones 111ás deternlinantes son propuestas o culminadas por ella ; sus
con1pañe ros más instruidos son, en ese sentido, sus pares, y la ayudan
si1nple1ne nte a ordenar y conducir sus propias ideas.Tomaremos con10
eje111plo del énfasis que el autor hace en las capacidades intelectuales de
Clara y de l rol de sus co mpañeros, un pasaje referido a la descripción
que el pastor hace de su hija. En la tercera sección, al co111ienzo de la
escena de Nochebuena. se c01nenta e n relación a las conversaciones
con Clara:
Una maravillosa profundidad de su sensibilidad, que
bien pudo influir en su forma de pensar, se reveló e n
algunas conversaciones: lo que le faltaba, sin e1nbargo,
era la capacidad de dcs;1rrollar sus propios pensamientos
de manera de hace rlos comprensibles (61).
Al comentario acerca de la naturaleza reflexiva de Clara se puede agregar
la preocupación que los dos c0111pa11eros de la protago nista manifiestan
en relación con su estado de ánitno. Tal como relata el pastor, ambos
notan que los pensanúcntos de su anúga se ven seriamente afectados
por el dolor que e lla sufre en viseas de la muerte de AJbert, n1anifestando
una gran nostalgia en torn o a su figura. A partir de esta observación se
comenta que el conocirniento se da en cada naturaleza de una forma
distinta, dependie ndo en gran m edida de la disposición, de las inclinacio-

19
nes e intereses p:uticul:lres(·. BI surgimiento de la reflexión, sin importar
el nivel de profunclicbd que alcance, se da de forn1a urúversal en todos
los ho1nbres. Las diferencias entre ellos se deben tanto a la naturaleza de
cada individuo con10 a la preparación y conducción que se haga de estas
inquietudes. Co1no es posible apreciar, este pequeño pasaje es profundo
y decisivo en este te1na, lo que revela no solo la gran diversidad temática
que alberga el diálogo en su conjunto, sino que evidencia tan1bién la
gran co1nplejidad y riqueza de cada uno de sus pasajes.
A partir de las breves consideraciones hechas hasta el n101nento, es
posible concluir con gran finneza que la fonna estilística del texto ex-
cede la sitnple intención de ser leído por un público no fa1niliarizado
con la rigurosidad acadé1nica, sino que tiene como fin principal recoger
las inquietudes incipientes del lector para s01neterlas al mismo proceso
de deducción por el que pasa la protagonista. Pode111os apoyar esta apre-
ciación con trastando este diálogo con el que Schelling había publicado
anteriormente, en 1802. Se hace evidente ya en un pritner acercamiento
que, a pesar de que este texto tan1bién está escrito en la 1nis1na fonna,
Bmno es un texto de gran con1plejidad conceptual y de rnuy dificil lectura.
Tó111ese esto co1no consideración para pensar que la forma dialogal de
un texto no está necesaria ni imnediatarnente relacionada con su accesi-
bilidad. En este sentido Clara funciona casi como una propedéutica para
la comprensión de las teorías que Schelling expone, que no solo aportan
nuevas perspectivas en relación con su siste1na de filosofia sino que ya
habían sido tratadas co n antelación en sus obras principales.
Otra proble1nática surge a partir del contenido que no se alcanzó a
escribir y que podría ser en este caso detenrúnante para el curso de la obra.
Si ya es dificil enfrentarse a la lectura y estudio de un texto incon1pleto,
mayor es la contrariedad cuando suponen1os que el conte1údo de la obra

,. Podríamos, incluso, comparar este pequeño pasaje con lo postulado por Heidegger como
Disposidá11 efeaiva (Befi11dlid1keitj en su obra fundamental Ser y Tiempo (Cf. Heidegger 1997,
§29.) Si recordamos brevemente lo dicho po r el autor, esta se identifica con el temple de
ánimo presente en toda actividad del Dasci11 , que lo dispone a una apertura e incluso a una
evasión o cerr:izón. Debemos agre¡,,ar qu e, en otro lado, el filósofo afirma que el preguntar
es la disposición afectiva propia de la filosofi:1. El diálogo, de acuerdo con esto, sería la forma
más originaria de la filosofía (Cf. Heidegger 2004)

20
está absolu tan1l:11lv vinc ulado con el desarrollo de la nus111a; .A pesar de
que normalmentl: los ickas se despliegan progresiva1nente en un texto, en
este caso nos cnfrentan10s a una ince rtidumbre mayor. De acuerdo con
las consideraciones hechas antes, el contenido se va desplegando junto a
las reflexiones de los personajes, por lo que lo niás probable es que nos
hayan1os perdido de las cuestiones centrales y más profundas del tratado.
Otra perspectiva del problema aparece si reparan1os en la notoria cone-
xión entre las distintas partes del texto y las estaciones del año a la que
ya nos referünos. El manuscrito, en todas sus versiones, llega solatnente
hasta la Primavera y en el esquen1a que está agregado en la versión de
Schroter -incluida al final de esta edición- no queda claro hasta qué
punto los conte1udos corresponden a esa sección o si corresponderían a
la siguiente. El verano, shnbolo de la plenitud de la naturaleza, tendría que
corresponder ta1nbién a la plenitud de los pensamientos y, por esta razón,
es un factor tan determinante que el diálogo haya quedado inconcluso.
Pasare1nos ahora a revisar otro fac tor que considera1nos importante
para la tarea de detenninar el propósito del texto. Co1110 producto de
una lectura detenida que repare en las distintas posturas que los perso-
najes encarnan, aparece la posibilidad de que Schelling haya pretendido
recoge r la evolución de su pensanúento en esta obra, planeándola con10
una especie de recapitulación. El camino utilizado para esta tarea sería
el de igualar el contenido de los postulados con la estructura dialogal,
de n1anera que se refleje el paso de la_filoso}Ta negativa a laf1losofla positiva,
mediante la evolución de los postulados. Recordetnos gue el cambio de
perspectiva así denonunado corresponde a una profunda insatisfacción
que el pensador de Leonberg sintió con el idealjs1110, a raíz de lo que se
propuso refundar una filosofia que se preocupara más del individuo y sus
vivencias. Si consideran\os esta perspectiva, nos dare1nos cuenta de que
el desenvolvin1iento progresivo de los contenidos desarrollados en Clara
coincide con las etapas del sisterna del autor. Sin duda, el estilo literario
del diálogo confonna un 1necanis1no consonante con el tnovimiento

7
A esto se agrega un factor más que pudiera establecer de mejor manc::ra c::sta rdació n c::ntre
forma y fondo. En la introducción. que forma parte de otro texto y fue incluida por Karl
Schelling, se señala que en ese escrito estos aspectos no se pueden separar y son absolutamen-
te interdependientes. Podemos aventurar qu e en el caso de Clara se pretendía algo similar,
basados en la semejanza que muestran los textos.

21
propio del rcílex ionnr, y en este c:iso particular, esto se reafirmn a través
de una interlocución sostenida a lo Jargo de un tie111po cambiante corno
el de las estaciones del ai10. La idea de que Clara 1nuestra un traspaso de
la.filosofía negati11a a la positiva es tan1bién con1partida por Fiona Steinkarnp
(2002, ix ss.) en su traducción inglesa del escrito. En ella, la autora se-
ñala que en un principio la discusión acerca del numdo de los espíritus
tiene co1no punto de partida el inundo natural , pero que a n1edida que
avanza el texto, específica1nente en la quinta sección, correspondiente
a la Caminata de comienzos de primavera, se parte del inundo espiritual
para analizar la conexión entre a1nbos n1undos. Este proceder está en
correspondencia con las distintas épocas del filósofo ale1nán, que empieza
elaborando una filosofia basada en la observación de la naturaleza para
derivar en una que se basa en lo espiritual. Tal como Steinkan1p señala,
Schelling sien1pre pretendió unir a111bas filosofías y debido a ello es
posible que Clara haya tenido como objetivo análogo el n1ostrar el paso
de una etapa a la siguiente. Se irán 111encionando ele111entos que apoyan
esta idea a lo largo de nuestro análisis, ya que aún no conta1nos con los
ele1nentos necesarios para apoyar esta postura.
Naturalmente, esta problen1ática queda sin ningún tipo de respuesta
certera. La única forn1a de resolver esta y otras interrogantes que serán
aquí tratadas o que pueda hacerse el lector por su cuenta, sería disponer
de un texto que no se alcanzó a escribir. Enfrentarse al texto que hoy
presenta111os es entregarse a una pro1nesa qu e Schelling jamás cumplió.
Esta pro1nesa la podemos hacer an,íloga a la que nos hace la primavera
de la venida del esplendor del verano, de sus frutos y huninosidad. Sche-
lling nos dejó ad portas de la cmnbre lo que hubiese sido una de sus 111ás
n1aravillosas composiciones. Lan1entablen1ente no nos queda otra opción
que aceptar el nusterio del contenido, significado y rol gue este diálogo
representaba para el autor y la importancia gue tenía para su filosofía.

2. 2. Análisis 111etodológico

Antes de üuciar esta sección enfocada en el análisis 111etodológico de


Clara, hare1110s un breve análisis a propósito de la introducción incluida
en esta edición, para luego relacionar los ele111entos que puedan guiarnos.

22
Para elJo es importante tene r presente qu e t<arl Sclwlling aclara que este
npartado no es parte original del diálogo, pero que pertenecía a un escrito
que tiene una gran sen1ejanza temática con él8 • La cercanía de atnbos
c.:studios hace que la probabilidad de que se hayan planeado con objetivos
sitnilares sea bastante alta. Considerando esta conexión, sostenen1os que
la siguiente revisión es funda1nental tanto por la riqueza individual de la
introducción con10 por las luces que nos pueda dar acerca del punto de
vista que tuviera el filósofo al n101nento de escribir el diálogo.
Schelling detennina en las primeras páginas que el objetivo del es-
crito es mostrar científica1nente la transición entre el rnundo natural y el
espiritual. En las líneas siguientes el filósofo aclara que en esta ocasión
no se discutirá la existencia del mundo de los espíritus, no se buscará un
conocimiento acerca de él ni se expondrán sus características. Dn con-
sistencia con las pretensiones enunciadas, se advierte que para seguir la
lectura se requiere que el lector consienta co1npletan1ente la existencia
de lo espiritual y del inundo de los espíritus. Esto evidenten1ente nos
supone un problc1na ya que con este requerinuento el autor se 1nuestra
muy alejado de lo que constituye un proceder científico -o siquiera serio-
sobre el asunto, y parece optar por una vía bastante dogrnática. Es rnás,
el filósofo parece detenninado en descartar cualquier tipo de discusión
con la posición detractora e incluso delega la responsabilidad de una
dernostración a quienes estén en desacuerdo, alegando que toda refuta-
ción debe partir por la cornprobación de la inexistencia del rnundo de
los espíritus.A este requerinuento se stuna un segundo presupuesto. Este
consiste en la afinnación que el rnundo natural se subordina al mundo de
los espíritus. SchelJ.ing se11ala que incluso quienes duden de la existencia
del niundo espiritual estarían de acuerdo con esta jerarquización. Con
este nuevo requisito el autor nos deja frente a la nusn1a problernática
que con el prünero, lo que naturahnente podría dejar al lector con una
sensación de desprolijidad en lo que respecta a la 1netodología utilizada.
Pero, a pesar de esta priinera iinpresión, una lectura más detenida revela
las reales intenciones del autor, que distan mucho de seguir una inves-
tigación descuidada.

8
Sobre especificaciones de la relación de la Introducción con Clam y la nota del hijo de
Schelling, véase ir!fm, Jntrod11c,ió11, notas i, 1 y 2.

23
En un prl1n cr 11wnw11to p11t:dc 11:lrnar la atenció11 que Schelling
tenga el af:ín de :lbor<l:11· cil'11l{fira111e11le el tránsito de ambos n1undos si él
nusn10 señala que no sc har~ dcn1ostración alguna de lo que constituye
los principios fund:1111entalcs de csra exposición y si, además, nos pide
que aceptemos de partida dos presupuestos que han sido constante1nen-
te cuestionados en la historia de la filosofia. No obstante, la extrañeza
proveniente de esta discordancia se djsipa rápidan1ente solo con alegar
que la concepción actual de las características de un proceder científico
dista n1ucho de lo que SchelJing tiene en mente aquí. Con esta expresión
se busca explicar que se realizará un análisis filosófico que tiene con10
objetivo llegar a la claridad de los conceptos por medio de la razón,
tomando con10 punto de partida la observación y experiencia que se
tenga de aquellos fenómenos. El objetivo así planteado poco Liene que
ver con una demostración propian1ente tal. Pero, con todo esto dicho,
aún parecen1os estar sobre un terreno n1uy débil corno para detener ahí
nuestra argumentación, por lo que examinaremos un asunto n1ás decisivo
a considerar para aclarar esta contrariedad.
Dentro de esta exposición se han utilizado dos térnunos que muchas
veces tienden a igualarse en nuestro idioma, pero que apuntan a dos
situaciones distintas. El lector más avezado podrá haberse dado cuenta
de que Schelling utiliza el término mostrar, palabra que en esta sección
aparece en cursivas cuando ha sido ucilizada.Junto con esto, podrá notarse
que se ha hablado, además, de den1ostración en varias ocasiones al hablar
la rnetodología seguida por el autor unas lineas más atrás. La djferencia
entre estos dos vocablos es ya perceptible en espa11ol, pero se ve reflejada
ta111bién y quizás con 1nás énfasis al revisar con más detenimiento ambos
ténninos en su idioma original.
L1 palabra alemana que Schelling utiliza en el pasaje citado en un
inicio9 y que acá se traduce por 111ostmr es Erkliir1111g, mjentras que si
se hubiese querido decir de1nostrar, probablemente el filósofo habría
utilizado el término beweiscn. El sentido de la palabra mostrar está fuer-
te111ente ligado al esclarecer, como puede sugerir la 111isma etiinología

., El pasaje completo al que nos Te feri1110s reza c11 su idioma original:·¡ ...l unscrcr ausdrüc-
klichen Erklarnng wfolgc nur der wissensch:1ftlichc Uebergang aus dcm Gcbict der Nan1r
in das der gcistigcn Wclt crzeigt werdc11 soll' (l<uh le nbeck 1913, 5).

24
'°.
de la palabra alc111ana Lo que busca el filósofo con la exposición que
realiza no es llev:1r n cabo una comprobación de la existencia del n1undo
espiritual y por lo tanto no estamos en presencia de una contradicción
entre presupuestos y metodología, tal corno podía haberse replicado.
Schelling, tal con10 él núsn10 señala, no proveerá descripciones o algún
tipo de conocinúento acerca de la vida futura. Lo central del texto es
con1prender quizás intuitiva1nente el tránsito entre an1bos n1tmdos 111e-
diante un análisis fi losófico que consiste en un esclarecer o dilucidar y
no en un den1ostrar. Considerando lo anterior, pode1nos afirmar que la
rigurosidad conceptual del filósofo es mucho 1nayor que la que puede
parecer en una primera lectura. Quizás la diferencia ten1poral y cultural
con el autor acentúa este aparente problen1a.
Ciertamente, las características del procedüniento del escrito revisado se
replican en Clara. En efecto, en ningún momento se discute la primera de
las presuposiciones y la segunda es mencionada 1nuy fugaz1nente en escasas
ocasiones. Un eje1nplo de esto es la intervención del clérigo, que, como se
verá 1nás detenidan1ente,juega un rol in1portante en el cuestionanuento de
una efectiva comunicación entre ambos 111undos.Junco a este caso, la n1ayor
discusión en torno a la j erarquización o subordinación se lleva a cabo en el
instante en que Clara y el pastor abordan la relación cuerpo-aln1a-espíritu,
en medio del escenario de Nochebuena. En este mornento de la discusión el
doctor se 1nuescra a favor de que el n1undo actual sea más elevado que el
espiritual, opinión que es combatida por los otros interlocutores, quienes,
entre conversaciones, llega n a convenir que el n1undo espiritual es el más
elevado. Estas discusiones, sin embargo, parecen tener por objetivo canto
el representar posturas anteriores de la filosofia de Schelling con10 ser un
motor para el desarrollo de la conversación. En ningún n1Ínuto se observa
un cuestionan1Íento riguroso de ninguno de los dos presupuestos.
A pesar de que la introducción pertenezca a un distinto tratado, cu1n -
ple fácilmente la función de prep,iración para este y resulta un recurso
importante e incluso indispensable para un análisis profundo de la obra

10 Si realizamos una descomposic ión del término utilizado aquí por Schelling, Erkliir1111g,
podemos decir que la palabra se compone del sustantivo Kliin111,e, que tiene la acepción
de aclaración como purificación, asociado también al adjetivo klar. claro. diáfano. Por otra
parte, la partícula Er se refiere a un movimiento en relación con la conquist:i del esp:icio. La
traducción hecha :iquí de Erkliim11l como 111<1stmr apu nta a un dejar ver :ilgo con cl:iridad.

25
q u1,; :1co111p:11i:1. S1,; dd,c tener c bro que el ejercicio de con1plen1entar las
obras es b:1st:1nte estim:1tivo, pero h evide ncia indica que las pretensiones
y e nfoque de an1bos :ipuntan e n una rnisma dirección. Considerando
estos aspectos se hace cada vez más patente el acierto de Karl Schelling
al incluir el fragn1ento ya que, orga,úzado de otro n1odo, el diálogo pro-
bablen1ente hubiese perdido su riqueza. La naturaleza de las discusiones
llevadas en él está en co1npleta consistencia con la 1netodología seguida
en Clara. En esta obra Schelling sigue con este deseo de mostrar antes que
den1ostrar; el lector se encuentra con una 1neditación dirigida a respon-
der la inquietud sobre la vida futura, nuestra conexión con ella y, sobre
todo, nuestro destino en tanto personas que poseen una individualidad
o personalidad (Personlichkeit).
Teniendo ya una dirección con respecto al enfoque general del texto,
es n1on1ento de realizar una breve revisión del curso y metodología del
diálogo n1isn10 en sus principales etapas. Es posible que la motivación del
autor de enfocar el escrito sin partir del cuestiona1niento de la existencia
del inundo de los espíritus esté relacionada con el duelo por la n1uerte de
su esposa Caroline en 1809,año de la publicación del1i·atado de la líbertad 11 .
La nostalgia de la figura de Albert y el dolor que Clara experin1enta por
su 1nuerte son el escenario en el que se inicia la discusión sobre la vida
futura, ya que son sus inquietudes intelectuales y emocionales las que
buscan ser apagadas mediante la discusión. Un fiel reflejo de lo anterior
es que el planteamiento del proble1na central se reahza al coniienzo de
la primera sección, correspondiente al Día de todos los difttntos. Luego de
haberse descrito la situación, el paisaje y el contexto en el que se da el
encuentro con Clara, el pastor inicia la conversación al ver que su anuga
está afligida por la pérdida de Albert. Este pregunta si acaso la vida actual
estaría incon1pleta, llegando a realizarse solo después de la n1uerte, es decir,
si solo una vez estando en el inundo de los espíritus se puede alcanzar la
plenitud 12 • De esta pregunta se derivan los ten1as centrales que conforman

11
Nos referimos con este nombre al escrito de 1809, !11vest(,;,<1civ11es <1cerc<1 de l<t ese11cia de /<1
li/,crtad /11111uma y los olifc1os cm, e/1<1 relacio11ados. A lo largo del estudio utilizaremos tanto la
fórmub, Tra1ado de la liber111d, o tratado de 1809 par:i hace r referencia al escrito.
1
' M:ís adelante en el texto, al comjenzo del Paseo de oioiio el doctor responde a esca inquietud
inicial haciendo la observación de que si esta vida fuera completa no se realizaría un tránsito
al mundo espiritual.

26
el hilo conductor clt:l diálogo e n su tota lidad: la reJación entre el n1tmdo
natural y espiritual y, por supuesto, la transición entre an1bos rnundos.
En este n101nento de la discusión, el clérigo - guíen solo aparece en
esta sección- aporta reflexiones vitales para el desarrollo de la conver-
sación, ya que su posición es la de negar toda posibilidad de conexión
entre an1bos 111undos y, en consecuencia, niega ta1nbién que exista una
influencia o participación entre un inundo y otro. La postura del clérigo
sin duda nos recuerda a los postulados kantianos, y de acuerdo con la
observación hecha nlás arriba, a la filosofía inicial de Schelling. Es 1nás:
algunos co1nentaristas (Steinkan1p 2002, Grau 1997) han postulado que
el clérigo representa al n1isn10 Kant. Ante las objeciones del clérigo,
Clara expresa su deseo de con1prender algo 1nás que conceptos fríos y
convoca a conducir los pensanúentos con n1ayor ernoción y vida. En
1nedio de esta discusión, el pastor argmnenta que la conciencia es un
punto de conexión con lo nlás aJto, 1nientras gue Clara, unas líneas n1ás
abajo, sostiene que el amor es el lazo superior de conexión que persiste
incluso después de la n1uerte. En este punto se hace ya evidente gue la
refutación a las observaciones del clérigo no solo consiste en una res-
puesta ante posibles réplicas sino que sin1boliza la superación de un tipo
de filosofía pura1nente conceptual. Aclaraciones de este tipo entregan la
dirección que pretende seguir e] texto en cuanto a objetivos, pero canl-
bién en relación con la orientación intuitiva desde la que es abordado,
dejando establecido en esta prin1era parte que el análisis surge por una
inquietud espiritual n1ás que intelectual. Se continúa a lo largo de esta
sección haciendo 1nención a la 1najestuosidad de las artes, las ciencias y la
conexión que tienen ellas con el espíritu. Se discuten aden1ás conceptos
co1no la imnutabilidad, la naturaleza y la vida annónica. En esta sección,
como en muchos otros mon1entos, se ve reflejada la tendencia romántica
de Schelling en todo su esplendor.
Co1no se 1nencionó anterionnente, desde el punto de vista 1netodo-
lógico el texto se divide en dos grandes partes según el enfoque o punto
de partida de las consideraciones abordadas. En una pritnera instancia
Schelling parte ]a reflexión desde el n1undo natural. Durante las últimas
páginas de la pritnera sección el doctor es el encargado de defender el
rol de la observación en el conocirniento, llegando a alegar gue él ha
aprendido niás de quienes están en contacto directo con la naturaleza gue

27
de los :1cnclé111kos. ~~· 11osti1:11 0 q110 esto 11tisrno se aplica en el caso de un
cx:-imtn de b vid:1 futu 1•:, ; p¡11':l lograr una con1prensión elevada de ella
se deben considcr:ir los principios ele la naturaleza para poder alcanzar
los conceptos de b vida m:~s alta. Si mcncionainos antes que la figura del
clérigo podría represe ntar al pensamie nto kantiano, deben1os notar ahora
que con las afirn1aciones que defienden el estudio del n1undo natural
como base del conocinuento se hace visible la similitud de las posturas
del doctor y la filosofía de la naturaleza (l\Jaturphílosophie) que Schelling
desarrolló entre 1797 y 1800 aproxin1adamente 13 •
Durante la mayor parte del escrito, específican1ente durante la se-
gunda y tercera sección, el tratanúento de los te1nas se realiza de forma
ascendente. El análisis parte de abajo hacia arriba, en este caso, desde la
tierra o vida actual hacia Ja vida espiritual. En los capítulos 1nencionados
se ven con gran detalle ciertos aspectos centrales, con10 los principios
de a1nbos 1nundos, las forn1as de relación entre ellos y se forrnulan los
priineros postulados acerca de cón10 se logra la conexión. Estas ten1áticas
se desarrollan a través de consideraciones a propósito de la libertad, de
la conjunción entre cuerpo, aln1a y espíritu, y de los grados en que cada
uno de los elen1entos está presente tanto en la vida actual con10 después
de la muerte. La discusión de estos tópicos se extiende largatnente en
el diálogo, por lo que dejare1nos su descripción para n1ás adelante. Se
n1encionará, por ahora, que dentro del exan1en que se está efectuando de
los 11101nentos de Clara con10 etapas de la filosofia de Schelling, poden1os
decir que durante la segunda y tercera sección se despliega de forma
evidente la llamada_fi/osef,a de la libertad. Pero esto sien1pre considerando
que la predonünancia del punto de vista "natural" se sostiene hasta la
quinta sección 1"1, lugar donde se inicia un exarnen espiritual de los ten1as.
Al inicio de esta unidad, correspondiente a la Caminata de comienzos de
primavera, Clara n1anifiesta su insatisfacción con los discursos h echos
hasta el n1on1ento ya que se ha abordado el mundo espiritual de forrna
insuficiente. Ella propone comenzar la reflexión ton1ando el nu1ndo de

'' Debemos mencionar también las incursior.es de Schelling en el ámbito de la medicina,


química y electromagnetismo.
" No consideramos aquí a la cuarta sección, ya que el llltcr/11dio difiere temáticamente al resto
del diálogo.

28
los espíritus como cüniento. P:ua el lo se cx:1n1i11a la naturaleza de este,
se empieza a esbozar el proceso de trri nsito y, además, se hace alusión a
la unidad originaria y final de ambos n1undos.
1-fay que destacar que en este mom ento ocurre un giro radical con
respecto a la prin1era parte en términos 111etodológicos y estéticos. A
partir de la quinta sección la exposición adquiere matices n1t1cho 1nás
poéticos, lo que se condice con la intención de Schelling de alcanzar
un nuevo tipo de exposición filosófica. El estilo 1netafórico se vuelve
1nucho n1ás notorio en la sección siguiente, Prima11era, instancia en que
Clara ton1a la palabra de fonna predo111inante al 1nenos en un inicio'5,
lo que repercute en que la presentación de los ternas se vuelva n1ucho
más intuitiva de acuerdo con la naturaleza misma de la protagonista. La
tarea final se enuncia en las últin1as páginas que alcanzaron a ser escri-
tas, donde el curso a seguir en la investigación queda forrnulado de la
siguiente n1anera:
D ebe111os considerar aquellas características por las que
ahora la 111ateria nos parece opuesta a lo espiritual y por
las que verdadera1nente es opuesta a él,para cornprender
aquellas características por las que algún día se volverá
una y la nlis111a esencia con lo espiritual (108).
Co1no es posible apreciar, el análisis de la conexión entre a111bos 1nundos
ya no se linuta a considerar una sin1ple participación o tránsito, sino que
se desencadena en una descripción de la unidad total de los extren10s ya
1nencionados y un exa1nen de cón10 y cuáles elernentos propiciarán esta
unidad final. Si ponen10s atención al esque1na que el filósofo dejó bosque-
jado, nos daremos cuenta de que hay algunos conceptos que podría1nos
postular de forn1a tentativa como aquellas características que poseería el
111undo actual para posibilitar tal unidad futura. La clarividencia -al igual
que sus características y 111anifestación - parece ser el concepto principal
de los postulados que Schelling desarrollaría en su inacabada obra.

u A pesar de que no hay razones para pensar que Clara no conduce la discusión en la totalidad
o gran parte de la sección, parece imprudente afirmar que esto sigue siendo así. La expresión
"al menos en un inicio" es motivada neta mente por cautela.

29
Par:i fina lii:1r cst1,; :lp:u·1:1do hnrcn 10s me nc ió n :1 la resignación q ue
debemos e nfre ntar al h:1cc1· todas cst:is suposiciones. Si Jas proposiciones
q ue hacemos en estas páginas son :1ce rt:idas o no es algo qu e nunca po-
dremos saber. Lo único que se puede esperar es qu e n1entes tnás hábiles
que las nuestras sean capaces de ver 1nucho 1nás allá de lo que aquí se
expone y llegue n a rnejores y 1nás ricas conclusion es que las nuestras.
Es de esperar que esta exposición sirva, al 1nenos, para contribuir a esa
reflexión.

2.3.Análisis de co11te11ido

Mencionamos con antelación t1ue C lara es una obra abundante en tenlá-


ticas y profundidad, sin importar la cantidad de lineas o páginas que le
dedique el autor. Podernos e ncontrar, entre las n1aterias más destacadas,
la ya rnencionada relación e ntre acadé1nicos y gente no farniliarizad:t
con la filosofia, el conocitni ento como actividad elevada del hombre,
además de conceptos con10 la clarividencia, la naturaleza, el equilibrio
espiritual, e tc. La lista de temas abord:tdos en estas páginas podría ser, en
grado sumo, extensa. En esta revisión de los contenidos princip:1l es de la
obra nos enfocare111os fundamentaltne nte en dos tópicos que han sido
seleccionados bajo c1 criterio de la extensión y profündidad con que se
presentan al público. En las páginas que siguen se abordará la exposición
acerca de la libertad y de la constitución del ser hurnano con10 unidad
de cuerpo, alma y espíritu . Es necesario destacar que, ade1nás, los tc1nas
que hen1os enunciado aquí son patticularrnente interesantes en vistas de
la discusión acadénuca acerca de la datación y relac ión del diálogo Clara
con el resto de la producción filosófica de Schelling. Debido a esto se
dirigirá la exposición tainbién en esa dirección, ya que la revisión q ue
realiz:1re1110s asienta las bases para co111prender la posición que será de-
fendida más adelante, al mornento de contextualizar la discusión biblio-
gráfica contenida en el apartado siguiente. A pesar de la relevancia de los
contenidos principales, se intentará abordar la materia de forma breve y
específica, con el único objetivo de evidenciar la correspondencia entre
lo expuesto en el diálogo con postulados de otros escritos de Schelling.

30
Se comenz:u á, entonces, por cxnmin:ll' b discusi6n en torno a la
libertad. E ntre Jos cle1nentos que se tratarán en nuestro estudio, este es
quizás el que n1uestre una conexión más evidente con el resto de la fi-
losofia de Schelling. Esto se debe a gue se suele caracterizar a una época
del pensanuento del autor con10 .filosofia de la lihertad. Sin embargo la
relación así forn1ulada, aunque correcta, no recoge el asunto crucial para
nuestra investigación. Lo 1nás propiamente interesante radica en que los
conceptos expuestos en las páginas que siguen son de una correspon-
dencia casi exacta con las consideraciones hechas por el filósofo alenián
en su libro de 1809, Investigaciones acerca de la esencia de fo lihertad l111111ana
y los objetos con ella relacionados. Es más, el parecido de las forn1ulaciones
es tan indiscutible que a ratos da la impresión de ser un resumen del
contenido de ese tratado 16 • Con10 se verá más adelante, a pesar de que en
la opinión general sitúa los primeros esbozos del texto en 181 O, veren1os
que esta discusión no está acabada y que esta relación puede significar
un argmnento fuerte para la primera postura.
La prin1era referencia a este concepto -aunque de fon11a breve- se
realiza en el Paseo de oto,10, en un pasaje que se centra en el rol que
dese1npeña el ser hurnano en el devenir del n1undo 17 • Rescataremos las
palabras del doctor, quien sostiene que el ho1nbre jugó un papel en el
cstancanúento de la progresión de la naturaleza, ya que esta dependía de la
libertad del ser humano (i,,fra, 56). De acuerdo con lo anterior, la elevación
de la naturaleza se habría detenido luego de la creación como producto
de la a111bición del hombre, quien quiso tomar para sí el n1undo exterior.
El proceso descrito en estas lineas es de una complejidad n1ayor de la que
pode1nos abordar ahora ya que implicaría alejarnos de lo que queremos
e>.-plorar 18 . Si bien en esta primera mención la libertad aparece como un
componente, no se dice nada sustancial sobre su naturaleza. La discu-

16 Esta afirmación no debería resultar extr:1iia si consideramos la propuest:1 som: nida acá de
concebi r Clara como un texto que muestre d progreso de la filosofi:1 de Schelling.
17 A p esar de los distintos alcances que podamos hacer con b filosoffa hegeliana. con d térmi -
no de11c11ir no estamos apelando a lo que el autor de la Fc110111e11()/0j/ÍII del espíritu quiso dt"cir.
En Schelling, este vocablo refiere a un movimiento propio de la vida y no a los mo111 cntos
sistemáticos que postulaba Hegel.
18 Este asunto se podr.í entender mejor con la breve mención que haremos 111:ís adelante al
problema de la volumad del hombre y la voluntad univer.;al.Jumo co n esto, se complemema r.í
el texto con algun as obsc rv.iciones y referencias cuando sea pertinente.

31
si611 cc1Hr.,I se 1:xpo11c u, rns p6¡.4i11os 111ns adelante (i,ifra, 59 ss.), cuando
se menciona 11110 dc ll>S postlilndos n1(\s in1portantes de la filosofía de
Schel ling. La co 11ccpci611 ch: la libcrt:\d como resultado de la necesidad
es el elemento cru cial del lralado de 1809 y es formulado aquí con los
m.isrnos ténninos que en el escrito mencionado, aunque visiblen1ente
sin1plificados. Para aun1entar las similitudes, la exposición contenida en
estas pocas páginas se hace en el n1isn10 orden temático en ambos textos,
lo que ayuda a reforzar la ünpresión de que esta1nos frente a una síntesis
de los postulados del escrito anterior. Iniciaremos la exposición de las
similitudes entre ainbos textos con la comparación misn1a de las fuentes,
ton1ando como punto de partida un pasaje de Clara:
Se con1placen con agrado de detenninar sus acciones
según razones e incluso pri ncipios, y se pintan esta ser-
vidumbre de sus corazones con10 libertad . Pues yo no
sé si n1e equivoco, pero este tipo de libertad n1e parece
ser de entre todas al n1enos la 1nás inferior.

[... ]

La libertad es la verdadera y real aparición del espíritu;


por eso la aparición de la libertad provoca que el ser
hun1ano se rinda ante ella; el inundo se somete a ella. Sin
en1bargo, tan pocos saben có1110 tratar con este delicado
secreto, que ven10s que aquellos a los que se les concede
la capacidad de poder usar este derecho divino se trans-
fonnan en energ(unenos, y poseídos por la locura del
capricho buscan de111ostrar la libertad en acciones que
carecen de todo sello de necesidad interna, y que por lo
misn10 son en grado SLm10 contingentes. La necesidad es
el ser interior de la libertad; así, no se puede encontrar
un funda n1ento para una acción verdaderan1ente libre;
ella es así porque así es, sünplemente es así, es absoluta
y, por lo mjs1110, necesaria (infra, 60).
R escataremos de este rico pasaje dos sentencias en relación con la libertad.
Pritnero, la concepción de la libertad como libre albedrío o libertinaje.
Concepción que discute Clara extensmnente unas líneas 1nás atrás, que

32
no citare1nos por 111o tivos de extensión. En segundo lugar veren1os la
mencionada relación entre libertad y necesidad. Con respecto al prin1er
punto, leemos en el Tratado de la libertad (1989):
[... ] El concepto habitual de libertad, según la cual ésta
se considera una facultad con1pl.eta1nente indetennina-
da para querer lo uno o lo otro de entre dos ténninos
contradictorios sin motivos deterrninantes -y esto
sin1plen1ente porque sí, porgue así lo quiere-, tiene a su
favor la indecisión originaria del ser humano en su idea,
pero sin e1nbargo, aplicado a la acción singular, conduce
a los 111ayores absurdos. [...] Pero el azar es ünposible,
contradice a la razón tanto corno a la necesaria unidad
del todo; y si no se puede salvar a la libertad nlás que
n1ediante la total contingencia de las acciones, entonces
no es salvable en absoluto (221 ss.).
Y con respecto al segundo aspecto, la libertad corno resultado de la
necesidad:
Pero ¿qué es entonces esa interna necesidad de la propia
esencia? Este es el punto en el que habría que reunir
necesidad y libertad [... ] Pero es precisan1ente esa pro-
pia necesidad interna la que es ella nús111a la libertad,
y la esencia del hon1bre es esencialn1ente su propio acto:
necesidad y libertad están con1penetradas fonnando
una única y mjs1na esencia que sólo considerada desde
distintos lados aparece con10 lo uno o con10 lo otro, y
que es en sí libertad, pero, formahnente, necesidad (229).
Y luego:
La verdadera libertad está en consonancia con una
sagrada necesidad, tal y como poden1os sentirla en el
conocinúento esencial, cuando espíritu y corazón, ata-
dos a su propia ley, afinnan lo que es necesario (245).
En estos ejernplos ve1nos los pasajes que ilustran de mejor manera la no-
ción de libertad. Las ideas expuestas en estas líneas son extren1adarnente
co1n plen1entarias -por no decir idénticas- con el diálogo, diferenciándose

33
casi exclusivanw11C1,,; po r la íormn de exposición.A pesar de que el Tratado
de la libertad no posee Jn co111plc..:jid::icl de obras con10 Bruno y con respecto
a él constituye ya una formn expositiva n1ás ligera, sigue teniendo el estilo
rígido de los tratados filosóficos. Este estilo contrasta fuerte1nente con la
exposición realizada en Clam, que es 111ucho 1nás afable. Quizás la única
diferencia significativa en un á1nbito conceptual es que en el texto que
nos convoca se muestra un componente nuevo en el rol del hon1bre con
la divinidad que no estaba presente en el anterior. En este caso la libertad
humana no está relacionada única1nente con Dios, sino que desde un
conuenzo incluye al resto de la naturaleza, tal con10 virnos en las palabras
del doctor.En el escrito de 1809 se considera esta dependencia de fonna
explicita solo para el final de los tie1npos. La relación con la naturaleza
sugerida aquí aparece n1uy celada1nenle. D e Lodas fonnas, esLa difereucia
no significa una ruptura sino que desde todo punto de vista itnplica una
evolución del pensamiento anterior.
Para afirn1ar nlás la postura de que el diálogo es una recopilación del
siste1na schellinguiano centrado en las consideraciones del 7i·atado de la
Ubertad, poden1os 1nencionar algunos su bte1nas que aparecen breve1nente
1nencionados en esta 1nisn1a sección. Cabe destacar que en el diálogo
aparece un pequeño fragrnento que resmne en su totalidad la explicación
que da Schelling en 1809 para el surgimiento del rnal como consecuencia
de la libertad y de la constitución ontológica hurnana. En un rnon1ento
del diálogo, Clara pregunta:
¿De dónde se origina la enfermedad sino del tedio, sino
de aquella fuerza individual de no querer avanzar con
el todo, de no querer extinguirse con el todo, sino de
querer estar arbitraria111ente apartado? (infra, 58)
En estas palabras encontrarnos resumidas la exposición acerca de la vo-
luntad humana o voluntad propia (Eigenwille) y de la búsqueda de su
elevación. Para Schelling, el hombre es un ser no decidido que está en la
constante búsqueda de ser sí nús1110. Para alcanzar esto tiene la opción de
actuar s01netido a la voluntad múversal (Universalwille) de la divitúdad o
seguir intentando por sus propios medios alcanzar una condición elevada,
desconociendo su funda1nento. El apartarse de la voluntad universal es el
origen del mal, actuar desconociendo que nuestro funda111ento es Dios y

34
110 nosotros m.ismos. Co,no ve,nos, esta sencilla pregunta fonnulada por
( :l:lra sintetiza de forn1a sencilla lo que en el texto anterior se desarrolla
l'Xtcnsamente.
A la luz de lo expuesto hasta ahora, se hace evidente la relación en-
ll'c an1bos textos, pero nos queda todavía un aspecto fundamental que
rxanlinar: la relación cuerpo-alma-espíri tu en Clara, correspondiente
11 lo que puede denonúnarse con10 exposición ontológica del ho111bre
19
l.l ll el escrito de 1809 . Desde ya hay que advertir que, a diferencia del
t6pico anterior, en Clara las discusiones de esta materia se profundizan
mucho más, pero siempre tomando como base los principios e ideas del
tratado anterior.
La discusión conlienza en las prirneras páginas de la 1Yocheb11ena luego
de una reflexión acerca del desarrollo del conocinliento y la conte1n-
plación. Cabe destacar que 1nás que una discusión acerca de la esencia
o características de estos ele1ne ntos, hay un análisis de la conexión que
~icnen estos e]en1entos entre sí. Se describe el cuerpo co1no opuesto al
espíritu, siendo el alma el 1nediador de estos últin1os. E n este escrito el
alma ocupa un lugar privilegiado ya que se la describe con10 lo propiamente
/111111ano en el ser humaoo (ínfra, 63). En virtud de la reunión de cuerpo y
espíritu, el aln1a se configura con10 una u1údad viva, que va relacionando
los otros ele1n entos de fonna distinta dependie ndo de si nos encontra-
mos en la vida actual o la futura. Si bien no se dice nada acerca de la
constitución de los tres elen1entos, en gran parte de esta sección se los
describe conlo contenjendo parte del otro en sí mismo, conformando
un incesante encadenanuento. La participación del espíritu en el cuerpo
y del cuerpo en el espíritu es pe nnanente, p ero hay una predonlinancia
de uno u otro cle111ento que depende de lo que se n1anifieste con10
exterior. El pastor explica esta participación transversal de los elen1entos
diciendo que todo está ciertamente contenido en todo: el nivel más bajo contie11e
a11gurios del nivel 111ás alto (irifra, 68). A pesar de que las ideas de unidad y
participación están presentes en el Tratado de la libertad, en esa instancia
involucra otros conceptos, a saber, el fundarnento y la existencia. El rol del

19
En su escrito Schelli11g }' la libertad h11111ana, Heidegger se refiere a esta conformación como
e11sm11l1laje 01110/ágico. Hay que destacar el pulcro entendimiento del filósofo de esta materia
(Cf. Heidegger 1996).

35
:il111:i, t:i l co mo :1pn,·t•('c c11 cs11.• l1.•x t·c) es c:isi inexistente; es m ás: Sc helling
utiliz:i d1.: for111:1 ho 1116 log:1 los t (·ri 11i nos cspíritu ( Geist) y aln1a (Seele). Sin
duda, bs r1.:fü.:xio11t:!s aquí co 11 lc11icl:ls conforman la n1ayor contribución
del diálogo e n t~rminos fi losófi cos20 .
Co1no es natural pe nsar, cn cl mundo material predo mina el cuerpo
sobre el espíritu y, a su vez, predomi n:i la parte corporal del cuerpo por
sobre su parte espiritual. Por otro bdo, en el n1undo espiritual predomina
el espíritu sobre el cuerpo, predonlinando la parte espiritual de este por
sobre la corporal. E l tránsito o rocación de an1bos se da a través de la
muerte, proceso que dentro de este sistema aparece ligado a la idea de
liberación y se considera co1no un mo1nen to necesario para la elevación
del espíritu humano y la exteriorización de lo espiritual en lo corporal . Sin
embargo esta elevación no se restringe al ser humano sino qu e involucra
también a la naturaleza e n su totalidad, considerando que la c01npleta
liberación espiritual sucederá c uando el planeta rnuera por completo21 .
Dentro de este proceso, el al,na aparece como un elen1ento mediador,
presente en a1nbos inundos y que también posee una parce corporal y
espiritual que se rige de acuerdo con los criterios que ya establecimos,
permitiendo la libe ración de lo espiritual a través de la exteriorización
de Jo que es en e!Ja mjsma espiritual.
Antes de concluir con este análisis, nos gued:1 un aspecto m ás que
investigar dentro de las conexiones con el tratado de 1809. Este se en-
marca dentro de la conversación anterior, pero si antes exanúnábamos
los ele mentos cuerpo, alma y espíritu, ahora nos tr:1slada1nos a un análisis
riguros:1m ente ontológico. La te rminología utilizada dentro de la escen:1
por Clar:1 y el pastor adquiere otros n1atices cu:1ndo se une el doctor :i
la conversación. Se expone en esta parte del aná]jsis uno de los tópico$
n1ás dificiles de todo el diálogo en lo que se refiere a co1nplejidad con-

20
Podría mos su mar a esto la exposición del mundo de los espíritus que suponemos quedó
pendieme y de la que tenemos noticias solo a través del esquema que anexamos en esta
edición. Sin embargo, este manuscrito no nos da la seguridad tot.11 de que ese hubiese sido
efectivamente el con tenido en caso de que Schelling hubiera terminado el texto, por lo que
afirmarlo así sería imprudeme. Es por este motivo que nos limitamos a se1ialar solamente
e.ste pasaje como la mayor contribución el~ Clara.
21
El rol de la muerte como liberación y como reto rno a la un.idad es un tópico mencionado
en el Tratado de la liber1ad y también e11 /3n1110, pero de forma muy sucint.a. Por este motivo
no nos detenemos m:ís en este punto (Cf. Schelling 1989; l 957).

36
cc ptunl. Estos pocos pasnj cs n:n 11.· Hl1111 111 1lp;11 rnsld11d tcrniin ológica que
:1costumbra usnr SchelJing, cspcc1:,l11 a•11l1.1 un Sl lS discusiones acerca de la
libertad hum:1 11;:i; nos reforilllOS ron 1.·st:1 discusió n n la di ferencia entre
S<.:r (Sey11) y ser activo (das Scyc11d1•). Lcc.; nios en el texto :
Pu es ambos admitimos unn di ícn.:ncia de valor e ntre lo
inte rio r y lo exterior; n snbcr, lo exterior 111e parece ser
el 111ero ser [Scy11] de lo inter ior y lo interior, en ca1nbio,
111e parece ser el ser activo [das Seyende] e n esto exteri or.

[... ]

Por lo tanto, continué, la dife re ncia que hay e ntre lo


interior y lo exterior sería corn o la diferencia que hay
entre una potencia 1nás alta y una más baja. Pero no
por esto conside raría a lo exterior ni con10 una irn-
perfección ni como una cosa de escaso valor. Pu es el
ser activo [Seycnde] necesita del se r [Scy11], con10 el ser
[Seyn] del ser activo [Seyentle]. E incluso considero que
es posible que esta diferencia pueda desaparecer por
co1npleto (i,ifra , 72).
Lo que se ha traducido e n este texto corno mero ser (Seyn) corresponde a
lo exterior y es descrito en un n1omento en el texto con10 un ponerse a
sí ntisn10 que sin c1nbargo no se conoce a sí misn10. Por otra parte, el ser
activo (das Seyende) es lo inte rior y es caracterizado con10 una potencia,
pues es aquel que pone al mero ser y, a diferencia de este otro principio,
d ser activo conoce al mero ser. Debido a que lo que interesa en este
minuto es la co1nparación e ntre textos, no ahondaremos rnás allá en el
análisis de estos conceptos. Solo mencionaremos que para Schelling el
interior prevalece sie1npre como la esencia del hombre, núentras qu e
d exterior depende del cuidado y formación al que se le son1eta . La
espiritualidad corresponde a este interior que se ve opri1nido en esta
vida por el exterior.
Por otra parte, en el tratado de 1809 se expone uno de los postulados
más importantes y cornentados de la filosofia de la libertad, que es la
distinción entre ser con10 existencia (Existenz) y como fundamento de
In existencia (Gnmd van Existenz ). En el tratado 1nencionado se explica

37
gue b difcrcnci:1 <.: 11 tl'C :11nhos p1•ov it:11 c de una comprensión 111ás origi-
naria de la cópula vc rb:1I. /\I dcc il' <¡ll e :-ilgo es x, no estarnos refiriéndonos
necesariamente a un:1 igunld:id si 110 que detrás de esta expresión hay una
relación creadora gue h:1 sido o lvidada. Por ejen1plo, si analiza1nos la
fa1nosa sentencia panteísta que llegó de 111anos de Spinoza, Todo es Dios,
no guere1nos decir con esto que cada una de las cosas terrenales sea un
dios o una divinidad en sí nlisrna, sino que en tanto creación, sornos una
manifestación de Él. Enseguida ilustraren1os las sen1ejanzas con Clara,
centrándonos en córno se da esta distinción en el caso de Dios en el
Tratado de la libertad (1989):
La fi1osofia de la naturaleza de nuestro tiernpo ha esta-
blecido por primera vez en la ciencia la distinción entre
el ser, en cuanto que existe, y el ser en cuanto mero
funda1nento de la existencia.[ ... ) Puesto gue no hay
nada anterior o exterior a Dios, éste debe tener en sí
nlis1110 el fundamento de su existencia.[ ... JEse funda-
rnento de su existencia que Dios tiene en sí m.is1no, no es
Dios considerado absolutan1ente, esto, es e n cuanto que
existe, pues es sólo lo que constituye el fundatnento de
su existencia, es su natumleza en Dios, un ser inseparable
de Él, pero sin en1bargo distinto de Él (163).
Y luego lee1nos con respecto al fundan1ento:
[... ] no es, ni la esencia pura, ni tan siquiera el ser ac-
tual de la identidad absoluta, sino que se o rigina sólo
a partir de la naturaleza; o sí lo es, pero considerada en
una detenninada potencia [... ]Por otra parte, por lo que
respecta a tal precedencia, no se puede pensar ni en una
precedencia te1nporal ni en una prioridad esencial (165).
Ahora, si guisiéran1os exanlinar esta estructura en el caso del hon1brc,
veremos que se repite lo que vimos en la divinidad, pero con ciertos
1natices. Debido a que el ho1nbre no es causa sui sufre de una disputa
originaria entre fundamento y existencia. El funda1nento en el hornbre
le entrega la libertad y la capacidad creadora, nlientras que el ser como
existente busca siernpre patentizarse, es decir, exteriorizarse. Según el
filósofo alernán, esta escisión es la que lleva al hombre a buscar constan-

38
tcmente su vaJjdación con10 ser sí 111is111 0 y, p<>r ende.:, a la elección que ya
mencionan1os entre son1eterse a la vo luntad universal o seguir su propio
camino. Schelling parece seguir la línea de pensainiento que mostraba
en el primero de los textos que analjzamos aquí pero aplicándolo bajo
las nuevas consideraciones hechas.
Con lo revisado en estas pocas páginas ya podernos vislun1brar que
existen elen1entos sünilares que penniten establecer algunos paralelis1nos
entre a1nbos textos a pesar de la diferencia que se puede apreciar en un pri-
rner acercamiento. Lo fundamental de los conceptos que he1nos analizado
detrás de cada uno de los escritos es que se advierte una diferencia entre
la naturaleza interior y prin1aria del ho1nbre y la 1nanifestación externa
o patente de ese gern1en. Ade1nás, en ambos casos el fundan1ento o ser
:\Ctivo son el motor -en ténninos aristotélicos- de lo exterior. Ven10s
tan1bién que Schelling postula que estos dos elementos son interdepen-
dientes y que a pesar de que hay una diferencia cualitativa entre ellos, no
se pueden separar porque an1bos son 1110111entos de la constitución tanto
de Dios co1no del hornbre. Tanto en el tratado con10 en el diálogo se
nos muestra cómo la esencia del ho1nbre tiene un principio doble que
lo en1puja a realizarse y elevarse hacia lo puramente espiritual.
Para suinar sitnilitudes basta con seguir la lectura del diálogo para
reconocer que unas líneas 1nás abajo se hace una descripción rnuy sitnilar
a la que cita1nos acerca del ensan1blaje ontológico en Dios:
Si, dije, lo exterior estuviera tan cornpletan1ente in1preg-
nado por lo interior, de 1nodo que tuviera en sí nús1no
lo que conoce junto a lo conocido, y si , a su vez, lo in-
terior tuviera puesto [gesetzt] en sí lo exterior de fonna
tal que lo que conoce contuviera en sí lo conocido, y si
arnbos fueran uno, si un exterior así concebido tuviera
a su lado un interior así concebido, entonces se podría
l1an1ar a esto la vida 1nás bendita y la 1nás perfecta, y ya
no habría nlás diferencia entre lo exterior y lo interior,
pues en an1bos estaría contenido lo 1nis1no (infra, 72).
Cabe destacar, ta1nbién, que pode1nos encontrar similitudes rnuy sigru-
ficativas entre Clara y el diálogo de 1802, Bruno. La relación de an1bos
textos desde e1 punto de vista bibliográfico es controvertida, ya que

39
co mo :1 lgu11 ós ·o n1t•11t111·ls1:is sci'ln ln11 (Steinkamp 2002, Borlinghaus
1944) Schell ing prcccndía que el di(i logo de 1802 estuviera precedido
de otros dos diálogos, pero no hay evidencia su ficiente que indique que
Clara estuviera co ntcmpbda para for mar parte de esca serie. No obstante,
desde el punto de vista del conten ido, es bastante más sencillo establecer
algunas conexiones.Ten1as como la u1úclad originaria y final del inundo,
la naturaleza como manifestación gradual del aspecto n1aterial y espi-
ritual de la divinidad y el paso de toda la creación a una unidad final
son aspectos comunes a ambos escritos. Lan1entable mente Schelling no
sien1pre se extiende de forn1a significativa acerca de estos ternas en uno
u otro texto como para hacer una con1paración como la que vetúrnos
haciendo hasta ahora. Sin embargo, se harán las observaciones e n el texto
m.isn10 c uando corresponda.

3. Discusión bibJiogrifica22

Existen dos grandes controversias en torno al diálogo desde el punto


de vista bibliográfico. El prin1ero dice relación con el posi ciona1niento
de la obra entre los otros escritos de Schelling. Las principales posturas
en este terna establecen que el texto habría sido planificad o como una
continuación de Bnmo o de Las edades del mundo. D e ntro de es tas dos
alternativas, la rnayoría de los estudiosos se inclina por defender que el
diálogo sería un capítulo del segundo de estos dos textos, que de igual
fonna fue un proyecto inacabado de Schelling. El representante más
fuerte de esta posición es el 1nismo hijo del autor, quien elaborara la
pr imera con1pilación de obras completas. Si bien es difícil contraven ir

n L, discusión expuesta en las siguientes líneas es de un:l in1porcancia vit:.l tanto para la con1-
prensión :icabada del texto como para un estudio acadénúco más completo. L:i importancia
de b exposición. por lo tamo. no se redu ce al inrerés que pueda suscitar sino también a la
rigurosid:id que corresponde a esta investigación. Pese a lo :interior, no podemos desconocer
que muchas de las opiniones -tanto nuestras co1110 de los comentar istas- tienen basta nte
de especulación. Estas suposiciones no se deben, bajo ninguna circunstancia, a un descuido
al momento de realizar el estudio, sino a bs d ificultades propias de establecer intenciones y
objetivos de una obra póstuma e inacabada. Es por esto qu e exponemos al lector la siguiente
problem~tica siempre desde la base de ceiíirnos a los objetivos del au tor den tro de lo que
nos es posible, sin desconocer la cuota de incertidumbre a la que nos enfrcnrnmos.

40
la postura de ta n cercano refc rc nt1.: <.:S n1.:ccsario exam.inar el asunto con
1

detención en vista de las múltiples interpretaciones que nos pueden dar


luces acerca de este asunto.
El segundo problema b.ihliográfico surge de la incertidun1bre ante la
fecha en que este fue escrito. Si bien la opinión general considera que el
texto tiene que haberse reesc rito en un periodo bastante extendido, hay
discrepancias en detenninar los a1ios de inicio y de ténnino aproxünado.
Dentro de esta sección se revisarán las estimaciones de distintos autores
y se acudirá a algunas referencias que nos puedan dar alguna guía con
respecto a la data del diálogo. Esta última cuestión estará fu erte1nente
ligada a los problen1as antes abordados y, con10 es posible suponer, la
posición adquirida en alguno de los dos ámbitos detenninará la posición
to1nada e n el otro.
A continuación expondre1nos los principales fundan1entos de cacb
posición e n fonna general. Como es de suponer,junto a la revisión de
las opiniones de los principales estudiosos, contribuiren1os a la discusión
con nuestro propio punto de vista.

3 .1. R elación. cv11 las otras obras

Tal como se adelantó unas líneas más arriba, hay diversas opiniones en
torno al posicionamiento del diálogo en relación con el resto de las obras
de Schelling. La discusión, e n la 111ayoría de los casos y autores, se centra
en ubicar este escrito con10 parte de algún otro y, aunque se reconoce
su valía partic ular, se le considera con10 un texto adicional. Este parecer
no se basa únicame nte en las características del tratado, sino que también
obedece a la costu mbre del autor de elaborar peque1ios agregados a los
escritos principales que abordaban ternáticas distintas. Por esta razón es
necesario revisar serian1ente la posibilidad de que Clara haya tenido este
objetivo. La posición más fuerte hasta el m.inuto contempla el diálogo
como parte de Las edades del 1111111do, postura que ha sido defendida hasta
el día de hoy por la mayoría de los estudiosos de Schelling. Otra posición
un poco 1ncnos difundida concibe el texto como la continuación del
escrito de 1802, Bn1110, que fue pensado con10 el prirner ej en1pbr de tres
diálogos en el 1narco de un proyecto que nunca fue concretado. Nos de-

41
tendremos breveme nte e n ese:, considurnci611 para pasar posterionnente a
aquella que nos ofrece m:ís perspectivas. N os hc1nos referido ya a grandes
rasgos a la opinión de que Clam pcrtcncccría a una trilogía ideada por
Schelling, por lo que por m.otivos de extensión nos referire1nos a un par
de ideas que podrían evide nciar el deseo ele Schelling por elaborar esta
serie de diálogos.
En 1802 Schelling publica dos diálogos que serán los únicos divulga-
dos en vida. El primero es el que he1nos n1encionado y el segundo es el
que aparece en el Kritisches Joumal titulado Sobre el sistema de la identidad
absol11ta y s11 relación con el más reciente dualismo: Uti diálogo entre el a11tor y
un amigo, lugar donde Schelling expone sus argutnentos contra Rein-
hold. El pritnero de los textos debía ser seguido por otros dos escritos,
de los cuales uno llevaría por título Hf sudio de Krisos. No obstante, ru
este ni ningún otro diálogo fue escrito a continuación de Bmno, a pesar
del anuncio que el misn10 Schelling haría en 1806. H e1nos 1n encionado
que algunos tópicos de Bruno se replican e n Clara, los que van desde
el inicial equilibrio del n1tn1do, la idea de la evolución en grados de las
distintas creaturas y, desde luego, la irrupción del equilibrio que supone
la existencia hu1nana. Desde este texto se pueden rastrear las reflexiones
acerca de las distintas fuerzas opuestas de la naturaleza y de la relación
e ntre c uerpo y alma. Este último tema es 1nás visible en an1bos textos, y
en el caso del texto de 1802 se examina especialn1ente e n los apartados
b y /?, de la sección 6, titulada Deducción de lo individual. Sin embargo, a
p esar de la evidente sinúlitud, el lenguaje y perspectivas encontrados
en el diálogo póstmno son más cercanos al Tratado de la libertad. Desde
nuestra perspectiva, la familiaridad en tre arnbos textos es grande pero no
decisiva, por Jo que parece apresurado afirnlar una continuidad en con-
tenido y, por otro lado, las fuentes no son suficientes co 1110 para afirtnar
gue Clara pertenecería efectiva1nente a la serie de diálogos que alguna
vez planeara nuestro autor.
La segunda de estas dos perspectivas fue sostenida por el mismo Karl
Schelling y allí radica la fuerza que adquiere esta posición frente a las
otras, pues es innegable la autoridad que puede tener el propio hijo del
autor. Originahnente, Clara fue situada co1no un co1nponente principal
y clave de Las edades del mundo. Según esta ordenación, la sección co-
rrespondiente a Caminata de comienz os de primavera fue numerada corno

42
nntccediendo el segundo libro del texto 1nencionado que corresponde
a J.;'/ presente e n la edición de 1811-1812. La opinión de Karl Schelling
:1 este respecto sostiene que Clara fue concebida corno el principio o
como un pequeño adelanto del desaparecido tercer libro, opinión que
l:'l tnbién es mante1úda por Schroter. Esta postura se funda1nenta en un
criterio 1naterial 1nás que forrnal, ya que se presmne que lo deternúnante
dd texto estaría en el afiín que 1nuestra Clara de analizar el inundo actual
para adentrarse en el siguiente.
Por otra parte, Horn (1997) sostiene que la ordenación de Schelling
hijo se fundan1entó en la te111ática y en el conten.ido de la obra para
proponerla co1110 una obra antecedente de Las edades del 1mmdo. De
:\cuerdo con 1-Iorn, las ideas en torno a dos n1undos que se ven separa-
dos por la acción hutnana, especialn1ente por eJ pecado, serían el punto
0 11 común entre estas dos obras. Sin e1nbargo, con10 111uy agudamente

recalca Steinka1np (2002), considerando esta temática, el texto tendría


m:1s afinidad con el 'frat.ado de la libertad que con Las edades del 11111ndo.
No obstante, la 1nis1na Steinka111p rescata el argumento de Horn que
unfatiza la coincidencia entre la idea de las tres etapas (pasado, presente
y futuro) con los tres personajes principales de la obra. Pero a pesar de
b coincidencia, este argumento no parece tener 1nayor peso. Tatnbién
se analiza la importancia que adquiere la te1nporalidad dentro de ambas
obras, ade111ás de la relación entre fonna y contenido que a SchelJing le
gustaba 1nantcner en sus escritos. Siguiendo esta idea de ternporalidad,
Clara tendría que representar el presente, la vida actual. Esta posición
queda respaldada si se considera que la obra está situada en el presente
y que tanto el pasado o el futuro (en este caso se supone bastante) no
están presentes corno una temática relevante. Sin etnbargo, a pesar de lo
ntractivo de este últin10 argmnento, no hay antecedentes que nos lleven a
afinnar la unidad de estas dos obras según este criterio. Hay que recordar
qu e el orden hecho por el hijo de Schelling no se rige de acuerdo con
estas consideraciones. Ade111ás, es posible encontrar este n1isn10 tópico
e n otras obras del filósofo y muy especiahnente en Bruno, por lo gue este
nrgumento parece insuficiente.Tal co1no se señaló antes, la intención de
esta revisión es solo panorámka, por lo que no nos extenderernos en
más detalle en este asunto. Solo nos renútiren1os a señalar que las otras
visiones gue posicionan a Clara dentro de Las edades del 1111mdo siguen

43
líneas sirn il:l rcs :, l:1s llll' tH·io1111d n11J ', pt•1·0 todo s se basan principalmente
en b o rdcn:'lc i6 n rc:ili :t.:1dn poi' 1( :\l'I Sel1clling. La1nentable1nente, care-
cemos tanto ck In (il ti111:1 p:1rtc d e (;/r,ra co m o d e ú1s edades del 1111111do
con10 para teorizar ad cc uad:1 111c 11 tc nccrca de su contenido; solo nos
resta dec ir q ue aunque en a111bos textos se pretendía abordar cenlácicas
similares no pode m os afi rmar nada sustan cial acerca d e su profundidad,
punto de vista o extensión .
U na consideración distinta se aleja de ambas teorías y es la gue no-
sotros defendemos a partir del análisis que he mos realizado. El lector ha
recibido distintas perspectivas que si las analiza con detención, le ayudarán
a esbozar la dirección a la que apunta1nos. Nuestra posic ión establece a
Clara como un te xto independiente, pensado con dos o bj etivos funda-
tnentales: por una p;-irtc, p;-ira ser publicado corno u n tratado que n1uestra
tanto el tema principal, a saber, el mundo de los espíritus y nuestro tránsito
hacia él; y por otra, para d ar a conocer de forma panorá mica el proceso
d el pensa1niento filosófi co d e l autor, que ya no se configur;i com o una
teoría particular, sino q ue se muestra con10 el d esenvolvimi ento de la
filosofía nusma. De acuerdo con esco, las similitudes entre los distin tos
textos corresponderían a un devenir propio de la filosoffa d e Schelling
e n vez de ser parte de un proyecto que conte1nple una seri e de obras.
Consideramos que esta posición queda respaldada m ediante el análisis ya
expuesto, por lo que agregaremos pocas observaciones al asunto.
Tal con10 se indicó e n la sección anterior, parece haber personaj es y
posturas que van representando d esde las primeras consideraciones kan-
tianas propias de los inicios filosóficos de Schelling, hasta las refl exi o nes
conducentes a la jilosefía positiva. Viéndolo desde esta perspec tiva , no
tiene mucho sentido propone r q ue e l diálogo fuera un esbozo de Las
edades del 1mmdo y, en el caso de Br11110 , tene1nos muy pocas razones para
ide ntificarlo con10 la pretendida trilogía que en un minuto consideró
elaborar el autor. No obstante, dentro de todo, no podemos negar la
presencia de algunas ideas relacionadas con Las edades del mundo. Es m ás,

i., Uno de los argumentos más desu cados dice relac ió n co n el propósito de ambas obras. Según
cs1a postura. hay una evidente similitud entre el objetivo ch.: Cillm, a sab er, m oscr:ir b rcbció11
enlrc· el mundo :ictu:il y el siguiente con el su pu esto d e Lt1s cdndcs del 1111111do de mostra r el
tr:í11sit0 dd presente al futuro.

44
podem os establecer claram ente dos momentos que parecen introducir
o dar un indicio de lo que se ría el propósito de la obra m encionada.
Los dos pasajes que n1e ncionaremos aguí se relacionan con la noción
de los tiempos sünultáneos, idea principal y conductora de u1s edades
dl'I 1111111do. La priinera alusión se e ncuentra bien adentrada en la sección
Nocheb11e11a, en 1nedio de una discusión acerca de la clarividencia. Leem os
cn palabras del doctor:
( . . .) Solo en este punto se muestra la vida 111ás alta, la
vida interior. Todo proclama en e Uos la conciencia 111ás
profunda; es corno si su ser I Wesen] con1pleto se con-
ce ntrara en un punto focal que un e dentro de sí nusn10
el pasado, el presente y el futuro. Muy lejos de perder
el recu erdo, el pasado se les vuelve claro hacia atrás, de
Ja nus111a fonna que lo hace el futuro remoto (i,ifra, 77).
La clarividencia en este pasaje es un mecanis1no o una habilidad que
nos hace posible experünentar la verdadera constitución del tien1po,
que no es de ninguna forma lineal, como percibin1os nosotros, sino que
simultánea2 -1. Esta real constitución de la temporalidad contiene dentro
de sí el sistema de nuestro tien1po, como se explica en la obra dedicada
a este tema (Schelling 2002):
(. .. ) de aquí solo se seguiría que el mundo no tiene en
sí ni pasado ni futuro; que todo lo que ha sucedido en
él desde el comienzo y lo que sucederá hasta el final
perte nece a un único gran tie1npo (... )y de este modo
se nos desplegaría un sistema de los tiempos, del cual el
sisten1a del tiempo humano sólo sería una copia, una
repetición en un círculo más estrecho (56).
La segunda gran 1ne nción a ideas similares a las de Las edades del 1111111do
se hace en el últi1no pasaje, Primai1era, pero esta vez la alusión tiene que
ver con las motivaciones de la protagorusta para llevar a cabo la reAexión,

H Parece ser un buen m o mento para elogiar el nivel de profundicfad de hi (cAcxión co n respecto
al tema del ti empo. Sin duda, Schelling debería m encionarse como un o de los m:ís gr:mdcs
pensadores sobre este tema j111110 a Aris1ótclcs, Kant y Heidegge r.

45
y h:1cit:11do 1111 p1.·<.1111.· llo tr.111,odo u In din.:cción qu e debía tomar la discu-
sió n n pnnir d1.: CS\.! 111inu to. L:1~ pnl:,br:is en unc iadas por Clara rezan así:
N o os sorpre nd fi is por 111i discurso repentino. H emos
hablado a me nudo y bastamc sobre las cosas venideras,
pero no desca nsaré hasta que haya pe netrado con mis
pe nsamie ntos en el obj etivo de todos los tiempos (í11fra,
107).
Este pequeño pasaje resulta especialn1ente enig m,ítico considerando el
objeto de Las edades del 1111111do, que es develar la estructura y conforn1a-
ción de los tiempos simultáneos y del gra n tiempo que los unifica . Sin
ernbargo, el pasaje adquie re mayor relevancia si recordamos la teoría de
Karl Schelling con respecto a considerar el texto como una intro<l11c.c.ión
al tercer libro de Las edades del 1m11ido. La expresió n el objeti110 de todos los
tie111pos podría interpreta rse fiki lmente corno un estudio a propósito del
futuro. Sin duda alguna, esta fra se es la única pista que podría hacernos
sospechar en favor del hijo del filósofo. Pero, en vistas del análisis anterior,
no parece ser un pasaje resolutorio, pues también puede interpretarse
- y así parece m;Ís viable- que Schelling se haya referido a las temáticas
a tratar en la últiina parte del diálogo, que, con10 hemos dicho en la
sección anterior, correspondería a los ele1nentos que en est:1 vida nos
harían transitar a una unidad con el mundo de los espíritus.
Considerando todo lo expuesto hasta ahora y agregando la peq ue ña
exposición sobre los tópicos coi nc ide ntes entre Las edades del 1111111do y
Clam, se parece afinnar nu estra hipótesis inicial: que la ob ra es una re-
copilación de la filosoffo ;rn terio r de Sche lling, con un especial énfasis
de sus postulados de 1800 en adelante, destacando el rol del tratado de
l809 e n temas con10 la li bertad y la co11forn1ació11 entre cuerpo-alma -
cspíritu. El o bjetivo de la obra, en términos de difusión, parece ser la de
ofrecer al público un tratado senci llo y de rápida n1asificación. No hay
que olvidar la premura de Schelling en publicar una obra que destron:1ra
a la Fe110111e110/ogía del espírit11 de H ege l. Si bien nunca logró esta 1neta, el
prime r paso para una rápida aceptación del público podría haber sido la
publicación de un texto 111ás amig:1ble con la gente ajena a la filosofia ,
objetivo que no solo obedece a un movimiento estratégico, sino que va
de la mano con una crítica al modo de hacer filosofia .A esto agrega111os

46
que la publicacióll de Clara no solo parece cun1plir los dos c01netidos
mencionados, a saber, accesibilidad y recopilación, sino que también sería
un texto que prcpar:11:a las bases para una nueva filosofía, que co1nen-
zarfa con Las edades del 11111,ulo, para configurarse dentro de poco como
.filosofia positiva.
Es necesario añadir que, a pesar de sostener esta opinión, es dificil
11egar de forma absoluta que en algún n1on1ento Schelling haya querido
agregar su diálogo en alguna otra obra . Lo que se afirma en este estudio
es que el escrito, al n1enos temática y concepcualn1ente, no pertenece
a Las edades del m1mdo y está pensada pa ra ser un texto independiente,
que si en algún 11101nento fue pensado como parte de otra publicación,
tiene que haber sido bajo la forma de anexo. Más aún, en el caso de que
hubiese existido esa intención al publicar C lara, no se pierde en absoluto
su valía con10 texto independiente. E n relación con las pocas alusiones
o gui11os que se hacen a la filosofü1 posterior, parece que la explicación
más adecuada es la de concebir la fi.losofia de Schelling como una suce-
sión de épocas más que de distintos estadios o etapas. La evolución de la
filosofía de Sc helling corresponde a un desarrollo vivo que 1nuestra una
continuidad de ideas, que nos permite e ncontrar en distintos n101nentos
pequeños brotes de su filosofía.

3.2. Data del texto

Desde luego, todas las co njeturas que hemos realizado hasta el n1on1enco
y, evidentemente, las de todos los estudiosos, Ucv:in co nsigo una discusión
acerca de la datación del texto. La certeza, o e n su defecto, una pista de
la fecha en que fue escrito el diálogo otorgaría un piso firme sobre el
cual se podrían asentar las discusiones. Lamentablemente estan1os en la
m.isn1a incertidu1nbrc que en el caso anterior y, de la misma manera,
existen varias posturas al respecto.
Una vez más Karl Schelling es un referente 111uy citado en este análisis,
pero paradójicamente si en la discusión ante rior su voz aparecía como
una de las centrales, en est:1 ocasión aparece corno una de las posiciones
más débiles. El hijo y editor del filósofo posiciona el texto como escrito
en 1817, idea acorde con considerarlo corno una parte del segundo Li-
bro de Las edades del 1111111(/c> , Si n cn,bnrgo, b niayoría de los argumentos
tanto de Schelling como de los coincntnr.istas que apoyan esca visión se
fi.mdan1entan en aJgun:1s idcns que se repiten en otros escritos o cartas,
pero que son 111uy secundarias o superficiales como para afirnlar que
1817 sea la fecha de producción. Algunos eje1nplos recopilados por
Steinkan1p (2002) 1nencionan el interés que Schelling n1ostraba en esa
época por los fenó1nenos paranormales, la siinilitud entre el devenir de
los distintos 1nundos y el devenir de los tie1npos, algunas declaraciones de
Schelling que indicaban que el dolor por la muerte de su esposa habría
durado nrnchos a110s, y otras en las que señala que sus ideas definitivas
se alcanzaron solo después de las lecciones de Stuttgart (St11ttgarter Pri-
vatvorlesrmgen) efectuadas en 181025 • Todas estas afin11aciones son, por lo
1nenos decir, insuficientes y no hacen peso alguno a los argmncntos que
la 1nayoría de los con1cntaristas sostienen.
Al contrario de estas afinnaciones,la opinión generalizada sitúa Clara
en 1810 vinculándola directarnente con la rnuerte de Caroline, y corno
señala Beckers (1965), incluso el mismo hijo del filósofo adnúte que
algunos pasajes pudieron ser escritos en esa época. Si a lo previan1cnte
expuesto agregan1os las sinúlitudes del texto con el Tratado de la libertad,
tendría1110s 1nás ele1nentos consistentes con esta fecha de producción. A
esto se stunan las continuas referencias a la tnuerte y el dolor que pro-
duce el duelo por la partida un ser querido, experiencias que el autor
describe n1uy poéticamente en algunos pasajes del diálogo. Gran parte
de los con1entaristas parece estar de acuerdo con esta teoría, resaltando el
gran in1pacto que ocasionó la 1nuerte de su esposa en la vida del filósofo
(Tilliette 1970, Veto 1973, Beckers 1865, 1-Iorn 1997). Ade1nás, a todo
lo anterior podría1nos su1nar la similitud de la te1nática de Clam con las
lecciones privadas de Stuttgart, lugar donde Schelling aborda expresa-
mente el tema de la vida después de la muerte.
Te1úendo todo esto con10 antecedente, lo 1nás viable parece ser que
la fecha de escritura inicial haya sido 1810,lo que según nuestra conside-

25 Est;i última afirmación es especialmente antojadiza, ya que con la expresión "después de las
Lecciones de Stuttgart" se hace refereucia :1 todos los aiios y toda la producción del autor
reali7~1da a partir de 181 O, y siguiendo ese parámetro, no hay diferencia entre escoger a Clam
y cualquier otro texto como rcprcscnc:imc ele esa madurez intelectual.
1'l\Ci611 no resta que el texto hay:, sido <•111111 1111 ,do, p<>stc rg:1do, reescrito y
mod ificado muchas veces :i Jo !:i rgo dv lo,~ n,~,~.
Hs 111As, lo 1nás razonable
t:S que este texto hay::i ocup::ido :i Schulli, 'K hnsw,1tc tiempo y haya corrido
In misma suerte que el resto ck l()s proyectos de cs:i época, caracteriza-
do por ser la más vertiginos:i y to nn cntúsn en términos de producción
(L6pez-Donúnguez 1995,Tjllicttc l970, Leyte 1998). Cabe señalar que
t·!lta nus1na inestabilidad hace que esta perspectiva no sea excluyente
C'On las den1ás suposiciones, específica1nente con aquellas que conciben
111 texto en una fecha posterior. Al no tener noticias de cuándo o qué
pnrtc fue la inicial, es posible que Schelling haya escrito algunos pasajes
0 11 distinto orden y que algunos otros coincidan con extractos de cartas
o textos de otras épocas.Ade1nás, el rit1no de trabajo de los últin10s años
de Schelling ta1nbién pennite suponer que Clara haya sido planificado
1·01no parte de otro escrito -coincidiendo así con la fecha propuesta por
l( nrl Schelling- o con10 un texto independiente26 . D e esta 1nanera nos
ncontran1os con una postura que no solo tiene consistencia teórica y
q\lc, dentro de las pistas que poseemos, contiene respaldos te1náticos con
utrns obras, sino que ta1nbién nos pernúte tener una visión más general
y unificadora con las noticias de otros autores.
A pesar de que nuestra visión se renute a lo abordado en estas líneas,
110s parece prudente señalar las teorías que difieren con esta perspectiva
p11r:1dar una visión con1pleta de la discusión. La alternativa 1nás interesante
11 In sostenida por convención es defendida por el autor Arsenij Gulyga
( l 989), quien propone que el texto correspondería al a110 1803, fecha
1m1y distante a la que defende1nos. El principal argun1ento se sostiene en
lo~ rumores de la época que afinnaban que Schelling trabajaba en una
novela que Gulyga identifica con la obra Die 1Yachtwachen, pero una vez
desca rtada esa opción, Clara aparece co1no la alternativa n1ás probable.
'lhl como Steinkan1p señala, hay que recordar que durante esta época
~,• ncusa pública1nente a Schelling de ser responsable de ]a rnuerte de la
hljn de Caroline,Auguste, hecho que podría haber n1otivado a Schelling
,, t·scribir acerca de la vida después de la 1nuerte.

'• Bsto considerando siempre nuestra postur.1 de ver :1 Clara, al menos en contenido, pensada
como una obra independiente.

49
Otros autores rambil:11 scñ::i bn sim.i]itudes temáticas entre ciertos
pasajes de cartas, con10 un::i dirigida a Schubert que habla sobre clarivi-
dencia, escrita en 1808. Si considerára111os solamente el aspecto teórico
este argumento parecería débil, pero lo más significativo de la carta re-
side en el anuncio hecho por Schelling de estar trabajando en una obra
bteraria que habría postergado n10111entánean1ente por haberse desviado
n1ucho del te111a principal. Si reunilllos estos dos antecedentes, Clara es
Ja obra que n1ás e ncajaría con esta descripción. Además la corta diferen-
cia de años entre la carta a Schubert. y la fecha defendida hasta ahora,
permite perfectamente que el diálogo haya sido ideado originalmente
como un escrito centrado en clarividencia que fue derivando en otros
temas, tomando con10 tópico central la vida después de la nu1erce luego
del triste fo lleciiniento de Caroline. R ecorden1os que en todo 1nomento
esta investigación sostiene que no habría razones suficientemente de-
tenninantes con10 para considerar que C lara no corrió la mjs111a suerte
que los escritos posteriores al Tratado de la libertad, por lo tanto cabe la
posibilidad de que 181 O no haya sido la fecha de inicio del escrito, sino
la fecha de maduración de las ideas principales y de mayor elaboración.
La carca a Schubert provee de la evidencia suficiente como para dudar
de la fecha convencional, pero no parece ser un dato definitivo ya que
asociar Clara con el proyecto mencionado e n la carta, aunque probable,
no deja de ser una suposición arbitraria.
Con todo, nuestra posición sigue la línea convencional, pero otor-
gando una cierta flexibilidad. De acuerdo con los análisis biográficos y
bibliográficos que hen1os expuesto aquí brevemente, la fecha más ade-
cuada parece ser 1810, pero afirmar tajantemente gue esta y ninguna
otra fue la fecha de inicio del texto parece un exceso. Si es propio de
todo proyecto literario que haya un desarrollo irregular, con momentos
de abandono, y al contrario, de producción abundante e inspi rada, en el
caso de Schelling esto se da con mayor inte nsidad. La carta a Schubert nos
ha otorgado una duda razonable en cuanto a la fecha de inicio, pero sin
duda alguna 181 O fue el a110 en que el diálogo nació como el proyecto
que nos ha llegado y t,m1bién la época de mayor producción, lo que
qut>da evidenciado considerando la coincidenc ia e ntre este texto con el
escrito de 1809 y las lecciones que el filósofo d:1 en Stuttgart. Por otra
parte, las circunstancias personales de Sche llin g no se pueden desconocer;

50
In mu erte ele C :iro lint: :ift:ctó rnn profund:imente al filósofo que restar o
dc:;conocer la import.,'lnci:i y trasceudt:ncia de este hecho sería caer en
1111 enga110. R epetimos, :i riesgo de sonar insistentes, que esta 1nirada no
t:s incon1patible con otras, por lo que sin duda la apuesta por 1810 como
focha principal es altamente certera.
Quisiéramos poder basar estas suposiciones en elatos más duros pero,
1•01110 hemos dicho, no podemos sino especular con los recursos que te-
111.:1110s. Sin embargo, a 1ncdida que se extienda el conocimiento del autor
y su obra, estarem.os más cerca de encontrar documentos que reto1nen
tllnto esta discusión co1no la descrita anteriormente y que nos lleven con
111ayor seguridad a un estudio completo y riguroso de la bibliografb de
este i1nporcante filósofo alemán. Frente a esta dificultad nos remitimos a
lns palabras gue tan sabiamente nos entrega Schelling en la introducción
de Las edades del 11111udo (Sche lling 2002):
Proclamadores de este tiempo, no va1nos a tomar su
fruto anees de que esté maduro, ni vamos a 111alinter-
pretar el nuestro. Éste a{rn es un tiempo de lucha.( ... )
No podemos ser narradores, sólo investigadores, pon-
derando los pros y los contras de cada opinión hasta
que la correcta quede establecida, indudable, enraizada
para siempre (54).

4. Consideraciones finales

Hemos visto distintos ele1nentos a lo largo de esta exposición que nos


conducen a afirmar que Clam es si n duda alguna un texto valioso por sí
11úsn10 dentro del co11ms de obras del filósofo alemán. Las problemáticas
que plantea tanto dentro del texto como en relación con otras publi-
caciones nos proponen una nueva línea de investigación en torno a las
teorías del autor y representa una pieza clave en la totalidad del sistema.
G racias al reciente interés en las reflcx.iones de esta época inte rmedia,
desencadenados en gran parte por el gran reconocinlienco que Heide-
gger realiza por su profundidad en temas de ontología, es que hemos
podido interiorizarnos más en reflexiones que quedaron rezagadas con
la aplastante figura de H egel. El diálogo que presenta rnos a continua-

J1
c ió11 es una cb rn 111.uestra de la riqueza que yace en estos textos menos
di fu ndidos, y ev ide ncia la gra n de uda que Hispa noa mé rica tit:ne con
este filósofo moderno.
El estudio que hen1os realizado en estas pocas páginas se plantea
con10 preliminar, pero tie ne también un carácter conducente, proveyendo
de distintas aristas que co,nplementan el trabajo conceptual con factores
que se escapan a la lectura propian1ente tal, pe ro que b llenan de riqueza.
Hay quienes sostienen que e l valor filosófico de una obra es, e incluso
debe ser, independiente a las circu nstanc ias personales de su autor. Si bien
esta posición e n muchos sentidos es válida, en el caso de Schellin g es
caer en un terrible reduccio11is1no. Es posibl e rescatar mu chas temáti cas
interesantes desde el desconocimiento de los de r.alles biográficos;situarn os
frente a la obra sin los a11tec1::dentt:s que he mos presentado aquí no dcj:1
de otorgarnos tm:l reflexión profunda y acabada. Pero no st: puede desco-
nocer que esta obra en particular está especialmente compenetrada con el
sentir y desarrollo del pensamie nto ftlosófico del autor. Clara está situada
en un 11101nento especiahnente inte resante, donde convergen los dile mas
espirituales e intelectuales de un Schelling agobiado por el duelo y po r
una fi losofía idealista que se vuelve insuficie nte. Muchos ca racterizan al
filósofo de Leonberg con10 un pensador erráti co, ca1nbiante y fluctuante,
pero las distintas fa cetas que podría mostrar su pensanúento no se deben
a una inestabilidad o una indecisión. Recordemos que la larga vida del
autor, su temprano debut en la escena académica, los grandes ca1nbios
sociales que presenció y sus propias experiencias de vida se reflejan en sus
reflexiones de forma determinante. Cíertan1ente, en Schelling tenetnos
un autor gue está lejos de ser el intelectual que piensa en abstracciones
que nada tienen que ve r con su realidad.
El devenir que vemos en este sisten1a filosófico coincide con el
desenvolvimiento propio del espíritu de Schelling; es una con é l núsmo
y muestra desde su propia personalidad, e n su existencia partic ular e
irrepetible, los n1ovimientos que viven en nosotros como parre de una
111isn1a naturaleza. La vivacidad caracte rística del pensamiento de este
autor aparece radicalinente contraria a una filosofia como la hegeliana,
donde su devenir pre tende ser el de un espíritu absoluto y absolutista,
gue no se ide ntifica con nadie y nos envuelve a todos en su vertiginoso
movimiento. Entendiendo la particu larid:1d del pensamiento del filósofo

52
11lc111~n se hace comprensible que haya surgido en este auto r enteran1ente
1noderno la necesidad itnperiosa de hablar sobre la existencia en n10-
t1 H:11 tos donde el individuo era todavía un anóni1110. Lo que más tarde
~,· co nfiguraría con10 .filosef{a positi11a es nada más que la expresión de
1111 espíritu que se vuelve espiritualidad y personalidad, rogando por una
llueva comprensión. Desde este punto de vista, Clara no puede segu ir
~lrndo tratada corno un texto 1ne11or; e n el caso de Schellin g no pode-
lllt>s considerar ninguna obra con10 menor. Desconocer la im portancia
dl' este diálogo sería omitir un componen te clave de la transición que
h\1Scnba superar la insuficiencia de l idealisn10, prec isamente a través del
t•xamen de temáticas que este no se pe nnitía abordar: la vida después de
lu mue rte, el mundo espiritual y la espirimalidad presente en nosotros.
En el Ti-arado de la libertad el filósofo sostiene que un siscema de la
11i6n no puede desconocer las con1plcjidades de la naturaleza humana27 •
( :fara fue el entusiasta inte nto de construir una filosofía que considerara
1111tre sus preceptos el sentir humano como algo digno de valía y análisis
1•11 vez de desdeñarlo, y, al misn10 tiempo, se confi gura con10 e l mejor
lnstru1nento para que el público pudie ra se r partícipe de las reflexiones
q11c tanto tie mpo le fueron aj enas. Con escas palabras deja,nos en manos
del lector un diálogo fascinante, que esperamos sea disfrutado en su to-
11ilidad y que evoque e n él, aunque sea por un n1on1cnto, la voz perdida
y distante de Friedrich Schelling.

S. Cronología

( :onsiderando la escasez de fu entes en español y especiabnente de escritos


q11c versen sobre la biografía de Schelling, hemos considerado prudente
11g regar una breve c ronología de los hechos rnás relevantes de su vida y
In publicación de sus principales obras. Espe ra,nos que sea de ayuda para
investigar 1nás sob re el autor y para la kctura mism a del tex to:

" La cita a la que hacemos n:ferencia dice cspc.:dficamentc::"U II sistema , que concr.idiga los 111:ís
sagrados semimicntos. d :ín imo y b conciencia mor:1I. no puede llam arse nunca, al men os
dentro de t·sa cualidad, u11 sistem a de la r:izó n. sino solo de· la sinrazón·• (Sc helling 1989. 297).

53
1775 Nace Fricdrich W ilhcl111 Joscph von Schellin g el 27 ele cuero en
Leonbcrg, hijo del diácono Joscphus Friedrich Schelling y Gott-
liebin Marie Schelling.
1785 Schelling inicia sus clases ele latín en Nürtige n, para regresar dos
a11os después alegando junto a sus profesores que ya no tenía más
que aprender.
1790 Comienza las clases en el seminario de Tübingen, lugar donde
establecería una profunda amistad con Hegel y Hülderlin.
1791 Estudia la Crítica de la raz ón pum.
1792 Obtiene el título 'Magistergrad in Philosophie' con un trabajo so-
bre A 11.iiq11issi11ti de pri111a 111alon1111 h11111anorw11 origine philosoplie111atis
(Ce11es. -Ill) explicmuli tenta111e11 critiw111 & pl1ilosopl1iítu111 .
1794 Publica Sobre la posibilidad de 1111a.fcm11a absoluta de.filosofía (Über die
A!foglichkeit ei11er Fon11 der Pl,ilosophíe iiberha11pl).
1795 Obtiene el título 'Magistergrad in Theologie' con De A!farcio11e
Pa11linar11111 epistolamm e111elldatore.
Acepta un trabajo conseguido por su padre como profesor par-
ticular en Stuttgart.

1795- Escribe las obras Del Yo co1110 principio de la jilosefía o sobre lo i11co11-
1796 dicio11ado del saber lm111atJ<) ( V<m1 lc/1 als Prinzip dcr Pl,ilosophie oder
über das U11bcdi11gtc i111 111e11schliche11 ltVísse11), N11eva ded11cció11 del
principio 11awml (!"\leue Deduktion des 1\J<1turrechts), C<1rf<1s .filos6.fiws
sobre dog111<1tis1110 y criticismo (Brirfe iiber Dog11111tis11111s 1111d K ritiz is11111s)
y Pmwrm11a ge11eral de l<1 litemt11m .filos~fiw 111ás reciellte (Al(~cmei11e
Übn~ic/1t dcr nc11esten pl,ilosop/,isc/ie11 Litemt11r).
Viaje a Leipzig, ciudad donde reside hasta ·1 798 con la intención
de estudiar M edicina.
1797 Busca obtener un puesto como profesor en Tübingen con la ayuda
de su padre, mientras Fichte lo recomienda para obtener el mismo
trabajo en Jena.
Escribe lntroducci611 a ideas pam 1111a jiios<!/Ta de la 11at11mlez a (Ideen
z 11 eiuer P/1ilosophie der 1\!atm (l/s Ei11/dt11ng in das St11di11111 dieser
J,Vissensclu!ft) y Sobre el alma del 111111ulo ( Von der f,Ve/tseele).
1798 Goethc, i111pulsado por el escrito Sobre el c1l111(1 del 111111,do, recomien-
da a Schelling como profesor extraordinario en Jena a la edad de
veintitrés a110s.
Invitación de August Wilhelrn Schlegcl a pasar el verano con él,
su esposa Caroline, su hermano Friedrích Schlegel, su esposa Do-
rothea Veit, N ova1ís y Ludwig Tieck. Se conforma, a raíz de esta
reunión, el círculo de Jena.
1799 Publica la obra Sobre el co11cepto y la esencia de la _filosojla de la 11<1 t 11 -
mleza (Über de11 Begr({f uud das Wese11 der l\Jatrirphilosophie).
Muerte de Auguste Bobrner, hija de Caroline.
Fichte es acusado de ateísmo en medio de la gran polémica del
espinosismo iniciada por Jacobi. Como resultado, Fichte se ve
obligado a d~jar su trabajo en la Universidad de Jena y se traslada
a Berlín, donde realiza lecciones privadas.
1800 Fundación ele la Rellista de.f[sica espewlativa (Zeitschriftfiir spek11/ative
Physik).
Publicación de la obra Sistema del Idealis1110 Ttmce11dental (Syste111 des
tm11sze11de11tale11 Idealis11111s)
1802 Funda, en colaboración con Hegel, la revista Kritisches Jormwl, una
de las más importantes en la historia del pensamiento alemán,
donde se incluye el escrito en forma de discusión titulado Sobre el
sistema de la identidad absoluta}' s11 relación co11 el 111ás recie11te dualismo:
Un diálogo entre el autor y un amigo (Über das absolrlle Identitiitssystem
1111d sein Verhaltnis zu dem neueste11 Dualism. Gespriic/1 z111ische11 de111
Ve!fasser 1111d ci11e1·11 Frer111d).
En la revista Allgemci11c Liternturzeiw,ig, Schütz culpa públicamente a
Schelling de haber causado l,l muerte de Auguste Bohmer.Wilhelm
Schlcgel intercede para retirar la acusación sin obtener resultados.
PubJicación de Bruno o sobre el pri11cipio divino y 11at11ml de las cosas
(Br11no, oder iibcr das gottlic/1c 11nd 11atürliche Prinz ip der Di11gc).
1803 Schelling contrae matrimonio con Caroline Schlcgel en juli o,
luego del divorcio de CaroLine. La ceremonia es oficiada por el
padre de Schelling.
1804 Schelling comienza a dictar lecciones privadas en la ciudad de
Würzhurg, a pesar de la oposición de Schütz, a quien también se
le ofreció un puesto.
Publica el escrito Filosofia y Religión (Philosophie und Religio11) .
Inicio del distanciamiento con Hegel y ruptura con Fichte.

55
1806 Schelling es dcsig11:1do secretario de la Acadcmi:1 de C iencias de
München.
1807 Publicación de la lb10111c11ologín del espíritu, texto que provoca
la ruptura definitiva con Hegel debido a las críticas :1 Schelling
contenid:is en el prólogo.
1809 Schelling public:1 b obra Investigaciones Jilos~ficas acerca de la libertad
lu1111ana y los objetos con ella relacionados (P/,ílosophische Untersuchr111ge11
iiber das l!Vésen der menschlichen Freiheit).
El 7 de septiembre, a las 3:00 am, muere Carolinc Schelling en
Maulbronn.
1810 Schelling dicta las Lecciones privadas de St11ttgart (Stuttgarter Pri-
vat11orles11nge11).
Fecha estimativa del comienzo de la obra Clara, o sobre la co11exící11
de la naturaleza co11 el mundo de los espíritus. ( Clara, oder i'iber de11
Z11sm11111e1d1a11g der Natur 111it der Ceisten.velt)
18 11 Se escribe la primera versión de la obra Las edades del 111111ulo (Die
vVe/talter).
1812 Matrimonio con Pauline Gotter.
Muerte del padre de Schelling en Maulbronn.
Schelling enfrenta las primeras acusaciones de espinosismo de
parte de Jacobi.
1813 Nacirniento del primer hijo de Schelling, Paul Heinrich Joseph,
el 17 de diciembre.
18 15 El 2 de agosto nace el segundo lújo de Schelling, Karl Friedrich
August, quien se convertiría en el primer editor de las obras de
su padre.
1817 El 25 de marzo nace la primera hija de Schelling, a quien nom-
bran Caroline.
1818 Nace Clara el 3 de julio, quien se convertirá en la esposa del his-
toriador Grcgor Waitz.
1820 Las acusaciones de espinosismo terminan por obligar a Schelling a
abandonar München y se traslada a Erlangen. Durante las leccio-
nes allí ofrecidas se comienza a esbozar la diferencia entn:.filosofia
11egativa y positiva.

56
1821 Nace Julie Fricdcri kc Will1cl11 ll nr el 20 de julio, madre de Emil
Gotfried 1-lcrmann vo n 11ichhorn , famoso general de la primera
guerra mundial.
1824 El 19 de abril nace d sexto y último hijo de Schelling, Ludwig
Herrnann, quien fue un destacado jurista del Estado Prusiano y
ministro de Justicia y Fiscal
1827 Luis I nombra a Schelling como consejero político en su vuelta
a München. A partir de esta época empieza la filosofía tardía de
Schelling.
1830 Se produce el escrito Presentació11 del e111pirismo_filosó.fico (Darstell1111g
des pf1ílosop/1ischen E111piris111us).
l831 El 14 de noviembre muere en Oerlín el filósofo Georg Wilhclm
Friedrich Hegel sin haberse reconciliado nunca con su amigo de
juventud.
1835 Desde este año hasta 1840 ScheUing se convierte en el profesor de
filosofia de Maximilian 11.Joseph von Bayern, futuro rey de Bavicra.
1841 Schelling ocupa la antigua cátedra de H egel en Berlín Uamado
por Guillermo IV La primera lección, dictada el 15 de noviem-
bre frente a 500 personas, cuenca con la presencia de figuras
como Bakunin, Engels,J. Burkhardt, Ranke,A. von Humboldt y
Kicrkcgaard. Este último mostrará gran semejanza con algunos
postulados de Schelling, a pesar de haberse decepcionado enor-
memente de sus lecciones.
1842 Se desarrolla el pensamiento definitivo acerca de la mitología. Es-
cribe Introducción liistórico-cdiica a la_filos~fla de la mitología (Historisc/1-
kritische Ei11leit1111g in die Pltilosop/1ie der lvlythologie) y Filosef,a de
la iVlitología (Primer libro: el 1'\lfonoteís1110, seg1111do libro: L" mitologfo)
(Philosopllie der lvlytlwlogie [Erstes Buc/J, Der Nlonotheís11111s; Zweites
Buch, Die J\1ytlwlogie]).
1843 Muere el poeta Johann Christian Friedrich Hólderlin en una
clínica psiquiátrica de Tiibingen el día 7 de junio, después de más
de treinta años de encierro.
1846 Schelling dicta su última clase en Berlín .
1850 ScheUing escribe el Ti-atado de la fuente de fos wrdades eternas (Abha11d-
hmg r"iber díe Que/le der e111igm f,,¾i,-heiten) .

57
1854 Se publica la lntrod11cci611 a lajilos~fla de la 111itología: Prese11taci611 de la
más p11m filosqfía racio11al (Ei11/eit1111~~ i11 die P/,i/osophie der 1\tlyt/,0/ogie:
Darstel/1111g der reinratio11a/e Pl,ilosopl,ic) y Filosqfla de la Re11elació11
(Philosop'1ie der Q/Je11ban111g), de la que publica la segunda parte.
Muere el filósofo Friedrich Schelling, figura clave del idealismo
alemán, el día 20 de agosto, en el balneario suizo de Bad Ragaz.
En su tumba reza la inscripción" Al primer pensador de Alemania"
('De111 erste11 De11kcr Dc111sc'1/a11ds).

58
NOTA A LA TflADUCCIÓN

L:1 presente traducción se hizo directamente desde el alemán a partir, en su


mayoría, de la primera edición titulada Über den Z11sa111111enlumg der Nat11r
111if der Geisteni,e/1. Ei11 Cespriic/1. Fm,gmcnt (Aus den, l,a,1dschriftliche11 l\lachla/3)
!Sobre la conexión de la 11afl1mleza con el mundo de los espíritus. U11 diálogo. Frag-
111c11to (tomado de los 11ra1111srritos)], publicada en 1861 por K. F.A . Schelli ng e n
d tomo noven o de la primera sección de la edición in tegral ck las ob,~s d<.:
su padre. Conservamos el nombre -Clam- que diera el mism o edi tor a la
pri1nera edición separada del diálogo publicada en 1862, t:11 com o se sciial:l
en el prólogo a dicha edición presentado al com.ienzo de est1 traducció n.
Para el fragn1ento de la Primar,em, conservan1os el criterio de la tradu cción
inglesa (Steinkamp 2002) de traducir con10 texto central la versión de K.F.A.
Schelling, que aparece por primera vez en la ed.ición de 1862, cmnparándola
conjuntamente con 1a lectura del n1anuscrito que hace M anfi-ed Schroter en
su edición de 1948. Agregan1os por fin un esque111a que reproduce solo la
edición de Schroter y un glosario alemán/español para facilitar el contacto
del lector con Ja lengua original. La división central de la obra en sus diversas
secciones se hizo siguiendo la edición de 1861, indicando entre corchetes
d nombre que Schroter le d.io a cada un:i, y señalando las diferencias con
esta edició n y con otras cuando correspondiera. Por su parte, la paginación,
marcada entre corchetes, sigue también la edición d e 1861, a rnenos que se
señale lo contrario. Las notas aJ pie marcadas con núrneros romanos corres-
ponden a notas hechas por K.FA. Schel.ling, aclarándose sie1npre cuando
son notas de EWJ. Schelling. Las no tas de los traductores son introducidas
por nÚJncros arábigos, siguie ndo muchas veces el valioso contenido histó-
rico y filosófico que proveyó la traducción inglesa. Finalmente, las palabr:is
alen1anas que representaron cierta dificultad en su traducción fu eron puestas
entre corchetes y en cursiva, de m o do tal que el lector las pudiera tener
a la vista. En el fragmento de la P,-i111a11era, cuando esta distinción se hizo
más c0111pleja de n1antener, se puso la palabra original en el form:ito de las
notas de los traductores.

59
[111] PJlÓLOGO DEL EDlTOJl A LA l'R.IM El~A
EDICIÓNw

111 siguiente diálogo de Schelling fue incluido en sus Obras Completas,


primera sección, tomo IX, to1nado a partir de los 1nanuscritos inéditos en
los que se encontraba. A pesar de ser un fragn1ento, casi inmediatamente
después de su aparición generó el deseo, desde diversos y significativos
~cctores, de una impresión especial. Por tanto, aparece aquí en una pe-
queña edición - con algunas modificaciones de acuerdo con el interés
de la núsn1a. La introducción, por ejemplo, que precedía a este diálogo
en la edición original, ha sido aquí eliminada, dado que requería una
fanúliarización con la historia de la filosoffa, además de no estar en directa
relación con el diálogo como tal. Por otro lado, fue añadido un pequer'io
agregado sacado de los borradores del diálogo; este añadido contiene una
pequefi.a iinpresión de la idea que el autor se había propuesto desarrollar
en la continuación de este diálogo no ternunado.
La fecha de composición del diálogo no está docu1nentada, pero
se sitúa sin duda entre los ar'ios [IV] 1816 y 1817; este diálogo estaba
conte111plado para ser desplegado en la posterior preparación de cuatro
diálogos, según el nú1nero y el orden de las estaciones del año. La idea
de Sche]Jing era confeccionar en este ciclo de diálogos una escatología
completa, smna1nente detallada y filosófica - un contraste con las escuetas
doctrinas de la inmortalidad de su época.
Este ruálogo lleva en las Obras Con1pletas el título:"Sobre la conexión
de la naturaleza con el n1undo de los espíritus". Dado que aparece aquí
en una presentación separada, se le dio el non1bre de C lara, en forma de
analogía con un diálogo anterior de Schelling, y porque desde Platón

m Prólogo aiiadido por K.F.A. Schelling a bs ccliciones separadas de Clara que él preparó (1862
y 1865). Esta sección no es reproducida en ni111:,'11na o tra edición, y tampoco en la traducción
inglesa. La paginación corresponde a la ed ición de 1862.

61
es costun1bre que los diálogos fi losóficos lleve n con10 encabezado el
nombre <le una persona.

E~lingen, n1arzo 1862.


Dr. K.F.A. Schelling

62
CLARA,
O SOBRE LA CONEXIÓN DE LA NATURALEZA
CON EL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS

[3] Introducción

Desde la disolución de la pacífica arn101úa en la que no hasta hace 1nucho


vivían juntas las ciencias, la filosofía puede ser caracterizada como una
intensa tendencia hacia lo espiritua], correspondiéndole una decidida
incapacidad para elevarse realn1ente a ello¡.
Por 1nedio de su no1nbre, la vieja metafísica se dedaraba como una
ciencia que estaba de acuerdo con y que hasta cie rto punto provenía
de nuestro conocin1iento de la naturaleza, siendo un progreso ckvado
del mistno; desde allí ton1ó el conociiniento -del que se gloriaba frenu:
a la física- en un sentido deternlÍnado, estnerado y con1petente, que
está al servicio solo de aquellos que tienen deseos de conocinuento. La
filosofía 1nás nueva suprinlÍÓ su referencia inn1ediata a la naturaleza o
no supo 1nantenerla, y rehusó orgullosan1ente a toda conexión con la
física; continuando con las pretensiones de un inundo 1nás alto, ya no era
metafísica sino hiperfísica. Solo ahora e1nerge su completa incapacidad
para lograr el fi n que se había fijado. Dado que la filosofia quiso espiri-
tualizarse con1pletan1ente, se deshizo pri,nero [4] del material que era
absolutan1ente necesario para el proceso y conservó desde el principio
solo lo espiritual. Pero, si lo espiritual se vuelve nu evan1e nte espiritual,
¿qué puede resultar de ahí? O si queremos que todo en la naturaleza sea
espiritual, ¿qué nos queda para el inundo de los espíritus?
Estas observaciones pueden servir para hacer entendible el extraño
fenómeno que justo cuando la filosofia quiso hacer su n1ayor aproxi1na-

Nota de K.E A. Schelling: Esca introducción, tal corno parece::, no fue:: hc::cha originahncnte
para un discurso, sino para un tratado; sin embargo, pertenece al siguiente diálogo teniendo
esencialmence el mismo contenido, tc::niendo este tratado el título: Prcse11tació11 de la trmisidó11
desde /11.filos~la de la 11at11mlcz11 hacia lafilosofi,1 del 1111111do de los espíritus;además, la introducción
estaba unida con este diálogo en el manuscrito. Una pequeña parte del bosquejo de aquel
tratado se conserva en los manuscrit◊s.

63
ción a lo espiritual, se hundió hasta lo más hondo y se volvió cacb vez 111ás
insuficiente e incapaz en relación con los o bje tos 111ás altos. Después de
un tie111po de ver esto se hizo tan evidente que a la filosofia no le quedó
1nás que testificar contra sí n1isn1a - no solo reconocer su i111potencia
espiritual, sino aden1ás de1nostrar su obviedad. Entretanto, también este
resultado fue usado para llevar la espiritualización todavía un grado más
allá. N o era suficiente, se decía, haber renunciado a la conexión con lo
objetivo, con la naturaleza carente de entendinúe nto, núentras aún se
toleraba en lo subjetivo un concepto tan grosero cotno el del saber; el
saber nús1no era aún n1uy sólido; la espiritualización será perfecta recién
cuando, en vez del saber, solo quede un delicado y pasajero arorna a
premonición y sentiiniento; esto es, cuando lo subjetivo sea subjetivado
de nuevo. Desde entonces una parte se rr1ostró o cupada en ofrecer un
sustituto del espíritu, en vez del espíritu real (del conocirrúento), que
supuestan1ente era en algún sentido más espiritual que el espíritu nús1no;
y tal co1no antes una virtud era hecha a partir de la necesidad, ahora una
era h echa a partir de la ignorancia29 •
En este estado de cosas, no había otro n1edio para restaurar la filosofía
que llamarla de vuelta a la tierra, pero no desde el cielo, al que ella había
renunciado, sino desde el espacio vacío donde estaba suspendida entre
el cielo y la tierra, lo que ocurrió gracias a la filosofía natural. Solo era
de esperar en el orden general de las cosas que los espiritualizadores de
nuestra época clan1aran que este comienzo hundía a la filosofia y negaba
todo lo espiritual, e incluso lo santo y lo divino núsn10. (5]
Desde el principio la naturaleza fu e explicada solo corno una parte del
universo y el inundo de los espíritus fu e explicado con10 lo otro, opuesto
a la naturaleza.Así, incluso la filoso fia de la naturaleza fue dada sie1n pre
como solo un lado de un gran todo, y el rol central de la filosofia fue
puesto en explicar científican1ente la contradicción y la conexión entre

i,, Este p:isaje de la introducción es muy similar en forma a la introducció n del texto Filosofía
)' Religión. En ella se discute la relación entre filosofía y teología haciendo una especie de
recuento histórico. Se explica que en un inicio ambas disciplinas compartían espacios y
temáticas, pero luego la filosofía, separándose de la religió n, se abocó a los objetos de la
experiencia y perdió completamente su car:ícter. Corno vernos, a pesar de las diferencias
de contenido, el discurso se plantea desde una misma perspectiva en cuanto el desarrollo
histórico de b filosofia (Cfr. Schelling 1987).

64
In naturaleza y d mundo de los espíritus.Ahora, que hayamos cun1plido
satisfactorian1ente este ejercicio con nuestros primeros pasos en la filosofia,
deja prever que a aquellos filósofos este conúenzo les parezca superficial,
quizás quijotesco y en cualquier caso innatural. Pues, ¿no les ocurre que
apenas sus conceptos y sus doctrinas van más allá de la naturaleza, estos
to1nan el carácter de la verdadera innaturalidad y precisa1nente por eso
se prueban a sí nús1nos con10 inefectivos para la vida? Sí, en este punto
aquellos filósofos se harán am.igos de aquellos con los que anterionnente
aparentaban discutir, pero con los que en realidad estaban n1ás unidos de
lo que ellos nús1nos creían; me refiero a aquellos que no pueden escu-
char la palabra mundo de los espíritus sin ser poseídos en su propio miedo
al espíritu. Esta enfermedad en su grado n1ás alto se puede transformar
en aversión y garantizarle al ser hmnano como espíritu solo su interior
más propio, pero en su grado 1nás bajo se lim.ita al cuidado de sacar al
ser humano con1pleta1nente del numdo de los espíritus y de no dejarlo
creer en ningún espíritu tnás que en el suyo propio y en el de los que
viven siinultánea1nente con él.
Los adherentes de ambas filosofías tendrían una falsa idea de nuestra
empresa si pensaran que el n1undo del espíritu será llevado de alguna for-
1na a ser conocido inn1ediata1nente o que será llevado solo a palabras, pues
nuestra intención expresa es solo rnostrar científican1ente la transición
desde el área de la naturaleza al área del n1undo de los espíritus. Así, en
tanto nuestro punto de partida es la naturaleza, errarían en menor grado
al considerar este tratado con10 111eran1ente fisiológico, conservando de
fondo la idea de que, tal con10 en lo físico ha sido posible unir la tierra y
el cielo a través de la ley de gravedad, y tal como pode111os halagarnos [6]
por haber puesto la cadena dorada de luz que se extiende por el universo
en a1nigable rivalidad con las estrellas distantes que dificiln1ente saltan
a la vista, incluso con el 111ejor equipanúento en los ojos, de la misn1a
n1anera se puede encontrar en lo espiritual una un.ión que provenga de la
naturaleza, con la que nuestras ciencias hasta ahora 1nerarnente terrenales
se puedan elevar continuan1ente al cielo, que parece ser ciertan1ente su
verdadera patria.
Ahora les corresponde a ellos negar un crecin1iento tal de la naturaleza
en el nmndo de los espíritus, y lo van a negar. Sin embargo, a menos que
nieguen casi con1pleta1nente la existencia de un n1undo de los espíritus

65
- en lo que no nos introducire1nos aquí- , admiten que la naturaleza está
subordin:1da al mundo de los espíritus. Esto subordinado, por lo tanto,
tiene en algún lugar sus li1nites en relación con lo n1ás alto, su final de-
tenninado.Ahora, ¿có1110 pueden creer que lo subordinado encuentre su
objetivo y esté cotnpleco sin que lo último, que genera desde sí nusn10 lo
subordinado, sea algo que vaya 1nás allá de él y que pertenezca a él solo
con la parte subordinada de su esencia [ítVese11J, como el ser hu1nano en
relación con la tierra?Y siendo el escalón hacia él, ¿no debe estar lo 1nás
bajo en una relación 11at11ral con lo n1ás alto?
Por lo tanto, anees de fonnular las quejas comunes contra esta e1npresa,
deberían primero probar que existe un abismo entre la naturaleza y el
mundo pura1nente espiritual, tal como suponen, o al 111enos echar por
tierra nuestras prucbns de que entre ambos hay lllla conexióu uatural.
Solo bajo esta exigencia consideramos posible cumplir satisfactoriarnente
con la tarea fijada. N osotros nüsmos reconoce1110s que todo saber que no
se genere puran1ente de lo que es presente y real debe ser considerado
con10 un saber superficial y conducente a ilusión y error. Por lo nüsmo,
declaramos que, sin importar qué tan alto llegue1nos para erigir en lo
que sigue el edificio de nuestras ideas, no quere1110s conseguir nada si el
t~mplo, cuya últüna punta se pierde en una luz inaccesible, n o descansa
e n su base n1ás profunda sobre la naturaleza .
En cambio, nos aventuraremos sin duda en todo aquello [7] que
110s perm.ita aquel que sea consciente de una base segura, y podre111os
explicar las cosas 1nás altas con mayor certeza de lo que ha sido posible
hasta ahora. Una persona se gana, por decirlo así, el derecho a los objetos
más espirituales recién cuando ha reconocido debidamente sus opuestos.
El ser hmnano yerra en sus e tnpresas, incluso en las científicas, no tanto
por lo que e1nprende sino por la manera en que lo hace, a saber, por no
conseguir el conocinüento paso a paso; mie ntras que de hecho, incluso
e n la ciencia, nada le sale mal a aquel que cumple con esta condición. El
árbol , que desde la tierra extrae fuerza, vida y savia, bien puede espe rar
llevar hasta el cielo sus ram.as n1ás altas c ubie rtas de brotes. Pero las ideas
de aquellos que creen que desde e1 principio se pueden separar d e la na-
turaleza, incluso si son pensadores reabnente eximios, son con10 aquelJos
delicados hilos que flotan en el aire d el verano tardío, incapaces de tocar
el cielo e incapaces de llegar a tierra por su propio peso.

66
En conciencio de los medios científicos que son requeridos por la
1rnturaleza de nuestro procedi,niento, nunca se dará el caso qu e pongamos
l'll juego algo que esté fuera de lo esencial o algo que en otro respecto
110s pueda llevar por n1al ca,nino.
En este tratado rara1nente se podr,1 encontrar vuelos de in1aginació11
o esos ciertos discursos ligeros acerca de la inrnortalidad del alma que
pnrecen gustar 1nucho, y por igual, tanto a los escritores con10 al público.
No queremos generar ninguna opinión o alimentar ilusiones, pues estas
siempre surgen de la deficiencia o de la insuficiencia de la ciencia. Si esta
última calla en las cosas que para el ser humano son las más esenciales,
entonces el pueblo bien debe ayudarse a sí mismo. ¡Cuánto nüs adelante
c¡ue los acadénúcos está el pueblo en la certidt1111bre del pensanüento!
Nut:srras prudJas murales y Je uLros lipos acerca de la in1norlalidad del
11lma no le han bastado al pueblo. El sentido común con1prende que un
verdadero fundamento lo persuade de algún tipo de existencia y le da
necesariamente y al 1nis1110 tien1po un conocimiento de la constitución
de la misma, y co1nprende ta1nbién que si no se da [8] de esta n1anera,
el fundamento no puede ser verdadero y natural, sino solo inventado y
artificial. Pero también ahora es legítimo decir, con10 lo ha sido hace
tiempo, que los acadé1nicos han tirado la llave del conociiniento y se
oponen a todo aquel que quiera entrar, aunque ni ellos 1nisn1os entren.
Incluso el refugio de las verdades de la revelación , que era el último
refugio que le quedaba al pueblo, ha sido tomado por los que enseñan
estas verdades, dándoles o un sentido literal o un sentido rnoral general.
Los experi1nentados saben en qué luz aparecen estas verdades cuando
se les concede un sentido real y la relación tísica está dada. El abisrno
que se encuentra entre la revelación y la ciencia ernerge porque aquella
contiene en sí misma todas las verdades, verdades proseguidas desde el
principio y en un grado de certeza individual a la que nuestra filosofia ,
que sien1prc flota en lo general, todavía no puede llegar.
Por lo tanto, no se debería sospechar de aquellos que buscan la certeza
del conocinúento en los objetos más espirituales de crear ilusiones o de
llevar a otros a hacerlo; más bien, se debería sospechar de aquellos que
están en contra de aquella certeza, incluso si lo hacen con el pretexto de
tener un sentido que supera coda ciencia. Cuando la superstición pasa
completamente por alto Ja conexión natural de las cosas se origina la

67
no- creencia; y se origina a partir de la sofocación de lo divino que se
agita a sí mis1no en su interior a través de la masa de lo natural; y siendo
la no-creencia incapaz de poner en ntovinuento la n1asa de lo natural
y de transformarla en algo vivo, se traslada en una ascensión progresiva
hasta lo espiritual. La creencia que se da como opuesta de la ciencia está
en la nlÍsma situación. Es i1nposible que una creencia qu e sigue a una
no-creencia inicial y que tiene un punto de partida común con la no-
creencia sea una creencia verdadera.
Pero, aun viendo meramente la form a, los verdaderos fantasistas son
sin duda aquellos que consideran el mundo de la ciencia como un gran
espacio vacío donde cada uno puede imaginar de 1nanera individual lo
que guste; son aquellos que no tienen idea de cómo regresar aJ principio y
construir algo de manera legíciina; [9] son aque llos que, si se preguntaran
a sí mismos qué seguridad tienen en sus sistemas filosóficos, deberían
confesar, si en algo son sinceros consigo 1nismos, que ni siquiera poseen
lo que se requiere, por ejemplo, para transcribir una página de un libro
que está en un idion1a extraño, para lo que tendrían que saber si se debe
empezar por la izquierda, como en el hebreo, o por la derecha.
En t:rnto su intención es provocar algún efecto, un escritor difícil-
ml!ntc puede fallar en su objetivo si se trata de un objeto que involucra
los más profundos sentimientos del ser hu1nano en diversas e intimas
relaciones, 1nientras sepa cómo poner en juego estos sentinuentos de
forma ligera y agradable. Por el contrario, el que intente producir estos
sentinuentos usando un examen con precisión científica, debería callar
de anteinano. El científico a11iquiJará cualquier disposición, incluso si
reconoce en ella un anhelo legítimo; con la seriedad científica aumen-
tando con la 1nagnitud de su objeto, solo preguntará por lo que se deja
exanlÍnar de manera científic;-i, e incluso se negará a sí n1Ísn10 en virtud
de la inestimable consecución de una verdad eterna. El senti1niento n1ás
profundo solo encuentra c0111pleta justificación en la ciencia que no
se n1ezcla con él; una 111ezcla de ambos es rehusada por los dos. El que
hace esto espera solo con fe, a1nor y esperanza no encontrarse nunca
en contradicción; y nunca subestimará lo que sea inspirado por ellos
solo porque no puede justificar científicamente; de manera que quizás
poden10s suponer con el poeta que en aquellos lugares cálidos hay una
palabra para cada sentinúento bello y alegre. Pero, a pesar de que la fe, el

68
11111or y b <.:sp<.:r:1tw:, son b s esencias I kVesc11] más in trínsecas y sagradas,
11uc dan su última transfiguración a todos los trabajos de la ciencia y del
111·tc, en su naturakza más ínti1na deben aparecer separadame nte para ser
1111 principio visible.
En tanto es n uestra responsabilidad disponer n uestras ideas en una
forma más accesible, le daremos preferencia estricta a esta y, donde sea
posible dentro de este tratado; daremos un cjernplo de nu estro méto-
do, que se difere ncia de los que se han presentado hasta ahora por ser
l1fcctiva1nente [10] inseparables del conte nido, siendo el m étodo dado
., través del con tenido y el contenido a través del n1étodo. No se pudo
,·vit'lr que n1ás de algu na d e las fórnrnlas de este método haya sido usada
d<.: un ,nodo vergonzoso (en lo más interno todavía no ha penetrado
ninguna con1plctamcnte), tratarnlo lo vivien te en grado sun10 de manera
preferencial y conscie nte. Por otro lado, nos hemos percatado que en
casos de verdadera investigación donde, quizás sin saberlo, las fónnulas
tuvieron una determinada influ encia, el método probó funcionar de
manera más favorable a lo acostmnbrado, probando que el estado actual
el<.: la ciencia, en diversas áreas, está empezando a requerir este método.
Cualquiera que quiera inva)jdar este método no debe en1prenderlas contra
~u uso no espiritual, ni siquiera contra el método 111isn10, sino que debe
. , 30
ntacar 1a c uest1on .

JO Esta introducció n aparece solo en la edición separada de Clam hecha por Kuhlenbeck en
1913. La nota al pie de página de K. F.A. Schelling que citamos al comi enzo está en la versión
intregral de la obra schellinguiana, pero no es reproducida en la versión de Kuhlenbeck.
Algunos espccialisrns datan esta introducción en 1806 (1-Jorn 1954) y otros (Veto 1973) a
finales de 181 O o principios de 18 1 1.

69
I
[DÍA DE TODOS LOS DIFUNTOSJ3t

[11] El pastor narra

En el día de todos los difuntos fuin1os el doctor y yo a la ciudad, para


volver en la tarde con Clara, que había viajado unos días antes en co1n-
pañía de nus dos hijas. En cuanto tL1vin1os ante nosotros, de frente en
dirección a la an1plia planicie, la bella ciudad, que est~ c::isi en b mitad
de la 1nontaña justo en la vista de un claro, vÍinos una 111ultitud ele
hon1bres que se abarrotaban con10 1nanada hacia una suave pendiente
que se encontraba a un lado. De inmediato supusirnos a dónde ib:i este
tren de gente y nos u1un1os a él para ver por una vez aunque fuera la
conn1ovedora fiesta que se celebra este día en las ciudades católi cas e n
men1oria de los difuntos. Encontrarnos el lugar ya lJeno de gente. Fue
todo un espectáculo ver la vida sobre las tmnbas que ilununaba lleno de
venganza el débilmente radiante sol de otoño.Al apartarnos del ca1nino
vünos que ya se habían remudo bellos grupos en torno a cada tumba:
::tquí florecientes 1nuchachas, con sus hern1anos más pequeños de la mano,
coronando la tu1nba de una 1nadre; allí una madre parada caUadan1ente
junto a la tmnba de un hijo perdido de forma pren1atura, donde el agua
bendita no necesitaba tomar el lugar de las lágritnas, sino que un llanto
de dulce n1elancolía refrescaba la tierra, cayendo suave1nente. Seria y
conten1plativan1ente, aquí y alJá, se paraban ho1nbres frente a cada ttun-
ba, que quizás albergaba a un anugo que se fue ten1pranamente o a una
novia inolvidable. Aquí todas las relaciones de vida rotas se renovaban
para el observador que estuviera familiarizado con las personas [12) y
las circunstancias; los hennanos volvían a los hern1anos, los hijos a los

JI Esto deternúna que el diálogo ocurre el 2 de novi embre. La celebración de esta fiesta religiosa
foe adoptada por los protcsrnnrcs, pero err:1dicada e11 algunas iglesias durante la Reforma
del siglo XVI. Es muy probable que el clérigo que aparece luego se refiera a la erradicación
reformista de esta festividad.

71
padres, y en ese instante eran de nu evo una fam.iJia; solo la a1na11 tc, a quien
la n1uerte le había arrebatado a su amado, no se podía aparecer en esta
n1ultitud , pero quizás había ya elegido la aurora para, sin testigos, junto
con el rocío de la n1añana, hu1nedecer con sus lágrünas la tumba a1nada.
El bello 1nonumento de un joven que había n1uerto como un extraño
se e ncontraba adornado con flore s de una forn1a tan tierna y dedicada,
que debía haber sido obra de m anos amorosas. Cuán conmovedora es
esta costumbre, dijo mi acompaftante, y cuán sigrúficativo este adorno
de flores de tardío florecer sobre las tumbas : ¿no es justo co nsagrar escas
fl o res del otoiío a los muertos, que nos alcanzan en primavera aquellas
alegres flores desde sus negras cámaras como eterno testimo nio de la
vida ulterior y de la eterna resurrección?
En el 1nedio de la plaza se erigía una pequeña capilla, in capaz de
conte ner a la n1ultitud. Poco después de nuestra llegada se había llenado
canto, que una fila se extendía largatnente sobre las tumbas frente a la
puerta. Nos sentamos a un lado sobre una vieja y mohosa sepultura, c uya
inscripción se había vuelto hace tiempo ilegible, y escucha1nos el oficio
festivo, cuyo desarrollo solo pudimos seguir por los movimientos de
aquellos que estaban parados afu era. Nos sentamos hundidos en profunda
melancolia. ¿Cuántos, que ahora canúnan sobre estas tu1nbas, van a estar
ellos mis1nos allí abajo con el correr del año?
¿Dónde podía estar nuestra an1iga? Creí1nos haberla visto de lejos un
par de veces, pero sin reconocerla realrnente o sin poder acercarnos a ella
en la 1nultitud. Recordamos que todavía teníamos un largo camino por
recorre r. Ella nos había hablado del convento benedictino que estaba en
una colina al otro lado de la ciudad, donde la podríamos encontrar en
cualquier caso a la hora en que habíarnos acordado partir. Vin1os que ya
era tiempo y nos alejarnos silenciosos.
En 1a ciudad encontramos todo vacío y desierto; nos din10s un pe-
que110 tiempo para tomar un refr igerio, y subin10s hacia el (13] bello
convento.A nuestra llegada fuimos conducidos a la biblioteca, donde nos
esperaba un joven y bien educado clérigo, que parecía tene r el deber de
recibir a los e xtraños y de entablar una conversación con ellos de una
forma muy decorosa. Pronto supimos que había sido enviado de viaje
por el príncipe reciente1nente muerto y que se había convertido ahora
en el guardia de la colección de libros y al mismo tie1npo e n profesor

72
de las cienci:ts filosóficas. Nos mostró muchas rarezas gue estaban a su
' uidado. Sin e mbargo, n1ás gue todos esos tesoros muertos, lo que lla1nó
nuestra atención fue la 1nagnífica vista desde las ventanas gue daban a la
lejana planicie que llegaba hasta la 1nontaña en la que nos enconcrában1os
nntes, que estaba sembrada con ciudades y pueblos, a través de los que se
extendía y se hacía visible de 111anera dispersa, solo con10 una estrecha
cinta de plata , un poderoso río.
Nos había dicho de anternano que tendrían1os gue esperar a Clara,
que todavía tenía que hablar algunos asuntos con el prior del convento;
In mayoría de los bienes del convento estaban guardados con los de su
familia;y ta1nbién había algunos bienes de sus antepasados bajo el cuidado
de su benefactor más excelente. Algunos retratos que estaban colgados
en la sala, nos contó, eran de sus propios antepasados; incluso d hc nn:1110
dc uno de ellos fue retratado con su hábito conventual; supimos qtH.: se
había dedicado reahnente a su obra, y que había muerto y había sido
enterrado aquí. Si hubié ramos d udado en Jo más núnimo de la vercbd
de lo que nos contaba, nos hubiera bastado con ver el extraordi nario
parecido entre nuestra am iga y el hombre del retrato. No nos podíamos
maravillar lo suficiente del parecido que se hacía de nuevo presente luego
de doscie ntos años; el clérigo opinaba que con una vista tal, bien podría
uno creer en la transm..igración de las ah11as.
Lo que es todavía 1nás extraordinario, dije, es que quizás entre los
destinos de estos dos parientes lejanos impera un parecido igualmente
grande como entre sus aspectos, con el q ue se los podría tener por lo
menos por hermano y hermana. Quien sabe que guio a este ten1prano
hernrnno (pues así debo llamarlo) a estos solitarios muros, y lo in1pulsó a
ternunar su vida aquí en retiro. [14] Quiz.1s circunstancias similares a aque-
llas por las que nuestra a1niga pre firió la tranquilidad de nuestro quieto
valle ante la vida en el mundo o en alguna ciudad más grande. Nosotros
la instábamos a salir, porque creíamos q ue la soledad, que mantenía todos
sus recuerdos en la misma vivacidad, le afectaría a largo plazo su salud.
Entonces, dijo el clérigo, ¿ella vive todavía en aquella casa solitaria
donde la visité hace seis ai'íos?
En la misma, contesté. Hace a11os un extraño compró e l terreno y la
construyó; en su huida, hace seis años, ella la encontró vacía, la con1pró

73
con sus jardines y viñedos a un precio c01nparativa1nentc bajo y ahora
vive alli de nuevo, pues fue expulsad,1 otra vez de las fincas paternas.
En ese entonces, dijo el clérigo, ella no tenía relación con el convento;
debí hacer la visita a hurtadillas y secreta1nente, a la que tne veía guiado
por una curiosidad n1ezcJada con un callado respeto. Eran condiciones
cierta1nente dolorosas en las que se encontraba; el último prelado de
nuestro convento, que siempre tuvo mucha influencia sobre su farnilia,
estaba especiahnente en contra de su 1natritnonio con un protestante,
tanto con10 toda la aristocracia católica del vecindario, pues con ella,
con10 últi1na heredera, todos sus bellos bienes pasaban al otro lado. Esta es
la pri1nera visita que hace a nuestro convento, que, con10 bien recuerdo,
solo una vez de niña había pisado en compat1ía de sus padres. La posesión
de tan imponentes bienes, que ahora reto1naba, había can1biado quizás
1nuchas cosas; adenlás, e] actual superior tiene una forn1a de pensar n1e-
nos linutada sobre 1nuchas cosas, y juzga 1nejor estos tien1pos en los qu e
todos deberíatnos pensar en la salvación conrnnitaria en vez de alin1entar
discordias entre nosotros.
El doctor, que hasta ahora se había entretenido con los numerosos
retratos, internunpió con estas palabras: La diferenóa entre nuestros
tiempos y los pasados n1e parece que no se grafica mejor (15] que a través
de una colección de retratos con10 esta. ¡Cuán rnacizas, cultivadas desde
todos los ángulos y sobresalientes son estas figuras de los príncipes de los
tien1pos de la Guerra de los treinta años, y de ances 32 ; qué frentes, qué ojos
los de estos estrategas y los de otras personas destacadas por la acción de
ellos, que aquí cenemos por nlontones! Quisiera saber si alguno de los
últimos retoños varones de escas fanulias lleva una expresión tal de alto
sentimjento espiritual urúdo con fortaleza <le carácter, como esta figura,
o si, confonne a la extinción del linaje, no han vuelto estos altos rasgos
de los antepasados aunque sea en forma fen1enina.

32
.La Guerra de los ti·einta a11os (o la serie de guenas) tuvo lugar en Europa Central, sobre
codo en Alemania, entre 1618 y 1648. En una primera instancia, fue una guerra religiosa, a
pesar de tener füertes connotaciones políticas. Comenzó cuando los electores protestantes en
Bohemia eligieron al calvinista Federico para :>cu par el trono, en vez del emperador católico
Ferdinand. Los conflictos cesaron con los tratados denominados L-1 paz de l#s!falia y Ln paz
de lo.< Pirineos.

74
En ese 1110 11wnto entró Clara exrre1nadan1ente alegre, y el parecido
se hizo evide nte casi hasta el espanto, tanto, que nos tuvin1os que con-
tener para esconder Ja sensación. No sé por qué cada uno evitó hacerle
el con1entario o dejado entrever. Inmediatamente tne llevó con los ojos
hacia la ventana abierta, y tan pronto co1no divisó las lejanas montañas
azules, se fundieron sus ojos en lágrirnas y dijo: Allí, detrás de aquellas
montañas, sobre las que pronto se hundirá el sol, y que se vuelven cada
vez 1nás azules, allí yace enterrado n1Í todo. Oh, Albert, Albert, debitnos
dejar el tranquilo refugio que nos había unido en este lado, para sepa-
rarnos por mucho -ay, quizás por cuánto. No bien te he perdido, y ya
soy perseguida de nuevo, y he arrancado incluso de lo últüno que 1ne
quedaba de ti, del pequeño pedazo de tierra que te cubre. Bandidos pro-
fanan las tu1nbas de 1nis padres; ahora tú duern1es junto a ellos. H oy va
hasta el 111ás desgraciado a visitar la tu1nba de su an1ada, y yo ni siqui era
puedo decorar la tuya; sin e111bargo, fluyen aquí nüs lágrünas sosegada e
incansablernente, y espero que cualquier parte de la tierra que las reciba
te las lleve por rnedio de un poder mágico y te refresquen en tu tun1ba.
Me asusté por esta pasión tan rápida e inesperada, y quise interrun1-
pirla buscando desviar la conversación a lo general. Les confieso, dije, que
esta fiesta con111e1norativa de los difuntos rne ha afectado profunda111cnte.
Se 111e ha hecho nueva111ente [16) claro que esta vida, que ahora vivitnos,
es una vida del todo inco1nplera, que recién sería plena si aquello espi-
ritual n1ás alto se pudiera unir con ella; si aquellos a los que IJamamos
difuntos no hubieran dejado de vivir con nosotros, sino gue hubieran
fon11ado, de cierto 111.odo, otra parte de la gran farnilia. La n1oral de los
antiguos egipcios tiene algo horrible en sí, pero en el fondo radica un
pensanüento en sí verdadero y correcto. Deberíamos nosotros conservar
todas las fiestas y costun1bres con las que traen1os a la rnemoria una unión
con el mundo de 1nás allá.
Perdónenme, interrumpió en ese rnornento el clérigo, que entre tan-
to se había acercado y había escuchado las últitnas palabras, si creo que
debo tener en esto una opinión distinta. La fiesta conmernorativa de hoy
tiene cierta1nente algo tranquilizador en sí; sin en1bargo, si su propósito
es nrnntener el pensam.iento de que nos podernos poner en contacto
con los habitantes de aquel otro inundo, la declararía inn1ediatan1ente
como dañina, y aprobaría que fuera supri1nida en vuestra Iglesia, com.o

75
tantas otras lo han sido. Como nadie le contestó, continuó: N osotros,
los vivientes, depende1nos de este mundo; aquí debe mos hacer el mayor
bie n posible y 111ostrar amor y confianza a aquellos que nos son cercanos,
e n tanto esten1os con ellos en el camino, y ciertamente cumpliríamos
este deber n1utuo tanto más prec isa y conscientemente si recordáran1os
de manera constante que aquellos están 1nuertos, y que con su muerte
se ha suprimido el contacto con ellos para todos nosotros, que son inal-
canzables para la pasión de nuestro amor, tanto co,no para la de nuestro
odio, nuestro sentimiento más bajo.
Lo más bajo, replicó Clara, no puede quiz;1s afectar a lo más alto, pero
es tanto rnás cierto que lo más alto puede afec tar a lo más bajo, y de esa
m anera la consideración de algún efecto no sería tan absurda -Esto, re-
plicó el clérigo, si a1nbos están contenidos en el rnismo mundo, tal con10
en la vida presente nuestro espíritu y nuestro cuerpo pertenecen a un
misrno n1tmdo. Pero el difunto está totalme nte 1nue rco para este mund o
sensible, y es imposible que pueda provocar efectos en una región para
la que sus he rranuentas están tan linútadas como su sensibilidad. (l 7]
Su discurso, le dije, n1e hace acordar a la e xplicación sobre el nulagro
q ue hoy e n día dan nuestros filosofantes teólogos, que sería un efecto
extraordinario de Dios en el mundo sensible, sin considerar cuánto de
este mismo mundo sensible es completamente insensible.
Sin embargo, replicó él, deben1os honrar estas viejas divisiones. Uru
persona razonable solo podría ver con pesar cuán desplazadas están estas
divisiones, tanto, que todo fluye en todo lo de1nás sin diferenciación
alguna, y tanto, que pronto no estaremos en absoluto en casa ni en este
n1undo ni en el otro.
Pero usted nusmo admite, dijo Clara, que en nosotros vive al m e-
nos un algo distinto a la esencia [ vVese11] m era1nente natural, el espíritu.
Concederá también , entonces, que a través de este estan1os en contacto
con aquel inundo, y que, incluso concedida la separación de lo sensible
de lo espiritual, no hay ninguna prueba contra una posible unión de lo
espiritual en nosotros con las fuerzas del otro inundo .
Esto se lo concedo, contestó, si nu estro espíritu pudiera alguna vez
elevarse realmente a la pura espiritualidad, esto es, si no estuviera con1-
pleta1nente separado por su unión con la existencia 111aterial [N!aterie] de

76
In pu reza de aq uel mundo, al q ue recié n c~t6 d ultr111 i11ndo a su b ir luego
de la d isoluc ión d e este !:izo.
Con una separació n ta n radical, repliqu é, debería usted desech ar cada
concepto de aquel inundo 1nás elevado.
Así es e n verdad, respo ndió : cada con cepto qu e el entendirniento o la
razón se q uieran formar para sí n1ismos. Tenen1os e n nosotros un ú n ico
punto abie rto, a través del que el cielo resplandece. E ste es n uestro cora-
zón o, para hablar m ás correctame nte, nuestra co ncie nc ia. Encontramos
en esta una ley y una dete rminación que no puede venir de este mundo,
con el que n1ás bie n está constante me n te en pugn a; y así n os si rve de
garantía d e un m undo más alto, y eleva a aquel q u e aprenda a seguirla
hacia el consolad o r pensam iento d e la inmortalidad .
¿Y hacia nada m ás?, replicó C lara. Esta palabra , imnortalidad , [1 8J
m e parece muy d ébil para mi sentimie nto. ¿Qué tien en q u e ver con el
anhelo ardiente las frías palabras y los conceptos m eramente n egad o res?
¿Esta1n os satisfech os e n esta vida co n u na 1ne ra existe n cia fDascyHJ fr ía?
¿Satisfacen1os nu estra naturaleza con tales ge neralidades?
La fe es simple, contestó él, como el deber del q u e proced e.
Usted apa renta fundar toda certeza n1ás alta en el corazón , pero no
le da nada al corazón. N o podemos ver a u n anugo alej arse, al que su
deb er lo llama muy lejos de nosotros, sin seguirlo con el pensamiento
hacia aquellas remotas áreas, sin i1nagin arnos vívida1nente su condición,
su entorno, sin ten er el d eseo de saber cuánto han cambiado allí sus
hábitos d e vida o si los h a n1ante nido iguales.
U n a separación en esta vida, d ijo él, es una cosa, otra es la transició n
hacia un mundo q ue no tie ne absoluta1nente nada en co1nt'm con este.
A mi m e parece ser d e o tro modo, dije. Lo opuesto es en sí rnism o
lo n1ás cercan o. D esiertos, m o nta11.as, tierras lejanas y mares nos pueden
separar de un anu go en esta vida; el alej amiento de la otra vida con esta
no es más g rande q ue el d e la noche con el día, o a la inversa. Un pen-
sanú ento íntimo, unido con u n retrai n1icn to total de todo lo exterio r,
nos lleva hacia aquel otro inundo q ue q u izás cu anto más escondido se
nos vue lve, m ás cerca está de n osotros.
No niego eso, respondió; aqu el mund o ~spiritual pued e bro tar en
nosotros, pero nosotros no brotamos e n él; 11 t1cstra mirada perman ece

77
sie1npre limitada a nuestro interior y no puede seguir el destino de los
difuntos anugos, en lo que de todos tnodos veo una forn1a de amor egoísta.
¿Có1no así?, preguntó Clara.
En esta vida nos iinagina1nos con tanta facilidad que nuestros a1nigos
y nuestras compañías a lo largo de la vida son nuestros, cuando solo son de
Dios; son seres l,vVese11] libres, que no sirven 1nás que al Único. Los po-
see1nos solo corno obsequios; de eso nos recuerda la muerte cuando nada
111ás lo hace, por lo que parece ser sabio, aun en la vida rnisrna, recordar
sie111prc que no los podernos Uarnar nuestros en un sentido propio; que el
voto de pobreza, [19) de privación, pero en especial el de obediencia es
un voto para con una voluntad escondida 111ás alta, que cada ser hu1nano
debe to1nar para sí mismo; en el uso de todos los bienes, pero en especial
de los rnás perfectos, que llama111os amor y a1nistad, seríamos tanto más
cuidadosos si recordára1nos que la esencia [ IM?sen] del alrna, que quereinos
hacer nuestra con todas las fuerzas de nuestro espíritu y nuestro corazón, y
sí, si fu era posible, fundirla j unto con nuestra existencia, está en las manos
de Dios y a ella se la debe1110s ceder tarde o te111prano; que sobreviene
un instante donde ella ya no nos pertenece 111ás, sino que pertenece de
nuevo al todo, vuelve hacia su libertad original, y quizás comienza, según
b voluntad de Dios, una nueva marcha, que nunca más se encontrará con
la nuestra y que está al servicio de satisfacer propósitos completamente
distintos a los que satisfizo aq uí, trab,tjando para el desarrollo de nuestro
interior, para el pe1feccionanúento de nuestra esencia [ Wesen].
Entonces, usted no cree, d~jo Clara, que en la am.istad y en el an1or
haya algo que sea eterno según su propia naturaleza, y un lazo que Dios
ha creado, que ni la nrnerte ni Dios mismo pueden destruir. Miles de
relaciones pueden destruirse con esta vida; ellas pueden no haber tocado
nuestro interior sino de manera hostil o incluso perturbadora, pero el lazo
de un a1nor verdaderan1ente divino es indestructible con10 la esencia del
ahna, en la que está fundado, y es también eterno, corno una palabra de
D ios. Si 111e fueran concedidos lujos y se 1ne quitaran luego, nunca podría
ton1ar con10 una casualidad o con10 un designio temporal ser rnadre de
estas aln1as; sentiría, sí, sabría que ellos n1e pertenecen eternan1ente, y

78
que yo a ellos, y quu ni ellos de n1í, ni yo de ellos, por ninguna fuerza de
la tierra, ni incluso por una del cielo 1nismo, podrían1os ser separados33 •
Ese es ciertam.e nte, respondió él, el verdadero sentinúento n1aterno;
nhora, incluso aquí, la relación natural en sí no produce el sentinúento
eterno, sino que, al revés, el sentitniento hace a la relación eterna; pues,
¿por qué sino por eso hay tantas madres innaturales? Esto nos 1nuestra
solo que nuestra actitud es verdaderamente eterna.Y si pudiéra1nos con-
siderar aquellas relaciones naturales con algo de devoción, [20] aquellas
relaciones que existen sin nuestra intervención, que son hechas por una
mano invisible, que tienen para sí una confirn1ación divina -
¿No cree usted quizás, lo interrmnpió Clara, que tan1bién otras re-
laciones tnás altas, el arnor y la amistad, sean de naturaleza divina; que
una necesidad silenciosa, inconsciente, y por eso solo 1nás poderosa,junta
ahna con ahna?
No 1úego, dijo él, el poder de tal fuerza natural, a pesar de que no lo
co1nprendo, pero una vez que el ser hu1nano ha llegado a este conflicto y
a esta contradicción con la naturaleza-cosa que entiendo solo un poco-,
una vez que se ha i111plantado una perdición tan profunda en la naturaleza
hun1ana que el ser humano no puede sacar agua limpiamente ni de una
ni de otra fuente de vida, y es casi igualrnente peligroso dirigirlo tanto a
la libertad con10 a la necesidad -después de este extravío, confieso estar
en grado sun10 dubitativo en cuanto a las relaciones donde la voluntad
libre juegue un rol aunque sea núnitno, y no 1ne atrevo a 1netenne en
este laberinto. Hago justicia a la calidez de cada bello corazón, y solo
nos guardo de querer transformar la inspiración de nuestro sentinúento
y las invenciones de nuestro anhelo en verdades generales, pues entonces
ya no habría división alguna. El ánimo siniestro y escandaloso tiene el
nús1no derecho que el sereno y ordenado, y saben1os qué 1nonstruos
han aparecido de este itnpulso de materializar criaturas de un anhelo
incontrolable o de un poder de Ílnaginación salvaje.
El doctor, a quien esta discusión ya hace largo rato no le parecía
correcta, irrun1pió en este punto y dijo: Usted tiene razón, solo los

.u Las pabbras de Cbra podrían ser una referen cia a Ca rolinc, que perdió a sus tres hijos:
Thcrcsc. \X/ilhclm y Auguste antes de su matrimonio cou Schelling. Este pasaje podría ser
de gran ayuda para identificar b figura de C lara co n C:irolinc.

79
ánimos más ordenados debe rían ocuparse de la pregunta por una vida
venidera, solo los án.irnos serenos se deberían acercar a aquellas regiones
de la eterna serenidad y quietud. Nadie que no haya encontrado un
fundan1ento fijo e inatnovible en la naturaleza del presente sobre el que
llevar a cabo sus pensamientos debería consagrarse a esta investigación.
Solo quien con1pre nda la vida actual debería hablar de la muerte y de
una vida venidera.Todo repaso son1ero de nu estra condición actual, cada
saber que no sea puro desarrollo de lo presente, de lo real, y que quiera
anticipar algo [21] a lo que no lo ha llevado el transcurso natural del
espíritu, es despreciable y lleva a ilusión y a error.
D e esta 1nancra, dijo el clérigo, negarían ustedes en el acto, al igual
que yo, todo conoci1nie nto sobre las cosas venideras; pues, ¿quién puede
decir con seguridad que ha comprendido la vida?
No sé, replicó el doctor, si alguien puede decir eso; pero lo que sí sé es
que no considero que eso sea una completa imposibilidad. Simple1ne nte
no debemos ir de masiado alto, no debernos cortarle al principio b raíz
que desde el suelo de la naturaleza lleva hacia sí fuerza, vida y savia, y
lt: permite entonces llevar sus hojas hasta el cielo; debemos abandonar
completamente la idea de querer derivar la vida de algo más alto y distinto,
sino llanamente de ella misma. No desde arriba hacia ab,tjo, sino desde
:-ibajo hacia arriba, ese es mi lema, que, corno creo, es tatnbién apropiado
para la humildad que calza completamente con nosotros en muchos
sentidos. Pero, agregó, veo que el sol ya se hunde en las montañas, y me
preocupa nuestra a1niga y el viento de las tardes de oto110; por lo tan to,
déjenos usted 111archar.
Clara se despidió rápidan1ente con la rnirada puesta en las alejadas
montañas, y luego de eso, habiendo recogido prÍinero a mis hij as en la
ciud:-id, bajarnos hacia la boca de la 111ontar1a, con dirección a nuestro
valle. Nos senta1nos callada y sile nciosan1ente uno al lado del otro. Clara
estaba quieta y vuelta sobre sí misma , hasta que el doctor trajo a colación
una discusión sobre la vida conventual: ¿Có1110 es posible que la mayoría
suela pensar que la vida conventual es tan placentera y bella? ¿Es porgue
todos quieren vislurnbrar bajo el hábito monacal el ideal de una persona
tranquib, cbra, que ha llegado a estar en comple to equilibrio consigo
misma, un ideal que cada uno quisiera realizar en sí núsn10, n1as no sabe
cómo? Pu es solo sobre el populacho pueden te ne r efecto las motivacio-

80
ncs externas, e l buen vivir, Ja falta de preocupación de este esta1nento y
cosas parecidas a cst:is.
A nú, dijo Teresa, solo la hermosa ubicación de los conventos rne
podría atraer, las 111onta11as sobre las que a menudo están construidos, los
fertiles va!Jes que los rode:in. [221
No es el caso, dije, que alguno de nosotros tenga el vago senci1niento
de que no poseer nada pertenece a la bienaventuranza, porque cada po-
sesión provoca preocupación y responsabilidad, y que, porque la pobreza
y la privación son cosas dificiles y dolorosas, la vida conventual debe
aparecer con10 un ideal verdadero, porque allí cada uno, sin poseer nada,
tiene que vivir bien y sosegada1nente.
A mi me parece, dijo Clara, que todo lo inn1utable nos provoca un
cierto respeto, tanto con10 nada aminora 1nás nuestra atención que su
opuesto. Una persona que veo en las rdaciones cotidianas de vida m c
aparece siempre un ser [ vVesen] titubeante e inseguro. Quién sabe si la
núsn1a, que ahora veo actuar grande y verdaderamente, actuará a continua-
ción, agobiada por el poder de las circunstancias, de manera pusiláni111c y
contra su corazón. Quién sabe si la núsrna persona que hoy parece clara,
libre y pura, no será tarde o te1nprano capturada, opacada y destruida por
una pasión violenta. La persona que ha tornado una decisión para toda la
vida y que para eso ha llamado como testigos a Dios y al mundo, y que
ha puesto esta decisión bajo condiciones que imprim en sobre ella el sello
d e la indisolubilidad, llamará sie1npre nú atención e n tanto la con1prenda
con10 actuando voluntaria y juiciosa111ente. ¿Por qué más se tiende a
decir que nadie es dichoso frente a su muerte, sino solo el que, por así
decirlo, apartado de e lla, muere en vida -y gué es este solemne voto de
privación y renuncia al inundo sino la muerte en un cue rpo viviente?
A nú 1ne sorprende, dije, que ninguno d e nosotros haya traído a co-
lación el beneficioso efecto gue podría tener la soledad despreocupada
en el arte y las ciencias.
Sin ernbargo, contestó el doctor, podría no haberlo tenido hace ya
tiempo; en ese caso, deberíamos haber citado obras de la erudición y del
mero trabajo de recolección con10 pruebas de ello.
A pesar de eso, respondí, el arte y la erudición no sufrirían una
en1ergencia 111enor si todos estos ricos conventos con sus magníficos
edificios, sus considerables colecciones de libros, sus iglesias [23] con las

81
rnuchas figuras en sus altares, con sus 1nurales y sus artísticas esculturas
de n1adera desaparecieran.
Sí, dijo Teresa, y toda el área se volvería desierta. No conozco nada
1nás bello que las n1agníficas construcciones con torres y cúpulas levan-
tándose en 1ncdio de la plenitud de la naturaleza, rodeadas por ondulantes
ca1npos de espigas, con agua, bosques y viñedos en la distancia, y por todas
partes todo habitado por vivaces hombres. Ni la rnás bella ciudad tiene
este efecto en mí; ella desplaza la naturaleza, que se vuelve a encontrar
solo después de una distancia considerable. Pero la sÍlnpleza de 1nczclar
la riqueza libre de un área cainpestre con lo 1nagnífico y lo grandioso,
solo esto es lo gue causa una verdadera itnpresión.
Pero entonces, dije, deberían incluirse tatnbién, mi Teresa, los castillos
y las bellas estancias de la nobleza.
Oh, no, respondió ella, yo amo ante todo lo constante, donde veo
unión [Z11sa111me11halte11] y permanencia [Zusmm11enbleibe11]. Los bienes van
en nuestro tie1npo de 1nano en 1nano, una fan1jlia desaparece, la nobleza se
muda a las ciudades, y si alguna vez salen es solo para ofender la quietud
y la pobreza de este bello valle con el contraste de sus costurnbres y el
albo roto de sus diversiones.
Tienes razón, contesté, pero no olvides, hija mía, que tu punto de vista
en esta cuestión no puede ser el general, al menos no en el salv,tje tie1npo
que afronta1nos. De todos los sigrúficados que tenían estas instituciones,
quizás han conservado solo los pintorescos. No obstante, se hallará más
fácil y más conveniente destruirlas completa1nente que redirigirlas a su
sentido original, cosa gue sería osada para nuestro tiempo. A menudo,
cada vez que veía uno de estos conventos estando en el valle o subido en
una colina desde la que el convento se podía ver, pensaba para nú rnisn10:
ojalá se le ocurra a alguien de nuestro principado, cuando haya llegado la
hora para todos estos n1ontnnentos de un tie1npo pasado, conservar uno
o dos de estos asilos, dejar los bienes y los edificios juntos y convertirlos
en una instalación para el arte y las ciencias. (24) No hay nadie más ver-
dadera1nente espiritual que aquellos que viven realtnente en el espíritu,
es decir, los verdaderos académicos y los artistas. El 111ero ejercicio de
la devoción corno forma de vida, y realizado sin una investigación viva,
activa y científica, lleva al vacío, y finaltnente a ague) n1eca1ús1no carente
de corazón y de aln1a, que solo en un tie1npo con10 el nuestro habría

82
despreciado la vida conve ntual. En aquellos siglos de un conocimiento
1nenos extendido, donde los 111onjes eran los únicos depositarios de las
cie ncias y de los conocinúe ntos, e ran ellos ta1nbién los verdaderos es-
pirituales; pero desde que el resto del numdo creció sobre sus cabezas,
han dejado de serlo cada vez más. Las ciencias tienen el núsn10 obj etivo
final [Endzweck_l que la religión; sus tiempos más bellos han sido y son
aquellos donde están de acuerdo. Sin ernbargo, hay países donde, con la
irrupción de un ca111bio de religión, los conventos han sido transformados
en escuelas; pero eso no es lo que quiero decir.
¿Y qué entonces?, preguntó el doctor.
Esto quiero decir:Allí sobre la colina se debería cornponer el próxi-
1110 gran poema de los alemanes, aquí e n este valle se debería reunir una
Acade1nia platónica, como aquella en Consentina; los hon1hres de cada
arte y de cada ciencia deberían vivir una vida verdaderan1en te espiri tual,
de n1anera annónica y libre de preocupaciones: no se deberí.i n encerrar
en las ciudades, lejos de la naturaleza y en las apre1niantes relaciones de
la sociedad. Pues el espíritu ale111án an1a la soledad , tanto con10 ama
la libertad; todo lo convencional lo oprin1e. No con10 arna deambular
libremente por el bosque, la montaña y el valle, amarnantado solo por
los pechos de la naturaleza, el manso acadérnico o el poeta que se dejó
atraer por la así llamada sociedad, y que torna de su 1nano y de sus labios
el elogio y la ovación, el forraj e de la vanidad, co1110 necesidad fisica. No
es co1110 un río constante que, constreñido, solo fluye a través de costas
y países prescritos, sino con10 la hmnedad interior de la tierra , cuyos
secretos recorridos nadie ha explorado, y que incluso penetra en todo, y
donde quiere engendra todo vivaz, clara y Jibrernente, despreocupada de
si alguien pasa por el camino y se artiina por ello, pero anün ando recon-
fortante y tonificanten1ente a aquel que [25) no le te111e a las solitarias
rutas de la 111ontaña, a los pei1ones y a los valles distantes. Es una pena que
a n1enudo, cuando m e imagino perfectamente todo esto, me deba decir
que todo pennanecerá solo con10 un sueño placentero, pues el alemán
parece destinado a nunca ser tratado según sus características propias. Se
debe dejar itnponer norn1as ajenas, porque aquellos que bien podrían

83
can1biar esto rara vez tienen el coraje de ser autóctonos [eigc11tii111/ich34 ]
en sus instituciones -pues, ¡qué diría el vecino si se quisiera tratar a los
ale1nanes con10 alen1anes!
Entonces, alegrén1onos de nuevo, dijo el doctor, de nuestra ubicación
privilegiada, donde, sin estar separados del nmndo, pasa1nos nuestros días
en constante co1nunicación con la naturaleza. He visto los conventos 1nás
lindos del mundo; a 1nenudo, por eje1nplo en el m.once Cassino, en el
bosque de Camaldoli, en los bellos conventos junto al Meno y al R.in,
1ne ha cogido el anhelo de una vida conte111plativa que en estos lugares
parece fluir en eterna quietud. Pero sie1npre ca1nbio de opinión cuando
1ne doy cuenta de cuán lejos de la naturaleza lleva toda esta fornrn de
vida, có1no la apatía, sí, la repugnancia contra la naturaleza se transfor-
1na en una consecuencia del autotoro1ento, que impone una dura ley
a los obligados. De todas las órdenes posibles, deseo solamente que una
se conserve, que me parece que satisface una necesidad en la sociedad
hu mana. Esta es la Orden de los Cartujos35 . Bajo las reglas de esta orden
mu chos han podido continuar con una vida que, de otro 1nodo, hubiera
sido insoportable. Este es el único asilo de los verdadera1nence infelices,
de aq uellos que han la1nentado un acto fugaz, al que se vieron arrastra-
dos por el áni1110 juvenil o por las relaciones sociales, o un error, cuyas

)4
Esta palabra, seíialada anees con el sustantivo 1:iigc111ii111/id1kcit, apu11ta característi cas propias,
en este caso, del pueblo alemán. Por esto, y para no alterar en gran medida el origiml, nos
hemos decidido por el vocablo "autóctono" en su forma adjetiva.
35 L 1 primera cartuja fue construida en 1084 por San Bruno. San 1-Iugo de Grenoble cuvo una
visión en la que Dios le pedía tener un asemamiento en los terrenos salvajes de Chartreuse.
Para esto tendría siete estrellas que le mostrarían el camino. El arribo de Bruno y otras seis
compaiiías buscando llevar allí una vida hermética parecía ya providencia divin:1. Hasta hoy,
los cartujos toman un voto de silencio, comen muy modestarneme, visten harapos como
penit.encia y pasan largo tiempo del día en sus p:ezas leyendo, orando, escribiendo y haciendo
artesanías.Mu chos de estos conventos cerraron durante la Guerra de los treima aitos. En l 782
José II comenzó a abolir los conventos por toda Austria (que en ese emonces incluía parte de
lo que ahora es Alemania). En vista de factores económicos, los monjes y las monjas fueron
considerados como componences inservibles para la sociedad.Y lo mismo ocurrió dur;mte
la Revolución francesa. La caracterización que Schelling hace de los conventos pudo haber
estado influenciada por la opinión que se tenía en ese tiempo, tanto al consider.1r el papel
social de los conventos, como al disminuir b propaganda contra las vejaciones de las que
los religiosos eran objeto en esas regiones de Europa. Ehrhardt scriala que el 27 de abril de
1803 s<: aprobaron nuevas leyes que conducí:u: al debate sobre el aumento de la influencia
protestante, y que a esos hechos podría referirse Schelling en estos pasajes.

84
consecuencias so n horrorosas e irreparables. El mundo y su agitación, que
atrapa a todos aq udlos que no se libren a sí mismos de él, y la participa-
ción misma alJi dentro, que despierta sus destinos, quiebra sus ánünos; la
vida misma les sería una hmnillación si no recibieran aquí una tierra de
quietud y clandestinidad, parecida a aquella a la que van1os después de la
1nuerte, donde el dolor por lo irren1ediable se diluye en la nostalgia y en
un reconocinuento general l26] de que esta vida es para aquel que logra
superar que no hay nada más que sea digno de deseo y que la suerte de
los seres hu1nanos mortales es ante todo trágica. En 11Ínguna parte he
hecho aniistades más interesantes que en los conventos de los Cartujos ,
especialmente en el de Francia; en ninguna parte he aprendido a con1-
prender n1ás interna1nente la vida humana y sus diversas con1plejidades.
Qué refugio le queda, aparte de la tumba, al infeliz que ha perdido su
felicidad de vivir por una culpa que no es suya, si ninguna otra rnás que
esta caritativa sociedad, que bajo la apariencia de la 1nás extrerna dureza
protege el ideal rnás humanitario, le abre los brazos, donde la vida fluye
corno aten1poral, y la tranquila existencia de las plantas, que es en la única
que toman parte activa sus nüe111bros, les rnuestra una inlagen perdurable
de serenidad y retiro. Incluso para mi arte he aprendido n1ucho de los
m.iembros de esta Orden, los que a través de largas conten1placiones, en
especial de las plantas, han entendido las ason1brosas relaciones de estas
con los ho111bres.
Eso es cierto, dije, yo a menudo tne adniiro de cuánto logra usted
con cosas que parecen inútiles e insignificantes, que no parecen estar
en relación alguna con la gravedad de la situación - Y que exactainente
por lo n1isn10, agregó, no hubiera podido utilizar en una gran ciudad,
donde las personas están en grado smno fanuliarizadas con los 1nedios
n1ás peligrosos y no tienen fe alguna en aquellas cosas sitnples.
¿Por eso, entonces, habrían can1biado la residencia en una tierra
pequeña por una en una gran ciudad?, dijo Clara.
No solo por eso, respondió él. El naturalista pertenece al carnpo.Yo
he aprendido n1ás de fisica del agricultor que de los acadénucos en los
auditorios. La observación sigue siendo lo 1nás irnportante. Cuánto para
observar da un largo día de verano, cuyo fin uno piensa que no podrá
ver nunca, que se vive al aire libre desde ten1prano en la mañana hasta
el c01npleto silencio de la noche. Así he hecho observaciones sobre los

85
efectos más comunes de la naturaleza, sobre la luz, e l sonido, e l rol del
agua sobre b tierra y en las nubes, sobre el ir y ven ir de las fuerzas de
la naturaleza, sobre la vida de los animales, pero en especial (27) sobre
las plantas, observaciones que ningún acadé1nico me podría haber co-
1nu1ucado. Quien no ve constanten1ente a la naturaleza con10 un todo,
no aprende :1 e ntender su lenguaje en detalle, no sabe hasta qué grado
es cierto que el cuerpo humano tiene una naturaleza pequeña que está
dentro de una gra n naturaleza, y que tiene de manera increíble muchos
parecidos y vínculos con elb, en los que no pensaría ningún ser hmnano
si la observación y la aplicación no nos los hubieran enseñado.
A n1enudo, dijo aquí Clara, me horrorizan estos vínculos y el pen-
sanüento de que todo tiene relación con el ser humano. En efecto, si un
poder distinto no conservara el equilibrio con este horror de la naturaleza,
m e desvanecería pe nsando e n esta noche eterna y en la huida de la luz;
en este ser sie,npre luc hador, pero nunca existente. Solo el pensamiento
de Dios torna todo luminoso y apacible en nuestro interior.
En ese mismo instante las luces de una casa cercana, no muy lejos de
su hogar, brillaron dentro del coche, que se detuvo unos pocos minutos
después.Te resa se b;tjó con Clara, y los demás toman1os cada uno nuestro
cain1110 a casa.

86
II
[PASEO DE OTOÑO]

Desde su regreso habíamos notado e n nuestra a1niga un vivo y casi


ina1novible deseo de hablar sobre los elem entos del otro mundo. Los
sucesos del tie1npo, que dejaban entrever un futuro incluso m.ás oscuro,
unidos con el particular dolor que la afectaba, habían quitado ele esta
bella alma el tranquilo sosiego que conocirnos antes en ella. El dolor
por lo pasado se transfonnó e n un anhelo inexpresable por lo futuro. Al
núsmo tiempo, había algo violento en su esfuerzo por ir 111ás allá de la
naturaleza y de lo real. Ideas acerca de las fuerzas ocultas de la naturaleza,
que ya tempranamente había desarrollado en la casa paterna, y luego en la
relación con Albert -al que su apasionado amor por ciertas operaciones
naturales lo había unido con el doctor y, como sien1pre supuse, hace ya
bastante tiempo- pudieron haberla llenado con el scntinúe nto de algo
inexpresablemcnte horrible (28) en la naturaleza, al que pronto se sinti ó
atraída con un deseo terrorífico, pero pronto t:1mbién repelida. Ninguno
de nosotros dos podía ocultar lo grave de esta situación y acordan10s que
al día siguiente le daríamos un sentido rnás :1111:1ble a sus pensanúentos
en tanto fuera posible, sin ponerse brusca111ente en el carnino de su in-
clinación actual.
A menudo, dije en un punto, no tratarnos con suficiente indiferencia
el conocimiento como para que exista algún concepto en nosotros que
no nos afecte, que no tenga alguna consecuencia sobre nuestra vida. Para
cuántos un conociiniento que es contradicho por su condición n1oral se
transfonna en un veneno que los pone furiosos o que los hace explotar
horrorosa1nente por medio de una desagradable excitación de la masa
de lo itnpuro que reside en ellos. Como muchos otros he visco a algu-
nos marchitarse en la tendencia a u11 cierto conocüniento para el que
no estaban todavía preparados. Q uió s cada n:1turaleza exige su propio
discerninúcnto te111plado, donde ella pued:1 encontrarse a gusto y a solas.
Creo, dijo el doctor, que nu cstr:1 :1m ig:1 está atrapada en un proceso
tal que solo hay que soportar bu enam e11tc la crisis y Jlevarla a un destino

87
sano. Lo que ha sucedido k ha cbdo un d uro golpe a las ideas q ue tenía
hasta ahora; algo ha sido inconscientemente despertado e n lo que e n ella
duerme; su concepción actual ya no es suficiente para su áni1no, que ha
sido movido en Jo m:ís profundo; no descansará hasta que haya creado
para sí núsma un mundo nuevo, que sea acorde con la grandeza de sus
sensaciones. Aquí nada se detiene arbitrariamente, y se to ma com o propia
garan tía el vigor de su naturaleza.
Así es como nos imag inamos su condición. Una prueba de una
ocupación ccn1prana con d pensa1niento de la muerte y de lo futuro,
pero al núsmo tien1po también de un tr;i nguilo sosiego y de una alegría
serena en cuanto al mismo, se encue ntra luego de su m ue rte e ntre sus
papeles, una hoja escrita con la mano tier na de una muchacha joven,
la1ne ntablemente solo un frag1ne nco, que decía así:
(Espacio vacío C/1 el 111a1111scrito de Sc/,c//i11gr\(•
[29) N o había nada más.Tan pro nto llegamos al otro dí:l, un beU o día
de verano tardío, a buscarla para dar un paseo, insistió en q ue tomáramos
un ca nuno que llevaba a una espec ie de angosto valle entre dos colinas
hasta un punto donde había dos senderos separados, uno que llevaba
hacia esa cima, el otro hacia aquella.
C uando est.1bamos ya e n el camino, dijo:
Aquí, en este triste vaUeciUo, n1e siento mejor. E l otoño no le ha
podido robar mucho. M antiene la calidez del sol e incluso nos podría
hacer creer q ue todavía está e n su buen tiempo. Aquí e l perfumado
tomillo, que intensifica la me moria, todavía se abre paso; en la pradera
se mecen hace tiempo las siemprevivas fdie Zcitlosc] y bosqueja n con su
azul débil el pálido color del recuerdo, donde tocio finalmente se pierde.
Debe ser una planta venenosa. Este es en tocias partes el final , y lo que la
naturaleza tenía al principio se debe mostrar ciertam ente con Jo último.
Elb parece tener un voraz veneno escondido e n sí mis1na; pero,¿po r qué
no comparte con sus hijos q ue ellos tambié n serán devorados po r é l?

.i. Georg \V:úrz (187 1, 382) sugie re que las :111otJCioncs que hizo Carolinc a Gerlc11/.:c 1111 rlm
·1od! (¡Pic11sa r,, la 11111cr1c!) debían ocupar este espacio. Scgíin co1111:nta Ehrh:mlt (2004), el
texto de Caroline cst:í lleno de memorias de 1111 prado. cal7.nado así perfectamente con la
dl·~cripción de las Aores y de aquel color de reme m branza que s1gt1e ahor:i en el tl"Xto.

88
Su qucj:i me p:ircce injusta, dijo en este pun to el doctor. Según su
opinión, usted sufre de un veneno oc ulto, que con gusto quisiera vencer
o expulsar, pero no puede. ¿No Uora ella con nosotros? Nosotros nos
pode1110s quejar, pero eUa sufre calladamente y solo puede hablar con
nosotros a través de signos y señas. Qué quieta nostalgia hay en ciertas
flores, en el rocío de la mañana, en la palidez de los colores al atardecer.
En pocos fenó1nenos se muestra terrible, y lo hace solo de fonna pasajera.
Pronto todo vuelve a los línütes usuales, y en su vida cotidiana aparece
sien1pre como una fuerza abatida, que nos tranquiliza con las cosas bellas
que produce en situaciones con10 esta.
Es cierto, dijo ella; no sé, por eje111plo, por qué 1ne parece que hubie-
ra un dulce dolor en el olor de ciertas A.ores, de tal for ma que siempre
debo Uegar a la conclusión de que el nlÍsmo dolor en la flo r es la c:w s:i
de su aro1na 37 • [30]
A nú también n1e parece, dije, que todo el ser IWesc11 I ck b n:1turalczn
atestigua que ella no está sometida voluntaria1ncntc a esta situ:1ci611 y que
anhela ser redimida por la transitoriedad. Precisa mente esto de que n:tcb
dure, esta necesidad interna que al final destruye todo, y que solo es más
espantosa nlientras más quieta es, precisan1ente esta es lo que aterroriza
de la naturaleza. ¿De dónde esta fuerza unjversal [al~emeille], internuna-
ble de la 1nuerte? Los filósofos bien pueden decir: no hay 1nuerte, nada
desaparece [ve,gehtl e n sí; presuponen aquí una explicación arbitraria de
la muerte y del desaparecer [das Vergehen]. Por lo nu sn10, sin embargo,
se mantiene lo q ue nosotros, los denlás seres humanos, lla111amos de esa
forma , y se deja asir muy poco con palabras como para ser explicado de
esta manera.
Esta ta1nbién es sien1pre, dijo el doctor, una mala ayuda. Pero esta te-
rrible realidad de la muerte no le da derecho de 1lingún modo al hombre
de culpar por ello a la naturaleza, ¡que antes se culpe a sí nlÍsmo!
¡Qué idea! , dijo C lara en este pu nto.

37
La idea de nostalgia e n b 1uturaleza se aborda también en escritos anreriores de Schell in g,
pero sit:mprc de forma fogaz. fata nostalgia ;t:ría resultado de la imperfección de la naturaleza,
que al igual que Dios, est:í some tida al deve nir de l:t vida, pero que no tiene la posibilidad
ele absoluta superación (Cf. Schelling, 1989; 1957).

89
Una idea, respondió é l, que espero h:iccr ilustrativ:i para usted si 111e
contesta algunas preguntas.
Con gusto, contestó ella.
Entonces, preguntó él, ¿qué entiende usted por el concepto misn10
de naturaleza? ¿Sin duda una fuerza esencialmente creadora?
En efecto, dijo ella.
¿Una fuerza, por tanto, que según su esencia solo crea?
Por supuesto, respondió ella .
¿Que no puede por sí nús1n a destruir?
¿Por qué no?, increpó ella. P ues parece que la misrn.a fuerza que crea
es tambié n la que destruye.
Yo pregunté, respondió él, si aquella fuerza alguna vez podía por sí
núsma destruir, y eso lo considero imposible. M ejor dicho, ella saciará
sin cesar, e n tanto sea libre e independiente, el deleite puro de crear. Sin
e1nbargo, si se encontrara ella con un material renuente, que se dejara
fonnar solo hasta un punto determinado y que, por lo mismo, linútara su
deseo creador, entonces ella [31] lo abandonaría o lo destruiría de 111anera
completamente intencional, solo para disfrutar sin cesar del deleite de
crear, incluso si supiera que se volvería a encontrar en el mismo punto
con él e n una creación nueva.
Se puede pe nsa r así, dijo ella.
Po r tanto, preguntó seguida1nente él, ¿por causa de qu é la fu erza
creadora se vuelve destructora? ¿Y no es por eso que el motivo de la
destrucción no radicaría en elJa nús1na, en b fuerza creadora, sino en
algo ajeno, en algo que ha llegado a ella, en una inhibición o limitación?
Por supuesto, respondió ella.
Por tanto, la naturaleza en sí, dijo él, ¿no sería culpable de la des-
trucción?
Así parece cicrta1nente, dijo ella.
Ahora, dijo él, ¿podría ser D ios por sí mismo y según su nacuralcza
el creador de la muerte? ¿Y no vale para É l en un sentido mucho más
alto que para la naturaleza que su deleite esté en crear, no en aniquilar,
en fo rmar, no e n destruir?
Innegable, dijo eJJa.
Sin embargo, ade111ás de Dios y de la naturaleza, ¿qué queda ?, pre-
g untó él.

90
Veo bien dónde quiere llegar, dijo ella; a aquello que está entre Dios
y la n:ituraleza, d ser humano. No obstante, usted sabe que tales infc-
rencíns nunca n1e sntisfacen. N o le puedo dar sentido a nada que no vea
desarrollarse o llegar a existir aquí, frente a mis ojos.
Bien, dijo él, deseo continuar, entonces, de forma narrativa, después
de haber hecho aún dos preguntas. ¿Oponemos n la naturaleza el mu11do
de los espíritus?
Ella estuvo de acuerdo.
¿Y podemos considerar al ser humano con10 el punto de inflexión
entre ambos mundos?
En este punto ella tan1bié11 estuvo de acuerdo 3i; .
¿No debería mos presupone r, e:1tonces, continuó é l, que es una dis-
posición divina que esta naturaleza se eleve primero hasta el ser humano,
para encontrar en él el punto de unión de ambos mundos, y que luego
se desarrolle un tránsito inmediato [321 de uno hacia otro, donde co n-
tinúe creciendo sin interrupción la expansión del numdo exterior en
el n1undo interior o del espíritu? Pu es ya se da ciertamente un tránsito,
donde cruza hacia el numdo de los espíritus todo, o por lo menos el ser
hmnano, cuando ,nuere. Pero este tránsito se da solo mediarnmente, a
través de l:i ,nuerte y a trav6s de una separación total de la naturaleza, de
manera que ni esta vida ni aquella se pueden llamar una vida cornpleta,
sino que cada una es solo un lado de b vida completa o unitaria. En
ese caso ya no habría muerte, según mi opinión. El ser humano habría
vivido una vida al núsmo tie1npo espiritual y corporal; la naturaleza toda
se habría elevado en y con él hast:1 el c iclo o hasta la vida imperecedera
y eterna. Dios no querÍ:l un lazo mu e rto o necesario, sino uno libre y
vivaz e ntre ambos (entre el mundo cxlcrior y el mundo interior), y la
palabra de esta unión la Uevaba e l ~cr lwmano en su corazón y en sus
labios. La elevación de la naturaleza, por lo t:llltO, dependía de la libertad
del ser humano39. Dependía de que o lvid:1r:1 lo que estaba detrás de él

38 En 1111 diálogo an terior. /Jrr111,,, cspccílic.1111l'lll1' 11 11 111 ru ph11lu Ji/ 1111ivcrso visible, Schelling
postul:t que el ser humano sería b expn:,iú11 111~~1111.1 dt• 1,t 1111ltl.1tl de lo idc:11 y lo real (Cf.
Schelling 1957).
lh Es1.a 111edfora de l:t pal:tbra como 1m111fc ,1.111(111 tl1•I 1•1pl1 ll11 11iv1110 que se expresa con d
ho mbre en m ~yor grado. se er1cuc11tr:1 t.1111lH( 11 11 11 1•1 /1,11,11/11 di' l11 /1111·,1,11/:'"Pucs el espírít11
0

eterno es el qui! expresa b unídad o l:t p.il,1h1 .1 (11• ti) 1•~ p11•• 11li1, 1<ilo r(·~itle e11 b unid1d de

91
y que to1nara lo que estaba frente a él. Sin e,nbargo, el hombre quería
(cón10 ha ocurrido esto y por qué Dios lo permitió, no lo cuestionó
aquí), exigía y anhelaba volver a este n1undo exterior, y por eso perdió
el celestial, deteniendo no solo su propio progreso, sino ta1nbién el de
toda la naturaleza. Quien haya visto alguna vez con sus propios ojos qué
consecuencias tiene sobre el cuerpo humano un desarrollo estancado, por
el que cla1na con ín1petu la naturaleza; cón10 la crisis de una enfenne-
dad que se ha vuelto fatal, estancada por un torpe trata1niento o por un
debilitarniento ya existente, provoca de fonna imnediata el hundinüento
de las fuerzas en una debilidad 1nortal e indefectible1nente en la 1nuerte:
aquel se formará un concepto aproxin1ado de los efectos destructores
que debe tener sobre toda la naturaleza el atascamjento de su evolución
provocado súbitan1ente por el ser hun1ano. Las fuerzas, que se generaron
plena y poderosa1nente, para elevarse hacia un n1undo n1ás alto y alcanzar
su punto de transfiguración, retornaron al n1m1do presente y asfixiaron
el in1pulso interior de vida que todavía actúa con10 un fuego enclavado,
[33] pero que se ha vuelto un fuego de dolor y te1nor que busca en
todas djrccciones su salida, pues la elevación real ya no es posible. Cada
escalón que lJeva hacia arriba es agradabl.e, pero el mjsrno, yendo en caí-
da, es terrible. ¿No denuncia todo a una vida que se ha hundido? ¿Estas
montatias han crecido tal con10 están aquí? ¿El suelo que nos sostiene
se ha orig inado por elevación o hundüniento? Aquí no opera un orden
fijo y constante, sino que una y otra vez irrumpe el azar en la aprerniada
regularidad del desarrollo. O quién creerá que las aguas que actúan en
todas partes de fonna evidente han desgarrado estos valles y han dejado
atrás tantas criaturas acuáticas en nuestras n1ontañas según una ley interna;
quién supondrá que una 1nano divina ha puesto grandes rocas sobre el
barro resbaladizo para que se deslicen hacia abajo y sepulten en terribles
ruinas tanto a los apacibles valles sembrados con viviendas hun1anas,
corno a los alegres caminantes en medio del camino40 . Oh,las verdaderas
ruinas no son aquellos escon1bros de la antiquísiina gloria humana, por

luz y oscuridad (vocales y consonantes) (... ] Por lo tanto, la palabra incompleta y rete1úda
aún en todas las demás cosas, sólo se expresa íntegramente en el hombre" (Schelling 1989,
179).
"° Schelling puede estar pensando en el deslizamiento de tierra ocurrido en Rossberg, Suiza, en
1806. Esta desgracia cobró la vida de 457 personas y cubrió el pueblo de Goldau. En 1812,

92
las que e l curioso visita los d esierto s ¡.> (:rsns o ind ios; to d o el patrin1onio
es una g ran ruina , donde los anin rn lcs li abi tn n co ,no fantas111as, los seres
h u111anos con10 espíritus, y donde fu e rzas ocultas y tesoros se conservan
co1110 por un poder invisible y como por el hechizo de un mago. ¿Y
quería1110s culpar a estas fu erzas contenidas y no pensar más bien en
expulsarlas prin1ero de nosotros n1is111os? Ciertatnente, el ser human o
no está 111enos hechizado y transfonnado en su propio sentido. Por eso
el cielo enviaba de tien1po en tie1npo seres [ 14'ésen] más altos, que debían
deshacer el hechizo en su interior con n1aravillosos cantos y encantos,
y debían reabrirle a este la visea hacia el m.undo n1ás alto. Sin e111bargo,
la n1ayoría está co1npleta1nente confundida por la apariencia exter ior y
piensa que en ella puede encontrarlo. Co1no los granjeros rondan en torno
a un castillo viejo, destruido o hechizado cou sus varillas de zahorí en la
mano, o ilunlÍnan con sus lan1paritas las cán1aras sepultadas bajo tierra, o
van incluso con palancas y golpetes en la esperanza de encontrar oro u
o tra cosa valiosa 41 : de esa fonna ronda el ser hu1nano en la naturaleza y
entra en algunas [34] de sus cámaras ocultas y llan1a a eso "investigación
natural"; pero los tesoros no solo están cubiertos por escornbros, están
atrapados en las ruinas y las piedras por un hechizo que solo otro encanto
puede destruir¡¡_
Escuchando este discurso llega1nos al punto donde ternunaba el
camino. Clara parecía cansada, y se sentó en un banco d e piedra en el
suelo que había hecho un hábil albañil con unas rocas cercanas. Hasta
aquí el sol nos había dado en la espalda, pero cuando nos ditnos la vuelta,
estaba ya a un costado de la boca del peque110 valle, por lo que un lado
se enso1nbreció y la intensa ilununación del otro realzó la n1aravillosa
impresión de las irregulares n1asas de piedra, de las que surgía un niatorral

Schelling comenzó a anotar noticias sobre tenómenos nanirales en su diario, tales como el
terremoto en Roma, fechado el 21 de marzo, y la nieve caída en Venecia el 10 de abril.
◄J En De Re Mctnllica (1986), Agrícola menciona que algunos mineros usaban cañas para en-
co ntrar minerales o tesoros enterrados; la radiestesia también es mencionada por Paracelso.
Shepard hace notar qu e las barras adivinadoras se usaban muy comúnmente en las montañas
de Hartz y en Sajonia. Schelling, según se sabe, estaba muy interesado por los experimentos
de R.itter sobre el zahorí Campctti, llevado a c:ibo entre 1807 y 1808; de esta forma, se colige
que fue contemporáneo del uso de estos métodos para encontrar tesoros.
ü Nota marginal de Schelling: Allí hay un mundo sepultado, totalmente distinto al que ima-
ginamos. Odisea del espíritu.

93
muy denso con rojas y leonadas hojas o toi1ales. El vaivén del aire 1necía
aquí y allá una hoja marchita de los n1anzanos que estaban detrás del
banco y que se extendían por toda la ernpinada colina con10 un bosque,
y la dejó suave1nente en el regazo o en el cabello de Clara. Ella pareció
no darse cuenta; en este punto recordé de qué manera tan distinta se
sentaba ella la primavera del pasado aüo bajo estos árboles que la cubrían
con sus flores.
Entre tanto, el doctor, que había subido por el linde para sacar al-
gunas bayas que ya tenían cierta dulzura por las heladas y la escarcha de
las noches de otoño, volvió con nosotros. Clara se dio vuelta hacia él y
le dijo: Usted me ha dado la explicación [ Licht] gue quería.Yo presentía
hace tie1npo que existía una relación 1nágica del ser humano con la
naturaleza. Por eso los ojos de todas las criaturas apun can hacia él, pues
todo está detenninado [herechnet] en él. Todo parece recrirninarle con
callados suspiros, o lanzarse sobre él corno si fu e ra el enenúgo c01nún.
Con razón todas las flechas de la naturaleza están dirigidas hacia él. Con
razón lo ataca el norte frío y destructor aquí, mientras allá se levanta desde
el desierto un viento ponzoñoso que le consun1e sus fuerzas vitales. Con
razón sus viviendas se derrmnban sobre él cuando la tierra tiembla, mo-
vida por [35) la fuerza del fuego atrapado en ella; con razón la naciente
tormenta de fuego devasta con una fu erza salvaje los fatigosos trabajos de
su esfuerzo. La fuerza que estaba presta para ser desarrollada en el aniinal
se transforn1ó, reherida hacia el interior, en cólera ardiente o en veneno,
y con razón se vuelve contra el ser hunnno ante todo.
Considere, sin e1nbargo, dijo el doctor, interrurnpiéndola, las muchas
fuerzas bondadosas y beneficiosas de la naturaleza. No ha olvidado aún
que a través del ser humano ella debería ser nueva1nente levantada y li-
berada, 1ú que aún radica en é.1 el talistnán por el que será redinúda . Por
eso retribuye al ser hmnano cuando este siernbra se1nillas en la tierra y
cuando vuelve 1nanso y hfünedo el suelo salvaje y seco, pagándole con
exuberante abundancia. Su sentünienco esencial para con el ser hutnano
1ne parece ser a1nigable y a menudo con1pasivo -
Y aun así, irru1npió ella, pasa por alto de 1nanera insensible escenas
de 1niseria y desesperación. Allí está la pobre criatura con una fiebre fati-
gante, anhelando el refresco y la ayuda gue le podría traer una brisa fría;
pero despiadada1nente el sol produce sus rayos más fuertes, y concentra

94
el aire y la tierra en un sofocante calor. AIJá un desterrado deja su hogar,
donde lo JJoran clcst:sperada1nente su n1ujer y sus hijos; el cielo le manda
lluvias y tonnentas, y los granizos golpean la cabeza desnuda del forajido.
El infeliz, dijo el doctor, interrmnpiéndola una vez n1ás, estará n1ás
de acuerdo con la naturaleza en esos casos, que cuando ella lo con1place
con aire fresco y bellos atardeceres. Con todo, se puede decepcionar
co1no aquel que cree que la naturaleza se burla de sus días de felicidad.
Pues ella, en su gran desarrollo dirigido a lo general, rara vez puede to-
n1ar parte en la suerte y en el destino de un individuo. Pero quizás los
grandes ca1nbios que han afectado a pueblos cornpletos no se podrían
haber originado sin una acción simultánea de toda la naturaleza. Todos
los libros de historia están Uenos de este tipo de relatos; cuántos signos
en el cielo, en el aire, en la cierra han presagiado (36] tie1npos fatídicos.
Todo nos habla y quiere hacérsenos entendible. Muchas cosas son fa-
vorables al ser hun1ano y tienen la evidente intención de anunciarle su
futuro cercano, sie111pre que él quiera escuchar. A favor de esto podría
citar n1uchas observaciones quizás increíbles.
Eso es tre111enda111ente cierto, dijo ella, todo aprenua ya sea hostil o
a1nigablen1ente al ser humano, todo lo busca solo a él y quiere apoderarse
de lo que es suyo. Por eso no se resiste al brillo encantador del oro, ni a
las tentaciones del inundo, ni a la atracción de la belleza terrenal. Nada
lo deja indiferente, todo lo n1ueve -
Porque él debería 111over todo, irnunpió el doctor, porgue no se hace
consciente de la fuerza que existe en su interior, con la que podría do1ni-
nar sobre todo y liberarse de todo. La desidia y el tedio son los enemigos
más grandes del ser hmnano y son consecuencia de aquella primera caída.
Quien no se posee a sí mis1no, pronto otra cosa se apoderará de él. Quien
no quiere avanzar, se hunde.Aun ahora el 1nal consiste en un desarrollo
retrógrado de la naturaleza hmnana, que, en vez de querer elevarse en
su ser [ f#sen] propio, depende siempre de e intenta realizar aquello que
no debería ser 111ás que una condición de su actividad y solo una base
imnóvil e inactiva de su vida. ¿.D e dónde se origina la enfennedad sino
del tedio, sino de aquella fuerza individual de no querer avanzar con el
todo, de no querer extinguirse con el todo, sino de querer estar arbitra-
riamente apartado? Por eso deberíam.os trabajar contra esta condición
nlás que contra cualquier otra cosa que exista en nosotros. El ser hmnano

95
que siente no está perdido. A él Dios lo ayuda activa1nentc y le perdona
n1ucho. Es increíble cuánto hay en sí y para sí en el ser activo.
Conozco aquella fuerza del interior, dijo Clara, que levantándose
retrocede, y me he dado cuenta que nos puede elevar por sobre todo lo
exterior; pero también sé, 1nuchas veces incluso antes de que se equivo-
que, en qué contradicción con el mundo exterior se ve envuelto el ser
interior 1nás desarrollado.
Incluso eso, dijo el doctor, es una consecuencia necesaria de aquel
primer [37] hundimiento. Una vez que este n1Undo ha sido determinado
como un inundo exterior, todo lo alto y divino se puede elevar desde
él, como la flor se eleva desde la tierra; sin embargo, hay algo ajeno a él,
de lo que el n1undo no es 1nás que recipiente, sin que lo pu eda asimilar
en sí mis,no. La ley reinante se preocupa soJo de la conservación de este
sustrato; codo lo de1nás es y debe ser contingente para ella.
Y por sobre todo, dijo ella, le es contingente el ser humano. La
necesidad más sagrada de nu interior no es ley para la naturaleza. En la
naturaleza incluso la necesidad divina toma el color y la apariencia de
la contingencia, y aquello que al principio era contingente actúa, una
vez presente, con el incontrarrestable poder de una necesidad terrible.
¡Si :il menos fuera posible mantener libre de esa contradicción a nuestro
interior! Sin en1bargo, esta contradicción 1nanifiesta en este punto su
poder más grande. Nos obliga a desconfiar del sentin1.iento n1ás tierno
de nuestro corazón. Somos seres [ !,¼sen] que no aman sin ser castigados;
y, en contraste, la ley de nuestro interior bien nos puede exigir acciones
que todo corazón humano sensible debería abominar. Veo suficiente
en las cosas más sitnplcs, elementales e irrefutables para cornprobar 111i
sensación de que cosas terribles no solo ocurren y ocurrirán, sino que
deben ocurrir.
Ciertamente, es nuestro deber, dijo el doctor, reconocer esto. No sirve
de nada desviar la mirada ni cerrar los ojos para no ver esca situación.
Como humanos podríamos lamentar el ocaso de las cosas n1ás bellas y
n1ás atnables en el mundo; pero, al nusmo tie1npo, deberían10s conte1nplar
cada uno de estos casos con una suerte de callada alegría, porque ellos
contienen una confirmación de la idea que tenen1os que hacernos de este
inundo y contienen tatnbién la seiial más inn1ediata de otro inundo, de
uno más alto. C uánto n1ás feliz sería la mayoría, cuánto más se acabar ía

96
con el vano anhelo, cunnto más fá cil de llevar y de abandonar se haría la
vida, si todos tuvieran continuamente presente q ue aquí todo lo divino
no es n1ás que apariencia, no es realidad; que ni lo espiritual es libre, sino
que actúa solo bajo ciertas condiciones; que aquí y allá hay flores y frutos,
pero no troncos ni raíces. [38]
Pero si la mayoría o quizás todos dicen eso, dijo Clara.
Seguramente lo dicen, replicó él , pero piensan que la situación podría
ser distinta y culpan al hombre, y basados en esto lo quieren separar de toda
relación con la naturaleza . Por esta razón se confunden en sus sisten1as y
en sus opiniones, tanto corno en sus doctrinas morales. Conúenzan con
lo 1nás universal y lo más espiritual, y por eso no pueden bajar nunca
a lo nlás específico y a la realidad. Se avergüenzan de cOJnenzar desde
la tierra, de subir por las criaturas con10 si escas fueran peldaños en una
escalera y de derivar sus ideas 1netafisicas (iibersin11/ichen] de la tierra, el
fuego, el agua y el aire; por eso no consiguen nada, y sus redes de ideas
[Geda,1kc11gewebe] son plantas sin raíces, no se aferran a nada, como las
telarafias [Spinnengewebe] tejidas en arbustos o e n muros, sino que flotan
en el aire y en el cielo, con10 estos delicados hilos que pasan fre nte a
nosotros.Y, a pesar de todo, creen firmemente que pueden socorrer con
sus ideas a toda una época, la que no obstante sufre porque, núentras una
de sus partes se hunde completamente en el barro, la otra se ha elevado
tanto que ya no puede ver el suelo bajo sus pies. Si queren1os tener todo
lo espiritual aquí en este mundo, ¿qué nos queda para un inundo futuro?
Y me parece que los seres hu ,nanos de antafio han tenido una idea com-
pletan1ente distinta y mucho más definida de la otra vida a la que han
tenido aquellos que en la tierra se aferraban con huesos duros y fuertes
a esta vida. Solo puede considerar correctan1ente lo espiritual quien ha
identificado su opuesto; tal co1110 solo se puede llamar libre a aquel que
conoce lo necesario y las condiciones bajo las que tiene que actuar. El ser
hun1ano debe desarrollarse antes de alcanzar la libertad; incluso la libertad
misn1a se alza [erheben] en este inundo desde la oscuridad de la necesidad,
y solo irrumpe en su últin1a aparición con10 inexplicable, divina, co1no
un relámpago de la eternidad que disipa las tinieblas de este inundo, pero
que en su acc ión es imnediata1nente devorado por sí núsmo.
A menudo he pensado, dijo Clara, que la consideración de la liber-
tad -no de la que es llamada libertad, sino de la verdadera, [39] de la

97
libertad real- sería insoportable para los hon1bres, incluso para los que
hablan constante1nente de ella y que mucho la aprecian. Se cornplacen
con agrado de detenninar sus acciones según razones e incluso princi-
pios, y se pintan esta servidun1bre de sus corazones con10 libertad. Pues
yo no sé si me equivoco, pero este tipo de libertad 111e parece ser de
entre todas al rnenos la tnás inferior. Una a111iga núa solía decir: El cielo
es la libertad; pero si la libertad es el cielo, entonces debe ser iliniitada,
absoluta y divina libertad.
Yo opino exacta1nente lo mismo, dijo el doctor. La rnayoría de los
seres hmnanos le ten1e a la libertad, tanto coino le teme a la rnagia, a lo
inexplicable y por sobre todo al inundo de los espíritus. La libertad es la
verdadera y real aparición del espíritu; por eso la aparición de la libertad
provoca que el ser hmnano se rinda ante ella; el inundo se somete a ella .
Sin e1nbargo, tan pocos saben cómo tratar con este delicado secreto, que
ve1nos que aquellos a los que se les concede la capacidad de poder usar
este derecho divino se transforman en energúmenos, y poseídos por la
locura del capricho buscan de1nostrar la libertad en acciones que carecen
de todo sello de necesidad interna, y que por lo n1Ísn10 son en grado
su1no contingentes. La necesidad es el ser interior de la libertad; así, no se
puede encontrar un fundan1ento para una acción verdadera1nente libre;
ella es así porque así es, sin1plen1ente es así, es absoluta y, por lo 1nis1110,
necesaria. Pero una libertad de este tipo no es de este mqndo. Por eso
aquellos que tratan con el inundo rara vez o nunca pueden ejercerla. De-
ben, en ca1nbio, rendirse al arte; pues en el firrne donú 11Ío de Jo exterior,
lo tnás interior debe -y ciertan1ente nuentras n1ás interior sea, tanto 1nás
deberá ton1ar la apariencia de lo exterior- fingir servir a lo exterior para
que sea tolerado. Así parece haberlo querido Dios, de 111odo que todo
aparezca en prirnera instancia tan exterior co1no sea posible, y la vida
interior se 111anifieste solo a través de la lucha n1ás dura y de la resistencia
1nás poderosa. Mientras n1ás conozcan1os las lin1itaciones de este inun-
do, tanto 1nás sagrada será para nosotros cada aparición gue dé él de un
mundo más alto y n1ejor. No lo (40] exigiremos i1npetuosa1nente, pero
donde se dé naturalmente, donde encontre1nos un corazón que tenga el
cielo dentro de sí o un alma que sea un tranquilo templo de revelación
celestial o una acción o una obra donde lo exterior y lo interior se vean
reconciliados con10 por indulgencia divina, abrazaren1os tales cosas con

98
una fuerza apasio11:1cla, las tendremos por sagradas y las venerare1nos
con10 signos de un inundo donde lo exterior está tan subordinado a lo
interior, como aquí lo interior se rinde anee lo exterior.
Oh, déjenos, dijo Clara, volviéndose de nuevo hacia el sol gue ya casi
se hundía por co1npleto, déjenos tornar la rnirada hacia estas regiones;
pues en este 1110111ento está 1nás cerca de mí aquel elevado y sagrado
reino de los espíritus, que la naturaleza, el 111undo y la vida.
Can1inan10s en silencio a través de la puerca y la acon1pañamos por
la peque11a calle hacia la otra puerta, hasta llegar a su casa.

99
IU
[NOCl-IEBUENA]

Los días se volvieron rápida1nente hostiles y no dieron lugar a los largos


paseos.
Observé a nuestra amiga y n1c di cuenta que siempre se ocupaba
con el 111ismo objeto.
La maravillosa profundidad de su sensibilidad, que bien pudo afectar
su forma de pensar, se reveló en algunas conversaciones: lo que le faltaba,
no obstante, era la capacidad de desarrollar sus pensamientos para hacer-
los comprensibles. Conozco el beneficioso efecto que tiene en nosotros
una conexión de pensamientos correctamente ordenada; el aln1a se
alegra cuando puede distinguir con10 en un espejo algo que ha recibido
internamente a través de una inspiración o a través de alguna fonna de
pensamiento divino y que luego ha hecho entendible externarnente. Las
abnas profundas le te1nen a este proceso, pues les parece con10 si fueran a
salir de sí mismas. Quieren volver en todo momento a sus profundidades
y seguir disfrutando de la be ndición de estar en el punto n1edio.
Por de pronto, me dispuse a contrarrestar esta tendencia en nuestra
amiga, aprovechando la pritnera oportunidad que se diera para ello.
Estaba convencido de que [41] si nos decidíarnos a desarrollar nuestros
pensamientos para hacerlos comprensibles, hallarían1os en general todo
rnucho más magnifico y 1naravilloso que c uando creía1nos haberlo visto
en nuestra intuición.
Entretanto, elJa se me anticipó con su propia exigencia.
Fue en Nochebuena que invitó a 1nis hijos para alegrarlos con un
regalo sorpresa y reemplazar por ese día - si fuera posible hacer eso- a la
madre que habían perdido.
Toda esa carde hubo en su ser I l1Vcsc11] algo radiante y una especie
de indescriptible alegría que hace tiempo no habían1os visco en ella.
Después que pasó el prime r momento de júbilo de los niños y las mu-
chachas 1nás grandes se sentaron a :rn1bos fados con sus regalos, una con
los poemas que largamente había ck seado y la otra con modelos para

101
pintar, se replegó ella hacia el final del cuarto y, una vez qu e todos nos
habíarnos sentado, c01nenzó a decir:
Ver a estos niiios bien educados nos evoca a usted y a nú la ünagen de
su 1nadre, que ni siquiera pude conocer, y m.e entrega la 111ás plena certeza
de que ella está, de que ella vive, de que ella participa de nuestra alegría.
Para nú, es con10 si este día nos acercara a los que ya se han ido; pues,
¿no es que en otro tie111po este día unió otra vez la tierra con el cielo?
Cierta1nente, dije; por eso los ángeles tuvieron que celebrar aquel
nacirn.iento, y procla111ar gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra,
porque lo de arriba había vuelto a lo de abajo; la cadena que hace tie1npo
había sido cortada estaba unida de nuevo.
En n1on1entos con10 este, continuó, 1ni certeza no necesita ningún
funda1nento; veo todo corno si estuviera presente; para rní es como si
la vida del espíritu ya n1e rodeara, con10 si todavía deambulara en la
tier ra, pero co1no un ser [ Wesen.] c01npletamente distinto, llevado por
un delicado y suave ele1nento, sin necesidades, sin dolor, -¿por qu é no
podrc1nos retener estos 1non1entos?
Quiz;1s, contesté, este grado de interioridad no congenia con la li-
1nitación de la vida actual, cuya deterrninación parece ser que todo se
conozca y se explique poco a poco. [42] ¿Y no es cierto que cuando
usted se encuentra en un estado tal, su ser con1pleto le parece estar con10
unido en un punto focal y le parece ser una luz, una llarna?
Así es exactan1ente con10 rne siento, dijo.
Y cuando sale de ese estado, ¿se siente infeliz?
Al menos mucho menos feliz, dijo.
¿Y no puede, con tinué, in1pedir el hecho de salir de ese estado?
Dijo que ocurría en contra de su voluntad.
Entonces debe haber, dije, una necesidad en la alternancia de estos
estados, con10 en otras alternancias del mismo cipo. Aquella experiencia
en el punto medio, que nos desborda con un sentüniento del bienestar
más alto, parece no ser apropiada para la mediocridad de la vida presente;
debemos considerarla con10 un privilegio extraordinario, pero no por
eso despreciar el estado ordinario.
Pero, ¿con qué debemos llenar el vacío que hay en este en co1npa-
ración con aquel?

102
Con activicbd , respondí, o, nlás propiamente, asegurando para este
estado los bie nes de aquel estado más alto.
¿Y cón10 sería eso posible?, preguntó.
No es imposible, dije, que pongarnos parcialtnente ante nosotros
aquello que hemos conte1nplado direccan1ente en una fonna, por así
decirlo, indivisible; y así, desde un conocüniento que radica en cada una
de sus partes individuales, finalmente crear un todo que sea sinlilar a
aquel sentüniento que sentin1os de manera ocasional y del que podría-
1nos disfrutar cuando la bendición de aquella contemplación nos sea
arrebatada. Y este desarrollo del conocitniento, que lo eleva a ciencia,
n1e parece ser cierta1nentc la verdadera deternlinación espiritual del
hornbre para esta vida.
Sien1pre he sentido el respeto por la ciencia, dijo, que siente alguien
por algo que le está negado, pero de lo que ve n1agníficos resultados.
Pues usted rnis1no sabe [43] con qué confianza acudía siempre a usted
co1110 ho1nbre de ciencia, del que nunca rne podría faltar, co1no ya me he
convencido finne1nente, un consejo espiritual. Una cierta seguridad, una
fiabilidad y una constancia parecen poder existir solo con la ciencia. Pero
la respetaría el doble si tuviera el mágico poder de retener la bendición
de este estado conternplativo.
Pero yo no he dicho que pueda hacerlo, repliqué; el sentimiento que
entrega la ciencia es otro, n1ás tranquilo, n1ás unifonne, 1nás constante;
no obstante, lo que dije es que la ciencia le rnuestra al ahna aquel cono-
ciiniento que, a pesar de ser en grado sumo claro e indescriptible111ente
real, es ten1poral en la intuición espiritual, como si guardara un recu erdo
fiel y recién ahí lo hiciera nuestro en un sentido verdadero.
¿Y có1no, preguntó ella de nuevo, se produce esta retención?
Con conceptos claros, respondí, e n los que se desco1npone o separa lo
que se conoció de fonna indivisible, y a partir de la separación se vuelve
a transforrnar en una unidad.
Entonces, ¿debe ocurrir priinei:o un:i separación?, dijo ella.
Por supuesto, respondí; y vea usted por sí mis1na cuán necesaria nos es
esta separación para asegurarnos como un bien pern1anente aquello que
hernos conocido de manera inmediata. Pues sería ciertamente insensato
querer ayudar a la certeza inmediata de un a vida después de la rnuerte,
q ue tiene que asegurarse en sí mism:i , co n ¡m1cbas que solo generan una

103
con1prensión 111ediata. Pero, ¿no ha dicho usted que exige la i mnortalidad
del ser humano con1pleto?
Eso he dicho, respondió.
Cuán necesario es, por lo tanto, diferenciar parciahnente lo que perte-
nece al ser hu1nano co1npleto y, por así decirlo, ponerlo frente a nosotros,
de n1odo tal que sepa1nos lo que tene1nos que pensar con la expresión:
"ser hurnano completo". ¿Desco1nponga1nos, entonces, este asunto?
Estuvo de acuerdo.
Bien, dije, entonces, ¿cuenta para usted can1bién el cuerpo corno
parte del ser hun1ano con1pleto? [44]
Ciertan1ente, dijo.
¿Ade111ás del cuerpo, tatnbién el espíritu?
Por supuesto, replicó.
¿Y supone usted que el cuerpo es una sola cosa con el espíritu o que
este está separado de aquel, o que incluso se oponen?
Lo últin10, respondió.
Pero, ¿có1110 suponen1os que estos dos opuestos pueden llegar a
un irse en un todo?
Esto solo 1ne parece posible a través de una unión verdadera1nente
divina, respondió.
¿No debería1nos buscar una expresión para esta unión? ¿No debe-
ría estar presente en nosotros, en tanto cada uno de nosotros es un ser
h un1ano con1pleto?
Sin duda, dijo ella.
Por lo tanto, ¿nos debe ser conocida?
Naturahnente.
Y, en tanto lo que une, ¿no debe to1nar parte en la naturaleza de las
dos cosas que han sido unidas?
Así parece.
Entonces, ¿debe ser algo que n1edia entre el espír.i tu y el cuerpo?
Por supuesto.
¿Y no está tan brusca1nente opuesto al cuerpo con10 lo está el espíritu,
sino que es una esencia rITTsen] 1nás benévola que, por así decirlo, toca
el espíritu con su parte superior, pero con su parte inferior desciende
hasta el cuerpo y se da en la rnateria?
Esto tan1bién le pareció estar claro.

104
Ahora,¿c6ino .11:mrnremos a esta esencia que está presente en nosotros
y que según su naturaleza es ,nediadora y benévola?
ElJa creyó que no podía adivinar.
Increíble, dije, pues está tan cerca de nosotros. ¿No es cierto que
decünos de aquellos seres humanos con entendünientos excelentes que
tienen espíritu?
Por supuesto. 1.45]
¿Y quiénes son estos?
Aquellos, opinó ella, que esenciahnente se ocupan con los objetos
espirituales y que en ese respecto 1nuestran una gran fuerza.
Pero, continué, ¿es alguna vez aquel espíritu en y para sí, por el que
tene1nos gran a111or, aquel que se ha ganado la confianza de nuestro
corazón?
No 111e parece, dijo ella, porque 1nuy a ,nenudo el espíritu para sí
tiene algo en sí que más bien repele, a lo que no nos acercan1os confia-
damente, a pesar de reconocerlo con respeto.
¿Aquel no es, continué, lo humano en el ser humano, aquello a lo
que dan1os cabida en 111ayor 111edida en nuestro corazón?
Cierta1nente, dijo ella.
Por lo tanto, ¿el espíritu no sería lo propiainente hun1ano en el ser
hu1nano?
No me parece, dijo ella.
¿Qué sería, entonces?
Le confieso, dijo ella, que no veo a dónde quiere llegar con sus
preguntas.
R ecuerde que he1nos dicho que algunos seres humanos tienen es-
píritu en un aleo grado, así como podría1nos haber dicho de otros que
son, por el contrario, en un alto grado corporales. ¿No hay acaso una
tercera clase?
Absoluta111ente, dijo ella, ahora entiendo. D e otros seres hmnanos
decirnos gue tienen ahna.
Y esta es con propiedad la que amamos preenunenten1ente, la que
nos atrae hacia sí, por así decirlo, de una forma mágica, de manera gue
les dan1os inrnediata1nente toda nuestra confianza a los seres hu111anos
de los que decimos en este sentido gue tienen alma.
Así es, aseguró ella.

105
Por tanto, ¿el alma sería lo que es propian1ente huni.nn o en el ser
hurnano?
Cierta1nente, dijo ella.
¿Y, así, sería ta111bién aquella delicada y 1nediadora esencia [l,1/ese11l
entre el cuerpo y el espíritu?
EUa reconoció esto tan1bién .
Y, por lo tanto, ¿el ser hmnano sería propia111ente un todo compuesto
de estos tres ele111entos: cuerpo, espíritu y alma? [46J
Así es, dijo ella .
Sin etnbargo, continué, ¿có1no p odemos concebir la unión de estos
tres elementos en un todo?
Eso será ciertan1ente, dijo ella, dificil de responder.
Veremos, dije yo. AqueUo que de 111anera independiente un e dos
opuestos, ¿debería ser de una forn1a más a1ta que los o tros dos?
Así parece. .
Por Jo tanto, ¿el ahna es de un género [ Gesc/,/crht] distinto al espíritu
y al cuerpo?
Ella afir mó esto también.
Y, no obstante, dije yo, parece estar más abajo respecto al espíritu, en
tanto se encuentra, por así decirlo, más cerca del cuerpo que este.
A ella le pareció ser así.
¿Podemos decir e n suma, pregunté, que uno de los tres es única y
exclusiva1nente lo que une a los demás, y que no se vuelve cada uno
el medio de unión del otro? El espíritu se une con el c uerpo a través
del alma, pe ro tatnbién a través del alma el cuerpo es elevado de nu evo
al espíritu ; el alma está unida al espíritu solo en tanto existe al nusmo
tiempo un cuerpo, y con el c uerpo solo en tanto existe al nusmo tiempo
un espíritu ; pues si faltara alguno de los dos, ella no podría estar presente
como mudad, esto es, con10 alma. Así, el ser hu1nano completo representa
una forma de rotación viva: donde uno se extiende en el otro, donde
ninguno de los de más puede faltar, donde uno exige al otro.
Un maravilloso concepto, dijo ella , con el que debo estar también
de acuerdo.
Y con todo, de entre los tres, e.l alma tiene una ventaja.
¿Cuál?, preguntó ella.

106
Si el cuerpo, rcspoudí , estuvier:i puesto con1pleta y (mic::imente por sí
misn10, ¿serfa n<.: ccs:i rio, e ntonces, que el espíritu estuvier::i puesto con él?
P::irece q ue no, dijo ella, pues los dos son opuestos.
Y si estuviern puesto el espíritu de la misma forma, ¿sería necesario
el cuerpo? [471
Tampoco, dijo eUa.
Pero, si el alma estuviera puesta, ¿sería necesario, e ntonces, qu e estu-
vieran puestos el cuerpo y el espíritu también?
Así es, dijo clh.
Por lo tanto, el alma sería lo 111ás disti11g11ido entre los tres'", porque
ella sola encierra a los otros dos en sí nlisma; pero, ¿ninguno de estos dos
encierra en sí mismo ni a su opuesto ni al alma?
EIJa afirmó también esto.
Entonces, si estuvi éramos hablando de una pcrdurabilicbd del ser
humano c01npleto, dije, ¿no nos conformaríamos con la p erdur:ibilidad
del 111ero cuerpo?
Cierta1nente no, respondió ella.
¿Y con la perdurabilidad del 1nero espíritu?
Tampoco.
Pero, si alguien nos pudiera dar una certeza firme de la perdurabilidad
del al ma, ¿estaríamos conformes?
Así parece, al menos, respondió ella, que podríamos estarlo.
Yo, por mi parte, ciertamente lo est::irfa, dije, y le contestaría a ese
alguien más o menos de esta forma. Si a mis ve inte aúos una ::idivina
111e hubie ra dicho que iba a vivir todavía treinta años n1ás, no hubiera
entendido esto con10 si mi c ue rpo de ese entonces se fu era a mantener
igual, sabie ndo que de ntro de los veinte años de existencia 1naterial [A1a-
terie] que ya llevaba se había vuelto distinto a co1no era al principio; ni
hubiera creído que mi espíritu se m:intcndría igual, pu es había defendido
convicciones cornpletamente distintas y opiniones tan diversas a las que
había tenido antes, incluso de ntro del corto tiempo que había vivido.
Por el contrario, hubiera pensado que, en lo que concierne al cuerpo

w Nota marginal de Schelling: El gcrn1 c11 111ft1 1111 \" l'llll', que propiamc11tc q ui ere salir a la luz a
travé.s dr los otro~ do~.

1i17
y al espíritu, ocurrirán n1últiples cambios, pero, aquello qu e he sido yo
nlis1no desde el principio, aquello que ha hecho que yo y que los den1ás
hayan1os sido hasta ahora sien1pre como los nlisn10s, aquello que los
de1nás, a pesar de todos los ca1nbios, han amado [48] u odiado en nú, se
n1antendrá siempre igual a pesar de los cambios que puedan ocurrir en
treinta aoos. Pero tú me dices que mi alma perdurará para sie mpre; y yo
no entiendo esto co1no si no fueran a ocurrir los cambios más grandes
en 1ni cuerpo y e n nli espíritu, sino que lo entiendo co mo que aquello
111ás interior, mi yo ISelbst] real, lo que no es ni mi cuerpo ni m.i espíritu,
sino una conciencia unitiva de ambos, esto es, el alma , vivirá para sie1n-
pre. - ¿No hemos conseguido mucho, continué diciéndole, habiendo
determinado lo gue propiamente es aquello de lo que se habla cuando
se dice que algo perdura, que hay perdurabilidad después de la muerte,
habiendo detenninado esto que no es, a saber, otra cosa que el alma (el
germen de vida más propia111ente interior)?
Es innegable, respondió ella.
¿Y no vemos que los filósofos no lo han hecho del todo rnal al hablar
exclusivame nte de la in1nortahdad del alma, como si con eso se hubier:1
conseguido todo, incluso si no sabían con exactitud por qué hablaban así?
N o obstante, respondió ella, tengo todavía algunas dudas.
Ahora, dije, es su turno de preguntar, pues yo ya he hablado dema-
siado tie mpo.
Lo que n1e despierta dudas, cornenzó ella, es esto. Si hemos salvado al
alma del hundimiento, entonces parece ciertamente de suyo que d ebemos
continuar con el cuerpo y el espíritu, porque, según lo que presupo-
ne1nos, el aln1a es la unidad de a1nbos. Sin e mbargo, te1no que alguien
pueda invertir esto y decir: si el espíritu y el cuerpo son separados con
la muerte -y es necesario suponer esto-, luego la unión entre ambos es
tan1bién disuelta inmediata1nente, en canto los que antes estaban unidos
ya no perduran en absoluto, o perdura solo uno, o los dos, pe ro con1-
pletan1cnte separados. E incluso n1ás complejo n1e parece lo siguiente:
que he mos dicho que lo que propiamente perdura es el alnrn, y todos y
también nosotros, según un acuerdo general, llamamos al mundo donde
se da el tránsito desde este mundo a la muerte, el "n1undo de los espí-
ritus", y, por lo tanto, consideramos a los qu e ya se han ido ante todo
con10 espíritus. 1491

108
En v<.:rc.bcJ, dij<.:, usted ha con1pre11dido todo p<.:rÍ<.:Cla111 <.: 11 tc. Esp<.:ro
me sea posible disipar por completo tocia oscuricbd c..:n <.:stn c u<.:stión.
Es cierto que hen10s hablado 111uy confusame n te nccrc:1 del aln1a con10
unión del espíritu y el cuerpo, en especial porque por n1on1entos supo-
1úan1os que podría haber un cuerpo por sí 1nisn10 y un espíricu por sí
núsn10. Pues, si fuera esto posible, entonces la d estru cción de su múón
sería incontrovertible. No obstante, tan pronto con10 hemos non1brado
estos tres e lc1nentos, no hen10s tenido a la vista q ue cada uno necesita del
otro, que ninguno puede presc indir del otro, y que, por lo tanto, una vez
que están juntos, se hallan encad enados unos con otros por una unión
complct:1 me nte indisoluble.
Sin duda, respondió elln.
Pero, ¿no hernos imaginndo, pregunté seguidamente, la cornunicación
entre estos elernentos corno una rotación viva, do nde uno se extiende
siempre en el otro, de modo q ue o todo d ebe dejar de existir al núsmo
tiempo o, si uno perdura, necesariamente todos perduran?
Así era, dijo ella.
Ahora, al rnenos en la ro tación actual d e b vida, ¿están e ncadenados
unos con otros de esa manera ?
Ciertamente, dijo ella.
¿Y no de una forma contingente, sino escnci,11, de n1odo que ninguno
pueda ser quitado sin q uitarlos todos?
Ella afirrnó esto.
¿No podría yo, pregunté de nuevo, entregar a partir de este e ncadena-
mjento una prueba complctan1ente distinta para la perdurabilidad -co1no
acostun1bran a hacer los filósofos a parcir de la sirnplicidad del alma- , si
es que aguí el asunto se tratara de encontrar una prueba?
Así parecería, d ijo ella, si la n1uerte no guitara de 111odo tan excre-
mada111ente evidente un n~embro d e esta rotación; por lo que, si solo
pueden existir juntos, ta111bié n d eben caer juntos.
Eso era precisamente, dije, lo que quería evitar, qu erida. Pu es vea
usted si lo que ha supuesto aquí es tan cierto y tan incontrovertible con10
aquello que parece serlo para la mayoría de las p ersonas, (SOJ quienes a
partir de allí consideran la mu erte como una co1npleta ruptura y sepa-
ración d el espíritu y del alma d el c ue rpo y del cue rpo de aqu ellos. Pues,
aunque llegara a ser así al fin al, nosotros, como personas pensantes, no

109
pode1nos aceptarlo directan1ente de acuerdo con la apariencia. Y así, en
ca1nbio, deberíamos preguntar qué es la muerte y qué cambio se produce
a causa de ella en la rotación de la vida actual. Hacia allá apunta ta1nbién
lo que usted decía en segundo Jugar, a saber, que parece inc reíble que, a
pesar de que el alma es lo que propiamente perdura, todos hablen de la
otra vida como la vida de los espíritus. ¿O no era así?
Así era, dijo e lla.
Y esto parece increíble no solo por esta razón, sino porque, casi corno
si estuviéramos guiados por un acuerdo previo o por un scntinuento
natural, nos imagina1nos generalmente que la condición que le sigue a
nuestra condición actual es de índole espiritual. Pues si ellos quisie ran
suponer que hay perdurabilidad, no les costaría nada transferir al alma que
ha partido inrnediata111ente de nuevo a otro cuerpo, y no necesariamente
a un cuerpo ;uú111al, co1no pretendían aquellos que ensc11aban sobre la
transmigración de las almas, o en el c uerpo de otro ser hu1nano, sino en
un cuerpo apropiado para ella y sin que pierda su personalidad. ¿Cuá l
podría ser la razón de esta opinión casi general de 1.a mue rte, ya que a su
favor c iertamente poden1os considerar aquella opinión, a saber, que da
un concepto positivo de la muerte, en vez de uno mcra1nente negativo
de ac uerdo con el que se supone que la muerte es una separación del
alma del cuerpo?
Esto sí, dijo ella, 1ne parece un gran logro, que la muerte sea represen-
tada como un tránsito positivo hacia un estado espiritual, y no meramente
con10 un ténnino del estado actual. No obstante, lo que pueda ser la
razón de la generalidad de aquel concepto, si no lo quere1nos buscar en
la doctrina de nuestra reljgión , no lo sé; por lo tanto, deberíamos decir
que es natural al ser humano pensar cada condición, en la que se da un
tránsito a través del abandono de una condición precedente, como la
condjción opuesta a esta.
Esta explicación, dije, me parece completan1ente justificada. [51 I Por
lo tanto, ¿ellos ciertamente han supuesto también que la condición actual
del ser hutnano es una condición corporal?
Por supuesto.
¿Y en esta condición corporal, aún así, está presente el ser humano
co1npleto, no me ramente el cuerpo, sino ta1nbién el espíritu y el alrna?
Naturalmente.

110
¿Y en cst:l co rporalicbd est1 incluso fa esencia I vVese11] del ser hun1ano
o lo es propiamente hu1nano e n el ser humano, es decir, el alma?
Esto también ha sido presupuesto d e esta forma, dijo ella.
¿Desde esta condición pasa el ser hu1nano a la condición opuesta y,
por lo tanto, a la condición espiritual?
Ciertamente.
Y en esta condición espiritual, ¿estaría el ser hurnano todavía com-
pleto?
No sé, dijo ella, si ellos pensaban así.
Sin embargo, respondí, debieron haberlo pens;ido así. Pues si la nrnerte,
según la idea que ellos tenían, no era más que el tránsito d esde la con-
dición corporal hacia una cond ición espiritual, en la que, sin embargo,
a pesar de la corporalidad, estaba presente el ser hun1ano cOinpleto -es
decir, cuerpo, espíritu y alma-, entonces no había razón alguna por la
que en este tránsito se hubiera de perder algo del ser humano completo;
pues, ¿qué es 1nás increíble: que este en la condición de la espiritualidad
se pueda 1nantener como cuerpo, alma y espíritu, es decir, corno un ser
humano cornpleto, o que en la condición corporal fuera no 1neram ente
cuerpo, sino al rnism.o tiempo espíritu y, por lo canco, tatnbién alm;i?
Ciertamente, dijo elJa, en sí, lo pritnero no es más increíble que lo
segundo.
Pero usted recuerda, continué, lo que recientemente nuestro arnigo
presentó de una forma que por lo 1nenos para nú fue muy creíble, esto
es, que en la vida actual el ahna estaba hechizada por la n1ateria.
Recuerdo bien, respondió ella.
Si, continué, ya e n esta vida satisface al ahna el hecho de ser entera-
mente sostenida por el cuerpo, a pesar de ser lo esencial [das Wcse111/iclie]
del ser hu1nano, [52) ¿cuánto n1ás debe poder satisfacerla el ser hechizada
y sostenida por el espíritu?
Esto ciertamente, dijo ella, es del todo esclarecedor; solo aquella
transferencia desde lo corpóreo hacia lo espiritual no se ha hecho todavía
aprehensible con esto.
Quizás, dije, nos tiene que perman ecer co1no un rnisterio, hasta que
nosotros mismos la hayan1os experi111e n tado. No obstante, no puedo
Ua1narla inaprehensible, pues incluso en el estrecho círculo del presente
ocurren constantemente transfere ncias de ese tipo.

111
¿Y cuáles son?, preguntó ella.
Pues bien, dije, con10 el tránsito de la vigilia al sueño, y a la inversa;
pues la rotación de la vida no se detiene durante el sueño, sino que se
transfiere de un 1nedio al otro. ¿O no se ocupa el espíritu con pensa-
1nientos, ideas u otras actividades durante el suef10 q ue se le atribuyen de
manera preenúnente, incluso si despu és no lo recordamos?; igualmente,
el alma no pierde la capacidad de querer, de amar o de d etestar durante
el sueiio.
Me parece, mi anúgo, dijo ella, que usted intenta explicar algo que
es oscuro por 1nedio de algo que es tanto o quizás más oscuro.
Usted tiene razón, respondi yo, pero para nú todo tiene que ver
sin1plemente con una cosa: mostrar cómo aquella rotación, que es puesta
a través del cuerpo, el espíritu y el alma, puede ser transferida desde un
mundo hacia el otro sin ser suprirnida.
¿Por lo tanto, su idea debe ser, continuó ella, que en la muerte el alma
es elevada a ser un alma espiritual?
Cicrtan1ence, dije yo.
¿Y que en la vida presente ella solo es un alma corporal?
Por supuesto.
Pero, ¿cómo puede usted afirn1ar esto, dijo ella, si el alma ya trata con
cosas sobrenaturales y celestiales?
Oh, respondí yo, todo está ciertamente contenido en todo: el nivel
más bajo contiene augurios del nivel más aleo, pero, no obstante, (531
aquel pennanece siendo el nivel 1nás bajo. Incluso el an imal quiere ir
más allá de sí mis1no; el castor construye su palacio en el agua con un
entendimiento si1nilar al humano; otros anin1ales viven en condiciones
sinulares a las humanas y en relaciones do1nésticas. De la mjsma forma,
hay n1uchas cosas que arrastran al ser humano hacia aquel inundo m.ás
alto; algunos mueren consciente y voluntariamente en vida a aquello que
deberán dejar luego con la 1nuertc, y buscan vivir t:rnto como sea posible
una vida espiritual. Pero lo que interesa aquí es la determinación del 1úvel
general de esta vida, que no puede ser derivada de aquellos niveles que
son reconocidos por dejar este nivel general.
Pero, ¿el cuerpo?, rujo elJa. Cuando el alma se vuelve espiritual en
aquella otra vicia, ¿se vuelve espiricual el cuerpo también?

112
Por supu<.:sto, dije; pero 111c parece que esta no es la expresión del
todo correcta, y recién n1e doy cuenta de que también nos debería1nos
haber expresado de otra forma en relación aJ alma.
¿Y cómo?, preguntó ella.
No deberíamos haber dicho que el aln1a se vuelve espiritual después
de la n1uerte, como si no lo hubiese sido ya antes; sino que lo espiritual,
que ya existe en el alma y que parece estar n1ás ligado a ella, se libera
y donuna sobre la otra parte, por 1nedio de la que el alma se encuentra
cerca de lo corpóreo y que predo1nina en esta vida.Asinüsn10, tatnpoco
debimos decir que el cuerpo se vuelve espiritual en la otra vida, corno
si no lo hubiera sido desde el principio; sino que el lado espiritual del
cuerpo, que era aquí el oculto y el subordinado, allí se vuelve el n1ás
manifiesto y el predominante.
Entonces, dijo ella, ¿no sola1nente el ah11a tendría dos lados, sino que
quizás también el espíritu y 1nuy cierta1nente el cuerpo?
Innegable, repliqué yo. En este p unto, seguramente recordará usted
aquel discurso de nuestro anugo, que decía que la tierra y, por lo tanto,
tarnbién el c uerpo, que es tomado desde elJa, no estaba determ.inada
a ser me ramente exterior, sino que debía ser una tanto en lo exterior
con10 e n Jo interior; que la n1era apari encia exterior del todo era una
consecuencia de un desarrollo estancado, que no pudo destruir la esencia
interior [i1111ere ~sen], pero q ue no obstante (54] pudo enredar, atar y
de esa forma subordinar lo exterior. Si se desintegra la primera forma
[Gestalt] d el cuerpo, en la que lo exterior aprisionaba a lo interior, ¿no
es natural que la otra, por el contrario, en la que lo exterior es disuelto
y, por así decirlo, superado por lo interior, se libere?
Por lo tanto, dijo elJa, ¿esta forma espirituaJ del cuerpo debería estar
ya presente en la fonna meramente exterior?
Por supuesto, respondí, pero como gennen que con frecuencia busca
move rse, pero que, reprimido por el poder de la vida exterior, solo puede
hacer notar su presencia de man era parciaJ y en situaciones especiaJes.
R.ecuerdo, dijo Clara, haber escuchado a menudo hablar de un cuerpo
n1ás sutil [fei11ere11] que estaba contenido en el cuerpo 1nás tosco [griibere11]

113
y que con la 1n uerte se separaba de él; siinplen1ente no sé por qué esta
idea sie1npre n1e ha ofrecido tan poca satisfacción42 •
Esto es lo que pasa, dije, con las opiniones que surgen de 1nanera
tneramente azarosa. Aquello que no nos llega dado en una conexión
necesaria, nunca es capaz de influir realn1ente en el alma.
Sin embargo, el sentido de esta opüúón era del todo diferente, dijo ella.
Por supuesto, ya que aquella esencia intennedia [A1itte/wesen] solo
puede ser pensada co1no un algo sutiltnente corporal y no co1no una
fonna reahnente espiritual.
Pero, preguntó ella, ¿este germen celestial de vida se encuentra solo
en nosotros o en general en todos los seres [ ftltésen] orgánicos, 111enos en
aquellos que son inorgánicos - o có1110 funciona?
No veo, respondí yo, por qué el gern1en de una vida más elevada
no pueda estar sin1ple1nente en cada cosa, solo que 111ás 1narúfiesto en
u nas y 1nás oculto en otras. Pues la naturaleza toda estaba detenninada
a representar una con1pleta annonía entre lo exterior y lo interior, y
todas las criaturas, con10 dice La Escritura, anhelan con nosotros y tanto
como nosotros una vida 1nás elevada, únkarnente que esta última está
más desarrollada en nosotros ya en esta vida.
Entonces, dijo ella, ¿la presencia de este gennen no debería estar
realmente representada en todas las cosas?
No sé, dije, si podemos dar una descripción tan elevada respecto a
hechos que ya conocen1os con10 los fenórnenos vitales de los cuerpos,
[55] 1a interacción eléctrica de las fuerzas o las transformaciones quí-
micas, y no considero iinposible que se nos aparezca una nueva serie de
fenórnenos [Erscheinungen] si no 111odificára111os solo su exterior, sino que
pudiéran10s actuar directatnente sobre aquel gennen interior de la vida.
Pues yo no sé si estoy equivocado o ~i es la peculiaridad de nú 1nancra
de ver las cosas, pero n1e parece corno si todas las cosas, incluyendo las
1nás corporales, estuvieran listas para dar de sí 1nismas señales de vida
co1npleta1nente distintas a las que ya conoce1nos.

1
• Un ,;ontemporánco de Schelling sostenía una teoría de esrn índole: Johann Heinrich Jnng
(1740-1817), profesor de economía política en Marburgo. Jung sostenía que un cuerpo
luminoso conectaba d cuerpo y el alrn;i con lo espiritual. Schelling puede estar pensando
también en las creenci;1s hindúes, que sostienen que existe 1111 cuerpo aÍlsico. Este cuerpo
exterior puede dejar lo físico y luego volver a ello.

114
Pero, c nto nct:s, ¿todas las cosas morir.fon t:imbi6n?, preguntó ella.
Así parece, djje yo, pero le pido que usted continúe explicando esto.
¿La n1uerte, dijo ella, es la liberación de la fonna de vida interior a
partir de la fonna exterior que la tiene oprinúda?
Excelente, dije yo.
¿Y la rnuerte es necesaria, porque aquellas dos formas de vida deben
existir una después de la otra, dado que luego del hunditniento de la
naturaleza en lo 1neran1ente exterior ya no pueden existir cortjuntan1cnte?
Absolutan1ente correcto, dije, y lo ha expresado usted de forma
n1aravillosa.
Pero, ¿las dos fonnas de vida están en cada cosa?
Así lo he1nos supuesto, respondí.
Entonces, elijo ell::i, tod::is las cosas deben morir, sin excepción.
Me parece, dije, que ta1nbién esta necesidad es innegable.
Pero, continuó ella, ¿no vemos reahnente esta forn1a de n1uerce, es-
pecialn1ente en algunos catnbios quí1nicos?
No lo sé, dije.
Nunca olvidaré, continuó ella, cuando vi por pritncra vez la solubi-
lidad de los 1netales en ácido o cuando no quería creer que un líquido
transparente e incoloro con10 el agua de fuente contenía una solución
de plata o que un agua azul cielo contenía cobre, etc., hasta que n1e
convencí viéndolo con mis propios ojos.
Esto es bastante impresionante, dije, y da n1ucho para pensar sobre
la esencia [ vvésen) de la corporalidad. [56]
¿No se llan1aría con razón, continuó ella, "espíritus" a estas solucio-
nes, y no es esta desaparición de los cuerpos 1nás densos y sólidos una
verdadera disolución de lo corporal en lo espiritual, y, por lo tanto, no
se debería llatnar "111uertc"?
Cierta1nente es algo si,nilar, respondí; ve1nos la elevación de la gue
son capaces las cosas más corpor;:iles cuando, por así decirlo, un espíritu
111ás alto se apodera de ellas. Pero, ¿se ha convencido usted carnbién de la
recuperación de todas estas cosas en su estado corporal inicial?·13
Por supuesto, respondió ella .

'3 Schelling podTía est:lT pensando aquí e n l:1 famosa o bservación d e Oetinger de:: b s hojas d e
bálsamo. Después de dejar secar por varios días estas hqj:is, las cortó en pedazos, les untó
acc::ite por encima y descubrió que el aceite 110 solo co nservaba la esen cia de las hojas. sino
qu e también b forma misma de estas st· restituí:, h:1s1:i el (1lti1110 clct:11le en dicha solución.

115
Ahora, dije yo, no sé si aquí ocurre un cambio distinto al que ocurre
con una parte de nuestro cuerpo que accidentaln1ente se ha quernado y
que gracias a un 111edio exterior se ha recuperado graduab.nente.
Pero, continuó ella, ¿no muestran todas las cosas corporales la tenden-
cia a volverse espirituales [ve~~eistern]? ¿Qué es sino el aro1na de una flor,
y cuán espirituales deben ser las descargas de aquellos cuerpos fragantes
que perduran por años sin decaer? Todo quiere volverse aire para unirse
con aquel ele1nento puro y sagrado, al que prefiero considerar 1nás bien
con10 una esencia I Wesen] independiente e indivisible, cuya fuerza pronto
transforn1a todo lo que recibe, no itnporcando cuán diverso pueda ser, y
lo vuelve se1nejante a ella.
Incluso si esto es así. dije, y den1uestra que todas las cosas tienden a
una existencia [Dasein] tnás libre y 1nás independiente, y cargan involun-
taria1nente las cadenas entre las que están atrapadas. Pero, ¿quién podría
llamar n1uerte al sünple hecho de que algo se transfonne en aire? La
muerte 1ne parece ser algo rnuchísitno n1ás serio.
Por lo tanto, dijo ella, ¿no encontran1os un tipo de 1nuerte en seres
1Wcsc11] que no sean orgánicos?
No lo sé, dije, pero 111e parece que es así. Nosotros, en tanto s01110s
todos seres [ vllése11.] orgánicos, tene1110s la capacidad de 1norir, porque
cada uno de nosotros es un todo. Las de1nás cosas son solo partes de un
todo n1ás elevado, el de la tierra, y bien pueden ser 1nezcladas y can1biadas
de n1uchas formas dentro de ese todo, tanto como el curso de la vida lo
perrnita, [57] pero el beneficio [ f;l1Jh/tilt] de la 111uerte o de la completa
liberación de la fon11a de vida espiritual no les corresponderá hasta que
el planeta haya alcanzado el fin que se le ha asignado y rnuera.
En ese n10111ento entró el doctor e interrun1pió la conversación por
un rato. Le aclaré de lo que habíainos estado hablando, y luego de haber
escuchado lo esencial y de haber reflexionado por unos minutos, dijo:
Por lo tanto, ¿ocurriría una separación con la muerte?
¿En qué 1nedida?, respondí yo.
Una separación del cuerpo, obviamente.
Por supuesto, dije, pero no de la esencia l íltéseu] interior del cuerpo,
sino del cuerpo en tanto algo exterior y en tanto una parte de la natu-
raleza meran1ente exterior.

116
Sin embargo, clurnntc fa vida actual, dijo él, ¿aquella esencia [ Wesen] es-
piritual del cuerpo estaba ya presente en la [esencia] 1nera1nente exterior?
Al menos como gennen, respondí.
Pero, continuó él, parece seguirse de esto que la vida actual es más
perfecta que la vida venidera.
¿Cóino así?, dije.
Esto 111e parece ser del todo claro, dijo él. Pues a la vida actual le
corresponde no solo aquella esencia [ Wesen.] espiritual, sino ta111bién el
cuerpo exterior, del que carece la vida venidera: por lo tanto, es evidente
que la vida actual tiene una ventaja sobre la vida venidera.
Me parece, dije, que es tan obvio lo que podría contestar a esto que
dudo querer decirlo.
Dígalo, 1ne contestó él, pues todavía queda algo oscuro aquí, en
algún lugar.
Lo que quiero decir es que usted no lla1naría "rico" a alguien que
tuviera una gran cantidad de cosas, pero todas de escaso valor, ni llamaría
"pobre", por el contrario, a alguien que poseyera pocas cosas o quizás una
sola, pero que tuviera un valor incalculable, con10 una piedra preciosa
que fuera superior a todas las de111ás.
Cierta1nente que no, dijo él, pero no creo que usted considere el
cuerpo exterior como una iinpe1fección o con10 una cosa de escaso
valor. [58)
Solo si nos entendemos entre nosotros, respondí, esto saldrá adelante.
Pues a1nbos admitimos una diferencia de valor entre lo interior y lo ex-
terior; a saber, lo exterior 1ne parece ser el 111ero ser [Seyn] de lo interior,
y lo interior, en ca1nbio, n1e parece ser el ser activo [das Seyende] en esto
exterior; ¿o no es así?
Estoy con1pleta1nente conforn1e con esto, dijo él.
Y el ser activo [das Seyende], continué, conoce al ser [Sey11] , pero no
se da a la inversa, es decir, que el ser activo [das Seyende'I sea conocido
por el ser lSeyn].
Ad111ito esto ta1nbién, dijo él.
Pero, ¿no es todo conocer un pon<.:r [Setzen)?
Ciertamente, dijo él.
¿Y el ser [Sey11l es ta111bién un po ner ISefzen]?
Él pareció tener reparos con esto.

11 7
AJ menos, dije yo, un ponerse a sí mismo [Sctze,, 110 11 sic/1 sclbst].
En ese sen tido, por supuesto, dijo él.
Pero es un poner lSetzen] que no se conoce a sí 1nisrno, pues hemos
dicho que so.lo es conocido por el se r activo 111011 dem Seye11denj.
Él admjtió esto.
Por lo tanto, continué, ¿este ser activo ISeye11dc] es a su vez lo que
pone [das Sctze11dc] aquel poner [Sctz c11]?
Esto se sigue innegable111ente -
Por lo tanto, ¿se debe denominar como algo más alto o más deter-
minado y -corno se me ocurre que puede ser del todo cornprensible-
como la potencia n'lás alta?
Él adnutió esto.
Por lo tanto, contin ué, la diferencia que hay entre lo interior y lo
exterior sería co1110 la diferencia que hay e ntre una potencia más alta y
una más baja. Pero no por esto conside raría a lo exte rior ni como una
imperfección ru co1no una cosa de escaso valor. Pues el ser activo lSc-
yc11dc] necesita del ser [Sey11], co1110 el ser [Sey11] del ser activo I_Seyendcl.
E incluso considero que es posible que esta diferencia pueda desaparecer
po r completo.
¿Y cómo?, dijo Clara, q ue había escuchado atentamente la co nver-
sación.
Si, dije, lo exterior estuviera tan completam en te impregnado por
lo interior, [59] de modo que tuviera en sí nusrno lo que conoce junto
a lo conocido, y si, a su vez, lo interior tuviera puesto ~esetz t] en sí lo
exterior de forn1:1 tal que lo que conoce contuviera e11 sí lo conocido,
y si a111bos fueran uno, si un exterior así concebido tuviera a su lado
un interior así concebido, e ntonces se podría llamar a esto la vida más
bendita y la más perfecta, y ya no habría más diferencia e ntre lo exterior
y lo interior, pues en ambos estaría contenido lo mismo .
A1nbos estuvieron de acuerdo con esto.
En nosotros, tal como son10s ahora, dije, y en parte también en los
de más seres [ vl-i:$C11J vivos, a pesar de ser en una forma mucho rnenos
pertecta, lo exterior parece estar tan formado que ta1nbién contiene en
sí lo que conoce, y, conteniéndolo, gana una cierta independencia. Pues
también los animales, a quienes no podemos adscribir u n interior verda-
dero, y aquellos seres hu111anos que debemos considerar casi del nusm o

118
modo, conoce n co 11st:1 nten1ente a través de una fonna de necesidad
externa, lo que prueba que lo exterior en ellos contiene lo que conoce.
Ambos afirn1aron esto.
Del n1odo inverso, conti nué, a saber, que lo interior conte nga a su
vez lo exterior puesto en sí mis,no, ¿no funciona?
Ciertan1ente, dijo C lara.
Pues si fuera así, dije, entonces Jo exterior no se contradeciría a un
nivel tan general con lo interior; no necesitaría de la experiencia nj de
la agotadora investigación para lograr un conoci1niento de las cosas; el
hecho posible de manera inte rior sería imnediatamente posible ta1nbién
de 1nancra exterior, y con una palabra la vida se transformaría en una
vida totahnente bendita y divina. -Tanlpoco la educación ni las leccio-
nes serían necesarias si en lo interior estuviera origi11alme11Le pue~to lo
exterior, de la forma en que lo interior está puesto e n lo exterior. Pues
aquellos que no hubieran disfrutado de una educación hu1nana y hubieran
ido a parar a una edad temprana entre los animales, ¿carecerían de aquel
interior pe rfecto, como han 1nostrado algunos cje1nplos?
Él confirmó esto. [60]
¿Y muchas cosas dependen del tipo de relaciones que el ser humano
tenga desde la infancia?
Esto ta1nbién fue concedido.
Por lo tanto, ¿este interior no es algo que esté presente, sino que es
algo que es criado y cuidado como una Aor e n un suelo que es extrai'lo
para ella?
No es otra cosa, dijeron ellos.
¿Y esta tendencia al conocinuento no sería necesaria si aquel interior
perfecto estuviera ya presente en nosotros?
Imposible, dijo Clara.
Pero el doctor irrumpió y dijo: Parece que esta1110s en lo correcto
en este punto. Pues aquella tendencia al conocimiento y aquella otra
tendencia tan frecuente que cenemos de tratar de convenir todo lo ex-
terior en interior tanto como sea posible, ¿son , no obstante, tendencias
completa1nente libres?
Por supuesto, dije.

11 9
Y aquí ta1nbién es posible para la íuerza libre que hay en nosotros
subordinar d cuerpo a lo interior a cal punto que vivamos una vida pura
e inmaculada.
Afirmé esto también.
Por .l o tanto, ya aquí pode mos alcanzar, en un cierto grado, lo que
nos corresponderá en la otra vida, a saber, la subordinación de lo exterior
a lo interior; ¿o no están llenos todos los discursos de los filósofos de
expresion es que dicen que aquel que ama la sabiduría deambula como
si ya estuviera n1uerto?; aquí tene1nos el cuerpo exterior por añadidura:
en to nces, vea usted si es que la vida actual no tiene de manera evidente
un mérito sobre la vida venidera.
Mi querido amigo, respondí, cada cosa tiene ciertamente sus propios
1néritos que otra cosa no tiene, y esta quizás no deja de ser tan estimable
co1no aquella. La riqueza, por eje1nplo, tiene ciertos méritos frente a la
pobreza; pero si la riqueza hiciera en general más dificil o completa-
mente imposible entrar en el reino de la ve rdad y si la pobreza, [61] por
el contrario, lo facilitara, ningún ser humano sabio vacilaría e n e legir la
pobreza. ¿Quién puede desestimar los méritos de la vida accual? Si no
los tuviera, ¿quién la soportaría? Pero sien1pre qu eda la pregunta acerca
de cu:il de sus méritos es en sí mismo el más grande. A mi me parece
que es el mérito de poder cuidar y hacer aparecer en uno mismo aquel
gcr111en divino, y así poder disfrutar en parte de la bendición de la otra
vida ya e n esta.Ya que sin este interior perfecto la vida exterior pierde su
propio y verdadero encanto, que no consiste en la liberación d e los deseos
sensuales, sino en la sensación de la bell eza y de lo propiamente interior
en todo lo exterior; pues el bárbaro o e l corrompido no disfrutan de la
naturaleza, pero el espiritual disfruta de e lla en grado sumo.
Entonces, dijo él, este perdería 111uchísin10 con la muerte y aquel
muy poco.
Por supuesto, dije, como aquel al que el granizo le devasta 1nil 111a11anas
pierde más que aquel al que esto le ocurre una sola vez, y, no obstante,
es más infe liz que aquel por eso. Pero e n suma aquí la cuestión se traca
de perder. Ciertamente solo aquellos q ue quedan rezagados hablan así,
y aquellos que no se han acostwnbrado a 1nirar dentro de aquel mundo ;
es más o menos com o si alguie n fuera relevado del arado o del cuidado
del reba110 y ascendido a jefe, y le dijera a sus antiguos c0111pa1icros de

120
trabajo que h:i perdido el arado o el reba110. Por lo tanto, deberíarr1os
preguntar, n1e parece, qué gana al Uegar la 1nuerte aquel que aquí vive
de rnanera espiritual; y no dudo que gana la perfección de aquelJo a lo
que tendió en grado sun10 en esta vida y que por lo m.ismo debe ser
necesarian1ente algo más alto que lo presente. Pues, ¿no tiene lo exterior
una gran supren1acía sobre lo interno, en tanto aquí lo exterior es más
perfecto al contener en sí m.is1no lo interior, y lo interior, sin embargo,
por mucho no contiene de la m.isma 1nanera lo exterior en sí rn.isn10?
¿Y no se sigue que incluso lo exterior, en tanto no se ha aven.ido todavía
con lo interior perfecto, no pueda ser lo 1nás perfecto, pues si esto fuera
así, entonces, no podría haber contradicción alguna entre lo exterior y
lo interior? [62]
Esto ciertan1ente se sigue, dijo él, de lo anterior.
Por lo tanto, dije, ¿no se sigue tan1bién que aquí lo interior y lo
exterior no son de ninguna fonna iguales, sino que son distintos el uno
del otro, no solo en la medida en que lo interior perfecto no existe al
m.isn10 tien1po con lo exterior perfecto, sino tarnbién porque no existe
en lo exterior mis1110?
Ta1nbién esto, dijo él, es necesario; pues si fueran una sola cosa per-
fecta en lo exterior, entonces lo exterior se disolvería inn1ediata1nente
en lo interior y lo interior en lo exterior.
Por lo tanto, ¿no es lo externo aquí lo externo subordinado, que se
relaciona con Jo interior perfecto como más bajo?
Por supuesto, dijo él.
¿Y en esta esfera de la vida, en cuanto a esta supremacía que ha re-
clamado lo exterior, no será nunca posible lo interior perfecto?
Él lo negó.
¿Ni siquiera lo exterior más perfecto?
Ni siquiera, dijo él.
Por lo tanto, para alcanzar lo interior n1ás perfecto, ¿debemos dejar
esca esfera de la vida?
Necesariamente, dijo él.
¿Y saltarnos a una esfera más alta?
Ciena1nente, dijo él.
Y, por lo tanto,¿ no sería la n1uerte una 1nera inversión de la relación ,
a saber, que a causa de elia lo externo se subordinara co1npletan1ente a

12 1
lo interno, y que la condició n siguiente fuera n1era1nente la condición
inversa a la presente, sino que la 111uerte sería ciertan1ente esto, pero al
111isn10 tie1npo sería la elevación en un potencia más alta, hacia un inundo
realmente distinto v, más alto?
Esto era lo que realmente q uería, dijo él.
Y el q ue sea sabio y justo no dejaría de mala gana la condición pre-
sente por aquella condición 1nás alca, sino que con aqu ello divino que
ha cuidado y ha criado esm eradamente en sí mis1no, cuando alcan ce su
perfecta 1nadurez y pueda desplegar sus alas, dejaría tras de sí sin culpa
alguna la tierra imperfecta [63] desde la que aquello divino ha ernergido,
como volaron aquellos delicados y coloridos pájaros desde un árbol en
la India de cuyas hojas habían nacido, según cuenta la füb ula.
Esto es hennoso, dijo él.
Pero yo lo contesté: Todavía no está todo aclarado, pues usted le
adscribió a la vida presente el mérito de con tener en sí misma, a pesar
de ser una vida más baja, el germen de una vida n1ás alta, y así, de cierta
forma, de contener 111ás que esta 111isma. ¿O no era así?
Así era ciertan1ente, respondió él.
Pero si su crecin1iento está con1pleto, dije, no necesita de aquel ger-
men en cuanto tal, y e n ese caso su desaparición no es una pérdida. N o
obstante, no sé si para esto habr.ía otra respuesta posible.
Esto también debería usted concedérnoslo, dijo él.
No por ahora, dije yo, pues me doy cuenta que hace un largo rato
nuestra a1niga está perdida e n sus propios pensarnientos y parece que
presta atención tan solo a la mitad o qui2;1s a nada de nuestra discusión.
Tan pronto nos calh1mos, ella vino repentinarnente e n sí y dijo, con10 si
todavía estu viéramos e n un punto anter ior de la conversación: Con todo
esto pensé de nuevo gue sería nmy deseable saber córno se siente dentro
de sí aquel que ha partido, y esto, rne parece, ser ía la 1nejor respuesta ;1
aquella pregun ta (probable me nte aque lla pregunta acerca de los méritos
de la vida venidera) .
Escuvimos de acuerdo con eso.
Ento nces ella dijo ¿cómo es posible que la ,nuerte sea representada
tan comúnmente con10 un donnirse? ¿No debería ser más bien un
despertarse?

122
Quiz.í , dije.
Y, sin e111bargo, dijo ella, la idea de que los 111uercos <lcscansan en su
úJcimo suefio IC11tsc/1/qfe11""l, de que descansan d e su trabajo, es tan dulce.
Por supuesto, dije. [64J
Y no sé, continuó ella, por qué el brillo y la magnificencia del día
me parecen ser tan externos, y solo cuando desaparece emerge lo ver-
daderamente interior; pero, ¿por qué de be ser de noche?
La noche muestra, contesté, q ue aquello propiamen te interior en
nosotros est:í todavía inco1npleco y que para nosotros pertenece a lo
oculto y lo venidero.
Si e n la noche misma, continuó ella, emergiera una luz de m o do tal
que nos rodeara a codos nosotros un día nocturno y una noc he ,una-
neciente, todos nuestros deseos alcanzarían su objetivo final. ¿ Es por
esto, agregó. que la noche ilumi nada por la luna roza de u na forma tan
maravillo sa111ente dulce nuestro interior y con el presagio d e un;i vida
espiritual ICcister/el,e11! cercana penetra nu estro pecho?
Ciertamente, dije. Recuerdo las palabras de un hon1brc que a menudo
ha sido subestimado y que más d e una vez me dijo: solo aque l que pudiera
hacer d espierto lo que debe hacer dor mido sería el filósofo perfecto~ 5•
Pero yo le d ecía siempre: aquel sería el que ha sido bendito de for ma
perfect:i.Y creo firmemente qu e a los be nditos entre los que han partido
les es cbdo un destino de ese tipo, y que por eso se dice que descansan
en su último sueño lE11tscl1/efc11e] y no que se han quedado dormidos
[Ei11gcschlefe11e]; com o aquellos que, por así decirlo, han escapado al sueiio
dentro del sue ,i o y se han abierto paso hacia el estado de vig ilia, de los
que se dice que d uern1cn su últi1no suerio más que estar despiertos, pues
ya aquí dormir cst;Í n1.ís cerca de la vid:i interna q ue la vig ilia.

" Ha hbmos aq11i cid último suerio en rebción al verbo e111sd1/,!f,·11. porq111: ha·go apan:Cl' 11113
re lac ión de;: co11traricdad co n á11sd1!tifi:11 , q ue se ría simplemen te d o rmirse. Cfr.jmaisd1ml(I!<'·
111l'it1l' Literat11r-1/..t·it1111,11 l809. 152.
,; T1lhe1te ( 1970. 562) subr:iya ~obre este pasaje la nota de Fichtl' respecto del caso de l:tie1111c
Uonnot d e Condillac ( 171-1 - 1780), que duo haber escrito dos o tres p:íg inas d e 1111 li bro
mic ntr:is dormía. y que al despertar leyó lo escri to y lo enco111ró sublime. ' fa1110 Fichtc como
1-kgcl .:ran .:scépticos al respecto.

123
Un clérigo fa1noso y conocido para todos nosotros·16, conti nuó ella,
al que no le pode1nos negar el don de la observación, me describía a
menudo cómo, en el instante en que alguien cae en su último sueño, se
vierte una alegría indescriptible sobre todo su ser [vvésen] y su alma se
encuentra al m.isn10 tie111po en su actividad 1noral y espiritual nlás alta.
E ntonces, todos sus errores se presentan ante él de una fonna en grado
sumo embarazosa, y, por el contrario, cuanto más puro sienta su corazón,
tanto más bendita será esta condición intermedia entre el sueño y la vigilia.
Esta condición es tan infinitamente distinta a todo lo que llamarnos un
sue110 fTra11m], que su claridad supera por mucho incluso las represen-
taciones 1nás vívidas de la vigilia, y cada n1oclo habitual de existir parece
ser tau solo un sueño, adormecimiento o muerte en cornparación a este.
Esta condición es traspuesta a un punto de vista cornpletamente nuevo, a
[65] una especie de conternplación sin imágenes, donde, no obstante, todo
está diferenciado hasta en el más núrü1110 detalle y está con1pleta1nente
desprovisto de confusión. Pero esta condición dura comúnme nte solo
un segundo (con10 sabía él a partir de diversos signos, cotno si la hubiera
presenciado por 1nás tiempo); y desaparece por 111edio de un m ovimiento
repentino y convulsivo, y deja atrás un m elancólico anhe lo por su per-
durabilidad en el alma. Poco despu és, sigue el sue110 total [.Eí11schlafe11].
Aquel movirniento convulsivo, dijo el doctor, es generalmente re-
conocido con10 una señal del sueño en vigilia [des 111ac/1e11 Eí11sclilqfe11s].
¿No debería ser este n1ovimiento, dije yo, el golpe por medio del
que la naturaleza destruye la luz interna o la visión que quiere emerger
y la transfonna en un mero sucflo?
Por lo menos, respondió él, no hay prueba más g rande de la supre-
111acía de la naturaleza exterior sobre nuestra vida actual q ue el hecho
que ella transforme nuestra condición n1ás interio r en sue110.
Pero si es verdad, continué yo, co1110 aseguran 1nuchos hon1bres dignos
de fe, y en especial los doctores, que los seres humanos, influenciados

•• El personaje e11 c uestión aqu í es L:ivater. Schelling fue 1111 gran lcct0r de las A11ssic'11en i11 die
f:111(~b·i1 (l'crspcai,"'·' de la crcmidnd.1778),donde Lav:ttcr tr:it:iba sobre la transición de la vida
a b muerte. En su di:irio (la cita más extensa se !u lb el 21 de enero de 181 O), Schelling cimba
co111únmenrc algu nos pasajes de Lavate r rcforcnrcs :i las premoniciones y el arrobamiento
ap1é1ico. Dado que Schelling está cla ramente cic:rndo a Lav:iter,Veto ( 1973) apoya su hipótesis
de que C lam fue escrito entre fobre ro y j ulio de 181O.

124
por otros seres hu111anos, con sus sentidos exteriores co1npletamente
apagados, y nuentras se relacionan con todo, menos con aquellos que los
influencian, con10 si estuvieran 1nuertos, obtienen la n1ás alta claridad y
conciencia de ellos mismos, que no difiere n1ucho de la conciencia que
tienen en la vigilia 47 . Si esto fuera verdad, creo yo, experienciaríamos una
condición que con razón podría,nos denonunar como una condición más
alta y que podríamos considerar con10 un sue110 en vigilia o una vigilia
durnuenteiv_ Y por eso no con1pararía esto con la muerte, sino con la
condición que le sigue a la nrnerte, que será, según creo, la clarividencia
111ás alta e i11111terrumpida por el despertar [Erwac/1c11].
Por lo demás, dijo el doctor, .los acercanuentos a aqu el sue110 1nás alto
se parecen muchísimo a los acerca1nientos a la muerte.
Esto es necesario, dije, pues incluso allí una especie de 111uerte [Ster-
be11] debe anteceder a aquella condición elevada. [661
He oído mucho acerca de estos fenómenos oscuros, dijo Clara, que,
sin embargo, no he podido presenciar por mí misma. Pero có1no se tnani-
fiestan estos fenón1enos no me interesa; lo que quisiera saber en realidad
es cómo se sienten con respecto a su condición aqu ellos que duennen.
Si se quiere, respondió el doctor, concluir algo en cuanto a esto en
base a la apariencia exterior de los que duermen , entonces se diría que
se encuentran en un indescriptible bienestar.Todo tenor de enfern1edad
se oscurece en sus rasgos, se ven 1nás felices, más espirituales y a n1enudo
más jóvenes; todo rastro de dolor se desvanece del rostro ilununado, al
tiempo que todo se vuelve más espiritual, en especial la voz.
¡Oh, bienhechora mano de la 111ucrte!,irrm11pió Clara, ¡así es como te
reconozco! Ustedes n1e hacen recordar a nú arniga que fue transfigurada
temprana,nente, que era el ángel guardián de nú vida, y córno le ocurrió
todo esto; có1no, cuando las sombras de la 1nuerte se acercaron a ella ,


7
Gr:m parte de esta discusión sobre mue rte y 1m gnetis 1110 está influenciada por GonhilfHeinrich
von Schubert y su libro A11sid11c11 11011 dcr N11r/11sdte tia N,1111n11issmsd1efr ( Visio11c.< del /11do osrrir"
de In dmrir1 1111111ml, 1808).Von Schubcrt ( 1780- 1860), q ue luego se convertiría en profeso r de
historia narur:1I, foe 1111 buen amigo de Schdlin!.(,Asin1is1110, Pr:mz Anton M esmér (1733- 18 15)
descubrió el magnetismo animal y llt:vó :, ca bo investigacio nes revisando el impacto füico de
los poderes magnéticos. El so11:1mbulis1110 y s11 rd:1cl611 con el estado de sue110 magnético fue
incfagado por un discípulo de M es111c r. fvbrq11is de P11ysé1-1ur (17 15- 1825).
" Nota de K.F.A Schelling: Sr11t(Q11rtt /Jriz,11111,,r/,·;111(~1·11 , 111111d VI 1, S. •177 (L.cccio11cs pri111ulas tic
S111rtJ?ª", tomo \111, p. 4 77).

125
una transfiguración celestial ilmninó todo su ser [ Wcsc111 de tal n1odo
que no creí nunca haberla visto tan herm.osa como en el instante en
que se acercaba la nu1erte, y nunca hubiera creído que había una gracia
tal en la rnuerte; cón10, entonces, el sonido sie1npre n1elódico de su voz
se volvió 1núsica celestial, tonos espirituales, que incluso ahora resuenan
111ás profundo en 111i interior que el prirner acorde de una armónica
suavetnente te1nplada 48 .
Si se les preguntara a aquellos que han sido puestos a donnir (jenc
Entschlajen.en), prosiguió el doctor, acerca de su condición, asegurarán
que es la tnás bendita; ellos no sienten nada del cuerpo ni de los dolores
que tuvieron anteriorn1ente, y una claridad celestial, una cálida luz fluye
a través de sus interiores.
Sí, dijo Clara, ante la 1nuerte arnainan incluso los asaltos de la enfer-
111edad, los dolores cesan, y 111uchos, y sobre todo los 111ejores, se despiden
en un deleite celestial.
Y, no obstante, continuó el doctor, aquel estado es aún una m.era apro-
ximación al estado 1nás alto; ellos todavía son afectados por cosas externas.
A pesar de tener los ojos cerrados, ven todo lo que es perceptible fuera
de ellos e incluso 1nuchos de sus sentidos parecen ser tnucho 111ás agudos.
¿Q ué es, entonces, ese estado n1ás alto?, preguntó Clara.
Aquel, dij o él, donde son con1pleta1nente liberados del inundo sen-
sible [67] y están conectados a las cosas que son externas a ellos solo a
través de aquellos que los influencian, solo entonces se relacionan con
el inundo exterior con10 c01npleta1nente n1uertos. Pues antes eran sen-
sibles al más suave sonido, a los tonos 111ás lejanos, que ningún otro oído
podía percibir, pero ahora no son despertados ni por e1 estrépito de los
coches ni por el estruendo de los cañones y la única voz luunana que se
abre paso hasta ellos es 1a de aquel con el que se 1nantienen conectados.
¿Y recién entonces se origina la clarividencia tnás alta?, preguntó
Clara.

•15 Mesmer acompaiíaba sus sesiones de magnetismo con rnúsica, pues creía que la música po-
día llevar magnetismo. El instrumento favorito de Mesmer era b armónica (Gerabek l 995,
96). Así. la referencia a la ;irmónica sugiere aquí un estado de transición. A lo brgo de estos
pasajes Schelling compara incisivamente la muerte con el suclio magnético.

126
Por supuesto, dijo el doctor. Solo en este punto se 1nuestra la vida 1nás
alta, la vida interior. lodo procla111a en ellos la conciencia 1nás profunda;
es con10 si su ser [IM!sen] con1pleto se concentrara en un punto focal que
une dentro de sí n1isn10 el pasado, el presente y el futuro. Muy lejos de
perder el recuerdo, el pasado se les vuelve claro hacia atrás, de la n1is1na
fonna que lo hace el futuro re1noto.
¿No se sigue de todos estos fenórnenos, dije, que la esencia [J'.¼sen]
espiritual de nuestra corporalidad, que nos sigue en la rnuerte, está ya
desde antes presente en nosotros, de modo tal que no se origina solo
recién con la n1uerte, sino que simplemente se vuelve libre y su carácter
surge tan pronto con10 los sentidos y los den1ás lazos de la vida dejan de
aferrarse al n1undo exterior?
El doctor afinnó esto y añadió: Una gran cantidad de fenórnenos
durante la vida, que no podemos derivar ni del alnia ni del cuerpo corno
tal, con1prueban la presencia de aquella esencia l Wesenj.
Lo que yo n1ás an10, dijo Clara, de aquel estado es la profundidad de
la conciencia [Innigkeit des Bewuf3tseyns]. Nunca he podido con1prender
có1110 tantos seres hun1anos pueden dudar de n1anera tan pusilánirne
si la conciencia no se destruye ni desaparece después de la 1nuerte. La
muerte siernpre rne ha parecido 1nás bien que ensan1bla a que dispersa,
que vuelve todo hacia el interior [verinmgendJ, no al exterior [veriiu{3erndJ
Sin ernbargo, dije, esta forn1a de hablar tan llena de dudas es expli-
cable, pues para la 1nayoría la rnuerte ha sido y es todavía una con1pleta
separación de todo lo fisico, y esto (lo fisico) n1e parece ser, a nú al rnenos,
el funda1nento de toda consciencia [Bewu/3theit49].
¿Cómo así?, preguntó Clara. (68]
Oh, querida, dije, ¿usted entiende por perdurabilidad de la conciencia
an te y por sobre todo la perdurabilidad de la unidad de lo que es acti-
van1cnte consciente [des Bewu/3tseyenden], o no es así?
Sin duda, dijo ella.

9
• Hacemos la diferencia de grafías entn::"co11ci~ncia"y"consciencia"para hablar de JJ1w11(3tsey11
y Bc11111{3theif, respectivamente. La segunda :1ccpció n alemana, no tan común en filosofia
como la priJ11era, tiene que ver Clm el scmido de ''considcmción" o "conocimiento", pero
en conformidad a la evasión de ambigiicd:H:cs, dcj:1111os el tér.mino ya mencionado.

127
¿Y esto activamente consciente (das Bewuf3tseyc11dcl, en t:mto es lo
que sien1pre pennanece igual, difiere de todas las demás cosas?
Por supuesto.
Ahora, "esto" y "aquello", que son requeridos para hacer la diferen-
ciación correspondiente, ¿no se pueden encontrar en ningú n lugar más
que en lo fisico? - O, dije después de un rato, en tanto esto no le parece
lo suficientemente claro, si usted se considera a sí m.isma como sí rnisma
y a partir de alJí co1110 una persona diferenciada de las denlás, ¿no sien-
te usted que en la base de su conciencia queda algo que no puede ser
desentra11ado por ningún concepto, algo oscuro, y que, al núsn10 tie,npo,
actúa con10 soporte de su personalidad?
Ciertamente que siento eso oscuro, dijo Clara, pero quisiera apartarme
de ello; perturba la pureza de la esencia lWese11].
Querida, una vez que ha surgido, no puede ser apartado, e incluso
no debe ser apartado, pues con ello desaparecería al núsmo tiempo b
personalidad. Pero puede ser transformado, puede volverse claro, esto es,
volverse portador silencioso de la luz más alta, guardando la individualidad
solo con tal de que tenga raiz y suelo, y no por sí mismo.
¿Tal co1no el diamante, preguntó ella, que, por así decirlo, está aUí
solo po r la luz, de modo que ella brille a través de él y se refleje en él, y
sea algo donde la luz se pueda cotnprender a sí nústna?
Así misn10, dije.
AJ,ora, continué, ¿debemos decir que esto en sí m.istno oscuro vi ene
de la 11at11mleza o de alguna otra parte?
D e la naturaleza, sin duda.
¿Y debe1nos decir que cada hombre desde el principio carga con
este gennen oscuro o que este es quizás un crecinúento completamente
accidental?
Sería imposible pensar esto últüno, dijo ella.
¿Y debernos decir que este germen es capaz de una transformación
continuada, que (69] no es capaz de destrucción, o que es capaz de
transfonnación tanto con10 de destrucción?
Es necesario, dijo ella, suponer lo primero.
No obstante, ¿este gerrnen tiene algo fisico en sí tnismo?, pregunté
nuevamente.
Por supuesto, dijo ella, si es que nos viene de la naturaleza.

128
Por lo ta nto, ¿también en la muerte nos debe seguir algo fisico?
Es necesario, si este gern1e n nos sigue -
¿Y si, agregué, la conciencia de nosotros 1nismos se mantiene ulte-
riorn1ente como tal?
Ella afirmó esto también .
Ahora, pregunté, ¿no debería ser aquella esencia [ Wcse11] espiritual
de nuestra corporalidad el gennen que nos sigue?
Así parece, dijo ella.
¿El que, sin e1nbargo, mantiene sietnpre las relaciones con lo físico?
Ciertamente, dijo ella , pu es después de todo es la esencia de la cor-
poralidad .
¿Y este germen no puede nunca perder su parentesco con lo fisico,
de donde fu e tomado origi nalme nte?
Nunca, tal con10 parece.
Ahora, continué, ¿no es co111pleta1nente natural que aquell os que
admiten que lo espiritua l influye frec uente1nente e n lo fisico, no quie-
ran comprender que lo fisico, a su vez, influye también en el 1nu11do de
los espíritus? ¿No es natural, según digo, que te ngan miedo, si según sus
ideas la muerte destruye y anula cornpleta1nente la unión entre el alma
y el c uerpo; si según sus ideas incluso la conciencia individual es capaz
de fundirse y deshacerse, como se diluye en el :iire el aron1a de las flores
que se pudren, sin que quede ni un solo rastro?
Esto es completamente natural, dijo ella.
Sin e1nbargo, continué, ¿no son muy pocos los que en esta vida logran
satisfactoriamente transformar en luz el germen oscuro dentro de ellos?
Pues, a mí al n1enos, me parece que las masas casi en su mayoría están
compuestas de pe rsonas (70) que tozudame nte insisten e n su individua-
]jd:id, y tienen con10 Jo pritnero hacerse valer co1110 tales e imponerse.
Por supuesto, dijo ella.
Y piensan y juzgan ta1nbién consecuentemente, dirigie ndo toda su
actividad espiritual a eso; de n1odo tal que, por ejemplo, son incapaces de
olvidarse de sí mismos mientras piensan o de perderse en la contemplación
de lo eterno y lo divino, sino que constanten1cnte exigen algo exte rior,
algo que puedan poner delante de sí nüs1nos y que puedan manipular
con10 les plazca, e incluso rechazan de plano lo divino cuando se dan
cuenta de que no se deja manipular de esa n1anera. Ahora, entonces, si

129
aquellos que parecen ser conscientes solo de sí mismos tuvieran una ex-
periencia fuera de sí mi sinos leill Attsser-sic/1habeuJ, ¿deberían ser capaces
de la conciencia más alta o no serían más bien los enemigos jurados de
toda clarividencia?
Probablemente lo último, dijo elJa.
Así, cuando se dice que aquelJa interioridad más alta de la conciencia
sería la condición a la que pasan los mejores después de la 111uerte, ¿no
deben creer las personas, y ta1nbién trata r de hacer creer a otros , que de
esca manera coda conciencia personal desaparece?
Parece que deben decirlo, dijo ella.
Pero, entonces, dije yo, ¿córno puede haber aún en nosotros algo que
nos diferencie de Dios, si aquel gennen que inicialinente era oscuro ya
se ha tornado completa1nente claro?
No c01nprendo del todo la pregunta, respondió ella.
Reahnente la pregunta es bastante vaga, dije yo. Probernos desde este
punto de vista. ¿Todas las cosas o al n1enos nosotros, los seres humanos,
s01nos en Dios?
Incluso esto no está cJaro, dijo ella, y puede ser tomado de 1nás de
una manera.
Bien, dije; generaln1ente se dice, de los benditos al menos, que van
hacia Dios, que están ante Dios e incluso que descansan en Dios. ¿O
deberíamos considerar todas estas expresiones solo como bellas forn1as
de hablar que no corresponden a nada real? [71]
De ningún n1odo, dijo elJa.
Sin e111bargo, que ellos al n1orir vayan hacia Dios, como se dice,
de1nuestra que antes ellos no estaban con Él , sino que estaban separados
de Él; demuestra que no estaban en su verdadera patria, sino en una que
les era extra11a.
Por supuesto, dijo ella.
Ahora, no obstante, ¿no pudieron estar separados de Dios a causa del
ser verdadera1nente activo Idas u;a/,rhafl Seyende], a lo perfecto dentro de
ellos?
Así es aceptado generalmente, dijo ella.
Por lo tanto, ¿solo pudieron estar separados de Dios a causa del falso
ser activo [das falsche Se yende] dentro de ellos?
Así parece, dijo ella.

130
Entonces, continué, ¿Dios estaba en lo perfecto dentro de ellos, pero,
por otra parte, ellos con lo imperfecto no estaban e n Dios?
Es evidente, dijo ella.
Pero lo i1nperfecto debe perecer,o si no perece, debe ser transformado
en lo perfecto. Debe permanecer sicndo ser activo, pero solo en cuanto
sea necesa rio para transformar la propia existencia [Sey111 en un soporte
de la existencia más ;ilca.
Por supuesto.
Y esta transform;ición comienza ya aquí, al menos para los buenos.
D e todas form as.
Cuanto más avanzan en la perfección, tanto menos están necesaria-
mente separados de Dios.
Por supuesto, dijo ella.
De modo cal que núencras se vuelvan más y m:ís perfectos, finalmente
llegarán a Dios y desaparecerán completamente en Él.
Esto parece seguirse natu ralmente, dijo ella.
No obstante, dije, ¿no tienen en general muchas personas el miedo
y la preocupación de que cuando sean con1pletamente transfigurados, la
voluntad propia en ellos será complctan1ente superada y podrían entonces
destruirse del todo, y no podrían ser encontrados nunca más en ningún
lugar, sino que desaparecerían cu Dios? ¿E incluso no existen otros que
l72) i1naginan con a1nor que esto es así, a saber, que Ílnaginan cón10 el
alma desaparece e n Dios tal como una gota desaparece en el océano o
con10 un rayo de luz desaparece en el sol?
Cie rtamente yo tambié n he leído de personas co1no esas, dijo ella.
Y, sin embargo, continué, hay algo necesa rio en esa idea, pues que la
bienaventuranza solo es posible en la unidad con Dios es algo que todos
dicen y que ta111bién decimos nosotros.
Por supuesto, dij o ella.
Únicamente que no veo, continué, que de esto se siga necesariarnente
que, si nos transformamos enteran1ente en uno con lo divino, esté en-
tonces perdida para nosotros toda existencia particular. Pues la gota en
el océano es sie111pre aquella gota, incluso si no se distingu e como t;il;
la chispa particular en el fuego o el rayo particular en el sol (si es que
se diera tal cosa) son siempre la chispa y el rayo particulares, incluso si
no pueden ser vistos como tales. Por lo tanto, si nos 11nagina111os que

131
los piadosos al 1norir son nrrobados por Dios en un deleite bendito tal
corno por un irnán universal al qu e todo se siente atraído, de n1odo tal
que estuvieran completarnente impregnados por Él y solo en Él m.iraran,
sintieran y quisieran, si todo esto fuera así, no veo por qué perderían
al núsrno tie1npo toda su personalidad. ¿O se relacionan con Dios al
111orir tal con10 se relacionan con su doctor o sanador los que han sido
dormidos 1nagnética1nente, esto es, estarían muertos para todo lo de1nás
excepto para él, para el que estarían en grado sun10 vivos y sintientes,
y sentirían en él todo lo de1nás, y no tendrían otra voluntad más que la
suya? Si esto es así, n1e gustaría saber si toda existencia particular estaría
del todo perdida o si, más bien, no sería elevada a su profundidad nlás
alta. ¿No parece que aquellos que inventan tener miedo de la aniquilación
de su individualidad a causa de aquella perfecta unidad con lo divino,
en realidad solo le ten1en a aquel arrobamiento y a la sunúsión total, tal
con10 ya aquí le te1nen a toda ebriedad -incluso a la ebriedad espiri-
tual- y consideran loco a aquel que está lleno de las cosas rnás altas, f73l
y tienen por la n1uerte verdadera o por algo 1nás terrible que la muerte
la extinción de la voluntad propia?
Me parece, dijo ella en este punto, que hay algo que todavía queda
sin tratar.
Quizás, respondí, ¿qué es?
Justamente esto, dijo ella, que, en el ejernplo de arriba, a pesar de
que cada partícula de polvo de las que se precipitan al irnán y se unen
a él está impregnada del todo por su fu erza y no le gustaría salirse de su
cadena vivificante aunque pudiera (en tanto le parezca estar dentro de
ella), no obstante cada partícula tiene algo en sí mis1na qu e no tiene a
causa del i1nán. De la m.isrna manera aquellos del otro ejernplo, los que
duennen en un sueño 1nagnético.
¡Excelente, dije, y, co1110 se suele decir, directa1nente al grano!
Entonces, ¿aquellos creen que si el ser hu1nano ya en esta vida tiende
a la n1oralidad, esto es lo único que se puede llevar a la otra vida para
poder múrse con1pletan1ente con la divinidad?
Ellos cierta1nente deben creer esto, dijo ella.
Por lo tanto, dije, ¿nada los sigue hasta alJá?
Nada; así parece.

132
¿Ni siquiera aquel gennen iniciahnente oscuro, que paulatinarnente
recibe en sí nusn10 la luz gracias a una especie de transfonnación divina?
Ni siquiera este.
¿Y tan1poco el que, incluso co1npleta1nente transforn1ado, no niegue
nunca su prin1era naturaleza?''
Esto me parece tan poco probable, dijo ella, con10 que el dia1nante
n1ás transparente dejara por ello de ser duro o incluso corpóreo.
Esta oscura n1ancha de nuestra existencia, continué, a pesar de que
sea con1pletan1ente liberada y transfigurada, dejará sien1pre en nosotros
algo que 110 era de Dios. [74]
¿De dónde, entonces?, preguntó Clara.
¿No ha dicho usted núsn1a que venía solo de la naturaleza?
Por supuesto, dijo ella. Pero aquellos que ensei'ian la desaparición de
toda personalidad en Dios dicen también de la naturaleza que sería Dios.
Co1110 dice el dicho, respondí, ellos bien pueden haber escuchado al
reloj tocar, pero haber olvidado el nú1nero de c:.unpanadas. De la nus,na
forn1a quizás escucharon una vez decir: Dios está en la naturaleza, y solo
olvidaron esta peque11a palabrita "en" o la entendieron con10 si la natu-
raleza fuera el ser interior de Dios y, por lo n1isrno, dicen tajante1nente
gue la naturaleza es Dios.
Querido, continuó ella, ¿cuán a n1enudo lo he escuchado a usted
nús1110 decir que todo pertenece a Dios y que nada hay fuera de Dios?
Por supuesto, dije, tal con10 111uchas cosas nos pertenecen, pero no
por eso son nosotros mismos; en efecto, hay algunas cosas en nosotros, si
hablamos de nosotros en sentido general y amplio, que, no obstante, no
pertenecen a nuestro real yo [Selbst].
Esperé que ella respondiera y por eso la núraba. Pero dijo: Siga ha-
blando, se 1ne viene una luz de una época antigua; un discurso que casi
he olvidado vuelve a hacerse vivo en nú 5º.

Nota marginal de Schelling: Siempre pcrm:111ccc d ser activo [Seye11de] ya excitado.


SoJ A continuación se realiza una breve exposición :1ccrca del problema del panteísmo. La fórmula
todo ¡,erteuece a Dios y 1mda hay Juera de Dfos es una cbrn referencia a Spinoza. Este núsmo
problema se aborda en el Tratado de la lilm111d, 111otivfüdo la famosa distin ción entre ser
como fundamento y ser como existencia. fa necesario destacar que la similitud conceptual
de ambos texros en esta mater ia es b:1stantc cvidcutc (C f. Schelling 1989. 135 ss.).

111
Ento nces continué y djje: Así, :.lCJlH.:lla esenc ia [ vVesc11I espiritual, que
se d esarro lla desde nuestra corporal idad y que es el sitial del presenti-
mi en to, un ó rgano de lo ve nide ro, es como nuestro fie l acotnpañante en
esta vida, y nos sig ue en la venidera.Y ele la 1nis1na n1anera o incluso en
un g rado más alto, el cuerpo y lo que es e n nosotros el sitial del deseo
y de la pasión pertenecen ciertamente a nosotros, pero no son nosotros
m ism os. E nto nces, ¿no exigirnos en genera l que nuestro yo [Selbst] real
deba dom.inar a este yo distinto e irreal?
Po r supuesto, dijo ella .
Po r lo tanto, ¿hacemos la distinc ión entre uno y otro?
Absoluta1ncnte, fue su respuesta.
Si, por lo tanto, la naturaleza pe rtenece a Dios, con10 ciertamente lo
hace, entonces no pu ede perte necerle co mo su esencia real y primera,
sino que co1no su esencia irreal y disti nta, como algo que e n relació n a
(75 J su esencia interior -el ser realme nte activo [Seye11de]- es lo q u e 110
es activa1nente [i\Jichtseye11des] .Y ya antes, continué, h emos dife renciado
entre lo interior y lo exterior. ¿No diji mos que lo interior era en lo ex-
terior el ser real1nente activo ISeye11de] y q ue lo exterior era simple1nentc
su ser [Sey11)?51 •
R..ecuerdo, dijo ella .
Por lo tanto, ¿no pode m os decir qu e Dios es en la n aturaleza el ser
activo [Seyende] y que la natura leza es solatnente el ser [Sey11l de Dios?
Por supuesto.
Solo que este ser IS<'y11l de Dios, en catnbio, es en sí mis1110 algo
vivo en g rado sumo y en todo sentido, tal como los artistas adornan
in cluso las plantas de los pies de Júpiter olí1npico con v ida 52 . Y cuando
habla1nos de esta manera no quere111os decir de ningún 111odo que Dios
v, la naturaleza sea n la misma cosa53 .

s, Con respecto a la co11for111ación ontológica de Dios. véase Schellin g 1989, 165 ss.
s1 La estatua de Júpiter e n O li111pia aa una de las siete maravillas del 111u11do.Júpiter, el di os cid
cielo, era ..:1cq11ivalc11t~' d e Zcus e n G recia. Los griegos creían q ue el cuerpo te rúa r., nto valor
co1110 la 111c ntc, d e modo que a111bos debían ser discipliruclos. Solo así se podía realmente
honrar a Zeus. La estatua tk O limpia supu estarm:ntc te nía tallados ele o tros dioses, figuras
místicas, esfi nges y figu ras aladas de vi ctoria alrededor de lo s pies de Zeus.
>.1 Schelling c.:onri1111a111c11tc debatió con est,, co mprensión ele la cloccrina de la identidad. R<'-
cordcmos que 1111a de las c ríticas que re;1liza H egel e n b ¡:e11,1111c110/ogÍII del espíritu va en esta
dirección.

134
De ningún 1nodo.
Ahora, si Dios nos produce o crea a partir de esta parte más baja de su
esencia [ vf-i>se11], que no es Él mismo, entonces, ¿nuestra esc11cia [ Wese111
inicial está diferenciada de Dios según su fundamento?
Por supuesto.
¿Y, por lo mismo, nuestra esencia puede elevarse a través de su propia
actividad bien para transfigurarse a sí misma en el ser activo [Seye11de] ,
de acuerdo con el espíritu, o bien para oponerse a él? C:isi como la flor
se eleva solo gracias a la fuerza vivificante del sol, pero también gra-
cias a su esfuerzo propio, de un oscuro suelo independie nte del sol, y,
transfigurando finalmente por sí misma su congénita oscuridad en luz,
pennanece no obstante como algo distinto de la luz y del sol, como algo
que proviene de un:i raíz distinta, y a pesar de haberse reconciliado con
la luz, no es la luz misma 5~.
Encie ndo, dijo ella.
Por lo canco, incluso cuando estemos ;.ibsorbidos en un deleite es-
piritual después de la muerte y este1nos completamente impregnados
por el presente divino, sin desear escapar del mundo bendito, incluso si
pudiéra mos, aun e n ese caso queda algo e n nosotros que es distinto de
Dios y que cierta1nente descansa, pero que estará allí para sie1npre como la
posibilidad de o bien separarnos tanto de Él como del ser activo [Seye11de]
o bien de estar dentro de Él d e forma inde pendiente. (76]
Se sigue cicrta1nente, dijo ella.
Y solo ahora, con la transfiguración con1plcta de la oscuridad congé-
nita en nosotros, se eleva la conciencia más clara y profunda de nosotros
mismos y de nuestra condición total, no solamente de la presente, sino
tambié n de la pasada, y n1uy lejos de que esta conciencia se deba desliac<.;r
como hielo en el agua , se vuelve 111ás bie n, y solo ahora, una conci encia
perfecta, en relación a la que nuestra conciencia presente, que constan-
temente es oscurecida y linútada por la renuente falta de concienci:i , es
solo con10 un sueño y un crepúsculo.

" Nueva mente, este pas:ljc rec uerda lo expuesto c11 el 'Jh11mlo de la libertad, en lo que rt·Spt·cca a
la existencia particular de los c11tcs siguic 11do a la vo lu111ad univers:11 o a la volum:id propia.
R ecordemos que en el caso del ho111brc se da una luc ha por imcntar ser sí 111is1110 ck scon o -
ciendo su fimdamt'lltO (Cf. Sc hclli11¡; 1989, 16 5 ~s.).

135
Ella afirmó esto tan1bién.
Pero ahora estaba detenninado a detener la discusión; pues ya hace un
largo rato gue lo niños n1ás pequeños estaban dormidos sobre sus juguetes;
las jovencitas 111ás grandes, que ya no cenían más con lo que ocuparse,
entraron una después de la otra a la habitación interior y se apegaron
a Clara. El doctor, por su parte, tenía todavía una pregunta preparada,
que 1ne planteó breve111ente y a la que yo buscaba dar igualmente una
respuesta breve; tal con10 las conversaciones acerca de cosas co1110 estas
se oyen 111ejor cuando se dan de noche, y comúmnente a través de los
estren1ecim.ientos ocultos que provocan sirven para 1nantener a los reu-
nidos 1nás tie111po juntos, de la m isn1a forma nos vimos repentinan1ente
envueltos en una discusión tal que duró n1ás de lo que había sido nuestra
intención. Así, el doctor dijo que lo único que no le había gustado de
lo que se había presentado era que la condición de la clarividencia haya
sido considerada con10 si fuera usuahnente la condición que sigue a la
n1uerte, pues fue dicho al misn10 tiempo que esta condición era en sí y
por sí bendita: cierta1nente son los menos los que pueden llegar a una
condición tan bendita inn1ediata1nente después de la vida, pero es com-
plct:unente imposible que todos puedan hacerlo.
R..espondí breven1ente y dije: Recuerdo haber dicho al rnenos una
vez que aquello solo corresponde a los rnejores; no obstante, lo que toca
a los demás no lo hemos investigado todavía.
Sin en1bargo, Clara pensaba que la conversación estaría del todo in-
con1pleta [77] sin esto; pensaba que tratando este tema estaríamos todos
juntos por una vez, y yo estaría por una vez, tal corno ella lo dijo, en la
corriente.
Pero le dije:¿ Usted cree que es n1uy fácil hablar satisfactoriarnente de
esto? Pues si yo quisiera hablar solo del extrerno opuesto de esta buena
condición, de la condición que esperan aquellos que han sido co1npleta
y pe1fectan1ente 111alos, entonces sería fácil; pero tal como en esta vida se
dan incontables niveles intern1edios entre lo bueno y lo malo, así también
se dan en la otra vida en cuanto a la bienaventuranza y la rniseria. Si el
dicho fuera cierto: que a cada uno se le recornpensará según con10 ha
obrado y pensado en esta vida, la apariencia del reino invisible no sería
tan siinple co1no rnuchos piensan, sino que debería ser 1naravillosan1ente
diversa. Pero, ¿quién querría atreverse a desentrañar y desenvolver las

136
n1aravill:1s de aquel mundo interior, si todavía estamos cerrados incluso
a las maravillas del inundo exterior que a diario tenernos ante nuestros
ojos? Verdadera1nente, aquel que hablara sobre esto debería haber rnuer-
to y haber vuelto a la vida presente desde la vida del nüs allá, tal como
el armenio en Platón55 , o tal como le ocurrió a aquel visionario sueco,
debería tener abierto su interior para sí mismo de alguna otra forn1a, de
modo que pudiera ver dentro de aquel n1undo, al que -para hablar con
precisión- estaría subordinado56 .
No obstante, el doctor creía que si se tuvieran los dos extre1nos de
una cuestión,lo que fuera que estuviera entre ellos podría ser concebido
con seguridad.
Yo respondí: Este puede no ser sie111pre el caso; y, ade1nás, aquí es
incluso dificil encontrar el otro extremo; pues vea usted si no deben1os
retroceder incluso 111ás, y si no hen1os afirn1ado 1nuy rápida y absoluta-
mente que la 1nuerte sería una transferencia a lo espiritual; pues desde la
corporalidad actual de un ser hmnano hasta la espiritualidad puede haber
tantos niveles intennedios que el ser hu1nano bien se puede liberar de
aquella al 1norir, sin por eso haber pasado a lo espiritual y haber dejado
por completo el 1ntmdo exterior y corpóreo. Incluso aquel en el que
está el buen gern1en de la perdurabilidad puede volverse espiritual solo
en cierto grado; pero cuando aquel que ya aquí fue donúnado por una
voluntad retrógrada o 1naligna está en una posición donde es obligado
a seguir a causa de la pérdida del cuerpo, (78] la indignación más viva
y un anhelo violento por el cuerpo se producirán en él. Esto ocurre
en especial en aquellos seres [Mksen] corpóreo-espirituales que estaban
acostumbrados a recibir toda iinpresión desde abajo o desde el cuerpo,

55
Este famoso mito aparece en el Libro X de l:1 Rcpríblica platónica. Cuando Er fue dejado en la
p ira funeraria, comenzó a relatar la experienc ia que vivió al esta r cerca de la muerte. C ontó
qu e había almas yendo de un lugar a otro - un lugar de recompensa y otro d e castigo. Luego,
qu iz~s después de siglos, retornaban a un valle. Las al111as podían entonces elegir su próxima
vida. E r hizo hincapié e n que aque llas al11us q ue h abía n estado en el lugar celestial y q ue
no habían sufrido tanto, no eran usualmc11tc lo sufi cic11 tcmcnte sabias como para elegir una
vida virtuosa. como aquellos que d escendieron al lu gar del castigo y que al volver elegían
con m ás prudencia. Así, las almas apre ndían co11ti11u:1111cnte de vida en vida.
S6 Schelling se refiere aquí al científico, teól ogo y filósofo E111anucl Swedenborg (1688-1772).
Swedenborg d eclaraba haber tenido un cnc11c11t ro revelador co 11 el misnúsi1110 Jes ucrisco,que
lo IJevó d e la c iencia al esoterismo y a rcvcbr a l:1 h11111:111idad el g ran secreto de b mu erte.

137
y que no estaban acostumbrados a estar subordinados al alma o a ser
guiados por las inAucncias de un numdo más alto.Así, esto permanecerá
incluso ahora siendo lo donúnante, y tenderá continuamente a volver el
alma a la corporalidad, co1no si fuera un peso colgado a e lla; y que esto
es una necesidad lo demuestran las concordancias sin previo acuerdo que
hay en las leyendas de diversos pueblos, que cuentan de la aparición de
t.1lcs almas en las tu1nbas o en lugares que ellas rnismas eligen; pode1nos
suponer estas leyendas como verdaderas o rechazarlas co1no con1pleca-
mentc falsas, que es lo que hoy en día está en uso.
En este punto se desató una ca lurosa discusión acerca de este cen1a en
general, con la participación de codos, co1110 suele ocurrir sietnpre que
esta materia se toca en un círculo familiar. En particular, C lara declaró
que estaba completamente en contra de codas las historias de este tipo.
Ellas ofenden todo buen sentido, dijo, a través de su vulgaridad común,
y con esto 111.uestran claran1ente su origen; en vez de despertar la creencia
en estas cosas, con10 ellos qu izás creen, recopilacion es de este tipo, por el
contrario, generan la oposición más determinada en su contra; ¿y quién
puede creer e n algo que le parece común y repulsivo?
El doctor, que ya se había propuesto hacer bs veces de defensor.
respondió e n parte en broma diciendo que ciertamente los miserables
representaban la peor parte de la sociedad y eran la hez del género hu-
mano, y también contestó en parte con la observación de que, a pesar de
lo anterior, había historias de este tipo que eran encantadoras, de las que
él había tratado algunas, en especial el incidente de Clairon57 .

57
A pesa r de no ser muy conocido c11 nuestros diJs. d arrob.1111icmo de b Jcrriz Cbir Joscphc
Hypollite Cbiron ( 1723- 1803). referido aquí, dio pit· para una discusión bastantt· aolor.1d.1
que duró algo así como trcima ai1os. El hech o foe publicado por primera vez en 179-l. en b
Corrc.<p<•11da11cc U11émirc ch: Henri Meister en 1794 y en 1798, a111bas contJdas por b propiJ
Cbiron y rraducidas al alclllfo. El caso füe como si gue: en la ci111a de b fallla de C lairon.
1111 cierto señor S.. que derrochaba su dinero con b espera nza de entrar e n los círculos de
élite. logró acercarse paubtinamentc a b renombrada actriz. Sin embargo, Cl:liron gustaba
tan solo de b amis1:1d del sc1ior S.. sin que este viera sa tisfecho su ::uuor. Al darse c uenta de
las intenciones del se1io r S.. Clairon se fue dimnciando de a poco de él. Decepcionado. el
señor S. cayó enfcrn10. C biron ayudó con los g:mos médicos. pero se neg:iba a ve rlo para no
generar confusión. Dos :11ios y medio después de su primer encuentro, el se1ior S. le pidió
a Clairon que lo fuera a visitar en su lecho de 11111crtc. Ella se negó. Es:i misllla tarde, a las
l l :00 de b noche, la hora en la qu e us11al111ent1· se reunían los conocidos de Clairo n en su
casa. se escuchó un ~rito horroroso. El alarido se repitió en múltiples oc:isio11cs, a la misma

138
Justn 11w 11te estas historjas, dijo ella, son a l:ls qu e,; no puedo en con-
trarles sentido. ¿Cómo es que debo co11sidcrar posible,; que a los que ya
se han ido les quede tanta voluntad como para gene rar a gusto efectos
en nuestro entorno o que incluso después de la mue rte puedan tomar
venganza de una criatura tan delicada, como contaba aquella historia?
(79) Incluso no me atrevo a decidir si podemos considerar tales historias
como moralmente posibles.
Sin embargo, dijo él, si tienen razón tantos científicos naturales con
toda su experiencia al hablar de un can1po de acción espiritual que
tendría cada ser vivo y del tipo de libertad que se pu ede ej ercer a través
de él, ¿no debería ser posible también, 111ediante esta esencia [T#sc,,J, en
tanto esté liberada, tener efectos imnediatos sobre b esencia misma de
las cosas y poder generar c:11nbios de una forrna co mplcta1nente distinta
a la nuestra? Pues nosotros para producir un sonido o algo por el estilo
producimos prin1ero un cambio en lo exterio r de las cosas soplando o
golpeando o haciendo algo similar, a través de lo que lo interior simple-
111e nte es 1novido de mane ra .m ediata, fuera de nuestro propio cuerpo,
donde es incuestionable que la voluntad estimula en prin1er lugar e
inmediatamente lo inte rior, y a través de esto recién lo exterior. Por lo
tanto, no parece imposible que aquella esencia [ ltllese11j, una vez liberada
de su cuerpo, pueda tener efectos sobre otras cosas con una libertad más
grande, al igual que un compuesto corrosivo, para liberar también en ellas
la misma esencia l ltllesc11l; y quizás el sonido, que de todos n1odos parece
estar n1uy e1nparentado con aquellas esencias l ltllcse11], es lo que es más fácil
de libe rar en este sentido, pues en algunos casos en la naturaleza parece

hor:i y siem pre e11 presrncia de Clairon. Después de 1111 tie mpo, el gri to s(• cransfor111ó e11
un disparo, pero 111111c:i se e ncontró b:ib alguna. U11;i vez, C lairon sintió un chasq uido e n
su oído q ue acomp;ii1ó el sonido del disparo. que seguía pasando sie mpre a l:i mism a hor:i.
Luego el disparo se volvió unas manos apla11die11do y después u11 a suave melodía. Pasados
de nue vo dos a,ios y medio - lo mism o que había durado su amisrnd con el seiior S.- los
exmños sucesos terminaro n. Tiempo después, clb se encontró con el sirviente que estuvo
con el se1io r S. c ua11do este murió. El sirviente le co ntó que cuando Clairon se negó a vi -
sita rlo en su lecho de muerte, el scrior S. exclamó: "¡110 ganará nada con eso, la persegui ré
después de mi na1e rtc ta11t0 como la perseguí e11 vida!" .AI morir, d reloj ma rcaba una hor:i
cercana a las 11 :00 de la 11oche. El revuelo 1111e causaron estos hechos fue 1;1I. q ue la historia
incluso fue adaptada por Gocth e en U 111erlu1/t1111,i:c11 de111sd1er Am,l/e111mulcrte11 1Co1wersacio11es
c111rc c11t(t?rm111•5 alc111m1c.<. 1795].

139
ser liberado de forma espiritual y no a través de vibraciones corpóreas.
Pero en general, continuó, aquella esencia [ 14'ésen] espiritual-corpórea es
incluso ahora el órgano propio de voluntariedad [ Wíllkür] o el n1edio a
través del que poden1os en ciertos casos producir cambios a través de la
sin1ple voluntad. ¿Qué es esta esencia inco1nprensible, mas visible, que
inunda la tnirada cuando el arnor o la ira despiertan, y de dónde pro-
vien e esta fuerza transfonnadora en lo bueno y en lo n1alo que utiliza
la herranúenta espiritual de todas? ¿De dónde viene la innegablemente
grande influencia de la voluntad sobre la eficacia del 1nedio, de 1nodo tal
q ue a 1nenudo esta últi1na parece ser un simple rnedio, a través del que
la intención del transn1isor actúa? ¡Qué poder muestran los extasiados
sobre aquella esencia [14'ésen] espiritual-sensorial, de n1odo tal que no
solo pueden extraerla completatnente del cuerpo [80] -con10 aquel
pastor que terúa la capacidad de retraerse de toda recepción sensorial
y de pern1anecer Ílnpávido con10 un muerto incluso frente a intensos
dolores- , sino que ta1nbién pueden regular el sentido del oído, que es
el últüno en expirar con la 1nuerte, hasta tal punto que ciertan1ente
perciben las voces de los que hablan, pero como si vinieran de n1uy
lejos! Incluso separar aquella esencia [Mi-sen] de uno mismo y tnandarla
lejos no parece in1posible para aquellos que afioran. ¡Cuán a 1nenudo
observé en hospitales franceses a pobres 1nuchachos suizos que tenían
nostalgia por su tierra y cuyos cuerpos estaban presentes, pero parcial o
co111pletan1ente desahnados, sin poder hablar, casi sin poder hacer señas,
con los ojos plantados en un punto, núentras quizás (así pensaba para
mí) sus espíritus deambulaban a través de las n1ontar"1as y acantilados de
su patria, y allí habrían podido ser vistos por alguien! 58 . Desde entonces
se 1ne volvió c0111pletan1ente creíble lo que recordaba haber escuchado
o leído, a saber, que aquellos en la otra vida incluso saben de la pronta

,;a Nuevamente puede estar pensando Schelling e:1 Jung. En 1808 Jung, bajo el nombre de
Heinrich Srilling, publicó 'l11eorie des Gcister-K1111de peoría del corroci111ie11to de los espíritus]. Este
libro causó gran revuelo en su tiempo y fue censurado en algunos lugares. Entre ocras cosas,
Jung menciona casos en que personas que están enfenms y que ven por largo rato a un;i
sola persona en particular caen en un trance y luego parecen como alejarse. En el parágrafo
204 Jung postuh que un ser del mundo de los espíritus puede llegar a conocer el mornenw
de la muerte de alguien, pues "el alma está donde ama".

140
llegada de un a1nigo o de un pariente al ve r su figura tien1po antes en
el círculo de los celestiales.
Prefiero creer, dijo Clara, en los fenó1nenos del 1nás allá que en los
fenómenos que ocurren en este lado, pues ciertan1ente que el alma no
está donde está, sino donde ama, y la nostalgia rnás verdadera es en efecto
aquella por la otra vida.
No obstante, continué después de un rato, ¿no debería ser en cualquier
caso extra110 el uso voluntario de la esencia [í4ésen] espiritual-corpórea
después de la 1nuerte? ¿No hay ta1nbién entre la clarividencia y el dorniir
niis1no uno o n1ás 1iiveles intennedios? El sueño 1ne parece ser uno de
estos niveles intennedios y, propia1nente dicho, 1ne parece ser un intento
imperfecto de producir durante el dorm.ir un despertar y, por lo tanto,
la clarividencia.
Al n1enos, respondió él, la experiencia indicaría que los sonámbulos
no sue11an; por el contrario, en tanto salen de aquel estado, conucnzan a
tener sue110s que son realtnente proféticos.
Entonces, sería concebible, dije, que los seres humanos que caen
casi con1pletan1ence con10 presas de la naturaleza exterior al n1orir, sean
poseídos por una especie de dorm_ir donde son atrapados por una tor-
n1enta de ideas parecida a los sueños; [81] y con ello concuerdan algunas
leyendas. ¿O hay algo nüs doloroso que estar aún vivo y soñar que se
vaga en un valle o en un bosque oscuro, y que no se puede encontrar
el ca1nino, que se busca y que no se es capaz de encontrar, que se está
encerrado y que no se puede escapar? En efecto, cosas con10 estas le
pasan a todo aquel que sueña. Si la imaginación es la herraniienta a tra-
vés de la que la mayoría de las personas pecan, ¿no debería ser ca1nbién
aquello a través de lo que la mayoría de las personas sean castigadas? Y
las torturas que esperan a los pecadores en el otro mundo ¿no deberían
ser pritnaria1nente torturas de la fantasía, cuyo objeto sea especialmente
el inundo corpóreo previo?
Él dijo que esto le parecía ser bastante probable tan1bién.
Pero, continué, incluso si después de la 1nuerte la condición de la
clarividencia fuera necesaria en general, al menos porque los que se han
ido están conectados con el n1undo corpóreo solo a través de aquella
esencia [ í4ésen] espiritual-corpórea, entonces todavía sería concebible
una condición opuesta al bien. Pues, ¿no ha conocido usted enfern1os

141
a los que aquella condición les trajo l.i m.iyor sens.ición de bienestar, de
liberación del dolor y de sanación, pero tan1bién otros que, al estar en
esa condición, sintieron dolores terribles y se hundieron n1ucho rnás
hondo en sus males?
Él afinnó esto.
Ahora, continué, ¿no debería ser posible algo parecido después de
1a 1nuerte, de 1nodo tal que para aquellos que ya aquí vivieron 1nás de
1nanera interior que exterior, la condición de la clarividencia sea la más
bendita, gracias a su interioridad y a la liberación de lo rneran1ente ex-
terior; pero que para aquellos que sie1npre se las han visto solo con el
cuerpo y, a través de este, con las cosas exteriores, y que fueron con1pleta-
1n ente hechizados por la sensualidad de los entes [ Wesens1 exteriores, esta
condición solo traiga tortura, pues ya aquí han huido de ella con todas
sus fu erzas y se han resistido contra toda interioridad al punto de callar
e incluso, si es que hubiera sido posible, de 1natar lo divino en ellos; en
una palabra, han intentado vivir lo 111ás exteriormente posible? Pues aquí
ellos bien pudieron soportar esta situación, en parte porque la naturaleza
exterior, a pesar de su degeneración, todavía contiene 111ucho (82] de
la benevolencia divina, que funcionaba co1no un bálsa1no incluso sobre
ellos; y en parte también porque llenan co1npletan1ente sus ahnas con las
cosas exteriores y, tal como ellos can correctamente lo dicen, se pu eden
distraer con ellas. Pero allí, donde todo lo exterior desaparece y donde no
queda más condición que aquella interior, ciertan1entc flo tarán justo entre
el ser [Seyn] y el no ser P\fichtseyn]; incapaces de darse el lujo de entrar
en lo que realmente es el ser activo [Seyende] y separados por la 1nuerte
de aquello que ellos creían que lo era -del ser que no es activo f1Yichtse-
yen.de]-, intentarán todo para aminorar este tonnento. Por 1no1nentos
querrán ascender, pero se hundirán indefectiblemente; por mon1encos
su itnaginación los traerá a este n1undo, hasta que den cuenta una vez
1nás de que no hay nada y de que es u n extravío del camino recto. Estas
personas son afortunadas si alguna ayuda 1nás alta o el llain.ido de alguien
ya difunto los pone finahnence en la senda correcta: y esta condición la
considero propia1nente corno la condición de la purificación del ahna,
de la que tanto viejos co1no jóvenes han hablado 111ucho. Pues solo pocos
ascienden tan puros y libres de todo an1or a lo terrenal, de forma que
puedan ser absueltos itunediatan1ente y puedan llegar al lugar n1ás alto.

142
Pero incluso aquellos, en los que nunca una voluntad n1aligna echó raíces,
sino que el gennen originario del bien, a pesar de haber sido a menudo
ocultado por Jas espinas del inundo y de haber sido inhibido su desarrollo,
nunca fu e dañado o completa1nente destruido; incluso ellos ascienden
agraviados por n1ucha vanidad, por opiniones Lusas, por ilusiones y por
otras itnpurezas que no les penniten alcanzar, por así decirlo, la sociedad
de los santos, de los que son perfectarnente benditos y sanos, sino que
antes tienen que pasar por nu1chas depuraciones, unos por n1ás, otros
por n1enos, y deben cefürse a este ca111ino durante un tie111po corto o
largo, dependiendo de cada uno. Y ciertamente una cal purificación no
puede ocurrir sin dolor. Pues, ¿có1110 pueden extraerse de un aln1a tantas
raíces de corrupción, cómo pueden ser corregidas tantas curvaturas sin
un sentimiento inexpresable de infinito desacuerdo y contrariedad, que
se encuen tra entre la igualdad y la curvatura, entre la luz de la pureza de
Dios que se quiere hundir en el alma y entre las constituciones generales
183] del alma que son con1pletamente opuestas a esta luz? ¿O todo lo
Ílnpuro y lo rnalo puede ser n1ovido sin una intervención profunda y
dolorosa, ser invadidos, sornecidos por su opuesto, destruidos y sacados
de su lugar? ¿Podría ocurrir esto en un ahna que no solo tuvo que ver
exteriorn1ente con lo 1nalo y lo irnpuro, sino que estaba co1npleta1nente
iinpregnada por ellos, que incluso se mezcló con ellos y que creció con
ellos en su interior, en especial el alma que estaba en la condición de
la clarividencia o en una condición cercana a ella, que es 111ucho más
sensitiva que un alrna que está en la condición precedente y n1ás común?
¿Me equivoco o tan1bién he escuchado de usted que la sitnple presencia
de seres hun1anos in1puros es percibida con la 1nayor vivacidad en aquella
condición, y que de 111uchas fonnas la perturba o incluso la iinposibilita?
Ciertan1ente, dijo él, es así corno es, y dijo que lo sabía por 1nuchos
eje111plos.
Así, dije, cuando el impuro pasa después de la muerte a una condi-
ción parecida o al n1enos aproxünada a esta, cuán tortuosa le debe ser
su propia presencia, estando ya solo consigo 111ismo y cosechando todo
lo que sembró. Si cada deseo n1aligno y cada tendencia son considera-
dos co1no parte de un tipo de personalidad, y cada acción pecarninosa
continúa viviendo en el ser hu1nano con10 un espíritu n1aligno, ¿cuán
sensible debería ser el alma a este séquito in1puro que se lleva consigo

143
desde aquí? Esto, creo, 1nuy probablemente se puede diferenciar de las
condiciones opuestas que se dan después de la 111uerte. No obstante, a nú
al 1nenos 1ne parecería 1nuy linútado aquel que solo quisiera hablar de
dos condiciones opuestas; por lo tanto, se sigue directamente del últirno
funda1nento dado que también fisicamente es necesario que las cosas
puras y las cosas irnpuras estén en lugares distintos e incluso opuestos.
Pero ya incluso aquí hay muchos escalones que llevan desde esto visible
hasta lo invisible, tal con10 el cuerpo y la luz son ciertarnente visibles,
pero el sonido es solo audible e invisible (debe haber alguno que diga
que ahora se lúzo visible).Y esto en grado sun10 con respecto a lo que
los otros dos sentidos, el olfato y el gusto, captan en lo más interior de
las cosas, que no puede ser expresado por ningún otro n1edio; y 1nenos
lo que tiene efecto sobre la constitución variable del aire, (84] que, de
acuerdo con las conclusiones que poden1os sacar con nuestros instrurnen-
tos exteriores, pern1anece sie1npre igual. Lo 1nisn10 ocurre con aquello
activo que produce las enfennedades y cuya influencia se extiende por
todo el reino vegetal y el reino anüna1. Yo digo que dado todo esto, a
pesar de que se dé en lo visible, nos es co1npletan1ente invisible y nos
está oculto, y cada esencia [l¾sen] de este tipo, con10, por ejen1plo, el
sonido, parece tener su propio reino, que existe completamente por sí
1nis1no y que no se n1ezcJa con ningún otro, de 1nodo tal que debería-
mos tener aun menos reparos en creer que en el reino invisible, en el
que entra1nos después de la 111uerte, se pueden encontrar 1nuchos reinos
particulares y n1uchos 1nundos totahnente distintos entre sí, de los que
cada uno tendría el donúcilio de un género particular o de un género
deternúnado. En efecto, deberíamos tener aun 111.enos reparos en creer
que 1nuchos de estos lugares maravillosos no están fuera del círculo de
lo que en conjunto se conoce con10 lo visible, y que la verdad es distinta
a con10 se nos ha presentado con1ún1nente, a saber, que no es que cada
ahna sea liberada y absuelta de esta baja región que es la tierra inrr1edia-
ta111ente después de la 111uerte, sino que quizás alcanza lo propiarnente
suprasensible recién a través de una espiritualización gradual.Y tan1poco
se debería suponer que todos se quedan en los lugares n1ás bajos para
ser castigados o para estar en una condición en sí nús111a dolorosa; ¿o no
deberían recibir aquellos que, si bien solo vivieron según las reglas de la
naturaleza exterior, se apegaron reahnente a ellas, co1110 ho1nbres rectos,

144
valerosos y prudentes; no deberían recibir estos algún tipo de mundo
de paz, una isla de los benditos, de modo tal que aquello que los viejos
dicen 59 de los Campos Elíseos dej e de ser una sirnple fábula al tien1po
que deja de serlo toda su nútología? Pues es difícil de creer que pasen
inmediatan1ente a un n1undo espiritual; pero 111ás dificil de creer es que
se queden en una condición dolorosa; n1ás bien, es justo que también allí
cada uno viva según su creencia, de n1odo tal que aquellos que, co1no
Sócrates, se despiden anheJando el Dios bueno y sabio o aquellos que el
Dios lla1na, ya que solo una 1nano divina los puede sanar, como Edipo
transfigurado con la m.uerte, alcanzarán a su Dios e irán hacia Él. No
obstante, aquellos que al llegar a ese punto tenían 111ás sociedad con la
naturaleza exterior, sin que por eso hayan vivido como impíos y con10
olvidando co1npleta1nente a Dios, serán retenidos quizás en una tierra de
silencio, sin dolor. Pero pern1anecerán en una vida parecida a las sombras,
[85] hasta que el impulso hacia una existencia [Daseyn] n1ás alta despi erte,
con10 despertó en la noble ahna del Aquiles de Hon1ero, a pesar de que
haya sido corno un vano deseo de volver a esta vida, cuando dice: que
querría más ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de
corta despensa que reinar sobre todos los nrn ertos que allá fenecieron60•
Pero lo que en particular me hace creer en cales condiciones no es so-
larnente la consideración de la gran 111ultitud que vive sin ilustración y
sin ideas acerca de una vida reahnente m.ás alta, y que por lo núsrno solo
puede volver a vivir esta vida en una forn1a distinta, a saber, en la forn1a
de una vida de son1bras, sino que ta1nbién aquellas oscuras palabras de
los padres del Antiguo Testamento acerca de un lugar escondido bajo la
tierra, donde todo descansa, acerca del infierno como un poder, con10 un
lugar que retiene, que no deja que le roben su presa, inclu:;o si un rayo
irrmnpiera en todas partes con la esperanza de que el justo no perma-
necerá en este lugar. No nos está perm.itido considerar en su conjunto
estas palabras con10 1neras fábulas, si es que tene1nos algún respeto por
la santidad de las antiguas tradiciones. En efecto, ¿no es creíble que, en
general, núentras más penetre lo espiritual en esta vida exterior, 1nás y

s? Bcnz (1955) nota que Schelli ng ocupa com(mmente esta expresión para referirse a O eti nger.
"' Homero, Odisea, XI, 488 ss. Esta nota aparece aclarada en la primera edición separada de K.
F. A. Schelling, de 1862.

145
rnás disminuye el poder del inframundo sobre los muertos?; ¿o tatnbién
deberíamos considerar corno fonnas d.:.; deci r completamente vacías y
generales aquellas palabras acerca de la victoria sobre el antiguo reino
de la muerte que Cristo llevó a cabo? J\,lás bien, yo creo esto. La nmertc
realmente se había convertido en un poder. Cuando el ser hmnano, con10
ellos dicen, volvió a la naturaleza exterior y detuvo el desarrollo de lo
espiritual , despertó aquel te1nible poder, que Dios había detenn.inado
como simple soporte de la criatura, y lo llamó a la existencia. La fuerza
no pudo destruir al ser humano, pero lo retuvo incluso en la 1nuertc.
excepto a aquellos que Dios eligió. Solo cuando Él, por el que todas las
cosas fueron hechas en un principio, descendió a la naturaleza hundida.
ahora mortal y convertida e n efimera, para convertirse dentro de ella en
una unión entre la vida espiritual y la vida natural. Solo en ese momento
el cielo, el verdadero inundo espiritual, fu e abierto de nuevo para todos,
y por segunda vez el lazo entre la tierra y el cielo estuvo sellado. Cuando
Él 1nurió, [86) se extinguió la t'.tn.ica luz ele la naturaleza exterior que le
quedaba al ser humano, como símbolo del poder 1nás alto que la muer-
te había ejercido; pero can pronto como Él pisó aquella oscura región,
la tierra tembló y el telón del templo se rasgó -tal como ocurre en la
imagen que tene1nos de la separación entre este inundo y el te mplo más
sagrado, que es donde te ne1nos ahora la esperanza de ir después de la
1nuertc-, y las frecuentes apariciones de santos ya fallecidos mostraron a
toda la ciudad santa la superación del poder de la muerte.Y así, queridos,
volverían1os a la dulce fiesta que hoy celebrábamos, y que es la verdadera
celebración del nacimiento de toda la naturaleza y del ser hun1ano a la
vida eterna; la edad espiritual y vital de la tie rra comienza desde este día
en adelante, pues también ella pasará por todo esto.
Pero ahora, ni110s, ter111ine1nos y no nos quedemos hasta pasado la
n1edianoche, pues ya m e temo que alguien que nos haya escuchado pueda
decir que hemos tenido ideas que solo pennitc la noche. Pero incluso si
no es este el caso, debemos parar de todos n1odos.
Y así, pues, terminamos y cada uno de nosotros se fue a su casa.

146
IV
[INTER..lUDTO) 6 1

Casi a la niisma hora, unos días o semanas más carde, lkgó un libro de
filosofia que, e ntre algunas de las cosas extrañas que contenía, est:iba es-
crito e n un le nguaj e completamente incomprensible, y, por así decirlo,
rebosaba de barbaries de todo tipo 62 • Clara lo encontró encima de mi
mesa y, después de leerlo por un 11101nento, dijo:
¿Por gué es imposible que los filósofos de hoy e n día no puedan
escribir, al menos e n parte, con10 hablan? ¿Son necesarias estas palabras
tan terriblemente artificiales? ¿No se puede decir lo mismo de una fonna
más natural y humana? ¿Debe ser insoportable un libro para que sea de
filosofia? N o me refiero con esto a la oscuridad que emana de las profun-
didades, y que solo existe para aquellos cuyos ojos están acostun1brados
a mirar más allá de la superficie. [8T] Lo 111:1s profundo, según siento,
debe ser al mis1no tie,npo lo 1nás claro ; tal como lo más claro, como, por
ejemplo, un cristal, porgue es tal, no parece acercarse a mí, si no q ue n1ás
bien parece :üejarse y se r más oscuro, y cal como puedo m.irar dentro de
una gota de agua como si mirara dentro de un abisn10. Ciertan1ence lo
profundo y lo oscuro deben ser diferenc iados. Una cosa es lo profundo
y una cosa distinta es lo oscuro; una cosa es el c reciniie nto naturalmen-
te abundante de una raíz sana donde cada vástago porta brotes nuevos
sin que el artífice se lo proponga o preste especial atención, y otra cosa
es la m ezcla inte ncional de varios ing redie ntes y la cruza artificial que
no dejará nada más que muerte y materiales inútiles una vez que se los
vuelva a separar.
Yo ta mbién , dij e, pre fi e ro ver al fi lósofo con una guirnalda amisto-
sa en sus cabellos que con una corona de espinas propia de la ciencia,
con la que se presente ante el pueblo co,no el ecce li o111mo verdadero y

•• Schroter omite d número d e esta sccció11.


,,: Este pasaje se entiende com{111mcm c com o 1111:1c rírica :, l:i Fe11oi11c11ol<irtía del t·s¡,íri111 de Hcgd.

147
atormentado. Me acuerdo de un dicho de Pascal, qu e decía que c uando
alguien se encuentra con un contenido excelente, escrito de una forma
natural y no forzada, se sale de sí 111jsmo y se deleita, pues pensaba que
leyendo tales libros se encontraría con un escr itor en particular, pero se
encontró con un se r hmnan"¡. Lo profundo se co1nporta corno lo que
parece ser su opuesto, lo sublime, que cuando es vestido con las palabras
más sitnples, que hasta los obreros y los artesanos pueden entende r, tan-
to más efecto tiene. El lenguaje del pueblo es como si viniera desde la
eternidad; el lenguaje artificial de las escuelas es de ayer. Lo eterno según
la c uestión, si es tal, buscará sie1npre, en última instancia, lo eterno según
la expresión.Y tanto 1nás n1e sorprendo al ver que esto no ocurre en la
filosofia mientras más general se hace la atención que se dirige hacia ella,
canto que incluso se ha transformado para algunos en la representante de
la revelación , y en la gran cabecera de gu erra de nuestra época, presin-
tiendo la 1nuerte ce rcana en la batalla, no como Saulo 63 , que convocó al
espíritu de los profe tas y preguntó sobre la inmortalidad, [88] sino como
fil ósofos. Incluso las n1L~eres asisten hoy a las lecciones de filosofia. ¿No
tie nen todos un:i amjga, por ej e mplo, con la que c01nparten con gusto sus
co nviccioncs?Y si es así, ¿por qué no se le habla a todo el pueblo con el
lenguaj e que se us:i con los seres queridos al hablar de cosas superiores?
llcc ucrdo, dijo Clara, que cuando Albert estaba todavía con nosotros,
tc11fo111os discusiones que solo era necesario escribir para que fueran es-
timub11tcs e n general. Díga1ne usted, ¿por qué las discusiones filosófi cas
110 se escriben más generalmente?
R espondí:Ah, querida, sobre eso habría mucho que decir. Para que
las disc usiones filosóficas no sean sosas, se requieren ciertos tipos de
personalidad. Ciertan1ente nosotros no car1::cernos de eso; no nos faltan
ho1nbres ilustrados, reconocidos por toda Alc1nania, que cuentan con la
trusma confianza honorable que alguna vez tuvieron los sofistas de Greci:i,
ni nos faltan los oradores testarudos e incluso un poco in1pertine ntes.

" N o ta ele K. F. A. Schelli11g: Pe nsées dive rs.:s 41 .


,,., Saulo o Pablo de Tarso tuvo una conve rsió11 reli giosa de cami110 a Da1msco (H echos. 9: 1- 30) .
Después de su conversió n se dedicó fucnememc a predicar; fue 1111 o rador b:mamc fam oso.
c.1pn de habl:ir a una gran gama de person:is. Prcsunúblcmentc. y e n esto seguimos como
e n varios otros pumm :1 la tr:1ductora inglesa. Schelling quiso promover una voz de l pueblo
ames que la voz de un filósofo.

"148
que bien podrí:t11 dejar e n vergüenza a un ascuto Sócrates; lamentable-
m ente, 11 0 nos folta nada más que el Sóc r:1tes mjsmo, una personalidad
tan reconocida y a la vez tan determinada. Además, nuestros filósofos
norn1almente entablan aburridas y largas discusiones con libros de por
1nedio, lo que es casi como si dos hombres, uno en E uropa y el otro en
A.tnérica, se pusieran a jugar ajedrez, haciendo dificiltnente posible la
emoción dramát1 ca. Pu es, con10 ellos suelen decir, ni la obra ni la cinta
se vuelven rojas; qu izás por qué razón algunos todavía consideran l:1
imprenta con10 un inve nto espléndido, incluso verdaderame nte divino.
Con mayor razó n, dijo ell a, aquellos que entie nden esto deberían
erigi r pequeños escenarios donde pudfrran resu mir un largo debate y,
por así decirlo, foc:-tlizarlo en un solo punto y presentarlo vivamente ante
nuestros OJOS.
Dependería de lo que se intentara hacer, dije. Si tan solo nuestra imi-
tación y representación de ciertas personaLidades no fueran cornadas ta n
fücilmente con10 una personalidad en sí nusma, lo que no les ocurrÍ:l a los
antiguos, y lo que e n realidad sería posible :1hora bajo ciertas ma nos. f89j
Bien, e ntonces, dijo ella, si no pode1nos tomar perso nas desde el
presente, ¿por qué no desde el pasado?
Pero no desde la antigüedad, dije, corno ocurre en algunas de las
tragedias llamadas griegas.
N o, respondió ella, desde una época que nos sea más cerc;1na o nlás
reciente. Por ejemplo,¿cuántas espléndidas personalidades filosóficas debe
ofrecer el siglo XV o el siglo XVI ,si es que es cierto lo que se dice acerca
de la corte de los M edici? ¿Cu;1ntas pe rsonalidades igualmente insignes
nos ofrece incluso una época m:is reciente?
Si tan solo fuera de nuevo lo nusmo, dije ; a saber, qu e el discurso
filosófico se pareciera 1nás a una com edia que a una tragedia, que tuviera
que ton1ar su material más del presente que del pasado. Si tan solo no fuera
de otra manera, apa reciendo d discurso filosófico corno frí o y agotador,
a pesar de codos los esfuerzos que se ponen en la verdad y la vivacidad.
El filósofo que tiene algo verdadero que decir o que describir acerca de
la ciencia, 110 se preocupará por investigar las propiedades más ren1otas
del asunto, como sería necesario para poder describir dichas propiedades
fehacientemente. Pa ra mí, al menos, la finnc observación del modo ele
hablar, de vestir y de otras formalidades de épocas antiguas tiene algo

149
que va en contra de la libertad de la o bra de arte; entonces, para qu e un
discurso tenga un efecto vivo en nosotros, ¡cuánto más se debe ton1ar
desde el presente o co1no presente!
Bien, dijo ella, si el pasado no puede proveer el niaterial, y la realidad
circundante ciertan1ente podría hacerlo en parte, considerando esto con
ciertas reservas, entonces hay todavía un punto 1nedio.
¿Cuál es ese?, pregunté.
Que las discusiones sean ideadas a partir de las cualidades de nuestra
época, tal co1no si fueran sacadas de nuestro presente, pero sin intentar
inútar a ninguna persona en particular; discusiones que se pueden tener
ahora y que sin duda se tienen reahnence. Repito de nuevo la pregunta:
¿por qué no se podrían (90] escribir las discusiones tal con10 solemos
discutirlas entre nosotros, independiente de si son inventadas o si se han
discutido reahnente?
Oh, querida, ¿quién sería capaz de describir en su integridad a una
Clara tal como la ven1os frente a nosotros, con todo el encanto y la
ternura al hablar, con toda la gracia de sus n1odis1nos inesperados, con
el inspirado y co1nunicativo juego de los 1nás suaves gestos faciales? Al
menos yo no sería capaz. E incluso en ese caso, el discurso no podría
estar allí co1no caído del cielo, sino que codos exigirían natural111ente
saber Jo suficiente acerca de los entornos y de las relaciones para poder
imaginarse a esa Clara co1no una persona real.
Ahora, dijo ella sonriendo, n1e parece que para hacer esto y para
cin1entar histórica1nente una discusión co1110 la nuestra no es necesaria
una capacidad de Ílnaginación extraordinaria.
Así es ciertan1ente, dije. Con cuánta amargura se le recrin1inaría a
alguien que quisiera pro111over cales discusiones que le falta itnaginación
o que tiene una in1aginación pobre, precisainente porque los tnenos pen-
sarían que lo exterior debe estar co1npleta1nente subordinado aquí y que
lo inventado debe ir a lo interior. Y, por el contrario, si el ingrediente de
lo histórico saltara a la vista solo hasta cierto punto, oiría lo que dicen
ahora: ved qué híbrido es esto entre una novela y una discusión filosófica;
aunque conozco novelas que con razón son apreciadas, pero que han
sido intituladas algo así con10 discusiones 1norales, siendo avergonzadas
por su título, no por su contenido.

150
¿Y al final qué sería tan n1alo en esa cornposición?, dijo ella. ¿No
tiende en realidad la novela en gran n1edida al diálogo en su 1novim.iento,
el que fluctúa entre lo dra1nático y lo épico? Por lo tanto, la pregunta
todavía es si alguna fonna es 1nás cercana a la discusión filosófica en
nuestra época que esta.
No lo sé, dije, pero según su naturaleza la novela contradice la unión
de tie1npo y acción; en el discurso fi1osófico, por el contrario, esta unidad
me parece ser tan esencial corno en las tragedias, pues allí todo ocurre de
n1anera co1npleta1nente interior [91) y todo tiene que estar decidido en
un punto, por así decirlo, sin 1noverse de la locación original en razón a
la ilación de las ideas.
Sin duda, dijo ella sonriendo, ¿de 1nodo tal que la ilación de ideas
que descansa en modis1nos delicados, pasajeros y a 1nenudo solo mo-
n1entáneos no se desvanezca?
Por supuesto, dije.
Ahora, continuó ella, esta objeción me parece ser la más in1portante
de todas; pero o podría ser evitada en la forn1a en que es ejecutada o
la unidad que comúmnente es violada podría ser reconstituida en una
unidad 1nás alta.
Entonces se debería considerar el asunto, dije, y hacer las pruebas
correspondientes, pues la obstinación de cada fonna de arte se conoce
solo en el ejercicio.
Sea como sea, continuó ella, siento vívidamente el beneficio que
podría tener exponer las ideas filosóficas de esta n1anera para nuestra
época, que con todo desea en gran n1edida la ciencia. Hay rnuchas quejas
acerca del sinsentido que es impulsado por sisten1as filosóficos y teorías;
¿este sinsentido no debe tener su fundarnento ante todo en el uso de un
lenguaje artificial?
Es cierto, respondí, las palabras artificiales pueden ser repetidas incluso
por alguien que de otra 1nanera sería insulso, con10 siempre se ha visto, y
este puede reco1nbinarlas de una fonna que a pesar de todo sea propia,
aunque sea tonta y ridícula.
Pero, dijo ella, quien pueda presentar la cuestión en un discurso agra-
dable y en extre1110 natural, debe poseer realrnente la cuestión, penetrarla
y estar con1pleta1nente penetrado por ella. En realidad, agregó, no espero
nada del filósofo que no puede hacer con1prensibles sus ideas fundan1en-

151
tales a cualquier ser huniano educado o, sí fuera necesario, a cualquier
niño inteligente y de buen natural. ¿Adónde se llegará con esta separación
entre los acadén1icos y el pueblo? En verdad, veo venir el tiempo donde
el pueblo, que constante1nente se vuelve n1ás ignorante respecto de las
cuestiones 1nás altas, se alza y les pide cuentas a los acadénucos y les dice:
Vosotros deberíais ser la sal de vuestra nación; [92J ¿por qué no nos saláis
entonces? Dadnos de nuevo el bautís1no de fuego del espíritu; sentin10s
que lo nccesitan1os y que estainos lo suficiente111ente cerca.
Y así habla1nos todavía algo n1ás acerca de esta relación; en parte
entonces, en parte también 111ás tardé".

"' Aquí termina hi edición separada de C/am de Ehrcnbcrg (1922).

152
V
[CAMINATA DE COMIENZOS DE PRIMAVERA]

Aún en el límite entre el invierno y la pritnavera, elegin1os un bello día


para subir a la vieja capilla en el bosque.
En el ca1nino, Clara contó que los pescadores le habían dicho ayer
que el lago estaba n1ostrando signos de primavera, el aurnento y la caída
del agua disrninuía, e incluso se había visto aves acuáticas que desaparecen
con el invierno. Anhelé, continuó, ver el lago todo el invierno. H emos
hablado tanto y tan a n1enudo sobre la vida de los espíritus, y siempre
tuve a la vista la imagen del lago. Los antiguos ciertamente no ruspusieron
el sitial de los benditos en islas rodeadas por un lago porqu e sí.
Esta unión de ideas parece n1uy natural, dijo el doctor. El río es n1ás
una itnagen de la vida real, él arrastra nuestra imaginación consigo ha-
cia una lejanía sin n1edida, con10 hacia un futuro lejano. El lago es una
iinagen del pasado, de quietud eterna y de aislanúento.
Sin en1bargo, continuó ella, confieso que sus discursos han dejado
en nú un deseo todavía insatisfecho.
¿Cuál es ese?, pregunté.
¿Debo decirlo?, respondió ella. Usted ha hablado continua1nente de
lugares y regiones en lo invisible, ta1nbién de lugares intennedios entre
este n1undo visible para nosotros y aquel n1undo verdaderamente invisi-
ble, pero se refirió también a un lugar 1nás alto, donde los menos llegan
inn1ediatan1ente después de la muerte. Hagán1onos al n1enos una idea
de este lugar, de este cielo propia1nente verdadero; o si no, ¿de dónde
1nás vendría el ansia con la que todo es asiinilado, a pesar de que este
todo conserve en gran 1nedida la apariencia engañosa de ayudarnos en
algo a entender? (93] Y que llan1e usted a aquella morada un "lugar" es
bastante enigmático. ¿Los espíritus pueden estar también en un lugar?
En efecto, respondí, este asunto pertenece a las cosas nlás enignláticas,
pues se funda en el 1nisterio del lugar y del espacio en general, al que
no puedo evitar dar un fundan1ento real. No obstante, considere de esta
manera la cuestión: que nosotros, con10 todos los seres [vvésen] creados,

153
no podemos ser eternamente por nosotros mjsmos, por lo tanto debe-
mos ser concebidos en algo distinto, que ta1nbién compre nde a todos
los dernás seres I Wese11]; y ahora IJame usted a esto rustinto el lugar, tal
como tantos otros han dicho que Dios mismo sería el cielo y el lugar de
los espíritus, o que su gloria lo sería.
Al menos, dijo ella, después de su discurso se me viene a la cabeza,
casi como una idea infantil, la ocurrencia -con la gue algunos se entre-
tienen- de buscar la morada futura o incluso el ciclo en alguna de las
incontables estrellas sobre nosotros65 •
Y, sin en1bargo, dije, ¿110 nos ayudaría bastante en estas pregu ntas
más altas tener una certeza n1ayor en cuanto aJ mundo estrellado que
está más allá de la tierra? Pues incluso aquí podemos elevar con seguri-
dad nuestras ideas desde lo visible hacia lo invisible; ¿cómo podríamos
determinar aJgo sobre el mundo de los espíritus sin antes conocer los
línútes del mundo visible?
Esta conclusión no me es del todo clara, d ijo el doctor; pues conocer
los límites es importante para nosotros e n cua nto a cosas que se funden
unas c11 otras; e n c uanto a cosas que son con1pletamente opuestas, parece
ser irrelevante.
Pero, contesté, continua1nente he dudado y vuelvo a dudar ahora qw:
b naturaleza y el n1undo de los espíritus sean tan opuestos en la realidad
como parecen serlo conceptualmente. Pues, antes que todo, el m undo de
los espíritus es por de pronto un mundo tan real como este mundo visible
de aqu í; ¿o debería1nos tenerlo por 111eramente por un mundo ideal?
Por ningún tnotivo, respondió él.
Para la mayoría, dije, es común considerar lo espiritual con10 n1e110s
reaJ que lo co rpó reo; y, no obstante, ya esta 194] naturaleza suborrunada ,
de Ja que somos testigos y observadores, exhibe tantas cosas espirituales,

•·~ Esta puede ser 1111a referencia a la tercera parte de l'lll,Rc11u·i11e N11t11ry/csd1ir/111· 111ul 11,eoric drs
Hí111111cl.c (HístorÍfl 11nt1,ra/ .ee11er11/ y teoría ,Id <icfo, 1755) de Kant. Esta sección discute sobre
los habitantes de otras estrellas. Kant especula que con la muerte d alma puede vivir en un
planeta distante. Al tiempo. Kant dice que cualqu iera podr ía burlarse de esas ideas y que
nadie b=ría su e)per:111z..1 en Olra vida en tales vuelos de la imaginación. A~imismo, Gau ld
(1992, 150) co111c111a que varios sonámbulos dieron cuent, de viajes a o tros pbnetaS o, más
aún, de viajes al ciclo o de encuemros con los mue rtos. Estas dos facetas del sueiio magnético
se sustentan en b idea de que después dl· la n111erte el espíri tu va :1 un pbneta di~tinto; estas
ideas pululaban alrededor ele 181 1, pero 111111ca füemn documentadas.

154
que e n grado alguno son n1enos reales y fisicas que las cosas a las que
usuahnente nos refe ri1nos. Y también hemos afinnado que a lo espirüual
le sigue lo fisico después de la mue rte.
Por supuesto, dijo él.
Por lo tanto, continué, ¿aquel mundo distinto o espiritual no debe
ser en su propia for ma tan fisico como este mundo presente y fisico es
en su propia forma espiritual?
Clara se vio muy feliz con esta inte rve nción y 1ne preguntó por qué
no había hablado de esa manera e n la primera discusión.
Con gran vivacidad me pidió que dijera lo que suponía como físico
en aquel otro n1undo.
Dije:Tan pronto como usted o cualquier otro anúgo n1e despoje de
la ignorancia acerca de este cielo visible, intentaré dirigir los ojos de mi
espíritu a lo invisible.
Y, no obstante, dijo ella, aquella ignorancia no parece ser tan grande;
pues ninguna ciencia es tan generalmente apreciada gracias a su certeza
e importancia, tanto por expertos como por aficionados, como la as-
tronomía .
Quizás, dije, la culpa no radica en esta ciencia, sino en nú. Lamenta-
blemente tengo, como el artista, un prototipo en nú n1ente con el que
guío mis asentimientos. Si algo calza con él, entonces asiento, incluso
si el asunto parece extraordinariamente increíble. Pero si este prototipo
interno rechaza la cuestión, entonces no puedo creerla, e incluso aunque
fuera extraordinarimnente creíble o, co1no se suele decir, aunque estuviera
fuertemente probada. Para mí es lo misrno respecto a esta ciencia. Pues lo
que dicen haber descubierto aquellos que enseñan sobre las estrellas no
tiene la más mínima probabil.idad para mí, y lo que es intrínseca1nente
probable para nú, nadie lo ha descubierto.
Entonces, dijo Clara, debería compartir lo que para usted es probable
de acuerdo con su propio sentir y lo que es improbable en lo que se
asmne generalmente. l95)
Aquí estarnos entre nosotros, dije, así que bien podría intentarlo, pero
no ahora, sino cuando esternos arriba.
Poco después llegarnos a un punto desde donde se podía ver por
primera vez el lago co1npleto. Era una vista encantadora. El aire estaba
quieto; el cielo azul irnnóvil colgaba con algunas suaves nubecitas sobre

155
el lago y se reflejaba e n él; solo 111ovicla por su propia fuerza, el agua gol-
peaba la costa con suaves olas; una 1n ultitucl de pájaros planeaba aquí y
allá sobre la superficie y parecían alegrarse con su propia ünagen; algunos
parecían querer asirla e intentándolo se 1nojaban la cabeza y las alas. Un
delicado verde esperanza cubría la isla con10 una alfo1nbra; algunos ar-
bustos sobre la gravilla y en medio de la isla estaban cubiertos con hojas.
En las 1nontañas y en los valles genninaba la hierba joven; incluso los
árboles nuevos estaban llenos de brotes verdes; solo los árboles viejos y
fuertes, los robles, las hayas y otros parecidos 111ante1úan su distancia de la
prin1avera y se alzaban sobre los den1ás, delante y detrás de nosotros, con
su figu ra fría e invernal. Por largo rato nos apacentatnos con la bella vista
de esta región resucitadora, y luego cam.inan1os lentamente a través del
prado boscoso hasta la vieja capilla, en la que no nos quedainos n1ucho
tiempo, pues todavía estaba n1uy fría y hú1neda. Después subünos hasta
el borde del bosque y nos sentan1os e n el follaj e, Clara en el suelo de
fren te al paisaje, nosotros a los lados y los niños se esparcieron por todas
partes con el fin de .e ncontrar violetas. No bien reposamos y el doctor
sugirió de nuevo que dijera lo que tenía que decir, y dije:
Bien, quiero en1pezar con una confesión o con una historia sobre
nú 1nisn10. E n 111.i juventud ten1prana tenía la costumbre de entender
todo de n1odo entera111ente literal. Por lo que creía, cuando se decía que
el sol y la denlás estrellas con luz propia estaban sobre nosotros, que
realn1ente estaban en un lugar 111ás alto y rnucho 111ás 111aravilloso que
nuestra tierra. De la n1isrna fonna, cuando se decía que Dios estaba en
la altura o que las ahnas de los devotos estaban junto a Dios en el cielo,
yo ton1aba esto enteran1ente al pie de la letra. Luego, cuando crecí, [96]
se 1ne instruyó 1nejor. Se rne dijo que "arriba" y "abajo" eran simple-
n1ente conceptos relacionadores, y que es tnucho 1nás correcto decir que
el sol está debajo de nosotros que sobre nosotros, pues de hecho caernos
y so1nos jalados constanten1ente tanto hacia él co1no hacia la tierra. Pero
de las otras estrellas, al rnenos, es correcto decir tanto que están bajo
nosotros corno que están sobre nosotros. En ningún lugar había nada
tnás que una profundidad inconmensurable y, fundan1entalmente, nada
n1ás que un siinple "abajo". Un cielo como un lugar más alto y 1nás
excelente ya no existía en absoluto, sino que en todas partes no había
nada tnás que m undos, de los que cada uno tenía cada vez su propio

156
"abajo" en un sol parecido al nuestro, y tan1bién estos soles a su vez eran
arrastrados hacia un cuerpo todavía n1ás grande. Y así seguía cada vez
más profundo hasta llegar a un abis1110 co111pletamente incorunensurable,
pero sien1pre hacia abajo; por nú parte, 1ne mareaba con esto, en especial
con los enonnes núrneros y con las increíbles di111ensiones. Lo que en-
tendí bien (pues no era 111uy dificil de entender) era que los conceptos
cotidianos de "arriba" y "abajo" se regían por la fu erza de gravedad, pero
no por eso podía yo dejar de creer en un verdadero "arriba" y en un
verdadero "abajo". Una vez escuché una discusión entre dos personas.
Una afinnaba que el nnrndo se expandía infinitamente en el espacio; la
otra, que en algún lugar se dete1úa; sin ernbargo, aquel obtuvo la victoria
total según la opinión de los asistentes, y el otro se fue co1unigo, aver-
gonzado y derrotado. Ya de ca1nino, intenté consolarlo diciéndole que
no podía evitar perder contra aquella afinnación: pues si arnbos supu-
sieron una co1npleta indiferencia del universo respecto a cualquier di-
rección o cualquier distancia, entonces no había ninguna razón para que
se detuviera en algún lugar; luego, era 1nás razonable decir en realidad
que el universo se expande a lo infinito. Si las plantas no se elevaran para
transfonnarse en flores y no las inhibiera algo externo, lo que sin en1-
bargo es inconcebible en relación al universo, crecerían hasta el infini to.
Todo lo viviente puede ser co1npletado solo por un extrerno significa-
tivo, con lo que afinno que la cabeza en el ser humano es el arriba, in-
cluso si no ca1ninara erguido, y supongo que en (97] en todas partes hay
un verdadero arriba y un abajo, así con10 tatnbién una verdadera derecha
y una izquierda, un atrás y un adelante. Lo co1npleto es generaltnente
1nás excelente y n1agnífico que lo infinito; incluso en el arce es el sello
de perfección. Pero el u1úverso es lo n1ás excelente de todo, no solo en
sí, sino tan1bién considerado con10 el trabajo de un artista divino. Le
pregunté si no habría hecho n1ejor en abordar la cuestión desde esca
perspectiva que con conceptos generales, y si debería haberle pregunta-
do a su contrincante si era n1ás perfecta una secuencia intenninable de
n1undos, un círculo eterno de seres [Wesen] sin un objetivo de perfección
o que el universo acabara en algo deternúnado, en algo perfecto. Esto le
pareció 1nuy evidente, y lo continuó a su 1nanera diciendo que no se
podía aducir de un todo completo que dejaba espacio fuera de sí, pues
tal con10 un pilar, por ejemplo, tiene su espacio en sí núsn10, de 1nodo

157
gue no se puede en absoluto preguntar qué hay fu era de él (si es que
hubiera algo allí), de la misma 1nanera el universo, en tanto una obra de
arte que lo encapsula todo, solo tiene un espacio en sí nus1no; no se
puede en absoluto preguntar por algo fuera de él. En ese punto 1ne re-
forcé con1pletamente en nu creencia, asun1í nuevamente un verdadero
arriba y un abajo, y 1ne esforcé por erradicar otra vez la rnortal n1ono-
tonía que vino al mundo gracias a la erudición.Antes que todo, dudé de
si la fu erza de gravedad terrenal, que por una presunción in1pertinen te
fue expandida a toda la estructura del universo, sería efectiva fuera de un
determinado rango. En efecto, .la fuerza de la que la gravedad proviene
me pareció siempre divina y eterna, pero su relación con los cuerpos
terrenales no me parecía ni una relación universal ni una relación nece-
saria, y esta conclusión acerca de nuestra tierra aplicada a los soles n1e
pareció sin precedentes y prohibida en cualquier otra cuestión. Por lo
tanto, en vez de una única relación de gravedad a la que estuvieran so-
n1etidos los soles y ta111bién los soles de los soles, 1ne ünaginé una gran
variedad de relaciones; y mi alegría no fue menor cuando la observación
n1ostró estrellas dobles que se 1novían aleatorian1ente una alrededor de
la otra, pero no alrededor de una tercera, figuras [98] de cÚ!nulos de
estrellas que no podían lidiar con la existencia de un punto rnedio, con10,
por ejc1n plo, cú1nulos expandidos en fonna de abanicos y masas de luz
Auyendo j untas. Así, dado que consideraba irnposible que la naturaleza
interior o espiritual hubiera estado siernpre separada de la naturaleza
exterior co1no nos parece estar ahora, supuse gue todo devino de esta
forrna a través de una separación y una distribución de las fuerzas desde
un caos divino. Por lo tanto, sí en un lado del universo la tosquedad de
lo corporal se ha incren1entado y finalinente ha alcanzado de manera
necesaria su extre1110, entonces en el otro lado lo pura1nente dernoniaco
o espiritual debe haberse vuelto predonünante, siendo alcanzado en esta
dirección can1bién un extre1no desde el que tiene lugar un tránsito hacia
lo puran1ente espiritual. Solo así el universo está realtnente con1pleto en
ambas direcciones. Pero si ade1nás se supone, y hay varias razones para
hacerlo, que recién con una corrupción tardía una parte del universo fue
separada comp]etarnente de la naturaleza espiritual: entonces, para que
esta parte no se hunda por co1npleto, y para que pueda ser usada al nüs-
1110 tien1po con10 1naterial para fines más altos, sería todavía 1nás nece-

158
sario suponer que lo que aún vive y lo espiritual deben ser puestos
frente a lo ya 1nuerto, y de esta manera introducir un nuevo proceso de
separación a través del que los frutos celestiales puedan ser aún produ-
cidos, incluso a partir de e]e111entos corro1npidos. Por ende, tonrnndo lo
exterior el poder en sus 1nanos en una parte del universo y habiendo
repriniido lo interior, la otra parte permanece tanto más libre, pura y
prístina; de n1anera que se generan dos n1undos, cuando según la deter-
minación divina original debería haber solo uno, y ahora debernos pasar
al otro inundo 1nás puro solo a través de la n1uerte. Así, a este lugar de
lo puro, de lo lünpido y de lo sano lo lla111é "cielo", y dejé de tenerle
niiedo a no creer en un cielo que fuera como un espacio vacío que se
expande indiferenten1ente hacia todos lados, ni n1enos tenú creer en un
cielo que fuera con10 un lugar elevado de acuerdo a su naturaleza y a su
constitución. Por el contrario, no cuve rniedo en considerar a nuestra
tierra con10 una parte de la región niás baja, en la que, tal como Sócra-
tes dijo tan correctarnente, vivin1os co1110 si estuviéran10s en el fondo
del [99] 111ar, donde todo es devorado y corroído por la hun1edad salina,
y donde se puede encontrar poco o nada que sea puro e incorrupto. No
obstante, del cielo supuse lo niisrno que de la naturaleza, a saber, que
c0111pletamente atrapado por la exterioridad, no podía salir libre111ente
de ningún lugar deterniinado, ni podía ser penetrado por otro ni pene-
trar a otro. Pero el cielo, por el contrario, debería penetrar todo y, según
su naturaleza, ser omnipresente.Y, en tanto al cielo y a la tierra les queda
el recuerdo de su unidad original y de cón10 an1bos formaban una 11iis-
1na cosa, el uno busca al otro; sin embargo, el cielo en particular tiende
tanto con10 sea posible a atraer desde la tierra todo lo que sea parecido
a él, y con la n1uerte llan1a hacia sí a las ah11as purificadas de lo terrenal.
Incontables son los eje1nplos de los efectos de lo celestial en lo terrenal,
de 1nanera que de hecho, incluso ahora, toda la fuerza y la belleza de la
vida terrenal existe solo gracias al cielo. Y así, llegué a suponer a aquel
n1undo, sin perjuicio de su oposición con lo visible, solo como el otro
lado, que no obstante fonnaba originalrnente la nlisn1a cosa con el n1un-
do visible, y por eso no los podía considerar tan separados como la
n1ayoría suele hacerlo. En particular, se n1e había vuelto clara la 111unda-
nalidad del cielo; a saber, que fuera un todo tan variado corno lo visible
e incluso 111ás variado que lo visible; que fuera un universo con una ri-

159
queza inconmensurable de objetos y relaciones, donde se dieran n1uchos
lugares y n1oradas. En efecto, incluso supuse una cierta si1nilitud entre
an1bos n1undos respecto a su n1ateria prima. Pues todo aquello que en
el mundo visible existe de una fonna impotente, sufriente y corporal,
debe existir en el mundo invisible de una forma activa, enérgica y espi-
ritual. Y con todo esto llegué a la siguiente conclusión. ¿Qué es lo qu e
más nos en1ociona dentro de lo más sensual? ¿No es precisarnente lo
espiritual? Pues lo corpóreo inactivo debe ser totaln1ente inefectivo en
relación a los órganos sensoriales. ¿No nos influencia con10 una esencia
[Wesen] fugaz e inasible aquello que la fina capacidad discriminatoria de
nuestros sentidos descubre en las cosas? ¿Se puede dar un deleite más
espiritual que aquel en que nos transporta la n1úsica? [100] Lo más de-
licado en todo es divino. Por lo tanto, si lo divino y lo espiritual son
propia1nente nativos de aquel inundo y están con10 en casa en él, enton-
ces debe encontrarse allí algo parecido a lo que nos toca espiritualmen-
te a través de los sentidos, y ciertamente c01no el extracto 111ás fino, algo
así como la raíz o la fragancia de aquello. AJlí tendre1nos que vérnoslas
con la esencia [Wesen] de la cosa, sin tener que separar prirnero lo deli-
cado desde el entorno an1plio. Allí todo sabor debe ser un buen sabor,
cada sonido debe ser un buen sonido, el lenguaje nlismo debe ser mú-
sica y, en una palabra, todo debe estar en co111pleta arn1onía; pero en
especial debe ser disfrutada mucho rnás interior y puramente aquella
armonía que supera a todas las demás y que nace solo cuando se da una
concordancia entre dos corazones. Tan1bién me parecía co1npletan1ente
inconcebible que sien1pre se hubiera dudado que alJí lo igual se une a
lo igual, a saber, lo que intrínseca1nente es igual, y que se hubiera duda-
do a su vez que cada a1nor que hubiere sido divino y ete rno ha de en-
contrar allí lo amado, pero no solo lo arnado que hubiere conocido aquí,
sino también lo amado desconocido, aquel por el que anhela un alma
IJena de amor, buscando aquí en vano el cielo que corresponda al cielo
q ue tiene e n el pecho; esto se debe a que en este mundo con1pletan1en-
te exterior la ley del corazón no tiene fu erza. Aquí, almas emparentadas
son separadas por siglos o por largas distancias o por complicaciones del
n1undo. Lo más digno es puesto en un entorno indigno, como el oro en
un yacimiento, arruinado por un cobre o un plomo de 1nala calidad. Un
corazón lleno de nobleza y grandeza encuentra a su alrededor un n1un-

160
do que a 1nenudo es inculto y degradado, que incluso rebaja lo celestial-
mente puro y bello a algo desagradable y ordinario. Pero allí donde lo
exterior está subordinado a lo interior tanto con10 aquí lo interior lo
está a lo exterior, allí todo debe atraer todo aquello que esté ernparen-
tado según su valor y sustancia interiores, sin permanecer en una armo-
nía destructora y temporal, sino en una arn1onía eterna e indisoluble. Y
la simpatía, que ya aquí es un fenómeno celestial, pero que es expresada
de manera débil y frecuenternente confüsa, debe alcanzar allí un grado
completa1nente distinto de interioridad, tal corno ya aquí nos darnos
cuenta que los cuerpos, llevados a un estado más espiritual, perciben el
parentesco que tienen unos con otros de 1nanera más interior o que a
1nenudo, tal con10 1ne han contado, [101) surge una tranquilizadora
co1npasión entre las personas que han sido llevadas por su doctor a la
clarividencia, de manera que lo que la una siente, también lo siente la
otra como si lo hubiera experin1entado ella misma, y el deseo y el dolor
son compartidos de la misma fonna. En lo que concierne a la expresión
de esta profunda simpatía, no dudo que sea mucho más perfecta de lo
que es posible aquí. Pues incluso el lenguaj e contiene una esencia [Wesen)
espiritual y un elen1ento corpóreo. Pero, con10 todo, lo corpóreo está
linútado y corno muerto frente a lo espiritual, tanto con10 ta1nbién
desemejante en todas partes y recíprocamente impenetrable. Hay casos
maravillosos en que los cuerpos parecen incluso perder esta caracterís-
tica uno frente al otro: así, se cuentan ciertos casos extraños, pero no
fáciles de rebatir, sobre personas qu e en condición de arrobanúento
entienden idiomas de los que no tenían conocinúento previo o aun que
pueden hablar en otros idiomas, como lo hicieron una vez los apóstoles66.
De aquí se seguiría que en todos los idion1as, pero en especial en los
originales, se hallaría algo de la pureza del elemento priniitivo. No obs-
tante, en el mundo de los espíritus, donde solo nos sigue lo complet1-
mentc liberado y lo corpóreo libre, se debe hablar el idioma verdadero
y universal, y pudiéndose escuchar solo las palabras que son una misma
cosa con la esencialidad [Wesenheit] o el arquetipo de las cosas. Pues
cada cosa lleva en sí mjsrna una palabra viva al modo de una unión entre

"• Véase: Hechos. 2 y 1 Corintios. 14: 2.

161
las vocales y las consonantes, q ue es su cor:izón y su ser interior. Pero allí
el lenguaje no será requer ido para la comunicación , ni será, con1O aquí,
un 111edio para esconde r su ser interior en vez de revelarlo; sino q ue si
allí, al igual que aquí, a pesar de que sea de una fonna muy limitada, se
da una conumicación sin signos a través de una influencia invisible, pero
quizás fisica, esta fonna de co1n unicación se efectuará de n1anera com-
pletamente perfecta y en grado sun1O libre, de modo que no dudo qu e
incluso aquel joven divino, que pintando la transfiguración del Se11or fue
él nusn10 transfigurado, no necesitará ni piedras, ni madera, ni rnaceriales
coloracivos para hacer su pintura, si no que a través de una evocación
inmediata creará la representación del arquetipo del que aquí solo fue
capaz de 1nostrarnos su imagen.Así se podrían predecir aún n1uchas más
cosas excelentes sobre aquel lugar, (102] no a través de invenciones ar-
bitrarias, sino siguiendo conceptos firmes y fundam entados. A pesar de
q ue la n1ayor parte de esto les ha de parecer increíble a los que viven
aquí, con1O se puede concluir de c uan tos llevan luto por los rnuertos; no
solo por ellos mis1nos en tanto fueron dejados atrás por aquellos que en
vida amaron por sobre todo, sino también por los muertos n1isrnos, con1O
si ahora hubieran sido despojados de muchos amigos de los que podrían
haber disfrutado aquí. Nunca 1ne podré convencer de que algo excelen-
te, cuyo gozo Jo ofrece incluso la vida actual y subordinada, no se satis-
faga allí de una 111anera aún 111ás mag,úfica y pura, ni me podré conven-
cer de que la vida venidera, lejos de ser la mejor para los bue nos, sea más
bien la n1ás baja y perniciosa. Por el contrario, si es cierto qu e para codo
lo sensible hay un funda 1nento espiritual y que lo que es propiarnenre
excelente está en Jo espiritual, e ntonces lo espiritual debe perrnanecer
necesaria1nence, de manera que no puedo considerar la 111ue rte, con1O se
suele hacer, con1O un salto mortal y, a decir verdad, no puedo conside-
rarla simplemente co111O un tránsito a una condición espiritual, sino solo
como un tránsito a una condición rnucho más espiritual.
Durante este discurso notamos a una mt0er abajo que ca minaba entre
los árboles junto a la iglesia y que parecía buscar la caja de ofrendas, en
la que la vimos echar algo. En ese 111on1ento subió hacia nosotros, pero,
cuando se nos hizo visible a la müad del ca,ni no, se quedó parada, y pare-
ció no saber si darse la vuelta o no. Pero se co1npuso y subió: la reconoc í
corno la esposa de un tendero de un peque ño pu eblo que estaba a un;:is

162
tres horas. En cuanto nos saludó, le pregunté q ué la traía por aquí; pero
no q uiso contestar, hasta que le dije que 1ne había dado cuenta que había
ofrendado algo allí abajo y que, por lo tanto, debía tener alg ún tema de
preocupación. Oh , no, rne contestó, solo quiero confesarle que sé que
usted es un hombre muy gentil y que no es capaz de he rir los sentinúen-
tos de nadie. El año nuevo pasado mi hijo más joven , un niíi o, al que mi
esposo amaba po r sobre todos sus hijos, cayó en una fuerte fiebre que se
hizo cada vez más peligrosa. El padre se había ido al m e rcado y yo estaba
muerta de nucdo. 1103) Oh , dije, qué pasa si pierdo a su hijo más amado,
y justo cuando estoy sola. Cómo debía recibir al padre, cómo debía ir a
su encuentro con la noticia: quizás creerá que algo se dejó descuidado y
se afligirá el doble. Mie ntras me lamen taba de esta fonna, un vecino me
llevó a un lado y n1e dijo: Qui ero decirle algo en confidencia, hágale un
voto a Sn. Walderich de . . . , que ya ha escuchado varios votos y hecho
verdaderos milagros; al tie mpo, 111e contó una serie de historias, y que
incluso a él lo había ayudado este santo cuando estaba en g randes aprietos.
Le pregunté de dónde había sacado la idea de que yo, una rnuj er protes-
tante, debía hacerle un voto a un santo católico. Si Dios quiere ayudarme,
me ayudará incluso sin eso. Pero este asunto n1e q uedó dando vueltas,
en especial porque 111e contó que mu chos protestantes de toda la región ,
así con10 también los católicos, porúan su confianza e n Sn. W aldericb67 ;
dado que su capilla ha estado allí desde tie111pos inme moriales y fue la
primera en la región, no dejaron que fuera ton1ada; y todos los ai'í os una
g ran ofrenda tiene lugar en la iglesia, ye ndo incluso los protestantes, q ue
además pueden oficiar allí un par de servicios en el verano. Pero pernn-
nccí sie mpre firme, a pesar de que el hon1bre trajo a otras personas para
pedirme que lo hic iera, y una incl uso me dijo: No desaproveche esto;
se está cargando una g ran responsabili dad; su esposo, si estuviera aquí,
lo haría él m.is1no - esto me llegó directo al corazón. Finalm ente llegó
la terrible tarde cuando el doctor me dijo que era la últin1a vez que nos
visitaba y que debía resignarme a q ue esa noche el nii10 n1o riría . En ese

6
' Srn Walderich fur 1111 m olljc bem·dictino y fondó un convento en Murrhardt. B:idcn-
\Vuttenberg, en 817. Entre los ai1os 1220 y 1230 se construyó una capilla en su memori a.
Esta es la capi.Ua a b que se refiere Schelling. Esta capilla sirve hasta hoy co m o un ccmro
import:mce de peregrinación para los católicos.

163
1non1ento estaba c01nplet:ltncntc clcso l:id:i, y conio el ni1'í o e mpeoraba
notorian1ente y parecía no habe r ayuda al guna, me vi abrumada e hice
un voto íntimo, sincero y ferviente de una gran ofrenda a Sn. Walderich
si me ayudaba en mi necesidad.Y vea usted, continuó, no pasó ni n1edia
hora y el niño cayó en suave sue110 y durnúó de corrido hasta la 1nañana,
punto en el que le conté al doctor. Vino con1pletan1ente n1aravillado, y
dijo que el niño estaba c urado; esto sí que es [104) un verdadero núlagro,
dijo, sin saber de 1ni voto. D espu és de unos días llegó n1Í esposo, que no
se alegró n1enos que yo, e imnediata1nente sacrificó la ganancia de todo
el a1'ío e incluso más para crnnplir lo prometido. Así que hoy estuve allí
abajo en varios pueblos recogiendo parce del dinero que otros tenderos
le debían a nú esposo y ahora 1ne voy a casa cruzando la colina.
Yo le dije: Con seguridad Dios la ha ayudado, pues Él ve dentro del
corazón.Vaya confiada a casa y salude a su esposo y a sus hijos.
La historia nos tocó n1aravillosan1ente a todos, tanto que estuvirnos
sentados en silencio todavía un rato rnás antes de ponernos en nurcha.
C uán agradable es, dije cuando partían10s, encontrar algún tipo de fe en
esta época. La fe es i111portante para todo, para lo nlás pequ eño con10
lo n1ás grande, y su falta hace necesario que nuestros asuntos retrocedan
n1ás y 1nás.
Pero, dijo Clara, ¿no se debería suponer que los espíritus que por
largo tie1npo son venerados en cie rtos lugares se convierten en espíritus
p rotectores de tales regiones por medio de la n1agia de la fe? ¿No es
natural que aquellos que trajeron por primera vez la luz de la fe a estos
bosques, que plantaron con vides las colinas y con trigo los valles, y
que de esta 1nanera se transfonnaron en los creadores de una vida 1nás
h mnana en lo que antes eran regiones salvajes y casi inaccesibles; no es
natural, digo, que ton1en parte activa en el destino de los países y de los
pueblos que han sido construidos por ellos y que han sido unidos por
ellos en una misma fe? ¿Olvidan los padres en el cielo a sus hijos en la
tierra? ¿Aquellos no son verdaderos padres espirituales? Al n1enos a nú
rn e conrnueve la in1agen de un pueblo que tiene un santo protector al
que puede volverse cuando está en apuros y del que puede esperar ayuda
y consuelo.
La localización ta1nbié n esconde su propio secreto, dijo el doc-
tor. Desde que co1nenzó el pensamiento humano, ciertas doctrinas,

164
particulares visiones del mundo [105] y de las cosas han sido nativas en
ciertas regiones, y no solo en grandes extensiones de cierra, corno en
oriente, sino en pequeñas áreas justo en tnedio de una n1ultitud de otros
que piensan distinto. Pero incluso aquel órgano n1ás alto, qu e en esta
vida solo se da co1110 un fenómeno pasajero, es n1ás constante en algunas
regiones, y de nuevo no solo en los grandes reinos, con10 a la que se le
ha llan1ado en las tierras altas escocesas una visión distinta, sino también,
con10 sé por experiencia, en áreas 1nuy pequeñas. ¿No estaban incluso
los oráculos de los antiguos unidos a ciertas regiones y a determjnados
lugares68? ¿No debería1nos sacar de ahí la conclusión general de qu e lo
locativo no puede ser tan contingente en relación a lo 111ás alto con10
se considera co1núnn1ente? ¿No sentiinos en cada región una cierta
presencia espiritual, que en algunos lugares nos atrae y que en otros nos
repele? Lo misn10 vale también para determinados periodos de tiernpo.
En verdad, cuánto nos sorprendcría1nos, dije, si no estuviéra1110s acos-
tumbrados a considerar sünple1nente lo exterior de las cosas y notáratnos
que las circunstancias que tenía1nos por causas eran sin1plernente 1nedios
y condiciones, y que, nüentras nosotros quizás apenas lo suponía1nos ,
los espíritus se ocupaban de nosotros, llevándonos a la felicidad o a la
desgracia dependiendo de cuál espíritu siguiéra1110s.
Pero, dijo Clara, ¿por qué es tan extra110 y por qué parece ser tan
dificil que a] ser hun1ano se le abra su interior, de rnodo tal que esté en
constante relación con un inundo más alto?
Con esto, dije, pasa lo 111Ís1110 que con los dernás dones qu e son
repartidos por agrado y no por mérito, y a través de los que Dios cons-
tantc1nente eleva lo bajo y lo tenido a 1nenos. Pero hay un secreto en
especial que la rnayoría no quiere conocer: que nunca se le concederá
un don de este tipo a quien lo desee, sino que la serenidad y la tran-

'"' Dos ej e mplos de oráculos que tienen relación con su lugar de e111plaza111iemo son el o ráculo
d e Delfos y el de Delos. El or:ículo de Delfos refiere a un pastor que vio a sus cab ras saltar
extraifameme y hacer raros sonidos mie ntr.;s pastaban e n el Parnaso. El pastor fue donde sus
cabras y él mismo comenzó a sufrir los e fectos del lugar y a hacer profecías.Tam b ié n o tros
experime ntaron lo mismo en el área donde se erigió el oráculo. El oráculo d e Delos, tal
como dice la historia, foe levantado en honor a dos palomas: una voló al templo de Júpiter
Amón y la otrn a Dodona. Las palomas hablaron con voz humaua p:1ra anun c ia r que Júpiter
había elegido esa :írea par;1 dar sus orá c ulos.

165
haya vuelto a lo n1ás bajo, y vale aquí también que los últi1nos serán los
prin1eros y los prin1eros serán los últi1nos.
En general estoy ciertamente de acuerdo con esto, dijo. Pero no po-
demos afinnar que la tierra sea el punto n1ás bajo y más corporal de todo
del universo; y esto incluso es in1probable de acuerdo con todo nuestro
conocimiento.Ahora, pode1nos suponer que la naturaleza de los planetas
se libre y se desernbarace de lo corporal, y en especial la de aquellos que
están alejados del sol, o podríamos simple111ente apegarnos a los análisis
de las densidades que son expuestos por los astróno1nos, pero en ningún
caso la tierra representa un extren10.
Mi idea no es precisa1nente que aquel punto n1ás extre1no cae en
un solo planeta, respondí. Pero es im1egable que los planetas n1ás bajos
componen la región donde la corporalidad rige sobre todo. El ser hu-
1nano solo me convencería de eso. En él, incluso la esencia [ vVesen] más
pasajera y delicada parece estar unida a un ele1nento espeso y duro; y
por lo nus1110 se encuentra tan alto en la escala de las crea turas [!#sen] ,
pudiendo con1prender por qué ha sido favorecido frente a aquellas crea-
turas que Dios o creó con10 desde sí nús1110, sin ton1ar nada del n1aterial
que agregó en nuestra c0111posición, o que fu eron diseñadas solo a partir
de la parte 1nás delicada de este 1naterial y rápida111ente co111pletadas.
Parece, dijo Clara, que en esta relación pasa lo 1nisn10 que con la obra
de arte. Tan1bién aquí Jo debcado o lo espiritual recibe su valor 111ás alto
solo reafirn1ando su naturaleza al 111ezclarse con un elen1ento resistente
e in cluso barbárico. La belleza nlás alta solo nace allí donde la suavidad
se vuelve soberana de la violencia.
Recuerdo, dije, haber oído hace un tietnpo sobre esta nusn1a cues-
tión a un visionario nórdico, cuyas palabras acerca de este punto rne
provocaron el mayor goce. Él pensaba [109] que el Señor quiso nacer
en esta tierra en honor a la Palabra, pues solo aquí pudo ser reproducida
111ateriahnente, escrita y conservada por escrito. Decía que colegían10s
sinulitudes de1nasiado rápido. Es en sí misn10 itnprobable que en algún
otro cuerpo rnundano se dé un género de seres [v¼sen] racionales, tan
activa y variada111ente unido por tratos y cambios, por idio1nas y leyes,
por guerra y paz, con10 se da en el género hun1ano. Incluso afirrnaba
gue, alejadas de aquellas relaciones artificiales y tortuosas a las que el ser
hmnano había sido llevado por la necesidad, el deseo de actividad y un

168
instinto universal a vivir en sociedad, las den1ás especies vivían sirnple-
mente en familias; allí solo tienen lugar revelaciones orales hechas por
espíritus y ángeles, que se evaporan y desaparecen de nuevo fácilrnente,
pues no están unidas a un n1edio tan fijo con10 lo estamos nosotros.
Ei1 general, los nativos de los diferentes 111undos son como los distintos
núe111bros de un ser hun1ano n1uy grande, entre los que el ser hun1ano
de nuestra tierra representa el sentido natural o externo. Este es lo últi-
1110, de donde e1nana el ser interior de la vida y donde descansa como
si estuviera en su ser [Wesenj cornunitario. De la núsn1a fonna, la Palabra
expresada y escrita es el objetivo y el fin últin10 de toda revelación divina,
donde se transporta completa1nente a lo exterior y donde la Palabra se
vuelve carne verdaderamente. E incluso se podría a11adir, considero, que
este lenguaje, tal como lo conocemos, es propio de la tierra. Quizás en
otros numdos es 1nucho n1ás ele1nental y 1nás parecido a la rnúsica, quizás
genera más sensaciones pasajeras de lo que comunica ideas, y se encalla
en las profundidades del corazón. A los investigadores de la naturaleza
les correspondería ver si un cierto grado de vitalidad corresponde a la
tierra en una relación distinta, con el que prornunpiera la palabra viva;
no co1110 el rnetal más noble de todos, sino como el n1etal que, a pesar
de ser 1nenos noble, briUa co1no 1únguno; tal como aquel sentido, para
el que eran necesarios los órganos fuertes y en grado sun10 corporales,
es al mismo tie1npo el sentido nlás interior; tal con10, de 1nanera inversa,
lo que exterionnente parece ser lo nüs interior y [11 O] espiritual, in-
terionnente parece ser lo más exterior. Con todo, esto parece llevar al
caprichoso enredo de lo interior y lo exterior, tanto que no confío que
pueda llevar más adelante este discurso.
Pero incluso tornando exteriormente la cuestión, con10 usuahnente
se hace, esto es, según relaciones numéricas, no debería ser itnposible
encontrar de una vez por todas el lugar y la locación de la tierra, replicó el
doctor. No sé por qué corazonada secreta estoy tan convencido de gue la
tierra debe tener una explicación especial entre los demás planetas, incluso
prescindiendo de la creencia de que ha sido el escenario de la revelación
divina más evidente y perfecta. Pero la mayoría de los intentos que se
han hecho hasta ahora por encontrar una ley para la ordenación entre
los diversos 1nundos 111e parece en parte que no son lo suficientemente
científicas y en parte que proceden de suposiciones innaturales y falsas.

169
Si se volviera a la antigua forn1:i de cont:ir, dije, qu e tiene a 1nuchos :i
su favor, y se volviera a considerar el número sagrado, que tiene incluso
a más: nada impediría, como es de esperar, que este nú111ero fuera con-
tinuamente sobrepasado por descubrimientos ulteriores, asurniendo un
septenario que se repitiera a sí rnis1110, donde la tierra ocupara el lugar
intern1edio luego de haber estado en el 1nás bajo. Sea corno sea, 1ne pa-
rece que las más grandes expectativas de una esenci:i f Wese11] que se eleve
desde una profunda noche a una luz igualmente alt:i est;111 justificadas.
Me parece que una esencia se aproxima a transformacio nes contra las
que ni los más grandes acontecinúentos de su vida interior y exterior en
el mundo actual e ntran en consideración, una esencia que parece estar
destinada, al igual que Dios, a conciliar en sí n1isn1a los extre nios finales
de la existencia IDasey11J.

170
[1751 PRJMAVEl~A69

¡Oh, Primavera, tie1npo de anhelo, con qué brío por la vida Uenas tú el
corazón! Por un lado, el reino de los espíritus nos atrae hacia sí al sentir que
solo en aquelJa interioridad más alta de la vida puede existir la verdadera
bienaventuranza; por el otro, con un hechizo poderosísimo la naturaleza
llama al corazón y a los sentidos ['I 76] de vuelta a la vida exterior. [il No
es duro que ni lo interior ni lo exterior nos sean suficientes por sí solos,
y q ue seamos tan poco capaces de u nirlos a ambos en sí n1.isn10s [!]. En
el fondo, es solo una y 1a mjsma vida 1,1 b,tjo distintas fonnas. ¿Porqué
estas dos formas no pueden existi r al mism o tiempo, y por qué no puede
ser nuestro destino una vida indivisa desde el principio? U sted dice que
por culpa del propio ser humano a1nbos fueron separados, y bien debo
creerle, pues no veo otra explicación. Pero, ¿nunca existirán al nús1110
tiempo? ¿Están separados por sie111pre? ¿No llegará nunca el 1nomento
en que lo interior esté co111pletame nte encarnado e n lo exterior y lo
exterior comple tame nte transfigurado e n lo interior, representando
los dos juntos una sola vida indestructible? (( ... donde lo exterior esté
co111plctamentc penetrado por lo interior y lo interior se vuelva el alina
de lo exterior) Nuevo párrafo] ¿O <no> se completará todo en la natu-
raleza existente [algún día] a través de tres niveles? ¿No llega la primera
de las fuerzas de la naturaleza [por sí sola] <meramente> a la existencia
particular y egoísta de las cosas, y la contrarresta desde el principio una
fuerza gue <tiende hacia> [/actúa sobre] la espiritualización , la profun-
didad y la unidad de su ser"> f/?l, hasta que en el nivel más alto ambas

"" F.m: fragmemo ap3rt,ce po r pri111cr:1 wz c11 la primera edición scp:1r:1cl:1 de C /am. prcp:1ra<b
por K. E A. Schelli11g cn 1862. Siguiendo la traducción inglesa. pondmnos en pm: ntcsis
c uadrado. pn:cc::didas por / . b s ¡mlabr,:s di11ei~t'11les que se puedc:n e ncontrar en l:t ed ición de
Schroter. El texto e n parémcsis cuadrado no precedido por /, dcnor:i pala/,ras adicio1111/c.~en b
versión de Schrorcr. El texto dc111ro de paré::11esis de ángulo indica ccxco que no se encuentra
en la edición de Schrotcr. L:1 pa~inación corresponde a la edición de 18(i2.
'" SC)'IIS.

171
fu erzas emergen reconciliadas en una y la nús1na esencia7 1, y c,nerge una
vida orgárúca, constanten1ente activa, abierta a todo y existente por sí
nusn1a? ¿No son (177] estas núsn1as fuerzas, que se 1nuestran separadas
y en conflicto en los seres72 inorgánicos y conciliadas y en armorúa en
los seres orgá1úcos, no son estas 1nisn1as las que en un sentido n1ás alto
sostienen el conflicto de nuestra la vida actual? ¿No esta1nos en este
sentido reahnente en el primer nivel de la vida? ¿No triunfa la fuerza
espiritualizadora con la n1uerte, y no somos por esto puestos en un 1uvel
1nás alto o en una potencia rnás alta? !Nuevo párrafo] Pero, ¿no tiene
nunca lugar el nivel propia111ente orgánico en aquel extenso curso de la
naturaleza, un nivel que, sin e1nbargo, alcanza la naturaleza en el peque110
círculo de la vida inferior? ¿No deberían üustarnenteJ escas tres [1úveles
o] potencias, que distinguitnos aquí, n1ás o menos al nlis1no tien1po y
una frente a otra, <1nostrarse> (/ e1nerger en conjunto] una después de
la otra, y no debería darse la rnisma secuencia de niveles en el tie1npo
que aquí percibin1os en el espacio? ¿Qué sería aquella triple unión de
aln1a, cuerpo y espíritu; [/ ,] o cómo sería posible una consumación
si, (tal con10 se ha afirinado) , en la vida actual lo corporal rnantuviera
con10 prisioneros al espíritu y al ahna, [/;] si en la condición después
de la nrnerte el espíritu se libera,(/;) si el alrna nunca puede alzarse en
su verdadera esencia73? El aln1a dominará recién cuando se reconcilien
con1pleta111ente las fuerzas que todavía aquí están en conflicto, cuando
se reconcilien el espíritu y el cuerpo y [/ ,] cuando sean las formas de
una y la nusma vida indivisa [y por lo misrno tarnbién verdaderamente
perfecta y bendita]. La bendición [1 78] es libertad y do1nüuo del alma.
La bendición con1pleta es in1posible para esta74 condición, donde el altna
está subordinada al espíritu y el cuerpo es devorado por su opuesto. Es
ünposible creer que la naturaleza corporal con1pleta apareció de la nada
para algún día volver a la nada para siempre, y que solo la vida espiritual
es la que dura eternamente. Corporalidad no es irnperfección, sino que
cuando el cuerpo está in1pregnado por el alrna, es la ple1utud de la per-

11
IM-se11.
n 14fse11.
'·' IM-se11.
71 Lo cursivo no :1parece en la edición de Schrotcr.

172
fección. La n1era vida espiritual no satisface nuestro corazón75 • Hay algo
en nosotros que dernanda una realidad esencial; nuestros pensanúentos
solo se quedan quietos en la unidad final; a la vida dividida debe seguirla
una vida reconciliada; (. L] <l>a tranquilidad final del alma solo se en-
cuentra en la exterioridad tenninada, y con10 el artista no descansa en la
idea de su obra, sino solo en la representación fisica de ella, y corno todo
aquel que ha sido inflarnado por un ideal quiere revelarlo o encontrarlo
en su figura corpóreo-visible: de la nüsma manera el objetivo de todo
anhelo es lo corpóreo en tanto reflejo y espejo de lo espiritual perfecto.
Así más o n1enos nos habló Clara, cuando estábarnos en los prirneros
días de la prin1avera, sobre la colina, desde donde ella podía ver la amada
tierra de su patria. [179] La extensa planicie se había transfonnado en un
mar de flores y fragancias [/luzl; todo flotaba con brío y encanto renova-
dos; era uno de esos n101nentos en los que, cogidos por la 01nnipotencia
de la vida en la naturaleza, parecíamos gozar de una presencia eterna en
la que ningún dolor nos podía herir.
Cuando callába1nos todavía por un rato, continuó: No os sorpren-
dáis por m.i discurso repentino. 1-Iemos hablado a menudo y bastante
sobre las cosas venideras, pero no descansaré hasta que haya penetrado
con nlis pensanüentos en el objetivo de todos los tien1pos. La prin1avera
ha provocado en rní estos brotes de ideas y de esperanza. Que so1nos
hijos de la naturaleza se m.e ha vuelto de nuevo profundamente claro
y ha penetrado en mi corazón; que según nuestro pri111er nacinúento
pertenecemos a ella y nunca podremos separarnos completa111ente de
ella; que [/,] si ella no pertenece a Dios, ta1npoco nosotros podernos
pertenecer a Él, y si ella no puede volverse una con Dios, nuestra unión
con Él debe ser o im.perfccta o cornpleta1nente irnposible. En efecto, no
solo nosotros, sino ta111bién la naturaleza entera anhela en el Dios del
que fue tomada inicialtnente. (Nuevo párrafo] Ciertamente, la naturaleza
está ahora son1etida a la ley de la exterioridad e incluso ella, con10 todo
lo que en ella vive, debe atravesar una después de la otra an1bas fonnas

,s En la edición de K. F. A. Schelling dice: U11;er111 Huzc11 ,r¿e11i(r¿t das bfo{3e Geisterlebe11 11id11 [La
mera vida de los espíritus / la vida inmaterial no s:1tisface nuestro corazón]. La edición de
Schroter dice: Unsere111 Her::e11 _r¿emigl d"; blo{3c Ceisreslcbe11 11idtt (La mera vid a espirirnal /
intelectual 110 satisface nuestro corazón].

173
de vida, [180J a las que, de acuerdo con su destjno, no pudo n;concijjar
inmediatatnente. lncluso esta finne estructura del inundo se desvanecerá
un día en lo espiritual.[/; p] Pero solo se desintegrará esta forma externa,
la fuerza interior y b verdad [/esencialidacl76] persistirán para ser reveladas
en una nueva transfiguración.El fuego divino que ahora descansa atrapado
en ella, ganará aJgt'in día la supremacía <,> y [entonces] consunúrá todo
lo que 1neramcnte fue introducido en ella a través de la supresión de la
verdadera interioridad [/a través del poder de la supresión exterior de
lo verdader;-imcnte interior]; entonces, retornando a su condición inici;-il ,
no será más l;-i esencia [/trabajo] desautorizada 77 , que, por así decirlo,
mance,úa como prisioneras en sí misma a las fuerzas divinas; lo espiritual
y [/ lo] divino se volverán a unir volu ntariatnentc con l/enJ la esencia78
purificada. fNuevo párrafo] Hablo de esto c01no alguien que presiente.
pero no con10 alguien que tie ne algún conocim.iento.
Incluso aquí, <dije>, para co111prender aquella elevación y aquel
pe1fecciona1niento de la m ateria, debemos partir de la condición de su
hum.illación e impe1fección. Debe1110s considerar aquellas características
por las que ahora la tnateria nos parece opuesta a lo espirituaJ y por las
que ve rdaderamente es opuesta a él, para comprender aquellas caracte-
rísticas por las que algú n día se volverá una y la misma esencia'\/ con lo
espir itu:il< ... > (/.]

7
'' Wt·smlicit.
71
J...1s comas que debemos 11s:ir par.1 introducir est:1 o ra ció n cxplicaci,•.1 no están e n b ed ic ión
<le K. E A. Schelling pero sí t:11 b Schroccr.
1
• Mlcse11.
-,,; M/4>,eu.

174
[135] ESQUEMA8º

1. Realidad del mundo de los espíritus (del pasado).


2 . Perfecta humanidad de los espíritus.
3. Dive rsidad. Sus ideas.
l. La clarividencia e n general.
II. En partic ular, e n qué consiste;
a) Contraste con la ciencia; todo iru11ediato, nada mediato; qui-
zás algo acerca de la gradación de la ciencias e ntre sí . Todo en
scncinuento inmediato.
b) Sin lucha. La paz duradera; el pecado ta mbié n se ha ido.
c) Sin recuerdo de las cosas en tanto ausentes. Sin pasado.
d) Profundidad de la con1unión de la última parte.
111. Sobre si la condic ión de la el. [arividenci:1 j es aplicable a la conde-
nación o sobre si no hay condición inte rn1edia entre la bendición
y la desgracia.
IV. Acerca del dónde.

,.:, Este esqu ema. q ue aparece e n la cdició11 de Schri:iter, se prcsupo11c que corrt'sponde a la
continuación dL· b lín ea de pcnsa1nic11to de C /,1m. La paginación corrcs po mk a la edición
de Schri:itcr.

175
GLOSARIO
ALEMJ\N/ESPAÑOL

Die Abgeschiede nen aquellos que han partido; dif11ntos


die Aufhebung supresión
aufheben anular
die Auflosung diso/11ción; desintegració11
auflosen disoli1er; desi11tegrar
das Auf3erliche lo exterior; lo externo
auj3ere ext.erior; extemo
das Band lazo; unió11; vínculo
das Band auflosen disolver el lazo
der Begriff concepto; idea
das Bewuj3theit COIISClellCta

das Bewuj3tseyn co11c1encia


die Bestimmtheit certeza
der Bezug relación
das Dasein existencia
das dunkle Gefühl vago (oscuro) se11tímie11to
sich durchdringen penetrar; traspasar
von ctwas durchgedrungen sein estar pe11etrado o traspasado por algo
eigentliches Selbst yo o sí mismo real
die Eingeschlafenen los dormidos
in etwas eingreifen extenderse en a(eo
die Empfindung sensación; sensibilidad
die entflohene Seelc alma que ha partido o 111uerto
das Entschlafcn 1ílti11w sudío
die Entschlafenen los q11e ha11 caído e11 s11 ,ílti1110 sueiío
das Entgegengesetze opuesto
erheben elevar
sich erheben elevarse
die Erhebung elevación

177
die Erkenntnis conoci111ie11to
erkennen conocer; reconocer
das Envachen despertar
die Erkenntnis conocimiento
festhalten retener
finster siniestro
die Fortdauer perdurabilidad
freilich por supuesto; ciertamente
die Gegenstande o~jetos
sich in etwas geben unirse con algo
das Gefiihl sentimiento
die Geistenvelt mundo de los espíritus
die geistige Welt mundo espiritual
das Gen1üt ánimo
die Grenze límites
die Gewalt poder
die Grundlage fundamento
heiter cálido
hervorbringen JJrOIIOCar
heiJig sagrado
das 1-lohere lo más alto (comparatii10)
das hohere Geistige lo espiritual más alto (comparativo)
das hohere Ganze el todo más alto (comparati110)
die hohere Gewissheit certeza mayor
hervordringen íntensificar
hervortreten surgir
hervorbringend creador
111mg pr(lfundo
unser Inneres nuestro interior
innerlich interiormente
die j enseitige Welt mundo del más allá
das jetzigc Leben 11ida presente
der Keiin germen
knüpfen umr

178
die Kraft ji,erza
der Kreis der Himn1lischen círculo de los celestiales
das Wechselspicl der Krafte interacción de ji1erzas
lebhaft vívido
der Le ben kreis eifera de la vida
die Macht poder
1nachtig poderoso
n1ass1v sólido; material
die Materie existencia material
nu tnichten de ningún modo
nie derhalten repnrmr
die Naturkrafte fuerzas 11atumles
das Niedere lo más bajo
das R eden discurso
in sich schlie~en contener en sí
die Schwarrnerei ilusión
nie seyende Scyn ser nunca existente
das Seyende ser activo
Seyn (sin artículo) ser
Nichtseyn (sin artículo) no ser
selig bendito; biencwe11turado
die Seligkeit bienaventuranza
die Sinnenwelt mundo sensible; de los sentidos
sich steigern zu elevarse a
die Stille quietud
der Stoff material
derTrager portador; recipiente
der U1nlauf rotación
der Untergang ocaso
übergehen in pasar a
die Unaufloslichkeit indisolubilidad
das Untergeordnete lo subordinado
unnúttelbar inmediatamente

179
sich vergeistern 110/1,ersc espirit11nl
die Verbindung 11//iÓ//
die Verkettung e1teadenamiento
vere1rugen unir
das Verhaltnis relación
verzaubert hechiz ado
verzückt extasiado
die Vcrstorbenen los difuntos
die Verserzung lrnniferencía
verschlingen torwrar
sich verbinden enlaz ar
sich versichern asegurar
der vorzügliche Verstand entendimiento excelente
die Vorstellung idea; representncíón.
wahr verdaderamente
Wesen (sin artículo) esencia
unserWesen nuestra esencia
dasWesen ser (ente)
die Wesen (plural) seres (entes)
I •
den1Wesen nach segun su esencia
die Willkü r capricho
wild salvf:!ie
das Wirkliche lo real
der W iderspr uch contradiccí6n
w underbar impresionante; maravilloso
sich zeigcn verse; mostrarse
zerfallen desintegrarse
zufallig azarosamente
ein zukünftiges Leben una vida venidera
• I
Z usan1menhang conexwn
zurücksinken hundirse
der beschauliche Zustand estado contemplativo

180
BIBLIOGRAFÍA

1. Obras de Schelling
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Schelling, F. W.J. Snmgart: Cotta.
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LAVATER,J. K (1778). A11ssid11c11 in dfr Ewigkcit: fr, Rriefeu ª"
Herrn Jo/1. Ceo~ge Zi111111er111111111.
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\VAITZ, G. (1871). C1lroli11c. lJriefc. Leipzig:Verlag von S. Hirzcl.

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