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TIRANO DE REYES

COMEDIA

1 - - 1
©
Sobre la presente edición:
Tirano de Reyes
Origami Ediciones
Copyright 2008

ISBN 978-1-4092-2081-7

Primera Edición: Agosto 2008

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo

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2 - - 2
TIRANO DE REYES
Yamil Cuellar

Adaptación teatral de “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo.

3 - - 3
“Ninguna regla es útil para vivir bajo un tirano

sanguinario y bestial, excepto quizás una,

la misma que en tiempos de la peste:

huye tan lejos como puedas.”

FRANCISCO GUICCIARDINI

PERSONAJES.

4 - - 4
ALIGARH, el bufón

UN CESAR

LA REINA

EL REY CAPITAL

UN EMPERADOR

EL PIRATA “LA LUNA”

EL VICARIO

JINETE

RUISEÑOR I

RUISEÑOR II

EL PUEBLO

EL PRÍNCIPE

La acción transcurre en el castillo del príncipe.

PRÓLOGO

Dos ruiseñores intentando escapar del castillo.


5 - - 5
Ruiseñor I: No te alejes.

Ruiseñor II: Hace frío.

Ruiseñor I: ¿Por qué vuelas tan aprisa?

Ruiseñor II: Quiero ver el sol.

Ruiseñor I: ¿Tan lejos? El príncipe quiere que


no nos alejemos.

Ruiseñor II: Pierde temor. ¡Vamos, somos libres!


La jaula quedó abierta.

Ruiseñor I: Recuerda quién mató al cazador.

Ruiseñor II: El príncipe.

Ruiseñor I: ¿Quién nos recogió hambrientos?

Ruiseñor II: Una vez más: el príncipe.

Ruiseñor I: Nos dio pan y abrigo. Es a él a


quien debemos nuestro canto. No lo
traicionemos huyendo. Volemos más
bajo.

Ruiseñor II: Mejor regresemos.

Ruiseñor I: Mejor.

Ruiseñor II: Es la tercera vez que la jaula


queda abierta.

Ruiseñor I: Somos libres.

Ruiseñor II: Le servimos al príncipe.


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Ruiseñor I: Aceptemos el favor que nos ofrece.
El peligro abunda en otros cielos.

Ruiseñor II: Regresemos infelices, pero


regresemos.

Ruiseñor I: No cantemos a sus espaldas. No


sabes de lo que él sería capaz si te
oyese cantar así.

Ruiseñor II: Estábamos tan cerca.

Ruiseñor I: Es nuestro príncipe.

Caen muertos dentro de la jaula

7 - - 7
ACTO PRIMERO

ESCENA I

La soledad fortalece el silencio del abandonado


castillo. La niebla cubre las paredes agrietadas mientras las

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hojas secas caen sobre el bufón, cuyo cuerpo reposa sobre
las baldosas.

Aligarh: No sé si yo mereceré ser contado


entre los que se engañan. Si en
estos discursos míos alabo
demasiado los tiempos de los
antiguos, si verdaderamente la
virtud que entonces reinaba y el
vicio que ahora reina no fueran más
claros que el sol, andaría al hablar
más precavido. Pero como todo se
desarrolla a la vista del mundo,
tengo el valor de decir lo que pienso
a fin de que los jóvenes que
escuchen estos susurros estén más
preparados para cuando la fortuna
les dé la oportunidad. Me pregunto:
¿Cuándo tomará paso el verano?
Pues sentimos suficiente frío para
recibir tan inesperada noticia. Acabo
de entregarle a mi señor las cartas
selladas y decide torturar mi
curiosidad sin darme al menos
comentario alguno. “Quita las
porquerías del patio”-me dice; y yo,
fiel sirviente, pulo con esta agua de
churre las ventanas. He preparado
en su humilde castillo, las cuatro
únicas recámaras que tiene,
desplazándose él a una pequeña
celda que alberga viejos libros. Qué
gran hombre es nuestro príncipe que
ha dividido el pan y aguado el vino.
Debo decir que vivimos en paz, pues
no hay corte que mantener, ni
senadores a los cuales consultar, ni
soldados a quienes ordenar, ni
estado que gobernar. Soy yo, su
único divertimento y enemigo.
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Desde el fondo, desgarrada por el eco, se escucha la voz
del príncipe.

Príncipe: ¡Aligarh!

Aligarh: ¡Una voz! Sólo dos habitamos en


el castillo, uno soy yo y otro el
príncipe. ¿Quién más pudiera ser?

Príncipe: ¡Aligarh!

Aligarh: Oíd con qué candidez me


nombra. Voy a su encuentro,
majestad.

Príncipe: A golpes te quitaré la sordera.


(Aparece su sombra.) Tu gracia no
sirve ni para dar de comer a los
cerdos.

Aligarh: No tenemos cerdos mi señor.

Príncipe: Pero pronto visita. Atento a tus


modales, Aligarh. No me despiertes
hasta que todos los reyes hayan
arribado. Mientras, dormiré la
duración de la luna. ¿Escuchas,
Aligarh? Ojalá sea la luna redonda
para dormir sin límite de noche. ¿Y
esos pájaros?

Aligarh: Para la sopa, mi señor.

Se marcha la sombra del príncipe.


10 - -
10
Aligarh: Qué distantes estamos ustedes y
yo de comprender la divinidad de mi
señor. Aunque nos iguala el tragar y
el dormir así como la enfermedad y
la muerte, nunca podremos concebir
la distancia de su poder y el nuestro.
Por eso es príncipe. (Siente voces.)
Alguien llega.

ESCENA II

Fuera crepitan los abrojos por el frío y, tullido, cae de


rodillas el primer rey.

Cesar: ¡Bajad el puente! Es un rey


quien toca a las puertas.

Aligarh: ¿Un rey?

Cesar: ¡Pronto!

Aligarh: (Antes mira por la ventana.)


Pero… ¿y sus tropas?

Cesar: Masacradas en la ciudad. ¡Abre


de una vez!

Aligarh: ¿Y su escolta?
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Cesar: Perdidos en el camino.

Aligarh: Dudo que sea un rey como dice.


Hace dos años, apareció un borracho
bajo la piel de un oso. Simpático el
muy hombre. Narró una larga
historia de desdichas y miserias. Mi
buen señor, cuyo corazón aloja
infinita bondad, le permitió entrar.
No solo nos comió el pan, sino que
también… ¿escucha?... decía que no
solamente nos comió el pan, sino
que también robó los únicos dos
cubiertos de plata que teníamos en
el castillo. La plata es carísima.

Cesar: ¡Basta de charla y acaba de


bajar de una vez el puente! Estoy
cociéndome de frío.

Aligarh: Me niego. A menos que muestre


alguna credencial que le asegure
como jefe de estado. A lo mejor es
uno más de esos gitanos cuya
imagen esconden entre sedas
robadas a viajeros.

Cesar: Si me conocieras, maldecirías mil


veces haber nacido. Con este brazo
libré setenta batallas.

Aligarh: No me amedrentan los cuentos


populares.

Cesar: Tu señor recibió un mensaje oculto


bajo un sello dorado…

Aligarh: ¿Entonces…?

Cesar: ¡Baja el maldito puente, infeliz!

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Rugen las cadenas y baja el gran puente que separa al
castillo de la tierra. Entra el Cesar.

Aligarh: Clemencia, majestad.

Cesar: (Sosteniendo firme su espada


contra la garganta del bufón.) Nace
aquí una cuestión ampliamente
debatida: si es mejor ser amado, que
temido. Pero puesto que resulta
difícil combinar ambas cosas, es
mucha más seguro ser temido que
amado.

Aligarh: Majestad, os vi tan desprovisto en


el camino, que imaginé sería un
villano disfrazado de rey. Los
tiempos corren tan malos majestad.

Cesar: Avisadle a tu señor de mi


llegada.

Aligarh: Lo siento alteza, pero el príncipe


duerme y prohibió que le
despertaran hasta que no hayan
llegado el resto de los soberanos.

Cesar: Buscadme entonces a quien esté


a cargo de la defensa.

Aligarh: Es el propio príncipe.

Cesar: Gran hombre de oficios; pero ya


que es su voluntad dormir, no voy a
importunarlo. ¿Quién queda al
frente?

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Aligarh: Un servidor.

Cesar: ¿Te burlas en mi cara!

Aligarh: No es eso, majestad. Además de


usted y yo, sólo está el príncipe.

Cesar: ¿Nadie más?

Aligarh: Nadie, os lo juro.

Cesar: Es inconcebible y demencial el


que un príncipe tenga su reino en
tan fatal desalojo. El único refugio,
sin otras armas que mi propio
cuerpo.

Aligarh: Mi señor espera que su


majestad se sienta cómodo.

Cesar: ¿Acaso la comodidad misma no es


el sosiego? Cuando nadas en ella
toda la vida, a fin de que falte,
pierdes todo, incluso la tranquilidad.
Los hombres, los hombres de la
tierra que muertos valdrían mejor,
son ingratos, simulan lo que no son y
disimula lo que son. Los hombres,
ay, que cuando les haces favores te
ofrecen la sangre, pero cuando las
desgracias se te vienen encima,
vuelven la cara. Las nuevas que se
avecinan no dejan otro camino que
el castillo, duros tiempos los míos.

Gritos.

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Aligarh: ¿Qué gritos son esos?

Cesar: ¡Rápido! El puente.

Aligarh: ¿Qué ocurre, señor?

Cesar: Un asalto. Aún tengo fuerzas para


matar rufianes. La puerta. ¡Ahora!

ESCENA III

Sobre la reina, dos gitanos. Baja el puente


mostrando la silueta del viejo Cesar quien, levantando su
espada, arremete contra el cuerpo de ambos ladrones. La
noche cae con el peso de la nieve.

Cesar: ¡Piojos! Aprovechan el invierno


para despojar hasta las moscas. Así
como osaron deshonrar a una reina,
vendrán otros más capaces a darnos
muerte.

Reina: No puedes imaginar la locura que


impera en las calles. Es demencial.
He escuchado decir que los soldados
del príncipe son hombres
sanguinarios.

Cesar: Querida, el hombre que te


brinda refugio, habita en la absoluta
soledad del estado. No hay corte, ni
guardias, tampoco sirvientes. No
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vive un solo habitante a cien leguas
alrededor.

Reina: Mientes.

Cesar: Comprueba con tus ojos mis


mentiras. Es un duro modo de reinar.

Reina: No imaginé que el Príncipe vivía


de tal modo. No hay otro lugar
donde buscar refugio. Todos han
colapsado mediante la rebelión
cívica. Es una fiebre, una peste
mortal que se esparce en nuestro
mundo sin remedio alguno. Incluso
pensé que tu imperio resistiría. Tan
fuerte eras, temible. Sin embargo, de
qué sirvieron tus tropas mercenarias.
Valientes ante los amigos pero ante
el enemigo cobardes. Ni temerosas
de Dios, ni leales con los hombres.

Cesar: Me enfrentaba a una gran dificultad:


tener que soportar la crueldad y la
avaricia de los soldados. Un poco de
sueldo era el único incentivo que
tenían las tropas para mantenerlas
en el campo de batalla.

Reina: Yo debí guardarme de establecer


alianza con alguien más poderoso
para atacar a otro. A la victoria, me
hice prisionera del mismo. El pueblo
no salió a defenderme, agradecían
de buena gana cambiar de señor.

Aligarh: Estos reyes se matan unos a otros


hablando políticas. ¿Cómo puede la
reina tolerarlo? Fue él mismo quien
mató a su padre. Según mi abuelo,
este bicho de crimen le escribió al
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rey haciéndole saber que deseaba
verlo y conocer la ciudad.
Acompañado de cien soldados entró
al país con todos los honores. Al
cabo de algunos días, dispuesto en
poner en ejecución lo que exigía su
futura maldad, organizó un banquete
solemnísimo al que invitó al rey y a
todos los ciudadanos eminentes del
país. Suscitaron algunos temas
graves de discusión, hablando de la
grandeza del Papa, así como de sus
empresas. Los demás, respondían a
sus palabras, cuando de repente, se
levantó y dijo que aquellas cosas
debían de discutirse en un lugar más
secreto. Se retiró a un cuarto
seguido del rey y los demás
ciudadanos. Tan pronto como se
hubiera sentado, salieron de
diferentes lugares escondidos,
soldados que acuchillaron al rey y a
los demás súbditos. Tras esta acción,
subió al caballo, se apoderó de la
ciudad por la fuerza y asedió el
palacio del magistrado supremo. En
el curso de quince años conservó el
principado extranjero hasta que lo
delegó en manos de la reina,
legítima heredera por el orden de
sus antepasados, pero… ¿qué ven
mis ojos? Una pelea, una pelea
frente a las narices del castillo.
Vienen hacia aquí, dándose porrazos
como bestias salvajes.

Cesar: ¿Divisas algo más?

Aligarh: Visten capas hermosas.

Cesar: Baja el puente, son reyes.

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Aligarh: A fuerza de golpe dejarán de
serlo. Preferiría que se den de mutuo
acuerdo un escarmiento.

Cesar: Ya me extrañaba que fuera tan


apacible el invierno.

Aligarh: Reyes malcriados.

ESCENA IV

Entre golpes y patadas entran dos reyes, uno es el rey


Capital y el otro un Emperador.

Emperador: Es una suerte que no me


acompañen mis hombres.

Capital: Huyeron al tener un tacaño por


emperador.

Emperador: Qué diría de las suyas. Concedo


poca importancia que me tachen de
tacaño si con ello no me veo
obligado a despojar a mis súbditos.

Cesar: Calmen sus ánimos y respeten la


hospitalidad que se nos ofrece.

Reina: Señor, un príncipe debe de


aconsejarse siempre. Aquel que por
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sí mismo no sea sabio, no puede
recibir buenos consejos.

Capital: Un príncipe también adquiere


prestigio cuando es un verdadero
amigo y un verdadero enemigo.

Emperador: Debería de darle un puño.

Capital: Y yo debía de haberlo


abandonado en la isla.

Emperador: Devolví el favor con oro.

Capital: De qué me valen ahora, si todo


lo lanzó al mar.

Emperador: De no haberlo tirado estaríamos


en el fondo del océano.

Capital: Conozco bien la fortaleza de mis


naves. Resistiría…

Emperador: Pero se hundió.

Cesar: Helos aquí, ocupados en


discutir por un barco y un oro que
ahora yacen en el fondo del mar.
Ocupemos mejor nuestras fuerzas
para encontrar una solución en
nuestra desdicha.

Emperador: Tus palabras son sensatas. No


permitamos que el egoísmo y la
ambición empañen nuestros
sentidos. Pensemos. ¿Quién conoce
el castillo? Un príncipe, cuyo escudo
yace borrado de los libros oficiales,
sólo las viejas familias imperiales
conocen del camino en el pantano,
¿qué debe de preocuparnos?
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Bebamos vino mientras, pues nada
podemos hacer sino esperar. Aún
tengo hombres leales, confío en que
Dios los guíe por entre las fieras y el
pantano. Con ellos, enfrentaremos a
los rebeldes y restauraremos el
trono.

Reina: Sería la única esperanza.

Emperador: Esperemos a que regrese la calma.


Y mientras los rebeldes se jactan en
nuestras mesas y duermen en
nuestras camas, encontraremos
momento propicio a mitad de la
noche. Tampoco ellos mantendrán
por mucho tiempo su poder, pues
jugaremos con las trampas de las
pasiones humanas y le haremos
caer.

Capital: Ya no hay virtud, sino


dependencia absoluta de la fortuna.
Tan descontentos están los hombres
con un rey malo, tan descontentos
se vuelven contra uno bueno. La
historia es una permanente
manifestación de lo mismo.

Cesar: Los hombres juzgan más por los


ojos que por las manos.

Voz: ¡Abrid la puerta!

Cesar: Empuñen las armas.

Aligarh: ¿Quién ha de ser?

Capital: Mira por la ventana, bufón, y


dinos de quién se trata.

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Reina: Pronto, por Dios santísimo.

Aligarh: Su parecido es asombroso.

Emperador: Dejadme ver. ¡Vírgenes celestes!

ESCENA V

Baja el puente del castillo y entra desesperado el vicario,


los reyes lo alcanzan antes de que éste se desvaneciera en
el suelo.

Vicario: Bienaventurados…

Capital: Sujetadle antes que fallezca.

Vicario: Arremeten también contra la


iglesia, ahora es cuando los rebeldes
tienen todo el valor. Incluso mis
súbditos…

Aligarh: Entren, pronto, desde la colina se


aproximan cinco jinetes.

Cesar: No perdamos tiempo y


levantemos el puente.

Aligarh: ¡Vienen tras la sangre del


vicario!

Vicario: Son los mismos que dieron muerte


al séquito de obispos que me
acompañaban. Solamente pudimos
huir con vida el Monseñor y yo, pero
tan pronto nos perdimos en el
bosque fuimos atacados por lobos.
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Logré escapar gracias a la voluntad
del Monseñor, quien no tardó en
lanzarse a las fauces de las fieras.

Capital: Siguen sus jirones de ropa.


Debemos salir y darles muerte a los
jinetes.

Cesar: No tenemos suficientes armas.

Capital: Volverán con más hombres.

Aligarh: ¡Ya están frente a las puertas!

Jinete: Príncipe.

Capital: Llaman a tu señor, ve y


despiértale.

Aligarh: No puedo. Una orden es una


orden y bien se lo severo que puede
ser el castigo si despierto a mi señor.

Capital: Haz algo entonces o


terminaremos muertos de tanto
silencio.

Jinete: ¡Príncipe!

Aligarh: (Acercándose a la ventana y sin


dejar mostrar el rostro, comienza a
imitar la voz del príncipe, un poco
rasgada por el invierno.) ¿Quién me
llama sin mostrar algo de respeto?
(Ríe.)

Jinete: Príncipe, somos hombres


rebeldes. Corremos de tierra en
tierra saldando las deudas que

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tienen algunos gobernantes con sus
pueblos.

Aligarh: ¿A quién vienen a ejecutar en este


miserable reino, desprovisto de vivos
y muertos?

Jinete: En realidad seguíamos la pista


del vicario…

Aligarh: ¿Qué Vicario? ¿Se refiere al gran


Vicario?

Jinete: Sí, el santo Vicario en persona.


Pero al parecer le dieron fin los
lobos.

Aligarh: Seguro la fiera se indigesta.


Amigo, necesito que me informéis de
cómo va el mundo, qué se lleva
entre manos, qué se espera y qué se
teme si queréis que en estas
materias tan importantes pueda
razonar con fundamento.

Jinete: Unos han vendido su patria,


otros escaparon con el tesoro
público.

Aligarh: Reina el caos.

Jinete: Ya encontraremos a un hombre


justo que sepa gobernarnos.
Príncipe, espero entienda usted la
gravedad de estos asuntos y el
peligro que corre si le da refugio a
cualquiera de estos criminales.

Aligarh: Pierda cuidado, en estos tiempos


sólo le abro las puertas a mi
sirviente cuando va al mercado del
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pueblo más cercano. Mientras,
somos una tumba.

Jinete: Duerma tranquilo entonces.

Los jinetes se marchan y Aligarh queda sentado siendo.

Reina: Amigo mío, este río dantesco es tan


grande que se necesita un gran
dique para contenerlo. Quisiera
poner remedio aunque ya no veo
alguno, quiero comenzar a llorar con
voz la ruina y esclavitud nuestra, que
si no se produce ni hoy ni mañana,
se producirá sin embargo, mientras
todavía estemos vivos.

Cesar: Yo pensaba que los principados


eclesiásticos eran los únicos seguros
y felices, pues tenían estado y no lo
defendían, súbditos y no los
gobernaban.

Vicario: Sería un ejercicio propio de un


hombre presuntuoso analizarlos.

Reina: Prosperar hoy y caer mañana.


Ninguna acción borrará el error
cometido que hoy nos hace ver la
noche. Sin embargo, escucho los
primeros rayos y siento marchar la
nieve. Que Dios se apiade de
nuestras almas, pues amanece.

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ESCENA VI

Entra el rey Sol.

Rey Sol: Nada es tan débil e inestable


como la aureola de poder que no se
sustenta en la propia fuerza. Cuatro
cardenales acaban de morir.
Alcaldes empalados y cardenales en
la guillotina. El rey de Esparta,
durante el levantamiento de su
propio pueblo, fingió padecer una
terrible enfermedad de la cual sólo
podría salvarle Dios todopoderoso si
entendía que éste, merecía un
milagro como buen soberano. La
representación duró poco. El viejo
rey resucitó dando gritos y el pueblo
por su parte, apagó con fuego el
milagro. Muy tortuoso es el camino
hacia el castillo y malas nuevas os
traigo. Se avecina un escuadrón
armado, unos cientos. Saben bien
del refugio, el lugar donde se
encuentra, y la inseguridad con que
vive quien lo gobierna.

Cesar: Seguro fue tu lengua pérfida,


capaz de vendernos al mejor postor
con tal de salvar tu vida.

Rey Sol: ¿Cómo te atreves? Fue mi familia


masacrada, desolladas mis hijas
como cualquier bestia de cuadra. Y
aún así, frente al dolor que me causa
la muerte de íntimos y los héroes de
mi patria, me acusas. Y créeme que
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de buena gana lo hubiera hecho con
tal de salvar mi linaje, pero ya ves
las trampas con que juega el
destino. No pueden tus mercenarios
guardar lealtad a quien fue su rey, a
la menor tortura chillan y a los
cuatro vientos lanzan y dicen aquello
que el enemigo necesita saber.

Vicario: Entre ustedes avanza un miedo


que intimida a pensar en la
salvación. Dios sabrá por qué motivo
salen los hombres a ajustar sus
cuentas.

Cesar: ¡Basta de Dios! Él se ríe a carcajadas


de nuestra desgracia mientras
devora un asado en su hambre
infinita. Se ríe de usted y de mí
porque lo escucho.

Aligarh: ¡Barco a la vista!

Emperador: ¿A dónde miran tus ojos?

Capital: Mirad allí, entre las aguas del


pantano.

Reina: Cómo puede avanzar un navío


como ese. No tardará el fango en
tragárselo.

Aligarh: Fuerte es el viento contra


nuestras puertas. Avanza y avanza.
Algo en él me atemoriza.

Vicario: No es humano quien allí navega.


Siniestros recuerdos me trae la
imagen de ese barco. Y quien lo
gobierna es un corsario. ¿Qué hará
rondando por este pantano?
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Cesar: Para nuestra suerte se hunde.

Reina: Gozo por su muerte.

Emperador: No hubo otro rey que igualara el


precio de su cabeza como yo.

Rey Sol: Alguien viene, mirad allí, por el


largo camino de la nieve hacia el
pantano.

Emperador: Reconozco el garfio y no dudaría en


decir por su andar que es el mismo
pirata en persona.

Reina: Impidamos que entre, deprisa. El


puente yace en tierra.

Capital: No, dejémosle que entre. Así


nos daremos gusto en nuestra sed
de venganza.

Reina: Insensato, por qué exponernos


ante un delincuente. No sabe usted
con quién traba relaciones.

Cesar: No hay tiempo.

Aligarh: Ya se aproxima.

Cesar: Elevemos el puente.

Aligarh: Ahora o nunca.

Cesar: ¡Pronto, pronto!

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ESCENA VII

Entra el pirata al castillo.

La Luna: Hermanos míos, bien los veo en esta


inesperada sorpresa al no imaginar
encontrármelos aquí tan juntitos.
Quiera vuestro Dios que no sea éste
el juicio final. Hay tanto por gozar.
Era necesario para Moisés, encontrar
el pueblo de Israel en Egipto, esclavo
y oprimido a fin de que ellos,
deseando salir de la esclavitud, se
dispusieran a seguirlo. Bajad las
dagas, amigos míos. Soplan tiempos
violentos que ya ven, yo también he
debido abrazar la guarida del
príncipe. Sean compasivos, pues
nada hay que temer, sólo a la
cacería humana que sobre nosotros
guarda. Terrible anda el mundo.
(Prueba las frutas tendidas en la
mesa de banquete.) ¡Ass! Manzanas
podridas, uvas agusanadas, ¿qué
rayos comerá este hombre en la
mañana? Ni en las peores tierras
probé agua tan mala. ¡Vamos! ¿Y
esas caras? ¿O es que ya piensan
usurpar la morada del príncipe? Al
parecer no es muy grata mi
compañía entre vosotros.

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28
Reina: Márchate entonces. Aquí algunos
se complacen en degollarte.

La Luna: Difíciles amigos tengo. Dejad que


sea el propio dueño quien me brinde
la hospitalidad que merezco… ¡Oh,
no me digan? Ya le asesinaron.
¡Válgame Dios, qué bichos de reyes!

Capital: Matémosle de una vez.

La Luna: Olvidemos los rencores y tengamos


tregua. Todos formamos parte de
este miserable mundo. Veamos un
punto que ha muchos interesa:
reconquistar nuevamente el trono. Y
es que la oportunidad actual es
mucho más favorable a la que en la
antigüedad tenían los grandes
legisladores. Obremos como Moisés
ahora que reina el caos. Esta es la
causa de que todos los profetas
armados hayan vencido y el
desarmado, perecido. Piensen en un
procedimiento por el cual sus
ciudadanos tengan necesidad del
estado. Entonces siempre les
permanecerán fieles, pues la
naturaleza de los pueblos es
contraer obligaciones entre sí, tanto
por los favores que se hacen, como
por lo que se recibe.

Aligarh: (Ríe.) Nada le falta para reinar,


excepto el reino.

Cesar: Aquí se decide tu suerte.

La Luna: Está en manos del señor del


castillo. Hora es ya de que se
presente.
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Emperador: Ve y despierta al príncipe.

Aligarh: Pero…

Emperador: Ve. (Sale Aligarh.)

La Luna: Qué valientes son ante el


indefenso. Cualquier paso y me llevo
a uno de ustedes. Ya saben lo triste
que es caminar solo por los oscuros
caminos.

Capital: No será muy fácil. Cuatro


espadas contra una daga, mejor
echarlo a las fieras. Cuando viene la
noche rodean el castillo.

La Luna: Den un paso y ya verán cuan


diferente será la leyenda a cantar.
Vamos cobardes, quién de ustedes
se atreve. Aquí no hay temor a la
muerte, porque ya el dolor se llevó lo
que quedaba, pero entre ustedes
marcha el miedo, como mástil en el
centro del barco.

Cesar: ¿Qué tanto hablas? Matarle.

ESCENA VIII

Entra el Príncipe en el instante en que los reyes se disponen


a asesinar al pirata.

Príncipe: ¡Reyes míos! Qué triste mañana


para continuar viendo la nieve.
Quienes desean conquistar el favor
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de un príncipe, suelen salirle al
encuentro con aquellas cosas a las
que confieren más valor. Jamás,
sangre alguna se ha derramado en
este castillo. Jamás. ¿Agradecen de
esta manera la hospitalidad que os
ofrezco?

La Luna: (Sonríe mirando a sus verdugos.)


Por parte de los sublevados no hay
sino miedo, temor al castigo, lo cual
acobarda. Pero, por parte del jefe,
está la autoridad del mando, las
leyes del mar.

Reina: Príncipe, nos ofende su


propuesta al estar de lado de un
criminal, un delincuente rapaz que
no merece espacio entre nosotros.

Príncipe: No es mi castillo corral para


fieras, frente a ustedes está el
pantano, ajusten allí sus disputas.
Tampoco permito portar armas, son
filosas y simplemente generan
problema tras problema.

Rey Sol: ¿Pero príncipe…?

Príncipe: Todos entregarán sus dagas. Pues


jamás han permitido mis
antepasados la tenencia de arma
alguna dentro del castillo, tampoco
he de permitirla yo. Acepten mis
condiciones y volverán con vida a
sus reinos.

El Príncipe toma las armas y las deja caer en el pozo. .

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La Luna: ¡Príncipe!

Vicario: ¡Hombre de Dios! ¿Pero qué


males te hicieron perder la cabeza?

Capital: No basta con hallarnos


desprotegido ante la desgracia,
también confiamos en un demente.

Príncipe: Perdonen la torpeza del sueño.


Sean bienvenidos, pues.

Cesar: Insensato. Nunca he reconocido a


un príncipe tan idiota.

Emperador: Yo mismo le haré descender el


pozo. Ajeno a la voluntad del mundo.

Cesar: ¿Príncipe, se siente usted bien?


Inaudito, creo que la soledad de la
nieve le ha hecho perder el juicio.

Príncipe: Si no hay motivos para llevarlas


encima, ¿para qué tenerlas en el
castillo?

Cesar: Eres digno de desprecio al estar


tan desarmado. Un príncipe que no
se preocupe del arte de la guerra
jamás podrá ser apreciado.

Príncipe: Ya tendremos tiempo para abordar


semejante polémica. ¡Vamos, el
banquete espera! Así discutiremos
mejor estos asuntos con la barriga
bien llena.

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32
La Luna: ¡Magnífica idea! Creo que éste
hombre no ha perdido totalmente la
cordura. Comamos, pues. Prefiero
morir en medio de esta locura con la
panza bien harta, mientras la fortuna
nos lo permita.

Príncipe: Adelante.

33 - -
33
ACTO SEGUNDO

ESCENA I

Sobre una larga mesa de banquete, descansan los


manjares. Predomina el pan y el vino. Continúa el invierno.

Príncipe: Tomen asiento, majestades. Y


coman cuanto quieran de pan y
beban cuanto quieran de vino.
Aligarh no tendrá más remedio que
recoger las migas sobrantes. Su
presencia molesta, pues el muy
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bribón no deja de mirarme con sus
ojos degollados por el hambre y
termina ablandando mi corazón.

Emperador: Príncipe, ¿cómo puede vivir entre


tanta miseria? Moriremos de
apetencia, ya lo veo.

Reina: O nos devoraremos entre


nosotros mismos.

Príncipe: No me quejo. Reino tranquilo sin


preocuparme de darle de comer a
las ratas. Huyen buscando otros
reinados. (Ríe.)

Capital: ¿Qué principado es éste?

Príncipe: Así lo desearon mis antepasados


y vivieron en paz.

La Luna: El vino aguado.

Vicario: El pan es un ladrillo.

Príncipe: No me quejo. Y aunque alejado


se encuentre mi estado del resto, se
bien de las malas nuevas que
acontecen. ¡Pero vamos! Levantad
vuestros ánimos, empinad vuestros
pechos. Ya veremos qué ocurre en el
camino. Por el vino no hay que
preocuparse y el pan, abunda.
Guardados están desde hace un año.

Cesar: Soy enemigo de gozar del


beneficio del tiempo.

Príncipe: ¿Qué buscas de mí entonces? Tus


crímenes, tu impiedad, tus
crueldades, han originado estas
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tribulaciones. He aquí la causa, y si
has encontrado la fuente de este
mal, busca la medicina.

Cesar: No digo que el príncipe deba


solamente pensar en la guerra, sino
que la guerra es competencia
exclusiva del príncipe. El castillo se
halla a merced de la fortuna.

Príncipe: Antes, era necesario satisfacer


más a los soldados que al pueblo ya
que los primeros tenían más poder
que los segundos. Ahora en cambio,
es necesario dar más satisfacción a
los pueblos que a los soldados.

Emperador: Debíamos de haber mantenido


divididas las ciudades conquistadas.

Vicario: No haber alimentado oposiciones


contra uno mismo.

Rey Sol: La disposición de una


administración centralizada.

Reina: Haber construido fortalezas.

La Luna: Beber y comer hasta reventar.


Mi reino es el mar y mi fortaleza un
buen velero.

Cesar: Aquí estoy por medio de los


crímenes, pero clementes y piadosos
seréis el trofeo del vencedor.

Príncipe: Silencio. ¿Escuchan? Un trote de


caballos se acerca.

Reina: Es el viento.

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La Luna: También puede ser mi panza.
Aguado el vino, pero sabe bien
después de una docena de jarras.

Príncipe: No. Se aproximan caballos.


¡Aligarh! Demonios venid aquí
cuanto antes. Ya es tiempo de que
recojas las migas.

La voz del Jinete: ¡Príncipe!

Rey Sol: ¡Son ellos, han dado con


nosotros!

Príncipe: Guarden la calma, bajaré a


charlar con ese jinete cara a cara.
(Sale.)

ESCENA II

El resto de los reyes asoman sus miradas a través


de las ventanas, pero nunca ven salir al príncipe.

Jinete: ¡Príncipe! Corta es la paciencia de


estos hombres. Algunos de ellos
apenas saben hablar. Su único
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lenguaje es el filo del hacha.
Sabemos que protege a los
mercenarios, que les da refugio y
abrigo. Pronto arreciará el frío. Para
qué condenar la espera. Entréguelos
de una vez y evitaremos incendiar su
castillo

Capital: ¿Dios! ¿A dónde ha ido este


Príncipe?

Cesar: Lo respiro. Aquí se maneja una


emboscada, nuestra ruina en manos
de quien nos vende.

La Luna: Ni la mar es segura.

Capital: Yo mismo traeré por los pelos a


ese Príncipe. (Sale.)

Jinete: Breve es el tiempo. No me deja


otra elección. Sea su castillo tribunal
para el juicio. (Sale.)

Vicario: (Al Emperador.) ¿A dónde han ido


a parar sus hombres? Ya es tiempo
de que estuviesen aquí.

Emperador: Si usted que es hombre de fe no


guarda esperanzas, qué puedo decir
yo. Rece y clame al cielo porque
lleguen pronto.

Gritos: ¡Reyes! ¡Válgame el cielo!

Entra el rey Capital.

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Capital: Huyamos, hay una trampa
tendida. En este castillo hay cosas
más horribles de las que
imaginamos.

Cesar: Y era de imaginar.

Reina: Pero explícate. Pareces haber


visto un fantasma.

Capital: Y para el efecto es lo mismo. Hay


un muerto en el castillo.

La Luna: ¡Ja! Ni que hubiera visto jamás un


muerto. ¿Está bien tieso?

Capital: Más no podría estarlo.

La Luna: Eso es lo que importa.

Rey Sol: Es costumbre encontrarlos en las


mazmorras.

Capital: ¿Pero qué príncipe en este reino


desolado encierra en sus celdas a un
muerto?

La Luna: También tiene derecho de tener el


cadáver de un infeliz.

Reina: Seguramente se trata de un


gitano. Que con tal de robar un
mendrugo de pan, entró sin permiso
y al ser sorprendido recibió justo
castigo.

Capital: No es ningún gitano a quien los


gusanos se despachan en tan buen
banquete. El muerto es un rey.

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Reina: Callad, aquí llega.

Entra el Príncipe con una jaula de oro entre sus manos.

Príncipe: Ni tiempo me dieron esos


caballeros en abrir las puertas del
castillo. Poca paciencia tiene hoy en
día la gente. Es que, al descender las
escaleras me aguardaba mi bufón
con una grata sorpresa. Casi no
podía creerlo. Incluso derramé
lágrimas, pues año tras año le
suplicaba para que me entregara su
más preciado tesoro. Los trajo
consigo cuando arribó al castillo.
Cada vez que le ordenaba
ejecutarlos, amenazaba con
marcharse. Volvía al rato, tampoco
podía resistir mis lastimosos
quejidos. La soledad es un vicio tan
cruel. Pero ya ven, me los ha
obsequiado tratándose de una
ocasión tan especial. A fin de
cuentas llevan dos días muertos. Se
me hace la boca agua. Prepararé un
suculento platillo: “Sopa de
Ruiseñores Reales”. ¿Alguien se
opone?

Capital: Por fin aparece. No es muy grande


su castillo, pero la niebla tiene con
usted un pacto para esconderle.

Príncipe: Estamos rodeados de pantano.

Capital: Casi nos prenden fuego esos


jinetes, juran regresar con más
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soldados, derrumbar estas paredes.
Más vale que el fondo de este pozo
nos lleve lejos de su reino.

Príncipe: Mis antepasados nunca tuvieron


necesidad de esconderse.

Capital: Extraño, muy extraño es su


castillo. No hay túneles secretos, ni
guardias, tampoco sirvientes. ¿Quién
puede vivir rodeado de pantano o
rodeado de muertos?

Príncipe: Tiene mucha razón. Pero años


atrás, fue éste un reino próspero,
pequeño, pero próspero. Cuando
niño, mi padre narraba las historias
que acontecían, describiendo sus
molinos, el ancho pasto de los
sembrados. Aquí crecía la tierra
firme, hasta que el pantano fue
tomando espacio. Abundaba el
ganado, pero las fieras bajaron de la
rivera y atravesaron el bosque hasta
dominar los caminos. Aquí estaban
los hombres, pero a ellos se les vino
encima la peste y poco a poco, al
paso de los años, no quedó ser vivo
que mereciera ser nombrado. Ahora,
si me lo permiten. Llevaré con gusto
este par de ruiseñores a la olla. No
deja de hacérseme la boca agua.
(Sale.)

Vicario: Miremos dentro del pozo. A algún


lugar lleva toda esa agua.

Emperador: Un sonido raro nos trae la noche.


Fijaos en el esplendor de las
ventanas, brillan encendidas, como
si el fuego las abrazaras.

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Aligarh: ¡Pronto! Al horizonte.

Corren hasta las ventanas.

Emperador: Levantan las antorchas, aún la


caída del sol nos permite verlos
avanzar.

Reina: Vienen seguros entre el


pantano. Nada les detiene.

Emperador: Aquí llega el sonido de sus pasos,


el crujir de sus armaduras. Son mis
hombres quienes avanzan,
reconozco esos cantos, son ellos.
Han logrado cruzar el bosque,
derrotar a los traidores. Sí, son ellos
quienes luchan. Cantan a voces el
himno de mi patria. ¡Vamos,
adelante! Ya ven qué fieles hombres
me acompañan, ya ven ustedes,
majestades, la esperanza que la
fortuna nos devuelve. No tardaremos
en reconquistar aquello que por ley
divina nos ha pertenecido siempre.
La noche apenas empieza.

Voces que se acercan

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Voces: ¡Rodead el castillo, nadie
escapará!

Carne de reyes

Salid, que aquí os espera el


garrote y la muerte.

Cesar: Y así termina la parte de


nuestra historia.

Capital: Sitiados, estamos sitiados.

La luna: Mal rayo me parta la


desventura.

Voces: Rodead el castillo, nadie


escapa.

¡Malditos desgraciados!

Aligarh: ¡Que desgracia! Por más que


busco no encuentro a mi señor. ¡Ay
de mí! Huyó dejando a su fiel
servidor.

Cesar: Todos buscadle. Alguna salida


existe en el castillo, aun no es un
fantasma para andar atravesando las
paredes.

Salen hacia todos lados, la luz de las antorchas ilumina


con furia. A las afueras del castillo una multitud levanta por
encima de sus cabezas las picas ensangrentadas. Crujen las
paredes del castillo al tronar de las voces.

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ACTO TERCERO

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ESCENA I

Fuera del castillo, el pueblo.

Voces: ¿Qué esperamos? ¡Fuegos con


ellos!

Sin piedad.

Ya les daré lecciones de cómo


gobernar.

Carne de reyes.

Ya fueron ejecutados unos


cuantos según la ley del pueblo.

Cesar: Sujetadle. ¿Dinos de una vez dónde


se esconde tu señor? Muéstranos el
camino que lo resguarda si no deseas
morir. ¡Habla! Es evidente que lo
proteges. De un momento a otro
echarán abajo el puente. ¿Qué esperas
para decirnos? De muchas cosas son
capaces estas manos, no importa cuan
breve sea el final.

Aligarh: (Llora sin consuelo.) Pero


majestades, ¿creen vosotros que de
saber sobre la existencia de una salida
secreta me encontraría junto a
ustedes? Soy otra víctima del príncipe,
su fiel guardián, su único consuelo… y
ahora aquí, abrumado por la desdicha.

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Rey Sol: ¿Qué papel jugará la historia? Algún
día se dirá que procedía con
humanidad y paciencia. Prosperó él y
su patria mientras los tiempos fueron
favorables con su modo de proceder,
pero tan pronto como vinieron tiempos
donde era necesario romper la
humildad, no lo supo hacer, de modo
que se hundió.

Voces: ¡Contra el castillo!

Sin piedad.

¡Avancen!

Aligarh: El pueblo arremete contra el


castillo.

Vicario: ¿Qué tan hondo es el pozo?

Aligarh: Oscuro.

Vicario: (Dirigiéndose al pozo) Que me


queme el infierno. Juro que si de ésta
me salvo, gozaré los últimos días de
mi vida embriagado en vino y
placeres. (Intenta descender.)
¿Quiénes son los hombres para
arrebatarles a otros el aliento de la
vida? ¿Quiénes son los hombres?
(Cae.)

Aligarh: ¡Escuchad! Ya lograron romper las


madejas podridas, vienen por ustedes.
No tardan en entrar. ¿Para qué han de
querer a un bufón? Como fiel sirviente
quedaré a un lado, observando cómo
mueren en gran festín.

Cesar: Tú también morirás.


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Aligarh: Aligarh muere con el invierno. Es
nuestra lucha, el deseo de estar vivo
en todo momento. A veces,
escuchando las quejas de los reyes a
fin de ejercer algún día la suerte
esperada. Mi Príncipe ha tenido
paciencia. (Comienza a quitarse las
prendas de su disfraz hasta revelar
que es el mismo príncipe en persona.)
Una noche tan parecida a esta,
caminaba por el pantano con la mirada
fija en la luna. Grande era mi hambre
a tal punto de preferir entregarme a
las bestias para que fuesen ellas
quienes aplacaran mi pena. Fue
entonces cuando encontré el castillo y
en él, a un hombre nombrado rey, por
alguna razón de las leyes divinas.
¿Quién es este hombre para
proclamarse rey? ¿Somos diferentes él
y yo? ¡Ah, sí! Él lleva la barriga bien
llena. Desde entonces Aligarh cree en
la existencia de alcanzar al príncipe.
¡Escuchad! Ya se acercan. Sólo distan
treinta pasos de la última escalera.
Sométanse, no hay para ustedes otra
alternativa que vivir bajo el reino de
mis apariencias.

Cesar: ¿Qué locura es ésta?

Aligarh: ¡El Príncipe!

Rompen las puertas, las antorchas iluminan


incandescentes. El príncipe deja tras de sí a los reyes y
sube a la mesa de banquete. Todos se detienen ante la
aureola de poder que ilumina al Príncipe.

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ESCENA II

El Príncipe sube a la mesa de banquete.

Príncipe: El mar se ha abierto, una nube os


ha mostrado el camino, ha manado
agua de la roca y ha llovido aquí
maná. No deben en consecuencia
dejar pasar esta oportunidad para que
después de tanto tiempo encuentren a
su redentor. A todos apesta esta
bárbara tiranía. No puedo expresar
con qué amor sería recibido en todos
aquellos territorios que han padecido
estos aluviones extranjeros, con qué
sed de venganza, con qué firme
lealtad, con qué devoción, con qué
lágrimas. La tarea no será muy fácil si
tenéis ante vuestros ojos las acciones
y la vida de los hombres que antes he
mencionado. Pues aunque fueron
portentosos, a pesar de todo fueron
hombres y cada uno de ellos tuvo una
oportunidad inferior a la presente. Hay
mucha justicia en nuestra causa, aquí
la disposición es absoluta y no puede
haber gran dificultad donde la
disposición es grande. ¿Qué puertas se
cerrarían? ¿Qué pueblos me negarían
la obediencia? ¿Qué envidia se me
opondría? Dios no quiere hacerlo todo,
para no arrebatarnos la libertad de la

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voluntad y la parte de gloria que nos
corresponde.

El pueblo clama enardecido.

APAGÓN.

Fin del tercer y último acto de la obra

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