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Identidades,

enfoque diferencial
y construcción de paz
Serie documentos para la paz N° 3

Facultad de Ciencias Sociales


Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano. Observatorio de Construcción de Paz.
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz / Universidad de Bogotá Jorge Tadeo
Lozano. Observatorio de Construcción de Paz; colaboradores: Diego Andrés Walteros Rangel…
[et al.]. – Bogotá: Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano: Fondo para la Sociedad Civil por
la Paz, la Democracia y los Derechos Humanos (FOS Colombia). – 2012.
382 p.; il. col.; 24 cm – (Serie documentos para la paz Nº 3).

isbn: 978-958-725-109-8

1. PAZ - COLOMBIA. 2. CONFLICTO ARMADO – COLOMBIA. 3. DESPLAZAMIENTO


FORZADO – COLOMBIA. 4. VIOLENCIA. 5. PROCESO DE PAZ – COLOMBIA. I.
Walteros Rangel, Diego Andrés. III. Tit. IV. Ser.

cdd303.66”u58i”

Fundación Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano


Carrera 4 Nº 22-61 - pbx: 242 7030 - www.utadeo.edu.co
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

isbn: 978-958-725-109-8
Primera edición: 2012
Rectora: Cecilia María Vélez White
Vicerrector académico: Diógenes Campos Romero
Decano (e) de la Facultad de Ciencias Sociales: Carlos Andrés Gómez González
Investigadores Observatorio de Construcción de Paz:
Blanca Inés Arteaga Morales
Oscar David Andrade Becerra
Diego Andrés Walteros Rangel
Daissy Liliana Salcedo
Juleine Puentes Orjuela
Coordinadores de esta edición:
Blanca Inés Arteaga Morales
Diego Andrés Walteros Rangel
Oscar David Andrade Becerra
Director editorial (e): Jaime Melo Castiblanco
Coordinador editorial: Henry Colmenares Melgarejo
Revisión de textos: Camilo Gamboa Castro
Diseño de portada: Alejandro Sicard Currea
Diseño y diagramación: Mary Lidia Molina Bernal
Impresión: Imageprinting Ltda.

Los contenidos de esta publicación son responsabilidad exclusiva de los autores.


FOS Colombia únicamente fungió como financiador del proyecto.
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin
autorización escrita de la Universidad.
Impreso en Colombia - Printed in Colombia

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Identidades,
enfoque diferencial
y construcción de paz
Serie documentos para la paz N° 3

Blanca Inés Arteaga Morales


Daissy Liliana Salcedo
Lina Tatiana Lozano Ruiz
Nancy Prada Prada
Federico Guillermo Muñoz
Ginna Marcela Rivera Rodríguez
Laura Camila Ramírez Bonilla
Álvaro Villarraga Sarmiento
Rosa Jiménez Ahumada
Fabio Saúl Castro-Herrera
Marisol Ortiz Acosta
Diana Mendoza Ospina
Oscar David Andrade Becerra
Diego Andrés Walteros Rangel
Erika Cardona Patiño
Sandra Milena Páez Ávila

Facultad de Ciencias Sociales

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Tabla de contenido

Presentación ....................................................................................... 7

1. Perspectivas sobre enfoque diferencial

Blanca Inés Arteaga Morales


El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?..... 15
Daissy Liliana Salcedo
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico..................... 41

2. Identidades y conflicto armado

Lina Tatiana Lozano Ruiz y Nancy Prada Prada


Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones
específicas y retos para la implementación de la ley de vícti-
mas.................................................................................................. 75

Federico Guillermo Muñoz


Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca): una his-
toria de victimización....................................................................... 99

Ginna Marcela Rivera Rodríguez


Apuntes y discusiones sobre la problemática del confinamiento for-
zado en Colombia............................................................................ 127
Laura Camila Ramírez Bonilla
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los oríge-
nes del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (1962-1974)... 151
3. Identidades y resistencias

Álvaro Villarraga Sarmiento


La resistencia indígena: opción de paz.............................................. 189

Rosa Jiménez Ahumada


Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de
las víctimas en Cartagena de Indias.................................................. 221

Fabio Saúl Castro-Herrera


La justicia comunitaria: un aporte para la construcción de paz en
poblaciones en situación de desplazamiento forzado........................ 247
Marisol Ortiz Acosta y Diana Mendoza Ospina
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de me-
moria y construcción de paz. Caso ACIA........................................ 273

4. Identidades y violencia social

Oscar David Andrade Becerra y Diego Andrés Walteros Rangel


¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las
barras bravas.................................................................................... 313

Erika Cardona Patiño y Sandra Milena Páez Ávila


Experiencia con niños, niñas y jóvenes en contexto de violencia esco-
lar.................................................................................................... 351
Presentación

Sea cual sea el tipo de estrategia de construcción de paz que un Estado lle-
ve a cabo, ora la firma de un acuerdo de paz, ora el diseño de una política de
desarrollo de largo plazo, ella no puede dejar de responder a las demandas de
la población, tanto de la directamente afectada por las múltiples violencias
surgidas del estado de confrontación, como de la sociedad en general que re-
clama poder vivir en un ambiente pacífico, bajo la garantía de que la violencia
y sus detonantes y reproductores serán erradicados o, por lo menos, llevados a
niveles en los que no representen una amenaza para la paz.
Atender dichas necesidades resulta ser una tarea difícil, entre otras cosas,
si se tiene en cuenta que lo que parece ser homogéneo bajo la etiqueta gené-
rica de “sociedad civil” dista mucho de serlo: allí conviven y rivalizan diver-
sas visiones de mundo, encarnadas en colectividades formadas alrededor de
distintos referentes (religiosos, políticos, sociales) que aglutinan y crean un
sentido de comunidad, brindando a sus miembros símbolos, códigos e ideales
que conforman identidad. A su vez, estos elementos trazan una frontera entre
quienes se identifican como “nosotros” y “ellos” y definen una serie de intere-
ses que frecuentemente entran en conflicto y luchan por ocupar un lugar en
la sociedad.
Tal estado de cosas desdibuja rápidamente la idea de que todos los ciuda-
danos pueden ser “medidos con la misma vara”: diversos sectores sociales tie-
nen necesidades particulares, las cuales no pueden ser desatendidas si ha de
respetarse la idea que se está dentro de una sociedad con ciertos principios de
justicia basados en la equidad y en el respeto a las diferencias. En el caso de las
políticas de Estado, prestar atención a estas particularidades resulta esencial
para garantizar un disfrute pleno de derechos, tanto de la sociedad en general
como de las colectividades que la componen, máxime cuando de lo que se tra-
ta es de atender las demandas de quienes, dentro de los diversos roles sociales,
necesidades e intereses, han sido afectados por una situación de violencia y re-
quieren de medidas enfocadas en sus particularidades para superarla.

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Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

En esta tercera entrega de la Serie Documentos para la Paz, titulada Iden-


tidades, enfoque diferencial y construcción de paz, el Observatorio de Cons-
trucción de Paz de la Universidad Jorge Tadeo Lozano ha querido realizar
un ejercicio de cruce entre las categorías de identidades, enfoque diferencial
y construcción de paz. Tres han sido los objetivos en mente que guiaron esta
edición: 1) evidenciar cómo las violencias existentes en el país –especialmente
la del conflicto armado, pero no solamente esta– afectan los modos particula-
res de vida de distintas comunidades, entre las que se encuentran, por ejem-
plo, las minorías étnicas y la comunidad LGBTI; 2) dar cuenta de las diver-
sas formas en las que estas comunidades interactúan con otras colectividades
en contextos de violencia; y 3) sugerir fórmulas por las cuales las estrategias,
proyectos y políticas de construcción de paz en Colombia pueden atender de
mejor manera las demandas de la sociedad enfocando su acción bajo criterios
de enfoque diferencial.
El libro se divide en cuatro grandes secciones. La primera de ellas está de-
dicada a analizar algunas perspectivas teóricas sobre el enfoque diferencial.
Así, en el primer capítulo, Blanca Arteaga, investigadora del Observatorio
de Construcción de Paz, explora ampliamente los fundamentos teóricos que
justifican la adopción del enfoque diferencial, de derechos y de género en el
diseño e implementación de políticas públicas, especialmente las referidas a
construcción de paz. El argumento de Arteaga parte de la idea de que el enfo-
que diferencial ha tomado fuerza en el diseño de políticas públicas, pero que
debe tenerse en cuenta la importancia de conceptualizar, aplicar y exigir cum-
plimiento del enfoque diferencial a fin de que las políticas de construcción de
paz sean exitosas.
Daissy Salcedo, también investigadora de este Observatorio, realiza un
ejercicio de medición de los principales resultados de políticas encaminadas a
paliar el desplazamiento y la difícil situación socioeconómica de etnias mino-
ritarias, tales como afrocolombianos, indígenas y población rom. Su estudio
resalta la poca efectividad que las políticas estatales han tenido en cuanto al
mejoramiento de la situación de estas poblaciones. La razón principal de esto,
en opinión de la autora, es la carencia de un enfoque diferencial que atienda
los particulares modos de vida afro, indígena y rom; en cambio, lo que se ha
hecho hasta el momento es diseñar políticas de superación de la pobreza y so-
lución al desplazamiento forzado que ven en estos dos fenómenos como dos

8
Presentación

grandes categorías, sin tener en cuenta las especificidades de las poblaciones


que los sufren.
La sección de Identidades y conflicto armado hace referencia a los distintos
modos en que las violencias relacionadas con el conflicto armado afectan a
la población. Los capítulos presentados allí hacen especial énfasis en pobla-
ciones indígenas, afros y grupos LGBTI. Así, Tatiana Lozano y Nancy Prada
presentan los resultados de su investigación sobre las afectaciones que la vio-
lencia del conflicto armado ha tenido sobre mujeres trans. Su trabajo se basó
en entrevistas a mujeres de esta opción sexual, la cual ha provocado discrimi-
nación y exclusión. A partir de las historias de vida presentadas, las autoras re-
saltan cómo la violencia tiene repercusiones especiales sobre esta población al
no permitirle vivir plenamente su identidad de género; también se reivindica
el papel de la memoria histórica como modo de rescatar las historias de víc-
timas olvidadas y como medio de lograr reconocimiento, seguridad, justicia
y reparación. Al respecto, las autoras hacen una clara recomendación acerca
de la necesidad de que la Ley de Víctimas incluya a las mujeres trans en las
medidas de atención a mujeres, y de que, a su vez, busque modos de atender
sus particularidades.
Por su parte, Federico Guillermo Muñoz rastrea los procesos de desterri-
torialización y destierro en los municipios de Buenos Aires y Suárez, en el de-
partamento del Cauca, con el objetivo de señalar los efectos particulares de
estos procesos violentos en las comunidades afrocolombianas residentes allí.
El autor se sirve de la historia de un líder social afrocolombiano para presen-
tar un panorama histórico, sociológico y político de los determinantes de la
desterritorialización en esta región del país.
En sentido complementario a los estudios sobre desplazamiento forzado
presentados, Ginna Marcela Rivera propone una interesante veta de investiga-
ción al abordar el problema del confinamiento forzado, práctica que, contra-
ria al desplazamiento, restringe las posibilidades de movilización de poblacio-
nes por cuenta de presiones armadas y condena a los pobladores al aislamiento
geográfico. Rivera propone, a partir de un estudio conceptual y jurídico del
tema, que este se considere un problema jurídico diferente del desplazamiento
forzado y sea objeto de acciones sensibles a las particularidades del fenómeno.
Finaliza esta sección el estudio histórico realizado por Laura Camila Ra-
mírez acerca de las trayectorias de los más importantes religiosos que confor-
maron las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en sus orígenes:

9
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Camilo Torres, Manuel Pérez Martínez, Domingo Laín Sanz y José Antonio
Jiménez Comín. A partir del relato en paralelo de las historias de vida de es-
tos sacerdotes, desde los años previos a su entrada a la organización guerrillera
hasta su muerte, Ramírez expone cómo la identidad religiosa de estos paula-
tinamente se va desdibujando y va dando paso a una identificación total con
la causa guerrillera, lo cual significó, en el plano ideológico, la escogencia de
la opción violenta (vista como el último recurso disponible) en detrimento de
las opciones pacíficas de cambio social que, ya desde los años sesenta, alentaba
el Concilio Vaticano II.
La sección Identidades y resistencias comienza con el detallado estudio de
Álvaro Villarraga sobre las variadas respuestas que las comunidades indígenas
han logrado dar a los contextos violentos a los que se han visto sometidas. Así,
tomando como referencia los casos del resguardo Nasa Wesh, el Movimiento
Armado Quintín Lame, la guardia indígena del pueblo nasa y el Consejo Re-
gional Indígena del Cauca, Villarraga da un panorama de las dinámicas de lo
que llama el “movimiento indígena colombiano” y muestra cómo desde este
se han creado formas particulares, basadas en la identidad de estos pueblos, de
resistir a la violencia y forjar escenarios de paz.
Por su parte, el artículo de Rosa Jiménez Ahumada registra las iniciativas
de paz en la ciudad de Cartagena, especialmente aquellas cuyo objeto princi-
pal de trabajo han sido las víctimas desplazadas por cuenta del conflicto arma-
do. Con la atención puesta en la categorías de dignificación y visibilización, Ji-
ménez muestra cómo estas han sido afectadas en el proceso de desplazamiento
forzado y cómo las iniciativas referenciadas dan cuenta de estos problemas y
han emprendido acciones para recuperar la dignidad perdida de las víctimas
y poner su situación en conocimiento de quienes diseñan e implementan las
políticas públicas de reparación a víctimas del conflicto armado.
El capítulo de Marisol Ortiz y Diana Mendoza estudia el caso de la Aso-
ciación Campesina Integral del Atrato (ACIA), conocido actualmente como
el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina del Atrato (Co-
comacia). Las autoras argumentan que la acción colectiva del movimiento ha
cambiado en función de las diferentes estructuras de oportunidad política que
se han presentado durante las últimas tres décadas. Así, la transformación de
la organización ha fortalecido sus acciones, convirtiéndolo en un caso exito-
so de acción colectiva de la comunidad afrodescendiente en el contexto del
conflicto armado, que ha contribuido a la reconstrucción de memoria como

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Presentación

elemento primordial para la construcción de la paz en los procesos de justicia


transicional.
La última sección del libro, titulada Identidades y violencia social, presen-
ta dos investigaciones acerca de las interacciones de dos sectores sociales di-
símiles (barras bravas y población escolar) con su entorno violento. De este
modo, en el capítulo titulado “¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad,
violencia y paz en las barras bravas”, Oscar Andrade y Diego Walteros, in-
vestigadores del Observatorio de Construcción de Paz, trazan tres objetivos:
primero, identificar los factores que configuran la identidad de las barras y
sus modos de interacción; segundo, esclarecer algunas causas de su compor-
tamiento violento en los estadios y otros espacios de las ciudades; y tercero,
extraer algunas lecciones generales para los procesos de construcción de paz
con las barras futboleras, con base en una somera evaluación del programa
“Goles en Paz” implementado en Bogotá. Su argumento resalta la importan-
cia de que el problema de las barras bravas no se considere como exclusivo del
ámbito futbolístico, sino como un fenómeno cruzado por problemas sociales
que involucran referentes de identidad que desbordan la mera afición por un
equipo; y recomienda, en consecuencia, que el tratamiento que se le dé a esta
problemática debe partir de la consideración de los hinchas como sujetos co-
lectivos insertos en complejas prácticas sociales, y no como simples grupos de
violentos infractores de la ley.
Finalmente, el capítulo de Erika Cardona y Sandra Páez pretende contri-
buir a la comprensión de la violencia en el ámbito escolar y a la formulación
de herramientas efectivas para hacerle frente a la problemática. Para tal fin,
exponen los resultados y alcances obtenidos con el proyecto “Prevención y Re-
ducción de la Vulnerabilidad de Niños, Niñas y Jóvenes en Contexto de Vio-
lencia Escolar y Violencia Juvenil Urbana”, ejecutado actualmente por la Cruz
Roja Colombiana en la localidad bogotana de San Cristóbal. Esencialmente,
el proyecto consiste en un conjunto de herramientas teóricas y prácticas en-
focadas a generar estrategias participativas de integración social, recreación y
ocupación adecuada del tiempo libre de grupos de niños, niñas y jóvenes ex-
puestos a situaciones de violencia escolar.
Así pues, los capítulos reseñados aquí intentan responder a la pregunta
general sobre los efectos de las violencias sobre grupos específicos que, en un
mayor o menor grado, logran reunirse y actuar colectivamente a partir de su
identificación con referentes de identidad. La atención que los hacedores de

11
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

políticas públicas y normas en construcción de paz en el país presten a los


modos particulares de estas comunidades de enfrentar a la violencia, y a sus
singulares iniciativas para superarla, puede redundar beneficiosamente en el
diseño de políticas más efectivas de construcción de condiciones para una paz
duradera y estable.

Observatorio de Construcción de Paz


Universidad Jorge Tadeo Lozano

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Perspectivas sobre enfoque diferencial
EL ENFOQUE DIFERENCIAL:
¿UNA APUESTA PARA LA CONSTRUCCIÓN DE PAZ?

Blanca Inés Arteaga Morales*

La uniformidad es la muerte; la diversidad es la vida.


Mijaíl Bakunin

A partir de la Constitución de 1991, la preocupación del Estado y todo


tipo de agentes ha estado orientada al cumplimiento del mandato constitu-
cional acerca de la incursión en derechos humanos, civiles, políticos y econó-
micos. De hecho, desde la puesta en marcha de la Constitución, poco a poco
los enfoques de derechos, diferencial y de género, han cogido más fuerza en las
retóricas y prácticas de atención, reparación y estabilización de las víctimas de
los diferentes tipos de violencias, en su mayoría asociados al conflicto armado
interno. Esto se debe en buena parte a la existencia de poblaciones específicas,
vulneradas y vulnerables, que necesitan perspectivas de atención especiales
para la defensa de sus derechos.
Específicamente, el artículo 7 de la Constitución Política de Colombia
reza: “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Na-
ción Colombiana”; es aquí donde nace el principio constitucional que rige la
enunciación de medidas diferenciadas que reconozcan y afirmen los procesos
identitarios de los colombianos en cada uno de los ámbitos y procesos que lo
demanden. Este artículo pone de manifiesto la importancia de que se ofrez-
can respuestas más creativas, integrales y duraderas, de tal manera que se haga
efectiva la acción del Estado.
Así, el denominado enfoque diferencial nace –en principio– con la
pretensión de ofrecer un panorama de restitución de derechos a víctimas
del conflicto desde sus particularidades; parte, por tanto, de la noción de
diversidad y vulnerabilidad de estas personas, por lo cual, su interés se centra
en “devolver derechos” de manera efectiva. De ahí que desde la primera década

* Investigadora del Observatorio de Construcción de Paz. Universidad Jorge Tadeo Lozano.


E-mail: biarteagam@gmail.com

15
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

del siglo XXI el enfoque diferencial ha sido el artífice de nuevos modelos de


implementación de políticas, programas y proyectos –estatales, ciudadanos,
políticos, jurídicos, etc.– para la restitución de derechos a las víctimas.
Bajo esta perspectiva, la manera en que se implementan dichos programas
y políticas determina el éxito o el fracaso del enfoque desde la concepción del
favorecimiento de la diversidad. En ese sentido, el énfasis que los implemen-
tadores pongan en este u otro enfoque será significativo para revisar la eficacia
de las políticas. En materia de construcción de paz no es diferente; el enfoque
diferencial ha tenido un papel revelador en los discursos de exigibilidad de de-
rechos de diferentes grupos sociales, de manera que la apuesta es que la orien-
tación de las respuestas estatales a las problemáticas sociales tenga en cuenta la
diversidad étnica, cultural, de edad, de género y de condición física y psicoló-
gica de las poblaciones objetivo a las cuales se dirigen.
El objetivo del presente capítulo, por tanto, es ofrecer un panorama gene-
ral de la relevancia de la conceptualización, aplicación, exigibilidad y com-
promiso con el enfoque diferencial como una de las maneras de reconocer
la diversidad y multiculturalismo del país, retomando la importancia de este
enfoque para el fortalecimiento y consolidación de procesos de construcción
de paz sólidos en Colombia. El texto presentará, en primer lugar, un resumen
conceptual del enfoque, exponiendo las bases conceptuales de este en función
de las nociones de equidad, justicia, igualdad y políticas multiculturales. Caso
seguido, se evidenciará la relación del enfoque diferencial con el de género y
el de derechos, exponiendo los principales lineamientos que definen a aquel;
a partir de allí, se pondrá en evidencia cómo la estricta aplicación de la pers-
pectiva diferencial contribuye a la consolidación de escenarios pacíficos. Fi-
nalmente, se planteará una breve conclusión del texto.

1. Antecedentes conceptuales: las ideas base del enfoque diferencial

La aparición del término enfoque diferencial en la escena social ha sido im-


portante a partir del reconocimiento de las víctimas de diferentes conflictos
armados como sujetos de derechos que requieren ser atendidos de acuerdo a
las diferencias socioculturales y étnicas que representan la diversidad de la na-
ción colombiana. No obstante, la aproximación al término parece remontarse
a 1991, año clave para determinar el reconocimiento de etnias y culturas di-
versas en el país. De este modo, la Asamblea Constituyente se configura con

16
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

el fin de organizar una institucionalidad nueva en el país, más moderna y más


incluyente.1

De hecho, Carlos Gaviria, exmagistrado de la Corte Constitucio-


nal, ha señalado que “la Constitución del 91 nace con un diagnóstico
hobbesiano (el Estado recurrente de violencia) y propone una solu-
ción rosseauniana: renovar la democracia con democracia participativa”
(Gros, 2010:115). De este modo, bajo el nuevo orden constitucional,
el paradigma democrático debe incluir la participación de todos y cada
uno de los colombianos. Sin embargo, para que todos participen, pri-
mero todos deben ser reconocidos:

El reconocimiento de la presencia de grupos étnicos (indígenas o negros)


(Wade, 1994) con derechos particulares es congruente con esa nueva visión de
lo que tiene que ser una democracia “real”: i.e., respetuosa de las diferencias,
de los derechos humanos (individuales y colectivos), abierta al diálogo (en este
caso intercultural) y que, más allá de los individuos que componen tradicio-
nalmente el “pueblo político” en la democracia moderna (Schnapper, 1994),
reconoce e institucionaliza la presencia de grupos intermediarios: una forma
de pactismo renovado dentro del ámbito democrático […] (Gros, 2010: 118).
De ahí que el reconocimiento juegue un papel determinante en los proce-
sos sociopolíticos consecuentes de la implementación de la Carta Política. Y
es que en ese reconocimiento de la diversidad étnica y cultural está el germen
de la enunciación de medidas –estatales y ciudadanas– que han buscado, des-
de los discursos del reconocimiento, el acento en la diferencia como elemento
fundamental de la acción política.
Justamente, el acento en la diferencia (tanto en la noción de enfoque dife-
rencial como de diferenciación) indica que es fundamental el tema de la iden-
tidad social, cuya definición la comparte Guillermo de la Peña al representar-
la como “el cúmulo de las representaciones compartidas que funciona como
matriz de significados, desde el cual se define y valora lo que somos y lo que
no somos: el conjunto de semejanzas y diferencias que limita la construcción
simbólica de un nosotros frente a ellos” (de la Peña, 1994: 25). En el presente

1
Autores como Christian Gros, por ejemplo, indican que la participación de indígenas y exguerrille-
ros desmovilizados fue determinante para que la Asamblea Constituyente tomara esta forma. Ver:
Gros (1993).

17
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

capítulo tomaremos esta concepción de identidad para revisar el despliegue


del enfoque diferencial en su sentido práctico.
Así las cosas, la nueva constitución abre todo un panorama de conceptos
que van configurando la diversidad como un elemento digno de reconoci-
miento público. En el pasado, la diversidad (por lo menos la pluralidad et-
nocultural en Colombia) era asimilada como una amenaza para la estabilidad
política del país. En efecto, las diferentes minorías etnoculturales fueron rele-
gadas durante décadas a la atención marginada, e incluso discriminatoria, por
parte del Estado.
Bajo este panorama, surgen las políticas multiculturales, entendidas como
todas aquellas medidas de reconocimiento de la diversidad, incluyendo el gé-
nero, la orientación sexual, la discapacidad, la etnia, la raza y la cultura (Ban-
ting y Kymlicka, 2007: 24), las cuales fungen como expresiones empíricas
de la diferencia. El fin de ellas es definir el marco de implementación de las
medidas en función del “ser” de cada sujeto individual o colectivo. De ante-
mano, las políticas multiculturales “van más allá de la protección de los de-
rechos civiles y políticos básicos que una democracia liberal garantiza a todos
los individuos, al tiempo que amplían algunos estándares de reconocimiento
y apoyo público para que las minorías etnoculturales expresen y mantengan
sus prácticas e identidades culturales distintivas” (ibid.: 2). Por esta razón, sus
alcances pueden llegar a ser enormes.
Las políticas multiculturales surgen entonces como uno de los anteceden-
tes por antonomasia del enfoque diferencial. Al ser formuladas, tienen la in-
tención de responder de manera diferenciada a la ciudadanía, buscando que
se logre la inclusión de la diversidad en su mayor expresión. Es por esto que
el enfoque diferencial puede ser entendido como una manifestación de políti-
cas de la diferencia, en el sentido en que busca ofrecer una respuesta distintiva
para cada grupo poblacional específico.
Un antecedente similar se encuentra del lado de la equidad, concepto com-
plejo que ha sido abordado de diversas maneras. Según Patricio de Azcárate
Corral (1873), Aristóteles en su Moral a Nicómano establecía un símil entre
equidad e igualdad, pues la acepción griega no distinguía entre uno y otro
concepto en relación al término justicia. De manera semejante, John Rawls
(2003) indica que el concepto de justicia y el concepto de equidad son con-
ceptos complementarios, donde la primera no es posible sin la segunda:

18
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

[…] Un concepto fundamental para la justicia es el de equidad


(fairness), que está en relación con el debido trato entre personas que
están cooperando o compitiendo unas con otras, como cuando se habla
de juegos equitativos (fair games), competencia leal (fair competition) y
negociaciones honestas (fair bargains). La cuestión de la equidad sur-
ge cuando personas libres que carecen de autoridad las unas sobre las
otras, se embarcan en una actividad conjunta y establecen o reconocen
entre ellas las reglas que definen esa actividad conjunta y que determi-
nan las respectivas cuotas en beneficios y cargas […]. Es esta idea de la
posibilidad de un mutuo reconocimiento de principios por personas
libres que carecen de autoridad las unas sobre las otras la que hace que
el concepto de equidad sea fundamental para la justicia. Solo si seme-
jante reconocimiento es posible puede haber una verdadera comunidad
entre personas en el marco de sus prácticas comunes; de otro modo, sus
relaciones parecerán fundadas en alguna medida en la fuerza (Rawls,
2003: 15-16).

Asimismo, Dworkin (1981) ofrece un concepto de equidad a la luz de


igualdad en los recursos materiales, lo cual puede ir de la mano con igualdad
de oportunidades y de acceso a ellas. Por su parte, Sen (1979) hace un análi-
sis de la equidad como una extensión al planteamiento de la idea de justicia
de Rawls. Para este autor, la equidad está en función de las capacidades indi-
viduales de las personas para elegir su modo de vida. De esta manera, como
plantea Formichella parafraseando a Sen, “[…] equidad quiere decir igualdad
en cierto atributo, lo cual no implica igualdad en todos los atributos. Para
que esto fuera así no debería existir ninguna clase de diferencia entre los in-
dividuos, lo cual no coincide con la realidad en absoluto. Es más, para lograr
la igualdad en un aspecto puede ser necesario que exista desigualdad en otro”
(Formichella, 2011: 4, citado en López, 2006).
De este modo, Sen (1979) acude a las definiciones de igualdad en el bien-
estar (welfarismo), igualdad en los bienes e igualdad en las oportunidades para
explicar el concepto de equidad. De este modo, se puede decir que la equidad
abarca todas aquellas acciones que se emprendan para promover la distribu-
ción de recursos y oportunidades bajo las mismas condiciones de acceso y fa-
vorabilidad, indistintamente del tipo de población que las requieran.

19
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A partir del desarrollo de este concepto, el enfoque diferencial expresa la


necesidad de una igual distribución de recursos (y de igual número de opor-
tunidades para acceder a estos) para cada una de las poblaciones diferenciadas.
La noción de equidad implica entonces la importancia de entregar recursos de
toda índole a las poblaciones, reconociendo sus diferencias y orientando las
acciones a satisfacer sus necesidades desde la base de estas, reconociendo posi-
bles desventajas en el acceso. El igual beneficio sería, por tanto, el objetivo de
la equidad como uno de los elementos constitutivos del enfoque diferencial.
Al igual que la equidad, la igualdad y la justicia hacen parte del grupo de
conceptos que construirían el espíritu del enfoque diferencial. Del lado de la
igualdad, se pueden distinguir dos vertientes: la igualdad social, leída en tér-
minos de situaciones sociales que den cuenta de un proceso de paralelismo
socioeconómico para los diferentes grupos poblacionales; y la igualdad ante la
ley, que supone derechos, garantías y deberes ofrecidos desde el ordenamiento
jurídico. Es importante resaltar que el concepto de igualdad ha sido amplia-
mente desarrollado por varios autores:

La mayoría de las teorías políticas contemporáneas tienden a soste-


ner la tesis de que todos los seres humanos son esencialmente iguales,
de igual valor, y que esta igualdad debería reflejarse en las esferas eco-
nómica, social y política de la sociedad […]. En su sentido descriptivo,
la igualdad es un concepto indeterminado. A diferencia del concepto
de libertad, que se refiere a una propiedad o cualidad que puede o no
tener una persona, la igualdad no es un concepto atribuible a un sujeto.
La posición “X es igual” solo tiene sentido como relación entre dos o
más objetos o personas en algún aspecto. Es necesario, entonces, pre-
cisar la extensión del campo significativo sobre el que versa la relación
de igualdad: quiénes son o quiénes deben ser considerados iguales; es
decir, cuando se afirma que dos o más objetos o personas son iguales,
es necesario formular la pregunta: ¿igualdad entre quiénes? (…). En el
contexto de las ciencias sociales, la igualdad se refiere a ciertas propie-
dades que los hombres [y mujeres] tendrían en común, en virtud de las
cuales deberían ser tratados de manera igual (Baca, et al., 2000: 334).

Así, hablar de igualdad supone afirmar que la existencia de los sujetos está
supeditada a la existencia de otras personas. De hecho, igualdad implica ejer-

20
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

cicios comparativos de unos respecto a otros. Nadie, en teoría, es igual a otro


sin ese otro; por tanto, nuevamente, la diferencia es un dato clave para hablar
de igualdad, en el sentido de que una persona es más igual a otra en la medida
en que sus diferencias sean menores (ciertamente, el concepto de diferencia
aquí es tomado en un sentido genérico y no como un concepto relativo a lo
diverso). Justamente, antes que la igualdad, es la condición de diferencia la
que es perceptible; por esta razón, la necesidad de obtener igualdad más allá
de la diferencia existente entre los individuos es uno de los desafíos más im-
portantes que estos y los Estados han buscado solventar.
En materia de enfoque diferencial, la igualdad es la meta; pero no la igual-
dad como ideal político liberal, sino más la igualdad a partir de la diferencia.
Esto es, el reconocimiento y la ejecución de medidas que impliquen un trato
semejante de personas sin distinción de raza, cultura, etnia, género, clase o
condición. La equivalencia en la prestación de servicios (y en el cumplimiento
de deberes por parte del Estado) es la idea estratégica para aterrizar el concep-
to de igualdad en el entorno de aplicación del enfoque diferencial. Por eso, en
función del enfoque diferencial, la noción de igualdad debe ser leída en clave
de igualdad social.
El concepto de igualdad social parece muy similar al concepto de equidad.
La igualdad social deberá ser entendida como aquella condición en la que los
individuos acceden a los recursos en condiciones equivalentes a los demás que
están compitiendo por ellos. Esto supone, como reza uno de los principios de
la economía, que “los recursos son escasos”, por lo que lo importante no es la
existencia de recursos sino la disponibilidad que tienen todos los individuos
de acceder a ellos. Se presume, por tanto, que en la medida en que los seres
humanos accedan a los recursos de modo equitativo se logra igualdad social
y justicia.
Precisamente, este último concepto compone el tercer elemento de los
ideales políticos que soportan la inclusión retórica y empírica del enfoque
diferencial en sociedades como la nuestra. Como ya se había anotado, la
noción de justicia está ligada a la de libertad en muchos aspectos. Rawls ha
propuesto entender la justicia como “la eliminación de distinciones arbitrarias
y el establecimiento, dentro de la estructura de una práctica, de un apropiado
equilibrio entre pretensiones rivales” (Rawls, 2003: 130). En ese sentido, la
justicia implica avanzar en la no existencia de posiciones superpuestas unas
sobre otras; esto es lo que el mismo Rawls llama justicia distributiva (justicia

21
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

como equidad), en la cual, a partir de la “posición originaria” (similar al


estado de naturaleza utilizado por los contractualistas), se toma la condición
hipotética de que los seres humanos –libres y racionales– pueden escoger los
principios de la sociedad política que están creando a través de la asociación
(ibid.: 144). Así, como explican Bobbio, Matteucci y Pasquino, con su teoría
de justicia Rawls busca

Hacer cesar la tensión entre voluntad general e intereses particu-


lares, hacer ver que la justicia es también una utilidad (no suma de
utilidades individuales), fundar el principio de los “maximin”, puesto
que los hombres, antes del salto en la sociedad, querían la justicia, o
sea, maximizar las posiciones mínimas. Así quedan formulados los dos
principios de justicia: “Cada individuo posee derecho a la más amplia
libertad posible, compatible con otra libertad igual para los demás”;
“Las desigualdades sociales y económicas deben ser estructuradas, de
modo que sean racionalmente productoras de ventajas para todos y vin-
culadas a posiciones y comisiones igualmente abiertas a todos” (Bobbio
et al., 2005: 364).

Algunos detractores del razonamiento de Rawls, como Robert Nozick


(1988), han planteado la necesidad de defender el mercado como canal social
más propicio para la distribución de bienes. La idea básica del planteamien-
to de este autor está en el supuesto de que si todos los seres humanos tienen
derecho a los bienes que poseen en tanto los obtengan de manera legítima,
entonces una distribución justa de bienes solo puede ser el resultado del in-
tercambio libre de personas. Como se nota, los planteamientos de Rawls han
servido como espaldarazo normativo para los defensores del Estado de Bien-
estar, mientras que los argumentos de Nozick sitúan el debate de la justicia en
torno a la idea de un libre mercado y un Estado mínimo, cuya única función
es proteger a las personas contra el abuso o el fraude.
Pese a lo anterior, el propósito de este apartado es evidenciar de qué modo
la justicia juega un papel significativo en el vínculo triádico conceptual del
enfoque diferencial. Así pues, la justicia deberá ser entendida en términos so-
ciales como la capacidad que tienen los sujetos de interactuar sin llegar a per-
judicar a otros. Esta concepción de justicia es el repositorio de las prácticas de
acción sin daño como herramientas para promover alternativas de acción entre

22
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

los individuos, de tal parte que las acciones de cualquier sujeto, organización
o institución contribuyan a fomentar la construcción de paz en lugar de au-
mentar tensiones existentes.2
La tríada justicia, equidad e igualdad explicaría la expresión del engranaje
conceptual del enfoque diferencial (ver gráfica 1). En primera instancia, di-
cho engranaje expresa la necesidad de vincular conceptualmente los tres ele-
mentos descritos anteriormente como el soporte conceptual de las prácticas
más significativas que presuponen la atención diferenciada de los individuos
por parte del Estado. A partir de ahí, no es posible la aplicación del enfoque
diferencial sin acciones que busquen responder y favorecer a estos principios.
La intención de este engranaje es confirmar la importancia de este enfoque en
la aplicación de políticas, planes, programas y proyectos de carácter social, y
además, evidenciar la necesidad de que el mismo trascienda el escenario del
enfrentamiento armado interno y con este, la aparición de los nuevos grupos
poblacionales que ha traído consigo la guerra, como es el caso de las comuni-
dades de personas en situación de desplazamiento y las víctimas de los dife-
rentes tipos de violencias en el marco del conflicto. El engranaje apunta a que
la propuesta de los enfoques diferenciales no tiene como propósito exclusivo
ofrecer un marco de implementación de políticas públicas para las víctimas
del conflicto, sino que, antes bien, sus raíces son mucho más estructurales y
vienen del lado de los ideales de equidad, igualdad y justicia.

Gráfica 1. Engranaje conceptual del enfoque diferencial.

Justicia

Igualdad

Equidad

2
La guía Acción sin daño como aporte a la construcción de paz: propuesta para la práctica (2011), indica
que la acción sin daño propone “que en el momento de plantear las acciones y evaluar sus conse-
cuencias se incluya un análisis ético de las acciones desde el punto de vista de los valores y princi-
pios que las orientan, considerando, además de otros criterios, unos principios mínimos –o ética de
mínimos– como acuerdos y valores deseables de convivencia humana en condiciones de pluralidad
y multiculturalidad, fundamentados en las nociones de dignidad, autonomía y libertad”.

23
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

La propuesta conceptual que aquí se plantea busca consolidar una estrate-


gia interdependiente entre los conceptos, de tal forma que no sea preciso za-
farse de uno de estos principios si se quiere hablar de enfoque diferencial con
miras a la construcción de paz. Justicia, equidad e igualdad entran a confor-
mar la raíz atómica que configura la necesidad de inclusión de este enfoque.

2. Las perspectivas del enfoque diferencial

El término para referirse a todas acciones para asistir y atender a las perso-
nas de manera diferenciada se denominó enfoque diferencial. Los anteceden-
tes conceptuales, además de los expuestos por en el anterior apartado, están
del lado del enfoque de género y el enfoque de derechos.
Desde la concepción que es del interés del presente trabajo, asumiremos el
enfoque de género como la importancia de reconocer las diferencias entre hom-
bres y mujeres en función de sus características físicas, psicológicas y sociocul-
turales, de tal modo que la atención diferenciada recoja estas premisas de di-
ferenciación de género; de otra parte, el enfoque de género reclama igualdad/
equidad en atención a las identidades de género que los seres humanos expre-
san. Claramente, estas expresiones tienen de antemano una apuesta política,
consistente en reivindicar los ideales feministas de la igualdad, la cual “impul-
só la lucha por los derechos civiles y políticos de las mujeres, es decir, por el
derecho a ‘ser reconocidas con iguales derechos’ y a ser consideradas y trata-
das como ‘iguales a los hombres’, a quienes la ley y las costumbres les habían
otorgado poderes sobre las mujeres durante milenios” (Barreto, 2005: 279).
Pero además de retomar los ideales del feminismo social, el enfoque de gé-
nero ha sido entendido como una noción ligada a la noción de desarrollo, de
manera que aparece en el marco referencial de este enfoque la expresión “en-
foque de género en el desarrollo (GED)”, el cual, “se concibe como una forma
de redefinir el desarrollo –y no como una forma de integración a un modelo
de desarrollo existente que discrimina y jerarquiza–, asociada a la igualdad de
oportunidades de todos los seres humanos no solo para acceder a los recursos,
sino también para desarrollar sus potencialidades, tomar decisiones y ejercer
sus derechos. En este sentido el GED, vincula el desarrollo a la promoción de
relaciones equitativas y la eliminación de toda forma de discriminación, sea
por sexo, género, clase o etnia. [El] GED se propone superar las inequidades
de género, así como reformular los roles y modelos de identidad excluyentes

24
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

que afectan el desarrollo de las personas, tanto de las mujeres como de los va-
rones” (Mendoza, s/f: 17).
Antes de indicar la relación entre enfoque diferencial y enfoque de dere-
chos, se anotan algunos elementos que favorecen la idea de la diferenciación
como elemento central del enfoque diferencial. Un aspecto central que algu-
nos teóricos sociales han tratado de traer a colación en materia de diferencia-
ción es que existe diferenciación negativa y diferenciación positiva. Al respec-
to, Delfín Grueso ha explicado claramente que cuando se habla de sectores
negativamente diferenciados,

Como algo que existe antes de una colectividad identitaria, tengo


en la mente la existencia de unas marcas de diferencia que, antes de ser
significativas para quienes “las portan”, lo son para un régimen de va-
loración vigente en una sociedad dada y a partir del cual se establecen
jerarquías, dominaciones o exclusiones entre los seres humanos. Así las
cosas, la marca de la diferencia en cuestión permite a una sociedad
adscribir a unos individuos, arrinconándolos, por así decirlo, en co-
lectividades formadas desde afuera de forma tal que, en muchos casos,
quienes portan la marca de la diferencia no se sienten haciendo parte,
necesariamente de un colectivo […]. Y si esto es así, es evidente que es a
posteriori, y de una manera defensiva que los individuos de este colecti-
vo vuelven por su identidad, enfatizando la diferencia, y se constituyen,
ahora sí, en un verdadero colectivo. Me atrevería a sugerir que, grosso
modo, es así como se producen las colectividades basadas en el género,
la orientación sexual o la “raza” (Grueso, 2009: 33-34).

En lo que respecta a los propósitos de aplicación del enfoque diferencial,


el énfasis está en superar la diferenciación negativa, es decir, aquel marco de
distinción entre sujetos que establecen modos de organización social que a
la postre se traducen en medios de discriminación y exclusión de unos sobre
otros.
Nuevamente, el enfoque diferencial se sitúa en la manifestación de la iden-
tidad, la equidad y la justicia, como ya se había expresado anteriormente.
De hecho, dentro de los estudios de género, se han acuñado los términos de
identidad de género, equidad de género y justicia de género para referirse a
procesos de inclusión social de los seres humanos bajo su condición esencial

25
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de ser humano.3 En ese orden de ideas, el enfoque de género busca instaurar


elementos clave para la lectura del ser humano en su desempeño en el mundo
social, político, económico y cultural a partir de procesos que identifican (dis-
tinguen) a los individuos en función de su género y de su orientación sexual.
El enfoque diferencial retoma estos elementos del enfoque de género, al punto
que es acertado inscribir el término enfoque diferencial de género para referirse
a los lineamientos de política y las acciones afirmativas que buscan la atención
diferenciada de las personas de acuerdo al género que las identifica.
En el caso del enfoque de derechos, la literatura reciente lo resalta como el
fin último de la realización de los derechos humanos, esto es, que los derechos
de cualquier persona tienen su correlato en el contenido de la obligación es-
tatal; de tal parte, el Estado es quien tiene el deber de orientar sus respuestas
al cumplimiento y la satisfacción del goce efectivo de los derechos de las po-
blaciones que cobija. Así pues, el enfoque de derechos no es más que la ex-
presión del discurso de los derechos humanos, cuyas pretensiones universales
se basan en la igualdad de los miembros de la especie humana y en el respeto
por su dignidad.4
Ludwig Guendel indica que “el enfoque de los derechos humanos propicia
el reconocimiento jurídico de los derechos por medio del derecho positivo y
el reconocimiento social y cultural, expresado en valores de reconocimiento
recíproco (Guendel, 2000). El derecho es distinto, en este sentido, a los dere-
chos. El derecho es la juridización de las reglas, algunas de las cuales tienen un
carácter legal (Bobbio, 1992). Los derechos más bien se refieren a una toma de
posición moral sobre las relaciones entre las personas y colectivamente entre
los grupos sociales (Habermas, 1998)” (Guendel, 2002: 108). Es decir que “el
enfoque de derechos es una perspectiva reciente en las políticas sociales, que
sistematiza los alcances positivos de los esfuerzos redistributivistas y exigencias

3
Es por esta condición de humanidad que los estudios de género no solo se han volcado hacia la
identificación de elementos conceptuales para superar las distinciones históricas entre hombres y
mujeres (pues la construcción de género no es una bipolaridad estable y única), sino que la llamada
población LGBTI entra a reivindicar algunas posiciones en las que los mismos estudios de género
no hacían hincapié. Al respecto, se puede consultar la obra de Carmen Millán Benavides y Ángela
María Estrada (2004), Pensar (en) género. Teoría y Práctica para nuevas cartografías del cuerpo, de la
Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
4
El desarrollo teórico sobre los derechos humanos ha estado de la mano de la comprensión de estos
como marco ético universal. Al respecto, se puede consultar el trabajo de Marcela Ferrer, “La pobla-
ción y el desarrollo desde un enfoque de derechos humanos: intersecciones, perspectivas y orienta-
ciones para una agenda regional (2005).

26
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

que van más allá de la simple satisfacción de bienes y servicios y tocan des-
igualdades sociales particulares que se vinculan con fenómenos asociados a la
construcción de la identidad. Para este enfoque es necesario revisar los viejos
instrumentos que garantizaban los medios públicos de solidaridad y construir
nuevos instrumentos que incidan en esta realidad particular que al mismo
tiempo que es más íntima es también más social” (Guendel, s/f: 2).
Por su parte, Víctor Abramovich indica que “el denominado ‘enfoque de
derechos en las políticas y estrategias de desarrollo’, considera el derecho in-
ternacional sobre los derechos humanos como un marco conceptual aceptado
por la comunidad internacional, capaz de orientar el proceso de formulación,
implementación y evaluación de políticas en el campo del desarrollo, y como
guía para la cooperación y la asistencia internacionales respecto de las obliga-
ciones de los gobiernos donantes y receptores, el alcance de la participación
social y los mecanismos de control y responsabilidad que se necesitan a nivel
local e internacional” (Abramovich, 2006: 35).
En general, tanto el enfoque de derechos como el enfoque de género bus-
can el reconocimiento de la existencia y prevalencia de los derechos humanos
en el tratamiento a los individuos por parte de las instituciones, y el recono-
cimiento de las diferencias de género en su sentido más amplio para recurrir
al recibimiento de servicios bajo condiciones de equidad. Hasta aquí, se han
tratado de exponer los fundamentos que constituyen la utilización discursiva
y práctica del enfoque diferencial. Se ha querido hacer hincapié en la racio-
nalidad que implica hablar de este enfoque, la cual encuentra su lógica en
la existencia de diferencias entre grupos poblacionales, por lo cual la acción
del Estado –que debe priorizar su atención en los grupos vulnerables o es-
peciales– debe (re) orientarse a partir de la afirmación de tales características
diferenciales, pues solo de este modo se puede alcanzar el goce efectivo de
derechos.
Valga recordar que, normativamente, la Constitución de 1991 identifica
en los artículos 7, 10, 63, 28 y 286 las máximas legales que deberían acom-
pañar la acción del Estado y de los individuos en general en cuanto a trato
diferencial basado en el respeto hacia el otro. La garantía de tales principios
traduciría el objetivo de implementación del enfoque diferencial.

27
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

¿En qué consiste el enfoque diferencial?

Ya se ha dicho que el enfoque diferencial busca orientar la acción del Es-


tado al otorgamiento de bienes y servicios a partir de las diferencias de los
grupos poblacionales que habitan en su territorio. Algunos autores ya han
propuesto algunas definiciones a partir de las cuales se buscarán exponer los
principales aspectos que contienen dicho enfoque.
Por un lado, “el enfoque diferencial en las políticas públicas contemporá-
neas es un imperativo ético en razón a que grupos históricamente excluidos ya
sea por su participación o por modo de vida, en razón a su etnia, sexo, iden-
tidad de género, ciclo vital y discapacidad, reivindican hoy el ejercicio de una
ciudadanía desde el reconocimiento y la redistribución, desde la libre esco-
gencia de llevar el tipo de vida de acuerdo a sus referencias y capacidades; lo
que ha gestado procesos de autoafirmación frente a la opción de ser distinto,
de ser diferente, sin perder la capacidad de disfrutar y participar de las demás
opciones humanas. Es decir, el derecho a ejercer una ciudadanía desde la dife-
rencia en escenarios de una democracia participativa, de inclusión igualitaria
de ciudadanos y ciudadanas en la escena política y en la toma de decisiones en
la esfera intima, privada y pública” (Castells, 1997, citado en Ministerio de la
Protección Social, 2011: 29).
Acnur ha indicado que el enfoque diferencial “busca visibilizar vulnera-
bilidades y vulneraciones específicas de grupos e individuos específicos, y
prioriza acciones de protección y restauración de los derechos vulnerados.
Implica: identificar los vacíos y riesgos de protección de cada grupo y desa-
rrollar herramientas para dar soluciones, promover la participación equitati-
va y planear y ejecutar medidas afirmativas basadas en caracterizaciones sis-
temáticas para la garantía del goce efectivo de los derechos de los diferentes
grupos poblacionales” (Acnur, 2008, citado en Ministerio de la Protección
Social, 2011: 27).
Por otra parte, el desarrollo más reciente respecto al enfoque diferencial
lo ha otorgado el Congreso de la República a partir de la Ley 1448 de 2011,
que en su artículo 13 indica lo siguiente: “El principio de enfoque diferen-
cial reconoce que hay poblaciones con características particulares en razón
de su edad, género, orientación sexual y situación de discapacidad. Por tal
razón, las medidas de ayuda humanitaria, atención, asistencia y reparación
integral que se establecen en la presente Ley, contarán con dicho enfoque.

28
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

El Estado ofrecerá especiales garantías y medidas de protección a los grupos


expuestos a mayor riesgo de las violaciones contempladas en el artículo 3 de
esta Ley tales como mujeres, jóvenes, niños y niñas, adultos mayores, per-
sonas en situación de discapacidad, campesinos, líderes sociales, miembros
de organizaciones sindicales, defensores de derechos humanos y víctimas de
desplazamiento forzado. Para el efecto, en la ejecución y adopción por parte
del Gobierno Nacional de políticas de asistencia y reparación en desarrollo
de la presente Ley, deberán adoptarse criterios diferenciales que respondan
a las particularidades y grado de vulnerabilidad de cada uno de estos grupos
poblacionales”.
En referencia a lo anterior, el enfoque diferencial abarca todas aquellas me-
didas que busquen el reconocimiento de las necesidades y vulnerabilidades
particulares de cada grupo poblacional, actuando sobre ellas. Así, se puede
distinguir entre criterios de género, de edad, de origen étnico, de ciclo de vida
y de condición para referenciar la necesidad de inclusión del enfoque diferen-
cial. Huelga decir que este enfoque reconoce las diferencias físicas,5 sociales y
culturales de cada grupo poblacional y de cada sujeto, individual y colectivo,
de tal forma que sea posible reconocer su experiencia e historia particular que
los identifica o representa.
Tal como lo ilustra la tabla 1, la relación de tipo de diferenciación versus
grupo poblacional está dada por el grado de vulnerabilidad de dichas
poblaciones. Las condiciones de vulnerabilidad pueden ser individuales o
múltiples, de tal forma que entre más grupos poblacionales sean asociados
a una persona, más susceptible es esta de ser vulnerable y, por ende, más
necesario es tener en cuenta un enfoque diferencial para su tratamiento o
atención. Una persona entonces puede tener una única, doble o múltiple
vulnerabilidad, de acuerdo a las categorías que se muestran en la tabla 1; es
decir, las condiciones de vulnerabilidad se pueden entrecruzar de múltiples
maneras, por lo cual los resultados de los cruces existentes entre categorías
poblaciones determinarán la exigencia de una atención diferenciada. A manera
de ejemplo, una persona desplazada puede ser a la vez mujer, adulta mayor,

5
Agrupamos en lo físico las condiciones físicas y psicológicas que pueden representar un grado de
vulnerabilidad. Así, por ejemplo, la política pública de atención diferencial a la población en situa-
ción de desplazamiento discapacitada, indica que las discapacidades pueden ser físicas, motoras o
de movilidad; sensorial auditivas; sensorial visual; sensorial gusto, olfato o tacto; mental cognitiva y
mental psicosocial. Ver: Ministerio de la Protección Social (2011).

29
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

afrocolombiana y discapacitada. Ahí la urgencia de un enfoque diferencial en


la atención se hace evidente.
Ahora bien, la vulnerabilidad en el marco de la aplicación del enfoque dife-
rencial deberá ser entendida como “fragilidad e indefensión ante cambios ori-
ginados en el entorno, desamparo institucional del Estado que no contribuye
a fortalecer ni cuida sistemáticamente a sus ciudadanos; como debilidad inter-
na para afrontar concretamente los cambios o como inseguridad permanente
que paraliza, incapacita y desmotiva la posibilidad de pensar estrategias y ac-
tuar a futuro para lograr mejores niveles de bienestar”(Busso, 2001, citado en
Ministerio de la Protección Social, 2011: 27). La vulnerabilidad de un grupo
representa, entonces, el grado de indefensión y de fragilidad en atención a las
condiciones particulares que lo identifican como ser social; las vulnerabilida-
des implican, por lo tanto, condiciones de desventaja y mayores posibilidades
de presentar daños.

Tabla 1. Enfoque diferencial por tipo de diferenciación en Colombia.

Tipo Grupo poblacional


Mujeres
Género
LGBTI
Niñas y niños
Adolescentes
Ciclo de vida
Jóvenes
Adultos mayores
Indígenas
Afrocolombianos
Origen étnico
Pueblo rom
Raizales
Discapacitados
Pobres
Condición
Víctimas de las violencias
Población en situación de desplazamiento
Fuente: elaboración propia.

30
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

El tipo de diferenciación de condición es el que más ha estado asociado al


conflicto (a excepción del grupo poblacional de discapacitados que no nece-
sariamente está asociado a este); justamente, en el marco del conflicto armado
interno, la necesidad de atender a las víctimas y los desplazados de manera
diferenciada se hace cada vez más necesaria. Efectivamente, ha sido la emer-
gencia de estos dos grupos poblacionales la que ha promovido que Estado y
comunidad internacional empiecen a poner énfasis en la necesidad de una
atención diferenciada en Colombia; es por esto que, cuando se habla de enfo-
que diferencial, casi que automáticamente se asocia este concepto a población
desplazada o víctima de la violencia armada.6 Sin embargo, las personas suje-
tos de atención diferencial pueden abarcar personas analfabetas, habitantes de
la calle, presos, migrantes, población en situación o ejercicio de prostitución,
víctimas de los diferentes tipos de violencias no asociadas al conflicto armado,
además de los grupos poblacionales descritos anteriormente. Al respecto, toda
persona considerada vulnerable es sujeto de atención diferencial.

3. Enfoque diferencial y construcción de paz: ¿cuál es su relación?

La adopción de miradas diferenciales, tanto para el trato de las personas


como para la visibilización de sectores sociales específicos, resulta de gran
importancia para la consolidación de espacios pacíficos. Justamente, para
que los procesos de construcción de paz contemplen respuestas orientadas
a superar las situaciones de desventaja (histórica o coyuntural) que afectan a
grupos poblacionales determinados, se hace más que necesaria la inclusión de

6
La normatividad asociada al enfoque diferencial en Colombia casi que en su mayoría ha surgido en
el marco del conflicto interno. En ese sentido, se pueden destacar las siguientes normas: sentencia
C-075 de 2007; Ley 54 de 1990, unión marital de hecho, declaración de exequibilidad de los ar-
tículos 1 y 2, derechos patrimoniales; sentencia T-101 de 1998, libre desarrollo de la personalidad,
derecho a la educación (homosexuales); sentencia T-21 de 1995, libre desarrollo de la personalidad
y derecho a la educación, (adolescentes embarazadas); sentencia 481 de 1998, jurisprudencia sobre
libre desarrollo de la personalidad; Sentencia T-330 de 1993; sentencia T-268 de 2003; sentencia
T-025 de 2004; autos 251, 092, 004, 005, 006 y 007 de seguimiento a la sentencia T-025 de 2004;
Ley 1257 de 2008 sobre la prevención, sanción y erradicación de toda forma de violencia contra las
mujeres; principios rectores sobre los desplazamientos internos; Ley 1448 de 2011 o Ley de Vícti-
mas y Restitución de Tierras. Asimismo, han existido otros instrumentos de promoción y protec-
ción de los derechos humanos que han buscando responder a la necesidad de vincular un enfoque
diferencial en las directrices de acción de las sociedades. Entre ellos se destacan la Declaración Uni-
versal de los Derechos de los Pueblos Indígenas, la Convención para la eliminación de todas las for-
mas de discriminación contra las mujeres, la Convención para la prevención, sanción y eliminación
de la violencia contra la mujer, la Declaración sobre orientación sexual e identidad de género y la
Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad.

31
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

análisis y prácticas que retomen los elementos que se han tratado de esgrimir
en el presente capítulo.
Se puede afirmar que la relación entre enfoque diferencial y construcción
de paz está dada por una doble condición: de un lado, implica que difícilmen-
te puede alcanzarse la paz sin que se adopten posiciones políticas acordes con
la satisfacción de las necesidades de cada uno de los grupos diferenciados, en
atención –precisamente– a sus particularidades étnicas, culturales, sociales, y
de género, entre otras. De otra parte, implica que una adecuada y efectiva im-
plementación del enfoque diferencial (por lo menos en el ámbito de las polí-
ticas públicas), favorecerá que se evidencien más oportunidades de alcanzar la
paz en los territorios.
A la larga, la aplicación del enfoque diferencial tendría implicaciones po-
sitivas en materia de construcción de paz. La pregunta clave al respecto sería,
¿para qué sirve el enfoque diferencial? Específicamente en los procesos de re-
paración de víctimas, una amplia y efectiva aplicación del enfoque diferencial
sería un paso adelante en casos en los que la víctima requiera ampliar la con-
cepción del daño sufrido, en el sentido de que el enfoque diferencial no toma
en cuenta las características de la víctima, sino también el tipo de violencia
sufrido. Por ejemplo, en los casos de violencia sexual basada en género en el
marco del conflicto, algunas mujeres requerirán autorreconocerse como mu-
jeres, esto es, reconocer que las formas de violencia sexual en su contra son
discriminatorias, de tal parte que quienes sean víctimas de este tipo de violen-
cia deben ser reparadas.7
De la misma manera, la atención al enfoque diferencial en los procesos de
construcción de paz constituye una oportunidad para evitar todo tipo de des-
igualdades y discriminación, toda vez que en los casos en que suceda, favore-
ce la reparación integral de acuerdo a las diferencias que lo identifican. En el
caso de procesos específicos de reclamación de bienes y servicios del Estado,
la conciencia de este enfoque por parte de los reclamantes es una ventaja en
el momento en que deban expresar su condición de población vulnerable y,
por ende, beneficiaria de atención prioritaria y diferenciada. En general, el

7
En este sentido, la perspectiva diferencial cuenta con una dimensión asistencial, en tanto tiene por
objeto entregar bienes y servicios a quienes se consideren vulnerables; de cuidado, pues busca inter-
venir en la vida de las personas con el fin de garantizar el goce efectivo de derechos; y de reivindica-
ción de los contextos y los entornos, en cuanto busca tener en cuenta la totalidad de hechos, situaciones
y experiencias que llevan a las personas a condiciones de vulnerabilidad.

32
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

enfoque diferencial evita todas las formas de desigualdad e inequidad en la


distribución de bienes y servicios, a la vez que favorece la adecuada atención y
protección de los derechos de las personas consideradas vulnerables.
En el caso de los agentes estatales, la conciencia del enfoque diferencial
permite formular y ejecutar los respectivos planes, programas y proyectos de
desarrollo buscando favorecer a los más vulnerables,8 de manera que optimi-
za la administración de recursos en proyectos sociales, logrando reconocer e
impactar de forma más efectiva a la población circunscrita a sus cargos y fun-
ciones.
De modos diversos, nuestra sociedad ha tratado de ofrecer un marco gene-
ral de acción en materia de enfoque diferencial para atender –en principio– a
las víctimas del conflicto armado interno. Uno de los avances más significati-
vos al respecto, ha estado del lado de la política pública de atención a la po-
blación en situación de desplazamiento. A través de la acción de diferentes
actores, entre los cuales han estado organizaciones de la sociedad civil, agen-
cias estatales y gubernamentales, y actores de la comunidad internacional, se
ha logrado avanzar en supeditar el goce efectivo de los derechos de esta po-
blación a la existencia del enfoque diferencial en la atención y protección de
dicha población.
Sin embargo, los resultados no han sido suficientes, tal como lo expresa
Diana María Montealegre:

[…] no todos los logros alcanzados han implicado profundas trans-


formaciones de las relaciones en la vida cotidiana ni en la esfera públi-
ca, en y entre los géneros, las etnias, en las identidades sexuales o en las
condiciones de salud y de clase, por lo que sigue siendo necesario pro-
pender por la incorporación de enfoques diferenciales que abran paso a
la realización efectiva de los derechos humanos y al logro de la justicia
social (Montealegre, s/f: 10-11).

8
El enfoque diferencial, de hecho, se ha visto ante todo como una perspectiva de implementación de
políticas públicas. Al respecto, el Departamento Nacional de Planeación (2012) ha indicado a los
gobernantes y hacedores de políticas públicas la necesidad de incluir la variable étnica en los planes,
proyectos, procedimientos, instrumentos y formatos que se implementen en las agencias estatales.
De manera general, se justifica esta acción como un paso para el cumplimiento de la Declaración
del Milenio de 2000, la cual resalta la indivisibilidad de los derechos humanos, dado que articula el
respeto por estos, el derecho a la igualdad y los derechos sociales, económicos, culturales y ambien-
tales.

33
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Así las cosas, la construcción de paz, entendida como aquellos procesos


y acciones que buscan la estabilización de la paz a través del afianzamiento
de escenarios pacíficos, tiene en el enfoque diferencial una oportunidad de
consolidarse de una manera más evidente, toda vez que este último favore-
ce el reconocimiento de las comunidades más vulnerables y más vulneradas
por diversos tipos de violencia. En la medida en que el país tiene un contex-
to histórico de inequidades en la distribución del poder, las necesidades de la
implementación del enfoque diferencial a través de las políticas públicas se
hacen evidentes.
No obstante, la aplicación del enfoque diferencial en relación con la cons-
trucción de paz pasa por escenarios que requieren análisis, claridad y profun-
dización. Por tanto, no se puede afirmar que con la simple inclusión de este
enfoque en los documentos de formalización de políticas ya se está teniendo
en cuenta al mismo de modo efectivo; mucho menos se puede aseverar que
las retóricas de inclusión del enfoque afectan sustancialmente los procesos
de construcción de paz, pues para decir que hay un vínculo real entre este y
aquella, se hace imperativo evaluar las posibilidades de despliegue del enfoque
en los territorios, en el sentido de analizar si la perspectiva diferencial se está
dando y de qué manera.
Una de las formas de encontrar el vínculo existente entre paz y diferencia
surge precisamente en el reconocimiento de la diversidad de nuestra sociedad,
la cual abarca diferencias poblacionales en materia de género, etnias, identi-
dad sexual, y situaciones de salud y de clase, entre otras. Esto implica otor-
garle importancia a los procesos de conciliación de intereses de tales grupos,
pues sin duda cada sujeto, individual o colectivo, reivindica unas demandas
específicas que lo definen y afirman en el entorno social, político y cultural. El
reconocimiento también debe evidenciar que la construcción de paz no im-
plica la eliminación de las diferencias, sino, por el contrario, el ser diestros en
convivir con ellas.
Así, la aplicación del enfoque diferencial en sentido amplio contribuye a
consolidar procesos de construcción de paz en varios sentidos: en primer lu-
gar, la implementación de políticas con atención a este enfoque contribuye
al reconocimiento y respeto por la diferencia, lo cual favorece a que las dife-
rentes comunidades no se sientan excluidas o discriminadas de los marcos de
acción, tanto estatales como no estatales. Del mismo modo, una amplia di-
fusión y aplicación del enfoque diferencial coadyuva a fortalecer y empoderar

34
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

a los diferentes grupos poblacionales, de tal modo que los mismos se pueden
encargar de la vigilancia, defensa y promoción de sus derechos y deberes en el
marco del respeto y la democracia.
En tercer lugar, la posibilidad de inculcar en cada actor los fundamentos
del enfoque diferencial, a saber, equidad, igualdad y justicia como bienes pú-
blicos que deben ser garantizados a cualquier individuo, favorecería la redefi-
nición de los actores en los roles específicos con los que actúan en sociedad, de
manera que se propenda por las luchas personales, sin desconocer las luchas
de otros. La reafirmación identitaria a partir de ideales sociales comunes, esta-
blece una cercanía entre los actores sobre cómo se puede alcanzar y mantener
la paz por medio de acuerdos.
Las diferencias fijan –parcial y temporalmente– identidades y relaciones
entre los individuos, lo cual conduce al acercamiento entre individuos a partir
de ellas (Hobsbawm, 1962). Esto quiere decir que la afirmación de la iden-
tidad de los sujetos, a través de instrumentos como el enfoque diferencial, se
convierte en realidad social en la medida en que cada actor relacione su iden-
tidad como un bien colectivo y no como valores individuales. En otras pala-
bras, el enfoque diferencial puede ser considerado un vehículo para reconciliar
diferencias entre sujetos, en la medida en que los mismos reconozcan que estas
son bienes colectivos antes que amenazas individuales:

De este modo, lo que se pone en juego cuando se asume el enfoque


diferencial desde la voz de los sujetos de diferenciación, no es solo la
búsqueda de soluciones parciales para sus demandas o, en el mejor de
los casos, la realización plena de sus derechos. Es también un debate
ético, político, creativo e innovador sobre los fundamentos del actual
modelo de desarrollo, construcción de paz y asistencia humanitaria, y
sobre los desafíos para hacer viable la sociedad colombiana y sosteni-
bles planes de vida alternativos, en los que se alteren las relaciones de
desigualdad, discriminación y violencia. Para los movimientos sociales
que reivindican las diferencias de género y etnia, el respeto, el reconoci-
miento y la promoción de formas de saber-conocer y de actuar distintos
son un imperativo de inclusión y, por tanto, una medida efectiva para
prevenir y recuperar el daño (Montealegre, s/f: 73).

35
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

La diversidad, por tanto, no es una construcción discursiva más en la for-


mulación de lineamientos de acción en las sociedades, sino que es la base de
la convivencia en el mundo contemporáneo, pues se convierte en la génesis de
los pactos y acuerdos por los cuales las sociedades alcanzan una paz estable. La
construcción de paz, en este sentido, no es más que aprender a vivir, convivir
y relacionarse en la diversidad histórica, social, política y cultural que caracte-
riza la conformación de sociedades donde, ante todo, la condición vital de esa
relación es el reconocimiento y cuidado del otro.

A manera de conclusión

Hasta aquí, se ha evidenciado la necesidad de enfoques diferenciales de


género, ciclo de vida, origen étnico y condición, como mecanismos de reco-
nocimiento, protección y cuidado entre conciudadanos. Desde este punto de
vista, la enunciación en la práctica de medidas estatales y no estatales que cir-
cunscriban el enfoque diferencial favorece la consolidación de escenarios pa-
cíficos en dos sentidos: i) de un lado, en tanto en las poblaciones objetivo las
diferentes iniciativas se sientan incluidas a partir de sus características particu-
lares, es más plausible que se hable de territorios gobernables, en el sentido de
que la provisión de servicios de los agentes gubernamentales se realiza sobre
la base de los principios de equidad, igualdad, justicia, honestidad y transpa-
rencia. ii) De otro lado, el reconocimiento y la afirmación de las diferencias
entre individuos muchas veces conllevan a procesos locales de participación
democrática y empoderamiento ciudadano que benefician la estabilización de
medidas pacíficas, siempre y cuando se establezcan acuerdos de respeto y diá-
logo entre actores.
Cuando se habla de construcción de paz, por tanto, un sinnúmero de pa-
labras aparecen en el acervo de lo que define este concepto: identidad, diver-
sidad, desarrollo, justicia social, equidad, igualdad de oportunidades, desa-
rrollo, cultura, reparación, etcétera; todos estos elementos son cruciales a la
hora de buscar escenarios más democráticos y más pacíficos. En torno a la
dimensión política de los enfoques diferenciales, el territorio o lo referente a
este juega un papel determinante en la formulación de respuestas pacíficas: la
profundización en lo territorial posibilita el más rápido reconocimiento de las
diferencias de los grupos poblacionales por parte del Estado, de manera que
las respuestas que este ofrece a aquellos para solventar sus necesidades son más

36
El enfoque diferencial: ¿una apuesta para la construcción de paz?

efectivas y más específicas. En este sentido, el enfoque diferencial también


abarca la distinción de las poblaciones con base en aspectos geoespaciales que
dan cuenta de procesos de identificación aún más particularizados.
El enfoque diferencial, desde una perspectiva propositiva, permite el surgi-
miento de voces heterogéneas para la paz; en este sentido, implica diferentes
contenidos y propuestas para la construcción de la misma. Así pues, la in-
clusión del enfoque diferencial, más allá del nivel asistencial y de atención a
personas por medio de políticas públicas específicas, debe ser vista como una
oportunidad política para el fortalecimiento de procesos estatales y ciudada-
nos para la paz.

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40
EL COSTO DE OPORTUNIDAD
DEL ENFOQUE DIFERENCIAL ÉTNICO

Daissy Liliana Salcedo*

La Constitución Nacional de 1991 reconoce a Colombia como un país


pluricultural y multiétnico, registrando más de 30 artículos que hacen refe-
rencia a la diversidad étnica y cultural y a la necesidad de garantizar el bienes-
tar, así como la permanencia de las características particulares de las 87 etnias
indígenas, los 3 grupos diferenciados de población afrocolombiana y el pue-
blo gitano existentes en el país (DANE, 2007: 19-26).
Sin embargo, las situaciones de violencia asociadas al conflicto armado han
puesto en riesgo la permanencia y el bienestar de estas poblaciones, dejando
importantes cifras de indígenas, afrocolombianos y rom vulnerados respecto a
su identidad, dignidad, condiciones socioeconómicas, participación y visibili-
dad en la sociedad, de manera que han sido afectadas millones de personas que
hacen parte de las minorías etnoculturales del país que, por sus características
particulares, se ven mayormente impactadas respecto al resto de la población no
étnica. En 2011, por ejemplo, de acuerdo con la información disponible en el
Sistema para la Población Desplazada –SIPOD–, del total de la población des-
plazada por grupos armados, el 3,5 % era indígena, el 25 % afrocolombiana y
el 0,6 % rom, es decir, el 29,1 % de la población tenía características étnicas,
mientras que el porcentaje de la población no étnica afectada por esta situación
fue significativamente menor (13 %). El resto (58 %) no está seguro sobre su
pertenencia étnica o no responde (SIPOD, ACCIÓN SOCIAL, 2011). 
Por otro lado, las condiciones socioeconómicas asociadas con la ineficiente
asignación de los recursos, que resultan en pobreza, tienen también un ma-
yor impacto en la población étnica, hecho reflejado en que el 63 % y el 60 %
de las poblaciones indígenas y afrocolombianas, respectivamente, son pobres,
teniendo en cuenta los mayores niveles de precariedad en salud, educación,
vivienda y empleo respecto a la población no étnica, cuyo porcentaje de po-
blación pobre no supera el 34 % para 2011 (revista Semana, diciembre 2011;
diario Portafolio, agosto 2012).

* Investigadora del Observatorio de Construcción de Paz. Universidad Jorge Tadeo Lozano.


E-mail: dlsalcedo@gmail.com

41
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A pesar de los esfuerzos en recursos físicos y económicos de acuerdo con las


políticas que buscan superar tanto la pobreza como el desplazamiento en los
grupos étnicos afectados, los logros han sido poco significativos y lentos respec-
to al avance tanto de la violencia como de las condiciones de vulnerabilidad de
estas poblaciones. Por lo anterior, se hace imprescindible la implementación de
un enfoque diferencial étnico que aborde las medidas de superación de las vul-
nerabilidades que sufre esta población desde sus particularidades y que permita
promover una visión amplia que supere las políticas asistencialistas y de bajo
impacto hasta ahora implementadas, además de concretar mecanismos que re-
produzcan la inclusión y el desarrollo con equidad (DNP, 2012: 23).
De acuerdo con la ACNUR, el enfoque diferencial se define como el mé-
todo de reconocimiento e identificación de las diferencias y la creación de es-
trategias o respuestas adecuadas a los derechos y necesidades de los diferentes
grupos poblacionales (ACNUR, 2005: 2-5), lo que incluye el diseño y la im-
plementación de acciones idóneas para la población étnica en este caso, que
estén construidas bajo el reconocimiento de sus particularidades y caracterís-
ticas que las diferencian del resto de la población y que por tanto, las llevan a
percibir las situaciones sociales de manera diferente al resto de la población.
Para la implementación del enfoque diferencial étnico, las políticas y me-
canismos adoptados por el Estado que buscan enfrentar las condiciones de
pobreza, desplazamiento, desigualdad y exclusión, causadas en gran medida
por las situaciones de violencia y conflicto vividos en el país, requieren de la
asignación de recursos tanto físicos como monetarios, la cual debe ser eficien-
te en la medida en que debe buscar un aumento del bienestar de la sociedad
en general sin causar detrimento del bienestar entre las poblaciones atendidas;
es decir, el favorecimiento de una no debe desfavorecer a las otras, teniendo en
cuenta que los recursos son limitados. Por lo tanto, una adecuada asignación
permitirá la disminución de las brechas de desigualdad e inequidad, mejoran-
do las condiciones de vida de los grupos étnicos y disminuyendo sus vulnera-
bilidades respecto al resto de la población.
Estas acciones encaminadas hacia el desarrollo permiten la construcción de
paz, en la medida en que el desarrollo, entendido como la mejora en el bien-
estar de la población, está estrechamente ligado con la construcción de paz a
través de la disminución de las causas sociales de tipo estructural que generan
en gran parte las acciones violentas. La concepción de construcción de paz se
entenderá en este capítulo como todas las acciones que conllevan a la paz du-

42
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

radera, es decir las encaminadas a la finalización de las hostilidades y aquellas


que establecerán las bases sociales y económicas suficientes para evitar una
recaída y para el posterior desarrollo de la sociedad, de acuerdo con la visión
intermedia que plantea Rettberg (2003: 19).
El presente capítulo analiza el costo de oportunidad de los recursos orien-
tados a la población vulnerable en general, sin tener en cuenta el enfoque dife-
rencial étnico, y cómo este costo favorece o desfavorece la construcción de paz
a fin de establecer una alternativa de construcción de paz más exitosa. Por lo
tanto, se responderán las siguientes preguntas: ¿la asignación de recursos diri-
gida a disminuir las situaciones de vulnerabilidad de la población étnica, tanto
desplazada como pobre, ha sido eficiente respecto a la población general que
sufre estas mismas situaciones?, ¿cuál es la mejor alternativa de focalización
de recursos para obtener mejoras significativas en la superación de las condi-
ciones y situaciones de vulnerabilidad y exclusión de la población étnica? y
¿cómo estas mejoras pueden construir paz a través de la minimización de las
causas del conflicto y la violencia en Colombia?
En primer lugar, se hará una revisión breve de las poblaciones étnicas del
país con el fin de establecer sus características principales, evidenciando sus
condiciones de vulnerabilidad a partir de las situaciones de desplazamiento y
pobreza que se contrastarán con la población no étnica; posteriormente se re-
visarán las medidas tomadas por el Estado para contrarrestarlas y se analizarán
los recursos invertidos (medidos en términos monetarios) y los logros obteni-
dos frente a estas situaciones que permitirán evaluar su efectividad. Finalmen-
te, sobre los resultados se intentará establecer la necesidad de implementar el
enfoque diferencial étnico como la mejor alternativa de inversión de recursos
para mejorar las condiciones de esta población bajo situaciones de pobreza y
desplazamiento y se establecerá cómo esta mejor alternativa reduciría las cau-
sas del conflicto y la violencia a partir de mejores condiciones de desarrollo.

1. Caracterización de la población étnica

De acuerdo con las cifras del último censo realizado por el DANE en
2005, en Colombia se reconocen 3 grupos poblacionales étnicos: indígenas,
afrocolombianos y gitanos o población rom, los cuales ascienden al 14 %
del total de la población colombiana (DANE, 2010: 27). Se reconocen 87
etnias indígenas en todo el territorio nacional que equivalen al 3,4 % de la

43
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

población nacional. Aunque esta población se concentra en los departamentos


de Amazonas, Cauca, Guainía, la Guajira, Nariño, Vaupés y Vichada, cuenta
con 710 resguardos que se ubican en 27 departamentos del país, ocupando
una extensión del 30 % del territorio nacional, especialmente en zonas rurales
(ACNUR, 2008: 9). Poseen una diversidad tanto de dialectos como de
lenguas propias, encontrándose organizados geográficamente de acuerdo a la
etnia indígena. En cuanto a su estructura por edad, el 40 % de la población
es menor de 15 años y poseen tasas de fecundidad y mortalidad mayores al
resto de la población nacional, lo que se relaciona con la educación sexual
restringida para las mujeres (DNP, 2012: 20). En cuanto a las tasas de
alfabetización, estas son bajas respecto al resto de la población debido a su
residencia en resguardos, donde no hay muchos establecimientos educativos
o se limitan a la educación primaria (DANE, 2007: 37-48).
La población afrocolombiana asciende al 10,6 % de la población nacional
y se diferencia en tres grupos de acuerdo con su ubicación geográfica: las co-
munidades negras, que se encuentran en el corredor del Pacífico colombiano,
distribuidas en 132 territorios colectivos que ocupan el 4 % del territorio na-
cional, concentrándose en los departamentos de Cauca, Chocó, Nariño, Va-
lle y Bolívar; los raizales del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa
Catalina, quienes poseen una fuerte identidad caribeña y rasgos sociocultu-
rales y lingüísticos diferenciados del resto de la población afrocolombiana, al
utilizar el bandé como lengua propia y ser en su mayoría protestantes; y la co-
munidad de San Basilio de Palenque que se ubica en el municipio de Mahates
del departamento de Bolívar, quienes utilizan el palenquero como lengua que
los identifica; su organización social y política se forma a partir de “Kuagros”
(ACNUR, 2008: 10). Posee la tasa de natalidad más alta del país, donde el
promedio son 3 hijos por mujer sobre el promedio nacional de 2 hijos por
mujer, aunque la tasa de mortalidad también es alta.
La población rom es el 0,01 % de la población nacional, fue reconocida re-
cientemente como grupo étnico mediante la Resolución Nº 022 del 2 de sep-
tiembre de 1999 expedida por la Dirección General de Etnias del Ministerio el
Interior y de Justicia, y luego por el decreto 2957 de 2010 que concretó el re-
conocimiento de sus derechos. Esta población se diferencia porque cuenta con
elementos culturales bastante particulares como la idea de un origen común, la
larga tradición nómada, la valoración del grupo en cuanto a edad y sexo como
principios ordenadores del estatus y la cohesión interna y utilizan el romaní

44
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

como lengua propia. Es un pueblo ágrafo, por lo que poseen una tradición oral
interesante. Son una población predominantemente urbana que se distribuye
en kumpanias o unidades de co-residencia y co-circulación (una asociación de
grupos familiares que establecen alianzas para compartir una vida en comu-
nidad). Estos grupos se encuentran en las principales ciudades de los depar-
tamentos en los que se concentra esta población: Atlántico, Bogotá, Bolívar,
Norte de Santander, Santander y Valle del Cauca, aunque cabe destacar que es
una población nómada, por lo que no se sabe con exactitud el número de per-
sonas en dichos departamentos (ACNUR, 2008: 10). Son una población en su
mayoría joven con el 52 % de la población menor de 29 años.
En cuanto al número de hombres y mujeres que conforman cada una de
las poblaciones, las cifras para los indígenas y los afrocolombianos se encuen-
tran equilibradas; sin embargo, para los rom, el porcentaje de hombres (52
%) excede al porcentaje de mujeres (48 %). Respecto a la estructura de edad,
de acuerdo con las cifras del DANE, las tres poblaciones son jóvenes, es decir,
la mayoría de la población se concentra en las edades de de 0 a 29 años; para
el caso de los indígenas, el 40 % de esta población es menor de 15 años y su
tasas de fecundidad es de 62 niños menores de 5 años por cada 100 mujeres,
cifra significativamente alta al igual que la tasa de mortalidad. Para el caso de
los afrocolombianos, la población menor de 15 años representa el 33 % y su
tasa de fecundidad es de 42 niños menores de 5 años por cada 100 mujeres.
El 52 % de la población rom se encuentra en el rango de edad entre los 0 y 29
años y su tasa de fecundidad es de 30 niños menores de 5 años por cada 100
mujeres (DANE, 2010: 34-36).
En cuanto a educación, la tasa de alfabetización es más alta para la pobla-
ción rom con el 94 %, le sigue la población afrocolombiana con el 89 % y
en último lugar la población indígena con el 71 %. El porcentaje de personas
con alguna limitación permanente equivale al 6 % tanto para la población in-
dígena como para la rom y 7 % para la población afrocolombiana (DANE,
2010: 40-43).

La pobreza y su impacto en la población étnica

De acuerdo con Amartya Sen, la pobreza, además de ser la situación don-


de los individuos presentan una carencia de recursos monetarios, es la falta de
libertad y bienestar que las personas necesitan para desarrollar sus capacidades

45
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

y poder decidir o escoger entre todas las posibles alternativas existentes (Sen,
2000: 114-151). La vulnerabilidad de la población pobre está dada por la no
tenencia de activos, la reticencia para emprender actividades que les generen
algún beneficio económico y las dificultades asociadas con las trampas de po-
breza, esto indica que una persona con limitación de recursos, capacidades y
condiciones de bienestar, no tiene muchas alternativas para mejorar sus con-
diciones e incluso su mentalidad está determinada en la mayoría de los casos
por la pobreza (Keckeisen, 2001: 4-6).
El impacto de la pobreza en la sociedad en general es notorio dadas las
condiciones de vida desmejoradas y las pocas posibilidades de desarrollo que
resultan en un círculo vicioso difícil de superar, facilitando el espacio para las
acciones violentas como medio para obtener recursos que no se obtienen de
la distribución en la economía y a su vez aumentando la vulnerabilidad en las
poblaciones frente a dichas acciones.
La pobreza, además de ser un fenómeno social, está relacionada con el ni-
vel de ingresos y con su distribución al interior de la sociedad, por ende, las
fluctuaciones del ingreso en la economía la afectan de manera positiva o ne-
gativa de acuerdo con su distribución. En Colombia, desde 1986, la cifra de
pobreza inició su descenso, logrando en 1992 su menor valor en la historia del
país (14 % de la población era pobre); no obstante, desde este año aumentó
considerablemente alcanzando su máximo valor entre 1999 y 2002, en donde
el 78 % de la población era pobre, superando el promedio de América Latina
y convirtiendo a Colombia en el país más desigual de la región (en 1999 el
Gini1 alcanzó un valor de 0,6).
La recuperación económica a partir de 2002 redujo la cifra de pobreza y po-
breza extrema2 hasta el 34 % y el 11% respectivamente en 2011,3 indicando una
disminución del 44 % de la pobreza en 9 años. En cuanto a desigualdad, el Gini
disminuyó a 0,55, evidenciando un pequeño logro en la distribución, desde las

1
El Coeficiente Gini es el indicador más utilizado para medir la desigualdad. Su máximo valor es 1
que indica desigualdad total, es decir, que un pequeño grupo de la población toma todos los recur-
sos y su mínimo valor es 0, que indica completa igualdad en la sociedad, es decir, una distribución
equitativa para todos los miembros de la sociedad.
2
Antes denominada indigencia.
3
Esto quiere decir que el 34 % de la población nacional se encuentra bajo la línea de pobreza o per-
cibe ingresos menores a $194.696 pesos y el 11 % se encuentra bajo la línea de indigencia o percibe
ingresos menores a $87.672 pesos. La pobreza es mayor en las zonas rurales (34,1 %) que en las
urbanas (18,6 %) (DANE, 2012: 5).

46
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

personas más favorecidas hacia las menos favorecidas. A pesar de esto, los valores
siguen siendo significativos y desalentadores para un país con un gran potencial
económico y en recursos respecto a otros países (DANE, 2012: 7-14).
Los hogares pobres en Colombia se componen en promedio por cinco
personas de las cuales al menos 3 pertenecen a la población infantil. El 63 % de
los hogares tienen jefatura masculina y el resto jefatura femenina; en estos últimos
la pobreza es mayor debido a la alta vulnerabilidad de las mujeres relacionada
Tabla 1.
Porcentaje de participación de la pobreza
por departamentos en Colombia a 2010.
Pobreza
Departamento Pobreza
extrema
Antioquia 31,3 % 10,4 %
Atlántico 43,8 % 9,4 %
Bogotá 15,6 % 2,6 %
Bolívar 49,2 % 14,7 %
Boyacá 46,6 % 19,1 %
Caldas 39,6 % 11,1 %
Caquetá 44,3 % 10,0 %
Cauca 64,3 % 35,9 %
Cesar 53,6 % 18,5 %
Córdoba 63,7 % 25,8 %
Cundinamarca 25,3 % 7,8 %
Chocó 64,9 % 33,6 %
Huila 53,3 % 25,9 %
La Guajira 64,3 % 37,4 %
Magdalena 58,1 % 23,5 %
Meta 32,3 % 9,7 %
Nariño 56,1 % 18,7 %
Norte de Santander 43,1 % 11,0 %
Quindío 43,3 % 12,3 %
Risaralda 33,1 % 7,6 %
Santander 21,5 % 4,7 %
Sucre 63,7 % 28,5 %
Tolima 45,1 % 17,3 %
Valle del Cauca 30,6 % 8,4 %
Fuente: datos DNP, 2010.

47
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Gráfica 1. Evolución de participación del PIB y la pobreza en Colombia.

60 %

50 %

40 %

Pobreza
30 %

Pobreza
20 % extrema

Cremiento
10 % del PIB

0%
91

94

04

11
86

89

92
93

96
97
99
02
03

06

09
10
88

95

05

08
19

19

20

20
19

19

19
19

19
19
19
20
20

20

20
20
19

19

20

20
-10 %

Fuente: datos DANE.

con el cuidado de los hijos, capacidades, educación y situación laboral. En


cuanto a la situación laboral, el 33 % de la población pobre son trabajadores por
cuenta propia, en su mayoría informales, y el 39 % son empleados domésticos
y trabajadores sin remuneración (DANE, 2010: 34-42).
En cuanto al componente social de la pobreza, este se define como multi-
dimensional4 basado en el cálculo de 5 aspectos relacionados con educación,
niñez y juventud, salud, trabajo y vivienda y servicios públicos; estos a su vez,
involucran 15 indicadores que se obtienen a través de la Encuesta Nacional
de Calidad de Vida –ENCV–, que realiza el Departamento Administrativo
Nacional de Estadística –DANE–.5 Si la población no tiene condiciones acep-
tables en 5 o más de los 15 indicadores, se encuentra en situación de pobreza,
y si esta condición se da en más de 7 indicadores, se encuentra en situación
de indigencia. Los resultados de esta encuesta reportaron para 2011 una cifra
de 29 % de pobreza, en donde las zonas urbanas (22 %) son menos pobres
que las rurales (53 %). Los indicadores que afectan en mayor proporción a

4
Índice de pobreza multidimensional –IPM–.
5
Los 15 indicadores que miden las 5 dimensiones de la ENCV son: logro educativo, analfabetismo,
asistencia escolar, rezago escolar, accesos a servicios de cuidado a la primera infancia, trabajo infan-
til, desempleo de larga duración, tasa de empleo formal, aseguramiento en salud, acceso a servicios
de salud dada una necesidad, acceso a fuentes de agua mejoradas, eliminación de excretas, pisos,
paredes exteriores, y hacinamiento crítico (DANE, 2012: 30-31).

48
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

los hogares pobres son el trabajo informal, que además está relacionado con
la no afiliación a seguridad social, y el bajo logro educativo, asociado con un
número inferior de años aprobados de educación; a su vez, este menor nivel
educativo dificulta la posibilidad de vinculación laboral.
En cuanto a las condiciones de vivienda propia, la participación de la po-
blación pobre es menor y las condiciones de las viviendas que habitan son
inadecuadas, además de estar expuestas a riesgos naturales, lo que a su vez res-
tringe el acceso a los servicios públicos, especialmente a los servicios de telefo-
nía, recolección de basuras y alcantarillado.
La condición de pobreza que se ha intentado esbozar hasta ahora afecta
fuertemente a la población en general como se puede evidenciar por la restricción
de recursos y capacidades, pero afecta aún más a la población étnica, ya que
además de vulnerarla a partir de dichas restricciones, se encuentra ligada con
aspectos estructurales característicos de esta población que se relacionan con
sus concepciones del entorno, el libre desarrollo de su cultura y la proyección
de acuerdo con su estilo particular de vida; la pertenencia a una etnia por
ejemplo implica menores posibilidades de desarrollo, debido a su incapacidad
de acumular capital físico y humano, a las limitaciones para participar de los
bienes públicos y para desarrollar aprendizajes de nuevas tecnologías, a la baja
educación, al acceso a los servicios de salud y a medios de comunicación que se
encuentran correlacionados negativamente con las características propias de la
población étnica (Valdivia et al., 2007: 605). La cifra de pobreza para la población
indígena alcanza el 63 % y está asociada con el bajo aprovechamiento de su
conocimiento tradicional para potenciar los medios de producción naturales,
además de factores asociados con el desplazamiento por conflicto armado, los
megaproyectos, las actividades mineras legales e ilegales, las explotaciones de
hidrocarburos, el narcotráfico y la tala de bosques, que llevan a la población
a abandonar sus tierras, y por ende a dejar sus actividades de subsistencia,
llevándola a padecer condiciones de desnutrición en los lugares de recepción.
Así mismo, la mínima educación recibida y las capacidades en temas agrícolas
no les permite encontrar un trabajo que les provea de los recursos mínimos
para su subsistencia (Portafolio, agosto 2012).
Para la población afrocolombiana, debido a la superposición del turismo y
comercio sobre la cultura, se han presentado pérdidas de tierras y cambio en
las actividades productivas, generando un distanciamiento del proceso pro-
ductivo agropecuario, dependencia externa para la provisión de alimentos por

49
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

la decadencia del sector agrícola y pesquero y la mencionada pérdida de tie-


rras que junto con el aumento de la población y la insuficiente planificación
urbana, ha dado lugar a fenómenos de inseguridad por robo, empobrecimien-
to, miseria, tráfico de drogas, prostitución, etc. Precisamente, esta población
tiene un NBI6 significativo que asciende al 57 %, superior al del promedio
nacional (27 %), sus ingresos per cápita son 20 % inferiores a los del resto de
la población y el índice de pobreza llega al 51 % del total de la población na-
cional (DNP, 2012: 14-15).
Para el caso de la población rom, la pobreza está asociada con la dificultad
de generar recursos permanentes debido a su condición de nómadas; sin em-
bargo, precisamente por esta razón, están acostumbrados a realizar actividades
artesanales de manera independiente. La información disponible y actualiza-
da sobre las condiciones de vida de esta población es mínima, lo que evidencia
un seguimiento nulo a partir del enfoque diferencial.
La pobreza en la población étnica ha sido enfrentada de manera general
con políticas provenientes de ayudas institucionales (gubernamentales y no
gubernamentales) a través de subsidios focalizados para esta población, en
donde el 70 % de la cobertura está relacionada con programas de oferta en
salud, programas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF–,
alimentación escolar, educación primaria y secundaria y servicios públicos
domiciliarios. Los programas menos focalizados son pensiones y educación
superior (DNP, 2006: 27-29).
Incluso la normatividad dirigida a la población pobre que se encuentra
en los documentos CONPES Social 22 de 1994, 40 de 1997, 55 de 2001 y
100 de 2006, y las Leyes 60 de 1993, 715 de 2001 y 1176 de 2007, en don-
de se establece la focalización geográfica (infraestructura y dotación, servicios
públicos domiciliarios y saneamiento ambiental) e individual (subsidios de
educación y salud) y se crean el Sisben, los registros epidemiológicos y las
metodologías del Inurbe, no incluyen metodologías que tengan en cuenta
las particularidades de la población étnica. Actualmente, la Red Unidos es la
estrategia del gobierno para la superación de la pobreza, la cual recoge infor-

6
El índice de necesidades básicas insatisfechas –NBI–, mide la cobertura de las necesidades básicas
de la población a partir de los indicadores: vivienda y servicios inadecuados, hacinamiento, depen-
dencia económica e inasistencia escolar por parte de la población infantil. Los hogares son pobres
cuando incurren en una de los indicadores mencionados y pobres extremos (miseria) cuando incu-
rren en dos o más situaciones.

50
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

mación de población en situación de extrema pobreza e implementa acciones


que la favorezca en cuanto a acceso a los servicios sociales como empleo, edu-
cación, salud y vivienda, sin embargo, no se logró establecer que estas acciones
incluyen el componente diferencial étnico.
La focalización de recursos orientados al acceso a salud, educación, crédi-
tos, financiación de deudas y subsidios de vivienda, entre otros, financiados
a través del incremento del gasto público social (que desde comienzos de los
años noventa pasó del 7 % del PIB al 13 % en 2005 y al 66 % en 2011), ha
mejorado las coberturas en salud y educación (en la gráfica 2, el porcentaje de
analfabetismo y d e población no afiliada al sistema de seguridad social dismi-
nuye en el período comprendido), pero no ha logrado erradicar la situación
de pobreza del país, además de no afectar significativamente los niveles de
desigualdad (ver Gini en la gráfica 2) así como otras condiciones de pobreza
asociadas con las necesidades de vivienda adecuada (90 %), servicios básicos
suficientes (93 %), asistencia escolar (96 %), instalaciones sanitarias (77 %)
y hacinamiento, dependencia económica y situaciones de miseria (11 %), de
acuerdo con la ENCV que mide el NBI, cuyo valor disminuyó en 2011 en un
15 % (DANE, 2012: 2-25).

Gráfica 2. Porcentaje de la población en diferentes condiciones sociales.

90 %
80 %
70 %
60 %
50 %
40 %
30 %
20 %
10 %
0%
1985 1993 2005 2011
Gini Desplazados
Analfabetismo Pobreza
NBI Población no afiliada SSG
Fuente: datos de DANE y CODHES.

51
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

2. El desplazamiento y su impacto en la población étnica

De acuerdo con la legislación colombiana, el desplazamiento es la condi-


ción donde las personas se ven obligadas a migrar dentro del territorio nacio-
nal abandonando su lugar de residencia o actividades económicas habituales,
debido a que su vida e integridad física se ven vulneradas o amenazadas por
situaciones de orden público como violencia, conflicto armado interno o vio-
laciones de los derechos humanos (Ley 387 de 1997).
Antes de la década de los ochenta, las causas del desplazamiento estuvieron
asociadas a conflictos por el control sobre la tierra y a persecuciones por moti-
vos ideológicos o políticos, pero es después de 1985 cuando hay un aumento
significativo de la población desplazada por causa de la agudización del con-
flicto armado, lo que llevó a la población a huir de sus lugares de residencia
para proteger sus vidas (Murad, 2003: 55).
En principio, el desplazamiento forzado fue concebido como una estrate-
gia de carácter temporal que involucraba a la población civil en los procesos
de formalización, consolidación y expansión de los grupos paramilitares y
guerrilleros (Ibáñez, 2008: 33-37); sin embargo, se ha tornado en una medi-
da permanente, debido a la producción de cultivos ilícitos, tráfico de armas,
apropiación y concentración de tierras e ingreso ilegal de divisas, entre otros.
Los responsables del desplazamiento en Colombia han sido los grupos para-
militares, seguido de las guerrillas y las fuerzas armadas del Estado, quienes
han antepuesto sus intereses o el de pequeños grupos de poder por encima de
los de la población civil.
De acuerdo con las cifras reportadas por CODHES,7 la población despla-
zada en Colombia asciende a 5,2 millones de personas entre el período 1985-
2011, con un incremento promedio anual de 2.921 personas y una tendencia
creciente a partir de 1996 y hasta 2010, reduciéndose drásticamente en 2011
y dejando desplazada en 26 años al 11 % del total de la población del país, de
la cual el 1,3 % corresponde a minorías étnicas.
El porcentaje de desplazamiento de las comunidades afrocolombianas se
debe a la alta tasa de expulsión de los departamentos en los que se concentra

7
Se toman como referencia las cifras de CODHES, dado que estas tienen en cuenta a toda la po-
blación que ha sido desplazada independientemente que haya superado su condición de pobreza
a través de la mejora de las condiciones de vida o del retorno a sus lugares de origen por cese de
conflicto.

52
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

Gráfica 3. Composición étnica de la población en situación de desplazamiento


en Colombia de 1999 a 2010.

Indígena 2,66 %

Afrocolombiano 9,82 %

Gitano o rom 0,65 % Raizal del Archipiélago


de San Andrés 0,12 %

Ninguna 86,75 %

Fuente: datos CODHES-SISDHES, 2011.

esta población como Antioquia, Chocó, Nariño y Valle del Cauca, pues solo
en 2010 se desplazaron 70.010 personas pertenecientes a esta comunidad. En
cuanto a la población indígena, se desplazaron de Antioquia, Cauca, Cesar,
La Guajira, Nariño y Putumayo 4.061 personas de los pueblos nasa, embera,
eperara-siapidara y jiw, cuya situación es crítica debido al riesgo de extinción
de su cultura, lo cual está relacionado con el debilitamiento en la estructura de
la comunidad en cuanto a la desagregación, la seguridad jurídica de sus terri-
torios, el cambio abrupto de entornos, la extrema vulnerabilidad y exclusión
social de los cascos urbanos y el cambio de situación laboral de acuerdo con ha-
bilidades distintas a las relacionadas con la agricultura y la pesca (CODHES,
2011: 1-28).
Las mayores vulnerabilidades de las poblaciones étnicas están relacionadas
para el caso de la población afrocolombiana con la pérdida de su tierra y el
cambio de costumbres y actividades por la migración hacia las áreas urbanas,
en donde las pocas aptitudes y conocimientos frente a las actividades desa-
rrolladas en los lugares de recepción les dificultan su inserción en la dinámica
económica y laboral, dado que se dedicaban al cultivo, la cría de animales y la
explotación pesquera a través de economías familiares basada en sistemas co-
operativos y de intercambio por trueque.
Respecto a la población indígena, su lengua como elemento identitario más
sobresaliente se ha ido perdiendo debido a la migración hacia las cabeceras

53
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

municipales y hacia las grandes ciudades, donde las posibilidades de retorno


voluntario sostenible son pocas. En otros casos, esta población se ha visto
obligada a concentrarse en un reducido espacio de tierra para sobrevivir, lo
que ha puesto en riesgo su cultura propia y ha generado conflicto con otras
comunidades locales. Así mismo, el interés de los grupos armados ilegales por
el control territorial generó un alto riesgo para los líderes de las comunidades
y organizaciones afrocolombianas: en 2011, 18 líderes comunitarios fueron
asesinados. Los pueblos más afectados por homicidios han sido los zenúes y
los emberas (ACNUR, 2012: 1-2).
La población rom también se ha visto afectada por la violencia producida
por el narcotráfico que desplaza a las familias hacia otras ciudades, perdien-
do así sus estructuras de organización social y las alianzas que mantienen su
cultura y tradiciones. En Dosquebradas, Risaralda, fue dispersada una de las
kumpanias más grandes del país; sus miembros se vieron forzados a emigrar
a otras ciudades del país y un número importante a Panamá. Así mismo, el
conflicto enmarcado en la violencia de las ciudades afecta las actividades eco-
nómicas tradicionales, como la forja de cobre, el comercio de ganado equino y
el comercio de artículos de cuero, lo que conlleva a la migración fuera del país
en la búsqueda de oportunidades de trabajo y como alternativa para evitar el
forzamiento al asentamiento definitivo.
En suma, la población étnica es más vulnerable respecto al resto de la po-
blación debido a su tamaño, lo que facilitaría su desaparición y el desarraigo
sobre las tierras sobre las cuales construyen sus costumbres y estilos de vida,
además donde se asocian y crean lazos familiares que permiten la permanencia
de sus tradiciones. El desplazamiento forzado, por tanto, incide directamente
sobre la seguridad jurídica del territorio, la identidad cultural y la pervivencia
física y cultural de individuos y colectivos.
Los lugares de expulsión de población tienen en común altos indicadores
de violencia, baja presencia del Estado e importancia a nivel de recursos
energéticos o mineros, características que no son excluyentes entre sí, lo cual
no significa que necesariamente se presenten de manera conjunta. Por su
parte, los lugares de recepción de población desplazada están relacionados
con núcleos urbanos donde la actividad principal es la comercial y existe alta
densidad de personas por metro cuadrado, lo que permite que las personas
desplazadas puedan de alguna manera ocultarse de sus expulsores y evitar

54
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

Tabla 2. Número de personas desplazadas expulsadas y recibidas por departamento 2011.


N° personas % sobre la N° personas % sobre la
Departamento
expulsadas población recibidas población
Guaviare 50.878 48,5% 22.295 21,3%
Putumayo 147.961 44,9% 88.926 27,0%
Chocó 214.985 44,7% 94.130 19,6%
Caquetá 187.525 41,3% 117.949 26,0%
Arauca 69.926 27,9% 50.276 20,1%
Vichada 13.844 21,2% 6.784 10,4%
Cesar 199.259 20,4% 130.898 13,4%
Magdalena 229.024 18,9% 179.529 14,8%
Bolívar 328.113 16,4% 191.515 9,6%
Sucre 131.118 16,0% 90.483 11,1%
Tolima 178.907 12,9% 105.390 7,6%
Nariño 199.381 12,0% 216.186 13,0%
Cauca 156.331 11,7% 155.264 11,7%
Antioquia 713.243 11,6% 454.532 7,4%
Guainía 4.383 11,3% 4.129 10,6%
Córdoba 155.879 9,7% 113.491 7,1%
Vaupés 4.033 9,6% 2.137 5,1%
Norte de Santander 123.100 9,4% 144.077 11,0%
La Guajira 72.764 8,6% 51.715 6,1%
Casanare 25.633 7,7% 26.757 8,1%
Huila 71.215 6,5% 91.793 8,4%
Caldas 58.854 6,0% 54.390 5,5%
Santander 90.696 4,5% 133.189 6,6%
Valle del Cauca 166.073 3,8% 232.811 5,3%
Risaralda 22.329 2,4% 55.545 6,0%
Cundinamarca 60.387 2,4% 91.591 3,6%
Meta 135.004 1,5% 121.087 1,4%
Quindío 7.453 1,3% 22.690 4,1%
Amazonas 935 1,3% 934 1,3%
Boyacá 15.227 1,2% 23.114 1,8%
Atlántico 7.192 0,3% 89.517 3,8%
Bogotá 5.464 0,1% 467.820 6,3%
San Andrés 26 0,0% 43 0,1%
Fuente: datos CODHES-SISDHES, 2011.

55
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

amenazas y nuevos desplazamientos, así como buscar oportunidades laborales


en medio de bajos niveles de conflicto, respecto a sus lugares de expulsión.
Los departamentos expulsores se ven afectados en su productividad por la
disminución de la población que se desplaza, ya que la producción agrope-
cuaria y comercial, el crecimiento económico y la posibilidad de desarrollo de
dichos departamentos disminuye por la menor cantidad de mano de obra e
infraestructura. Respecto a la producción agropecuaria, CODHES informó
que al menos 385.000 familias rurales abandonaron 5,5 millones de hectá-
reas, equivalentes al 11 % del área agropecuaria del país, dejando de producir
el 11,6 % de su producto interno bruto (CODHES, 2009: 3-4). En con-
traposición, los departamentos receptores ven un incremento drástico en la
población, que aumenta los niveles de pobreza y desempleo y afecta negati-
vamente la asignación de los recursos para la población residente, generando
conflictos entre las dos poblaciones.
Dado que la población en situación de desplazamiento proviene en su ma-
yoría de zonas rurales, sus condiciones de vida desmejoran debido a que antes
del desplazamiento las familias solían contar con terrenos propios que les per-
mitían, entre otras cosas, una independencia en su manutención y menores
costos relacionados con el pago de servicios públicos, alimentación, transporte
y vivienda. Además, la tasa de morbilidad y mortalidad era menor puesto que
contaban con un centro asistencial accesible en la mayoría de los casos y unas
dinámicas culturales menos tendientes a la desnutrición y a los malos hábitos
alimenticios; luego del desplazamiento las condiciones de salud, tanto físicas
como mentales, se encuentran deterioradas por el impacto de la violencia.
Respecto a la educación, el 54 % de la población desplazada no supera la pri-
maria, el 25 % llega a secundaria y el 17 % no tiene ningún nivel educativo, lo
que se relaciona con la baja demanda por educación de acuerdo con las activi-
dades agrícolas a las que se dedicaban, lo que les da menores oportunidades la-
borales en los lugares de recepción. Por lo anterior, dado que las condiciones de
la población desplazada reflejan deterioro, evidenciando a su vez que los avan-
ces logrados en estabilidad económica, social, cultural y política obtenidos en
las regiones que habitaban retroceden, la trampa de pobreza se convierte por lo
tanto en un proceso irrefrenable para ellos8 (Mendoza y González, 2010: 9-16).

8
Las trampas de pobreza son círculos viciosos en donde las personas se enfrentan a condiciones mí-
nimas de bienestar que no les permiten salir de dicha situación y al contrario favorecen su perma-
nencia (Casanova, 2008: 1-7).

56
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

Las medidas tomadas por el Estado han tenido un carácter básicamente


asistencial relacionado con la prevención del desplazamiento y la atención de
esta población sin ninguna diferenciación étnica. En prevención, buscan evi-
tar las causas del desplazamiento a través del fortalecimiento de la seguridad
y la intervención del Estado para neutralizar los grupos armados que generan
dicha situación. En atención, las medidas adoptadas están relacionadas con
atención humanitaria de emergencia, en donde se provee a esta población
de condiciones mínimas de subsistencia como alimentos, alojamiento, salud,
educación y utensilios del hogar durante los primeros tres meses en el lugar
de recepción.
Posteriormente, se brindan posibilidades de vivienda a través de subsidios,
generación de ingresos, recuperación de tierras y atención integral básica,
donde se dan procesos de registro, identificación, salud, educación, alimenta-
ción y reunificación familiar. Estos últimos componentes son las medidas de
estabilización socioeconómica, que brindan la oportunidad de capacitación
y obtención de recursos para la puesta en marcha de proyectos productivos
que buscan el autosostenimiento de esta población, ya sea en el municipio
de recepción (asentamiento), en otro municipio (reubicación) o en el mu-
nicipio de origen (retorno) (Ibañez y Mora, 2007: 11), en donde se involu-
cran las medidas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición
(ACNUR, 2011: 66).
Normativamente, el enfoque diferencial del desplazamiento se retoma en
10 autos9 proferidos por la Corte Constitucional orientados a las poblaciones
indígenas y afrocolombianas, relacionados con la protección de los derechos
de la población desplazada y su respectivo seguimiento. Llaman la atención
las 13 sentencias,10 donde sobresale la T-025 de 2004, que declara el desplaza-
miento como un estado de cosas inconstitucional (ECI) por lo que las perso-
nas en situación de desplazamiento se vuelven objeto de especial protección
por parte del Estado en cuanto a la asignación de recursos por encima del
gasto social orientado a otros tipos de población, por ejemplo a la población
históricamente pobre.

9
004 de 2009, 005 de 2009, 006 de 2009, 007 de 2009, 008 de 2009, 011 de 2009, 314 de 2009,
092 de 2008, 251 de 2008 y 218 de 2006.
10
T-025 de 2004, T-790 de 2003, T-721 de 2003, T-669 de 2003, T-645 de 2003, T-602 de 2003,
T-419 de 2003, T-268 de 2003, T-215 de 2002, T-098 de 2002, T-327 de 2001, SU-1150 de 2000
y T-227 de 1997.

57
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A pesar de la normatividad creada para favorecer a la población despla-


zada, la efectividad de las medidas implementadas no ha sido significativa
en materia de mejoramiento sobre los derechos humanos fundamentales de
esta población en general. La educación presenta actualmente elevadas tasas
de extraedad, bajos niveles de gratuidad (35 % pagaron derechos de matrí-
cula o pensión) y reducidos índices de acompañamiento para la permanencia
(subsidios para útiles y transporte escolar). En salud, el 91 % de la población
desplazada se encuentra afiliada al régimen subsidiado, aunque sin garantías
en la calidad de este servicio, lo cual se evidencia en casos de desnutrición in-
fantil y enfermedades en mujeres embarazadas; respecto a la vivienda, solo el
5 % de los hogares habita bajo condiciones adecuadas (Mendoza y González,
2010: 9-16).
La estrategia de generación de ingresos tampoco sale bien librada. El 99 %
de los hogares se encuentra bajo la línea de pobreza y el 83 % bajo la línea de
indigencia, lo que indica que no son suficientes las capacitaciones y recursos
ofrecidos para esta población en proyectos de autosostenibilidad y menos cuan-
do se pretende que las capacidades se adquieran en el corto plazo; esta situación
lleva a que la mayoría de la población decida articularse a proyectos informales
que no les garantizan ingresos significativos. En cuanto a la situación laboral,
la tasa de empleo es superior a la de la población históricamente pobre, ya que
por indicación del Estado las empresas deben contratar a población desplaza-
da; no obstante, la calidad del empleo no es la mejor, puesto que el 96 % de la
población trabaja en condiciones de informalidad, son empleados domésticos
o trabajadores independientes (Mendoza y González, 2010: 12).
La consideración del enfoque diferencial como soporte de las medidas
orientadas a la población desplazada en un marco de derechos humanos obli-
ga al reconocimiento de las particularidades comunitarias y personales reivin-
dicando el ejercicio de una ciudadanía desde el reconocimiento y la redistri-
bución, así como desde la libre escogencia de llevar el tipo de vida de acuerdo
a sus preferencias sin perder la capacidad de disfrutar y participar de las demás
opciones; no obstante, las poblaciones que siguen siendo afectadas luego del
desplazamiento son aquellas con condiciones especiales como los grupos étni-
cos, quienes no tienen mejoras en sus derechos, ni cambios en sus oportuni-
dades, recursos y capacidades (ACNUR, 2011: 29).

58
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

3. Costos económicos del desplazamiento y pobreza sin tener en cuenta


el enfoque diferencial

La medición de la efectividad de las acciones tomadas por el Estado en


contra de la pobreza y el desplazamiento se basará en sus costos económicos
y los resultados obtenidos, logrando establecer el costo de oportunidad de no
involucrar el enfoque diferencial dentro de dichas acciones, es decir, el costo
en el que se incurre al tomar una decisión de inversión de recursos sin tener en
cuenta la diferenciación de la población étnica. Este costo es positivo cuando
el beneficio de la elección es mayor al esperado de tomarse otra alternativa, o
negativo si el beneficio es menor al esperado por otra alternativa, teniendo en
cuenta que el criterio se basa en que un mayor beneficio generará una mayor
satisfacción y que dicho beneficio equivale para este caso, a los resultados de
las acciones del Estado en contra del desplazamiento y la pobreza.
Los recursos públicos han sido dirigidos a sectores claves para el desarrollo
y la economía del país, donde para el desarrollo, los recursos se enfocan en
políticas sociales que buscan favorecer a la población pobre y a la población
desplazada. En la tabla 3, llama la atención el alto porcentaje invertido en pro-
tección social, transporte, acción social, y defensa y seguridad, siendo evidente
a su vez la disminución de la inversión en educación, lo que se traduce en una
inversión social que no tiene en cuenta la totalidad de los aspectos que afectan
a estas poblaciones, en especial a las étnicas.

Tabla 3. Participación sectorial de la inversión de 1985 a 2011.


Sector 1985 1993 2005 2011 Variación 1985-2011
Protección Social 15,71% 19,00% 30,00% 31,40% 15,69%
Transporte 3,03% 19,00% 12,00% 16,40% 13,37%
Defensa y Seguridad 14,67% 9,00% 6,00% 5,50% -9,17%
Minas y Energía 2,03% 5,00% 7,00% 6,40% 4,37%
Agricultura 7,05% 8,00% 3,00% 3,80% -3,25%
Ambiente, Vivienda y DT 1,43% 6,00% 4,00% 3,40% 1,97%
Educación 19,44% 5,00% 5,00% 2,60% -16,84%
Hacienda 14,44% 8,00% 15,00% 6,60% -7,84%
Acción Social 0,00% 6,00% 5,00% 9,70% 9,70%
Planeación 0,00% 3,00% 2,00% 5,00% 5,00%
Interior y Justicia 4,23% 3,00% 2,00% 2,50% -1,73%
Resto 15,84% 9,00% 8,00% 3,40% -12,44%
Fuente: datos de DNP, 2011.

59
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

En 2011, el presupuesto fue de 109.514 millones de pesos y el gasto públi-


co estuvo relacionado en mayor proporción con gastos sociales, donde el 66 %
se destinó a protección social, educación y salud, aunque se debe resaltar que
el alto porcentaje de protección social se debe al efecto predominante de las
pensiones.

Gráfica 4. Participación del gasto público en 2011.

Fomento y
Función pública y desarrollo 3 %
general 4 % Otros 5 %
Infraestructura básica 5 %

Defensa nacional 9 % Atención de la familia 4 %

Subsidio a familias 2 %
Pensiones 26%
Orden público 8 % Protección social 39 %

Población vulnerable 4 %

Cesantías 2 %
Salud 11 %
Resto 1%

Educación 16 %

Fuente: datos Ministerio de Hacienda y Crédito Público, 2012.

Para la población pobre, la inversión social por parte del Estado durante
el período 1992 a 2011 tiene una correlación negativa con la reducción de la
pobreza, es decir, a mayor inversión social menor reducción de la pobreza y
viceversa; es importante mencionar, no obstante, que la correlación no es pro-
porcional y se puede inferir que el gasto aunque no tan significativo, sí tiene
efectos positivos sobre este problema social (ver gráfica 5).
Los recursos destinados a esta población están relacionados con la mejora
en infraestructura educativa, hospitalaria y de movilidad, aportes al sistema de
protección social (que cubre pensiones, atención a la familia, la niñez y la ju-
ventud, educación, salud y vivienda), acceso a créditos, entre otros, que se dan
a través de subsidios tanto indirectos como directos. Estos recursos ascienden
a la suma de 2.285.300 millones de pesos a precios constantes de 2005 para
el período comprendido entre 1991 y 2011.

60
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

Gráfica 5. Variación de la pobreza y del gasto social (1992 a 2011).

25,00 %

20,00 %

15,00 %

10,00 %

Gasto social
5,00 %
Pobreza
0,00 %

-5,00 %
1994

2001

2004

2011
1992

1993

1996

1997

1999

2000

2002

2003

2006

2009

2010
-10,00 %
1995

2005

2008
Fuente: datos de DANE y CEPAL, 2012.

Dada la complejidad de encontrar datos relacionados, se seleccionaron


solo cuatro componentes de inversión social para el período de estudio (1985
a 2011), con el fin de establecer una relación entre el costo de estos y la dis-
minución de la pobreza: educación, salud, seguridad social y vivienda. Du-
rante el período se puede observar que la mayor inversión estuvo del lado de
la seguridad social, siguiéndole educación y salud y, por último, vivienda; sin
embargo, la relación con la pobreza no es directa, es decir, el progresivo au-
mento del gasto social focalizado a la población pobre no ha garantizado una
disminución significativa, lo que podría estar asociado con el aumento del
desplazamiento.
En 2011, el total de recursos destinados para la reducción de la pobre-
za (74.021 mil millones de pesos) logró disminuirla en un 3 % (de 37 % en
2010 a 34 % en 2011); esto equivale a afirmar que la disminución de un pun-
to porcentual de la pobreza tiene un costo de 23.498 mil millones de pesos.
Si la meta del actual gobierno es reducir la pobreza a 32 %, se requeriría un
presupuesto de 48.642 mil millones de pesos, cifra por debajo del valor pro-
yectado por el gobierno (14 mil millones de pesos para los 4 años del período
presidencial) según el Plan Nacional de Desarrollo, por lo cual habría una in-
consistencia entre la meta y el presupuesto asignado. Lo anterior, sin tener en

61
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

cuenta los objetivos de reducción de la indigencia a 9,5 %, de la desigualdad


de ingresos a 0,54 y el desempleo a 8.9 % (DNP, 2010: 819).
El anterior análisis solo indica que la posibilidad de lograr la reducción
de la pobreza y de los factores asociados a ella solo se reflejaría en unas dé-
cimas del porcentaje actual de acuerdo con el presupuesto asignado por el
gobierno; claro está, asumiendo que este mantendrá las estrategias imple-
mentadas contra la pobreza descritas anteriormente y que las condiciones
sociales no cambiarán las dinámicas presentadas de pobreza, además de asu-
mir como aislado el problema del desplazamiento, cuya dinámica tiene un
nivel de fluctuación mayor.
Para el caso de los desplazados, el análisis de los datos da cuenta de un bre-
ve efecto del gasto en esta población dado que existe una correlación negati-
va con la tímida reducción del desplazamiento para el período 1999 a 2011,
es decir, una mayor inversión social acompaña a menores cifras de desplaza-
miento y viceversa. Sin embargo, es importante tener en cuenta que el despla-
zamiento no es causado por condiciones sociales como las que dan lugar a la
pobreza, sino que es un efecto del conflicto armado que vive el país, por ello,

Gráfica 6. Evolución del gasto y cifras del desplazamiento (1999-2011).

Gasto focalizado
Población desplazada
Lineal (población desplazada)
$ 1214516.914
$ 1095146.0
$ 1080394.0

$ 1062007.0
$ 1038989.0
$ 934273.0

$ 1400000.0 450000.0

$ 1200000.0 400000.0
$ 594504.0

350000.0
$ 1000000.0
300000.0
$ 363822.0

$ 800000.0 250000.0
$ 174082.0
$ 169473.0

$ 139369.0

$ 600000.0 200000.0
$ 81961.0

$ 69687.0

150000.0
$ 400000.0
100000.0
$ 200000.0 50000.0
$- Personas
1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011

Fuente: datos DANE y CODHES, 2012.

62
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

la inversión en aspectos sociales se complementa con la inversión en defen-


sa y seguridad como estrategia de prevención y mitigación de las causas de la
violencia, por lo que un progresivo aumento del gasto focalizado en esta po-
blación no tendría un nivel de incidencia significativo en la disminución del
desplazamiento.
Los programas que se orientan a la población desplazada ascienden a la
suma de 7.343 millones de pesos para el período 2006-2011 en donde se re-
visarán los costos de alimentación; educación; generación de ingresos; iden-
tidad; reunificación familiar; salud; subsistencia mínima; verdad, justicia y
reparación; vida, integridad, libertad y seguridad; y vivienda, con el fin de es-
tablecer la relación costo/beneficio. En este sentido, se observa que durante el
período los gastos en alimentación; identidad; reunificación familiar; verdad,
justicia, reparación; vida, integralidad, libertad y seguridad, son menores res-
pecto a educación y vivienda. La generación de ingresos, la salud y la subsis-
tencia mínima, tienen una tendencia a disminuir su participación dentro de
los gastos focalizados para la población desplazada, lo que podría estar asocia-
do con la política de incluir a esta población dentro de las estrategias orienta-
das a la población en situación de pobreza.
Para 2011, el total de recursos destinados a la atención de los desplazados fue
de 1.652 millones pesos y la reducción de la pobreza fue de 3,15 %, es decir,
la disminución de un punto porcentual de las cifras de pobreza asociadas a la
focalización del gasto en atención a la población desplazada tiene un costo de
524 mil millones de pesos. Ahora, del total de la población pobre, el 0,04 % son
desplazados, de acuerdo con el número total de personas en situación de des-
plazamiento desde 1985 a la fecha. Por lo anterior, el costo de reducir las condi-
ciones de vida inadecuadas de la población desplazada es mucho mayor que el
costo de reducir en general la pobreza y así mismo, relacionado con los costos y
metas de la pobreza, los recursos focalizados a la población desplazada deberían
indicar una mejora significativa en su calidad de vida, así como una reducción
de 0,07 % en la pobreza.11

11
El análisis costo/beneficio de la pobreza se puede realizar de manera independiente puesto que las
medidas de pobreza ya están determinadas claramente; en el caso del desplazamiento, el análisis
debe equipararse con el de pobreza, ya que no existen cifras claras que permitan medir la superación
de las condiciones de desplazamiento, lo que lleva a enmarcar a esta población dentro de la pobla-
ción pobre, teniendo en cuenta que la asignación de recursos es focalizada.

63
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Lo anterior indica que los recursos orientados a la población desplazada


no tienen un efecto positivo ni sobre la población desplazada pobre ni sobre
la población históricamente pobre; además, definitivamente no favorecen la
economía del país, dado que son recursos que no son efectivos en el logro de
vincular favorablemente a las personas desplazadas dentro de la sociedad, ga-
rantizándoles la libertad de ejercer sus derechos plenamente. Esto puede estar
asociado con la falta de implementación de un enfoque diferencial que no
solo se quede en el discurso, sino que llegue a la aplicación real de medidas
que se ajusten a las características de la población étnica.
Por otro lado, existe una gran necesidad de estrategias para la población
pobre en general, la cual es excluida de la sociedad por falta de recursos, com-
petencias y oportunidades que no se han logrado superar a pesar de la im-
portante asignación económica que ha tenido en cuenta las medidas con un
enfoque diferencial étnico; es decir, la asignación se ha dirigido a dos gran-
des categorías (pobres y desplazados), sin considerar que dentro de estas se
encuentran diferentes tipos de población con unas características disímiles
y particulares. Es importante que desde la misma planeación de recursos se
tenga en cuenta la diferenciación de cada una de las poblaciones destinadas a
recibir los recursos ya sea para la superación de la pobreza o para la superación
del desplazamiento, pues esto favorecerá la creación de estrategias o medidas
especiales que busquen mejorar las condiciones de vida para las poblaciones
étnicas, garantizándoles el disfrute de beneficios equitativos dentro de la so-
ciedad desde su diversidad.
En la medida en la que se implementen acciones con un enfoque diferen-
cial orientadas a la población étnica que posee mayores vulnerabilidades fren-
te al desplazamiento y la pobreza, se logrará en primera instancia incluir en
la sociedad a las minorías étnicas de modo que realmente sean reconocidas a
través de su participación activa en la sociedad. Así mismo, alcanzarán el goce
de sus derechos desde sus particularidades y la preservación de su integridad
física, moral y cultural. Finalmente, avanzar en la solución de las graves situa-
ciones de vulnerabilidad de la población étnica, permitirá a su vez atacar las
situaciones de vulnerabilidad de la población no étnica mediante el recono-
cimiento, la identificación, el análisis y la creación de estrategias de solución
teniendo en cuenta las características de los grupos poblacionales afectados y
sus necesidades.

64
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

4. La mejora en las condiciones de vida de la población étnica como


acción para la construcción de paz

De acuerdo con el concepto de construcción de paz mencionado al inicio,


existe una relación entre las condiciones de vida y la construcción de paz a ni-
vel general, en la medida en la que el nivel de ingresos, cuya distribución efi-
ciente conlleva el aumento de las oportunidades y las condiciones de bienestar
para la población, brinda estabilidad en la sociedad respecto a las causas que
generan los conflictos asociadas con la desigualdad, facilitando la consolida-
ción de la paz a partir de la inclusión de los individuos a una sociedad digna
y estable. Esto es especialmente importante para la población étnica, puesto
que esta ha sido sometida a procesos de exclusión mucho más complejos que
el resto de la sociedad y por ende ha sufrido el impacto de la violencia y el
conflicto armado en mayor proporción.
Ciertamente las desigualdades sociales existentes en el país afectan a la po-
blación en general y en mayor medida a la población con menores dotaciones
o excluida de los beneficios de la distribución de recursos, en donde justamen-
te recaen las consecuencias de dicha desigualdad. En este contexto, el conflic-
to armado se presenta como una causa y a su vez como una consecuencia, en
la medida en la que contribuye a la creación y persistencia de la desigualdad a
partir de la toma violenta de terrenos y recursos monetarios y físicos, generan-
do efectos nocivos sobre la participación de la población étnica en la sociedad
dadas sus mayores vulnerabilidades asociadas al arraigo cultural de sus tierras
y pertenencias.
Una evidencia del conflicto como causa de la desigualdad es la concen-
tración de recursos físicos y monetarios por parte de grupos armados que en
algunos casos obedece a intereses particulares de grupos económicos. Así mis-
mo, el conflicto ha causado el desplazamiento de gran parte de la población
étnica hacia lugares distintos a los de su origen, generando entre otros, costos
sociales y mayores cargas presupuestales que afectan la distribución de los re-
cursos de manera equitativa entre la población residente y la población recién
llegada (Forero, 2003: 3-4).
El conflicto como consecuencia de la desigualdad se da a partir de la com-
binación de la pobreza y las necesidades insatisfechas en las poblaciones vul-
nerables en donde aumenta la criminalidad y la susceptibilidad de la sociedad
civil al reclutamiento por parte de grupos armados, lo que a su vez perpetúa

65
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

el conflicto. Por lo anterior, es el desarrollo –medido en la disminución de la


pobreza y sus causas– lo que permite mitigar tanto el impacto del conflicto
como el conflicto mismo, en la medida en la que se logre disminuir la inefi-
ciente asignación de los recursos, lo cual conllevará seguramente a la dismi-
nución de la cantidad de personas desplazadas por la violencia y a su vez a la
reducción significativa de la pobreza en todos sus ámbitos en un menor tiem-
po. El enfoque diferencial étnico, por tanto, se convierte en una estrategia que
aporta a la paz a través del tratamiento especial de estos grupos de acuerdo con
sus necesidades buscando la inclusión en la sociedad y la mejora de sus con-
diciones de vida, generando un impacto que podría ser mayor para el logro
de la paz, gracias a la solución de las mayores vulnerabilidades de la población
étnica que permitiría, por un proceso de aprendizaje, solucionar las menores
vulnerabilidades –y no por ello menos importantes– del resto de la población.

Conclusiones

A manera de recapitulación, la multietnicidad cuenta con 3 grupos pobla-


ciones diferenciados por sus particularidades y especificidades relacionadas
con su cultura, entorno y relaciones sociales: la población afrocolombiana, la
población indígena y la población rom; estos tres grupos poblacionales com-
parten situaciones de vulnerabilidad propias asociadas a la situación social,
política y económica del país. Tal es el caso de la pobreza, en donde los grupos
étnicos se ven limitados en capacidades y oportunidades para tomar alterna-
tivas de decisión respecto a la forma en la que consideran adecuado vivir de
acuerdo con sus criterios, y del desplazamiento forzado que los afecta a través
de la violencia ejercida por diversos actores que atacan su integridad física y
mental y su estabilidad socioeconómica, obligándolos a huir de los lugares de
asentamiento o a confinarse para el caso de la población rom. Las anteriores
vulneraciones se ven reforzadas por las características de género, edad y con-
diciones de discapacidad que comparten también los diferentes grupos y que
los hacen aún más vulnerables.
Frente a estas problemáticas, la acción del Estado ha sido ineficiente. A
través de medidas normativas, la acción estatal ha estado encaminada al plan-
teamiento de metodologías y estrategias que conllevan a la correspondiente
asignación de recursos físicos y económicos, la cual no ha sido efectiva en la
disminución de la pobreza y el desplazamiento de acuerdo con los bajos logros

66
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

obtenidos en cada una de estas situaciones. Tanto para el caso de la pobreza


como del desplazamiento, la asignación presupuestada para el logro de las me-
tas de mejora en las condiciones de vida es inferior a la requerida realmente;
incluso, se estableció que es más costosa la inversión a la población desplazada
que a la población pobre y que dicha inversión tiene mayores efectos en la po-
blación pobre respecto a la población desplazada. La razón está asociada con
que a pesar del discurso del enfoque diferencial para el tratamiento de las po-
blaciones étnicas, en la realidad los recursos se han asignado a desplazamiento
y pobreza como dos grandes categorías, sin tener en cuenta las especificidades
de cada grupo y sus necesidades.
De acuerdo con el análisis de costo/beneficio presentado, la mejor alter-
nativa para alcanzar los logros sociales que aporten a la construcción de paz,
a partir de la disminución tanto de las causas como de las consecuencias del
conflicto y la violencia, es la asignación de recursos que tenga en cuenta un
enfoque diferencial de acuerdo con las particularidades de la población que
recibirá dicha inversión y que conlleve la generación de estrategias diseñadas
para la atención de estos grupos poblacionales, lo que resultará en un medio
eficaz y ágil para alcanzar los propósitos sociales.
Es importante mencionar que este capítulo no pretende desfavorecer las
acciones tomadas por el Estado frente a la pobreza y al desplazamiento y su
actitud frente a las poblaciones vulnerables; por el contrario, busca sensibili-
zar acerca del gran esfuerzo en recursos que tanto el mismo Estado como la
sociedad en general han hecho para intentar contener y disminuir las proble-
máticas sociales que vive el país actualmente. Así mismo, se busca concientizar
respecto al problema del desplazamiento, que ha venido afectando a la socie-
dad colombiana en sus niveles económico, social, cultural y político, resaltan-
do que de no tomarse medidas de seguimiento adecuadas y que garanticen el
buen uso de los recursos, el círculo de pobreza se mantendrá –e incluso se ex-
tenderá– tanto en las regiones expulsoras como en las receptoras, aumentando
las ya escandalosas cifras de pobreza y desplazamiento forzado.
Quedan, sin embargo, unos análisis derivados de la información presen-
tada que se intentarán bosquejar a continuación. En primer lugar, las estra-
tegias orientadas al desplazamiento que se encuentran estancadas en políticas
asistencialistas de focalización de recursos no permiten que se logre erradicar
el problema estructural de la pobreza que de por sí conlleva costos sociales y
económicos. Estos últimos generan dependencia por parte de la población

67
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

desplazada a la ayuda estatal, convirtiéndose en una gran carga fiscal que no


retribuyen mejoras al bienestar de la sociedad. Dichas estrategias deberían te-
ner en cuenta un enfoque diferencial étnico que permita una asignación de
recursos de acuerdo con la caracterización específica de la población, logrando
las metas de disminución de vulnerabilidades de manera eficiente, eficaz y ágil
lo que a nivel agregado mejorará las condiciones sociales del país.
En segundo lugar, una gran cantidad de recursos humanos y económicos
son dedicados al seguimiento de las cifras tanto de pobreza como de desplaza-
miento, no sucede lo mismo con la caracterización de las poblaciones étnicas.
La justificación de dichos recursos se basa en el concepto de identidad que se
limita a la identificación y caracterización de la poblaciones, sin que ello con-
lleve a la creación de estrategias y medidas de acuerdo con dicha información,
invisibilizando las particularidades que son vulneradas a través de la denomi-
nación de pobres o desplazados, lo que se evidencia en los pocos datos dispo-
nibles referentes a la población étnica.
En tercer lugar, dentro de la implementación del enfoque diferencial ét-
nico, las estrategias de gasto social no pueden pensarse de la misma manera
y en la misma proporción tanto para la población pobre como para la pobla-
ción desplazada, ya que dicho gasto no garantiza la finalización del conflicto
armado, que es la causa del desplazamiento, sino que se complementa con las
estrategias orientadas a la disminución del conflicto en términos de preven-
ción y defensa, por lo que el gasto debería focalizarse hacia la superación de la
pobreza de acuerdo con las particularidades étnicas y los aspectos de género,
edad y discapacidad que aportan formas diferentes de afrontar los dramas tan-
to de pobreza como de desplazamiento.
Finalmente, el costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico es la
mejora en las condiciones de vida de estas poblaciones, su inclusión y el reco-
nocimiento activo de su participación en la sociedad a partir de sus particula-
ridades, lo que se logrará desde una asignación de recursos que busque a través
de estrategias y acciones definidas diferencialmente, contrarrestar las mayores
vulneraciones de esta población respecto a la no étnica y en esa medida apor-
tar al logro de metas sociales que a su vez minimizará las causas y consecuen-
cias del conflicto resultando en pasos significativos para la construcción de
paz en el país.

68
El costo de oportunidad del enfoque diferencial étnico

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71
Identidades y conflicto armado
MUJERES TRANS Y CONFLICTO ARMADO
EN COLOMBIA: AFECTACIONES ESPECÍFICAS
Y RETOS PARA LA IMPLEMENTACIÓN
DE LA LEY DE VÍCTIMAS

Lina Tatiana Lozano Ruíz* y Nancy Prada Prada**


Introducción

Este texto da cuenta de algunos de los resultados de la investigación realiza-


da por el Grupo Interdisciplinario de Estudios de Género (GIEG), de la Uni-
versidad Nacional de Colombia, en el marco del Programa de Investigaciones
Académicas – 2011, de la Dirección Archivo de Bogotá, en su componente
de Memoria y Derechos Humanos.1 La investigación realizada presenta diez
historias de vida de mujeres trans, quienes producto del conflicto armado y
los impactos diferenciales del mismo sobre sus vidas (fundamentalmente por
el hecho de tener identidades de género no normativas), se vieron forzadas a
dejar sus lugares de origen y desplazarse forzosamente hacia Bogotá.
El texto está dividido en cinco apartados. El primero de ellos, titulado
“Anotaciones metodológicas”, presenta de manera somera la metodología que
se siguió en el proceso investigativo. La segunda –“¿Qué significa ser una per-
sona con experiencias de tránsito por el género?”– introduce los conceptos
básicos respecto a las identidades de género no normativas, mostrando cómo
lo trans es una categoría política que cuestiona el binarismo de género y la
heterosexualidad obligatoria. En el tercer apartado, “Consideraciones previas
sobre las afectaciones diferenciales del conflicto armado en personas trans”,
se retoma la información pertinente de los escasos estudios previos que docu-
mentan las afectaciones de personas LGBT en el marco del conflicto armado
colombiano.

* Antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia y egresada del Máster Europeo Erasmus


Mundus en Estudios de las Mujeres y de Género – GEMMA.
** Filósofa de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Estudios de Género, Identidad y
Ciudadanía de la Universidad de Cádiz – España.
1
Los resultados completos de esta investigación se encuentran publicados en el libro “A mí me sa-
caron volada de allá. Relatos de vida de mujeres trans desplazadas forzosamente hacia Bogotá”, de
Nancy Prada Prada, Susan Herrera Galvis, Lina Tatiana Lozano Ruíz y Ana María Ortíz Gómez
(2012).

75
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

El cuarto apartado del texto, titulado “Experiencias de vida trans y con-


flicto armado en Colombia”, ofrece un resumen de los principales hallazgos
de la investigación, específicamente aquellos relacionados con los impactos
diferenciales de la guerra en Colombia sobre las mujeres trans y cómo esta les
obliga a desplazarse forzosamente. El quinto y último apartado ofrece algunas
conclusiones y recomendaciones para la atención y reparación de las mujeres
trans en el marco de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.
Este texto busca contribuir a la visibilización de las mujeres trans en tanto
víctimas del conflicto armado y a la comprensión de sus afectaciones parti-
culares, planteando nuevas preguntas sobre un tema que ha sido muy poco
explorado en el país como es el cruce entre las identidades de género no nor-
mativas y la guerra.
Su pregunta central se concentra en las formas de victimización que su-
fren las mujeres trans en Colombia y los tipos de violencia específicos que las
afectan en el marco del conflicto armado en virtud de su identidad de géne-
ro, explorando los mecanismos concretos de tales violencias. Además, el texto
explora algunas recomendaciones para la implementación de la Ley 1448 de
2011 –paradigma actual de la atención y reparación a víctimas en el país– con
miras a que el enfoque diferencial que esta plantea atienda a las especificidades
que demandan las identidades trans.

Anotaciones metodológicas

Una de las principales preocupaciones de la investigación fue hacer una


contribución a la memoria histórica de Bogotá, que reconociera a las mujeres
trans como ciudadanas y parte importante de la ciudad, así como en su posi-
ción de víctimas del conflicto armado, merecedoras de reconocimiento, seguri-
dad, acceso a la justicia y reparación. Construir con estas diez mujeres sus me-
morias constituyó un acto político y un escenario importante para la justicia y
reparación moral, en tanto “la memoria es una instancia de reconocimiento del
sufrimiento social que fue negado, ocultado o suprimido de la escena pública,
bajo el impacto mismo de la violencia” (CNRR, 2008: 2), lo que le permite
a las víctimas reubicarse activamente en el espacio social y político. A este res-
pecto resulta importante posicionar el lugar de la “víctima” como un espacio
de agencia y no solo de opresión, en donde gracias al ejercicio de la memoria
pueden establecerse y reconstruirse redes y formas de resistencia.

76
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

Así mismo, como insistía la Comisión Nacional de Reparación y Recon-


ciliación (CNRR) “la construcción de la memoria contribuye a un fortale-
cimiento y profundización de la democracia cuando permite, en medio de
la transición del conflicto al posconflicto, evaluar un pasado traumático al
tiempo que establece responsabilidades sociales, institucionales e incluso cri-
minales frente a este” (ibid.).2 La memoria en sí misma se vuelve entonces
un escenario de justicia y reparación moral en términos de Gloria Naranjo
(2001), constituyendo esa evocación fundamental –siempre en continua re-
elaboración– a la que cada sujeto tiene derecho; es de este modo que abogar
por la construcción de memorias silenciadas u oprimidas representa una con-
dición irrefutable de reconocimiento social, más aún cuando, como establece
Axel Honneth (1997), dichos sujetos han sido vulnerados y afectados en la
idea que de sí mismos poseen, cuando su (des)valoración en tanto ciudadanos
les ha hecho sentir que no tienen ningún significado para la comunidad a la
que pertenecen.
La pregunta por la memoria de las personas con experiencias de vida trans
en situación de desplazamiento, en cuya construcción nos propusimos parti-
cipar, situó la construcción de la memoria como una práctica activa entre la
recreación y el olvido de las experiencias, las cuales en el ejercicio de recordar
se transforman a su vez, para crear puentes entre el pasado, el presente y el
futuro (Riaño-Alcalá, 2006). De esta forma la producción del recuerdo es un
proceso selectivo del pasado según los propósitos del presente y las expectati-
vas del futuro que proporcionan una fuente de sentido a las y los individuos,
a la vez que sustentan su sentido de pertenencia a una colectividad.
En el caso específico de las mujeres trans que participaron de la investiga-
ción, el ejercicio de recordar sirve como contra-memorias que buscan mos-
trar experiencias que se han mantenido en las márgenes y silenciadas en el
marco de la guerra, poniendo de manifiesto las múltiples discriminaciones
de que son objeto, en tanto víctimas del desplazamiento forzado en razón
del conflicto armado interno y como personas con identidades de género no
normativas.

2
El equipo investigador hace la salvedad de que no considera que en el país nos encontremos en un
período de posconflicto, aunque las medidas de justicia y reparación que se están aplicando de ma-
nera institucional y estatal correspondan a esta perspectiva. El conflicto armado interno sigue vivo
en Colombia, como lo ha reconocido recientemente el actual gobierno, pese a las medidas de justi-
cia transicional que se implementan.

77
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Para cumplir con el objetivo de la investigación se diseñó una metodolo-


gía cualitativa con perspectiva biográfica, de corte feminista y fenomenoló-
gico (Merleau-Ponty, 1975). Es decir, se asume que “la realidad” solo puede
ser aprehendida a través de las experiencias, las cuales están atravesadas por
múltiples relaciones de poder que se eslabonan entre sí. Estas experiencias
nunca son previas a los discursos, las prácticas y los hechos sociales en los
que se generan y articulan con las de otros sujetos (Haraway, 1991). Cada
sujeto social existe en virtud de las formaciones discursivas que hace sobre sí
mismo, las cuales están insertas en marcos socioculturales en los que cobran
sentido, además de encontrarse situadas en relaciones sociales y en condicio-
nes materiales que producen prácticas sociales y formaciones discursivas, las
cuales le otorgan a cada sujeto una ubicación específica –pero no inmutable–
en el mundo.
Con el propósito de dar cuenta de las experiencias recordadas por las diez
mujeres trans con quienes se realizó la investigación, se recurrió a dos técnicas
de investigación: las entrevistas en profundidad y las líneas de tiempo. Las en-
trevistas se desarrollaron a partir de un instrumento diseñado para esta inves-
tigación (anexo), el cual no tiene un orden preestablecido para las preguntas o
temas a abordar, sino que busca servir como ruta de navegación, privilegiando
que en el diálogo entrevistada-entrevistadora, fuese la narración la que guiara
la entrevista.
El enfoque biográfico en esta investigación puso el énfasis en los relatos vi-
tales de las mujeres trans participantes, dándole especial importancia a su cur-
so de vida y a su cotidianidad. Esto permitió reconocer su forma de explicar y
entender el lugar que habitan, convirtiéndolas en protagonistas de la historia,
lejos de los considerados grandes relatos, haciendo posible que sus lugares fue-
sen reconocidos como válidos e incluso que cobraran fuerza en tanto resisten-
cias frente a los discursos hegemónicos.
En cuanto a las líneas de tiempo, estas constituyen representaciones gráfi-
cas de los momentos que las mujeres seleccionaran de sus vidas, para contarlas
a otras personas en forma de collage. Este recurso metodológico hizo las veces
de vehículos de las memorias (Jelin, 2001) de las personas que participaron
de la investigación, y buscó materializar de manera personal los sentidos que
cada quien le otorga a sus experiencias del pasado según su situación en el
presente. Estos vehículos de las memorias sirven como fuentes de reconoci-
miento al ser compartidos con otras personas. Adicionalmente, este ejercicio

78
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

resultó de mucha utilidad para contrastar silencios y nuevos recuerdos que


aparecieron en las líneas de tiempo, distintos de aquellos seleccionados en las
entrevistas.3
La siguiente tabla resume la información básica de las mujeres participan-
tes de esta investigación, quienes fueron contactadas a través de 15 organiza-
ciones de personas trans o que trabajan con las mismas en Bogotá:4

Lugar de Identificación Años en


N° Nombre Edad Escolaridad Ocupación
nacimiento étnico-racial Bogotá
Chaparral Sin educación
1 Samantha 26 Estilista Mestiza 12
(Tolima) escolar
Cali Trabajadora
2 Xiomara 22 Primaria Trigueña 9
(Valle del Cauca) sexual
Trabajadora
3 Valeria 21 Bogotá Primaria Mestiza 12
sexual
El Bordo
4 Victoria 36 Bachiller Estilista Mestiza 3
(Cauca)

5 Carmen 39 Barranquilla Universidad Activista Negra 13

San Cristóbal Sin educación Trabajadora


6 Débora 46 Blanca 32
(Venezuela) escolar sexual
La Primavera Octavo de Trabajadora
7 Brenda 27 Mestiza 5
(Vichada) bachillerato sexual
Noveno de
8 Sharon 21 La Plata (Huila) Estilista Blanca 4
bachillerato
Girardot Noveno de Trabajadora
9 Amanda 44 Mestiza 29
(Cundinamarca) bachillerato sexual

10 Alexa 34 Sincelejo (Sucre) Bachiller Activista Mestiza 4

3
Las líneas de tiempo que se realizaron en el marco de esta investigación permanecen en el Archivo
de Bogotá y próximamente estarán a disposición para consulta del público.
4
Si bien el objetivo inicial era contar con las voces de personas con variadas experiencias de tránsito
por el género, finalmente la investigación se concentró solo en personas que tienen actualmente una
identidad femenina. En el proceso de contacto con las organizaciones no fue posible identificar a
ninguna persona con transito hacia lo masculino oriunda de otras regiones del país y que hubiera
llegado a la ciudad por razones asociadas con el conflicto armado interno colombiano. Avanzar en
la construcción de su memoria sigue siendo un reto pendiente para futuras investigaciones.

79
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

¿Qué significa ser una persona con experiencias de tránsito por el género?

De manera general, se entiende por “trans” aquellas personas que habiendo


sido asignadas al nacer con un sexo y género determinado, transgreden esta
asignación y encarnan un sexo o género distinto del que se espera socialmen-
te. Cuando una persona nace, hay una asignación sexual (niño/niña) que se
hace según una lectura interpretativa de los cuerpos, (presencia/ausencia de
pene). Ante todo, en estas “asignaciones sexuales” se establece y asume a priori
la identidad sexual de los sujetos, por una especie de imperativo que impo-
ne la coherencia del cuerpo: hombre (con pene)/ identidad masculina/hete-
rosexual y mujer (sin pene)/identidad femenina/heterosexual. Este orden se
asume como “natural” e incuestionable y trata de ser aplicado a todas las per-
sonas. Sin embargo, existen experiencias que cuestionan este modelo, hacien-
do evidente su carácter artificial –aunque no por esto exento de implicaciones
materiales– como es el caso de las personas trans.
Los lugares de identidad que exceden este sistema de inteligibilidad que
organiza los cuerpos, dividiéndolos entre mujeres y hombres, son leídos so-
cioculturalmente como desviados, anormales o abyectos (Butler, 2001) y ex-
plicados como tal desde la psiquiatría y la medicina. En la primera mitad del
siglo XX, a partir de los estudios de grupos de personas con identidades de
género no normativas por parte de los sexólogos Hirschfeld y Benjamin, se
empiezan a definir dos categorías diagnósticas para denominar estas experien-
cias y expresiones: travestidos y transexuales; las cuales eran comprendidas
como trastornos sexuales o mentales y como anomalías dentro de un orden
de género binario.
Estas categorías fueron apropiadas por el discurso médico-psiquiátrico y ya
para la década de los ochenta se introdujo el diagnóstico del “transexualismo”
como trastorno mental en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Tras-
tornos Mentales DSM-III de la APA; en 1994, en la siguiente versión de este
manual, se transformó la “transexualidad” en “disforia de género” y aparece
la categoría de “trastorno de la identidad sexual”, abarcando un espectro aún
más grande de experiencias que terminarían siendo patologizadas.
En respuesta a estos procesos, desde el movimiento social de personas
“trans”, aparece el término “transgénero” como una forma de autonombra-
miento que buscaba abarcar diferentes expresiones de tránsito, que no nece-

80
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

sariamente tienen como destino un cuerpo transformado a través de inter-


venciones quirúrgicas y hormonización. Sin embargo, “transgénero” terminó
convirtiéndose en un término sombrilla que puede resultar problemático en
la medida en que homogeniza múltiples experiencias que no necesariamente
se relacionan entre sí.
Para muchas personas la inclusión de las experiencias de tránsito por el
género como trastorno mental es inadecuada dado que privilegia una mirada
biomédica que

[…] es estigmatizadora, respalda una visión normativa de roles de


género y hace más difícil el acceso a la asesoría médica especializada
(particularmente cuando las personas no se ajustan a los criterios clíni-
cos). Lo anterior ha significado un riesgo aumentado para su salud de-
bido a que muchas personas terminan realizándose intervenciones por
cuenta propia y/o a través de personal no calificado cuando los servicios
de salud no responden a sus demandas (Paréntesis, 2012).

Sin embargo, para algunas personas que se ajustan más a los parámetros
clínicos de la transexualidad, la inclusión de sus experiencias en las clasifica-
ciones biomédicas les ha facilitado el acceso a algunos servicios, especialmente
los de salud (ibid.).
Es importante mencionar que las experiencias y búsquedas de las personas
que transitan por el género son muy variadas y no es posible enmarcarlas en
unos itinerarios o formas únicas de estar en el mundo. La búsqueda no es ne-
cesariamente ajustarse a una categoría del binario hombre/mujer disponible,
sino más bien sentirse cómodas con sus propios cuerpos, hallarse en su propia
piel.
El término “trans” como una forma de nombrar estas experiencias ofrece la
posibilidad de referirse a múltiples y diversos tránsitos sin delimitarlos a una
única expresión de los mismos. Más aún, lo trans es una posición política que
emerge desde experiencias consideradas como “zonas inhabitables” y ubica-
ciones marginales en el mapa social. Las identidades políticas de las personas
trans no son fijas sino que están en permanente construcción y crítica frente
a las relaciones de poder que les confinan en estas posiciones subalternas. En
ese sentido, “el propio cuerpo se convierte en una forma personal de asumir
y reinterpretar las normas de género recibidas […] la reinterpretación de esas

81
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

normas mediante la proliferación y variación de estilos corporales se convierte


en una forma muy concreta y accesible de politizar la vida personal” (Butler,
1996: 312).
Aunque hay muchas experiencias de tránsito por el género de personas
asignadas como mujeres en el momento de nacer que se mueven hacia lo mas-
culino, en la investigación realizada, como mencionamos antes, no fue posible
contactar a hombres trans que hubiesen sido víctimas del conflicto armado.
De ahí, que todas las experiencias recogidas sean de mujeres trans, niñas trans,
travestis, maricas o chicas trans, categorías que las mujeres entrevistadas usan
para nombrarse a sí mismas.

Consideraciones previas sobre las afectaciones diferenciales del conflicto


armado en personas trans

En las actuales condiciones de conflicto armado y de violencia sociopolí-


tica que enfrenta el país, hay un particular endurecimiento de las normas de
género que se convierte en violencias físicas y simbólicas contra aquellas per-
sonas que no se acomodan a las mismas. En múltiples informes e investiga-
ciones se ha mostrado cómo este tipo de violencias a manos de los diferentes
actores armados afecta principalmente a biomujeres.5
Sin embargo, aunque no se encuentre tan ampliamente documentado, es-
tas violencias también repercuten directamente en las personas con identi-
dades de género u orientaciones sexuales no normativas, dado que existe un
constante reforzamiento por parte de los actores armados de los principios
de la heterosexualidad obligatoria, así como de las diferencias que deberían
existir según este modelo entre hombres y mujeres (Amnistía Internacional,
2004: 25). En consecuencia, los grupos armados ejercen un fuerte control
sobre las formas de llevar el cuerpo, así como sobre los comportamientos es-
perados, tanto de mujeres como de hombres, prestando especial atención al
comportamiento sexual.
En ese sentido, una de las entrevistadas señalaba cómo en Sincelejo, de
donde es oriunda, a los hombres gays que asumían comportamientos feme-

5
Se entiende por “biomujer” aquella que al nacer con vagina, es asignada como mujer y ha desarrolla-
do su identidad como tal, en contraposición a “tecnomujer”, que es aquella que se asigna a sí misma
la identidad mujer, utilizando para ello una serie de técnicas sobre su cuerpo para materializar su
identidad. De manera análoga, un “biohombre” es aquel que ha nacido con pene mereciendo por
ello la asignación de hombre desde su nacimiento. Ver: Preciado, 2002.

82
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

ninos, los actores armados les sometían a todo tipo de torturas y también co-
rrían el riesgo de ser asesinados:

Lo que dicen ellos es que si quieren ser mujer que se definan, que
se definan como tal, que haga el proceso de tiempo completo, que no
se pongan en esas bobadas, esas ridiculeces, porque la mayoría de hom-
bres ven a un gay que está maquillado como mujer pero tiene ropa de
hombre […] para los gays les va peor, les hacen más maldades y hasta
los matan, sí, por eso que te decía, por lo que se maquillan como mu-
jer y son muy femeninos y todavía con ropa de hombre (entrevista con
Alexa).

Las cifras y estadísticas existentes frente a violencias cometidas contra per-


sonas LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas) son pobres en el
país. Existen solo unas pocas instituciones y organizaciones que han produ-
cido algún tipo de información al respecto. Es todavía más escasa la infor-
mación que se encuentra desagregada, lo que oculta las implicaciones dife-
renciales que un escenario de violencia puede tener según se identifique una
persona como lesbiana, gay, bisexual, trans o según la especificidad de su
experiencia.6
Adicionalmente, muchas veces crímenes de odio homo o transfóbicos no
se consideran como tales en las cifras oficiales, de modo que quedan invisibi-
lizados; el hecho de que estos crímenes permanezcan impunes y no se investi-
guen (Amnistía Internacional, 2004: 28), hace que se repitan sin consecuen-
cias, e incluso podría decirse que existe una suerte de connivencia por parte
de los operadores de justicia frente a tales hechos.
En ese sentido, Amnistía Internacional ha advertido cómo los biohombres
que son víctimas de violaciones son reacios a denunciar, porque temen que
sus testimonios no sean creídos y que su denuncia los convierta en víctimas de
mayores violaciones a sus derechos por parte del personal de salud y de justicia
(Amnistía Internacional, 2011: 38). Adicionalmente, en la misma publicación

6
Específicamente en el caso de lo transgénero, es importante hacer notar que esta identidad es utiliza-
da como un término sombrilla bajo la que se reúnen múltiples experiencias que no necesariamente
se asemejan entre sí. Adicionalmente hay que tener en cuenta que las orientaciones sexuales se refie-
ren específicamente a quién se dirige el deseo de una persona, mientras que la identidad de género
se refiere al ser/sentirse hombre, mujer u ocupar una identidad que no se ubica en estos polos que
aparecen como opciones únicas en la forma en que socialmente se concibe el género.

83
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

se señala cómo en el caso de hombres gays o mujeres trans que han sufrido
una violación se presume que el acto sexual ha sido consentido (ibid.: 44).
Para el caso de Cali, la Defensoría del Pueblo (2009) ha mostrado cómo,
contra personas con experiencias de vida trans, existen fenómenos sistemáti-
cos de violencia, agresión y violación a los derechos humanos. Estas formas de
violencia son diversas y van desde discriminación y amenazas hasta asesinatos
y desapariciones forzadas, siendo las personas trans las más afectadas. Según
la Defensoría del Pueblo, la transfobia en Cali ha impedido el acceso a servi-
cios, educación, salud y trabajo, lo que imposibilita un pleno ejercicio de la
ciudadanía. Además, se identifica a la Policía, las instituciones y la sociedad
en general como las principales fuentes de amenaza de estos derechos, lo que
también estimula procesos de desplazamiento forzado.
En el caso de las mujeres entrevistadas aparecen hechos como los referidos
por Amnistía Internacional y la Defensoría del Pueblo. Por ejemplo, una de
las entrevistadas refiere haber sido violada pero no haber denunciado los he-
chos por falta de confianza en las instituciones del Estado:

Qué va a ir a denunciar uno, si la cogía la policía y la dejaban 24 ho-


ras a uno por estar trabajando y uno le decía eso y le decían ‘qué, eso es
mentira’ ¡qué le van a creer a uno! […]. Ni modos. Si más era el tiempo
que usted gastaba yendo a la policía, que la policía en hacerle caso, an-
tes la dejaban 12 horas, 24 horas (entrevista con Brenda).

Este tipo de situaciones se repite en todo el país, donde muchas mujeres


son forzadas a abandonar sus lugares de origen, mientras que muchas otras
que no tienen oportunidad de huir de las amenazas son asesinadas. Según el
proyecto Transrespect Versus Transphobia Worldwide (TGEU, 2012) en el
caso colombiano entre 2008 y 2011 fueron asesinadas 59 personas trans:7 13
en 2008, 13 en 2009, 15 en 2010 y 18 en 2011.
Para aquellas que no son asesinadas, sus vidas transcurren rodeadas de múl-
tiples amenazas y formas de violencia:

A veces las obligan [a las mujeres trans] a hacer cosas que ellas no
quieren, por ejemplo, las obligan a montarse en las camionetas, se las

7
Estas cifras se basan en datos oficiales, lo que quiere decir que solo se consideran aquellos casos en
que la identidad de género haya sido tenida en cuenta en las instituciones.

84
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

llevan para tales sitios, allá les hacen de todo, les pegan y las dejan tira-
das […] eso depende del grado, o quien sea la persona, porque si la per-
sona está drogada es capaz de hacerle cualquier cosa, o matarla […] les
ha tocado correr demasiado, cruzar montes para poderse salvar, saltar
vallas para poderse salvar, porque las cogen, se las llevan para los mon-
tes, ellas se escapan, les toca correr y salir a una parte que prácticamente
ellas ni conocen (entrevista con Alexa).

Este tipo de situaciones, sumadas a las violencias institucionales y las vio-


lencias simbólicas que son más sutiles aunque no por eso menos despiadadas,
hacen que la vida de las mujeres trans esté en constante riesgo y que sean ne-
cesarias transformaciones sociales que reconozcan su fortaleza y formas de re-
sistencia, pero además les ofrezcan garantías para el ejercicio de sus derechos.

Experiencias de vida trans y conflicto armado en Colombia: resultados de


la investigación

En general, las razones asociadas con el conflicto armado que adujeron las
mujeres entrevistadas para desplazarse forzosamente desde sus lugares de ori-
gen son:
* Amenazas directas relacionadas con su identidad de género.
* Riesgo de reclutamiento forzado.
* Entorno sociopolítico hostil para hacer su tránsito.
Respecto a la primera razón, las amenazas directas, la investigación señala
cómo, frente a la ausencia del Estado en muchos de los territorios, son los ac-
tores armados los encargados de imponer el “orden” y proveer “seguridad” a la
población, como pone en evidencia el siguiente testimonio:

A mí me sacaron volada del barrio, porque como yo era travesti,


como en el barrio en donde yo vivo eso es macabro, me sacaron y me
dijeron que yo no podía vivir allá […]. Pues, como yo iba a visitar a mi
mamá a veces, un día me cogieron un poco de hombres de moto y me
dijeron que yo no podía vivir en el barrio, que allá habían muchos ni-
ños, que esto, que lo otro. Yo les dije “¿qué? ¿Por qué? si yo soy también
del barrio”, y me dijeron que me daban 24 horas para que me fuera […]
y entonces, como ellos tienen manipulado el barrio, yo mejor me voy
antes de que me maten (entrevista con Xiomara).

85
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

El “orden y la seguridad” impuestos por los actores armados que contro-


lan los territorios es percibido en algunos casos como algo positivo, en tanto
organiza las relaciones sociales que el Estado ha dejado a la deriva, y por ello
puede llegar a contar con el apoyo y la lealtad de buena parte de la población
(Gutiérrez y Barón, 2006), la cual, en todo caso, se ve constreñida a brindar
dicho apoyo. El siguiente testimonio lo expresa con mucha claridad:

Yo cuando estuve allá, yo fui una guía de ellos pa’ transportar gente
a otros lados, a otros lugares, ya de pronto que está este camino para
ir, por decir para Ortega, Tolima, o Roncesvalles, que uno pasa el valle
dando la vuelta, pero no se puede por el camino principal, entonces ya
yo sabía la trocha por donde se podía llevarlos a ellos, en donde no tu-
vieran peligro. Pues ellos conmigo fueron muy chéveres, pues porque
¡todo hay que hablarlo! [...]. La guerrilla tiene partes buenas y partes
malas […] ¡cómo todo! […]. Malas porque de pronto el reclutamien-
to, y que por decir: no es porque usted quiere, sino que tiene […] y
pues, eso de ayudar es porque toca ¿sí?, o sea, como que usted no tiene
la opción de decir que no, que eso es que le toca, porque llegue usted a
desobedecer […] entonces, lo que le digo, sí fue un privilegio para mí,
eso ellos muy bien conmigo, pero pues, o sea, no tuve […] no fue una
cosa que yo dijera “sí, yo quiero”, sino que ellos se dieron cuenta de mis
habilidades y pues yo fui alguien que para ellos les servía mucho, por
eso fue (entrevista con Samantha).

Como se aprecia en los relatos, este apoyo no resulta una opción entre mu-
chas posibles, sino que parece un destino ineludible en territorios de fuerte
influencia de grupos armados, porque como afirma una de las mujeres entre-
vistadas: “vaya usted a desobedecer…”. Lo que le espera a quienes desobedez-
can los dictámenes de los violentos es el exilio o la muerte, como ha quedado
documentado en la investigación:

De una u otra forma por eso me vine, porque tenía miedo de que
me fueran a matar y fueron muchos a los que mataron, fueron muchos
[…] es más también por parte de algunos cabecillas de las AUC […].
En un pueblo cercano, cogían a los gays, los abordaban y se los lleva-
ban en camioneta, los amarraban, se los llevaban para una finca lejos
[…] allá los encerraban como en un kiosco y ahí era: el uno mataba al

86
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

otro, los colocaban a que se mataran entre sí […] y fue una masacre
hace años, donde este cabecilla, ese “Cadenas” ordenó la muerte de
muchos gays […] fue una masacre horrible y creo que sobrevivió uno
solo […]. Entonces también eso era: el temor a que te fueran a coger y
te fueran a hacer lo mismo. Al que se cogían lo tiraban a un pozo don-
de habían cocodrilos, porque tenían cría de cocodrilos, los tiraban a la
poza de los cocodrilos o utilizaban la guadañadora […]. Claro, todo el
mundo sabía que él fue el que había ordenado todo eso y de ahí todas
las personas cogieron rumbo, cada una se fue con un rumbo diferente
(entrevista con Alexa).

Estas amenazas ocurren tanto en sectores urbanos como en rurales. En los


primeros, suelen provenir de las pandillas, que son el fruto de la reorganiza-
ción de grupos narcotraficantes y paramilitares, las cuales comienzan a usar
la violencia con el fin de controlar territorios urbanos, a la vez que sirven de
operadores de justicia y agentes de seguridad, y amenazan a estas mujeres –en
muchos casos todavía identificadas como hombres homosexuales–, aducien-
do que su presencia puede ser “perjudicial”, un “mal ejemplo” para la comu-
nidad.
La hostilidad del entorno sociopolítico, que hemos identificado como otra
de las razones para que las mujeres que entrevistamos hayan tenido que des-
plazarse forzosamente, se materializa también en la profusa utilización de pan-
fletos tendientes a regular la vida y en la realización de asesinatos selectivos a
gays, lesbianas y travestis, que buscan instalar un mensaje claro en el resto de
habitantes sobre el “deber ser” de sus comportamientos y formas de portar el
cuerpo o hexis corporales (Bourdieu, 1999).

Tuve problemas, no conmigo, sino en general, porque en los alrede-


dores del barrio habían muchas pandillas, y habían muchas gay que ha-
cían cosas malas, hurtaban, consumían drogas […] entonces para ellos
eso es terrible, y empezaban a tirar panfletos. Ellos no hacen pensar que
eran unos cuantos sino que éramos todos, porque la gente siempre ge-
neraliza, de que por ser gay, todos los gay son iguales, o todas las trans
son iguales […] entonces de una u otra forma me afectó eso también y
decidí venirme para acá para Bogotá […] yo me acostaba a las 8 de la
noche porque no podía estar en la calle, porque regaban los panfletos

87
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

que después de 8:30-9:00 de la noche el que se encontraran en la calle


lo […] (entrevista con Alexa).

Estos intentos de los actores armados por disciplinar los cuerpos, deseos y
comportamientos de los y las habitantes, según su muy particular código de
ética, constituye una razón muy frecuente para que las mujeres entrevistadas
se hayan desplazado, huyendo de la muerte.
La tercera razón, como se ha anticipado, es el riesgo de reclutamiento for-
zado. Si bien tal riesgo no es novedoso, sino una constante documentada de la
guerra en este país, es muy importante reconocer los impactos diferenciados
que ese riesgo de reclutamiento comporta para las mujeres trans: en su caso,
además de truncar su proyectos de vida, acaba con la posibilidad de vivir su
identidad de género, pues son reclutadas para fungir como hombres dentro
de las filas. La documentación de historias de esta investigación mostró que
si bien algunas de las mujeres entrevistadas se identificaban a sí mismas como
hombres homosexuales cuando estaban es sus territorios de origen, el reclu-
tamiento forzado tendría en sus casos la particularidad de truncar definitiva-
mente su proyecto de feminización.
Un común denominador de las historias de vida que hemos construido es
que se trata de mujeres trans desplazadas por las dinámicas de la guerra. Otra
constante es que, distinto a como ocurre generalmente en otras situaciones
de desplazamiento forzado, en que grupos familiares e incluso comunidades
enteras se ven obligadas a salir de los territorios, las mujeres con quienes ha-
blamos tienen que irse solas y a muy corta edad, porque a la hostilidad del
entorno frente a su identidad de género u opción sexual, se suma la hostilidad
de los propios grupos familiares, lo que las arroja a una experiencia de despla-
zamiento forzado enmarcada en una profunda soledad.
Su temprana “salida del closet” constituye para muchas de estas mujeres
el comienzo de múltiples rupturas, constatando cómo la familia puede ser
el primer escenario de violencia, física, emocional y simbólica. De hecho, en
varios de los testimonios el rechazo familiar –o el riesgo de sufrirlo– coincide
con la percepción del peligro externo (a manera de amenazas directas o riesgos
implícitos por la presencia de actores armados en el territorio), y es la conju-
gación de ambos factores lo que les hace tomar la decisión de abandonar sus
lugares de origen y forjarse un futuro mejor lejos de allí.

88
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

Yo vivía con mis hermanos, bien, bueno, con uno no, con dos no,
porque me atacaban a cada ratico, me querían pegar a cada ratico y yo
un día cogí y le corté la espalda a uno. Porque él donde me veía me pe-
gaba, y le dije a mi mamá “vea, yo estoy cansada que ese man me pegue
a cada rato”, y mi mamá me dijo: “ay no sé qué […]”, y le daba la razón
a él. Y yo: “bueno, cuando lo corte no me venga a decir nada”. Y lo cogí
y le corté con pico de botella la espalda, y mi mamá me dijo: “¿cómo
así? ¡Si son hermanos!”, y yo le dije: “no, pues dígale a él que me trate
seria, porque si no lo corto otra vez”; y ya […] yo me vine porque ya
estaba aburrida (entrevista con Xiomara).

En algunos casos, esa decisión constituirá un camino sin retorno. En otros,


la distancia física abrió la posibilidad de la reconciliación –casi siempre par-
cial–. Un factor que aparece en el escenario como dilatador de la ruptura o
posibilitador del reencuentro, es el soporte económico que ellas pueden ofre-
cer, gracias a su experiencia, desde temprana edad, en los ámbitos del trabajo
remunerado.
En algunos casos, fundamentalmente el de aquellas que han podido ubi-
carse en mejores entornos socioeconómicos, la relación actual con el grupo
familiar es percibida por ellas mismas como muy positiva, y es interesante ver
cómo el mejoramiento de las relaciones familiares parece consolidarse a medi-
da que sus procesos de transformación corporal obtienen “mejores resultados”
y sus aspectos físicos cobran con mayor nitidez rasgos femeninos.
Cuando Bogotá es el destino del desplazamiento, la alternativa de moverse
a la capital del país es el resultado de los imaginarios con que contaban sobre
dicha ciudad antes de partir. Estos imaginarios responden a las ideas que apa-
recen en las narraciones que otras personas hacían sobre la ciudad, así como a
aquellas que se mostraban en los medios de comunicación. Bogotá represen-
taba para muchas innumerables posibilidades en el campo laboral y para sus
transformaciones corporales:

Yo me vine para Bogotá porque ella me dijo ‘Xiomara a usted le va


a ir muy bien en Bogotá’ y ya […] pensé que iba a ser divino, divino.
Yo no lo pensé ni una vez, yo cogí mi maleta y salí volada […] [imagi-
né] que era divino, y que iba a conseguir mucha plata (entrevista con
Xiomara).

89
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Como dice el dicho ‘pueblo pequeño, infierno grande’ y van a co-


mentar: ‘allá va el marica’ […] entonces antes de que usted viva eso,
entonces: ¡evitarlo!, entonces por eso decidí venirme de allá (entrevista
con Samantha).

Sin embargo, la ciudad no lograría cumplir con sus expectativas, como ex-
plican sus testimonios,

Eso es casi igual, eso es igual. Bueno, a pesar de que eso [El Bordo]
es un pueblo, pero a mí me parece que la gente de la ciudad debe ser
más civilizada, como tener más cultura ciudadana y no, parece que fue-
ran igual, a mí me parece que es igual (entrevista con Victoria).
[Después de llegar] ¡Ay me dio durito, ay duro, el trajín! Las mari-
cas, o sea, todo (entrevista con Xiomara).

A pesar de esto, ninguna de las entrevistadas ve la posibilidad de regresar a


vivir a sus lugares de origen. Bogotá se convirtió en el territorio que habitan,
donde han rearticulado sus vidas y donde siguen esperando que sus derechos
sean plenamente restituidos y garantizados.

Ley de Víctimas: algunas conclusiones y recomendaciones para la atención


y reparación de las mujeres trans

En diciembre de 2011, tras un largo trámite legislativo ampliamente me-


diatizado, el Congreso de la República sancionó la Ley 1448, conocida como
Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, sobre la cual está fundado el para-
digma colombiano de atención y reparación a las víctimas del conflicto arma-
do interno.
Esta Ley incluye la premisa del “enfoque diferencial”, reconociendo que
“hay poblaciones con características particulares en razón de su edad, género,
orientación sexual y situación de discapacidad. Por tal razón, las medidas de
ayuda humanitaria, atención, asistencia y reparación integral que se estable-
cen en la presente Ley, contarán con dicho enfoque” (art. 13).8 Si bien una

8
La negrilla es nuestra. Para una revisión en detalle de los apartados de la Ley y su reglamentación en
los que aparece referido el enfoque diferencial, ver: Las mujeres en la Ley de Víctimas. ¿Se tuvieron en
cuenta sus demandas? http://www.pazconmujeres.org/pagina.php?p_a=2&de_bus=s&id=9b70fe31
e761cd7854b972465f89cd2d&az=prd#pl2

90
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

noción amplia del concepto “género” debe atender a las múltiples identida-
des que produce su incorporación, el tratamiento que tal concepto merece en
la Ley de Víctimas se refiere a solo dos de ellas: hombre y mujer. Dicha Ley
–como la inmensa mayoría de normativa nacional– naturaliza el binarismo
sexual, según el cual solo existirían biohombres y biomujeres, pues con base
en tales categorías está construido el texto de la norma.
En el mismo sentido, la Ley 1448 de 2011 contempla entre sus principios
rectores el principio de igualdad “sin distinción de género” (art. 6), pero en su
desarrollo es posible apreciar cómo se cae en el error de equiparar “género” con
“mujeres”. Este error no es nuevo y ha sido señalado en otras ocasiones (Vive-
ros, 2000: 57). Como fruto de dicha equiparación, tanto la investigación como
el desarrollo de leyes y de políticas públicas enfocadas en el tema de la guerra,
con la pretensión de incorporar una perspectiva de género, se ha concentrado
especialmente en las afectaciones particulares de las biomujeres, sin incluir en-
tre tal colectivo a aquellas que no fueron asignadas como tales al nacer.
Por otra parte, las consideraciones de la Ley de Víctimas que expresamen-
te formulan la igualdad de género en las medidas de atención y reparación,
se quedan cortas al dejar de lado componentes fundamentales en el camino
hacia la igualdad efectiva, como lo son las “medidas de acción afirmativa” (As-
telarra, 2004). La mera formalidad de la expresión “sin distinción de género”
no basta para atender al “impacto desproporcionado” (auto 092 de 2008) que
la guerra ha producido sobre las mujeres, entre ellas las mujeres trans. Sin em-
bargo, brillan por su ausencia en el texto de la Ley medidas de acción afirma-
tiva en este sentido.
Además de estas consideraciones estructurales, es importante señalar que el
principal reto del modelo de atención y reparación que ofrece la Ley de Víc-
timas se encuentra en su implementación y en la manera como se traducirán
en la práctica sus postulados formales.
Atendiendo al enfoque diferencial con perspectiva de género, la imple-
mentación de la Ley de Víctimas debe ofrecer para las mujeres trans tanto su
inclusión en las medidas de atención para las mujeres, como la formulación
de medidas específicas que atiendan sus particularidades.
En el primer sentido, es fundamental que la institucionalidad esté prepa-
rada para incluir a las mujeres trans –como es legítimo– en las acciones ten-
dientes a restituir el “derecho de las mujeres a vivir libres de violencia” (art.
28, numeral 12). Esta consideración aparece en la Ley 1448 de 2011 como

91
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

uno de los derechos de las víctimas, para cuya materialización se asume un


“enfoque transformador”, es decir, que no se conforma con devolverles a la
situación que vivían antes de los hechos victimizantes (los cuales podían estar
caracterizados por entornos de violencia), sino que debe garantizar a las mu-
jeres su derecho a una vida libre de violencias.
Como parte del colectivo de mujeres, es importante que la implemen-
tación de la Ley de Víctimas respete para las mujeres trans consideraciones
como aquella según la cual las autoridades deben informar a las mujeres sobre
su derecho a no ser confrontadas con el agresor o sus agresores (art. 35, nu-
meral 4) y que deberán brindar garantías de información reforzadas, mediante
personal especializado en atención psicosocial, sobre las instituciones a las que
deben dirigirse para obtener asistencia médica y psicológica especializada, así
como frente a sus derechos y la ruta jurídica que debe seguir (art. 35, parágra-
fo 1), todo esto respetando su identidad de género.
Además, las medidas de satisfacción de la Ley, que incluyen la creación de
un Centro de Memoria Histórica cuyas actividades “harán especial énfasis so-
bre las modalidades de violencia contra la mujer” (Ley 1448, art. 145, pará-
grafo), deben cuidar que también se incluya a las mujeres trans en los procesos
de construcción de la verdad a los que tienen derecho las víctimas.
Siguiendo esta misma línea de inclusión de las mujeres trans en las medi-
das de atención para las mujeres en general, la implementación de la Ley debe
preocuparse porque ellas se vinculen a las Mesas de Participación de Víctimas
(art. 193) en tanto mujeres, y no solo como representantes de sectores LGBT,
como sucede en otros espacios de participación.
El segundo reto de la implementación de la Ley de Víctimas en el tema que
nos ocupa es la formulación de medidas específicas que atiendan las afecta-
ciones particulares de las mujeres trans, en todos los componentes que la Ley
prevé, tanto en medidas de asistencia y atención, como en medidas de repara-
ción integral. Al respecto, las principales sugerencias que surgen a la luz de los
resultados de esta investigación son las siguientes:

t La garantía de su inclusión en el Registro Único de Víctimas, para lo


cual se requiere de personal especializado en la evaluación de las solici-
tudes, capaz de comprender los impactos diferenciados de la guerra so-
bre personas con experiencias de vida trans. Los testimonios recogidos
nos hablan de la ausencia de atención hasta la fecha:

92
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

El gobierno lo tiene a uno como olvidado, no se preocupan, no


dicen ‘bueno llevémosle a esta gente, que esta gente pasa muchas ne-
cesidades, esa gente es pobre, esa gente no tiene un acceso de ingreso’,
no, a ellos no les importa nada, con cualquier cosa que le den a uno lo
quieren embolatar […] yo he conocido mucha gente como yo, que so-
mos desplazados y necesitamos así sea una vivienda, porque la comida
así sea un arroz con huevo uno se lo come, pero ya que el arriendo, los
servicios, que una cosa, que otra, entonces el gobierno no se ha preocu-
pado por darle a uno lo que por ley le pertenece a uno (entrevista con
Victoria).

t La creación de rutas de atención para sus necesidades específicas de


documentación (cambio de nombre en la cédula de ciudadanía o trá-
mite de la libreta militar), las cuales son requisito indispensable para
la inserción de las mujeres trans desplazadas forzosamente en entornos
laborales en sus sitios de llegada, escapando de la obligatoriedad de los
“trabajos transexualizados”9 que constituyen usualmente su única al-
ternativa. El testimonio de Samantha ilustra sobre algunas de las nece-
sidades específicas en este sentido:

[El cambio de nombre en la cédula] Sí me gustaría, pero ¿le digo cuál


es el problema? y eso yo sí lo he averiguado, porque eso sí lo he querido
[…] pero el problema, es que yo tengo que ir a Chaparral a traer un regis-
tro y eso es lo que yo no quiero, yo no quiero volver por allá (Samantha).

t El ajuste de los servicios de asistencia médica y psicológica especiali-


zada, previstos en el artículo 47 de la Ley para “víctimas de los delitos
contra la libertad, integridad y formación sexual”, de manera que estén
preparados para atender la situación de las mujeres trans víctimas del
conflicto armado, pues se corre el riesgo de que tales servicios incurran
en los mismos temas discriminatorios del sector salud en general, que
han sido documentados en la investigación:

9
Se entiende por “trabajos transexualizados” aquellos oficios feminizados en los que la presencia de
mujeres trans no resulta incómoda (fundamentalmente la peluquería y la prostitución). Son traba-
jos feminizados en tanto están inmiscuidos en lógicas de cuidado e implican dinámicas de proximi-
dad y contacto; además, se ubican en una posición baja en la jerarquía social de prestigio y remune-
ración económica (Prada, Herrera, Lozano, Ortiz, 2012: 150-158).

93
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Entonces llegamos y me recibieron en una camilla, me tiraron allá,


y cuando yo alcé la cara […] yo me di cuenta, yo no soy boba, yo sé
cuando alguien se está burlando de alguien, y esto era supuestamente el
médico que me iba a atender (entrevista con Sharon).
Cuando te atendían, te atendían como con miedo, el rechazo, no
pases para acá. Que atendernos cualquier cosa nos mandaban era a la
unidad de venéreas (entrevista con Carmen).

t En el mismo sentido, es necesaria la incorporación de consideraciones


diferenciales para las mujeres trans en el programa de rehabilitación
que contempla la Ley 1448 de 2011, concretamente en su compo-
nente de acompañamiento psicosocial transversal a todo el proceso de
reparación de las víctimas. En este caso, el personal profesional en-
cargado debe estar preparado para entender las implicaciones de los
tránsitos por el género y respetar las identidades de quienes acceden a
la atención psicosocial, pues desconocerlas implicaría para las mujeres
trans una revictimización.
t El diseño de medidas especiales de protección, pues para el caso de
las mujeres trans los encargados de garantizar las medidas de protec-
ción tradicionales han sido agentes reiterados de violencias sobre ellas,
como es el caso de la Policía:

Aquí había un mayor que era una porquería. El tipo decía que le
podía pegar, hacer y deshacer a todo el mundo, y nos tocó enfrentar-
nos muy duro con él […]. [El mayor] decía, ‘es que yo a los hombres
les pego porque estoy autorizado a pegarles’. Y yo le pregunté ‘¿perdón?
¿Dónde dice eso? ¿En qué ley, en qué norma, en qué ordenanza, en qué
decreto? ¿En dónde dice eso?’. ‘Es que yo a los hombres les pego’, y yo
me quité el cabello y le dije, ‘entonces pégueme a mí’, y me le fui enci-
ma a los cuatro o cinco policías que estaban ahí con él. Se quedaron ahí
quietos y el viejo no supo qué hacer. ‘Pégueme a mí, usted me ve como
hombre, pégueme a mí, a ver cómo le va’ (Carmen).

t La implementación de acciones legales de protección para las personas


trans, concernientes a medidas antidiscriminación, crímenes de odio,
asilo e incluso el reconocimiento de su existencia, más allá del binaris-

94
Mujeres trans y conflicto armado en Colombia: afectaciones específicas y retos para…

mo de género, en la constitución política, las cuales son hasta hoy me-


didas inexistentes en el país (TGEU, 2012).
t La inclusión en las garantías de no repetición (artículo 149 de la Ley
de Víctimas) de medidas especiales para las mujeres trans, en tanto
grupo expuesto a mayores riesgos. La Ley establece que tales medi-
das deben propender por “superar estereotipos que favorecen la dis-
criminación, en especial contra la mujer y la violencia contra ella en
el marco del conflicto armado”. Para el caso de las mujeres trans, la
superación de estereotipos en todo nivel, tanto institucional como en
el marco de la sociedad en general, es condición sine qua non para la
restitución de sus derechos y la garantía de que estos no les sean nue-
vamente vulnerados.

Finalmente, atendiendo a los resultados de esta investigación, existe en el


contexto colombiano una urgencia de reconocimiento de algunas víctimas
que todavía no son reconocidas como tales, entre ellas las mujeres trans. Esta
falta de reconocimiento obedece, las más de las veces, a la ausencia de docu-
mentación y comprensión de las afectaciones particulares que la guerra pro-
duce en personas con identidades de género no normativas. En este sentido,
tanto el Estado como la sociedad colombiana requieren volver su mirada ha-
cia estas víctimas, que pese a haber visto impactadas sus vidas de formas tan
profundas por las dinámicas de la guerra, no han sido entendidas, atendidas
ni reparadas como tales.

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Puyana (comp.). Bogotá, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad
Nacional de Colombia.

97
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Anexo 1. Instrumento de entrevista

Encuadre y entrega del consentimiento informado

Preguntas introductorias:
¿qué edad tienes?, ¿de dónde eres?, hace cuánto vives acá?, por qué viniste?

Relación con el Estado


Experiencia de vida trans -Acceso a derechos fundamentales
-Eventos de tránsito ¿Has tenido dificultades
-Identificación de género Escuela con algún trámite?
¿Cuándo empezó tu tránsito?
Cuéntame sobre tu experiencia de
vida trans.
Relaciones interpersonales
-Familia, familia extensa, no consanguínea
-Relación de la familia con el tránsito
Barrio -Relaciones erótico-afectivas
¿Cuáles son/eran las personas más cercanas?
-Bogotá
CICLO VITAL

-Imaginario urbano
-Cambios de Bogotá
-Referentes físicos
-Rutina espacial cotidiana Experiencia de desplazamiento
Org.
-Percepciones antes de llegar -Itinerarios de desplazamiento sociales
a Bogotá -Motivos del/os desplazamiento/s
¿Qué piensas de Bogotá? ¿En qué lugares has vivido?
¿Qué conoces de Bogotá? ¿Cómo has viajado de un lugar a otro
y con quién?

Trabajo

Conflicto armado Cotidianidad


-Percepciones sobre la guerra -Hábitos
-Percepciones de seguridad -Rutinas diarias
-Actores y acciones ¿Cómo es un día tuyo?
¿En _____, cómo se sentía el
conflicto armado?
Ocio

¿Te gustaría contarme algo más?

Diligenciar la ficha e invitar al taller de la línea del tiempo

98
PROCESOS DE DESTERRITORIALIZACIÓN
EN BUENOS AIRES (CAUCA):
UNA HISTORIA DE VICTIMIZACIÓN1

Federico Guillermo Muñoz*

Me huele a campo, me huele a tierra mojada, me huele a fogón de leña


y a canto de gallo al despertar. Y a café recién molido en la montaña, me
huele a melao de caña y a rosa recién sembrada. Y a hierba fresca, y también me
huele a bosque y a los frutos que del campo los llevan pa’ la ciudad. Y me huele,
aire fresco en la colina, a cantar de golondrina. Me huele a arroyo y a quebrada.

Esta canción – ‘El Poeta’

Preámbulo

La desterritorialización es una situación que deben experimentar algunas


víctimas en el contexto de conflicto armado, social y político en Colombia.
Los daños, las pérdidas y las transformaciones vividas por las víctimas no
son iguales, de ahí que se plantee la existencia de unos impactos diferenciales
del destierro y la desterritorialización sobre determinadas comunidades. Un
ejemplo es la población afrocolombiana que habita ciertos territorios, que por
su ubicación geoestratégica son escenarios de confrontaciones militares, pero
donde también existen intereses económicos y políticos de actores diversos
que pretenden controlar social, política y territorialmente estas zonas.
Un caso que ilustra los intereses sobre el territorio [territoriales] que per-
mean el conflicto armado, social y político colombiano fue el abordado en la
investigación que se pretende socializar en este documento, que implicó un
proceso de trabajo de campo en Buenos Aires, Cauca. Algunas comunidades

1
Este capítulo tuvo como insumo fundamental un capítulo del texto Reconstrucción de las trayectorias
de vida de tres víctimas de destierro. Estudio de casos, trabajo de grado para optar al título de Magíster
en Sociología.
* Magíster en Sociología, Universidad del Valle. Miembro del grupo de investigación Sujetos y Ac-
ciones Colectivas – Escuela de Trabajo Social y Desarrollo Humano. Docente de los programas de
Estudios Políticos y Resolución de Conflictos y de Trabajo Social, Universidad del Valle.
E-mail: fgmc25@yahoo.com

99
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

afrocolombianas que habitan dicho territorio han tenido que enfrentarse a


una estrategia que podría caracterizarse como “prácticas previas al despojo”,
donde se vienen presentando amenazas, señalamientos, procesos de destierro
y de desterritorialización,2 asesinatos selectivos, desapariciones forzadas, ma-
sacres y otro tipo de violaciones a los derechos humanos que, empíricamente
se ha evidenciado, buscan la desterritorialización de algunos habitantes de la
zona (Oslender, 2006).
Los procesos de desterritorialización vienen sucediendo en medio de un
contexto político, social y armado sumamente complejo: histórica presencia
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en las mon-
tañas del norte del Cauca,3 reciente militarización de la vida social y comu-
nitaria, múltiples infracciones al DIH y violaciones de derechos humanos.
Además, se ha venido gestando una reconfiguración narcoparamilitar, que se
mezcla con la inusitada proliferación de cultivos de coca en las montañas de
Buenos Aires, acompañada de una migración masiva de colonos ligados a este
cultivo ilegal, provenientes de Putumayo y Nariño.
De igual manera, en Buenos Aires se intentó desarrollar un proyecto piloto
de reparaciones colectivas, agenciado por la Comisión Nacional de Repara-
ción y Reconciliación, que finalmente no prosperó. También se han realizado
algunos actos de reparación simbólica.4 Organizaciones de víctimas y ONG
que acompañan estos procesos efectuaron un ejercicio de reconstrucción de
la memoria en 2009, que buscó contrarrestar el olvido y recordar lo sucedi-
do en tiempos de dominio del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de

2
Frente a la visión restringida y las limitaciones analíticas (Oslender, 2006) que tiene el concepto de
desplazamiento forzado, comprendemos de manera distinta lo que implican los procesos de destie-
rro y desterritorialización, en tanto el interés fundamental de estos es el despojo, ya sea de tierras
o de territorios. Además, el territorio se diferencia de la tierra, si lo concebimos desde un enfoque
que trascienda la visión predial, el lugar físico y el espacio habitado, y apunte la mirada analítica a
su valor simbólico, intangible e inmaterial. Este enfoque permite reflexionar sobre la necesidad de
desplegar un abordaje menos restringido, como el que reduce el desplazamiento forzado al acto de
huir, subestimando los factores explicativos del destierro y la desterritorialización, y las alianzas que
se gestan en función del despojo.
3
En el norte del Cauca operan el Sexto Frente y las columnas móviles Jacobo Arenas y Gabriel Galvis.
En el resto del departamento los frentes 29, 8, 64, 30, 49 y 13 (El País, 2012).
4
En la antigua plaza de mercado del corregimiento de Timba (Buenos Aires) se desarrolló un acto de
reparación simbólica, que consistió en la conmemoración de los 10 años de la masacre del Naya. En
esta actividad, promovida e impulsada por algunas comunidades indígenas y afrocolombianas del
norte del Cauca, participaron víctimas sobrevivientes de este atroz hecho (trabajo de campo. Timba,
abril 11 de 2011).

100
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

Colombia (AUC), entre 1999 y 2004, cuando este grupo tuvo un centro de
operaciones en la zona.5
Este capítulo buscará explicaciones sociológicas, históricas y políticas a al-
gunos de los acontecimientos sucedidos, que aún siguen ocurriendo en Bue-
nos Aires, teniendo como insumo fundamental la historia de un líder afro-
colombiano que participa en una organización conformada por víctimas del
destierro y la desterritorialización y que actualmente vive en su ancestral te-
rritorio.

Breve análisis del contexto: el valor geoestratégico del territorio de Buenos


Aires

Buenos Aires es un municipio con mucha actividad a nivel rural, ya que de


los 26.961 habitantes que tiene, 25.029 (92,8 %) se encuentran en las zonas
distantes de los asentamientos urbanos, mientras que sólo 1.932 (7,16 %) se
ubican en la cabecera municipal (Departamento Administrativo Nacional de
Estadística – DANE, 2012). La mayoría de pobladores cultivan productos
agrícolas, mientras que algunas personas generan sus recursos a partir del tra-
bajo de la minería y una pequeña porción se dedica a la pesca. Comparte mu-
chas de sus costumbres con el vecino y hermano municipio de Suárez.
Las cifras del DANE (Censo 2005) sobre las tasas de cobertura de servicios
públicos domiciliarios en Buenos Aires muestran que el 86,2 % de la pobla-
ción tiene acceso al servicio de energía eléctrica, 18,3 % al de alcantarillado,
57,9 % al de acueducto y solo 3,9 % cuenta con línea telefónica (Gamarra,
2007: 34). Si tenemos en cuenta que la mayoría de la población es rural y se
dedica a las labores agrícolas y mineras, el porcentaje de personas con Necesi-
dades Básicas Insatisfechas (NBI) en la zona rural de Buenos Aires es preocu-
pante, ya que asciende al 60,83 %, mientras que en la cabecera municipal es
del 25,74 %. En total, la población tiene NBI de 57,89 % (DANE, 2012a).
Timba, corregimiento de Buenos Aires donde vive la persona que
generosamente nos compartió su trayectoria de vida, “está ubicado en el

5
El ejercicio fue parte del proyecto “Acompañamiento jurídico para la defensa de los derechos étnico-
territoriales de las comunidades de Buenos Aires y Suárez (Cauca)”, desarrollado entre la Asociación
de Víctimas Renacer Siglo XXI, la Empresa Comunitaria Brisas del Río Aguablanca (Ecobra), la
Corporación AVRE, la ONG Sembrar y el Proceso de Comunidades Negras – PCN. (Trabajo de
campo. La Alsacia (Buenos Aires), julio 9 y 10 de 2009).

101
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

piedemonte de la cordillera Occidental, a 17 kilómetros de la cabecera


municipal (Buenos Aires), al noreste de la misma, marcando límites con
el municipio de Jamundí, departamento del Valle, rodeado en su parte
noroccidental y en su parte norte por el río Timba, y en su parte sureste
por el río Cauca; Timba se encuentra situada en la parte plana del norte del
departamento del Cauca. Tiene un área de 15.745 kilómetros cuadrados y
[…] una población de 4.000 habitantes” (Ministerio de Comunicaciones,
2008: 3). Es el corregimiento con mayor actividad económica y epicentro
del comercio de Buenos Aires.
Desde hace muchos años Buenos Aires ha sido uno de los escenarios del
conflicto armado, social y político, con una fuerte presencia de diversas gue-
rrillas, como la Coordinadora Nacional Guerrillera, el M–19 y las FARC.
Grupos paramilitares, particularmente el Bloque Calima de las AUC, también
ejercieron dominio y control sobre pobladores de esta área. Hoy es uno de los
escenarios donde la reconfiguración narcoparamilitar es evidente, con grupos
como las Águilas Negras, los Rastrojos y la Organización Nueva Generación
(Revista Semana, 2009).
El Cauca ha sido un territorio estratégico para los intereses de actores ar-
mados, narcotraficantes y multinacionales. Si en este departamento la cocaína
y la marihuana tienen auge es porque se constituye en un área de movilidad
para aquellos que quieren acumular capital a través de actividades ilícitas. Una
de las seis subregiones de este departamento es el norte, conformada por los
municipios de Buenos Aires, Padilla, Puerto Tejada, Corinto, Miranda, Calo-
to, Santander de Quilichao, Villa Rica, Morales, Caldono, Jambaló, Toribío,
Guachené y Suárez (Luna, 2010: 1). Parte de la región es dependiente econó-
micamente del departamento del Valle del Cauca.
Además, es un corredor de movilidad estratégico para las operaciones de
diversos grupos armados al margen de la ley. El corredor Buenos Aires – río
Naya es “muy importante porque comunica con el eje de Argelia y con el
Pacífico de Buenaventura y del Chocó, a través del río San Juan y, más arri-
ba, por el río Atrato, escenario de tráfico de armas y drogas […]”. (Progra-
ma de Naciones Unidas para el Desarrollo, 2003: 35). Por el Cauca también
se llega fácilmente a la zona donde limita el Valle con Tolima, y hay otro
corredor hacia el Huila, con paso al Caquetá, importantes territorios en la
geografía de la guerra y la confrontación militar con las guerrillas (Revista
Semana, 2009a).

102
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

Esta situación y otros factores sociales y económicos han facilitado una


histórica y permanente actividad de las guerrillas en el departamento del
Cauca:
Con relación a la insurgencia, han emergido en este departamen-
to guerrillas de primera generación como las FARC, que fue el primer
movimiento armado que hizo presencia allí a finales de los sesenta, y el
ELN (Ejército de Liberación Nacional) que surgió en la década de los
setenta; y guerrillas de segunda generación, como el M–19, el Movi-
miento Armado Indigenista Quintín Lame, desmovilizados a comien-
zos de la década de los noventa y el Jaime Bateman Cayón, sector disi-
dente del M–19 […].
Son diversas las razones por las que emergieron y alcanzaron con-
solidación distintos movimientos insurgentes en el Cauca. Dentro de
estas, el abandono del Estado, la ubicación estratégica de algunas zonas
del departamento, la exclusión ejercida por sectores de estirpe feudal,
las condiciones de vida de los sectores pobres y marginados, la ausencia
de canales de participación, la emergencia de movimientos sociales, la
fuerzas de estos movimientos, y la represión con que se ha intentado
frenar la emergencia o el avance de los movimientos sociales (Hernán-
dez, 2004: 46).

Si bien Hernández remonta el accionar de la guerrilla de las FARC a fi-


nales de los sesenta, fue determinante la creación de frentes con autonomía,
capacidad de operación y posibilidad de infligir daño en el norte del Cau-
ca. Por eso “es importante señalar que en 1987 apareció en el Valle el frente
30, principalmente en el Pacífico, el cual ha tenido también incidencia en el
Cauca en la región del Naya, en los municipios de Buenos Aires y Suárez así
como también en López y Morales” (Universidad del Valle, s/f: 4).
El Cauca se ha convertido en uno de los departamentos más golpeados
por los efectos de las acciones militares de la guerrilla de las FARC. Toribío
fue el municipio más atacado en Colombia durante 2009, con 51 acciones,
entre detonaciones de cargas explosivas, hostigamientos y disparos de franco-
tiradores desde las montañas. Esto pese a las continuas y múltiples acciones
de la Fuerza Pública, pues entre 10.000 y 15.000 hombres hacían presencia

103
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

en 2009 en los 42 municipios del Cauca (El País, 2009).6 De acuerdo a ci-
fras del Ministerio de Defensa, publicadas en la prensa vallecaucana, 645 de
los 2.148 ataques realizados por las Farc en 2011 ocurrieron en el Cauca (El
País, 2012).
Pero la presencia de las FARC no se puede limitar al norte del Cauca. El
testimonio de Rosemberg Pabón, ex guerrillero del M–19 que recorrió duran-
te varios años las montañas de dicho departamento, es ilustrativo sobre la rele-
vancia que implica dominar esta zona. “Si uno se para en la cordillera Central,
estratégicamente puede irse a cuatro departamentos: Tolima, Valle, Cauca y
Huila. Es una montaña que permite la movilidad, limpia de enfermedades.
Hay mucha comida y se puede descansar” (Revista Semana, 2005).
También los paramilitares se interesaron en este geoestratégico territorio.
Cuando el Bloque Calima de las AUC llegó a Timba (Cauca), llevaba la con-
signa de expulsar a la guerrilla que se refugiaba en el Naya, inmensa área sel-
vática e inhóspita, con presencia histórica de grupos armados y lugar parti-
cularmente estratégico, al ser un corredor expedito hacia el océano Pacífico.
Diversas fuentes han documentado cómo los paramilitares llegaron desde
el vecino departamento del Valle, separado del Cauca en esta zona por el río
Timba, que divide a los dos entes territoriales. De un lado está Timba (Valle) y
del otro Timba (Cauca), poblaciones que se encuentran a escasos 60 minutos
de Cali. Algunas versiones sugieren que un contubernio entre narcotraficantes
del Valle, paramilitares del Urabá antioqueño e industriales de la zona gestó la
entrada del narcoparamilitarismo al norte del Cauca en el año 2000.

“Cuando ellos salen acá, ya salen con uniformes, pero ya desde hacía
meses anteriores estaban ubicados en el municipio. Desde el momento
que ellos llegan, llegan diciendo que hay mucho ‘sapo’, que la mayoría
de gente de acá es guerrillera. El objetivo principal fueron los líderes de
las organizaciones, por la postura frente a todo el tema del territorio,
el tema de las multinacionales. Entonces, el objetivo principal fueron

6
Recientemente ha comenzado a operar en el norte del Cauca la Fuerza de Tarea Apolo, adscrita a
la Tercera División, una unidad móvil de fuerzas especiales integrada por 4.000 hombres (El País,
2012). La Fuerza de Tarea Apolo “adelanta operaciones militares sostenidas conjuntas, coordinadas
e interagenciales para desarticular el sistema rival la Columna Gabriel Galvis como esfuerzo princi-
pal, el Sexto Frente […] como esfuerzo segundario (sic), con el empleo efectivo de la inteligencia y
el acompañamiento permanente de la acción integral, con el propósito de doblegar su voluntad de
lucha, acelerar su derrota irreversible, forzar su rendición y/o desmovilización generando mejores
niveles de seguridad y desarrollo sostenible en la región” (Fuerza de Tarea Apolo, 2012).

104
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

los líderes” (entrevista 5, Jorge Eladio Carabalí Charrupí, agosto 30 de


2009).

El testimonio es de Jorge Eladio Carabalí Charrupí,7 uno de los líderes que


soportó la arremetida paramilitar y tuvo que huir en 2001 desde la vereda
Brisas de Mary López (corregimiento El Porvenir, Buenos Aires), donde vivía
con su familia, integrada en ese entonces por su compañera, una hija y un hijo
(hoy tiene una niña más). Además, en aquella época se desplazó forzadamente
con su mamá y algunos hermanos, primero hasta Timba y luego hacia Cali,
donde una hermana que vivía hacía 14 años en esta ciudad. Es afrocolombia-
no, al igual que toda su familia. Esta etnia constituye el 22 % de los 1’268.937
caucanos (Gamarra, 2007).

Las diversas versiones de la llegada del Bloque Calima a Buenos Aires

Hay distintas versiones de cómo y porqué arribaron los paramilitares al


norte del Cauca, así como la fecha precisa en que comenzó su despliegue de
horror en este departamento y en el Valle del Cauca (Universidad del Valle,
2011). Algunas fuentes consultadas en la zona afirman que el secuestro co-
metido por el ELN en la Iglesia La María en Cali (mayo 30 de 1999) fue el
detonante para la respuesta narcoparamilitar. Otras fuentes aseguran que al-
gunos narcotraficantes del norte del Valle compraron franquicias de las AUC
a la ‘casa Castaño’, y trajeron a unos paramilitares a la región (Valle y Cauca),
combatientes que para la fecha ya demostraban su capacidad de terror en va-
rias partes de Colombia.
Un académico, estudioso del fenómeno paramilitar, asegura que “en el año
2000 se organizó un frente nuevo en el Valle del Cauca, pero no fue claro si
era una avanzada de las ACCU [Autodefensas Campesinas de Córdoba y Ura-
bá] o si tenía estructura y base regional autónoma. De acuerdo con volantes
repartidos en Cali, este frente estaba compuesto en sus mandos medios por
miembros retirados de las Fuerzas Militares” (Romero, 2003: 242).

7
Nombre cambiado. Jorge Eladio es fundador y Representante Legal de la Asociación de Víctimas
Renacer Siglo XXI: “una organización de víctimas del conflicto que pondrá a disposición toda su
capacidad y autonomía con el fin de promover el empoderamiento de los asociados, sus familias y
la comunidad, propiciando alianzas estratégicas en la construcción de procesos de desarrollo y paz
desde una perspectiva humana, integral y sustentable.” (Plegable entregado por Jorge Eladio el 16
de septiembre de 2008, durante el trabajo de campo).

105
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Mientras tanto, Guzmán y Moreno afirman que las AUC llegaron al Va-
lle del Cauca en 1999, pero sin establecer con precisión su origen: “si en algo
concuerdan las distintas entidades y autoridades en el tema, es que la llegada
de las autodefensas estuvo asociada a una alianza de distintos sectores del de-
partamento, dentro de los cuales se encuentra el narcotráfico, en especial el
Cartel del Norte del Valle. Pero de allí a especificar cómo y con cuáles de los
miembos de ese cartel se dieron exactamente estas relaciones, hay mucho por
investigar” (Guzmán y Moreno, 2007: 214).
Otras fuentes no dudan en atribuir el arribo de las AUC al Cauca a una
histórica presencia de los ejércitos privados del narcotráfico en el departamen-
to vecino: “la aparición del paramilitarismo en el departamento del Valle tiene
una relación directa con la dinámica del narcotráfico adoptada en la región.
Los grupos paramilitares pasaron de ser cuerpos de seguridad privada de nar-
cotraficantes (como Coproseg, creada por Don Diego) a estructuras fuertes
y consolidadas que trabajan en asocio con ejército y policía” (FIDH, 2006:
252).
En tanto que la Vicepresidencia de la República especifica los municipios
donde los paramilitares operaban en aquella época:

La presencia de las autodefensas en el Cauca ha sido especialmente


importante hacia finales de la década del noventa a través del Bloque
Calima en municipios del norte que registran continuidad con la diná-
mica del departamento del Valle. El denominado Bloque Farallones ha
fortalecido sus bases en Buenos Aires, Caldono, Cajibío y Santander de
Quilichao. Estas agrupaciones que mantienen una fuerte relación con
narcotraficantes del Valle, han operado en el norte del Cauca sobre la
franja que separa las cordilleras Occidental y Central desde Miranda,
Corinto y Caloto, en el extemo norte.
Esporádicamente se han desplazado hasta Mercaderes, Bolívar, Patía
y Argelia en el extremo sur, pasando por Morales, Cajibío, Popayán, El
Tambo, Timbío, Rosas, La Sierra y en general los municipios ubicados
en el eje de la carretera Panamericana. Así mismo, a través del Frente
Pacífico entraron a disputarle a las Farc la influencia sobre la costa hacia
finales de 2001 y el segundo trimestre de 2002 (Vicepresidencia de la
República, 2004: 8).

106
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

Los paramilitares le notificaron el 11 de mayo de 2000, en forma desa-


fiante al entonces gobernador del Cauca, César Negret Mosquera, su arribo a
dicho departamento:

Tal como le habíamos anunciado públicamente las AUC hemos lle-


gado al departamento del Cauca con nuestro frente de guerra Calima.
En el día de ayer incursionamos en algunos corregimientos del muni-
cipio de Buenaventura en el departamento del Valle, y en otros case-
ríos pertenecientes al departamento del Cauca, con el resultado de 14
guerrilleros de las FARC dados de baja por nuestras tropas en combate
y doce guerrilleros ejecutados de civil. Usted señor gobernador quien
representa la máxima autoridad departamental está fortaleciendo des-
caradamente a las guerrillas en el departamento del Cauca (Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo, 2003: 40).

Ever Veloza, alias H.H., comandante del Bloque Calima en aquél enton-
ces, también tiene su versión de cómo se dio el ingreso del narcoparamilitaris-
mo a territorio vallecaucano:

[La llegada] se da por el pedido de los empresarios de la región que


debido al intenso accionar de la guerrilla recurren a los Castaño para
que envíen un grupo de autodefensas. […]. A las autodefensas las tra-
jeron los empresarios, ellos le pidieron a Carlos y Vicente Castaño que
montaran el Bloque Calima. La reunión con narcos del Valle fue otra,
allí solo estuvieron Vicente Castaño y Diego Murillo, alias Adolfo Paz
o Don Berna. Después de que habíamos tomado cierto control, los
empresarios se desaparecen y al perder ese apoyo económico, Vicente
acude a los narcos. Se hizo en una finca por Cartago para organizar el
bloque (El País, 2008).

También se debe analizar la versión que dio el mismo H.H., en el relato


que hizo en el portal de Internet Verdad Abierta, especialmente las entrevis-
tas que acompañan al 8artículo “Los cuatro días que estremecieron al Naya”

8
Homenaje a las víctimas, a propósito de los 10 años de la primera incursión paramilitar en las montañas
de Tuluá. Actividad pública, organizada por algunas organizaciones de población víctima de despla-
zamiento forzado en el Parque Boyacá (conversación con algunas víctimas y notas de campo. Tuluá,
julio 31 de 2009).

107
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

(Verdad Abierta, 2009). H.H. narra que al comienzo los mafiosos del Valle sí
logaron importar su grupo narcoparamilitar, copando la zona y ejerciendo do-
minio, pero presentaban muchas falencias, que hábilmente capitalizó la ‘casa
Castaño’, enviando a uno de sus pupilos, alias H.H. Veloza era un paramilitar
que ya tenía experiencia en el Urabá antioqueño, cuando comandó el Bloque
Bananero, y fue desde su arribo el máximo comandante del Bloque Calima. A
partir de ese momento el bloque quedó a cargo de las AUC.
Si a los anteriores datos, que describen la forma en que el narcoparamili-
tarismo llegó al Valle y al Cauca, le sumamos el testimonio de Jorge Eladio,
quien como muchas víctimas del norte del Cauca tuvo que vivir la arremetida
paramilitar directamente, esto nos indica que el Bloque Calima en el comien-
zo se afianzó en el Valle del Cauca, donde cometieron la primera incursión en
el corregimiento La Moralia de Tuluá, el 31 de julio de 1999,9 y luego amplia-
ron su accionar al Cauca, ingresando por el sur del Valle del Cauca.
Jorge Eladio relató un pormenorizado recuento de lo experimentado a cau-
sa del dominio y el control territorial, social y político que ejercía el Bloque
Calima, además del temor que la comunidad comenzó a vivir:

A mediados de 2000, la llegada de los paramilitares. Todo ese ejer-


cicio que habíamos construido con la comunidad, en términos de rela-
cionamiento, de reunirnos para solucionar alguna problemática a nivel
de la comunidad, esa convivencia que había […]. Lo de las costumbres,
la parte cultural, la forma de hacer las cosas, todo eso se rompió cuando
llegaron esta gente. Entonces ya nosotros en la región no podíamos re-
unirnos, no podíamos salir a tal hora para tal parte porque […]. O sea,
ya […]. Vinieron unas reglas nuevas. Porque la llegada de estos grupos,
armados y todo eso […]. ‘Aquí se hace esto. Nosotros somos tales y se
hace esto y punto’. Nunca habíamos vivido eso, pero nos tocó resignar-
nos. Nos tocó resignarnos […].
Cuando ellos llegan, con su accionar de sembrar terror en la comu-
nidad, decíamos ‘es que están matando a nuestra gente, ¿por qué mo-
tivo?’ O sea, no sabíamos por qué los mataban […]. Sino que, paran

9
Se recomienda consultar los especiales multimedia publicados en internet por Verdad Abierta
(2009) y el periódico El País (2007), que ilustran gráfica y audiovisualmente lo acontecido. El pri-
mero está disponible en http://www.verdadabierta.com/nunca-mas/40-masacres/1135-los-cuatro-
dias-que-estremecieron-el-naya El segundo se encuentra en: http://www.elpais.com.co/paisonline/
especiales/paramilitares/vid_naya.html

108
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

una chiva, un retén, documentos todo el mundo, y “se queda usted y se


queda usted” y “pum, pum” y listo, y todos los días […]. [Asesinaban a
personas] todos los días, 5, 6, 7 […]. A uno le daba miedo. Por ejem-
plo, el primer día me tocó vivirlo a mí. Yo venía del Concejo, venía de
Buenos Aires, a las 3:20 de la tarde más o menos, porque la chiva sale
de ahí a las 3 […]. Desde acá arriba, a 20 minutos, que es La Ventu-
ra, qué te digo […]. Yo veía saliendo una humarada, una cantidad de
humo que salía. Va siguiendo la chiva, cuando en una bajadita, vemos
un carro parado más adelante y un man de allá, “que pare, que pare”.
Dije, “uy, el Ejército”. Cuando sale otro y yo le veo, y dice AUC;
yo casi me quedo mudo. Juepúchica, nos imaginamos lo peor. Cuan-
do sentimos ahí mismo, todo el mundo al piso […]. “Somos las AUC,
venimos de tal parte […]. Vamos a acabar con todos los sapos, con la
guerrilla, que no sé qué […]. La gente que tenga arma la matamos, in-
mediatamente” […]. “Y bueno se bajan”. Y nos decían, “allá adelante
les tenemos unos regalitos. Se van a pie porque esta chiva de aquí no
se mueve”.
Y arrancamos a pie, de ahí El Palmar; de ahí a mi casa, a pie, hay
40 minutos. A 200 metros de ahí, allá vimos el primer muerto. Ese día
pasaron del Valle aquí al Cauca y tan [...]. De ahí en adelante empezó
el calvario. Al otro día se pasaron por El Palmar y pasaron la vereda San
Francisco y mataron tres. Y así sucesivamente, todos los días (entrevista
1, junio 27 de 2009).

Los retenes se constituían en algo angustiante para Jorge Eladio, por la


presión que tenía que vivir en esos momentos. “De Mary López hasta Timba
tenía que pasar por más de diez retenes. Son 9,4 km hasta Mary López, donde
yo vivía. Y en esos 9,4 km más o menos 10, 11 retenes, o sea por cada kilóme-
tro un retén de los paramilitares. Y en todos esos retenes te tratan mal, al estilo
típico de ellos, humillando y de todo […]. Diciéndole groserías, estrujándole,
pateándole, haciéndole quitar la camisa” (entrevista 4, agosto 18 de 2009).

109
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

La Masacre del Naya: máxima expresión del horror, impulso de la


desterritorialización

Un caso documentado de connivencia y contubernio entre el paramilita-


rismo y sectores de las fuerzas militares del Estado, donde se logró comprobar
esta alianza, fue la Masacre del Naya. Son muchas las versiones conocidas10
hasta ahora sobre ese atroz hecho. No hay una sola verdad sobre lo sucedido
y existen muchas que pretenden serlo, pero intentaremos realizar una breve
reconstrucción de este recorrido de horror, basándonos en las que considera-
mos fuentes confiables.11
Un documento fundamental para comprender lo sucedido es la Resolu-
ción Defensorial Nº 009 “Sobre la situación de orden público en la región
de río Naya.” (Defensoría del Pueblo, 2001), donde se reseñan las múltiples
advertencias hechas por esta entidad, que en su momento alertó a las auto-
ridades sobre la inminente incursión armada y la posible realización de una
masacre.
En dicho documento se afirma que la masacre se perpetró en la Sema-
na Santa de 2001, entre el 10 y el 13 de abril, cuando los paramilitares del
Bloque Calima cometieron cerca de cuarenta asesinatos, además de actos de
sevicia, como torturas, descuartizamientos con motosierra, violencia sexual
contra mujeres y actos de pillaje, hechos que causaron el destierro y la deste-
rritorialización de más de mil personas.
Otras fuentes, como el Banco de Datos de Violencia Política del Centro de
Investigación y Educación Popular (Cinep), registran un recorrido de muerte
previo y posterior a la masacre, que abarca desde el 8 hasta el 16 de abril de
2001. Se calcula que fueron 46 las víctimas fatales y le atribuye los hechos al
bloque Farallones de las AUC, “con apoyo de las autoridades del Estado y el
Ejército Nacional” (Cinep, 2004: 360). Pero si se analizan los hechos regis-
trados en ese documento, se evidencia que el recorrido de muerte inició en el
segundo semestre de 2000.

10
Comprendemos como fuentes confiables aquellas que concuerdan con la evidencia empírica reco-
lectada en el trabajo de campo realizado en nuestro proceso de investigación. Son confiables ade-
más, porque en lo fundamental coinciden en la documentación de lo sucedido, a partir de la reco-
lección de información en la zona de los hechos.
11
“La Operación Antisubversiva del Naya”, editorial semanal de las AUC, 23 de abril de 2001.

110
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

Por otra parte, los paramilitares, en cabeza de su máximo comandante Car-


los Castaño, aceptaron la incursión, interpretándola como una acción de gue-
rra contra el enemigo: “después de combatir durante 72 horas lograron incur-
sionar en el Alto Naya y dar de baja 42 narcoterroristas del ELN y las FARC”
(ILSA, 2006: 33). En su momento, Castaño envió una carta al Defensor del
Pueblo donde atribuía la masacre a las AUC, y también publicó un editorial
en la página web de este grupo,12 según reseña Human Rights Watch (2001).
Hay pruebas documentales que sugieren la complicidad del Ejército Na-
cional de Colombia en la ejecución de la masacre, ya que colaboró a las AUC
“para entrar y salir” de la zona, como afirmó H.H., en el artículo publicado en
un diario regional (El País, 2008). Dos textos más (la Resolución Defensorial
y una sentencia del Tribunal Contencioso Administrativo del Cauca) dimen-
sionan la gravedad de los hechos y evidencian la alianza y el trabajo conjunto
que realizaron un sector de las fuerzas militares del Estado y el Bloque Calima
de las AUC.

La Resolución Defensorial afirma:

Teniendo en cuenta la dimensión del operativo desplegado por las


denominadas Autodefensas Unidas de Colombia y la alerta transmitida
de manera urgente a las autoridades civiles y militares, el miércoles 11
de abril por la Defensoría del Pueblo, resulta evidente la debilidad del
Ejército para reaccionar de manera inmediata, ante la presencia de los
grupos armados al margen de la ley, en una zona fuertemente golpea-
da por el accionar violento de las denominadas Autodefensas […]. Y
aunque la Fuerza Pública se encontraba en la región, no se adoptaron
oportunamente las medidas necesarias para evitar el cruento desenlace
de Semana Santa.
Para la Defensoría del Pueblo, resulta inexplicable la forma cómo
aproximadamente 500 hombres de las autodefensas pudieron realizar
una movilización de estas características, sin ser advertidos, más
aún cuando la zona por donde se estima incursionaron los hombres
armados al área, se encuentra situada a 20 minutos del corregimiento

12
Informe de riesgo número 034 – 06, agosto 16 de 2006, elaborado por la Defensoría delegada para
la evaluación del riesgo de la población civil como consecuencia del conflicto armado, Sistema de
Alertas Tempranas.

111
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de Timba, lugar en donde está ubicada la base del Ejército Nacional,


desde el 30 de marzo del año en curso (Defensoría del Pueblo, 2001:
15).

De igual manera, el Tribunal Contencioso Administrativo del Cauca emi-


tió una sentencia en 2007, donde se le atribuye la responsabilidad de los he-
chos al Ejército Nacional, y se le ordena indemnizar a las víctimas por “daños
morales y daños por la alteración grave de las condiciones de existencia” (El
Espectador, 2009).

La reconfiguración narcoparamilitar: un peligro latente de revictimización

Veinte meses después de la supuesta ‘desmovilización’ del Bloque Calima


de las AUC, el 16 de agosto de 2006 se emitió un informe13 del Sistema de
Alertas Tempranas sobre la situación en Buenos Aires, que documentó la per-
manencia del accionar narcoparamilitar en la zona:
[...] se observa un resurgir de las actividades ilícitas de grupos ar-
mados ilegales conformados por desmovilizados y combatientes de las
autodefensas que no entregaron sus armas, mediante la implementa-
ción de dos mecanismos: el primero, a través de personas de civil (esto
invisibiliza lo que acontece) encargadas de restablecer los contactos con
población leal a sus intereses, y realizar labores de inteligencia, en espe-
cial en los corregimientos de Palo Blanco, Honduras, la Balsa, y Timba
[…].
El segundo mecanismo, es realizando acciones con personas que
portan uniformes y armas de fuego de largo alcance. En julio de 2006,
en la vereda San Miguel del corregimiento de la Balsa hicieron presen-
cia estas personas con el propósito de obtener participación en la explo-
tación del oro,14 retomar el control de los circuitos ilegales del narco-

13
Una problemática sobre la que ha reflexionado Jorge Eladio, a raíz de amenazas contra líderes mi-
neros de la zona, como por ejemplo la que se dirigió contra Licifrey Ararat, declarado objetivo mi-
litar por las Águilas Negras, quien denunció su caso durante la Audiencia pública por la defensa del
territorio, la cultura y la dignidad de las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas del
noroccidente del Cauca (Ejercicio etnográfico de observación. Suárez, diciembre 10 de 2009). Para
más detalles, consulte documento del PCN (2009).
14
“Está desmontado el paramilitarismo. La palabra ‘paramilitar’ se utilizó en Colombia para deno-
minar bandas privadas criminales cuyo objetivo era enfrentar a las guerrillas. Hoy, son las fuerzas

112
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

tráfico, que se concentran en la región del Naya y se extienden hacia el


corregimiento de Timba y garantizar la protección de supuestas caletas
con armas y prendas militares ocultas por el desmovilizado Bloque Ca-
lima de las AUC en la zona (Defensoría del Pueblo, 2006).

El gobierno de Álvaro Uribe desligó la reconfiguración narcoparamilitar del


proceso de ‘desmovilización’ del paramilitarismo, que en su concepto dejó de
existir en Colombia,15 y la redujo a Bandas Criminales Emergentes (Bacrim).
Mientras tanto, la Misión de Apoyo al Proceso de Paz, de la Organización de
Estados Americanos (MAPP/OEA) detectó en 2008 la existencia de estos gru-
pos, a los que catalogó como “reductos no desmovilizados, estructuras emer-
gentes y ejércitos privados de narcotraficantes” (MAPP/OEA, 2008: 3).
Su influencia sobre la comunidad era evidente: “para la MAPP/OEA,
la desarticulación del componente armado ha significado un claro debili-
tamiento del paramilitarismo. Sin embargo, en algunas regiones este fenó-
meno ha tomado una dimensión delincuencial, sin connotaciones contra-
insurgentes, en función del mercado ilegal de la droga. Las articulaciones
con sectores del narcotráfico son frecuentes e incluso en algunas regiones
estas facciones han establecido relaciones con las guerrillas (en el límite de
los departamentos del Cauca y Nariño con el ELN y el sur del Bolívar con
las FARC). Esta dinámica plantea un complejo escenario para Colombia”
(MAPP/OEA, 2008: 3).
Un documento de la Fiscalía General de la Nación, de marzo de 2009,16
confirma también la presión de grupos de reconfiguración narcoparamilitar
en la zona: “[…] se adelantan labores de inteligencia que dan cuenta de la
existencia en (sic) de un grupo de delincuencia organizada al margen de la
ley que se hace llamar “Águilas Negras bloque sur y/o Nueva Generación”
cuyo accionar se ha replegado en las municipalidades de Timba Valle y Timba

institucionales del Estado las únicas que enfrentan cualquier actividad criminal” (Presidencia de la
República, 2009: 2-3).
15
Copia del documento de denuncia ante el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía General
de la Nación, seccional Santander de Quilichao, marzo 19 de 2009. La Asociación de Juntas Co-
munales del Alto Naya solicitó por intermedio de su presidente esta constancia.
16
Conversaciones con Jorge Eladio Carabalí Charrupí, y personas integrantes del PCN, la comuni-
dad de La Alsacia y la Asociación de Víctimas Renacer Siglo XXI, durante la audiencia pública por
la defensa del territorio, la cultura y la dignidad de las comunidades indígenas, afrocolombianas y
campesinas del noroccidente del Cauca (notas temáticas, Suárez, diciembre 10 de 2009).

113
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Cauca, Alto Naya, Lomitas, Suárez Cauca, Buenos Aires Cauca, y Morales
Cauca” (Fiscalía General de la Nación, 2009).
Otro hecho que evidencia el accionar de grupos de reconfiguración narco-
paramilitar se registró durante una visita al municipio de Suárez,17 cuando un
líder del Proceso de Comunidades Negras comentó sobre la presencia de hom-
bres vestidos de negro en el Resguardo Cerro Tijeras de este municipio, que ya
habían asesinado a varias personas, patrullaban en las noches y amenazaron a
líderes y lideresas de la zona. Las autoridades municipales y militares no habían
reaccionado a las diversas denuncias presentadas por las comunidades, quienes
los identificaban como reductos no desmovilizados de los paramilitares.
A Jorge Eladio le ha tocado sentir la presión de los Rastrojos, las Águilas
Negras y la Organización Nueva Generación en Timba, luego de la supuesta
dejación de armas de las AUC (El País, 2004). Su caso es uno más que eviden-
cia los procesos de revictimización:

“entre comillas hubo una desmovilización, en este caso de los gru-


pos paramilitares, eso se dio en el 2004, entre comillas. Pero sabemos
que mucha de esa gente se rearmó, muchos quedaron por acá, se rear-
maron y siguieron delinquiendo, unos a favor del narcotráfico y otros
a favor de las multinacionales mineras. Entonces han seguido, de una
u otra forma, haciendo presencia en la región […]. Acá realmente no
hubo un desmonte, porque hasta ahora están y se han incrementado
aún más. Ya se han identificado y las muertes igual han continuado.
[Se identifican] como Águilas Negras” (entrevista 2, junio 27 de 2009).

Historia familiar de la desterritorialización en Buenos Aires

El 23 de diciembre de 2000 es una fecha inolvidable para Jorge Eladio y


su familia; ese día tuvieron que huir forzadamente de su hogar, ubicado en la
vereda Brisas de Mary López, territorio habitado durante toda su vida, donde
estaban gran parte de sus arraigos y un enclave afectivo hacia el entorno y la
comunidad. La orden de los grupos armados fue contundente, no dejó tiem-

17
Conversaciones con Jorge Eladio Carabalí Charrupí, y personas integrantes del PCN, la comuni-
dad de La Alsacia y la Asociación de Víctimas Renacer Siglo XXI, durante la audiencia pública por
la defensa del territorio, la cultura y la dignidad de las comunidades indígenas, afrocolombianas y
campesinas del noroccidente del Cauca (notas temáticas, Suárez, diciembre 10 de 2009).

114
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

po para las dudas o siquiera para pensar alternativas. La opción fue huir. Salió
con su mamá, su compañera, su hija e hijo y dos hermanos más, con sus gru-
pos familiares. La única salida era la desterritorialización.

La orden de desarraigo, de salir toda la comunidad de la parte alta,


fue efectivamente el 22 de diciembre y el 23 ya todo mundo tuvimos
que desocupar la zona de esta parte del municipio […]. [Una orden]
muy precisa, porque fue de parte de los paramilitares, abajo, ‘tienen que
salir porque nosotros vamos para allá’; y la guerrilla, arriba en la cordi-
llera, decía, ‘tienen que irse porque nos vamos a enfrentar con los para-
militares y vienen para acá’. Y nosotros estábamos en el fuego cruzado.
Entonces, dos órdenes, una de abajo y la otra de arriba. No había otra
alternativa (entrevista 5, agosto 30 de 2009).

Jorge Eladio recuerda los momentos precisos de la desterritorialización:

Un día sábado, bajo de Buenos Aires, estaba en el Concejo, cuan-


do la noticia, llaman a la Personería, que la gente estaba saliendo […].
A las dos y media llegué aquí a Timba, cuando yo vi ese movimien-
to ni el verraco aquí en Timba y la gente diciéndome, “cómo van pa’
dentro, hay que salir. Antes hay que echar pa’ afuera”. Y me fui pa’ la
casa; bueno mi mamá estaba en Cali, porque ella se va los viernes y
regresa los sábados o los domingos […]. Ya cuando mi mamá llegó a
la casa, ya nosotros habíamos acomodado lo que pudimos, unas cobi-
jas, unos costales […].
¡Ay! Mi mamá cuando llegó […], “mamá, no, antes hay que salir”.
Pa’ afuera. Ella estaba preavisada acá en Timba, pero ella no la creía.
“No, no, mi casa […]”. Muy apegada […]. La sacamos por la fuerza.
Y nos fuimos para Cali y allá estuvimos como quince días; a los quin-
ce días nos atrevimos a subir con mi mamá. Cuando llegamos allá
[…]. Y eso se sentía […]. Hermano, únicamente los pájaros. Solo. Esa
región, sola (entrevista 1, junio 27 de 2009).

Jorge Eladio rememoró muchos detalles de aquel diciembre de 2000:

Los carros que venían de la parte alta, esos carros venían […] súper
tuquios [llenos]. Y la gente me buscaba, claro, yo como líder, “¿qué

115
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?”. Ese sábado, día de mercado para
algunos. Yo me fui en la chiva, […] y aquí, en todo el camino, toda la
gente pa’ afuera, pa’ afuera, pa’ afuera, pa’ afuera, para afuera, para afuera
[…]. Efectivamente tomamos la decisión, bajó una chiva y nos vinimos.
Cuando bajamos, aquí en la salida de Timba, ya estaba el Ejérci-
to, y nos decían, “¿ustedes para dónde van? ¿Quién dio la orden?”. El
Ejército nos paró, y que iba a hacer retén […]. ¡Qué retén ni que ocho
cuartos! Si aquí todo el mundo está saliendo desplazado. “¿Quién dio
la orden?”. [Algunas personas les respondieron] “sus primos” [los para-
militares] (entrevista 5, agosto 30 de 2009).

La Defensoría del Pueblo, por medio de la regional Cauca, hizo presencia


en la zona, y en un informe nacional, ya citado en este documento, describió
la situación de crisis humanitaria que se vivió: “en el mes de diciembre, las
denominadas autodefensas amenazaron a la población del resguardo de La
Paila Naya y obligaron a por lo menos 4.000 personas a abandonar el lugar.
El desplazamiento se realizó hacia Timba, Santander de Quilichao, Buenos
Aires, Caloto y Jamundí” (Defensoría del Pueblo, 2001: 12).
Fue una decisión muy difícil la que debieron tomar, pero su existencia es-
taba en inminente riesgo. Jorge Eladio nunca había pensado en la posibilidad
de dejar su territorio: “no es fácil tomar una decisión de esas, por todo lo que
significa el territorio para nosotros, como comunidad afro y que pues toda
una vida hemos vivido en ese sitio, con unas costumbres, con una forma de
vida, con un proyecto de vida en ese sitio. No es fácil tomar una decisión en
un momento determinado. Decisión que es o es. Pasó mucho tiempo para
tomar esa decisión” (entrevista 5, agosto 30 de 2009).
Sobre todo por el significado que tiene el territorio para las comunidades
afrocolombianas, “lo que defendemos, nuestra razón de ser” (entrevista 1, ju-
nio 27 de 2009). Jorge Eladio profundizó en este vínculo que han construido
ancestralmente: “lo tradicional, las fincas tradicionales que les llamamos, la
forma de cultivar y nuestra relación con la naturaleza, con el ecosistema. Es
ese apego y ese querer al territorio; para nosotros, los afros, el territorio es la
razón de ser. Sin territorio somos nada. Para cultivar tenemos muy en cuenta
lo que es las fases de la luna, para cortar un árbol también se tienen en cuen-
ta las fases de la luna, para cosechar, de igual manera. Porque consideramos

116
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

que si vamos en contra de ello, rompemos el equilibrio y todo se nos viene


en contra” (entrevista 3, agosto 18 de 2009).
Acerca del territorio y sus múltiples significados, queremos apuntar la mi-
rada analítica hacia las contribuciones del auto 005 de 2009, donde la Corte
Constitucional describe la relevancia de la relación que tienen las comunida-
des afrocolombianas, como la del norte del Cauca, con el territorio:

Para los pueblos afrocolombianos, el desplazamiento, el confina-


miento, y la resistencia generan la pérdida del control de su territorio
y el deterioro de las condiciones de vida y del disfrute de sus derechos.
Para estos colombianos, el territorio tiene una importancia muy pro-
funda que va más allá de simplemente contar con un lugar para vivir y
sostenerse. El territorio es una expresión de su memoria colectiva, de
su concepción de la libertad. Por eso, al hablar de territorio no se hace
referencia solo a los titulados colectivamente sino a los ancestralmen-
te habitados por las comunidades afrodescendientes en Colombia. El
territorio es una concepción integral que incluye la tierra, la comuni-
dad, la naturaleza y las relaciones de interdependencia de los diversos
componentes. Del territorio también hacen parte los usos y costum-
bres vinculados a su hábitat que las comunidades afrocolombianas han
mantenido por siglos y que se expresan también en los saberes que la
gente tiene y en el conocimiento de los ritmos y los tiempos para hacer
las distintas actividades (Corte Constitucional, 2009: 32-33).

En el territorio que comprende Suárez y Buenos Aires, parte de la existen-


cia se basa en practicar las costumbres heredadas ancestralmente y tenerlas
presentes en la vida comunitaria, en espacios como la finca tradicional. Esta,
las tierras, el territorio, los cultivos, los animales, fueron los bienes y el arraigo
que abandonaron miles de personas. Algunas cifras dimensionan los impactos
del destierro y la desterritorialización. La llegada del Bloque Calima en 2000,
y sus formas de proceder, dispararon el número de personas expulsadas de la
zona. Se pasó de 24 víctimas en 1999, a 3.476 en 2000, en gran parte por el
destierro masivo de diciembre de 2000, y tras un semestre de actividad militar
y política de las AUC.
Los impactos de la masacre del Naya también se evidencian en las cifras de
2001, cuando 4.083 personas fueron víctimas de desplazamiento forzado. En

117
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

total, 7.559 personas expulsadas en dos años; además de la alarmante cifra de


personas recibidas en 2000. Una crisis humanitaria y social considerable, que
nunca olvidarán las personas de la región (ver tablas 1 y 2).

Desplazamiento forzado en Buenos Aires (Cauca)

Tabla 1. Personas expulsadas. Tabla 2. Personas recibidas.

Año Número de personas Año Número de personas

ND 357 ND
1997 y anteriores 17 1997 y anteriores
1998 17 1998
1999 24 1999 3
2000 3,476 2000 3,167
2001 4,083 2001 550
2002 275 2002 24
2003 675 2003 24
2004 247 2004 20
2005 162 2005 72
2006 163 2006 45
2007 121 2007 16
2008 189 2008 46
2009 74 2009 20
Total 9.880 Total 3.987

Fuente: tablas elaboradas por el autor, con base en las cifras del Registro Único de Población Despla-
zada – Acción Social.

A raíz de estos hechos, una inmensa cantidad de personas se tuvieron que


aglomerar en Timba el 24 de diciembre de 2000; en la región, la gran fiesta de
diciembre la celebran el 25, pero aquel día, pese a haberlo dejado todo y huir,
hicieron una fiesta inolvidable:
“La mejor rumba que ha habido en la historia acá [Timba] fue el 24 de di-
ciembre, ese día. Todo mundo aquí, en ese parque no cabía nadie. La gente,
a pesar de esa zozobra, de todo lo que implicaba ser desarraigado en ese mo-
mento, desplazado como tal acá […]. Eso fue una fiesta” (entrevista 5, agosto
30 de 2009).

118
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

A los pocos días, Jorge Eladio decidió que toda la familia debía huir a Cali,
donde su hermana, quien les acogió en su casa, ubicada en el barrio Comune-
ros del Distrito de Aguablanca. Por ella no hubo inconvenientes, si tenemos
en cuenta lo que significa la familia para algunas comunidades afrocolombia-
nas. Los problemas de adaptación y convivencia vinieron después.

La desterritorialización de una familia afrocolombiana que huyó hacia


Cali

Cuando más la necesitaban, la solidaridad familiar afloró en Cali, ahí su


hermana les brindó el apoyo que urgían en esos momentos de carencias. En la
capital del Valle del Cauca la vida cotidiana se alteró considerablemente, em-
pezando por el uso de los servicios públicos:

Uno, acá en el campo, nosotros no pagábamos […]. Acá arriba [Bri-


sas de Mary López] el único servicio que se pagó fue energía. Pero
cuando ya estamos en la ciudad, se sabe que hay que regular agua, no se
puede utilizar mucha, porque hay que pagar agua, hay que pagar ener-
gía, hay que pagar gas. Esos son los cambios bruscos, que no se asimi-
lan de una, y que poco a poco hay que ir asimilándolos, y que en algún
momento se presenta algún sinsabor, o alguna discusión, precisamente
por eso. Pero que con el tiempo esa vaina se va superando” (entrevista
5, agosto 30 de 2009).

La familia de Jorge Eladio tiene un arraigo especial hacia Buenos Aires, ya


que en este municipio nacieron y crecieron su mamá y su abuela, su descen-
dencia también. Conoce sus orígenes, al punto de remontarse a la época de la
esclavitud; de sus ancestros sabe que entraron por Cartagena, según él, puerto
por donde ingresaban los negros traídos de África, como sucedió con el bis-
abuelo del abuelo, que fue esclavo. Al Cauca los habían enviado para trabajar
en minería y agricultura, pero se terminaron quedando. Se ha enterado sobre
los orígenes e historia de la familia de su madre: “ellos llegaron a un sitio de
Buenos Aires que se llama Cascarillo, San Marcos, La María; ahí fue esa fami-
lia, la familia Charrupí. Llegan ahí y ellos comienzan a extenderse por varios
sectores del municipio, a explotar, a trabajar el tema de la agricultura y el tema
de la minería. Se pasan al corregimiento de Asnazú [Suárez], corregimiento de
San Gregorio” (entrevista 3, agosto 18 de 2009).

119
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Jorge Eladio ha investigado y tiene información sobre la ‘familia tradicio-


nal’ de Buenos Aires, que se caracteriza por su relación con los alimentos y las
costumbres gastronómicas. Al respecto, aseguró:

Algo que nos caracteriza acá mucho, la parte gastronómica, y el pro-


ducto, el maíz, todos los derivados del maíz. Lo que nuestros ancestros,
nuestras bisabuelas, bisabuelos, le han ido enseñando hasta nuestros
padres, y que personalmente sé preparar esos productos, y la idea es se-
guirlos fortaleciendo, enseñárselo a mis hijos, porque esa es una tradi-
ción que no se puede acabar. Entonces, en términos de maíz, tenemos
la mazamorra, tenemos la natilla, tenemos el envuelto de choclo, que
lo hacemos cuando hay la cosecha, que es en diciembre; tenemos el en-
vuelto simple, que es en la época de Semana Santa. Tenemos la arepa de
choclo, que se prepara en la famosa cayana, un recipiente de barro, una
vasija de barro amplia, y se hace la famosa arepa. Bueno, colada […].
Un sinnúmero de productos derivados del maíz. Llevamos al Petronio
[festival de música del Pacífico] la famosa chancarina.
Del plátano también, la colada, el famoso cachaco, plátano cortico,
gordito, que se utiliza mucho […] cuando están las mujeres amaman-
tando; se pela, se pone al sol, luego se pasa por la máquina y se hacen
coladas. Para los muchachos. Mucha fuerza, mucha fuerza le da y vigor.
La rascadera, un tubérculo parecido a la yuca, […] con ella se hacen
muchas cosas, se hace compota, se echa al sancocho, se hacen coladas.
La misma yuca […]. Bueno, esa cantidad de cultivos de épocas remotas
pero que aún permanecen en nuestras comunidades. […]. Es un lega-
do cultural que hemos seguido en el campo fortaleciendo (entrevista 3,
agosto 18 de 2009).

Todas esas ancestrales costumbres se esfumaron en la ciudad de Cali. Otro


aspecto fundamental fue la pérdida de la libertad para movilizarse autóno-
mamente, que causa impactos en todos los niveles, al ocasionar súbitas varia-
ciones en la vida cotidiana. La presión no es solo psíquica, que es intensa, las
personas también comienzan a sentir un deterioro considerable en su salud
física. Son distintas las reacciones del organismo en el campo y en la ciudad.
Como fue el caso de la madre de Jorge Eladio: “mi mamá se enfermó, por el

120
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

encierro, porque se sintió como en una cárcel; mi mamá tuvo complicaciones


precisamente por eso” (entrevista 5, agosto 30 de 2009).
Esta situación impulsó el retorno al territorio, que fue benéfico para la ma-
yor de la familia: “A los ocho días de mi mamá estar en la casa, dio un vuelco
su salud, su estado de ánimo, total. Escuchando, en medio de las balas y lo
que sea, pero su salud, se le estabilizó nuevamente. Porque mi mamá no so-
porta el encierro. Y el tema del arraigo, esa relación del entorno, eso de estarle
hablando a las matas, a las gallinas, a los caballos, ¿sí? Esa libertad” (entrevista
4, agosto 18 de 2009).
En suma, al irse para Cali se presentó un brusco cambio, la vida en general
se tornó más difícil para toda la familia, pero sobre todo para la compañera
de Jorge Eladio, a quien seis meses después de la huida, cuando reabrieron la
escuela, le tocaba viajar todos los días desde Cali hasta su lugar de trabajo, en
la vereda Brisas de Mary López de Buenos Aires, donde era docente, oficio
que todavía desempeña actualmente. Él también viajaba con frecuencia, ya
que para la época era concejal de Buenos Aires y debía cumplir con su deber
de participar en las sesiones del cabildo municipal.
Los impactos de las transformaciones causadas por el destierro y la deste-
rritorialización se manifestaron en los niveles familiar, societal y comunitario,
pero existía una particularidad que ayudaba a contrarrestar tan extrema situa-
ción, un mecanismo de afrontamiento: el hecho que muchas personas habían
migrado años atrás desde Suárez y Buenos Aires hasta Cali.

Conclusiones

Los derechos territoriales y colectivos son de suma importancia para


comprender los impactos diferenciales del destierro y la desterritorializa-
ción que sufren las comunidades afrocolombianas victimizadas en el terri-
torio que comprende los hermanos municipios de Suárez y Buenos Aires.
La Corte Constitucional ha profundizado en tal sentido, y reflexionó sobre
el contexto que se vive en este territorio, como uno ejemplarizante de los
daños específicos que el destierro y la desterritorialización causan en las co-
munidades afrocolombianas, como es el caso de la familia de Jorge Eladio
Carabalí Charrupí.
La relevancia del auto 005 de la Corte Constitucional radica en que expo-
ne los

121
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Riesgos que demuestran el impacto desproporcionado que tiene el


desplazamiento forzado interno en relación con los derechos indivi-
duales y colectivos de las comunidades afro descendientes: 1. El riesgo
extraordinario de vulneración de los derechos territoriales colectivos de
las comunidades afrocolombianas por el desplazamiento forzado inter-
no […].
Algunas de las consecuencias más graves de esta pérdida territorial
son las siguientes: 1) imposibilita la titulación de territorios ancestrales
que aún no han sido reconocidos como territorios colectivos. 2) Aumen-
ta el riesgo de pérdida de los territorios colectivos ya titulados. 3) Facilita
la proliferación de procesos de colonización y de formas de explotación
económica abrasiva de los territorios colectivos. 4) Aumenta el riesgo de
pérdida de sus modelos de desarrollo y de protección del medio ambien-
te. 5) Impide la aplicación de mecanismos efectivos para la restitución
de los territorios colectivos (Corte Constitucional, 2009: 31-34).

La referida jurisprudencia, que le da continuidad a la sentencia T–025 de


2004, agrega:

El conflicto armado interno y la presión de los proyectos agrícolas


y mineros en los territorios ancestrales, ha generado el reordenamiento
de los territorios colectivos y de las posibilidades de participación de
las autoridades comunitarias, que rompe la integridad y la autonomía
territorial del pueblo afrocolombiano. A estas presiones se suma la de-
bilidad de los mecanismos de protección y a la inaplicación de algunos
de los derechos reconocidos a los afrocolombianos. Esta situación ha
generado la violación de los derechos territoriales, a la participación y
a la autonomía, a la identidad cultural, al desarrollo en el marco de sus
propias aspiraciones culturales, y a la seguridad y soberanía alimentaria,
además de sus derechos civiles y políticos, económicos, sociales y cultu-
rales (Corte Constitucional, 2009: 32).

Finalmente, uno de los aspectos fundamentales del Auto 005, que hace
referencia a los riesgos de la explotación masiva del oro, es que sugiere una
relación entre el desarrollo de megaproyectos mineros, el destierro y el despo-
jo territorial, mencionando la posible existencia de “estrategias al servicio del

122
Procesos de desterritorialización en Buenos Aires (Cauca), una historia de victimización

avance de proyectos de desarrollo al interior de los territorios tradicionalmen-


te ocupados por afrocolombianos, independientemente de su categoría legal”
(Corte Constitucional, 2009: 98). Tal es el caso de Buenos Aires y Suárez.

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Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

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Vicepresidencia de la República. 2004. Panorama actual del Cauca. En:
http://www.derechoshumanos.gov.co/Observatorio/Publicaciones/docu-
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junio de 2012.

126
APUNTES Y DISCUSIONES SOBRE LA PROBLEMÁTICA
DEL CONFINAMIENTO FORZADO EN COLOMBIA

Ginna Marcela Rivera Rodríguez*

Introducción

El presente documento analiza las particularidades en torno a la construc-


ción del confinamiento forzado como un problema de conocimiento, en pri-
mer lugar, y en segundo, como un asunto de debate jurídico y de clara relación
con los derechos humanos; ante su estado de incipiente desarrollo conceptual,
analítico y teórico y ante las complejidades que en términos prácticos ha re-
presentado para el accionar del Estado.
En este sentido, la estructura del texto presenta, por un lado, el estado del
arte sobre el tema; y por otro, una propuesta para que el confinamiento sea
entendido como un problema jurídico, respecto del cual pueden determinarse
situaciones humanitarias de violaciones a derechos de las víctimas de las cuales
el Estado es y debe hacerse responsable.

1. El problema: en contexto

El conflicto armado y la violencia sociopolítica en Colombia se han tra-


ducido en vastas modalidades de exterminio, desaparición y afectación de la
población civil. Cada vez son más amplios los alcances territoriales en el nivel
nacional de la influencia y la confrontación, así como el número de personas
y comunidades que se han visto involucradas directa o indirectamente en este
contexto. De acuerdo con el informe anual del año 2011 de la Comisión In-
teramericana de Derechos Humanos (CIDH, 2011: 324) respecto a las cifras
sobre muertes en el marco del conflicto colombiano:

* Trabajadora Social, Magíster en Estudios Políticos. Estudiante de la Maestría en Derecho: Área de


profundización en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Universidad
Nacional de Colombia. Integrante del Grupo de Investigación en Educación Popular y Procesos
Comunitarios. “EnRaizAndo UN” de la misma Universidad.
E-mail: gmriverar@unal.edu.co

127
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

22. El “Observatorio de Derechos Humanos y del Derecho Interna-


cional Humanitario” de la Vicepresidencia de la República señala que
entre enero y octubre de 2011 se habrían producido 12.159 homici-
dios. Asimismo, indica que durante el mismo período se habrían pro-
ducido 32 masacres con 149 víctimas. Por su parte, el Centro de Inves-
tigación y Educación Popular (Cinep) indica que entre enero y junio de
2011 se habrían producido 201 ejecuciones extrajudiciales, 77 homi-
cidios intencionales de personas protegidas, así como 6 desapariciones
forzadas y 64 detenciones arbitrarias. Indica asimismo que, a junio de
2011, se habrían registrado 102 víctimas heridas y 256 amenazadas por
parte de agentes directos o indirectos del Estado. La CIDH estima per-
tinente citar en su informe a ambas fuentes a pesar de las amplias dis-
crepancias metodológicas entre ellas, a fin de dar cuenta del panorama
presentado tanto por fuentes oficiales como de la sociedad civil, como
es su práctica consistente.

Entre los hechos e impactos que ha generado el conflicto armado en la po-


blación civil, el desplazamiento forzado ha alcanzado una amplia magnitud
que día a día refleja la gravedad de las violaciones a los derechos en el país, y
con ello, la configuración de una crisis humanitaria que trasciende las fronte-
ras, intereses y acciones nacionales. Según datos del ya citado informe anual
de la CIDH (2011: 339).

64. Así, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) in-


dicó que, hasta mayo de 2011, el Gobierno ha registrado a más de 3,7
millones de desplazados internos en el país, lo que representa un incre-
mento en relación con el año 2010 en que el Comité Internacional de la
Cruz Roja (CICR) refirió a 3,3 millones. Asimismo, según el análisis de
ACNUR, se espera que en Colombia el número de desplazados internos
siga aumentando durante los próximos dos años. Por su parte, la Con-
sultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES)
informa que un total de 280.041 personas fueron desplazadas en el año
2010 en Colombia por causa del conflicto armado y otras manifesta-
ciones de violencia política y social. Finalmente, el Estado indicó que la
Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Hu-
manitario de la Fiscalía General de la Nación, contaría a diciembre de

128
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

2011 con 212 casos asignados de los cuales 166 se encontrarían activos,
con 469 personas vinculadas, 209 personas acusadas y 128 personas
privadas de la libertad y que se habrían logrado 62 sentencias condena-
torias en las cuales resultarían afectadas 163 personas.

De la población colombiana que ha sido desplazada por la violencia, las


personas afrocolombianas, seguidas de las indígenas, han sido las víctimas
más frecuentes y mayormente impactadas por este fenómeno. Tal y como
expresa el Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos sobre la situación de los derechos humanos en Colombia
(2011: 18) “[…] Al menos 12 % de las personas desplazadas forman parte de
algún grupo étnico. A febrero de 2011, se había registrado un acumulado de
328.000 personas afrocolombianas desplazadas y 93.000 indígenas”.
Al respecto, la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplaza-
miento CODHES afirma (2008):

Un indicador bastante preciso de la situación por la que atraviesan


los desplazados afrocolombianos son los resultados de la Encuesta Na-
cional de Verificación de Población Desplazada, que arrojó datos más
que preocupantes como que los afrocolombianos son casi la cuarta par-
te de la población desplazada en Colombia, 22.5 % y que cruzando los
datos del más reciente censo de población, realizado en 2005, con las
cifras que arroja el Sistema de Registro de Población Desplazada SI-
POD, del total de personas pertenecientes a esta minoría étnica que
tiene el país, el 12,3 % se encuentran en situación de desplazamiento.

Sin embargo, la situación humanitaria que vive la población afrocolombia-


na víctima del desplazamiento forzado se ve aún más agudizada porque junto
a esta violación de sus derechos, la población ha sido víctima de un fenómeno
menos visible, como es el confinamiento forzado.
El auto 005 de 2009 de la Corte Constitucional, que evidenció la gravedad
de la situación y las particularidades del desplazamiento de la población afro-
colombiana, con base en (i) los altísimos índices de la violencia rural y urbana
asociada a una lucha por el control territorial, (ii) la persistencia del conflicto
armado en los territorios ancestrales que habitan los afrocolombianos; (iii) y
el apego de la población afrocolombiana a sus territorios, definió el confina-
miento como:

129
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Una modalidad de desplazamiento forzado interno en el que las co-


munidades continúan en una parte de su territorio pero perdiendo la
movilidad sobre el mismo y en algunos casos la autonomía para poder
decidir sobre aspectos básicos de su vida social y cultural. Atrapadas en
medio del conflicto armado interno, el confinamiento es un fenóme-
no creciente para muchas comunidades negras en todo el país (Corte
Constitucional de Colombia: 2009).

Igualmente, en el auto 005 la Corte hace explícita la dificultad que tiene


el Estado colombiano para garantizar una atención integral a las personas que
deciden quedarse en sus territorios “porque la política estatal no ha considera-
do estas situaciones atípicas en las que el deber de prevención debe anteceder
a la asistencia al desplazamiento. En consecuencia, la asistencia a las comuni-
dades se condiciona al total abandono del territorio” (ibid.).
El fenómeno del confinamiento, si bien ha sido documentado por la Cor-
te Constitucional en el mencionado auto, por organizaciones sociales de de-
rechos humanos, y por académicos relacionados con el tema, aún carece de
profundos y variados análisis a partir de los cuales se develen los antecedentes,
relaciones y causalidades que están presentes en su origen y desarrollo; las ca-
racterísticas y tipos, los impactos y afectaciones que trae para la población; la
dimensión y alcance del problema con relación a la protección de los territo-
rios colectivos; las respuestas institucionales y comunitarias que en Colombia
se han gestado frente a la misma, entre otros relevantes ejes analíticos que per-
mitan comprenderlo en todas sus dimensiones y con base en estas, enfocarlo
como un asunto de pronta solución.
En relación con estas características, el confinamiento se configura como
un fenómeno complejo y de necesario estudio, frente al cual este esfuer-
zo presenta solo un aporte particular, desde las siguientes dimensiones: (1)
como problema de conocimiento y (2) como problema de derecho y de de-
rechos.
La primera dimensión supone el análisis del tema desde la identificación
de los acumulados conceptuales y teóricos que tanto en la academia como en
otras instancias organizativas e institucionales se han planteado al respecto; de
manera que el presente texto pretende dar cuenta, en primer lugar, del esta-
do del arte sobre el confinamiento en Colombia, a partir de una revisión de
la producción bibliográfica que busca identificar los conceptos, dinámicas y

130
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

situaciones asociadas a este fenómeno y los demás elementos analíticos desde


los cuales se ha abordado el problema. De otro lado, la segunda dimensión se
plantea como posible alternativa ante el incipiente análisis y comprensión del
confinamiento. En desarrollo de la primera dimensión, las siguientes líneas:

2. El confinamiento: un estado de la cuestión

El estado del arte que se desarrolla a continuación parte de la identificación


bibliográfica de artículos de análisis, informes de derechos y productos de in-
vestigación sobre aspectos temáticos de importancia para el estudio.
Entre los autores que abordan el problema del desplazamiento de la pobla-
ción afrocolombiana desde una visión que reconoce y analiza el confinamien-
to, se encuentran César Rodríguez, Tatiana Alfonso e Isabel Cavelier (2009a
y 2009b), investigadores del Observatorio de Discriminación Racial (ODR)
del Programa de Justicia Global y Derechos Humanos de la Universidad de
los Andes.
La perspectiva desarrollada por los autores parte de la documentación y el
análisis de los efectos del desplazamiento forzado sobre la población afroco-
lombiana, y del impacto sobre el derecho de las comunidades negras al territo-
rio. Tal estudio es realizado desde la lógica de derechos humanos desde la cual
se evidencia cómo la población afrocolombiana es, entre las víctimas del con-
flicto armado, la más frecuentemente afectada (Rodríguez et al., 2009a: 7).
En este análisis, los autores manejan como fuente y soporte fundamental
de su estudio el auto 005 de 2009 de la Corte Constitucional de Colombia,
el cual, en desarrollo del seguimiento y especificidad respecto a la sentencia
T-025 de 2004 y la población afrocolombiana, ofrece la documentación, has-
ta hoy, más completa del desproporcionado y dramático efecto del desplaza-
miento, así como del incumplimiento del gobierno colombiano de sus obli-
gaciones respecto de esta población.
En opinión de los autores, el auto 005 permite identificar que además de la
situación de desplazamiento, la población afrocolombiana es víctima de viola-
ciones directas y automáticas del derecho al territorio, en razón de la situación
de confinamiento en la que se ven involucradas en medio del conflicto arma-
do (Rodríguez et al., 2009b: 114).
Al respecto, explican los autores (Rodríguez et al., 2009b: 73) que “incluso
cuando las comunidades no abandonan sus territorios, la presión de los actores

131
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

que pretenden ocuparlos puede dejarlas atrapadas en ellos e impedirles circular


dentro y fuera de él”. Y más adelante, nuevamente retomando la perspectiva
del auto 005 de la Corte Constitucional sobre el tema, (Rodríguez et al.,
2009b: 121) señalan que:

Algunas de las comunidades afrocolombianas que han enfrentado


las amenazas a su vida e integridad por los factores aquí señalados, han
optado por confinarse o resistir. En el primer caso –el confinamiento–,
la población afrocolombiana se ha visto obligada a desplazarse forzosa-
mente a tan solo una parte de su territorio sin la posibilidad de movi-
lizarse ni de tomar decisiones sobre su vida social y cultural. En el se-
gundo caso –la resistencia–, las comunidades negras se han quedado en
sus zonas tradicionales de habitación como estrategia de supervivencia
cultural y política.

Así las cosas, la perspectiva analítica de los autores sobre la situación de


desplazamiento de la población afrocolombiana evidencia no solo las múlti-
ples violaciones de los derechos de esta población y sus impactos, sino las mo-
dalidades que esta toma en medio del conflicto. En este sentido, Rodríguez
et al., (2009b: 73) hacen referencia al problema del confinamiento como una
modalidad de desplazamiento forzado de la población afro que por tanto vul-
nera sus derechos.
Pese al reconocimiento del confinamiento como una situación relacionada
con el desplazamiento forzado y por ende, con violaciones de derechos, du-
rante el desarrollo de los contenidos y resultados de la investigación los auto-
res justifican, por “razones de brevedad”, la referencia genérica al tema de des-
plazamiento, suponiendo que con ello también se está haciendo alusión a la
situación de confinamiento, es decir, que no evidencian la particularidad del
problema y sus relaciones con el desplazamiento forzado, sino que lo suscri-
ben únicamente a lo que se pueda entender y desarrollar de este último como
una situación de violación de derechos.
Justo en este punto, consideramos que se da cabida a una nueva invisibi-
lización del problema del confinamiento, o mejor, a un reflejo de las caren-
cias sobre el estudio profundo del mismo, pues no se avanza en un detallado
análisis de los conceptos, dinámicas y situaciones asociadas a este fenómeno
y los demás elementos desde los cuales pueda abordarse como problema. Los

132
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

autores pierden por ello la posibilidad concreta de presentar un avance teórico


y conceptual en el tema.
Otra de las lecturas realizadas sobre el confinamiento en Colombia co-
rresponde a la que presentan la Consultoría para los Derechos Humanos y el
Desplazamiento (CODHES1), la Consejería en Proyectos, la Mesa de Trabajo
Mujer y Conflicto Armado y Proyecto Pasos (2004), como resultado de pro-
cesos de investigación2 en el Magdalena Medio, el Chocó y el Catatumbo, en
la que se discutió y examinó el concepto. Al contextualizar el confinamiento
en el informe de investigación CODHES et al., (2004: 5) explican que:

En los años recientes comunidades afectadas por el conflicto arma-


do, especialmente comunidades rurales, no solo enfrentan el desarraigo
de sus tierras, sino lo que se ha denominado confinamiento. Durante
años el desplazamiento forzado ha demostrado el devastador impacto
del conflicto armado sobre la población civil. La reconfiguración del
conflicto colombiano muestra que algunas comunidades no tienen, ni
siquiera, la opción de huir como una forma de proteger su vida e in-
tegridad personal. Estas comunidades terminan confinadas por uno u
otro de los grupos armados, o por la confrontación militar. Son pocos
los casos de comunidades que resisten y desarrollen medidas organiza-
tivas para enfrentar el confinamiento.

Entre los resultados de la investigación en mención, se presenta como con-


cepto de confinamiento el siguiente:

Es la situación de vulneración de derechos y libertades –que implica


la restricción a la libre movilización así como al acceso a bienes indispen-
sables para la supervivencia– a que se ve sometida la población civil como
consecuencia de prácticas –explícitas o implícitas– de control militar,
económico, político, cultural, social o ambiental que ejercen los grupos
armados –legales o ilegales– en el marco del conflicto armado (ibid.: 10).

1
Ver también: CODHES y Consejería en Proyectos (2003), CODHES y Consejería en Proyectos
(2006), CODHES y Secretariado Nacional de Pastoral (2006).
2
Estos procesos han tomado como fuentes de investigación el trabajo empírico realizado en las zonas
del país donde hay población confinada, a través de la realización de observación en campo, entre-
vistas, testimonios, historias de vida y demás herramientas de investigación cualitativa.

133
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Sobre este concepto, los mismos autores reconocen la necesidad de que sea
precisado, en el sentido de que existe una diferencia entre las prácticas del blo-
queo de vías y el confinamiento, pues “es importante enfatizar que el bloqueo
tiene como consecuencia el confinamiento de la población, cuando los actores
armados controlan el acceso de productos de consumo indispensables para la
supervivencia de las poblaciones” (ibid.: 11). La importancia de esta aprecia-
ción radica en que al producirse la revisión bibliográfica sobre el confinamien-
to, este es indistintamente nombrado como desplazamiento, bloqueo, etc.
Por otra parte, la perspectiva analítica de la investigación de CODHES et
al. permite identificar también el carácter histórico del fenómeno, el cual, en
términos de los autores, “Es una estrategia de guerra quizás tan antigua como
el propio conflicto armado en Colombia […] que junto con el desplazamien-
to forzado, se ha convertido en una de las más dramáticas expresiones de la
crisis humanitaria en Colombia” (ibid.: 9).
En lo que concierne a las causalidades o relaciones que están presentes en la
generación e incremento del confinamiento, los autores (ibid.) establecen que
se debe a una combinación de factores como:

1. La reestructuración del conflicto.


2. El cambio en las estrategias de interacción y de control sobre la pobla-
ción civil, por parte de los actores armados ilegales y de la operación de
las fuerzas militares públicas en sus esfuerzos por recuperar territorios
perdidos.
3. El creciente número de población desplazada que está retornando a las
áreas de conflicto.

Un aporte adicional del proyecto de investigación de CODHES et al. tiene


que ver con las tipologías de confinamiento que construyen en razón de las
siguientes particularidades:
t Confinamiento indiscriminado: en su forma más extrema, los actores
armados restringen completamente el movimiento en una o varias co-
munidades rurales, aislando de manera indiscriminada a poblados o
aldeas enteras, incluso a las mujeres, los niños o a las personas que ne-
cesitan atención médica. Esta estrategia tiende a usarse para obligar a
una población local a salir de la zona o forzar a las personas a permane-
cer en el lugar, cuando son consideradas estratégicas para las operacio-

134
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

nes militares o los intereses económicos de los actores armados. En este


caso, los civiles son tomados como escudos humanos o como mano de
obra para el cultivo de la coca u otras actividades productivas.
t Confinamiento selectivo: los actores armados locales ejercen un con-
trol esporádico sobre el movimiento de la población, e imponen res-
tricciones en el transporte de ciertos bienes o límites en los montos de
dinero o de artículos de valor que una persona puede llevar consigo.
Los actores armados establecen numerosos tipos de normas. Llegan a
imponer impuestos sobre la comercialización de bienes y productos; en
particular, sobre productos agrícolas, el combustible, los medicamen-
tos y la comercialización de la coca (2004: 12-13).
Interesa también resaltar los impactos y afectaciones que la investigación
mencionada identificó sobre la población afrocolombiana. Así, según la in-
vestigación, el confinamiento afecta la capacidad de realizar actividades coti-
dianas como pescar, cazar y trabajar la tierra; dificulta el acceso a los mercados
locales para comprar y vender productos; provoca una reducción de recursos
para la compra de alimentos; también pone en peligro las actividades cultu-
rales, sociales y organizacionales, lo cual debilita el tejido social y destruye las
tradiciones. Igualmente, el confinamiento tiene efectos adversos en la salud
física y mental y en el acceso a la educación de las poblaciones que lo afrontan.
Por último, el estudio propone que “El confinamiento de la población civil
debe verse como un asunto de expresa violación a los Derechos Humanos y
al Derecho Internacional Humanitario. Es una expresión del incumplimiento
por parte del Estado de su primera y principal obligación acerca de garantizar
la vida, integridad personal, honra y bienes de los ciudadanos” (ibid., 2004:
16).
Por su parte, Rudecindo Castro Hinestroza (2000: 1) concentra su esfuer-
zo argumentativo en la descripción de las situaciones asociadas al confina-
miento de la población afrocolombiana, afirmando que “En muchas regiones
se controla y restringe el consumo de alimentos básicos no sustituibles como
sal, azúcar, aceite y lácteos […]. Cambian las costumbres porque ya no se
puede comer como se comía antes, ya no se puede dormir como se dormía
siempre, no se puede andar como se andaba libre”. Y más adelante sostiene
(Castro, 2004: 6):

135
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Los efectos del confinamiento armado en Colombia son cada vez


más críticos, en los años recientes las comunidades afrocolombianas
afectadas por el conflicto armado son las rurales, no solo afrontan el
desarraigo de sus tierras, sino lo que se ha denominado el confinamien-
to y la ruptura de su tejido sociocultural en sus propios territorios, ya
que en muchos casos las comunidades no tienen posibilidad de huir
del territorio para proteger su vida, y les toca resistir apelando a formas
ancestrales de resistencia pacífica basadas en sus formas tradicionales de
producción.

Finalmente, se presentan los aportes de Freddy Ordóñez (2009), quien


desde un esfuerzo similar al de este estado del arte, retoma las producciones
académicas colombianas que han dado lectura al tema, señalando que la mag-
nitud del confinamiento poblacional como tragedia hasta ahora empieza a ser
revelada tanto a nivel nacional como internacional.
El análisis de los contenidos revisados por Ordóñez (2009) identifica las
dos principales lecturas frente al confinamiento de grupos humanos en Co-
lombia, en los siguientes términos: (1) el confinamiento poblacional como
una modalidad del desplazamiento forzado y (2) el confinamiento poblacio-
nal como otra modalidad de la crisis humanitaria.
La primera de las lecturas3 sobre el tema lo considera como parte de la día-
da desplazamiento-confinamiento, a partir de la cual el primero, originado en
las dinámicas del conflicto armado, incluye las restricciones a la libertad de
locomoción como parte de las situaciones que le identifican. Asimismo, “otra
realidad que denota el estrecho vínculo confinamiento-desplazamiento se da
en las regiones que presentan desplazamientos gota a gota durante períodos
determinados de tiempo, situación que en múltiples casos oculta tras de sí el
aislamiento poblacional” (Ordóñez, 2009).
Según el autor, el contenido de esta lectura sobre confinamiento parte de
la falta de una definición del mismo y de una ausencia de estipulación especial
en la normatividad interna para la protección de los grupos poblacionales ais-
lados. Tales situaciones han llevado a que instituciones estatales de Colombia
como la Defensoría del Pueblo “recojan” a las personas confinadas dentro de
las desplazadas con la finalidad de (Ordóñez, 2009):

3
Como representantes de esta primera lectura Ordoñez referencia los informes anuales de la Defen-
soría del Pueblo (2006-2009) y de la Corte Constitucional de Colombia (auto 093 de 2008).

136
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

En primer lugar, brindarles una protección especial ya que estas


también padecen una violación masiva de derechos humanos al igual
que los desplazados forzados y los grupos humanos aislados deben ser
objeto de protección constitucional reforzada; y en segundo lugar, de-
bido a que el aislamiento a comunidades, puede implicar a posteriori
su desplazamiento.

Respecto a la segunda lectura sobre el tema, Ordoñez (2009) afirma que es


un punto de vista que “considera al confinamiento como una realidad aledaña
al desplazamiento forzado, pero no lo recoge como una expresión o modali-
dad más del mismo, sino como una de las expresiones de la crisis humanitaria
producto de la confrontación armada, que implica una afectación directa a la
población civil”.
En esta perspectiva se ubican conceptos previamente referenciados como
los de CODHES (2008: 18), desde la cual el confinamiento contempla dife-
rentes acciones adelantadas por los actores armados del conflicto, como sigue:

Prácticas como los minados; las restricciones a la circulación, las


situaciones de combate; el uso de escudos humanos; los mecanismos
de traslado, control y empleo de fuerza de trabajo en cultivos de uso
ilícito; la prohibición de actividades tradicionales y restricción de ho-
rarios; el reclutamiento forzoso; las amenazas; los asesinatos selectivos;
los bloqueos a misiones médicas y/o humanitarias; las limitaciones al
abastecimiento; el permiso de circulación a personas específicas de los
núcleos familiares, entre otros tipos de ejercicios de coerción por parte
de actores armados legales o ilegales, contribuyen a la configuración de
situaciones de confinamiento.

En este sentido, el punto de diferenciación analítica se encuentra en el plan-


teamiento de la segunda lectura, desde la cual se afirma que si bien los men-
cionados procedimientos de los actores armados restringen la movilidad de las
personas, tal restricción no necesariamente es el eje central del confinamiento,
“ya que se puede aislar a un grupo poblacional no solo prohibiendo su libre cir-
culación, sino también impidiendo el ingreso al territorio del grupo de bienes
y servicios básicos” como medicamentos, alimentos, insumos, etc., “hecho que
si bien no implica limitación a la libertad de circulación de las personas, en la
práctica conllevan al aislamiento poblacional” (Ordoñez, 2009).

137
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A partir de los análisis señalados, Ordoñez (2009) argumenta que es ur-


gente darle piso jurídico-legal de protección a las personas víctimas del con-
finamiento, y que “mientras esto se logra, los grupos poblacionales aislados
deben gozar de la protección constitucional reforzada que se da a las personas
desplazadas y de los elementos de la política estatal de atención al desplazado,
en particular los relacionados con protección y prevención”.
En correspondencia con la propuesta de Ordóñez (2009), el siguiente
apartado se propone analizar algunos elementos relacionados con la consti-
tución del piso jurídico-legal para la atención y protección de las víctimas del
confinamiento forzado en Colombia, dando desarrollo a la segunda dimen-
sión analítica propuesta frente al tema en el presente texto, la cual busca ana-
lizarlo desde la perspectiva del derecho.

3. Un problema de derecho y de derechos

Las líneas siguientes parten de reconocer, en primer lugar, que la construc-


ción del conocimiento no solo debe tener sentido frente a la identificación de
elementos suficientes para garantizar la comprensión de los fenómenos socia-
les, sino también aportar respuestas acordes al contexto sociopolítico, cultu-
ral, ambiental e histórico y soluciones a los problemas que en torno a este se
generan. Por supuesto que el tema del confinamiento no es una excepción, de
allí que frente a la grave situación humanitaria que vive el país en ocasión del
conflicto armado sea importante que se desplieguen múltiples esfuerzos que
analicen, propongan y transformen las características, desarrollos e impactos
del mismo, entre los cuales buscan ubicarse el estado del arte trabajado con
anterioridad, así como la argumentación siguiente.
La alternativa que, sin pretensiones de unicidad y corrección, se propone
en el presente texto en relación con el confinamiento, toma como puntos de
partida los aprendizajes y avances que en Colombia se han dado alrededor del
agudo problema del desplazamiento forzado, que, entre otras, han llevado a
que el país sea uno de los pocos que cuenta con una legislación específica para
la prevención, atención y protección de las víctimas de esta violación de de-
rechos.
En desarrollo de esta perspectiva, el presente apartado pretende analizar las
posibilidades que se identifican como potenciales ejes de acción sobre el con-
finamiento a través de la vía jurídica, para su configuración como problema de

138
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

derecho y de derechos en lo que concierne a los deberes de protección, respeto


y garantía del Estado respecto a sus ciudadanos.
Este propósito se emprende en razón de la ausencia de estipulaciones espe-
ciales en la normatividad interna para la protección de los grupos poblaciona-
les confinados que permita que el Estado considere sus particulares condicio-
nes y regule las respuestas y políticas de atención, como paso necesario para la
solución de este problema, seguido claro está, de la implementación efectiva y
eficaz de acciones tendientes a ello.
Así las cosas, la propuesta de que en Colombia se lleve a cabo un proceso
de problematización jurídica que lleve al reconocimiento del confinamiento
como una situación humanitaria particular, que pone en entredicho la pro-
tección y garantía de derechos específicos de las poblaciones que son víctimas
de este, se apoyará en el análisis histórico de lo que en su momento se desa-
rrolló alrededor del desplazamiento forzado en el país; el cual pasó de ser un
fenómeno invisibilizado e inexistente política y jurídicamente (similar al es-
tado actual del confinamiento en el país) a estar hoy tipificado y tratado en
la normatividad nacional como todo un complejo de agudas violaciones a los
derechos de las víctimas, de los cuales el Estado claramente debe hacerse res-
ponsable.
De este modo, resulta pertinente recordar, tal y como lo plantean César
y Diana Rodríguez (2010: 67-71), que pese a que el desplazamiento forzado
no era un fenómeno nuevo en el contexto del conflicto armado colombiano
y que desde finales de 1996 comenzaron a presentarse éxodos masivos en va-
rias zonas del país, especialmente en los departamentos de Antioquia, Cesar y
Chocó, hasta mediados de los noventa, la gravedad y magnitud de esta situa-
ción “contrastaban con la posición política de los gobiernos –que atribuían el
problema a razones exclusivamente económicas o a desastres naturales–, sin
reconocer la contribución del conflicto en este fenómeno”.
Se entiende con ello que la negación del problema del desplazamiento era
paralela a la inexistencia de políticas públicas que buscaran enfrentarlo, tal y
como lo evidenció en su visita a Colombia en 1994 el representante del Secre-
tario General de la ONU para el desplazamiento interno, Francis M. Deng,
citado por los autores (2010: 71), quien afirmó que “el Gobierno de Colom-
bia no posee estadística alguna sobre el número de desplazados internos, aun-
que algunos funcionarios públicos, en sus conversaciones con el representan-
te, hicieron hincapié en que el problema era muy grave”.

139
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

De este modo, no existía una política pública articulada ni un conjunto de


instituciones coordinadas para atender la crisis humanitaria originada por el
desplazamiento forzado, lo cual explica que el gobierno nacional reconociera
solo hasta el Documento Conpes 2804 de 1995, por medio del cual aprobó
el Programa Nacional de Atención Integral a la Población Desplazada por la
Violencia, “que el desplazamiento estaba estrechamente ligado a la violencia
y que, además, era un tema humanitario urgente que debía ser incorporado
en la agenda pública y requería la elaboración de una propuesta de política”
(Rodríguez y Rodríguez, 2010: 71-72).
No obstante, este pronunciamiento no se revirtió en la creación de mejo-
res capacidades institucionales para garantizar la atención y prevención del
desplazamiento, razón por la cual el Estado colombiano promulgó, seguida-
mente, una diversidad de lineamientos que sentaron las bases de la política
pública de atención a la población en situación de desplazamiento, pero que
fueron luego reemplazados con la expedición de la Ley 387 de 1997 para la
Atención de la Población Desplazada, en la que el “Ejecutivo y el Legislativo
coincidieron en los ejes que debía tener la política pública de desplazamien-
to, a saber: (i) la prevención del desplazamiento, (ii) la atención humanitaria
de emergencia, (iii) el retorno voluntario y el reasentamiento de la población,
y (iv) la estabilización socioeconómica” (Rodríguez y Rodríguez, 2010: 75).
A pesar del marco legal y de los documentos de política pública para aten-
der a las personas en condición de desplazamiento, “durante los primeros años
de la década del 2000 la problemática empeoró” y además “continuó aumen-
tando la brecha entre la oferta de programas y acciones estatales efectivas y la
demanda de programas de prevención, atención y restablecimiento a la pobla-
ción desplazada” (Rodríguez y Rodríguez, 2010: 78-79).
Todo ello configura la problemática situación que llega a la Corte Cons-
titucional colombiana y sobre la cual se pronuncia en la sentencia T-025 de
2004, al respecto de la cual corresponde mencionar los siguientes elementos:
En 2004, la Corte Constitucional colombiana, en ejercicio del control con-
creto de tutela de los derechos fundamentales, estudió la situación de las per-
sonas víctimas del desplazamiento forzado interno en el país (Arango, 2009:
100-101). Luego de un análisis constitucional de las acciones y estrategias del
Estado adelantadas hasta el momento, sobre la base de los supuestos legales
de la atención al desplazamiento consignados en la Ley 387 de 1997, la Cor-
te concluyó que existe un estado de cosas inconstitucional, que de conformidad

140
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

con la jurisprudencia4 de esta corporación se presenta por (Corte Constitucio-


nal de Colombia: 2004):

(i) La vulneración masiva y generalizada de varios derechos cons-


titucionales que afecta a un número significativo de personas; (ii) la
prolongada omisión de las autoridades en el cumplimiento de sus obli-
gaciones para garantizar los derechos; (ii) la adopción de prácticas in-
constitucionales, como la incorporación de la acción de tutela como
parte del procedimiento para garantizar el derecho conculcado; (iii) la
no expedición de medidas legislativas, administrativas o presupuestales
necesarias para evitar la vulneración de los derechos; (iv) la existencia de
un problema social cuya solución compromete la intervención de varias
entidades, requiere la adopción de un conjunto complejo y coordinado
de acciones y exige un nivel de recursos que demanda un esfuerzo pre-
supuestal adicional importante; (v) si todas las personas afectadas por
el mismo problema acudieran a la acción de tutela para obtener la pro-
tección de sus derechos, se produciría una mayor congestión judicial.

La declaración de tal estado de cosas inconstitucional, según la Corte, contra-


ría la racionalidad implícita en el constitucionalismo, al causar una “evidente
tensión entre la pretensión de organización política y la prolífica declaración
de valores, principios y derechos contenidos en el Texto Fundamental y la dia-
ria y trágica constatación de la exclusión de ese acuerdo de millones de colom-
bianos”; lo cual es analizado por diversos autores, como sigue:

1. Para Moncayo (2009: 127-129), desde el punto de vista estrictamente


jurídico, el estado de cosas inconstitucional es una figura que no obe-
dece a una creación del derecho positivo, sino que es una construc-
ción jurisprudencial que tiene una estabilidad institucional relativa,
por cuanto depende de que la Corte mantenga esa figura como parte
de su comportamiento jurisprudencial. No obstante, es preciso aclarar

4
Ver sentencias: SU-559 de 1997 (omisión de dos municipios de afiliar a los docentes al Fondo Na-
cional de Prestaciones del Magisterio), T-153 de 1998 (hacinamiento y condiciones indignas de
reclusión en las cárceles del país), T-606 y T-607 de 1998 (falta de un sistema de seguridad social
en salud para sindicatos y reclusos, SU-250 de 1998 (falta de convocatoria al concurso para el nom-
bramiento de notarios), T-525 de 1999 (omisión en el pago de pensiones en el departamento de
Bolívar) y SU-090 de 2000 (por la omisión en el pago de pensiones en el departamento del Chocó).

141
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

que la figura tiene un indudable soporte o fundamento en el orden


jurídico colombiano y en las funciones atribuidas a la propia Corte
Constitucional como guardián de la integridad y la supremacía de la
Constitución, razón por la cual, en términos de Alexy (1995: 57), los
argumentos del tribunal en la sentencia T-025 pueden ser reconocidos
como argumentos de principio, es decir, como aquellos “que en los Esta-
dos constitucionales democráticos (…) se apoyan esencialmente en los
preceptos constitucionales”.

La argumentación de la construcción del estado de cosas inconstitucional


(ECI) “significa que la Corte entiende la función de guardar la integri-
dad y supremacía de la Constitución con un alcance que va más allá de
las simples declaraciones o entendimientos interpretativos”. En tal sen-
tido, “El ECI es un instrumento de linaje político, pues su declaración
equivale a verificar una situación anormal de inconstitucionalidad que
no se soluciona por la vía de una simple declaratoria, sino que exige
acciones concretas y específicas por parte de todas las ramas del poder
público y de los órganos que las integran o de los órganos que son con-
siderados autónomos e independientes” (Moncayo, 2009: 128-129).

Asimismo, sostiene Moncayo (ibid.) que “la Corte Constitucional al


producir la declaratoria devela o desnuda, en forma paralela, que la
realidad social y política no guarda correspondencia con las procla-
maciones constitucionales en materia de derechos fundamentales; en
otras palabras, que la brecha entre el derecho formalmente considera-
do y los hechos sociales, económicos y políticos es amplia y profunda.
Dicho más claramente: que en la realidad de la sociedad colombiana
no operan los principios y valores sobre las cuales se ha edificado for-
malmente su organización política”.

2. Según César y Diana Rodríguez (2010: 17), la T-025 y la jurispruden-


cia colombiana se inscriben en una tendencia hacia el protagonismo
de los jueces constitucionales en la realización de los derechos, es decir,
en la intervención de los jueces que se ha conocido como activismo
judicial.

142
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

La Corte Constitucional, verificando la violación masiva de derechos de


la población desplazada y la ausencia total de políticas públicas sobre el
tema, produce una sentencia con efectos diversos como: el efecto creador
(la Corte contribuyó a enmarcar la situación de los desplazados como
un problema de derechos humanos que requería una reacción inmedia-
ta); el efecto de desbloqueo (el fallo afecta la estructura del aparato estatal
que la Corte intenta desestancar con sus órdenes); el efecto coordinador
(la Corte ha terminado jugando un rol coordinador, tanto entre las en-
tidades directamente involucradas por el fallo como entre las entidades
indirectamente relacionadas); el efecto deliberativo (el fallo surge del me-
canismo de seguimiento5 diseñado explícitamente por la Corte y se ha
revertido en mecanismos concretos de política pública en la alteración
de la comprensión del problema); el efecto de políticas públicas (es el im-
pacto de la sentencia en el diseño, implementación y seguimiento a pla-
nes de acción sobre el desplazamiento) y el efecto social (por la evolución
de la situación de los derechos de la población desplazada).

De este modo, lo que se evidencia en la sentencia es una acción de la Corte


que, como guardián de los principios y garantías constitucionales, interviene
de manera directa en el estado dramático de la situación del desplazamiento
forzado en Colombia, contribuyendo, a partir de la emisión de órdenes preci-
sas al Estado, para que actúe frente al tema de la transformación comprensiva
y valorativa del desplazamiento forzado.
Esta acción del Tribunal ha permitido, entre otras, que el desplazamiento
forzado sea un tema que pasó de entenderse como un simple efecto secun-
dario de la guerra a un problema de derechos humanos respecto del cual el
Estado, hasta hoy, ha debido comprometer todo un arsenal político y finan-
ciero que busque reconocer tal carácter y proponer salidas que siguen siendo
vigiladas juiciosamente por la Corte y por otros actores, organismos e insti-
tuciones.
Hasta aquí, con la re-construcción del proceso de problematización jurí-
dica que tuvo el desplazamiento forzado en Colombia se pretende proponer

5
“La Corte Constitucional mantuvo jurisdicción sobre el caso para impulsar el cumplimiento de sus
órdenes, a través de 84 decisiones de seguimiento (autos) y 14 audiencias públicas de discusión, que
hicieron balances del trabajo del Gobierno, y ha dictado nuevas órdenes para impulsar la protección
de los derechos de la población desplazada” (Rodríguez y Rodríguez, 2010: 14)

143
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

que una aguda situación humanitaria como lo es el confinamiento, en su es-


tado y caracterización actual, pueda ser objeto de un tratamiento similar por
parte del legislativo y el ejecutivo, y en últimas, por parte de la misma Corte
Constitucional. Ello, en perspectiva de constituir el piso jurídico que pueda
permitir, entre otras, la exigencia de las víctimas de confinamiento de que el
Estado garantice la protección y respeto de sus derechos en relación con esta
situación; la justificación y regulación precisa al mismo Estado para que prio-
rice la formulación e implementación de políticas claramente destinadas a so-
lucionar esta problemática; y la participación de múltiples actores, institucio-
nes y organizaciones en el proceso de seguimiento y abordaje de las relaciones
causales, efectos e impactos en las poblaciones confinadas.
Al respecto, un primer paso es el seguimiento al auto 005 de 2009, en el
que el Tribunal expone la situación del confinamiento forzado como expre-
sión de las violaciones de derechos humanos que el conflicto armado colom-
biano ha generado, logrando con ello el primer pronunciamiento de un órga-
no del sistema jurídico nacional al respecto.
En este sentido, la Corte logra un efecto de visibilización del fenómeno,
que no obstante resulta opacado, en tanto asimila el confinamiento a una mo-
dalidad de desplazamiento forzado sin reconocer por ello las particularidades
de atención que requiere el tema en toda su complejidad. Así, es posible afir-
mar que la problemática como tal aún presenta una debilidad que en clave de
lenguaje jurídico permita identificarlo como un asunto de derechos humanos,
sobre los cuales el Estado colombiano tiene obligaciones directas para su in-
tervención y solución.
Quepa aclarar que pese a la limitación anteriormente expuesta, el auto 005
ha abierto una posibilidad para la defensa de derechos de la población con-
finada en tanto ha ordenado al director de Acción Social que diseñe una es-
trategia que le permita adoptar en cada caso y de manera urgente las medidas
necesarias para garantizar que la población afrocolombiana confinada reciba
atención humanitaria de emergencia de manera integral, oportuna y com-
pleta, respetando los criterios de especificidad cultural aplicables” y que en el
evento de que “encuentre barreras de orden jurídico, la presente providencia
judicial constituye título suficiente para proveer la Ayuda Humanitaria de
Emergencia a la población afrocolombiana confinada” (Corte Constitucional
de Colombia: 2009).

144
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

Finalmente, teniendo en cuenta las barreras jurídicas que la misma Corte


identifica frente a la atención del confinamiento forzado en Colombia, se con-
sidera que entre los esfuerzos próximos del Tribunal y de los órganos legislati-
vos del país es posible realizar, a la manera del proceso deliberativo llevado en
la sentencia T-025 de 2004, una labor que redunde en la visibilización, desa-
rrollo y afrontamiento del confinamiento, como posibilidad de incidencia en
su reconocimiento como problema de derecho y de derechos y de propuesta
de posibles soluciones.

A manera de cierre

Para el desarrollo del presente texto se parte de la identificación del pro-


blema del confinamiento como un asunto invisibilizado analíticamente y
escasamente intervenido por el Estado colombiano. Tal y como se demostró
en el contenido de este documento, no solo en términos cuantitativos (poca
producción bibliográfica sobre el tema) sino en términos cualitativos, el es-
tado de la cuestión es más bien incipiente y necesitado de esfuerzos y for-
mulaciones propositivas que lo enriquezcan conceptualmente y que lo pro-
blematicen, atendiendo a las múltiples dimensiones desde las cuales puede
abordarse.
Sumado a ello, el supuesto hipotético en el que se basó esta argumenta-
ción propuso como posibilidad para la visibilización del confinamiento el de-
velamiento de su complejidad a través de un análisis que lograra, al menos,
analizarlo como un problema de conocimiento, es decir, como un asunto de
estudio, sobre el cual los aportes y diálogos desde diversas disciplinas resul-
tan pertinentes, y como un problema de derecho y de derechos, en el que la
apuesta principal fue analizarlo en el contexto de intervención de la Corte
Constitucional de Colombia frente al desplazamiento forzado, apuntando las
posibilidades que se identifican para hacer de este un tema posible de ser leído
desde el lenguaje jurídico como un camino para su transformación y solución.
Así las cosas, el presente documento pretende presentarse como aporte
para la discusión, comprensión y abordaje en el campo jurídico e institucional
colombiano, en el que se reconozca y defina el confinamiento como un asunto
humanitario de necesario tratamiento.
No obstante, la perspectiva señalada en el presente texto no puede dejar
de mencionar que, ante todo, la situación del confinamiento forzado se ha

145
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

configurado alrededor de una experiencia de resistencia de las comunidades


afrocolombianas del país, a través de la cual se han negado a abandonar sus te-
rritorios, manifestando su rechazo pacífico y contundente contra aquellos que
pretenden despojarlos y encontrando alternativas autónomas y colectivas para
la exigencia de sus derechos, sin el apoyo estatal adecuado para ello. (Confe-
rencia Nacional de Organizaciones Afrocolombianas – CNOA, Asociación
de Afrocolombianos Desplazados – Afrodes y Organización de Comunidades
Negras – Orcone, 2008: 7).
Frente a este panorama, la propuesta de problematización jurídica esboza-
da arriba parece ser ingenua y reducida, aún más si se tiene en cuenta que “la
experiencia cotidiana de las comunidades desplazadas o confinadas indica que
los ajustes en el plano normativo continúan sin garantizar la restitución de los
derechos” (CNOA, Afrodes y Orcone, 2008: 8).
Sin embargo, es núcleo orientador de la propuesta el hecho de que no es
la única, necesaria y posible salida a la problemática, sino que representa uno
entre los esfuerzos que deben emprenderse para su solución, al que pueden
sumársele otros tantos como la re-orientación de las políticas públicas a partir
de un enfoque diferencial étnico-afrocolombiano6 capaz de reconocer e inte-
grar el carácter estructural y complejo del problema, las dimensiones étnicas
alrededor del mismo y la incidencia efectiva y autónoma de las comunidades
afectadas y de otros sectores de interés, en lo que debe constituirse como “un
proceso participativo, de construcción colectiva” (ibid.)
Sin duda, en esta perspectiva “es fundamental adoptar como marco de re-
ferencia las propuestas que las organizaciones y comunidades afrocolombianas
han ido construyendo como rutas para superar la exclusión estructural, pre-
venir la des-territorialización y garantizar los derechos fundamentales en las
circunstancias extremas” que están viviendo como consecuencia del destierro
y el confinamiento (CNOA, Afrodes y Orcone, 2008: 33).
“Estas comunidades hacen esfuerzos de paz, en medio de la guerra, y la
confrontación, en medio de un ambiente de desconfianza, de hostilidad que
hace aún más difícil el camino a la construcción de alternativas viables o de

6
Ver al respecto (CNOA, Afrodes y Orcone, 2008: 10-11) y su propuesta de comprensión que recoge
y reconoce una perspectiva estructural como fundamento de un enfoque diferencial étnico-afroco-
lombiano que “plantea la necesidad de volver a plantear de manera explícita aquellos elementos que
definen tanto la vida, como los impactos diferenciales que está teniendo el desplazamiento forzado
y el confinamiento sobre estas”.

146
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

conciliación” (Red sobre Enfoque y Propuestas de Paz desde la Base: 2006).


Por supuesto, estas comunidades son las que directamente conocen y com-
prenden sus contextos, tanto como sabedoras de prácticas y experiencias de
solución pacífica de sus conflictos y de resistencias históricas como sujetos au-
tónomos, colectivos y políticos que son.

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148
Apuntes y discusiones sobre la problemática de confinamiento forzado en Colombia

Otras referencias

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M.P.: Manuel José Cépeda Espinosa.
––––––––––. Auto 005 del 26 enero de 2009. M.P.: Manuel José Cépeda Es-
pinosa.
––––––––––. Sentencia T-025 del 22 de enero de 2004. M.P.: Manuel José
Cépeda Espinosa.
Ley 387 de 1997. “Por la cual se adoptan medidas para la prevención del des-
plazamiento forzado; la atención, protección, consolidación y estabiliza-
ción socioeconómica de los desplazados internos por la violencia en la
República de Colombia”.

149
¿EL TRIUNFO DE LA VÍA ARMADA SOBRE
LA PACÍFICA?: SACERDOTES EN LOS ORÍGENES
DEL EJÉRCITO DE LIBERACIÓN NACIONAL
DE COLOMBIA (1962-1974)*

Laura Camila Ramírez Bonilla**

El lunes 6 de abril de 1998, Nicolás Rodríguez Bautista, alias Gabino, re-


cién nombrado primer comandante de Ejército de Liberación Nacional de
Colombia (ELN), se dirigió a los jefes regionales de la organización para hacer
un anuncio: “el Comando Central y la Dirección Nacional informa a ustedes
la dolorosa partida de nuestro comandante y jefe Manuel Pérez Martínez”.1
Durante 51 días, la guerrilla mantuvo en secreto la noticia que puso fin a la
trayectoria de uno de sus líderes principales: un sacerdote español. La presen-
cia de clérigos en las filas del ELN no era una novedad. Lo atípico era que uno
de ellos hubiera permanecido activo por casi 29 años y alcanzado la máxima
posición de mando en la organización.
Al ser una guerrilla ajena a una profesión de fe en particular y sin ser la
suya una guerra de carácter confesional, esta característica no deja de llamar
la atención por dos circunstancias: los contextos múltiples en los que aparece
el fenómeno, entre los años sesenta y setenta, y la posibilidad “no violenta” de
cambio social que estos actores religiosos desecharon a la hora de vincularse
a una organización armada. El juego de contextos y la identidad religiosa de
los sacerdotes admite cuestionarse si su incursión a la insurgencia significó un
triunfo de la opción violenta y una incapacidad de comprensión del contexto
de la época: ¿por qué la paz no fue una vía para el cambio social y político que
buscaban? Así, el propósito de este escrito es reconstruir las trayectorias vitales
de cuatro sacerdotes en la fase de formación de la guerrilla del ELN (1962-
1974): Camilo Torres (1929-1966), Manuel Pérez Martínez (1943-1998),

* “Deseo agradecer de manera especial los comentarios y aportes que sobre el tema de este artículo
recibí de los profesores Marco Palacios Rozo y Fernán González González.”
** Docente Universidad Jorge Tadeo Lozano. Observatorio de Construcción de Paz.
E-mail: lcramirezb@gmail.com
1
El Tiempo, “Muerte del cura, secreto de 51 días”, (7 abril 1998).

151
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Domingo Laín Sanz (1940-1974) y José Antonio Jiménez Comín (1936-


1970), enfatizando en las características de militancia, ingreso y permanencia
que permitan identificar sus concepciones sobre la paz y la guerra.2 Este ejercicio
caracteriza a uno de los principales actores del conflicto armado colombiano
en su etapa de inicio, el ELN entre 1962 y 1974, y uno de los fenómenos
sociopolíticos y culturales más interesantes de la lucha insurgente, la incursión
de actores religiosos en una organización armada secular.3
Para este fin, se recurrió a trabajos historiográficos, biografías, documen-
tación del ELN y entrevistas de los sacerdotes. Sin embargo, el tema a tratar
adolece de una limitación con las fuentes primarias: un desbalance de infor-
mación a favor de Camilo Torres, de quien abundan documentos propios,
biografías, entrevistas, testimoniales y referencias en prensa. Sobre Manuel
Pérez se trabajó a partir de tres entrevistas con María López Vigil y una con
Javier Darío Restrepo, además de algunos elementos biográficos recogidos en
el trabajo de Walter Broderick4 y testimonios de exmilitantes del ELN. Sobre
Laín y Jiménez, sacerdotes españoles, la información es reducida y de difícil
acceso, más aún en el caso de Jiménez, sus datos suelen estar ligados a refe-
rencias y comentarios realizados por otros sacerdotes y militantes. Es preciso
indicar que buena parte del material bibliográfico e historiográfico sobre el
ELN contiene un matiz apologético, que si bien refleja tendencias y elemen-
tos de análisis, acostumbra en algunos casos a romantizar la experiencia de la
organización y sus integrantes.
Finalmente, el capítulo se encuentra dividido en seis partes: 1) los múlti-
ples contextos que acompañan el fenómeno y las nociones de guerra y paz;
2) aspectos biográficos sobre los cuatro sacerdotes estudiados; 3) influencias
religiosas y políticas; 4) justificación de la lucha armada y la distancia frente a
la opción pacífica; 5) elementos de la vida interna de la guerrilla y asuntos re-
ligiosos; y 6) la muerte de los sacerdotes guerrilleros. Es preciso aclarar que en

2
La demarcación temporal está definida tanto por la trayectoria histórica de guerrilla (1962-1973:
fase de formación), como por la presencia de los cuatro clérigos en la organización: los años de in-
greso (1965 y 1969) y los de muerte (1966, 1970 y 1974, el único que fallece por muerte natural
es Pérez en 1998)
3
Al caracterizar al ELN como secular, se hará alusión, simplemente, a la ausencia de una filiación
religiosa en particular en dicha organización armada.
4
Que se caracteriza más por un esquema novelado que por una narrativa histórica formal, hecho que
en ocasiones lo acerca a la ficción.

152
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

términos cronológicos las trayectorias de los sacerdotes españoles no se cruzan


con la de Camilo Torres, sin embargo, en términos metodológicos se presen-
tarán paralelamente para facilitar los contrastes entre ellas.

1. Contextos múltiples y concepciones de guerra y paz en los inicios del


ELN

Contextos múltiples

La aparente victoria de la opción armada frente a la posibilidad pacífica de


transformación social y política es analizable, en el caso de estos cuatro sacer-
dotes, desde la confluencia de contextos internacionales y nacionales, en una
doble perspectiva: 1) sociopolítica y 2) religiosa (Iglesia Católica).
Desde el punto de vista internacional y sociopolítico, el contexto general es
de Guerra Fría como confrontación ideológica global, mientras que el ámbito
regional remite al triunfo de la Revolución Cubana y el establecimiento de un
estado socialista en América Latina (Wickham-Crowley, 1992: 30-38). Ahora
bien, desde una mirada internacional y religiosa, el contexto remite al Concilio
Vaticano II (1962-1965) y la reformulación de la doctrina social de la Iglesia.
Este Concilio significó un esfuerzo de diálogo eclesiástico con el mundo mo-
derno. Esta característica, según González, le permitió a la Iglesia reconocer
su dimensión histórica (González, 1997: 304). A este hecho le sucedieron la
promulgación de las encíclicas sociales: Pacem in Terris –PT– (Juan XXIII,
1963) y Populorum Progressio –PP– (Pablo VI, 1967) y la realización en 1968
de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano –CELAM–,
en Medellín. Tanto las encíclicas como la CELAM suscitaron reflexiones in-
ternas sobre el rol de la Iglesia ante las problemáticas sociales del continente y
trajeron nuevos temas de reflexión, como la diversidad cultural, el desarrollo,
la desigualdad social y la secularización (ya no vista como una amenaza). Pos-
terior a esta reunión aparecerán las Comunidades Eclesiales de Base, reinter-
pretando el mensaje bíblico con un contenido político (Arias, 2003: 212), y
finalmente, la llamada opción preferencial por los pobres de la teología de la
liberación. Sin este marco contextual no es posible entender las inquietudes
de algunos prelados sobre la praxis del cristianismo en materia social. Mucho
menos el diálogo que este clero inicia con el marxismo, llegando a la politiza-
ción y posterior radicalización de algunos sectores.

153
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Desde una perspectiva nacional y sociopolítica el contexto de referencia es


el Frente Nacional y la oposición a la paridad y alternancia liberal y conser-
vadora en la presidencia. En este período las organizaciones de izquierda se
radicalizaron y se militarizaron (Pizarro, 1991: 61). Con el antecedente de La
Violencia bipartidista, algunas zonas rurales del país –en especial cafeteras–
fueron testigo de una “violencia mafiosa” (1954-1964), que ponía en juego
la propiedad de la tierra y las acciones criminales (Palacios y Safford, 2002:
640-641). Mientras que en otras regiones se instauraron las llamadas “repú-
blicas independientes”, ajenas a la soberanía nacional y al control del gobierno
central (Pizarro, 1991: 169). En este contexto surgieron en 1964 dos grupos
guerrilleros: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), con
las operaciones armadas de Marquetalia, y el Ejército de Liberación Nacional
(ELN), en el departamento de Santander.
Finalmente, desde una mirada nacional y acorde con asuntos religiosos, es
preciso señalar que la jerarquía católica colombiana se alejó del espíritu de ag-
giornaminento que promulgaba el Concilio Vaticano II. La renuencia del car-
denal Luis Concha, arzobispo de Bogotá, a difundir en El Catolicismo los te-
mas conciliares dejó ver la distancia que tomaría la Iglesia frente a los cambios
de la época. Con el Frente Nacional, la institución eclesiástica se acercó a una
etapa de reconfesionalización del Estado que le permitía alcanzar alianzas polí-
ticas y privilegios con los dos partidos políticos, sin la presión de la confron-
tación bipartidista de años anteriores (González 1997: 396). Esta condición
es determinante en los sacerdotes disidentes, pues con el endurecimiento de
la jerarquía se aumenta la radicalización del clero afín a la izquierda marxista
y se evita el diálogo con los “curas rebeldes” (prólogo de González en: Restre-
po, 1995: 15-16). En este marco, surgen en Colombia grupos religiosos mar-
xistas, como Golconda, en 1968,5 y Sacerdotes para América Latina (SAL),
creado en 1972.

El Ejército de Liberación Nacional

Por su parte, los inicios del ELN remiten al año 1962 (Palacios y Safford,
2002: 647-649), cuando siete jóvenes colombianos, entre ellos Fabio Vásquez

5
Dos años después de la muerte de Camilo Torres se formó el grupo Golconda, integrado en su
primera reunión por 60 sacerdotes y el obispo de Buenaventura, monseñor Valencia Cano. Lidera-
dos por el padre René García, el grupo recoge gran parte del pensamiento de Torres.

154
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

Castaño y Víctor Medina Morón, recibieron en Cuba un curso de instrucción


política y militar para la lucha armada. Al concluir el entrenamiento, los par-
ticipantes constituyeron la “Brigada Pro Liberación José Antonio Galán”. A su
regreso a Colombia, el grupo eligió como zona de operaciones a San Vicente
de Chucurí, en el departamento de Santander (Medina, 2001: 82-85). Tras
una fase de proselitismo y cooptación de seguidores, el 4 de julio de 1964,
18 campesinos6 comenzaron la primera marcha guerrillera desde la vereda La
Fortunata, constituyendo el núcleo formal de la organización (Arenas, 1972:
42). La génesis del ELN se concretó con su primera acción armada: la toma de
la población de Simácota, el 7 de enero de 1965.7 El acto permitió presentar
en sociedad al grupo y su manifiesto político e ideológico.8
Hasta 1973 el ELN estuvo marcado por la confusión y los equívocos. Era
una organización débil, carente de recursos (Medina, 2001: 93-99) (Aguilera,
206: 216), mal armada,9 enfrascada en fusilamientos, con un crecimiento
lento (López, 1989: 139) y una estructura piramidal atada al personalismo
de Fabio Vásquez.10 No es extraño que al preguntarle a Gabino sobre cuál
había sido el principal logro de esta etapa respondiera: “Haber sobrevivido,
seguir existiendo” (entrevista a Nicolás Rodríguez (Gabino), en: López, 1989:
139). En 1973 la organización quedó diezmada por cuenta de la Operación

6
Entrevista de Mario Menéndez, de la Revista Sucesos, a Fabio Vásquez (21 marzo 1967). (Torres,
1967: 184).
7
Recientemente, Marco Palacios planteó que si bien estos acontecimientos marcan el origen formal
del grupo guerrillero –o la “historia con-sagrada” del ELN–, es posible rastrear acciones conjuntas
adjudicadas al “movimiento de liberación nacional” antes del 4 de julio de 1964. El registro del es-
tallido de petardos desde 1962, intensificados en el segundo semestre de 1963, con énfasis en Bogo-
tá y Barrancabermeja, evidencian la presencia de una organización armada en gestación con cierta
capacidad de operar actos violentos en sectores urbanos. En este proceso, explica Palacios, el trabajo
de reclutamiento en universidades fue estratégico, en especial los contactos logrados con miembros
del movimiento estudiantil (Palacios, 2012: 79-81). Los hallazgos de Palacios son novedosos por
dos razones: primero, porque da un mayor énfasis al sector universitario y su trayectoria desde el
gobierno del general Rojas Pinilla; y segundo, porque imprime un matiz urbano al origen del ELN,
que resulta casi antagónico con los mitos de San Vicente de Chucurí, La Fortunata y Simácota en
los imaginarios guerrilleros; la acción urbana entre 1962 y 1964 ha tendido a desvanecerse en los
trabajos académicos y no académicos sobre el tema.
8
Manifiesto de Simácota. Enero 7 de 1965.
9
Por esta condición, la “recuperación de armas al enemigo” se convierte en una estrategia para abas-
tecerse de material bélico (Aguilera, 2006: 216).
10
Con visos de autoritarismo (Aguilera, 2006: 215). Arenas describe los privilegios de Vásquez como
jefe y su falta de capacidad política para orientar al grupo (Arenas, 1972: 132-136).

155
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Anorí (Antioquia). Con los errores tácticos y la salida a Cuba de Vásquez, en


1974, vinieron los problemas para consolidar campamentos y desdoblarse,
el deterioro de las relaciones con los campesinos y las redes urbanas, el
aislamiento político y el dogmatismo ideológico (Palacios y Safford, 2002:
659). El dilema organizacional llevó a la Dirección Nacional a centralizar
las estructuras (Cubides, 2005: 56). En la década de los ochenta, ya con el
liderazgo del cura Pérez, se consolidó una etapa de reconstrucción y expansión
(Pizarro, 2004: 100), cuyo punto de llegada y partida fue la Primera Asamblea
Nacional “Camilo Torres Restrepo”, en 1986.
El ELN se definió en sus inicios como una guerrilla “foquista” y procu-
bana. El contacto con el sacerdote y sociólogo Camilo Torres (1929-1966)
imprimiría un nuevo matiz a la historia de la organización. No tanto por
su faceta de guerrillero, por demás desafortunada, como por su significación
posterior a su muerte –en combate– en febrero de 1966. De ahí que en 1969
sus pasos fueran seguidos por tres religiosos aragoneses: Manuel Pérez Martí-
nez (1943-1998), Domingo Laín Sanz (1940-1974) y José Antonio Jiménez
Comín (1936-1970).11 El ELN aceptó la presencia de religiosos en sus filas
desde su fase de formación. El dilema al que se enfrentaron tanto estos cua-
tro sacerdotes como los grupos católicos marxistas de época no es menor: ¿las
transformaciones sociopolíticas debían hacerse por la vía pacífica o por la vía
armada? (Restrepo, 1995: 33). Ante la multiplicidad de contextos y las con-
diciones de origen del ELN, ¿es posible caracterizar la presencia de religiosos
en la guerrilla como una victoria de la opción violenta sobre la pacífica?, ¿las
propuestas del Concilio Vaticano II y la relectura de la realidad social y polí-
tica que promovieron algunos sectores de la Iglesia no resultaron suficientes
para las expectativas de cambio de estos sacerdotes?

Contextos y nociones de guerra y paz

El contexto y los actores a los que se ven abocados estos cuatro religiosos
aportan elementos determinantes para explicar por qué les resulta más atrac-
tiva la opción armada que la pacífica. Dichos contextos revelan evidencias de
una incomprensión de las circunstancias de la época y una incapacidad para

11
A los españoles le siguieron Carmelo García, Diego Uribe Escobar, Bernardo López Arroyave, Lau-
rentino Rueda y Vicente Mejía, entre otros seminaristas, catequistas y monjas.

156
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

viabilizar transformaciones desde acciones alternativas a la guerra. El estado


ideológico, político y social de la época parece desbordar a los religiosos, que
cuentan con recursos precarios para entender las problemáticas del momento
y promover cambios desde la legalidad. En últimas, estos contextos múltiples
juegan a favor y en contra de una opción “no violenta” de las transforma-
ciones sociales y políticas que los prelados marxistas consideraban necesario
promover. Las concepciones que sobre la paz introduce el Concilio Vaticano
II y el tono aperturista que muestra la renovación de la doctrina social de la
Iglesia ofrecían herramientas novedosas de trabajo en asuntos como la guerra
y la paz, sin embargo, no parecen ser del todo interiorizados por los religio-
sos, quienes no articulan un discurso contundente que contraponga la opción
armada. Al contrario, en los cuatro casos, esta termina siendo justificada,
ideológica y “teológicamente”, como una vía inevitable y obligatoria ante las
condiciones de la época.
Para el Concilio Vaticano II, la paz es un proceso que “nunca se obtiene
de modo definitivo, debe edificarse continuamente”. Según la constitución
Gaudium et spes, “no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce solo al es-
tablecimiento de un equilibrio de las Fuerzas adversas, ni surge de una domi-
nación despótica, sino que se llama con exactitud y propiedad la obra de la
justicia (Is 32, 7)”. Su origen tiene un carácter divino. Es un orden establecido
por Dios, que los hombres llevan a cabo mediante el dominio de sí mismos
y la vigilancia de una autoridad legítima. Como institución religiosa, la de-
finición de la paz elaborada por la Iglesia supone una dimensión espiritual y
otra temporal. De ahí que se establezca como “fruto del amor al prójimo” y al
mismo tiempo se defina desde el respeto a los pueblos y el “derecho general de
gentes”, para garantizar que “las naciones no levantarán ya más la espada una
contra otra”. Ahora bien, reconociendo que la guerra no ha sido erradicada de
la humanidad, el Concilio promueve el respeto a los tratados internacionales
de regulación de las confrontaciones bélicas e identifica a los ejércitos como
instrumentos de la seguridad y la libertad de los pueblos. Bajo ese parámetro,
la guerra indiscriminada, carente de regulación, es un “crimen contra Dios y
la humanidad que hay que condenar” (constitución “Gaudium et spes”, 1965:
Capítulo V, numeral 78. página 331).
En el programa de Simácota (enero 7 de 1965), el ELN estableció que el
fin último de la lucha armada era “la paz y la convivencia pacífica, el desarro-
llo y el progreso, el bienestar y la felicidad de los colombianos”. El documento

157
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

definió la paz como un propósito y “un proceso de construcción participati-


vo”, orientado a generar condiciones de bienestar. En ese momento, el ELN
consideraba que un paso en la consecución de tal proceso era la realización de
una Convención Nacional que permitiera un “gran acuerdo nacional por la
paz entre los colombianos”. Ahora bien, en la dicotomía guerra-paz, la organi-
zación armada definió la guerra como un recurso para eliminar los obstáculos
que han impedido alcanzar las condiciones de paz y bienestar que deberían te-
ner los colombianos. En otras palabras, la guerra se convierte en el medio para
conseguir la paz. Sin embargo, el propósito planteado por la guerrilla estaba
condicionado por la toma del poder y el establecimiento de un modelo parti-
cular de sociedad y Estado. A finales de los ochenta, Manuel Pérez señalaba en
una entrevista que “lo novedoso del ELN era que se planteaba la estrategia de
tomar el poder por las armas […]. Nacimos con el convencimiento de la lucha
armada y hasta hoy mantenemos esa convicción. Hemos ido viendo cada vez
con más claridad que no hay otra vía para transformar la sociedad” (entrevista
de Pérez con María López Vigil en López, 1989: 130-131).
Estas dos perspectivas no dejan de llamar la atención por sus similitudes
y diferencias. En la década de los sesenta tanto la Iglesia como la guerrilla
definieron una concepción propia de la paz y la vincularon a su carácter, sus
discursos y sus propósitos particulares. Pese a ser actores con una naturaleza
diferente, una institución religiosa y una organización armada ilegal, su visión
de la paz comparte un tono “aspiracional”, similar al logro de un estado ideal
de las cosas. Es una paz positiva, que no se detiene solamente en la ausencia
de guerra, sino que exige el establecimiento de una serie de condiciones de
bienestar material, emocional y espiritual en la sociedad. El problema de esta
perspectiva es la amplitud con la cual es valorada la paz y la ambigüedad que
genera tal condición. Ahora bien, la distancia entre estas nociones radica en
su instrumentalización. El del Concilio Vaticano II es un discurso institucio-
nal, aunque más estructurado que el del ELN, que pasa tanto por el recono-
cimiento de condiciones bélicas y la condena de la guerra, como por la de-
finición de elementos que van ligados al establecimiento de una convivencia
pacífica: la justicia, la dignidad, el respeto, el derecho, el amor al prójimo, etc.
En esa medida es entendida como un proceso permanente, no solo como un
punto de llegada, como la percibía la guerrilla. El ELN relaciona el concepto
más con condiciones materiales de bienestar y transformaciones socioeconó-
micas y políticas, que con valores y estados espirituales, como plantea la Igle-

158
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

sia. Su alusión a la guerra representa un medio inevitable y obligatorio para


alcanzar ese punto de llegada. En ese marco, es preciso cuestionarse ¿por qué
estos cuatro sacerdotes, en el contexto de incursión del Vaticano II, más aper-
turista y aggiornamiento, concibieron las armas como un imperativo para con-
seguir la paz? Las secciones que vienen a continuación buscan reconstruir las
trayectorias vitales de los religiosos a la luz de esta pregunta.

2. Aspectos biográficos

Camilo Torres Restrepo nació el 3 de febrero de 1929 en Bogotá. Su pa-


dre, Calixto Torres Umaña, médico de la Universidad Nacional de Colombia
y con una especialidad en pediatría de la Universidad de Harvard, procedía de
una familia de terratenientes y ganaderos boyacenses (Villanueva, 1995: 30-
42). Militante del partido liberal, fue elegido concejal de Bogotá en 1929 y
se desempeñó como profesor universitario y rector encargado de la UNAL en
1946. Torres Umaña, quien se definía como ateo, falleció el 2 de diciembre
de 1960, a los 73 años (entrevista de Cubides a Gerda Westendorp, hermana
de Camilo, en Cubides, 2010: 19). Por su parte, Isabel Restrepo Gaviria, ma-
dre de Camilo Torres, provino de una familia de colonizadores antioqueños,
comerciantes liberales y anticlericales. Contrajo matrimonio con Torres luego
de haber enviudado en 1920 de Karl Westendorp.12 Como liberal, participó
en la campaña presidencial de Enrique Olaya Herrera y acompañó a su es-
poso en sus cargos políticos y diplomáticos. En 1937, el matrimonio decidió
separarse, acordando que sus hijos, Fernando y Camilo, quedarían al cuidado
de Isabel. Los biógrafos de Camilo suelen darle gran importancia al papel de
su madre en su vida privada (Pérez, 1999: 80-87). De un carácter dominan-
te, Isabel vivió con su hijo durante un año en Bélgica, cuando adelantaba sus
estudios en Lovaina y lo apoyó con la publicación de Frente Unido en Bogotá
(Cubides, 2010: 19). Gerda Westendorp, hermana de Torres, asegura que su
madre era “rebelde por excelencia”, en los Restrepo y los Gaviria “todos hemos
sido rebeldes, eso es una característica de la familia […]. Eran para esa época,
ultraliberales […]” (Cubides, 2010: 19).

12
Con quien tuvo dos hijos, Gerda y Edgar.

159
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Por su parte, Manuel Pérez Martínez nació el 9 de mayo de 1943 en Al-


famén, en la provincia de Zaragoza, España. El más joven de estos cuatro sa-
cerdotes comparte una historia similar con Laín y Jiménez: “mis padres eran
campesinos pobres” (entrevista a Pérez en López, 1989: 73). Herminia, su
madre, era devota católica y su padre, Marcelino, un agricultor de trigo y ce-
bada, fue un comprometido falangista durante la guerra civil española (Bro-
derick, 2000: 25-27): “Yo creo que él peleó a favor de Franco más por ideas
religiosas que por ideas políticas”. En efecto, el tema político era algo poco
abordado en casa, Pérez era el menor de dos hermanos, estudió la primaria
en su pueblo natal y a los 10 años se trasladó a la provincia de Teruel, al sur
de Aragón, para ingresar al Seminario Menor de Alcoriza. Ante la falta de re-
cursos económicos, “el seminario era una salida cultural y social”. 13 Los cinco
años que estuvo en Alcoriza no fueron de su agrado, la disciplina “impuesta
y represiva” y la idea de un Dios “justiciero y castigador”, como describía el
mismo Pérez, contrastaron con la solidaridad enseñada por su madre. Al igual
que Torres, esta figura fue determinante. “Más que todo quien influyó en mi
fue mi mamá. Por lo cristiana que era […]. Yo quería mucho a mi mamá, más
que a mi papá” (entrevista a Pérez en López, 1989: 73-76).
De los aragoneses, el mayor era José Antonio Jiménez Comín. Nació en
Ariño, provincia de Teruel, en 1936. En una entrevista, Pérez calcula que fue
él quien entró más tarde al Seminario Mayor de Zaragoza, hacia los 25 años,
después de haber trabajado en un banco y estar a punto de contraer matri-
monio (entrevista a Pérez. En: López, 1989: 115-116). Calificado por los sa-
cerdotes como un seminarista de “vocación tardía”, Jiménez logró captar la
atención de los jóvenes Laín y Pérez, por su experiencia y madurez, al coin-
cidir los tres en el seminario (Broderick, 2000: 34). Finalmente, de Domin-
go Laín Sanz se sabe que nació el 16 de marzo de 1940 en Paniza, Zaragoza.
Sus padres fueron “campesinos medios cultivadores de uva”. A los 11 años,
en septiembre de 1951, se trasladó al Seminario Menor de Alcoriza, al igual
que Pérez, donde realizó su primer año de formación religiosa antes de ir al
Seminario Mayor. 14

13
Bajo la supervisión del maestro José María, un hombre crítico del evangelio, según Pérez (entrevista
a Manuel Pérez. En: López, 1989: 74).
14
Perfil tomado de la página web del eln-voces: http://www.eln-voces.com/index.php?option=com_
content&view=article&id=1192%3Adomingo-lain-saenz&catid=46%3Aefemerides&Itemid=1.
[Ultima visita 13-06-2012].

160
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

Estos antecedentes son determinantes no solo en el análisis de la realidad y


las preocupaciones sociales de los sacerdotes, sino en su trabajo pastoral y po-
lítico y su ingreso y desempeño en la guerrilla. Camilo estudió en el Colegio
Alemán y se graduó de bachiller del Colegio Liceo de Cervantes, en 1946.15
Ingresó a la Universidad Nacional a estudiar derecho y al primer año deci-
dió retirarse para vincularse a la Orden de los Dominicos en Chiquinquirá,
por influencia de los sacerdotes belgas Blanchet y Nielly (Villanueva, 1995:
60-61). Sus padres desaprobaron su decisión y ante la insistencia de Cami-
lo, accedieron a que ingresara finalmente a la Orden Conciliar de Bogotá en
el Seminario Mayor, donde se desempeñó como un estudiante disciplinado,
con un buen rendimiento académico e inquieto por las causas sociales (Pérez,
1999: 109-110). Torres se ordenó como sacerdote el 29 de agosto de 1954.
Inconforme con la proyección social impartida por el Seminario (Maldonado,
1972: 26; Pérez, 1999: 106) y con el apoyo del Cardenal Crisanto Luque,16
ese mismo año se matriculó en la Universidad Católica de Lovaina, para con-
tinuar sus estudios en el programa de Ciencias Sociales y Políticas. En Europa
formó el Equipo Colombiano de Investigación Socio-Económica (ECISE),
estableció contacto con los curas obreros de Francia, el movimiento de libe-
ración argelino y el mundo socialista, posteriormente realizó una estancia de
Honorary Fellow en la Universidad de Minnesota, donde residía su hermano
Fernando y, finalmente, regresó a Bogotá a principios de 1959 para ejercer su
noviciado.
La extracción socioeconómica y familiar y la formación académica de To-
rres contrastan con las de los sacerdotes aragoneses. El origen urbano, de clase
alta y liberal del colombiano difiere de la ascendencia campesina, humilde y
católica de Pérez, Laín y Jiménez. Estos tres sacerdotes tuvieron una forma-
ción exclusivamente religiosa –en el Seminario en Zaragoza–, en pleno desa-
rrollo del Concilio Vaticano II, mientras que Torres estudió una carrera uni-
versitaria en un país diferente al suyo –sociología en Bélgica– y el Concilio
apareció escasamente un año antes de su muerte. Sus diferencias biográficas

15
Los dos eran colegios privados en Bogotá. A partir de la década de1950, el Cervantes quedó en ma-
nos de la Comunidad de los Agustinos.
16
Según Gustavo Pérez, a Mons. Luque lo caracterizó el pragmatismo, la comprensión y su visión
abierta a la modernización de la Iglesia. Envió al exterior a sacerdotes a estudiar sociología, creó un
centro de investigación socio-religiosa e introdujo la planeación en las actividades pastorales de la
Iglesia (Pérez, 2004: 27).

161
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

son importantes, sin embargo, a los cuatro les atrajo de manera similar la lu-
cha armada y el ingreso a una guerrilla marxista.

3. Camino a la guerrilla: influencias religiosas y políticas

Pérez, Laín y Jiménez coinciden en el Seminario Mayor de Zaragoza. Los tres


compartieron su formación religiosa y sus inquietudes ideológicas (entrevista a
Pérez en López, 1989: 75-77). A diferencia de Camilo, quien permaneció ais-
lado durante sus años de seminarista, sin mayor acceso a periódicos y noticias
radiales,17 los españoles buscaron estar en contacto con diferentes realidades.
Así, durante las vacaciones de 1959 viajaron al norte de Francia para integrarse
al movimiento de sacerdotes obreros, convivir con emigrados de la guerra ci-
vil española y ocuparse en las fábricas con los trabajadores. Ante el estudio del
marxismo y las incipientes polémicas de su relación con el cristianismo, los tres
españoles se obsesionaron con pasar de las discusiones filosóficas a la acción.
Para Pérez, la experiencia de Francia le trajo tres consecuencias directas con
sus prácticas religiosas: un distanciamiento de los rezos rutinarios, por tradi-
cionales y mecánicos. Una revaluación de la idea de pecado y no pecado, atada
a la clase social. Y una cierta aversión a los ritos, en especial la misa, que había
perdido su sentido espiritual y era practicado como un rito social más (entre-
vista a Pérez. En: López, 1989: 82).
El 28 de octubre de 1965, Domingo Laín se ordenó como sacerdote y en
mayo de ese año fue designado párroco de la villa de Tauste,18 donde traba-
jó por más de un año y conformó un club de jóvenes para labores sociales.
Pérez se ordenó en julio de 1966, con setenta seminaristas más, en una cere-
monia especial oficiada por el papa Pablo VI en la Capilla Sixtina. Con una
idea vaga sobre América Latina, antes de ordenarse, José Antonio y Manuel
participaron en el Seminario Hispanoamericano de Madrid, donde además
de acercarse a las problemáticas del continente, se familiarizaron con la ex-
periencia de Camilo Torres: “todos hablábamos con entusiasmo de Camilo,
y con preocupación y con interés por la situación que se vivía en Colombia”

17
Era una vida casi monacal, por eso Lovaina significa para Torres un despertar al mundo de su época
(Pérez, 1999: 7).
18
Perfil tomado de la página web del eln-voces: http://www.eln-voces.com/index.php?option=com_
content&view=article&id=1192%3Adomingo-lainsaenz&catid=46%3Aefemerides&Itemid=1
[01-06-2012].

162
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

(entrevista a Pérez en López, 1989: 83-84). Torres se fue convirtiendo en un


símbolo, asegura Pérez, en un ejemplo de entrega. Para antes de este Semi-
nario, Jiménez (entrevista a Pérez en López, 1989: 84-85)19 y Pérez ya tenían
pensado trabajar en América Latina, mientras que Laín se inclinaba por
África, por su cercanía con los Padres Blancos de Bélgica. En este contexto,
llama la atención la relevancia que Pérez le da a Camilo como inspirador de
su pensamiento en su último año de teología (1964-65), en una fase donde
el Frente Unido apenas aparecía en Colombia. Esta visión contrasta con la
tesis de que la fuerza de las ideas camilistas se propagan en el exterior solo
después de su muerte. Otra posibilidad es que Pérez sobrevalore la influen-
cia de Torres en aquella época, por la importancia simbólica que posterior-
mente tendrá en el ELN.
En 1966 Manuel Pérez se trasladó a Getafe, un barrio obrero en Madrid,
donde acompañó por un año al padre Abilio Hospital. Allí hizo contacto con
la Juventud Obrera Cristiana (JOC), comunistas y sectores antifranquistas
(entrevista a Pérez en López, 1989: 86-87). Estos jóvenes sacerdotes empe-
zaban a combinar su condición de “líder espiritual” con las acciones de un
“líder social”. Esto se vio en Torres siete años atrás, cuando fue capellán au-
xiliar de la Universidad Nacional. El sacerdote se acercó a los estudiantes y,
paralelo a su vinculación docente en la Facultad de Sociología, se integró al
Movimiento Universitario de Promoción Comunal (Muniproc). Sin embar-
go, a diferencia de los sacerdotes españoles, Torres concentró una actividad
política, social y académica mucho más intensa, que no solo lo ubicó en es-
cenarios de influencia política, sino que le otorgó un reconocimiento públi-
co por el cual figuró en medios de comunicación, generó opinión y alcanzó
simpatías y odios entre los ciudadanos. El suyo fue un patrón de rápida in-
serción en la vida política nacional que difícilmente podían alcanzar otros
sacerdotes diocesanos.
La estrategia de acción social de Pérez, Jiménez y Laín sería diferente a la
de Torres. En 1967, los sacerdotes decidieron viajar a América Latina. Los dos
primeros llegaron a República Dominicana y el tercero a Colombia: “la verdad
es que en ese momento todos los países nos sonaban medio iguales”, explica
Manuel. Sin embargo, Colombia tenía un valor especial por la influencia de

19
Cabe señalar que sobre la ordenación de Jiménez no se encontraron referencias, no obstante, se po-
dría calcular que esta ocurrió entre 1965 y 1966.

163
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Camilo, de ahí que Laín explore primero esa posibilidad. América Latina
representaba la posibilidad de “encarnarse”, “quiere decir ser consecuente,
meterse para no salirse, no tener esperanza de retroceso” (entrevista a Pérez
en López, 1989: 83-89). Esta necesidad de “pasar a la acción” e involucrase
a profundidad con “una misión”, está ligada con las inquietudes finales
que llevan a los sacerdotes a integrarse a la guerrilla unos años más tarde.
Es inevitable no asociar el concepto de “encarnación” con una connotación
religiosa: “Dios encarnado”. Y la idea del “compromiso sin marcha atrás”, con
el principio “eleno” de “liberación o muerte”, que en la práctica condena la
posibilidad de desertar de “la causa” y asume un nivel absoluto de sacrificio
y compromiso. Las analogías entre la religión y los contenidos simbólicos y
discursivos del ELN llaman la atención en dos sentidos: primero, el carácter
de religiosidad civil que adoptan muchas de sus prácticas, como los rituales
de paso, la conmemoración a los héroes, la construcción de mártires o la
exaltación a la simbología guerrillera, entre otras; y segundo, las coincidencias
del discurso y los principios guerrilleros con los dogmas de fe y las prácticas
religiosas, como la preferencia por los marginados, el sentido de sacrificio, la
idea de asumir un compromiso a muerte, el castigo y la obediencia, el culto a
los muertos o los contenidos de emblemas guerrilleros.20
En Santo Domingo, los sacerdotes son esperados en la parroquia de El
Cercado, en la frontera con Haití, tras su travesía en barco desde España.
Cuatro son los impactos más importantes: la pobreza, el racismo, la religio-
sidad del vudú y el fantasma del régimen de Trujillo. El trabajo en República
Dominicana se obstaculizó por las tensiones con monseñor Reilly, encargado
de su diócesis; las amenazas de muerte de trujillistas y la pasividad de la gente.
Tras estar en la cárcel por participar en una protesta y recibir de monseñor la
orden de retirarse del país (entrevista a Pérez en López, 1989: 89-96), Manuel
y José Antonio se reunieron con Domingo en la isla. Este último había sido
expulsado de Colombia por el cardenal Luis Concha,21 arzobispo de Bogotá,

20
Aproximaciones interesantes sobre este tema se encuentran en Aguilera (2003) y algunos apartes de
Medina (2001) y capítulos de exsacerdotes e investigadores en Corporación Observatorio para la
Paz (2001).
21
Quien tomó posesión el 20 de junio de 1959, año en el que Camilo Torres regresa de realizar sus es-
tudios en Europa y Estados Unidos. Mantuvo una constante tensión con Torres por sus actividades
políticas. Se caracterizó por su “mano dura” con los curas contestatarios de la época. Su renuncia fue
aceptada en 1972.

164
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

por participar en movilizaciones barriales. Antes de salir del país, Laín logró
hablar con Monseñor Rubén Isaza, quien accedió a recibir en Cartagena a los
tres españoles en caso de querer trasladarse a Colombia.
Por su participación en la huelga universitaria de 1962, Torres también
fue amonestado por las autoridades eclesiásticas. Su sermón en la misa
de conmemoración a “estudiantes caídos” desató el interés de la prensa
(Villanueva, 1995: 87) y la molestia de los jerarcas. Cumpliendo la orden
del cardenal, renuncia a todos sus cargos en la Universidad Nacional, tanto
académicos como clericales. Así, en agosto es nombrado vicario coadjunto
de la parroquia de la Veracruz en Bogotá, donde acompañó al padre Arturo
Franco en las actividades cotidianas de una casa cural, vida que desconocía
Torres (Broderick, 1975: 109-111).22 Su trabajo como párroco pasó a un plano
secundario ante su intensa actividad política, social y académica: el retorno a
clases en la UNAL, su permanencia en la Escuela Superior de Administración
Pública (ESAP), las pujas en Incora, el contrato con Unicef, su participación
en eventos y congresos, su permanencia en Minuproc, entre otros. En junio
de 1964 es relevado de su cargo en la Veracruz y hasta febrero de 1965 es
nombrado miembro de la Comisión Arquidiocesana de Sociología Religiosa.
El año 1965 es uno de los más activos en la vida política de Torres. El 22
de mayo realizó el lanzamiento de la Plataforma del Frente Unido del Pueblo
Colombiano, movimiento que buscaba congregar a sectores “no-alineados”23
de la sociedad. La iniciativa creó como canal de comunicación el periódico
Frente Unido, cuya primera edición apareció el 26 de agosto. Con un costo de
1 peso, distribuyó 50.000 ejemplares. La publicación se convirtió en el espacio
de difusión de los “Mensajes” de Camilo a todos los sectores de la sociedad:
cristianos, comunistas, militares, no alineados, sindicalistas, campesinos,
mujeres, estudiantes, desempleados, presos políticos y la oligarquía.24 Este

22
Gestionar actas de bautizo y matrimonio, realizar confesiones, bendecir imágenes, preparar primeras
comuniones, atender feligreses en el despacho parroquial, entre muchas otras tareas, se unieron a
las actividades académicas y de acción política. En la parroquia de la carrera séptima las tareas
eran poco atractivas para Torres, sin embargo, señala Broderick, logró convertirse en “el cura de
moda”, al cual acudían señoras de alta sociedad y mencionaban los caricaturistas de los periódicos
(Broderick, 1975).
23
“Todos los inconformes” señala el documento. En general, sin filiación política (Plataforma Revo-
lucionaria del Frente Unido del Pueblo. Mayo 22 de 1965. En: Torres, 1967: 19-22).
24
La recopilación de estos escritos se encuentra en: Torres, Liberación o muerte, 1967; y Maldonado,
Cristianismo y revolución, 1972.

165
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

activismo de Torres en lo social y lo político coincide con una de sus etapas más
difíciles como religioso. Las tensiones con monseñor Concha se intensificaron
en el primer semestre de 1965, la correspondencia pública25 desafió cualquier
conducto regular y posibilidad de diálogo. Así, el 24 de junio Torres le solicita
a Concha que “lo reduzca al estado laical” y lo exonere de las obligaciones
inherentes al estado clerical.26 Dos días después el cardenal Concha decretó
aceptada la petición, tras recibir la respuesta de Roma a la solicitud de Torres
(Pérez, 1999: 198). No obstante, en lo político sus planes seguían en marcha.
Fue así como el 3 de julio, al regreso de una gira en Perú y tras ser recibido
por una caravana en el aeropuerto, se trasladó con la red urbana del ELN
a Santander, donde se reunió con los dirigentes de la organización. Desde
enero habían empezado los contactos con la guerrilla (Maldonado, 1972: 39).
Torres planteaba una coordinación entre el trabajo legal y el clandestino. Con
la ayuda del Frente Unido, propuso encargarse de la concientización de la
población y las redes de apoyo. Desde una lectura optimista, más motivado
por el idealismo que por la realidad de los hechos, consideraba que había una
“etapa prerrevolucionaria en ascenso” (Medina, 2001: 136).
La experiencia de los españoles tiene otro carácter. Al llegar a Cartagena
son ubicados en los barrios de Ciénaga de la Virgen. Los sacerdotes rechaza-
ron las opciones de trabajo de monseñor Isaza y decidieron ocuparse en las
actividades en las que se desempeñaba la gente del barrio. Pérez fue bultea-
dor en el puerto, Laín trabajó en una ladrillera y Jiménez reparaba cajas de
gaseosas (entrevista a Pérez. En: López, 1989: 97-98). “Vivíamos las mismas
condiciones de vida de la gente” (entrevista a Pérez. En: Restrepo, 1995:322),
situación opuesta a la de República Dominicana, donde la diócesis les proveía
vivienda, alimentos y un carro, mientras que Caritas se encargaba de finan-
ciar las obras sociales. Pérez señala que el ambiente cultural en Cartagena era
distinto: “eran mayores las facilidades de asociación y mayores niveles de con-
ciencia […]. La misma situación de pobreza pero con mayores posibilidades

25
Ante la falta de una respuesta, las dos cartas de Torres al cardenal son entregadas a la prensa por el
mismo sacerdote. La respuesta de monseñor Concha, del 9 de junio, fue publicada en los periódi-
cos antes de que llegara a manos de su destinatario. Cartas del padre Camilo Torres a Mons. Luis
Concha, arzobispo de Bogotá, (28 de mayo, 1965); Carta de Mons. Luis Concha al padre Camilo
Torres, (9 de junio, 1965). Recopiladas en: (Maldonado, 1972: 372-374).
26
Carta del padre Camilo Torres a Mons. Luis Concha, arzobispo de Bogotá, (24 de junio, 1965). En:
(Maldonado, 1972: 372-374).

166
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

liberadoras” (entrevista de Javier Darío Restrepo a Manuel Pérez, en Restrepo,


1995: 322).
En Cartagena los tres sacerdotes se contactaron con el grupo de Golconda
y participaron en la segunda reunión de diciembre de 1968 (Weis, 1969: 27-
29), estudiaron los documentos de la CELAM en Medellín y siguieron las no-
vedades del Concilio Vaticano II. En los barrios, organizaron movilizaciones y
trabajo comunal, formaron clubes de jóvenes y publicaron un “periodiquito”.
A raíz de la movilización del barrio San José, por el desalojo de casas, los sacer-
dotes fueron llevados a prisión (entrevista a Pérez. En: López, 1989: 99-102).
Sin contar con el respaldo de monseñor Isaza, quien hasta entonces se había
mostrado comprensivo con ellos, las autoridades les exigieron salir del país.
Antes de hacerlo, se reunieron con algunos miembros de Golconda para expo-
ner su decisión de integrarse a la lucha armada a su regreso al país (entrevista
a Pérez en Restrepo, 1995: 329). José Antonio y Manuel llegaron a Canarias
en la Semana Santa de 1969, Domingo permaneció en Colombia. Regresar al
país resultó una nueva travesía, cuenta Pérez. Al impedírseles la entrada a Ma-
nuel y José Antonio a Colombia, se dirigen a Curazao y de allí pasan a Repú-
blica Dominicana, en ese país son identificados en una revuelta popular y son
expulsados de nuevo a España. En Madrid se reencuentran los tres sacerdotes,
se despiden de sus familias y, finalmente, al establecer contacto con el ELN,
“cada uno dio su vuelta y los tres nos volvimos a encontrar en la guerrilla. Du-
rante años estar con la guerrilla había sido nuestro sueño. Y ahí estábamos”
(entrevista a Pérez en López, 1989: 108-111).

4. La lucha armada se justifica

Después de la reunión en Santander, Torres acordó reportar a Vásquez sus


actividades políticas, los avances con el Frente Unido y los requerimientos
logísticos para su labor. “La revolución sigue en marcha en forma
verdaderamente estupenda”,27 actitud optimista que venía repitiendo en
prensa, antes de solicitar el retiro de sus funciones sacerdotales: “la revolución
es inevitable y a mi juicio ocurrirá antes de 5 o 7 años. El concepto de que
nuestro pueblo no sabe leer es erróneo ya que una conciencia revolucionaria

27
Carta de Camilo Torres a Fabio Vásquez (22 de julio, 1965). En: Torres, 1975: 32-33.

167
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

no la dan los libros sino los hechos”.28 En compañía de Jaime Arenas, enviado
por el ELN, Torres se dedicó a la publicación de Frente Unido (Medina,
1996: 139) y a la difusión de un discurso más radical en temas como el
abstencionismo.29 Más allá de denotar una profunda fe en la revolución, sus
cartas evidenciaban “su gran ingenuidad en materia política” (Villanueva,
1995: 206).
En agosto, la interceptación de José Durán Nova con correspondencia
del ELN generó nuevas presiones. Los meses siguientes fueron testigos de
capturas, pugnas en Frente Unido y las últimas giras regionales de Torres,
quien el 18 de octubre iniciaría su camino al monte. La tesis más común
es que ante las amenazas a la seguridad del sacerdote, Fabio Vásquez agilizó
el ingreso del clérigo al campamento guerrillero.30 Decisión que a la postre
resultó un error estratégico, pues Torres fue más efectivo en la ciudad y la
legalidad, que en el campo y la clandestinidad. La hipótesis de Villanueva
sugiere otros matices. Para él, las cartas entre Vásquez y Arenas permiten
concluir que “el ELN no estaba muy interesado en coordinar la acción
clandestina con la legal”. Vásquez veía en Frente Unido un canal para el
reclutamiento de milicia y el acceso a financiación, de ahí que fuera de su
interés mantener a este y a Torres bajo sus órdenes (Villanueva, 1995: 206).
Para Fals Borda, Torres acudió a una expresión violenta “como un expe-
diente final, en vista de la frustración que él observó en el proceso político
normal”, la violencia para él “era un medio, no un fin” (entrevista de Cubi-
des a Orlando Fals Borda, en: Cubides, 2010: 105). En la proclama Desde las
montañas, del 7 de enero de 1966, Torres señaló que se había incorporado al
ELN “porque en él encontré los mismos ideales del Frente Unido. Encontré
el deseo y la realización de una unidad por la base, de base campesina, sin
diferencias religiosas ni de partidos tradicionales […]. Que no depondrá las
armas mientras el poder no esté totalmente en manos del pueblo”.31 El docu-
mento, que parte de la convicción de que “el pueblo sabe que no queda sino
la lucha armada”, está permeado por una visión de inevitabilidad de la revolu-

28
El Tiempo reproduce entrevista hecha por La Patria de Manizales (15 de junio, 1965). En: Maldo-
nado, 1972: 393.
29
Carta de Camilo Torres a Fabio Vásquez. Agosto 7 de 1965. En: Camilo, 1975: 34-36.
30
Esta es la tesis defendida por el ELN (entrevista a Pérez. En: López, 1989:133-135).
31
Proclama “Desde las montañas”, Camilo Torres, (7 de enero, 1965). (En: Torres, 1975).

168
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

ción, que defendió Torres desde antes de ir al monte. En junio de 1965 admi-
tía que dicha revolución podía materializarse de manera pacífica o violenta.32
Para Guitemie Oliviéri, exreligiosa francesa que trabajó en Frente Unido33, la
explicación es casi inherente a Torres: “Camilo tenía que terminar, necesaria-
mente, en la guerrilla […]. El camino que tenía delante era o el de hacer su
propia guerrilla o ingresar a alguna de las existentes” (Oliviéri, 3).34
Adicionalmente, existe una justificación teológica de la revolución. En ese
marco, esta “no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que
ven en ella la única manera eficaz y amplia de realizar al amor para todos”. Su
mensaje, al tiempo que busca convocar a los cristianos, pretende explicar su op-
ción personal por la revolución ante su reciente retiro del clero –menos de dos
meses atrás–. En ese marco, señala que se ha entregado a la revolución por amor
al prójimo: “He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo, en el
terreno temporal, económico y social”.35 El “amor eficaz al prójimo” es un pre-
cepto moral, cristiano, que adquiere una dimensión temporal con la revolución,
que hace compatible los dos mundos. Esta apelación se repite en la concepción
de paz que el Vaticano II elaboró en los años sesenta: “la paz es también fruto
del amor al prójimo”, dice la constitución “Gaudium et spes” (1965). En otras
palabras, tanto la Iglesia y el sacerdote colombiano tomaron como argumento
central la misma premisa para justificar la guerra y la paz: el amor al prójimo.
El acto de Torres se presenta como una síntesis entre lo religioso y lo políti-
co, al tiempo que adquiere una connotación de sacrificio. El sacerdote parece
mostrarse como un hombre dispuesto a perder privilegios (como el pertenecer
al clero, según comenta Torres) para conseguir un estado de cosas que mate-
rialicen el proyecto revolucionario. Considera que está siendo coherente con
su fe e invita a los demás feligreses a seguirlo: “Los cristianos podemos y debe-
mos luchar contra la tiranía”. Así, considera que está siendo coherente con su
fe e invita a los demás feligreses a seguirlo.36

32
Semana al día. “La rebelión de las sotanas” (18 de junio, 1965).
33
Darío Mesa y Gerda Westendorp reconocen que Oliviéri sostuvo una relación sentimental con
Torres (En: Cubides, 2010: 26-27, 150-151).
34
Ponencia de Oliviéri presentada en Estados Unidos. No se encuentra publicada ni fechada. Hallada
en sección de folletos de la Biblioteca de El Colegio de México. Oliviéri, Camilo Torres, Pág. 3.
35
Ver: Torres, “Mensaje a los cristianos”. Publicado en Frente Unido (3 de agosto, 1965).
36
Ver: Torres, “Mensaje a los cristianos”. Publicado en Frente Unido (3 de agosto, 1965).

169
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Gustavo Pérez apunta dos elementos que pueden ir al fondo del tema. Pri-
mero, la aceptación de una actividad temporal de la Iglesia. Para Torres, esta
debía “superar una espiritualidad puramente religiosa e individual para traba-
jar eficazmente el bien del hombre completo, como persona y como parte de
una sociedad”. Esta visión asume que el cristiano no puede estar al margen “de
la construcción del mundo” (Pérez, 2004: 5). La pregunta es si el contacto del
cristiano con lo terrenal habilita la puerta de entrada a la esfera política. La
respuesta, en la perspectiva de Torres, sería que sí, el cristianismo debe inter-
venir en los asuntos políticos que garanticen el bienestar material de los hom-
bres. El llamado a una acción política cristiana es recurrente: “como política
de conjunto, el apostolado debe dirigirse con prioridad a las obras materiales
en favor del prójimo, para centrarse en una caridad efectiva y actual” (Torres
citado en Pérez, 1999: 243). El segundo elemento es la condición de Torres
como sacerdote y sociólogo, roles que se complementan según su concepción
de la sociedad y su función en ella: “yo opté por el cristianismo por considerar
que en él encontraba la forma más pura de servir a mi prójimo. Como sociólo-
go he querido que este amor se vuelva eficaz, mediante la técnica y la ciencia”
(Torres citado en Pérez, 2004: 5). Gustavo Pérez considera que “Camilo pro-
pone así una espiritualidad de compromiso social como ineludible exigencia
del amor específicamente cristiano” (Pérez, 1999: 243). No cabe duda que su
lectura sobre los valores y acciones cristianas está permeada por su experiencia
como sociólogo. Torres no deja de armonizar –y en ocasiones de forzar– en su
discurso los dogmas y preceptos religiosos con categorías de las ciencias socia-
les y contenidos ideológicos. Bajo estas condiciones quedaba respaldada una
acción política del prelado.
La inserción de los sacerdotes españoles al ELN, cuatro años más tarde,
sugiere nuevos elementos de análisis. “El día que yo llegué a la guerrilla tenía
una gran convicción en la necesidad de la lucha armada, pero realmente eso
era muy incipiente. [...], una cosa es la convicción y otra la realidad. Fue un
proceso largo […]. La guerrilla es un acto de esperanza muy grande”, señala
Pérez (antrevista a Pérez en López, 1989: 77). El 15 de febrero de 1970, meses
después de su incorporación, Laín escribió una carta abierta explicando sus
razones de ingreso al ELN. De aquí es preciso resaltar tres aspectos: su relación
con el sacerdocio, su compromiso con el socialismo y su apelación a la violen-
cia. En el primer caso, la opción por la lucha armada significa una renovación
del “compromiso irrevocable” que adquirió con el sacerdocio, la entrega a “los

170
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

pobres y oprimidos” supone un precepto de su condición clerical. En el se-


gundo caso, considera que el socialismo “es el único medio de arrancar desde
su raíz las causas de [la] explotación”. Y en el tercero, la violencia se presenta
como un recurso inevitable: “frente a la violencia reaccionaria, opresora, […]
no cabe otra alternativa sino la violencia revolucionaria liberadora”, Laín con-
sidera dicha coerción como ajena a cualquier credo religioso y como un dere-
cho “de los pueblos oprimidos”.37
De la opción armada que defienden estos sacerdotes se destaca: primero, la
influencia del “mito” de Camilo Torres como el “primer cura revolucionario”.
Pérez evoca esta figura para autodefinirse: “éramos los primeros sacerdotes
guerrilleros después de Camilo”. El prelado funciona como influencia y refe-
rencia, era un ejemplo a imitar tanto para los religiosos como para los laicos.
“Para nosotros Colombia era Camilo” (entrevista a Pérez. En: López, 1989:
72). Torres representaba para los españoles la idea misma de “encarnación”
que estaban buscando (entrevista a Pérez. En: López, 1989: 84). Es posible
establecer, incluso, que sin la experiencia de Camilo era poco probable que
los sacerdotes españoles se sumaran a las filas del ELN (entrevista a Pérez en
López, 1989: 111).
Segundo, a diferencia de Torres, los sacerdotes aragoneses tienen una con-
dición particular: son extranjeros. Si bien esto no es impedimento para que
el ELN los integre, sí llama la atención que asuman el compromiso político
de “una revolución” en un país que no es el suyo. El asunto remite a dos pun-
tos: primero, una convicción ideológica y religiosa ajena a la nacionalidad.
Como plantea Laín, se trata de un compromiso –por demás vago– con “to-
dos los países oprimidos” (carta abierta de Domingo Laín, 15 febrero, 1970),
mismo que se fortalece con la formación religiosa de los españoles, toda vez
que el sacerdote considera que recibe la misión de “evangelizar al mundo”. La
mentalidad de misioneros que tenían los religiosos influye en su decisión de
viajar a América Latina y permanecer en Colombia. Y segundo, un sentido
de pertenencia que, pese al punto anterior, no resulta del todo convincente.
“Nos sentíamos plenamente colombianos y por no renunciar a ser uno más
del pueblo optamos por la vinculación a la guerrilla”, destaca Pérez (entrevis-
ta a Pérez. En: Restrepo, 1995: 328), quien al igual que Jiménez había vivido

37
Ver: carta abierta de Domingo Laín, (15 de febrero, 1970). En: http://www.cedema.org/ver.
php?id=1793 [01-06-2012].

171
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

apenas ocho meses en Colombia antes de la expulsión e inmediata vincula-


ción al ELN. Tampoco parece coherente que afirme en un mismo relato que
“durante años estar con la guerrilla había sido nuestro sueño” (entrevista a
Pérez. En: López, 1989: 111), cuando su llegada al país aún era reciente, el
influjo de las ideas de Camilo justo estaba en furor y la referencia a la guerri-
lla no aparece en su narración sino hasta después de su llegada a Cartagena
(1968).
Los sacerdotes españoles también tienen una justificación teológica de la
lucha armada. Según Pérez, su condición como religiosos, la influencia de
Camilo y la revolución “del amor eficaz al prójimo” estuvieron presentes en la
decisión: “analizamos el evangelio y miramos cómo Jesús había sido consecuente
hasta el final y cómo no huyó cuando se vio de cara a la muerte” (entrevista a
Pérez. En: López, 1989: 106). La tesis según la cual las acciones y las enseñanzas
de Jesucristo eras cercanas a la ideología comunista (Miranda, 1981) podría
acompañar la interpretación de Pérez a la hora de enfrentarse a un compromiso
revolucionario. Según Broderick, lo que les atraía a estos sacerdotes era buscar
una especie de matrimonio entre el marxismo y el cristianismo: “esa visión de
fraternidad, de justicia, de igualdad entre los hombres que realmente inspira
al cristiano y está en todas las parábolas de Jesús en el Evangelio, es la misma
inspiración del comunismo” (Broderick, 2001: 29).
En últimas, los cuatro casos presentan dos rasgos comunes en la justifica-
ción de la lucha armada: por un lado, una convicción ideológica y política,
que supone una lectura particular de la realidad y una visión sobre la forma
más adecuada de responder a esta; y por otro, como plantea Javier Darío
Restrepo, un imperativo de la fe (entrevista a Pérez. En: Restrepo, 1995: 327-
328), que parte de la necesidad de encontrar compatible su convicción y ac-
ción política con su credo. En ese marco, su discurso con respecto a la paz es
prácticamente nulo, en especial en los sacerdotes españoles. En contraste con
los documentos fundadores del ELN (1965), que si bien no ahondaban en el
tema, al menos lo planteaban como una preocupación.

5. Vida interna de la guerrilla y cristianismo

La necesidad de explicar la lucha armada desde el punto de vista religioso


y político cambia una vez en la guerrilla. Si afuera la ponderación de las dos
justificaciones era casi equivalente, en tanto los cuatro personajes se encontra-

172
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

ban ejerciendo el sacerdocio y profesando activamente su fe, dentro de la or-


ganización armada el peso de la política y la ideología asume el rol principal,38
pues es el marco de referencia de la acción subversiva. Aludiendo a un juego
de palabras, y para ser más exactos con la jerarquía de roles en este escenario,
los llamados “sacerdotes guerrilleros” deberían llamarse “guerrilleros sacerdo-
tes” o en muchos casos, simplemente son “guerrilleros”.
Para conmemorar el primer aniversario de la toma de Simácota, el ELN
decidió hacer pública la proclama desde las montañas con la cual Torres se
presentaba como miliciano. En una guerrilla ávida de rituales y de significa-
ción, no solo por su cohesión interna, sino por su necesidad de legitimidad
entre las bases sociales, el 7 de enero se revistió de un simbolismo especial.
Simácota se empezó a constituir en el gran episodio fundacional del ELN
(Aguilera, 2003: 10), cuando aún no se sospechaba que el siguiente referente
de unidad residiría en la figura de Camilo Torres. El “primer cura guerrillero”
permaneció tres meses y medio en el monte antes de su muerte.39 Durante
este tiempo su trabajo se concentró en dos ámbitos: entrenamiento militar y
labores de alfabetización e instrucción política. Torres, quien recibió el alias
de “Argemiro”, se negó a recibir privilegio alguno y se integró como un gue-
rrillero raso (López, 1989: 19). En el primer caso su desempeño era aceptable,
aunque limitado para cierto tipo de prácticas, como el desplazamiento en el
monte (Medina, 2001: 155-156). A los 37 años y sin entrenamiento militar
previo, era probable que se le dificultara el ejercicio físico de la guerra: “era
llevarlo a una muerte segura”, afirma el exgeneral Álvaro Tovar, quien coman-
dó el operativo donde calló abatido Torres (Tovar, 2009: 241). En el segun-
do, se dedicó a la alfabetización de campesinos y militantes. Con algunos de
ellos realizó clases de francés y temas políticos; igualmente, participó en la
elaboración de documentos de la organización (López, 1989: 20-23). Pese a
su formación y experiencia política y académica nunca perteneció a los altos
mandos de la organización.
El caso de Pérez y Jiménez no fue distinto al de Torres: llegaron como
milicianos de base. En ese momento estaba en auge la política de fusilamientos

38
Las aproximaciones iniciales a esta conclusión fueron sugeridas por el profesor Marco Palacio en
asesoría al trabajo el 2 de mayo de 2012.
39
Después del 3 de julio de 1965 y hasta que entra al monte, pese a no entrar en la clandestinidad,
Torres cumple tareas para el ELN.

173
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

internos en el ELN. Los dirigentes Víctor Medina Morón, Julio César Cortés
y Heliodoro Ochoa ya habían pasado por el juicio revolucionario (1968) y
Jaime Arenas acababa de desertar (1969).40 La experiencia de Laín fue diferente
a la de sus compañeros. Desde su llegada fue asignado como asesor del Estado
Mayor y uno de los hombres de confianza de Vásquez. Este rol lo puso en un
grado de jerarquía y lo aisló del resto de sacerdotes (Broderick, 2000: 153).41
De su experiencia inicial, Pérez, quien se encargaba de la cocina y la vigilancia,
recuerda su temor a la violencia, “porque una cosa era asumirla teóricamente y
otra sería practicarla. Nunca habíamos usado un arma”, pese al miedo persistía
un deseo por el combate. Pérez reconocía su dificultad inicial para manejar
el arma y acostumbrarse a las caminatas. Estas últimas también resultaron
agotadoras para Jiménez, quien por ser el mayor del grupo le tomó más trabajo
adaptarse (entrevista a Pérez en López, 1989:112).
El primer combate de Pérez fue la toma exitosa del puesto de policía en San
Juan de Araujo (Santander). “Yo sentí mucha alegría [...]. Yo no sentí culpa,
no, ni tribulación de si habré matado a alguno. La guerra es inevitable: esa es
la convicción de la que partíamos”. A diferencia de Pérez, Jiménez no alcanzó
a tener ningún combate. De los tres era el más crítico con la guerrilla, y pese
a su compromiso revolucionario, dice Pérez, sí se cuestionó si era más eficaz
ese compromiso afuera o adentro de la organización (López, 1989: 113-115).
El mismo Pérez también pasó por varias crisis. Las más problemáticas tuvie-
ron que ver con su condición de igualdad con el resto de milicianos: “echaba
de menos lo que tenía cuando era sacerdote y no era uno más”. Su segunda
crisis fue de fe, “aquí Dios se me hizo el pueblo, el pueblo y mis compañeros.
Esa transformación me pareció una ganancia. Gané la fe y encontré esperanza
[...]” (entrevista a Pérez. En: López, 1989: 114-115). Ahora bien, este hecho
se puede conectar con la relativa apatía que Pérez experimentó frente a ciertos
ritos religiosos durante su experiencia con los sacerdotes obreros en Francia en
su época de seminarista.

40
Al poco tiempo de su ingreso, el mismo Pérez estuvo a punto de ser fusilado por disposición de Fa-
bio Vásquez, por desobediencia a sus superiores. El episodio es relatado por Broderick en el primer
capitulo de El Guerrillero invisible (2004).
41
Según Broderick, el Estado Mayor veía en Laín a un posible nuevo “Camilo Torres”. “Era el hombre
estrella, el que había causado conmoción en Bogotá con un discurso inflamatorio en la universidad,
y cuya sonada deportación mereció titulares de prensa. Manuel y José Antonio, en cambio, eran
desconocidos” (Broderick, 2000).

174
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

La postura inicial del ELN frente al tema religioso fue de “neutralidad”.


Como organización política armada que no disputaba valores religiosos, man-
tuvo su política de reclutamiento al margen de la fe de sus militantes. “Nunca
ha habido rechazo de los cristianos, de los creyentes, ni una exigencia de re-
nuncia a la fe” (entrevista a Pérez en López, 1989: 258). Esta no es una guerri-
lla confesional. Deja los asuntos espirituales para la esfera privada.
Bajo las experiencias de los sacerdotes religiosos en la fase de formación de
la guerrilla vale la pena dar cuenta de tres temáticas:

a. Prácticas religiosas

Al momento de su vinculación a la guerrilla, los sacerdotes tuvieron que


ser consientes de que estaban en una organización política, no confesional, a
diferencia de Golconda, los curas obreros o la JOC, donde también habían
adelantado un trabajo político y social. Por su trayectoria, quizás Torres ha-
bía tenido un mayor contacto con organizaciones políticas “seculares” que
los sacerdotes españoles. Esta realidad hacía que sus prácticas religiosas se
vieran modificadas. Estos sacerdotes no llegaron a hacer proselitismo reli-
gioso ni a administrar sacramentos como si fueran “los capellanes de la tro-
pa” –figura que sí existe en el ejército regular–. Las biografías y entrevistas
permiten identificar una paulatina secularización de sus actos. La estructura
organizativa y la ideología de la guerrilla parecen absorberlos al punto que su
condición sacerdotal pasa a un segundo plano. Se asumían como guerrilleros
y como tal eran vistos por la organización. Por sus antecedentes y su crítica
al clero tradicional,42 es más o menos previsible que en su incorporación a
la guerrilla aceptaran la primacía del factor político e ideológico como algo
conveniente.
Desde su estadía en Francia, estando en el seminario, los sacerdotes españoles
asumen posiciones críticas frente a los ritos y prácticas religiosas como la misa
o el rezo, el cobro por sacramentos, como ocurre en Cartagena, además de un
distanciamiento de las jerarquías católicas. Ahora bien, la “neutralidad” del
ELN frente a la fe de sus milicianos se enfrentó con la necesidad de algunos
de ellos de celebrar rituales religiosos. La presencia de sacerdotes en sus filas no
animó la práctica de dichos rituales, estos solo se dieron en casos esporádicos.

42
El Tiempo, (15 de junio, 1965). En: Maldonado, 1972: 393.

175
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Pérez indica que la inquietud más reiterada de algunos campesinos y guerrilleros


era por el bautizo, el matrimonio y los velorios. Al parecer, la práctica de la
eucaristía no revestía mayores problemas para los milicianos. “Al principio,
cuando yo todavía no era dirigente, […] sí celebré los sacramentos. Algunos
compañeros me pedían que les bautizara a sus hijos […]. Misas de difuntos
he hecho. Y también he celebrado matrimonios de compañeros” (entrevista a
Pérez en López, 1989: 123). A finales de los ochenta, Pérez consideraba que
el problema tenía elementos más complejos: “Yo creo que es una deuda que
tenemos pendiente: cómo resolver desde las estructuras del poder popular la
atención a la religiosidad del pueblo de una forma permanente” (entrevista a
Pérez. En López, 1989: 260-261).

b. Legitimidad sacerdotal

El trabajo político que Torres venía adelantando, aunado a su formación,


carisma y capacidad de convocatoria lo convertían en una figura estratégica
para la organización. Sin embargo, esta no capitalizó tales características. Las
condiciones de su muerte construyeron un mito que hizo que la vinculación
de sacerdotes al ELN pasara de la novedad a una relativa normalidad. Alias
“Gabino” plantea “Que la religión pudiera casarse con la revolución es una
idea que vino después y que empezó con Camilo. […] Yo si creo que en los
primeros elenos había, si, una mística, en la que lo revolucionario estaba re-
vuelto con lo religioso. […] Porque de los muchachos que arrancan, varios
creían en Dios y la Virgen, aunque habíamos otros que queríamos despojar-
nos de esas cosas, más que nada, yo creo, porque las veíamos sinónimos de lo
contrario a la revolución” (entrevista a Pérez en López, 1989: 255-260).
De los cuatro sacerdotes, Torres es el único que adelanta un trámite ecle-
siástico para definir su situación como clérigo. La solicitud de “reducción al
estado laical”, lo exonera de pertenecer al presbiterio, pero no deja de ser sa-
cerdote, pues “de acuerdo con el principio teológico, el sacerdocio no se pier-
de” (entrevista a Pérez en López, 1989: 67). Camilo se empeña en reafirmar
esta condición, incluso días antes de hacer la solicitud de reducción: “Según
los principios dogmáticos, yo soy sacerdote hasta la eternidad”.43 Una vez
aceptada la reducción, insiste: “a pesar de que no tengo el ejercicio del sacer-

43
El Espectador, (16 de junio, 1965). En: Maldonado, 1972: 393.

176
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

docio, tengo el carácter sacerdotal y me siento muy orgulloso de él”. De ahí


que indique que para él sería “el mayor placer poder volver al ejercicio externo
del sacerdocio”.44 Ahora bien, sería interesante indagar si esta reiteración con
el compromiso sacerdotal se repite una vez en el monte.
Pérez, Laín y Jiménez nunca renunciaron ni solicitaron una reducción
laical ante las autoridades eclesiales. Pérez, sin embargo, fue excomulgado
en 1986 por el asesinato que el ELN cometiera de monseñor Jesús Emilio
Jaramillo, obispo de Arauca. Dos años después comentaba: “Yo no puedo
decir que hoy me siento un cura en el sentido tradicional. Porque en este
momento mi papel es de dirigente político y yo tengo que vivir ese papel y
vivirlo a plenitud”. En la relación religión-política, Pérez fue, sin duda, por
su trayectoria y tiempo de permanencia, el más secular y político de los cua-
tro sacerdotes. Su rol de guerrillero prácticamente sustituyó el de clérigo. Su
visión del sacerdocio es funcional a la lucha armada y la búsqueda de una
legitimidad revolucionaria: “Pero yo tampoco he dicho: renuncio a ser sacer-
dote. Políticamente yo no veo ni necesario ni conveniente renunciar a ser sa-
cerdote, quebrar la imagen que pueda haber de que soy un cura guerrillero”.
Su pragmatismo no está asociado a una necesidad espiritual propia sino a un
recurso político de la organización, a la estrategia de mantener cierta imagen
de recordación hacia afuera. “De todas formas, mi papel fundamental ahora
es ser dirigente político de una organización revolucionaria y procuro no ac-
tuar como sacerdote porque eso puede ser utilizado por algunos y esta no es
una organización cristiana, es una organización política” (entrevista a Pérez.
En: López, 1989: 123).
El uso político de imágenes, símbolos o rituales religiosos había sido usado
por los sacerdotes españoles en República Dominica y Cartagena. En el pri-
mer caso, ante la influencia del vudú: “nos convencimos de que allí teníamos
que ser los brujos mayores y ese fue el papel que decidimos jugar”. Apelaron
entonces a los milagros y las peregrinaciones para conseguir la atención de
los fieles y empezar a conocer sus necesidades (entrevista a Pérez. En: López,
1989: 93). En Cartagena el rito se convirtió en una estrategia de proselitismo.
Pérez comenta cómo los velorios fueron fundamentales para explicarle a la po-
blación realidades sociales y comprender sus problemáticas. En ocasiones, in-
cluso, las procesiones con el difunto terminaban en manifestaciones políticas.

44
El Occidente, Reportaje de Margoth Lozada, (8 de julio, 1965). En: Maldonado, 1972: 404.

177
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Los sacerdotes eran consientes de su capacidad de influir entre los creyentes y


armonizar los rituales sagrados con sus motivaciones políticas y sociales, en el
mismo nivel que las motivaciones espirituales. “El problema no era ya cómo
viviéramos nosotros los ritos sino cómo los vivía el pueblo. ¡En Cartagena nos
hicimos los curas más tradicionales del mundo! Porque vimos que a través de
los ritos era como más podíamos llegar a la gente” (entrevista a Pérez. En: Ló-
pez, 1989: 99).
Más que la guerrilla y su estructura política, fueron los mismos sacerdotes
los que aprendieron a sacar réditos de su condición clerical en la legitimidad
popular. Por el tratamiento del ELN a figuras como Camilo Torres, pareciera
que en esta fase desconocieran el capital simbólico y el valor estratégico que
los curas podían desempeñar. Quizá una excepción fue Laín, por integrar-
se como asesor de Vásquez y facilitador con redes cristianas. En medio de la
tropa, y pese a integrarse como guerrilleros rasos, los sacerdotes gozaban de
condiciones intelectuales, académicas y formativas superiores a las del resto de
milicianos. Ya habían actuado como líderes de comunidades y de la experien-
cia sacerdotal se rescataba la disciplina, su bagaje cultural, cierta ilustración y
vocación de servicio y ejercicio misionero.

c. Redes de apoyo

De la presencia de religiosos como estrategia política y apoyo organiza-


cional no se tendrá referencia sino después de la muerte de Torres, cuando se
vuelve “modelo a seguir” de otros sacerdotes y monjas y cuando miembros de
grupos cristianos “camilistas”, sin necesariamente ir al monte, colaboran con
el ELN. El contacto con Golconda, en ese marco de acción, facilitó la llegada
de los tres sacerdotes españoles –y otros más–. Años después, la organización
Sacerdotes para América Latina (SAL) y las Comunidades Eclesiales de Base
(CEB) fueron espacios de trabajo político para la guerrilla (Harnecker, 1988:
6-7).
Al mismo Pérez le correspondió mantener contactos con las redes católicas.
“Entre todas las organizaciones colombianas, nosotros éramos los únicos con
tantos cristianos militantes, simpatizantes, colaboradores […], hay que decir
que todo el trabajo cristiano ayuda mucho a salir de la crisis” (entrevista a Pé-
rez en López, 1989: 161-162), señala a propósito de la inestabilidad posterior
a Anorí en 1973 y la salida de Vásquez en 1974. El que solo hasta 1978 se

178
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

conforme una “coordinadora del trabajo cristiano” habla de las condiciones de


precariedad de la guerrilla y la ausencia de una estrategia al respecto. “Yo creo
que el cristianismo es una motivación para el compromiso revolucionario”
(entrevista a Pérez en López, 1989: 268), señala Pérez, quien con el tiempo se
convirtió también en un referente para los cristianos que se interesaban por la
subversión. Esto funcionaba para cooptar: “había mucha curiosidad por saber
cómo se enfocaba el tema religioso en el ELN, cómo me iba a mí, cómo me
sentía”. Pero la percepción no fue siempre positiva: hubo reclamos de organi-
zaciones cristianas que sentían que las usaba únicamente para conseguir mili-
cianos (entrevista a Pérez en López, 1989: 163).

6. La muerte de un combatiente

Torres, Pérez, Laín y Jiménez murieron como combatientes. El dato no es


irrelevante, significa que perdieron la vida siendo guerrilleros activos, sin de-
sertar y sin ser fusilados. Esto equivale a una victoria, la idea de que persona-
jes como ellos hayan permanecido hasta su muerte en la organización nutre el
martirologio guerrillero. Torres murió el 15 de febrero de 1966, en Patio Ce-
mento, Santander (El Tiempo, febrero 18 de 1965).45 En su caso, cada detalle
fortalece el mito de “aquel que muere defendiendo una causa”. Ese día Torres
se estrenaba en combate. Obedeciendo a que “cada guerrillero debía ganarse su
arma”, se lanzó a recuperar el fusil de uno de los soldados muertos, sin contar
con que este, aún herido, le dispararía (Gabino citado en López, 1989: 23-25).
El “primer cura guerrillero” alcanzaría una mística mayor porque su cadáver
nunca fue entregado ni al ELN ni a su familia. La ubicación del cuerpo que-
dó como un secreto de Estado. Curiosamente, el acto de “castigo” del general
Valencia Tovar se convirtió en símbolo de la imagen de trascendencia que los
camilistas construyeron del sacerdote en torno a la consigna de “Camilo vive”.
Los honores al sacerdote habían empezado desde agosto de 1965, cuando
se dio origen al Frente Camilo Torres Restrepo, bajo el liderazgo de Ricardo
Lara Parada.46 A diferencia de los tres sacerdotes españoles, esa connotación

45
El Tiempo, muerto Camilo Torres en combate de Santander, (18 de febrero 1965). P. 1.
46
El frente nació de una separación del grupo central de Fabio Vásquez y llegó a tener 45 miembros.
Su trayectoria fue corta en el ELN, pues tras múltiples emboscadas y bajas desapareció en 1969.
En 1975 se volvió a crear, al mando de Gabriel Vera Bernal y se reubicó en la cordillera Oriental
(Hernández, 1998).

179
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de trascendencia le dio a la figura de Torres la función de “unificador de la


guerrilla”. El ELN se refundó alrededor de su imagen y a partir del 8 de junio
de 1987 empezó a llamarse Unión Camilista del Ejército de Liberación Na-
cional (UC-ELN), posesionando a Torres como uno de sus “padres fundado-
res” (Aguilera, 2003: 11-14).47 Esta idea heroizada de Camilo ha absorbido
las demás visiones construidas de él, dejando a un lado el análisis político y
militar y la ausencia de responsabilidades de la guerrilla y sus dirigentes fren-
te a su muerte. Larosa plantea que este no fue un punto de quiebre desde la
perspectiva de las malas relaciones del Estado con sus críticos. “Su muerte fue
una en la serie de asesinatos que cautivó la imaginación de los colombianos y
que condujo a la adopción de posiciones más radicales en ambos lados” (La-
rosa, 2000: 148).
Jiménez murió a los ocho meses de haber entrado al ELN. El sacerdote ha-
bía estado enfermo en los últimos días y no resistió las exigencias de una mar-
cha organizada por el grupo. Su deceso, en 1970, afectó considerablemente a
Pérez “Me costaba mucho aceptar cómo había muerto […]. Era mi amigo, a
veces lo sentí como mi padre […].” (Entrevista a Pérez en Restrepo, 1995: 115-
116). Sin embargo, para conmemorar su labor, una estructura militar adoptó
su nombre, acto de “homenaje a los héroes” característico en el ELN.
La historia de Laín se encuentra cargada de significados: murió en com-
bate recuperando un arma, se encontraba enfermo y su cadáver no pudo ser
rescatado. Pérez asemejó su muerte con la de Camilo. Laín murió el 20 de
febrero de 1974, en el marco de los efectos de la Operación Anorí. El grupo
estaba hambriento y agotado, así que decidieron salir a buscar provisiones. “A
Domingo no lo querían llevar porque estaba enfermo, pero él insistió. […]
Él entró al combate tratando de recuperar un arma. Y ahí lo mataron. Varios
compañeros arriesgaron su vida tratando de recuperar su cuerpo, pero no pu-
dieron” (entrevista a Pérez. En: Restrepo, 1995: 117). Al igual que Jiménez y
Torres, su memoria fue “inmortalizada” con la creación del Frente Domingo
Laín en Arauca.48

47
De hecho, el único guerrillero del ELN mencionado en el himno de la organización armada es Ca-
milo Torres: “de Camilo el Comandante guerrillero / con su ejemplo en la consigna NUPALOM”,
recita el himno.
48
Este frente es clave por la extorsión petrolera y su capacidad para obtener recursos (Cubides, 2005:
58).

180
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

De los tres sacerdotes que viajaron de Zaragoza a Colombia, solo Manuel


Pérez falleció de muerte natural. Con un carácter adicional: no era un guerri-
llero raso, era el primer comandante del ELN. Con 55 años de edad, murió
a las 6:13 p.m. del 14 de febrero de 1998. Su diagnóstico médico fue un sín-
drome hepático. El 6 de abril, Nicolás Rodríguez, recién nombrado máximo
comandante, mediante enlace radial se dirigió a la organización para informar
la noticia (El Tiempo, abril 7 de 1998)

Consideraciones finales

La experiencia de estos clérigos mostró una armonización de su identidad


religiosa con su identidad política, tanto como mecanismo de legitimidad
como discurso de justificación de la guerra. Sin embargo, una vez en la gue-
rrilla, su visión de la lucha armada se seculariza, su condición sacerdotal pasa
a un segundo plano, y aunque su referencia a esta les sigue siendo útil para el
trabajo con las bases y redes de apoyo, es su identidad política como “elenos”
la que los define en el marco de la guerra.49 En ese sentido, el discurso sobre
la paz se desvanece. Más allá de la retórica de los comunicados y documentos
fundacionales de la guerrilla, la paz ocupa un lugar secundario en la acción
concreta del ELN durante esta etapa: el interés estaba en sobrevivir como or-
ganización armada y aprender a hacer la guerra.
Para Antonio Sanguino, la articulación entre marxismo y cristianismo
en el ELN le otorgaron una especie de “subcultura elena” a la guerrilla
(Sanguino, 2001: 158). Es posible que el ELN no haya logrado capita-
lizar plenamente la condición e identidad religiosa de los sacerdotes con
su proyecto político –en particular en el caso de Torres–, sin embargo,
la presencia de estos clérigos sí marca la historia de la organización y le
otorga un cierta particularidad. Si bien los contenidos ideológicos y po-
líticos no son alterados sustancialmente por la posición religiosa de estos
guerrilleros, como afirma Fernando Hernández, en aquel momento “la
llegada de estos curas y de estos cristianos introdujo un elemento impor-
tante: buscar la unidad”, premisa que coincide con el planteamiento de

49
Además de definir ¿quiénes somos?, Charles Tilly plantea que las identidades políticas se establecen
en torno a cuatro elementos: 1) unas líneas divisorias que separan a “nosotros” de “ellos”; 2) unos
relatos sobre las líneas divisorias; 3) unas relaciones sociales entre ambos lados de la línea divisoria;
4) unas relaciones sociales internas en un mismo lado de una línea divisoria (Tilly, 2007: 31).

181
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Torres: “busquemos lo que nos une y no lo que nos separa” (Hernández,


2001: 60).
Ahora bien, el discurso y la historia de estos sacerdotes muestran a las
armas como una salida “resignada” y necesaria. Resignada en un sentido de-
rrotista, bajo la convicción de que se agotaron todos los recursos y que la
labor realizada desde la legalidad no fue suficiente para alcanzar las trans-
formaciones buscadas. Necesaria porque su análisis del contexto presenta la
vía violenta como la única posible, inevitable y a la vez efectiva. El espíritu
confiado en una guerra corta definió a las armas como una opción pragmá-
tica y suficiente para conseguir la toma del poder y propiciar los cambios
sociales. En los dos casos no deja de identificarse una gran ligereza frente
a la interpretación de los contextos nacionales e internacionales, la postura
ideológica de los sacerdotes y la guerrilla y el cálculo de las dimensiones de
una guerra insurgente. La convicción de que la revolución era un compro-
miso cristiano, no solo simplificó la realidad y la acción política, sino que
supuso que ser “buen cristiano” equivalía a asumir irremediablemente un
compromiso revolucionario –incluso desde la acción armada–. El peso de
esta visión religiosa del contexto, fue uno de los pasos más firmes hacia el
distanciamiento de la vía pacífica y la incursión a la guerra.
Así, ¿es posible caracterizar la presencia de religiosos en la guerrilla como
una victoria de la opción violenta sobre la pacífica? Quizá el término “vic-
toria” no sea el más adecuado para caracterizar el fenómeno. La preferencia
por la lucha armada es reflejo de la confluencia de diversos contextos, dis-
cursos y lecturas de la realidad. Las elaboraciones conceptuales y dogmáti-
cas que tenía la Iglesia y que había relaborado el Concilio Vaticano II no
fueron retomadas por los religiosos en sus consideraciones sobre la guerra y
la paz. Esto no significa que no haya coincidencias en sus referentes y apre-
ciaciones, como “el amor al prójimo” y la inclinación por los pobres. Al pa-
recer, la vía pacífica les resulta insuficiente para las transformaciones sociales
y políticas que esperaban para la sociedad colombiana, no por la paz en si
misma, sino por una ausencia final de una reflexión de la realidad y sus po-
sibles transformaciones desde una perspectiva distinta a la violencia. Una
atracción por el discurso ideológico del ELN, el optimismo de una revolu-
ción corta como la cubana y la romantización del contexto y su capacidad
de acción en él fueron elementos importantes en su decisión. En últimas, la
visión y las inquietudes de estos sacerdotes sobre la paz resultaban lo sufi-

182
¿El triunfo de la vía armada sobre la pacífica?: sacerdotes en los orígenes del Ejército…

cientemente precarias como para desplazar a la opción armada en la mate-


rialización de los cambios políticos y sociales que ellos consideraban nece-
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185
Identidades y resistencias
LA RESISTENCIA INDÍGENA: OPCIÓN DE PAZ

Álvaro Villarraga Sarmiento*

Introducción

Este documento explora las dinámicas del movimiento indígena colom-


biano durante las últimas décadas y el presente, relacionadas con su posición
ante el conflicto armado y la paz, de forma que se consideran varios escenarios
regionales y experiencias en medio de los cuales se abrieron paso procesos co-
munitarios, regionales y sociales en condiciones muy difíciles, dado el impac-
to de violencia contra los propios indígenas, pero de forma que consiguieron
consolidar respuestas con identidad propia, configurando particulares formas
de resistencia e iniciativas y propuestas que conjugan las reivindicaciones in-
dígenas con sus formas de concebir y entregar aportes hacia la recuperación de
la paz. El texto se apoya principalmente en tres investigaciones previamente
realizadas con la Fundación Cultura Democrática y con el Grupo de Memoria
Histórica de la CNRR.1
A partir de considerar varios casos de pueblos indígenas, se busca dar res-
puesta a tres preguntas orientadoras: ¿cuáles han sido las respuestas de pue-
blos indígenas ante repertorios de violencia y conflicto armado? ¿Qué relación
guardan estas respuestas de los pueblos indígenas con el propósito de lograr
la paz? ¿Cuentan los pueblos indígenas con respuestas y propuestas específicas
referidas al propósito de conseguir la paz?

* Presidente de la Fundación Cultura Democrática, integrante del Centro de Memoria Histórica y


catedrático universitario. Politólogo, especialista en derechos humanos y candidato a magister en
derecho.
E-mail: alvaro.villarraga@gmail.com
1
La primera relativa a la compilación de documentos sobre las exigencias y las dinámicas humani-
tarias emprendidas por comunidades locales, pueblos indígenas y sectores sociales en los años 90 y
parte de los 2000, realizada con la Fundación Cultura Democrática en 2005. La segunda que dio
lugar a cuatro informes periódicos, entre 2003 y 2008, sobre la situación de derechos humanos y en
materia humanitaria de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Gonawindúa (Sierra Nevada
de Santa Marta), en el contexto de conflicto armado, con Fundación Cultura Democrática y Pas-
toral Social de la Conferencia Episcopal. Y la tercera sobre la relación entre la población civil y los
actores armados, caso EPL, realizada para el Grupo de Memoria Histórica de la CNRR, con apoyo
de la Fundación Cultura Democrática y otras entidades entre 2009 y 2010.

189
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A sabiendas de la multiplicidad, diversidad y riqueza de las experiencias


vividas por el movimiento indígena colombiano en las últimas décadas, en el
contexto de alta afectación de sus derechos por el conflicto armado, la violen-
cia y políticas y proyectos de desarrollo que con frecuencia no consultan su
voluntad e intereses, hemos tomado los casos de comunidades locales, pueblos
y organizaciones indígenas que revisten particular relevancia, sin que se desco-
nozca la importancia de muchas otras que aquí no son consideradas. Se abor-
dan las siguientes experiencias: la autodefensa del Resguardo Nasa Wesh en
Gaitania, Tolima, que se desmoviliza al firmar un pacto de paz con las FARC
y retornar sus integrantes a la vida comunitaria. El surgimiento del MAQL
como autodefensa indígena en reacción a la violencia sufrida por pueblos in-
dígenas paeces del Cauca, que concluye con un pacto de paz con el Estado. La
experiencia de las guardias indígenas del pueblo nasa y de otros en acciones de
resistencia y su relación con situaciones del conflicto armado y las demandas
de paz. Y la amplia e histórica resistencia de los pueblos indígenas del Cauca,
desde la fundación del CRIC hasta las mingas actuales, que arroja experien-
cias de resistencia, interlocución, pactos, gobernabilidad y amplia moviliza-
ción, en demanda de reivindicaciones propias y del logro de la paz.
Existen razones históricas, sociales, políticas, culturales y del propio conflic-
to armado y los escenarios de violencia que explican que en Colombia, durante
las décadas recientes, los pueblos indígenas hayan adoptado rupturas y recha-
zos frente a la guerra, sus actores y sus escenarios. De allí se deriva un concepto
de búsqueda de la paz que se asocia de manera directa a las diversas formas de
resistencia que dichos pueblos asumen tanto frente a la guerra como a otras for-
mas de agresión o detrimento de sus territorios y sus derechos colectivos, entre
las cuales aparecen los llamados megaproyectos y determinadas políticas y me-
didas oficiales. Por ello, en búsqueda de la paz los pueblos indígenas ponen de
presente ante todo las demandas de defensa de sus territorios, su autonomía y
la propia posibilidad de sobrevivencia como pueblos indígenas. Por tanto, di-
versas experiencias coinciden en plantear como método la movilización el diá-
logo, los acuerdos y la búsqueda de consensos, que lleven a un relacionamiento
distinto con la “sociedad occidental”, con el Estado, con los propios actores de
la guerra y con actores decisivos del poder político, económico y social.
Para los pueblos indígenas la construcción de la paz implica un propósito y
un camino propio, autónomo, pero que requiere de aliados. Le exige enfren-

190
La resistencia indígena: opción de paz

tar la guerra existente y también las violencias –estructurales, de planes y po-


líticas institucionales y de grupos armados irregulares– que atentan contra sus
existencias sociales, culturales y que son depredadoras de su entorno ambien-
tal. Por consiguiente, asumen un compromiso y acciones con la construcción
de la paz de manera integral y en atención a una agenda diversa de demandas.
Porque si bien los pueblos indígenas sufren los efectos del conflicto armado
e incluso un impacto diferenciado y desproporcional en su contra, en térmi-
nos de la grave y masiva crisis humanitaria sufrida, a la vez han sido y son
altamente afectados por los dinámicas violentas de procesos de colonización
y despojo,2 recurrentes en todas las regiones, de forma que confluyen ahora
con los intereses por los territorios y la tierra, dinámicas económicas guber-
namentales, institucionales, informales e ilegales detrás de fuentes de recursos
naturales, proyectos de hidroeléctricas, minería y agroindustrias en ascenso.

1. Desde la resistencia el movimiento indígena responde a la paz

La resistencia civil no violenta ha sido un método de lucha histórico que


se ha expresado en movimientos contra la opresión, el desconocimiento de
derechos, el colonialismo, el racismo y las guerras. Al respecto existen expe-
riencias mundiales como la de Thoreau que en resistencia a la guerra formuló
su tesis de “la resistencia civil”, que tiene decisivo influjo desde mediados del
siglo XIX;3 la de Gandhi, que trascendió como símbolo de la resistencia civil
decisiva en la independencia de la India;4 el estudio de Aldo Capitini que con

2
Resulta muy diciente la expresión “tierra de nadie” utilizada en forma muy frecuente por hacenda-
dos de Córdoba, Antioquia y la región de Urabá, quienes coinciden en omitir o silenciar la existen-
cia previa de pueblos indígenas en amplias zonas colonizadas y luego dedicadas al atesoramiento, la
ganadería extensiva, la agroindustria y, parte menos de ellas, a la sobrevivencia en precarias condi-
ciones y reducido volumen de campesinos, colonos e indígenas. Entrevistas de la investigación so-
bre actores armados y su relación con la población civil, para el Grupo de Memoria Histórica de la
CNRR, 2010.
3
Thoreau, Henry David. La desobediencia civil, Estados Unidos, 1846. Henry David Thoreau pro-
puso un paradigma de democracia radical inspirado en fuentes liberales y socialistas, de profun-
dización de la democracia en ámbitos políticos, sociales, culturales y ambientales, con recursos
como la desobediencia o no colaboración, la insumisión y objeciones como la de conciencia y la
fiscal, ejercidas por medios civilistas, pacíficos y legítimos, en oposición a las leyes o medidas injus-
tas y a autoridades arbitrarias. El ensayo referido se difundió profusamente y hasta el presente tiene
influencia en las tesis de “la desobediencia civil”.
4
Mahatma Gandhi bajo su influjo desarrolló su concepto de satyagraha –fuerza espiritual–, al liderar
con éxito la resistencia civil con marchas de resistencia pacífica incluso ante la agresión oficial, nega-
tiva al pago de impuestos y huelgas de hambre, en busca de la independencia de la India, de forma

191
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

apoyo en movimientos antifascistas asoció la resistencia civil al concepto de la


“no violencia”5 (Martínez et al., 2003: 102-103) y el movimiento liderado por
Martin Luther King que a partir de la resistencia civil pacífica contrarrestó la
segregación.6

Las experiencias históricas gandhianas en Sudáfrica y la India, las


formas de resistencia moral de los cuáqueros y otros grupos religiosos
minoritarios, junto con las formas de resistencia ciudadana […] con-
formaron un perfil peculiar de persuasión, resistencia y presión que se
dio en llamar no-violencia. Con todas estas historias, los analistas y la
literatura al respecto quería mostrar que la no-violencia era todo un
conjunto de métodos en los que se renunciaba al uso de armas contun-
dentes o de fuego para resolver conflictos o conseguir conquistas polí-
ticas y sociales. No-violencia tenía un sentido funcional para designar
formas de lucha sin armas o no armadas, de amplio espectro […] como
una forma novedosa, puntual y más o menos extensa de intervención
de las masas en los conflictos […] (Martínez et al., 2003: 102-103).

En los pueblos indígenas colombianos se encuentran tanto experiencias


históricas de resistencia armada como pacífica frente a las guerras de invasión
sufridas durante la conquista y la colonia y las formas de agresión, exclusión
y desconocimientos de derechos bajo nuestra historia republicana.7 “La resis-

que reforzó el concepto que ha trascendido como la “no violencia”.


5
Mario López cita a Aldo Capitini, en su obra Scitti sulla nonvillenza, (Perugia, Protagon) para ex-
plicar que este autor fue el pionero del concepto “no violencia”, con referencia al movimiento con-
tra el fascismo, pacífico, desarrollado en los años 30 del siglo XX en Europa. Las distintas visiones
sobre el concepto coinciden al concebirlo como acción colectiva, en rechazo a métodos violentos,
de resistencia, con presupuestos éticos, de justicia, de coherencia entre propósitos y métodos y con
sentido humanista constructivo (Martínez et al., 2003: 103).
6
Martin Luther King líder moral y político de la histórica resistencia ante la discriminación racial y
la negación de los derechos civiles y políticos, emprendida en Estados Unidos en los años sesenta
del siglo XX, afirmó también presupuestos de la resistencia civil no violenta. “No obedeceremos
leyes injustas ni someteremos a prácticas injustas. Como nuestro objetivo es persuadir, lo haremos
de modo pacífico, abierto y con alegría; como nuestro fin es una comunidad en paz consigo misma,
adoptaremos medios pacíficos. Trataremos de persuadir con nuestras palabras, pero si estas fallan,
intentaremos hacerlo con nuestros actos. Siempre estaremos dispuestos a hablar y a buscar un arre-
glo justo, pero también a sufrir cuando sea necesario e incluso a arriesgar nuestra vida en testimonio
de la verdad tal como la vemos” Martin Luther King, discurso de aceptación del Premio Nobel de
Paz, Estocolmo, Suecia, 1964.
7
En medio del violento sometimiento a las encomiendas ejercido por los conquistadores españoles

192
La resistencia indígena: opción de paz

tencia de las comunidades amerindias o de los grupos afrocolombianos que


resistieron la conquista y la colonia construyendo sistemas comunitarios ais-
lados y que no colaboraban con los invasores, pueden dejar muchas enseñan-
zas, en medio de las ambigüedades de las acciones violentas ocasionales […].
Hay pues, una tradición de resistencia a la opresión expresada de forma no
violenta. Sin embargo, también se han dado expresiones violentas en muchí-
simas huelgas y manifestaciones y, por supuesto, en guerras […]”.8 Pero a la
vez, la guerra de independencia frente a España y la guerra interna actual, son
percibidas por los indígenas como guerras externas y ajenas a sus intereses, de
forma que, además, las partes enfrentadas por lo regular resultan comprome-
tidas con agresiones a sus territorios, a sus derechos y a su misma existencia
como pueblos.
En las últimas décadas los pueblos indígenas situados en medio de las hos-
tilidades militares registradas en sus territorios entre el Estado, los paramili-
tares y las guerrillas, adoptan de manera general posiciones autónomas desde
las cuales rechazan la guerra y los graves efectos que les ocasiona. A partir de
allí, se declaran en resistencia y demandan la defensa de sus derechos y la re-
cuperación de la paz.

La visión y la concepción de paz de los pueblos indígenas de la


Amazonía colombiana es la decisión de luchar permanentemente por
mantener la armonía (a pesar) del mundo blanco venido de Europa,
que se introdujo en nuestra América con la utilización de la violencia en
todos sus aspectos. Con el uso de la violencia armada agredieron nuestros
pueblos y nuestras religiones, nuestros territorios ancestrales y nuestras
autoridades espirituales. A través de la violencia armada agredieron

la cacica Gaitana reaccionó con un levantamiento de paeces, piramas, yalcones y otros pueblos
a mediados del siglo XVI, resistencia que se prologó por casi un siglo en territorios de Huila y
Cauca; el cacique Calarcá al frente de los pijaos hizo lo propio a inicios del siglo XVII en Tolima.
Establecida la colonia en territorios indígenas el mítico dirigente nasa Juan Tama en 1635 consiguió
ante la corona española el reconocimiento de territorios indígenas y defendió el legado de tradiciones
culturales, de forma que a pesar de la dura represión ejercida por las autoridades coloniales y la
iglesia católica, propuso superar las hostilidades armadas mediante el diálogo y la resistencia social.
En 1914 el indígena Quintín Lame, de origen nasa y guambiano, ante la negación de derechos a los
pueblos indígenas lideró la resistencia armada de cabildos del Cauca, Huila, Tolima y Valle; luego
de pasar varios años en prisión consiguió en 1938 con apoyo de los indígenas pijaos la restitución
legal de los resguardos de Ortega y Chaparral en Tolima.
8
“Lo ético y la no violencia en Colombia”, Roberto Solarte (relator), Taller de ética de la no violencia,
Universidad Minuto de Dios, Bogotá, noviembre de 2002, páginas 2-3.

193
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

nuestras identidades y nuestras autonomías políticas, espirituales y


territoriales. Esta agresión no se ha interrumpido […]. Esta guerra
está dentro de nuestros territorios, afectando profundamente nuestra
opción de vida y nuestra tranquilidad, amenazando la existencia misma
de los pueblos indígenas […]. Los pueblos indígenas no nos debemos
dejar involucrar en esa guerra que no tiene nada que ver con nuestra
visión sobre la vida, ni con nuestro compromiso y decisión de luchar
por la convivencia y la armonía de la humanidad (Sánchez y Molina,
2010: 343-344).

No obstante que se han registrado algunos niveles de colaboración y parti-


cipación de indígenas con las partes hostiles, en los años noventa se consolidó
como predominante la ruptura con ellos, a tono con el fortalecimiento de las
organizaciones indígenas y de los esfuerzos por la recuperación de identidad
cultural, territorios y el acceso a derechos colectivos. También se presentaron
experiencias de tránsito de formas de lucha armada a formas de resistencia pa-
cífica en pueblos indígenas, de la cuales sobresalen el acuerdo de paz entre el
gobierno nacional y el MAQL en 1991 y el pacto de paz entre el Resguardo
Nasa Wesh y las FARC.9 Se generalizaron a la vez las declaratorias de distintos
pueblos indígenas sobre neutralidad o no compromiso con los actores arma-
dos, paz y rechazo a la guerra, dando lugar a una forma específica de concebir
y practicar una expresión de resistencia pacífica que se asoció a la demanda
de la paz.
En consecuencia, las demandas indígenas de superación de la guerra y lo-
gro definitivo de la paz tienen referentes conceptuales, históricos y de reivin-
dicación distintos al resto de la sociedad, de forma que implican un panorama
más extenso de consideraciones de distinto orden. De tal manera, su resisten-
cia es de amplio espectro frente a todos los factores de intervención externa
en sus territorios, más allá de la polarización existente en torno al conflicto
armado y de la propia dinámica de los demás conflictos sociales y políticos.

9
También podrían referirse entre otras experiencias la ruptura con la guerra y el retorno a las dinámi-
cas comunitarias por parte de los indígenas vinculados a frentes del EPL, a partir del pacto de paz
suscrito entre esta guerrilla y el gobierno en 1991, ubicados en La Guajira, Córdoba, Caldas, Ri-
saralda y Putumayo; así mismo, de indígenas vinculados al M19 que también tras el pacto de paz de
esta guerrilla con el gobierno en 1989, retornaron a comunidades en Cauca, Putumayo y Cesar; y
de otra parte, es notoria la resistencia indígena en distintas regiones durante las últimas tres décadas
frente a la incursión en sus territorios de frentes del ELN, las FARC, las AUC y contingentes de la
Fuerza Pública.

194
La resistencia indígena: opción de paz

“[…] entender la paz desde el punto de vista de los pueblos indígenas implica
ampliar el espectro de una mirada exclusivamente política y trascender ha-
cia una reflexión más allá de la definición tradicional o histórica” (Caviedes,
2007: 12).
La investigadora Esperanza Hernández, al estudiar las formas pacíficas de
resistencia a la guerra de los pueblos indígenas y de otras comunidades loca-
les y sectores sociales en Colombia, destaca en ellas experiencias de media-
ción e intermediación en el contexto del conflicto armado e iniciativas civiles
de paz.

Las resistencias para la paz de Colombia evidencian valores y pos-


turas de culturas milenarias, capacidades insospechadas para construir
paz desde la no violencia, procesos y acciones colectivas identificadas
por sus protagonistas como “fuerza vital” y “ejercicio de autonomía,
autodeterminación o neutralidad activa”, mecanismos pacíficos de de-
fensa y de propuesta, y esencialmente poderes pacifistas transformado-
res, paces imperfectas, y realidades esperanzadoras para este país (Her-
nández, 2009: 118).

Estima que las formas de resistencia desde la no violencia y la no colabo-


ración, merecen reconocerse en nuestro contexto como experiencias de cons-
trucción de la paz. Se trata de experiencias de base social que no admiten
el uso de la violencia en contextos de alta conflictividad y conflicto armado
(Hernández, 2012: 124).
Por su parte, Houghton y Villa plantean que el movimiento indígena des-
de los noventa busca también alternativas de solución del conflicto armado,
en perspectiva de cambiar su posición de víctima del conflicto a la de actor
social y político con propuestas de paz, sobre lo cual refieren como anteceden-
tes al CRIC con la movilización por la paz, a la OIA con las declaratorias de
neutralidad ante los actores del conflicto armado y a la acción de otros pue-
blos indígenas, de manera que buscan articulaciones regionales y con dinámi-
cas sociales y políticas, en aras de conseguir la paz (Houghton y Villa, 2005:
19). Así mismo, el estudio de Cecoin referido en este documento argumenta
que el movimiento indígena realiza convocatorias para la paz desde escenarios
propios, conseguidos mediante la movilización en medio de la guerra: “[a]l
convocar a la sociedad civil, al Estado y a diferentes actores a pensar la paz,

195
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

creando el ‘territorio de diálogo y convivencia’ en el resguardo indígena de La


María, en Piendamó (Cauca); al convocar a los diferentes sectores sociales a
la ‘minga por la vida, la dignidad y la alegría’, donde el movimiento indíge-
na lideró una marcha desde Santander de Quilichao hasta Cali, y al asumir la
paz como un elemento dentro de las reivindicaciones del movimiento indíge-
na en el congreso de los pueblos indígenas de Cota en 2001, el movimiento
indígena hace propuestas dentro de la guerra para la construcción de la paz.
Como en otros casos, el reconocimiento de una participación diversa implica
entender y abrir escenarios para la presencia de los pueblos indígenas y las ex-
periencias que estos han adelantado” (Caviedes, 2007: 19).
La Fundación Cultura Democrática publicó documentación sobre una se-
rie de exigencias desde la población civil afectada por el conflicto armado ante
el Estado y las guerrillas, las cuales revelan eventos de interlocución y deman-
das de acatamiento de conductas humanitarias y de suscripción de acuerdos
humanitarios, de manera que muchas asocian tal propósito al de la paz, entre
las cuales se destaca la participación indígena en distintas regiones desde me-
diados de los noventa (Villarraga, 2005: 151-177). Así, por ejemplo, en oc-
tubre de 1994 los gobernadores indígenas de Urabá, a instancias de la OIA,
suscribieron una proclama para dejar en claro la exclusión de las comunidades
étnicas del conflicto armado, declarar su neutralidad, demandar exigencias a
las partes enfrentadas de respeto al derecho humanitario y proclamar la cons-
trucción de la paz:

La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento. Es


un compromiso que debe partir de nosotros mismos, se construye en
la casa, la escuela y la comunidad. Es en el respeto y la convivencia de
unos y otros como la podemos construir. El diálogo es el único cami-
no para llegar al acuerdo y al pacto social que nos acerque a la paz y el
bienestar social (Encuentro Indígena por la Vida, la Convivencia y la
Justicia Social en Urabá, 1994).10

En agosto de 1996 de nuevo los gobernadores indígenas de Urabá se re-


unieron, denunciaron ataques de los actores del conflicto armado, reiteraron

10
“Proclama de los gobernadores indígenas de Urabá por la paz”, adoptada por el Encuentro Indígena
por la Vida, la Convivencia y la Justicia Social en Urabá, realizado en la comunidad de Las Playas,
Apartadó, 5-8 de octubre de 1994. Archivo Fundación Cultura Democrática.

196
La resistencia indígena: opción de paz

su neutralidad y se comprometieron con “un diálogo permanente con todos”,


para lo cual reclamaron el acompañamiento de la iglesia, las ONG, medios de
comunicación y organizaciones internacionales”.11
En noviembre de 2001 se realizó el Congreso de los Pueblos Indígenas de
Colombia, el cual reaccionó por los atropellos sufridos, lanzó una Campaña
por la Vida y la Autonomía de los Pueblos Indígenas y adoptó una declaración
respaldada por 3.350 autoridades y delegados de los distintos pueblos indíge-
nas. “[…] nuestros territorios han sido profanados y arrasados por las políticas
estatales, las multinacionales y los actores armados, quienes desconocen nues-
tro derecho mayor y la autonomía territorial”. Denunciaron ataques contra
líderes indígenas de distintos pueblos y critican el proceso de paz desarrollado
al momento entre el Gobierno Pastrana y las FARC de ser excluyente de los
indígenas y los sectores sociales. “[…] no nos sentimos recogidos ni represen-
tados por el Estado ni por las FARC, ni por ninguno de los actores armados
del conflicto”. Además reclamaron “un inmediato cese al fuego y las hostilida-
des; aunque creemos que la paz no puede entenderse como silencio de las ar-
mas, sino como garantía de los derechos colectivos de los pueblos y en general
de todos los colombianos[…]”. A partir de allí, las organizaciones indígenas
conformaron una Mesa de Trabajo Indígena por la Paz, encargada de promo-
ver la “movilización por la convivencia, adelantar procesos de interlocución
con los actores armados y con el Estado en defensa de los derechos humanos
de los pueblos indígenas” y llamar al conjunto de los sectores sociales a crear
una alianza para la paz.12

2. Resguardo Nasa Wesh: de la autodefensa al pacto de paz con las FARC13

Esta experiencia pone de presente como el pueblo nasa del Resguardo Nasa
Wesh de Gaitania (Tolima), tras enfrentamientos durante seis décadas, llegó

11
“Comunicado de los gobernadores indígenas de Urabá”, Resguardo Polines, Chigorodó, Antioquia,
24 de agosto de 1996. Archivo Fundación Cultura Democrática.
12
“Congreso de los Pueblos Indígenas de Colombia, Vida y Dignidad para los Pueblos Indígenas y
para todos los Colombianos”, Cota, Cundinamarca, 25 al 30 de noviembre de 2001. (Folleto). Ar-
chivo Fundación Cultura Democrática.
13
Al conmemorarse diez años del acuerdo, Juan Gregorio Palechor quien fue gobernador del Resguar-
do Nasa Wesh cuando se hizo el acuerdo de paz con las FARC relató tal experiencia ante su comu-
nidad, testimonio que fue recogido por Cecoin y en el cual nos apoyamos en este aparte (Caviedes
(Edit.), 2007: 23-54).

197
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

a un acuerdo con las FARC en 1996. Esta situación significó una respuesta
autónoma ante un conflicto armado que los involucraba, de manera que opta-
ron por una opción de paz que ha demostrado ser un hecho sostenible duran-
te más de una década. La confrontación se remontaba al propio surgimiento
de las FARC, puesto que los indígenas habían convivido con esta guerrilla en
Durania (luego denominada Gaitania), pero al trasladarse el grupo armado a
Marquetalia, acompañado por colonos, los indígenas nasa permanecieron en
el lugar, a donde llegó y se instaló el Ejército. A partir de allí se generó descon-
fianza entre los indígenas y las FARC. La guerrilla mató varios integrantes de
la familia Yule por colaborar con el Ejército, sin que todos lo estuvieran ha-
ciendo; luego les robó ganado, por lo cual los indígenas fueron a recuperarlo y
se enfrentaron con machetes a los guerrilleros, resultando muerto un mando
de las FARC:

Al día siguiente, la guerrilla volvió a la comunidad y mató, en ven-


ganza, a la viuda de José Domingo Yule y a una muchacha de 14 años.
Y ahí inicia todo el proceso de la guerra. ¿Y la gente qué hace? El ejér-
cito aprovecha todo eso y llega a la comunidad y le dice a un indíge-
na: ‘Bueno, usted es el líder de la comunidad y será capitán, mientras
el ejército esté aquí’. Y empieza el vaivén. Y la comunidad empieza a
patrullar […]. La guerrilla bajaba y mataba a un indio y ellos también
[…] (Caviedes, 2007: 41).

Con la intervención del Ejército el cabildo indígena se disolvió, la autori-


dad tradicional fue desconocida y se impuso el dominio de indígenas armados
y nombrados en rangos militares por el Ejército. Sin embargo, gobernadores
indígenas de Huila y Cauca le recomendaban al resguardo reorganizar su ca-
bildo, recuperar sus autoridades y les expresaban desacuerdo por haberse ar-
mado. Esa situación influyó en la restitución del cabildo entre 1968 y 1980,
intervalo en el que cesaron los enfrentamientos, pero la comunidad mantenía
la estructura armada y la relación con el Ejército. Pero en 1981 se reactivaron
los choques al ser asesinado por indígenas otro mando de las FARC –“Balín”–,
lo que produjo retaliaciones de la guerrilla y la situación se hizo compleja por-
que había entonces en la comunidad apoyos tanto a las tropas oficiales como
a la guerrilla. El exgobernador indígena, Palechor, relata que hacia mediados
de los ochenta el Ejército proporcionó a los indígenas armamento más mo-

198
La resistencia indígena: opción de paz

derno, de nuevo militarizó la comunidad y se recrudeció la confrontación con


las FARC:

La juventud entonces se empezó a armar. Nos volvimos más sofisti-


cados y ya no andábamos con escopeta. Ya cada uno tenía una ametra-
lladora pequeña […]. La necesidad de venganza era tanta que cuando la
juventud se corrompe ya no se controla. Medio les parecía mal alguien
y le daban. No había respeto hacia nadie y a los indios les tenían miedo.
Nadie insultaba a los indios. Sólo los guerrilleros, que no venían nunca.
Ellos mataron a sesenta indios a pura traición en emboscadas. Cuando
nos dábamos cuenta, nos decían: “¡murió tal!”, pero ¿ya qué íbamos a
hacer? Así duró desde 1989 hasta 1991. Allá entraba un empleado pú-
blico y no salía. Nadie visitaba […] (Caviedes, 2007: 42).

Sin embargo, obraron otros factores positivos; los indígenas reconstruye-


ron el cabildo del resguardo en 1985, lo legalizaron, entraron en contacto con
otros cabildos y reconocen que recibieron influencia positiva de la Consti-
tuyente de 1991 que contó con participación de indígenas y del retorno a la
vida civil del MAQL. “Perdió audiencia pensar en la guerra” y establecieron
relaciones con el CRIC y el CRIT –creado en 1975 por indígenas pijaos–, con
quienes antes guardaban prevenciones, pues según el testimonio referido “el
Ejército y la gobernación del Tolima decían que esas organizaciones indígenas
eran de la guerrilla”. No obstante, ingresaron al CRIT, organización que a la
vez los veía como parte del conflicto armado por ser autodefensa, por lo cual
los asesoraron para que buscaran acordar la paz con la guerrilla. También la
ONIC y los constituyentes indígenas fueron estímulo para que se lograra esta
paz. Por tanto, al inicio de 1995 el resguardo concluyó que buscaría el diálogo
con Joselo Lozada, comandante del Frente 21 de las FARC.
Entonces el cabildo prohibió el uso de armas aunque algunos se resistían
y llamó a la guerrilla con el mensaje de estar desarmados y con una propuesta
de acuerdo “para no matar más gente”. En la zona estaba un comandante
del VI Frente que era indígena –“el Gato”–. Al principio las recriminaciones
fueron mutuas pero también lo fueron las expresiones de querer convivir en
paz.

Entonces le planteé los puntos que había redactado el Cabildo.


El primero era: ‘señores de las FARC: la comunidad propone que los

199
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

indios nos hemos desarmado y hemos desarmado a la comunidad, por


medio de la autoridad tradicional. Pero a cambio, ustedes no pueden
transitar por el territorio indígena, ni el ejército ni las autodefensas
de ninguna clase, ni ninguna institución que esté armada’ (Caviedes,
2007: 48).

La guerrilla protestó por la exigencia de no presencia en el territorio del


resguardo, pero el acuerdo se logró, porque los indígenas discutieron que ha-
cían uso de su derecho a la autonomía reconocido en la Constitución Política
de 1991. Así, el acuerdo incluyó compromisos de las FARC de respeto a la
autonomía, territorios y autoridades del pueblo indígena. Para su firma asis-
tieron la Cruz Roja, la Defensoría del Pueblo, el obispo de Montelíbano. Al-
gunos líderes indígenas que estaban aún armados se desarmaron.

Ese día tomamos la iniciativa y nos dimos cuenta de que para la co-
munidad, de acuerdo con las opiniones y estrategias planteadas, había
sido muy difícil, porque ellos no hicieron ese tratado de paz de buenas
a primeras, porque la comunidad temía a ambas partes. Por un lado te-
mía al Ejército, y por otro a las FARC. Porque de acuerdo con lo que
se escuchaba antes del acuerdo de paz, las FARC no tenían confianza
hacia la comunidad, porque sabían que dentro de ella existía rencor. Y
porque para las FARC era imposible que los indígenas quisieran llegar
a un cese al fuego (Caviedes, 2007: 34).

En tal situación, hubo intentos de sabotear el acuerdo por parte de algunos


indígenas que estaban con el Ejército, quienes organizaron retenes armados y
un atentado contra las FARC, por lo cual los guerrilleros mataron a dos líde-
res indígenas que se mantenían en armas; a la vez, algunos jóvenes indígenas
mataron a un guerrillero motivados por el ofrecimiento de dinero que les hizo
el Ejército. Pero a pesar de estas dificultades, la comunidad indígena en asam-
blea ratificó el apoyo al acuerdo. En los indígenas pesó entonces el interés de
conseguir el funcionamiento de su cabildo y el respeto a sus autoridades tra-
dicionales, superando la subordinación a la estructura armada ligada al Ejér-
cito, pues tal situación les implicaba riesgos de confrontación con las FARC y
resentimiento de su vida social y económica.
La cosmovisión del pueblo nasa estuvo presente e inspiró el acuerdo:

200
La resistencia indígena: opción de paz

Para que nosotros pudiéramos llegar al acuerdo de paz, tuvimos que


hacer mucho trabajo con el Thë Wala. Si nosotros creemos en la medi-
cina tradicional que fluye como agua viva, podemos seguir en la paz.
Si no hay fe en eso, la paz no va a seguir. En la ley de origen el símbolo
de la paz va mucho más atrás de Juan Tama. Es el agua. Según los mé-
dicos tradicionales, ellos hacen que el espacio que tenemos arriba sea
el espacio de las nubes, porque en las nubes se forma la estrella, y esa
estrella debe caer en el agua, para engendrar un ser humano, que es el
constructor de la paz. Ese es Juan Tama. El símbolo de la paz es el agua,
la paz nace cuando la cometa toca el agua.

Además, revistió un simbolismo especial el que los indígenas definieran la


paz con el lema de su escuela: “vivir juntos en el conocimiento”:

Nosotros definimos la paz como el nombre de la escuela de la comu-


nidad: ‘Nasa wesx finzenxi’ que significa ‘vivir juntos’. La gente no sabe
que eso nos da mucho honor. La gente no sabe a qué filosofía corres-
ponde. ‘Finzenxi’ es vivir juntos con el conocimiento. ‘Nasa wesx fin-
zenxi’ que significa ‘vivir juntos con el conocimiento’ (Caviedes, 2007:
54).

Al igual que otros pueblos indígenas, luego reclamaron no ser parte del
conflicto armado y llamaron a los indígenas que seguían haciendo parte de las
filas hostiles a desvincularse para aplicarles medidas de justicia propia y rein-
tegrarlos a sus comunidades: “si la gente se va para la guerra, los buscamos, los
traemos a la comunidad y los castigamos” (Caviedes, 2007: 54).

El Quintín Lame: de la autodefensa indígena al pacto de paz con el


gobierno

Ante los ataques cometidos contra los dirigentes y comunidades indíge-


nas en el Cauca en represalia por su movimiento orientado a “recuperar sus
tierras ancestrales”, a mediados de los años ochenta se conformó un coman-
do de autodefensa indígena que dio origen en 1985 al Movimiento Armado
Quintín Lame (MAQL). Pero si bien la causa principal para la creación de
este movimiento armado fueron los ataques de los grupos paramilitares, con
frecuente apoyo o complicidad de organismos oficiales de seguridad y de la

201
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

fuerza pública, también tuvo como motivo proteger a los indígenas de los ata-
ques y presión armada de las FARC contra las comunidades indígenas y de la
misma presencia de otras guerrillas en sus territorios (Peñaranda y Guerrero,
1999: 75).
“[…] En 1985 las diferencias de las comunidades indígenas con los gru-
pos armados nos plantearon la necesidad de expedir la Resolución de Viton-
có, documento donde por primera vez le hacemos saber a la opinión pública
nuestras diferencias con los grupos armados y nuestra decisión de autonomía;
reclamando el despeje total de nuestro territorio por parte de los diferentes
ejércitos. La constante agresión sobre líderes y comunidades hizo que nuestra
gente inventara sus propios mecanismos de defensa como fue el grupo arma-
do Quintín Lame, grupo que contribuyó con la búsqueda de un acuerdo so-
cial que concluyó con la emisión de la Constitución Política Nacional” (Peña-
randa y Guerero, 1999: 75).
En consecuencia, el MAQL no emprendió una lucha por la toma del po-
der sino en defensa de las comunidades indígenas y sus territorios. Pero a pe-
sar de ser autodefensa indígena su forma de actuación tuvo influencia, se rela-
cionó y en buen grado se asimiló al de las guerrillas; expresión de tal situación
fue el haberse integrado a las coordinadoras guerrilleras existentes en el ámbi-
to nacional durante la segunda mitad de los ochenta.14 Sin embargo, también
se diferenció de ellas en aspectos como el de no conformar un poder territo-
rial propio por encima de los pueblos indígenas, sus autoridades tradicionales
y sus organizaciones, sino estructuras de protección de las comunidades, de
“castigo” a personas presuntamente vinculadas con el paramilitarismo y que
en ocasiones realizaron acciones ofensivas contra instalaciones y personal de
la fuerza pública.

El Quintín Lame a diferencia de los proyectos políticos militares


partidistas de los demás movimientos, defendían la óptica del movi-
miento indígena con asiento en las comunidades del Cauca. Ellas les
aportaban los combatientes que provenían de grupos de autodefensa y
en los últimos años habían mantenido una postura independiente al
seno de la Coordinadora Guerrillera, aunque su misma participación
estimulaba en ellos compromisos y características similares a las de los

14
El MAQL fue integrante de la Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG) entre 1985 y 1987 y de
la Coordinadora Nacional Guerrillera Simón Bolívar (CNGSB) entre 1987 y 1990.

202
La resistencia indígena: opción de paz

grupos guerrilleros tradicionales. Con el M19 aprendieron militarmen-


te, recibieron colaboración, pero también le señalaban problemas de
imposición. Se planteaba extender su presencia a otras regiones e inci-
dir en sectores campesinos y en las negritudes […]. Por no tener en su
origen un proyecto armado insurreccional, entendían la solución po-
lítica en términos de democratización del país y respeto a las garantías
básicas para las comunidades (Villarraga y Plazas, 1994: 244).

De tal forma el MAQL se proclamó y fue reconocido como un grupo ar-


mado asociado a la defensa del movimiento indígena en Cauca, en especial in-
tegrado por indígenas paeces, el cual se asoció al concepto de “guerrilla socie-
tal”, en el sentido de ser expresión de lucha de un actor social, tener relación
estrecha con su base social, apreciar el enemigo de manera “relativa” –con re-
ferencia a los intereses de tal sector social– y con presencia geográfica limitada
a la representación socio-cultural del mismo (Pizarro, 1966: 60).
Sin embargo, a finales de los ochenta desde las comunidades indígenas y
entre los propios integrantes del MAQL se produjo una discusión sobre la
validez de este movimiento armado y surgieron presiones para conseguir su
desmonte. Contribuyeron a ello las propias organizaciones indígenas que exi-
gían la desmilitarización de sus territorios, con alusión a la fuerza publica y a
todos los grupos armados irregulares; también en el seno del Quintín Lame
el debate sobre si correspondía consolidar una perspectiva guerrillera y pasar
a la expansión territorial a través de varios frentes o atender definitivamente a
la dinámica autónoma del movimiento indígena y favorecer sus condiciones
de interlocución y participación política; pero además, en el plano militar y
de la seguridad hubo cuestionamientos ante la incapacidad de este grupo para
garantizar protección ante el despliegue paramilitar en curso –en medio de
reiteradas denuncias de colaboración o permisividad de la fuerza pública con
los paramilitares–, y así mismo se ponía de presente que la existencia del gru-
po armado pro indígena se utilizaba como justificación para el tratamiento
represivo al movimiento social.

De 1988 en adelante las expresiones a favor de la desmilitarización


del Cauca insisten en el necesario retiro de todas las organizaciones
insurgentes incluido el Quintín Lame. La presencia de este grupo
armado se convirtió en un obstáculo para el desarrollo de programas

203
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

comunes por parte de las organizaciones que actuaban en representación


de las comunidades en el Cauca, tal como ocurrió con los acuerdos
entre AISO (Autoridades Indígenas del Sur-Occidente) y CRIC […]
que se rompieron a raíz de las protestas contra el Quintín y el CRIC,
por parte de algunas comunidades encabezadas por la de Caldono
(Peñaranda, 1999: 82).

Pero además estas discusiones obedecían –al final de los ochenta e inicio de
los noventa– a cambios que se fraguaron en la situación política y del conflic-
to armado, de forma que las guerrillas, incluido el MAQL, como las propias
vertientes de la izquierda colombiana, tuvieron que tomar posición ante el di-
lema de validar la vigencia de la guerra irregular y la confrontación armada o
demandar la posibilidad de un pacto político en busca de la democratización
y la paz, coyuntura que tuvo como factor determinante la convocatoria de la
Asamblea Nacional Constituyente de 1991 (Villarraga y Plazas, 262-267). En
consecuencia, el M19, el EPL, el MAQL y otras pequeñas facciones guerrille-
ras le apostaron sin reserva y con decisión estratégica de optar por la paz a tal
posibilidad. Por tanto, el Quintín Lame asumió el tratamiento de su crisis de
proyecto por vía del proceso de paz y de contribuir a potenciar la dinámica
del movimiento indígena. “Al sustraerse de la guerra y al encontrar una sali-
da política, pudo evitar la prolongación de un conflicto que habría acarreado
enormes costos al movimiento social” (Peñaranda, 1999, 103).

En la desmovilización primaron muchos elementos circunstancia-


les: las quejas de algunas comunidades por problemas de vandalismo,
sobre todo por parte de excombatientes del Quintín. Además, al CRIC
lo combatían con el argumento de que era un brazo armado y un mo-
vimiento de tipo militar, por lo que le estaban reprimiendo lo más
importante: su actividad legal. Otra consideración que influyó en la
decisión fue que la capacidad militar del Quintín Lame se estaba vol-
viendo totalmente ineficiente para combatir los factores de violencia en
el Cauca, en particular a los grupos paramilitares apoyados por el nar-
cotráfico y el Ejército. Entonces, si bien las necesidades de defensa no
habían desaparecido, el Quintín Lame ya resultaba obsoleto para en-
frentarlas como aparato militar, lo que se oponía a las exigencias que le
habían hecho las mismas comunidades indígenas. La desmovilización

204
La resistencia indígena: opción de paz

también fue producto del interés en participar en la Asamblea Nacional


Constituyente, junto con todo el movimiento indígena, así como ante
la perspectiva más importante del momento, que era democratizar el
país (Caviedes, 2007).

El MAQL reconoció que el acuerdo de paz fue el escenario para la resolu-


ción de estas circunstancias y que la desmovilización fue decisión de las pro-
pias comunidades indígenas, a las que siempre dijeron servir como autode-
fensa:

Las condiciones para la continuidad de la experiencia armada del


Quintín Lame se habían reducido de manera apreciable. El balance de
los costos y beneficios que podría arrojar la continuación de las hosti-
lidades o la búsqueda de un acuerdo de paz, mostraba claramente la
necesidad de avanzar hacia las negociaciones por tres grandes razones.
Una razón circunstancial, era la crisis por la que estaba atravesando, que
hacía insostenible la continuidad de su proyecto, a riesgo de entrar en
un proceso acelerado de bandolerización o de ser absorbido por alguno
de los grupos guerrilleros […]. Una razón estratégica, dada la perspec-
tiva de un proceso de ampliación democrática, que a todas luces ofrecía
beneficios que superaban ampliamente las posibilidades de una incierta
aventura armada. Finalmente, había una razón estructural fruto de su
profundo anclaje con las comunidades indígenas locales […] lo cual
condujo a que su evolución estuviera ligada al curso del movimiento
indígena del Cauca (Peñaranda, 2010: 100).

Por invitación del EPL, el MAQL y el PRT, iniciaron conjuntamente con-


tactos con el gobierno nacional para una negociación de paz definitiva, en el
contexto de la convocatoria y realización de la Asamblea Nacional Constitu-
yente de 1991, hecho que significó el fraccionamiento definitivo de la CGSB,
al persistir las FARC y el ELN en la estrategia de guerra y al haberse desmo-
vilizado el M19 con la decisión de incidir desde la actuación política legal en
los cambios democráticos consignados en el pacto político de paz que suscri-
bieron el gobierno nacional y varios partidos políticos en 1989.

[…] una diferencia de matices al interior de la Coordinadora, es


que nosotros creemos que se deben agotar todos los esfuerzos para

205
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

obligar al gobierno a hacer cambios que no requieran necesariamente


de la guerra, que de pronto es posible conformar un bloque de poder
entre los sectores populares que obliga a que en Colombia se amplíe la
democracia y se de participación y, al calor de eso, pues se vayan creando
formas comunitarias, empresas de autogestión, diferentes mecanismos
de producción por parte de las cooperativas […] (entrevista con Ciro
Tique, 1989).

En la negociación el MAQL tuvo como propuestas conseguir la partici-


pación en la Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de contri-
buir a la consagración de los derechos indígenas en la Constitución Política
y en el ámbito regional demandó la desmilitarización y el tratamiento de las
violaciones a los derechos humanos sucedidas contra los pueblos indígenas,
las garantías de participación para las organizaciones sociales del Cauca y la
adopción de un plan de desarrollo regional (Díaz y Villamizar, 1996: 52-67).
Durante el diálogo de paz con el gobierno presionaron junto con las organi-
zaciones indígenas para que se estableciera una circunscripción especial in-
dígena en la elección de los delegados a la Asamblea Nacional Constituyente
de 1991, sin lograrlo, a la vez que presionaron junto con el EPL, el PRT y
varios movimientos políticos y sociales para que la reforma a emprender no
fuera una simple enmienda de algunos temas o artículos de la Constitución
Política de 1886 sino que se convocara una auténtica Constituyente que ex-
pidiera una nueva Constitución Política de carácter democrático, hecho que
se hizo posible ante todo por las históricas decisiones de la Corte Suprema de
Justicia en 1990 (Corte Suprema de Justicia, 9 de junio 1990; 19 de octubre
de 1990).
En los primeros meses de 1991 se definieron los términos del acuerdo de
paz entre el Quintín Lame y el gobierno nacional que incluyeron la partici-
pación de un delegado observador en la Asamblea Nacional Constituyente,
apoyo a planes de desarrollo locales en territorios indígenas, compromisos en
derechos humanos y garantías jurídicas y políticas, dando lugar estas últimas
a la posibilidad de crear un partido político en la legalidad que fue la Alian-
za Social Indígena. Sellado el acuerdo se procedió a la desmovilización de la
estructura armada, en un acto público con nutrida presencia indígena en el
Resguardo de Pueblo Nuevo y con asistencia de una veeduría internacional
conformada por la Confederación de Iglesias Evangélicas y el Consejo Mun-

206
La resistencia indígena: opción de paz

dial de los Pueblos Indios. “[…] El éxito de la reinserción del Quintín Lame,
se fundó en el hecho de que sus combatientes pudieron permanecer en sus
zonas de origen, mantener una presencia activa en la vida política local y apro-
vechar los beneficios políticos que se derivaron de los programas de inversión
acordados, todo lo cual fue posible gracias al reencuentro con sus bases socia-
les” (Peñaranda, 2010: 101).
Un lustro después, en un encuentro de balance de los procesos de paz de
inicio de los noventa, el exdirigente político más significativo del MAQL
hacía una referencia positiva a los logros conseguidos con la aplicación del
pacto de paz y la reinserción, de forma que los desmovilizados se mantenían
por lo regular articulados a dinámicas políticas y sociales del movimiento in-
dígena:

Actualmente se desarrolla el proceso de liberación de la madre tie-


rra, donde la iniciativa es del movimiento indígena, pero también par-
ticipan organizaciones campesinas y los desmovilizados acompañamos
el proceso. Buscamos posicionar otra vez la idea de una reforma agraria
que nunca se hizo; por el contrario, se hizo la contrarreforma agraria
encabezada por los paramilitares […]. En lo político electoral tenemos
una lista conjunta de todas las organizaciones políticas alternativas […]
en el Cauca se construye en lo social, en lo económico, en lo político;
los reinsertados no estamos solos ni aislados; hacemos parte del conjun-
to de las organizaciones tanto sociales como políticas alternativas […]
(Villarraga, 2006: 234-235).

3. La guardia indígena: resistencia pacífica del pueblo nasa y otros pueblos


indígenas

Las guardias indígenas, aunque recientemente interpretadas como


experiencias de paz, están enraizadas en la cultura de cada pueblo y son
fundamentalmente experiencias de resistencia y fortalecimiento de la
autonomía indígena. Se asocian a una estrategia de control territorial y
de defensa de los derechos colectivos del pueblo indígena en el contexto
del conflicto armado. Son costumbre ancestral aunque en su forma no
son homogéneas; llevan bastones de mando y en algunos casos brazaletes,
banderas y otros emblemas. La guardia es una forma organizativa de control

207
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

y protección que parte de la organización comunitaria, se ha reconstituido


en distintos pueblos originarios como parte de la recuperación de identidad
y cultural y tiene profundo significado simbólico y filosófico. “Las diferentes
guardias indígenas están ligadas a una cosmovisión que, en parte, permanece
en la memoria y, en parte, es una reconstrucción o reinterpretación desde el
presente de narraciones orales tradicionales y de los líderes políticos de los
pueblos indígenas […]” (Caviedes, 2007: 54).
La guardia indígena está relacionada también con el gobierno propio y la
justicia propia, controla los territorios, brinda seguridad, apoya reuniones,
asambleas, rituales, celebraciones, mercados de trueque y otros eventos. Re-
chaza la presencia de cualquier grupo armado ajeno a la comunidad en el te-
rritorio indígena. Vela por la convivencia armónica de su propio pueblo y lo
protege ante factores de riesgo o agresión, por lo cual propende por lograr y
mantener la paz. Sin embargo, como lo explican investigadores –indígenas y
asesores indígenas–, su interpretación reciente ante todo como instrumento
de paz es externa, lo cual llevó a que a la guardia indígena del pueblo nasa se
le concediera el Premio Nacional de Paz del año 2000, pues en esencia es una
de las expresiones de cada pueblo que colectivamente protagoniza los procesos
políticos y sociales emprendidos. Así lo refiere el estudio hecho por Cecoin
sobre las guardias indígenas de Caldono y el norte del Cauca:

La guardia indígena es el resultado de un proceso de construcción


política. Esta forma particular de organización, que hace parte de los
cabildos, es el resultado de décadas de organización orientada a la re-
cuperación de territorios indígenas usurpados durante los inicios de la
república y, más tarde, a controlar el territorio recuperado. Las guardias
indígenas han hecho énfasis en la importancia de la guardia como una
institución creada para el control territorial. La guardia indígena está
conformada por los mismos comuneros, no es una institución especial,
sino parte de la vida de la comunidad. La guardia indígena, así como la
comunidad, insiste con frecuencia en que toda la comunidad conforma
la guardia, o participa de ella en cierto momento de su vida. Aún así,
algunas de las personas de la comunidad suelen representar a la guardia
más formalmente a través de un coordinador. Esta coordinación hace
parte del cabildo y, bajo la coordinación de los cabildos, la guardia in-
dígena se articula a las actividades de la movilización indígena acompa-

208
La resistencia indígena: opción de paz

ñando las marchas, la liberación de la madre tierra, las asambleas y los


congresos de las asociaciones de cabildo o de la organización regional
misma (Caviedes, 2007: 66).

Así mismo, la guardia indígena no es fuerza de choque sino símbolo de la


fuerza social del propio pueblo indígena movilizado. En tal sentido, la guardia
indígena no es una “fuerza pública indígena”, ni porta armas, ni es profesio-
nal, ni es una organización especial por fuera de la propia dinámica organiza-
tiva del cabildo indígena. Tampoco reemplaza, sino que acata a las autoridades
y demás formas de organización tradicional. Sin embargo, cumple cierta labor
policiva; por ejemplo, frente a la delincuencia común en el territorio. Median
ante la fuerza pública y ante las guerrillas en prevención de la invasión de su
territorio y afectación de su comunidad y en aras del control y la protección.
Se destaca también en iniciativas humanitarias de protección. Así, en 2002,
en Toribío, cuando las FARC retuvo al alcalde indígena, se movilizaron ocho
mil comuneros indígenas en su rescate, apoyados por su guardia, de forma
que consiguieron liberarlo: “No permitiremos que la guerrilla se nos lleve el
alcalde, nosotros lo elegimos y nosotros decidimos cuando se va”, expresaron
públicamente en aquella ocasión. En años recientes sobresalen por su parti-
cipación en las mingas indígenas, interlocuciones con las autoridades, actos
simbólicos, recibimiento de delegaciones15 y en celebraciones,16 entre otros
hechos. En algunas guardias indígenas se han destacado acciones de capaci-
tación política, en derechos humanos y derecho humanitario, la vinculación
más profusa de jóvenes, así como la organización del control territorial con
más amplitud. La conformación en algunos casos es informal o espontánea y
en otros formalizada, aunque en general no tiene mayores requisitos, ni por lo
regular reglamentación escrita sino funcionamiento definido por el cabildo y
las autoridades de cada pueblo indígena.
Con referencia a la resistencia del pueblo nasa, precisamente simbolizada
en años recientes con la guardia indígena, anota sobre su carácter integral
de resistencia la fundación Hemera: “La Guardia Indígena desarrolla una

15
Ante delegaciones indígenas internas e internacionales, misiones de derechos humanos o visitas de
personajes. Entre ellos casos destacados como los del exjuez español Baltazar Garzón, el exalcalde de
Bogotá Antanas Mockus y el excandidato presidencial Carlos Gaviria.
16
Entre otras se destacó en 2011 la celebración en Pueblo Nuevo del vigésimo aniversario de la
Constitución Política y del Acuerdo de Paz del MAQL.

209
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

resistencia integral que se expresa en sus símbolos y rituales, en su estructura,


acciones y perspectivas, es decir, en todos los ámbitos de su mundo percibido
como totalidad. Es por ello que alude a una resistencia cultural, étnica, social,
activa y no violenta que pretende fortalecer valores, costumbres, memoria,
idioma, cultura, autonomía, autoridades y organizaciones indígenas”
(Sandoval, 2008: 7). “La resistencia de los indígenas nasa es integral […] en el
ámbito económico se resume en su ‘economía propia y solidaria’; en el político
en la ‘autodeterminación y autonomía indígena’; en el cultural en la ‘lucha
por la identidad’; en el organizativo mediante la defensa y fortalecimiento de
los cabildos; y en otros aspectos a través de medicina indígena, la educación
propia, el derecho propio y en general lo denominado Plan de Vida Nasa”
(idem: 97).
Con sabiduría el lingüista nasa Marcos Yulé manifiesta que la guardia in-
dígena

[…] despierta el espíritu guerrero pero el poder no está en las armas


ni en el garrote sino en el corazón y pensamiento; por ello la guardia se
prepara y forma para defender la vida. La vara de mando es símbolo de
la guardia indígena, cuyo material vegetal (chonta) significa resistencia
de las autoridades; las cintas, que son nueve colores diferentes, repre-
sentan seres dependientes de la máxima autoridad. Por ser la tierra se-
milla de vida, la vara para nuestra gente significa guía, que quiere decir
estar delante de la comunidad. La espiral y el rombo guardan memoria
de las costumbres y cosmovisión del pueblo nasa […] (Yulé, 2002).

De igual forma, en 2002, siendo gobernador departamental del Cauca el


taita Floro Tunubalá, describió a la guardia indígena como defensa del terri-
torio, la vida, la dignidad y la paz, enfatizando en su carácter pacífico orien-
tado a “contrarrestar las agresiones externas y mantener el control interno”.
Así mismo, la ACIN destaca su carácter preventivo ante el desplazamiento
forzado: “Las guardias indígenas permiten el ejercicio del control territorial,
que con sus acciones evitan que las comunidades abandonen sus territorios en
momentos de emergencia y se concentren en asambleas permanentes” (Cue-
tía, 2002). Mientras el coordinador de la Guardia Indígena del Norte del
Cauca, Luis Acosta, al dirigirse a los guardias indígenas rechazó injustos se-
ñalamientos hechos contra ellas: “Según las FARC ustedes son la fuerza para-

210
La resistencia indígena: opción de paz

militar del CRIC y para el Estado colombiano son milicianos de la guerrilla;


pero hay que estar tranquilos, porque para defender la vida no hay que tener
miedo. El poder de los guardias está en el corazón y el pensamiento y en el
respaldo de sus comunidades. Nos encontramos en resistencia comunitaria,
por eso hay que asumir la guerra y colocarnos en resistencia, por eso nos con-
centramos en asambleas permanentes. Las guardias son escuelas de formación
y defensoras de los derechos humanos” (Villarraga, 2005: 165).

De la lucha del CRIC a los mandatos y mingas por la vida y contra la


violencia

El CRIC –Consejo Regional Indígena del Cauca– desde su creación en


1971 se empeñó en medio de la persecución contra sus dirigentes en “recu-
perar la tierra que siendo nuestra debíamos trabajar para beneficiar a los te-
rratenientes”. Desde los ochenta las organizaciones indígenas propusieron el
diálogo como el camino para llegar a acuerdos y alcanzar la paz, no solo entre
el Estado y las guerrillas sino con participación de la sociedad civil. En 1985 el
CRIC y 45 cabildos indígenas aprobaron la Resolución de Vitoncó que recha-
zó la militarización por tropas oficiales y grupos guerrilleros y las amenazas,
asesinatos y masacres propiciados en sus territorios; denunció la difícil situa-
ción social afrontada; y mediante un ejercicio de autonomía objetó “las im-
posiciones venidas de afuera”, fueran estatales, privadas o de grupos armados
irregulares y exigió respeto a sus procesos de “recuperación de tierra”. “Nues-
tra experiencia nos ha demostrado que la intervención de organizaciones aje-
nas en este tipo de conflictos, más que solucionar positivamente los mismos,
los ha profundizado y creado heridas a los resguardos que han durado años en
sanar”. Estuvieron presentes el Comando Quintín Lame que aprobó la reso-
lución y el Sexto Frente de las FARC que se comprometió a no intervenir en
los procesos y territorios indígenas y cesar el tipo de atropellos denunciados
(Sánchez, Enrique y Molina, Hernán, 2010: 268-273).
A mediados de los noventa los indígenas del Cauca mediante su movili-
zación consiguieron firmar acuerdos con el Gobierno nacional sobre otorga-
miento de tierras, fortalecimiento de resguardos, saneamiento y otras reivin-
dicaciones. Sin embargo, alegando el incumplimiento oficial de compromisos
emprendieron fuertes movilizaciones en 1996 y 1999, año en el cual el go-
bierno expidió el Decreto 982 orientado a agilizarlos. Entonces adoptaron

211
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

las declaraciones de Ambaló (1996) y Jambaló (2000), que señalaron la


responsabilidad de diferentes actores en sus territorios, determinando
responsabilidades referidas “al conflicto armado, a los llamados cultivos
de uso ilícito, a las iglesias y a los intereses económicos de las empresas
multinacionales”. “Cada vez tenemos menos dudas de que la guerra es
funcional al modelo de colonización minero-energético, a la expansión
de los agro-combustibles y a la expropiación de los territorios indígenas
y de los afrodescendientes y campesinos, impulsada por las transnacio-
nales”. “Mientras el Ejército involucra a la población civil, la guerrilla
se camufla entre ella dando como resultado que sea la población civil
la que lleve la peor parte” (Congreso Extraordinario de Emergencia Social,
Económica y Cultural, Toez, Caloto y Santander de Quilichao, 2001: 5). En
1999 con apoyo en una amplia movilización establecieron el Territorio de
Convivencia, Diálogo y Negociación de la Sociedad Civil;17 en los años si-
guientes insistieron en promover acciones de diálogo desde este espacio

para que en unidad con los sectores que no hacemos parte del Go-
bierno, ni de los grandes grupos económicos, ni de los sectores arma-
dos, se obligue al Estado colombiano a conversar y a buscar alternativas
para solucionar los problemas ocasionados por las políticas de la admi-
nistración central. Creímos y creemos necesario forzar al Gobierno Na-
cional a negociar con los sectores sociales populares al igual que lo hace
con la guerrilla (idem).

En junio de 2001 los indígenas realizaron la Gran Minga por la Vida y


Contra la Violencia desde Santander de Quilichao (Cauca) a Cali (Valle), con
la percepción de que los gobiernos nacionales y sectores de poder desconocían
sus derechos y para exigir que hubiera concertación. Ese año se realizó el Con-
greso Indígena con asistencia de todas las organizaciones indígenas en Cota
(Cundinamarca) que llamó a la resistencia y la paz:

La resistencia actual es resultado del proceso de fortalecimiento de


la autonomía. Es justo el derecho a la desobediencia y a la resistencia
siendo pueblos de paz. Los pueblos indígenas tienen claro que son aje-
nos al conflicto pero no neutrales. Se presentan diversas acciones de re-

17
Resguardo La María, Piendamó, Cauca.

212
La resistencia indígena: opción de paz

sistencia y afirmamiento territorial, con las cuales hay experiencias en


medio de la ausencia de medidas humanitarias gubernamentales […].
Hemos aprendido a construir formas de paz en nuestro proceso de re-
sistencia: hacerlo en minga; hacerlo antes que los problemas crezcan;
hacerlo desde la propia realidad cultural y territorial; hacerlo pensando
en la justicia, la paz y la naturaleza; hacerlo por la gente que lo vive y no
por empresas o gobiernos ajenos. Llamar a los demás sectores sociales
a hacer minga para conseguir la paz, ya que los gobernantes antes que
defenderla la están perjudicando […] (Villarraga, 2005: 164).

En marzo de 2002 se realizó en Popayán un foro indígena presidido por


el entonces gobernador departamental, el indígena Floro Tunubalá, en bús-
queda de respuestas a la crisis humanitaria sufrida, las demandas de tierra, el
respeto a los resguardos y otros derechos, el cual se comprometió a mantener
un proceso de resistencia mediante la movilización social pacífica frente al
Estado y destacó la importancia de la guardia indígena como forma de au-
toprotección y expresión de soberanía (Foro Nacional de Emergencia Social,
Económica y Cultural de los Pueblos Indígenas de Cauca y Mecanismos de
Resistencia, 2004).
En septiembre de 2004 el movimiento indígena en Cauca proclamó la
lucha por “la liberación de la madre tierra” y realizó la marcha indígena del
Cauca hasta Cali, con más de 60 mil participantes liderados por el CRIC,
denominada “Minga por la Vida, la Justicia, la Alegría, la Libertad y la Au-
tonomía”, la cual culminó en esta ciudad con la realización de una masiva
reunión denominada “Congreso Indígena y Popular”, que congregó también
líderes sociales, políticos, congresistas y un alto interés de la opinión nacional,
a pesar de la indisposición e intento de evitar que se realizara por parte del
Gobierno nacional. Este Congreso adoptó un “Mandato Indígena y Popular”
que destacó la oposición al ALCA y al TLC por considerar que conllevaría
consecuencias “destructivas” para las economías indígenas y campesinas, así
como puso de presente graves situaciones en derechos humanos que afectaban
a los pueblos indígenas. En 2007 el CRIC, la ACIN y el Proyecto Nasa en
los cabildos de Toribío, Tacueyó y San Francisco, realizaron la Tercera Minga
Pública en Defensa de la Vida, la Libre Autodeterminación y el Territorio, en
resistencia a las afectaciones causadas en las comunidades por los grupos ar-
mados, de nuevo bajo protección y control de la guardia indígena. A finales de

213
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

2008 la Minga Nacional de Resistencia Indígena y Popular desplegó marchas


por distintas carreteras del país hasta llegar a Bogotá, donde se reunió con el
Ministro del Interior y de Justicia, Fabio Valencia Cossio, que tenía funciones
presidenciales delegatarias, para discutir el estado de los acuerdos (Villarraga,
2005: 153-184).
En 2009 los indígenas invitaron a una “Minga de resistencia social y co-
munitaria de los pueblos, gremios, iglesias, organismos multilaterales, sindi-
catos, partidos políticos, medios de comunicación y a toda la sociedad civil”,
para acordar una agenda para la paz y una propuesta para la salida negociada
del conflicto armado. La propuesta de paz fue formulada entonces desde los
pueblos indígenas hacia los sectores sociales:

“Los pueblos indígenas y las iniciativas de paz con las que hemos
venido trabajando de manera permanente en el país, entienden  que
una propuesta de paz se construye teniendo en cuenta un conjunto de
principios, vivencias, prácticas, lineamientos complementarios e im-
perfectamente articulados entre sí, que permiten a la sociedad hacerse
un imaginario de cómo entiende y construye la paz. Estamos conven-
cidos también que la paz no se decreta, debe ser un proceso social que
se construya desde las comunidades, desde las víctimas y con todos
los sectores de la sociedad que le apuestan a este derecho. La paz que
queremos reconoce la diversidad, es incluyente e integral, se vive coti-
dianamente y tiene como sostén la justicia social […] nos declaramos
en desobediencia civil y resistencia pacífica hasta que los señores de la
guerra acojan, acaten y respeten la decisión y exigencias de los pueblos
indígenas. […] continuaremos fortaleciendo iniciativas de resistencia
pacífica, mingas de pensamiento y actos legislativos en perspectivas de
construir alternativas sociales y populares en el marco del país justo, po-
sible y necesario para todos y todas […]” (Tribunal Indígena del Cauca,
2009: 2-3).

En resumen, con el liderazgo del CRIC, la ONIC, AICO y demás organi-


zaciones, los indígenas logran reconocimiento como pueblos, consagración de
sus derechos en la Constitución Política de 1991, recuperación en Cauca de
unas 120 mil hectáreas de sus territorios ancestrales. Crear, sanear y legalizar
resguardos, mediante títulos de propiedad colectiva. Fortalecer gobiernos, jus-

214
La resistencia indígena: opción de paz

ticias y autoridades y culturas propias; cabildos elegidos por sus comunidades;


rescate de medicinas tradicionales; educación propia; apoyo a planes de vida y
proyectos productivos comunitarios.

Han conformado movimientos cívicos para participar en elecciones


locales, regionales y nacionales. Han logrado llegar a algunas alcaldías
municipales con candidatos de sus movimientos. Han alcanzado esca-
ños en consejos municipales, asambleas departamentales, la Cámara de
Representantes y el Senado […] han realizado importantes gestiones
humanitarias que han permitido la protección de sus culturas, autori-
dades, comunidades y localidades […] han elaborado mediante proce-
sos comunitarios altamente participativos, manuales de resistencia civil
para autoprotegerse en los momentos críticos de expresión del conflicto
armado (Hernández, 2012: 128-129).

Por tanto, han sido y siguen siendo un actor social y político importante
que promueve su propia agenda y con ella entrega propuestas a la sociedad y
el Estado relativas a la paz.

Los indígenas queremos ser interlocutores de paz, queremos que


nuestras comunidades sean respetadas por los distintos actores armados
del conflicto interno, queremos fortalecernos como gobierno propio
que somos, pero también queremos que exista un Estado incluyente
para todos los colombianos, que desarrolle y cumpla acuerdos huma-
nitarios y busque alternativas para una salida negociada del conflicto
armado. Nuestra estrategia de paz está basada en una defensa de nues-
tro territorio como eje esencial de nuestra pervivencia como pueblos.
[…] En una deseada situación de realización de acuerdos humanitarios
y búsqueda de una paz duradera, ponemos al servicio nuestros territo-
rios (Foro Nacional de Emergencia Social, Económica y Cultural de
los Pueblos Indígenas de Cauca y Mecanismos de Resistencia, 2004).

Los pueblos indígenas de Colombia debemos construir una propuesta de


paz nacional que involucre a todos los pueblos que habitan este país, que sea
incluyente con los demás sectores sociales, y que nos lleve a la construcción
de un país diferente, en donde las culturas existentes no solo sean respetadas,
sino fortalecidas y desarrolladas (Tascón, 2007).

215
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Conclusiones

Históricamente la resistencia indígena a la violencia, la guerra, la exclusión,


la discriminación y el detrimento de sus derechos muestran formas armadas o
violentas y formas no armadas y pacíficas; sin embargo, en la historia reciente
y de manera más clara en las últimas décadas, se consolidan de manera general
formas de resistencia pacífica y civil. Pero además, es diciente que ello ocurra
en oposición autónoma frente a todos los factores de violencia, sean propicia-
dos por el Estado, los paramilitares y las guerrillas, en el contexto del intenso
y prolongado conflicto armado interno aún vigente. En consecuencia, se tien-
den a generalizar en los pueblos indígenas el rechazo a la guerra, la declara-
ción de independencia y el no compromiso ni colaboración con ninguno de
sus contendientes; así mismo, la proclamación de sus territorios como zonas
de paz y la exigencia de garantías para sus territorios, comunidades, formas de
organización social, cultura y gobierno propio.
Los pueblos indígenas conciben la paz de forma integral, a partir de la ar-
monía entre los seres humanos y la naturaleza. La paz se traduce en las posi-
bilidades que brinda una coexistencia pluricultural, de respeto a la diversidad
étnica, de convivencia pacífica fundada en la democracia, el derecho a la di-
ferencia, la autonomía, el ejercicio de los derechos humanos y colectivos y el
respeto a la dignidad humana. A través de numerosos pronunciamientos los
pueblos indígenas han dejado en claro sus demandas centrales de condiciones
para la paz a partir de fortalecer su identidad cultural, autonomía, territorios
y ejercicio real del conjunto de sus derechos colectivos.
El concepto de la paz asociado al movimiento indígena no se circunscribe a
la superación del conflicto armado sino que se articula a su dinámica autóno-
ma de resistencia, reivindicación territorial, cese de la violencia y posibilidad
del ejercicio de sus derechos. Las propuestas de paz de los pueblos indígenas
se asocian al logro del ejercicio de la autonomía por parte de los cabildos y las
comunidades. Implican el rechazo a la presencia de todos los actores armados
en sus territorios. Así mismo, conlleva la construcción de planes de vida con
autonomía, la consolidación del gobierno, la justicia y la economía propias.
Esto explica que antes que una definición de paz como tal para la concepción
indígena radica en la opción de construcción de paz territorial, desde una
agenda múltiple de compromisos (Caviedes, 2007: 101-102).

216
La resistencia indígena: opción de paz

Los pueblos indígenas argumentan que abandonar las formas de resisten-


cia frente a las condiciones de exclusión, discriminación y violencia que les
imponen poderes del Estado, élites políticas y económicas, redes mafiosas y
grupos armados irregulares, equivaldría a aceptar pasivamente las situacio-
nes que conducen al etnocidio de sus pueblos. Pero a la vez, reiteran que se
trata de una resistencia pacífica pero sustentada en el poder que desencade-
na la movilización en diversos sentidos de cada pueblo. “[…] han optado
por la resistencia pacífica en sus dimensiones políticas, económicas, étnicas,
culturales y de organización a través de los cabildos, los resguardos y la guar-
dia indígena que interactúa al interior como forma de control social intra-
étnica y de gobernabilidad intra-comunitaria, y hacia el exterior del pueblo
nasa como forma de control inter-étnico (relación con los no indios y el Es-
tado)” (Sandoval, 2008: 10).
La posición del movimiento indígena de rechazo y resistencia a la guerra
no desconoce sino que considera con importancia también la necesidad de
conseguir una solución política negociada con las guerrillas activas –FARC y
ELN–, pero la concibe inscrita en la exigencia más amplia de participación de
la sociedad civil no solo para tal efecto sino para el conjunto de compromisos
que llevan a la construcción de la paz.

“[…] Así como planteamos la resistencia, también somos concientes


de que solo una salida negociada al conflicto armado nos permitirá
encontrar la justicia, la paz y la reconciliación de todos los colombianos
[…]. Si la solución se busca por medio de la fuerza y no por medio
del diálogo y la negociación, seguramente tendremos una sociedad
violenta. Eso nos lo ha enseñado la historia de Colombia. Pero así como
abogamos por una solución negociada, también hemos expresado
nuestra inconformidad frente a la ausencia de participación del pueblo
colombiano en la búsqueda de la paz. Algo tenemos claro los pueblos
indígenas. No queremos una paz únicamente para nosotros. Esto no
es solo una postura ética y política. También es realista, pues si no se
logra una paz para todo el pueblo colombiano, los indígenas no vamos
a tener paz. No obstante nuestros pueblos tampoco estarán dispuestos
a aceptar que se imponga una paz que desconozca los derechos a sus

217
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

territorios, a sus culturas y a aceptables márgenes de autonomía en el


manejo de su jurisdicción y gobierno”.18

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La resistencia indígena: opción de paz

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219
INICIATIVAS DE PAZ.
RESPUESTAS A LA DIGNIFICACIÓN Y VISIBILIZACIÓN
DE LAS VÍCTIMAS EN CARTAGENA DE INDIAS

Rosa Jiménez Ahumada*

Introducción

Este capítulo se presenta a partir de los resultados de la investigación sobre


iniciativas de paz en la ciudad de Cartagena, como expresiones organizativas
de la población víctima del conflicto armado asentada en esta ciudad y de las
acciones que entidades de diversa naturaleza han desarrollado en torno a las
víctimas. Se considera como un paso en su dignificación y un avance en la ge-
neración de lazos de confianza y reconstrucción del tejido social en lo urbano.
La investigación fue realizada durante el año 2011 desde un nivel explorato-
rio, tratando de responder la pregunta: ¿cuáles son las iniciativas de paz que
surgen como respuesta a la necesidad de dignificación y visibilizacion de las
víctimas del conflicto armado en Cartagena?
La población víctima del conflicto armado que arriba a la ciudad proviene
en su gran mayoría de municipios y corregimientos del centro y sur de Bo-
lívar, y tienden a ubicarse en los barrios de la periferia, tales como El Pozón,
Nelson Mandela, Olaya, o San José de los Campanos; y en corregimientos
como La Boquilla y Bayunca, principalmente.
Así las cosas, es característico encontrar en estos barrios y corregimientos
condiciones de pobreza extrema, necesidades básicas insatisfechas; condicio-
nes que se agudizan aún más cuando llegan nuevos conglomerados poblacio-
nales en peores condiciones que los que allí residen, haciendo visibles pro-
blemáticas sociales como drogadicción, alcoholismo, violencia intrafamiliar,
embarazos precoces, pandillismo, llegando incluso a situaciones de revictimi-
zación, al encontrarse con sus victimarios en el sitio de llegada.
El propósito de la investigación fue aportar elementos hacia el reconoci-
miento de las víctimas como actor sociopolítico, económico y cultural en la

* Directora del Observatorio para el Desplazamiento Forzado-Universidad de Cartagena.


E-mail: rojia5g@gmail.com

221
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

sociedad. Las iniciativas estudiadas se presentan en dos grandes categorías des-


de la naturaleza de su origen y en subcategorías temáticas de acuerdo al tipo
de acciones en las que se inscriben:
a. Iniciativas estatales y de organismos no gubernamentales, quienes
desarrollan un conjunto de medidas destinadas al resarcimiento del daño su-
frido por las víctimas del conflicto armado a través de algunas disposiciones
como la reparación integral y recuperación de la memoria. Las primeras desa-
rrollan sus acciones obedeciendo mandatos constitucionales. Las iniciativas de
organizaciones no gubernamentales (ONG), se han orientado a la búsqueda
de beneficios para las víctimas y sus organizaciones; con misiones y visiones
variadas, cada organización trabaja con un enfoque, grupos poblacionales y
dinámicas de trabajo diferentes. Así, por ejemplo, encontramos las que de-
fienden los derechos de los afro; las que reivindican los derechos de las mu-
jeres; y las que combinan atención psicosocial con asesoría jurídica, así como
otras que propenden por la recuperación de la memoria de las víctimas y sus
organizaciones.
b. Iniciativas de organizaciones de base, cuyo objetivo es resaltar las ca-
pacidades y deseos de superación de las personas en la protección y defensa
de sus derechos.
En primer lugar, el escrito presenta unos referentes teóricos; una segunda
parte trata sobre el contexto de la ciudad de Cartagena y su dinámica frente
al fenómeno del desplazamiento y seguridad; una tercera parte sobre el marco
institucional en la ciudad para la atención a las víctimas; y una cuarta parte
sobre las iniciativas de paz identificadas en la ciudad. Por último, se ofrecen
unas conclusiones.
Las iniciativas tanto institucionales como de organizaciones que aquí se
identifican no corresponden al universo, representan un esfuerzo para la siste-
matización de procesos desarrollados en la ciudad de visibilizacion y dignifica-
ción de las víctimas. En este sentido, es posible que algunas iniciativas impor-
tantes no se registraran. Sin embargo, este tema apenas se inicia y se seguirá
profundizando a partir de proyectos de investigación.

1. Referentes conceptuales

Los esfuerzos de los países por construir la paz son múltiples y desde múl-
tiples miradas; encontramos iniciativas desde la seguridad, las reformas políti-

222
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

cas y desde las medidas sociales y económicas a favor de los ciudadanos. Esta
tarea incluye así mismo medidas desde la justicia, tales como desarme de gru-
pos armados, desmovilización y reintegración, garantía a poblaciones vulnera-
bles y víctimas del conflicto, mejoramiento de condiciones de infraestructura
y garantía de acceso a servicios sociales y acciones para la sostenibilidad en lo
económico.
El concepto de construcción de paz convoca permanentemente a estudio-
sos en el tema para su definición conceptual, existiendo algunos consensos en
torno a que construir la paz es un proceso que implica medidas de corto, me-
diano y largo plazo, que sientan las bases para una transición pacífica hacia la
reconstrucción del Estado y que se diferencian de las operaciones de paz, así
como de las medidas institucionales de fortalecimiento del Estado.
El concepto de paz puede ser abordado desde un enfoque negativo, que la
considera como ausencia de violencia. En este enfoque solo se determina la
paz por la ausencia del miedo de las personas sobre su integridad física y no se
privilegia lo relacionado con el desarrollo del individuo.
Pero la paz también puede ser mirada desde un enfoque positivo y en este
enfoque se entiende como algo más que la ausencia de violencia: es presencia
de justicia social a través de la igualdad de oportunidades, la protección igua-
litaria y la aplicación imparcial de la ley (Galtung, 1984). El objetivo de esta
paz es justicia social y se centra en el concepto de seguridad humana,1 basada
en las necesidades de las personas.
Un elemento importante en este proceso de construcción de paz lo
constituye el conocimiento del contexto y la disponibilidad de indicadores
que permitan monitorear el proceso. Es aquí donde cobra importancia
la microlocalidad o comunidad como dimensión espacial de la identidad
colectiva, definida esta como creencia compartida en una identidad común
basada en una adhesión al lugar. Este fenómeno catalizado en la intersección
de la psicología con la geografía se refiere a que el sentimiento de un grupo
de adhesión a un lugar y a cada uno de sus integrantes puede ser mantenido

1
Para la red Human Security Network, antes mencionada, el objetivo de la seguridad humana es sal-
vaguardar el centro vital de todos los seres humanos de amenazas críticas que escapan a su control
(crisis financieras, conflictos violentos, sida, reducciones de las prestaciones sociales, terrorismo,
contaminación...). Por ‘centros vitales’ se entienden ciertos derechos humanos, capacidades básicas
y necesidades absolutas que todas las personas e instituciones tienen la obligación de proporcionar,
proteger y respetar, porque están relacionadas con la supervivencia, el sustento y la dignidad. Así,
pues, es un concepto centrado en las personas y las comunidades, no en los Estados.

223
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

–e incluso intensificado– cuando la comunidad es separada de su referente


geográfico. Este hecho representa los elementos de la construcción simbólica
de la comunidad donde “la conciencia de la comunidad está […] encapsulada
en la percepción de sus límites que, en sí mismos, están constituidos en gran
parte por personas en interacción” (Cohen, 1985: 13).
Ahora bien, construir la paz desde lo local implica múltiples miradas a los
procesos, que como bien los describe John Paul Lederach, haciendo referencia
a Margaret Wheatley en 2002

[…] nada en el universo existe como una entidad aislada o indepen-


diente. Todo toma la forma de relaciones, sean partículas subatómicas
que comparten energía o ecosistemas que comparten alimento. En la
telaraña de la vida nada que sea viviente vive solo. Una y otra vez allí en
donde en pequeña o gran escala se rompen las cadenas de la violencia,
hallamos una singular llave maestra que da vida a la imaginación moral:
la capacidad de personas y de comunidades de imaginarse a sí mismas
en una red de relaciones incluso con sus enemigos […]. En el centro de
la construcción de una justicia y una paz sostenible está la calidad y la
naturaleza de las relaciones entre las personas. Una clave para el cambio
social constructivo reside en aquello que crea tejidos sociales, relaciones
y espacios relacionales. Por ello hay que observar esta red mucho más
de cerca (Lederach, 2008: 120).

Al respecto Lederach lo ilustra de esta manera: el término español enredo,


red enmarañada, si se quiere, es en sus raíces una metáfora del mundo de la
pesca. Red significa malla, como la red de pescar. Es también el término para
“red”.2 Estar enredado es estar enmarañado, atrapado en una red. “Enredo es
una de las expresiones más comunes en toda América Latina para describir
conflictos cotidianos. Sin embargo, la metáfora está estrechamente ligada a
un sentido de relación y espacios relacionales. Una red cuando está enreda-
da o desgarrada se desenreda o se cose cuidadosamente. Con todo, cuando
se han completado los arreglos, el tejido del conjunto sigue siendo un entra-
mado de líneas, conexiones y nudos. En tanto metáfora, como enredo se ve
el conflicto en sí mismo, como una dinámica social que se despliega y está

2
Redes de ferrocarriles, de emisoras, de ordenadores, de internet, etc.

224
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

inserta en una red de relaciones. La solución se conceptualiza como un tra-


bajo en red”.
Al hablar de redes sociales se presentan algunos interrogantes como quié-
nes son los actores, cuáles son sus intereses y cuál es el sentido de las redes.
Walker y colaboradores (1977, citado por Guzmán, 2003) definieron las redes
sociales como “la serie de contactos personales a través de los cuales el indivi-
duo mantiene su identidad social y recibe apoyo emocional, ayuda material,
servicios e información”. Maguire (1980) se refirió a las “redes” como “fuerzas
preventivas” que asisten a los individuos en caso de estrés, problemas físicos y
emocionales. Gottlieb (1983) estableció que tales interacciones tenían benefi-
cios emocionales y efectos en la conducta de los individuos.
Estudios realizados principalmente en América Latina han demostrado la
importancia de las redes sociales, sobre todo en poblaciones que se encuentran
en situaciones de vulnerabilidad, o han sido víctimas de hechos violentos o
catastróficos; pues a partir de ellas pueden gestarse movimientos sociales que
procuran atender las demandas sociales de los ciudadanos. En Estados Unidos
los grupos migrantes de origen guatemalteco o nicaragüense se organizan para
procurar apoyarse y lograr la ciudadanía norteamericana, por ejemplo.
Las rupturas del tejido social y los duelos crónicos de las comunidades
afectadas por la violencia en conflictos armados acuden a la recuperación de
la memoria colectiva en busca de la salud mental de sus grupos y de la confi-
guración de su identidad personal y colectiva. Los esfuerzos que se realizan,
sobre todo desde las redes sociales en visibilizar y no permitir el olvido de los
hechos, fomentan la cohesión de los grupos y empoderan a las víctimas al rea-
lizar distintas acciones colectivas de narración y visibilizacion, logrando el res-
cate de su dignidad y apostándole a procesos de reconciliación.
Las memorias colectivas son poderosas herramientas de construcción de
significados tanto para la comunidad como para los individuos que la com-
ponen. Los individuos se definen, así mismo, en parte por sus propios rasgos,
pero también por los grupos a los que pertenecen así como por sus circuns-
tancias históricas. Las memorias colectivas proporcionan un telón de fondo o
un contexto para la identidad de mucha gente (Baumeister, 1986, citado por
Gaborit, 2006).
Cada comunidad tiene formas particulares de apoyo y sostén a las víctimas,
entre estas están las conmemoraciones públicas y los rituales funerarios entre
otros; de esta manera se solidarizan y reafirman el sentido de pertenencia

225
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

y apoyo comunitario. En este sentido, las conmemoraciones y los rituales


cumplen funciones importantes tanto para los individuos como para el
grupo, como ha logrado documentar Martín Beristain (1999-2000); para los
familiares, los ritos mitigan la separación y permiten a las personas presentar
sus respetos a los muertos, confirman que la muerte es real, facilitan la
expresión pública del dolor y posibilitan la reintegración en la vida social.
Para los miembros de la comunidad los rituales facilitan la expresión publica
del dolor, creando un sentimiento de solidaridad, permiten reconocer una
perdida y ayudan a presentar sus respetos y honrar la memoria del muerto.
En general, al intensificar la emoción compartida, emerge un sentimiento de
unidad con los otros y, a pesar de las circunstancias, se desarrolla un interés
renovado en la vida y una confianza en la comunidad (Martín-Beristain,1999,
citado por Gaborit, 2006).

2. Dinámicas de la violencia y el conflicto urbano en Cartagena

Cartagena es la capital del departamento de Bolívar y la quinta ciudad del


país en población e importancia, está localizada a orillas del mar Caribe y es
uno de los epicentros turísticos más importantes de Colombia, como también
el segundo centro urbano en importancia en el Caribe colombiano. De acuer-
do con el censo del DANE, en el año 2005 la población de Cartagena era de
1’250.000 habitantes, de los cuales 1’003.598 residían en el área urbana y el
resto en el área metropolitana.
Cartagena es una ciudad dinámica en términos económicos y en las últi-
mas décadas se consolidó como uno de los destinos más importantes de Co-
lombia. También cuenta con una notable relevancia como puerto marítimo;
sin embargo, a pesar del magnífico desarrollo económico y productivo de la
ciudad, se reportan altos índices de pobreza: de acuerdo a los datos del Sisben
de la base de la Secretaría de Planeación Distrital, a mayo de 2009 las perso-
nas sisbenizadas en Cartagena eran 887.443, de las cuales el 32 % vivían en la
localidad Histórica y del Caribe Norte; el 39,2 % en la localidad De la Virgen
y Turística y el 28,8 % en la localidad Industrial de la Bahía. Los indicadores
del Distrito para el total de la población presentan que un 58,7 % de la po-
blación es considerada pobre; de estos, el 29,2 % se considera pobre y el 29,2
% pobre extremo (Serrato, 2009).

226
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

Uno de los dramas más grandes de las guerras lo constituyen los procesos
de desplazamiento forzado de población, principalmente desde zonas rurales
hacia centros urbanos, presionada o amenazada por grupos armados irregula-
res. Esto se refleja en las numerosas cifras publicadas por la Agencia Presiden-
cial para la Acción Social y Cooperación Internacional (ver tabla 1).
Si bien es cierto que Cartagena no se ha visto impactada directamente por
el conflicto armado, sí ha tenido que vivir en carne propia una de sus más ne-
fastas consecuencias, como lo es el desplazamiento forzado. Cartagena es una
de las ciudades que hospeda gran población víctima del conflicto armado,
proveniente en su gran mayoría de municipios y corregimientos del centro y
sur de Bolívar; actualmente, dicha población se encuentra asentada en barrios
como El Pozón, Nelson Mandela, Olaya y San José de los Campanos, princi-
palmente; y en corregimientos como La Boquilla y Bayunca.3
La población desplazada en la ciudad de Cartagena corresponde a la su-
matoria que se realiza en el registro de Acción Social y lo muestra la tabla 1.

Tabla 1. Población desplazada en Cartagena.

Individual4 Masivo5 Totales

Cartagena Hombres 29.840 Hombres 2.442 32.282

Mujeres 31.601 Mujeres 1.521 33.122

Total 61.441 3.963 65.404

Fuente: Registro Único de Población Desplazada – RUPD. Fecha de corte 30 de noviembre de 2009.

3
Información suministrada por la UAO (Sede Cartagena), producto del trabajo adelantado con víc-
timas del conflicto armado, octubre de 2009.
4
Desplazamiento individual: es en el que una persona o pocas, en razón del conflicto armado, se
ven abocadas a salir de manera intempestiva de su lugar de residencia, pero que al hacerlo pasan
desapercibidas para el Estado y para los organismos que le pueden brindar algún tipo de apoyo. Este
tipo de desplazamiento tiene mucha dificultad para ser detectado.
5
Desplazamiento masivo: es otro de los tipos de desplazamiento forzado. Se considera desplazamiento
masivo cuando (10) o más familias, o más de 50 personas son desplazadas en las mismas
circunstancias de modo, tiempo y lugar, de acuerdo a lo contemplado en el decreto 2569 del 12 de
diciembre de 2000.

227
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Según el RUPD –Registro Único de Población Desplazada– Cartagena


alberga el 33,9 % de la población en situación de desplazamiento del depar-
tamento de Bolívar, que aparece para esa misma fecha con 188.317 personas
en la misma condición.
La tabla 2 presenta que a mayo de 2009, el registro de expulsión era de
8.541 personas, con una participación del 24,71 % por parte de las autodefen-
sas o paramilitares; la Fuerza Pública, 1,48 %; grupos guerrilleros, 26,32 %;
más de un autor de desplazamiento, 0,55 %; no disponible, 7,93 %; no iden-
tifica, 18,83 %; otros, 20,14 %.

Tabla 2. Personas expulsadas de la ciudad y grupo armado responsable.

Autor Individual Masivo Total general


Autodefensa o paramilitares 2.111 2.111
Fuerza Pública 127 127
Grupos guerrilleros 2.248 2.248
Más de un autor de desplazamiento 47 47
No disponible 677 1 678
No identifica 1.609 1.609
Otros 1.721 1.721
Total 8.540 1 8.541

Fuente: Registro Único de Población Desplazada – RUPD. Fecha de corte 30 de noviembre de 2009.

En el tema de víctimas, la Comisión Nacional de Reparación y Reconci-


liación, sede regional Cartagena, había atendido hasta noviembre 30 de 2009
un total de 474 víctimas del conflicto armado, sin incluir las personas atendi-
das en las jornadas de atención realizadas en los barrios y corregimientos de la
ciudad. El reporte indica que el 58 % de la población atendida son mujeres,
mientras que el 48 % son hombres.
Comparando los homicidios en la ciudad entre los años 2008 y 2009, la
tendencia es al aumento. Durante el primer semestre de 2009 se presentó un
incremento del 20,2 %, pasando de 94 en el año 2008 a 113 en 2009. Según
el informe del primer semestre de 2009, publicado por el COSED-Centro de
Observación y Seguimiento del Delito en Cartagena, la tasa de homicidios
aumentó de 18,5 a 24,19 por cien mil habitantes entre 2008 y 2009; la tasa
nacional para ese período se encontraba en 35.17.

228
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

Uno de los factores que más genera violencia y que contribuye a la alta tasa
de homicidios es la presencia de pandillas en la ciudad. Se estima que los ba-
rrios más afectados por grupos de pandillas que están conformados por ado-
lescentes y jóvenes que oscilan entre los 13 y 26 años de edad están localizados
en los sectores de: Paseo Bolívar, Nariño, Daniel Lemaitre, San Francisco, Pa-
lestina, Lo Amador, El Toril, Loma Fresca, Pablo VI, Comuneros, San Pedro,
Santa Rita, Canapote, Olaya Herrera, Chiquinquirá, Esperanza y Candelaria,
entre otros, correspondientes a las localidades 1, 2 y 3, además de algunas zo-
nas de los corregimientos y del área insular.
De acuerdo con la caracterización del fenómeno y teniendo en cuenta los
datos estadísticos de la Policía Nacional, Distriseguridad, la Personería, la De-
fensoría del Pueblo y ONG, hay varios tipos de pandillas: las hay manejables,
agresivas, peligrosas, muy peligrosas y altamente peligrosas. Según Anita Pombo
Gallardo, decana de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación de la Univer-
sidad de Cartagena y quien dirigió el proyecto “Reconstruyendo Tejido Social
para la Promoción de la Convivencia”, en 2007 existían 69 pandillas y eran
2.700 los jóvenes que ya estaban interviniendo en el conflicto interno de Car-
tagena de Indias. Por otra parte, el sicariato hacía presencia en la ciudad en esta
época; se incrementó en el año 2009 con relación al mismo período del año
2008 (pasando de 43 a 63 homicidios a manos de sicarios). En los casos de vio-
lación y abusos sexuales a mujeres, los datos en los informes forenses de Medi-
cina Legal muestran que en el año 2007 el número de exámenes que resultaron
positivos fue de 486 (85,1 % del total que se presentaron); en 2008, de 332
(84,6 %), y para el período comprendido entre enero y julio de 2009, de 222
personas (83,5 %), cifras que se mantienen similares en términos de porcentaje.
Otro indicador es la violencia entre parejas que se ejerce mayoritariamente
contra las mujeres: para el año 2007, el Centro de Observación y Seguimien-
to del Delito (COSED) registró 500 casos, en 2008 Medicina Legal reportó
984 y en el período comprendido entre enero y septiembre de 2009 se habían
presentado 869.
El tema étnico y su vulnerabilidad en lo urbano merece atención y según
la Defensoría del Pueblo en el Distrito de Cartagena se estima que existen al-
rededor de 21.000 personas afro en riesgo, de las cuales se encuentran 4.500
residenciadas en barrios de estratos uno y dos de la ciudad, así como en los
corregimientos de La Boquilla, Pasacaballos y Bayunca. Llama la atención un
asentamiento indígena en el barrio Membrillal.

229
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Durante los últimos dos años, la población en situación de desplazamiento


y las organizaciones ubicadas en el Distrito de Cartagena han sido objeto
de amenazas y otras conductas punibles, entre las cuales se encuentran la
tentativa de homicidio y el reclutamiento forzado. El seguimiento y monitoreo
adelantado por el SAT (Sistema de Alertas Tempranas de la Defensoría del
Pueblo) ha evidenciado que las quejas dan cuenta de que la amenaza y el
riesgo continúa vigente para la comunidad desplazada; sin embargo, en
muchas ocasiones son subestimadas por las autoridades competentes, lo cual
incrementa el riesgo al que está expuesta dicha población. La situación de los
líderes y lideresas de las organizaciones de desplazados es de inseguridad y de
constante desplazamiento intraurbano.
El liderazgo de las organizaciones de mujeres en la defensa y promoción de
los derechos humanos es objeto de amenazas y presiones de los grupos arma-
dos ilegales activos en la zona, tal es el caso de la Liga de Mujeres Desplazadas
– LMD, cuya actividad en la defensa y denuncia de casos de violencia basada
en género como consecuencia de la dinámica del conflicto, ha generado vio-
laciones de los derechos humanos contra sus lideresas y mujeres de base (Ca-
lero, 2009).

Imagen 1. Mujeres elaborando afiches para marcha de víctimas.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

230
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

3. Marco institucional de la ciudad para atención de las víctimas

La atención a las víctimas en la ciudad de Cartagena se realizaba en el año


2009 a través de un sistema institucional, en el marco de las misiones y fun-
ciones propias de cada ente. Entre los más representativos encontramos la
Unidad Móvil Especializada del ICBF, que desarrolla procesos de focalización
en atención a mujeres que participaban en el comité de seguimiento al auto
092/2008,6 de las cuales, un alto porcentaje residía en el barrio Olaya Herre-
ra; y la Procuraduría Provincial de Cartagena, la cual entre enero y junio del
año 2009 asesoró a 52 personas en la presentación de solicitudes de repara-
ción administrativa y a 8 personas en asuntos relacionados con la Ley de Jus-
ticia y Paz.
La Unidad de Atención a la Población Desplazada (UAO),7 por su parte,
atendió un promedio mensual de 1.600 personas; es decir, aproximadamente
70 por día. A su vez, la Comisión Nacional de Reparación Regional Bolívar
definió y ejecutó su estrategia en materia de orientación, información, aseso-
ría y acompañamiento a las víctimas en los trámites de reclamación sobre sus
bienes, recuperación de la memoria y procesos de reconciliación con el impul-
so a la mesa sobre Reconciliación Distrital. Dentro de las acciones se destacan
las dirigidas a los residentes y retornados de El Salado y Mampuján entre otros
y los ejercicios de acercamiento con victimarios.
Según el plan de desarrollo “Por una sola Cartagena 2008-2011”, Artículo
Nº 14, Programa Nº 8, A Favor de Víctimas; el Distrito de Cartagena buscaba
promover el apoyo y el acompañamiento a las víctimas del conflicto armado
a fin de obtener la satisfacción de los derechos a la verdad, a la justicia, a la
reparación y a la garantía de no repetición. En desarrollo de este programa el
Distrito planteó, entre otras acciones:
t Constituir un equipo jurídico para la asesoría y el acompañamiento a
por lo menos 1.000 víctimas del proceso de justicia y paz.

6
Auto 092/08. Corte Constitucional: “adopción de medidas para la protección a mujeres víctimas
del desplazamiento forzado por causa del conflicto”.
7
La Misión de la UAO es orientar a la población en situación de desplazamiento sobre las políticas
sociales en materia de atención al desplazamiento forzado y ejecutar acciones de prevención, ayuda
humanitaria, protección y restablecimiento de derechos, para la inclusión social de la población que
está en situación de desplazamiento, mediante la coordinación interinstitucional, la orientación y la
remisión a los programas que en su beneficio oferte la nación y el Distrito.

231
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

t Realizar seguimiento, monitoreo y evaluación a los procesos de Justicia


y Paz a través de la Mesa Interinstitucional para la Protección, Aten-
ción y Acompañamiento a las Víctimas Residentes en Cartagena.
t Promover acciones públicas y privadas de reparación y reconocimiento
simbólico a las víctimas.
t Articular y coordinar acciones que permitan la transversalización de los
componentes sectoriales del Plan de Desarrollo para la atención prefe-
rencial a las víctimas.
t Generar iniciativas de reconciliación entre víctimas, desmovilizados y
comunidades afectadas por el conflicto.
La Alcaldía Distrital tenía previsto la dotación de centros de atención a
víctimas en cada localidad.

Escenarios de discusión entre la administración y las organizaciones de


víctimas

En el año 2009, en la ciudad se encontraban espacios de confluencia entre


instituciones estatales, organizaciones sociales y organizaciones de base. Estos
espacios eran considerados de vital importancia para que las víctimas que ha-
bitan en el Distrito de Cartagena trabajaran articuladamente y pudieran pla-
near y desarrollar acciones conjuntas hacia la defensa de sus derechos.

Estos espacios de diálogo principalmente correspondían a:

t Mesa Interinstitucional de Justicia y Paz: como iniciativa desde el nivel


central, su objetivo era la articulación y coordinación de la actuación
de las entidades estatales que intervenían en la aplicación de la Ley 795
de 2005. Desde aquí se lideraron numerosas iniciativas de reconcilia-
ción con victimarios.
t Comité Departamental de Atención a Población Desplazada: como es-
pacio donde confluían todas las entidades que tenían competencias en
el tema de desplazamiento forzado en la ciudad. De ella hacían parte
representantes de las organizaciones de población en situación de des-
plazamiento.
t Mesa de Sustanciación: funcionaba en esa época y tenía como función
la asesoría sobre el tema de tierras al Comité Departamental.

232
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

t Mesa Técnica de El Salado: integrada por la comunidad de El Salado


retornada y no retornada, CNRR, ACNUR, Defensoría del Pueblo,
MAPP/OEA, gobernación de Bolívar, Fundación Red Desarrollo y Paz
de los Montes de María y Acción Social. Este espacio estaba dirigido a
la reivindicación de los derechos de la comunidad de El Salado.
t Comité Técnico de Restitución de Bienes: con la función de brin-
dar apoyo técnico a la Comisión Regional de Restitución de Bienes
(CRRB).
t Mesas de Seguimiento a la Implementación del Auto 092: orientadas
principalmente a las afectaciones del conflicto armado en mujeres y
cómo desde su condición de género se apoyaba el fortalecimiento or-
ganizativo.
t Red de Víctimas Distrital: considerado un espacio de coordinación
que buscaba generar articulación al programa de atención a víctimas
liderado por el Distrito de Cartagena a través de la Secretaría del Inte-
rior y Convivencia Ciudadana.
t Colectivo de Víctimas de Cartagena: nació como una iniciativa de las
organizaciones de población en situación de desplazamiento para for-
talecer los procesos que se venían gestando en la ciudad y como una
expresión de empoderamiento organizacional.
El siguiente cuadro muestra los espacios de participación que existían el
año 2009 en la ciudad y que se relacionan con la atención a víctimas.

Tabla 3. Espacios de participación Cartagena 2009.

# Espacios Organizaciones, instituciones y sectores que participan


Defensoría del Pueblo, Secretaría del Interior y de Justicia,
Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación
Internacional (Acción Social), Fiscalía General de la Nación
Mesa Interinstitucional de
1 (Unidad de Justicia y Paz), Procuraduría Provincial de Carta-
Justicia y Paz
gena, Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación, Comisión Regional
de Restitución de Bienes.
Todas las entidades que hacen parte del Sistema Nacional de
Comité Departamental de
Atención a la Población Desplazada SNAIPD, ICBF, Defen-
2 Atención a Población
soría del Pueblo, Personería, Procuraduría, UAO, Fiscalía,
Desplazada
entre otras.

233
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Comunidad saladera retornada y no retornada, CNRR, AC-


NUR, Defensoría del Pueblo, la Misión de Apoyo al Proceso
4 Mesa Técnica de El Salado de Paz de la Organización de Estados Americanos (MAPP-
OEA) , la gobernación de Bolívar, Fundación Red Desarrollo
y Paz de los Montes de María y Acción Social.
Procuraduría, Defensoría, Ministerio del Interior, Personería,
Comité Técnico de Resti-
5 Alcaldía, Incoder, IGAC, Oficina de Registro e Instrumentos
tución de Bienes
Públicos, MAPP-OEA y Universidad Tecnológica de Bolívar.
Afrodes, Red de Empoderamiento de Mujeres de Bolívar y
Mesas de Seguimiento a la
Cartagena, Organización Nacional Indígena de Colombia
6 Implementación del Auto
(ONIC), Ruta Pacífica de las Mujeres y Liga de Mujeres Des-
092
plazadas.
Cabildo Indígena de Membrillar, Asociación Campesina
Ambarema, Asociación de Desplazados La Victoria, Asodes,
Asociación de Desplazados Esperanza Viva, Asociación de
Desplazados Nuevo Horizonte, Asociación de Desplazados
7 Red de Víctimas Distrital8 Asodescar, Asociación de Desplazados Asodesbol, Asociación
de Desplazados Asoboquilla, Afrodes capítulo Cartagena,
Asociación de Desplazados de Adelpe, Asociación Indígena
Kankuamos Membrillal, Secretaria del Interior, CNRR, De-
fensoría del Pueblo.

Fuente: información recopilada por el Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

4. Iniciativas de memoria y reparación

El conflicto armado colombiano desplaza hacia los centros urbanos a per-


sonas que en su desarraigo intentan echar raíces en los sitios de llegada. Los
movimientos sociales que se generan dan lugar a numerosas iniciativas dirigi-
das principalmente a la reivindicación de sus derechos. Desde el evento que
genera la victimización, su llegada a los centros urbanos y las estrategias de
supervivencia, las víctimas establecen lazos con otros iguales y con la institu-
cionalidad que les permiten hacer parte de nuevas redes y recuperar algunas
pérdidas. Aquí la resiliencia juega un papel muy importante en la generación

8
Este espacio fue promovido en el marco del Programa de Atención a Víctimas de la Ciudad de Car-
tagena y acompañado por organizaciones sociales, organizaciones de base e instituciones estatales.

234
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

de las identidades individuales y comunitarias que van apareciendo en la me-


dida que se estrechan esos lazos.
En este sentido, las redes cumplen una función de apoyo emocional, infor-
macional y sentimental. En general, la escasez de recursos y las limitaciones de
protección social en las sociedades latinoamericanas es un hecho, y como se ha
demostrado, las redes –sobretodo las redes de reciprocidad– desempeñan un
papel importante en los sectores desfavorecidos, al crear un “sistema informal
de seguridad social para la supervivencia” (Lomnitz, 1994, en Guzmán, 2003)
que tiende a satisfacer aquellas necesidades no cubiertas por el sistema formal
(Estado y mercado). De este modo, el intercambio recíproco surge en respues-
ta a la escasez y se constituye en un sistema de solidaridad mutua esencial. En
palabras de Lomnitz (1994, citado en Guzmán, 2003) “las redes actúan como
un seguro colectivo contra las amenazas del sistema formal y como una reser-
va de recursos, particularmente durante las emergencias”.
No obstante ello, es preciso consignar que no solo la necesidad material es
la motivación principal para formar parte de una red. Las necesidades de or-
den emocional y cognitivo también cumplen un papel relevante en este caso
para las víctimas. Una de estas necesidades es el derecho a la verdad y la repa-
ración. La indemnización apropiada y proporcional de los daños se suma a la
necesaria atención médica y psicológica (rehabilitación), y a las medidas de
satisfacción que se centran en las implicaciones personales del reconocimiento
público de las vulneraciones a la dignidad, la certeza sobre la muerte o el pa-
radero de los desaparecidos que se concreta en la búsqueda de sus cuerpos, las
disculpas públicas y aceptación de responsabilidades y la aplicación de sancio-
nes que se acompañen de medidas de dignificación (ONU, 2004). Los actos
públicos, las conmemoraciones, los actos de homenaje y dignificación son,
entre otras, algunas expresiones consideradas como medidas de reparación en
una dimensión colectiva.
Estas medidas pueden tener su origen tanto en lo institucional como en lo
comunitario; desde aquí se presenta la clasificación en este caso para la ciudad
de Cartagena de las iniciativas identificadas.

4.1. Iniciativas oficiales: se inscriben en los procesos de reparación que


apuntan a acciones simbólicas, procesos sociales, jurídicos, psicológicos y de
recuperación de la memoria histórica de las víctimas del conflicto armado

235
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

que habitan en la ciudad de Cartagena. Son iniciativas adelantadas por la


institucionalidad que pretenden reivindicar los derechos de las víctimas
y crear escenarios de participación que permitan el goce efectivo de los
derechos. Se trata de prácticas basadas en los distintos saberes, con una
intervención fundamentada en la vida, la libertad, el respeto, la tolerancia
y la equidad.
Con base en las acciones y misiones se presenta una categorización de las
iniciativas hasta la fecha en la ciudad de Cartagena:

4.1.1. Iniciativas que promueven la pluralidad de voces

A esta categoría corresponden las prácticas encaminadas a la recuperación


de la memoria histórica de las comunidades de víctimas asentadas en la ciudad
de Cartagena. En ellas se encuentran los ejercicios de memoria que realizó la
CNRR en: a) La comunidad indígena zenú de Membrillal. Integrada por 8 fa-
milias que llegaron el 14 de octubre del año 2000, provenientes de San Andrés
de Sotavento, luego de afrontar amenazas a través de panfletos y de asesinatos
de familiares y amigos en el Cabildo Mayor al que pertenecían. b) La recons-
trucción de la historia del barrio Nelson Mandela, mirada desde la presencia
de grupos armados ilegales y su influencia sobre la dinámica de la comunidad.
c) La reconstrucción de la memoria histórica de la comunidad de saladeros no
retornados como una iniciativa de reparación de las víctimas residentes en la
ciudad de Cartagena.

4.1.2. Iniciativas que educan y que acompañan la ruta sicosocial y jurídica


de las víctimas

A esta categoría pertenecen las iniciativas constituidas como una ruta de


atención con poblaciones y comunidades especificas y que se han manteni-
do en el tiempo. En esta categoría se ubicaron las acciones que desarrolla la
CNRR en el Cabildo de Membrillal con talleres para el apoyo jurídico y si-
cosocial.

236
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

Imagen 2. Marcha de organizaciones de víctimas en la ciudad de Cartagena.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

4.1.3. Iniciativas que promueven acciones públicas y privadas de repara-


ción y reconocimiento simbólico a las víctimas.

Aquí se agruparon las iniciativas como las marchas y las acciones que pro-
pician el acercamiento con los líderes de las organizaciones víctimas y pro-
mueven la defensa pública de sus derechos. Se realizaron los siguientes even-
tos:

II Semana por la Memoria, organizado por el Grupo de Memoria Históri-


ca de la CNRR, entre el 13 y el 25 de septiembre de 2009. En este evento de
carácter nacional se desarrollaron los siguientes actos: entrega a la comunidad
de El Salado del informe “La Masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra”;
también se realizaron actividades culturales en lugares emblemáticos de la ciu-
dad a través de expresiones como la música, la oralidad, la danza, la pintura, la
fotografía, además de la intervención de una obra plástica en una de las plazas
o callejones del Centro Histórico, caminata por la memoria y acto simbólico.
En el evento se realizó la concentración de personas víctimas de esa masacre, las
cuales realizaron una caminata por el rescate de la memoria de las víctimas de
las masacres de El Salado y por las garantías de la no repetición de los hechos
violentos. Fue un espacio propicio para las proyecciones de documentales reali-
zados por el Grupo de Memoria Histórica y muestras publicas itinerantes.

237
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Imagen 3. Organización de saladeros en Cartagena.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

La indiferencia nos está matando. Acción de duelo en conmemoración a las


víctimas del conflicto armado colombiano. Impulsado por la Alcaldía Distri-
tal de Cartagena –Secretaría de Interior y de Convivencia Ciudadana–. Esta
acción se realizó el 16 de diciembre de 2009, rechazando enfáticamente los
señalamientos hacia la población en situación de desplazamiento como culpa-
bles de la violencia en la ciudad. Desde esta iniciativa se movilizaron las orga-
nizaciones de víctimas y junto con el PNUD y otras instituciones de la ciudad
se marchó por la dignidad y en contra de la impunidad. Las organizaciones
de víctimas se hicieron presentes respondiendo masivamente a la convocatoria
(ver imágenes).

4.2. Iniciativas no oficiales de reparación y memoria

Por iniciativas no oficiales de memoria y reparación se hace referencia a la


labor desempeñada por organizaciones comunitarias con apoyo de entidades
no gubernamentales, nacionales e internacionales dirigidas a lograr la estabi-
lización psicosocial y económica de las víctimas, asesorías jurídicas, recupera-
ción de historias de vida y reconstrucción de la memoria. Por las temáticas en
las que inscriben sus acciones encontramos:

238
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

Imagen 4. Marcha de víctimas en la ciudad de Cartagena.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

Imagen 5. Marcha de víctimas en la ciudad de Cartagena.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

239
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

4.2.1. Relacionadas con la diversidad étnica

t La Asociación de Indígenas Kankuamos (Asodeika), conformada por in-


dígenas Kankuamos originarios de la parte oriental de la Sierra Nevada
de Santa Marta, en el departamento del Cesar, y organizados en Carta-
gena desde el 26 de noviembre de 2007. La mayoría son mujeres des-
plazadas que trabajan la artesanía como medio de subsistencia, tienen
tres (3) años de estar capacitando a diversidad de mujeres y a sus hijos
a tejer mochilas para preservar la cultura. Mientras tejen, les muestran
cuáles son las únicas armas que deben utilizar para la vida: la tejeduría
y la educación.

Los indígenas kankuamos que hacen parte de la asociación se encuen-


tran ubicados en los barrios Vista Hermosa, Membrillal, Villa Corelca,
El Pozón y El Bosque, y en el municipio de Turbaco. Realizan reunio-
nes periódicas y en el año 2008 desarrollaron un proyecto de patios
productivos. Su organización, unión, solidaridad y capacidad de em-
prendimiento han sido su principal fortaleza. Como acto simbólico
se reconoce la realización de una vigilia anual en Membrillal cada 8
de diciembre, conmemorando la masacre ocurrida en esta fecha en el
año 2000 en Atánquez, Cesar, donde fueron asesinados 27 indígenas
kankuamos. Otra de las iniciativas en las que participaron fue el plan-
tón organizado en el mes de agosto de 2009 por la Corporación Nue-
vo Arco Iris, exigiendo rendición de cuentas sobre los recursos de los
desplazados a la administración distrital de Cartagena.

t Fundación Surcos. Enfoca sus acciones hacia la justicia comunitaria y


ancestral, comunicación alternativa y convivencia ciudadana, en co-
munidades afrodescendientes desplazadas. Una de sus fortalezas es el
trabajo con los consejos comunitarios.

240
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

Imagen 6. Mujeres preparando los pendones para la marcha de víctimas.

Fuente: archivo Observatorio para el Desplazamiento Forzado, 2009.

4.2.2. Reivindicando los derechos de las mujeres

Las mujeres han sido un grupo poblacional históricamente invisibilizado


que a lo largo de los años ha ido ganando poco a poco, y con mucho esfuerzo,
espacios de participación en las esferas políticas y sociales. Sin embargo, las
mujeres víctimas de la violencia han sufrido los peores vejámenes por parte
de grupos legales e ilegales de Colombia; sumidas en sus miedos y temores,
prefieren quedarse calladas y no denunciar las violaciones cometidas contra
ellas. Existen sin embargo experiencias organizativas de mujeres en la ciudad
de Cartagena como:

t Liga de Mujeres Desplazadas de Bolívar. Conformada en 1997 y con


numerosas experiencias organizativas. Esta organización ha sido fre-
cuentemente víctima de atentados y amenazas en cabeza de sus lide-
resas.
t A Pasos Firmes. Organización que promueve la exigibilidad de derechos
de las mujeres desde dos líneas básicamente, el buen trato por parte de
las instituciones del gobierno, y el acceso a la reparación para la reivin-
dicación de sus derechos.

241
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

t Red de Empoderamiento. Es una de las organizaciones con mayor dina-


mismo en la defensa de los derechos de las mujeres, desarrollan no solo
acciones de visibilización sino también de formación.

4.2.3. Iniciativas que buscan el desarrollo social y económico de su co-


munidad

En esta categoría se ubican las iniciativas de organizaciones de población


desplazada (OPD) que propenden por el desarrollo económico de su comu-
nidad:

t Precooperativa Multiactiva de Promoción Social y Servicios Comunita-


rios (Precoemser). Anteriormente llamada Fundación Esperanza Viva.
Como precooperativa busca incidir en un mejor ambiente dentro del
barrio Villa Hermosa, creando un centro múltiple que sirva como es-
pacio de encuentro entre todos los miembros de la comunidad y punto
de referencia y asesoría para la población desplazada.

4.3. Otras iniciativas

La institucionalidad ha estado presente en la ciudad, ha cumplido un papel


fundamental en cada una de las etapas en la atención a víctimas haciendo par-
te de la red de apoyo. Sin pretender ser exhaustivos, se relacionan algunas de
las instituciones que de una u otra manera han contribuido al fortalecimiento
y empoderamiento de las víctimas.

t Secretariado de Pastoral Social

Uno de sus principales proyectos ha sido la formación de promotores de


derechos humanos e incidencia política ciudadana en Cartagena, en la
zona norte y centro de Bolívar durante el año 2008.

t Corporación Nuevo Arco Iris

Como organización no gubernamental ha desarrollado múltiples progra-


mas en dos grandes líneas: paz y civilidad, y desarrollo y hábitat.

242
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

t Fundación Indufrial

A través del área de proyectos especiales apoya proyectos dirigido a vícti-


mas del conflicto armado.

t OIM - Organización Internacional para las Migraciones

Trabaja de la mano con socios locales que tienen experiencia en diferentes


temáticas y los apoyan en la ejecución de sus proyectos; entre estos se en-
cuentra Comfenalco.

t Observatorio para el Desplazamiento Forzado de la Universidad


de Cartagena

Desde el año 2003 hace presencia en los espacios de la ciudad en el tema


de víctimas, acompaña experiencias comunitarias y trabaja en cooperación
con entidades gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil. Su
principal fortaleza es la realización de investigaciones sobre el tema y el
desarrollo de procesos formativos entre los que se cuenta el curso virtual
sobre desplazamiento forzado.

t El Colegio del Cuerpo

El Colegio del Cuerpo es una entidad de educación para el trabajo y el


desarrollo humano. Son numerosas las iniciativas que esta institución ha
realizado en beneficio de los niños y niñas en situación de desplazamien-
to, para las cuales ha contado con la cooperación internacional y entidades
como Acción Social.

5. Principales problemas en torno a las iniciativas de paz

La tarea de la paz no es fácil ni de corto aliento; son muchas las dificultades


que se hallan en este camino y que se deben sortear. Consultados los líderes y
lideresas de las iniciativas coincidieron en que las principales dificultades están
relacionadas con:

243
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

t La comunicación comunitaria en organizaciones jóvenes principal-


mente.
t La precariedad económica de las organizaciones como factor que res-
tringe la capacidad de movilización de sus bases.
t Poca o ninguna cultura de sistematizar sus experiencias para divulgar-
las. Las evidencias fotográficas no cuentan con manejos técnicos.
t Poca articulación entre organizaciones sociales con misiones similares
o iguales, tal es el caso de las organizaciones étnicas.
t Las organizaciones responden más a las convocatorias institucionales
que a la de sus pares.
t Las estrategias de comunicaciones débiles en las organizaciones gene-
rando desinformación y hasta conflictos internos.
t Las amenazas y crímenes cometidos contra líderes y representantes de
organizaciones de base producen miedo e incertidumbre dentro de una
comunidad, obstaculizan la generación de escenarios participativos, la
construcción de procesos de paz y el establecimiento de lazos de con-
fianza entre los habitantes del barrio y entre estos últimos con la socie-
dad y el Estado.

A manera de conclusiones

Las víctimas del conflicto armado llegan a los centros urbanos en busca de
la protección de un Estado que no hizo presencia en sus lugares de origen y
que permitió el despojo y la victimización; sin embargo, las ciudades en mu-
chos casos, lejos de ofrecer alternativas, aumentan su drama al excluirlas y no
tomar en cuenta sus condiciones de vulnerabilidad.
Los derechos de las víctimas a la justicia, la verdad y la reparación convo-
can a todos los actores de la sociedad a medidas tendientes a la reparación de
las víctimas y al impulso de medidas de no repetición. Con la victimización
no solo se lesiona el tejido social, sino que se sufren daños en lo afectivo y psi-
cológico, que solo es posible superarlos cuando se recupera la dignidad y se
comparte desde una visión colectiva la memoria de lo acontecido.
Desde lo institucional y lo comunitario se desarrollan múltiples iniciati-
vas en torno a las víctimas, que de manera independiente no configuran una
apuesta hacia la visibilización y la dignificación. Es necesario trabajar de ma-
nera mancomunada con un solo propósito: la no repetición de los hechos,

244
Iniciativas de paz. Respuestas a la dignificación y visibilización de las víctimas en Cartagena…

para lo cual hay que preservar del olvido a la memoria colectiva, como lo plan-
teó la ONU en su 49° período de sesiones de 1997.
Cartagena, ciudad turística por excelencia y centro receptor de población
desplazada, ha iniciado sus “pinitos” en el reconocimiento de las víctimas, se
ha asomado tímidamente, más como un compromiso desde las exigencias de
las leyes que como una política de inclusión.
A partir de la información recopilada que da pie a este escrito se destaca la
labor que la CNRR cumplió en la ciudad en el tema de visibilización y dig-
nificación de las víctimas así como el apoyo institucional que representan las
muchas entidades que sirven de sostén a las acciones en pro de las víctimas.
Eventos como la marcha del 16 de diciembre de 2009 hacen sentir la necesi-
dad de visibilidad que tienen las víctimas y cómo la memoria colectiva repre-
senta un elemento aglutinador y de construcción de identidad.
Un elemento a destacar es el de organizaciones étnicas y de mujeres y su
papel en las iniciativas de paz. Existen casos como el de la Liga de Mujeres
Desplazadas, cuyas integrantes, a pesar de estar amenazadas, no renuncian a
sus acciones en beneficio de las víctimas. Por último, realizar este primer ejer-
cicio de sistematización de las iniciativas de paz en la ciudad nos permite re-
pensar a cada uno en el papel que juega y hacia qué dirección caminar. Com-
partir visiones nos permite tomarnos de la mano para caminar juntos.

Bibliografía

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vamente sobre la situación de riesgo y las vulneraciones a los derechos
fundamentales de las mujeres que hacen parte de la Liga de Mujeres
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245
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

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dice 1. Principio 24.
Serrato Mejía, Merlys. 2009. Pobreza y Desigualdad Social en el Distrito de
Cartagena. Secretaria de Planeación Distrital - Unidad Plan de Desarro-
llo. Cartagena.

246
LA JUSTICIA COMUNITARIA:
UN APORTE PARA LA CONSTRUCCIÓN
DE PAZ EN POBLACIONES EN SITUACIÓN DE
DESPLAZAMIENTO FORZADO

Fabio Saúl Castro-Herrera*

Introducción

Desde 1991, en Colombia contamos con jueces de paz y conciliadores en


equidad, como herramientas para la gestión de los conflictos y garantía para
el acceso a la justicia en las comunidades. Estas figuras fueron concebidas para
que las comunidades, autónomamente, puedan tramitar sus diferencias en el
marco de lo establecido por la constitución y la ley, de tal manera que sus ac-
tuaciones en la gestión del conflicto tienen repercusiones jurídicas, como si se
tratara de una sentencia judicial; no obstante, su forma de proceder es diferen-
te a la de los jueces ordinarios.
El correlato de estas figuras está vinculado a la generación de confianza, a
la construcción de convivencia. A su vez, procuran un acercamiento entre las
partes involucradas en el conflicto para que se reconozcan y tomen decisiones
tendientes a la solución del mismo, de acuerdo a los criterios de justicia exis-
tentes en su comunidad.
Bajo esta perspectiva, la justicia en equidad propone unos escenarios que
se fundamentan en las dinámicas de participación de los actores del conflic-
to y en el papel protagónico de los operadores de justicia comunitaria, con lo
cual incrementa la deliberación democrática, puesto que los ciudadanos de-
ben aprender a defender los derechos propios pero reconociendo la legitimi-
dad de los derechos ajenos. En consecuencia, el espacio de discusión pública
pacífica deberá verse fortalecido (Uprimny, 2000: 54).

* Abogado de la Universidad Nacional; Magister en Estudios Culturales de la Pontificia Universi-


dad Javeriana. Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y de la Universidad
Antonio Nariño. Coordinador Académico de la Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad
Nacional.
E-mail: fcastroherrera@gmail.com

247
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

En los diversos espacios en que interviene este modelo de administración


de justicia, encontramos una problemática común a muchos sectores de la so-
ciedad colombiana: la imposibilidad de la población de acceder a instancias
judiciales para resolver sus conflictos y la carencia de una cultura de resolución
pacífica de los mismos. Sumado a lo anterior, acceder a la justicia en términos
corrientes es dificultoso, oneroso, crea temores y muchas veces los litigios no
tienen una respuesta adecuada del sistema judicial, en cuyos casos sus resulta-
dos son frustrantes.
En este capítulo me voy a concentrar en el análisis en torno a las posibilida-
des de la administración de justicia en equidad en poblaciones en situación de
desplazamiento, en términos de la trasformación cultural en el manejo y ges-
tión del conflicto de las comunidades a partir de un campo jurídico emergente.
La experiencia que voy a analizar se desarrolló como prueba piloto en un
proceso de implementación de la conciliación en equidad para poblaciones en
situación de desplazamiento en las ciudades de Cartagena y Barranquilla. Este
proceso contó con una particular condición: la población receptora fueron
personas en situación de desplazamiento, lo cual no se había llevado a cabo en
la historia de la justicia en equidad del país.
La conciliación en equidad aparece en este proceso, por un lado, como fór-
mula idónea para copar estos umbrales en los que la administración de justicia
no hace presencia y donde las instancias de regulación y control social son in-
suficientes o inexistentes, y por otro lado, como una posibilidad que recons-
truye el tejido social de las comunidades.
Entonces, la conciliación en equidad se propone como una respuesta a la
necesidad de resolver los diversos tipos de conflictividad generados en los te-
rritorios de acogida, como consecuencia, entre otras circunstancias, del des-
plazamiento forzado y de las nuevas relaciones generadas por los cambios que
implica trasladarse a la ciudad, los cuales han incidido en que amplios sectores
de la población asuman una “cultura” en la que la resolución del conflicto es
por la vía violenta. Es evidente que varios factores han incidido en este fenó-
meno, entre ellos el desarraigo, la pobreza, el desempleo y la exclusión social
que sufren al ser vistos como advenedizos.
En este contexto, salta a la vista que los escenarios para la población des-
arraigada son hostiles, complejos en términos de presencia de conflictos, y
desafortunadamente no cuentan con alternativas cercanas y oportunas para
resolverlos. Por esta razón, algunos elementos fundamentales para avanzar en

248
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

la reparación y la estabilización de estas poblaciones son las estrategias y esce-


narios de tratamiento adecuado de sus contradicciones, que posibiliten cana-
les idóneos para una intervención constructiva del conflicto y por este camino
se construyan vínculos de solidaridad, convivencia y reconciliación.
Este documento hace parte de un proyecto de investigación que vengo
adelantando desde el año 2009. La información fue recolectada entre 2006 y
2010, producto de entrevistas semiestructuradas, trabajo en grupos focales y
observación directa.
La tesis que voy a sostener consiste en enfocar la conciliación en equidad
como una acción pedagógica que puede incidir en la modificación de los es-
quemas de pensamiento, percepción y acción, a partir de la circulación de
capital jurídico, apropiable por los actores que recurren a ella. Esto se hace
posible en el momento en que las partes implicadas en un conflicto adminis-
tran justicia, cuando suscriben el acuerdo en el acta de conciliación, y en este
proceso adquieren categorías de percepción y de apreciación que estructuran
la forma de percibir y apreciar los conflictos ordinarios, transformándolos en
confrontaciones jurídicas que ya no serán resueltas por la fuerza, sino por un
discurso que margina la violencia física y las formas elementales de violencia
simbólica a partir de la disuasión y la redistribución de poder entre las partes,
en un trabajo colectivo con el conciliador en equidad.
A partir de esta premisa, argumentaré que los discursos que circulan en
torno a los actores en los que incide la conciliación en equidad configuran un
campo jurídico emergente del que se desprenden realidades y subjetividades
diferentes a las que se producen en el campo jurídico estatal, desde las cua-
les se pueden desplegar vectores que generen condiciones de posibilidad para
construcción de comunidades más justas, democráticas e incluyentes, como
condiciones para alcanzar la paz.
Para explicar esta postura utilizaremos el andamiaje teórico del sociólogo
y filósofo francés Pierre Bourdieu, desde sus categorías más comprehensivas
de campo, habitus y capitales. Este arpegio de conceptos nos permitirá fun-
damentar las diferencias entre los diversos tipos de capitales de los operadores
que administran justicia en equidad y los operadores que administran justicia
en derecho; las diferencias de las modalidades de administración de justicia
a partir del concepto de campo jurídico; y las posibilidades que le ofrece este
campo a la transformación del conflicto con mayores alcances y en distintos
niveles.

249
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Las herramientas de Bourdieu

Bourdieu entiende las sociedades bajo la idea de campo y espacio social.


La sociedad deja de ser una estructura para convertirse en un espacio de rela-
ciones sociales caracterizado por ser limitado y por ser un escenario de lucha
definido mediante regularidades de conducta y reglas aceptadas, donde la dis-
tribución de fuerza es desigual (Bourdieu, 2002: 62).
Para comprender el funcionamiento del campo emplea la metáfora del jue-
go, definiendo cuáles son los requisitos para que exista. Por esta vía plantea
que son imprescindibles los jugadores que estén dispuestos e interesados en
jugar; que se defina cuáles son los contenidos, los intereses, el fin específico
por el que se va a emprender el juego; se debe aceptar que el juego tiene un
sentido, sus apuestas tienen valor y son dignas de ser emprendidas (Bourdieu,
1984: 86).
Construida la trama, los jugadores al entrar en contienda ocupan una po-
sición de acuerdo a su origen y trayectoria (Arango, 2001: 102), desde donde
despliegan una serie de estrategias para controlar los recursos, el capital espe-
cífico del campo y determinar el dominio del juego. El campo cuenta con un
capital o recurso especializado que va a posibilitar que el jugador lo utilice de
forma estratégica allí. De acuerdo a lo anterior, existen diversos tipos de ca-
pital que tienen que ver con el saber, el dinero, el poder, la verdad, etc. Estos
recursos pueden ser materiales, simbólicos, o estar determinados por conoci-
mientos o experiencias, y el valor que asuman estará asignado por el tipo de
campo del que se esté participando.
Hasta acá encuadramos en el funcionamiento del campo unos actores dis-
puestos a hacer parte del “juego”, que movilizan las estrategias y recursos para
obtener el capital específico que esté en liza. El papel de los actores en el cam-
po está determinado por disposiciones e intereses que les orientan y organizan
las estrategias que utilizarán para sacar ventaja. Para explicar los comporta-
mientos de los actores, Bourdieu genera una ruptura frente a las teorías que
plantean que las prácticas sociales están determinadas por la estructura social,
y en este sentido los actores carecen de autonomía en sus decisiones; y tam-
bién se distancia de las posturas que sostienen que las acciones sociales son
producto de meras actuaciones individuales, consecuencia del libre albedrío y
de la autonomía de los sujetos.

250
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

El sociólogo francés propone la categoría de habitus para superar la dico-


tomía entre objetivismo y subjetivismo, considerando que los actores no son
lo suficientemente autónomos en sus acciones y tampoco están presos en la
camisa de fuerza de una estructura que les determina totalmente sus actua-
ciones. El habitus lo podemos definir entonces como esquemas de percepción
y apreciación, estructuras estructurantes que actúan de forma preconsciente.
Estos esquemas construyen en los sujetos sistemas de verdad que funcionan
como determinadas formas de ver el mundo, de pensar, actuar y sentir, de
acuerdo a unas coordenadas precisas, adquiridas socialmente, que naturaliza-
mos y damos por ciertas.
Los dispositivos que hacen factible esta operación, han sido organizados
históricamente para interiorizar la estructura social y sus relaciones que con-
dicionan la construcción de los sujetos. En otras palabras, el habitus emerge
en este constructo como una aplicación práctica, que es engendrada a través
de una experiencia histórica colectiva, un sentido colectivo del ámbito de lo
posible y lo pensable que trasciende la dicotomía clásica entre individuo y co-
lectividad; “se trata de una realidad colectiva, social, que existe en forma indi-
vidualizada, diseminada en los cuerpos individuales” (Vásquez, 2002: 73). A
continuación vamos a aproximarnos a los conceptos enunciados con mayor
especificidad analítica a partir de una aplicación práctica sobre las modalida-
des de la administración de justicia.

El campo jurídico

Al tenor de lo antecedente, desarrollar el concepto de campo jurídico im-


plica la comprensión de la sociedad bajo la idea de campo y espacio social en
clave bourdesiana. Como venimos advirtiendo, el campo social determina
campos especializados que se caracterizan por la persecución de un fin concre-
to, de capitales específicos, en que participaran los agentes del espacio social
de acuerdo a su posición e interés.
En el campo jurídico identificamos el capital específico como capital
jurídico, que viene a ser determinado por el poder de nombrar con autoridad.
La finalidad del “juego” está dada, en términos de Bourdieu, por una lucha
por decir qué es el derecho, por establecer cuál es la buena distribución o el
buen orden. Lucha en que se enfrentan agentes investidos de una competencia
inseparablemente social y técnica, consistente en la capacidad socialmente

251
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

reconocida de interpretar un cuerpo de textos que consagran la visión legítima,


recta, del mundo social (Bourdieu, 2000: 160).
El campo jurídico funciona como articulación de instituciones, agentes,
hábitos, prácticas y capitales, a través de la cual se produce, interpreta e incor-
pora el derecho en el proceso de toma de decisiones de la sociedad. En este
Agramante, y en sentido estricto (para efectos de este escrito), ubicamos a la
administración de justicia. Su función adquiere suma relevancia, en tanto que
a partir de la decisión judicial, la interpretación normativa y la producción
jurisprudencial cumplen un rol ordenador en los sujetos, las instituciones y la
creación de condiciones para la existencia de lo social.
Bourdieu define el derecho como campo social semiautónomo, que genera
sus propias posibilidades para determinar su existencia y procedencia, a partir
de un régimen de discurso que emplea formas, procedimientos, lenguajes y
actores que constituyen la autonomía de lo jurídico como campo, y desde esta
lógica hace posible “pensar” que lo social es creado por lo jurídico (Bourdieu,
2000: 156-157).

Campo jurídico y construcción del habitus

Cada uno de los agentes constitutivos del campo cumple funciones prees-
tablecidas, regladas, que se manifiestan en relaciones de fuerza enfrentadas por
construir sistemas de verdad que permitan actuaciones autorizadas y prescritas
socialmente, por medio de la concreción de actos discursivos que deciden el
orden jurídico y así posibilitan determinados tipos de persona, “como un es-
pacio que detenta una calidad jurídica” (Khan, 1999: 112).
Estos “sistemas de verdad” funcionan como formas de ver el mundo que,
cuando se constituyen como tales, no vuelven a ser puestos en cuestión, se
naturalizan, pasan a ser parte del sentido común; se normaliza lo anormal y
actuamos automáticamente sin reflexionar sobre las condiciones que hacen
posible el comportamiento que pasa a ser socialmente aceptado. Reiteramos
entonces que el campo jurídico crea la realidad, ordenándola a partir de actos
discursivos, procedimientos y normas que construyen el habitus, produciendo
lo social. En esta operación el derecho cumple la función de presentar la nor-
ma como normal, natural y obvia, que bajo una lógica de abstracción y gene-
ralización obliga a que se acaten sus disposiciones, y de este modo se comporta
como una estructura estructurante de sistemas de verdad.

252
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

Elementos para diferenciar el campo jurídico emergente

Entendido el concepto general, vamos a proponer una escisión en el cam-


po jurídico. Por un lado encontramos el campo jurídico estatal, integrado por
centros de producción de conocimiento, jueces, tribunales, formas jurídicas
organizadas por una estructura jerárquica. Estos actores en su conjunto, y
bajo procedimientos precisos, “producen” la sociedad ordenándola. Por otro
lado, en el campo jurídico emergente ubicamos la conciliación en equidad1
como una figura que puede trascender las formas jurídicas del derecho estatal
formal. En este esquema, se comporta como una institución con autonomía
relativa que produce unos saberes particulares y unas diferencias ostensibles
entre operadores del campo jurídico en el modelo de la administración de
justicia.
Sin embargo, en tanto campo jurídico, el emergente y el estatal, funcio-
nan como campo discursivo, es decir, con emisión de símbolos y significados
generadores de las orientaciones que potencialmente determinan la actuación
de los sujetos dentro del campo, en relación con capitales que logren acumu-
lar de acuerdo a unas relaciones objetivas que se establezcan en el mismo. A
continuación plantearé las diferencias a partir de tres elementos: la modalidad
de administración de justicia, los capitales que poseen los operadores y las re-
presentaciones simbólicas de cada campo.

1. Administración de justicia

Uno de los componentes centrales de la organización de los Estados es la


administración de justicia, entendida en términos generales como “un conjunto
de instituciones, procedimientos y actores a los que les corresponde regular
los comportamientos legítimos que han de tener tanto los sujetos implicados
como su entorno inmediato, dada una situación de conflicto” (Ardila, 2006;
135). Para este propósito, el monopolio de la administración de justicia debe
estar en el seno del Estado como estructura centralizada, de la que también
hace parte el uso exclusivo de la fuerza y las sanciones que estarán plegadas a
unas disposiciones normativas previas. No obstante, en las relaciones sociales

1
Es pertinente destacar que en la conformación del campo jurídico emergente están presentes otras
expresiones de la administración de justicia como los jueces de paz, la justicia rom, la justicia afro y
la justicia indígena.

253
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

establecidas por las comunidades encontramos dinámicas de regulación que


no necesariamente se enmarcan en el modelo de la administración de justicia
del Estado, que pueden ser complementarias o en ocasiones contradictorias
al mismo.
De acuerdo a este predicado, podemos concluir que el Estado no es el úni-
co que establece normas de comportamiento, sino que también encontramos
diversos escenarios de regulación desde los cuales se producen normatividades
que son producto de relaciones intensas en las comunidades. Esta situación
configura una pluralidad de sistemas normativos, que cuentan con estructuras
por medio de las cuales se procesa la conflictividad de las comunidades a par-
tir de determinadas figuras o modelos de organización que pueden configurar
expresiones de justicia comunitaria. Podemos señalar algunas diferencias entre
los diferentes sistemas normativos:
El primer elemento diferenciador es la modalidad de administración de
justicia a la cual pertenecen. En el campo jurídico estatal hablamos de una
administración de justicia adjudicatoria, en la que el juez decide frente a un
caso concreto y las partes asumen una posición pasiva de cara a los procedi-
mientos utilizados para que el juez resuelva de acuerdo a las pruebas apor-
tadas.
La conciliación en equidad opera bajo una modalidad de administración
de justicia consensual. Los conciliadores en equidad pueden conocer de un
conflicto por solicitud de las partes, de tal forma que no pueden intervenir si
los afectados no acuden voluntariamente y de común acuerdo solicitan la au-
diencia de forma oral o escrita. El conciliador analiza que el caso sea suscep-
tible de transigir, desistir o conciliar para determinar si interviene. Si lo hace,
realiza una audiencia de conciliación, les informa los efectos del acta y los in-
vita a resolver el conflicto directamente.
La diferencia entre este modelo y el anterior, estriba en que el conciliador
en equidad no puede decidir, es decir, no puede adjudicar derechos; su fun-
ción está circunscrita a facilitar métodos y estrategias para que las partes en
conflicto lleguen a un acuerdo. En este procedimiento, las partes asumen un
papel protagónico para zanjar las diferencias, y en su voluntad reposa el éxito
del acuerdo.
El segundo elemento que los diferencia consiste en que los conciliadores
en equidad administran justicia de acuerdo a criterios de equidad y los jueces
formales (campo jurídico estatal) a razonamientos jurídicos propiamente di-

254
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

chos, pero estos últimos excepcionalmente hacen uso de la equidad. Si bien a


los conciliadores no les es permitido decidir, la construcción de acuerdos entre
las partes debe realizarse bajo criterios de equidad, no pueden permitir que los
arreglos sean desiguales o perjudiquen a alguna de las partes.2

2. Tipos de capital y diferencias de capitales entre los operadores de


justicia

En el campo jurídico está en liza el monopolio del poder realizativo de


la palabra para nombrar con autoridad. Los actores despliegan recursos, de
acuerdo a intereses definidos, que les permitan obtener una posición predo-
minante al interior del campo, para facilitar la movilidad, que es determinada
por “los capitales” acumulados.
Entendemos por capital lo que cada individuo posee o anhela poseer; el ca-
pital es tomado como energía intercambiable con posibilidad de transforma-
ción en múltiples capitales, dependiendo del campo en que esté participando
el agente, es decir, del capital específico que esté en juego. Bourdieu señala
que el capital puede presentarse bajo tres maneras fundamentales: “El capital
económico que es directa o inmediatamente convertible en dinero, y resulta
especialmente indicado para la institucionalización en derechos de propiedad;
el capital cultural puede convertirse bajo ciertas condiciones en capital eco-
nómico y resulta apropiado para la institucionalización, sobre todo en forma
de títulos académicos; el capital social, que es un capital de obligaciones y re-
laciones sociales, resulta igualmente convertible, bajo ciertas condiciones, en
capital económico, y puede ser institucionalizado en forma de títulos nobilia-
rios” (Bourdieu, 2000: 136).
Descritos los conceptos, pasamos a realizar un análisis comparativo entre
los conciliadores en equidad, protagonistas del campo jurídico emergente, y
los jueces ordinarios (jurisdicción ordinaria, justicia formal), en donde encon-
tramos actores con calidades y capitales diferentes, esto es, unas distancias en
acumulados cognoscitivos e interpretativos:

2
Respecto al acuerdo que se genera en la conciliación, podríamos considerar que el criterio de equi-
dad por el cual las partes acceden al acuerdo lo construyen in situ. Para que esto acontezca pondrán
en juego los valores previos acerca del concepto de justicia que les anteceden y que hacen parte cons-
titutiva del imaginario de su comunidad.

255
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

a. Los jueces formales poseen una formación de contenidos específicos en


cuanto al funcionamiento del campo, lo que implica la acumulación de un ca-
pital cultural, que responde a la consecución de títulos académicos y la posibi-
lidad de acrecentarlo a través de especializaciones, maestrías, doctorados, etc.,
lo cual les otorga autoridad y legitimidad en el campo. El operador de justicia
en equidad no tiene la obligación de someterse a los currículos del derecho
formal. Cursa un proceso de formación con el que se pretende proporcionarle
competencias básicas que le posibilite la resolución de un conflicto de acuerdo
a las competencias que le otorga la ley.
Esto implicaría déficit de capital cultural en términos de los procedimien-
tos establecidos por los estatutos del derecho positivo; sin embargo, al mo-
mento de resolver el conflicto esta diferencia no determina el éxito de la ac-
tuación del operador, ya que los conciliadores hacen uso de la equidad como
criterio fundamental, que se sustenta en el conocimiento de los valores y las
costumbres de la comunidad. En la misma medida, los jueces formales care-
cerían del capital cultural que tienen los sujetos que administran justicia en
equidad visto en términos de saber popular, de conocimiento específico de
una cultura, pues este saber no puede ser representado por medio de títulos
académicos.
Lo anterior nos induce a sostener que el capital cultural que caracteriza un
conciliador en equidad no se circunscribe a la acumulación de distinciones
académicas, ni a la recepción de conocimientos valorados según los cánones
de las instituciones. En este campo, para reconocer y acumular el capital cul-
tural tendremos en cuenta el saber popular, el sentido común y la capacidad
de reflexión, cualidades que se requieren en el abordaje del conflicto:

Antes de conocer la conciliación en equidad como forma de resolver


conflictos, en mi comunidad, me había ganado la autoridad de los ve-
cinos para ayudarles a solucionar sus conflictos. Casi siempre eran por
problemas de ganado, cercas, pasos, pero yo conocía por lo viejo que
soy los linderos que habían puesto los abuelos a sus potreros y también
las mañas de los que les gusta correr la cerca.
A mí no me podían engañar, porque conocía a mis vecinos como
si los hubiera parido. Ahora que tuve que salir desplazado con mucha
gente de mi tierra, al principio no quería que supieran de mí ni de lo
que hacía. Ahora ya me conocen hasta los que no son desplazados y me

256
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

piden que les ayude a resolver sus problemas. Tal vez la credibilidad se
lleva en la sangre. Como conciliador me siento más importante y más
reconocido y con más confianza por las cosas que me enseñaron, pero
para esto se necesita talento, eso me quedó claro (testimonio de conci-
liador en equidad de Cartagena).

b. Podemos colegir también una diferencia al estimar el capital económico.


El juez formal tiene la posibilidad de transformar su capital cultural en dinero,
o lo que es lo mismo, en propiedades; su formación le permite devengar por el
rol que desempeña. Mientras tanto, el saber que porta el sujeto que adminis-
tra justicia en equidad es considerado como accesorio en términos de no ser
negociable o intercambiable, de tal forma que no podrá acceder a un capital
económico desde los recursos culturales que moviliza en la administración de
justicia en equidad. En consecuencia, hay una diferencia en cantidad de ca-
pital económico producto de su función: al primero se le reconoce su labor,
mientras que al segundo se le lisonjea y si acaso se le da reconocimiento de
tipo social:

Lo que vi cuando iniciamos el proceso de postulación, es que lo


primero que preguntaba la gente para participar era si nos iban a pagar
por ser conciliadores, y cuando sabían que no, se desanimaban y no
volvían. En los cursos de formación, también muchos no lo termina-
ron porque decían que eso era mucho esfuerzo para que no nos dieran
nada.
Yo creo que no necesitamos un salario por colaborarle a la gente
que deposita la confianza en nosotros para que les ayudemos, pero tal
vez sí un auxilio para cumplir con gastos mínimos. O existen otras for-
mas de colaboración que no solo son el dinero. Ahora que empiezo a
conciliar, creo que con un poquito de esfuerzo nos podrían facilitar el
oficio. También esto nos ha enseñado a ser solidarios entre compañeros
conciliadores, porque siempre a alguno le hace falta algo (testimonio de
conciliador en equidad de Cartagena).

c. Los operadores de justicia formal pueden hacer uso del capital social
para establecer una red de relaciones con otros campos como el burocrático,
el político o el académico, situación que les genera movilidad social: una

257
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

magistratura, un cargo de alto gobierno, la decanatura de una facultad de


derecho, etc. Se hace un uso instrumental del capital para mejorar la posición
dentro del campo. Los operadores de justicia en equidad emplearán las
relaciones que logren cosechar para otros fines, como ascenso social por la
vía del reconocimiento o acceso a otro campo, pues dentro de la judicatura
no hay ofertas que privilegien su situación dentro del campo jurídico estatal.

d. Con otro nivel de complejidad, el capital simbólico “surge en el cruce


entre ética y saber ejercido en el campo, cuando los abogados van más allá del
ejercicio del saber y no se limitan a las ideas recibidas y a los lugares comunes;
cuando avanzan en la valorización de sus actividades, por la visión ética, o por
renovar los ejercicios jurídicos; cuando formulan preguntas que enlazan con la
realidad; cuando cuestionan el paradigma teórico o asumen su desplazamien-
to” (Espinosa, 2004: 691). No obstante, todo lo anterior existe o es posible
como capital simbólico en la medida en que esta actitud sea vista, asumida
y reconocida como un valor por los demás. Así, el concepto que prescribe
Beatriz Espinosa nos permite identificar un plus que trasciende los márgenes
otorgados por el campo, y se remoza a partir de la combinación de los capi-
tales. Bajo esa orientación, los actores en el campo de la justicia en equidad
tienen desde su denominación la posibilidad subversora y transgresora de los
paradigmas tradicionales, con un amplio margen de maniobra para catalizar
las necesidades de su comunidad, con una perspectiva real y comprensiva del
conflicto, de sus antecedentes y sus consecuencias.
Al momento de administrar justicia, los jueces formales se encuentran ante
unas coordenadas de actuaciones regladas e incuestionables, con un margen
de interpretación limitado por unos códigos del orden de lo simbólico, no
modificables, que les limita cualquier intento de renovar los regímenes dis-
cursivos de una interpretación de lo dado. De hecho cualquier sentencia, ju-
risprudencia, decisión judicial y hasta la misma doctrina, que rebase valores
morales de esta sociedad pacata, les implica el señalamiento de prevaricadores,
libertinos y remoquetes similares por parte de los juristas defensores de la or-
todoxia y los ciudadanos más conservadores. Claro que esta situación también
se puede observar considerando los casos opuestos: operadores de justicia, en
general, que con sus actuaciones promuevan un corrimiento de los márgenes
de la interpretación o afiancen relaciones antidemocráticas que vulneren ga-
rantías fundamentales.

258
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

3. Representaciones simbólicas de los campos

Entendemos por representaciones simbólicas, los referentes de los que ha-


cen uso los agentes en los campos para establecer las lógicas de funcionamien-
to, las cuales definen requisitos de credibilidad en el momento de ejecutar
decisiones y establecer disposiciones. En el campo jurídico encontramos ele-
mentos de representación como los códigos (civil, penal, laboral, contencio-
so, etc.), la doctrina y la jurisprudencia, que funcionan como instrumentos
legitimadores de las dinámicas de actuación al momento de resolver un con-
flicto, emitir un concepto o crear una ley. También se identifican lugares que
decoran el campo con cierta fuerza simbólica, como los tribunales, la toga
de los jueces en algunos sistemas judiciales, la disposición de los recintos, las
vestimentas de ciertas autoridades indígenas o los rituales en las justicias an-
cestrales. Por su parte, la informalidad no desdibuja o descree de las prácticas
jurídicas de líderes comunitarios. Así lo afirma Jaime Benavides, conciliador
en equidad, relatando su experiencia a un grupo de aspirantes a operadores de
justicia en equidad de Cartagena:

Los conciliadores en equidad debemos estar preparados para brindar


nuestra colaboración en cualquier parte. La oficina, el aire acondiciona-
do y las comodidades son lo de menos para realizar una conciliación,
muchas veces nos toca debajo del palo de mango o en una esquina, y
eso no nos quita credibilidad, pero allí es donde debemos estar, en la
comunidad, el sitio es lo de menos. Generalmente cuando me llega un
caso, propongo que conversemos en el lugar en el que se sientan más
cómodos, en ocasiones en casa de una de las partes cuando la situación
no es muy tensa, o en mi casa, con eso no ha habido complicaciones y
tampoco creo que le reste credibilidad a nuestra labor.

Pero si hay algo que está incorporado en el inconsciente colectivo de


alguna parte de la sociedad, es la relación de la credibilidad para impartir
justicia con los rituales y los contornos de los lugares donde se operan los
procedimientos y las personas que los ejecutan: el no estar adornado con
traje, corbata, tacones, cartera, media velada, y rodeado de constituciones,
códigos y expedientes, enseguida genera una sospecha sobre la efectividad de
los procedimientos y una pérdida de confianza. Por ese motivo, en la justicia
en equidad se terminan apropiando representaciones simbólicas del campo

259
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

jurídico estatal como el uso de los códigos o las recurrencias discursivas a


la norma, que se plantean necesarias para que los sujetos que administran
justicia en equidad generen credibilidad y legitimidad a la hora de afrontar un
conflicto, obligándoles al uso de órdenes simbólicos que en sentido estricto no
le son propios a un campo jurídico emergente.
No obstante, acontece que las representaciones simbólicas del campo ju-
rídico estatal son extrapoladas, provocando una “construcción sincrética de
estructuras jurídicas, que resulta de un proceso dialéctico de construcción
contra y con el Estado” (Santos, 1991: 94). El profesor Orellana señala al
respecto que “la incorporación de lenguajes técnicos para la construcción de
discursos jurídico-judiciales comunales es parte también de los procesos de
configuración de estructuras con adquisiciones selectivas y transformadas del
formalismo estatal que se constituyen en nutrientes vitales de la estructura-
ción” (Orellana, 2005: 131).

El campo jurídico emergente: aportes para la paz en comunidades en si-


tuación de desplazamiento

La propuesta nos ha permitido establecer algunas diferencias entre el cam-


po jurídico estatal y un campo jurídico emergente, a partir de la dinámica
de funcionamiento en el marco de un modelo de administración de justicia
y de las características que tienen los operadores jurídicos, el conciliador en
equidad y el juez ordinario, en cada uno de los dos escenarios. Ahora quiero
detenerme a explicar cuáles son los alcances del campo jurídico que se confi-
gura en torno a la conciliación en equidad en relación con la práctica jurídica
de sus operadores y por esta vía abordar las posibilidades que se ciernen para
aportar a la construcción de paz.
Para tal fin voy a plantear tres conceptos claves que permiten, desde la ex-
periencia de la conciliación en equidad, avanzar no solamente en la supera-
ción de la violencia directa a partir de la solución de conflictos interpersona-
les, sino también crear condiciones para la construcción de una sociedad más
pacífica a partir de la transformación creativa y no violenta del conflicto y la
reducción de diversas formas de violencia (Galtung, 2003: 31), en la pobla-
ción en situación de desplazamiento.

260
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

4. Inclusión y cambio de representación

Las indagaciones muestran que la percepción que tienen las comunidades


receptoras acerca de los desplazados es mayoritariamente negativa. Los adjeti-
vos con los que los califican tienden a ser humillantes; son considerados como
desvalidos que viven del auxilio del Estado y de las organizaciones no guber-
namentales, y se considera que aquellos que no alcanzan a hacer parte de ese
margen de ayuda encuentran como única salida la mendicidad:

Lo que vemos de los desplazados es que son gente que no le gusta el


trabajo, son perezosos y están pendientes de que el Estado los auxilie en
todo. Se ven es metiéndose en problemas, o me imagino que pidiendo
limosna porque qué más pueden hacer si el Estado no les da o las ONG
no les ayudan.3

Otro de los calificativos tiene que ver con el señalamiento, y en consecuen-


cia el escarnio público, que hacen de los desarraigados como sujetos de dudosa
procedencia, que en versión de algunos sectores mayoritarios de las comuni-
dades de acogida, tienen vínculos con grupos ilegales y por esta razón fueron
desterrados de sus lugares de origen; “por algo los echarían”, manifiestan. Así,
los desarraigados son doblemente victimizados: primero por los actores arma-
dos que los han expulsado, y luego, por las comunidades receptoras que en
varios casos los identifican como una amenaza para su seguridad y la convi-
vencia y terminan por excluirlos. En suma, la representación que ha asumido
la persona en situación de desplazamiento en el imaginario colectivo es de
desarrapado y advenedizo. La imagen termina tomando forma en la medida
en que las instituciones y funcionarios cohonestan con estas miradas, que se
hacen evidentes por ejemplo cuando las personas que han padecido la tragedia
acuden a sus oficinas y no se le da credibilidad a su testimonio si la persona
no acude bien presentada.

El mensaje es claro cuando nos relacionamos con las instituciones,


nos toca ir a mendigar, sucios y ojalá oliendo a feo pa’ que nos crean. Y
esa no soy yo, de donde yo vengo somos gente digna, limpia, enseñada

3
Los testimonios recogidos son muy similares al que referenciamos aquí. En ocasiones son impresen-
tables, porque utilizan un lenguaje procaz para referirse a las personas en situación de desplazamien-
to. Los testimonios fueron recogidos en las comunidades receptoras de Cartagena y Barranquilla.

261
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

a trabajar, por eso le aseguro que difícilmente va a ver un desplazado


por ahí pidiendo limosna, eso sí les volvió un negocio fue a los
mendigos. En alguna ocasión llegué a Acción Social, y una funcionaria
déspota me dijo “usted para que hace fila, si de lejos se ve que no es
desplazada.” A mí ya ni rabia me dio, sentí un poco de risa, pero la
verdad yo necesitaba mucho la ayuda porque me sacaron de la peor
manera de mi pueblo (mujer en situación de desplazamiento, Lomas
de Peye, Cartagena, 2007).

La justicia en equidad funcionó como un escenario que hizo posible un en-


cuentro solidario entre quienes han sufrido el desplazamiento y la población
receptora; inician un proceso en condiciones de igualdad, son tratados como
pares frente a la comunidad y a las instituciones. Además, la misma población
receptora les está otorgando un reconocimiento de acuerdo a unos valores y
cualidades que comparten. Al respecto Abraham Laguna, conciliador en equi-
dad de Cartagena, sostiene:

De donde vengo yo, era el que ayudaba a resolver conflictos por al-
gunas cosas que sé de agricultura y ganadería, bueno y también por lo
viejo, eso las canas inspiran respeto. Cuando llegué aquí a Cartagena
pasaron muchos meses en que la gente no sabía quién era, qué hacía ni
de dónde venía. Por la conciliación en equidad me pude dar a conocer y
ahí me gané el respecto para que la gente empezara a confiar en mí. Me
empecé a sentir valorado y empecé a participar de otros espacios como
la junta de acción comunal, el grupo de seguridad del barrio […]. Ya
no era esa persona sospechosa que venía a quitarles lo poco que tenía,
sino una persona como ellos que tenía qué aportarle a la comunidad.

La conciliación en equidad transforma la representación que tienen las


comunidades receptoras del desplazado y funciona como mecanismo de
inclusión, en la medida en que la figura les garantiza la integración como
ciudadanos con un capital cultural diferenciado (saberes por los cuales son
postulados para ser conciliadores) y una plataforma para la acumulación de
capital social (participación e interlocución con diferentes instituciones: jun-
tas de acción comunal, organizaciones sociales, Alcaldía, Ministerio de Justi-
cia, etc.), que les permita movilidad social –que antes no tenían– dentro de
la comunidad.

262
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

5. Circulación de capital jurídico

En el momento en que un conciliador interviene en la resolución de un


conflicto, por petición de las partes, emerge un escenario en el que se toman
determinaciones para llegar a un acuerdo. En este proceso el conciliador faci-
lita la circulación del capital jurídico donde los depositarios del mismo serán
las partes enfrentadas. Veamos por qué.
En el campo jurídico estatal los jueces y cuerpos colegiados detentan el
capital jurídico en la medida en que deciden sobre un caso que sea de su ju-
risdicción; adjudican derechos y en consecuencia crean una realidad jurídica
a las partes que han acudido al proceso. En esta lógica, al emitir la sentencia
judicial que resuelve el caso hacen uso del privilegio de nombrar con autori-
dad, decidiendo sobre el destino de las partes –por ejemplo, otorgar una pro-
piedad, asignar una sucesión, negar una pensión, etc.–.
En el caso de la conciliación en equidad, tal como se concibió la figura, la
normatividad no facultó al conciliador para que pudiera decidir por las partes
en caso de que no llegasen a un acuerdo; es más, si hubiere lugar a ello po-
dría ser sancionado. En ese sentido, deducimos que en principio el concilia-
dor estaría desposeído del capital jurídico, pues este reposaría en cabeza de las
partes, quienes son las que finalmente construyen y deciden el acuerdo. Sin
embargo, este argumento estaría incompleto, y en alguna medida reduciría la
función del conciliador en equidad a un simple “maestro de ceremonia”, si no
recabamos en los siguientes aspectos:
En primer lugar, el conciliador es quien hace posible el encuentro de una
“verdad” compartida para las partes, que será la que quedará plasmada en el
acta de conciliación. Ángel Otazúa (experimentado conciliador en equidad de
Barranquilla), nos comenta cómo el conciliador construye el acuerdo:

Si las partes estuvieran de acuerdo en el arreglo no necesitarían de


conciliador ni de ninguna otra instancia. La gente nos busca porque no
pueden resolver el conflicto entre ellos mismos; lo que pasa es que hay
unos conflictos más complicados que otros, porque hay casos en que
los arreglos no se dan por pura falta de comunicación, entonces cuando
el conciliador interviene y presenta la versión de cada una de las par-
tes se dan cuenta que estaban de acuerdo en la mayoría de cosas. Pero
hay otros casos que si son bastante complicados […] son complicados

263
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

porque las personas que llegan muchas veces se han agredido antes de
llegar a conciliar, entonces no se hablan, no proponen, nos toca reunir-
nos más de una vez.
La clave es no presionarlos, mostrarles que lo mejor para los dos es
llegar a un acuerdo y que uno los va a ayudar, sin perjudicar a ninguno
de los dos. Cuando ya entran en confianza con uno casi que le piden
que tome las decisiones por ellos, pero eso nunca se hace, a las personas
las hacemos entender que las únicas que pueden arreglar los conflictos
son ellas, que nosotros solo somos el medio y ayudamos proponiendo
alternativas para resolver el conflicto. La “vaina” es curiosa porque ellos
son los que llegan al acuerdo, pero estoy seguro que sin nuestra ayu-
da sería imposible (entrevista a Ángel Otazúa Pacheco, conciliador en
equidad de Barranquilla, 2007).

De esta versión recogemos por lo menos dos postulados fundamentales.


Primero, que anterior al acto de creación del acuerdo, el conciliador es quien
posibilita una lectura compartida del problema (primer paso para lograr el
arreglo). El segundo postulado es que el acuerdo de las partes es posible gra-
cias a la acción pedagógica del conciliador. Para que esta ecuación sea posible,
el operador debe construir capacidad de negociación en las personas, quienes
son las que finalmente deben crear los consensos.
En otras palabras, una de las claves del éxito del procedimiento depende
del empoderamiento que se genere en los actores para que autónomamente se
reconozcan y cooperen en el ejercicio de negociación, y a partir de eso entien-
dan que con las alternativas de solución propuestas es posible un acuerdo con
ganancias bilaterales como nos enseñaba Gandhi.
En segundo lugar, el conciliador en equidad debe garantizar que el acuerdo
celebrado entre las partes sea justo, evitando la probabilidad de que el arreglo
lesione a una de ellas. Recordemos que también la informalidad y la equidad,
que hacen parte de los fundamentos de la figura, no serán óbice para dejar
de acatar los mínimos fundamentales del Estado de Derecho. Podemos con-
cluir entonces que el monopolio por decir que es lo correcto, lo justo, crear
una realidad para las partes ordenándola, es determinado por la lectura que
el conciliador en equidad hace de las normas sociales de su comunidad (justo
comunitario) y que, de manera consensuada serán reconocidas y plasmadas en
la construcción del acuerdo por las partes en disputa.

264
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

Ahora bien, considero que un procedimiento en el campo jurídico emer-


gente es un acto pedagógico, en la medida en que las personas que acudan a
la administración de justicia en equidad pueden modificar sus esquemas de
pensamiento, apreciación y acción de la forma como perciben y tramitan sus
conflictos de tal manera que las controversias cotidianas ya no van a ser vistas
como confrontaciones de fuerza, de vencedor y vencido. Entonces, el habitus
que tendrán frente al conflicto será visto como una confrontación jurídica que
se resuelve por su capacidad o competencia, determinada y diseñada en un
trabajo colectivo con el conciliador en equidad, a partir de la construcción in
situ del escenario (audiencia de conciliación) del que se deriva un aprendiza-
je que permite la elaboración del acuerdo. Este panorama nos plantea herra-
mientas más versátiles para la construcción de una infraestructura social para
la paz en términos de:

a. El trámite de un conflicto se convierte en una experiencia pedagógica,


en la que las partes implicadas necesariamente tienen que asumir la responsa-
bilidad de la gestión de su controversia; en otras palabras, sin la disposición y
competencia de las partes no es posible la solución del conflicto desde la ad-
ministración de justicia en equidad. En términos de competencia ciudadana,
buena parte de la población que ha hecho uso de la justicia en equidad debería
contar con un mínimo de estrategias para relacionarse positivamente con el
conflicto, con lo cual generamos una cultura del manejo del conflicto.

b. Democratización. Desde el marco analítico propuesto, sostenemos


que en la práctica de la justicia en equidad se genera distribución de poder
y fortalecimiento democrático en los operadores, en la comunidad y entre
las partes. El conciliador en equidad ocupa un lugar protagónico en el
procedimiento, en la medida en que garantiza unas condiciones de posibilidad
para el encuentro de cooperación entre los actores del conflicto, como ya hemos
dicho. Este operador, además de contar con una acreditación legal, cuenta
con un reconocimiento de las partes quienes le dan un estatus de autoridad
comunitaria, en virtud de unas fortalezas que están vinculadas al conocimiento
de la comunidad y a las normas sociales que constituyen la cultura en donde
se desenvuelve el conflicto. La comunidad se democratiza en la medida en
que cuenta con instancias sociales para tramitar sus contradicciones con altos
niveles de autonomía, eficacia y control frente a las decisiones que se tomen

265
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

en relación a la intervención de la justicia en equidad. Y finalmente, las partes


encuentran en la justicia en equidad una instancia en la cual se redistribuye el
poder de tal manera que pueden negociar en igualdad de condiciones.4
En las comunidades en situación de desplazamiento los factores de demo-
cratización y distribución de poder son ostensibles si consideramos que las
relaciones que les regulan son más desiguales. Buena parte de la población
que hace uso de la conciliación en equidad en este contexto acude con la cer-
teza de que tiene mejores garantías respecto de la justicia ordinaria, a la que
pocas veces o nunca ha acudido. Por otra parte, los operadores de justicia que
están en situación de desplazamiento cuentan con un reconocimiento de la
comunidad en general, situación que resulta fundamental para fungir como
punto de encuentro, intersección virtuosa entre la población en situación de
desplazamiento y la población receptora. Por último, la justicia en equidad
ha contribuido a que en estas comunidades se reconozca la diversidad cul-
tural, las diferencias entre los sistemas normativos, sus formas de vida, sus
costumbres, que les plantean un reto para convivir en paz; no obstante, al
margen de sus diferencias van aprendiendo a reencontrarse en medio de sus
contrastes y en la búsqueda de expectativas compartidas, de tal manera que
el respeto por su identidad cultural se convierte en punto de referencia de la
regulación social.

6. La transformación de la cultura

Las sociedades están reguladas a partir de dos tipos de normatividades: las


normas jurídicas y las normas sociales. Las primeras están establecidas a partir
de escrituras disciplinarias provenientes de estamentos formalmente organiza-
dos y dispuestos para controlar los cuerpos en el territorio, a partir, por ejem-
plo de la legislación. Las segundas tienen como fuente primaria la costumbre
y los acuerdos, y liban de las prácticas históricas que asignan pautas de com-
portamiento aceptados como correctos. Estos dos tipos de normatividades se
relacionan de manera complementaria o antagónica. Existen normas jurídicas
que guardan correspondencias con las normas sociales, pero a la vez encontra-

4
Una de las potencialidades de la justicia comunitaria radica en la posibilidad de generar condiciones
similares de poder por parte de este tipo de administración de justicia, contrario a lo que sucede
cuando los conflictos se tramitan por relaciones de fuerza, en donde vence quien mayor cantidad de
poder tenga; por ejemplo, en la justicia ordinaria el poder lo ostenta quien puede pagar un abogado
reconocido, contrario sensu a quien se le asigna un abogado de oficio.

266
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

mos pautas de comportamiento que, a despecho de ir en contravía a la nor-


matividad del Estado, son socialmente aceptadas y utilizadas.
Podría señalar algo como “dime cuáles son las normas que regulan tu co-
munidad y te diré cómo es la comunidad en la que vives”. La cultura está defi-
nida a partir de las normas con las que interactúan las personas, las cuales son
las que hacen posibles determinadas formas de sentir, de pensar y de actuar. A
partir de esta afirmación, es posible decir que tanto el conflicto como la vio-
lencia contienen unos fuertes contenidos normativos, que se han hecho posi-
bles gracias a que la cotidianidad de la violencia se convierte en normativa. Su
normalidad puede confrontarse con la norma legal que la prohíbe, pero esta
última suele salir derrotada porque, al ser la violencia cotidiana, parece legíti-
ma y normal (Lemaitre, 2011: 58). En este sentido, las estrategias de interven-
ción de la justicia en equidad en relación con el desmonte de los dispositivos
culturales que le generan legitimidad a la violencia son los siguientes:

a. Mirada constructiva del conflicto. Uno de los elementos problemáti-


cos en estas comunidades es su sistema de creencias respecto al conflicto, en
el que este adquiere todas las connotaciones negativas: es relacionado con la
destrucción, con la violencia, incluso con la guerra, y por supuesto que no les
faltan razones si tenemos en cuenta que la situación por la que atraviesan es
producto del ejercicio vertical de diversas formas de violencia. En el proceso
de justicia en equidad se fue evidenciando la necesidad de entender el conflic-
to como parte de la convivencia, en donde su existencia solo se convierte en
un factor perturbador si lo intervenimos de manera inadecuada. A mi juicio,
uno de los resultados más valiosos de esta población ha sido la oportunidad
que asumieron con valentía de hacer parte de una figura destinada a la gestión
de conflictos ajenos, a despecho de su pasado infausto que en buena parte de
los casos tiene que ver con despojo y pérdida de seres queridos. Ahora abordan
el conflicto como una posibilidad de reconstitución de los lazos sociales, una
oportunidad para que la comunidad reconozca cuáles son sus diferencias y a
partir de ellas construir consensos duraderos y sostenibles.

Antes de iniciar en la conciliación en equidad yo prefería mante-


nerme a un lado de todo lo que tuviera relación con conflictos. Poco a
poco fuimos entrando en confianza con el tema y perdiéndole el miedo.
Primero yo no tenía idea de que existía la conciliación en equidad, y

267
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

segundo le tenía desconfianza a todo lo que tuviera que ver con la justi-
cia del Estado, sobre todo porque no ha hecho justicia. Pero a pesar de
mis temores y desconfianzas me di cuenta que es una buena posibilidad
para que la gente entienda y aprenda de los conflictos que pasa […].
Con el trabajo que realizamos descubrí que tengo espíritu y talento
para eso, la verdad lo que no me aguanto es la injusticia y la desigualdad
y este es un buen medio para equilibrar cargas (entrevista a Edinson
Hernández, conciliador en equidad, 2009).

b. Pérdida de la legitimidad de la violencia, y de los actores que la promue-


ven en las comunidades, como acción estratégica de la justicia en equidad. En
el campo jurídico emergente, si bien la gestión del conflicto se genera entre las
partes, se tiene claro que la transgresión de normas que hacen posible el con-
flicto es de resorte comunitario y por tal razón la comunidad juega un papel
clave en la construcción de la paz. Al hilo de la propuesta de Ury, el conflicto
tiene tres lados, pues ninguna disputa se produce en el vacío. Hay otros alre-
dedor: parientes, vecinos, aliados, neutrales, amigos, espectadores; en suma,
el conflicto se produce en el seno de una comunidad que constituye el tercer
lado de cualquier disputa, y en virtud de eso debe asumir una participación
vigilante, activa y constructiva de los miembros de la comunidad allegados a
los disputantes (Ury, 2000: 32).
Bajo la anterior ecuación es que sostenemos que la conciliación en equidad
debe construir normas de carácter democrático que restrinjan el uso de la vio-
lencia, de manera que ese tipo de comportamientos sean claramente antinor-
mativos, reprochables y exijan sanciones sociales no violentas.
Ante este escenario, el campo jurídico emergente tiene una particular rele-
vancia si consideramos que la administración de justicia en equidad está de-
terminada por la relación que tiene la gestión del conflicto con las normas so-
ciales de la comunidad de referencia. Dicho de otro modo, en su ejercicio de
intervención del conflicto, el operador de justicia en equidad tiene en cuenta
el conjunto de normas de las que la comunidad cotidianamente hace uso para
su regulación. De esta manera, se entronca una posibilidad para identificar,
discutir y transformar las normas que sean, o tiendan a ser, excluyentes o an-
tidemocráticas.
A diferencia del estatal, el campo jurídico emergente puede desplegar sus
acciones a partir de tres posibilidades: la prevención, la resolución y la conten-

268
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

ción. Al respecto, Ury sostiene: “la primera de esas oportunidades consiste en


prevenir el conflicto destructivo, impedir que emerja, abordando las tensiones
latentes. La segunda consiste en resolver cualquier conflicto abierto que se de-
sarrolle. La tercera es contener la escalada de las luchas de poder que tempo-
ralmente no pueden resolverse” (Ury, 2000: 126).
No obstante sus bondades, es importante advertir que la conciliación en
equidad no contiene estrategias que por sí mismas conduzcan a la paz. Es ne-
cesario promover y articular otros procesos que de manera más compleja per-
mitan permear las dinámicas comunitarias a partir de la búsqueda de solución
a diversas necesidades insatisfechas, que son imprescindibles para que las per-
sonas en situación de desplazamiento tengan una reparación integral que les
permita tener una vida en condiciones de igualdad y dignidad.

Conclusiones

A partir de una revisión general de las estadísticas, es factible afirmar que


la mayor parte de la violencia en Colombia no responde a las categorías de
contenido político, o está vinculada al conflicto armado interno. Esto signi-
fica que los colombianos se matan por conflictos cotidianos que podrían ser
resueltos de manera pacífica; y pareciera que este argumento ha perdido su
vigor a fuerza de tanto repetirlo. Pero ante esto también tenemos que sos-
tener que la violencia no es un fenómeno autónomo, sino una elección en-
tre muchas otras posibilidades. Así, tampoco la convivencia y la paz existen
como hechos naturales, sino que son el resultado de acciones intencionadas
que hacen posible la reflexión sobre la cultura, frente a nuestras formas de
ver el mundo.
La conciliación en equidad, como una modalidad de administración de
justicia, tiene como reto la configuración de un campo jurídico emergente
que democratice la justicia y establezca los soportes de una infraestructura
social para la paz. Este escenario potencialmente puede demarcar otras geo-
grafías para la humanización y la reconciliación desde una práctica solidaria,
reflexiva y restaurativa de la comprensión de los conflictos. En suma, de este
ejercicio descriptivo del funcionamiento de una práctica jurídica en un con-
texto y una población específica, debo mencionar:
1. El acceso a la justicia y la solución pacífica de conflictos son derechos y
mecanismos necesarios e indispensables para poblaciones en situación de des-

269
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

plazamiento y en condiciones de marginalidad, en cuanto que sus comunida-


des cuentan con altos niveles de conflictividad y las instancias oficiales resul-
tan onerosas, las personas no comprenden los procedimientos o se encuentran
muy distantes de su residencia. Es claro que el aparato judicial es insuficiente
y tampoco se han construido otras instancias comunitarias que lo “sustituyan”
en su función. Podemos concluir que lo anterior ha generado un descreimien-
to en las instituciones del Estado y en la legalidad, y es por esta razón que un
buen número de conflictos, tanto políticos como comunes, se resuelven por
medios violentos, que desembocan en la eliminación del contradictor, en la
expropiación y en cadenas infinitas de odios entre víctimas y victimarios.
2. La conciliación en equidad incide socialmente y transforma el habitus de
las personas que hacen uso de ella por medio de la circulación de capital jurí-
dico. En la conciliación en equidad el capital jurídico, la capacidad de decidir
qué es lo correcto, lo que se considera justo, es determinado por el operador
de justicia y es concretado por las partes que consensuadamente y respetando
los criterios de la equidad acuerdan una solución.
3. Concebimos la conciliación en equidad como un proceso social que se
construye con los sujetos, las comunidades y las instituciones, y que como
modalidad de la administración de justicia, trasciende la resolución instru-
mental del conflicto. En este sentido, pensar en términos de proceso implica
generar acciones continuadas desde las cuales se diseñen estructuras duraderas
y sostenibles en dos niveles. En un primer nivel emerge como actor protagó-
nico la comunidad, que es el lugar donde se incuba la iniciativa, se apropia de
los contenidos y estrategias y las movilizan para transformarse. Y en un segun-
do nivel cuando la figura es acogida como institución comunitaria que logra
dinamizar la autonomía, la autogestión y la reflexión sobre las pautas norma-
tivas que regulan sus contextos.
4. En torno a la modalidad de administración de justica en equidad se vie-
ne configurando un campo jurídico emergente a partir de actores, procedi-
mientos e instituciones que con cierto grado de autonomía generan realidades
y subjetividades diferentes a las producidas en el campo jurídico estatal. Este
campo jurídico emergente trae consigo tensiones y complementariedades con
el estatal, en la medida en que se desprende desde un ordenamiento constitu-
cional y a su vez establece diferencias que le dan un margen de lucha por su
autonomía.

270
La justicia comunitaria; un aporte para la construcción de paz en poblaciones…

5. El campo jurídico emergente cuenta con las potencialidades de producir


unos nuevas lenguajes para la paz, que proponen la responsabilidad colectiva
en la trasformación pacífica de los conflictos, el respeto por la diversidad cul-
tural y punto de referencia para la regulación social, la pérdida de legitimidad
de la violencia, las dinámicas constructivas y consensuadas de las decisiones, y
la transformación de la cultura a partir de una reinterpretación de las estruc-
turas normativas de las comunidades que le permitan construir un manejo
cooperativo de las diferencias.

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272
ACCIÓN COLECTIVA
DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES
COMO CIMIENTO DE MEMORIA
Y CONSTRUCCIÓN DE PAZ. CASO ACIA

Marisol Ortiz Acosta* y Diana Mendoza Ospina**

Introducción

Los movimientos sociales y la reivindicación del legado cultural de las co-


munidades afrocolombianas, especialmente a partir de la Constitución de
1991 y la Ley 70 de 1993, que otorgaron a las comunidades negras el derecho
a la propiedad colectiva sobre la tierra, han sido ampliamente documentados
por la literatura académica. El interés investigativo en este tema reside en las
consecuencias de la violencia sobre las minorías étnicas del país, caracterizadas
por habitar territorios baldíos, en zonas desprotegidas por el Estado y disputa-
das por los diferentes actores del conflicto. No obstante, pese a que estos movi-
mientos han sido analizados desde la teoría de acción colectiva, la transforma-
ción de estas acciones con referencia a diferentes procesos históricos no ha sido
estudiada de manera específica, así como tampoco el hecho de que su accionar
pueda contribuir a la construcción de paz en Colombia a través de los procesos
de construcción de memoria, esto es, procesos de memoria enmarcados en las
luchas de reivindicación de derechos por parte de la sociedad civil.
Más aún, la acción colectiva de los movimientos sociales en torno a la
afrocolombianidad y sus derechos a la tierra no han sido abordados desde la
actual Ley 1448 de 2011, Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, como
una estructura de oportunidad política que puede fortalecer a estos grupos
en el marco de justicia transicional. Para lograr este propósito, es necesario
contar con una mayor presencia institucional del Estado a nivel local, tradu-

* Politóloga con énfasis en comunicación política de la Pontificia Universidad Javeriana. Investigado-


ra en varias instituciones. Principales áreas de interés: derechos humanos; seguridad; criminología;
y, comportamiento humano. E-mail: marisol.ortiz.acosta@gmail.com
** Politóloga con énfasis en gestión pública de la Pontificia Universidad Javeriana. Consultora de pro-
yectos. E-mail: musicbach21@hotmail.com

273
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

cida en seguridad y garantías de los derechos de primera, segunda y tercera


generación,1 además de los derechos a la verdad, justicia y reparación.
En este sentido, el presente capítulo establece que el movimiento social
Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA), conocido actualmente
como el Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina del Atra-
to (Cocomacia),2 ha mutado en su acción colectiva, de acuerdo con las dife-
rentes estructuras de oportunidad política que se han presentado durante la
historia de la organización (1982-2011). Su transformación ha fortalecido
las acciones que el movimiento ha efectuado, convirtiéndolo en un caso exi-
toso de acción colectiva de la comunidad afrodescendiente en el contexto
del conflicto armado. La consolidación de estos procesos, así como la fuer-
te estructura organizacional de la ACIA contribuyen a la reconstrucción de
memoria como elemento primordial para la construcción de la paz en los
procesos de justicia transicional. Para sustentar esto, se definen tres hipótesis
complementarias.
La primera de ellas señala que la legislación que otorgó derechos especia-
les a las minorías negras, en torno a la posesión de la tierra y a nuevos meca-
nismos de participación política nacional y específica en sus comunidades, se
convirtió en una estructura de oportunidad política que fortaleció la identi-
dad cultural étnica de estos grupos en torno a la territorialidad.3
La segunda hipótesis sostiene que la ACIA surgió inicialmente como un
movimiento social campesino, que por las dinámicas mismas del conflicto ar-
mado en la región del Atrato, en particular con el recrudecimiento de la vio-
lencia en la década del 90 y de nuevo en el año 2002, se transformó, en térmi-
nos de acción colectiva, en un movimiento de resistencia civil.

1
La clasificación de los derechos humanos en tres generaciones se fundamenta en el criterio de perio-
dicidad, conforme a como los derechos fueron avanzando en su cobertura. Los derechos de primera
generación comprenden los derechos y libertades fundamentales y los derechos civiles y políticos.
Los derechos de segunda generación son los que se refieren a los derechos económicos, sociales y
culturales, cuyo fin es procurar mejores condiciones de vida. Por ultimo, los derechos de tercera ge-
neración se refieren a los derechos de los pueblos y de la solidaridad, enfocados a defender los bienes
jurídicos de la paz, el desarrollo y el medio ambiente.
2
En este capítulo se hará referencia al movimiento como “ACIA” debido al análisis histórico que se
realizará con respecto a su acción colectiva.
3
La territorialidad hace referencia a “la parte íntegra de la identidad que los grupos y los individuos
construyen en interacción con sus vecinos” (Hoffmann, 2002: 21). Esta puede asimilarse a la iden-
tidad so pena de suscitar una visión rígida.

274
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

Finalmente, se presume que en el marco de la justicia transicional las nue-


vas garantías jurídicas e institucionales que establece la Ley 1448 de 2011, con
relación a las comunidades afrodescendientes, podrían constituir una nueva
estructura de oportunidad política que fortalezca la sociedad civil y los mo-
vimientos sociales, logrando impulsar procesos de construcción de paz en la
región del Atrato.
Para desarrollar estas hipótesis, el capítulo se dividirá en cinco partes. La
primera describirá los antecedentes de las comunidades afrodescendientes en
el Atrato, a la luz de la legislación referente a la restitución de tierras y las di-
námicas de conflicto asociadas con las disputas territoriales. En segundo lugar,
se hablará de los movimientos sociales y de los movimientos de resistencia ci-
vil, desde los aportes teóricos de la acción colectiva de Sydney Tarrow. Luego,
se describirá la metodología que se aplicó en el estudio y la selección del caso
particular de la ACIA. Tras ello, se estudiarán las características de la acción
colectiva de la ACIA. Por último, se inferirán las conclusiones del análisis de
los procesos de acción colectiva y se describirá cómo las actividades realizadas
por el movimiento contribuyen a los procesos de construcción de paz.

1. Diagnóstico

Los habitantes del Atrato, antes de obtener los beneficios legales que les
otorgaron el derecho sobre estos territorios, vivían cerca a las orillas de los ríos,
produciendo a través de sus propios sistemas de explotación el alimento y los
bienes necesarios para la supervivencia de sus comunidades4 (Lemaitre, 2009:
354; De la Torre, s/f ). Estas poblaciones hacen parte de uno de los cuatro
grupos importantes de población afrocolombiana identificados por el DANE
(2007) que poseen sus propias prácticas culturales con respecto a la música,
religión, comida, formas de producción, culto a la tierra desde el campesina-
do, entre otras, originarias de su herencia africana. Estas comunidades com-
parten una historia y tradiciones con respecto al campo-poblado, que revelan
su consciencia de identidad que las diferencia de otros pueblos étnicos (Ro-
dríguez, 2008: 220-221).
La identidad cultural de estos pueblos, particularmente su conciencia
medioambiental (Pardo y Álvarez, 2001: 236), dio base a las reformas legales

4
Estos territorios eran compartidos de igual forma con los embera chamí, que convivían con una
economía similar a la de las comunidades negras de la zona.

275
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

y políticas con respecto a los derechos especiales de esta población en Colom-


bia. La constitución de 1991, con sus artículos 7 y 63 y su artículo transitorio
55, establece el concepto de territorios colectivos para las zonas geográficas
que han sido ocupadas ancestralmente por las comunidades negras de acuer-
do con sus tradiciones productivas, ubicadas en los territorios baldíos de las
cuencas ribereñas del Pacífico. Esta propiedad colectiva o comunitaria, se-
gún la constitución, es inalienable, inembargable e imprescriptible. A partir de
este precepto, la Ley 70 de 1993 pretendió desarrollar el artículo transitorio
55 otorgando el derecho a la propiedad colectiva de las zonas rurales a estas
comunidades,5 para proteger la identidad cultural de las mismas como grupo
étnico, con el fin de asegurar igualdad de condiciones con respecto al resto de
la sociedad colombiana.
Esta Ley estipula que las comunidades negras conservan el derecho a dar
prioridad a los aspectos que ellas consideren necesarios con respecto a su de-
sarrollo económico, en la medida en la que este afecta sus vidas con relación
a sus creencias, instituciones, bienestar y tierras. Así, la legislación subsecuen-
te estipula la figura de la consulta previa6 con las sentencias SU-039 1997;
C-030 de 2008; y, C-461 de 2009, para que las comunidades tengan derecho
a participar en la formulación, aplicación y evaluación de planes y programas
de desarrollo nacional y regional que las involucre, mejorando sus condicio-
nes de vida. Según el acuerdo 169 de la OIT, los afrocolombianos tienen de-
recho a gozar de los beneficios que represente la explotación de recursos natu-
rales que se realiza en su territorio.
Asimismo, la ley reconoció la protección del medio ambiente atendiendo
a las relaciones construidas por las comunidades negras con la naturaleza. En
este sentido, la legislación enmarca los derechos civiles y políticos, así como
los económicos sociales y culturales de los afrodescendientes en los principios
de reconocimiento de la diversidad étnica e igualdad de los grupos; respeto a
la actividad y dignidad cultural de las comunidades; participación de la co-

5
En esta región se encuentran los 132 Territorios Colectivos de Comunidades Negras titulados hasta
el día de hoy, los cuales ocupan un territorio de 4’717.269 hectáreas que corresponde al 4,13 % de
las tierras del país. DANE, 2007.
6
Este derecho versa sobre la incorporación de las comunidades negras e indígenas en la toma de de-
cisiones sobre medidas (legislativas o administrativas) o cuando se vayan a realizar proyectos, obras
o actividades dentro de los territorios colectivos, buscando de esta manera proteger la integralidad
cultural, social y económica y garantizar el derecho de participación de estas comunidades.

276
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

munidad negra e indígena en asuntos de la nación;7 y protección del medio


ambiente, basada en la relación de las comunidades y la naturaleza (Rodrí-
guez, 2008: 224).
Por esta razón, la sentencia T-188 de 1993 acoge el reconocimiento del
territorio como elemento fundamental para garantizar los demás derechos
de las comunidades negras, tales como sus derechos culturales, de autonomía
y de identidad. A este respecto, la propiedad colectiva titulada a estas
comunidades no puede venderse, ni expropiarse. El concepto de territorio
es importante cuando se habla de la identidad cultural de estos grupos,
debido a que tras la abolición de la esclavitud el derecho a este territorio libre
ha habilitado a estas personas a vivir de modo pacífico, transmitiendo sus
costumbres y sabiduría de generación a generación en este mismo espacio
geográfico (Rodríguez, 2008: 219).
La preservación de estos territorios permite la supervivencia de las
comunidades afro, promulgada por el Cap. II de la Ley 70 de 1993 y el
Decreto 1745 de 1995. La titulación de la tierra es importante por dos
razones. La primera es que las comunidades se convierten en propietarias
y tienen prelación y derecho sobre los recursos naturales que ahí residen.
Y la segunda razón es que los consejos comunitarios, creados por la ley
como representación política de estas comunidades, se convierten en los
administradores endógenos de los recursos y por tanto del propio desarrollo
de la comunidad.
En el marco de la legislación referente a los derechos sobre la tierra de las
comunidades afrocolombianas,8 fue sancionada en junio de 2011 la Ley de
Víctimas y Restitución de Tierras (Ley 1448) “por la cual se dictan medidas de
atención, asistencia y reparación a las víctimas del conflicto armado interno y
se dictan otras disposiciones”, que mediante el artículo 205 y el Decreto Ley
4635 de 2011 instaura el marco legal de la política pública de reparación,
restitución integral y restitución de tierras de las víctimas pertenecientes a las

7
El marco legal que propende por la protección del legado cultural afro asegura el derecho a la parti-
cipación de estas comunidades en la Comisión Pedagógica Nacional para la formulación de la polí-
tica en etno-educación, en las juntas municipales y departamentales de educación JUME y JUDE,
en el Consejo Nacional de Paz, en el Consejo Nacional Ambiental, en los Consejos Territoriales de
Planeación, en el Consejo Nacional de Juventudes, los Consejos Comunitarios, además de otorgar
una circunscripción especial en el Congreso de la República.
8
Constitución Política (art. Transitorio 55, art. 7 y 63); Ley 70/1993; sentencia T-025/2004; auto
05/2009; auto 18/2012; auto 219/2011; auto A-045/2012.

277
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras, de conformidad


con la Constitución Política.
Paradójicamente, como lo señala Rodríguez (2008: 221), Colombia es uno
de los países que más derechos relativos a las comunidades tradicionales con-
sagra, pero también es donde más se violan y se desconocen. En la región del
Atrato, históricamente abandonada por el Estado, las riquezas naturales del
terreno, los minerales preciosos y una posición geoestratégica privilegiada, la
han convertido en una zona apetecida por parte de los grupos al margen de la
ley.9 Esta situación se agrava con la ausencia de instituciones estatales, que si
organizaran la extracción y el control sobre los ingresos generados por los re-
cursos saqueables, los beneficios devengados de estos contribuirían al mante-
nimiento del orden y buen funcionamiento del gobierno en lo local (Snyder,
2006: 946-947).
De acuerdo con la ACNUR,10 desde mediados de la década de los sesenta,
la región cuenta con la presencia de la guerrilla en su territorio.11 En este pe-
ríodo, el EPL y las FARC se encontraban en un escenario más de retaguardia
que de confrontación, situación que cambió en la década de los ochenta, con
el fortalecimiento militar de las guerrillas. Este proceso se dio paralelo a la
progresiva adquisición de territorio del Chocó por parte de narcotraficantes.
En la década de los 90, con la desmovilización del EPL, las FARC logra-
ron el control de la región, convirtiéndola en un corredor importante para el
desarrollo de economía ilegal asociada a la guerra. En 1995, las Autodefensas
Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) llegaron a estos territorios para
atacar a las FARC. Según la IDMC (2008), estos grupos paramilitares esta-
blecieron alianzas con el ejército nacional para asesinar a los miembros de la
Unión Patriótica y llevar a cabo la Operación Génesis, que en 1996 causó el
desplazamiento forzado de aproximadamente 17.000 personas pertenecientes
a las comunidades negras del bajo Atrato.12

9
Esto sucede de algún modo gracias a la riqueza saqueable, definida como recursos lucrativos fáciles
de transportar, tales como piedras preciosas, madera tropical y drogas ilícitas, que generan desorden
al proveer las razones y los medios para la rebelión armada (Snyder 2006: 943-944).
10
Disponible http://www.acnur.org/pais/docs/677.pdf?view=1, 2004.
11
Durante este período, los procesos de producción de banano fueron el principal factor que atrajo
a las guerrillas del EPL y de las FARC a la zona, quienes buscaron el control de los sindicatos y la
población local (Tovar; 2009:16).
12
Cacarica, Jiguamiandó, Curvaradó, Domingondó, Truandó y Salaquí (Tovar, 2010: 16).

278
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

No obstante, este proceso de despojo no es monocausal, no solo se tiene


en cuenta la disputa territorial de los diferentes actores del conflicto. Por
el contrario, es el resultado de una sinergia de factores como la debilidad
y desarticulación institucional, que han coadyuvado a la ocupación y
adquisición fraudulenta de tierras;13 la informalidad de la tenencia de estas,
evidenciada en la ausencia de derechos de propiedad claros;14 entre otros
factores.
Además del desplazamiento, la incursión de los paramilitares en la región
coincidió con el acelerado establecimiento de cultivos de palma africana
dentro de los territorios afrocolombianos, demostrando que el control
territorial tiene también un aspecto de dominio económico. Cuando
los paramilitares incursionaron por primera vez al norte del Chocó, en
diciembre de 1996, le anunciaron a la población que tenía que irse porque
había llegado el progreso, el desarrollo en versión colonizadora. Y lo cierto
es que detrás de los paramilitares por lo general han llegado los cultivos
agroindustriales, en especial los cultivos de palma africana (Lemaitre, 2009:
371).
Las dinámicas propias de la guerra civil, que incluyen la lucha por el
control del territorio y la población (Pécaut, 1999c), además de la incursión
de intereses territoriales por parte de grandes grupos económicos y familias
acaudaladas (usualmente ligadas con dinámicas clientelares o corruptas
de la clase política local) han suscitado en la región del Atrato múltiples
desplazamientos de la población civil hacia los centros urbanos cercanos,
una tendencia que va en aumento en la actualidad (Dest y Sánchez-Garzoli,
2012). No obstante, este escenario de desplazamiento no es único de la
región del Atrato, sino que hay una relación directamente proporcional
entre la explotación de los recursos naturales por parte de empresa privada

13
Entre las formas de adquisición ilegal de los territorios se encuentran: 1. Compraventas de carác-
ter irregular; 2. Transferencia de dominio de carácter judicial, en donde el poseedor se convierte
legalmente en propietario por decisión judicial; 3. La transferencia de derechos de propiedad por
parte de instancias administrativas, entre las cuales están adjudicaciones de propiedad o extinciones
de dominio, recurriendo para ello a la falsedad en documento público, a la cooptación, amenaza o
coacción a los funcionarios públicos de registro. (Gómez Isa, 2010: 17).
14
Las razones que explican la excesiva informalidad en el acceso a la tierra se enmarcan “en una mar-
cada cultura de la oralidad en el ámbito rural que privilegia el carácter privado de las formalizaciones de
carácter público”. De otro lado, se encuentran los costos asociados a los registros de propiedad y del
sistema tributario que desincentivan la titulación formal de la tierra (Gómez Isa, 2010: 18).

279
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

y el recrudecimiento de la violencia y el desplazamiento15 en varias zonas del


país16 (Ocampo; 2009).
El desplazamiento forzado y la atención a las víctimas de este flagelo fue-
ron contemplados por primera vez en la legislación bajo la Ley 387 de 1997,
que establecía “medidas para la prevención del desplazamiento forzado; la
atención, protección, consolidación y estabilización socioeconómica de los
desplazados internos por la violencia en la República de Colombia”. Tras esta
Ley, la justicia colombiana tipificó este delito en concordancia con estándares
internacionales en la materia, a partir de la Ley 589 del 2000, que caracteri-
zó los delitos de genocidio, desplazamiento forzado, tortura y desaparición
forzada, y el artículo 599 del Código Penal, que incorporó dos tipos pena-
les de desplazamiento forzado. Esto significa que solo hasta años recientes la
justicia colombiana cuenta con herramientas adecuadas para procesar a los
perpetradores del desplazamiento y la usurpación de tierras (Díaz y Zamora,
2010: 25).

15
En Colombia se puede observar esta relación de dos maneras. La primera, cuando la producción
de madera o la explotación minera se convierten en objeto de las extorsiones y secuestros extorsivos
que financian a los grupos armados ilegales, quienes actúan a través de amenazas reales de secuestro
o daño físico en caso de que no se cumplan las extorsiones, evidenciadas en la obstrucción del
transporte de los trabajadores, la destrucción de campamentos, la voladura de oleoductos, y ataques
a las instalaciones, entre otros (Orrantia, 1997; Rettberg, 2004; Goebertus, 2008). En segundo
lugar, la relación entre la presencia de grandes compañías y el incremento de la violencia en el país
puede explicarse con el despojo de los habitantes de sus tierras, con la intención de establecer en
ellas plantaciones o instalaciones mineras, tal como sucedió con las comunidades afrocolombianas
que habitan en la cuenca del Pacífico chocoano (Mingorance et al., 2004, Ocampo, 2009).
16
Estudios de caso con relación al caso colombiano:
Goebertus (2008) Zona Bananera, Magdalena: los cultivos establecidos de palma fomentan la
aparición de grupos armados, que cobran extorsiones a los palmeros y que, en últimas, generan
desplazamiento forzado.
Federico Segura (2008) combina un análisis cuantitativo macro con un estudio de caso del cultivo
de palma y el conflicto armado en Tumaco, Nariño. Del análisis cuantitativo encuentra que “una
expansión en el área cultivada de palma en los municipios del país lleva a un aumento en homicidios
y desplazados”, pero a la vez reconoce los problemas metodológicos y la falta de algunos datos que
no hacen la correlación irrefutable.
Mónica Hurtado (2009), comparando la experiencia de modelos horizontales de producción de
palma, como las Alianzas Estratégicas y Palma Campesina, en San Alberto y San Martín, concluye
que a pesar de que estos han producido crecimiento económico sostenible e igualdad, no han sido
particularmente efectivos en la prevención de violencia.

280
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

2. Acción colectiva y movimientos sociales

A partir de los postulados de Sydney Tarrow (1997) en El poder en movi-


miento, se entenderá la acción colectiva como una forma de organización di-
rigida a la obtención de un bien común, que en el marco de los movimientos
sociales se da como resultado de una estructura de oportunidad política. Los
movimientos sociales son definidos como movilizaciones de reclamación o de
desafío al poder establecido,17 para lograr reivindicaciones para sus miembros.
En este accionar, se combinan procesos de consolidación de identidades y de
instrumentación estratégica (Tilly, 1984; Tarrow, 1994: 7; Pardo y Álvarez,
2001: 232).
Cuando se habla de acción colectiva, el problema de fondo consiste en
cómo movilizar o lograr acción colectiva a partir de masas desorganizadas y
dispersas. Es por eso que para el análisis de la naturaleza de la acción colecti-
va, Tarrow (1997) establece un marco teórico que la explica y que, además,
muestra la dinámica y resultados de los movimientos que la promueven. De
este modo, se plantean tres preguntas básicas de la teoría de los movimientos
sociales: ¿por qué la gente actúa colectivamente?, ¿de qué depende que la ac-
ción colectiva se de en un momento específico y no en otro?, y ¿cuáles son los
alcances esperados de la acción colectiva?18
Para el autor, el problema de los movimientos sociales con respecto a la ac-
ción colectiva es de carácter social. Según este planteamiento, los movimien-
tos resuelven el problema actuando acorde con las oportunidades políticas
que se presentan a través del uso de formas conocidas y modulares19 de acción

17
El poder es la relación en la que A es capaz de que B haga algo que de otra manera no haría (Dahl, 1957:
203). Se hace referencia aquí al poder establecido, ya que hay una clara ausencia del monopolio de
la violencia webberiano, sumado a la disputa por el control del territorio de parte de los diferentes
grupos que hacen parte del conflicto armado colombiano.
18
La teoría de acción colectiva propuesta por Tarrow se diferencia diametralmente de la de Olson,
ya que Tarrow brinda una mayor importancia al entorno como uno de los determinantes del éxito
y surgimiento de la acción colectiva. De igual modo, Tarrow no concibe la acción colectiva como
agregado de intereses paramétricos de individuos egoistas desde una óptica economicista, en la que
el tamaño de los grupos influye en la participación o no de los individuos acorde a una ganancia
marginal con respecto a la consecución de bienes comunes. Por el contrario, el autor piensa que dado
que un movimiento es en realidad un cúmulo de movimientos sociales holgadamente vinculados
entre sí, puede sobrevivir allá donde un grupo aritméticamente “grande” no podría hacerlo.
19
El concepto “modular” se refiere “a la capacidad de una forma de acción colectiva para ser utilizada
por una variedad de agentes sociales contra una gama de objetivos, ya sea por sí misma o en
combinación con otras formas” (Tarrow;,1997: 69).

281
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

colectiva, movilizando a la gente en el seno de redes sociales20 y a través de su-


puestos culturales compartidos (Tarrow, 1997: 33). De esta manera, cuando
se habla de estructura de oportunidades, se hace referencia a las “dimensiones
consistentes –aunque no necesariamente formales, permanentes o naciona-
les– del entorno político, que fomentan o desincentivan la acción colectiva
entre la gente” (Tarrow, 1997: 49). Este concepto se materializa en recursos
exteriores al grupo, ya que los movimientos se crean en la medida en que per-
ciban una reducción de los costos de la acción colectiva asociados a la relacio-
nes de poderes con el Estado.
Según Pardo y Álvarez (2001: 232), citando a McAdam, McCarthy y Zald
(1996: 10):

El progreso, estancamiento o fracaso de los movimientos sociales,


depende de manera importante de la receptividad o rechazo de las ins-
tituciones estatales; de las instancias de diálogo o represión que se gene-
ren; de la existencia de parámetros ideológicos o políticos que permitan
avanzar en las reclamaciones; de los niveles de institucionalización de
las acciones de los movimientos; y, del nivel de los recursos, entre otros
aspectos de la relación Estado-Movimientos.

En consecuencia, los movimientos dependen de su entorno exterior con


relación a las oportunidades políticas, para poder mantener su acción colecti-
va. Por esta razón, la teoría de la acción colectiva tiene que pasar del análisis
individual al colectivo; manifestándose con repertorios tanto convencionales
–inscritos en la forma de participación política o protesta permitida por la
ley–, como no convencionales.
En este sentido, Tarrow ilustra tres grandes tipos de acción colectiva. La
violencia contra los otros, la manifestación política organizada y la expresión
directa disruptiva. Estas tres formas de acción colectiva comparten un hilo co-
mún, siendo expresiones públicas de la confrontación entre los descontentos y
las autoridades en el área de la política institucional. Así, los movimientos no
solo organizan acciones públicas, sino que de diferentes modos desafían a sus
oponentes, crean incertidumbre y provocan solidaridad.

20
Esencialmente, se hace referencia a los elementos que profieren significado a la realidad de un grupo
o comunidad, y que promueven relaciones de igualdad, competencia y antagonismo entre los indi-
viduos o grupos.

282
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

La acción colectiva de violencia desafía el status quo establecido por el po-


der político a través de la fuerza, intentando convertirse en un medio efectivo
para llamar la atención de los medios de comunicación, las autoridades y la
ciudadanía. Asimismo, es la forma de acción colectiva más fácil, ya que exige
poca coordinación, control y requiere menos recursos en términos organiza-
cionales que los otros tipos de acción colectiva. El Estado instaura canales de
participación formales para atender las demandas de la ciudanía, con el ob-
jetivo de disuadir la acción colectiva violenta. No obstante, en las sociedades
modernas fuertemente bipolarizadas, la violencia se establece como forma pri-
mordial de acción colectiva.

El atractivo de la violencia es que, para la gente sin recursos políti-


cos, es fácil de poner en marcha. La dificultad es que legitima la repre-
sión, polariza la opinión pública, y en última instancia, depende de un
grupo pequeño de militantes para los que se ha convertido en la expre-
sión política fundamental (Tarrow, 1996: 189).

La manifestación política organizacional o convencional es producto de un


acuerdo tácito en torno a las expectativas de los actores que participan en ella
(Schelling, 1960: 71); en este sentido, esta implica un alto grado de organiza-
ción, debido a sus altos costos sociales transaccionales.21 Muchas expresiones
de este tipo de acción colectiva hacen parte del repertorio de la cultura políti-
ca de los Estados modernos, por ejemplo el derecho a la huelga por parte de
sindicatos y las manifestaciones no violentas. Estos mecanismos comenzaron
como acciones disruptivas que luego se institucionalizaron, convirtiéndose así
en mecanismos convencionales capaces de promover la solidaridad.
Por último, la acción colectiva disruptiva se expresa de dos maneras. De
manera directa, a través de la amenaza del uso de la violencia, y de manera in-
directa, expresando concretamente la intención del movimiento, lo que pone
de manifiesto su existencia y la solidaridad que la hace posible. La protesta
disruptiva en la actualidad se expresa con acciones como las ocupaciones pa-
cificas y la acción directa no violenta. Estas acciones, al implicar un uso po-
tencial de la violencia, proveen a la acción colectiva de un alto grado de incer-
tidumbre, cuyo resultado depende de las reacciones de los demás actores en

21
Los costos de transacción hace referencia a los costos de definición, monitoreo y protección de
acuerdos establecidos para el intercambio de derechos de propiedad (North, 1995).

283
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

juego. En palabras de Tarrow, “el poder de la acción colectiva disruptiva radica


en su capacidad de desafiar a las autoridades, fomentar la solidaridad y crear
incertidumbre” (1997: 195).
Los tipos de acción colectiva explicados con anterioridad no son estáticos;
por el contrario, las acciones que emprenden los movimientos sociales pue-
den adoptar los diferentes tipos de acuerdo al contexto en el que se desaten.22
Por ejemplo, la acción colectiva puede variar de la disrupción a la violencia,
cuando las acciones empleadas comiencen a ser tediosas y rutinarias para sus
participantes, haciendo que se dividan los dirigentes y los militantes. De este
modo, una forma común de revitalizar el movimiento es a través de la retóri-
ca exagerada o el uso de manifestaciones violentas que reaviven las pasiones y
motivaciones de los miembros.23 Igualmente, las acciones pueden pasar de la
confrontación a la convención a partir de la institucionalización de las prác-
ticas que emplean los movimientos sociales, con el objetivo de obtener bene-
ficios concretos a través de la negociación y el compromiso. En consecuencia,
este cambio implica alcanzar beneficios a costa de transformar el movimiento
social en un partido político o grupo de interés. Además, las prácticas disrup-
tivas también se pueden institucionalizar cuando las autoridades comienzan a
admitirlas como legítimas.24
Las formas de acción colectiva de los movimientos sociales explicadas con
anterioridad responden a tres componentes según Tarrow, el desafío, la incer-
tidumbre y la solidaridad. Así, “los oponentes, los aliados y los observadores
responden, en función de la agresividad del desafío y la incertidumbre que
evoca, (así como) de la solidaridad que perciben en la protesta” (1997: 183).
Por esta razón, cada tipo de acción colectiva maximiza o minimiza estas varia-
bles de acuerdo a lo que se proponga.

22
Muchas de las formas de acción colectiva por disrupción terminan convirtiéndose en acciones con-
vencionales o violentas, en este último caso legitimando la represión por parte del actor que posee
el poder. Cuando esta represión ocurre en situaciones en las que la acción colectiva es pacífica, ge-
neralmente los motivos de los movimientos se extienden a públicos más amplios, motivados por
sentimientos de indignación y justicia.
23
No obstante, Tarrow (1997: 183) hace la aclaración que este tipo de transformación al legitimar la
represión por parte del Estado podría desincentivar aún más a los miembros de las colectividades.
24
Sin embargo, el impacto de esta institucionalización puede ser negativo, ya que al aceptar compro-
misos los militantes podrían perder el interés que tenían en participar en la colectividad. Por otro
lado, también hay compensaciones, ya que es más probable que mucha más gente participe en acti-
vidades de baja incertidumbre y que no estén envueltas en la violencia potencial de la acción radical
directa (reduce los costos sociales).

284
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

El desafío en la acción colectiva de los movimientos se refiere a la capaci-


dad de desafiar a los oponentes o a las elites.

El movimiento genera un conflicto y un desafío que choca con una


articulación política e institucional y utiliza un repertorio de acción co-
lectiva variado, que tiene una función demostrativa y es una forma de
acción política no institucionalizada, cuyo éxito depende de la magni-
tud de su acción y de la estructura de oportunidades políticas presentes
en ese momento en la sociedad (Arranz, s/f: 133).

La incertidumbre es producto de la falta de información sobre los posibles


límites y alcances que tendrá la acción colectiva en un momento determinado,
así como el desconocimiento de los costos asociados a la misma. Dicha incer-
tidumbre implica también la posibilidad de que otros sectores de la sociedad
apoyen la acción colectiva, identificándose con objetivos o motivaciones del
movimiento original que la promueve (Tarrow, 1997: 183).
Por último, la solidaridad es un requisito para la acción colectiva, ya que
esta necesita para su existencia de la cooperación de todos los individuos que
participan en ella en torno a una causa común. La solidaridad se da como un
proceso de doble vía, ya que es la base para la acción colectiva, así como la ac-
ción colectiva también la promueve. “La solidaridad es endogrupal y funcio-
na como cohesión interna ante futuras rupturas” (Alzate y Rico, 2009: 202).
Los procesos de acción colectiva dentro de los movimientos sociales de-
muestran la capacidad de la sociedad civil para lograr mediación política,
contra-balance al poder del Estado, participación ciudadana, promoción de
igualdades sociales, y fortalecimiento del sentido de comunidad, entre otros
(Bejarano, 1999: 272). En el contexto del conflicto armado, los movimientos
sociales también pueden adquirir características particulares de reclamación
que implican la resistencia a actuar conforme a los parámetros establecidos
por algún grupo armado, así como no ceder ante la intimidación de los acto-
res ni aceptar sus actos injustos, la autoproclamación de una posición neutral
con respecto al conflicto y la solidaridad para denunciar actos criminales con-
tra sus miembros.
Este tipo de movimientos se denominan movimientos de resistencia civil.
Según Hernández y Salazar (1999), “la resistencia civil puede ubicarse dentro
del concepto, más amplio, de la acción no violenta que se expresa en forma

285
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

diversa, mediante actos de resistencia individual, como la objeción de con-


ciencia (...) campañas de no colaboración; movilizaciones, entre otras”. En
este sentido, la resistencia civil como defensa implica una acción colectiva que
evita cualquier recurso sistemático de la violencia, diferenciándose de la di-
sidencia individual y de las formas de resistencia colectiva que incluyen una
acción militar (Hernández y Salazar, 1999).

3. Metodología

El presente trabajo parte de una aproximación deductiva y teórico-analí-


tica, conceptualizando los movimientos sociales desde la teoría de la acción
colectiva, en específico, desde los aportes de Tarrow (1997) para entender las
dinámicas que tuvieron lugar en el caso específico del Consejo Comunitario
Mayor de la ACIA. Tras esta etapa, se estableció un patrón de análisis de di-
cho movimiento con respecto a cuatro hitos fundamentales en su historia, que
marcan la transformación de su accionar.
El primero de estos hitos hace referencia a la década de 1980, cuando el
movimiento se inició como organización campesina apoyada por la Iglesia
Católica, teniendo como principal motivación la defensa de los recursos na-
turales y la posesión de la tierra. El segundo se inscribe en la década de 1990,
cuando las comunidades negras habitantes del Pacífico chocoano obtuvieron
derechos especiales en relación a la propiedad colectiva de los territorios y su
participación en la política nacional y local, en específico con la Constitución
de 1991 y la Ley 70 de 1993.
El tercer hito se centra en las etapas de la historia del conflicto armado
colombiano, que representan los momentos de recrudecimiento y reacomo-
damiento de la violencia. El primero de ellos se presenta a mediados de los
90, en el que ocurre también la incursión paramilitar en los territorios del
Urabá antioqueño y chocoano; la segunda etapa, se ubica en los inicios de
la década de 2000, cuando la violencia en Colombia adquiere nuevas di-
mensiones debido a la escalada del conflicto, producto del fortalecimiento
militar y financiero de los grupos al margen de la ley. Por último, el reco-
nocimiento institucional de los derechos de las víctimas en Colombia en el
marco del conflicto armado, a partir de la Ley 1448 de 2011, puede cons-
tituirse como una estructura de oportunidad política que da a estos movi-
mientos sociales nuevas herramientas que permitan lograr mayor cohesión

286
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

interna y empoderamiento, conducente a procesos de construcción de paz


desde la resistencia civil.
El análisis de estos cuatro hitos se hará desde tres categorías teóricas que
explican la acción colectiva en los grupos sociales según Tarrow (1997). Es-
tas categorías son: la violencia, las manifestaciones políticas organizadas y la
expresión directa disruptiva. El estudio de las transformaciones que ha teni-
do el movimiento social de la ACIA puede explicar su rol en las iniciativas de
construcción de paz en la región del Atrato promovidas por la sociedad civil.
La acción colectiva de los movimientos es dinámica y modular, lo que implica
que transmuta de acuerdo con los procesos históricos que atraviesa. En estos,
los componentes de la acción colectiva tales como la incertidumbre, solidari-
dad y desafío cambian en su intensidad de acuerdo a los propósitos propios
del movimiento.
Para lo anterior, se hace una revisión bibliográfica de fuentes secundarias
sobre el tema de los movimientos sociales en el Pacífico chocoano, así como el
seguimiento de fuentes primarias documentadas en La Historia de la Asocia-
ción Campesina Integral del Atrato ACIA, documento elaborado por Lucía De
la Torre y con la participación de las comunidades que hacen parte del mo-
vimiento social; reportes periódicos al seguimiento de los procesos organiza-
cionales de la sociedad civil en Chocó, publicados por varias ONG; la página
oficial de Cocomacia y entrevistas realizadas a miembros de la ACIA que no
se ejecutaron directamente en este estudio, pero que fueron retomadas aquí.
Para la selección del caso de la ACIA se tuvieron en cuenta consideraciones
teóricas y prácticas. La primera, porque el caso seleccionado permite identifi-
car los presupuestos de la teoría de acción colectiva en los movimientos socia-
les propuesta por Tarrow (1997), gracias a la suficiente información sobre el
caso documentada por la literatura. La segunda, por que el caso de la ACIA se
constituye en un caso exitoso de los procesos de acción colectiva dentro de los
movimientos sociales, que presenta un alto grado de desarrollo organizacional
y vinculación con el Estado para la canalización de demandas.

4. Análisis del caso ACIA

Para analizar los procesos de la acción colectiva del movimiento social de


la ACIA en el Atrato colombiano, se tomaron cuatro hitos históricos que
darán orden al análisis. Estos hitos, a los que se hizo referencia en la sección

287
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de metodología, son entendidos como marcos de temporalidad en los cuales


los movimientos redefinen las injusticias vividas (Lemaitre, 2009: 33, citando
a Tilly, Tarrow, McAdam, 2001). Tanto los marcos, como la estructura de
oportunidad política presente o ausente en cada uno de ellos, más los flujos de
recursos –materiales y redes de influencia– dan cuenta de la transformación
de los componentes de la acción colectiva de los movimientos, las diferentes
etapas de desarrollo y el éxito o fracaso de la movilización (anexo 1).

Hito 1: de campesinos a afrocolombianos 1982-1990

La ACIA tiene sus orígenes como movimiento social campesino que bus-
caba la reivindicación de la tierra frente a la explotación indiscriminada de los
recursos naturales de la que era víctima la región del Atrato en ese entonces,
especialmente por parte de la industria maderera (Wouters, 2001: 260-261).
El movimiento social inició en 1982 con el apoyo de la Iglesia Católica, en es-
pecial la misión claretiana y la diócesis de Quibdó,25 siendo en un primer mo-
mento una Comunidad Cristiana de Base (CCB) (Lemaitre, 2009: 356-327).
Este movimiento se fue transformado debido al contexto que enfrentó, hasta
convertirse en la primera organización de base afrocolombiana26 (Pardo, 2001).
Inicialmente, la acción colectiva del movimiento de la ACIA consistía en
la realización de talleres culturales donde se resaltaba el manejo tradicional y
ambientalmente responsable de la tierra dado por los campesinos del Pacífico
(Wouters, 2001: 261). De esta manera, tenía dos banderas de lucha, los recur-
sos naturales y el territorio. Así, el desafío de la ACIA hacia el status quo con-
sistía en lograr el respeto por la tierra que estas poblaciones trabajaban, frente
a un Estado ausente y una legislación que favorecía la apropiación de los re-
cursos de la región por parte de la industria maderera (Ley 2 de 1959).27 En
este sentido, la acción colectiva de la ACIA era de tipo disruptivo, generando

25
El apoyo de la Iglesia no solo se dio en la convocatoria de la comunidad para discutir la problemáti-
ca local, sino también prestando instalaciones y materiales para los procesos organizativos, incluyen-
do la edición y publicación de un periódico (Knittel, 2001: 75, 77; Pardo, 2001; Pardo y Álvarez,
2001: 235-236, citados por Lemaitre, 2009: 357).
26
La ACIA representa casi 120 comunidades ubicadas en la cuenca media del rio Atrato. Su área de
influencia se mide en aproximadamente 800 mil hectáreas (Wouters, 2001: 260). La ACIA comen-
zó a movilizarse desde 1982, sin embargo, solo hasta 1987 no obtuvo personería jurídica.
27
Ley 2 de 1959 declaró la zona del Pacífico como territorio baldío sin títulos de propiedad, por lo
cual el Estado estaba en potestad de disponer de él y de los recursos allí hallados.

288
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

altos niveles de incertidumbre y tejiendo redes importantes de solidaridad en


su interior. Es así, como los miembros de la ACIA se vieron beneficiados con
el cambio del discurso del movimiento hacia lo étnico y cultural.
El cambio en el discurso se dio como resultado del momento histórico que
atravesaba la organización, en el que lo étnico y el cuidado de los recursos na-
turales comenzaron a tomar peso, especialmente en las políticas de las organi-
zaciones internacionales como las Naciones Unidas. El particular interés ha-
cia esas dos cuestiones en el discurso político de entonces creó una estructura
de oportunidad política para los movimientos sociales del Pacífico, al insertar
en la agenda pública la reivindicación de sus tierras con base en principios
de identidad. Según la ACIA “(en el territorio) se desarrolla nuestra cultura,
nuestro ser como pueblo de una manera comunitaria y en relación armónica
con la naturaleza” (ACIA/OPOCA, 1999: 12).
Por esta razón, las acciones puntuales que realizó el movimiento apuntaban
al fortalecimiento de los lazos de solidaridad en sus miembros. Entre las
principales acciones que realizó la ACIA durante este hito se encuentran el
Primer Foro por la Defensa de los Recursos Naturales, celebrado en 1987, y
que dio como resultado el Acuerdo 20 de Buchadó,28 considerado el primer
triunfo del movimiento al incorporar sus intereses en la agenda pública; y,
la organización del II Foro de “minoría étnica” apoyado en la estructura de
oportunidad creada con las convenciones 107 y 169 de la OIT.29 Estos dos
hechos, además de la actividad rutinaria de los líderes del movimiento en sus
bases, son considerados como los antecedentes de la lucha del movimiento
por los territorios colectivos (Pardo, 1997) que se daría en el contexto de la
Asamblea Nacional Constituyente.

28
El Acuerdo 20 de Buchadó estableció un territorio de 600 mil hectáreas para ser manejado por la
ACIA, Codechocó y Planeación Regional. Sin embargo, este acuerdo no se cumplió por parte del
gobierno.
29
“El Convenio núm. 169 es un instrumento jurídico internacional vinculante que se encuentra
abierto para su ratificación y que trata específicamente los derechos de los pueblos indígenas y
tribales. Hasta la fecha ha sido ratificado por 20 países. Una vez que se ratifica el Convenio, el país
que así lo hace cuenta con un año para alinear la legislación, políticas y programas antes de que el
mismo devengue jurídicamente vinculante. Los países que ratificaron el Convenio están sujetos a
supervisión en cuanto a la implementación” y “El Convenio núm. 107 es un instrumento amplio
sobre el desarrollo, que cubre una variada gama de temas, como los derechos a las tierras; contratación
y condiciones laborales; formación profesional, artesanías e industrias rurales; seguridad social y
salud; y educación y medios de comunicación. En particular, las disposiciones del Convenio núm.
107 en materia de tierras, territorios y recursos proporcionan una amplia cobertura y son similares
a las del Convenio núm. 169”. Tomado en línea: www.ilo.org, última revisión: 10.05.12.

289
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Hito 2: el derecho como construcción simbólica del movimiento 1990-


1996

Para 1991, la ACIA ya estaba constituida plenamente como movimien-


to de carácter étnico, que luchaba por la recuperación del territorio ancestral
como punto de partida para su identificación cultural e identitaria (Wouters,
2001).30 En estos años, los procesos de paz con algunas guerrillas y la reforma
del Estado que se estaba gestando colocaron sobre la mesa la inclusión de las
negritudes en el nuevo proyecto político del país. En este sentido, la acción
colectiva del movimiento se transformó de la disrupción a la manifestación
política organizada.
No obstante, tal como lo señala McAdam (1999), la sola estructura de
oportunidad no asegura el éxito de la acción colectiva del movimiento. En
el caso de la ACIA, su fuerte estructura organizacional y su trabajo en térmi-
nos de solidaridad con los miembros de las comunidades, en torno al tema
de la identidad y la cultura, aseguraron que su acción colectiva fuera exitosa
y lograra incluir los temas prioritarios de la comunidad afro del Pacífico en la
nueva legislación. Para lograr este propósito, la organización hizo uso de me-
canismos de participación convencional como la conformación de una mesa
de trabajo para la Constituyente.
Empero, su acción colectiva no se limitó a lo convencional. En coordina-
ción con otras organizaciones de minoría étnica, la ACIA propició acciones
como la campaña Telegrama negro31 que recogió más de 25.000 firmas, evi-
denciando y fortaleciendo la solidaridad del pueblo afro en torno a la iden-
tidad; las tomas pacíficas de la catedral de Quibdó y la Embajada de Haití,
acciones que generaron amplia incertidumbre y expectativa frente al movi-
miento negro; y, un alto grado de activismo a nivel organizacional. En este
último, tres acciones fueron particularmente importantes como mecanismos
de actividad y de presión con respecto al tema étnico: el Primer Encuentro

30
La organización encontró en los antropólogos a unos fuertes simpatizantes de la causa. Los estudios
antropológicos que defendían las diferencias étnicas y culturales de las comunidades negras, aseme-
jando su situación a la de los indígenas, fueron importantes para lograr incorporar las demandas
de las negritudes en la Constitución de 1991, en particular en el tema de la titulación de la tierra
(Lemaitre, 2009: 361).
31
Los telegramas se enviaban a los constituyentes para que incluyeran el reconocimiento del pueblo
negro y sus derechos como grupo étnico. Se hicieron también afiches, actos culturales y foros, y se
elaboraron documentos donde sustentaban las propuestas de las comunidades negras.

290
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

de Organizaciones Negras Colombianas (Cali, julio 1990), el Congreso Na-


cional para apoyar la inclusión de derechos de las comunidades negras en la
Constitución (mayo, 1991), y la participación de la ACIA en la Subcomisión
sobre Igualdad y Carácter Multiétnico (1990).
Las acciones de la ACIA enunciadas anteriormente concluyeron en la pro-
mulgación del artículo transitorio 55 de la Constitución colombiana32 y las
subsecuentes Ley 70 de 1993 y el Decreto 1745 de 1995,33 que reglamentan
el derecho a la titulación colectiva. Esta reglamentación empoderó y fortaleció
el proceso organizativo de la organización, siendo producto de la acción co-
lectiva del movimiento y al mismo tiempo constituyéndose como una nueva
estructura de oportunidad para la organización con el fin de reclamar la titu-
lación colectiva de sus territorios y otros derechos especiales como minoría ét-
nica.34 Sin embargo, los beneficios que por ley tienen las comunidades negras
en Colombia han sido fuertemente vulnerados e incumplidos, en especial con
la incorporación de nuevas economías legales e ilegales en la región, así como
la entrada de nuevos actores armados en la disputa territorial del Atrato, y la
permanente debilidad del Estado en esta zona del país.

Hito 3: de la etnicidad a la resistencia 1996-2002

Los derechos territoriales a los que la comunidad negra del Atrato accedió
como parte de la acción colectiva de los movimientos sociales de reivindica-
ción étnica, entre ellos la ACIA, se comenzaron a ver amenazados aun antes
de ser otorgados los títulos de propiedad.35 Esta situación se presentó a partir

32
Los constituyentes indígenas y simpatizantes del movimiento negro se negaron a firmar la nueva
Constitución Nacional si no se incluía al menos un artículo sobre las negritudes en Colombia.
33
La ACIA participó como parte de las comisiones consultivas en la comisión especial para la reglamen-
tación del AT 55, instaurada el 14 de julio de 1992 bajo el Decreto 1332 de 1992. El trabajo de esta
comisión se nutrió de los resultados de talleres sobre prácticas culturales que se llevaron a cabo en las
bases de los movimientos, que se discutieron primero en las estaciones subregionales y en el Congreso
en 1993, dando lugar así a los planteamientos básicos de la Ley 70 de 1993 (Grueso, 2000: 67).
34
La Constitución también legisló sobre la participación política de estas comunidades a nivel nacio-
nal y sus derechos a decidir sobre su realidad económica y política. Estas prácticas, formalizadas en
el derecho, incluyen la creación de consejos comunales, como autoridad autónoma dentro de los
territorios colectivos, así como la figura de la consulta previa.
35
Los primeros títulos se dieron en 1997 cuando los supuestos beneficiarios ya habían sido desplazados
a causa del conflicto armado (Pardo, 2001). En 1998, la ACIA logró el título colectivo de más de
700 mil hectáreas por parte del INCORA (Wouters, 2001: 263). Hasta 2006, se habían otorgado

291
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de 1996, traduciéndose en el desplazamiento forzado de miles de familias del


Atrato.36 Diciembre de 1996 es reconocido teóricamente como el momento
en el que la situación de violencia en el Chocó comenzó a empeorarse, en esta
fecha las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) ingresaron
al Atrato y, con ellas, nuevos intereses de economía ilegal y legal37 sobre el te-
rritorio.38
Los paramilitares entraron a la zona del Atrato con la excusa de acabar
con las guerrillas y traer el progreso y la modernización a esta región (Lemai-
tre, 2001: 370). Con ellas, el Ejército colombiano también estaba luchando
contra las guerrillas, quienes habían tenido presencia territorial en esta zona
del país por más de 20 años.39 En este momento, la disputa territorial por los
actores del conflicto, paramilitares, guerrilla, narcotraficantes y fuerzas mili-
tares condujo a la escalada de violencia y enfrentamientos en la zona del bajo
y medio Atrato. Este período de recrudecimiento se caracterizó por la con-
solidación de coaliciones regionales de paramilitares y narcotraficantes, los
ataques de los paramilitares contra la población civil, así como por combates
entre guerrillas y paramilitares en la zona, presentándose una fuerte expansión
territorial (Restrepo y Aponte, 2009).
Lo anterior trajo consecuencias nefastas a la población: el conflicto exacer-
bado en la zona causado por la presencia de nuevos grupos armados generó

149 títulos colectivos para 60.418 familias negras (Lemaitre, 2009: 367). Entre 2007 y 2011 se
entregaron 15 títulos colectivos para un total de 3.821 familias (fuente confidencial).
36
Según Wouters (2001: 265), a marzo de 1999 se había desplazado el 20 % de la población pertene-
ciente a la ACIA.
37
Las principales empresas de economía legal que tienen intereses en el territorio chocoano son las
madereras, en especial de palma africana. Estas empresas se han visto envueltas en escándalos con
respecto a la apropiación de tierras pertenecientes a las comunidades negras con ayuda de los para-
militares. A raíz de esto, el INCODER en 2007 delimitó de nuevo los territorios comunitarios, eli-
minando parte de los cultivos de palma, aunque hasta principio de 2009 estos todavía no han sido
devueltos a las comunidades.
38
Según Pecaut (1999) en esta época las guerrillas y los paramilitares se aliaron con el narcotráfico,
cuestión que hizo que el ejército perdiera aún más control sobre la situación. Adicionalmente a la
economía ilegal que se estableció en la zona, los consejos comunitarios del Atrato han hecho de-
nuncias de la apropiación de tierras por parte de cultivadores de palma africana con ayuda de los
paramilitares. Dicha denuncia fue recogida por la ONG Human Rights Everywhere, en conjunto
con la Diócesis de Quibdó (Mignorance, Minelli y Le Du, 2004).
39
Presencia de las FARC con los frentes 5, 34 y 57 y la Compañía Aurelio Rodríguez. Presencia del
ELN con los frentes Che Guevara, Manuel Hernández y Boche. También se presentó presencia del
EPL (Echandía, 1998: 36; 1999: 109, 112; Lemaitre, 2009: 370).

292
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

una atmósfera de desconfianza entre los habitantes, que no solo justificó ata-
ques contra la población civil40 y bloqueo de alimentos,41 sino que también
debilitó el tejido social y los lazos de solidaridad de la población con los mo-
vimientos sociales. En este contexto de violencia, el accionar político de la
ACIA se vio menguado considerablemente.
Este nuevo entorno socio-político transformó la ACIA de un movimiento
étnico para la defensa del territorio ancestral a un movimiento de resistencia
civil a la violencia (Lemaitre, 2009), estableciendo un proceso de transfor-
mación de la acción colectiva, ya que los mismos miembros del movimiento
admiten que no sabían que hacer o cómo actuar frente a la incursión de es-
tos nuevos actores en el conflicto (Wouters, 2001: 279).42 Es por eso que en
1997, la ACIA comenzó a denunciar la presencia de los grupos paramilitares
en Riosucio y a establecer talleres con la comunidad sobre los actos de vio-
lencia cometidos contra la población civil en el conflicto y la afectación en la
integridad física, territorial, social y cultural de estas comunidades, así como
la violación al derecho de libre asociación, impidiendo los procesos organiza-
tivos de la sociedad civil. Para estos años, la organización étnico-territorial de
la ACIA agrupó 120 consejos comunitarios locales alrededor del Atrato me-
dio, constituyéndose, de esta forma, en el Consejo Comunitario Mayor de la
Asociación Campesina Integral del Atrato (Cocomacia).
En este sentido, la violencia, que se tradujo en la apropiación ilegal de la
tierra por parte de los actores armados, condujo al desplazamiento de cien-
tos de pobladores de sus territorios y, de este modo, a un debilitamiento de la
Cocomacia desde sus bases sociales. Según la Comisión de Seguimiento a la
Política Pública con respecto al Desplazamiento Forzado (CSPP), la principal
causa del desplazamiento forzado es la amenaza directa a la víctima (Díaz y
Zamora; 2010: 21).

40
Según Wouters (2001: 267), solo en Carmen del Atrato, Quibdó y Riosucio entre 1998 y 2000
se presentaron 417 asesinatos de civiles, generando desplazamiento de poblaciones enteras. Según
la Comisión de Vida, Justicia y Paz de la Diócesis de Quibdó en esos años la tasa de homicidios
ascendió a 45 por cada 100.000 habitantes (ACIA, 1998).
41
El bloqueo de alimentos ha sido una estrategia altamente utilizada en la región, en especial por parte
de los grupos paramilitares para impedir el aprovisionamiento de recursos vitales por parte de la gue-
rrilla. Sin embargo, este hecho a afectado considerablemente la calidad de vida de la población civil.
42
Comunicación directa con la ACIA en 1997 (Wouters, 2001: 279).

293
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Circunstancias como el desplazamiento43 y el despojo tienen un efecto ne-


gativo no solo en los derechos de las comunidades negras sobre los territo-
rios adquiridos, sino también en las banderas de lucha44 de sus líderes. Esta
situación de conflicto armado cambió drásticamente el enfoque y la agenda
del movimiento social, pasando de la defensa de lo étnico a la defensa de los
derechos humanos frente al conflicto.45 Por esta razón, el desafío de la acción
colectiva de la Cocomacia también mutó hacia la resistencia, la violencia y el
derecho de neutralidad, manteniéndose como manifestación social organiza-
da en el sentido en que están en el marco del Derecho Internacional como po-
blación protegida. Sin embargo, la mayoría de sus acciones organizacionales
continuaron siendo de disrupción, al ser legales, pero al mismo tiempo inde-
pendientes de las instituciones estatales.
En este contexto, las acciones de la organización se diversificaron, inclu-
yendo la búsqueda de apoyo internacional, coordinación de ayuda a los des-
plazados y denuncias públicas de violación a los derechos humanos (Pardo,
2001: 280). Pese al resquebrajamiento del tejido social en la zona, que debilitó
significativamente tanto la base social como el accionar político de la Coco-
macia entre los años 1997 y 2001, la organización no dejó de lado el compo-
nente étnico y de identidad que mantiene las acciones de solidaridad dentro
del movimiento. En este último aspecto, la tenencia de títulos colectivos y el
reconocimiento de estas comunidades a partir del derecho es lo que ha man-
tenido cohesionado al movimiento, ahora de resistencia civil, ya que se ha es-
tablecido un abanico de significados en torno a lo comunitario que alimentan
la identidad de los miembros del grupo (Lemaitre, 2009: 373-374).
La resistencia se ha convertido en acciones concretas, en las que la Iglesia
ha sido un apoyo fundamental al ser reconocida todavía como autoridad por

43
Frente a este situación, se establece en el año de 1997, la Ley 73 por el cual se dictan “medidas para
la prevención del desplazamiento forzado; la atención, protección, consolidación y esta estabiliza-
ción socioeconómica de los desplazados internos por la violencia”.
44
Las banderas de lucha que hacen referencia a los objetivos por los que propende la organización de
la Cocomacia se centran en los siguientes temas: identidad étnico-cultural, territorio y recursos na-
turales, salud, etno-educación, economía alternativa, organización autónoma (De la Torre, 137).
45
Factores que hacían parte del proceso reivindicativo de la asociación tales como: la defensa de los
recursos naturales y la tierra, el reconocimiento étnico de las comunidades negras, la propiedad co-
lectiva, y mejores condiciones de vida para sus habitantes, pasan a un segundo plano, para dar paso
a otros temas prioritarios propios de la coyuntura de la violencia, como son la protección a la vida
y la defensa de los derechos humanos (Ramos, 2010: 38).

294
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

parte de la mayoría de los actores (Wouters, 2001: 283). Estas se pueden resu-
mir en acuerdos de respeto a las comunidades;46 establecimiento de bodegas y
tiendas comunitarias como desafío a los bloqueos de alimentos47 y el proyecto
“Arca de Noé”;48 proyectos de capacitación de la comunidad en autonomía y
derechos humanos; proyectos a futuro en lo territorial, con relación al orde-
namiento territorial y el cambio climático; autoproclamación de la Cocoma-
cia como resistencia pacífica, lo que implica rechazo a aquellos que colaboren
con alguno de los actores en conflicto; y retorno a los territorios o negativa de
desplazamiento (ver anexo 1) (Lemaitre, 2009: 373).
En suma, a pesar de que la Cocomacia mantuvo los componentes étnicos
del desafío que promovía su acción colectiva, el movimiento se vio profun-
damente afectado en el periodo de recrudecimiento de la violencia, debido a
que debilitó la capacidad de respuesta y adaptabilidad de la Cocomacia; gene-
ró fractura social, temor y desconfianza en la población; y diezmó la adhesión
y participación de la comunidad dentro y hacia la organización. Estos acon-
tecimientos debilitaron fuertemente las bases sociales y la movilización de la
Cocomacia, limitando sus oportunidades políticas, y modificando el discurso
reivindicativo que le dio origen (Ramos, 2010: 42). Es allí donde surge la ne-
cesidad de poder acceder a nuevas oportunidades políticas que den las garan-
tías jurídicas y legales para que los movimientos sociales reconstruyan su es-
tructura organizativa, el tejido social y su papel en la reclamación de derechos
especiales de la comunidad afro.

Hito 4: reconfiguración del conflicto armado y nuevas estructuras de


oportunidad 2003-2011

El período comprendido entre los años 2003 y 2008 en el marco del


conflicto armado colombiano se conoce como el período de reacomodamiento,
ya que hay una transformación de la violencia, así como de los grupos que

46
La ACIA logró firmar acuerdos de respeto a las comunidades con los paramilitares y el ELN, pero
estos fueron incumplidos por los dos grupos (Wouters, 2001: 280).
47
La ACIA ha liderado el proyecto de bodegas y tiendas comunitarias para proveer a las comunidades
de los bienes básicos de consumo. Esta iniciativa ha sido respetada por los actores en conflicto
(Wouters, 2001: 280).
48
El “Arca de Noé” es un barco de la Diócesis de Quibdó que recorre el rio para llevar alimentos a las
comunidades ribereñas que se han declarado neutrales pero sufren de bloqueos de alimentos, medi-
cinas y transporte. Página oficial de Cocomacia: http://www.cocomacia.org.co/

295
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

hacen parte de ella. El reacomodamiento se caracterizó por ser un proceso de


consolidación regional del conflicto (2004), en el que aumentó el número de
combates entre grupos armados (2006), así como se incrementó la ofensiva
estatal.49
Bajo esta coyuntura, se aprueba la Ley 975 de 2005 o Ley de Justica y Paz,
la cual tiene como objetivo “facilitar los procesos de paz y la reincorporación
individual o colectiva a la vida civil de miembros de grupos armados al mar-
gen de la ley, garantizando los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y
la reparación”.50 Sin embargo, la aplicación de esta ley reveló la debilidad ins-
titucional en el proceso de Justicia y Paz durante la etapa de posdesmoviliza-
ción, para garantizar los procesos de Desmovilización, Desarme y Reinserción
(DDR) y las obligaciones estatales con el Derecho Internacional Humanita-
rio, así como evidenció la falta de garantías a las víctimas.
Por el contrario, el proceso de DDR que confirió la ley a los grupos pa-
ramilitares coadyuvó a la transformación del fenómeno del paramilitarismo
e incidió de manera disímil sobre la violencia. Bajo este nuevo proceso, los
grupos de autodefensas se reconfiguraron, mutando la naturaleza de la con-
frontación y transformando la violencia directamente asociada a ella, hacia
el crimen organizado. Lo anterior evidenció el agotamiento de la política de
seguridad que se expresó en una campaña estatal contrainsurgente y la recon-
figuración y surgimiento del neoparamilitarismo (Restrepo y Aponte: 2009).
En el caso del Atrato, ha habido una fuerte presencia de las bandas criminales
de las Águilas Negras y Urabeños.
Este proceso de transformación de la violencia también repercutió con
fuerza en términos de las afectaciones a la sociedad civil. En este sentido,
hubo un aumento del desplazamiento forzado y el secuestro (anexo 2). Estos
fenómenos se dieron como resultado de la importancia que cobró la posesión
de la tierra en estos territorios, no solo por el conflicto armado que le otorgó
el carácter de corredor estratégico para actividades ilegales, sino también por
parte de la empresa privada que vio una oportunidad para la explotación de
recursos naturales, gracias a la promulgación de la Ley Forestal de 2005.51

49
El aumento de las acciones unilaterales del Estado y su fortalecimiento militar implicó una moder-
nización de las fuerzas armadas, las cuales estuvieron dirigidas a la destrucción de las FARC.
50
Artículo 1, de la Ley de Justicia y Paz, Diario Oficial 45.980.
51
“Esta propuesta de ley habla del fomento de las actividades forestales en términos de cultivo,

296
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

Debido a este fenómeno de desplazamiento, la sociedad civil se volvió más


vulnerable a la violación masiva y sistemática de sus derechos fundamentales.
Por esta razón, se establece en el 2004 la sentencia T-025, que declara un “es-
tado de cosas inconstitucional” en materia de desplazamiento forzado, para
impartir órdenes encaminadas a asegurar la superación y avance en la garantía
del goce efectivo de los derechos de los desplazados, en especial de las comu-
nidades vulnerables, los indígenas y los afrodescendientes. Esta sentencia se
estableció frente a la inefectividad en términos de capacidad y aplicación de
las normas que la precedían en materia de desplazamiento forzado.
Como respuesta a dicha sentencia, se expide entonces el auto 005 de 2009,
el cual tiene por objeto principal “proteger los derechos fundamentales de las
comunidades afrocolombianas afectadas por el desplazamiento forzado inter-
no, en el marco de la superación del estado de cosas inconstitucional declarado
en la sentencia T-025 de 2004”. Además, dicha providencia confiere a la po-
blación afrodescendiente el carácter de sujetos especiales de protección cons-
titucional, lo cual impone a las autoridades de todos los niveles los deberes de
prevención, atención y salvaguarda de sus derechos individuales y colectivos.
En el marco de la oportunidad política que le confirió el auto 005 de 2009
a la población afrodescendiente, se establecieron una serie de acciones crucia-
les para el aseguramiento de sus derechos. Entre estas acciones se encuentra
la conformación de la Mesa Interinstitucional citada por el Ministerio del
Interior, en la cual se adelantan acciones en el marco de la protección de los
territorios de los departamentos de Chocó, Nariño, Bolívar, Cesar y Valle del
Cauca, así como la atención a las víctimas de este fenómeno.52

manejo y extracción de maderas; del reconocimiento de la ocupación económica del bosque a


través del aprovechamiento sostenible por actores forestales regulares; de la investigación forestal
para propósitos de producción y aprovechamiento de maderas. La propuesta es coherente como
marco regulatorio para el aprovechamiento de los productos maderables del bosque, pero no como
“Ley General Forestal”. Al contrario, al pretender en algunos apartes, ser de carácter general, abre
vacíos interpretativos que pueden generar una apropiación peligrosa por agentes privados a precios
subvalorados, de servicios ambientales de magnitud e importancia mucho mayor que el valor
de las maderas de uso comercial. La ley debe ser clara al referirse a las concesiones, y limitarla
exclusivamente a las maderas, sin comprometer otros recursos del bosque, como la biodiversidad
asociada”. Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, La Ley Forestal y la Privatización de los
Territorios, jueves 8 de septiembre de 2005.
52
Las acciones concretas de este auto se resumen en: restablecimiento de derechos de familias
desplazadas–acciones judiciales, asesoría, acompañamiento, seguimiento y asistencia técnica;
clarificación de la propiedad; extinción del derecho de dominio y recuperación de baldíos
indebidamente ocupados, que involucran conforme a las solicitudes de los peticionarios; atención

297
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

A pesar de las garantías formales que estableció la nueva legislación en tor-


no a la protección de los derechos humanos de las comunidades afrodescen-
dientes en situación de desplazamiento y vulnerabilidad por causa del con-
flicto armado, durante este período de reacomodamiento de la violencia se
mantuvieron las violaciones a los derechos humanos (homicidio, masacres,
secuestro y desplazamiento) de estas comunidades, con algunas fluctuaciones
de incremento y decremento discriminadas por año (ver anexo 2). En respues-
ta a esta situación

[…] las comunidades étnicas indígenas y negras del Pacífico lanza-


ron su voz de alerta frente al recrudecimiento de las acciones militares
en la zona: durante el gobierno de Alvaro Uribe se incrementaron los
asesinatos selectivos, las restricciones en la movilización, el señalamien-
to indiscriminado de líderes y dirigentes, y se retrocedió en el proceso
organizativo logrado por las comunidades, mientras que las relaciones
de solidaridad fueron remplazadas por la desconfianza que surgió, en-
tre otras, de los ofrecimientos de dinero por parte del gobierno a los
indígenas y afrocolombianos para convertirse en informantes (Peralta,
2005: 15).

En este sentido, la acción colectiva del movimiento de la Cocomacia con-


tinuó caracterizándose por la resistencia civil en favor de la protección y
defensa de los derechos humanos de su comunidad. Estas acciones son evi-
dentes en la creación de la página web y la emisora de la organización y en
ellas la publicación de declaraciones en torno a la vulneración o amenaza de
los derechos de las comunidades, como forma de prevención para futuras
violaciones o para asistencia frente a vulneraciones que están ocurriendo.
Mediante estas acciones se evidencia que la Cocomacia se alejó de los meca-
nismos institucionales de participación en contraste con su acción colectiva
en la década de los 90. Este cambio pudo deberse, entre otras razones, a su
nueva posición de neutralidad frente al conflicto. Al respecto, la Cocomacia
entre el 2006 y 2009 dirigió parte de su trabajo colectivo al componente del
territorio y la autonomía del movimiento social, el cual tenía como objetivo

prioritaria a población desplazada; aplicación y acompañamiento a solicitudes de protección


colectiva de territorios; y avances en el proceso de titulación a comunidades negras en zonas
determinadas por el auto.

298
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

“fortalecer el ejercicio de la autoridad, control y administración del territorio


en el área de influencia de la Cocomacia por parte de la junta mayor y con-
sejos comunitarios locales”.53
La Cocomacia estableció una serie de acciones para dar cumplimiento al
objetivo de la defensa del territorio. Estas acciones se centraban en la orien-
tación y coordinación con las juntas mayor y local para la delimitación del
territorio; el establecimiento de acciones y mecanismos para la defensa del
territorio; orientación de la junta mayor y comunidades en la solución de
conflictos por límites territoriales y explotación de los recursos naturales; ge-
neración de alternativas de manejo y administración del territorio que sean
coherentes con la formas de administración tradicionales; formulación de
propuestas y proyectos tendientes al fortalecimiento y mejora de las capaci-
dades; administración y control del territorio y las relaciones inter e intraét-
nicas, entre otros aspectos relativos a la defensa de otros derechos sociales y
colectivos.54

Ley 1448 de 2011 como estructura de oportunidad política

Para el Grupo de Memoria Histórica –GMH– (Díaz y Zamora; 2010:


20), el despojo de tierras por el control y el poder político sobre el territorio
en el sector rural es problemático, debido a que para los despojados la tierra
representa su forma de subsistencia. Esta situación es aún más difícil en los
territorios comunitarios de actividad campesina,55 tal como en el caso del
Atrato, ya que el despojo ha estado relacionado con tres dinámicas específicas
en el fenómeno del destierro identificadas por GMH. Los aspectos presentes,
en el territorio de la ACIA, que promueven el despojo y alimentan de forma
constante el conflicto son: la existencia de dos o más modelos de desarrollo
en disputa; la guerra constante en el territorio y el narcotráfico, que han cam-
biado la función de la tierra hacia el control territorial y de la población, para

53
Disponible en : http://www.cocomacia.org.co/areas-de-trabajo/territorio-y-autonomia.html, recu-
perado: mayo 9 de 2012.
54
Disponible en : http://www.cocomacia.org.co/areas-de-trabajo/territorio-y-autonomia.html, recu-
perado: mayo 9 de 2012.
55
Más aún, según los estudios sobre el despojo en Colombia, el 59 % de los desplazados del país eran
propietarios de tierras. Esto demuestra una relación entre la titulación o posesión legal de las tierras
con la probabilidad de ser desplazados. En el caso de la ACIA más de 800.000 hectáreas de territorio
han sido tituladas (Díaz y Zamora; 2010: 20).

299
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

entre otras cosas promover el lavado de activos; y terceros acreedores que, de


buena o mala fe, están actualmente ocupando estas tierras. En este proceso, la
población civil ha sido el blanco principal de la violencia relacionada con la
apropiación del territorio. Este caso es particularmente grave en los territorios
colectivos de las comunidades étnicas y afrodescendientes.
Es a partir de la Ley 1448 de 2011, la Ley de Víctimas y Restitución de
Tierras,56 que se genera en la historia del país el principal escenario de opor-
tunidad política para la recomposición del tejido social de la población vícti-
ma del conflicto armado. Así, mediante el artículo 205 se establece que en un
término de (6) meses, el Presidente de la República debe generar un decreto
con fuerza de ley sobre la política pública de atención, reparación integral y
restitución de tierras de las víctimas pertenecientes a las comunidades negras,
afrocolombianas, raizales y palenqueras.
De esta forma, se instaura el Decreto 4635 de 2011, mediante el cual se
define el marco normativo e institucional de atención, asistencia, reparación
integral y restitución de tierras y de los derechos de las víctimas pertenecien-
tes a las comunidades mencionadas. Este decreto, copiado a la letra, ofrece las
herramientas administrativas, judiciales y los mecanismos de participación
para que las comunidades y sus miembros individualmente considerados sean
restablecidos en sus derechos de conformidad con la Constitución Nacional,
los instrumentos internacionales que hacen parte del bloque de constitucio-
nalidad, las leyes, la jurisprudencia, los principios internacionales acerca de la
verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, respetando y
dignificando su cultura, existencia material, derechos ancestrales y culturales
propios, así como sus derechos en tanto víctimas.
La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras se instaura como el marco
de oportunidad política que puede fortalecer el accionar de los movimientos
sociales y organizaciones de víctimas en torno a la defensa y garantía de los
derechos humanos y la restitución de tierras. No obstante, pese a que ha ha-
bido representación de las comunidades negras en la Mesa de Participación,
que garantiza la colaboración oportuna y efectiva de las víctimas en los espa-
cios de diseño, implementación, ejecución y evaluación de la política a nivel
nacional, departamental, municipal y distrital, la organización de la Cocoma-
cia no ha sido parte directamente de la misma. Esto podría significar que la

56
Esta ley es la extensión de la Ley 387 de 1997 (ver antecedentes).

300
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

organización se ha alejado de los mecanismos tradicionales de participación,


prefiriendo otros tipos de acción colectiva para canalizar sus demandas y ga-
rantizar sus derechos.57
A pesar que la Ley 1448 se instaura como un marco de oportunidad sig-
nificativo a favor de las víctimas, en el país todavía no existen las garantías
necesarias para poner a funcionar una ley de estas dimensiones. Para esto, es
fundamental el establecimiento de una comisión de la verdad sobre las tierras
(aspecto indispensable para la restitución efectiva) debido entre muchos as-
pectos al fallido proceso de desmovilización de los paramilitares, la persisten-
cia de enfrentamientos/actores armados en la zona y las amenazas y ejecucio-
nes a líderes de DDHH y restitución. Un ejemplo claro de esto fue la reciente
desaparición forzada y posterior asesinato de Manuel Ruíz, líder y reclamante
de tierras de las comunidades de Curvaradó, departamento del Chocó, por
miembros de las FARC. A este respecto, el Observatorio de DDHH y DIH
(2011) emitió cifras oficiales con respecto al asesinato de líderes. Después de
la subscripción de la Ley de Víctimas el año pasado, han sido asesinados más
de 20 líderes de tierras. Es por esto que la implementación de ley exige y de-
manda de manera relevante el fortalecimiento de las garantías de seguridad y
los esquemas de protección de la población en riesgo, en especial de las per-
sonas que lideran los procesos de restitución de tierras en el país, de tal for-
ma que se generen condiciones favorables para el retorno, la reubicación y la
restitución.
Otra situación preocupante es la no inclusión de las denominadas ban-
das criminales (Bacrim) en el marco de acción de la Ley 1448. Estos nuevos
grupos criminales, producto de la desmovilización de los paramilitares, son
considerados delincuencia común, lo que implica que la reparación a las vio-
laciones perpetradas por los mismos no está incluida en la Ley de Víctimas y
Restitución de Tierras. En la región del Atrato hay fuerte presencia de Bacrim,
como se enunció en este texto, de modo que este vacío legal puede significar
impunidad y no restitución para muchas de las violaciones que estos grupos
cometen contra las comunidades negras.

57
Ejemplos de ellos son la creación de la página web y la emisora de la organización; denuncias pú-
blicas/comunicados sobre posibles violaciones a los derechos humanos y derechos especiales de las
comunidades; participación en foros y mesas de trabajo; ayuda humanitaria; capacitación a las co-
munidades base; publicaciones sobre su accionar colectivo; entre otros.

301
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Conclusiones

Acción colectiva de la Cocomacia, memoria y construcción de paz

Del análisis realizado con anterioridad se concluye que la acción colectiva


promovida por la ACIA, ahora llamada Cocomacia, es de naturaleza modular
o cambiante (Tarrow, 1997). En el momento de su creación, la ACIA comen-
zó como un movimiento campesino primordialmente disruptivo, pasando,
con el establecimiento de la Asamblea Nacional Constituyente, a un movi-
miento de manifestación política organizada, que encontró en la estructura
de oportunidad política de la Constitución de 1991 una plataforma para el
empoderamiento de su comunidad y la defensa y reivindicación de los dere-
chos étnicos y culturales de la población afro del Pacífico. Tras las estructuras
de oportunidad política que se presentaron en estos dos primeros momentos
históricos, el conflicto armado colombiano y la incursión de nuevos grupos
al margen de la ley y de economía legal e ilegal en la región reconfiguraron el
desafío del movimiento hacia la resistencia civil. En este contexto, la violencia
se constituye en una estructura de oportunidad perversa en tanto reconfigu-
ra el discurso del movimiento social hacia la defensa de nuevos derechos que
desbordan la cuestión de lo étnico.
En este proceso de resistencia civil varias han sido las acciones que ha to-
mado la organización para la defensa de sus derechos; sin embargo, el conflic-
to ha generado un debilitamiento de sus bases sociales debido a la desconfian-
za y el miedo de los pobladores frente a los grupos en disputa del territorio
del Atrato. A pesar de esto, los procesos de solidaridad al interior de la orga-
nización se han mantenido en torno al concepto de identidad, que involucra
la tenencia de títulos colectivos y el reconocimiento de estas comunidades a
partir del derecho (Lemaitre, 2009: 373-374).
En este sentido, las leyes promulgadas han jugado un papel fundamental
para el quehacer del movimiento, ya que han aportado un contenido simbóli-
co a la identidad de estos pueblos en torno a la territorialidad, a pesar de que
su cumplimiento y alcances no han sido los esperados. Por esta razón, la Ley
1448 de 2011 o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras podría convertirse
en una estructura de oportunidad política importante para el fortalecimiento
y cumplimiento de los objetivos del movimiento a nivel reivindicativo y de
garantías a sus derechos especiales y a los derechos humanos en el marco del

302
Acción colectiva de los movimientos sociales como cimiento de memoria y construcción…

conflicto. La Ley se constituye en el marco legal más importante para la cons-


trucción de paz y justicia en el país, ya que le apuesta a la reconciliación y a la
recomposición del tejido social, a través de la atención, asistencia y reparación
integral a las víctimas del conflicto armado interno.
Empero, la Ley como oportunidad política no será efectiva en tanto el go-
bierno nacional no garantice la protección y seguridad de los líderes de tierras y
promueva condiciones favorables para el retorno, la reubicación y la restitución.
Si el tema de la restitución de tierras constituye el principal desafío para el go-
bierno, el reto más grande en materia agraria se dará con la aprobación del pro-
yecto de Ley de Tierras y Desarrollo Rural. Este proyecto contemplará por pri-
mera vez a lo rural de manera integral, no solo desde lo agrario. De este modo,
retomará otras variables como la ambiental, de vital importancia para el movi-
miento social de la Cocomacia. Este proyecto de ley, tal como lo hacen los de-
cretos reglamentarios de la Ley 1448, debería apuntar a ser un proyecto político
incluyente, con enfoque diferencial que tenga en cuenta las minorías del país.
Las acciones tendientes a enfrentar las consecuencias específicas de los dife-
rentes grupos poblacionales víctimas del conflicto armado deben orientarse de
acuerdo a los rasgos particulares de los mismos. De esta forma, se asegura que
los procesos de verdad, justicia y reparación sean completamente incluyentes,
teniendo en cuenta la memoria histórica de las víctimas. Por esta razón, las ac-
ciones emprendidas históricamente desde la ACIA son importantes como ins-
trumento para la reivindicación de sus derechos, debido a que han consolida-
do estrategias para salvaguardar la memoria histórica de sus desafíos y luchas,
como reparación simbólica que puede dar paso a procesos de construcción
de paz en el posconflicto. Estas acciones se resumen en cinco principalmen-
te: expedición de comunicados públicos para denunciar y prevenir amenazas,
documentación y publicación de casos en escenarios públicos, divulgación
de testimonios, acciones judiciales interpuestas ante autoridades nacionales e
internacionales, e incorporación de la organización en redes y plataformas de
derechos humanos.
Por tanto, la Cocomacia ha hecho un trabajo importante desde su acción
colectiva para los procesos de posconflicto relacionados con la verdad y la
memoria frente a los hechos enfrentados por la comunidad negra del Pacífico.
La memoria histórica es entendida como las herramientas mediante las
cuales los individuos y las sociedades construyen un sentido sobre el pasado
para la construcción de un relato histórico (Portelli, 1991). El proceso

303
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

de reconstrucción de memoria permite el debate y la transformación de


realidades, comprendiéndola como punto de partida para la no repetición, la
inclusión y el desarrollo, temas de vital importancia para la construcción y el
mantenimiento de la paz.
Los procesos de elaboración de memoria histórica permiten, por tanto, la
formación de identidades culturales individuales y colectivas desde un nivel
más democrático y responsable, en contraste con la versión de memoria di-
cotómica que los actores del conflicto quieren imponer (Lira, 2001: 49). El
ejercicio de reconstrucción de memoria implica el no olvido del pasado vio-
lento, desde un momento presente, para evitar repetir la historia en el futuro.
Lo esencial de recordar el pasado reside en la no repetición de las violaciones,
dado que la memoria genera conciencia de los derechos. Asimismo, llevar a
conocimiento público lo sucedido no solo reconstruye la memoria, sino tam-
bién se repara y reconoce simbólicamente58 a las víctimas, lo que lleva a proce-
sos de perdón como base para la reconstrucción social y la paz.

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satisfacción tendientes al restablecimiento de la dignidad de las víctimas a través del reconocimien-
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del relato de las víctimas, búsqueda de desaparecidos y difusión de disculpas y aceptación de res-
ponsabilidades hechas por los victimarios. La misma Ley, mediante el Decreto 4803 de 2011, crea
el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, que el día 9 de abril de 2012 celebró el Día Nacional
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despojo/115508-3.aspx

309
Identidades y violencia social
¿DESADAPTADOS O SUJETOS COLECTIVOS?
IDENTIDAD, VIOLENCIA Y PAZ
EN LAS BARRAS BRAVAS*

Oscar David Andrade Becerra y Diego Andrés Walteros Rangel*

Introducción

26 de marzo de 2011. Un miembro de la barra de “El Indio”, simpatizante


del Cúcuta Deportivo, muere asesinado por dos sicarios en moto mientras ju-
gaba un partido de microfútbol en su barrio. Al día siguiente, sus compañeros
de la barra, con la autorización de la familia, llevaron en su féretro al hincha
asesinado al estadio de la ciudad, con la intención de rendirle un homenaje
póstumo y cumplir con lo que, según la madre, él hubiera querido como des-
pedida. El ataúd fue cargado por varios de sus compañeros aprovechando un
descuido en el esquema de seguridad del estadio, y estuvo durante unos quin-
ce minutos en las graderías donde se ubica la barra (La Opinión, 28 de marzo
de 2011).
5 de febrero de 2012. En medio del entretiempo del partido que enfrentaba
al Deportes Tolima contra el Independiente Santa Fe, un grupo de hinchas del
equipo tolimense salta las mallas de las graderías y atraviesa la cancha en bús-
queda de los hinchas del equipo visitante, a quienes acusan de haber robado
presuntamente una de sus banderas. La acción de la policía frustra lo que hu-
biera podido ser un fuerte enfrentamiento entre las barras rivales. El inusitado
acto de los hinchas provoca titulares que califican a aquellos como “desadap-
tados” (El Tiempo, 5 de febrero de 2012).
Estos dos hechos relativamente recientes muestran varias facetas de los
comportamientos violentos de los hinchas en los estadios y cómo estos se
encuentran fuertemente relacionados con la manera en que los hinchas se
identifican con la barra y con el equipo, dos agrupaciones colectivas que
les ofrecen referentes simbólicos que condicionan en buena medida sus
relaciones con otros grupos similares. En estos ejemplos se ve la influencia de

* Investigadores del Observatorio de Construcción de Paz. Universidad Jorge Tadeo Lozano.


E-mails: oscardab1@gmail.com, diegowalteros@gmail.com

313
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

la identificación con un conjunto de referentes simbólicos sobre la conducta


de los miembros de las llamadas “barras bravas”, comportamientos que en
muchos casos promueven, instigan y ritualizan la violencia, esto es, convierten
los actos espontáneos en acciones colectivas regidas por una simbología y unas
reglas claras que describen y moldean el comportamiento de los miembros de
las barras bravas. El modo en que grupos rivales se relacionan con respecto a
referentes simbólicos como la camiseta del equipo, su bandera, su escudo, sus
antecedentes históricos o su lugar de origen, da cuenta de variaciones en las
formas en que se ejerce la violencia entre las barras bravas.
Las oportunidades de crear ambientes pacíficos que permitan superar los
graves episodios de violencia entre las barras bravas deberían, pues, tener en
cuenta la diversidad de factores que permiten y promueven la violencia en
los estadios y en otros escenarios donde conviven los miembros de estas. No
obstante, la confusión conceptual acerca de cuáles son los determinantes de
la violencia colectiva de las barras bravas dificulta el diseño de estrategias para
mitigar el fenómeno.
En esta línea, el objetivo de este texto es triple. En primer lugar, identifi-
car los factores que configuran la identidad de las barras y sus modos de in-
teracción; en segundo lugar, esclarecer algunas causas de su comportamiento
violento en los estadios y otros espacios de las ciudades; y en tercer lugar, a la
luz de la evaluación de la eficacia del programa Goles en Paz, implementado
en Bogotá con el objetivo de lograr soluciones pacíficas a los graves conflictos
entre las barras bravas, se busca extraer algunas lecciones generales para los
procesos de construcción de paz con las barras futboleras.
El presente texto está dividido en tres grandes apartados. En el primero se
expondrán las bases identitarias de las barras, explicando cómo a lo largo de la
historia el juego y el deporte han contribuido a configurar diferentes tipos de
sujetos colectivos y argumentando que en las sociedades modernas el deporte
tiene un vínculo orgánico con la estructura social, en la medida que refleja los
valores y problemáticas que la atraviesan. Sobre estas bases se analizará el pro-
ceso de construcción de identidad de las barras futboleras.
En el segundo apartado, se relacionarán los procesos de identificación co-
lectiva con las acciones violentas con las que han asociado comúnmente a las
barras bravas y se analizarán algunas explicaciones que se han dado para en-
tender esta relación. En tercer lugar, a través de la evaluación del programa
Goles en Paz, se propondrá un tratamiento al fenómeno de la violencia en las

314
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

barras bravas que hace énfasis en el tratamiento de estas como sujetos colecti-
vos, y no solamente como grupos incubadores de delincuencia.
Para este estudio se recurrió principalmente a literatura secundaria que re-
laciona los conceptos de identidad, barras bravas y violencia. Para confirmar
algunos referentes teóricos utilizados, se realizaron entrevistas a hinchas de la
barra Los Del Sur (Club Atlético Nacional) y Trinchera Azul (Club Deportivo
Los Millonarios).

1. Bases identitarias de las barras

Juego y deporte: configuración de sujetos colectivos y espejo de la sociedad

El juego y el deporte profesional han desempeñado importantes funcio-


nes en los procesos de socialización humana. Durante la antigüedad, con la
práctica de las actividades lúdicas se adquirían y transmitían las capacidades
y habilidades necesarias para la recolección, la caza y la guerra. Las diferen-
cias de fuerza, destreza, agilidad y resistencia de los participantes originaron
un sentido de competencia que paulatinamente comenzó a institucionalizarse
en competiciones, en las que individuos o grupos convenían realizar una ac-
tividad de manera determinada, siguiendo reglas específicas y dentro de cier-
tos límites espaciales y temporales, con el fin de demostrar la superioridad de
alguno de ellos (Recasens, 1999: 12). Dentro de ese proceso, el papel de los
espectadores era primordial: además de ser los beneficiarios del adiestramien-
to que se buscaba impartir a través del juego y del entretenimiento producido
por el mismo, eran los encargados de constatar y exaltar la supremacía del ga-
nador y regodearse con la derrota del perdedor.
Con el tiempo las competiciones se volvieron acontecimientos que, además
de proveer entretenimiento, involucraban elementos cívicos, políticos,
artísticos y religiosos. En los Juegos Olímpicos, por ejemplo, se llevaban a cabo
representaciones artísticas, declamaciones sobre historia y filosofía y discursos
políticos. Asimismo, el componente religioso estuvo muy marcado en todas
las sociedades de las cuales se tiene algún tipo de registro de competencia
(como en la antigua Grecia con los Juegos Olímpicos y el juego de la pelota
en los mayas y aztecas), principalmente porque se tenía la convicción de que
la victoria atraería beneficios y bendiciones para toda la comunidad; por ese
motivo, los juegos se convirtieron en escenarios de reunión masiva y fueron

315
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

imbuidos con elementos rituales y ceremoniales, obteniendo en algunos casos


un carácter sagrado (Recasens, 1999: 15-21).
La victoria otorgaba prestigio, porque comprobaba que el ganador era físi-
camente superior, pero también lo era en materia de inteligencia, conocimien-
to, valor, disciplina y compromiso.1 Por ese motivo, los jugadores se volvieron
referentes sociales muy importantes que demostraban la importancia de la
salud física y mental, así como del sacrificio y la entrega en favor de elevados
principios personales y sociales. Además, el prestigio anejo al triunfo podía
transmitirse a la comunidad a la cual se pertenecía, lo cual explica también el
fuerte sentimiento de adhesión a los jugadores (Recasens, 1999: 13).
Así pues, desde sus orígenes, los juegos desempeñaron un papel fundamen-
tal en la configuración de actores colectivos y relaciones sociales. En primer lu-
gar, consolidaron una noción de comunidad que se reunía alrededor de las jus-
tas para conseguir entretenimiento y educación y para expresar sus costumbres
religiosas y culturales. En segundo lugar, en relación con los diferentes compo-
nentes de los juegos (como el lúdico-militar, el religioso, el artístico, etc.) sur-
gieron diversas asociaciones caracterizadas por ser inclusivas con los miembros
reconocidos y excluyentes con los extraños (Recasens, 1999: 13). Y en tercer
lugar, produjeron los primeros grupos de aficionados que comenzaban a desa-
rrollar vínculos emocionales con los atletas y los equipos, los apoyaban activa-
mente y disfrutaban en mayor medida de las actividades lúdicas.
Estas tendencias de configuración colectiva vendrían a profundizarse mu-
cho más con el tránsito de los juegos al deporte profesional. Según las pers-
pectivas antropológicas de Andrés Recasens (1999) y Johan Huizinga (1968),
el juego se caracteriza por la relevancia del factor educativo, dirigido a ense-
ñar habilidades necesarias para la supervivencia; por ser un ejercicio libre que
puede ser abandonado en prácticamente cualquier momento; por su carácter
relativamente excepcional, en el sentido de que se practica al margen de las
actividades cotidianas; y porque no implica obligatoriamente ninguna retri-
bución material.
Por el contrario, el deporte se distingue por concentrarse en el factor com-
petitivo en sí mismo2 –pues la supervivencia ya no es una preocupación de las

1
Con el tiempo, estas cualidades se fueron volviendo muy relevantes en la valoración de los deportis-
tas, llegando en ocasiones a demeritar el predominio físico y la estimación absoluta de la victoria.
2
Cabe aclarar que aunque en el deporte el factor educativo aplicado a la transmisión de habilidades

316
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

sociedades humanas avanzadas–, y por ser una actividad profesional, es decir,


cuya práctica se vuelve una forma de vida retribuida económicamente. No so-
bra aclarar que este tránsito no significa que el juego haya desaparecido, sino
que ha perdido importancia social, se practica marginalmente y ha quedado
restringido a comunidades pequeñas.

En el caso del fútbol,3 en el proceso de profesionalización

Se produce un tránsito del juego como mera diversión, a un sistema


organizado de clubes y campeonatos que va desarrollando un marco
normativo que engloba tanto a la manera de jugarlo, a los campeonatos
nacionales e internacionales, y a los jugadores. El desarrollo del fútbol
profesional nos indica que éste se concibe cada vez con mayores exi-
gencias y obligaciones contractuales [...]. En el fútbol profesional las
competencias requieren equipos duraderos, eficientemente entrenados,
instituciones con carácter empresarial y que necesitan ser exitosas [...].
De esta manera, va instalándose el fútbol profesional moderno, dirigi-
do por instituciones-empresa [...] (Recasens, 1999: 21).

De la mano de este proceso, el deporte se entronca profundamente en la


estructura económica de la sociedad. Fundamentalmente, el balompié se con-
vierte en un espectáculo que convoca millones de personas alrededor del mun-
do, bien sea directamente, cuando los aficionados acuden al estadio en busca
de entretención y para apoyar a uno de los equipos que participa en la con-
tienda, o indirectamente, cuando los eventos deportivos, tanto de los torneos
locales como de los extranjeros, son transmitidos, reseñados y analizados me-
diante múltiples medios de comunicación. Esa ingente cantidad de público ha
convertido al balompié en un mercado que mueve cantidades de dinero exor-
bitantes.4

de supervivencia desaparece, se mantiene en la medida que sigue promoviendo la importancia de


mantener la salud física y mental y los valores de trabajo en equipo, disciplina, compromiso, etc.
3
La historiografía del fútbol está por fuera de los objetivos de este capítulo. Una buena fuente en
ese sentido es la Soccer History Magazine, editada por Ian Nannestad: http://www.soccer-history.
co.uk/index.asp
4
Mientras que la crisis económica de los últimos años ha afectado fuertemente a la industria del
entretenimiento y otros sectores, la rentabilidad del negocio del fútbol ha ido en aumento. Por
ejemplo, un artículo de prensa del diario ABC de España anota que durante el año 2008 la FIFA

317
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

La dimensión contemporánea del deporte –y particularmente del balom-


pié–, empero, va mucho más allá de su adecuación a las lógicas empresariales
y mercantiles: esencialmente, radica en el hecho de que se ha convertido en
un hecho social total, en cuyos componentes se producen, reflejan y ponen en
disputa los rasgos, valores y principios (sociales, culturales, económicos, polí-
ticos) que conforman, identifican y legitiman a un grupo social determinado
(Ramonet, 1999. Citado por Clavijo, 2004: 47).
Estos elementos pueden tener un carácter positivo, asociado con el ensal-
zamiento de valores y prácticas referidas a la competitividad, el compromiso,
la disciplina, la salud, la ética, la unidad, el honor, el prestigio y el orgullo,
entre muchos otros. Asimismo, simbólicamente el fútbol puede ser portador
de loables reivindicaciones políticas y sociales, como lo ejemplifica la emotiva
historia del Star FC: en 1942, los jugadores de este equipo ucraniano prefirie-
ron morir ejecutados antes que perder ante un equipo conformado por mi-
litares nazis. En memoria de este símbolo de resistencia contra la ocupación,
en 1971 en el estadio Zenit de Kiev fue erigido un monumento para recordar
la gesta de dichos jugadores; igualmente, el suceso fue rememorado a propó-
sito de la Eurocopa celebrada en Ucrania y Polonia en junio de 2012 (diario
ABC, 2012).
No obstante, el balompié también puede ser el reflejo de graves problemá-
ticas sociales. Unas de ellas, de preocupante vigencia actual, son el racismo y
la xenofobia. La prensa deportiva de varios países europeos ha denunciado
sucesos como la emisión de sonidos simiescos y el arrojamiento de bananos
al campo de juego para ofender a los jugadores negros, cánticos antisemitas e
incluso la utilización de eslóganes y símbolos racistas de la extrema derecha en
las tribunas (Durán y Jiménez, 2006: 71). Sin embargo, el problema va mu-
cho más allá del deplorable comportamiento de los aficionados.
Algunas investigaciones realizadas en Estados Unidos y Europa durante los
últimos años plantean que el racismo y la xenofobia están entroncados en la
totalidad del entorno deportivo, lo cual se evidencia en la escasa participación
de minorías étnicas en muchas modalidades deportivas (en algunos casos está
prohibida), en las posiciones de poder del ámbito deportivo e incluso como
espectadores; igualmente, algunas federaciones futbolísticas imponen estric-

registró ingresos por valor de 674 millones de euros y unos beneficios netos de 129 millones, lo cual
significa un 375% más de beneficio que lo obtenido en 2007 (34 millones de euros).

318
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

tas cuotas en cuanto al número de ciudadanos no europeos que pueden jugar


en los equipos (profesionales o aficionados), e incluso se crean situaciones en
las que residentes legales, o personas que de hecho han nacido en el país, no
pueden jugar en las ligas regulares, viéndose obligados a organizar sus propios
campeonatos segregados (Durán y Jiménez, 2006: 69-70).
La FIFA5 y otras organizaciones han emprendido diferentes tipos de accio-
nes (pedagógicas, punitivas, simbólicas) para enfrentar el problema, pero sue-
len quedarse cortas porque no tienen conciencia de la verdadera dimensión
del problema: primero, lo tratan simplemente como una provocación; segun-
do, las medidas que se adoptan están más preocupadas por ser espectaculares
y dejar una grata impresión en los medios de comunicación que por ser efec-
tivas; y tercero, se piensa que conferir demasiada atención a ese problema, que
al fin y al cabo es considerado marginal, dañaría la imagen del deporte (Durán
y Jiménez, 2006: 72).
Por otro lado, el balompié ha sido manipulado por contiendas políticas. Por
ejemplo, durante la dictadura militar en Chile, el Estadio Nacional fue utiliza-
do como un campo de concentración y tortura para los opositores del régimen
militar, entre los cuales se encontraban muchos futbolistas, como Hugo Lepe,
zaguero de Colo Colo y primer presidente del Sindicato de Futbolistas Profe-
sionales de Chile. Poco más de dos meses después del golpe de Pinochet, la se-
lección austral debía jugar ante la Unión Soviética por un cupo al Mundial de
1974. Ante las protestas de los soviéticos, que se negaban a jugar en un estadio
“salpicado con la sangre de los patriotas chilenos”, la FIFA envió a Santiago al
vicepresidente brasileño Abilio D’Almeida y al secretario general suizo Helmut
Kaser, quienes “inspeccionaron” el estadio acompañados del almirante Patricio
Carvajal, ministro de Defensa de Pinochet. Mientras el informe de D’Almeida
daba un parte de normalidad, unos 3.000 prisioneros, en forzado silencio, per-
manecían debajo de las tribunas del estadio (Fernández, 2012).

5
Por ejemplo, los estatutos y el código disciplinario de la FIFA (que son vinculantes para todas las
asociaciones miembros y sus respectivos integrantes, como clubes, directivos, jugadores, árbitros y
cualquier persona que la FIFA admita en un partido o una competición, incluidos los espectadores)
prohíben expresamente la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su
origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón, la cual es punible con sus-
pensión o exclusión. Además, desde el año 2002, y a partir de la Resolución de Buenos Aires 2001
contra el racismo, las Jornadas de la FIFA Contra la Discriminación se han celebrado anualmente,
con el objetivo de concienciar sobre la necesidad de erradicar el racismo y otras formas de discrimi-
nación en todo el mundo. Ver “La FIFA contra la discriminación.” En: http://es.fifa.com/aboutfifa/
socialresponsibility/antiracism/index.html

319
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

En tercer lugar, el balompié ha sido contaminado por nocivos intereses


particulares. En el caso colombiano, por ejemplo, los capos del narcotráfico
lo penetraron con la doble intención de ganar el respaldo de los aficionados
y lavar dinero, de tal forma que se hicieron propietarios o accionistas mayori-
tarios de equipos de fútbol6 y compraron el pase de decenas de jugadores; de
igual forma, en varias oportunidades utilizaron sus influencias y sus recursos
para amañar partidos. Las mafias también manipularon, directamente o a tra-
vés de testaferros, deportes como el boxeo, el automovilismo, el ciclismo y la
hípica (Castillo, 1988).
En suma, aunque en las sociedades modernas el deporte ha perdido su ca-
rácter sacro, al cortar los lazos con las fiestas y el culto religioso, continúa te-
niendo un vínculo esencial con la estructura política, cultural y económica de
una sociedad. El deporte se convierte en un espacio dialéctico donde se refle-
jan, a la vez que se producen, las características que configuran a las socieda-
des modernas. No en vano Norbert Elias plantea que los deportes, los cuales
se basan en la competencia, la fuerza (individual y colectiva) y estrategias no
militares, pasaron a remplazar a la guerra, lo cual contribuye a entender por
qué el deporte, y especialmente el balompié, condensa tan fuertemente expre-
siones identitarias en una ciudad o en una nación (Elias, 1992. Citado por
Clavijo, 2004: 47).

Equipo, identidad y tipos de simpatizantes

El núcleo de dichas expresiones es el equipo de fútbol. Los simpatizantes


generan sentimientos y prácticas de adhesión sobre un equipo determinado
con base en criterios como la filiación geográfica, el origen de clase (por ejem-
plo, si el equipo fue fundado por un gremio particular), la tradición familiar,
sucesos históricos emocionantes, e incluso el origen étnico; igualmente, la ad-
hesión a un equipo puede depender de sus características meramente depor-
tivas, como la forma de jugar o el número de campeonatos obtenidos a nivel

6
Prácticamente todos los equipos grandes de Colombia estuvieron relacionados con algún narcotra-
ficante: Millonarios con Edmer Tamayo y Gonzalo Rodríguez Gacha; Nacional con Pablo Escobar
y Hernán Botero; América con los hermanos Rodríguez Orejuela; Santa Fe con Fernando Carrillo
y los hermanos Arizabaleta Arzayuz; e Independiente Medellín con Héctor Mesa. En el caso de los
equipos más pequeños las cosas no fueron muy diferentes: Deportivo Pereira fue controlado por
Octavio Piedrahíta; Unión Magdalena por Eduardo Dávila; Deportes Quindío por Genaro Cer-
quera y Deportes Tolima por José Cruz (Castillo, 1988).

320
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

nacional e internacional. Los simpatizantes perciben que cada uno de estos


factores tiene una carga social, política, económica, cultural e histórica que los
hace sentir representados y los mueve a alentar a ese equipo de muy variadas
formas y en diferentes momentos y espacios.
Es importante destacar que la devoción por un equipo tiene muchos nive-
les de intensidad, lo cual configura diversos tipos de simpatizantes (Bolaños,
2006: 1; Moreira, 2007: 10; Recasens, 1999: 24-25). En primer lugar están
los espectadores, quienes ven los partidos simplemente para disfrutar de un
espectáculo deportivo que promete ser vibrante debido a la calidad de los
equipos enfrentados, sus antecedentes o la coyuntura (por ejemplo, si se trata
de un partido crucial dentro del campeonato); aunque no necesariamente son
neutrales frente a los equipos, no se involucran en el aliento a estos (cánticos,
gritos, saltos, etc.) ni se alteran tanto con los sufrimientos o alegrías que el de-
sarrollo del partido produce.
En segundo lugar se encuentran los hinchas, que son aquellos que abier-
tamente se declaran partidarios de un equipo, y aunque el grado de compro-
miso con el mismo puede variar, se sienten directamente afectados con lo que
sucede en la cancha. Los hinchas celebran las victorias y aclaman al equipo, y
en el caso contrario se amargan y se desilusionan. Además, es frecuente que
superen el ámbito del encuentro futbolístico y estén pendientes de cualquier
suceso relacionado con el club, así como de su situación deportiva, financiera
y administrativa en general.
En tercer lugar están los barristas, que se caracterizan por llevar la alaban-
za al equipo hasta el extremo, rozando con el fanatismo y el fundamenta-
lismo, y porque, a diferencia de los aficionados y muchos hinchas, generan
fuertes vínculos de pertenencia y fidelidad con la barra, esto es, el grupo de
simpatizantes al que pertenecen. Otro elemento crucial es que los barristas
suelen mantener una sistemática asistencia al estadio (lo cual incluye viajar
constantemente a alentar al club); obviamente ese tipo de participación no
siempre es posible, pero lo importante es la valoración que hace el barrista de
la asistencia física al estadio, pues solo así se puede involucrar en los rituales
de apoyo al equipo.
Además del valor simbólico otorgado a la participación en el evento
futbolístico concreto en el estadio, el barrista suele llevar la afición por el
equipo hacia otros espacios y momentos de su vida. El equipo se vuelve un
factor fundamental para interactuar en el barrio, la familia, la universidad y

321
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

el trabajo, a la par que se realizan actividades en función casi exclusiva del


equipo.7
Estas características de los barristas se traducen en manifestaciones inusua-
les y de gran visibilidad que llaman la atención del resto de ciudadanos, quie-
nes reaccionan de muy diferentes maneras (perplejidad, rechazo, miedo, ad-
miración, indiferencia, etcétera). El punto clave es que estas manifestaciones
son eminentemente pasionales, por lo que muchas veces producen caos y des-
embocan en violencia. De ahí que de la cabeza de la ciudadanía y los sectores
oficiales sea difícil sacar la idea de que los barristas son vándalos, violentos y
desadaptados por naturaleza y no hay más remedio que contenerlos por la
fuerza y castigarlos.
A veces la frontera entre hinchas y barristas no es fácil de distinguir, pues
ambos pueden llegar a mostrar altísimos niveles de fanatismo por un equi-
po. Por ejemplo, Eduardo Archetti (1985) identifica la categoría de “hinchas
militantes”,8 que al igual que los barristas alientan frenéticamente al equipo
en el estadio y viajan a acompañarlo, pero no se involucran en los enfren-
tamientos violentos con otras barras. Sobre este punto se profundizará más
adelante.

Barras: comunidad, forma de vida y valores

Aunque esos diferentes tipos de simpatizantes comparten la afición por


el balompié, se diferencian claramente en cuanto al nivel de adhesión a un
club en particular y a la relación que establecen frente a la comunidad de
aficionados. Los espectadores se emocionan y se angustian con lo que suce-

7
Por ejemplo, el entrevistado perteneciente a Los Del Sur contó que en fechas especiales, como el día
de los niños, la barra organiza jornadas de recreación y asistencia social en los barrios marginales de
Bogotá.
8
“[Los hinchas militantes] Asisten a los partidos a pesar de las condiciones climáticas, las distancias
geográficas, los resultados deportivos, los compromisos particulares (cumpleaños, trabajo, estudio).
[...] En su mayoría son socios del club que con recursos propios costean las entradas para ingresar
a los estadios visitantes y los viajes cuando el equipo juega en otras ciudades. Tienen una participa-
ción activa en el aspecto visual de la tribuna porque organizan el despliegue de banderas, compran
y usan pirotecnia, elaboran muchos de los cantos que después entona el público del estadio. Por su
ardua e incondicional militancia, algunos traban relación y contacto cercano con los jefes y otras
personas influyentes de la barra. Comparten con estos diversas situaciones en los lugares donde se
encuentran (instalaciones del club, estadios visitantes, etc.). La comunicación fluida y el contacto
cotidiano dificultan la determinación precisa de quiénes son integrantes de la barra y quienes hin-
chas militantes” (Moreira, 2007: 10).

322
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

de en la cancha, pero no generan un vínculo visceral con algún equipo ni


un sentido de colectividad con sus pares. No ocurre lo mismo con los hin-
chas más furibundos y los barristas, para quienes el apoyo al equipo incide
en la manera de pensar y actuar, las creencias, el modo de vida y las formas
de relación social.
En esencia, uno de los cimientos cruciales del proceso de identificación al-
rededor de una barra9 es la provisión de una alternativa de identidad. Diversas
perspectivas antropológicas y sociológicas han planteado que como respuesta
a la despolitización, la crisis de los paradigmas políticos y la pérdida de refe-
rentes de sentido de la era contemporánea, han surgido diferentes subculturas
o tribus urbanas que, aun cuando se aglutinen en torno a elementos diferentes
–como la música o un equipo de fútbol– comparten cuatro grandes atributos
(Sánchez, 2005: 5-7).
Primero, son comunidades emocionales que otorgan un mensaje pasional
a sus miembros; segundo, plantean formas de resistencia y prácticas alternati-
vas al poder tradicional y a su forma oficial de estructuración, las cuales pue-
den ser violentas o pasivas (energía subterránea); tercero, se mueven con base
en lógicas dionisiacas (impulsivas, instintivas, orgiásticas); y cuarto, poseen
rituales de iniciación, códigos de honor y una tendencia a cerrarse a sí mismos
(fisicidad de la experiencia). Las subculturas, incluidas las barras, proveen una
estructura de asociación que permite a los jóvenes sentirse parte de algo y do-
tar de sentido la existencia, a la par que brindan mecanismos de defensa frente
a diferentes problemáticas, como la crisis económica, la descomposición fami-
liar, la inseguridad, etcétera.
En el caso de las barras, los atributos e intereses comunes se articulan en
torno al sentido de pertenencia a un equipo específico, alrededor del cual cada
barra produce toda una cultura particular con base en códigos, símbolos, ri-
tuales y ceremonias, la cual se materializa en los himnos, cánticos, banderas,
movimientos, etcétera, que se exhiben en el estadio durante los noventa mi-
nutos de juego. El objetivo de estas manifestaciones es alentar al equipo para
que consiga la victoria, pero además de eso, se busca que la propia barra se
sobreponga a la de los rivales.

9
Cuando se hace referencia a la categoría de barra, debe entenderse en todo momento que agrupa
tanto a los hinchas militantes como a los barristas.

323
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

Efectivamente, aunque el amor por un club es la razón de ser de una ba-


rra, lo que la mantiene cohesionada es un mecanismo de diferenciación ne-
gativo: el balompié produce estereotipos binarios (ganador/perdedor, local/
visitante, ciudad/provincia, entre otros) alrededor de los cuales la barra se re-
conoce como adversaria a las de otros clubes, a quienes consideran ilegítimas
e inferiores, aun cuando el equipo contrario es superior en la cancha (Ortega,
2008: 53).
Incluso cuando el onceno propio es derrotado futbolísticamente, es funda-
mental continuar alentándolo de forma enérgica, persistente y llamativa, pues
es la muestra de un valor decisivo en el entorno de los hinchas militantes y
los barristas: el aguante. Empero, esta categoría es entendida y reivindicada de
manera diferente por cada uno de estos sectores.
Para los primeros, se refiere al abanico de prácticas que despliegan en nom-
bre del club, al compromiso y a la fidelidad de acompañar al equipo a todos
los partidos, más allá de los resultados y las condiciones climáticas, geográ-
ficas y personales. El aguante se traduce en apoyar al equipo durante todo el
partido mediante cánticos y acciones corporales, a través de las cuales desafían
a sus adversarios a un duelo por la posesión simbólica del aguante (Moreira,
2007: 11).
Los barristas también participan de estos duelos en el estadio, pero su ver-
sión del aguante involucra encarar el enfrentamiento violento con sus contra-
partes de otros equipos, el cual puede darse en cualquier lugar de la ciudad.
En estos enfrentamientos lo más importante es custodiar las banderas y los
emblemas, porque son los objetos sagrados que los adversarios quieren poseer;
sin embargo, robar los bienes simbólicos de las otras barras reafirma la pose-
sión del aguante siempre que la acción se cometa en condiciones de igualdad
o adversidad, es decir, cuando existe un número semejante de luchadores y los
mismos instrumentos de pelea o cuando una barra logra derrotar a un adver-
sario que la aventaja en esos ámbitos (Moreira, 2007: 11).

2. Barras bravas, interacción social y violencia

El objetivo de esta sección es trazar un esbozo de los distintos factores que


hacen de la identificación de los miembros de las barras bravas con deter-
minados referentes simbólicos, un fenómeno propicio para la aparición de
comportamientos hostiles. Para ello, se considerarán varios tipos de explica-

324
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

ciones parciales dadas sobre las causas y los detonantes de comportamientos


violentos en los estadios. Muchas de estas visiones provienen del problema
tal y como se ha dado desde los años sesenta en Europa, especialmente en
Inglaterra, por lo que se intentará también introducir factores propios del
comportamiento de los hinchas en Colombia. Las perspectivas consignadas se
confrontarán en algunos aspectos con entrevistas a hinchas de dos equipos del
país (Atlético Nacional y Millonarios). A partir de este recorrido se pretenden
resaltar, fundamentalmente, dos ideas:

t La violencia relacionada con las barras bravas no puede atribuirse fun-


damentalmente a aquello que tiene que ver con el juego mismo, ni
con lo que sucede en el estadio; en aquella desempeñan un papel capi-
tal los conflictos entre otro tipo de identificaciones y los variados esce-
narios, distintos al estadio, en donde se produce tal violencia.
t Es tan importante identificar las causas llamadas “individuales” de la
violencia entre barras (fenómenos de orden psicológico y social de los
individuos, principalmente) como evidenciar aquellos detonantes de
la violencia que indican la influencia de las interacciones entre grupos.

Explicaciones a la violencia vinculada con el fútbol

El espectador, el juego y sus escenarios

Alan Roadburg (1980) se pregunta si los niveles de violencia presentados


en el fútbol británico, ejemplificados en las actuaciones de los llamados hooli-
gans, pueden presentarse en el balompié introducido en los Estados Unidos y
en Canadá. El autor establece una comparación entre las condiciones en las
que se ha desarrollado el deporte en Gran Bretaña y en Estados Unidos, en
distintos niveles, para concluir que es improbable que la violencia presente en
el balompié británico llegue a aparecer en los Estados Unidos. Su tesis está ba-
sada en que hay diferencias importantes en:
t El desarrollo histórico del juego. En Gran Bretaña el juego se ha desarro-
llado desde hace 600 años, mientras que en Estados Unidos se introdujo
en los años 60 del siglo XX (Roadburg, 1980: 268).
t El espacio físico y el ambiente alrededor de un partido de fútbol. La
configuración de los estadios y su localización en las ciudades crean

325
Identidades, enfoque diferencial y construcción de paz

condiciones más propicias a los comportamientos violentos en el balompié


en Gran Bretaña. Los estadios británicos agrupan gran cantidad de
espectadores en poco espacio, el consumo de alcohol es alto y el partido
es parte de una actividad alrededor del juego que se extiende durante
todo el día, esto principalmente por que los estadios en el Reino Unido
están enclavados en los barrios; ir al estadio no es un entretenimiento
que se salga de las rutinas de desplazamiento de los habitantes de los
barrios, sino que hace parte de su vida como comunidad.
t Las condiciones sociales que identifican a los fanáticos. Hay una marcada
tendencia a que mayoritariamente asistan miembros hombres de clases
trabajadoras a los estadios británicos. La afiliación al equipo y el senti-
do de pertenencia a este se ven reforzados por otras identidades como
la religiosa, la pertenencia a un barrio o a una ciudad, u otro tipo de
identidades que encuentran en el estadio un espacio ideal para expre-
sarse y diferenciarse. El contraste con los estadios norteamericanos y
con periodos tempranos de la introducción del futbol en países como
Colombia es notable. La observación de este autor del caso norteame-
ricano para los años 80 es similar a la de hinchas bogotanos al resaltar
períodos en los que la asistencia a los estadios de fútbol era una activi-
dad familiar, lo que indicaba la heterogeneidad en la composición de
los asistentes.
Lo remarcable en este caso es que se acentúan factores históricos determi-
nantes relativos al modo en que está organizado el espacio en donde se desa-
rrolla la actividad colectiva, y causas que apuntan a las condiciones socioeco-
nómicas de los participantes de los encuentros de fútbol.
Es cierto que la organización de los espectadores en el estadio puede des-
pertar o exacerbar actitudes entre los hinchas. Estudios hechos en Chile y Ar-
gentina, a partir de la metodología de la observación participante, muestran
la recurrencia de “excitaciones emocionales” debidas a la intensidad de los
cánticos, de los movimientos de las barras en los escenarios y de la misma dis-
posición de las graderías (Recasens, 1999; Heuvelink, 2010). No obstante, es
de resaltar que numerosos episodios de violencia entre barras no ocurren den-
tro de los estadios: tanto las peleas programadas entre barras como los episo-
dios espontáneos de agresión entre hinchas en los barrios no tienen al estadio
como escenario; incluso, en el caso del balompié colombiano, el estadio se ha
convertido en una suerte de obstáculo para que las barras expresen abierta-

326
¿Desadaptados o sujetos colectivos? Identidad, violencia y paz en las barras bravas

mente sus rivalidades, por causa de las medidas de seguridad implementadas,


lo que hace que en partidos de gran peligrosidad los hinchas prefieran esperar
a sus contrincantes en las afueras de los estadios (entrevista con Juan Bejarano,
exintegrante de la barra Trinchera Azul, 2012).

Condiciones socioeconómicas

Las condiciones socioeconómicas han sido también una explicación soco-


rrida por estudios de corte sociológico. Dunning, Murphy y Williams (1986)
se preguntan, a partir de sus evidencias, por qué hinchas de un mismo nivel
socioeconómico tienden a involucrarse en actos violentos dentro del contex-
to de los espectáculos de fútbol. Su propuesta apunta a la existencia de rasgos
característicos de las clases trabajadoras que posibilitan o incentivan acciones
violentas. Así, sus evidencias muestran que hinchas arrestados por episodios
de violencia en los estadios británicos y en sus cercanías pertenecen a barrios
conflictivos, con altas tasas de criminalidad y de desempleo. En estos estra-
tos, la delincuencia es ejercida mayoritariamente por hombres que revelan
comportamientos tales como la desinhibición en comportamientos violentos
desde la infancia, la defensa vehemente de la familia, de la comunidad y del
grupo que se involucra en el partido de fútbol (identificaciones que se agru-
pan, se confunden y se traslapan en el espectáculo deportivo) o la aceptación
de comportamientos machistas por parte de hombres y mujeres.
La identificación de estas clases está también marcada por la forma en
que se encuentran enquistadas en la sociedad: prevalecen las ideas desdeñosas
frente a la pretensión de educarse y de luchar en el ámbito profesional, debido
en parte a una concepción propia como grupos segregados. Dad