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A nivel general, en mi comunidad existen tres lugares principales que tienen no solo reconocimiento

local sino regional. La creación de campanas es uno de los oficios más antiguos, ligado a la memoria
colectiva de los habitantes del sector, que aun en pleno siglo XXI continúan elaborándolas con
moldes de barro y cobre fundido en hornos de adobe. En segundo lugar, la elaboración de muebles
ha ocupado, desde siempre, una parte importante de la tradición como de los oficios de los
pobladores, al ser elaborados manualmente en acabado rústico, logrando reconocimiento en
exposiciones anuales en Bogotá y Medellín. Finalmente, y en línea con los dos anteriores, los hoteles
se encuentran diseminados notoriamente en el sector por dos atractivos, la actividad de fabricación
de campanas y a nivel gastronómico el viñedo y cava de punta larga, que al día de hoy cuenta con
una larga trayectoria internacional.

Estas tradiciones han creado una cultura significativa a su alrededor. Tanto en el marco económico
como turístico han generado una economía que no solo contribuye a la preservación de estas
tradiciones, sino que impulsa y posiciona gradualmente las actividades como parte de las tradiciones
que comprenden al municipio.

A nivel independiente, y de forma complementaria, la actividad agrícola tiene gran trascendencia,


como en cualquier ambiente rural. Significativas extensiones de cultivos han tomado su lugar dentro
de las actividades realizadas por la comunidad, y si bien no pueden considerarse recientes, ya que
han ocupado más de cincuenta años de memoria histórica, han generado más impacto que las
actividades previas, pero no de forma positiva.

La deforestación, contaminación de fuentes hídricas y la constante siembra de monocultivos, han


afectado notoriamente el suelo y la diversidad del sector en la medida en que sin tiempos adecuados
de espera entre siembras, se produce una erosión gradual y constante del suelo.

El espacio social de mi comunidad es notoriamente variado en función de estas actividades, ya que


permite no solo una diversificación de los modos de vida de los pobladores, sino una especie de
complementariedad entre ellos, es decir, mientras las actividades productivas mantienen vivas las
tradiciones, generan a su vez el sustento del turismo y el comercio alrededor de ellas. A su vez, el
territorio ha sido adaptado para dar cabida a las necesidades físicas de cada una de ellas, de modo
que no se establezcan interferencias que afecten, limiten o modifiquen su curso usual, generando
un equilibrio que se ha mantenido hasta el día de hoy.