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I.

INTRODUCCIÓN

Todavía nadie ha visto el Estado1. La figura y la noción de Estado nacieron con y en la


Modernidad, como una forma de organización sociopolítica novedosa y, en cierto modo,
revolucionaria en el sentido copernicano, rompiendo con el Antiguo régimen. Si bien es
cierto que el nacimiento del Estado moderno supuso una revolución, tampoco ha de
obviarse que junto al hecho de tal nacimiento participaron elementos tan importantes y
elementales como la lucha política por el poder y las ideologías. Que el neologismo
«ideología» no fuese concebido hasta la Revolución francesa por Antoine Destutt de
Tracy, no es óbice para que ideología y axiología estuvieran presentes en la misma noción
de Estado y en sus principales teóricos (Maquiavelo, Bodino, Locke, Hobbes, etc.). El
Estado, por tanto, es configurado, primeramente, en base a ideología y, posteriormente,
en base a la lucha ideológica y política para obtener el poder. Así, el Estado se convierte
en la meta de la lucha política, de la conquista por el poder.

En el siguiente trabajo trataré de exponer cómo las ideologías «tradicionales» han dejado
de existir como tales y cómo ello ha provocado la mutación del Estado, transformándolo
en otra clase o forma de Estado, un Estado que ya no se corresponde por completo con la
noción de Estado moderno, la cual permanecía intacta aún en sus posteriores evoluciones
y revisiones. No es ya el Estado la meta de la lucha política, un fin en sí mismo para,
sirviéndose de los medios necesarios, obtener otros fines, sino una herramienta técnica
complejísima, la cual sólo puede ser controlada por unos pocos expertos y técnicos
especializados en la Alta Administración. Así, Estado y Administración se confunden, la
segunda absorbe al primero, encajándolo dentro de su propia lógica como un medio y no
como un fin.

También trataré las ideologías como forma de saber degradada, un falso conocimiento,
ilusorio, que despierta pasiones y socava la razón, entre otras cosas. De cualquier modo,
expondré las distintas críticas que ha recibido esta concepción de las ideologías a lo largo
del tiempo. Pero, sobre todo, intentaré defender que la ideología es un producto más de
consumo, un producto de consumo político que actúa como un factor de confusión

1
La obra que inspira este trabajo, El Estado, de Georges Burdeau (1975) comienza con la siguiente sentencia: «Nadie
ha visto el Estado.»

1
dirigido al votante/ciudadano, producido por los medios de comunicación como parte del
espectáculo en que ha devenido la política.

Ante esto, las ideologías y la lucha política pierden todo su sentido para dar paso a
cohortes enteras de expertos, técnicos y científicos apolíticos, conformando así un
auténtico universo administrador y regulador donde el Estado, secuestrado y encadenado,
sólo es puesto en libertad una vez que se ha conseguido la mutación antes mencionada:
el Leviatán, amo y señor, soberano supremo, se convierte en un Leviatán teledirigido.

II. ESTADO FUNCIONAL E IDEOLOGÍAS

Este epígrafe lo dividiré en dos bloques: el primero estará dedicado al Estado funcional,
y en él intentaré ofrecer un repaso a esta supuesta forma de Estado propuesta por Burdeau.
La idea de un Estado plenamente tecnocrático, casi totalitario, subyugado a la gestión y
la técnica preocupaba muchos a los autores de la época (años sesenta y principios de los
setenta), antes de la llamada «primera crisis» del Estado de bienestar, cuando preocupaba
el hecho de que tal Estado de bienestar inundase todas las facetas de la vida; el segundo
bloque, necesariamente relacionado con la idea del Estado funcional, expondré algunos
puntos de vista que defienden el denominado como «fin» u «ocaso» de las ideologías
tradicionales. Podrá verse cómo hay autores que defienden el fin de las ideologías como
un paso hacia delante en la misma evolución del pensamiento humano, mientras que otros
consideran que tal fin no es nada más que una forma de dominio oculta.

Pese a que he dividido el contenido del epígrafe en dos bloques de manera artificial, el
contenido de ambos de un modo u otro estará presente en dichos bloques, por lo que habrá
referencias a las ideologías en el primer bloque (Estado funcional) y al Estado funcional
en el segundo bloque (ideologías.)

II.1 ESTADO FUNCIONAL

El concepto de Estado funcional fue concebido por el constitucionalista Georges Burdeau


en la década de los setenta del siglo XX. Tal concepto alude a la nueva realidad del nuevo
Estado que emerge (ya habría emergido en nuestro tiempo). Burdeau (1975) en su obra
El Estado hace alusión en el último tramo a este nuevo Estado denominándolo el «Estado
funcional moderno: Un leviatán teledirigido». La descripción que hace del Estado
funcional la sustenta en torno a tres proposiciones que conforman su hipótesis:

2
A) El desarrollo técnico (y tecnológico) permite a las sociedades dirigir el desarrollo
de su propia evolución.
B) La técnica ha domado el Estado para ponerlo al servicio de sus intereses, lo que
conlleva una supresión sino total al menos parcial de la dimensión política en las
sociedades, dando preferencia y protagonismo a las actividades de gestión.
C) Derivado de las dos anteriores proposiciones, el Estado ya no es la meta ni el fin
de la lucha política, sino una simple herramienta sofisticadísima que sirve como
medio para que las sociedades se desarrollen, crezcan y expandan.

Así pues, nace el Estado funcional. Burdeau en esta última parte de su opúsculo hace
constante mención a la despolitización y al ocaso de las ideologías, llegando a afirmar:
«Ya se trate de la mejora del nivel de vida, de la pérdida de virulencia del socialismo, de
cierta forma de despolitización, del ocaso de las ideologías o de la conversión al
pragmatismo de las exigencias de los gobernados […]» (1975:148).

Esta idea del autor francés no es única y mucho menos original, pues ya pensadores como
Marcuse o Habermas habían hecho alusión a los mismo conceptos, aunque desde otras
ramas del saber como la Sociología, y no desde la Teoría del Estado. Marcuse en su
Hombre unidimensional (1985) ya habla de las «nuevas formas de control» o del «cierre
del discurso político». Aunque con otra intencionalidad, para el autor germano al igual
que para Burdeau, los prerrequisitos de esta nueva forma de sociedad y Estado son la
evolución de la técnica, la tecnología y la racionalización2. Habermas expone similares
ideas en Ciencia y técnica como ideología: «La acción racional con respecto a fines es
[…] (un) ejercicio de controles. […] la institucionalización de un dominio que se hace ya
irreconocible como dominio político» (1986:4). Esto es, para Marcuse y Habermas, aún
con sus diferencias, entienden la «razón técnica» como la ideología3 predominante cuya
puesta en práctica significa el efectivo dominio sobre, entre otros seres, el ser humano.
Por lo tanto, mientras que los dos pensadores alemanes, en su línea de pensamiento neo-
marxista (al menos en aquellos años), defienden que la razón y la técnica, desarrolladas
en la razón técnica, son la fuente principal de dominación en las sociedades altamente
desarrolladas donde impera el capitalismo tardío; para Burdeau esto no es así, pues

2
Para Marcuse la racionalización de las sociedades industriales avanzadas gira en torno a la irracionalidad del Sistema
en su conjunto. Lo irracional racionalizado. Burdeau guarda silencio en torno a ello debido a que escapa al objeto y
objetivo de su ensayo, aunque es consciente y así lo expone de que la gestión y la técnica son condiciones necesarias
pero no suficientes para el advenimiento del Estado funcional.
3
Esta ideología no puede encuadrarse dentro lo que se conocen como ideologías tradicionales. Ello lo desarrollaré más
adelante.

3
defiende algo sustancialmente diferente: el Estado sigue siendo el ente soberano por
excelencia y su soberanía sigue estando parcialmente incuestionada, pero elementos
exógenos al Estado lo han convertido en otra forma de Estado. El Estado funcional sigue
siendo el déspota, uno ilustrado, el que ejerce el dominio sobre una población y un
territorio. Los técnicos y los expertos no ejercen su dominio directamente, sino que lo
introducen en esa máquina que es el Estado funcional, lo cual sí entra en conexión con lo
que expone Habermas: «El orden de la sociedad es medianamente político, e
inmediatamente económico […]» (1986: 24.)

Marcuse y Habermas sí creen en la ideología, en una predominante, la cual supone la


teoría previa a la práctica de la dominación efectivamente realizada mediante la razón y
la técnica; una vez más, Burdeau no defiende la misma idea, pero guarda una similitud
notable con la idea del «cierre del universo político» de Marcuse: «La ideología se
difumina para dar paso a una visión más fluida, más abierta a las aspiraciones de los
demás miembros de la colectividad. Y es que, en efecto, una relativa prosperidad no tiene
sólo como consecuencia la integración física del grupo: determina entre los individudos
una presión espiritual hacia la homogeneización de los gustos y deseos» (1975:158). La
cita es de Burdeau, pero perfectamente podría haberla escrito Marcuse sin ningún tipo de
problema. Pero, insisto, la idea de dominación y de «cierre» no es la misma en Burdeau
que en Marcuse o Habermas, pues no defiende un encogimiento, sino una apertura4 del
ciudadano bajo la soberanía del Estado funcional. Continuando con la cita anterior,
Burdeau expone lo siguiente: «El hombre que ve su vida encerrada en la condición de
trabajador, apenas puede tener otros pensamientos que los que despierta su conciencia
obrera. Pero el hombre de la sociedad industrial, que gana su vida mediante el trabajo,
pero sólo la vive mediante su ocio, ve abrirse su pensamiento a horizontes más vastos»
(1975: 158).

Si uno lee El Estado de Burdeau puede notar cómo no hay apenas menciones al Estado
de bienestar; el constitucionalista francés se cuida de no utilizar tal término, quizás porque
quiere enfatizar en su nuevo concepto: el Estado funcional, el Leviatán teledirigido. No
obstante, a cualquier lector no se le puede pasar por alto que hace referencia constante al
Estado de Bienestar. Y aquí es donde puede observarse en su ensayo cómo establece la

4La idea de apertura no ha de entenderse como algo positivo en todo caso, sino como una forma más de dominación
subrepticia y velada en la que el ciudadano, embelesado por el ocio y el divertimento, no es consciente de la pérdida
de su libertad bajo un soberano que ha dejado de ser democrático pese a poseer la apariencia de democrático. Esta idea,
en el fondo, sí es idéntica entre Marcuse y Burdeau.

4
idea del declinar de las ideologías en el Estado funcional: el aumento del bienestar en el
Estado del mismo nombre a causa del consumo provoca la homogeneización entre los
ciudadanos, por lo que la lucha política y las ideologías tradicionales pierden todo el
sentido. La política se rige ya por la lógica de la gestión, todo lo demás es accesorio y
sirve más como un espectáculo que como una lucha5 real. Una vez más, la gestión
sustituye la lucha política; en palabras de Burdeau: «[…]la política consiste menos en
discutir el poder que ejercerlo» (1970:163.)

Expresado lo anterior, los caracteres del Estado funcional son los siguiente:

1) Política y racionalidad

El Estado ya no es el fin de la lucha política. La sociedad comienza a homogeneizarse; la


sociedad sobre la cual el Estado moderno quería ejercer su soberanía era heterogénea.
Existía una lucha y una tensión constantes entre los que detentaban el poder e imponían
un orden político y social determinados, y los que se resistían ante tal poder, deseando
sustituirlo por otro acorde a sus intereses y necesidades. Esto ya no es así, pues una vez
el Estado es secuestrado por la racionalidad, la técnica y la gestión de una sociedad
homogénea devienen el fin último de la sociedad. El Estado pasa a ser un medio, tal y
como ya he explicado. «El Poder estatal no es, pues, otra cosa que el Poder encadenado
por la sociedad técnica» (1975: 171.)

2) Autoridad reguladora

Esta autoridad es «imprescindible» en palabras de Burdeau. Ello se debe a la complejidad


de las sociedades desarrolladas del capitalismo avanzado o tardío, complejidad que exige
especialización. Esta autoridad reguladora se ve claramente en los Estados de bienestar
aún estando en crisis. No hay elementos o aspectos de la vida en sociedad que escapen a
su regulación; con sus aparatos jurídicos y con la supuesta neutralidad que posee el
Estado, nada queda fuera (de la regulación) del Estado, todo está dentro (de la
regulación) del Estado, pero se permite la crítica al Estado, y así lo dejan en evidencia
los neoliberales o los cada vez menos numerosos anarcosindicalistas, por poner un par de
ejemplos. Según Burdeau: «En la sociedad industrial, las interdependencias sociales y los
mecanismos económicos son de tal índole que ninguno de los beneficiarios del orden
existente puede contar con sobrevivir al desorden del conjunto. El egoísmo ya no es

5
Incluso los términos utilizados han cambiado: no se hace referencia a la lucha política¸ sino a la competición política
(y electoral). Pese a todo, aún quedan remanentes de la antigua beligerancia política, pero acondicionados a una
competitividad controlada y dirigida por unas normas de juego: la arena.

5
rentable» (1975:175). Esta última cita es crucial para comprender el hecho de que incluso
los neoliberales, en última instancia, no pueden, aunque así lo expongan en sus ensayos
y teorías, prescindir de un Estado que ya trascendido lo político y que se ha erigido como
una herramienta indispensable y vital para el sustento de las sociedades contemporáneas6.

3) La resurrección del despotismo ilustrado

Conviene empezar este apartado con una cita muy importante: «El Estado funcional
encarna el Poder de una sociedad a la vez inquita y sosegada. Inquieta, porque presiente
que sin él no podría dominar ya su destino. Sosegada, porque toma conciencia del peligro
que sus divisiones harían correr a aquello a lo que, ante todo, aspira: el confort material
y la seguridad del futuro. El Estado funcional quiere ser un Estado popular, pero lo que
espera del pueblo es una adhesión racional que le sirva de base y no aporte de energía de
origen pasional. Es el Estado de un pueblo adulto, instruido, prudente y tolerante»
(1975:175). Esta larga cita responde (y cambia) dos de los presupuestos clásicos tanto del
Estado en general como del Estado despótico en particular: El Estado es una creación
mediante la cual se busca huir del estado de naturaleza, confiere seguridad y es regulado
mediante una serie de normas que limitan su poder, generalmente mediante una norma
suprema denominada Ley fundamental o Constitución; a su vez, y esta es una de las
críticas del Estado despótico, el Estado no busca establecer su soberanía sobre un
conjunto de seres humanos maduros, adultos, sino desempeñar la función de adulto sobre
un conjunto de niños. Es por ello que ahora la legitimidad del Estado funcional descansa
sobre la eficacia de su regulación, gestión y administración, no tanto por su origen (un
Poder creado para evitar el estado de naturaleza y cuyos controles están en las normas
jurídicas, en el Derecho); y porque ya no es un ente soberano cuyo fin es ejercer su
soberanía sobre niños, sino sobre adultos. Ambos presupuestos se unen de la siguiente
forma: los adultos crean un medio del que servirse, y su legitimidad descansa en cómo y
cuán eficiente y eficaz sea en sus facetas regulativas, de gestión y de administración. La
política ya no puede ser el terreno de los políticos y de lo político, sino de los expertos y
los técnicos. La tecnocracia sustituye a la política; la razón sustituye a las ideologías. «El

6
Ello no es un fenómeno exclusivo de Occidente, sino que también se extiende al resto del mundo, y puede observarse
tanto en los países del antiguo bloque soviético como en los países del sudeste asiático. El Estado no es el enemigo del
capital, sino que la relación entre ambos es de interdependencia total: las sociedades capitalistas promueven el aumento
del nivel de vida y el bienestar, pero ello sería inútil si no existiese un Estado regulador que ejerciese de contrapeso
utilizando sus herramientas jurídicas. Ello sería inabarcable e inviable económicamente para organizaciones privadas.

6
Estado funcional es precisamente ese tipo de Estado en que el Poder pretende hacer feliz
al pueblo sin autorizarle a elegir los caminos que a esa felicidad conducen» (1978:178).
De ahí la cursiva empleada al hablar de democracia y democracia en la cuarta nota al pie
de página7.

4) Leviatán teledirigido

Si se acepta que el Estado funcional «es precisamente aquel en que la función política es
considerada como sometida tan sólo a los imperativos de la previsión y del cálculo
racionales» (1975:179), entonces la idea del Leviatán teledirigido cobra mayor sentido
cuando se piensa en prosperidad económica, desarrollo, estabilidad presupuestaria,
eficacia y eficiencia, buena gestión, etc. La técnica es la herramienta que utiliza la
herramienta, el medio que es el Estado funcional, para lograr sus fines. Aquí conviene
precisar lo que antes he enunciado: este nuevo Estado teleguiado no responde a las
desfasadas e ineficaces y poco rentables actividades políticas del pasado, sobre todo
preindustriales, sino a los preceptos que le marcan las cifras, los datos, el cientificismo y
la realidad empírica. Es un Estado que no siente parte de ni es deudor de un proyecto
político concebido al amparo de ninguna ideología tradicional, esas rémoras ya no existen
para llevar a cabo las funciones paras las cuales ha nacido: gestionar y administrar gracias
a la razón técnica.

Explicado todo lo anterior, es el turno de dar paso al segundo bloque de este primer
epígrafe: las ideologías.

II.2 IDEOLOGÍAS

En la Introducción ya señalé a Antoine Destutt de Tracy como el padre del término


«ideologías», pero a su vez también indiqué la importancia de la ideología en la misma
creación del Estado moderno. De esta forma lo expone Kurt Lenk en su El concepto de
ideología: «Pero el estudio sistemático de las ideologías quedó reservado a la Edad
Moderna. Solo con la disolución de la sociedad estamental de la Edad Media y el ascenso
de las ciudades burguesas del Renacimiento se atendió cada vez más a la función social
de determinados complejos de opiniones y representaciones» (1982:9). La emancipación
de la burguesía y su posterior ascenso como clase dominante también estuvo ligado a la
evolución de las ciencias naturales, provocando dos actividades de la mente con

7
Así lo explicita Marcuse cuando dice que «la democracia consolida la dominación más firmemente que el absolutismo
[…]» (1985:9)

7
repercusión en la realidad: en primer lugar, la teoría; en segundo lugar, la práctica. Tratar
toda la evolución del concepto de «ideología» excede este trabajo, pero sí es necesario
explicar que la ambición del senador francés consistía en poner nombre a «una disciplina
filosófica que funcionara como fundamento y garantía de todas las ciencias. En este
sentido, llamó a las ideologías science des idées» (Marí, 2004:211).

No puede negarse los orígenes del neologismo «ideología», así como la crítica de la
mitología y la religión en la teoría de los ídolos de Francis Bacon; el empirismo que
defendió el británico John Locke en sus escritos, Helvetius y su materialismo, y lo que
algunos autores llaman el «sensualismo» de Condillac, etc. Todos estos pensadores tienen
en común, pese a todo, lo siguiente: el espíritu puede observarse y establecerse como un
fenómeno natural más que puede ser estudiado y comprendido mediante la teoría y la
práctica. Lo que nace en el cerebro se plasma o puede llegar a plasmarse en la realidad.

Si bien el término «ideología» tal y como se conoce y reconoce en muchas ocasiones en


la actualidad bebe de las teorías marxianas, pues la crítica a la ideología condujo a su
reformulación. Famosa es la crítica de desarrollaron Marx y Engels a la filosofía de
Feuerbach, así como a los nuevos hegelianos o neohegelianos. En la Ideología alemana
(Marx & Engels, 1974), en concreto cuando los autores escriben sobre la «base real de la
ideología» hacen su habitual recorrido desde lo que ellos llaman el «comunismo
primitivo» hasta llegar a la Edad Media y los albores de la Edad Moderna, centrándose
en la aparición («necesidad» dirán ellos) de la policía, la administración y los tributos,
propios del Estado naciente que comenzaba a consolidarse. De esta manera, aparecen dos
clases con base en la división del trabajo y en los instrumentos de producción. También
el desarrollo del capital provoca el nacimiento de la conciencia de clase: los que poseen
los medios de producción y los que sirven como mano de obra en dichos medios de
producción, poseedores y desposeídos explotados, lo cual engarza con la división
comentada más arriba. En suma, la ideología ya no es un producto teórico de la mente
como si se tratase, valga la redundancia, de un producto «envasado» al vacío; la realidad
es un producto y una actividad humana objetiva, no estando subjetivamente incrustada en
un modo puramente nacido de la intuición. Según Marí: «la ideología ya no habrá de
teorizarse a la manera de Destutt y los ideólogos sobre la base de las ideas, y el
materialismo filosófico de los jóvenes neohegelianos exhibirán un idealista en la
apreciación de Marx» (2004:217) Los sucesos de la Historia, la Historia en sí misma están
íntimamente interrelacionados, por tanto, con las ideas y el pensamiento humano; intentar

8
separar Historia (realidad de los hechos históricos objetivos) e ideas provoca una inútil e
inane recapitulación de hechos históricos.

Por tanto, la ideología en el pensamiento marxiano tiene una connotación negativa, pero
esa concepción negativa es debido a que forma parte de, más bien conforma, la
superestructura en dicha teoría. Es en La ideología alemana donde hace aparición la
celebérrima cita de «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada
época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material8 dominante en la
sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La case que tiene a su
disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de
los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo,
por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir
espiritualmente» (1974:50). Y esta connotación negativa también se vislumbra con
claridad cuando Marx se refiere a la ideología como «falsa conciencia», es decir una
distorsión de la realidad «[...] Porque la ideología no es simplemente ignorancia o falta
de conocimiento del mundo. Es más bien, un disfraz en el que la realidad es presentada
por su negación […]» (Lichtman, 1976:8). Obviando los términos «reificación» o
«fetichismo de la mercancía», lo que es importante subrayar en este trabajo es el hecho
de la percepción de la ideología como algo negativo. Es decir, si en sus comienzos poseía
un sentido positivo, al fin y al cabo, era una suerte de «ciencia», con la teoría marxiana la
ideología adquiere el sentido negativo que en la actualidad se sigue manteniendo en el
imaginario popular, aunque no en términos exactamente marxianos, esto es: la ideología
ya no se concibe tan sólo como una forma de dominación oculta, subrepticia, sino como
una forma embrutecida, vulgar y hasta irracional del mismo concepto de idea en particular
y del saber en general.

Derivado de lo anterior y en totalmente contrapuestos a las teorías marxistas, sobre todo


a mediados del siglo XX, surgen ensayos y obras que teorizan sobre el fin de las
ideologías, estableciendo que dichas ideologías suponen un obstáculo para el propio saber
humano. Cuando se habla de dicho fenómeno, en primer lugar, cabe destacar a Daniel
Bell (2015) y su ensayo El fin de la ideología. Sin embargo, en España uno de los teóricos
del fin de las ideologías más importantes fue Gonzalo Fernández de la Mora (1965). Su
ensayo El crepúsculo de las ideologías es deudor de la obra de Bell y también una obra
de su tiempo, como ya he indicado. Fernández de la Mora se esfuerza en argumentar que

8
Las cursivas de esta cita no son mías, sino que pertenecen a la edición consultada.

9
las ideologías han entrado en decadencia y que debido al sino de los tiempos de la
sociedad industrial desarrollada propia del capitalismo avanzado las ideologías como
tales terminarán despareciendo debido al auge de la razón humana. De hecho, este autor
español, considera que la posguerra de la Segunda Guerra Mundial es el punto de partida
u origen del ocaso de las ideologías.

Nada más empezar, expresa una frase tan lapidaria como interesante para este trabajo:
«[…] la progresiva sustitución de las ideologías por los planes técnicos y económicos de
los programas de gobierno» (1965:16). De este modo, este autor no sólo aboga, sino que
profetiza el fin de las ideologías por parte de una tecnocracia que ha anulado y suprimido
todo componente ideológico tanto en el Estado como en la sociedad. Pero que Fernández
de la Mora hable del fin de las ideologías no implica que en su forma de pensar se vean
suprimida la dimensión política, el pluralismo social y político, etc. También el autor se
cuida de defenderse de futuras críticas, como el hecho de defender la tecnocracia; el
antiguo ministro se defiende de la siguiente manera: «Hay quienes creen en las entretelas
de posiciones contrarias a las ideologías vigentes anida otra ideología de nuevo signo: el
tecnocratismo. […] Se pretende establecer un paralelo estrechísimo entre el político no
ideólogo y el ingeniero industrial. En primer lugar, la crítica de las ideologías, aunque se
haga en nombre de la tecnocracia, es un quehacer especulativo y, en gran medida,
filosófico» (1965:22). Tras esta defensa vuelve a arremeter contra las ideologías y sus
«ideólogos»: a las primeras las coloca en una posición poco menos que vulgar, propia de
una masa social sin criterio propia, alérgica a la razón y a la reflexión sesuda; a los
segundos, los compara con los antiguos chamanes y curanderos del pasado, los cuales
gozaron de gran prestigio antes de la llegada de la ciencia y de la Ilustración modernas (y
contemporáneas). En sus propias palabras, el autor no habla de tecnocracia, sino de
«ideocracia», la cual refleja una posición beligerante9 contra las ideologías. Rechaza, por
tanto, la sensualidad de los primeros teóricos de las ideologías, y también la posterior
condición metafísica que adquirió la Teoría de las ideologías. Antes he nombrado a Bacon
como uno de los precursores de la Teoría de las ideologías; él sí escapa de la crítica de
Fernández de la Mora, el cual, apoyándose en la teoría de Francis Bacon, expresa lo
siguiente: «[…] es Bacon quien le da una de las formulaciones más resonantes y fecundas
con su teoría de los ídolos o prejuicios10. Bacon define los “idola” como nociones

9 «No es un nuevo ideologismo, sino una posición antiidelógica a secas» (1975:23). Con esta cita puede verse sin
mayores problemas su posición beligerante al respecto.
10 La cursiva es del autor.

10
erróneas que dificultan el hallazgo de la verdad y que provienen de la condición biológica,
individual, social o culta del hombre. Son falacias que nublan el conocimiento»
(1975:28). La teoría de Bacon se ajusta a la tesis defendida por Fernández de la Mora al
considerar las ideologías como poco menos que aberraciones del pensamiento.

No obstante, es Marx quien se lleva la crítica más dura, pues el autor no duda en calificar
a la teoría marxiana de la ideología como «vergonzante». En esta cita resume (además de
criticar) lo que antes he expuesto sobre dicha teoría marxiana: «Marx las redujo (las
ideologías) a la simple condición de epifenómenos o resultantes de algo básico y previo:
las relaciones económico-sociales» (1975:29). Utilizar el término «epifenómeno» es una
crítica muy dura, ya no sólo a la teoría de la ideología marxiana, sino a la teoría marxiana
en general, pues reduce dichas teorías a una serie de fenómenos secundarios (las
relaciones de producción, los medios de producción, etc.) que parecen mantener alguna
influencia sobre el fenómeno primario (el dominio de clase, la explotación, en fin, las
relaciones económico sociales antes citadas), pero que en realidad dicha influencia no es
solamente una ilusión, sino una construcción teórica complejísima, estéril y falaz.

En su repaso por «sus» cuatro acepciones de ideología, él defiende la cuarta y última:


«[…] una ideología es una filosofía política simplificada y vulgarizada» (1975:31). Así,
es fácil comprender el pensamiento contrario a las ideologías y, por el contrario, defensor
de la tecnocracia. Pero estas teorías no tuvieron el monopolio en la mitad del siglo XX en
adelante, sino que también surgieron críticas y reflexiones con respecto esta «nueva forma
de sociedades». Volviendo a Marcuse y a su ensayo El hombre unidimensional, este autor
sostiene, como ya he expuesto en el primer bloque, que la razón y la racionalidad son, en
realidad, la ideología dominante: «Esta absorción de la ideología por la realidad no
significa, sin embargo, “el fin de la ideología”. Por el contrario, la cultura industrial
avanzada es, en un sentido específico, más ideológica que su predecesora11, en tanto que
la ideología se encuentra hoy en el propio proceso de producción. Bajo una forma
provocativa, esta proposición revela los aspectos políticos de la racionalidad tecnológica
predominante. El aparato productivo, y los bienes y servicios que produce, “venden” o
imponen el sistema social como un todo» (1985:37). Puede observarse que he subrayado
la palabra «realidad», y ello es debido a que, casi como si se tratase de una conversación,
Fernández de la Mora expuso lo siguiente en su El crepúsculo de las ideologías: «Las

11Aquí Marcuse se refiere a la «antigua» ideología burguesa que estaba detrás de la superestructura de la teoría
marxiana.

11
ideologías no son realidades materiales, […] sino mentales […]» (1965:32). Es decir, para
Marcuse la propia realidad (la cultura industrial avanzada) fagocita la ideología,
incorporándola a la superestructura que permite el dominio «total»; por el contrario,
Fernández de la Mora niega que las ideologías tengan siquiera soporte físico o material,
lo que provoca que la realidad, sobre todo gracias al avanzado estado de la razón y la
técnica, termine devorando esa ilusión, más propia de chamanes y curanderos, que es la
ideología. En Marcuse, la ideología muta, se transforma, es asimilada por y sirve al
sistema social para establecer y perpetuar la nueva dominación tecnocrática; en el otro
autor, la ideología desaparece una vez que la razón y la técnica se imponen, no habiendo
dominación alguna.

Habermas, siguiendo, aún con sus diferencias, la idea propuesta por Marcuse es tan claro
como tajante cuando expresa que «El capitalismo […] Ofrece una legitimación del
dominio […], que puede ser buscada en la base que representa el trabajo social mismo»
(1986:76). Aquí no hay cortapisas: la razón, la racionalización, las técnicas y la tecnología
desarrolladas en y para el capitalismo suponen la ideología predominante. Lo que
diferencia a estos autores neo-marxistas con respecto a las teorías marxianas tradicionales
es el hecho de que ya no hay una antagonismo de clases; el propio Burdeau también hace
alusión a ello, aunque alejado del pensamiento marxista o neo-marxista cuando hace
alusión a que sigue habiendo clases, por supuesto, pero todas «viajan juntas» en el mismo
barco: «Hay viajeros de entrepuente y los hay de toldilla; pero puesto que están de acuerdo
en la meta del viaje, nada prohíbe extender a todos el confort de unos cuantos. Además,
si el barco se hunde, no se salvará nadie. […] Todo hace creer que no es para mañana el
dejar de pelearse por las plazas; pero, al menos, nadie piensa en matar al capitán para
cambiar la dirección del barco» (1975:155) Esta última cita sirve, a modo de metáfora,
para ver el hecho de que aún habiendo política y la competencia que trae consigo por la
acumulación y el reparto de bienes y riquezas, el constitucionalista francés hace una
alusión velada al Estado de Bienestar cuando habla de la extensión del confort a los
demás.

Tanto Marcuse como Habermas consideran que el Estado de Bienestar fomenta la «falsa
conciencia», que no es otra cosa que la ideología dominante oculta, mediante la
abundancia12, lo que relaja el antagonismo de clase, homogeneizando a la sociedad.
Burdeau no emplea estos términos porque su ensayo no va en esa dirección, pero sí que

12 Marcuse las define como «las sociedades opulentas.»

12
llega a una conclusión razonablemente parecida con respecto al Estado: al no ser objeto
y meta de la lucha política, el Estado deviene a ser una mera máquina de administrativa,
funcional, como ya comenté en el anterior bloque.

En síntesis, Fernández de la Mora defiende y profetiza un mundo político sin ideologías,


el cual no se traducirá en un mundo apolítico, pero sí limpio de ese mal no necesario que
son las ideologías, poco menos que una excreción del pensamiento humano; Habermas y
Marcuse mantienen lo contrario: la oferta de ideologías se reduce a una sola, que es la
razón técnica, que lo engloba todo, creando un sistema total como jamás antes en la
Historia se había configurado; por su parte, Burdeau más preocupado por la perversión y
mutación que sufre la noción de Estado (moderno), también hace hincapié en la
despolitización que trae la consiguiente desideologización, y en la creación de una nueva
forma de Estado más despótica y perfeccionada que nunca.

Sí tienen en común estos cuatro autores el hecho de que, de forma directa o indirecta, se
refieren al Estado de Bienestar como ente político que lo domina todo y a todos: la
sociedad opulenta donde es esclavizado el hombre unidimensional (Marcuse); la sociedad
industrial desarrollada donde el Estado social ha sustituido al Estado burgués dando paso
a la razón técnica como ideología dominante en detrimento de la ideología burguesas; el
Estado demoliberal al que hace alusión Fernández de la Mora, transformándose en un
nuevo Estado gestor y administrador, libre de toda ideología, sólo regido por la razón; y,
en definitiva, el Estado funcional de Burdeau, la nueva forma de Estado que arrasa con
los antiguos antagonismos de clase, donde la administración y la gestión se sobreponen
a la irracional lucha política, un Leviatán teledirigido que expande el bienestar a todos los
ciudadanos y pulveriza la tensión social indeseable.

III. ¿HAN MUERTO LAS IDEOLOGÍAS EN EL ESTADO DE BIENESTAR


CONTEMPORÁNEO?

Las ideologías en el Estado de bienestar (y en prácticamente el resto de Estados) están


lejos de haber muerto; se ha especulado más con la muerte del propio Estado13 que con la
muerte de las ideologías. Sin embargo, como he expresado más arriba, las ideologías
tradicionales, las que surgen en la modernidad y se desarrollan antes, durante y tras la

13 Tal fin del Estado depende de lo que en palabras de Bobbio (2014) se denomina «concepción negativa» del Estado,
siendo este un «mal no necesario», lo cual han defendido marxistas, anarquistas y neoliberales.

13
Revolución francesa no tienen ya cabida como tales en el mundo contemporáneo. Ello se
debe a que su objetivo de cambiar el mundo ya no es viable en un mundo tan sumamente
interconectado y complejo. Desde el siglo XX hasta ahora, finales de la segunda década
del siglo XXI, el mundo en general y las sociedades, economías, sistemas políticos, etc.,
en particular han alcanzado tal grado de complejidad que las ideologías no pueden abarcar
ni tampoco explicar. Ni por asomo. Esto es, si en el pasado las ideologías suponían un
simplificación y distorsión de la realidad, en el capitalismo avanzado son una quimera.
Es cierto, no obstante, que se aduce y señala al neoliberalismo como ideología que socava
o pretende socavar los pilares del Estado de bienestar, cuando no al mismo Estado, pero
el neoliberalismo, como cualquier otra ideología, es una reducción al absurdo de la
realidad en todas sus dimensiones.

La tendencia a confundir expertos y técnicos con neoliberales es una relación errada: todo
Estado que pretenda ordenar una sociedad y una economía en un territorio determinado,
aún con la interdependencia nacida en un contexto de globalización y de creación de
entidades supraestales, sobre todo cuando hablamos del Estado de bienestar, debe anidar
tanto en sus órganos políticos y administrativos a expertos en distintas materias técnicas.
Poniendo un ejemplo: en el Congreso de los Diputados en España es donde se desarrolla
el debate político, supuestamente llevado a cabo por partidos políticos que albergan unas
u otras ideologías, pero ¿qué sería de tal debate si no existiesen los expertos y los
técnicos? Si se dejase la actividad legislativa a tales diputados pertenecientes a unos o a
otros partidos políticos, el caos aparecería enseguida. Con la ayuda de los técnicos, los
asesores técnico-jurídicos y los Letrados de las Cortes siguiendo con el ejemplo, esa
nebulosa ideológica, en muchas ocasiones irracional e incoherente, alcanza la
racionalidad y la coherencia una vez que se positivizaa el acuerdo y pasa a formar parte
del Derecho vigente.

Algo parecido ocurre con la potestad reglamentaria de que disponen tanto el Gobierno
como las Administraciones. Las normas jurídicas necesitan de aplicación con
independencia del contenido político e ideológico que estas contengan. Pero antes he
hecho referencia a que los técnicos jurídicos pulen el contenido ideológico para
encuadrarlo dentro de un ordenamiento jurídico racional.

En el caso del Estado de bienestar contemporáneo, más concretamente en España, puede


observarse como la ideología sigue presente en movimientos sociales, en los medios de
comunicación, en los creadores de opinión, en los propios partidos, etc., sin embargo, esta

14
ideología es poco menos que una fantasía y poco más que un producto comercial. Me
explico: los partidos políticos, resumiéndolo muchísimo, son organizaciones cuyo
objetivo es alcanzar el poder. Para ello, en los Estados democráticos representativos o de
Democracia representativa, necesitan adquirir una cantidad de votos, la cual es
ponderada, para conseguir el número necesario de escaños en el Parlamento que les
permita formar gobierno y gobernar sin depender de otros partidos o grupos
parlamentarios14. De esta manera, los partidos políticos utilizan la ideología,
simplificación de la realidad y atajo cognitivo por excelencia, para diferenciar su oferta
programática y política del resto de competidores. Pero una vez que un partido político
alcanza el poder y quiere llevar a cabo su programa mediante las correspondientes
políticas públicas, se ve constreñido por la herencia política heredada, por la
interdependencia ya citada que supone una organización supranacional/supraestatal como
la UE y la incidencia de los mercados internacionales (globalización), etc.
(Harguindeguy, 2015: 200). ¿Dónde queda entonces la ideología? La ideología es
devorada, suprimida, por el gobierno de la razón y la técnica que imperan en el Gobierno
y la Administración (y/o Administraciones). (Harguin: 143 y ss.)

Como he intentado explicar; las ideologías se enfrentan a un doble problema: por una
parte, su uso no deja de ser mercantil, una mera oferta política atrayente que utilizan los
partidos para distanciarse y diferenciarse de los demás partidos políticos, es el uso
instrumental o medial de la ideología15; por otra parte, al haber sido depurado el elemento
ideológico en el Derecho positivo, prácticamente desaparece, y aún quedando restos
ideológicos, una vez que se aplica el Derecho vigente o se ponen en marcha en forma de
políticas públicas, la ideología, si no ha desaparecido ya del todo, se topa
irremediablemente con el muro de la realidad.

El uso medial o instrumental de la ideología en política es algo que desarrollaré más


adelante en el epígrafe sexto. Por ahora, me centraré en lo siguiente: ¿es la crisis del
Estado de bienestar una crisis ideológica? Tal parece, al menos en parte. No puede
negarse la crisis fiscal de que adolece el Estado de bienestar, ¿pero acaso otros Estados
no sufren también de una elevada deuda pública (y privada)? En muchas ocasiones existe
cierta tendencia a relacionar crisis fiscal con crisis del Estado de Bienestar, pero ¿no es

14
En realidad, me refiero al régimen parlamentario (España); con las correspondientes diferencias
diferencias es también válido en regímenes semi-parlamentarios/semi-presidencialistas (Francia) o
presidencialistas (Estados Unidos.)
15
Mírese la cita de Habermas en la página 4 de este trabajo.

15
acaso también una crisis ideológica? Vuelvo a explicarme y me remito al ejemplo
español: cuando uno lee el artículo 1.1 de la Constitución española, puede verse como se
explicita que «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho que
propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la
igualdad y el pluralismo político», así como en el artículo 9.2 se expresa que
«Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la
igualdad del individuo y de los grupos en que se integran sean reales y efectivas; remover
los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos
los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social». Los artículos siguientes
de la Constitución española de 1978 ofrecen una panorámica del Estado de bienestar en
España: el 7 (sindicatos y asociaciones empresariales), 16 (libertad ideológica), 27
(derecho a la educación), 28 (libertad de sindicación y derecho a la huelga), 31 (sistema
tributario), 36 (el trabajo como derecho y deber), 37 (convenios y conflictos laborales),
38 (libertad de empresa y economía de mercado), 39 (protección de la familia e infancia),
40 (redistribución de la renta y el pleno empleo, formación profesional, jornada y
descanso laboral), 41 (seguridad social), 43 (protección a la salud), 44 (acceso a la
cultura), 47 (derecho a la vivienda y utilización del suelo), 48 (participación de la
juventud), 49 (atención a los disminuidos físicos), 50 (atención a la tercera edad), 128
(función pública de la riqueza), 129 (participación en la empresa y en los organismos
públicos), 130 (desarrollo del sector económico), 131 (planificación de la actividad
económica), 132 (bienes de dominio público), artículo 158 (Fondo de compensación
interterritorial), y, por último, el artículo 135 (estabilidad presupuestaria).

He respetado el orden del articulado constitucional hasta cierto punto, dejando el artículo
135 al final. ¿Por qué? Porque, aunque no se explicita, tal artículo supone el elemento de
cierre del Estado de bienestar española. Su modificación en 2011 fue altamente
criticada16, llegándose a exponer que tal reforma consistía en ceder ante las presiones
neoliberales, cuando lo cierto es que tales presiones procedían de la Unión europea; otros
llegaron a hablar de pérdida de soberanía17. Puede verse el papel distorsionador que

16
Tanto por el cambio cualitativo como por el elemento cronológico; esto es, establecía un límite al gasto
público para conseguir la estabilidad presupuestaria, y tal reforma constitucional era tan importante
cualitativamente que, para algunos, podía poner en riesgo la misma viabilidad del Estado de bienestar.
También se criticó desde la prensa y la opinión pública que fuese una reforma rápida y en verano (finales
de agosto), cuando muchos ciudadanos disfrutan de sus vacaciones o están ocupados en trabajos de
temporada.
17
Muchas de estas críticas vinieron por parte de la izquierda, tanto de medios de comunicación como de
partidos políticos. Es importante señalarlo.

16
presenta la ideología: en la «lógica» ideológica, el Estado de bienestar se corresponde con
una determinada ideología, parece ser que la izquierdista (¿?18), pero se ve amenazada
por un enemigo, por el mal, que es el neoliberalismo, el cual, de forma externa, deviene
el destructor del Estado de bienestar, y ejemplo de ello supuso la reforma del artículo 135
de la Constitución española. Esta simplificación que roza lo pueril esconde una realidad
más compleja y técnica: la quiebra del propio Estado de bienestar si no se toman las
medidas necesarias. Por una parte, da la sensación de que el Estado de bienestar ofrece
todos sus servicios sin coste alguno para el erario, por lo que tal reforma no tiene sentido;
con la configuración tributaria actual, la Hacienda pública puede encargarse de todo el
volumen de servicios sin mayores problemas. He aquí una grave contradicción que
produce la ideología: si aumenta el número de personas que alcanzan la edad de jubilación
y acceden a una pensión, y se reduce, a su vez, el número de contribuyentes, ¿cómo puede
sostenerse el Estado de bienestar? Todo ello sin contar que, a mayor edad, mayor es la
probabilidad de requerir los servicios de salud; con una población envejecida, la inversión
en sanidad deberá ser mayor. ¿Cómo se soluciona esto? La ideología no ofrece
soluciones: las ideologías encuadradas dentro de la izquierda critican los denominados
recortes, pero no aportan soluciones; las ideologías encuadradas dentro de la derecha
hablan de privatización y desmantelamiento paulatino del Estado de bienestar porque el
sector público es tan ineficaz como ineficiente. Ni dan soluciones y cuando aportan
alguna idea, esta es tan radical como irrealizable. ¿Entonces cuál es la solución? No se
sabe, pero siempre hay un gran enemigo: el neoliberalismo, ese ente abstracto que domina
el mundo según la izquierda, y que, desde Europa ha llegado para destruir el Estado de
bienestar; el «papá» Estado de bienestar se presenta como una suerte de Estado comunista
redivivo cuyo único fin es poseer todas las actividades humanas, especialmente las
económicas, bajo su control.

La solución, al menos en parte, está en la reforma del artículo 135 CE: el equilibrio
presupuestario no implica necesariamente el fin del Estado de bienestar, tampoco su
reducción necesariamente, sino su «racionalización», el aplicar los recursos necesarios de
que se disponen de manera racional, mediante una buena administración y gestión,

18
Uno de los padres del Estado de bienestar, quizás el más importante, fue John Maynard Keynes
perteneciente, utilizando una expresión marxista, a la clase dominante, es decir, a una familia de clase
media-alta. Perteneció al Partido liberal. Fue duramente criticado por los neo-marxistas, pero algunas de
sus ideas fueron aceptadas por otros neo-marxistas (ver libro de Harguindeguy). El Estado de bienestar, en
efecto, también ha sido criticado tanto por la izquierda como, especialmente, por el marxismo y el neo-
marxismo.

17
empleando las técnicas y herramientas necesarias para que el Estado de bienestar no entre
en quiebre ni colapse. Es fácil hablar de «secuestro» por parte del neoliberalismo o de la
globalización, por parte también de la burocracia oscura de la Unión europea, tan
plutocrática como tecnocrática, del Estado de bienestar. Como he expuesto más arriba, si
se aplicase la ideología en todo momento y en todo lugar, es muy posible que el Estado
de bienestar tiempo haría que habría desaparecido.

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