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Día de camping

Por Héctor Hernández Montecinos

Mi nombre es María Adriana Montecinos Freire. Nací en Valdivia en 1954. Seis años antes del
terremoto más grande de la historia. Soy parte de esa historia. Los terremotos son mi historia.
Entre el del 60 y el 85 no fui feliz. Entre el del 85 y el del 2010 quizá un poco. En Chile hay
terremotos exactamente cada 25 años. A esa edad lo tuve. A mi hijo, digo. Al que escribe estas
palabras y me obliga a mentir. Su padre se llama Héctor, como él. Los nombres hacen que la
gente esté unida para siempre. Puede ser una promesa o una eterna desgracia, da igual. Soy
baja, no tengo mayores estudios, no tengo nada más que tres terremotos en mi vida. Tres
terremotos y tres hijos. Vivo con dos. Uno es el escritor y la otra es buena. Digo buena porque
ayuda a los otros, hace algo por alguien. Mi hijo escritor creo que me odia porque me obliga a
mentir en este momento. Bueno, yo hacía lo mismo con él, pero era de buena madre que soy.
Los hijos deben mentir para que uno los quiera. No, ahora no quiero hablar de eso. Es un
momento incómodo éste. Su padre nunca mentía por lo cual me parecía un idiota. Una familia
sin mentiras es un camping. Mi hijo escribe y yo me temo que mienta sobre mí. Estaría bien
porque querría decir que me quiere. Yo lo amo y se lo digo ¿para qué? En el último terremoto
le dije que no me pasó nada, pero me caí en el baño y me reventé la nariz. Estaba sola, era de
madrugada. Con las manos ensangrentadas avancé a oscuras por la casa y sin querer fui dejando
un hilo rojo. Marcas que no me atreví a limpiar hasta un par de días después. Él estaba en
Ecuador. Nunca me llama cuando viaja. Siempre estoy sola y eso me permite mentirme y estar
contenta. Probablemente es lo que mismo que él hace, pero yo no lo escribo. No sé, no quiero
hablar de eso. Según la lógica el próximo terremoto será el 2035. Es más que seguro que estaré
muerta. Morirse no es tan malo. Es cosa de seguir ese hilo de sangre en sentido contrario. Volver
al 2010, luego a 1985, 1960. Regresar a donde uno ya no recuerda nada. Mi fantasía es que él
escriba de mí, pero que diga la verdad. La verdad es peligrosa como los terremotos. Separan lo
que se debe separar y hace cómplices a quienes no se podrán amar nunca.