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CONSIGNAS:

1- Elaborar un texto expositivo que contenga, relacione y desarrolle, de manera


sintética, las siguientes nociones barthesianas: Texto, lectura, escritura, autor, escritor,
lector.

2- En “Lección inaugural”, Barthes señala los modos discursivos de circulación del


poder en las sociedades. El poder está “presente en los más finos mecanismos de
intercambio social (…) Aquel objeto en el que se inscribe el poder desde toda la
eternidad humana es el lenguaje o, para ser más precisos, su expresión obligada: la
lengua.
El lenguaje es una legislación, la lengua, su código. No vemos el poder que hay en la
lengua porque olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación
es opresiva: ordo quiere decir a la vez repartición y conminación. Como Jakobson lo ha
demostrado, un idioma se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a
decir.” (p.p. 117 y 118)
- Argumentar por qué y explicar cómo las tres fuerzas liberadoras que Barthes
encuentra en la literatura pueden actuar contra el poder de la lengua.

3- En “De la obra al texto”, Barthes plantea lo siguiente: “Frente a la obra -noción


tradicional, concebida durante largo tiempo, y todavía hoy, de una manera, como si
dijéramos, newtoniana- se produce la exigencia de un objeto nuevo (…) Ese objeto es el
texto. Ya sé que esa palabra está de moda (yo mismo estoy acostumbrado a emplearla a
menudo), y, por tanto, es sospechosa para algunos; pero precisamente por eso querría de
algún modo recordarme a mí mismo las proposiciones en cuya encrucijada el Texto se
encuentra, según mi punto de vista (…) Ahí van esas proposiciones: se refieren al
método, los géneros, el signo, la pluralidad, la filiación, la lectura, el placer.” (p. 74)
- A partir de “Los ojos del Almirante”, de Eliseo Diego, desplegar al menos
cuatro de las siete proposiciones establecidas por Barthes para fundamentar una
lectura posible. Se puede recurrir a la extrapolación conceptual con lo
desarrollado en el punto anterior, si se considera necesario para ampliar la
fundamentación.

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1-
La noción de Texto es el producto de un deslizamiento conceptual que se
desprende de la interdisciplinariedad efectuada por disciplinas como la lingüística, la
antropología, el marxismo y el psicoanálisis. El Texto es un producto del lenguaje. Es
un trabajo, una producción que, ubicándose por fuera de las clasificaciones, las atraviesa
del mismo modo que se opone a la noción de obra como objeto computable. La
sociedad de consumo, que ha consagrado los valores relativos de cada cosa, hubo
erigido la noción de obra, sometiendo históricamente la lectura a un fiel servilismo al
sentido que el autor hubo querido “expresar”. Sin embargo, frente a la experiencia del
Texto como travesía infinita de los signos, la lectura se vuelve irreverente (sin
microscopio, ni telescopio) porque procede centrífugamente. La lectura se escribe
recorriendo los sentidos que desata la fuga del sentido. De todos modos, debemos
aceptar que la lectura está, sin embargo, sujeta a modelos de captura propios de las
culturas -nuestra sujeción es inapelable. La lectura se produce a partir de “ciertas reglas”
(Barthes, 1987:37), articulaciones en el texto, una cierta topología textual que hace
posible las escansiones en las que irrumpe el Texto en su fuga de sentido.
La cuestión del establecimiento del justo estatus del objeto de la lectura, su
pertinencia, se hace una aventura múltiple. De algún modo, todo lo que se constituye en
legendum es legible -gestos, íconos, señales, etc.- por ello, su pertinencia no puede
designarse más que como “algo” que leer. Este algo que leer se funda en la intención de
leer. En la práctica de la lectura también se plantea el problema de los niveles. Podemos
pensar en el aprendizaje del alfabeto como origen, pero esto dejaría de lado otras
lecturas culturales que no dependen de él. Sin embargo, aun partiendo de ese grado, nos
encontramos con la fuga. Deberíamos establecer el sentido, pero ¿cuál? Es aquí donde
denotación y connotación entran en juego; en tanto que la denotación se dirige al cierre
exclusivo, la connotación apunta a una apertura que, igualmente, deja siempre un resto
resistente a la lectura. La lectura va a depender del deseo de leer; y ese deseo sea tal vez
su núcleo de pertinencia. En esta dirección, el autor presenta tres vías por las cuales el
deseo se aventura en la lectura. Estas son la fetichista, poética, que se designa como
metafórica; la impaciente o apresurada, narrativa, metonímica; y por último la de la
Escritura, en la que “(…) lo que deseamos es tan sólo el deseo de escribir que el autor
ha tenido, es más: deseamos el deseo que el autor ha tenido del lector, mientras escribía,
deseamos ese ámame que reside en toda escritura.” (Barthes, 1987:47)

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Escribir es alcanzar ese punto en el que quien escribe es el lenguaje.
Procedimiento que pone al lector en su sitio. El escritor nace a partir de su Texto, de
ninguna manera la escritura nos pone frente al hecho de que las letras que esgrafiamos
no den con la urgencia de nuestros pensamientos o pasiones, porque es en el texto donde
somos concebidos, sin más origen que el del lenguaje. La escritura es un acto de
imitación, su único poder es el de combinar otras escrituras. En la escritura no hay nada
que descifrar porque los sentidos que instala los va a evanescer en una actividad que no
se dirige a ningún fin último, sino que, más bien, se reinventa. Esto no implica negar las
reglas de la composición que están sujetas a la referencia a un objeto de razón. Estas
reglas buscan conducir al lector en un cierta dirección, pero de ninguna manera están
allí instaladas para inhibir la puesta en escena de significaciones que se encadenan y
desencadenan en un juego de transformaciones múltiples.
Con el comienzo de la escritura se efectúa la muerte del autor, producto de
nuestra sociedad capitalista. El imperio del autor es el de los manuales de historia
literaria. Allí se los presenta, se los indica, se los señala. Se busca la explicación de su
obra en su vida. Se lo concibe como el pasado de su obra. Es el que la piensa, la
concibe, la alimenta -como un padre a un hijo. Se lo erige como propietario, así el lector
aparece como un simple usufructuario; y ese derecho de propiedad del autor es lo que le
permite obligar al lector a conducirse en su dirección de sentido. Sin embargo, a nivel
del lenguaje se produce un dilema, porque el lenguaje es “la institucionalización de la
subjetividad” (Barthes, 1973:211). Esta evidencia es la que subyace a la concepción de
que la lectura adquiere valor a partir de la escritura que pone a trabajar. El lector ya no
es ese personaje que decodifica. En todo caso es uno que sobrecodifica, que pone y
superpone lenguajes. Atravesado por ellos, es él, finalmente, la travesía de los signos.
Un sujeto al modo psicoanalítico, escindido, carente de toda unidad, desconocedor de su
inconsciente y de su ideología, sostenido en el desfile de los lenguajes.
La subjetividad se dramatiza absolutamente en el campo de la lectura, ya que
ella misma procede de un sujeto. Sólo está separada de esa subjetividad por algunos
condicionamientos -el conocimiento del alfabeto y el de algunos recursos retóricos. Sin
embargo, la actuación del sujeto como lector es absolutamente individual, su actividad
es un incesante proceso de transformación. Entra en el juego del Texto tejiéndolo y
siendo a la vez tejido por él. Doble movimiento, destitución del autor como dueño del
sentido, e institución del lector en tanto sujeto. Es el lector quien participa del texto en
el momento en que el texto se produce.

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2-
Roland Barthes sostiene en “Lección inaugural” que la lengua ejerce un poder de
sujeción, que hablar es estar sometido a lo asertivo de la lengua y al derrotero de la
repetición de los signos y plantea que la literatura se presenta como la maquinaria capaz
de darle batalla al sistema incluyendo en él una heteronomia de los elementos. Confiere
a la literatura el “(…) poder hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua
(…)” (Barthes, 1982:122). La define como “(…) fullería saludable, (…) esquiva y
magnifica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de
una revolución permanente del lenguaje (…)” (Barthes, 1982:122 y 123). Entonces, en
cuanto al lenguaje no hay exterioridad, esta práctica está inmersa en la lengua, y en ella
se plantea el juego de las palabras. El poder liberador que ejerce la escritura sobre la
lengua no depende del contenido de los textos ni del autor; depende de una operación de
desplazamiento que se produce en el Texto a partir del juego material de los
significantes. En este juego consisten las fuerzas de la literatura, de las cuales analiza
tres como lugar de libertad: alojamiento de muchos saberes, mathesis; representación,
mímesis y juego de los signos, semiosis.
Así, la primera fuerza de la literatura, al configurar una mathesis, toma discursos
de todos los campos de las ciencias, las formales, las sociales, las naturales. Se apropia
de la realidad poniendo esos saberes en movimiento. Los hace circular, los toma de
sesgo, no de manera clasificatoria. No los fetichiza. De este modo se corre por
intersticios, abriéndose y abriendo espacios, sabiendo un poco y sabiendo más. Es así
como pone en escena la lengua en una explosión cuya validez y eficacia no dependen
del campo epistemológico, sino de una dramatización, de la reflexión del saber sobre el
saber. Conoce de los hombres “la gran argamasa del lenguaje” (Barthes, 1982:125).
Pone en escena al lenguaje convirtiendo los enunciados de las ciencias en enunciación
en el acto literario. Entonces lo instrumental de las palabras se estalla en lo inefable de
la puesta en acto de una subjetividad liberada que hace de los saberes una celebración
de sabores.
La segunda fuerza, la de representación, lo conduce a preguntarse ¿qué es lo que
la literatura intenta representar? Dirá, entonces que aquello que la literatura se afana por
representar es lo real. Así, en cuanto lo real es irrepresentable es que existe una historia
de la literatura por el intento de capturarlo en las palabras. Dice, en cambio que lo real
es demostrable, a lo que ese intento inefable de captura vendría como tal demostración

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de su estatuto. Aquí plantea dos cuestiones, una de orden epistemológico con respecto al
“registro de lo real” que Lacan lo define como lo imposible y otra de orden topológico
– no puede hacerse coincidir lo pluridimensional, cualidad de lo real, con lo
unidimensional, condición del lenguaje. Justo a esta segunda condición es a lo que la
literatura se resiste a sujetarse. En un sentido, eso que la hace realista porque tiene a lo
real como objeto del deseo, la hace irrealista a su vez porque “cree sensato el deseo de
lo imposible” (Barthes, 1982:128). A esta postura -dichosa y perversa- la denomina
función utópica de la literatura. Por eso, el escritor, según Barthes, debe obcecarse a
modo de mantener contra todo la fuerza de una deriva y de una espera en el
entrecruzamiento de los discursos, pero también desplazarse, es decir, colocarse allí
donde no se lo espera.
La tercera fuerza de la literatura, su fuerza semiótica, consiste en poner actuar
los signos en dirección del horizonte utópico de un lenguaje anárquico, en el punto en
el que la lengua intenta desencadenarse de sus aparatos de constricción, para liberar una
lógica sígnica que de escenario a una heteronimia de las cosas y de los autores. La
semiosis constituye un múltiple intento de desarticular identidades. Esto se puede
recuperar de su propuesta de una semiología apofática, que niega la posibilidad de
atribuirle al signo caracteres positivos. Sostiene que este posicionamiento implica dos
consecuencias: una que la semiología no puede reducirse a un metalenguaje, y la otra,
que de esta manera puede contribuir con algunas ciencias para la constitución de sus
corpus, pero de ningun modo cristalizarse en el lugar de un casillero, sino moverse,
movilizar lo real. Esta semiología, negativa y activa, no naturaliza ni destruye al signo,
está cautivada por él. Lo pone en juego, como una artista, para que su naturaleza y su
sabor se actúen. No procede por via di levare, sino por via di porre. Se pone del lado de
llamar semiología a las acciones que hacen posible “jugar con el signo como con un
velo pintado o, mejor aún, como con una ficción.” (Barthes, 1982:145)

3-
En Los ojos del Almirante, Eliseo Diego, muestra a Colón en la ardua labor
cotidiana de su aventura, en su ansiedad ante la inexorable repetición de lo mismo. Lo
vemos pasando y repasando las hojas de su libro de navegación. Escribiendo, falseando
datos, lleno de frio y deseo, de hambre y de miedo. Nos lo muestra intentando
convencer, calmar obstinadamente, para volverse a obstinar en su propia fijación;
hipócrita, astuto y veleidoso. Mira y mira y al fin avista la ansiada recompensa, su

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remedio y su cura. Esa isla que ve incomparablemente bella. También nos cuenta sobre
el encuentro humano; esos hombres y mujeres hermosos y de buenas caras y color. Sin
embargo, en esta lectura habremos de ir más allá de esta sintética presentación de los
elementos de su material mimético. Su riqueza textual nos captura desde el comienzo y
nos invita a recorrerlo de múltiples maneras.
El campo del texto es el del significante, no como revestimiento, sino como
juego propio de su producción en una lógica que siempre se escapa. Este texto permite
experimentar ese deslizamiento continuo del signo. Estas huellas nos mezclan con el
texto, y nos sumergen en él. Nos asienta en una racionalidad de la fragmentación, de las
alusiones. Vemos hacerse letras esquivas los ansiados indicios enfrentados al craquelé
del papel del agua y sobre esa superficie el tiempo se nos desdibuja. De pronto nos
encontramos transportados a ámbitos de saberes y sabios, de artistas e inventores,
espacios donde se dimensiona la belleza y se descifran claves. Nos pone frente a un
juego alternante de metáforas y metonimias en el que surgen frescos y diagramas,
pintores y pinceles, que surcan el mar desplegando una aventura, como velas al viento.
La prisa nos acucia, como si ella pudiera hacer otra cosa. Se empecinan lo ojos de
vidrio. Se entretejen las letras en un rumoreo donde corridos a ratos nos apremia la
prisa. Se descentra y entonces la mar océano mira que mira; se nos invierte y nos repite
«es aquella isla la» y no «aquella isla es la». También nos hace preguntarnos del
designio y del destino, mientras nos lleva por torvos recovecos.
Este texto dramatiza la noción de polifonía, de estereografía. Es plural; en él
surgen y vuelven a surgir figuras, texturas, gestos y miradas. Voces y empeños.
También voces de diversos tiempos. Se huele la trementina y brillan los barnices.
Vemos el ingenio y la obstinación, el ocre, el verde, el azul, el blanco. Nos enfrenta
visión a sueño y de pronto perdemos la certeza del límite. Navegamos, inventamos,
pintamos. Vuelve y vuelve a la fascinación, a la belleza que embriaga; y se vuelve a
girar, y de pronto la mirada se invierte y lo que es visto está mirando. Esta combinación
de sensaciones nos arrebata y sorprende por el modo en que se expande. De pronto
algún otro despliegue, alguna nueva insinuación.
De la lectura damos cuenta en esta escritura, en este intento por recorrer lo
rizomático de este texto en un desarrollo que lo recupere como producción significante,
porque nada o muy poco del juego de dimensiones y significaciones sucedería sin el
trabajo de una implicación lectora. En el ocio o el aburrimiento no surgiría ningún texto
porque el Texto surge de una lectura que lo aborda con la intención de revolucionarlo,

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de abrirlo como espléndido abanico. Deshacer el texto es definitivamente aprovechar
sus puntos para bordarlo y desbordarlo recorriendo pergaminos de agua, inquiriendo
señales que llevan a otro lugar y traen las huellas de lo múltiple, lo diverso, lo
desconocido y lo fermoso. Entonces de este modo se yerguen bellos esos cuerpos
broncíneos y cautivan la imaginación. La fascinación invita a pasear por galerías plenas
de mosaicos de oro, y Cimabue evoca a Giotto. Así desplegándose, se despliega más y
más y nos lleva al Caribe y alza banderas y proclama la luz.
No podría ser otra cosa que el placer, astrolabio, brújula y gobernalle, el que
haya hecho posible la navegación por este texto. En este recorrido, en esta ida y vuelta
sobre él, en esta rescritura entre tantas otras posible se intenta insinuar algo de eso del
disfrute de la libre circulación de los lenguajes que lo tejen. Además, en un mismo
sentido, dar cuenta de un trabajo que, intentando recuperarlo en otro lugar, lo escribe. Se
lo apropia.

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BIBLIOGRAFÍA:

Barthes, R.: ‘Écrivains’ y ‘écrivants’, en Ensayos críticos, Barcelona, Seix Barral, 1973.
--- “Lección inaugural”, en El placer del texto y Lección inaugural, México, Siglo XXI,
1982.
--- “De la obra al texto”; “La muerte del autor”; “Escribir la lectura”; “Sobre la
lectura”, en El susurro del lenguaje, México, Paidós, 1987.
--- “La interpretación”; “La lectura, el olvido”; “Paso a paso”, en S/Z, Bs. As., Siglo
XXI, 2009.
Diego, E.: “Los ojos del Almirante”, en Cuentos escogidos, La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1995.

Luis Pedro Farruggio