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El valle que teníamos ante nosotros horadaba la tierra de manera abrupta.

En cierto modo, me
recordó a un cráter causado por una bomba de poder inmenso. La bajada, alejada de la ordinaria
y suave pendiente de otros valles, llegó a suponerme un muy mal trago. Los mareos, potenciados
por las llagas, me amargaron la mitad del día, pero, como ya he expresado con anterioridad, mi
ánimo se mantuvo férreo. La ilusión en aquellos días era mi motor.

Hasta el atardecer no fue que alcanzamos terreno llano, y pude reponerme. Sospechaba, al mirar
la dirección del sol, que nos habíamos estado dirigiendo, en primer lugar, hacia el norte, y más
tarde al noroeste. He de admitir, reitero, que pagué gustoso un viaje por aquel mundo fantástico,
pero mayor placer me provocaba desconocer el itinerario. Así quise que fuese mi periplo.

Recostado sobre mi propia mochila, que hacía las veces de almohada, observaba el cielo nocturno.
Manchas rojas y anaranjadas de gran tamaño ocupaban la bóveda celeste. Hasta ese momento no
me había fijado en ese detalle. Llamé al guía, no sin antes cerciorarme de que alguno de mis
acompañantes no estuviese dormido para evitar molestarle. Mileno siempre se dormía el último.
Llamé al buen hombre, que, previendo mi usual interrogatorio, vino enseguida junto a mí,
repitiéndome lo mismo que en otras ocasiones a lo largo de la jornada.

―No te contaré nada sobre el pacto matrimonial hasta más adelante, muchacho. Duerme
tranquilo.

―Son esas manchas rojizas tan bonitas en el cielo. En mi mundo no existen ―le dije―. Iluminan
más que la luna llena y todas las estrellas. ¿Cómo es posible que se vean con tanta claridad las
galaxias?

― ¿Las manchas? ―El guía miró hacia el cielo―. No son galaxias, son desgarros del Cosmos.
El Universo sangra.

Sin darme a tiempo a hacerle otra pregunta, Mileno se marchó junto al fuego. Ahora sí, casi todos
dormían. Intenté imitarles, aunque me costó más tiempo del deseado, pero el crepitar del feugo
me ayudó sobremanera a conciliar.

Soñé con cúmulos de galaxias chocando entre sí. ¡Chocando! Ese evento cósmico, el impacto, me
llevó a un estado de horror insoportable, noté cómo mi nuca se enfrió y me provocó sudores
gélidos. Los temblores me asaltaron, mi cuerpo se desencajaba.

La vastedad del Cosmos sumada la consciencia de no contar con la tecnología para moldear y
adaptar el Universo por parte de la Humanidad me indujo un grado de horror más elevado, puro.
¡Estamos condenados! ¿Qué sentido posee el instinto de supervivencia y preservación ante un
universo inabarcable, indomable e inconsciente de su crueldad? ¿Cómo sobreviviremos ante una
estrella moribunda, inflada, gigante, roja, roja, roja, roja? ¿Cómo sobreviviremos al choque entre
nuestra galaxia y la galaxia vecina? ¿Cómo sobreviviremos si nuestra estrella es expulsada al
espacio profundo o, por el contrario, es devorada por el núcleo de la recién conformada súper
galaxia? ¿El combustible de nuestra estrella se agotará antes del choque de galaxias? Creo que sí,
pero ¡eso no soluciona nada? ¿Seremos capaces de dominar, conquistar el Universo? No, no y no,
porque nos preocupamos por nimiedades. ¡Sangre coagulada! ¡Qué horror! ¡Nuestra extinción
como especie es inevitable? ¿Nuestros límites los marca la radiación de fondo de microondas?
¿Y si no quiero morirme nunca? ¿Y si quiero «pensar» eternamente?

Mientras, la realidad en nuestro mundo daba paso a la desesperación y al pesimismo: el absurdo


y la vuelta a la ignorancia y el regreso a la barbarie han irrumpido y establecido su tiranía.
Preocupados por el color de la piel, la coherencia entre mente, anhelo y lo que se tiene entre las
piernas, subyugados debido a ese artero juego de prestidigitación que es la democracia,
adormecidos por la sed de ocio vacío, adictos a la conexión permanente que conlleva la
desconexión total, y maniatados por la «justicia social», languidecemos como jamás lo habíamos
hecho, estancados y revolcados en nuestra miseria. Trombosis civilizacional.

Cabalgando a bajo ritmo bajo el sol del mediodía bajo una nebulosa de ansiedad latente, guardaba
silencio, sin ganas de empecinarme nuevamente en conocer más acerca del misterioso pacto
matrimonial. Conforme atravesábamos el valle, iba dirigiendo a los pueblecitos dispersos por aquí
y allá. Su hermosura derritió mis temores al insuflarme renovados, buenos y positivos
pensamientos. A lo lejos, como una cerúlea culebra, un río recorría el noroeste del valle, donde
nacía, desapareciendo al sudeste.

Mileno nos indicó un pueblo junto al río. Pasaríamos la noche, él conocía a la gente del lugar
según nos dijo, y la posada poseía el espacio más que suficiente para que pudiésemos descansar
todos bajo un techo y no al raso, tal y como habíamos estado haciendo desde que abandonamos
Doonsanee. Me incomodó tanto como me intrigó el hecho de que nuestro guía nos exigiera que
evitáramos el río por la noche.

Esa noche había luna nueva. Su luz hendía las perezosas capas de nubes. Los aullidos de los perros
podían escucharse por todo el pueblo. El resto de la comitiva descansaba ya en la posada, la cual
era en realidad un albergue. Tras haber cenado, muchos viajeros habían optado por jugar a las
cartas o contarse historias junto a la chimenea. A decir verdad, no me extrañó nada que decidiesen
quedase dentro, pues los últimos días del verano traían consigo noches frescas y ventosas.

Decidí por sentarme en un banco de madera desgastada junto a la entrada del albergue. Pese a que
me hallaba fuera, podía oír los vozarrones de los dos rudos viajeros que habían hablado sobre el
pacto matrimonial en Doonsanee. Un tema del que no habían vuelto a soltar ni una palabra a lo
largo de los días, y eso que no había despegado mi oído de sus palabras. Mileno tampoco me
decía nada, sólo me pedía paciencia.
La bruma que rodeaba el río y la vega me atraía, quería adentrarme en ella. Los ríos poseen todavía
la magia antigua. Comencé a adquirir consciencia sobre el estado de mi mente destrozada. Sufrí
lo que entonces creí que fueron alucinaciones. Hoy sé la verdad. El boqueo profético de los
ajolotes me transmitió calma, y, pese a la sangre que manchaba mis ropas, supe que no lo podría
haber evitado de ninguna forma.

Una niebla densísima y una lluvia inclemente acudieron al Valle el día que la perdí.