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HAMNET BRIAN

LAS REBELIONES Y REVOLUCIONES IBEROAMERICANAS EN LA


ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA. UNA TENTATIVA DE TIPOLOGÍA.
Identificar lo que considero, son los temas sobresalientes que debemos enfocar para
una comprensión mejor de este proceso.
Manuel Lucena Salmoral en su estudio de Venezuela hasta 1810: “La idea de que
detectando las causas de un movimiento independentista llegaríamos a tener las de
toda la emancipación americana ha movido a no pocos historiadores, pero el
supuesto es perfectamente gratuito. Sólo el cotejo minucioso con los restantes
movimientos independentistas nos daría la clave de este problema y
lamentablemente este tipo de estudios son muy escasos, lo que nos imposibilita
hacerlo”.
La independencia tomó formas diferentes a lo largo de las Américas, sobre todo
porque la experiencia colonial, e incluso, precolombina, de cada territorio fue
distinta. Jorge Domínguez argumenta que “la cuestión clave en la experiencia
hispanoamericana en el primer cuarto del siglo XIX es por qué algunas colonias
optaron por la insurrección, mientras que otras permanecieron leales, bajo las
mismas circunstancias internacionales predominantes. El dominio español en el
continente americano se acabó hasta el fin de la tercera década del siglo XIX, pero
esta uniformidad de resultado fue la consecuencia de una gran variedad en el
proceso…”
Al principio, no reduzcamos movimientos diferentes a un denominador común.
Grupos diferentes actuaron en etapas diferentes: la elite caraqueña tomó la
iniciativa en separarse de la monarquía española en abril de 1810, pero la elite de la
capital novohispana se dividió en 1808 acerca de la cuestión de autonomía dentro
del imperio, se opuso a la revolución de Independencia en septiembre de 1810, y no
actuó como grupo homogéneo en favor de un cambio político hasta 821, cuando se
adhirió al movimiento de Agustín de Iturbide. Siempre debemos tener en cuenta las
diferencias de geografía, composición social, el momento exacto y el ritmo de la
actuación socio-política, los objetivos políticos y el grado de integración en el
mercado internacional.

PROCESOS Y PROTESTAS
Rebeliones o protestas locales. Su carácter fueron la respuestas por parte de una
variedad de grupos sociales contra abusos de varias categorías: abusos
administrativos o de oficiales locales, como los alcaldes mayores y corregidores;
protestas antifiscales, quejas contra la violación de derechos de aguas, tierras o de
trabajadores, y contra la amenaza a prácticas religiosas tradicionales por parte del
poder oficial. Los historiadores recientes han comenzado examinar las motivaciones
y justificaciones populares para la participación en movimientos de protesta. La
historiografía de este tipo pone énfasis en la experiencia de los grupos etno-sociales
bajos, más bien que sobre las elites poseedoras y educadas. Estas últimas, que
elaborarían las constituciones de la época independentista, fundándolas sobre la
base de la doctrina de la soberanía del pueblo, se manifestaban repetidas veces
recelosas de la actuación popular y se vieron amenazadas desde abajo.
Aunque rebeliones y protestas eran virtualmente cosa normal en la época colonial,
pocas o ninguna se dirigieron en contra del sistema colonial como tal, y menos
contra la monarquía española. La explicación fue en parte por la tendencia popular
hacia la litigación por medio del sistema legal colonial, un fenómeno comentado
muchas veces por las autoridades. El imperio sobrevivió tres siglos por su propia
flexibilidad y su capacidad para incorporar a muchos grupos sociales diferentes
dentro de su órbita política. Las rebeliones más serias y extensas respondieron a
cambios reales o atentados en este sistema por parte de las autoridades
metropolitanas, virreinales o eclesiásticas. Estas rebeliones actuaron como polos de
atracción de los grupos disidentes de la localidad, y sus protestas se subsumieron
por algún tiempo en un proceso más amplio. Las rebeliones del período, 1765-1783,
no nacieron de la nada.
Las fechas significativas serán 1740-1870, o sea, desde la recuperación demográfica
y económica al principio de la era de la “modernización”. Las cuestiones
fundamentales serán redefinidas como, por ejemplo: (i) las pautas cambiantes del
comercio desde 1740; (ii) el impacto de los comerciantes-financieros por toda la
economía interna; (iii) los cambios estructurales agrarios y la alteración de
relaciones sociales en el mundo rural; (iv) las percepciones populares frente al
deterioro del nivel de vida, el estancamiento de sueldos en una época de inflación, y
la atribución de responsabilidades por este empeoramiento.

LOS TEMAS PRINCIPALES


LA REPRESENTACIÓN
La clave del período, 1765-1810, es el problema de la representación política. Varios
historiadores atribuyen la crítica al absolutismo a una nueva orientación de la
monarquía bajo la dinastía Borbón desde 1700. H.I. Priestey, en un trabajo identificó
la visita general a la Nueva España por José de Gálvez como el factor más decisivo
para el cambio de sentimiento. Según ese autor, Gálvez no solamente alienó a casi
todos los cuerpos principales del reino, que desarrollaron una conciencia de su
identidad corporativa, sino que también provocó una serie de motines populares
contra la imposición de nuevos impuestos, como el estanco real de tabacos, y la
expulsión de los Jesuitas. Mark Burkholder y D.S. Chandler señalaron un proceso de
recuperación metropolitana del predominio político en los territorios americanos,
que comenzó con el restablecimiento de la hegemonía peninsular en las audiencias
americanas.
La respuesta iberoamericana a este neoabsolutismo peninsular fue la búsqueda de
una forma de representación en los territorios americanos que garantizara para
siempre la participación de las elites residentes en los procesos. Se buscaron las
raíces de este constitucionalismo incipiente, no precisamente en las ideas
contemporáneas de la Ilustración procedente de Europa, sino más bien en la propia
tradición histórica de las Américas.
Profundidad de la integración iberoamericana en el mundo occidental, hubo un
factor muy significativo que explica la divergencia de la evolución histórica de estas
antiguas colonias europeas. No existía en las colonias ibéricas ninguna forma de
representación política –aparte del cabildo hispanoamericano y el senado da cámara
brasileño-. La trasformación del colonialismo al sistema representativo en un estado
independiente y soberano, aunque no sin dificultades, fue mucho menos penosa en
la América anglosajona que en la América ibérica.
El factor determinante en el medio siglo anterior al estallido de las revoluciones
hispanoamericanas en 1810, fue la relación entre la elite americana y el estado
metropolitano. Según la interpretación de John Lynch, la América española adquirió
una identidad propia durante el siglo XVII, y llegó a ser virtualmente autónomo a
causa de la debilidad de la autoridad metropolitana. John Elliot argumenta que las
elites americanas efectivamente ganaron el poder a costa del estado español en este
largo período de debilidad metropolitana. En ese período, los intereses particulares
jugaron un papel decisivo sobre las actividades gubernamentales en los territorios
americanos. La práctica de gobierno se redefinió para permitir implícitamente la
participación de los notables permanentemente residentes en las colonias, que la ley
expresamente había excluido. Las elites gozaban de una posición significativa, a sus
ojos legítima, pero seguramente nunca institucionalizada.
La nueva política metropolitana provocó una extensa oposición por todo el imperio
español. Las rebeliones que estallaron entre 1765 y 1783 revelaron el amplio rango
en grupos sociales para movilizarse, sino también la vulnerabilidad del régimen
colonial. El predominio americano en los órganos gubernamentales era totalmente
inadmisible, por lo menos en el contexto político de la segunda mitad del siglo XVIII.
Entre 1771 y 1808, el Ayuntamiento desarrolló una posición constitucional que
criticaba la base jurídica del neoabsolutismo.
Entre 1765 y 1783, una serie de insurrecciones a gran escala sacudió al régimen
colonial hasta los fundamentos y causó por un lapso de tiempo la pérdida del control
sobre territorios extensos. Representaron en su mayoría sublevaciones de grupos
etno-sociales bajos contra la estructura de poder y riqueza dentro de los territorios
americanos. No fueron esencialmente ni movimientos a favor de la independencia
ni precursores de las luchas de la década de 1810. Encapsularon las profundas
tensiones sociales, políticas y culturales dentro de los territorios americanos.
Representaron alianzas multi-étnicas y multi-clasistas. Nunca constituyeron un
movimiento coherente y no mostraron ninguna homogeneidad ideológica. Su
significación radica en dos aspectos: revelaron la amplia hostilidad hacia la política
gubernamental, que abarcaba distintos grupos sociales, y tendieron a extender la
protesta más allá de lo antifiscal para abarcar una gama de injusticias.
Entre 1779 y 1783, los tumultos urbanos y las rebeliones rurales, la mayoría de ellas
con raíces de larga duración, tendieron a coincidir de modo que por un breve espacio
de tiempo amenazaron la supervivencia de la autoridad metropolitana en los dos
virreinatos de Nueva Granada y Perú. El tumulto de 1780 en Arequipa, comenzó
como un movimiento criollo contra la política fiscal del Visitador José Antonio de
Areche, pero terminó como un motín popular, que asustó a sus iniciadores. En la
primera etapa de la rebelión de Tupac Amaru en 1780-1781 la colaboración entre
diversos grupos sociales en el sur andino peruano fue evidente, como también el
papel de los comerciantes y arrieros locales en cuanto a proporcionar los medios de
cohesión entre amplias regiones geográficas. En Socorro, en el nordeste de Nueva
Granada, la rebelión de los comuneros en 1780-1781 empezó como protesta contra
las imposiciones del Visitador, Juan Francisco Gutierrez de Piñera, pero ensanchó
las quejas sobre el monopolio peninsular de los empleos. Estos movimientos
formaron el principio del proceso más largo de reajuste político y económico en el
mundo ibérico, que llegó a su culminación con el colapso de la autoridad
metropolitana en el Perú, su último reducto continental, entre 1821 y 1826.
A juicio de Lynch, su lealtad a la monarquía española se inspiró principalmente en
el temor de otro trastorno social. La mayoría de los peruanos ilustrados creyeron
que una conciencia de “peruanidad” era compatible con el mantenimiento del
imperio y monarquía españoles.
¿Qué relación tenían los movimientos revolucionarios de la década de 1810 con la
recepción americana de las llamadas reformas borbónicas? Las elites se vieron
obligadas a defender las estructuras tradicionales frente al absolutismo por medio
del desarrollo de una ideología constitucionalista; las provincias tomaron
conciencia de la necesidad de defenderse contra el nuevo centralismo; y los grupos
sociales medio y bajo se precipitaron a una oposición abierta y a veces violenta
contra la nueva política. Se manifestó una movilización política que trascendía
distinciones sociales o étnicas.

ANTICOLONIALISMO Y REVOLUCION
Los movimientos de 1809-1826 tuvieron lugar en un contexto internacional
radicalmente distinto a los de épocas anteriores. El colapso de la monarquía
borbónica en 1808 y la crisis de legitimidad en la península misma formaron una
parte fundamental de este nuevo contexto internacional.
Fue evidente el declive de la monarquía durante las décadas de 1790 y 1800. Agustín
Argüelles y otros dirigentes liberales en las Cortes de Cádiz argumentaron de esta
manera en los años 1810-1813. A su juicio, España y América requerían las mismas
soluciones, o sea, la constitucionalización de la monarquía entera y una serie de
reformas liberales.
Las revoluciones americanas fueron movimientos opuestos a todos los regímenes y
sistemas europeos, no importa si fueron absolutistas o constitucionales. Prefiero
considerar las revoluciones americanas como una reacción anticolonial compartida
por las colonias inglesas, españolas y portuguesas en formas y épocas distintas, pero
unidas con este común sentimiento anticolonialista.
Anderson explora la génesis del nacionalismo, y pinta a la nación como una
comunidad imaginaria. Argumenta que “el nacionalismo se manifestó primero en el
nuevo mundo, y no en el viejo…” Añade que “es un ejemplo sorprendente el
Eurocentrismo que muchos comentaristas europeos persisten todavía, en contra de
la evidencia, en la opinión de que el nacionalismo fue una invención europea”.
Anderson evidentemente considera a todas las revoluciones americanas, desde
1776 hasta la formación de Bolivia en 1826, como movimientos de alguna forma u
otra nacionalistas. Argumenta que el nacionalismo revolucionario, que tendría
tantas repercusiones en el siglo XIX, se originó precisamente en las Américas como
una lucha anticolonialista por la liberación.
Las revoluciones hispanoamericanas tenían otras características: fueron luchas
contra el absolutismo, contra las instituciones asociadas en la terminología
revolucionaria con el “antiguo régimen”; fueron en la mayoría de los casos luchas
republicanas contra el monarquismo; y en última instancia fueron luchas internas
de varios tipos; en otros casos, de las elites provinciales no solamente contra las
autoridades metropolitanas sino también contra el centro político y económico de
la misma colonia americana. El nacionalismo tomó formas y expresiones diferentes
y un ritmo diferente por todo el continente, y fue complicado o disfrazado por
muchos otros factores, como el regionalismo.

NACIONALISMO
¿En qué consistía el nacionalismo en el contexto iberoamericano de la época de la
independencia? ¿Cuáles eran sus características necesarias? El patriotismo criollo
que se desarrollaba desde el siglo XVII no fue exactamente el nacionalismo. Fue un
vago sentimiento americano que en general no correspondía ningún territorio
político específico. Puso el énfasis en las divergencias entre Iberia y América,
distinguió esta última por su herencia indígena, y afirmó la autenticidad de la
experiencia americana y la originalidad de su cultura. El patriotismo criollo fue más
bien una corriente literaria que un movimiento político. No prefiguró la formación
de estados-naciones soberanos, y nunca dejó de ser elitista. Aunque glorificaba el
mundo precolombino, la “Antigüedad americana”, no preció de ninguna manera la
incorporación de los grupos etno-sociales bajos en los procesos políticos.
El nacionalismo representa la búsqueda de la identidad. El nacionalismo tiene una
fuerte tendencia a ser exclusivo y, de reformular los acontecimientos del pasado,
haciendo de ellos una nueva historia inventada. El nacionalismo tiene una fuerte
tendencia a ser exclusivo y de reformular los acontecimientos del pasado, haciendo
de ellos una nueva historia inventada. El nacionalismo es esencialmente político.
Representa un proyecto político que tiene dos niveles dos caras: la una mira hacia
fuera contra el colonialismo o dominación extranjera, mientras que la otra mira
dentro contra las instituciones tradicionales por medio de las cuales esa dominación
se expresaba.
[México] El nacionalismo de la época de Morelos se caracterizó por su intención de
cambiar las instituciones políticas y sociales del país, por medio de la movilización
popular. Para Morelos, la separación política de la monarquía española era
insuficiente: comenzó a decretar la abolición del sistema de castas heredado del
colonialismo y proyectó una nueva sociedad de ciudadanos iguales ante la ley en una
república con instituciones liberales. La contrainsurgencia realista y las divisiones
internas de los revolucionarios impidieron la realización de este proyecto
insurgente.
[Venezuela] Los hacendados productores del cacao –los “mantuanos”- que
controlaron el cabildo de Caracas tomaron el poder el 19 de abril de 1810 con
intención de formar un régimen de esclavistas y ejercer el poder en su lugar sin un
trastorno interno, a pesar de las tensiones etno-sociales y regiones ya existentes en
la Capitanía General de Venezuela. Su percepción política fue limitada, confinada a
los intereses de su propio grupo.
Los revolucionarios persistían en su percepción de una nación que excluyera a la
mayoría de sus habitantes. Su base de poder quedaba limitada en términos
geográficos y de interés económico. Sólo cuando Bolívar emprendió a partir de 1817
la tarea de construir una coalición de fuerzas multiétnicas y multiclasistas podemos
hablar en el caso de Venezuela de un nacionalismo revolucionario. Bolívar no fue
realmente un nacionalista. Bolívar nunca se identificó con un solo país llamado
Venezuela: fue caraqueño, pero al mismo tiempo americano más que venezolano: su
proyecto fue continental más que nacional.

EL LIBERALISMO ECONOMICO [Venezuela-Río de la Plata]


Los tres territorios más involucrados en la exportación primaria al mercado
internacional –Venezuela, el Río de la Plata, Brasil- se adhirieron con mayor fervor
a la doctrina del liberalismo económico. En los dos primeros casos, se combinó con
el separatismo político. Uno de los primeros actos de la Junta Revolucionaria de
Caracas fue el proclamar la libertad de comercio para todas las naciones y el libre
acceso al mercado internacional, el 3 de mayo de 1810. Su motivo fue el de romper
“los obstáculos comerciales impuestos por la metrópoli al comercio caraqueño”.
Este liberalismo económico pocas veces coincidió con los intereses de todas las
provincias y grupos sociales de los nuevos estados formados en 1810. Esta división
sobre la cuestión de política económica comprometió seriamente el proceso de
formación nacional.
Moreno rechazó el mercantilismo colonial y vio el porvenir del Río de la Plata en una
relación comercial íntima con el mercado internacional como exportador de
productos ganaderos y recipiente de manufacturas extranjeras. Su modelo de
desarrollo fue el liberalismo. La Revolución del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires
adoptó esta posición, pero la oposición de las provincias interiores, ellas mismas
productores de textiles, vinos y otros géneros en concurrencia con las
importaciones, frustró la consolidación de la nueva política económica.

EL FIDELISMO CONSERVADOR [Perú- Brasil]


En el Perú, el Virrey José Fernando de Abascal (1806-1816) sobrevivió hábilmente
la crisis imperial de 1808. Abascal pudo trascender la tensión entre peninsulares y
americanos con la perspectiva de volver del revés la política carolina desde la
década de 1770. El gobierno limeño, que formó el poderoso Ejército del Alto Perú
bajo el mando del General José Manuel de Goyeneche, un realista arequipeño, se
aprovechó de las revoluciones criollas en Quito, Charcas y Chile para restablecer el
control peruano entre 1809 y 1815. Este Gran Perú contrarrevolucionario presentó
un reto formidable a los regímenes revolucionarios de Nueva Granada y Buenos
Aires. Éste último fracasó tres veces en el intento de establecer su control sobre el
Alto Perú, que Abascal reanexionó a Lima en 1810.
La destrucción del Perú realista fue uno de los principales objetivos del Congreso
de Cúcuta, convocado por Bolívar en 1821. El ya Libertador de Nueva Granada y
Venezuela intentaba acabar con el monarquismo en la América española.
En Brasil las elites se realinearon alrededor del régimen virreinal frente a la
posibilidad de insurrección esclava o popular. La política pombalina había generado
una tensión considerable entre el gobierno metropolitano, sobre todo a causa de
nuevos impuestos, y las elites provinciales en Brasil, sobre todo cuando se trasladó
la capital desde Bahía a Río de Janeiro en 1763. La marginalización del nordeste,
antes predominante en la política y economía de Brasil, provocó un regionalismo
que brotaría en forma violenta durante la primera parte del siglo XIX. El temor de
Brasil de un levantamiento condujo a la formación de una poderosa coalición
conservadora. La corona portuguesa, seguía una política completamente opuesta a
la de Gálvez y Areche en la América española. Los hijos de la elite brasileña servían
en los puestos altos y menores. La política portuguesa facilitó la incorporación de la
elite brasileña en los procesos políticos de su propio país.
La llegada a Río de Janeiro de la casa reinante solidificó este proceso.

REVOLUCIONES DE PROVINCIA [Nueva España –Perú]


En Caracas, Buenos Aires, Santiago y Santa Fe de Bogotá la revolución procedió de
las capitales; en Nueva España y Perú, al contrario, los dos virreinatos tradicionales,
la revolución vino de provincias. Las capitales de Nueva España y Perú
permanecieron bajo el control virreinal hasta 1821.
Las revoluciones de Caracas y Buenos Aires fueron obras de las milicias criollas, bajo
el mando respectivamente del Marques del Toro y Cornelio Saavedra. Esta opción
no fue posible en la ciudad de México, Esta capital quedó bajo el control de la milicia
fidelista, los “Voluntarios de Fernando VII”, desde el golpe de Estado de septiembre
de 1808 que derrocó al virrey José de Iturrigaray. La revolución novohispana tomó
un curso totalmente diferente a las iniciadas en las capitales mencionadas arriba. El
padre Miguel Hidalgo lanzó un llamamiento a las clases populares en un esfuerzo
para salvar la conspiración descubierta y provocar una lucha revolucionaria en el
país. En consecuencia, muchos propietarios americanos se alinearon con el régimen
virreinal para formar una fuerte coalición realista, que duraría hasta el triunfo del
iturbidismo en 1821.
En Perú, la rebelión de Cuzco de 1814-1815 fue separatista –no solamente de
España sino también de una Lima “usurpadora”-. Reconoció la existencia de “la
Patria”, pero con su centro en Cuzco; no propuso la restauración de la dinastía
incaica, sino la creación de un nuevo estado peruano constitucional y aliado con el
régimen revolucionario de Buenos Aires. Los jefes, los tres hermanos Angulo y José
Gabriel Béjar: fueron jefes locales, mestizos y criollos de la baja clase media;
consiguieron el apoyo de una parte del clero secular y regular, y la simpatía del
Obispo de Cuzco. Invitaron a participar al cacique de Chincheros, Mateo García
Pumacahua, un militar local conocido. De esta manera, una revolución urbana llegó
a tener también una dimensión rural. No recibió ningún apoyo de la elite limeña.

LA MOVILIZACIÓN O PARTICIPACION POPULAR


Las revoluciones de Independencia llegaron a involucrar un ámbito significativo de
apoyo popular. La movilización popular fortaleció la causa real como en Venezuela
entre 1810 y 1816, y en los ejércitos virreinales del Perú, o la insurgente en las
bandas guerrilleras del Alto Perú. El liderazgo de los movimientos revolucionarios
procedió no solamente de los grupos educados o privilegiados de la sociedad
americana, sino también de otros rangos surgidos de las clases etno-sociales medias
o bajas. Esos movimientos fueron en sí mismos alianzas multiétnicas o
multiclasistas.
La insurgencia mexicana ofreció a muchos grupos sociales, de localidades
diferentes, la oportunidad de promover por primera vez sus propios intereses y
resolver sus propios agravios por la acción directa. Las tensiones o conflictos,
latentes o actuales, que existían sus propios agravios por la acción directa. Las
tensiones o conflictos, latentes o actuales, que existían antes de 1810 fueron
subsumidos en esta larga manifestación. La manifiesta incapacidad de la contra-
insurgencia realista para controlar todo el territorio virreinal, dejó abierto el
espacio para estos grupos armados. La debilidad evidente del nuevo estado
nacional, por lo menos hasta la década de 1870, facilitó la supervivencia de estos y
otros polos de poder personal en el país.
El Alto Perú continuaba en fermentación desde 1780, por causa tanto de la recesión
en sus actividades tradicionales como de los abusos administrativos. Situado entre
los dos polos de Lima y Buenos Aires, era excepcionalmente difícil de gobernar. Alto
Perú era un territorio de gran inestabilidad política.

OBSERVACIONES FINALES
Cuando los sistemas imperiales ibéricos empezaron a quebrantarse, las elites
americanas emprendieron la tarea de construir formas políticas alternativas. La
proclamación de la doctrina de la soberanía del pueblo, que lanzaron las elites para
legitimizar su rebelión contra la corona española, tuvo implicaciones
comprometedoras para el mantenimiento de manera muy distinta a la original de
1808-1810. El fracaso del continentalismo bolivariano y la quiebra de la monarquía
mexicana en 1823 hicieron necesaria la conceptualización de los nuevos estados en
forma de estados-naciones. Este nacionalismo de facto representó una verdadera
“balcanización” de la América española. Los estados soberanos que nacieron entre
1816 y 1826 se hallaron en una situación, en la que sus gobernantes tuvieron que
imaginarlos como naciones.