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1 cuando José Smith organizó la Sociedad de Socorro en Nauvoo, Illinois, en la primavera de

1842, sus miembros eran mujeres que ya habían sido bendecidas por medio de algunas
ordenanzas y convenios del sacerdocio. Habían sido bautizadas para la remisión de pecados;
habían recibido el don del Espíritu Santo, que les otorgó el derecho de la compañía constante
del Espíritu y la habilidad de ser guiadas por revelación personal; habían participado de la Santa
Cena en memoria de Jesucristo y de los convenios que habían hecho; habían recibido dones del
Espíritu; algunas habían recibido bendiciones patriarcales, con las que aprendieron sobre sus
dones particulares, su potencial y su condición de miembros de la Casa de Israel. El Señor las
había sanado, consolado e instruido de acuerdo con sus necesidades, su fe y Su voluntad.

La hermana Elizabeth Ann Whitney, quien asistió a la primera reunión de la Sociedad de Socorro,
había escuchado el Evangelio restaurado doce años antes, en 1830. “Tan pronto como escuché
el Evangelio como lo predicaban los élderes”, relató ella más adelante, “supe que era la voz del
Buen Pastor”. Ella “fue bautizada inmediatamente” y su esposo, Newel K. Whitney, se bautizó
pocos días después. Al recordar esta experiencia, ella contó acerca de las bendiciones que
recibió por medio de las ordenanzas del sacerdocio del bautismo y la confirmación.

2 El 28 de abril de 1842, José Smith discursó en una reunión de la Sociedad de Socorro


Femenina de Nauvoo. Basó parte de su discurso en las enseñanzas del apóstol Pablo que se
encuentran en 1 Corintios 12–13 acerca de los dones del Espíritu. José Smith recalcó que “estas
señales, como el sanar a los enfermos, echar fuera demonios, etc., seguirán a cuantos creyeren”.
Debido a que las mujeres Santos de los Últimos Días han recibido el don del Espíritu Santo,
pueden buscar y obtener las bendiciones de los dones espirituales tales como “el don de
lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas, etc.”.

En el curso de la historia de la Iglesia, las mujeres Santos de los Últimos Días han recibido los
dones del Espíritu y los han usado para bendecir a sus familias y a los demás. Amanda Barnes
Smith estuvo presente el 28 de abril de 1842, cuando José Smith enseñó a las hermanas de la
Sociedad de Socorro sobre los dones del Espíritu. Ella sabía que sus enseñanzas eran verdaderas
porque ella había sido bendecida con el don de revelación hacía cuatro años, cuando ella
necesitaba la ayuda del Señor para salvar a su hijo.
3 Uno de los grandes propósitos del Señor para organizar la Sociedad de Socorro era preparar
a Sus hijas para las bendiciones mayores del sacerdocio, cual se hallan en las ordenanzas y
convenios del templo. Las hermanas de Nauvoo esperaban con gran anhelo que se finalizara la
construcción del templo, porque sabían, tal como lo había prometido el profeta José Smith a
Mercy Fielding Thompson, que la investidura las sacaría “de la oscuridad hacia una maravillosa
luz”. Por medio del profeta José Smith, el Señor reveló lo siguiente a los Santos de los Últimos
Días en Kirtland, Ohio: “Sí, de cierto os digo, os mandé edificar una casa, en la cual me propongo
investir con poder de lo alto a los que he escogido” . Él prometió dar a los santos fieles una
“multiplicidad de bendiciones” y declaró que el templo sería “un lugar de acción de gracias para
todos los santos, y un sitio de instrucción para todos aquellos que son llamados a la obra del
ministerio en sus varios llamamientos y oficios; a fin de que se perfeccionen en el entendimiento
de su ministerio, en teoría, en principio y en doctrina, en todas las cosas pertenecientes al reino
de Dios sobre la tierra”. En Nauvoo, el Señor nuevamente mandó a los Santos edificar un templo,
diciendo que allí Él restauraría la “plenitud del sacerdocio” y “[revelaría Sus] ordenanzas”. Las
hermanas de la Sociedad de Socorro se ayudaron mutuamente a prepararse para esas
ordenanzas y sus convenios correspondientes. Ellas contribuyeron para la construcción del
templo; en las reuniones de la Sociedad de Socorro aprendieron una de la otra y del Profeta; se
prestaron servicio caritativo y procuraron vivir con mayor santidad. Actualmente, en la Iglesia,
hombres y mujeres fieles de todo el mundo continúan prestando servicio en el templo y hallan
fortaleza en las bendiciones que sólo se reciben por medio de las ordenanzas del templo.

5 La hermana Winder dijo que poco después de haber sido llamada a servir como
Presidenta General de la Sociedad de Socorro, el élder Dallin H. Oaks pidió reunirse con
ella. Se le había pedido a él que preparara una declaración para la Iglesia sobre un tema
importante, y sintió que debía escuchar la opinión de las líderes de la Iglesia. Al solicitar
y utilizar su ayuda, él demostró respeto y gratitud por el conocimiento, las opiniones e
inspiración de la hermana Winder. Posteriormente ella enseñó que los hombres y las
mujeres de la Iglesia se necesitan unos a otros en la obra. “Aprendí que cuando te invitan
a una reunión”, explicó ella, “no te invitan a ir a quejarte de todos tus problemas, sino
que te invitan a ir con soluciones. Juntos, entonces, se puede conversar sobre ideas para
determinar qué medidas funcionarán. Los hermanos del sacerdocio esperan y necesitan
el punto de vista de las mujeres de la Iglesia. Necesitamos estar preparadas para
asistirles” . Esta unidad de propósito se hace evidente en las reuniones de consejo de la
Iglesia. A medida que los hombres y las mujeres se escuchan unos a otros en estos
consejos, procuran la guía del Espíritu y trabajan unidos, ellos reciben inspiración para
saber cómo satisfacer las necesidades de las personas y de las familias. El Señor ha dicho:
“Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, respecto de una cosa, he aquí, allí
estaré yo en medio de ellos” .
4 El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La más grande y
fundamental expresión tanto de las cualidades femeninas como de las masculinas tiene lugar en
el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio entre un hombre y una mujer. Sólo esa relación
culmina en la exaltación. Como lo enseñó el apóstol Pablo: ‘Pero en el Señor, ni el varón es sin
la mujer, ni la mujer sin el varón’. Las Escrituras de la antigüedad lo confirman en los convenios
matrimoniales entre Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y Jacob y Raquel. La ordenanza del
sellamiento une al esposo y la esposa el uno al otro, a sus hijos y a su Padre en los cielos. “Así
vemos” siguió el élder Oaks, “que el objetivo común… tanto en nuestros quórumes del
sacerdocio como en la Sociedad de Socorro es unir a hombres y mujeres en el sagrado vínculo
del matrimonio y las relaciones familiares que conducen hacia la vida eterna, que es ‘el mayor
de todos los dones de Dios’” 

Cuando se bendice al esposo y la esposa con la oportunidad de ser padres, ellos comparten una
responsabilidad solemne de ayudar a sus hijos a comprender y recibir las ordenanzas y los
convenios del sacerdocio. Nuestros primeros padres, Adán y Eva, dejaron un ejemplo de una
relación interdependiente y unida al enseñar a sus hijos. El élder Bruce R. McConkie, del Quórum
de los Doce Apóstoles, enseñó: “No sólo era Adán quien participaba en esos asuntos… “Eva tomó
parte activamente. Ella escuchaba todo lo que Adán decía. Ella habló acerca de ‘nuestra
trasgresión’, del ‘gozo de nuestra redención’, de la ‘posteridad’ que iban a tener juntos y de la
‘vida eterna’ que ninguno de ellos podía recibir solo, sino que está reservada siempre para un
hombre y una mujer juntos. Los profetas y apóstoles de los últimos días han alentado a los
esposos y a las esposas a seguir este modelo en sus hogares: “Por designio divino, el padre debe
presidir la familia con amor y rectitud y es responsable de proveer las cosas necesarias de la vida
para su familia y de proporcionarle protección. La madre es principalmente responsable del
cuidado de sus hijos. En estas sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como
compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro.