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Horacio era un niño sordo porque de pequeño tuvo una enfermedad aunque recordaba

algunos sonidos. Frente a su ventana había una casa con ventanas ovaladas donde vivía una
señora muy seria. El soñaba con ir allí. En las ventanas colgaba cosas muy graciosas y Horacio
se lo contaba a su familia con las manos usando el lenguaje de signos. La casa era preciosa con
muchas formas redondas, pájaros y flores. Como Horacio no podía oír lo observaba todo muy
bien. Un día al volver del colegio vio la puerta de la casa abierta y entró. Tenía una escalera de
caracol de madera grandísima y cuadro de colores. Subió las escaleras. Encontró una habitación
con muchos libros y una cocina llena de cacerolas y platos de colores. Siguió subiendo al tercer
piso y encontró otra sala con un sofá llena de libros. Algunos ya los había leído. Descubrió un
cuadro azul con pájaros que firmaba un tal Miró. Se dio cuenta que la señora lo miraba más
seria que nunca y le dijo que se fuera de su casa. Vio en los ojos de la señora que lo echaba por
ser sordo, porque le daba miedo. Su madre dijo que se llamaba Beatriz. Beatriz no soportaba a
las personas con defectos. El médico le había dicho que jamás volvería a oír y que tenía que
aceptase como era. Fue muy triste y difícil al principio pero ya se iba adaptando a su situación.
Para eso fue a la escuela de niños sordos y aprendió a hablar con las manos, que se
convirtieron en su voz y los ojos en sus oídos. También aprendió a leer los labios. A veces le
daba rabia pero se daba cuenta de que no servía de nada. Por eso aprendió a mirar muy bien y
a fijarse en todo lo que le rodeaba. Al día siguiente vio a su vecina Beatriz irse al trabajo pero ni
siquiera lo saludó y pensó en como poder quitarle el miedo que sentía porque él era sordo. Los
días siguientes la casa tenía las ventanas cerradas y no veía a nadie. Su hermana le dijo que la
señora había tenido un accidente y estaba en el hospital. Se había roto las dos piernas. Cuando
volvió a casa una señora que se llamaba Ofelia la ayudaba mientras estaba escayolada. Un día
se le rompió una bolsa de la compra y Horacio la ayudó y volvió a entrar a la casa. Cuando
Ofelia se dio cuenta de que era sordo le dio mucho cariño y Horacio la ayudaba todos los días
con la compra hasta que un día lo oyó Beatriz y le preguntó que por qué iba tanto a su casa.
Horacio le dijo que porque le gustaba mucho su casa y las cosas que tenía dentro y que colgaba
en la ventana. Al verse sola y sin poder moverse deseó que Horacio volviera otro día. Al ver que
no volvía le pidió a Ofelia que abriera las ventanas y a los tres días volvió Horacio. Merendaron
chocolate y ojearon libros. Le prestó uno de Miró. Luego le contó a su madre todo lo que había
pasado, que entró en la casa, que había conocido a Beatriz y que ella tenía miedo de su
sordera. Horacio le devolvió el libro. Beatriz le dijo que podía dar una vuelta por toda la casa
para verla. La casa estaba llena de libros, cuadros, muebles antiguos, joyas y muñecas de
porcelana. En la última planta solo había plantas y unos cojines en el suelo. Se podían ver las
nubes en el techo y de noche las estrellas. Era la casa más bonita del mundo. Tres semanas
después le quitaron los yesos a Beatriz. No sabía si volvería a andar como antes porque le
habían puesto una placa en la pierna. Beatriz tenía miedo porque no podía andar bien. Horacio
les pidió a sus padres que hablasen con ella para enseñarle a no tener miedo. Le pidió a su
madre que la visitara y la acompañara a fisioterapia pero su madre le dijo que no porque no la
conocía. Como no le hizo caso acudió a su vecina Emma, que era muy optimista y abierta. Ella
si convenció a su madre de que visitara a Beatriz. Al final la acompañaría a fisioterapia tres
veces por semana y se hicieron amigas y Horacio enseño a Beatriz a hablar con las manos.

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