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“ARDOS”

ESCRITA POR: URLA POPPE

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ÍNDICE

Introducción.................................................................. 3

Capítulo 1...................................................................... 5

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INTRODUCCIÓN

—Ardos... Ardos—susurraba entre sus sueños. La muerte estaba cerca y

ya no había nada que hacer para evitarla. El veneno estaba haciendo efecto,

recorriendo todo su cuerpo y faltaba poco para que dejase de respirar, para que

dejase este mundo. Un mundo el cual conocía desde hace mucho, tanto que ya

no podía recordar ciertas cosas, ciertos detalles de su, alguna vez, vida mortal...

No podía recordar el latido de su corazón, el susurro del viento en su cara,

el tener esa sensibilidad tan propia de los humanos y que los vampiros, como

ella, no la puede tener. Era la primera vez que estaba tratando de recordar esas

pequeñas cosas, esos detalles que en la hora de su muerte volvían a ella, como

pasajes de una película o de alguna vida extraña, lejana a ella.

Su niñez, ahora ya pasada, era el recuerdo de una vida que ya no le

pertenecía y que nunca le perteneció. Su destino era otro y el cual no pudo

evitar. Nunca supo si hubiese cambiado todo lo que tenía por aquella vida en el

campo, por esa libertad, por esa inocencia. Pero en el momento en que aquel

veneno le recorría el cuerpo y de que su muerte se acercaba, se acordaba de

aquella sensación y se preguntó si hubiese o no cambiado todo por aquello.

Sintió que alguien estaba a su lado y supo quién era. Era aquella persona

que la traía a la realidad, al saber que ya nunca más le iba a volver a ver y era

ahí que todos aquellos pensamientos, se esfumaban.

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—Ardos... —Volvió a susurrar.

—No hables, te hace mal. Debes descansar para recuperar fuerzas y salir

de este trance.

Ella no podía ver bien, sus ojos llevaban el velo de la negra muerte, pero

podía distinguir a aquel ser de extraordinaria valentía y fuerza. Vio su pelo

negro cayendo sobre sus hombros y en medio de su cara, una sonrisa fingida,

disimulada por el dolor.

El final se acercaba y aunque la batalla había terminado y su reina había

triunfado, el dolor era aun más grande que si hubiesen perdido. Porque no había

nada que celebrar si ella estaba muriendo postrada en una cama, como un

simple mortal...

—He querido esperar este momento que sé que voy a morir para hablar

contigo.

—No digas eso, todavía eres muy fuerte para combatir contra ese veneno.

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I

Era el año 1532 y Europa estaba dividida a causa de las reformas

cristianas. Guerras en nombre de la religión azotaban todo el continente y lejos

de toda esta revuelta, otra muy distante se estaba a punto de iniciar.

Una reforma dentro de un sistema corrupto de hace mucho tiempo y que

vivía ahora uno de sus peores momentos. Siglos de búsqueda de un rey que cada

vez se veía más distante y muchos empezaron a perder la paciencia y ya

sonaban otros nombres para que gobernaran a la raza de los vampiros. Los

miembros del consejo y del gobierno estaban hace mucho ya instalados en

reemplazo de un futuro soberano que nadie encontraba. Las esperanzas de que

existiese realmente ese ser perfecto y libre de aquellas maldiciones impuestas ya

mucho tiempo atrás por los dioses.

La historia de que un ser los liberaría de su condena en la oscuridad y de

gobernar sobre la tierra en nombre de su dios KHU, estaba convirtiéndose en

algo tan lejano como un simple mito.

Después de la decepción que Vlad Tepes les había causado muriendo

como un simple mortal, en manos de su peor enemigo. Había dejado a la raza

divida entre los que creían que era él el verdadero rey y en los que todavía

esperaban la llegada de otro ser más poderoso y no tan débil.

La casa principal se encontraba en Inglaterra, a las afueras de lo que hoy

sería Liverpool. Fue construida por una casta de vampiros, considerados los más

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sabios y poderosos. Esta casa fue hecha para darle la bienvenida a Vlad Tepes,

quien quería reinar en Inglaterra y no tan lejos, en la Europa del este. Su ansia

de poder era más grande que la que poseía. Muchos lo adoraban y querían que

fuese él el que liderara el mayor ejército jamás antes creado, de seres inmortales

y aliados como los muertos y otra clase de criaturas.

Viajaba constantemente a ver la construcción de la casa y quedó

satisfecho cuando la vio terminada. Pero nunca llegó a vivir ahí, debido a su

infortuna muerte en regiones de guerra.

Ante la muerte de Vlad, el gobierno formado recientemente se encontraba

a la deriva sin un líder que los manejase y que los guiase hasta que el verdadero

sucesor reinase entre ellos. Así que se buscó entre los más sabios quien podría

ocupar ese rol, ese cargo tan importante y codiciado por muchos.

Se llamó a todos los grandes sabios sobrevivientes de las más grandes

catástrofes, incluida la guerra de los dioses. Entre ellos se encontraban Amateus

y Eraldus. Dos de los favoritos por Vlad para que gobernaran a su lado.

Amateus era un gran sabio que había vivido muchos siglos y su mayor

búsqueda era el encontrar a su rey y serle fiel sólo a él. Los años pesaban sobre

él. La guerra de los dioses había significado un gran dolor y ahora le pesaba

sobre sus hombros. Había creído que Vlad Tepes era el verdadero rey y lo

apoyó convirtiéndose en su más fiel compañero, pero su desilusión se dio

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cuando vio la codicia por el poder en su futuro rey y no el verdadero propósito

de su reinado, que era el liderar el gran ejército para la gran segunda batalla.

Eraldus por su parte era codicioso como su rey y nunca creyó en la

fidelidad de Amateus por Vlad. Lo perseguía constantemente para ver si

descubría algo que lo pudiese inculpar. Pero al ver esa gran lealtad, le entró

celos y nunca dejó de tenerlos.

La reunión se llevó a cabo lejos de la casa principal. Ya que todavía nadie

vivía en ella. Tras la muerte de Vlad, se crearon otras casas en toda Europa

como señal de que no apoyaban que existiese un solo gobierno y que fuesen

unos pocos los privilegiados. La reunión se llevó a cabo en Lión, en la casa

principal de Francia. Los que vivían ahí no creían en que Vlad hubiese sido el

que tanto estaba buscando y se habían convertido en una especie de comité

diplomático. Debido a la guerra fría que se había desatado en todo el continente.

La decisión fue unánime y Amateus pasó a ser el encargado de gobernar

y de liderar a todos lo vampiros. Entre otras de sus tareas estaba el que si

durante su gobierno, no se encontraba al rey, tenía que elegir un sucesor para

que ocupase su lugar cuando él ya no esté. Tenía que buscar al encargado de

buscar al rey, ya que había algunos seres que poseían el don de la visión y

podían predecir ciertas cosas que todavía no habían pasado.

Pero esos seres eran muy raros de ver, ya que habían sido odiados por

mucho tiempo a causa de sus malas predicciones por creer que Vlad Tepes era

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el futuro rey de los vampiros. Muchos eran considerados traidores y vivían lejos

y ya nadie confiaba en ellos. Tenían que encontrar otra forma de encontrar a su

rey y todavía faltaba muchos años más para que eso sucediera.

50 años después de que Amateus tomara el control del gobierno, vino al

mundo Ardos. Un mago capaz de predecir lo que muchos otros no pudieron ver,

pero para él no era más que una maldición más.

Su madre tuvo que morir y sacrificar a su otra hija para que él pudiese

vivir. Ella sabía que el destino de su hijo estaba marcado y que ya nada podía

hacerse más que morir por esa causa.

Amateus al asumir el poder, tenía ciertos derechos pero había cosas que

él no podía hacer, bajo pena de muerte. Se consideraba una traición tener algún

contacto con los humanos, aunque muchos antes ya lo habían hecho. Pero desde

el incidente con Vlad, se puso una ley, en donde se le prohibía a cualquier

gobernante tener algún contacto, que no fuese el más mínimo, con los humanos.

Amateus conoció a una bella dama, hija de nobles mortales. Era una

mujer sumamente hermosa y muy deseada por todos. La vio por primera vez en

uno de sus pasos por la ciudad de París. Quería enterarse de las reformas dadas

por los religiosos y algunas de ellas les afectaba directamente.

Amateus no viajaba solo y tuvo que mentir para poder ver de cerca a

aquella mujer. Se le acercó en silencio, mientras ella oía deleitaba por un

concierto de piano. Las luces del recinto la hacían lucir aun más bella y

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Amateus no pudo resistir la tentación. Para cualquier otro vampiro ella hubiese

significado nada más que una víctima, pero para él había algo más en ella que lo

cautivó desde que la vio.

Se empezaron a frecuentar, sin que ella supiese realmente quién era él.

Pero a eso ella no le importaba, ya que estaba extasiada con aquel extraño que

viajaba desde tan lejos tan sólo a verla. Con el tiempo, los viajes misteriosos de

Amateus a París se volvieron sospechosos y muchos se preguntaban por qué

eran tan importantes esos viajes para su líder. Él sabía que si se enteraban de lo

que estaba pasando lo iban a matar, pero no entendía por qué, pero eso no le

importaba tanto.

El consejo se reunió con el gobierno y se decidió investigar las extrañas

visitas a París de su jefe. Lo que él no sospechaba es que fue Eraldus, el

encargado de Los Rebeldes que fueron tras él a París.

Al descubrir su secreto, lo hicieron prisionero y lo llevaron de regreso a

Liverpool. La situación era muy confusa y nadie entendía cómo era que un ser

como él, estuviese enamorado de una mortal. Era casi inaudito. Se le juzgó por

semanas, ya que no se ponían de acuerdo qué hacer con él. Sabían que si lo

mataban, el gobierno perdería el control de la situación, al saberse del amorío de

Amateus con una mortal. Pero otros creían que deberían de sustituirlo, porque

no consideraban que fuese capaz de guiarlos, ni de encontrar al verdadero rey.

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Fue Morna el que abogó por él y tras una semana de discusiones,

decidieron perdonarle la vida y dejar que siguiese gobernando. Sabían que nadie

era como él, a pesar de sus debilidades.

Pero el problema no terminó ahí, cuando a unos meses de los incidentes,

Amateus recibe una carta de Anabella, su amante y en ella le decía que estaba

esperando un hijo suyo. La noticia no pasó inadvertida para los miembros del

gobierno, quienes acordaron que sería lo mejor si esa mujer muriese junto con

su hijo.

Amateus no pudo decir nada, porque sabía que cualquier cosa que él

dijese podría significar su muerte o su destierro total. Pero tenía que hacer algo,

tenía que salvar a aquel ser que iba a nacer. Era su descendencia y como tal, era

un ser con sangre de elegido. Aquella criatura podía ser el rey que tanto estaba

esperando y él no iba a dejar que lo matasen. En el fondo sabía que todos

estaban de acuerdo en asesinar a esa criatura, por lo importante que era y que

sus puestos estarían en peligro si esa criatura naciera. Pero todo esto lo

guardaban en sus corazones como un secreto que todos compartían y que

preferían ocultar a los demás.

Eraldus mandó a unos Rebeldes a encargarse de la mujer y del bebé. Pero

no tomaron precauciones en cuanto a la ausencia de Amateus de la casa y de su

viaje a París a ver a Anabella, en el momento que ella iba a dar a luz.

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La partera se encontraba lista para sacar a la criatura y él estaba a su lado

esperando. Anabella sospechaba que algo malo estaba pasando y rogó para que

no le quitasen a su hijo.

—¡No te lleves a mi hijo! ¡No lo hagas!—Tenía los ojos llenos de

lágrimas del dolor del parto y de no poder hacer nada para evitar que se lleve a

su hijo.

—Tú no entiendes nada. Ese niño tiene una maldición y si quieres que

viva, tienes que dejar que se vaya conmigo.—Le dijo Amateus.

La partera se acercó a ella, al ver que el bebé estaba por nacer. Los

dolores eran cada vez más insoportables y ella no creía que aguantaría un

minuto más...

—Es un varón. Señor, es un varón.—Le dijo la partera y puso al bebé en

las manos de Amateus.

Una sensación muy extraña le recorrió el cuerpo. Estaba frente a su hijo,

pero aun así era un mortal. Su cuerpo lleno de sangre y el dolor que su madre

había sufrido, era algo que nunca antes había visto en su vida. Y nunca se

olvidó de lo que sintió aquel día.

—Parece que tenemos otro en camino.—Dijo la partera al ver que

Anabella volvía a sentir las contracciones.

Pero en ese momento, alguien se acercaba al lugar. Eran Los Rebeldes

que venían a matar a la madre y al recién nacido.

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Amateus supo que era la única oportunidad de salvar a su hijo y decidió

sacrificar la vida de su otro hijo y marcharse antes que fuese demasiado tarde.

—Es una niña.—Fue lo último que dijo la partera.

En ese mismo momento, entraron a la casa y mataron a todos los que se

encontraban en ella. Amateus logró escapar con su hijo en brazos y observó los

gritos de desesperación desde el jardín, oculto tras las ramas de un viejo árbol.

Eraldus entró poco después a la casa y se dirigió al cuarto principal,

donde yacía sobre la cama Anabella y su hija se encontraba muerta en el suelo.

—Creo que esto esta terminado. Espero que hayan matado a todos los

que vivían aquí. No quiero ningún testigo que pueda ser un estorbo más

adelante.

—No, mi señor. No quedó nadie vivo.

Mientras tanto, muy lejos del lugar de la masacre, Amateus se dirigió a

Londres y dejó a su hijo en manos de unos fieles sirvientes. Sabía que ahí

estaría seguro hasta que su hora llegase.

—Quiero que lo cuides bien, Lan. No quiero que nadie sepa que mi hijo

está vivo. Estoy seguro que este niño será alguien importante y no quiero que

nadie intente intervenir en mis planes.

—No se preocupe, mi señor. El niño estará muy bien con nosotros.

Somos sus más fieles servidores y siempre lo seremos. Todos nuestros poderes

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de magos, serán enseñados a su hijo y aprenderá cosas que quizás nadie le

hubiese enseñado jamás.

—Lo sé. Sé que aquí estará seguro y que será un excelente mago, porque

tus enseñanzas lo harán grande.

—Disculpe, mi señor. Pero todavía no me ha dicho cómo se llama el

pequeño.

Amateus se quedó un rato en silencio, no lo había pensado hasta

entonces. Pero sabía cual era el nombre perfecto para su hijo.

—Se llamará Ardos, el mago hijo del gran Amateus; fiel servidor del

gran KHU.

—Así será, mi señor.

Y así fue como el pequeño Ardos creció entre magos y hechiceros, que

alguna vez habían pertenecido a los seguidores de Vlad y que fueron

desterrados, tras el fracaso de sus predicciones sobre el reinado de Drácula.

Eran vampiros, hijos de grandes sabios y pensadores. Con la capacidad

de ver más allá de lo presente y de poseían el poder de la brujería y magia.

Habían sido fieles a las decisiones de los gobiernos. Nunca se habían rebelado,

ya que creían que su misión era el proteger y ayudar, con sus poderes, a los

verdaderos gobernantes y todo en nombre de KHU.

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Fueron desterrados, pero por el temor de que se rebelasen, les perdonaron

la vida y dejaron que viviesen cerca de ellos, pero aun así no tenían ningún

contacto con la casa principal ni podían dar consejo de ninguna clase.

Vivían en una gran palacio, rodeados de muchos árboles para que no los

molestasen en sus experimentos; estaban llenos de misterios y fracasos, los

cuales no eran nada fáciles de aceptar. Se habían dado cuenta que no eran tan

sabios, ni tan poderosos como alguna vez lo pensaron y el destierro no era nada

en comparación de los tormentos internos que los perturbarían por toda la

eternidad.

Al sentirse tan inseguros y sin esperanzas de que volviesen a ser los

mismos de antes, decidieron encargarse de que Ardos fuese el que aprendiera

todo lo que ellos sabían sobre magia y algo dentro de ellos les decía que ese

niño poseía un don especial y lo iban a averiguar.

Ardos no era todavía un vampiro, a pesar de que su madre era una mortal,

la sangre de la muerte siempre era más fuerte.

Su iniciación tenía que ser preparada por los mismos magos y tenía que

ser su propio padre el que lo convirtiese en vampiro.

Ardos, por su parte, sabía lo que era y se sentía preparado para ese día.

Desde muy pequeño sintió dentro de sí un poder especial, lo cual le traería

muchos problemas durante el resto de su vida, pero nunca se arrepintió de haber

decidido esa vida...

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La cama estaba fría, como si la misma muerte estuviese echada junto a

ella. Anne llevaba días entre el filo de la vida y entre alucinaciones y recuerdos

muy gratos y otros no. Ardos no se movía de su lado, recordaba aquel día que le

dijeron que no era el elegido. Sintió tanto dolor y odio por aquel verdadero

elegido, a la cual ahora tenía al frente...

Su padre lo presentó ante el gobierno cuando cumplió los 18 años

mortales, no tuvo miedo de entrar a esa casa. no sólo porque estaba junto a su

padre, sino porque sabía que ese era su destino. Sentía que su vida era gobernar

a aquellos seres, ser el líder de toda la raza.

Entró justo detrás de su padre. Amadeus llevaba una espada en la mano

derecha, por si alguien intentaba atacarlo a él o a su hijo. Estaba dispuesto a

enfrentar a todos, incluso morir por esa causa...

Todos estaban reunidos en la sala, muchos que estaban de paso se

acercaron de curiosos y olían la sangre del mortal. Era la primera vez que un ser

humano se había atrevido a entrar a la casta. Ardos era alguien muy especial y

todos sintieron que él no era lo que parecía.

—¿Cómo te atreves a traer a un mortal a la casa de tus ancestros?—De

entre la gente salió Eraldus, quien había escuchado de la presencia del mortal.

—Vengo a presentar a mi hijo...

Todos se quedaron sin saber qué decir, muchos empezaron a murmuran y

otros a reírse, creían que Amadeus estaba alucinando.

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—Espero que tengas una buena explicación para lo que acabas de decir.

Mira que traer a un mortal entre nosotros no es algo muy usual. Además veo

que no tiene miedo el pequeño.

—Yo no soy ningún pequeño...—Se apresuró a decir Ardos, que estaba

un poco cansado de la larga espera y del modo cómo todos lo estaban tratando.

En ese momento unos hombres muy grandes se acercaron por los lados

de la casa y Amadeus pudo notar su presencia, lo cual hizo que cogiese la

espada.

—No te apresures a decir nada, hijo. Ahora no es el momento para que te

enfrentes a ellos. Tú vas a ser muy grande y ellos lo saben, sólo que no será

nada fácil.

—No tienes que seguir mintiendo... Yo no soy tu hijo y ellos lo tienen

que saber. Yo soy sólo un protegido y el verdadero elegido para ser el rey de

toda esta raza...

Amadeus no supo qué decir ante lo que acababa de escuchar. Ardos

estaba actuando de un modo muy extraño. Volteó a verlo y lo miró por un largo

rato, tratando de buscar en los ojos de su hijo una explicación para lo que

acababa de decir...

—¿Es esto una broma de mal gusto, Amadeus? Vienes a nosotros

trayendo a un mortal, dices que es tu hijo y hasta estás dispuesto a dar tu vida

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por él... Y ahora resulta que no es tu hijo...—Eraldus sabía que algo raro había

detrás de esa confesión.

Amadeus se quedó un rato en silencio, todos estaban esperando que

dijese algo. Tenía que pensar qué era lo mejor para todos, así que decidió darle

la razón a su hijo y lo negó delante de todos. toda su vida se arrepintió por haber

hecho eso...

A pesar de la mentira que Ardos dijo en ese momento, muchos dudaron si

no estaba tratando de proteger a Amateus de una muerte segura...

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