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El cuerpo, la moneda y el poema: Potlatch de Arturo Carrera

Silvio Mattoni

Se ha dicho que lo real, si existe, estaría más allá de lo que se puede decir,
aunque quizás se pueda suponer, incluso intuir, a partir de lo que se dice. También
podríamos salir de los términos del lenguaje y pensar que lo real se encuentra por
fuera, antes o más allá de las representaciones. Lo que implica otra conocida paradoja:
si todo pensamiento es una representación o se hace con representaciones, ¿cómo
llega entonces a darse un pensamiento sobre lo real? Dando un paso atrás en el
terreno de la terminología, lo “real” no es más que un concepto abstracto derivado de
“res”, la “cosa”. ¿Y si fuera cierto que la cosa, lo que se nos muestra sensiblemente
como un objeto, sólo fuera un evento causado por algo que no se puede ver ni tocar ni
nombrar? ¿Y si todo fenómeno y toda representación brotaran de un origen causal, la
cosa verdadera, inaprensible? La sustancia metafísica que históricamente ha
respondido a estas preguntas sería al mismo tiempo una presencia, aunque siempre
sustraída a su representación, siempre desaparecida en la palabra y la imagen que la
hicieran aparecer, y a la vez una verdad, lo real de la cosa que coincide
tautológicamente consigo misma. Pero una vez abandonada la idea de sustancia,
quizás lo real, siempre difícil de nombrar, sea la cosa que traduce todos los objetos
representables a su propia materia, la cosa que desmaterializa cada ser o cada objeto
convirtiéndolos en fantasmas, algo que me sugiere la economía política, aun cuando
sólo se me ofrece como la verdad del mundo y de la memoria y el olvido a través de la
poesía. Esa cosa real, que traduce las cosas múltiples a su valoración inmaterial, es el
dinero, la “plata”, en nuestro idioma argentino.
Según una acepción que está inscripta en el arcaico diccionario de la lengua,
“realizar” significa vender, cambiar algún bien por dinero, hacer efectiva una cosa; un
poco a la manera en que se habla de liquidez en economía y entonces se “liquidan”
bienes, activos, cosas que valen algo, para quedarse con la material inmaterialidad del
efectivo. Sólo que al decir que “realizamos” algo, y lo vendemos inmediatamente,
puede pensarse que hacemos lo real con el fantasma de la cosa vendida, liquidada,
puesto que su realización consistió en traducir no lo que era, no su imagen ni su
nombre, sino su valor como fetiche, su símbolo, lo que en otros ámbitos se llamó la
mercancía. ¿Y acaso la poesía no fue siempre, o al menos desde que su instaura su casi
nulo valor de uso en la modernidad, su pureza simbólica, una liquidación del
intercambio de las representaciones? Cuando Mallarmé dijo “¡una flor!” y se produjo
en su texto “la ausente de todo ramo”, proclamaba la realización de las palabras, su
cosificación, donde toda comunicación enfrentaba su riesgo de no decir más nada.
Decir la nada, sin embargo, es imposible. Y quizás lo real se abra paso en el poema, con
otras operaciones, traduciendo la cosa que desmaterializó el mundo, haciendo del
dinero la cifra de lo que es, el conteo monetario del olvido, la infancia y la muerte.
Así llegué a la lectura de la experiencia, a la recuperación de lo olvidado y lo
perdido en la infancia, a los fantasmas del deseo, en el libro Potlatch de Arturo
Carrera1, que desde su título propone una idea de la poesía como comunicación
excesiva, y no como un amenazante silencio por venir. Es como si en la escena
polifónica del poema, poblada de múltiples y variados testimonios, se dijeran los
nombres de todas las flores del idioma y del mundo, y de allí resultara no el vacío de
todo ramo, sino un perfume nuevo, mixto, que acaso estaba en el ritmo, en la grafía,
en la continuidad entrecortada de la poesía.
Reivindicado como una forma originaria del intercambio, el potlatch llega a
configurar un pensamiento sobre la poesía a partir del célebre ensayo de Bataille
titulado “La noción de gasto”, donde se lo interpreta como una institución que otorga
a la pérdida de una cosa, por medio de la donación a otro o de la destrucción ofrecida
a otro en forma de desafío, un valor positivo. Si regalo, destruyo o pierdo algo, unas
cosas, me encuentro de repente con el puro valor, más allá de toda cosa, con el
prestigio, la ausencia del temor que anida en cada proyecto y en cada plan guiados por
la precaución. Pero más allá del intercambio que resulta del potlatch, que supone su
devolución con usura por parte del otro, aquel que recibe mi regalo o mi ofrenda
sacrificial, este valor positivo de la pérdida, su instauración en la ausencia de la cosa,
del bien, depende de un principio general. Dirá Bataille entonces que las sociedades no
existen para producir, acumular y reproducirse, para persistir, sino que su fin último es
1
Carrera, Arturo, Potlatch, Interzona, Buenos Aires, 2004.
el gasto improductivo, la pérdida de lo producido, que en sus formas simbólicas asume
las figuras de la religión, el deporte, el lujo, la guerra y el arte. Todas las formas del
sacrificio, que incluyen el derroche de fuerzas y de cosas, recuerdan este carácter
último, este objetivo supremo del gasto improductivo para cualquier sociedad. Una
comunidad, repito, no existe para sobrevivir como tal, sino para gastarse en la
adoración de sus dioses, en la reiteración de sus mitos, en la embriaguez de sus fiestas.
En una sociedad más compleja, la poesía llega a formar parte de este vasto dominio
del gasto improductivo. Bataille afirma que “el término de poesía (…) puede ser
considerado como sinónimo de gasto: significa en efecto, de la manera más precisa,
creación por medio de la pérdida”2. ¿Y qué se pierde en poesía, qué se derrocha?
Bataille lo responderá en otro lugar: se pierden las palabras, en su sentido
comunicativo más trivial, las palabras que sirven para transmitir cosas. Se trata de un
sacrificio cuyas víctimas propiciatorias son las palabras, las banales palabras de cada
día, invertidas o mutiladas o aisladas para que se pierdan en la noche.
Arturo Carrera, en el prólogo a su libro, también invoca estas citas de Bataille,
su ecuación donde la poesía se retrotrae al tiempo de las cosas sagradas, donde se
transforma en una búsqueda íntima porque ya no es posible otro sacrificio que no sea
el de uno mismo. Pero desconfía de la excesiva separación entre la palabra de la poesía
y el sentido común. Más allá de la destrucción de las cosas, de las palabras hechas
cosas en un intercambio sin huellas, algo se atesora y se salva. ¿Será acaso el brillo de
una experiencia de lo real, transmitido a las palabras por un sencillo recorte, una
aplicación de ritmos? En el antiguo potlatch de los indios, el ideal hubiera sido un don
que no pudiera ser devuelto, con el cual se alcanzaría un prestigio de ahí en más
insuperable. ¿Acaso la poesía no buscaría ese brillo absoluto, eso que no pueda ser
superado aunque en cada caso, con cada poeta, sea algo que se vuelve a gastar? Así,
en el último apartado de su prólogo, el elogio que hacía Carrera de la destrucción
sacrificial se convierte en devoción, un acto que recoge de las cenizas la cosa que se
aisló, el valor que no se adhiere a nada, que no depende de ninguna voluntad. Cito el
fragmento: “Y el potlatch, además de derroche y ‘destrucción productiva’, además de
‘liberación de camino’, también será ese oro de la duración y ese oro de la no

2
Bataille, Georges, La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003, p.
117.
intención, ese oro que sube del dolor y ese oro que sucumbe al dolor. Ese oro del
viento en las ramas y ese oro lleno de materia de los poetas del pasado; el oro de no
durar, de no tener, de no saber, de hacer el signo con absoluta humildad.”3
¿Qué será, en esta declaración de fe poética, el oro? Obviamente que no el
patrón de todo intercambio, tal vez sí un símbolo o menos aún: el signo humilde de
escribir para registrar lo que se pierde a cada instante, y que sería “real”: viento, dolor,
poesía, ignorancia… No se sabe qué es lo real, no puede saberse. Y es posible que el
no-saber sea su manera de aproximarse al hablante, al que percibe, al que atesora sin
darse cuenta. Para el filósofo Clément Rosset, uno de cuyos modelos de recuperación
a posteriori de una experiencia de lo real es Proust, se trata de cierto brillo que está en
el origen de la representación, en la inmediatez del presente, pero que no se deja
captar como lo representado. De tal modo, lo real aparece en la distancia que se
produce, dentro de la representación, entre pasado y presente, entre el brillo
originario y el tesoro, en ese oro que se desvanece sin un registro. Escribe Rosset: “Lo
real precede así, la mayoría de las veces, a su representación, de modo que la función
de la representación consiste en evocar no una realidad simultánea a la percepción,
sino en descubrir una realidad que le es anterior, que existe con toda la fuerza de lo
real sin que no obstante haya sido registrada con nitidez.”4 Sin embargo, lo que así
aparece en la representación, ocasionalmente, y en nuestro caso en la poesía, imperio
de la ocasión, no sería un recuerdo, algo que fue, sino el advenimiento de lo real en sí
mismo. Vemos que algo brilla en la representación, en el poema donde un ritmo y
unos cortes separan el oro de ciertas palabras, y ese brillo, que no está en las palabras
ni en la soberbia de una página, trae a nuestra percepción una experiencia cuya
realidad se hace evidente. No obstante, tampoco se entrega esa experiencia como una
moneda intercambiable. Si se trata de monedas, si se trata de sentidos, serán unas
piezas de dinero particulares, unas muescas en sus bordes, unas inocentes alegorías
que pueden reproducirse en la infancia frotando un lápiz sobre un papel que las cubre,
y al taparlas de grafito las revela en su singularidad.
En uno de los poemas de Potlatch, titulado “Trueque”, leemos: “¿Qué es lo que
no cesa de entregarse/ como trueque de apariencias,/ haciendo estremecer en cada

3
Carrera, A., Potlatch, op. cit., p. 10.
4
Rosset, Clément, Lo real. Tratado de la idiotez, Pre-textos, Valencia, 2004, p. 164.
uno/ el indicio de lo real?”5 Esta pregunta retórica finaliza el poema, pero no es del
todo un final porque el libro entero sería un solo poema sobre el gasto, el dinero, el
intercambio, el don, el cuerpo y sus pérdidas, entre otras cosas. Y la pregunta
responde que el indicio de lo real es un trueque de una apariencia por otra, un valor
por su representación. La apariencia de la infancia, las primeras impresiones de la
moneda, el valor, el regalo, se cambian por las palabras del poema, y en él vuelven a
brillar. Podríamos hacer ahora el inventario de acontecimientos que se hacen
resplandecer en el libro: la moneda coleccionada y la perdida, la que deja el ratón a
cambio de los dientes, la que se tira a la manchancha en rituales perdidos, la hostia de
la comunión, símbolo redondo de un cuerpo irrealizado, la sensación anal de poseer un
tesoro, las figuritas que se cambian en la escuela, donde la que no se tiene vale mucho
más. Y no quisiera agregar “etcétera, etcétera” porque sería una forma usuraria de
terminar la enumeración. De allí que el libro sea entonces un solo poema, inseparable
de su pensamiento sobre lo simbólico y sobre la verdad que escapa de su fijación en
signos, constituido por seis secciones de fragmentos más rítmicos, obedientes a la
forma del verso y a la escansión estrófica que Carrera encontró y no abandonó ya
desde Arturo y yo, en 1983; pero lo peculiar de Potlatch, su sorpresa dentro de la
poética que sigue desplegando, está en los intervalos de tales secciones, llamados
“Data”, donde leemos partes de supuestos testimonios, como si el poeta hubiese
hecho un trabajo de campo, una serie de encuestas sobre los recuerdos infantiles del
dinero en una muestra de individuos, amigos quizá, y luego hubiera transcripto los
momentos singulares de dichos testimonios, sin las preguntas. En esos “Data”,
entonces, con toda la carga de una oralidad fielmente traspuesta, aparecen instantes
de otras memorias, momentos primarios que podrían definir vidas, casi biografemas a
lo Barthes donde se captaría lo singular de cada cual, de seres cuyos nombres
ignoramos pero cuya realidad no deja de conmovernos. A estos testigos
antropológicamente puestos en escena, el mismo observador participante parece
definirlos en el comienzo de una de sus evoluciones, como si fueran un coro para los
poemas de un yo, memoria plural para el parpadeo individual de pequeños olvidos o
blancos, y entonces escribe: “Son voces, sí, ¿por qué no? ¿qué importa el yo?/ Son
voces, vocecitas,/ como escarcha que pisábamos a la mañana/ sobre el adoquín y el
5
Carrera, A., Potlatch, op. cit., p. 151.
pasto blancos, íbamos/ mirando para abajo,/ para oír crujir mejor el hielo y/ para que
se levantaran como brisa/ otras voces, sí,/ otras vocecitas…”6 Aunque también, antes
del coro de anécdotas, las voces sobre el ratón Pérez, el ahorro infantil, los primeros
hurtos de la niñez, la plata encontrada y la perdida, está la “Data” sobre la acuñación
de la moneda, la impresión de los billetes, y todo el vértigo que produce en biografías
argentinas el cambio de moneda nacional, los ceros que van y vienen, los colores y
tamaños que mutan al ritmo de golpes que no sellan simplemente símbolos. Pero la
transcripción de las formas de la moneda argentina, que resuena en los
desmemoriados testigos que ya no recuerdan cuánto vale el peso de su infancia, da
lugar a una aparición política, entre otras imágenes políticas, en Potlatch, porque el
último eslabón de oro, y el primero, será el cuerpo, el deseo de cuerpos jóvenes que
surgen y se gastan y se hacen valer, sin pausa y sin avaricia.
Pierre Klossowski –autor citado en Potlatch dentro de un poema cuyo título
recuerda su más agudo y complejo libro, “Moneda viviente”– plantea una teoría del
goce voluptuoso como circulación de valores, donde el único dinero contante y
sonante sería el cuerpo, su posibilidad de dar y recibir placer en la medida en que se
vuelve un simulacro, un fantasma para el deseo del otro. Pero lo único que da ese
goce, ese valor impulsivo, no tiene precio, en tanto que es inútil y a la vez no puede
gastarse. El simulacro que da placer, a partir de un cuerpo, contiene potencialmente
infinitos goces, es la moneda misma, viviente, que no puede perderse ni gastarse. Es
como “El Zahir” de Borges, también citado por Carrera, la moneda prendida a las
visiones del yo, el fantasma de la repetición, que se simula en el cuerpo del otro una y
mil veces. Klossowski ve en la monetarización del cuerpo una necesidad de la eficacia
industrial para la fabricación de utensilios, que necesita tantos más simulacros inútiles,
sin precio, tantas más fuentes de placer, cuantos más objetos útiles e intercambiables
se ve obligada a producir. Y concluye que para incrementar la potencia del propio
simulacro habría que darse al máximo, para no tener que recibir, y como ya no es
posible regalarse, entonces es preciso venderse. Así lo parafrasea el poeta: “Recibo
según soy capaz/ y como persona soy/ aquello que recibo y doy/ por eso ya no
soporto/ recibir más de mi dar// –a riesgo de pertenecer/ a los que reciben sin

6
Ibid., p. 67.
pausa.”7 Pero la voluptuosidad, aquello que se da o se recibe, no tiene precio, no tiene
equivalencia, como el dinero, que no tiene valor en sí mismo, sino por todo lo que
puede cambiarse con él. Placer físico y dinero, entonces, como valores del valor, libres
del uso destinado a objetos corporales y a simulacros disfrutables, o sea cuerpos vivos,
son símbolos, pertenecen a la esfera del lenguaje, dentro de la cual se ornamentan los
atavíos del prestigio personal. Klossowski escribe: “Equivalente de riquezas, el dinero
es por lo tanto la destrucción de esas riquezas, mientras éste conserve su valor: al igual
que el lenguaje, signo de lo existente (en cuanto poseedor de un sentido), en el estilo
de Sade se hace signo de lo inexistente, es decir, simplemente de lo posible
(desprovisto de sentido según las normas del lenguaje institucional).”8 Por lo tanto, el
dinero, que representa y valora numerariamente todo lo que existe, también es el
signo de lo que no existe, de lo que produce la fantasía, la monstruosidad del goce, la
transgresión del lenguaje instituido; el dinero se hace símbolo de lo posible, del placer
posible que anida en el simulacro, en la construcción de otro cuerpo a partir del
cuerpo viviente del otro, previa y deleitosa antes de la descarga que es el final del
goce. La poesía o el estilo son la conversión del lenguaje comunicativo, útil para
transmitir medidas y valoraciones, en signo de lo posible, en materia deseante y
deseable, un poco como el avaro que acaricia su oro sin soñar en convertirlo a nada
que exista fuera del puro valor. Pero la poesía dice algo, tira sus monedas, da más
porque no acepta recibir la atención del entretenimiento o el consejo, da un lenguaje
para cada cuerpo y no una equivalencia para valorar el mercado de los cuerpos.
De todos modos, si el simulacro que produce placer es reemplazable, como la
moneda que puede ser cambiada por otra o por una cosa, el cuerpo que sostiene el
simulacro no lo es íntegramente. Siempre hay un resto del cuerpo que se resiste a su
conversión en simulacro. Es el resto mortal que se regala y que nunca podrá ser
devuelto, puesto que su única devolución posible sería un reflejo de su ausencia. Así, el
placer de lo que existe, un cuerpo en particular, se cambia por el dolor de lo que ya no
existirá, lo que pudo ser otra cosa y sin embargo se ha hecho dolor de ausencia.
Siguiendo una sintaxis barroca, propia de Macedonio, que es citado por Carrera,
diremos que el dolor de un cuerpo sustraído, derrochado pero sin donación, ese dolor

7
Ibid., p. 73.
8
Klossowski, Pierre, La moneda viviente, Alción, Córdoba, 1998, p. 47.
por la ausencia irreemplazable, se restituye como pura falta, ni placer ni dolor, lo
viviente como cara de alguien sellada en una efigie, pero sin moneda, sin simulación.
Por eso, en un poema titulado “Río de la Plata”, resuena el nombre del país, la
Argentina, que antes fuera un sueño de marineros avaros, nombrando un río marrón
con reflejos imaginarios, y también en la orilla, en una estrofa, se observan unos chicos
del presente besándose y a los que se les hace encomendarse, sin hablar, al “padre
frágil”, a la “risa detenida… pero/ viajera” del gran curso fluvial, para recordar luego
que otros cuerpos animados por el deseo dentro de la historia fueron entregados por
nada y a la nada, a la tragedia sin público, porque el poema del río dice: “Ahora está
lleno de cuerpos de hermosos jóvenes/ que pagaron con su vida inocente el precio/ de
otro macabro potlatch.”9 Sin embargo, la alusión es equívoca, puesto que no hay un
bien que se regale o se destruya en esa violencia de anonadar unos cuerpos
desidentificados, no hay un potlatch propiamente dicho, sino una sustracción que no
tiene devolución posible ni consagra ninguna cosa. Tan sólo queda fija la imagen de los
cuerpos ausentados, sin que supieran darse ni mucho menos venderse, como monedas
grabadas con un valor no mensurable. Leo: “Y vivirán para mí, para mis hijos,/ para mis
deseadas descendencias como/ figuras intocables del contrasentido en que fluimos”. Y
lo inolvidable por generaciones, o para uno solo, se torna en la imagen obsesiva que
pueda construir un simulacro en el lugar del deseo incumplido. La moneda con la efigie
de un rostro, apretada en el puño que nunca la gastará, el zahir de Borges que cumple
la función de desplazar a la joven muerta que ya no se podrá dejar de olvidar, también
será la moneda para el viaje fluvial con el mito, la que se pone en la boca de un
muerto, compasivamente, a fin de que le pague al barquero Caronte el boleto para
cruzar: “… La mención del dolor argentino es ahora esta plata,/ esta monedita que
brilla en el fondo de cada puño,/ en cada boca/ parece// la augusta cárcel/ del amor
intangible y difícil…”10 Sin embargo, ni en el puño del que está vivo ni en la boca del
muerto, la moneda que brilla deja de ser una reminiscencia de rostros sonrientes,
pegados a la vida que pudieron desear, reflejando una expectativa de futuros
fantásticos, como si la memoria encarnara, a través de aquello que vuelve en oleadas y
en puntos a su superficie, una posibilidad de redención. El poema termina: “y sólo en

9
Carrera, A., Potlatch, op. cit., p. 94.
10
Ibid., p. 95.
la memoria otra vez cada vez,/ aquellos 20 centavos únicos,/ de cara brillante y pegada
a la vida,/ a la salvación.”11
Pero la salvación, es decir, el brillo, ¿no se da en el poema, cuando lo percibido
resurge como real, cuando lo real no deja de reaparecer en su faz inolvidable? Por eso,
escribir sería la manera en que el cuerpo afirma y no deja de construir su simulacro,
aquello que desea y lo hace deseable, pero también sería el resto que traspasa la
simulación, un más allá del estilo, la escansión impensada. Como si dijéramos que
escribir realiza el potlatch del sentido, hace y a la vez rompe el simulacro del sentido, y
no obstante escribir fuera, a pesar de los códigos y las medidas de valor, a pesar de la
gravedad de los signos acumulados, un ahorro, pero sin otro tesoro que lo inasible, lo
brillante. Aquello que guardan los poemas de Potlatch, en la alcancía del libro, no es
una suma, sino centelleos de monedas que giraron para la percepción no mensurable
de la niñez. Y aunque escribir no sea sentir, puesto que lo real no es perceptible
cuando ocurre, excepto en la sensación de pánico, sino más bien cuando reaparece y
se transvalora por obra de un ritmo, un viento, un brillo, sí sería el atesoramiento de
las sensaciones en su forma de palabra, en su círculo de moneda que recupera las
experiencias primarias de lo real. Y aunque escribir no sea recordar, sino afectar lo real
que a su vez nos afecta porque llega a la percepción como una sorpresa adivinada,
para decir: “¡Era esto, era lo que pasaba, y ahora lo veo! Tropecé con un signo y vi que
todo un orden de intensidades se había dado antes bajo ese mismo signo.” Y como lo
único derrochable, el objeto de un potlatch, es el presente, escribir aquí y ahora no
podrá ser lo inasible ni lo indescriptible del sentimiento y del recuerdo, sino el
momento del poema y lo que trae consigo, la moneda y su cara inolvidable y su
costado imposible de gastar. El ahorro de escribir, el derroche de escribir, escribir
como circulación, como inflación y como realización de la memoria, la propia y la de
todos.
No obstante, lo que se registra sería siempre igual, las mismas monedas en
distintas alcancías, si no fuera por el deseo que quiere contar y descontar, captar el
brillo de un momento, festejar. Aun cuando en su origen la fiesta haya sido una
ansiedad infantil, la impaciencia y el número de lo que no sabe cuánto vale, como al
comienzo de la sección “Data” sobre el ahorro, donde se lee: “con una lata de leche
11
Ibid., p. 96.
Nido… le pedí a mi abuelo Ramón que le soldara la tapa y le hiciera una ranura. La
soldó en tres puntos. Esa era mi alcancía. Esa mañana misma le puse monedas que me
dio mi abuela. Pasé el día en casa de ellos y a la noche ya no aguanté más y la abrí.”12
Pero luego, cuando el brillo se encuentra, o más bien se reencuentra, en un cuerpo, en
la juventud como moneda viviente –inversión del dicho bienpensante sobre un “divino
tesoro”–, se descubrirá lo real, el impresentable torbellino de economía, sexo y gasto,
que consuma en cualquier fiesta las nupcias del dinero y el deseo.
En un borrador de “La noción de gasto”, Bataille afirmaba: “El universo material
sólo es un juego y no un trabajo.”13 Esto quiere decir que las cosas no valen porque
sirven para algo, excepto en la racionalidad utilitarista, sino porque significan algo,
excitan algo. Bataille insiste: “ni el mundo, ni el hombre que el mundo ha producido
tienen nada que hacer”. Del mismo modo, el dinero no vale su peso en cierta cantidad
de cosas, sino que expresa la soberanía de la evaluación, a la cual no accede más que
por analogía. El simulacro, cuya forma numérica se produce en el dinero, encuentra en
el gasto, en el goce, su forma suprema a través del cuerpo como objeto que no sirve
para nada, que se eleva en un acto soberano para dar o no dar placer, para recibir o
rechazar el goce del otro. Por eso es que en la última sección de “Data” Carrera incluye
el recuerdo de un cuerpo visto, de su brillo en una economía que podría subordinarlo,
pero sobre la cual deslumbra, como el derroche de un destino no determinado,
cambiable y cambiante. Leo el fragmento de ese testimonio antropológico: “llegamos a
través de un tercero, entonces íbamos y era un lugar ultrapobre ahí en Zapiola, ahí
estaba el arroyo, teníamos que caminar todo bordeando el arroyo porque no se podía
llegar porque no había como calles de asfalto, ¿no?, era todo tierra y era oscuro y lo
más rápido era bordear ahí, íbamos bordeando y llegamos a la casita que estaba al
lado del arroyo y era repobre todo y adentro estaba lleno de globos y muy iluminado y
muchos pibes de 15, 16, 17, todos más grandes que nosotros eran, y cuando vimos la
novia era increíble, era… la novia, qué digo, a la que cumplía años, la piba… era
bellísima, lo más lindo que vi, así, lejos, era increíble la piba, y ahí contrastando toda
esa belleza con toda la pobreza del arroyo, de la fábrica, la casa repobre pero armaron

12
Ibid., p. 124.
13
Bataille, Georges, Oeuvres complètes II. Écrits posthumes 1922-1940, Gallimard, Paris, 1970, p. 153.
todo para el cumpleaños.”14 Vemos acá, además de la inusitada fidelidad a un registro
oral, que se carga de intensidad poética por la repetición, el énfasis con el cual llega de
nuevo un recuerdo deslumbrado, dos formas de potlatch: la fiesta y la belleza física. Y
si la fiesta es un gasto que alguien hace para ponerle a su vida de sobreviviente un
brillo, un prestigio, aunque sólo sea el de unos globos, unos alimentos, una borrachera,
por otra parte la belleza, si fuera un derroche, ¿de quién sería? Es el potlatch sin sujeto
de la existencia misma, de su renovación inexplicable, un juego para nada con las
combinaciones de los cuerpos y con los azares felices que brillarán en sonrisas, en
apariciones. Así, al joven testigo que ofrece el dato, la chica le parece una novia,
porque celebra las bodas secretas entre el gasto efímero de los hombres y el gasto
absoluto de la pura materia, que se resuelve en nada, pero que resplandece por
instantes, en los absurdos contrastes de la vida que perdura. El don ofrecido entonces,
atesorado en una memoria joven para siempre, era la simple belleza sin plata, sin otra
ostentación que el festejo, el gasto de una fiesta y el desafío incontestable de una
belleza advertida. Pero la “piba”, ¿no parece también el signo de un simulacro y no
anuncia su monetarización en el círculo de los cuerpos? Por el momento, por ese
momento de la fiesta, sólo se insubordina a los condicionamientos de una clase,
soberanía muda de la belleza porque sí, donde se descubre, años después, en la
memoria del testigo y en los registros del poeta, el juego absurdo de lo real. Y eso que
no trabaja, ni ahorra, ni prevé nada, ¿no será también la poesía que, como el habla,
hace volver lo real de su centelleo giratorio por fuera de todas las representaciones?
Ese puro azar entonces se vuelve puro deseo por el prestigio de pronunciarse apenas,
como en el poema que se titula “Después de la lluvia”, que termina así: “Hablar// ¡Qué
prestigio!// El brillo ostentoso,/ y el oscurecimiento furtivo/ del mundo.”15 El retorno
de la luz, el reconocimiento del brillo que fue real, se producirá en el poema, en su
calidad prestigiosa. De allí que la poesía no pueda ser sencillamente post-autónoma, es
decir, ajena a la valoración, y que los poemas sólo puedan ser brillantes o inexistentes.
Porque también el poema deberá ser una moneda viviente, un cuerpo, y derrocharse
hasta la negación de sus propios simulacros. Tal como lo sugiere Carrera en el último

14
Carrera, A., Potlatch, op. cit., p. 159.
15
Ibid., p. 188-189.
poema de Potlatch: “no interceder/ esperar/ no hablar de la poesía/ ignorar/ la
potencia de su falta”16

16
Ibid., p. 193.