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Los colombianos tenemos que mirarnos al espejo de la corrupción ─la política, la judicial, la

empresarial─ y decidir cómo tapar esta vena rota que impide que los recursos del Estado les lleguen
a los más necesitados. Enrique Santos Calderón.

PUNTO DE VISTA

LA LEY DE LA OMERTA
Por Ricardo Villa Sánchez

Es un hombre de negocios... Le haré una oferta que no podrá rechazar, decía El Padrino, de Mario
Puzo, en su estrategia autocompositiva de negociación, en la que, si la persona no razonaba con él
o accedía a su arbitrariedad, le esperaba la guaya en su cuello. El caso del Testamento del testigo
Pizano, nos deja ese hedor, esa indignación. También nos anuncia desde el desayuno, cómo va a ser
el almuerzo, en esta coyuntura del país en que aún no se desata el post conflicto.

Apuñaleado por error el padre del jefe de comunicaciones de Petro, que parezca un accidente la
extraña muerte por envenenamiento con cianuro del hijo de Pizano y ahora hablan de que el propio
testigo clave se suicidó, después de dejar un testamento en Noticias Uno, de buscar a su peor
enemigo en otras épocas ─el líder de la oposición─ para entregarle algunas pruebas que éste
parcialmente develó en La W, así como dejar otras sentadas, para un eventual trato, ante las
autoridades norteamericanas. “Él sabía que lo iban a matar” como tituló el diario La Libertad de
Barranquilla, sobre el testimonio del senador senador Petro en los micrófonos de Vicky Dávila. Que,
entre otras cosas, llevó a que se piense en que habrá que prender velas, para que no se hunda la
puerta de oro, bajo las rejillas de Odebrecht, con las obras en el norte, para canalizar sus famosos
arroyos. Da tristeza llegar a comprender que en el país que nos tocó, como diría Enrique Santos
Calderón, nada cambia ni se tocan los intereses y privilegios impunes de unos pocos que, como en
la serie O Mecanismo, ─que algunos dicen que es un publirreportaje de los que llevaron al poder a
Bolsonaro─ “siempre van a estar ahí”.

La mafia está basada en el soborno; en una especie de códigos morales, que osan llamar de honor,
aceptados entre sus miembros y que identifican a los criminales, como lo es la famosa Ley de la
Omerta siciliana, que se fundamenta en el silencio o la tumba. La corrupción se ha convertido en un
cartel con más espinas que los grupos armados organizados o que las eufemísticamente llamadas
disidencias de las Farc. Nos quita el pan de la mesa. Nos impide soñar con un futuro mejor y acceder
a igualdad de oportunidades para lograrlo. Como en la época de la Edad Media, permite que cada
Duque de la Corte le pague sus prebendas al Rey, poniéndole más impuestos al pueblo, que siempre
termina por pagar los excesos y las zonas de confort de las élites, quienes muertos de la risa,
componen cantos con sus bufones, mientras se enriquecen a costa del bolsillo del Man de a pie, que
muchas veces, ni siquiera es un ciudadano.

El silencio permite la impunidad o también que todo siga como está. “Apriétenlo”, “jodan al testigo”,
“que rueden cabezas”, como vociferaba la reina de corazones totalitarios de Alicia en el País de las
Maravillas, mientras todos los que le meten el dedo al arequipe, se cubren con las mismas cobijas o
tras las cortinas de humo blando. Hasta que la ciudadanía por fin despierte, encuentre otras salidas,
u opte por decidir. A eso le temen, a que la gente se indigne, a que la gente cuente, a que se resista
a aceptar los códigos de honor de las mafias, o busquen salidas para evitar que les den la espalda
cuando alguna orden que deben como sea obedecer, sale mal; o a que se den cuenta que se han
vuelto unas piezas desechables, mientras le son útiles al capo de turno, sea en la política, sea en el
conflicto, sea en la competitividad, sea en cualquier espacio social en que crece la verdolaga de la
banalidad del mal, del atajo, del dinero fácil, de la anomia, de la ambición y de la violencia. Espacios
que le sirven a quienes pescan en aguas turbias, a quienes manejan los hilos del poder, a quienes
profesan a sangre y fuego la Ley de la Omerta mientras piensan que todo lo que hacen está bien,
siempre que les favorezca, así pasen por encima de las normas o de otros. Pero, así no es. Miren
cómo han caído, en otros países, como piezas de dominó, los que se untaron con este sonado caso
de crimen trasnacional, independientemente de la orilla que se miren ni de su estatus social o
político. Ya verán, no hay mal que dure cien años ni país que lo resista.

@rvillasanchez

Santa Marta, 15 de noviembre de 2018.