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TEXTO 1

Clicks
A pesar de que los discursos políticos están siempre trufados con la palabra futuro, no veo, en la vida
pública, más que un interés por enredarnos en lo que tenemos delante de las narices. Hay espías, muy bien.
Hay un partido opositor que, lejos de contribuir a la necesaria operación de salvamento del país, anda
gestionando su propia descomposición, de acuerdo. Pero ¿es esto todo de lo que debemos hablar? Cuando
hace un año, el presidente pronunció (al fin) la célebre palabra, crisis, muchos teníamos la vana esperanza de
que dicha audacia verbal conllevaría una especie de regeneración, un mayor interés hacia lo esencial.
Detrás de la crisis financiera internacional, detrás del desastre propio, se agazapan algunos asuntos
en los que la palabra futuro se contiene en mayores dosis que en el resto. Me refiero a la educación, tanto
escolar como casera, al impulso de la ciencia, en fin, a esa base que hace a los países competitivos. Si hace
unos años el alarmante aumento del fracaso escolar en Alemania puso en jaque a su clase política, aquí el
asunto se relega enseguida a las páginas traseras de la actualidad, a las que acudimos los que intuimos que
ahí está la clave. Si en Holanda hay un debate sobre el uso desproporcionado de la medicación contra el
síndrome de hiperactividad infantil y el asunto se relaciona con la ansiedad que nuestro modelo de sociedad
genera en los niños, aquí los hacedores del futuro parecen conformarse con leer un titular que nos informa de
que ese síndrome se ha triplicado en los últimos cuatro años. Leo la necrológica del genio inventor de los
clicks de Playmobil, Hans Beck, y se me vuelve de pronto simbólica. Éste es un mundo que habría que
mejorar de base. Regresar a aquel momento en que las criaturas aún se sentían satisfechas sentadas en el
suelo, con sus clicks y su coche de bomberos.
Elvira Lindo, El País, 04-02-09.

TEXTO 2
El País Vasco, como el mito de Penélope

"No puedo más", debió de decirse Emilio Gutiérrez, el vecino de Lazkao (Guipúzcoa) que la emprendió a
mazazos con una Herriko Taberna después de que el lunes la bomba de ETA contra la sede del PSE le
reventara la casa.
Durante todos los años en los que ETA nos ha hecho sufrir, nos hemos sentido orgullosos de la serenidad
democrática de las víctimas y de la sociedad vasca y española en general, convencidos de que a los violentos
se les combate con la ley. Todos los candidatos a las elecciones vascas del próximo domingo lo han
recordado. Nadie puede estimular la dinámica enloquecida del "diente por diente" ni aplaudir los ataques de
ira descontrolados. Pero todos ellos han dicho también que comprenden a Emilio. Las tragedias que nos han
dejado tantos años de actividad de ETA son tantas, tan grandes e irreparables, que nos olvidamos de estos
otros dramas cotidianos. Lo insoportable de una vida ciudadana condenada a reconstruir a cada poco, a ritmo
de bombazo, las paredes, las puertas y los cristales rotos de la casa, el colegio o el bar. El País Vasco, como
la metáfora negativa del mito de Penélope: todo un pueblo haciendo, y unos pocos deshaciendo.
Emilio tiene 35 años, es hijo de un exconcejal socialista y parece que acababa de reformar su casa.
No sabemos mucho más de su vida, porque ha tenido que salir huyendo de su pueblo, plagado de carteles que
le convierten en blanco de ETA. Pero ha conseguido meter de golpe en el debate político la vida real: esas
obras, la reforma de su casa, el tiempo invertido, el cansancio, el dinero, las ilusiones... todo ese pequeño
universo doméstico que destrozó la bomba del lunes y que ni siquiera habría sido noticia de no ser por su
reacción.
Después de la explosión de Lazkao hubo las condenas de rigor por parte de todos los candidatos. Y
los mítines siguieron con su tono bajo, tranquilo, sin grandes rifirrafes dialécticos. Una campaña aburrida,
hemos dicho incluso los periodistas. Emilio Gutiérrez ha venido a recordarnos qué equivocados estábamos.
Pepa Bueno, El periódico de Catalunya, 26-02-09.
TEXTO 3
El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, hizo el lunes una trascendental declaración en Els
matins, un programa de TV3. Corbacho dijo ser partidario "de eliminar y prohibir aquellos programas que
premian el no hacer nada, porque las cosas no pueden ser gratis". Cuando le preguntaron si se refería a
programas como Gran Hermano, el ministro dijo que sí, y que había que "valorar el valor del sacrificio y del
trabajo".
Valoremos, pues. Podríamos mencionar alguna contradicción de fondo en el mensaje de Corbacho.
Un ejemplo: el Estado organiza, promociona y explota diversas loterías, símbolo resplandeciente "del
sacrificio y del trabajo". También podríamos resaltar que el Gobierno del que forma parte Celestino
Corbacho se hartó de afirmar que en España no existían burbujas financieras ni inmobiliarias: otra cosa no,
pero la especulación siempre ha consistido en sacrificio y trabajo.
Eso, en cualquier caso, son minucias. Hablemos del modelo televisivo que propone el ministro. Y
empecemos con lo que habría que cambiar en Gran Hermano para que no fuera necesario "eliminarlo y
prohibirlo".
Para que haya sacrificio resulta muy útil un jefe; sin demasiado talento profesional ni extraordinarias
dotes humanas, pero con una gran capacidad para estar de acuerdo con el consejo de administración y para
imponer sacrificios al empleado. O sea, lo que llamamos un jefe.
Luego, un consejo de administración que aparecería fugazmente, el tiempo justo para repartirse unas
primas de productividad y ordenar una reducción de costes salariales. Y, por último, los concursantes-
currantes, entre los que debería figurar al menos un cincuentón (su neurosis prejubilatoria encandilaría al
público) y bastantes chavales en situación laboral precaria que, idealmente, serían sustituidos cada semana,
para que el espectador captara a fondo "el valor del sacrificio y del trabajo".
Al final de cada programa, se ofrecería a la audiencia la posibilidad de realizar un donativo a la
banca necesitada. Y el reality del ministro quedaría redondo.
Enric González, El País, 04-02-09.

TEXTO 4
Ejercicios de retórica
Vaya usted a la cocina de su casa, reúna un paquete de arroz, otro de harina, una bolsa de sal, una
tarrina de mantequilla y una botella de leche. Observe durante un rato el conjunto y considere que ese torpe
aliño alimentario sería un tesoro ahora mismo en Rusia, por ejemplo. Pero si a usted le da pereza reunir
tantas cosas, abrir tantos armarios, ir de aquí para allá, tome de la nevera una botella de agua mineral e
imagine la riqueza que su posesión significaría en algunos lugares de África. Resulta fácil pensarlo, pero
comprenderlo es más arduo. Digamos la verdad: no hay manera de entenderlo, del mismo modo que no se
puede concebir que las 225 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como el 47% del resto de la
humanidad. Busque usted otro modo de expresarlo, si tiene la suerte de saber matemáticas, llegará en
cualquier caso a la conclusión de que, se mire por donde se mire, el asunto es más bien salvaje. Tanto
prevenirnos en la escuela de la ley de la selva y no era más que esto: que unos pocos vivan muy bien a costa
de muchísimos que lo pasan fatal.
Lo toleramos porque no lo comprendemos. ¿Cómo explicar, si no, que haya policías que por un
sueldo modesto defiendan un orden semejante? Y cuando hablo de policías me refiero también a los jueces y
a los alcaldes y a los coroneles, y a los peritos industriales, por no mencionar a los creativos de publicidad y
a los poetas de la experiencia. No se amontonen: también me incluyo yo. Si un servidor hubiera entendido de
verdad lo que significa reunir sin esfuerzo, sobre la encimera, en cuestión de segundos, la riqueza
mencionada al principio de este artículo, ya habría saltado por la ventana o me habría metido en la boca el
tubo del gas.
Pero aquí estoy, ya ven, haciendo ejercicios de retórica con el arroz y la sal, la mantequilla y el aceite
que no tienen en Rusia. Decía mi madre que con las cosas de comer no se juega, pero estaba equivocada la
pobre, como en tantas otras cosas. Si con algo hemos acabado jugando es con las cosas de comer. El mundo
es un Palé o un Monopoly, o quizá un Monopalé. Lo mejor, para ganar, es no entender sus reglas. El mundo
va bien.
Juan José Millás, El País, 28/01/2002.
TEXTO 5
Oposiciones

Érase un hombre que quería ser hombre. A donde iba repetía que era un hombre y si alguien lo ponía
en duda se abría con violencia la camisa y mostraba los pelos del pecho y los tatuajes de los hombros, todo
ello acompañado de amenazas dirigidas al resto de los hombres que, sin negarse a ser lo que les había tocado
ser, llevaban esa condición con modestia. El hombre que quería ser hombre, y que había nacido, por ejemplo,
en España, se empeñó luego en ser español, de modo que se pasaba el día dando vivas a ese país y
amenazando con una pistola a todos los españoles que aun admitiendo que al haber nacido allí no les
quedaba otro remedio que ser españoles, tampoco hacían de ello un oficio.
Para afirmar su españolidad el español español colgó una bandera de su balcón, al modo de los
vascos vascos o de los belgas belgas o de los alemanes alemanes. Más tarde decidió que necesitaba una
religión y se hizo católico porque era lo que predominaba en su familia. Ello le condujo a odiar a los
homosexuales y a los mahometanos, por este orden. Podría haber odiado también a los negros y a los
japoneses, o a los ingenieros y a los catedráticos de literatura comparada, pero prefirió especializarse para
resultar más eficaz. Enseguida, y como una cosa lleva a otra, se vio en la necesidad de hacerse taurino o
antitaurino, eligiendo la primera de las opciones, pues siendo ya hombre, español y católico, le pareció que lo
lógico era que le gustaran los toros. Y llegó a amarlos de tal modo que José Tomás se convirtió no ya en su
modelo de torero, sino en el de arquitecto, literato, pediatra, lingüista, cineasta, geógrafo e ingeniero de
caminos. Le tocabas a José Tomás y sacaba la pistola de español y el odio de católico. Por fin, tras hacerse
socio de un equipo de fútbol, se presentó a unas oposiciones a hombre y sacó el número uno.
Juan José Millas, El País, 16/04/10.

TEXTO 6
Desde que era adolescente -como le ha sucedido a muchas personas- me he preguntado por las
razones de la existencia del mal en el mundo.
Leí en mi juventud La ciudad de Dios, de San Agustín, una impresionante reflexión sobre la lucha
del bien y el mal. Como no podía ser de otra manera en un buen cristiano, San Agustín creía que el reino de
Dios acabaría imponiéndose sobre el paganismo, o sea, el mal.
El contrapunto relativista a esta concepción lo ofrece Baruch Spinoza, que negaba la existencia del
mal. Spinoza creía que el hombre es una emanación de Dios, la sustancia infinita, y que, por tanto, no puede
optar deliberadamente por apartarse de lo correcto. Si el individuo comete acciones malvadas, es porque hace
un uso incorrecto de la razón, sostenía Spinoza. Esta idea está también presente en Hegel, que veía al hombre
como la encarnación de un devenir hacia la racionalidad absoluta, como la víctima de grandes fuerzas que no
puede controlar.
La libertad, para Spinoza y Hegel, es tomar conciencia de la necesidad y actuar de acuerdo a esas
leyes universales que determinan al individuo. Estas reflexiones han vuelto a mi cabeza al leer Las
benévolas, la novela de Jonathan Littell, cuyo protagonista es un teniente de las SS, que se dedica al
exterminio y al asesinato de la población civil en Rusia.
La gran mayoría de los oficiales y de los soldados de las SS eran personas normales, ejemplares
padres de familia y amantes de los principios. Reinhard Heydrich, el ayudante de Himmler, lloraba al tocar
con su violín las partituras de Bach.
Estas personas fueron las responsables del genocidio de seis millones de judíos, a los que asesinaron
sin el menor remordimiento. Casi todos los soldados y funcionarios alemanes que participaron en el
Holocausto creían que estaban cumpliendo órdenes y no se consideraban responsables de nada porque, al fin
y al cabo, ellos eran un simple eslabón de una gran cadena que terminaba en el Führer.
Littell concluye que los verdaderos monstruos son las personas normales que hacen posible que
funcione el gran engranaje del mal. Sin su complicidad, Hitler o Stalin jamás podrían haber causado tanto
daño. Creo que Littell tiene razón. Los psicópatas tienen una capacidad limitada de hacer el mal, pero las
personas normales pueden alcanzar las más altas cotas de ignominia, amparándose en el anonimato o las
masas.
El gran peligro del mal es su propia trivialidad, la normalidad de la que se disfraza. Spinoza no tenía
razón: el mal existe, lo que sucede es que toma la apariencia del bien.
Pedro Cuartango, El Mundo, 12 de diciembre de 2007.

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