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Gente de teatro: Molière, el cómico que quiso

ser trágico
Jean-Baptiste, el valiente, el divertido, el gran amante

La tragedia no le iba. Lo intentó en todos los aspectos: actor, autor y director, pero en ningún
caso recibió el apoyo de ese público de las calles al que él se dirigía. Cuando lo hizo ante la
aristocracia, tampoco: ya había mucho discurso demasiado serio, unos y otros aspiraban a
troncharse de risa... aunque fuera de sí mismos, si bien jamás se dieron por enterados, pues el
ridículo siempre “era el otro”.
Un hombre de teatro integral que llegó a estar preso por deudas, hasta que logra acercarse
a la corte y recibir el beneplácito de Luis XIV, “El Rey Sol”. Considerado el padre de la
Comédie Française, sigue siendo el autor más interpretado mundialmente. Implacable con la
pedantería de los falsos sabios, la hipocresía de los médicos ignorantes y la pretenciosidad
de los burgueses enriquecidos, Molière exalta la juventud, a la que quiere liberar de
restricciones absurdas.
Muy alejado de la devoción o del ascetismo, su papel de moralista termina en el mismo lugar
en el que él lo definió: «No sé si no es mejor trabajar en rectificar y suavizar las pasiones
humanas que pretender eliminarlas por completo». Su principal objetivo fue el de “hacer reír a la
gente honrada” y “Atizar a las costumbres, riendo”.

Un genio anda suelto

Una vez desatada la necesidad de supervivencia, el humor brotó con naturalidad y no poco
esfuerzo a la hora de componer obras y personajes como si fueran la partitura ideal de un
mundo corrosivo para ser ofrecido al mundo ruin de las cortes, que eran las que pagaban las
representaciones. Una paradoja genial. Salió de los teatros ambulantes para entrar en los
palacios a burlarse de sus dueños y logrando que estos creyeran que se burlaban de sus
vecinos y amigos.

Así, Jean-Baptiste Poquelin, Molière, fue responsable absoluto de numerosas comedias con
aguda crítica hacia el poder, organizado sobre falsos valores: Tartufo (el hipócrita en el hogar
de su amo, y “se lo come todo”), El enfermo imaginario, Las mujeres sabias, El burgués
gentilhombre, Don Juan, Las preciosas ridículas, El misántropo, El avaro...

Molière cerró los ojos entre lágrimas y sonrisas, en plena representación. Tras alcanzar la
gloria de las risas y los aplausos del público, se reservó la representación de su muerte,
íntimamente “vivida” entre los suyos. Los actores que le rodeaban aseguraron que la pena
alcanzó a la ciudad entera, que París lagrimeó en forma de lluvia, que se apagaron las velas de
la habitación misteriosamente, y que muy lentamente cayó sobre todos ellos un hermoso
telón de terciopelo, el característico de la Comèdie Française.