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Chapter · January 2011

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las culturas Chapter · January 2011 CITATION 1 1 author: Ricard Ramon University of Valencia 31
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Estética y políticas del poder. El kitsch como instrumento de reflexión sobre la jerarquía de las culturas

Ricard Ramon Camps

Colegio Hermes | Valencia

Resumen:

La comunicación trata de poner en cuestión y en relación, una serie de categorías estéticas que giran en torno al concepto kitsch, buen y mal gusto, popular y culto, alta y baja cultura, elegante y cursi, etc. y reflexionar en torno a las implicaciones de imposición de poder de unos modelos culturales aceptados como válidos frente al rechazo de otros. Un esquema jerárquico perpetuado precisamente a través de los sistemas de educación artística, que a día de hoy, siguen mayoritariamente vigentes en las prácticas educativas, impidiendo en algunos casos el desarrollo de culturas propias y alternativas y derivando en la simple imitación esperpéntica de los modelos imperantes, lo que contribuye a acentuar la distancia jerárquica, más que responder de manera coherente, a una verdadera educación artística basada en la comprensión crítica de la cultura visual.

Abstract:

The piece tries to question and compare a series of aesthetic categories that revolve around the concept kitsch, good and bad taste, popular and cult, high and low culture, elegant and twee, etc. and reflect on the implications of imposing the power of some cultural models accepted as valid whilst others are rejected. A hierarchical outline perpetuated specifically through artistic education systems, which today, are still mostly in force in educational practice, in some cases hindering the development of individual and alternative cultures and resulting in the grotesque basic imitation of prevailing models, which causes an even greater hierarchical distance, rather than responding in a coherent way, to a true artistic education based on the critical comprehension of visual culture. ………………………………………………………

Existe toda una tradición teórica, cuestionada muy acertadamente en sus bases y en su búsqueda de una justificación histórica por trabajos recientes (Shinner, 2004; Carroll, 2002; Olaquiaga, 2007), que trata de crear una clasificación categórica basada en jerarquías de valores, a veces excesivamente simplistas, buen gusto frente a mal gusto, culto frente a popular, arte “autentico” frente a arte kitsch, elegante frente a cursi, etc. A nuestro juicio, algunas de estas jerarquías son absolutamente injustificables, cargadas de intencionalidades de perpetuación de una situación ventajosa de poder, quizá la más demoledora o perniciosa de todas ellas es la que se refiere a algo que se califica como “buen gusto” y “mal gusto”, cuando en realidad debería referirse en términos como “gusto de los grupos dominantes o con pretensiones dominadoras” y “gusto de los grupos dominados culturalmente”. Valeriano Bozal (Bozal, 2008, p. 22) entiende por gusto “un sistema de preferencias individual o colectivo. Es inmediato y tiene pretensión de universalidad en sus juicios.” Y es precisamente en esta pretensión de universalidad donde radica el problema y al final se acaba convirtiendo en imposición cultural desde los grupos dominadores a los dominados y finalmente desde las culturas dominadoras a las dominadas.

Comunicaciones— III CONGRESO INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN ARTÍSTICA Y VISUAL

En este sentido, todos los argumentos estructurados en el sistema educativo, oficial u oficioso, tienden en su mayor parte a perpetuar una situación de privilegios sobre la base de una estructura jerárquica de la cultura totalmente cuestionable. La categoría estética preferiblemente utilizada en esta estrategia de imposición de un único modelo cultural de características superiores, será el apelativo de kitsch. Vamos a tratar de recordar sus orígenes y implicaciones y a proponer un cuestionamiento de sus bases, que se hace todavía hoy necesario, en la propia dinámica del desarrollo de la didáctica del arte, que es precisamente donde sigue asentando su poder, a pesar de las constantes críticas a las que ha sido sometido, pero que no se han visto suficientemente reflejadas en la propia realidad de la enseñanza del arte, que prioriza todavía la visión del artista genio, y muestra a las obras del “gran arte” como el objetivo a alcanzar y el único modelo a imitar. Parece ser que los orígenes del término, hemos de buscarlos en la Alemania de finales del siglo XIX, en los círculos artísticos de la ciudad de Munich para “designar material artístico barato” (Calinescu, 1991, p. 229). No vamos a entrar en cuestiones etimológicas que no nos interesan demasiado, pero si en el significado o múltiples significados que se le atribuyen al término kitsch. Como afirma Calinescu (Calinescu, 1991, p. 23): “Llamar a algo kitsch es, en la mayoría de los casos, una forma de rechazo directo como carente de gusto, repugnante, o incluso nauseabundo”. Tildar, por tanto, con el apelativo kitsch, a un objeto estético, (es un término que solo se puede aplicar a objetos estéticos), implica en primer término su negación como objeto artístico. Uno de los teóricos más radicales frente a las manifestaciones de lo kitsch, es Herman Broch (1970), que llega incluso a tildarlo de representación genuina del mal ético. Este autor considera que el kitsch trata de buscar una estética efectista, falseadora e idealizadora de lo real. Otros muchos autores recurren a esta característica de priorizar la creación de efectos, como el propio Eco (1984), pero sin duda serán los escritos del crítico Clement Greenberg (2002), los que asentarán una marcada distinción entre lo considerado artístico y lo kitsch, y que ha sufrido una demoledora crítica, en los últimos años, por parte de Noël Carroll (2002). Si hay alguna terminología y categoría estética, si se quiere, que haga también una clara alusión a conceptos de buen y mal gusto, y que junto al término kitsch, está muy vinculada a la jerarquía de las culturas, es la referencia a lo cursi. Lo cursi, a diferencia de lo kitsch, está mucho más vinculado a la propia cultura e idiosincrasia hispánica, y se desarrolla, más que en el ámbito exclusivamente artístico, en el de las relaciones, comportamientos y luchas de poder social, y como afirmaba en su día Ortega y Gasset, está muy vinculado a la propia historia de España:

La referencia fundamental para aproximarse a lo cursi, mucho más vinculado a las letras y los estudios literarios que a las artes visuales, sigue siendo el ensayo de principios del siglo XX de Mariano Baselga, Concepto estético de lo cursi, que presenta una visión del comportamiento social de la España del momento, y algunos trabajos recientes de mayor erudición (Valis, 2002). A nuestro juicio, este tipo de terminologías despectivas no generan aportación alguna para la comprensión crítica de los procesos culturales, más allá de identificar la posición que pretende establecer el que los usa. Hasta cierto punto y como sabemos, lo cursi se asocia a un determinado comportamiento social, y posee connotaciones claramente despectivas y de burla y risa repleta de afán y pretensiones de superioridad. Las cuestiones respecto al buen o mal gusto, a lo que es considerado elegante o cursi, kitsch o arte, pasa inevitablemente por complejas estructuras de relación y jerarquía social, generando un estado de contradicciones, paradojas y luchas irresolubles. En cualquier caso, como nos recuerda Hernández (2007), citando a Fiske, respecto a las condiciones que rigen en torno a la cultura visual, hay que “Considerar las “políticas del placer y la satisfacción'' asociadas a la imagen y vinculadas al arte y la cultura popular. Según Fiske (1989) la cultura popular —y la cultura visual— es conflictiva por naturaleza, porque celebra los significados y las creencias de grupos subordinados que se oponen a las creencias y valores del grupo dominante”. Se trata de una situación en la cual, la llamada alta cultura o cultura de elite, genera toda una estructura de distinción social muy claramente establecida por Bordieu (1988) en su día, que bajo un doble discurso de crítica feroz, con un claro fin de establecer distancia jerárquica, trata de ridiculizar y debilitar las prácticas culturales que no pertenecen a su grupo social, precisamente porque esas prácticas, intentan aproximarse en sus modos y apariencias, al modelo establecido de alta cultura, identificada a veces con el apelativo de “cultura distinguida”, lo que ya dice mucho de sus verdaderas intenciones.

PENSAMIENTO CRÍTICO Y GLOBALIZACIÓN — Málaga 2010

La actitud kitsch o cursi, se establece como una formulación de reflejo o imitación, que trata de vincularse al llamado buen gusto, con el fin de obtener ese reconocimiento social y cultural que acaba siéndoles vetado una y otra vez, por su “falta de autenticidad”. El poder cultural, establece así un sistema que acaba coartando la libertad de un verdadero desarrollo cultural propio y diferente al establecido desde el elevado nivel jerárquico. En este sentido, los trabajos del artista Jeff Koons, nos servirán como elemento de reflexión al respecto. Estas obras sí que son directamente presentadas bajo una aspiración y apariencia puramente estética, en las obras de Koons existe una clara voluntad por generar un discurso estético kitsch, bajo una mirada critico reflexiva o directa y contrariamente oportunista, no importa en este caso, pero funcionan porque genera un cierto proceso de transfiguración conceptual de un objeto presentado descarnadamente como kitsch, y precisamente por ello es aceptado como arte. Un proceso que Koons culmina, no a través de una transposición literal como en las cajas Brillo de Warhol, sino a través de la propia configuración del concepto trabajado, la propia categoría estética kitsch, desarrollando un proceso de “autentificación” y vinculación elitista. Lo que Koons nos muestra, no es la banalidad convertida en arte, es todo un proceso de resignificación cultural, que parte del propio proceso de recepción de la obras. Como nos recuerda David Pérez (2003) “podemos deducir que ninguna obra posee per se una serie de cualidades inherentes que permitan definirla de un modo estable como artística o artesanal”, se trata, continua el autor, de un aspecto que “solo puede darse desde el interior de un ámbito temporal, es decir, desde una perspectiva estrictamente institucional e ideológica”, yo añadiría socio cultural e incluso de referencia y experiencia personal. La transfiguración permite romper con esa frontera del arte institucionalizado de una forma sutil, pero que no deja de continuar sirviendo al propio sistema, ya que crea una distancia conceptual en el propio proceso de recepción de la obra.

El kitsch institucionalizado nos lleva a una nueva categoría estética, lo camp. Hace ya algunas

décadas, que lo camp fue definido como un valor, o quizá más bien como una actitud estética hacia determinados objetos o productos de la cultura de masas, por parte de Susan Sontag (1996) en sus célebres y infinitamente citadas Notas sobre lo camp. Hemos de entender por mal gusto, aquel definido como tal por los que marcan las directrices del gusto elevado, de esta manera el camp se nos presenta, en cierto sentido como ese proceso de

transfiguración estética y social de la que escribíamos en referencia a Jeff Koons, aunque planteados bajo un prisma y proyección diferentes, ya que Koons eleva lo kitsch al más puro arte elevado y con un sentido claramente intencional de entrada en ese espacio, en cambio lo camp, se regodea en su sentido de elevada marginalidad que constituye su esencia y su efecto diferenciador, que lo hace entrar en la propia jerarquía social de los modelos culturales, y situarlo en una elevada posición.

A nuestro juicio, hemos finalmente de decantarnos por entender el término o el apelativo

kitsch como una atribución por parte de la cultura dominante sobre manifestaciones estéticas de una cultura dominada, dentro de un juego de culturas y subculturas que la actual sociedad de

consumo posmoderna ha generado, como variedades internas y subyacentes, —pero con influencias y mestizajes de otras culturas y subculturas en una relación de mutuas influencias— de la cultura europea occidental dominante en el planeta. No se trata de desarrollar una defensa de los objetos y productos del kitsch, sus carencias, sus miradas parciales y mediatizadas, sus intereses muchas veces reaccionarios y acomodaticios, no pueden ni deben ser olvidados ni obviados, pero deben ser vistos desde una relación comprensiva para corroborar que las respuestas no son tan tajantes, y que los términos y los conceptos determinan las posiciones y las acciones. Teniendo en cuenta además que nuestros modos de pensamiento y de formas de relacionarnos con el mundo se han ido transformando, y que como

partimos de la base que el objeto artístico es, por

afirma Carlos Escaño (Escaño, 2003, p. 147) “(

lo tanto, producido y aprehendido de otra manera”, nos encontramos que bajo los parámetros de pensamiento y estructuración actuales, más que sobre un objeto en sí mismo o su modo de producción, el kitsch, ha de ser aplicado al proceso de recepción, a las capacidades que ofrece ese objeto en su contexto y su modo de percibirlo, e interpretarlo en múltiples claves. Se trata de una actitud de relaciones complejas de difícil resolución, esa actitud del hombre kitsch, o mejor aun, el superficial pensamiento kitsch del que nos habla Escaño, que interpretamos como la posición

respecto a un objeto o manifestación cultural.

)

Comunicaciones— III CONGRESO INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN ARTÍSTICA Y VISUAL

Todos desarrollamos simplistas aproximaciones kitsch a objetos diversos, carentes de crítica y superficiales, y la calidad del objeto o de la obra no garantiza una aproximación menos simplista, si no pasamos de interpretar más allá de los códigos superficiales, se puede sin duda disfrutar de las galerías del Museo Thyssen, bajo una simple mirada kitsch, o se puede extraer placer más profundo

y complejo mediante una langosta hinchable pasada por el tamiz de Jeff Koons. El kitsch, por

tanto, si hemos de redefinirlo de alguna manera y de aceptar su valor nominativo, lo haremos sin

preservar esa antagónica dualidad de sus históricos críticos, que contraponía ambos términos, kitsch

y arte, como contrarios e irremisiblemente enemistados, fruto de un criterio de valoración

jerárquico, de separación vinculante entre lo bueno y lo malo, surgido de una crítica intelectual empeñada en erigirse en tribunal de las fronteras de lo artístico. El kitsch ha ido evolucionando, cambiando y adaptándose hacia una nueva generación de discursos estéticos, que en algunos casos, porque no decirlo, han supuesto todo un revulsivo cultural, para el cual, los apocalípticos narradores críticos de la primera era de los mass media, se presentan ya como caducos, el kitsch no es la anticultura, es una nueva forma de desarrollo cultural

surgida con la industrialización, tan legítima como cualquier otra, insisto, independientemente de que genere obras buenas o malas, discursos positivos o negativos, de que su contenido sea banal, simplista, mediatizado o interesado, de que su nivel de “intelectualidad” sea mayor o menor, es una realidad cultural que genera sus propias narrativas y tiene un puesto ganado en el universo de la cultura visual contemporánea, y que a pesar de todo, sigue gozando de extraordinaria salud. El kitsch y el arte no son incompatibles, se nutren de la misma realidad cultural, y ambos llenan un espacio de necesidad vital en los espíritus complejos y contradictorios del ser humano creado por la revolución industrial. Lo contradictorio es esencialmente humano, y como tal forma parte de nuestra cultura. Nos quedamos finalmente con la argumentación de la autora, que a nuestro juicio, a revisado de manera más profunda la tradicional concepción del kitsch, desde una nueva posición situándolo en una órbita de consideración mucho más adecuada, al menos, al tipo de planteamientos propuestos por nosotros, escribe Celeste Olalquiaga:

El kitsch no es más que una memoria suspendida cuya fugacidad se intensifica por su extrema iconicidad. A pesar de las apariencias, el kitsch no es un bien de consumo activo, imbuido ingenuamente en el anhelo de una imagen de deseo, sino más bien una mercancía fallida que habla de todo lo que dejó de ser, una imagen virtual que existe gracias a su imposibilidad de existir plenamente. El kitsch es una cápsula del tiempo con un billete de ida y vuelta para el dominio mítico: el mundo de los sueños colectivos o individuales. En él, durante un segundo o acaso unos cuantos minutos, reina una ilusión de plenitud, un universo carente de pasado y futuro, un instante cuya aguda intensidad está en gran parte predicada por su misma inexistencia. (Olalquiaga, 2007, p. 23)

REFERENCIAS

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PENSAMIENTO CRÍTICO Y GLOBALIZACIÓN —

Málaga 2010

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