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Universidad Carlos III de Madrid

En Estética del cine se define este término como la “reflexión de los fenómenos de
significación considerados como fenómenos artístico”, “el estudio del cine como arte […] de
los filmes como mensajes artísticos”. Por otro lado, si la estética es entendida dentro del
campo filosófico como la continuación de la búsqueda de proporción y equilibrio renacentista
y está connotada por “lo bello”, en el arte de hacer cine este concepto es concebido en esa
misma línea. ¿Pero cómo podemos apreciar la belleza de una película? Y lo que es más
importante, ¿cuál es la receta para crear una obra con esas características? Pues bien, debemos
de partir de la ponderación que existe entre la expresión del artista y la objetividad del autor y
en la que no ha de prevalecer ninguna por encima de la otra.

Algunos como Kracauer reivindican a favor de una regla en virtud de la cual una obra
cinematográfica es tanto más valiosa a nivel estético cuanto más se construya sobre los pilares
del medio. Pues bien, esto significa que, a diferencia de lo que a menudo se piensa, el cineasta
no ha de concebir la obra como un diario sobre el que volcar sus inquietudes metafísicas, pues
en este caso, estaría negando la base del cine en sí mismo: su vocación realista. Si la crítica
estrechó entre sus brazos Expiación, por poner un ejemplo cercano, fue entre otras cosas por
su magnífico uso del sonido de una máquina de escribir cuando está siendo usada
apresuradamente por alguien. La brillantez de este recurso reside en su acercamiento al
soporte o medio sobre el que se basa la historia, tal y como ya había señalado Casetti, y en
cómo aporta realismo a la acción, al paso del tiempo y a las consecuencias de nuestros actos,
que quedan imborrables en nuestra conciencia como la tinta sobre el papel.

Es fundamental para el hecho artístico la tarea del guionista, el director y el crítico,


aunque éste último se encuentre al final del proceso estético-receptivo. Estableceremos una
analogía entre la elaboración de una obra de cine y la producción de un elemento cotidiano en
nuestras vidas: el café. En estado bruto, recién obtenido de la plantación, sería el cúmulo de
historias que nuestra mente, incapaz de abarcarlas, intuye que se hayan atrapadas en las de
otras personas a kilómetros de distancia. La actividad del guionista esconde una semejanza
con la del recolector. Su labor es empaquetar esas imágenes, sonidos, experiencias y
sensaciones que se encuentran en su cabeza una a una, cual granos de café, hasta llegar a
unirlas con un aromático hilo narrativo que etiquete a ese envase como cine. Ésta catarsis a
partir de la cual elementos efímeros y volátiles como son las ideas dan lugar a una existencia
física (plasmada en un guión) y artística se conoce con el nombre de poyesis.

A partir de ese guión, el director actuaría cual filtro de cafetera que únicamente
permite el paso a los granos de café disueltos en el agua, seleccionando todo aquello que va a
rodar y que le servirá como material para el montaje o, lo que es lo mismo, para presentar el
café en una bonita taza. El crítico es el que finalmente “digiere” la obra, estudiando el uso
estilístico de los recursos fílmicos empleados en ella, esto es: los planos, los colores, las
texturas, la luz, el sonido o la música y así una larga lista de elementos plásticos que vendrán
a amargarle la experiencia estética o a endulzársela. La tarea del crítico según Stam sería
llamar la atención respecto al juego de voces, discursos y perspectivas que operan dentro de la
imagen y fuera de ella.

En definitiva, lejos de esta sensorial metáfora del día a día, cabe decir que, como
afirmaba Bazin, “todo arte se funda en la presencia del hombre”, cual sombra que se cierne
detrás de cada fotograma, y por más que el cine quiera fundirse sobre la realidad, bajo los
rollos de película siempre habrá que tener en cuenta las elecciones estéticas de aquellos que
intervienen, bien construyendo o comunicando, en las lecturas de la obra.

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Universidad Carlos III de Madrid

Amalia Paloma González Jiménez