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EL LITIGIO

El hombre al vivir en la sociedad tiene que permanecer día a día en contacto con
otras personas frente a quienes puede estar ligado por lazos de parentela o
alianza, o simplemente de afecto, o por algún interés de cualquier naturaleza.
También lo hace con aquellos de quienes recibe, o se relacionan a las actividades
que le permiten obtener los medios económicos para satisfacer sus necesidades y
las de sus familiares y dependientes.

El hombre además de ser capaz de albergar y practicar todas las virtudes, puede
manifestar, y esto ocurre en la mayoría de las veces, desde el leve egoísmo
personal o de grupo, hasta los bajos instintos y actos de pasión, de codicia o de
vicio.

Por lo dicho, las relaciones del hombre en sociedad se efectúan dentro de cierto
desorden emocional y en pugna a los intereses de los demás. De ahí que el
Estado tenga que intervenir, y por medio del Derecho controlar y racionalizar las
actividades de los individuos, primero al nivel de los intereses en sus grupos
respectivos y luego al nivel de la comunidad global, a fin de que las mismas
propendan al bien general.

Esta forma de convivencia genera entre los miembros Je la sociedad


innumerables discusiones o contiendas. De ellas sólo nos interesan las que por
sus características pueden ser calificadas como fenómenos jurídicos, a las cuales
se les tipifica con el nombre de litigio.

El ordenamiento jurídico fija las condiciones de existencia y los efectos de los


derechos que reconoce a las personas, pero ai no actuar el hombre en todos sus
actos con sujeción a la norma jurídica, se producen lesiones a los derechos de
otros, las cuales generan discusiones o contiendas que deben ser resueltas
dentro del ámbito de las reglamentaciones legales, de ahí la afirmación de que
constituyen un fenómeno jurídico, puesto que ellas encuentran su origen,
desarrollo y fin en la vida del derecho.
Causas del litigio.

Las violaciones al ordenamiento jurídico pueden surgir por diversas causas. La


incertidumbre en el ámbito de la regla jurídica aplicable a determinada situación, y
la mala fé de las personas en el ejercicio de sus derechos o en el cumplimiento de
sus obligaciones, son las causas más frecuentes, aunque no las únicas, de los
litigios.

La incertidumbre a que me refiero puede manifestarse en diversas formas: a)


provenir de la duda que tengan las partes sobre la aplicación de la regla de
derecho, caracterizada por la discusión sobre la determinación del texto legal
aplicable al caso, o por su interpretación; b) hacer de un hecho controvertido, tales
como la determinación de las circunstancias en que ocurrió el caso; evaluación del
perjuicio sufrido como consecuencia de un hecho culposo, etc.; y c) surgir de un
punto en que se mezclen el hecho y el derecho, tales como la calificación que co-
rresponde a un hecho o a una relación contractual, etc.

La incertidumbre puede ser mayor o menor, de su grado, como de la sensatez de


las partes en pugna, dependerá el nacimiento del litigio.

Aún cuando un asunto no parezca dudoso para una persona razonable, puede
convertirse en litigioso por la mala fé de una de las partes, la cual puede
evidenciarse: por una pretensión temeraria, que quien la esgrime sabe de
antemano que carece de fundamento, pero la utiliza como un medio de extorsión
para obtener una ventaja cualquiera; o mediante la resistencia por espíritu de
chicana o de maldad a una pretensión que se sabe es legítima.

Situaciones que generan el litigio.

Las situaciones de las cuales puede surgir el litigio son innumerables. La lesión a
la integridad personal, el rompimiento de los lazos matrimoniales, los atentados al
derecho de propiedad, solo son unos pocos ejemplos del drama que revelan día a
día los tribunales y cortes, donde hombres contra hombres, hermanos contra
hermanos, recurren o son llevados a ellos en busca de solución a sus diferendos.
Medio imperfecto e inadecuado la mayoría de las veces "para tratar de dominar a
los hombres, cuando arrastrados por sus intereses y sus pasiones, en vez de
abrazarse como hermanos tratan de despedazarse como lobos" (Carneliutti, F
Como se inace un proceso, pág. 22).

Formación del litigio.

En algunas ocasiones el nacimiento del litigio no coincide con la puesta en obra


del proceso, careciendo entonces de un formalismo que lo tipifique, es un fe-
nómeno jurídico difícil de determinar, y puede según los casos, evidenciar un
contenido variable. Se reconoce, que para que exista deben reunirse dos
elementos: a) un diferendo; y b) el que este sea de naturalza jurídica.

a) El diferendo.-
El litigio evidencia "un desacuerdo de voluntad en relación a un objeto" (Cornuy
Foyer, Procedure Civile, pág. 37). En él una de las partes esgrime una pretensión
y la otra se opone o la niega.

Mientras que la formación de los contratos se realiza por medio del concurso de
voluntades, en el litigio las voluntades expresadas se contraponen, entran en
conflicto.

b) El diferendo jurídico.

Pero no todo diferendo da nacimiento a un litigio, es necesario que éste sea de


naturaleza jurídica. Será así, cuando la pretensión esgrimida por aquel que la
inicia se refiere a "un objeto susceptible de ser acordado por el
juez en virtud del derecho" (Corny y Foyer, obra y lugar cita
dos), quedando excluidas aquellas no podrían serlo, tal es el caso de aquel que
reclame reclame la admiración de sus conciudadanos, o
la de un periódico que trate de satisfacer a sus lectores. Se consideran
igualmente, como pretensiones no jurídicas, aquellas que
aunque esgrimidas en el nombre del derecho no pueden ser acordadas por juez
alguno, por no estar consagradas en la ley, tales son los conflictos colectivos de
trabajo y los conflictos políticos, que tienden a obtener la modificación de la
legislación vigente o a cambiar el orden jurídico establecido.

No le quita el carácter jurídico a la pretensión el hecho de que ésta sea incorrecta


o vagamente formulada, o que sea infundada, o que se exija el reconocimiento de
un derecho que no se posee, basta que reúna las características señaladas.

El carácter jurídico del litigio se evidencia con frecuencia en forma unilateral. Es el


caso del que se resiste, con medios más o menos fundados en derecho, a
someterse a una pretensión jurídica, es el deudor que niega pura y simplemente
lo que se le exige, o el que a su vez esgrime una contraprestación de naturaleza
jurídica, tal como el pago o la compensación.

Finalización del litigio.

El litigio puede terminar por la voluntad de las partes o por decisión emanada de
los tribunales.

Entre los modos voluntarios de poner fin al litigio figuran:

a) La abdicación. Ella se produce cuando el autor de la pretensión renuncia a ella


o la abandona, o cuando la parte que se resiste al cumplimiento de una obligación
se aviene a hacerlo. Ella implica un sacrificio unilateral de parte de su autor; y

b) La transacción, la cual es definida y reglamentada por los artículos 2044 y


siguientes del Código Civil. Su estudio corresponde al Derecho Civil.

Fuera de la voluntad de las partes, existen los modos judiciales de la extinción del
litigio en los cuales la solución es impuesta por un juez, la decisión puede provenir
de la justicia del Estado o de la justicia arbitral.

De estos modos, solo retendrá por el momento nuestra atención, la justicia


estática, cuya expresión lo constituye el proceso hacia el cual y de manera
especial hacia su aspecto civil se encaminan los desarrollos subsecuentes.

Los Plazos Procesales


Concepto de plazo.

Plazo es el tiempo dado a una persona para realizar un acto o para adoptar una
decisión.

Se denomina plazo al espacio de tiempo que debe transcurrir para la realización de un


acto o la toma de una decisión. El concepto de plazos y actos están íntimamente
relacionados de ahí que todos los actos deben ser cumplidos en un determinado
plazo. Los plazos están fijados en el Art. 1033 del Código de Procedimiento Civil, sin
embargo, esto no es óbice para que otros artículos fijen sus propios plazos para
actuaciones determinadas.

Los plazos de procedimiento se componen de cierto número de unidades de


tiempo: o de horas, o de días, o de semanas, o de meses, o de años. Los más
comunes son los que constan de días o de meses.

El art. 1033, modificado por la Ley 396 de 1940, contiene las reglas generales
acerca de los plazos de procedimiento, aplicables por consiguiente en todos los
casos, a menos de disposición expresa de la ley en sentido contrario.

Al determinar la duración de cada uno de los plazo, el legislador tiene que


evitar cuidadosamente tanto el que sean demasiado largos como el que sean
demasiado breves, ponderando en cada caso los intereses en pugna; el de la
parte a quien conviniera disponer de todo el tiempo que quisiera y el de parte
interesada, en que su adversario dispusiera de la menor cantidad de tiempo.

Los plazos demasiado largos tienen el gravísimo inconveniente de retardar


excesivamente la decisión de los procesos, con perjuicio de los intereses
pecuniarios y del tiempo de los litigantes, y a expensas de la celeridad de la
justicia, que es una de sus cualidades más importantes.

Por el contrario, los plazos demasiado breves no bastarían materialmente a


las partes para cumplir las formalidades esenciales del procedimiento, y las
exponen a perder sus derechos por falta del tiempo indispensable para hacerlos
valer en justicia.
Fijacion.- En principio, la ley determina en cada caso la exigencia y la duración
del plazo. La regla sufre excepción en dos series de hipótesis:

a) En ciertos casos el juez goza de un poder discrecional para conceder un


plazo y fijar su duración (art. 21, 258, 717).
b) En otras ocasiones el juez puede alterar la duración de un plazo, sea
aumentándolo o prorrogándolo (art. 21, 74, 279), sea reduciéndolo (art.
72, 417).

Diferentes categorías. Los plazos de procedimiento pueden consistir: en un


espacio de de tiempo que debe preceder a una actuación de la parte,
generalmente una comparecencia (art. 5, 75. 77, 416); o en un espacio de tiempo
durante cuyo transcurso un acto debe ser cumplido, como por ej. los plazos para
interponer los recursos de apelación (art. 16, 443), de casación (art 5 de la L.
sobre proc. de casación), etc.; o en un espacio de tiempo durante el cual no
pueden procederse a una actuación (art. 16, 155, 449, 450).

Computación. Los plazos establecidos por meses se calculan de fecha a fecha,


sea cual fuere el numero de días de que se compongan los meses incluidos en el
plazo, y no por periodos de treinta días. Es importante hacer notar esto, en razón
de que algunos meses constan de 31 dias y el de febrero de 28 solamente, salvo
en los anos bisiestos. Por otra parte, en los casos en que el plazo tiene como
punto de partida la fecha de un día último de mes que no se encuentra en el mes
en que vence el plazo, se decide que el plazo vence el último día de este mes.
Así, el plazo de dos meses que comienza el día 28 de febrero termina el 30 de
abril, y el que se inicia el 31 de diciembre termina el 28 de febrero.

Los plazos de días se computan de día a día completos, contándose como un día
las 24 horas que comienzan y terminan a la media noche.

Los plazos de horas se calculan de hora a hora, o sea tomando como punto de
partida la hora indicada en el acto o la hora del hecho con que se inicia el plazo, y
terminando en la última de las horas del plazo impartido.

En el cálculo de los plazos que se componen de días, de semanas, de


meses, o de años, no se toma en cuenta el dies a quo, o sea el dia en que ocurre
el acto o el hecho que hace correr el plazo, porque ese dia no contiene 24 horas
completas. Así, por ej., sí un emplazamiento en materia civil es notificado a las
tres de la tarde, el plazo de octava que tiene el demandado para comparecer no
comienza a computarse sino a partir del siguiente día, puesto que en el día de la
notificación hay solamente las 9 horas que corren desde las tres de la tarde hasta
las doce de la noche.

Por la misma razón se debe decidir que en los plazos de horas no se cuenta la
hora en que se hace ía notificación que sirve de punto de partida al plazo, el que
comienza a computarse solamente a partir de la hora siguiente.

Los plazos indicados por semanas deben ser computados a partir del día de igual
nombre de cada semana subsiguiente.
Los plazos de uno o de varios años se cuentan, lo mismo que
los que se componen de días o de meses, de fecha a fecha: cada
año transcurre desde el día en que parte el plazo al día del mes
correspondiente del ano en que sigue. Es obvio, que en caso de ano bisiesto, el
plazo que comienza el 29 de febrero termina el 28
de febrero del año siguiente, y que, recíprocamente, el plazo que
comienza el 28 de febrero, termina el 29 de lebrero del ano bisiesto que sigue.

Plazos francos; plazos no francos.

Los plazos francos, de meses o de días, son aquellos en cuyo calculo se excluyen
los días términos, el dies a quo o dia en que se inicia, el dies ad quem, o dia que
termina el plazo. De aquí resulta que los plazos francos comprenden dos días
adicionales sobre la duración nominal que les atribuye la ley, puesto que, como se
ha dicho, en el cómputo de su duración no se toman en cuenta ni el día de su
comienzo, ni el día de su vencimiento.

El tipo de los plazos francos es el de octava, que el art. 72 imparte para


comparecer al demandado en materia civil; la persona a quien se notifica el
acto de emplazamiento el día primero del mes tiene para comparecer hasta el día
diez, puesto que no se toma en cuenta el día primero, que es el de la notificación
{dies a quo), ni el día nueve, que es el octavo a partir del día dos que sigue a la
notificación (dies ad qiiem).

Para determinar cuáles son los plazos francos, por oposición de los plazos no
francos, el art. 1033 dispone que "El día de la notificación y el del vencimiento no
se contarán nunca en el término general fijado para los emplazamientos, las
citaciones, intimaciones y otros actos hechos a persona o domicilio". En otras
palabras, la ley considera como francos todos los plazos que se inician con una
notificación hecha a la persona o en el domicilio .

Si no existiera la regla enunciada en el art. 1033, excluyente del dies ad quem


todo acto que se halle condicionado por un plazo debería ser hecho lo más tarde
el día del vencimiento del plazo; pero se ha adoptado la regla contraria por
consideraciones de favor hacia la parte, frecuentemente inexperta, que al recibir
una notificación pudiera tener dudas acerca de la duración del plazo que se le
imparte.

Se ha propuesto distinguir entre los plazos que deben preceder a una


comparecencia o a un acto, y los plazos en los cuales un acto debe ser hecho,
para sostener que solamente los primeros son francos; pero esta manera de ver
es casi generalmente rechazada, admitiéndose por el contrario que son francos
indistintamente todos los plazos que tienen como punto de partida una notificación
hecha a la persona o en el domicilio.
De acuerdo con lo que antecede son francos, por ej., los siguientes, plazos: el de
la citación en conciliación (art. 51); los de comparecencia ante el juez de paz (art.
5), ante el Juzgado de primera instancia (art. 72), 416), ante la corte de apelación
(art. 456), ante la S. C. de Justicia en funciones de Corte de Casación (art. 8 de la
L. sobre proc. de casación); el prescrito para encausar a un garante (art. 175); los
de la citación a los testigos y a la parte contraria en la información testimonial (art.
260, 261) ; el de la citación en reconocimiento de escrituras (art 193).
En lo que se refiere a los plazos impartidos para ejercer los recursos cuando
tienen como punto de partida una notificación a persona o domicilio, se
admite unánimemente que son francos los plazos dados para apelar de las
sentencias de los juzgados de primera instancia (art. 443), y para recurrir en
casación (art. 5 de la L. sobre proc. de casación).

Al contrario no son francos los plazos que no tienen como punto de partida una
notificación a persona o a domicilio, como por ej.: los relativos a la instrucción de
los asuntos civiles (art 76 a 79), con excepción del plazo del acto recordatorio
(art. único de la L. 362 de 1932) ; el de la oposición contra las sentencias en
defecto por falta de concluir de los juzgados de primera instancia en materia civil
(art 157); el impartido para n e ga rle ; hechos articulados con fines de información
testimonial (art. 252) ; el fijado para comenzar la información testimonial (art.
257); el de la apelación en materia de orden (art. 762).

Caso en que es feriado el último día.


De acuerdo con el art 1033, "Si fuere feriado el último día del plazo, éste se
prorrogará hasta el siguiente." El alcance de esta disposición es controvertido. De
acuerdo con un sistema se sostiene que la prórroga es aplicable exclusivamente a
los plazos francos, puesto que el art 1033, en que se halla inserta, trata
únicamente de los plazos francos. En otra opinión, que parece preferible por ser
más favorable a los derechos de la parte contra quien corre el plazo, se trata de
una disposición de alcance general, que concierne indistintamente a los plazos
francos o no francos.

Cuando son feriados el dia en que se vence el plazo y el día que le sigue, el plazo
debe prorrogarse hasta el día que sigue a este ultimo.

La disposición del art. 1033 in fine rige todos los plazos de procedimiento en
materia civil y comercial.

Aumento en razón de la distancia.


Algunos plazos son aumentados en razón de la distancia que existe sea entre el
lugar en que se encuentra domiciliada la persona a quien se notifica un acto y el
lugar en que debe obtemperarse a ese acto, como por ej. el plazo de octava que
tiene el demandado para comparecer conforme al art. 72, sea entre el lugar en
que una persona se encuentra domiciliada y el lugar en que ella debe notificar un
acto, como por ej. el plazo de octava que tiene el incompareciente para reiterar la
oposición que formó, por declaración o por acto extra-judicial, a una sentencia en
defecto por falta de comparecer en materia civil, de acuerdo con eí art. 162.

En el primer caso se trata de un plazo el de la comparecencia, al que un acto, el


emplazamiento, sirve de punto de partida; en el segundo caso se trata de un
acto, la reiteración de la oposición, que debe hacerse al término de un plazo, el
impartido por la ley para reiterar la Oposicion.

En ambas ocurrencias el legislador prorroga la duración del plazo, tomando en


cuenta ia dificultad que resulta de la distancia que media entre el domicilio de la
persona que debe adoptar una de esas decisiones y el lugar en que tiene que ha-
cerlo.

De un modo general la distancia que sirve de base al aumento es la que existe


entre el domicilio de la parte contra quien corre el plazo y el lugar en que ella
debe actuar: el demandado que tiene su domicilio en San Pedro de Macorís, por
ej., emplazado para comparecer ante el J. de Primera Instancia de El Seibo, tiene
para comparecer el plazo suplementario correspondiente a la distancia entre San
Pedro de Macorís y Seibo; la parte domiciliada en San Pedro de Macorís,
condenada en defecto por falta de comparecer en materia civil por el Juzgado de
Primera Instancia de El Seibo, tiene eí mismo suplemento de plazo para reiterar la
oposición que formó mediante declaración verbal o por acto extrajudicial.

Cuando la parte es notificada en su domicilio elegido, como lo permite el art. 111


del C. Civil, se admite, en la opinión que predomina, que el plazo de la distancia
se calcula tomando como base el domicilio elegido y no el domicilio real, puesto
que la ley autoriza a hacer en ese domicilio todas las notificaciones.
En los casos en que, de acuerdo con el art. 3 de la L. 259 de 1940, la
notificación sea hecha en la persona de un agente o representante que dirige
una sucursal, el aumento del plazo en razón de la distancia debe calcularse
toman lo como base el lugar en que se halla establecida la sucursal.

La ley toma en cuenta la distancia de dos modos distintos, según que la


persona contra quien corre el plazo tiene su domicilio en la República o en el
extranjero.
Cuando la persona contra quien corre el plazo tiene su domicilio en la República
se aplica la disposición del art. 1033, mod. por la L. 296 de 1940, que aumenta el
plazo en razón de un día por cada treinta kilómetros o fracción mayor de quince
kilómetros de distancia. El art. 1033 determina, además, que las fracciones de
distancia menores de quince kilómetros "no se contarán para el aumento, salvo el
caso en que la única distancia existente, aunque menor de quince kilómetros, sea
mayor de ocho, en el cual dicha distancia aumentará el plazo en un día completo".

Cuando la persona a quien se notifica tiene su domicilio en el extranjero el plazo


de la comparecencia varía entre un mínimum de 15 y un máximum de 120 días,
de conformidad con la escala establecida por el art. 73, mod. por la L. 1821 de
1948: 15 días para los domiciliados en Estados Unidos de América, Cuba, Haití y
Puerto Rico; 30 días para los domiciliados en Alaska, Canadá, y Terranova; 45
días para los domiciliados en México, América Central incluyendo Panamá y
demás Antillas; 60 días para los domiciliados en territorios suramericanos con
litoral en el Mar Caribe o en el Atlántico, Estados o territorios de Europa,
excluyendo Rusia y Estados o territorios del Norte de África; 65 días para los
domiciliados en Estados o territorios suramericanos con litoral en el Pacífico, y
demás partes de América; 120 días para los domiciliados en Rusia y otros puntos.

Estudio y análisis de la jurisprudencia.

En un principio la jurisprudencia consagró la primera tesis, respecto al plazo de


15 dias francos en el cual debe comparecer el recurrido ante la Suprema Corte de
Justicia en funciones de Corte de Casación. La Jurisprudencia mas reciente se
inclina, por el contrario, a admitir la segunda tesis, la cual se recomienda por
razones de equidad y analogía: en hecho, el demandado que tiene su domicilio en
el extranjero puede verse privado del derecho de defenderse a causa de que,
siéndole notificada la demanda, no a su domicilio sino en la persona de un agente
del ministerio público, (art. 68,8vo.) es posible que la citación no le llegue
oportunamente.