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ADORACIÓ DIÀRIA AL SANTÍSSIM

AL SEMINARI CONCILIAR DE BARCELONA

PETICIÓ:
Exposició diària del Santíssim Sagrament al Seminari Conciliar.

OBJECTIUS:
1. Créixer en la unió amb Jesús Bon Pastor, especialment present en el
Santíssim Sagrament.
2. Créixer en l’amor a l’Eucaristia, «font i cimal» de la vida cristiana i
presbiteral, de la qual viu l’Església.
3. Créixer personal i comunitàriament, com a cos presbiteral i com a Església,
en la configuració amb el misteri de la Creu i de la Resurrecció del Senyor.

MOTIUS:
Cridats a esdevenir un dia ministres de l’Eucaristia, un grup de seminaristes
experimentem, des de fa temps, una set profunda no només de celebrar
diàriament i amb dignitat l’Eucaristia, com ja es fa al Seminari Conciliar, sinó
també d’adorar diàriament el Senyor en el Santíssim Sagrament.
En «continuïtat natural» amb la celebració de la missa, creiem, amb l’Església,
que l’adoració eucarística és un camí privilegiat per a la unió amb Jesucrist i la
configuració amb el seu misteri pasqual. El magisteri dels darrers sants pares, la
renovació eclesial dels darrers anys a la llum de culte eucarístic i la nostra
pròpia experiència personal confirmen aquestes intuïcions.
Des de fa temps, ens empeny el desig de poder transitar amb més assiduïtat al
Seminari, no només un cop per setmana com es fa actualment, aquest camí
privilegiat de creixement espiritual, sobretot tenint el compte que la dimensió
espiritual és el centre de la nostra formació cap al sacerdoci.
Per això demanen que se’ns ofereixi la possibilitat d’aquest culte eucarístic diari
en alguna capella del Seminari Conciliar, com es fa en altres seminaris d’arreu
del món; ens sembla més coherent en el context de la nostra preparació
comuna al sacerdoci que haver d’anar a buscar aquest espai en altres capelles
de la ciutat. 

ANNEX: TEXTOS MAGISTERIALS D’INTERÈS

✦ PABLO VI, Credo del Pueblo de Dios (1968)


26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no
se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del
orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia,
después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo
Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de
nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente
suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo
Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho
presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

✦ JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia (2003)


25. El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable
en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración
del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que
se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las
especies del pan y del vino–, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a
la comunión sacramental y espiritual. Corresponde a los Pastores animar,
incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la
exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las
especies eucarísticas.
Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto
(cf. Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de
distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no
sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en
adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo
Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta
experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!
Numerosos Santos nos han dado ejemplo de esta práctica, alabada y
recomendada repetidamente por el Magisterio. De manera particular se
distinguió por ella San Alfonso María de Ligorio, que escribió: «Entre todas las
devociones, ésta de adorar a Jesús sacramentado es la primera, después de los
sacramentos, la más apreciada por Dios y la más útil para nosotros». La
Eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su celebración, sino también estar
ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo
de la gracia. Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar
el rostro de Cristo, en el espíritu que he sugerido en las Cartas apostólicas Novo
millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este
aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de
la comunión del cuerpo y sangre del Señor.
✦ BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia Romana (22/12/2005)
Para mí es conmovedor ver cómo por doquier en la Iglesia se está despertando
la alegría de la adoración eucarística y se manifiestan sus frutos. En el período
de la reforma litúrgica, a menudo la misa y la adoración fuera de ella se vieron
como opuestas entre sí; según una objeción entonces difundida, el Pan
eucarístico no nos lo habrían dado para ser contemplado, sino para ser comido.
En la experiencia de oración de la Iglesia ya se ha manifestado la falta de
sentido de esa contraposición. Ya san Agustín había dicho: «Nemo autem illam
carnem manducat, nisi prius adoraverit; ... peccemus non adorando» (Nadie
come  esta  carne  sin  antes  adorarla;  ... pecaríamos si no la adoráramos) (cf.
Enarr. In Ps. 98, 9. CCL XXXIX 1385).
De hecho, no es que en la Eucaristía simplemente recibamos algo. Es un
encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro
encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo
puede realizarse según la modalidad de la adoración. Recibir la Eucaristía
significa adorar a Aquel a quien recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos
hacemos uno con él. Por eso, el desarrollo de la adoración eucarística, como
tomó forma a lo largo de la Edad Media, era la consecuencia más coherente del
mismo misterio eucarístico: sólo en la adoración puede madurar una acogida
profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el
Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que
quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre
todo las barreras que nos separan a los unos de los otros.

✦ BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis (2007)


66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con
muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración
eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar
la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación intrínseca
entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto significativo de la fe
de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos del camino eclesial
realizado tras la renovación litúrgica querida por el Concilio Vaticano II.
Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera
suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración
del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por
ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para
ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia
de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo
fundamento. Ya decía san Agustín: «Nemo autem illam carnem manducat, nisi
prius adoraverit; [...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin
antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos». En efecto, en la Eucaristía
el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la
adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración
eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la
Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así,
y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos
anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la
santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración
litúrgica. En efecto, «sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda
y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor
madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere
romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo
las barreras que nos separan a los unos de los otros».

67. Por tanto, juntamente con la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente


a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración
eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de gran
ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia
de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la
celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares
más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden
dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación
catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión,
se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con Jesús, fomentando
el asombro por su presencia en la Eucaristía.
Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida
consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la
adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas
que se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo
animar a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta
práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación
para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los
individuos y de las comunidades.

✦ FRANCISCO, Evangelii gaudium (2013)


262. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y
trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas
místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis
sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas
propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen
fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta
cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la
actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la
Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de
sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga.
La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra
enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos
de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones
perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de
una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las
exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación». Existe el riesgo de
que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la
vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los
cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad.

✦ CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El Don de la vocación presbiteral. Ratio


Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (2016)
104. En virtud de la necesaria conformación con Cristo «los candidatos a la
ordenación, deben, sobre todo, formarse en una fe muy viva en la Eucaristía»,
en previsión de lo que vivirán después de la ordenación presbiteral. La
participación en la celebración eucarística cotidiana, que encuentra su
continuidad natural en la adoración eucarística, impregna la vida del
seminarista, de tal modo que crezca una constante unión con el Señor.

✦ FRANCISCO, Gaudete et exsultate (2018)


162. La Palabra de Dios nos invita claramente a «afrontar las asechanzas del
diablo» (Ef 6,11) y a detener «las flechas incendiarias del maligno» (Ef 6,16). No
son palabras románticas, porque nuestro camino hacia la santidad es también
una lucha constante. Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso o a
la mediocridad. Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos
da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la
celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental,
las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero. Si nos
descuidamos nos seducirán fácilmente las falsas promesas del mal, porque, como
decía el santo cura Brochero, «¿qué importa que Lucifer os prometa liberar y aun
os arroje al seno de todos sus bienes, si son bienes engañosos, si son bienes
envenenados?»[122].

163. En este camino, el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el


crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta
por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar
con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu
de derrota, porque «el que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad
de la batalla y entierra sus talentos. […] El triunfo cristiano es siempre una cruz,
pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con
una ternura combativa ante los embates del mal»[123].