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«Dictata super Psalterium»

Antes de empezar sus lecciones es de creer que Fr. Martín reflexionaría largamente sobre qué
libro de la Biblia, del Viejo o del Nuevo Testamento, había de ser objeto de sus públicas lecturas.
El rezo monacal y sacerdotal del Breviario le había dado una afición extraordinaria hacia los
Salmos. El Salterio será siempre —con las epístolas de San Pablo— el alimento espiritual más
gustoso y nutritivo de Lutero. Por eso, no es de extrañar que su elección recayese sobre el
Salterio. Añádase a esto que por entonces leyó el texto latino de los Salmos publicado con breves
comentarios por Jacobo Lefèvre d’Etaples en 1509. Era un subsidio filológico y también
espiritual que podía serle muy útil.
El 26 de agosto de 1513, martes, comenzó Fr. Martín su Dictado sobre el Salterio. Envuelto
en la airosa capa negra de los agustinos, según lo describe Juan Wigand, subió con paso lento a la
modesta cátedra, puso sus cuadernos sobre el pupitre y empezó, dirigiendo su mirada a la escasa
concurrencia de frailes jóvenes y de otros universitarios:
«Habéis venido, ¡oh Padres y varones óptimos y respetables hermanos!, con gran espíritu de
benevolencia —según veo—, para honor del ínclito profeta David, de quien vamos a tratar. No
puedo yo sustraerme a este deber de proclamar sus alabanzas, sino que más bien debo ser el
primero en exaltar con un prefacio encomiástico al ilustrísimo profeta, que en todo se muestra
maravilloso, excelentísimo y dignísimo de verdadera alabanza. Pero me ha parecido más útil el
hacer omisión de ello para que nadie se imagine que prometo grandes cosas y crea que hay en mí
algo superior a lo que se ve».
Su preparación inmediata para las lecciones fue la siguiente: Primero hizo imprimir en
Wittenberg (1513) el texto latino del Salterio con anchos márgenes, en los cuales, así como
también entre líneas, él fue escribiendo a mano para su uso personal, con letra menuda, las
glosas, o breves explicaciones filológicas y exegéticas, tomadas generalmente de las
Enarrationes in Psalmos, de San Agustín; de las Complexiones in Psalmos, de Casiodoro; de la
glosa ordinaria de W. Estrabón, de las Apostillas, de Nicolás de Lira, o del Burgense, de Lefèvre
d’Etaples y de Reuchlin. Cita además otros autores, como L. Lombardo, Hugo de St. Cher,
Matías Doering, Juan de Torquemada.
Redactó después aparte, en forma literaria más amplia y perfecta, los escolios, donde hace
exégesis más profunda no de todos los versículos de cada salmo, sino de los pasajes más
importantes, y saltando a veces salmos enteros. Aquí es donde nos deja su verdadero
pensamiento. Nos dejó además unas anotaciones marginales al Quincuplex Psalterium, del
Estapulense, buena prueba de la atención con que los leyó.
Para ayudar a sus alumnos empezaba por dictar en clase una especie de sumario, que ellos
copiaban en sus cuadernos, y que a veces completaban con otras notas en sus casas. Año y medio
duraron estas lecciones, desde agosto de 1513 hasta abril de 1515. «Cuando yo encuentro —dice
en el prefacio— un texto áspero y difícil, cuya cáscara se me hace dura, lo golpeo con la piedra, y
en seguida descubro su pulpa suavísima». La piedra, se entiende, es Cristo, a cuya luz todo se le
ilumina. Cristo es para él el centro de todos los libros de la Biblia.
El texto que Lutero comenta es el de la Vulgata latina, aunque alguna vez cite el vocablo
hebraico, tomándolo de Nicolás de Lira y de Reuchlin. Otras veces el texto «hebreo» a que se
refiere no es sino la traducción latina del hebraico, publicada por Lefèvre.

Los sentidos bíblicos


Conforme al método medieval,

«Littera gesta docet; quid credas allegoria;

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