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Alternancia política desde los años 90 hasta la actualidad

Según la concepción tradicional, la posibilidad de alternancia política es una condición necesaria


para la democracia, aunque no sea una condición suficiente: de hecho, la alternancia en el poder
puede efectuarse con criterios completamente ajenos a la democracia, como ocurrió en numerosas
coyunturas históricas.

En la mayor parte de los casos, los principios que regulan la sucesión monárquica prevén el ejercicio
vitalicio del poder (tanto en las monarquías electivas como en las hereditarias), aunque en algunos
casos el mecanismo permite el acceso de un nuevo gobernante de forma pactada con el anterior,
como ocurría con la práctica de sucesión imperial en el Alto Imperio Romano (mediante adopción)
o de asociación al trono en las monarquías germánicas. Las revoluciones que pusieron fin al Antiguo
Régimen dieron lugar a distintas prácticas de ejercicio del poder y de alternancia en él,
considerándose un modelo el parlamentarismo inglés (que reservaba al rey el poder ejecutivo, quien
en la práctica procuraba ponerlo en manos de un primer ministro que respondiera a la mayoría
parlamentaria).

El siglo XIX en España no contó con ninguna posibilidad de la alternancia democrática en el poder:
primero se impuso la reacción absolutista sobre el liberalismo gaditano (1814) y luego se estableció
una prologada serie de pronunciamientos militares (entre 1820 y 1874) que suponían la alternancia
violenta. La alternancia pacífica se consiguió con el turnismo de la Restauración (entre 1874 y 1923),
pero con mecanismos completamente opuestos a la democracia (pucherazo). No fue hasta la
Segunda República Española (1931-1936) en que se asentó el principio de alternancia, cediendo el
poder el gobierno que perdía unas elecciones al nuevo gobierno elegido en ellas (hasta entonces, el
mecanismo era el opuesto: todos los gobiernos, del signo que fuera, ganaban las elecciones -que
convocaban y gestionaban a su conveniencia- tras llegar al poder, y no antes). En el caso de los
regímenes de partido único, la alternancia en el poder se logra mediante mecanismos internos de
lucha por el poder o de reparto del poder, como el que se establecía entre las familias del
franquismo (1939-1975).

Consecuencias para la vida política y educativa de la nación

Más allá de la instrucción formal que se pueda recibir, las consecuencias positivas de una buena
educación son las que sostienen el desarrollo y que trascienden lo económico. La capacidad de crear
de los individuos de una sociedad, la de generar riqueza y que ésta se distribuya, la capacidad de
convivir, de respetar lo público, de sostener nuestros recursos naturales o la capacidad de elegir a
los gobernantes, son todas consecuencias del nivel educativo que pueda alcanzar un país.
Así lo entiende Robert Cano, director del Proyecto Caazapá de Juntos por la Educación, un
movimiento conformado por empresarios y miembros de la sociedad civil, que busca potenciar las
metas del Sistema Nacional de Educación y convertir a la educación en causa nacional.

Por otro lado, en lo que respecta a la disponibilidad de instituciones educativas en el país, hoy se
responde a la proporción de alumnos en cada nivel, tenemos cerca de 7200 instituciones que
imparten clases entre el primero y el noveno grados, y unas 2000 instituciones de nivel medio o
bachillerato, esta desproporción es debido al abandono que con el tiempo se tiene en el sistema
educativo formal.

Hacia dónde debe dirigir sus esfuerzos el Gobierno en este escenario

Dada la compleja interacción de factores que afectan el logro educativo de nuestros alumnos,
cuestiones que están dentro y fuera del aula, los esfuerzos deben apuntar en simultáneo a mejorar
las condiciones de aprendizaje, lo que implica formación docente, infraestructura, una adecuada
gestión de los recursos destinados a la educación, y a mitigar los efectos del "clima educativo"
adverso en el que viven nuestros alumnos.

La población en situación de pobreza requiere atención focalizada, estamos hablando de alrededor


del 35% de toda la población en edad escolar que vive en familias cuyo "clima educativo" no es para
nada favorable. Son candidatos a desertar tempranamente del sistema educativo, y,
consecuentemente, a replicar la pobreza en la que nacieron.

Si hablamos de los factores "dentro del aula", la formación docente juega un papel determinante.
Entre varias otras acciones, mejorar el desempeño docente es a lo que apunta el Ministerio de
Educación y Cultura (MEC).