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Modernización y

posmodernización

El cambio cultural
económico y político
en 43 sociedades

161 Ronald Inglehart

CIS
Centra de Investigaciones Sociológicas SIGLO VEINTIUNO
DE ESPAÑA E D I T O R E S
2. EL CAMBIO EN EL NIVEL INDIVIDUAL Y EL CAMBIO
EN EL NIVEL SOCIETAL

Los próximos capítulos examinan los vínculos entre el cambio de valores


en el nivel individual y los cambios en el nivel societal. Este capítulo in-
vestiga el modo en que el desarrollo económico produce cambios en las
estrategias vitales de las personas y los modos en que los cambios cultu-
rales pueden generar cambios legales e institucionales. El capítulo 5 ana-
liza cómo influyen los sistemas de creencias en el surgimiento de las insti-
tuciones democráticas, el capítulo 6 examina el impacto de los valores en
el crecimiento económico y el capítulo 7 analiza su influencia en las divi-
siones políticas.
Al analizar los vínculos entre los sistemas de creencias y las variables
societales, la primera pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿influ-
yen los valores y las actitudes de los individuos en su comportamiento?
Si no lo hacen, los cambios que se producen en estos valores y actitudes
apenas influyen en el conjunto de la sociedad. Y se ha afirmado con fre-
cuencia que las actitudes de la gente no guardan relación alguna con su
comportamiento.

¿LAS ACTITUDES CONFIGURAN EL COMPORTAMIENTO?

En la década de 1930 un científico social americano informó que, en la res-


puesta a una pregunta escrita, la mayoría de los propietarios de restauran-
tes con los que él entró en contacto dijeron que no servirían a clientes chi-
nos; pero cuando él apareció en estos mismos restaurantes con una pareja
joven de chinos, casi todos les sirvieron (LaPiere, 1934). Concluía que las
actitudes eran irrelevantes para el comportamiento real. Este hallazgo fue
tan interesante y contraintuitivo que se citó en muchos lugares durante va-
rias décadas. Y hace poco tiempo, en los años sesenta, una revista de estu-
dios empíricos concluía que las actitudes, por lo general, «estaban poco o
nada relacionadas con los comportamientos reales» (Wicker, 1969:65).
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel soríetal 67

Una revisión más reciente de 88 estudios sobre actitudes y compor-


tamiento llega a una conclusión muy diferente: Kraus (1995) descubre
que las actitudes predicen de modo significativo y sustancial el com-
portamiento futuro. Además, el factor más importante asociado a co-
rrelaciones altas entre actitud y comportamiento era que el diseño de la
investigación utilizara el mismo nivel de especificidad en la medida de
las actitudes y de los comportamientos, como Fishbein y Ajzen (1975)
señalaron hace veinte años. No nos sorprende que las actitudes globa-
les no necesariamente predigan los comportamientos específicos. Por
ejemplo, nuestra respuesta a la pregunta «¿Es usted liberal o conserva-
dor?» no predice tan bien el comportamiento de voto como lo hace
nuestra intención de voto. Y la pregunta «¿Cree usted en Dios?» no
predice tan bien la asistencia a la iglesia como la pregunta «¿Cree usted
que asistir a la iglesia es importante?» Creer en Dios es una actitud más
global que la asistencia a la iglesia. Por otro lado, las actitudes globales
son relativamente buenas para predecir pautas globales de comporta-
miento. En suma, los bajos niveles de coherencia entre actitud y com-
portamiento constituyen, en su mayor parte, un problema de medi-
ción.
La situación en la que se desarrolla un comportamiento dado «in-
fluye en el comportamiento del individuo. Es incluso posible concebir si-
tuaciones en las que la actitud subyacente es completamente irrelevante
para la medición del comportamiento: por ejemplo, al margen de sus ac-
titudes, nadie vota a los partidos ecologistas en lugares donde éstos no
existen. Sin embargo, también es cierto que si la gente da escasa priori-
dad a la protección del medio ambiente (como ocurría hasta hace pocas
décadas), los movimientos o partidos ecologistas, aun en el caso de que
existan, apenas serán apoyados. Como hace tiempo descubrieron los cri-
minólogos, motivo y oportunidad deben estar presentes para que se de-
sarrolle un comportamiento. En estudios adecuadamente diseñados, sí
podemos encontrar vínculos significativos y sustanciales entre las actitu-
des y el comportamiento.
Además, es importante distinguir entre las actitudes centrales y fir-
memente mantenidas, y las periféricas y fugaces. Cuando se realizó el
estudio clásico de LaPiere a principios de la década de 1930 había muy
pocos chinos en los Estados Unidos. Algunos de los encuestados respon-
dieron probablemente a la pregunta hipotética de LaPiere sobre la base
de estereotipos vagos y poco examinados de los peones chinos. Si se to-
paban con una pareja joven de chinos bien vestidos acompañada de un
profesor de universidad les servían sin dudarlo.
68 Ronald Inglehart

Pero precisamente en esos mismos años las actitudes hacia los afro-
americanos eran claras y firmemente mantenidas en muchos lugares de
los EE UU. Si se hubiera llevado a cabo exactamente el mismo experi-
mento en 1934 utilizando negros en lugar de chinos, lo más probable es
que una buena proporción de propietarios de restaurantes respondie-
ran que no servían a negros para luego proceder a hacer exactamente lo
que habían expresado. Para los que recuerden cómo eran los asientos de
la barra de un restaurante y las prolongadas luchas contra la segregación
de los años sesenta, es evidente que las actitudes y los comportamientos
respecto a los afroamericanos eran congruentes (y demasiado racistas).
Durante la primera parte de este siglo e incluso hoy día una buena pro-
porción de estadounidenses expresa actitudes negativas hacia los negros
y llegan hasta excluirlos de todos los aspectos de su vida.
En pocas palabras, las actitudes no determinan el comportamiento
de un modo directo. También debemos tomar en cuenta los factores si-
tuacionales. Pero lo mismo sucede con las situaciones: por sí mismas no
determinan el comportamiento. El comportamiento requiere tanto mo-
tivos como oportunidad.

LA CULTURA Y LA COERCIÓN: DOS ASPECTOS DE LA AUTORIDAD


POLÍTICA

Los sistemas de valores representan un papel importante en todas las so-


ciedades. Proporcionan la base cultural para la lealtad que se da a los si-
temas económico y político. Y los sistemas de valores interactúan con
factores políticos y económicos externos para configurar el cambio so-
cial. No podemos entender el cambio social sin tenerlos en cuenta.
La cultura guarda una relación crucial con la autoridad política. La
cultura no es sólo el conjunto aleatorio de los valores, las creencias y las
habilidades de la gente de una sociedad dada. Constituye una estrategia
de supervivencia. En todas las sociedades que han persistido durante
mucho tiempo, el sistema cultural suele tener una relación de mutuo
apoyo con los sistemas económico y político (véase Bell, 1976). Como
Eckstein (1961; 1988) señala en su teoría de la democracia estable, las
pautas de autoridad de una sociedad y su sistema político deben ser con-
gruentes para que la democracia sobreviva a largo plazo. Almond y Ver-
ba (1963) desarrollaron un argumento semejante en The Civic Culture. Y
aunque enfocaron la cuestión desde una perspectiva muy distinta, Marx
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 69

y varios pensadores posmodernistas también hicieron la misma afir-


mación: el sistema de creencias de una sociedad suele justificar el orden
social, legitimando el derecho de la élite a gobernar. Ésta es una función
crucial.
El gobierno es un sistema de toma de decisiones para una sociedad.
Y las personas de esa sociedad aceptan las decisiones de su gobierno de-
bido: (1) a la coerción externa o (2) porque han interiorizado un conjun-
to de normas que justifican su consentimiento. Todas las sociedades de-
penden de una mezcla de las dos razones, aunque hay diferencias
importantes en el grado en el que las sociedades dependen de la coerción
o de la legitimidad que da la cultura (ésta es la diferencia crucial entre las
dictaduras inestables y las democracias estables). Este equilibrio entre
cultura y coerción es tan importante para la política que Weber (1925)
definió el ámbito político a partir del uso legítimo de la violencia, recono-
ciendo el papel complementario de los dos factores. Como indica la figu-
ra 2.1, la legitimidad y la violencia (o la cultura y la coerción) se sitúan en
polos opuestos del espectro político.

FIGURA 2.1. Legitimidad y violencia en política. El continuum desde los contro-


les interiorizados hasta la coerción externa

CULTURA -< +~ COERCIÓN

Todo sistema sociopolítico que perdura se basa en un orden moral


subyacente. Un jefe tirano o un dictador militar se puede mantener en el
poder durante un periodo limitado de tiempo por medio de la represión
directa, pero hacerlo es arriesgado. Es costoso mantener a un soldado en
cada esquina para hacer cumplir los edictos del gobierno a punta de ba-
yoneta; es costoso mantener un gran aparato represivo y comprar una
lealtad que no ha sido culturalmente interiorizada sino obtenida a cam-
bio de compensaciones externas. En ultima instancia, probablemente ha
de desviar todo el excedente económico de la sociedad para mantener la
lealtad de la élite militar. Es más, la ausencia de lealtades basadas en
la cultura significa que el dictador depende de algún tipo de Guardia
Pretoriana para mantenerse en el poder y es, por lo tanto, crónicamente
vulnerable a un golpe. El número uno de la estructura de poder vive con
miedo permanente al número dos.
70 Ronald Inglehart

Toda élite que aspira a mantener su poder durante un periodo largo


de tiempo intentará legitimarse y, por lo general, lo hará ajustándose a las
normas culturales establecidas aunque, en ocasiones, lo hará intentando
reformar esas normas para justificar su derecho a gobernar. La conformi-
dad es más fácil y menos coercitiva que reformar la cultura; pero cuando
una élite verdaderamente revolucionaria toma el poder puede intentar
reformar el sistema cultural para que se ajuste a su nueva ideología. Esta
es una empresa difícil para la que se suele necesitar la capacidad coerciti-
va de un estado totalitario. En el mundo real todos los regímenes se ba-
san en cierto grado de coerción, pero es mucho más barato y seguro ba-
sarse en las normas y los valores interiorizados que depender de la fuerza
en estado puro para hacer que la gente acepte las políticas. Mientras los
regímenes totalitarios recién establecidos tienden a situarse en el polo
denominado «coerción» en la figura 2.1, las democracias que disfrutan
de gran legitimidad se sitúan cerca del polo denominado «cultura».
Una de las funciones más importantes de la cultura es su papel de le-
gitimación de los sistemas económico y político de la sociedad. De he-
cho, Wilson (1992) va más lejos y define la cultura política como «una
ideología dominante que justifica la conformidad con el sistema institu-
cional de una sociedad». Ésta es una de sus funciones más importantes,
pero no la única que cumple: en una democracia, por ejemplo, puede ser
también legítimo disentir por medio de normas tales como «la leal oposi-
ción». En muchos sistemas la cultura contiene también normas para es-
tablecer límites y obligaciones al comportamiento de la élite, algo que, a
la larga, contribuye a legitimar el derecho de las élites a gobernar.
Todo sistema político que perdura se apoya casi con seguridad en un
orden moral adecuado que configura los sistemas político y económico,
al tiempo que éstos configuran aquél. En las sociedades preindustriales
este orden moral suele adoptar la forma de la religión.
Este orden moral moldea otros aspectos de la vida además de la po-
lítica. Integra la sociedad estableciendo principios morales contra la
violencia interna (alguna variante de «no matarás» es un principio bási-
co de todas las sociedades); e inculcando normas que protegen la pro-
piedad privada (como «no robarás») y contrarrestándolas con normas
que atañen a la caridad y la solidaridad que suavizan la lucha por la su-
pervivencia.
Estas normas cumplen funciones cruciales en las sociedades tradi-
cionales. Si se quiere que sean lo suficientemente obligatorias como para
que se cumplan incluso cuando hay fuertes tentaciones de desobedecer,
estas normas se inculcan como valores absolutos y por lo general como
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 71

reglas que reflejan la voluntad divina. Esto es factible en sociedades agra-


rias que apenas cambian, pero los valores absolutos son inherentemente
rígidos y se adaptan con dificultad a un entorno en permanente y rápido
cambio. La modernización requirió la ruptura con algunos componentes
de los sistemas de valores tradicionales. Ésta es una razón de la enorme
importancia de la Reforma Protestante para la modernización de Europa
Occidental y de los desafíos similares a los valores tradicionales que se
han producido por doquier. En China, por ejemplo, fue necesario rom-
per mediante oleadas sucesivas de reformas (primero la liberal y luego la
maoísta) con las normas más importantes del sistema confuciano (que
estigmatizaban el trabajo manual y el trabajo tecnológico y mercantil y lo
hacían incompatible con el papel del refinado burócrata-académico)
para dar paso al desarrollo económico. Así mismo, parece que hay que
poner freno a la virtud tradicional de ayudar sin reservas a familiares y
vecinos; de lo contrario, se convierte en un vicio de la moderna sociedad
burocrática: el nepotismo.

EL EQUILIBRIO ENTRE LA CULTURA Y LA COERCIÓN

A lo largo de la historia muchos regímenes se han originado en la con-


quista y en fecha tan próxima como 1970 la mayoría de las sociedades
del mundo estaban gobernadas por dictaduras militares. Incluso tras la
reciente ola mundial de democratización, en países de Latinoamérica, en
la antigua Unión Soviética y hasta en África, los militares amenazan toda-
vía con representar un papel crucial en la política en el caso de que fraca-
sen los nuevos regímenes democráticos. Con frecuencia surge la pregun-
ta de «¿por qué se alzan los militares con tanta frecuencia?». Mejor
podríamos preguntarnos «¿qué es lo que impide a los militares estar
siempre intentando tomar el poder?». El control de los medios de coer-
ción es crucial para la política; sólo surge otro tipo de régimen allí donde
las normas culturales están tan profundamente inculcadas que impiden
la dominación por medio de las armas. Sin un sistema cultural fuerte-
mente interiorizado, el gobierno militar es la solución más simple: en po-
lítica, los clubes son un triunfo.
La pregunta es entonces la siguiente: «¿cómo impedir que los milita-
res se alcen?». La respuesta es: inculcando normas culturales que apoyen
otros tipos de autoridad. Es especialmente importante inculcar estas
normas entre las élites militares. En una monarquía, estas normas acen-
72 Róñala Inglehart

túan la obediencia y lealtad incuestionable al Rey o Reina. En los EE UU,


subrayan la fidelidad a la cadena constitucional de mando, con el presi-
dente como comandante en jefe. Y en los regímenes marxistas, el tabú
ideológico del «bonapartismo» cumplió una función importante: el fun-
dador del Ejército Rojo, León Trotsky, lo aceptó, aunque ello le costó su
poder político y, finalmente, su vida. Estas normas equivalen a un man-
damiento: «No darás un golpe de estado militar».
Como la coerción y la cultura son aspectos singularmente diferentes
del poder político, la élite con mayores probabilidades de gobernar cual-
quier sociedad (aparte de la militar) es el clero u otros ideólogos que pro-
porcionen una interpretación autorizada de las normas culturales de la
sociedad. En el antiguo Egipto y Sumeria, en la Europa Medieval y en el
imperio azteca, el clero predominaba o gobernaba en términos de igual-
dad con las élites militares; en la Rusia soviética y la China maoísta, los
ideólogos marxistas desempeñaron un papel dominante. En las socieda-
des legalistas gobiernan los leguleyos: como intérpretes autorizados del
mito legitimador de la sociedad estadounidense, son el equivalente fun-
cional del clero.
La cultura es el componente subjetivo del equipamiento del que
dispone una sociedad para enfrentarse a su entorno: los valores, las acti-
tudes, las creencias, las técnicas y el conocimiento de su gente. Los facto-
res políticos, económicos y otros factores externos tienen la misma im-
portancia, pero no son determinantes por sí mismos. Cuando se trata de
seres humanos se produce una interacción continua entre los factores
subjetivos y los objetivos, entre cultura y entorno. Lo que pasa en la men-
te de las personas es tan importante como lo que ocurre fuera. Aunque
habitualmente cambia muy lentamente, la cultura se transforma en su
interacción con el entorno (procesada mediante filtros culturales subje-
tivos).
La cultura no se compone sólo de mitos difundidos para justificar a
los que están en el poder (aunque éste es casi siempre un componente
importante). Refleja toda la herencia histórica y las experiencias vitales
de un pueblo dado. Algunos teóricos posmodernos suelen despreciar el
continuum cultura/coerción, considerando a la cultura una forma disfra-
zada de coerción. Nosotros rechazamos esta posición. De acuerdo con
Habermas, creemos que la comunicación sin coerción también es posi-
ble y que esa posibilidad aumenta en la sociedad industrial avanzada.
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 73

VALORES CAMBIANTES Y PAUTAS FAMILIARES CAMBIANTES

Los valores posmodernos reflejan la suposición de que la supervivencia


se puede dar por hecha, algo que genera una importancia creciente de la
autoexpresión. En la sociedad preindustrial la familia biparental era cru-
cial para la supervivencia de los hijos; en las sociedades industriales avan-
zadas cada vez más gente ve la familia como un aspecto opcional del esti-
lo de vida de una persona. Los valores posmodernos le dan la máxima
prioridad a la autorrealización a través de la carrera profesional, muy por
encima de la crianza de los hijos. No obstante, son relativamente permi-
sivos con la familia monoparental porque se tiende a creer que la viabili-
dad económica de una madre soltera debe asegurarse.
El cambio en esta perspectiva cultural de los individuos se refleja en
cambios en el nivel societal. Las tasas de natalidad de las sociedades in-
dustriales avanzadas han caído desde mediados de la década de 1960. Al
mismo tiempo, las tasas de divorcio, aborto y nacimientos ilegítimos
aumentaron notablemente. En 1990 las tasas de fecundidad se situaron
por debajo del nivel de reemplazo de la población en casi todas las socie-
dades industriales avanzadas. Estos fenómenos demográficos son com-
plejos e implican factores económicos, políticos y de otro tipo, pero pa-
rece claro que el cambio cultural ha desempeñado un papel crucial en
este giro (véase Lesthaeghe y Meekers, 1986).
Aunque las tasas de natalidad caen, la proporción de nacimientos
que se producen fuera del matrimonio ha aumentado enormemente, tri-
plicándose en EEUU y aumentando un 250% desde 1960 hasta 1990 en
toda la Comunidad Europea. También aquí parece que los factores cul-
turales desempeñan un papel importante.
Por último, las tasas de divorcio han aumentado en casi todas las so-
ciedades industriales avanzadas excepto en una, la República de Irlanda,
donde el divorcio no se legalizaría hasta 1995. En Italia y España se ha le-
galizado hace poco tiempo. Sin embargo, en Europa Occidental en su
conjunto la tasa de divorcio se ha más que cuadriplicado desde 1960 has-
ta 1990. Los datos estadísticos agregados apoyan la interpretación de
que las normas concernientes a la religión y la inviolabilidad de la familia
se debilitan cada vez más.
Como en cualquier cambio social importante, las causas de este fe-
nómeno se pueden interpretar desde varios niveles. Podríamos pensar,
por ejemplo, que la acusada caída de la tasa de natalidad se debe a los
avances en la tecnología de la anticoncepción. No hay duda de que los
74 Ronald Inglehart

desarrollos en la tecnología anticonceptiva han desempeñado un impor-


tante papel instrumental, pero técnicas eficaces de control de la natali-
dad ha habido siempre. No obstante, en los años cincuenta las tasas de
natalidad aumentaron a niveles muy superiores a los de los años anterio-
res; y el descenso que podemos observar ahora con claridad comenzó
después de 1965. El fenómeno de la caída de las tasas de natalidad
por debajo del nivel de reemplazo de la población refleja una combina-
ción de dos cosas: 1) La disponibilidad de una tecnología eficaz para el
control de la natalidad; y 2) El hecho de que la gente decida utilizarla. El
hecho de que cada vez más gente decida tener los hijos más tarde o no te-
nerlos parece reflejar un cambio gradual en las normas subyacentes. Tan-
to el surgimiento de una tecnología eficaz como el hecho de que la gente
decida usarla son esenciales, y preguntar cuál de las dos es la causa verda-
dera es plantear una falsa alternativa.
Asimismo, podríamos pensar que el reciente aumento de divorcios
en Italia y España es el resultado de cambios legales: el divorcio era ile-
gal, pero ya no lo es. Esta interpretación es perfectamente acertada, pero
superficial. Si intentamos profundizar, la primera pregunta que nos ha-
cemos es: «¿por qué se ha legalizado el divorcio en estos países?». El di-
vorcio ha sido ilegal durante siglos porque violaba las normas religiosas
profundamente inculcadas en esas culturas. Esto fue así en la República
de Irlanda, hasta 1995: una mayoría del pueblo votó contra la legaliza-
ción del divorcio en un referéndum nacional en 1987. Pero, como nues-
tros datos sugieren, estas normas se han venido debilitando con el tiem-
po. El apoyo público a la legalización del divorcio se extendió y expresó
en Italia y España hasta que cambiaron las leyes en la década de los se-
tenta. Y en 1995 los irlandeses aprobaron por fin el divorcio en un refe-
réndum nacional. Consecuencia de ello fue un aumento súbito de divor-
cios inmediatamente después de que cambiaran las leyes. Aunque este
cambio de comportamiento fue súbito e irregular, reflejó un largo proce-
so de cambio gradual de valores.
Algunos escritores han interpretado lo irregular de estos síntomas de
cambio cultural de comportamiento como una prueba de que no se está
produciendo un declive a largo plazo de las normas tradicionales. Por
ejemplo, Hout y Greeley (1987) señalan que en los Estados Unidos la
asistencia a la iglesia entre los protestantes no ha disminuido en las últi-
mas décadas; y, aunque se pudo apreciar una disminución notable entre
los católicos entre 1968 y 1975, posteriormente no ha disminuido. Por lo
que concluyen que la ausencia de una tendencia descendente constante
contradice la tesis de la secularización.
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 75

Este argumento no es convincente: las tasas de asistencia a la iglesia


proporcionan sólo un tosco indicador de los cambios culturales subya-
centes. Y lo que es más importante, este argumento supone que ha de
haber una relación directa entre el ritmo de los cambios actitudinales y
sus consecuencias comportamentales. Esto es improbable, porque am-
bos operan en niveles diferentes y a menudo las pautas de comporta-
miento están más sometidas a restricciones institucionales y situaciona-
les. La súbita disminución de la asistencia a la iglesia católica, por
ejemplo, se precipitó probablemente debido a la fuerte oposición al con-
trol de natalidad artificial que el Papa Pablo VI expresó en 1968. Pero
esta reacción negativa a la autoridad papal también reflejó el hecho de
que una mayoría de estadounidenses católicos había llegado a estar en
desacuerdo con la tradicional posición de la iglesia sobre el control de la
natalidad en esos momentos, un cambio que se produjo gradualmente
durante un largo periodo de tiempo.
El crecimiento de los Verdes en Alemania Occidental proporciona
otro ejemplo de la disparidad entre el ritmo creciente de cambio cultural
y la aparición repentina de sus síntomas comportamentales. En 1983, los
Verdes adquirieron una importancia repentina en el mundo cuando ob-
tuvieron por primera vez el número de votos suficiente para entrar en el
parlamento de Alemania Occidental, provocando una alteración impor-
tante del equilibrio de la política alemana. Pero este súbito avance reflejó
un aumento gradual del apoyo de las masas a las políticas medioambien-
tales. Las barreras institucionales, como el hecho de que un partido de-
bía ganar al menos un 5% de los votos para obtener escaños en el Bun-
destag, hicieron súbito y notable el avance del partido. Pero su aumento
reflejó procesos a largo plazo de cambio gradual. Si nos centramos sólo
en las causas inmediatas, las reglas electorales de una sociedad parecen
ser el factor decisivo: los ecologistas apenas eran visibles hasta que tras-
pasaron el umbral del 5%; en sociedades que no tienen un sistema de re-
presentación proporcional como EEUU y Gran Bretaña, puede que los
partidos ecologistas nunca lleguen a representar un papel importante.
Pero incluso en estas sociedades la creciente preocupación por la protec-
ción del medio ambiente ha transformado la agenda de los partidos exis-
tentes. En muchas sociedades los activistas de los partidos ecologistas
son principalmente posmaterialistas; y parece improbable que surjan
partidos o movimientos ecologistas si no se dan los cambios culturales
que producen una visión del mundo posmaterialista.
Hace poco han cobrado una renovada importancia en los Estados
Unidos las cuestiones religiosas, avivadas en particular por el enérgico
76 Ronald Inglehart

movimiento antiaborto y la campaña a favor de que se permita la oración


en las escuelas públicas. Esto se ha interpretado como una manifestación
de un giro a la derecha en cuestiones culturales.
Esta interpretación parece errónea. Nuestra evidencia apunta hacia
una tendencia muy extendida hacia la secularización. Es claro que los
movimientos en pro de la oración y el del Derecho a la Vida sí tienen fie-
les adeptos. Pero su renovado acento en las cuestiones religiosas refleja
una reacción entre un sector tradicionalista que disminuye gradualmente
más que un giro hacia el conservadurismo cultural entre toda la pobla-
ción. Glenn (1987) ha examinado las tendencias a largo plazo en los da-
tos de las encuestas estadounidenses sobre este asunto. El halla una mo-
derada disminución general del número de adeptos a la iglesia, pero un
descenso sustancial en la adhesión a las creencias cristianas tradicionales.
Por ejemplo, la proporción de estadounidenses que consideraba la reli-
gión muy importante en su vida disminuyó de un 75 % en la década de
1950 a un 56% en la de 1980. Este libro presentará una evidencia adicio-
nal procedente de muchos países que indica que durante las últimas dé-
cadas la adhesión a normas culturales tradicionales ha disminuido. Las
consecuencias en el nivel societal de esta disminución se manifiestan en
las altas tasas de divorcio y aborto, y en los cambios institucionales que
los han facilitado. La intensidad con que se han planteado recientemente
las cuestiones religiosas refleja la convicción apasionada y la preocupa-
ción de sus adeptos ante el hecho de que algunos de sus valores básicos
se están erosionando con rapidez, y no el aumento del apoyo de las ma-
sas a la religión tradicional.
Los deterministas institucionales (v.g. Skocpol, 1982; Jackman y Mi-
ller, 1996) afirman que las instituciones son exógenas mientras la cultu-
ra es endógena o, en otras palabras, que son siempre las instituciones las
que moldean las actitudes y las creencias y nunca a la inversa. Este in-
tento de resolver una cuestión empírica por la vía de la definición no re-
suelve la cuestión. Y la evidencia histórica indica que el supuesto de que
las instituciones son siempre exógenas es simplista. La influencia fun-
ciona en ambos sentidos: en algunas ocasiones las instituciones mol-
dean los valores culturales y, en otras, son los valores los que moldean
las instituciones.
Suiza, por ejemplo, tiene una estructura federal con máxima descen-
tralización de autoridad y un consejo de siete personas en lugar de un
solo individuo como primer ministro. Para todo el que conozca la socie-
dad suiza, es obvio que la diversidad étnica ha originado estas institucio-
nes, y no al contrario (son un medio de evitar que parezca que un grupo
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel soáetal 11

étnico domina a los demás). Bélgica, India y Canadá tienen instituciones


semejantes por razones similares. Para todo aquel que conozca estas so-
ciedades, la afirmación de que las instituciones han originado la cultura
sería absurda. Históricamente, la diversidad étnica precedió a la estruc-
tura federal y a otras instituciones que contribuyeron a que estas socieda-
des se enfrentaran a la diversidad. En muchos aspectos, desde España
hasta Canadá y la India, es evidente que la cultura moldea las institucio-
nes así como al contrario.

LAS RAÍCES SOCIETALES DEL CAMBIO POSMODERNO: RENDIMIENTOS


MARGINALES DECRECIENTES DEL DESARROLLO ECONÓMICO

Aunque la cultura puede configurar la vida política y económica, es


igualmente cierto que los cambios socioeconómicos importantes confi-
guran la cultura. El cambio de la modernización a la posmodernización
refleja la utilidad marginal decreciente del determinismo económico: los
factores económicos tienden a jugar un papel decisivo en condiciones de
escasez económica, pero a medida que disminuye esa escasez, otros fac-
tores moldean la sociedad en un grado cada vez mayor. Así, a través de
procesos de mutación aleatoria y selección natural la cultura se adapta a
un entorno dado. El capítulo 4 examina el funcionamiento de este pro-
ceso en el nivel individual a través del reemplazo intergeneracional de la
población. Examinémoslo ahora brevemente en el nivel societal.
La figura 2.2 ilustra la disminución de la influencia del desarrollo
económico en la esperanza de vida. Como muestra esta figura, la espe-
ranza de vida está estrechamente relacionada con el nivel de desarrollo
económico de una nación, especialmente en el nivel más bajo del conti-
nuum económico. La gente que habita naciones pobres tiene una espe-
ranza de vida relativamente pequeña. Guinea-Bissau se sitúa en el nivel
más bajo del espectro tanto por lo que respecta a la renta como a la espe-
ranza de vida, con un producto interior bruto per cápita de 180 dólares y
una esperanza de vida de 39 años. En el nivel inmediatamente anterior se
sitúa un conjunto de naciones que tienen un PIB per cápita de menos de
300 dólares y una esperanza de vida de cerca de 45 años. El siguiente es
un grupo de sociedades con un PIB per cápita que varía entre 1.000 y
3.000 dólares y esperanzas de vida entre los 60 y los 75 años. En el nivel
más alto del espectro se encuentran Japón y Suiza con un PIB per cápita
de 28.000 y 33.000 dólares respectivamente, y esperanzas de vida de 79 y
78 Rotialel Inglehart

FIGURA 2.2. Esperanza de vida y nivel de desarrollo económico (Esperanza de


vida media al nacer y PIB per cápita en 124 países)

80
. EEUU. T
•* * " / im Japón
• . * A Suiza
Alemania
70
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»• Rusia
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Guinea-Bissau

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O 10.000 20.000 30.000 40.000
PIB per cápita en dólares EEUU

Fuente: Datos del Banco Mundial, WorldDevelopment Report, 1993.

78 años respectivamente, el doble que Guinea-Bissau. Este tipo de rela-


ción entre naciones como ésta no siempre refleja un cambio asociado al
desarrollo, pero en este caso sí lo hace: la evidencia histórica demuestra
que la esperanza de vida aumenta junto al crecimiento económico.
La curva sube verticalmente con aumentos relativamente modestos
de riqueza hasta que alcanza los 3.000 dólares per cápita. Luego se esta-
biliza. Los factores económicos empiezan a ser menos determinantes y
las factores asociados al estilo de vida más. Entre las naciones más pobres
de la figura 2.2, el PIB per cápita explica el 51 % de la varianza de la espe-
ranza de vida; entre la mitad más rica sólo explica el 15%. Hay todavía
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 79

mucha variación entre las naciones, pero la longevidad es cada vez me-
nos una cuestión de nutrición adecuada y equipamientos sanitarios, y
cada vez más un producto de la ingesta de colesterol, del consumo de ta-
baco y alcohol, del ejercicio, de los niveles de estrés y de la contamina-
ción del medio ambiente. La esperanza de vida está cada vez más deter-
minada por el estilo de vida y las pautas de comportamiento que por la
economía.
Algunos de los fenómenos culturales más sorprendentes se pueden
interpretar como una respuesta racional a este cambio de los factores
económicos a los relacionados con el estilo de vida como principales de-
terminantes de la supervivencia. Por ejemplo, hace una generación, los
estadounidenses se destacaban por su escasa disposición a pasear incluso
en distancias cortas. Algunas personas comentaron jocosamente que la
siguiente generación nacería con ruedas en vez de piernas. No ha sido
así. Muy al contrario, dos décadas después e\jogging y la preocupación
por la salud han ganado importancia. También ha aumentado la preocu-
pación por evitar el colesterol y los aditivos en la comida, gana apoyo el
movimiento para reducir la contaminación medioambiental y la prohibi-
ción de fumar en lugares públicos, y crece el interés por estilos de vida
menos estresantes; todo esto refleja una conciencia extendida de que hoy
la longevidad guarda más relación con el estilo de vida que con la renta.
La estabilización de la curva no refleja sólo efectos de tope. En 1975
sólo un puñado de naciones tenía esperanzas de vida que sobrepasaban
los 70 años, pero en los años siguientes la esperanza de vida de casi todas
las naciones aumentó varios años. En 1990 la esperanza de vida de las
mujeres de Suiza y Japón aumentó a cerca de 80 años, edad que casi se-
guro no representa un tope biológico. En la sociedad industrial avanza-
da, el segmento demográfico que más crece es el grupo de población de
100 o más años de edad. Las naciones más desarrolladas todavía tienen
un margen considerable para aumentar su esperanza de vida, pero este
aumento ya no está tan relacionado con el desarrollo económico como
antes. Así, la esperanza de vida de la ex Unión Soviética disminuyó nota-
blemente durante las décadas de 1970 y 1980 y continuó disminuyendo
tras el colapso de la URSS. En buena medida, esto parece reflejar facto-
res histórico-culturales, como el aumento de las tasas de alcoholismo y el
estrés psicológico. Por contra, los países del Este Asiático hace tiempo
que se distinguen por tener una población muy longeva. China, Corea
del Norte, Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Japón (actualmente líde-
res mundiales en esperanza de vida) han demostrado históricamente una
esperanza de vida mayor de la que hubiera predicho su nivel económico.
80 Ronald Inglehart

Las naciones de la ex Unión Soviética han mostrado la tendencia opues-


ta: durante décadas, casi todas han mostrado una esperanza de vida me-
nor de la que predecía su nivel económico. Los cambios recientes han
acentuado estas tendencias hasta el punto de que, aunque el PIB per cápi-
ta de Rusia es mayor que el de China, China ahora muestra una esperan-
za de vida mayor que la de Rusia. Las razones son complejas, pero pare-
cen tener un componente cultural significativo. Rusia tiene una tradición
de abuso de alcohol que influye negativamente en la longevidad de los
varones, mientras la dieta baja en colesterol tradicional y predominante
en el Este Asiático ha podido tener un efecto positivo en la esperanza de
vida de esa zona.
Nuestra hipótesis de los rendimientos decrecientes implica que la
transformación logarítmica del PIB per cápita muestra un ajuste mucho
mejor a la esperanza de vida que el modelo lineal. La figura 2.2 represen-
ta un PIB per cápita no transformado que demuestra la influencia decre-
ciente de los beneficios económicos. Otros muchos indicadores sociales
muestran una pauta parecida de rendimientos decrecientes del desarro-
llo económico. La ingesta de calorías, las tasas de alfabetismo, el número
de médicos per cápita y otros indicadores objetivos aumentan rápida-
mente en el nivel más bajo de la escala, pero se estabilizan entre las socie-
dades industriales (Kirsch [1976] en Social Limits to Growth, hace re-
ferencia a algo semejante al afirmar que el desarrollo no produce un
aumento de bienes posicionales). En suma, centrarse en exceso en el lo-
gro económico ha producido enorme rendimiento en las primeras etapas
de la industrialización: la racionalidad instrumental asociada a la moder-
nización obtuvo grandes recompensas. Pero cuando una sociedad alcan-
za un nivel muy alto de industrialización (con un PIB per cápita de 6.000 a
7.000 dólares de 1990) alcanza el punto de los rendimientos decrecientes.
Esta pauta de rendimientos marginales decrecientes del desarrollo
económico no se limita a aspectos objetivos de la vida, como la ingesta
de calorías y la esperanza de vida. La nueva evidencia obtenida de la En-
cuesta Mundial de Valores de 1990 indica que guarda también relación
con el bienestar subjetivo. La figura 2.3 lo demuestra. Se basa en las res-
puestas de 43 países a preguntas sobre el grado de felicidad y el nivel de
satisfacción con la vida de sus ciudadanos, preguntas que han demostra-
do ser excelentes indicadores del bienestar subjetivo general y caracterís-
ticas culturales relativamente estables (Andrews y Withey, 1976; Ingle-
hart, 1990: capítulo 7).
Como el sentido común nos haría esperar, el bienestar subjetivo
aumenta con los niveles de desarrollo económico altos: la gente rica y las

!
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 81

FIGURA 2.3. Desarrollo económico y bienestar subjetivo

yi
Islandia
Países Bajos • Suecia
84 -
Dinamarca
• Irlanda del N. • Noruega
, Irlanda
77 • Bélgica • EEUU
G. Bretaña * Finlandia

70 Canadá Alemania Occ.

• Francia
• España * Italia
63 —
• Austria
. Polonia t Alemania Or.
ZJ 56 — Argentina Japón
no Chile •*Brasil Corea del Sur
• México ••
49
• Turquía Portu9al
O>
c
a> 42 ~* China
co
CD 35 ~~ Nigeria
T3
* « Checoslovaquia
O ,. » Sudáfrica
28 -• India \a
73
* Estonia
21 —

14 • Lituania
• Letonia
7
• Moscú
Bielorrusia
0 — Bulgaria •• Rusia
I )• I I I I I I I I I I I I I I I i I

PIB per cápita en 1991

N = 40 r = 0,74 p < 0,00001

Nota: El índice de bienestar subjetivo refleja el promedio entre el porcentaje de personas que en
cada país: (1) se consideran como «muy felices» o «felices» menos el procentaje de los que se
consideran como «no muy felices» o «infelices»; y (2) el porcentaje de los que se sitúan entre 7 y
10, menos el porcentaje de los que se sitúan entre 1-4, en una escala de 1 al 10 donde «1» indica
que la persona está muy insatisfecha con su vida y «10» indica que una persona está muy satisfe-
cha con su vida.
Fuentes: Los datos de bienestar subjetivo proceden de la Encuesta Mundial de Valores de 1990-
1991; los datos del PIE per cápita, del Banco Mundial, World Development Report, 1993.
82 Ronald Inglehart

sociedades seguras como Suecia son más felices y están más satisfechas
con su vida que los que viven en sociedades donde hay hambre y enfer-
medades como la India. La relación general es notablemente fuerte
(r=0,74). Pero de nuevo aquí encontramos una marcada estabilización
más allá de un cierto umbral. Este efecto es tan pronunciado que en los
primeros estudios, realizados sobre todo en las naciones ricas, concluye-
ron que no había relación a escala internacional entre desarrollo econó-
mico y bienestar subjetivo. Por encima del umbral de 6.000 dólares (en
dólares de 1991) prácticamente no hay relación entre la riqueza y el
bienestar subjetivo. Así, los irlandeses muestran un nivel de bienestar
subjetivo superior al de los alemanes occidentales, aunque los últimos
son más del doble de ricos; y los surcoreanos muestran niveles subjetivos
de bienestar tan altos como los de los japoneses, a pesar de que éstos son
cuatro veces más ricos.
Nuestra interpretación es aquí más especulativa que en el caso de la
relación entre el crecimiento económico y la esperanza de vida. Sabemos
con seguridad que numerosos indicadores objetivos (desde las calorías
consumidas por persona a los teléfonos per cápita, y desde los automóvi-
les per cápita a la esperanza de vida humana) siguen una curva de rendi-
mientos decrecientes: abundantes datos históricos demuestran que a
medida que determinadas sociedades emprenden el crecimiento econó-
mico todas esas cosas crecen con fuerza al principio para alcanzar un
punto de rendimientos decrecientes a partir del cual el crecimiento eco-
nómico produce sólo modestos aumentos. Pero carecemos de este tipo
de información histórica en lo que se refiere a la relación entre el desarro-
llo económico y el bienestar subjetivo: el bienestar subjetivo sólo comen-
zó a medirse hace unas cuantas décadas, y hasta hace muy poco se midió
sólo en un puñado de sociedades ricas occidentales. La Encuesta Mun-
dial de Valores de 1990 fue el primer estudio que lo midió por medio de
muestras nacionales representativas de una mayoría de la población del
mundo.
Una posible interpretación de la figura 2.3 sería que la pauta no
guarda relación con el desarrollo económico: por alguna razón (quizás
cultural, climática o geográfica), Nigeria, India y Rusia podrían haber-
se situado siempre en un nivel bajo de bienestar subjetivo, mientras
Suecia, Dinamarca y los Países Bajos han tenido siempre niveles altos
de bienestar.
No podemos rechazar esta interpretación, pero parece sumamente
improbable. La relación entre desarrollo económico y bienestar subjeti-
vo es notablemente fuerte, y es significativa en el nivel del 0,00001: difí-
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal 83

cilmente podría ser producto del azar. Es más, el vínculo entre nivel ecó-
mico y bienestar subjetivo se manifiesta no sólo entre diferentes nacio-
nes, sino también dentro de las diferentes sociedades: como el sentido
común nos haría esperar, la gente con una renta alta muestra, por lo ge-
neral, niveles más altos de bienestar subjetivo que la que tiene ingresos
bajos. Además, Alemania Occidental y Alemania Oriental nos ofrecen
una suerte de experimento controlado en el que la nacionalidad y la cul-
tura se mantienen constantes, pero en Alemania Oriental la renta per cá-
pita es mucho más baja que en Alemania Occidental: como implica
nuestra interpretación, los alemanes occidentales muestran niveles de
bienestar subjetivo sustancialmente más altos que los alemanes del este.
Además, esta comparación ayuda a explicar por qué la influencia del de-
sarrollo económico se llega a estabilizar: en términos de lo que ellos con-
sideran importante, los factores económicos (como la renta) se demues-
tran más importantes para los alemanes del este que para los alemanes
occidentales; y a la inversa, los aspectos no económicos de la vida (como
el tiempo de ocio) tienen más importancia para los alemanes occidenta-
les que para los orientales (Statistisches Bundesamt, 1994:441).
Pero los niveles sumamente bajos de bienestar subjetivo que mues-
tran las sociedades ex soviéticas apoyan la interpretación de que la pros-
peridad y la seguridad generan bienestar subjetivo. De nuevo, podría-
mos atribuir este hallazgo a algo inherente a la cultura eslava (y báltica); o
a algo inherente al tipo soviético de socialismo. Pero una interpretación
mucho más obvia sería considerarlo vinculado a la desintegración del te-
jido social, político y económico de estas sociedades que se estaba pro-
duciendo cuando se llevaron a cabo las encuestas de 1990. Ya en la En-
cuesta Mundial de Valores de 1981 una muestra de la región de Tambov
de Rusia mostraba niveles excepcionalmente bajos de bienestar subjeti-
vo, unos niveles jamás registrados en otros lugares de Rusia ni en ningún
otro país. Debemos advertir que estos niveles tremendamente bajos de
bienestar subjetivo se manifestaron antes de la desintegración política de
la Unión Soviética en diciembre de 1991: fueron un indicador importan-
te de la desmoralización e insatisfacción profundamente arraigada entre
las masas, y no simplemente una reacción al colapso político. Nuestra in-
terpretación es que en 1990 los estados exsoviéticos experimentaban un
malestar profundo que pudo haber tenido consecuencias dramáticas.
Hasta que no dispongamos de series temporales más largas no será
posible verificar o refutar nuestra interpretación de que el crecimiento
económico produce un mayor nivel de bienestar subjetivo que finalmen-
te alcanza un punto de rendimientos decrecientes. Pero esta interpreta-
84 Ronald Inglehart

ción se apoya en el hecho de que entre las sociedades prósperas de la


Unión Europea el bienestar subjetivo ha sido casi constante desde 1973:
como indica la figura 6.4 (p. 245) el bienestar subjetivo ha aumentado le-
vemente en algunas de estas sociedades (v.g. Alemania Occidental) y ha
disminuido ligeramente en otras (en especial en Bélgica), pero no hay
una tendencia general clara. En el seno de estas sociedades ricas la corre-
lación entre renta y bienestar subjetivo es sorprendentemente débil. En
las sociedades donde una renta más alta puede marcar la diferencia entre
morir de hambre y sobrevivir, constituye una aproximación inicial bas-
tante buena de lo que significa realmente el bienestar subjetivo; pero en
las sociedades ricas, las diferencias de ingresos influyen sorprendente-
mente poco en el bienestar subjetivo: los ricos son sólo un poco más feli-
ces y están un poco más satisfechos que los pobres (Andrews y Withey,
1976; Campbell, Converse y Rodgers, 1976; Inglehart, 1990).
La evidencia general apoya la tesis de la utilidad marginal decrecien-
te de los beneficios económicos. Como sugiere la figura 2.3, la transición
desde una sociedad de la escasez a una sociedad de la seguridad produce
un aumento espectacular del bienestar subjetivo. Pero (aproximada-
mente en el nivel de Irlanda en 1990) hay un umbral a partir del cual el
crecimiento económico ya no parece generar un aumento significativo
de bienestar subjetivo. Esto podría relacionarse con el hecho de que en
este nivel, el hambre ya no es una preocupación real para la mayoría de la
gente. La supervivencia comienza a darse por supuesta. Comienzan a
aparecer un número significativo de posmaterialistas para los que un
aumento de beneficios económicos ya no produce un aumento de bie-
nestar subjetivo. En efecto, si un aumento del crecimiento económico
ocasiona un deterioro de la calidad no material de vida, puede realmente
llevar a niveles más bajos de bienestar subjetivo. Más allá de ese nivel, el
crecimiento económico ya no parece producir un aumento del bienestar
subjetivo. El escenario está preparado para que comience el cambio pos-
moderno.
Desde la perspectiva de un actor racional cabría esperar que el creci-
miento económico llegue finalmente a generar un cambio en las estra-
tegias de supervivencia. La figura 2.4 sugiere cómo sucede esto. En nive-
les bajos de crecimiento económico, incluso los beneficios económicos
más modestos generan un alto rendimiento en términos de ingesta de ca-
lorías, ropas, alojamiento, asistencia médica y, en última instancia, espe-
ranza de vida. Que los individuos den la máxima prioridad a la maximi-
zación de beneficios económicos y que la sociedad dé la máxima
prioridad al crecimiento económico, son estrategias de supervivencia
El cambio en el nivel individual y el cambio en el nivel societal

FIGURA 2.4. El crecimiento económú '¿o en las estrategias de su-


pervivencia

Estilo
de
vida

' Beneficios
econó-
micos

PIB per cápita

muy eficaces. Pero una vez que la sociedad alcanza cierto umbral de
desarrollo —aproximadamente el nivel en el que la Unión Soviética se de-
rrumbó o en el que están hoy Portugal y Corea del Sur— se alcanza un
punto en el que más crecimiento económico sólo genera aumentos míni-
mos de esperanza de vida y bienestar subjetivo. Hay todavía mucha va-
riación entre las naciones, pero de ese punto en adelante los aspectos no
económicos de la vida influyen cada vez más en cuánto y cómo de bien
vivirá la gente. Más allá de este punto, una posible estrategia racional se-
ría dar más importancia a los asuntos concernientes a la calidad de vida
que a seguir buscando inflexiblemente el beneficio económico como si
fuera un bien en sí. La racionalidad instrumental comienza a dar paso a
la racionalidad de los valores.
Por lo general, la cultura cambia lentamente; pero finalmente lo hace
en respuesta a las transformaciones del entorno. Los cambios en el en-
torno socioeconómico contribuyen a la transformación de las creencias,
actitudes y valores en el nivel individual a través de su influencia en las
86 Ronald Inglehart

experiencias vitales de los individuos. La cultura no cambia de la noche a


la mañana. Cuando llegan a la madurez, las personas suelen conservar la
visión del mundo que aprendieron. En consecuencia, la influencia de los
cambios más fundamentales que se producen en el entorno tiende a ser
más significativa para las generaciones que pasaron sus años formativos
en circunstancias nuevas.
El caso mejor documentado de este fenómeno es el cambio de los va-
lores materialistas a los posmaterialistas en las sociedades occidentales
durante las últimas décadas. Este cambio cultural intergeneracional es
uno de los pocos casos en los que podemos observar un cambio cultural
gradual basado en el reemplazo intergeneracional de la población a tra-
vés de periodos de prosperidad y recesión, y en circunstancias que varían
enormemente en las diferentes sociedades. Disponemos de datos com-
parables de otras pocas variables culturales, pero no hay razón alguna
para suponer que esta pauta no es aplicable a los cambios en otros valo-
res básicos.
La cultura se resiste al cambio en parte porque las personas tienden a
creer lo que las instituciones de su sociedad les han enseñado. Pero las
experiencias directas de una persona también influyen en su visión del
mundo, y cuando esas experiencias y lo enseñado entran en conflicto, la
experiencia directa de una persona puede tener más credibilidad. Esto
explica, en parte, por qué los sistemas políticos, incluidos los totalitarios,
tienen una capacidad limitada para reformar su cultura. Las personas
son sensibles a los aspectos de la realidad que les afectan directamente.
Esto ha sido crucial en el cambio hacia los valores posmodernos. Las co-
hortes más jóvenes de las sociedades industriales avanzadas percibieron
durante sus años formativos que la supervivencia no era precaria y que
podían darla más o menos por supuesta. Lo que experimentaron difiere
profundamente de las circunstancias que han moldeado la vida de mu-
chas personas a lo largo de la historia, lo que ha producido cambios pro-
fundos en las visiones del mundo. Para estas cohortes de jóvenes, la ma-
ximización de los beneficios económicos ya no aumenta tanto su
bienestar subjetivo como para las generaciones anteriores.
La gente no se plantea conscientemente cambiar sus visiones del
mundo. Por varias razones surgen nuevos puntos de vista y nuevos mo-
dos de comportamiento, como si fuesen mutaciones aleatorias, y algunos
de ellos se propagan. Incluso dentro de una determinada cohorte, mu-
chos siguen aceptando las normas establecidas de la sociedad industrial;
pero otros tienen nuevas orientaciones y las transmiten a sus semejantes
por medio de procesos sociales de aprendizaje. El cambio no ha sido uni-
El cambio en el nivel individual y el camb(o en el nivel societal 87
/
forme. Pero los nuevos estilos de vida se han propagado gradualmente, y
en última instancia, se han difundido porque representan maneras más
eficaces de maximizar la supervivencia y el bienestar subjetivo en las nue-
vas circunstancias. En un periodo muy anterior de la historia, las normas
asociadas al surgimiento de la sociedad moderna (como la Etica Protes-
tante) se debieron propagar de un modo más o menos similar. Carece-
mos de información detallada de cómo se propagaron esas normas, pero
parece que más lentamente que el surgimiento de los valores posmoder-
nos que, en ciertos sentidos, representan lo contrario. En ambos casos,
los cambios en el entorno socioeconómico reformaron gradualmente la
cultura; y estos cambios culturales ocasionaron finalmente un efecto
de retroalimentación que contribuyó a reformar la vida política y econó-
mica.
La posmodernización implica un cambio en las estrategias de super-
vivencia. Se pasa de maximizar el crecimiento económico a maximizar la
supervivencia y el bienestar mediante un cambio del estilo de vida.
Cuando se produjo la industrialización la modernización se centró en el
crecimiento económico rápido como la mejor manera de maximizar la
supervivencia y el bienestar. Pero ninguna estrategia es óptima para to-
das las épocas. La modernización produjo con mucha eficacia un
aumento de la esperanza de vida, pero ha comenzado a producir rendi-
mientos decrecientes en las sociedades industriales avanzadas. Ensalzar
la competitividad reduce el riesgo del hambre, pero aumenta el estrés
psicológico. Con la transición de la modernización a la posmoderniza-
ción el cambio ha seguido una trayectoria desde la maximización del cre-
cimiento económico a la maximización de la calidad de vida.