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Ética general de la sexualidad

Eiunsa, Barcelona, 1995, 122 pp.

Carlo Caffarra: Fue ordenado sacerdote el 2 de julio de 1961 y tenía un doctorado en


Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana y un diploma de
especialización en teología moral por la Academia Pontificia Alfonsiana.
El cardenal Caffarra comenzó su ministerio como vicario parroquial de la Catedral de
Fidenza, así como profesor de teología moral en el seminario de Parma y Fidenza. También
enseñó ética médica en la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Roma, y en agosto
de 1974 el papa Pablo VI lo nombró miembro de la Comisión Teológica Internacional. En
septiembre de 1978 participó como representante de la Santa Sede en el Primer Congreso
Mundial de la esterilidad humana y la procreación artificial, celebrado en Venecia.
En 1980, fue nombrado experto en el Sínodo de los Obispos sobre el Matrimonio y la
Familia, y en enero de 1981, el papa Juan Pablo II lo nombró fundador y presidente
del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia.
Se desempeñó como consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante cinco
años a partir de 1983. También tomó parte en un estudio sobre ingeniería genética
instituido por el Ministerio de Salud de Italia.
En 1988 fundó el Pontificio Instituto Juan Pablo II de Estudios sobre el Matrimonio y la
Familia en Washington D. C., y posteriormente en México y España. Tenía un doctorado
honoris causa en literatura cristiana por la Universidad Franciscana de Steubenville, Ohio.
El 8 de septiembre de 1995 fue nombrado Arzobispo de Ferrara-Comacchio.
El 16 de diciembre de 2003 fue nombrado Arzobispo de Bolonia.
Creado y proclamado cardenal por el Papa Benedicto XVI en el consistorio del 24 de marzo
de 2006, con el título de San Juan Bautista de los Florentinos.
Era miembro de: “Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Tribunal Supremo
de la Signatura Apostólica, Pontificio Consejo para la Familia y Pontificia Academia para
la Vida”.
Y de forma especial, era Académico correspondiente extranjero de la Real Academia de
Doctores de España. El 27 de octubre de 2015 fue aceptada su renuncia al gobierno pastoral
de la archidiócesis, por motivo de edad. Falleció en Bolonia, el 6 de septiembre de 2017,
tras una larga enfermedad.

Libro “Ética General de la Sexualidad”

Por su larga trayectoria como escritor e investigador de la teología y en el tema de la Moral


hoy vemos como ésta obra que inicia con una presentación en el ámbito metafísico por
Carlos Cardona. Al inicio el mismo Caffarra hace notar que es el segundo volumen para
estudios sobre matrimonio y la familia en el Instituto Juan Pablo II que la sede era la
Universidad Lateranense. Dice que es un curso de “Ética General de la Sexualidad
Humana”, que ofrecía a los estudiantes de máster en ciencias del matrimonio y de familia.
Por lo que los presupuestos filosóficos y teológicos son laudables (para el Señor cardenal
con todo el honor que se merece y que goza ya ante la presencia del todo Poderoso). Por lo
que podemos entender por qué es de forma esquemática, esencial y breve su forma de
escribir este libro. Sugiere el autor no buscar en este libro indagaciones empíricas al modo
de las que se realizan en la antropología social, sociología o psicología. Porque la ética es
una disciplina formalmente distinta y así debe permanecer1.

En la primera parte trata sobre los presupuestos de la Ética de la Sexualidad y los va


tratando de explicar para que se pueda ir entendiendo lo que quiere decir.

El autor presenta el objetivo ya que por ser una ciencia debe buscar conocer la verdad de la
sexualidad humana. Y empieza con dos preguntas ¿Cuás es la bondad de la sexualidad?
¿Por qué la sexualidad es un bien?

La primera parte del libro habla de los presupuestos de la Ética de la Sexualidad. En el


capítulo primero desarrolla que es la Unidad de la persona Humana: sobre la persona de
que es el ser humano. Y va a describir a el hombre “es”, este ser del hombre que no abarca
solo su existencia, sino que su propio ser. La persona es única e irrepetible ya que participa
personalmente del acto de Ser que por excelencia, es Dios mismo. Lo que describe como:
Ser y obrar.

La dignidad del ser humano lo describe como el ser que radica en esa participación en el ser
substancia y esta participación la hace a través del alma que informa un cuerpo. El cuerpo
del hombre es cuerpo sexuado, de ahí que la importancia que deben tener los actos del
hombre, porque en sus actos no puede desligarse de su sexualidad, pues ella está en su
esencia misma, diciendo que se es persona humana femenina o masculina, solo y solo si, así
existe el hombre.

La sexualidad pertenece al ser de la persona no es una anexo. La persona humana participa


del ser subsistente pero participa masculina o femeninamente, no tiene otro modo de
participar.

Parte de la bondad misma que lleva inscrita en su naturaleza la sexualidad humana,


descubriendo esta bondad, y donde radica es importante, pues luego, su actuación es acorde
o no con esa bondad nos dará su calificación moral.

En el capítulo dos de la primera parte encontramos que de la exposición racional de la


bondad intrínseca de la sexualidad humana al estudio de la redención de Cristo, el autor
afirma que Cristo redime al hombre totalmente, por tanto redime también su cuerpo, y por
ende su sexualidad, de ahí que la redención del cuerpo ayuda a la integración de la persona
en el alcance de su fin último.

¿Cómo integrar subjetivamente la sexualidad a la misma persona? En otras palabras como


actúa el hombre sexualmente y como logra advertir que con sus actos se hace más o menos
hombre. La sexualidad como una dimensión del ser de la persona y ordenada por la
castidad para la consecución del fin mismo de la persona: la virginidad por el reino de los
cielos y el matrimonio.

1
Cf. Página 22.
Las propuestas que el autor ofrece de la ética de la sexualidad son las siguientes: “La
unidad de la persona y la corporalidad son a realidad de redención del cuerpo: razón y fe.

El autor del libro dice que los actos son humanos si se realizan libremente. Esta forma de
actuar se corresponde a un ser espiritual, dimensión espiritual que hace que la persona sea
alguien y no algo. Es decir, que sea persona, no solo individuo. Sin embargo, la persona
humana también es corpórea, de ahí que indaga si lo corpóreo pertenece al ser de persona o
es meramente accidental. A través de la misma experiencia se afirma que el cuerpo también
es la persona.

Por lo tanto: La esencia (aquello que hace que algo sea “eso” y no otro) de la persona
necesita del cuerpo “para ser persona”, es decir, el acto de ser es participado por el cuerpo
y el alma, no como cosas separadas sino en unidad (aunque es cierto que el acto de ser está
en el alma pero en la persona el alma nunca está separada del cuerpo). Alma y cuerpo son
co-principios de la unidad substancial del ser humano. El cuerpo es la misma persona en su
visibilidad.

El escritor afirma que “La Unidad de la Persona”: Ya es dada; sin embargo, también debe
integrarse. Tres niveles de dimensiones operativas que deben ser integradas: la física, la
psíquica y la espiritual. En estas dimensiones hay una jerarquía; y el motor de toda la
integración humana es la voluntad (facultad espiritual del hombre). La voluntad se mueve
por sí misma, las otras facultades en la persona humana tienen un objetivo exterior. Este
autodominio que en definitiva es la libertad permite al hombre realizarse, permite que el
reflexione sobre si y capte su fin; por lo tanto, la belleza de la verdad hace que el hombre
actúe en verdad, así el conocimiento del bien nos hará más libres.

Corporalidad “El cuerpo Redimido”: La redención abarca todo su ser, por ende abarca el
cuerpo. La revelación divina nos da a conocer que en un primer momento la unidad del
cuerpo y alma estaba ya realizada y había una armonía en la integración de las dimensiones
del ser humano; esta integridad se da porque la persona conoce y ama el bien moral. Sin
embargo, el hombre cayó, y la huella del pecado original en el hombre es lo que se conoce
como concupiscencia, por ello tendemos a la des-integración.

La concupiscencia en sí misma no es desintegración; en palabras claras, ella no es pecado,


pero nos hace tender al pecado.

En la Segunda parte va tratar los grandes temas de una Ética de la Sexualidad.

La bondad de la Sexualidad: El ser humano existe, pero existe como varón o como mujer,
no como ser humano “puro”. Es decir, hay una diferencia ya desde su constitución, la
persona en concreto es persona sexuada, esta es una consecuencia de ver la sexualidad
como perteneciente a la esencia de la persona, a su ser.

Los Grandes Temas de una Ética de la Sexualidad


La bondad de la Sexualidad: Es la misma que radica en su ser personal. A esta afirmación
llega trascendiendo el dato de la experiencia. Y para conocer su bondad se afirma que
primero debemos conocer más su fin, pues toda facultad se perfecciona a través de su acto,
con él alcanza su propio fin u objeto.

La bondad de la Sexualidad:

El autor señala que hay tres momentos en la reflexión de la bondad de la sexualidad


humana: La bondad del objeto que se alcanza con el acto. El objeto de la facultad sexual es
la procreación de un nuevo ser personal, y precisamente porque se trata de un ser personal
es en sí mismo bueno; esta es pues la bondad del objeto de la facultad sexual. Pero la
experiencia también afirma que la dimensión de la sexualidad humana no se reduce a la
procreación. Hay una mutua atracción del hombre y la mujer que lleva a ambos a tener la
necesidad de darse el uno al otro, hay una con naturalidad de una persona a darse a otra y
crear así unidad (el hombre sale de su soledad, solo ante uno igual a él, otro “yo”).

La bondad de la Sexualidad: La bondad de la facultad sujeto del acto. Se afirma que la


bondad de la facultad sexual radica en su “participación” del acto creador de Dios. La
bondad de la facultad sexual radica en su participación del acto creador de Dios, pero no se
queda ahí. La sexualidad humana también está orientada a la comunión de las personas, y
esta comunión hace de verdad que dos sean uno; pero ¿cómo se da eso? Conocer y Amar.

Bondad de la misma persona en cuanto la facultad sexual esta ella. La sexualidad del
hombre descubre que es don para el otro, y en ese donarse está su realización, de ese modo
el hombre se hace más hombre. Por tanto, la sexualidad bien vivida hace que el hombre se
vea como “alguien” para amar y no como “algo” parar usar.

Los actos buenos en su dimensión procreadora: se trata de dar las condiciones necesarias para
la concepción de un nuevo ser: Será moralmente bueno todo lo que se hace respetando la
dignidad de ese nuevo ser; y esto se realiza sólo: 1) dentro del matrimonio pues es una
institución que asegura el cuidado y realización del nuevo ser humano, y 2) Asegurando al
nuevo ser su educación e inserción a la comunidad, el autor habla aquí de la “Procreación
Responsable”.

Los actos buenos en su dimensión unitiva: Serán actos moralmente bueno en cuento
expresen y realicen la comunión interpersonal total (que se expresa no sólo por la unión de
los cuerpos), y esto acontece sólo dentro del matrimonio monógamo e indisoluble.

Los actos buenos: Estas dos dimensiones son éticamente inseparables. La persona debe
integrar su sexualidad a su propio fin: La castidad, hay una natural atracción del hombre y
la mujer que encuentra su fin en la unión sexual en cuanto este acto les satisface. Esta
dimensión erótica no es buena ni mala, pero ella debe someterse a la voluntad que la
conformará con el fin de la persona. Esta integración en el movimiento de la voluntad es
ayudada por la castidad, ella hace que el eros se deje penetrar por el amor, y así dirige al
eros a integrarse dentro de la bondad inteligible de la sexualidad. Pero es verdad que el
hombre aquí y ahora, aunque ve el bien, no lo hace, y esto porque estamos “dañados”, pues
ello en la sexualidad el movimiento psíquico físico prevalece a la voluntad, y si esta se deja
someter, no alcanza su fin. De ahí la urgencia de la vida en virtud, y de ella a más elevada
es la caridad que cuando gobierna la voluntad la inclina establemente a su bien.

En el capítulo III de a segunda parte trata: el tema de la Sexualidad humana en cuanto al


acto sexualmente malo, el concepto ético de lo que es anti-pro creatividad, anti- unitividad,
el vicio de la lujuria y el egoísmo, clausura de la persona.

Los actos malos: Resulta que lo contrario al fin procreativo es la anti-pro creatividad.
Diferencia entre voluntad no procreadora que no es un acto malo y voluntad anti-
procreadora que rechaza positivamente el concebir. La voluntad anti procreativa puede ser
vista como voluntad de un fin (es lo que se quiere: no concebir) o voluntad que conduce a
un fin (se quiere eso con vista a un bien) Hay que saber que en la conducta humana el acto
tiene dos dimensiones: lo interior, y lo exterior. En el acto sexual la voluntad puede
inclinarse hacia su bien entre formas: obrar el bien, abstenerse de obrar el bien, o realizar el
acto pero destruyendo su capacidad de poner condiciones para una posible concepción
(aquí se da una doble decisión voluntaria: una libre decisión de realizar el acto sexual y una
libre decisión de destruir la fertilidad inherente a él.

Los actos malos: Los actos contrarios a la unitividad, son aquellos en lo que no se quiere
la donación interpersonal; esta conducta se ve en la fornicación, el adulterio, la
masturbación y en la misma anticoncepción. Por eso la lujuria o intemperancia sexual
destroza la unidad sexual de la persona y hace a éste cada vez más ciego para ver la bondad
de la sexualidad, el hombre se hace menos libre y es sometido por las pasiones que lo
incapacitan para actuar como verdadero hombre.

Capítulo IV de la Segunda parte se trata el tema de la Ley de la Sexualidad Humana:


teniendo en cuenta la ley divina, ley divina positiva, la ley de la vieja alianza, la ley de la
nueva alianza y a ley humana.

Para que el hombre llegue a la consecución de su bien, no sólo le basta sus fuerzas, debe ser
movido por Dios, y la acción de Dios en primer lugar se da instituyendo su ley divina en el
corazón de los hombres, y luego ayudándolos con su gracia. Por tanto, la ley moral se
enmarca en la participación de la misma Sabiduría Divina. El uso recto de la propia razón
hace que encontremos la ley divina, esta forma de instrucción es lo que se llama Ley
Natural; es decir, con la razón se descubre la verdad del bien de la sexualidad humana en la
misma sexualidad, pues ella nos da una vía en sus inclinaciones naturales. Estas
inclinaciones son humanas, por tanto dirigidas a un bien y en el recto uso de ellas se conoce
el bien de la sexualidad. Ahora bien, esa ley natural esta opacada en el hombre, pues éste es
un ser caído, de ahí la ley de la concupiscencia presente en el hombre. Por eso Dios viene
en su ayuda revelándole su bien a través de las leyes divinas positivas (los diez
mandamientos).

La Ley de la Sexualidad Humana: De ahí que tengan sentido leyes que favorezcan el buen
ambiente con el respeto al pudor, y se promueva la cultura de la castidad; además de
prohibir aquellos que atenten contra la dignidad de la persona humana. Debemos entender
que la ley divina es anterior a la ley humana, por ello la ley humana no puede cubrir todos
los aspectos del hombre.
La Tercera Parte del Libro trata sobre Los Estados de Vida Cristianos

El desplegarse del bien en la vida de cada cristiano. La gracia de Cristo hace ver más claro
que ese bien sólo se realiza en dos caminos: Matrimonio, la comunión íntima en la relación
sexual se logra por ser monógamo e indisoluble; y esto es así si se ve al “otro”, como “otro
igual”: una persona única e irrepetible que vale en sí para el otro. En el matrimonio la
dimensión procreativa es realizada en el cuidado y educación de los hijos. Toda esta
argumentación, aunque verdadera, choca con la experiencia de la dificultad de percibir ese
bien, de ahí que ve la necesidad de ahondar en la reflexión y dar un paso más: la unión en el
estado conyugal debe participar de la unión de amor de Cristo a su Iglesia.

La Virginidad o la continencia por el Reino de los cielos: Es perfecta y perpetua; esta es la


característica principal de la virginidad cristiana. La continencia no debe ser querida ni en
sí, ni por sí misma, sino por el Reino de los Cielos. El hombre se entrega totalmente como
Cristo se entregó por todos los hombres (universalidad) y por cada uno de ellos
(exclusividad). Esta polaridad si está presente en la conyugalidad, más no en la virginidad:
el varón al entregarse totalmente a la mujer, ya no puede entregarse a otra mujer (y
viceversa), el que configura su vida con Cristo virgen se puede entregar totalmente a todos
y para cada uno de ellos, he ahí la originalidad de la virginidad.

Es un libro un poco difícil de entender al principio y bueno hay que leer una y otra vez para
tratar de ir entendiendo lo que el autor quiso escribir. Aclara muchas ideas erróneas que en
mi caso cuando recibí moral en el bachillerato hace más de 15 años pues no quedaron muy
claras y no había leído nada para actualizarme; ahora con la lectura de este libro el último
de los cuatro que en este primer semestre he leído se abre un campo más en el
entendimiento de esta materia.

No es lo mismo leer libros fuera de un contexto de ser alumno, estar recibiendo clases y
donde se tiene la oportunidad con el maestro de poder preguntar y aclarar dudas, a no tener
esa oportunidad.

El libro es de gran valor, fue un poco difícil de asimilarlo pero creo de los cuatro que hasta
hoy leí de este primer bloque me parece uno de los que se tiene que esforzar uno para poder
sentirle el sabor. Claro no quita méritos a los otros tres que leí pues también ya estoy
leyendo algunos temas de Pinckaers en las materias de don Tomas Trigo y que es uno de
los que entra en el bloque de los otros 4 libros del siguiente semestre.

En mi caso por mi labor necesito tener claras muchas de estas cosas pues la pastoral exige
del conocimiento de los sacerdotes de manera especial para orientar la juventud y la
adolescencia a quienes hay que guiar en un mundo actual marcado por tanta información
incorrecta y bombardeado por un pansexualismo exagerado. “No tiene, por lo tanto, la
Iglesia católica, un sentido tergiversado de lo que es la sexualidad ni de lo que supone la
relación sexual entre un hombre y una mujer en el seno del matrimonio. Muy al contrario,
reconoce la importancia de la misma. Sin embargo “la Iglesia se opone firmemente a un
sistema de información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente
difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un
estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la
inocencia“ (FC 37)

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