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Pontificia Universidad Javeriana

Facultad de Filosofía
Profesora: María Cristina Conforti Rojas
Cesar Felipe Vargas Villabona
Seminario: Sobre pensar, aprender y enseñar
17/10/2018

Miserias de la filosofía
La comunidad filosófica es un jardín epicúreo, un jardín donde individualidades hedonistas
y soberanas se reúnen en torno a la amistad por medio de un contrato filosófico. Es una
“microcomunidad resistente, la sociedad que se separa de la sociedad en la sociedad”
(Onfray, 2008, 23). Que este jardín perdido en la historiografía filosófica sea una comunidad
hedonista no lo convierte en un reflejo del modelo de subjetividad que el capitalismo
neoliberal ha engendrado: no es un mero disfrute narcisista donde el individuo solo vele por
sus intereses de manera egoísta. Se busca, eso sí, que la filosofía sea “una potencia sobre la
construcción de sí mismo mediante la cual también se realiza el grupo” (Onfray, 2008, 24).
Solo las voluntades individuales pueden mantener este falansterio, donde la amistad tiene el
valor arquitectónico que construye ese espacio común, dirigido al puro placer de existir.
Pero retornar al jardín que Epicuro alguna vez pensó no parece posible hoy en día. Solo se
podría establecer como una zona temporalmente autónoma (Bey, s.f)1, como una comunidad
nómada invisible que se disipará cada vez que se le intente atrapar entre paredes, y que
generara microrresistencias allí donde aparezca, produciendo estados de excepción y
revueltas concretas que dibujen una cartografía rizomatica en constante devenir. Es la
experiencia de una vida transfigurada la que se busca instaurar en los espacios ignorados de
la vida cotidiana. Es la vida filosófica de los individuos emancipados, de la comunidad de
los iguales2, (donde el sabio enseña a sus discípulos, antes que nada, a liberarse de él (Onfray,
2008, p. 29)), la revolución atómica que se debe platear aquí y ahora. Ya no hay que supeditar
las acciones emancipadoras a una revolución esperada en la cual el sistema de valores de
dominación de un vuelco dramático; ahora solo queda el devenir revolucionario de los
individuos que mediante acciones concretas, directas y microscópicas, busquen generar
reacciones en cadena que multipliquen las experiencias libertarias. Tal vez es el jardín
epicúreo, como laboratorio de experimentación educativo, el lugar donde se podrá comprobar
mejor el principio de la igualdad de las inteligencias defendido por Jacotot. Es la Universidad
Popular de Caen, fundada entre otros por el filósofo francés Michel Onfray en 2002, uno de
los espacios donde dichas revoluciones moleculares tienen lugar.

1
“La TAZ [por sus siglas en ingles] es una forma de sublevación que no atenta directamente contra el Estado,
una operación guerrillera que libera un área -de tierra, de tiempo, de imaginación- y entonces se autodisuelve
para reconstruirse en cualquier otro lugar o tiempo, antes de que el Estado pueda aplastarla” (Hakim Bey, s.f.,
p. 3).
2
“Dicha sociedad solo conocería espíritus activos: hombres que hacen, que hablan de lo que hacen y que
transforman así todas sus obras en modos de significar la humanidad que existe tanto en ellos como en todos”
(Ranciere, 2003, p. 95)

1
El espíritu del jardín de Epicuro es lo que moviliza toda la crítica que Onfray plantea a la
forma de legitimación, institucionalización y escolarización de la filosofía desde finales del
medioevo hasta nuestros días. Esta crítica se planteara en la primera parte de su libro La
comunidad filosófica: Manifiesto por una universidad popular, donde mostrara cuál es la
miseria que se le opone a la comunidad que Onfray propone, una sociedad donde la filosofía
y la vida están íntimamente ligadas.

Legitimar
¿Podemos entrar nosotros, estudiantes de este seminario, a ser considerados autores de
filosofía? ¿Qué nos legitima para ello? ¿Qué criterio tenemos que cumplir para poder siquiera
aspirar a la vacante de profesor universitario? ¿Tendremos que repetir más o menos bien lo
que otros han dicho para poder integrar el círculo filosófico de nuestra época? El canon
filosófico se ha ido transformando históricamente y hoy tenemos que cumplir ciertos
requisitos que en otras épocas no fueron los mismos. En efecto, toda instancia de legitimación
supone una discriminación, pero a lo que nos invita Onfray es a pensar precisamente cuáles
son esas instancias de legitimación, cuál es su racionalidad y a qué necesidad histórica
responden. Tal vez eso nos de luces de lo que nos espera a nosotros mismos y así decidir si
queremos o no cargar con el título de filósofos.
En la antigüedad, por ejemplo, ser filósofo significaba vivir en consecuencia con las propias
ideas. Filosofar se trata, en la época, de “una actividad reflexiva y de meditación que da lugar
a una existencia en consecuencia” (Onfray, 2008, p. 38). Se ejercitaba el pensamiento para
transfigurar la vida en una conversión cotidiana la propia acción, es decir, una transfiguración
espiritual y ética, siempre interior y exterior. Ser filósofo entonces era llevar una vida
filosófica, su legitimación era su comportamiento. Pero con el advenimiento de cristianismo
las cosas cambiaron. La filosofía pasa a ser una disciplina que legitima las prácticas en
nombre de Dios, y el filósofo se vuelve “auxiliar ideológico del poder” (Onfray, 2008, p. 42).
Si bien en un principio los padres de la iglesia mantenían la vida y el pensamiento unidos, la
institución de la iglesia comenzó a separar estas dos instancias, para que así hacer del
filosofar una práctica que produce “conceptos, ideas, justificaciones teóricas y argumentos
para un poder que impone su imperio sobre los cuerpos y almas”, que tiene voluntad de
gobernar a otros mediante leyes, pero nunca a sí mismo (Onfray, 2008, p. 43). Solo en el
monje persiste algo del filósofo antiguo. En el renacimiento también pervive la vida filosófica
frente al filósofo legitimante del Estado y del contrato social. Pero ahora la filosofía es usada
para volver al individuo ciudadano y supeditarlo a la voluntad general, a la nación como una
totalidad omniabarcante que reina por encima del individuo soberano.

Institucionalizar y escolarizar
Onfray, de una forma un poco maniquea, afirma que con estas instancias legitimadoras se
erigen dos clases de filósofos: lo que le hacen el juego al poder y aquellos que se resisten a
este. Los primeros son los que quedan dentro del canon y dentro de los manuales y programas
académicos de la filosofía. Al jardín epicúreo, resistente al poder, se le opone la república
platónica y toda la historiografía que de la autoridad de Platón se desprende. Se crea entonces

2
un corpus de filósofos jamás cuestionados que, de forma mecánica, se van repitiendo
infinitamente de manual en manual sin el menor gesto de crítica.
El simple gesto de plantear el comienzo de la filosofía desde la figura de Platón, y desde allí
componer un pensamiento residual y dependiente de esta figura, ya dice mucho. Para muchos
de nosotros, aquellos a quienes se llama presocráticos son simples pensadores que giran en
torno a la figura fuerte del Sócrates platónico, pero que en realidad nunca se los ha estudiado
como filósofos independientes en sí mismos, ni por medio de su crítica al pensamiento de
Platón, como lo hicieron los cínicos. Es la pereza de la tradición o la emasculación
programada la que ha cercenado la riqueza de unas fuentes de pensamiento que parecen
excesivamente peligrosas y críticas, irreverentes y radicales, y que seguramente serian
recibidas por jóvenes de bachillerato de forma “inadecuada”. Es preferible poner en el
colegio a un Kant que legitima la religión, o a un Hegel que busca fortalecer el Estado, en
vez de un D´ Holbach firmemente ateo o a un Bakunin que nos propone la posibilidad de un
mundo sin Estado. Hace falta una contra-historia viva de la filosofía que responda al
programa muerto de filosofía que sugiere el ministerio de educación.
Y es que hoy día la enseñanza de la filosofía en los colegios se ha visto cada vez más
despreciada. Recientemente se ha visto cuestionada la obligatoriedad de enseñar filosofía
incluso en los últimos años de colegio, pues está realmente no aporta mucho al modo de
producción actual. Se aprecia más que los jóvenes saquen mejores calificaciones en
matemáticas u otras ramas de la “ciencias duras” para que de esta manera aspiren a carreras
técnicas y tecnológicas que les ofrezcan más posibilidades laborales. De por sí, dice Onfray,
el énfasis en la filosofía en los últimos años de bachillerato es ya problemática, pues se asume
que la filosofía debe justificar y legitimar todo lo visto hasta ahora en el programa escolar,
como sí esta le diera mágicamente sentido a toda la cantidad de conocimiento fragmentario
depositado en la mente de los estudiantes. “Desde los primeros momentos de socialización
en la guardería a la clase de filosofía, pasando por el aprendizaje de la lectura, de la escritura
y del cálculo y luego de los idiomas, se evita pensar y reflexionar, una licencia otorgada
solamente a pocas horas del balance final” (Onfray, 2008, p. 69). La filosofía entonces corona
aceleradamente el proceso escolar, pero nunca lo acompaña, y en ocasiones es evaluado por
medio de formatos prefabricados que impiden toda libertad estilística y de exposición; reflejo
de ello son los llamados papers destinados a las revistas especializadas, cuya forma está
basada en los informes de investigación del campo de las ciencias duras, las cuales cooptan
mayores recursos financieros y por lo tanto imponen el modelo ideal de investigación que se
debe seguir en contra vía de las variadas formas de disertación filosófica (cfr. Castro-Gómez,
2007).
Las calificaciones por su lado son lo único que termina “motivando” o arrastrado al
estudiante de bachillerato, o porque no, al de universidad, a estudiar fuertemente para un
examen final de cuya nota depende si pasa la materia o no. El estudiante entonces debe
saturarse en el último momento de una cantidad exagerada de información para luego
olvidarla pasada la experiencia tortuosa del examen. Ante este contexto Onfray se pregunta:
“¿cómo lograr que un joven de 18 o 20 años considere que la idea de que la filosofía existe
en otro lugar, de otra manera y que sirve para otra cosa? ¿Qué puede esperar de ella, por
3
ejemplo, una conversión de su propia existencia? Todo está hecho para evitar esta definición
de la filosofía y preferir la de «materia como cualquier otra»” (2008, pp. 80-81). Un sistema
ideal platónico, que desprecia la realidad y las necesidades concretas de los alumnos y
profesores, hace de la disciplina filosófica un saber muerto, en vez de una experiencia viva;
para Onfray, está es la principal causa de la miseria en la academia.

Deformar
Si por un lado la academia se aleja de la vida, por el otro existen demagogos que defienden
una filosofía de café, una filosofía de los lugares comunes que le da al pueblo un pequeño
contentillo. “¡Qué la filosofía descienda hasta la calle no quiere decir que tenga que hacer la
calle!” (Onfray, 2008, p. 83). Es en el espacio de la televisión e internet, donde una aparente
filosofía encuentra hoy su instancia de legitimidad popular. Las conferencias dadas por
Foucault o Lacan en el Collage de France, que llenaban todo el lugar, han sido reemplazadas
por la imagen temporalmente limitada de la televisión. También hoy día la filosofía circula
y gana legitimidad a través de internet y de sus imágenes rápidas y constantes: solo basta con
poner la foto de algún personaje y suscribirle una dudosa cita sin referencia. En efecto, ni
llenar cátedras ni aparecer en televisión o ser una imagen pública en internet dice en sí algo
de la profundidad y de la calidad del pensamiento filosófico de tal o cual autor; lo que sí
puede demostrar en primera instancia es el narcisismo que puede emerger a partir de esto.
El filósofo de café es muy parecido al escritor de autoayuda: un mero producto de la sociedad
de consumo que trata de nivelar la esquizofrenia social con frase vacías e imperativos
productivistas. Estos sí que le hacen el juego al poder hoy en día. No basta con apelar al
sentido común de las personas y mostrarse beligerante, y hacer odas a los márgenes y a las
rupturas. Debe haber detrás de esto una rigurosidad, un conocimiento amplio del mundo de
la filosofía, aunque esto implique un constante esfuerzo y un detenimiento que el mundo
vertiginoso de hoy en día no parece permitir ni ofrecer. Es el carácter irreflexivamente
productivista y espectacular de la sociedad contemporánea lo que exige tanto a filósofos de
café, como a filósofos universitarios entrar en la carrera de la producción académica
relativamente inútil; los unos llenado la biblioteca rosa de la filosofía con títulos mediáticos
y de fácil venta (ofrecidos mientras uno hace la fila en un supermercado); los otros corriendo
en la escalera académica, haciendo artículos hiperespecializados en torno a autores de los
que se ha hablado demasiado, y que quedarán rápidamente olvidados en las bases de datos
de la universidades, sin que nadie los lea.
No se podrá objetar, sin embargo, que una filosofía verdaderamente trabajada e interesada en
hacer aportes propios y críticos, haga parte de los medios ahora disponibles de difusión y
exposición de la información. Un fenómeno mediático como Žižek, por ejemplo, ha sabido
conjugar lo prosaico con lo elevado del pensamiento filosófico, y es por ello que tanta gente
logra acercarse, más que a su pensamiento, a los problemas contemporáneos que afectan
nuestras sociedades. Y el mismo Onfray no duda en aparecer debatiendo en el programa que
tiene Alain Badiou en la televisión francesa, para exponer de forma dinámica sus principales
tesis filosóficas. Ojala se tuvieran programas de televisión así en Colombia, donde
sobreabundan programas de debate superficiales y que rara vez dejan ver algo parecido a

4
algún argumento. No obstante, Onfray aclara: “es tarea del publico efectuar el trabajo
necesario para que advenga realmente la filosofía: el encuentro no solo depende del autor,
sino de la decisión voluntaria del lector” (2008, p. 95. Cursivas mías). Es la voluntad y el
trabajo emancipatorio que cada individuo realice, lo que abrirá la posibilidad de una vuelta
contemporánea al jardín de Epicuro, donde filosofía, vida y goce se reconcilien de nuevo.
Nos falta ahora ver como Onfray, entre muchos otros procesos de educación popular que se
gestan también aquí en América Latina desde hace tiempo, vuelve a esta crítica una propuesta
positiva, concreta, practica y efectiva.

Referencias:
 Onfray, M. (2008) La comunidad filosófica: Manifiesto por una universidad popular.
Barcelona: Ed. Gedisa.
 Rancière, J. (2003) El maestro ignorante (1987). Barcelona: Ed. Laertes.
 Hakim Bey (s.f) Zona temporalmente autónoma (1991). Disponible en:
http://www.merzmail.net/taz.pdf
 Castro-Gomez (2017) “La hegemonía del paper y el fracaso de Colciencias” [video].
Subido por CienciasSociales PUJ. Disponible en:
https://www.youtube.com/watch?v=BImzcer8xhE&t=202s