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Día de Muertos, una festividad

indígena
Iván Pérez Téllez

Ofrecimiento de comida durante el ritual nahua de cabo de año.


Chiconcuautla, Puebla. Foto: D.R. © Iván Pérez Téllez, 2017.

La festividad de Día de Muertos es una de las celebraciones más extendidas


de México; de las más populares y difundidas, y quizá la menos entendida.
Sin duda se ha hecho de este evento ritual de raigambre indígena algo
mediático y masivo. No hay escuela que no coloque un altar, o pueblo o
ciudad que no convoque a un concurso de calaveritas, de ofrendas, de
disfraces o un gran desfile de catrinas. Incluso, esta celebración mexicana ha
sido declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la
UNESCO desde 2008. Pero, ¿qué tanto comprendemos la celebración de Día
de Muertos? Es frecuente recurrir a las interpretaciones de corte histórico –
según lo que dicen las fuentes prehispánicas– para explicar la permanencia
de esta festividad. Se dice, por ejemplo, que los niveles de los altares guardan
relación con los pisos del inframundo, que los tamales representan cadáveres
amortajados o que los cuerpos de pan son los difuntos. No obstante, muchas
explicaciones dejan de lado algo evidente: esta celebración es, sobre todo,
una gran comilona.
Ofrenda alimenticia con motivo del chiknawui tonale, o novenario. 9 de
septiembre de 2008, Cuacuila, Huauchinango, Puebla. Foto: D.R. ©Iván
Pérez Téllez, 2017.

En las comunidades indígenas, la fiesta de los difuntos permite convivir a


vivos y muertos, departir y sentarse a la mesa para compartir los alimentos
con los familiares que ya no habitan el mundo humano. No es el único
momento, es cierto, también durante el Carnaval se consigue interpelar a los
difuntos; o de manera desdichada a través de la brujería. Sin embargo,
durante esta festividad es posible compartir de manera sancionada lo que es
fruto de su trabajo, así como recordar y hablar con sus muertos. Todo esto es
posible gracias a la concepción que los pueblos indígenas tienen sobre la vida
y la muerte.

Entre los nahuas, por ejemplo, se considera que las personas, al morir, inician
otra forma de existencia donde el alma —tonali— adquiere un nuevo modo
de vida en el inframundo, en el Miktlan. A diferencia del mundo
judeocristiano, la muerte no es un momento para el descanso eterno y ocioso;
por el contrario, se trata de un cambio de existencia en el que los difuntos
trabajarán del mismo modo en que los vivos lo hacen para reproducir el
cosmos indígena. Por ejemplo, los chamanes se transforman en fenómenos
pluviales —personas rayo, personas neblina, personas relámpago— al morir
y a partir de entonces trabajarán trayendo la lluvia y colaborando con sus
pares humanos en favor de la fertilidad agraria y la prosperidad. Las personas
nahuas que no se casaron, es decir que no contribuyeron a reproducir, del
modo más evidente y pragmático, la vida, tendrán que cargar temporalmente
el mundo —Tlalpikpak—; cuando uno de estos adultos solteros muere, se
produce un movimiento telúrico pues cambia de hombro con alguien más.
Así, los temblores son la evidencia de este hecho.

Altar de mihkailwitl, con provisiones y vestimenta para los difuntos. 2 de


noviembre de 2015, Cuacuila, Huauchinango, Puebla. Foto: D.R. © Iván
Pérez Téllez, 2017.

La mayoría de los nahuas tendrá como destino post mortem el Miktlan, un


pueblo similar al que habitan los vivos, donde la gente es agricultora, vive
en familia, acude a la iglesia, es decir: vive en sociedad. Son esta clase de
muertos los que acuden año con año a visitar a sus familiares, al regresar a
sus casas para recibir lo que más les gustaba en vida: mole de guajolote,
tamales, aguardiente, café, pero también sus instrumentos de labranza y
vestimenta con las que trabajarán en su propio mundo.
Para los nahuas los difuntos son seres muy próximos. Los que vienen en
Carnaval, previo a la Semana Santa, son aquellos que murieron por un hecho
de sangre, de modo violento; justamente estos seres virulentos son los
convocados por los chamanes en su faceta de brujos para causar estragos en
la salud de sus congéneres. También los ancestros pueden causar daño a sus
familiares cuando no son tratados de manera adecuada, cuando no se cumplen
con los rituales fúnebres o no se les celebra el Día de Muertos. Existe,
igualmente, un hecho importante desde la perspectiva de los difuntos, ellos
interactúan día a día con sus parientes vivos pues, en su espacio-tiempo, un
día equivale a un año de nosotros. Es como si diariamente salieran los
difuntos a una suerte de parcela —cargados con herramientas y almuerzo—
y ese lugar fuera el Miktlan, para retornar a casa el día siguiente.

Altar nahua de mihkailwitl, fiesta de los muertos. 2 de noviembre de 2015,


Cuacuila, Huauchinango, Puebla. Foto: D.R. ©Iván Pérez Téllez, 2017.

El Día de Muertos es únicamente un eslabón en un complejo de concepciones


indígenas. No se trata de un evento aislado, de un suceso que no tiene
conexión con el ciclo agrícola anual o con el ciclo de vida nahua, o, más aún,
con el trato cotidiano entre humanos y no-humanos, entre vivos y difuntos.
Por el contrario, esta celebración sólo es comprensible a la luz de las nociones
indígenas de regeneración y agricultura, de vida y muerte y de una
concepción singular de persona, según la cual la existencia es posible más
allá de la vida humana. Así, finalmente, más que un culto a la muerte, estamos
frente a una celebración a la vida y ante el reconocimiento de otro tipo de
sociabilidad y existencia que incluye a los muertos.

Iván Pérez Téllez. Licenciado en Etnología por la ENAH. Cursó la


maestría en estudios Mesoamericanos en la UNAM. Actualmente es
subdirector de Asuntos Indígenas de la Secretaría de Cultura de la Ciudad
de México.