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Identidad y Memoria: Los itinerarios de

dos hijos de desaparecidos en dos


novelas argentinas contemporáneas

Por Pablo Dema

El 24 de marzo último se conmemoraron los veintiocho años del golpe de estado y los discursos

de los distintos sectores de la sociedad argentina volvieron a girar en torno a las palabras

memoria, identidad, justicia, derechos humanos. La clase política argentina se ha pronunciado al

respecto, el ejército dijo también lo suyo y no faltó la opinión de las organizaciones de derechos

humanos que salió al cruce de todas esas manifestaciones discursivas. Está claro también que los

medios de comunicación consideran la fecha del 24 de marzo como un acontecimiento digno de

ser tratado. Manifestaciones callejeras, actos, museos, charlas, films, libros, son expresiones de

esta actitud de la sociedad argentina que Gabriela Cerrutti1 inserta en el marco de lo que ella

denomina "boom de la memoria". Superada la primera etapa en la que predominó la "teoría de los

dos demonios", a partir de 1987 y hasta mediados de los noventa se impuso una postura simplista

y conciliadora: había habido una guerra entre dos grupos armados (los dos "demonios") y ahora

había que perdonar y olvidar. La iglesia propuso la "misa de reconciliación nacional" en la que la

cúpula de Montoneros se reencontró con las Fuerzas Armadas y el nuevo gobierno memenista

indultaba y proponía el olvido y el silencio. Salvo algunas voces solitarias (organizaciones de

derechos humanos y contados medios de comunicación), el resto de la sociedad aceptaba con

resignación el nuevo estado de cosas. A partir de 1995, con la aparición de HIJOS en la escena

política argentina, Cerruti marca un renacimiento de la memoria en la sociedad argentina. Pero

¿qué significa exactamente que haya un "boom" de la memoria, qué papel juega la memoria

colectiva y la memoria individual en la (re)construcción de una identidad personal? ¿De qué

manera la narrativa actual refleja esta nueva actitud de la sociedad, cuál es su contribución a la

formación de una conciencia histórica, qué propone y augura sobre estos temas?

En este artículo nos centraremos en los procesos de constitución y reestructuración de las

identidades de dos personajes de textos literarios publicados en Argentina en el año 2002. El

primero de los personajes pertenece a la novela Ni muerto has perdido tu nombre (Luis Gusmán;

Sudamericana) y el segundo a El secreto y las voces (Carlos Gamerro; Ed. Norma). Ambas

novelas están pensadas como integrantes de lo que provisoriamente podríamos llamar una línea

de la narrativa argentina que incluye textos como Memorias del río inmóvil, de Cristina Feijoo, El

viejo soldado, de Héctor Tizón, Dos veces junio, de Martín Kohan, Aún, de Mariano Dupont, La

experiencia sensible, de Rodolfo Fogwill y La mujer en cuestión, de María Teresa Andruetto

(reseñada en esta misma revista).

Tres son los puntos en común que nos permiten integrar estos textos de autores que cultivan
estéticas disímiles en un corpus tentativo. El primero y más obvio es la fecha de publicación 2.

Todos ellos son posteriores al año 1995. El segundo es la presencia de una temática: la última

dictadura militar vista desde múltiples perspectivas: la narración de la vida cotidiana en los

centros de detención clandestinos (Kohan), el oportunismo y la complicidad de ciertos grupos de

clase alta con el gobierno militar (Fogwill), el exilio de los militantes sudamericanos a raíz de las

persecuciones (Tizón), las secuelas del terrorismo en las víctimas de la dictadura que regresaron

al país con el retorno de la democracia (Gusmán), el intento de los hijos de desaparecidos durante

el período ´76-´83 por reconstruir su identidad y hacer justicia (Gusmán y Gamerro).

El tercer punto que nos permite pensar a todos los textos mencionados dentro de un corpus, se

relaciona con dos aspectos: uno, más general, tiene que ver con la participación de estos textos

en la constitución de una memoria colectiva. Según Hugo Vezzetti3 ésta no encuentra su sustancia

en formaciones mentales, sino que es una práctica social que requiere de materiales, de

instrumentos y de soportes, entre los que se encuentran los textos literarios. Esa memoria social

entendida como práctica implica acciones tendientes, no a fijar el pasado, sino a posibilitar

preguntas sobre él. Explica Vezzetti: “Me interesa situar la memoria en un espacio de problemas,

que se abren en la medida en que no se trata sólo de la recuperación testimonial ni de las

construcciones fijadas del pasado sino de una dimensión abierta a una práctica de la

inteligencia”(pág. 34). En este sentido los textos literarios mencionados serían una de esas

acciones que tienden, no ya a denunciar ni testimoniar hechos que están debidamente

documentados (por ejemplo en el informe de la CONADEP) sino a intentar comprender el pasado.

En segundo lugar debemos mencionar como rasgo común a estos textos un trabajo particular de

la escritura. El tratamiento de estas temáticas a partir del año 1995 4 difiere radicalmente del

tratamiento en los ´80 y principios de los ´90. Una línea de esa narrativa de la década del ´80

directamente no participa ni formal ni temáticamente de la que estamos comentando 5. Otros

autores (Figueras, Guebel, Fresán) en cambio, trabajan en algunos de sus textos sobre la

construcción de una memoria social y con la historia política reciente pero contándola “desde el

humor negro y desde lo grotesco”6, llegando en ocasiones a parodiar el tratamiento “serio” que los

escritores de la generación anterior le dieron a esos temas.

A partir de 1995 los hechos de la historia política argentina reciente se narran de otro modo, no

recurriendo a la extrema elusión como en el caso de Piglia en Respiración artificial, ni tampoco en

el tono jocoso de autores como Aira, sino a través de una prosa de extrema sobriedad y mediante

narradores casi neutrales. Estas novelas ponen en escena las voces de los represores que

interactúan entre sí en la cotidianeidad de los cuarteles, las de los ex-detenidos y las de los hijos

de desaparecidos. Este trabajo narrativo se hace excluyendo deliberadamente la intervención de la

subjetividad del yo que escribe “como si en ella acechara indefectiblemente un riesgo de

embellecimiento inmoral del horror”(Dalmaroni; 2002). En dos entrevistas que recoge Dalmaroni,

Luis Gusmán habla de un “narrador casi neutral” y Kohan de “un narrador atrozmente amoral”. En

ambos casos, el que cuenta no evalúa ni reacciona ante los hechos que relata. Basta con señalar
una escena de Dos veces junio para ejemplificar este mecanismo: un conscripto del ejército

argentino recibe la siguiente comunicación: “¿A qué edad se puede empesar 7 a torturar a un

niño?”. Esta pregunta no motiva ninguna reacción en el soldado, que se limita a trasmitir ese

interrogante que para él no es más que una mera dificultad técnica. A su vez, como ya se ha

dicho, no interviene la subjetividad del autor para evaluar negativamente la absoluta insensibilidad

del conscripto. Toda reacción queda a cargo del lector.

Memoria individual, memoria colectiva e identidad.

El neurólogo inglés Oliver Sacks ha explorado en varios textos literarios los efectos de algunas

patologías mentales. En una de sus novelas, Memento8,intenta poner de manifiesto los estrechos

vínculos entre memoria e identidad. El personaje principal de su obra sufre una afección que le

impide retener en su memoria hechos y datos por más de dos minutos. Este atrofio de la

capacidad de recordar trastorna absolutamente su vida. Cada dos minutos, el personaje debe

recurrir a soportes materiales -que sustituyen artificialmente la memoria- para saber cómo se

llama, dónde vive, cuáles son sus pertenencias, quién es su esposa. El dilema de Leonard, así se

llama el protagonista, se le trasmite al espectador como una sensación desesperante de disolución

de la identidad: “Tengo que creer en un mundo fuera del mío, que mis actos tienen sentido

aunque no pueda recordarlos”, dice el personaje. La vida de Leonard carece de sentido porque el

personaje pierde dos capacidades que Ricoeur considera esenciales para la identidad personal: la

posibilidad de activar el pasado en el presente y la percepción de la continuidad de sí mismo en el

tiempo. Este ejemplo pone en evidencia que la permanencia de una memoria particular, privada,

es la condición de posibilidad de la identidad personal, y que memoria e identidad se determinan

mutuamente.

Ahora bien, como afirma Elizabeth Jelin, la memoria individual tiene dos notas que la definen: en

primer lugar la autora señala que la memorias individuales se construyen y tienen cierto grado de

mutabilidad. Es obvio que con el correr del tiempo va aumentando el número de vivencias y por

ende el conjunto de recuerdos que componen nuestra memoria personal. Pero a su vez hay una

continua revisión del pasado y una reacomodación creativa de los recuerdos. Al mismo tiempo,

hay que señalar que el sujeto que recuerda no está aislado sino inserto “en redes de relaciones

sociales, en grupos, instituciones y culturas. De inmediato y sin solución de continuidad, el pasaje

de lo individual a lo social e interactivo se impone”9.

La mención a lo social nos traslada de inmediato al problema de la memoria colectiva. En este

caso, tampoco podríamos hablar de una memoria colectiva estable sino de procesos de

construcción de memorias. “Lo colectivo de las memorias es el entretejido de tradiciones y

memorias individuales, en diálogo con otros, en estado de flujo constante, con alguna

organización social y con alguna estructura, dada por códigos culturales compartidos” 10.

La identidad de una persona, entonces, se afirma gracias a un doble juego de relaciones y de


interdependencia. Es el resultado de una memoria individual y de recuerdos singulares y al mismo

tiempo está encuadrada en marcos sociales y forma parte de lo colectivo de las memorias.

Reconstrucción de la identidad de víctimas del terrorismo de estado en dos novelas

argentinas.

Jelin señala que tanto en las memorias sociales como en las individuales hay períodos calmos (en

los que las memorias y las identidades están constituidas y en proceso de afianzamiento) y

períodos de crisis. En estos últimos se hace imperiosa le necesidad de reestructurar y reinterpretar

la memoria y cuestionar la identidad para construir un compromiso nuevo con el pasado y

reorientar la proyección hacia el futuro.

Tanto la novela de Gamerro, El secreto y las voces, como la de Gusmán, Ni muerto has perdido tu

nombre, narran el recorrido de dos personajes hijos de desaparecidos que intentan reestructurar

su identidad.

Federico Santoro, el protagonista del la novela de Gusmán, fue criado por sus abuelos porque sus

padres murieron en un enfrentamiento con un grupo de tareas en una chacra de Tala, cuando el

niño era apenas un bebé. Sus abuelos, reticentes a detallarle las historia de sus padres, solamente

le dicen que algún día va a venir Ana Botero (la mujer que lo rescató el día del enfrentamiento) y

le va a explicar todo. Cuando mueren sus abuelos, Federico se pone en movimiento para ubicar a

Ana. La principal motivación del protagonista es saber cómo murieron sus padres y si fueron

torturados, también pretende recuperar la chacra de Tala de la cual tiene la escritura y que ahora

está ocupada ilegalmente por los verdugos de sus padres.

Federico hace un tímido esfuerzo por ingresar a una organización de derechos humanos pero se

siente ajeno a ese grupo que maneja códigos, cánticos y hasta una jerga que él desconoce por

completo. Entonces viaja a Tala acompañado de Ana Botero. Allí Federico visita a un abogado para

reclamar su propiedad, entrevista testigos (el exdirector de un diario que le asegura que los

cuerpos de sus padres fueron dinamitados en una cantera, un mecánico que presenció parte de los

hechos, vecinos, etc) y, finalmente, reconstruye el trayecto entre la chacra y el lugar donde

supuestamente los cuerpos de sus padres fueron volados. Allí escribe en una pared de piedra los

nombres completos de la pareja asesinada.

El dilema que lo impulsa a viajar está contenido en una de las preguntas que se hace en su

recorrido: “¿Cómo sé que alguien es quien dice ser?.” Y luego afirma: “Es como yo digo. No basta

que alguien se llame como se llame para saber quién es”. Desde luego, él tiene un nombre pero

eso no le basta, necesita también evitar que los de sus padres se pierdan en el olvido, necesita

rellenar un espacio vacío de su historia o, en términos de Ricoeur, activar el pasado en el presente

para redefinir su identidad.

Federico tiene diecinueve años, pero Fefe, el protagonista de El secreto y las voces tiene más de

treinta cuando se entera del nombre de su padre. Este hecho es el generador de una crisis de la

identidad y de la memoria. Al igual que Federico, Fefe emprende un viaje; en su caso se dirige a
Malihuel, imaginario pueblo de la provincia de Santa Fe, para averiguar quién fue ese hombre que

embarazó y abandonó a su madre y en qué condiciones murió.

Ya en el pueblo en el que pasó los veranos de su infancia en casa de sus abuelos, el protagonista

entrevista a casi todos los vecinos acerca de la muerte de su padre, Darío Ezcurra. Pero el vínculo

entre éste y Fefe es mantenido adrede en secreto, y la excusa para indagar es el supuesto plan de

escribir una novela policial sobre algún crimen cometido en el pueblo. El texto es polifónico y se

compone de numerosas y microscópicas versiones de la historia, prehistoria y secuelas del crimen

de Ezcurra. En esta novela, de modo más evidente que en la de Gusmán, aparece en pleno

funcionamiento la interdependencia entre memoria individual y memoria colectiva. La

reconstrucción del pasado es un proceso colectivo plagado de rectificaciones y enmiendas. Hay

que decir además que en la novela es evidente cómo los recuerdos personales basados en la

experiencia cobran nuevo sentido al entrar en relación con los recuerdos de un grupo social

particular. Fefe, niño aún, presenció los preparativos del crimen del hombre que fuera su padre,

pero esos recuerdos, aislados, reducidos a vagas percepciones personales, no significaban nada

para él. Al ponerlos en relación con el marco de acontecimientos provisto por el resto del pueblo,

pudo resignificar sus recuerdos y reestructurar su memoria individual. La novela muestra

eficazmente la interacción de lo social y lo individual que habíamos señalado al principio.

Después de todas la averiguaciones, Fefe logra establecer que se trató de un crimen político. Su

padre fue asesinado por la policía del pueblo en complicidad con el intendente, el cura párroco, la

jueza de paz y el resto de la gente que dio su acuerdo, tácito o explícito, para que se cometiera el

crimen.

La búsqueda del escritor adquiere entonces una dimensión pública y política. No solamente se

reestructura su memoria individual y su identidad sino que también el personaje se transforma en

un militante de los derechos humanos. Aquí ingresa la tercera dimensión de la continuidad en el

tiempo de la que habla Ricoeur: una nueva proyección hacia el futuro. Dice sobre el final Fefe: “a

Greco (el comisario que mató a su padre) voy a denunciarlo para que aparezca en todas las listas

de represores. Voy a ponerme en contacto con H.I.J.O.S de Buenos Aires y Rosario. Porai le

podemos organizar un escrache. Si aparece un resquicio legal para acosarlo pongo a trabajar a mi

abogado. Datos no me faltan, ahora. Aprenderé sobre la marcha. No es fácil, a mi edad, enterarte

de que sos hijo de desaparecidos”. Hay en el personaje una nueva orientación hacia el futuro dada

por la reacomodación del pasado.

Epílogo: el itinerario de los hijos como recorridos ejemplares.

Los personajes cuyos recorridos hemos descrito podrían haberse ahorrado el dolor de escarbar el

pasado y enterarse de detalles siniestros, podrían haber optado por el olvido y el silencio. Sin

embargo más que una opción, la búsqueda de la verdad se presenta en los personajes como una

necesidad, como una obligación de ellos consigo mismos y con los familiares desaparecidos. La

sentencia que Walter Benjamin propone para el historiador materialista parece regir también para

los dos jóvenes personajes: "ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence" 11.
La terminología benjaminiana ("enemigo, Mesías, Redentor") es inadecuada en este contexto pero

su idea no deja de sernos útil: aquí significa que las víctimas del terrorismo de estado "siguen

muriendo" si no se les hace justicia. Recordar, reconstruir el pasado, es una necesidad personal

que adquiere una dimensión ética y política. Saber la verdad implica una tarea posterior: bregar

por el establecimiento de la justicia. Tal es la sugerencia que desliza Yosef Yerushalmi en sus

"Reflexiones sobre el olvido". "¿Es posible -se pregunta el autor- que el antónimo del olvido no sea

la memoria sino la justicia?"12. Mediante la ficción literaria Gamerro y Gusmán ofrecen una

respuesta afirmativa a ese interrogante. Los jóvenes personajes asumieron la responsabilidad de

averiguar y, una vez que lo hicieron, en lugar de intentar vengarse valiéndose de la violencia 13 que

acabó con las vidas de sus padres, recurrieron a las instituciones14. Resquicio legal, dice Fefe; ese

parece ser el camino: poner la democracia al servicio de las víctimas para contrarrestar el olvido y

hacer justicia. Creemos que las actitudes de los personajes podrían leerse como caminos

ejemplares, porque estarían asegurando el restablecimiento de la justicia sin violencia y, al mismo

tiempo, nos estarían sugiriendo que en el presente los medios para conseguir determinados fines

(personales y políticos) no implica el aniquilamiento de los semejantes sino que pueden

concretarse utilizando los mecanismos de la democracia.

Notas

1 Cerruti, Gabriela; "La historia de la memoria", en revista Puentes Nº 3.

2 No tomamos como criterio la fecha de producción porque eso implicaría dejar fuera a la novela

de Tizón, concluida en el año 1981 cuando el escritor se encontraba exiliado en España.

3 Vezzetti, Hugo (2002): Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina; Siglo

veintiuno; Buenos Aires.

4 Dalmaroni menciona a Villa, de Luis Guzmán, como el texto que abre esta línea de la narrativa

actual. Dalmaroni, Miguel: La ficción controlada. Novelas argentinas y memorias del terrorismo de

Estado, 1995-2002; en I Foro de investigadores en literatura y cultura argentina. Córdoba; 8-10

de mayo de 2003.

5 Véase al respecto “Lecturas de la historia y lecturas de la literatura en la narrativa argentina de

la década del ochenta”, de Andrés Avellaneda en Memoria colectiva y políticas de olvido; Reati y

Bergero; 1997.

6 Ibid. Pág. 171


7 Sic. en el original.

8 Esta novela fue llevada al cine por los hermanos Nolan en el año 2002.

9 Jelin, Elizabeth: Los trabajos de la memoria. pág. 19.

10 Ibid. Pág. 22.

11 Benjamin, Walter; "Tesis de filosofía de la historia"; en Ensayos escogidos; Ed. Coyoacán;

1999, México.

12 Yerushalmi, Yosef; "Reflexiones sobre el olvido", en Usos del olvido; Nueva Visión; 1989;

Buenos Aires.

13 Un diálogo entre los usurpadores de la chacra de Tala que pertenece legítimamente a Federico

Santoro (protagonista de la novela de Gusmán) evidencia la representación que tienen de sus

víctimas: Ana Botero y Federico. Dicen los usurpadores: “Parece que Tala se puso de moda”,

comenta la mujer. “Lo decís por esos dos”, responde Varela. “Todo el pueblo habla de ellos. Una

pareja de subversivos”. Para Varela y esposa, el hijo de la pareja que asesinaron y la mujer que lo

rescató son considerados, todavía, “subversivos”. Es evidente que en el contexto de los

torturadores y usurpadores rige aún la lógica del terror, la impunidad y el abuso. El devenir de la

novela nos mostrará que las actitudes de estos personajes es anacrónica, que ya no hay nadie que

se enfrente a ellos en esos términos y por lo tanto terminarán aniquilándose unos a otros. La

violencia y el crimen, sus métodos de operación, se volverán contra ellos mismos al final de la

novela.

14 Aquí nos referimos particularmente al personaje de la novela de Gamerro, el del texto de

Gusmán es demasiado joven y, como ya mencionamos, tiene dificultades para integrarse a los

HIJOS; sin embargo, todo parece indicar que va a seguir un camino similar al de Fefe.

BIBLIOGRAFÍA

AVELLANEDA, Andrés (1997): “Lecturas de la historia y lecturas de la literatura en la narrativa

argentina de la década del ochenta”, en Memoria colectiva y políticas de olvido; Reati y Bergero;

Beatriz Viterbo; Rosario.


BENJAMIN, Walter (1999): "Tesis de filosofía de la historia"; en Ensayos escogidos; Ed. Coyoacán;

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CERRUTI, Gabriela; "La historia de la memoria", en revista Puentes Nº 3.

DALMARONI, Miguel (2003): La ficción controlada. Novelas argentinas y memorias del terrorismo

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GAMERRO, Carlos (2002): El secreto y las voces; Ed. Norma; Buenos Aires.

GUSMÁN, Luis (2002): Ni muerto has perdido tu nombre; Ed. Sudamericana; Buenos Aires.

JELIN, Elizabeth (2001): Los trabajos de la memoria; Siglo veintiuno; Madrid.

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VEZZETTI, Hugo (2002): Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina; Siglo

veintiuno; Buenos Aires.

YERUSHALMI, Yosef; "Reflexiones sobre el olvido", en Usos del olvido; Nueva Visión; Buenos
Aires.

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