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El 4 de febrero de 1933, el diario ABC se hizo eco en sus primeras páginas de una

imagen que marcó el inicio de una de las etapas más negras de Europa. En la
instantánea se podía apreciar a una muchedumbre portando antorchas en plena
noche. Todos ellos, absolutamente enervados por el fervor del momento. «De las
cinco a las siete de la tarde comenzó ante el Palacio de la Cancillería el desfile de
las formaciones de asalto de los nacionalsocialistas y Cascos de Acero; en total,
17.000 hombres», rezaba el pie de foto. Aquella fue una de las tantas
manifestaciones que se organizaron en Berlín para celebrar el nombramiento de
Adolf Hitler como canciller el 30 de enero de ese mismo año.

Adolf Hitler ganaba las elecciones en Alemania en marzo de 1933. El 1 de


septiembre de 1939, una jornada antes de que esta portada fuese publicada,
Alemania invadió Polonia. «La palabra terrible y fatal ha sonado. Se ha encendido
la guerra en Europa», afirmó ABC.
Adolf Hitler ganaba las elecciones en Alemania en marzo de 1933. El 1 de
septiembre de 1939, una jornada antes de que esta portada fuese publicada,
Alemania invadió Polonia. «La palabra terrible y fatal ha sonado. Se ha encendido
la guerra en Europa», afirmó ABC.
Aquel desfile marcó el despegue definitivo del líder nazi. Un personaje que, a pesar
de no haber demostrado ninguna capacidad de liderazgo durante la Primera Guerra
Mundial, consiguió que la sociedad apoyara al Partido Nacionalsocialista Obrero
Alemán popularizando una serie de ideas extremistas y falacias como que los judíos
habían provocado la derrota del ejército teutón a partir de 1918. Y todo ello, a pesar
de que el periodista de ABC Javier Bueno le definió en 1924 (tras una entrevista)
como alguien «falto de cultura y de preparación científica» que, a pesar de que
conocía la «psicología del pueblo» y sabía «impresionarle», carecía del intelecto
necesario para «expresar ideas sirviéndose de conceptos abstractos».

Hitler pudo, sin embargo, sobreponerse a esas limitaciones gracias a la fascinación


que su capacidad oratoria provocaba en las masas y supo auparse hasta el poder
aprovechando las heridas abiertas en el corazón de los alemanes. Algunas tan
llamativas como la gran depresión económica que vivía el país tras la firma del
Tratado de Versalles o, incluso, el creciente número de desempleados germanos
(tres millones en 1930). Poco a poco, discurso a discurso logró que el Partido Nazi
(en principio casi desconocido) consiguiera el 37% de los votos en las elecciones
generales de 1932. Aquel ascenso fulgurante fue el mismo que llevó al presidente
Paul von Hindenburg (segundo presidente de la República de Weimar) a nombrarle
canciller de un gobierno de coalición el 30 de enero de 1933 a pesar de que no
contaba con los votos necesarios para hacerse con la poltrona.
Una jornada después, ABC informó del suceso y explicó por qué se había tomado
aquella controvertida decisión: «El presidente ha hecho esta concesión para evitar
nuevas elecciones, que hubieran resultado tan estériles como las anteriores». En
1934, tras la muerte de Paul von Hindenburg, Hitler concentró todo el poder sobre
su figura, se nombró Führer e inició un nuevo régimen dictatorial que derivó en la
Segunda Guerra Mundial y la matanza indiscriminada de millones de personas.