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Sugel Michelén

Mujeres, necesitamos Su palabra: Un plan para las hambrientas y ocupadas

19 Septiembre, 2018 | Rachel Jankovic

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Mujeres, necesitamos Su palabra: Un plan para las hambrientas y ocupadas

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Vida cristiana

La idea era tan simple que casi no cuenta como una. Comamos la Palabra de Dios juntas. A un ritmo
rápido pero razonable. Alentémonos unas a otras para superar cualquier obstáculo que nos haya
detenido en el pasado. Queremos convertirnos en mujeres de su Palabra, no en mujeres que
incursionan en ella ocasionalmente.

El otoño pasado establecimos un ritmo de seis capítulos por día, algunos del Antiguo Testamento y otros
del Nuevo, combinando libros como Levítico y Hebreos juntos, y haciendo coincidir los salmos con el
contexto histórico en el que se escribieron. Pusimos días de recuperación en el plan (porque tenemos
vidas regulares con interrupciones regulares). Leeríamos toda la Biblia en el año escolar con
aproximadamente 20-30 minutos de lectura cada día sin contar los domingos.

Oramos que Dios usara nuestro plan para encender el amor por su Palabra en otras mujeres también. El
proyecto ha crecido más allá de lo que pensamos, extendiéndose rápidamente fuera de nuestra propia
comunidad, e incluso a otros idiomas. Miles de mujeres se han unido en el último año. Nos gusta decir
que somos un grupo teológicamente diverso, pero que literalmente estamos en la misma página.

Hora de comer

Necesitamos la Palabra de Dios más de lo que necesitamos comida. Somos fortalecidos por ella. Somos
equipados para toda buena obra a través de ella. Podemos confiar que cuando Dios envía su Palabra a
nuestras vidas, no volverá a Él vacía. Logrará su propósito.

Simplemente, hemos llegado a la fiesta. Todos hemos sido invitados. Hay un lugar preparado por un
Padre amoroso para cada uno de nosotros. La comida es abundante, interminable, nutritiva,
restauradora, perfecta, y ocasionalmente confusa. La tarea es simple. Come. Hasta estar lleno. Hazlo
otra vez. Hazlo por siempre. Disfruta de la recompensa que tienes delante, disfruta de lo que tu Padre
ha hecho por ti y te ha dicho. Confía en el Maestro de la fiesta, y disfruta de la comunión en la mesa.

Levántate y come. No te conformes con las migas, porque tu Padre no está satisfecho con eso para ti.

Pero muchos de nosotros no estamos en nuestras sillas. Estamos debajo de las mesas, hurgando en
busca de migajas tiradas por los “buenos comedores” que están en la mesa: famosos blogueros,
maestros cristianos, grandes predicadores. Podríamos encontrar suficientes migas a sus pies para
sobrevivir, tal vez incluso para vivir bien, pero no estaríamos obedeciendo a Dios. Hay un lugar con tu
nombre, un libro para que tú comas. Levántate y come. No te conformes con las migas, porque tu Padre
no está satisfecho con eso para ti.

Por qué no leemos

Muchos cristianos no están comiendo en lo absoluto. Están ocupados. No tienen una vida tranquila. A
menudo no comen simplemente porque están en una racha de no comer, y romper la racha les parece
hipócrita. “¡No puedo cenar cuando no desayuné o almorcé!”, piensan. Muchos cristianos dejan de leer
su Biblia cuando sienten que han fallado de alguna manera: perderse, retrasarse en el plan de lectura,
no entender, no ser lo suficientemente bueno, olvidarlo. Mejor esperar a un nuevo año, y tratar de ser
una mejor persona en ese lapso de tiempo.

Cualquiera sea la razón que tengas, no es lo suficientemente buena. Deja tu orgullo y toma tu tenedor.
Esta es la fiesta continua. La fiesta que nunca debes dejar, y que es tuya para disfrutarla para siempre.
No estás atrasado si comes hoy.

Otros piensan que no han comido verdaderamente a menos que entiendan todo. Como si la Palabra de
Dios solo fuera poderosa cuando la pesamos y medimos, intentamos etiquetar todos los ingredientes,
tomamos notas voluminosas, y asistimos a varias conferencias al respecto. Esa no es la forma en que
abordamos esta comida. Hay lugar para la ciencia de la comida, pero no en esta cena. Este es nuestro
tiempo para simplemente comer.

Tenemos que aprender a comer mordiscos aunque haya ruido de fondo, un bebé retorciéndose en
nuestro regazo, o risa estridente en la mesa.

Otros han sido persuadidos de que la única forma de comer es a primera hora de la mañana en silencio.
No comerán a menos que las condiciones sean perfectas, y las condiciones en esta vida rara vez lo son.
Pero siempre necesitamos comer. Tenemos que aprender a comer mordiscos aunque haya ruido de
fondo, un bebé retorciéndose en nuestro regazo, o risa estridente en la mesa.

Aprende a comer

No es complicado, pero puede ser difícil. Todos recibimos resistencia desde tres direcciones. El mundo
distrae, la carne es débil, y el diablo acusa. “¡Haz cualquier cosa menos comer!”, dice el mundo. “¡Haz
algo más fácil! ¡Mejor ve Netflix!”, dice la carne. “¡No eres lo suficientemente bueno de todos modos, y
nunca tendrás éxito! Solo recuerda la última vez que lo intentaste”, dice el diablo.

La respuesta a las tres debería ser: “Mírame comer”. En cuanto a nuestro grupo de lectura, somos un
grupo desorganizado. Escuchamos desde nuestros teléfonos, nos saltamos a la lectura del día cuando
nos retrasamos, leemos mientras estamos en la cocina haciendo la cena, o mientras amamantamos al
bebé. Nos animamos a confesar el pecado, pero despreciamos la culpa persistente. Cuando no
entendemos lo que leemos, no nos preocupamos. ¿Por qué? Porque volveremos pronto.

En lo que nos estamos convirtiendo, por la gracia de Dios, es en una fiesta enorme. Mujeres riendo
juntas, comiendo juntas, regocijándose juntas en nuestro Dios. Animándonos cuando sigue alguna
comida que nos encanta, y regocijándonos a medida que vemos los resultados de este alimento perfecto
en nuestras vidas. El año pasado celebramos con muchas mujeres mientras leían toda su Biblia por
primera vez, algunas de ellas treinta o cuarenta años después de comenzar su caminar cristiano. Era
hora de aprender a comer.

¿Será que es tu tiempo para aprender? Cualquiera que sea la estrategia o el plan que elijas, busca un par
de mujeres, y decidan juntas que se negarán a no leer la Biblia este año.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

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Biblia & Teología

Nota del editor:

Este breve artículo forma parte de una serie semanal sobre eventos y personas relevantes en la historia
de la Iglesia universal antes, durante, y después de la Reforma protestante. Para conocer más sobre la
historia de la Iglesia desde tus redes sociales, puedes seguir los perfiles de Credo en Twitter e Instagram.

Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) nació en la Alemania imperial de principios del siglo XX. Perteneció a
una familia de profundas herencias y tradiciones. Su padre, Karl Bonhoeffer, profesor de psiquiatría y
neurólogo, fue ampliamente conocido por su crítica a Sigmund Freud; su tatarabuelo, Karl August von
Hase, fue un afamado teólogo reformado y profesor de historia dogmática y eclesiástica en la
Universidad de Jena; y su hermano, Karl Friedrich, se convirtió en químico, reconocido por descubrir los
isómeros de giro de hidrógeno en 1929.

El legado familiar de los Bonhoeffer le entregó a Dietrich una herencia de tradición y conocimiento,
además de una herencia literaria que incluía escritos originales de Martín Lutero y Friedrich
Schleiermacher. A los veinticuatro años, Dietrich ya había completado su licenciatura, maestría, y
doctorados en teología. Siendo demasiado joven para ser ordenado al ministerio, decide seguir sus
estudios posdoctorales en los Estados Unidos, donde enseñó en el Union Theological Seminary en la
ciudad de Nueva York. Después de un año, Bonhoeffer vuelve a Alemania en 1930 donde sería ordenado
y nombrado como profesor de teología sistemática en la Universidad de Berlín.

Mientras el poder político del partido nazi crecía a principio de los años treinta, también crecía un
movimiento de iglesias protestantes y católicas que se identificaban con el mismo. Este grupo se dió a
conocer como los “Cristianos Alemanes”. Ellos afirmaban la superioridad del pueblo alemán, la
necesidad de pureza racial, y la oposición a los comunistas y los judíos. Adolfo Hitler, reconociendo el
beneficio estratégico de ganar a las iglesias protestantes y católicas, formó una unión de iglesias
evangélicas alemanas que serían supervisadas por el nazismo. El control nazi sobre la iglesia se hizo
evidente desde los inicios del régimen, mientras la retórica antisemítica de Hitler se ganó la célebre
oposición de hombres como Karl Barth, Martin Niemoller, y un jóven Bonhoeffer.

Dos días después de que Adolfo Hitler se convirtiera en canciller, Bonhoeffer denunció a través de la
radio que el liderazgo de Hitler era sinónimo de una dictadura. La transmisión fue abruptamente cortada
antes de su conclusión.

Con el liderazgo de Bonhoeffer y otros, como respuesta al creciente movimiento eclesiástico apoyado
por el régimen, se fundó la “Iglesia Confesante”. En su confesión de fe redactada en Barmen (1934)
declararon: “Repudiamos la falsa enseñanza de que la iglesia puede y debe reconocer poderes,
personalidades, y verdades como revelación divina junto a la única Palabra de Dios”.[1]

Durante este tiempo, Bonhoeffer escribió su libro, El Costo del Discipulado (1937), un llamado a la
fidelidad cristiana y a la obediencia radical a Cristo. Bonhoeffer escribió: “La gracia barata es predicar el
perdón sin requerir arrepentimiento, bautismo sin disciplina eclesiástica, comunión sin confesión… la
gracia barata es gracia sin discipulado, gracia sin la cruz, gracia sin un Jesucristo viviente y encarnado”.
Esto fue escrito mientras enseñaba en un seminario clandestino, ya que a Bonhoeffer se le prohibió
enseñar públicamente.

Después de que el seminario clandestino fuera desmantelado por el régimen, Bonhoeffer se enlistó en el
servicio secreto de oposición alemán para servir como doble agente. Mientras daba conferencias
alrededor de Europa, ayudaba a judíos escapar de la opresión nazi. En este mismo tiempo, Bonhoeffer
fue parte de un plan para asesinar a Hitler. Su hermano Klaus, abogado, años más tarde sería asesinado
por el régimen por su involucramiento en el atentado del 20 de julio de 1944.

Aun teniendo la oportunidad de escapar a América, Bonhoeffer entendía que Dios le quería en la
atribulada Alemania que le había visto nacer.

Después de unos años, Bonhoeffer fue descubierto por la Gestapo en sus esfuerzos de rescatar judíos y
su involucramiento en complots antinazi. En abril de 1943, dos agentes se llevaron a Bonhoeffer y le
encerraron en la prisión de Tegel.

Fue prisionero por dos años. Allí sirvió como consejero y pastor a sus compañeros de prisión, escribió
múltiples correspondencias a pastores y amigos, y su principal meditación fue en el significado de
Jesucristo para el día de hoy. En una de sus cartas escribió: “Dios se dejó empujar desde el mundo hacia
la cruz… Él fue débil y sin poder en el mundo, y esa es precisamente la forma en la que Él es con
nosotros y nos ayuda. [La Biblia] dice muy claro que Cristo nos ayuda, no solo por virtud de su
omnipotencia, sino por virtud de su debilidad y sufrimiento”.[2]
Justo antes de su ejecución, Bonhoeffer dijo a uno de sus compañeros: “Este es el fin. Pero para mí, el
principio de la vida”.

Al amanecer del 9 de abril de 1945, Bonhoeffer fue colgado por la Gestapo en Flossenbürg.

Uno de sus compañeros de celda, Payne Best, piloto inglés, escribió sobre Bonhoeffer: “[Él] era
diferente, calmado, y normal. Siempre aparentaba estar tranquilo… su alma de verdad brilló en la oscura
desesperación de nuestra prisión. Él fue uno de los pocos hombres que he conocido para quien Dios era
real y siempre cercano a él”.[3]

Una década más tarde, uno de los doctores del campo de concentración, relató: “Yo vi al pastor
Bonhoeffer… arrodillándose en el piso orando fervientemente a Dios. Fui profundamente movido por la
forma en que este amoroso hombre oraba, tan devoto y tan seguro de que Dios escuchaba su oración.
En el lugar de la ejecución, él nuevamente oró brevemente, y luego subió los escalones a la horca,
valiente y compuesto. Su muerte vino después de unos segundos. En casi cincuenta años trabajando
como doctor, nunca he visto a un hombre morir de una manera tan enteramente sometida a la voluntad
de Dios”.[4]

La ejecución de Bonhoeffer fue ordenada directamente por Adolfo Hitler. Ese mismo mes, Hitler se
suicidó y Alemania se rindió, concluyendo así la Segunda Guerra Mundial.

En medio de la oscura era de la iglesia europea de principios del siglo XX, Dietrich Bonhoeffer fue una de
las vidas de fidelidad ejemplar que reflejaron a Cristo, manteniendo un testimonio digno del llamado,
aún hasta la muerte.